Autor: admin

  • Licuado de leches (2)

    Licuado de leches (2)

    -¡Si, soy una puta! ¡Soy la puta de los dos!

    Y en ese momento un chorro de líquido salto de su mojada vagina.

    -¡Haaa! ¡No pares Paquito por favor! –Grito Sandra-

    La leche de Toño y los caldos de Sandra luchaban por salir por la raja de esta pero la verga de Paco no los dejaba pues él seguía bombeando la deliciosa vagina de la señora.

    -¡Ya se vino! ¡Ya se vino! –Exclamo Toño que seguía de cerca el acto-¡Ábrele las piernas!

    Paco obedeció, se separó de Sandra y le abrió las piernas. Los bellos de la pucha de la señora estaban todos mojados, los labios vaginales parecían inflamados y el semen le escurría por todos lados. Sandra alcanzo el pene de Paco, tenía ganas de llevárselo a la boca y así lo hizo, empezó a mamársela. La verga de ayudante llena de semen de su amigo y de los líquidos de su propia vagina ahora la degustaba Sandra, Paco le sujeto la cabeza y empujo su reata hasta la garganta, se le fue un poco más de la mitad produciendo gran salivación escurriendo con restos de la leche de su amigo.

    La escena era tan caliente que a Toño se empezó a excitar nuevamente. Paco se acostó y Sandra se sentó sobre su polla quedando frente a Toño, los sentones que se daba sobre la verga de Paco eran descomunales. Toño empezó a masturbarse, se subió arriba de la cama y le metió la verga en la boca de la caliente señora, la tomo de los cabellos y le dijo.

    -¡Chupa maldita puta!

    Paco ya no aguanto, se vino dentro de Sandra, el chico también le dejo ir gran cantidad de semen. Sandra sentía que tocaba la gloria, sintió lo caliente de la leche de Paco que se la dejo en lo más profundo de su vagina. Toño volvió a venirse ahora en la boca de la Señora, esta se tragó un tanto y lo demás le escurrió por la boca, el cuello, tetas y cayendo otro poco en la cama.

    Paquito, que ya se había puesto en pie, miro su teléfono.

    -¡Santo cielo! Ya está llegando el chofer a dejar la mercancía para mañana.

    Toño salto de la cama.

    -¡Cierto va a llegar mercancía!

    Sandra muy aturdida se levantó, tuvo que ser apoyada por los chicos pues sus piernas no le respondían, entre risas los tres empezaron a vestirse y a medio limpiarse rápidamente.

    -¡Estuvo hermoso! –Dijo Paco- Señora, es usted increíble.

    -¡Paquito me encanto! ¡Que polla tan grande tienes!

    Toño acompaño a Sandra a salir por el costado del local. Checaron que nadie viera y salió rápidamente, ayudo que ya estaba oscuro. Con la blusa rasgada, sin bragas ni sosten y toda desalineada, llego a tocarse el cabello y noto que tenía gotas de semen, se dio prisa para llegar a su casa que estaba cerca, se esforzó por apretar sus músculos vaginales para que la leche de los chicos no se le saliera.

    Se le hizo eterno llegar, pues no veía la hora de meterse al baño y limpiarse todo el semen que traía. Abrió la puerta, y al encender la luz de la sala lo que vio le dejo la sangre helada, ahí estaba Diego su esposo, pues su viaje se había pospuesto para más tarde.

    Cuando su marido la vio toda desalineada se puso de pie de inmediato.

    -¿Que te paso? ¿De dónde vienes? –ya muy alterado-

    -Me quede a trabajar más tarde, me metí al archivo y ahí está lleno de polvo y…

    -¡Mentira! ¡Vienes de revolcarte con alguien! ¡Marque a tu oficina y nadie contesto!

    Diego se le acerco y era evidente que su esposa había sido follada ¡Y de qué manera!

    -¡Maldita zorra! ¿Con quién te revolcaste? –grito-

    Diego la tomo por los hombros sacudiéndola. Sandra no sabía que decir, aún estaba sorprendida pues lo que menos esperaba era encontrar a su esposo ahí.

    -¡Déjame en paz! –Solo alcanzo a decir-

    Y trato de zafarse de las manos de su furioso marido, pero este no la soltó por el contrario la sujeto más fuerte de uno de sus brazos. Sandra sintió sus piernas escurridas, no podía contener más la leche que se le escapaba por su vagina.

    -¡Tenemos una hija! ¿Ese ejemplo le quieres dar? –Le grito Diego-

    El cornudo esposo le tomo la quijada y quiso revisar su cuello, Sandra que sostenía cerrado su saco gris con sus manos pues había perdido el botón cuando Toño la desnudo, tuvo que soltar un extremo para quitar la mano de su marido de su rostro, en ese momento quedo al descubierto la blusa rasgada. Diego no daba crédito a lo que veía, su esposa venia sin sostén.

    -¡Puta! ¡Eres una vil puta! Seguramente vienes sin calzones perra.

    Y jalo a Sandra intentando meter la mano bajo su falda para corroborar si en verdad no traía su prenda íntima. Sandra reacciono empujándolo con fuerza. Por un momento pensó que ya no tenía caso ocultar algo tan evidente.

    -¡Déjame, no te atrevas a tocarme! ¡Tú también te vas con tus putas y no te cuestiono! – le grito la infiel-

    Pero Diego ya no entendía razones, se fue sobre ella y la empujo sobre el sofá, con una mano inmovilizo las de ella y con la otra busco bajo su falda y sintió que no traía bragas, busco la raja de su recién follada esposa la cual con todas sus fuerzas trato de evitarlo, pero no lo logro y los dedos de su marido tocaron su escurrida vagina.

    Diego quedo inmóvil cuando comprobó que la pepa de su esposa estaba inundada de semen, Sandra se cubrió la cara con sus manos, ella esperaba que su marido la abofeteara. Por un momento todo quedo en silencio, Sandra sintió que su corazón latía acelerado por el miedo y escucho la respiración agitada de su esposo, el cual no decía nada, cosa que le intrigo y descubrió un poco su rostro y vio que Diego observaba sus dedos empapados de la leche de Toño y Paco.

    -¡Me va a golpear! –Pensó-

    Ella dejo de oponer resistencia, Diego le saparo las piernas dejando al descubierta su vagina, con sus dedos le abrió la raja y gruesas gotas de leche salieron haciendo burbujitas. Sandra solo cerró los ojos y espero. Sintió como su marido volvió abrirle la vagina.

    Diego se lanzó sobre ella pero no para golpearla, si no para besarla, le metió la lengua en la boca, besando todo su rostro, su cuello y empezó a mamarle las tetas. Sandra muy sorprendida abrió los ojos. “¿Qué diablos hace?” pensó la infiel, pero su marido empezó a jadear chupándole desesperado los pezones. Los dedos de Diego se hundieron en la raja enlechada.

    -¡Me excita pensar que te metieron la verga! –Dijo el marido-

    Sandra se enderezo pues permanecía acostada en el sofá, Diego no dejaba de mamarle los pechos y de meterle los dedos en la raja.

    -¡Te llenaron la pepa de leche! Parece que un toro se vino dentro de ti.

    Sandra no sabía que decir ante la reacción de su marido. Diego se incorporó, se abrió el zipper y saco su polla la cual estaba bien erecta. Se le acercó al rostro de su amada, esta con desconfianza se la metió a la boca y empezó a mamarla.

    -¡Así, chupa puta! Te cogieron bien rico ¿Verdad?

    Sandra no dijo nada solo clavo la mirada en la de él y siguió mamando, le sorprendió la erección pues ya tenía mucho tiempo que Diego no lograba mantener su pene tan firme y duro, en verdad estaba muy caliente.

    Sandra le chupo los cojones, se esmeró en darle la mejor de las felaciones a su marido, el cual estaba gozando como nunca. Se dispuso a penetrarla, la desnudo completamente y se preparó para darle la estocada, vio que la leche le seguía saliendo, eso lo excito más. Le metía y sacaba la pinga, saliendo esta batida del semen de los carniceros. La pucha de Sandra estaba ya roja de las embestidas de los chicos y ahora de su marido. Diego escuchaba como su verga batía el semen que aún tenía su esposa en la vagina.

    La puso en cuatro para penetrarla por el culo, le abrió el ano, también se veían restos de leche que le había escurrido hasta ahí, aun así Diego le empezó a mamar el gran trasero de su infiel esposa, le metía la lengua en el ano, le metió los dedos, su erección era plena, sin lastima le metió toda de una sola vez, el cuerpo de Sandra a pesar que el pene de Diego era más chico que los que se acababa de comer, aun así su cuerpo se estremeció, Diego siguió metiendo y sacando pues el ano ya estaba bien trabajado por las enormes vergas de los carniceros.

    -¡Puta que sabrosa estas! –Murmuraba diego- ¡Maldita zorra! Estas llenísima de leche, creo que te follaron todos tus compañeros de la oficina. ¿Quién te cogió?

    Sandra por un momento dudo en decírselo.

    -¿Fue alguien del trabajo? Anda dime, me encantaría saber quién te lleno de leche.

    Diego cogía con fuerza el culo de su esposa. E insistía.

    -Dime, anda dime con quien cogiste. No me voy a molestar, es más, perdonaría tu infidelidad y te daría permiso que lo sigas haciendo.

    Sandra vio que su esposo hablaba con sinceridad y le dijo:

    -¡Fueron los chicos de la carnicería, ellos me cogieron, los dos!

    Diego sintió mucha excitación al escuchar que dos hombres le habían metido sus vergas a su esposa. Ya no aguanto, chorros de semen salieron sobre el ano y la raja de Sandra, era el mejor orgasmo en años que había tenido. La leche de Diego y lo que quedaba de la de Toño y Paco se mezclaron en los agujeros de la excitante Sandra con sus dedos se exprimió toda le polla, hasta sacarle la última gota de leche.

    Diego abrazo tiernamente a su esposa. -¿Ya no estas molesto? –pregunto ella-

    -No mi amor, entiendo que te he descuidado mucho, esto que hiciste yo tengo más culpa que tu.

    -¿Entonces me perdonas?

    -¡Claro que si mi amor! es más, como te decía, tienes permiso de que esos chicos te cojan cuando quieras. Diego vio su reloj y se levantó rápidamente.

    -¡Tengo que irme a mi viaje! Se me hace tarde.

    Se vistió rápidamente y se fue, no sin antes darle un apasionado beso a su mujercita, la cual quedo desnuda en su cama, con la vagina y el ano escurriendo de semen.

    Sandra se acariciaba la pepa, mezclando las tres leches que ese día habían inundado sus ricos agujeros.

    Fin.

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  • Iniciando a nuestros hijos mellizos (25)

    Iniciando a nuestros hijos mellizos (25)

    Después de la llamada de Juan me quede desconcertado, Myriam suspiró ignorando lo que me confeso sobre la cámara oculta. Encendí el motor y conduje sin rumbo por calles laterales, era el inicio del invierno, pequeñas gotas de lluvia caían sobre el parabrisas. Un vaivén de imágenes: Mi hija desnuda, hermosa y manos ajenas sobre su piel. Myriam rozó mi brazo con sus dedos fríos.

    “¿No te apetece que nos tomemos un café?”

    Asentí. Encontramos una cafetería de fachada vintage a tres cuadras del condominio. Sus ventanales empañados prometían refugio. Al entrar, el aroma a grano recién molido y pan dulce nos envolvió como un abrazo cálido. Elegimos una mesa de mármol cerca de la ventana, lejos de los pocos clientes.

    “Como te sientes amor?”.

    “Nerviosa, confundida no sé si fue buena idea, no sabemos nada de la pareja”.

    “Debemos confiar en Juan, sé que no pondría en ningún tipo de riesgo a Sandra”.

    El camarero depositó las tazas humeantes con un tintineo de porcelana contra el mármol. Dos círculos de leche espumosa flotaban sobre el café oscuro; las galletas de higo —crujientes y polvorientas— descansaban en un plato de cerámica esmaltada. Myriam hundió una galleta en su café, observando cómo la masa se empapaba y oscurecía. Me sonrió, llevándose el pedazo reblandecido a los labios carnosos.

    “¿Habremos llegado demasiado lejos Miguel?”. La pregunta surgió de repente, sus ojos, normalmente tan luminosos, se veían opacos, fijos en el reflejo de su taza.

    —Cuando la vi caminar hacia ese edificio, ¿notaste cómo sus piernas temblaban bajo la falda? Iba muy nerviosa —me dijo, mirándome con angustia.

    Apreté su mano; mi pulgar acarició su nudillo, un gesto automático de consuelo que repetía desde nuestros años universitarios.

    Mi respuesta fue lenta, eligiendo cada palabra con cuidado. “Amor, recuerda que está decidida, más que decidida: Tenemos un pacto con ella, ¿recuerdas? Confía en nosotros y nos pidió que fuéramos más abiertos. Es mejor estar cerca al inicio.”. Bajé la voz, inclinándome hacia adelante. “Apoyarla no significa solo dejarla ir; significa estar aquí, ahora, respirando este café y esperando su mensaje como dos padres idiotas, pero juntos.”.

    Myriam dejó escapar un suspiro largo “Tienes razón, si no estamos aquí cuando ella salga de esa experiencia, si huimos porque nos incomoda, ¿qué clase de complicidad y apoyo le ofrecemos?”.

    Sentí cómo mi erección crecía. Ella, absorta en su angustia maternal, no notó el cambio en mi respiración, mi mirada descendió entonces hacia sus piernas cruzadas, el movimiento había hecho que la tela se corriera, revelando centímetros de piel desnuda sobre la rodilla. Recordé el cuadro completo de dos mujeres bellas y maduras sometidas por 4 hombres portentosos mientras nosotros sus esposos cornudos y pervertidos las veíamos excitados.

