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  • Nuestra primera orgía

    Nuestra primera orgía

    Las olas chocaban suaves contra la playa desierta frente a la casa que rentamos para el fin de semana. Era un lugar perfecto: enorme, con una alberca gigante en el patio trasero, la playa vacía y sin casas cerca porque no era temporada de vacaciones. Nadie nos vería ni escucharía, ideal para lo que planeábamos. La casa tenía una sala inmensa con sillones grandes y cómodos, cuatro recámaras con camas king-size, y una habitación con paredes de cristal que dejaba ver el mar, con un jacuzzi grande adentro que prometía un cierre inolvidable.

    El plan nació después de nuestra experiencia con Karina y Luis en el motel, cuando Karina propuso invitar a más parejas. Elegimos a Marcela y Diego, y a Zandra y Carlos, amigos de Luci y Karina de la universidad, con relaciones sólidas y cuerpos atractivos, perfectos para probar el mundo swinger. No les dijimos que era una orgía; solo un fin de semana relajado en la playa. Nuestra estrategia: charlas, baile, tragos, y un juego de verdad o reto para calentar el ambiente, empezando con besos entre nosotros para animarlos, sin contarles que ya habíamos intercambiado parejas.

    Antes de salir, le confesé a Luci que siempre me ha atraído Marcela. Es casi idéntica a ella: delgada, con pechos bien formados, piel clara, pero un poco más alta, con piernas más llenitas y cabello corto hasta los hombros. Lo que me enloquece es que es más cachonda, siempre coqueteando. Luci se rió, me dio un beso intenso y dijo: “Disfrútala todo lo que quieras, amor. Pero yo también quiero mi diversión”. Su seguridad me prendió, y ya imaginaba lo que vendría.

    Llegamos el viernes al mediodía, bajamos la comida y alcohol del carro: cervezas, tequila, whisky, vino. Cada pareja se instaló en una recámara: nosotros en la principal, Karina y Luis en la de al lado, Marcela y Diego en la tercera, Zandra y Carlos en la cuarta. Marcela, siempre lanzada, bromeaba sobre si se escuchaba si cogían mientras acomodaba sus cosas. Diego, de 1.70 m, delgado, sonreía relajado, aunque noté un brillo de celos en sus ojos cuando su novia hablaba conmigo o con Luis. Zandra, de 1.52 m, con pechos pequeños pero firmes, nalgas pequeñas pero tonificadas, piel muy blanca y cabello rojo largo hasta media espalda, parecía nerviosa y algo seria. Carlos, de 1.90 m, con un cuerpo grande pero no atlético, estaba serio y callado, asintiendo sin hablar mucho.

    Nos pusimos trajes de baño. Marcela llevaba un bikini azul que apretaba sus pechos y resaltaba sus piernas llenitas. Zandra eligió un bikini blanco sencillo, que contrastaba con su piel pálida y cabello rojo. Diego, en un short gris, y Carlos, en uno negro, su cuerpo grande dominando el espacio.

    La tarde arrancó en la alberca, con el sol calentando el agua y cervezas frías circulando. La música llenaba el aire, y las risas fluían mientras platicábamos de la universidad, viajes y tonterías. Marcela, la más extrovertida, coqueteaba con todos, salpicando agua con sus piernas. Zandra, más reservada, se mantenía cerca de Carlos, pero sus ojos seguían los movimientos de Luci y Karina. Diego observaba a Marcela con atención, su mandíbula tensa cuando ella bromeaba con Luis.

    Pasamos a shots de tequila, y el ambiente se puso juguetón. Luci propuso un juego de futbol americano en la alberca, y pronto estábamos todos en el agua, cuerpos rozándose. Sentí las nalgas firmes de Karina contra mi cadera cuando la empujé, y Marcela se acercó a mí, sus pechos rozando mi pecho. “Cuidado, Kouta, no me vayas a ahogar”, dijo con una sonrisa pícara. Luci me guiñó, sabiendo que me atraía, y se acercó a Luis, sus manos en sus hombros mientras reían.

    Al caer el sol, cerca de las 6 de la tarde, nos movimos a la sala, todavía en trajes de baño, con toallas sobre los hombros. Las lámparas daban un ambiente íntimo, y pusimos reggaetón suave que invitaba a bailar. Karina, con su chispa, propuso un juego de verdad o reto “para conocernos mejor”. Luci asintió, Marcela aplaudió emocionada, y Diego accedió, aunque con un poco de celos. Zandra dudó, mirando a Carlos, quien se encogió de hombros y dijo: “Está bien”. El juego iba a ser nuestro anzuelo.

    Empezamos tranquilo. Verdades: ¿Cuál fue tu peor cita? Marcela contó una anécdota divertida de un tipo que se durmió en el cine. Zandra, tímida, dijo que nunca tuvo citas mala. Retos: bailar pegado con alguien. Luci bailó con Luis, sus cuerpos frotándose, sus pechos contra su pecho. Karina conmigo, sus nalgas presionando mi erección creciente. Sentí mi pene endurecerse bajo el short, y ella lo notó, sonriendo.

    El tequila seguía corriendo, y los retos subieron de nivel. Luci retó a Marcela a besar a Luis. Marcela, sin pensarlo, se acercó y lo besó con intensidad, sus lenguas enredándose, sus manos en su cuello. Diego apretó los puños, sus celos claros, pero no dijo nada. Karina retó a Zandra a besar a Marcela. Zandra, reacia, dijo: “No sé, eso no es para mí…”. Luci, Marcela y Karina la rodearon, riendo. “Es solo un juego, amiga, por los viejos tiempos”, dijo Marcela. Zandra cedió, y el beso fue tímido al principio, pero Marcela lo hizo más profundo, sus labios suaves contra los de Zandra, quien se relajó, sus manos tocando su cabello corto.

    Luci, sintiendo el momento, retó a Karina a quitarse el top. Karina lo hizo, sus pechos pequeños expuestos, pezones endurecidos. Marcela la siguió, sus pechos firmes saltando libres, casi iguales a los de Luci. Luci se unió, sus pechos perfectos brillando bajo la luz. Zandra dudó más, su piel blanca poniéndose roja, pero las chicas la convencieron: “Somos amigas, no pasa nada”. Se quitó el top, sus pechos pequeños pero firmes a la vista.

    Nosotros seguimos: me quité el short, mi pene grueso ya erecto. Luis y Diego hicieron lo mismo, el pene largo de Luis y el curvo de Diego causando murmullos. Carlos, el último, se bajó el short, revelando su pene de 22 cm, grueso como el mío, impresionante incluso en reposo.

    El juego se salió de control. Luci retó a Diego a dejar que ella lo tocara. Diego miró a Marcela, quien asintió entusiasmada, y Luci bajó su short, tomando su pene de 16 cm con curva hacia arriba. “Qué forma tan curiosa”, dijo, lamiéndolo lentamente, saboreando la curva. Diego gruñó, sus celos desvaneciéndose, sus manos en el cabello de Luci. Ella chupó con fuerza, sus gemidos vibrando, sus ojos cafés brillando de deseo.

    Karina retó a Carlos a lo mismo. Carlos, callado, dejó que Karina tomara su pene grueso, chupando la cabeza con sus labios carnosos. Carlos jadeó, su cuerpo grande temblando. Zandra, viendo a su novio disfrutar, protestó: “Esto es demasiado… no estoy segura”. Luci, Marcela y Karina la rodearon, besándola suavemente. “Es solo diversión, Zandra. Somos amigas”, dijo Luci, lamiendo sus pechos pequeños. Zandra gimió, su resistencia rompiéndose. “Despacio, por favor”, susurró, cediendo.

    A las 7 de la tarde, la sala se convirtió en un torbellino de cuerpos. Luci, liderando, se arrodilló frente a Diego, tomando su pene curvo en la boca. Lo chupaba con avidez, su lengua recorriendo la curva, haciendo que Diego empujara contra su garganta. “¡Carajo, Luci, qué boca tienes!”, gruñó Diego, sus manos guiándola. Luci me miró, sus ojos llenos de morbo, sabiendo que me excitaba verla. Su saliva goteaba, cubriendo sus pechos firmes, mientras gemía con la boca llena.

    Karina se acercó a Carlos, guiando su pene grueso y largo a su vagina. Se sentó sobre él en un sillón, gimiendo al sentirlo entrar. “Es enorme, me estás abriendo”, jadeó, moviéndose lentamente, sus nalgas rebotando contra sus muslos. Carlos, normalmente callado, gruñó, sus manos grandes apretando sus caderas.

    Zandra, aún dudosa, se acercó a Luis. Él la besó suavemente, y ella, cediendo, se arrodilló, tomando su pene largo en la boca. Sus movimientos eran tímidos al principio, pero pronto se volvieron expertos, chupando con una intensidad que sorprendió a todos. “Zandra, qué rico lo haces”, dijo Luis, su mano en su cabello rojo. Ella sonrió, lamiendo hasta el fondo, hilos de saliva conectando su boca al pene.

    Marcela, mi crush, se acercó a mí, sus ojos brillando. “Siempre supe que te gustaba, Kouta”, dijo, montándome en un sillón en posición de vaquera. Su vagina era apretada, y su calor me volvió loco. “Eres más cachonda que nadie”, le susurré, y ella rio, moviéndose con fuerza, sus pechos firmes rebotando, sus piernas llenitas abiertas. La penetré profundo, mis manos en sus nalgas, disfrutando mi fantasía cumplida.

    Cambiamos posiciones. Luci se puso en cuatro en un sillón, Diego penetrándola desde atrás. La curva de su pene golpeaba un punto que la hacía gritar: “¡Sí, ahí mismo! Me estás haciendo temblar”. Su vagina se contraía, un chorro pequeño escapando con cada embestida. Yo observaba, mi pene palpitando, excitado por su placer.

    Karina se acostó boca arriba, y Carlos la penetró en misionero, su pene grueso estirándola. “¡Me llenas tanto!”, gemía Karina, sus piernas temblando. Zandra, ahora más confiada, montó a Luis en vaquera invertida, su cabello rojo cayendo por su espalda mientras sus nalgas tonificadas rebotaban. Luis gemía, sus manos en sus caderas.

    Marcela y yo seguimos en el sillón, ella en perrito. La penetré con fuerza, mis manos pellizcando sus pechos, sus gemidos altos resonando. “¡Más duro, Kouta!”, pedía, y obedecí, mis caderas chocando contra sus nalgas. Su actitud ardiente me llevaba al límite del placer.

    Las mujeres se besaban entre sí. Luci y Marcela compartieron un beso húmedo, sus lenguas enredándose mientras eran penetradas. Zandra besó a Karina, sus labios rojos contra los de ella, un espectáculo que prendió a todos. Luci me llamó, y me dio sexo oral mientras Diego la penetraba, su lengua experta llevándome al borde.

    A las 9 de la noche, la orgía se mudó a la alberca, el agua fresca contrastando con nuestros cuerpos calientes. Luci flotaba mientras Diego la penetraba de pie, la curva de su pene haciéndola temblar. “¡No pares, me estás volviendo loca!”, gritó, un chorro intenso mezclándose con el agua, sus piernas envolviéndolo. La visión de Luci en éxtasis, con las estrellas reflejadas, me puso al borde.

    Karina y Carlos estaban contra el borde, él penetrándola por detrás, sus manos en sus nalgas firmes. “Tu grosor me mata”, gemía Karina, sus caderas empujando contra él. Zandra y Luis estaban en el agua poco profunda, ella en misionero acuático, sus pechos pequeños flotando mientras gemía, su cabello rojo pegado al rostro.

    Marcela y yo seguimos en la alberca, ella montándome, sus piernas apretándome. “Sigue, Kouta, me encanta”, susurró, sus movimientos ardientes llevándome al clímax. Eyaculé en sus nalgas, su risa sensual resonando.

    Zandra, ahora desatada, se sentó en el borde de la alberca, Luis lamiendo su clítoris. Sus gemidos eran agudos, su piel blanca brillando bajo la luna. Luego lo montó, sus caderas girando expertamente, llevando a Luis a eyacular dentro de ella. “¡Zandra, eres increíble!”, exclamó Luis, su control roto.

    Luci, viendo a Zandra, se acercó, besándola mientras Diego la penetraba. Las dos mujeres se tocaban los pechos, sus lenguas enredadas, un espectáculo que me endureció aún más. Marcela se unió, besando a Karina, sus cuerpos brillando con agua.

    Más noche, nos movimos al jacuzzi en la habitación de cristal, el mar oscuro al fondo. Luci montó a Luis, su pene largo deslizándose fácilmente, el agua burbujeante amplificando los sonidos húmedos. “¡Me estás partiendo!”, gritó, sus pechos rebotando. Karina, a mi lado, me hacía sexo oral bajo el agua, sus labios esforzándose con mi grosor. “Es un reto, pero me encanta”, murmuró, chupando con fuerza.

