Autor: admin

  • Nuevas experiencias (Parte 1)

    Nuevas experiencias (Parte 1)

    Un jueves de principio de junio.

    1

    ¿Qué cómo habíamos llegado hasta esto? La respuesta no es fácil. Sí, a los dos nos gustaba. Y que también mi novio hizo lo que nunca pensé que haría para lograrlo. Puede que todo empezara con una broma para excitarnos. Pero sin querer o sin ser conscientes, llegó un punto en que alcanzamos el de no retorno, y nuestra vida cambió por completo. Por eso, si nos detenemos a reflexionar en el porqué de ese giro tan radical que nuestras existencias tomaron, la respuesta, como antes he dicho, no es nada fácil. Lo sencillo es jugar y cruzar esa línea imaginaria de lo indebido y experimentar con esas nuevas sensaciones encontradas. Vivir y disfrutar esas nuevas experiencias es bonito, y si el adjetivo no es bonito, al menos, sí lo es tentador. El peligro de acercarse al umbral de lo tolerado, sin traspasar el límite de lo por ambos aceptado, se va haciendo difícil. Son líneas difusas, sin contornos fijos, mutantes y diferentes para cada uno.

    Pero aún queda lo más arriesgado, lo verdaderamente complicado es la continuación. Si has conseguido llegar hasta aquí lo peligroso viene después, a la hora de establecer una serie de reglas para los dos y para la relación que surja después de jugar con ese fuego tan tentador.

    Desde que fuimos novios, nos habíamos dado cuenta de que a ambos nos iba el rollo de fantasear con hacerlo con alguien diferente. Nos excitaba, la verdad. A mí, imaginarme con otro mientras mi novio sabía que lo estaba engañando de forma consentida. A él, según me decía, esa mezcla de celos y de excitación le atraía enormemente. Pero la verdad, nunca nos lo habíamos planteado dar el paso para hacerlo realidad en serio.

    Hay que reconocer que a ambos nos gusta el sexo. A mí, particularmente, me encanta tener un punto perverso y malvado. Soy morbosa y me complace utilizar el principio de la excitación de mi novio para conseguir un mejor disfrute en la cama.

    Nico, mi chico, es un hombre excelente. Es cierto que siempre había provocado esa duda, esa incitación a mantener una especie de relación abierta, pero nunca me dio la sensación de que fuese en serio. No sé, si quizás lo hubiésemos planteado como una experiencia puntual, es posible. Bueno, no. Yo sí soy algo celosa y no sé si podría saber que mi novio está con otra, pero él sí se construía fantasías de verme a mí con un tercero.

    Tras seis meses de salir y algo más de uno viviendo juntos, nada hacía suponer que aquello trastocara nuestras vidas de esa forma, ni que diéramos ningún paso más allá de fantasear con algo morboso, pero únicamente imaginado.

    Hasta que ese jueves, dejaron de ser meras fantasías y dimos el primer paso…

    Justo una semana antes, también jueves, estábamos cenando en casa. Vivimos en un dúplex de la zona de Pozuelo. Es más bien un piso pequeño, pero que al ser ático, tiene un dormitorio más en la terraza que se abre solo para nosotros. Mi novio es arquitecto y los honorarios de aquella dirección de obra fueron esa vivienda. Al principio pensamos en venderla, pero como le iba bien y no le faltaban obras, terminamos por vivir en ella y sacar unas rentas de otros dos pisos más pequeños, por la misma zona, que negoció como parte de sus emolumentos. Era una forma de asegurarnos unas rentas por los alquileres en vista de las crisis que se nos avecinaban cada dos por tres.

    Yo trabajaba en una agencia de publicidad como responsable de cuentas. Me iba bien, con un sueldo del que no me quejaba y aunque a veces las horas echadas en la oficina eran excesivas, me compensaba con una cierta libertad en el trabajo.

    —Ayer en la agencia nos entró una cuenta nueva —dije como comentario al final de la cena.

    —Pues bien, ¿no?

    —De escorts —añadí con una risita.

    —¿Se anuncian esas chicas? ¿Es legal?

    —En teoría con acompañantes… No es prostitución —le aclaré.

    —Y dónde sacáis los anuncios, ¿en el Marca? —rio con cierta sorna Nico.

    —En internet. Nos han encargado una campaña digital. Yo no la llevo, pero como te puedes imaginar hay ya alguna foto que corre entre la agencia.

    —¿Están buenas?

    —Son escorts masculinos —le dije con un guiño de ojo.

    —¿Son tíos? Joder… —Mi novio puso cara de sorpresa.

    —Sí… actores, modelos, gente de gimnasios…

    —¿Y tienen que ir con tías que los paguen?

    —Supongo que ni el gimnasio, ni el arte dramático ni ser modelo del Alcampo o del Carrefour, da para mucho… —me encogí de hombros.

    —¿Y están buenos?

    —La verdad es que alguno sí lo está —contesté como la cosa más normal del mundo—. Muy de gimnasio… Al menos eso parece en las fotos que han enviado para colocarlas en la web.

    —Ah, que puedes elegir…

    —Hombre, no va a ser una lotería… Claro que puedes elegir. De hecho, la web se basa en comentarios de gente, calificaciones, te puedes registrar y todo eso… La verdad es que está muy bien.

    —¿Y dejas tus datos reales?

    —No lo sé. Eso es cosa de los informáticos. Pero como en todo, supongo que te puedes inscribir con un mail cualquiera y una contraseña. Sale hasta la tarifa de cada uno por hora.

    —No me lo creo…

    —A ver… son horas en teoría de acompañamiento. Viajes, congresos, fines de semana…

    —¿Polvo aparte?

    —Qué tonto eres, de verdad —sonreí—. Las tarifas son de acompañamiento. Las de… lo otro, ni idea.

    —¿Cuánto valen?

    —Yo no llevo la cuenta… —protesté ante la insistencia de Nico—. No sé mucho más de lo que estoy diciendo. Lo que pasa es que es la comidilla de la agencia… Ya sabes. Las tres o cuatro secretarias divorciadas y con ganas de marcha que lo han ido comentando por ahí.

    —¿Pero cuánto? Eso seguro que lo habéis mirado… Menudas sois cuando estáis en grupo.

    Yo me reí. Sí, en efecto, era de lo primero que habíamos ido a cotillear. La directora creativa, una chalada muy simpática con el pelo de color rojo, gafas de pasta de diferentes colores chillones y habladora por los codos, había sido la primera.

    —Entre 70 y 140 euros. Depende de cada uno.

    —¿Ves cómo lo sabías? Te pillé…

    —Pues igual que hubierais hecho vosotros. ¿O no?

    Pero, recapacitando sobre el tema, creo que hay que descartar que fuera ese momento donde empezó todo. Sería mucho más apropiado decir que en esa conversación, mientras cenábamos una ensalada, hablábamos de escorts masculinos buenorros y de las secretarias calenturientas de mi agencia, se complicó todo.

    Llevábamos juntos algo más de dos años, en total. Yo tenía treinta y uno y Nico, tres más. Buena posición social, amistades y educación del tipo convencional, o lo que se entiende por ello. También disfrutábamos de una buena relación sexual. Ambos somos activos y no rehuimos la cama cuando al otro le apetecía. Vamos, que a mí nunca me duele la cabeza ni tengo jaquecas estúpidas. Y mi novio, menos aún.

    Y como he dicho antes, nos encanta el morbo y excitarnos mutuamente.

    —¿Te imaginas que me acostara con uno de ellos…? —le dije sonriendo mientras nos servíamos el té de después de la cena. La conversación me había despertado las ganas, estaba cachondilla, y además sabía que a Nico le ponía muy a tono aquello. Casi siempre utilizábamos esa fantasía de imaginarnos esos cuernos consentidos. Él más que yo, pero a mí también me iba.

    —¿Quieres juerga esta noche? —me dijo cogiéndome de la cintura y tocándome el culo, mientras me susurraba al oído.

    —Sí… —le dije con un tono casi distraído, apurando el té, pero con intención de calentarlo. A él, no al té—. Lo malo es que tendré que conformarme contigo…

    No tardamos mucho en subir al dormitorio y empezar a besarnos y tocarnos. Como ya he dicho, los dos somos calientes y nos gustaba el sexo. Éramos jóvenes, no teníamos hijos ni por el momento esperábamos tenerlos, así que disponíamos de todo el tiempo y la libertad del mundo para follar. En diez minutos estábamos en ello. Los dos somos atrevidos, como antes he dicho pero, ahora me doy cuenta de que nos faltaba mucho por saber. Y hacer.

    Yo estoy bastante bien. Modestia aparte. De estudiante, y para ganarme algún dinero extra, trabajé como azafata de congresos y exposiciones e incluso hice un par de pinitos en la tele, en un programa concurso de esos fáciles para marujas y jubilados del mediodía. Pero, finalmente, me dediqué a mi carrera y terminé ADE. Eso sí, me operé las tetas, porque se me quedó grabada la frase de uno de aquellos productores que no me escogieron para la televisión, cuando dijo que «estaba más plana que un parking». Y sí, nunca tuve demasiado pecho, más bien poco, por lo que en cuanto gané algo de dinero, me puse prótesis de 300cc, que me quedan divinas, no voy a negarlo. A Nico le encantó la idea y disfruta con ellas como un niño pequeño con un juguete nuevo.

    Ya habíamos terminado de follar, yo dejando que su imaginación volara mientras Nico me recreaba en su mente en brazos de uno de esos escorts masculinos, follando como una verdadera golfa de primera. Pero al terminar, y a diferencia de otras ocasiones, se me quedó mirando más fijo que de costumbre y con un rictus de verdadero y curioso interés.

    —¿Serías capaz?

    —¿Capaz de qué? —No entendí a qué se refería al principio.

    —De acostarte con uno de esos escorts… —me dijo Nico con el gesto algo serio pero aparentemente, con verdadera intriga.

    Arrugué el entrecejo intentando adivinar qué se proponía. No recordaba ninguna conversación después de que folláramos, en donde insistiera de nuevo con esa idea. Siempre se esfumaba cuando dábamos por terminada la sesión amatoria.

    —¿Cómo me voy a tirar a uno de esos? ¿Estás loco? —le dije riéndome y asombrada por el gesto casi apremiante de mi chico.

    —¿Dime, serías capaz? —insistió sin que me pareciera que esta vez iba como en otras ocasiones, en broma para despertar nuestros instintos sexuales.

    Me quedé mirándole sorprendida y con dudas durante un instante. Me parecía algo extraño, pero Nico era muy bueno fingiendo y poniendo cara de póker. De hecho, me decía que a sus amigos solía ganarles en las timbas que organizaban porque disimulaba muy bien los faroles. Al principio dudé si lo que quería era continuar con una segunda follada. A mí no me costaba casi nada estar a punto de nuevo, tengo esa suerte, pero él, generalmente, necesita una hora o así para reponerse. Descarga mucho semen además, y siempre he pensado que eso hace que le sea más complicado estar dispuesto de nuevo. Sonreí con picardía y le toqué la entrepierna. La tenía morcillona, con lo que deduje que sí, que seguía jugando.

    —Follar con un tipo de esos —hice como si pensara—… Hum… si está bueno, claro que sí.

    —¿Te acostarías de verdad con uno de ellos? —insistió otra vez elevando esta vez un poco las cejas y apretando ligeramente las mandíbulas.

    —Sí —dije algo más seria para parecer convincente—, ¿por qué no? —Yo seguía tocándolo y notaba como se iba empalmando poco a poco—. Sería solo sexo… —añadí como si aquello no tuviera la más mínima importancia.

    Se quedó pensativo mientras se dejaba hacer. Yo me acerqué a él, saqué su polla del pantalón y se la lamí lenta y suavemente. Nos habíamos puesto ya el pijama después del polvo anterior, pero yo estaba de nuevo dispuesta a desnudarme otra vez.

    —¿A ti te gustaría? —le pregunté mientras continuaba con el leve lameteo de su pene.

    No me contestó, por lo que me volví hacia él esperando la respuesta. Estaba pensativo, un poco absorto, pero cuando mi cara se quedó a escasos centímetros de la suya, esperando que empezara a besarme y continuar con sexo aquella noche, volvió a insistir.

    —¿Lo dices en serio?

    —Sí, me lo tiraría —asentí con la cabeza. Luego le besé con un ligero piquito e hice nuevamente como si mi respuesta fuera la más lógica y normal del mundo.

    —Buff… —exclamó, mientras se despojaba ya por completo de los pantalones del pijama y yo sentía su pene totalmente erecto en mi mano derecha.

    Nos besamos, y de inmediato me agaché a chupársela.

    —Te estoy imaginando con uno de esos… —me dijo en mitad de la mamada.

    —Uhu… —asentí con mi boca llena y redoblando el trabajo de mi lengua en su glande.

    Él, mientras —me había despojado a su vez de mi pantalón del pijama—, me estimulaba el clítoris con lentitud, pero conociendo a la perfección mis reacciones. Empecé a gemir y a vislumbrar que en no mucho tiempo, me correría con sus dedos.

    —¿Te gustaría que fuera guapo? ¿Alto? ¿Atlético? ¿Musculado?

    —Uhu… —afirmé mientras seguía chupándosela.

    —Y con una polla enorme…

    —Uhu… —volví a asentir, aunque esta vez lo miré a los ojos mientras continuaba con más de la mitad de su pene introducido en mi boca. Estaba excitado con la idea, no me cabía ninguna duda. Y yo, la verdad es que también me estaba animando solo con imaginarme con un chulazo de esos encima de mí metiéndomela.

    —Voy a correrme… —me avisó.

    Me saqué la polla de la boca, retiré la cara y un segundo después surgió un pequeño misil de semen que aterrizó en su estómago y mi mano derecha.

    —Me has puesto a cien… —me dijo—. Joder, cómo me gusta la idea de que te folles a otro.

    —A mí también —le dije como si nada, mientras me colocaba para que siguiera estimulándome el clítoris y me despojaba de la parte de arriba del pijama, que tiré con cierta fuerza fuera de la cama—. Haz que me corra, cari —le susurré en ese momento bastante cachonda

    —Solo si me dices que quieres follar con uno de ellos.

    —Quiero follar con uno de esos… —respondí inmediatamente, cerrando los ojos y sintiendo sus dedos en mi vulva, acariciando y presionando el botón de mi clítoris.

    —¿De verdad? —Nico insistía mientras aceleraba el movimiento—. Mírame al decirlo

    —Sí… quiero follarme a uno de esos —contesté de nuevo con mis ojos clavados en él, mientras sentía que la oleada de placer se acercaba sin remedio.

    —¿Bien follada?

    —Muy bien follada… —mi voz se roncaba cuando se acercaba el orgasmo.

    —¿Me lo dices en serio?

    —¡Sí! —exclamé— ¡Me quiero follar a uno de esos! —dije ya en un tono de voz algo más elevado y totalmente entregada a las pequeñas convulsiones del orgasmo que mi chico me había procurado con sus dedos.

