Autor: admin

  • Hace tan sólo unas horas

    Hace tan sólo unas horas

    Los rayos del sol penetran por la ventana de mi habitación y la claridad me despierta, alargo la mano en tu busca y no te encuentro, ya no estás, te has ido sin despertarme. Tan sólo queda ya en mi cama el calor que tu cuerpo ha dejado sobre las sábanas y tu fragancia, también se perciben los aromas del incienso y la cera de las velas quemadas. Todo ello me hace evocar los momentos vividos hace tan sólo unas horas.

    Llegué a casa alrededor de las nueve de la noche, nada más abrir la puerta, el olor del incienso me dijo que estabas en casa. Caminé hasta la habitación y allí me encontré un reguero de velas perfumadas encendidas que conducían hasta el cuarto de baño, me asomé a la puerta de éste y allí te vi, como si de un altar se tratase, innumerables velas de distintos colores y tamaños te adoraban, sus llamas dibujaban sombras por todo el cuarto de baño y tú mientras, me mirabas desde la inmensa bañera repleta de agua caliente y espuma. Tan solo se veían tu cara, tu cuello y tus brazos.

    —El agua está en su punto, ¿a qué esperas para venir a frotarme la espalda?

    —No te esperaba hoy, creí que no vendrías hasta el sábado. —Dije mientras comenzaba a desnudarme.

    —La semana se me hacía interminable sin estar contigo, así que hice una escapadita, mañana he de volver pronto.

    —Yo también te he echado de menos. —Dije mientras la besaba y me metía a su lado en la bañera.

    El agua casi quemaba, tal y como a ti te gusta, la espuma y las sales con aroma a jazmines envolvían toda la bañera. Me coloqué frente a ti y te acercaste a mí, me besaste con pasión, tus carnosos labios devoraban mi boca, tu lengua bailaba con la mía en un abrazo húmedo. Colocaste tus piernas sobre las mías y te aproximaste más a mí, notábamos la cercanía de nuestros sexos. Separaste tu boca de la mía y me miraste, recostaste tu cabeza en mi pecho mientras yo acariciaba dulcemente tu nuca y tu espalda.

    —Necesitaba estar a tu lado, sentirte, tener tus besos y tus caricias, notar el roce de tu piel. Las noches en soledad se me hacen interminables, tu recuerdo no me basta, necesito sentirte a mi lado. —Dices como una niña mimosa a quien le impiden hacer algo.

    —Mi amor, yo también te necesito, esta distancia que nos separa me quema por dentro, disponer tan sólo de los fines de semana para nosotros me sabe a poco, mi cuerpo añora al tuyo, es como si me faltara una parte de mí. —Te digo mientras te acurrucas más sobre mi pecho y yo te abrazo con fuerza.

    Nos besamos nuevamente, con frenesí, como si nada más en la tierra existiera, solo nosotros dentro de la bañera. Noto tus manos bajar por mi pecho, por mi vientre, hasta alcanzar mi sexo. Lo acaricias dulcemente, juegas con él y lo masajeas con lentitud, percibiendo sus latidos y como parsimoniosamente va aumentando su tamaño.

    Mis manos bajan por tu espalda hasta llegar a tu culo, lo acaricio, lo aprieto sintiendo su turgencia, recorriendo tus nalgas. Te acaricio íntimamente, mi mano roza tus labios vaginales, los recorre delicadamente, nuestra respiración se hace más rápida.

    Tus manos recorren el tronco de mi excitado pene en un hermoso vaivén, de la base hasta alcanzar mi sonrosado glande. Mis dedos acarician tu ya excitado clítoris, mientras nuevamente nos besamos.

    Mi dedo corazón se adentra ahora en las profundidades de tu sexo, penetrándote poco a poco, notando las contracciones de tu vientre, acariciando tu interior en movimientos circulares. Mientras mi dedo pulgar continúa el masaje sobre tu clítoris. Has aumentado el ritmo con el que me masturbas. Nuestras respiraciones son más agitadas, los gemidos inundan el cuarto de baño.

    Besas mi cuello, tu lengua lo recorre como una serpiente, tus labios absorben mi piel y un tierno mordisco me indica que ha llegado el momento, es tu manera de decirme que me quieres en tu interior.

    Salimos de la bañera y nos secamos sin convicción, te tomo en brazos y te acuesto en la cama. Mi boca aprisiona uno de tus pechos, mi lengua juega con su pezón. Mientras una de mis manos acaricia tu otro pecho.

    Mis labios cambian de pecho, tus gemidos aumentan.

    Lentamente voy bajando, mis labios recorren tu vientre, besan tu ombligo. Entierro mi cabeza entre tus piernas abiertas, mi lengua recorre tu sexo arriba y abajo, juega con tu clítoris, incluso intenta penetrarte. Mis dedos la ayudan, abriendo más tu sexo, como si de una flor se tratase, una flor con un néctar delicioso que fluye empapando mi cara y tus muslos.

    —Ven. —Dices mientras tus brazos tiran de mi cabeza hacia tu cara.

    Notas en mi boca el sabor de tu esencia, te giras sobre mí quedando encima. Apoyas tus manos en mi pecho y te sientas sobre mi vientre. Noto tu sexo ardiente y húmedo sobre mí, desplazándose hacia atrás hasta que tus nalgas tropiezan con mi pene completamente erecto.

    Me chupas y lames los pezones mientras mis manos juegan con tus pechos. Levantas tu cara y me miras a los ojos.

    —Te quiero. —Dices mientras levantas tu cuerpo lo justo para alcanzar con una de tus manos mi polla y acercarla a la entrada de tu vagina.

    —Te quiero. —Te digo, mientras poco a poco te dejas caer sobre mi polla penetrándote tiernamente.

    Me adentro en tu interior con un placer embriagador, tu sexo me absorbe, me devora, me aprisiona. Nuestro ritmo es muy lento al principio, nos gusta comenzar así, ver nuestras caras, besarnos, disfrutar de nuestros gemidos, acariciarnos.

    Poco a poco ir aumentando el ritmo, disfrutando cada segundo, penetraciones profundas que acarician todas tus paredes vaginales, contracciones pélvicas y rugidos de tu garganta me indican que tu orgasmo está al llegar.

    Aumento el ritmo de la penetración, quiero alcanzar el orgasmo a la vez que tú, gemidos de placer salen de nuestro interior.

    Noto como tu sexo me está empapando y en ese instante yo también estallo, derramándome en tu interior, disfrutando ambos de un placer indescriptible.

    Te recuestas sobre mi pecho, aún estamos unidos, no he salido de ti, los dos exhaustos, empapados en sudor.

    Nos besamos, nos acariciamos y nos decimos hermosas palabras y también alguna tontería como si fuéramos unos quinceañeros. Me encanta la expresión de tu cara después de hacer el amor, tu mirada es más profunda, más brillante, tus mejillas sonrosadas, tus labios más rojos aún si cabe, gotas de sudor que perlan tu frente. Jamás has estado tan hermosa como en ese momento.

    —Te amo, te amo como jamás he amado a nadie en este mundo. —Te susurro mientras beso tus labios.

    —Te amo. —Nos fundimos en un dulce y cariñoso abrazo.

    Y así, pausadamente reponemos fuerzas.

    La noche fue larga y hermosa, y nuestros encuentros apasionados varios. Ahora, sólo sobre la cama, rememoro cada instante de esta noche pasada a tu lado. Giro la vista hacia la mesita y allí veo tu nota:

    «Tranquilo mi vida, tan solo faltan dos días para volver a vernos. Besos, te quiero.»

    Es cierto, el sábado está próximo.

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  • Placeres prohibidos. Secreto familiar (1)

    Placeres prohibidos. Secreto familiar (1)

    Con Atziry fuera de la casa por el fin de semana, la ausencia llenó el aire de una libertad cargada de deseo. Elizabeth y Diego, liberados de cualquier restricción, se entregaron a una danza de lujuria que transformó la pequeña casa en un santuario de placer. Sus cuerpos, empapados en sudor, se entrelazaban en un frenesí de posiciones que exploraban cada rincón de su pasión.

    Elizabeth se arqueaba sobre el colchón, sus senos prominentes temblaban mientras Diego la tomaba desde atrás, sus manos fuertes agarraban sus caderas, las nalgas de ella chocaban con su pelvis con un ritmo que resonaba como un tambor en la habitación. Su vagina, húmeda y cálida, lo acogía con una avidez que lo hacía gruñir, cada embestida arrancaba gemidos que llenaban el aire.

    En otro momento, Diego la alzó contra la pared, sus piernas lo envolvieron mientras la penetraba con una intensidad que hacía que sus ojos miel se nublaran de éxtasis. Sus labios se encontraban en besos voraces, sus lenguas danzaban mientras sus cuerpos sudados se deslizaban uno contra el otro, la fricción de su piel amplificaba cada sensación.

    Elizabeth, perdida en el placer, alcanzó un orgasmo tras otro, sus gritos resonaban mientras su cuerpo convulsionaba, los fluidos de su excitación goteando por sus muslos, mezclándose con el semen de Diego en una unión que los marcaba. Él, embriagado por la visión de su tía, lamía sus pezones endurecidos, mordiéndolos suavemente mientras ella se aferraba a sus hombros, su cabello rubio caía en cascada sobre su espalda.

    La habitación olía a sexo crudo, un aroma denso de sudor y deseo que impregnaba las sábanas, las paredes, el aire mismo. Cambiaron de posición una y otra vez: Elizabeth montándolo con movimientos salvajes, sus nalgas rebotando contra sus muslos; Diego encima, penetrándola con una lentitud torturante que la hacía suplicar por más. Cada orgasmo era una explosión, sus cuerpos temblaban en sincronía, sus gemidos eran un coro de lujuria que celebraba su conexión prohibida. Su relación había cambiado irrevocablemente, cada toque, cada mirada, cargada de una intimidad que los extasiaba.

    Sin embargo, en un momento de pausa, con sus cuerpos aún pegados, Elizabeth miró a Diego con una mezcla de adoración y urgencia. —Esto tiene que quedar entre nosotros, sobrino —susurró, su voz era ronca mientras acariciaba su pecho, sus dedos trazando las líneas de sus músculos—. No quiero que Atziry se entere de lo que estamos haciendo, de este incesto. Prométeme que será nuestro secreto. —Sus ojos, brillando con deseo y una pizca de culpa, lo imploraban.

    Diego, con una sonrisa confiada, asintió, su mano se deslizaba por la curva de sus nalgas, apretándolas con posesión. —No diré nada, tía —respondió, su voz profunda vibraba contra su piel mientras la besaba en el cuello—. Quiero seguir cogiéndote, y no voy a arruinar esto. —Sus palabras eran una promesa, sellada con un beso lento que reavivó el fuego entre ellos. La habitación, testigo de su fin de semana de placer desenfrenado, guardaba su secreto, un pacto silencioso que aseguraba que su pasión continuaría, oculta pero ardiente, mientras sus cuerpos seguían buscándose con un hambre insaciable.

    Con el regreso de Atziry, la casa recobró una fachada de normalidad, un velo frágil que apenas ocultaba la corriente de deseo que seguía fluyendo entre Elizabeth y Diego. Bajo la superficie de las rutinas diarias, tía y sobrino aprovechaban cualquier instante de soledad para entregarse al fuego que los consumía. En la penumbra del estudio, cuando Atziry dormía, Elizabeth se deslizaba hacia Diego, su cuerpo aparecía envuelto en un camisón ligero que se adhería a sus curvas, sus senos prominentes presionaban contra la tela.

    Diego la recibía con manos ansiosas, levantándola contra una pared, sus labios devoraban los suyos mientras la penetraba con embestidas profundas, sus cuerpos sudados chocaban en un frenesí silencioso. Sus orgasmos eran explosiones contenidas, Elizabeth mordía su hombro para ahogar los gemidos, mientras el semen de Diego se mezclaba con su humedad, goteando por sus muslos y dejando un rastro en las sábanas improvisadas del estudio. Cada encuentro era un huracán de lujuria, sus pieles empapadas de sudor, el aire cargado con el aroma crudo de su pasión.

    Pero mientras Elizabeth y Diego se perdían en su secreto, Atziry ardía en su propia obsesión. La presencia de su primo en la casa era una tortura exquisita. Cada vez que lo veía deambular, con su camiseta ajustada marcando los músculos de su pecho o sus jeans delineando la fuerza de sus muslos, Atziry se mordía el labio inferior, un gesto inconsciente que traicionaba su deseo. Sus muslos se apretaban instintivamente, intentando contener la humedad que se formaba entre sus piernas, su vagina palpitaba con cada fantasía que la asaltaba. Lo imaginaba tomándola con fuerza, con sus manos fuertes levantándola, su verga llenándola mientras ella gemía su nombre.

    Vestida con shorts diminutos que apenas cubrían sus nalgas bronceadas o blusas escotadas que dejaban entrever sus pezones endurecidos, Atziry coqueteaba descaradamente, rozando a Diego al pasar por el pasillo, su perfume cítrico impregnándose en el aire, sus ojos lanzándole miradas cargadas de intención.

    Sin embargo, ella disimulaba el placer que sentía, escondiendo los escalofríos que recorrían su cuerpo cuando Diego la miraba. En la cocina, mientras él preparaba café, Atziry se inclinaba sobre la encimera, dejando que su blusa se abriera lo justo para revelar la curva de sus senos, su respiración era agitada mientras imaginaba sus manos arrancándole la ropa. En su habitación, sola, se tocaba, sus dedos se deslizaban bajo sus bragas, frotando su clítoris mientras cerraba los ojos y veía a Diego encima de ella, sus embestidas haciéndola gritar. Pero ante él, mantenía una fachada de inocencia, sus coqueteos disfrazados de bromas, aunque su cuerpo traicionaba su deseo con cada apretón de muslos, cada mordida de labio.