    Mi propia ansiedad se transformó entonces en algo distinto: excitación pura al imaginar a Sandy entregada. Mis ojos se detuvieron en la curva del cuello de Myriam, donde el cabello ondulado y oscuro se recogía en un desorden sensual. Recordé cómo su nuca se arqueaba la noche con los Mandingos, cómo sus músculos se tensaban mientras Abdón la penetraba desde atrás… el gemido gutural, casi animal, que salió de ella. El recuerdo de sus orgasmos consecutivos —cuatro o cinco, uno tras otro— me golpeó con crudeza obscena.

    “¿Miguel?” —sus ojos color miel se clavaron en los míos— “¿Recuerdas la hora exacta que dejamos a Sandy? si mal no recuerdo fueron las siete y veinte”, añadió recordando antes de que pudiera yo responder “Lleva más de una hora dentro de ese departamento.”.

    “Si, no te preocupes amor, Sandy se sabe cuidar y sabe que estamos cerca”.

    ¿En qué estás pensando?”. Sus labios se apretaron mientras esperaba mi respuesta.

    “No te voy a mentir” confesé, “Recordaba la noche con nuestros amigos y los Mandingos”. La admisión salió cruda, el silencio que siguió fue denso. Me preparé mentalmente para el reproche, para el golpe verbal que merecía mientras ella se retorcía de angustia maternal, “No cambias, Miguel”, murmuró sonriendo, “Ni en estos momentos” levantó la mirada hacia mí “Pero me gusta tu lado perverso”.

    “Sabes?” —dije confiado— “Fantaseo mucho después de cada reunión y esta última fue especialmente excitante”.

    Sentí cómo su piel se erizaba bajo mi toque “Me gustaría que lo repitiéramos…”, observé cómo sus pupilas se dilataban “Verte así tomada por ellos… “. No terminé la frase ya que el mozo de servicio llego con dos porciones de tarta de pastel de nuez.

    “Desean ordenar algo más?”.

    “Todo bien, gracias”.

    El chico se retiró no sin antes ver los turgentes senos de mi mujer a través del escote “Esta noche estas especialmente sexy, el mesero desde que entramos no te quita la vista de encima”. “No lo note”, susurró casi para sí misma.

    “Entonces… ¿te gustaría repetirlo?”, dijo, sosteniendo mi mirada sin pestañear “¿Qué pensarías si te digo que recuerdo esa noche… y me masturbo?”. La pregunta y confesión me llevo al límite, mi erección palpitó con fuerza. “Pensaría que deseo verte de nuevo así empalada por varios hombres, solo que… quisiera que la próxima vez no estén Martha y Juan, y todos los hombres sean para ti”. Le dije ahogándome en la excitación.

    “Mmm eso me calienta”, contesto chupando la cuchara “¿Que estará pasando con nuestra hija en este momento, no te dan celos?”, pregunto abruptamente.

    “Si, siento celos pero también me parece excitante es similar a lo que siento contigo cuando estas con otros”, le confesé.

    Los minutos siguientes fueron una mezcla de silencios cargados y miradas furtivas hacia el reloj cada segundo que pasaba aumentaba la presión en mis sienes, mi esposa no dejaba de mirar el teléfono esperando la llamada de Sandy, ya habían pasado casi dos horas desde que la dejamos, la angustia y la excitación se mezclaban. Hasta que por fin, después de lo que pareció una eternidad, el móvil de Myriam vibró sobre la mesa, era un mensaje de texto:

    “Todo bien, no se preocupen, ¿por qué no se van a casa?, Carlos y Valeria me llevaran más tarde”.

    Myriam soltó el aire, sus dedos temblaron al guardar el teléfono.

    “Es hora de irnos”, dijo de repente, poniéndose de pie “Ella debe afrontar a lo que vino amor, ya la acompañamos, si algo sucede nos llamará, no tiene sentido seguir aquí”, afirmó mientras recogía su bolso con movimientos bruscos.

    La vi tensa, casi rígida, pagamos y salimos de prisa, en el trayecto de la cafetería al auto no platicamos nada, íbamos como autómatas solo caminando uno al lado del otro.

    “Yo conduzco” me dijo pidiéndome las llaves.

    El trayecto fue una tortura cada semáforo en rojo era una eternidad, cuando llegamos Myriam subió directo a la ducha mientras yo permanecía en el sofá de la sala. Enrique nuestro hijo no estaba en casa.

    De pronto recordé las palabras de Juan: “Hay una cámara oculta en casa de la pareja”. Sentí ansiedad y también rabia ¿Cómo se atrevía a grabar a nuestra hija sin permiso? Pero bajo esa indignación bullía algo más oscuro, viscoso, una curiosidad enfermiza que se arrastraba desde el estómago hasta la garganta.

    Subí las escaleras sin hacer ruido, Myriam estaba recostada en la cama en su rutina de cremas. “Voy a quedarme en el sofá un rato, ¿me quieres acompañar?”.

    “Tratare de dormir, me siento agotada, me despiertas cuando llegue Sandy”, me dijo muy seria.

    “Descansa amor”, me puse mi pijama y bajé a la sala, el móvil pesaba en mi mano, sentía que latía con vida propia. Marqué el número de Juan sin obtener respuesta.

    Nuevo intento, mi ansiedad crecía.

    Al tercer intento, contesto con esa calma calculada. “Miguel, justo iba a llamarte”, mentira obvia, pero no importaba, mi ansiedad y enojo me ahogaban “No me pediste autorización para grabar”, interrumpí. Un suspiro al otro lado, luego el clic de un encendedor. “Vamos no te hagas el santo sé que ardes en deseos de ver que está haciendo tu hija…”.

    El pitido del mensaje entrante paralizó mi garganta. Una imagen borrosa llego a mi WhatsApp: Sandy arrodillada entre sombras, la luz rasante destacando la curva de su espalda. Mi pulgar tembló al ampliarla —los detalles emergieron con cruel nitidez: su cabello sujeto por las manos de Carlos, el vestido arrugado—, cada píxel confirmando lo que ya sabía.

    “Relájate, Miguel.”. Juan soltó una risa gutural mientras yo escuchaba el crujido del cuero en su sillón al moverse. “Carlos sólo grabó los primeros minutos a petición mía para saber que tu princesa estará bien, no existe una grabación como tal de toda la reunión.”.

    Sentí alivio y decepción a la vez, algo dentro de mí luchaba.

    “Por ahora tendrás que conformarte con esa foto oscura” me dijo mientras yo sentía el celular arder en mi mano. La imagen seguía allí, inmutable, la voz de Juan se volvió más grave, casi un susurro: “Carlos tiene todo bajo control, nos estuvimos comunicando… bueno sé que están ahora descansando, son jóvenes y Sandy un manjar, seguramente van a repetir”.

    No tuve reacción, me quede como idiota ampliando la imagen oscura de mi hija en esa situación sexual.

    “¿Te estas masturbando amigo? ¿imaginando lo que está haciendo tu princesa?” dijo Juan con esa voz burlona que me hacía hervir la sangre, pero también la piel, ese tono que sabía exactamente dónde clavarme las palabras.

    “Confiésalo y suéltate, ¿estas excitado?”

    “Si… no te puedo engañar” confesé al fin.

    “Disfruta esa sensación, no te preocupes ella está segura. Nunca ha sucedido algo así con nuestra hija Lily quizá sería buena idea algún día conseguir una cita para nuestras dos hijas con una pareja o unos hombres, ¿seria excítate no crees?” me dijo Juan con voz ronca, mientras mi mano se movía irremediablemente hacia mi pene erecto, imaginando exactamente lo que describía.

    “¿Tienes otra imagen?”, le pedí excitado

    “Paciencia Miguelito, le pediré algunas fotos a Carlos”.

    Una nueva notificación apareció: descargue la imagen, Sandy de rodillas de espaldas a la toma, frente a una cama con la falda sobre su espalda, con las bragas en las rodilla y las piernas abiertas, amplié la foto y alcance a ver un par de piernas femeninas a los lados de su cabeza, mi hija tenia hundida la cara en la vulva de la chica!, fue inevitable regresar a las nalgas de mi hija y ampliar la imagen: ver su sexo expuesto, sus labios vaginales jóvenes y apetitosos, sus nalgas paradas con formas perfectas, los músculos marcados de sus piernas se notaban, la foto había sido tomada desde un ángulo bajo.

    El siguiente mensaje era un video de 15 segundos. Al reproducirlo, el sonido me golpeó: gemidos agudos mezclados con jadeos masculinos, luego la imagen: Sandy montando a Valeria sobre su cara mientras Carlos la penetraba desde detrás. Mi verga palpitó contra el pantalón del pijama.

    “Amigo, ya es algo tarde, disfruta del material que te envié. Buenas noches”. Sin más corto la llamada dejándome excitado y sin poder reclamar nada más.

    Eran casi las once y media de la noche cuando escuché el motor de un auto deteniéndose frente a la casa. Apagué rápidamente el celular y me incorporé en el sofá. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de alivio, ansiedad y excitación que no me abandonaba.

    Por la ventana vi un SUV negro elegante estacionarse. La puerta trasera del auto se abrió y bajó Sandy.

    Carlos y Valeria bajaron también del auto. Él, alto, atlético, de unos 35 años; ella, morena, curvilínea, con un vestido ceñido que resaltaba sus formas. Se despidieron en la acera con abrazos y besos en las mejillas. Valeria tomó el rostro de Sandy con ambas manos y le dio un beso prolongado en los labios, Carlos le acarició la cintura al abrazarla y le susurró algo al oído que hizo que Sandy sonriera con picardía y bajara la mirada.

    Mi hija agitó la mano mientras el SUV se alejaba. Luego respiró hondo, se acomodó el vestido tirando suavemente de la falda hacia abajo y caminó hacia la puerta principal.

    Abrí antes de que metiera la llave. La luz del porche la iluminó por completo.

    —Papi… —susurró con voz ronca. Sus ojos brillaban con una mezcla de cansancio y euforia. Su maquillaje estaba ligeramente corrido: el delineador difuminado, el labial casi desaparecido.

    La abracé con fuerza. Olía a una mezcla de su perfume habitual, sudor, y un aroma desconocido en ella. Un olor almizclado, intenso, que me golpeó directamente en el estómago y bajó hasta mi entrepierna.

    —¿Todo bien, princesa? —pregunté, tratando de sonar solo preocupado, no excitado.

    —Más que bien, papi —respondió, apoyando la cabeza en mi hombro un segundo más de lo habitual—. Fue… increíble. No sé ni cómo explicarlo.

    Subimos las escaleras en silencio. Myriam, que había escuchado el auto, ya estaba en el pasillo en bata. Al ver a Sandy, sus ojos se llenaron de alivio y ternura maternal, pero también de una curiosidad que no pudo disimular.

    —¿Quieres hablar ahora o mañana? —preguntó Myriam, acariciándole el cabello.

    —Mañana —dijo con voz suave—. Estoy muerta de cansancio… y necesito una ducha urgente.

    Entró a su habitación y cerró la puerta. Segundos después se escuchó la regadera.

    Myriam me tomó de la mano y me llevó a nuestra habitación. Cerró la puerta con llave. Se acercó, me besó con urgencia y deslizó su mano dentro de mi pijama.

    Esa noche, mientras la regadera de Sandy seguía sonando al otro lado del pasillo, Myriam y yo hicimos el amor con una intensidad salvaje, susurrándonos detalles prohibidos, imaginando lo que nuestra hija había recibido horas antes.

    La mañana siguiente amaneció soleada, con esa luz invernal fría que entraba por las ventanas de la cocina. Myriam ya había preparado café y tostadas; yo bajé en silencio, aún con la mente revuelta por la noche anterior: el video repetido 30 veces, los gemidos de Sandy mezclados con los de Valeria, y el sexo urgente con mi esposa susurrándonos fantasías prohibidas.

    Sandy apareció poco después, fresca como si hubiera dormido diez horas. Llevaba unos shorts deportivos muy cortos que dejaban al descubierto sus piernas atléticas y bronceadas, y una camiseta holgada sin sujetador. Su cabello estaba húmedo de la ducha, recogido en una coleta alta. Se sentó frente a nosotros con una sonrisa amplia, casi desafiante.

    —Buenos días, familia —dijo con voz alegre, sirviéndose café—. ¿Durmieron bien?

    Myriam y yo intercambiamos una mirada rápida. Los dos sabíamos que apenas habíamos pegado ojo.

    —Más o menos —respondió Myriam con suavidad, poniéndole una tostada delante—. Cariño, no hace falta que nos cuentes nada si no quieres. Solo queríamos saber si la pasaste bien, si te sentiste cómoda y segura.

    Sandy dio un sorbo al café, nos miró por encima de la taza y soltó una risita.

    —Mamá, relajen. La pasé genial. Más que genial. Fue… intenso, liberador, exactamente lo que esperaba y mucho más —bajó la voz un poco, como quien comparte un secreto delicioso—. Y sí, me gustaría contarles algunos detalles, porque sé que les interesa… y porque tenemos un trato de ser abiertos, ¿no?

    —No tienes que ser explícita si te incomoda —dijo Myriam, intentando sonar maternal y tranquila—. Solo lo suficiente para que sepamos que todo estuvo bien.

    Sandy se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos brillaban con una mezcla de picardía y orgullo.

    —Todo estuvo más que bien. Carlos y Valeria son… increíbles. Súper respetuosos, pero al mismo tiempo muy directos y apasionados. Empezamos tomando vino, hablando, rompiendo el hielo. Luego Valeria me besó… y todo fluyó natural.

