Autor: admin

  • Ocurrió en el sur

    Ocurrió en el sur

    Como toda chica de provincia, concluido el secundario me fui a estudiar a Buenos Aires donde me recibí.  En el ínterin, tuve una vida todo lo normal que puede ser; salí, tuve novios, con los me inicié sexualmente, aunque nunca fui ni muy exitosa, ni muy activa; estando sola y cuando amagaba llegar a los treinta y con perspectivas de soltería, conocí al que sería mi marido. Nos enamoramos y me casé con él; desde entonces ha sido el hombre de mi vida.

    Teníamos un proyecto personal de familia y abandonamos todo para irnos al sur, donde nos instalamos en esas inmensidades, en un pequeño pueblo, donde hicimos nuestra familia y tuvimos nuestros hijos, todavía pequeños al día de hoy. Pero lamentablemente o no, formamos una familia clásica, esa en la cual la mujer se encarga del hogar y el marido de su sustento, y eso fue generando con el tiempo una situación especial de dependencia y de cuasi sumisión, porque mi marido me hizo sentir el yugo de saber que estaba sola y que sin él no tenía dónde ir, ni a quién recurrir, con mis hijos.

    Eso no obstante y pese al transcurso del tiempo, el deterioro natural, los disensos…, yo he seguido enamorada de mi marido. Así, poco a poco se fue configurando una situación en la que él fue mostrándose cada vez más exigente y malhumorado, autoritario, en muchas ocasiones de modo inexplicable. Todavía somos jóvenes con mis 42 años y conservo una excelente figura. No escatimé esfuerzos todo ese tiempo en procurar su contento; puse todo de mi, lo atendí lo mejor que supe, me mostré sexualmente ávida de él y no le negué nada de lo que me pidiera, aunque nunca fue nada raro. Pero el encanto inicial, se había disipado y la relación había cambiado.

    Hace un par de años, apareció por nuestra casa, de visita, un viejo amigo suyo: Félix.

    Estaba solo. Venía huyendo de un grave fracaso matrimonial, mezclado con un quebranto económico y una serie de desgraciadas decisiones, y buscaba amparo. En casa lo encontró y se hizo habitual que nos visitara, cosa poco frecuente en esos lugares de soledad y viento. Largas charlas entre los hombres en las tardes grises y ventosas del sur, copas de por medio, mientras yo me ocupaba de las cosas de la casa.

    Una tarde de sábado, la conversación se inició con el tema de la pareja, y fue derivando a cuestiones personales, especialmente relativas a Félix, que hizo una confesión quejosa de su insatisfacción sexual, marcada por su envidia de nosotros. Yo tejía algo, indiferente de la conversación de los varones; Marcelo, mi marido, le sugirió ir de putas o recurrir al onanismo para aliviarse, pero Félix se mostró reticente a ambas soluciones: solamente aceptaría la masturbación de una mano amiga, pero no la suya propia.

    Palabra va, palabra viene, la conversación derivó hacia la expresión de su deseo real: que fuera yo quien lo aliviara. Yo, creí que Marcelo lo mataría, y me confié en él, pero contrariamente a eso, escuchó lo que decía su amigo como algo posible y me propuso:

    -¿Te animas a ayudarlo María M?-. Yo, no podía creer lo que oía y me negué rotundamente; me parecía inaceptable. Pero la decisión de Marcelo era firme y la mirada de Félix anhelante. Yo aduje de mi fidelidad y que no necesitaba relaciones sexuales con otros, e infinidad de argumentos más; todos inútiles porque Marcelo no pensaba igual y su decisión estaba tomada.

    -¿Qué te cuesta? -replicó Marcelo- No es un acto sexual, es una mera atención a un amigo.- Yo comencé a llorar, negando con la cabeza. Pero la decisión estaba tomada y Marcelo me indicó con un gesto que quería que lo hiciera en ese mismo momento. Yo lloraba y lloraba, pero él estaba inflexible en su decisión y yo sabía que le obedecería. Félix y yo estábamos en el mismo sofá, separados; Marcelo se arrimó, me tomó de los brazos y me ayudó a levantarme para correrme al lado de Félix, que entretanto se había desprendido la ropa y había sacado su miembro erecto y miraba expectante. Marcelo me dejó y volvió a su sillón al frente nuestro; lo miré como pidiendo piedad y me hizo un gesto como diciendo:

    -Adelante, no te hagas la tonta.

    Cerré los ojos, tomé ese miembro con mi mano y me puse a masturbarlo: era grueso, fibroso y palpitante, caliente y enorme para mi manita. Lo sobé hasta que terminó copiosamente salpicándome el pelo y su ropa.

    -Mira lo que has hecho, María M.- Me dijo mi marido, -Busca una toalla y límpialo-. Así lo hice. Después, sin dejar de llorar, me encerré en mi cuarto.

    La siguiente vez, como una semana más tarde, Félix se apareció por casa a la hora de la siesta, cuando los niños están en el colegio y Marcelo trabajando. Cuando le pregunté qué quería, me contestó con un silencio sugerente y una mirada fija que me sonó autoritaria.

    -¡No, no!-, le dije; -voy a hablar con Marcelo-. Lo llamé inmediatamente, en tono recriminatorio:

    -Acá está Félix, pretende que yo otra vez…-. Le dije, esperando que reaccionara echándolo.

    -Está bien-, contestó tranquilo mi marido, -Atiéndelo al pobre, que no tiene a quien-. Y sin dejarme decir más, cortó. Félix ya había entrado a casa y se había instalado en el sofá de siempre, en el mismo lugar, esperando por mi servicio. Él ya sabía lo que me diría mi marido y era consciente de mi obediencia. No me quitaba la mirada de encima, y advirtió por mi agobio, cuál había sido la respuesta de mi Marcelo. Sin levantar la vista para no mirarlo a los ojos ni soportar su mirada, me senté a su lado mientras él se desprendió la ropa sacando su miembro. Lo tomé sin mirar, y esta vez sin llorar, repetí la masturbación que parecía encantar a Félix. Una vez más se reiteró la escena de la eyaculación y la limpieza; mi mano terminaba empapada con los jugos que largaba su pija antes de eyacular y con su eyaculación. Cuando volvió Marcelo intenté una escena, pero me cortó firmemente; yo ya sabía cómo era. Lloré toda la noche hasta quedar dormida.

    La visita de Félix se fue haciendo más frecuente, aparecía una o dos veces por semana y a veces más, siempre en horas de la siesta cuando sabía que estaba sola, y se iba satisfecho, dejándome humillada y dispuesta a quejarme a mi marido, que no me hizo caso nunca. En ese tiempo si bien nunca pasé de masturbarlo, fue avanzando, tratándome como un objeto. Primero se desprendía él, pero luego me fue pidiendo que lo desprenda, luego que se la saque, y así, hasta que un día Félix me pidió un beso. Yo, fui cediendo de a poco a su violencia, y fui perdiendo la repulsión y la resistencia, pero sin encontrar placer.

    Hasta entonces no había pasado de masturbaciones, repito. Ese día estábamos solos, y yo con su miembro en la mano, cuando Félix me lo pidió en medio de su excitación:

    –Bésame, bésame.

    Yo creí haber encontrado el modo de zafar. Sin más, lo solté, y le llamé por teléfono a mi marido acusándolo; Marcelo pidió que le pase el aparato a su amigo, y habló con Félix, que seguía con su miembro afuera. Estaba claro que mi marido se negaba a que yo lo besara, hasta que aclararon de qué beso se trataba. Allí cambió la decisión de Marcelo; se la dijo a Félix, que me pasó el teléfono con gesto triunfante:

    -Quiere hablar con vos-, me dijo Félix.

    -Le he dicho que en la boca no lo vas a besar y ha quedado claro-, me informó mi marido, -Pero él no pretende besarte en la boca, no quiere más que un beso en la pija, y no veo dificultad en que se lo des-.

    Quedé perpleja, quise protestar, pero no me permitió. Cortó la discusión y el teléfono. Yo sentí que me caía el mundo encima. Volví al sillón donde me esperaba Félix y resignada volví a tomar su pija en la mano y me dispuse a besarla en su capuchón de piel, pero Félix tenía otras intenciones: rápidamente corrió su prepucio y me dejó al frente su cabeza babosa con su boquita entreabierta. La besé, la besé en la cabeza con los labios cerrados, un beso corto y suave; y luego lo masturbé sin ensuciarme, porque ya había aprendido a tener un pañuelo a mano.

    Ese fue el comienzo de otros avances, porque Félix fue repitiendo el pedido y prolongando el beso, sin que yo volviera a acusarlo y sin querer, doblegada, fui aceptando sus pedidos de a poco y sus avances; hasta la vez que eyaculó en mis labios cerrados, para mi sorpresa. Yo percibía sus sutiles avances y no me atrevía a reaccionar cosa que Félix supo aprovechar.

    El pedido del beso se fue repitiendo día a día, sin que Félix tuviera nunca una expresión de afecto, ni nada que pudiera afectar la propiedad de su amigo sobre mi; no había cariño alguno de su parte sino meramente dominio, placer y satisfacción propia y siempre violencia; yo no importaba. Lo que supe después, es que lo comentaba con Marcelo habitualmente, como quien rinde cuentas.

    En su avance sutil, con el correr del tiempo, exigiendo mis besos y haciendo presión, consiguió ir abriendo mis labios y de a poco, cada día un poco más, hasta que consiguió meterme su pija en la boca, aunque yo siempre pasiva. Primero fue prolongar todo lo posible el beso, luego separar mis labios a presión y eyacular contra mis dientes; pero luego consiguió abrir mis dientes y meter su cabeza en mi boca, abrazada por mis labios. Primero la punta. En eso se demoró muchas veces porque con la punta en la boca me la llenaba de leche; y luego cada vez más.

    Nunca quise su eyaculación en la boca. Cada vez que ocurría se repetía mi pedido:

    -No me acabes en la boca, por favor-. Me desagradaba tanto el hecho de su volcada como el sabor de su semen que se me hizo familiar.

    Pero esto a Félix lo provocaba más aun a hacerlo. Todo esto no había sido hablado ni había sido permitido por mi marido, pero ocurrió, se fue dando de a poco y sin mi consentimiento, con mi mera pasividad y contra mis pedidos.

    Pero mi pasividad o indiferencia a Félix no le importó jamás en ese tiempo, ni se encargó de que yo lo gozara; se limitaba a hacerse pajear, o hacerme chupar su pija o meterme la pija en la boca tan hondo como podía, y eyacular tan profundo como fuera posible con un placer evidente mezclando la lujuria con la vejación. Le encantaba llenarme la boca de leche, sabiendo que yo no lo quería; y con más placer cuando le pedía que no lo hiciera. Le encantaba que yo fuera una señora, y le parecía delicioso que una señora formal como yo, fuera el objeto de sus satisfacciones.

    También en eso fue produciéndose una variante y lo que fue de inicio una mera masturbación, luego lo fue con la punta su glande en mi boca, luego con todo el pene entero, y entonces eyaculaba generosamente, momento en el cual me tapaba la nariz para que tuviera que tragar; A eso, llegué después de muchas pruebas, siempre desoyendo mis ruegos: primero lo escupía, retiraba la cara, hasta que fui cediendo en aceptar que eyaculara en mi boca y llegué a tragarlo todo. Le irritaba que yo lo desperdiciara, según decía.

    Félix se había tomado algunas licencias y avances y solamente le preocupaba su propia satisfacción, aunque se advertía que quería dominarme.

    La primera vez que me golpeó fue una cachetada que me dio cuando aparté la boca en el momento en que sentí que se volcaba. Quedé atontada. No podía creer lo que me había pasado y mucho menos que volví a meterme su pija en la boca, temiendo no satisfacerlo y se la limpié bien. Él lo interpretó como aceptación y obediencia.

    Desde entonces, no dejó de golpearme ni de volcarse en mi boca. Lo acusé a Marcelo pero se defendió diciendo que no era verdad, y que si lo fuera, yo tendría marcas. Pero no las tenía y Marcelo, una vez más, no me creyó.

    Se había atrevido a eyacular en mi boca, y a sustituir la masturbación de mi mano por la caricia de mi boca aunque nunca prescindió de mi mano, sino que fue sumando. Sus avances siguieron con dos modalidades; porque primero me hizo simplemente chuparla, y luego tomó el hábito de meterme la pija tan hondo como fuera posible, sin importarle mis arcadas y ahogos que eran muchos; pobre de mi que me la sacara de la boca: el bofetón venía inmediatamente. Con el tiempo había avanzado tanto, metiéndola cada vez más profundo, enseñándome a tragar su pija hasta el fondo, a un punto que no me hubiera imaginado posible; yo aprendí con docilidad. Quería que estuviera satisfecho y no se quejara a mi marido. Tampoco quería que me pegara, porque se había hecho el hábito de golpearme, aunque ahora lo hacía con una toalla mojada ¡Y cómo dolía! Yo me había convertido en una personita obediente y aceptaba que me cacheteara fuertemente cuando tenía la boca llena de su pija.

    Por esta modalidad habíamos cambiado la posición en nuestros encuentros: Ahora era yo me sentaba en el medio del sillón y él me zampaba su vergón hasta el fondo de mi boca. Yo no sé de tamaños, y menos de comparaciones, pero la de Félix, cuando estaba parada, era como un envase de insecticida, o un poco más larga que ese tubo. Al principio, no me cabía bien, me dolían la mandíbulas, me atragantaba, y vomité frecuentemente hubiera o no eyaculado; Pero él insistió pacientemente y con su exigencia continua, aprendí a aceptar su sabor, a metérmela hasta que mi nariz se apoyaba en su vientre y aceptarla en su plenitud. A veces lo esperaba con el estómago vacío, para evitar el vómito. Ya no lo masturbaba como antes sino ocasionalmente, ya que él comenzaba prácticamente a cogerme por la boca, sacándola y metiéndola a fondo. Félix deliraba: fue un logro que fue luchando de a poco hasta que triunfó.

    Primero consiguió que lo besara, luego me hizo abrir los labios a presión y eyaculó en mis labios abiertos. Nada de eso quería yo. Luego de a poco me hizo probar su cabeza, más tarde me pidió que le hurgara la boquita de su pija con la lengua y me la hizo chupar; por ese entonces había tomado la costumbre de acabar en mi boca, después de hacerme rogar que no lo hiciera. Era parte de su placer. Primero tuve asco, vomité, escupí, pero como dije él tomó la costumbre de taparme la nariz, obligándome a tragar.

    Otras veces apenas entraba a casa se paraba junto a la puerta y se quedaba quieto esperando mi reacción. Yo no quería hacerlo pero era frecuente que me ordenara:

    -De rodillas señora; venga salude su dios con un beso.

    Entonces me arrodillaba ante él, desprendía su bragueta, buscaba su pija, la sacaba y la besaba: le corría suavemente el prepucio y cuando quedaba su cabecita al aire, le besaba esa boquita babosa. Félix deliraba. Yo había perdido la repulsión, pero no quería que me eyaculara en la boca o que me pegara. El buscaba a veces una mamada suave sobre la cabeza solamente. Se despatarraba en el sillón y me decía con ironía

    – Señora, venga salude su dios con un beso.- Entonces me arrodillaba ante él, lo desprendía, sacaba su verga y se la chupaba. Él, siempre gozaba el doble haciéndome rogar que no me eyaculara en la boca y llenándome la boca de leche luego.

    Quería que lo esperara vestida como una señora, con un vestido serio y recatado y un collar de perlas en el cuello. Sentía un placer especial en que fuera una señora quien le chupaba la pija y le vaciaba los cojones. No quería que fuera una cualquiera.

    Yo había aprendido que cuando se quedaba parado, me cogería por la boca a fondo, pero cuando se despatarraba en el sillón, quería una mamada suave sobre la cabeza solamente. Se repantigaba en el sillón con sus piernas abiertas y me miraba expectante:

    -A ver señora, venga y ocúpese de su amigo-, solía decirme, y yo, obediente, me arrodillaba entre sus piernas, desprendía su pantalón y sacaba su miembro que tomaba en mis manos mientras se lo chupaba suavemente acariciándolo con la lengua.

    El daba sus órdenes, pero siempre en esos casos quería que mi atención fuera en su cabecita:

    -A ver cómo lo lame-, me dijo una vez y yo, saqué la lengua y lo lamí prolijamente, deteniéndome a hurgarle la boquita como sabía que le gustaba.

    –Así, así-, me dijo emocionado y yo, deteniéndome un instante apelé a él: –Se bueno, te hago lo que te gusta pero no me acabes en la boca-, le pedí cariñosamente, mirándolo. Me sonrió, me acarició la cara y enseguida me llenó la boca de leche, que yo tragué obediente.

    Otras veces su orden era distinta:

    -Chúpeme solamente la cabeza y agárremela… míreme señora.

    Yo obedecía rodeando la cabeza de su pija con mis labios que cerraba, mientras lo miraba implorando que no me eyaculara en la boca. Era inútil. ¡Cómo disfrutaba ese hombre! El placer lo volvía loco y se acrecentaba cuando lo obtenía violentando mi voluntad y golpeándome. Ya lo veía venir, sabía cuándo se volcaría, conocía el sabor de su leche y aprendí a tragarla rápido, como un remedio desagradable.

    Había ido aceptando todo, de a poco, convencida de que era la voluntad de Marcelo y que a mi marido le parecería bien. Así pues, Félix acababa en mi boca dos veces por semana como mínimo, cuando no todos los días, aunque había días que repetía después de descansar un poco. Para qué decir que Marcelo jamás lo encontró mal y alguna vez lo comentaron en casa: Mi marido le preguntó cómo le iba; Félix estaba agradecido a Marcelo, por su generosidad de entregarme para que él no sufriera insatisfacción y por el alivio que significaba; repasaban en detalle todo lo que ocurría entre nosotros, sin vergüenza ni respeto. Nadie se percataba de mi, ni le importaba mi opinión, mi sufrimiento o no.

    En una de esas charlas con Marcelo, estando yo presente, Félix le comentó lo bien que había estado yo ese día y lo delicioso de mi servicio, que dos veces le había hecho acabar tragándome todo sin ensuciar; Repasaba los detalles más sucios sin inmutarse al tiempo que elogiaba mis habilidades, y mi marido lo escuchaba atentamente con gesto aprobatorio. Pero tras estos elogios, Félix le planteó que le gustaría tener una experiencia más cercana conmigo. Me avergonzaba que hablaran de mi de esa manera, y más en mi presencia. Marcelo se encrespó y yo me aterroricé. Félix hablaba y hablaba, pero no definía claramente lo que pretendía, daba vueltas y vueltas. Poco a poco fue explicando que en realidad lo que pasaba era que me la quería meter, a lo que Marcelo se negó terminantemente:

    -¡Pero si ya se la metes en la boca! ¿No tienes bastante con la boca? ¡No se la meterás! Eso es solamente para el marido. Solamente del marido puede tener hijos-, Marcelo dejaba claro que no solo no quería que me bese la boca, sino que la cajeta de su mujer era solamente suya. Podía meterme la pija cuanto quisiera en la boca, pero no besarme; y que no se le ocurriera cogerme. Sentí algo parecido a la pena por Félix.

    -Pero… hay alternativas- insistió Félix, con otra idea en la cabeza.

    -¿A qué te refieres?- preguntó Marcelo molesto por su insistencia.

    -Bueno…- titubeó Félix, y osadamente arriesgó:

    -¿Y por atrás?

    Se produjo un largo silencio. Yo, a quien nadie miraba, casi me desmayo y miré a Marcelo desesperada; yo nunca había tenido relaciones de ese tipo e ignoraba lo que era la sodomía en los hechos; no concebía que se pudiera meter una pija en el culo. Un noviecito que tuve, lo quiso hacer y estuve dispuesta a satisfacerlo, pero no pude aguantar ni la punta de su pija aunque era pequeña, pese a que no la tenía muy gruesa. Esperaba que mi marido se negara terminantemente, ya que él no me había usado nunca así, y ahí se acabara la cuestión, ya bastante había logrado Félix. Marcelo sabía bien de lo delicado de mi cola y cuánto sufría yo apenas tenía sequedad de vientre ¿Cómo me iba a meter semejante cosa de su amigo?

