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  • Vacaciones y una madura

    Vacaciones y una madura

    Salió del agua como si de una sirena se tratase, por unos segundos en los que parecía que la tierra giraba a cámara lenta, mis sentidos estaban pendientes solo de ella. No es que se tratase de una chica joven con unas medidas esculturales, no, era una mujer ya en plena madurez, estaría muy próxima a la cuarentena, pero para un veinteañero como lo era yo entonces era toda una mujer, una mujer con mayúsculas, verla subir los escalones de la piscina mientras el agua le arrollaba por todo el cuerpo era una imagen extraordinariamente sensual.

    Por un segundo nuestras miradas se cruzaron y una tímida sonrisa apareció en su rostro, lentamente se volvió y se dirigió a su toalla donde había otras tres mujeres de edad similar a la suya, aunque muy lejos de tener su atractivo.

    Estaba harto de las chicas jóvenes, Carmen era sensacional en la cama, insaciable, pero solo se la podía aguantar precisamente si estábamos jodiendo, sino era una niñata que me levantaba dolor de cabeza. Decididamente había sido un acierto no irme de vacaciones con ella.

    Aquella mujer me atraía terriblemente, no era una top-model, no llevaba un minúsculo bikini sino uno muy normalito, pero tenía un algo, una mirada, una forma de mesarse el cabello, una forma de andar, una sonrisa… un todo, que la hacía tremendamente seductora. Se la veía relajada, cómoda y muy segura de sí misma.

    Sinceramente, esa mujer me interesaba mucho, pero que podía hacer yo con mis 22 años frente a una mujer de esa categoría.

    Pasaron tres días desde esa primera vez que la vi, ya creí que no volvería a saber de ella cuando un martes después de comer volvimos a coincidir en la piscina, ese día estaba sola, sus amigas a parecer no la acompañaban.

    Estaba encendiendo un cigarro cuando de pronto alguien me toca en la espalda, me giro y es ella, por un segundo que creo que fue eterno solo la miré, sin reaccionar.

    —Me puedes dar un pitillo, por favor. Me he dejado el tabaco en casa y aquí en la cafetería no tienen. —Dijo despertándome de mi alelamiento.

    —Pues claro no faltaba más. —Le di el cigarrillo y también fuego.

    —Vienes bastante a menudo por aquí, ¿verdad? Te he visto en alguna ocasión antes.

    —Si, lo cierto es que me he hecho un habitual últimamente, estoy de vacaciones y he decidido pasarlas aquí en la ciudad en lugar de irme fuera y la única manera de paliar este bochorno que tenemos es venirse a la piscina.

    —Es cierto, yo también he decidido pasar las vacaciones en casa, para dos semanas que tengo este verano no merece la pena. ¿Trabajas por aquí? Porque no me parece que seas un estudiante.

    —Jajaja, no, no soy un estudiante, aunque hace nada que he dejado de serlo, trabajo en la sucursal de un Banco.

    —Aja, yo trabajo como correctora en una editorial, por cierto me llamo Lucía que no nos hemos presentado. —Me estrecho su mano.

    —Encantado Lucía, me llamo Jesús. —¿Me lo parecía a mí o había algo de química entre nosotros dos? Quizás son imaginaciones mías y tan solo pretende ser amable.

    —Encantada. ¿Y cómo es que siempre vienes solo a piscina? Disculpa, es una pregunta estúpida, a veces soy una impertinente.

    —No, tranquila, no pasa nada, simplemente casi todos mis amigos están de vacaciones fuera y los que están aquí tienen trabajo, así que por eso he de venir solo.

    —¿Te apetece tomar algo? Aquí hace un calor de muerte. Podemos tomarnos una cerveza en uno de los bares de la plazuela, aquí en esta cafetería no tienen casi de nada. —Dijo como si fuera lo más natural del mundo.

    —¡Claro! me apetece beber una cañita. —Dije como si fuera un niño al que le ofrecen una golosina.

    Nos sentamos en la terraza bajo una inmensa sombrilla y pertrechados con unas cervezas bien frías nos pasamos la tarde charlando. La cerveza que nos íbamos a tomar se convirtió en cuatro que nos bebimos cada uno y la charla fue tan fluida y cómoda que cuando nos dimos cuenta eran las 21 h.

    —Será mejor que nos levantemos, si seguimos aquí vamos a coger una curda de aúpa ja, ja, ja. —Su sonrisa era encantadora, me embelesaba.

    —Sí, es cierto, el tiempo ha pasado volando, lo he pasado muy bien esta tarde.

    —Vaya, me alegro Jesús, yo también. Pero tus palabras me suenan a despedida, ¿te vas ya?

    ¡Dios mío! ¡Eso era una invitación a quedarme! Yo podía ser un despistado, pero no un estúpido, a esta mujer yo también le atraía.

    —Me encantaría quedarme contigo, pero mira las pintas que llevo, no estoy para ir a ningún sitio.

    —Podemos tomar algo en mi casa, vivo aquí en la esquina.

    Y allí que nos fuimos, estaba claro que había una gran atracción entre nosotros y era el momento de dejarla salir.

    Entramos en el portal y cuando ella apretó el botón del ascensor, la besé, fue un beso cálido, suave y ligero y ella me respondió de la misma manera. Sus labios eran suaves y carnosos, jugosos y expertos.

    —Espera un segundo. —Dijo al pararse el ascensor.

    Entramos en su piso y nada más cerrarse la puerta, estábamos en brazos el uno del otro. Los besos pasaron a ser apasionados, nuestras lenguas jugaban y batallaban, nuestras salivas se mezclaban y nuestros cuerpos ardían de ansiedad.

    Mis manos bajaron por su cuello y llegaron a sus pechos los acaricie sobre la ropa, un leve gemido salió de su garganta. Se separó de mi boca e impaciente me desabotonaba la camisa mientras yo hacía lo propio con su blusa. Ante mí apareció la parte superior de un bikini, fue sencillo deshacerme de él. Sus pechos no eran muy grandes, pero tenía unos pezones tremendamente grandes y oscuros. Me lancé sobre ellos, los besé, los lamí y mordí. Mi lengua jugaba con esos pezones oscuros y maravillosos, estaban duros como diamantes. Sus gemidos iban en aumento, sus manos acariciaban mi pelo y mi espalda.

    Mi lengua bajó por su vientre, dejando la huella de su paso, alcanzó su ombligo, jugó con él y lo inundó.

    Mis manos desabotonaron sus vaqueros, la miraba a los ojos mientras le bajaba éstos y la parte inferior del bikini. Su olor era embriagador, su sexo era hermoso, prominente, y estaba completamente depilado, sobre su monte de Venus había perlas de sudor que mi lengua se encargó de lamer, separé un poco sus piernas, y allí mismo de pie, me lance a engullir su sexo. Mi lengua lo recorría completamente, de adelante hacia atrás y viceversa. Mi lengua intentaba separar sus labios y penetrarla, pero la posición no era muy cómoda.

    —Vamos a la cama.

    Me tomó de la mano y me condujo a su habitación, se sentó en el borde de la cama y me quitó los pantalones y mis calzoncillos. Sus manos cogieron mi pene y comenzaron una lenta y maravillosa masturbación. Mi sexo comenzaba a levantarse y ella comenzó a lamerlo a la vez que sus manos iban de su base hasta el glande. Cuando mi erección era la adecuada, se engulló de una sola vez toda mi polla. Oh Dios mío, jamás ninguna mujer me la había engullido tan profundamente, notaba todo el calor y la humedad de su boca, su paladar, su lengua juguetona y sus labios deliciosos. La mamada que me estaba dando era increíble, me absorbía, hacía que gimiera y que disfrutara como nunca antes una felación lo había conseguido.

    —Espera, aún no, es pronto. Túmbate en la cama y ábreme tus piernas.

    Así lo hizo, exponiéndose completamente a mí. Me arrodillé en el suelo y enterré mi cara en su sexo. Mi lengua se mezcló con la humedad ya existente, sus labios mayores eran amplios y jugosos, jugaba con ellos estirándolos y sorbiéndolos, sus labios menores eran muy sonrosados, tiernos y finos. Mi lengua se desenvolvía entre ellos con deleite y pasión. Su humedad era tremenda, repartía mi saliva y sus jugos por todo su sexo. Mi lengua encontró aquello que ansiaba, su clítoris, aún estaba escondido bajo su piel.

    Presioné con mi lengua, sorbí y lamí con frenesí hasta que todo su clítoris estuvo fuera y tremendamente erecto y sensible, mis labios lo sujetaban con suavidad mientras mi lengua jugaba con él. Lucía gemía constantemente, notaba las contracciones de su vientre. Empapé en saliva dos de mis dedos y mientras mi boca se dedicaba a su clítoris, la penetré con mis dos dedos, ella rugió, movía mis dedos en círculos, tocando las paredes interiores de su vagina, notando como su sexo aprisionaba mis dedos, los absorbía.

    Aumenté el ritmo de la penetración, mis dedos entraban y salían de su vagina, sus gemidos aumentaban de tono, mi mano entera estaba empapada, así como mi barbilla, y de repente estalló, fue algo increíble, se corrió salpicándolo todo, parecía como si se hubiera orinado, jamás había visto correrse a una mujer así, fue un chorro largo, como si brotara de una fuente, Lucía gritó mientras se corría. Cuando esa maravillosa fuente dejó de manar, volví a acercar mi boca a su sexo y continué chupándola y lamiéndola.

    —¡Oh Dios mío! ¡Me vas a matar! ¡Qué placer! —Gritó con auténtica lujuria.

    Continué con mi cunnilingus durante unos minutos más y conseguí que se volviera a correr en un par de ocasiones más, pero en estas ocasiones lo hizo más pausadamente, sus fluidos salían despacito como regueros en busca de un río mayor. Su sabor era salado, fuerte, pero a la vez delicioso.

    —Oh cielo, ven aquí, ahora me toca a mí. Creo que jamás he disfrutado tanto del sexo oral como hoy. Quiero demostrarte lo feliz que me has hecho. Ven aquí.

    Me tumbó en la cama boca arriba y ella se acercó a mi sexo. Sus manos expertas tomaron mi pene y comenzaron a acariciarlo, sus dedos se desplazaban a lo largo del tronco de mi polla como si fueran de seda. Mi sexo respondía a sus caricias poniéndose cada vez más duro y erecto. Su lengua se acercó a mi glande y con la punta recogió las primeras gotas de líquido preseminal que asomaban, colocó un manto de saliva sobre mi glande y comenzó a repartirlo por todo mi pene.

    Sus labios oprimieron la base de mi glande mientras su lengua lo recorría milímetro a milímetro. Comenzó una felación lenta y pausada, al principio solo engullendo la mitad de mi pene y posteriormente engulléndole en su totalidad, unas veces un ritmo lento, otras rápido, alternando para impedir que me acostumbrara a él. Con sus manos acariciaba mis testículos, empapados éstos con la saliva que caía por las comisuras de sus labios y por la que arrollaba de mi polla.

    —Ufff, mi vida, eres increíble¡, es la mejor mamada que jamás he tenido! ¡Dios, vas a hacerme estallar de placer! —Dije en un gemido.

    Sus labios aprisionaban mi pene, su boca se lo tragaba con deleite, su lengua y su paladar me volvían loco, hasta que no pude más.

    —¡Cielo, me voy a correr! —Le grité.

    Separó su boca de mi sexo y continuó masturbándome con sus manos hasta que de mi pene salió una tremenda eyaculación que fue a estrellarse contra sus pechos y su vientre. Con su mano repartió mi semen por todo su cuerpo y se recostó sobre mí besándome con desenfreno.

    Abrazados sobre la cama, besándonos, acariciándonos y diciéndonos lo mucho que habíamos disfrutado, poco a poco nos fuimos reponiendo. Nuevamente teníamos ganas el uno del otro. Lucía empezó nuevamente a masturbarme y a realizarme el comienzo de una mamada para conseguir que mi pene alcanzara su máxima erección, una vez conseguido y muy lentamente, fue sentándose sobre mi sexo.

    La visión era mágica, con una de sus manos abría su sexo mientras con la otra acercaba mi pene a ella, cuando éste estuvo en la entrada de su vagina, ella muy lentamente se fue dejando caer, disfrutando ambos de cada centímetro de penetración, hasta que sus labios vaginales tropezaron con la base de mi pene.

    Lucía se movía con pasión, subía y bajaba con un ritmo cadencioso, giraba a un lado y a otro, se recostaba adelante y atrás. Mi polla era literalmente absorbida por su vagina, los músculos de ésta la aprisionaban cuando intentaba salir, haciendo que la penetración fuera maravillosa. Aún queríamos más, Lucía se puso en cuclillas sobre la cama y así la penetración era aún más profunda. Fue increíble, sensacional, los dos terminamos casi a la vez, rotos el uno sobre el otro y empapados en sudor y jugos.

    Así, unidos, estando todavía dentro de ella, nos dormimos unos minutos, descansando brevemente.

    Me desperté antes que ella, me acerqué al baño y cuando retorné a la habitación Lucía ya se había despertado. Me miraba con su hermosa sonrisa.

    —Ha sido precioso, hacía muchos, muchos años que no gozaba tanto en la cama. Y conste que no soy de las que les gusta dar coba ja, ja, ja.

    —Ja, ja, ja, está bien saberlo. Lo cierto es que yo también hacía mucho tiempo que no hacía el amor con tanta pasión.

    Me acerqué a ella que estaba sentada sobre la cama y la besé. Mientras nos besábamos Lucía acariciaba mi entrepierna, consiguiendo que mi polla volviese a crecer.

    —¿Sabes? No estaría mal un último round, ja, ja, ja, ¿te animas? ¿Podrás repetir la actuación? Ja, ja, ja.

    —Ja, ja, ja, ¡animado estoy! Y creo que podremos repetirlo una vez más, ja, ja, ja.

    Se levantó de la cama y nos besamos de pie, mi sexo se apretaba contra su vientre, mi excitación volvía a ser máxima. Se giró apoyando su espalda sobre mi pecho y haciendo que mi polla golpease sobre su culo, mis manos acariciaban y jugaban con sus pechos y pezones, ella movía su trasero en círculos jugando con mi pene.

    —Ven aquí. —Dijo mientras apoyaba sus manos en la cama y me ofrecía su culito con las piernas abiertas.

    Me acerqué a ella, y muy lentamente la penetré por detrás, su vagina aún estaba húmeda y me recibía con ardor y dulzura.

    Coge la vaselina que hay en el primer cajón de la cómoda. Me dijo mientras se giraba y me miraba con esa mirada mágica y pícara.

    La encontré enseguida, y volví a su lado, continué penetrándola en la misma posición mientras embadurnaba con vaselina mis dedos y también su ano. Despacio y con mucho cuidado mi dedo comenzó a penetrar en su culito, era más que obvio que estaba acostumbrada a este tipo de penetraciones. Tras el primer dedo introduje el segundo, dilatando poco a poco aquel culo que me estaba enamorando, mientras continuaba penetrándola con un ritmo uniforme y ella se masturbaba a la vez acariciando su clítoris.