    Zandra, demostrando su transformación, se arrodilló en el jacuzzi, alternando sexo oral entre Luis y Diego. Sus labios rojos chupaban con maestría, superando a Luci, quien la miró asombrada. “Zandra, enséñame eso”, rio Luci, y Zandra guiñó, lamiendo la curva de Diego con precisión. Carlos, observándola, se unió, penetrándola desde atrás mientras ella trabajaba en Luis. “Eres una reina”, gruñó Carlos, embistiéndola.

    Luci, no queriendo quedarse atrás, se puso en cuatro en el borde del jacuzzi, y Carlos la penetró, su pene grueso y largo haciéndola gritar. “¡Es enorme, me estás rompiendo!”, exclamó, un chorro explosivo saliendo, mojando el suelo. Yo me acerqué, y Luci me dio sexo oral mientras Carlos la penetraba, su lengua llevándome al límite.

    Marcela, me jaló al jacuzzi, montándome en vaquera. Sus movimientos eran salvajes. “Hazme tuya, Kouta”, dijo, sus pechos rebotando. La penetré con fuerza, mis manos en sus nalgas, eyaculando dentro de ella, mi fantasía cumplida otra vez.

    Cerca de medianoche, nos dividimos. Luci, Diego, Karina y Luis se fueron a una recámara, mientras Marcela, Zandra, Carlos y yo nos quedamos en la sala. En la recámara, Luci estaba en misionero, Diego penetrándola con su pene curvo, golpeando su punto sensible. “¡Me estás haciendo venir otra vez!”, gritó, un chorro empapando las sábanas. Luis se unió, penetrándola por turnos, mientras Karina lamía sus pechos, sus lenguas sincronizadas.

    En la sala, Marcela me montó en un sillón, sus movimientos ardientes llevándome al borde. “Eres mi sueño, Marcela”, dije, y ella rio, apretándome con su vagina. Zandra, en otro sillón, hacía sexo oral a Carlos, sus labios rojos trabajando su pene grueso, mientras yo la miraba, impresionado por su habilidad. Carlos eyaculó en su boca, y ella tragó, sonriendo.

    Zandra se acercó a mí, sus ojos brillando. “Quiero probarte”, dijo, chupando mi pene con una técnica que superaba a Luci. Sus labios rojos, su lengua precisa, me hicieron eyacular en minutos, el semen goteando por su barbilla. “Eres la mejor, Zandra”, admití, y ella rio, orgullosa.

    En la recámara, Luci y Karina se besaban mientras Diego y Luis las penetraban alternadamente. Luci, en perrito, recibía a Luis, su pene largo entrando y saliendo, mientras Karina lamía sus pechos. Luci tuvo un orgasmo masivo, su chorro mojando a todos, sus gritos resonando.

    A la 1 de la mañana, exhaustos, nos reunimos en el jacuzzi, el mar brillando bajo la luna. Bebimos tequila, nuestras risas mezclándose con las olas. “Confesiones, sin enojos”, dijo Karina, como en nuestra primera vez. Marcela admitió que mi grosor la hizo explotar, guiñándome. Zandra, sonrojada, confesó que superar a Luci en sexo oral fue su triunfo, y todos reímos. Luci dijo: “Carlos y Diego me volvieron loca, pero verte a ti, Kouta, con Marcela… me prendió”. Diego confesó que sus celos se convirtieron en placer, y Carlos, serio, dijo: “Zandra me sorprendió”. Luis elogió la energía de las mujeres.

    En nuestra recámara, Luci se acurrucó contra mí, su cuerpo cálido. “Gracias por dejarme ser libre”, susurró. “Marcela es puro fuego, pero tú eres mi hogar”. Mis celos se desvanecieron, reemplazados por amor. La orgía, que duró desde la tarde hasta la noche, fue un torbellino, pero nuestra conexión era más fuerte. Mientras el mar susurraba, supe que repetiríamos al día siguiente, aun nos quedaban dos días con la renta de la casa.

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  • Un viejo verde y yo sola en la piscina (4)

    Un viejo verde y yo sola en la piscina (4)

    Me asomo por la ventana y veo que, pese a la hora, todavía hay luz en su ventana. Me levanto y me visto solamente con un picardías negro. Salgo al rellano así vestida y llamo con los nudillos a la puerta.

    Abre la puerta el viejo. Al verme así vestida comienza a reírse con ganas, aunque sin demasiado volumen, dadas las horas que son. Se queda esperando sin preguntarme. Yo miro al suelo. Finalmente me arranco.

    —Vecino… por tercera vez hoy… quería pedirle perdón. Creo que me he agobiado de repente…

    Él se ríe. Vuelve a mirarme enterita y yo me deshago.

    —Anda pasa.

    Según franqueo la puerta, me coge de la mano y me lleva al dormitorio. Se quita el pantalón y se tumba en pelotas. Parece obvio que espera lo propio de mí. Me vuelvo a desnudar y me tumbo de lado junto a él. No parece gustarle, porque se incorpora y me pone boca arriba, se coloca a horcajadas sobre mí. Tumbada, su cuerpo seboso y su risa degenerada llenan mi visión. Y veo sus manos posarse directamente en mis tetas y comenzar a masajearlas.

    —Creo que no he entendido bien. ¿Puedes repetirlo?

    Joder, al cabrón no le vale con que me disculpe… quiere humillarme.

    —Le decía, vecino, que estoy avergonzada por la tercera espantada de hoy. Lo lamento mucho.

    —Cuéntame qué ha pasado por tu cabecita y veremos.

    Según termina la frase, baja su cabeza hasta mis tetas y comienza a chuparlas. No me queda más remedio que sincerarme.

    —Después de lo de antes, le miré con otros ojos. Ojos feos. Y no me gustó lo que vi.

    —¿Te refieres al gordo y viejo vecino? —Dice separando apenas un segundo la boca de mis tetas y riendo.

    —Sí. Pero es injusto. Luego recordé todo lo que me había hecho pasar.

    —¿Qué es lo que te había hecho pasar?

    Mientras chuperretea mis tetas le voy contando.

    —Pues recordé cómo levantó las manos cuando bailaba desnuda para que pusiera mis pechos sobre ellas y cómo me sentí cuando las acerqué y se amoldaron a la perfección.

    El efecto de rememorar esto ahí con él chupándome es demoledor. Sigo hablando.

    —También recordé cómo me deshacía cuando me quité el tanga y me quedé desnuda. Y antes, cada segundo mientras me vestía para usted… y cómo me folló.

    El tío sigue lamiendo mis pechos y después me contesta.

    —¿Y para qué quieres mi perdón?

    Se incorpora y comienza a masajear mis senos. Le encanta mirarme mientras pienso.

    Buena pregunta ¿Para qué quiero su perdón? Y lo que es más, ¿por qué me lo pregunta? Cuando me hace pensar siempre es para llevarme a algún lado.

    Mientras recibo su magreo en mis pechos trato de discurrir. Quiero su perdón para que me volviera a follar es obvio, pero, ¿y después? Cuando me hubiera follado, me seguiría sintiendo igual otra vez. Luego, esto seguiría más veces. Hasta que… Entonces veo claro que él sabe lo que yo quiero de veras. Sólo trata de que yo también llegue hasta ahí.

    Y algo se me debe notar cuando ato los cabos, porque se ríe y dice.

    —Dilo, vecina, cuéntame el motivo por el que quieres que te perdone.

    Me armé de valor y vomité la verdad.

    —Quiero que me perdone, porque esta semana que voy a estar sola… la quiero pasar con usted.

    Se ríe a carcajada limpia. Otra vez había vuelto a llevarme donde él quería y lo celebra. Sigue manoseando mis pechos en silencio. Yo, reconocida la verdad, comienzo a acariciar sus nalgas.

    —A ver vecina, ¿cómo piensas que será esa semana?

    Yo pienso unos segundos y respondo.

    —En primer lugar, —digo agarrando sus manos con las mías mientras estruja mis tetas— no beberá solo. Estaré yo con usted para beber cervezas y ginebra hasta emborracharme todos los días.

    Él ríe sonoramente.

    —Eso es, princesa. Serás una borracha como yo. Beber, como comer, debe hacerse en compañía. Y también fumar.

    —¿Fumar? En la vida he probado el tabaco.

    —Lo imagino, princesa, pero tendrás que fumarte uno conmigo cada vez que yo lo haga.

    Yo asiento. Y él continúa.

    —Pero no piensas que sólo beberemos, comeremos y fumaremos, ¿no?

    —Si tengo suerte, tal vez me permita que me desnude para usted todos los días como antes.

    —¿Ah sí? ¿Qué harías para ganarte eso? ¿Por qué te daría ese gustazo?

    —¿Cómo?

    Él se ríe.

    —Vamos a ver Silvia. Yo de negocios no sé mucho, jajaja. Pero si alguien viene desesperada a mi casa a pedirme algo… ¡seguro que logro algo a cambio!

    —¿Algo a cambio de ponerme en pelotas para usted?

    No puedo creerme lo que oigo… encima de desnudarme para él… ¡me pide algo a cambio!

    —Mira preciosa, cuando acabe esta semana, volverás al piso de enfrente. Y yo me quedaré sin poder ver tus tetas… eso está muy mal.

    Le miro con expresión extrañada. Y entonces lo entiendo.

    —Ya. Quiere tomarme fotos desnuda, ¿no es así?

    Mi vecino ríe y me da un chupetón en los pezones.

    —Y lo harás. Me parece un acuerdo justo.

    ¿Estoy loca? ¿En serio voy a permitir que tenga pruebas de nuestras juergas? ¿Y eso como precio para que me deje desnudarme? Mi coño comienza a hacer aguas rápidamente. Él nota mi encharcamiento y me hace cambiar de posición. Ahora él queda tumbado debajo y, sin olvidar mis peras, pellizca mis dos pezones.

    Yo cierro los ojos y respondo.

    —Llevas razón. Me parece un acuerdo justo.

    Ya está. Lo he dicho, se lo voy a permitir…

    —Así que te dejaré desnudarte para mí y te tomaré fotos. Fumaremos y nos emborracharemos juntos…

    —Además, seguramente tenga que ver con usted esas pelis tan “interesantes” que tiene, ¿no?

    Él comienza a reír.

    —Desde luego. Porque el cine convencional me aburre.

    —De nuevo, tal vez, con suerte, logre que me acaricie las piernas mientras la ve. Me gustaría que me acariciara mientras la rubia siliconada de la pantalla es penetrada ferozmente.

    —Jajaja. Serás puta. Te digo que te pongo precio dejarte que te desnudes para mí y ahora corriendo vuelves a obligarme a poner precio a que te meta mano, jajaja.

    Joder, lleva toda la razón… Me ha excitado saber que encima de desnudarme para él, iba a tener que pagar peaje… tanto que ahora le estoy pidiendo peaje ¡por dejarle meterme mano! Piensa un rato y vuelve a hablar.

    —A ver entonces, si el precio por mirarte en pelotas es poder hacerte fotos, ¿cuál le ponemos a que te sobe mientras veo el porno? Dímelo tú.

    Yo comienzo a pensar en voz alta.

    —Mmm, no lo sé. Tiene que ser delicioso sentir sus manos en mis muslos mientras vemos esa mierda… digo esa peli. Y dado lo que le gusta elegir mi vestuario, me parece justo que usted lo supervise durante la semana.

    —¿Supervisar? Creo que será mejor elegir.

    —¿Que usted va a elegir mi ropa durante toda la semana?

    —¿No compensa eso que te magree?

    Se me escapa una sonrisa y, mientras levanto mi trasero y empalo mi sexo con su rabo le reconozco que lleva razón. Después de haber limpiado ferozmente con la ducha mi agujero, ahora volvía a estar invadido. El me mira sonriendo y suelta.

    —¿Y cómo vas a pagarme por los pollazos?

    —¿Vas a cobrarme un precio por follarme?

    —Sin duda, bonita… ¿qué harás para que te folle?

    Yo comienzo a subir y bajar. Estoy excitadísima. Él me deja, pero cuando ve que estoy cerca del orgasmo suelta mis tetas y me agarra las caderas, inmovilizándome y me mira fijamente, esperando respuesta.

    —Haré lo que sea, vecino, para tener sus pollazos.

    —¿Estarás a mi total disposición para todo?

    Yo trato de moverme y seguir con el baile, pero me tiene firmemente sujeta.

    —Sí, vecino, pero por favor, déjame seguir.

    —Y cuando digo todo, es TODO.

    —Sí vecino, sí. Lo que usted quiera.

    Me suelta y yo, como loca, vuelvo a cabalgar.

    —¿Voy a pagar eso para estar aquí para que me mire, me sobe y me folle?

    —¿Te parece justo?

    —Siii.

    No estoy segura de si tiene claro si ese “siii” es por el acuerdo o por el orgasmo que me sacude. Él tira fuerte de mis pezones mientras grito y me hace gritar más. Me doy cuenta de que no se ha corrido, aunque, entre la corrida mirándome en la piscina y la juerga de antes contra la pared, supongo que será difícil.

    Aún estoy reponiéndome del orgasmo cuando me suena el móvil. Supongo que será la llamada de todos los días de Pablo.

