Autor: admin

  • Elon, Paula y yo

    Elon, Paula y yo

    Las semanas continuaron tranquilas, hasta que un mensaje de voz de Paula, lo cambió todo. En el mensaje decía “Hola Andrea, ¿cómo estás?, mira el sábado voy hacer una reunión en casa y quiero que estés”.

    Mi respuesta “hola Paula, todo bien, mira estoy en una reunión, cuando llegué a casa te llamo.

    Así fue, desde casa hablé más tranquila, Paula haría una reunión, con amigos o conocidos de ella, me pidió que fuera por la tarde, para ultimar detalles y que no preocupe por la ropa, ella tenía para darme.

    Yo me imagino que ella, se trae algo entre manos, algún encuentro sexual o algo por el estilo, ultimar detalles me dio vueltas en la cabeza.

    Llegó el sábado, me levanté tarde, fui directo a la ducha, como siempre repasé la depilación, crema corporal, cuidé detalle con la lencería, acomodé algunas cosas, y antes de salir le mandé WhatsApp a Paula, con su okey, salí para su casa.

    Nos saludamos con afecto, después de la última vez, y que hacía un tiempito de no vernos. Charlamos y nos pusimos al día con nuestras vidas; llegó el momento en que Paula me pondría al tanto de la reunión de esta noche, entre todos los quienes vendrían, se encontraría un invitado que quería ligar con Paula, (ella trabaja en una agencia de viaje, y conoce mucha gente, quienes vendrían serían personas a las que Paula conoce, y este invitado es uno de ellos). La razón por la que vendría es para realizar un trío. Hablamos sobre el tema, Paula me confesó que hizo tríos, yo le confesé que no, me dijo que no me preocupara, que ella me ayudaría.

    Paula me prestó un vestido negro, con brillos, con un hombro al descubierto, me quite el sostén, me dejé solo la tanga, me miré en un espejo, de largo me quedaba por encima de las rodillas, era algo ajustado, Paula me vio y me dijo te queda bellísimo, me tomó por detrás, y me dijo “me estás calentando”, respondí con una sonrisa y dije, “Dios, que noche me espera”, y reímos las dos.

    Probé sentarme, y le pedí a Paula que mire si veía algo, quería cuidar todos los detalles, y no ser escandalosa. Llegó el horario, ambas estábamos nerviosas, Paula para que todo salga bien, y yo por lo que sería el trío para el cual fui invitada en principio, veremos.

    Los invitados comenzaron a llegar, la bebida fue corriendo entre todos, la noche transcurrió tranquila, diálogo entre todos, distintos grupos que se formaron por el conocimiento mutuo, yo me fui integrando en un grupo de chicas, hablábamos de nuestras tareas, y de temas livianos.

    Las horas pasaron, y de a poco los concurrentes comenzaron a retirarse, la hora se me pasó volando; en un momento pude observar a uno de los concurrentes, el cual tenía bastante diálogo con Paula, y supuse que ese sería con quien tendríamos el encuentro erótico, este de tanto en tanto me observaba; él era un hombre elegante, de buena forma física, piel algo morocha, sin querer miré la entrepierna, no llegué a distinguir bien, pero algo me decía que tenía una verga de buen tamaño.

    Tomé una copa de espumante, me senté en un sillón con cuidado de la falda, llevé mi copa a la boca, y lo mire, mientras cruzaba las piernas, Paula me vio y me guiñó un ojo, si era él el elegido, se fueron todos los invitados, quedamos los tres, el candidato salió al balcón, Paula se acercó a mí, me dijo que se llama Elon, y me susurró al oído, empezamos nosotras.

    Me hizo tirar la cabeza para atrás, y empezamos a besarnos, a plena lengua, nuestras bocas saboreaban el gusto a espumante, mientras que Elon al darse vuelta nos vio en pleno beso, Paula se dio cuenta que ingresó, separamos apenas nuestras bocas, y un hilo delgado de saliva la deja caer en mi boca, la envuelvo delicadamente con la lengua y mi boca la recibe con placer, a todo esto, Elon no podía creer lo que estaba viendo.

    Al observar que él estaba pasivo, Paula me susurró al oído vení, ella se adelantó, le tomó la cabeza y se empezaron a besar. Yo mientras tanto, al verlos, empecé a humedecerme en la entrepierna, me acerqué, me arrodillé, y le fui desabrochando el pantalón, lo tiré para abajo junto con los boxes, y pude ver su miembro, de un tamaño considerable, mientras me mordía el labio inferior, viendo como se besaban.

    Con la mano le agarro la pija, venosa, dura, algo oscura, comencé dándole besos al glande, lo chupé un poquito, y me introduje en la boca, un quejido de Elon, me indico que estaba disfrutando. Se la chupo un rato, la salivó toda, me paro de repente, me saco el vestido y la tanga húmeda, a Paula le subo el vestido a la altura de la cintura bajo la tanga, me arrodillo y sigo devorándome la pija, mientras le introduzco el dedo en la vagina a Paula.

    Cambio de posición y le chupo la concha a Paula, Elon al borde de la locura, me coloca en cuatro, me tomó de la cintura y me ensarta en la vagina, entro sin problemas, toda húmeda ingreso fácil, me hace dar un grito aaaah, por el tamaño, me empezó a dar estocadas profundas, aahh, aah, aaay, asiii aaah, mientras Paula se acostó en el piso, me tomó la cabeza, para que le siga chupando la concha, Paula en éxtasis.

    Elon en locura, saca la pija y la apoya en mi ano, mientras que con voz gruesa dijo, “aaah ese culo”, empuja el glande y no le costó entrar por la puertita de atrás, otro quejido sale de mi boca, aaaah, sus movimientos son más rápidos, escucho que dice, “me vengo”, y buena cantidad de leche caliente inunda mis entrañas.

    Agitada, voy al baño a limpiarme, la leche me chorrea por la pierna, me lavo, me miro al espejo, extenuada pero feliz, me lavo un poco la cara, acomodo el cabello hecho un desastre. Salgo del baño y escucho el jadeo de Paula, mi vagina comienza a humedecerse nuevamente, sin hacer ruido me acerco, y Elon se la está cogiendo en un misionero clásico, apoyada contra la pared, me toco la vagina, me meto un dedo, con el pulgar rozó mi clítoris, decido acercarme a Paula, me arrodillo al lado de ella, y le pongo una teta en la boca, con la mano acompaño para que me las chupa rico, Paula goza por la cogida, por la caricia de las tetas, mis pezones son dos piedras.

    Elon está por acabar, se retira de adentro de Paula y le digo “descarga en la boca”, las dos estamos de rodillas suplicando, y termina en nuestras caras y bocas, me acerco a Paula y con la lengua la limpio, ella hace lo mismo conmigo, Elon no puede creer lo que está viendo, ambas sujetamos su pija y se la limpiamos también, mientras nos dice “que putas que son”.

    Elon se termina arreglando, y se va gustoso, nosotras aún desnudas lo despedimos, una vez que se fue, nos miramos, nos reímos, y digo “Por Dios Paula, que noche”, tomamos un poco de espumante de una copa, y le digo “Hija de puta, como se te ocurrió lo del hilo de saliva en mi boca, me encanto”, ella reía, nos vamos a dormir, nos acostamos abrazadas, sentimos el roce de nuestra piel, y Paula me saluda, “anda duerme”, y me besa y me tira otra vez su saliva en mi boca, la cual disfruto, le doy la espalda, y dormimos cucharita, siento lo humedad de su vagina en mis nalgas.

    Al día siguiente, me doy una ducha reparadora, con Paula arreglamos y ordenamos un poco todo, y nos despedimos hasta otra reunión o lo que surja.

    Espero que les haya gustado.

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  • Hotwife, me fui de puta sin avisar

    Hotwife, me fui de puta sin avisar

    Nos gustaba no planear las cosas, y así fue como sucedió.

    Era el día de la entrega y me tocó retirar los materiales sobrantes y pensé que él no estaría presente.

    De pronto recibí su mensaje en donde me decía «ábreme estoy abajo», abrí el portón, subimos al departamento y llegó un mensaje del cliente que venía retrasada, tardaba como 40 minutos en llegar.

    Y solo me miró, me jaló hacia él y me empezó a besar, me decía “vamos a apurarnos antes de que llegue”, era muy excitante el momento porque lo planeamos y el hecho de que el cliente venía lo hacía más excitante aún.

    El departamento estaba a medio amueblar, pero había una cama sin tender que servía para lo que venía.

    Me besaba mucho, entre tierno y apasionado, con muchas ganas de mi como siempre sucede. En ese tiempo nos veíamos mucho por el trabajo y no sabía como era posible que siempre le excitara verme.

    Me besó por mucho tiempo sin quitarme la ropa, pasaba sus manos por mis nalgas sobre el pantalón y en mi entrepierna, hasta que me abrió la blusa y besaba mi cuello, desabrochó mi sostén y quitó la blusa, me tenía de pie contra él y se restregaba contra mí, su respiración de oía más rápida y más excitada, siempre me dice chiquita, reina, mi diosa, y esas palabras se empezaban a oír, me gustaba desabrocharle la camisa, y se le quité, rozaba mis pechos contra su tórax y sentía como temblaba de lo excitado que estaba.

    El lugar nos hizo sentir muy cómodos, y muy delicado me dijo “siéntate en la cama”, quitó mi pantalón y me contempló con la tanga que llevaba.

    Besaba mis piernas, ponía en sus manos mis bubis, y me recorría a besos, pasaba sus dedos despacito en mi pubis, y yo sentía muy rico, me empecé a mojar delicioso.

    Bajó mi tanga, y se sentó en la cama, me jaló hacia él y me sentó junto a él y me hizo para atrás siguió acariciándome hasta que se acostó y me dijo “ven” y me subí en él, entró despacio, sin roce, y me decía “así como te gusta” (sabe mi posición favorita), y me rozaba rico contra él y lo mojaba cada vez más, hasta que llegué y pude gritar, porque no había nada, era un lugar íntimo y acogedor en el que me sentía en confianza, él se salió rápido porque también se empezó a venir conmigo.

    Y de repente oímos pasos en la escalera, pensamos que era la clienta y nos paramos como locos, agarramos todo, nos metimos al baño sin ropa, me puse la tanga y decía “shhh cállate”, jaja pensamos que ya todo había valido, hasta que oímos que abrían el departamento de enfrente, jajaja.

    Nos vestimos rápido, arreglamos la cama y nos reíamos mucho del susto que pasamos y nos sentamos en la sala a esperar a la clienta incluso abrimos a la puerta de la entrada y justo a los pocos minutos entró la cliente la cual le gustó mucho su casa.

    Y nos mirábamos con mucha picardía sobre lo sucedido… y lo que estaba por suceder.

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  • Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (1)

    Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (1)

    Elizabeth, a sus 44 años, es un torbellino de sensualidad contenida. Su piel blanca, suave como la porcelana, parecía captar cada rayo de luz, dándole un brillo etéreo que invitaba a tocarla. Su cabello rubio, largo y ligeramente ondulado, caía como una cascada dorada sobre sus hombros, rozando la curva de su espalda con cada movimiento. Sus ojos, de un miel profundo y magnético, destilaban una mezcla de dulzura y desafío, con finas arrugas que solo añadían carácter a su mirada, como si cada línea contara una historia de deseo silenciado. Es, sin duda, una mujer que robaba el aliento, su atractivo maduro y natural resultaba casi hipnótico.

    Sus jeans ajustados se adherían a sus piernas como una segunda piel, marcando cada contorno de sus muslos firmes y sus caderas redondeadas, un canto a la feminidad que hacía girar cabezas a su paso. Sobre su torso, un suéter holgado de cachemira beige caía con una elegancia despreocupada, pero no podía disimular del todo la silueta de sus senos prominentes, que se alzaban con una firmeza insolente bajo la tela, insinuando su plenitud con cada respiración. Su cuerpo esbelto parecía diseñado para el placer, cada curva es una promesa de éxtasis.

    Recién divorciada, había encontrado un refugio de libertad en la pequeña casa que, tras años de esfuerzo, finalmente era suya. La vivienda, modesta pero acogedora, estaba impregnada de su esencia: paredes adornadas con detalles cálidos, muebles que contaban historias de su vida, y un aire de independencia que se respiraba en cada rincón. Vivía allí con su hija Atziry, quien, con apenas 18 años recién cumplidos, era un reflejo vibrante de la belleza de su madre. Atziry tenía la misma melena rubia, larga y sedosa, que caía en cascada sobre sus hombros, y unos ojos cafés claro que parecían destellar con una mezcla de inocencia y picardía.

    Su cuerpo, heredado de Elizabeth, era una sinfonía de curvas juveniles, con una piel tersa que invitaba a ser admirada. Solía usar vestidos frescos, ligeros como el aire, que se adherían a su figura con una audacia que rozaba lo indecente, dejando entrever la silueta de sus caderas y el contorno de sus senos firmes con cada paso.

    Una noche, la casa estaba bañada por la luz plateada de la luna que se colaba por las ventanas. Elizabeth, agotada tras un largo día, había decidido relajarse con una copa de vino tinto en el sofá. Llevaba una bata de seda negra, apenas cerrada, que dejaba entrever la piel blanca de su escote y el borde de un conjunto de lencería que abrazaba su cuerpo esbelto. Atziry, por su parte, acababa de regresar de una salida con amigos. Su vestido blanco, casi translúcido bajo la luz, se ceñía a su cintura y dejaba al descubierto sus piernas bronceadas, moviéndose con una gracia que parecía desafiar la gravedad.

    —Mamá, ¿cómo haces para verte así de increíble? —dijo Atziry, dejándose caer en el sofá junto a Elizabeth, llena de admiración y un toque de coquetería. Se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el muslo de su madre, el roce de sus dedos envió un escalofrío inesperado por la piel de Elizabeth.

    Elizabeth sonrió, sus ojos miel brillaron con un destello juguetón mientras tomaba un sorbo de vino. —Años de práctica, cariño —respondió, su voz era aterciopelada, mientras dejaba la copa en la mesa y se giraba hacia Atziry. La luz de la luna resaltaba las curvas de su hija, el vestido marcaba cada línea de su cuerpo joven y tentador. Por un momento, el aire se cargó de una tensión inesperada, una corriente eléctrica que ninguna de las dos reconoció en voz alta.

    —¿Sabes? —continuó Atziry, inclinándose más cerca, su aliento cálido rozó el hombro de su madre—. A veces me miran como si quisieran comerme… y no sé si me asusta o me gusta.

    Elizabeth sintió un calor subir por su pecho, un cosquilleo que no esperaba. La cercanía de Atziry, el roce de su vestido contra su propia piel despertaba algo profundo, algo que había mantenido enterrado bajo capas de responsabilidad y rutina. —Es porque eres un imán, Atziry —susurró, su mano moviéndose instintivamente para apartar un mechón rubio del rostro de su hija, sus dedos deteniéndose un segundo de más en la suavidad de su mejilla—. Pero cuidado con lo que despiertas… no todos saben manejar tanto fuego.

