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  • De amiga a esclava (1): La entrega

    De amiga a esclava (1): La entrega

    La cita era a las cinco de la tarde. Yo llegué primero a la habitación del hotel. Tenía que preparar todo para su llegada. Descargué mi maleta y decidí darme una ducha caliente para relajar mis músculos. Luego, me puse algo ligero y dejé encendida solo la lámpara de la esquina: quería sombras, no claridad.

    La noche era fría, por lo que el vapor que salía del baño sirvió como calentador para la habitación. Saqué mi celular y puse música, esa lista que habíamos creado a lo largo de los años, sin saber que después la usaríamos para otros fines mucho más intensos. De mi maleta saqué cada objeto con cuidado, los limpié y los dejé sobre la cama. No era un juego improvisado, era el inicio de algo que ambos habíamos deseado en silencio durante años.

    El reloj parecía burlarse de mí, avanzando con una lentitud cruel. Cada minuto me llenaba de ansiedad: una mezcla de excitación y la duda de si quizá ella se habría arrepentido de aceptar aquel mensaje. En mi cabeza repasaba nuestras últimas conversaciones; excitantes, intensas, todas cargadas de expectativa y lujuria.

    Pasaron diez minutos eternos antes de que sonaran unos golpes en la puerta. Una sonrisa se dibujó en mis labios. Lentamente caminé hacia ella y, antes de abrir, me apliqué un poco del perfume que sabía despertaba sus instintos más salvajes.

    Abrí. Laura estaba ahí. Se mordía el labio inferior, como si no supiera si avanzar o quedarse pegada al marco. Llevaba el vestido rojo que yo mismo le pedí y que ella sabía cuánto me excitaba. Su cabello castaño, recogido en una cola alta, dejaba su rostro aún más expuesto: mejillas encendidas, mirada nerviosa, labios humedecidos por su lengua. Su cuerpo entero temblaba de anticipación.

    No dije nada, estaba hipnotizado por su belleza. Sé que no fueron más de dos segundos, pero me parecieron horas de contacto visual: esa incertidumbre llena de dudas y calor. Finalmente, la tomé de la cintura y la besé. No fue un beso de bienvenida: fue un reclamo atrasado, un grito silenciado que los dos guardábamos desde hacía demasiado tiempo. Ella respondió con fuerza, su lengua buscando la mía con desesperación. Mi mano se deslizó bajo su vestido, encontrando su tanga empapada. La aparté con mis dedos y la penetré suavemente, arrancándole un gemido ahogado, demasiado fuerte para pasar desapercibido en el pasillo.

    —Joel… —susurró, suplicando entrar.

    En lugar de dejarla pasar, levanté su vestido, dejando al aire su trasero perfecto, redondo y firme. Le di una nalgada sonora que la hizo soltar un jadeo entre sorpresa y placer. Solo entonces la empujé dentro.

    Cerré la puerta. Ella se giró hacia la cama, donde todo estaba dispuesto.

    —Joel… ¿qué es todo esto? —preguntó con voz entrecortada.

    La abracé por la espalda, besando su cuello con suavidad.

    —Te lo mostraré… uno por uno.

    Tomé la primera pieza y la puse en sus manos.

    —Esto es un látigo martinete… sentirás su rastro caliente en tu piel cada vez que lo use.

    Pasé las correas por su brazo desnudo, erizando su piel.

    —¿Y… dolerá? —preguntó en un murmullo, con los ojos brillantes de temor y expectación.

    Sonreí de lado, bajando la voz:

    —Solo lo suficiente para encenderte más.

    Luego, el segundo objeto.

    —Este es un plug anal, con su gel… no habrá resistencia cuando decida que es el momento de que lo sientas dentro.

    Lo acerqué a su rostro; ella lo observó. Un temblor recorrió todo su cuerpo. Había miedo, pero también un deseo evidente. Mordió su labio inferior y asintió apenas, como si quisiera convencerse a sí misma.

    Después, las esposas. El metal frío brillaba bajo la luz tenue.

    —Y estas… estas serán las que usaremos para someterte. Quiero que sientas cómo es entregarte sin reservas.

    Ella tragó saliva. Yo continué, sin apartar la mirada de sus ojos color miel.

    —Este vibrador… lo usarás cuando yo te lo ordene. Quiero verte rogar por terminar y no dejarte hasta que yo lo decida.

    Y finalmente, el último objeto. Lo sostuve entre mis manos, abriendo despacio el broche.

    —Como lo acordamos… el collar de sumisión. Mientras lo lleves, obedecerás todo lo que diga, sin cuestionar, sin negarte. Cuando te lo quite, volveremos a ser los de siempre.

    Laura lo miró en silencio. Tomó aire, cerró los ojos, midiendo las consecuencias de esa decisión. El pulso en su garganta se notaba con fuerza; la habitación quedó en silencio, como si el ruido de la calle nocturna hubiera desaparecido. Al abrirlos, sus ojos brillaban con algo nuevo: mezcla de miedo, entrega y una curiosidad que la empujaba hacia adelante.

    —Confío en ti, Joel… acepto —me dijo con voz suave, temblando.

    La vi colocarse el collar con manos nerviosas. Me puse a su espalda y cerré el broche, marcando así nuestro rito de inicio. La giré hacia mí y devoré su boca como si me fuera la vida en ello. Ella respondió con la misma intensidad. Su mano bajó sin dudar a mi entrepierna, acariciando mi erección a través de la tela. Sabía que debajo de esa timidez aparente se escondía una mujer de fuego.

    La senté en la cama, mirándola fijamente.

    —Ahora… eres toda mía.

    Laura tragó saliva, moviéndose inquieta, con el pecho subiendo y bajando rápido. Sus labios apenas se abrieron para susurrar:

    —Hazme tuya, Joel.

    —No puedes tocarme hasta que yo lo indique —le dije mirándola a los ojos, antes de volver a besarla. Mientras lo hacía, le puse las esposas. Besé su cuello, mordí el lóbulo de su oreja izquierda y le susurré cuánto había esperado este momento, esa noche, esa habitación solo para los dos.

    Seguí mi camino por su cuerpo y me detuve en su pecho; incluso por encima del vestido sentí con mis dedos sus pezones ya duros, deseando ser devorados. Pero continué, bajando por su abdomen hasta llegar a lo que más anhelaba. Separé sus piernas y pasé mis dedos lentamente por su tanga negra, que ya estaba empapada.

    Muy despacio fui quitando su ropa interior, sin dejar de observar su rostro agitado. Pasé mi lengua desde su vagina hasta su clítoris y soltó un jadeo. No tenía prisa: quería que disfrutara cada sensación. Seguí trabajando con mi lengua, despacio, constante. Después, añadí un dedo a la caricia; sus jadeos crecieron en número y volumen. Minutos más tarde, ya eran tres dedos los que se movían dentro de ella, mientras mi lengua no se detenía. Uno, dos, tres orgasmos consecutivos me regaló al estimular su punto G.

    Sus gemidos suaves se convirtieron en gritos desesperados de placer. Esa timidez de la puerta había quedado atrás.

    —Te quiero dentro de mí, ya —me suplicó entre jadeos.

    Pero no era suficiente. Quería llevarla al límite. La giré y la puse en cuatro. Sus fluidos bajaban por sus muslos y sin demora los recogí con mis dedos para dárselos a probar. Lamió con ganas, mirándome con total entrega. Me levanté y tomé el plug.

    —Quiero que te relajes y respires profundamente— dije mientras con mis dedos tomaba un poco de gel y lo pasaba por su ano. Dio un pequeño salto y me miró con miedo. Con mi mirada le indiqué que estaría bien y me la devolvió con total confianza. Introduje un dedo suavemente hasta que se acostumbrara, giro su cabeza y me dijo que continuara, metí otro dedo y empecé a moverlos. Luego, los saqué y sin titubeos introduje el plug. Un grito de dolor y dicha llenó la habitación, el cual cambie por intensos orgasmos al meter mi boca en su vagina.

    Continuará…

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  • Daila y la súcubo

    Daila y la súcubo

    Daila conocía de misterios, esoterismo y hechicería, no era recurrente en ello, pero digamos que le interesaba mucho. Daila, una chica de cabello corto y oscuro, piel clara, ojos púrpura, algo robusta, pero sin rozar la gordura. Vive en un apartamento en alguna parte de Perú, sola y feliz. Actualmente trabaja en un Tambo, cinco días a la semana, de ocho a doce. Le dan 20 soles a la hora, 80 soles diarios y en una semana, 400 soles.

    Era feliz con su sueldo, no había mucho que necesitase: comida, ropa, objetos de limpieza. La mayoría se lo provee su madre, que vive en el primer piso del edificio. Desde los 18 años vive en el segundo piso, solo para ella. Se podría decir que es como un megacuarto donde puede masturbarse cuando puede pensando en su antigua compañera de instituto…

    Esa era Marilyn, rubia, voluptuosa, labios rojos, ojos celestes y blanca. Ella fue la protagonista de sus más retorcidas fantasías: no había un solo día en que no incluya a Marilyn dentro de sus fetiches. Hace tiempo se compró un dildo que usaba, ahora no tanto. Porno sí veía, pero solo se acariciaba, más nunca se penetraba debido a la falta de excitación, ya nada le complacía.

    Ahora, 7 de septiembre, estaba terminando su turno y había salido hacia una librería para conseguir la última adquisición de su autor favorito.

    Al pasar por un parque cerca al óvalo Miraflores, a la distancia, la perfecta y sexualmente atractiva Marilyn estaba paseando agarrada de un tipo con gorra que le causó mucha rabia.

    -Maldito.

    Deseó que se tropezara, que lo atropellara un coche. Cruzó la calle, entró a la librería y a punto de pagar en la caja… el grito de una chica la estremeció. Muchos salieron o vieron por las ventanas para sapear. Al parecer un coche había atropellado a un joven. Daila se acercó y notó algo: Marilyn estaba gritando y llorando, tiraba de su compañero y pedía ayuda.

    Lo primero en lo que pensó Daila es en ir a casa, no estaba muy lejos, solo unas cuadras. Una vez obtuvo su libro, salió corriendo de allí. En minutos llegó a su departamento y se ocultó en su cuarto.

    Horas después, convencida en que todo fue una coincidencia, hojeó un libro que anteriormente había leído: era sobre criaturas míticas, en una parte hablaban de las súcubos, ya sabes, demonios femeninos que seducen a los hombres y tienen sexo con ellos.

    Daila había visto videos acerca del tema y desde hace años se pregunta…

    “¿Qué pasaría si una súcubo tuviera sexo con una mujer?”

    “¿Quieres averiguarlo?”

    Preguntó una voz dulce detrás de ella. Al momento de girarse, sobre su cama, flotando, había una voluptuosa mujer vestida con un top y una minifalda negra, llevaba una especie de bincha que le adornaba el cabello lacio azabache que terminaba en un perfecto flequillo que cubría su frente. Su piel era blanca, bien pálida, labios rojos, metro ochenta y de pechos y muslos seductores. Sus ojos eran rasgados y rojos carmesí.

    -Wow, holii.

    Su voz era dulce, como el de una adolescente. Daila estaba con los ojos bien abiertos, pero no era por la anormalidad del ser, sino por sus senos exageradamente grandes.

    -¿Qué…?

    -Lo siento ¿te asusté? Años esperando y ahora estoy aquí.

    La chica se veía ansiosa. A Daila le daba vueltas en la cabeza: así que esto es una súcubo.

    -¿Qué esperas?

    La súcubo flota hacia Daila, quién confundida, se aparta cayéndose de la cama.

    -Huy ¿estás bien?

    -¿Qué quieres?

    -¿De qué hablas? Tú me llamaste.

    -¡¿Qué?!

    Estaba sorprendida, tanto que no podía levantarse. La súcubo le dice que se relaje y de su boca, suelta una bocanada de aliento con un olor dulce, casi como chocolate. Daila comenzó a sentir el calor en su cuerpo, además de un cosquilleo. Aquel dulce aroma le calentaba, tanto que sin percatarse, ya se había quitado su abrigo y su polo oscuro. También se quitaba los shorts y comenzó a autocomplacerse. Con una mano jugueteaba con sus pezones y con la otra se acariciaba el clítoris.

    -Vaya, vaya, estas muy caliente.

    La súcubo se acerca, se quita el top junto con la minifalda, dejando libre sus pechos voluminosos y su cola, pero al mismo tiempo, Daila nota entre quejidos que la súcubo tenía una enorme polla.

    -Vaya, no lo resiste.

    -¿Qué es…?

    -Tranquila, no va a doler, a veces me crece. Tú te preguntabas lo que pasaba si una súcubo seduce a una chica, pues aquí tienes tu respuesta.

    La sujetó de las mejillas y le dio un apasionado beso. Le metió la lengua que se paseó por su boca hasta la garganta. “Mierda, qué es esto, sabe rico, como a chocolate” la lengua de la súcubo no dejó de moverse hasta que la sacó dejando un hilo de saliva.

    Su mano instintivamente estaba acariciando su clítoris.

    -¿Quieres sentirte bien?

    Daila asiente, así que la súcubo se pone encima de la chica y acaricia la punta de su pene contra la entrada de la chica. Lo metió suavemente hasta que…

    -Aaaaah

    Su coño apretaba firmemente el pene de la súcubo, quién movía las caderas hacia dentro y hacia fuera, penetrando su entrada una y otra vez.

    -Ayyy, voy a…

    La súcubo no pudo terminar y se corrió abundantemente dentro de Daila. La misa echó un fuerte gemido ensordecedor. La súcubo saca su pene del coño de Daila y luego se gira, quedan en una posición de 69.

    -Es tu turno, compláceme y yo a ti.

    Daila no lo pensó dos veces y chupó la punta del pene y se lo introdujo en la boca, mientras la súcubo lamía con su larga lengua hasta llegar al fondo. En un punto la súcubo permitió que Daila le chuñara las tetas, de las que salía un líquido muy dulce, casi como la miel.

    -Hay… así cariño… sigue así.

    La súcubo le acariciaba una nalga y a veces se la palmoteaba. Daila no dejó de chupar, se sentía delicioso.

    -Hay…

    La súcubo volvió a correrse, Daila besa los pechos de la súcubo, se ocultó allí mientras la súcubo le pelliscaba los pezones. La besó de nuevo, jugueteando con sus lenguas. La súcubo la masturbó y Daila a ella, corriéndose al mismo tiempo.

    Pasaron así varios minutos, corriéndose en la cara de la otra y todo terminó como empezó: con la súcubo encima de una atontada Daila, penetrándola de nuevo a la vez que la besaba.

    “Que rico, quiero estar así por siempre. A la mierda Marilyn, a la mierda todo, esta súcubo es mi mascota ahora”.