    Marcelo se quedó pensativo y la conversación siguió su curso, dando por supuesto o sobreentendido que era posible, y que se podía considerar. Marcelo me echó una mirada interrogante y yo le hice un gesto desesperada buscando su negativa; sabía que si él disponía, tenía que obedecer y me aterrorizaba la idea.

    -¿Lo aguantarías María M?-, me preguntó, haciendo referencia al tamaño del miembro de Félix. Daba por sentado que Félix me podría culear, superando el obstáculo de su tamaño. Me sentía humillada teniendo que hablar de eso y me callé; no quise responderle nada. Lo tomó como una sumisa aceptación. Luego, como investigando, me dijo:

    –En la boca te cabe bien, me ha dicho Félix. Me gustaría verlo, ¿puede ser?-, escuché horrorizada; Su orden había sido solamente que le bese la pija a su amigo y yo había terminado siendo cogida por la boca a diario; ahora resultaba que él lo sabía y lo había aprobado. Callé y bajé la cabeza rogando a Dios que pasara el momento; pero no iba a ser así. Pronto Félix tomó posición, y se puso de pie, dispuesto a mostrar nuestras proezas. Ya estaba empalmado. Marcelo me hizo un gesto con la cabeza y, obediente, fui a sentarme en mi lugar de siempre, temblando: en la sala contigua, mis hijos veían televisión, y temía la reacción de Marcelo, que vino a sentarse a mi lado para observar de cerca. Yo me senté en el borde del sillón, sin apoyar la espalda en el respaldo y Félix se aproximó de frente, abriendo las piernas. Nadie se movía. Miré a Marcelo y me hizo un gesto de seguir adelante y yo, no sé por qué, estiré mis manos, desprendí el pantalón y bajé el calzoncillo de Félix, sacando su miembro jugoso, bien parado. Estaba visiblemente excitado.

    -¡Es grande!- dijo Marcelo -¿Te lo tragas entero?- preguntó incrédulo dirigiéndose a mi, que no respondí. Félix apuró los tantos, aproximó su miembro a mi boca, que abrí dócilmente para recibirlo y sin demasiados preámbulos, tomó mi cabeza de atrás y me zampó su verga hasta los pelos, dejando mi nariz pegada a su vientre. Ahí me la dejó quieta para que mi marido viera.

    -¡Mierda!- dijo Marcelo dirigiéndose a Félix –me lo habías contado pero no me imaginaba que fuera así. Y eso que habíamos hablado de un besito solamente-. Los dos se rieron. Marcelo se dirigió a él nuevamente sin considerar que yo no podía hablar con semejante verga en la boca:

    -¿Y crees que también le cabrá en el culito sin lastimarla?-. La pija de Félix palpitaba como pocas veces, y ahí nomás, sin moverse, me echó toda su leche en la garganta, una copiosa volcada que tragué como siempre; la situación lo había excitado especialmente. Ya calmo respondió sin sacarla:

    -Bueno… habrá que prepararla por supuesto. No, sin lastimarla, no. Tal vez se lastime un poco al principio, pero con el tiempo lo recibirá bien; Se le tiene que estirar ese ojete. Lo que si, hay que rompérselo, bien roto para que le entre ¿Querrías hacerlo vos, Marcelo? Culearla, ser el primero en quitarle el virgo del culo-.

    -Yo ya tengo lo mío,- repuso mi marido al que no le importaban virgos de culo para nada, – y si hay que romperle el culo tendrás que ocuparte-. Yo, con la boca llena de la pija de Félix y la nariz pegada a su vientre no podía hablar; el canalla hablaba con mi marido como si nada mientras su pija me pasaba la garganta. Me sentía una piltrafa.

    -¿Crees que yo tendría que estar presente o no?- inquirió Marcelo. Antes que Félix contestara, hubo movimiento en la sala donde estaban los niños, de modo que sin alterarse, sacó su verga de mi boca y la guardó. Marcelo me dio unas palmadas en la pierna, a modo de aprobación. Yo no podía levantar la vista del suelo, mientras acezaba recuperando el aliento.

    -De cualquier modo- siguió Félix como si nada, -vendré mañana a la siesta y veo de prepararla y si puedo le rompo el culo ahí nomás ¿Te parece? No quisiera lastimarla, o lastimarla lo menos posible; pero seguro se lastima un poco. Bah, sería bueno que le duela para que sepa su condición… Después de todo lo tiene virgen, me has dicho-. Marcelo dio su Ok.

    Yo no lo podía creer. Hasta ese momento, Félix no me había visto desnuda y ahora le tendría que ofrecer mi chiquito para que lo lubrique, lo prepare y estire para que me pueda meter su poronga. Para que lo rompa. No lo podía creer; para peor, quería llorar pero ya no tenía lágrimas. Ya iba a aprender en el tiempo que venía lo que era el dolor, el llanto y la humillación.

    Al día siguiente a la hora de la siesta, Félix llamó la puerta como siempre. Lo recibí con la mirada en el suelo y no supe qué hacer; temblaba de miedo y de humillación, pero estaba sometida de modo que le pregunté:

    -¿Qué quieres que haga? ¿Saludo mi dios? ¿Me pongo en el sillón?-. Él se rio al ver mi disponibilidad y sumisión, pero no tuvo un gesto de ternura, se limitó a ordenarme:

    -Si- contestó-, al sillón pero de rodillas en el asiento y apóyate en el respaldo con brazos y cabeza-. Me llevó de la mano y me acomodó. El desgraciado me quería hurgar el ojete antes de rompérmelo y así fue; se arrimó por atrás, me levantó delicadamente la pollera y bajó mis bombachas, dejándome expuesta, y se entretuvo un largo rato mirándome mis intimidades. Mi humillación no podía ser mayor. Luego tomó mis glúteos y los separó, dejando mi ojetito expuesto, mi agujerito virgen, que tocó con un dedo exclamando:

    -¡Pero sí que está virgo! Era cierto ¡Qué lindo es! Y tener que romperlo… -y lo acarició en forma circular entreteniéndose un rato; jamás me tocó la cajeta, que si hubiera hurgado sabría que estaba seca. Después fue apoyando en mi ojetito otro dedo, que estaba lubricado y entró en mi culito no muy fácilmente, provocándome un sollozo reprimido que Félix interpretó como un gesto de satisfacción, porque ahí nomás me dijo:

    -Disfrute señora, que cuando se lo rompa le va a doler y sabrá quién manda -y sin más me metió otro dedo enaceitado, arrancándome un ay de dolor. Sus dedos eran gruesos.

    –Aguanta querida, aguanta; No habrás pensado que era verdad que no te haría doler y que tendría cuidado al rompértelo. Ya te acostumbrarás pero se tiene que romper- me dijo con tono profesional, tratando de demostrarme que me haría doler sin piedad. Era su primer gesto de consideración y tras sacar los dos dedos intrusos, me metió tres dedos que dejó adentro, con mi sufrimiento inenarrable. Me dolía, y cómo…, me quejaba fuertemente con ayes de dolor. Los tuvo un rato adentro, los movió sin importarle mis quejidos y cuando entendió que mi culo estaba distendido, sentí la punta de su pija tratando de entrar; me moví tratando de evitarlo y rogué sin esperanzas:

    -No, no…, Félix, dame que te la chupo, acabame en la boca… -.Fue en vano.

    -Tranquila, ya está estirado. Aflójate que te voy a romper el culo-, me fue diciendo mientras me hurgaba con su pija tratando de entrar.

    Yo no hice nada, él me tomó de las caderas fuertemente y me ensartó de golpe su cabeza provocándome un grito de dolor. Traté de huir, me corrí hacia adelante tratando de zafarme y sacarme esa pija del culo, mientras lo manoteaba tratando de empujarlo afuera, pero estaba de rodillas y contra el respaldo del sillón, era imposible. Yo había parido hijos, pero jamás había sentido un dolor como ese, la rotura, el desgarro, era espantoso. Comencé a sollozar de dolor y humillación, aplastada contra el respaldo, pero fue peor para mi, porque cada convulsión de un sollozo, sentía que entraba un poco más adentro su enorme pija rajándome el orto. Me rompió el culo. Lo que se llama que me rompió el culo. Lloré, grité, sangré, imploré, todo en vano; no tuvo piedad ni le importaba. Era su derecho, y no paró hasta que no la tuvo toda adentro y sus huevos golpearon mi vulva ¡Qué dolor! Gritaba como una posesa, llorando. Era suyo ese culo y disponía de él sin considerar a nadie.

    Me tomó entonces de los pelos obligándome a enderezarme y apoyando mi espalda contra él, me abrazó y se puso de pie sin sacármela; fue indescriptible: mis pies quedaron en el aire y su pija se enterró hasta no se dónde provocándome más y más dolor, soportando todo mi peso con el ojete ensartado. Caminó hasta mi habitación y se dejó caer de bruces en mi cama, boca abajo, conmigo ensartada, con él pegado atrás, con la sensación de que cada vez me entraba más y más profundo. Mi culito, dolorido y roto, no reaccionaba ni para cerrarse, ni cuando comenzó a moverse y me lo llenó de leche. La sacó y me dijo:

    –Limpiámela -y al ver que me movía para ir en busca de algo para hacerlo, me dio una fuerte cachetada y me completó su orden: -con la boca-. Así lo hice; no sé por qué pero obedecí y se la lamí y chupé hasta que se la dejé limpia. Pero no había terminado cuando ya le estaba creciendo de nuevo entre mis labios y riendo me dijo:

    -Miren la señora… ¿Qué tal?- burlándose de mi y luego agregó: -Le gusta mamarla y pararla-. Luego agregó: -¡Epa! Ya está otra vez ¿Por dónde la querés ahora? ¿Seguimos con ese culito? Seguro que te ha gustado y la querés otra vez-. Se la tomaba conmigo abusivamente.

    -Por favor no- supliqué -Esa pija es enorme, mira cómo me has dejado abierta; estoy toda rota, sangro, no me puedo mover. Me has roto la cola, me duele, no lo hagas-. Él rompió a reír con marcada satisfacción por haber marcado su hombría en la hembra:

    -Bueno, dale con la boca. Pero que te conste que vendré todos los días a usar ese culo hasta que me reciba como corresponde, esté lastimado o no-. Horrorizada me dispuse a chupar. Me tomó fuertemente de la cola de caballo y me la zampó hasta la garganta y tras algunos movimientos, volvió a eyacular en mi. Después se vistió y tomó el teléfono para contarle todo en detalle a mi marido:

    -La aguantó -le dijo– La ensarté sin piedad y de verdad le rompí el culo; Lo tenía muy estrecho pero se la metí a fondo. Gritó, gritó como perra pero no le hice caso y se la zampé bien; no la dejé dispararse. Si, se lo rompí bien roto, sentí cuando se le rajaba. Ahí está ahora, quejosa-, le dijo. Mi marido le preguntó algo y agregó: -Bueno, yo te dije que se le rompería, así que algo ha sufrido, pero bien… ahora le tengo que seguir dando hasta que se habitúe-. Mi marido aprobó.

    Lo que siguió fue un suplicio, un calvario. Yo tenía el culo literalmente roto, desgarrado. No podía caminar normalmente, no me podía sentar y menos ir al baño, pero él volvería al día siguiente. Se lo planteé a mi marido que me interrogó sobre los detalles y se mostró satisfecho de que me hubieran desvirgado la cola, aunque medio se enojó conmigo por ser incapaz de cumplir mis deberes de mujer sin quejarme según le había contado Félix y que no fuera capaz de disfrutarlo; me hizo que le mostrara y me metió un dedo:

    -Lastimado está, se ve que te ha roto el culo, bien roto-, me dijo a modo de comentario, pero nada más. La primera noche, no pude dormir pese a los calmantes y las pomadas que me puse para aliviar mi culito. Pero Félix no estaba dispuesto a perdonarme y vino día a día durante casi un mes, a culearme, todos los días, sin el menor cuidado, sutileza o cariño; siempre matizando su actuar con golpes tan impiadosos como injustificados. Solamente venía a culearme para que se me abriera bien la cola.

    El primer día, el siguiente al de mi estreno, apareció a la siesta y se paró como un triunfador; por mi parte, entendía que debía abandonar mi actitud pasiva de dejarme hacer impertérrita, para evitar que me volviera a culear, de modo que lo ataqué de frente pidiéndole la pija para chuparla.

    -Dámela- le pedí – Te la quiero chupar y tragarme todo. Dámela.- Aceptó gozoso y riéndose de mi, mientras adivinaba lo que yo quería evitar, pero cuando la tenía al fondo de la garganta y no podía hablar, me dio un bofetón y me dijo:

    -Buen intento chiquita, buen intento. Pero no creas que antes de terminar no te voy a volver a romper el culo-. Quedé alelada. Sacó su pija de la boca, me llevó tras el respaldo del sillón y me echó de boca sobre él, subió mi pollera, bajó mi bombacha, y así, en seco, me la mandó hasta el fondo. Fue el infierno; yo gritaba desesperada y manoteaba, mientras él reía y teniéndome aplastada contra el sillón, decía:

    -¿Duele señora? Aguante hasta que no le duela más, ya está bien abierto ese ojete-, me decía burlonamente. La sacaba y la metía, lastimándome intencionalmente. Me culeó hasta cansarse, lastimándome nuevamente, reabriendo las heridas del primer día.

    Los días fueron pasando del mismo modo: todas las siestas aparecía Félix. Yo lo esperaba vestida a su gusto como una señora, pero sin bombachas y sin una palabra de más, iba al sillón, me reclinaba sobre el respaldo, apoyaba las manos en los posabrazos y le dejaba el culo a disposición como quería Marcelo.

    Normalmente embadurnado con cremas cicatrizantes y anestésicas porque no podía caminar normalmente, ni sentarme y el bruto me volvía a abrir las heridas todos los días. Ahí echada me relajaba todo lo posible para que su enorme verga entrara sin dificultad; a decir verdad, mi culo no hacía ya resistencia alguna, estaba roto y abierto y la pija de Félix se convirtió en un conocido huésped, aunque hostil, que no tenía dificultades en entrar. Cuando la tenía adentro, además de moverse atrás y adelante, hacía un movimiento circular, ensanchando más la abertura de mi lastimado ojete. Yo, ya no lloraba ni me quejaba a mi marido. La escena se repetía: Callado, Félix no hacía más que llegar y ensartarme sin piedad, gozando de mis sollozos y mis súplicas, hasta que se vaciaba en mi; quería tenerme bien abierta y rota y vaya si lo logró.

    Luego de unos instantes, me pedía una paja y apenas mi mano había revivido su pija, me la perdía en la boca en un acto en que predominaba la brutalidad sobre la morbosidad porque la mantenía siempre al fondo, otras veces, me volvía a dar por el culo. En esos días me arrastraba por el suelo; el dolor en la cola era enorme, la irritación indescriptible y la humillación de la vejación, me destruía.

    Cuando me culeaba le gustaba abrazarme de atrás, prenderse a mis tetas, y me mordisqueaba el cuello y las orejas, pegándose a mi; a veces yo sentía alguna excitación.

    Cuando pasaron algunos meses, diría que unos dos o tres, la conducta de Félix se hizo más hostil; Ya para ese entonces me culeaba sin dificultad, y si bien la incomodidad no había desaparecido, mis dolores no eran tantos, ni estaba tan lastimada. Venía todas las siestas por lo suyo y lo esperaba yo lista y dispuesta. Ya por ese entonces comencé a sentir el sabor de su eyaculación en la boca, cuando me acababa en el culo. Yo ya ni mencionaba el tema a mi marido por temor a su reacción. Pero Félix quería más, e hizo suya la costumbre de visitarnos a la tardecita, cuando mi marido venía de trabajar y los chicos estaban en plena tarea en casa; decía venir a charlar, pero apenas aparecía sentía mi culito palpitar, sabiendo lo que le esperaba. A veces me entraba la duda de esa sensación ¿Sería que me comenzaba a gustar? Ya no quería culearme en soledad sino frente a mi marido y con el riesgo de la entrada de los chicos; agregó un componente de morbo y riesgo. En medio de la charla con Marcelo, no era extraño que Félix le dijera:

    -¿Podré?- aludiendo a la posibilidad de culearme. Para Marcelo asentía; era más importante el informativo que ese hecho, así que desde la primera vez que se lo pidió, pegó el grito para evitar interrupciones:

    -Chicos, cierren esta puerta y no aparezcan por aquí para nada hasta que les avise-. Y me dejó a disposición de su amigo, que me llevó atrás del sillón, donde Marcelo veía el informativo y volvió a romperme el culo, mientras me hacía que acariciara mi marido en la cara. Después, apenas terminado, tenía que arrodillarme frente a él y hacer mi prueba de tragasables hasta que me llenara la tripa de leche. Yo me había convertido en un animalito obediente que día a día recibía su ración de pija en la boca y en el culo a la vez que una servidora humilde del amigo de mi marido. No pasaba el día que no me echara al menos dos polvos.

    Esto duró varios años, más de dos ¿Cuántas veces me rompió el culo Félix? No lo sé, pero tengo la impresión de más que los días del año; ¿Cuántas veces se la chupé o me cogió por la boca? Tampoco lo sé. Lo que puedo contar es que Félix fue poniendo en el tema primero un componente de riesgo y luego una dosis de crueldad, mientras yo comencé a aceptarlo más fácilmente y no sé si a gozarlo.

    Ya desde que me rompió el culo, sus otras acciones querían hacerme sufrir, aunque sin confesarlo, y gozaba de mi humillación y mi sumisión, pero fue variando y ahora quería que fuese a él y no a mi marido. Le dio por hablar y decirme que traería otros amigos a culearme y que se las chupe o me cojan la boca y ante mi silencio cabizbajo, me exigía una expresión conformidad como muestra de obediencia a él, que nunca le di; no era a él a quien obedecía. Eso lo irritaba y me golpeaba. Nunca se animó a traer a nadie. Tampoco se animó a obligarme a ir a su casa donde decía que traería otros machos a culearme o a que les chupe la pija.

    Venía a casa cuando estaban los chicos y me ponía en situaciones de riesgo: me ensartaba por el culo en plena reunión parándose detrás de mi, disimuladamente. Lo peor, es que le irritaba no ser él quien determinaba mi voluntad y no poder cogerme normalmente, ni besarme la boca; Me amenazó con contar todo en el pueblo y me consta que se lo dijo a algunos amigos, pero, cuando le acusé el hecho a Marcelo replicó:

    -Nunca te ha culeado fuera de casa y quien te conoce sabe que sos una mojigata. Nadie le va a creer-, tampoco entonces tuve su amparo, pero estaba en lo cierto porque nadie le creyó aunque algunas conocidas amigas me preguntaron.

    En una ocasión tomaba sol en el patio de casa en malla; me había puesto una bikini porque nadie me podía ver y los chicos jugaban al otro lado del seto y no veían nada. Yo dormitaba plácidamente echada boca abajo, cuando de pronto se apareció Félix, que había encontrado la puerta abierta. No lo oí llegar. Sin decir palabra, se echó sobre mi, me corrió la bikini y me la zampó en el culito sin contemplaciones. ¡Qué dolor! Por Dios. Estaba seca y no me lo esperaba. Además, los niños estaban a pocos metros. No podía gritar ni quejarme, ni hacer escándalo. Pero no le importaba nada, me aplastó contra el suelo y me culeó sin piedad, dejándome echada, con él encima, durante un largo rato, después que terminó.

    Ensayó mil variantes; decía que quería ir conmigo a misa para culearme en la iglesia, lo intentó en un acto del colegio en las tribunas y me salvó una madre que buscaba un hijo. Una vez, en el cine, me culeó dos veces.

    En fin, mil variantes. Pero no hay mal que dure cien años y con el correr del tiempo este salvaje mutó de su crueldad y se enamoró de mi; no le bastaba disponer de mi boca y mi culo, quería que lo quisiera y lo obedeciera, que lo que hacía no fuera por orden de mi marido sino por él, que por él le permitía que me ensartara por el ojete y me violara la boca, deseaba que me fuera con él, que dejara marido e hijos, se había vuelto loco. A tal punto era, que tenía celos de mi marido y comenzó a exigirme que le besara la boca o le diera mi cajeta; me negué terminantemente.