    Nos quedamos ambos exhaustos y tumbados en la cama desnudos. Ya no indagó nada más sobre aquellos escorts, y tan solo, al cabo de unos minutos me miró, me dio un beso, me atrajo hacia él, y preguntó:

    —¿Cómo se llama esa empresa?

    Le dije el nombre.

    —¿Y cuándo empieza a funcionar?

    —Ya está funcionando. Quieren que les mejoremos el tráfico de visitas y se consiga más fidelidad —le dije sin la más mínima intención.

    —Te quiero mucho —comentó, besándome de nuevo en la mejilla. Luego se volvió y empezó a dormirse a los pocos minutos.

    No le di mayor importancia y también me dormí poco después.

  • En el Estadio

    En el Estadio

    No imaginaba cuánto estaría disfrutando de estar en un partido de futbol, riendo, jugando y disfrutando tanto, a escondidas. Entre la euforia del público, las personas a mi alrededor y el alcohol en las venas. Gozando como nunca de mi momento íntimo pese al explícito recinto.

    Resultante del vicio y ambición de papá, tanto por las apuestas, como por los deportes, siempre he odiado todo lo relacionado con este entretenimiento. Pese a ello, ahí iba, rumbo al estadio del equipo más popular y también el más odiado por los envidiosos aficionados rivales, según la teoría de Jorge, el más fanático de los cuatro amigos con quien comentaba los pronósticos para el encuentro de esa misma tarde.

    Yo solo escuchaba, respetando sus opiniones, sin más conocimiento del tema que el color del uniforme que usaría cada equipo. Me habría decidido por acompañarlos gracias a Ariana, mi mejor amiga de toda la vida, quien me habría insistido en salir para divertirnos aunque fuese a aquel espectáculo tan infame para mí.

    Llegábamos los cinco al estacionamiento, caminamos hasta la taquilla y nos adentramos en la estructura deportiva. Los tres hombres se debatían sobre sus predicciones para el marcador, la alineación, estrategias y de más. En tanto, yo me arrimé con Ari para platicar de otras cosas.

    El partido daba inicio, los muchachos habrían comprado una yarda de cerveza para cada quien, pese a que les había dicho que yo no solía tomar. Sinceramente no se me apetecía una bebida fría a las siete de la tarde y a unos quince o quizá diez grados centígrados, a la intemperie y vistiendo una falda corta con una camiseta deportiva que me había comprado Jorge, con el estampado y colores de su equipo.

    No me juzguéis, estábamos fuera de casa desde el mediodía, cuando el sol golpeaba con todo su sentir a casi treinta grados. En fin, el clima de mi bella ciudad.

    Temblaba como cachorra abandonada, ya comenzaba a lamentar haber aceptado acompañarles a ese lugar en el que sabía no me sentiría cómoda. Pero lo hacía por la amistad, por compartir ese momento tan especial con ellos. Por lo mismo, trataba de amenizar el momento comentando los viejos recuerdos con mi mejor amiga a un lado, o simplemente curioseando a mi alrededor, bebiendo poco a poco de mi cerveza, aprovechando que la tenía en la mano.

    Así se fue el primer tiempo del encuentro, entre gritos, abucheos y todo eso. Entonces la mitad del estadio se dirigía al baño. –Vamos Claudia. –Me decía Ariana para que la acompañase, y como toda buena amiga, lo hice. Casi sin darme cuenta mi bebida había desaparecido de su contenedor. Supongo que con el aburrimiento me habría traicionado el subconsciente.

    -Adelante, aquí te espero. –Le dije a Ari al ver que los baños estaban abarrotados. -¿No entrarás tu Clau? –Me preguntó al ver mi decidía. En verdad no quería entrar ahí, siempre he sido muy melindrosa para los asuntos íntimos y casi compulsivamente higiénica, por lo que hacer mis necesidades en baños de un estadio no me tenía especialmente entusiasmada.

    Negándome tajantemente, la esperé en el corredor principal. En cuanto salió regresamos a nuestros asientos donde Jorge y sus amigos nos esperaban, cuando Jorge nos extiende un par de bebidas más, intentando quedar bien con nosotras. Insinuaba algo con alguna, estoy segura, pero, o no se decidía, o simplemente aventaba la ganzúa a ver quién de las dos mordía.

    No le presté atención y agradecí el trago gratis, mientras la partida continuaba su segunda parte. Miraba fastidiada ya de ver lo mismo por casi una hora, para mí eran solo hombres corriendo de un lado a otro. Pero qué hombres, es decir, ya mirando bien, no estaban tan mal. Aún a la distancia se les marcaba su cuerpo atlético debajo del holgado uniforme.

    Sin saberlo, mi cuerpo comenzaba a subir la temperatura. Aún no quería aceptarlo pero todas esas sensaciones, mis fantasiosas eróticas y el alcohol en las venas me estaba poniendo caliente como nunca, y ya no podía disimularlo.

    Me perdía en mi imaginación, al tiempo que bebía mi cerveza ya casi por acabarse antes de que se calentara. ¿Qué te pasa Claudia? ¿Ya no sabes tomar? Tan solo un par de tragos y ya me sentía mareada. Me preguntaba a mí misma, sintiendo los estragos de la cebada alcoholizada en mi cuerpo.

    Pero mira a ese jugador por ejemplo, ese tipo que corre por la banda derecha, llegando a la esquina del campo rival. Vaya par de nalgas que se carga el tipo, es decir, he visto mujeres con buenos traseros que a su lado se quedarían cortas y flácidas. Ya quisiera yo tener unas así, ya sea para mí misma o cuando menos para agasajarme con un hombre así; joven, de gruesos brazos, piernas de roble y abdomen marcado.

    Diablos ¿Qué rayos me pasa?, quizá tenía algo la bebida. No, no lo creo, pero ya no aguantaba el bochorno del momento, pese al helado aire que golpeaba las gradas, obligándome a frotar mis desnudas pantorrillas para que no se congelasen.

    Sin embargo, esas mismas caricias también acentuaban aún más mis sensaciones indecorosas, sintiendo como mis piernas me exigían ser consentidas más allá de la mera intención de protegerlas contra el frío. Al pasar mis palmas por arriba de las rodillas, de inmediato sentía esa llamada inequívoca de mis mulos queriendo abrirme paso para que llegase más profundo bajo mi falda.

    Pero no. De ninguna manera lo haría. Era un lugar público, ilícito, prohibido, impúdico e indecente. ¿Qué haría una linda chica bien, como yo, haciendo esa clase de bajezas y desfiguros? Y lo peor es que el licor ya comenzaba a hacer su trabajo diurético en mi vejiga, cual me anunciaba que debía vaciar su contenido.

    Esa mezcla de sensaciones me obligaba a apretar bien fuerte las piernas, tensándolas rígidamente, intentando contenerme, del frío, de mis indecencias y de esas malditas ganas de orinar. Cuales a su vez, me obligaban a estrujar los músculos de mi vagina estimulándome irremediablemente, y excitándome más y más.

    Incontinencia

    Intentaba no pensar en ello, creyendo estúpidamente que si lo ignoraba desaparecerían aquellas sensaciones. ¿Pero en qué me distraía? En los jugadores, sí, eso solo me pondría más caliente y con más ganas de desahogarme en el retrete. Aunque mira que ese joven lateral en la izquierda que acaba de mandar un centro, está bastante guapo. Me pregunto si tendrá edad ya para… No, ¿en qué estoy pensando?

    Me perdía en mis oscuras ideas, llenas de lujuria, mientras mis manos presionaban fuertemente mis mulos, apresurándome a calentarlas o bajarme lo excitada, lo que sucediera primero. Sin embargo, lo que si estaba provocando, era que me entrara un fuerte deseo de tocarme, de meterme la mano bajo las bragas y acariciarme mi caliente vagina.

    Así, mientras miraba a los deportistas en el campo juego, lentamente me llevé mi mano discretamente bajo mi falda, intentando ocultarla de las miradas de mis vecinos a mi izquierda con mi bolso, y disimulando con mi bebida en mi mano derecha para mi amiga no lo notase.

    No podía creer lo que estaba haciendo, pero me gustaba, de alguna forma calmaba mis clamores y de paso me aclimataba lo suficiente como para soportar el despiadado frío de la noche. Rozándome sutilmente sobre mis bragas, haciéndome cosquillas en mis labios, sintiendo como se hinchaban al llenarse de mi ardiente sangre, lista para una buena orquesta de caricias.

    Ya no sabía si era por la excitación del momento, o por aquel líquido fermentado queriendo salir de mi cuerpo, pero sentía mi vagina pulsando, como a punto de estallar. Creí que me hacía. Apreté duro y endurecí mis músculos pélvicos para evitar que me meara encima. Pero eso solo provoco que me estimulara en mi interior con mis propios espasmos, planeados o involuntarios fuesen.

    No puedo fingir más, debo ir a los baños. Pero, ¿y si mejor fuese a los vestidores?, como si me hubiese perdido y no encontrase la salida. Y aquel atlético y guapo delantero entrara a cambiarse su sucio uniforme, y se desnudara frente a mí sin darse cuenta de mi presencia. Dejándome ver su musculoso cuerpo sudado, sus piernas, sus nalgas, su pene en medio de ellas, su abdomen, sus brazos y esa encantadora sonrisa que esboza al marcar gol.

    Fantaseaba, imaginado que me veía descubriéndome entre las sombras. Y se acercaba a mí, desnudo, brillando de sudor, balanceando su pene cual trozo de chorizo en exhibidor. ¿Cómo sería hacerlo con él? ¿Lo besaría?, quizá no me atrevería. ¿Me lanzaría cual zorra sin recato a él para cogérmelo? ¿O simplemente me dejaría querer, dejando que me hiciese lo que quisiera?

    Demonios cómo deseaba follarme a ese tío, en serio, y esas malditas ganas de mearme. Pero no iría al insalubre y mugriento baño. O quizá, ahora que el partido estaba en pleno apogeo habría menos personas ahí. Sería entrada por salida. De cualquier manera era inevitable.

    Necia, intentaba posponerlo pese a que jamás llegaría a casa. Aun así luchaba por evitar lo ineludible, apretando mis piernas, frunciendo cada musculo de mi ser, endureciendo hasta la mandíbula, e intentando apaciguar las ganas, tocándome entre mis piernas, creyendo que así se confundiría a mi cerebro. Pero con ello solo conseguía excitarme más y más, y la sensación de orinar no desaparecía.

    Entonces, de pronto un pequeño chorro de orina salía de mi interior, empapando mis bragas y un poco mis dedos que jugueteaban por ahí. Me asusté, y sin poderlo posponer un segundo más, me levanté de mi asiento y me dirigí a los baños, deteniendo a Ariana, quien se acomedía para acompañarme, evitando que lo hiciese al decirle que no tardaría, eso y un golpe de suerte ya que en ese momento marcarían falta a favor de su equipo favorito.

    Rápidamente, emprendí una veloz caminata ya casi haciéndome. Corrí los últimos pasos al mingitorio y cerré la precaria puerta del cubículo. Enseguida me bajé las bragas, me subí la falda y apenas me incliné evitando en todo momento tocar el retrete, expulsé un fuerte chorro de orina que casi me salpica las piernas. –Haaa. –Suspiré aliviada.

    Finalmente pude zacear mi sufrimiento urinario, sintiendo ese pecaminoso placer al desaguar la vejiga después de resistirse por tanto tiempo, dilatando mis labios vaginales al paso de mi tibio contenido, acompañado de una sensación extraña que despertaba dentro de mí, como un llamado que resonaba en mi vagina, con pequeñas pulsaciones que me erizaban la piel, haciéndome inflar el pecho para soltar un profundo suspiro, mientras mis músculos se tensaban y mi vulva se llenaba de sangre.

    Me puse de pie, tomé papel de mi bolso, me limpié mi empapada conchita y ahí lo supe todo. Ese fugaz roce del higiénico secando mi intimidad, exponía a la luz esas tremendas ganas que tenía de relajarme, de tumbarme en mi cama, desnudarme y tocarme a placer. Ya estaba harta de ese día, pero aún no terminaba.

    Entonces tomé más papel y lo coloqué cuidadosamente alrededor da la taza, un par de capaz para estar segura. Enseguida me senté, separé mis rodillas tanto como el elástico de mi ropa interior afianzada en mis tobillos me lo permitía, abrí mis piernas y me subí un poco la falda. Después me chupe mis dedos medios de mi mano y la bajé hasta mi vagina. Al instante pude sentir un poderoso escalofrío que me estremecía desde mi parte íntima y por todo el cuerpo.

    Continué tocándome, recorría mis dedos por mis húmedos labios mayores, jugando en la entrada de mi vagina, rozando de paso mi clítoris que comenzaba a emerger de su escondite, provocándome pequeños espasmo de placer con mis temerosas caricias.

    Afuera se escuchaban lo gritos de euforia de los aficionados, chiflidos y abucheos, propios de un partido de gran importancia. Más próximo, podía escuchar los pasos de las mujeres entrando y saliendo de los cubículos vecinos, a mi derecha e izquierda. Podía verle las zapatillas pasando cerca, por debajo de la puerta enfrente, y de las paredes de aglomerado a mis costados.

    Que importa. Ni las conozco ni me conocen. Si tan solo estuviese en otro lugar. En mi recamara, a solas. O mejor aún, en los vestidores, sí, con aquel jugador que tan caliente me había puesto, entonces le podría mostrar cuan excitada estaba, por él, cómo me había puesto. Exponiéndole mi húmeda y brillante vagina con la que jugaban mis dedos. Limpia y pulcra para recibirlo, así, abierta de piernas como estaba en ese mismo instante.

    Y entonces llegarían sus compañeros, dispuestos a tomar una ducha. Y nos encontrarían infraganti, y se unirían para apoyar a su coequipero estrella. No. No me atrevería. ¿O sí?

    Vería cómo se acercan por todos lados, los once; completamente sudorosos y exhaustos por jugar los noventa minutos. Desnudos. Con la pija bien parada, rodeándome, mientras yo los espero sentada en la banca, sumisa, desnuda, tocándome como lo hacía en el baño, pero frente a ellos y para ellos.

    Enseguida me rodearían apuntándome con sus grotescos miembros desenvainados cual condenada a muerte con once estacas al cuello. Y los chuparía, cual puta en filme porno. Me los tragaría uno a uno, o mejor aún, con la boca abierta dejaría que cada quien me lo metiera como pudiese, peleándose por metérmelo en la garganta, chocándose sus musculosas extremidades rojizas sobre mi lengua. –Delicioso.

    ¿Sería demasiado? ¿Sería extremista pensar tumbarme boca arriba para que abusaran de mí? No se juega con ello, pero me excita tanto. Mi corazón me explotaba en el pecho, no podía controlar mi respiración, me ahogaba con mi propio aliento cual se me escapaba del alma, mientras mis manos me sobaban mis pequeñas tetillas bajo mi camiseta con los colores de su equipo. –Diablos, que bien se siente.