    Pero al momento de correrse y dejar de besarse, como la súcubo podía leer su mente, le dice…

    -No te confundas tesoro.

    Le dice acariciando su suave mejilla para después sujetar su cuello, primero con gentileza, luego aprieta fuerte, provocándole un dolor a Daila.

    -Tú eres mi mascota ahora, haré contigo lo que yo quiera. Puede que después te penetre tanto que ya no podrá caminar ni en silla de ruedas.

    Y acercando su cuerpo al de ella, Daila sintió miedo y el pene erecto de la súcubo.

    -Oye… mi vagina…

    -Shhh shhh shhh, no hables cariño.

    La besa y luego le lame las mejillas, luego el cuello y sus labios.

    -Estas muy irritada y cansada, pero mi pene quiere más, no nos iremos de aquí hasta que esté satisfecha y créeme, no será pronto.

    Introduciendo de nuevo su pene en la vagina de Daila, apretó su cuello mientras empujaba en su interior. “No, ya no más, me duele todo, me tiemblan las piernas…” por aquellos pensamientos, la súcubo la bofetea mientras se corre.

    -Tienes un gran don para hacer tus deseos realidad, así me convocaste, así mataste al novio de Marilyn. Pero bajo mi control tu poder es inútil.

    La besa de nuevo con pasión obstruyendo su lengua en la garganta de Daila, quién tenía la mente en blanco.

    Horas después.

    A las siete de la noche, Daila intentaba ir a la ducha para después bajar y cenar. Las piernas le temblaban y no podía pensar cuerdamente. Entonces…

    -¡Ay!

    Sintió una mano en su nalga derecha. La súcubo estaba detrás, abrazándola y le susurra con voz coqueta.

    -Nos vemos mañana cariño.

    Y le lame la oreja y antes de apartarse le recuerda.

    -Tu ahora eres mía.

    Y vuelve a besarla, comenzando de nuevo un ciclo de sexo sin fin, todo gracias a la excitación.

    Fin

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  • Haciéndolo en el carro

    Haciéndolo en el carro

    Esto sucedió hace muy poco de hecho, mi novio y yo fuimos invitados a la fiesta de 15 años de una prima lejana de él.

    Tanto el como yo estábamos de corbata pero yo por debajo llevaba mis acostumbradas tangas.

    Estábamos compartiendo mesa con algunos de sus familiares y llego el tema de conversación de los viajes, mi novio comenzó a contar que ha viajado mucho conmigo y que la ha pasado increíble (la ha pasado increíble cogiéndome) dejándome el ano súper abierto y lleno de semen en cada viaje jajaja.

    Él les estaba contando los lugares a los que hemos viajado juntos e iba mostrando fotos a sus familiares. No me di cuenta en qué momento pasó pero lo vi muy incómodo porque inmediatamente retiro el teléfono de la vista de sus familiares.

    Después de eso de acercó a mí un poco nervioso y me contó que había pasado, resulta que mientras mostraba las fotos de los viajes en su galería había fotos de mi culo en tanga.

    Yo si sabía qué mi esposo tenía esas fotos de mi luciendo mis nalgas en tanga pero estaba muy confiado porque el no suele mostrar fotos de nada a nadie.

    Más aún desde que me hice un ligero aumento de glúteos mi esposo le fascina tener fotos de mi culo en tanga.

    Eso es algo de lo que a pasado últimamente, me hice un ligero aumento de glúteos y mis nalgas quedaron súper bonitas, no son tan grandes como pero si son lo suficientemente grandes para que mis esposo tenga un montón de fotos de mis nalgas en su celular.

    Todos alrededor de la mesa y del arreglo floral típico de estas fiestas resultamos sumamente incómodos así que apenas repartieron la comida nos fuimos.

    En el carro mi esposo hecho a reír y dijo que llegando a casa me iba a coger y yo como ¡si por favor! Pero dije ¿por qué esperar? La fiesta era en una finca a las afueras de la ciudad y el carro estaba en el parqueadero de la finca así que era un lugar seguro.

    El celador o el watchmen estaba en la portería así que no había nadie a los alrededores porque la mayoría estaban por dentro.

    Los vidrios del carro son polarizados así que nos bajamos el pantalón ambos, me hice la tanga de ladito y mi esposo con sus dedos me untaba crema para la piel en mi ano, me puse arriba de él y siento como mi ano se traga todo el pene de mi esposo.

    Así que comencé a cabalgar porque sentía la emoción que alguien nos descubriera pero solo se oían gritando y bailando las personas adentro

    Duré cabalgando durante 10 minutos aproximadamente y mi esposo se vino adentro. Devolví la tanga a su sitio me subí el pantalón y durante el camino se fue mojando el mi pantalón porque fui devolviendo el semen.

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  • La Gemma de la familia: Enamorada de su primo

    La Gemma de la familia: Enamorada de su primo

    Gemma, una joven de apenas 18 años, era un torbellino de belleza etérea. Su cabello rojizo caía en cascadas suaves, con un brillo que parecía capturar la luz tenue de la habitación. Su piel, blanca como el alabastro, tenía un leve rubor en las mejillas, y sus ojos verdes destellaban con una mezcla de inocencia y curiosidad audaz. El ballet, que practicaba desde niña, había moldeado su cuerpo en una sinfonía de curvas delicadas: piernas largas y torneadas, caderas definidas y senos firmes y redondos que se insinuaban bajo la camiseta ajustada. Cada movimiento suyo, incluso el más casual, parecía una coreografía, grácil y seductora sin proponérselo.

    Era una tarde de julio, y la lluvia golpeaba con furia las ventanas de la vieja casa de Vero, la prima de Gemma. El ambiente dentro era cálido, cargado de risas y susurros, un contraste con el frío grisáceo del exterior. Vero, de la misma edad, era el centro de la reunión. Su cabello castaño, recogido en una coleta desordenada, y su pijama de satén negro, que se adhería a su cuerpo más maduro, le daban un aire de confianza sensual. La habitación estaba llena de cojines esparcidos, luces suaves que proyectaban sombras danzantes y una bandeja de chocolates a medio devorar. Las otras tres amigas —Lila, Sofía y Clara— reían, sentadas en círculo, mientras el juego de verdad o reto comenzaba a caldear el ambiente.

    —Gemma, te toca —dijo Vero, reclinándose en el suelo con una sonrisa pícara, sus ojos recorrieron a su prima con un destello de complicidad—. ¿Verdad o reto?

    Gemma se mordió el labio inferior, un gesto que hizo que su rostro se iluminara con una mezcla de timidez y desafío. La habitación pareció contener el aliento, y el sonido de la lluvia se desvaneció por un instante.

    —Reto —respondió, con voz suave pero decidida, mientras sus ojos verdes se clavaban en Vero.

    Las chicas soltaron risitas nerviosas, y Vero arqueó una ceja, inclinándose hacia adelante. —Bien, primita. Quiero que… —hizo una pausa, dejando que la tensión creciera— te quites la blusa y bailes como si estuvieras en una de tus clases de ballet, pero… más sexy.

    Un jadeo colectivo recorrió el círculo. Gemma sintió un calor subirle por el cuello, pero no retrocedió. Había algo en la mirada de Vero, en la forma en que las otras chicas la observaban, que encendía una chispa en su interior. Se puso de pie con la gracia de una bailarina, sus movimientos eran fluidos mientras sus dedos alcanzaban el borde de la camiseta. Lentamente, con una mezcla de timidez y audacia, la levantó por encima de su cabeza, dejando al descubierto un sujetador de encaje blanco que apenas contenía la curva de sus pechos. La habitación se llenó de susurros de admiración.

    —¿Así? —preguntó Gemma, su voz era un susurro provocador mientras comenzaba a moverse. Sus caderas se balanceaban al ritmo de una música imaginaria, sus brazos se alzaban con elegancia, sus piernas se extendían hasta casi tocar el techo, pero cada giro y cada paso tenía un matiz sensual, como si estuviera seduciendo a las sombras mismas. Las chicas la miraban embelesadas, y Vero se humedeció los labios, incapaz de apartar la vista.

    —Vaya, Gemma… —murmuró Lila, con los ojos abiertos de par en par—. No sabía que podías moverte así.

    La risa de Gemma fue suave, casi melódica, mientras giraba lentamente, dejando que su cabello rojizo acariciara su espalda desnuda. La tensión en la habitación era palpable, como si la tormenta afuera hubiera infiltrado un deseo eléctrico en el aire. Vero se levantó, acercándose a su prima con una sonrisa que prometía más travesuras.

    —Mi turno —dijo Vero, cargada de intención—. Y creo que esto apenas comienza.

    La casa de Vero, una construcción antigua con suelos que crujían y paredes que parecían susurrar secretos, estaba completamente a disposición de las chicas esa noche. La lluvia había cesado, dejando un calor pegajoso que se colaba por las ventanas entreabiertas. El ambiente era una mezcla embriagadora de risas, confidencias y el dulce aroma de esmalte de uñas y perfumes frutales. Gemma, pintaba con cuidado las uñas de Lila, mientras Sofía trenzaba el cabello de Clara con dedos expertos.

    Las conversaciones giraban en torno a quién les gustaba en el instituto, aquel sitio a pesar de ser una universidad católica guardaba entre sus paredes los secretos que se revelaban en ese momento, susurros sobre besos robados y miradas furtivas que hacían sonrojar a más de una.

    A medida que la noche avanzaba, el ambiente se volvía más relajado, casi íntimo. Algunas chicas, como Lila y Clara, ya lucían pijamas ligeros de algodón, pero otras, incluida la prima de Gemma, optaron por quedarse en ropa interior. El calor húmedo de la noche hacía que el encaje de sus braguitas y los sujetadores de colores vibrantes se adhirieran a sus pieles, delineando curvas que la penumbra apenas suavizaba. Sofia, con su piel bronceada y una confianza descarada, se paseaba por la habitación en un conjunto de lencería negra, riendo mientras provocaba a las demás con comentarios subidos de tono.

    —¿No te mueres de calor, Gemma? —preguntó, recostándose en el sofá con una pierna cruzada sobre la otra, dejando que la tela de su ropa interior marcara cada detalle—. Deberías quitarte algo, ¡estamos entre chicas!

    Gemma, aún en su pijama corto, sonrió tímidamente, pero un rubor le subió a las mejillas. —Tienes razón —respondió, con voz baja, casi un murmullo, mientras sus ojos se desviaban hacia la silueta de Sofia, iluminada por la luz de una lampara cercana, se quedó también en lencería.

    De pronto, un ruido seco resonó en la casa, como si algo pesado hubiera caído en el piso de abajo. Las risas se apagaron al instante, y todas se miraron con los ojos muy abiertos. El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el zumbido lejano de un ventilador.

    —¿Qué fue eso? —susurró Sofía, abrazándose a un cojín.

    —No sé, pero no me gusta —dijo Clara, acercándose más a Lila, quien ya estaba temblando.

    Vero, siempre la más atrevida, se puso de pie. —Vamos, chicas, no sean miedosas. Seguro fue solo el viento o algo. Pero alguien tiene que ir a ver.

    Todas las miradas se volvieron hacia Gemma, quien sintió un nudo en el estómago. —¡¿Yo?! —protestó, su voz era temblorosa—. ¿Por qué yo? ¡No quiero bajar sola!

    —Porque eres la valiente, primita —dijo Vero con una sonrisa traviesa, acercándose para darle un empujoncito juguetón—. Además, te ves muy linda cuando estás nerviosa.

    Tras una rápida votación, Gemma no tuvo escapatoria. Con el corazón latiendo con fuerza, se levantó, sus manos temblaban ligeramente mientras se ajustaba sus panties. La idea de fantasmas o algo peor cruzó su mente, alimentada por la oscuridad que envolvía la casa. Las chicas la animaron con risitas nerviosas mientras ella, armándose de valor, salió de la habitación.

    El pasillo estaba sumido en una penumbra densa, apenas iluminado por el resplandor lejano de las luces de la sala. Gemma avanzó con pasos cautelosos, sus manos se deslizaban por la pared fría, buscando el interruptor. Su respiración era entrecortada, y el silencio de la casa parecía amplificar cada pequeño crujido. De repente, otro ruido, esta vez más cercano, como pasos suaves en la madera. Se detuvo, su cuerpo se tensó, el calor de la noche se mezclaba con el escalofrío que le recorría la espalda.

    —¿Hola? —susurró, su voz apenas era audible, mientras su mano se detenía en la pared. Entonces, una sombra se movió al final del pasillo, y el corazón de Gemma dio un vuelco.

    De pronto, un escalofrío le recorrió la columna, no por el frío, sino por la sensación de ser observada. Se giró lentamente, y allí, al final del pasillo, bajo la sombra parpadeante de una lámpara, estaba él. Un chico alto, de hombros anchos y cuerpo atlético, esculpido como si cada músculo hubiera sido tallado con precisión. Su camiseta ajustada marcaba el contorno de su pecho, y unos jeans oscuros abrazaban sus piernas con una promesa de fuerza. Pero fue su mirada lo que la paralizó: unos ojos oscuros, profundos, que parecían desnudarla más allá de la ropa interior, recorriendo cada centímetro de su figura con una intensidad que la hizo estremecer.

    —Wow… ¡Qué buenas nalgas! —dijo él, su voz era grave y cargada de una audacia que cortó el silencio como un relámpago.

    Gemma sintió un calor abrasador subirle desde el pecho hasta las mejillas, sus ojos verdes se abrieron de par en par al recordar que estaba prácticamente desnuda, con solo las braguitas y el sostén cubriendo su intimidad. El rubor la consumió, y con un gritito ahogado, dio un salto hacia atrás, corriendo a refugiarse detrás de un sillón polvoriento en la sala. Sus manos intentaron cubrirse instintivamente, aunque el mueble apenas ocultaba la curva de su cuerpo expuesto.

    —¡Vero! ¡Chicas! ¡Ayúdenme! —gritó, con voz temblorosa pero aguda, resonando en la casa silenciosa—. ¡Hay alguien aquí!

    El alboroto atrajo a las demás como un enjambre. Lila, Vero y Clara irrumpieron en la sala, armadas con cojines y una linterna, sus rostros eran una mezcla de miedo y determinación. Sofia, aún en su provocador conjunto de lencería negra, blandía una botella de esmalte de uñas como si fuera un arma.

    —¡¿Quién eres, pervertido?! —gritó Clara, alzando un cojín como si fuera a lanzarlo.

    Pero Vero, que llegó al último, se detuvo en seco al ver la figura del chico. Su expresión pasó de la alarma a una risa contenida. —Tranquilas, chicas, no es un ladrón —dijo, cruzándose de brazos con una sonrisa pícara—. Es solo mi hermano, Jonathan.