    Me interrogaba y me hacía escena porque cogía yo con mi marido y a veces no me dejaba respirar con la pija clavada en la boca, irritado por saber que había tenido una noche de amor con Marcelo. Yo sabía bien que mi marido eso no lo aprobaba. Además, tenía claro que por darle un beso en la pija terminé con toda la poronga en la boca y su leche en la garganta, y no estaba dispuesta a nada más. Además que mi marido había dicho que no, y yo le pertenecía a él y solo por seguir sus órdenes me había dejado sodomizar y practicar sexo oral.

    Ese fue el fin del episodio Félix, porque cuando mi marido lo supo, sin enojarse, serenamente, lo llamó y puso fin al asunto.

    -Basta Félix, te estás pasando. Buscate otra que te ayude. María M no te va a hacer la paja más, ni te va a prestar la cola. Sigamos amigos, pero basta. Ya te dejé romperle el culo y te ha aliviado durante años, pero no quieras quitarme mi mujer -le dijo Marcelo, sin aceptar réplicas.

    Ya van dos meses sin que Félix me culee, ni me coja por la boca y mi familia sigue intacta.

  • Le doy mi culo a cambio de su ayuda

    Le doy mi culo a cambio de su ayuda

    Durante mi vida he recibido muchas propuestas sexosas que no me espantan ni nada, nunca falta el idiota caliente que me propone coger con él a cambio de cada cosa, admito que a veces acepto y a veces solo me rio.

    Recién había fundado mi propia empresa y necesitaba clientes para comenzar a crecer, así que me comencé a mover con mis contactos y poco a poco comenzaba a hacerme de una cartera de buenos clientes, pero había uno en especial, una empresa grande y me creí afortunada ya que el comprador era un viejo conocido, su nombre es Eduardo.

    A él lo conocí en una empresa donde trabajaba de secretaria, siempre fue muy serio, pero a leguas se le notaba la cara de degenerado que tenía, pero bueno, el punto era que él había aceptado negociar conmigo, iba a ser el filtro entre mi empresa y la suya, yo me sentía con confianza, sentía que Eduardo me daría la entrada a esa empresa así que acepté reunirme con él en un típico lugar de alitas y cerveza, todo con tal de cerrar tratos.

    Llegué puntual a la cita y él ya me esperaba, nos saludamos como si fuéramos amigos de años, inmediatamente ordenó unos tarros de cerveza y comenzamos con la charla, que al principio fue de cómo nos iba, me preguntó por algunos ex compañeros, todo bien y finalmente comenzamos a negociar, yo sabía que si nos reunimos era para que él se llevara algo, así que como buena negociante le ofrecí el 5 por ciento de cada compra, lo cual era un buen negocio para él, yo me llevaría unos 55 mil pesos y su comisión seria unos 5 mil pesos por no hacer nada, cualquiera hubiera aceptado, pero él tenía otra idea…

    C: ¿Como ves? Es una buena cantidad-

    E: No sé, es cierto, pero no me convences-

    C: Jajá, avaricioso el muchacho, me gustaría darte más, pero estoy empezando así que lo único que te ofrezco es esa cantidad.

    E: Bueno, viéndolo de ese punto, igual puedes ofrecerme algo diferente.

    Estúpidamente al principio no pillé su propuesta, le ofrecí algunos clientes para su empresa y cosas de suministros, pero Eduardo tenía otra idea.

    E: Bueno, esperaba que lo dedujeras, pero seré más directo, quiero cogerte-

    Yo me quedé muda, solo miré alrededor a ver si no nos escuchaban, él con una gran sonrisa y mojándose los labios esperaba mi respuesta.

    C: Vaya, pensé que eras más listo.

    E: Cindy, tu ganarás más de cincuenta mil pesos en cada tracción, mientras tu ganes un millón yo apenas ganaría cincuenta mil, pero siempre me has gustado y acepto tus cinco mil con la condición de que cojas conmigo.

    C: Así que no solo quieres dinero eh, vaya que si me saliste abusador.

    Yo estaba molesta, sabía que él era un perro, pero me tenía contra las cuerdas, si él decía que no, no ganaría ser la proveedora de esa empresa, él tomaba su cerveza y sonreía sarcásticamente, mi respuesta significaría el futuro de mi nuevo negocio, así que pensando en el futuro tomé la siguiente decisión.

    C: Sabes mover tus piezas, sabes que ahora no tengo de otra más que negociar contigo.

    E: No lo veas así, una vez dentro igual puedes brincarme, yo también corro riesgo, por eso te propongo eso.

    C: Bueno, creo que está bien, es solo sexo, así que te daré lo que quieres,

    E: ¡Excelente decisión! Pero aun no te digo bien que quiero.

    C: ¿Qué? ¡No me vengas con pen…!

    E: Tranquila, no quiero trato de novios o así, de hecho, solo quiero anal.

    C: ¡Diablos, que loco estas!! ¡Jamás!

    E: Como veas, te confieso algo, jamás he hecho anal, mi esposa no se deja, dice que la lastimo y tú te ves tan cogible, tienes unas nalgas tan ricas, apuesto que aprietas delicioso, quiero estrenarme en ese rubro contigo.

    Ahora solo tenía sentimiento de coraje y odio, ese cabrón me tenía súper enojada, ni con las personas que de verdad deseaba les daba mi ano, pero, por otro lado, tenía razón, una vez dentro yo ya me podía mover sola, así que como toda una puta acepté su propuesta.

    Él orgulloso del trato que consiguió pagó la cuenta y salimos rumbo al hotel. El acuerdo era tener solo un polvo, sería anal y con eso él me compraría los suministros y me daría la entrada a esa gran empresa.

    En el camino me iba contando que tuvo experiencias sexuales con varias compañeras, una de ellas es con quien Luis y yo tuvimos sexo y era nada más y nada menos que Elizabeth, también estaba Rosalba de ventas, una madura chechona que terminó cogiendo con él y la última era Rosalía, la encargada de logística una mujer nada agraciada, pero que también se la metió, en fin, al parecer había caído en su trampa y no me quedaba más que cumplir mi parte del trato.

    Nos metimos en un hotel que estaba cerca de la plaza a la que fuimos, él estaba ansioso, le pedí se fuera a lavar y me dejara fumarme un cigarro, por primera vez en años estaba tensa.

    Eduardo salió desnudo y vaya que me sorprendí y no porque tuviera una verga grande y hermosa, no, apenas alcanzaba los 14 cm de largo, pero era súper gruesa, jamás en la vida había visto una verga tan gruesa, más gruesa que las de Luis y Juan, más gruesa que la del negro que me cogió, de verdad era un verga gorda.

    E: ¿Sorprendida nena?

    C: ¡Para nada! ¡Bueno a lo que venimos!!

    E: Espera, desnúdate, vamos quítate suavemente tu ropa.

    Cumplí su orden, comencé a quitarme la ropa suavemente, primero mi saco, luego mi blusa, bajé lentamente mi pantalón quedándome en tanga y brasear, me di la vuelta modelándole mis nalgas y me quité mi brasear, él aullaba como perro, estaba súper caliente y me dijo que me dejara la tanga.

    Subí a la cama, él trató de besarme, pero lo detuve, él sonriendo comenzó a mamarme las tetas, su lengua se encargaba de mis pezones que, a pesar de estar prácticamente obligada a eso, no podía evitar sentir muy rico cada que me chupaba.

    Sus manos acariciaban mis piernas y mis nalgas, su boca iba de mis tetas a mis muslos y a mis nalgas, su lengua dejaba su rastro por todo mi cuerpo, la verdad poco a poco me comenzaba a calentar.

    Me acostó boca abajo y su lengua me daba un rico masaje en la espalda, sentía su dura verga en mis muslos, él estaba disfrutando de mi cuerpo, lentamente me hizo a un lado mi tanga y su lengua comenzó a chupar mi coño, que reaccionó humedeciéndose todo.

    E: ¡Que rico mamita!

    C: ¿Ya vas a entrar?

    E: Espera, ¡no llevo prisa!

    Ahora mi clítoris era chupado y lamido, sus dedos comenzaron a sobarme mi ano, su lengua lamia mis nalgas y un par de pequeñas nalgadas acompañaban el acto, lentamente comenzó a lamerme mi ano, un rico beso negro recibía de su parte, mis pezones estaban duros como rocas, mi vagina escurría y lentamente mi ano se dilataba estaba a punto de ser penetrada por su gruesa verga.

    Sacó de su mochila un lubricante y comenzó a roseármelo alrededor de mi ano que ya estaba dilatado, puso un poco en su cabeza, yo le recriminé y le exigí el condón, pero él sonriendo me dijo que ni loco, que si sería la única vez que sería sin condón, no me quedó de otra que voltear mi cara al frente y esperar su verga.

    Eduardo abrió mis nalgas con sus manos y me empinó toda, colocó su cabeza en la entrada de mi ano, sentí su grosor y escalofríos me recorrieron el cuerpo, me iba a reventar literalmente mi culo.

    Sentí como su cabeza entraba, lancé un enorme quejido, la respiración agitada de Eduardo delataba que le estaba costando trabajo entrar, me escupió en mi ano en repetidas ocasiones y de alguna forma logró que su cabeza poco a poco entrara, yo gritaba, el dolor era inmenso, claramente oía como todo se me rasgaba y se abría, me tomó de la cadera y se impulsó, finalmente su cabeza había entrado, yo sudaba frio, escalofríos me recorrían y gritaba como nunca antes lo había hecho.

    E: ¡Ah, que rico, uhm!!

    C: ¡Ah!!! ¡Me duele!!

    E: ¡Tranquila, pronto pasara, una vez que entre todo!!

    C: ¡Que!!! ¡No mames!!!

    Eduardo cumplió su amenaza y me empezó a meter todo su vergón, yo gritaba y casi lloraba al sentir como entraba y me rompía mi ano, luego de varios movimientos finalmente la tenía toda adentro, no sé cómo soportaba estar tan abierta, el muy idiota había logrado su meta, me tenía empalada.

    E: Ah, cariño, ¡esto es la gloria!

    C: ¡Hay sácala, ah!!

    E: ¡Ni madres, ahí voy!

    C: ¡Agh!!!

    Me tomó del cabello y empezó a moverse, sentía su verga mover todas mis entrañas, sentía que vomitaría, que me sacaría la popo, Eduardo me estaba destrozando mi ano.

    Sus embestidas eran fuertes y rápidas, me daba de nalgadas, me jalaba el cabello, me trataba como una puta y al final creo que en eso ya me había convertido, poco a poco su verga se movía con más libertad y del dolor empecé a pasar al placer.

    E: ¡Agh, si mi amor, que rico culo!!!

    C: ¡Ah, que gruesa!!!

    E: Muévete nena, ¡mueve tu rico culo!

    C: ¿Ah, sí, así te gusta?

    E: ¡Oh!!! ¡Qué rico, me matas!!

    C: ¡Tú eres el que mata, ah!!!

    Eduardo me tenía en la lona, yo babeaba las sábanas, me mordía el brazo, pero también movía mi cuerpo para gozar esa gruesa verga en mi culo.

    Era su puta, ya le pedía más, me movía en círculos, aullaba como loba, le impedía salirse, me movía rápido y él también, de pronto comencé a escurrir de mi vaina, me había hecho correrme, el bastardo no solo me había abierto el ano si no que me había hecho tener un orgasmo algo que no creí que pasaría.

    C: ¡Ah, dios mío!!!

    E: ¡Asia mí, uhm!!!

    C: ¿Ya te vas a venir?

    E: ¡Si, ya casi, uhm!!!

    Sus movimientos se aceleraron, me jalaba el cabello con violencia, me decía groserías, pero yo estaba gozando de sus embestidas, sentí como sus huevos se endurecieron y en un movimiento salvaje Eduardo comenzó a llenarme de semen.

    C: ¡Si, uf!

    E: ¡Cindy!!! ¡Ah, que rico!!!

    Terminó exhausto arriba de mí, quedamos pegados como perros, una vez pasado el orgasmo y el placer me dolía el ano incluso no me podía levantar, el burlón me decía que estaría bien, pero que tenía que irse, que no me preocupara que el lunes recibiría mi contrato.

    Me sentí una pendeja, él se atrevió a dejarme ahí, adolorida y llena de su semen, una vez recuperé mi sensación y pude caminar, me limpié y salí aun con dolor.

    Pero Eduardo cumplió el trato y me volví la proveedora de suministros de su empresa y le daba su comisión, aunque tres meses después fue despedido debido a que una de sus trabajadoras lo acusó de acoso sexual, ni hablar, se quedó sin nada, pero al menos puede contar que me dejó el culo partido.

    Con cariño Cindy.

  • Hetero musculoso macho guapo es violado por un grupo de gays

    Hetero musculoso macho guapo es violado por un grupo de gays

    Un grupo de chicos gays con el que suelo salir muy a menudo estábamos en busca de heterosexuales borrachos para cumplir nuestras fantasías y bajarnos la calentura. Nos habíamos puesto de acuerdo a reunirnos el fin de semana pasado, sí, mucho antes de la cuarentena. Total, todos llegamos y empezamos la party en una de las casa de uno de los chicos del grupito.

    Para casar heterosexuales debes de ser muy discreto, es decir, no ir de golpe, bueno… eso si no quieres cazar chichifos, porque si los quieres entonces tienes que seguir otros pasos. Fuimos a unos antros y bares en el centro, nos la pasamos bastante bien divirtiéndonos y bailando, pero sin beber demasiado.

    Ya pasado de la medianoche nos fuimos a un antro bastante normalón. El chiste era cazar a alguien heterosexual, ya sabes, que nunca ha probado una verga. No sé porque razón esto nos excita demasiado, tipo que seas el primero que lo penetre o que se la chupe. Así que para las 2:00 a.m. ya habían varios chavos que estaban súper pedos, en especial había una mesa llena de bombones aparentemente heterosexuales que se la estaba pasando muy bien.

    Dentro de la mesa, sobresalía uno que estaba uff… en su punto bueno. Imagínate, si todos eran guapos este era lo más hermoso que mis ojos habían visto. Entre mis amigos nos pasamos la ficha, así le decimos cuando detectamos a nuestra víctima. Entre todos tenemos una forma de cazarlos, nos repartimos en diferentes posiciones siempre rodeando a la presa, esto es para que si va algún lugar, mínimo uno de nosotros tiene que verlo a donde se va o que va a hacer para ahí atacar en grupito, y así fue, esta técnica es infalible. Obvio, tenemos un grupo de Whatsapp en donde cuando estamos de cacería nos mandamos mensajes para ver que hace nuestra víctima.

    Mi amigo nos había dicho que nuestro pedazo de carne se había separado de su mesa, se había ido a baño. Para allá nos fuimos todos para cazar a la presa. Tenemos que ser muy discretos pues siempre hay alguien que cuida las puertas y uno que otro despistado. Entramos todos y si, ahí estaba el en los orinales sacando su verga sin pudor. Yo cuando entre solamente pude notar esas riquísimas nalgas, esas que me decían que nunca habían sido perforadas por un hombre. Mi calentura aumento.

    Dentro del baño uno de mis amigos le hizo la plática, que tal se la estaba pasando y etc., otro también lo abordo para que se sintiera en confianza, y si, con todas nuestras ganas evitando lo más probable de verle la verga para que no sospeche porque el truco es no ser tan obvia, es mas, entre mas macho heterosexual luzcas, estos te toman confianza mas rápido.

    Entre broma y broma lo invitamos a la mesa, una buena dotación de cervezas no puede faltar. Recuerda que tiene que estar borracho para que ya sea mas fácil dominarlos. Sin pensarlo aceptó cuando lo retamos a un «fondo, fondo, fondo» nadie se resiste a eso y eso nos ayuda a empedarlos aún mas.

    De cerca era mucho mas guapo, tenia unas facciones bastaste masculinas pero a la vez conservaban la inocencia de un niño, era una combinación excitante entre ese cuerpo de hombre y la cara tierna. Las nalgas no las podía sacar de mi mente, redonditas, paraditas, vírgenes… ya quería llevarlo a la casa.

    El chavo se veía bastaste a gusto con nosotros y como todo hetero andaba jode y jode que quería ligarse a una chava y llevarla al departamento y no sé qué más. Ya como a las 3:00 a.m. nos decidimos retirarnos a hacer nuestras fantasías realidad. Durante la hora que estuvo en nuestra mesa, había notado sus perfectos brazos, su pecho hermoso con la camisa desabrochada… de verdad que era una delicia de espécimen masculino.

    Le dijimos que nos íbamos a retirar, que habían dicho que unas amigas querían seguir la peda pero en la casa de uno de nosotros, que ellas estaban en otro antro y que allá nos iban a alcanzar. El chavo pregunto si estaban buenas nuestras amigas a lo que nosotros le dijimos que además de buenas eran unas putas. Su sonrisa se ilumino dándonos un espectáculo a todos lo que estábamos en la mesa y sin perder mas tiempo nos fuimos al departamento donde le haríamos las mas bajas aberraciones sexuales.

    Nos subimos al coche de un amigo, yo iba en la parte de atrás con otro amigo y en medio llevábamos a nuestro trofeo de la noche. Para esto, mi amigo en la mesa le había pedido su celular para hacer una llamada. Se había metido a su Whatsapp y tenía un mensaje de una amiga que lo estaba buscando. Mi amigo se había hecho pasar por Adrián, así se llamaba el hetero, y le había contestado que había encontrado con quien pasar la noche, que después platicaban. La chava contesto bastaste seca con un «Ok,» como que se había enojado la pendeja, pero equis… la presa ya estaba servida.

    Adrián ya estaba mas pedo que consciente. Llegamos a la casa y lo invitamos a pasar, en la casa como ya habíamos hecho el pre-copeo había mas alcohol. Nosotros no queríamos dormirlo, porque queríamos escuchar sus gemidos cuando lo penetráramos, queríamos ver como se resistía así que solo le dimos mas alcohol y le dijimos que nuestras amigas vendrían en unos minutos.

    Ya bastaste borracho Adrián y nosotros con las vergas a full, fuimos poniéndonos mas y mas cómodos. Invitamos a Adrián a hacer lo mismo, él puso un poco de resistencia al querer quitarle la camisa pero aflojó más cuando nos vio a nosotros hacer lo mismo. Pusimos la tele y había música. Afortunadamente para nosotros, los vecinos de mi amigo no estaban, habían salido, así que disfrutaríamos a este pendejo sin que nadie nos descubriera.

    Ya en la sala, nos dimos la señal de empezar. Yo me senté frente a Adrián y mis amigos a un costado de él. Poco a poco mis amigos lo fueron manoseando, ya sabes, que ja, ja, ji, ji, manita en la pierna y subiendo poco a poco. Adrián se asustó bastante cuando uno de mis amigos puso su mano entre su bulto, dijo que mejor se retiraría porque ya estaba bastante borracho y nuestras amigas no venían. Nosotros le dijimos que no se podía ir, que él era la presa de la noche.

    Al escuchar esto, Adrián se molestó, aventando a uno de mis amigos lejos de él y levantándose bruscamente, pero el licor le jugó una mala pasada y apenas avanzo unos pasos cuando dos de nosotros la lo teníamos sujetándolo por la espalda. Adrián empezaba a poner resistencia, intentando defenderse de las morbosas manos que recorrían su cuerpo, dando unos golpes al aire y uno que otro a nosotros.

    El alcohol jugo de nuestra parte porque sus movimientos torpes no pudieron derribar a los 5 pervertidos que nos encontrábamos manoseando su cuerpo. Mis manos recorrían a ese muñecote, mis manos se metían en su camisa desabrochada ya bruscamente por nosotros, con algunos botones rotos y tirados en el piso, tocando sus abdominales perfectos. Otros le tocaban el paquete, apretando su verga y marcándose por el pantalón, otro amigo le manoseaba las nalgas.

