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  • Madre e hija en la misma cama

    Madre e hija en la misma cama

    Mi madre es lesbiana. Dice que siempre lo ha sido y que nunca tuvo ningún interés en ningún chico, ni siquiera en la adolescencia cuando tenía las hormonas en plena ebullición. Es una persona encantadora; es buena, atenta y justa, pero, a pesar de ello, mis supuestos abuelos no tuvieron ningún problema en despreciarla cuando les dijo que le gustan las chicas. Ese pequeño detalle la hizo caer en desgracia delante de toda su familia ya que se lo contaron a todo el mundo para evitar que alguna buena alma se pudiese corromper si se acercaba a ella. Mi madre lo pasó fatal; aunque eran unos cerdos que no se la merecían, ella los quería y sus desprecios le dolían.

    Por desgracia, eso no fue lo único que tuvo que soportar. Por aquella época, se enamoró de una amiga suya. Una amiga que parecía seguirle el rollo y a la que no le importó acostarse con ella. Incluso, decía que quería a mi madre. Sin embargo, cuando todo el mundo supo que es lesbiana, ella prefirió apartarse y buscarse rápidamente un chico. Mi madre dice que hubiese podido comprender que su amiga no quisiera pasar por lo mismo que ella si no fuera porque se sumó también al grupo de gente que se sentía mejor persona por menospreciar a una lesbiana. De esta manera, todas las personas a las que alguna vez quiso terminaron haciéndole daño.

    Se mudó de ciudad y empezó una nueva vida en otra donde nunca más volvió a fiarse de nadie. Iba a trabajar, hablaba lo justo con los compañeros y volvía a casa, de la que sólo salía lo justo y necesario. Le dolió tanto lo que le hicieron que no quiso tener más tratos con humanos. Su única compañía fue un loro, un gato y, más tarde, yo. Siempre quiso ser madre y un día que se sentía especialmente triste se preguntó que por qué no lo era. A la mañana siguiente, se fue a una clínica de fertilidad y empezó el proceso para inseminarse artificialmente y tenerme a mí.

    Un año después yo ya había nacido y siempre me trató bien. Cuidó de mí y no dejó que por culpa de lo que a ella le habían hecho yo me aislase del mundo. Fui a cumpleaños, tuve amigas y pude traerlas a casa sin que hubiese ningún tipo de problemas. Tuve una infancia de lo más normal con la única y pequeña diferencia que, por mi casa, no pululaba otro humano con polla y mi madre era lesbiana. Ahora soy una chica completamente sana, que ha estudiado y que trabaja para mantenerse y, por esto mismo, me jode muchísimo toda esa gente que no para de joder para que gente como mi madre no pueda criar a niños ni ser feliz. Es algo que no puedo soportar.

    Yo, por mi parte, últimamente no he tenido mucha suerte. Hace unos meses pillé a mi novio con otra tía. El muy cabrón aprovechaba las horas en las que yo trabajaba para llevársela a casa y follársela en mi cama. ¡Menudo hijo de puta! Ojalá que algún día tope con una de esas que van por la vida cortándoles la polla a los tíos con los que se acuestan. Así que, estoy como mi madre últimamente, odio a la humanidad. Espero que se me pase pronto porque no quiero terminar mis días sola y amargada.

    Mientras tanto, vivo con mi madre y no me explico cómo llegó a ocurrir lo que voy a contaros aquí, no recuerdo lo que pasó por mi cabeza, sólo puedo decir que fue una experiencia genial que aun hoy se repite. Estaba limpiando un armario cuando me encontré con una caja llena de juguetes eróticos debajo de un montón de ropa. Tras la sorpresa inicial, no pude dejar de reírme. Tenía todos los trastos que una solterona puede necesitar para satisfacerse y algunos muy peculiares. El que más llamó mi atención fue un enorme pene de más de dos palmos de largo y tan grueso que no podía rodearlo con mis dedos pulgar e índice. Me pareció inmenso, supongo que porque estaba acostumbrada a la polla más bien pequeña de mi ex, y me picó la curiosidad.

    -¡Mamá!

    -¿Qué quieres?

    -Mira qué he encontrado.

    Se puso roja cuando lo vio y empezó a reír.

    -Vaya, parece que has encontrado mi tesoro.

    -Sí.

    Me reí.

    -¿Esto cabe ahí dentro?

    -Claro que sí. Si tu cabeza cupo, eso también.

    Nos reímos las dos un rato más y mi madre, que a veces es una graciosilla, no tuvo otra idea que preguntarme:

    -¿Quieres probarlo?

    -Sí.

    No recuerdo qué me llevó a decir aquello ni qué pasó por mi cabeza. Quizá fuera la curiosidad, el cariño hacia mi madre, la confianza que nos teníamos o las tres cosas juntas, no lo sé. Lo único que sé es que acepté con una enorme sonrisa en los labios.

    -Vamos a mi cama.

    La acompañé hasta su cuarto y las dos nos sentamos en la cama.

    -Lo mejor será que te desnudes.

    Hice lo que me dijo y ella se me quedó mirando. Después, me abrazó.

    -¡Qué hija más guapa tengo!

    Le correspondí el abrazo y seguimos riéndonos las dos.

    -Ahora túmbate y abre las piernas.

    Me acosté en la cama como ella me había pedido y miró entre mis piernas.

    -Creo que tendremos que excitarte un poco porque así no habrá manera. Cierra los ojos.

    Los cerré y noté como mi madre acariciaba mi pecho. Deslizaba sus dos manos por entre mis tetas y después dejaba que cada una de ellas palpase mis pechos, que son algo pequeños pero muy respingones. Me gustó el tacto suave de sus dedos y no dudé en decírselo.

    -Me gusta mucho, mamá.

    -Aun te gustará más.

    Sus manos dejaron mis pechos y empezaron a bajar hasta llegar a mi tripa, que también acarició. Jugó en mi ombligo con uno de sus dedos y siguió bajando hasta llegar al comienzo del vello púbico. Después paró y noté como se recostaba sobre mí y comenzaba a recorrer con su lengua el camino que antes habían llevado a cabo sus manos. Aquello me calentó, el tacto suave, caliente y húmedo de sus labios y su lengua me resultaban muy excitantes. Bajó por mi esternón, recorrió mi pecho derecho, chupó el pezón y repitió el proceso con el izquierdo. Aquello era el paraíso.

    A continuación, bajó también por mi estómago y llegó a mi tripa donde metió la lengua en el ombligo. Me hizo reír porque me había hecho cosquillas. Siguió bajando dándome suaves besos a lo largo de la barriga hasta llegar al comienzo de mi pubis. Sin embargo, no paró esta vez y su línea de besos terminó justo en mi entrepierna con uno en el que se recreó especialmente. Un escalofrío recorrió mi espinazo de la impresión. No tuve dudas, quería que aquello pasara.

    Mamá introdujo su lengua dentro de mí, pero sólo fue la puntita ya que estaba siendo muy delicada. Su lengua se deslizó a lo largo de toda mi raja, ensalivándome bien por dentro. Cuando consideró adecuado, con sus dedos separó mis labios y dejó que su lengua llegase más adentro. Chocó contra mi clítoris que masajeó durante un buen rato causándome grandes oleadas de placer. ¡Menuda delicia! Después, bajó de mi clítoris y lamió la entrada de mi vagina. Su lengua se hundió todo lo que pudo en mis profundidades donde masajeó cada uno de los centímetros cuadrados de piel a los que podía llegar. A los pocos minutos, dejó el interior de mi vagina y volvió a lamerme el clítoris. Sus dedos ocuparon su lugar y pronto uno se aventuró más allá de donde su lengua había llegado. Acarició con él la pared superior de mi cavidad e inició un suave y lento mete y saca que me mataba del gusto.

    -Ya estás lista. Ahora relájate.

    Mi madre abrió uno de los cajones de su mesita de noche y sacó un bote de crema con el que untó por completo el falo de plástico. Lo restregó suavemente por mi vulva como si me lo estuviese presentando y luego lo llevó a mi agujero. Lo puso en posición y empezó a hacer presión de manera que entrase poco a poco. No tardé mucho en sentir por completo lo grande que era y la verdad es que no me dio mucho placer en ese momento. Era muy grande y, aunque no me dolía, me hacía sentir algo incómoda. De todas formas, no dije nada y mi madre siguió metiéndomelo hasta lo que consideró la profundidad adecuada. Esperó un poco y comenzó a sacarlo lentamente sin dejar que se saliese del todo. Después lo volvió a meter para volver a sacarlo a continuación. El ritmo al que lo hacía fue aumentando a medida que pasaba el tiempo hasta que empecé a sentir placer. Primero, fue un poco, pero éste aumentó hasta que la sensación de incomodidad fue completamente sustituida. Aquello empezó a gustarme bastante y no dudé en hacérselo saber a mi madre.

    -¡Qué gusto, mamá!

    -Sabía que te gustaría.

    Abrí los ojos y le miré la cara. Me estaba sonriendo con la misma sonrisa que ponen todas las madres cuando están satisfechas por alguna cosa pero, a pesar de ello, esa sonrisa no era capaz de ocultar la lascivia que había en sus ojos. Mi madre debía llevar mucho tiempo sin tener ningún tipo de contacto sexual y penetrar a su hija con un pene de plástico tenía que ser de lo más excitante para ella.

    No se conformó con utilizar la superpolla para darme placer y pronto se sumó ella misma a la tarea. Agarró el trozo de plástico de manera que no le estorbase, se inclinó sobre mi entrepierna y lamió animosamente mi clítoris. ¡Qué placer! ¡Nunca! y lo repito ¡nunca! mi novio y me había hecho sentir algo así. Era tan placentero que no tengo palabras para describirlo.

    Mi madre no paró de hacerme ninguna de las dos cosas. Metía y sacaba el pene de mi vagina a buen ritmo sin llegar a ser frenético. El plástico rozaba toda la piel de mi interior haciéndome sentir bastante placer. Al mismo tiempo, su lengua lamía y relamía cada uno de los pliegues externos de mi vulva y se recreaba especialmente en el bulto más sensible aportándome también placer. Las dos cosas juntas me hacían ver las estrellas más bonitas que jamás he visto.

    Pronto el placer se hizo aún más intenso. Ya no era un placer suave sino que era como si todo el que había sentido hasta ese momento se hubiera acumulado dentro de mí y estuviera pugnando por salir de la forma más violenta. Empecé a sentir mucho calor y empecé a sentir la necesidad de gemir. Aquello era tan intenso que no podía controlar mi propio cuerpo. Agarré los pliegues de la sábana y los apreté. ¡Algo iba a explotar! Todos mis músculos se tensaron y el placer se desbordó por mi cuerpo. ¡Menudo gusto! Nunca antes había sentido nada que fuese tan placentero ni que durase tanto. Mi madre era toda una artista del sexo.

    -¿Estás bien, hija?

    -Sí.

    -Voy a sacártelo, relájate.

    Seguí tumbada sobre la cama y mi madre sacó con mucho cuidado el consolador de dentro de mi vagina. Después, me incorporé y la abracé.

    -Gracias mamá. Me ha gustado mucho.

    -De nada hija.

    Continuamos abrazándonos y tomé una decisión, yo también le daría placer. Nunca antes había hecho nada con ninguna chica, ni siquiera se me había ocurrido, pero era tolerante por haber crecido donde lo había hecho y quería mucho a mi madre.

    -Túmbate mamá.

    -Mi vida, no tienes por qué hacerlo.

    -Lo sé, pero yo quiero.

    Y, sin darle posibilidad de réplica, yo misma la empujé sobre la cama y la tumbé. Ella seguía vestida así que me abalancé sobre la cremallera del pantalón que llevaba puesto y se lo desabroché. A continuación, le saqué los pantalones y pude ver que tenía las bragas completamente manchadas por sus propios fluidos; mamá no iba a necesitar ayuda para excitarse. Saqué sus bragas y vi por primera vez su coño abierto cuya visión no me atrajo mucho. De todas formas, estaba decidida a devolverle a mi madre lo que me había dado y, sin ningún tipo de reparo, llevé uno de mis dedos a ese lugar.

    El tacto suave, caliente y, sobretodo, húmedo de la vulva de mi madre me dio algo de asco; no era el tipo de cosas que me atraen. Sin embargo, disimulé y seguí con ello ya que había tenido que tocar cosas mucho más asquerosas cuando trabajé de pescadera en un supermercado hace ahora unos cuantos veranos. Deslicé mi dedo intentado que rozase todos los centímetros de su piel y dediqué especial atención a su clítoris. Supe que lo estaba haciendo bien cuando la miré a la cara y vi la expresión de placer que tenía.

    Ya estaba lista para dar el siguiente paso y hundí la cabeza entre sus piernas. Tengo que admitirlo, el sabor era repugnante. Mi paladar no estaba hecho para disfrutar con ese tipo de sabores pero hice de tripas corazón y chupé todo cuanto pude. Deslizaba mi lengua de arriba abajo a lo largo de toda su abertura, mordisqueaba su clítoris con mis labios y metía y sacaba un dedo de su vagina. Procuré que ningún centímetro sensible de su piel escapase a mí.

    Al poco rato, no sin cierto alivio, dejé de hacer todo aquello y cogí el pene de plástico. Estaba todavía pringoso de mis fluidos y la crema que le había puesto mi madre, pero consideré oportuno añadirle un poco más por si acaso. Pocos segundos después, el pene, nuevamente untado de crema, se deslizaba en el interior de mi madre. Lo hice con mucho cuidado y atenta a su expresión para no hacerle daño y, sin embargo, entré con la mayor facilidad. Pronto pude comenzar a meter y sacar el instrumento y pronto mi madre comenzó a gemir.

    A pesar de ello, no me conformé con meterle y sacarle el trozo de plástico y volví a sumergirme en las olorosas aguas de su entrepierna. No hubo suerte y continuó sabiendo mal pero, como la otra vez, seguí con aquello. La postura no era muy cómoda precisamente y me costó un rato coordinarme para hacerlo todo a la vez. Por suerte, pronto lo conseguí y mi madre lo empezó a disfrutar de verdad.

    A los pocos minutos, de la misma manera que había hecho yo, agarró las sábanas y las apretó. Esa era la señal, se iba a correr, aumenté el ritmo con el que la penetraba al mismo tiempo que su cuerpo se tensó. Lamí todo lo rápido de lo que fui capaz su clítoris y un gemido bastante audible se escapó de su boca. Estaba teniendo el orgasmo, el primero en muchos años provocado por una chica No paré para no cortarle la diversión y esperé a que estuviese completamente relajada para hacerlo. Cuando todo hubo terminado, me tumbé a su lado en la cama y me abrazó.

    Desde entonces, repetimos cosas como ésta a menudo, ella me da placer y yo se lo doy a ella. Mi madre parece más feliz y yo también lo estoy. Sin embargo, sigue sin dejarme que me quede encerrada en casa y me obliga a salir con otras personas. Yo sigo siendo heterosexual y supongo que algún día me enamoraré y me volveré a emparejar. Aun así, me he prometido que seguiré volviendo a casa para complacer a mamá y estoy segura de que ella sabrá guardarme el secreto.

  • Nuestro primer encuentro

    Nuestro primer encuentro

    De este suceso ya van varios años, en aquellos días yo era un joven trigueño, gracias a un grupo que pertenecía estaba en buena condición física. No soy la última cocacola del desierto, pero si puede decir que soy elegante.

    En ese tiempo tenía una novia que recién cumplía sus 18 años y era el bombón más deseado de su clase, bajita, con unos pechos grandes, firmes y redondos, una piel blanca hermosa que brillaba a la luz y unos ojos color verde que solo Dios sabe cómo los hizo. 

    Este suceso durante su fiesta de clase graduando nos quedamos en unas villas, durante la noche mientras texteábamos hablábamos de si escaparnos y ver la luna juntos, a la que la reto a escaparse conmigo un par de horas y verlas juntos (a todas estas sin otras intenciones, ya que hasta ese momento solo habíamos compartido besos apasionados y caricias sutiles).