    Después de aquella tensión entre madre e hija, Atziry se levantó, y se despidió con un beso en la mejilla, dispuesta a irse a dormir.

    La mujer es un imán para las miradas masculinas, un faro de deseo que atraía a hombres de todas las edades. Los mayores la observaban con anhelo nostálgico, los de su edad con una admiración teñida de envidia, y los más jóvenes con una lujuria descarada que no se molestaban en disimular. Pero ella conocía bien esas miradas: no veían su alma, solo codiciaban su carne, listos para tomarla y luego abandonarla como un trofeo efímero. Esa certeza la había encerrado en una fortaleza de inseguridad, negándose a salir con cualquiera que intentara conquistarla.

    En la quietud de su casa, cuando la noche se volvía densa y su hija Atziry dormía profundamente en la habitación contigua, Elizabeth encontraba refugio en la intimidad de su alcoba. La luz tenue de una lámpara acariciaba su piel mientras se deslizaba bajo las sábanas, la seda de su camisón negro rozaba sus muslos con una suavidad que encendía su piel. En la mesita de noche, su vibrador aguardaba, un compañero fiel que conocía cada rincón de su deseo. Elizabeth amaba el sexo, lo anhelaba con una intensidad que la consumía. Cada orgasmo que arrancaba de su cuerpo era una explosión que empapaba su colchón, un río de placer que la dejaba temblando, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo desbocado.

    Encendió el vibrador, el zumbido suave llenó el silencio de la habitación. Sus manos, expertas y seguras, guiaron el juguete por la curva de su abdomen, descendiendo lentamente hasta el calor húmedo entre sus piernas. Cerró los ojos, su mente evocó recuerdos prohibidos: penes gruesos y palpitantes que la habían llenado en el pasado, la sensación de chorros calientes de semen derramándose en su interior, marcándola con un placer visceral que aún la perseguía. —Dios… sí… —susurró para sí misma, su voz era un gemido roto mientras el vibrador encontraba su clítoris, enviando oleadas de éxtasis que arqueaban su espalda. Sus caderas se movían al ritmo de su deseo, buscando más, siempre más.

    —Quiero… quiero sentirlo otra vez —murmuró, perdida en su fantasía, imaginando un amante sin rostro que la tomaba con fuerza, sus manos apretando sus senos, su boca devorando su cuello. El vibrador se deslizaba con precisión, explorando cada pliegue, cada rincón sensible, mientras su cuerpo se tensaba, al borde del abismo. Elizabeth amaba esa sensación, la rendición absoluta al placer, el momento en que su cuerpo se deshacía en espasmos, empapando las sábanas con su orgasmo.

    Pero incluso en la cima de su éxtasis, una sombra de anhelo persistía. No quería entregarse a cualquiera, no quería ser solo un cuerpo para saciar deseos ajenos. Quería a alguien que viera más allá de su piel, que la reclamara con la misma intensidad con la que ella se entregaba a sus noches solitarias.

    Cuando el último estremecimiento la abandonó, Elizabeth dejó caer el vibrador a un lado, su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas. Se giró hacia la ventana, la luna iluminó su rostro, y susurró al vacío: —Algún día… alguien lo entenderá. —Su cuerpo, aún palpitante, guardaba la promesa de un placer que no se conformaría con menos.

    Días después, Elizabeth colgó el teléfono con un suspiro pesado, el eco de la voz de su hermana América aún resonaba en su mente. La petición había sido inesperada: su sobrino Diego, de 25 años, necesitaba un lugar donde quedarse mientras comenzaba su nuevo trabajo en un despacho de abogados en la Ciudad de México. La renta en la capital era un lujo que aún no podía permitirse, y América había insistido en que sería algo temporal.

    Elizabeth, con un nudo en el estómago, aceptó a regañadientes, aclarando que Diego tendría que dormir en el piso de su estudio de arquitectura, un espacio pequeño lleno de planos y maquetas, ya que la sala era demasiado reducida y las dos únicas habitaciones de la casa estaban ocupadas por ella y su hija Atziry. —No habrá problema, él se adaptará —respondió América con tono firme antes de cortar la llamada.

    Elizabeth se quedó mirando el teléfono, inquieta. No veía a Diego desde hacía casi ocho años, cuando era un adolescente tímido. La idea de incorporar a un hombre joven en la dinámica de su hogar, donde ella y Atziry apenas compartían ratos breves de charlas esporádicas, la llenaba de incertidumbre. ¿Cómo se adaptarían los tres? ¿Cómo lo tomaría Atziry?

    Esa tarde, Elizabeth decidió hablar con su hija. Sentada en la cocina, con un café humeante entre las manos, su figura seguía siendo un imán de sensualidad. Sus jeans ajustados abrazaban sus caderas, resaltando la curva de sus muslos, mientras un suéter holgado dejaba entrever, con cada movimiento, el contorno de sus senos prominentes bajo un sostén de encaje negro. —Atziry, necesito contarte algo —comenzó, con voz suave pero cargada de cautela—. Tu primo Diego vendrá a vivir con nosotras por un tiempo. No puede pagar renta, así que dormirá en el estudio. ¿Qué te parece?

    Atziry, que estaba apoyada en el mostrador con un vestido blanco ligero que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, dejando poco a la imaginación, soltó una risita emocionada. Sus ojos brillaron con entusiasmo, y su melena rubia cayó en cascada sobre sus hombros mientras se acercaba a su madre. —¡Mamá, eso es genial! — exclamó, su voz vibraba de alegría—. Diego y yo hablamos por WhatsApp todo el tiempo, es súper buena onda. Además, la casa se va a sentir más segura con un hombre aquí, ¿no crees? —Se inclinó hacia Elizabeth, su vestido subió ligeramente por sus muslos bronceados, revelando la curva tentadora de su piel.

    Elizabeth sintió un alivio inesperado, mezclado con un cosquilleo que no pudo identificar del todo. La reacción de Atziry era un contraste con su propia inquietud, y la idea de que su hija estuviera tan cómoda con la llegada de Diego despertó en ella una curiosidad que rayaba en lo prohibido. —Me alegra que lo tomes tan bien, cariño —respondió, con tono más cálido, mientras sus ojos recorrían la figura de Atziry, deteniéndose en la forma en que el vestido marcaba sus caderas y dejaba entrever el contorno de sus senos firmes—. Entonces, ¿me ayudas a preparar el estudio para que esté más cómodo?

    Atziry asintió con una sonrisa traviesa, acercándose aún más hasta que el aroma de su perfume cítrico llenó el espacio entre ellas. —Claro, mamá. Vamos a hacer que ese estudio sea… irresistible —dijo, su voz bajó a un susurro juguetón mientras rozaba el brazo de Elizabeth con la punta de sus dedos. Juntas, se dirigieron al estudio, sus cuerpos se movían en una sincronía casi inconsciente. Elizabeth, inclinada sobre una pila de planos, sentía el roce de la tela de su suéter contra su piel, cada movimiento hacía que sus senos se insinuaran bajo la ropa. Atziry, a su lado, colocaba una sábana sobre el colchón improvisado, su vestido subía peligrosamente por sus muslos mientras se agachaba, dejando al descubierto la suavidad de su piel.

    —¿Crees que a Diego le gustará? —preguntó Atziry, girándose hacia su madre con una mirada que destilaba picardía. Sus manos se deslizaron por la sábana, alisándola con una lentitud deliberada, como si estuviera invitando a algo más que una simple conversación.

    Elizabeth sintió un calor subir por su pecho, su cuerpo reaccionaba a la cercanía de su hija y a la idea de Diego invadiendo su espacio. —Si es como tú dices, no creo que se queje.

    El día que su sobrino se mudaría con ellas llegó. Diego cruzó el umbral, su maleta golpeó suavemente contra el marco de la puerta. Elizabeth y Atziry lo recibieron con sonrisas radiantes, el aire estaba cargado de una bienvenida cálida pero teñida de algo más, algo que vibraba en el espacio entre los tres. Atziry, era un torbellino de energía juvenil, sus micro shorts de mezclilla apenas cubrían la curva de sus muslos, abrazando sus caderas con una audacia que rayaba en lo provocador.

    Su blusa de tirantes escotada, de un blanco casi translúcido, dejaba poco a la imaginación: sin sostén, sus pezones erectos se marcaban bajo la tela fina, un detalle que atrajo la mirada de Diego como un imán. Sus ojos destellaban con una mezcla de inocencia y picardía mientras le daba un abrazo rápido, su cuerpo rozó el de él con una naturalidad que parecía estudiada.

    Elizabeth, por su parte, había elegido un vestido floreado que se adhería a su figura esbelta como una caricia posesiva. El tejido, demasiado entallado, delineaba cada curva de su cuerpo, desde la suavidad de su cintura hasta el contorno prominente de sus senos, que parecían desafiar la tela con cada respiración. Su piel blanca brillaba bajo la luz, y su cabello rubio caía en ondas sueltas, enmarcando unos ojos miel que observaban a Diego con una mezcla de curiosidad y cautela. La mirada de su sobrino, aunque discreta, recorrió el vestido, deteniéndose un instante en la forma en que abrazaba sus caderas, pero no dijo nada, solo esbozó una sonrisa tímida que escondía un destello de algo más.

    —Diego, ¡qué bueno que estás aquí! —dijo Atziry, mientras lo guiaba hacia el estudio de arquitectura, sus caderas se balanceaban con cada paso, sus shorts subían ligeramente y revelaban la piel suave de sus nalgas. Elizabeth los siguió, consciente de cómo el vestido se movía contra su cuerpo, la tela rozando sus muslos y enviando un cosquilleo por su piel. El estudio, un espacio pequeño lleno de planos y maquetas, olía a papel y madera, con un colchón improvisado en el suelo cubierto por una sábana limpia.

    —Aquí es donde te quedarás —dijo Elizabeth.

    Se inclinó ligeramente para ajustar una almohada, el vestido subió por sus muslos y dejó al descubierto un destello de piel que captó la atención de Diego. Él, aún con un dejo de timidez, asintió, sus ojos oscuros recorrieron el espacio antes de posarse de nuevo en las dos mujeres. —Gracias, tía. Está perfecto —murmuró, con voz profunda enviando un escalofrío inesperado por la columna de Elizabeth.

    Atziry se acercó a él, rozó su brazo con los dedos mientras señalaba una estantería. —¿Ves? Aquí puedes poner tus cosas. No es un palacio, pero mamá y yo te haremos sentir en casa —dijo, con tono juguetón, mientras se inclinaba hacia adelante, la blusa dejó entrever aún más el contorno de sus pezones. Diego tragó saliva, su mirada se desvió rápidamente, pero no lo suficiente como para que Elizabeth no lo notara. Ella sintió un calor subir por su pecho, una mezcla de celos y deseo que la tomó por sorpresa. La presencia de Diego, joven y viril era como una chispa en un polvorín, y la reacción de Atziry solo avivaba la llama.

    —Bueno, te dejamos para que te instales —dijo Elizabeth, rompiendo el momento con una sonrisa tensa, aunque sus ojos miel seguían fijos en Diego, captando la forma en que sus manos fuertes levantaban la maleta. Él asintió, cerrando la puerta del estudio tras ellas con un clic suave que resonó en la casa silenciosa.

    Las semanas se deslizaban en la pequeña casa, y la convivencia entre ella, Atziry y Diego había encontrado un ritmo, aunque no exento de tensiones que palpitaban bajo la superficie. Su atención estaba dividida: la audacia de su hija la tenía en vilo. Atziry había convertido la casa en un escenario de provocación, sus vestidos ligeros y micro shorts dejaban poco a la imaginación, cada movimiento suyo era una invitación deliberada dirigida a Diego.

    Una mañana, Elizabeth sorprendió a Atziry saliendo de su habitación en un baby doll de encaje rosa, la tela era tan fina que dejaba traslucir la silueta de sus pezones erectos y el contorno de sus caderas. Se dirigía a la cocina, donde Diego preparaba café, y su risa cantarina llenó el aire mientras se inclinaba sobre la encimera, dejando que el dobladillo del baby doll subiera peligrosamente por sus muslos. —Diego, ¿me pasas el azúcar? —preguntó con un tono meloso, sus ojos brillaron con picardía mientras se acercaba a él, rozando su brazo con la punta de los dedos. Diego, con una camiseta ajustada que marcaba sus músculos y unos jeans que delineaban su figura, desvió la mirada, pero el rubor en su cuello lo traicionó.

    Elizabeth, desde el umbral del estudio, sintió una punzada en el pecho, una mezcla de celos y preocupación que le apretaba el estómago. Observó cómo Atziry se movía con una confianza descarada, su cuerpo joven vibraba con una sensualidad que parecía desafiar a Diego a reaccionar. —Cuidado, Atziry, no queremos que Diego se queme con el café —dijo Elizabeth, su voz estaba cargada de un filo juguetón pero firme, mientras entraba a la cocina. Llevaba un vestido ceñido que abrazaba su figura esbelta, la tela marcaba cada curva de sus senos y caderas, y notó cómo los ojos de Diego se deslizaban hacia ella, atrapados por un instante en el escote que dejaba entrever la piel blanca de su pecho.

    Diego sonrió, nervioso, levantando las manos en un gesto de rendición. —Tranquilas, solo estoy tratando de sobrevivir aquí —bromeó. Pero sus ojos, oscuros e intensos, se detuvieron en ella un segundo de más, y Elizabeth sintió un calor traicionero subir por su cuerpo. Atziry, ajena o quizás deliberadamente indiferente, se acercó aún más a Diego, apoyando una mano en su hombro mientras susurraba: —¿Sobrevivir? Vamos, primo, que no mordemos… todavía. —Su risa era un desafío, y el baby doll se deslizó un poco más, dejando al descubierto la curva de sus nalgas.

    Elizabeth apretó los labios, su cuerpo se tensó ante el descaro de su hija. En su interior, una lucha ardía: los celos por la atención que Atziry reclamaba de Diego se mezclaban con un deseo reprimido que la avergonzaba. Diego, por su parte, mantenía una compostura admirable, desviando la conversación hacia temas triviales, pero Elizabeth notaba el esfuerzo en su mandíbula tensa, en la forma en que sus manos se cerraban en puños para no ceder a la tentación. —Atziry, ve a ponerte algo más… decente —dijo Elizabeth, con tono más autoritario de lo que pretendía, aunque sus ojos no pudieron evitar recorrer la figura de Diego, imaginando por un instante cómo se sentirían esas manos fuertes contra su piel.

    Atziry se encogió de hombros, lanzándole una mirada traviesa a Diego antes de salir contoneándose, el baby doll ondeando como una bandera de provocación. Cuando se quedaron a solas, Elizabeth se acercó a la encimera, su vestido rozaba sus muslos mientras se inclinaba para tomar una taza. —Espero que tu prima no te esté incomodando, Diego —susurró, su voz era baja y cargada de una intensidad que no pudo contener. Diego tragó saliva, su mirada se deslizó por el contorno de su figura antes de responder: —No es fácil, tía, pero… lo intento.