    Introduje mis dos dedos pulgares, haciendo presión hacia los laterales y dilatando y ensanchando más su ano, hasta que éste tuvo un tamaño que consideré oportuno. Manteniendo mis dedos que abría su culito, saqué mi polla de su sexo y la aproxime a su anillo anal, hice mayor presión con mis dedos e introduje la cabeza de mi pene, saqué los dedos y su ano se cerró sobre mi polla en un abrazo doloroso al principio, pero que posteriormente dejó paso a un placer distinto.

    Poco a poco, centímetro a centímetro fui horadando su esfínter, penetraciones lentas para que se fuera acostumbrando a tener mi sexo en su interior, hasta conseguir que la totalidad de mi pene la penetrara. Aumentamos el ritmo, ella gemía, yo también, amasaba sus pechos, ella se masturbaba.

    Las penetraciones se volvieron más rápidas, duras, el ritmo era endiablado, Lucia pedía más, yo la obedecía, sudábamos a mares. De pronto sentí humedad en mis piernas, Lucía se estaba corriendo nuevamente y eso hizo que yo terminara también en su interior. Me derrumbe sobre ella y ella sobre la cama, y así permanecimos unos minutos, extasiados, rotos.

    Era tarde ya, pasaban de las doce de la noche y era el momento de volver a mi casa, me vestí mientras ella me contemplaba.

    —¿Nos veremos mañana?

    —Me gustaría que así fuera, ¿te parece bien que quedemos para comer?

    —Claro, pasa a buscarme sobre las dos de la tarde, ¿vale?

    —Aquí estaré puntual. —Se levantó de la cama y me beso nuevamente.

    Desnuda me acompañó hasta la puerta de su casa, y allí volvimos a besarnos con ternura. Nos despedimos hasta el día siguiente.

    Esas fueron sin lugar a dudas unas vacaciones inolvidables en la ciudad, junto a Lucía.

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  • Luci y sus clases de Yoga

    Luci y sus clases de Yoga

    Este relato no me tocó verlo, pero lo cuento con la mayor cantidad de detalles que me contó mi novia, la noche que pasó me masturbó mientras me contaba como fue su primer clase. Luci es diseñadora gráfica así que su trabajo la mantenía atrapada entre deadlines y una creatividad que a veces se sentía exprimida. Su cuerpo menudo, de apenas 1.53 metros, era delgado pero firme, con pechos copa B que se mantenían erguidos, pezones perfectos que se endurecían con el menor roce, y un trasero delgado pero terso que invitaba a miradas indiscretas.

    Su piel morena clara relucía bajo cualquier luz, su cabello negro caía liso hasta un poco debajo del hombro, y sus ojos cafés destellaban con una audacia que reflejaba su fuego interior. Toda depilada, Luci era una mujer que sabía lo que quería, y en el sexo era una fuerza imparable. Cuando se calentaba, no había quién la detuviera; amaba lo extremo, el sexo salvaje, y nuestra relación abierta nos había llevado a explorar con sus amigas y orgías donde ella se dejaba llevar por su deseo sin límites. Pero ahora, buscando algo más profundo, algo que conectara su cuerpo y mente de una manera intensa y provocadora, Luci decidió probar yoga.

    Buscando en línea, encontró a Marco, un instructor de yoga cuyas reseñas lo describían como “intenso” y “transformador”. Las fotos de su perfil mostraban a un hombre alto, de piel bronceada, con músculos esculpidos por años de práctica y una sonrisa magnética que despertó su curiosidad. Luci, con ese instinto suyo para la aventura, reservó clases privadas en el estudio de Marco, un loft minimalista en el centro de la ciudad. El espacio era un refugio sereno: una tapete de yoga en el suelo, incienso quemándose en una esquina, música ambiental suave, y ventanales que dejaban entrar la luz cálida del atardecer, tiñendo el lugar de tonos naranjas y dorados.

    El día de la primera clase, Luci llegó puntual a las 7 de la tarde. Vestía un top deportivo negro que abrazaba sus pechos firmes, dejando entrever sus pezones perfectos bajo la tela, y unos leggings grises que moldeaban su trasero delgado pero firme, resaltando su cuerpo. Su cabello negro estaba recogido en una coleta alta, exponiendo su cuello elegante, y sus ojos cafés brillaban con anticipación.

    Marco abrió la puerta con una sonrisa cálida que contrastaba con su presencia imponente: casi 1.90 metros de puro músculo, con brazos esculpidos y un torso que se adivinaba bajo una camiseta blanca ajustada. Pero lo que captó la atención de Luci de inmediato fueron sus shorts deportivos grises, tan ceñidos que marcaban un bulto prominente, de contornos definidos, que prometía algo extraordinario. Mientras lo seguía al interior, sus ojos se deslizaron hacia abajo, y un calor instantáneo le subió por el pecho. Intentó mantener la compostura, mordiéndose el labio inferior, pero su mente ya divagaba con pensamientos prohibidos.

    El estudio era un santuario: el tapete en el centro, el aroma del incienso flotando en el aire, los ventanales mostrando el cielo anaranjado de la ciudad. Marco comenzó con una respiración guiada, su voz grave resonando: “Inhala profundo, exhala lento, Luci”. Ella obedeció, pero su atención se desviaba cada vez que él se movía, los shorts marcando cada detalle de ese bulto que parecía crecer con el calor de la práctica. La clase avanzó con posturas como el perro boca abajo y el guerrero, pero la tensión en el aire se volvía densa, casi palpable.

    Durante la postura de la paloma, con las caderas abiertas y el torso inclinado hacia adelante, Marco se arrodilló frente a ella para corregir su alineación. Los shorts, ahora más ajustados por el movimiento, dejaban ver con claridad la silueta de un pene que debía medir al menos 25 centímetros, grueso, con venas marcadas que se dibujaban bajo la tela como ríos en relieve. Luci tragó saliva, su respiración acelerándose. Nunca había visto algo tan grande, y la idea de su tamaño la hizo sentir una mezcla de curiosidad y deseo que apenas podía contener.

    “Relaja las caderas, déjate llevar”, dijo Marco, pero sus ojos se encontraron con los de Luci, y ella percibió un destello de algo más allá de la profesionalidad. “¿Todo bien, Luci?”, preguntó, su voz baja, casi íntima. Ella asintió, pero su mirada bajó de nuevo a los shorts, y esta vez no disimuló. Marco no se apartó; al contrario, se acercó más, sus manos ajustando sus muslos con un toque que se prolongó un segundo de más.

    La clase continuó, pero cada corrección era una excusa para rozarla: sus dedos fuertes pero precisos se deslizaban por su espalda, sus caderas, o el borde de su trasero firme. En una postura de estiramiento profundo, él se colocó detrás de ella, y Luci sintió algo firme rozando su muslo. Giró la cabeza, y sus miradas se cruzaron sin reservas. La pregunta de Marco fue directa: “¿Quieres seguir con yoga… o prefieres algo más, Luci?”.

    Luci no respondió con palabras. Se giró hacia él, sus manos tocando su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta húmeda por el sudor. Con un movimiento lento pero decidido, deslizó una mano hacia abajo, rozando el borde de los shorts. La reacción de Marco fue inmediata: un gemido bajo escapó de su garganta, sus ojos oscureciéndose de deseo.

    Luci tiró de la cintura de los shorts, y lo que vio la dejó sin aliento. Su pene, de 25 centímetros, era grueso, venoso, con venas marcadas que palpitaban bajo la piel como si tuvieran vida propia. Era, sin duda, lo más grande que había tenido en sus manos, superando cualquier experiencia en las orgías o swinger. “¡No mames, qué vergota!”, exclamó, su voz ronca de excitación. “Es enorme… nunca he visto una tan grande y venosa”. Marco sonrió, confiado. “Vas a sentir cada centímetro, Luci. Prepárate”.

    Lo que siguió fue una explosión de deseo crudo, puro, salvaje, como a Luci le gustaba. Marco la levantó con facilidad, sus manos fuertes agarrando sus muslos delgados, y la llevó contra la pared del estudio, los ventanales reflejando sus siluetas. Los leggings de Luci cayeron al suelo en un movimiento rápido, dejando su vagina depilada expuesta, ya húmeda de anticipación. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sus pechos firmes presionados contra su torso. Cuando Marco la penetró por primera vez, Luci soltó un grito que resonó en el loft.

    La sensación de su pene, grueso y venoso, llenándola por completo, era abrumadora, como si estuviera siendo abierta por primera vez. “¡Me estás partiendo, Marco! Es demasiado grande”, jadeó, sus uñas clavándose en sus hombros mientras sus pezones perfectos se endurecían contra la camiseta de él. Cada embestida era profunda, deliberada, y las venas de su miembro parecían pulsar contra sus paredes internas, intensificando cada roce. Marco marcaba un ritmo implacable, sus caderas chocando contra las de ella con una fuerza que la hacía jadear. “Te gusta esta verga, ¿verdad, Luci?”, gruñó, mordiendo su cuello. Ella respondió, “¡Sí, dámela toda! ¡Cógeme duro!”.

    Cambiaron de posición, moviéndose al tapete de yoga en el centro del estudio. Marco la puso en cuatro, una versión pervertida del perro boca abajo, con un propósito muy distinto. Desde atrás, la tomó con una intensidad feroz, sus manos sujetando su trasero firme mientras empujaba con fuerza. Luci sintió cómo cada centímetro de él la estiraba, las venas de su pene creando una fricción que la llevaba al borde del éxtasis. “¡Más fuerte, Marco! ¡Rómpeme!”, gritó, arqueando la espalda y empujando sus caderas contra él.

    Él aceleró, su respiración pesada mezclándose con los gemidos de ella. Su cuerpo sudoroso, los músculos tensos, y el tamaño de su verga la hacían perderse en el momento. “Nunca había sentido una así… es tan gruesa, tan venosa”, jadeó Luci, recordando las orgías, pero sabiendo que esto era diferente, más intenso. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el estudio, opacando la música suave.

    Luci, insaciable como siempre, tomó el control. Empujó a Marco suavemente para que se acostara sobre el tapete y se subió encima de él, sus rodillas a ambos lados de sus caderas. Desde esta posición, podía sentir cada detalle de su miembro mientras lo montaba, controlando el ritmo. Las venas marcadas parecían latir bajo su piel, y ella se movía con una precisión que lo hacía gruñir de placer. “¡Qué grueso eres! Me llena todo”, gimió, sus pechos firmes rebotando, sus pezones perfectos endurecidos bajo el top que aún no se había quitado. Marco arrancó el top de un tirón, dejando sus pechos al descubierto, y pellizcó sus pezones con dedos fuertes.

    “Cabalga, Luci. Tómala toda”, ordenó, sus manos en su trasero firme, ayudándola a bajar más profundo. Ella aceleró, su cabello negro pegado a su piel morena clara por el sudor, sus ojos cafés cerrados en éxtasis. “¡Me estás volviendo loca! Es la verga más grande que he tenido”, confesó, moviendo las caderas en círculos que lo llevaban al límite.

    Volvieron a cambiar, esta vez con Luci acostada de lado en el tapete, una pierna levantada mientras Marco se posicionaba entre sus muslos. Esta postura le permitió entrar aún más profundo, y Luci tembló con cada embestida. La sensación de su pene, grueso y venoso, llenándola desde un ángulo nuevo, era casi demasiado. “¡Me estás matando, Marco! Esas venas… son una locura”, gimió, sus uñas arañando la esterilla.

    Él la besaba, mordiendo su cuello con brusquedad, mientras empujaba sin piedad. “Te gusta mi verga, ¿verdad? Dime cuánto”, gruñó. Luci respondió, “¡Me encanta! Es enorme, me está rompiendo… ¡no pares!”. El suelo parecía vibrar bajo ellos, el incienso olvidado mientras el estudio se convertía en un escenario de gemidos y respiraciones entrecortadas.

    El clímax llegó como una tormenta. Luci arqueó la espalda, su cuerpo menudo temblando mientras un orgasmo la recorría, intensificado por el tamaño y las venas de Marco. Sus pechos firmes temblaban, sus pezones perfectos duros como piedras. “¡ya voy a terminar, que rico no pares!”, gritó, su voz resonando.

    Marco la siguió segundos después, un gruñido profundo escapando de su garganta mientras se vaciaba dentro de ella, ambos colapsando en el tapete de yoga, sudorosos y exhaustos. Permanecieron allí, enredados, mientras la música ambiental seguía sonando, un contraste irónico con la intensidad de lo que acababan de compartir. El aire olía a incienso y sexo, y la luz del atardecer pintaba sus cuerpos de dorado.

    Cuando finalmente se separaron, Marco le dedicó una sonrisa pícara. “¿Entonces, seguimos con yoga la próxima semana, Luci?”. Ella rio, todavía jadeando, su cabello negro desordenado. “Solo si traes esos shorts… y más de esta verga”. Se levantó, su cuerpo menudo brillando de sudor, y le guiñó un ojo. “Eres el mejor profesor que he tenido”.

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  • Tierras Doradas (1): El umbral de lo desconocido

    Tierras Doradas (1): El umbral de lo desconocido

    El sol se filtraba por las persianas de la ventana, pintando rayas doradas sobre el escritorio desordenado de Valeria Montes. La pequeña oficina, encajada en un apartamento de Brooklyn, olía a café rancio y papel viejo. Pilas de notas, recortes de periódico y un portátil cubierto de pegatinas llenaban el espacio, testimonio de su vida como periodista de investigación.

    A sus 27 años, Valeria era una tormenta contenida: cabello rubio cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros, ojos azules que parecían perforar la verdad, y una figura que atraía miradas incluso en su atuendo habitual de chaqueta de cuero, jeans ajustados y botas gastadas. Sus curvas, acentuadas por unos pechos generosos, la hacían destacar, aunque ella prefería que la notaran por su mente afilada antes que por su belleza.

    Valeria tamborileaba los dedos sobre el teclado, revisando un correo de su editor: “Encuentra algo jugoso sobre esa secta, Val. Si no, olvídate de la portada.” La secta en cuestión, los Hijos del Crepúsculo, era un grupo de fanáticos que coleccionaba reliquias extrañas y celebraba rituales en sótanos olvidados. Su última pista la había llevado a un mercado de antigüedades en el Lower East Side, donde un informante prometió mostrarle algo “que cambiaría su mundo”. Valeria sonrió, mostrando unos dientes perfectos. Cambiar su mundo. Qué cliché. Pero su curiosidad, esa chispa que la había metido en más problemas de los que podía contar, ya estaba encendida.

    Se levantó, estirándose como un gato, y su camiseta se alzó lo suficiente para revelar el tatuaje de una pluma en su muñeca izquierda, un recordatorio de su amor por las palabras y la libertad. Miró su reflejo en el espejo del pasillo: los ojos azules brillaban con determinación, pero también con un cansancio que no admitiría ante nadie. La vida de periodista no era glamurosa, no como lo imaginó cuando dejó su pequeño pueblo para conquistar Nueva York. Facturas atrasadas, noches sin dormir y un novio que parecía más interesado en su teléfono que en ella.