    Elizabeth y Diego, ajenos a la tormenta que consumía a Atziry, seguían robándose momentos de pasión, sus cuerpos se encontraban en rincones ocultos de la casa, sus gemidos eran amortiguados por la urgencia de mantener su secreto. Pero la obsesión de Atziry crecía, un fuego que amenazaba con desbordarse, su deseo por Diego se transformaba en una necesidad, en un juego peligroso.

    Una noche, Diego dormía profundamente en el estudio, su cuerpo se encontraba relajado sobre el colchón improvisado, la sábana apenas cubría su torso desnudo. El silencio de la casa se rompió cuando una sensación cálida y húmeda lo arrancó del sueño. Sus ojos se abrieron lentamente, su respiración se aceleraba al sentir unos labios envolviendo su miembro, succionándolo con una avidez que lo hizo endurecerse al instante. Lejos de asustarse, un gemido bajo escapó de su garganta, su cuerpo respondía al placer de aquella mamada. El sonido que llenaba el estudio era embriagador: el roce húmedo de una lengua contra su piel, lengüetazos largos y deliberados, y arcadas suaves que resonaban en la penumbra, cada ruido amplificaba el deseo que lo consumía.

    Diego, perdido en la sensación, levantó las manos y las posó en la cabeza de quien lo complacía, sus dedos se enredaron en mechones de cabello suave, guiando el ritmo con una mezcla de urgencia y deleite. La boca que lo envolvía era cálida, ansiosa, deslizándose desde la base hasta la punta con una precisión que lo llevaba al borde. —Oh, tía, qué rico lo haces —gimió, su voz era ronca y cargada de lujuria, convencido de que era Elizabeth quien lo devoraba con tanta pasión.

    Sus caderas se alzaron ligeramente, empujando más profundo, mientras sentía el calor de su boca apretarse alrededor de él. —Ya me voy a venir —gruñó, sus manos ejercieron una presión firme, manteniendo la cabeza en su lugar mientras su clímax estallaba. Chorros calientes de semen se derramaron en aquella boca ardiente, llenándola, deslizándose por la garganta que tragaba con avidez, el sonido húmedo de la deglución resonaba en sus oídos.

    Cuando el último espasmo lo abandonó, Diego relajó su agarre, su respiración era pesada mientras la figura se apartaba rápidamente, con el roce de pasos ligeros abandonando el estudio en la oscuridad. No vio quién era, pero su corazón latía con una certeza feliz: su tía amaba su verga, y este acto nocturno era una prueba más de su deseo insaciable. Se recostó, su miembro aún palpitaba, una sonrisa curvaba sus labios mientras el aroma de sexo llenaba el aire, mezclado con el sudor y la intensidad del momento. La sábana, ahora arrugada, era testigo de su placer, y Diego, aun vibrando por el éxtasis, cerró los ojos, saboreando la certeza de que Elizabeth no podía resistirse a él, su cuerpo anhelaba más de esos encuentros secretos que los unían en la penumbra.

    La mañana siguiente amaneció con un aire extraño en la casa. Diego se levantó, su cuerpo aun vibraba con los recuerdos de la noche anterior, y se dirigió a la cocina para desayunar. Allí encontró a Atziry, pero algo estaba fuera de lugar. En lugar de los shorts ajustados o las blusas escotadas que solían resaltar sus curvas bronceadas, llevaba un conjunto sobrio: una sudadera holgada y jeans que ocultaban su figura.

    Al saludarla, esperando su habitual coqueteo descarado, Diego solo recibió un gesto cortante. —Buenos días —masculló Atziry, sus ojos esquivaron los suyos, su voz era fría como el hielo. Con Elizabeth, que preparaba café, fue igual de distante, apenas respondiendo a su madre con un murmullo antes de tomar su mochila y salir apresurada hacia la universidad, sin despedirse de ninguno. La puerta se cerró con un golpe seco, dejando un silencio incómodo.

    Diego y Elizabeth intercambiaron una mirada de confusión, sus cejas estaban fruncidas mientras se preguntaban qué le pasaba. Pero, sin respuestas, decidieron dejarlo pasar, el peso de su propio secreto los mantenía ocupados. Minutos después, con la casa vacía, el deseo los consumió de nuevo. En un rapidín antes de que Elizabeth saliera al trabajo, Diego la llevó al sofá del salón, levantando su falda ajustada para revelar la tanga de encaje rojo que apenas cubría sus nalgas.

    Con un movimiento rápido, deslizó la prenda a un lado y escupió en su ano, preparando el camino. La penetró lentamente, su gruesa verga se abría paso en la estrechez cálida, arrancando un gemido profundo de Elizabeth. Sus manos se aferraron a los cojines, su cuerpo se arqueaba mientras Diego empujaba con un ritmo firme, sus nalgas chocaban con su pelvis en un sonido carnoso.

    —¿Dormiste bien anoche, tía? —preguntó Diego, su voz era entrecortada por el esfuerzo, mientras sus manos apretaban las caderas de Elizabeth, guiándola contra él. Ella, gimiendo, con el cabello rubio cayendo en mechones desordenados sobre su rostro, respondió con un jadeo. —Sí, sobrino… quería despertarte para cogerte, pero el sueño me ganó —dijo, con voz cargada de lujuria mientras su ano se ajustaba a cada embestida, su cuerpo temblaba de placer.

    Las palabras de Elizabeth golpearon a Diego como un relámpago. Si ella no lo había despertado, entonces la boca que lo había devorado en la noche, la que había tragado su semen con avidez, no era la de su tía. Era Atziry. Y sin intención, al gemir su nombre en la oscuridad, había revelado su affaire con Elizabeth.

    El shock lo atravesó, pero el placer lo mantuvo anclado. No dijo nada, dejando que el momento lo llevara. Sus embestidas se volvieron más intensas, sus manos apretaron las nalgas de Elizabeth mientras sentía su clímax acercarse. Ella, perdida en su propio éxtasis, gemía sin control, sus senos se balanceaban bajo la blusa desabrochada. Diego eyaculó en su ano, chorros calientes la llenaron mientras ella temblaba, su cuerpo convulsionó con un orgasmo que la hizo gritar.

    Se separaron jadeando, sus cuerpos estaban empapados de sudor, y se fundieron en un beso apasionado, sus lenguas se entrelazaron con una urgencia que prometía más. —Esta noche, otro acostón, tía —susurró Diego contra sus labios, su voz estaba cargada de deseo. Elizabeth asintió, sus ojos miel brillaban con lujuria, ajena a la revelación que pesaba en la mente de Diego.

    Se despidieron, arreglándose rápidamente, el aroma del sexo aun flotaba en el aire. Diego, con el corazón acelerado, sabía que su desliz nocturno había cambiado algo, pero su deseo por Elizabeth era demasiado fuerte para detenerse.

    Esa misma tarde la casa se encontraba en una calma tensa, el sol se filtraba por las cortinas mientras Diego regresaba del despacho. Al entrar al salón, encontró a Atziry desparramada en el sillón, el resplandor del televisor iluminaba su rostro. Vestía unos leggins negros que abrazaban sus muslos y una camiseta ajustada que marcaba la curva de sus senos, los pezones apenas se insinuaban bajo la tela. Diego la saludó con una sonrisa, y voz cálida. —Hola, prima, ¿qué tal? —Pero Atziry apenas levantó la mirada, con frialdad. —Bien —masculló, cortante, volviendo su atención al televisor, su cuerpo estaba rígido en el sillón.

    La actitud gélida de su prima, tan distinta a su habitual coqueteo, picó la curiosidad de Diego. Decidido a romper esa barrera, se dirigió al estudio, donde se despojó de su camisa, dejando su torso desnudo. Los músculos de su pecho y abdomen, definidos por años de ejercicio, relucían bajo la luz suave, una fina capa de sudor acentuaba cada línea. Con una idea traviesa, salió hacia la cocina, pasando deliberadamente frente a Atziry.

    Ella, al verlo, no pudo evitar que sus ojos se deslizaran hacia él, su mirada traicionaba el deseo que intentaba reprimir. Diego, consciente del efecto, decidió jugar más. Tomó un vaso de agua helada, lo llevó a sus labios y bebió lentamente, dejando que unas gotas escaparan, resbalando por su barbilla, cayendo sobre sus pectorales y trazando caminos brillantes por su abdomen hasta perderse en la cintura de sus jeans.

    Atziry, hipnotizada, apretó los muslos, sus manos estaban inquietas sobre el sillón. Sus ojos seguían cada gota, cada músculo que se tensaba con los movimientos de Diego. Sin darse cuenta, su mano derecha se deslizó hacia su entrepierna, sus dedos rozaron su vulva por encima de los leggins, el tejido fino dejaba sentir el calor que crecía entre sus piernas. La tela se adhería a sus labios, húmedos por la fantasía que la consumía. Un gemido suave escapó de sus labios, pero el sonido la arrancó de su trance. Con el rostro encendido, mezcla de vergüenza y furia, se levantó abruptamente del sillón, sus pasos rápidos resonaron mientras se dirigía al baño, azotando la puerta tras de sí.

    Diego, apoyado en la encimera, sonrió para sí mismo, su mirada estaba fija en la puerta cerrada. Había notado el movimiento de la mano de Atziry, el rubor en sus mejillas, la forma en que sus muslos se apretaban para contener el deseo. Sabía que su prima lo quería, que su cuerpo ardía por él, y la certeza lo encendió.

    Con el pulso acelerado por el juego de seducción que había iniciado, se acercó a la puerta del baño, el eco del portazo de Atziry aun vibraba en el aire. Tocó con firmeza, sus nudillos resonaron contra la madera, mientras su torso desnudo, aún húmedo por las gotas de agua que había dejado caer intencionadamente, relucía bajo la luz tenue del pasillo.

    Desde el interior, la voz de Atziry cortó el silencio, teñida de irritación, pero con un matiz de vulnerabilidad. —¿Qué quieres? ¿No ves que acabo de entrar? —espetó, aunque el temblor en su tono delataba que no estaba tan firme como quería aparentar. Diego, confiado, apoyó un codo en el marco de la puerta, su postura era relajada pero cargada de una sensualidad magnética. —Ábreme, prima, quiero hablar contigo —dijo, con voz grave y persuasiva, con un dejo que prometía más que palabras.

    La puerta se abrió con un crujido suave, revelando a Atziry en el umbral. Sus leggins negros se adherían a sus muslos bronceados, delineando cada curva, mientras su camiseta ceñida dejaba entrever el contorno de sus senos. Sus ojos se alzaron hacia Diego, pero al verlo recargado contra el marco, con una mano pasándose por la nuca, los músculos de su pecho y abdomen tensándose con el movimiento, no pudo evitar morderse el labio inferior. El deseo que intentaba reprimir ardía en su mirada, su respiración se volvía más pesada mientras sus mejillas se teñían de un rubor traicionero.

    Sin embargo, cruzó los brazos, manteniendo su fachada de indiferencia. —¿De qué quieres hablar? —preguntó, con tono cortante, aunque sus ojos no podían dejar de recorrer el cuerpo de Diego.

    Él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, el calor de su cuerpo llenaba el pequeño baño. —He notado que estás cortante conmigo desde esta mañana, prima —dijo, su voz era un murmullo seductor mientras su mano libre se alzaba para rozar la barbilla de Atziry. Sus dedos, cálidos y seguros, levantaron su rostro con suavidad, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. —No sé si hice algo para enojarte —añadió, su pulgar acarició apenas la piel suave de su mandíbula, un contacto que hizo que Atziry temblara, una corriente de calor se deslizó desde su rostro hasta su entrepierna.

    Ella, atrapada en su toque, sintió su vulva palpitar bajo los leggins, pero mantuvo su postura, negándose a ceder. —No estoy cortante —replicó, su voz temblaba ligeramente mientras saboreaba la sensación de sus dedos en su piel, haciéndola sentir como una princesa deseada—. Así soy siempre.

    Diego curvó los labios en una sonrisa pícara, sus ojos entrecerrándose con una mezcla de diversión y desafío. —Claro que no, primita —susurró, acercándose aún más, dejando su torso desnudo a centímetros de ella, el aroma de su piel mezclado con el agua reciente llenaba sus sentidos—. Extrañé cómo me coqueteas, esa forma en que me miras, cómo aprietas los muslos cuando paso cerca. —Hizo una pausa, su voz bajaba a un tono íntimo y provocador—. Y anoche… carajo, me la mamaste tan rico, te tragaste hasta la última gota de mi semen. —Las palabras, crudas y directas, golpearon a Atziry como un relámpago, sus ojos se abrieron de golpe mientras el rubor en sus mejillas se intensificaba.

    Su respiración se aceleró, su vulva palpitaba con más fuerza, el recuerdo de su boca alrededor de la verga de Diego todavía vívido, la calidez de su semen en su garganta avivando un deseo que no podía ignorar.

    El baño, pequeño y cargado con la tensión sexual que vibraba entre ellos, se convirtió en un escenario donde el secreto de la noche anterior colgaba como una chispa a punto de encender un incendio. Atziry, atrapada entre la furia, la vergüenza y un anhelo que la consumía no pudo responder de inmediato, su cuerpo traicionándola mientras los ojos de Diego la devoraban, prometiendo un juego que apenas comenzaba.