    Un viernes por la tarde, la casa estaba envuelta en un silencio inusual, roto solo por el sonido de las hojas de papel que Diego revisaba en el estudio, inmerso en los documentos de un caso que lo tenía absorto. Atziry se había marchado temprano para un viaje de fin de semana con sus amigos, dejando la casa en una calma que parecía amplificar cada ruido.

    Elizabeth irrumpió por la puerta principal, su respiración era agitada y tenía el ceño fruncido, cargando un bolso pesado que parecía reflejar el peso de su día. Su vestido negro, ceñido como una segunda piel, abrazaba cada curva de su cuerpo esbelto, resaltando la prominencia de sus senos y la firmeza de sus caderas. Su cabello rubio, ligeramente desordenado, caía sobre sus hombros, y sus ojos miel destellaban con una mezcla de furia y cansancio.

    Diego levantó la vista desde el escritorio, notando de inmediato el torbellino de emociones que envolvía a su tía. Se puso de pie y se acercó a ella con pasos lentos, su presencia llenó el espacio. —Tía, déjame ayudarte con eso —dijo, con voz profunda y cálida, extendiendo las manos hacia el bolso. Elizabeth, con un gesto brusco, lo apartó casi empujándolo. —Puedo sola, Diego —espetó, su tono fue cortante mientras el vestido se tensaba contra su piel, dejando entrever el encaje negro de su ropa interior con el movimiento.

    Continuará…

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  • Sueños cumplidos

    Sueños cumplidos

    Buenas, mi nombre es Alex, tengo 37 años, mido 164 cm, 87 kg, llevo la cabeza afeitada y tengo bastante vello corporal. Tengo un cuerpo “rechonchete” y no me considero guapo ni atractivo, en resumen creo que soy un chico “del montón”.

    Una de las cosas que más morbo me da es masturbarme delante de una mujer mientras me observa; desde que era adolescente era una de mis fantasías y me ponía (y me pone) muy cachondo solo de pensarlo.

    Bien, pues voy a relatar la primera vez que conseguí hacer realidad ese sueño y que se convirtió en uno de los días más felices de mi vida.

    Desde los 18 años tenía como costumbre entrar en chats buscando alguna chica o mujer para hacer videollamada y poder masturbarme mientras me miraban. Hice esto durante mucho tiempo y con bastantes mujeres; aunque realmente lo que deseaba era poder hacerlo cara a cara, pero no conseguía contactar con alguna “valiente” que estuviese dispuesta a ello.

    Un día inmerso en una sala de chat, recibí un mensaje privado de una chica cuyo Nick era “gordita69”. Estuvimos charlando un rato, como todas las conversaciones de esos chats, manteníamos una conversación bastante subida de tono. Yo le dije mi nombre y que tenía 19 años, aunque en ese momento tenía 21. Ella me dijo que se llamaba Cristina y que tenía 18 años. Le conté que lo que me gustaba era ser observado mientras me hacía una paja y que uno de mis grandes sueños era hacerlo frente a frente, en vivo.

    Ella me dijo que era virgen, que nunca había estado con ningún chico de manera real, sólo tenía experiencias virtuales de cibersexo; dijo que consumía bastante porno en internet, que le encantaba ver cómo se corrían los hombres pero que sólo una vez había visto una polla con sus propios ojos en una despedida de soltera. Me contó que el “boy” iba recorriendo las mesas con su polla y las que querían se la tocaban e incluso alguna se atrevió a chupársela. Al pasar a su lado pensó en cogerla con sus manos, pero no tuvo el valor de hacerlo.

    Le dije que no se preocupase, que algún día sería el momento de tener esa experiencia. Al final le propuse poner la cam y vernos, a ver cómo iba la cosa. Me advirtió que ella tenía un “poco de sobrepeso” (palabras textuales). Le dije que, a mí, el físico no me importaba demasiado, que lo que me daba mucho morbo era el acto de que me viesen.

    Nos pasamos el perfil de Skype y comenzamos una videollamada. Yo estaba en el sofá y sólo llevaba puesto unos calzoncillos; su cámara la enfocaba de barbilla para abajo, sin mostrar su cara. Estaba en la cama semi tumbada y llevaba una camiseta azul con unos pantaloncitos cortos de pijama de color rosa.

    Al verla, comprobé que no me había mentido. Era una chica gordita, su pelo liso le llegaba por debajo de los hombros y su camiseta no podía ocultar ni el tamaño de sus grandes tetas ni su calentura, ya que se notaba que tenía duros los pezones y sus aureolas. Tenía una voz dulce y suave, con un tono que casi parecía la voz de una niña. Nos masturbamos con pasión y gimiendo de placer.

    Lo pasamos genial, tanto que me pegué tal corrida de placer que unas gotas de mi semen llegaron hasta mi barbilla. A ella pareció gustarle mucho eso porque me dijo que no me limpiase hasta que acabara ella. Acerqué mi cara a la cam para que lo viese bien y ella acabó regalándome un buen squirt regando parte de su cama. Fue más que maravilloso.

    Seguimos chateando un rato y le propuse que, aunque no solía hacerlo, nos intercambiaríamos los teléfonos porque me gustaría seguir en contacto con ella hablando por WhatsApp. Tuve que insistir un par de veces porque no estaba muy convencida de hacerlo; pero, al final, aceptó y nos dimos los números.

    Estuvimos un par de meses quedando a través del móvil para nuestras citas de Skype. Yo diría que teníamos una relación de amistad con derecho a cibersexo; Cristina me decía que lo que hacíamos era una locura y que nos estábamos “enganchando” uno al otro. Cada vez que nos veíamos, yo insistía en verle la cara; pero nunca quería y decía que eso no era importante. Un día, decidí probar algo nuevo para conseguir tener una cita real con ella. Le dije que iba a alquilar una habitación de un hotel y que podría ser una buena oportunidad para que ella, por fin, tuviese la experiencia de ver a un hombre desnudo de cerca.

    Le dije que no se preocupase, que ella estaría al lado de la puerta y, en cualquier momento, tendría la opción de irse si se sentía incómoda. Por fin aceptó y quedamos un martes por la tarde para vernos. Decidimos vernos a las 18 h en el bar del hotel para romper el hielo tomándonos unas copas.

    Llegó el martes, eran las 17.50 h y yo ya estaba sentado en la barra del bar del hotel, pasaron 5 minutos y Cristina apareció. Era mucho más guapa de lo que me imaginaba. Por fin le vi la cara, tenía los ojos color miel, medio achinados; llevaba unas gafas negras de pasta que le quedaban perfectas, parecía que las habían hechas a medida y quedaban perfectas con esa bonita cara redondeada. Iba vestida con un vestido negro y la falda le llegaba justo por encima de las rodillas.

    Estuvimos hablando un buen rato y nos bebimos 3 o 4 copas. Noté que no debía estar acostumbrada a beber porque parecía ya afectada por el alcohol. Decidí que era el momento y le dije que tenía que subir a ducharme y que si se “atrevía” a subir conmigo. Le dije que no haríamos nada que ella no quisiera, se le enrojecieron las mejillas y, con una sonrisa pícara, me dijo que fuéramos a la habitación.

    Entramos en la habitación y lo primero que hice fue sacar la silla que había metida en el escritorio y ponerla al lado del escritorio, quedando muy cerca de la puerta de la habitación y orientada de frente a la cama. Dije que iba a ducharme y entré al WC. Me duché y salí con una toalla rodeando mi cintura y que cubría hasta mis rodillas.

    Cristina me dijo que estaba muy nerviosa, yo me acerqué y le acaricié el hombro diciéndole que se tranquilizase, que era normal y que lo que tenía que pensar era que iba a hacer a una persona muy feliz solamente mirando, sin estar obligada a hacer nada más; insistí en que era algo muy bonito y un gesto de ser buena persona por ayudar a otra y hacerla más feliz. Dijo que, visto de esa manera, se sentía mejor y mucho más tranquila.

    Yo ya estaba muy caliente y medio empalmado, fui a la cama y me tumbé cubriéndome con la sábana. Me quité la toalla y la saqué por el lado, dejándola en la mesita de noche. La sábana dibujaba mi semi erección y le pregunté si podía empezar a tocarme; ella me dijo que si eso me iba a hacer feliz, que empezase cuando quisiese. Esas palabras me excitaron muchísimo y las curvas de la sábana ya dejaban ver lo dura y grande que estaba mi polla con esa gran erección. La miré y vi que estaba mirando con atención, con mi mano derecha comencé a acariciarme por encima de la sábana y le pregunté si quería ver cómo crecía hasta su máximo tamaño.

    Sorprendida me dijo que no podía ser verdad que aún creciese más, y yo le respondí que ahora lo vería. Se sonrojó y me dijo que a ver si era verdad. Cogí mi polla rodeándola por la base y la apreté para que la sábana mostrase todo su contorno. Entonces comencé a frotarme el prepucio con la otra mano y haciéndola crecer lentamente. Le dije que, si quería, podía ayudarme un poco bajándose el vestido, a lo que contestó que no; pero poco a poco se notaba que aumentaba su excitación y no tardó en bajárselo y mostrarme sus grandes pezones rosados tímidamente.

    Le propuse acercar la silla al lado de la cama para que tuviese mejor visión; se subió el vestido, se levantó, colocó la silla a mi lado y se sentó. Mi mente no dejaba de pensar que tenía a una mujer al lado mío observando cómo me hacía una paja; eso me puso a mil y mi polla se endureció a tope y creció hasta su tamaño máximo. Le miré a los ojos y le dije que si quería, podía tocarla; me dijo que no se atrevía y le dije que no pasaba nada. Dejé de tocarme para coger una de sus manos para acercarla hacia mí. Le dije que sólo iba a tocar una sábana y coloqué sus dedos rodeando mi polla; al notar su contacto apartó la mano sorprendida.

    “Cógela y juega con ella”, le dije mientras agarré de nuevo su mano y la volví a colocar rodeando la base del tronco. Empezó a subir y a bajar la mano, desde la base hasta el prepucio, lentamente. Yo estaba disfrutando como nunca, creía que me iba a reventar de lo dura que estaba. Le pregunté si quería ayudarme un poco más y ella preguntó que cómo. Volví a coger su mano, la separé un poco de la cama, levanté la sábana un poco y la introduje para que sintiese todo mucho mejor al tener contacto directo, sin barreras, carne con carne.

    No lo dudó, la agarró y siguió con el masaje, deteniéndose de vez en cuando en la parte superior y rodeando mi glande con el roce de sus dedos. Después de unas cuantas sacudidas, decidí quitar la sábana para que los dos tuviéramos una visión completa de la situación.

    Continuó haciéndome esa suave paja y le dije que podía aumentar la velocidad de sus movimientos; así lo hizo y al poco tiempo le dije que si seguía así, me iba a correr en breve. Le pregunté si quería ver de cerca cómo eyaculaba un hombre, recordándole que era mi mayor fantasía. Ante mi sorpresa, aceptó sin insistir; le dije que se sentase en la silla junto al escritorio. Se sentó allí, yo me levanté y me coloqué a su lado, apuntando con mi glande a la mesa. Tenía la polla muy cerca de su cara y le dije que podía continuar con la maravillosa paja que me estaba haciendo.

    Ella la agarró mirándome a los ojos, bajó su mirada hasta esa polla que tenía entre manos y a pocos centímetros y siguió masturbándome cada vez más rápido y mirándome a la cara de vez en cuando, comprobando mi cara de auténtico placer. Le dije que estaba a punto y que, por favor, no parase de meneármela después de correrme, que continuase porque seguir después de la eyaculación me provocaba muchísimo placer. Sonrió mirándome a la cara, volvió a bajar la mirada y aumentó todo lo que pudo el ritmo de sus sacudidas.

    No tardé en correrme y expulsar tres o cuatro chorros de leche a borbotones, mientras ella seguía meneándomela. Gemí de placer varias veces y tuve un orgasmo brutal, uno de los mejores de mi vida. Le dije que podía parar y, cuál fue mi sorpresa cuando soltó mi polla y pasó sus dedos por la mesa recogiendo parte del semen que había esparcido allí. Entonces me miró a la cara, sonrió y se llevó los dedos a su boca para lamerlos, los limpió con su lengua y, mirándome de nuevo, se lo tragó todo. Volvió a dibujar una sonrisa y de nuevo pasó los dedos para acabar de limpiar la mesa, mirarme y saborear todo mi semen.

    Le dije que eso no tenía porqué haberlo hecho y me contestó que ella también quería hacer realidad uno de sus sueños y me dio las gracias por poder hacerlo realidad.

    Ella se despidió diciendo que había disfrutado como nunca, que nunca olvidaría ese día y que podríamos repetir; pero eso es otra historia…

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  • Me gustó y me lo cogí (2)

    Me gustó y me lo cogí (2)

    Soy Lau, todos me conocen por mis relatos anteriores y mi marido José. Esta es la continuación de la parte 1.

    Hasta ese momento solo me había visto de frente y ya se le salían los ojos, me preguntaba que iba a pasar al verme de espaldas.

    -¿Podrías darte una vuelta?

    -Claro (me moría de ganas porque me pidiera eso)

    Y di la vuelta lo más sexy y despacio que pude, al terminar, volví a ver su rostro aún más excitado, simplemente me encantó.

    Y nuevamente la misma dinámica, yo intencionalmente moviendo y sacando mis nalgas y él sorprendido de mi completa desinhibición, luego me pidió algo que me sorprendió un poco:

    -¿Lau, puedo pedirte un favor?

    -Dime…

    -Podrías regresar al baño, ponerte tus zapatos de tacón y modelarme nuevamente, es que me encantan las mujeres en tacones.

    Yo había salido descalza, así que a pesar de que me sorprendí un poco, no tuve problemas en acceder, me encanta como me veo en tacones, pero no pensé que en ese momento fuera algo que le importara a mi acompañante.

    Regresé al baño y me puse los zapatos, mire el celu para leer lo que José me escribió, y responderle que ya lo tenía en la cama con la pija dura, de inmediato me dispuse a salir nuevamente, al hacerlo veo a mi amigo recostado en la cama, con su verga de fuera, tenía toda su ropa puesta, solo había sacado su duro miembro, su verga era de hombre, gruesa y lo suficientemente grande sin exagerar, me encantan las buenas vergas, y esa me gustó bastante, además con la calentura que cargaba, quería saltar sobre ella en ese instante, a pesar de ello seguí jugando un poco y fingí una completa naturalidad

    -Así está mejor, ¿te gusta más con los zapatos?

    -Si, se ve aún mejor ¡que rica te ves!

    -Gracias, ¿quieres otra vuelta?

    -Por supuesto

    Y así lo hice, consciente de lo que estaba por suceder, pero aún en este aparente estado de ingenuidad.

    -Bueno creo que con esto terminamos; ¿no crees?

    -¿Por qué?

    -Pues me pediste modelar el atuendo y ya lo hice; ¿o se te ofrece algo más?