    Hablando de eso, la puerta se abrió con un crujido, y entró Lucas, su novio desde hacía dos años. Alto, con cabello oscuro y una barba bien recortada, Lucas era un programador freelance con un encanto despreocupado que alguna vez la había hecho reír hasta las lágrimas. Ahora, sin embargo, sus charlas se reducían a discusiones sobre quién pagaría el alquiler o por qué Valeria siempre estaba “obsesionada” con su trabajo.

    —¿Otra noche en tu cueva de conspiraciones? —dijo Lucas, dejando caer su mochila en el sofá y sacando su teléfono sin mirarla.

    Valeria rodó los ojos, pero su sonrisa era más cansada que divertida. —Es trabajo, Lucas. Alguien tiene que pagar el café que te tomas como si fuera agua.

    Él levantó la vista, y por un momento, sus ojos se detuvieron en ella, recorriendo su figura con una mezcla de admiración y frustración. —Siempre estás persiguiendo fantasmas, Val. ¿Cuándo vas a tomarte un respiro? Podríamos ir al cine, como en los viejos tiempos.

    Ella se acercó, apoyando una mano en su hombro. Su cercanía aún tenía efecto: Lucas se suavizó, y por un instante, fueron la pareja que solía robarse besos en los bares de Brooklyn. Pero Valeria se apartó, su mente ya en el mercado de antigüedades. —Lo haremos, te lo prometo. Pero esta historia… siento que es grande. Algo real.

    Lucas suspiró, volviendo a su teléfono. —Siempre es algo grande. Solo… ten cuidado, ¿sí? No quiero que termines en el sótano de un loco.

    Valeria le dio un beso rápido en la mejilla, más por costumbre que por pasión, y agarró su chaqueta. —Soy una chica grande, Lucas. Puedo cuidarme.

    Él la agarró de la muñeca con suavidad, pero con firmeza. Su mirada había cambiado; la frustración se había transformado en un deseo intenso y familiar. El aire en la pequeña habitación se espesó de repente.

    —¿Tan grande es la prisa? —preguntó, su voz un susurro ronco que le erizó la piel. Tiró de ella hacia sí, y Valeria chocó contra su pecho. El teléfono de Lucas cayó al sofá, olvidado.

    Ella intentó protestar, pero su cuerpo respondió al instante, calentándose bajo su tacto. La rutina, las discusiones, se disiparon ante la urgencia que siempre burbujeaba bajo la superficie de su relación. Lucas hundió una mano en su cabello rubio, tirando de él suavemente para exponer su cuello. Su boca encontró su piel, y sus dientes mordisquearon con una posesividad que hizo que Valeria jadeara.

    —Lucas… el informante… —murmuró, pero sus manos ya se deslizaban por su espalda, tirando de su camiseta hacia arriba.

    —Que espere —gruñó él contra su piel, deslizando sus manos por sus jeans ajustados para agarrar sus nalgas con fuerza, apretándola contra la evidente y dura rigidez que presionaba contra su vientre.— Te necesito ahora.

    La volvió y la empujó contra la pared del pasillo. El impacto fue brusco, y el marco de una foto vibró. Valeria sintió el frío de la pared a través de su delgada camiseta, contrastando con el calor abrasador del cuerpo de Lucas tras ella. Le sujetó las muñecas con una mano, inmovilizándola, mientras la otra mano le desabrochaba los jeans con movimientos bruscos y expertos.

    —Siempre estás tan lejos —murmuró en su oído, su aliento caliente—. Déjate sentir por una vez.

    Valeria gimió cuando sus jeans y bragas le bajaron hasta las rodillas, exponiéndola al aire fresco y a su mirada hambrienta. Su propia excitación crecía, una humedad cálida entre sus piernas que traicionaba sus palabras de protesta. Lucas la inclinó hacia delante, y ella apoyó las palmas de las manos en la pared. No había caricias, ni preliminares lentos; solo la necesidad cruda que a veces los consumía.

    Con un gruñido gutural, Lucas se bajó la cremallera y liberó su erección. Guiándose a sí mismo, la empujó dentro de ella de una sola embestida profunda y brutal. Valeria gritó, un sonido entre el dolor y el placer, mientras su interior se estiraba para acomodarlo. Estaba húmeda, pero la entrada fue tan súbita y dura que le arrancó lágrimas de los ojos.

    —Así… así es como nos conectamos, Val —jadeó Lucas, agarrándola de las caderas con fuerza, sus dedos hundiéndose en su carne mientras comenzaba a moverse con embestidas cortas y potentes que hacían crujir la pared contra la que se apoyaban.

    Era áspero, primitivo. Cada empuje la lanzaba hacia delante, frotando sus pechos dolorosamente sensibles contra la áspera textura de la pared. El sonido de sus cuerpos chocando, de su respiración jadeante, llenó el estrecho pasillo. Valeria cerró los ojos, abandonándose a la cruda fisicalidad del momento. La frustración de los últimos meses, la tensión constante, encontraban su release en este acto animal. Lucas se inclinó sobre ella, mordiendo su hombro a través de la tela de la camiseta, marcándola mientras su ritmo se hacía más frenético, más descontrolado.

    Justo cuando Valeria sentía que la ola del orgasmo comenzaba a formarse en su interior, una tensión coilada que amenazaba con romper, Lucas se retiró de repente. La dio la vuelta para que se enfrentara a él, sus ojos oscuros empañados por el deseo puro. Su polla, brillante con su humedad, palpitaba ante su rostro.

    —No he terminado contigo — respiró con brusquedad.

    Sin necesidad de más instrucciones, Valeria se dejó caer de rodillas en la dura madera del suelo. Las manos de Lucas se enredaron en su cabello, no con cariño, sino con dominio, guiándola hacia él. Ella abrió la boca y lo tomó, envolviendo sus labios alrededor de la cabeza sensible antes de hundirse más, tomando toda su longitud hasta que la punta golpeó la parte posterior de su garganta. Sabía a sal y a él, un sabor que le era tan familiar como irritante.

    Lucas gimió profundamente, su cuerpo tenso. —Sí, así… Dios, Valeria.

    Él comenzó a moverse, follando su boca con la misma intensidad despiadada con la que había follado su coño momentos antes. Valeria cerró los ojos, permitiéndose el vacío mental, concentrándose solo en la sensación: el peso de él en su lengua, el modo en que sus bolas golpeaban su barbilla, las ásperas puntas de sus dedos en su cuero cabelludo. Las arcadas se mezclaron con los sonidos húmedos y los gruñidos de Lucas. Era sumisa, utilizada, y una parte de ella, la parte que anhelaba escapar de la complejidad de sus vidas, lo encontraba profundamente liberador. No había que pensar, solo actuar. Solo sentir.

    El ritmo de Lucas se volvió errático, sus gruñidos más urgentes. —Voy a… Val… —Apretó su cabeza, hundiéndose hasta el fondo de su garganta y permaneció allí, temblando, mientras su calor brotaba en oleadas amargas.

    Valeria tragó, tomando lo que le daba, su propio cuerpo palpitando con una excitación insatisfecha. Cuando finalmente se liberó de su agarre, ella se desplomó hacia atrás, jadeando, sus labios hinchados y sensibles. Lucas se ajustó la ropa, su respiración se calmaba lentamente. La miró, arrodillada en el suelo, con una mezcla de satisfacción y la habitual distancia que seguía a estos arrebatos.

    —No tardes —dijo, su voz ya plana de nuevo, como si el incendio se hubiera apagado por completo. Cogió su teléfono del sofá y se encaminó hacia la cocina sin mirar atrás.

    Valeria se levantó, las rodillas doloridas, sabiendo aún el sabor de él en su boca. Se subió los jeans, sintiendo la humedad fría entre sus piernas, un recordatorio de su propia necesidad ignorada. Sacudió la cabeza, limpiándose la boca con el dorso de la mano. La realidad, con sus facturas y sus deadlines, regresó a toda prisa. El espejo, el informante. Su escapada había terminado.

    Se ajustó la chaqueta de cuero, intentando recuperar algo de su compostura. Le lanzó una mirada a Lucas, que ya estaba absorto en su pantalla, y salió por la puerta, sintiendo una familiar punzada de frustración y anhelo. Necesitaba esta historia más que nunca.

    El mercado de antigüedades era un laberinto de puestos abarrotados, con olor a madera vieja y especias exóticas. Valeria se movía entre la multitud, sus botas resonando en el suelo de cemento. Los vendedores gritaban ofreciendo lámparas rotas, joyas falsas y libros polvorientos, pero ella buscaba a su informante, un hombre llamado Elias que había prometido mostrarle un “artefacto” de los Hijos del Crepúsculo.

    Lo encontró en un rincón oscuro, un anciano encorvado con ojos nerviosos y dedos llenos de anillos. —Eres la periodista, ¿verdad? —susurró, mirando a su alrededor como si esperara que alguien los atacara. —Lo tengo, pero no aquí. Sígueme.

    Valeria dudó, pero la adrenalina ya corría por sus venas. Lo siguió a un almacén trasero, donde el aire estaba cargado de polvo y un olor metálico que no podía identificar. Elias destapó una caja de madera, revelando un espejo redondo, no más grande que un plato, con un marco cubierto de runas que parecían brillar bajo la luz tenue. Las runas eran extrañas, como serpientes entrelazadas, y Valeria sintió un escalofrío al mirarlas.

    —¿Qué es esto? —preguntó, su voz firme aunque su corazón latía rápido.

    —Ellos lo llaman el Ojo de las Sombras —dijo Elias, su voz temblorosa. —Dicen que conecta mundos. Los Hijos lo usan en sus rituales, pero… no es seguro. Nadie debería tocarlo.

    Valeria se acercó, hipnotizada. El espejo no reflejaba su rostro, sino un torbellino de oscuridad salpicado de destellos dorados. Sus dedos, casi por instinto, rozaron el marco. Un zumbido llenó el aire, y el mundo se torció. El suelo bajo sus pies desapareció, y un frío glacial la envolvió. Gritó, pero su voz se perdió en un rugido que parecía venir de otro mundo.

    Cuando abrió los ojos, el almacén había desaparecido. Estaba en una selva densa, el aire húmedo y pesado, lleno del zumbido de insectos y el rugido lejano de una bestia. Su chaqueta estaba empapada de sudor, y el espejo, ahora frío y opaco, colgaba de su mano. Antes de que pudiera procesarlo, botas pesadas aplastaron las hojas a su alrededor. Hombres con armaduras de cuero y dagas curvas la rodearon, sus risas crueles cortando el aire.

    —¿Qué tenemos aquí? —dijo el líder, un hombre con una cicatriz atravesándole la cara. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Valeria, deteniéndose en su cabello rubio y sus curvas. —Una extranjera. El mercado de esclavos de Jalizar pagará bien por esta belleza.

    Valeria intentó correr, pero una net la atrapó, y el mundo se oscureció mientras la arrastraban hacia un destino desconocido. En su mente, aún resonaban las palabras de Elias: “Nadie debería tocarlo.” Pero ya era tarde. Las Tierras Doradas la habían reclamado, y su vida, tal como la conocía, había terminado.

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  • Harem incestuoso (5): El macho

    Harem incestuoso (5): El macho

    Cómo vimos a lo largo de todos los capítulos se este relato, Jake, pese a ser el único hombre del Harem, es el sumiso de la relación, pues su madre, su madrastra, y su hermanastra lo tratan como si fuese un juguete sexual viviente.

    Sin embargo, toda persona tiene un límite y, el día de hoy, les voy a contar el día que el joven se canso de ser tratado cómo una prostituta por las mujeres de su familia y decidió hacerse respetar.

    Todo comenzó una tarde en la que Jake, sintiendose más confiado que nunca, regreso a su casa luego de haber concluido su jornada en la universidad. Ni bien regreso a su hogar, vio a sus tres esposas sentadas en la mesa.

    “¡Bienvenido a casa, hijo!” exclamó Gloria, mientras se paraba y se acercaba a Jake “¡Llegaste justo a tiempo, pues mi culo necesita un besito negro!”

    “¡Alto allí, puta!” ordenó Jake, con firmeza “¡Ahora es tu turno de complacerme y de recibirme con una buena mamada, así que agáchate y hazla!””

    “¡Pero hijo…!” exclamó la milf, sorprendida por la forma en la que Jake le había hablado.

    “¡Menos charla y más lengua, puta culona de mierda!” exclamó Jake, mientras se bajaba los pantalones, y su madre, sintiéndose asustada y excitada, acato la orden.

    “¿Pero que manera de hablarle a tu madre es esa, cabroncito?” pregunto Lupe.

    “¡Y tú cállate, mexicana tetona!” exclamó el joven “¡En vez de quejarte, mejor empieza a besarte con la puta de tu hija para darme un buen espectáculo!”

    “¡Mejor hagamos lo que dice, mamá!” exclamó Nina, y ella y su madre se empezaron a besar apasionadamente.

    Tras besarse durante un buen rato, madre e hija se desnudaron, y comenzaron a chuparse las tetas, al tiempo que Jake penetraba el coño de Gloria, la cual estaba en posición de perrito.

    Luego, por ordenes de Jake, Nina se acostó enfrente de su madrastra para que está le chupara el coño, al tiempo que Lupe se paraba al lado de Jake para que esté le chupara las tetas, mientras que el joven seguía penetrando con fuerza el coño de su madre

    “¡De ahora en adelante, vamos a ser un Harem tradicional, dónde el hombre tiene todo el control y dónde las mujeres son solo sus pititas sumisas!” exclamó el joven “¿Está claro?”

    “¡Si!” respondieron las mujeres.

    “¿Si que?”

    “¡Si, señor!”

    “¡Así me gusta, ahora vamos al cuarto, que tengo muchas ganas de coger!” ordenó Jake, y las mujeres lo llevaron cargando hasta el dormitorio.

    Una vez en la cama, Jake hizo que Nina se pusiera en cuatro, y este comenzó a tener sexo anal salvaje con ella.

    “¡Si, querido, dame duro!” exclamó la chica, mientras se hermanastro la penetraba con violencia “¡Soy toda tuya!”

    “¿Sigues pensando que soy un perdedor?” pregunto Jake, mientras nalgueaba a Nina.

    “¡No, para nada eres mejor que yo en absolutamente todo!” exclamó la joven “¡Cogeme el culo hasta rompermelo!”

    “¡Pero que boquita más sucia que tienes, Nina! Lupe, calla a tu hija como solo tu sabes hacerlo”

    “¡De inmediato, mijito!” exclamó Lupe, mientras se ponía en cuatro justo delante de Nina, y metía la cara de está entre sus nalgas “¡Una boquita tan sucia solo sirve para chupar culos!”

    “¡Igual que la tuya!” exclamó Gloria, quien hizo exactamente lo mismo que su esposa, y metió la cabeza de está entre sus nalgas.

    “¡Esto sí que es una hermosa vista!” exclamó Jake, mientras penetraba a Nina, al tiempo que está le chupaba el culo a Lupe, quien a su vez se lo chupaba a Gloria.

    Al cabo de un rato, Jake les ordenó a Lupe y a Nina que agarraran con fuerza a Gloria, y este saco un látigo del cajón de la mesita de luz.

    “¡Haz sido una madre de mierda!” exclamó Jake, con seriedad “¡Me has cogido una y otra vez como si fuera una puta, y permitiste que Lupe y Nina hicieran exactamente lo mismo!”