    Jalándolo a la fuerza lo llevamos en la habitación. No había retorno, estábamos muy calientes y solo queríamos deslecharnos, Adrián seguía poniendo resistencia intentándonos golpear, diciéndonos de groserías y retirando nuestras manos de su cuerpo. Veíamos una mirada de impotencia, de frustración, de asco, de odio en su rostro, aquel rostro aniñado ahora tenía una forma más varonil con todas estas sensaciones juntas.

    Ya nos habíamos enojado un poco pues nuestra presa estaba bastaste alebrestada, queríamos manosearlo bien, mamarle los pezones perfectos que tenía, las nalgas suculosas que se le marcaban y meternos la verga en nuestra boca hasta atragantarnos. Queríamos poseer a ese macho YA y él no se estaba dejando, lo que nos excitaba mas. Uno de mis amigos lo agarro por la espalda como en típica pose de secuestro, levantando sus manos al aire, mientras otro le propicio un puñetazo que le saco el aire. Al pasar esto, el que lo tenía por la espalda lo aventó al piso. Otro más lo agarro y lo dejo en la cama.

    Nuestra presa se intentaba recuperar del ataque pero nosotros nos aventamos a su espalda dejándolo boca abajo. Mientras dos lo sujetaban de arriba, dos mas lo desvestíamos. Le quitábamos esos jeans que no hacían justicia a las deliciosas piernas y nalgas que ocultaban, era una delicia. Tenía unas piernas grandes, musculas, velludas, de hombre, de macho. Sus nalgas competían fuertemente con sus piernas, yo me pedí en esas hermosas bolas de carne, parejitas, sin pelitos, que pedían ser penetradas YA, que pedían nuestras leches aunque el dueño no lo quisiera.

    Yo fui el segundo en comerme ese culo- Mientras nuestra presa luchaba por salir de ahí, dos se ponían arriba de él, mientras otros dos le sujetaban por las piernas y solo uno disfrutaba de las nalgas. Cada uno de nosotros paso su lengua en ese asterico hasta ahora virgen. Íbamos cambiando de posiciones para que todos pudiéramos disfrutar de ese trozo de carne que estaba a nuestra merced. Lo nalgueamos hasta que nos ardió la mano a nosotros. Las nalgas de Adrián habían quedado rojas, rojas, rojas… lo habíamos mordido, lo habitamos desvirginado con 5 lenguas diferentes, le habíamos hecho cosas que él jamás pensó que alguien le haría.

    Y si, llego la hora de comerse la verga. Lo volteamos con mucha dificultad pero la multitud le gano a la fuerza, y el alcohol nos estaba haciendo todo mas fácil. Nosotros ya sin nada de ropa, empezábamos a besarlo y el macho de Adrián también iba perdiendo fuerzas al saber que no había escapatoria. No hacía las cosas mas fáciles pero si, su resignación la notábamos.

    Cada uno probo ese rico trozo de carne, todos nos lo metimos por la boca, mientras esto pasaba, uno de nosotros se sentaba en el pecho y le daba de cachetadas al macho, para dominarlo, para amansarlo, para hacerle entender que solo era un trozo de carne a nuestra merced. Lo escupíamos en la cara, lo humillábamos todo lo que queríamos. Le dábamos a probar nuestras vergas que al inicio no quería pero con unas buenas cachetadas y amenazándolo de golpearle en los testículos si nos mordía lo amansamos, lo adiestramos a tragarse 5 vergas diferentes, 5 vergas que estaban escurriendo leche en honor a él.

    Abría la boca con resignación, y cuando no quería, los bofetones en su cara lo obligaban a abrirla. También lo besábamos de la forma mas morosa posible. Le lamíamos los labios, la cara, los ojos, las orejas, metíamos la lengua en donde quisiéramos, ya te imaginaras, aquello era todo un festín. Mamábamos sus pezones como hambrientos becerros que buscan alimentarse. De su verga ya no te cuento, succionábamos como si fuéramos maquinas buscando el líquido dorado. Adrián solo se retorcía de dolor al estar sometido a todas las atrocidades que le hacíamos. Tenía algunas lágrimas en su rostro.

    Cuando llego la hora de hacerlo puto, de dejar de ser virgen este comenzó a suplicarnos que no, que no era de esos, que a él jamás le habían gustado los hombres y que le desgraciaríamos la vida, que ya no volvería a ser hombre. A nosotros solo nos excito más… la situación la definíamos nosotros no él.

    Todos tomamos posesión de ese culo, jugamos piedra papel y tijera para ver quién sería el primero en estrenar semejante cosota. Ese culo heterosexual esa noche se comió 5 vergas.

    Espero que te haya gustado mi relato.

  • Layla, una carita angelical, un culo divino

    Layla, una carita angelical, un culo divino

    Conocí a Layla en mi segundo semestre en la universidad y aunque ella no era estudiante, vivía en los apartamentos donde me había cambiado, pues realmente nunca me gustó compartir habitación con nadie más y es que soy partidario de la higiene y el orden y mi compañero de habitación era un tanto desordenado y también a mi me gusta mi privacidad.

    Layla vivía en el piso superior y desde la primera vez que la vi me llamó la atención. Es ese tipo de chica que viste sensualmente. Tenía una sensual figura y una carita angelical con unos preciosos ojos azules. Siempre me dio la idea que trabajaba de bailarina erótica o era de esas chicas que se dicen llamar edecanes en un negocio clandestino para no ser evidente la prostitución de la alta clase. Realmente era muy hermosa, a cualquier hombre le llamaba la atención de cómo lucía, pues su trasero y sus curvas realmente eran divinas. Algunas veces la vi en la piscina luciendo un pequeño bikini que lo demás lo dejaba a uno a la imaginación. Era una chica simplemente hermosa.

    Algunas veces me sonrió y me saludó de cortesía, pero nunca hicimos plática cuando nos cruzábamos en los pasillos o en la alberca del complejo de apartamentos. La plática llegó cuando estábamos en la lavandería, pues al igual que ella había notado que los viernes al mediodía, era cuando menos ocupado estaba. En cierta ocasión me hizo saber que la secadora que usaba estaba ya disponible. La vi salir con su cesta y tan pronto metía mi ropa a la secadora divisé que había olvidado una prenda interior. Era un bikini diminuto a rayas de tonos azules, del cual me lo quedé simplemente para luego hacer volar mi imaginación.

    No sé si lo hacía adrede, pero en otra ocasión pasó lo mismo y esa vez había dejado una tanga de color fucsia, la cual también me la quedé, pues esta vez me di cuenta hasta que se había secado mi ropa. Por estos días hablábamos poco… era una distanciada amistad, si es que se le podría llamar amistad, la verdad que la comunicación era breve y me tomaba el tiempo para poderla admirar desde la distancia, pues Layla se miraba divina en sus pantalones deportivos ceñidos a su cuerpo o con esos pantalones cortos, que realmente eran cortos casi mostrando las curvas de sus nalgas. A muchos de los machos que vivíamos ahí nos volvía locos.

    No recuerdo precisamente el tiempo que pasó, pero una madrugada me despertaron los jadeos y gemidos de Layla. Podía escuchar el golpeteo de una cama que llevaba ese ritmo de un vaivén de una tremenda cogida. Me puse a imaginar la follada que le estaban dando a Layla y saqué sus calzoncitos olvidados para imaginar el culo que este tipo con suerte se estaba cogiendo. Esto ocurrió en varias ocasiones y siempre a estas horas de la madrugada. No me la pajeaba pues nunca me ha gustado la autosatisfacción y también por estos tiempos, tenía la suerte de tener varias chicas con quien desahogar estas presiones y prefería guardar las fuerzas para estas chicas, que simplemente pajeármela. Aquello me excitaba, pero solo elevaba la presión para buscar a una chica en la universidad y dejarle ir un par de palos.

    La verdad nunca la vi subir o bajar del apartamento acompañada de nadie. Las pocas veces que la vi salir siempre iba bien maquillada, seductoramente vestida y es por eso por lo que siempre me dio la idea que trabajaba como edecán o chica de compañía. Si hubiese estado seguro de ello quizá le hubiera preguntado su precio, pero nunca tuve el valor. En esos días ella tenía 22 años, pero su carita angelical le ponía con un rostro juvenil de una chica de menor de edad. Supe su edad porque equivocadamente alguien llegó con un ramo de rosas y un globo de cumpleaños con el número 22, el cual terminó dejando en mi apartamento, pues Layla no atendió la puerta en esa tarde.

    Todo cambió con un temblor o terremoto que nos sorprendió también en la madrugada, la cual dejó congelada a Layla del pánico, pues era la única que no salió a las primeras de su apartamento. Todos nos recordamos de ella y fui yo quien subió y asistió a Layla a bajar del segundo piso de los apartamentos. Estaba en solo una bata y su sala parecía un caos, pues un estante de un gabinete se vino abajo con los platos y cristalería y como no encontraba zapatos, no podía salir para no herirse en los cristales rotos. Yo la cargué y le puse de pie ya a la salida de su apartamento y luego le llevé una cobija mía, pues ese día era un día fresco en el área de la bahía de San Francisco.

    Era tanto el pánico de Layla a otro temblor que por esos días terminó quedándose en mi apartamento que estaba en el primer piso. Y es de esta manera que me vuelvo más cercano con ella. Duerme en el sofá, que también se hace cama y se baña con las puertas abiertas y algunas veces le miraba solo con una toalla cubierta. Sube solo para tomar ropa, y regularmente me pide a mí que le acompañe. Creo que todos los demás hombres alrededor me tienen envidia, pero para su mala suerte, la mayoría son casados y yo estoy soltero viviendo a solas, y ahora acompañado de esta hermosa chica. Los primeros tres días fueron rutinarios, pero el fin de semana llegó y el viernes yo no tenía clases en la universidad y ella salía del apartamento cuando yo salía y regresaba cuando yo estaba ahí. Recuerdo que le pregunté por su trabajo y ella me dio una especie de respuesta misteriosa. -¡Es mejor que no sepas a que me dedico! -me dijo.

    Tenía una pequeña maleta que regularmente llevaba y en cierta ocasión la abrió cuando yo estaba presente y tenía un paquete de billetes que podría calcular en varios miles. Problemas de dinero no tenía y sus hábitos de consumidora eran de los caros. Tenía un vehículo de lujo y su ropa era de diseñadores de renombre y al igual sus zapatos y bolsos. Y era por eso por lo que sospechaba que se dedicaba a la prostitución de la alta clase y su respuesta de esa manera me lo insinuaba.

    Aquel viernes me invitó a desayunar a un restaurante y luego pasamos a traer un coñac cuyo costo era de unos cien dólares en los últimos años de los ochenta. En esa tarde nos tomamos algunos cuantos tragos mientras mirábamos televisión y quizá por el valor que me dieron los tragos, le hice saber que tenía dos de sus prendas íntimas que había dejado olvidadas en la secadora y que no se las había regresado por no hacerla sentir incomoda, pero la verdad que a mi me daba pena mencionarle o regresarlas. Me miró algo sorprendida y me pidió mirarlas.

    -Si. – me dijo. -Esa tanga color fucsia me gustaba tanto, que la he buscado y buscado sin dar con ella… y mira, tú la tenías. -Luego me hacía un cuestionamiento un tanto pícaro e incómodo: -¿Y por qué te la has guardado y no te deshiciste de ella?

    -¡No sé! Pensé quizá algún día poderla regresar.

    -¿Te gustan las chicas en tanga? -me preguntó enseguida.

    -Creo que a todos los hombres nos gustan. – le he contestado.

    -¿Quieres verme en tanga?

    -¿Quién no? -le he dicho.

    -Espera. -me dijo, como si me fuese a ir.

    Se levantó, buscó en la radio música y comenzó a hacerme un strip tease o baile mientras se desnudaba. Realmente no me lo podía creer. Esa chica que tanto me gustaba y la deseaba estaba ahí desvistiéndose ante mí. Llevaba una camisa de algodón de una marca deportiva reconocida, pantalones vaqueros bien ajustados a su hermoso cuerpo, cuando se removió la camisa quedó con un sostén color negro de una copa C. Ya la había visto en bikini en la piscina y conocía su abdomen plano, pero es una delicia verla que se desviste. Remueve su sostén y me lo lanza a mi rostro… huelo el perfume de su piel. Remueve sus zapatos tenis para poder remover lentamente y con pausas sus pantalones vaqueros. Baja el cierre y veo un bikini negro que contrasta con esa piel blanca. Se toma su tiempo para solo quedar con solo el bikini. Me dice que pasara al baño y que el espectáculo continúa.

    Salió cubierta con una toalla solo mostrándome sus pechos con una areola clara y pezones medianos los cuales se miraban erectos. Poco a poco se deshace de la toalla y puedo ver que viste esa tanga fucsia que le he regresado. Se me acerca y me pone las nalgas en mi cara y las mueve con un ritmo muy sensual. También me sacude sus pechos en mi cara. Layla me sonríe con esa mirada bien maquillada y picara. Se sienta en mis piernas y puede sentir que me paquete esta tenso y me dice al oído: ¡Tu amiguito está despierto, se levantó! -Me gusta su perfume, me gusta esa coquetería erótica que muestra. Ella se siente muy confiada como si este fuese una rutina muy bien ensayada y es por eso por lo que siempre pensé que Layla a esto se dedicaba. Se sentó en mis piernas y me preguntó:

    -¿Te gustó el strip tease?

    -¡Me encantó! -le dije.

    -¿Estas excitado?

    -¿No se me nota? -le he dicho.

    -¿Puedo verla?

    Por ese tiempo solo usaba calzoncillos estilo bikini, pues varias chicas me habían dicho que se me miraba impresionante mi paquete. Layla me removió el cinto y luego me desabrochó el pantalón bajándome el cierre. Llevo hasta ahora las palabras que me dijo, pues creo que solo a ella le he escuchado esta expresión: ¡Pobrecita, está llorando! – Era obvio que había mojado ya mis calzoncillos, pues ver a esta chica vestida excita y ahora ya podrán imaginársela solo vistiendo una tanga. Hizo que me pusiera de pie y me bajó completamente el pantalón y me liberó la verga, la cual tenía un movimiento hacia arriba producto de la presión sanguínea de mi excitación. Layla la tomó en sus pequeñas manos y me dio su sorprendida apreciación:

    -¡Tienes una hermosa verga! Realmente me gusta y se mira de antojo.

    -¿Podría verte totalmente desnuda? -todavía llevaba la tanga.

    -Te voy a dar el honor a que me quites la tanga.

    Me bajé para poderle despojar de su prenda íntima y veo una conchita preciosa, totalmente depilada y de labios pequeños y de clítoris escondido. También ella había mojado su tanga, pues un hilo de sus jugos se extendió cuando la removía. Tenía un culo perfecto, con esa marca que le deja el bikini que usa. Pensé comenzar a darle un oral y ella así lo intuyo, pero me tomó de la mano y me dijo que primero nos diéramos una ducha. Se amarró su cabello rubio y nos introdujimos a la pileta del baño. Nos comimos a besos y entre enjabonarnos y restregarnos el uno al otro, ya removido el jabón nos dedicamos a comernos el uno al otro. Me di gusto mamando sus pechos, le mamé la conchita y el culo desde atrás, pues solo dobló su espalda para ofrecerme ese rico y perfecto trasero. Ella me devolvió el favor y se metió mi verga lo más que pudo, lo cual le provocaba un ahogamiento, pero que una y otra vez repetía. Me dio una rica mamada, lo cual extendió hasta darme una buena mamada en los huevos. Layla es buena para mamar y me pide que le deje ir mi descarga en su rostro mientras seguimos en el baño. Me da una especie de mamada y pajeada y me hace reventar y veo mi esperma en el lindo rostro de Layla. Me la chupa hasta que me la deja sin ninguna evidencia de esperma. Me limpia y nos vamos a mi cama.

    No sé cuándo lo hizo, pues no me di cuenta, pero cuando me fui directo a su rica conchita, esta tenía un olor y sabor a fresa. Se había echado una crema comestible la cual consumí con placer hasta que descubrí ese sabor salado natural de su concha. Layla goza del placer oral y yo resbalo mi lengua por toda la extensión de su concha y hundo mi lengua en su vagina y le lengüeteo el clítoris de manera agresiva lo cual hace que gime y jadee con pasión. Recuerdo los gemidos que escuché en algunas madrugas cuando alguien más se la cogía. Se escucha ese chasquido de ese vibrar en el vaivén de su pelvis contra mi lengua. Me lo dice con una voz desesperante y erótica. Puedo ver ese brillo en sus ojos y veo que muerde sus labios de la ansiedad y el presentimiento que su orgasmo se acerca. Me lo dice gimiendo: -Tony, méteme la verga, siento que me voy a venir.

    En posición del misionero le dejé ir cada centímetro de mi verga y tomé posición apoyándome con mis brazos y poder ver como mi verga entraba y salía de tan rico agujero. Yo paraba por algunos cuantos segundos, pero Layla seguía con el vaivén desesperado presintiendo el orgasmo. De repente me dijo: ¡Cógeme con todas tus fuerzas! ¡Dame con todas tus ganas que me vengo! – le taladré su conchita sin cesar por un par de minutos y Layla explotó con tremendo orgasmo que lo más probable mis vecinos pudieron escuchar el escándalo erótico de los jadeos de esta linda y hermosa mujer. No le solté sus tetas redondas de mi boca y así mamándole los pezones y con un taladreo menos violento llega de nuevo a su calma. Se ríe y solo me dice: -¡Coges divino!

    No se la saqué y de esa manera continué con un mete y saca semi lento y donde ella comenzó a corresponder al golpe de mi embate. Cinco minutos después estaba nuevamente con ese movimiento de caderas violento y tomé posición para taladrarle con mas violencia su vagina. Solo miraba sus ojos aclararse y sus labios fruncirse del gozo que sentía. Pude sentir como su vagina se contraía nuevamente… esos espasmos que me apretaban instintivamente mi verga. Pude ver sudor en su frente y de nuevo esa sonrisa de satisfacción. Me pidió que se quería venir encima de mi… me montó de frente y miraba ese movimiento rítmico de sus caderas y como se movían sus tetas al compás de esta danza sexual. Es lindo ver el rostro de esta chica que, si no me hubiese hecho acabar minutos antes, con ver esa bonita cara y cogiéndome, ya me hubiera hecho correr fácilmente. Pero otra vez, es ella quien me anuncia que se viene. Sacude con violencia su pelvis y yo le respondo con unos embates que con los minutos me anuncia que se corre otra vez. Esta vez no aguanto y tan pronto siento sus contracciones que me aprietan la verga, me corro en ese agujero divino.

    Ha hecho que me canse, pero quiero probar su culo y no sé si está disponible para follarlo, pero antes ya me ha permitido que lo explore con mi lengua y de nuevo lo intento. Tan pronto nos limpiamos, me dirijo a sus nalgas, las cuales beso delicadamente hasta llegar al orificio de su ano. Lo masajeo con mi lengua y me dice que le estoy volviendo loca. Me dice de nuevo que cojo divino, que parezco un hombre de experiencia, pero me agrada su pregunta, pues más parece una oferta: ¿Te quieres follar este culito? – Ni lo pensé dos veces para contestarle: ¡Me encantaría! -le dije y ella tan solo dijo: ¡Es tuyo Tony! Yo también quiero sentir tu verga en mi trasero.

    La verdad que creo que esta es la primera vez que me cogía un culo con una chica de experiencia, pues a todas las demás chicas que les había follado el culo, eran chicas contemporáneas que habíamos llegado hasta el sexo anal por pura casualidad, pero sin experiencia. Layla, después de un breve oral se metió centímetro a centímetro toda mi verga en posición de perrito. Al principio fue un vaivén lento, pero luego fue adquiriendo los embates de una película cruda del porno. Le taladré el culo a placer y no sé si se masturbaba con esos embates violentos, pero me anuncio el primero, segunda y tercera corrida en esa posición. Luego me montó a la inversa, dejándome ver como mi verga se hundía en ese culo rico y rojizo que tiene. Sus movimientos son sexuales, se nota que esta chica sabía coger y que el sexo anal era parte de su rutina y quizá de sus servicios. En esa posición se corre otra vez y yo vuelvo a tocar el cielo con mi tercera corrida.