    Las palabras de él, crudas y directas, habían caído como un trueno. Atziry, con la voz temblando, cedió ante la verdad. —Sí, ok, acepto que te la mamé —admitió, su tono era una mezcla de shock y vergüenza, sus mejillas ardían mientras recordaba la sensación de su verga en su boca, el calor de su semen deslizándose por su garganta—. Pero cuando estabas a punto de venirte, dijiste que te encantaba que mi madre, tu tía, te la chupara. Eso me tiene confundida. ¿Qué pasa entre ella y tú? ¿Acaso cogen, par de cerdos?

    Continuará…

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  • Primer encuentro con una desconocida

    Primer encuentro con una desconocida

    “Encuentros ocasionales” leí el nombre del grupo en una red social, decidí unirme y a los pocos minutos ya era miembro del grupo. Obviamente la mayoría de los perfiles eran anónimos o falsos. No sé qué estoy haciendo aquí con mi perfil real me pregunté.

    “Busco encuentro ocasional”, leí el post, ella especificaba que solo quería un encuentro sexual sin enlaces sentimentales. Yo era experto en eso, me encanta coger e irme, ella decía que buscaba justo un perfil como el mío. Es demasiado perfecto para ser cierto.

    -Hola leí tu post y estoy interesado, ¿eres tú la chica del perfil?

    -No, no soy yo. ¿Eres tú el de el perfil que pregunta?

    -Si claro, soy yo. No uso perfiles falsos ni anónimos y recientemente me acabo de unir al grupo.

    Me envió su número y la agregué. Decidí pedirle fotos ya que yo estaba en desventaja de no saber quién era. Me sorprendió con un video presentándose y diciendo mi nombre, lo hizo para que supiera que era real. Estuvimos conversando sobre lo que nos gusta y no en el sexo. Ella comentó que recién terminó una relación larga y el sexo era monótono y casi nulo. No le gustaba experimentar cosas nuevas y si estaba yo de acuerdo solo sería sexo oral y de misionero. Yo acepté.

    Esa misma noche yo salí con unos amigos por un trago y recibí un mensaje de ella a la medianoche.

    -Bebí unos tragos últimos estoy muy caliente, Centauro puedes venir a mi casa, solo quiero que me cojas y te vayas.

    -Claro, envíame tu dirección y llego.

    Evidentemente no sabía que yo soy más dominante que sumiso, llegué en 1 hora a su casa, entré y me sorprendió, tenía puesto un vestido de verano cortito, me dejaba ver sus piernas blancas, un par de tetas tan grandes que podía dormir ahí, y una cara de puta que me encantó. Comenzamos a platicar y a presentarnos, debo recordar que 12 horas antes no tenía idea de quién era.

    A pesar del miedo que sentía de que algo me podía pasar estaba muy excitado por todo. Ella se acerca a mí y me besa cuando siento como toma mi mano y la mete entre sus piernas “me dijiste que tenías ganas de una panocha depilada y lo hice para ti” sentí su piel blanca, suave y delicada. Levante su vestido y sentí como su panocha palpitaba.

    Le dije que entraría al baño, ella me dijo que si. Yo traía la verga ya muy dura, estaba bastante excitado. Cuando salí de la baño no la vi en la sala y le pregunté donde estaba, me dijo que en la habitación y me invitó a pasar pero me dijo que quiera verme sin ropa. Para mi sorpresa ahí estaba ella con las piernas abiertas, acostada y completamente desnuda. “Métemela, quiero sentirte” a pesar de que yo moría de ganas le pedí que hiciéramos un 69 si panocha se veía riquísima, ella me pidió que yo me pusiera arriba, accedí, le metí la verga en la boca y comenzó a mamar como una verdadera puta, yo me daba oral y sentía como se retorcía.

    Unos minutos después me monté en ella y se la metí, podía ver como su cara se había transformado y me pedía más y más, yo le chupaba las tetas y la ahorcaba para sintiera que yo era el dueño de la situación “eres una puta” le dije mientas se la metía. Me pidió mamarme la verga nuevamente, yo accedí, se puso de rodillas en la cama y yo acostado comenzó a chuparla. Ella sabía perfectamente bien cómo chupar una verga y mientras ella lo hacía yo no dejaba de tocar sus enormes tetas.

    Abre las piernas, le ordené. Te voy a coger tan duro que me vas a pedir verga a diario. Así lo hice, no me importaba nada, mi mente solo quería llenar esa panocha de leche, le daba tan duro que veía como sus tetas rebotaban de arriba a abajo, ella gemía como una perra. Cuando comencé a mamar sus tetas me vine a chorros adentro de ella y pude sentir su orgasmo.

    Cuando terminé fui al baño, me limpié y regresé para vestirme, ella comenzó a acariciar mi verga y me pidió chuparla antes de irme. La mamaba tan rico que me prendí nuevamente, ella lo supo y cuando se separó, abrió sus piernas y comenzó a masturbarse y a gemir, era un llamado para volver a cogérmela. Así lo hice, la volví a penetrar y al cabo de un rato ella me pidió leche en sus tetas. Comenzó a hacerme una rusa y mezclaba con seco oral, los que lo han vivido sabrán cuán excitante es, a los pocos minutos así me vine en sus tetas, comete mi semen, le ordené y así lo hizo.

    Me quedé a reposar un poco y a beber algo, cuando ella me pidió pasar la noche ahí. Le dije que pero que la condición era cogérmela en 4 y otras posiciones que a mí me gustan. Ella accedió pero esa historia se las contaré más adelante.

    Espero estén disfrutando mis historias, poco a poco subiré las segundas partes de estas.

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  • Me pagaron una deuda, con una mujer (8): Sexo en los vestidores

    Me pagaron una deuda, con una mujer (8): Sexo en los vestidores

    El miércoles desperté con besos y caricias, gracias a la consideración de las chicas que me dejaron dormir hasta tarde, porque según ellas me veía cansado y estaba lindo durmiendo tan profundo. Me dirigí a la empresa para ponerme al día con el trabajo atrasado. Como mi propio jefe, me tomé las cosas con calma, pero el día resultó ser largo y agotador.

    Al salir del trabajo me fui a hablar con mi amigo Raúl, café de por medio, la trampa del día anterior había dado resultados, mi amigo había armado una causa por investigación de posible plantación ilegal de marihuana, en una comisaría amiga.

    La causa era sencilla y en etapa de investigación inicial, era una carnada para ver quien picaba, y no descubrir la causa principal. Y si la carnada funciono, el comisario departamental, una figura importante en la zona llamo para interesarse por la causa, mientras que el intendente de la zona llamo al Ministro de Seguridad de la provincia para ver si podía averiguarle todo sobre la causa. También el comisario le pidió a su colega que archivara la causa ya que interfería en una investigación llevada a cabo por su gente. Básicamente le estaba pidiendo que no investigara.

    Estos dos individuos eran importantísimos en su zona, pero eran miembros locales, que tenían mucho peso en la ciudad y la provincia, pero la investigación por el gordo Tony y Juan Carlos la llevaba adelante la Justicia Federal, o sea bajo la órbita de la Nación, con mucho más poder que cualquier organismo regional.

    Mi querido amigo me dio otra noticia, que según lo escuchado, el gordo Tony le había dicho a Juan Carlos que por un tiempo se mantuviera alejado de Ana, ya que la policía había dado con ella y tal vez la tuviera vigilada, lo mejor sería si estaba alejada de ellos, por el momento. Me sugirió que negociara con Juan Carlos un tiempo más que el estaría más que receptivo. Y les daría tiempo a investigar y conseguir pruebas contra estos dos sujetos nuevos. También me hizo referencia a Maite que tuviera cuidado o terminaría con un Harén.

    No di mayor importancia a mi amigo que seguía riéndose de mí. Llame a Juan Carlos, no quería regalarme, ya que si me notaba desesperado podía sospechar o subirme el precio de Ana.

    Esteban: Hola Juan Carlos, ¿cómo estás? Te llamaba para ver como va lo de mi dinero.

    Juan Carlos: Hola Esteban, bien amigo. Lo estoy juntando todavía. Ya sabes que todo es difícil en este momento.

    Esteban: Mira que confió en ti, y necesito el dinero, no quiero que por un poco de plata nos peleemos amigo. – Mientras lo insultaba en mi mente, pero hacer referencia a pelearnos era por la ejecución de los pagares en la justicia, que ya le había mencionado, cosa que el no quería y menos en este momento.

    Juan Carlos: Tranquilo amigo, te estoy juntando el dinero. Pero ya que te gusta tanto Ana, porque no te la quedas unos diez días más, yo me he traído otra putita y no quiero que se crucen, por lo menos por ahora. Te la dejo a 25.000 dólares. Si me descuentas eso también estaría más cerca de conseguir lo que me falta.

    Esteban: 25.000 dólares por quince días.

    Juan Carlos: Esta bien amigo, por quince días, eres despiadado para los negocios.

    Yo sabía que nunca conseguiría ni un dólar de él, es más si confiaba en Juan Carlos terminaría dos metros bajo tierra. Seguimos hablando un rato más con Raúl y saque en claro que la investigación se prolongaría un poco más, era irremediable, el Juez quería convertir este caso en su trampolín para un cargo superior y ahora con dos figuras de tanta relevancia metidas en la investigación lo podría hacer más mediático todavía.

    Al llegar a casa ya era hora de la cena, estaba exhausto, así que cené y me fui directo a la cama, sintiéndome completamente agotado. Las chicas vieron mi cara y entendieron todo, y me trataron en consecuencia, me estaba acostumbrando a que me trataran como un rey, les había traído unos chocolates a ellas, cosa que a Maite emociono en sobre manera, ella no estaba acostumbrada a recibir ningún gesto de cariño.

    Ana fue a conversar conmigo en la cama. Me trajo un té para relajarme, yo le conté todo lo que había hablado con Raúl y Juan Carlos, y también mis conclusiones y ella sacó a colación un tema que había estado pensando: la deuda que Juan Carlos tenía conmigo. Su ofrecimiento de pagar parte de la deuda con los departamentos que estaban a su nombre fue inesperado y generoso. Me enteré de que Juan Carlos había perdido algunos departamentos debido a deudas de juego y había puesto otros a nombre de Ana para protegerlos de los bancos y acreedores.

    La conversación con Ana tomó un giro emotivo cuando le dije que los departamentos deberían quedarse con ella como compensación por la estafa que Juan Carlos cometió en su contra y la de sus padres. Su reacción fue sorprendente, me abrazó y me dijo que lo que era suyo también era mío, mostrando una gran generosidad y confianza en nuestra relación. Me sentí conmovido por su gesto y su ofrecimiento de ayudarme con la deuda. Creo que por primera vez en la vida no me sentí un cajero automático de las mujeres.

    La conversación con Ana se volvió más relajada y amena cuando empezó a hablar sobre su día con su prima Maite. Mientras charlaba, sentí cómo el sueño me iba venciendo poco a poco, y Ana se dio cuenta de mi estado. En lugar de despertarme, me acarició el pelo y me acercó a ella, permitiéndome dormir en sus brazos. Fue un gesto muy tierno y reconfortante. Dormí profundamente, como hacía mucho tiempo que no lo hacía, y me desperté al día siguiente sintiéndome repuesto y con energías renovadas.

    La mañana comenzó con un buen pie, me sentía juguetón, con una erección importante, Ana al verla sonrió, pero yo no podía hacer mucho, tenia una reunión importante temprano, así que desayune, muy abundantemente gracias a Maite, que se volvió a sorprender al irme le di un beso en la boca junto a una nalgada, mientras que Ana se encargó de mi ropa y maletín, también recibió un beso y su nalgada, aunque esta acostumbrada levanto la cola para recibirla mejor. Con todo listo, partí hacia la empresa y la reunión con el proveedor fue un éxito, todo salió según lo planeado y me sentí satisfecho con los resultados.

    Ana me escribió como a las nueve, preguntándome como me había ido, le conté y se puso contenta por mi. Me permiso de Ana para ir a comprar ropa me pareció un poco extraña, especialmente porque me especificó la hora y las tiendas que visitaría. Lo que realmente me llamó la atención fue su comentario sobre que mirara las cámaras de seguridad de la casa. Me pareció curioso que mencionara específicamente las cámaras interiores había tres adentro, en la oficina, living y cocina, las otras estaban afuera de la casa, lo que me llevó a revisar la aplicación en mi computadora para ver qué estaban haciendo las chicas.

    Parece que las chicas tenían ganas de jugar y que yo participara, estaban las dos en el living de a casa, desnudas, Ana estaba en el sillón principal sentada y con las piernas bien abiertas, mientras que Maite de rodillas le comía todas su vagina, se podía ver perfectamente el culo y vulva de Maite. Ana tomo su teléfono y un mensaje me llego.

    Ana: Cariño, como no estabas decidí usar a nuestra puta, ¿te molesta?. Lastima que no estas aquí, me quede con ganas de mamártela esta mañana. – hija de puta, pensaba mientras tocaba mi erección.

    Esteban: Ya me las pagaras.

    Ella hizo un puchero mirando a la cámara. Acto seguido de los pelos saco la cabeza de su prima de entre sus piernas y la beso, se pararon y la llevo al sillón individual que estaba más cerca de la cámara, la sentó y puso sus piernas en el apoya brazo, quedando bien abierta, Ana se sentó directamente en el sexo de su prima dibujando una X o una tijera. Empezó a frotarse contra ella mientras las dos miraban a la cámara y se decían algo al oído, puta madre la próxima vez pongo cámaras con micrófono, las chicas se estaban dando con todo, y Ana llevo la cabeza de su prima hacia su pecho y esta no tardo en chuparlo, las dos casi acabaron al unisonó. Ana le paso el teléfono a Maite y esta me mando un audio.

    Maite: Amo espero que le haya gustado. Nos tenemos que ir a la ducha para después salir de compras.