    Hizo una pausa, observando nuestras reacciones. Yo intentaba mantener la cara neutra, pero noté que mi respiración se había vuelto más pesada.

    —¿Y… te sentiste segura en todo momento? —pregunté, con la voz un poco ronca.

    —Completamente. Me guiaron, me preguntaban constantemente si me gustaba, si quería más o menos… Fue perfecto para una primera vez con una pareja.

    Myriam carraspeó.

    —¿Y… fue los tres juntos todo el tiempo?

    Sandy sonrió con malicia.

    —Casi todo. Hubo momentos en que estuve solo con Valeria… Y otros solo con Carlos. Y luego los tres. Varias veces. Descansamos, tomamos más vino, y volvimos a empezar. Por eso llegué tarde.

    Tragué saliva. La imagen del video que Juan me envió volvió con fuerza: Sandy sentada sobre el rostro de Valeria mientras Carlos la penetraba por detrás.

    —¿Y… te gustaría seguir adelante con esto? —pregunté, tratando de sonar solo curioso y apoyador.

    Sandy se enderezó en la silla, emocionada.

    —Sí, papi. Más que nunca. Me sentí libre, deseada, viva. Y… —hizo una pausa dramática, disfrutando el suspenso— Carlos y Valeria me invitaron al club swinger al que van ellos. Dicen que es un ambiente muy selecto, seguro, y que sería ideal para seguir explorando.

    El silencio que siguió fue denso.

    —¿Al club? —Repitió Myriam, intentando mantener la calma—. Eso ya es otro nivel, cariño. Mucha más gente, más imprevisible…

    —Lo sé —interrumpió con decisión

    Y con eso se levantó, nos dio un beso en la mejilla, saludo a Enrique que se integraba a la mesa y subió a su habitación tarareando.

    Los días siguientes transcurrieron con normalidad. La rutina volvió a apoderarse de la casa: Sandy salía temprano a la universidad, Alejandro aparecía casi todas las tardes con su sonrisa inocente y sus planes de futuro, cenábamos juntos como cualquier familia convencional, veíamos alguna serie los fines de semana. Él seguía sin sospechar nada; besaba a Sandy en la mejilla al llegar, le tomaba la mano mientras hablaban de exámenes y trabajos universitarios. Muy respetuoso.

    Sandy, por su parte, flotaba en una nube. Cada vez que Alejandro la tocaba, yo advertía en su mirada un destello de comparación: él era tierno, predecible; Carlos y Valeria habían sido salvajes, impredecibles, compartidos. Una tarde la sorprendí en la cocina revisando su teléfono con una sonrisa boba; eran mensajes de Valeria me dijo.

    Nos informó que Carlos y Valeria habían aplazado la visita al club swinger. Un viaje de trabajo imprevisto los llevaría fuera de la ciudad dos o tres semanas. Sandy nos lo contó una noche, con un leve tono de decepción..

    Desde la iniciación de Sandy, mi deseo por Myriam se había multiplicado. Casi todas las noches terminábamos follando con urgencia, como si necesitáramos exorcizar las imágenes que nos rondaban la cabeza. Ella se montaba sobre mí y, mientras se movía lento, me susurraba: “Imagínate que es Carlos el que me tiene así… o que Sandy está en la habitación de al lado con Valeria entre sus piernas

    Una mañana de jueves recibí una llamada inesperada. Era Mario, el hijo mayor de Juan y Martha, quería consultaros sobre un tema legal. Lo recibí en mi oficina a media mañana. Vestía traje impecable nada que ver con el joven perverso de las reuniones. Mientras revisábamos los documentos, la conversación fue estrictamente profesional: cláusulas, impuestos, riesgos. Pero cuando terminamos y guardé la carpeta, Mario se recostó en la silla con una sonrisa que conocía demasiado bien.

    —Miguel, gracias por el tiempo —dijo, y luego bajó la voz—. Hay otro tema… más personal.

    Sentí que el aire de la oficina se cargaba de electricidad.

    —Dime.

    —Desde aquella noche en casa de mis papás… no he podido sacarme de la cabeza a Myriam. —sus ojos brillaron—. Me gustaría mucho volver a estar con ella deseo mucho a tu mujer.

    —No te voy a mentir, Mario —respondí al fin, con voz serena—. Myriam y yo hemos hablado de aquella noche muchas veces. Y sí, te recordamos. Pero esto lo tengo que consultar con ella. No tomo decisiones de este tipo solo.

    Mario sonrió, satisfecho con la respuesta.

    —Claro, por supuesto. No hay prisa. Solo quería ser directo. Mis padres me enseñaron que en este ambiente la honestidad es lo primero.

    Se levantó, me estrechó la mano con fuerza y, antes de irse, añadió en voz baja:

    —Dile a Myriam que sueño con el sabor de su boca… y con todo lo demás.

    Cuando la puerta se cerró, me quedé solo en la oficina con una erección incómoda contra el pantalón. Tomé el móvil y escribí a Myriam:

    “Acaba de irse Mario. Dice que te desea mucho y propone que nos reunamos”.

    La respuesta llegó en menos de un minuto:

    “¿En serio? Cuéntame todo esta noche… y prepárate, porque voy a necesitar que me cojas duro mientras me lo cuentas.”.

    El sábado, después de una semana quedamos con Mario en un hotel del centro: suite amplia, luces tenues, cama king size.

    Myriam se había preparado con esmero: lencería negra de encaje, medias hasta el muslo y un vestido corto que quitaba el aliento. Mario llegó puntual, traje oscuro, camisa abierta dos botones. Nos tomamos una copa de vino en el bar del hotel; las miradas ya lo decían todo.

    Subimos a la habitación. Apenas cerró la puerta, Mario se acercó a Myriam por detrás, le subió lentamente el vestido y besó su nuca mientras yo la miraba desde el sofá. Ella cerró los ojos, suspiró y se dejó llevar. En minutos estábamos los tres desnudos.

    Myriam se arrodilló entre nosotros, alternando su boca caliente entre mi erección y la de Mario. Sus gemidos vibraban contra nuestra piel mientras nos miraba con ojos llenos de lujuria. Luego la tumbamos en la cama: yo la penetré primero, lento y profundo, mientras Mario le follaba la boca. Después cambiamos; él la tomó con fuerza desde atrás, haciendo que sus pechos rebotaran, mientras yo le comía los senos y ella gritaba mi nombre y el de Mario sin orden.

    Estuvimos varias horas: Myriam montándome mientras chupaba a Mario, luego él dentro de ella mientras yo la besaba. Al final, los dos la llenamos de leche casi al unísono, uno en su boca, otro sobre sus pechos. Ella temblaba, exhausta y feliz, cubierta y sonriente.

    Nos duchamos juntos, riendo, besándonos. Al despedirnos, Mario susurró: “Repetiremos pronto”.

    El día de la visita al club swinger de nuestra hija llego. Sandy pasó la tarde encerrada en su habitación preparándose con una dedicación casi ritual. Cuando bajó, nos dejó sin aliento: un vestido negro cortísimo de licra brillante que se ceñía como una segunda piel, escote profundo que dejaba entrever el borde de un sujetador de encaje rojo, medias de red hasta medio muslo y tacones altos que estilizaban aún más sus piernas atléticas. El maquillaje ahumado resaltaba sus ojos, y el cabello suelto caía en ondas perfectas. Se veía peligrosa, deseable, un mujeron.

    Carlos y Valeria llegaron puntuales por nuestra hija. Sandy salió a recibirlos después de despedirse, Enrique extrañado nos preguntó quiénes eran los amigos de su hermana, los tres observamos desde la ventana como se subía al auto.

    Sandy regresó cerca de las cinco de la madrugada. El auto la dejó en la puerta; la vimos bajar tambaleante sobre los tacones, el cabello revuelto, el maquillaje corrido. Carlos le dio un último beso largo en la boca antes de que ella entrara por fortuna no se veían vecinos y Enrique estaba en su quinto sueño.

    Subió directamente a nuestra alcoba, nos dio un beso rápido en la mejilla a cada uno y murmuró con voz ronca: “Fue increíble… después les cuento, ahora estoy muerta”.

    Nos miramos en la penumbra, excitados y ansiosos. Sabíamos que nuestra hija había cruzado definitivamente todas las líneas. Y que, por mucho que quisiéramos saber, parte de esa noche siempre sería solo suya.

    Continuará.

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  • Primavera prohibida

    Primavera prohibida

    En los albores de 1923, en una pequeña villa rural de Inglaterra, Eleanor Harrington vivía en una casa grande y silenciosa que olía a cera de abeja y a ausencia. Tenía treinta y dos años, el cuerpo todavía firme y suave, la piel pálida, de esas que se sonrojan con facilidad, los ojos verdes, habituados a observar y obedecer en silencio.

    Su marido, el señor Harrington, era un hombre de cincuenta y pocos, alto, seco, con bigote recortado y una voz que nunca subía de tono porque no hacía falta: bastaba con que hablara para que todo el mundo se sometiera a sus órdenes. Viajaba mucho por negocios textiles, y cuando estaba en casa hablaba poco con ella. La trataba con corrección distante, como a un mueble caro que hay que cuidar y lucir en sociedad.

    Eleanor sabía cosas de él que prefería olvidar. Una tarde, años atrás, había vuelto antes de tiempo de una visita y lo encontró en su estudio. La puerta estaba entreabierta. Harrington tenía a una criada joven inclinada sobre el escritorio, la falda subida, las bragas retorcidas a la altura los tobillos. Con una vara fina de abedul le estaba dando golpes secos en el generoso trasero desnudo. No alzaba la voz amenazándola, no: lo hacía con calma, reprendiéndola en voz baja, como quien ajusta una máquina. La chica lloriqueaba, pero no se movía. Eleanor se apartó sin hacer ruido y nunca le comentó nada, ni a él ni a nadie.

    Desde entonces entendió que su marido no buscaba placer con ella porque lo encontraba en otro sitio: en el control, en el castigo medido, en la piel que se enrojece bajo su mano, en la lágrima, el temor y la humillación de los sumisos.

    Con ella era correcto, frío, rápido. Dos minutos los viernes por la noche, luz apagada, camisón subido hasta la cintura, casi siempre de espaldas para no mirarla. Después se daba la vuelta y dormía.

    Por eso Eleanor se sentía seca por dentro, como una planta que recibe agua pero nunca sol.

    Necesitaba calor, toque, risa.

    Necesitaba sentirse deseada.

    Thomas era el ayudante que Harrington había contratado para la finca. Veinticuatro años, ancho de hombros, brazos fuertes del trabajo al aire libre, piel morena, ojos azules que miraban de frente. Al principio solo eran saludos corteses. Luego miradas que duraban un segundo de más. Luego roces “accidentales” cuando le pasaba una herramienta o una taza de té. Eleanor notaba cómo se le aceleraba el pulso cuando él estaba cerca. Se sorprendía a sí misma imaginándolo sin camisa, imaginando sus manos grandes sobre su piel.

    Una mañana de mayo, con Harrington en Londres por una semana, Eleanor propuso un paseo en bicicleta. —Para tomar aire —dijo, con una sonrisa que no era del todo inocente.

    Thomas aceptó enseguida. Cargaron la cesta: pan, queso, peras, sidra, el mantel a cuadros rojo y blanco bien doblado al fondo.

    Pedalearon por caminos de tierra entre robles y praderas. El vestido floral de Eleanor, ligero, de algodón estampado con margaritas, se le subía un poco con el viento y dejaba ver las pantorrillas. Reían. Él la miraba de reojo. Ella notaba la mirada y no bajaba el vestido.

    Llegaron junto a un arroyo. Extendieron el mantel bajo un sauce. Comieron despacio. Thomas cortaba el queso con una navaja; sus dedos rozaban los de ella al pasarle un trozo. Eleanor mordía una pera y un hilo de jugo le bajaba por la barbilla; él se lo limpió con el pulgar, muy despacio.

    Se quedaron callados un rato, solo el ruido del agua, la brisa en sus rostros y pájaros piando, quizás en busca de pareja.

    Jugaron con pajitas de hierba como adolescentes. Él paso una por su brazo para luego, de manera traviesa, pasarla por el sitio dónde los hombres llevan bigote. Ella protestó riendo al notar las cosquillas.

    Luego él “tejió” un improvisado collar y se lo puso, dejando las manos un segundo de más en su cuello. Ella sintió como el calor nacía en el vientre y subía hasta sus mejillas ruborizándolas levemente.

    De pronto el cielo se cerró llenando el paisaje de sombras. Nubes negras, viento frío, y finalmente a lluvia en abundancia.

    No había paraguas.

    Cogieron las bicis y pedalearon.

    —Con este tiempo no llegaremos a casa. —dijo la mujer.

    —Allí, un refugio. —señaló el hombre.

    Encontraron un chamizo viejo medio derruido al borde del bosque.

    Entraron chorreando.

    El vestido de Eleanor se pegaba al cuerpo, marcando los pechos, los pezones endurecidos por el frío. La camisa de Thomas se transparentaba, se le veía el pecho ancho, el vello oscuro.

    Temblaban.

    —Nos vamos a helar —dijo él, con la voz ronca.

    El mantel estaba casi seco, bien enrollado en la cesta.

    Eleanor tragó saliva.

    Sabía lo que venía.

    Pero la responsabilidad ante todo.

    —Quítate la ropa mojada o cogeremos una pulmonía —murmuró.

    Se dieron la espalda por pudor, pero el espacio era pequeño. Ella se desabrochó el vestido, lo dejó caer. Las enaguas siguieron el mismo camino. Quedó desnuda, la piel de gallina, los pechos pesados, el sexo oscuro entre los muslos. Él se quitó camisa, pantalones, calzoncillos. Su pene a medio camino, colgando con una leve inclinación a la derecha.