    Entonces me la quité, así como se festeja una buena anotación, la doblé y la metí a mi bolso. Ya de paso, me desabroché mi sostén, me quité las bragas que unían mis pies y los guardé junto con la blusa. Ahora solo restaba mi falda, cual me serviría para no tocar la mugrienta taza, aunque estuviese forrada con papel higiénico.

    Suspiré nuevamente y regresé mis manos a su labor, ahora pudiéndome masajear libremente mis senos expuestos, estrujándomelos con pasión, desfogando mis fantasías más depravadas en mi mente, y todas esas malditas sensaciones arremetidas en mi cuerpo, liberadas por la cerveza y el fastidio del momento.

    Se escuchaban los gritos desgarradores de la hinchada, los canticos, y los pasos a mi alrededor. Chicas estúpidas preguntando si estaba ocupado. ¡Largo de aquí perra! ¿A caso eres tarada? Claro que estoy ocupada, muy ocupada, así que no me distraigas.

    ¿En qué estaba? A sí, imaginaba qué pasaría si me cogiera todo el equipo. Debo estar loca. ¿Qué diablos? Es solo una estúpida fantasía, ¿O no? Y si no fuese así, y si se convirtiese en una pesadilla hecha realidad, no podría resistir un trauma así. Seguro me dolería, aunque ya con lo lubricada que estaba… No, no. ¿En qué estoy pensando? Quizá un par de ellos, solo los más guapos, ¿pero once? No, demasiados, serían once pollas para mí, en mi pequeño y esbelto cuerpo. Pero es que los once están muy lindos. Seguramente era por el alcohol, pero ninguno estaba para hacerle el feo.

    ¿Pero cómo sería? Dejaría que aquel delantero fuese el primero, el resto que se conformara con jalársela de lejos, o quizá, con algo de suerte encontrarían un lugar en mi boca. Y se las chuparía como loca, atascándome con tantas trancas frente a mí. Se las jalaría con desdén, les estrujaría los huevos y les agarraría las nalgas, a todos, agasajándome con sus musculosos y parados culos, sus burlescas piernas, y sus abdómenes cuadriculados. Mientras, dejaría que ese delantero me cogiera fuertemente, que me violase como quisiese. -Duro papi, métemelo todo, hasta dentro. –Le diría con la boca completamente llena de sus pedazos de pitos. Duros, mojados y carnosos.

    Me encantaba, no podía creer que estuviese disfrutando tanto, gozando de ese momento, en aquel lugar que tanto detestaba. Acomodándome la mejor masturbada de mi vida sin importar que me pudiesen escuchar, riendo y jugando con mis manos complaciéndome, arrancándome poco a poco unos sítieles gemidos que no me importaba contener. Sabía que esa experiencia no se repetiría jamás. Lo que sucede en los baños para mujeres se queda ahí, o eso pensaba, de cualquier manera nadie me conocía, ni se enterarían quién sería aquella chica que se estaba dedeando como zorra en los mingitorios del estadio.

    ¿Qué más daba? Dejaría que mis placeres me controlaran, dejaría descarrilar mi recato y buenos modales, así como dejaba fluir mis fantasías perversas, a su vez, permitiendo que todo el maldito equipo abusara de mí y me cogieran como puta. Ya sin medida ni censura, y al borde del orgasmo, dejé que mi imaginación volara, recreando aquella escena desenfrenada, con los once futbolistas follándome por turnos.

    La cosa sería así: primero se las chuparía para lubricarles el falo, todos juntos, amontonados, cuales lobos hambrientos a la caza de su indefensa zorrita. Después me follarían, fuerte y sin piedad, nada de buenos modales, ni cursilerías, simplemente me cogerían hasta llenarme el coño de semen, uno tras otro, hasta que no cupiese más, hasta que toda su mezcla tibia y grumosa me comenzase a escurrir de mi coño. Después regresarían para que les limpiara el pito recién estrangulado, como agradeciendo por su participación. Algunos no aguantarían y se vendrían en mi boca antes de penetrarme, otros eyacularían en mis tetas, eso les encanta, y yo me restregaría su leche con ambas manos por todo mi cuerpo. -Sí. Sí. Más. Llénenmela de leche amores. Cogedme. Sí.

    ¡Pero qué zorra! Me doy vergüenza a mí misma. Qué más daba, lo estaba gozando como nunca y segura que lo gozaría con todos esos profesionales del soccer cogiéndome por todos lados, zanjándose su tranca con mi desnudo cuerpo, metiéndomelo por la boca, por el coño ¿y por qué no?, en un momento de locura, me daría media vuelta para mostrarles mis pequeño culito para que me lo rompieran sin piedad. –Mmmm. Que rico estoy sintiendo al imaginarlo.

    Me dolería, seguro que sí, nunca lo he hecho, pero me gustaría, me conozco bien. Sería como el tiempo extra, todo o nada, dejad todo en mi culo como se deja todo en la cancha. No habría medida, sería rápido y brutal, me dejarían ir la verga de una sola estocada.

    Seguramente mi anito estaría lubricado por todo el batido de semen escurriendo de mi vagina, pero no sería suficiente, el sufrimiento sería inhumano. Pero lo disfrutaría, lo suficiente para permitir que me lo ensartaran sus compañeros, aquellos que aún no habían terminado, o los que pudiesen aguantar más de una zancada. –Sí, que rico, mmm, delicioso. Así es muchachos, ahora llénenme el culito de toda su lechita. Abusen de mis delicadas nalguitas, golpéenlas, penétrenme, estrújenme con fuerza, lastímenme, fólleme como su esclava, desahoguen sus instintos de hombre sobre mí, abusen de mí como les plazca hasta hacerme venir a chorros, todos juntos, como el equipo que son.

    -Cuanto placer, diablos creo que me vengo. Sí. Sí. –Fantaseaba imaginadme siendo ultrajada por todo el equipo, sus vergas en mi cara, sus nalgas en mis manos, penetrándome por el culo, por el coño, por todos lados, llena de semen, escurriéndome y manchándome en todo el cuerpo.

    Entonces sentí por fin que me venía. No me importaba que estuviese en un baño público, ni que estuviese sucio, ni lleno de mujeres a mi alrededor, yo seguía imaginándome a los jugadores acechando y vejando mi cuerpo desnudo y desprotegido, al tiempo que mis manos, fuera de mi fantasía, me estimulaban plácidamente, imaginándome todas esas pijas, chocando en mi piel, en mis tetas, en mi boca. Mamándoselas, jalándoselas, metiéndomela, como si fuesen mis dedos que me enterraban, fuerte y con rudeza, mojándome cada vez más y más, sintiendo como mi orgasmo se amotinaba al borde de mi coño, anchado y fastidiado por el inhumano ajetreo. -Así, más, más. Haaa.

    Entonces, arqué mis dedos para estimularme mi punto de más placer, y aumente la velocidad, zanjándome con desgraciada complacencia. Me dolía, pero sabía que solo así me haría venir. Y no paré, aumente mi velocidad, obligándome a estremecer todo mi cuerpo, sosteniendo la respiración por un momento, hasta que de pronto, un potente chorro salía desde lo más entrañable de mi ser, empapándome toda la mano, hasta manchar el ya de por sí sucio piso de hormigón a mis pies.

    Me asusté, y me arrepentiría, pero fue un gran orgasmo. Quizá nadie lo habría notado, aunque se hubiese escuchado el tibio contenido estampándose contra la estrecha puerta frente a mí. Intenté disimular mis gemidos con un poco de tos. Con algo de suerte habrían creído que estaba festejando a mi equipo. Aunque aquel squirt se habría estampado fuerte y sonoro en la taza del baño, mis piernas y hasta la puerta frente a mí, fue tan largo y lánguido que seguramente se pudiese haber confundió con una simple desahogada urinaria. Pero al salir y sentir todas esas miradas juzgándome, me di cuenta que no había sido así.

    Lo único que lamenté es que la chica que me seguiría en turno se encontraría con el cubículo todo manchado de mis líquidos vaginales. Yo, quien siempre he sido una chica pulcra y decente. Mierda, igual valió la pena.

    Si te ha gustado el relato, te invito a leer más historias así, visitando mi perfil Erothic.

    Te agradezco por haber llegado hasta aquí.

    Me encantaría leer tus comentarios y conocer tus sensaciones.

    Que tengas felices fantasías.

  • El compadre de mi padre

    El compadre de mi padre

    El compadre de mi padre un señor maduro muy agradable y de buen ver. Disfrutaba mucho platicar con él y yo lo empecé a ver con interés sexual y batallaba para ocultarlo. Yo no sabía si él sentía lo mismo por mí. Fueron muchas las interacciones con él, hasta que un día me invitó a su casa. Llegué a su casa a la hora indicada, le pregunté por su familia y me contestó que habían salido de viaje.

    Una vez en su casa, me pasó a su despacho privado y me ofreció algo de beber. Yo era ya mayor de edad, intuía que buscó el momento para que estuviéramos solos los dos. Encendió la televisión y puso una película porno gay. La vimos un rato, me pidió que me acercara a él, me manoseaba y yo me excitaba. Me pidió que me desnudara completamente. Yo accedí y le pedí lo mismo.

    Él era un señor de 60 años, velludo, fuerte, en buena condición física. Me siguió manoseando y yo le tocaba su pene erecto, le acariciaba sus bolas, le susurraba al oído lo mucho que disfrutaba sus tocamientos. Él me agachó un poco y me metió su verga en la boca. Con mi lengua le lamía su glande y el cuerpo de su verga… Me levantó después de unos minutos de mamarle la verga y chupaba mis pezones al mismo tiempo que me acariciaba las nalgas.

    Un rato después, me acostó en un sillón y quiso penetrarme analmente, pero no pudo hacerlo completamente. Se aplicó lubricante especial y aun así no me entraba su verga pues estaba gruesa y media como 10 cm. No insistió con la penetración esa noche, pero quedamos de vernos después.

    Unas semanas después me llamó al celular, me dijo que me quería ver en la tarde/noche para pasar un buen rato juntos. Me citó en un motel de paso, al llegar al su cuarto entré y me esperaba ya desnudo. Nos besamos y empezó a manosearme ansiosamente. Me volteó y me metió unos de sus dedos gruesos en mi ano, el cual estaba recién lubricado. Jugó un rato con mi ano y lograba dilatarlo poco a poco. Después de mamarle su verga, me echó en la cama boca abajo y me abrió las piernas, me sorprendió su rudeza, pero me agradaba. De pronto sentí como se deslizaba toda su verga entre mis nalgas y penetraba mi ano.

    La sensación de sentir un pene grueso que le pertenecía a un señor maduro deseado es increíble! El compadre de mi padre me había hecho suya. Mantenemos nuestra relación en secreto. Aunque no nos vemos seguido, nos damos tiempo para tener sexo y pasar tiempo juntos.

    Hace unos días platicamos acerca de tomar un rol más pasivo y femenino. Él quiere que me trasvista y que adoptemos practicas sadomasoquistas. Al principio no me desinteresó, pero después me pregunto qué pensaba acerca de los tríos. Él quiere compartirme con otro hombre de su edad… Déjame pensarlo le contesté…

    Hace ya 2 semanas de esta platica. Ya inicie con el travestismo, uso lencería, maquillaje, peluca y perfume de mujer. El compadre de mi padre ya me probó en mi nuevo rol. Jorge (el compadre de mi papa) fue a comprar accesorios de BDSM a una “sex shop”.

    Continuará…

  • Incestos con la tía abuela, la tía y la prima

    Incestos con la tía abuela, la tía y la prima

    La vieja Agustina.

    Se llamaba Agustina y era la tía abuela de un amigo mío. Vivía en una casa en medio del monte, era delgada, baja de estatura, tenía muchos años, no estaba arrugada, y su cabello blanco lo llevaba recogido en un moño.

    Paso a contar la historia cómo Lucho me la contó y cómo si yo fuera él.

    Un día le fui a cortar leña. A la hora de la merienda, sentados a la mesa de la cocina, con un trozo de pan de maíz, un trozo de queso, una botella de vino tinto y un vaso delante, me preguntó:

    -¿Qué tal de chavalas, Quique?

    Yo en aquellos tiempos era un muchacho fuerte, de estatura mediana, ojos negros y pelo castaño, le respondí:

    -Son cómo las anguilas, Agustina.

    -Escurridizas, eh.

    -¡Y tanto!

    -¿Y con los chavales? Alguna mamada habrá.

    Lo de la mamada me dejó descolocado, pero le seguí la corriente.

    -Algunos las hacen, a mí no me va.

    -¿Que darías por follarte a unas cuantas mujeres de este pueblo?

    -¿A unas cuantas?

    -Sí, a unas cuantas que van desde los dieciocho años a los cuarenta años.

    Me entró la risa floja.

    -¡Vaya surtido!

    -¿Qué darías?

    -Nada, porque eso es imposible.

    -Si me haces un favor me encargo de presentarte a las primeras.

    Me empezó a dar pena mi tía abuela Agustina.

    -Esto de vivir sola le está afectando a tu salud mental, Agustina.

    La vieja se levantó, cogió una libreta en un cajón y me dijo:

    -Hice que se corrieran cientos de mujeres, de este pueblo y de pueblos de los alrededores, madres, hijas, hermanas, primas. Te enseño la lista si aceptas lo del favor.

    Otra vez me pillaba descolocado. ¿Por qué me contaría algo tan íntimo? Echando balones fuera, le pregunté:

    -¿Y de que me valdría la lista?

    -Te podrías forrar.

    Sus palabras solo podía decir una cosa.

    -¡¿Fuiste puta?!

    -¿Cuántas veces me has visto trabajar?

    -Nunca.

    -¿Ves que me falte de algo?

    -Pues no. ¿Cómo empezaste en el negocio?

    Se explayó en la respuesta.

    -A los dieciocho años empecé a follar por dinero con hombres y mujeres casadas, solteras y viudas. Ellos me pagaban con dinero y ellas, unas me pagaban con oro y plata, en forma de cadenas, pulseras… Otras con garrafas de vino, otras con animales… El caso fue que los hombres hablaban entre ellos, y ellas, una se lo decía a su mejor amiga, esa a otra mejor amiga y así se montó la cadena. No sabían unas de las otras, por eso podían meterles los cuernos a los maridos o a los novios y seguir presumiendo de honradas, eso las que tenían pareja, claro. Me tengo corrido cientos de veces con ellos y con ellas. A los 50 años ya ellos dejaron de venir pero algunas siguen viniendo.

    -Acepto. A ver qué material hay en esa libreta.

    -Aún no sabes cuál es el favor.

    -Me lo imagino.

    -No creo. Quiero que me comas el coño.

    -No se comerlo, si supiera te lo comía.

    -Yo te enseño.

    No me corté un pelo.

    -Quítate las bragas y dime cómo se come.