    Él, indiferente al caos que había provocado, levantó una mano en un saludo despreocupado. —Buenas noches, señoritas —dijo, su voz estaba teñida de diversión mientras sus ojos se detenían un segundo más en su prima Gemma, que seguía agazapada tras el sillón, con sus mejillas ardiendo de vergüenza. Sin decir más, se giró y desapareció por el pasillo hacia su habitación, dejando tras de sí un silencio cargado de electricidad.

    Gemma, aun temblando, se asomó desde su escondite, su respiración estaba agitada. —¡Vero, por qué no dijiste que tu hermano estaba en la casa, hace años que no lo veo! —susurró con furia, aunque el calor en su cuerpo no era solo de vergüenza. La mirada de su primo, esa intensidad cruda y sin filtros, seguía quemándole la piel.

    Vero se acercó, agachándose junto al sillón con una sonrisa traviesa. —¿Y perderme esta escena? —susurró, rozando con un dedo el brazo desnudo de Gemma, provocándole un nuevo escalofrío—. Además, primita, no me digas que no te gustó cómo te miró.

    Las demás chicas soltaron risitas, pero el ambiente había cambiado. La presencia de aquel chico, aunque breve, había encendido algo en la sala, un deseo latente que flotaba entre ellas como el calor pegajoso de la noche.

    Todas regresaron a la habitación de Vero que era un santuario de feminidad, empapada en tonos rosados que contrastaban con la penumbra de la noche. Las paredes estaban adornadas con pósters de ídolos pop y estanterías repletas de peluches de Hello Kitty, cuyos ojos brillantes parecían vigilar el caos de la pijamada. Las chicas, aun vibrando por el encuentro en el pasillo, se dejaron caer sobre la alfombra mullida y los cojines esparcidos. Gemma, con sus mejillas aún encendidas, se sentó en el borde de la cama, sus braguitas de encaje blanco delineaban la curva suave de sus caderas. Su cabello rojizo caía en mechones desordenados sobre sus hombros desnudos, y sus ojos verdes brillaban con un destello de inquietud y deseo.

    La conversación pronto giró hacia Jonathan, el hermano de Vero, cuyo breve pero impactante paso por la sala había dejado una marca en todas. Lila, recostada boca abajo con su pijama corto subiendo por sus muslos, fue la primera en hablar.

    —¿Viste esos brazos? —susurró, mordiéndose el labio—. Jonathan debe pasar horas en el gimnasio. Y esa mirada… uf, casi me derrito.

    Clara, con su pijama que apenas contenía sus curvas, soltó una risita. —Y ese jean ajustado, por Dios. No sé cómo Vero vive con un chico así en casa, sólo nos lleva por 3 años.

    Gemma, aunque callada al principio, no podía sacarse a Jonathan de la cabeza. Aunque era su primo, hacía años que no lo veía, y el hombre en que se había convertido la había dejado sin aliento. Su cuerpo atlético, la forma en que la camiseta se adhería a su pecho definido, y esa mirada penetrante que parecía desnudarla sin esfuerzo… Todo eso se repetía en su mente como un bucle interminable.

    —Es… diferente a como lo recordaba —admitió Gemma en voz baja, sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su brasier. Su voz tenía un matiz de anhelo, y el calor que sentía no era solo por la noche húmeda.

    Sofia, aún en su provocador conjunto de lencería negra, se acercó a Gemma, sentándose tan cerca que sus muslos se rozaron. —¿Diferente? Vamos, amiga, di la verdad —susurró con una sonrisa traviesa, su aliento cálido rozando el oído de Gemma—. Te puso caliente, ¿verdad?

    Gemma se sonrojó intensamente, sus ojos esquivaban las miradas curiosas de las demás. —¡No es eso! —protestó, aunque el rubor en su rostro y la forma en que apretaba las piernas traicionaban sus palabras.

    —¡Basta, chicas! —interrumpió Vero, levantándose de un salto desde su posición en el suelo. Ya se había puesto de nuevo su pijama de satén negro el cual se deslizó ligeramente, dejando entrever el borde de su ropa interior—. Mi hermano es un idiota, ¿okay? Siempre anda con esa actitud de galán que no soporto. Cambiemos de tema antes de que me den arcadas.

    Las risas llenaron la habitación, rompiendo momentáneamente la tensión, pero el aire seguía cargado de una energía sensual, como si el encuentro con Jonathan hubiera encendido un fuego que ninguna quería apagar. Las chicas retomaron la pijamada, pintándose las uñas con colores brillantes, trenzando mechones de cabello y compartiendo secretos subidos de tono. Entre risas y susurros, las horas se deslizaron, y el reloj marcó casi las cinco de la mañana.

    Gemma, recostada sobre un montón de cojines, no podía concentrarse en las bromas de las demás. Su mente seguía atrapada en Jonathan, en la forma en que su cuerpo se movía con una seguridad magnética, en el destello de sus ojos que parecía prometer algo prohibido. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba su voz grave, sus manos fuertes, y un calor pulsante se extendía por su cuerpo, haciéndola apretar los muslos bajo la sábana fina que la cubría. La noche, lejos de terminar, parecía estar apenas comenzando.

    Días después de la pijamada, Gemma salió de la casa de Vero, pues había ido a hacer tarea juntas. El sol de la tarde caía con fuerza, bañando su piel blanca en un resplandor cálido que hacía brillar su cabello rojizo como fuego líquido. Llevaba la falta oficial de la universidad, la cual ella subía un poco más arriba de la rodilla, y se mecía con cada paso, abrazando sus caderas juveniles, y una blusa ajustada dejaba entrever el contorno de sus senos perfectamente formados, apenas contenidos por un sujetador de encaje rosa. Cada movimiento suyo, moldeado por años de ballet, era una danza inconsciente, sensual sin esfuerzo, como si su cuerpo estuviera diseñado para atraer miradas.

    Al doblar la esquina, el mundo pareció detenerse. Allí estaba Jonathan, apoyado contra una pared con esa actitud despreocupada que lo hacía irresistible. Su cuerpo atlético, envuelto en una camiseta negra que marcaba cada músculo de su torso, exudaba una masculinidad cruda. Sus ojos oscuros, profundos y peligrosos, se clavaron en Gemma, pero no en su rostro. Su mirada descendió sin pudor, deteniéndose en el escote de su blusa, donde la curva de sus pechos se insinuaba bajo la tela fina. Un calor abrasador recorrió el cuerpo de Gemma, y su respiración se entrecortó.

    —Hola. ¿Tú eres la de las nalgas bonitas del otro día? —dijo él, con su voz grave y teñida de una audacia que hizo que el aire se volviera denso. Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada, y sus ojos finalmente subieron para encontrarse con los de ella, brillando con un destello de desafío.

    Gemma sintió un rubor intenso subirle desde el pecho hasta las mejillas, tiñendo su piel de un rosa vibrante. Bajó la mirada, sus pestañas largas temblaban mientras sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de su falda. La vergüenza y el deseo se mezclaron en su interior, porque, aunque sabía que debía sentirse ofendida, el comentario de Jonathan había encendido algo en ella, una chispa que le hacía imaginar sus manos recorriendo su cuerpo.

    —S-sí, soy Gemma, tu prim… —empezó a decir, con voz suave y temblorosa, pero las palabras se le atragantaron. No podía creer que Jonathan no la reconociera, que la viera solo como una chica más, una desconocida con un cuerpo que le había llamado la atención. La idea la hizo estremecer, pero también la llenó de un anhelo prohibido.

    Antes de que pudiera terminar, una voz aguda rompió el momento. —¡John! ¡Por aquí! —gritó una chica desde el otro lado de la calle. Era alta, con curvas generosas y un vestido ceñido que no dejaba nada a la imaginación. Jonathan giró la cabeza, y sin siquiera despedirse, se alejó de Gemma con pasos seguros, dejando tras de sí una estela de colonia masculina que se le quedó grabada en los sentidos.

    Gemma se quedó congelada, su corazón se apretaba mientras veía a Jonathan acercarse a la otra chica. Sus manos se entrelazaron con las de ella, y cuando sus labios se encontraron en un beso lento y posesivo, algo dentro de Gemma se rompió. Sus ojos se nublaron, y un nudo de tristeza y deseo se formó en su pecho. Sabía que lo que sentía por Jonathan, su primo, era imposible, un sueño roto antes de siquiera empezar. Pero eso no impedía que su cuerpo reaccionara, que su piel ardiera al recordar cómo la había mirado, cómo su voz había vibrado al hablarle.

    Se giró, abrazándose a sí misma, y caminó lentamente hacia casa, con el corazón destrozado pero incapaz de borrar la imagen de Jonathan de su mente. Cada paso resonaba con un anhelo que sabía que nunca podría cumplir, pero que la consumía como un fuego lento, quemándola desde adentro.

    Tres meses habían pasado desde aquella tarde, y Gemma se había convertido en una presencia constante en la casa de su prima Vero. Cada tarde, después de sus clases de ballet, cruzaba la ciudad con el corazón acelerado, no solo por ver a Vero, sino por la posibilidad de encontrarse con Jonathan. Su cabello rojizo, ahora más largo, caía en ondas sedosas sobre su espalda, y su cuerpo se había vuelto más provocador: sus caderas se marcaban con una curva suave bajo sus leggins ajustados, y sus pechos se alzaban firmes bajo blusas que parecían abrazar cada centímetro de su piel blanca. A sus 18 años, Gemma exudaba una sensualidad que ella misma no terminaba de comprender, pero que no pasaba desapercibida.

    La casa de Vero era un refugio cálido, impregnado del aroma a café recién hecho y el encanto acogedor de su tía Maribel, una mujer de unos 40 años, era un espectáculo de belleza madura: su cabello oscuro caía en rizos perfectos, y su figura escultural, moldeada por años de yoga, se destacaba en vestidos ceñidos que delineaban sus curvas generosas. Cada vez que abrazaba a Gemma, su perfume floral envolvía a la joven, y la calidez de su cuerpo despertaba en ella un cosquilleo que la confundía.

    Su tío Rafael, por su parte, era un hombre de presencia imponente. Su cuerpo atlético, fruto de horas en el gimnasio, se marcaba bajo camisas ajustadas que dejaban poco a la imaginación. Trataba a Gemma con una ternura paternal, pero sus ojos grises, intensos y profundos, a veces parecían detenerse un segundo de más en su figura, haciendo que ella sintiera un calor incontrolable subir por su nuca.

    Sin embargo, era Jonathan quien dominaba los pensamientos de Gemma. Su primo, con su cuerpo esculpido y esa sonrisa arrogante que prometía problemas, se había convertido en su obsesión. La relación entre ellos era un juego cruel de seducción y rechazo. Jonathan sabía del enamoramiento de Gemma, y lo usaba a su antojo. En los momentos en que estaban a solas, él se acercaba demasiado, su aliento cálido rozaba el cuello de Gemma mientras susurraba:

    —Sabes que te amo, ¿verdad primita? —decía, sus dedos rozaban apenas el brazo de Gemma, enviando descargas eléctricas por su piel—. Si no tuviera novia, te haría mía en un segundo.

    Esas palabras eran un veneno dulce que la envolvía, haciendo que su cuerpo se encendiera de deseo. Gemma imaginaba sus manos fuertes recorriendo su cintura, sus labios encontrando los suyos en un beso que nunca llegaba. Pero luego lo veía con su novia, una chica de curvas exuberantes que colgaba de su brazo, y la realidad la golpeaba como un puñetazo. Jonathan no dejaba a su pareja, y cada palabra de amor que le dedicaba a Gemma era solo un juego para alimentar su ego.

    Gemma se sentía estúpida, atrapada en una vorágine de deseo que la consumía. Cada noche, sola en su habitación, su cuerpo traicionero ardía con una intensidad que no podía controlar, un fuego que se encendía al pensar en Jonathan. Lo imaginaba saliendo de la ducha, con su torso desnudo y bronceado reluciendo bajo la luz, gotas de agua deslizándose lentamente por los contornos definidos de sus pectorales, bajando por los surcos de su abdomen hasta perderse en la toalla que apenas cubría sus caderas. Recordaba la forma en que sus jeans ajustados abrazaban cada músculo de sus muslos, delineando su fuerza, y cómo, en más de una ocasión, había sorprendido la curva de su entrepierna marcándose bajo la tela.

    El deseo sexual que la consumía era un torbellino implacable, una fuerza que la hacía apretar los muslos bajo las sábanas, buscando aliviar el calor pulsante que crecía entre sus piernas. Su mano, temblorosa pero decidida, se deslizaba por su vientre, sus dedos rozaban su piel suave y cálida hasta llegar al borde de sus panties negras de encaje. La tela estaba ya húmeda, dejaba escapar un gemido suave al sentir la presión de sus propios dedos contra su vagina. Lentamente, los deslizaba bajo la tela, encontrando la humedad resbaladiza de sus labios vaginales, que palpitaban con una necesidad desesperada.

    Cerrando los ojos, su respiración era más pesada mientras su mente evocaba a Jonathan. Sus dedos comenzaron a moverse en círculos lentos alrededor de su clítoris, la sensibilidad del pequeño brote arqueaba su espalda. La sensación era eléctrica, un placer que la hacía morder su labio inferior para contener un gemido más fuerte. Mientras sus dedos se deslizaban hacia abajo, sintiendo cómo su cuerpo respondía con un calor líquido que empapaba su mano.

    Con la otra mano, tocaba sus senos, pellizcando un pezón con una intensidad que oscilaba entre el dolor y el placer. Imaginó la boca de Jonathan en ellos, mientras sus dedos se hundían más profundamente, uno, luego dos dedos, imitando el ritmo de una penetración que solo existía en su mente. Contenía sus gemidos, mientras sus caderas se movían en un vaivén desesperado, retirando la sabana, dejando sus senos expuestos.

    Sus movimientos se volvieron más rápidos, más urgentes, su clítoris palpitaba por las caricias mientras su vagina se contraía alrededor de sus dedos, empapándolos. Un orgasmo comenzó a formarse, y Gemma gritó su nombre en un susurro roto, su cuerpo convulsionó mientras el placer la atravesaba como un relámpago. Sus piernas temblaron, sus pechos subiendo y bajando con respiraciones agitadas, mientras el eco de su clímax la dejaba temblando bajo las sábanas, atrapada en un amor imposible que la consumía noche tras noche.

    Continuará…

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  • Economista y prosti: Visita a Buenos Aires (3 – final)

    Economista y prosti: Visita a Buenos Aires (3 – final)

    Alcanzamos aún tres exposiciones finales de la conferencia. Al terminar todo, me crucé con el caballero que me visitaría a las 10 pm o las 22 h como decimos en general aquí, usando formato de 24 horas. Nos saludamos, y le dije mi número de habitación.

    También me crucé a Tib, con quien quedamos de almorzar, junto a otra gente de la reunión, al día siguiente para despedirnos.

