Autor: admin

  • Mi novia le da su despedida a su compañero de trabajo

    Mi novia le da su despedida a su compañero de trabajo

    Encuentro de despedida en el hotel

    La habitación del hotel estaba con ventanas y persianas cerradas que bloqueaban cualquier rastro del mundo exterior. Las luces del techo y las lámparas de mesita estaban encendidas, bañando cada rincón en un resplandor cálido y crudo que exponía cada detalle. Luci quería verlo todo, y yo también. El silencio era absoluto, roto solo por los sonidos que pronto llenarían el espacio: jadeos, gemidos, el choque de sus cuerpos. Me senté en un sillón clásico de hotel, de tela beige con patas de madera, justo frente a la cama, con una vista directa a la acción. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de excitación ardiente y un nudo de celos que me apretaba el pecho.

    Luci, mi novia de 33 años, estaba a punto de cumplir una fantasía que había crecido en meses de coqueteo y fantasías con Erick en la oficina, donde trabajaban juntos en marketing. Él estaba renunciando, y esta noche era su despedida, un adiós salvaje que yo observaría, como aquella vez en nuestra casa, semanas atrás, cuando Luci le dio sexo oral frente a mí.

    Luci estaba en la cama, esperándolo, su cuerpo delgado envuelto en lencería negra que me tenía al borde de la locura. Llevaba una tanga crotchless que dejaba su vagina expuesta, mallas negras que abrazaban sus piernas esbeltas, y un brasier de encaje negro que realzaba sus pechos medianos y firmes.

    Su cabello castaño caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos cafés brillaban con deseo y un toque de nervios. Erick entró, su presencia de 1.90 metros dominando la habitación. A sus 26 años, su cuerpo atlético —hombros anchos, abdomen definido— era imponente. Se acercó a Luci con una sonrisa depredadora, sus ojos devorándola. “Estás increíble”, gruñó, con voz grave. Luci se mordió el labio, susurrando: “He soñado con esto desde nuestros coqueteos en la oficina”.

    Erick no perdió tiempo. La besó con intensidad, su boca reclamando la de ella, mientras sus manos desabrochaban el brasier con destreza, dejándola solo con la tanga crotchless y las mallas. Sus pechos firmes quedaron expuestos, los pezones endurecidos bajo la luz. Él se desvistió por completo, su erección prominente haciendo que Luci jadeara. Se arrodilló sobre ella, a la altura de su pecho, su miembro cerca de su rostro, ese pene de 21 cm bastante más grueso que el mío. “Hazlo como la última vez”, ordenó, su tono dominante. Luci, con una mirada lujuriosa, lo tomó con ambas manos, sus labios rodeándolo lentamente al principio, saboreando cada centímetro.

    Su lengua recorría la longitud, deteniéndose en la punta, succionando con una intensidad que hacía que Erick gruñera de placer. “Sí, así, Luci… tu boca es adictiva”, murmuró él, enredando sus dedos en su cabello para guiarla. Ella lo engullía con avidez, sus ojos cafés fijos en él, su respiración agitada mientras lo trabajaba con una mezcla de delicadeza y hambre, alternando entre lamidas lentas y succiones profundas que lo hacían tensarse.

    El espejo a un lado de la cama reflejaba la escena: su cabello desordenado, su boca moviéndose rítmicamente, el cuerpo de Erick tenso por el placer. “Más profundo, Luci… demuéstrame cuánto lo quieres”, exigió él, y Luci obedeció, tomándolo hasta el fondo, sus gemidos vibrando alrededor de él. Mi excitación era abrumadora, pero los celos me golpeaban al ver cómo ella lo disfrutaba, sabiendo que él la llenaba de una manera que yo no podía.

    Erick se recostó en la cama, jalando de Luci para que lo montara. “Sin condón”, dijo ella, su voz temblando de deseo. “Quiero sentirte todo”. Se posicionó sobre él, guiando su pene hacia su vagina a través de la tanga. El sonido de su unión fue húmedo, crudo, mientras ella descendía lentamente, gimiendo al sentir su grosor estirándola. “Oh, Dios, Erick… la tienes bien grande”, jadeó Luci, sus caderas comenzando a moverse, primero lentas, luego más rápidas, sus pechos rebotando bajo la luz.

    Él la sujetaba por las caderas, empujando hacia arriba para penetrarla más profundo, cada embestida haciendo que sus paredes internas se contrajeran alrededor de él. “Que rico se siente… apriétame más”, gruñó Erick, sus manos subiendo a pellizcar sus pezones, arrancándole gritos de placer. Luci aceleró, cabalgándolo con una pasión desenfrenada, su clítoris rozando contra su base con cada bajada. “¡Sí, justo ahí! No pares”, suplicó ella, sus ojos cerrados en éxtasis.

    Luego, sin detenerse, se giró en reverse cowgirl, dándome una vista perfecta de su cuerpo arqueado, las mallas negras resaltando sus piernas. Erick aceleró, penetrándola con una rapidez feroz, sus manos apretando su cintura mientras embestía desde abajo, golpeando ese punto sensible dentro de ella una y otra vez. “¡Más rápido, Erick! Me vas a hacer explotar”, gritó Luci, y él obedeció, sus caderas chocando contra sus nalgas con un ritmo implacable.

    El placer acumulado la llevó al límite: su cuerpo tembló violentamente mientras un squirt intenso brotaba, líquido disparándose sobre las sábanas y sus muslos, mojando todo a su alrededor. “¡Sí, eso es! Orgasmeate para mí”, animó Erick, sin frenar, prolongando su orgasmo hasta que ella colapsó jadeante sobre él.

    Sin darle respiro, Erick la recostó de espaldas contra su pecho. Él la levantó, colocándola en una posición de full nelson: sus brazos sujetando las piernas de Luci por detrás de las rodillas, abriéndola por completo, sus manos entrelazadas detrás de su cuello. La tanga crotchless facilitaba cada embestida profunda, y el espejo mostraba su vulnerabilidad y placer absoluto. Erick la penetraba con fuerza, su pene entrando y saliendo en ángulos que golpeaban su punto G sin piedad. “¡Erick, es demasiado! Me estás volviendo loca”, gemía Luci, sus piernas temblando incontrolablemente mientras oleadas de placer la atravesaban.

    Él gruñía en su oído: “Tómalo todo, Luci… eres mi puta esta noche”. Ella llegó al clímax varias veces, su cuerpo convulsionando en sus brazos, fluidos goteando por sus muslos, pero Erick mantenía el ritmo, su control dominante prolongando su éxtasis. “Otro más… dame otro orgasmo”, ordenaba él, y Luci obedecía, gritando mientras su cuerpo se rendía una y otra vez.

    Luego la puso en cuatro, sus rodillas hundiéndose en la cama. Erick tiró de su cabello con firmeza, arqueando su espalda, y comenzó a penetrarla con fuerza, cada embestida resonando en la habitación como un eco de su deseo. Su pene grueso la llenaba por completo, saliendo casi del todo antes de empujar de nuevo, profundo y rápido. “¡Jálame más fuerte! Quiero sentir tu huevos chocar”, suplicó Luci, y él obedeció, enredando su cabello en su puño mientras aceleraba. Cambió a sujetar sus brazos hacia atrás, inmovilizándola por completo, su otra mano azotando ligeramente su nalga para añadir un toque de picante que la hizo jadear.

    Sus pechos se movían hipnóticamente, sus ojos cafés cerrados en éxtasis puro, su boca entreabierta dejando escapar gemidos inarticulados que se volvían más altos con cada penetración. “¡Sí, así! Cógeme más duro, no pares nunca”, rogaba ella, su cuerpo temblando de anticipación. “Estás bien apretadita… voy a llenarte por completo, Luci”, respondió él, su voz grave y posesiva, y finalmente eyaculó dentro de ella, su semen caliente derramándose en chorros profundos y pulsantes que se veían en el espejo como un clímax visual, su pene latiendo visiblemente mientras la llenaba.

    Luci tembló con un orgasmo final intenso, su vagina contrayéndose alrededor de él, absorbiendo cada gota con avidez; a ella le encantó sentir esa calidez inundándola, el contraste de su grosor estirándola al máximo y el flujo cálido marcando su unión, un placer prohibido y adictivo que la dejó sin aliento. “¡Oh, Dios, sí, adentro! Me encanta sentirte terminar dentro de mí, es lo mejor que he sentido”, jadeó ella, girando la cabeza para mirarlo con ojos brillantes, sintiendo cada pulso como una ola de éxtasis que prolongaba su gozo.

    Sin pausa, Luci se giró, aún jadeando, y comenzó a hacerle sexo oral de nuevo, sus labios trabajando con urgencia: lamiendo el semen residual, succionando la punta sensible hasta que él volvió a estar erecto, su grosor brillando bajo la luz. “Buena chica… te voy a dar duro otra vez”, elogió Erick, guiando su cabeza con gentileza al principio, luego con más firmeza.

    Erick la acostó boca arriba al filo de la cama, levantando sus piernas sobre sus hombros. La penetró profundamente, cada embestida lenta al inicio, permitiendo que su longitud explorara cada rincón de ella. “¡Más profundo, Erick! Quiero sentirte hasta el fondo”, exigió Luci, sus ojos cafés clavados en los suyos.

    Él aceleró, inclinándose para besarla mientras empujaba, su abdomen rozando su clítoris con cada movimiento, creando una fricción que la hacía arquearse. Sus piernas temblaban sobre sus hombros, sus uñas clavándose en su espalda mientras llegaba a otro clímax, sus paredes contrayéndose alrededor de él. “¡Me estás matando de placer!”, gritó ella, y Erick sonrió: “Aún no hemos terminado”.

    Para intensificar, Erick la levantó en una posición de piledriver: Luci boca arriba con las caderas elevadas, sus piernas dobladas hacia su cabeza, exponiéndola por completo. Él se arrodilló sobre ella, penetrándola desde arriba con embestidas verticales que golpeaban directamente su punto más sensible.

    El ángulo era brutal, su pene grueso estirándola al máximo, y el espejo reflejaba su expresión de puro éxtasis. “¡Oh, Dios, esto es intenso! No pares, por favor”, suplicó Luci, sus manos aferrándose a las sábanas mientras oleadas de placer la invadían. Erick gruñía: “Toma cada centímetro… siente cómo te abro”. Ella tuvo múltiples orgasmos en esta posición, su cuerpo temblando, fluidos escapando con cada retirada, hasta que jadeaba exhausta.

    Luego, la giró a una posición de cuchara lateral, acurrucándose detrás de ella para una intimidad más profunda. Su brazo rodeándola, penetrándola desde atrás con movimientos lentos y circulares que rozaban su clítoris con su base. “Esto se siente tan rico.. cogeme así”, murmuró Luci, girando la cabeza para besarlo. Él aceleró gradualmente, su mano bajando para estimular su clítoris mientras empujaba, creando una doble sensación que la llevó a otro nivel de placer. “¡Sí, toca ahí! Me vas a hacer terminar de nuevo”, gemía ella, y Erick respondía: “Termina en mi verga Luci… apriétame fuerte”. El ritmo se volvió frenético, sus cuerpos sudorosos deslizándose juntos, hasta que ella convulsionó en sus brazos.

    Para algo más ardiente, Erick la puso en una variante de misionero con piernas abiertas en V, sujetando sus tobillos para mantenerla expuesta. Penetraba con embestidas rápidas y superficiales al principio, luego profundas y lentas, alternando para torturarla de placer. “Me encanta cómo me controlas”, jadeaba Luci, sus pechos moviéndose con cada impacto. Él se inclinaba para succionar sus pezones, añadiendo capas de sensación que la hacían gritar. “Tienes la vagina muy sensible, voy a hacerte explotar”, prometía él, y cumplía, llevándola a orgasmos que la dejaban temblando.

    Luego, sin salir de ella, la levantó, cargándola frente al espejo. Luci miraba su reflejo, sus ojos cafés encendidos de placer, sus gemidos intensificándose mientras tenía varios orgasmos, sus uñas clavándose en los hombros de Erick. “¡Míranos! Me estás cogiendo tan bien”, exclamaba ella, y él respondía: “Eres perfecta… toma más”. Sus embestidas eran potentes, su fuerza sosteniéndola mientras la penetraba de pie, el espejo captando cada gota de sudor, cada expresión de gozo.

    De repente, Luci me miró. “Quítate del sillón”, dijo entre jadeos. Obedecí, sentándome en la esquina de la cama. Erick, aun cargándola, se sentó en el sillón, y Luci se giró de espaldas a él, rebotando sobre su pene con sentones fuertes. Subía y bajaba con ímpetu, su tanga crotchless y mallas resaltando cada movimiento.

    Su longitud aseguraba que nunca se saliera, y el sonido de sus cuerpos chocando era hipnótico. “¡Voy a hacerte terminar yo!”, decía Luci, acelerando. Erick gruñó: “Voy a terminar otra vez”. Luci se arrodilló frente a él, se metió su pene en la boca, succionando y lamiendo hasta que él eyaculó en su boca y sobre su rostro, un chorro cálido que ella recibió con una sonrisa lujuriosa, tragando parte y dejando que el resto goteara por su barbilla.

    Exhausta, Luci se recostó en la cama, su lencería negra desordenada, su rostro sonrojado y satisfecho. Me miró, sus ojos cafés brillando con una mezcla de cansancio y euforia, y susurró: “Gracias por esto… fue increíble. Erick me ha cogido como nunca imaginé, no sabía que era posible tener tantos orgasmos así. Quiero volver a repetirlo, amor, por favor”. Sus palabras me golpearon, intensificando ese torbellino de excitación y celos, pero también una extraña satisfacción. Erick se levantó, se puso su ropa con una sonrisa confiada. “Buen adiós”, dijo, y le dio un beso a Luci antes de salir.

    Me acerqué a Luci, sentándome a su lado, mi mente revuelta pero mi corazón conectado con ella. La había visto alcanzar un éxtasis que no creí posible, y aunque una parte de mí comparaba, otra sabía que esta noche había sido nuestra fantasía compartida, un recuerdo imborrable que nos unía aún más, incluso si ella soñaba con repetirlo.

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  • La cajera del súper (2)

    La cajera del súper (2)

    Habrá pasado media hora desde que ella se quedó dormida, respirando tranquila después de esa cogida brutal. Yo, en cambio, por más que intenté, no lograba cerrar los ojos. Los sonidos de sus gemidos seguían retumbando en mi cabeza, como un eco imposible de apagar, y las imágenes de cómo se me entregó me pasaban una y otra vez, calentándome más de la cuenta.

    El panorama no ayudaba a relajarme: ella estaba ahí, acostada de costado, desnuda por completo, sin una sábana encima por el calor que hacía. Tenía toda esa cola hermosa a la vista, apenas iluminada por las luces de la calle que se colaba por la ventana. No podía dejar de mirarla, de recorrerla con los ojos, con esa mezcla de ternura y morbo que me estaba partiendo al medio.

    De golpe, sentí esa necesidad bruta, imposible de aguantar. No entendía por qué, si ya me había destruido cogiendo con ella hacía un rato. Pero la pija seguía dura, palpitando, pidiéndome acción. Así que, con cuidado para no interrumpirle el sueño, empecé a pajearme despacio, mirándola, recordando sus gemidos, cómo se movía, cómo me lo pedía. El calor de la habitación, su cuerpo desnudo tan cerca, todo me hacía arder.

    Después de unos minutos ya no aguantaba más. Me levanté apurado y me fui al baño, porque estaba a punto de explotar. Apenas me puse frente al inodoro, una descarga espesa de leche me salió al instante, acompañada de un gemido ahogado que se me escapó de la garganta. Sentí ese placer recorrerme de golpe, fuerte, liberador. Me apoyé un segundo, me limpié rápido y volví al cuarto.

    Ella seguía dormida, como si nada. Me acosté de nuevo y me acurruqué detrás suyo. Instintivamente, todavía en sueños, ella pegó su cuerpo caliente contra el mío, y ese gesto me terminó de desarmar. Cerré los ojos, por fin con calma, y me dejé llevar hasta dormirme.