    Separó la silla de la mesa, se levantó el vestido, quitó las bragas y vi su coño. Tenía el pelo con mechas blancas, se sentó en la silla, se abrió las piernas y con dos dedos abrió el coño. Me puse en cuclillas delante de ella, y empezó la lección.

    -Este bicho peludo que ves es el coño de una mujer, con la pepita arriba y la entrada del coño abajo y estos son los labios. Comerlo no tiene ningún misterio. Se le pasa la lengua de abajo a arriba y se le lame la pepita. Vete haciendo lo que te diga -fui haciendo lo que me dijo-. Mete la lengua dentro de coño, saca, mete, saca, mete saca… Lame la pepita -la señaló con un dedo-, de abajo a arriba, así, así, así, así… Alrededor, así, así, así… Hacia los lados… Méteme dos dedos en el coño y fóllamelo con ellos… Ahora lame el coño de todas las maneras que te enseñe.

    Al rato me decía:

    -Lame y folla más aprisa.

    En nada Agustina me dijo:

    -¡Me voy a correr!

    Yo estaba empalmado cómo un toro. Me puse en pie, la levanté, la eché sobre la mesa y se la clavé hasta el fondo. Emilia, exclamó:

    -¡Qué gusto, pichón, qué gusto!

    La cogí por la cintura y la follé a toda hostia.

    -¡Qué gusto, qué gusto, qué gusto! ¡¡Me corro!!

    Agustina se corrió y yo me corrí dentro de ella.

    Al acabar de correrse tenía una sonrisa de oreja a oreja. Le pregunté:

    -¿Puedo ver la lista?

    -Es toda tuya.

    Regresando a casa me crucé con algunas de las que Agustina le comiera el coño: Marta, la mujer del panadero, una treintañera tan presumida que parecía que al caminar andaba pisando huevos. Pili, una joven tan vergonzosa que no levantaba la cabeza del suelo al pasar por su lado… Me crucé con más de diez, todas putas y nadie lo diría al verlas. Al llegar a casa me encontré con dos más de la lista, mi prima Laura y mi tía Emilia.

    Una semana más tarde comenzó mi corta carrera de chulo de putas.

    Mi tía Emilia

    Mi tía Emilia, una mujer viuda de 32 años, se quitó la pañoleta, después, lentamente desabrochó los botones de su blusa negra. Un sujetador negro aprisionaba sus tetas. Lo quitó y dejo libres dos grandes tetas, gordas, caídas con areolas casi negras y pezones gorditos. Abrió el corchete de la falda negra y bajó la cremallera, la falda cayó al suelo cubriendo sus zapatos y sus tobillos. Luego bajó sus bragas negras. Un coño rodeado de una mata espesa de pelo negro quedó al descubierto. Se deshizo de los zapatos, de la falda y de las bragas y meneando sus caderas se fue hacia la cama donde la esperaba Agustina con un vaso de vino tinto en la mano, que bebió y después me lo pasó. Yo estaba desnudo, de pie, con la espalda apoyada en la pared y delante de un brasero luciendo mi cuerpo musculado. Llevaba puesto un antifaz y un bigote postizo al estilo Errol Flynn para que no me reconociera. Me había empalmado y apoyaba mi espada a la pared. No perdiera detalle del striptis que hiciera para mí. Posé el vaso sobre la mesita de noche y vi cómo Emilia se echaba sobre la cama. Agustina, que estaba vestida, me dijo:

    -Menéala y cuando te venga córrete en su cara.

    Mi tía Emilia me dijo:

    -Dámela a chupar antes.

    Aunque fuera ella la que pagaba la vieja Agustina mandaba y ordenaba, me dijo:

    -¡Ni se te ocurra! Que sufra.

    Yo no hablaba para no delatarme. Agustina me dijo:

    -Mira cómo se comen unas tetas.

    Vi cómo cogía con las tetas con las dos manos, cómo las apretaba y cómo hacía que sus pezones apuntaran hacia arriba, los lamió y los aplastó con la lengua, después lamió las areolas y las mamó. Chupó las tetas por todos los lados… No dejó ni trozo de piel sin lamer ni chupar… Mi tía ya gemía sin parar cuando me corrí. Le cayó un diluvio de leche en la cara. Mi tía se lavó la cara con la leche y después se chupó los dedos.

    Antes de meterse entre sus piernas, Agustina, me dijo:

    -Así me gusta, ahora dásela a chupar mientras yo le como el coño.

    Le metí la polla en la boca. Mi tía Emilia la mamó con ganas atrasadas. Agustina siguió con la lección. Le levantó las nalgas con las dos manos. Mi tía se abrió de piernas y Agustina le lamió el culo. Era como si lo estuviera limpiando con una hoja de verdura alta, pues su lengua era enorme y lamía periné, ojete y muslos. Mi tía comenzó a gemir… Cuando Agustina le folló el ojete con la punta de la lengua mi tía mamó mi polla como si no hubiese mañana. Me corrí en su boca y se tragó toda mi leche. Agustina hizo que flexionara las rodillas y le lamió el clítoris muy despacito de abajo a arriba, mi tía levantó la pelvis para apretarlo contra la lengua. Agustina lamió transversalmente y Emilia se puso cómo loca, luego hizo un remolino sobre el clítoris y casi se corre. Lamió el coño de abajo a arriba arrastrando todos los jugos que tenía en él. Metió un dedo en la boca, lo chupó y después le preguntó:

    -¿Dónde quieres que te meta el dedo, Emilia, en el coño o en el culo?

    Emilia paró de gemir para balbucear:

    -En el culo.

    Le metió el dedo medio de su mano derecha en el ano, le lamió el clítoris transversalmente, después de abajo a arriba y cuando le hizo el remolino se corrió cómo una perra, jadeando, temblando, echando un chorrito de meo primero y soltando jugos después.

    Casi sin dejarla respirar, me dijo Agustina:

    -Cómele el culo cómo se lo comí yo.

    Aquel no era plato de buen gusto, pero había que comerlo, ya que cómo dije antes la vieja Agustina mandaba y ordenaba.

    -Ponte a cuatro patas, Emilia -mi tía se puso a cuatro patas-. Ponte detrás de ella, huele su culo, lámelo y azótalo.

    Le olí el culo, le di una palmada en una nalga y después le lamí el ojete y el periné. Agustina me dijo:

    -Los azotes con más fuerza.

    Le dio dos palmadas con sus gordos dedos y la rechoncha palma de su mano.

    El culo quedó colorado, pero mi tía no se inmutó… Lamí de nuevo periné y ojete. Agustina me dijo:

    -Lame también su coño.

    Le azoté el culo.

    -Amásale las tetas.

    Le magreé las tetas, lamí, follé su culo con mi lengua, la azote… Le hice de todo… Al rato, follándole el culo con la lengua comencé a oír los gemidos de mi tía y me puse perro.

    Agustina llegó con un bote de manteca, y me dijo:

    -Unta tus manos con manteca y magrea sus tetas.

    Lo hice y a mi tía le encantó.

    -Echa más manteca y fóllale el culo, primero hazlo con un dedo, después con dos y luego con tres y no dejes de azotar su culo.

    Sin decirme nada, y ya con tres dedos dentro del culo los moví alrededor para hacer sitio. Vi cómo mi tía Emilia se masturbaba… Mi polla latía una cosa mala y goteaba sobre la cama.

    -Ahora unta la polla con manteca y métesela en el culo muy lentamente.

    Unté mi tiesa polla con manteca y le puse la cabeza en la entrada del ojete. El ojete abriéndose y cerrándose me la besó. Empujé y entró la cabeza. Mi tía echó el culo hacia atrás y la clavó hasta el fondo… Le di caña de la buena hasta que se corrió sacudiéndose y jadeando.

    Agustina me dijo:

    -No te corras. Guarda tu leche para su coño.

    Mi tía chorreaba por el coño cuando se la quité del culo. Ante mi sorpresa Agustina me cogió la polla, me la mamó y me dijo:

    -Hace muchos años que no chupo una.

    La mamaba de miedo. En nada notó que me iba a correr, la sacó de la boca y me dijo:

    -Llénale el coño de leche.

    Mi tía Emilia, la que daba lecciones de moral, la defensora de a virtud, estaba espatarrada en la cama. Su coño aún latía cuando se la clavé y me corrí dentro de ella.

    Al acabar de correrme, me dijo:

    -Sigue follándola hasta que se corra de nuevo.

    Mi tía callaba, y quien calla otorga. Mi polla al correrse apenas se bajaba. Le volví a dar caña de la buena. Mi tía gozaba cómo una perra, jadeaba y subía el culo para que mi polla le entrase hasta el fondo. Cuando ya estaba buena de ir cerró las piernas para que la polla le entrara más apretada y me dijo:

    -¡Dame duro!

    Miré para Agustina, ella tenía la última palabra.

    -Dale y vuelve a llenar su coño de leche.

    Agarrándola por las tetas la follé al estilo conejo. A Emilia no le dio tiempo a correrse. Le volví a llenar el coño de leche. Agustina me dijo:

    -Sácate de encima para que se dé la vuelta.

    Hice lo que me dijo. Emilia se dio la vuelta.

    -Cómele el coño hasta que se corra en tu boca.

    Emilia flexionó las rodillas. Metí mi cabeza entre sus piernas y vi su coño. Tenía los pelos encharcados de jugos. De su vagina salió mi leche mezclada con sus jugos, bajó hasta su ojete y luego descendió hasta la cama. Le levanté el culo con las dos mano y lamí y follé su ojete y cómo se lo viera follar a mi tía abuela Agustina. Al hacerlo el culo y coño se abrían y se cerraban, lo que hizo que la vagina echase todo lo que tenía dentro… Cuando lamí el coño de abajo a arriba, Emilia me cogió la cabeza, movió a pelvis alrededor y dijo:

    -¡Me corro!

    Agustina aún me tenía que dar la última lección.

    -Bésala hasta que se ponga cachonda de nuevo.

    Le di un pico en los labios, pues no sabía besar de otra manera. Emilia me iba a aprender. Su lengua se metió en mi boca, se frotó con mi lengua, me la chupó y al ratito ya yo le comía la suya.

    Agustina me dijo:

    -Mete dos dedos en su coño y después mete y saca apretando hacia arriba.

    Metí dos dedos dentro de su coño, aunque podía meter cuatro, ya que tenía coño de vaca… Metí y saqué cómo me había dicho.

    -Come sus tetas cómo te enseñé.

    Hice lo mismo que le viera hacer a ella, solo que yo lo hice con una sola mano, apreté la teta izquierda. Su pezón quedó mirando hacia el techo, lo lamí, lo apreté y lo chupé, chupé su areola y luego toda la teta… Después hice lo mismo con la derecha. Agustina siguió con la lección.

    -Saca los dedos del coño, dáselos a chupar y después acaricia con ellos la pepitilla de abajo a arriba, hacia los lados y alrededor.

    Acaricié su clítoris de abajo a arriba varias veces, de un lado al otro, y antes de que le hiciera el remolino soltó un chorrito de meo y retorciéndose, temblando y gimiendo, se corrió cómo una perra.

    Cuando acabó de correrse, me dijo al oído:

    -Cómo se entere tu madre de que faltaste al Instituto para trabajar de chulo te capa.

    Conchi

    Mi novia se llamaba Conchi y tenía mi edad, era delgada, de ojos color avellana, casi siempre llevaba coletas que le llegaban a la cintura, sus tetas eran pequeñas, sus piernas bien hechas, su cintura estrecha, sus caderas normales, su culo redondo y era muy guapa. Éramos novios, pero a escondidas, ya que éramos primos carnales. Empezáramos a serlo hacía mucho, pero no voy a perder el tiempo en contar cómo comenzó la historia. El caso era que yo tenía ganas de acostarme con ella y se lo había dicho decenas de veces, pero ella no dejaba ni que le diera un pico en los labios más que cuando nos despedíamos y no había moros en la costa.

    Esa tarde estábamos en el cine. Echaban Por Mis Pistolas. Le dije:

    -Tenemos que hablar.

    -Ahora no.

    -Es importante.

    -No hay nada…

    -Me acosté con otra mujer.

    Se levantó y salió de la sala.

    Lo primero que hizo al salir del cine fue plantarme una hostia en la cara que debía llevar semilla de amapola, ya que me la dejó roja.

    -¡¿Cómo pudiste hacerme eso?!

    -Tenía ganas, ella tenía ganas, tú no te dejas…

    -¡Se acabó! No te quiero ver más delante.

    -Es lo mejor. Así no me sentiré culpable cuando vuelva a follar.

    Me miraba con ojos de desquiciada.

    -¡¿Es que te vas a volver a acostar con ella?!

    -Con ella, no sé, pero con otras, sí.

    Rompió a llorar y echó a andar.

    -Tú nunca me quisiste.

    Caminando a su lado le di mi pañuelo, y le dije:

    -Si no te quisiera no te diría nada y seguiría contigo.

    Cogió el pañuelo y se secó las lágrimas.

    -Si me quisieras no harías cochinadas con ella. ¿Quién es esa guarra?

    -Se dice el pecado no la pecadora.

    -¡¿Pecadora?! Es una puta. ¿Te gustó?

    -Sí.

    -¿Mucho?

    -Mucho.

    -¿Y ella se corrió?

    -Varias veces.

    Volvió a romper a llorar, esta vez con más ganas que antes.

    -¡Vete, vete! ¡No te quiero ver más delante!

    Un guardia municipal, de aquellos que llevaban un casco en la cabeza que parecía una bacinilla, le preguntó a Conchi:

    -¿Te está molestando?

    Conchi, se sonó los mocos, y le dijo:

    -No, ya se iba.

    Siete días después, en la fuente, llenando un cubo de agua y después de devolverme el pañuelo, me dijo:

    -Quiero hacer cochinadas contigo.

    No quería forzarla a hacer algo que no deseaba solo por volver a ser novios.

    -Podemos volver a ser novios sin necesidad…

    -Quiero hacerlas. ¿Sabes de algún sito?

    No iba a desaprovechar la oportunidad, le respondí:

    -Sí, la casa de señora Agustina, se va a Padrón y no vuelve hasta la noche.

    -A las cinco estaré allí.

    A las cinco de la tarde la vi llegar. Venía vestida con la ropa de los domingos, una falda marrón que le daba por encima de las rodillas, un jersey negro, una blusa blanca, unos zapatos marrones y con su cabello recogido en dos trenzas. Yo estaba en la puerta de la casa. Pasó por mi lado con la cabeza gacha sin decir palabra y se metió dentro de la casa. Cerré la puerta, le puse la tranca, y le dije:

    -Te quiero.

