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  • Iniciación de Michelle en el motel

    Iniciación de Michelle en el motel

    Era una noche de viernes cargada de anticipación y electricidad en el aire. Después de mi encuentro inolvidable con Michelle en mi departamento, no podía sacármela de la cabeza. Su cuerpo curvilíneo de colombiana de 24 años, midiendo alrededor de 1.60 metros, con senos grandes y pesados talla D, y un trasero redondo y firme que parecía esculpido para el placer, me había dejado con ganas de más. Su piel morena suave, cabello negro ondulado hasta la mitad de la espalda, y ojos cafés llenos de picardía, combinados con su fetiche por ser llamada “putita”, recibir cachetadas y terminar con semen en la boca, la convertían en la candidata perfecta para unirse a nuestras aventuras.

    Le conté todos los detalles a Luci, mi novia de 33 años, una mujer delgada con senos bien formados y deliciosos, pequeños glúteos, y una pasión desbordante por el sexo una vez que se enciende. “Suena como alguien que encajaría perfecto con nosotros,” dijo mientras se mordía el labio, su mano deslizándose por mi pecho. “Invitémosla a una noche con Karina y Luis. Hagamos que su primera vez en grupo sea inolvidable.”

    Contactamos a Karina y Luis de inmediato. Ellos eran nuestra pareja favorita para estas aventuras, con quienes habíamos compartido nuestro primer intercambio, incluyendo doble penetración en Luci. Karina, de edad similar a Luci, era atractiva con un cuerpo similar en estatura, pero con glúteos grandes y firmes gracias al gimnasio, y senos pequeños pero sensibles. Su personalidad extrovertida y juguetona siempre impulsaba las cosas. Luis, su novio, era ligeramente más bajo que yo (yo mido 1.85 metros y soy robusto), ni gordo ni delgado, con un pene de 22-24 centímetros, largo, pero más delgado que el mío. Su resistencia era legendaria, y siempre mantenía la erección durante horas.

    Michelle aceptó la invitación con un mensaje cargado de emojis de fuego: “¡Sí! Me muero de ganas de conocerlos a todos. ¿Cuándo?” Elegimos un motel discreto en las afueras de la ciudad, uno con habitaciones amplias, luces LED ajustables, una cama king size con sábanas de satén rojo, un sofá de cuero y un jacuzzi burbujeante en la esquina. Era el lugar perfecto para una noche de desenfreno sin interrupciones. Llegamos alrededor de las 8 pm. Luci y yo fuimos los primeros. Ella llevaba un vestido negro ajustado que resaltaba sus senos firmes sin sostén debajo, sus pezones ya endurecidos por la excitación. Yo, con jeans y camisa, sentía mi pene palpitar solo de imaginar lo que vendría.

    Karina y Luis llegaron poco después. Karina vestía una falda corta que acentuaba sus glúteos grandes, y un top escotado que mostraba sus senos pequeños. Luis, con pantalones casuales y camisa, nos saludó con un abrazo firme. Nos sentamos en el sofá, abriendo una botella de tequila para calentar motores. Michelle fue la última en llegar, nerviosa pero visiblemente excitada.

    Llevaba un top escotado que apenas contenía sus senos grandes, y una falda corta que acentuaba su trasero redondo, con esa tanga negra que recordaba de nuestro encuentro, abrazando sus nalgas perfectas. “Hola a todos,” dijo con su acento colombiano encantador, sus ojos cafés brillando. “Estoy un poco nerviosa, pero emocionada. Es mi primera vez en algo así.”

    Entramos a la habitación, pusimos música suave de reggaetón para que Michelle se sintiera en casa, y servimos shots de tequila. Nos sentamos en círculo en la cama, charlando sobre nuestras experiencias para romper el hielo. Luci empezó: “Michelle, cuéntanos qué te excita. Queremos que esta sea tu noche.” Michelle se sonrojó, pero sonrió. “Me gusta que me digan putita, que me den cachetadas… y terminar en la boca. Y con él,” me señaló, “descubrí que me encanta squirt. Su verga es la mejor que he probado, tan gruesa… Nunca había sentido una así.”

    Todos reímos, y la tensión se transformó en deseo. Karina se acercó a Michelle primero, besándola suavemente en los labios. “Eres preciosa, putita,” murmuró Karina, dándole una cachetada ligera en la mejilla, recordando su fetiche. Michelle gimió, sus manos temblando mientras respondía el beso. Luis se unió, besando el cuello de Michelle mientras yo observaba, mi mano en el muslo de Luci. “Relájate, vamos paso a paso,” dijo Luci, quitándose el vestido y quedando en tanga negra, sus senos expuestos invitando a tocarlos.

    Michelle, animada, se quitó el top, liberando sus senos grandes. Karina los tomó, chupando un pezón mientras Luis lamía el otro. “¡Ay, sí!” jadeó Michelle. “Son tan gentiles… pero quiero más.” La llevamos al centro de la cama. Yo me posicioné detrás de ella, quitándole la falda y revelando su tanga negra que abrazaba su trasero perfecto. Le di una nalgada firme, el sonido resonando. “Mi putita colombiana,” gruñí, dándole otra nalgada. Ella se arqueó, ofreciéndose. Karina se arrodilló frente a ella, besando su vientre y bajando hasta su vagina. Deslizó la tanga a un lado y lamió su clítoris hinchado con movimientos circulares. Michelle gritó de placer, sus manos en el cabello de Karina.

    Luis se desvistió, su pene largo y erecto apuntando al techo. Se acercó a Michelle por el lado, ofreciéndoselo. Ella lo tomó en su boca, chupando con avidez. “Qué larga,” murmuró alrededor de ella, sus ojos suplicando. Luci se unió a mí detrás, sus dedos explorando el ano de Michelle mientras yo frotaba mi pene grueso contra sus nalgas, sintiendo su calor.

    Empezamos con posiciones simples para calentarla e iniciarla en el grupo. Michelle se tumbó boca arriba, sus piernas abiertas. Karina siguió lamiéndola, su lengua experta haciendo que Michelle se retorciera. Yo me arrodillé junto a su cabeza, metiendo mi pene grueso en su boca. Ella chupaba con fervor, gimiendo: “Es la mejor verga, tan gruesa.” Luci y Luis besaban sus senos, pellizcando pezones. Pronto, Michelle tembló: “¡Me vengo!” Un squirt salió, mojando la cara de Karina. Ella sonrio, lamiendo el líquido. “Deliciosa, putita,” dijo Karina, dándole una cachetada suave en la cara.

    Luis la penetró entonces, en misionero, su pene largo estirándola profundamente. Michelle jadeó: “¡Sí, dame duro! Es tan larga.” Yo seguí metiéndosela la boca, mis manos en sus senos grandes. Karina se sentó en la cara de Michelle, quien la lamió torpemente al principio, pero con entusiasmo. Luci se masturbaba observando, luego se unió chupando mis bolas. Michelle tuvo otro squirt alrededor del pene de Luis, empapándolo.

    Cambiamos: Michelle se puso en cuatro, su trasero elevado resaltado por la tanga ahora en el suelo. Yo la penetré por detrás, mi pene grueso abriéndola en dos. “¡Dios, ¡qué gruesa! La mejor que he tenido,” gimió. Le di una palmada en las nalgas, luego otra, su piel enrojeciéndose. Luis se colocó frente a ella, follándole la boca con su longitud. Karina se deslizó debajo, lamiendo mis bolas y el clítoris de Michelle. Luci besaba el cuello de Michelle, susurrando: “Eres nuestra putita ahora.” Otro squirt mojó a Karina, quien lo bebió con deleite.