    Y lo dije mordiéndome un poco los labios y con el tono más coqueto que pude encontrar, él con los ojos desorbitados, y ya masturbándose descaradamente, no encontraba las palabras, se veía que el juego lo tenía sumamente excitado; siendo yo dueña completamente de la situación, al final me alcanzó a decir:

    -Bueno la verdad es que tenía en mente que me ayudaras también a ensayar lo que espero que suceda con mi esposa; ya sabes quiero estar listo.

    -Ohhh, ¿que tienes en mente?

    -La verdad es que me encanta el sexo oral, tanto hacerlo como recibirlo y mi mujer no le gusta mucho ninguna de las dos cosas

    -¿Quieres que te la mame?, ¿no crees que es ir demasiado lejos? Me parece que a tu esposa no le gustaría mucho que yo lo hiciera

    -Bueno no tendría por qué enterarse; la verdad es que has sido tan comprensible conmigo que por eso me atrevo a pedirte ese favor

    -Nada más que tengo un problema, yo puedo ponerme este atuendo y pretender que soy tu mujer, pero si te la voy a mamar, pues no puedo hacerlo como lo hace ella, porque no sé cómo lo hace, solo sé hacerlo a mi manera, así que no sé qué tanto te sirva.

    Y me mordí mi dedo índice mientras terminaba la frase, él no soltaba su verga y se masturbaba cada vez más fuerte.

    -Creo que es un problema menor, hazlo por favor a tu manera, al final a ella no le gusta mucho.

    -Creo que tienes mucha razón…

    Y me acerqué a él despacio, subí a la cama, retiré su mano de su verga y tomé su lugar, lentamente comencé a pajearlo y lo miraba con mi mejor cara de puta mientras él se retorcía de placer, tenía pleno control de la situación, sentía que me deseaba, estas actitudes en verdad me hacían creer que estaba ante un hombre casado poco atendido.

    -Lau por favor, hazlo con la boca

    Era un caballero, no me decía, puta, golfa, verga, mamar, coger, etc. cuidaba las formas y las palabras hasta en esos momentos, y yo que me encanta decir y que me digan groserías, me sentía un poco fuera de lugar, pero eso le daba un toque de novedad y me gustaba, a mí que me encanta que me dominen, que una buena verga me someta y que me insulten y nalgueen mientras me cogen, hoy sentía el total control de la situación y eso me excitaba, sabía que podía pedirle cualquier cosa a mi nuevo amante y no tendría reparos en complacerme con tal de que saciara sus fuertes deseos de sexo.

    Entonces decidí complacerlo y comencé a mamársela, primero jugué despacio con mi lengua en la cabeza de su miembro, luego lo recorrí completo con la lengua, después me lo metí a la boca y se lo hice lentamente.

    -¿Así te lo hace tu mujer?

    -¡Para nada! lo hace despacio, pero nada que ver, ¡tú eres lo mejor!, no sabes que delicia

    -Qué bueno que te gusta (y seguí con mi trabajo)

    -Tu así se lo haces a tu marido

    -La verdad es que se lo hago de distintas formas…

    -¿Y cómo le gusta más?

    -¿De verdad quieres saber? No creo que puedas aguantar sin terminar, y quiero que me cojas también…

    -Me encantaría, no sabes cómo lo deseo y no te preocupes, tome la pastillita cuando compre la lencería para poder hacerte todo lo que quieras

    -Ok, entonces ponte de pie

    Así nos levantamos los dos, me propuse darle a este cabrón una mamada que no olvidaría, al estar los dos de pie, me incliné hasta su verga, pero manteniendo mis piernas rectas sin doblar mis rodillas, de esta forma mi cuerpo quedaba en un ángulo de 90 grados y con ello mis nalgas estaban completamente empinadas, así la combinación de mi posición con mi diminuta tanga le daría a mi amante una perfecta visón en el espejo de mi culo.

    La posición no era la mejor para desarrollar un buen trabajo con mi boca, pero si para dar un buen panorama de mis nalgas, así duré un rato y después cambié la posición.

    -Luego también me gusta ponerme de rodillas frente a mi macho, me encanta mamarla así

    Así lo hice y aceleré el ritmo, mientras lo hacía sobaba sus bolas y eventualmente masturbaba su verga, use mi boca y mis manos al máximo y con la mayor velocidad posible.

    -Así le encanta a mi marido, ¿te gusta?

    -¡Si, mucho!

    Y regresé a lo mío, no me llevó mucho tiempo hacerlo terminar, el semen salía de su verga, y caía sobre mis tetas ensuciando lo que tenía puesto, parecía que este tipo no había descargado en semanas, mientras terminaba gemía y gemía, mientras yo con mis manos le limpiaba bien la pija, para seguir chupando luego, la calentura de todo lo sucedido me venció, me estaba encantando el poderlo complacer de esta forma y ser capaz de haberlo excitarlo tanto.

    Aún con la respiración entrecortada, escucho entra mensajes a mi celular, con la calentura se me había pasado el tiempo y me había olvidado de mi marido, justamente era él, tomé el teléfono y contesté, al hacerlo rápidamente regresé a mi posición original de rodillas frente a mi nuevo amigo.

    Y le respondí con un mensaje de voz que se cortaba cada vez que me ponía la pija de mi amante en la boca, para que se dé cuenta que estaba ocupada.

    Me encanta el morbo, ese mensaje me dio un pretexto ideal para seguir siendo la puta que soy, y sacar un par de fotos mías con la verga cerca mi cara y de rodillas frente a otro hombre. Contándole que todavía deseaba ser penetrada por el cabrón en cuestión.

    Solté el teléfono, estaba a mil de caliente, quería coger y aun debía esperar que mi amante se recuperara.

    De esta forma se acercó a mí y comenzó a besarme, al mismo tiempo apretaba y sobaba mis tetas, pronto tenía su boca metida en mis pezones, yo rápidamente respondí a sus caricias movía mis caderas, estaba muy caliente.

    -Te acuerdas de que decías que te gustaba hacer y que te hicieran sexo oral, pues déjame ver que tan bien se lo haces a tu esposa

    Y así me llevó a la cama y comenzó a jugar con su lengua en mi sexo, mordía y chupaba, con la calentura pronto empecé a gemir y a jalar sus cabellos.

    Y en poco rato sentí un orgasmo salir de mi cuerpo, al recuperarme un poco lo veo acercándose a mí ya con su verga completamente erecta.

    -¿Y ahora que propones corazón? Me dijo.

    -No sé, se me ocurre ponerme así (y me puse en cuatro patas) de esta manera no nos vemos las caras y tu podrías pensar que soy tu mujer

    -Me encanta la idea, nada más que mi esposa no tiene este rico culo.

    Y mientras decía esto movía descaradamente mi culo, así en 4 patas; me encantaba provocarlo y sentirme dueña de la situación.

    Por fin me daría el gusto de tener la verga dentro de mí, por fin después de tantos días de abstinencia un trozo de carne entró en mi cuerpo, sentí su verga dura penetrarme, rápidamente moví mis nalgas y era yo la que prácticamente me estaba cogiendo, lo quería duro y fuerte, al poco rato ya era descarado mi movimiento de caderas, la puta que vive en mí ya estaba fuera de control y yo solo quería ser poseída como la perra en celo que soy.

    Quería que me insultara, quería que me llamara puta, quería que me nalgueara, que me jalara el pelo, pero simplemente no lo hacía, se limitaba a seguir el ritmo de mis embestidas y tratar de complacerme.

    -Sabes mi marido suele nalguearme y llamarme puta mientras me coge, ahhh, me gusta salvaje, ohhh

    -Yo no puedo llamarte así y mucho menos pegarte

    -Ok papi, ¡pero dame duro por favor!

    Y entonces aceleró el ritmo y empezó a darme como me gusta, sus embestidas se convirtieron en salvajes y entonces yo ya no me movía, solo recibía su gruesa verga, al poco tiempo mis gritos eran tan sonoros que esporádicamente mordía la almohada para recuperar el aliento y descansar mi garganta.

    -Ahhh ¡que rico!, ¡más más por favor! ¡qué buena cogida me estás dando cabrón!

    -¿Te gusta?

    -¡Me encanta! ¿así te coges a tu mujer cabroncito?

    -Para nada a ella no le gusta así de duro

    -Pues a esta perra le encanta, ¡ni se te ocurra parar cabrón, dame, dame!

    Durante varios segundos seguimos así, luego tomábamos un pequeño descanso y disminuíamos el ritmo, luego acelerábamos y repetíamos el proceso, esto duró varios minutos, luego de terminar yo un par de veces, sabía que era inminente que mi amante terminara, de esta forma me dispuse a cerrar lo mejor posible, por fin volteé a verlo, y fijando mi mirada en sus ojos, quise seguirle demostrando la clase de mujer que creo ser

    -¿Te gusta mi culo papi?

    -Me encanta

    -Pues si no me quieres nalguear yo si lo voy a hacer (y así me di un par de nalgadas, cada una más fuerte que la otra); ¿te gustó?

    -Mucho

    -Pues por favor dale duro a esta puta cabrón, ¡quiero que me hagas gritar!

    Y de esta forma aceleró el ritmo por última vez, los dos acabamos y sólo se escuchaban nuestros gritos

    Y así por fin ambos terminamos en un largo y delicioso orgasmo

    Al final mi amante entró en razón y le pido que se quede que ya llega mi marido y podríamos seguir los tres durante toda la noche, pero se vistió rápidamente, me dio un beso y se fue, diciendo que era muy tarde para él y que tenía un compromiso. No sé si era cierto o tuvo miedo a José… jajaja

    -¿Oye y el atuendo de tu esposa?

    -Quédate con él, siempre fue para ti, mi esposa nunca se pondría algo así

    Y así salió de la habitación, me quedé un poco desilusionada porque quería que se quedara para que me sigan cogiendo entre los dos cuando llegue José y despedirme un poco más cariñosa, me hubiera gustado al menos darle unos besitos a su verga antes de irse, me quedé unos segundos en la cama mirando el baby doll en el suelo lleno de leche, y leyendo los mensajes que me había enviado mi marido pidiendo más detalles, al poco rato oí tocar la puerta, me emocioné al pensar que mi amigo había regresado, me levante rápidamente y me arreglé un poco el cabello, abrí la puerta.

    Era mi marido, estuvo casi a punto de encontrarse, cosa que me habría encantado, tal vez entre los dos lo hubiéramos convencido, al momento corrí al baño y me arregle un poco, me puse el baby doll, salí y modelé nuevamente el atuendo; por segunda ocasión en el día, solo que esta vez a la altura de mis tetas tenía los restos de leche de mi amante, el modelito me serviría para excitarlo, a los pocos minutos ya estaba siendo cogida nuevamente pero ahora con la verga de siempre, la de mi esposo.

    De mi amante no volví a saber nada, no sé si alguna vez vuelva a verlo, lo que si es que aún conservo el baby doll y eventualmente me lo pongo previo a coger con mi marido, cuando estoy sola en el vestidor y a punto de ponérmelo no puedo evitar esgrimir una pícara sonrisa y mojarme un poco.

    Gracias a las personas que nos dan like, que nos comentan, y leen todos nuestros relatos, lo que escribo creo que es lo mejor que puedo hacer es ofrecerles mis textos.

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  • Mi madre, mi mujer (3 – final)

    Mi madre, mi mujer (3 – final)

    —Me hiciste tuya por todos los agujeros, pero también eres mío y desde ahora en adelante, vas a coger conmigo y nadie más.

    —Mamita, soy tu hijo, tu hombre y mi pija es tuya también.

    Con estas palabras había sellado un compromiso con mi madre. En la semana siguiente todo siguió igual durante el día, a la noche yo pasaba de ser el hijo, a ser su macho que ella exprimía con la boca y con la preciosura de su concha, pero ella quiso agregar al menú sexual el postre y era lo que más me gustaba. En cada sección, que habitualmente eran todas las noches, se ponía en cuatro y ronroneando como gata en celo decía:

    —Quiero la leche calentita por mi culito.

    Y yo me prendía a su trasero y abría sus nalgas y chupaba concha y terminaba ensalivando ese agujerito marrón. Ya no era necesario la crema, había aprendido, que sacudiendo mi pija en el clítoris ella se acababa enseguida, así me lubricaba la pija y encaraba hacia la entrada de su culito, la introducía despacio, como ella me lo pedía y una vez que se acostumbraba comenzaba a bombear cadenciosamente, cuando ella comenzaba con pequeños grititos, sabía que estaba por acabar. La enterraba lo más profundo posible y le daba mi leche.

    Para mi madre era costumbre salir con sus amigas y amigos los sábados por la noche o en su defecto los domingos al mediodía. Ese sábado por la mañana me anuncio:

    —Esta noche salgo con amigas y amigos, son los de siempre.

    Con una pizca de celos le dije:

    —Aprovecho para ir con mis amigas y amigos. No salió como pensaba, solo respondió:

    —Bueno, suerte.

    Había transcurrido el mes rápidamente y volvía a casa Naty. Le consulte a mi madre:

    —Este fin de semana vuelve Naty, ¿qué le digo?

    —¡Vos no digas nada! ¡Yo voy a hablar con ella! Algo le comente por teléfono.

    No dije mas nada, eso me salvaba de dar explicaciones, mis dos mujeres se arreglarían entre ellas. Naty llego el viernes después de mediodía, yo hacía un trabajo para la facu, cuando escuche el grito de Natalia.

    —¡Ricardo llego Naty!

    Salí de mi cuarto, dirigiendo a la sala cuando llegue Naty se saludaba con mamá, fui a su encuentro y abrazándola le di un beso en la boca.

    —¡Wuahh! Que recibimiento más efusivo, Ricardo.

    —Vos te lo mereces. ¡Te quiero mucho, hermana!

    Después de refrescarse y cambiarse, las vi a las dos hablando animadamente en el estudio de mi madre, no pude oír nada, estuve en ascuas hasta la cena. Naty todo lo que había realizado en ese mes, también nos comentó sobre sus planes a futuro, Naty se quería independizar, no de inmediato, pero trataría de hacerlo lo más pronto posible y que allí, en el seminario conoció a un muchacho con el cual comenzó a salir. Cuando terminamos de cenar, mi hermana, me dijo:

    —Hermanito, nos vemos en la sala, quiero charlar un poquito con vos. La ayudo a limpiar a mamá y voy.

    Me instale en la sala y estuve navegando por las redes con mi celu. Al rato llego Naty y se sentó al lado mío.

    —Bueno hermano, ya no te puedo llamar “hermanito” porque según me conto mami, ahora sos el hombre de casa.

    Con sumo interés pregunte:

    —¿Qué es lo que te conto? ¿Todo?

    —Si todo, no te llamé la atención, mamá y yo no tenemos secretos.

    —¿Y qué piensas?

    —No mucho, estaba por suceder conmigo y como yo le pedí que te ayudara, sucedió con ella. Estoy cansada, ahora me voy a dormir, mañana a la noche cuando mamá salga con sus amigas, vamos a seguir hablando para ver como quedamos. ¿Te parece?

    —¡Como tú quieras!