    Y nuevamente a prepararme, descansar un rato y pensar cómo lo esperaría. No podía repetir outfit, así que opté por algo extremadamente atrevido y sexy.

    Tacos bien altos, bustier bajo, blanco con bordados negros. El bustier es similar a un corset, pero mientras el corset fue creado para reducir el contorno corporal, el bustier es meramente de adorno. En ambos lo de alto y bajo indica si incluyen o no corpiño. Opté por uno sin corpiño, o sea “bajo” con las tetas al aire y prendido al frente con 14 ojales y los correspondientes botones.

    Y el toque de tanga lo daba una tanga de diseño, hecha por mi modista. Era prácticamente nada, tan minimalista que hasta es difícil de describir. Toda en elástico plano de 4 milímetros de ancho, forrado en terciopelo negro. Un aro de ese material era el cinturón, desde en cual, y desde cada cadera baja un elástico hasta el pliegue inguinal. La cuca al aire, los elásticos forrados pasan por el lado de afuera de cada labio. Bien cerca del ano se unen los dos en uno solo, que sube hasta unirse a la altura de la cintura trasera, al “cinturón”.

    En resumen, prácticamente todo a la vista y accesible. En el terciopelo negro, corre un pespunte de hilo blanco para darle vida a todo lo negro. Estaba vestida pero se veía todo.

    Me gustó verme con el bustier blanco con bordados en negro y la micro tanga negra con las tiras con pespunte blanco.

    Me miré de frente al espejo, los dos elásticos que bordeaban los labios de mi concha, los hacían resaltar, seguramente se abrirían en cuanto una lengua se aventurara entre ellos.

    Mi nuevo cliente (y ojalá nuevo amigo), le diré Bob, llamó a la puerta, y no lo hice esperar ni me cubrí con una bata, salí directamente a impresionarlo.

    No se lo esperaba. Solamente atinó a suspirar y clavar los ojos en las tetas.

    No le di tiempo a reaccionar, me prendí a su cuello y comencé a besarlo con todo entusiasmo, casi colgándome de él pues es bastante alto.

    Respondió, vaya si respondió a los besos. Por suerte atinamos a cerrar la puerta de la habitación y comenzó a entrelazar su lengua con la mía, me llenó de saliva y sus manos desesperadas se prendieron a mis tetas.

    Yo le iba desprendiendo la camisa hasta quitársela, y también le bajé los pantalones.

    No será novedad si les digo que ya marcaba bulto. Lo dejé salirse de los pantalones y quitarse zapatos y calcetines. Mientras tanto lo miraba en forma pícara.

    Ya en bóxer, me miró fijamente, de besándome nuevamente comenzó a desprender los enganches frontales de mi bustier, sin apuro, a veces me lamía la cara, a veces me pellizcaba los pezones, ya erguidos. Cayó el bustier al piso y nos acercamos a la cama. Bajé su bóxer y me arrodillé frente a su verga, casi dura pero que aún colgaba. No comencé chupándola, sin usar mis manos y siempre mirándolo a los ojos (les encanta a todos), comencé a lamerle la cabeza, luego el tronco, y tras dos o tres pasadas, siempre sin usar las manos, me la introduje en la boca succionado y alternando con juego de lengua.

    Algunos minutos de ese juego de darle oral, mientras él me acariciaba cara y hombros, dejaron su arma a punto, dura y erguida, bien perpendicular a su vientre.

    Lo guie a la cama, me recosté boca arriba, piernas abiertas, como para que no dudara de mi deseo de ser lamida y chupada. Bob respondió al instante, me besó, comenzó a bajar lamiéndome los pezones. Bajo a lamerme el ombligo, casi enloquezco pues no suelen hacérmelo, y siguió bajando… llegó a la concha, dejó la “tanga” puesta, dos hilos en realidad, y comenzó a lamer los labios, que resaltaban por la presión de los elásticos. De pronto, sin dificultad, la lengua se introdujo entre ellos que se abrieron gozosamente, gocé enormemente que la lengua entrara en mí y se revolviera. Mis jugos eran incontrolables ¡y le gustaban!

    Sacó la lengua y comenzó a lamer toda la entrepierna, culo incluido. Me quitó la tanga y ya toda desnuda me hizo dar vuelta y fue mi culo el objeto de sus atenciones.

    Lo ensalivó hasta el cansancio, lo lamía, lo chupaba, lo punteaba con la lengua y lo ablandaba metiéndome una falange de su dedo mayor. Yo sacudía todo mi cuerpo de placer.

    Quería que me cogiera de una vez y él lo percibió. Tenía la verga húmeda, durísima, lista para metérmela.

    Me puso boca arriba y se tiró sobre mí. Nos besábamos, me acariciaba las tetas, y mientras tanto su verga buscaba mi raja.

    No demoró en encontrar la entrada a mi vientre, y de inmediato sentí que invadía mi interior, a fondo, como más me gusta, hasta los huevos. A veces me bombeaba fuerte, otras veces casi se detenía y nos besábamos, llegó a escupirme en los senos y los acariciaba antes de retomar el bombeo. Debo confesarlo, mi cuerpo gozaba todo, incluso cuando me escupió, ya casi nada me molesta, simplemente lo gozo.

    El hecho de interrumpir a veces el vaivén, hizo que demorara en acabarme, tuve tiempo de acabar yo, gritando sin pudor, sin importarme si nos oía desde los pasillos del hotel. Al rato se vino él, justo antes de acabar, sacó de mi cuerpo parte de la verga.

    Poco más de la cabeza tenía dentro de mí cuando sentí sus chorros. Acabó a gusto y me llenó de placer. Pero yo no contaba con lo que hizo después.

    Me llenó de semen y de inmediato retiró la pija… el semen depositado a la puerta de mi concha comenzó a escurrir… con su pija aún parada, fue recogiendo lo que había escurrido y lo llevó a la concha nuevamente, y nuevamente me la metió, ¡esta vez bien adentro! ¡Que placer!

    —Me gusta, alcancé a balbucear.

    —Te sigo cogiendo, dijo, y me hizo poner las piernas sobre sus hombros.

    Increíblemente, la verga no decayó, resistió dura mientras Bob arremetía cada vez más fuerte y más rápido. ¡Yo en el séptimo cielo!

    No lo sé bien, serían diez minutos y acabó de nuevo, esta vez bien dentro de mí.

    Cuando se salió, como hago siempre, le limpié la pija chupándosela y mientras, a mi pedido, él recogía lo que se escurría de mí y me lo daba a lamer.

    Agotados, lado a lado nos manoseamos y nos besamos, no le importó el beso blanco. Me dijo que por primera vez aguantaba dos polvos sin que se le bajara, me dijo que le gustó, que cojo muy bien, que mis tetas son lo máximo, que desea mi culo… ¡y ahí vino una gran sorpresa!

    —He hablado con Tib acerca de ti, me ha contado muchas cosas. Además de ser gerente regional de su compañía, soy amigo personal suyo. Y tenemos mutua confianza.

    Me contó ciertas cosas acerca de ti, y hubo algo que me impresionó.

    —Quisiera saber qué es lo que te impresionó.

    —Algo que tuve presente mientras te cogí, que me excita enormemente, y que sabré mantener en secreto. Me habló de ti y tu padre.

    —Mmm… si él te lo dijo, no puedo negarlo, y espero que no nos juzgues mal.

    —¿Juzgarlos mal? Al contrario, como te dije, me excito, no puedo sacarlo de mi cabeza. Y deseo algo.

    —¿Qué es lo que desearías? Con toda confianza. Por economista y putifina, todos confían en mí.

    —Quisiera… quisiera algo muy especial, que espero lo entiendan.

    —¿Y qué es? Quiero saber.

    —Yo sé que es mucho pedir quizás, pero me imagino cogiéndote sin límites y que tu padre nos mire, que esté a nuestro lado mientras hacemos de todo, pero que no intervenga. ¿Crees que será posible? Me tomo totalmente de sorpresa.

    —Ufff es algo muy especial, lo hemos hecho con él mirando y participando, pero que solamente mire, es un paso más, podría sentirse afectado. Y te falta considerar a mi marido, no olvides que soy casada, felizmente casada.

    —No olvido a tu marido, pero sé que siempre te complace si tú se lo pides, me lo ha confiado Tib; y además, por supuesto, que te haré un regalo importantísimo.

    —Deberé consultarlo con ellos, es medianoche, no puedo llamar a mi padre ahora.

    —Lo sé, lo harás cuando y como te parezca bien.

    —Mmm… me resulta interesante, estoy en época de superar tabúes, antes de embarazarme, que papá me mire sin poder intervenir es algo que no había pensado, sería superar otra valla de comportamiento sexual. ¿Sabes qué? Llamaré a mi marido ahora mismo. Le mostraré cómo estamos y le explicaré para que opine.

    —¿Harás eso?

    —Si, lo haré.

    Tomé el teléfono que estaba en la mesita de noche, al lado del gel ja ja. Llamé a Tommy, puse altavoz, para que no hubiera dudas, pasé a videollamada y le di el aparato a Bob para que me mostrara toda.

    —¡Hola amor! Disculpa que te despierte, pero me parece importante. (Ya me veía desnuda y con rastros de restos de semen saco alrededor de mi concha, y mis tetas brillosas de saliva).

    —¡Hola mi amor! Veo que hubo acción, se nota.

    —Claro que hubo acción, y habrá más, te presento a Bob, Gerente Regional de Tib y nuevo amigo.

    Se saludaron, tomé el teléfono y enfoqué a Bob, para que ambos se vieran. También enfoqué la verga caída de Bob y expliqué a Tommy lo que había hecho, volviendo a meterme la leche que me chorreaba y cogiéndome por segunda vez sin que se le bajara. Tommy sonreía y lo felicitó:

    —Te felicito Bob, ¿viste lo que es mi mujer? A la vez ángel y fuego, esposa, economista y puta.

    —Lo has dicho con palabras exactas Tommy, gracias por ser tan generoso con ella y con quienes la vamos conociendo. Y tengo que pedir que seas más generoso aún, ella te lo explicará.

    Y me cedió la palabra. Le expliqué a Tommy con todo detalle la propuesta de Bob respecto a mi papá, y como yo le había dicho a Bob que primero deberíamos consultar a mi esposo.

    —¿Y tus honorarios serán altos? Deberá hacerse en Montevideo y les digo que yo encantado, pero con una condición.

    —¿Cuál es la condición? Preguntó Bob.

    —Que yo también los vea, ya sea en el televisor gigante o en presencia, y obviamente, que sea en Montevideo. No podríamos exponer al padre de Sofi a un viaje injustificado, que causaría problemas familiares.

    —Totalmente de acuerdo dijo Bob, y sabiendo que yo lo mostraría se puso a chuparme las tetas mientras me acariciaba la cuca.

    Lo mostré un par de minutos y luego de enviarnos besos con Tommy cortamos.

    Bob quedó encantado por haber avanzado un paso, y libremente me preguntó en qué lugar podría ser, cuando, siempre que papá aceptara, y qué cifra me dejaría a gusto como arancel.

    A todo ello respondí, que lo primero era consultar a papá, pero que en tren de imaginar, podría ser en el estudio en Montevideo, todo un día, o en el campo, a gusto de él 24 o hasta 48 horas, quizás sumando más actividades compartidas… y en cuanto al arancel, tendría que ser espectacular, pues mi papá estaría, quizás, sufriendo de verme así y conteniendo sus impulsos.

    —¿Cuánto has llegado a pagar?

    —Te digo la pura verdad, 6k a una modelo de aquí.

    —¿Que tal 8k? No me contestes. Piénsalo, sé que es una cifra muy grande. Pero no es nueva para mí, dos o tres veces lo he obtenido. Pero si no puedes o no quieres, podemos seguir como hoy, sin límites de sexo, sin límite de tiempo, y disfrutando ambos. Con respecto a cuando hacerlo, antes de mediados de septiembre o después de mediados de octubre, porque entre esas fechas, estaré de gira con Tommy y un amigo, luego en Punta del Este y José Ignacio y terminaré en octubre con una invitación a Paris, invitada por otro amigo de Tib.

    —¿Piensas que debo pensarlo? La respuesta es un sí rotundo. Acepto todo, y trataremos, si tú papá acepta, de hacerlo antes de mediados de septiembre.

    Y nos dedicamos a hacer 69 un rato, luego nos besamos y nos dormimos.

    Era lógico dormir bastante y ya sobre las ocho de la mañana, despertamos, descansados de nuestra agotadora noche. Sentí actividad en mi entrepierna. Una verga dura se deslizaba entre mis glúteos, jugando mientras manos ansiosas comenzaron a acariciarme las tetas. Me giré de frente a Bob, lo besé y nos dijimos “Buenos días”. Lo siguiente fue que me dijo “Me gustas mucho” y no pude sino besarlo nuevamente, encantada con esa delicadeza.

    Adelanté mi pelvis contra la suya y sentí su verga casi dura, comencé a frotarme contra él y la pija iba creciendo. Sus manos abarcaban mis nalgas, las amasaban. Y ensalivando sus dedos comenzó a masajearme el orificio arrugado. Me gustaba, y me imaginé lo que vendría.

    Y entonces le dije a Bob que llamaría a papá para plantearle el tema, no quería esperar. Pero esta vez no sería en altavoz ni habría imagen. Quería, si papá lo aprobaba, que fueran perfectos desconocidos hasta el momento de coger.

    Envié un mensaje en clave a papá, que significa “cuando puedas hablar tranquilamente, me llamas”… el mensaje, enviado de mañana, es “buenas tardes papá ¿cómo están?” Y si fuera de tarde, le diría buenos días, y él ya entiende.

    A esa hora seguramente papi caminaba solo por la rambla. Y en pocos minutos me llamó.

    Justo cuando Bob había terminado de lamerme el culo y en cucharita estaba listo para sodomizarme, “Sin gel, quiero culearte solamente con saliva”.

    Atendí a papá, mientras la verga de Bob jugaba a meterse en mi culo, pero sin entrar, solamente jugando. Cada pocos momentos me volvía a ensalivar y yo ya me desesperaba.

    Saludé a papá, pensé que era bueno excitarlo antes de explicar la propuesta y le dije que estaba con alguien con quien había dormido y que me estaba acariciando la cola, que me iba a culear.

    Le expliqué la propuesta “de un amigo” con lujo de detalles. Pidió aclaraciones. Le dije que era totalmente libre de aceptar o rechazar. Me preguntó por Tommy y le dije que había aceptado. Me pidió mi opinión, le dije que era algo nuevo, que sé que sería un tremendo sacrificio para él, pero que me atraía superar un nuevo límite, y que me gustaría que se sintiera excitado, y no humillado.

