Autor: admin

  • Un adiós no me es suficiente

    Un adiós no me es suficiente

    No pretendo convertirme en poeta, ni más,

    Ni tampoco espero llenar mil hojas con mis malos trazos,

    No espero que mi casa se llene de un perfume a rosas tal como olías tú,

    Ni tampoco pretendo que se ilumine mi sala con tu sonrisa,

    No imagino llenar los rincones de la cocina con los sabores de tu cuerpo,

    Ni tampoco creo que con unas cuantas líneas se apague tu ausencia,

    No creo que mis pocas prendas puedan llenar el armario,

    Ni tampoco anhelo que mi cama amanezca prolija cada mañana luego de una noche de amor,

    No anhelo tenerte en mis manos cada atardecer,

    Ni tampoco suspiro por las pocas palabras de amor que intercambiamos…

    Lo que si pretendo es abrazarte una vez más antes que te alejes,

    Espero poder hacerte el amor una vez más antes que te marches,

    Imagino poder encontrarte nuevamente a pesar que ya no nos frecuentemos,

    Creo que nos perdonaremos un día a pesar que ya no nos frecuentemos,

    Anhelo volver a besarte una vez más en mi vida,

    Y suspiro a diario con pesar por no haber sabido como amarte cada día un poco más.

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  • Me cogí a mi compañera de trabajo

    Me cogí a mi compañera de trabajo

    Recién egresada de su carrera, era joven, de piel blanca, cabello negro, un par de tetas que a pesar de no usar escotes, se veían naturales, grandes y muy bien definidas.

    Diariamente me saludaba muy cortés. Era una maestra educada, su corta edad nada tenía que ver con su comportamiento, ella era muy educada y autoritaria en el aula. Sus alumnos le guardaban respeto y con los otros profesores siempre era educada y propia. Algunas veces coincidimos en la salida de la universidad y mientras su novio la esperaba afuera se despedía de mí con mucho profesionalismo. Su novio parecía un poco distraído y parecía que no notaba lo elegante y sexy que ella era.

    En un evento de la universidad nos piden custodiar un área juntos “como son las figuras que los alumnos ven con más respeto y son muy estrictos les pido que me ayuden con los de nuevo ingreso ya que son una generación muy difícil” nos pidió el director de la universidad. Nosotros sin decir más nos retiramos. En el corredor hablamos de temas de cultura general y pude notar que además de bella era muy inteligente, culta y con un sentido del humor algo crudo. Me sentí atraído.

    A lo largo del evento no hubo incidencias entre los estudiantes, sin embargo su sonrisa ya no era la de antes. Pudo notar que al igual que ella, yo también tenía un peculiar gusto por la ciencia, la historia y podía mantenerle la conversación además de darle algunos ejemplo que ella desconocía. Dicen que no hay mayor atractivo para las mujeres que un hombre inteligente y yo sabía aprovechar perfectamente esa situación. Días después coincidimos en un bar local, vi que entró tomada de la mano de su novio y eso me éxito, ya no iba elegante como en el trabajo, ahora era diferente.

    Vi como caminaba con un vestido corto, un par de piernas bien torneadas, un escote bastante sexy sin caer en lo vulgar pero suficiente para dejarme ver la forma perfecta de sus enormes tetas. Yo era asiduo a ese bar y pedí al mesero les llevara unas bebidas de mi parte, ellos voltearon hacia mí y yo sutilmente me acerqué “buenas tardes, maestra” la saludé de beso en la mejilla “soy Centauro, que gusto conocerte” le dije que su novio, él me saludó respetuosamente aunque de inmediato se levantó, agradeció la bebida y se retiró al baño “espero no se molesten por lo que les envié” le comenté a mi compañera.

    Ella me comentó que era su bebida favorita y me dijo que a pesar de que siempre le ha dicho eso a su novio a él no parece importarle, yo me despedí de ella, esta vez con un beso cercano a sus labios y tomando su cintura de manera firme, ella puso sus manos sobre mis hombros y me agradeció nuevamente la atención “nos vemos en el trabajo” le comenté mientras tomaba su mano y me alejaba lentamente. A los minutos pasó su novio, me sonrió y siguió avanzando hacia su mesa, no sabía que yo ya deseaba tener en mi cama a su mujer.

    Ambos seguimos con nuestros coqueteos en el trabajo, hablábamos a diario, se sentía la atracción. Una tarde de sábado recibí un mensaje en el que me confesaba que tenía unos días que había terminado su relación, se sentía bien pero tenía ganas de beber unos tragos, de inmediato la invité a un bar, pero ella me dijo que era mejor vernos en mi casa, ella llevaría las bebidas y yo me encargaría de la cena “por supuesto, te envío la dirección y te espero en la noche” le comenté.

    Ella llegó con una botella de vino y cervezas “el vino para la cena y las cervezas para más tarde” mientras cenábamos, aproveché para decirle lo sexy que se veía, tomaba su mano, su cintura y pude notar en sus tetas lo excitada que ella estaba. Nos hundimos en un beso, pude notar que estaba lista para lo siguiente así que la llevé a un sillón y mientras nos besábamos apasionadamente desabroche su sostén, al sentirlo ella comenzó a acariciar mi verga, le quité la blusa y pude ver ese hermoso par de tetas, tenía unos pezones rosas y muy lindos, comencé a besarlos a la par que desabrochaba su pantalón y metía mi mano en su panocha, comenzó a gemir mientras yo la masturbaba con mi mano.

    Sentí lo húmeda que estaba, la acosté y quité su pantalón, hice a un lado su tanga y comencé a hacerle sexo oral. Le metía mi lengua mientras acariciaba sus enormes tetas, tenía un sabor delicioso, comencé a meterle un dedo mientras se la chupaba y ella me sostenía la cabeza con las piernas, señal de que no me detuviera, estaba gimiendo y repentinamente sentí como se vino en mi boca, me incorpórate y pude ver sus ojos en blanco, me tomó de la cintura y me acerco a ella “déjame probarte” me dijo mientras me la mamaba.

    Tomó mi mano y la puso en sus tetas, le encantaba que las tocara, sentí su mamada algo tímida, señal de que era niña de casa y no una puta como muchas otras así que la recosté nuevamente y comencé a penetrarla suave, está muy húmeda pero apretaba riquísimo, entendí que no tenia mucha experiencia en el sexo así que me aproveché de eso. Mientas la penetraba contemplando sus enormes tetas rebotando de arriba a abajo acariciaba su suave y muy blanca piel. La puse en 4 y comencé a cogérmela más fuerte, ella gritaba de placer “que rica la tienes” me decía, yo estaba perdido sintiendo como apretaba y a la par acariciaba sus tetas.

    La volví a voltear, esta vez mientras la penetraba le chupaba sus tetas, me tenían vuelto loco, ella me comenzó a besar en la boca, nuestras lenguas se enlazaban y yo la sentía cada vez más dura, ella no paraba de gemir, nos miramos fijamente, no podía perder la oportunidad, la levanté y me vine en sus tetas, cuando termine la hice que me la mamara para limpiar el semen que se quedó en mi verga.

    Después de eso ella se fue al baño a limpiarse, cuando regresó nos quedamos desnudos en el sillón abrazados, me confesó que nunca había tenido sexo con alguien que no fuera su pareja pero le encantó, jamás había recibido semen en su cuerpo y eso la hizo sentir más sexy. Continuamos cogiendo pero esta vez solo fue de misionero a lo que ella estaba acostumbrada, pude venirme nuevamente en su panocha como ella me lo pidió.

    Al cabo de unas horas, se vistió y salió de mi casa. Nos despedimos con un beso apasionado, como novios de secundaria. Ella sonreía. Cuando llegó a su casa sus papás ya la esperaban y me escribió. Nos desvelamos platicando y continuamos siendo buenos amigos.

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  • Placeres prohibidos. La dueña de Diego (3)

    Placeres prohibidos. La dueña de Diego (3)

    La plaza bullía con el murmullo de la gente, pero para Diego, solo existía Yareni. Su forma de caminar, con un balanceo sensual de las caderas, era hipnótica; el vestido blanco floreado se adhería a su figura, resaltando la curva de sus nalgas y la suavidad de sus muslos dorados, que relucían bajo el sol del mediodía. Sus piernas, largas y torneadas, volvían loco a Diego, su verga se endurecía bajo los jeans mientras la seguía con la mirada, perdido en la fantasía de tenerlas envueltas alrededor de su cintura.

    Los ojos verdes de Yareni brillaban con una mezcla de inocencia y provocación, y su cabello ondulado cayendo sobre sus hombros, lo tenían atrapado. Aunque ya la había poseído en la fiesta, su ternura ahora, la forma en que sonreía tímidamente mientras charlaban, lo encendía de una manera nueva.

    Sentados en una heladería al aire libre, con el sol calentando sus pieles, Diego no podía apartar los ojos de ella. Sus pupilas se alternaban entre los ojos esmeralda de Yareni y el escote del vestido, que dejaba entrever el nacimiento de sus pechos pequeños pero firmes, los pezones apenas insinuados bajo la tela ligera. Mientras lamían sus helados, Diego, con una voz grave y cargada de intención, rompió el silencio: —¿Te gustó aquel trío en la fiesta? —Sus ojos la recorrieron, deteniéndose en sus labios húmedos por el helado. Yareni, ruborizándose, bajó la mirada, sus mejillas se tornaron rosadas. —Sí… pero más por el tamaño de tu verga —admitió, su voz era suave, pero con un dejo de picardía que hizo que Diego sintiera un calor subirle por la entrepierna.

    Él se inclinó más cerca, su aliento rozaba el rostro de Yareni. —Me fascinó estar contigo. Tu cuerpo me vuelve loco, tus ojos, todo tú… me gustas mucho —confesó, su tono era sincero pero cargado de deseo. Yareni, ahora más roja, mordió su labio inferior, su tanga se humedecía bajo el vestido al escuchar sus palabras. —Tú también me gustas —respondió, sus ojos se encontraron con los de él, una chispa de lujuria destellaba entre ellos. Diego, aprovechando el momento, se acercó aún más. —¿Quieres ser mi novia? —preguntó, su mano rozaba la suya sobre la mesa. Yareni, con el corazón acelerado, asintió de inmediato, una sonrisa iluminaba su rostro.

    —Pero… ¿seguirás cogiendo con Atziry? Sé lo que hay entre ustedes —dijo, su voz mezclaba curiosidad y cautela. Diego, con una sonrisa confiada, respondió: —Haré lo que tú me pidas. —Yareni, tras un instante de reflexión, lo miró fijamente. —No me molesta, pero mantengamos esto en secreto por ahora. Quiero hablar con Atziry yo misma, tantear el terreno —explicó, su tono era firme pero suave. A Diego, la idea le cayó como anillo al dedo. Sellaron el momento con un beso apasionado, sus lenguas se entrelazaban mientras el sabor del helado se mezclaba en sus bocas, sus cuerpos se acercaron hasta que el calor entre ellos era insoportable.

    Tras terminar los helados, Diego tomó su mano, con sus dedos entrelazados mientras una corriente de deseo los recorría. —Vamos a un hotel cerca de aquí —susurró, su voz estaba cargada de promesa. Yareni, con los ojos brillantes y la vagina palpitando bajo su vestido, asintió sin dudar.

    La puerta de la habitación del hotel se cerró con un clic suave, sellando a Diego y Yareni en un santuario de deseo. La luz tenue de una lámpara bañaba la cama en tonos cálidos, y ambos se acercaron lentamente, con sus manos entrelazadas, los dedos rozándose con una electricidad que anticipaba lo inevitable. Yareni se recostó boca arriba, su vestido blanco floreado subía ligeramente por sus muslos dorados, revelando la piel suave que brillaba bajo la luz.

    Diego, apoyado sobre un codo, la observó con una intensidad que hacía que su verga palpitara bajo los jeans. Sus ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo: las curvas delicadas de sus caderas, los pechos pequeños pero firmes que se marcaban bajo la tela, y esos ojos verdes que lo atrapaban como un hechizo. Aunque ya la había poseído en la fiesta, esta vez era diferente; un afecto genuino se mezclaba con su lujuria, haciendo que quisiera saborear cada segundo.

    Yareni, con su tanguita ya empapada por la anticipación, no mostraba prisa. Sus labios, entreabiertos, dejaban escapar un suspiro mientras lo miraba, disfrutando la intimidad del momento. Colocó una mano detrás de la nuca de Diego, sus dedos rozaron su cabello, y lo jaló hacia ella con una suavidad que contrastaba con el fuego que ardía en su interior. Sus labios se encontraron en un beso lento, casi reverente, sus lenguas se rozaban con una sensualidad pausada, explorándose como si fuera la primera vez.