    “¡Si, he sido una mala madre, y merezco ser castigada por ello!” exclamó la milf, excitada, mientras sacudía sus nalgas “¡Azotame hasta qué se que quite el rencor, lo cual espero que no sea pronto!”

    “¡Puta de mierda!” exclamó Jake, y comenzó a darle latigazos en las nalgas a su madre.

    Una vez que el culo de Gloria quedó complete rojo por los golpes, Jake les ordenó a Nina y a Lupe que le lamieran las nalgas para “sanarla”.

    Luego, el joven le ordenó a su madre y a su hermanastra que sostuvieran con fuerza a su madrastra, y el coño de esta se mojo con solo pensar lo que Jake le haría.

    “¿Vas a azotarme como hiciste con Gloria, mijo?” pregunto la mexicana.

    “¡No, para ti tengo algo mejor!” exclamó Jake, mientras agarraba una canasta llena de juguetes sexuales “¡Siempre me pregunte cuántas vergas puede aguantar ese culo latino que tantos presumes!”

    “¡Un chingó!”

    “¡Pues averigüemoslo!” exclamó él, uno por uno, le empezó a introducir juguetes sexuales dentro del ano a Lupe.

    Al ya no poder aguantar más, Lupe se desplomó sobre la cama, con el culo dolorido pero muy satisfecha.

    “¡Ahora es mi turno, amo mío!” exclamó Nina, mientras besaba con pasión a Jake “¿Que me vas a hacer?”

    “¡A ti te voy a alimentar, puta!” exclamó el joven, e hizo que su hermanastra se acostara sobre la cama.

    Luego, tanto Jake como Gloria y Lupe se comenzaron a masturbar hasta que tuvieron un orgasmo, y bañaron la cara y la boca de Nina con semen y con jugo vaginal.

    “¡Hagámoslo otra vez!” exclamó Lupe

    “¡Si, maestro!” exclamaron Gloria y Nina “¡Cojamos otra vez!”

    “¡Está bien!” exclamo Jake “¡Cómo han sido buena putitas, les voy a dar otra dosis de verga!”

    El joven abrazo a sus tres mujeres pero, justo cuando estaba a punto de cogerlas, escucho una alarma.

    En ese momento, Jake despertó al lado de su hermanastra, y se dio cuenta de que todo lo que había vivido había sido un sueño.

    “¡Que mala suerte, lo soñé todo!” pensó Jake, desilusionado “¡Pero no importa, hoy lo voy a hacer realidad!”

    Al escuchar la alarma, Nina se despertó, se despidió de su hermanastro con un beso de lengua, y Gloria ingresó en la habitación.

    “¡Espero que Nina no te haya exprimido tanto anoche, porque ahora me perteneces a mi, jovencito!” exclamó Gloria, en tono sensual.

    “¡No, porque ahora yo soy el que manda aquí! exclamó Jake, con firmeza “¿Me escuchaste, mamá?

    “¡Deja de jugar y ponte a chupar! exclamó la milf, quien empujó a su hijo sobre la cama, y luego se sentó con violencia sobre la cara de este “¡Esto te enseñará cual es tu lugar en este harem: debajo de los culos de Lupe, Nina, y del mío!”

    “¡Supongo que algunos sueños jamás se harán realidad!” pensó Jake, mientras le daba un beso negro a su madre, al tiempo que está restregaba sus nalgas contra su cara.

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  • Intercambio de pareja con mi prima Blanca

    Intercambio de pareja con mi prima Blanca

    La planeación del viaje en que por fin daríamos el siguiente paso fluyó con naturalidad. El Airbnb fue el mismo en el que Blanca y yo hicimos el amor por primera vez. Al llegar a Vallarta lo primero que hicimos fue pasar a un súper mercado para abastecernos de cerveza, carne e ingredientes, ya que teníamos planeado hacer una carne asada junto a la alberca. Estacionamos el coche y cada pareja fue a su respectiva habitación para alistarse. Acordamos estar en la sala en cinco minutos para comenzar la preparación de la carne.

    Le abrí la puerta a Irene y le di una nalgada mientras atravesaba la puerta de nuestro cuarto, no cerré la puerta tras de mí, quería escuchar qué sucedía en el cuarto de Blanca. Irene sacó su bikini de la maleta y comenzó a cambiarse. En cuanto sus enormes tetas fueron liberadas, cayendo deliciosamente mientras se sacaba la blusa, mi verga se puso a mil. Observé cómo se quitó toda la ropa y se colocó un bikini púrpura que apenas contenía esos pechos. Un delgado triángulo de tela cubría su vulva depilada.

    Me acerqué a ella por detrás, pasé mi brazo por su cuello y comencé a restregar mi pene entre sus nalgas.

    —¿Qué haces, guapo? —reclamó con picardía.

    —No pude evitarlo —respondí —estás buenísima, amor.

    —Sí, pero nos esperan allá abajo.

    No respondí. Sin dejar de besarla, le di la vuelta, la cargué y la acosté bocarriba sobre la cama, abriendo sus piernas. Sin dejar pasar ni un segundo entré en ella, aunque no estuviera mojada. Era una acción que llevábamos semanas intentando a petición suya. El dolor provocado por la fricción de mi glande abriéndose paso entre sus paredes secas potenciaban su placer, lo que a su vez hacía que se mojara en pocos segundos.

    Dejó escapar un gemido apagado.

    —Eres un cabrón —me susurró al oído.

    —Y tú eres una puta que quiere que se la cojan en seco —respondí, siguiendo el juego.

    Alcancé a bombear dentro de ella dos veces antes de que sus fluidos lubricaran su apretada vagina.

    —Te amo, Irene —le dije lamiendo su oreja y comencé a descargar mi semen dentro de ella. Su respuesta fue rodearme con sus piernas.

    Cuando terminé de vaciarme en ella, saqué mi verga. No había dado tiempo de quitarle el bikini, así que al sacarla, sólo volví a cubrir su vagina con la tela púrpura.

    —Primo, ¿ya están listos? —la voz de Blanca se hizo oír en el momento preciso. Estoy segundo de que fue a propósito.

    —Sí, ¡ya vamos! —respondió Irene.

    Me puse el traje de baño en segundos y salimos tomados de la mano.

    Las mujeres se sentaron en los camastros junto a la alberca mientras Samuel y yo comenzamos a preparar el carbón para la carne asada. Ofrecí ir por cervezas y todos aceptaron. Al extender la suya a Irene me agradeció con un tierno beso en los labios. Cuando le entregué la botella a Blanca, me dio un beso en la mejilla. Al tenerla tan cerca, noté que tenía rastros de semen seco entre los pechos y aún olía a esperma. La muy puta se había rociado con el semen de Samuel para ponerme celoso.

    —Uy primita, estás sucia, te hace falta un baño —dije y la cargué entre sus gritos emocionados.

    —Enrique, ¿qué haces? Bájame.

    No hubo nada que ella pudiera hacer y ambos caímos a la alberca.

    Cuando salimos a la superficie Blanca se abrazó a mí intentando ahogarme.

    —¡Eres un estúpido! —reclamó, pero su tono era divertido. Irene también reía y nos veía a través de unos lentes de sol que la hacían lucir como Susan Sarandon en Thelma & Louise. Empezamos a chapotear ante la mirada de Irene y Samuel, quien intentaba no mostrarse incómodo ante la familiaridad con la que Blanca pegaba su cuerpo al mío.

    —¡Eh, Blanca, Blanca, tu…! —escuchamos balbucear a Samuel. Los tres lo vimos divertidos mientras señalaba con cierta confusión en dirección de Blanca. Dirigimos nuestras miradas de regreso a mi prima y vimos la razón de la actitud de Samuel: en el forcejeo, uno de los hermosos pechos de Blanca se había salido del bikini.

    Lejos de avergonzarse, mi primita se echó a reír y se quitó el top del bikini con toda naturalidad.

    —Me parece que el sol está perfecto para hacer topless, amor, ¿te gustan mis tetas al aire? —preguntó dirigiéndose a Samuel. Tuve que morderme la lengua para no ser yo quien contestara.

    —Eh, sí, obvio, tienes unos pechos hermosos, pero, amor, no estamos solos… —contestó con algo de vergüenza y celos el ingenuo de Samuel.

    —No tiene nada de malo —intervino Irene —es más, creo que yo también haré topless —dijo y también liberó sus enormes pechos del bikini púrpura.

    La cara de Samuel estaba para ser plasmada en una pintura.

    Irene se puso en pie y saltó a la alberca con clavado que mostraban sus años como nadadora. Tener a mis dos mujeres semidesnudas a mi alrededor puso mi verga al máximo, pero aún había un detalle que atender.

    —Amor, deja el asador un rato, el carbón todavía no enciende, métete a la alberca con nosotros —pidió Blanca nadando hacia la orilla más cercana a Samuel y extendiendo su mano.

    Samuel lo dudó un instante y luego contestó que sí, dejó la parrilla y de un salto entró a la alberca. Blanca, en calidad de novia de Samuel, pronto se abrazó a él, pegando sus pechitos a su cuerpo. Sentí una punzada de celos que Irene calmó acariciando mi verga debajo del agua. Pasamos un buen rato en la alberca jugando y tomando cerveza. Los hombres fuimos los encargados de ir a la cocina por las cervezas y las mujeres siempre aprovechaban para calentar al que se quedaba con ellas. Ver a Irene acercarse a Samuel y dejar que sus pezones rozaran la piel del novio de mi prima me hizo sentir unos celos que jamás había experimentado.

    Bastante tenía compartiendo a Blanca, mi sangre, con aquel tipo, pero mi novia formal, una mujer con unas tetas monumentales y que además en ese preciso momento todavía tenía rastros de mi semilla goteando de su coño y diluyéndose en el agua clorada, era otro tema completamente diferente. Pero todo tenía un propósito. Al final hicimos la carne, comimos y pasamos a la sala cuando el sol se hubo metido detrás del océano Pacífico. Las mujeres seguían en topless. Era el mejor día de mi vida. Ya no había cervezas así que serví vino. Ambas hembras interpretaron la señal correctamente.

    Tras brindar, Brenda comenzó a besar a Samuel con pasión y tras unos minutos le quitó el traje de baño para dejarlo en las mismas condiciones que ella, por su parte, la puta de Irene se arrodilló frente a mí y comenzó a comerme la verga. Estuvimos así algunos minutos hasta que no pude más y puse de pie a Irene, la volteé e hice que se sentara en mi verga. Me empezó a cabalgar casi en silencio, sólo dejando escapar leves gemidos de tanto en tanto. La posición era perfecta para dos cosas: primero, además de penetrar a Irene la estaba masturbando para incrementar el placer, en segundo lugar nos permitía a ambos observar la acción que sucedía en el sillón de junto.

    Vi cómo Blanca tumbó a Samuel de espaldas en el sillón y se montó en su verga. En ese momento ambas parejas nos dejamos llevar por nuestros instintos y comenzamos a hacer el ruido que estuvimos disimulando hasta el momento. Cogimos varios minutos así, Irene y yo viendo a Blanca y a Samuel, Blanca nos volteaba a ver con lujuria cada cierto tiempo pero Samuel, para quien era la primera vez haciendo algo así, mantenía los ojos cerrados. Fue Blanca quien tomó la iniciativa y se desmontó de la polla de Samuel, lo tomó de la mano para llevarlo a nuestro sillón, se acostó bocarriba con las piernas bien abiertas y atrajo a Samuel para que volviera a penetrarla.

    Estaba sucediendo. Samuel comenzó a cogerse a Blanca de pie ante el sillón así que yo tenía a Blanca junto a mí y Samuel estaba más cerca de Irene. No pude más y extendí una mano para acariciar las tetitas de mi prima. Samuel estuvo a punto de protestar cuando Irene volvió a intervenir, tomando la mano de Samuel y poniéndola sobre sus tetas, sellando el acuerdo con un beso. A Samuel debió excitarle aquello porque comenzó a bombear más duro dentro del coño de mi primita. A su vez, Irene, recordando sus épocas de puta, me daba tremendos sentones y estaba mojadísima; mi verga resbalaba con facilidad dentro de mi novia.

    Lo siguiente ocurrió con tanta naturalidad que parecía que los cuatro estábamos destinados a aquella tarde de lujuria extrema. En un solo movimiento Irene se puso en pie, desprendiéndose de mi verga y tomando a Samuel por un brazo para separarlo de Blanca y llevarlo al otro sillón. En ese mismo flujo y quedándome sin hembra para gozar, simplemente giré ciento ochenta grados y colocarme dentro de mi amada prima, clavándole la verga a la primera y sin avisar. Irene empujó a Samuel para que quedara sentado en el otro sillón y antes de que él pudiera proferir palabra alguna, se sentó en su verga. Seguimos fornicando como locos hasta que pasó lo inevitable.

    —Te amo, Enrique, te amo primito, te amo, te amo —gritó Blanca con cada embestida que le daba.

    Aquellas palabras siempre derretían mi corazón ya que como he explicado numerosas veces, yo también amaba a Blanca con una locura que iba más allá de cualquier convención y la consideraba mi mujer, pero aquel contexto en el que Samuel nada sospechaba de nuestra incestuosa relación, levantó sus alarmas de inmediato. Irene debió sentir que se le bajaba la erección o disminuía el ritmo de sus embestidas porque por tercera vez intervino para salvar el día.

    —¿Te gustan mis tetas, papi? Cómetelas, cabrón —ordenó al tiempo que comenzó a golpear la cara de Samuel con tremendas tetas. Al final Samuel fue un hombre de verdad y se concentró en complacer a la mujer con la que estaba, que resultaba ser mi novia, Irene, pero yo estaba haciendo lo propio con mi adorada prima.

    Pasamos otros minutos disfrutando, Irene gemía ruidosamente y yo aproveché para susurrar al oído de Blanca todo tipo de guarradas.

    —Te amo más, primita, eres mi hembra, mi puta y mi diosa, ¿quieres que te llene de leche?

    —Sí, papito, sí, lléname de tu semilla, quiero tener hijos contigo, quiero casarme contigo —respondió Blanca en el éxtasis previo al orgasmo.

    Estoy seguro de que Irene y Samuel escucharon, pero también estaban disfrutando de lo lindo. Samuel pronto comprendió que el tipo de mujer que se estaba cogiendo, sin condón encima de todo, era algo a lo que raramente podría acceder. Ya he establecido antes que yo adoro a mi prima Blanca y su solo recuerdo hace que la verga se me ponga durísima, pero a pesar de que es una mujer joven, bonita y con buenas curvas, su poder sobre mí obedece a que es la mujer con la que crecí y ha sido objeto de mis más morbosas fantasías desde que era un adolescente, pero siendo objetivos, Irene es una hembra por la que cualquier tipo estaría dispuesto a matar.

    Tetas enormes, culo respingado, ojos miel, labios carnosos, piel morena, una vagina apretada y mucha experiencia. Samuel estaba también teniendo el mejor día de toda su vida cogiéndose a mi novia. Más le valía callarse mientras yo disfrutaba de mi prima como indicaba mi derecho de nacimiento.