    Seguía con la cabeza gacha. Fui a su lado, le levanté el mentón con un dedo y posé un beso en sus labios, la miré y vi que estaba con los ojos cerrados. Pasé mi lengua por sus labios, abrió los ojos y me miró con extrañeza. Le puse un dedo en el labio inferior, abrió la boca y mi lengua acarició la suya. Se dejó besar y al final su lengua ya jugaba con la mía. Al acabar de besarla la mire y vi que tenía la cara roja cómo un tomate maduro, la abracé y al tocar mi cara con la suya noté que abrasaba. Le quité el jersey y después quité el mío. Me preguntó.

    -¿De verdad que me quieres?

    -De verdad de la buena.

    -Házmelo con mucho cariño.

    Le desabroché los botones de su blusa blanca, se la quité y le quise quitar el sujetador. No había manera, lo tuvo que quitar ella. Sus tetas eran más grandes de lo que yo pensaba, eran redondas y cómo naranjas de las gordas. Sus areolas eran marrones y sus pezones medianos. Aparté las trenzas que cubrían parte de sus areolas. Apreté sus tetas pero mis manos no se hundieron en ella. Estaban duras cómo piedras, piedras sedosas. Lamí sus tiesos pezones, los aplasté con la lengua, los chupé y chupé sus areolas, luego le lamí y chupé cada centímetro de piel de sus maravillosas tetas. Me agaché, le bajé la falda y después las bragas, unas bragas mojadas en las que los polvos de talco que se echara hicieran una plasta con sus jugos. Después le quité los zapatos y los calcetines blancos, la cogí en brazos y la llevé a la cama del viejo Agustín. La puse sobre la cama, me desnudé y me eché a su lado con un empalme brutal. Conchi mirando para mi polla volvió a hablar.

    -Despacito, métela despacito que esa cosa es muy grande.

    Me metí entre sus piernas, le cogí las nalgas, las levanté y su coño se abrió cómo una flor. No se veía la vagina con tantos jugos. Lamí su periné y su ojete, lamí sus jugos, y al lamer su clítoris: «Chiiiisss», un chorro de meo se coló en mi boca, y otro y otro, y otro… Y después se llenó mi boca con una corrida de jugos que más que una corrida parecía una riada. Conchi se sacudía con el inmenso placer que sentía y yo casi me corro viéndola y sintiendo sus gemidos.

    Al acabar de correrse, le puse la polla en la entrada del coño, empujé y entró la cabeza y un poco del tronco, entraran tan apretada que la hice chillar.

    -¡Ayyy! Despacito. Quique, despacito.

    Al sacarla vi que salía con un poco de sangre. La había desvirgado. Si me había de cortar me excité aún más de lo que ya estaba. Despacito se la fui metiendo. Conchi apretaba los dientes y mordía el labio inferior, pero no le cayó ni una lágrima. Era dura cómo ella sola… Al tenerla toda dentro, la levanté y nos besamos. Con sus tetas apretadas contra mi pecho nos estuvimos besando unos cinco minutos. Llegó un momento en que no aguantaba más. Le dije:

    -Tengo que quitarla, me voy a correr.

    -Córrete dentro.

    -¡¿Estás loca?!

    -No, quiero saber qué siente cuando derraman dentro de una.

    -Puedes quedar preñada.

    Conchi me miró a los ojos y me dijo:

    -Si me quieres córrete dentro.

    Sus palabras aún me excitaron más.

    -¡Me corro, Conchi!

    Dándome picos y sin quitar sus pupilas de las mías vio y sintió cómo le llenaba el coño de leche, vio y sintió hasta que se comenzó a correr ella, ya que sus ojos se cerraron para no ver nada.

    Cinco minutos después llamaron a la puerta. Era Agustina que regresaba de Padrón antes de lo que yo esperaba.

    No volví a darle ganancias. Conchi no quedó preñada, pero se enteraron de lo nuestro y tuvimos que dejarlo, ya que su padre era muy bruto y sacaba el cinto con facilidad.

    Quique.

  • Descubro lo que escribe mi esposo y quiero vengarme contigo

    Descubro lo que escribe mi esposo y quiero vengarme contigo

    Quién normalmente escribe aquí es mi esposo, pero hoy he tomado el control de la cuenta de mi marido que acabo de descubrir, se lo tenía escondido y te voy a mostrar que tan guarra puedo ser yo también.

    Acabo de follar con él, aún puedo sentir su leche saliéndome del coño mientras escribo esto, él se ha sacado las ganas y ahora ronca al lado mío pero yo no he quedado para nada satisfecha. Se ha venido apenas meterla un par de veces y se echando a dormir sin más. Estoy algo furiosa porque esperaba recibir algo mejor así que para entretenerme cojo su móvil para ver con que se ha calentado tanto.

    Vaya sorpresa he encontrado al abrir su correo, varios mails con las que llama «queridas lectoras» en lo que intercambia los mensajes más guarros que jamás pensé podía escribir, algunos acompañado por fotos de tetas, culos e incluso coños mojados que están para chupárselos. Al seguir explorando descubro notificaciones de este sitio, donde veo hace tiempo escribe relatos contando alguna de nuestras intimidades y tratando de calentar a otras mujeres. Así que ya decido ahora calentarme yo con uno de estos juegos y dedicar este relato a ti, ese hombre que me lee con la polla parada entre los dedos.

    Como te decía, acabamos de follar pero no estuve ni cerca de llegar a ningún lado, así que ahora te escribo con el móvil iluminando mis grandes tetas con ganas de ver ese paquete que tienes ahí. ¿La has pelado ya? Déjame verla… Mmmm sí, me encanta eso que tienes ahí, se ve deliciosa. Permíteme tomarla con mi mano para ver qué tan dura la tienes. Si, que rico, la tienes bien dura ¿Así te pongo cuando me imaginas desnuda sujetándotela? Me gusta apretarla fuerte desde la base del tronco para ver cómo se marcan esas venas y como palpita en mi mano. Mmmm… Se me hace agua la boca con ese pollón que me muestras.

    Te acaricio esos cojones que tiene ahí, antes que me la metas te la quiero poner como piedra. Te masturbo un poco mientras me toco yo también, puedes escuchar el sonido de lo mojada que estoy. Quiero que me la metas entonces bien adentro ¿Te molesta que esté llena del semen de mi esposo? ¿O te excita aún más saber que vas a terminar el trabajo que el no pudo? Vamos, fóllame, quiero sentirte dentro de mí, hazme tuya, métemela fuerte.

    ¡Oh siii!

    Eso es, métemela bien profundo.

    ¡Oh dios! ¡Si! ¡Así!

    Mira cómo se desliza hasta el fondo, como me gusta tu polla enorme abriéndome al medio.

    ¡Más más! Dámelo todo.

    Mira como tengo mis pezones parados, me los pellizco imaginando que son tus labios, que los muerdes con tus dientes.

    ¡Más fuerte! ¡Si, si, oh siii!

    Sacúdeme así, mira como me haces sacudir las tetas de arriba a abajo. Quiero sentirte así entre mis piernas. Dame toda esa polla bien dura y bien duro lo quiero.

    ¡Más! ¡Más! ¡MÁS!

    No te corras aún, sácala que quiero verla, quiero ver que tan parada la tienes, quiero ver cómo te gusta mi coño. Mmmmm si, se ven tan apetitosa, me provoca meterme los dedos. Acércate, quiero saborear esa polla bañada en flujo y leche, te paso la lengua por todo el tronco para probarla por completo. Chupo esa brillante que escupe las primeras gotas, que rico estás, fóllame la boca, cógeme del pelo y oblígame a tragarme tu miembro por completo.

    Mmm, hmmm, mmmmm.

    ¿Te estoy poniendo? ¿Ya estás listo? Porque yo estoy chorreando como una perra y quiero ya tu leche por toda mi cara, vamos, córrete en mi cara, báñame con tu semen.

    Siiii, así, que rico.

    Me encanta sentir esa leche caliente salpicándome todo el rostro, con esa polla hermosa disparando un chorro tras otro, en las mejillas, en los ojos, en los labios con un poco que se va para dentro y puedo sentir ahora tu sabor que me lleva al orgasmo mientras toda esa leche que me regalaste pringa sobre mis tetas, que son todas para que tu las veas.

    Me ha encantado que me hayas hecho esto y así poder vengarme de mi marido. Pero pongámoslo más rabioso aún, mándame a su correo en su perfil una foto de esa polla con la que me follaste, mejor aún si me muestras esa corrida que hiciste ¿Fue mucho? ¿Dónde dejaste caer el premio? ¿En tus piernas? ¿O en tu vientre donde podría limpiarla toda con la lengua? Vamos, atrévete, deja un comentario y escribe en privado, déjame saber cómo te he puesto y quizás nos volvamos a ver y quien sabe, quizás la próxima me la puedas meter por el culo.

    Un beso a ti a esa polla tan rica con la que voy a soñar cada vez que me toque.

  • En la despedida de soltera

    En la despedida de soltera

    “Como estás, sabes mi novia cumplirá años y tendrá una pequeña fiesta privada con sus amigas, pero quisiera regalarle algo diferente, yo soy 15 años mayor que ella, ella tiene 24 y además de eso yo soy swinger, la verdad me gustaría darle de regalo una verga que probar y de ti me han hablado muy bien, espero me puedas ayudar”

    La verdad ese correo me llamo mucho la atención, una chica de 24 años era diferente a lo que yo acostumbraba, cuando contacte al novio d enorme Edgar el me mando unas cuantas fotos de su novia Karen, una morena alta de ojos miel, tetas paradas y un trasero delicioso, obviamente acepte inmediatamente.

    Él me dijo que tendría que llegar como bailarín y hacerle un show, que una amiga de ahí grabaría todo, acepte sin ningún problema, era algo diferente y obvio mi físico me ayudaría a hacer el trabajo.

    Maneje mi auto solo con una bata y una tanga, llegue a la dirección y entre hasta el departamento, toque el timbre y al menos unas 15 chicas gritaron al verme entrar.

    Me quité la bata y empecé a bailar, ellas gritaban como locas, había de todo, señoras mayores, unas cuantas jóvenes que ni 20 años tenían y una que otra sabrosa entre ella la cumpleañera Karen que sonriente me aplaudía y me pedía me quitara la tanga.

    Unas amigas le acomodaron una silla en medio de la sal me acerque moviendo mi cintura y ella me miro y empezó a tocarme las nalgas, el pegaba mi pene a su cara ella lo lamia por encima de mi tanga, fue entonces que le gritaron que me la quitara, ella con cara de caliente y su boca empezó a quitarme la tanga hasta que mi verga erecta salió, sus gritos se alzaron más, ¡Karen ya más aventada comenzó a acariciarme la verga y besarme mis entre piernas!

    -Cómetela!!!

    Fueron los gritos de sus amigas que retumbaban mientras la cumpleañera me empezaba besar los testículos, tenía la lengua larga y me la mamaba como si fuese una paleta, los gritos de todas aumentaban más.

    Saqué de mi gabardina una crema de chantillí y comencé a llenar la puntita de mi verga con ella, uno a uno, pasé a los lugares para que me lo chuparan, empecé con las más veteranas, ellas se atascaban metiendo mi verga hasta su garganta, pegadas como sanguijuelas que fue difícil que me soltaran, luego fui con las más jóvenes, una me lamía con miedo, pero al otra ocupaba sus tetas para masajearme y comerse la puntita.

    Pase a las más sabrosa, dos mulatas caderonas y tetonas, sonriendo se hincaron y ambas comenzaron a mamármela de lujo, todas gritaban como locas, fue entonces que empezaron a besarse, eso me puso más cliente, note que una grababa todo, me quedaba claro que esa era la infiltrada de Edgar, mientras disfrutaba la doble mamada, la festejada se despojaba de su blusa quedando en brasear.

    Me quité a esas mulatas de encima y fui directo a besarme con ella, nos besábamos ante los gritos de todas, sentía como me manoseaban, pero mi cabeza estaba ocupada en aquella hermosa mujer.

    K: ¡Que rico este papacito!

    CA: ¡Soy tu regalo nena!

    K: ¡Y que más vas a hacer?

    CA: Pues bájate y adivina a donde podemos llegar.

    Karen se arrodillo y comenzó a darme una mamada descomunal, mientras algunas se acercaban a besarme y tocarme yo disfrutaba de la rica mamada de esa chica.

    -Hazlo venir!! sácale la leche!!

    K: ¡Como ves a mis amigas!

    CA: ¿Estas listas para la segunda mitad?

    K: ¡Claro!! ¿Pero aquí?

    CA: ¡O donde tú quieras!

    Karen se levantó y sonriendo me tomo de la mano y me llevo a su habitación ante los gritos de todas!

    Se escuchaba un verdadero desmadre afuera, música todo volumen y gritos de ánimo para Karen.

    Sin rodeo se despojó de toda la ropa y se acoto en la cama, con su dedo me pidió fiera a ella, sin dudarlo y con un gran salto de tigre me avente a esa morena penetrándola al instante.

    K: ¡Ah!!! ¡Uhm que rico!

    CA: ¡Que caliente eres!

    K: ¿Quién te trajo?

    CA: Soy tu regalo, ¡pudo ser cualquiera!

    Le apretaba las nalgas y me empujaba con fuerza a ella, nos besamos, le chupaba los pezones, la nena apretaba riquísimo.

    Le levante las piernas y le comía los pies, me empujaba dejándole ir toda mi verga, ¡ella gemía y me pedía más!

    K: ¡Así que rica verga!

    CA: ¿Oye? ¡Uhm! Tienes novio?

    K: ¡Ah!! Sí, tengo novio, ¡pero no coge como tú!

    Acosté a Karen de ladito y empecé a darle suave, le acariciaba sus muslos, sus pechos, apretaba su pezón y jugaba su clítoris, fue entonces que al voltear vi que en el closet estaba la chica grabando, eso me puso más loco, ¡le jale le cabello a Karen quien gemía más y más!

    K: ¡Ay!! ¡Qué rico, uhm, así no pares!

    CA: Que nalgas tienes, estas buenísima, ¡más bien parece que tú eres el regalo!

    Afuera seguía la verbena, la chica del closet seguía grabando y Karen seguía gimiendo.

    K: Mi novio quiere verme con otros, uhm, ¡lástima que no está aquí, estaría feliz de verte encima mío!

    CA: Nena, tu novio me contrato, ¡quería que te cogieran rico de cumpleaños!

    Karen me miro seria y me pido me acostar, yo la obedecí y entonces ella subió ensartándose toda y comenzado a moverse maravillosamente.

    Movía su cadera en círculos, se levantaba y se dejaba caer, yo también me movía, acariciaba sus muslos, nalgas y tetas, le jalaba el cabello, ella más se movía que rica cabalgada me daba.

    K: ¿Te gusta? ¡Uhm!

    CA: ¡Me encanta que rico te mueves!

    K: ¿Así? ¿Uhm y ahora?

    CA: Por dios, ¡eres lo máximo!

    Karen se daba de sentones tan fuerte que hasta me lastimaba la verga, yo le apretaba las tetas y le mordía los pezones, ella se dio vuelta para cabalgarme al revés, mientras yo le arañaba la espalda y ponía mis manos en su cochino.