    Ella acepta y nos fuimos a las escaleras cerca entre ambos apartamentos y luego de ver las estrellas, varias caricias y besos, mi erección no aguantaba más, ella lo notó y me preguntó que si necesitaba ayuda con ese paquete a lo que yo le contesté que una buena mamada, a los que contesto que «lo que mi papi quiera» y sin pensarlo dos veces y sin considerar que estábamos en el medio del pasillo entre los padres de ellas y los míos, me ha sacado mi polla y se la ha metido de una hasta casi la garganta demostrando nuestra inexperiencia y búsqueda de placer y así siguió chapado hasta que me vine en su boca y para mi sorpresa se tragó mi leche hasta la última gota (convirtiéndose en adicta a ella de ahí en adelante).

    La cosa no quedo ahí la calentura entre ambos aún estaba por los aires y ya no nos importaba, liberé esos enormes pechos de la presión de su camisa de dormir y comencé chuparlos como si no existiera mañana, los gemidos de ella cada vez más fuertes me excitaban cada vez más y su masticación ya no era suficiente, a lo que le dije “mi amor esta noche serás mía” y sin esperar nada le baje el pantalón de dormir que tenía y en el mismo pasillo me la trepé encima y la penetré suavemente, ambos perdiendo la virginidad al momento, y disfrutando centímetro a centímetro lo que era estar entrando, profundizando en los más íntimos de la chica de mi vida.

    Al terminar de entrar salió un hilo de sangre y ella me indicó que le dolía un poco, le digo que si paramos y ella me dice que no, que sigamos si ya llegamos ahí no debíamos echar para atrás y minutos después lo que era dolor se convirtió en un placer, cada bombardeo, cada choque de mi bolas contras sus nalgadas, cada embestida dentro de ella era sentir como cada parte de ella se fusiona conmigo, lo que terminó con una exquisita venida en su boca y su deseo desde ese momento interminable de más leche. 

    Al otro día lo hicimos nuevamente en la puerta de mi cuarto mientras mis padres dormían, pero eso es historia para otro cuento… 

    Dígame si les gustó, y esto es realidad.

  • Me masturbo leyendo un libro y me pillan

    Me masturbo leyendo un libro y me pillan

    Los relámpagos amenazaban lluvia y la tormenta era inminente. Claudia estaba sentada en el chaise longe marrón del amplio salón. Con decoración minimalista, pero de gustos caros, de primera impresión, se sabía la clase social a la que pertenecían los dueños de aquel chalet de la sierra madrileña. Era una mujer que rozaba casi los cuarenta, pero se mantenía en forma. Su cuerpo tonificado por las clases semanales de Pilates le formaban una cintura delgada y un culo prieto.

    De unos años para atrás se obsesionó con mantener su juventud, usando cremas faciales, corporales y aceites. Le gustaba untarse el aceite de coco después de la ducha y recrearse con su piel. Fantaseaba con que algún hombre le acariciara los lunares de sus piernas despacio, se recreara en ellos y se los besara. Un rastro de lunares que ascendían con intermitencia desde su tobillo, hasta su entre pierna, para acabar justo al lado de sus labios mayores.

    Claudia estaba casada con un alto ejecutivo de la industria automovilística, el matrimonio tuvo un hijo. Criado en los mejores y más caros colegios de la zona residencial de Madrid. Se dedicó en exclusiva a criarlo dejando de forma puntual su carrera como agente inmobiliaria. Pasaron los años, el niño ya era un hombre, y llegó el tiempo de ir a la universidad. Eligieron una universidad de estudios avanzados de economía en Irlanda. Allí se fue el chaval a cursar su carrera durante los próximos cinco años.

    Ahora Claudia se dedicaba a su bienestar y la gestión de las propiedades de la familia. Su marido estaría de congreso del automóvil en Frankfürt todo el fin de semana, así que Claudia disponía de tiempo para estar sola y disfrutar de un tiempo de ocio. Se preparó un buen almuerzo de salmón y ensalada y una copa de vino blanco. Hizo algo de ejercicio de cardio en la bici estática y se dio una ducha para quitarse el sudor. Como cada día, se deleitó extendiendo el aceite de coco sobre sus manos, sus muslos y sus pequeños pechos que se mantenían suaves y tersos.

    El tiempo que le quedaba de tarde lo pasaría sentada en su chaise longe marrón leyendo, con el acompañamiento de la tormenta. Con ansia abrió el libro, de título “Pasión en el Caribe”, donde una mujer viuda se enamoraba de un joven moreno que trabajaba en el hotel donde se hospedaba. A Claudia le excitaba leer novelas eróticas, mantenía su llama interior. Empezó el segundo capítulo que estaba leyendo.

    “La pareja salió del ascensor y de la mano caminaron por el pasillo del hotel. Anne le acarició con la yema de los dedos la piel morena, desde su muñeca hasta el brazo. Pablo era un cubano fornido y musculado, piel oscura, pelo rizado y amplia sonrisa blanca. Un joven dotado para el baile y para el sexo. Anne había descubierto lo primero, fue su profesor de salsa los días anteriores en las actividades del hotel. Ahora quería averiguar lo segundo. Si follaba tan bien como bailaba, la llevaría al séptimo cielo. Pablo le besó el cuello con sus gruesos labios y le pasó la lengua hasta la oreja. Anne se estremeció y se le erizaron los pelos. Sintió que acababa de mojarse solo con un beso. Hacía años que no le pasaba, desde su juventud. La pareja avanzó el pasillo hasta el final. Antes de meter la tarjeta electrónica, Pablo cogió de la nuca a Anne y le giró la cara hacia él. La besó con pasión….”

    Claudia se imaginó cada detalle del relato. Se mordía los labios conforme leía cada palabra y sus pulsaciones aumentaban. Un ligero cosquilleo le ardía en la vulva.

    “Pablo le introdujo la lengua y saboreó la saliva de Anne, ella se dejó besar. Las fuertes manos de Pablo subieron hasta el escote y metió un dedo por debajo del sujetador. Anne tenía los pezones duros, él lo sabía, y quería comérselos de inmediato. Le abrió la camisa de botones y con su lengua rosada le lamió los pechos. Anne suspiró y puso los ojos en blanco…”

    Claudia suspiró también. Quería que le comieran las tetas así. Se miró los pezones, también los tenía duros, eras puntiagudos y de color rosado oscuro. Perfectos para lamer. Se llevó el dedo a la boca y depositó un poco de saliva sobre su yema, luego mojó su pezón, que brilló con la humedad del líquido. Ahora eran más apetecibles. Claudia daba movimientos circulares a su pezón mientras seguía leyendo.

    “Anne no aguantó más los besos de Pablo y le suplicó que la penetrara. El joven le dio la vuelta y la puso contra la pared. La falda casi transparente de baile de Anne se elevó en el aire y dejó ver su braga de encaje blanca. Pablo le dio una palmada en el culo y se lo agarró con fuerza. Le susurró al oído algunas palabras en español que ella no comprendió, pero su acento le mojaba cada vez más.

    Anne no supo porqué aquel joven la veía atractiva, era una mujer del montón, una viuda bajita y de pechos pequeños. Ahora le daba igual, solo quería sentir su enorme pene negro dentro de ella y que la llenara de semen….”

    Una gota transparente se filtró por el borde del tanga que llevaba puesto Claudia. Leer esa escena le había hecho mojarse. Sintió un enorme calor y unas ganas irrefrenables de meterse los dedos. Se llevó dos de ellos a la boca y los llenó de mucha saliva. Deslizó la mano bajo su tanga y restregó su clítoris. Estaba enorme y palpitaba. El torrente sanguíneo se acumulaba en su coño y eso hizo que se le pusiera caliente. Un llama ardiente que pedía ser apagada, con sus dedos o con una polla negra como la del protagonista del libro.

    “Pablo dobló la espalda de Anne para dejarla a su altura perfecta. Se sacó su pene, era enorme, oscuro, con un glande rosado y delicioso. Estaba muy duro. Depositó saliva sobre él, lo agarró con fuerza y separó las nalgas de Anne. Ella suplicó que no se corriera dentro, pero necesitaba sentirla. Pablo le habló al oído muy bajo. – Quiero tu culo –Ella asintió. Sus manos se estremecieron al sentir que el pene de Pablo entraba en su ano. Estaban en medio del pasillo del hotel, y eso le excitaba a ella…”

    Los relámpagos eran más fuertes y comenzó a llover. Claudia ajena a todo aquello, se metió los dedos dentro de su coño, bien hasta el fondo. Con las yemas de sus dedos, podía sentir la rugosidad de su vagina. Se imaginaba una polla negra llenándola. El sonido mojado de su flujo se entre mezclaba con el de la lluvia. El salón se inundó a un olor de coño y aceite de coco muy intenso. Claudia soltó un gemido fuerte que resonó en el salón, estaba a punto de correrse. Sus dedos se deslizaban con mucha facilidad y el flujo blanco de su coño le corría hasta el culo. Estaba empapando el sillón y si seguía así, probablemente soltaría un buen chorro. El orgasmo era inminente.

    Un fuerte ruido desde la calle le hizo detenerse en su corrida y se desconcentró. Odiaba quedarse a medias de un orgasmo. La lluvia en el exterior era intensa. Miró por la ventana para averiguar qué había pasado. Un chico joven, de unos 20 y pocos años, estaba observándola desde la ventana. El joven llevaba unas cajas de cartón llenas de libros. Claudia, vestida solo con la camisa larga de andar por casa y el tanga debajo, salió a la puerta del chalet.

    -¿Qué haces? -Claudia llevaba el libro en la mano.

    El joven parecía tímido y tartamudeaba de los nervios. Sabía que Claudia le había pillado espiándola mientras se tocaba.

    -Soy el hijo del vecino. Estoy de mudanzas y… -los libros estaban desparramados por el suelo y se estaban mojando de la lluvia. El chico también estaba empapado. Claudia supuso que estuvo un buen tiempo mirándola.

    -Entra, te vas a resfriar.

    Claudia le ayudó a recoger los libros. Entraron en la casa y los puso sobre la mesa del salón. Eran ejemplares de arte y pintura. Claudia le dejó una toalla para que se secara el pelo.

    -¿Estudias esto? -ella hojeó varias páginas. Una pintura llamó su atención.

    -Es el nacimiento de la Venus de Botticelli. Una diosa romana, símbolo de la fertilidad.

    Claudia se sorprendió al oír esa información. No se había percatado del joven, pero ahora lo miraba de otra forma. Que supiera eso le dio un toque de atención. No era muy alto, delgado, de complexión fibrosa. Ojos grandes y expresivos y el pelo de media melena. Sus manos eran grandes, como su torso. Quizás hubiera practicado natación durante un tiempo. Se dio cuenta que empezaba a fantasear con el joven en su mente. El chico terminó de secarse y le pasó la toalla a Claudia. Ahora él la miraba. Sus piernas brillaban por el aceite de coco y vio que no se había puesto ropa para abrirle la puerta.

    -Mejor que te cambies la camisa, te puedo dar una seca de mi marido, pero me la tienes que devolver mañana.

    – Si… si claro… -el joven tartamudeaba.

    Claudia fue en busca de la camisa. Le dio la espalda al chico y de forma elegante caminó de puntillas. Sus gemelos se elevaron y sus glúteos se pusieron firmes. La camisa se le subió un poco y asomó la parte baja de sus nalgas. El joven le clavó la mirada. La sangré comenzó a correr hasta su polla. Notó en menos de un segundo que le crecía y se ponía dura. Una situación incómoda estando en casa de una vecina pensó. Pero ese culo le parecía muy apetecible. Claudia eligió la camisa. Antes de regresar al salón se metió los dedos debajo del tanga. Seguía húmeda y cachonda. Sus pezones se transparentaban por la camisa y se notaban duros. Ella sonrió y salió al salón de nuevo.

    -¿Qué hacías en mi ventana? -ella le ofreció la camisa. El joven se quitó la camisa mojada frente a ella.

    -Ya le dije que estoy de mudanzas y… estaba lloviendo…

    -Me estabas espiando –Claudia dio un paso al frente. Se acercó al joven. Ver su pecho desnudo le había excitado aún más.

    -Vi que estaba leyendo… -el joven cogió la novela erótica que estaba sobre la mesa para justificarse.

    -Me estaba tocando mientras leía. ¿Te gustó ver eso?

    El joven se mantuvo en silencio. En su mente estaba la imagen de Claudia tumbada en el chaise longo metiéndose los dedos. Chupando el flujo que salía de su coño y volviendo a introducirlos de forma salvaje. Él sabía que estaba húmeda, podía percibir el olor de su coño.

    -¿Quieres verlo de nuevo?

    Estaban separados por un metro de distancia, pero sintieron que estaban uno pegado al otro. Claudia se metió los dedos en su boca y los llenó de saliva. Al sacarlos de la boca, hilos de saliva le corrieron por las mejillas y el labio inferior y cayeron al suelo. Bajó la mano y la metió bajo el tanga. Sin dejar de mirarle a los ojos, comenzó a frotarse el clítoris en círculos. Con movimientos lentos y suaves. El tanga estaba empapado y era de color oscuro de tanto flujo que se acumulaba. La saliva le deslizaba por la cara interior de los muslos. El joven no apartó la mirada. Su cara era de lascivo. Quería follársela. Su polla estaba reventando el pantalón y le dolía. Claudia gimió al meterse el dedo anular hasta el fondo de su coño. Lo sacó y recortó la distancia entre los dos. El joven supo enseguida lo que ella quería. Abrió la boca para dejar que el dedo de Claudia entrara. Jugó con su lengua y absorbió el flujo de ella. Sabía dulce, a coco. Claudia se erizó entera cuando notó su lengua caliente rodear su dedo. Le excitó que quisiera tragarse su flujo.

    Con la mano libre, Claudia acarició el pecho del joven y su vientre. Con un movimiento rápido desabrochó su cinturón con una mano y la introdujo bajo sus boxers de color rojo. Palpó una enorme polla, con su glande voluminoso. El joven no dejaba de lamerle los dedos mientras ella sacudía su polla despacio. Al sacarla entera del bóxer un chorro de flujo salió de su polla y cayó al suelo. Estaba brotando un líquido transparente. Era la señal de que estaba muy excitado y de empezar a mamársela.

    Claudia se puso de rodillas y bajó hasta los tobillos la ropa interior y el pantalón del joven. La polla quedó al descubierto. Era suave, tenía los huevos depilados y bien formados y altos. Una polla joven y tersa. Claudia deslizó el prepucio y dejó ver el glande. Sus labios carnosos chuparon la gota que acababa de salir de su polla. Seguía lubricando. La lengua de Claudia se deslizó por toda la base de la polla, siguiendo el recorrido de las hinchadas venas, de color azul intenso. Hasta la base de los huevos. Lamió sus testículos y los llenó de saliva. Estaban apetecibles, así que Claudia abrió la boca y se introdujo uno para chuparlo. El joven se estremeció y su espalda dio un profundo espasmo. La mezcla del dolor punzante y el placer de sus labios calientes le abrumó.

    El joven posó su mano en la cabeza de Claudia, y ella supo que quería que se la comiera entera. Abrió su boca al máximo y se metió la polla hasta la mitad. Un primer esfuerzo. Al sacarla un resto de saliva le cayó por el labio inferior. El joven apretó su cabeza para que se la volviera a comer. Esta vez más profundo. Claudia escupió sobre la polla y la acarició para lubricarla. Quería llegar al fondo, comérsela hasta el final. Sintió la polla muy dura en su boca, para poder tragarla, Claudia bajó la lengua y notó como el glande le rozaba el paladar superior. La polla entró hasta el fondo de su boca. El joven gimió de placer y le mantuvo la cabeza pegada a su estómago durante unos segundos. Claudia sacó la polla de su garganta con una fuerte arcada. Sus ojos se humedecieron debido al esfuerzo. Un sobrante de saliva cayó de su garganta y le empapó las tetas sobre la camisa. Sus pezones se transparentaban cada vez más.