    El placer se intensificaba. Nos turnamos: Karina cabalgó mi pene grueso al lado, sus glúteos grandes rebotando, recordándome nuestras noches pasadas, mientras Luis follaba a Michelle en cowgirl. Ella subía y bajaba en su longitud, sus senos botando hipnóticamente. “¡Más profundo!” gritaba. Le di una nalgada desde el lado, y ella squirteó de nuevo, el líquido corriendo por el pene de Luis.

    Luci se unió activamente, sentándose en la cara de Luis mientras él penetraba a Michelle. “Mira cómo la disfruta tu novio,” le dijo Luci con una sonrisa a Karina. Yo puse a Karina en doggy, agarrando sus glúteos firmes, pero mis ojos estaban en Michelle, iniciándose en este mundo. Cambiamos de nuevo: Michelle en reverse cowgirl sobre mí, su trasero perfecto rebotando en mi regazo. “¡Sí, putita, cabalga esa verga gruesa!” gruñí, dándole golpes en las nalgas. Luci lamió su clítoris desde frente, intensificando todo. Otro squirt empapó mi pelvis y a Luci.

    Para prepararla para la doble penetración, su primera vez, lubricamos bien con el gel que trajimos, recordando cómo lo usamos en Luci en nuestro segundo round con Karina y Luis. Michelle estaba nerviosa pero excitada, su cuerpo temblando de anticipación. “Quiero intentarlo,” dijo, mordiéndose el labio. “Pero despacio, por favor.” La pusimos en una posición sándwich: Luis se tumbó boca arriba, Michelle se sentó sobre él, guiando su pene largo en su coño húmedo. Ella gimió al sentirlo profundo. Yo me posicioné detrás, mi pene grueso lubricado apuntando a su ano. “Relájate, mi putita,” le dije, dándole una cachetada suave en la cara para excitarla.

    Empujé lentamente, sintiendo la resistencia inicial, luego la penetración gradual. Su ano apretado se ajustaba alrededor de mi grosor, mientras sentía el pene de Luis a través de la delgada pared.

    “¡Dios, qué rico! ¡Nunca había sentido dos vergas así!” gimió Michelle, sus ojos cerrados en éxtasis. Karina y Luci besaban sus senos, distrayéndola y pellizcando pezones para aumentar el placer. Empezamos a movernos en sincronía, Luis embistiendo desde abajo con su longitud, yo desde atrás con mi grosor. Su cuerpo temblaba, ajustándose a las dos vergas. “¡Es increíble! ¡Me vengo!” Otro squirt potente salió, salpicando a Luis y mojando las sábanas. Aceleramos el ritmo, mis manos en sus caderas, dándole nalgadas. “¡Más, putos! ¡Rómpanme!” gritaba Michelle, su voz ronca. Le di otra cachetada en la cara, y ella respondió con contracciones que nos apretaban a ambos.

    Cambiamos roles para variar: Yo en su coño, sintiendo su humedad extrema, y Luis en su ano, su longitud penetrando profundo. “¡Tu verga gruesa me abre tanto!” confesó Michelle. Karina se paró y puso su vagina en la cara de Michelle, quien la lamió con más confianza ahora, su lengua explorando el coño de Karina. Luci chupaba mis bolas desde abajo, intensificando cada embestida. Otro squirt salió, empapando mi pene y corriendo por mis muslos. “Eres la mejor putita,” le dijo Luci, dándole una cachetada juguetona.

    Horas pasaron en un torbellino de posiciones grupales. La follamos en DP de lado, con una pierna elevada para mayor profundidad, yo en su ano y Luis en su coño, sus gemidos resonando. Otro squirt. Luego, en una variante donde Karina y Luci se unieron, lamiendo sus senos y clítoris mientras los hombres la penetrábamos. Michelle probó el sabor de Luci, lamiendo su coño mientras era doblemente penetrada, sus manos explorando los senos pequeños de Karina. “¡Sí, putita, lame a mi novia!” gruñí, embistiendo más fuerte.

    Incorporamos elementos de nuestras experiencias pasadas: Recordando nuestro primer intercambio, donde Karina cabalgó mi pene grueso mientras Luci manejaba la longitud de Luis, repetimos patrones, pero con Michelle en el centro. Ella cabalgó a Luis mientras yo la penetraba por detrás, sus senos botando contra el pecho de Luis. Karina y Luci besaban su cuello y orejas, susurrando palabras sucias: “Eres nuestra putita colombiana, squirt para nosotras.” Otro chorro caliente salió, mojando a todos.

    Finalmente, el clímax se acercaba. Todos la rodeamos en la cama. Michelle de rodillas, chupando nuestras vergas alternadamente: Mi grueso, el largo de Luis, turnándose con avidez. “Terminen en mi boca,” suplicó, sus ojos brillando de lujuria. Le di una última cachetada en la cara, y ella gimió. Eyaculamos uno por uno: Primero Luis, llenando su boca con su semen caliente, que ella tragó con deleite. Luego yo, mi carga gruesa cubriendo su lengua. “¡Sí, mi putita!” gruñí. Karina y Luci se unieron, masturbándonos para extraer más, y Michelle se vino una última vez, squirteando en el suelo mientras tragaba todo.

    Exhaustos pero satisfechos, nos acurrucamos en el jacuzzi burbujeante, el agua caliente relajando nuestros cuerpos sudorosos. Michelle se acurrucó entre Luci y yo, su mano trazando patrones en mi pecho. “Fue la mejor noche de mi vida,” murmuró. “Nunca imaginé que el grupo sería así… y esa doble penetración, Dios.” Karina rió: “Bienvenida al club, putita. La próxima vez, traemos más amigos, como en nuestra orgía en la playa.” Luis asintió, su mano en el muslo de Michelle. Hablamos de planes futuros, riendo y besándonos bajo el agua, sabiendo que esto era solo el comienzo.

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  • Erotismo con un maduro

    Erotismo con un maduro

    Hace un tiempo y por casualidad conocí a un hombre… en un primer momento la relación era de amistad y fue tomando un rumbo algo más íntimo… simpatizábamos y en más de algunos aspectos éramos muy similares.

    La relación era casi platónica a través de emails y una que otra llamada telefónica… hasta que decidimos encontrarnos. El primer encuentro no fue un verdadero éxito, pero dejó un sabor a más y a querer probar… la relación fue avanzando… ya había confianza mutua y ganas de experimentar cosas nuevas.

    Él me producía cierta fascinación, impacto… ganas de explorar su propio mundo, su trabajo, su mujer, hijos, a la vez intriga… ese mundo que no lo conforma, a la vez ejerce una extraña fuerza poderosa sobre él, del cual le es imposible desarraigarse.

    Elegante, de estatura normal, cabellos canos, ojos claros, robusto… su sonrisa es muy cautivante y su mirada lo es más.

    Quedamos en encontrarnos en un departamento… me envió un juego de llaves, me dijo que lo esperara allí, que él llegaría después.

    Estacioné mi moto frente al edificio y entré, abrí la puerta… él me había dicho que esa tarde sería especial, que sería memorable… en el departamento logré ver parcialmente el dormitorio, el living, cocina y un baño… fui al living y noté que había una notita que decía: “Fijate dentro de cada cajón del chiffonier”. Eso me entusiasmó mucho y despertó una gran curiosidad por ver que contenían. El primero tenía ropa interior, de encaje, tangas, medias, un vestido muy sensual y corto.

    Al ver el primero experimenté un delicioso cosquilleo por descubrir cuáles eran sus fantasías… cada uno de ellos debía contener algo que deseaba hacer, tal vez me haya estado imaginando con esa ropa puesta.

    Decido ver el segundo y contenía velas perfumadas, y un frasquito de aceite. Me cautiva este juego… ir descubriendo uno a uno sus deseos.