    El sabor dulce del helado aún persistía en sus bocas, mezclándose con el calor de sus alientos. Diego, con una mano libre, comenzó a acariciar los muslos de Yareni, sus dedos trazaban círculos lentos sobre la piel suave, sintiendo la calidez que emanaba de ella. No levantó el vestido, dejando que la tela rozara sus dedos, prolongando la tensión que hacía que la vagina de Yareni palpitara, sus jugos humedecían aún más la tela fina de su tanga.

    Cada caricia era una promesa, cada beso una chispa que encendía sus cuerpos. Yareni arqueó ligeramente la espalda, sus pechos se presionaban contra el vestido, los pezones endurecidos se marcaban bajo la tela. Diego, con la verga endureciéndose cada vez más, mantuvo el ritmo lento, sus dedos subiendo apenas un poco más por los muslos de Yareni, rozando el borde del vestido sin cruzarlo, saboreando la expectativa. Ella, con un gemido suave contra sus labios, apretó más su nuca, profundizando el beso, su lengua danzaba con la suya en un ritmo que anticipaba lo que vendría.

    Ambos se pusieron de rodillas sobre el colchón, sus cuerpos se encontraban tan cerca que el calor de sus pieles se mezclaba. Yareni, con los ojos brillando de deseo, tomó la camiseta de Diego y la deslizó hacia arriba, revelando su torso musculoso, los pectorales definidos relucían con un leve brillo de sudor. Sus manos temblaron ligeramente mientras acariciaba su pecho, sus dedos recorrían cada músculo con una lentitud deliberada. Inclinándose, comenzó a besar sus pectorales, su lengua trazaba caminos húmedos sobre la piel salada, saboreando el sabor masculino de Diego. Cada beso era una caricia, sus labios succionaban suavemente, arrancándole un gruñido bajo que hizo que su verga palpitara bajo los jeans.

    Diego, con la respiración acelerada, tomó el cierre del vestido de Yareni y lo bajó con una lentitud que era casi una tortura. La tela se deslizó, descubriendo primero los hombros delicados, luego los senos pequeños pero firmes, dejando ver sus pezones rosados erectos bajo la luz tenue. El vestido cayó más, revelando el abdomen plano de Yareni, su piel dorada invitaba a ser tocada. Diego se inclinó, su aliento cálido rozaba los senos de Yareni antes de que su lengua los alcanzara.

    Lamió con cuidado, sus movimientos eran lentos y llenos de pasión, saboreando la suavidad de su piel mientras succionaba un pezón, luego el otro, alternando con mordiscos suaves que hacían que Yareni arqueara la espalda. Sus suspiros eran suaves, casi etéreos, pero cargados de un placer que nunca había sentido con tanta intensidad. Nadie la había disfrutado así, y su cuerpo se rendía por completo, su tanga estaba empapada bajo el vestido que ahora yacía en sus caderas.

    Yareni, con el corazón acelerado y la vagina palpitando, colocó ambas manos en los hombros de Diego, deteniéndolo con un toque firme pero gentil. Se acercó a su oído, su cabello ondulado rozaba su mejilla, y susurró con una voz temblorosa de deseo: —Quiero que me hagas sexo oral. —Las palabras, apenas audibles, eran una súplica cargada de lujuria, su aliento cálido enviaba escalofríos por la espalda de Diego. Su verga, estaba endurecida al máximo, presionaba contra los jeans, ansiosa por complacerla. Yareni, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, se entregaba por completo, su cuerpo vibraba con la expectativa de sentir la lengua de Diego explorándola.

    Yareni, con un movimiento lento y provocador, se deshizo del vestido floreado, dejando que la tela cayera al suelo como una caricia susurrante, revelando su cuerpo desnudo. Sus pechos pequeños, coronados por pezones rosados y erectos, y su abdomen plano brillaban bajo la luz suave. Con un gesto deliberado, deslizó su tanga empapada por sus muslos, la tela húmeda aterrizaba junto al vestido, dejando su vagina depilada expuesta, reluciendo con sus jugos. Se recostó en la cama, su cabello ondulado se esparció sobre la almohada, y con una mirada cargada de deseo, se mordió el pulgar de la mano izquierda de manera atrevida, sus ojos verdes destellaban con una invitación silenciosa.

    Abrió las piernas lentamente, sus muslos dorados se separaron para revelar su clítoris hinchado, que comenzó a masajear con dedos temblorosos, sus movimientos circulares hacían que sus jugos brillaran, llamando a Diego con una promesa de placer absoluto.

    Diego, hipnotizado por la visión, sintió su verga endurecerse al máximo bajo los jeans, palpitando con una urgencia que apenas podía contener. Se acercó con una lentitud deliberada, sus ojos recorrieron cada centímetro de Yareni, desde sus pechos hasta la vagina que lo invitaba. Arrodillándose entre sus piernas, colocó sus manos bajo los muslos de ella, levantándolos ligeramente para abrirla aún más, sintiendo su piel suave y cálida bajo sus palmas.

    Inclinó la cabeza, su aliento caliente rozaba la vagina antes de que su lengua la tocara. Comenzó a lamer con una pasión contenida, su lengua trazó caminos lentos por los pliegues, saboreando el dulzor salado de sus jugos. Llenó su clítoris de saliva, succionándolo suavemente antes de hundirse más, explorando cada rincón con una devoción que hacía que Yareni arqueara la espalda, sus gemidos llenaban la habitación.

    Sin dejar de lamer, Diego introdujo dos dedos en su vagina, sintiendo cómo las paredes húmedas se contraían alrededor de ellos. Los movió con un ritmo preciso, entrando y saliendo mientras su lengua seguía danzando sobre el clítoris, alternando entre lamidas rápidas y succiones profundas. Yareni, con los ojos en blanco, se retorcía en la cama, sus manos se aferraban a las sábanas mientras gemía apasionadamente, su voz se rompía en gritos de placer. —¡Te deseo dentro de mí, ya! —gritó, su cuerpo temblaba, su vagina empapada palpitaba con una necesidad desesperada. Diego, extasiado por el aroma almizclado de su excitación y el sabor que lo consumía, sintió su verga pulsar, ansiosa por complacerla.

    Sin detenerse, se movió con agilidad, desabrochando su cinturón y deslizando sus jeans y bóxers por sus muslos, liberando su verga erecta, gruesa y pulsante, que se alzó orgullosa bajo la luz suave. Yareni, recostada con las piernas abiertas, y sus jugos goteando por la cama, lo observaba con ojos verdes llenos de deseo, mordiendo su labio mientras masajeaba sus propios pechos, los pezones rosados estaban totalmente endurecidos.

    Diego se acomodó frente a la entrada de su vagina, la punta de su verga rozaba los pliegues húmedos antes de penetrarla lentamente. Yareni dejó escapar un gemido profundo, sus muslos temblaban mientras lo sentía llenarla, cada centímetro de su carne abría paso en su interior cálido y apretado. Ella lo envolvió con sus piernas, cruzándolas alrededor de su cintura, un abrazo desesperado que gritaba que no quería que ese placer terminara. Diego, con movimientos lentos al principio, comenzó a embestirla, sus caderas marcaban un ritmo que hacía que los senos de Yareni rebotaran suavemente. Sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando.

    Las embestidas se volvieron más rápidas, más intensas, y Diego, inclinándose, capturó los labios de Yareni en un beso apasionado, sus lenguas danzaban con una urgencia febril. —Me encantas, estoy enamorado de ti —gruñó contra su boca, sus palabras eran entrecortadas por la lujuria. Yareni, con los ojos entrecerrados y el cuerpo temblando, respondió jadeando: —Yo también te amo. —Sus palabras eran un susurro roto, su vagina se contraía alrededor de la verga de Diego.

    Tras varios minutos de embestidas frenéticas, Yareni arqueó la espalda, sus uñas se clavaron en los hombros de Diego. —¡Me voy a venir! —gritó, con su voz quebrándose. Diego, sintiendo el clímax acercarse, gruñó: —Yo también, mi amor. —Y entonces, mientras ella le gritaba jadeando: —¡Préñame, lléname! —, él explotó, llenando su vagina con chorros calientes de semen, su verga palpitaba mientras inundaba su interior.

    Yareni, aferrándose a él con las piernas, exprimió cada gota, sintiendo el calor de su semen llenándola, sus paredes vaginales se contraían para retenerlo. Cuando terminaron, exhaustos, Diego se dejó caer boca arriba, su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas. Yareni, con un brillo de satisfacción en el rostro, se subió encima de él, sus muslos dejaron un rastro de sus jugos y el semen de Diego que goteaba sobre sus testículos.

    Lo besó apasionadamente, sus labios se fundieron en un choque húmedo, sus lenguas se exploraban con una ternura que contrastaba con la intensidad de su encuentro. Mientras se besaban, Diego acariciaba su cabello ondulado, sus dedos acariciaban las hebras suaves, y Yareni apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Así, envueltos en el aroma de su sexo y el calor de sus cuerpos, se quedaron dormidos.

    La noche caía sobre el departamento, y Diego, al regresar de un largo día con su ahora novia, notó un destello sutil en una esquina del salón. Una cámara de seguridad, discretamente instalada, captaba la escena. Elizabeth, con una blusa ligera que dejaba entrever el contorno de sus grandes senos, explicó con una sonrisa casual: —Es por seguridad, sobrino. —Pero sus ojos miel brillaban con un secreto más oscuro. En el fondo, Elizabeth anhelaba grabar las cogidas desenfrenadas que llenaban el departamento de gemidos y sudor.

    La idea de conservar esos momentos, de revivirlos una y otra vez en la privacidad de su habitación, hacía que su vagina palpitara, su tanga se humedecía al imaginar los videos de Diego poseyéndola o a Atziry entregándose a su primo. Era un placer que guardaría para sí misma, un tesoro prohibido que alimentaba su lujuria.

    Casi un año pasó, y la dinámica en el departamento se volvió un torbellino de deseo oculto. Diego y Elizabeth continuaban sus encuentros clandestinos, sus cuerpos chocaban en la penumbra de la habitación de ella. Elizabeth, con sus nalgas blancas expuestas y los pezones endurecidos, gemía mientras Diego la embestía por la vagina, su verga gruesa la llenaba hasta el borde.

    Cada embestida era un secreto compartido, un placer que mantenían oculto de Atziry. Mientras tanto, Atziry y Diego seguían entregándose a su pasión, a veces en la intimidad de su habitación, otras con un descaro que desafiaba las normas. En el sofá, Atziry, con un short diminuto que dejaba ver sus nalgas, montaba a Diego, su vagina empapada se deslizaba sobre su verga mientras gemía, ajena a las miradas de su madre.

    Elizabeth, desde la penumbra del pasillo o detrás de una puerta entreabierta, observaba esas escenas con una mezcla de celos y excitación. Su mano se deslizaba bajo su ropa, encontrando su clítoris hinchado, y se masturbaba en silencio, sus dedos se movían al ritmo de los gemidos de Atziry. La visión de la verga de Diego entrando y saliendo de la vagina de su hija, los jugos goteando por sus muslos, la llevaba al borde del éxtasis.

    A veces, se mordía los labios para no gritar, sus propios senos los apretaba con la mano libre mientras imaginaba unirse a ellos, pero se contenía, sabiendo que la cámara capturaba cada momento. Los videos, que revisaba en la soledad de su habitación, eran su vicio privado: imágenes de Diego embistiendo a Atziry, de sus propios encuentros con él, de los gemidos y los cuerpos sudorosos que llenaban el departamento.

    Atziry, sumida en su propio placer, nunca notó las miradas furtivas de su madre ni los dedos que se deslizaban en su vagina mientras observaba.

    Pero un día el departamento, cargado de una tensión que se había acumulado durante meses, se convirtió en el escenario de una revelación que cambiaría todo. Atziry, con el corazón dividido entre la lujuria y la resignación, ya sabía del romance entre Diego y Yareni, un secreto que había guardado mientras seguía entregándose a las embestidas de su primo en las noches febriles. Pero Elizabeth, atrapada en su propio mundo de deseo y videos prohibidos, permanecía ajena a la verdad.

    Ese día, cuando Diego cruzó la puerta del departamento con Yareni de la mano, presentándola como su novia, el aire se volvió denso. Yareni, radiante en un vestido ajustado que abrazaba sus caderas y dejaba entrever el contorno de sus pechos pequeños, sus ojos brillaban con una mezcla de amor y picardía, sonrió tímidamente. Elizabeth, con una blusa suelta que apenas ocultaba sus grandes senos y un short que resaltaba sus nalgas blancas, sintió una punzada de celos que le apretó el pecho, no solo por Diego, sino por Yareni, cuya lengua aún habitaba sus fantasías más húmedas.