    Claudia se la metió de nuevo, entraba más fácil y sacaba más saliva. El picor de su garganta era agradable. Le encantaba el delicioso sabor de aquella polla joven y dura. No quería dejar de mamársela nunca.

    Comenzó a llover con fuerza otra vez. El gorgoteo de la garganta profunda de Claudia era el único sonido reinante en la casa. Sus espasmos cada vez que se sacaba la polla de la boca y volvía a metérsela, hacían que su coño se mojara. Tuvo un orgasmo al sacarla de su boca y sentir el semen caliente en su lengua. El joven no pudo aguantarse más. Se había corrido con la mamada de Claudia. Nunca le habían comido la polla de esa forma.

    -Lo siento –él no supo qué decir.

    -No pasa nada, me gusta tu polla. Ven.

    Claudia cogió de la mano al joven y lo llevó hasta el chaise longe. Ella se tumbó boca arriba y se quitó el tanga. Su coño estaba humedecido. Tenía el vello recortado por el centro en forma de línea. Ella abrió las piernas y se introdujo dos dedos. Jadeó varias veces y le hizo una seña al joven. Él encajó su cabeza entre sus muslos y comenzó a lamer sus labios. Con los dedos abrió los labios mayores y metió su lengua. Claudia se sacudió de placer. Un torrente de flujo le bajó desde el abdomen y salió por su coño. Él se lo tragó y siguió comiéndoselo.

    El clítoris estaba expuesto y lubricado con la saliva del joven. Sus labios lo chuparon con delicadeza, a cada succión, Claudia se corría. Perdió la cuenta de los orgasmos que tuvo. La saliva corría hasta su ano y el joven se dio cuenta que le palpitaba el esfínter de la excitación. Se chupó un dedo y lo metió despacio en el culo de Claudia. Ella jadeó al sentir que le entraba hasta la mitad.

    -Quiero que me folles el culo –ella le miró a los ojos, su pelo estaba alborotado y sus mejillas sonrojadas y sudor le excitaba aún más a él.

    La polla del joven volvió a ponerse rígida. Esas palabras le excitaron. La súplica por que le follara el culo le había motivado de nuevo. El joven volteó con energía el cuerpo de Claudia y ella obedeció poniéndose a cuatro patas para ofrecerle su culo. El joven escupió sobre su polla e introdujo el dedo más profundamente. Claudia jadeaba de placer. Con su mano derecha abrió su nalga para despejar el camino de la polla. El glande le rozó el esfínter mojado y se metió unos centímetros dentro. Ahora la polla estaba muy dura, las venas se hincharon al entrar en el estrecho culo de Claudia.

    Empezó a empotrarla a cuatro patas sobre el chaise longe. El culo estaba totalmente dilatado y entraba con facilidad pasmosa. Claudia jadeaba como una perra y pedía que le follara más fuerte el culo. El glande crecía a cada momento y casi no podía introducirse más. Claudia le agarró de la cadera para que empujase con más fuerza. Quiso sentir la polla hasta lo más profundo de su ser. El olor de su culo y el semen la excitaba. El joven toqueteó con su índice el clítoris de ella, estaba muy sensible y rosado. Ella gritó de placer, se estaba corriendo otra vez. El joven se agarró la base de la polla para contener el flujo de sangre y hacerla más grande. Claudia pegó un alarido al notar como se hinchaba la polla en lo más profundo de su culo. Volvió a correrse. Estaba muy llena. Un segundo más tarde, notó el semen caliente del joven. Una oleada de calor le invadió por la espalda y le hizo perder el sentido y marearse. La sangre le bajaba hasta el clítoris y explotó con un chorro de corrida que le salió bajo el clítoris mojando todo el chaise longe.

    El semen blanco y espumoso que salió del culo de Claudia era abundante. Ella llevó el dedo para acariciar su esfínter y lamer el resto que le goteaba. Estaba satisfecha. Pensó que así sería la follada de Pablo a Anne en el libro. Y eso le hizo estremecerse de nuevo. El joven se subió la ropa y se terminó de secar el sudor. Ahora su sonrisa ya no era la de un niño tartamudo. Era parte de una fantasía que no olvidaría jamás. Él se despidió no sin antes recoger sus libros de arte. Claudia se quedó tumbada en el sillón. La tormenta había amainado y dejó de llover. El sol entraba por la ventana del salón. Claudia cogió de nuevo del libro de “Pasión en el Caribe” y comenzó a leer la página siguiente.

    Se le escapó un suspiro de su boca. En la tercera línea, Claudia ya tenía de nuevo la mano entre sus piernas. La tarde de lectura iba a ser larga, probablemente estaría toda la noche leyendo.

    FIN

  • Esclavo de mi fantasía: El final

    Esclavo de mi fantasía: El final

    Después de la fabulosa mamada que le di a Samir escondidos en mi casa, yo estaba muy caliente y más cuando descubrí que dejo su bóxer Intencionalmente debajo de mi almohada.

    Samir (un macho mujeriego) me había confesado que estuvo observándome mientras me masturbaba luego de la primera vez que me cogió. Se molestó cuando se enteró que salí con Antonio y además vino a mi casa para que le hiciera un oral.

    No lo podía creer el hombre de mis fantasías al parecer sentía algo más que simplemente ganas de cogerme.

    Pasaron algunos días de mensajes calientes que me tenían enloquecido, aunque en la Universidad él siempre estaba con su novia (Inés) y me trataba como un amigo más.

    Pero había algo diferente en ellos, Samir me tenía ganas e Inés me veía de una manera extraña, diría que hasta morbosa.

    Un jueves antes de salir de clases veo a Samir solo, y me dice:

    “Hola muñeco, quieres ir a mi casa”

    Yo: para qué? Darás una fiesta? (De forma irónica)

    Samir: No… a menos que cogerte se considere una fiesta!

    Yo ya estaba comenzando a tener una erección, Samir me calentaba muchísimo y que me dijera que quería cogerme tan descaradamente me hacía desearlo más! Pero le pregunto:

    “y que paso con Inés?”

    Samir: decidimos tener una relación abierta, y no tiene problemas contigo.

    Yo sorprendido le digo:

    “Ella sabe lo nuestro?”

    Samir: Si! Y le excita saberlo, quizás algún día podamos hacer un trío…

    Yo: no sé si me sienta cómodo con eso.

    Samir: no digas que no si no lo has probado…, pero por ahora te quiero solo para mi! Camina y deja de hacerte el duro!!!

    Llegamos a su casa, no había nadie y fuimos directo a su habitación. El llevaba una playera azul que marcaban sus fuertes brazos un pantalón corto negro para lucir sus piernas de futbolistas y zapatos deportivos. Yo tenía una polo negra, jeans ajustados que resaltaban mi culo y piernas, y zapatos negros.

    Samir me traía con un juego de miradas y yo estaba enamorado, no podía creer como me estaba tratando, era seductor, considerado y a la vez como un juego.

    Yo estaba nervioso y él lo noto mientras se quitaba la playera dejándome ver su escultural torso y dice:

    “Que te ocurre? Ni que fuera la primera vez…

    Yo: no puedo más… tengo que confesarte… yo te amo… desde hace años y realmente estoy dispuesto hacer lo que me pidas para estar a tu lado.

    Samir acercándose con la sonrisa que me mata, dice:

    “Eso ya lo sabía… pero antes no te ponías así!”

    Yo asombrado y avergonzado por sus palabras le digo:

    “Es que no entiendo que quieres conmigo, tienes novia… y me tratas como si te importara… es solo para cogerme?

    Samir está parado justo frente a mi viéndome directo a los ojos y dice:

    “Me importas…! no sé cómo explicarlo pero te necesito cerca…”

    En ese instante por primera vez pude sentir sus suaves y apetecibles labios sobre mi boca! Fue un beso muy húmedo y apasionado, yo estaba con una gran erección y el culo ardiendo.

    Le comencé a tocar su entrepierna para sentir a ese colosal pene que pedía a gritos ser liberado! Samir coloco sus manos en mi culo apretándolo y pegándome totalmente a su cuerpo hirviendo.

    Yo lo abrace acariciando su amplia y trabajada espalda, él empezó a besarme el cuello para luego de unos minutos separarnos y quitarme la polo.

    Ambos nos bajamos los pantalones y ropa interior quedando totalmente desnudos y con nuestras erecciones frente a frente. Samir me abrazo con fuerza, y me beso nuevamente para luego llevarme despacio a la cama.

    En la cama estuvimos besándonos como si nos quisiéramos comer el uno al otro, su pene chocaba con mi abdomen y el mío con su pierna mientras le comenzaba a besar y lamer esos pectorales tan bien definidos que me excitaban desde hacía mucho tiempo.

    Tome su tieso falo y comencé a masturbarlo lentamente, él se quedó boca arriba y yo de lado mientras Samir pasaba su brazo por debajo de mi para acariciar mi culo y jugar con uno de sus dedos alrededor de mi ano, y con el otro brazo se apoyaba su cabeza.

    Ese hombre de piel dorada y cuerpo atlético estaba servido en la cama para mi. Observaba cada músculo, sus finos vellos dorados y castaños. Podía ver sus ricas piernas abrirse y su cintura levantase al ritmo de mi mano en su pene.

    Cuando por fin metió su dedo en mi culo, deje salir un suspiro, eso le gusto a Samir y dijo:

    “Me encanta tu enorme culo, es perfecto!”

    Luego me voltea, me deja boca abajo, levanto mi culo, cierro los ojos esperando su penetración, pero de pronto siento como sus fuertes manos toman mi culo abriéndolo para luego comenzar a lamerlo!

    Ohh… ahh… que era esto? Este placer no lo conocía y me hacía gemir desde lo más profundo de mi ser! Samir a su vez masajeaba mis nalgas con mucha fuerza hasta que me hizo decir desesperadamente:

    “Cogeme…! Cogeme por favor! Samir te lo suplico cogeme!!!

    Samir se levanta colocándose lubricante, pone la rosada cabeza de su pene frente a mi esfínter y dice:

    “Suplicarme otra vez que te coja”

    Yo: Cogeme Samir! Te lo suplico… necesito que me cojas… anda papi… cogeme por favor!!!

    Y mientras lo decía él jugaba con su glande frente a mi culo para desesperarme aún más…

    Luego de hacerme sufrir por un rato, me penetro ni muy rápido ni muy lento pero a la primera, hasta tenerlo totalmente adentro. Él esperó unos minutos a que yo me ajustara y comenzó a cogerme suavemente mientras yo gemía cada vez más duro.

    Ohh… sigue… ohh… Samir… cogeme…

    Samir estaba cogiéndome apasionadamente por primera vez, me acariciaba la espalda y se acostaba encima de mi para morder mi oreja y decirme:

    “Eres mío… eres mi puta…”

    Sus gemidos masculinos me encantaban y cada vez que yo gritaba de placer el aceleraba, de pronto me libera y me gira, quedó boca arriba y él levanta mis piernas abriéndolas un poco para penetrarme de frente.

    Ahora podía ver su atractivo rostro desbordado de placer y me dice:

    “Masturbate quiero verte y acabar contigo!”

    Estaba muy caliente, mi erección era tan dura como la de él, y comencé a masturbarme gimiendo mientras observaba a Samir embistiéndome y como sus brazos, pecho y abdominales estaban tensos y se contraían con cada movimiento. Y le digo:

    “Me encantas… sigue, no pares… me encantas… te amo!”

    Samir se transformó en una máquina con fuertes embestidas que me hicieron gritar y gemir, el placer fue tanto que no pude evitar acabar con mucha fuerza, mientras Samir me veía retorcer aceleró aún más, y con grandes gritos de placer lleno mi culo con su espesa leche, espero unos minutos y luego cayó a mi lado.

    Quedamos rendidos, desnudos y sudados en la cama. Aun podía sentir como de mi culo salía su semen, fue maravilloso, mejor que cualquier fantasía que allá tenido.

    Viéndolo dormido como aquella primera vez mi erección volvió. Samir me encantaba, lo amaba y estaba dispuesto a ser lo que él quisiera que sea para estar con él. Así que decidí ir al baño a masturbarme para no despertarlo.

    Me paro frente al inodoro desnudó con las piernas abiertas mientras en un pequeño espejo veo las marcas de Samir en mi cuello y espalda, cierro los ojos y puedo sentir sus besos.

    Me comienzo a masturbar cuando de pronto Samir se para detrás de mi y con un brazo me abraza y con su otra mano quita la mía de mi pene y comienza a masturbarme.

    Puedo sentir que su pene está comenzando a crecer nuevamente y me quiero voltear pero él no me deja y me dice:

    “Disfruta Martín… tenía esto pendiente”

    Esto fue muy erótico para mi, escuchar su respiración mientras me daba placer, poder ver sus fuertes brazos rodeándome mientras me masturbaba y su pene duro en mi culo me hicieron gemir nuevamente.

    “Eso es Martín… como una puta… mi puta… “

    Yo: dale más rápido… sácame la leche… ohh… siii… ohhh

    Samir: acaba para mi…!!! (Mientras mordía mi oreja y me presionaba con fuerza a su cuerpo y su pene)

    Yo comencé a bombear chorros de semen que cayeron en todos lados. Samir me voltea, me besa y dice:

    “Volvamos a la cama…»

    Pasamos toda la noche juntos y solos, ya que su papá estaba de guardia en el hospital. La mejor noche de mi vida con el hombre de mis fantasías, aunque ya no era su esclavo, a veces le pedía que me cogiera con fuerza para recordar su poder sobre mi.

    Para todos Samir e Inés eran novios y yo su mejor amigo. Pero cuando mi culo ardía Samir aparecía para calamar mi fuego. Inés y yo éramos socios para darle el placer que necesitaba un macho como Samir.

    Un día Inés tenía el turno para quedarse a dormir con Samir y yo estaba muy caliente en mi casa, decidí salir por unos tragos y fue entonces que conocí a Héctor que al acercarse a mi pregunto:

    «Tienes novia o novio…»

    Y yo con una sonrisa le respondí:

    «En este momento estoy en una relación abierta…»

    Fin.

    Espero que disfrutaran esta saga, quizás pronto escuchemos más de Martín y Samir.

    No olviden calificar y comentar, hasta la próxima.

  • Camino al dormitorio

    Camino al dormitorio

    Ellos se aman, pero de verdad, aman cada célula del otro, cada pensamiento, cada actitud cada reacción. Aman cada momento juntos, se aman sin reparos y lo viven intensamente.

    Él está terminando un informe en su escritorio, en la comodidad del hogar. Ella le lleva un sándwich y lo deja al lado del computador. Lo abraza por detrás, bajo sus brazos pasa los de ella para abarcar todo el tronco, apoya su cabeza en su hombro y le dice lo mucho que le gusta su olor. Él inmediatamente cierra sus ojos e inclina la cabeza, invitándola a besarlo. Por supuesto ella no se resiste y lo besa, le entrega besos húmedos en largo cuello y le indica que siga trabajando.

    -no puedo, si estás ahí. -Réplica él.

    -vamos si puedes, avanza mientras te acaricio.

    -no puedo, en serio que no.

    -una frase, algo… Quiero ver como trabajas conmigo acá.

    -está bien lo intentaré, una frase…

    Él se dispone a redactar y ella se carga en sus hombros y baja por su pecho acariciando fuerte y profundo lo abraza con amor y pasión… Y él vuelve a entregarse a sus brazos, vuelve a mirar hacia atrás, a buscar su boca… Él con sus ojos cerrados saca su lengua y busca jugar con la de ella… Mientras se besan ella le susurra «te amo Lucas… te amo mucho…» gira su silla y lo pone de frente a ella… Se agacha y lo besa… «Eres linda Mónica, te lo había dicho?…» pregunta él, con cara de amor…

    -No sé, no sé, solo sé que te amo y que quiero comerte entero.