    —¿Quién es? ¿El cornudo de Pablo? —dice riéndose—Si supiera lo puta que eres, si supiera cómo te he follado jajaja, como te he llenado de mi leche, y lo mejor de todo que tú me lo has pedido.

    Yo llevo mi dedo a los labios pidiéndole silencio.

    —El móvil sigue sonando, si no quieres que piense cosas raras tendrás que cogérselo, jajaja, prometo portarme bien mientras hablas.

    —Hola Pablo—digo agarrando con fuerza una de las manos que siguen clavadas en mis tetas.—Si todo bien por aquí. Un calor terrible sí. He estado en la pisci toda la tarde.

    Frota mis pechos mientras hablo. Yo cierro los ojos.

    —Nada interesante. Poca gente. Las hijas de los del portal 5 y tu vecino… sí hijo sí, ése, el gordo gilipollas.

    Le miro y se está descojonando.

    —No seas bobo, no hay sitio para alejarme de él… ¿que el otro día le pillaste mirándome?—Miro y sonrío a mi vecino— Ya lo sé. Yo le he pillado muchas veces. ¿qué esperas? Pues normal, jejeje… sí, ya sé que es un guarro… tú qué tal… ya sí, me ha extrañado que no me llamaras antes, pero supuse que llegarías tarde. No te preocupes. Bueno, descansa… Adiós.

    Cuelgo. Y tú no puedes evitar la carcajada.

    —¿qué te ha dicho el gilipollas?

    —Me ha dicho que eres un guarro que el otro día te pillo mirándome.

    —Jajaja, pues haber contestado diciéndole dónde tengo las manos y la polla ahora, jajaja.

    No puedo evitar reírme. Y me turba. Mi reacción ante la llamada de mi marido me sorprende. Pensé que me sentiría más culpable si alguna vez le era infiel, pero estoy como embriagada por la situación.

    —Bueno, vamos a dormir, ¿no te parece? Tenemos todavía varios días por delante.

    —Ya, pero usted ahora no se ha vaciado.

    —No te preocupes, vecina. Ya me ordeñarás mañana. Ha sido un día muy largo y tenemos que descansar. Y uno ya no tiene 20 años. Además, uno no se folla a la vecina todos los días, jajaja.

    Se tumba boca arriba y yo me coloco de lado dándole la espalda. No sé, siento como que me falta algo… Y me doy cuenta qué es.

    —Vecino, por favor, podría dormirse agarrando mis…

    No hace falta que termine la frase. Se gira y me agarra un pecho por detrás. Siento el aliento en mi nuca. Me parece imposible dormirme según tengo la cabeza, dando vueltas a todo, pero estoy tan cansada que no aguanto…

    Me despierto muy pronto, seguramente por la costumbre del curro…o tal vez por los ronquidos descomunales. Los ronquidos parecen salir de la imponente barriga. Es dura y velluda. Está desnudo, boca arriba y me dedico a observarlo. El miembro cae flácidamente hacia un lado. Veo abundante sudor brillar en el cuello y en las peludísimas axilas. Inundan la habitación de un olor penetrante. Bueno, pues parece que voy a estar una semana viendo esta estampa amanecer a mi lado. Anoche salí corriendo cuando me di cuenta de esto, hoy intentaré contenerme. Sonrío. En el fondo, sé que este cabrón me ha hecho disfrutar y me va a hacer disfrutar, por mucho asco que me de ¿o es precisamente por eso?

    Después de un rato estudiando su cuerpo, me levanto. Miro el desastre de la casa. Cojo un par de bolsas de basura y comienzo a liberar todo el salón de cervezas y pizzas. Cuando termino no puedo evitar ver mi pijama (inútil pijama, después de todo) sobre sus calzoncillos sucios. Veo cómo parte de la mancha de los calzoncillos ha pasado a mi prenda. Sonrío mientras me lo pongo. La mancha queda a la altura de mi costado. Ya vestida, abro el salón para ver si ventilamos un poco y desterramos el perenne olor rancio de la casa. Separo la ropa tirada en dos montones y busco el detergente en la cocina. Afortunadamente tiene, así que pongo una lavadora de ropa blanca.

    Voy teniendo hambre y me preparo un desayuno. Además de cerveza, milagrosamente hay leche. Tomo un café y lo complemento con unas galletas que encuentro. Miro la hora, hago otro café y un par de tostadas. Me desnudo de nuevo y voy a la habitación.

    Dejo la bandeja en el suelo y me tumbo en la cama. Ahora su cuerpo se ha adueñado de todo el colchón, durmiendo con un brazo extendido. Me tumbo de lado junto a ese brazo, dejando que pase por debajo de mi cuello y paso mi pierna por encima de su cintura. Mi cabeza está pegada a su axila. Comienzo a acariciar su pecho y a besarlo. Los ronquidos se van haciendo más irregulares hasta que, finalmente, abre un ojo con dificultad.

    —Buenos días, vecino.

    Él sonríe.

    —Hombre, guarrilla, buenos días. O sea que no fue un sueño después de todo.

    —No vecino, no lo fue. Es cierto que su vecina ayer se abrió de piernas para usted y que después le suplicó pasar toda la semana aquí.

    Le cuesta abrir los ojos. Probablemente sea el primer momento en el que le veo completamente sobrio. Al sentir mi muslo por encima de su entrepierna, comienza a acariciarme.

    —¿Cerramos algunos tratos o eso sí lo soñé?

    —Los cerramos. A cambio de que usted me mire las tetas, me sobe y me folle yo le permitiré hacerme fotos, decidir mi ropa y estaré a su disposición para todo lo que quiera.

    —Joder. No está mal. —Se empieza a reír. —Creo que se te da tan mal negociar como a tu marido follar, jajaja.

    Me contagia la risa. Nos quedamos un rato pegados y en silencio. Al rato sigue.

    —¿En qué piensas putita?

    —Pienso en ayer… en cuando me asusté al ver que me acababa de follar un viejo gordo salido y borracho y me fui.

    —¿Me estás llamando viejo, gordo, salido y borracho?—pregunta riendo a carcajadas. —Bueno, ¿y a qué conclusión llegaste?

    —En que tal vez sería buena idea que se quedara con mis llaves de casa. Por si acaso me vuelven a dar ganas de escapar. —Espero su respuesta, pero no llega. Tan sólo sonríe. —Por cierto, le he hecho el desayuno.

    —Pues dámelo putita.

    Mientras me levanto y cojo la bandeja, el viejo ya se ha incorporado y espera sentado con la espalda apoyada en el cabecero. Pongo la bandeja sobre sus piernas.

    —También he pensado que… ¿Qué va a hacer con Pablo? Quiero decir… se está follando a su mujer. Supongo que no podrá evitar decírselo en su cara.

    —Jajaja. Mmmm, la verdad es que suena bien. Pablo, según te fuiste de viaje, tu mujer me suplicó abierta de piernas que me la follara. Lo siento, tío, tuve que hacerlo. Jajaja. Tiene las tetas pequeñas, pero me apetecía vaciar mi polla en el coño de la mujer de un cabrón estirado pichafloja, jajaja. La pobre estaba muy necesitada con una maricona como tú, jajaja. Eso te gustaría, ¿eh guarrilla?

    —Bueno, veo que no me va a contestar. A cambio, ¿Puedo preguntarle qué pasó con Pepi?

    —¿Quieres saber por qué me dejó?

    Asentí con la cabeza. Él daba cuenta de sus tostadas.

    —Pues chica, con la edad… pues como que ya no le apetecían ciertas cosas. Y uno, aunque está viejo para algunas cosas, pues para otras…  Al final, una vez a la semana más o menos, me pagaba a una puta. Y así estuve varios años. El caso es que me pilló. Y tirando del hilo, descubrió la frecuencia. Me dijo que era un degenerado y blablablá. Y me dejó.

    —¿Y cómo se quedó usted?

    —Al principio descolocado, pero bueno, hay que seguir adelante. Por culpa de eso comencé a beber demasiado… En fin… al menos, ahora en vez de una puta al mes, ¡puedo ir siempre que quiera, jajaja!. Aunque esta semana, me parece que no me hará falta. La puta es la que me paga a mí para que me la folle, jajaja.

    Me río yo también ante la ocurrencia.

    —Entonces fue cuando empezó a consumir porno y emborracharse, claro.

    —Eso es, una vez sin Pepi, ¿qué coño tenía que aparentar? ¿Qué me gustan tus tetas? Pues te lo digo. ¿Qué te me pones a tiro? Pues disparo. ¿Que las putillas de Lidia y Cris se ríen cuando las miro?, pues intento que me den material para pajearme… la vida es mucho más simple.

    —¿Y sus amigos?

    —Na. La Pepi dejó claro por qué me dejaba. A los cuatro vientos. Cuando se enteraron de que era un putero… No quisieron saber de mí. Alguno nuevo he hecho, algún otro viejo verde putero, jajaja. Pero los antiguos, nada.

    Termina el café y se levanta.

    —Y con lo de las llaves, me parece perfecto. No entrarás en tu casa a no ser que yo te de permiso.

    Abre un cajón y saca una botella, que apenas tiene una gota.

    —Por ejemplo ahora. Ve a tu casa y tráeme una botella de ginebra, que no me queda, jajaja. No, espera. Mejor voy contigo.

    Pasamos por el salón y ni siquiera se da cuenta de que está recogido. Nos dirigimos a la puerta. Allí coge las llaves de mi casa y, desnudos los dos, salimos al descansillo y entramos en mi casa.

    —¿Dónde tienes las bebidas, puta?

    Señalo un mueble en el salón. Lo abre y comienza a reír.

    —Creo que me llevaré algunas, jajaja.

    Saca una de ginebra, otra de vodka y otra de whisky.

    —Ve a tu cama y espérame allí con las piernas abiertas.

    —¿En mi cama de matrimonio?

    Asiente con la cabeza.

    Joder… me va a follar en mi propia cama… y yo… Yo voy hacia allí y espero según me dice, con las rodillas separadas y dobladas en la cama.

    Medio minuto después aparece bebiendo directamente de la botella. Me mira y sonríe mientras se acaricia el rabo.

    —Me apetece un polvo mañanero. Toma. Pégale uno bien largo.

    Y me tiende la botella.

    Yo miro la botella… no me queda otra. Me la llevo a los labios y comienzo a beber. Cuando termino me dice.

    —Otro. Eso no es beber.

    Se tumba en la cama encima de mí. Aún no he terminado ese segundo trago cuando, de un empellón, me la mete y comienza a martillearme. Apenas puedo dejar la botella en el suelo. Después rodeo su cintura con mis piernas.

    —Me apetecía follarte en la cama de Pablo, puta.

    —Y a mí me apetecía ver la cara roja que se te queda mientras me follas.

    Efectivamente veo su congestionada cara subir y bajar.

    —Y que te la meta en tu cama de matrimonio, ¿no te pone, guarra?

    —Mucho vecino.

    —Pues toma, toma, toma y toma.

    Los pollazos son intensos. Noto chocar tus huevos contra mi culo.

    —Me estás reventando cabrón.

    —Es que así se folla a las zorras, vecina. Apréndelo bien.

    Y me pega un beso en los labios, como tomando aire un segundo después de volver a bombearme salvajemente.

    Continúa unos cinco minutos. En mi habitación, en mi cama de matrimonio, sólo se oye el chof, chof de su rabo al maltratar a mi (lubricadísimo por otra parte) sexo. Y entonces se vacía en mi vientre con un bufido y varios espasmos.

    No sólo me ha marcado por dentro. La habitación en sí se ha impregnado de su olor, también la ha marcado.

    Tras vaciarse, sale de mí y se tumba a mi lado.

    —Ponte de rodillas con las piernas abiertas.

    Yo obedezco. El tío coloca la cabeza a un palmo de mi sexo frente a él. Con sus dedos abre mi sexo y se dedica a ver cómo su leche cae sobre las sábanas de mi cama de matrimonio.

    —Y así, princesa, es como se hace más cornudo aún a un marido. Cuando tu lefote cae en la puta cama del cornudo es cuando los cuernos valen doble, jajaja. Mira, mira. Mira cómo cae.

    Y mirando hacia abajo, veo el cerco oscuro de la leche de mi vecino aumentando a cada gota.

    —Aún no me puedo creer que esté plantando la cornamenta a ese gilipollas, jajaja.

    Durante un tiempo disfruta el espectáculo.

    —Venga, levanta. Tengo que ir a comprar hoy.

    Y salimos de allí. De nuevo ambos en pelotas, sólo que yo ahora, rellena. Entramos en su casa y entonces sí que se da cuenta de los cambios.

    —Mmm. Al fin. Se nota que una mujer ha entrado en mi casa. Mira, vecina, como te he dicho, tengo que ir a hacer unas compras, así tendrás tiempo de limpiar esta pocilga, jajaja.

    Y antes de que tenga tiempo de quejarme, pega su cuerpo desnudo al mío y me besa mientras acaricia mis nalgas.

    —Luego lo pasaremos bien, jajaja.

    Y sin decir nada más, se viste y se va.