    Comencé a sentir la inminencia de la eyaculación. Se lo hice saber a Blanca y, a través de un sonoro gruñido, también a Irene. Blanca me agarró de las nalgas para impedir que me saliera de ella, le daba igual que su novio estuviera a menos de tres metros de distancia, mi leche le pertenecía a ella. Por su parte, Irene comenzó a obrar su magia en Samuel: apretando sus paredes vaginales alrededor de su verga para facilitar el orgasmo. No sé cuántas veces lo había hecho Irene, les recuerdo que cuando la conocí era la puta de la facultad, pero conocía perfectamente los movimientos y sonidos de los hombres para saber el momento indicado.

    Cuando Samuel estuvo a punto de eyacular, mi novia simplemente se sacó su verga y lo masturbó para que echara su semilla sobre su vientre, evitando cualquier riesgo. Por nuestra parte, cuando empecé a vaciarme dentro de Blanca, ella sólo cubrió mi boca con su mano para evitar cualquier evidencia sonora de que le estaba llenando el coño de leche. No dejé de bombear hasta que estuve seguro de que todo mi semen estaba dentro de ella. Me desplomé sobre ella y volví a susurrar un tímido “te amo” en su oído. Ambas parejas nos quedamos disfrutando el postcoito un minuto.

    Luego la vergüenza de haber salpicado a Irene se apoderó de Samuel, quien corrió al baño en busca de algo de papel para limpiarla. Blanca y yo aprovechamos para separarnos y mi prima colocó su palma bajo su coño para recibir el exceso de leche y metérsela a la boca antes de que Samuel volviera. Después de haber limpiado el vientre desnudo de mi novia, Samuel se sentó confundido en el sillón. Blanca, la prima de mis sueños, volviendo a su papel de buena novia, fue a su encuentro e Irene volvió a mi lado.

    Los cuatro nos colocamos los shorts y bikinis, respectivamente, pero las mujeres dejaron sus pechos al descubierto. Abrí otra botella de vino en silencio y serví cuatro copas. Cada pareja se encontraba muy pegada los unos a los otros. La sala olía a sexo: semen, sudor y secretos que ya nadie guardaba.

    Después de la segunda ronda de copas el ambiente se volvió relajado y comenzamos a compartir detalles del encuentro. Fue un momento surreal en el que verbalicé frente a Samuel las particularidades del sabor de los pezones de Blanca y él a su vez describió con detalles casi técnicos la presión ejercida por las paredes vaginales de Irene. Blanca a su vez nos deleitó con una descripción de la textura de mi glande e Irene fue muy precisa a la hora de narrar la eyaculación de Samuel. Ante cada comentario, todos escuchábamos con atención y celebrábamos la conclusión a la que cada quien llegaba, chocando nuestras copas y disfrutando el momento.

    Llegó la hora de dormir y nos despedimos antes de que cada pareja entrase a su habitación. Yo me despedí de Blanca con un tierno beso en los labios. Irene y Samuel lo hicieron con un amistoso abrazo y con la mano de mi novia rozando el pene de Samuel en un sutil movimiento.

    En el cuarto Irene se apresuró para darse un baño rápido. Cuando salió yo la esperaba desnudo y con una erección monumental. No le di tiempo de reaccionar. Me lancé sobre ella lleno de lujuria y amor, si bien había permitido que otro hombre se la cogiera, agradecí infinitamente que no hubiese permitido que la llenara de leche, y debía marcar mi territorio a tiempo. La tumbé sobre la cama y volví a entrar en ella antes de que pudiera mojarse, rozando sus paredes secas un par de veces con mi glande hinchado.

    —Te amo, Irene, eres mía, eres mi mujer, mi puta y mi diosa —repetí la consigna esta vez sin susurros —y no quiero que nadie más esté dentro de ti, sólo yo. Te quiero llenar de leche, preñarte y casarme contigo —recé entendiendo que Blanca había permitido que Samuel terminara dentro de ella varias veces “para guardar las apariencias” mientras que Irene, la puta de la universidad que nadie valoraba, había demostrado, aún en esas circunstancias, una lealtad férrea hacia mí, impidiendo que otro hombre la inseminara. Lo de Blanca habían sido años de locura, felicidad y calentura, pero el verdadero amor de mi vida, ahora que estábamos a punto de graduarnos de la universidad, era aquella morena de enormes pechos.

    —Te amo, cabrón, eso es todo lo que quería escuchar, hoy no me tomé la pastilla pensando en ti, no dejaría que nadie más me preñara, ya sabes qué hacer.

    Aquella frase me dio una lucidez que jamás había experimentado. Eyaculé tanto dentro de Irene que creo que perdí el sentido durante algunos segundos. Cuando volví a la consciencia, estaba abrazado a las tetas de Irene y mi leche escurría de su coño. Ella me acariciaba la cabeza con ternura casi maternal.

    —Estoy ovulando, Enrique, todo depende de ti.

    Nos quedamos dormidos abrazados y en la madrugada cuando desperté, volví a metérsela en seco y a eyacular los restos de mi leche dentro de ella, quien seguía medio dormida pero me recibió con amor y lujuria.

    Al día siguiente volvimos a la ciudad y el trayecto tuvo un ambiente inmejorable. Cordial y cómplice.

    Regresamos a la normalidad durante algunas semanas cuando recibí dos noticias iguales pero a la vez diametralmente opuestas. Tanto Irene como Blanca estaban embarazadas y yo era el responsable.

    El bebé de Irene era mío, yo lo daba por hecho. Fui testigo de cómo impidió que Samuel eyaculara dentro de ella. En cuanto a Blanca, me explicó, aquella noche Samuel no pudo más y un par de semanas más tarde cuando se hizo la prueba y salió positiva, lo buscó y forzó que eyaculara dentro de ella, para guardar las apariencias: su bebé también era mío. Mi sueño más alocado se había convertido en verdad: preñando a las dos mujeres de mi vida.

    Irene y yo nos casamos al mes, antes de que se le notara y pudiera lucir un vestido en presencia de su familia y amigas. Su padre tardó años en perdonarme, pero al ver mi devoción por aquella mujer, poco a poco me hizo un lugar en su familia y en su mesa.

    Blanca se casó con Samuel a pocos meses de dar a luz, en una ceremonia muy elegante patrocinada por la adinerada familia del novio. Irene y yo asistimos como un joven matrimonio y nadie sospechó nada.

    Mis bebés nacieron con un par de semanas de diferencia. Con Irene tengo un varón y con Blanca una bella niña.

    Mi madre, que es paranoica por naturaleza, sospecha de la paternidad de su sobrina segunda, pero guarda sus ideas para sí, ya que en papel todo esta en orden. Blanca y Samuel son padrinos de mi primogénito e Irene y yo regresamos el gesto apadrinando a la niña que tiene mis ojos.

    Cada año volvemos a Vallarta a revivir aquel fin de semana de ensueño. Irene es una mujer leal y no permite que nadie más eyacule en ella. En cuanto a Blanca, mi prima adorada, mi primer amor y madre de mi segunda hija, jamás será capaz de negar que la llene de semen, por eso la amo y la amaré por el resto de mis días.

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  • Mis lectores me torturan. Relato interactivo

    Mis lectores me torturan. Relato interactivo

    Hola, mi nombre es Lucía, tengo 19 años y soy una pequeña puta con dueño que le encanta ser torturada y humillada. Mi amo ha decidido exhibirme y para ello, me ha dado instrucción de cumplir algunas de las órdenes que mis lectores decidan para mi, a través de la sección de comentarios.

    Las órdenes que mi amo elija irán acompañadas de su respectiva evidencia, una vez las cumpla, se indicará en los comentarios donde podrán encontrarlas. Las ideas se estarán recibiendo durante dos semanas, a partir de la fecha de publicación.

    Como lo he mencionado, soy una puta que disfruta y vive para ser torturada y humillada por mi dueño y, durante estas semanas, también por mis lectores. Estoy segura de que me harán sufrir como la perra en celo que soy, mi amo estará muy satisfecho por eso.

    He de decir que soy bastante masoquista, aunque está sufriendo, mi cuerpo palpita de necesidad y excitación. Como podrán imaginar, una de las reglas más básicas para las putas como yo es la negación del orgasmo, mi último fue el 6 de junio; desde entonces, regularmente mi amo me deja frustrada, al borde del orgasmo sin permitirme correrme, no se cuando será el próximo.

    Para que sus órdenes sean consideradas por mi amo, deberán respetar mis límites: incesto, scat, zoo y exhibicionismo explicito; finamente, no podrán darse órdenes que requieran ayuda de otras personas.

    Puedo cumplir órdenes en lugares públicos (siempre que no comprometan mi privacidad), es lo que más le gusta a mi amo debido a la humillación y vergüenza que me genera. Dispongo de pinzas para pezones, plug anal, dildo, mordaza y dos cuerdas de alrededor de dos metros, todo ello, disponible para su elección.

    Me despido, esperando con ansias sus órdenes y que disfruten con el sufrimiento de esta puta, agradecida con mis lectores que contribuyen con mi tortura.

    Saludos,

    La perra, Lucia.

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  • Probando el mundo del ero cosplay y BDSM

    Probando el mundo del ero cosplay y BDSM

    Hace poco, Santiago y yo estábamos conversando en su departamento y me propuso una idea bastante loca que a cualquier otra persona le hubiera rechazado, pero con él me hizo sentido. Me propuso hacer ero cosplay y participar en un evento con otras artistas de ero cosplay. Yo mencioné que nunca en mi vida había hecho algo similar; lo más cercano a esto fue un par de ocasiones con mis anteriores ex, donde me vestí sexy con mallas y corset, pero en un lugar privado solo con ellos. Esto ya era otro nivel. El usó las palabras adecuadas para convencerme a la vez de excitarme.

    Un día nos reunimos en su casa para pensar en cómo lo haríamos realidad. Buscamos muchas referencias en Instagram y TikTok de estas artistas, y la verdad es que adentrarse en este mundo es fascinante. Al final, nos decidimos por algo sencillo pero extremadamente sexy. En ese momento, luego de estar viendo a tantas chicas haciendo ero cosplay y buscando ropa sexy, la verdad es que ambos nos prendimos y sin perder tiempo nos desnudamos mutuamente. Nos empezamos a besar apasionadamente, ambos estábamos ya muy mojados. Antes de ir a la penetración, hicimos un delicioso 69.

    Santiago se recostó y yo me senté sobre él, su lengua exploraba cada rincón de mi vagina, haciéndome gemir y retorcerme de placer. Al mismo tiempo, yo me dediqué a chupar su verga con intensidad, saboreando cada centímetro, moviéndome arriba y abajo con una ferocidad que lo volvía loco. Santiago, con sus manos en mis caderas, me guiaba en un ritmo frenético, haciendo que nuestros gemidos se entrelazaran. Sentí cómo su verga se hinchaba más en mi boca, y supe que estaba cerca.

    Con un gemido gutural, Santiago se vino en mi boca, llenándome con su semen caliente el cual me tragué. Yo, sin dejar de moverme, levante mi cuerpo y me senté de lleno en su cara, haciendo que su lengua continuara explorando mi clítoris mientras me corría en su boca, casi asfixiándolo con mis movimientos.

    Luego de limpiar un poco el desastre, continuamos besándonos y manoseándonos mutuamente, cuando sentí lista su verga nuevamente, me monté sobre él, estábamos tan mojados que ingreso sin oponer ninguna resistencia, cogimos con tanta intensidad. Me movía arriba y abajo, apretando mis músculos vaginales para sentirlo aún más profundo. Santiago, con sus manos en mis senos, los apretaba y masajeaba, haciendo que mis gemidos se volvieran más intensos.

    Me di cuenta de que no habíamos usado condón ya que sentí cómo terminaba dentro de mí, sentí ese calor de su semen llenándome. Le reclamé inmediatamente, y él me dijo que en la excitación del momento se le olvidó, pero me indicó su cajón con varios condones. Le dije que no lo olvidara para la próxima, por lo que esa tarde, al salir de allí, compré una pastilla.

    Unos días después, nos encontramos en una tienda de juegos sexuales para buscar las prendas de mi cosplay. Aunque nos notamos muy nerviosos, la chica que nos atendió fue muy linda y amable para ayudarnos. Le mostramos las prendas que queríamos y prácticamente encontramos todo allí. Nos dijo que había que tener mucho cuidado con la limpieza ya que algunos artículos eran de cuero. Santiago aprovechó para comprar unos condones especiales que tenían disponibles y que jamás habíamos visto.

    Ya en mi casa, decidí que tenía que probarme todo en caso de que no me quedara para cambiarlo de inmediato. Lo primero que hice fue ducharme. En eso, mientras me duchaba, Santiago entró al baño desnudo, sorprendiéndome. Aprovechó que tenía jabón encima para manosearme completamente. Hacía mucho tiempo que no me bañaba con nadie y casi había olvidado la sensación de que alguien te enjabone. Yo procedí a enjabonarlo también, y aprovechando que tenía la verga a punto de estallar, empecé a masturbarlo.

    Me prendí mucho así que me hinqué en el suelo y le hice una mamada con tanta intensidad que nuevamente hice que terminara en mi boca. Me levanté y, mientras lo besaba, le devolví su semen. Fue gracioso ver su reacción ya que se asustó y lo escupió. Yo hice lo mismo y nos reímos mucho. Terminamos de ducharnos y procedí a probarme las prendas.

    Tenía una tanga negra que cubría bien al frente y en la parte de atrás desaparecía prácticamente, unas medias negras hasta sobre la rodilla, unas mallas que “cubrían” las partes faltantes de mis piernas y nalgas, un corset que llegaba hasta la base de mi pecho, es decir, no cubría nada más que mi estómago. Finalmente en el pecho, una especie de arnés que estaba a los lados de mis senos y se sujetaba de mi cuello. Para cubrirme los pezones, teníamos una cinta que parecía de cuero con la que me hice una cruz en cada pezón.

    Todo lo demás se veía muy claramente. Para cubrirme el cuerpo, compramos una tela un poco transparente. El maquillaje fue algo que también me gustó; usé bastante negro y colores que por lo general no uso, pero me encantaron. Finalmente, los tacos negros. Por suerte, todo me quedó muy bien. En el proceso, pude notar cómo Santiago traía la verga parada y eso me prendía, pero me contuve ya que podía dañar el atuendo y no quería volver a la tienda, ya que eran artículos costosos y aparte seguía con vergüenza.

    Santiago me dijo que había que tomar fotos para enviar a los organizadores del evento para ingresar. Le dije que estaba bien, y él me dirigió cual experto fotógrafo con las poses y expresiones. Me sentía toda una modelo. Al final, vimos las fotos y quedaron geniales. Procedí a quitarme el disfraz con la ayuda de Santiago, y apenas me quité las prendas más delicadas, me lanzó sobre la cama, poniéndome en cuatro. Un segundo antes de penetrarme, le dije: “¡Ey! Usa condón.” Se puso los nuevos condones que compró y procedió a cogerme intensamente. Me hizo gritar desde la primera penetración. Gemía y gritaba: “¡Sí!… ¡dios!… ¡Más!”. Terminamos rendidos en la cama. Me tuve que volver a duchar.