    El tercero contenía potecitos de chocolate, dulce de leche, licores y cremas… ahhh saborear del cuerpo del otro, siempre he imaginado bañar el pene de chocolate, tal como hacen con los pinitos de helado, saborearlo con esa satisfacción.

    El cuarto contenía una invitación a meternos en el hidromasaje, junto con bolsitas de sales perfumadas y jabones de muchos colores y aromas.

    El quinto contenía un lazo de algodón, un juguete erótico, y un tubito de vaselina. Además otra notita que decía… “elegí uno y espera mi llamado”.

    El juego era interesante, pero no podía decidirme por uno de todos…. cada uno me cautivaba y contenía algo de mis propias fantasías… decidí armar un conjunto… entonces escogí las velas y el aceite perfumado, la invitación al hidromasaje junto con las sales y el lazo de algodón.

    Sonaba mi celular (¡supongamos!): me estaba llamando. Atendí la llamada y entonces me preguntó que cajón había escogido… debía decir cuál… como dudaba… me dijo: “solo vale elegir uno…”, entonces le dije… “lo que mejor me sale es desobedecer a los mayores”.

    Mientras esperaba que llegara, fui al dormitorio con las velas y las dispuse en diferentes sitios hasta lograr una luz tenue y muy insinuante, llené el hidromasaje de agua y sales y sentí el ruido de su auto que se estacionaba.

    Él llegó con su cautivante sonrisa y un brillo en los ojos que secretamente contenía la curiosidad por saber que había elegido yo para ese día especial, me impacta su personalidad, tal vez sea mi propia fantasía lo que crea a su alrededor un misterio oculto, algo a lo que yo no puedo alcanzar… eso me atrapa aún más…

    Viene desde atrás, me hace girar y me da un beso introduciendo toda su lengua, me toma de la mano y me lleva directamente al dormitorio… con un movimiento me atrae hacia él, por un momento quedamos rozándonos los labios, percibiendo nuestros alientos y nuestra respiración. Nos acercamos un poco más y nos devoramos los labios, chupando y mordiendo, su lengua me invade, cálida y suave. Mientras sus dedos comienzan a explorar mi mundo. Le quité la ropa y sentí su torso desnudo, caliente, en contacto con mis senos, lo acaricié con ambas manos.

    Me abrazó por un instante y en ese momento me sentía en el abismo, un segundo infinito que me provoca una lluvia de sensaciones. Quiero hacerlo mío.

    Se acostó en las sábanas blancas, estaba allí a merced de mi pasión, excitado, expectante… yo deseaba locamente cabalgar esa erección, tomé el lazo y le até las manos a la cama… solo quería hacerlo gozar y a la vez sufrir por no poder ser dueño de sus manos. Mi sexo estaba muy hinchado, me subo arriba de él y comienzo a refregarlo en su pierna, él dice: “tus labios están grandes y jugosos, dejame chuparte…”.

    Entonces voy lentamente acercando mi vulva a su cara, llega a mí con su boca, saborea toda mi humedad, juega introduciendo su lengua en mi vagina, produciéndome espasmos de placer. Luego me coloco en la misma posición sobre él pero de espaldas a su cara… me adueño de su pene que comienza a lagrimear y le ofrezco a su mirada toda mi vulva inflamada, desespera por llegar con su lengua pero me gustaba hacerle bullir un poco la sangre y hacerlo esperar… su pene aumenta la dureza, tornándose fuerte, poderoso, ofreciendo su jugo dulce que yo limpio con cada paso de mi lengua, mi excitación aumenta, sale por mi sexo que no puede esperar más introducirse en esa flecha impetuosa.

    Lo liberé del lazo con una mirada suplicante para que aliviara el dulce tormento que sentía en mi palpitante vagina… no se hizo rogar, se colocó detrás de mí y de un golpe seco se introdujo hasta el fondo, comenzó a bombear y a bombear, su respiración era ruidosa y sus jadeos me excitaban aún más…

    Sentir esa dureza firme dentro de mi carne golpeando en mis nalgas, enterrando bien adentro ese miembro duro, implacable, se zambullía en mí una y otra vez otorgando un universo de vibraciones por todos lados, increíblemente tenía una gran resistencia… hasta que sentí como sus golpes eran más intensos y ese calor de su semen bañándome por dentro. Mi cuerpo se retorcía en espasmos, en mi sexo, en mis piernas, brazos, todo era un mar de placer y sensaciones ardientes.

    Nos quedamos un rato relajados, me acurruque junto a él sintiendo aroma a sexo mezclado con el perfume de las velas… luego de unos minutos, comencé a bañarlo en aceite y a masajear su cuerpo, llegué con el aceite a su cola y fui metiendo el dedo hasta ensancharlo, lo metía y lo sacaba provocando su goce. Esto lo encendió nuevamente y todo comenzó a suceder como un torrente de sucesos que no se pueden detener.

    Fuimos al hidromasaje, el agua estaba tibia, perfumada, acariciaba la piel, provocando más sensaciones a nuestros cuerpos, nuevamente nos fundimos, nos encastramos uno en el otro, hasta que nuevamente me regaló un nuevo y placentero orgasmo y su cálido derrame de semen sobre todo mi cuerpo.

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  • De amiga a esclava (2): El placer

    De amiga a esclava (2): El placer

    Su cuerpo aún temblaba con el plug dentro de ella cuando mi lengua la llevó al límite una vez más. Cada orgasmo la quebraba y la volvía a reconstruir bajo mi control. La vi arquearse, con las muñecas tensas, sujetando las sábanas como si fueran sus últimas ataduras. El vaivén de mi lengua en su interior la hacía morder sus labios, al tiempo que yo bebía con avidez ese mar de placer que me ofrecía. Empecé a introducir mis dedos en su húmedo interior, sintiendo cómo se adaptaba a cada centímetro. Su respiración se volvió errática; sus gemidos se transformaron en gritos cortos y ahogados. Perdió el control, su cuerpo se sacudió violentamente y un fuerte grito escapó de sus labios al alcanzar el orgasmo.

    Me incorporé y la levanté, llevándola contra la pared. Sus ojos brillaban con un deseo intenso. La besé con pasión, dándole a probar sus fluidos mientras mis manos exploraban su cuerpo. Tomé uno de sus suaves y hermosos senos y me lo llevé a la boca, lamiendo y succionando con fuerza, provocando suspiros de placer. Luego me entretuve con sus pezones, duros y erectos. Los mordí suavemente, disfrutando cada reacción que provocaba en ella.

    —No he terminado, Laura. Aún me debes tu entrega completa —dije con voz firme y autoritaria.

    Ella asintió. La giré y quedó de espaldas a mí, sus brazos extendidos, sintiendo el frío de la pared. Giró la cabeza, mirándome de reojo; sus nalgas redondas y firmes se ofrecían a mi vista. Tomé el látigo y marqué un par de azotes. El sonido seco resonó en la habitación y ella jadeó; una mezcla evidente de dolor y placer apareció en su mirada. Para mi sorpresa, no se quejó; todo lo contrario: abrió más las piernas y arqueó la espalda, sacando su trasero, invitándome a continuar, mostrando su disposición a aceptar mi dominio.

    —Eres mía, Laura. Y esta noche te voy a enseñar lo que significa ser mi esclava —dije en voz baja y firme.

    —Sí, Joel. Soy tuya, soy tu esclava —respondió entrecortada, pero decidida.

    Seguí azotándola. Cada golpe era una lección de sumisión y ella, encantada, gemía más fuerte. Su piel ardía bajo cada impacto. Ya eran incontables sus orgasmos, y cada vez que la veía perder el control, sentía cómo el poder y el deseo me consumían. Yo seguía vestido; no le había permitido tocarme, y eso aumentaba la tensión entre nosotros.