    Nos despertamos casi al mismo tiempo, serían cerca de las diez. Ella tenía una sonrisa preciosa dibujada en la cara, y yo no pude evitar quedarme un segundo mirándola.

    —Buenos días —le dije.

    —Buenos días —me respondió suave—, ¿dormiste bien?

    —Como nunca en años —le contesté, con una sinceridad que hasta a mí me sorprendió.

    Nos quedamos un rato acariciándonos, viéndonos fijo a los ojos, sin necesidad de decir mucho más. De repente, con esa picardía natural que la hacía tan distinta, me dijo:

    —Me voy a dar una ducha… mirá que hay lugar para dos por si me querés acompañar.

    Obvio que no podía rechazar esa invitación.

    Fuimos al baño. Ella abrió el grifo y dejó correr el agua hasta que la lluvia salió en su punto justo. Yo la observaba, sin poder apartar la mirada de esa desnudez perfecta. Se metió bajo el chorro y dejó que el agua la empapara. Al rato se dio vuelta, me miró con esos ojos cargados de morbo, y sin decir una palabra, con un simple movimiento de su dedo índice, me invitó a entrar.

    Me metí detrás suyo. Ella se dio vuelta, y el agua resbalando por su piel me dejó la pija dura al instante. Me pidió que le enjabonara la espalda, y lo hice con gusto. Puse jabón líquido en mis manos y se lo esparcí lento, disfrutando de esa piel suave, de seda. El instinto me ganó y le pasé también por sus nalgas. Apenas se las toqué, ella empezó a arquearse, sabía que yo estaba pronto para degustarla.

    Comenzó a acercarse, hasta que los labios de su concha tocaron la cabeza de mi verga. Estaba ardiente. Mientras la enjabonaba, se meneaba despacito, masajeándome la punta con su concha mojada. No pude resistir más: empecé a empujar suave, como pidiendo permiso. Y ella, sin oponerse, simplemente se fue abriendo, dejándome entrar.

    Cuando se la terminé de meter, soltó un gemido fuerte, delicioso, apoyó las manos contra la cerámica, arqueó el cuerpo un poco mas y me dijo con voz suplicante:

    —Cogeme fuerte como anoche.

    La tomé de la cintura y le di duro, rápido, sin contemplaciones. El agua de la ducha salpicaba por todos lados mientras mis embestidas la hacían gemir con un placer animal. Sus gemidos llenaban el baño, mezclándose con el ruido del agua. A veces le agarraba la cintura, otras me llenaba las manos con sus tetas mojadas, mientras mi pija entraba y salía de su concha apretada sin descanso.

    —Cogeme más… más… —me pedía jadeando, con la voz quebrada por el placer.

    Yo ya no aguantaba más. El cuerpo me ardía de calentura.

    —Me voy a acabar… —alcancé a decir.

    —Sí… sí… acabame, dale… llename de leche… —me gritó, desesperada.

    Exploté adentro de ella. Sentí cómo le descargaba toda mi leche en lo más profundo, mientras ella soltaba otro grito agudo, estremecida:

    —¡Ahhh… síii!

    Su concha me apretaba como una garra húmeda, ordeñándome hasta la última gota. Cuando finalmente me salí, ella se dio vuelta, me miró fija a los ojos y luego bajó la mirada hacia mi pija todavía palpitante. Sin pensarlo, se agachó y me la chupó despacito, limpiándome con la boca, como un broche perfecto para el mañanero más sucio y delicioso que había tenido en mi vida.

    Terminamos de bañarnos, relajados, casi riéndonos del calor del momento. Antes de salir, me dijo con naturalidad:

    —Voy a preparar el desayuno, ahí me esperás.

    Nos sentamos en la mesa de la cocina, todavía con el pelo húmedo de la ducha. Ella sirvió café y tostadas, todo con una naturalidad que me sorprendía después de la calentura desatada que habíamos tenido minutos antes.

    La charla fue tranquila, casi como si nos conociéramos de toda la vida. Reímos de pavadas, comentamos cosas del día a día, pero en medio de esa calma me soltó, mirándome seria:

    —Quiero dejarte en claro algo… esto es solo por hoy. No se va a repetir. Yo quería sacarme las ganas contigo, nada más.

    La miré y asentí, sin dudar. Yo estaba en la misma sintonía, recién divorciado, sin ganas de compromisos ni de historias largas. Lo mío también era simple: disfrutarla, aunque fuera una sola vez, quemar ese deseo animal que nos había explotado encima.

    —Estamos iguales entonces —le respondí, con una sonrisa tranquila.

    Con las cartas sobre la mesa, todo era más fácil, más libre. Ella dio un sorbo a su café y agregó:

    —A las dos tengo que entrar a trabajar, arranco el turno en el súper.

    Se hizo un silencio corto, y de repente, con esa picardía suya, me soltó:

    —Es cadi mediodía… elegí: almorzamos… ¿o me cogés una vez más?

    No necesité pensarlo ni un segundo. El “menú carnal” era la opción obvia. Sonreí de costado y ella entendió todo sin que dijera palabra. Nos levantamos casi al mismo tiempo y fuimos directo al dormitorio, sabiendo que se venía la despedida perfecta.

    Apenas entramos al dormitorio la agarré de la cintura, la atraje contra mi cuerpo y la besé con una pasión salvaje, sabiendo que era la última vez que iba a probar esos labios.

    Esta vez yo iba a tener el control, me nacía de adentro. Mientras la besaba, mis manos ya estaban bajando su ropa. Solo tenía un top cortito y un shortcito, nada más, sin ropa interior. Era como si me estuviera esperando.

    La desnudé en segundos y la tumbé sobre la cama. Ella, al ver mi actitud animal, abrió las piernas sin dudar, ofreciéndome esa conchita mojada, invitándome a devorarla. Me saqué lo único que tenía puesto, la bata prestada y el bóxer, y mi pija quedó bien dura, palpitante. Ella se arrimó al borde de la cama con las piernas abiertas, mostrando claramente lo que quería: que se la metiera ya.

    Pero no, todavía no. Mi cara fue directo a su entrepierna. Empecé a chuparle la concha con una intensidad desmedida. Estaba empapada, ardiente. Le mordí el clítoris con fuerza, le pasé la lengua por toda la concha, arriba, abajo, bien profundo, mientras metía uno y luego dos dedos, bombeándola con la mano para arrancarle cada gemido.

    Ella se retorcía, se arqueaba contra el colchón, me agarraba la cabeza con desesperación y me apretaba contra su concha, como si quisiera fundirme ahí. No quería que parara. Yo le seguía metiendo dedos y lengua sin descanso, hasta que la calentura la venció: de golpe, un chorro abundante me mojó toda la cara y la cama. Un squirt violento, hermoso, mientras ella gritaba de placer con los ojos cerrados y la boca abierta.

    Su cara en ese momento era cine, puro éxtasis. Quedó agitada, jadeando boca arriba, mirando al techo como si no pudiera creer lo que le acababa de pasar. Y yo recién estaba empezando, lo que venía iba a ser la despedida más sucia y salvaje de todas.

    Me subí sobre ella, le rocé apenas la concha con la pija y, sin pedir permiso, se la metí de una, fuerte. El primer golpe contra su cuerpo la hizo gemir de nuevo, con ese sonido sucio que me enloquecía. Empecé a darle embestidas rítmicas: fuertes, suaves, otra vez fuertes, hasta el fondo, sintiendo mis huevos rebotar contra su piel mientras sus tetas se movían al mismo compás de cada entrada.

    En un momento se la saqué y la di vuelta. Quedó boca abajo sobre el colchón, y automáticamente levantó la cola, ofreciéndome esa postura perfecta. Así, en cuatro, volví a penetrarle la concha con fuerza, mezclando empujes suaves y otros más violentos. Ella mordía la sábana, me pedía más, disfrutaba que yo la dominara. La agarraba del pelo con ambas manos mientras la cogía sin parar, y el sonido de sus gemidos mezclados con el choque de nuestros cuerpos era pura música sucia.

    Al rato le saqué la verga de la concha, la tumbé otra vez boca abajo y, con mis manos, le abrí bien las nalgas. Tenía el culo ahí, hermoso, expuesto. Le escupí el ano, pasé un dedo alrededor y apoyé la punta de mi pija. Ella sabía lo que se venía, y se entregó. Su culito se fue abriendo lento, tragándose cada centímetro de mí hasta que entré del todo.

    —Siii… cogeme el culo —me gritó con un gemido desgarrado.

    Y eso hice. Primero despacio, y después más fuerte, hasta que su ojete dilatado me la chupaba como una boca. Cada gemido suyo era más intenso que el anterior. La cogía con todo, dándole alguna nalgada que ella disfrutaba mientras el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su culo llenaba la habitación. La imagen era espectacular, mi pija desapareciendo dentro de su ojete caliente una y otra vez.

    Ya no podía aguantar mucho más. Sentí esa urgencia final, esa necesidad de vaciarme otra vez.

    —Me acabo… —le dije jadeando.

    Ella se detuvo, se la sacó de adentro y se bajó de la cama. Se arrodilló al borde, con una mirada morbosa, y me dijo:

    —Vení.

    Me puse frente a ella, con la pija dura, y comenzó a pajearme mientras me miraba con esos ojos negros cargados de lujuria.

    —Acabame en las tetas —me suplicó, acelerando más fuerte la paja.

    Era el final ideal. No pude resistir. Toda mi leche salió disparada, cayendo directo en sus tetas, chorreándole por la piel mientras ella sonreía satisfecha. Con sus manos se esparció el semen por todo el cuerpo, mientras se reía con esa cara de triunfo que me volvía loco.

    Nos reímos juntos, nos miramos un instante en silencio, y enseguida me dijo:

    —Me baño y nos vamos, porque voy a llegar tarde.

    Ella se bañó rápido, se puso el uniforme de cajera y esperó a que yo me vistiera. Salimos, y la llevé en el auto hasta el súper. A una cuadra de la entrada me pidió que la dejara. Nos dimos un beso cordial y me dijo:

    —Gracias por la cita.

    —Gracias a vos —le contesté.

    Se bajó sin mirar atrás. Yo me quedé esperando a que entrara, y cuando la perdí de vista, agarré el celular. Quise mandarle un mensaje, pero me encontré con la sorpresa: me había bloqueado.

    Lo que había quedado claro en la mañana —que esto era solo sexo, un día, nada más— se confirmaba ahora sin lugar a dudas. Arranqué el auto y me fui, con la certeza de que no iba a repetirse.

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  • Siguiente experiencia

    Siguiente experiencia

    Después de lo que sucedió aquél viernes por la noche en el micro no volvimos a hablar del tema durante casi una semana, aunque por las noches cuando hacíamos el amor era inevitable hablar del tema, tratando de recordar a detalle lo que el chico del portafolios había logrado hacer con ella, bueno… más bien con una de sus nalgas y su rodilla.

    Como les había platicado antes, nosotros somos de clase media y la verdad es que el dinero que llega a casa es limitado ya que mi esposa no trabaja, ella se queda en casa haciendo las labores que corresponden al hogar.

    Cada vez que iba yo al trabajo y regresaba, al subirme al micro se me venía a la mente lo que había pasado con mi esposa, entonces me aventuré a tratar de hacer lo mismo (pero ahora solo) y saber hasta dónde puede llegar un hombre, o más bien, saber hasta dónde te permite llegar una chica.

    Intenté muchas veces sentarme cerca de alguna mujer vestida especialmente con pantimedias y falda por arriba de las rodillas, pero era más el miedo que sentía porque me fueran a golpear o a hacer el ridículo entre tanta gente que siempre dude en hacer algo tan atrevido, hasta que finalmente sucedió una tarde de un jueves.

    Al ir de regreso a casa me senté junto a una chica que, por el uniforme que llevaba puesto, entendí que trabajaba en Sanborn’s (Tienda Departamental y Restaurante en México). Mientras el micro avanzaba, mi mente solo daba vueltas y vueltas en saber cómo comenzar, nunca antes lo había hecho. Me decidí y poco a poco acerqué mi pierna a la suya y mi mano rozaba el costado de una de sus rodillas. En ese momento no aguantaba la dureza de mi verga ya que pensé que me estallaría en cualquier momento.

    Fue en ese instante cuando me di cuenta que eso era lo que yo estaba esperando toda mi vida, manosear a mujeres especialmente con pantimedias, o ver a mi esposa mientras alguien más la manosea. Esa prenda me ha vuelto loco y he hecho hasta lo imposible por hacer para que ahora mi esposa las use a diario.

    Un día llegué con mi jefe para solicitarle que me firmara una hoja para solicitar un préstamo a la delegación; creo que se le hizo muy raro, ya que yo nunca había solicitado ningún tipo de apoyo ni había hecho mal uso de los derechos que como trabajadores tenemos, no dudó en firmarme la hoja; recuerdo que me prestaron $5,000.00.

    Con esa cantidad, nos fuimos a las bodegas de ropa que hay en el centro de la ciudad y me fui a comprarle docenas y docenas de pantimedias de todos tipos y colores (aunque en realidad, los colores que más me gustan son los claritos, como el color natural, el juvenil o uno que creo que se llama ala de mosca). También aprovechamos algunos centavos para comprarle algunas falditas cortitas de mezclilla, unas dos de licra y algunos shorts también de licra, que los luce estupendos.

    Para estrenar un par de pantimedias de color beige le pedí que usara una de las falditas nuevas que le había yo comprado. Salimos de la casa y nos fuimos al súper.

    Como vivimos muy cerca de ahí, lo único que pudimos hacer es que ella se sentara en un asiento largo que es para 5 pasajeros y que regularmente va hasta el final de los microbuses (bueno, casi en todos). Entonces cada vez que subía algún hombre, le pedí que se hiciera un poco la desentendida y que abriera ligeramente las piernas. Como era de esperarse, más de uno pudo verle las piernas hasta el fondo, y aunque no era tan obvia para hacerlo, si lo hacía con cierta coquetería (la cual toda mujer sabe aprovechar al máximo, y creo que muchos de ustedes estarán de acuerdo con un servidor).

    Así lo hizo, tanto de ida como de vuelta a la casa y eso fue suficiente para llegar con la verga a reventar de tanta excitación.

    Recuerdo perfectamente que le pregunté que como se había sentido, pero al meterle la mano en la entrepierna por encima de las pantimedias entendí su sentir, su humedad, la besé y me la recosté en el sofá, le subí la faldita, de un fuerte tirón le baje los chones y las pantimedias y sin dudar, de una sola estocada le metí mi verga hasta el fondo, estaba bastante húmeda y se sentía hervir dentro de ella.

    Entonces me confesó que por primera vez mientras cogíamos, que se había sentido como una puta pidiendo verga y ofreciéndose a todos los hombres, que le hubiera gustado que uno de ellos (un muchacho de no más de 30 años) se hubiera acercado a ella y con sus manos le abrirá las piernas para poder admirarla en todo su esplendor de mujer, estaba como poseída.

    Pero eso fue cierto, el muchacho al cual ella se refería volteaba constantemente a verla y ella abría un poco más las piernas, cada vez que el chico volteaba.

    Es algo probablemente muy simple lo que les he contado el día de hoy, pero para nosotros que no habíamos hecho algo juntos, fue lo máximo, y es que solo así fuimos aprendiendo y conociendo más de nosotros mismos.

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  • Al fin dominada

    Al fin dominada

    Cuando me decido a ser sensual, soy incontenible; soy una fiera rabiosa, exigente, cruel y definitivamente dominante. No puedo remediarlo, así he sido siempre y creí que así lo sería toda mi vida.

    Hasta que llegó Eduardo, Edd por su nickname del chat. Como siempre en estos casos en que conoces a alguien a través de esas charlas, pues nunca tienes la seguridad de encontrar a alguien sincero o por lo menos que te dé una buena descripción de su persona. Con el parecía que sería otra charla sin mayor complicación y promesas para un futuro encuentro “para hacer realidad nuestras fantasías sexuales”, como nos lo dijimos mutuamente.