    Elizabeth, luchando por mantener la compostura, forzó una sonrisa mientras su vagina palpitaba bajo la tela, traicionada por el recuerdo de aquella madrugada en que Yareni la había devorado. Sus ojos miel recorrieron el cuerpo de la joven, deteniéndose en sus labios, imaginándolos entre sus muslos, mientras Diego, con una camiseta que marcaba sus músculos y unos jeans que delineaban su verga prominente, hablaba con orgullo de su relación. Pero la noticia que soltó a continuación fue como un golpe: —Yareni y yo nos vamos a casar —anunció, su mano apretaba la de ella.

    Elizabeth y Atziry, sentadas en el sofá, quedaron en shock, sus cuerpos aun vibraban con el eco de los encuentros prohibidos con Diego. Elizabeth sintió una punzada en el pecho, su vagina palpitaba al imaginar a Diego, su verga gruesa llenándola, ahora la perdería para siempre. Atziry apretó los puños, su corazón estaba acelerado por la idea de perder al primo que la había poseído en cada rincón del departamento. Ambas, atrapadas en su lujuria y celos, luchaban por procesar la noticia.

    Elizabeth, forzando una sonrisa que escondía el fuego de sus celos, se levantó y abrazó a Yareni, sus manos rozaban los hombros desnudos de la joven —Les deseo lo mejor —dijo, su voz era dulce pero cargada de un deseo reprimido, sus ojos se detuvieron en los labios de Yareni, recordando su sabor. En un impulso, añadió: —¿Por qué no se vienen a vivir con nosotras? Haremos espacio. —La oferta, aunque aparentemente inocente, estaba teñida de una esperanza desesperada de mantener a Diego cerca, de seguir sintiendo su verga dentro de ella, y tal vez, de volver a probar a Yareni.

    Yareni negó con la cabeza, su expresión era firme. —No, Elizabeth. No soportaría compartir a mi esposo con Atziry —respondió, su voz era suave pero decidida, ajena al hecho de que también estaba arrancando a Diego de los brazos de Elizabeth. —Nos mudaremos a Monterrey. Mi papá nos dará una casa como regalo de bodas. —Sus palabras cayeron como un golpe, y Atziry, con los ojos llenos de lágrimas, se levantó de un salto. —¡No te lo lleves, Yareni! —suplicó, su voz se quebraba —. No me importa compartirlo, te lo juro. —Pero Yareni, con una mirada que mezclaba compasión y resolución, se mantuvo firme. —No quiero eso, Atziry. Lo quiero solo para mí —dijo, sin saber que sus palabras también cortaban el hilo que unía a Elizabeth con Diego.

    Atziry, con el rostro empapado en lágrimas, corrió a su habitación, el eco de sus sollozos resonaba en el pasillo. Su cuerpo, aún cálido por los recuerdos de Diego penetrándola, temblaba de frustración, su vagina palpitaba con un deseo que ahora parecía inalcanzable. Elizabeth, quedándose sola con Diego y Yareni, fingió fortaleza, pero sus celos ardían como brasas. Su mente evocaba las noches en que Diego la había embestido, su semen llenándola, y las veces que se había masturbado viendo a su hija montarlo.

    Sabía que sus vidas cambiarían, que el departamento, impregnado del aroma de sus encuentros prohibidos, perdería el fuego que los había consumido. Mientras Diego tomaba la mano de Yareni, su verga se marcaba bajo los jeans, Elizabeth sintió un nudo en la garganta, su tanga se empapaba por un deseo que no podía expresar. La partida de Diego a Monterrey con Yareni marcaba el fin de una era.

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  • Me cogí al esposo de mi mejor amiga

    Me cogí al esposo de mi mejor amiga

    ¡Buen día!

    Cómo ustedes sabrán, hace 3 años operaron a mi esposo, pues como esposa abnegada no podía dejarlo solo y obviamente lo cuide y estuve al pendiente de él.

    Estuvo casi un mes de incapacidad, y por obvias razones no podía coger, ni con él ni con nadie ya que lo estaba cuidando como la esposa amorosa que soy.

    Bueno, el jueves 13 de octubre del 2022 el esposo de mi mejor amiga, me comenzó a mandar mensajes, preguntándome por mi esposo, lo que yo no veía raro, después me preguntaba como me encontraba yo.

    Siempre hubo mucha confianza con ellos ya que él era mi mejor amigo de mi esposo y ella mi mejor amiga, hacíamos comidas familiares nuestra familia y la de ellos, hacíamos también viajes en familia y afuera algún balneario, senderismo, y bueno con decirles que nos íbamos en grupo a la playa con ellos, sus hijos y otro matrimonio el cual no tiene hijos, tenían un equipo de fútbol mi esposo y el esposo de mi amiga llamado Fidel, en fin es una amistad muy bonita la que tenemos y dijo eso porque aún somos amigos y nos frecuentamos igual obviamente sin que ella sepa que su marido ya me recorrió y yo ya lo recorría él.

    Bueno pues ese jueves 13 de octubre del 2022, me preguntó por cómo estaba mi esposo, obviamente yo estaba en la escuela, ya no me podían dar más días para cuidarlo, solamente estuve una semana completa con él, y ya después lo dejé solo al cuidado de mi mamá, al contestarle cómo me sentía yo le dije que me dolía la cadera, él me dijo que a lo mejor ocupaba una “acomodadita”.

    Yo le dije que si, que a lo mejor iba a irme a sobar, él me contestó que no se refería a eso, y puso el emoji la carita babeando. Yo solamente me reí ya que es el esposo de mi mejor amiga, jamás pensé en sus negras intenciones, y digo negras porque es un moreno alto delgado barba cerrada y canoso, pero es un moreno bronceado, muy guapo, yo tomé a broma un mensaje no lo tomé en serio.

    Ese día ya no me mando mensajes, el día viernes 14 que dieron de alta a mi esposo, mandó mensajes, que como le había ido a mi marido, que si ya estaba mejor, que como estaba yo de mi cadera, en fin. Le contesté normal, olvidando lo que antes me había dicho acerca de la “acomodadita”, después me dijo que qué opinaba de la infidelidad, le dije yo que se debía que tener muchos ovarios para hacerlo, y me preguntó que si yo le había sido infiel a mi esposo, obviamente le dije que jamás, y a ustedes que han leído mis otras anécdotas saben que si soy una verdadera puta, pero él no, y así quería que siguiera creyendo.

    Le hice la misma pregunta y me dijo que tampoco, comenzó a decirme que si a poco no fantaseaba con nadie, le dije que no yo haciéndome la santa y pura, le dije que si él si. Me dijo que si, que fantaseaba con su cuñada, ¡con una amiga mía que solamente ha visto en 2 ocasiones y conmigo! Ese día viernes yo me salí a co93r con el amigo de mi esposo Richi, y mientras estaba en el hotel me mandaba mensajes (la siguiente les cuento de ese viernes 14 que dieron de alta a mi marido)

    Me sorprendió muchísimo y le dije que eso no podía ser ya que era la mejor amiga de su esposa, el sábado 15 ellos fueron padrinos de primera comunión, mi esposo al darlo de alta ya caminaba y y tenía su vida normal, al ser ellos los padrinos de bautizo nos invitaron a nosotros y al otro matrimonio con el que nos juntamos, estuvimos tomando y conviviendo todos en la misma mesa.

    Mi amiga saco a bailar a mi esposo, porque a Fidel no le gusta bailar y estando en la mesa solos me tocó la pierna, yo con un vestido blanco, tacones y escotada, mis amigas igual, nos compramos el mismo vestido para ir las tres iguales, comenzó a hacerme preguntas que si a poco no me daban celos de ver a mi esposo con su esposa bailar, le dije que no que porque había mucha confianza entre nosotros y que yo sabía que ella no iba a hacer una cosa que no, me preguntó que si a poco él no me gustaba, o que si no pensaba en lo rico que seria pasarla juntos, que yo misma lo había dicho, había mucha confianza y nadie iba a sospechar mientras fuéramos discretos, le dije que no.

    Y me pare al baño, y no precisamente hacer mis necesidades sino limpiarme todos los jugos que me estaban saliendo de tan excitada que estaba en ese momento. Estuve unos minutos en el baño y salí me fui a sentar en medio de mis hijos para que no se me volviera a acercar, haciéndome como siempre primeramente la difícil.

    Pasaron un par de días y el miércoles 19 de octubre me mandó mensajes, se los contesté amablemente, y le dije que no empezar a hablar de cosas que no, sin embargo me dijo que se imaginaba la adrenalina que podíamos sentir los dos al hacer el amor y que nuestros esposos nunca supieran, le dije que yo no iba a perder a mi amiga por una calentura y mucho menos a mi esposo, sin embargo comenzó a hacer preguntas acerca del sexo, cómo me gustaba y que hacía yo en la cama, obviamente me calenté y todas sus preguntas se las conteste una por una, claro que yo también le hacía preguntas y la verdad sentada en la silla de mi salón mis cacheteros estaban súper mojados.

    En esos WhatsApp que nos enviamos, me dijo que para ser infiel se tenían que poner reglas, y él me dijo que la primera era la discreción, y que lo que platicábamos o pasará se quedaba entre nosotros y la otra regla era borrar los mensajes.

    Yo le dije que pues si él me estaba poniendo esas reglas ¿o qué? Me dijo que si, que porque no quería problemas con nadie, entonces comenzó a decirme que si a poco no veía como me observaba cada de que iba a mi casa, le dije que no, que el sábado que estábamos en la fiesta quería sacarme las tetas y mamadas, que porque mi amiga casi no tenía, y que él quería cogerme, meterme su verga donde su amigo lo hacía, en fin.

    Comenzó a decirme que veía como me vestía, cómo me veía y como consentía a mi esposo, que eso le llamaba la atención, ya que mi amiga no le ayuda ni lo consciente para nada. Terminé por hablarle con sinceridad y decirle que la verdad si me llamaba la atención, ya que así como era (alto, moreno, barba cerrada, canoso del cabello y la barba, delgado, atlético ya que juega fútbol en el equipo de mi esposo y van a correr juntos), además de los tratos hacia mi amiga, ya que mi amiga es muy dominante y eres muy sumiso le dije, entonces toda la caballerosidad con la que la trata me llamaba la atención de él, seguimos charlando por mensajes muy pero mucho muy cachondos, hasta que me dijo que quería hacerme de todo.

    Le dije que estaba mal y yo la verdad aunque estaba muy mojada por los mensajes que me mandaba, le decía que no ya que es el esposo de mi mejor amiga.

    Ese día el miércoles cambio de tema y me preguntó que si ya me había sobado, le dije que no que precisamente iba a ir en la tarde, y le dije dónde y a qué hora. Cuando llegue con la señora que me iba a masajear y a sobar, su coche estaba ahí afuera, me dijo que quería verme y me dijo que subiera a su coche, le dije que eso era una locura que yo iba a que me sobaran de la cadera, que se fuera, sin embargo dijo que no se iba a ir hasta que hablara conmigo en persona en persona, te insistí que se fuera ya que la tentación era muy grande.

    Sin embargo me dijo que él no se iba a retirar, le hiciste tanto que al final al ver su negatividad y su terquedad tuve que subir al carro para que no me vieran abajo y platicando con él, ya arriba le dije que estaba mal que hubiera ido ya que nos podrían ver y se podría prestar a malas interpretaciones, me dijo que tenía razón, así que arranco su auto y nos fuimos de ahí, obviamente yo dejé mi camioneta fuera del local de la señora que me iba a sobar.

    Les juro el insistí todo el camino que no fuéramos a ningún lugar donde pudiéramos estar solos, yo la verdad estaba muy caliente pero tenía miedo de que esto se nos fuera a salir de las manos algún día y que nuestros esposos se enteraran, me volvió a recordar las dos reglas de la infidelidad y me llevo a un motel, en el trayecto solamente me veía y me decía que me le antojaba mucho, yo no aguantaba las ganas, a pesar de que le rogaba que no hiciéramos nada estaba muy caliente, excitaba, y baje el cierre de mi sudadera, dejando mi escote al descubierto.

    Al llegar al motel, sin decir nada más le dije que si estaba seguro, me dijo que jamás había estado tan seguro de algo como eso, así que bajamos del auto, subimos y sin más ni más me dio la vuelta y me besó.

    Se quitó la playera y a mí la sudadera, saco mis tetas de la blusa y comenzó a morder y chupar como desesperado, me jalaba los pezones con los dientes y aunque me dolía me excitaba demasiado.