    —Penétrame ya —me rogó en un susurro cargado de necesidad. Eso me hizo sonreír con satisfacción. Había conseguido lo que quería. Su súplica intensificó mi deseo y, sin más preámbulos, me desnudé por completo, dejando que mi cuerpo hablara por mí; no hubo necesidad de palabras; con mi mirada le hice ver lo que debía hacer a continuación. Ella lo entendió: inmediatamente se arrodilló y tomó mi miembro con sus ávidas manos. Cuando iba a entrar en su boca, la detuve con una cachetada en la mejilla. Lejos de molestarla, la excitó aún más.

    —Lo harás como yo te diga, cuando yo lo diga —le ordené. Ella esbozó una sonrisa llena de perversión, abrió la boca y, sacando la lengua, esperó mi orden.

    Tomé mi verga con la mano derecha mientras con la izquierda acariciaba su hermoso rostro. Lo acercaba a sus labios y lo retiraba varias veces, disfrutando de su anticipación. Finalmente, ante sus ojos exigentes, se lo introduje en la boca. Lo lamía con devoción; su lengua recorría cada centímetro. Sentía cómo mi control sobre ella se fortalecía con cada movimiento. Su boca era un templo de placer. Empecé a guiar su cabeza firmemente con mi mano. Ella respondía con entusiasmo; su lengua y labios trabajaban con habilidad, llevándome al borde del éxtasis. Sus ojos me miraban con adoración mientras entraba hasta su garganta. Las arcadas se mezclaban con sus gemidos.

    Esa entrega se volvía aún más intensa. Siempre, el sexo oral con ella fue increíble; sus gemidos acompañados del sonido de su boca chupando mi miembro eran una sinfonía de placer. Pero ahora, con su sumisión total, cada movimiento se sentía más profundo, más significativo. La veía perderse en el acto, su cuerpo temblando de deseo y entrega.

    Llegó el momento de unirnos por completo. La levanté y la guié hacia la cama, donde la puse en cuatro, nuestra posición favorita. Sus nalgas se veían irresistibles. La penetré de golpe.

    —¡Sí, por fin! —gritó ella.

    Sentí cómo su cuerpo se ajustaba al mío. Cada centímetro de mi miembro en su interior arrancaba un gemido más intenso. Sus manos se aferraban a las sábanas, y yo podía sentir su necesidad de mí en cada movimiento. Comencé a embestirla con fuerza, cada golpe un recordatorio de quién estaba a cargo.

    —Aaahh, Joel… por favor, mmhh… más fuerte… más profundo… —gemía desesperada.

    Eso me excitó aún más. La tomé del cabello y aumenté el ritmo.

    —Así quería tenerte, completamente a mi merced —dije mientras seguía embistiéndola con furia.

    —Sí, no pares, haz lo que quieras conmigo —respondió, estremeciéndose.

    Sus uñas se clavaban en las sábanas, anunciando su orgasmo. Me retiré un instante, ahogando su espasmo. Tomé el látigo y descargué un par de azotes más en sus nalgas. Antes de que reaccionara, volví a penetrarla con más fuerza y profundidad. Su cuerpo se sacudió con un grito desgarrador mientras alcanzaba el clímax.

    Nos desplomamos sobre la cama, agotados. Laura estaba completamente rendida; el sudor brillaba en cada centímetro de su piel y las marcas rojas adornaban sus nalgas. La besé suavemente, probando sus labios. Ella me miró con ojos llenos de amor y sumisión.

    —Nunca imaginé sentir tanta intensidad en una sola noche —susurró con voz cansada.

    —Y esto es solo el comienzo. Nuestra relación cambiará para siempre —respondí satisfecho.

    Aún la noche no había terminado. La besé en el cuello y acaricié sus marcas, haciéndola estremecer de nuevo. Ella lo adivinó, quería lo mismo en ese momento; se subió encima de mí y se clavó con fuerza, moviéndose frenéticamente. Sus gemidos llenaban la habitación, y yo sentía cómo mi deseo se renovaba con cada movimiento. Le mordía y golpeaba sus senos suavemente, alternando placer y dolor. Sus uñas se hundían en mi pecho mientras su humedad empapaba mis piernas. Su movimiento era salvaje, desesperado, como si quisiera absorber cada gota de placer que yo podía darle.

    Pasaron varios minutos en que la música se perdió en nuestros gemidos y jadeos. Se acostó sobre mí, sin dejar de mover sus caderas. Con cuidado, pero con firmeza, fui sacando el plug de su interior. Vi su mirada de sorpresa y miedo al imaginar lo que pasaría después.

    —Tranquila, hoy no lo haremos. Tú misma me pedirás que te sodomice —le dije con voz tranquila.

    Sentí en su mirada alivio, pero también una chispa de tristeza. Cerró los ojos al sentir cómo reemplazaba el plug con mis dedos y no se hizo esperar otro grito de gusto. Sus músculos se contraían alrededor de ellos, buscando llenar el vacío. La besé con ganas, acariciando su rostro. Laura se retorcía, incapaz de contener el oleaje de sensaciones.

    —Vente dentro de mí. ¡Aaagh! Amo, dame más —susurró. Sus mejillas se encendieron al pronunciar esa palabra, sorprendida de su propia sumisión, pero aceptándola con gusto.

    No necesité más. La tomé de la cintura con firmeza y empecé a entrar y salir de ella sin descanso. Con un último empuje, la llené por dentro. Nuestros cuerpos se sacudieron al unísono y un grito de placer escapó de ambos. Tomé su rostro entre mis manos y la besé profundamente.

    —Chúpame la verga, puta —le ordené. Su cara se iluminó de lujuria y perversión; bajó con prisa y metió mi verga aún erecta en su boca, saboreando la mezcla de nuestros fluidos. Su lengua jugueteaba con la punta, mientras yo acariciaba su cabello.

    —Déjalo bien limpio —le indiqué. Ella obedeció con felicidad, dejando mi miembro reluciente.

    Finalmente, agotados y satisfechos, nos quedamos dormidos entrelazados, sabiendo que nuestra relación había cambiado radicalmente.

    Al amanecer, Laura despertó primero, con su cuerpo dolido por la intensidad de la noche. Me miró con ojos llenos de duda.

    —¿Qué soy para ti ahora? —preguntó con un hilo de voz.

    —Eres mi esclava, Laura. Y yo soy tu amo. Ahora y cada vez que queramos, serás mi puta. Pero eso no cambia nada: sigues siendo mi amiga y estaría encantado de conocer tus fantasías. Nuestra relación ha evolucionado, y estoy dispuesto a explorar este nuevo camino contigo —le respondí con sinceridad.

    Ella pareció satisfecha con mi respuesta, y una sonrisa traviesa apareció en su rostro. A pesar de la noche anterior, sus ganas, lejos de disminuir, parecían haber aumentado. Se acercó a mí y me besó con pasión, dejando claro que estaba lista. Llevó su mano a mi entrepierna y comenzó a masturbarme con urgencia. Yo la miraba con admiración, sintiendo una mezcla de orgullo y deseo; envolvió mi pierna con las suyas y empezó a rozar su ya húmeda vagina con mi muslo. Su cuerpo se movía con una sensualidad que me volvía loco. Ya deseaba penetrarla y escuchar una y otra vez sus orgasmos.

    —Dame duro, soy tu puta —me dijo al oído. Esas palabras despertaron una ansia salvaje en mí, y yo, feliz de cumplir sus deseos, la tomé del cabello fuertemente y la hice subir de nuevo sobre mí; con mi mano guie mi pene hacia su caliente vagina, lo froté desde su ano hasta su clítoris. Eso la desesperaba; la hacía gemir y retorcerse.

    —¡Métela ya!, te quiero dentro de mí ahora —me pidió, rogando. Durante un momento seguí llevándola al límite y no la penetré; me di cuenta de que iba a protestar cuando se la metí hasta el fondo.