    Después del consabido cibersexo a lo que soy un poco adicta, le di mi e-mail solo por no dejar; creyendo que como la mayoría de las veces ahí quedaría la cosa.

    Es momento de declarar que soy travestí, homosexual pasivo desde hace muchos años y que disfruto mi sexualidad al máximo, sin tapujos y abiertamente.

    Días después, al revisar mi correspondencia, me llamó la atención un mensaje que aparecía en la bandeja de entrada con asunto: “Dominante” y como remitente: “Tu amo”. La verdad, yo no recordaba a nadie con ese remitente, pero como el mensaje no provenía de ningún grupo o servicio de entregas, me decidí a abrirlo.

    Me sorprendió agradablemente ver que se trataba de “Edd”, el chico del chat. Me decía que estaba dispuesto a cumplirme en “vivo” lo que me había propuesto en la conversación, que resumiéndola se trataba de que me amarraría a la cama, me daría de latigazos en las nalgas, etc., y me metería la verga sin lubricante hasta hacerme gritar y pedirle perdón. Esto desde luego, me hizo sonreír, pues aunque con varios hombres lo había propuesto, a la hora de la verdad ninguno se había animado a llegar hasta eso, ya que claudicaban en cuanto me veían en plan de tigresa.

    Total que acepté verlo al día siguiente para ver que clase de macho era. Como estaba dispuesta a jugar con él como con los otros, me arreglé esplendorosamente (como siempre) y dejé a la mano las sogas, cadenas, látigos, consoladores y demás accesorios de sadomasoquismo con la casi total seguridad que yo los usaría en él.

    Llegó puntualmente a la cita y después de presentarnos formalmente le invité un trago para conversar un poco antes de la acción, pues generalmente me gusta charlar un poco antes de entrar en el juego sexual. Al agacharme en el refrigerador, que está a un lado del sofá cama que utilizo de arena para mis combates de sexo; siento un tremendo latigazo en mis gordas nalgas y a continuación, un jalón de pelos que me hizo gritar.

    Quise defenderme pero ya Eduardo me estaba amarrando las manos y me conducía al sofá. Me tumbó sobre él y rápidamente me ató las manos a uno de los extremos e inmediatamente hizo lo mismo con mis pies. Le gritaba que me soltara o se iba a arrepentir, pero definitivamente estaba yo en una situación en desventaja. Para que ya no gritara más me cubrió la boca con un trozo de cinta adhesiva ancha y me tuvo a su disposición. En esos momentos pensaba que me iba a robar y que me iría bien si no me mataba, así que mejor no lo provoqué ya más y me quedé quietecita.

    ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando sentí sus manos recorriendo mis piernas! Empecé a temblar ya no de miedo, si no de excitación. Cuando sus manos llegaron a mis nalgas, arrancó violentamente mis pantaletas y me dio tres buenas nalgadas. Sentí un ardor tremendo que me estimuló la circulación y me orilló al primer orgasmo. Tomó otra vez el látigo y me dio de azotes hasta que sentí que estaba sangrando. Él se veía también muy excitado y desabrochando su pantalón dejó descubierta una rica verga de sus buenos 20 centímetros y de un considerable grosor. Mi culo, a pesar de lo lastimado que estaba, ya deseaba sentir adentro ese rico trozo de carne, por lo que aflojé el esfínter esperando su arremetida.

    En vano esperé la metida de verga, pues Eduardo estaba dispuesto a darme una sopa de mi propio chocolate. Acercó su verga a mi cara y desprendiéndome violentamente la cinta que cubría mi boca, acercó su verga y me ordenó a gritos que se la mamara. Yo estaba calientísima y abriendo completamente la boca, me empujó su pene de un solo envión hasta el fondo. Yo sentía que me ahogaba, pero acomodando la garganta pude aguantarlo. Me la sacó un poco y ya pude hacerle movimientos de succión y pasarle mi lengua suavemente. -¡Ah perra, que rico mamas!- me dijo, tienes una boca de puta muy experimentada. Ensaliva bien mi verga para metértela en el culo hasta el tope, hasta los huevos, puta.

    Yo obedecía todo lo que me ordenaba pues mi naturaleza sensual me lo exigía, deseaba que me siguiera lastimando, que me hiciera lo que quisiera, pero que me doliera. Le dejé la verga escurriendo saliva y montándose en mí intentó penetrarme, pero como estaba en una posición que no lo facilitaba, me aflojó un poco las ataduras de los pies para poder acomodar mi grupa para facilitar la penetración. En lo que yo me acomodaba, no dejó de darme de nalgadas y pellizcarme fuertemente. ¡Esto dolía! Pero yo gozaba como loca y tenía orgasmo tras orgasmo gimiendo de placer. Sentía mis rotundas nalgas como una ascua, ardientes, sangrantes, ansiosas por recibir mas castigo, hambrientas de verga.

    Eduardo entonces, acercó su verga a mi culo pero sin penetrarlo; sentía su glande ardiente como lo paseaba alrededor de mi palpitante ano. Yo le gritaba pidiéndole que ya me la metiera, que ya no me hiciera sufrir. Pero estaba visto que era un maestro del sadismo y se negaba a satisfacerme, haciéndome llorar, gritar y maldecir. ¡Esto si era en verdad sufrimiento! Y en verdad lo estaba gozando pues no hay nada mejor, para mí, que mi macho me haga padecer los más fuertes dolores.

    Mi ansioso culo pedía la verga, que me penetrara sin compasión, que se metiera de golpe y vergazo, que me lastimara, que me destrozara, que me desgarrara. Eduardo, entendiendo que mientras más padeciera más iba a gozar, se separó y tomando un consolador de los más grandes me lo introdujo violentamente. Di tremendo grito y casi me desmayo del dolor, Edd sin hacer caso de mi sufrimiento, lo comenzó a mover de manera descompasada, removiéndolo en círculos y adentro y afuera. Como yo tenía las nalgas apretadas por la forma en que me amarró, el roce era muy fuerte y doloroso.

    Al mismo tiempo me daba de latigazos en mis masacradas nalgas produciéndome un espantoso pero placentero dolor. Ya no me importaba que si quería, me matara. Los orgasmos que estaba teniendo casi continuos, compensarían cualquier cosa. Llegó un momento en que ya no sentía dolor, ni los golpes ni la violenta penetración del consolador; todo se estaba traduciendo en placer, ese placer que solo se obtiene del sufrimiento, del dolor, de la humillación. Al fin había encontrado a alguien que comprendiera la belleza del sadomasoquismo y que sabía proporcionar los deliciosos tormentos que a las personas que como yo, solo gozan si antes hay dolor.

    Eduardo estaba como loco dándome duro con el látigo y con el consolador. Me daba cuenta que él ya estaba a punto de tener su orgasmo, pues aumentó la velocidad del movimiento del consolador y había dejado de azotarme. Cesó el movimiento y sacó el consolador de mi culo, metiendo de inmediato y sin compasión su durísima verga. La sentí hasta el fondo y palpitante, caliente y tersa, sus venas expandidas al máximo y su cabeza hinchada. ¡Qué diferencia de sensaciones!, definitivamente no hay nada que se compare a una verga real, de carne y sangre. Mi apretado culo estaba con hambre de semen, de ese exquisito licor espeso, viscoso, tibio y relajante.

    Pero me di cuenta que Eduardo era un verdadero experto en las artes sexuales, pues recostándose en mi espalda, me abrazó y acarició mis senos. Al principio suavemente, como caricias de ala de mariposa, cosquilleantes, delicadas; pero fue aumentando su fuerza y comenzó a pellizcar mis pezones hasta volver a provocarme dolor. Su verga estaba en mi interior estática, yo la oprimía con mi esfínter un poco mas de lo que ya estaba por la posición en que estábamos. Sentí su boca en mi cuello que me besaba y lamía, pero de esto pasó a morderme. El dolor y por ende el placer que sentía era intenso. Sentir casi todo su cuerpo pegado al mío, al tiempo que me proporcionaba sus dolorosas y dulces caricias era lo máximo.

    Sus vellos púbicos cosquilleaban mis nalgas y sentía sus testículos entre mis muslos. Empezó a mover su verga y yo me sentí desfallecer de placer. Levantándose de su postura, ahora ya estaba dándome lindamente por el culo y me venían oleadas de placer. Creí que no era posible sentir más placer, hasta que sus manos se colocaron en mi cuello y empezó a apretar. ¡Me estaba tratando de ahorcar!

    Se me cortó la respiración y me sentía morir, pero al mismo tiempo estaba llegando a la cúspide del placer. Mis orgasmos ya eran incontables, enlazando uno tras otro, era un orgasmo continuo. Su verga no dejaba ya de moverse, penetrando completamente y haciendo que sintiera que me iba a perforar el intestino. Ya no me importaba lo que pasara, estaba dispuesta a morir, morir de placer y de dolor, morir a manos del primer hombre que había comprendido mis necesidades de ser dominada, humillada, violada.

    Ya estaba abandonándome en brazos de la parca, cuando sentí que su verga se hinchaba aún más, que palpitaba y sus venas aumentaban de tamaño, y entonces llegó la magia: torrentes de semen inundaron mi lastimado culo, desbordándose y escurriendo entre mis obscenas nalgas, calmando mis ardores físicos y sexuales, llevándome al paroxismo del placer, a la cúspide de la sensualidad.

    Aflojó sus manos de mi cuello y besó tiernamente las huellas de sus dedos que me había dejado. Se quedó recostado otra vez en mi espalda pero su verga continuaba en mi interior. Apreté mi culo para que no se saliera, pero fue inútil ya que la cantidad de semen con que me había anegado, actuó como lubricante y se salió con un sensual sonido de plop.

    Después de un rato, se acostó junto a mí y abrazándome me preguntó: -¿Gozaste amor mío?, ¿Te gustó lo que te hice?. Yo solo le pude sonreír y presentar mi boca para que me la besara, lo que él hizo de manera apasionada. Una vez que descansó procedió a desatarme y tomando unos pañuelos me restañó las heridas que tenía en mis laceradas nalgas. Yo lo dejé hacer pues lo hacía con verdadero deleite.

    No cabía duda que era un maestro del sadismo. Ya que me sentí confortada por sus cuidados, me incorporé y abrazándolo le dije: -Amor mío, amo mío, quiero ser tu perra para siempre, quiero que me trates siempre así, sentirme tu mujer, sentirte mi hombre, mi macho, mi amo. Seré tu esclava por siempre. Me acarició suavemente y solo dijo una palabra: Sea.

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  • El tímido hijo de mi jefe

    El tímido hijo de mi jefe

    Otro día más, la rutina había vuelto después de las vacaciones de verano. Ya estábamos todos en nuestros puestos, con buen humor como siempre. Trabajo en una industria que hace piezas para coches de distintas marcas, llevo 10 años trabajando y en todo este tiempo he visto como la empresa ha ido creciendo, con los dueños nunca ha habido mal rollo, los sueldos son dignos y el trabajo aunque duro se hace bien.

    Aquella mañana el dueño de la empresa, un señor de unos 60 años trajo a su hijo y nos lo presentó a todos:

    ―Esteban, le presento a mi hijo Rubén, ha estado estudiando en Estados Unidos y a partir de hoy se incorpora a la empresa.

    ―Mucho gusto ―dije simplemente

    ―Igualmente ―comentó él y siguió― Mi padre me ha hablado mucho de usted.

    ―Cuando subamos al despacho quiero hablar con usted ―comentó don Luis

    Cuando observé que estaban en el despacho, fui para ver que quería el jefe. Don Luis me pidió que enseñase a su hijo el funcionamiento de todo lo relativo al tema técnico a lo que accedí gustosamente.

    El joven, nos miraba sin hablar mucho. Era un chaval guapo, de facciones muy marcadas con la piel muy cuidada, se puede decir que es lo que solemos decir, un pijo en toda regla, vestido de traje impecable, se le notaba bien formado físicamente.

    ―Mi padre tiene razón, debo aprender todo y cuanto antes mejor, vengo con muchas ideas pero hay que ponerlas en práctica y para eso tengo que saber el funcionamiento de todo. Espero no ser una carga para usted Esteban

    ―No lo será don Rubén, para mi es un placer ayudarle en todo lo que pueda.

    ―Por favor, llámeme simplemente Rubén y de tu.

    ―Le pido lo mismo entonces.

    Seguimos hablando un rato, quedamos en empezar al día siguientes, se presentaría a las 7 de la mañana como el resto de los trabajadores y se dirigiría directamente a los vestuarios comunes. Mi impresión en pocos segundos sobre el chaval cambió de forma radical. Su forma de hablar, decidida, sabiendo lo que quería sin ser desagradable mi hizo verle e otra manera. Ya no veía al pijo del principio, sino a un joven emprendedor con la cabeza bien puesta y con ganas de comerse el mundo. Me gustaba.

    Al día siguiente, me estaba cambiando con el resto de compañeros cuando apareció Rubén, traía una mochila, venía vestido más informal que el día anterior, unos vaqueros y una camiseta. Me saludó y le presenté a los compañeros que tenía más cerca. Abrió la mochila y sacó un mono de trabajo exactamente igual que el de todos. Me quedé mirándole y sonreí. Me explicó que le parecía lo mas lógico, vestir como todos y ser uno mas, me pareció normal. Se quitó la camiseta y el pantalón y se quedó en slip, unos Calvin Klein blancos de corte clásico. El cuerpazo era impresionante, perfecto, no pude dejar de mirarle aunque trate de disimularlo, creo que él se dio cuenta.

    Dediqué el día entero a enseñarle todo, así durante más de un mes. Entre charlas técnicas y de trabajo nos íbamos contando nuestra vida. Le dije que a pesar de mis 38 años, no había encontrado aún mi pareja perfecta, que mi vida era muy monótona y que las tardes las dedicaba a machacarme en el gimnasio y poco más.

    Él por su parte me contó todo lo que había estudiado por distintos países del mundo, que durante su periodo universitario en Boston estuvo en un equipo de piragüismo y que gracias a eso había podido llevar su estancia allí lo mejor posible. Puedo decir que nos hicimos buenos colegas, era un encanto, muy tímido, extremadamente educado y no puso nunca ninguna pega a cualquier trabajo que hubiese que hacer. Se ganó el respeto y el cariño de todos.

    Esto pasó hace unos días, hoy es viernes, día de relax y de dejar llevarme por mis mas bajos instintos, necesito sexo, y además del bueno. Muchos fines de semana voy al “Criminal”, local donde se necesita entrar con determinada ropa, industrial, militar, deportiva, etc. Me va este rollo, de hecho los viernes no me ducho para ir con toda mi esencia a este sitio, así me aseguro un buen macho.

    Me pongo el suspensorio, el pantalón y las botas militares y una camiseta blanca de tirantes, encima un jersey de corte militar también, es octubre y ya hace fresco. No me afeito, me miro al espejo, mi aspecto para la mayoría de la sociedad sería el de un ser repugnante, pero en el local soy el rey.

    11 de la noche, la música a todo trapo, muchos tíos bailando en la pista, me tomo el primer cubata casi de un trago. Cueros, olor a sudor, segundo cubata, ya empezaba a ponerme en mi punto. Me dirijo a los cuartos especiales, la música por esta zona baja de volumen, se oye gente gimiendo, gritando, el olor es mas intenso, he notado que alguien me sigue.

    Voy a los servicios a mear, se pone a mi lado el tío que me sigue desde hace un rato, nos miramos de arriba abajo, lleva un pantalón de cuero y nada encima, no está mal, tiene mucho vello, puede valer. Termino de mear, pasó por detrás de él y le tocó el culo con las dos manos, le paso la lengua por el cuello, huele a hombre. Le rodeo con mis brazos y pongo mi paquete junto a su culo, le cojo la polla y se la pajeo, gime, mueve su culo para sentir mas cerca mi bulto. Al poco rato se corre, se da la vuelta, me besa y se larga, no ha aguantado nada, que decepción.