    Me quede tranquilo, habían hablado entre ellas y aparentemente no hubo ningún cortocircuito, más, Naty dijo que si ella no hubiese tenido que viajar, la que me hubiera desvirgado seria ella. Llego el sábado y cenamos los tres, hubo un ambiente distinto al de siempre, este era más íntimo y alegre, mi madre solo pico algo, porque salía a cenar con un matrimonio amigo. Después se fue a vestir, al pasar por la sala nos preguntó, dando una vueltita.

    —¿Cómo estoy?

    Contestamos al unisonó: ¡Hermosa mamá! Yo agregue.

    —¡Para comerte!

    —¡Ya comiste demasiado de ese plato! Apunto Naty.

    Una vez, que se fuera nuestra madre, Naty me dijo:

    —vamos a charlar a mi cuarto. Y enfilo hacia allí, yo que iba detrás de ella, le miraba esas nalgas que se movían, como si fueran flan a cada paso, lo imagine con dulce de leche y yo pasando la lengua, me pasaba la lengua por los labios, cuando llegamos a la puerta de su cuarto. Me tire en la cama con mi codo apoyado en la almohada, ella se sentó con las piernas recogidas dejándome ver el triángulo de su tanga, esa visión me calentaba.

    —Veras Ricardo, mamá ya me contó todo, cuando digo todo es que desde que me fui estás cogiendo con ella, yo le pedí que te ayudar, no creí que llegaran a esto (yo la escuchaba en silencio) ahora me siento en desventaja, por eso quiero yo también quiero coger con vos.

    Fui a abrazarla.

    —¡No olvido todo lo que me ayudaste! ¡Vamos a coger y vas a gozar como ella!

    La acosté suavemente mientras la besaba, comencé a desnudarla, ella quiso hacerlo, no la deje.

    —Deja que lo haga yo, quiero descubrir tu cuerpo despacio para recordar este momento, como uno de los más bellos de mi vida. No sabes cuánto te he deseado, ahora te voy a chupar, te voy a comer toda.

    Termine de decir esto cuando le sacaba por los pies la tanga, que por supuesto la lleve a mis narices, para impregnar de sus olores las fosas nasales. Me tenía muy caliente, pero la quería hacer gozar para que no se olvidara de mí. Quería que ella y mi madre fueran mis mujeres. Cuando la tuve desnuda ante mí. Sin dejar de admirar su cuerpo, me desnude.

    —¡Que hermosa que eres Naty! ¡Abre las piernas y dejame comerte esa hermosa conchita!

    Sin ningún preámbulo, metí mi cabeza entre las piernas y mi lengua en su cavidad, recorrí chupando y mordiendo los labios y me detuve largo rato en el clítoris, que parecía un pequeño pene, se retorcía, gemía y se mojaba.

    —¡Aaaaahg! ¡Me voy a acabar, hermano!

    Sentí como se tensaban sus músculos y su concha se inundaba, tome parte de ese líquido y lo demás se derramo en la cama.

    —¡Hay Ricardo, fue muy bueno! ¡Goce mucho!

    —¡Ahora me toca a mí, Naty!

    Apunte mi pija y la introduje en su concha totalmente encharcada, la verdad no pude esperarla mucho, el roce y esa cueva calentita hicieron que mi pija soltara toda la leche, que quedaba de la semana.

    —Descansamos un poquito, voy al baño.

    Dije levantándome.

    —Bueno, mientras me preparo para el postre.

    —¿Para el postre? Pregunte, dándome vuelta.

    —Sí, el que les da a mamá, cuando te la coges.

    Me fui al baño, orinando pensaba, “¡Que guacha, mi madre!” hasta eso le había contado. Bueno, no hay mal, que por bien no venga, me voy a comer el flan de mi hermanita, no era para despreciar. Sacudí mi pija diciéndole: ¡Y vos compórtate! Me enrolle una toalla a la cintura y volví al cuarto, a punto de entrar a él, recordé que el flan me gusta con dulce de leche y volví a la cocina por un pote que había visto en la heladera, provisto de él regresé al cuarto. Admire ese cuerpo, tirada en la cama, boca abajo se destacaban los montes de sus nalgas con un valle en medio, quería lamber, morder esa piel tersa de su culo. Deje el pote sobre la mesa de luz. Ella pregunto:

    —¿Y eso? ¿Qué vas a comer dulce de leche ahora?

    —Cuando caminas y te miro el culo, lo comparo con un flan de como se mueve y a mí el flan me gusta con dulce de leche, cuando te coma el culito vas a entender.

    Me tire sobre ella sin aplastarla, apoyado sobre mis rodillas y manos, puse mi pedacito en valle de sus nalgas donde fue tomando fuerza hasta quedar tieso, comencé besándola en la nuca y fui bajando despacio por su espalda, vi como se le ponía la piel de gallina, ronroneaba se reía. Cuando llegue por debajo de su cintura, me arrodille y mis manos abrían el canal de sus nalgas y divise ese agujero tan preciado para mí. Tomándola con unas de mis manos del vientre, le susurre al oído.

    —Arrodíllate mi amor y abrí tus piernas, así comes tu postre.

    Al igual que a mi madre, puse mis manos en su trasero y con los dedos pulgares abrí sus nalgas y jugué con mi lengua por su concha, hasta que estuvo bien mojada. Tome el pote de dulce, abriéndolo metí el dedo y agarre un poco de dulce e hice un caminito desde el perineo hasta el agujero de su culo que titilaba frente a mí.

    —¡Ohh! ¡Está frio!

    —No te aflijas en instantes, ni lo vas a notar.

    Y comencé a lamber el dulce de leche, que había regado hasta el culito, cuando comencé a introducir mi lengua en el agujerito, pegó un grito.

    —¡Ohh, my god! ¡Ohh, my god!

    Metí los dedos en su concha y luego en su culo, primero uno, después dos, cuando note que los soportaba, moje en sus jugos mi pija le hice la colita, me di cuenta que no era yo el primero, le entro fácilmente hasta el fondo. Ya no me anduve con cuidado, le di duro con fuertes empujones quería meterle hasta los huevos, acabe como un desaforado. Yo que era bastante silencioso pegue un grito como si hubiese llegada a la meta ganador.

    Después de aquello en la cena del domingo estando los tres quedamos en común de acuerdo de, que yo sería el hombre de la casa hasta que lo dispusiera, que en la semana seria de mamá y seguiría durmiendo con ella. Los sábados y domingos serian de Naty, siempre y cuando ella no saliera con su nuevo amigo o yo con mis amigos. Pasaron los meses soy mucho más atrevido estoy feliz y contento y lo tengo que decir ¡Empachado de concha!

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  • Rica cogida en la caseta

    Rica cogida en la caseta

    La cita de hoy fue al lado de una caseta de cobro de una carretera muy conocida y transitada, llegue un poco antes que tú, esperé nerviosa tu llegada, en cuanto llegaste bajaste de tu carro y te pasaste al mío, me diste una bebida y comenzamos a platicar, de repente me besaste, me fascino sentir tu cercanía, tus labios, tu olor, todo fue genial y se fue creando el ambiente propicio para atrevernos a hacer más en un lugar público.

    Permanecimos abrazados por un tiempo, después te acomodaste en el asiento seguimos bebiendo y de repente dijiste: “¡ven, acaso no quieres!” y con la mirada señalaste tu entrepierna, al voltear ya tenías tu deliciosa verga fuera del pantalón, oh genial estaba deliciosa, gigante, firme, gruesa, descubrí que no tenías vellos lo que comenzó a excitarme, después sacaste tus huevotes, eso lo hizo más antojable.

    Empecé a mamártela oh, delicioso, pusiste tus manos en mi cabeza dirigiéndome dando y quitando intensidad, me gustó mucho eso, después tu mano fue a mis nalgas las apretabas con ansiedad, con deseo, eso fue delicioso me calentaste mucho, mi vagina empezó a lubricarse, sentía mi entrepierna húmeda, mis pezones erectos y duros, coloque tu verga gigante entre mis pechos empecé a masturbarte, estabas muy excitado, lo disfrutabas demasiado, escuchaba tus gemidos, te contoneabas.

    Por un momento olvidamos el lugar donde estábamos, afuera se escuchaba ruido de autos llegar o irse, gente platicando, pero no nos importó, la adrenalina nos excita a los dos, ignoramos el exterior del auto y seguimos con lo nuestro.

    Estábamos muy excitados, al 100, me incorpore, seguía jadeando y de repente solicitaste me pasara al otro lado, donde tu estabas, al escucharte pedírmelo mi corazón bombeó más rápido, no podía creerlo, miré tu verga y continuaba firme y gigante, primero me senté sobre ella y fue maravilloso sentirla dura, ohhh, me pediste la metiera en mi vagina, fue delicioso y a la vez doloroso.

    Metí tu verga en mi vagina, fue muy excitante sentir su fuerza y gran tamaño dentro de mí, genial, me temblaban las piernas, sentí como rozaba las paredes vaginales, esta gigante, llegó al fondo la sentí hasta el fondo, me moví de un lado a otro, de adelante atrás, para estimular más, después tú te moviste, ohhh, no podía dejar de gemir era grandioso lo que hacíamos, maravilloso, tenía ganas de gritar, pero me tuve que contener, después me preguntaste dónde los quería y terminaste dentro de mi, fue estupendo sentir como descargas tu semen, se sintió la fuerza, tu estabas igual de excitado que yo gemías y sonreías de satisfacción.

    Al terminar ambos nos dejamos caer en nuestros asientos cansados pero felices, la adrenalina nos hace cometer estas acciones, el saber que estamos en un lugar público incrementa el deseo y la pasión, después, retomamos la charla, la bebida, nos despedimos y cada quien tomo su rumbo, un delicioso beso fue la despedida.

    El resto de la tarde me temblaban las piernas, me dolía el abdomen, la vagina de recibir esa enorme verga y sentir su fuerza, al ir conduciendo note que venía feliz, cantando, me haces disfrutar mucho, quiero seguir repitiendo estas aventuras.

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  • Sombras de la fe (1)

    Sombras de la fe (1)

    ¿Por qué tuvo que ser así? Cada mañana me pregunto lo mismo desde que él murió, mi amor, mi esposo, mi todo.

    Aún recuerdo cuando lo conocí. Yo tenía 18 años y, en ese entonces, no conocía nada más allá de mi hermosa familia. Siempre fuimos la típica familia religiosa: respetábamos todas las normas, íbamos a la iglesia todos los domingos, pasábamos tiempo en familia y no faltábamos a ninguna misa. Mis padres no eran tan estrictos; desde muy pequeña, me enseñaron a creer en los valores de la iglesia de la diosa Lunara. Nuestra fe se sostiene en tres pilares fundamentales: el respeto, el cariño y la familia tradicional. De ellos se derivan otras reglas, aunque estas tienen menor importancia. Nunca me cuestioné nada acerca de lo que creía hasta que una chica nueva llegó a mi universidad.

    Sara, una chica que, nada más verla, me hizo sonrojar. Tenía el pelo rubio, unos ojos azules como el mar y una sonrisa preciosa que, estoy segura, podría haber conquistado a los mismísimos ángeles. Ella era nueva en la ciudad y, al llegar a mi universidad, fue asignada como mi compañera de clase, justo a mi lado. Al principio, no podía concentrarme en las clases porque quería seguir observando esa hermosa sonrisa. Cada vez que podía, volteaba y veía su rostro, sus mejillas con un ligero sonrojo y sus ojos azules atentos a la pizarra. Pero no podía mantener la mirada mucho tiempo; me daba miedo que me descubriera observándola. Intercalaba vistazos a la pizarra y a su rostro.

    En uno de esos momentos, ocurrió lo que temía: ella volteó y nuestros ojos se cruzaron por un instante. Rápidamente me giré, escondí el rostro en mis brazos y sentí un ardor que se extendía por mis mejillas. Quería desaparecer. El resto de la clase me la pasé escondida, evitando su mirada.

    Cuando sonó la campana del recreo, escuché el traqueteo de unos zapatos acercándose y sentí unos dedos posarse suavemente en mi hombro. Levanté la vista y ahí estaba ella, con una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si la estaba observando. No supe qué responder; mis palabras se trabaron. Ella simplemente se rio, se presentó y pasamos el resto del recreo conversando. Resultó ser una chica muy agradable y teníamos mucho en común. Los días pasaron y nos volvimos mejores amigas. Conversábamos todo el tiempo, y yo dormía cada noche pensando en qué haríamos al día siguiente. La ansiedad me carcomía; mi deseo de estar con ella era tal que incluso descuidé un poco mis estudios por pasar más tiempo juntas.

    Una tarde, Sara me invitó a estudiar a su casa. Estaba feliz: podría recuperar mis notas y, al mismo tiempo, estar con ella. Su casa era más pequeña que la mía, pero no lucía mal en absoluto. Sara abrió la puerta, vestida con una falda rosa y una blusa, con el pelo recogido en una simple cola. Al verme, me abrazó y me invitó a pasar. Al entrar, noté que todo era muy femenino: las paredes estaban pintadas de rosa y blanco, había decoraciones hechas a mano en la sala y una mesa familiar en el centro con flores y un mantel celeste. Mientras observaba la sala, una señora alta, de unos treinta y tantos años, apareció por el pasillo. Su pelo castaño caía suelto, y su rostro no se parecía al de Sara.

    Me saludó con un abrazo cariñoso y llamó a su esposa. Me sorprendí: ¿esposa? Nunca había considerado la posibilidad de que dos mujeres se casaran. Siempre pensé que solo un hombre y una mujer podían hacerlo. Me pareció extraño que, en los textos sagrados de Lunara, se prohibiera específicamente el amor entre dos mujeres o dos hombres. Pero al parecer, así era. Una joven un poco más alta que Sara y yo apareció; llevaba el pelo corto y un vestido con un mandil que decía “I love my family”. Me abrazó con el mismo afecto que su esposa. Me sentí incómoda al estar con personas que no seguían las sagradas escrituras de Lunara.

    Fingí una sonrisa amistosa y le pedí a Sara que me mostrara su habitación. Ella sonrió y me llevó a su cuarto, que lucía muy ordenado. Había varios peluches, una cama que parecía cómoda y muchos posters en las paredes. De repente, su ropero se abrió y un montón de ropa sucia salió disparada, incluyendo algunas bragas y sostenes. Ambas nos reímos; mi imagen perfecta de ella se desvaneció, pero eso me hizo sentir más cómoda. La ayudé a ordenar su ropa, y nos pasamos conversando y estudiando, olvidándome por un momento de la incomodidad que sentía por sus madres. En medio de la charla, surgió un tema que me avergonzó.

    Sara me preguntó por qué la observaba tanto en clase. Mi corazón se aceleró; no sabía cómo responder. Balbuceé algo sobre su sonrisa, pero mis mejillas ardían de nuevo. Ella rio suavemente, inclinándose un poco más cerca, y dijo que también había notado cómo la miraba. Por un instante, el aire se sintió más pesado, como si el tiempo se detuviera. No supe qué decir, pero sus ojos azules brillaban con una calidez que me hacía querer confesar lo que sentía. Sin embargo, el peso de las enseñanzas de Lunara me detuvo. Me limité a sonreír tímidamente.