    —¡Sí, qué delicia! —gritó sin importarle que la escucharan. Fui directo a sus senos; tomé uno con mi mano y apreté su pezón haciéndola gemir; su otro pezón lo llené de besos y mordidas. Ella no paraba de jadear mientras subía, bajaba, se movía en círculos haciéndome enloquecer. De pronto, y sin esperarlo, le di un bofetón suave para medir su reacción. Como respuesta a su sonrisa le di otro más duro. Eso le hizo tener un delicioso orgasmo, que precedió a otro más. Luego de quince minutos montándola, la volví a coger del cabello y la hice acostarse boca abajo.

    —Ahora sí voy a hacerte mi puta —dije mientras la embestía con rudeza. Eso le encantó; gemía y gritaba cada vez más fuerte, lo que a su vez hacía que yo entrara y saliera de ella más rápido y duro. Pasaba mi lengua por su tatuaje de la espalda, luego mis manos tiraban de su cabello. Laura estaba en éxtasis, sudada y mojada; no paraba de gritar y pedir más. No tardó en venirse otra vez; su cuerpo ya no daba para más. Yo también estaba al borde del orgasmo. Así que la giré frente a mí y fui directo a su cara. Ella abrió la boca y yo descargué mi semen en su interior. Una parte fue a dar a sus mejillas, que, sin desperdiciar nada, recogió con sus dedos y los llevó a su boca, chupándolos con placer.

    —Eres toda una puta. Me encanta tenerte así —le dije. Laura sonrió satisfecha; se sentía plena, feliz y deseada. Nos quedamos abrazados un rato antes de ir a ducharnos juntos, donde volví a penetrarla con firmeza, disfrutando de su cuerpo y de su sumisión. Sabía que esta era solo la primera de muchas noches intensas que compartiríamos juntos.

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  • Orgía gay de tres pasivos con un chapero

    Orgía gay de tres pasivos con un chapero

    Teniendo pendiente devolver la visita a mi amigo Félix me trasladé a Asturias en donde tres pasivos tuvimos sexo con un chapero aprovechando el fin de semana.

    Gozaba de varios días de descanso y se me ocurrió llamar a Félix que vive en el Principado y que en julio pasado estuvo en mi apartamento de Torrevieja. Me dijo que fuese y que tendría una sorpresa. Llegué a pleno centro de Oviedo y me presentó a su amigo Jonás que contaba con 32 años. Un tipo alto, cerca de 1.90, delgado, con complexiones atléticas y que era ejecutivo en una empresa de ventas. Mi amigo Félix cuenta con 36 años y yo Paco y alcanzo los 40 años. Allí me enteré que Jonás era pasivo al igual que Félix y yo que preferimos ser pasivos. Ambos hemos actuado de activos, pero no nos va y preferimos recibir que dar placer. Por ello accedimos a buscar un activo para gozar este día.

    Ambos estaban en slip y delante de la televisión donde proyectaban una peli gay. Enseguida Jonás se la comenzó a chupar a Félix, éste no la tiene muy grande, unos 13 centímetros mientras que la de Jonás llega a casi 20 y la mía alcanza los 17. Yo me uní a la fiesta comenzando a morrear a Jonás y me dediqué a chupársela. Tras estar así varios minutos, me enteré de que Jonás era también pasivo al igual que nosotros dos por lo que tras varias lamidas de polla y de culo optamos por contratar los servicios de un chapero activo y gozar con el formando un trío.

    Félix se encontraba sentado en una silla mientras Jonás desde el suelo le daba una comida de polla increíble y yo me puse a su lado para que también me la comiera. Jonás con la otra mano se hacía una paja sobre una polla no curvada y sin apenas vello. Era pasivo al cien por cien y lo que más le molaba era que le follasen varios tíos, además de ser un experto en comer culos y dar placer anal.

    Llamó Félix a un club y contactó con un chapero que dijo llamarse Emerson y que era brasileño. Sus medidas eran buenas, 1,90 de altura. 86 kilos y 22 de polla. Tras acordar el precio, el invitado que era cien por cien activo nos dijo tardaría quince minutos pues estaba en las proximidades de donde mi amigo tenía su vivienda, un ático en una calle principal de la capital asturiana.

    Félix seguía muy empalmado y optó porque Jonás le diese una lamida de ano en la cama, se fueron al dormitorio y yo me quedé en la sala esperando la llegada de Emerson. Oía los jadeos de Félix que se la estaba meneando ya que gozaba con el ruido de la lengua de Jonás que literalmente le metía la lengua hasta adentro. Félix tenía un culito muy apetitoso sin vello y muy blanco que llamaba la atención, mientras Jonás tampoco tenía vello en su parte trasera. Yo mientras me estaba cascando una paja frente a la tele donde seguía viendo una película gay.

    Al rato miré a la habitación y Jonás llevaba un guante en su mano y se la metía por completo a Félix en su ano, mientras este seguía bramando como un caballo y tenía un empalme de cojones. Jonás me invitó a comerle su polla, mientras seguía metiendo mano al propietario de la vivienda. Yo me excité bastante con la escena y a punto estuve de venirme, pero en ese instante tocaron a la puerta. Me puse el slip y tras mirar por la misma, vi a un morenazo que era el chapero.

    Le hice pasar a la sala y me preguntó que tipo de servicio quería, mientras que vio al lado en la habitación a Félix y a Jonás con lo suyo. Como nosotros éramos pasivos, le pedimos a Emerson hacer una orgía y que nos follara a los tres. Él se resistió un poco pues esperaba quedar con uno o a lo sumo dos tíos, pero tres dijo que era demasiado. Le insistimos y le dijimos que por dinero no se preocupase y al final viendo los euros en cantidad se resignó a quedarse. En la habitación se desnudó por completo y mostró una gran polla ya erecta mientras que encima se puso Félix al que, tras colocarse un preservativo, comenzó a follarlo, mientras que a mí me pajeaba Emerson y Jonás se besaba conmigo y con Félix.

    Los cuatro estábamos muy excitados y fuimos besándonos entre si a excepción del chapero que seguía dándole a Félix por detrás, mientras éste no paraba de gemir y decía sentir un gran placer al disfrutar a tope.

    Cambiamos y fue Emerson quien no llegó a correrse con Félix, quien se puso detrás de mí para follarme mientras se la cascaba a Jonás y a Félix con ambas manos, mientras Jonás me la comía, así estuvimos un buen rato sin que nadie hablase y solo se oían los jadeos del cuarteto en la reducida habitación.

    Yo me puse a lamerle el trasero a Félix, mientras Jonás era ensartado por Emerson que a pesar del agotamiento seguía resistiendo a la eyaculación y no paraba de sudar por el esfuerzo que estaba llevando a cabo. Félix se la meneaba a Jonás que tenía una erección monumental y anunciaba su corrida.

    Al final fue Félix quien se acostó en la cama y tanto Emerson como Jonás y yo procedimos a bañarlo de semen. Emerson fue el primero en eyacular y tiró cuatro chorretones de lefa sobre la cara de Félix, tras haberse quitado el condón y mostrar una polla muy excitada y gruesa, con abúndate vello. Jonás se corrió en el pecho de nuestro anfitrión, mientras yo le metía unos dedos por el culito que le hacían gemir de gusto, momento que aprovecho Félix también para eyacular sobre si mismo tras una paja rápida llevada a cabo por Emerson. Yo fui el último en embadurnar con mi leche a Félix y sobre su polla le arrojé el semen tras unos minutos de ver como todos acabábamos exhaustos de esta orgía.