    Tendré que seguir la caza. Me hace falta otra copa, voy a la barra principal. La gente en aquella zona baila, se roza, muchas miradas, primeros contactos, por los distintos pasillos se van escondiendo tíos solos, parejas, grupos enteros. Los cuartos ya deben estar a reventar, voy a dar una vuelta, el alcohol hace su efecto y se me está poniendo morcillona solo de ver cachitas semidesnudos bailando y dejándose tocar.

    En la primera sala, la sesión ya ha empezado, un hombre desnudo está atado de pies y manos colgado mientras otro le intenta meter una mano por el ano, otro con un pantalón de cuero negro tiene la cremallera bajada y la polla fuera y obligando al atado a comérsela, dos un poco mas alejados se pajean.

    En otra sala, dos skins se morrean mientras se tocan el paquete mutuamente, los dos con el pelo muy rapado, uno de ellos con un piercing en la ceja obliga al otro a lamerle las botas mientras se va desabrochando el pantalón y sacando su flácida verga. El otro deja de lamerle las botas para pasar a comerle la polla con deseo. El del piercing me mira y me hace un gesto para que les acompañe mientras yo me toco el paquete con una mano, tengo demasiada curiosidad por ver lo que hay en otras salas para quedarme en esta ya.

    Sigo la visita al “criminal” en la sala de duchas, donde suele haber tíos que les va el rollo deportivo, también hay gente. Veo tres tíos como mean a otro que está tirado en el suelo retorciéndose de placer mientras le cae el pis caliente encima. Un chorro le inunda el pecho, otro le cubre toda la zona del paquete mientras se pajea y otro le da en la cara, abre la boca para tragar. Tengo ganas de mear y que mejor sitio para descargar. Me acercó, aún no he visto la cara del tío que se lo está pasando tan bien siendo regado y me apetece.

    ¡Hostia puta! Es Rubén, el hijo de mi jefe, el tímido y educado Rubén. Se me queda mirando, yo a él, ¿Qué hago? Joder que corte.

    ―Venga, ¿a qué esperas, no tienes ganas de mear?

    Me mira con ojos de salido y veo como se pajea mientras me mira y con la otra mano se toca por debajo de los huevos y se lleva un dedo al ano, abre la boca y bebe pis. Me excita, recuerdo la primera vez que le vi semidesnudo con aquellos Calvin Klein, olía bien, nada que ver con lo de ahora. Me gusta más el aspecto que tiene hoy, allí tirado, chorreado de meadas, con el pelo todo pegajoso. Mi meada va directamente a su cuello y a su cara. Le meo también en los pezones y noto como esto le excita aún más si cabe.

    Se pone de rodillas y uno a uno va limpiando con su boca la polla de los tres tíos, llega a mí, me la coge con las manos y se la mete en la boca entera, de un trago. Le agarro de los pelos y le obligo a seguir allí, comiéndomela un rato. Los otros tíos empiezan a desnudarse del todo, uno de ellos se arrodilla junto a Rubén y se alterna en la comida de mi polla.

    Los otros dos se ponen detrás de mí y me empiezan a desnudar, me quitan la camiseta y me bajan el pantalón hasta dejarme desnudo. Me siento como un dios, ahora mismo no sabría sin follármelos a todos o dejar que uno a uno me la metiesen hasta reventar…

    Rubén ahora está en el suelo revolcándose junto a uno de los tíos, yo estoy de pie, tengo a uno de los dos que quedan frente a mí, recostado en la pared y le beso mientras me contoneo para hacer rozar nuestras vergas, el tercero esta de rodilla detrás de mi comiéndome el agujero…

    Rubén me mira mientras está de rodilla siendo sodomizado, a la vez que besa al que me estoy tirando yo. La cara de puto barato que pone me calienta más, quiero follármelo, pero sé que no será aquí, demasiado fácil, su mamada de antes ha sido suficiente por el momento.

    No aguanto más, me voy a correr dentro del desconocido, el que se ha encaprichado de mi agujero va hacer que me vaya, me lo está trabajando tan bien que al tocarme con sus dedos la próstata se me escapa un chorro de leche. Mi machote siente como le inundo el vientre y se mueve. Es fantástico, estoy en dulce tensión durante unos segundos en el que al cerrar los ojos por el éxtasis veo el cielo y todas las estrellas juntas.

    Dura poco, lo que debe durar un orgasmos, más sería mortal de necesidad, al volver a la realidad me doy cuenta que Rubén no está, se ha ido, el que estaba con él se está duchando y ha empezado el juego con los dos que estaban conmigo, me miran para que me una a la ducha, pero ya no me apetece seguir. Me he desahogado y la marcha de Rubén me ha dejado triste. Me visto y salgo del local, en la pista siguen bailando, cada vez con menos ropa, la orgía comienza, noto que me miran, alguien me toca el culo pero no hago mucho caso. Me largo a casa, tengo sueño…

    Sábado por la mañana, después de una noche llena de sorpresas, la mañana puede ser aún mejor, más guarra y con más sexo.

    Miro el despertador, son las 12 de la mañana, lo bueno que tiene el whiskey es que no deja resaca importante, pero me duele todo, la noche anterior me ha dejado machacado. El sol entra por la ventana, estoy desnudo y bocabajo en la cama, no tengo prisa, hoy toca limpiar la casa y no me apetece nada. Sigo en la cama un rato más medio dormido.

    Suena el timbre de la puerta ¿Quién será? No me apetece ver a nadie, no me levanto. Vuelven a llamar, que pesado. Decido ir a ver quien es, me coloco una sábana como puedo y abro la puerta sin mirar por la mirilla.

    ―Rubén, que sorpresa, ¿qué haces aquí, pasa algo?

    ―Que tal Esteban, tranquilo no pasa nada, me he levantado hace poco y no sabía bien que hacer así que he pensado que te apetecería ir a dar una vuelta. Llevo poco tiempo en la ciudad y no conozco a casi nadie, recuerda que llevo desde que era casi un crío estudiando fuera.

    ―Entiendo, pasa y siéntate, preparo algo enseguida.

    Uff, esto si que no me lo esperaba, después de lo que pasó anoche Rubén en mi casa. Y yo con estas pintas, pero que digo, estoy tonto, si anoche le mee encima, ahora me va a dar corte que me vea así, pues si, me da.

    ―Perdona que te reciba con estas pintas, estaba en la cama

    ―Vaya, lo siento, creo que ha sido mala idea, mejor me voy

    ―No, tranquilo, si estaba despierto, pero estaba tan a gusto y… bueno, después de la noche que hemos… perdón, que he tenido.

    Estaba muerto de la vergüenza y lo peor es que no sé por qué, nunca me he mostrado así por mis comportamientos sexuales, pero Rubén parecía tan diferente ahí, sentado en mi sofá, al guarro salido de anoche.

    ―Esteban que era yo el de anoche, no te preocupes, no vengo a dar explicaciones ni a pedir ni tu consentimiento ni tu perdón.

    Me quede inmóvil mirándole. No sabía que decir, aquellas palabras parece que unieron en mi cabeza a las dos personas, al hijo del jefe y al putón de local. A partir de ahí me relaje y actué con más naturalidad

    ―La verdad es que me llevé una sorpresa, eres el que menos podía esperar encontrarme en un sitio como aquel

    ―Ya imagino, yo sin embargo voy buscando tíos como tú a sitios así. Ayer era la primera vez que iba a ese aquí en la ciudad, pero no es el primero que frecuento. Me da mucho morbo y me encantan.

    ―¿tíos como yo?

    ―Cuando era pequeño mi padre me llevaba a la fábrica para que viese las maquinas, siempre me atrajo el olor, mezcla de grasa de las máquinas y sudor de los empleados pero de niño no sabes darle una explicación a ese gusto tan extraño. Mis compañeros de colegio se reían cuando se lo contaban, a ellos les gustaba jugar con videojuegos y cosas así.

    ―Rubén tú mismo has dicho que no me ibas a dar explicaciones, y de verdad que no me hacen falta.

    Mientras le digo esto voy hacia la habitación y me colocó unos calzoncillos, los primeros que pillo, los que me quité anoche que están al lado de la cama, no están sucios, y además quién sabe, a Rubén quizás le guste la idea y… en fin. Para ir del dormitorio a la cocina a preparar el café pasó inevitablemente por el salón.

    Rubén se me queda mirando, reconozco que para tener cerca de 40 años me conservo muy bien, me gusta mantener un aspecto varonil lejos de lo que hoy parece estar de moda entre la nueva era de tíos, todo cremitas y depilación sin control.

    ―Veo que te has puesto los mismos calzoncillos de anoche.

    ―¿Te molesta? Son los primero que he pillado

    ―Tranquilo, me gustan.

    Vuelvo de la cocina con una bandeja, Rubén no está, dejo en la mesa el desayuno y miro para todos lados, el baño está con la puerta entre abierta y la luz apagada. Solo puede estar en el dormitorio.

    Al entrar lo encuentro tirado en la cama, totalmente desnudo y boca abajo, tiene un cuerpo perfecto, ya lo dije antes, sus 24 o 25 años florecen ante mis ojos y bajo la luz del sol que entra por la ventana. No puedo evitar que mi polla se levante.

    ―Me gusta como huele tu cama, huele a tu sudor.

    Se mueve oliendo cada centímetro de la cama, deja ver su entrepierna tímidamente, no tiene vello por ninguna parte de su cuerpo a excepción de la zona del pubis. Se detiene y olisquea durante un rato…

    ―¿Apuesto que esta zona que huele tan bien es justo donde pones la polla para dormir?

    No puedo resistirme, estoy a punto de reventar el slip. Me la tocó mientras sigo mirando los movimientos del joven. Se sienta en la cama dejando su cabeza junto a mi pelvis.

    ―Seguro que tú hueles mejor aún ¿me equivoco?

    Huele el calzoncillo rozando con su nariz mí, aún, embutida verga dentro de él. Me lo arranca con fuerza. Su expresión vuelve a ser la misma de anoche, se le encienden los ojos mientras se mete toda la carne en la boca, puedo olerme los sobacos mientras con los ojos cerrados siento el calor de su boca devorando mi miembro.

    Ya va para dos días que no pruebo el agua, mi olor es fuerte, a mí me gusta, a él mucho más, me lame con su lengua el vientre, el pecho, los pezones. Noto sus dientes acariciando la axila después de olerla, parece que me fuese a morder. Me lame también el cuello, se roza con mi perilla su barbilla antes de besarme con pasión en la boca, me mete la lengua. Coge con sus manos mis nalgas y me aprieta hacia él con fuerza. Me susurra al oído:

    ―Fóllame.

    Es momento de que tome la iniciativa. Desde el primer día que le vi sabía que me lo acabaría tirando, nunca imagine que de esta manera, ni en mis mejores sueños podría pensar que tuviese gustos parecidos a los míos. Se ha puesto de pie tirado hacia delante en la cama, roza con su culo mi aparato, ha cogido mi calzoncillo y lo huele.

    Le cojo de las caderas y me lo acercó, mi polla le atraviesa la entrepierna hasta tocar sus huevos por un lado, me meneo adelante y atrás notando el roce de su vello y mi pene. Se abre de piernas, deja su agujero tan al aire libre que dan ganas de comérselo, ¿Por qué no? Pienso, y me agacho y lo lamo, le escupo y vuelvo a pasar la lengua…

    ―Oh Esteban, métemela, por lo que más quieras. Necesito una polla dentro de mí cuanto antes o me moriré del incendio que me quema por dentro.

    ―Calla guarro, ¿no te gusta que te lo coma antes o qué?

    ―No me vale, quiero una buena verga. O me la metes o me largo fuera y me tiro al primero que pille.

    Antes de terminar la frase se la he clavado, sus nalgas se endurecen al sentir mi embestida. Esas nalgas lisas como las de un niño pero prietas como las que solo un hombre de su edad puede tener. El esfínter, bien adiestrado, se dilata para dejar pasar todo el miembro para contraerse después sujetándome bien, el placer que me está dando es indescriptible, nunca me he follado a nadie que juegue tan bien con su culo. El muy cabrón es un auténtico puto que sabe hacer bien su trabajo.

    Se la saco para darle la vuelta, me coloco encima de él y antes de volver a metérsela se la meto por la boca para que recoja el líquido pre seminal que me sale. Lo hace, chupa como un loco desesperado, me lame todo el tronco de la polla hasta llegar a los huevos, se los mete con igual destreza en la boca. Coloco mi culo encima de su cara para que me lo coma un rato, no pone ninguna oposición. Me lo chupa con la misma habilidad que hace todo, su lengua se introduce en mi agujero, mmm que rico, hace que se me endurezcan los pezones del placer.

    Lo vuelvo a follar, no ando con rodeos, le clavo la polla de una vez hasta dentro, mis huevos llegan a sus nalgas y el grito de Rubén es de los de llegar al éxtasis, tanto es así que se corre encima de su vientre con mi polla dentro, dos vaivenes y yo me voy dentro de él, al sentir como mi leche le inunda su polla sigue chorreando semen, yo sigo descargando a la vez que él, es como si todo lo que yo le meto dentro lo sacase él por su polla.

    Ha sido increíble, reconozco que para no ser mi tipo de hombre Rubén me ha sacado más leche que nadie. Se levanta de la cama, desnudo, y va al baño. No pasa un minuto y me llama, lo encuentro en la bañera, se está meando encima…

    ―¿no te apetece una meada?

    ―La verdad es que si.

    Mi polla ya algo flácida lanza un chorro de pis encima del joven, le riego de arriba abajo, se traga lo que le echo. Me invita a pasar a la bañera, me tiró encima de él, me restriego llenándonos los dos del líquido amarillo que poco a poco se va secando y resulta pegajoso. Allí me lo vuelvo a tirar. Nos volvemos a correr juntos.

    Ya son las 2 de la tarde, hemos estado 3 horas y hemos echado dos polvos maravillosos. Yo ya me he duchado y ahora lo está haciendo él, vamos a comer juntos fuera. El fin de semana no ha hecho más que empezar. Me dice desde la ducha que solo se lavará con agua, no quiere oler a nada esta noche cuando vayamos al “criminal”, yo tampoco me he dado con ningún gel…

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  • Dia de elecciones (4): Milagros o Anna

    Dia de elecciones (4): Milagros o Anna

    Me dirijo a tomar desayuno en mi moto, paro en un mercado. Ordeno unos panes con chicharon y jugo surtido, necesitaba recuperar fuerzas. Veo en TV el resultado de las elecciones al 45%. Luego me dirijo a mi casa a descansar ha sido una jornada larga y estaba cansado. Recibo un mensaje de Anna dándome los buenos días, le respondo brindándole los buenos días también, conecto mi Smartphone a la corriente y a dormir.

    Duermo por casi 9 horas, al levantarme son las 5.12 pm reviso mi celular para ver los mensajes, tenía un WhatsApp de Anna preguntándome como estaba y si había llegado bien a casa.

    Y otros 2 mensajes de WhatsApp de Milagros uno indicándome que había llegado bien a su casa y en el otro indicándome que todavía tenía ardor en el ano, que necesitaba mi verga para calmar ese ardor en su interior, ese mensaje me excito.

    Fue cuando me di cuenta que estaba en un problema como iba a hacer para andar con Milagros y Anna a la vez, quizás un trio con las 2 eso sería fantástico – pensé.

    Ordene comida a domicilio y limpie un poco mi departamento, luego me puse a navegar por internet y encontré un curso de francés en línea, me puse a realizarlo.

    En eso suena mi celular era Milagros, contesto:

    Yo: Bonjour, Comment ça va?

    Milagros: ¡Ahh!

    Yo: Hola Milagros

    Milagros: Hola, ¿qué estás haciendo?

    Yo: Encontré un curso en línea de francés y estoy estudiando

    Milagros: Guau francés que interesante, el idioma del amor.

    Solo sonreí

    Yo: Y dime, ¿cómo estás?