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  • Los técnicos del aire acondicionado

    Los técnicos del aire acondicionado

    Hace tiempo necesité los servicios de una empresa para reparar el aparato de aire acondicionado que al encenderlo tiraba bastante agua y caía del balcón a la calle con el consiguiente problema para los viandantes. Tras contactar con una de ellas me enviaron a dos operarios jóvenes. Uno de ellos tenía 24 años y se llamaba Wilson pues era venezolano y de color mulato. El otro parecía un poco mayor y se llamaba Braulio y era argentino, pero su voz tenía acentos afeminados.

    Bien saben que yo soy gay y tras explicarles el problema me dijeron que tenía fácil solución. Les dejé solos en el dormitorio y al rato les llevé unos refrescos porque hacía bastante calor. Ellos comenzaron a quitarse el mono de trabajo, pues hacía un día soleado y una fuerte temperatura. Yo no paraba de mirarles especialmente al negrito Wilson que con un pelo anillado y una cara angelical, era bastante guapo. Medía 1.80 de altura y lucía unos fuertes bíceps en los brazos. Me llamó la atención el que apenas tenía vello en el pecho y en sus extremidades.

    Estuve contemplando como reparaban una de las piezas y Wilson no paraba de mirarme de forma sensual, mientras contemplaba como Braulio hablaba con mucha ternura y candidez. Yo tenía una gran erección y prueba de ello es que mi bragueta abultaba más de lo normal y ellos lo notaron. Braulio empezó a restregarse su mano por encima de su pantalón vaquero, pues se había quitado el mono de trabajo, y al poco tiempo vi como ya tenía un bulto considerable, eso me fue encendiendo más y enseguida noté como Wilson, una vez concluido los trabajos en el balcón, entraba en la habitación todo sudado y se quitaba la ropa quedando solo en slip con una erección de caballo.

    Se quitó el calzoncillo y note como su enorme pene crecía mientras que Braulio le besaba y se desnudaba. Así estuvieron unos minutos hasta que yo hice lo mismo y me quede desnudo ante ellos. Ya no podía aguantar mas ver esos esculturales cuerpos y las caricias mutuas que se prodigaban.

    Braulio se acostó en la cama y me pidió que lo follase pues era pasivo y mientras lo hacía, Wilson le ponía su enorme pollón en la boca. Se notaba que no era la primera vez que lo hacían, pues el argentino tenía un buen agujero y mi polla entró casi sin apretar. Le estuve dando varios minutos, mientras veía como el chaval pedía más y más, y eso que su compañero de fatigas le ensartaba dentro de su boca una enorme polla de color que yo estaba ansioso de probar, pues iba depilado y tenía un glande rosadito.

    Cuando pensaba eyacular se la saqué de dentro y me corrí en su pecho amplio y grande quedando mi semen junto a su peluda zona, que esparcí con mis manos. Su polla era pequeña, mediría unos 12 centímetros y me dediqué a darle varias lamidas con mi boca que le estaban volviendo loco, mientras le hice acabar mas tarde, al mismo tiempo que el negrito Wilson se corría en la cara de Braulio y este lo hacía en mis manos, tras una pequeña paja que le hice.

    Descansamos unos minutos y Wilson me dijo que le apetecía follarme pues su pene estaba de nuevo en alza. Me acosté en la cama y cogiendo un poco de crema me la untó en el ano y tras ponerse un preservativo comenzó a perforarlo. Me hacía un poco de daño pero al final entro toda, me dijo que lo que más le gustaba era correrse dentro del culo de otro y que no iba a desaprovechar esta oportunidad.

    Mientras yo se la comía a Braulio cuya herramienta no era muy gruesa pero si algo larga, Wilson seguía dándome placer, se movía rítmicamente y cada vez me gustaba más. Joder como follaba el chaval.

    Al final se corrió dentro del condón que se había puesto y quedó tendido en el colchón exhausto por el mete y saca continúo que me dio para seguidamente Braulio anunciarme que se venía y finalmente eyaculó en mi cara, mientras que con una de sus manos él me hacía una paja de campeonato que finalizó con la expulsión de mi leche sobre mi pecho.

    Wilson no paro en todo momento de besarme y acariciarme al igual que Braulio que al principio estaba un poco cortado pero que al final optó por que tanto Wilson como yo le comiéramos su sensual rabo mientras nos daba pequeños insultos que no excitaba cada vez más.

    Al final se limpiaron un poco y a pesar de que les ofrecí una ducha, dijeron que se iban a casa pues era viernes casi al mediodía y habían terminado la jornada laboral y preferían llegar a su ciudad, distante unos 20 kilómetros de la mía. Les aboné los gastos de reparación del aparato y les di una propina por haberme hecho este trabajo extra que me dejó bastante satisfecho.

    Hace unas semanas que pasó esta visita y estoy viendo a ver la forma de que vuelvan a casa de nuevo los técnicos pues me dijeron que ellos se encargaban también del mantenimiento del aparato de aire y del mío.

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  • Una historia más que contar

    Una historia más que contar

    Como platicaba en mis relatos anteriores, para nosotros se nos ha hecho muy difícil cambiar de un día para otro nuestra rutina de vida, aunque con estas nuevas experiencia que estábamos viviendo, poco a poco se ampliaba nuestro panorama en el terreno sexual. También, poco a poco fui externando con mi esposa mi fetiche por las pantimedias, faldas cortas y en especial, por mi gusto de exhibirla a ella; por su parte y contrario a lo que expresa su madre, fue externando su gusto por mostrarse ante la gente, quizás no como una exhibicionista total, pero si como un inicio importante.

    Mientras hacíamos el amor durante algunas noches, imaginábamos que era lo que más adelante haríamos; el resultado fue el siguiente.

    Un domingo por la tarde, después de que mi suegra se había ido para su casa, decidimos pedir un pollo para comer en una rosticería que tiene servicio a domicilio. Para esto le pedí a mi esposa que se vistiera de manera muy sexi y ver que es lo que podría pasar con el repartidor.

    Se baño, se puso una blusa de tela gruesa, pero sin sostén, ya se imaginarán, siempre mantuvo las altas arriba (o sea los pezones parados) y aunque no tiene mucho busto, lo poco que tiene, lo tiene bien durito y sabrosito; haz de cuenta que estas apretando unos limoncitos. Una faldita de las nuevas que le había yo comprado, de licra color azul rey, unas pantimedias muy claritas que no brillaban mucho unas sandalias de tacón alto y sin chones.

    La jugada sería que ella lo recibiera y le pagara, no sería más que eso. Yo estaría viendo todo lo que sucedía desde la parte posterior de un sillón. Me puse algunas almohadas encima de mi cabeza para que no me viera que yo estaba ahí, me puse también una fila de ropa doblada que había planchado mi vieja el día anterior, esto me permitiría ver bien entre la ropa doblada.

    Nada más de volver a recordarlo se me paró el pito hasta el tope.

    Desde que me ubiqué en mi sitio para hacer las pruebas y ver si desde donde estaba ella se podía ver mi rostro, no podía aguantar el dolor de mantener adentro de mi pants la verga bien parada, así es que mejor me quite el pants y quede en pelotas.

    Pasaron como 10 minutos y sonó el interfon, era el repartidor del pollo. Mi esposa le descolgó el teléfono y le pidió que subiera a nuestro departamento. La falda de mi esposa le quedaba a media pierna y poco antes de que le abriera la puerta se la subió un poquito más, yo no aguantaba la calentura y de mi pito comenzaba a salir de manera automática, líquido preseminal, transparente y oloroso.

    Tocaron la puerta y era él, nuestra primera víctima.

    Abrió la puerta mi esposa y recibió el pedido. Al principio no pude ver la cara del tipo este, ya que mi esposa me tapaba la entrada. Cuando mi esposa pagó, el chico le dijo que no tenía. Entonces se voltea mi esposa para llevar el pollo a la mesa y al momento de hacerse la tonta buscando cambio en su monedero, estando de espaldas al muchacho, ni tardo ni perezoso sacó su teléfono celular (que me imagino tenía cámara fotográfica) y comenzó a enfocar la retaguardia de mi vieja. En ese momento sentía que me venía solo.

    La verdad es que ni sé cuántas fotos o video le tomo, pero lo que si sucedió es que mi esposa se dio cuenta de eso.

    Cuando le pagó el monto del pedido le dijo mi esposa:

    —¿Cuánto te debo?

    —$120.00

    —¿Eso que es, que significa… me estas fotografiando?

    —No, no señora, disculpe, es que me mandaron un mensaje y como tiene vibrador

    —No es cierto, yo tengo un teléfono igual y es de cámara

    —No señito, disculpe, pero es que…

    —Me vas a tener que descontar $20.00 por las fotos que me tomaste sin mi consentimiento ¿eh?

    —Ja, ja; está bien señito, deme $100.00 y bueno, usted disculpe.

    —Ten entonces…

    Cuando cerró la puerta se acomodó la falda a su posición normal, pero de inmediato tocó nuevamente la puerta el tipo:

    —¿Señito, me deja tomarle dos fotos más y le pago $50.00?

    —¿Estás loco o qué? En cualquier momento va a llegar mi esposo y te puede ir mal, así es que mejor vete.

    —Ande si, porfas, es más le regreso los $100.00 que me pagó y asunto arreglado.

    —Pero tómame solo el cuerpo y rápido.

    —Siéntese y cruce las piernas.

    —Rápido.

    Entonces se acomodó en el sofá, cruzó sus piernas y las dejo entre abiertas, como 5 minutos después, cuando el tipo ya estaba tomando más confianza ella se paró, le dijo que estaba arreglado y que mejor se retirara.

    El muchacho se fue y cuando me levante de detrás del sillón, ya me había yo venido, me senté con ella y se me volvió a parar la verga. Platicamos al respecto y terminé nuevamente, pero ahora dentro de ella.

    Fue un juego de lo mejor que hasta ese momento nos había pasado. Mucho mejor que lo del micro.

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  • El ligue

    El ligue

    Antes que nada, permítanme decirles que si bien soy un travestí desclosetado, por razones laborales algunas veces tengo que actuar como “hombre” y como tal, vestirme y tratar de no ser tan obvio.

    En una de esas ocasiones, después de tratar un asunto de negocios, nos fuimos un amigo y yo, a comer y tomarnos unas cervezas a un restaurante cercano a mi departamento. Este amigo, aunque conoce mis preferencias sexuales, no es del ambiente pero es bastante tolerante. En fin, cuando llegamos al restaurante se encontraba ahí un señor de unos 55 años, de muy buena presencia y se veía de agradable carácter.

    En el transcurso de los brindis y la degustación de sabrosas viandas, me di cuenta que el señor (que se encontraba a dos mesas de distancia), constantemente nos veía pero sin mucha insistencia y sin definir a quien de los dos. Con ya tres cervezas bebidas, le empecé a dirigir miradas, que según me dijo mi amigo, eran de coquetería (¿tengo alguna otra forma de mirar?). Al cabo de unos momentos, llegó el mesero con otra ronda de cerveza diciéndonos que nos las invitaba el señor Gustavo, dirigiendo la mirada a donde se encontraba.

    Le agradecimos efusivamente su cortesía y lo invitamos a sentarse en nuestra mesa, cosa que aceptó de inmediato. Después de las mutuas presentaciones entablamos una charla referente al clima, pues estábamos en la temporada de ciclones y amenazaba una tormenta. Gustavo se dirigía más a mí y sin querer casi nos olvidamos de mi amigo, pues su participación en la conversación era casi nula.

    Hablamos de mujeres y de la moda de las dietas, haciendo él el comentario de que no entendía como era que a las jovencitas actuales les gustaba estar tan flacas, siendo que a la mayoría de los hombres les gustan más, sino gorditas, rellenitas (aclaro que una servidora está algo pasadita de peso), a la vez que me lanzaba miradas hacia mi pecho, pues algo que no puedo esconder, es el volumen de mis senos (40C) que ocasionalmente me han producido bochornos al no contenerlos las camisas de hombre, y literalmente, avientan la camisa hacia delante por mas grande que las use.

    Como les decía, mi amigo conoce de mis inclinaciones sexuales y además es muy discreto, así que al darse cuenta que Gustavo y yo ya estábamos en pleno ligue, se despidió argumentando un compromiso contraído con anterioridad. Al quedarnos solos Gustavo y yo, me descaré un poco mas y le pregunté que si alguna vez había tenido relaciones con algún travestí, contestándome que solo lo había hecho con algunos gays (él es soltero), pero que no lo satisfacían completamente, además de que algunos le pidieron “correspondencia” y no estaba dispuesto a aceptarlo.

    Sin hacerle ningún comentario sobre mi personalidad, lo invité a mi departamento a tomar algún digestivo para quitarnos la pesadez de las cervezas, a lo que de inmediato aceptó. Le informé que mi hábitat se encontraba muy cerca y podíamos ir caminando, pero me dijo que era mejor que se llevara su auto por seguridad. Al llegar al departamento, le serví una copa de brandy y yo una de jerez y brindé por que se estableciera un vínculo amistoso entre los dos, pues le dije, que tenía un carácter muy agradable. Puse unos CD’s de música clásica (Albinoni, Chopin, Ravel) y charlamos acerca de los temas que estábamos escuchando mientras tomábamos y fumábamos.