    Ella abre su pantalón y busca su pene que estaba exactamente como imagino… Ya duro y grande, lo toma con su mano y lo masturba un poco… Se agacha y lo lame… Lo mira con coquetería. Él solo la puede imaginar engulléndose su miembro como siempre lo hace… Y la mira con su cabeza inclinada, sus ojos medios perdidos expresando la fascinación que siente por ella y por ese momento….

    -mmmm… Me vuelve loca tu olor a pene… Me encanta… (Ella se ríe coqueta nuevamente y solo vuelve a lamer su punta).

    Se pone de pie sin soltar su miembro y lo masturba mientras sigue sonriendo…

    -vamos a la pieza, le pide…

    Él se para inmediatamente y la sigue… Ella caminando adelante de él, sin soltar su pene camina lentamente…

    Se acercan a la escalera, para subir a la habitación… Entonces él la empuja y ella cae afirmándose en escalones superiores. Lucas con su verga afuera la embiste sobre sus calzas… Se mueve sobre su trasero ancho con fuerza. Está muy caliente y a ella le encanta sentirlo así… Entonces él apoya su brazo izquierdo en la escala por sobre el hombro de ella, y con su mano derecha sujeta su moño y la obliga a extender su cuello…

    Ella sonríe, le fascina la dominancia de Lucas y mueve su pelvis pasándola sobre el pene de su hombre. Él se vuelve loco, más se excita, más le jala el pelo con fuerza. Ahora con su mano izquierda baja sus calzas y calzones y expone sus nalgas… Ella más se mueve para sentir su pene atrás… Él deja de afirmarse, se toma el miembro y lo pasa de arriba a abajo sobre el trasero de Mónica, y cuando pasa sobre su ano empuja un poco… Ella se sonríe con placer…

    Juegan ahí un rato… Y ella sigue subiendo, algo incomoda logra subir con la ropa a media pierna… Él la sigue ansioso…

    Llegan a la pieza ella se desnuda completa exponiendo todo su cuerpo imperfecto… Él la mira con deseo, como siempre y se saca la ropa con ansias… Se arrodilla frente a ella que lo espera con sus piernas abiertas, toma ambas extremidades y enfrenta su pene en esa vagina húmeda que siempre lo espera lista… Él lo introduce lentamente y ella encorva su espalda mientras gime: siii! Me encanta!!! Gira su cabeza y murmulla un: te amo mi amor… Dale…

    Él pone las piernas de Mónica frente a sus hombros y se acerca a ella, fluctuando sus caderas al máximo… Se acerca a besar sus labios con amor y pasión… Su pene en este momento está impactando las paredes vaginales de ella y gime fuerte cada vez que el la embiste mientras la besa suavemente.

    A Lucas le gusta cambiar la posición de las piernas de su mujer, las mueve, las cambia ahora las baja y le indica que ella lo abrace con fuerza… Mientras él puede dedicarse a sus pechos, siempre chupa el pezón izquierdo con fuerza, sin dejar de embestirla… Fuerte… En cada cambio ella puede sentir como el pene de él recorre su interior…

    Mónica no deja de apretarlo con sus grandes muslos… Mientras él sigue jugando con sus tetas… Le encantan… Entonces el vuelve a tomar las piernas de ella y se las pone al hombro, pero esta vez se mantiene erguido… De rodillas y erguido… Abraza ambas piernas de ella y se lo mete fuerte… Ella grita cuando siente como ese enorme pene la golpea adentro…

    A ella le encanta… Disfruta ese dolor placentero… Y ambos están a punto de terminar…

    -Si mi amor me encanta tu pene!!

    Él la mira con profundidad en la mirada… Sus ojos la atraviesan… Se lo mete más fuerte y la empuja como buscando romperla, más aun viendo como ella reacciona con cada empujón… Ella lo disfruta… Están por terminar…

    Cuando esto ocurre, él se desploma sobre ella… Sobre su pecho izquierdo sonriendo feliz…

    Se aman y son realmente uno haciendo el amor.

  • Dame por el culo mientras me follo a mi marido

    Dame por el culo mientras me follo a mi marido

    Como conté en un relato anterior, he descubierto esta cuenta que mi esposo tenía escondida, donde veo que escribe varias guarradas e intercambia mensajes con sus lectoras, así que decidí a modo de venganza comenzar a escribir yo, la esposa, estos relatos aún más pervertidos que los suyos para hacerlo rabiar cuando se entere y mientras tanto quiero calentarme haciéndote calentar a ti.

    Ya me puse bastante cachonda leyendo todos los comentarios y propuestas que me han escrito, así como los regalitos tan ricos que me enviaron a su correo, ya quiero ver su cara cuando se entere. Así que hoy decidí darle una buena follada pensando en todos los que se atrevieron a ponerse en contacto, imaginándome todo lo que me dijeron de cómo iban a darme así que cuando se acuesta me le aparezco desnuda en la alcoba.

    Algo que me gusta de él es lo salido que es cuando le doy alguna señal, así que puedo notar como enseguida me pone atención. Me trepo a la cama en cuatro patas avanzando sobre su cuerpo y quito la sábana de un tirón, ya puedo ver como se le abulta el bóxer al mirar mis tetas colgando que se acercan. Lo froto por encima de la tela para que se le termine de endurecer, luego se lo bajo de a poco haciendo que su polla salte de golpe para vérsela ahí bien parada y me recuerda a tu sabrosa verga que me diste a probar la vez anterior, como la tenías bien mojada y dura, llena de leche a punto de hervir para llenarme la boca, pero no, no es a él a quien se la quiero chupar ahora, sino que la quiero bien adentro del coño.

    Gateo sobre él rozando su miembro con mis pechos y haciendo que los sienta por todo su torso hasta que nuestros rostros están frente a frente, le meto la lengua en la boca pensando en que percibe un sabor desconocido, el sabor del semen que me hiciste comer tu la vez anterior. Le agarro la polla para acomodarla en mi vulva y empujo para que su verga se me meta bien adentro.

    Siii, siii, empiezo a moverme mientras tu nos observas sobando tu propio pene, preparándote para sumarte en breves. Lo cabalgo con fuerza para darme gusto, me mojo más con cada embestida.

    —Quiero que me abras el culo. —le ordeno entre jadeos.

    Coge mis nalgas y las separa sin parar de penetrarme. Y ahí está mi culo listo para ti, quiero que metas tu cara allí para humedecérmelo bien, hazme cosquillas con la lengua por todo el perímetro dejando caer en cantidad tu saliva hasta dejarme empapada y que chorree hacia mi vulva y por los huevos de mi marido que no para de metérmela.

    ¡Así, que rico! Diosss, cómo me pone tenerte ahí. Sigue un poco más que me haces venirme, pero tú no te vengas aún porque quiero más, quiero esa sabrosa polla tuya bien adentro de mi culo. Me arqueo para recibirte, quiero que empieces por frotarme con tu miembro y apoyes tu glande listo para penetrarme.

    ¡Oh por favor siiii! ¡Cómo me gustas! Aaaah aaah aaaah.

    Me vengo a chorros sólo por las cosquillas que me haces, me empujo en medio de mi orgasmo para que me la metas de una hasta el fondo. Ooooh, me duele pero me encanta. Quiero seguir, me vuelve loca como mi culo estrangula tu miembro, lo siento tan duro y apretado. Las dos pollas follándome a la vez son el nirvana, primero alternándose y luego con fuerza las dos entrando al mismo tiempo.

    Mi marido empieza a gemir de gusto y puedo sentirlo palpitar dentro de mí. Me salgo porque quiero ver como se corre, tú no pares, a ti todavía te quiero adentro, aguanta, no te corras aún. Le agarro a él la verga con la mano para apretársela bien y hacerlo saltar lejos, le lamo el tronco de la base a la punta y hago que se venga sobre si con mis labios besándosela. Se corre tan fuerte que salta chorros hasta su pecho y mientras me das cada vez más fuerte encargo de recorrer todo su abdomen para limpiarlo con la lengua, sin dejarme ni una sola gota.

    Ahora es tu turno, puedo sentir que te gusta verme comerme toda esa leche porque tu polla se siente enorme, durísima, ahora si, córrete, lléname, siii, oooh, que rico todo ese semen caliente que me inunda el culo, dámelo todo, no te dejes nada, dame mi premio. Siii, siii, delicioso.

    Mira como me has dejado ¿Cómo he ganado mi trofeo? Mírame y cuéntame que tanto me está chorreando el culo ¿Es mucho? ¿Qué tanto te ha gustado? Con esto que te cuento espero merecer que en estos días me dediques unas cuantas pajas o que pienses en mi cuando te folles a alguien más. Cuéntame que has hecho y que más me quieres hacer.

  • Ven y cómeme el coño si tienes cojones

    Ven y cómeme el coño si tienes cojones

    Entré en el bar por descansar. Ni tenía ganas de beber ni de alternar.  La mascarilla me las hacía pasar putas. Era un bar cualquiera de un lugar cualquiera. Solo había una mujer sentada a una mesa. Me senté en otra mesa, guardando la distancia. Vino la camarera, una veinteañera rubia, de ojos azules, bella y con un cuerpazo, pedí y al ratito me sirvió un gin tonic. La mujer de la mesa de al lado andaría en los cuarenta años de edad. Tenía los codos apoyados en la mesa y parecía estar adorando a su bebida. Levantó la vista, me miró y al ver que la estaba mirando, me dijo:

    -No quiero que me invites a nada.

    -No iba a invitarte.

    Apoyó las manos en la mesa, se estiró echando el cuerpo hacía atrás, lo que hizo que se marcaran las tetas en su blusa blanca, y dijo:

    -Ya no quedan caballeros.

    Se bajó la mascarilla y echó un trago.

    La miré detenidamente. Estaba muchísimo más que potable. Imagina a una mujer madura, atractiva, con un tremendo polvo y acertarás. Le respondí:

    -Haberlos hailos, Pero hay que dar con ellos.

    -Con un gallego me he topado.

    -Ni te has topado ni te toparás. No están los tiempos para aventuras.

    Me miró, se rio, y después me dijo:

    -¡Pero qué dices, Matusalén! Contigo no iba yo ni a comprar el pan.

    -No es la primera vez que me lo dicen.

    -¿Lo de Matusalén?

    -No, lo de ir a comprar el pan. Muchas de ellas acabaron más calientes que el horno de la panadería.

    La mujer le daba bien a la retranca.

    -¿Y eso cuándo fue, antes o después de la extinción de los dinosaurios?

    -Me da que estás muy mal follada.

    -¡¿Yo?! Aún tengo entre las piernas la leche de mi macho.

    Me dejó planchado. Si no fuera por el puto bicho intentaría llevarla al huerto, y digo intentaría por qué aquella mujer además de estar buena tenía mucha escuela, y yo no soy de los que meten envidia. Mi metro setenta y mis anchas espaldas pierden su valor con el gris y blanco de mis cabellos. Cómo no le di réplica me dijo:

    -¿Eres de los de piel fina?

    -No, me gustan los olores fuertes, cuando de coños se trata.

    -¿Explícate?

    -Te escandalizarías.

    -A mí ya no me escandaliza nada. Estoy de vuelta en todo. ¿Qué olores fuertes son esos?

    -¿No te parece algo muy raro que dos personas que se acaban de conocer hablen de cosas que muchos matrimonios no se atreven ni a mencionar.

    -Por eso lo hablamos, si fuéramos conocidos jamás lo haríamos. La gente es muy hipócrita.

    -Y tú muy curiosa.

    -¡Ahí me has dado! Cuenta.

    -A ver, por ponerte un ejemplo… Después de correrse una mujer seis o siete veces en la noche, me gusta al despertar comer eso coño con la leche y los jugos secos. Tiene un olor que me empalma. ¿Quieres tomar otro de esos?

    Me respondió:

    -Sí, pero de aquí cada uno a su casa.

    -La mía queda muy lejos, ¿Cómo te llamas?

    -Xiomara, pero mis amigos me llaman Xio.

    -Xiomara. ¿Qué significa?

    -La más hermosa del universo.

    -Tampoco te pases.

    -Te he dicho lo que significa, no que lo sea. Por cierto, no me creí ni una palabra de lo que dijiste. Al hablar de siete corridas de una mujer en una noche la cagaste.

    Mirando para sus tetas, le dije:

    -Y doce veces también se corrieron un par de ellas, eso no quita que algunas con dos ya quedaran servidas.

    -Eso te funcionará con jovencitas, con mujeres de verdad no cuela.

    -¡Qué ya te dije que no es tiempo para aventuras!

    -Ahora lo pillo. Cómo sabes no tienes que demostrarlo…

    -Si no tuviéramos entre manos lo del bicho, y tú quisieras, te comía el coño con la leche de tu macho en él…

    -No creo que seas tan cerdo.

    -Sí que lo soy, soy tan cerdo que sería capaz de comerte el culo sin haberlo limpiado.

    -Eso no te lo crees ni y tú.

    -¡¿Me estás llamando mentiroso?!

    -Sí.

    Tiré de sarcasmo.

    -Usted de sexo me parece que lo que sabe es montar y dejar que la monten, señora.

    Ella era una experta en el terreno del sarcasmo.

    -¿Y usted que más sabe hacer, señor?

    Ya le tenía unas ganas que ni virus ni cojones, si la pillara me papaba enterita. Le dije:

    -Me gusta que una mujer me coja en su regazo y me deje las nalgas al rojo vivo, entre otras cosas.

    -¿Te excita que te azoten el culo?

    -Sí, pillo empalmes brutales.

    Seguía sin creer una palabra de lo que le había dicho.

    -En mi vida he conocido muchos fantasmas, pero tú te llevas la palma. Seguro que si empezase a masturbarme en tu cara, en vez de comerme el coño, salías corriendo.

    -Si estuviéramos a solas…

    La camarera, me dijo:

    -Haz cómo si no estuviera. ¿Se la vas a comer?

    -Si estuviéramos en otro sitio más íntimo comía. Aquí puede venir gente.

    -¿Quieres que te coma el coño, Xio?

    -Este sale corriendo, Bea, a los bocazas cómo él ya los tengo calados.

    La camarera salió de detrás de la barra, cerró el bar y le bajó la persiana. Xio echó la silla hacia un lado, se levantó, bajó las bragas y me las tiró.

    -A ver si tienes cojones a comerme el coño cuando te lo diga.

    Al coger las bragas vi que por dentro estaban mojadas y amarillas. Las olí, olían a semen, a coño, a meo, olían a lujuria. Bea puso música ambiente muy bajita, después fue junto a Xio, se colocó a su espalda y comenzó a magrear sus tetas. Dos dedos de Xio recorrieron su raja y acariciaron su clítoris, luego se perdieron dentro de su vagina. Yo ya estaba empalmado. Aparté la silla de la mesa. Estaba a unos dos metros de ellas. Saqué la polla y empecé a masturbarme. Bea le fue abriendo los botones de la blusa a Xio hasta dejar a la vista su sujetador, le levantó las copas y con dos dedos de cada mano le apretó y le tiró de los pezones, de sus bellas tetas, después bajó su mascarilla y la de Xio, buscó su boca y se besaron. Meneándola vi cómo se chupaban las lenguas y cómo Bea le amasaba las tetas. Al dejar de besarse, mirándome para la polla se mordían el labio inferior. Poco después sentí los dedos de Xio haciendo chapoteos con los jugos del coño. Me retó.

    -Ven y come mi coño si tienes cojones.

    Lo que me sobraban eran cojones y leche en ellos. Fui a su lado, bajé la mascarilla, le abrí las piernas del todo y pasé mi lengua por su coño abierto. Ya no había rastro de la leche de su macho. El coño le olía a vicio. Le metí la lengua dentro de la vagina y se la follé con ella, Xio ahogó sus gemidos en la boca de Bea, después lamí apretando mi lengua contra los labios, y para rematar la faena, apreté mi lengua contra su clítoris con el glande erecto y le hice el remolino… Al venirle, dijo:

    -Me corro, cabrón, me corro!