    Para motivarlo le dije que podía imaginarlo en la cabecera de la cama, mirándome a los ojos, quizás alentándome, quizás sufriendo él un poco, pero yo lo miraría a los ojos para compensarlo.

    —Hija, si sufro, será por ti y si gozo será gracias a ti. No dudo, lo haremos. ¿Lo dejarás hacerte de todo?

    —Papá con el arancel que ya te dije, no puedo negarle nada, me hará lo que quiera.

    —Pues bien, resistiré verte así, adelante. ¿Estás con él ahora?

    —¡No! Mentí enfáticamente. Estoy con Tib, volví a mentir, y puedo hablar de esto contigo y que él nos oiga ( sin altavoz, para que lo que decía papá quedara en secreto).

    Bob no aguantaba más, menos aún después de deducir que mi papá aceptaba.

    Ensalivó una vez más y empujó con ganas. “Ahhh” grité, no pude evitarlo y sabiendo que papá habría oído, le dije: —“Me la metió, te dejo papá, gracias por aceptarlo”.

    —Disfruta, y ojalá no me arrepienta, pero… ¡adelante!

    Ya Bob me la había metido hasta la base, los huevos se daban contra mi, yo gozaba como loca por lo que me hacía y por lo dicho por papá. Una pierna mía por sobre las de él, entraba y salía gustosamente, me la sacó y metió varias veces y le pedí la leche en la concha.

    —¿Igual que anoche? Sugirió.

    —Si, por favor. La sacó, la ensalivó nuevamente y como en un tubo, me entró en la concha.

    Unos minutos de vaivén, desde atrás me acariciaba todo, yo giraba la cabeza y nos besábamos, hasta que la sacó y me puso boca arriba. Me la metió hasta los huevos, y la fue sacando hasta dejar la cabeza adentro. Acabó menos, pero no importaba. Dejo que me chorreara, la recogió con la pija y me clavó nuevamente. Esta vez solamente resistió un par de minutos y se ablandó, no importaba, se salió y me la dio a chupar.

    Con total desvergüenza me chupó la concha y subió a besarme.

    Ahora sí, le conté todo lo de papá aunque ya lo había deducido. Le encantó que negué estar con él . Hicimos planes, nos besamos sin límites, un beso negro fue mi despedida para dejarlo obsesionado conmigo.

    Nos duchamos, nos despedimos y se marchó. Puse a buen resguardo todo el efectivo que una persona puede transportar, otra parte la transfería Tib de compañía a compañía como honorarios de conferencia. Hice mi check out y me fui a almorzar con Tib y algunos participantes de la conferencia.

    Seriedad total. Cuando a mitad del almuerzo, pasa por nuestro lado una pareja relativamente joven, ella quizás en sus 40. Ella inconfundible, actual modelo figura de TV, ex modelo top.

    Y se detienen a saludar en la mesa. Tib los presenta como sus amigos, XX e YY, ella aún impresionante por bella y físico. Quedaron en tomar café con Tib luego de que ellos almorzaran.

    Terminamos de almorzar, nos despedimos todos de todos, y Tib demoraba en despedirse de mí, finalmente me saludó pero me dijo: “Café en mi suite”.

    Me perdí unos minutos en el hotel y luego fui a su suite.

    Allí estaban ya XX y su esposa YY, que me saludó nuevamente ésta vez con un beso en la mejilla. Muy simpática, mucho más de lo que suele aparentar ja ja.

    Conversamos un rato y XX se retiró a una reunión importante por su actividad, que obviamente no puedo revelar, aunque, visto lo siguiente, creo que estaba previsto.

    Conversamos un poco más, y Tib, siempre ejecutivo y directo, me dijo:

    —Antes de que te vayas Sofi, que tienes que conducir mucho, te diré que quise que se conocieran con YY, pues ella es íntima amiga mía.

    —Si, agregó YY, de hecho, puedes saber que Tib es uno de los permitidos que me autoriza mi marido, tengo tres “permisos” al mes, pero sinceramente utilizo dos de ellos con Tib. Aprovechamos siempre de mañana o de tarde, pues de noche debo estar en casa, sabes que tengo familia.

    —Y por cierto, disfrutamos esos “permitidos”, imprescindibles en un ambiente de tan high class como el de los artistas, dijo Tib

    —¡Y de los ejecutivos! Agregó YY.

    —Pues encantada de saberlo, dije. Y cuenten con mi total reserva.

    —Contamos, a futuro, con más que tu reserva, dijo Tib.

    —Eres todo lo que me había dicho Tibu agregó ella.

    —De mi parte sería con muchísimo gusto, dije. Y mirando fijamente a YY le dije: ¡me encantas!

    —¡Gracias!

    —Seguramente sabrás Sofía que “Y” es una enamorada de Uruguay y que además de pasear, a veces suele ir por trabajo.

    —Sí lo sé, y nuestra casita de campo está a la orden para recibirlos, a ti, a ella y también a XX si gusta, y también mi oficina-hotel ja ja.

    Y ese fue el final de todo lo relativo a Buenos Aires. Me volví en coche, con escala y pernocte en Fray Bentos, para no agotarme. Dormí profundamente luego de imaginar muchas cosas. Y finalmente llegué a brazos de mi Tommy, de mi padre y de mi suegro, y a mis actividades de Economista y de… ustedes ya saben.

    Besos.

    Sofía.

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  • Mi hijo mayor, su compañera de universidad y la madre de esta

    Mi hijo mayor, su compañera de universidad y la madre de esta

    Mientras mi hijo pequeño se lo hacía con mi cuñada, mi hijo mayor continuaba su aventura con su amiga Layna, aunque un acontecimiento cambio la naturaleza de esta relación, dejemos que él nos lo cuente:

    Estaba con Layna en su apartamento, en ese momento estábamos estudiando, aunque la idea era luego hacer otra cosa, cuando llegó Conchi, que como ya he dicho es la madre adoptiva de mi compañera, respondía a la visión de intelectual sexy, era rubia, llevaba gafas, un vestido largo, pero con un cierto escote, del que se salían un par de bunas tetas, Layla me presentó como su compañero de universidad, ella tras saludarme me abrazó muy efusivamente y me dijo:

    -Encantada de conocerte, mi hija no es muy dada a presentarme a sus amigos.

    Y me acarició de una manera muy efusiva, pegando mi cabeza contra una de sus tetas, ante la mirada un poco molesta de su hija, después nos dijo que tenía que salir y se fue, terminamos de hacer la rarea y Layla me invitó a ir a su habitación, una vez allí nosm sentamos en su cama, nos besamos y ella me preguntó:

    -¿Preferirías que estuviera aquí la zorra de mi madre? Me he fijado como la mirabas las tetas, mientras te abrazaba,

    Le dije que no, que la prefería a ella y nos volvimos a besar, mientras yo llevé mi mano hasta su culo y lo acaricié por encima de su short blanco, cuando estábamos en esas la puerta de la habitación se abrió y entró su madre.

    Me agarró de una oreja y me dio:

    -Vaya jovencito, ¿Te parece que esta es la manera de estudiar?

    Rápidamente cambio su cara de falso enfado por una sonrisa y mirando a su hija añadió:

    -Cariño creo que ya es hora de que tu y yo tengamos una conversación sobre sexualidad, y seguro que tu amigo es tan amable que nos ayuda, por ejemplo Layla, ¿Sabes chuparle la polla a un chico?

    No la dejó responder me hizo tumbarme sobre la cama y m e desabrochó los pantalones, a continuación, me los bajo, junto con el short, mi polla quedó al aire, hizo a su hija tumbarse a su lado, con sus cabezas al lado de la polla, y la ordenó:

    -Vamos a lamerle, las dos a la vez a polla a tu amigo, la tiene de buen tamaño y seguro que tiene para as dos.

    Y de esta manera madre e hija comenzaron a darme unos lengüetazos muy precisos que pronto m volvieron loco de placer, después la madre, primero se bajó las hombreras de su vestido dejando al descubierto dos tetas de buen tamaño, después se subió la parte inferior, no llevaba bragas y su coño quedó al aire y comenzó a acariciárselo.

    Su hija al verlo se subió la blusa y sus dos tetas, más pequeñas que las de su madre, pero con una piel más tersa, quedaron también al aire, la madre, que estaba encima de mi le dijo:

    -Te voy a enseñar como se folla,

    Y bajando su coño hasta mi polla, que después de sus mamadas se había puesto durísima, e hizo que mi mimbro entrará en el interior de su sexo y comenzó a moverse arriba y abajo, yo me puse a acariciarle las piernas, mientras su hija hacia lo mismo, Charo se puso a gemir y si hija le dijo:

    -Que puta eres mama, te gusta follarte a mis amigos.

    Ella no hizo caso de estas palabras y siguió montándome, hasta que le vino un orgasmo, en ese momento se salió de mi polla y se quitó el vestido, quedándose completamente desnuda, mirándome me dijo:

    -Querido yerno, creo que es hora de que me demuestres lo que eres capaz de hacer, pero ponte un condón, no es cuestión de que me hagas abuela, al menos de momento.

    Me pido que me acercara a ella, resulta que tenía un condón en uno de los bolsillos de su vestido y me lo puso, luego empujó a su hija hasta tumbarla sobre la cama y la ordenó;

    -Levanta las piernas.

    Ella obedeció, y entonces me mandó a mi quitarle de golpe el short y l tana, cuando lo hice el coño de mi compañera de universidad se quedó al aire, yo estaba de pue, en ese momento su madre me ordenó:

    -Métesela.

    Por supuesto, no tuvo necesidad de repetirme la orden, de un golpe se la metí a Layla en su coño, ella comenzó a gemir y sus gemidos se incrementaron progresivamente, a ello ayudaba que su madre, a la vez que yo la penetraba, su madre la puso la mano encima de su coño y comenzó a acariciárselo, entre gemidos mi compañera de universidad dijo:

    -Que puta eres mama, masturbas a tu hija.

    -Y tú bien que lo disfrutas.

    A la vez que decía esto, dejó de acariciarla el coño y llevó sus manos hasta sus tetas, los gemidos de su hija fueron incrementándose y esta le dijo:

    -Vale zorra, pero déjame comerte el coño.

    Yo mientras veía a mis dos mujeres hacer estas cosas continuaba follando el coño de Layla, hasta que esta se corrió, mi polla continuaba dura y entonces Layla dejo de comerle el coño a Conchi la hizo apartarse, ella se levantó y me dijo:

    -Hazle lo mismo que me has hecho a mí, a la zorra de mi madre.

    La hizo tumbarse sobre la cama, mientras ella se ponía de rodillas y me ordenó:

    -Adelante mi amor.

    Yo introduje mi polla en el coño de su madre, nuevamente, mientras su hija le acariciaba y le decía:

    -Zorra, se nota que te gustan las pollas potentes, como las de mi amigo, gime como lo cerda que eres.

    La aludida estaba gimiendo de una manera muy intensa, y entre sus gemidos se oyó:

    -Mi amor, deja que mama te coma el coño.

    Layla se puso encima de su madre y esta metió su lengua dentro del agujero de su hija, esta al sentir la lengua de su madre se puso a gemir de una manera muy intensa, ella decía:

    -Mama, además de puta eres tortillera lo comes muy bien,

    Estuvimos así hasta que Charo se corrió, nuevamente, en ese momento su hija, mirándome fijamente me dijo:

    -Mi amor, ahora me toca a mí, pero en otra postura, y añadió, dirigiéndose a su madre, mami échate hacia atrás.

    Su madre lo hizo y ella se puso de rodillas a sus pies, poniendo su coño y su culo ante mis ojos y al alcance de mi polla, llevó su lengua hasta el coño de su madre y la introdujo dentro de este, esta al sentirla se puso a gemir y dijo:

    -Mi hijita, tu sí que eres puta y lesbiana, jajaja

    Su hija seguía comiéndola el coño, eta un espectáculo impresionante, que mi polla, que llevaba mucho tiempo aguantándose, no pudo más y me corrí.

    Charo me ordenó tumbare sobre la cama y le dijo a su hija:

    -Cariño, ¿No te parece que deberíamos compartir la leche de este semental?

    Su hija hizo un gesto afirmativo, las dos se tumbaron de espaldas cerca de mi polla, y la madre, con mucha delicadeza me quitó el condón, una gran cantidad de leche se desparramó a lo largo de mi polla y sus alrededores, ellas sacaron sus lenguas y se pusieron a lamer cada chorro y cada gota de la leche que se había desprendió de mi polla, hasta dejármela completamente limpia, pero el tratamiento tuvo el efecto secundario de que mi polla se puso nuevamente en forma, En ese momento Charo dijo a su hija:

    -Mira cómo está la polla de tu novio, creo que debes de ocuparte de ella.

    Por supuesto mama, respondió la aludida.

    Se arrastró hacia la mesilla que había al lado de la cama, abrió uno de los cajones y de él sacó un condón, se arrastró, de nuevo, hacia donde estaba yo y me lo colocó en mi polla, después se puso sentada encima de mí, dándome la espalda, se sentó encima de mí y, como había hecho su madre un rato antes, fue introduciendo mi polla en el interior de su coño, me hizo sentir algo absolutamente delicioso, su madre al verla dijo:

    -Creo que no necesitas de mis lecciones sobre sexualidad, jajaja.

    -Para nada zorra, respondió su hija. Así que déjate de escusas para follar con mis amigos, lo haces porque te apetece y nada más

    Mientras hablaban, Charo se colocó al lado de su hija y, nuevamente, se puso a acariciarla el coño y así estuvimos un rato, hasta que Charo pidió a su hija que la dejara ocupar su puesto, ella se levantó y su madre ocupó su lugar, yo me encontraba en éxtasis, ser follado por ese par de mujeres era una experiencia fascinante, pero Layla no se quedó quieta viéndonos a s madre y a mí, se puso al lado de su madre y comenzó a acariciarle la zona pélvica, verlas así era increíble, la madre le dijo a la hija:

    -Eres muy zorra, me estas poniendo a mil.

    -Si quieres te como el coño, pero entonces tendrás que dejarme la polla de mi amigo para mí.

    Parecían coordinadas, así que la madre dejó de cabalgarme, y se sentó sobre la cama, su hija se puso a sus pies boca abajo, llevó su boca hasta el coño de su madre y comenzó a lamérselo, esta al recibir el primer lengüetazo de su hija comenzó a gemir, pero tuvo la suficiente fuerza, para decirme:

    -Cariño no te quedes ahí parados, tienes el coño de mi hija al alcance de tu polla, ¿A que esperas para metérsela?

    Yo estaba alucinado así que de una forma automática me puse de rodillas detrás de la hija y de un golpe mi polla dentro del coño de Layla que al sentirlo comenzó a gemir mientras intensifico el ataque de su lengua sobre el coño de su madre que se puso a gemir de una manera más intensa, mientras decía a su hija:

    -No sabía que fueras lesbiana.