    Comencé a provocarlo pasando mis labios y lengua junto a los suyos, trataba de besarme pero ya no me dejaba, me decía que si me gustaba provocarlo le dije que si, se quitó el pantalón y se quedó sin nada, su verga morena y larga ya estaba dura, le dije que se subiera a la cama ya estando arriba me quite el pants que yo llevaba puesto, subí y mientras estaba acostado comencé a mamársela, pasaba mi boca de arriba hacia abajo, chupaba sus testículos morenos y su pene como si jamás fuera a chupar otra. Me comenzo a tocar y a apretar las tetas, te dije que eso me excitaba demasiado, así que lo siguió haciendo.

    Me tomo de la cabeza, y metió toda en mi boca. Mientras la metía se movía y yo solamente veía cómo se le ponía sus ojos en blanco.

    Le dije que se pusiera un condón, pero me comentó que si a poco no había confianza, éramos amigos. Le dije que sí, pero ya no me tardaba en bajar estaba en días, me dijo que estaba mejor porque así resbalaba más, además de que no había riesgo de embarazarme.

    Me dijo que si a poco no éramos amigos, que entre los amigos había confianza así que subí en él, metió su erecto pene en mi vagina, Yo comencé a montarlo.

    Me movía y me daban los más ricos sentones que se puedan imaginar, estaba cogiendo al esposo de mi amiga y sin haberlo planeado.

    Seguí moviéndome mientras él me daba cachetadas, le decía que esto o sea ser infiel “jamás lo había hecho” me dijo que “él tampoco” así que seguí arriba mientras me besaba las tetas.

    Le dije que me diera de perrito, y sin decir nada más, me puse en 4 en la cama, pegue mis pechos al colchón, levanté mis nalgas, y me puse así para recibirlo, me penetro y comenzó a moverse.

    Le pedía más y más, le dije que me diera esa acomodada que me iba a dar y así fue, me dio de nalgadas mientras me la estaba metiendo, le decía que no parará que iba a llegar el mío, no paro hasta que me vine. Mi orgasmo explotó y le dije que parara un momento ya que estaba muy sensible, sin embargo no lo hizo y siguió, fue ahí cuando sentí que estaba muy duro, se lo hice saber, y me dijo que cómo no iba a estar así si ya me traía ganas.

    Saco su pene de mi y me puso boca arriba, se subió y puso mis piernas en sus hombros, así me penetro, yo mordía los labios y le decía que estaba mal lo que estábamos haciendo, sin embargo me dijo que si, que estaba mal pero que era muy rico. Me tomo de los tobillos y me embestía con todas sus fuerzas, y fue ahí cuando sentí como de golpe salió su semen, pensé que iba a salirse sin embargo siguió moviéndose y yo gozando y gritando de placer me dijo que le gustaba batirlo para que llegara bien llena.

    Al sentir que su erección no era ya lo suficientemente dura, se bajó, me besó y me dijo que le gustaba mucho, que tenía muchas ganas de mi, yo le dije que también me llamaba la atención, ya que sus canas y su color de piel lo hacían ver muy atractivo.

    Se acercó mientras nos vestiamos, me acaricio y me besó. Me dijo que recordara las reglas.

    Salimos de ahí, me llevo cerca del local de la señora que me iba a masajear y a sobar, baje y nos despedimos, prometió discreción y yo igual.

    No fue a lo mejor cosa del otro mundo para ustedes pero para mí si, el morbo y la excitación de hacer algo que jamás pensaste que ibas a hacer y más que nada con la persona. Leo sus comentarios, y opiniones, tal vez no hubo un sexo desenfrenado como otras veces en las que les he escrito, pero tenía que contarles el contexto primeramente.

    Saludos.

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  • El campo

    El campo

    Luego del sucucho en el que estuve más de un año intenso, inicié mi vida nómade, como alquilaba nunca duré más de dos años en un mismo lugar, (nunca supe si esto se debía a que salía a veces con ropa femenina en horarios nocturnos) en una sola casa logré llegar a los cuatro años.

    Mi primer mudanza fue al campo de un pariente, aquel en el que se la chupé a mi hermano menor; mis hijos amaban ir ahí, por lo que los fines de semana contaba con ellos casi siempre, pensé que ahí el sexo sería más difícil, no dudo que disminuyó la asistencia de machos a mi casa, pero los que venían lo hacían con más tiempo, igualmente seguí asistiendo al baño turco tres o cuatro veces por semana, más mis ocasionales visitantes en aquel alejado lugar hizo que el sexo homosexual se mantuviera en un buen ritmo.

    En el campo disfruté mucho de vestir con ropa femenina casi todo el día y podía salir a caminar muy tranquilo por varias cuadras, acá inicié la compra de ropa ya de una forma más detallada, veía que era lo que mejor me quedaba, buscaba modelos, si bien me interesaba la sensualidad nunca dejé de reconocer mi edad, tenía 50 años y no quería parecer un viejo ridículo.

    En general empecé a variar tiendas, el estilo que más me gustaba eran polleras y vestidos, pero la falta de cintura hacía que me inclinara por calzas y pantalones ya que ellos me resaltaban las caderas, la ropa interior de hombre era escasa en mi guardarropa y sí tenía lencería fina y de uso diario, en invierno las medias de mujer eran habituales en mí; me hice un blog donde subía fotos y relatos de mis historias sexuales y por medio de él conocí a un hombre con el que nos vimos por tres años una vez al mes y era muy particular.

    Me contactó por mail aclarando que vio mis fotos y le gustaron mucho por lo que le interesaba poder ponernos en contacto, le pasé mi celular y vía mensaje de texto seguimos la charla para concretar una cita unos días después; no supuse que vendría, pero puntualmente estuvo en la tranquera del campo, yo lo fui a recibir con un minishort que me marcaba bien los glúteos, y una remera bastante escotada que dejaba entrever algo del corpiño, pasó con el auto y le indiqué que siga hasta la casa, mi sorpresa fue grande al ver que al abrir la puerta sacaba unas muletas para bajarse, me miró, se dio cuenta de mi cara de asombro y preguntó si eso era un problema, por supuesto que dije que no:

    -Ningún problema, pero me sorprendí, no lo habías dicho.

    -Si querés me voy. Dijo deteniéndose unos segundos

    -No está bien, bajá por favor.

    Y se encaminó hacia la casa conmigo por delante pensando si realmente podría hacer algo con él; apenas ingresamos se sentó a la mesa le ofrecí algo de tomar y charlamos un poco mientras le servía un jugo fresco, me acerqué por detrás de su silla que estaba de costado a la mesa, apoyé el vaso y me arrodillé para abrir su bragueta, sacar el pene casi duro que llevé a mi boca y lo sentí suspirar con fuerza.

    -Sos tremendo, me encanta, vamos a la cama por favor. Me pidió

    Entonces me levanté y él hizo lo mismo, traté de ayudarlo, pero muy amablemente me dijo que podía solo; caminamos unos pocos metros y ya estábamos en la habitación desnudándonos yo me saqué la remera, el corpiño y el short mientras mi acompañante sentado en la cama se desnudaba por completo para dejar exhibido un cuerpo bastante deforme, digamos que tenía un torso hundido en un costado, caderas normales, una poronga normal y piernas lógicas de un inválido. Me acosté a su lado, lo besaba y acariciaba su pene demostrándole que lo deseaba. Se calentó de tal forma que me rogó que me deje coger:

    -Sentate arriba ya. Dijo

    Lubriqué mi ano con una crema que siempre tengo sobre la mesa de luz y abriendo mis piernas me puse frente a él para agacharme despacio e ir metiendo su pija dentro de mí, vi como una de sus manos se tomaba a las sábanas.

    Nos mirábamos fijamente y podía ver su satisfacción, llegué a fondo y me movía de forma que lograba sacar sus gemidos con fuerza, su cuerpo deforme no me inhibía para buscar nuestro placer, estuvimos al menos unos 10 minutos entre penetraciones y mamadas, su cola parecía interesante, por lo que lo di vuelta y luego de unas caricias, la abrí y lo cogí con mi lengua, se la chupé de forma que gozaba plenamente, volví al frente y al ver su falo erecto, me lo tragué, estaba tan duro que apenas hice unos movimientos soltó su abundante leche en mi boca, luego de acabar quería que yo lo hiciera, por supuesto que no lo hice.

    -Bueno, pero la próxima vez quiero que lo hagas y también me la pongas ¿O sos sólo pasivo? Preguntó

    -No tengo drama en ser activo, pero en general me buscan como pasivo.

    -No lo dudo, la chupás muy bien y estás muy bueno

    Nunca me creí lo que decían después de cogerme, siempre supuse que serían cumplidos al aire, pero cuando volvían una y otra vez, como este minusválido, concluía que algo bueno yo haría; ya cambiados lo acompañé hasta el auto y nos despedimos para volver a vernos alrededor de una vez al mes.

    En el campo no dejé de tener al menos 3 hombres por semana, pero lo que más disfrutaba era poder usar ropa femenina todo el día, estuve casi exactamente un año en ese relajante lugar, pero me fui porque había empezado a encerrarme en él debido a la paz que ahí conseguía. La casa que siguió ya estaba en la ciudad, en una excelente zona, para que el desfile de hombres se intensificara nuevamente y alguna mujer también viniera a quedarse a dormir.

    Mi ropero constaba de 3 cuerpos de los cuales dos eran para ropa femenina y una la de varón, los cajones estaban repletos de lencería de toda clase y solo en la mesa de luz tenía la ropa interior masculina, también volví a salir en horarios nocturnos y levantar algo, pero ya no era mi objetivo, el solo hecho de dar una vuelta me producía cierta adrenalina que me satisfacía.

    A las mujeres con las que salía les avisaba de antemano que yo usaba ropa femenina estando en mi casa algunas no lo aceptaban, pero a otras, la mayoría, le daba cierto morbo y las atraía, aunque sólo sea una cita; pero a los hombres, sin importar el rol los excitaba de tal forma que he llegado a tener 3 hombres en el lapso de dos horas en mi cama.

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  • Festejando el día del empleado

    Festejando el día del empleado

    Ya les había comentado en algún relato anterior que, en la oficina hay empleados que son de edad adulta, es decir más de 42 o 45 años y técnicamente yo soy el más joven, la mayoría son casados o alguno que otro divorciado. Pero dentro de toda la gente que labora en esa oficina, hay una señora, precisamente divorciada, la clásica puta de oficina (que nunca falta alguna de este tipo en cualquier lado).

    Dicen por ahí que para llegar al puesto que desempeña en este momento le tuvo que dar las nalgas a alguien, pues está en la parte contable de mi área. Todo parece indicar que el jefe fue el afortunado.

    Sinceramente la señora no está mal, claro que ya tiene una pancita que denota claramente los tres hijos que tiene (y sin afán de ser chismoso, creo que son de padres diferentes), pero bueno, no vengo a juzgar ya que no es mi papel, sino platicar esa experiencia que vivimos.

    El día del empleado nos hicieron a todos una comida en un restaurante que está ubicado muy cerca de San Ángel Inn. Debimos haber sido más o menos unos 25 empleados de confianza los que estuvimos presentes y bueno, cada quien con nuestras respectivas parejas, bueno, quienes las tenemos.

    Esta señora a la cual me referiré como “Norma” (y lo digo así porque todavía trabaja en mi área) llevaba de pareja a un chico más joven que ella, el jefe iba de solterito y algunos que otros iban acompañados de “otras amistades”.

    Para ese momento, ya me habían ascendido al puesto que ostento actualmente, como es una sub jefatura era lógico que en lo personal si tenía que presentarme con mi esposa, aunque también a fuerza de decir verdad no veía la necesidad de llevar a otra persona.

    La comida transcurrió sin incidente alguno, a excepción de las mirada que nos aventábamos los unos a los otros, ya sea por una u otra cosa.

    Poco a poco se fueron retirando muchos de los compañeros y era lógico saber a donde se dirigirían después de haber ingerido algunas copitas de más, especialmente los que llevaban sus parejas ocasionales. Norma fue una de las pocas en quedarse hasta el final con su pareja, pero muy cerca del jefe. Yo como segundo, me veía en la obligación de hacerlo junto con mi esposa, también se quedó el contador general con una chica (muy guapa por cierto, pero sin nada de cuerpo que mostrar). Total que solo habíamos en el restaurante 7 personas; repito, el jefe, Norma y su pareja, el contador y su chica, mi esposa y yo.

    El jefe, una persona de casi 60 años de edad, también divorciado tiene un departamento que está ubicado detrás del hospital Adolfo López Mateos, así es que de él salió que nos fuéramos para su departamento a seguir la juerga.

    Mi esposa no estaba muy a gusto de ir, especialmente porque casi desde que habíamos llegado al restaurante se percató de la desfachatez y vulgaridad de Norma; vamos, ya la conocía y sabía que era una puta, con decirles que ese día iba con una falda tan corta que, si la veías por detrás, se le podían ver el inicio de las nalgas. Traté de hacerle entender a mi esposa que esas eran las reuniones en donde, ciertamente se fraguan los mejores negocios y se comercian las mejores plazas. Pues ni pedo, no le quedó de otra más que aguantarse y acompañarme.