    CA: Así, no pares, ¡uhm!

    K: ¡Ah!!! Que rico, uhm, ¡que verga!

    CA: ¡Te mueves fenomenal!

    K: ¡Tu verga me motiva!

    La cama rechinaba fuerte, la chica continuaba grabando, afuera todas gritaban, cantaban y se oía de todo, mientras Karen me cogía tan rico que pase de ser el cogedor al cogido.

    La puse a cuatro patas, el di un tremendo par de nalgadas, ella solita se abrió y me la pidió.

    Yo obedecí y comencé a metérsela suave, mientras ella criaba sus nalgas y sus muslos, era una mujer muy carnosa, muy rica, se me hacía increíble que su novio quisiera compartirla.

    K: Así que rico, uhm, ¡que verga!

    CA: ¡Tómala toda, uhm, tómala!

    K: Nunca me había entrado una así de grande, ¡uhm!

    CA: Aprovecha tu suerte, muévelas, ¡mueve tus nalgas nena!

    Qué manera de moverse, las movía rápido, de arriba a abajo, ¡eso hacía que me apretara más mi verga que sentía como ella comenzaba a escurrí y entre jadeos y gemidos tuvo su primer orgasmo!

    K: No pares, ay que rico se siente, ¡no pares!

    Como buen macho hice que se le alargara lo más que pude, ella gritaba y se retorcía, eso me daba un gran placer, la tome de sus tetas y más rápido se la clavaba, mi verga le entraba por completo, ¡poco a poco la empalaba hasta que sus nalgas ya chocaban con mi pelvis!

    K: ¡Me matas!!

    CA: ¡Me muero, uhm, que rico, ah!!

    K: ¡Que verga!!! Rica, dámela, ¡dame tu leche!

    CA: ¿Y si te preño?

    K: No importa, uhm, cógeme, ¡ah!!

    Me aceleré como toro y comencé a venirme dentro de su rica concha, ¡entre gemidos y mordidas tuvimos un orgasmo fenomenal!

    Quedamos pegados como perro y luego ella cayo en la cama boca abajo agitada y aun con mi verga dentro que se movía y terminaba de escupir leche.

    K: Que rico, ¡ha sido la mejor cogida en mi vida!

    CA: ¡Te aseguro que de las mías también!

    K: Espero que todo haya quedado bien grabado, jajá, ¡ya sal de ahí!

    La chica salió del closet toda sudada, al parecer se había masturbado, cuando pensé que todo termino ahí, ahora los dos hicimos un trio con ella, Karen se dio el lujo de chupar vagina y verga al mismo tiempo, que rico cogía, era una diosa sexual.

    Luego al salir del cuarto algunas se me lanzaron y tuve que darles unas cuantas metidas de verga y un poco de semen, eran insaciables, pero aun así les di batalla, todas terminaron contentas y llenas de semen, incluso las más jóvenes.

    Unos días después recibí un correo de Edgar.

    “Muchas gracias, que rico la pasaste te envidio, pero quiero agradecerte por liberar a mi chica, ahora es más puta en la cama y luego de ver cómo te la cogiste me dan ganas de compartirla más, gracias y te incluí una buena propina”

    CORNEADOR ANÓNIMO.

  • La segunda alumna de prepa a la que me cogĺ

    La segunda alumna de prepa a la que me cogĺ

    He visto relatos muy parecidos al mío, supongo hay coincidencias porque este es 100% real y verídico. Lo narro tal como lo recuerdo:

    Como ya he mencionado en alguno de mis relatos, en la preparatoria donde doy clase los estudiantes hacen un trabajo final, por lo que tienen un asesor a lo largo del semestre que los dirige en el desarrollo de su trabajo.

    Una joven, de 19 años, pongámosle por nombre G, me pidió que fuera su asesor en el trabajo final. Dude en aceptar ya que G tenía fama de haber andado con varios profesores en la prepa, así como con varios estudiantes, cosa que después comprobaría era falsa. En fin, G tenía un rostro sumamente hermoso, grandes ojos y hermosas y largas pestañas, unas pocas de pecas coloreaban sus mejillas; cabello largo y negro, lacio con hermosa caída… y su cuerpo ¡era el de una diosa! Le gustaba mucho usar blusas muy pegadas, escotadas, y leggings (mallones) de diferentes colores: negros, blancos, grises, verdes… por lo que su cuerpo se marcaba perfectamente.

    No era necesario usar la imaginación: su busto era pequeño, firme, cada teta apuntando a lado contrario, (ello se podía adivinar por el escote de su blusa) una cintura hermosa y, lo mejor de todo eran sus nalgas: redondas, paradas, firmes. Era obvio que usaba tanga o hilo debajo de los leggings, de otra manera se notaría el calzón. Sin embargo, siendo yo su profesor, un profesional y además un caballero, en toda la extensión de la palabra, rara vez observe su cuerpo, aun cuando cada lunes acudía a mi oficina a asesoría. De vez en cuando echaba una mirada furtiva sus tetas, cuando sabía que ella no me descubriría, o también daba un vistazo a sus nalgas, cuando salía de mi oficina.

    Después de dudarlo un instante acepté ser su asesor. La primera parte del semestre transcurrió sin mayor novedad: mostró ser una estudiante responsable y comprometida, además de inteligente.

    Sin embargo, en la segunda parte del semestre comenzó a “tirarme la onda” es decir, a buscar intimar en algunos aspectos: “Ya me voy, antes de que se enoje su novia o su esposa” decía. Yo no respondía, sólo le pedía que revisara tal o cual bibliografía o que adelantara con tal o cual borrador de x capitulo. Así siguió todo, pero casi a final de semestre comenzó a ser más abierta en su flirteo, hasta que un día me dijo, directamente “Usted me gusta mucho profe ¿por qué no nos vemos en donde la única regla sea el goce? Sin ataduras, sin compromisos…”

    Titubeé un poco y puse condiciones: que terminará su trabajo, que cuando hubiera una oportunidad, que si acaso lo hacíamos debíamos ser discretos, muy discretos. Yo quería tiempo para pensar bien los pros y los contras, más que otra cosa, porque la verdad es que G me encantaba desde el primer momento en que la vi.

    Decidí que sólo se vive una vez. Así un día se presentó una oportunidad: habría un viernes feriado por lo que no habría clases y los padres de G saldrían fuera de la ciudad, aprovechando el día de asueto. Decidí invitarla a mi casa (en ese entonces ya “hablamos” por Messenger casi todas las noches, por lo que ya conocía más de su pasado: había andado con un maestro de la prepa, que era un patán, y que había tomado fotografías de ella, en tanga. Todos habían visto las fotos y de ahí había surgido la mala fama)

    La invité a mi casa. Al llegar los dos estábamos muy nerviosos. Le ofrecí algo de tomar me acerque y la besé. Al principio no respondió a mi beso pero poco a poco abrió la boca y nuestras lenguas se entrelazaron en un beso profundo, largo, húmedo. Sin dejar de besarla la llevé a mi habitación en donde continuamos besándonos. Poco a poco mi mano bajó hasta su entrepierna y comencé a tocarle la panocha por encima de los mallones. Ella sin dejar de besarme abrió más las piernas permitiéndome tocarla intensamente. Deslice mi mano por debajo de su ropa, toque su clítoris e introduje un dedo en su vagina. Estaba muy húmeda y caliente.

    Poco a poco la despoje de sus mallones y la deje sólo en tanga. Mi boca que ya en esos momentos se concentraba en su cuello, lóbulos y hombros comenzó a bajar lentamente: llegue hasta su vagina y comencé a lamer ávidamente sus jugos. Olía delicioso y sabía aún mejor. Con la lengua recorría de arriba a abajo sus labios vaginales para, en algunos momentos concentrarme en su clítoris: succionarlo, lamerlo, chuparlo. Su reacción física no se hizo esperar: apretó las piernas y tuvo un ruidoso orgasmo: gemía fuerte y de manera muy dulce mientras se venía.

    En esos momentos mi verga mostraba por debajo del pantalón una gran erección. Tome su mano y la dirigí hacia mi pene. G lentamente acarició mi pene, por encima del pantalón por lo que le pedí: “desabrocharme el pantalón”. Todo ese tiempo continuamos besándonos y acariciándonos, como dos estudiantes en celo. Ella no lo pensó y sacó mi verga mientras me acariciaba con la mano a lo largo de la misma y los testículos. La caricia de sus manos era tan suave, tan deliciosa que tuve que contenerme un par de veces para no venirme.

    Comencé a tocar su busto por encima de la ropa. En cierto momento ella se incorporó, se quitó la blusa y se deshizo del brassiere: ¡que tetas tenía G! Surgieron así dos hermosos globos de carne, no muy grandes, no muy pequeños, del tamaño perfecto, cada uno coronado con un hermoso pezón café, desafiando cualquier ley de gravedad: turgentes, erguidos, palpitantes. Mi boca no podía prescindir de tal manjar: comencé a besar, a morder, a tocar esas tetas deliciosas y G comenzó a retorcerse de placer. En cierto momento me dijo: “métemela” El sólo escuchar a G decir eso me excito muchísimo. Me acerqué lentamente y me fui colocando dentro de ella. Ella abrió las piernas. Estaba tan lubricada que entre sin ninguna dificultad. ¡Que delicia! Estaba muy apretada y caliente. Comencé a moverme lentamente al principio, y más rápido después. Comencé a bombear intensamente y note como su cuerpo se tensaba un par de veces, y su vagina se mojaba mucho más, además de sus pequeños gemidos lo que me indico que se había venido dos veces…

    Después de un rato salí de ella y me coloqué el condón. La subí en mi y ella complaciente se insertó mi verga. Comenzó a moverse y me hizo ver las estrellas. Se movía como nadie. Volvió a alcanzar el orgasmo y decidí cambiar de postura: la puse en cuatro puntos y la penetre intempestivamente.

    Aproveché para mirar su culo. Si bien su cuerpo es el de una diosa (y así se lo hice saber) lo más rico, lo más delicioso son sus nalgas: un par de redondas nalgas, ni muy grandes ni muy pequeñas, con una hermosa forma circular, agradable a la vista y al tacto. Después de hacerlo por un rato de a perrito la empuje hacia abajo, sin salirme de ella. Con lo que quedó boca abajo y yo encima de ella. Me moví por un rato y cuando volví a sentir la urgencia de venirme le pedí que se moviera, conmigo encima. Al mover su cadera de atrás para adelante apretaba mi pene de una manera deliciosa en cada movimiento. No pude aguantar más y me vine: chorros de semen salieron disparados. Me quede así por unos instantes, encima de ella. Salí lentamente. El condón estaba lleno de semen.

    Platicamos un rato, acostados, acariciándonos. Después de un rato comencé a acariciarla, a meterle un dedo, dos, tres en la panocha. Ya estaba muy lubricada y lubricó aún más. Volvimos a hacer el amor. Yo me volví a venir y ella tuvo más orgasmos. No sé cuántos pues en algún momento perdí la cuenta.

    Al terminar estaba yo tan extasiado que le pedí: “quédate a dormir” a lo que accedió. Pasamos la noche juntos y a partir de ese momento tuvimos casi año y medio de diferentes encuentros que ya les iré platicando en otros relatos.

  • Mi placer al complacerlo

    Mi placer al complacerlo

    Desde hacía unos minutos me encontraba encerrada en el baño del cuarto. Me miraba al espejo buscando alguna imperfección. Mi reflejo en el espejo denotaba inseguridad o solamente estaba muy nerviosa, a día de hoy no estoy segura, sin embargo se veía bien. La ropa interior color negro de encaje remarcaba mis curvas, me sentía sexy para él. Mi pelo suelto, los rizos sobre mis hombros, hoy estaban perfectos. Volví a verme, respire profundo y caminé hacia la puerta.

    Abrí la puerta y me apoyé en el marco de la misma. Vi el entorno, buscándolo, estaba de frente a la cama, de espalda a mí. No me veía, así que caminé hasta casi llegar a él, haciéndole notar mi presencia con el sonido de mis zapatos. Muy lentamente se dio la vuelta, me observó de pies a cabeza, miraba atento cada detalle, hasta que llegó a mis ojos. Sus ojos me ordenaron que me arrodillara a sus pies, si bien la orden no estaba dicha nuestra conexión me hacía entender.

    Mi cuerpo se desplomó en el piso. Quedé sentada sobre mis pies, con mi espalda recta y mi cabeza abajo. En ese momento me di cuenta que toda aquella inseguridad o nerviosismo había quedado en el baño. Sentía sus pasos alrededor de mí, me acechaba como un cazador a su presa. Sus pasos. Su mirada. Mi corazón comenzó a latir ansiosamente, deseaba saber qué pensaba cuáles eran sus planes…

    Como leyendo mi mente (o tal vez mi cuerpo), me tendió la mano para ayudarme a pararme. Al hacerlo, su mano fue hacia mi barbilla levantando mi rostro y me susurro al oído:

    -Eres perfecta, pequeña obediente.

    Un escalofrío recorrió mi cuerpo, su voz sonaba tan sexy…

    Puso su mano en mi cintura y me acompañó hasta un extremo de la habitación en donde se hallaba una mesa. Me puso justo al frente y acompañó mi cuerpo, hasta que quedó inclinado sobre la mesa, con su mano. Con su pierna obligó a las mías a separarse, quedando a la par de las patas de la mesa.

    -¿Estás lista para mí, nena? -.Me preguntó inclinando su cuerpo sobre el mío.

    La pregunta provocó que inmediatamente me mojara aún más.

    -Sí, Amo, lista como a vos te gusta -.Respondí con casi un jadeo.

    Con otro susurro escalofriante me dijo –Lo voy a comprobar, pequeña.

    Mis piernas temblaron con la caricia casi imperceptible de su mano contra mi piel. Sentía sus dedos recorriendo suavemente cada parte de mi espalda, de arriba hacia abajo. Su mano llegó a mi culo, el cual apretó y masajeó, deleitándose con él. Rozó la parte interna de mis muslos, jugando conmigo, hasta que finalmente llevó sus dedos hacía mi tanga. Notaba contra mi piel, como su respiración aumentaba poco a poco, por lo que estaba segura que podía sentir la humedad a través de la delgada tela.

    -Mmm, muy bien, pequeña -su voz revelaba que su excitación aumentaba muy rápidamente.

    -Está completamente empapada -dijo en un susurro para él mismo.

    De repente su mano azotó mi nalga, lo que me hizo sobresaltar. Una de sus manos se apoyó en mi espalda baja y acaricio la nalga azotada.

    -Quieta, nena. Te voy a dar tu premio por ser tan complaciente -al terminar de decir eso su mano volvió a azotarme.