    Pasaron algunos días antes del evento. Cuando Santiago me mandó por Instagram una foto de mi confirmación para el evento, Santiago había enviado como mi nombre de ero cosplay “Lucy”, quizás fue porque le comenté que el anime Elfen Lied me encantó y era de los pocos que había visto completo. Me emocioné muchísimo a la vez que sentí un miedo indescriptible, ya no había marcha atrás.

    Llegó el día del evento. No debía estar muchas horas y según yo, solo tenía que posar para fotos y quizás subir a una tarima. Así que fui tranquila. No había investigado nada del evento. Santiago llego temprano en la mañana a mi casa, me vestí, me maquillé, me había cortado el cabello y me planché el cabello. Y para salir de casa, me puse un abrigo enorme que me cubría completamente. Fuimos en el carro de Santiago, y cuando llegué al evento, me di cuenta de que era más grande de lo que esperaba. Había muchísima gente, tuve una sensación de ansiedad increíble, por lo que me fui al baño. Santiago y otro chico a cargo de la producción del evento se dedicaron a calmarme.

    Dijeron que no pasaba nada, que todo era seguro, que no revelarían nada que yo no quisiera. Tardé unos minutos en calmarme y en asumir que ya no había marcha atrás realmente, así que me preparé y salí a un lugar donde estaban más chicas. Había chicas realmente sexys y con atuendos igual o más reveladores que el mío, así que entré más en confianza. Siempre sentí la mirada de todos que se dirigían a mi pecho, realmente aquí se notaba lo grande que era.

    Los chicos se acercaban a pedir fotos; la mayoría eran chicos muy jóvenes que tenían más miedo que yo. Poco a poco fui ganando más confianza y comencé a posar mejor, y a adentrarme en el papel aún más. También se acercaban chicos más grandes y con más confianza, me pedían fotos abrazándome y cargándome. Uno que otro tocaba más de lo debido, pero más que enojarme, me comenzaba a excitar.

    Había pasado como una hora cuando llamaron a la tarima principal. Iban a hacer una subasta. Yo no tenía idea de a qué se referían hasta que el presentador explicó que se iban a subastar a varias ero cosplayers, y podían tener una cita de 1 hora con ellas. Eso me tomó desprevenida, y antes de encontrar a Santiago para preguntarle qué estaba pasando, me llamaron a la tarima para ser subastada. Estuve a punto de irme hasta que vi a Santiago y me explicó que no era para nada sexual, solo era una cita normal, por lo que me tranquilicé y subí junto con las demás ero cosplayers. De una en una fueron subastadas, y había muchos chicos que ponían bastante dinero.

    El que más puso fue 100 dólares. Llegó mi turno y me mantuve serena dentro de mi personaje. Me quité la tela que me cubría, dejando completamente al descubierto mi atuendo, recibí muchos silbidos y gritos. Y cuando empezó la subasta, los valores comenzaron a crecer rápidamente, sobrepasando por mucho el valor más alto anterior. Se quedó en 210 dólares y el chico que gano era bastante alto y guapo, que llevaba un cosplay de la death note según me explicó después. Cuando me saludó, se notaba nervioso y tímido, y luego procedimos a firmar el contrato, donde establecía los límites de la interacción, lo cual me tranquilizó más.

    Salimos del lugar del evento y me llevó a un restaurante cercano donde me invitó la comida. Conversamos de aficiones, de cosplay, de familia, de trabajo, incluso. Me preguntó si tenía novio, le dije que no realmente, pero que si estaba saliendo con alguien. Intercambiamos números, y volvimos al evento. Al final, le di un tierno beso cerca de los labios, nos tomamos más fotos y volví con Santiago, que me estaba esperando. Me preguntó que tal me fue, le conté que todo muy bien, que al final del día me iría a casa de aquel chico. Lo dije para ver su reacción. Luego de ver su cara de celoso, le dije que era broma.

    Continuamos tomándonos fotos, visitamos algunos stands, compramos algunas cosas, entramos a un stand cerrado donde había muchas cosas de BDSM y te ofrecían una experiencia con castigo y dominación. Primero, Santiago entró como sumiso, y me dieron los objetos para “castigarlo”. Usé látigos, fusta de cuero y pinzas. Lo castigué por unos minutos, desquitando todas mis ganas. Al final, él dijo que también quería hacerlo, así que intercambiamos.

    Él me amarró las manos y los pies y me colgó frente a la pared de espaldas y procedió a castigarme con los mismos objetos. Me excitó mucho, tanto que empecé a mojarme, por lo que le dije que parara. Salimos de allí y me dirigí al baño para limpiarme ya que todavía faltaba para que terminara el evento y no quería arruinar el atuendo.

    Me tranquilicé y volví a salir. Continuaron las fotos, videos, algunos más lanzados me pedían set de fotos, algo que vi que otras chicas si ofrecían, incluso llegué a ver como otras chicas vendían sus fotos casi sin ropa, pero yo siempre me negué. Al finalizar el evento, hicieron un concurso para ver quién había tenido el mejor ero cosplay. Subimos a la tarima, modelamos un poco, todas las chicas estaban muy sexys. La decisión final me dejó como segundo lugar, y la chica que ganó estaba impecablemente vestida y siempre personificaba a su personaje, por lo que la decisión me pareció muy justa.

    Al final, me dieron un premio en efectivo y además una parte de lo que el chico había pagado en la subasta. Finalmente, el evento terminó, me despedí de varias chicas cosplayers y varios chicos que conocí ese día. Fue una experiencia única que probablemente repita. El chico que me ganó en la subasta se acercó a conversar y preguntarme si quería ir con él, le dije que por hoy no, que quizás en otra ocasión. Todo esto fue frente a Santiago, lo cual me pareció gracioso. Subimos al vehículo, y le conté a Santiago que cuando estuvimos en la habitación con los castigos me había excitado muchísimo y que me había mojado, que por eso le pedí que parara, pero que llegando a casa no le iba a pedir que parara.

    Esto nos hizo excitar a los dos, y empezamos a hacerlo en el vehículo. Yo besaba sus orejas y cuello, mientras con mi mano tocaba su pene por encima de la ropa. Saqué muy lentamente su verga del pantalón y lo masturbé suavemente; tampoco quería provocar un accidente. Cuando llegamos a la casa, salimos del vehículo. Él me tomó en sus brazos y me llevó directamente a la habitación, donde no me quitó nada del atuendo, solamente las cintas de los pezones y los zapatos, y procedió a besarme por todo el cuerpo, principalmente en los senos. No aguantamos más la excitación, y tomé uno de los condones de su cajón. Mientras él se lo ponía, yo me quité la tanga y me monté sobre su verga.

    Estaba tomando mi ritmo cuando de pronto él me tomó de la cadera, se acomodó bien en la cama y comenzó a darme con todo. Tuve que sujetarme fuerte de las sábanas y aguantar todas sus embestidas. Nuevamente me encontraba gritando de placer: “¡Sí!… sí!… sí!… dios!… ¡No pares!”.

    Santiago aprovechando que le conté sobre los castigos y que me habían gustado aprovecho para darme nalgadas más fuertes de las que recuerdo haber recibido nunca y también por un momento apretó el arnés que tenía en el cuello, provocando que me asfixiara un poco, al cabo de unos minutos no pude soportar más y tuvo un fuerte orgasmo con lo que moje la cama, partes del disfraz y por supuesto a Santiago que para terminar se sacó el condón y se masturbo fuertemente conmigo encima. cuando terminó sentí como su semen se derramo sobre mi trasero, continuó besándome el pecho hasta que no pudo más, y ambos caímos rendidos en la cama, quedándonos dormidos.

    Al cabo de unas horas, me levanté por la incomodidad del disfraz, me lo quité notando que algunas prendas se habían destruido casi en su totalidad, me fui directo a la ducha, donde por fin tuve un momento para pensar en todo lo que pasó ese día. Aunque al principio tuve mucho miedo, al final lo disfruté muchísimo y me sentí deseada por todos. Incluso pudo pasar algo más con el chico de la subasta. Me di cuenta de que los juegos de castigo y dominación me gustan, y había tenido sexo increíble ese día.

    ¿Te atreverías a vivir una experiencia tan intensa y excitante como esta? ¿Te gustaría adentrarte en el mundo del ero cosplay y explorar tus deseos más profundos? ¿Alguna vez has participado en un evento similar o tienes alguna fantasía que te gustaría cumplir? Comparte tus pensamientos y experiencias en los comentarios.

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  • Placeres prohibidos. Ángel del incesto (3)

    Placeres prohibidos. Ángel del incesto (3)

    Diego, disfrazado de Superman, era una visión imponente. El traje azul ceñido delineaba cada músculo de su torso, sus brazos fuertes y su cintura definida, pero era el bulto prominente en su entrepierna lo que capturaba la atención. Su verga, aunque en reposo, se marcaba con una claridad provocadora bajo el tejido elástico, un contorno que hacía que varias amigas de Atziry no pudieran apartar la vista.

    Sus miradas hambrientas recorrían el bulto, sus labios permanecían entreabiertos mientras apretaban los muslos, imaginando el calor de ese miembro dentro de ellas, sus vaginas se humedecían ante la sola idea. Diego, consciente de su poder, esbozó una sonrisa confiada, sus ojos oscuros destellaban con la promesa de aprovechar esa lujuria más tarde en la noche.

    Atziry, inmersa en el frenesí de la fiesta, giraba al ritmo de la música, su vestido subía para revelar destellos de su tanga de terciopelo negro, pero una sombra de curiosidad cruzó su mente.

    Escudriñó la multitud, buscando a su madre, Elizabeth, cuya ausencia comenzaba a inquietarla. Acercándose a Diego, rozó su brazo con la mano, dejando su aliento cálido contra su oído mientras preguntaba: —Diego, ¿has visto a mi mamá? ¿Ya llegó? —Su voz, suave pero cargada de intriga, vibró contra la piel de Diego, quien sintió un cosquilleo recorrerlo. Él, dejando que su mirada se deslizara por el escote de Atziry, negó con la cabeza. —No, primita, no la he visto —respondió, su tono era bajo y provocador, aunque en su mente también se preguntaba dónde estaba Elizabeth, recordando las órdenes que le había dado para esa noche.

    El departamento, lleno del aroma de perfumes caros, sudor y alcohol, palpitaba con una energía sexual palpable. Los disfraces —enfermeras con faldas mínimas, superhéroes con trajes ajustados, rostros pintados de calaveras— añadían un toque de fantasía erótica al ambiente. Atziry, ajena por el momento a la ausencia de su madre, seguía moviendo las caderas, su vestido subía con cada paso, invitando a Diego a imaginar lo que haría con ella más tarde.

    De pronto, un coro de silbidos y gritos masculinos rompió el bullicio, resonando por las paredes como una ola de admiración. Los hombres, con los ojos encendidos, chiflaban a una figura que irrumpió en la entrada, su presencia capturó cada mirada. Atziry, moviendo las caderas al ritmo de la música, y Diego, imponente en su traje de Superman, voltearon al unísono, curiosos por el alboroto. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Elizabeth, que entraba al departamento como una reina de la lujuria, luciendo un micro vestido de Alicia en el País de las Maravillas que era puro pecado.

    El vestido, de un azul brillante y obscenamente corto, apenas cubría sus muslos, dejando ver las calcetas de tela fina que subían hasta las rodillas, rematadas con ligueros que se hundían en la carne blanca de sus muslos, resaltando sus curvas. El escote, despampanante, dejaba al descubierto el nacimiento de sus grandes senos, que se alzaban con cada paso, apenas contenidos por la tela.

    Su cabello rubio, liso como una cascada, caía sobre sus hombros, coronado por una diadema negra que completaba el disfraz. Elizabeth exudaba una sensualidad descarada, su cuerpo vibraba con una confianza que hacía que todas las demás mujeres en la fiesta parecieran desvanecerse. Diego, con la verga palpitando bajo su traje ajustado, no podía apartar la vista; su tía estaba más exquisita que cualquier otra, y la promesa de cogérsela frente a todos encendía un fuego en su interior. Atziry, por su parte, recorrió a su madre con una mirada de arriba abajo, pero guardó silencio, sin dejar traslucir sus pensamientos.

    Atziry, retomando su rol de anfitriona, se acercó a Elizabeth para presentarla a sus amigas, su vestido subía con cada paso. Entre el grupo, destacó una chica disfrazada de ángel, con un vestido blanco translúcido que dejaba ver sus curvas y un par de trencitas que le daban un aire inocente pero provocador. Era la amiga bisexual de la que Atziry había hablado alguna vez, Yareni, una belleza de piel dorada y ojos verdes que destilaban deseo.

    Cuando se acercó a saludar a Elizabeth, se inclinó con una sonrisa coqueta y rozó la comisura de sus labios con un beso, un gesto que hizo que el aire se cargara aún más. Elizabeth, metida en su papel de femme fatale, no dudó. Tomó el rostro de la chica entre sus manos, sus dedos rozaron su piel suave, y le plantó un beso apasionado en la boca, sus labios se fundieron en un choque húmedo y prolongado que arrancó aplausos y gritos de los presentes.

    Diego, con la verga endurecida bajo el traje, aplaudió con una sonrisa traviesa, su mirada estaba fija en Elizabeth, imaginándola rendida a él más tarde. Atziry, a su lado, también aplaudió, aunque un destello de celos cruzó su mente al ver a su madre tomar el centro del escenario.

    La fiesta ardía en el pequeño departamento, el aire denso con el aroma de licor, sudor y una lujuria que flotaba entre los cuerpos que se movían al ritmo de la música. Atziry y Elizabeth, cada una en su propio juego de seducción, se habían convertido en el centro de la noche, bebiendo tragos de tequila que quemaban sus gargantas y bailando con una sensualidad que encendía el ambiente. Atziry, con su vestido de Wednesday Addams subiendo por sus muslos, dejaba destellos de sus nalgas blancas y su tanga negra mientras giraba, sus senos firmes rebotaban bajo el escote pronunciado.

    Elizabeth, en su micro vestido de Alicia en el País de las Maravillas, movía las caderas con una audacia que hacía que sus grandes senos se alzaran, el escote apenas los podía contener, mientras las calcetas y ligueros resaltaban sus muslos. Ambas, sin decirlo, competían por ser la reina de la noche, sus cuerpos provocadores atraían miradas hambrientas.

    Elizabeth, con cada sorbo de licor, sentía el deseo crecer, su vagina palpitaba bajo la tanga mientras recordaba la promesa de Diego: cogérsela frente a todos. Cada movimiento suyo era una invitación, sus caderas rozaron a los invitados, sus ojos buscaban a Diego, imaginándolo, tomándola en medio de la fiesta. Atziry, ajena a la relación secreta entre su madre y su primo, también anhelaba lo mismo, pero por razones distintas.

    Quería que Diego la poseyera frente a todos, en un acto para demostrarle a Elizabeth que ella era la dueña de su primo, ignorante del fuego que ardía entre él y su madre. Sus bailes eran un desafío, su vestido subía más con cada giro, sus pezones rosados marcándose bajo la tela fina, su vagina empapada por la idea de ser reclamada.