    Después de la segunda copa, Gustavo me preguntó que si tenía otro nombre, además de con el que me presenté, yo sin dudarlo le dije: Si, me llamo Andrea; pero solo cuando asumo mi otra personalidad, la verdadera. Se quedó meditando unos segundos y dijo: Me gustaría conocer esa personalidad, ¿me la presentas?. ¿A quién le dan pan que llore?, pensé. Si me permites unos minutos con mucho gusto te la presento; le contesté. Ponte cómodo mientras voy por ella.

    Me dirigí a mi recámara y rápidamente me cambié de ropas y me hice un maquillaje exprés, poniéndome una peluca castaño-oscuro larga y rizada. Regresé a la sala entrando súbitamente y provocando que Gustavo casi derramara el trago que estaba por tomar.

    Mi vestimenta era la siguiente: zapatillas rojas de alto tacón (10 cm.), medias de encaje negras, liguero negro de satín (¡desde luego!), una brevísima tanga roja (que hacía resaltar mi de por sí voluminoso trasero), un brasier rojo transparente que me horma deliciosamente mis senos, y encima de todo esto, un camisón de seda negra también negro con su bata a juego. Además de un juego de aretes, collar y pulseras de rubí (sintético, mi presupuesto no da para más).

    Así que estaba realmente espectacular, tal como me demostró su cara de asombro. Se puso de pie y dijo: ¿Realmente eres tú, o acaso me están jugando una broma? ¿Eres su hermana o algo así?. No Gustavo soy Andrea y esta es mi verdadera personalidad, le contesté. Pero por favor, sigue sentado y te acompaño.

    Me senté a su lado y levantando mi copa dije: porque esta reciente amistad dure mucho tiempo, ¡Salud!. Tomamos nuestros tragos y le pedí permiso de cambiar de música, pues sentía ganas de bailar (mas bien de sentir su cuerpo pegado al mío). Cambié los discos y lo tomé de la mano y nos pusimos a bailar con una música muy romántica. Al sentir sus brazos rodeando mi cuerpo casi tengo un orgasmo, pues Gustavo es de complexión fuerte y es mas alto que yo.

    Me repegué a su cuerpo y sentí su verga que ya estaba dura como un hierro, frotando mi región púbica, a la vez que sus grandes y fuertes manos acariciaban mi espalda y lentamente se desplazaban hacia mis nalgas. Cuando llegó a ellas, tomó los dos globos y sentí como los abría suavemente y sus dedos comenzaron a juguetear al borde de mi ya para entonces, caliente y ansioso culo.

    Mientras, yo no estaba estática. Retiré uno de mis brazos de su cuello y dirigí mi mano traviesamente hacia su entrepierna, donde cada vez se ponía mas dura y crecía su gran verga. Le bajé el cierre del pantalón y metí mi mano para sentir el calor de ese cetro que adoramos tanto las mujeres. Lo que palpé era una verga que si bien he conocido más grandes, no dejaba de ser respetuosa y mas bien gruesa que larga.

    Afortunadamente circuncidada y con un glande más grueso que el tallo. Duro pero con esa suavidad aterciopelada, ya goteaba liquido preeyaculatorio que yo ansiaba libar. Mientras Gustavo me besaba ansiosamente en la boca y sentía su lengua palpando la mía, lo que excitaba bastante, aunque no tanto como sus dedos que ya había introducido en mi caliente ojete.

    No me pude contener un instante más y deshaciendo el dulce abrazo, me deslicé al suelo a tomar la posición de pleitesía al príapo, esto es: de rodillas. Su verga, exultante, turgente, caliente, húmeda, apuntaba directamente a mi boca, que golosa y ansiosamente se abrió a todo lo que dio para recibir el majestuoso miembro que parecía que iba a reventar.

    Con un poco de dificultad pude tragar el glande, que como dije era más grueso que lo demás. Pero una vez que ya lo tuve dentro de mi acariciante boca, comencé a jugar con él, pasando mi lengua por el frenillo y succionando el rico liquido seminal. Gustavo me dejaba hacer mi tarea, pero al poco tiempo me rogó que nos fuéramos a la cama, pues quería interactuar conmigo. Accedí de inmediato pues yo también estaba necesitada de recibir la dureza de su verga en mi caliente culo.

    Ya en la cama, le pedí que se acostara y lo empecé a desnudar, pues para mi no hay nada más erótico que ir despojando de su ropa a mi pareja lentamente, para apreciar su cuerpo y dar suaves caricias a sus partes más sensibles. Y así lo hice, al quitar su camisa mordí ligeramente sus tetillas hasta que se pusieron duras, dándoles unas breves mamadas. Su pecho estaba cubierto de abundante vello, en el que enredaba mis dedos; fui bajando hacia su ombligo besando todo el trayecto y al llegar, metí la punta de mi lengua ocasionando un respingo por parte de Gustavo.

    Afortunadamente resultó ser una persona muy aseada y no encontré ningún mal sabor u olor en su cuerpo. En el aspecto del aseo, diré que soy muy puntillosa, pues basta algún olorcito desagradable para acabar con mi erotismo.

    Continuando con el camino, aflojé su cinturón y el pantalón bajándolos hasta las rodillas quedando en la trusa que cubría su hermosa verga. Se la mordí por encima suavemente y pude ver como saltaba al ponérsela aun más rígida. Descubrí su orgulloso miembro y pude disfrutar de su perfecta construcción: un glande terso, bulboso, opíparo, mas destacado que el resto de la verga, lo que hizo que mi culo se estremeciera de placer anticipado, pues lo imaginaba ya distendiendo mi esfínter. El tallo con unas venas bastante gruesas y ya en ese momento pulsátiles tal vez anticipando una tumultuosa eyaculación. De su meato brotaba el perlino liquido preeyaculatorio, que escurría como lava de volcán.

    No pude resistir mas tiempo esta hermosa visión y abriendo mi golosa boca, me zampé casi toda la verga de un solo bocado. ¡Que ricas sensaciones obtuve de ese tremendo falo!, su glande palpitando en mi boca, era algo increíble, sentía sus venas con mi lengua como aumentaban de volumen, y su líquido seminal dejaba un rico sabor que me excitaba aún más. Él no pudo contener sus ansias y me tomó de la cabeza y moviéndola hacia delante y hacia atrás, me clavaba su estaca hasta las profundidades de mi garganta. Afortunadamente tengo mucha práctica en el sexo oral, y puedo acomodar mi garganta para que no me provoque arcadas la introducción de un miembro de casi cualquier tamaño.

    Gustavo ya estaba incontrolable y presentía que no iba a aguantar mucho tiempo mi trabajo oral, así que traté de liberarme de sus manos que retenían mi cabeza pegada a su verga para que no eyaculara, pero fue por demás. Se vino en un tumultuoso orgasmo que inundó mi boca de un rico y cremoso semen, del que escurrió por mis labios por la gran cantidad que era.

    Un poco desilusionada, me separe de él paladeando su descarga y retirando los restos de mis labios, pues pensé que ahí iba a terminar todo. Sin embargo Gustavo se incorporó y abrazándome fuertemente, me acomodó en la cama y colocándose sobre de mí me besaba de una manera bastante erótica. En correspondencia yo lo acariciaba en su espalda y sus nalgas, arañando suavemente su piel. Cual no sería mi sorpresa cuando sentí que su verga volvía a la vida y me presionaba entre las piernas, pues jamás imaginé que dada su edad, tuviera esa reacción en tan poco tiempo.

    Sus grandes y hermosas manos ya acariciaban mis senos y se los llevaba a la boca para succionar mis pezones. Creí desfallecer por el placer que esto provocó en mí, pues los tengo muy sensibles y grandes. Mientras él me mamaba los senos yo acariciaba su verga y la sentía en mi mano como aumentaba de tamaño, lo que me estimulaba aún más.

    Sentir esa verga crecer por el estímulo que yo ocasionaba, me hizo sentir la urgencia de ser penetrada de una manera violenta. Acomodé mis piernas para rodear el cuerpo de Gustavo y pude, entonces, sentir su tremenda erección en el borde de mi ansioso culo.

    Casi gritando le pedí que me la metiera, y como él tardaba, me repegué a su verga y sentí que entraba un poco de su glande. Al sentir Gustavo que ya estaba bien apuntado, sin compasión me la dejó ir de un solo envite. A pesar del dolor que esto me ocasionó, crucé mis piernas alrededor de su cuerpo e hice que su verga penetrara aún más. Me sentí en éxtasis al comprobar que sus testículos golpeaban mis nalgas, señal de que tenía completamente clavado su miembro en mi caliente culo. Dolía, si dolía, pero el placer superaba con mucho ese dolor; mientras Gustavo se apoderó de mi boca y me besaba de una manera sensual, clavando su lengua casi hasta mi garganta y mordisqueando mis labios.

    Yo apretaba con mi esfínter su dura verga y sentía como aumentaba de volumen. Podía sentir las gruesas venas como palpitaban y se engrosaban en mi interior. Gustavo ya había pasado de mis labios a mis senos y chupaba mis pezones fuertemente. Mis manos apretaban las sábanas en señal de excitación, de mi boca salían gemidos de placer. Su verga ya entraba y salía de mi culo con gran velocidad y me sentía transportada al paraíso de la cantidad de placer que sabía estaba proporcionándole y que estaba yo sintiendo. El orgasmo se acercaba de una manera implacable. Deseaba que no llegara y prolongar ese éxtasis por la eternidad.

    No pude contenerme más y con un grito derramé mis jugos de una forma bestial. Sentí que me vaciaba completamente y durante mucho tiempo el flujo de mi orgasmo corrió libremente, sin embargo, Gustavo continuó propinándome ricas arremetidas con su aun rígida verga. Le pedí que cambiáramos de posición pues quería probarlo en todas las formas. Sin desprenderse de mí, fue recargándose hacia un costado y manteniendo abiertas mis piernas quedamos en la posición de “cucharas”, esto es, acoplados de lado a lado. En esta postura, mas relajada que la anterior, pude tomar un respiro y lo dejé hacer lo suyo.

    Su verga en un poderoso vaivén, casi salía completamente de mi, para ese momento relajado culo, pues con el reciente orgasmo, no tenía fuerzas ni ánimo para ofrecer alguna resistencia. Sin embargo con la fricción y el hecho de sentir sus vellos púbicos rozando mis nalgas, me fui excitando poco a poco. Gustavo parecía no cansarse pues sus movimientos eran bastante vigorosos. Yo sentía que su verga se clavaba mas y más y pensé que en cualquier momento se iba a venir, por lo que apreté un poco los músculos de mi colita, pero esto lo que provocó fue que Gustavo aumentara el vigor de sus arremetidas.

    Desconcertada hasta cierto punto, le pedí que intentáramos otra posición pues esta parecía un poco cansada (¡mentira, quería sentarme en él para sentirla más profunda!), a lo que él inmediatamente aceptó. Le pedí que se colocara de espaldas y me dejara dirigir el acto. Una vez colocado en pose, su verga pareció decaer un poco por lo que le di unas deliciosas mamadas hasta que obtuvo la dureza y tamaño adecuados.

    Acomodándome en cuclillas de frente a él, tomé su miembro con una mano y lo dirigí a la caldera que en esos momentos era mi culo. Fui descendiendo lentamente mi grupa y logré introducir mas de la mitad de su tremenda verga. Me detuve unos instantes para tomar alientos, y sin más ni más me dejé caer sobre ese duro garrote.

    ¡Cielos! que sensaciones me invadieron al tener, en esa posición, su verga clavada hasta los más recónditos rincones de mi cuerpo. Gustavo, comprendiendo que si él hacia cualquier movimiento me podía lastimar, se quedó quieto dejándome a mí toda la iniciativa. Pasado el momento de cierto dolor provocado por el empalamiento, me recosté sobre su pecho y así recomenzamos el dulce y eterno movimiento del amor. Como Gustavo no se podía mover, yo me desfogué y me movía como la mujer en celo que soy, gritando y gimiendo, subiendo y bajando a lo largo de la tranca que destrozaba mi culo.

    El orgasmo, una vez más, se acercaba de una manera incontenible. Dándose cuenta Gustavo que ya estaba yo a punto del orgasmo, me empujó haciendo que me separara de él. Un poco desconcertada, quedé jadeante al lado de él, quien sin tardanza se incorporó y volteándome boca abajo, me tomó de la cintura y levantando mi grupa me colocó en la exquisita posición de “perrita”. Sin mas trámite, clavo su enhiesta verga sin compasión hasta el tope. Me sentí desfallecer tanto por la violencia de la penetración como por el placer ocasionado. Gustavo se empezó a mover rápida y fuertemente, bombeando, saqueando, rompiendo mi pobre recto.