    Yo me había quedado durísimo, era sorprendente el accionar de las chicas, me asombraba cada vez más Ana, me encantaba su nueva forma de ser, si bien me hacia caso ya no era una esclava, y actuaba con decisiones propias, creo que cada día estaba más enamorado de ella. Y Maite, constantemente buscaba agradarme o hacerse la gata conmigo, o sea buscaba seducirme.

    Di un recorrido por la empresa y me tranquilice, todo estaba funcionando correctamente y el ambiente era relajado. Las chicas de la administración me preguntaron por Ana y les confirmé que volvería a trabajar la próxima semana. Me di cuenta de lo mucho que Ana se había ganado el cariño y la admiración de todos en tan poco tiempo, y yo no era la excepción. Su presencia había causado un impacto positivo en todos nosotros.

    Raúl me mando un mensaje diciéndome que Juan Carlos me dejaría en paz por un par de semanas, que habían hablado con el gordo Tony y deberían ser más precavidos por el momento, lo bueno es que contra estos dos ya tenían pruebas suficientes, ahora su investigación se cernía sobre su protección y socios en las sombras. Me dijo que temporalmente retirarían a los efectivos que nos protegían, pero seguirían vigilando atentamente a Juan Carlos y a Miguel. También hablamos de todo un poco, sobre mi seguridad, sobre que hacer cuando Juan Carlos caiga o las posibles opciones que teníamos, y hasta mi vida privada.

    Raúl. Oye también te acuestas con la prima, que yo me doy cuenta de esto. No se donde las consigues pero acuérdate de tu amigo.

    Esteban: Yo no busque nada, las cosas se dieron. A parte tu estas casado.

    Raúl: Por eso te digo, creo que la ultima vez que tuve sexo fue hace como tres semanas, jaja. Lo mismo me alegro por ti, se te ve bien, si no fuera porque alguien quiere matarte y robar tus cosas, diría que te envidio.

    Yo sabia que Raúl era totalmente fiel, y era imposible que engañara a su mujer, y todo era un chiste. Pero no era el único en decirme que había visto un cambio tan importante en mi, y yo sabia todo era gracias a Ana.

    Me di cuenta de que Ana había cambiado mucho en mí, de ser alguien descuidado, depresivo y desanimado a alguien que se preocupa por su apariencia y bienestar. Le debía mucho a Ana, ella silenciosamente y con mucho tacto me escogía la ropa, me afeitaba, incluso me colocaba cremas de ellas, de las pocas que tenia, y estaba agradecido por todo lo que había hecho por mí, así que decidí darle un regalo especial. Programé una cita en un spa para que las dos chicas, en el mismo centro comercial al que irían, así pudieran disfrutaran de un tratamiento capilar, depilación, peluquería y manicura. Quería recompensarlas por todo lo que hacían por mí y aprovechar mi buen humor para darles una sorpresa agradable.

    Tome mi celular para comunicarles mi regalo y justo recibí un mensaje de Ana.

    Ana: Mira cariño, te gusta. Tu dime cual te gusta más son para que tu los disfrutes.

    Acto seguido me mando diez fotos, cinco de cada una. En todas ellas se estaban probando lencería, hacia un poco más de una hora que me habían calentado con las cámaras de seguridad y ahora esto, todavía estaba en modo en celos y esto no me ayudaba mucho. Le escribí que quería una sorpresa, mientras en un cartel del fondo pude ver que local era. Yo sabia cual era ya que le había comprado ropa con Ana ahí. No me aguante más recogí mis cosas y le dije a mi secretaria que no volvería en todo el día, si no era importante que no me llamara. Y salí rumbo al centro comercial que no estaba lejos.

    Entre en el centro comercial y me fui al local que conocía, había poca gente ahí por el horario, y le mande un mensaje preguntando donde estaba, ya que no las encontré ahí, me respondió con un mensaje y fotos de ellas probándose un vestido. El local estaba a pocos metros de donde estaba. Entre y estaba viendo vestidos que había exhibidos, fui sigilosamente y la abrace por detrás, pego un pequeño grito con un salto que llamo la atención de la chica que atendía el local, al verme me abrazo y me dio un besito en los labios, estaba muy contenta iba a llamar a Maite y la detuve.

    Esteban: Shhh donde esta Maite.- me hizo una seña con la cabeza en dirección a los probadores.- tú entretén a la chica que atiende a toda costa.- asintió con la cabeza y una sonrisa de oreja a oreja.

    Muy despacio me acerque al probador, éramos los únicos en toda la tienda. Maite se estaba probando un vestido y mirándose en el espejo. Entre y la abrace por detrás me vio por el espejo.

    Esteban: Putita mía, no quiero que hagas ruido, sino te castigare.- ella afirmo con la cabeza.

    Le empecé a besar el cuello y amasar esas tetas grandes que tenia, veía como miraba nerviosa y muy colorada, no sabia si alguien nos podía descubrir. Yo sabia que debía ser rápido y no tardar tanto. La apreté contra el espejo y la hice sacar culo, me agache, me encantaba que mis mujeres usaran vestido, todo era mucho más fácil, baje su tanga y metí mi cabeza entre sus nalgas, empecé con mi lengua a recorrer desde su vulva hasta su ano, ida y vulva, en pocos segundos estaba empapada y haciendo grandes esfuerzos para no gemir.

    Sus jugos estaban deliciosos, y a Maite todo esto parecía gustarle. No aguante más me pare saque mi pene, y de una estocada la penetre, las penetraciones eran fuertes y rápidas, quería que acabáramos y no levantar sospechas, pero ella estaba demasiado caliente y su vagina empezó a contraerse, para no gritar mordió mi ante brazo mientras tenia un orgasmo. Le subí el tanga mientras se recuperaba.

    Esteban: Mándame a Ana.- le dije en el oído.- tú entretén ahora a la chica que atiende, que te muestre todo lo que te gusta.

    Ella asintió con la cabeza, le temblaron las piernas al querer caminar, pero se repuso. A los pocos minutos entro Ana, al correr la cortina vio directamente a mi pene que estaba mirando al techo, brillante de los jugos de su prima. Inmediatamente se puso de rodillas y se lo metió todo a la boca, ella entendía lo que había que hacer y que se tenia que hacer rápido, se apuñalaba la garganta una y otra vez con mi miembro mientas sus manos acariciaban mi pelotas, y me miraba directamente a los ojos, cada vez me gustaba más esta mujer.

    La tome del cuello y la levante, besándola y estampándola contra la única pared de cemento del probador, no era cosa que tiráramos todo abajo. La tome por las nalgas mientras la besaba, ella estaba en el aire con las piernas entrelazadas a mí a la altura de mis cadera.

    Ana: Dámelo cariño.- me dijo con su visión nublada por la lujuria.

    Corrí a un lado su tanga, y la penetre, al igual que a su prima fui brutal y salvaje. Ella me besaba y chupaba mi cuello, estábamos demasiado calientes los dos. Lleve mis dedos y junte el flujo que despedía su vagina con cada penetración mía, los puse en la entrada de su ano y empecé a masajearlo hasta que solos se metieron dos dedos adentro, fue como un interruptor de la luz, inmediatamente ella empezó a acabar, arrastrándome a mi al orgasmo también. Descargue abundante semen dentro de ella, también en el piso, ella se saco el tanga y se limpio lo mejor que pudo, también el piso.

    Yo mientras tanto salí del probador, Maite le había hecho sacar un montón de ropa la chica que atendía. Esta nos dijo que se llamaba Rosa y nos ayudaría en todo, y recalco de nuevo todo. Me miraba y se reía pícaramente, era una chica rellenita, con unas tetas grandes y cara bonita, de unos treinta y cinco años. Fui a pagar toda la ropa que había elegido las chicas, que era muchas. Mientras ellas miraban otras cosas.

    Rosa: Que bueno, sus amigas están muy contenlas.- dijo sonriendo y mirándome a los ojos.- usted la ha hecho muy felices.

    Estoy seguro que no lo decía por la ropa, miro hacia el monitor que estaba a un lado, y ahí se veía las cámaras de seguridad, en los probadores había una, que enfocaba por arriba, no se veía nada, solamente el pasillo y las cabezas de las personas que estaban dentro, por lo tanto ella sabia lo que habíamos hecho.

    Esteban: No son mis amigas, son mis mujeres.- ella se sorprendió un poco, pero se repuso.

    Rosa: Por su sonrisas veo que estas dos jovencitas están satisfechas por usted.- No dije nada más.- Por lo que ha comprado mi jefa estará contenta con todo esto, aquí le dejo mi teléfono, por si necesita algo más.- y lo anoto en la factura.

    Salimos y fuimos a almorzar, comimos entre risas, ellas no paraban de hablar y reír. Terminamos de comer y nos pusimos a ver vidrieras mientras esperábamos el turno en la estética, yo cargaba todas las bolsas, no sabia quien el era el Amo y las esclavas, las chicas estaban felices, sobre todo Maite que para ella era todo nuevo. Parecían dos niñas, incluso observe a Maite mirándome varias veces mientras le hacia cariño a Ana, era una mirada tierna, parecía un cachorrito que necesitaba cariño, y cada tanto lo hacia y se avergonzaba.

    Las acompañe hasta la estética y les dije que las dejaran más bonitas de lo que eran, porque esta noche tenia una cita con ellas, las dos rieron y la chica que nos atendió también, si ella supiera. Yo me fui a la barbería y peluquería que había cerca. Cuando salimos ellas se volvieron a la casa en la camioneta Audi y yo lo hice en mi Toyota. Al llegar ambas me abrazaron, Maite casi empujada por su prima, y me agradecieron por todo lo que había hecho por ellas hoy.

    Ana: Vamos a ponernos más bonitas para nuestro amo.

    Yo saque mi traje y lo lleve al cuarto de invitados, el que ocupaba Maite y deje la habitación principal para que ellas se arreglaran, me fui y me bañe. Al salir estaban las dos, con la factura en la mano. Al verla les explique lo que nos había pasado con la chica que atendía la tienda, Maite se puso roja de vergüenza, Ana se quedo pensando.

    Ana: Amo si usted quiere otra esclava o una amante nosotros lo ayudaremos.- dijo en un tono más solemne y serio.- aunque si el problema es que nosotros le hemos fallado y no le damos lo suficiente castíguenos por favor.

    Esteban: más sexo no, pero no me tientes con castigarlas por que se me ocurren varios métodos jaja.- dije dándole una pequeña nalgada.- ve corazón a terminar de cambiarte, las quiero radiante así puedo presumirlas. Y ha todo se les caiga la baba con las mujeres que tengo.

    Una hora después salieron las chicas despampanantes, con dos vestidos largos de fiesta que dejaban sin aliento a más de uno, el vestido de Ana era negro, con su espalda descubierta y un gran tajo en las piernas, anudado al cuello, con el pelo recogido. Mientras que Maite tenia un vestido rojo, con un gran escote, que levantaba y resaltaba sus tetas, era hasta las rodillas el tajo era menor que el de su prima, tenia el pelo suelto. Las dos estaban excelentemente maquilladas, y estaban que paraban el transito por a calle.

    Salimos de la ciudad, maneje casi hora y media y fuimos a un pueblo cercano, a un restaurant que tenia un hotel boutique, muy romántico. El hecho de salir de la ciudad era para no encontrarnos con ningún conocido y poder cagar el plan que teníamos con Juan Carlos. El restaurant era famoso por su comida y por brindar show en vivo, justo había una banda que tocaba temas románticos conocidos. La comida fue fantástica, pero el show fue mejor, las chicas no paraban de cantar temas de Luis Miguel, David Bisbal o Enrique Iglesias, yo me reía aunque no me gustaba ese tipo de música, pero las veía felices a ellas y me hacia bien a mi. Tomamos una habitación en el hotel para no volver manejando de noche.

    Yo no se si se habían puesto de acuerdo entre ellas, o estaban alegres por el alcohol y la música, pero ni bien cerramos la puerta de la habitación saltaron sobre mi como si fueran unas panteras contra un tierno capibara. Creo que de verdad se tomaron en serio la idea que me faltaba sexo, creo que me iban a ordeñar.

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  • El precio del glamur (1)

    El precio del glamur (1)

    Nunca había deseado tanto un objeto como deseé esa bolsa. No era solo un accesorio… era una fantasía. La vi en una boutique de El Palacio de Hierro, en Andares: una Guess negra, linda, sofisticada, con ese aire entre atrevido y elegante que parecía hecho para mí. Algo en su forma, en su brillo discreto, me atrapó al instante. Desde ese momento, no pude sacármela de la cabeza.

    Tenía 23 años y un problema con el deseo. No solo con las cosas materiales… también con las físicas. Con los cuerpos. Con los juegos sucios. Con la sumisión. Con que me usen. Sí… soy ninfómana. No lo digo con culpa. Lo digo con hambre de sexo.

    Pensé en pedírselo a mi papá, pero esta vez no me atreví. Los que conocen mi historia saben que desde los 18 mi relación con él cambió… y aunque me ha consentido mucho desde entonces, esta vez necesitaba otra cosa: sentirme poderosa a mi manera.

    La idea me llegó como una descarga eléctrica. ¿Y si vendía mi cuerpo? Solo una noche. Sin compromisos. Sin riesgos. Yo ponía las reglas. Me registré en un sitio web para escorts de alto perfil. Cuidé cada detalle: fotos sugerentes pero finas, luz suave, mirada traviesa. Mostré mis piernas largas, mi piel blanca, mi trasero redondo, mi silueta provocadora. Sin enseñar todo… pero dando suficiente para provocar erecciones instantáneas.