    Milagros: Como estoy, estoy echada en mi cama con un fuerte ardor en el ano, escurriendo aun la leche que alguien me dejo. Sabes, deberían de castigarlo por follar tan duro a una dama.

    Yo: Si, como es posible que existan tipos que traten así a una dama

    Escucho su risa a través desde el teléfono.

    Milagros: Te extraño, Como quisiera que estuvieras aquí en mí cama ahora y me vuelvas a hacer tuya.

    Sus palabras me excitaron.

    Yo: Mañana nos vemos, Milagros

    Milagros: Y cómo vamos a hacer en la Oficina Distrital hay mucha gente, será difícil estar solos.

    Yo: Mira el coordinador distrital cito a los CLVs a las 9 am, en cuando a los CM todavía no nos da indicaciones. No sé a qué hora me desocupe seguro nos dará una lista de los informes y formatos que se tendrá que presentar en la central.

    Milagros: Entonces..

    Yo: Te parece si paso a recogerte a las 7 am en la estación, de ahí vamos a un hotel para darte tú mañanero.

    Milagros: Uhmm… Hasta mañana yo te quiero ahora, que tal si en un par de horas me recoges de la estación y de ahí me llevas a tu casa. Me podrás dar mis buenas noches y mañanero juntos.

    La propuesta me era tentadora, tener ese hermoso cuerpo toda esta noche sería fantástico.

    Pero recordé unas palabras de mi abuelo, un antiguo mujeriego: “Mientras no sea la oficial, nunca la lleves al hogar, te evitaras de muchos problemas”. Y tenía razón ante cualquier problema que surja en el futuro y quisiera libarme de ella, tendría donde buscarme. Y a Milagros tampoco la quería para algo serio, solo sexo. Así que tendría que alquilar una habitación de hotel para toda la noche.

    Yo: Ok Milagros, te recojo en un par de horas en la estación.

    Escucho un júbilo de alegría y cuelga.

    Busco por internet hoteles cerca con habitaciones disponibles para reservar.

    En eso vuelve a sonar mi celular, esta vez era Anna.

    Yo: Hola ricitos de oro

    Escucho una carcajada

    Anna: Hola Idiota

    Yo: Que niña tan grosera, creo que se quiere ganar un par de nalgadas

    Anna: Así me fastidiaban cuando era pequeña, ricitos de oro

    Yo: ¿Que aun eras más pequeña?

    Anna: Bobo

    Sonrió

    Yo: ¿Dime a que debo tu llamada?

    Anna: ¿Sabes mañana a qué hora debemos ir a la oficina?

    Yo: No se todavía el coordinador Distrital no ha dado indicación para los CM (Coordinador de Mesa) apenas me mande les enviare al grupo

    Anna: Bueno, ¿y que haces?

    Yo: Estoy viendo un video de Ricitos de Oro veo que le gustaba coger cosas de los demás y entrar a casa ajena sin permiso. Era una niña muy malcriada.

    Anna: ¡Te odio!

    Me cuelga

    Hago la reserva de hotel y me alisto para salir, Camisa pantalón de vestir y unos mocasines. Me roció con mi perfume de Armani Code. En la mochila llevo los informes, formatos y documentos de CLV que seguro necesitare el día de mañana. También llevo la pastilla del día siguiente y condones. Salgo en mi moto rumbo a la estación a recoger a Milagros pero antes paro en una farmacia y compro un Lubricante Anal Relax, con esto ya no sentirá tanto dolor.

    Al llegar la encuentro sentada en una banca esperándome, vestía una blusa blanca, pantalón de pinzas café, blazer azul marino con zapatillas blancas y una mochila color rosado. Me quedo viéndola un momento, parecía toda una modelo.

    En eso un hombre se le acerca y veo que conversan, ella voltea y me ve. Lo deja con la palabra en la boca al hombre y se dirige hacia mí. Acelera el paso y me saluda con un beso. Aprovecho y la acerco hacia mí, mis manos las coloco sobre sus nalgas dándoles un fuerte apretón. El hombre nos mira y se marcha.

    Milagros: Hueles riquísimo, ¿que perfume es ese?

    Yo: Tendrás que adivinarlo

    Milagros: Acqua di Giò o Bleu de Chanel

    Yo: está muy fría

    Sonreímos.

    Yo: ¿Quién era ese tipo?

    Milagros: No sé, me dijo que era Fotógrafo y que le había gustado, si me podía tomar unas fotos. Le dije que para eso tenía que pedirle permiso a mi novio y lo deje. ¿Por qué celoso?

    Yo: Claro, como no estarlo, cuando alguien quiere lo que es mío.

    Milagros: Uy que celoso me saliste

    Me recompenso con un beso, nuestros labios se devoran entre si mientras nuestras lenguas juegan. Luego de unos minutos besándonos, le pregunto si había cenado.

    Ella acaricia mi rostro con sus suaves manos.

    Milagros: No todavía.

    Yo: Bueno, conozco un restaurante, tu mochila métela en la maletera de la moto.

    Le doy un casco y se sube, se echa sobre mi espalda rodeándome con sus brazos la cintura.

    Llegamos a un restaurante elegante donde se escuchaba jazz de fondo. Buscamos una mesa y nos sentamos.

    Milagros: ¡Wow! este sitio esta hermoso

    Yo: El dueño es un amigo de la universidad, esta es una de sus sedes. Tiene 4 locales en toda la capital, poco a poco está expandiéndose.

    Milagros: ¿Y tu amigo también es Ingeniero de sistemas?

    Yo: No es licenciado en negocios Internacionales, lo conocí en la selección de Karate de la universidad.

    Milagros: ¿También sabes karate?

    Sonríe.

    Un momento como sabía que yo era ingeniero en sistemas, si nunca lo mencione ni a ella ni a nadie del grupo, ha estado investigándome. En eso el mozo nos interrumpe.

    De entrada le solicite unas Bruschettas variadas para ambos, como plato principal para mi Fettuccine Alfredo con camarones y a la señorita un lomo fino papas doradas al romero y ensalada. Para tomar un vino tinto Merlot y como postre un tiramisú. El mozo apunta las órdenes y se marcha. Milagros no dejaba de mirarme con una sonrisa.

    Yo: Te va a gustar el Tiramisú es un clásico postre italiano, ¿pasa algo?

    Milagros: Gracias por pedir mi opinión

    Yo: Llamo al mozo para que hagas los cambios.

    Milagros: No, no así está bien, es que eres increíble.

    Yo: Solo ordene

    Milagros: Es que me gusto que tomaras la iniciativa y decidieras por mí. Sabes la mayoría de citas que he tenido. Los hombres siempre me consultan que deseo, inclusive me dejan elegir el restaurante. Una vez un chico se puso a buscar en la carta que era lo más barato y como no podía pagarlo nos tuvimos que retirar, se me caía la cara de vergüenza. Es la primera vez que alguien decide por mí.

    Yo: ¿Y cuantas citas haz tenido?

    Milagros: Muchas no se nunca he llevado la cuenta, pero todos se comportaban como niños.

    El mozo vino con los platos, comencé a hacerle preguntas sobre su vida, sus relaciones, su relación con sus padres. Menospreciaba a su padre por ser un obrero y alcohólico, relaciones que terminaron por una infidelidad de su parte, siempre buscando justificación. Poco a poco se iba soltando, sin darse cuenta todas las banderas rojas que me estaba dando.

    Oírla me permitió darme cuenta de muchas cosas y porque se había fijado en mí, con todos los pandilleros con los que anduvo y el entorno donde creció, yo parecía su mejor opción. Su salvavidas, su caballero blanco que la rescataría de ese mundo. Por más hermosa y buena que estaba yo no buscaba eso. Recordé otras sabias palabras de mi abuelo: “No idealices a nadie solo porque es atractiva o al inicio se porta perfecta, escucha tus instintos” y mis instintos me decían que Milagros llenaría mi mundo de problemas, así que tenía que terminarla y darle una buena despedida.

    Terminamos de cenar y salimos rumbo al hotel, al llegar me estaciono en el garaje. Milagros baja de la moto se quita el casco y mira sorprendida.

    Milagros: Pensé que me llevarías a tu casa

    Yo: Estoy dándole alojamiento a unos tíos, ellos están hay ahora. Acá tendremos mayor privacidad.

    Milagros se queda en silencio, se dio cuenta que era mentira.

    Entramos a la recepción del hotel, le brindo mis datos y me da la llave de la habitación.

    Nos dirigimos donde los ascensores, había una pareja esperando el ascensor. Era un hombre de unos 50 años cálculo y una mujer muy atractiva de unos 20 años que parecía del negocio.

    Apenas sintieron nuestra presencia voltearon, la chica me reconoció y yo la reconocí, era una escort con la que regularmente tenía sexo. Se me acerca y me saluda con un efusivo abrazo.

    Menciona mi nombre, así que no podía negarlo.

    Yo: Hola Atenea

    Atenea: Como esta unos de mis clientes favoritos, hace tiempo que ya no requieres de mis servicios, hice algo mal la última vez que no te gusto.

    Yo: No solo que he estado con mucho trabajo.

    Se abre las puertas del ascensor y entramos, Milagros en silencio.

    Atenea mira a Milagros.

    Atenea: A ti nunca te había visto, eres una de las chicas nuevas que entro hoy a la agencia.

    Yo: No Atenea, ella no trabaja en ninguna agencia

    Atenea: ¿Es tu novia?

    Yo: No solo es una amiga

    Milagros frunce el ceño.

    Atenea: Bueno, te cuento que ahora la agencia implemento el Monday Black, todos los lunes haremos un descuento de 20% a nuestros clientes.

    Yo: ok lo tendré presente.

    Las puertas del ascensor se abren, Atenea agarra las manos de su cliente y se dirigen a su habitación.

    Atenea: Nos vemos, espero tu llamada.

    Milagros tenía un rostro de enojo y molestia, salimos del ascensor en dirección a la habitación que reserve. Entramos la habitación era amplia con jacuzzi, smartv, internet, cama king size, un pequeño cuarto de baño, ducha con agua caliente, 2 sillones con una mesa circular en medio, un sillón tántrico con un afiche en la pared donde indicaba todas las poses que se podían hacer en él y espejos uno central en la pared y otro en el techo.

    Cierro con llave y le acaricio sus mejillas, pero ella se aparta.

    Yo: ¿Te pasa algo?

    Milagros: Estoy molesta contigo.

    Yo: se cómo quitarte esa molestia

    La intento agarrar de la cintura.

    Milagros: Suéltame imbécil

    Me siento en la cama

    Milagros: ¿Por qué no me llevaste a tu casa?

    Yo: Ya te dije el motivo

    Milagros: ¿Tú crees que yo soy estúpida? ¿Crees que me voy a tragar el cuento de tus tíos? ¿Tienes a otra no? ¿Y yo soy la amante?

    Yo: No tengo a nadie, lo de mis tíos es verdad ya es tu problema si me crees o no

    Milagros: ¿Y esa zorra?

    Yo: ¿Quién Atenea?

    Milagros: ¡¡Te acuesta con ella!!

    Yo: Primeramente me bajas ese tono, a mí no me vas hablar así. Y que tanto te quejas si hace un rato, en el restaurante hacías alarde de todos los hombres que te has tirado. Así como tú tienes un pasado yo también tengo uno.

    Milagros: ¿Por qué le dijiste que era solo una amiga?

    Yo: Eso eres no, yo nunca te he propuesto para estar. Y con esa actitud que estas mostrando estas lejos de serlo.

    Milagros: Esta noche no tendremos sexo.

    Milagros quería condicionarme el sexo, intentaba manipularme de esa forma. Seguro controlaba a los hombres así, pero como ella dijo yo era diferente. Y no iba a caer en su juego.

    Yo: Bueno si no tendremos sexo, no veo ningún motivo para que sigas aquí. Agarra tu mochila y vete. Llamare a unas escorts para que me hagan compañía esta noche.

    Timbro y coloco el altavoz.

    Milagros coge su mochila y se dirige a la puerta, contestan.

    Agencia: Buenas…

    Yo: Buenas llamo por sus servicios, quisiera saber que gatitas están disponibles ahora.

    Milagros se queda parada en la puerta.

    Agencia: Ah ok, te saluda Grecia tu gatita recepcionista, mira ahora están Ivana de 19 años sensual, Marisol 20 años potoncita y Laura 20 años caderona. Ah y 2 chicas debutantes Araceli y Camila de 18 años ambas lista para estrenar.

    Milagros: Cuelga

    Yo: ¿Y qué servicios ofrecen?

    Milagros: Cuelga

    Agencia: Mira nuestras gatitas son súper complacientes y están dispuestas a todo por complacer a los clientes, el servicio incluye masaje relajante, sexo oral y vaginal, baile erótico. Y sexo anal solo Ivana y Camila lo ofrecen, obvio con un adicional.

    Milagros ya no aguanta más está a punto de explotar.

    Yo: Crees que me las puedas enviar a mi hotel.

    Agencia: Claro nomas indícanos en que hotel te hospedas y nuestras gatitas irán en camino.

    Milagros regresa de la puerta a toda velocidad y me arrebata el celular.

    Milagros: ¡Él no las necesita, grupo de perras!

    Cuelga la llamada.

    Me pongo de pie y con una mano le quito mi celular y con la otra mano la agarró del cuello y la empujo hasta la pared. Su rostro reflejaba muchas emociones miedo, impotencia, enojo, excitación. Sabía que estaba ante un verdadero hombre que no le iba a aceptar sus juegos ni sus malacrianzas de niña.

    Yo: Ves lo que acabas de hacer, ahora tú serás mi perra esta noche y no te vas a ir de aquí hasta que me complazcas y mis bolas queden completamente vacías. Si no te ira peor.

    Suelto mi mano de su cuello.

    Yo: Quítate la ropa

    Me dirijo a la cama y me siento, mirándola de frente.

    Yo: ¡Que estas esperando!

    Milagros comienza a deshacerse de cada una de sus prendas hasta quedar completamente desnuda. Le dijo que se acerque, la jalo con una mano y tiro boca abajo sobre mis piernas.

    Quedando su trasero a mi completa disposición, merecía un castigo por su insolencia.

    Con una mano la sostengo para que no se levante y con la otra comienzo a darle nalgadas unas tras otra. Hazte dejarle mi mano marcada. Aunque ella me mostraba dolor yo sabía en el fondo que lo estaba disfrutando. Su ano se encontraba aun medio abierto, luego de la follada que le di de madrugada.

    Luego envuelvo mi mano en su cabello y tiro de él alzándola. Me dirijo a su oído.

    Yo: No voy a tolerar ese tipo compartimiento, ni tus malacrianzas de niña a mí me vas a respetar. ¡Te quedo claro!

    Milagros: Si

    Note que ya se encontraba mojada.

    Le suelto del cabello dejándola caer al piso. Agarro el control del Tv Smart y busco música erótica.

    Yo: Ahora quiero que te pongas de pie y bailes para mí.

    Milagros me hace caso sin rechistar y comienza con un baile erótico, moviendo sus caderas de un lado a otro, alza sus brazos dándose vuelta subiendo de arriba abajo. Era todo un espectáculo que puso a mi miembro erecto. Agarro una almohada y la coloco en el suelo y me bajo los pantalones.

    Yo: Milagros quiero que vengas a mí gateando y te arrodilles sobre esta almohada.

    Obedece mis órdenes y se coloca en posición, agarra mi miembro con sus manos y comienza a pasar su lengua sobre mi glande. Lo lame como una paleta hasta que se lo lleva al fondo de su boca. Le agarro la cabeza subiendo y bajando primero lento y después subiendo el ritmo, ella lo comienza a succionar con más fuerza. Con la música erótica que se escuchaba en toda la habitación, era un ambiente fascinante.

    Hasta que ya aguanto más y termino de venirme dentro de su boca. Ella me lo retiene esperando que termine de eyacular hasta la última gota. Finalmente suelta mi miembro mostrándome su boca, su lengua dientes y encías, tenía mi leche en toda su boca. Y de a pocos y de manera suave se lo termina tragando.