    Ya había perdido la cuenta de mis orgasmos, pues estos venían casi en forma ininterrumpida. En eso, dio un fuerte empujón que me hizo gritar y sentí mis intestinos inundados de un liquido caliente y espeso, que vino a aliviar el ardor que sentía en mis interiores. Nos quedamos estáticos unos momentos en lo que Gustavo terminaba de expulsar su semen, el que ya escurría fuera de mi culo. Su verga fue disminuyendo de tamaño y saliéndose de su acogedor estuche. Derrumbándome en la cama, Gustavo se acostó en mis espaldas embarrando los restos de su semen en mis nalgas y dejando su flácido miembro entre ellas.

    Al fin, separándose de mí, se acostó a un lado y besó dulcemente mis labios y nos quedamos dormidos. Desde luego que no terminó ahí todo, pues al despertarnos continuamos con nuestra pasión todo lo que restaba de la noche. Ahora estamos viviendo nuestro romance, casi como una luna de miel. Gustavo quiere que vivamos juntos y que lo atienda como si fuera mi esposo, pero desgraciadamente yo no soy “mujer” de un solo hombre y así se lo dije. Comprendiéndome, me pidió que por lo menos lo pusiera en los primeros lugares de mi larga lista de amantes.

    Así lo hice y nunca olvidaré este “ligue”.

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  • El novio de mi prima

    El novio de mi prima

    Las 5 de la tarde. Desde primera hora de la mañana había estado dando vueltas, primero a recoger a familia que venía de fuera, llevarles corriendo a casa para que se cambien. La boda a la 1 del mediodía, la comida a las 3, ya estamos terminando, estoy agotado porque encima anoche tocó salí con todos los primos que habían venido el día anterior y claro, como no están acostumbrados a venir a la ciudad, que mínimo que sacarles de marcha.

    No tengo gran resaca, la verdad es que no bebí mucho. Mi posición en estas bodas es la de aguantar, soy el mayor de todos mis primos y de los pocos que aún no está casado, la razón, evidente, soy gay, quizás el año que viene con la ley nueva aunque claro primero habrá que buscar al príncipe azul. Ya he tenido que aguantar parte y aún me queda una segunda tanda de familia que me dirá tonterías tipo “a ver cuando te toca a ti” “se te va a pasar el arroz” “no te da vergüenza que tus primos mas pequeños se te adelanten” menos mal que estoy acostumbrado y ya se salir del atolladero.

    Hoy se ha casado una de mis primas pequeña, Rosa, iba muy guapa, pero que queréis que os diga, creo que su novio, ya su marido, es más guapo, Raúl, 27 añitos, buen cuerpo, mejor cara, un pelo de estrella de cine y una sonrisa que para si la quisiera Tom Cruise (perdona amor).

    Le conocí el día que mi prima nos presentó, hará un año y aunque no nos hemos visto mucho, siempre que ha pasado hemos hablado como si nos conociéramos de toda la vida. De hecho anoche tuvimos una de nuestras charlas sobre el amor, el sexo, los niños y el futuro que le esperaba. Su sonrisa y la ilusión que ponía hablando de todo esto me derretían, cada vez que miraba a mi prima y la cogía de la mano me daban ganas de llorar de felicidad por ellos dos. Pero no os voy a engañar, también le cogería a solas y le haría un hombrecito, por delante y por detrás. A mis 38 años ya he catado a muchos, muchísimos y no creo que me costara mucho

    Al salir de la iglesia tocaba dar la enhorabuena, primero a mi prima con dos besazos y un enorme abrazo y luego a Raúl, le iba a dar la mano sin mas y él me abrazó y me dio dos besos, juraría que se me acercó demasiado, tanto que nuestros paquetes se rozaron, cosas mías seguro.

    Están sirviendo el postre, dos horas sirviendo platos, entre los entremeses y la tarta, ya he perdido la cuenta, si a esto le añadimos las cervezas que he tomado antes de llegar al restaurante, estoy que reviento. Me hace falta un licor para rebajar esto.

    Raúl al lado de Rosa no hace más que mirarla, no le suelta la mano por debajo de la mesa, esto no se ve, pero se intuye. Durante la comida se han levantado varias veces para saludar a los invitados, me hecho una foto al lado de los dos y mientras Rosa hablaba con el resto de comensales de mi mesa Raúl al oído me ha dicho que tenía que decirme algo pero más tarde.

    Me ha dejado preocupado porque su habitual sonrisa se ha apagado mientras me lo decía aunque luego me ha mirado y me ha guiñado el ojo regalándome media. Después de los postres empieza el consabido baile, el vals nupcial seguido de la interminable lista de pasodobles, rumbitas y cancioncitas con baile del verano, de todos los veranos. Si no fuese porque en el fondo me lo paso bien me hubiese largado hace horas. Porque me lo paso bien y por Raúl, por lo guapo que es y por lo intrigado que me tiene.

    Son casi las 8, me estoy meando, llevo un par de cubatas encima que seguido del vino, las cervezas, el licor y yo que se mas, hacen que este muy contento, de más diría yo. Voy al servicio, de caballeros por supuesto, pero al entrar una mano me agarra del brazo y me dice por la espalda “a este no, ven conmigo que te llevo a otro más tranquilo”. Es Raúl. “Joder me has asustado, espero que no esté muy lejos o me lo haré encima”. Se sonríe al oírme decir esto y yo al ver esos dientes casi me lo hago allí mismo.

    Vamos a otro edificio, pertenece al mismo complejo pero en este no hay celebraciones “Puedes ir a mear, te espero aquí”, me dice. Desahogo cómodamente, en silencio, al menos no tengo que aguantar a alguno de mis primitos presionando para que los lleve a un bar donde se liguen dos pibitas mientras meo, que esta juventud no aprende que en un servicio público no se habla, solo se mea o se liga.

    Cuando salgo no veo a Raúl, le llamo y desde un lado del enorme salón oigo como me llama

    —Estoy aquí, perdona —se ha quitado la corbata la chaqueta y se ha abierto un poco la camisa— que calor hace aquí.

    —Es verdad —Contesto— ¿Qué me querías comentar?

    —Siéntate, quiero enseñarte una cosa.

    Le hago caso y mientras yo me siento él se levanta. Empieza a quitarse la camisa, no entiendo muy bien que pasa. Miro nervioso a todos lados preocupado por si alguien nos ve, lo que menos me hacía falta ahora es que me viesen con el novio desnudándose delante de mí.

    —Tranquilo, aquí no nos buscaran, además les he dicho que tenía que ir a hablar con los dueños del restaurante y que te llevaría conmigo.

    Sigue desabrochándose la camisa, muy despacio, poco a poco se deja ver el pecho y después el abdomen, ahora los gemelos, se saca la camisa por fuera del pantalón. Ya la tiene completamente abierta. Ahora que caigo, nunca había visto su cuerpo, lo mas sus brazos este verano, llevaba una camiseta sin mangas. Le pregunto:

    —¿No tienes pelo?

    —Me depilo, ¿no te gusta?

    Llegados a ese punto, creo que es hora de quitarnos las máscaras, es evidente que aunque yo no se lo haya dicho, éste sabe que me van los tíos y más si están como él.

    —Todo lo contrario, me ponen mucho, aunque si te soy sincero, me gustan todos mientras estén buenos.

    —¿Y yo lo estoy?

    No sé si será el alcohol que llevo encima o el novio de mi prima, ya su marido, se me esta insinuando. En ese momento deja de ser familia, solo es carne que me voy a comer como siga en este plan. Me estoy empezando a calentar de verdad y el cabrón se ha quitado la camisa, es francamente espectacular. Se desajusta el cinturón y empieza a abrir la bragueta desabrochando uno a uno todos los cinturones, le empiezo a ver el slip, blanco, de marca. Mi bulto se está hinchando, me lo colocó para que pueda crecer por dentro de la ropa sin problemas. Raúl lo mira, ya ha terminado con la bragueta, se baja los pantalones, quitándose los zapatos a la vez.

    —Me parece poco erótico un tío en calzoncillos y con los calcetines puestos, ¿no te parece?

    Y dicho esto se sienta encima de la mesa que tengo enfrente y se los quita como lo haría cualquier profesional, poco a poco. El suave olor a pies inunda el espacio. La luz tenue de los focos del jardín exterior entra por la ventana e ilumina el cuerpo sentado de Raúl, se me antoja muy erótico con esa luz. Mi cosota revienta en el pantalón, me noto húmedo y no hago mas que colocármela para que sufra lo menos posible.

    Raúl no está empalmado, a lo sumo la tiene morcillona, lo puedo detectar por el ajustado bóxer. Se pone de pie encima de la mesa mientras yo miro sentado desde la silla. Ahí subido es como un dios griego, se olisquea la axila izquierda mientras que con su mano derecha se empieza a acariciar, primero el cuello después el pecho, se moja un dedo en la boca y empieza a hacer círculos con él en uno de sus pezones. Se coje el paquete y lo aprieta, después se dedica a los huevos y mas tarde a la verga que ya empieza a coger forma.

    Un momento de lucidez me asalta, de golpe pienso bien lo que está pasando. Tengo a Raúl, el novio de queridísima Rosa, subido en una mesa, en ropa interior y a punto de desnudarse del todo delante de mí.

    —Raúl, espera, espera, estás loco o que, venga vístete y vámonos, estas un poco borracho y no sabes lo que haces, mañana te reirás de esto. Y mejor que te rías y no que te arrepientas.

    Me hace un gesto todo tranquilo para que me calle y espere sentado a que termine lo que ha venido a hacer. Bebo un poco y miro sus piernas, mis ojos le recorren por enésima vez esa tarde. Vuelvo a ver a un hombre y no al recién casado, ¡y que hombre! Que suerte tiene mi prima que cada noche puede catar un macho como este.

    Todo vuelve al ritmo de antes, se pone de espaldas a mi para que vea su culo, como el resto de su anatomía, perfecto, nalgas turgentes y duras. Su mano se mete por dentro del bóxer y se lo toca, poco a poco se lo empieza a bajar. Se lo deja justo por debajo del culito, veo como su mano se dirige a la polla y se la masajea bien, por la sombra que la luz que entra por la ventana proyecta contra la pared puedo ver que ya la tiene a un tamaño considerable, su vaivén es lento, pausado, se pajea a conciencia pero de espaldas a mí, las nalgas se le contraen de vez en cuando.

    La escena es preciosa, digna de la mejor película erótica, y digo esto porque aquello no es pornografía, todo es sutil, bello. La luz, el cuerpo, yo aún vestido ¿Por qué estoy vestido? En otra como está ya me lo habría follado 3 veces pero aquí no era capaz de mover un dedo. Raúl me ha dejado fuera de juego, creo que lo que él pretende es justo lo que está pasando así que le dejo hacer.

    Se acaricia esas nalgas y se atreve a meter la mano por la rajita, se acaricia bien el agujero sin llegar a meterse ningún dedo, su otra mano acelera el ritmo, el tamaño de su verga a juzgar por la sombra ha llegado a su plenitud, sube la cabeza y goza de lo que está haciendo. Su respiración aumenta, creo que se va a correr.

    Por entre sus piernas puedo ver como la leche que le sale disparada llega al mantel blanco que cubre la mesa, gime aunque levemente, por cada espasmo contrae las nalgas y gotas de semen van cubriendo la zona. Un último gemido acompaña a la última sacudida para escurrirse bien. Ha doblado un poco las piernas. No puedo verle la cara, solo el pelo que deja caer mientras tiene la cabeza inclinada hacia atrás.

    —Espero que te haya gustado. Tenía muchas ganas de hacer esto delante de ti. Considéralo un regalo por tu amabilidad y por asistir a mi boda.

    —Espero que no hagas lo mismo con todos los invitados —dije sonriendo

    —Descuida, solo para ti, eres un tío muy especial y además eres el único de la gente que conozco, incluida tu prima, que sé que apreciaría esto de la manera que lo he hecho.

    —Ha sido una maravilla, absolutamente espectacular y sublime si lo hubieses preparado aposta no te sale tan bien.

    —¿y quién te dice que no lo preparé? —y dejó ver sus preciosos dientes mientras soltaba una aún más preciosa sonrisa.

    Mientas hablamos se va vistiendo. Termina y me abraza por el hombro como dos buenos colegas. Antes de salir, noto que se me olvida algo.

    —Me vas a perdonar, pero creo que necesito ir al servicio de nuevo.

    —¿Otra vez te estas meando? —dice

    —No precisamente —contesto, y le guiño un ojo.

    El mismo que os guiño a vosotros. Besitos para todos.

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  • Pasión a primera vista

    Pasión a primera vista

    Hola de nuevo, espero que hayan disfrutado mis aventuras anteriores, hoy vengo con una nueva historia en la que les hablaré de Fernando, el hombre que me a gustado desde que lo conocí.

    Todo comenzó en un baile de esos de pueblo, en la casa del rancho de mis papás, entonces yo tenía 26 años, vestía una mini falda negra, botas a la rodilla negras y una blusita café que marcaba mi silueta curvy.