    Mi cuerpo se tensionó por un momento, pero luego de sentir la nueva caricia y recordar quien me azotaba, se relajó por completo. Los azotes comenzaron a alternarse con caricias en mi concha provocando que se empape aún más. Gemidos comenzaron a escaparse de mis labios debido a la sensibilidad de mi cuerpo. Intentaba ver cómo me azotaba pero al notar esto sus golpes comenzaron a ser más fuertes. Así continuamos hasta que noto el grado de mi excitación, si continuaba un poco más seguro llegaba a mi clímax.

    Me levantó de la mesa, me giró y me dio un beso. Mi lengua y la suya se entrelazaron, en un beso muy erótico. Me tomó por debajo de los hombros y me sentó en la mesa quedando él entre medio de mis piernas. Su verga atrapada en sus pantalones se hacía notar contra mí, lo que me hizo gemir. Mientras esto sucedía sus manos fueron hacia mi cuello el cual comenzó a apretar firmemente restringiendo el aire. Sus labios volvieron a atrapar los míos, su lengua jugó con la mía, exploró mi boca y robándome el poco aire que me quedaba. Sus manos aflojaron mi cuello permitiéndome tomar solo una bocanada de aire, porque al segundo sus manos volvieron a apretar.

    Cuando logró saciarse de mi boca sus manos fueron hacia mi espalda, buscando el broche de mi sostén. Al desabrocharlo lo dejó ahí y sus labios comenzaron a bajar por mi cuello, dejando besos húmedos. Su boca llegó hacía la tira del sostén la cual mordió y rozando su boca con mi piel se fue retirando despacio. Con mano derecha tomó la otra tira y terminó de quitarla del camino.

    Sus labios ansiosos se lanzaron a mis pechos, los cuales chupó, mordió y disfrutó a su antojo. Mi cuerpo es suyo, y deseo que lo tome siempre. Mientras su boca se dedicaba a mi pecho derecho, su mano derecha apretaba y estiraba mi otro pezón. Una mezcla perfecta de dolor y placer inundaba mi cuerpo, provocando tantas sensaciones que me estaban volviendo loca. Era realmente increíble lo excitada que estaba, completamente entregada a él. Mi cadera inconscientemente, o tal vez no tanto, comenzó a rozar contra él buscando un poco más de alivio. Al frotar mi concha con su pronunciado bulto sus ojos fueron inmediatamente hacia los míos, como preguntándome qué hacía, yo solo le sonreí… Me lo permitió por unos minutos, mientras que jugueteaba y disfrutaba de mi pecho izquierdo.

    Al terminar, me dio la mano, me hizo bajar de la mesa y arrodillarme a sus pies. Mis ojos no se alejaron en ningún momento de los suyos.

    -Saca mi verga, pequeña viciosa -su ronca voz me hacía entender que lo estaba disfrutando enormemente.

    -Sí, mi Amo.

    Mis manos al segundo fueron hacia el botón y cierre del pantalón abriéndolos. La saqué de esa pequeña cárcel que la atrapaba torturándola e, instintivamente, me la llevé a la boca para aliviarla. Sus manos tomaron mi pelo formando una coleta y retiro suavemente mi boca de allí.

    -¿Acaso te di permiso para hacer eso, puta? -su rostro demostraba desaprobación, aunque en cierto modo le gustaba mi ansia.

    -Lo lamento, Amo. Solamente deseo complacerte, que me utilices a tu gusto.

    Agarró aún más fuerte mi pelo y tiró de él girando ligeramente mi cabeza. Tomó su verga fuertemente y dio varios golpes secos en mis mejillas.

    -Si la deseas, pídemelo como debes.

    -Por favor, Amo. Deseo que me cojas la boca, que me uses- suplique en un jadeo.

    -Está bien, pequeña. Ponte en posición -al decirlo retrocedió unos pasos dándome espacio.

    Mi espalda se inclinó un poco hasta que mis manos se apoyaron contra el suelo, las palmas de mis manos tocaron el frío piso. Mis piernas se abrieron en “V” aún más abiertas de lo que anteriormente estaban, mi cabeza se alzó, mi boca se entreabrió, desesperada por complacerlo, y mis ojos buscaron los suyos.

    Agarró nuevamente mi cabeza con ambas manos llevando su verga a mi boca. Comenzó a moverse, tirando también de mi pelo para mover mi cabeza al ritmo que deseaba.

    Su verga entraba con fuerza hasta el fondo de mi garganta y, con cada embestida, mi concha se contraía de puro placer, empapando mis muslos…

    Se dedicó a usar mi boca, metiendo y sacando su verga cada vez más rápido. Por momentos sus manos apretaban mi cabeza contra su pelvis, sujetándome con fuerza, privándome de respirar y luego alejaba mi cabeza muy lentamente. Una y otra vez, entraba y salía de mi boca, llenándome por completo. Continuó un rato hasta que me dijo:

    -Acá va tu recompensa, nena -empujó mi cabeza contra él una última vez y acabó directamente en mi garganta. Podía sentir los espasmos de su verga recorriendo toda mi boca mientras recibía mi premio.

    Lo tomé todo con orgullo mientras él sacaba su verga poco a poco. Lamí los labios, viéndolos a los ojos.

    -Lo disfruté mucho, Amo. Muchas gracias- sonreí y esperé sentada, estaba completamente orgullosa de haberlo complacido tanto y de haber podido disfrutar, estaba completamente satisfecha. La felicidad que me inundaba era realmente increíble y no necesitaba nada más.

    Me tendió la mano y me llevó hasta la cama. Me recostó y me pidió que lo esperara por un segundo, recogió mi sostén y al volver a la cama me lo puso. Se acostó conmigo y me abrazó muy tiernamente.

    -Lo hiciste muy bien, pequeña.

    -Gracias, bombón.

  • Experiencias: El día que perdí la virginidad

    Experiencias: El día que perdí la virginidad

    Hola a todos, me llamo Lara y quiero contaros algunas de mis experiencias, empezando por la primera, cuando perdí la virginidad, sé que para algunas mujeres fue un momento que paso sin pena ni gloria, para algunas traumáticas, para otras como me paso a mí… uno de los momentos más bonitos y hermosos de mi vida, que siempre recordaré con cariño y hoy he decidido compartirlo con todos vosotros.

    Todo empezó cuando mi amiga Raquel, me presento a primeros de agosto a Juan, aunque veraneaba en Cullera, un pueblo a unos 40 Km. de Valencia, nunca nos habíamos visto, de hecho hasta en invierno solía ir todos los fines de semana como yo, Raquel conocía a Juan de la universidad, era un chico muy guapo, le encantaba la música, leer, jugaba en el equipo de fútbol de su barrio en Valencia, tenía el pelo castaño, ojos verdes y un cuerpo atlético.

    Yo por aquel entonces tenía 18 años, era ya toda una mujer aunque un poco tímida, pero cuando me abría a los demás, era divertida y alegre o eso decían mis amigas.

    Tenía muchas cosas en común con Juan, como la música y la lectura, me parecía bastante a mi madre que era una verdadera belleza de mujer, yo era bastante guapa con unos labios bien perfilados y carnosos, pelo castaño, media melena con unos ojos marrones claros y muy grandes, bonitas curvas y unos senos de tamaño normal.

    Aquel verano nuestra pandilla de amigos aumento pero como siempre a fínales de agosto íbamos quedando ya pocos en la urbanización, en septiembre solo quedábamos Juan y yo, a mí me gustaba desde el principio que le vi, me encantaba verle como jugaban con sus amigos al fútbol en la playa, mientras nosotras tomábamos el sol, me gustaba hablar con el de música, me quedaba embobada cuando hablaba, un día me fue a buscar a casa y fuimos a pasear por la playa, era ya tarde, íbamos hablando de la facultad, de los planes que teníamos cuando termináramos las carreras.

    Las olas mojaban nuestros pies y alguna que otra nos salpicaba más de la cuenta, una de ellas rompió fuerte y no me tiro gracias a que Juan me cogió de la mano, a partir de ese momento nuestras manos no se soltaron hasta llegar a mi casa, durante el camino sentía como escalofríos por todo el cuerpo, llegamos a la puerta de mi casa, me dio las buenas noches con un beso en la mejilla y se despidió hasta mañana, al entrar en casa estaba tan feliz, y solo deseaba que pasara la noche para volver a estar con él.

    Ese año a pesar de estar en diferentes facultades nos veíamos casi a diario, para comer, para ir al cine y contábamos las horas para que llegara el fin de semana y poder estar más tiempo juntos, pasear por la playa, sentarnos en un banco del parque viendo el atardecer mientras nos besábamos, al igual que yo a él, Juan ya se sabía de memoria mi cuerpo, todas mis curvas, aunque nunca habíamos profundizado, simplemente nos rozábamos y quizás nos poníamos demasiado calientes, pero hasta ahí.

    Estaba terminando el verano yo había cumplido 19 años en julio, mis padres en septiembre como siempre se suelen volver a Valencia, yo no quería marcharme y decidí quedarme una semana más, la primera vez que me iba a quedar sola, para mí fue una semana inolvidable.

    El lunes después de despedir a mis padres, fui a casa de Juan, habíamos quedado para ir a la playa con unas amigas mías, pasamos todo el día en la playa y a media tarde Juan y yo decidimos ir a la piscina de mis padres y pasar allí el resto de la tarde.

    Estábamos jugando en el agua a ver quién hacia más aguadillas, me acuerdo que me abrace a él para que no pudiera hacerme nada, le rodeé con mis piernas su cuerpo y empezamos a besarnos, estábamos solos en casa con lo que no había peligro de miradas indiscretas, los besos cada vez más profundos, las caricias más sensuales, notaba su pene por debajo del bañador como le crecía, Juan aparto mi bikini y acaricio mis pechos, fue la primera vez que sentí sus labios en ellos.

    Estaba muy nerviosa, le deseaba pero tenía miedo, sabía que si seguía podría pasar cualquier cosa y más sabiendo que teníamos la casa para nosotros solos, los juegos se habían terminado ahora éramos dos enamorados jugando al juego del amor, nuestros pechos unidos, nuestros labios no se despegaban, había roces continuos entre nuestros sexos, podía notar su pene ahora mucho más grande y duro, chocando con mi vulva una y otra vez, me ardía el deseo de tenerlo, ardía en el deseo de entregarme a él.

    Tenía miedo, era un paso en nuestra relación que sabía que tarde o temprano llegaría, de hecho Juan me lo había planteado ya en alguna ocasión, pero yo no estaba preparada, él lo entendía y esperaba, las sensaciones que tenía aquel día eran, no sé, supongo que eran diferentes, notaba mi mente preparada, mis pechos duros y los pezones se habían agrandado como nunca, sentía hinchado mi clítoris y mi vagina realmente mojada, aquel era el día, aquel fue el día elegido y Juan mi compañero de viaje.

    Me separe de Juan y me dirigí a las escaleras, salí de la piscina y desde arriba mirándole a los ojos me desabroche el bikini, lo deje caer al suelo y me dirigí hacia la casa, de un salto Juan salió de la piscina, me siguió, me alcanzo antes de pasar por la puerta, me cogió de la mano y se dejó llevar.

    A pesar de estar mojados subimos hasta mi habitación, ni una palabra, ni una mirada hasta que no llegamos al pie de la cama.

    -Estás segura Lara, no me importa esperar. -Me pregunto Juan

    -Ya lo sé y quiero que sea hoy y que seas tú. -Le respondí

    Estábamos de pie junto a la cama, nos acariciábamos el cuerpo sin besarnos, Juan pasaba suavemente sus dedos sobre mis hombros, los besaba suavemente, yo acariciaba sus brazos y su espalda, sus manos fueron bajando despacio a mis pechos, sentía como acariciaba mis pezones con mucha delicadeza como si me los fuera a romper, una sensación de placer recorrió mi cuerpo cundo sus labios se posaron en ellos, dándome pequeños mordiscos.

    Me agache y le quite el bañador, nunca había visto un pene en directo, lo cogí y lo metí en mi boca, note que Juan daba un paso atrás seguido de un pequeño gemido de placer, nunca había hecho aquello, simplemente le chupaba la cabeza del pene y luego me la metía y sacaba, era un sabor extraño una sensación extraña, le miraba y veía como le gustaba como meneaba su cadera para metérmelo en mi boca.

    Juan me levanto y me beso tumbándome en la cama, sus besos iban recorriendo mi cuerpo, cuando llegaron a mi cadera metió sus dedos por debajo de la braga del bikini, sus dedos por primera vez estaban acariciando zona prohibida, recorriendo mis labios, rozando mi abertura vaginal, estaba realmente mojada tenía la braga empapada de mis fluidos, besándome en la tripa me fue quitando poco a poco el bikini, hasta quitármelo por completo, ahora sus labios se entretenía en mi vulva, su lengua recorría el camino entre mi vagina y mi clítoris, haciendo que mi cuerpo se estremeciera por completo, ya estaba preparada para recibirlo, entre jadeos le llame para que subiera y me besara.

    Estaba muy nerviosa, no sabía si me dolería, no sabía si me gustaría, lo que tenía muy claro es que lo deseaba, estaba ardiendo de deseo, un deseo que acabo cuando Juan me abrió más las piernas y note como la cabeza de su pene empezaba a entrar en mi vagina, yo estaba tan mojada que con un pequeño empujón su pene se deslizó con facilidad entrando prácticamente hasta el fondo, sentí un pequeño dolor seguido de unas molestias cuando empezó a moverse, a entrar y salir de mí, pero enseguida empecé a sentir una oleada de sensaciones nuevas, pase del dolor y las molestias a pedirle que no parara.

    Juan sacaba su pene casi por completo para volverlo a meter, me besaba el cuello, mi cuerpo se estremecía, mi vagina se inundaba aún más, sus penetraciones eran más profundas, no parábamos de gemir, no paraba de abrazarle, notaba como me llenaba, Juan empezó a moverse más rápido y con un grito saco el pene de mí, eyaculando en mí estómago.

    Se tumbó a mi lado, parecía que se había dormido, yo le acariciaba el pecho y veía su pene con un hilo de sangre, supongo que era mía, acababa de perder la virginidad con él y él conmigo.

    Aquella noche no pasó nada más, él se fue a su casa y yo me quede sola pero muy feliz, la semana paso como un suspiro, volvimos hacer el amor el resto de los días, íbamos aprendiendo el uno del otro, cada ved era mejor, al principio utilizamos preservativos, pero al estar tomando la píldora para regular mi regla, ese último día decidí no utilizarlo.

    Era el último día de nuestras pequeñas vacaciones en casa de mis padres, desde el miércoles se había quedado incluso a dormir, era domingo y por la tarde volvíamos a Valencia, aquella mañana empezó a llover así nos quedamos en casa y estuvimos prácticamente toda la mañana metidos en la cama dando rienda suelta a nuestra pasión.

    Nada más despertar, empecé acariciar su cuerpo, tenía el pene ya bastante duro lo que me sorprendió, Juan seguía adormilado cuando empezó a acariciarlo y a chupárselo, termine por ponérselo enorme y muy duro, lo quería para mí, me había levantado con ganas de él, no hacía falta que me quitara las bragas, ya que nos habíamos quedado dormidos desnudos la noche anterior, ya estaba despierto por completo yo estaba muy excitada, tenía mi vagina muy mojada, me senté a horcajadas sobre él, hacia una semana que estábamos juntos y solamente habíamos probado una postura.