    -No lo soy zorra, pero cuando tengo la oportunidad de gozar, lo hago y verte a ti gemir como una perra me encanta, le respondió su hija, parando por un momento de comerla el coño, para después reanudar sus lamidas.

    Charo no tardó en correrse y su hija se bebió todo lo que salió de su coño, y entonces le dijo a su hija:

    -Muchas gracias, mi amor, has hecho muy feliz a tu madre, deja que ahora, yo quiero hacértelo a ti.

    -Tú lo que tienes ganas es de meterle la polla de mi compi en tu coño, pero bueno si me das tu lengua te la cedo.

    Se levantó de su posición y me hizo sacarle la polla de su coño y le cedió el puesto a su madre, yo tuve, su coño al alcance de mi polla, y se la metí, su coño estaba muy húmedo y follar en el era muy agradable, mientras veía como Charo se puso a acariciar las tetas de su hija y esta le mostraba su agrado por medio de gemidos muy intensos, después llevó su boca hasta el coño de Layla.

    Yo en ese momento sentí que no podía más y les dije que estaba al correrme en ese momento Charo dijo:

    -Cariño me gustaría que fuera entre mis tetas.

    No podía negarles nada a mis dos amores, así que se la saqué del coño, ella se dio la vuelta y se quedó tumbada sobre la cama, yo me puse de rodillas encima de ella, y su hija me quito el condón, me acaricio la polla gasta que eyaculé y una gran cantidad de leche salió de mi polla y fue a parar a las tetas de su madre,

    Cuando terminé Layla le restregó mi leche a su madre, mientras le decía:

    -Para que tengas la piel más suave puta.

    Y cuando terminó la madre le dijo a la hija:

    -Mi amor ¿No crees que deberíamos de ocuparnos de la limpieza de esa polla que tanto placer nos está dando?

    -Claro que sí mami, respondió esta.

    Las dos se pusieron de rodillas encima de la cama, y me pidieron que me pusiera a su lado, mi polla quedó al alcance de ambas y ellas sacando sus lenguas se pusieron a lamer cada centímetro de mi miembro, ninguna polla hubiera aguantado lo que me hicieron, sin ponerse dura y desde luego la mía no lo hizo, al verla Charo dirigiéndose a su hija le dijo:

    -Vaya cariño, parece que has encontrado una pola que, además de tener un buen tamaño, aguanta mucho, ¿Le dejarías que me la metiera por el culo?

    -Si él quiere a mí me parece bien todo, contestó su hija.

    -Veo que te he educado bien, dijo su madre,

    Después se puso a cuatro patas y me pidió:

    -Venga, querido yerno, métemela por el culo:

    Contemplar ese culo era algo maravilloso, por lo que la idea de poseerle era irresistible, así que me puse detrás de ella y de un golpe introduje mi polla en el interior de su trasero, ella no manifestó ningún dolor, al contrario, comenzó a gemir como una loca, su hija estaba a nuestro lado mirándonos, y dirigiéndose a Charo le dijo:

    -Mama, pensaba que eras puta, pero no me podía imaginar que tanto

    Su madre no respondió, estaba gimiendo de una manera muy intensa y en ese momento su hija nos dio una sorpresa, con un movimiento rápido se puso debajo de su madre en posesión invertida, después sacó su lengua de la boca y comenzó a lamer cada uno de los rincones del agujero al que le debía la vida, mientras abría bien sus piernas, para ofrecer su agujero a su progenitora, esta aceptó el regalo e introdujo su lengua en el coño de su hija. Si para mí era alucinante follar el culo de la madre hacerlo mientras sabía que su hija le comía el coño, y de vez en cuando pasaba su lengua por mis testículos era alucinante, y así estuvimos mucho rato, hasta que Layla, parando de comer el coño de su madre dijo:

    -Mami, quiero ser yo quien reciba la leche de nuestro novio en mi culo, porfa.

    -Como tú quieras mi amor, dijo su madre, eres una niña caprichosa.

    Layla se puso a cuatro patas y me dijo:

    -Mi amor, follame fuerte, como la zorra que soy.

    Por supuesto acepté su petición y poniéndome detrás de ella se la introduje dentro de su culo, no era la primera vez que lo hacíamos, y no le dolió para nada, al contrario, desde el minuto comenzó a gemir de una manera muy intensa, su madre, aunque en un principio se masturbó viéndonos pronto se puso debajo de su hija en posición invertida y madre e hija comenzaron un alucinante sesenta y nueve.

    Sentirlas comerse el coño era alucinante y, al igual que su hija, la madre de vez en cuando dejaba de comerle el coño a Layna para darme lengüetazos en mis testículos y en mi polla, era algo muy caliente, aguante todo lo que pude, pero finalmente me corrí dentro del culo de la hija y se lo llené con mi leche, ella me dio las gracias y me dijo:

    -Mi amor, creo que habló en nombre de las dos, nos has hechi pasar una tarde alucinante.

    Yo también lo había pasado maravillosamente los tres estábamos cansados y nos tumbamos en la cama, pegaditos, yo estaba en el centro y las chicas cada una a un lado, descansamos un poco, era a primera vez en mi vida que había tenido sexo con dos mujeres a la vez, y desde luego iba a hacer todo los posible porque no fuera la última, al poco de estar así Charo me miro y me dijo:

    -Cariño, si esto no ge ha asustado, bienvenido a la familia,

    Por supuesto que no me había asustado.

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  • La entrega de Camile

    La entrega de Camile

    Ella pensó que solo estaba leyendo. Pero él la esperaba.

    Un traje, una orden, un collar… y la obediencia se vuelve inevitable.

    Lees estas palabras y algo dentro de ti se despierta, una llama que no habías notado antes. Cada línea recorre tu piel, cada imagen invade tu mente, dibujando deseos que no sabes si te atreves a reconocer.

    El relato no es solo historia; es una invitación silenciosa, un llamado a dejarte llevar, a rendirte sin miedo. Sientes cómo tu respiración se acelera, tu pulso se vuelve intenso, y una voz interior te susurra que esto es lo que has estado buscando.

    Con el corazón latiendo con fuerza, posas los dedos en el teclado y escribe esas palabras que lo cambian todo:

    “Estoy lista para obedecer”.

    Recibes la respuesta a tu correo. Él te invita a su casa, con instrucciones claras: “Obedecerás cada orden con devoción y sin rechistar”.

    El deseo y la incertidumbre se mezclan en tu pecho mientras te preparas.

    Al llegar, él te recibe con una postura firme e imponente. No hay palabras, solo su mirada penetrante basta para doblegar tu voluntad, para hacerte sentir suya: un ser indefenso frente a un depredador voraz. Te entrega una bolsa:

    —Adentro esta tu traje —Espeta con voz profunda y fuerte, mientras toma asiento en el sillón— Póntelo, puta.

    El oír esas palabras, esa transgresión, aumenta tus pulsaciones. Un calor agradable, se apodera de tu vientre.

    —Si señor —replicas, en murmullo— D… ¿dónde está tu baño?

    Él te mira y sonríe con malicia, como un lobo que observa a una oveja desprevenida en la llanura. Se levanta, su altura, sus músculos, su cuerpo, te hacen sentir disminuida. Te toma del cuello y te da una pequeña bofetada:

    —Aquí frente a tu amo.

    Te sientes insignificante, usada, poseída, pero te excita, te produce éxtasis y tus pezones responden instintivamente.

    Tomas la bolsa, en su interior hay un traje de sirvienta, que parece más de prostituta. Un mensaje claro de lo que significas para él. Lo tomas con manos temblorosas y te lo pones mientras sientes su mirada penetrante recorriendo tu cuerpo al desnudarse y al envolverse en esas telas.

    Cuando terminas, te ordena arrodillarte. Sin dudar, obedeces y bajas hasta el suelo. Él extiende sus pies desnudos hacia ti, te tardas unos segundos en comprender, pero al final lo haces y con reverencia y devoción, tal como lo decía en el mensaje comienzas a besar, lamer y chupar sus pies, sus dedos… sellando tu entrega y reafirmando su control.

    “¿Qué haces imbécil? Te recrimina tu conciencia, mientras tus ojos se cierran y tu lengua recorre su empeine… “¿Acaso eres un pedazo de basura?” la humillación se torna en humedad. Y ¿Por qué no? Si me siento en las nubes la acallas, sintiendo admiración por ese hombre, que te tiene en ese lugar que ningún otro ha logrado.

    Te detiene, tomándote de la barbilla abres los ojos y lo miras entregada.

    —Buena niña, buena niña —replica el mimándote como a un perro.

    En respuesta mueves las caderas, ese culo firme y terso: —¡Guau, guau, guau!

    Ese gesto va más a allá de sus expectativas, te mira extasiado. Carca su cara a ti, te tira del pelo para luego lamerte una mejilla y te espeta:

    —Ummm sabor a perra en celo ¡mi favorito! — El sentirte como una presa ocasiona que tu entrepierna se convierta en un manantial de aguas prohibidas.

    Se miran por un segundo. El juego debe seguir, así que te ordena traerle una cerveza. Te diriges a la cocina, tus movimientos son precisos y rápidos. Te contoneas como una meretriz en celo, deseas desde lo mas profundo de tu alma complacerlo, dejar tu huella en su memoria como el lo esta haciendo en la tuya.

    Al regresar, lo encuentras relajado en el sofá, desnudo y viendo el fútbol. Te arrodillas frente a él, con la cerveza en la mano. “Destápala y entrégamela”, ordena con voz firme. Obedeces, sintiendo cómo tus manos tiemblan ligeramente. Le entregas la cerveza y, sin esperar más ordenes, te inclinas para chupársela, sintiendo su dureza contra tus labios. Él te deja hacer, sientes ese sabor a macho, eso te enloquece… bajas y subes, bajas y subes, succionaos y lames… su virilidad irrumpe hasta tu garganta. Esa sensación de entrega, de dar placer, te hace sentir en las nubes. De repente te saca de un jalón de pelo, te bofetea y escupe la cara:

    —Esto es lo que querías ¿verdad zorrita? Esto es lo que te hacía falta.

    —Si señor, por favor no pare, no quiero que acabe nunca.

    Te ordena abrir la boca, tú lo haces sin chistar. Él bebe un trago de cerveza y luego lo vierte en tu boca, lo tragas y la escena se repite en un par de ocasiones. Luego regresas a atenderlo con tu boca. El sabor amargo de la cerveza se mezcla con el de su piel, y un gemido escapa de tu garganta mientras lo complaces.

    Con el sabor de su piel aún en tus labios, te levanta del suelo y te entrega una lista de tareas. “Lava, plancha, y asegúrate de que todo esté impecable”. Asientes y te pones a trabajar, sintiendo cómo cada movimiento te recuerda tu sumisión. Mientras planchas, él se acerca por detrás, su mano rozando tu cintura.

    —No te detengas— susurra, y sientes su erección presionando tu culo de zorra.

    Sin previo aviso, te penetra, sus manos firmes en tus caderas te hacen mover al ritmo de sus embestidas. Un gemido escapa de tus labios, pero no te detienes, continuando con la plancha mientras él te usa a su placer.

    Te jala el pelo y te nalguea.

    —Ah… ahhh… ahhh —jadea— Eres una puta, una zorra y una perra. Desde que escribiste sabía que ensartaría este coño de golfa —te espeta extasiado.

    Gritas como posesa, ese trato los insultos, la transgresión, te estallan la cabeza: es como estar en otro mundo.

    —Seré… t… tu… tu puta barata, siempre que quieras —Respondes entre jadeos.

    Finalmente, llena tus entrañas. Te da una nalgada, luego sentencia:

    —Aun tienes trabajo por hacer, zorra barata.

    Después de terminar las tareas, te ordena sentarte en el suelo.

    —Mira —dice, lanzando una pelota hacia ti— Tráela de vuelta con el hocico y a cuatro patas.

    Obedeces, gateando hacia la pelota, sintiendo el éxtasis de la humillación y la excitación de ser tratada como una mascota. Al regresar, dejas caer la pelota a sus pies, esperando su próxima orden. Él sonríe, satisfecho, y te acaricia la cabeza como si fueras su perro fiel.

    Así mientras estas de rodillas, te toma del pelo y te lleva al dormitorio a cuatro patas. Te ata a la cama, con las muñecas y tobillos sujetos firmemente.

    —¿Vamos a jugar un poco —dice, y sientes un escalofrío por la incertidumbre “Ahora que tendrá en mente?” Sin dejarte cavilar más, comienza con a azotarte cada parte de tu cuerpo, los golpes del látigo resuenan en la habitación; el dolor se mezcla con un placer perverso e indescifrable. Luego, sus dedos encuentran tus pezones, retorciéndolos y pellizcándolos hasta que gritas en busca de clemencia.

    —Shhh, perra, esto no es más que el comienzo—, susurra, y sientes cómo tu cuerpo responde, contorsionándose de placer.

    Un dildo irrumpe en tu sexo, lo sientes hasta el cérvix… tu amo lo acciona y empieza a girar, revolviendo tus entrañas…el calor, la presión, la llenura… te llevan a los limites del placer. Él te empotra la boca, hasta el fondo, lo hace con brusquedad, con rudeza: lagrimeas y tienes arcadas… pasan los minutos y el estalla en tu garganta, segundos después te corres, te corres como nunca lo has hecho, de tu vagina enrojecida e inflamada emana un manantial sientes temblores, convulsiones, el mundo se desvanece mientras cierras los ojos. Cuando pasa, él se tumba junto a ti y apoyas tu cabeza en su pecho. No hay mucho que decir.

    Finalmente, te desata y te deja sola en la habitación, con tu cuerpo dolorido pero satisfecho. Te vistes lentamente, reflexionando sobre lo que acaba de pasar. La sumisión, el dolor, el placer… todo se mezcla en una experiencia que te ha dejado sin aliento. Mientras te preparas para irte, te das cuenta de que esto es solo el comienzo, que hay mucho más por explorar. Y con una sonrisa, sabes que estás lista para obedecer de nuevo.

    ¿Estas lista para obedecer? Ya sabes que hacer.

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  • El amigo de mi ex: Primer encuentro

    El amigo de mi ex: Primer encuentro

    Era enero de 2022 y la noche estaba calurosa después de tanto baile y cerveza en el bar. Estábamos celebrando el cumple de una amiga, y en un momento me escapé a la barra.

    Ahí vi a Matías, amigo de Walter, mi ex con el que había estado casi seis años. Alto, robusto, barba de tres días y una mirada intensa que me atravesaba.

    Me acerqué con cuidado, fingiendo indiferencia, pero él ya me estaba esperando con una sonrisa.

    —Nunca me imaginé verte acá, negra —me dijo, tomando mi vaso como si fuera suyo.