    Félix fue al baño, mientras que Emerson nos besaba a Jonás y a mi pues debía irse ya que había quedado con un cliente en el local donde trabajaba. Pagamos sus servicios y le agradecimos su visita, lamentándose de no poderse quedar por más tiempo, pero antes de nuestra llamada ya había concertado la visita con esta persona y apenas le daba tiempo a cumplimentarla.

    Al final quedamos de nuevo los tres amigos pasivos que tras ducharnos salimos de marcha por las calles de Oviedo donde estuvimos en varios sitios bebiendo y conociendo más amiguetes. Acordamos que la próxima cita sería en casa de Jonás que tiene una casa en una zona rural alejada del tumulto y el ruido de la capital.

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  • Zona roja y algo más

    Zona roja y algo más

    Apenas había pasado los 40 años, mi deseo por usar ropa femenina se había calmado, pero sólo por la falta de oportunidad y no porque no quisiera usarla, tenía en mis cajones de ropa 3 bombachas, una tanga, un culote y un bóxer femenino, cada tanto me los ponía y así salía a la calle a trabajar, el único problema sería si algo me sucediera, a veces cuando me iba a dormir también las usaba, creo que esperaba que mi mujer me descubriera, pero o no fue así o nunca lo hizo notar, al menos por aquellos años.

    En este trabajo éramos todos hombres, teníamos un vestuario con buenas duchas y ahí me bañaba casi todos los días, más allá de que jamás miré a un compañero de trabajo con deseo se armaban charlas interesantes y una de ellas aprendí que había una zona roja gay en mi ciudad; mi deseo por un hombre se reactivaba y allá fui un viernes a la noche que dejé mi casa con la excusa de un encuentro de amigos. Si bien hablamos de la zona, no específicamente de las calles, por lo que muy nervioso recorrí varias de ellas hasta dar con los lugares donde hombres gays de todas las edades caminaban esperando que un auto frenara para el levante.

    Yo me quedé en una esquina, casi a oscuras, viendo que pasaba y como eran los movimientos; la idea era muy simple, caminar cerca de la calle hasta que un auto se acerque y se inicie un breve diálogo en donde ambos se ponían de acuerdo sobre qué hacer, esa conversación me inquietaba un poco ya que yo no sabía que decir y no era de muchas palabras en hablar. Pero luego de unos 20 minutos de observación me decidí a caminar, creo que di vuelta completa una manzana hasta que una camioneta frenó un poco más delante de donde me encontraba y bajó la ventanilla, señal que yo le interesaba, algo tembloroso me acerqué.

    -¿Qué hacés? Me interrogó un conductor algo obeso

    -Doy una vuelta a ver que pasa

    -No tengo lugar, pero acá en la camioneta no se ve nada, vamos por ahí si querés.

    -Bueno, dale. Respondí mientras subía al asiento del acompañante.

    Creo que circulamos unas 4 o 5 cuadras hablando de roles en el sexo, en un momento sacó su pene y yo lo acaricié.

    -¿Chupala? Me dijo

    Y yo me agaché sobre su falda poniéndolo entre mis labios e iniciando un juego que lo llevó a detener la camioneta rápidamente en un semidescampado algo oscuro

    -Vamos al asiento de atrás que estaremos más cómodos. Comentó y era obvio que no estaba debutando conmigo.

    Ya con los pantalones bajos abrió sus piernas y tomó su miembro como mostrando algo especial (uno más del montón) y tal como me había enseñado Chon empecé a saborear su pene duro desde la cabeza hasta sus testículos, eso lo hizo gemir con fuerza y entonces empecé un trabajo de succión que lo enloquecía.

    Se tomaba del asiento delantero y me insultaba con intención de alabar mi trabajo, debemos haber estado haciéndolo unos 20 minutos hasta que me anunció su eyaculación y como yo seguía tragando su poronga muy caliente se asombró porque me acabaría en la boca y al soltar su semen tomó mi cabeza y me la sostuvo para que no me moviera más, largando un suspiro de placer que lo relajó por completo.

    Me reincorporé mientras él se acomodaba la ropa, nos pasamos adelante y sin decir mucho me llevó hasta el mismo lugar donde me encontró, prometiendo volver a vernos, algo que no pasó obviamente.

    Yo estaba más que conforme con lo que había pasado por lo que me volví casi de inmediato a mi casa donde mis hijos dormían y mi señora, una vez más sentada frente a la computadora, apenas registró mi llegada, me puse el pijama, pero por debajo me calcé una tanga que me agradaba la sensación que generaba en mi piel.

    Y la zona roja gay se convirtió en un nuevo lugar donde fácilmente encontraba un hombre para experimentar mi sexualidad, si bien no iba seguido al menos cada dos meses me daba una vuelta, no sé porqué, pero siempre que giraba por esas seis u ocho cuadras terminaba en un levante, aún en la actualidad, pero ya no voy más que una vez al año.

    Pero uno de mis levantes fue particular, no tanto por mi partenaire sino por la información que obtuve.

    Esa vez decidí ser yo quien dé vueltas en el auto, y con apenas cinco minutos de llagado ya hubo un hombre, mayor que yo, que se me acercó, enseguida me dijo que tenía lugar, por lo que le abrí la puerta del acompañante y nos dirigimos a su casa, o eso creo que era, entramos en su habitación muy iluminada y de inmediato nos desnudamos para entrar en un hermoso franeleo que terminó con él en cuatro patas delante de mí al tiempo que yo lo penetraba consiguiendo que gimiera y me dijera cosas como “si así por favor rompeme la cola”, “que hermoso me cojés”, “dame más, no acabes, te quiero sentir adentro”.

    Luego de unos minutos la saqué y nos acostamos en la cama para jugar con nuestros miembros erectos, estuvimos así un buen tiempo hasta que me puse su glande entre mis labios e inicié mi trabajo para hacerlo eyacular y sentir su semen en mi lengua. Momento en el que el dueño de casa se relajó y empezamos a hablar de donde conseguir hombres, fue ahí donde me enteré que en mi ciudad había un baño turco con un clima gay.

    Me contó de como era fácil levantar tipos, incluso jóvenes, en ese lugar y que nunca se fue sin haber tenido sexo con alguno, la charla nos fue calentando nuevamente y en poco tiempo este compañero ocasional estaba caliente, con el miembro duro y yo mamándoselo de tal forma que me preguntó si me dejaba coger, ponerme en 4 patas fue mi respuesta y en seguida pude sentir una penetración pausada pero intensa, empecé a moverme como puta en celo y sus gemidos y expresiones de placer me calentaban aún más, luego de unos minutos, se recostó sobre mí y me besaba la espalda y el cuello, se reincorporó y me dio un chirlo suave para ver mi reacción.

    Vio que me gustaba e intensificó las palmadas a tal punto que podía sentir mis nalgas que ardían por lo que las imaginaba rojas de placer, su entusiasmo era tal que me insultaba a gritos y tomándome por las caderas me clavaba las uñas hasta que sentí que su pija empezaba a palpitar y relajaba su ritmo de bombeo, se tiró sobre mi cuerpo que acosté en la cama y su pene salió chorreando semen en mis huevos. Nos quedamos uno al lado del otro unos minutos hasta que me di cuenta que él se durmió, fui al baño, me aseé y cuando volví no solo dormía sino que se había acomodado de tal forma que exhibía su culo hermoso al que besé suavemente, le dejé mi número de celular anotado y me fui sin decir nada.

    Esa noche me llevaba buena información sobre el baño turco, además de un buen encuentro sexual.

    Unos días después estaba yo ingresando a este placentero lugar llamado Aquarius. Había un mostrador donde un joven esperaba a los clientes, como yo era nuevo y pregunté cómo funcionaba el sistema me guiaron por el lugar explicando la rutina para sacarle provecho, había tres salas de vapor una más intensa que la otra, una pileta de agua caliente con hidromasaje y unos boxes donde los hombres descansan luego del recorrido o la sesión de masajes, el precio incluía todo, menos el bar y al masajista.