    Ella se dio la vuelta para sentarse, su culo pálido, las nalgas separadas por una hendidura generosa que hacía imposible no pecar.

    Se sentaron en el suelo y se envolvieron juntos en el mantel a cuadros. Piel con piel. El calor empezó a volver. Eleanor notaba el pecho de él contra su espalda, el aliento en la nuca. Notaba también cómo el miembro de Thomas se endurecía contra su trasero. Intentó no moverse, pero era imposible.

    De pronto sintió una presión en el vientre.

    La sidra, los nervios… la tripita cogiendo frío.

    Necesitaba soltar aire.

    Intentó contenerlo apretando el esfínter, pero al poco la necesidad volvió con más fuerza.

    —Thomas… —susurró, la voz temblorosa, la cara ardiendo—. Lo siento muchísimo… pero… no puedo más. Necesito… tirarme un pedo.

    Él se quedó quieto un segundo y luego habló suave, controlando esa rara excitación que provoca la intimidad.

    —Hazlo. Aquí no hay nadie más.

    Ella se giró un poco, levantó el mantel y muerta de vergüenza, ventoseó, uno suave, prolongado, pero audible. El alivio fue inmediato. El aroma pasó fugaz.

    Esperaba que él se apartara, que su cuerpo reaccionara traicionando sus modales de caballero… pero no, al contrario, la abrazó más fuerte.

    —No pasa nada —susurró contra su oreja mientras su miembro comenzaba a palpitar.

    El momento, en vez de romperlo todo, lo hizo más íntimo y excitante. Ella se giró hacia él. Se miraron. Se besaron. Primero suave, luego con hambre. Las manos de él recorrieron sus pechos, pellizcaron los pezones. Ella bajó la mano y agarró el pene duro, caliente, lo acarició despacio.

    Un minuto después, él puso el mantel sobre el suelo mientras ella se fijaba en sus glúteos. Se tumbaron sobre el mantel. Él se colocó entre sus piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarla del todo. Eleanor jadeó. Empezaron a moverse juntos, al ritmo de la lluvia que golpeaba el tejado.

    Ella clavó las uñas en su espalda. Él la besó en el cuello, en los pechos. Los ruiditos del chupeteo, los gemidos y el latido agitado del corazón. Llegaron al mismo tiempo, un estremecimiento largo, intenso.

    La tormenta cesó tan abruptamente como había empezado. El sol asomó tímidamente. Se vistieron con la ropa aún húmeda y pedalearon de vuelta. Media hora. El viento no era tan frío y aun conservaban calor.

    Llegaron a la casa de Eleanor, una casona victoriana rodeada de jardines. Su marido estaba lejos, en viaje de negocios.

    Subieron directos al baño. Llenaron la tina con agua caliente del calentador. Se desnudaron de nuevo, esta vez sin vergüenza. Entraron juntos. El agua humeante, el jabón resbalando por la piel. Se lavaron mutuamente, despacio, explorando.

    Luego, después de un beso apasionado, después de que sus lenguas danzaran y exploraran la boca del otro con anhelo, después…

    Él la levantó contra la pared de azulejos, ella le rodeó la cintura con las piernas.

    Volvieron a hacerlo, esta vez más fuerte, más urgente, el agua chapoteando cuando el cogía impulso para una nueva embestida. Las manos de ella inquietas, revolviendo el cabello del varón unos segundos, sobando las nalgas masculinas un instante después, para volver a agarrarse alrededor del cuello mientras pegaba su cuerpo en un intento por fusionarse con aquella fuente de placer infinito.

    Pero la realidad los expulsó del paraíso demasiado pronto, el reloj no detuvo el camino y la eternidad paso a ser solo una promesa incumplida. Al atardecer, formales y vestidos, se despidieron con un beso cargado de melancolía. “Esto debe quedar en anécdota”, murmuró Eleanor, sabiendo que su marido regresaría pronto y Thomas volvería a ser solo el empleado.

    Él asintió, resignado, tratando de disfrazar su tristeza con una sonrisa para el recuerdo.

    Ella pensó en su marido, en ese episodio de crueldad. Con rabia deseó que su esposo se presentara allí, los pillara por sorpresa. Ella rescataría a su hombre, se ofrecería como víctima para recibir el castigo. En ese momento de desesperación, no le importaría nada… al menos la vara mordería sus nalgas y la haría llorar, sollozar por el amor de verdad que ahora, por esa puerta, se alejaba para siempre.

    Pero su marido estaba fuera, de viaje, no había nadie que la castigase por su infidelidad.

    Solo ella, la casa y el recuerdo de la tormenta que les unió para siempre.

    Fin.

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  • Mi vecino maduro y mi esposa (1): Año nuevo, por ella (parte 2)

    Mi vecino maduro y mi esposa (1): Año nuevo, por ella (parte 2)

    Salí y ya afuera le envié un mensaje a Karin, le pedí que saliera para hablar, pero no recibí contestación, así que me dirigí al departamento y vi desde fuera de su puerta, estaban besándose y acariciándose, me sentí celosa así que, sin pensarlo mucho, decidí tocar la puerta para interrumpirlos, ella se sorprendió un poco por mi presencia, así que tuve que entrar en personaje.

    C: ¿qué haces aquí Yes?

    Y: vine a buscarla, ya que la habíamos perdido desde hace un rato

    C: tuve que venir por unas cosas

    Y: si ya veo

    C: bueno, no es lo que parece

    Y: no me explique nada, ya somos adultos, en fin, la esperamos allá

    DJ: disculpa, ¿Yes verdad?, ya que estas aquí nos puedes hacer un favor

    Y: claro, de que se trata

    DJ: Íbamos a ir por unas sidras para brindar, las trae el hijo de Carmela y quiere que lo alcance en la avenida, pero como entenderás no me puede ver con ella y encima debemos preparar las uvas para el brindis, podrías ayudarnos con las uvas

    C: sí claro, quédense aquí y prepárenlas, después que José se las lleve a la fiesta

    Y: supongo que está bien, aunque después subiré un rato a mi departamento, necesito descansar

    Así don José sacó a mi tía de su departamento, mientras preparamos las uvas, don José me trato como si yo fuera su mujer, me las dio y me pidió que las lavara, mientras lo hacía pasaba detrás de mí y me tomaba de la cintura, me besaba en la nuca y me daba una palmada en el trasero, a mí me encantaba lo que estaba haciendo, termine la tarea encomendada, finalmente puse las uvas en charolas y le dije que ya se las podía llevar, él las tomó y yo lo detuve, lo tome de la cabeza y le di un beso en la boca, él me separó y me pidió que lo esperara en el departamento de Carmela mientras iba a dejarlas.

    En cuanto salió, le envié otro mensaje a mi esposo diciéndole que estaba en el departamento de su tía, tras esperar unos minutos escuche el ruido de la entrada, me asome y don José ya estaba volviendo, envié otro mensaje avisando que ya estaba entrando. Apenas cruzó la puerta se abalanzó sobre mí, me cargó y me puso en el sillón de la sala, el mismo lugar donde estaba antes con Carmela, me subió el vestido y se dirigió a mi entre pierna, estaba super húmeda y apenas sentí su lengua tuve otro orgasmo, era increíble como con tan poco había logrado hacerme venir dos veces en la noche, el siguió dándome sexo oral, sabía que ya no pararíamos, así que tome de nuevo mi móvil para ver si había respuesta, al no haberla envié otro mensaje más, don José lo noto.

    DJ: ¿qué haces con el móvil zorrita?

    Y: nada, envió un mensaje

    DJ: ¿con quién mensajeas?

    Y: con mi marido

    DJ: debe estar buscándote

    Y: quizás, puede que venga para acá

    DJ: puede ser, tampoco es que me importe

    Y: ¿qué tal si nos encuentra o Carmela? deberíamos subir a mi departamento

    Él aceptó, se quitó de encima, yo aproveché para avisar a Karin que iríamos a nuestro departamento y seguir pidiéndole su aprobación, aunque no veía respuestas, confiaba en que estaría viendo al menos las notificaciones, así como estábamos subimos por las escaleras, yo abrí la puerta, pasamos adentro y la cerré de nuevo. Nuestro departamento era diferente al de él, si no teníamos lujos, lo tenemos bien arreglado y decorado, antes de pasar a nuestra habitación revise de nuevo y no había notificación, ya no tenía más tiempo que darle para contestar, decidí por misma y solo le notifique que lo iba a hacer.

    Abrí la puerta de la habitación, él entró detrás de mí y me cargó de nuevo, paso como si fuera su propia habitación y me puso en la cama, no me dio tiempo ni de cerrar la puerta, de nuevo me abrió de piernas e introdujo sus dedos, ya estaba muy mojada y no necesitaba más lubricación, recordando mi intento de que mi esposo pudiera vernos, volví a comentarlo.

    Y: dejamos la puerta abierta

    DJ: dudo que nos oigan

    1. te aseguro que, si se escucha, los hemos escuchado a usted y a Carmela

    DJ: ah sí, entonces ya sabes lo que puedo hacer

    Y: algo así…

    DJ: ¿te preocupa que nos oigan abajo?

    Y: me preocupa que suba mi marido, a lo mejor nos está viendo (quise jugar con la idea para sondear si aceptaría que estuviera presente)

    DJ: seguro que si nos viera se quedaría ahí afuera, dudo mucho que pudiera hacer algo

    Y: yo creo que si entraría aquí

    DJ: más le vale que no, recuerda mi amenaza

    Y: ¿de verdad serías capaz de lastimarlo?

    DJ: yo no juego con mi palabra

    Y: y si no te hiciera nada y nos dejará hacerlo ¿aun así le pegarías?

    DJ: tú en verdad quieres que lo golpee, ¿qué hombre permitiría que otro se coja a su mujer?

    Y: no, claro que no

    Deje el tema, me di cuenta que definitivamente estaba educado a la antigua, su machismo jamás le dejaría entender que hoy ya hay matrimonios abiertos a estas prácticas, como temía, si le dijera que éramos una pareja abierta solo nos metería en problemas. Ya estábamos en punto cuando escuche a alguien llegar en la entrada principal, considere que mi esposo podría haberle hecho caso a mis mensajes anteriores y estaba aquí para vernos, tome mi teléfono para preguntarle si había sido él y le dije que don José no dejaría que estuviera presente, prestando atención el ruido era abajo.

    El hijo de mi Carmela dejo las sidras ahí ya que tenía que irse a otro compromiso, de inmediato se le escuchó salir, aun así, la posibilidad de que nos descubrieran era latente, así que mi última petición para mi marido fue que no subiera por su seguridad, que lo mejor que podía hacer por mí era vigilar que no nos interrumpieran, en es momento don José se retiró y me advirtió que era la última vez que permitía el móvil, me quería concentrada, así que deje a un lado el móvil y me centre en él.

    Se comenzó a despojar de sus prendas, primero los zapatos y se desabotono la camisa, aunque siempre llevaba camiseta sin mangas, era la primera vez que podía ver su cuerpo descubierto, su piel era completamente morena, quemada por el sol, tenía muchos tatuajes, en su espalda, brazos, pecho y abdomen, también tenía una cicatriz larga en el vientre, como de un corte de una intervención quirúrgica o algo peor. De nuevo se escuchó un ruido abajo, habían abierto la puerta del departamento de Carmela, quise tomar de nuevo mi móvil, pero don José me lo quitó de mis manos y lo arrojó al piso, eso me molesto un poco y le reclame.

    Y: ¿qué le pasa?

    DJ: te dije que ya no quería distracciones

    Y: eso no le da derecho a romper mis cosas

    DJ: no te quejes, ya te lo había advertido

    Y: aun así…

    DJ: ya cállate o la próxima serás tú

    Me habló de una manera muy fuerte y autoritaria, mi coraje se convirtió en temor y solo callé, me tomó de los brazos y me puso de rodillas, se desabrocho el pantalón y saco su miembro completamente duro, era de un largo normal, no mayor a 15 cm, pero estaba grueso, además, despedida un fuerte olor, seguramente él olor provenía de su liquido preseminal, ya que había estado apunto conmigo y con Carmela antes, era el momento de que desquitara su excitación. me lo puso en la cara y me lo ofreció.

    DJ: mira zorrita, te gusta lo que ves

    Y: si señor

    DJ: acerca tu boquita

    Y: ¿así señor? (me acerque abriendo mi boca como toda una zorra)

    DJ: abre más, quiero que me la aguantes hasta el fondo

    Así lo hice, abrí mi boca lo más que pude, y él me introdujo su pene con fuerza, inició un movimiento rápido, me estaba cogiendo por la boca.

    DJ: cómetela puta

    Y: mmm (Yo estaba atragantada y solo pude responder con un gemido)

    DJ: eso, que rico mamas

    Y: ¡agh! (hacia arcadas, no me cabía en la garganta)

    De nuevo se escucharon voces afuera, así que guardamos silencio mientras aún continuaba chupándole la verga, con su mano me daba pequeñas cachetadas y de momentos acompañaba mis movimientos con su cintura, no es por presumir, pero a mi esposo siempre le ha gustado como lo hago y parece que ahora a don José también lo disfrutaba. me detuvo y me ayudo a levantarme, me acerque al apagador y reduje la luz para que no se notara que estábamos ahí, volví con él y me dio la vuelta, me pego una nalgada en cada lado y subió el vestido dejándolo enrollado a media cintura.

    Me puso en la orilla de la cama y me coloco en cuatro, yo baje la cabeza y pare las nalgas, quería darle una vista espectacular, una chica joven ofreciendo sus perfectas nalgas en vestido, medias y zapatillas. repentinamente sentí su miembro caliente rozando mi entrada, me lo restregaba para incrementar aún más mi deseo y me remató pegándome en las nalgas con su miembro, yo ya no soportaba más.