    El estómago me dio un vuelco, mezcla de amabilidad y un fastidio interno por todo lo que él representaba. Igual, no pude resistir sonreír.

    —Sos un atrevido —le tiré, con la voz más baja, juguetona.

    Él se acercó, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el perfume masculino que me encantaba.

    Entre risas, toques casuales, y un coqueteo leve, me dí cuenta de que no habría vuelta atrás. Cada comentario suyo, cada roce de su mano en mi brazo, me hacía querer más.

    Salimos del bar sin decir nada, como dos imanes que no podían separarse. Caminamos dos cuadras y en el ascensor de su departamento, sus manos ya recorrían mis caderas.

    Entramos, me empujó contra la pared del pasillo y me besó como si quisiera devorarme. Yo jadeaba, sintiendo su fuerza y mi propia excitación.

    —Ali hermosa… te voy a coger hasta que no puedas más —susurró mientras me besaba el cuello.

    Me llevó al dormitorio, y empezó a desnudarme, saboreando mi cuerpo con los labios. Mis pezones se endurecieron y mi concha se humedeció.

    —Que culo hermoso tenés —me dijo mientras me pegaba nalgadas, y yo no pude hacer más que gemir, arqueando la espalda para recibirlo.

    Me arrodillé frente a él, le bajé los pantalones y apareció frente a mí. Ni un segundo pasó que ya sentí su pija dura presionando contra mi lengua.

    Sus gemidos me excitaban más que cualquier caricia, y yo me dejé perder en el sabor de su piel.

    Lo acariciaba, lo chupaba, lo sentía temblar mientras yo misma me humedecía más y más.

    —Ah, la puta madre… —gruñía mientras me empujaba un poco más hacia él, y yo respondía con gemidos, succionando, mordisqueando.

    Cuando sintió que estaba listo, me acostó de espaldas y me penetró lentamente. Sentí su pija dentro mío.

    Gemía, jadeaba, y él se inclinaba sobre mí, besándome, mordiéndome, diciéndome cosas mientras me sacudía con fuerza. Yo cerraba los ojos, mordía la almohada, dejándome llevar.

    —Que negra hermosa sos —dijo, y no pude más que gemir de placer.

    Me giró, me montó sobre él, y cabalgué su pija con fuerza. Cada movimiento era un choque de cuerpos, mezclado con gemidos que llenaban la habitación.

    Él me agarraba de las caderas, me empujaba más profundo, sus insultos y frases sucias llenaban mis oídos. Yo me sentía completamente atraída a él.

    Luego pasó al misionero. Yo arqueaba la espalda y sus manos exploraban mis pechos, mi cuello, cada vez más intenso, más rápido.

    Finalmente, me la sacó y acabó sobre mi ombligo, y sentí su semen caliente resbalar sobre mi cuerpo.

    Quedamos ahí, respirando, pegados, sudorosos, con el sabor de nosotros dos en la boca y en la piel.

    Yo lo miraba y entendí: cuando conectás con alguien así sexualmente, se convierte en una adicción. Y no fue la única vez que nos vimos.

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  • Otra historia con Cele y Esteban (1)

    Otra historia con Cele y Esteban (1)

    Con Cele siempre que podemos nos juntamos a tomar mate o un café, en las últimas reuniones junta con Nora, una amiga de ella que frecuentemente hacen intercambios, porque viven muy cerca y se cruzan cada vez que tienen ganas. Cele nos propone planear una juntada con ellos para hacer un lindo quilombo, todo parecía broma salvo para ella que lo decía enserio o al menos continuaba con la broma.

    -Lo digo totalmente en serio, guapas. -comentó una vez más, dándole un trago a su copa

    Nora y yo nos miramos alucinadas, creyendo que seguía de broma. Jamás Nora y José se habían cruzado, no se conocían, y yo tampoco conocía a la pareja de Nora, y aunque nosotros con ellos compartimos camas y Nora y su pareja también lo hicieron, con Cele y Esteban. No sé cómo podía salir esto. Cele afirmaba con la cabeza, no me miren así, lo digo en serio.

    -Locas, saben que Esteban se vuelve loco por ustedes, sobre todo por tu culito Lau, reconozcan que también lo han pensado después de todas las charlas que tuvimos. A las tres no nos importa compartir a nuestro hombre, por eso había pensado en dejar de pensarlo y en hacerlo… experimentarlo. Me muero de ganas por probarlo.

    Al final tuvimos que reconocer que nosotras también lo habíamos pensado. Aun no sé cómo, a pesar de la locura de la propuesta, todas brindamos por ello en un futuro plan que sólo nosotras conoceríamos.

    Una nueva ronda de copas sentenció el asunto con un nuevo brindis y todas estuvimos de acuerdo en que pasara lo que pasara, no habría malos rollos y que disfrutaríamos al máximo de esa locura, con la excusa de la fiesta por el ascenso de Cele en su trabajo.

    ¡Al fin había llegado el gran día! Llevábamos días planeando esa famosa fiesta, para celebrar el ascenso en su trabajo de nuestra amiga, aunque solo nosotras tres sabíamos que había algo más que una fiesta.

    Yo me encargué de alquilar un hermoso chalet, con piscina para el evento, mi marido José se dedicó a todo el tema de música, iluminación y demás, mientras que Pablo y Nora se encargaban del tema de la comida al tiempo que Esteban y Cele, planificaría todo el fin de semana, los juegos, los regalos y todo eso.

    Lo cierto es que siempre he envidado mucho a mi Cele, nuestra homenajeada y precursora de esa presunta orgía. La verdad es que es envidia sana, pero es que tiene una cara preciosa y disfruta mucho sin tapujos de los encuentros sexuales a los que concurre con Esteban.

    Otra de las cosas por las que envidio sanamente a mi amiga, es precisamente por su novio Esteban, es impresionante… está más que bueno, de hecho, es nada más verle y hace que me moje las tangas, recordando las veces que me ha roto el culo, y su obsesión con querer darme siempre por ahí. El solo hecho de verlos juntos con José y me pongo bastante cachonda.

    Luego esta Pablo, el que es pareja de Nora y aunque no tiene un cuerpo de Dios, tiene panza, rapado, porque se nota que tiene pocos pelos, pero es el más joven de los tres. Y la fama que Nora le hizo es que mejor calza de ellos. Nora, es la más bajita de las tres, pero con un cuerpazo muy bien proporcionada en todo, tiene el pelo cortito, negro como el carbón y sus ojazos marrones. A pesar de su cuerpo delgadito, tiene una buena talla de pecho y sobre todo un culo redondito.

    Bueno, yo me dejo para el final, soy Laura, jajaja, ya me conocen, todos destacan mi cola y soy la mayor por unos cuantos años de las tres.

    Íbamos muy contentos José y yo de camino al chalet para reunirnos con los demás. Especialmente yo, que estuve cachonda toda la semana y especialmente ese día, con el plan previsto. Me costó mucho ocultárselo, ya que siempre le cuento todo, por muy fuerte que sea, pero esa vez, guardé el secreto y lo llené de dudas cada vez que preguntaba si se podía coger a Cele, o si me iba a coger a Esteban.

    Cuando llegamos por fin, ya estaban todos nuestros amigos allí, riendo y charlando como siempre. Pablo y Nora estaban en la piscina jugando con una pelota, mientras que Cele, con su espectacular y diminuto bikini rojo, estaba preparando, las cervecitas y unos tragos para animar el ambiente y Esteban, con esa maya ajustada, estaba terminando de preparar las brasas para el asado. El bulto que marcaba fue otra de las cosas en las que me fijé, como siempre, creo que ya me mojé al hacerlo.

    -¡Hola gente! -saludé yo efusivamente mientras me quitaba el pareo luciendo mi nuevo bikini blanco que se enterraba entre mis nalgas.

    -Laurita, cada día estás más buena me susurro Esteban con mirada picara como siempre, eso volvió a humedecer mi concha mientras yo me limité a sonreír.

    Riendo Nora saliendo de la piscina y secando su cuerpo nos presenta a Pablo, al tiempo que veo a José echándole un buen vistazo al tanga de Nora que marcaba su culito.

    A continuación, José se quitó la remera y se tiró de golpe a la piscina, salpicando a lo bruto, como hace siempre. Ehhh se oyó gritar a Pablo, mientras reían con la broma.

    Bueno pues como estamos ya todos, nosotras nos vamos a tomar sol y que los chicos se encarguen de terminar el asado -dijo Cele riendo, mirándonos con toda la complicidad.

    -Te salvas, porque es tu fiesta. -comentó Esteban que se acercó a Cele por detrás uniendo su pelvis en su culo y mientras le rodeaba el brazo por su cintura dándole un pequeño mordisco en la oreja.

    Yo me fijé en ellos que hablaban de sus cosas y de vez en cuando nos miraban. Primero me fijé en Pablo, en cómo sería tenerle comiéndome la concha o haciéndole una buena mamada a ese tronco que tanta fama Nora y cele le habían hecho, pero luego me fijé en Esteban y en ese bulto que se había formado al apoyarlo con su novia y que seguramente va a querer meter nuevamente en mi culito siempre goloso. Luego miré a José y me dije que seguro está pensando en cómo hacer para cogerse a Cele y porque no a Nora.

    Cele repartió las copas entre nosotras y empezamos a charlar animadamente, riendo, bromeando… como solemos hacer, sin duda, las tres nos habíamos puesto nuestras mejores armas con esos bikinis, pero lo mejor estaba por llegar, cuando Cele activó la primera bomba, diciendo en alto para que todos la oyeran:

    -Chicas, me voy a quitar la parte de arriba para que no me quede la marca. -añadió y sin más preámbulos, se lo quitó. Sus pequeñas tetas salieron a relucir y los tres chicos dejaron de hablar por un momento viendo ese espectáculo.

    Ahí nomas, me lo quite yo también. También noté las miradas de los chicos a mis tetas, incluso los aplausos y silbidos de Esteban, me calentaron y volví a dirigir la vista a él haciendo mi movimiento más inocente, y colocando mi cola directamente hacia él como quien no quiere la cosa, pero sabiendo que eso le iba a encender.

    Nora se nos quedó mirando, luego dirigió la vista hacia Pablo que se encogió de hombros, como si le diera permiso, eso la animó a tirar el corpiño al césped.

    Los tres no nos quitaban los ojos de encima y eso me calentó más todavía, pues miraban con descaro y comentaban algo entre ellos que lógicamente no alcanzábamos a escuchar.

    Cele llama a Esteban para que le esparza crema protectora sobre toda la piel expuesta al sol, sin esperar vino corriendo hasta donde estábamos nosotras.

    Al tenerlo tan cerca con las tetas al aire y verle dirigiendo su vista a mis pezones, provocaba que estos se endureciesen. Entonces Cele se dio la vuelta, tumbándose boca abajo y él se sentó sobre su culo para empezar a extenderle la crema por la espalda, mientras que los otros chicos seguían atendiendo las brasas de la barbacoa, charlando entre risas, pero sin quitar la vista de las maniobras de su amigo sobre el cuerpo de ella.

    Esteban estaba aplicando la crema en su espalda, luego bajó un poco hasta colocar su bulto en el culo de ella, hasta bajar sus manos, y darle una buena manoseada de masajes al culo de ella. Solo con ver eso, me cogí un calentón tremendo. De pronto me llevé un susto tremendo, cuando le pegó un chirlo fuerte en el culo y me miró fijamente con su gran sonrisa.

    -Si quieres también te echo crema y te doy un masaje. -me dijo con descaro, observando mis tetas.

    Mientras tanto Nora con sus tetas al aire y ayudando a calentar el ambiente se acercó a chicos que estaban con el asado. Y note enseguida como ella rozaba las tetas sobre la espala de mi José, como si fuera de forma natural y accidental, pero era totalmente intencionado.

    Cele la muy cabrona me guiñó el ojo, me sonrió y Esteban se empezó a reír, poniéndose crema en las manos dirigiéndose a mi, me tumbé boca abajo mientras él se sentaba en la parte alta de mis muslos, pudiendo notar su calor. Sus primeras caricias no se hicieron esperar y disfruté de sus dedos embadurnados de crema, repartiéndose por toda mi espalda, luego bajó hasta la parte alta de mi bikini, metiendo un dedo por la costura.

    Como hiciera con la de su novia empezó a masajearme el culo con todo el descaro. Yo le dejé hacer, incluso cerré los ojos para sentir plenamente como esas dos manos sobaban mi culo a conciencia. No podía ver la cara de mi chico, pero en ese momento era lo que menos me importaba. El bulto de Esteban se chocaba en mi culo incesantemente cada vez que subía las manos y notaba que había algo muy duro bajo su malla. ¡Que caliente que estaba a esa altura!

    Cuando de repente José grita: ¡la comida ya está, a sentarnos a la mesa!

    Esteba y yo nos miramos fijamente durante unos segundos, sin decir nada y a la vez diciéndolo todo con nuestros ojos. Para que él me vuelva a susurrar al oído: te la voy a dar otra vez por el culo.

    Los seis nos sentamos en la mesa a devorar aquellas ricas carnes y por supuesto todas nosotras con las tetas al aire, recibiendo las miradas de los tres chicos.

    Mientras que comíamos no podía apartar la mirada de él y de imaginarme como va a ser la próxima cogida que nos vamos a dar, con la concha ya mojada por lo caliente que me sentía. Nora se levantaba de vez en cuando, para repartir la carne o los chorizos, pero siempre rozaba las espaldas de los chicos con sus tetas, notando la exaltación que a esa altura ya teníamos todos.

    Yo, una de las veces la imité, levantándome y pasando mis tetas sobre la espalda de Pablo y Esteban, con la excusa de coger la sal o cualquier otra cosa. Y Cele, todavía con más descaro, justo cuando José estaba en la parrilla, se abrazó por detrás de su cuerpo, pegándole esas tetitas en su espalda para decirle.

    -Qué bien haces todo…

    En ese momento, Cele se dirigió a Pablo estirando su mano y pidiéndole que lo acompáñame a la cocina, para ayudarle a traer algo que había en el horno.

    Yo, mientras tanto, observaba a Esteban que no sacaba sus ojos de mis, pero de repente mi marido se acerca a mi oído y me susurró: -Relájate un poco que se va a dar cuenta que estas recaliente.

    Sonriendo asentí, contestándole: -¿Tú no estás igual viendo tanta teta por ahí?

    Entonces estiré mi mano y agarrando el bulto de su malla con disimulo, dije: -Parece que tu pija piensa lo mismo.

    Nora a nuestro lado, al oírnos, soltó una risa nerviosa. Fue cuando José sin disimulo, metió su mano dentro de mi bikini. Se volvió hacia mi oído y me volvió a susurrar: -cariño mi pija esta dura y tu concha empapada.

    Saco su mano y empezamos a reírnos todos, nos pusimos a recoger la mesa y a preparar los tragos para la sobremesa.