    Pagué el servicio, me dieron un toallón y un trapito para ponerme alrededor de la cintura y no andar desnudo (pero casi), me cambié en el vestuario y salí a recorrer las salas, la verdad que como no conocía nada, me dediqué a observar las actitudes de los hombres que había allí, serían unos 15 en total; en la primer sala de calor muy, muy suave había algunos sentados a la mesa jugando a las damas, seguí para la segunda sala donde ya el vapor se hacía notar, me gustó y me quedo varios minutos, luego pasé a la tercera donde el calor húmedo generaba cierto efecto de limpieza en la piel que la suavizaba notablemente, en esa estaba yo solo hasta que luego entró un hombre de unos 50 años.

    -Hoy está fuerte esta sala, Dijo

    -¿Sí? No sé, es la primera vez que vengo

    -Ahhh, mirá vos ¿Y es tu primer recorrido?

    -Sí, recién empiezo

    -No te pierdas la pileta, hoy está ideal.

    -Gracias después iré

    -Y después te vas a descansar a los privados que están muy limpios. Y luego de decirme eso, se fue.

    Yo no estuve mucho más, fui a una de las duchas y de ahí a la tan ansiada pileta en la que debía meterme desnudo, reconozco que me dio cierto pudor, pero lo hice sin pensar mucho, la sensación de sumergirme desnudo en el agua tibia fue excitante, me senté en uno de los hidromasajes, estaba solo, cada tanto pasaba alguno por el pasillo que guiaba hasta los boxes, pero ninguno se metía.

    Yo quería ver un hombre desnudo, en un momento pasa uno que me da conversación y pregunta sobre cómo está el agua, charlamos un poco y enseguida veo que se dirige al perchero donde cuelga el tapa rabo floreando una cola interesante, entonces se da vuelta y lo veo desnudo, con un pene excitado pero no erecto y se sumerge en el agua caminando de frente hacia mí, obvio que lo miré todo el trayecto y notó eso:

    -Tenías razón, hoy está excelente el agua. Dijo

    -La verdad que es la primera vez que vengo, no lo conocía y me gusta

    -¿Entonces todavía no fuiste a los privados?

    -No, pensaba cuando salía de acá ir a descansar un poco.

    -Te van a gustar. Comentó y seguimos hablando muy en general de las salas y los hombres que asistían

    No pasó mucho tiempo cuando decidí salir de la pileta, con un caminar lento y sensual, porque eso genera hacerlo con agua hasta la mitad de los glúteos, me dirigí hacia la escalera por donde subí también despacio pero ya con la intención de exhibirme, me sequé y al pasar por al lado de mi ocasional compañero de hidro, nos miramos directamente a los ojos e hicimos un gesto como de aprobación, en cuanto entré a la habitación donde se encontraban los privados noté un perfume especial, intenso y agradable, casi diría que excitante, prendían sahumerios que supongo serían afrodisíacos.

    Los boxes consistían en una cama de una plaza, una frazadita y una almohada, la división entre ellos era tan solo un tabique y a la entrada una cortina de tela que se podía correr o no según el deseo de quien lo ocupaba, serían unos 7 u 8 lugares iguales, los recorrí y me encontré en algunos con hombres acostados boca arriba, fumando o no y acariciándose su miembro, un poco me asombró esto, pero era obvio que pasaría; la temperatura era agradable tanto como para estar desnudo allí.

    Encontré uno frente a una ventana que tenía pintura azul sobre el vidrio para crear un lugar de semioscuridad y en ese me acomodé, acostado boca abajo y tan solo tapado con el trapito que nos daban esperé para ver que pasaba, noté un desfile de hombres que se detenían en la puerta de los boxes ocupados, entre ellos el mío, pero muchos seguían de largo, hasta que apareció mi ocasional compañero de hidro, él se quedó mirando, como esperando mi aprobación, algo que hice al ponerme de costado para quedar frente a él.

    Ingresó, cerró al cortina, se sacó su taparrabo y exhibió una buena pija casi erecta que no tardó en estar en mi boca al sentarme al borde de la cama, suave, muy limpia, con sabor a recién aseada saboreé cada centímetro de ese pene que endurecía entre mis labios, mi lengua se encargaba de acariciar el glande cada vez más rojo, mi partenaire se tomaba del palo de la cortina y gemía, yo lo recorría desde su huevos hasta tragar a fondo un miembro de buen tamaño y cada vez más duro.

    Se agachó un poco y en voz baja me dijo: -Te quiero coger. No tardé mucho en ponerme en 4 sobre la cama y sentir como muy despacio la metía hasta tocar su pubis con mis nalgas, jugó un poco con su bombeo y la sacó, para volver a meterla, pero a medida que hizo esta práctica aumentó su ritmo, sentí como sus manos tomaban mis caderas que llevaba hacia él y empecé a moverme como una hembra, eso lo enloqueció y me clavaba sus dedos en mi piel hasta que lanzó un grito corto pero fuerte y se quedó quieto mientras yo sentía cada palpitación de su pija bombeando semen dentro mío. La sacó, se limpió con la toalla y me dijo:

    -Sos muy bueno, espero verte pronto. Y se fue por donde vino sin decir más

    Yo me recosté boca abajo en la cama y creo haberme dormido un poco; luego de un rato me levanté fui a las salas nuevamente, renové mi cuerpo un poco más y antes de irme me bañé, todo en aquél lugar era muy sexual y eso empecé a ver en cada visita que hacía, al principio eran un poco alejadas, pero luego eran casi semanalmente, tenía sexo siempre, si bien iba en busca de ser pasivo muchas veces terminé como activo.

    Conocí hombres a los que visité en su casa luego, ya que me pasaban la dirección y mi vida homosexual se puso muy activa. Había empezado a comprarme ropa interior en una tienda gay y tenía una tanga de hilo dental que alguna vez usé en el baño turco para ir al solárium o tan solo para exponer mi cola en la cama y esperar a que la presa caiga. Y obvio que caía. En este lugar me enteré que había otro baño turco en la ciudad, más céntrico, cómodo para llegar y realmente gay. Este se convirtió en mi verdadera perdición o no.

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  • Yo, el amante de Diva

    Yo, el amante de Diva

    Nota preliminar por Diva: Este relato, escrito por quien ha sido mi amante por más de ocho años, lo escribió Víctor a petición mía, pues consideré que era justo que también el mundo conociera la otra parte de mis historias. El relato está tal cual lo escribió mi amor, sin embrago, me permití corregirle algunas faltas de ortografía y la sintaxis en aquellas partes que así lo requirieron para hacer más “entendible” el texto; así como añadir entre paréntesis, comentarios que consideré necesarios para que los lectores ubicaran mis sentimientos en los momentos que pasé con él (y que sigo pasando).

    El estilo es algo simple, pero creo que cumple perfectamente con lo que se espera de un texto de este tipo: excitar a los lectores.

    Gracias

    Diva. (ND antes de cerrar paréntesis significa Nota de Diva).

    Le dije a Andrea que no sé escribir, bueno, si sé, pero no para que otras personas lean lo que escribí. Pero espero que entiendan lo que quiero decir.

    Cuando la conocí, yo acababa de ser abandonado por mi esposa, una mujer que estaba (está) muy buena, y con la que tuvimos cuatro hijos, dos niñas y dos niños. Ella me abandonó porque me salieron de un trabajo y ya no pude cumplirle sus caprichos, además que ella me dijo que yo solo no la llenaba (es una ninfómana, pues a mí, Víctor me ha satisfecho ampliamente, y eso que yo soy muy exigente N.D). Yo me quedé con las dos niñas y ella se llevó a los dos niños, a los que a duras penas mantengo y cuido, pues gano poco en mi trabajo.