    Llegamos al departamento del jefe y nos ubicamos por parejas, Norma, como era de esperarse se sentó muy junto a él y su acompañante lo puso a trabajar como barman, el contador se sentó con su chica muy cerca de una de las ventanas que da a la avenida principal, mi esposa y yo nos sentamos muy cerca de la entrada. Lógicamente no es muy grande el departamento, pero lo que sea de cada quién este cabrón tiene billete y buen gusto para vivir. En una pequeña cava que estaba hasta el final de la sala podías ver bebidas de todas las marcas y tipo más comerciales, rones, brandys, tequilas y hasta jugos y licores de semillas para preparar algunos tipos de coktail.

    Comenzamos a tomar y a escuchar música ambiental.

    Con el paso del tiempo y por supuesto que del alcohol, la situación iba cambiando de tono. Por ejemplo, mi jefe ya se daba el lujo de tocarle las piernas a Norma, primero muy disimuladamente, pero poco a poco se fue descarando y ella no hacía nada para impedirlo, la chica del contador cada vez estaba más sonrojada del rostro y se reía con cada estupidez que hablábamos, el amiguito de Norma nunca tomó una sola copa, ya que hasta el final del evento nos enteramos por propias palabras del jefe que, él le había pedido que fuera su acompañante en la comida, así es que después de un tiempo, él se retiró.

    Nos quedamos solo los seis en el departamento, mi esposa también iba tomando muy despacio, pero para las nueve de la noche ya estaba entrada en calor y ella misma era quien en momentos proponía el tema de conversación.

    Yo me había percatado de varias situaciones o conductas de Norma, pero también mi esposa lo había visto. Es decir que había momentos en que la muy cabrona se abría ligeramente de piernas y nos permitía ver a todos sus calzones de color carne, cuando se trataba de bailar lo hacía más cachonda que al principio.

    La chica del contador también se notaba muy suelta después de los alcoholes. Igual que Norma, bailaba muy sensual, aunque llevaba puesto un traje sastre de pantalón y blazer, su carita bonita la hacía más cachonda en algunas canciones que intentaba ella cantar. Mi esposa iba vestida también de manera muy conservadora; un conjunto de falda a la rodilla, un chalequito, zapatillas altas y sin faltar unas pantimedias claras brillosas.

    Aquí una parte de mi conversación con mi vieja:

    Yo: No chingues Sophia, ya estas peda ¿verdad? mejor vámonos de aquí antes de esto se vuelva una pinche orgía. Mira como tienen a Norma, casi la está encuerando el jefe.

    Sophia: No, hay que quedarnos un rato más, a ver que tal se pone el ambiente; no me digas que no le estás viendo los calzones tú. Si ya me di cuenta que tú también la quieres desvestir con la mirada, ¿y sabes que voy a hacer ahorita? Voy yo también a abrirles las piernas, a ver si a mí también me voltean a ver así como a esa puta.

    De momento me encabroné un poco, pero después pensé que era un buen momento para hacer algo divertido, la verga se me paró de inmediato hasta el tope y por mi mente pasaron un chingo de pendejadas y calenturas.

    De regreso en nuestro asiento mi esposa se cruzó de piernas y me jaló mi mano para que le comenzara a jugar las piernas; así lo hice, poco a poco le comencé a subir la falda hasta que noté que la atención de los otros dos caballeros ya estaba en las piernas de mi esposa.

    Les voy a decir algo y pensarán que es una verdadera mamada lo que les cuento, pero es la verdad, siempre en este tipo de ambientes lo primero que se te ocurre hacer es jugar a la botella, imponer castigos cabrones y hacer las noches más agradables, ¿cierto o no?

    Bueno, pues fue Norma quien lo propuso y así se hizo, juntamos los asientos al centro de la sala, tomamos una botella vacía de tequila y comenzamos a jugar. Al principio los castigos no pasaban de dar besos prolongados, mostrar como se jugaban las lenguas entre besos prolongados, claro, primero entre nuestras parejas ¿verdad? Tomar más de una o dos copas de diferentes bebidas, en fin; les repito, castigos que no aceleraban las mentes de los participantes.

    Siguieron los castigos de prendas, primero que nos fuéramos quitando los zapatos, que los aretes, que los anillos. El primera castigo fuerte le tocó a Norma, bailar cachondo encima de la mesa de centro; no… cabrón, otro pinche mundo. Pinche vieja, se deshacía bailando. Se movía como si tuviera una culebra dentro de ella y con todo y panza la verdad es que si se antoja la desgraciada.

    Para esa altura del partido, ya mi vieja también quería hacer un table. En un turno que tiré le tocó ordenarle Norma a la chica del contador, le pidió que de castigo adivinara que tipo de pantimedias usaba mi esposa, que cerrara los ojitos y solo con el tacto tendría que adivinar, yo me quedé helado al escuchar eso; mi vieja se sonrojó y como buena perdedora se puso de pie y esperó a que llegara la chica.

    Se sentó en una banquita la chica y expulsando una sonrisa nerviosa le tocó una pantorrilla a mi esposa, dijo una marca y mi esposa lo negó. Volvió a tocar su otra pantorrilla y volvió a decir otra marca, pero también volvió a equivocarse. Se paró Norma de su asiento y dijo, te voy a decir que marca son; tocó con sus dos manos sus rodillas y subió sus manos hasta arriba, nadie podíamos ver porque la falda no se había subido del todo. Pero que acariciada de piernas le puso a mi vieja esa pinche Norma.

    Los castigos cada vez fueron siendo más y más cabrones. Finalmente, el juego termino cuando el jefe había quedado con un calcetín y sus calzoncillos, Norma quedó solo con su coordinado de color carne, el contador quedó solo con los calzones y una playera, su nena quedó también con el puro coordinado, mi vieja también me la dejaron en puro coordinado y yo solo con mis calzones.

    Norma apagó las luces del departamento y el jefe prendió unas velas aromáticas, seguimos tomando pero ya muy leve, las viejas eran las que ya estaban borrachas, el contador le tiraba unas pinches miradas de lujuria a mi vieja que casi pensé que me la iba a pedir para cogérsela en ese momento.

    Las pláticas ya eran de sexo abierto, Norma era la que hablaba y hablaba de sexo, pasaba constantemente su mano por la verga del jefe, pero no había reacción. El contador sin ningún tipo de inhibición hablaba también de algunas de sus experiencias mientras que su calzón parecía tienda de campaña y por supuesto que yo andaba por la misma dirección. De repente el jefe se levantó y regresó como a los 5 minutos, se tuvo que ir a echar un viagraso para responder.

    Cuando ya había reaccionado el jefe, Norma lanzó una pregunta al aire;

    Norma: A ver chicas, hagamos una apuesta, vamos a ver quien aguanta más mamando la verga de su macho…

    Diciendo y haciendo, le bajó los calzoncillos al jefe y como dice el dicho “Sobre el muerto. Las coronas”. Comenzó a mamarle la verga al pinche viejo. Mi vieja se quedó con la boca abierta, sin decir nada. La nena del contador soltó una carcajada y lo primero que hizo fue voltear a vernos a nosotros y después al contador.

    Mientras el jefe se mantenía sentado en una misma posición y Norma chupándosela hasta el fondo, mi vieja siguió y me comenzó a mamar la mía. La otra vieja hizo lo mismo con el contador. Todos nos veíamos los unos a los otros y las viejas mientras mamaban daban ligeros quejidos de placer. Pasados unos cinco minutos de esa posición Norma se levantó, se quitó la poca ropa que traía encima, se ubicó sobre el jefe y con el rostro hacia nosotros comenzó a darse sentones y a gritar de placer a boca abierta.

    Les juro que no lo podía creer.

    Mi esposa se levantó, se vistió y me pidió que nos fuéramos, que ya era muy tarde y que era mejor salir en ese instante. Tomé mi ropa, me vestí y nos despedimos. El contador con su chica y el jefe con Norma se quedaron en el centro de la sala terminando lo que habían empezado.

    Como podrán ver ustedes, estar en un ambiente así, no siempre es fácil y hay que tener mucho cuidado, ya que los hilos de confianza entre colegas o parejas son tan delgados que en cualquier momento se pueden romper. Afortunadamente tengo una esposa de mente muy abierta y un pinche jefe que de repente le vale madre todo, por eso, después de ese día jamás se volvió a tratar el asunto.

    Les dejo esta experiencia por si alguien pretende internarse en este hermoso ambiente, tengan mucho cuidado, sino, su pareja los puede mandar a la chingada en cualquier momento.

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  • Madrastra afroamericana educa a su hijastro blanco

    Madrastra afroamericana educa a su hijastro blanco

    Una de la preguntas más grandes que se está haciendo la sociedad actualmente es el de como acabar con el problema del racismo pues, lamentablemente, aún existen casos personas que maltratan o menosprecian a otras solo por su color de piel. Pese a que no existe una solución definitiva para tratar este problema, les voy a contar acerca de un método “poco ortodoxo” que utilizo una mujer afroamericana para lidiar con los prejuicios de su hijastro.

    Está afroamericana de la que les voy a hablar hoy se llama Amara, y es una mujer pelinegra, alta, musculosa, femenina, de muslos gruesos, tetas inmensas y, lo que más resaltaba en ella, un inmenso culo.

    Los atributos femeninos de Amara (especialmente su trasero) llamaron la atención de un hombre blanco muy adinerado, el cual tenía un hijo producto de un matrimonio anterior, que se terminó casando con ella.

    Tristemente, el esposo de Amara termino falleciendo al poco tiempo de casarse, y la afroamericana, además de heredar una fortuna, se tuvo que hacer cargo del hijo de su marido, con el cual se terminó encargando profundamente, al punto de amarlo como si genuinamente fuese su hijo.

    Por su lado, Lincoln, el hijo del esposo de Amara, era un joven delgado, bajito, y de piel blanca, el cual también terminó sintiendo un profundo afectó por su madrastra, al punto de llamarla mamá y verla como tal.

    Sin embargo, pese a que Lincoln amaba a Amara, este tenía ciertos prejuicios contra la gente que compartia la tonalidad de piel de su madrastra y, tarde o temprano, dichos prejuicios le terminarían trayendo consecuencias.

    Un día, Amara y Lincoln (que, en aquel entonces, tenían 39 y 18 años respectivamente) estaban sentados en el sofá de la sala de su casa, viendo las noticias. En dicho noticiero, se estaba hablando acerca de que la policía había capturado a dos sospechosos, acusados de haber robado un banco. Los sospechosos eran un hombre blanco y un afroamericano.

    “¡Que misterio!” exclamó Amara “¿Quien será el culpable?”

    “¡Es obvio que es el hombre afroamericano!” respondío Lincoln.

    “¿Y por qué estas tan seguro?”

    “Bueno… solo digo que podría ser culpable” dijo el joven, nervioso.

    “Es porque es negro ¿Cierro?” respondío la milf, molesta “¡No puedo creer que tengas esos prejuicios!”

    “¡Solo fue un comentario, no te enojes tanto!”

    “¡Ningún hijo mío crecerá siendo un racista!” exclamó Amara, mientras le daba un tirón de orejas a Lincoln “¡Estás castigado, jovencito!”

    Luego, la milf llevo a su hijastro hasta su habitación y, una vez allí, cerró la puerta con llave y comenzó a desvestirse.

    “¿Pero que haces, mamá?” pregunto Lincoln, sorprendido.

    “¡Tu padre también tenía prejuicios contra la gente de color pero, tras compartir la cama conmigo, dichos pensamientos abandonaron su mente, y eso es exactamente lo que voy a hacer contigo!” exclamó la milf, con firmeza “¡Te voy a coger hasta que se te quite lo racista!”

    “¡No, de ninguna forma!” exclamó Lincoln, asustado, mientras intentaba escapar de la habitación “¡Soy tu hijastro! ¡Aunque tú no me hayas dado a luz, igual te veo como si realmente fueras mi madre biologica, y tener sexo contigo sería como si realmente me cogiera a mi propia madre!”

    “Debiste pensar eso antes de hacer esos comentarios inapropiados ¡Ahora sufrirás las consecuencias!” exclamó Amaraz mientras agarraba a su hijastro, y metía la cara de este entre sus inmensas tetas “¡Además, como madre, es mi obligación educarte para evitar que te vuelvas una persona discriminadora y, si para eso tengo que cometer incesto y generarte un pequeño trauma, que así sea!”

    Lincoln no tuvo más opciones que chupar las inmensas tetas de su madrastra quien, al mismo tiempo, le metía la mano dentro del pantalón para masturbarlo.