    A Bea, que le estaba apretando los pezones, le comió la boca y a mí me dio una corrida tan larga y tan rica que si me llego a tocar me corro cómo un perro.

    Quedó sin fuerzas, con las piernas estiradas y abiertas y la cabeza ladeada a la izquierda.

    Empalmado, fui a mi mesa y me mandé el gin tonic de una sentada. Luego volví, me puse la mascarilla, y señalando la polla, le dije:

    -¿Y ahora qué hago con esto?

    Se rio de mí.

    -Dale la vuelta y métela en el culo.

    Bea tenía ganas.

    -No lo vamos a dejar así.

    Se puso en cuclillas delante de mí. Me echó las manos al culo y comenzó a mamar. Xio miraba cómo mi polla entraba y salía de la boca, y quiso participar. Se puso al lado de Bea, y le dijo:

    -Déjame a mí que tú no tienes idea de cómo se hace una mamada.

    Lo primero que hizo fue quitar los huevos de su guarida, poner mi polla pegada al cuerpo y lamer huevos y polla hasta llegar al glande. Allí lamió el frenillo, el meato, pasó su lengua alrededor de la corona y después mamó el glande varias veces antes de meterla en la boa casi hasta los huevos… Luego masturbó mamó… Me hizo una mamada magistral mientras Bea miraba, aprendía y se masturbaba. Cuando sentí que le iba llenar la boca de leche, le dije:

    -Ponte en pie que te quiero follar

    -¿Ahora que te tengo a punto?

    -¿Tienes miedo de que te rompa el culo después de comértelo?

    -¿Miedo yo? Por cierto, tengo el culo sin limpiar.

    La puse en pie, la arrimé a la pared, me agaché, le abrí las nalgas y le lamí el ojete, se lo lamí y se lo follé. Miré para Bea y vi que había apartado las bragas para un lado y tenía dos dedos dentro del coño. Pasado un tiempo, se besaban de nuevo y gemían las dos. Me estaba sintiendo el puto amo, pero, las cosas cambiaron, Xio le dijo algo al oído a Bea. Se dieron la vuelta, y una por delante y la otra por detrás me desnudaron al tiempo que se desnudaban. Cuando vi a Xio sentarse en su silla olí lo que venía a continuación.

    -¿No decías que te gustaba que te calentaran el culo?

    Bea ya tenía una de sus chanclas azules de goma en la mano y una sonrisa de sádica en sus labios. Me eché sobre las rodillas de Xio y comenzó la chancleteada.

    Bea me largó con fuerza en las dos nalgas.

    Xio, acariciando mis nalgas con las palmas de sus manos, y poniendo boquita de piñón, me dijo:

    -¿Le dolió al nene?

    -No, te dolió a la nena, no te jode.

    Xio era una falsa de mucho cuidado.

    -¡Leña al mono que es de goma, Bea!

    -¡¡Plas, plas, plas!!

    -El nene tiene que cuidar su vocabulario. Hazle las curas en las pupitas Bea.

    Bea lamió mis nalgas.

    Para qué vamos a engañarnos, a mi me gusta más dar que recibir, así que me levanté, forcejeando con Xio, y mientras me llamaba de todo menos bonito, me senté en la silla donde se sentaba ella, la puse en mi regazo y le dije a Bea:

    -¡Dale!

    Xio no estaba por la labor.

    -¡Ni se te ocurra, Bea!

    Bea no llevaba una perversa dentro. Le dio, pero con muy poca fuerza, era cómo si ya le hubiese dado antes y supiera cómo le gustaba.

    -Plas -Ay- Plas. -Ay.

    Ahora el de la retranca era yo.

    -Cura sus pupitas, Bea.

    Bea lamió sus nalgas doloridas. Se las abrí, y le dije.

    -El roto, cúrale el roto.

    Bea le lamió el ojete, Xio callaba por no gemir. Le pregunté:

    -¿Le gusta a la nena que le coman el culete?

    Le gustaba, si no le gustara no me diría:

    -No, le gusta al nene, no te jode!

    Usé casi sus mismas palabras.

    -Leña a la mona que es de goma!

    Le cayeron las del pulpo, pero sin fuerza.

    -Plas plas plas.

    No se quejó. No le di tiempo. La puse en pie y la senté sobre mi polla, polla que entró en su culo cómo un supositorio, apretado pero con una suavidad exquisita. Me bajó la mascarilla, y sin temor a nada, metió su lengua en mi boca y me la comió cómo se come un chuletón, degustándolo poquito a poco. Pasado un tiempo sentimos gemir a Bea, miramos para ella y vimos cómo le temblaban las piernas y cómo se fue encogiendo a medida que se iba corriendo. Xio, que ya estaba punto de llegar, la sacó del culo, la metió en el coño, y sin más, me dijo:

    -Córrete conmigo, forastero.

    -Quique, mis amigos me llaman Quique.

    -Córrete conmigo, Quique, yo ya, ya. Aaaah. ¡Yaaa!

    Sintiendo cómo su coño apretaba y bañaba mi polla con sus jugos, solté un chupinazo de leche al tiempo que le decía:

    -¡Ahí va!

    Ver correrse a Xio es una de las cosas más bellas que se pueden ver, y yo vi cómo se corría tres veces más. Fue uno de mis días de suerte.

    Quique.

  • Ana y el herrero

    Ana y el herrero

    Ana era una hermosa mujer madura, morena clara con cabello negro y largo, conservaba muy bien su figura, divorciada hace varios años con sus hijos fuera del país buscando mejores oportunidades, vive sola rodeada de buenos vecinos a los que trata como familia. Es profesora en una universidad, lleva una vida tranquila ya que no le hace falta nada para satisfacer sus necesidades excepto una, el amor.

    Su vida matrimonial no fue muy buena y luego del divorcio no encontró en las relaciones posteriores que tuvo algo que la llene por completo, nunca encontró alguien que halagara sus muchas o pocas virtudes, alguien que le dijera que bien luce o lo bonita que se veía, por lo cual había dejado de lado las ganas de arreglarse bien o simplemente tratar de lucir atractiva, hay algo en su vida que aún no ha sido llenado por nadie y es algo que si bien no la atormenta… no le caería mal encontrarlo.

    Una tarde mientras compartía un café con unos vecinos, faltaba una de sus amigas, quien estaba atendiendo a un herrero que estaba terminando de reforzar la ventana de la habitación de sus hijos debido al temor que tenia de que pudiera entrar algún ladrón por esa ventana.

    Era un hombre un poco menor que Ana, no muy alto, pero si con brazos bien definidos debido al trabajo que hacía, la amiga de Ana le pago y él se marchó, no sin antes devorar fugazmente a Ana con la mirada, aunque ella notó esa mirada no supo que hacer en ese momento, lo que si sabía era que tenía que ver el trabajo que había terminado de hacer aquel hombre de pocas palabras, pero que Ana no pudo quitar de sus pensamientos.

    Cuando entró a la habitación donde estaba la ventana ya reforzada por Manuel, Ana entendió pícara, interesada, pero tímidamente que necesitaría un trabajo igual ya que su ventana era igual de débil y además vivía sola, por lo que le pidió a su amiga el número de Manuel.

    A los pocos días marcaba el número de aquel herrero que por algún motivo desconocido no salía de la mente de Ana, marco el teléfono y al sonar los primeros tonos colgó la llamada como si fuera una travesura de niños que marcaban a cualquier numero solo por molestar, sentía un temor de hablar con Manuel, hasta que finalmente lo llamo y le pidió venir a hacer el mismo trabajo.

    Al día siguiente llego Manuel con todas sus herramientas bajo un calor fuerte que lo que lo hacía lucir sudoroso, Ana lo dejo entrar mirándolo por completo como en cámara lenta, detallando su cabello suelto, su barba de unas dos semanas, sus brazos marcados por la rudeza del trabajo y algunas cicatrices, su franelilla un poco húmeda y sus lentes oscuros.

    La escena en cámara lenta se interrumpió por el ruido de sus botas y de la voz grave de Manuel pidiendo que le indique cual es la ventana que quería reforzar mientras sonreía cortésmente. A lo que Ana lo llevo y lo dejo en la habitación para luego salir a la sala a tomar aire, la presencia de Manuel la hacía sentir febril e inquieta.

    Pasaban las horas y Manuel trabajaba en silencio, solo se escuchaba el ruido de su martillo, y el estruendo de la amoladora. Pasaron algunas horas y Ana entro a ver cómo iba el trabajo y encontró a Manuel sentado comiendo un sándwich a lo que ella amablemente le llevo una fría bebida para calmar el calor y acompañar su almuerzo.

    Manuel agradeció el gesto y terminó rápidamente para seguir trabajando. Ya para la tarde al irse tuvieron una corta y amable charla donde Ana le decía que ahora se sentía más segura, pero que quería que también reforzar una ventana más, a lo que Manuel se ofreció volver al día siguiente para hacer el trabajo.

    Al despedirse, Ana le dijo que no traiga comida, ella lo invitaría a almorzar, se despidieron con una sonrisa y la promesa de verse al día siguiente. Ya en su cama Ana daba vueltas sin poder dormir, no entendía como un desconocido la había hecho sentir esa sensación de calor, de humedad y de inquietud que ni siquiera en sus días de noviazgo había sentido.

    Al día siguiente Manuel llego más temprano para empezar el trabajo y Ana lo recibió con un café y el inicio de una charla con un poco más de confianza, ella quiso estar presente mientras Manuel trabajaba pero no se atrevió a estar tanto tiempo cerca de él, de nuevo los golpes de martillo el ruido de la amoladora y la luz relampagueante de la soldadura salían de la habitación donde estaba Manuel mientras Ana disfrutaba sentir ese nerviosismo y febrilidad que le hacía sentir la presencia de aquel herrero.

    El calor se hacía más fuerte a medida que pasaban las horas, por lo que Ana le llevo una bebida refrescante y encontró a Manuel con el torso descubierto mientras exprimía su camiseta después de haberla mojado en una tina de agua, nuevamente Ana tuvo esa visión en cámara lenta de aquel hombre que con los ojos cerrados dejaba caer las gotas de agua de su camisa en su cara, mojando su cabello suelto y la barba que lo hacía ver como todo un hombre rudo, lo marcado de sus brazos y su torso, su tatuaje de infantería de marina. Las gotas seguían cayendo, ya no solo desde la camisa de Manuel, sino que empezaban a brotar de la vagina de Ana que ahora sabía lo que estaba sintiendo. Solo dejo la bebida en la mesa y se fue sin que Manuel pudiera verla.

    Al momento del almuerzo Manuel se sentó a la mesa con el cabello mojado, se había lavado la cara y la cabeza para refrescarse, contrariamente a Ana que empezaba a no saber disimular lo acalorada que se sentía, mientras almorzaban Manuel le contaba de sus experiencias en los despliegues militares en los que había participado y los motivos que lo llevaron a salir del ejército, Ana escuchaba con atención, en especial la parte donde le contaba de la ruptura de su última relación, sin dejar de contemplar las grandes y gruesas manos con las que sujetaba los cubiertos, ella le conto un poco también de su vida y lo sola que se sentía.

    Manuel le dijo que a pesar de lo agradable de la conversación debía continuar el trabajo, se levantó de la mesa y le dio el ultimo sorbo a la lata de cerveza que Ana le había dado junto con la comida, agradeciendo se fue a terminar su trabajo. Ana al verlo levantarse empezaba a no solo imaginar besándose con Manuel sino que sus ojos se clavaron en su paquete y no dejaba de imaginárselo, cuando lo perdió de vista observó la lata que había dejado en la mesa y deseosa y más decidida, sabiendo lo que quería, limpió con un dedo la boca de la lata donde quedaba algo de cerveza y saliva de Manuel y se lo llevo a su boca, mientras su otra mano jugueteaba por primera vez en mucho tiempo por su entrepierna.

    Ana sabía que lo deseaba, pero hacia tanto que no estaba en una relación que no sabía cómo insinuar su deseo sin parecer una mujer fácil, quiso verlo de nuevo trabajando y al entrar en la habitación su visión en cámara lenta le permitió ver a Manuel usando la amoladora, sujetándola con sus manos varoniles despidiendo una estela de chispas mientras protegía sus ojos con lentes oscuros y la expresión más varonil que Ana hubiera visto.

    Era esto lo que ella esperaba sentir para sentirse plena? No lo sabía, pero tenía que averiguarlo. Cuando el ruido de la amoladora ceso. Ana le pregunto si podía terminar el trabajo a las 6 de la tarde porque iba a salir con unas amigas, a lo que Manuel asintió diciendo que faltaba poco.

    Al terminar el trabajo luego de guardar todo su equipo y esperar el pago, Ana lo esperaba en la sala ya arreglada para salir, lo que vio Manuel fue una mujer con un vestido corto que dejaba ver sus aun torneadas piernas, un escote que insinuaba de una manera decente el hermoso busto que guardaba su brasier de encajes y dejaba ver su cintura, su cabello suelto y hermoso, un maquillaje ligero, unas argollas plateadas anchas y grandes que resaltaban con su brillo en el fondo negro de su cabello, todo un bombón, a lo que Manuel no pudo evitar decirle que estaba preciosa y que el hombre con quien se encontraría era muy afortunado.

    Vio el dinero en la mesa, lo tomo y estaba guardándolo sin querer verla tanto porque a pesar de lo rudo que pudiera lucir estaba sintiendo debilidad por aquella cliente que seguramente estaría dentro de unas horas en los brazos de otro hombre, a lo que Ana respondió, no voy a salir a ningún lado, me arregle así para ti.

    Al oír eso Manuel soltó su maleta de herramientas y en un solo movimiento se acercó a ella y la rodeo con sus brazos por la cintura en un movimiento algo tosco pero que no fue rechazado, mirándose a los ojos fijamente ambos sabían lo que iba a pasar, no hubo necesidad de palabras, solo vino un beso, un beso como nunca había recibido Ana, cargado de pasión, deseo, locura y desespero.

    Ana sentía que era un momento que necesitaba vivir al igual que Manuel, se besaban con mucha intensidad, ella acariciaba su rostro barbado, su cuello y su cabello mojado, él la tenía sujetada de la cintura balanceándola mientras buscaban más profundidad en el beso que parecía interminable, entre los suspiros de Ana, ambos se desahogaban de deseos reprimidos, de malas relaciones y otras cosas que se olvidaron por completo en aquel húmedo momento.

    Él la cargo y llevo hasta el sofá acostándola cómodamente con sus brazos fuertes, se abalanzo sobre ella para seguir disfrutándola, sus manos empezaron a recorrer su cuerpo mientras Ana sentía que volaba de placer, sus manos también empezaron a tocarlo y a quitarle su camiseta para tocar y sentir el torso y los brazos que en silencio había observado momentos antes.

    La ansiedad y desesperación los consumían. Él se sentó y la tomo de la cintura para sentarla sobre el abierta de piernas, le acariciaba los pechos y los besaba por encima del vestido, Ana se bajó el vestido ofreciéndole sus senos cubiertos por ese lindo brasier de encajes y él al observar esos pechos tan lindos con esos pezones oscuros y erectos como perillas de sintonizar una radio antigua, se los comía a besos, no se atrevía a quitarle el brasier, pero si a bajárselo un poco hasta se empezara a ver sus aureolas, unos senos tan hermosos cubiertos por una lencería así hay que disfrutarlos lentamente le dijo a Ana, a lo que ella respondió que era la primera vez que alguien le decía algo así.

    Los acariciaba con su lengua y los besaba para el completo placer de Ana que recibía unas caricias que deseo recibir toda su vida, hasta que ella misma se desabrocho el brasier y lo dejo caer, mientras acariciaba uno se comía el otro para luego cambiar y no dejar ni un centímetro de piel sin besar, se comía sus pezones con intensidad y Ana sentía que hervía su sangre, nunca se había sentido así.