    Y: ya métemela

    DJ: ¿qué quieres zorra?, no te escucho

    Y: ya métame su verga

    DJ: ¿así estás educada?, pídemelo como la buena puta que eres

    Y: por favor don José, ya cójame con su verga

    La colocó de nuevo y de poco en poco pude sentir su calor rozar mis pliegues y finalmente, de un empujón invadió todo mi interior, con apenas sentirlo hasta adentro me sentí plena, comenzó con un mete y saca en el que cada vez que entraba me hacía soltar un gemido, era una sensación increíble, soportarlo en esa posición fue complicada, me daba fuertes embestidas, seguramente por las ganas que me tenía, yo llegue al orgasmo, así que mis rodillas pronto perdieron sus fuerzas, yo ya temblaba cuando él empujaba mi interior, hasta que cedieron y me deje caer en la cama. como estaba me soltó otra nalgada, me jalo hacia la orilla y me dio vuelta, me tomo de las zapatillas y las levanto, así tal cual, abierta de piernas hacia él, volvió dirigir su miembro a mi vagina y me penetro sosteniéndome de los tobillos.

    Era admirable su aguante, por más que me embestía no cedía la posición, seguramente quería tenerme así por el mayor tiempo posible, es vanidad femenina, pero estaba segura que le encantaba como me veía en esa pose, me sentí orgullosa de saber que todo mi esfuerzo por arreglarme había valido la pena.

    Pero lógicamente no pudo sostenerse por mucho tiempo y sin salirse dentro de mí, me llevó más al centro de la cama y en la posición del misionero me siguió penetrando, aprovecho para descubrirme lo que aún me faltaba de ropa exceptuando el vestido, mis pechos quedaron a su disposición, los tomó y los besaba con locura, pasaba su lengua por mis pezones y los estrujaba, estaba disfrutando con perversidad mi cuerpo, así hasta que puso su cara frente a la mía, lo miré con deseo, me encantaba como me lo estaba haciendo, así que yo misma lo bese en la boca, el me correspondió y me introdujo su lengua, a la vez que otro orgasmo invadía mi cuerpo.

    Ya me costaba respirar, estaba extasiada pero también se debía a que el peso de don José me estaba superando, yo apenas pasaba los 60 kg y el estaría cerca o más de los 100 kg, era una gran diferencia para mí que apenas tenía con los 70 de mi marido, rodee con mis brazos su espalda, no me alcanzaban así que mantuve mis manos sobre su espalda, llegando al orgasmo una vez más, clave mis uñas en su espalda.

    Se detuvo de nuevo, se recostó y me hizo subir encima de él, de frente tome su pene y lo puse en mi vagina, así lo monte, puso sus manos en mi trasero y acompañaba mi movimiento de cadera con sus manos, por lo lubricada que estaba sentía que llegaba muy en el fondo de mi útero, mi orgasmo más intenso de la noche estaba por llegar, levanto su cabeza y chupo mis pezones de nuevo, ahora cada tanto los mordía, yo ya no podía con tanto placer, necesitaba terminar, así que aceleré mis movimientos de cadera, el entorpece los suyos, hasta casi quedarse quieto, entonces lo supe, los espasmos en su miembro se hicieron notar, soltó un fuerte bufido y comenzó a disparar su semen dentro de mí, yo me vine junto con él.

    Se detuvo y se quedó así, quieto con su pene dentro de mí, sentí su líquido mientras escurría, hasta ese momento me percaté que ni siquiera había utilizado un condón, todo había ido tan rápido que no lo había tomado en cuenta, yo también estaba impaciente por sentirlo, además, con mi marido usamos el implante anticonceptivo, así que no le di mucha importancia.

    Nos recostamos un momento para descansar, ya más conscientes nos percatamos de que ya habían pasado las 12, seguramente nos estarán buscando, nos levantamos y nos vestimos, salimos del departamento, no sin antes recibir otra nalgada de su parte mientras me día “muy bien zorrita, lo conseguiste”. No me podía engañar a mí misma, era como él decía, si bien él me había chantajeado, de algún modo yo había aceptado caer en su juego, no le dije a mi esposo sobre lo ocurrido, le mentí para ir a la fiesta y le mentí para poder estar a solas con don José, la verdad es que había sido capricho mío acostarme con él y lo había conseguido.

    Regresamos a la celebración, cada cual se acercó con los suyos, yo estaba segura que a estas alturas mi esposo ya había leído mis mensajes y estaría enterado de lo concurrido, así que actúe con normalidad y lo felicité por el año nuevo y por sus cuernos, no esperaba que don José se acercara con semejante cinismo, encima lo abrazó y lo felicito, el muy sinvergüenza también lo felicito por ambas cosas, al menos así lo entendí y seguro que mi esposo también porque se puso rojo.

    Tras unos minutos más nos retiramos del lugar y fuimos a nuestro departamento, lo tome de la mano ya que yo estaba impaciente por tenerlo ahora a él, entramos y lo bese para llevarlo a la cama, pero alcance a recordar que no había tenido tiempo de recoger la habitación, así que le pedí un momento para hacerlo, pero él también estaba desesperado ya que no me dejó cerrar la puerta, entro y vio el desastre que había en la habitación, yo me moría de vergüenza, aunque teníamos una relación abierta no le había podido contra lo ocurrido, sentía que le había sido infiel pues no me había dado su consentimiento, encima no se enteraba por mi sino por las huellas del pecado.

    Por el contrario, mi marido me sentó en frente suyo, me tomo de las nalgas y me pregunto qué había ocurrido, yo preferí decirle que se lo comentaría después, ahora quería estar con él, hicimos el amor de una manera intensa pero rápida, las gana estaban a tope y necesitábamos desahogarnos, llegamos pronto al orgasmo y por fin tuvimos un momento de intimidad, sin tapujos le conté lo que ocupa a este relato.

    Para cerrar, debo decir que fue una experiencia diferente a las que habíamos tenido con otras personas, el hecho de que don José no fuera consciente de nuestra relación abierta impidió que Karin pudiera estar presente y de alguna forma, me obligó a ocultar las cosas para que pudiera ocurrir, esto tuvo su lado bueno en cuanto al placer, pues lo viví de manera más intensa, sin embargo, provocó roces en nuestra relación, lo que se agravaría aún más con los sucesos futuros.

    No diría que me arrepiento de como hice las cosas, pues como lo he expresado con mi esposo, esto se trata de vivir los deseos de los dos y este se había vuelto mi deseo, y aunque no es justificación, mi esposo había fantaseado con esto y me había clavado la espina, él mismo había dado pie a sus cuernos, encima don José se comportó como un patán y de una manera dominante, si alguna mujer lee esto me apoyara, como mujer me disgustaba su actitud, pero por alguna razón ese tipo de hombres nos provocan un deseo sexual difícil de negar, estaba escrito que don José se volvería nuestro corneador.

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  • El albañil me cogió en mi habitación

    El albañil me cogió en mi habitación

    Hola mis queridos lectores, me fui de vacaciones pero aquí estoy con un nuevo relato que me pasó hace un tiempo.

    Como ya saben soy una mujer sexy, casada sin hijos y muy apretadita.

    Mi esposo contrató a un albañil para cerrar unas grietas de nuestra casa, sin saber que iba a tapar otro tipo de grieta, un día tocaron el timbre, fui abrir y era el albañil.

    Un hombre alto, muy moreno, con cuerpo atlético pienso que por su trabajo estaba de buen ver y unas manos gigantes, cuando lo vi mi concha se mojó un poco, lo puta no se me quitaba y mi concha me lo afirmaba, lo salude de mano y lo hice pasar.

    Mi marido no está le dije, sin embargo le puedo explicar el trabajo y me dijo “claro que si señora” con una voz gruesa y muy rica, lo llevé a las habitaciones y le mostré las grietas, sin problemas me dijo que ese mismo día empezaba a lo que a mí me pareció una excelente idea y le dije que sin problema y así fue, comenzó hacer su trabajo y yo me fui a la cocina a preparar la comida, el albañil de pronto llegó y noté su mirada en mis nalgas grandes y redondas, lo voltee a mirar y le dije que si se le ofrecía algo y me contestó un vaso de agua doñita, le dije que no me gustaba que me dijeran doñita o doña me hacía sentir muy vieja, le dije que me dijera Andy.

    Se enrojeció y con una sonrisa me dijo “claro, Andy” viendo ahora mis senos, en ese momento sentí un poco de excitación pero me controle, no quería ser más infiel a mi marido, cuando parece que lo invoque con el pensamiento me llamó y me dijo que se iría a trabajar fuera de Querétaro, iba a Monterrey con su jefe y regresaba de 2 a 3 días, me moleste mucho porque sabe que no me gusta quedarme sola, me dijo que lo entendiera y que no podíamos dejar al albañil solo no era de confianza, me dijo que me quedara al pendiente.

    Sentí mucho coraje así que ya no temerme de cocinar y me subí a mi habitación, quería relajarme me acosté en mi cama y puse una película “50 sombras de grey” fue una gran elección para mi, sin embargo a media película traía mucha calentura al ver las escenas donde cogian y yo sin macho para que me penetraran, me quite mi ropa me quedé solo con mi tanga color azul y un sostén negro, me puse boca arriba y con una mano toqué mis pechos y la otra tocaba mi concha con mucha suavidad, cuando de repente el albañil sin educación entra a mi habitación sin tocar y sin decir nada.

    Sentí mucha vergüenza y su mirada no la quitaba de mi cuerpo, le dije “que hace aquí” me contestó “perdóname solo quería avisarle que ya se me acabó el material, la vi subir a su habitación y estaba la puerta entreabierta” en eso miro la tele y vio la película donde estaban apunto de cojear de nuevo, le dije que si quería ir por material que saliera por el que no había problema con voz nerviosa, me dijo “segura, o quiere que veamos la película juntos” me moleste y le dije que lo iba a despedir, en ese momento se acercó a mí y me besó con mucha pasión, me besó el cuello y me agarró mis tetas.

    Le dije que se fuera que me soltara y me dijo al oído “te voy a coger como en esa pinche película” me tumbo en la cama y se subió arriba de mí, me besó mis labios y se bajó a mi cuello, con sus manos deslizaba en mi cuerpo y yo solo sentía como un trozo de carne crecía chocando con mi pelvis, se paró se quitó su playera y el pantalón, por debajo del bóxer se le notaba una verga gigante pensé que me iba a destruir mi concha pero al mismo tiempo sentía mucha excitación se acercó a mí me quitó mi sostén y mi tanga se hincó.

    Me puso al borde de la cama y me abrió las piernas con sus dedos rasposos los paso por mi conchita, solté un gemido y de pronto hundió 2 dedos a mi vagina, gemí y su lengua se apoderó de mí concha, me chupaba mi clítoris y jugaba con el con su lengua, sentía que me venía en ese momento se levantó y puso mis piernas en sus hombros, se sacó su verga que estaba reventado y me la roso en mi concha, tenía miedo mi mirada lo decía y me dijo “te la meto putita” le dije que si con la cabeza y me metió la cabecita, me dolía y de un golpe me la metió toda completa.

    Sentí que me desmayaba pero el metía y sacaba con fuerza, me puso en 4 y me la volvió a meter y con su otra mano toco mi ano me había circulitos en mi culo mientras me daba toda su verga en mi concha, me tomo de la cadera y me dio muy duro hasta que se vino, sentí como palpitaba su cabeza dentro de mi concha.

    La saco y me la dio a chupar aún con semen la dejé limpia, me dio un beso en mi boca y me dijo “la dejo tranquila, me voy por mi material, tengo que terminar de tapar esas grietas pero voy a seguir tapando su raja” se cambió y se fue, me quedé dormida después de tremenda cogida…

    Hay segunda parte coméntenme si quieren que les cuente y díganme qué tal les pareció, los leo.

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  • Los deseos ocultos de Sandra

    Los deseos ocultos de Sandra

    Siempre he sido un poco fría, mi esposo es un pastor evangélico, y también como yo, poco interesado en el sexo. Hace poco tiempo descubrí que tenía relaciones con algunas jóvenes de la escuela dominical, no me dieron celos y me dio lo mismo. Conozco a mi marido, y sé muy bien que con lo “poco que tiene”, ni diez centímetros, apenas complace a esas jóvenes inexpertas.

    Tengo 38 años, morena, pero de ojos verdes, buena figura, mis caderas y mis pechos exuberantes sé que son atractivos a los hombres, así que cuido de vestirme muy recatada nada provocativo.

    Íbamos a ir con mi esposo a una congregación en un pueblo minero, pero después, me pidió que fuera sola, ya que tenía que ayudar a sus “alumnas” de la escuela dominical. Sé que puedo hacerlo sola así que pensé que sería lo mejor, dejarlo solo y poder demostrar que no lo necesitaba.

    Tome el bus y después de tres largas horas llegue al pueblo, y para mi sorpresa la congregación se había ido a otro pueblo hace unos días. El pueblo estaba lleno de hombres solos, grandes y fornidos. Algo en mí se despertaba, creía que era la emoción de hacer algo por mi cuenta y no a la sombra de mi marido.

    Me registre en el hotel y me dieron una habitación grande, con una cama gigante y con muchas almohadas. Arregle, mis biblias y mis folletos religiosos en una mesa en el centro de la habitación.

    Ya era algo tarde así que bajé al comedor del hotel, cené algo y cuando me retiraba dos hombres se me acercaron y me preguntaron a que venía por el pueblo, les conté de mi trabajo de evangelización y les dije que tenía unos folletos que mostrarles.