    El primer mensaje llegó dos horas después.

    Hola. Me llamo Alfredo. Tengo 56 años. Soy casado, pero mi esposa ya no me da lo que necesito. Busco una mujer joven, hermosa, que pueda someterse a mí toda una noche. Quiero sexo anal. Quiero dominarte. Jugar contigo. Te trataré como una dama cuando debas serlo… y como una puta cuando te lo ganes. No quiero una hora. Quiero tu noche entera.

    Volví a leer ese mensaje unas diez veces. Se me humedecieron las bragas solo con imaginarlo. Pensé en su esposa aburrida, ignorante de lo que él realmente deseaba. Pensé en mi cuerpo joven, disponible, rendido a su control. Pensé en el bolso… y en cómo me lo compraría al día siguiente con el dinero que iba a ganar dejando que ese hombre me usara como él quisiera.

    Le respondí clara y directa: cobraría $3,000 por complacerlo toda la noche. No una hora. Toda la noche. Lo que él quisiera, como él lo quisiera. Él solo tenía que estar dispuesto a pagar el precio.

    Le dije que sería mi primera vez vendiéndome, y él pareció encantado. Antes de cerrar el trato, le aclaré que el pago debía hacerse por adelantado, apenas llegáramos a la habitación. Él no dudó ni un segundo. Aceptó sin reparos.

    Su respuesta fue inmediata:

    “Perfecto. Te vas a arrodillar para mí, vas a gemir como una perra entrenada, y vas a rogar que no pare. Te voy a usar completa. Y no olvidarás esta noche.”

    Sentí un escalofrío. Algo en esa frase me dio miedo. Era crudo. Directo. Brutal. Pero al mismo tiempo… fue como si algo dentro de mí ardiera con más fuerza. Mi ninfomanía no sabía de límites. Mi deseo por vivir esa experiencia, por dejarme dominar, por conseguir ese bolso de ensueño, era más fuerte que el miedo.

    Y en ese momento, supe que diría que sí.

    Me tocaba mientras leía eso. Con una mano entre mis piernas, con la otra en el teclado. Sabía que no debía excitarme tanto… pero no podía evitarlo. La idea de ser usada, dominada, humillada y al mismo tiempo deseada como algo exclusivo, me empapaba por dentro.

    Quedamos de vernos en un motel de Zapopan (cuyo nombre prefiero omitir) habitación 29, a las 11 pm. De esos moteles con cochera privada, portón eléctrico, entrada directa desde el auto. Perfecto para encuentros anónimos… y perfectos para lo que él quería hacerme.

    Ahora solo debía resolver cómo salir de casa.

    Le dije a mi mamá que tenía una fiesta con mis amigas y que dormiría en casa de Fanny. Ella me creyó sin dificultad. No sabía que esa noche su hija iba a ser una perra sumisa. Una muñeca usada. Una puta refinada.

    La cita era a las once, pero mi preparación empezó mucho antes.

    En cuanto confirmé el lugar y la hora, supe que tenía que estar perfecta. No solo bonita, no solo arreglada… perfecta para ser follada como él quería.

    Fui directo al baño. Lo primero fue lo esencial: me preparé una limpieza anal completa con mi dispositivo especial. No era la primera vez que lo hacía. Desde los dieciocho, cuando empecé a explorar mi cuerpo sin prejuicios, ya conocía ese ritual. Hice varias pasadas, con agua tibia y paciencia, hasta sentirme completamente vacía, completamente lista. Me excitó imaginar por qué lo estaba haciendo.

    Después vino la ducha. Dejé que el agua caliente cayera sobre mi cuerpo despacio, como una caricia previa. Cerré los ojos y pensé en él. En cómo sería. En cómo me miraría al abrir la puerta. En cómo me tomaría como suya. Me enjaboné con calma. Usé mi gel de aroma frutal, ese que deja la piel tibia con olor a fresa y mango dulce.

    Luego me depilé todo el cuerpo. Las piernas, las axilas, los brazos. Y con especial dedicación… la vagina. Me dejé completamente lisa, sin un solo vello. Cada pliegue suave, cada rincón expuesto, listo. Quería que, al abrirme, viera pura piel desnuda y obediente. Como una muñeca lista para jugar.

    Me lavé el cabello con mi shampoo frutal de manzana roja, el que me deja el pelo sedoso, brillante, con ese olor que dura horas y se queda pegado en la almohada. Lo enjuagué con calma. Lo desenredé aún bajo el agua.

    Al salir, me sequé con una toalla grande y esponjosa. Me senté en la orilla de la cama, desnuda, con el cuerpo tibio, la piel todavía húmeda.

    Me apliqué mi crema Victoria’s Secret de vainilla. La extendí por todo el cuerpo: los brazos, el cuello, los senos, el vientre, las piernas… y también entre las piernas. Quedé con la piel sedosa, brillante, oliendo dulce, comestible. Como una chica que no va a dormir… sino a entregarse.

    Frente al espejo, comencé a maquillarme.

    Opté por una base ligera, iluminador en las mejillas y sombras doradas suaves que combinaban con mis ojos. Un delineado fino, elegante, pero bien marcado, y rímel para alargar mis pestañas. Quería que mis ojos dijeran algo incluso cuando callara.

    Y para cerrar… labial rojo intenso.

    Ese tono que grita “bésame” y “destrúyeme” al mismo tiempo.

    Me miré en el espejo por última vez. Mi cabello suelto, aún húmedo, cayendo con naturalidad sobre mis hombros. Los labios rojos, brillantes. La piel perfumada. El cuerpo listo.

    Y yo… más mojada de lo que me atrevía a admitir.

    Me vestí como quería que él me viera desde el primer instante. No habría juegos de escondite.

    Me puse una lencería negra provocativa, con encajes y tiras de cuero, diseñada para encuentros BDSM. Encima, unos jeans de vinipiel negros, ajustados como una segunda piel. Una blusa blanca de tirantes con escote pronunciado, que apenas disimulaba lo que había debajo. Tacones negros altos. Y por último, una chamarra negra de vinipiel que completaba el look.

    Llevaba solo un pequeño bolso de mano negro, discreto, elegante, donde metí lo indispensable.

    Me perfumé: tres toques del perfume Guess Seductive Red —uno en el cuello, otro detrás de las orejas y uno más entre los senos—. El aroma era frutal, cálido, con fondo de cereza y vainilla que se mezclaba con mi piel. Sabía que él lo notaría.

    Antes de salir, me acerqué al cuarto de mi mamá para despedirme. Ella me miró con esa mezcla de cariño y advertencia que solo una madre puede tener.

    —No vayan a tomar tanto, ¿eh? Cuídense mucho. Y si van a andar de antro, manténganse juntas. Ya sabes cómo está todo…

    —Sí, mamá, tranquila. Me voy a quedar con Fanny. Te escribo mañana.

    Me dio un beso en la frente, algo cansada por su jornada. Me sonrió con ternura.

    —Pásensela bien… pero pórtense bien también.

    —Lo prometo.

    Le sonreí de vuelta, la abracé rápido y me di la vuelta. Crucé la sala, abrí la puerta, y salí a la noche con el corazón latiéndome fuerte… no por ir a una fiesta, sino porque estaba a punto de vivir una noche de entrega total.

    Caminé dos cuadras. Me alejé lo suficiente para estar fuera de la vista de mi casa, y entonces pedí un taxi por la app.

    Ya iba vestida como quería. No había nada que ocultar.

    El taxi llegó rápido. El chofer me miró por el espejo más de una vez. No le dije nada. Crucé las piernas con naturalidad. Mi ropa ceñida, mi escote, mis tacones, hablaban por mí.

    —¿A qué habitación, señorita?

    —Veintinueve —contesté sin dudar.

    El motel era todo lo que imaginé: discreto, moderno, silencioso. El taxi me dejó en la entrada de la habitación. Me bajé. Toqué el botón del portón eléctrico. Se levantó lentamente, zumbando mientras subía, revelando la cochera de la habitación.

    Y fue ahí donde vi por primera vez a Alfredo, quien venía bajando las escaleras para recibirme, ya que en la recepción del motel le habían avisado que tenía visita. Era alto, de hombros anchos, camisa de lino azul claro, pantalón oscuro, zapatos brillantes. Fornido, algo panzón, con una barba plateada muy bien cuidada. El rostro de un hombre con poder, seguridad… y mucho deseo. Pero lo que me derritió fue su perfume: masculino, amaderado, profundo. Me embriagó antes de decir una palabra.

    Me miró como si ya supiera qué iba a hacerme.

    —¿Alexa?

    —Sí.

    Sonrió, satisfecho.

    —Eres más hermosa de lo que te ves en fotos. Entra.

    Lo hice. Y el portón bajó tras de mí con un sonido que sellaba mi destino.

    Subimos juntos las escaleras alfombradas, él caminando un paso detrás de mí. Sabía que me estaba mirando el trasero. Mis jeans de vinipiel marcaban cada curva como un molde perfecto. Y lo sabía. Lo quería. Me dejaba ver como una provocación viviente.

    Al llegar a la habitación, el corazón me retumbaba en los oídos.

    Era amplia. Cama king size, sábanas vino tinto. Espejos en el techo y la pared lateral, luces cálidas, una silla acolchada, y en el centro… el altar del pecado.

    Sobre la cama había un despliegue de juguetes sexuales: esposas, plugs, pinzas, dildos, lubricantes y un antifaz. Todo dispuesto, ordenado, limpio. Elegante. Profesional. Como si fuera un menú.

    Volteé a verlo. Él no apartó los ojos de mí.

    —¿Quieres algo de tomar? —preguntó, como si eso fuera lo más normal del mundo.

    —Tequila —le dije, sin vacilar.

    —Cristalino, por supuesto. Lo mejor para una chica como tú.

    Marcó a recepción. Mientras hablaba, yo respiraba hondo. Sentía mis pezones endurecerse bajo la blusa. Me temblaban los muslos. Mi tanguita debajo de la lencería estaba completamente mojada.

    Y entonces lo supe.

    No había vuelta atrás.

    Y no quería tenerla.

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  • Infidelidad con amiga de la infancia

    Infidelidad con amiga de la infancia

    Mercedes, Merche, se llamaba. Éramos compañeros en primaria. Ojos verdes, pecosa, bajita y con considerables pechos. Me quería más que yo a ella, es cierto; me ha ocurrido alguna otra vez.

    La perdí de vista al terminar la escuela y no volví a saber de ella hasta pasados unos años. Por entonces yo salía con una chica del barrio de la que ya os hablé en otra ocasión, aquélla que en una de nuestras primeras citas me explicó que se había acostado con una amiga y su pareja y cómo habían acabado los tres en una relación sadomasoquista con él como sumiso.

    Sin embargo hacía un tiempo que las cosas no iban bien entre nosotros y una mañana, pensando en ello, me crucé casualmente con Merche cuando entraba en el portal de casa con su marido, bueno, eso lo supe cuando me lo presentó.

    Enrojeció al verme y, entre titubeos, me dijo a ver si un día de estos vienes a comer a casa con nosotros y nos ponemos al día. Fue una situación extraña; ya no éramos aquellos niños de EGB, ni física ni mentalmente.

    Me olvidé de su propuesta totalmente hasta que un día mi madre, con la yo aún vivía, me dijo te ha llamado una tal Merche y me ha dejado su teléfono.

    Llamé y me preguntó si me iría bien comer con ella al día siguiente, en su casa, estaré sola me dijo, y no le digas a tu madre nada de esto, ni quién soy (me debe recordar) ni lo de la invitación, por favor.

    Me presenté en su casa con una botella de vino. Al abrir la puerta miró inquieta al rellano, pasa, es que tengo vecinos muy chismosos. “¿Una cerveza antes de comer? No soy una gran cocinera”. Volvió a sonrojarse. Vestía muy casual, jeans y camiseta , me recordaba a la Merche de la infancia pero habíamos cambiado. Ambos. Tardamos en romper el hielo pero luego, comiendo, la cosa mejoró.

    El vino ayudaba. “Nos quisimos mucho, ¿verdad Marc?”. Mentí. Mentí porque me había ido desgranando sus últimos años y noté cierto cansancio con su marido; se había casado con 19 años y fue su primer novio real. Con la tercera copa y sentados en el sofá, me contó que hacía un tiempo un cliente del bar de sus padres, un hombre del barrio con dinero, le había echado los tejos y la había invitado a su casa.

    Dudé, me dijo, pero al final… fui, sí Marc, fui y por la noche les puse la cena a mi marido y a mis hijos como si nada. Ya ves, me dijo quizás buscando comprensión.

    La abracé y su cuerpo palpitó entre mis brazos, sus ojos verdes me atravesaron como puñales, y la besé.

    Ella se dejó hacer. Pero no fuimos a más. Y volvió a pasar el tiempo, mucho tiempo. Años. Yo ya estaba casado, con hijos y tenía un trabajo estable nada emocionante. Mi mujer se veía de vez en cuando con su “amigo especial” y yo hacía de las mías, pero sin compromisos.

    Y entonces mi madre enviudó. Así que las visitas al barrio de mi infancia fueron más frecuentes. Iba a verla un rato y a veces luego me daba un paseo y me tomaba un café. En una de esas ocasiones, mientras fumaba en una terraza, me pareció ver a Merche. Sí, era ella, una mujer ya madura, como yo evidentemente.

    Aunque paso muy cerca de mí, no se percató de mi presencia, caminaba distraída, así que me incorporé y la seguí a cierta distancia. Cuando se detuvo, vi que era el mismo portal de tanto tiempo atrás. Aceleré el paso y llegué hasta ella antes de que abriera la puerta.

    -¿Merche?