    Su rostro ahora mostraba alegría, sus ojos le brillaban y no dejaba de mirarme, que podía verme reflejado en ellos, mientras se mordía los labios le agarro el mentón.

    Yo: Tomemos un descanso, perrita.

    Continuará.

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  • Una gran mamada

    Una gran mamada

    Fui a una localidad distante un centenar de kilómetros de casa pues debía visitar a un familiar mío que hacía meses que no veía, ya que él se trasladó buscando trabajo. Al final logró emplearse en una cafetería donde además su esposa trabajaba de limpiadora. Yo me hallaba de permiso en la empresa y estando algo aburrido me incliné por visitarle. No soy muy amante de conducir por las carreteras y más sobre todo de noche, por lo que opté por coger el tren regional.

    Al llegar a esta ciudad bajé de la estación férrea y camino de la vivienda de mi ahijado me encontré a un joven de unos 20 años, mulato, con el pelo cortito, muy guapo, con un cuerpo escultural, sin nada de grasa, vestido con ropa normal una camiseta de manga corta y un pantalón vaquero color azul. Me pidió que le diese fuego, pues yo iba fumando un cigarrillo, y al acercarle el mechero me deslumbró su mirada. Con su otra mano me toco mi bulto y le dije si tenía sitio. Me dijo que vivía muy cerca de la zona y me pidió le invitase a almorzar o tomar algo en un bar cercano. Su nombre era Andrés.

    Llegamos a su casa, que estaba vacía y no había nadie, y pasamos al comedor donde me empezó a morrear y besar. Le dije que se tranquilizara y cuando me di cuenta ya se había sacado la polla por el pantalón ya que no llevaba slips y se la estaba tocando con su otra mano. Yo comencé a desvestirme y no paraba de acariciarlo. Me dijo que llevaba unas semanas sin sexo y tras quitarse la escasa ropa le pude ver desnudo en su totalidad.

    Sin apenas vello, tan solo en la zona genital, me incliné y comencé a chupar su pene que poco a poco crecía ante mí. No era muy grande, calculo que le medía unos 16 centímetros. Su sabor era fuerte con olor a macho y ello provocó en mí una erección que él supo atajar pues con su mano empezó a darme placer y empezó masturbándome poco a poco.

    Apenas hablaba y tras decirle lo guapo que era se arrodilló ante mí, encima de la cama y me pidió que se la chupara. La tenía ligeramente curvada hacía un lado, pero conforme la chupaba iba creciendo. Estuve diez minutos dándole con mi lengua, sobre todo haciéndole círculos en la punta de su pene y el gemía del gusto.

    Me dijo antes de empezar de ponerse un preservativo, pero no le dejé y me anunció que se venía. Sus gemidos y espasmos eran evidentes y le dije que se corriera en mi boca. Me lanzó varios chorros de espesa leche caliente que tragué con sumo gusto y morbo y tras acabar se sorprendió de que no hubiese escupido su néctar. Le dije que me gusto desde el principio y que quería probar su esperma que tenía un sabor agridulce.

    Me beso por haberle proporcionado una gran mamada y se dedicó a mi polla. Esta ya goteaba líquido preseminal y comenzó a lamerla con su boca poco a poco, cuando estaba a punto de explotar, paraba y me dejaba con las ganas de correrme. Así me tuvo un cuarto de hora donde pude gozar pues sus lamidas, caricias y besos por doquier iban desde mi pene a los genitales, muslos, cuello, pecho y boca y al final le anuncié mi venida. Retiró su lengua y con las manos empezó a hacerme una paja hasta que inexorablemente me corrí en sus manos arrojando varios trallazos de lefa.

    Tras descargar encima de mi abdomen y entre sus manos, procedió a limpiarme y se colocó un preservativo pues de nuevo se había empalmado y me dijo que me quería follar. Me puse a cuatro y tras meterme varios dedos y ponerme lubricante, comenzó a introducirla en mi culo. Al principio costó un poquillo meterla, pero después sentí un gran gusto cuando poco a poco desaparecía el dolor inicial y daba paso a unos minutos de bonita sensación placentera.

    Tras un buen rato apretando y sacando su polla se corrió dentro del condón, mientras sus labios se acercaban a los míos y me daba suaves caricias. Me aseguró haberse sentido muy a gusto con la mamada otorgada por mi y por haberme follado, tras varias semanas sin sexo y al final me volvió de nuevo a pajear pues yo me había excitado cuando me estaba follando.

    Me pidió que le follase a él, pero le dije que no podía retrasarme de mi cita, pues estando con él había sonado varias veces mi móvil y tras mirar las llamadas eran las de mi ahijado que me envió un mensaje diciendo estar preocupado por mi tardanza, pues yo le había anunciado mi llegada con antelación.

    Nos despedimos con un sensual beso en la boca y de nuevo al irme me toco mi bragueta con sus manos, diciendo que era una pena que viviese tan lejos de él, porque de haber vivido en la misma población, a buen seguro no hubiese sido esta la única cita entre ambos.

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  • Mi cachonda prima enfermera (3)

    Mi cachonda prima enfermera (3)

    Pero entonces se levantó, dejando el plato a medio terminar, y se acercó con un movimiento lento, casi felino. —Muy delicioso todo —murmuró, con un matiz que hizo que mi piel se erizara—. Pero le faltó algo.

    —¿Qué? —pregunté, confundido, mi voz atrapada en la garganta mientras ella se ponía en cuclillas frente a mí, su rostro a la altura de mi regazo.

    Sin responder, sus manos encontraron la bragueta de mi pantalón, bajándola con una lentitud deliberada. Sus dedos, ágiles y seguros, se deslizaron dentro, liberando mi erección con un roce que me hizo contener el aliento. —Tu chorizote, amor —susurró, sus ojos clavados en los míos, una sonrisa traviesa curvando sus labios antes de que su boca me envolviera.

    El sonido de su succión llenó el departamento, un ritmo húmedo y urgente que resonaba en cada rincón. Regina se entregaba con una intensidad feroz, su lengua trazaba caminos que me hacían apretar los puños contra la mesa. Se atragantaba ligeramente, el sonido gutural de su garganta era tan sexy que me nublaba la razón, pero sus ojos nunca dejaban los míos, una mirada ardiente que me mantenía atrapado. Coloqué una mano en su nuca, no para forzarla, sino para mantenerla allí, para prolongar el éxtasis de sentirla devorándome.

    Ella se movió con más audacia, levantándose lo justo para quitarse el pantalón del uniforme, la tela cayó al suelo con un susurro. Luego, la blusa siguió, dejándola en un brasier negro de encaje que apenas contenía sus pechos y un cachetero blanco que abrazaba sus nalgas con una precisión cruel. Su piel pálida brillaba bajo la luz de las velas, y cada curva de su cuerpo parecía esculpida para tentarme.

    —Regina… —gemí, mientras ella seguía, su cabeza subía y bajaba, el ritmo era implacable. Mis dedos se enredaron en su cabello, sintiendo el calor de su cuero cabelludo, el leve temblor de su cuerpo mientras se entregaba por completo.

    De pronto, se detuvo, sus labios brillando mientras me miraba, jadeante. —Esto es solo el aperitivo, Adrián —dijo, su voz un susurro ronco que prometía más. Se puso de pie, el cachetero marcando cada línea de su figura, y se inclinó hacia mí, sus pechos rozando mi pecho. —¿Qué más tienes preparado para mí esta noche?

    Mi mano encontró su cadera, deslizándose por la tela del cachetero hasta rozar la piel desnuda de sus nalgas. —Todo lo que quieras, primita —respondí, lleno de un deseo que ya no podía contener—. Todo.

    Regina tiró de mi camisa con una urgencia que me hizo tambalear, levantándome de la silla como si no pesara nada. Mis manos encontraron sus nalgas, firmes y cálidas bajo el cachetero blanco, y la apreté contra mí, nuestras bocas chocaron en un beso feroz, hambriento, que sabía a vino y deseo. Sus dedos, frenéticos, desabotonaron mi camisa, arrancándola con un movimiento que la hizo aterrizar en el sillón, un revoltijo de tela olvidado. Sus palmas recorrieron mi pecho, la piel de sus manos suave pero decidida, trazaban senderos que ardían bajo su toque. Luego, sus labios siguieron, besando mi piel con una devoción que me hizo estremecer, cada roce de su boca un incendio que se extendía por mi cuerpo.

    De pronto, ella saltó hacia mí, sus piernas rodearon mi cintura, sus muslos me apretaban con una fuerza que hablaba de años de deseo contenido. Mis manos se hundieron en sus nalgas, sosteniéndola mientras besaba su cuello, saboreando la sal de su piel, el pulso acelerado bajo mis labios.

    —Hazme tuya, primito —susurró, su voz estaba rota por la pasión, vibrando contra mi oído—. Te deseo desde que éramos adolescentes, desde aquellas fiestas familiares donde nos escondíamos bajo las mesas para fajarnos.

    Sus palabras me golpearon como un relámpago, evocando recuerdos de risas furtivas, de manos torpes explorando en la penumbra, de promesas infantiles que ahora cobraban vida. Sus labios volvieron a los míos, besándome con una desesperación que me robó el aire, su lengua danzando con la mía en un ritmo frenético.

    —Quiero ser tuya de por vida, Adrián —jadeó entre besos, sus manos enredándose en mi cabello, tirando con una urgencia que me hacía perder la razón.

    La llevé hacia la pared más cercana, su espalda chocaba suavemente contra la superficie, mis manos aún aferradas a sus nalgas, levantando el cachetero para sentir la piel desnuda bajo mis dedos. Besé la curva de su clavícula, bajando hasta el borde de su brasier, mis dientes rozaban la tela mientras ella gemía, su cuerpo arqueándose contra el mío.

    —Siempre has sido mía, prima —murmuré contra su piel, mi voz un gruñido bajo mientras desabrochaba su brasier con un movimiento rápido, liberando sus pechos, más llenos y perfectos de lo que había imaginado. Mis labios encontraron un pezón, succionando con una mezcla de reverencia y hambre, mientras ella clavaba las uñas en mi espalda, un gemido escapando de su garganta.

    —Sigue… no pares —susurró, sus piernas apretaban más fuerte, su cadera se movía contra la mía, buscando fricción, buscando más.

    Mis manos exploraron su cuerpo, cada curva, cada rincón, mientras ella tiraba de mi cinturón, liberándome con una urgencia que igualaba la mía. El departamento se desvaneció, las velas titilando en la distancia, el mundo reducido a su piel contra la mía, a sus gemidos llenando el aire, a la promesa de un fuego que había ardido desde nuestra adolescencia y que ahora, por fin, consumía todo a su paso.

    La llevé a su habitación, el aire estaba cargado de su perfume y el calor de nuestros cuerpos. Nos desplomamos sobre su cama, las sábanas crujieron bajo nuestro peso, un caos de deseo que no admitía pausa. Mis labios no se apartaban de los suyos, devorándola en besos profundos, mi lengua exploraba la suya mientras mis manos recorrían la suavidad de su piel. Bajé a sus pechos, lamiendo sus pezones, duros y sensibles bajo mi lengua, succionándolos con una mezcla de reverencia y urgencia que la hacía arquearse contra mí, sus gemidos llenaban la habitación como una melodía prohibida.

    Me aparté un instante, solo lo suficiente para arrancarme el pantalón, la tela cayó al suelo con un susurro. Regina me observaba desde la cama, su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas, sus dedos se deslizaban por encima del cachetero blanco, acariciando su panochita con una lentitud que era pura provocación. Sus ojos, brillaban tras los anteojos, estaban fijos en mí, oscuros de deseo. Me acerqué, abriendo sus piernas con suavidad, y deslicé el cachetero por sus muslos, revelando su vagina recién depilada, suave y reluciente bajo la luz tenue de la lámpara.

    —Vaya, primita, te depilaste —dije, mis dedos rozaron su piel desnuda, sintiendo el calor que emanaba de ella.

    Ella sonrió, era una curva audaz en sus labios, mientras su mano seguía acariciando su clítoris en círculos lentos. —Lo hice por ti, primito —susurró, su voz temblaba de anticipación—. Sabía que esta noche me harías tuya.

    Mis ojos se abrieron, un torrente de calor recorriendo mi cuerpo. —¿Te imaginas qué dirían mis tíos si supieran que voy a cogerme a mi prima? —bromeé, inclinándome para besar la piel suave de su vientre, mis labios descendiendo lentamente.

    —No me importa lo que piensen —respondió, su voz un gemido entrecortado mientras su otra mano apretaba uno de sus pezones, pellizcándolo con una intensidad que me hizo apretar los dientes—. Ya méteme ese chorizote en la panocha, Adrián.

    Sus palabras fueron un disparo, una orden que no podía ignorar.

    Pero en lugar de ceder a su súplica, decidí avivar el fuego aún más. Quería que me deseara con una intensidad que la consumiera. Me deslicé hacia abajo, posicionando mi cabeza entre sus muslos, su piel suave y cálida rozaba mis mejillas. La miré, sus ojos oscuros brillaban tras los anteojos, y dejé que mi voz se volviera un murmullo cargado de deseo.

    —Primero voy a lamer tu panocha, primita —dije, mis manos abrieron sus piernas con suavidad—. La he deseado desde que te vi desnuda en la piscina cuando teníamos catorce años.

    — ¿Sabes? Esa vez me desnudé intencionalmente para ti.

    Ella dejó escapar una risa entrecortada mientras revelaba aquel secreto.

    No respondí. En cambio, hundí mi rostro entre sus muslos, mi lengua encontró la entrada de su panocha, ahora completamente depilada, suave y resbaladiza bajo mi toque. Comencé lentamente, saboreando cada pliegue, el sabor salado y dulce de su excitación inundaba mis sentidos. Regina arqueó la espalda, un gemido profundo escapó de su garganta mientras sus manos se enredaban en mi cabello, empujando mi cabeza más cerca, como si temiera que me detuviera. Aceleré el ritmo, mi lengua trazaba círculos rápidos alrededor de su clítoris, succionando con una presión que la hacía estremecerse.

    —¡No pares, primito, no pares! —jadeó, sus piernas se apretaban alrededor de mi cabeza, sus muslos temblaban contra mis mejillas. Sus gemidos llenaban la habitación, un coro de placer que resonaba en las paredes, mezclado con el crujir de las sábanas y el latido frenético de mi propio corazón. Sus dedos se clavaron en mi cuero cabelludo, guiándome, exigiendo más, mientras su cuerpo se retorcía bajo mi boca, cada lamida llevándola más cerca del borde.

    Mis manos subieron por sus caderas, apretando la carne suave de sus nalgas, levantándola ligeramente para profundizar mi asalto. Podía sentirla tensarse, su respiración volviéndose errática, sus gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. —¡Así, justo así! —susurró, su voz quebrándose mientras sus piernas se cerraban con más fuerza, atrapándome en su calor.

    La llevé al límite, mi lengua implacable, hasta que un estremecimiento violento recorrió su cuerpo. Regina gritó mi nombre, sus manos tirando de mi cabello con una desesperación que me hizo gruñir contra su piel. Su orgasmo la sacudió, sus caderas temblaron mientras yo seguía lamiendo, prolongando cada ola de placer hasta que ella se derrumbó contra la cama, jadeante, su pecho subiendo y bajando bajo la luz tenue.

    Me incorporé, mis labios brillando con su esencia, y la miré. Estaba hermosa, deshecha, sus anteojos ligeramente torcidos, su cabello desordenado pegado a su frente. —Ahora, Regina —murmuré, mi voz ronca mientras me posicionaba sobre ella, mi erección rozando su entrada aún palpitante—. Ahora sí te voy a hacer mía.

    Ella me miró, sus ojos estaban encendidos con un deseo renovado, y tiró de mí hacia ella. —Hazlo, primito —susurró, sus manos deslizándose por mi espalda—. Méteme ese chorizote ahora.