    Luego de varios minutos de besos apasionados y de probar sus senos, la ropa se hizo completamente innecesaria y cayó en el piso dejando sus cuerpos desnudos a merced del placer, ella se acostó invitándolo a poseerla, él empezó a besarla desde sus pies, subiendo lentamente por sus piernas, mientras que Ana extasiada no podía pronunciar palabra, él iba acariciando y luego besando cada parte de ella hasta llegar a su vagina húmeda, depilada y que pedía a gritos atención cariño y pasión, al probar su sabor no pudo evitar quedarse ahí, acariciando sus labios con su lengua, queriendo secar su humedad inútilmente debido a que Ana era un manantial desbordado, lamia y chupaba su vagina, desde abajo hasta su clítoris acelerando su respiración y haciéndola retorcer de placer.

    Un placer que no había descubierto hasta entonces, sus manos acariciaban su cabello y tomándolo de la cabeza lo guiaba a las zonas donde quería caricias.

    Luego de un rato de jugueteo Manuel estaba listo para tenerla, solo que Ana quería también hacerlo sentir en las nubes, aunque un poco de menor estatura y peso, lo empujo haciéndolo caer en el sofá y dejándose caer sobre él, robándole un beso y bajando por su torso besando y tocándolo hasta llegar a donde más quería.

    Tomó su miembro son sus manos masturbándolo un poco para luego enseñarle lo que podía hacer con su boca, acarició primero la punta con su lengua y luego de unos besos, procedió a devorarlo lentamente, sintiendo su dureza, su vigor y el efecto que ella causaba en él.

    Aquel hombre fuerte estaba completamente vulnerable ante el sexo oral que Ana le estaba proporcionando, era tanto el placer que mantenía los ojos cerrados durante los primeros minutos, luego al abrirlos veía la expresión en el rostro de aquella mujer que tenía todo su miembro en su boca saboreándolo como un helado, se veía tan hermosa cuando lo miraba de frente teniendo la boca llena, él jugaba con su cabello y sus argollas mientras ella con sus movimientos hacia que entrara y saliera de su boca.

    Era un momento glorioso pero era solo el comienzo de algo mejor.

    Manuel volvió a tomar el control y la acostó y dándole una última caricia de lengua en su vagina para ir subiendo, acariciando también su ombligo y vientre, llegando de nuevo a sus senos y por ultimo a su boca, rozaba su vagina con su miembro al natural, la rozaba torturando a Ana al no penetrarla aun quería volverla loca de deseo hasta que ella se lo pida y no hizo falta esperar tanto.

    Aquella mujer que se consideraba algo tímida y reservada en la intimidad, tomo con sus manos el miembro de Manuel y rodeándolo con sus piernas lo ayudo a penetrarla, de un solo movimiento él la embistió llegando a penetrarla completamente, ayudado por el candado que formaban las piernas de Ana que gemía de placer desde que la punta del miembro de Manuel empezó a abrirse camino.

    Manuel sentía un calor, humedad y presión tan ricos que no dejaba de moverse entrando y saliendo de la vagina de Ana con fuerza suficiente para hacerla sentir mujer pero no la suficiente para hacerle daño, esos movimientos de vaivén se mezclaban con besos muy profundos y caricias en sus senos. Ana por su lado acariciaba y rasguñaba aferrándose a su espalda como deseando que el momento no termine nunca.

    En un hábil movimiento, Ana puso sus piernas en los hombros de Manuel para que la posea en una posición donde no quedara nada de su cuerpo fuera del de ella, como si la anterior no hubiera sido así, sus cuerpos chocaban con cada entrada, se oían chasquidos por la humedad que se desbordaba.

    Manuel nunca había tenido una mujer tan entregada y apasionada, quería que ella lo supiera dándole el mayor placer posible y combinando sus movimientos empezó a acariciar su clítoris con sus dedos haciendo que Ana tenga un orgasmo que seguramente hasta el día de hoy recuerda, pero sus ganas seguían presentes, no querían descansar ni un momento, tenían una forma de besarse única y nueva para ambos, sus lenguas se enredaban en caricias y roces deliciosos mientras sus labios muy abiertos se apretaban mutuamente.

    Al notar que Ana tenía un espejo en la sala, Manuel salió de su cuerpo y se acostó invitándola a que ella lo cabalgue, ella aceptó gustosa no sin antes darle una chupada rápida a su miembro, se sentó sobre el abierta de piernas y al igual que él la torturó solo con roces hace unos momentos. Ella hizo lo mismo, tomó su miembro y solo rozaba su vagina con él, hacia amagues de penetrarse pero lo evitaba a último momento mezclando la sensación de desesperación, de placer con el brote de más y más fluido de su vagina, a lo que Manuel la tomo de la cintura y la ubico, ella ya no quería placer a medias, por lo que se dejó caer quedando penetrada hasta el fondo.

    Sus gemidos se hacían más intensos y sentidos, a Manuel quería que Ana sienta con él lo que no había sentido en mucho tiempo o nunca, sus movimientos de cadera lo enloquecían, quizá ella misma no sabía que podía dar tanto placer, por momentos subía y bajaba mientras él la sujetaba de la cintura, luego se movía de adelante hacia atrás y en otras en círculo, sin dejar que el miembro de Manuel se saliera de su vagina, era su dueña, lo poseía a placer, él quiso dejarla llevar el ritmo, que se sintiera su dueña, su reina, su hembra y por qué no? Hasta su puta.

    Le encantaba ver como se balanceaban sus senos en cada sentón que se daba Ana mientras jugaba con su cabello suelto y libre, sus argollas se movían a su ritmo brillando con destellos plateados, cuando ella se apoyaba con sus manos en su pecho el solo la sostenía para que quedara libre de mover sus caderas, ahora era él quien veía todo en cámara lenta, acariciaba y apretaba sus senos y la tomo de las manos trayéndola hacia él para besarla con la misma pasión del primer beso.

    Ana perdía el aliento con cada beso profundo que le daba en sus mejillas se podía observar el movimiento que Manuel le daba a su lengua por dentro de la boca de Ana mientras le daba movimientos de mete y saca cada vez más rápidos. Ana se levantó del beso mareada de placer pero sabiendo que quería probar más sensaciones, sin dejar que el miembro de Manuel saliera de su vagina se dio la vuelta dándole la espalda y recargándose hacia adelante.

    Los movimientos eran más suaves y lentos, pero la sensación que tenía de sentir el miembro de su herrero en otro ángulo de su vagina le hacían sentir cosas nuevas para ella. Manuel solo la nalgueaba mientras observaba como los gruesos y hermosos labios vaginales de Ana lo atrapaban por completo, viendo como le dejaba su miembro empapado cada vez que subía y como se lo devoraba cada vez que bajaba.

    La ayudó a levantarse para hacerlo en otra posición, tomándose un descanso, ella se sentó abierta de piernas sobre él, estando ambos sentados frente a frente con besos y chupadas de labio se decían mutuamente que se sentían como nunca, que era algo raro por ser apenas conocidos pero que no se arrepentía de nada, entre más besos y miradas fulminantes Ana sintió deseos de seguir y acariciando su miembro lo invito a continuar aquel caluroso y húmedo encuentro.

    Manuel le dijo que con el viviría cosas que jamás vivió, a lo que ella le respondió… más??? Entre risas y besos la llevo frente al espejo, mira que hermosa te ves desnuda, ella respondió que hacía mucho tiempo que no se admiraba frente al espejo, le respondió diciéndole, me encanto la ropa íntima que tenías, no te duró mucho tiempo, pero me encanto verte así, le decía al oído a la vez que acariciaba sus dos senos y la rozaba con su miembro desde atrás.

    Ella volteó para besarlo a lo que él no desperdició la oportunidad de comerse sus labios una vez más, me encantan tus besos, tus caricias, tus movimientos de cadera Ana y a mí la fuerza con que me tomas le dijo con ojos cerrados y labios buscando los suyos. Una mano de Manuel bajo para acariciar y frotar su clítoris. Al escuchar sus gemidos y sentir como se retorcía el cuerpo de Ana empezó a jugar un poco más profundo metiendo sus dedos en su vagina, ummmm dijo Ana entre suspiros, dime que más te gusta de mí, dímelo en al oído.

    Manuel pensando en lo que haría para hacer que el encuentro sea más memorable aun le decía: Tu entrega, tu intensidad sin dejar de ser femenina, la forma en que te vestiste y arreglaste para mi, tu cabello suelto, lo sensual que luces con esas argollas. Ella sin dejar de jadear y de sentir el miembro de Manuel rozando sus labios le dijo: Te gusta cómo me quedan? Las tuve guardadas por años, a lo que él le respondió, úsalas siempre que quieras seducir a un hombre y ella le dijo, pudiera seducirte siempre a ti?

    Por mí no te las quites nunca le dijo él besándola en el cuello y haciéndola un poco hacia adelante .Al ver su vagina hinchada, empapada y ardiendo la tomo de la cintura y la penetro lentamente mientras ella miraba en el espejo el espectáculo de sexo que estaban viviendo. Sin embargo, después de unos pocos movimientos se separó de ella y solo la rozaba tratando de empapar su miembro con sus fluidos con un propósito que ella aun desconocía, una mujer que siempre tuvo un sexo clásico sin muchas variantes estaba por conocer algo que Manuel conocía solo en teoría con el nombre de los cuatro puntos del placer.

    Sigue Manuel, sigue, rogó Ana, a lo que él la trajo de nuevo hacia el estando ella aun de espaldas y le dijo al oído, dame un beso especial porque no te voy a poder besar en un buen rato, a lo que ella obedeció abriendo sus labios para encontrarse con los de Manuel y luego de sentir el roce de su lengua, sintió también un roce nuevo para ella, desconocido hasta ese momento, esa sensación la hizo cortar el beso y mirarlo fijamente. Una mirada tan expresiva que hizo a entender a Manuel que podía hacer lo que él quisiera con ella.

    Al entenderlo y tener su aprobación, la rodeo por la cintura y retrocediendo unos pasos se sentó en una esquina del sofá, la tomó de la cintura y la trajo hacia él, acomodándola como todo un caballero ante el halago de su permisividad, colocando su miembro en un lugar nuevo para ella, que aunque con nervios, pero con determinación de sentir y vivir se sentó lentamente quedando penetrada por ese nuevo lugar. Sintió placer, también dolor pero no el suficiente como para detenerse, quedando sentada sobre su herrero quien en agradecimiento por ser el primero en descubrir esa parte de ella empezó a moverse muy lentamente mientras el cuerpo de Ana se acostumbraba a esa nueva experiencia.

    Ella se recostó de su torso retorciéndose de placer, mientras él le decía al oído que era solo una de las cosas que quería enseñarle, con sus grandes manos acariciaba su cintura y deslizando una de ellas hasta su vagina la acariciaba sin dejar nada sin tocar, estimulaba si clítoris haciendo que ella suspirara más fuerte aun, con su otra mano acariciaba suavemente sus senos y pezones que se mantenían paraditos y a punto de reventar.

    Solo faltaba algo para darle a Ana todo el placer que él podía darle y llego cuando Ana volteo su cara hacia el dándose un beso apasionado pero no lujurioso, aquel momento de entrega no eran dos cuerpos unidos, era algo más, parecía que ambos habían encontrado lo que por años habían buscado y lo habían encontrado de la manera más loca.

    Luego de tanta estimulación, Ana quería que el final de ese encuentro sea frente a frente, por lo que delicadamente se separó, y sin dejar que Manuel se levante se sentó sobre él, penetrándose ella misma con una confianza increíble y así entre miradas, besos interminables y movimientos de cadera, tocaron el cielo tomados de la mano y dejando mojado el sofá de tanto placer, ella recordó que era hermosa y que podía sentir.

    Manuel sabía que había encontrado mucho más que una cliente y los vecinos escucharían muy seguido el ruido de la amoladora saliendo de la casa de Ana.

  • Mi vecino favorito (Parte III)

    Mi vecino favorito (Parte III)

    Haciendo uso de las llaves de mi querido vecino entré en su departamento, rápidamente busqué su ropa sucia y encontré mi botín, dos boxers, uno blanco y otro azul, los guardé en mis bolsillos, y así como entré me dispuse a salir, pero para mi desgracia cuando estaba a punto de hacerlo entró Antonio.

    -¡Oh! Que sorpresa, que grata sorpresa. No me malinterpretes, me encanta tenerte aquí, pero ¿qué haces? -me dijo, realmente sorprendido y encantado.

    Sentí que me ruborizaba hasta los huesos y respondí lo más calmada que pude.

    -Qué pena contigo Antonio, espero no te moleste que haya entrado así, lo que pasa es que se me había olvidado completamente que tenía tu camisa y pasé a dejártela, no sabía cuánto te ibas a tardar y ya estoy por irme a dormir, así que aproveché y vine a dejarla.

    Sabía perfectamente que esa respuesta era algo inverosímil, sin embargo pareció aceptarla cuando vio la camisa en la mesa, gracias a los dioses se me ocurrió llevarla.

    -No vecina, no te preocupes, fue grato volver a verte este día y un placer prestarte mi camisa.

    -Me alegra escuchar eso, muchísimas gracias por la camisa, me sacaste de un apuro, ya tengo que volver a mi departamento, espero que tengas muy buenas noches.

    -Claro que la tendré y espero que tú también -me dijo mientras pasaba su mano por mi abdomen, tomaba mi cintura y me daba un beso en la mejilla.

    Eso solo me dejó con ganas de que llegara la hora de tenerlo manoseándome, a su disposición y lo único que pude hacer fue irme sin decir nada más.

    Pasé el resto de la noche mojada solo por mi imaginación y los recuerdos de sus caricias. Esa noche en particular fue muy calurosa, tanto que decidí no usar sábanas, así que estaba en mi cama, desnuda, sin que nada me cubriera, deseando escuchar que se abriera la puerta.

    No tuve que esperar mucho, esta vez llego algo más temprano, cuando escuché que se abría la puerta de la entrada, me puse boca abajo, y abrí las piernas lo más que pude, esa, sin duda, fue una pose muy exagerada como para alguien que estuviera durmiendo, pero no me importó.

    Antonio entró, tocó mis piernas, desde los pies hasta el culo y del culo hasta los pies, varias veces, para mi sorpresa tomo uno de mis pies y lo lamió, fue casi como reverencial, de igual forma hizo con el otro. Paso un dedo por mi raja -mmmm vecinita, estás húmeda -susurró.

    Ahora lo que pasó por mi raja fue su lengua, lamió y saboreó todos mis jugos. Luego sentí su verga en la entrada de mi vagina, y fue presionando poco a poco, fue entrando muy lento, deliciosamente lento, entraba y salía muy despacio, me estaba volviendo loca, cuando estaba a punto de gritar de placer se salió, ahora unió mis piernas, fue hasta los pies, los puso juntos y en medio puso su gran verga, se pajeo con ellos hasta que eyaculo su espesa y caliente leche. Como de costumbre, limpio cuidadosamente y se fue.

    Quede tan caliente y con ganas de más verga que tome uno de sus boxers y lo restregué en mi coño, lo fui metiendo poco a poco en la vagina, cuando tuve una buena parte dentro solo fue tocar un poco mi clítoris para venirme muy deliciosamente.

    Cuando llegué al trabajo, al día siguiente, mi jefe me recibió con la noticia de que necesitaba que viajara hasta otra ciudad casi que de inmediato y que debía quedarme allá por lo menos un mes.

    Por la noche ya me encontraba viajando, me necesitaban urgentemente dado que la empresa estaba en la transición de abrir una nueva sede y la persona que se encargaba de mi área no había podido seguir al frente, gracias a eso ahora yo tenía que hacer su trabajo en la nueva sede, más el trabajo de la sede en la que estaba asignada, sin mencionar que ya no tendría los encuentros nocturnos con mi vecino favorito.