    Se giró, primero asustada, luego su cara cambió a expresión de sorpresa y finalmente de alegría.

    -¡Marc! ¡Tanto tiempo y estás igual!

    Nos abrazamos y tras unos segundos en que el tiempo pareció detenerse, me invitó a pasar.

    Su piso estaba como lo recordaba pero las fotos expuestas de los hijos ya no mostraban a unos niños. Habían crecido y nosotros envejecido. “¿Comes conmigo? Pedro viene tarde del taller”. Le ofrecí llevarla a un restaurante. “No, no. Mejor aquí. Más tranquilos. Si no te importa, me cambiaré de ropa”.

    De nuevo el vino nos desató las lenguas. Compartimos confidencias y cuando le hablé de mis infidelidades me pareció que se mordía el labio.

    “¡Tantas noches he soñado que me acostaba contigo…!” me dijo ya algo achispada. “¡Qué calor, ¿no?!” exclamó aunque fuera en tirantes. Giró la cara hacia un lado, con una expresión especial, como si quisiera decir algo y no se atreviera. Se levantó para, me dijo, traer más vino, pero la detuve, la besé y, mirándola a los ojos, le solté: desnúdate, Merche.

    -Marc…. -dijo casi con un suspiro- ¡Qué vergüenza…!

    No dije nada más. No hizo falta.

    Se situó en medio del salón, dándome la espalda, y se desprendió de toda la ropa. Sin que llegara a girarse, me acerqué a ella y le dije vamos a la ducha.

    No me miró y desnuda me condujo al baño y allí ya se dio la vuelta. “No te tapes”.

    “Vamos a la cama…” me dijo tras la ducha. Inexperta, o con poca práctica, me cubrió de besos todo el cuerpo, pegada a mí, demorándose golosa en mis testículos y mi pene. “¡Oh… Marc! Métemela despacio, quiero degustarla”. Le fui chupando los pezones al tiempo que, levantándole las nalgas, la penetraba poco a poco, su coño muy mojado. Sus gemidos se intercalaban con finos gritos como hilos de voz. Aceleré mis embestidas. “Marc, córrete dentro, deseo notar tu calor”. Eyaculé en ella, Merche gemía. “No salgas y bésame. Dame los besos que te has guardado todos estos años”.

    Cuando salía del ascensor, me crucé con Pedro, que volvía del trabajo. No me reconoció. “Buenos días” le dije mientras palpaba en el bolsillo las bragas que Merche me había dado como recuerdo.

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  • Primer encuentro sexual con una alumna

    Primer encuentro sexual con una alumna

    Como les comenté en mi primer relato, soy un respetable profesor de universidad. Para la mayoría de los alumnos soy serio, nunca acepto sobornos y mucho menos insinuaciones de mis alumnas que para serles franco, muchas de ellas están riquísimas.

    Yo estaba viendo televisión, descansando, como cualquier domingo. Me llega un mensaje de una chica joven, era una foto de ella con una cerveza en la mano “feliz domingo, espero pronto podamos tomarnos una juntos” me dijo, la verdad me sorprendió ese mensaje pero al ver sus fotos me encendí. Una joven bella, muy delgada, si hay algo que a mí me enciende es la espalda femenina y delicada, justo como ella la tenía. Vi en sus fotos una linda sonrisa, ojos grandes y piel trigueña. “Cuando gustes” respondí y así comenzó y a amena conversación.

    A los pocos días yo estaba saliendo de la universidad para dirigirme a casa, eran alrededor de las 4 de la tarde cuando recibí un mensaje de ella “ven, estoy en un bar con una amiga y quiero verte en persona” me dijo. Yo accedí y me dirigí hasta el lugar, ahí estaba ella, se veía un poco tomada, me acerqué y me saludó con un beso casi en los labios. Era perfecta, tenía una blusa algo suelta que por momentos permitía ver su escote y unas tetas pequeñas pero deliciosas, cuando se levantó de la silla admiré sus piernas delgadas y largas y el color dorado de su piel me volvió loco. Quería cogérmela en ese mismo instante.

    “Mi amiga ya se va, pero no me quiero quedar sola” me dijo, en ese momento su amiga se despide de ambos y yo me siento con ella a tomar una cerveza y platicar. No pasó una hora cuando me dijo “¿tienes tequila en tu casa?” “Sí claro” le respondí. No quiso esperar más, pedimos la cuenta y salimos del bar, ella me tomó de la mano para caminar y yo sabía perfectamente bien que si sabía manejar mis cartas terminaría comiéndome ese hermoso cuerpo.

    Durante en camino bromeábamos yo aproveché para tocar sus piernas sin verme tan evidente y ella accedía a todo. Nos besamos en un semáforo y sentí que ella estaba caliente, aun así no canté victoria. Al llegar, le abrí una cerveza y le serví un tequila, “¿tu me quieres emborrachar para aprovecharte de mí verdad?” Me dijo, la tomé fuerte de la cintura “no necesito emborracharte para cogerte” le respondí antes de darle un beso apasionado.

    Acariciaba sus piernas, sus tetas y ella hacía lo mismo con mi verga, le quité la ropa y comencé a hacerle sexo oral, se retorcía y gemía como puta mientras yo le mamaba la panocha y le metía un dedo por el culo. Me incorporé y me saqué la verga, no tuve que decirle nada, ella era una experta mamado vergas, me pude dar cuenta ya que es una de las mejores mamadas que me han dado en la vida. Al verla con mi verga adentro pude ver en sus ojos la satisfacción al saber que me tenía en sus manos, ella sabía perfectamente que podía pedirme cualquier cosa y yo aceptaría siempre y cuando me dejara probar si cuerpo.

    “Métemela, estoy hirviendo” me dijo, yo accedí y cuando ella se puso en 4 la penetré, debo decir que no hubo un preámbulo suave, mis embestidas fueron duras desde un principio, casi como si la quisiera partir 2, quería demostrarle que era yo quien mandaba aunque siendo franco esa mujer más de 10 años menor que yo me tenía en sus manos.

    Se volteó y abrió sus piernas, son sus manos llevo sus pies hasta sus hombros “¿te gusta mi panocha? Demuéstralo” me retó, volví a ensartarla, esta vez con más desesperación y en el Inter la ahorcaba, y le daba cachetadas, ella gemía muy fuerte eso era señal de que el placer era mutuo, estábamos conectados y sabíamos que éramos un par de adictos al sexo que se habían encontrado. “Quiero probar tu culo” le dije, ella se puso en cuatro nuevamente y lo abrió, “métemela, quiero que me des muy duro con la condición de que me los avientes ahí” yo estaba en la gloria penetrando ese culo, llenándolo con mi verga y escuchando sus gemidos.

    “Cogete a tu puta, soy una puta y quiero que me llenes de leche” comenzó a gritar mientras yo la nalgueaba tan fuerte que sus nalgas ya estaban rojas. No aguanté y cuando sentí su orgasmo le aventé todo mi semen adentro de su culo. “Ve como escurre todo lo que me dejaste adentro”

    Nos limpiamos, nos vestimos y seguimos tomando, ella se recostaba en mi hombro y en algunos momentos nos besábamos, era como si yo hubiera regresado a su edad.

    En un momento ella me saca la verga y comienza a mamármela, “¿te cogerías a una alumna?” Me preguntó, yo le respondí que no, mientras me la mamaba me confesó que un año atrás ella había sido mi alumna y que cuando yo la mandé a examen extraordinario me quiso ofrecer sexo para aprobar, pero al verme tan serio y respetable no se atrevió, desde entonces tenía la fantasía de estar conmigo en la cama, con esa confesión no aguanté más y me vine en su boca, se comió todo y me dijo “mi fantasía está completa” tomó sus cosas y salió de mi casa.

    Yo no me iba a quedar con ganas y al poco tiempo la volví a buscar, me dijo que aceptaba con la condición de que fuéramos amantes ya que ella estaba en una relación en ese momento “por su puesto” yo respondí “nos vamos a ver cada que yo quiera” me dijo. Fue la primera vez que perdí, perdí por una mujer de 20 años teniendo yo más de 30. Pero vaya que cogía como una verdadera puta.

    Gracias por leerme.

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  • El primo de mi compañera: Atracción inmediata

    El primo de mi compañera: Atracción inmediata

    ¡Hola! Me parece importante aclarar una confusión que surgió en torno al último relato que compartí. Agradezco la preocupación y el debate que se generó. Es fundamental que como sociedad estemos atentos y rechacemos cualquier forma de violencia, y me alegra ver que la conciencia sobre temas tan delicados como el consentimiento está creciendo.

    Sin embargo, en este caso, el relato que compartí fue una experiencia personal que, si bien pudo interpretarse de otra forma, fue totalmente consensuada. La compartí desde mi pasión por la escritura, con la intención de explorar una historia y sus emociones. En ningún momento fue mi intención normalizar o trivializar situaciones de abuso. El respeto y el consentimiento son pilares fundamentales en cualquier relación, y mi historia se basó en el acuerdo mutuo.

    Ahora sí, continuemos con el relato de hoy.

    Pasó un sábado de junio del año pasado, era el cumpleaños de una compañera, y la casa estaba llena de gente, música fuerte, vasos en la mano y el humo de los puchos.

    Yo andaba entonada, nada más, con ese calorcito que da el vino en la sangre, pero sin perder la noción.

    Tenía mis zapatillas negras, jean ajustado, la campera y suéter encima de la remera blanca; el pelo suelto me caía sobre los hombros y los aros de perla que siempre usaba.

    En un momento salí al patio a prender un cigarro. El aire frío me despejó un poco. Apenas largué la primera bocanada, apareció él.

    Alto, con esa espalda de rugby que se notaba hasta con la campera puesta. Tenía la voz grave, segura, y sonrió de una manera que me gustó al toque.

    —¿Me convidás fuego? —dijo, mostrándome el porro que ya tenía armado.

    —Sí, obvio —le contesté, dándole el encendedor.

    Nos quedamos hablando huevadas, riéndonos como si ya nos conociéramos. Me miraba fijo, con esos ojos marrones que no esquivan nada, y de repente se me vino encima.

    Me agarró de la cara y me estampó un beso. Yo debería haberlo frenado, pero lo besé como si lo hubiese estado esperando. Sentí su lengua, el gusto a marihuana, y el cuerpo me empezó a pedir más.

    Terminamos yendo a su casa, a unas cuadras. Era una casa de familia, pero los viejos no estaban.

    Subimos a su cuarto: grande, desordenado, olor a desodorante mezclado con ropa tirada por todos lados. Puso música tranqui, bajita, y prendimos otro porro.

    Me tiré en su cama, hablando boludeces como si nada, pero la tensión se respiraba densa. El roce de nuestras piernas y las miradas que se cruzaban eran cada vez más largas.

    En un momento no aguantó más y me besó de nuevo, con esa urgencia que ya estaba ardiendo entre los dos.

    Su mano empezó a bajar lento, primero sobre el jean. Yo no hice nada, no lo frené. Me lo desabrochó sin decir palabra, me lo bajó hasta dejarme en tanga.

    La tela blanca apenas me cubría y sentí su mano apretándome de a poco, después corriéndola y metiéndome los dedos de lleno mientras jugaba con la lengua.

    La concha me ardía, se me empapó al instante. Sentí el calor subir de golpe y me arqueé, entregada, mientras le clavaba las uñas en el cuello.

    Sus dedos entraban y salían cada vez más rápido, profundos, y la respiración de los dos se mezclaba pesada, sucia, llenando la pieza de un deseo imposible de frenar.

    Me incliné sobre él y le bajé el pantalón. La pija estaba dura, gorda, me miró con esa sonrisa sobradora. Le agarré la base y empecé a chupársela despacio. Al rato, más rápido, dejándome llevar. Me bajaba la cabeza con la mano, jadeando.

    —Así, así, ahhh qué rico —me decía entre gemidos.

    Lo baboseé toda, con arcadas, dejándola bien mojada. El olor fuerte me calentaba más. Le escupí la punta, le pasé la lengua por todo el tronco, mientras él se estiraba gimiendo.

    De repente me empujó suave contra la cama. Me sacó la campera primero, después el suéter, hasta dejarme en corpiño. Me besaba desesperado, me chupaba las tetas por encima de la tela hasta que me arrancó todo.

    Sentí su boca húmeda en mis pezones, mordiéndome, lamiendo, y yo me dejaba llevar, perdida en el calor de ese cuarto desordenado.

    Se puso el forro rápido, y arrancamos de cucharita. Yo de costado, él detrás, metiéndomela despacio al principio.

    Gemí bajito, la pija llenándome, mientras me besaba el cuello. Las embestidas se fueron volviendo más intensas, me agarraba de la cintura y yo empujaba hacia atrás, buscando más.

    Luego me subí arriba y lo cabalgué de frente. Mis manos recorriendo su torso duro, sus ojos clavados en mis tetas que él amasaba sin parar.

    Me movía al ritmo que quería, sintiendo la pija entera metida hasta el fondo, rozándome cada rincón de la concha.

    El vaivén me hacía temblar las piernas, la fricción me quemaba, me volvía loca, y cada vez que bajaba de golpe lo sentía chocar, arrancándome gemidos sucios que no podía contener.

    Después me puso en cuatro. Me agarró de las caderas y me la metió con fuerza, el ruido de la piel chocando contra mi culo llenaba la pieza. Me dio un par de nalgadas que me hicieron gemir más fuerte.

    —Dame más, dame más—le grité, con la cara hundida en la almohada.

    Él gemía, respiraba agitado, me entraba con todo. Yo sabía que estaba mal, que era un error, pero necesitaba esa pija adentro, no podía parar.