    Ella me confesó que también me había estado observando, con las mejillas teñidas de carmesí. Colocó sus manos sobre mi muslo y acercó su rostro al mío, y me besó. Era mi primer beso y era con una chica. Intenté apartarla inicialmente, murmurando algo sobre que esto estaba mal según Lunara, pero en el fondo lo deseaba tanto que mi resistencia fue débil. Sus labios eran suaves y muy tiernos; su lengua se metió dentro de mi boca y rodeó la mía con una delicadeza que me hizo temblar de placer. Ella me tiró suavemente sobre su cama y se colocó encima de mí, con su trasero presionando contra mi estómago.

    Me confesó que yo le gustaba, que era difícil para ella fingir que solo éramos amigas. Le dije que eso estaba mal, que dos mujeres no debían gustarse, pero mi voz era un susurro inseguro, y mi cuerpo traicionaba mis palabras al arquearse ligeramente hacia ella. Sara ignoró mis quejas morales, sabiendo que en el fondo yo lo quería, y me volvió a besar, sus pechos chocando contra los míos, solo cubiertos por la tela de nuestras blusas y sostenes. Sentí la humedad de su entrepierna filtrándose poco a poco, humedeciendo mi estómago mientras no dejaba de besarme una y otra vez.

    Finalmente, se detuvo un momento; sus ojos parecían haber tenido corazones si estuviéramos en un anime, las comisuras de su boca estaban cubiertas de nuestra saliva mezclada. Ella me dijo que me amaba y que nunca me dejaría ir. Me empezó a besar el cuello mientras me susurraba que yo era suya y solo suya, con sus brazos impidiéndome moverme. Yo le decía que parase, pero ella no me hacía caso. Cuando de repente se me escapó un gemido, giré el rostro mientras trataba de ocultar el vergonzoso sonido que había salido de mi boca. Ella se acercó a mí y me mencionó que mi sonido era muestra de que realmente lo estaba disfrutando.

    Yo traté de negarlo apresuradamente. Ella simplemente se rio y se levantó la falda; sus bragas estaban realmente húmedas, principalmente una raya en medio de color totalmente oscuro. Me dijo que era mi culpa que ella estuviera mojada, y que yo probablemente debía estar igual. Yo lo negué fervientemente, sacudiendo la cabeza como si eso pudiera borrar la traición de mi propio cuerpo. “No, no es así… Esto no puede ser”, murmuré, mi voz un hilo tembloroso que se perdía en el calor de la habitación.

    Pero Sara solo sonrió, esa sonrisa traviesa que había empezado como algo inocente en el recreo y ahora se convertía en una promesa peligrosa. Se incorporó un poco, aún a horcajadas sobre mí, su peso ligero pero firme contra mi estómago, y me miró con esos ojos azules que parecían leer cada secreto que intentaba esconder.

    “¿En serio? ¿No estás ni un poquito mojada por mí?”, dijo con un tono juguetón, como si estuviéramos hablando de un secreto compartido en el patio de la universidad. Sus dedos trazaron un camino lento por el borde de mi falda, rozando apenas la piel de mis muslos, enviando chispas que me hicieron apretar los dientes. “Si no lo estás, te dejo ir ahora mismo. Promesa. Puedes volver a tu casa, a tus libros y a tus oraciones a Lunara, como si nada hubiera pasado”. Su voz era un susurro ronco, cargado de desafío, y por un segundo, quise creerle. Quise que fuera verdad, que mi fe me salvara de esta corriente que me arrastraba. Pero el calor entre mis piernas me delataba, un pulso insistente que crecía con cada latido de mi corazón.

    Intenté sentarme, empujándola con las manos débiles contra sus hombros. “Sara, por favor… Esto está mal. Lunara no lo perdonaría”. Pero ella no se movió. En cambio, se inclinó más cerca, su aliento cálido contra mi oreja. “Pruébamelo, entonces. Déjame ver”. Antes de que pudiera reaccionar, se deslizó hacia abajo, arrodillándose en el suelo junto a la cama. Sus manos agarraron el dobladillo de mi falda con una determinación suave pero inexorable, tirando hacia arriba. Cerré las piernas con fuerza, cruzándolas como un escudo, y puse mi mano sobre la suya, intentando detenerla. “¡No! Sara, detente… No puedes…”. Mi voz se quebró, una mezcla de pánico y algo más oscuro, algo que anhelaba que fallara en mi resistencia.

    Ella levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de ternura y hambre. “Shh, Elena. Solo quiero ayudarte a ver la verdad. No te haré daño”. Sus palabras eran como un bálsamo, pero sus acciones eran fuego. Con la mano libre, separó mis rodillas poco a poco, sus dedos fuertes pero gentiles presionando contra la piel sensible del interior de mis muslos. Yo me retorcí, empujando con mi mano, pero ella era más rápida, más decidida.

    En un movimiento fluido, levantó la falda lo suficiente para exponer mis bragas blancas, simples y castas, las que mi madre me había comprado para la universidad. El aire fresco de la habitación rozó la tela húmeda, y sentí un rubor abrasador subir por mi cuello. Ahí estaba, la evidencia traicionera: una mancha oscura en el centro, extendiéndose como una flor prohibida, el algodón pegado a mi piel por la humedad que no podía negar.

    Sara soltó un gemido bajo, casi reverente. “Mírate… Tan mojada por mí”. Sus ojos se clavaron en esa marca, y antes de que pudiera protestar, sus dedos enganchados en la cintura de mis bragas comenzaron a deslizarlas hacia abajo. Intenté cerrar las piernas de nuevo, pero ella ya estaba entre ellas, su cuerpo arrodillado bloqueando mi escape. “¡Sara, no! “Por favor…”, supliqué, pero mi voz era un jadeo, no una orden. Las bragas bajaron por mis muslos, rozando la piel sensible, hasta que se enredaron en mis tobillos. Ella las quitó del todo con un tirón suave, dejándolas caer al suelo como una ofrenda descartada.

    Ahora estaba expuesta, completamente vulnerable: mi vagina peluda, un nido oscuro y desordenado de rizos castaños que nadie había visto jamás, ni siquiera yo misma en el espejo con tanta atención. Sentí el aire fresco contra los labios hinchados, el calor de mi propia excitación contrastando con la frescura, y quise cubrirme, desaparecer en la cama.

    Pero Sara no me dejó. Sus manos volvieron a mis muslos, abriéndolos con más firmeza esta vez, y se inclinó hacia adelante. “Eres tan hermosa aquí abajo, Elena. Tan… natural”. Sus palabras me avergonzaron, pero también avivaron el fuego. Sus dedos, delgados y curiosos, rozaron primero el exterior: el monte suave cubierto de vello, trazando círculos lentos alrededor de los labios mayores, separándolos apenas para sentir la humedad que se acumulaba allí. Gemí sin querer, un sonido ahogado que intenté tragar, pero ella lo oyó. “Sí, así… Déjame tocarte”.

    Uno de sus dedos índice se deslizó más adentro, explorando la entrada resbaladiza, rodeando el clítoris hinchado sin presionarlo directamente, solo provocándolo con toques feather-light que me hacían arquear la espalda. El vello púbico se pegaba a su piel por la humedad, y ella lo apartaba con delicadeza, como si estuviera deshojando una flor delicada. Introdujo el dedo un poco más, curvándolo ligeramente para rozar las paredes internas, cálidas y palpitantes, y yo apreté los puños en las sábanas, mordiéndome el labio hasta que dolió. “Estás tan apretada… Tan virgen aquí. ¿Sientes eso? Es por mí”.

    Intenté resistirme, empujando sus hombros con las manos, murmurando plegarias a Lunara en mi mente —”Perdóname, Diosa, esto no soy yo”—, pero mi cuerpo la traicionaba. Mis caderas se alzaron involuntariamente hacia su toque, buscando más. Ella agregó un segundo dedo, estirándome con lentitud agonizante, el sonido húmedo de mi excitación llenando la habitación como una confesión obscena. Sus nudillos rozaban el vello, enredándose en él mientras bombeaba suavemente, curvando los dedos para golpear ese punto sensible dentro de mí que no sabía que existía.

    El placer era una ola creciente, un cosquilleo que se extendía desde mi centro hasta las puntas de mis dedos, haciendo que mis pezones se endurecieran contra la blusa. “Sara… Para… No puedo… —solloce, pero mis gemidos decían lo contrario: suaves al principio, como suspiros reprimidos, luego más profundos, roncos, escapando de mi garganta mientras ella aceleraba el ritmo, su pulgar ahora presionando directamente el clítoris, frotándolo en círculos firmes.

    Y entonces, cuando pensé que no podía ser más, ella se inclinó más. Su aliento caliente rozó mi piel primero, un preludio que me hizo temblar. “Déjame probarte, Elena. Déjame hacerte mía”. Su lengua salió, plana y cálida, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris en una pasada larga y lenta, saboreando la sal de mi humedad mezclada con el almizcle natural de mi vello. El contacto fue eléctrico: áspero por el roce de su lengua contra los rizos, suave en los pliegues resbaladizos. Chupó suavemente los labios, succionándolos uno por uno, como si fueran pétalos maduros, y yo grité, un sonido crudo que no reconocí como mío.

    Sus manos sujetaron mis muslos con fuerza, manteniéndolos abiertos mientras enterraba la cara más profundo, su nariz presionando contra el monte púbico, inhalando mi aroma como si fuera un elixir. La lengua se hundió dentro de mí, imitando los dedos de antes, follando con movimientos ondulantes que me hacían ver estrellas. El vello se mojaba más con cada lamida, pegándose a su barbilla, y ella no se detenía: rodeaba el clítoris con la punta de la lengua, chupándolo con succiones rítmicas que enviaban descargas directas a mi espina dorsal; luego bajaba para lamer las gotas que se escapaban de mi entrada, bebiéndome como si tuviera sed eterna.

    Resistí al principio, apretando los ojos cerrados, recitando en silencio los pilares de Lunara —respeto, cariño, familia—, pero el placer era demasiado. Cada lamida era una grieta en mi armadura, cada succión un golpe que me hacía ceder. Mis gemidos se volvieron incontrolables: “Ah… Sara… No… Sí…”, un mantra confuso que salía entre jadeos. Mis caderas se movían solas ahora, empujando contra su boca, enterrándola más en mí. Sentí la presión construyéndose, una espiral tensa en mi vientre, como si algo dentro de mí estuviera a punto de romperse. Ella lo notó, porque aceleró: lengua rápida sobre el clítoris, dedos curvados dentro golpeando ese punto, su gemido vibrando contra mi piel.

    Y entonces explotó. Mi primer orgasmo, un cataclismo que me sacudió entera. Ondas de placer puro me atravesaron, mi vagina contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de humedad saliendo en pulsos que ella lamía ávidamente, tragándose todo. Grité su nombre, arqueándome tan alto que casi me caí de la cama, lágrimas de éxtasis y culpa rodando por mis mejillas. Fue como si el mundo se deshiciera, dejando solo ese éxtasis blanco, y cuando volví, exhausta y temblando, su boca aún estaba allí, besando suavemente los muslos para calmar las réplicas.

    Sara se incorporó, su rostro brillante con mi esencia, labios hinchados y rojos. Sonrió, pero había algo vulnerable en sus ojos. Sin decir nada, se puso de pie, enganchó los pulgares en sus propias bragas —aún empapadas, la mancha oscura extendida como una acusación— y las deslizó por sus piernas, dejándolas caer al suelo con un sonido suave. Su vagina era más depilada que la mía, solo un triángulo rubio ordenado, labios rosados e hinchados brillando con su propia humedad. Se subió a la cama de un salto, arrodillándose sobre mí, y sin darme tiempo a procesar, se posicionó sobre mi rostro, sus rodillas a cada lado de mi cabeza. “Tu turno, Elena. Solo… solo un poco. Por favor”.

    Mantuve la boca cerrada con fuerza, girando la cabeza, el pánico regresando como una ola fría. “No, Sara… No puedo… Esto es demasiado”. Pero ella se bajó un poco, su calor rozando mis labios cerrados, y el aroma de ella —dulce, almizclado, como miel y sal— me invadió. Me faltaba el aire; mi pecho subía y bajaba rápido, y en un jadeo desesperado, abrí la boca para respirar. Fue mi error. Su clítoris rozó mi lengua expuesta, un toque accidental que la hizo gemir alto, sus caderas temblando. “¡Sí! Justo así…”.

    El sabor explotó en mi boca: salado y ligeramente ácido, sus fluidos goteando directamente sobre mi lengua. Intenté escupir, cerrar de nuevo, resistir el asalto sensorial —”Lunara, ayúdame”—, pero ella se movió, frotándose lentamente contra mí, su humedad cubriendo mi barbilla, mis labios. El calor de su piel contra la mía era abrumador, y poco a poco, el instinto tomó el control. Mi lengua salió, tímidamente al principio, lamiendo el pliegue inferior de sus labios, explorando el vello rubio que se pegaba húmedo a mi nariz.

    Sara jadeó, sus manos agarrando la cabecera de la cama para estabilizarse. “Oh, Elena… Eres tan buena…”. Animada, lamí más profundo, separando sus labios con la lengua plana, saboreando cada gota que se escapaba. El clítoris era un botón duro y sensible; lo rodeé con la punta, chupándolo suavemente como ella me había hecho a mí, y ella se convulsionó, un orgasmo rápido y violento golpeándola casi de inmediato. Sus muslos se apretaron alrededor de mi cabeza, ahogándome en su calor, fluidos calientes salpicando mi rostro mientras gritaba mi nombre, su cuerpo temblando en espasmos.

    Se derrumbó hacia adelante un segundo, jadeando, y cuando se apartó lo suficiente para mirarme, sus mejillas ardían de vergüenza. “Dios… Fue tan rápido. Lo siento, Elena. Es que… Me he masturbado todas las noches pensando en ti. En tu boca, en tu cuerpo… No podía esperar más”.

    Sus palabras me golpearon, un torrente de confesión que avivó algo en mí. El sabor de ella, aún en mi lengua, salado y adictivo, me hizo tragar con dificultad. Al principio, me resistí al pensamiento —era sucio, prohibido—, pero el deseo ganó. La atraje hacia abajo con las manos en sus caderas, enterrando mi rostro de nuevo en ella con una urgencia que no sabía que tenía. La lamí con hambre ahora, mi lengua hundida profundo en su entrada, follando con movimientos rápidos y curvados, saboreando las paredes resbaladizas que se contraían a mi alrededor.

    Sus fluidos fluían libres, empapando mi boca, mi cuello, goteando por mi barbilla mientras chupaba su clítoris con succiones fuertes, alternando con lamidas largas que cubrían todo: labios, vello, hasta el perineo sensible. Ella se retorcía encima de mí, gemidos convirtiéndose en gritos ahogados —”¡Elena! ¡Más! ¡No pares! —sus caderas moliéndose contra mi rostro en un ritmo frenético. El segundo orgasmo la golpeó como un trueno, su cuerpo arqueándose, chorros de humedad caliente inundando mi boca mientras lamía sin piedad, tragándome todo, el sabor intensificándose con cada pulso.