    Abrí sus piernas más, mis manos estaban firmes en sus muslos, su piel suave y cálida cedía bajo mis dedos. Posicioné mi verga en la entrada de su panocha, rozando lentamente, abriendo sus labios con la punta, pero sin entrar. Quería que lo anhelara, que cada fibra de su ser suplicara por mí. La miré, sus ojos estaban ardientes tras los anteojos, su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas.

    —¿Lo quieres dentro, primita? —pregunté, cargado de un deseo que apenas podía contener.

    —¡Sí, cabrón, méteme la verga ya! —gritó, con urgencia, sus manos aferrándose a las sábanas como si necesitara anclarse a algo.

    Sin pensarlo más, la penetré de un solo empujón, profundo y firme, sintiendo cómo su calor me envolvía, sus paredes me apretaron con una intensidad que me arrancó un gemido. Regina gritó, fue un sonido crudo y extasiado que llenó la habitación, seguido de jadeos y gemidos mientras mis embestidas comenzaban, cada una más decidida que la anterior. Su cuerpo se arqueaba bajo el mío, sus caderas se movían al ritmo de las mías, buscando más, exigiendo todo.

    —¡Muérdeme los pezones, mi amor! —gritó, su voz temblaba de placer, sus manos tiraban de mi cabello con una fuerza que rayaba en la desesperación. Me incliné, mis labios encontraron sus pechos, mordiendo sus pezones con una intensidad que bordeaba el dolor, mis dientes rozaban la carne sensible mientras ella se retorcía, sus gemidos se convirtieron en alaridos de éxtasis.

    —¡Siempre deseé tener tu verga adentro de mí! —gritó, sus caderas chocaban con las mías, cada movimiento suyo amplificaba el fuego que nos consumía. Sus uñas se clavaron en mi espalda, dejando marcas que ardían, mientras su cuerpo se movía con una urgencia que igualaba la mía.

    No dije nada, no podía. Quería escucharla, saborear cada gemido, cada palabra desesperada que salía de su boca. Mis manos apretaron sus nalgas, levantándola para hundirme más profundo, el sonido húmedo de nuestros cuerpos resonaba en la habitación, mezclado con el crujir de la cama y el eco de sus gritos. Su panocha, húmeda y ardiente, me envolvía con cada embestida, y la vi perderse en el placer, su rostro contorsionado, sus anteojos deslizándose por su nariz, su cabello desordenado pegado a su frente sudorosa.

    —Eres mía, primita —finalmente dije, mientras aceleraba el ritmo, mis manos se aferraron a sus caderas como si temiera que se desvaneciera. Ella solo gimió en respuesta, sus piernas me envolvieron, tirando de mí, como si quisiera fundirse conmigo para siempre.

    El frenesí de nuestros cuerpos no daba tregua, pero quería más, quería sentirla tomar el control. Entre jadeos, mis manos aún aferradas a sus caderas, murmuré contra su piel sudorosa:

    —Regina, móntame ahora.

    Ella me miró, sus ojos estaban encendidos con un brillo salvaje, y sin decir nada, se apartó solo lo suficiente para que me recostara en la cama. Las sábanas, ya revueltas, se arrugaron bajo mi espalda mientras ella se posicionaba sobre mí, sus rodillas flexionadas, su cuerpo en cuclillas, una diosa en la penumbra. Con una mano guio mi verga hacia su panocha, húmeda y palpitante, y se dejó caer con un movimiento lento pero firme, introduciéndome de nuevo en el interior de su mojada vagina. Luego, comenzó a moverse, dándose sentones agresivos que hacían temblar la cama, el sonido de su piel chocaba con la mía resonando como un tambor en la habitación.

    Los líquidos de su excitación escurrían desde su interior, empapando mis testículos, era un calor húmedo que me volvía loco. Regina gritaba mi nombre, llena de placer: —¡Adrián, soy tu puta, tómame! —Sus palabras eran un incendio, cada sílaba avivando el deseo que nos consumía. Sus pechos rebotaban con cada sentón, hipnóticos, su piel pálida brillaba bajo la luz tenue, sus pezones endurecidos rogaban por mi toque. Mis manos alternaban entre sus nalgas, apretándolas con fuerza, sintiendo la carne ceder bajo mis dedos, y sus pechos, acariciándolos, pellizcando sus pezones mientras ella gemía más alto, su cabeza echada hacia atrás, el cabello desordenado cayendo como una cascada sobre sus hombros.

    —Eres mía, primita —gruñí, mis manos guiaban sus caderas, ayudándola a mantener el ritmo frenético. Cada movimiento suyo era una explosión, su panocha me apretaba con una intensidad que me llevaba al borde. Ella se inclinó hacia mí, sus manos se apoyaron en mi pecho, sus uñas se clavaban en mi piel, dejando marcas que ardían deliciosamente.

    —¡Siempre quise esto, Adrián! —jadeó, su voz temblaba mientras aceleraba, sus caderas se movían con una furia que parecía querer devorarme—. ¡Tu verga es todo lo que soñé, primito!

    No respondí, no podía. Mi mundo se reducía a ella, a su cuerpo cabalgándome, a sus gritos llenando el aire, al calor húmedo que nos unía. Una de mis manos se deslizó entre sus piernas, mis dedos encontrando su clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras ella se estremecía, sus gemidos convirtiéndose en alaridos.

    —¡No pares, primito, no pares! —suplicó, su cuerpo temblaba, al borde del colapso. La cama crujía bajo nosotros, el cabezal golpeaba la pared, un ritmo que acompañaba nuestra danza salvaje. La sentía tan cerca, su placer alimentando el mío, y supe que este momento, este frenesí, era solo el comienzo de lo que sería nuestro.

    El mundo se redujo a ese instante, a su cuerpo temblando bajo el mío, a sus gritos llenando el aire, a la certeza de que este deseo, nacido en las sombras de nuestra adolescencia, ahora nos consumía sin remedio.

    El ritmo frenético de Regina cabalgándome me llevaba al límite, pero un impulso primal me hizo querer recuperar el control. Con un gruñido, la tomé de la cintura con ambas manos, mis dedos se hundieron en su piel suave y sudorosa, y la levanté de la cama. La pegué contra la pared de su habitación, el yeso frío contrastaba con el calor abrasador de nuestros cuerpos. Me puse de pie sobre el colchón, el crujir de las sábanas bajo mis pies apenas audible entre nuestros jadeos. Regina envolvió mi cintura con sus piernas, sus muslos me apretaron con una fuerza desesperada, su panocha aún palpitante recibía cada embestida de mi verga con un gemido que resonaba en la habitación.

    La besé con fiereza, nuestros labios chocaban, mi lengua exploraba la suya en un baile hambriento. Nuestros cuerpos, empapados en sudor, se deslizaban uno contra el otro, la fricción de su piel contra la mía enviaba chispas por mi columna. Sus pechos se aplastaban contra mi torso, sus pezones rozaban mi piel con cada movimiento. —Regina, me voy a venir —gemí contra su boca, mi voz rota por el esfuerzo—. Quiero que tragues mi semen.

    Ella me abrazó más fuerte con sus piernas como si temiera que me escaparía, su respiración era entrecortada contra mi cuello. —¡No, primito! —gritó, llena de éxtasis—. ¡Me voy a venir también, termina dentro de mí!

    Sus palabras fueron un disparo, y no pude resistir más. Con un rugido, me hundí en ella, cada embestida más profunda, más urgente, hasta que exploté, chorros calientes de semen llenándola mientras su vagina se contraía a mi alrededor. Al mismo tiempo, sentí su propio clímax, un chorro de calor líquido que empapó nuestros cuerpos, sus gemidos eran un alarido que llenó la habitación. La pared tembló bajo nuestro peso, el aire cargado con el aroma salado de nuestro deseo.

    Nos quedamos allí, jadeando, nuestros cuerpos temblaban en la penumbra. Mis labios encontraron los suyos en un beso lento, casi reverente, mientras nuestras respiraciones se mezclaban. Bajé la mirada y vi cómo nuestros jugos, mezclados, goteaban lentamente sobre su almohada, dejando un rastro brillante en la tela. Regina rio suavemente, su rostro estaba sonrojado, sus anteojos torcidos, el cabello pegado a su frente sudorosa.

    —Mira el desastre que hicimos —susurró, cargada de una satisfacción que reflejaba la mía. Sus dedos trazaron un camino por mi pecho, deteniéndose en mi corazón, que aún latía desbocado.

    —No me importa —respondí, mi mano acariciaba su mejilla, mis ojos estaban fijos en los suyos—. Quiero hacer este desastre contigo todas las noches.

    Ella sonrió, una curva peligrosa en sus labios, y se inclinó para besarme de nuevo, sus piernas aun me abrazaban, como si no quisiera dejarme ir. La habitación seguía vibrando con el eco de nuestro clímax.

    Tras unos minutos suspendidos en nuestro clímax, Regina bajó las piernas lentamente, su cuerpo aun temblaba contra el mío. Se dejó caer en la cama, las sábanas arrugadas abrazaban su figura, y con una mezcla de descaro y ternura, se inclinó hacia la almohada. Sus labios rozaron la mancha húmeda que nuestros jugos habían dejado, y lamió con una delicadeza que era a la vez excitante y sorprendentemente íntima. La imagen me golpeó, un destello de adoración y deseo que me hizo sonreír. Me acosté a su lado, el colchón se hundió bajo nuestro peso, y ella levantó su pierna izquierda, apoyándola sobre mi cadera, su piel cálida y suave contra la mía.

    Mis dedos encontraron sus nalgas, acariciándolas con una lentitud casi reverente, mientras me inclinaba para besarla de nuevo. Sus labios, aún brillantes, sabían a nosotros, a la mezcla de nuestro deseo. El beso fue lento, profundo, un contraste con la furia de momentos antes. Mi prima se apartó ligeramente, sus ojos brillaban tras los anteojos torcidos, una sonrisa satisfecha curvaba su boca.

    —Sabía que lograría esto si me escuchabas masturbarme el día que llegaste —confesó, con un susurro ronco, cargado de orgullo.

    Me reí suavemente, mi mano se detuvo en la curva de su cadera. —¿Cómo sabías que funcionaría, primita? —respondí, mi tono estaba lleno de una confianza que no podía ocultar, orgulloso de haber cruzado este umbral con ella.

    Ella se incorporó un poco, apoyándose en un codo, su pierna aún entrelazada con la mía. —Porque encontré mi tanga, la que usaste para masturbarte —dijo, sus ojos eran desafiantes, un destello de victoria en su mirada—. Tu semen estaba pegado en ella, primito. Y supe que ya eras mío.

    Sus palabras me golpearon, una mezcla de sorpresa y excitación recorrieron mi cuerpo. La imagen de ella descubriendo mi indiscreción, de su certeza al saber que me tenía, era tan poderosa como el acto que acabábamos de compartir. Me incliné hacia ella, mi frente rozó la suya, mi mano apretó su nalga con un toque posesivo.

    —Soy tuyo desde los catorce, primita —murmuré, una verdad que había llevado en silencio durante años—. Y tú eras mía también.

    Regina sonrió, esa curva peligrosa que siempre me desarmaba, y se acercó para besarme de nuevo, sus labios eran suaves pero firmes, como si sellara un pacto tácito. Su pierna se apretó más contra mí, su cuerpo se deslizaba más cerca, y el calor de su piel reavivó el fuego que apenas comenzaba a calmarse.

    —Siempre lo supe —susurró contra mi boca.

    La habitación, bañada en la luz tenue de la lámpara, parecía contenernos en un mundo propio, donde el pasado y el presente se fundían en esta certeza: ella y yo, entrelazados, éramos inevitables. Mis manos siguieron explorando su cuerpo, memorizando cada curva, mientras el eco de sus palabras resonaba en mí, prometiendo noches interminables de deseo y entrega.

    El beso que compartimos después de nuestras confesiones fue como sellar un pacto, nuestros labios se movieron con una ternura que contrastaba con la intensidad de momentos antes.

    —Adrián, quédate conmigo para siempre —susurró, con voz suave pero firme, mientras sus dedos trazaban círculos lentos en mi pecho—. Quiero que compartamos esta habitación, que vivamos esto juntos.

    No lo dudé. —Por supuesto, primita —respondí, con una convicción que sentía en cada rincón de mi ser—. No hay otro lugar donde quiera estar.

    Ella sonrió, una curva cálida y sincera, y se giró, dándome la espalda, su cuerpo acomodándose contra el mío en la cama. La suavidad de sus nalgas se presionó contra mí, su cabello rozó mi rostro, impregnado de ese aroma floral que ya era parte de mi mundo. —Méteme ese chorizo por mi ano —murmuró, con deseo—. Quiero sentirte más cerca.

    Mis manos encontraron sus nalgas, las abrieron con suavidad. La acerqué más, mi cuerpo encajando contra el suyo, y comencé a meterme dentro de ella, un ritmo lento pero profundo que nos llevó de nuevo al borde del éxtasis. Mis dedos subieron hasta sus pechos, acariciándolos con delicadeza, sintiendo su respiración acelerarse mientras se arqueaba contra mí.

    —Así, Adrián —jadeó, sus manos se aferraron a las sábanas, su cuerpo respondía a cada movimiento mío con una urgencia que igualaba la mía. La habitación se llenó de nuevo con el sonido del choque de nuestros cuerpos, el crujir de la cama, sus suspiros mezclándose con mis gruñidos bajos.

    El clímax llegó como una ola, intenso y abrumador, nuestros cuerpos temblaban juntos mientras nos entregábamos por completo. Me derramé en aquel estrecho orificio, mi respiración estaba entrecortada contra su nuca, mientras mi prima temblaba, su propio placer estalló en un susurro de mi nombre. Nos quedamos allí, entrelazados, jadeando, nuestros cuerpos sudorosos pegados el uno al otro, sin necesidad de palabras.

    En esa posición, con su espalda contra mi pecho, mis brazos rodeándola, nos dejamos vencer por el sueño. El mundo exterior, las normas, las expectativas, todo se desvaneció. Mi primita y yo nos habíamos comprometido, no solo en cuerpo, sino en algo mucho más profundo, un lazo que había nacido años atrás y que ahora, en la penumbra de su habitación, se sellaba para siempre.

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  • Reviviendo una historia

    Reviviendo una historia

    Es curioso lo que el subconsciente te hace recordar; una imagen, un sonido, una palabra que en principio no significaría nada, puede hacer que tu mente vuelva atrás, al pasado, como en el flashback de una película.

    Eso es precisamente lo que me ha pasado hoy mientras vagaba por un centro comercial, atiborrado de gente en busca de alguna ganga en rebajas. Pasaba por la sección de camisas de caballero como un fantasma, sin mirar siquiera la ropa, dejándome envolver por el bullicio y el ruido de la gente y de pronto he escuchado unas risas y unas palabras de una conversación que provenía de algún probador “… jaja… y a mí, ¡qué! ¡tengo abogado!… jaja…” y de pronto he vuelto al ayer, al ayer de hace 8 años….

    He vuelto a ser el joven recién licenciado que comenzaba a luchar en la vida, el joven que acompaña a su hermosa pareja a comprar unos pantalones.

    ―¿Que tal te quedan cielo?

    ―Pasa al probador y dime que te parece, por favor.

    ―Te quedan muy bien, estás muy guapa.

    ―¿Si? ¿No me marcan mucho las caderas?

    ―¡No seas tonta! ¡Para nada! Además, ¡me gustan tus caderas!

    ―¿A siiii? Ja, ja, ja, vaya, vaya —y pícaramente me abrazas por la cintura y me besas.

    ―Cuidado, van a vernos, jaja, ¡igual nos detienen por escándalo público!

    ―¡Y a mí, qué! ¡Tengo un buen abogado! ¿O no? Jajaja —dices mientras vuelves a besarme.

    Evidentemente la cosa no pasó a mayores, solo unos besos y unas caricias furtivas, lo justo para decidir que no nos apetecía seguir de compras sino que queríamos amarnos. Compramos los pantalones y salimos de la tienda como dos quinceañeros que acaban de descubrir el amor.