    Me acompañaron a la puerta de mi habitación yo entre y fui por los folletos, pero al darme la vuelta ya estaban adentro y con sus penes afuera, eran grandes, largos y completamente erectos, las cabezas brillaban y se veía en ambos una gota que casi caía… me estremecí y no pude articular palabra. Mis piernas flaquearon y caí de rodillas apenas afirmándome de la mesa, ellos se acercaron rápido y pusieron sus miembros cerca de mi cara. Yo tiritaba de miedo, pero al mismo tiempo en mi vientre y entrepierna se empezó a sentir un calor extraño y mi respiración se volvió jadeante.

    Tome sus penes e intente de abarcarlos con mi boca ansiosa, pero era imposible meterlos los dos en mi boca al mismo tiempo, incluso uno era difícil, sus penes eran fuertes, diría de más de 25 centímetros, sus cabezas relucientes y jugosas me hacían delirar de excitación.

    Después de algunos minutos de hacerlos gozar con mi boca y lengua, me tomaron en brazos y me tiraron encima de la cama, me acariciaban, besaban y me iban sacando la ropa lentamente. Ya completamente desnuda, uno me separo las piernas y comenzó a lamer mi clítoris, mientras con mi boca hacia gozar al otro. Después de unos minutos me penetro y fue como si mi cuerpo estallara de deseo y lujuria, su miembro llegaba muy arriba haciéndome gozar como nunca, lo tiré a un lado y me subí rápidamente sobre él, mientras el otro tipo se puso encima mío buscando penetrar mi culito… y después de un momento lo logro.

    Tenía a los dos haciendo en un trio perfecto, yo era el salame del sándwich de sexo, sentía el pene de los dos muy dentro de mí, entrando y saliendo casi en forma sincrónica, mi ano se había dilatado y sentía como ese pene entraba bien adentro, después de varios minutos logre un orgasmo brutal, mi cuerpo vibraba entero, de mi vagina salían chorros de líquido, ellos también eyacularon dentro de mi sus líquidos, tantos que me sentía mojada por ellos hasta las rodillas por abajo y casi hasta el cuello por arriba.

    Paramos unos minutos y mi boca volvió a poner duros sus miembros, esta vez me hicieron terminar a lo perrito, en cuatro. uno primero y otro después.

    Quería más, y sé que hacían sus mejores esfuerzos, pero ya estaban saciados, uno me pidió permiso para traer a otros amigos, a esa altura sentía que el deseo me dominaba y acepté, pensé que vendrían dos más y mis deseos crecían por tener a dos hombres más que me hicieran gozar.

    No pasaron ni dos minutos cuando en mi cuarto había 8 hombres, todos grandes y musculosos, al verme desnuda se desvistieron rápidamente, al principio me asusté, pero cuando vi sus penes el deseo aumento y las ganas de ser nuevamente penetrada también. Varios de ellos lo tenían más grande que los dos primeros. Varios se tiraron en encima de mi besando me entera poniendo sus miembros cerca de mi boca y yo tratando de complacerlos a todos en un éxtasis demencial.

    Al cabo de varios minutos uno termino en mi boca y cara, después otro también. Uno de los que lo tenía más grande me penetro y me excité tanto que volví a tener otro orgasmo.

    Y así durante toda la noche se fueron alternando para penetrarme por todos mis orificios. No sé cuántos orgasmos tuve, pero fue una gran noche. Creo que el último se fue como las 6 de la mañana y al menos se llevaron los folletos y algunas biblias.

    Al otro día apenas me podía mover, muy adolorida apenas llegue al bus que me llevo de regreso a la ciudad y desde entonces he estado visitando otros pueblos en mi tarea “evangelizadora”.

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  • Mi aburrido amigo Pepe: El inicio

    Mi aburrido amigo Pepe: El inicio

    Entre mis aventuras llenas de placer y lujuria, es el turno de Pepe un hombre de treinta y tantos con 1.84 de estatura y complexión media (empezó a bajar de peso), padre soltero, una ex manipuladora y una vida aburrida que cambió a mi llegada a su vida.

    Yo soy una mujer bajita de 1.50 metros, una tetas promedio pero con aureola y pezones oscuros que por cierto son muy prominentes en su estado natural y al excitarme se vuelven más visibles y duros, mi conchita es muy apretadita, también soy gordibuena con unas nalgas envidiables, algo blanquita como dicen mis amantes pero según yo soy algo quemadita y con una voz y mirada de niña bien que a cualquiera descoloca mi personalidad en la cama.

    Él había atravesado su cuarta vez de ruptura con su ex debido a varios engaños de parte de ella, con una vida de deudas, rutinas y un hijo que mantener a cuestas, su vida era un caos y en medio de ese caos vuelve a contactar a su amiga/conocida que por algunas ocasiones chateaba con ella pidiendo consejos y nada fuera de lo común y normal (esa era yo).

    Siempre en nuestra época universitaria lo veía guapo e inaccesible pero cuando encontramos temas en común, aunque no nos habíamos visto después de la universidad aunque de saber de nuestra existencia del otro por amigos en común ya eran 12 años en total, pasando 3 años de esos chats, yo atravesaba una crisis con mi pretendiente y con el cual había tenido varios encuentros muy ardientes pero que de la nada terminaron abruptamente después de volver de mi visita que le hice, siendo así que me permitió acercarme a Pepe.

    Pepe me escuchaba ay apoyaba, salimos un par de veces siempre queriendo levantar mi ánimo que estaba por los suelos en ese momento así que en una de esas salidas fui con la posibilidad de que pase algo y siendo honesta, por despecho.

    Tomamos par de tragos, era tarde y él quería ir a un lugar donde podamos estar relajados así que me propuso ir a un hotel cercano, que siendo realistas, sabía que él también deseaba que pase algo. Llegamos al hotel, pusimos música y mientras tomábamos un jugo sin alcohol, el aprovechó para abrazarme a lo cual no vi mal pero entre sus ligeros jugueteos de vaivenes de sus dedos en mi piel, empezó a crecer un deseo en mi y fue así que nos besamos por primera vez y no es que me diera asco, solo que sus besos se sentían cálidos pero en mi mente estaba aún esa otra persona que me dolía según yo hacerle ese engaño aunque me ignora.

    Sus caricias fueron más intensas y desesperadas que me despojó con lo poco que llevaba, era un Jumper/jumpsuit/enterizo sin ninguna ropa interior que le facilitó todo y su sorpresa fue que estaba totalmente desnuda ante él y empezó a comerme las tetas con vehemencia mientras mi mente se empezaba a bloquear a ese placer y de manera abrupta, la situación se me hizo incomoda y pedí parar. Por un momento vi su decepción pero lo aceptó, continuamos en el hotel, pasó un largo rato y él me abrazaba y besaba aun sabiendo que yo no podía estar al 100 por aquel hombre en mi mente y mi vagina.

    De ese primer encuentro hubo más salidas pero sin ese fin hasta que me cuenta que ya tenía un lugar privado, un departamento y le gustaba invitarme a darle ideas de decoración, así que en un momento donde él salió temprano de su trabajo me invitó a visitar el lugar que aún le faltaban cosas pero tenía potencial.

    Para ese encuentro yo estaba en mis días del mes, pero ese día estaba con tantas ganas que fui con la mera idea de darle placer y desestresarlo de su rutina así que lo jalé a la cocina y estábamos conversando normal, busqué la excusa perfecta para acercarme más a él y lo besé ferozmente que él no dudó en apretarme a su cuerpo.

    Pepe besaba mi cuello y sus menos sé alternaban entre mi trasero y mis tetas, porque él sabía bien que estaba en mis días y podía estar un poquito incómoda pero lo caliente no me lo quitaba nadie y entre fajes de ropa simulando que me entraba a verga volteé y le comencé a sobar la verga y la tomé con mis manos encima de su shorts deportivo y sintiéndola cómo estaba de durísima y rica.

    Lo miré a los ojos con tanta inocencia y lujuria que solo con mirarlo supo que quería tragarme esa verga que me llamaba a gritos a tenerla prisionera de mi boca y mi lengua.

    Le saqué la verga a Pepe y la admiré tanto como pude mientras la acariciaba viendo cómo emanaba líquido preseminal que placía chuparla como paleta hasta que no pude más y la engullí. Pasaba mi lengua por toda esa rica verga, le succionaba ligeramente el glande y le pasaba mi lengua que lo hacía estremecer bajando hacia sus ricas bolas que empecé a lamer y luego juguetear con ellas para meter una por una a mi boca.

    Con cada mamada la verga de Pepe se llenaba de mi saliva y me tomaba de la cabeza hasta meterme al fondo, tanto que me hacía lagrimear pero yo encantada de mamarsela y hacerle sentir que es un hombre muy deseado porque había algo en él que me prendía inconscientemente.

    Entre mamadas le hice una paja rusa poniendo su verga en mis tetas y simulando que me cogía por ahí, aprovechando para pegarle lengüita a su cabecita bien rica y rosadita.

    Sentí como se estremecía hasta que le pedí que por favor me tirara leche a la cara porque quería que me vea así toda enlechada y qué de paso, pe caiga en las tetas, así que al final terminé sirviendo esa rica leche y lo besé para sellar nuestro encuentro.

    Con Pepe seguimos viéndonos y teniendo nuestras aventuras y por cuánto, más adelante les contaré aquellos encuentros.

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  • Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí

    Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí

    Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí
    Me vengo del padre de mi mejor amiga por abusar de mí
    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

    Escúchalo narrado por su autora

    Relato

    El día que el padre de mi mejor amiga abusó de mí, quedó grabado para siempre en mi mente. Aquel incidente despertó en mí una obsesión por vengarme de él. No me forzó en un sentido literal; me engañó para follarme el coño y darme por el culo sin que yo supiera que era él.

    Por razones que no alcanzo a comprender, resultó ser amigo de Paco, un cuarentón que me dobla la edad, pero también el semental más impresionante con el que he follado. Desde el primer encuentro, mi obsesión por Paco creció hasta convertirse en una adicción, en una necesidad imperiosa de entregarme a él por completo. Ejercía sobre mí una influencia tan poderosa que me impuso una condición: cada vez que acudiera en busca de sexo, debía suplicárselo.

    El caso es que Paco no es nada del otro mundo comparado conmigo. No busco romance con él, solo su enorme polla y el sexo más salvaje que nadie, ni siquiera mi novio, puede darme. Por eso no me importa rebajarme hasta límites que antes me habrían parecido inimaginables: someterme al ritual de rogarle que me joda, que haga conmigo lo que quiera hasta dejarme exhausta.

    Hace tres semanas, debido a esa posición de dominio absoluto y al miedo a contrariarlo y que me mandara a la mierda, acepté su capricho más extremo: dejar que dos de sus colegas me follaran. Me los presentó como socios de negocios. Estaba tan confusa y asustada que no sospeché nada cuando dijo que llevarían antifaces, alegando que eran casados y no querían asumir riesgos.

    Cuando todo terminó —tras haberme follado por el coño y por el culo—, regresé a recoger mi móvil olvidado. Fue entonces cuando los oí jactarse de su hazaña. Uno de ellos, en particular, presumía de ser el padre de Ana, mi mejor amiga. Confesó a los otros que siempre había estado obsesionado con mi culo y que había orquestado toda la farsa para satisfacer su deseo de sodomizarme. En eso consistió exactamente el abuso: engañarme aprovechando la influencia que Paco ejerce sobre mí para dominarme y hacerme rendir a sus caprichos.

    Después de aquello, cada día fue una tortura. La obsesión por vengarme crecía sin cesar, pero sin que Ana sufriera las consecuencias de la vileza de su padre, a quien ella tiene en un pedestal.

    Hace dos semanas, recordando cómo se había jactado del engaño y convencido de que volvería a intentarlo con cualquier artimaña, incluso en su propia casa, vi la luz. Encontré el modo perfecto de ejecutar mi venganza: actuar en su propio terreno, poniéndoselo fácil, pero de forma inocente y progresiva para no levantar sospechas.

    Primera fase: la seducción.

    Un lunes, después del almuerzo, fui con Ana y sus padres a la playa. Mi amiga y yo jugamos un rato con las raquetas. De cuando en cuando le devolvía la pelota con fuerza y en direcciones impredecibles, obligándola a correr de un lado a otro. En media hora la tenía exhausta, jadeando, con la lengua fuera. Al final se rindió: tiró la raqueta contra la arena, malhumorada, soltando algún taco, y se fue directa a bañarse.

    Recogí la raqueta y me acerqué a sus padres, Juanma e Inés, que estaban resguardados bajo la sombrilla.

    —Juanma, Ana tiene muy poco aguante —le dije mientras le ofrecía la raqueta de su hija—. Seguro que tú aguantas más. ¿Te animas a jugar conmigo?

    —Juega con la niña —intervino Inés sin levantar la vista del libro—. Un poco de ejercicio te vendrá bien.

    —Vamos, anciano —añadí en tono burlón, tendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse.

    Llevaba un bikini diminuto y exageraba cada movimiento al devolver la pelota: arqueaba la espalda o saltaba más de lo necesario para que mis pechos rebotaran apenas contenidos por la tela. De vez en cuando dejaba que la pelota pasara por encima y me agachaba a recogerla con el torso inclinado, las piernas rectas y ligeramente abiertas, ofreciéndole una vista descarada de mi culo. Varias veces lo pillé ajustándose la entrepierna; fingí no darme cuenta, hacerme la inocente.

    Repetí el ritual de seducción durante los dos días siguientes: unas veces con el mismo juego, otras de formas aparentemente inocentes, pero igual de provocadoras. No le daba tregua; lo mantenía en un estado de erección permanente, aunque aún no había logrado quedarme a solas con él para asestar el golpe definitivo.