    “¡Tremenda verga tienes, hijito querido!” exclamó Amara, con una sonrisa “¡Veo que si tienes una parte afroamericana después de todo!”

    Luego, la milf beso apasionadamente a su hijastro, y las lenguas de ambos se entrelazaron con fuerza. El beso entre Amara y Lincoln fue tan intenso que, al momento de separar sus bocas, ambas seguían unidas por varios hilos de baba. Luego, la milf agarro el cuello de su hijastro con fuerza, y escupió un par de veces dentro de su boca.

    “¡Esto no está bien, no está para nada bien!” exclamó Lincoln, quien tenía una gran erección.

    “¡Lo que no está para nada bien son tus pensamientos discriminatorios!” exclamó Amara, mientras desnudaba a su hijastro por la fuerza.

    Una vez que Lincoln quedó completamente desnudo, Amara lo empujó sobre la cama, y se puso encima de él, poniéndole su coño en la cara.

    “¡Una boca tan racista como la tuya merece un castigo!” exclamó ella, mientras presionaba su coño contra el rostro de su hijastro “¡Asi que la vas a utilizar para darle placer a este coño negro!”

    Lincoln, a no tener más opcion, acato la orden de su madrastra, y comenzo a hacerle sexo oral, al tiempo que Amara frotaba sus tetas contra su verga y le daba una poderosa mamada.

    “¡Cómo extrañaba chupar una buena verga blanca!” pensó la milf, mientras ella y su hijastro hacían el 69 “¡Espero que, con esto, mi querido hijito recapacite sobre su actitud!”

    “¿Cómo es que algo que está tan mal pueda ser tan placentero?” pensó Lincoln, con gran excitación.

    Tras mucho sexo oral, Amara tuvo un orgasmo, y cubrió la cara de su hijastro con sus jugos vaginales.

    “¡Perdóname por todo, mamá!” exclamó Lincoln “¡Ya aprendí la leccion!”

    “¡Pedir perdón no basta!, y mereces un castigo aún más severo!” exclamó Amara, mientras se paraba y abría sus nalgas “¡Ahora quiero que tú asquerosa boca racista me chupe el culo!”

    “¡No, por favor!” exclamó el joven, mientras su madrastra se sentaba con fuerza sobre su cara “¡Esto es demasiado humillante!”

    “¡Una buena humillación es lo que se merecen los discriminadores!” exclamó ella, mientras agitaba su trasero.

    Al final, Lincoln terminó obedeciendo a su madrastra afroamericana, y empezó a lamerle el culo, al tiempo que está gemia y se manoseaba las tetas.

    “¡Eso es, mete tu lengua aún más profundo!” exclamó Amara, entre gemidos de placer “¡Tu boca debe ser utilizada para darle placer a tu madrastra, no para discriminar!”

    Luego de muchos besos negros, la milf se paró, y se puso de cuclillas cerca de la verga de su hijastro.

    “¡Te voy a sacar todo el racismo que tienes arraigado en tu cuerpo a sentones!” exclamó Amara y, de un solo y potente senton, metió la verga de su hijastro dentro de su culo “¡Que buena vergas tiene, carajo! ¡Así si da gusto cumplir con mis obligaciones de madrastra!”

    Al sentir los poderosos movimientos pélvicos de su madrastra, Lincoln no pudo seguir resistiendo la gran excitación que sentía, por lo que se sentó y beso a Amara, lo que sorprendió de sobremanera a la afroamericana.

    “¡Dame duró, mami!” exclamó él, mientras abrazaba con gran pasión a la milf, al tiempo que está seguí cabalgando su verga “¡He sido un chico muy malo, merezco que me cojan sin piedad!”

    “¡Se ve que el racismo ya está empezando a abandonar tu cuerpo!” exclamó Amara, mientras intensificaba la fuerza y la velocidad de sus sentones.

    Al cabo de un rato, Amara se movió y se dispuso a cogerse a su hijastro utilizando la posición de Amazónica invertida.

    “¿Te gusta la visión privilegiada que tienes de mi culo de chocolate, querido?” pregunto la milf, entre gemidos.

    “¡Si, si, lo amo!” exclamó Lincoln, mientras nalgueaba a su madrastra “¡Me arrepiento de corazón de todos los comentarios inapropiados que hice!”

    “¡Ahora así creo en tus disculpas y, para que veas que no hay resentimiento, te voy a dejar elegir en qué parte de mi cuerpo quieres depositar tu semen!”

    “¡En la cara, en la cara!” grito Lincoln, quien ya no podía aguantar más.

    Finalmente, el hijastro se puso de pie, su madrastra se arrodilló ante él, y la cara de está quedó bañada por el semen del joven.

    “¡Ahora sí pareces europea!” exclamó Lincoln, y él y su madrastra se rieron.

    “¡Me alegra que hayas aprendido tu lección!” exclamó Amara, mientras lamía el semen que tenía en la cara “De todas formas, aunque te haya liberado de tu racismo, lo mejor será que te coja mínimo una vez al día… ¡Digo, para evitar que esos pensamientos discriminatorios vuelvan a instalarse en tu cabeza!”

    “¡Estoy completamente de acuerdo, mamá, porque no ahí nada peor que ser racista!”

    “¡Tu lo has dicho!” exclamó Amara, mientras ella y su hijastro se reían, y luego lo beso apasionadamente.

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  • Mi cuñada es igual a mi esposa: caliente y deliciosa

    Mi cuñada es igual a mi esposa: caliente y deliciosa

    Hace 10 años atrás conocí a Emilia, mi esposa, por intermedio de su hermana Mónica que es 3 años mayor, algo gordita y muy simpática. A Mónica –ahora mi cuñada- la conocí en una conferencia sobre arte griego en un museo de mi ciudad. Nos tocó sentarnos juntos, ella andaba con un hijo pequeño y unos amiguitos del chico. En un momento me pidió que le cuidara el asiento mientras llevaba a su niño al baño.

    Al caminar por la fila de asientos, pude degustar le precioso culo carnoso de la mujer y al volver a su sitio, me preocupé de meterle conversación. Quería conocerla. La note entusiasmada y aproveche de decirle que si le interesaba el tema podíamos ir a otra exposición en el ultimo piso del mismo recinto. Me explico que esa tarde debía llevar a los niños de regreso a sus casas y acostar a su hijo ya que mañana había escuela.

    Le di mi numero de teléfono y nos despedimos. Dos días después me llama. Mónica me hablaba como con distancia, con palabras cortas y entendí que no podía hablar. Quedamos en ir a la exposición temprano una mañana. Llegó con un vestido corto, generoso escote y con ropa muy bonita.

    La mujer no solo era hermosa, tenia unas piernas perfectas y unas tetas pequeñas que mostraba generosamente. Adoro las tetas pequeñas, y me enloquecen las mujeres de muslos carnosos y pantorrillas generosas.

    Mónica estaba casada, tenia un hijo de 6 años, pero tenia un aire calentón e inocente a la vez. Conversamos mientras subimos los tres pisos y cuando enfrentamos la ultima escalera me las arreglé para ir detrás de ella y mirarle el culo… dios mio… era perfecta. No me costó nada ver un calzón blanco enterrado en la raja carnosa, lo que me dejo erecto por el resto de la tarde. Ella se dio cuenta perfectamente pues me dijo “ohh… que vergüenza me debes haber visto todo esta escalera es muy empinada y mi vestido muy corto”. No te preocupes, le dije soy un caballero.

    Mónica es algo gordita pero deliciosa y caliente y algo timida. O disimulaba muy bien que era una caliente o bien era muy tontona y no se deba cuenta que yo no le quitaba la mirada de sus tetas y su trasero. Vimos la exposición y después de una hora la fui a dejar al metro.

    No me importo que fuera casada asi es que salimos tres veces esa semana. Un café, otra exposición y la ultima vez fue un paseo al cerro en el centro de la ciudad. Hermoso romance comenzábamos a escribir. Esa tarde la fui a dejar al metro pero su vestido “se subió” mas de la cuenta y las deliciosas piernas de Mónica quedaron ahí… expuestas. Manejé rumbo al metro muy nervioso, el borde de su entrepierna se dibujaba perfecto y no sabia como mirar.

    Al despedirse, nos besamos tiernamente y roce sus muslos. Me miro y me dijo “eres muy tierno”. Palabras mágicas para que mis manos se resbalaron hasta rozar la vagina de la exquisita mujer. Comenzo a gemir y note que su vagina se llenó de jugos. Vámonos de aquí mejor me pongo nerviosa. No se como llegamos a un hotel, en el camino mi mano estilaba de jugos de la exquisita mujer. Entramos a unas cabañas en el sector alto de la ciudad, nos besamos y noté que ella no tenia ninguna experiencia en sexo. Más bien se dejaba hacer.

    La desnudé prenda por prenda, cuando le quite el brassier vi las dos maravillas preciosas, erectas y de pezones rosados, duritas, perfectas. Toque chupe, lamí, bese, mordí sus ricas tetas pequeñas hasta que mi verga pedia a gritos culearse a esta mujer. Y finalmente me la culee. Me monté sobre mi presa y hundi mi verga dura de 21 centimetros.

    A los 15 minutos de follarmela le hice un 69 y chupe su deliciosa concha, le meti la verga en la boca y le explique como mamar. Al parecer nunca se lo había hecho a su esposo. No le gustaba ponerse boca abajo, le expliqué por que debía aceptar gozaría mas, en efecto noto que boca abajo la verga le atravesaba todo y llegaba al paraíso.

    Nunca había hecho estas cosas con su esposo. El tipo me lo debe agradecer.

    Culeamos unas 3 semanas, muy rica mujer, una tarde la hice acabar solamente mordiéndole las tetas, hasta se hizo adicta al cojin en la guatita para levantar el poto.

    La ultima vez que estuvimos en la cama me la quise tirar por el ano y no me aguantó… me dijo que quería esperar un tiempo, ya que yo era muy intenso. “Nunca me lo han metido por atrás y me da susto” me dijo. Siempre había pensado que esas cosas las hacían las putas.

    Fue un exquisito paréntesis en mi vida de soltero (yo estaba recién divorciado en ese momento). Dejamos de vernos pues el marido comenzó a sospechar. Tiempo después ella le dio mi nombre a su hermana para que tomara cursos en la universidad y asi conoci a Mili, mi actual esposa.

    Mi mujer tiene la cintura mas pequeña y las caderas mas prominentes, que su hermana, pero ambas tienen el culo exquisito, carnoso y paradito, sus vaginas son hermosas, carnosas y muy sensibles al orgasmo con sexo oral, ambas tienen las tetas iguales: pequeñas, paraditas y sensibles y ambas son hermosas y simpáticas. Siempre tuve la fantasia de culearmelas a las dos juntas… jeee.

    Con Mónica siempre hemos evitado vernos mucho y aunque nos llevamos bien, no cruzamos palabras para no entorpecer nuestras relaciones maritales. Mi esposa Mili y el marido de Mónica nada saben de esta relación secreta e intensa que ocurrió hace 10 años atras. Debo confesar eso si, que mi mujer tiene mas kilómetros recorridos, es bien puta en la cama y ha tenido 4 amantes antes de estar conmigo. Adora el sexo anal, mama como diosa y traga el moco como adicta.

    Pues bien, pasan los años. Con mi mujer compramos una bonita casa en la palaya y mi esposa decidió invitar a su hermana y familia. No me gustó la idea pero nada podía hacer ni decir.

    Llegaron Mónica, su esposo y sus dos hijos. Ella nerviosa, yo nervioso, estábamos en la arena y ella no se quería destapar y quedar en traje de baño, su marido le dijo: ya amor, vamos al agua ¿que te ocurre? Mónica y mi esposa se quitan la polera y los pantaloncitos y quedan en bañador, veo los deliciosos culos y sus magnificos muslos… recordé su olor a vagina de ambas, la fricción de mi pene en esas conchas, muy parecidas… la textura de las nalgas y la dureza de los pezones de las preciosas hermanas.

    Luego almorzamos y paseamos las dos familias. No podía sacarme la imagen del cuerpo desnudo boca abajo cuando Mónica aprendia a culear regalando el culo. Por la noche, la cosa se puso tensa, mi mujer quiso sexo y follamos en silencio y oi que en la pieza del lado la cama crujía levemente. No pude quitarme a Mónica de la cabeza.

    Mi esposa acabó y se durmió profundamente. Al lado seguían culeando, me levante en silencio y fui a la terraza, sabia que entre las cortinas hay un espacio para mirar. Monica estaba acostada con las piernas abiertas y su marido le ensartaba una tremenda verga de no menos de 30 centimetros, era monstruoso…. Vaya pensé el hombre se veía tan frágil y le da como caja a su mujercita. Todo acabo con el hombre eyaculando la cara de Mónica.