    Empecé a mover mis caderas arriba y abajo, su pene se deslizaba a través de mis labios, Juan me agarraba los pechos, me levanté un poco intentando que entrara, tuve que guiarla con la mano hasta mi vagina, notaba su cabeza en mi abertura, ya estaba dentro, se introdujo hasta el fondo, nunca antes la había sentido tan dentro de mí ¡¡¡aaahhh!!! un pequeño grito de placer salió de mí cuando me penetró.

    Me movía arriba y abajo, la sacaba un poco quedándose solo la cabeza de su pene dentro de mí y poco a poco se iba metiendo más y más, era como si mi vagina le succionara el pene, mi vagina se contraía contra ella, realmente no sabía cómo lo hacía, pero la sensación de placer era enorme para los dos ¡¡aahh!!! grite de placer arqueando mi cuerpo y mi cabeza hacia atrás, mis manos apretaban fuerte las sabanas, me empecé a mover rápido, su pene se deslizaba dentro de mí entrando y saliendo con rapidez, grite muy alto del placer que me estaba causando y me desplome sobre su cuerpo descansando un poco.

    Aproveche para besarlo, estábamos sudorosos, mis pechos aplastados contra su cuerpo resbalaban sobre él, nos besábamos apasionadamente mientras que empecé nuevamente a moverme, Juan me susurro que no se había puesto el condón, le dije que no se preocupara, que estaba tomando la píldora y quería sentir su semen dentro de mí, esto nos puso aún más calientes si cabe, sobre todo a Juan por qué empezó a elevar su pelvis y me penetraba una y otra vez, cada vez más rápido, más al fondo.

    -Así, así, no pares, sigue por favor. -Le gritaba.

    -¡¡aah!!

    Empecé a gritar de placer, notaba algo que no había sentido todavía, mi cuerpo se paralizaba por momentos, se estremecía, llegue a un punto de no controlarlo.

    Jodeer, ¡¡¡aah!! Juan con un enorme grito empezó a eyacular dentro de mi vagina, sentí como un chorro de su semen caliente golpeaba en mi interior segundos antes de que sintiera como mi vagina se inundase por completo, el placer fue tan enorme que no pude reprimir los gritos, acababa de tener mi primer orgasmo.

    Terminamos exhaustos, me lleve los dedos a mi vagina y de ella salían todo tipo de fluidos, me levante a lavarme pero de nada sirvió, porque según estaba en la ducha, Juan se abalanzó sobre mí, me besaba la espalda, el cuello, hizo que me abriera de piernas y metió nuevamente su pene por detrás en mi vagina.

    Aquella mañana no salimos de cama, un aura de ternura y pasión nos envolvía, terminamos haciendo el amor por todas partes, en la cocina, en el salón, hasta en el suelo del pasillo, los orgasmos se multiplicaron aquella mañana, un día que nos dejamos llevar por nuestros instintos más básicos.

    Al final de ese curso a Juan le concedieron una beca para estudiar en los Estados Unidos, se fue a mediados junio y ni las redes sociales pudieron con la distancia que nos separaba y nuestra relación se enfrió, hasta hace más o menos un año que nos volvimos a encontrar pero eso es otra historia que posiblemente os cuente más adelante.

  • Sometida ante el deseo

    Sometida ante el deseo

    Soy Irma Jecos, una mujer independiente, persistente y luchadora, criada en casa con mis padres y un par de hermanos, una educación buena, con gran formación en valores, unión familiar y encaminada siempre en obrar de manera correcta. Cuando empecé a crecer mi esencia permanecía, siempre fui de bajo perfil, poco atrevida y con reservas de los temas sexuales. Mi primera experiencia sexual fue a los 18 años, ¡cuánto dolor!

    Fue doloroso, Steven estaba bien dotado, luego me acomodé a él y me empezó a gustar, me fue gustando más y más hasta que sin darme cuenta me convertí en una fan del placer.

    Tuve algunas aventuras, algunos amores, conocí personas que marcaron mi vida y dejaron huellas imborrables. 6 años después en busca de reparación para mi computador, buscando un buen técnico, apareció Lean Mazún, hombre de carácter imponente, corazón limpio y mente sucia, tenía su propio negocio de reparación, lugar que más adelante se convertiría en nuestra guarida de amor.

    Recuerdo ese primer día, mientras el revisaba para encontrar el problema yo lo observaba, no sé porque pero mis ojos se fueron directo a su boca, le miraba los labios y sin darme cuenta mi imaginación voló, me lo imagine haciéndome maravillas con esa boca, esos labios rosados. Dios mío, como me despertó el morbo, se pasmo mi imaginación cuando me hablo para decirme que el computador debía ser formateado, que debía dejarlo y volver a retirarlo el día siguiente, si el supiera que justo en ese momento solo pensé; BINGO!!! Volveré. Hicimos intercambio de números y me retire con su imagen en la mente, me preguntaba una y otra vez como ser sentiría su boca en mí cuerpo.

    Al día siguiente fui a retirar mi dispositivo, habían otras personas en turno, así que tuve que esperar, me senté en un mueble mientras mi mente volvía a jugarme sucio, me puse nerviosa, empecé a mover mis manos con ansiedad y me tocaba el cuello intentado disimular, como olvidar ese tic nervioso de tocarme el cabello, recogerlo y soltarlo una y otras ves de manera secuencial, lo que no imaginaba es que él se estaba fijando en cada detalle y gestos que yo hacía. Pasados 15 minutos que para mí fueron una eternidad, me entrego mi dispositivo, me sonrió, pagué y me fui. Esa tarde me escribió: -Hola, soy yo Lean el de los computadores.

    A lo que respondí: – Ey! Hola, probé el dispositivo y funciona perfecto, gracias.

    Me respondió con un guiño y seguido me dijo: -Note que estabas algo nerviosa.

    Yo, diciéndole a mi yo interior hazte la loca respondí: -Yo? ¿Y por qué piensas eso?

    El: – No pude evitar ver los ademanes de tu mano y el juego con tu pelo, eso solo lo hace una mujer cuando siente nervios.

    No sabía que decir, si decía lo que pensaba quedaría como una mujer fácil, pero si no decía quizás perdería la posibilidad de saber que pensaba el, porque era obvio que también me observaba, ¿de qué otra manera pudo notar mis gestos de nerviosismo morboso por él? Pues sí, él también me miraba, a él también le produjo una sensación diferente mi presencia. Se nos hizo una costumbre hablar, escribirnos, acalorar nuestras conversaciones, cada día fue aumentando la tensión, ya no solo eran chats, me aumento la libido, creció el morbo, subió el nivel hasta que también iniciaron video llamadas, mensajes sucios, fotos calientes.

    Planeamos varios encuentros que no llegaron a concretarse, ¿vergüenza o inseguridad? No lo sé, después de varias conversaciones las ganas aumentaron, decidimos vernos, nos citamos un viernes 26 de octubre a las 10:00 a.m. Él envió un taxi a recogerme y luego lo recogimos a él donde dejaría su carro para partir hacia nuestra habitación del amor.

    Salí preparada para la ocasión, miel, mi mejor lencería y una depilación completa, si iba a ser, tenía que ser la mejor. Se subió al carro e inmediatamente me soltó un beso, nuestro primer beso. Al llegar al hotel entre palabras, abrazos, caricias, fue quitando piezas de mi ropa y besando partes de mi cuerpo, las ganas iban en un aumento, sentía su deseo, veía sus ganas, toque su erección, lo que me provoco intercambiar de papeles, le quite el t-shirt, bese su pecho mientras le quitaba los pantalones arrancándole de un solo tirón el bóxer, con mis pasos lo guie a la cama y lo acosté, saque la miel de mi bolso y le rocié el cuerpo desde su miembro hasta el pecho, me devolví a lamer la miel sobre su cuerpo de manera opuesta, terminando con su erección en mi boca, estaba vigoroso, duro y deseoso y yo sentía un morbo cada vez más fuerte. Lo chupe, succione, lamí con tanta devoción, quería beber de su jugo, me gustaba la sensación de tener el control por un momento, escuchar sus jadeos, sentir como me apretaba y me agarraba el pelo era tan excitante, él se estremeció, así que rápidamente me tumbo a la cama y me dijo:

    -Quiero comerme eso.

    Con esa voz tan imponente, con besos y caricias fue bajando desde mi cuello hasta mi entrepierna, quedándose allí para absorber hasta la última gota de mí.

    Yo no paraba de gemir, de temblar, de sentir su húmeda lengua, que sensación aquella, que pasión, que intensidad, la última gota derramada salió junto a un jadeo, un grito de placer que no pude contener. Él estaba excitado, en vigor así que se introdujo en mí, mis paredes lo sintieron, se humedecieron, lo sentía en cada embestida, provocaba gemidos constantes, me miraba y le devolvía la mirada apenas pudiendo hablarle y manteniendo los ojos entre abiertos por tanto placer. La intensidad me hacía encoger los músculos de mi interior, lo que provocaba una sensación de aprensión en él, le apretaba involuntariamente, ni siquiera sabía que yo pudiese hacer eso, entre el fervor, el calor, los jadeos de ambos y el encaje de el en mí, ambos cedimos, nos dejamos ir, sentimos la excitación del uno en el otro, aumentamos el ritmo, sus embestidas eran más seguidas, más fuerte, más excitantes y en cada una de ellas salían jadeos, derramando todo nuestro placer sobre los cuerpos culminamos con un exhausto gemido que salía de lo más profundo de nuestro ser.

    Quedamos ahí, tumbados en la cama, mirándonos, confirmando ese pensar que nuestra mente se imaginó. El morbo que me provocaba observarlo y pensarlo no se comparaba con lo que había sentido en ese encuentro, esa sensación que no había sentido antes, algo que solo él había logrado en mí. Tomarnos una ducha, conversamos un poco, me abrazaba, me mordía los labios, me acariciaba, volviendo a despertar ese deseo carnal que sentía por él, las energías volvieron a fluir, pero esta vez me puso de espaldas a él, tomando el control de la situación, quedando completamente sometida, se introducía en mí una y otra vez, provocaba gritos de placer, me sujeto del pelo con su mano derecha, sujetando mis dos manos a mi espalda con su mano izquierda, en ese momento me encantaba ser su sumisa, me gustaba que fuera mi amo, provocaba morbo y excitación a la vez, me daba nalgadas mientras era sometida a sus deseos, la habitación se estremecía con mis gritos, le pedí que no parara, le dije cuanto me gustaba, la delicia que era sentirlo en mí, el jadeaba, suspiraba, me sentía, subí la mirada hacia el espejo que me quedaba en frente, lo mire por el espejo, amaba su cara, esa mirada de placer, como se saboreaba los labios, yo mordía los míos, su cara de placer me hacía enloquecer, empecé a moverme rápido, me dio una nalgada y solté un gemido, me agarro fuerte me embistió con rapidez, lo sentí, sentí todo su ser dentro de mí, estallaba algo dentro de mí, gemía, gemía sin dejar de sentirlo, alcancé el punto máximo, me deje ir y solté todo ese deseo que llevaba dentro, seguido de mí el hizo lo mismo, fluyo, soltó todo lo que llevaba dentro, no quedando nada en nuestros cuerpos, concluyo tumbándose sobre mí.

    Fue un momento inolvidable, quede sin respiración, estaba en la máxima excitación. Luego de un rato juntos en la cama, miramos el reloj, ya era la hora de irnos, había terminado nuestro encuentro. Nos duchamos, nos vestimos y volvimos a la realidad. Llamo el mismo taxi que nos llevó, Lean se quedó donde lo recogimos, nos despedimos con un beso largo y apasionado, se desmonto y partimos el taxista y yo hacia mi casa.

    Al llegar a mi habitación pensaba en cada instante de ese encuentro, fue una faena sin desperdicio, nadie había despertado eso en mí, solo él pudo provocarme morbo, atrevimiento, deseo, ganas, excitación, me hizo ver que era el sexo realmente, un momento de juego erótico entre dos personas, un momento para explorar sus cuerpos, para disfrutar de uno de los mayores placeres de la vida.

    Podría decirse que Lean fue mi maestro, yo siempre supe todo lo que tenía en mi cuerpo, pero, no había explorado tan profundo. Una mañana de sábado acostumbradamente me llamo, charlamos unos minutos, nos despedimos diciéndonos una que otra causa de excitación, al cerrarle, recordé todas las palabras sucias dicha en esa llamada y empecé a tocarme, pensándolo hice el amor conmigo, mis manos se deslizaban por todo mi cuerpo, tocaban mis pechos, mi ombligo y mi deseo, acariciando hasta lo más interno de mí, con una imagen en mi mente y su jadeos en mi memoria, llegue al clímax, respire unos minutos y luego me levante de la cama a empezar un día, mi rendimiento fue único, total ya estaba desayunada, relajada y muy entusiasta.

    Al día siguiente me escribió un mensaje que decía:

    -Ven al negocio y ven cómoda, te espero.

    Mi boca estaba seca, el corazón me palpitaba, pero definitivamente había entendido todo lo expuesto en el mensaje. Me coloque un vestido desahogado y esta vez no llevaba ningún tipo de lencería, tome un taxi y llegue al lugar, ahí estaba el esperándome, al entrar, cerró la puerta, apago las luces y fuimos al área de atrás. No se hizo de esperar y se lanzó sobre mí, me besaba, me lamia, me tocaba, al acariciarme noto que no llevaba ropa interior, eso lo excito, me desamarro el vestido, me lo quito dejándome expuesta frente a él. Me sentó en su sillón y lo reclino hacia atrás, imagino que la vista le agradaba porque dijo: -waoooo!

    Empezó a tocar mi deseo, metió su cabeza entre mis piernas, lo sentía, fue como ser embestida pero esta vez con su lengua, no paro hasta verme totalmente húmeda, Cuando se aseguró de mi satisfacción entonces me penetro, mis jadeos eran fuertes, tuvo que ponerme su mano en la boca para aplacar el ruido, el ruido del placer que ese establecimiento percibía esa mañana, el entraba en mí una y otra vez, mis paredes estaban adaptadas a él, encajaba todo perfecto, el rose de entrada y salida era tan gustoso, tan placentero que no me era fácil dejar de gritar, seguimos sin parar hasta que se derramo en mí, llegamos juntos, sentimos juntos. Me volvió a confirmar que esos momentos de adrenalina en persona son mucho mejor que la imaginación que me provocaba días atrás. Pasados 5 minutos, tras recuperar el aliento, nos arreglamos, volvimos a encender las luces, nos despedimos y me marché.

    Salí como una clienta satisfecha por el servicio brindado y Mazún Repair Center abrió sus puertas al público.