    El jueves tuve más suerte. A media tarde, Ana y su madre se encontraron con unas conocidas y decidieron ir al chiringuito a tomar algo. Yo rechacé la invitación, alegando que no me apetecía, que prefería darme un baño.

    —No voy con ellas porque prefiero quedarme contigo —le dije a Juanma en cuanto se alejaron. Me senté frente a él en la arena, con las rodillas separadas y los pies cruzados—. Quiero hablar de algo contigo, algo que no me atrevo a contarle ni a mis padres ni a Ana.

    —Cuenta con mi absoluta discreción —respondió él.

    Me ajusté el sujetador del bikini; sus ojos se clavaron de inmediato en mis tetas, y en los pezones endurecidos bajo la tela. Luego ajusté suavemente la braguita en la entrepierna, y su mirada bajó hasta el bulto de mi vulva.

    —Ya sabes que tengo novio —empecé, mirándolo fijamente a los ojos—. Con Sergio todo va bien y me satisface en la cama, pero…

    Hice una pausa dramática. Funcionó: su curiosidad era evidente.

    —Dime, Laura, no te cortes —me animó, haciendo un gesto con la mano.

    Suspiré, como si me costara continuar.

    —El caso es que hace un tiempo conocí a un hombre que me dobla la edad y… me lie con él. No sé qué demonios me pasó por la cabeza, pero caí. Ahora estoy hecha un lío: me lo hace tan bien que se ha convertido en una obsesión. Y lo que más me preocupa es que… ¡Joder! No sé si debería contarte esto.

    Volví a hacerme de rogar. Él insistió, y fui directa al grano.

    —Como tú tienes más o menos su edad, ¿qué opinas de que una chica de veintidós años como yo se enrede con un hombre maduro?

    Juanma se quedó mudo un instante, ojiplático. Sabía perfectamente de quién hablaba, pero fingió sorpresa.

    —No es lo más común —respondió en voz baja—, pero pasa. No le veo nada malo siempre que sea voluntario y responsable.

    —No sé si lo tengo bajo control —repliqué, poniendo cara de niña perdida—. Desde que jodo con él, miro de otra forma a los hombres de vuestra edad. Incluso prefiero pasar tiempo con tu familia para estar cerca de ti. Y no te lo tomes a mal, pero ahora te veo distinto: menos como el padre de Ana y más como un hombre atractivo, de los que me ponen.

    Juanma sonrió de oreja a oreja, me tomó las manos y habló con tono paternal.

    —Mira, pequeña, a vuestra edad es normal fijarse en hombres mayores: un profesor, el jefe, incluso el padre de una amiga. Buscáis experiencia, madurez, algo que los chicos de vuestra edad no suelen tener.

    Solté una risita traviesa, aparté las manos y bajé la mirada, fingiendo vergüenza.

    —Entiendo. Pero también pasa al revés: los hombres mayores se prendan de chicas mucho más jóvenes. Y a algunas nos excita cómo nos miran. A mí me gusta cuando me miras, como estos días… o como ahora.

    De repente, como si me arrepintiera de haber hablado más de la cuenta, me levanté de golpe.

    —Lo siento, Juanma. No debí decirte eso —murmuré, y salí corriendo hacia el mar, contoneando las caderas con exageración.

    Regresé cuando Ana y su madre ya habían vuelto. Lo que había pasado entre su padre y yo quedó suspendido en el aire, cargado de tensión.

    Segunda fase: el asedio.

    El viernes por la tarde, sobre las ocho, me planté frente al edificio donde viven. Parada en la acera, apreté los dientes y los puños para armarme de valor. Respiré hondo, crucé la calle, pulsé el portero automático y esperé. Al poco escuché su voz por el interfono, preguntando quién llamaba.

    —Juanma, soy yo, Laura —respondí con tono inocente—. ¿Ana está en casa?

    —Laurita, menuda sorpresa. Ella y su madre han ido a cenar y luego al cine. No me digas que se le olvidó avisarte.

    Yo sabía perfectamente que Ana y su madre estarían fuera hasta tarde, y que a él no le gusta el cine. Por eso había elegido ese momento.

    —Tienes toda la razón, y no sé dónde tengo la cabeza. Perdona por la molestia, pero pasaba por aquí y estoy en un pequeño apuro.

    —¿Qué es eso de que estás en un apuro? —preguntó, ahora con preocupación—. Sube y me cuentas, a ver si puedo ayudarte.

    La puerta se abrió. En el interior del portal, saqué del bolso un botecito de pintura roja y me salpiqué generosamente los vaqueros y la camiseta. Era pintura lavable para niños, fácil de quitar. Subí en el ascensor hasta el octavo. Cuando se abrió la puerta, él ya esperaba en el rellano.

    —Antes de nada, no te asustes porque no es sangre —le dije con cara de circunstancia—. Solo pintura. Siento la intromisión, pero necesito lavarla antes de que se seque. Salía de la zapatería de abajo, buscando unos zapatos que me recomendó Ana, pero no los tenían… y de pronto algo estalló contra la pared y me salpicó. Ha debido ser un globo lleno de pintura, de esos que tiran los gamberros a la gente para joder. Lo peor es que, del susto, me caí de culo y me duele la nalga derecha.

    —Llegará un día en que no podremos ni salir a la calle —refunfuñó—. En mis tiempos solo eran globos de agua.

    Me invitó a pasar, colgué el bolso en el perchero de la entrada y me dirigí cojeando ligeramente al baño del fondo del pasillo. Dejé la puerta entreabierta a propósito. Me quité los vaqueros, la camiseta y el sujetador, los dejé en el lavabo y abrí el grifo. Mientras frotaba la camiseta, coloqué con disimulo el pequeño espejo de mano de Ana —el que usa para verse la nuca cuando se peina— de modo que reflejara la puerta. Al fondo del pasillo, asomando la cabeza desde el salón, Juanma observaba sin perder detalle. Sonreí para mis adentros: el pez había picado.

    Cuando terminé de lavar las manchas, miré de reojo el espejo: seguía allí, espiando como un pervertido. Colgué la ropa mojada en la mampara de la ducha y me envolví en una toalla de baño, de los pechos a medio muslo. Al salir, él ya no estaba en el pasillo; lo encontré sentado en uno de los sillones del salón, fingiendo leer el periódico.

    —Perdona las pintas —dije mientras me sentaba de medio lado en el sofá de enfrente—. La ropa está empapada y la he puesto a secar. Espero que se seque antes de que vuelvan Ana e Inés. No quiero ni imaginar qué pensarían si nos encuentran así.

    Juanma soltó una risa breve, casi nerviosa.

    —La sesión es a las once. No volverán antes de la una —aseguró. Se levantó, fue a la cocina y regresó con un vaso de agua y una pastilla—. Ibuprofeno, para el dolor. Y tengo una pomada milagrosa para contusiones.

    Me pilló desprevenida con lo de las contusiones, pero reaccioné rápido, recordando que le había dicho que me dolía la nalga.

    —¿Te importa ponérmela tú? —pregunté con voz de niña—. Si suelto la toalla para hacerlo yo, se me caerá al suelo.

    Asintió sin palabras, me puse en pie de lado, él se arrodilló, se echó una cantidad generosa en la mano, levanté la toalla lo justo para dejar al descubierto mi nalga izquierda y empezó a extender la crema.

    —Aprieta más para que penetre bien —le pedí en un susurro.

    Apretó tanto que ya no era un masaje, sino un magreo descarado. Yo soltaba pequeños gemidos, fingiendo dolor. De pronto se detuvo y estrujó la otra nalga sin pedir permiso.

    —Solo era una —protesté suavemente.

    Juanma se incorporó de golpe, me miró fijamente a los ojos y dijo con voz ronca y una mezcla de indignación y deseo:

    —Eres una buscona. Antes dijiste que te dolía la nalga derecha… y me has ofrecido la izquierda. Además, te duele la que no es, y no te duele la que supuestamente sí.

    Retrocedí un paso, puse cara de ángel inocente y confesé:

    —Tienes toda la razón, Juanma. Todo ha sido una farsa. Solo quería estar a solas contigo y no se me ocurrió nada menos evidente. Recuerda lo que te dije ayer en la playa: he descubierto que me vuelven loca los hombres mayores… y tú me gustas mucho, aunque seas el padre de mi mejor amiga. No puedo evitarlo. Anoche no pegué ojo, excitada, recordando cómo me mirabas. Esta mañana, al despertar, se me ocurrió esta tontería para quitármelo de la cabeza. Pero tranquilo, ya me voy.

    Me giré hacia el pasillo para recoger la ropa. Entonces me agarró del codo y me detuvo.

    —¿Es cierto todo lo que dices? —preguntó, suavizando la voz hasta hacerla casi un susurro.

    —Puedes creerlo o no, pero es cierto —respondí. Di un paso atrás, solté la mano con que sujetaba la toalla y la dejé caer a mis pies—. ¿Te parece que no voy en serio?

    Me devoró con ojos de depredador: la braguita blanca de encaje casi transparente, los pechos desnudos, los pezones duros, mis labios entreabiertos mientras respiraba agitada, como si me faltara el aire, como si el deseo me quemara por dentro.

    —No te vayas, por favor —suplicó con la voz quebrada—. No tienes idea de las veces que he fantaseado con esto.

    Se acercó para besarme en la boca, pero lo frené poniendo las palmas contra su pecho.

    —Si va a pasar algo —le advertí—, no quiero que sea romántico. Quiero que sea sucio. Solo esta vez si tú quieres. Solo para sacarme esta espina.

    Tomé su mano derecha y la coloqué sobre mi pecho izquierdo.

    —¿Notas cómo me late el corazón? —susurré, mirándolo en plan zorra.

    Deslicé su mano por ambos pechos, gimiendo bajito al sentir la aspereza de su palma. Luego solté su mano y él continuó solo, apretando, explorando. Incliné la cabeza hacia atrás y gemí sin control cuando pellizcó deliciosamente mis pezones.

    —Joder, cómo me pones —murmuré entre jadeos—. Es exactamente como lo imaginaba.

    De pronto me hizo girar, me abrazó por la cintura desde atrás y se pegó a mi espalda. Su aliento caliente rozó mi nuca.

    —Eres una buscona… pero me encanta —gruñó en mi oído, apretándose más contra mí.

    Sentí la dureza de su polla contra mi culo y solté un gemido largo. Cuando sus dedos se colaron bajo la goma de la braguita para bajarla, lo detuve.

    —Espera… necesito ir al baño. Me meo de los nervios.

    Desaparecí un par de minutos. Al volver, me coloqué de nuevo dándole la espalda y le di luz verde.

    —Quítamela ahora, pero muy despacito.

    Obedeció al instante, se sacó la polla y la colocó en el canal entre mis nalgas.

    —Me gusta el sexo vaginal —suspiré contra su cuello—, pero prefiero el anal. ¿Tu mujer se deja por ahí?

    —No hablemos ahora de Inés —resopló como un búfalo, acelerando el roce de su polla entre mis nalgas.

    —Conforme —murmuré—. Pero al menos fóllame en la cama conyugal. Si vas a ponerle los cuernos, que sea a lo grande.

    Me tomó de la mano y tiró de mí con urgencia hacia el dormitorio. Me detuve a los pies de la cama mientras él se desnudaba a toda prisa. Cuando liberó su verga, la reconocí al instante: tan gruesa y majestuosa como la recordaba. Le pregunté si quería que se la chupara, pero él no estaba para preliminares.

    Me empujó suavemente por los hombros y caí de espaldas sobre el colchón. Poseído por un demonio lujurioso, me agarró de las caderas, me arrastró hasta el borde y colocó mi culo justo al límite. Apoyó la punta en mi entrada y me penetró el coño de un solo empujón brutal.

    Antes de que empezara a moverse, alcé la vista.

    —¿Solo follas con tu mujer? —pregunté con voz ronca—. Porque si no es así, sin goma no sigues.

    —Solo con ella —afirmó el muy canalla.

    Me mordí la lengua para no desenmascararlo allí mismo.

    Y entonces empezó a follarme con una desesperación animal: rodilla izquierda en la cama, pie derecho en el suelo, abriéndome las piernas al máximo, inclinado para clavármela hasta el fondo. Yo me abandonaba por completo: brazos extendidos por encima de la cabeza, tetas aplastadas contra el pecho, pezones duros apuntando al techo, gimiendo sin control, suplicando como una puta que me llevara al orgasmo.

    No aflojó ni un segundo. Jadeaba cada vez que hundía la polla, gruñía al retirarla, una y otra vez, cada vez más salvaje animado por mis gemidos y mis ruegos, viendo cómo mis tetas se agitaban, blasfemando, acordándose de la madre que lo parió.

    Apenas cinco minutos bastaron. Me corrí como una primeriza, entre gritos y sollozos, las paredes del coño contrayéndose alrededor de él, implorando que no parara.

    —Yo tenía razón —jadeé, mirándolo a los ojos mientras él seguía embistiendo, y yo recuperaba poco a poco el aliento—. Los hombres mayores folláis mejor que los niñatos. Lo hacéis como si fuera la última vez.

    —Después de unos años de matrimonio —respondió entre resuellos—, las mujeres, al menos la mía, se acomodan y nos cierran el grifo.

    —No me digas que eres un marido insatisfecho —reí provocadora, apretándolo con el coño—. Yo no seré de esas cuando me case. Me gusta tanto follar que nunca diré que no. Cuantas más veces al día, mejor.

    —Entonces eres una rareza —gruñó con un último envite profundo que me arrancó un grito—. Una buscona de cuidado… a la que ahora voy a partir el culo.

    Sin decir más, me agarró con fuerza, me obligó a arrodillarme en el suelo y empujó mi torso hasta aplastar mis pechos contra el colchón. Impaciente, me abrió las nalgas con las manos, colocó el glande hinchado en mi ano y entró despacio, inexorable, hasta que sus pelotas chocaron contra mi coño empapado.