    No me detuve. La volteé con cuidado, poniéndola de espaldas en la cama, y me arrodillé entre sus piernas, como ella me había hecho a mí. Ahora era mi turno de explorar: mis dedos separaron sus labios, revelando el interior rosado y palpitante, y hundí la lengua de nuevo, lamiendo en espirales que la hacían sollozar de placer. Chupé el clítoris con labios suaves, luego lo mordisqueé apenas, lo suficiente para que se arqueara y gritara. Introduje un dedo, luego dos, curvándolos mientras mi lengua trabajaba el exterior, el sonido húmedo de su excitación mezclándose con sus gemidos.

    El tercero llegó rápido, su cuerpo convulsionando, uñas clavándose en mis hombros mientras gritaba mi nombre como una oración profana. Pero seguí: lamidas lentas para calmarla, luego rápidas para construir de nuevo, mis labios hinchados por el roce, su vello rubio pegado a mi piel. El cuarto orgasmo fue un torrente, sus piernas temblando incontrolables, fluidos escapando en oleadas que lamí con avidez, bebiéndola hasta que se corrió una quinta vez, un clímax prolongado que la dejó sollozando de sobreestimulación, su clítoris sensible pulsando contra mi lengua.

    Finalmente, exhaustas, nos derrumbamos. Sara se acurrucó contra mí, su cabeza en mi pecho, nuestras piernas enredadas en un nudo sudoroso. La habitación olía a nosotras: almizcle, sal, deseo cumplido. Yo acaricié su cabello rubio, el corazón aun latiendo desbocado, y por primera vez, el peso de Lunara se sintió lejano, como un eco en lugar de una cadena. Pero en el fondo, sabía que la pregunta volvería: ¿por qué tuvo que ser así? Por ahora, solo quería dormir en sus brazos.

    Desperté con un beso en los labios. Al abrir los ojos, la vi ahí: la habitual Sara, pero sonrojada y muy feliz. “Buenos días, mi amor”. Sus palabras provocaron un eco en mi interior que se extendió por todo mi ser. ¿Acaso yo era su novia? ¿Acaso yo era una pecadora? Esas preguntas surcaron mi mente en ese momento. Sara se disculpó por haber sido tan ruda, dijo que había estado ocultándolo, pero que ya no había podido soportarlo. Lo único que pude hacer fue darle una sonrisa nerviosa y una excusa rápida para volver a mi casa. Ella asintió, sacó unas bragas nuevas y me prestó uno de sus conjuntos. Se lo agradecí y guardé mi ropa sucia en mi mochila.

    En la sala, ambas madres de Sara estaban preparando el desayuno. Al vernos, se rieron y nos preguntaron si lo habíamos pasado bien. Ambas nos sonrojamos. Nos dijeron que nuestros gemidos se habían escuchado por toda la casa y que, para la próxima, fuéramos más cuidadosas. Intentamos escapar del tema mencionando que ya me tenía que ir. La madre más pequeña me invitó a quedarme a desayunar, pero lo rechacé, en parte por la vergüenza y en parte por la incomodidad de una pareja de mujeres. Las tres mujeres me despidieron con una sonrisa. Esa sería la última vez que vi a Sara.

    Mientras caminaba a casa, no pude evitar que la culpa me consumiera por dentro. No debí haberme dejado llevar por mis sentimientos. Yo era una chica mala y no quería serlo. Al llegar a mi casa, mi madre miraba televisión. Intenté ocultar cómo me sentía, la repulsión que sentía conmigo misma por haber disfrutado de hacer esas cosas sucias con Sara. Finalmente, no pude contenerlo, y lloré y lloré sin parar mientras le decía a mi madre lo que había hecho. Ella, al contrario de lo que había pensado, no se enfadó conmigo. Simplemente decidió que Sara era una mala influencia para mí. Inmediatamente le comentó esto a mi padre y, para el día siguiente, estábamos en una ciudad muy alejada.

    Al llegar, uno de los vecinos, muy amable y apuesto, salió a saludar. Ese chico se volvería mi esposo.

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  • Sexo con ex compañera del colegio (2)

    Sexo con ex compañera del colegio (2)

    Serena me suelta y ambos nos desprendemos, caigo a su costado. Su cuerpo intenta recuperarse del orgasmo que acababa de tener. Ambos estábamos sudorosos y con la respiración entrecortada.

    Serena: Diablos, eso estuvo buenísimo.

    Sonrió.

    Serena: Hace tiempo que no tenía un orgasmo. Creo que te manche las sábanas.

    Yo: Tendré que cambiarlas

    Serena: ¿Donde aprendiste esas técnicas orales?

    Comienza a sacudir sus manos dándose aire.

    Yo: Por libros, leía libros de seducción, Psicología y anatomía Femenina, sé que puntos le produce más placer a una mujer.

    Serena: Guau, me sorprendiste lo que se perdió Grace

    Yo: ¿Porque me la tienes que recordar?

    Me levanto y me dirijo al baño.

    Serena: Ay, discúlpame

    Se comienza a reír a carcajadas, Enciendo el jacuzzi comenzando a llenarse de agua, hecho un líquido para que produzca espuma y burbujas. Serena se queda parada en la puerta del baño, desnuda con los brazos cruzados y mordiéndose los labios mirando todo lo que hacía. El jacuzzi estaba al costado de paredes de vidrio donde se podría apreciar parte del malecón y el mar de fondo. También enciendo el equipo de sonido poniendo música clásica relajante al ambiente.

    Serena: Veo que tus gustos musicales no han cambiado.

    Cuando el Jacuzzi está listo me meto en él y me siento apreciando tan hermosa vista. Serena hace lo mismo entra al jacuzzi y se sienta a mi costado, se echa sobre mi pecho. Y yo la envuelvo con mis brazos, con mis manos le hago caricias a sus senos.

    Serena: Me haces cosquillas –riendo.

    Le doy un beso en la frente.

    Serena: No sabes la alegría que siento de que nos hallamos vuelto a encontrar, siempre me preguntaba ¿Qué estará haciendo ahora? ¿Qué será de su vida? ¿Por qué ya no me buscaste más?

    Yo: Si te busque, te envié un mensaje al Messenger la última vez si me querías acompañar al Expotic y me choteaste, dijiste que ya tenías planes ese día con Briam.

    Serena: Ese idiota, pero hubieses ido con Grace acaso no era tu enamorada.

    Yo: Ella también me choteo me dijo que tenía que salir con su madre ese día.

    Serena: ¿Con su madre o con su amante? – sonríe

    Yo: A veces yo también pienso que era con su amante, al final tuve que ir solo.

    Serena: Ay pobrecito…

    Yo: Bueno luego de terminado el colegio nuestras vidas tomaron distintos caminos, veía que subías fotos en Facebook de lo enamorada que estabas de Briam, así que ya no quise molestarte más y seguir mi propio camino.

    Serena: Tengo algo que me mata de la curiosidad ¿Cómo te enteraste que Grace te engañaba?

    Yo: Te morirás de la curiosidad

    Serena: No seas malo cuéntame

    Sonrió.

    Yo: Fue una noche habíamos terminado de hacer el amor y dormía entre mis brazos, escucho que le llega un SMS a su celular que lo había dejado en la mesa de noche. Lo reviso y me entero de todo, la noche anterior había estado con él y a mí me había dicho que estaba enferma. De cómo utilizaba a su hermana para que le cubría sus mentiras y muchas cosas más, trato de darme justificaciones tontas pero yo ya no quería nada. Al final me dijo algo que me dolió en el alma “El sí puede darme una vida, que tu no me puedes dar” en ese tiempo estaba en los primeros ciclos de universidad y apenas tenía para los pasajes. En cambio él ya trabajaba y tenía dinero.

    No valoro los sacrificios que hice con ella muchas veces tuve que pedirle a mis padres para poder llevarla a buenos lugares, hasta me endeude para cómprale su regalo de cumpleaños.

    Ese día salí de ahí dispuesto a que iba a ser mejor que él, llegue a casa me encerré en mi habitación y llore toda la noche, esa mañana sabía que tenía que encontrar un trabajo, un condominio cerca necesitaba personal de limpieza ya que se llenaba mucho de polvo y así empecé trapeando pisos, luego con la llegada de los teléfonos móviles llego al país una aplicación española de delivery donde podías tener ingresos extra, esa misma tarde descargue la aplicación lleve al taller mi bicicleta vieja para que la acondicionaran y al día siguiente comencé a repartir, ya mis padres no me pagaban mis estudios lo hacía yo mismo.

    Y lo poco lo ahorraba hasta que conocí el fascinante mundo de la bolsa y decidí invertir, una empresa me contrato para mis prácticas profesionales así se me fueron dando las cosas.

    Serena: Wow, ella fue el motivo para que ahora tengas este estilo de vida.

    Yo: En parte si…

    Serena: Me imagino cuanto habrás sufrido, aún recuerdo cuando en el aula te ponías a escribirles cartas y yo te asustaba desde atrás ¡Que estás haciendo! Seguro escribiéndole a esa loca y te palteabas.

    Risas.

    Yo: Ella fue mi primer amor, mi primera mujer. Ambos perdimos la virginidad juntos, recuerdo cuando la desvirgue comenzó a sangrar y me asuste, después supe que era normal.

    Serena: A veces quisiera regresar el tiempo y volver a esa época, nos pasaba cada cosa. Éramos tan inocentes e ingenuos. Nunca voy a olvidar el día que mi mamá te agarro a escobazos.

    Yo: Si hasta el día de hoy no me explico porque

    Serena: Te acuerdas que a 4 manzanas había un colegio de mujeres, ese día a la salida encontré a Briam coqueteándole a un grupo de chicas. Me dio una cólera y rabia porque él era mi enamorado y llegue con los ojos llorosos a casa. Mi mamá me pregunto que me pasaba y le conté, pero ella no conocía a Briam aun. Y recuerdo que estaba acostaba en mi cama con mi Discman escuchando música, cuando de pronto escucho gritos me levanto a ver que estaba pasando por la ventana. Y te veo a ti recibiendo escobazos de mi mamá ¡Por qué haces llorar a mi hija! ¡Que te has creído! ¡Sinvergüenza!

    Tuve que bajar corriendo a explicarle, me había olvidado que habíamos quedado en que ibas a venir a ayudarme con los ejercicios de matemáticas que no entendía, pero ya te encontrabas inconsciente en el suelo. Al final te metimos a casa y te curamos hasta que despertaste.

    Yo: ¿O sea recibí escobazos por culpa de Briam?

    Serena: Si, es que mi mamá pensaba que tú eras mi enamorado. Como a veces me acompañabas a dejarme hasta mi casa, ella ya te había visto y supuso que éramos enamorados. Oye y no solo ella también mis amigas del barrio que pensaban que éramos enamorados.

    Yo: Siempre parábamos juntos

    Serena: Si por eso pensaban eso, yo les decía que no solo amigos.

    Yo: Y que es de la vida de Briam ¿aun tienes contacto con él?

    Serena: Falleció hace como 4 años en la cárcel

    Yo: ¡Cómo! Eso no sabía

    Serena: cuando salió del colegio cambio totalmente, se comenzó a juntar con los pandilleros de su barrio extorsionaban y asaltaban pequeños negocios. Te acuerdas de Lindsay

    Yo: Lindsay Palomino

    Serena: Si, un día me encontré con ella y me conto que vio a Briam asaltando personas en la Av. Principal, lo encare le dije ¿Qué está pasando contigo? Pero negó todo y que era mentira. No sabía qué hacer, pensé que sería temporal que lo podía cambiar con mi amor. Que ilusa para pensar eso. Pero cada vez se ponía peor, cuando empezó a consumir sustancias ilícitas. Incluso a mí una vez me ofreció para que consumiera.

    Yo: Era para que lo mandes al diablo y terminaras con él.

    Serena: Sabia que eso debía hacer, pero aun lo quería a pesar de todas las idioteces que hacía. Disfrutaba hacer el amor con él, ser su mujer. Él fue mi primer amor y la persona que le di, lo más valioso de tenia.

    Serena comienza a lagrimear sobre mi pecho, al recordar.

    Serena: Pero hubo 2 acontecimientos que hicieron que definitivamente acabe con la relación. El primero, fue cuando un sábado un grupo de cumbia se iba a presentar en el estadio municipal, llego temprano y yo todavía no terminaba de alistarme le dije que me esperara en la sala. Mi madre había salido porque era el cumpleaños de una tía, cuando baje las escaleras lo vi regresando de la cocina. Me dijo que había ido a tomar un poco de agua y nos fuimos. Al día siguiente mi madre no encontraba sus joyas. Le dije que seguro las guardo en otro lado. Pero mi madre insistía que hay las guardo. Tiempo después me entere que fue Briam quien las agarro.

    Yo: Wow, Serena no lo puedo creer

    Serena: El segundo fue mucho peor, eran más de 12 am estaba durmiendo y en eso escucho que alguien comienza a gritar mi nombre y lanzar piedritas a mi ventana. Salgo a ver y era Briam, bajo a abrir la puerta sin dejarlo pasar, estaba como loco desesperado le pregunte ¿qué pasaba? La policía lo estaba buscando y quería quedarse escondido unos días en mi casa. Definitivamente no, trato de convencerme pero al ver que no podía, quiso entrar a la fuerza forcejeamos en eso me lanza un golpe que me tumba al suelo y me rompe unos de mis labios, comenzando a sangrar.

    En eso sale mi madre a defenderme e intenta golpearla también. Fue tanto el escándalo que unos vecinos salieron con palos a defendernos y llamaron a serenazgo. A Briam no le quedó otra más que irse, ese día supe que ya todo había terminado.

    Yo: Wow, Serena me degastes sin palabras

    Serena: Al final la policía lo encontró, estuve preso cerca de un año. Hasta que finalmente hay dentro le quitaron la vida.

    Trate de consolarla acariciándola, lágrimas brotaban de sus ojos cayendo sobre mi pecho.

    Yo: ¿Él fue el padre de tus hijos?

    Serena: No de ninguno, El padre de mi primer hijo se llama Arturo lo conocí en el instituto ambos estudiábamos marketing, era 8 mayor que yo. Teníamos muchas cosas en común, era una persona muy madura. Comenzamos a salir y luego nos enamoramos, bueno eso creí. Cuando descubrí que estaba embarazada me sentía la mujer más feliz del mundo, dar vida una persona, pensé que a él también le alegraría la noticia, sin embargo fue todo lo contrario. Puso un monto de excusas que todavía éramos muy jóvenes, que recién estábamos estudiando, que nos iba a arruinar la vida, hasta me pidió que lo abortara, que era lo mejor. Yo me negué y de ahí terminamos, tuve a mi hijo y no sabes la alegría que tuve cuando nació, ellos alegran mis días.