    Finalmente ese mes se convirtió en cuatro, hubo muchos contratiempos y cosas que arreglar, fue un tiempo agotador, tan solo trabajaba y dormía, fue una alegría cuando me dijeron que podía volver, esperaba que Antonio siguiera allí con ganas de usar mis llaves nuevamente. Llegue al departamento y me puse a revisar la correspondencia, mi alegría duro poco, me habían enviado una invitación para el matrimonio de mi querida prima y el estúpido de mi ex, no lo podía creer, no podía creer que se fueran a casar y mucho menos que me hubieran enviado una invitación.

    Totalmente indignada llame a mi mamá, ella me confirmó el matrimonio y me dijo el motivo: esos tontos iban a tener un hijo, ella ya tenía 6 meses de embarazo, no me lo había dicho para evitarme un disgusto ¡ja!

    Me hervía la sangre, en ese momento los quería matar y también quería follar duro, muy duro.

  • Mi prima se viste de novia (Capítulo 20)

    Mi prima se viste de novia (Capítulo 20)

    Había llegado, entonces, el momento de aprender.

    De todos los posibles pensamientos que podrían estar recorriendo por mi mente en ese instante, el que en verdad se me cruzó, estoy seguro, no lo podría adivinar ni la persona más flashera que pueda estar leyendo esto.

    Mientras caminábamos de la mano con la rubiecita hacia el cuarto, no podía dejar de pensar en si había tirado los preservativos de la fiesta, o si estarían todavía sobre la cama. Con restos de semen que mi prima no había comido. Con restos de semen del papá de la piba.

    Me sumaba una cuota de morbo que los vea, pero tampoco quería espantarla al primer paso.

    Luego pensé seriamente en si los de mantenimiento del barco se escondían todo el día detrás de una columna, espiando cuál criaturas mitológicas, agitando los dedos de sus manos, para no desaprovechar segundo alguno del camarote vacío para meterse y limpiarlo rápidamente. Como si sufrirían una especie de abstinencia a la atención al cliente. Porque, para mi fortuna, al entrar, el cuarto estaba impecable.

    Todo limpio, ordenado y el aroma a lavanda que ambientaba perfectamente a lo que ocurriría en unos instantes.

    Julia estaba acostada y cuando me vio entrar con su frutillita, se levantó de prisa y nos fue a saludar. Aunque le había avisado por mensaje lo que había charlado con Lihuén, se había quitado el vestido que tan lindo le quedaba, para ponerse un pijama. Quería aparentar más informal. Lo entendía.

    Sabíamos ella y yo que hasta el pijama le quedaba hermoso. Salvo cuando lo usaba para que no le manosee la cola, claro está. Pero esa etapa ya había quedado muy atrás.

    -Quiere aprender a chupar pija. – le dije a mi prima, luego de presentarlas. – Le dije que eras flor de petera y la ibas a ayudar. – continué luego, guiñándole un ojo a ambas. – La mejor maestra, para la mejor alumna. – tiré al final. Para ver si lograba que vayan entrando en confianza.

    Era difícil. También lógico. La rubiecita sólo sonreía nerviosa a mis comentarios. Y mi prima no ayudaba. Le recorría el cuerpo con la mirada, como si iría a devorarla. Con la yema de los dedos le tocaba la tela de la pollerita y le olía el pelo, sin decirle nada.

    La sonrisa de Lihuén ahora me sonaba a miedo. Pero quién mierda me creía yo como para andar adivinando lo que expresa un rostro femenino, mientras otro rostro femenino amenaza con lamerla entera, como al más rico de los helados.

    -Y concha también. – agregó la brasilera. – Si no es mucha molestia.-dijo luego, simulando una intención de no faltarle el respeto a la profe.

    Julia le sonrió rompiendo el personaje. El comentario le había resultado tan espontaneo que no pudo contener la risa. Pero aunque se estaba rompiendo el hielo de a poco, todavía las seguía notando un poco tensas, por lo que les dije que iba a buscar cervezas y que ya volvía. Que charlen un poco y entren en confianza. Que no tardaba mucho, pero cuando regresara quería que la pendeja ya sepa, al menos, cómo poner los labios alrededor del tronco.

    Era verdad que nunca antes había estado en una situación similar, y era normal sentir un poco de incomodidad, pero de eso se trata salir de la zona de confort. Y dar el salto, era magnífico.

    “Todo aquel que sea vencido por el terror de saltar, jamás conocerá, siquiera, la magnífica experiencia de una caída libre, ni el suave vuelo de un paracaídas” recordé de un viejo libro de Richard Bach, que en algún tiempo había leído.

    Repetí esa frase como un mantra y fui, entonces, a buscar las birras. Preocupado más por la incomodidad de las chicas, que la mía.

    No recibí ni un “pero” cuándo pedí seis birras en una sola barra. Me las dieron como si oliesen mi necesidad. Al regresar al cuarto, en cambio, recibí como cien, a penas abrí la puerta. Pero por suerte, todos esos “peros” venían de mi mente y eran de los buenos: pero cómo puede ser, pero quién carajos me creía que era, pero por qué tanto miedo, pero por qué no me esperaron.

    Percibí, también, que el olor a lavanda se había esfumado. Ahora reinaba el olor a concha.

    Las niñas no sólo habían entrado en confianza, sino que ya se chapaban y se metían mano, acostadas una al lado de la otra. La que más manoteaba era Julia, subía y bajaba su mano por el muslo de la brasilera de una manera tan sensual, que hasta me erizaba los pelos de mi propia piel. La pendeja, a su vez, estaba más dedicada a lamerle el cuello a mi prima y a penas rozarle las tetas con los dedos, casi disimuladamente. Se dieron cuenta de mi presencia sólo por el portazo.

    -¡Ah! ¿Volvías, Rodri? – me preguntó July, para molestarme.

    Le respondí tirándole una latita, pero esta vez no la agarró al boleo, como siempre. Simplemente la siguió con la mirada y ni se gastó en intentar agarrarla.

    -No sabía que querías un pedacito de postre vos también. – me dijo, cuando la lata se estampo contra el piso. Ambas se echaron a reír de una forma tan cómplice que me relajó por completo. – ¡Presentanos el pito, entonces! -me indicó luego. Para dejarme bien en claro que, acá, la profesora, era ella.

    Ni diez segundos tardé en quedar desnudo, con la chota parada como solo podía dejarla la voz de mi prima. Las chicas se pusieron de pie y luego se arrodillaron una a cada lado de mi pija. La rubiecita era la primera vez que veía un pene y no podía dejar de mirarlo. Pero Julia le cortó el mambo: me agarró una mano y la otra se la dio a ella. Estiró mi dedo del medio y se lo puso en la boca.

    -Vamos a practicar con esto. – le dijo cuando lo retiró. – Ponelo en la boca, apretá los labios y succioná un poquito. Después seguime a mí. Tranquila y sin miedo. Que bien chupapija vas a salir de acá. – le anticipó al final.

    Lihuén lo hizo de inmediato. Y aunque me chupaba el dedo de una manera un poco torpe, más por la excitación que por la complejidad, me hacía latir la poronga de una forma espectacular. Julia llevó el dedo medio de mi otra mano hacia sus labios e hizo lo mismo.

    Allí me encontraba yo, con las manos abiertas y los brazos estirados, cuál cristo hablando con sus apóstoles. Pero en vez de escucharme, metían y sacaban mis dedos de sus bocas. Una sensación increíblemente celestial.

    -Después lamele los bordes. Aunque te tientes a metértelo de nuevo a la boca, pegale una buena lamída. – le dijo -Y no te olvides la punta. Lengueteale un poco la punta también. Con respeto, que de ahí sale todo el gustito y el olor.

    Julia lo hizo y la rubia la siguió. Le aconsejó que no use tanto las manos, y que me mire, que eso me volvía loco. Que después vuelva a succionarlo un poquito, pero que después vuelva a lamer. Que me haga desear un poco el que me chupe el “dedo”. Y que disfrute del dedito con los labios y la lengua, que no use los dientes y que, de vez en cuando, trate de abrir la boca más grande, para que le llegue al fondo. Que lo haga despacio, que la garganta se iba a ir acostumbrando de a poco.

    -Al principio vas a tener que actuar, pero hablale también. Que le encanta. – le explicó al ratito. – Después te va a salir naturalmente, porque no hay nada más lindo en la vida que chupar un pito. ¿Te gusta, Rodri? Como le enseña tu prima a petear a la piba. ¿Te gusta? – me preguntó después. Como para darle un ejemplo. – Maestra en chupapija, resultó ser tu prima.

    -¿Y yo cómo voy? ¿Chupo bien o chupo mal? – dijo Lihuén al unísono, como para practicar.

    Le dije que venía bárbaro. Y cuando me estaba empezando a acostumbrar al placer de tener dos lenguas de putitas casi en la palma de las manos, mi prima le dijo que era hora de probar con la pija.

    Julia sacó un preservativo de las tetas y comenzó a ponérmelo con la boca. Con esa mirada de puta barata que me devoraba la cabeza.

    -Toda tuya. – le dijo luego.-Que donde come una, comen dos.

    La rubia acercó su cara y pudo al fin inspeccionarla bien. Prestarle atención a todos los detalles de una verga, que por primera vez tenía enfrente. Las arrugas, las venas marcadas y hasta la piel del glande. La olió dos o tres veces y con un poco de duda y con carita de asco, se la metió, lentamente, en la boca. A los pocos segundos cerró los ojos, se rindió al placer y comenzó a chuparla, siguiendo los consejos que recién había recibido.

    Mi mente estaba volando de calentura. La pendeja aprendía rápido. Mi prima se quedó mirando bien cerquita cómo otra mujer me comía la pija y la perversión se iba adueñando de ella también. Unos minutos después tomó a la rubiecita de la mandíbula, la piba abrió los ojos y entendió, al toque, que ahora quería chuparla un poquito ella.

    Y así estuve un buen tiempo más. Me mamaban la verga, un rato cada una. Y era sensacional.

    La piba me apretaba la pija con los labios, cada vez mejor. Y cada vez se la intentaba meter más adentro. Sentir cómo una bebía la saliva de la otra cuando intercambiaban y me la dejaban chorreando, era un disparo que daba justo en el blanco del deseo.

    Luego, al ver que Lihuén ya había aprendido bastante, le dejó la chota para ella sola y me comenzó a lamer las bolas. Al menos por un momento, porque luego se fue a mis nalgas.

    Tener una lengua en la pija y otra en el ano, era, sin lugar a dudas, otra experiencia celestial. Y como sus respectivas calenturas también iban en aumento, cada vez me lamían mejor.

    La pendeja ahora jugaba con mi glande. Parecía que su lengua quisiese penetrarme la uretra, mientras la de mi prima quisiese penetrarme el orto. Yo estaba que explotaba. El calor de la baba se me escurría por las piernas, venían de todos lados de mi cuerpo y parecía que me estaban bañando con su saliva. Mientras ellas parecían poseídas por comer un pedazo más de mí.

    Disfruté de sus boquitas todo lo que más pude, pero al rato tuve que interrumpirlas porque no quería acabar. Aunque estaba sintiendo el placer de mi vida, todavía faltaba más. Mucho más.

    -¿Aprobé, profe? – me preguntó la piba, cuando sutilmente le saqué el pito de la boca.

    -El examen oral estuvo para un diez – le contestó Julia, todavía lamiéndome el culo, casi ofendida porque me había preguntado a mí. Y, acá, la maestra, era ella.

    Lihuén aplaudió y celebró con felicidad, como si realmente estaría esperando una nota.

    -Ahora te toca a vos, Rodri. – me indicó mi prima. – Ahora te toca a vos enseñarme a comer una concha.

    Le dije a la rubia que se ponga de pie y empecé a desvestirla. Me encantaba desnudar poco a poco a una piba que me iba a coger por primera vez. Descubrir de a poco su cuerpo, sólo me hacía aumentar el deseo de hacerle cosas sucias. Pero cuando le quité la pollera y le vi la bombacha de Hello Kiity que pronto iría a mi colección, me volví loco. De un rosa tan inocente, decorada con puntitos blancos y una estampa de la gatita en la concha, que sin dudas iba a juego con su almejita virgen. Estaba mojada de una forma tan sensual, tan artística, que no dude en pedirle permiso y tomarle una foto con el celular.

    “La vagina de su hija ya está lista para iniciar la vida sexual” le agregué al mensaje que le envié al papa, junto a la foto. “La boca ya no la tiene virgen” le agregué en otro, sólo para aumentar el morbo en mi cabeza.

    Luego se la quité, la acosté sobre la cama y le abrí las piernas. No pude evitar pensar en que la conchita que tenía enfrente, valía 20 lucas verdes. Sólo por la vista. Ni que el cuerpo de mi prima valía casi otras veinte más. Pero ese dinero incluía hasta romperle el culo.

    Loco por la almeja que chorreaba jugo virginal de la piba que estaba despatarrada, acostada en la cama, me tiré sin permiso a chupársela. Le lamí los labios mayores, luego los menores, intenté penetrarla con la lengua, pero no pude. Pero mucho, a decir verdad, no intenté. Tampoco le quería quitar el honor a mi pija de penetrarla por primera vez. Entonces me dediqué a lengüetearle el clítoris, mientras la pendeja parecía entrar en convulsiones cada vez que se lo rozaba, siquiera. Gemía de una forma tan insegura, que me excitaba todavía más. Y seguía largando fluidos que me llenaban la boca. Tenían un sabor a inocencia y dulzura como jamás le había sentido a una concha. Era simplemente hermoso. Un platillo al dente, preparado por el mejor chef del universo, que se tenía que comer de a bocados pequeños.

    Lihuén tomó mi cabeza con sus manos y estiró su espalda a más no poder, unos segundos después. Casi llorando por haber tenido el primer orgasmo que le había dado un hombre de verdad. Al quitar la cara de su entrepierna, vi que mi prima también había tenido uno masturbándose a mi lado, esclavizada por la escena que había visto en primer plano.

    -No me explicaste nada. – me reprochó – Igual creo que aprendí. – aclaró luego. Y se dispuso a comerle la concha a la piba. Ahora le tocaba, a ella, hacer algo por primera vez.

    Sigo hasta el día de hoy intentando encontrar las palabras correctas para poder describirles lo que sentía en ese momento. Ver a mi prima besarle los muslos, dejárselos ensalivados por algún que otro lengüetazo que se le escapaba, formando un camino hacia la empanadita que se iba a comer, era sublime. La pendeja que había acabado hacía un ratito nomás, ya pedía lengua otra vez. Desesperada por la aventura. Por la sensación de poder, al tener la concha chupada. Por la idea de que, esta vez, se la iba a chupar otra mina. Y la cara de mi prima, a la vez, mezclando la curiosidad y el deseo desesperado por chuparse una vagina, me taladraban el cerebro, en silencio. Sólo acompañado con sonidos de besos y chupones, que sonaban como una ópera perfectamente compuesta para coger un rato, en secreto, con alguien indebido. Con alguien tan prohibido, que asustaba un poco.

    No pude evitar tomar otra foto. Esta tenía la cabeza de mi prima tapándole la concha virgen, la pendeja en tetas, arqueando su cintura para recibir más y más placer. Logré tomarla justo cuando su rostro disfrutaba de un nuevo orgasmo. Como era ideal para aumentar el morbo sin mostrar nada, también se la mande al papá.

    “La etapa de lubricación ha sido exitosa”, le puse para acompañar la imagen. “Y su nena se nota contenta”, agregué. Para que no se detenga solamente en mirarle la concha tapada y le dedique atención a la carita de perrita en celo que tenía su hija, mientras le chupaban la almejita.

    Incluso con la conchita recién acabada, mi prima no podía dejar de chupar y tragarse todo el jugo que seguía largando la pendeja. La ópera, ahora recibía un coro de gemidos que hasta ni desafinaban y parecían ir a ritmo. Cuando finalmente la soltó, recibí otra postal para mi recuerdo: la cara de Julia, brillante y con gusto a concha, quedó para siempre en mi retina.

    Sin decir ni una palabra, se acostó boca arriba, se quitó el pijama y la bombacha de un tirón, quedando desnuda al lado de Lihuén, para pajearse y dejar de aguantar la calentura que todos sabíamos que le llegaba hasta la punta de sus pies.