    —Lo que más me pone es dar por el culo a una hembra como tú —gruñó mientras comenzaba a moverse dentro de mí—. Inés se deja, pero solo de Pascuas a Ramos, cuando ha bebido lo suficiente para soltarse. Y aun así, solo la puntita, unos segundos… Es más frustrante que si me lo negara del todo.

    Me importaba una mierda lo que hiciera o no su mujer. En ese momento solo existía su polla abriéndome el culo, llenándome, poseyéndome. Y lo hacía mucho mejor que la primera vez: con rabia, cogiéndome las muñecas, tirando hacia atrás como si mis brazos fueran las riendas de una yegua, arqueándome la espalda, dominándome por completo. Entraba y salía con furia, arrancándome alaridos de placer.

    En el punto más alto, cuando el placer se volvía insoportable, le supliqué que me soltara las manos: necesitaba tocarme el clítoris, correrme otra vez. Pero no cedió. Le excitaba someterme, negarme incluso eso. Me costó, pero acabé corriéndome de puro anal: un orgasmo lento, profundo, que me sacudió entera tras diez minutos interminables de sodomía salvaje.

    Justo entonces, Juanma se tensó, jadeó como si fuera a exhalar el último aliento y se derramó dentro de mí: chorros calientes, abundantes, inundándome el recto.

    —Ahora chúpamela —ordenó tras sacarla, incorporándome por las axilas y sentándome en el borde de la cama.

    —Eso ni lo sueñes —respondí con frialdad—. No pienso meter en la boca lo que has metido en mi culo.

    Lo aparté de un empujón, me levanté y me apoyé en el tocador fingiendo un traspié. Cogí un objeto, lo encerré en el puño, fui al salón, me puse la braguita, regresé por el pasillo sin mirarlo siquiera y me encerré en el baño.

    —¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —preguntó desde el otro lado de la puerta mientras yo me vestía con la ropa todavía húmeda.

    —Ya hemos follado —le dije al salir, con voz seca—. No pretendas que esto se convierta en una aventura. Lo último que quiero es tenerte como amante.

    Caminé decidida hacia la entrada, cogí mi bolso y salí dando un portazo que retumbó en todo el rellano, dejándolo con la palabra en la boca.

    El fin de semana no fui con ellos a la playa, pero seguí quedando con Ana como si nada hubiera pasado. El lunes me autoinvité a cenar en su casa. Cuando entré del brazo de mi amiga, Juanma palideció al verme. Lo saludé con la misma familiaridad de siempre, y él entendió que, por ahora, nuestro secreto estaba a salvo.

    Fue después de la cena cuando puse en marcha la tercera fase: el golpe de gracia.

    —Vamos a la cocina a preparar café —dijo Ana.

    —Ve tú con Inés —respondí—. Quiero que tu padre me enseñe la última mariposa que ha añadido a su colección.

    La excusa era perfecta: a mi amiga le daban pánico las mariposas disecadas y a su madre asco. Al pedirlo delante de ellas, Juanma no pudo negarse.

    Apenas entramos en el despacho, cerré la puerta, me planté frente a él, y con una sonrisa dulce solté:

    —Me debes cuatrocientos euros.

    —¿Por qué te debo cuatrocientos euros? —preguntó, creyendo que bromeaba.

    —Doscientos por el viernes, cuando me follaste en el dormitorio conyugal, y doscientos por aquella vez en el reservado del bar de Paco.

    Su rostro se desencajó. Fue una imagen para enmarcar.

    —No sé de qué me hablas, ni quién es ese Paco —balbuceó.

    —No te servirá hacerte el tonto —dije con calma—. Os escuché en la oficina cuando volví a recoger mi móvil olvidado. Fuiste el más hijo de puta de los tres: no solo por follarme con engaños, sino por planearlo y presumir de ello, de haberte follado a la mejor amiga de tu hija, alguien a quien deberías haber respetado por encima de todo.

    Abrí una carpeta en mi teléfono y le envié un vídeo por WhatsApp. Aparecíamos los dos follando como animales en su propia cama. Juanma no entendía cómo lo había grabado, ya que iba desnuda y no llevaba el móvil encima. Sin piedad, le expliqué:

    —Compré un bolígrafo espía con cámara integrada. Lo dejé ayer en el dormitorio de Ana. Cuando fui a mear, lo recogí y lo coloqué en tu habitación, enfocado a la cama. Por eso insistí tanto en follar allí.

    —Eres una buscona, ya lo decía yo —escupió con rabia.

    —Y tú un mal padre, un peor marido y un cabrón de campeonato —repliqué sin inmutarme—. Pero pensaste que te iba a salir gratis. Ahora mismo me vas a dar por el culo.

    Me subí la minifalda, bajé la braguita hasta medio muslo y me incliné sobre su escritorio, apoyada en las manos, ofreciéndole el culo. Giré la cabeza para ver su cara.

    —Lo harás siempre que yo lo exija, y pagarás doscientos euros por sesión. Solo por el culo: me da asco que me la metas en el coño después de lo que hiciste. Tu mujer y tu hija no sabrán nada… por mi parte. Pero tú no quieres que este vídeo llegue al banco donde trabajas, menos ahora que te han nombrado director de sucursal. Imagina el escándalo si sale a la luz que has follado con una cría inocente como yo.

    Intentó subirme la braguita y suplicó que parara con aquello. Amenacé con gritar hasta que acudieran Ana e Inés. Vaciló unos segundos eternos, pero cedió. Me sodomizó allí mismo, tapándome la boca con la mano para ahogar mis gemidos de placer, hasta correrse dentro de mi recto.

    —Ahora quiero que me hagas un Bizum de seiscientos euros. Lo de hoy también cuenta —exigí antes de ir al baño a evacuar su esperma, apretando el culo para manchar la braga lo menos posible.

    Tomamos el café todos juntos como si nada. Sus miradas asesinas solo me hicieron sonreír.

    Unos días después, el jueves por la mañana, me presenté en su sucursal. Le dije a la comercial que quería ver a don Juan Manuel, el director, que era amiga de su hija y era urgente. Me dejó pasar sin anunciarme. Cuando entré y cerré la puerta, volvió a palidecer.

    Rodeé su mesa, me subí la minifalda, bajé las bragas y me puse en pompa.

    —Necesito doscientos euros más —anuncié—. Ya sabes lo que toca si no quieres un escándalo.

    Inmediatamente descolgó el teléfono y ordenó que nadie lo molestara: estaba tratando un asunto confidencial de máxima importancia.

    Y me dio por el culo. Vaya si lo hizo.

    En esta ocasión iba mejor preparada. En cuanto eyaculó dentro de mí, saqué una compresa del bolso y me la coloqué para no manchar la braguita. Acto seguido envió el Bizum correspondiente y me marché la mar de feliz.

    La moraleja del cuento es que Juanma me trató como a una puta, y como tal me comporté, cobrando por los servicios prestados igual que una profesional.

    Sin embargo, no pienso convertir esto en una costumbre. Solo jugaré con él una temporadita, lo justo para permitirme algún capricho de vez en cuando. Por supuesto, jamás he considerado en serio enviar el vídeo a nadie. Por nada del mundo perjudicaría a mi amiga y a su madre.

    Pero, mientras crea que soy capaz de hacerlo, seguiré exprimiéndolo gota a gota porque se lo puede permitir.

    Respecto a Paco, he decidido no volver por su bar. Me sigue motivando joder con él, pero no a costa de perder la dignidad. Si quiere algo conmigo, que me lo pida él, eso sí, pagando el mismo precio que Juanma. De ahora en adelante, mi caché serán doscientos euros para quienes tengan posibles.

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  • Mi nuevo oficio como iniciador de sexo gay

    Mi nuevo oficio como iniciador de sexo gay

    Fue sin querer, una tarde en el bar gay al que suelo ir conocí a un tipo de 50 años. Alejandro: Casado, con una vida burguesa, familia formada. Entre muchas cosas que hablamos, me confesó que anda en busca de una primera experiencia gay. Ha soñado que lo penetran y ha llegado a eyacular en sueños.

    Cuando fue al baño, lo pensé, y decidí ofrecerme de profesor. Ale, le dije, yo no te había contado, pero mi oficio es iniciar hombres, cobro 120 dolares y tengo departamento disponible. Te ves sano, bonito, con ganas. Quedamos para un miércoles, confieso que era mi primera vez que hacia de profesor.

    Puntualmente llegó a mi departamento, lucia un traje dos piezas, perfecto, camisa blanca, apenas entró a la habitación lo bese, se sintió invadido. Le quite la ropa lentamente hasta dejarlo desnudo, lucia un pene pequeño, atemorizado de seguro. Me agache y se lo chupe, luego le pedi que me lo mamara con cariño, nunca había mamado una verga y yo la tenia ya bastante erecta.

    Tengo un pene sin prepucio de 22 cm, y tenia ganas de penetrar a mi alumno. Lo acosté le bese de nuevo y con mi lengua recorrí cada parte de su cuerpo peludo y musculoso, al llegar a sus hermosas nalgas, meti un dedo en el ano y le saque un gemido de placer, luego lubrique el con mi lengua el orificio anal, estaba quejándose como nenita y me decía “rico, macho, dame tu verga”.

    Lo bese nuevamente, la verdad es que estaba bien bueno el hombre y era una lastima que quisiera ser gay. Me subi puse mucho lubricante y lo penetré. Gemia, gritaba, decía groserías, como “culeame macho, gozame el ano”. Estuve bombeando como 15 minutos, hasta que me pidió parar. Tenia el ano irritado y el pensó que era suficiente para una primera vez, pero yo hervia de caliente, asi es que puse mi verga en su cara y me masturbé. Eyacule exquisitamente y cobre mis 120 dolares.

    Me quedo gustando, decidí ir por mi 2ª vez. Esta vez era René, un chico de 20 años recién cumplido, también buscaba su primera vez. Delicioso, muy blanco, un lindo pene aunque muy pequeñito, era una miniatura. A este ejemplar virgen me lo senté en el borde de la cama y me cabalgó dando sentones hasta que mi verga lo penetro por completo, con el tuvimos dos sesiones seguidas por 150 dolares.

    Mi fama crecía en el bar. Tuve agenda completa por dos meses. En total estuve con 8 vírgenes en esos dos meses. Asi, con este emprendimiento sexual he logrado hacerme de unos pesos extras. No es que yo sea un maestro en sexo gay, solo que me atrevo a probar y dar de probar, esa es mi gracia.

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  • Durante año nuevo

    Durante año nuevo

    Antes que todo feliz y próspero año 2026.

    Acordamos con Santiago pasar el año nuevo los dos solos, alquilamos una pequeña casa dentro de un condominio de casas, pero mi hermana me pidió si podía pasar año nuevo con nosotros, mi novio dijo si no hay problema.

    Estábamos hablando de muchas cosas y salió el tema incómodo que ya les he relatado anteriormente.

    Ella nos descubrió teniendo sexo, yo estaba de perrito y mi novio apretandome las nalgas mientras me penetraba.

    Ella nos dijo que no pasaba nada que respetaba nuestra manera de tener sexo y que lo importante era que fuéramos felices. Después de esto seguimos hablando muy abiertamente de sexualidad ella nos comentó que recientemente comenzó a tener sexo anal con el novio de ella, lo cual activó inmediato mi instinto de hermano mayor a pesar que recibo sexo anal con bastante regularidad pero igual no podía ser hipócrita, porque mi trasero ya está más que acostumbrado a recibir el pene de mi novio.

    Cómo sea seguimos hablando del tema, ella sintió curiosidad acerca de que si yo era siempre el pasivo y tuvimos que aclararle el tema de la sexualidad de él y la mía.

    Por mi parte yo le aclare que yo asumía la parte femenina de la relación, porque sentía más cómodo y protegido y Santiago le explicó que el era el hombre de la relación.

    Yo decidí contarle que desde hace años uso ropa interior exclusivamente femenina lo cual dijo que ya sabía porqué una vez que me quedé en casa de nuestros padres olvidé una tanga en el baño.

    Acabamos nuestra charla y nos fuimos a dormir nos dijo que si íbamos a tener sexo que no lo dudaríamos que porque supuestamente ella ya era de mente abierta y que no le importaba, Santiago le produjo risa y me dio una nalgada.

    Esa noche no tuvimos sexo solo nos acostamos a dormir y ya. Y al día siguiente nos levantamos y ella nos dijo que se iba a conocer los alrededores de la casita que alquilamos.

    Yo entre al baño y luego salí y me excitó mucho que ella pudiera llegar en cualquier momento entonces me hice una limpieza anal rápida y le dije a Santiago para que tuviéramos sexo en la habitación de la casita.

    No se hizo esperar me bajo los pantalones e hizo la tanga de lado, me lubrico con saliva y un poquito de crema y me penetró lentamente en posición de lado, es decir los dos acostados de medio lado y él atrás de mi penetrándome.

    Esto fue con la cobija por encima, la penetración era lenta, constante y muy placentera. Mi hermana llegó y no me di cuenta yo estaba gimiendo.

    Ella entró al cuarto y dijo “que rico la están pasando” la escena fue tan excitante que mi novio dijo” le estoy dando pene a tu hermano como lo merece ” ella me dijo disfrútalo, “yo ya sé lo rico que es” y mi novio no paro aun sabiendo que mi hermana estaba ahí, ella quería estar ahí viéndonos pero le dio pena y se retiró, mi novio eyaculo adentro y seguimos abrazados mientras yo sentía como su pene se ponía flácido.

    En el desayuno nos dijo que apreciaba mucho que le tuviéramos ese tipo de confianza.

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