    A medida que las horas pasaban, la fiesta alcanzaba su clímax y luego comenzaba a desvanecerse. Los invitados, embriagados por el alcohol y la lujuria, se fueron retirando, dejando tras de sí un rastro de risas y recuerdos. Algunos hombres, con la discreción que el deseo les permitía, habían sacado fotos a escondidas de las nalgas de Atziry, expuestas por su vestido corto, y de los senos voluptuosos de Elizabeth, apenas contenidos por su escote. Esas imágenes, capturadas en secreto, serían material para sus fantasías solitarias, sus manos imaginarían la piel de madre e hija mientras se masturbaban en la privacidad de sus hogares.

    La fiesta había menguado, dejando el departamento sumido en un silencio roto solo por los ronquidos suaves de unos pocos invitados que se habían quedado dormidos en el sillón, sus cuerpos desparramados entre vasos vacíos y restos de disfraces. Solo quedaban Atziry, Diego, Elizabeth y Yareni, cuya presencia añadía una chispa de intriga a la noche. Elizabeth, con el rostro ruborizado por el tequila que aún calentaba su sangre, se acercó a Diego en un rincón de la sala.

    Su micro vestido se adhería a sus curvas, su escote dejaba ver el rebote de sus grandes senos, los ligueros se tensaban contra sus muslos. Se inclinó hacia él, su aliento cálido rozó su oído mientras susurraba con una voz cargada de deseo: —Sobrino, cúmpleme lo que prometiste… cógeme aquí, ahora. —Sus ojos brillaban con lujuria, su vagina palpitaba bajo la tanga al imaginarlo tomándola frente a todos.

    Diego, con su traje de Superman aun delineando su verga prominente, la miró con una sonrisa fría. La idea de un trío con Atziry y Yareni, cuya belleza angelical y trencitas lo habían tentado toda la noche, lo consumía. —No, tía, esta noche no —respondió, su tono fue cortante, mientras sus ojos se desviaban hacia la habitación de Atziry, donde las dos chicas lo esperaban.

    Elizabeth, herida por el rechazo, sintió un nudo en el pecho, sus ojos se humedecieron mientras Diego, sin mirarla de nuevo, se dirigió a la habitación de su prima. La puerta se cerró tras él, dejando a Elizabeth sola en el salón, el eco de la música se desvanecía mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Se sentía humillada, vieja, descartada por el hombre que la había poseído con tanta intensidad antes.

    Con pasos pesados, Elizabeth se dirigió a su habitación, el dolor y el alcohol le nublaban la mente. Al entrar, sus ojos captaron el vibrador que yacía sobre la cama, su superficie brillaba bajo la luz tenue. Por un instante, pensó que algún invitado lo había encontrado y dejado allí, pero el pensamiento se desvaneció rápidamente, opacado por su tristeza. Se dejó caer en la cama, el micro vestido subió por sus muslos, exponiendo la tanga negra empapada por su deseo insatisfecho. Miró el techo, las lágrimas cayeron silenciosas, pero poco a poco una sensación extraña comenzó a invadirla, un calor que crecía desde su entrepierna, avivado por el alcohol y el recuerdo de Diego.

    Sin pensarlo demasiado, Elizabeth tomó el vibrador, sus dedos temblaron mientras lo encendía. El zumbido suave llenó la habitación, y con un movimiento lento, deslizó la tanga por sus muslos, dejando su vagina expuesta, reluciente por sus jugos. Se acostó, abriendo las piernas, y llevó el vibrador a su clítoris, un gemido escapó de sus labios al sentir las vibraciones intensas. Nunca lo había usado con tanta desesperación; su mano libre levantó su vestido, liberando sus enormes senos, que apretó con fuerza, pellizcando los pezones mientras imaginaba a Diego embistiéndola.

    Los gemidos de Atziry y Yareni, que se filtraban desde la otra habitación, solo avivaban su lujuria, su vagina se contraía alrededor del vibrador mientras lo deslizaba dentro, cada movimiento la llevaba a un éxtasis que mezclaba placer y dolor, atrapada entre la humillación y un deseo que no podía apagar.

    Elizabeth yacía en su cama, consumida por un placer que había transformado su llanto en un fuego ardiente. El vibrador, zumbando incansable dentro de su vagina, enviaba oleadas de éxtasis que la hacían arquearse, sus jugos goteaban por sus muslos mientras el alcohol amplificaba cada sensación. Sus enormes senos, liberados, rebotaban con cada movimiento, y ella, con un hambre voraz, los lamía, su lengua trazaba círculos alrededor de sus pezones, saboreando su propia piel con gemidos que resonaban en la habitación. La tanga negra, descartada a un lado, yacía olvidada en el suelo, el aroma de su excitación llenaba el aire mientras su cuerpo temblaba al borde de un clímax devastador.

    De pronto, el chirrido de la puerta de su habitación rompió el trance. Elizabeth, con la vista nublada por el tequila y el placer, detuvo sus movimientos, pero no sacó el vibrador, que seguía vibrando dentro de su vagina, manteniéndola al filo del éxtasis. A contraluz, en el marco de la puerta, apareció la silueta de una chica con alas de ángel, las plumas blancas brillaban tenuemente bajo la luz del pasillo. Era Yareni, cuya belleza había encendido chispas horas antes con un beso fugaz. Sin pedir permiso, entró, cerrando la puerta con seguro tras de sí, el clic resonó como una promesa. Elizabeth, con la mente nublada, recordó el roce de sus labios en la comisura de su boca durante la fiesta, un beso que ahora parecía un preludio a algo más.

    Con su disfraz de ángel, se acercó lentamente, el vestido blanco translúcido revelando las curvas de su cuerpo, sus trencitas se balanceaban con cada paso. Elizabeth, sólo observaba la silueta de aquel hermoso cuerpo y las alas de ángel, pero ebria y rendida al momento, no protestó. Sabía que Diego se había encerrado con Atziry en su habitación, dejando a Yareni fuera de su encuentro sexual, y esa exclusión parecía haberla llevado hasta ella.

    La silueta de Yareni, con su disfraz de ángel apenas discernible en la oscuridad, se posicionó entre sus piernas, una figura femenina que parecía flotar en las sombras. Elizabeth, con la vista nublada por el tequila, intentaba distinguir el rostro de la chica que horas antes le había robado un beso, pero solo veía contornos, un aura sensual que la hacía estremecerse.

    Yareni, sin pronunciar palabra, tomó el vibrador con dedos delicados, retirándolo lentamente de la vagina de Elizabeth. El movimiento arrancó un gemido profundo de su garganta, su cuerpo se retorció de placer mientras sus paredes internas se contraían, extrañando el contacto. La silueta de Yareni se inclinó hacia adelante, su aliento cálido rozó la piel de Elizabeth antes de que su lengua encontrara su clítoris.

    El primer contacto fue eléctrico, una lamida experta que hizo que Elizabeth arqueara la espalda, sus senos rebotaron mientras un grito ahogado escapaba de sus labios. La lengua jugueteaba con su clítoris hinchado, trazando círculos precisos, luego se hundía entre los pliegues de su vagina, saboreando los jugos dulces que Elizabeth liberaba en abundancia. Cada movimiento era una danza de placer, la lengua exploraba con una destreza que hacía que Elizabeth se retorciera, sus manos se aferraban a las sábanas.

    El silencio de Yareni, roto solo por los sonidos húmedos de su boca y los gemidos de Elizabeth, añadía una capa de misterio al encuentro. Sin dejar de lamer, introdujo dos dedos en la vagina empapada de Elizabeth, deslizándolos con facilidad gracias a la humedad que goteaba por sus muslos. Los dedos se movían con un ritmo implacable, entrando y saliendo mientras su lengua seguía devorando el clítoris, succionándolo suavemente antes de acelerar el ritmo. Elizabeth, perdida en el éxtasis, sentía que le estaban haciendo el mejor sexo oral de su vida, cada lamida y cada embestida de los dedos la llevaban más cerca de un clímax que amenazaba con romperla. Sus senos, pesados y sensibles, se alzaban con cada respiración agitada.

    La habitación, impregnada del aroma almizclado de la excitación de Elizabeth y el eco de los gemidos que resonaban desde la habitación de Atziry, era un santuario de placer prohibido. Yareni, en su silencio, dominaba el cuerpo de Elizabeth, llevándola a un éxtasis que borraba el dolor de su rechazo anterior, mientras la oscuridad las envolvía en una danza de deseo que no necesitaba palabras.

    La silueta angelical apenas discernible en la penumbra se hundió aún más entre sus piernas, sus manos firmes abrieron los muslos de Elizabeth para acercarse más. Retiró los dedos que habían estado explorando su interior, dejando un vacío que pronto llenó con su boca. La lengua se sumergió en la vagina de Elizabeth, lamiendo con una intensidad voraz, saboreando cada gota de los jugos que fluían abundantes. Mordisqueaba el clítoris hinchado con una precisión que hacía que Elizabeth se arqueara, sus caderas empujaban contra el rostro de la chica, mientras pequeños mordiscos en los labios vaginales enviaban descargas de placer por su cuerpo.

    Elizabeth, perdida en el éxtasis, se retorcía en la cama, sus manos subían para agarrar sus enormes senos, apretándolos con fuerza mientras su lengua lamía los pezones, el sabor de su propia piel intensificaba su lujuria. Sus ojos se pusieron en blanco, su cuerpo temblaba mientras gemía, jadeaba y gritaba, los sonidos resonando en la habitación. La silueta, en un silencio absoluto, seguía devorándola, su lengua danzaba entre los pliegues, succionando el clítoris antes de hundirse más profundo, el sonido húmedo de su saliva se mezclaba con los jugos de Elizabeth. La habitación estaba llena de los lengüetazos, los chasquidos húmedos y los gemidos desgarradores de Elizabeth, un concierto de deseo que parecía no tener fin.

    Tras varios minutos de esta danza implacable, Elizabeth alcanzó el borde del clímax. Colocó sus manos en la cabeza de Yareni, sus dedos se enredaron en las trencitas, empujándola más contra su vagina, desesperada por sentirla aún más profundo. —¡Sigue, por favor! —gritó, su voz estaba rota por el placer. Su cuerpo se arqueó violentamente, y un orgasmo descomunal la atravesó, una explosión de jugos que inundó el rostro de Yareni, empapando sus labios y mejillas.

    Elizabeth, agitada, colapsó sobre la cama, su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, sus muslos temblaban mientras intentaba recuperarse. La chica, sin decir una palabra, se levantó lentamente, y su silueta angelical se reflejaba contra la luz del pasillo. Con un movimiento grácil, salió de la habitación, dejando tras de sí solo el eco de su presencia y el aroma de su encuentro.

    Elizabeth, aun temblando, yacía en la cama, con el vibrador olvidado a su lado, su cuerpo empapado en sudor y sus propios fluidos. Mientras su respiración se estabilizaba, una revelación la envolvió: las mujeres también la deseaban, la querían con una pasión que igualaba la suya. La idea, nueva y embriagadora, la llenó de una extraña calma. Cerró los ojos, con una sonrisa débil curvando sus labios, y se durmió con el pensamiento de que, si un hombre como Diego no la amaba, una mujer como Yareni podría llenar ese vacío, su cuerpo aun vibraba con el recuerdo de aquel orgasmo que la había liberado.

    A la mañana siguiente, Elizabeth estaba sentada en la cocina, el peso de la cruda marcaba ojeras bajo sus ojos, pero una sonrisa sutil curvaba sus labios, traicionando el placer que aún resonaba en su cuerpo tras la madrugada. Vestía solo una blusa ligera, apenas abotonada, que dejaba entrever el contorno de sus grandes senos, sus pezones se marcaban contra la tela fina. Un calzón blanco, casi transparente, abrazaba sus caderas, revelando las curvas de sus nalgas y los muslos blancos que temblaban ligeramente al recordar la lengua experta de la madrugada.

    Mientras tomaba sorbos lentos de su café, una cápsula de ibuprofeno descansaba en su mano, un intento de calmar el dolor de cabeza. Cada trago del café amargo la llevaba de vuelta a la noche anterior, al éxtasis que había inundado su vagina, y al mirar sus muslos, notó cómo su calzón se humedecía, dejando un rastro brillante en la silla de madera donde estaba sentada.

    El silencio de la cocina se rompió cuando la puerta de la habitación de Atziry se abrió. Yareni, con su disfraz de ángel ligeramente desarreglado, salió junto a Atziry y Diego, los tres con el aire de quienes habían compartido una noche intensa. Atziry, con un short diminuto que apenas cubría sus nalgas y una camiseta ajustada, lucía una mezcla de satisfacción y cansancio. Diego, en bóxer y camiseta, exudaba una confianza arrogante, su verga aún se marcaba bajo la tela. Yareni, lista para irse, se despidió con una sonrisa, pero antes de cruzar la puerta, Elizabeth se levantó, sus piernas desnudas se movieron con una sensualidad inconsciente.

    Sin dudarlo, se acercó a Yareni y la tomó por el rostro, sus dedos rozaron las trencitas aún intactas, y le plantó un beso apasionado, sus labios se fundieron en un choque húmedo que hizo que Yareni respondiera con igual intensidad. El beso, breve pero cargado de deseo, dejó un eco en el aire antes de que Yareni saliera, cerrando la puerta tras de sí.

    Elizabeth, aún herida por el rechazo de Diego, giró hacia él y Atziry, su mirada miel endurecida por los celos y el dolor. Diego, consciente de que su tía sabía de su relación con su prima, la sostuvo con una calma desafiante, sin inmutarse. Atziry, en cambio, bajó la mirada, un rubor subía por sus mejillas. —Perdóname por lo de anoche, mamá —empezó, su voz temblaba con arrepentimiento.

    Pero Elizabeth, levantando la palma de su mano como una barrera, la interrumpió con frialdad. —Si ustedes quieren seguir cogiendo, háganlo. A mí ya no me importa —dijo, con tono cortante mientras su blusa se abría ligeramente, revelando más de sus senos. Sin esperar respuesta, se giró y se metió a su habitación, el eco de sus palabras dejaba a Diego y Atziry atónitos, con un torbellino de dudas en sus mentes.

    Atziry, a pesar de la tensión, sintió una oleada de alivio, interpretando las palabras de su madre como un consentimiento tácito. Su cuerpo aún vibraba con el recuerdo de Diego dentro de ella, y la idea de seguir sin restricciones la llenó de una felicidad culpable. Diego, por su parte, mantuvo su expresión imperturbable, aunque un destello de intriga cruzó sus ojos. La cocina, impregnada del aroma del café y la humedad que Elizabeth había dejado en la silla, quedó en silencio mientras los dos primos decidían no molestarla, dejando que la puerta cerrada de su habitación guardara los secretos de una noche donde los deseos prohibidos habían redefinido sus lazos.

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  • El chat gay

    El chat gay

    Entre las cosas que me introdujeron en el mundo homosexual para no salir nunca más una era el chat, en la que había salas de trivia, de heteros que solamente charlaban y salas para gays y lesbianas donde los gays eran mayoría y sala a la que yo, luego de dar vueltas por otras, terminé asistiendo diariamente. En ella conseguía citas, pero reconozco que siempre tuve miedo que alguien me hiciera algo que no deseaba, no sé, me cuidaba.