    De golpe se salió, me empujó hacia adelante y me dejó con el culo bien arriba. Sentí el calor espeso de su leche en la espalda, chorreándome por la cintura y deslizándose entre las nalgas.

    Jadeaba como un animal mientras acababa, usando la pija para esparcirme todo ese semen pegajoso, marcándome la piel como si fuera suya.

    Yo gemí rendida contra las sábanas, con la espalda húmeda, la concha todavía palpitando vacía y el corazón desbocado, tragándome el morbo de sentirme bañada por él.

    Nos quedamos un rato en silencio, la respiración bajando. Después vino ese frío. No había risas, ni caricias, ni palabras lindas. Me vestí rápido, con bronca contra mí misma.

    —Bueno, ya me voy —le dije seca, sin mirarlo.

    —Bueno —contestó él, casi indiferente.

    Pedí un Uber. Afuera hacía más frío que en el patio de la fiesta.

    Me subí al auto con la cabeza llena de ruido, sabiendo que había sido solo calentura, que me iba con la culpa pegada al cuerpo como el olor a porro y el esperma que todavía sentía en la piel.

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  • Desvirgué a los pajeros de mi primo y su amigo

    Desvirgué a los pajeros de mi primo y su amigo

    Soy Lau ya me conocen y esta historia fue mucho antes de conocer a José mi marido.

    Era otra época, hace ya algunos años de esto.

    Mis tíos me invitan a quedarme en su casa un finde, porque mis padres viajaban, al llegar me dieron la habitación de mi primo Horacio. Acomodo mi ropa en el placard y me pongo a armar mi cama con sábanas limpias que me dio mi tía, al tiempo que veo una caja escondida, por entonces internet no se había inventado. Lo mejor de lo que se disponía eran algunas revistas vaya usted a saber dónde la conseguían, tenían sexo explícito de orgías, interracial, lésbicos, oral, anal, era un compilado increíble que me hizo entrar en calor inmediatamente.

    Cosas de la prehistoria, jajaja, vamos, seguro que hay muchos que se reconocen en ese personaje. Aunque haya cambiado el siglo no hace tantos años de esto.

    La época está clara, los personajes van ahora, empiezo por Horacio mi primo y su amigo Mario. Dos chicos jóvenes que, en esa época tenían 19 años, parecidos delgados y con algún grano de vez en cuando, no hace falta entrar en grandes detalles. Pueden imaginar por qué.

    Falta otro personaje, Yo, jajaja, tenía unos 23 años ya con una larga experiencia, con un culo redondo y respingón, tetas duras y bien puestas, una larga melena y una carita que hizo caer a muchos. En resumen, una piba que tenía detrás a mucho guapetones del barrio. Pero tenía novio, un gil que me cogía mal por lo que duro poco en mi larga lista.

    Horacio y yo éramos compinches, aunque nos veíamos muy poco. Así que al llegar la noche nos pusimos a charlar en la habitación, yo enseguida pregunte por las revistas, cosa que puso colorado a mi primo, que atino a contarme que la usa para matarse a pajas. Pronto contó que lo hace junto a un amigo porque le daba más morbo. Que aún era virgen y que se conformaba con intercambiar las revistas que conseguían y en algún descampado, en el patio, en el garaje ocultos sacaban sus pijas y se ponían a darle manos a sus duros miembros.

    A veces tenían algo más de suerte y quedaban solos en la casa, para poder masturbarse juntos sobre una cama con comodidad y sin prisas. Esa conversación hacía que me estuviera calentando. Justo cuando le iba a pedir que se me masturbara para mi entra mi tía a saludarnos, y él se va a la otra habitación a dormir y seguramente a pajearse. Cosa que yo también hice mirando esas increíbles revistas.

    Al día siguiente mis tíos nos invitan a salir durante toda la tarde, Horacio le contesta que no porque había un partido de futbol que quería ver junto a Mario, yo enseguida me imagine que se juntaban pajearse.

    A la tarde cuando nos estábamos yendo les digo a mis tíos que me duele la cabeza, que se vayan sin mí. Con la intención de ver que hacía mi querido primo con su amigo. Él no sabía que yo me quede en la casa.

    Cuando escucho que llego Mario me fui al patio a tomar sol poniéndome en tetas mirando hacia la ventana de la habitación con la intención de que se masturben mirándome a mí y no a las revistas.

    Al ver que no se asomaban a la ventana me consumió la intriga de lo que estaban haciendo y me dirijo a la habitación, subo despacio las escaleras, escucho que Horacio le contaba la charla de anoche y de lo buena que yo estaba. Mientras yo veía por la puerta que ambos estaban desnudos y cada uno ya tenían una revista en la mano, machacándose y mirándose el uno al otro sin notar mi presencia.

    Horacio lo escucho decir: que ganas de coger a mi prima, mira lo dura que la tengo Mario. Mientras se miraban a los ojos y al rabo alternativamente.

    Horacio se tira en la cama, al tiempo que Mario también lo hace, el roce entre ellos parecía casual en tanto ninguno soltaba su pija. De pronto veo como Mario roza sus dedos y aprieta la mano de mi primo sobre su pija. Diciendo mira si fuera la mano de tu prima. Sus pijas eran duras, rectas, parecidas en tamaño, con sus matas de pelo largo y oscuro en la base.

    Con diestros movimientos, practicado miles de veces, seguían ambos. Yo no podía dejar de mirar tocando mis tetas que estaban al aire y mi conchita totalmente empapada a esa altura. Me tenían hipnotizada, ver a esos dos vírgenes pendejos masturbarse

    De pronto Horacio acerco su mano a los peludos huevos de Mario, sin ningún reproche por parte de este, en más con una sonrisa cómplice. Sus dedos se deslizaron por su piel, enredándose con su largo vello. No se enfadó, al contrario, soltó un gemido que me indicó que le gustaba.

    Tanto, que extendió el brazo hacia la pija de Horacio, mientras él seguía acariciando sus huevos cada vez con más confianza. La apretaba con suavidad moviéndola de arriba abajo sin prisa, acariciaba todo su pubis peludo, huevos y verga.

    Solo miraban lo que cada uno tenía en las manos, estaban tan cachondos que todavía no percataban mi presencia que los observaba desde la puerta, que no se preocuparon en cerrar porque se suponía que debían estar solos.

    Yo cada vez más caliente, baje mi tanga hasta los muslos para tocarme con más comodidad.

    El concepto de bisexual no lo teníamos muy claro en esa época. Pero era evidente que, aunque lo que estaban haciendo juntos en ese momento les gustaba y estaban dispuesto a seguir explorándolo.

    Hasta que di un par de paso más para entrar en la habitación y hacer que me vieran, allí delante mirándonos con una expresión desencajada, excitada y cachonda, que en lugar de cortarnos los excitó aún más.

    Uno tenía una mano en la pija y la otra en sus huevos, pero lo acariciaba suave y el otro en cambio movía la suya como si quisiera arrancarle la leche y llevársela a su casa como recuerdo.

    Me acerco y pongo mi mano sobre la de Mario para que aflojara el ritmo y a la vez mis dedos rozaban el glande de mi primo que me miraba casi sin creer lo que pasaba.

    Si acaban demasiado pronto a las chicas no nos hace gracia. Tómatelo con calma, no tenemos prisa.

    No podían salir de su asombro. Al tiempo que seguía acariciándola con ternura junto con la mano de Mario.

    Mario retiró su mano y dejó solo la mía pajeando con suavidad, arrebatando la iniciativa, era yo la que mandaba.

    Enseguida tome la pija de Mario, ya tenía los dos rabos uno en cada mano, uniendo la acción a la palabra me arrodilló entre los dos, no soltando las vergas, inclinó la cabecita y hago sentir mi lengua recorriendo el escroto de Horacio. Una corriente eléctrica recorrió su columna, tembló todo su cuerpo.

    Un jadeo escapó de sus labios cuando me dedique al rabo de Mario. Cada poco rato cambiaba de pija, lamiendo el tronco hasta llegar al glande o chupando los huevos.

    Mis tetas cónicas y duras serían las primeras que verían estos pajerillos en vivo. Los pechos que veía eran aún más maravillosos que cualquier otra incluso las que salían en las revistas.

    Mario tuvo la misma reacción que Horacio, los dos estiraron sus manos hacia ellas para acariciarlas suavemente como quien toca un cristal con miedo a que se rompa, junto con mis manos que dejaban caer mi pequeña tanga que apenas tapaba mi encharcada concha.

    Fueron segundos pues en cuanto deslice los dedos por los labios de mi vulva separándolas y mostrándoles mi clítoris, aunque no sabían hasta un rato después como se llamaba ese botón. Y eso que si lo habían visto en las fotos de las revistas ciento de veces.

    En ese momento empuje a Mario encima la cama y puse mi sexo encima de su boca para que pruebe el sabor de mis jugos que seguro le sabían a gloria.

    -Despacio nene, no hay prisa. Como te dije antes. Pasa la lengua y disfrútalo.

    Mario no dejado de lamer, y Horacio se había girado y puesto entre mis piernas para no perderse nada, para entonces estaba tan excitado que no pudo contenerse más y se corrió entre las sábanas y el cuerpo de Mario.

    Mario que tenía la boca muy ocupada con mi concha. No le importó. Y seguía dando lengua, pero yo quería una verga o las dos dentro y la de mi primo había quedado fuera de juego por el momento.

    Así que me subí encima y despacio, con las rodillas a los lados de su cadera, dejando caer mi pelvis sobre su duro rabo e invitar a mi primito a comerme el culito que quedaba apuntando hacia él, a lamer mis nalgas y llegar hasta el ano con la sin hueso.

    gemíamos disfrutando del polvo, y yo más por las atenciones que recibía con la lengua. Al tiempo que la pija de Horacio volvía a ponerse dura.

    Ni en sus más locas fantasías estos pajeros se habrían imaginado que su estreno en el sexo sería así. Al momento que obligo a mi primo que me penetre con sus dedos el culo ya entrenado en muchas ocasiones anteriores. Ya estaba sacada, a punto de acabar, con la doble penetración que estaba recibiendo.

    Hasta que le digo: -Ponle bien de saliva y a tu pija también. Como había hecho toda la tarde siguió mis instrucciones al pie de la letra. Guiando el glande con la mano lo acerco al ano e hizo fuerza. Es evidente que debido a su inexperiencia no entró a la primera, pero insistiendo consiguió deslizarlo en el interior de mi recto.

    Coordinar los movimientos también nos llevó unos momentos lo que consiguió además retrasar la corrida de Mario. Pero no mucho más tiempo, estaba muy excitado, y acabo entre gemidos y gritos, al tiempo que yo sentía sus chorros como desbordaban mi canal vaginal, inmovilizado por mi peso no podía moverse así que siguió besando y comiendo mis duras tetas mientras mi primito debutaba nada menos que con mi culo.

    Seguí gritando, sigue cogiendo, no pares, mientras comenzaba mi brutal orgasmo y terminar llenando mi culo de leche. Les estaba demostrando lo morbosa y puta que puedo ser.

    Luego de un momento me incorpore como puede al tiempo que caía el semen de mi ano y el de mi coñito que aún salía algo de su propia lefa sobre Mario que continuaba debajo.

    Yo pensaba en que tendría algún rato a solas con mi primo en la casa sin padres.

    Para entonces ya teníamos algo de prisa para lavarnos y ventilar la habitación. Aunque no los prive de contemplarme mientras entraba a la ducha, lavándome con mucho jabón mi cuerpo y tocándome sin descaro el culito completamente desnudo. Al tiempo que ellos se lavaban sus rabos, especialmente Mario que tenía el cuerpo lleno de leche.

    Por entonces le llegué a coger el gusto a tener más de una pija o un vibrador metido en el ano. Un placer del que no me he privado con posterioridad cada vez que se me presentaba la oportunidad. Desde luego los tríos los he repetido todo lo que pude, todo lo morbosos, obsceno y lujurioso que nos dictaba nuestra imaginación.

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  • Después de la boda, trío con el vecino

    Después de la boda, trío con el vecino

    Todo fue un sábado cerca de las 2 de la mañana; iba con Priscilla de regreso a casa después de una boda; ya íbamos algo borrachos, pues había comenzado temprano la convivencia con los amigos. Priscilla llevaba un vestido color rojo, era largo y se ajustaba a su cuerpo; aunque es bajita, con su 1.50m de altura, los tacones la hacían tornearse sus piernas y sus nalgas se veían pequeñas pero apretadas y paradas. Su pequeño busto se resaltaba un poco, aunque por ser un vestido sin tirantes, ella todo el tiempo tenía que sujetarlo y subirlo un poco; yo iba de traje color negro, camisa blanca y corbata negra, y aunque soy alto, me gusta cuando tenemos eventos formales porque sé que Priscilla se prende verme así.

    Toda la noche había pasado tocando sus piernas por la abertura en el vestido, la cual en su pierna derecha era algo alta; además, por ser pegado el vestido, Priscilla solo llevaba pezoneras pequeñas, como sus pezones, y una diminuta tanga que no se marcaba en el vestido. Ella con sus 23 años y yo con 24, queríamos llegar a casa a seguir tomando y tener algo de acción.

    Al llegar a nuestra casa, que en realidad es un departamento, nos estacionamos frente a la puerta; como todos los departamentos son pequeñas casas pegadas una con otra, cada vecino tiene su estacionamiento al frente, y delante está otra fila de casas. En una de ellas estaba un vecino con sus amigos tomando y al parecer habían hecho carne asada; nosotros saludamos de lejos.