    Al día siguiente fuimos a comprar pan para el desayuno, solo Mónica y yo. Nos habíamos alejado apenas media cuadra y le dije: “los escuche follar anoche y me dio envidia, estas deliciosa, igual que antes”. Cállate por favor… fue su respuesta. Caminamos en silencio y cuando veníamos de regreso me dijo: “yo también estoy muy nerviosa, por favor no hagamos tonteras, me di cuenta que anoche nos espiaste”, tengo una calentura contigo le dije.

    Esa noche bebimos y conversamos mucho, Mónica andaba con una rica minifalda, mi esposa también. Yo hervia de calentura, recordando los polvos con las dos hermanitas, pensaba cual de las dos culea mejor… y la verdad es que mi esposa es mas puta en la cama, como a mi me gusta. A ambas las note calientes.

    La verdad es que me divertí mirando los cuerpos de las hermanas, y tratando de medi cual de las dos mamaba mejor el pene, o bien, cual de las dos lograba mejor el orgasmo. Mi mujer llegó legos con el puntaje mas alto. Las tres noches tuve sexo pues la sola idea de volver a tirarme a Mónica me dejaba el pene endurecido.

    Llegamos de regreso a la ciudad y a la semana me llama Mónica, un café una mañana; llegó deliciosa, nerviosa, excitada. No se que me ocurre esto es una locura pero verte después de tanto tiempo me dio nostalgia. “No le contemos a nadie pero quería verte”.

    Teniamos el auto en el mismo estacionamiento, nos besamos en la oscuridad y le meti mano. Dejamos su auto ahí y nos fuimos en el mio al mismo hotel de hace 10 años atrás; me la culeé dos horas… Rica mujer… ha aprendido harto y esta mas mujer, tiene casi 50 años; tuvo dos orgasmos, uno por la vagina, y otro por el ano. Finalmente me hizo acabar con su boca y para mi felicidad… tragó todo. Quedamos en no vernos mas. Aunque la verdad la calentura puede decir otra cosa.

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  • Mi vecino del fin de semana

    Mi vecino del fin de semana

    Teníamos una casa de fin de semana en las afueras y nos hicimos amigos de una pareja de nuestra edad del barrio. Compartíamos las piletas, el parque y muchas veces cenábamos juntos.

    Una tarde, Nina. de treinta y pico muy bien llevados y bastante atrevida para vestir, invitó a Luli, mi mujer, y los chicos a llevarlos a un entrenamiento de fútbol en la zona, luego de lo cual los llevarían a cenar de sus padres y se quedarían a dormir allí.

    Pasó a buscarlos por nuestra casa en su auto, los acomodé a los tres, y le di a mi mujer un húmedo beso de lengua, aprovechando que los críos estaban en sus cosas en el asiento trasero. Nina nos miró con picardía y me soltó: “¿Para mí no hay?”. Di la vuelta al auto y le besé el cuello, oliendo su perfume: “¡Qué rico olés!”, le largué.

    “¡Gracias! Estoy recién bañadita. Justino se está terminando de bañar ahora. Si querés, andá a charlar un rato”.

    Fui para su casa y entré con las llaves que habíamos intercambiado pero avisé que había llegado. Pasá me dijo nuestro amigo, que estaba en el baño afeitándose, desnudo. Tiene un cuerpo bien trabajado, sin exageraciones, abdominales marcados ligeramente y unas nalgas de campeonato. Me lo quedé mirando desde el pasillo antes de la puerta del baño, deleitándome con su físico y no pude contener mi agitación cuando noté que tenía su pene bien erecto.

    -Veo que tuvieron movimiento, acoté.

    -Nada que ver. Me dejó con las ganas porque se le hacía tarde. Estoy muy caliente. Entrá.

    -Si no te molesta, me acerco, y me coloqué detrás suyo para que no notase mi propia erección al verlo así. Se te ve muy bien como estás ahora.

    -Estoy como siempre, me dijo. -Me refería a como estás así, desnudo.

    -¿Te gusta?, me preguntó y recordé que es un algo exhibicionista.

    -Estás muy fuerte, no pude evitar decirle, con bastante agitación. Y muy alzado.

    -No sé cómo bajar la calentura que tengo.

    Para mí fue una incitación el deseo, así que no dudé en ofrecerme.

    -Conozco la manera.

    -¿Que me haga la paja?

    -Mientras terminás de afeitarte, te puedo dar una mano.

    Alzó las cejas y siguió rasurándose, pero no negó ni agregó nada, así que le pasé las manos por el pecho y los abdominales hasta que le alcancé la pija. Dio un respingo, que lo obligó a tirar su precioso culo hacia atrás y pegarlo a mi bañador, mientras yo comenzaba a sobarle la pija despaciosamente.

    -¡Qué manos suaves tenés!, me dijo, dejándome hacer, al tiempo que yo arrimaba más el cuerpo su trasero y lo traía hacia mí, respirándole en el cuello.

    -¡Qué rico que olés!

    -Mmmm, gimió deleitándose con mi paja y mis caricias a su torso. -No me hagas acabar, me advirtió en un susurro.

    -No te preocupes, quiero que dure.

    -Está muy buena la paja que me hacés.

    -¿Cuánto te gusta?

    -Bastante. ¿A vos también te gusta hacérmela?

    -Me encanta. Y acariciarte el pecho y los abdominales. Estás muy fuerte. No puedo parar.

    Ya notaba que le salía algo del líquido pre seminal y eso me puso a mil.

    -Te estás mojando. ¿Querés que pare?

    -No, por favor, seguí.

    -Me dijiste que no te hiciera acabar. ¿Te podés dar vuelta?

    -¿Para qué querés que me dé vuelta?

    -Para una prueba, le dije, y lo hice girar para ponerlo frente a mí. Sin soltarle la pija, me fui bajando por su pecho, lamiendo sus pectorales, mordisqueando sus pezones, pasándole la lengua por cada uno de sus músculos abdominales hasta que me tomó de la cabeza y me puso frente a sus ojos: -¿Qué querés hacer?, me preguntó con una sonrisa pícara y sorprendida.

    -Lo que a vos te gusta que te haga. Si no te gusta, lo dejamos así, le di un pico en la boca y me incliné de nuevo. Me dejó hacer, así que pasándole la lengua por todo el torso llegué a su pija parada y le empecé a lamer el glande con deleite y de a poco me lo fui metiendo en la boca saboreando cada centímetro hasta llegar al pubis, perfectamente rasurado.

    Mi amigo me sostenía la cabeza acompañando mi mamada, y yo me dedicaba con mucho placer a tragarme su poronga una y otra vez, gustando de su líquido seminal, agarrado de su firmes glúteos como para que no se me escapara ni un poco el disfrute.

    Un par de veces abrí los ojos para mirarlo a la cara y ver cómo gozaba, hasta que se puso tenso y noté que debía parar con la chupada, para que no me acabara en la boca, necesitaba ese semen en otro lado. Le apreté fuerte la base del pene y muy despacio me fui levantando, sin soltarle la pija. Noté su sorpresa: -No quiero que me acabes en la boca.

    -Estoy muy caliente, me dijo.

    -¿Querés que te la siga chupando? ¿Te gusta cómo te la chupo?

    -¡Sí! Por favor, seguí chupando.

    -Pero favor con favor se paga.

    -No entiendo.

    -Con un pico no hacemos nada. Necesito algo más profundo, más húmedo, le susurré al oído. ¿Te muestro? y acerqué mi boca a la suya.

    Abrió apenas los labios en un gesto de sorpresa y aproveché para besarlo tímidamente al principio hasta que profundicé mi lengua entre sus labios y se dejó llevar besándome con pasión. Lo sostenía de sus nalgas apretado su cuerpo contra el mío, nuestras pijas se frotaban húmedas y calientes, me tomó de la cabeza y nos chuponeamos varios minutos con frenesí.

    Muy agitados pudimos soltarnos mirándonos a los ojos y le pregunté si no quería cogerme. Se volvió a sorprender, así que me quité el bañador y me puse de espaldas él, con mi culo bien apretado a su pelvis, tratando de acomodar mis nalgas a su pene durísimo.

    -Estoy acostumbrado, le dije recostándome hacia atrás sobre él. Mi mujer me coge con un consolador.

    -¡Qué puto sos!

    -Es lo que ella me dice al oído cuando me lo pone, y me fui inclinando ofreciéndole mi ano para que me penetrase. Por favor, cogeme despacito, de a poco.

    Me tomó de la cintura y me la fue poniendo suavemente, con algo de mi ayuda abriéndome las nalgas con las manos hasta que me entró toda su poronga. Suspiré fuertemente y apreté el ano para que no se saliera y le pedí que se quedara quieto adentro. Sentía su pelvis contra mis nalgas y eso me puso a mil, así que comencé a moverme y él también en un saca y pone muy cachondo que fue acelerando hasta que le pedí que se detuviera.

    -¡Esperá! Quiero que dure más. Quedate quieto adentro, por favor. Muy agitados, tomamos un respiro, pero él no podía parar, así que me siguió bombeando, y yo abriendo y cerrando mi esfínter para dejar entrar su pija libre cuando el empujaba y para atraparla cuando la sacaba, acompasando mis movimientos a los suyos.

    Jadeando y murmurando muy calientes estuvimos cogiendo varios minutos, cada vez más rápido hasta que me acabó varios chorros de leche caliente en mi ano, mientras yo le pedía más y más. Bufando, se recostó sobre mi espalda, y susurrándome, me dijo: ¡Qué puto sos!

    -¡Qué hermosa cogida me diste! Pero me dejaste bien caliente…

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  • Placeres prohibidos. La melancolía del incesto (1)

    Placeres prohibidos. La melancolía del incesto (1)

    El día de la boda de Yareni y Diego amaneció con un sol radiante, iluminando el jardín cercano al departamento donde un elegante salón, alquilado por los padres de Yareni, se preparaba para la ceremonia. Atziry, aunque al principio se resistió con vehemencia a asistir, finalmente cedió, impulsada por un deseo ardiente de dejar una última marca en el corazón de su primo. Frente al espejo de su habitación, se vistió con un propósito claro: seducir con su última aparición.

    Escogió un vestido negro ajustado, elegante pero descaradamente sensual, que abrazaba sus curvas como una segunda piel. La tela resaltaba sus nalgas, subiendo apenas lo suficiente para insinuar la tanguita de encaje que llevaba debajo, mientras el escote pronunciado dejaba ver el nacimiento de sus senos firmes. Cada paso que daba hacía que el vestido se moviera, revelando destellos de sus muslos, una visión diseñada para recordarle a Diego lo que dejaba atrás, mientras ella, con el corazón roto, intentaba aceptar que lo había perdido para siempre.

    En su propia habitación, Elizabeth se observaba desnuda frente al espejo, el reflejo de su cuerpo maduro y voluptuoso le devolvía una mirada cargada de deseo y melancolía. Sus grandes senos eran resaltados por sus pezones endurecidos por el aire fresco, y sus caderas amplias parecían vibrar con el recuerdo de las embestidas de Diego, cuya verga la había hecho sentirse deseada y viva. Al pasar las manos por sus senos, y apretándolos suavemente, un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, aceptando que nunca más sentiría a su sobrino dentro de ella, llenándola con su semen.

    Con un suspiro, se vistió para la ocasión, eligiendo un vestido azul profundo, largo y sofisticado, con una abertura en la pierna que dejaba ver su muslo blanco y un escote en la espalda que exponía la curva sensual de su columna. No era vulgar, pero cada detalle estaba calculado para resaltar su sensualidad, un último intento de mantener su poder, aunque su vagina palpitara con el anhelo de Yareni y los recuerdos de Diego.

    Elizabeth y Atziry, recién llegadas, se acercaron a él para desearle lo mejor, sus cuerpos destilaban una sensualidad que desafiaba la solemnidad del evento. Diego, imponente en un traje negro que delineaba su torso musculoso y dejaba entrever el bulto de su verga, quedó estupefacto ante la visión de ambas. Sus pieles blancas y cabelleras rubias brillaban bajo el sol, y aunque su verga comenzó a endurecerse bajo los pantalones, contuvo la erección con un esfuerzo visible, su mirada estaba atrapada entre el deseo y la obligación.

    Minutos antes de la ceremonia, un murmullo recorrió el jardín como una corriente eléctrica. Por la entrada apareció una mujer que robó el aliento de los invitados. Su piel blanca relucía como porcelana, y su cabello negro azabache caía en ondas perfectas, enmarcando un rostro esculpido con una belleza casi sobrenatural. Sus ojos azules, profundos y magnéticos, capturaban cada mirada.