    Yo: Me imagino que le abriste un juicio por alimentos

    Serena: Si y hasta hora sigue el juicio, tu sabes lo lento que es la justicia en este país. A este paso creo que recién darán veredicto cuando mi hijo cumpla 18. Ahí fue que me entere que él estaba casado y tenía ya 2 hijos con su pareja, yo solo fui su pasatiempo. Por eso quería que me deshaga de mi niño.

    Yo: ¿Y el segundo?

    Serena: El padre de mi segundo hijo su nombre es Leonardo, es abogado de profesión fue el primer abogado que contrate para mi denuncia a Arturo, una amiga fue quien me lo recomendó. Así nos conocimos y luego nos enamoramos.

    Yo: ¿Fue él que se fue a comprar cigarrillos?

    Serena: Si hasta ahora no entiendo porque, todo estaba muy bien. Convivimos como 2 años, cuando nació su hijo estuvo conmigo en todo momento. Pensé que él sería el hombre con el que compartiría mi vida ya había aceptado al primero, sin embargo de un momento a otro se marchó. Me dejo una carta bajo la almohada despidiéndose y que lo perdonara, pero no lo perdono poco hombre.

    Yo: Serena has vivido la de Caín

    Serena: Si mi vida ha sido un caos, decepcione a mi madre aun así estuvo conmigo en todo momento siempre me apoyo.

    Procedo a darle un beso en su cabeza mientras mis manos la acarician

    Serena: Con mi tercer hijo la historia será distinta.

    Yo: Aguarda pensé que solo tenías 2

    Serena: Si es que el tercero viene en camino.

    Yo: ¡Que! Estas embarazada, no se te nota ¿Cuánto tiempo tienes?

    Serena: Creó recién llevo una hora de embarazo

    Yo: Serena no te juegues así, en el botiquín tengo pastillas del día siguiente.

    Serena: Y qué pasa si no me la quiero tomar

    Yo: Bueno un certero golpe al estómago o un empujón por las escaleras serian la solución

    Serena: malo…

    Hace un puño y me golpea el pecho

    Serena: ¿No quieres tener hijos algún día?

    Yo: No así estoy bien

    Serena: Pues allá abajo parecen decir lo contrario

    Yo: A que te refieres

    Serena: Hace rato siento que algo crece allá abajo y esta duro

    Yo: No soy de piedra además es algo natural estoy desnudo metido en un jacuzzi con una hermosa mujer que también esta desnuda echada sobre mi pecho, es normal que mi amigo despertara.

    Serena se aparta y mi miembro emerge sobre la espuma y el agua, lo queda mirando un rato.

    Serena: Sí que es grande, ahora entiendo porque me sentí tan abierta. ¿Has tomado viagra?

    Yo: No, pero si he estado consumiendo maca esta semana

    Serena: ¿Puedo tocarlo?

    Yo: Es todo tuyo

    Serena toma mi miembro con sus manos y empieza a masturbarlo luego comienza a acariciar mis testículos, los aprieta levemente mi miembro ya está firme, listo para la acción.

    Serena: Guau, esta tan duro como una roca. Sabes, no me vas a creer pero hace tiempo que no tengo un pene entre mis manos.

    Yo: En serio…

    Serena: Cierto, sabes después que me abandono Leonardo ya no había vuelto a tener relaciones.

    Yo: ¿Eso fue hace años?

    Serena: Mi vida cambio y mis prioridades ahora eran mis hijos. Poco a poco se fueron terminando las fiestas y salidas con amigas, cada una empezó a realizar su vida. Mi rutina paso a levantarme temprano, alistar a mis hijos, llevarlos a la escuela, ir a trabajar llegar en la noche, ayudarlos con sus tareas, prepararles la lonchera de mañana, felizmente mi madre me ayuda lavarles la ropa y prepararles la comida. Mi vida social se fue reduciendo y buscar una pareja ya no era una prioridad, además ahora siento que es más difícil poder encontrar a alguien con todas las responsabilidades que tengo.

    De tanto masturbar mi miembro comienza a salir líquido pre seminal, Serena se acerca y empieza a lamer mi miembro despacio. Luego comienza a meter mi miembro en toda su boca haciendo el movimiento adelante y atrás.

    Serena: Que leche más rica tienes – exclamo

    Sonreí.

    Serena: En serio, Sabe dulce como a fruta la de mis antiguas parejas tenían un sabor amargo y salado, ¿cuál es tu secreto? ¿Que frutas consumes?

    Yo: Desayuno un vaso de piña por las mañanas, frutas dulces como manzanas, melón, fresas Frutas cítricas con vitamina C y Hierbas como Perejil, menta y canela, que neutralizan sabores amargos.

    Serena: Guau, que rica me encanta

    Serena reinicia la mamada se la mete entera en su boca y con su lengua lame lentamente. Alza la vista y me mira sin sacar mi miembro de su boca se la mete hasta el fondo, ahogándose con mi miembro babeándola toda la suelta para poder respirar y buscar aire. Vuelve a llevárselo a la boca aumenta el ritmo y empieza a metérmela cada vez más al fondo, al punto de ahogarse con cada metida, su cabeza se movía de manera descoordinada, la agarró del pelo y empiezo a follar su boca con agresividad, como fuese un juguete atragantándose con mi polla.

    Estuvimos así por varios minutos, cuando siento que ya estoy por venirme la agarró con fuerza de la cabeza y me follo violentamente su boca, llevando mi miembro hasta el fondo de su garganta donde finalmente consigo correrme, la sostengo con fuerza hasta terminar de eyacular. Serena comienza a golpearme el pecho con sus manos como pidiendo que la suelte, Se estaba ahogando, la suelto y comienza a respirar dándole un ataque de tos, tose fuertemente lo que provoca que se trague mi leche.

    Después de unos minutos se calma.

    Serena: miércoles, me has hecho tragarme tu leche

    Me lanza un puño al hombro. Solo sonrió.

    Mi miembro comienza a perder fuerza regresando a su estado natural.

    Serena: Esto no es justo llegaste al clímax y a mí me degastes con ganas

    Yo: Todavía está excitada puedo hacerte venir

    Serena: Como si tu miembro se encuentra de flácido

    Me lo dice con cara de molestia, con esto y le muestro mis manos, ella no entiende.

    Me levanto y me coloco encima de ella, con mi mano derecha utilizo mis dedos de la siguiente forma con el pulgar toco su clítoris haciendo círculos, índice, medio, anular y meñique los adentro en su vagina en la pared frontal (abdominal) aproximadamente a 3 a 5 centímetros de la entrada, haciendo el movimiento venir, venir (como cuando llamas a alguien) este punto puede generar placer intenso y orgasmos a la mujer durante la excitación, con la mano izquierda acaricio sus senos y pezones luego comienzo a besar sus labios atacando los 3 mayores puntos de placer femenino.

    Serena empieza a gemir su cuerpo a convulsionar está cerca del clímax, me agarra fuertemente de los hombros como tratando de sostenerse, sus gemidos se hacen cada vez más fuertes, en eso mi miembro vuelve a ponerse erecto así que saco mi mano, le ordeno que se voltee y se coloque en posición de perrito.

    Serena coloca sus manos en la orilla del jacuzzi para sostenerse, me coloco de rodillas dentro del jacuzzi detrás de ella y la agarro de la cintura elevando su culo donde procedo a penetrarla, comienzo a bombearla hasta que ya no aguanta más y tiene un orgasmo, yo logro eyacular de nuevo dentro de su interior expulsa su leche sobre mi miembro, retiro mi miembro de su vagina ella cae rendida acostada sobre el jacuzzi, nuestra leche se comienza a mezclar con el agua y la espuma, flotando en el agua.

    Serena: Tienes un 10, nadie me había hecho venir tantas veces.

    Le beso la frente y me recuesto a su costado, descansando.

    Luego de unos minutos sin decir nada Serena habla.

    Serena: ¿Oye mi ropa habrá terminado de lavar?

    Yo: Me imagino que si pero debe estar mojada

    Serena: Y ahora con que ropa me voy a ir a casa

    Yo: Te iras desnuda –Sonrió

    Serena: Chistoso hablo enserio, ya me tengo que ir seguro mis hijos deben estar extrañándome.

    Yo: En el armario debajo de mis camisas hay una bolsa negra, hay ahí ropa de mujer que era de mi hermana me las dio para que las de en donación y hasta ahora no lo hecho. Hay escoge, tú y mi hermana son casi de la misma contextura ya otro día voy a tu casa a dejarte tu ropa.

    Serena: Mejor yo vengo a recogerla

    Yo: Si sería mejor

    Le acaricio el mentón y sonreímos, salimos del jacuzzi a la habitación, le indico donde está el armario y saca la bolsa en busca de ropa, yo aprovecho y también me visto, luego me dirijo a lavadero en busca de un balde y trapeador.

    Serena: Oye acá no hay ropa interior

    Yo: claro, ropa íntima no aceptan en donación

    Serena: ¿A dónde vas?

    Yo: Voy a limpiar el arrojo de alguien a mi Mercedes

    Serena: Espérame hay bajo para ayudarte

    Serena se coloca una blusa de flores y jeans azules, baja y limpiamos el Mercedes.

    Serena: Aquí está mi sombrero vaquero.

    Volvimos a subir a dejar el balde y trapeador, del botiquín saco la pastilla del día siguiente y sirvo un vaso con agua para dárselo a serena.

    Serena: ¿Esta pastilla es para la resaca?

    Yo: No, es una píldora de emergencia ya que no usamos condón, ¿tómatela o prefieres rodar por las escaleras?

    Me hace caso y se toma la pastilla.

    Nos alistamos y salimos rumbo a su domicilio, Mientras voy manejando Serena coloca un poco de salsa en el reproductor de música del Mercedes, en medio del camino me agarra la entrepierna.

    Yo: No friegues quieres hacerlo en un auto en movimiento

    Serena: Nunca he tenido sexo en un auto

    Yo: Lo dejaremos para otra oportunidad ya vamos a llegar.

    Serena: Prométeme que me vas a buscar, no quiero perderte otra vez

    Yo: Claro que te voy a buscar tengo que devolverte tu ropa cuando seque, además ya sabes donde vivo cada vez que tengas necesidades puedes venirme a visitar y tienes mi número de WhatsApp en el grupo de recuentro de promoción cualquier cosa me puedes escribir por ahí.

    Llegamos y nos despedimos con un beso, su madre se encontraba afuera regando las plantas.

    Serena: No quieres bajar a saludar a mi madre

    Yo: Y que me agarre a escobazos otra vez, no gracias.

    Serena sonríe.

    Serena: Prometo volver a buscarte, estamos en contacto.

    Serena baja del Mercedes y saluda a su madre.

    Serena: Hola mamá

    Madre: Hija donde haz estado, tus hijos preguntan por ti

    Su madre la queda viendo un rato.

    Madre: Serena hija espera que haces con esa ropa? tu no saliste de aquí con un vestido blanco de corazones, porque estas con otra ropa distinta.

    Serena no sabe que decir yo solo sonreí, si supiera que su hija ni ropa interior lleva, pongo en marcha el Mercedes y abandono el lugar dejándolas conversando.

    Unos días después Angie mi otra compañera que tenía un emprendimiento de venta de ropa me escribe al WhatsApp para coordinar que día nos podíamos reunir para hacer la creación de su sitio web, pero eso será otro relato.

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  • Touch on go

    Touch on go

    Si bien con 38 años podría decirse que ya tenía cierta experiencia sexual, reconozco que la idea de levantarme un hombre en la calle era algo que deseaba, así de la nada, lo veo, pongo el objetivo ahí y a la cama, pero ¿qué cama? Obvio que no sería la mía. Y luego de que Héctor me había enseñado varias cuestiones sexuales de como atenderlos, no dudo que podría complacer tanto a un activo como a un pasivo.

    Por lo que decidí no perder más tiempo y fui a un café que había en un hermoso lugar histórico de la ciudad. Contrario a lo que pensaba, no había mucha gente, era muy luminoso y amplio, habría dos mesas con amigos, otra con tres mujeres y una con un hombre de apariencia muy intelectual solo, algo apartado, que leía un libro; esa sería mi presa… o yo la de él.

    Me senté a unas dos mesas, pero desde dónde lo podría mirar con cierto disimulo. Se acercó el mozo y le dije con voz no muy fuerte pero que él escuchara: -Lo mismo que ese señor. Momento en el que este lector miró y yo solo hice un gesto con la cabeza, saludando, me respondió igual sumando una leve sonrisa.

    Mientras esperaba tomé un diario de la mesa de al lado y lo ojeé, muy rápidamente me llegó un café, un jugo de naranjas y dos cookies de chocolates, miré al lector que inspiró mi pedido y él sonriente me dijo si estaba bien para mí, perfecto respondí. Continuamos cada uno en lo suyo unos cinco minutos más, hasta que lo miré con mi vaso de jugo en la mano y le hice el gesto del brindis, momento que él se levantó y vino hacia mí.

    -Buenas tardes, soy Roberto

    -Buenas tardes, Augusto. Sentate por favor

    Y se ubicó a un costado mío, cerca, pero no demasiado. Hablamos sobre el lugar, lo que estaba leyendo él y alguna cosa más hasta que empecé a guiar la conversación.

    -¿Venís seguido?

    -No tanto como quisiera, ser profesor me deja libre dos o tres tardes en la semana.

    -¿Y esas tardes se ponen interesantes?

    -Digamos que uno ya conoce como es el movimiento de este submundo

    -Yo todavía estoy aprendiendo como es

    -¿En serio? No aparentás ser nuevo en esto

    -Tanto como nuevo, no. Pero no suelo salir e ir a cafés.

    -¿Entonces que te parece si seguimos en casa?

    -Dale, ¿Es lejos? Por el auto digo

    -Vamos al auto entonces, son seis cuadras.

    Llegamos al auto y mientras él me indicaba como llegar tuvimos algún cruce de miradas potentes que ya mostraban sexo. Ya en la puerta de su edificio me guio hasta el ascensor y una vez dentro nos acercamos como para sentir nuestro deseo, apenas unas caricias bastaron para encendernos y ni bien pasamos la puerta de su departamento nos enredamos en un intenso franeleo en el que Roberto me llevó hasta la cama, nos fuimos desnudando y en cuanto su miembro quedó a mi vista enseguida me arrodillé y lo tragué con deseo. Tenía una pija normal, pero que quizás mis ganas me hicieron ver grande.

    Ya totalmente desnudos nos acostamos y jugamos con nuestros cuerpos durante no menos de treinta minutos, mucho tocarnos, besarnos, 69, dilatar el ano hasta que me pidió que me ponga en cuatro patas al borde de la cama y el parado sobre la alfombra me penetró y la sacó varias veces consiguiendo que yo moviera mis caderas excitándolo aún más y luego de varias entradas y salidas en mí, sentí que bombeaba sin parar hasta llenarme de leche, un minuto después se acostó y yo hice lo mismo a su lado, nos acariciamos un rato, hasta que le dije que me tenía que ir, y así lo hice luego de un nuevo franeleo intenso.

    Nos pasamos los teléfonos y continuamos viéndonos un tiempo más, no mucho, a él no le gustaba que yo usara ropa femenina y eso nos alejó.

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