    Esa tarde me fui seis veces y Layla no sé cuántas, pues perdí su cuenta. Para las nueve de la noche ya estábamos agotados. Probamos diversas posiciones, pero la que más le gusta a Layla es la del perrito o en cuatro. Ya sea que le estén dando por la conchita o el culo, esta chica goza cada orgasmo y los logra siempre y cuando su amante sea constante con sus embestidas. Y de eso me halagó esta chica. Me dijo que, a pesar de mi edad, pues ella sabía que tenía 19, tenía un vigor y que le admiraba que no fuese un eyaculador precoz. La verdad que ese día fue la primera vez que me comía un culo y me lo cogía como siempre lo quise hacer. Layla con sus 22 años tenía ya esa experiencia y siempre he pensado que su profesión era esa, la de una puta de la alta clase.

    Estuvo en mi apartamento por diez días y dos de esos días cogimos a nuestro antojo. Adoptó como señal de encuentros sexuales el dejar su tanga fucsia colgada en el pasador de la puerta. Quizá tuvimos unos seis o siete cogidas de esa magnitud, pero sé que ella vivía de coger y yo tenía a otras chicas con quien coger y poco a poco se fueron quedando como un bonito recuerdo. Recuerdo que un día que llevaba a la chica de turno a mi apartamento, Layla me había dejado la misma tanga colgada en la puerta. La tomé con asombro, pues Jacky la había ya visto, y esta chica a quien me cogía de vez en cuando solo me dijo: Es una insinuación, alguien de por aquí te está lanzando sus calzones.

    Layla fue una bonita experiencia y no la volví a ver desde que me moví de los apartamentos un año más tarde. Aun llevo sus gemidos, sus jadeos… el recuerdo de esos labios cuando se fruncían al experimentar un orgasmo… recuerdo el aroma de su piel y esa bonita conchita con un trasero descomunal. Era una chica sexi, provocadora… simplemente hermosa. Recuerdo que en uno de esos encuentros sexuales me dijo: Sabes Tony, eres un chico muy guapo y tienes una verga divina… Sé que puedes traer a tu cama a quien tú quieras… no sé si te lo han dicho, pero creo que alguien más que yo te lo va a decir: Tienes una carita bonita, que de solo pensar que la pija de esa carita bonita me está cogiendo, me provocas un orgasmo.

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  • Me pagaron por sexo

    Me pagaron por sexo

    Dejé mi tarjeta en recepción por si alguien quería un servicio de masajes, a los tres días recibí una llamada. Era un botón del hotel diciéndome que un huésped estaba interesado en mis servicios. No era para darle placer por medio de mis manos, sino para satisfacerlo sexualmente.

    Inmediatamente me negué, ganaba buen dinero y no era necesario.

    Al otro día recibí un mensaje por whatsapp; ¿ya cambiaste de opinión? – no tengo por qué -le respondí. Sé que no eres escort, por eso le gustaste al cliente -dijo. Visualicé como sería esa escena y por un segundo me sentí como terrorista infiltrada que deja una bomba y se marcha como si nada; entonces acepté. Aparte me iba a gratificar cierta suma de dinero por estar dos horas con él, era la cantidad que ganaba haciendo siete masajes.

    Pensaba en el momento que entraba al hotel y me llenaba de morbo, temía por lo que el tipo me iba a pedir, no estaba dispuesta a hacer algo que no quería, yo ganaba mi propio dinero y esto lo hacía por diversión, no por necesidad. Entré al baño y me miré al espejo, apreciando cada centímetro de mi cuerpo; toqué mis pezones que son lizos y un lunar que tengo en el pecho, imaginando quién sería el hombre que se fijó en mí. Podía ser alto o bajo, de contextura gruesa o delgada.

    Abrí las piernas y consentí el tesoro que yacía, cogí un jabón en barra y empecé a frotarlo por toda la ranura. Sentí mucho calor y mis pezones estaban levantados, abrí la regadera y salió un chorro fuerte, aproveché y tiré la cadera hacia adelante; abrí mi vagina, coloqué el clítoris debajo del chorro y me quedé ahí unos segundos, con el jabón palpaba el orificio, cerré mis ojos y pensaba que era el pene del hombre que me había solicitado. Así estuve por unos minutos y me quise quedar con ganas para cuando llegara al hotel.

    Salí del baño y pensé en qué llevar puesto. Abrí mi clóset y entre mi ropa clásica y de colores opacos elegí un vestido rojo. Te preguntarás por qué mi ropa es así. No es que sea aburrida, sólo que me gusta hacer fantasear a quien me ve. Cuando veo un hombre luciendo un traje formal me imagino lo que esconde tras su bragueta y si es muy serio quisiera ver su entereza en un momento de faena. Igual pasa cuando veo una mujer y cubre sus curvas. Imagino ¿qué será lo que esconde?, ¡una mina ha de ser!, posiblemente si te llego a ver y estás vestido así voy a fantasear contigo, te voy a desnudar y haremos el amor o si eres una mujer que guarda su fortuna ganarás mi admiración; sabes que eres tan perfecta que no siempre se conquista con el cuero.

    Abrí el cajón de la ropa interior y saqué un panti blanco de seda que se metía por la ranura de mi vagina. Me senté en la cama y me miraba al espejo mientras me ponía los interiores. Me puse el vestido, cepillé mi cabello y me apliqué un labial claro. Me sentía tan hermosa, que me creía una motosierra capaz de tumbar cualquier palo.

    Llegó mi taxi y cuando salí de mi casa sentí que el panti estaba estimulando mi vagina. Iba caminando hacia el carro y el conductor estaba mirándome. Lo saludé y me subí mientras sentía que el clítoris me brincaba por los malditos calzones. Salimos para el hotel y crucé las piernas, giré el cuello para que el conductor no viera mi expresión y disimuladamente empecé a hacer movimientos con mi cadera, refregándome con la silla. Rápidamente me salió un quejido.

    -¿Qué te pasa? -preguntó el chofer.

    -Recordé algo que se me olvidó -le respondí haciéndome la loca.

    Llegué al hotel y cuando entré varios me observaron, me sentí como “La rubia de vestido rojo con cara de niña buena”, tomé el ascensor y sentía que mi entrepierna estaba babosa. Levanté el vestido y metí mi mano, estaba encharcada y no sabía qué hacer con ese líquido, entonces recordé que alguien me dijo que el mejor perfume de una mujer es la sustancia de su propio clímax, sin pensarlo más lo apliqué tras mis orejas. Recordé que había una cámara y quizás el vigilante me estaba observando, sonreí y me sentí una sucia.

    Llegó la hora de enfrentarme con el tipo y un poco nerviosa toqué la puerta, me abrió un hombre bajito y de contextura gruesa. Lo miré a los ojos y me presenté. Respondiendo con un beso en el cuello y expresando lo bien que olía mi fino perfume. Sentados y tomando wiski, me contó que vivía en Estados Unidos y trabajaba para la NASA. Cuando me habló de mecánica newtoniana yo ya estaba en el espacio, no escuchaba sus palabras, sólo observaba sus gestos, sus manías y pensaba en qué me iba hacer. También me dijo que hacía tiempos no tenía sexo debido a que no tenía pareja y no le gustaba estar con cualquiera. ¡Hum me va dar como evangelista al timbre! -pensé.

    Me dijo que quería pasar un buen rato y asentí. Me senté en la cama y empezó a quitarse la ropa mientras yo esperaba que él me desvistiera, de repente se quedó quieto y callado.

    -¿qué te pasa? -pregunté.

    -No se me para -dijo.

    Sentí pena por él y le dije que se tranquilizara. Me tocó olvidarme de la cara angelical y saqué la mujer insaciable que llevo dentro. Estiré la pierna derecha para tocar sus bolas con la punta del tacón, tocaba mis tetas y lo miraba muy sedienta, aparte ya venía caliente desde mi casa; no me iba ir sin que me comiera y sin plata. Tenía que conseguir el objetivo, además el dinero cumpliría una de mis fantasías: sentirme una prostituta. Me paré y lo besé, lo hice sentir deseado. Le mandé la mano a su paquete, levanté mi vestido y le dije que me tocara, cuando sintió que estaba empapada se le empezó a parar.

    Le ordené acostarse y le di la espalda, mientras me quitaba el vestido rojo aproveché y me subí el panti, así mi bella vagina luciría sus dos labios. Me di la vuelta y Manolo apreció el diamante, su amigo reaccionó y se puso duro. Me senté encima de su verga y abrí mis piernas, coloqué dos manos atrás y refregué mi tesoro con su pene. Su cara parecía como un marrano estrenando lazo, si lo hubieses visto te estuvieras riendo conmigo en este momento. Corrí mi tanga introduciendo el sexo sobre mi estrecha vulva. Le cogí los brazos y las puse en mis nalgas, le dije que me empujara hacia él, mientras yo danzaba. Después de conectarme con la divinidad abrí mis ojos y el desventurado héroe fue víctima de mi sensualidad. Le quité el condón y lo puse a un lado.

    Me dio un royo de billetes y conté el doble de lo prometido.

    -¿contaste bien? –le pregunté.

    -Es tu recompensa por hacer lo que ninguna otra ha hecho en tres años.

    Me sentí una femme fatale. Desde entonces soy la confidente de Manolo.

  • Ocurrió en el sur (II)

    Ocurrió en el sur (II)

    I

    Pasaron un par de meses sin que la visita de Félix fuera para mi, pero no por eso dejó de frecuentar la familia, así siguió visitándonos en casa; todo seguía como si nada. No parecía haber ocurrido nada trascendente que pudiera alterar las conductas ni las relaciones. Nadie parecía recordar nada, ni haber acontecido nada. No volvimos a hablar del asunto con mi marido y mucho menos con Félix.

    Por mi parte, no podía olvidar lo ocurrido y lo tenía siempre presente; no paraba de revisarlo una y otra vez, y atender a las situaciones que repensaba incesantemente, cada vez más confusa. No me podía olvidar de una experiencia que me había marcado a fuego. Poco a poco me sorprendí con pensamientos y conductas que me llamaron la atención. Por de pronto, me hallé a mi misma repasando con insistencia todo lo ocurrido, experimentando al hacerlo algunos sentimientos contradictorios: Como desde el principio, rechazaba lo que había vivido, con la misma fuerza que el primer día, pero fui advirtiendo que lo que pasó había dejado su huella y el tiempo iba atemperando su fealdad.

    Había desarrollado en mi alguna forma de placer en la sumisión, en la obediencia y la violencia, porque comenzaba a rememorarlo todo con cierto agrado, cierta satisfacción de tener que obedecer o en la presencia de una autoridad; Ya no me parecía todo tan desagradable y por momentos pensé que había aprendido a gozar por la cola, aunque no me había permitido reconocérmelo. No en vano había aceptado de mi marido todo lo que me había impuesto y le había obedecido puntualmente, pero era consciente había guardado reserva de algunas cosas, además de haber avanzado en ceder ante Félix en cuestiones que no se hablaron con mi marido, lo que hacía reconocer en él cierta forma de autoridad.

    Cuando pensaba en los episodios vividos con Félix, no encontraba ya tan chocante la situación; sí recordaba su presencia, su aplomo y su autoridad, que desdibujaban lo que en su momento me pareció tan desagradable. De alguna forma había desarrollado en mi un sentimiento hacia él que no era el rechazo inicial y, que si bien no era admiración, era sin dudas un cierto respeto por quien me había sometido de esa forma, me había roto el culo sin piedad y la forma en que había doblegado mi voluntad logrando todo lo que había conseguido, al margen de las órdenes de mi marido Marcelo, las que había excedido generosamente.

    ¿Por qué había aceptado hacer lo que mi marido no me había mandado? ¿Por qué guardaba en reserva mis sentimientos e impresiones? Sin dudas que se había generado una relación entre mi culeador y yo, que era distinta y particular en la cual aparecía él, como dominante. En mi fuero íntimo rechazaba esta forma simpática y hasta placentera de recordarlo, pero de hecho fue apareciendo y creciendo de a poco en mi, una suerte de nostalgia y una visión respetuosa de ese macho desconsiderado y brutal, que no dudaba en ensartarme con violencia y usar de mi, sin atisbo de cariño ni nada, al tiempo que me hacía objeto de su violencia.

    Cuando me ponía a recordarlo, en la soledad de mis siestas, sentía un vacío, una sensación extraña en el vientre y en especial en la cola; Era como si mi culito, roto y tantas veces utilizado por este invasor violento, pasados los momentos de dolor y violencia, recordara ahora con calidez la pija que lo rompió y lo usó sin piedad, y extrañara su visita habitual a la hora de la siesta.

    Una situación particular se mantuvo inalterable: la violencia. Tras un corto intervalo, Félix fue reiniciando su conducta golpeadora. De a poco, viendo mi reacción y frente a mi pasividad, que interpretó como aceptación, fue incrementando su violencia, hasta que se hizo frecuente que me diera violentos tirones de pelo, fuertes cachetazos o sopapos y trompadas en el cuerpo, que no se por qué aceptaba. Cada vez era más violento. Pero la violencia no me era ajena ni tan desagradable y la acepté silenciosamente.

    Poco a poco fui admitiendo cierto placer en el recuerdo y me sorprendí con conductas raras para mi; Como que en mi soledad de la siesta aparecí vistiéndome con el mismo vestido con que esperaba a Félix cuando venía, hecha una señora formal aunque sin ponerme bombachas, como lo hacía habitualmente, para estar rápidamente disponible para que me culeara. Nada lo justificaba ahora realmente, pero yo me vestía así y sentía cierto placer en hacerlo, como viviendo una ilusión y hasta creo que me permití algunas fantasías ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso me había enamorado de él de alguna forma? O era simplemente una relación de sumisa dominación.

    Después de todo, nadie me había dicho antes que tenía que ofrecerme vestida de ese modo y disponible, sino que nació de mi, estaba actuando por mi misma y sola. Era mi hábito, pero enfaticé en vestirme como una señora formal, cuidando especialmente el aliño. Constaté, al principio con asombro, que cuando me vestía de ese modo, tenía una cierta ansiedad, como esperando que Félix llegara, y que se fuera satisfecho. Me imaginaba venía en mi busca porque me deseaba y me necesitaba y anhelaba que así fuera; Que entraba y me violentaba, y no dudaba en usarme por la boca y por el culo como lo había hecho tantas veces, en medio de sus golpes. Y no dejaba de gustarme. Así pasaba las siestas en soledad, en medio de fantasías crecientes y en alguna oportunidad, con placer, comencé a fantasear que venía y me volvía a culear, sin que me resultara desagradable para nada, sino todo lo contrario. No había en eso una gota de amor, ni de cariño según yo creía; era esta suerte de amo que volvía por lo suyo y lo tomaba; un amo que respetaba y al que estaba sometida.

    Me revolvía en las contradicciones pero en realidad creo que entonces ya lo extrañaba y tenía, aunque no podía creerlo, un lindo recuerdo de la primera vez, cuando me paseó por la casa ensartada y con los pies en el aire, gritando de dolor. ¡Qué macho! Y era mío…

    De algún modo había olvidado el dolor, y conservaba recuerdos placenteros. En mi ánimo había cierto respeto por su capacidad, su actitud indoblegable, su condición de macho indiscutida y el modo como paseó su presa por la casa, ensartada por el culo, sin cuidado ni piedad, después de rompérmelo sin consideración alguna. No era amor lo mío, ni nada por el estilo; era un mero sentimiento físico que me descolocaba y no quería admitir, que de alguna forma unía el placer a la violencia.

    Un respeto y admiración que me hacía extrañar hasta sus azotes y me hacía recordar con especial respeto sus visitas impiadosas y brutales. Es más, cuando ahora me golpeaba, descubrí que me excitaba.

    Muchas tardes en soledad, sentada en el mismo sillón de mi sacrificio, recordaba y repasaba largamente lo ocurrido; así mis sentimientos fueron variando o aflorando poco a poco.

    Lo que era en principio un recuerdo humillante de mis chupadas de pija y cogidas por la boca, invariablemente concluidas con la eyaculación que me obligaba a tragar, se fue convirtiendo sutilmente en un sentimiento de dominio, según el cual cuando recordaba su pija ensartada hasta el tronco entre mis labios, sentía que Félix estaba a mi merced, en mis manos y yo era la dominante; Yo lo llevaba o no al placer, yo me lo comía y tragaba todo lo suyo como algo mío. Surgía en mi una suerte de ternura y satisfacción por haberlo satisfecho.

    Pero además, lo vivía al mismo tiempo como una suerte de ídolo: Fantaseaba representándome esa pija como un ícono al que debía pleitesía pero que de algún modo dependía de mi, que la veneraba. Y lo más curioso fue que también en este sentido comencé lentamente a extrañarlo y aceptar que no me desagradaba tanto la idea de recibir una pija en la boca y que se volcara en ella; era como si hubiera aprendido a gozarlo y desaparecidas las primeras impresiones quedaba un trasfondo de placer con algo de cariño, aunque éste siempre estuvo reservado a mi marido.

    Después de todo, lo vivía como algo mío, exclusivamente mío, y por bestial que fuera conmigo Félix, era un trato exclusivo, especial y secreto. Recordaba cada milímetro de su pija y sus huevos, su textura, su sabor; la forma y gustos de sus eyaculaciones, y todo no me parecía ya tan desagradable.

    Lo mismo me ocurría con los episodios en que me culeaba; ¿Acaso era tan desagradable al final? El tiempo lo fue quitando de los recuerdos, que repasaba una y otra vez, siempre con una emoción escondida y un dejo de placer ansioso. Después de todo, me dije para mi caletre, está claro no me disgustaba nada comerme una buena pija o recibirla por la cola, y lo mejor de todo es que había conseguido separar claramente el amor de este acto, además de que con Félix había aprendido a hacerlo; eso si lo tenía claro: no había una pizca de amor. Al menos eso creía, pensándome enamorada de mi marido.

    En eso, Félix había sido un docente de primera, enseñándome partes del sexo que no conocía, y al parecer había aprendido a gozarlo de un modo diferente, separado del amor.

    Yo estaba desorientada.

    II

    Félix nunca dejó de visitarnos después de su charla con Marcelo que marcó el fin de mis servicios, y si bien mantuvo distancia conmigo, siempre estuvo como un puma al acecho y como he dicho no se privó de seguir golpeándome; Él fue el que advirtió de alguna forma mis estados de ánimo, aunque nunca los dejé traslucir, y a pesar que nunca lo miré directamente como para recibir un mensaje, ni admití que se reflejara nada; pero él lo advirtió. No en vano me había roto el culo tantas veces y me había iniciado en prácticas que solo él usaba, dominando mi voluntad. Tenía como una llave de mi, de una parte de mi que había sido solamente suya.

    No se cómo, pero lo advirtió. Había aprendido a conocerme más de lo que yo creía. Además, cuando aparecía, sentía palpitar mi culito como emocionado y no podía dejar de pensar en el sabor y la textura de su hermosa pija en mi boca, al tiempo que me emocionaba pensar que volvía por mi; Cada vez se me hacía más aceptable, tanto que en ocasiones la recordaba como hermosa aunque rechazaba la idea. Creo que él lo percibió en el aire.

    Yo muchas veces me sorprendí a mi misma mirándole la bragueta e imaginando cosas, incluso aceptando que me pegara, algo que rechazaba violentamente en cuanto tomaba conciencia, pero a lo que volvía sin querer y que mantuve en secreto sin acusarlo. Él no dejó de cachetearme violentamente sin motivo o darme fuertes tirones de pelo y hasta trompadas en las costillas que me dejaban sin respiración. Todo lo acepté sumisamente.

    Cuando a veces se quedaba a pasar el día con nosotros, nada parecía salirse de lo normal, pero yo llegaba a la noche con una carga notable de calentura y cogíamos a lo loco con Marcelo, que ni sospechaba lo que pasaba conmigo, ni por qué lo buscaba. Pero yo estaba caliente si bien no era plenamente consciente de eso. Es más, sin decir palabra me ponía boca abajo, esperando ansiosa que Marcelo me la diera por el culo, pero quedé siempre frustrada y con las ganas porque nunca lo hizo. Tampoco se lo pedí porque temía alertarlo. Pero me di cuenta que yo había aprendido a gozar por atrás y que veía con agrado una buena poronga en el ojete, como había tenido tantas veces. Eso era mío y lo extrañaba. Era parte de la vida, no era tabú ni pecado.