    Llegamos con mi primo Ricardo a un grupo de chicos y chicas que estaban ya en el lugar, nosotros cómo vivimos en la capital llegamos ya un poco tarde, pero ellos muy atentos nos apartaron un lugar. Nos instalamos y nos comenzó mi primo a presentar a sus amigos que no conocíamos eran muchos pero para mí el más importante que me dejó babeando era Fernando.

    Pasaron los minutos y el baile estaba muy bien, todos nos divertíamos y tomábamos cerveza, yo estaba divertida pero atenta a los movimientos de Fernando, descubrí que me veía mucho pero se notaba que era demasiado tímido así que decidí ser la primera en acercarme, lo invité a bailar y con una expresión como de pena acepto, comenzamos a bailar y se dio esta charla:

    Fernando: ¿y dime María vienes muy seguido por estos rumbos?

    María: la verdad es que solo en fechas como semana santa y navidad.

    Fernando: ¿entonces no te veré tan seguido cierto?

    María: pues no creo

    Fernando me agarro mas fuerte de la cintura y me dijo: a mi me gustaría verte siempre.

    Yo emocionada por lo que me decía, pensé en ese momento que yo le había gustado tanto como él a mi le contesté: a mi también me gustaría verte seguido.

    Paso la noche bailamos y nos dimos muchos besos, me acompañaba al baño y me acariciaba por encima de la ropa, debo decir que era un poco torpe su manera de hacerlo, pero de verdad me encantaba, cada vez que podíamos desparecer de ahí (que no podía ser mucho tiempo por que en esos lugares todos te conocen y ya me habían visto con él, quise ser discreta en realidad) cada que podíamos desaparecíamos, en una ovación fuimos al estacionamiento y ahí recargada en su coche comenzó a besarme con mucha intensidad, yo estaba completamente mojada, me está excitando mucho y toque su pene por arriba de su pantalón, su tamaño se sentía normal.

    Él seguía besando el cuello, tomándome de la cintura y bajando sus manos por mis caderas hasta llegar a mis nalgas, a las que tenía total acceso porque solo traía una tanguita abajo de la falda, me estaba comenzando que meter los dedos, yo estaba respirando, haciendo el menos ruido que pudiera, me tenía ahí dominada, con sus dedos en ambos hoyitos, saqué su pene y comencé a masturbarlo, comenzó a crecer, a hacerse gordo y mas gordo, era una verga deliciosamente gruesa, era como haberme sacado la lotería, nos seguimos masturbando y besando por un momentito mas hasta que me volteó con fuerza, levantó mi falda un poquito, solo se veía la mitad de mis glúteos.

    Saco de su billetera un condón y comenzó a penetrarme, yo estaba completamente excitada, no me importaba si alguien me veía, yo solo quería sentirlo mas y mas, era tan grueso su pene que sentía como raspaba alrededor de mi útero, Fernando jadeaba y me decía al oído que estaba muy rica, que le gustaba mi olor y mis besos no dure mucho y termine. Fernando me bajo para terminar en mi boca, fue delicioso, me levanto, paso un pañuelo por mi entrepierna para limpiar los jugos que habían salido de mi, me acomodo la tanga y bajo mi falda, nos dimos otro beso muy caliente y nos despedimos por que el baile ya estaba por terminar, prometimos vernos pronto y cumplimos, nos volvimos a ver, pero les contaré en la siguiente historia.

    Muchas gracias por leerme, me encanta que me dejen sus comentarios, no sean tan reservados, cuéntenme si han tenido una experiencia igual o si fantasean con ello. Saludos y hasta el siguiente relato.

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  • Miradas que lo dicen todo

    Miradas que lo dicen todo

    Ni siquiera recuerdo como sucedió, todo comenzó muy inocentemente mientras ojeaba el periódico en la cafetería de la esquina, me quedé embobado mirándola, no la había visto nunca antes, sus movimientos, sus gestos, todo hacía que yo la observara con mis cinco sentidos, era una chica joven de unos 20 años, sus ojos eran de color miel y movía su pelo castaño con sensualidad. Ella era el centro de atención de un grupo de jóvenes que la acompañaba y yo la miraba como si no hubiera nadie más en el local a excepción de nosotros dos.

    Durante unos segundos pude adivinar una mirada fugaz suya, levanté la vista, pero ella evitó mis ojos, así permanecimos durante unos cuantos minutos, jugando al gato y al ratón, contemplándonos mutuamente pero sin mirarnos a los ojos, rehuyendo el encuentro de nuestros ojos.

    Era ya demasiado tarde, debía irme, el trabajo me reclamaba, así que me levanté, dejé el importe del café sobre la mesa y me dirigí hacia la puerta, pasé a su lado y entonces la miré directamente a los ojos, ella no evitó mi mirada, mientras avanzaba hacia la salida seguía fijo en sus ojos, y experimenté una sensación nueva, era como si de pronto todos los sonidos del mundo se hubieran callado, como si me hubiera quedado sordo, tan solo oía los latidos de mi corazón. Tomé el pomo de la puerta y por unos instantes dudé entre irme o quedarme y decirle algo. Sin embargo escogí la primera opción, salí de nuevo a la calle y de pronto todo volvió a la normalidad, los sonidos volvieron y me adentré en la monotonía del día.

    Lo más lógico habría sido que no volviera a haber visto a aquella chica nunca más, pero la vida da muchas vueltas y el destino te depara sorpresas insospechadas. Habían pasado ya un par de semanas desde nuestro encuentro, era un viernes típico de invierno, gris plomizo, frío y lluvioso, había salido a tomar unas cervezas con unos amigos pero me encontraba algo cansado así que decidí irme a casa, las campanas del reloj de la Iglesia de “San Juan” acababan de dar las dos de la mañana.

    Mi casa no estaba lejos, pero la lluvia arreciaba y formaba una especie de cortina que no te permitía ver más allá de dos metros, aceleré el paso pues no llevaba paraguas y me estaba empapando. De pronto, al dar una esquina de la callejuela que conduce al Mercado de Las Flores me tropecé con una chica, no me dio tiempo a disculparme, cuando levanté la vista la vi, era ella, sus ojos también me reconocieron, ninguno de los dos decía nada, solo nos mirábamos, los dos solos en la calle, empapándonos bajo la lluvia, sin decirnos ni una sola palabra, el agua arrollaba por su cabello, por sus mejillas y surcos de gotas de lluvia entraban por el cuello de su jersey.

    En ese momento me pareció la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra y di un paso hacia ella, mis labios se acercaron a su boca y la besé, ella respondió a mi beso con naturalidad, nuestras lenguas se fundieron en un baile sensual y húmedo, mis manos acariciaban su nuca y las suyas mi cintura. Así permanecimos entrelazados durante mucho tiempo, cuando nuestras bocas se separaron ella sonrió, y dijo:

    —Será mejor que vayamos a algún sitio, estamos calados hasta los huesos.

    —Ven, vivo aquí al lado. —Y la tomé de la mano para que me siguiera.

    En el corto camino a casa no intercambiamos palabra alguna, puede resultar extraño, pero así fue, caminábamos entrelazados y ella apoyaba su cabeza en mi hombro.

    Llegamos a casa y le ofrecí algo de beber, rehusó el ofrecimiento.

    —Estoy muerta de frío y empapada, creo que nos vendría bien una ducha caliente y poner a secar la ropa, ¿no te parece? —dijo con un hermosa sonrisa.

    —Sí, tienes toda la razón —le dije mientras me acercaba a ella y le quitaba un mechón de pelo de su frente, para, a continuación, besarla.

    Los dos unidos, entrelazados, fuimos desplazándonos poco a poco hacia el cuarto de baño, tropezando con los pocos muebles que encontramos a nuestro paso, desnudándonos torpemente el uno al otro.

    Su piel era muy pálida, parecía una hermosa pintura de algún pintor de la escuela holandesa, su tacto extremadamente suave y sensible, algunas pecas salpicaban su bello torso, sus pechos voluptuosos, turgentes y sus pezones increíblemente grandes, sus caderas anchas, rotundas y su pubis aparecía ante mi completamente depilado, como si de una inocente niña se tratara. Era una criatura deliciosa.

    Nuestros cuerpos disfrutaban del agua caliente que caía sobre nosotros, nuestras bocas y manos se dedicaban a explorar el cuerpo del otro. La besaba en el cuello, mis manos recorrían su espalda bajando hacia sus caderas, sus pechos se apretaban contra mí, su boca lamía el lóbulo de mi oreja y sus manos acariciaban mis glúteos.

    El agua relajaba nuestros cuerpos y el vapor daba sensualidad al momento, nuestros besos se volvían más lujuriosos, lamíamos, besábamos, mordíamos nuestros labios, nuestras lenguas exploraban cada rincón, bebíamos el uno del otro con auténtica pasión. Las caricias se volvieron más atrevidas, mis manos acariciaban sus pechos, amasándolos, jugando con sus ya erectos pezones, lamiendo y chupando éstos.

    Sus manos tomaron mi sexo, acariciándolo dulcemente, recorriéndolo lentamente en toda su longitud una y otra vez, practicándome una maravillosa masturbación.

    Mi mano derecha bajó por su vientre hasta llegar a su sexo, recorriéndolo en toda su longitud, notando el sensible tacto de sus labios vaginales, descubriendo su clítoris aún oculto, su boca lamía mi cuello y un ligero gemido me indicó que mis caricias le gustaban.

    Mis dedos comenzaron a explorar más íntimamente, separaban sus labios vaginales para descubrir la hermosa flor que éstos ocultaban, su vulva era sonrosada y se encontraba ya muy lubricada. Mi dedo pulgar comenzó a acariciar en círculos su clítoris, notando como poco a poco éste iba aumentando de tamaño y mostrándose más y más visible, mientras, mi dedo anular comenzaba a penetrarla cuidadosamente. Mi dedo se movía en su interior a ritmos acompasados, acariciando sus sensibles paredes que lo absorbían.

    Nos besamos de nuevo, su lengua serpenteaba en el interior de mi boca, la humedad de su sexo iba en continuo aumento, decidí usar un segundo dedo para penetrarla, los dos eran atrapados por sus músculos vaginales, su clítoris ya estaba completamente erecto y sensible y sus gemidos aumentaban de tono.

    Retiré mi mano de su sexo y mis labios bajaron por su vientre hasta su Monte de Venus, lamiendo cada milímetro de su piel, separó más sus piernas y mi boca bajó hasta sus más íntimos labios, mi lengua los lamió profundamente, recorriéndolos en toda su extensión y abriéndolos ligeramente en cada lamida, su sabor era salado y su olor intenso, mis manos ayudaron a ir más allá, mi lengua recorrió su clítoris y mis labios puestos en forma de O la ayudaron a succionarlo, sus manos acariciaban mi cabello, crispándose cuando su placer era mayor.

    Mientras mi boca se ocupaba de su hermoso y mágico botón comencé nuevamente a penetrarla con dos de mis dedos, sus contracciones eran cada vez mayores, sus gemidos más intensos, noté como apretaba los dedos de sus pies, y de pronto lo noté, le llegó un orgasmo intenso acompañado de un gemido ronco, lamí y bebí su esencia como bebe aquél que está sediento.

    Sus dedos tiraron de mi cabello hacia arriba, me separé de su pubis, los dos de pie nuevamente, me beso, notando en mis labios y boca su propio sabor íntimo.

    Ahora eran sus labios los que bajaban por mi cuello, se apoderaban de mis pezones y los lamían, incluso los mordían y estiraban juguetonamente, sus manos acariciaban mi espalda y mis costados.

    Su lengua recorría mi vientre, surcaba las proximidades de mi ombligo, lo lamía y penetraba apasionadamente. Su boca bajaba, sus manos acariciaban mi culo.

    Sus manos tomaron mi sexo, sopesándolo, con una tomó mi pene y con la otra me acariciaba y masajeaba los testículos, noté la punta de su lengua en mi glande y una pequeña descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal.

    Comenzó lentamente a masturbarme, sus labios se apoderaron de mi glande, sorbiéndolo, volviéndome loco con su lengua, colocó sus manos de nuevo en mis nalgas y de esta manera era ella la que controlaba mis embestidas a su boca, sus labios se abrieron más y mi polla entró más profundamente en su interior, cada vez un poquito más, hasta que entró completamente, su lengua me volvía loco y sus labios se cerraban en torno a mi pene como si de su vulva se tratara, esta dulce tortura se repitió durante varios minutos.

    Me estaba llevando al éxtasis, pero yo no quería terminar aún. El agua seguía cayendo sobre nosotros, la cogí de sus hombros y la obligué a ponerse en pie para fundirnos en un nuevo y apasionado beso.

    Hice que apoyara su espalda en la pared de la ducha, ella abrió sus piernas y con sus manos tomó mi tremendamente excitado pene para conducirlo a la entrada de su sexo, introduje tan solo la punta y me quedé quieto, contemplándola, pero ella quería más, lo quería todo, puso sus manos en mis caderas y empujó con fuerza, consiguiendo que casi la penetrara completamente, un leve gemido salió de su garganta, me retiré levemente de su interior para volver a penetrarla, en esta ocasión hasta lo más profundo de sus entrañas, mientras, mi boca devoraba su pezón derecho.