    El vestido rojo que llevaba se adhería a su cuerpo como una segunda piel, resaltando unas piernas torneadas que parecían extenderse infinitamente, unas nalgas redondas y firmes que se movían con cada paso, y unos senos prominentes, redondos, que desafiaban la gravedad, sus pezones apenas se insinuaban bajo la tela. Un año menor que Elizabeth, su presencia era una declaración de poder sensual, conquistando a cada hombre y mujer en el lugar.

    Cuando se acercó a Diego, la mujer lo envolvió en un abrazo enérgico, sus senos se presionaron contra el pecho de él, la tela del vestido rozaba su traje mientras su cuerpo se amoldaba al suyo. Diego correspondió el abrazo, sus manos descansaron en la curva de su cintura, y le dio un beso suave en la mejilla, su aliento cálido rozó su piel. —Gracias por venir, mamá —dijo, con voz cargada de emoción—. Este día es muy importante para mí. —Ella, con una sonrisa que destilaba amor y seducción, respondió: —Lo sé, mi vida. No podía perderme esto.

    Elizabeth, con el corazón acelerado, recorría con la mirada el cuerpo de su hermana, envidiando cada curva perfecta, cada detalle que la hacía parecer una diosa. Siempre había sentido esa punzada de rivalidad, su vagina palpitaba al compararse con ella. Atziry, a su lado, también observaba, su memoria desenterraba recuerdos vagos de la tía que ahora veía con nuevos ojos. La belleza de aquella mujer, con su vestido rojo destacando sus nalgas y senos, la dejó sin aliento, su tanga empapándose mientras imaginaba, por un instante, lo que sería tocar esa piel.

    El jardín, bañado por la luz dorada del atardecer, vibraba con la alegría de la boda de Yareni y Diego, un evento que fluía sin contratiempos entre risas, música y el aroma embriagador de las flores. Yareni, radiante en un vestido de novia que abrazaba sus curvas esbeltas, sus pechos pequeños resaltados por el encaje y su cabello ondulado cayendo como una cascada, estaba encantada al conocer a América, la madre de Diego. —Eres hermosísima —le dijo, sus ojos verdes brillaban con admiración mientras recorrían la figura de su suegra. América, con una sonrisa seductora, respondió: —Tú eres la que está preciosa, querida.

    La fiesta era un torbellino de celebración. Elizabeth y Atziry, por un momento, dejaron atrás el anhelo ardiente que Diego había encendido en ellas. Elizabeth bailaba con un invitado, sus caderas se movían al ritmo de la música, sus grandes senos rozaban el pecho del hombre en cada giro, enviando chispas de deseo a su entrepierna. Atziry, en su vestido negro ajustado, se contoneaba con otro invitado, sus nalgas se contoneaban mientras las manos de su pareja rozaban su cintura, deslizándose apenas por el borde de su cintura, haciéndola suspirar con un placer sutil. Ambas, aunque disfrutaban de las caricias fugaces y el roce de cuerpos desconocidos, sentían la sombra de Diego, su verga gruesa aún estaba presente en sus recuerdos.

    Yareni, danzando entre los invitados, reía y giraba, su vestido de novia ondeaba mientras sus muslos dorados captaban miradas. Pero la atmósfera cambió cuando Diego se acercó a ella. —Mi mamá tiene que tomar un vuelo, la llevaré al aeropuerto —susurró, su aliento cálido rozó su oído. Yareni, con una sonrisa, asintió sin reparos, su cuerpo aun vibraba por la fiesta. Se acercó a América, cuyos ojos azules la recorrieron con una intensidad que la hizo estremecerse, y se despidió con un abrazo. —Gracias por venir —dijo Yareni, y América, con una caricia suave en su brazo, respondió: —No me lo habría perdido, mi amor.

    Diego y América abandonaron el jardín, dejando tras de sí el eco de la música y las miradas de Elizabeth y Atziry, que los siguieron hasta que desaparecieron. La fiesta continuó, con Yareni volviendo a la pista, sus caderas se movían con una sensualidad que atraía a todos. Elizabeth y Atziry, sumidas en el baile, dejaron que las caricias de sus parejas temporales encendieran sus pieles, aunque sus mentes, en el fondo, aún anhelaban el placer que Diego les había dado. Dos horas más tarde, Diego regresó, su presencia llenó el salón de nuevo, su verga estaba marcada bajo el traje mientras buscaba a Yareni para continuar celebrando su unión.

    El departamento, una vez un hervidero de lujuria y gemidos, había caído en un silencio melancólico tras la boda de Diego y Yareni. Los días pasaban, y Elizabeth, envuelta en una bata de satín que apenas contenía sus grandes senos, ya no revisaba los videos de la cámara que había instalado. Aquellas grabaciones, llenas de imágenes de Diego embistiéndola con su verga gruesa, de Atziry montándolo con frenesí, o de ella misma masturbándose mientras los observaba, habían perdido su encanto. Su vagina, que antes palpitaba al revivir esos momentos, ahora permanecía en calma, reflejando el vacío que sentía.

    Notaba a Atziry, su hija, sumida en una tristeza profunda, sus ojos apagados, su cuerpo antes vibrante ahora estaba encorvado. Elizabeth sabía el motivo: Atziry amaba a Diego, no solo con un deseo ardiente que la hacía gemir en las noches, sino con un amor profundo, el mismo que Elizabeth había sentido por su sobrino, un amor que aún le apretaba el pecho.

    Intentando romper la nube que envolvía a su hija, Elizabeth se esforzaba por hacerla reír, cocinando sus platillos favoritos o poniéndose un short ajustado que resaltaba sus nalgas blancas, moviéndose por el departamento con una sensualidad que buscaba provocar una chispa. Pero Atziry, con un vestido holgado que escondía sus curvas, apenas respondía, sus labios apenas esbozaban una sonrisa forzada. Una tarde, desde su oficina, Elizabeth, con la blusa desabotonada dejando ver el encaje de su sostén, tomó su celular con un suspiro.

    Marcó el número de Diego, su corazón se aceleró al imaginarlo. Cuando él contestó, su voz grave envió un calor a su entrepierna, pero ella mantuvo el tono firme: —Sobrino, ven a visitarnos un fin de semana. Podríamos… hacer un trío. —La propuesta, cargada de lujuria, hizo que su tanga se humedeciera al recordar su verga llenándola, a Atziry gimiendo a su lado.

    Diego, desde el otro lado de la línea, hizo una pausa que pesó como plomo. —Tía, no puedo —dijo, con voz firme, pero con un dejo de nostalgia—. Agradezco todo lo que vivimos, la hospitalidad, el sexo desenfrenado… pero le prometí a Yareni que no volveré a estar con Atziry. Y me juré a mí mismo que tampoco estaré contigo otra vez. —Las palabras cortaron como un cuchillo, y Elizabeth, con los ojos brillando de lágrimas contenidas, sintió su vagina apretarse, un eco de deseo frustrado.

    Pero antes de cortar, él había dejado caer una última chispa, —Tía, revisa las grabaciones de la cámara del día de mi boda. Les dejé una sorpresa. —Su tono, estaba cargado de una picardía que la hizo estremecer, encendió un destello de curiosidad en su entrepierna, aunque la decepción pesaba más. —Lo consideraré —respondió ella, su voz era temblorosa. La idea de una sorpresa de Diego, aunque fuera solo un video, hizo que su clítoris palpitara, era un recordatorio de los días en que su sobrino la poseía sin reservas.

    Esa noche, al regresar al departamento, Elizabeth entró con el aire agotado pero cargado de una tensión sexual contenida. Su blusa de oficina, desabotonada en los primeros botones, dejaba entrever el encaje negro de su sostén, sus grandes senos subían con cada respiración. Llamó a Atziry desde la sala, —Hija, ven, quiero mostrarte algo. —Atziry, sumida en su melancolía, apareció desde su habitación, envuelta en una pijama de satín rosa que abrazaba su cuerpo de piel blanca como una caricia. La tela se ceñía a sus curvas, resaltando sus nalgas y sus pezones bajo el top, pero su rostro estaba desencajado, los ojos opacos por la pérdida de Diego. A pesar de su tristeza, se dejó caer en el sillón, con sus muslos abiertos ligeramente.

    Elizabeth con una mezcla de nerviosismo y deseo, explicó: —Hija, esta cámara grabó algunas de las veces que tu primo y tú se entregaron al placer.

    Atziry mantuvo el rostro inexpresivo, su tristeza apagaba cualquier reacción.

    Pero Elizabeth, con el corazón acelerado, dejó caer una confesión que rompió el silencio, —Debo confesarte algo… Diego y yo también cogíamos a escondidas de ti. No queríamos molestarte. —Sus palabras, cargadas de culpa y lujuria, hicieron que su vagina palpitara, imaginando las noches en que Diego la embestía mientras Atziry dormía. Para su sorpresa, Atziry alzó la mirada, con un destello de picardía. —Siempre lo supe, mamá —respondió, con voz baja pero firme—. Lo descubrí la primera vez que se la chupé a escondidas. —La revelación, cruda y cargada de deseo, hizo que ambas se miraran fijamente, sus rostros se rompieron en risas cómplices.

    La idea de haber compartido a Diego, de haber sido sus putas, las unió en una extraña camaradería, sus cuerpos vibraron con el recuerdo de su verga gruesa y los orgasmos que les había arrancado.

    Elizabeth, con una sonrisa traviesa, se acercó más a Atziry, sus muslos se rozaron en el sillón, el calor de sus pieles avivaba una chispa de deseo. —Pues veamos qué sorpresa nos preparó tu primo —dijo, con voz ronca mientras pulsaba el control para reproducir el video con la fecha del día de la boda.

    La sala del departamento estaba envuelta en un silencio expectante, iluminado únicamente por el parpadeo de la pantalla del televisor donde Elizabeth y Atziry observaban, hipnotizadas, el video. La grabación cobró vida, mostrando a Diego entrando al departamento con América, su madre, el día de su boda. —Pasa, mi amor —dijo él, su voz era grave y sugerente mientras sostenía la puerta. América entró, con su vestido rojo ceñido abrazando sus curvas, resaltando sus nalgas redondas y firmes y el contorno prominente de sus senos. —Así que aquí vive mi hermana —comentó, con tono cálido pero cargado de curiosidad mientras recorría el lugar con la mirada—. Es un lugar bonito.

    —No solo es bonito —respondió Diego, una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios—. Es un lugar cachondo. —América alzó una ceja, sus ojos azules destellaban con intriga. —¿Ah, ¿sí? —preguntó, con voz seductora. La voz de Diego se volvió más grave, cargada de deseo. —Sí, mamá. Aquí viví sesiones ardientes de sexo con ellas. Las hice mis putas. —Las palabras, crudas y provocadoras, enviaron un escalofrío a Elizabeth y Atziry, sus tangas se humedecieron al instante. América, sin inmutarse, avanzó hacia el centro del salón con un contoneo sensual.

    Con un movimiento audaz, bajó la parte superior de su vestido, dejándolo caer hasta su cintura, revelando sus senos perfectos: redondos, prominentes, desafiando la edad, con pezones de un café claro erectos bajo la luz tenue. —Pues yo también soy tu puta, mi amor —susurró, cargada de lujuria—. Deja que mami te siga amamantando.

    Diego se acercó, sus ojos devoraban los senos de América. Sus manos los tomaron, amasándolos con una mezcla de reverencia y hambre, sus dedos apretaban la carne suave mientras sus pulgares rozaban los pezones endurecidos. Se inclinó y la besó con una pasión feroz, sus lenguas se entrelazaban en un choque húmedo que resonó en el silencio. Elizabeth y Atziry, inmóviles en el sillón, observaban con los ojos abiertos de asombro, sus respiraciones eran aceleradas. Elizabeth sintió un calor subirle por la entrepierna, imaginando esas manos en sus propios senos, mientras Atziry, con el clítoris palpitando bajo su pijama, no podía apartar la mirada de su primo y su madre.

    Diego, con su traje negro desabotonado revelando su pecho musculoso, deslizaba lentamente su boca por el cuello de América, descendiendo hasta sus pezones erectos. Los lamía con una lujuria voraz, su lengua trazaba círculos húmedos alrededor de cada uno, succionándolos con un hambre que hacía que sus labios brillaran con saliva. —Ya extrañaba estas tetas, mamá —gruñó, con voz grave cargada de deseo—. Nunca he chupado unas tan deliciosas. —América, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, respondía con gemidos suaves, su cuerpo temblaba bajo las caricias de su hijo. —Lo sé, mi amor, mis tetas también extrañaban tu lengua —susurró, con voz ronca por el placer—. No sabes cómo me las masajeaba pensando en ti desde la primera noche que llegaste a vivir aquí. Mami te necesita.

    Continuará…

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