    Félix, por su parte, fue tomando actitudes que yo leí como mensajes y avances; aunque fui solamente yo quien captó su modo sutil y subrepticio de actuar ya que nunca dejó traslucir nada ante los demás. Solía quedarse a comer en casa con todos, y pedía permiso para echarse una siestita, cosa que hacía siempre en el sillón del living y en el lugar donde tantas pajas le había hecho, donde me rompió el culo y donde me enseñó a chupar su pija.

    Que se sentara siempre ahí, era para mi como un mensaje: Era como el asesino que volvía al lugar de comisión de su delito y esperaba que su presa volviera. Yo, emocionada, me sentaba a leer en el sillón del frente y simulando, con una revista en la mano, le miraba la entrepierna con hambre tan inconfesado como inconsciente. Marcelo, mi marido, hacía su siesta en nuestro dormitorio.

    Así pasó el tiempo. Insisto que Félix me conocía bastante bien y fue calibrando y advirtiendo la situación paso a paso; Con aplomo, comenzó a avanzar cuidadosamente para evitar resbalones y la reacción de Marcelo, mi marido, que le había puesto límites. Tenía que considerar cómo reaccionaría yo, porque debía mantener oculto lo que fuera, y necesitaba saber si yo mantendría silencio y lo que es más, si podía contar con mi complicidad; Lo hizo cuidadosamente pero comenzó a avanzar con sutileza, como midiendo mi complicidad.

    Lo primero que hizo fue, cuando estábamos solos y él dormía su siestita, comenzar a sobarse la entrepierna, simulando estar dormido, colocando la pija de modo que la pudiera valorar a través del pantalón. He de confesar que para ese entonces se me hacía agua la boca y no podía apartar mis ojos de él, aunque en mi mente lo rechazaba.

    La escena se repitió muchas veces y yo cada vez lo fui aceptando más, e inclusive lo esperaba rogando que terminara el almuerzo y se diera la situación de la siesta para que él repitiera su desafío. El estómago se me llenaba de hormigas…

    Una de esas veces, un sábado de otoño, Marcelo se fue a dormir la siesta como de costumbre y nos dejó en el living, solos como siempre; los chicos jugaban afuera y yo leía, simulando. Félix volvió a su jueguito y en medio de su sobada, cuando yo lo miraba atenta, abrió los ojos y me miró fijo advirtiendo que yo tenía la vista fija en su entrepierna. Aparté la vista en el acto, azorada, pero él lo advirtió bien. Entonces, sin dejar de tocarse y sin soltarse la pija me ordenó lo que podría ser un pedido:

    -Vení, sentate aquí a mi lado-, me dijo señalándome el lugar donde siempre lo había pajeado. Mi mente fríamente reaccionó y gritó que se fuera a paseo, que ni pensaba, pero mi voluntad estaba dominada por él y por mi deseo: Dejé la revista a un lado, me levanté, caminé hasta el sillón y me senté a su lado. Volvía a obedecer. No me sentía ni dominada, ni avasallada, ni humillada, simplemente lo hice movida más por mi que por él, que evidentemente dominaba mi voluntad.

    –¿Querés tocarla?-, me preguntó con su mirada fija y atenta, refiriéndose a su pija que astutamente no había sacado del pantalón. Era consciente de su sutil dominio y mi acto obediente. Yo mantenía la mirada baja pero no dejaba de mirar su entrepierna; Quitó su mano de allí, dejándome el camino libre y estiré la mano un poco como para tocarlo, dubitativa, pero antes de llegar a hacerlo, reaccioné, me levanté y volví a mi sillón, negándome a consumar lo que él quería. Él amagó golpearme, pero se sofrenó. Me estremecí.

    Pero con lo que había ocurrido en ese momento, él había aprendido que podía pedirme o sugerirme cosas sin que protestara, y que yo había querido satisfacerlo aunque me arrepentí en el camino; sabía que me podía y que de alguna forma me dominaba y que me gustaba y que lo iba a lograr sin que lo acusara a mi marido; Sabía que no hubo rebelión ni protesta, que no lo acusé a mi marido, ni siquiera cuando amagó golpearme.

    Descubrió que la relación se cerraba ahora en nosotros dos, que pasaba a ser nuestro secreto en todo lo que ocurriera; ahora dominaba Félix.

    Se rio satisfecho, se rio de mi diciéndome sin respeto alguno:

    -¿Te gusta, no? Le has tomado afición, es normal-. Me dijo burlón. Yo no lo miraba, temblando de temor. Me había vuelto débil y lo temía.

    Félix se atrevió a más, aprovechando nuestra soledad, me preguntó:

    -¿Querés chuparla señora?- me preguntó burlonamente, con desparpajo. Y luego, con algo de petulancia y desprecio agregó: –No me digas que no la extrañas, señora-.

    Enfatizaba especialmente en el trato de señora para hacerme sentir lo que era: un ama de casa formal y correcta, clásica y reprimida, que había sido enseñada por él a gozar por el culo, a chupar la pija y a dejarme coger por la boca.

    La situación era difícil: mi marido dormía a los pocos metros en nuestra habitación y los chicos jugaban afuera a la misma distancia. En cualquier momento entraba alguno.

    Yo solamente callaba, pero me sentía cada vez más débil y vulnerable; La voluntad no me respondía y crecía en mi una suerte de admiración por él, que era capaz de volver así a por mi, sin importarle dónde estaba, y el momento y sus circunstancias, y que me dominaba.

    -¿La saco señora?- me preguntó mirándome atentamente a ver cómo reaccionaba, sin dejar de avanzar y con gran atención. No me moví y ni contesté, sabiendo que mi silencio era como un asentimiento. Entonces, sin esperar respuesta, se puso de pie, se bajó el cierre de la bragueta y se paró frente a mi con su pija afuera. Ya estaba parada. Me atoré de emoción, sofocada, pero no dije una palabra ni lo rechacé, ni grité, ni llamé a mi marido. No sabía qué hacer. La mente me decía que no, pero mi boca me pedía esa pija que se balanceaba ante mi cara.

    Miré hacia mi dormitorio: no se oía más que la respiración pesada de Marcelo que dormía. Cuando volví la cabeza, Félix apoyó su pija en mis labios y con un poquito de presión consiguió que abriera la boca y me la metió. La abracé con mis labios cariñosamente, como dándole la bienvenida, pero él no deseaba una mamada sencilla, quería establecer autoridad y marcar territorio; Me quería no como yo deseaba sino como era su deseo: Me tomó de la nuca asiendo mi cola de caballo y me la metió hasta el fondo, dejando mi nariz pegada a sus pendejos y estando así me dio un fuerte bofetón:

    -No vuelva a hacerse la estrecha señora. Ahora aprenderá a obedecer o se queda sin esto-. Estaba muy caliente, porque en pocos instantes se vació generosamente en mi garganta. Yo tuve un orgasmo silencioso junto con él; antes no recordaba haberlo tenido nunca. Estaba loca por esa pija y por ese macho que me hacía delirar como hembra; sentía que haría lo que él quisiera.

    -¡Ah, ah, cómo la mamás¡ ¡Te gusta mierda! De aquí en más, cuando quieras pija me la tendrás que pedir. Has aprendido a gustarla, carajo- me dijo en son de triunfo, como quien descubre algo importante o recibe un premio.

    Yo, que había tragado todo, lo empujé para que saliera y me dejara respirar; Menos mal, porque al instante entró Marcelo, mi marido, que venía del baño. Félix lo esperaba sentado ya, como distraído, y yo, con la revista en la mano, simulaba leer mientras me sacaba de la boca los pendejos de Félix que me habían quedado adentro. Nada evidenciaba la enorme confusión que sentía en ese momento ¿Lo había disfrutado?, claro que si; ¿Por qué no se lo decía a mi marido? ¿Qué sentía? En realidad, estaba totalmente perdida y no sabía qué pensar ni qué hacer, y no sabía qué pasaría en el futuro, lo que era seguro es que ya no podía prescindir de él y que había vuelto por mi y en qué forma.

    Ese fue el segundo momento de mi perdición; porque lejos de acusarlo a Marcelo, guardé un silencio cómplice, convirtiendo la nuestra en una relación al margen de mi marido, ahora bajo la autoridad de Félix, que bien sabría usarla. Ahora él mandaba. Ahora tenía que aprender a obedecerle, a hacer lo que ya había hecho antes, pero ahora por orden de él, que estaba dispuesto a disponer de mi, a fajarme sin piedad, y sin que le importara un ardite de su amigo. Luego iba a agregar un componente: Lo que quisiera, debía pedirlo, cosa que para mi parecía inconcebible, pero que para él era importante porque me quería sometida y obediente.

    Yo no me concebía a mi misma pidiendo que me culeara o me diera la pija a chupar, después de lo pasado; Ya aprendería…

    Félix volvió a aparecer a las siestas y yo a chuparle la pija o a dejarme coger por la boca y permitirle golpearme sin piedad:

    -¡Póngale pasión, señora!- me decía al tiempo que me daba una fuerte bofetada. Y yo me esmeraba cada vez más con su pija en la boca, en hurgarle su boquita como se que le gustaba y chupársela delicadamente.

    Se fue repitiendo la historia. Reaccionaba contra él, juraba no volver a hacerlo, pero cedía cada día, tanto cedía que fui yo quien lo llamó la primera vez, con una excusa tonta para que viniera, aunque ambos sabíamos que era para que me diera por la boca; al principio ni se mencionó mi cola. La primera vez que lo llamé, lo esperé vestida como una señora, como le gustaba; pero apenas entró y se cerró la puerta, se sacó el cinturón y la emprendió a cinturonazos contra mi, dejándome sin aire. Me dio una violenta tunda, en medio de la cual me ordenó sacarme el vestido y cuando lo hice exclamó al verme sin bombachas:

    -Si será puta, señora-.

    Y acto seguido siguió con su paliza que me dejó destruida y caliente, absolutamente sometida, deseosa de agradarle y de complacerlo.

    Yo, tenía ahora una actitud activa, marcada por el hecho que fui yo quien después de esa primera ocasión le llamé por teléfono pidiéndole que venga; los dos sabíamos que era para mamársela. A partir de ese día me había nacido una suerte de devoción por la pija de Félix, por su persona y por todo lo que hacía; yo repasaba en mi mente lo que me ocurría y no conseguía comprender, salvo que percibía que deseaba con locura sentir nuevamente esa pija en mi boca, ansiaba que me la violara, que me la llenara de leche contra mi voluntad y que me obligara a tragarla. Lo deseaba y lo disfrutaba.

    Me había convertido en un adicta a esa verga y a su semen, que sabía delicioso para mi y cuando la tenía en la boca me movía, buscando el mayor placer para él y para mi, hasta que terminaba copiosamente. Ya no solo no me desagradaba su eyaculación, sino que la saboreaba con fruición. Yo ponía tanto esmero en mi satisfacción como en la suya. Había sido tan bien domesticada ese tiempo pasado, que ahora deliraba por esa pija y superados los primeros momentos negativos, la disfrutaba enormemente. Ahora gozábamos ambos.

    Es curioso que jamás en esos días se habló de mi cola, ni me la pidió; Félix se limitó a mamadas y me propinó muchos bofetones y a veces, cinturonazos. Durante todo ese período primero, que fue algo más de un mes, no volvió a culearme ni lo intentó, sino que se limitó a cogerme por la boca, cuan profundo pudiera, una o dos veces, cada vez que me veía, pero sin cambiar su actitud inicial, que ahora me resultaba familiar y deseable.

    Volvió a sus andanzas: quería violentarme y ponerme en riesgo, someter mi voluntad que cada día era más débil, deseaba que se la mame en todas partes, lo que lo excitaba de sobremanera; le encantaba el riesgo, la presencia cercana de mi familia o amigos, especialmente la de mi marido, y tomó la costumbre de hacerme chupar su pija estando Marcelo presente al tiempo de burlarse de él haciéndole comentarios a Marcelo; comentarios alusivos, que en su inocencia no supo percibir, siempre alusivos a mi, que solamente él y yo entendíamos.

    Yo lo acepté, me sometí y acepté todo; yo que había hecho todo por mi marido, estaba de acuerdo en que se burlaran de él por mi modo desleal de actuar y colaboraba activamente.

    También se hizo el hábito de toquetearme y meterme los dedos en el culo en presencia de Marcelo, que no se percató nunca; le encantaba sentarse cerca de la cabecera de la mesa y cuando me arrimaba a servir metía su mano por debajo de mi pollera y me ensartaba un dedo en el culo. No puedo negar que yo también disfrutaba; lo aceptaba, callada y cómplice, y lo disfrutaba. Gozaba de marcarme el cuerpo a cinturonazos, obligándome a mentirle a mi marido escondiéndole todo.

    En cierta ocasión vino al instituto donde yo daba clase, y me hizo que le mamara la pija en el aula. Apenas salidos los alumnos, se paró junto a la puerta, del lado de adentro y me hizo un gesto de autoridad, que obedecí puntualmente. De verdad, debo confesar, me encantaba su pija y sobre todo su actitud para conmigo, y superadas las primeras violaciones, no veía motivo para privarme de ella, como no fuera la infidelidad de no comentárselo siquiera a mi marido, pero después de todo, él no me requería ni por la boca ni por la cola, y había consentido en que las usara Félix.

    Ahora, Félix se sentía el dueño y me mandaba, marcando cada vea más su autoridad y su dominio sobre mi, que reafirmaba castigándome sin piedad por cualquier motivo o sin motivo y obligándome a hacer cosas. Un día me hizo chupársela en el auto, mientras él daba vueltas lentamente alrededor de la plaza del pueblo; yo moría de temor y vergüenza pero gocé cuando me echó en la boca una copiosa volcada, que tragué.

    Al poco tiempo, comenzó a venir a casa a la siesta cuando estaba sola: yo, lo recibí arregladita como para salir a misa: vestido entero, cerrado y collar de perlas, por cierto que sin bombacha. Toda una señora como le gustaba. Un día, apenas me arrodillé ante él y le saqué su pija afuera, me alzó de los pelos, me cruzó la cara de un fuerte bofetón, y con voz ronca y dura me dijo:

    -Su culo, señora, quiero su culo-. No puedo creerlo aún hoy. Sentí un ramalazo de alegría y orgullo ¡Me quería culear!

    Repetimos la primera experiencia, pero esta vez, apenas entró su hermosa cabeza, apoyé mis manos en el respaldo del sillón y sola me ensarté hasta el fondo. Luego me enderecé, me apoyé contra su pecho y echando los brazos atrás, busqué su boca para un beso; se rio y me dijo burlándose:

    -¡Ajá! ¿No era que esa boca era solo para chupar pija?-. No contesté, lo atraje y lo besé profundamente. Él me abrazó tomando mis pechos con sus manos y repitió el hecho de la primera vez. ¡Qué placer! ¡Qué macho para mi sola! Cuando caímos en el lecho matrimonial, la ensartada fue cálida y profunda y ahí se quedó mordisqueándome el cuello y las orejas un largo rato, moviéndose hasta bien profundo, hasta que eyaculó. Yo había tenido dos orgasmos. Se quedó echado sobre mi un largo rato con su pija en mi culito maltrecho; yo quedaba cubierta como una yegua.

    Desde entonces no dejó de culearme a placer, aunque a veces me obligaba a rogarle que me diera por atrás. Se reía, me cacheteaba, me tiraba de los pelos haciéndome llorar, pero al final me culeaba.

    Muchas veces, mientras me tenía enculada, menudeaban sus comentarios hostiles y preguntas hirientes que me desesperaban:

    -¿Le gustará por el culo a su hija, señora?- Me preguntaba aludiendo indefinidamente a mi hija, cuando yo tenía dos. Me invadía el terror con su pregunta. ¿Acaso sería capaz de entregarle mi hija? O era una mera burla. Yo no me atrevía a moverme ni responder, pero el componente de morbo que agregaba hacía la relación más intensa.

    Entonces agregó una forma de castigo nueva, que no se privó de aplicarme con frecuencia: Me ponía boca abajo sobre su falda, me levantaba la pollera y me castigaba con una varita flexible que se sentía dolorosamente. Los primeros golpes hacían que frunciera mis glúteos para soportar el dolor, pero enseguida me relajaba y él concentraba sus golpes en el medio, sobre el ano y el periné y mi conchita. Las azotainas fueron teniendo un efecto notable involuntario: Frente a cada azote, mi culito se abría más y más y mi conchita se mojaba generosamente, sin que mi voluntad interviniera para nada. Entre tanto, yo lloraba y suplicaba sin que a él se le moviera un pelo. Nunca más dejó de castigarme así, cada vez con más violencia y sin causa ni sentido. Solamente autoridad.

    Hubo días en que vino solamente a castigarme. Me hacía poner con el culo en pompa y su dolorosa varilla se descargaba impiadosa sobre mi cola, hasta que por obra de no sé qué me relajaba y entonces se concentraba al medio, donde frente a cada latigazo mi ojetito respondía abriéndose más y más. Un día me castigó duramente, al punto que quedé sumamente dolorida y cuando me enderecé, casi no podía caminar. Entonces me dio un violento bofetón y me dijo:

    -Póngase bien en el sillón señora, vamos a ayudar a ese culito dolorido-. Me horroricé. Pensar que me la metía donde tanto me había azotado y tenía irritadísimo, me pareció increíble.

    Pero Félix ya no tenía freno, ni yo resistencia. Obedecí y me recliné sobre el respaldo del sillón, dejando mi culo a su disposición y me la enterró hasta el fondo. Cómo grité, ¡qué dolor! Dios mío, era como si me volviera a desvirgar el culo.

    -¿Le duele señora?- me interrogaba y cuando sollozando le dije que si, que mucho, me respondió:

    -Así me gusta, que sepa quién es su macho- y se entretuvo a torturar mi ojete distendido. De pronto, se me desencadenó un violento orgasmo. Félix se rio, me la metió al fondo y eyaculó. La boca se me llenó de su gusto.

    Estaba claro que había conseguido dominarme y que yo haría lo que fuera por complacerlo. Pero siempre fue cuidadoso, sobre todo de evitar que mi marido lo supiera o que resultara lastimado; en realidad era su amigo y le tenía aprecio, lo que no le impedía hacer de mi lo que quisiera aunque el espectro de lo que podía hacer con alguna de mis hijas me torturaba la vida.

    III

    Un día me pidió que fuera a ver a un señor, funcionario público, padre de una de mis alumnas, para pedirle por un trámite o una petición que tenía pendiente:

    -Andá a verlo, necesito que me apruebe lo mío-, me dijo. En mi inocencia no entendí bien mi cometido. No encontré nada malo en eso que me pedía y fui a hacer el pedido que formulé educadamente. Ya de vuelta me llamó Félix:

    -¿Sos estúpida o te hacés?-, me espetó por teléfono. -¿A qué crees que te mandé?-. Quedé estupefacta. –Mirá, va a ir esta tarde a verte cuando terminan tus clases. Ocupate de que quede satisfecho-, me dijo como si nada.

    -Pero ¿Y qué tengo que decirle?-, pregunté.

    -¿Decirle? Por mi, nada. Pero le gustás y le he dicho que puede disponer de vos, dale lo que quiera-.

    Yo me sentí morir. Iba a preguntar algo pero Félix cortó. En un lugar chico como éste, lo que Félix me pedía era gravísimo, podía tener consecuencias incalculables. Además, me pedía que me prostituyera, que me dejara hacer por un extraño para lograr un beneficio. Para eso tenía que superar todos mis límites e inhibiciones y el tiempo corría en mi contra. No me había negado, simplemente había guardado silencio, pero desde que comenzó todo esto, mi silencio siempre fue entendido como aceptación y de hecho era una forma de sumisión ante quien dominaba.