    Así permanecimos largo tiempo, acoplados el uno en el otro, dejando que el agua caliente y el vapor cubriera nuestros cuerpos, haciendo el amor de forma cadenciosa y lánguida en unas ocasiones y de forma ruda y rápida en otras, besándonos y lamiéndonos como dos animales en celo, su sexo me atrapaba y me exprimía, nuestros cuerpos se tensaban y crispaban.

    Tomó una de mis manos y la besó, introdujo uno de mis dedos en su boca y lo lamió de la manera más lujuriosa que jamás he visto, y, a continuación llevó mi mano a sus nalgas. No me dijo nada, no necesitaba hacerlo. Mi mano se perdió entre sus glúteos buscando penetrar su hermoso culo, mi dedo presionó su entrada y su anillo lo atrapó, comencé a moverlo en su interior, notando como mi pene penetraba su sexo a través de la fina pared que los separaba.

    Mi dedo se desplazaba en su interior con asombrosa facilidad, así que decidí utilizar un segundo dedo, lograrlo fue algo más difícil pero conseguí que se dilatara lo suficiente para conseguirlo, una vez superado esto mis dedos se desplazaban en su interior con suavidad y seguridad, horadando su interior a la vez que mi sexo penetraba su delicada vagina.

    Moví mis caderas con fuerza, logrando una penetración profunda e introduciendo a la vez con firmeza mis dedos en su interior, de sus entrañas salió un profundo gemido, sus uñas marcaron mi espalda.

    Mientras me besaba sus manos bajaron hasta mi pene, sacándolo de su interior y acariciándolo con dulzura. Tomó un bote de gel y vertió una considerable cantidad en sus manos, comenzó a masajear y a lubricar mi sexo, para luego aproximarlo a su entrada posterior que mis dedos acababan de abandonar, colocó mi glande en la entrada de su culo y muy lentamente la fui penetrando, su anillo anal comprimía todo mi pene cerrándose sobre él, los primeros momentos fueron difíciles, nuestros movimientos lentos para conseguir que su cuerpo se acostumbrara a mí y que su dilatación aumentara, mi mano izquierda masajeaba a la vez su sensible clítoris.

    Poco a poco, centímetro a centímetro, me introducía más y más en su interior, cada vez nos encontrábamos mas cómodos y disfrutábamos más.

    Decidí dar un último paso más, puse sus manos tras mi nuca y coloqué las mías bajo sus muslos, levantándola del suelo de la ducha y dejándola tan solo apoyada en la pared de ésta y en mí. La penetración ahora era más profunda, cada vez nuestro ritmo era más rápido, nuestros gemidos aumentaban a cada embestida, el clímax estaba cerca.

    Sus uñas arañaban mis hombros y de pronto mientras nos besábamos, ella se tensó completamente, clavó incluso sus dientes en mi labio hasta hacerle sangre y noté como una inequívoca humedad mojaba mi vientre, yo tampoco podía retrasarlo más y segundos mas tarde estallaba en su interior explotando de placer.

    Continué dentro de ella durante algún tiempo más mientras disminuía mi erección, acariciándonos y besándonos a la vez que el agua seguía corriendo por nuestros cuerpos.

    Esa fue aquella noche tan especial, una noche en la que casi no hubo palabras, una noche en la que solo hubo pasión, una noche que surgió de unas miradas, unas miradas que en ocasiones lo dicen todo.

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  • Mi secreto infiel

    Mi secreto infiel

    Estaba enamorada perdidamente de un hombre, prácticamente convencida que él era el amor de mi vida, lo amaba con locura y no podía imaginar una vida que no sea con él. Tenía para ese entonces 18 años, cuando él vino con la noticia más desastrosa, me dijo que se iba a casar con otra persona ya que había quedado embarazada de él.

    En ese momento mi mundo se derrumbó, pensaba que era injusto lo que él me hacía, nadie lo iba a amar así con este amor, pero ese amor se transformó en un deseo muy fuerte de herirlo, tanto como él lo hizo conmigo.

    Para ese entonces aun yo era virgen, y no tenía idea de lo que era el sexo. Conocí a una persona y decidí que me casaría con él, claro que no lo amaba, es más me resultaba repugnante tanto físicamente como su forma de ser tan extraña.

    Resumiendo un poco, nuestra noche de bodas fuimos a un hotel, el cuarto estaba en penumbras, pensé que él vendría hacia mí, que me abrazaría, pero no lo hizo. Estaba sentado en una silla mirándome, no sonreía, estaba sombrío, vacilé, no sabía que decirle, no sabía que debía hacer, nadie me había dicho que sucedía, si es que sucedía algo entre marido y mujer, que cosas misteriosas los unían, al fin por estar cansada y por sentirme fuera de lugar, me senté frente a él, me miraba de un modo hostil y me alarme ¿qué estaba mal?

    De pronto me dijo:

    —Te explicaré como viviremos tú y yo, y quiero que lo entiendas, los hombres y las mujeres cuando se casan, cuando duermen juntos, realizan un… un acto físico que se llama acto de procreación, es simplemente un acto por el que el hombre une su cuerpo al de la mujer y la penetra, es algo horriblemente degradante, algo animal, y muy doloroso para la esposa, tengo entendido que muchos hombres llegan a disfrutarlo ¿cómo podrían hacerlo? Es una acción inmunda enfermante, he decidido no infligirte algo así ¿entiendes lo que te estoy diciendo? No entendía, pero asentí, porque comprendí que era lo que esperaba que hiciera. Así fue mi lamentable noche de bodas.

    Mi marido era una persona totalmente enferma, pero eso lo descubrí un tiempo después cuando si conocí el amor de verdad y el despertar a la vida, a la sexualidad.

    Lo conocí en casa de un amigo, el cuarto estaba lleno de gente, pero fue como si estuviésemos solos, sentí como si me hubiera despertado de un largo sueño o que en ese momento se iniciara un sueño, solo lo veía a él y supe que nunca había visto antes a un hombre, que allí había recibido el don de la vista y del sentimiento.

    Una noche me invitó a su casa a cenar, comenzamos a bailar, me sentía mareada, débil por el vino que había bebido, por la fragancia de su perfume, por el calor y sobre todo por amor a él. Inexperta como era, sabía que él no jugaba conmigo.

    Comenzó a desprenderme los botones de mi vestido, mientras hacía eso me besaba cada parte de cuerpo que se iba descubriendo, el cuello, los hombros, después me beso los pezones rígidos, paso la lengua por los pechos y los besó, yo comencé a fundirme, a sentir un tormento dulcísimo que latía dentro de mí y que nunca había sentido, me tomo en brazos y me recostó en la cama a su lado y me acarició, yo escuchaba el sonido de mi voz, gimiendo, buscó con su mano y descubrió mi clítoris.

    Yo estaba húmeda, llena de líquidos; él acercó su boca y comenzó a lamer, mi cuerpo se retorcía en espasmos, la respiración aumentaba entre gemidos y sollozos de placer, se subió encima de mí y sentí un pequeño dolor cuando se introdujo en mí, él encontró su camino al sitio que me atormentaba y me colmo, me devolvió a la vida, sus movimientos eran tiernos y me sostuvo allí en un prolongado orgasmo, estuvimos así hasta calmarnos y quedarnos dormidos y luego al despertar él tenía otra erección y esta vez me dijo que me subiera sobre él, me senté sobre su miembro hinchado, él tomó mis senos, mordisqueaba mis pezones, con su mano me tomó la cadera.

    Contuve el aliento, expectante ¿dónde me tocaría ahora? Era una delicia sentir que recorría cada parte de mi cuerpo dándome cada vez más placer, el deseo me volvía loca. Durante 3 días apenas si salimos del cuarto.

    Mucho tiempo ha pasado ya de aquellos días. Y él ya forma parte de mí. Nos cuidamos para que mi marido no sospeche nada y cada vez que podemos nos fundimos en nuestro amor. Pero nadie conoce el secreto que escondo en el baúl de mi espíritu y mi sensualidad.

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  • Diario de Lucy (2)

    Diario de Lucy (2)

    La puerta se cerró detrás de nosotros con un golpe seco, y el mundo desapareció. No hubo palabras, ni siquiera un gesto. Solo mi cuerpo ardiendo y su mirada fija en mí, como si todo lo que había contenido hasta entonces estallara en ese instante.

    No pensé, no planeé. Me arrodillé frente a él con la misma naturalidad con la que una mujer respira. Mis rodillas tocaron la alfombra y mis manos buscaron su cintura, ansiosas, desesperadas. Quería saborearlo, quería llenar mi boca de él, quería probar lo que me había estado quemando en la imaginación durante meses.

    Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, más rápidos de lo que hubiera creído. Bajé su pantalón y la tela cayó a sus tobillos. Allí estaba, duro, palpitante, apuntando hacia mí con esa arrogancia silenciosa que me hizo gemir antes de siquiera probarlo. Lo envolví con mi mano y lo sentí caliente, vivo, casi latiendo contra mi palma.

    —Mírame —le pedí con la voz rota por la urgencia.

    Y cuando mis labios lo rodearon por primera vez, sentí que todo lo demás dejaba de existir. El sabor de su piel, el grosor llenándome la boca, el calor que me recorría la garganta, todo era demasiado. Cerré los ojos un instante, dejándome inundar por la sensación de tenerlo dentro, y luego lo miré de nuevo, con mis labios hundidos hasta la mitad de su erección, como si quisiera que viera lo perdida que estaba ya.

    Fue entonces cuando su mano se enredó en mi pelo, primero suave, luego con una fuerza que me arrancó un gemido ahogado. No me dejó decidir el ritmo, lo marcó él, empujando mi cabeza contra su cadera, hundiéndome cada vez más, hasta que mis ojos comenzaron a lagrimear. Sentí una lágrima rodar por mi mejilla y, en lugar de aflojar, él se detuvo apenas, lo suficiente para hacerme respirar y volver a hundirse con más firmeza.

    Esa mezcla de dolor y placer me atravesó como una descarga. Con una mano apreté sus muslos y con la otra busqué mi coño, acariciando mi clítoris duro y palpitante mientras lo tragaba más profundo. Me empujé contra él con fuerza, hundiéndome hasta donde mi garganta lo permitió. El aire se me cortaba, mis labios tensos alrededor de su polla, y sentí cómo la saliva se acumulaba sin control, desbordando mi boca y cayendo en hilos calientes por mi barbilla.

    Resbalaba por mi cuello, y me mojaba las tetas, pegándose a mi piel como una marca de lo que estaba haciendo. Cada gota me excitaba más, me hacía sentir usada, marcada, perdida. Y, aun así, no quería detenerme. Quería que supiera que era capaz de arruinarme entera solo por tenerlo dentro, que estaba dispuesta a romper cualquier límite con tal de poseerlo en mi boca, hasta la última gota de aire, hasta la última fibra de control.

    Sentí sus dedos apretando aún más mi pelo, guiándome con esa brutalidad que me arrancaba lágrimas y gemidos ahogados, y en ese instante, con la saliva resbalando entre mis pechos, entendí que necesitaba más. No solo su control en mi boca, no solo su dureza llenándome la garganta. Quería sentirlo dentro de mí, entero, devorándome desde adentro.

    Me aparté despacio, con los labios aún húmedos y rojos de tanto tenerlo dentro. Mis manos lo acariciaron suavemente, una última caricia de despedida a esa tortura deliciosa, mientras me incorporaba. Me levanté despacio, con la respiración deshecha, los labios entreabiertos y los ojos brillando de lujuria.

    Lo miré directamente, sin bajar la vista, y sin decir palabra empecé a desabrocharme el vestido. Tiré de los tirantes de seda y dejé que la tela negra se deslizara por mi piel, bajando como un río hasta caer a mis pies. Sentí el aire fresco de la habitación recorrer mi cuerpo desnudo, y la humedad de mi coño palpitar más fuerte con cada segundo.

    No me quité las medias, tampoco los tacones. Quise quedarme así, envuelta en ese contraste que sabía que lo enloquecería: mi cuerpo desnudo y vulnerable, pero aún vestido con los símbolos más obscenos de mi feminidad.

    Avancé hacia la cama sin prisa, balanceando las caderas, dejando que mis tetas firmes se movieran libres con cada paso, que mis pezones endurecidos lo provocaran como un desafío. Mis bragas, empapadas, cayeron en el suelo a medio camino, tiradas con un movimiento rápido de mi mano. Y seguí caminando hacia el borde de la cama, desnuda salvo por las medias que ceñían mis muslos y los tacones que marcaban el compás de mis pasos.

    Me subí lentamente al colchón, apoyando las rodillas primero, arqueando la espalda, ofreciéndole la visión de mi culo redondo y empapado, levantado hacia él. Giré el rostro apenas lo suficiente para mirarlo por encima del hombro, con el pelo suelto cayéndome en ondas sobre la espalda, y le susurré con la voz ronca de las embestidas:

    —¿A qué esperas?

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