    Adán era un chico de 35 años aproximadamente, alto, blanco, pelo claro, chino y con un buen cuerpo, delgado, y que le encanta pasearse por el pequeño fraccionamiento para que lo vean las vecinas jóvenes; Priscilla saludó con la mano en alto y después buscaba en su bolsa las llaves de la casa, pero no las encontró; yo traía las mías, así que abrí la puerta y justo cuando íbamos a entrar, Priscilla gritó: —¡La botella! —y corrió al carro y bajó la botella que teníamos para el after, al cual no fuimos requeridos.

    En casa nos tomaríamos la botella; mi mujer regresaba con ella. El vecino Adán se acercó y, saludando, nos dijo que por qué no nos uníamos a su reunión. Había solo 2 amigos de él y dijo que ya casi se iban porque trabajaban al otro día. Nosotros nos miramos, pero nos pareció buena idea.

    Ya en casa de Adán, nos sentamos en las sillas blancas clásicas de tijera; los tres hombres vestidos de vaqueros hacían que Priscilla y yo, vestidas de gala, desentonáramos un poco. Como ya en otras ocasiones habíamos convivido con Adán, había confianza, así que lanzaba bromas.

    Pasadas las 3 de la mañana, sus amigos se fueron; nosotros ya estábamos tomados y Priscilla, con sus copas arriba, se ponía a bailar y, claro, como toda mujer, se ponía muy “alegre” y se me pegaba muy cariñosa. Una vez que le ayudamos a meter todo a la casa de Adán, él nos dijo que nos quedáramos, que aún había mucho alcohol y nosotros ya enfiestados. Priscilla dijo que se quería ir a cambiar a la casa, pues el vestido le incomodaba. Adán le dijo que él le podía prestar su ropa de gym para que se sintiera cómoda; ella, sin pensarlo, aceptó.

    Después de unos segundos, Adán bajó con un short de básquet y una playera sin mangas con abertura a los lados algo amplia. Priscilla lo tomó y se fue al baño a cambiarse. Adán y yo platicábamos, no dejábamos de brindar y dar salud por la nada. Justo me preguntaba si no quería ropa para mí que me podía prestar; le dije que no era necesario, me quité el saco y camisa para quedar en playera de tirantes interior, cuando de repente salió Priscilla con los brazos cruzados, riéndose, porque si se soltaba, las aberturas en la playera podían dejar ver sus pequeñas tetas que solo tenían las pezoneras a manera de parche. Nosotros nos reíamos y Adán se ofreció a cambiar la playera, pero no era necesario.

    Mientras seguíamos tomando, Priscilla se levantó a bailar una canción que le gustaba, y cuando estiró su mano derecha como invitándome a bailar, soltó la blusa y se pudieron ver sus pequeñas tetas con los parches. Yo sentí coraje y a la vez me excitó notar que Adán no perdió oportunidad de verla y no quitó su vista. Para romper el hielo, solté la carcajada, me levanté y le di una vuelta con la mano de Priscilla arriba y, al girar la playera, dejó ver la pequeña cintura y marcadas sus pequeñas tetas duras y bien paraditas; sus costillas se notaban por lo delgado. Nos pusimos a bailar y luego de un rato, mientras el vecino nos veía, Priscilla se tumbó en el sillón. Le dije que si ya nos íbamos.

    Adán rápidamente nos detuvo y nos dijo que aún era temprano, Priscilla dijo que no y corrió a beber de hilo su vaso de tequila, Adán se levantó y de su sillón estiró la parte de abajo y se convirtió en cama, solo acomodó los cojines y dijo, aquí podemos beber y descansar, nosotros nos asombramos, yo le dije a Adán que si me prestaba un short para sentirme cómodo, dijo que si, y medí la situación, -¿o habrá problema si me quedo en bóxer?-, Adán dijo que por él no había problema que estábamos en confianza, incluso dijo, es más yo me uno a la causa, se quitó el sombrero y lo puso en una mesa, se quitó su camisa y dejó ver su torso blanco con pecas y sus hombros rojos al descubierto, se sacó sus botas y se quitó el pantalón quedando en un bóxer negro pegado.

    Priscilla no despistaba y no dejaba de verlo; yo hice lo mismo y me quedé en mi bóxer de tela. Nos tumbamos en el sofá cama y Priscilla quedó en medio. Nuevamente brindamos y seguimos bebiendo. Adán nos dijo: “El que se acabe al último la bebida, pierde”, y tomamos rápido el tequila. Priscilla fue la última y Adán le dijo: “De castigo, tienes que dar 10 vueltas sin caerte”. Yo me reí, pero sentí a dónde iba con eso. Priscilla lo hizo parada sobre el sofá, así que claramente se cayó y nos reímos, pero noté que Adán había metido su mano por una apertura lateral de la playera y tocaba la espalda de Priscilla.

    Volvimos a repetir la acción después de llenar los vasos con tequila y nuevamente mi mujer perdió, y Adán lo dijo: “Tienes que hacer yoga”. Él se puso de rodillas y le dijo que le ayudaba, así que ella se puso en cuatro y él le dijo que se parara de manos y ella lo intentó. El short se bajó mucho, pero no dejaba ver sus nalguitas, aunque la playera se cayó completamente y quedó descubierta; sus pequeñas tetas aperladas se asomaron y cuando quiso dejarse caer para acomodarse, yo me reí, fingí ir al baño.

    Observé desde la puerta cómo Adán y Pri se reían; él no dejaba de frotar con su mano la espalda de Priscilla. Ella ya no se colocó la playera. Yo observaba, aunque algo mareado por el alcohol; noté que Adán tumbó a Priscilla en el sillón y se puso sobre ella. Él frotaba su pene sobre las nalgas pequeñas de mi mujer; se comenzaba a poner duro, así que salí del baño. Él solo sonrió y dijo que le estaba enseñando yoga; solo reí, le dije a Pri que era hora de irnos porque tenía sueño. Ella dijo que era temprano, pero ya eran casi las 5 de la mañana.

    Acepté la situación y me recosté, le dije que hicieran una posición y ellos aceptaron. Priscilla, con su pequeño cuerpo delgado, casi se perdía con el cuerpo musculoso y grande de casi 1.90 m de Adán. Él la tomó de la cintura y la puso en cuatro, se puso sobre ella y le dijo: “Estira un brazo y la pierna contraria”. Él se puso sobre ella, sus cuerpos ya sudados se tocaban; yo sabía lo que pasaría, así que me acomodé y fingí quedarme dormido, pero en realidad observaba todo desde mi esquina del sofá. Tan pronto como Adán lo notó, él tomó con sus brazos a Pri.

    Priscilla pasó sus brazos sobre el cuello de Adán; él rápido la besó y sus manos recorrieron todo el cuerpo de mi mujer. De un jalón bajó el short flojo que le había prestado; ella gimió fuerte y ambos voltearon a verme, pero yo fingía estar dormido. Él, al besar el pecho de mi mujer, le quitó las pezoneras con los dientes; con cuidado pasó su lengua por los pequeños pezones de Pri. Ella solo podía tomar la cabeza de Adán con sus manos, pero él le metió mano debajo de la pequeña tanga; sus dedos buscaban entrar en mi mujer. Él se enderezó y se bajó su bóxer, mostrando su pene, no tan grueso, pero sí largo y brillante del líquido que salía.

    Priscilla, sin dudarlo, se levantó, se bajó la tanga y se tumbó para comerse la verga del vecino. Él, por lo alto, pasaba sus manos en las nalgas; cada que podía las abría, haciendo que mi mujer gimiera como loca; llevaba de las nalgas hasta su espalda; después, con sus dedos, frotaba el culo y la conchita que estaba empapada, chupó su dedo después de meterlo en la pequeña y depilada conchita de Pri; yo estaba duro de verlos.

    Adán tumbó de espaldas a mi mujer en el sofá y la tomó de los tobillos las piernas, las abrió, se acercó y con su mano comenzó a pegarle en la conchita a mi mujer; se notaba que estaba baboso abajo, pues se veían brillar las hebras de saliva y prelubricante de ambos. Cuando él se iba a inclinar, ella lo detuvo y le dijo que si no tenía condones. Él le dijo que estaban arriba en su cuarto, así que la tomó de la mano, pero al verla desnuda y descalza, la cargó. Subieron las escaleras; al notar que subían, yo fui detrás sin que lo notaran. Adán colocó a Priscilla en la cama.

    Se acercó a un buró, tomó una caja pequeña y sacó los condones, antes de colocárselo, tumbó a Pri de nuevo y comenzó a comerse su pequeña conchita, ella no dejaba de gemir, volteó a la puerta y me vio con expresión sorprendida y a la vez excitada, yo le hice la seña de silencio y ella sonrió, me escondí al filo de la puerta.

    Adán se levantó y se colocó el condón, ella le dijo que despacio, pero el por su tamaño y peso se dejó inclinar y mi mujer gritó, sus piernas de cerraron de golpe y Adán solo gimió de placer, la tomó de las nalgas y ella se sujetó con los brazos en los hombros de él, la cargó para subirla más al centro de la cama, se colocó sobre ella y comenzó a envestirla, ambos sudaban, ya el aroma en el lugar era de sexo, podía oler el aroma de mi mujer, su perfume y fluidos combinados con la loción fuerte y el sudor de Adán, yo estaba duro, me masturbaba mientras los veía.

    Cuando Adán puso de cucharita a Pri, le levantó una pierna y mi mujer gemía como loca. Yo aproveché la posición y me acerqué: —¿Por qué no invitan? —Adán se asustó y dejó de moverse, pero yo, sin temor, me acerqué y le puse mi pene en la boca a Priscilla. Ella comenzó a mamar como me gusta; su lengua hace que por poco me corra. Al ver la escena, Adán solo me dijo: “Está buenísima y apretada tu mujer, hermano”. Yo solo sonreí: “Provecho, sírvete, hermano”. Él sonrió y comenzó a darle más fuerte; después Adán salió de Pri, ella escurría de placer, así que entré a darle mi verga dura, y ella comenzó a moverse. La puse boca arriba y Adán se sacó el condón y le puso el pene en la boca. “Sabe a plástico”, dijo mi mujer; los tres nos reímos.

    Después de un rato, la moví y le dije: “Cárgala”. Adán, con mucha facilidad, se puso el condón y la tomó, la ensartó y, mientras él estaba de pie y ella colgando de su cuello, veía cómo entraba y salía. De repente, ella comenzó a gritar y soltó un chorro; se había corrido con tal intensidad que el pene se resbalaba de lo mojada que estaba. Adán intentaba meterlo de nuevo con la mano, pero no podía; ella pidió bajarse. Notamos que estaba el piso muy mojado; yo jalé de los brazos a Pri y quedó empinada. El vecino aprovechó y le clavó su verga larga, pero por lo mojado el condón se resbalaba y se subía. Yo bajé a darle un beso en la boca a Pri y le dije al oído: “¿Cuánto a que no le sacas el condón?”.

    Priscilla solo sonrió, y se comenzó a mover más rápido. Adán levantó la cabeza y comenzó a gemir de placer. Priscilla se comenzó a sobar su clítoris y con los dedos, cada que alcanzaba, detenía en cada embestida el condón; este comenzó a subirse hasta que parecía que estaba dándole a pelo. Adán no decía nada, pensaba que no sabíamos lo que estaba pasando. Priscilla se salió rápido y el condón quedó sujetado solo por la cabeza rosa. Ella se giró y le dijo a Adán que se la metiera así; él no se opuso y comenzó a darle.

    Ella lo empezó a besar y por la posición y el peso del vecino que estaba completamente sobre ella, se volvió a correr mi mujer con un chorro, yo estaba bien prendido, me acerqué y le puse a mamar mi verga, ella se frotaba el clítoris con más ritmo y Adán estaba muy rojo de placer, en una embestida se salió el pene, Pri aprovechó y le quitó el condón “sin querer” y él se la clavó rápido para que yo no viera lo que había pasado, le comenzó a dar tan rápido que del placer no pudo más y sacó la verga larga de mi mujer y justo al sacar su cabeza soltó un chorro de semen sobre mi mujer, era mucho, escurrió sobre su pequeña conchita que estaba de color rosa de tanta fricción, yo al ver la escena solo tomé la cabeza de mi esposa y le puse la verga en la boca y me corrí ahí.

    Unos minutos después, sudados y ella cubierta en semen, nos tiramos en la cama. Vimos que ya había sol; el vecino solo dijo que le encantaría que repitiéramos esas reuniones. Nosotros nos reímos y aceptamos. Priscilla se pasó la mano por su parte y notó que estaba muy mojada y pegajosa. Adán la miró y le dijo que estaba delicioso estar dentro de ella, y ella solo sonrió. Yo me levanté para buscar mi bóxer, y cuando volví, noté que Adán ya estaba dentro de Priscilla otra vez. Ella lo empujó con sus manos, pues estaba cubierta de semen. Él sonrió y se tumbó a un lado de ella en la cama.

    Con su mano, Adán comenzó a masturbarla y aprovechaba para tomar semen y meterlo en su conchita; ella solo gemía, pero seguía escurriendo, hasta que ella le tomó la mano y le pidió parar porque ya le comenzaba a doler un poco. Yo ya estaba duro de nuevo, pero me tumbé con ellos en la cama y nos quedamos dormidos.

    Despertamos a las 11 de la mañana y Adán amablemente nos invitó a desayunar en su casa. Nos metimos a bañar los 3 y notaba cómo Adán, cada que podía, le frotaba su pene a mi mujer, que por lo chaparrita, él tenía que inclinarse mucho; sin embargo, nos bañamos, nos prestó ropa y bajamos a desayunar. El vecino a partir de ese día generó una gran amistad con nosotros y, bueno, nos frecuentamos más seguido.

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