    Eran como las siete de la tarde cuando el señor apareció por la escuela pidiendo reunirse conmigo en la dirección. Yo estaba con mi hijita menor, de seis años, casi siete que jugaba alegre en mi despacho. Ya era tarde para negarme. La angustia me vaciaba el pecho y como una autómata me puse de pie, saqué mi hijita a la salita de espera, le dije que me esperara, lo hice pasar y cerré la puerta. La angustia me envolvía totalmente. No quería dar mala impresión, de modo que lo esperaba con un traje saco cerrado y pollera bien larga, vestida como una directora formal. Entró y se sentó en un sillón cómodo sin nadie que lo invitara, y cuando yo volvía de cerrar la puerta me detuvo a su lado y sin mediar palabra me metió la mano por debajo de la pollera y me tocó la cola. Me quedé helada y dura, y dominando mi reacción bajé la cabeza dócilmente: Era lo que Félix quería.

    -Qué linda cola, señora-, me dijo, mientras me toqueteaba. Yo no respondí ni me moví y él no se detuvo; llevó sus dejos a mi agujero, echando al lado la bombacha. –Me ha dijo el amigo que…-, me dijo mientras me acariciaba y me metía un dedo. Yo sollozaba silenciosamente; odiaba lo que estaba pasando, pero si era lo que Félix quería, iba a obedecer. Obedecí también cuando me empujó para que me moviera y me situara frente a él, entre sus piernas, donde quedé parada, con la cabeza gacha, sin que dejara de toquetearme. Involuntariamente me fijé en su bulto, que se veía voluminoso dentro de sus pantalones. Él me miraba atentamente.

    -¿Se anima a probarlo señora?- me preguntó visiblemente excitado aludiendo a su miembro. –Félix me ha dicho…-. Yo no podía creer lo que me ocurría, titubeé en agacharme y él se arrellanó en el sillón para facilitarme y entonces me di cuenta: se la tendría que chupar. Él sacó la mano de mi cola y tomándome de la mano me atrajo y me dejé arrodillar ante su entrepierna. Me soltó:

    -No sea tímida señora-, me dijo invitándome y como una autómata le desprendí la ropa sacando un miembro enorme y medio fofo que acaricié con reservas haciéndolo poner duro y erecto. Nunca había hecho cosa como esta, y para él era sorprendente e inesperado. Bufaba de excitación y más cuando le besé el capullo y me lo metí en la boca, después de dudar. No duró mucho, estaba muy caliente y lo sentí venir. Temió que me lo sacara de la boca, pero yo sabía lo que Félix deseaba: que se fuera satisfecho, de modo que lo abracé más fuertemente con la boca y recibí su generosa lechada que tragué y seguí chupando un rato hasta que me la saque con cuidado. Entonces tomó su teléfono y le llamó:

    -Amigo, fabulosa. ¡Cómo la mama! Y con esa cara de mosquita muerta. Me ha dejado sin una gota. No. No probé ¿Te parece?, bueno, si puedo le doy por el culo también, buena idea. Todo arreglado. Gracias-. Yo me había puesto de pie, sin levantar la vista del suelo.

    -Qué placer cogerme una señora como Ud. ¿Y su marido?- preguntó intrigado por la situación.

    -Yo soy una señora- respondí humildemente.

    -Si pero me la ha mamado y me va a dar su culito- replicó entre curioso y asombrado –y con su hija esperando al lado-.

    -Félix me ha mandado. Yo obedezco a Félix-, le informé.

    -¿Y su marido está enterado?- preguntó. Yo opuse mi silencio vergonzoso meneando la cabeza en negativa.

    No dudó más, me llevó al respaldo del sillón, me inclinó sobre él, y después de levantarme la ropa me culeó sin piedad. Mi colita ya admitía cualquier cosa, de modo que aunque se demoró mucho en acabar, no sufrí dolor, aunque si la humillación de ser usada como una cosa y el sentimiento de actuar como una puta.

    Salí con él, conversando como con cualquier padre de alumna, con mi hija de la mano. En la puerta me esperaba mi marido. Se saludaron, subí al auto y nos fuimos a casa sin que nada acusara lo ocurrido. Allá estaba Félix esperándonos con un postre para festejar:

    -Creí que ya no venían-, nos dijo al recibirnos. –Aunque con la satisfacción del deber cumplido-, agregó en clara alusión a mi. Me sentí humillada.

    A ese padre de familia lo volví a encontrar a fin de mes, en una comida del instituto. Quiso arrimarse y reiniciar la charla, dando por sentado que volvería a usar de mi, pero le hice sentir claramente la distancia de una señora, dejándolo perplejo; nada tenía que ver esta señora formal y distante con la que le chupó la pija y se dejó culear, nada.

    –Hablaré con Félix-, murmuró consternado y enojado. No me inmuté, ni le di entrada manteniendo mi postura altiva y distante. Alcancé a ver que Félix observaba la escena y disfrutaba.

  • Rubia multiorgásmica

    Rubia multiorgásmica

    Mi nombre es Oscar, tengo 35 y hace un tiempo conocí mediante el trabajo a una chica rubia hermosa, mide 1,70 aproximadamente, pechos medianos, pero bien levantados y una cola que sobresale por la cintura pequeña que tiene.

    Todo empezó cuando me contactó para que se le haga unos arreglos en casa, un poco de pintura y plomería.

    Llegué a casa y me esperaba con un corto esos que apenas llegan a cubrir la cola se podía ver sus piernas blancas firmes lo primero que me llaman la atención es si se marca la conchita y en este caso se notaba un poco, ya empecé a excitarme solo al verla con ese corto y su blusa algo holgada al cuerpo, pero se podía observar los pechos que pedían salir de ahí…

    Todo iba normal hasta que me invitó a comer y tomamos una cerveza, al terminar le dije si tomábamos otra ya que la charla iba relajada y accedió tomamos 3 más y empezamos a hablar de sexo en unos de los temas y empezó a subir la calentura y le dije que el morbo que tenía cuando estoy con alguien es hacer sexo oral (me encanta) y no tardamos nada para besarnos y nos fuimos a la habitación, se notaba que la cerveza le hizo efecto… cuando le saqué toda la ropa no podía creer la mujer que tenía frente a mi, sus pezones eran rosaditos estaba bien depilada

    La acosté y me dediqué a chuparle los pechos con mi lengua, le tocaba los pezones, pero apenas rozaba, eso le prendía fuego empecé a escuchar esos gemidos con la boca cerrada mientras mi mano empezó a acariciar su conchita le mandaba mano a todo ella, con una mano me empezó a masturbar… fui bajando la lengua hasta llegar a su conchita el olor que temía era hermoso y una piel muy suave le chupaba el clítoris le agarraba y me alejaba de a poco…

    Con sus piernas me apretaba la cabeza en cada chupetón que le daba mientras se mojaba de una manera impresionante tenía toda la cara mojada… pero me encantaba, podía saborear sus líquidos vaginales en mi boca una y otra vez se mojaba…

  • Consejos de un hombre promiscuo

    Consejos de un hombre promiscuo

    He tenido la suerte de llevarme a muchas chicas hermosas a mi cama. Desde joven tuve una suerte con el sexo opuesto que para darles una idea de lo promiscuo que he sido, han sido tres veces que las madres de algunas de estas chicas me han pillado literalmente culeando a sus hijas. Dos de ellas fueron hasta cierto punto comprensivas, pero la madre de Gaby fue la única que me hizo salir a las carreras de lo endemoniada que se puso. La madre de Silvia y Jacky me han sentado y nos han aconsejado que, si lo íbamos a seguir haciendo, que nos protegiéramos. Y entre ellas, fue la madre de Silvia la que me dio más confianza, pues algunas veces me quedé en su apartamento cogiéndome a su hija. Creo que le excitaba escuchar gemir y jadear a Silvia cuando se corría. Ella literalmente me vio la verga ese día que me culeaba a su hija y un día me contó Silvia que su madre le había hecho la broma incomoda preguntándole de cómo mi verga le cabía en su pequeño trasero.

    Me casé a los 20 años sin que nadie de mi familia lo supiera, pues todavía iba a la universidad. Me casé con una chica muy hermosa de Irán y quizá fue por eso por lo que mi vida promiscua tuvo un receso de diez años, pero ya para mis veinte años, se me hacía difícil recordar con cuantas mujeres había cogido. En esos años de casado me involucré con tres mujeres sexualmente y lo hice pues sabía que mi esposa nunca se enteraría. La primera fue una chica de paga quien me cobró $100.00 por una cogida y terminé pagándole $100.00 más para que me dejara follarle el culo. Era una chica linda de unos 18 a 20 años de descendencia mexicana, con unos melones de copa C y un culo espectacular de más de 90 centímetros. A esta chica me la encontré de nuevo diez años después, ya cuando estaba viudo y me la he vuelto a coger ya sin pagar nada, pues Roxana ya no ejercía esa profesión.

    La otra chica que me cogí fue a mis 28 años cuando viajaba representando a la compañía para la que trabajé por un buen tiempo y me encontré con Adriana, una chica argentina que al igual que yo quedábamos varados en el aeropuerto de Dallas por cuestiones de una copiosa nevada. Nos caímos bien haciendo una plática trivial y terminamos en un hotel del área y cogimos como locos todo ese día. Adriana era una chica también de unos 28 años, también estaba casada y quería tener una aventura y estando tan lejos de su país y de su marido, creyó esa era su oportunidad. Incansable para montar y le encantaba mamar.

    La otra chica que me cogí cuando estaba cansado, era una mujer un poco mayor que yo. Eso ocurrió en un congreso de nuestra compañía y ella trabajaba como consultora nuestra. Después de los protocolos de las reuniones de cada día, terminamos tomándonos algunos tragos ya por la tarde el último día del congreso y finalmente terminamos en su habitación de hotel. Mujer muy sensual y de quien recuerdo tuve que rogar para que pudiese quebrarle el culo y finalmente terminó enculada. Yo tenía unos 29 y ella unos 35 años. ¡Que cogidas más extensas esas!

    En el ambiente local, me hubiese cogido a muchas más durante ese tiempo, pero sabía que eso implicaría crearme algún problema. Entre ellas estaba Jacqueline, una chica de 20 años y que finalmente me cogí cuando yo ya era un viudo. Esta chica se me insinuó de todas las maneras posibles y quizá cualquiera se hubiese tomado el riesgo, pues tenía un lindo rostro, un cuerpo sensual con unos pechos de copa C y un trasero de ensueño. Realmente no sé cómo me contuve por tres años, pero finalmente me la cogí y supe de lo fogosa que era esa mujer en la cama. Ella estaba casada y sin pensarlo mucho terminábamos en hoteles hasta horas de la noche y no sé qué excusa le inventaba a su marido, pues se la mandaba acalambrada después de unos 4 o cinco palos. Era multi orgásmica y me encantaba verla vivir su orgasmo anal que siempre quedaba como epiléptica. Me insinuó que se quería casar conmigo, que no quería a su marido. Solo tenía una hija, la cual era de diferente padre. Fue quizá la chica que me hizo más drama, pues me salió que estaba embarazada de mí, exponía abiertamente su relación extramatrimonial, lo cual me incomodaba y finalmente después de aclarar que no estaba embarazada le tuve que poner una orden de restricción.

    La verdad que he tenido muchas mujeres en la cama y todas puedo decir eran chicas bellas. Todos tipos de personalidades, desde chicas mucho más jóvenes que yo, hasta chicas mucho mayores cuando yo era un chaval. Y quizá lo que más me gusta del sexo es escuchar gemir a una chica cuando se está corriendo… para mí eso es lo más fascinante del sexo. Una vez hago llegar a una chica al paraíso, entonces siento que he encontrado el mío. Y eso es la clave de que una chica quiera coger con uno, aunque en mi caso, mi obsesión es encontrar y conquistar a una nueva. A mis 40 me propuse en buscar chicas jóvenes y no se me hizo tan difícil, chicas de mi edad ya no se digan. Muchas de ellas son casadas y con algunas llevamos hasta una década cogiendo y sin ningún problema para ellas. A mis 48 me propuse conseguirme una chica de apenas 18 años y es cuando me comienzo a comunicar con una joven de nombre Verónica, quien es una chica que leyó uno de mis relatos y pensó que al escribirme nunca recibiría respuesta o si recibía una, quizá sería uno generado automáticamente de alguna computadora.

    Con Verónica, tuvimos una experiencia que duró casi toda una semana y luego involucró a su amiga Lisbeth. Me dijo que era virgen y que quería tener sexo por primera vez con alguien de experiencia. Me dijo que ya había experimentado un orgasmo masajeando su clítoris, aunque ella me lo describió que lo había logrado sintiendo el contacto de una almohada en su vulva. Tenía miedo introducirse algún dedo y que quería perder su virginidad con una verga adentro y no con sus dedos. Platicamos por medio de videochat donde me mostró su pequeña panochita y ella vio mi verga también y quedamos en vernos. Estos relatos los pueden encontrar en mi perfil por este medio. Como dije, estuvimos cogiendo por casi toda una semana en un hotel cerca de su casa y donde perdió su virginidad vaginal y anal. Ese día Verónica supo lo que era tener una verga en su boca, vulva y ano. Se corrió hasta quedar exhausta en un maratón sexual donde después de dos días Verónica involucró a su amiga a quien también me la cogí, mientras Verónica filmaba la escena. También sucedió a la inversa, Lisbeth también filmó cuando me cogía a Verónica. Hace poco, en estos días de cuarentena Verónica me sorprendió con un correo electrónico donde me decía lo siguiente:

    – Han pasado casi 5 años desde esa primera vez que me hiciste tu mujer quitándome mi virginidad. Si tuviera que volverlo hacer definitivamente lo haría. Hasta el momento no he encontrado a alguien que se tome el tiempo o que sepa que hacer en una cama. Realmente no me arrepiento, aunque a veces me sorprende el pensamiento que haya ocurrido con un señor de tu edad. Cuando le conté a una amiga de mi experiencia contigo, se sorprendió al saber que lo había hecho con un hombre de 48 y que me había gustado tanto que lo repetiría las veces que fueran. De hecho, creo que hasta le conté lo obsesionada que estaba de probar con esa verga amaestrada que tienes una y otra vez. Verdaderamente que sueño con esos orgasmos que me provocaste y de vez en cuando me llevan a masturbarme pensando en esas estocadas violentas donde podía sentir tus testículos chocando en mis nalgas. (De solo recordarlo se me eriza la piel). Tony, pensé que eras un personaje de fantasía hasta que vi tu video y chateamos y no me lo podía creer. Tienes una personalidad encantadora y realmente eres un guapo y verdadero caballero. Me gusta leer tu relato de mi y mi amiga y me parece increíble que yo sea esa protagonista y me gustó que no hayas cambiado mi nombre. No me gustó que me describieras como chaparra, pero la verdad que lo soy. Gracias por tus consejos, gracias por esa experiencia, gracias por todo Tony y verdaderamente me gustaría volver a sentir tu hermosa verga follándome como a ti te plazca. Eres increíble Tony y cuando tengas un tiempo para mí, házmelo saber… me estoy muriendo del deseo de probarte otra vez.

    Esta chica apenas cumplía los 18 años cuando esto pasó y de hecho le tuve que pedir su identificación para comprobarlo, pues en este país es un crimen follarte a una menor de edad y no importa las circunstancias. Verónica es de rostro infantil, de cuerpo petit con solo 4 pies y 10 pulgadas de altura. Pesaba unas 105 libras en un cuerpo esbelto y de unas nalgas redonditas bien paradas y sólidas. Es un enorme placer chocar con ellas y definitivamente a mí también me gustaría volver a probarlas. El anal fue algo complicado, pero eventualmente Verónica le encontró el placer y donde encontró algunos orgasmos. Es bonito y erótico ver el rostro de esta linda chica haciéndote un oral.

    La verdad que he sido un hombre con mucha suerte, pero creo que la clave para que una chica te busque, es que sepa que contigo encontrará ese placer que espera vivir. Como dije al principio, para mí no es solo el hecho de bajarle los calzones a una linda chica, sino de hacer gozar a esa chica. Por eso mi táctica es calentarlas al máximo y todo eso comienza con una plática picaresca, con frases insinuadoras y acariciarles cada rincón de su cuerpo antes de pensar en la penetración. Cuando esa chica ha logrado su primer o algunas sus segundo y tercer orgasmo, entonces siento la libertad de correrme a placer en ellas. Si eres esa persona que se corre antes que tu pareja, estás haciendo un mal trabajo. Lo que me han hecho saber la mayoría de las mujeres es que les gusta venirse sintiendo una verga sólida, con embates continuos al ritmo que ellas quieren conllevar y para eso se necesita vigor y una comunicación intuitiva. Besos en el cuello, sobre los hombros, en las orejas, pezones, monte venus, conchita, clítoris y si la chica te lo permite, besos en el ano. Ella que marque el ritmo y tú sigue su danza y te aseguro ambos explotarán con ricos e inolvidables orgasmos.

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  • Viaje a Guadalajara, me cojo a la esposa de mi amable amigo

    Viaje a Guadalajara, me cojo a la esposa de mi amable amigo

    Andaba deprimido,  el hecho de haberme enredado con transexuales me tenía en un duelo propio, pero el trabajo no respeta los duelos y tenía que ir a Guadalajara a una exposición, al principio no quería ir, pero recordando que eh tenido muy buenas experiencias cada que voy, pensé que a lo mejor era la forma de reencontrarme conmigo, así que acomode mi maleta, ¡me despedí de mi mujer y tome camino a Jalisco!

    Un viejo compañero de trabajo, Javier, se ofreció a ir por mí al aeropuerto, él se fue a un curso y conoció a su actual esposa Claudia Carolina, algo tenía esa mujer porque l quedo fascinado con ella y se quedó a vivir ahí, por esa razón se ofreció a llevarme a mi hotel.

    Al llegar a Guadalajara él estaba ahí esperándome, nos dimos un fuerte abrazo y comenzamos la charla mientras caminábamos a su carro, el muy amable se ofreció a invitarme a comer a su casa, ya que quería presentarme a su esposa, ¡yo acepte no solo por el hambre si no también quería ver con quien se había casado!

    Llegamos a una zona de casas muy bonitas, y paramos en el número 13 ahí era su casa, al entrar el llamo a su esposa y ella bajo de la habitación.

    Casi me desmayo al ver a semejante mujer, pechos grandes perfectos, una cintura que sería envidia de cualquiera, piernas torneadas, nalgas grandes y pardas, cabello rojo, color de piel blanca y unos ojos color verde hermosos, ¡toda esa espectacular figura que lucían en su minifalda negra acompañada por una blusa entallada con escote en v!

    CC: Hola, ¡un gusto soy Claudia Carolina!

    L: ¡Mucho gusto Luis Flores!

    J: ¡Él es el amigo del que te he contado cariño!

    CC: Pues, ¡pasemos a la mesa!

    Ella fue muy buena anfitriona, la comida y la atención fue fenomenal, la charla súper amena, la verdad ella tenía un enorme ángel, ahora entendía porque él se haba decidió quedar ahí por ella, era una mujerona además de ser muy amable y cordial.

    Pero como dice una película que vi hace tiempo, hicimos ¡click! Enserio, ella me miraba coqueta, me hacía guiños con sus ojos, cruzaba la pierna mostrándome sus carnosos muslos, yo respiraba un poco tenso pero el devolvía las sonrisas y los guiños, finalmente una vez terminada la comida Javier me llevo a mi hotel y me dijo que me invitaría a cenar en un restaurant muy popular, me dio la dirección y la hora, ¡nos dimos un abrazo y quedamos de vernos en ese lugar!

    Yo fui el primero en llegar, estuve esperando 10 minutos hasta que ellos llegaron, el primero en bajar fue Javier quien me saludo corriendo ya que tenía que ir por la reservación y después bajo ella, Claudia Carolina, me quede anonadado al verla con un minivestido morado, con tacones abiertos, ¡el vestido le dejaba al descubierto sus hombros y además tenía escotada su espalda que se veía magnifica!

    CC: ¡Hola nuevamente!!

    L: ¡Guau!! ¡Luces increíbles!