    Fuimos a mi casa de entonces, si es que puede llamársela casa, ¿la recuerdas? seguro que sí, aquél minúsculo estudio tan frío en invierno y tan caluroso en verano, pero a quién le importaba por aquellas fechas, éramos jóvenes y buscábamos independencia y libertad.

    Subíamos las interminables escaleras parándonos en cada rellano para besarnos y acariciarnos, también para escandalizar a alguno de nuestros vecinos, ¡eso te encantaba! Llegábamos a casa sudorosos de las escaleras pero también de nuestros arrumacos.

    ―Abre el Castillo —solías decir al llegar a la puerta.

    Una vez en casa yo solía llevar las compras a la cocina y a la habitación, mientras tú, remolona, te tumbabas sobre el raído y tremendamente cómodo sofá de nuestra sala de estar.

    Me acercaba a ti y te besaba, los labios, la nariz, los pómulos, el cuello y las orejas, y tú suspirabas o reías según las travesuras que hiciera.

    Mis manos acariciaban tus pechos, se metían entre tu camisa y acariciaban la sensible piel de la aureola de tus pezones. Los dos sudábamos y tú hacías aquellos ruiditos que yo solía llamar ronroneos de gata.

    Una de mis manos desabrochaba los botones de tu pantalón y mis dedos, como hormigas se desplazaban lentamente hacia tu entrepierna. Me gustaba acariciarte con lentitud, con parsimonia, primero muy suavemente sobre tus braguitas, sintiendo a través de la tela de éstas cada pliegue de tu sexo, notando como poco a poco la humedad impregnaba tu ropa interior hasta empaparla.

    Una vez conseguido esto, mis dedos se volvían mas atrevidos y querían el contacto directo de tu piel, acariciaban tus labios vaginales en un dulce vaivén, tus gemidos subían de tono y perlas de sudor aparecían en tu rostro.

    Los movimientos se volvían más rápidos, tu vulva era un pequeño y oloroso estanque en el que mi mano no dejaba de surcar, y entonces buscaba el botón mágico, un clítoris que había ido creciendo poco a poco hasta ser una pequeña roca dura y tremendamente sensible, mis dedos en ese momento se dedicaban por completo a él, lo acariciaban con dulzura, sin pausa pero con distintos ritmos.

    Tu ojos y tu boca siempre me indicaban cuando estaba haciendo las cosas bien y cuando querías otra cosa. Y en ese instante me indicaban que el estallido estaba muy cerca de producirse. Aceleré el ritmo de mis caricias a tu clítoris, ahora lo acariciaba con mi dedo pulgar, mientras mi dedo corazón se introducía en las profundidades de tu vulva penetrándote lentamente y rozando circularmente las paredes de su interior.

    Gemiste roncamente, y te mordiste el labio inferior, era el momento, aumenté el ritmo todo lo que pude, mi dedo te penetró lo más profundamente posible y entonces el volcán se puso en erupción, te derramaste en mi mano a la vez que nos besábamos.

    Nos miramos a los ojos, me gustaba contemplar tu rostro después de haberte masturbado, esos largos rizos rojos tuyos despeinados, esos ojos verdes acuosos, tu cara perlada en sudor, esas mejillas sonrosadas y esos labios carnosos y tentadores.

    ―Contigo nunca es igual, siempre consigues que llegue un pasito más lejos, cada día experimento sensaciones nuevas y maravillosas.

    ―También tú me haces sentir y desear cosas nuevas y maravillosas, mi vida.

    Volvimos a besarnos durante unos instantes de forma apasionada.

    Te pusiste de rodillas sobre la alfombra y tu perturbadora sonrisa lo dijo todo antes de que sucediera. Yo sentado en el sofá, tus manos desabrochando la hebilla del cinturón y los botones de mi pantalón, nuestros ojos fijos los unos en los otros.

    Me desnudaste de cintura para abajo sin apenas darme cuenta, tus ligeras y finas manos comenzaron a acariciar mi sexo aún dormido, la temperatura de mi entrepierna comenzaba a aumentar, acariciabas mis testículos con verdadera maestría, tus largos dedos comenzaron una lenta masturbación.

    Mi sexo comenzaba a despertarse, tus manos se desplazaban con pasión sobre el tronco de mi pene, mi excitación aumentaba de forma exponencial, me mirabas a la cara y me decías palabras hermosas.

    Tu boca se aproximaba a mi ya tremendamente erecta polla, noté tu aliento antes de que tus labios aprisionaran mi glande, la calidez de tu boca dio cobijo a la prácticamente totalidad de mi pene y un escalofrío recorrió mi espalda como si de una descarga eléctrica se tratara.

    Tu lengua se desplazaba por mi sexo como una seductora serpiente por su territorio de caza, jugabas con cada pliegue de mi pene, martirizabas lujuriosamente mi glande sorbiéndolo como si de un chupa―chups se tratara. Tu lengua, tus labios, toda tu boca lubricaba mi sexo, te gustaba el sexo oral y eso se notaba.

    Contemplarte ante mí, arrodillada entre mis piernas, practicándome esa fantástica felación me hacía sentirme en una nube.

    Te gustaba que pusiera mi mano sobre tu cabeza, no para marcarte el ritmo de las penetraciones, que era algo que tú decidías y controlabas absolutamente, sino para que te acariciara el cabello y la nuca. Notar como mi polla entraba y salía de tu boca era una delicia, tus dientes me hacían cosquillas de vez en cuando, notaba cada rincón de tu paladar, tu saliva se deslizaba por todo mi pene, me volvías auténticamente loco.

    De pronto te paraste y me miraste.

    ―Quiero más —eso fue todo, no dijiste más.

    Yo sabía a qué te referías, en alguna otra ocasión ya me lo habías pedido y yo no te podía negar nada.

    Te desnudaste por completo mientras yo lanzaba mi camisa a una esquina del cuarto. Me tomaste de la mano y me llevaste hasta la cocina, te apoyaste en el quicio de la puerta de espaldas a mí y te abriste de piernas.

    Me pegué a tu espalda, te besé el cuello, mordí dulcemente tus hombros, mientras notabas la calidez de mi sexo en contacto con tu culo.

    Tomé mi polla tremendamente dura y ardiente, y la aproximé a tu sexo, primero solo acariciando tus bellos labios vaginales, separándolos lentamente y de pronto y con un firme y seco golpe de cintura te penetré casi completamente, un gemido salió de tu garganta, como si hubieras exhalado de golpe todo el aire de tus pulmones. Mis manos se aferraban a tus pechos, los amasaban, martirizaban tus duros pezones. Y comencé a penetrarte a un ritmo seco, duro, firme, penetraciones profundas.

    ―Lo necesito, lo necesito más aún —me suplicaste girando tu cabeza.

    Yo entendía que el ritmo ya era bastante duro pero tú me pedías más rudeza en mis penetraciones y te complací. Comencé un ritmo infernal, profundo y rudo como nunca antes. Nuestros gemidos eran intensos, mientras una de tus manos se apoyaba en la marcación de la puerta la otra clavaba sus uñas en mis glúteos exigiéndome más a cada momento.

    El ritmo era frenético, tu vulva estrujaba mi pene, lo absorbía, lo devoraba, así permanecimos durante mucho tiempo, me costaba correrme cuando querías hacerlo así, mi cuerpo no se acostumbraba a la rudeza que querías, de todas formas mas tarde o temprano el final tenía que llegar y llegó, estallé en tu interior, notaba como mi semen salía a borbotones dentro de ti, y allí nos quedamos los dos, inmóviles, mi cabeza recostada en tu espalda, desnudos ambos, con la claridad que atravesaba los visillos de la cocina iluminándonos.

    Es extraño lo que una frase te hace recordar, aquí, en medio de estos grandes almacenes, por unos segundos he vuelto a estar contigo, he vuelto al ayer.

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  • Probando piel: entre tres mejor (2 de 2)

    Probando piel: entre tres mejor (2 de 2)

    Después de darnos un baño los tres juntos, salimos a buscar un sitio para comer y oxigenarnos un poco. Aprovechamos también para comprar un par de botellas de vino y algo para picar más tarde. Así no tendríamos que volver a salir.

    Regresamos a la habitación casi a las cuatro de la tarde y después de quitarnos la ropa nos acostamos abrazados los tres con la intención de dormir una siesta. y así fue, ya que dormimos más de una hora. El cansancio y la comida nos hizo caer rendidos, sin siquiera arroparnos sobre la cama que antes nos había servido de campo de batalla sexual, en buenos términos.

    Cuando desperté, estaba con la cabeza sobre el pecho de mi amante, mi cuerpo pegado al suyo y una de mis piernas doblada sobre él. Arianna estaba del otro lado en la misma posición así que casi nos tocábamos. Con un movimiento me acerqué más hasta sentir mi pubis rozando esa piel velluda y caliente. Pude sentir también el olor de su piel mezclado con el de nosotras dos en una combinación perfecta.

    Con mi mano acaricié el pecho de mi hombre y el rostro de mi amiga, la cual despertó en ese momento. Sin decir una palabra, como sincronizadas, comenzamos a acariciarnos sobre el cuerpo dormido de nuestro amante. caricias suaves, probando piel mientras lo sentíamos a él tan cerca, fundiendo su respiración con la nuestra.

    Nos incorporamos y besándolo entre las dos en los labios lo despertamos. Estaba preso entre sus dos mujeres y no hizo ningún movimiento para cambiar la situación. Así que nosotras empezamos a acariciarlo suavemente y a besar cada pedacito de su ser, masajear su cuerpo con los nuestros mientras él con la punta de sus dedos acariciaba nuestras espaldas bajando hasta las nalgas.

    Cuando chupábamos sus tetillas, su miembro también despertó de su letargo y la humedad abrillantó su punta. Bajé mi mano y tomé con mis dedos un poco de su lubricación divina y con ella pinté los labios de Arianna para luego besarnos y disfrutar su sabor.

    Mientras comíamos y lamiamos su cuerpo, acariciábamos con nuestras uñas toda su piel sintiéndolo reaccionar. Él no decía nada, solo estaba entregado a la situación.

    Cuando llegamos al punto más caliente entre sus piernas, primero lo lamimos entre las dos, desde su base hasta la punta, para turnarnos luego a mamarlo divinamente. Mientras una lo hacía, la otra chupaba sus testículos y mordía sus muslos, haciéndolo gemir de placer. Aunque su guevo es grande, me encanta sentirlo llegar hasta mi garganta, sentir que me ahoga y estimularlo con mi lengua y succión. Que rico el guevo de mi macho, todo, su sabor, olor dureza.

    La sensación de compartirlo y mojarlo entre las dos también me gustó e hizo que me excitara muchísimo.

    Fue grandioso verlo así entregado a sus hembras, en cierta forma, dominado por ellas. Él es tan alto e imponente que la idea de domarlo, así fuera por unos minutos era deliciosa.

    Arianna se montó sobre él y yo guie ese miembro perfecto y grande entre sus piernas. Vi con mucha excitación como entraba profundamente ensanchando en huequito de su cuca hasta hacerla gemir.

    Mientras tanto, yo con una mano estimulaba las bolas de mi macho y con la otra, con un poco de saliva, acariciaba y penetraba el culito de ella.

    Ella estaba salvaje, se movía y estallaba en orgasmos cada vez más seguidos y podía ver el sudor de los dos mojando sus cuerpos. El acariciaba y apretaba sus tetas haciéndola gritar. Ahora yo besaba a mi macho con desesperación. Quería sentirlo dentro de mí. Estos cuerpos calientes y el mismo olor a sexo me estaban volviendo loca de ganas y ya mis dedos no eran suficientes para complacerme.

    Me monté sobre la cara de mi amante y le pedí que mamara mi cuquita. El subió un poco su cara y con sus labios y su lengua me chupó y lamió hasta acabar divino. Sentía el calor de su boca llenándose de mis líquidos y su lengua no paraba a pesar de mi orgasmo. Llegué rápidamente a la segunda acabada y Arianna me dejó su puesto.

    El guevo de mi macho estaba empapado, duro y palpitante, divino. Lo metí en mi boca y lo chupé por un momento para luego cabalgarlo hasta que toco el fondo de mi sexo… mmmm…. que divinidad… me encanta sentirlo así dentro de mí.

    Moviendo mis caderas sobre él, me deleitaba mientras los veía besarse y acariciarse. Ella se metía las manos entre las piernas y se estimulaba con movimientos rápidos y él compartía sus manos con las dos en esa carrera loca de placer. Esa sensación divina la aguanté por un par de orgasmos hasta que mi hombre por fin rompió el silencio.

    —Bájate linda. Quiero ver a mis putas cogiéndose.

    Obedientes y excitadas nos tiramos a su lado en la cama abrazadas y besándonos. Las caricias rodaban por nuestros cuerpos y la sensación de que nos estaban mirando y disfrutando de nosotras lo hacía más rico.

    Arianna me comió a besos el cuerpo para luego estacionarse en mi cuquita para darme una mamada deliciosa que me hizo gritar de placer. Esta mujer sabe cómo hacerlo y yo disfruté de la succión de su boca y las lamidas divinas que con fuerza me prodigaba. La humedad y movimientos de su lengua hacían maravillas en mi sexo que palpitaba y se inundaba de placer. La sentí clavar su lengua en mi cuca hasta que entró en buena parte y la movía en círculos.

    Me hizo acabar y luego se acostó sobre mi cuerpo y abriendo mis piernas se dio divino a frotar su cuca contra la mía. Sus movimientos rítmicos y lo mojadas que estábamos las dos nos llevó al disfrute total mientras nuestras bocas se comían. Veíamos a nuestro macho tocándose divino mientras nos decía:

    —Ummm ¡que rico! Así mis putas divinas, así se hace.

    Siguió hablándonos al oído, susurrando ricuras, mientras las dos nos disfrutábamos y finalmente cansadas quedamos las dos boca arriba.

    Era mi turno, así que seguí los pasos de mi compañera y me comí su cuerpo sudado, sentía su respiración entrecortada y los latidos rápidos de su corazón. Chupé sus pezones y los mordí para mamar luego sus tetas hasta donde me cabían en la boca. Le mordí el vientre y moví mi lengua en su ombligo. bajé por sus piernas hasta sus pies y chupé sus dedos y mordí sus tobillos. Subí luego por sus muslos mojándolos con mi boca. Finalmente llegué a su cuquita empapada y metiendo dos de mis dedos en ella, se la mamé, lamí y mordí hasta que ella me pidió que parara.

    Vencidas por el cansancio y a merced de nuestro macho, quedamos las dos como ofrendas para satisfacerlo a sus anchas. Éramos testigos de su erección sostenida y del disfrute que le proporcionábamos al entregarnos al sexo lésbico. La expresión de su rostro y el lenguaje de su cuerpo eran suficientes para mantenernos calientes y pedirle más.

    Alterno entre las dos para penetrarnos. Agarrando mis tobillos y dejando mis piernas estiradas sobre su pecho, la penetración era completa y la sensación intensa. También nos puso en cuatro y nos dip divino alternándonos en la cogida.

    Finalmente salió de mi cuquita satisfecha y roja de tanta acción y se arrodilló frente a nosotras.

    Las dos nos incorporamos y mientras él se hacía una paja rica, nosotras ansiosas esperamos con nuestros labios muy cerca, a que su leche nos mojara. Acabó en nuestras bocas y entre las dos lo terminamos de limpiar para luego sellar esta sesión con un beso.

    El resto de la noche lo pasamos entre comida y vino, sexo en el jacuzzi y un merecido descanso, para cerrar el encuentro con una sesión al amanecer antes de dejar el hotel.

    Como cualquier trio de amigos, desayunamos en un café en la ciudad, con caras de inocentes y nuestras mentes todavía estremecidas por los eventos. Besos de despedida y con el cuerpo cansado, adolorido y satisfecho, llegué a casa sabiéndome dueña de una experiencia única, por lo menos para mí.

    Perdí mi estatus de heterosexual ese día y no me arrepiento.

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