    Nos sentamos de nuevo en la mesa a tomar las copas y seguimos charlando, contando chistes, aunque nosotras siempre íbamos dándole pinceladas a la fiesta, hasta conseguir poner cada vez más calientes a los chicos con continuas insinuaciones y movimientos.

    Bueno, yo me voy a tomar el sol, dije. Esteban enseguida se ofrece a darme crema por delante que faltaba ponerme.

    Cele enseguida tomo el pomo y pidió a Pablo que haga lo mismo y Nora a José. Así, todos contentos – añadió.

    Nadie pareció incomodarse con sus respectivas parejas, así que cuando me quise dar cuenta estaba tumbada sobre la hamaca y Esteban sentado sobre mis muslos masajeando mis tetas entre sus dedos embadurnados de crema.

    Estaba tan caliente todavía con el masaje que me dejé llevar, cerrando los ojos para comenzar a suspirar bajito, disfrutando de esas maravillosas manos, me fijé en José, descubriendo el enorme bulto marcando en su bañador sentado sobre las piernas de Nora, acariciando las caderas de ella y con la vista fija en la tanga de su escueto bikini, seguro que imaginado las ganas de verlo en vivo y de saborearlo.

    Lo estaba deseando tanto que mi calentura hizo, mientras sigue con el masaje, a moverme para que vulva roce su verga dura.

    Él me sonrió, y quiso vengarse moviendo su pelvis más adelante, hasta que entró bien en contacto con mi sexo. Abrí la boca para coger aire y es que me volvía loca sentir perfectamente esa dureza provocándome que gimiera cada vez más alto.

    Cele grito: voy a prepararme una copa ¿quién apetece?, que se había puesto de pie y me miraba.

    Me salí de debajo de su cuerpo y Nora me miró suspirando, pues debió de pasarlo bien con mi marido y parecía apenada como yo de apartarnos de esos masajes. Los chicos me pidieron también algo de beber y las tres nos metimos en la casa.

    Mis amigas ya estaban dentro de la casa y en cuanto accedí yo a la cocina se rieron. Pero eres zorra, me dice Cele, te ha faltado medio segundo para haber cogido la pija de Esteban y habértela metido tu misma. -comento refiriéndose a mí. Nos volvimos a reír a carcajadas, mientras terminábamos de preparar las bebidas de todos.

    Yo fui la primera en salir al jardín y fui a sentarme con José en su hamaca, le di un largo beso y le entregué su copa. De reojo volví a ver a Esteban mirándome las tetas que ahora tocaba mi marido. Nora se sentó en el regazo de su pareja, que aprovechó para sobar el culo de ella a conciencia y Cele se sentó con Esteban, acariciando su pija.

    Después hicimos un brindis en honor a Cele, que al fin y al cabo celebrábamos su ascenso en el trabajo. -Con ese cuerpo, seguro que te va a resultar más fácil conseguir nuevos contratos -soltó José riendo.

    Y todos nos carcajeamos por esa ocurrencia.

    Vamos a jugar digo yo. – ¿A qué?, preguntó José intrigado, mientras acariciaba mi cadera.

    -Al juego de los hielos, soltó Cele.

    Ante sus caras de no comprender, ella explicó en qué consistía dicho juego, que no era otra cosa que pasar un hielo de boca en boca, hasta que a alguien se le cayese y debería pagar un castigo ordenado por quien le hubiese pasado el hielo anteriormente.

    Estuvimos de acuerdo, y nos sentamos en círculo sobre las toallas, de tal manera que cada pareja quedaba enfrentada, y siempre combinado por chica y chico. Y fue Cele la primera en empezar. Sacó el hielo de su vaso, se lo metió en la boca y se lo pasó a José entre sus labios que estaba sentado justo a su izquierda con ayuda de sus respectivas lenguas. Mi marido, tras mirarme un segundo y con el hielo en su boca, se lo pasó a Nora que estaba al otro lado. De nuevo las bocas de ambos jugaron a no dejar caer el hielo, incluso José apoyó la mano en la cadera de ella, para ayudar a pasárselo. Nora se lo pasó a Esteban, que volvió a enredarse en esa boca de Nora que parecía retrasar el momento.

    De pronto sentí la boca de Esteban pegada a la mía mientras nuestras lenguas se rozaron varias veces y lo que menos quería era que terminara de pasar el hielo a mi boca, porque estaba disfrutando de esa boca, pero me di cuenta de que no podía retrasarlo más y al fin se lo pasé a Pablo que también rozó mis labios, aunque no fue tan atrevido con la lengua, pero también me gustó sentir sus labios. Él se lo pasó a Cele que incluso se unió más a él juntando sus tetazas contra su hombro y al fin completamos la vuelta entera.

    Cele sacó la lengua, mostrando el hielo que había bajado considerablemente de tamaño y se lo pasó a mi marido nuevamente, en una segunda ronda, pero de pronto, estaba tan ensimismado y sus tetas rozando su pecho, que el hielo se le cayó al suelo.

    -¿He perdido? -dijo José, que parecía no haberse enterado mirando al hielo sobre su toalla.

    -Si, contesto Cele y yo te pongo el castigo que es quitarte la malla.

    Continuará.

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  • El primer gangbang de Luci

    El primer gangbang de Luci

    Solo pude ver a Luci marcharse del cuarto, con una cara de lujuria de que necesitaba seguir siendo penetrada. Después de la orgía de anoche y la sesión mañanera, su energía era insaciable. Escuché que entró al cuarto con Zandra, Karina, Luis y Carlos, pero debo admitir que me ganó el cansancio y me quedé dormido antes de poder ir con ella o participar en la orgía.

    Bajé a la sala, donde encontré a Karina y Zandra en los sillones, envueltas en toallas, tomando café. Karina, con sus nalgas firmes de gimnasio, parecía agotada, sus ojos entrecerrados. Zandra, con su piel blanca y cabello rojo largo, estaba recostada, sus pechos pequeños cubiertos por la toalla. “Anoche nos mataron y en la mañana nos remataron”, dijo Karina, riendo débilmente. Zandra asintió: “No puedo moverme, pero valió la pena”. Carlos, con su cuerpo grande de 1.90 m, y Luis estaban en la cocina, preparando algo de comer, sus cuerpos relajados pero también cansados.

    Luci, sin embargo, tenía una chispa distinta. Se acercó a la isla de la cocina, totalmente desnuda, y dijo con una sonrisa pícara: “¿Qué, ya se rindieron las chicas? Yo sigo lista”. Todos la miramos, sorprendidos. Karina rio: “Estás loca, amiga. Yo ya no doy más”. Zandra negó con la cabeza: “Eres una máquina, Luci”. Marcela, que bajaba con Diego, añadió: “Yo paso, necesito dormir una semana”. Pero los hombres —Luis, Carlos, Diego y yo— intercambiamos miradas. Nuestros penes ya estaban reaccionando ante la idea.

    “¿Y si hacemos algo solo para Luci?”, sugerí, mi voz cargada de morbo. Ella me miró, sus ojos brillando, y asintió lentamente. “Quiero probar algo nuevo… todos ustedes, solo para mí”, dijo, mordiéndose el labio. Era su primer gangbang, y la idea me encendió, aunque un nudo de celos me apretó el pecho al imaginarla conmigo y los tres hombres a la vez.

    Nos movimos a la sala, los sillones amplios listos para el espectáculo. Las chicas se quedaron en un rincón, bebiendo café y animando con risas. “¡Dales duro, Luci!”, gritó Karina. Luci, con sus pechos firmes y su vagina depilada brillando bajo la luz del mediodía. Nosotros nos quitamos los shorts: Luis con su pene largo de 22-24 cm, Carlos con su pene grueso de 22 cm, Diego con su pene curvo de 16 cm, y yo con mi pene grueso de 18 cm.

    Luci se arrodilló en el centro de la sala, rodeada por los cuatro. Empezó con Luis, tomando su pene largo en la boca, chupando con esa técnica que lo volvía loco. “¡Carajo, Luci, qué rico lo haces!”, gruñó Luis, sus manos en su cabello. Luego pasó a Carlos, sus labios estirándose alrededor de su grosor, saliva goteando mientras gemía. Diego fue el siguiente, y ella lamió la curva de su pene, succionando la cabeza hasta hacer que sonara. Cuando llegó a mí, me miró con ojos lujuriosos, chupando mi pene grueso con avidez, sus mejillas hundiéndose.

    Alternaba entre nosotros, sus manos y boca trabajando sin parar. Tomaba dos penes a la vez, uno en cada mano, mientras chupaba otro, sus gemidos vibrando. La saliva cubría sus pechos, goteando por su barbilla. “¡Quiero sentirlos todos!”, dijo, su voz temblando de deseo. Las chicas aplaudían desde el rincón, impresionadas por su energía.

    Luci se acostó en un sillón, abriendo las piernas. “Quiero que me llenen”, dijo, mirando a Carlos y a mí. Me acosté debajo, guiando mi pene grueso a su vagina. Estaba mojada, y gemí al sentir su calor apretándome. Carlos, detrás, untó lubricante en su ano y entró despacio, su pene grueso estirándola. Luci gritó: “¡Los siento a los dos! ¡Es demasiado!”. Nos movimos sincronizados, yo empujando desde abajo, Carlos desde arriba, sus caderas chocando contra sus nalgas.

    Luci temblaba, sus pechos rebotando en mi cara, “Que gruesa tienen sus vergas!”, gritó, y un chorro intenso salió de su vagina, mojando mi pene, mis piernas y el sillón. Sus orgasmos eran constantes, su cuerpo convulsionando. Carlos eyaculó en su ano, y yo seguí penetrándola hasta sentir que ya iba a terminar “quiero que te los tragues” le dije, se paró y se metió mi pene a la boca para vaciar hasta la última gota de semen.

    Sin pausa, Diego y Luis tomaron el relevo. Diego se acostó, y Luci se montó en vaquera, su pene curvo entrando en su vagina. “¡Esa curva me está encantando!”, jadeó Luci, moviéndose rápido. Luis, detrás, lubricó su ano nuevamente y entró, su pene largo deslizándose profundo. Luci gritó de placer, sus caderas moviéndose para acomodarlos. “Que llegue hasta el fondo”, exclamó, un chorro masivo escapando, mojando a Diego. Los dos aceleraron, sus embestidas sincronizadas, y Luci tuvo otro orgasmo, sus piernas temblando. Luis eyaculó en su ano, y Diego en su vagina, sus gemidos llenaron la sala..

    Luci, aún con energía, se arrodilló de nuevo, chupando nuestros penes uno por uno. Primero a mí, succionando mi grosor con fuerza, luego a Carlos, lamiendo su pene grueso, luego a Diego, saboreando su curva, y a Luis, engullendo su longitud. Alternaba, sus manos trabajando los otros penes, saliva y semen cubriendo su rostro. “¡Quiero más!”, dijo, su voz ronca de deseo.

    Me acosté en el sillón, y Luci me montó en vaquera, mi pene grueso llenándola. Diego se acercó, y ella lo chupó mientras me cabalgaba, su vagina apretándome con cada orgasmo. Carlos y Luis se masturbaban, mirándola, sus penes listos. Luci cambió, montando a Carlos, su pene grueso estirándola, mientras chupaba a Luis. Diego se masturbó frente a ella, eyaculando en sus pechos, el semen goteando por sus pezones.

    Nos movimos a la alberca, el sol calentando nuestros cuerpos. Luci flotaba en el agua, y Luis la penetró de pie, su pene largo entrando y saliendo. “¡Me estás partiendo!” Yo me acerqué por detrás, y entré, mi pene grueso haciéndola gritar. Diego y Carlos se unieron, tocándola, sus manos en sus pechos y clítoris. Luci tuvo un orgasmo masivo.

    Cambiamos: Diego la penetró en la vagina, su curva golpeando su punto sensible, mientras Carlos entraba en su ano. Luci gritó: “¡Es increíble! No quiero que terminen”. Yo me acerqué, y ella me chupó, su boca trabajando mi grosor. Luis se masturbó, eyaculando en su rostro, el semen goteando por su barbilla. Luci seguía, insaciable, sus orgasmos constantes.

    Nos trasladamos al jacuzzi en la habitación de cristal, el mar brillando al fondo. Luci se puso en cuatro, y yo la penetré por la vagina, mi pene grueso llenándola. Carlos, Diego y Luis se arrodillaron frente a ella, y Luci los chupó alternadamente, sus labios estirándose. “¡Quiero todo comerme todos!”, gritó, un chorro masivo mojando el jacuzzi. Sus orgasmos eran incontrolables, su cuerpo temblando.

    Cambiamos: Luis en su vagina, y nos hacía sexo oral a los otros tres. Luci gritaba, sus ojos en blanco, un chorro tras otro escapando. Todos eyaculamos: Nos fuimos turnando para acabar en su boca, en sus tetas, en la cara. A pesar de haber eyaculado varias veces, todos estábamos tan caliente con el desempeño de Luci que terminamos soltando una gran cantidad de semen por toda su cara.

    Ya en la tarde/noche, exhaustos, nos sentamos en la sala. Las chicas aplaudieron desde el rincón. “¡Luci, eres una reina!”, dijo Zandra. Luci, sudada y sonriendo, se acurrucó contra mí. “Gracias, amor, fue mi fantasía cumplida”, susurró. Mis celos se desvanecieron, reemplazados por amor. El gangbang había sido un torbellino, pero nuestra conexión era más fuerte. Mientras el mar susurraba afuera, supe que esto era solo el comienzo.

    “Yo digo que como hoy es el último día que dormimos aquí, hay que cambiar de novio para dormir” dijo Marcela, quien rápidamente me agarró del brazo “Yo aparto a Kouta, tengo ganas de dormirme después de que rompa en dos con ese paquetote tan grueso”.

    “Todo tuyo” respondió Luci. Nunca había sentido tanto nervio, iba a tener la oportunidad de tener sexo toda la noche con mi crush a solas, sin que nadie nos viera, sin preocuparme por Luci, nada, solo ella y yo y justo después de haber cogido todo el viernes y sábado. “Podré darle el sexo que se merece” Pensé.

    Marcela se desnudó frente a mí, me tomó de la mano y me guio a la habitación. Cerró la puerta, apagó la luz y solo dejó encendida la lámpara de la mesa de noche. Sacó un aceite corporal de su mochila, “Sé que estás agotado y cansado por todo lo que has hecho” me dijo Marcela “aparte cada que me le metías tenía los mejores orgasmos de mi vida”. Me pidió que me acostara en la cama boca arriba sin ropa. “Te voy a dar el mejor masaje de tu vida a cambio de que me hagas el amor como nunca me lo han hecho”.

    En el siguiente relato les contaré cómo pasamos esa noche.

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