    CC: Gracias, que lindo, ¡Javier insistió en que me lo pusiera!

    L: ¿Le gusta presumirte?

    CC: Jajá, ¡que cosas dices Luis!

    Tras esa breve charla pasamos al lugar, la cena fue maravillosa, comimos muy bien y ahora andábamos tomando una buena botella de tequila, el problema es que al parecer a Javier no le caía muy bien y muy rápido se emborracho, Claudia decidió que nos fuéramos y me pidió pro favor ser yo quien los llevara, preocupado por mi amigo y ella, los lleve hasta su casa de hecho cargue a Javier hasta su habitación y lo deje dormido, me disponía a retirarme cuando Claudia Carolina me invito un trago más, por el esfuerzo, yo acepte y Claudia saco una botella y nos sentamos en su barra!

    Fue una copa, luego otra y después otra botella, ¡el caos es que teníamos un muy buen ambiente!

    CC: Me caíste muy ben, ¿de verdad y eres casado?

    L: ¡Sí y con hijos!

    CC: Qué bueno, ¡oye y tu esposa porque no vino!

    L: ¡Su trabajo no la deja, además a veces necesitamos respirar del otro!

    CC: Si, ¡creo que tienes razón!!

    Ella me miro coqueta y al mismo tiempo un poco ida, me confeso que las cosas no iban muy bien con Javier, ya que él hace tiempo está más en el trabajo que con ella, además me conto que un ex la estaba rondando nuevamente, ¡ahí entendí que estaba sensible y honestamente no quería dejar pasar esta oportunidad y me lancé sobre ella!

    Comencé a acariciarle su pierna mientras la aconsejaba, ella no me decía nada, de hecho, me abrazaba y me daba un ligero masaje me mi cuello, eso me calentó demás, ¡poco a poco nos acercamos más hasta quedar frente a frente!

    Nos quedamos viendo fijamente y ene so ella me beso, sus labios apretaban muy rico los míos, entonces, perdiendo totalmente los estribos y olvidándome que estaba en su casa, ¡la tomé de su espalda y me la comí a besos!

    CC: Basta, ¡esto no está bien!

    L: Lo sé, ¡pero me encantas!

    CC: ¡Pero eres amigo de Javier!!

    L: ¡Y tu su esposa!, ¡así es la vida nena!

    Mis manos acariciaban sus sensuales piernas, mi boca besaba su cuello, ella lanzaba pequeños gemidos, la adrenalina estaba a tope, ¡finalmente la convencí y me dijo que fuéramos al cuarto de huéspedes! Una vez dentro, Claudia Carolina perdió los estribos, se lanzó encima mío besándome apasionadamente, yo me quitaba mi camisa y camiseta, mientras le desabrochaba el vestido, ambos estábamos embriagados de excitación y deseo, finalmente ya desnudos mi boca se lanzó a devorar sus pezones color claro, eran hermosos y se endurecían al tacto de mi lengua, Claudia Carolina me apretaba la cabeza, su cuerpo desnudo era perfecto ni mi Lety estaba tan rica como ella, mi lengua bajaba por en medio de sus tetas hasta sus ingles, las cuales besaba y mordía con pasión, la acosté y abrí sus piernas para dirigirme a su rica vagina depilada, mi lengua saboreo su sudor y luego sus labios vaginales, ella se retorcía al tacto de mi lengua, apretándole sus ricas tetas me abría paso en su vagina!

    L: ¡Esto sabe magnifico!

    CC: ¡Uhm, dios!!

    Fue entonces que comencé a darle la mejor mamada que le eh dado a una mujer, mi lengua no dejaba de probar su vagina, con mi boca se la succionaba, mordía sus muslos, llevaba mi lengua de su coño hasta el inicio de su ano , eso la tenía loca, la adrenalina de estar en su casa y que Javier estuviera durmiendo me alentaba hacerle más rico todo, Claudia Carolina sudaba y gemía, sentí como se corría, mi boca se abrió para tragar su fluidos que me supieron a gloria, su orgasmo fue largo, entre quejidos y gemidos leves, la sensual esposa de mi amigo disfrutaba de ser infiel!

    CC: ¡Que rico, uhm!!!

    L: Vamos nena, ¡te toca!

    CC: Que grande es, ¡dios!!

    L: ¡Vamos nena, chupa uhm!!

    Claudia era muy buena, tomo mi verga y la coloca en medio de sus a eran geniales, Claudia Carolina devoraba toda mi verga, podía sentir su garganta en cada tragada, le acariciaba sus ricas nalgas y le apretaba la cabeza para ahogarla mientras se comía mi verga que estaba súper dura!

    Ella dejo de mamármela y lentamente subí hacia mí, ¡se acomodó encima de mi pelvis y tomando la cabeza de mi verga empezó a ensartarse sola!

    L: ¡Ya la quieres cariño!

    CC: ¡No sabes cómo me hace falta!!

    Fue maravilloso sentir como iba entrando en ella, la tome de sus pechos y me movía a su ritmo, Claudia Carolina se veía magnifica montada en mí, ¡la tome de sus muslos y disfrutaba de la cabalgada que me daba!

    CC: ¡Que dura, uhm!!

    L: ¡Si, que rico te mueves!!

    CC: Somos unos traicioneros, ¡uhm!!

    L: Si, ¡vamos a ir al infierno!

    No se ella, pero para mí no era nuevo estar con la esposa de algún amigo o familiar, así que solo disfrutaba de su cuerpo. Claudia Carolina se movía más rápido, mi verga estaba hasta el fondo de ella, me empujaba para penétrala más rico, ella bajaba a besarme y luego movía fenomenal su cadera, le apretaba sus ricas nalgas, le besaba las tetas, mordía sus pezones, estábamos cogiendo rico!

    Cambiamos de pose la acosté en la cama y de misionero se la metía, me movía rápido como gusano, sentí como mi verga era apretada tan rico por su vagina, nos besábamos, nuestras lenguas chocaban como espadas, ella me enterraba sus largas uñas en cada embestida y me abrazaba con sus piernas, eso fue maravilloso, luego tomé sus piernas y levantándola de patita en hombro, la cogí con más fuerza, Claudia Carolina lanzaba gemidos muy excitantes, eso me hacía moverme más rápido y más duro.

    CC: ¡Que rico, uhm!!

    L: Estas buenas nenas, ¡uhm!

    CC: ¡Mas, que rico me coges!!

    L: ¡Uhm, que boquita!!!

    Ahora estábamos acostados yo detrás de ella de “cucharita”, le acariciaba sus tetas duras, le besaba su cuello, levantaba su pierna doblándola para penetrarla mejor, ¡nos habíamos olvidado de donde estábamos!

    Una y otra, mi verga entraba y salía en esa pose, sus nalgas se miraban aún más grandes, le acariciaba con pasión y salvaje, dejándole marcas que estaba seguro su marido notaria, eso no nos detuvo, Claudia Carolina chupaba mis dedos como si de una verga se tratara, ¡sabía que nos podían descubrir y eso me ponía aún más!

    L apuse en cuatro, sus nalgas se miraban increíbles, en serio, se los juro, nunca había visto unas nalgas tan hermosas, duras y grandes, las abrí y miraba como su vagina escurría, entonces lentamente empecé a penétrala, ¡una vez dentro mis movimientos eran suaves al ritmo que ella quería ya que su cadera se movía y me daba un gran placer!

    L: ¡Que rico te mueves uhm!!

    CC: ¡Agh, si así, uhm!!

    L: Dios, que ricas nalgas, ¡toda tu eres una diosa!

    CC: ¡Mas cógeme más!!

    L: ¿Te gusta?

    CC: ¡Me encanta, uhm!!!

    L: ¡Pues toma!!!

    Mis embestidas aumentaron, la tomaba de sus manos y me empujaba con fuerza, el ruido de sus nalgas chocando en mi pelvis era una música celestial, sus gemidos podían despertar a cualquiera, le daba de nalgadas, el acariciaba sus muslos, metía mi nao y jugaba su clítoris, sentía como escurría, tomaba sus caderas y la embestía con fuerza, ella babeaba y me pedía más y más, ¡quería tenerme siempre adentro!

    CC: ¡Ah, uhm, así, ah, ah!!

    L: Si, uhm, toma, ¡uhm!

    CC: ¡Que rico, agh, uhm!!

    L: Dios, que rico aprietas, ¡uhm!!

    ¡Por la fuerza con la que la embestía, termine por tirarla en la cama, así fue más rico, ella puso una almohada en su pelvis y levanto más sus nalgas, así al pude penetrarla mientras le acariciaba su sensual espalda, me empujaba con fuerza, ella también movía bien rico su cuerpo, sus nalgas se movían a mi velocidad, la sensación era única, los gemidos y suplicas aumentaban ahora ella era mi puta!

    L: ¿De quién eres?

    CC: ¡Tuya, uhm!!

    L: ¿Quiete te coge rico?

    CC: ¡Tu!! Luis, ¡tú me coges rico!!

    La cama rechinaba con mucha fuerza, ambos sudábamos, continuaba disfrutando de la esposa de Javier, en eso sentí como se contraía un nuevo orgasmo estaba teniendo Claudia Carolina, que me apretó las manos y se movió como licuadora, eso me hizo enloquecer, el punto que mis bolas se endurecieron y comencé a venirme en su rico coño.

    CC: ¡Ah, que rico, uhm!!

    L: Ah, ¡Claudia toma mi leche!!

    CC: ¡Que rica, que rica tu leche!!

    L: ¡Más rica estas tu mi vida!!!

    Agotados nos quedamos besándonos en la cama, nos olvidamos por completo de Javier quien increíblemente seguía dormido, que suerte tuve, ¡disfruté a su mujer y en su casa!

    Tomé una ducha y salí de su casa alrededor de las 5 de la mañana, no tuve tiempo ni de dormir ya que a las 9 de la mañana empezaba la exposición y tenía que estar puntual, pero valió la pena el desvelo, ya que me había cogido a un mujeron como Claudia Carolina, que me paso su número de whats y todo el día estuvimos chateando, incluso mientras comía con Javier, ella me mandaba fotos provocadoras y sensuales.

    J: Jajá, ¡amigo así que ni aquí te dejan en paz!

    CC: ¡Ya ves cómo son las mujeres!

    J: ¡Pues espero disfrutes tu estancia aquí!

    CC: De eso no tengas duda amigo, de hecho, ¡al rato tengo una visita!

    Javier se rio y nos despedimos él se fue sin saber que su esposa era quien me visitaría y que esa noche ocurría algo excitante y a la vez mórbido, pero eso se los contare después.

  • La idea de mi madrastra sobre un club de striptease

    La idea de mi madrastra sobre un club de striptease

    Mi madrastra, Mayte y yo, llevábamos mucho tiempo sin vernos, entre la universidad, exámenes y también el trabajo de ella prácticamente no nos veíamos, apenas nos habíamos visto un par de veces en casi dos meses. Cuando llegué a casa de la universidad, dejé la mochila en el salón y fui directamente a la cocina, allí me encontré una preciosa sorpresa, ¡Mayte estaba en casa!

    Al vernos los nos alegramos mucho, ella estaba terminando unos detalles para darme una sorpresa, me había preparado globos y un cartel enorme que ponía «bienvenido de nuevo a casa». Yo no sabía que decir, no tenía palabras, miré de arriba a abajo a Mayte estaba espectacular con esos vaqueros ajustados y esa camiseta corta que le marcaba muy bien el contorno de sus tetas, al verla así de guapa, sentí la necesidad de hacerle un piropo que me salió involuntariamente «pero bueno, mamá, estás preciosa» ella se echó a reír tímidamente diciéndome «muchas gracias cariño», le dije que estaba ansioso por abrazarla cuando me dijo «bueno y entonces ¿a qué esperas para hacerlo?» nos dimos un súper abrazo poniéndole la mano en el culo, acto seguido la cogí de la mano dándole una vuelta sobre sí misma, para ver lo guapa que estaba.

    Poco a poco en cuestión de instantes me empecé a poner cachondo, al verla me preguntó bromeando ¿es una broma? Yo le dije algo avergonzado que era una erección que estaba lista para disparar, le respondí en tono bromista. Enseguida ella se empezó a avergonzar después de haberme hecho tal pregunta, le expliqué que después de haberla visto así, como no iba a ponerme como me he puesto, con lo preciosa que estaba. Me quedé mirándole las tetas, no podía evitar fijarme en cómo se le marcaban los pezones en la misma y entonces le dije: «mira ver si se va a quemar lo que estás cocinando» ella se dio la vuelta y aproveché para rozarle el culo con la mano tímidamente mientras movía la comida, le toqué el hombro, comencé a acariciarle el brazo y acto seguido se dio la vuelta preguntándome «¿qué haces?» lentamente moví mi mano para tocarle una teta pero ella me apartó la mano cogiéndomela mientras que con el brazo se tapaba las tetas para que no se las tocara diciéndome ¿por qué quieres tocármelas?

    Yo no sabía muy bien cómo responder aunque seguía intentándolo, al final le respondí que es hacen un contorno tan bonito que es imposible no hacerlo, así que volví a intentarlo, le apreté ligeramente la teta izquierda, era como apretar una espuma, me recordaba a una esponja y me gustaba. No podía dejar de pensar en quitarle esa camiseta ajustada mientras me decía que no dijera nada de esto, nuevamente volví a tocarle la teta mientras que esta vez ella ponía su mano sobre la mía, entonces empecé a tocarle el pezón y ella no tardó en excitarse hasta que enseguida me dijo, bueno cariño, creo que ya me las has tocado bastante ¿no crees?

    Sentía como ella quería que siguiera pero también tenía miedo por si nos pillaba mi padre, pero entonces empecé a meter la mano por debajo de la camiseta, ella empezó a subírsela mientras nos mirábamos el uno al otro, mientras ella sostenía la camiseta, no podía creer lo que estaba viendo, las tetas tan bonitas que tenía Mayte, que preciosidad, puse mi mano sobre una de ellas y le dije bromeando «que pezones más duros» ella se echó a reír y yo con ella, a continuación, le cogí de la mano y se la puse sobre mi polla mientras yo continuaba tocándole las tetas, Mayte me decía que tenía razón, tenía la polla muy dura. Me desabrochó el pantalón sacándome la polla de los vaqueros, que suave tenías las manos.

    Ella se arrodilló mientras me frotaba la polla lentamente salivándola con su saliva, entonces se quitó la camiseta, no podía creer lo que estaba pasando, era como un sueño por segunda vez hasta que entonces, escuchamos que mi padre acaba de entrar en casa, inmediatamente Mayte me mete la polla en el pantalón y coge la camiseta mientras dice «dios mío, corre cariño que no nos pille».

    Un par de días más tarde, Mayte estaba barriendo el suelo del salón mientras yo la veía desde la puerta del mismo, que culo tenía, no podía parar de pensar en él, y esas mallas ajustadas que llevaba, como se le marcaba el culo. Entonces al verme ella se asusta, dejó el cepillo mientras me decía «oh dios mío cariño, que susto me has dado», le dije que estaba preocupado y quería hablar con ella, le pregunté ¿recuerdas lo del otro día en la cocina? ella sonriéndome me dice claro cariño ¿por qué? Es que no puedo parar de pensar en ello, inmediatamente ella me dice «ven cariño, siéntate aquí en el sofá conmigo» ¿por qué no me lo has dicho antes?

    Yo avergonzado le dije que no sabía cómo decírselo y que cada vez que pensaba en ella se me ponía dura la polla, entonces ella me dijo que no pasaba nada, empezó a acercarse a mí lentamente pidiéndole que se acercara para tocarle las tetas, ella aceptó diciéndome que lo que sea por ayudarme, le bajé la camiseta de tirantes y empecé a tocarle las tetas mientras ella empezaba a tocarme la polla, me desabrochó los vaqueros sacándome la polla enseguida se la llevó a la boca pasándome la lengua muy sensualmente y poco después se la metió en la boca y me empezó a hacer una mamada muy placentera, sobre todo cuando me la empezó a frotar con sus manos suaves mientras me la chupaba. Le aparté el pelo hacia un lado mientras nos mirábamos el uno al otro hasta que me corrí en su boca inesperadamente, enseguida, ella me echó todo el semen que tenía en la boca sobre el pene diciéndome «umm cariño, estabas bien cargado».

    Al día siguiente, por la tarde, Mayte, estaba en la cama cómodamente esperándome cuando entro en su habitación al verme lo primero que me dice es «hola cariño, quería darte una sorpresa» mientras nos sonreíamos uno al otro, no pude evitar centrar la mirada en ella, con ese short vaquero y esa camiseta de tirantes ajustada, como le iba quitar la vista de ella.

    Entonces me pregunta sobre los planes que tenía para por la noche, entonces le dije que mis amigos y yo tenía pensado ir al club de striptease, al comentarle el plan, ella me dice que tenía una actividad más sano para mí, notaba que mi madrastra estaba algo molesta después de haberle comentado el plan que tenía así que se me ocurrió la idea de preguntarle ¿tienes algún plan mejor? ella me respondió «puede ser» entonces ella, se empieza a acercar a mí, poniéndose de rodillas en la cama frente a mí y me dice que tenemos el fin de semana para nosotros solos.

    Así que lo primero que hice fue cancelar el plan con los amigos, dos minutos después al volver a la habitación, Mayte se apartó la camiseta sacándose las tetas de la misma, tenía la sensación de que iba a ser la mejor noche de mi vida, un fin de semana solo en casa con mi madrastra sin que mi padre estuviera en casa por viaje de negocios, tenía todo a mi favor.

    Empecé a tocarle las tetas, ya me parecía hasta algo totalmente natural y normal mientras ella se desabrochaba los short vaqueros, de pronto Mayte se pone de rodillas para quitarse los short, después de quitárselos, cuál fue mi sorpresa cuando veo que lo que realmente lleva Mayte puesto es un triquini, ella se abre de piernas en la cama, empecé a tocarle el chocho, notaba que estaba un poco mojada, traté de desabrocharle el botón que abrochaba el triquini justo al lado del chocho, pero me resultó imposible, enseguida Mayte lo desabrochó y ahí estaba, no podía creer lo que estaba ocurriendo, que ganas tenía de probar de nuevo el rasurado aunque jugoso chocho de Mayte, empecé a tocárselo y se lo metí en la boca.

    Volví a meterle los dedos en el chocho mientras ella jadeaba placenteramente hasta que me dijo que ahora le tocaba a ella. Me tumbé en la cama mientras ella me desabrochaba los vaqueros, me cogió la polla y se la llevó a la boca, que bien me la chupaba, empecé a jadear cuando ella me preguntó ¿te gusta? Yo le dije que me encantaba, mientras se metía la polla de nuevo en la boca hasta que me dijo ¿te quitas el pantalón? yo hice exactamente lo que ella me pidió y continuó chupándome la polla me parecía un sueño pero era muy pero que muy real.

    Al final mi apasionada madrastra se quitó el triquini y se puso encima, se metió lentamente la polla en su chocho depilado mientras jadeaba ella suspiraba placenteramente después de metérsela me preguntaba ¿estás bien? yo estaba viviendo un sueño real, empezó a moverse en círculos, hasta que le pedí que no siguiera porque casi me corro, me empezó a cabalgar sin parar de gemir, a continuación, empezó a penetrarla con fuerza diciendo «dios mío, oh dios mío, no pares, sigue cariño, no pares mi amor…».

    Minutos más tarde, saqué la polla de su chocho y se la metió en la boca haciéndome una de esas mamadas que nunca olvidarás y acto seguido volvió a metérsela por el chocho mientras le agarraba el culo con ambas manos, me quedé centrado en cómo se le movía el culo mientras me follaba, a la vez que le daba algún que otro azote en sus nalgas. Después la puse a cuatro patas en la cama, penetrándola por su chocho jugoso mientras observaba como movía el culo.

    Para terminar, me puse de pie mientras ella se tumbaba boca arriba en la cama para follarla por el chocho, produciendo gemidos intermitentes de placer hasta que al final, Mayte se puso de rodillas en el suelo y terminé corriéndome en su bonita cara mientras me acariciaba los testículos.