    Una vez fue particular, me había citado en una esquina, algo que muchas veces no me gustaba, pero esta vez me dio confianza, nos encontramos, sería un hombre unos pocos años más que yo, charlamos y me invitó a su departamento, pero a medida que nos acercábamos al lugar a mí me parecía reconocerlo, cuando estuvimos en la puerta y la abrió casi estaba seguro de que era el lugar donde mi padre y yo, hacía más de veinte años habíamos hecho un trabajo y nos había llamado la atención que el hombre que nos contrató viviera con su sobrino, igualmente no era el momento de decir nada.

    Ni bien pasamos la puerta él me besó y nos entrelazamos en caricias, abrazos y palabras de deseo mientras me guiaba hasta la habitación donde una gran cama nos esperaba para acostarnos e ir desnudándonos lentamente con nuestra adrenalina que fluía intensamente.

    Se había presentado como totalmente pasivo por lo que estando yo en el rol de activo dominaba la situación, así y todo besaba su cuerpo desnudo completamente y en cuanto llegamos a la posición del 69 nuestros gemidos hacían notar el placer que sentíamos, estuvimos un buen tiempo de franeleo donde yo le chupaba el ano de forma que sus exclamaciones me calentaban mucho, se puso una almohada debajo de su abdomen para levantar levemente su cola para que lo penetre, lo que hice más de una vez sacando mi pene para meter mi lengua, sin acabar seguimos un rato más con besos y caricias

    -Por favor, cogeme y llename de leche. Me rogó

    Y así lo hice, o al menos le hice creer. La metí despacio, como palpando cada centímetro y cuando mi pelvis tocó sus nalgas empecé a moverme muy rítmicamente y a gemir para que espere el derrame de mi semen hasta que fingí que acababa y hacía palpitar mi poronga dura en su cola, la saqué despacio y me acosté a su lado, él se recostó conmigo y me acariciaba, entonces empecé a pajearlo muy suavemente, tenía un interesante miembro que iba adquiriendo rigidez en mi mano, me monté sobre él poniéndome de espalda y dejando mi cola ante sus ojos, me incliné para mamar su pene erecto y podía sentir sus besos en mis nalgas, en mi ano, me metió un dedo y yo gozaba moviéndome, me dejó en 4 y me dijo:

    -Necesito metértela.

    Ni respondí, solo abrí mis piernas para que lo pueda hacer y sentí como me embestía con pasión hasta el fondo, una, dos, tres bombeadas y lanzó un grito de placer que me asombró, se quedó quieto tomándome las caderas con fuerza, luego de un minuto de acostó y me pidió que lo hiciera a su lado, nos abrazamos, besamos un poco y casi que nos dormimos. Habrán pasado unos 20 minutos cuando se levantó y me ofreció bañarme, al salir del baño me confesó:

    -Es la primera vez en mi vida que soy activo, nadie logró eso conmigo, me gustó.

    -Gracias, es un honor para mí. También debo confesarte algo, ya estuve en esta casa.

    -¿Cómo? No entiendo

    Y le conté que había estado hacía muchos años por la reparación y ambos nos reímos, me pidió que lo espere en la cocina así tomábamos algo mientras él se bañaba también, lo que hice sin problema. Charlamos un poco sobre nuestras vidas y luego de eso me despedí con un hasta pronto, lo que no pasó ya que cuando intenté volver a verlo su respuesta fue clara, “a esta altura de mi vida no sé si quiero ser activo” y jamás volví a saber de él.

    Cada día que entraba esta sala de chat, conseguía una cita, yo tenía lugar y eso me daba un plus muy valorable, pero también empecé a buscar hombres en la forma tradicional, salir a la calle y a través de una charla, terminar en la cama de alguno de los dos, generalmente la mía.

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  • Valeria. Netflix y la felación mas deliciosa de mi hijastra

    Valeria. Netflix y la felación mas deliciosa de mi hijastra

    Comimos mientras platicábamos cosas triviales. Valeria me platicaba que apenas tenia un año en la universidad, estudiaba pedagogía y le gustaba la idea de poder ser maestra mas adelante. Nayeli hablaba de su trabajo. Era secretaria de una oficina de gobierno y no le iba mal. La casa donde vivía era de su exmarido y le gustaba pasarla bien, salir de fiesta con sus amigos y en fin. La verdad es que no le ponía mucha atención. Sentía como por debajo de la mesa, Valeria acercaba su pie al mío y ese solo hecho me puso muy cachondo. Comencé a tener una erección espontanea.

    Realmente esta señorita era mucho mas seductora que su madre. Me sorprendía como alguien de tan solo 19 años ya tuviera tanta experiencia en el arte de la seducción y el erotismo. Sobre todo, me causó extrañeza el amplio conocimiento de los fetiches y deseos oscuros de los hombres mayores. Moria de la curiosidad de platicar solo con ella y conocerla mejor.

    Respiré muy hondo y traté de concentrarme para agarrar el hilo de lo que Nayeli platicaba. No quería que se diera cuenta que toda mi atención estaba en su hija y mucho menos deseaba que se diera cuenta de mi entrepierna abultada.

    Después de terminar de comer sugerí que fuéramos a su casa mejor, podríamos ver una peli ahí y llevar unas cervezas para pasarla mejor si es que así querían. Gracias al cielo ambas aceptaron. Me pare algo lento para disimular mi “detalle”, pusimos la basura en su lugar y nos dirigimos hacia la salida. Pedí el Uber y la espera se me hizo eterna. No podía esperar a llegar a su casa, poner borracha a Nayeli y ver que podría pasar mas adelante.

    Al llegar el taxi abrí la puerta trasera para dejarlas pasar a ambas, pero se pasó primero Vale, después me dijeron que me fuera en medio y al final se subió Naye.

    Cabe hacer mención que por costumbre siempre cargo una pequeña mochila, donde traigo un libro, una loción, cepillo de dientes y gafas oscuras. Nunca está de más. Además, ese día llevaba mi chamarra, así que cuando ya estábamos en ruta, puse mi mochila sobre mis piernas al igual que mi chamarra.

    Fue aquí cuando recordé un pasaje bíblico “que tu mano izquierda nunca sepa lo que hace tu mano derecha” cuánta razón tenía en este momento esa máxima.

    Puse mi mano derecha en las piernas de Naye mientras que la otra iba sobre mi mochila y chamarra. Vale iba como entretenida en su cel (o al menos esa impresión daba) cuando de repente sentí en mi pierna izquierda un pequeño roce, como una caricia furtiva pero no le di importancia. Hice como que no pasaba nada hasta que sentí la mano de Valeria por debajo de mi mochila buscando mi ingle. Podía sentir como su dedo meñique se esforzaba por rosar mi miembro. Cabe destacar que eso se me hizo tan prohibido y excitante al mismo tiempo que, mi verga se empezó a abrir paso entre el boxer y mi pantalón.

    Sentía como la sangre se agolpaba en la base de mi miembro queriendo llenar cada cavidad.

    Busqué la manera de acomodarme para que sus dedos tuvieran paso despejado y ver que podía pasar. Ya no estaba pensando con claridad. Abrace a naye con mi mano derecha y busque discretamente su escote. Iba rosando esas tetas grandes y deliciosas por el borde superior y eso me puso aun mas caliente. En ese momento Valeria hizo algo que me dejo impresionado de su creatividad (confirmo que ella tiene más experiencia que su mamá).

    -¿Oye Hugo, te molestaría si me recargo en tu hombro en lo que llegamos a mi casa? – preguntó de manera muy casual – Es que tengo sueño y por el trafico me mareo. Prefiero dormir un poco.

    -Claro vale. Recárgate, no te preocupes.

    Entonces acomodó su mano derecha sobre la mochila a manera de almohada y la izquierda por debajo de la mochila, escondida debajo de todo.

    Posó su mano completa sobre mi verga ya dura para ese momento. Movía de forma muy sutil pero firme sus dedos. Sentía como recorrían el cuerpo de mi virilidad. Con el pulgar jugaba en círculos en el glande. Aprovechaba cada bache, tope, frenada o lo que fuera para sujetarlo y apretarlo. Yo luchaba afanosamente por no venirme, estaba demasiado excitado.

    Lo mas loco del caso es que Nayeli se empezó a poner cachonda con el rose de mis dedos sobre el borde superior de sus tetas y la mirada lasciva del conductor. Pude ver que el taxista discretamente ajustó su retrovisor para poder tener un mejor ángulo de los pechos.

    Mi novia acercó su boca a mi oído y me dijo:

    -¿Quieres que juguemos un poco?

    -¿Qué tienes en mente? – le respondí con mirada picara.

    -¿Esta Valeria dormida? – Evidentemente no. Vale iba muy entretenida sobándome la verga, pero yo dije que sí, completamente dormida.

    Naye se recargó aún más, como deslizándose hacia abajo a manera de que mi mano quedara más libre para hurgar en su escote. Metí mi mano entre ambas tetas y busqué de inmediato indagar entre la copa y su piel hasta que llegué a su pezón. Lo empecé a masajear y vi cómo se puso nervioso el taxista. Me le quedé mirando por el espejo y cuando se percató miro hacia el frente, concentrándose en el camino. Yo seguía manoseando las chichis de mi novia mientras que su hija seguía apretando mi miembro con esas juveniles y blancas manos.

    Era notorio como al taxista se le estaba parando la verga, pero Nayeli estaba muy entrada disfrutando ser manoseada enfrente de un perfecto extraño. Yo estaba aún incrédulo. ¿Cómo una madre podía ir jugando sexualmente con su novio incipiente mientras que, su hija “dormía” en el hombro, del otro lado?

    ¿Qué clase de mamá se comporta de esa manera frente a su hija?

    Pasaban demasiadas preguntas moralinas por mi cabeza, pero eran ignoradas por mi subconsciente. Yo estaba viviendo algo que, solo en sueños había sido posible.

    Estábamos a 2 minutos de llegar a su casa así que saqué la mano de la blusa de mi novia. Le hable muy cerquita del oído de su hija para que se “despertara” y sacara su mano de la forma más discreta posible de entre mis piernas.

    Nos bajamos del taxi y entramos a su casa.

    Yo me excuse con ellas para poder ir al baño de inmediato. Cerré la puerta detrás de mi para revisarme y tal cual lo esperaba: mi ropa interior estaba completamente húmeda, lleno de liquido seminal, mi glande completamente baboso y sensible. Necesitaba asearlo un poco así que me acerqué al lavabo, abrí las llaves y acerqué mi pene lo mas posible. El agua fría lo calmó un poco. Después de enjuagarlo con jabón y agua lo sequé con la toalla de manos. Respire profundo y Sali del sanitario.

    Naye ya estaba preparando la app para ver la película mientras que Valeria estaba abriendo las cervezas. Destapó 3. No pensé que bebería con nosotros, pero me agradó la idea. Naye y yo nos sentamos en el sillón grande y vale se quedo en el individual. Pusieron la primera de Harry Potter, (yo odiaba esas películas, se me hacían muy aburridas). Cheleando viendo al niño mago era algo surrealista pero bien valía la pena.

    Las primeras cervezas se acabaron muy rápido y procedí a abrir otras. Vale ya no quiso. Parecía que su mamá tenía mucha sed porque la segunda la tomó muy rápido también. Yo aún seguía con la segunda y ella ya estaba a mitad de la tercera. No había pasado ni una hora de la película cuando Naye ya se había tomado 5 latas. Eso estaba muy bien porque debajo de la mantita ya me había sacado la verga. Me estaba masturbando discretamente y vale lo sabía. Discretamente veía de reojo y noté como apretaba sus piernas.

    Sin preámbulo Naye le dijo a su hija que nos iríamos a recostar a su recamara pero que si ella quería seguir viendo la peli no había problema. Se levantó y me dijo, ven cariño, vamos a mi cuarto. Dio la vuelta y se fue caminando. No me dejó guardarme el pene dentro del pantalón, me dejo con la verga parada frente a su hija. Valeria se le quedó viendo a mi miembro, se mordió el labio un poco y me guiño un ojo.

    -Vayan con cuidado, yo sigo viendo la peli – Y en voz baja me hizo entender de que me esperaría según lo platicado en la plaza.

    Como pude guarde el miembro dentro del pantalón y caminé rumbo a la recamara. Al entrar quedé un poco desconcertado. Naye estaba boca abajo completamente dormida. No puede ser que alguien se duerma con 5 cervezas, no así de rápido. Por un momento no supe que hacer. Me acerqué a ella, pero no cerré la puerta.

    La dejé completamente abierta. Le quite los zapatos, desabroché su pantalón y lo baje suavemente, deslizándolo por su piel sintiendo con mis dedos su desnudez. Lo quité por fin y solo quedaba la blusa y la tanga, pero la dejé así. La puse de lado y la cobijé con una manta. Me saqué la verga y empecé a masturbarme y al dar la vuelta, ahí estaba, mirándome. Me hizo una seña con su dedo índice y camino hacia la otra puerta, la de su cuarto sin darme la espalda.

    Ya no traía los leggins. Ya no traía la tanga puesta. La traía en las manos. El top estaba levantado dejando a la luz unas tetas tan hermosas, redondas, pezones rositas, turgentes, firmes. Yo estaba hipnotizado, mi voluntad abandonaba mi cuerpo. Empecé a caminar hacia ella con paso lento, buscando no despertar a su mamá. Al cruzar el umbral y estar al pie de su puerta ella esta justo ahí.

    De rodillas. Abría su boquita y sacaba su lengua, casi como su fuera un polluelo esperando la lombriz que la madre le trajera para alimentarse. Sin dudarlo me acerqué. La tomé tiernamente del cuello y como si fuera un labial, pasé mi glande por sus labios, le recorrí todo el contorno, mi líquido seminal volvía a surgir ávidamente dejándole babosos los labios. Ella envolvió mi verga con su tanga mientras empezaba a masturbarme y llevó su otra mano hacia su clítoris. Comenzó a frotarlo muy rápido. Le sujeté la nuca y le di una embestida. Se arqueo instantáneamente. Hizo el sonido característico como cuando van a vomitar, pero lo contuvo. Empezó a mamar con desesperación.

    Solo se escuchaba la peli de fondo y el chasquido de su saliva escurriendo de su mano. Mi pene empezó a palpitar, a ponerse mas grueso, mas duro, ya no podía contenerme y solté un chorro de semen hirviendo directo al fondo de su boca, el cual saco de inmediato embarrándolo en su tanga, la puso para que toda mi simiente queda en esa tela tan delicada y diminuta. Mis piernas temblaron. Tuve que sujetarme del borde de su puerta. Valeria se puso de pie, me miro de la manera mas lujuriosa y cautivadora posible, se puso la tanga llena de leche y la frotó en su vagina. Metió uno de sus dedos en su vulva, recorriendo sus labios, lo sacó completamente mojado, viscoso y lo llevo a mi boca.

    Sin dudarlo le tomé la muñeca y recorrí con mi lengua cada falange de ese hermoso dedo captando cada gota de su miel que escurría. Lo deje completamente limpio. Ella solo sonrió tiernamente, me empujo hacia fuera de su cuarto, cerró la puerta y se fue a dormir.

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