    -Quiero probar yo también. – dijo la rubia cuando volvió a sí misma. Y también, sin decir nada más, puso su cabeza en la conchita de mi prima y se la empezó a mamar.

    Exactamente al segundo lengüetazo que dio la rubia sobre su clítoris, mi prima gritó como nunca para dejar salir a su orgasmo en plenitud. La piba, en cambio, se la siguió mamando. De una forma tan sexy que no podía creer que lo haya aprendido en unos minutos y esta vez, sin clase, ni consejo alguno. Ahora las dos tenían la cara brillante de tanto jugo de concha que habían comido.

    Por mi parte, yo no daba más. No podía ni siquiera amagar a tocarme la pija, por miedo a acabar. El simple apretón que me daba el forro amenazaba con ser un estímulo suficiente como para sacarme la leche. Pero no podía. Porque ahora me tocaba a mí cumplir el objetivo.

    La primer palabra que quise emitir, no salió. La segunda tampoco. Recién la tercera se entendió, a medias.

    -Es mi turno, ahora, de cumplir mi fantasía – dije al rato, todavía haciendo esfuerzo.

    Ellas, en cambio, hacían esfuerzo para respirar. Y se reían por lo caliente que me habían dejado. Se acariciaban sus rostros tan sutilmente, que parecían amarse desde hacía años. Se ensuciaban los dedos con sus propios flujos, que se resistían a secarse del todo en las mejillas de la otra. Y yo sabía, encima, que me tocaba desvirgarle el orto.

    La piba puso una cara de duda y me hizo acordar al gesto de mi prima, cuando supo, también, que le tocaba entregar el ojete. Pero la pendeja se resignó más fácil y se puso en cuatro, sin decir nada. Julia entendió lo que venía y también entendió el rostro de preocupación de Lihuén.

    -Quedate tranquila. Es un genio haciendo la cola. – le dijo, para calmarle los nervios. – Yo también tenía miedo, al principio. – agregó para terminar de convencerla. Se moría de ganas de verme culeando esa colita hermosa que tenía la rubia. -A mí me la desvirgó él y ahora soy yo la que le pido. Te va a hacer el culo re bien. Es un genio haciendo el culo. – le repitió -Vas a ver. – la desafió al final.

    La pendeja puso sus tetas sobre el colchón y levantó más la cola. Para que entienda que tenía vía libre. Julia, en cambio, se paró detrás de mí cuando me acerqué a la cama, para puntearle el ano a la pibita. No se quería perder nada y desde atrás podía ver todo, bien de cerquita y desde mi punto de vista.

    Lo recorrí con mis manos por toda la raya, le presioné un dedo en la entrada del ano, pero me contuve de metérselo. Al notarlo tan rosado y tan cerradito, tan apretado entre las nalgas pomposas, redondas y firmes de la pibita, le tomé otra foto antes de puntearlo otra vez. Cuidando siempre que no se le vea la empanadita. Para agregarle más morbosidad, le pedí que se abra, ella misma, los cachetes del culo.

    “Sin costo alguno le envío la última foto del ano virgen de su hija. La virginidad de la vagina la perderá luego de perder la de su cola”, le agregué esta vez. Mi prima leyó el mensaje junto al culito totalmente entregado de la imagen y volvió a tocarse la concha. Su excitación siguió aumentando cuando me pidió el celular y leyó el resto de los mensajes.

    “Si la nena mañana no puede caminar bien, no debe preocuparse”, le escribió, esta vez, mi prima.

    Cuando le apreté un poco el esfínter con la punta de la pija, volví a frenarme. Había recordado mi colección de bombachas y le dije que vaya a ponerse la suya. Que le iba a hacer la cola con la bombachita puesta, porque después me la iba a quedar de recuerdo.

    Lo hizo al instante y a los dos minutos la piba ya estaba en la misma posición. Esta vez le dilaté el esfínter un poco más. Ahora con la bombacha estirada a un costado y con más fuerza.

    -Ay. Ay. – repitió la rubia. – Seguí. Seguí. – repitió después. Cuando la cabeza ya le había entrado perfectamente.

    De tanta calentura que tenía recorriendo mis venas, no pude aguantar más las ganas de sentirle el culo abrazarme la pija entera. Cuidando de lastimarla lo menos posible, se la clavé de una. Y para no eyacular, se la dejé quieta. Lihuén lloraba apenas, gritaba y gemía mientras me seguía pidiendo que no pare. Que le dolía, pero que le estaba gustando.

    El calorcito de otro culito virgen parecía ir deshilachando las neuronas de mi cerebro una a una. Sentir ese ano tan nuevito apretarme la totalidad de mi verga, ese roce tan particular que me ofrecía el intestino mientras la chota se deslizaba, centímetro a centímetro, hacia el fondo de su interior, me quitaba el aliento. Y cuando comencé a meterla y sacarla, primero despacio y luego con más fuerza y rapidez, acabé tanta leche que pensé que me deshidrataba.

    -Ayy. Ayy. Si. Si. Si. – exclamó la rubia al sentir los espasmos de la pija adentro del culo.

    Esta vez me tocó a mí pegar un grito de placer. El detalle final lo dio el hecho de ver desaparecer del todo las arrugas de su ano. Pero aún sin leche en las pelotas seguí moviéndome dentro del orto de la rubiecita, casi por instinto. Como un reflejo inconsciente que no me dejaba parar de culearle la colita recién hecha.

    El placer puro me invadió por completo y al segundo caí rendido sobre la cama. Realmente me temblaban las piernas del orgasmo que las chicas me habían dado. Y todavía faltaba. Mierda que faltaba.

    Casi a los empujones, bien a lo bruto, mi prima me dio vuelta para que quede boca arriba. Como si no pudiese contenerse, se mandó la pija recién acabada a la boca, con el forro repleto de sabor del culito recién desvirgado, todavía puesto. Recién al ver que el preservativo estaba transparente, como nuevo, lo retiró cuidadosamente de la chota, lo estiró y abrió la boca para que el semen le caiga en la lengua.

    -¿Querés probar la leche? – le preguntó a la piba, antes de soltar los dedos que apretaban la entrada del forro. Deseando que le diga que no. Mi prima era muy buena persona, pero, de ser posible, prefería comerse siempre la chele ella solita.

    Lihuén puso cara de asco. Otra vez. No sé si estaba todavía preparada para eso. Por supuesto que estaba más que lista para comerse una corrida, pero directamente del forro recién salido del culo, me hacía dudar un poco.

    Julia sintió lo mismo y no volvió a preguntarle. Simplemente dejo escurrir el chorro de leche pegajosa, poco a poco, sobre su lengua. Cuando supo que estaba vacío, cerró la boca y comenzó a hacer pequeños buches, para saborearla bien, con los ojos cerrados y una cara de placer que volvió a calentar hasta a la pendeja.

    Bien al fondo de mi mente, en el lugar más oscuro y lejano, permanecía un deseo aparte. Esta vez, la conexión con Julia llegó hasta allí.

    Se acomodó de golpe sobre la boca de la pibita, quién por instinto la abrió, dejándome en primer plano el bolo entero de leche y saliva que le compartió.

    -Saboreála un poquito y tragála entera. – dijo Julia, cuando su boca se vació.-No hay nada más rico que comerse un guascaso fresco. – agregó al final.

    Lihuén mantuvo el gesto de asco por un momento más, luego cerró los ojos y comenzó a dejar recorrer la bebida por todo el paladar, antes de tragarla. Hacía buches y más buches. Pero cuando se dispuso a deglutirla, mi prima la frenó, arrepentida de su propia orden.

    -Esperá. Abría la boca y mostramela, que te saco una foto. – le dijo.

    La pendeja lo hizo. Y cuidando que no se chorreé nada, la abrió bien grande, para mostrar la leche taparle hasta la lengua. Luego, al notar que mi prima ya había tomado la foto, cerró los ojos y la boca nuevamente, y la tragó toda, apretando los labios.

    No sé si le habrá gustado, pero a toda costa quería aprender. En ese instante era imposible no pensar que en realidad no le preocupaba llegar virgen a la universidad. Que lo que en verdad quería, era llegar siendo la más putita de todas. Al menos iba por ese camino.

    “No se preocupe si la nena mañana tampoco tiene hambre. Hoy comió bien.” Le escribió al viejo, al pie de la foto nueva que le envió.

    -Vamos a cumplirle la fantasía a la piba, ahora. – dije otra vez al palo. La escena no le había dado ni un segundo de descanso a la sangre acumulada en la poronga. – Vamos a romper esa conchita de una buena vez.-aclaré después.

    Lihuén me escuchó y me hizo un gesto para que me calle. Me dijo luego que no hable al pedo. Casi copiando los latiguillos de mi prima, me explicó que eso era su objetivo, no su fantasía. Que la rotura de himen podría esperar, pero que ahora quería que le cumplamos sus deseos. Que era lo mínimo que podíamos hacer por ella, que todavía le ardía el culo por nuestra culpa. Que todavía sentía el reflujo de leche en su esófago.

    -Quiero que me aten. Y me chupen la concha, con los ojos vendados. A ver si adivino quien de los dos me la está chupando. – dijo tímidamente. Para que veamos que algo de sexo sabía. Que leer relatos por internet era, sin dudas, una muy buena fuente de ideas.

    Sin tiempo que perder, tomé uno de mis cinturones. Le inmovilicé las manos, juntándolas por encima de su cabeza y con otro cinto las até en el respaldo de la cama. Mi prima tomó uno de sus pañuelos y le vendó los ojos.

    -Todavía veo. -dijo riendo, mostrando la honestidad de que no quería hacer trampas.

    Julia le puso dos más y los apretó con un buen nudo, para que no se soltasen. Le dijo que cuando quería frenar, que simplemente diga la palabra “Rojo”. Y me hizo señas, en silencio, para que me acomode y sea yo el primero en chuparle la concha nunca garchada.

    -Rodrigo. – dijo al sentir mi lengua en la empanada. Mi prima la felicitó y la pendeja se alegró porque había ganado. -Rodrigo. – repitió al rato. Otra vez había acertado.

    Julia aprovechó el intervalo que hicimos para que Lihuén no sospeche quién seguiría, y apuntando con el celular hacia la entrepierna de la rubia, tomó la foto de las 20 lucas. Que en realidad fueron dos. Una de la concha en primer plano y otra más alejada, mostrando a la rubia con las patas abiertas, atada y vendada, como una sumisa secuestrada. Sonriendo, porque se sentía cómoda siendo flor de puta.

    “Por diez mil dólares más, puede verla en directo, si se apura.”, le escribió ahora. Las envió y se fue a chuparle la conchita ella. El mensaje me hizo saltar la pija por lo menos dos veces. No puedo imaginarme las veces que se la habrá hecho saltar al viejo.

    -Julia. – dijo Lihuén. Y volvió a festejar cuando mi prima se rio entre sus piernas. Luego fui yo. – Julia. – repitió. Y esta vez nos reímos los tres, porque le había pifiado.

    Como se había equivocado le dije que, como castigo, me tenía que dejar comer un ratito más. El sabor de esa almejita, era adictivo. Ese caldo saladito me desesperaba. No fue el castigo más original, pero cualquier excusa me venía bien para seguir comiéndole los jugos que largaba sin parar.

    Al dejar de lamerla me sorprendí lo mojadita que estaba. Lihuén gemía incluso cuando mi lengua dejó de acariciarla.

    Luego me sorprendí porque al lado de mi prima, estaba el papá. Con los ojos abiertos como dos huevos fritos y la frente traspirando a más no poder. Apoyado sobre el mueble al pie de la cama, todavía incrédulo por el espectáculo que tenía enfrente.

    Cuando quité mi cabeza del medio, el tipo se encontró con su tesoro más preciado. La conchita virgen de su hija, a sólo unos pocos centímetros de su vista.

    Tampoco al día de hoy podría encontrar las palabras para describirles el gesto de perversión que el viejo tenía en la cara.

    Julia se había vuelto a poner el pijama y luego de dejarle tiempo al tipo para que siga admirando esa empanadita rosadita que tan loco lo volvía, se agachó a chuparle la concha ahora ella. Para que no sospeche. Al hacerlo, levantó exageradamente la cola, para que el hombre admire, también, el culito que se había cogido unas horas atrás. Incluso sobre el pijama, se notaban las manchas de flujo que tenía en la parte de la concha.

    -Julia. -dijo Lihuén. Y volvió a festejar ante una nueva sonrisa de mi prima entre las piernas.

    El papá estaba en trance. Tenía la pija tan dura que parecía que iba a romperle la bragueta en cualquier momento. Cuando mi prima dejó la concha de la nena libre, el viejo tomó el celular y comenzó a sacar foto tras foto. Luego fui a chuparle la conchita yo.

    -Rodrigo. -dijo sonriendo. Sin esperar confirmación, porque estaba segura que otra vez había adivinado.

    El padre sacó tres fichas de diez mil dólares de uno de sus bolsillos. Las dejó en el mueble, mostrándonos que ya había pagado. Y por primera vez contestó uno de nuestros mensajes.

    “Cien mil dólares, si me dejan chuparle la concha a mí.”, escribió.

    Leí el mensaje y se lo mostré a Julia, quién lo ignoró y se arrodilló, para comerse la vagina ella. Esta vez puso una mano dentro del pijama y se empezó a pajear, para mostrarle al hombre cuánto le gustaba chuparle la concha a su hija.

    El viejo en cambio, sacó diez fichas más, igual a las anteriores, de diez mil dólares cada una, y las apiló al lado de las tres restantes. Como para provocarnos. O tentarnos con semejante cantidad de dinero. Luego se bajó los pantalones y comenzó a pajearse.

    Su hija acertó nuevamente, Julia la volvió a felicitar y de reojo vio el pene arrugado que el tipo tenía en una de sus manos. Ahora fue ella quien puso carita de asco, y volvió a chuparle la concha a la pibita, como si nada.

    El tipo, al ver que no estábamos interesados, comenzó a desesperarse. Todavía pajeándose con una mano, con la otra, torpemente, volvió a escribir en su celular.

    Lihuén volvió a acertar. Parecía que ya era toda una experta catando diferentes lenguas con la concha. Me llenaba de ternura escucharla festejar, cada vez que acertaba.

    Pero de repente en el cuarto se sintió un silencio sepulcral. De esos que aparecen cuando todo alrededor pierde importancia, o se frena absolutamente todo de golpe. Cómo los que anticipan la aparición repentina de un asesino enmascarado en las películas más pedorras de terror.

    Pero este silenció que rondaba a nuestro alrededor, no lo había provocado el miedo, sino la perversión. Era como estar escuchando al morbo hablarnos, paradójicamente, en silencio, directamente a nuestra mente. Y a la excitación del incesto, subir como una espuma negra, hasta cubrirnos el cerebro entero.

    “Un millón de dólares. Un millón de dólares, si me dejan desvirgar a mi hija.”, decía el nuevo mensaje.

    Al mostrárselo a mi prima, se quedó petrificada. El pijama ahora lo tenía empapado por sus propios jugos vaginales. Pero la situación le había paralizado hasta las manos. No parecía encontrar fuerza ni siquiera para seguir masajeándose la concha. Bien a tono con el silencio escalofriante que nos acompañaba.

    Luego, recibió ella misma otro mensaje. Pero esta vez pudo moverse. Aunque sea un poco, ya no se sintió solamente una estatua de cemento, arrodillada con la conchita mojada, entre las piernas de una pendeja.

    “Dos millones. Un millón de dólares para cada uno”, insistió el viejo.

    Justo en el momento en donde mi prima lograba levantar una de sus cejas.

    Continuará…

    Quedan los últimos dos capítulos y el epílogo, que los publicaré en los próximos días. Muchas gracias, de antemano, a todos los que leyeron y valoraron esta historia.

    Para los que quieran saber más de esta serie, pueden seguirme en mi cuenta de Instagram «@psyexa».