    No sé si fue porque estaba borracho o porque necesitaba a alguien a mi lado o con quien coger, pero yo nunca antes me había cogido a un puto (esta referencia es la que desencadenó una fenomenal gresca entre Víctor y yo, pero la reconciliación fue ¡fenomenal! ND) pero la verdad ella se arregló de tal manera que la vi como una verdadera mujer, aunque andaba un poco tomado.

    Cuando me empezó a acariciar y besar sentí un poco de asco, pero cuando me calenté ya no me importaba que ella no fuera mujer (él siempre se imagina que soy mujer, aunque esa vez tuve que recurrir a mis artes de prostituta para excitarlo ND), sobre todo cuando acarició mi verga por encima del pantalón. Cuando me la sacó y la acarició a mano limpia, decidí que iba a dejarla llegar hasta donde ella quisiera y me empecé a sentir a gusto (cuando tomé su rico miembro con mis manos, él empezó a rezumar su sabroso liquido preeyaculatorio. En ese momento supe que iba a ser suya. ND.) .

    Ya la dejé que hiciera lo que quisiera y me dejé llevar. Entonces sentí sus ricos labios besando la cabeza de mi verga y abrí los ojos para ver que estaba haciendo, y me encantó la expresión de su cara pues se notaba que estaba disfrutando el sabor de la leche que empezaba a salir (yo pensé que ya se estaba viniendo, pues era una cantidad exagerada de líquido, pero no era semen, era su precum ND). Pensé que eso sería todo, pero cuando se metió mi verga a la boca y empezó a chuparla, sentí que me iba a extraer hasta la médula, pues sentía jaloncitos en la base del cerebro, no por la fuerza de su mamada si no por el extraordinario placer que estaba dándome.

    Afortunadamente tengo mucha capacidad de continencia para mi orgasmo, que si no, hubiera acabado con la mamada que me estaba dando. Pero eso era solo el principio. Me estuvo mamando un buen rato, en el que me hizo ver estrellitas de tanto placer, pero logré aguantar mi venida para que ella disfrutara más tiempo (me considero una experta en la felación, por eso estoy segura que Víctor estaba gozando tanto o más que yo con esa mamada ND).

    Después de un gran rato en el que creí venirme unas tres veces, ella me preguntó que si quería cogérmela y pues yo le dije que sí. La verdad no tenía idea de cómo cogerme a un puto, así es que la deje que ella tomara las riendas. Me colocó boca arriba después de que me desnudo totalmente, y colocó un condón en mi verga con su boca.

    Después, ella se aplicó una jalea lubricante en su culo y montándose encima de mí, se fue sentando poco a poco en mi verga (a pesar de que había tenido ya muchas experiencias y haber sido penetrada por miembro bastantes más grandes que el de Víctor, esa vez me sentía como mi primera vez y la verdad es que me hizo llorar de dolor por la penetración, a pesar de estar bastante lubricada ND) y veía en su cara gestos de dolor que yo pensé eran fingidos, pero que sin embargo me ocasionaban mucho placer, pues sentía en mi verga la opresión de su culo con cada centímetro que le metía.

    Pero eso no me preocupó en lo mínimo, pues estaba deseando hacerle el mayor daño posible (como la mayoría de los hombres, le gusta ocasionar daño a sus parejas, pues se sienten realizados como machos; por eso, la mayoría de las veces que me ha cogido, lo hace frente a un espejo para ver mi cara y yo procuro hacer gestos de dolor para complacerlo ND).

    Como yo soy muy aguantador para acabar, me la estuve cogiendo mucho rato en esa posición, hasta que ella me pidió que cambiáramos de posición pues ya sentía calambres en las piernas (me estuvo cogiendo más de media hora en esa posición, ¿no era para cansarse? ND).

    La puse de a perrito y me di cuenta de las nalgas tan sabrosas que tiene esta puta (¡gracias mi amor por llamarme así! ND) y agarrándola de la cintura, le clave hasta el tope mi verga, haciendo que Diva lanzara un grito de dolor pero sin hacer caso, me la seguí cogiendo así otro rato. Como yo también estaba ya algo cansado, me aceleré para acabar pronto y le clavaba más y más profundamente mi verga y ella no dejaba de quejarse (en realidad estaba gimiendo de gusto por la rica cogida que me estaba dando, pero para seguirle el juego de su sadismo, hacía como que me quejaba e incluso estaba derramando algunas lágrimas ND).

    Por fin, sentí que ya me venía e inclinándome en su espalda, le agarré las chichis y amasándoselas me pude venir pegándome completamente a sus nalgas (sentí más profundamente su verga y a pesar del condón, también sentí como se venía. Para que se den cuenta de la intensidad de su eyaculación ND).

    Como pude, me separé de ella pues sentía las piernas agarrotadas y me di cuenta de que mi venida había sido muy grande, pues casi se llenó el condón con mis mecos. Me sentí muy cansado y me acosté y me quedé bien dormido. Desperté con la sensación de algo caliente en mis huevos y era Diva que me los estaba limpiando con la lengua.

    Al ver esto, se me empezó a parar otra vez, pero me fui al baño a orinar y me regresé rápidamente pues tenía ganas de cogerme otra vez a Diva (yo estaba ansiosa de volver a sentir su preciosa verga, en mi boca y en mi culo, pero no se dio así ND), y llegando a la cama, la puse boca arriba y poniéndome sus piernas en mis hombros, le metí la verga de golpe, haciendo que Diva gritara (grité por dos cosas: una porque fue muy súbita la embestida y en verdad me dolió pues estaba sin lubricar; y la otra porque no se había puesto condón, pero ya estaba adentro y pues ni modo ND) y llorara, pero la callé con mi boca en la suya y me di cuenta de que no había diferencia entre el beso de ella y el de otra(s) mujer(es).

    Me la estuve cogiendo un rato así y después la acosté de lado y se la metía así, sintiendo muy rico sus chichis, que se las apretaba desde atrás y como se acomodaban sus nalgas en mi verga (esta posición es muy cómoda, aunque no permite una completa penetración, pero se siente rico como se frotan los vellos de tu pareja en tus nalgas ND).

    Entonces me di cuenta de que no traía condón y se la saqué de golpe pues me asusté y le pedí que me la limpiara bien para no contagiarme (como la mayoría de los heteros, creía que todos los homosexuales están infectados de SIDA ND) pues ella como puto, podía tener alguna enfermedad. Trajo un traste con agua tibia y toallas y me limpió perfectamente la verga y los huevos, dejándome satisfecho. Ya más tranquilo le pregunté que si no estaba enferma y ella me enseñó un análisis donde decía que no se encontró ninguna enfermedad.

    Ya más tranquilo, la dejé que me volviera a mamar la verga que no tardó en pararse y desear más acción. Me pidió que me la cogiera sin condón pues quería sentir mi leche dentro de su culo y yo no me negué, pues siempre cogí con mi esposa sin condón y se siente más rico.

    Se acomodó Diva boca arriba y abrió bien sus piernas, y me fijé que casi no tiene verga ni huevos, lo que se me hizo curioso. Quería preguntarle el porqué, pero era mucha mi urgencia de cogérmela y mejor dejé mi pregunta para otra vez. Esta vez se la fui metiendo poco a poco y me gustó ver su cara de placer cuando ya se la retaqué toda. Me acomodó sus piernas alrededor de mi cuerpo y acostando me sobre ella, me la estuve cogiendo hasta que me vine.

    Cuando le aventé los mecos en el culo, sentí como se inundaba, pero a la vez parecía que una boca los succionaba y me apretaba la cabeza de la verga y hacía que echara mas y más leche (sentir por primera vez su descarga en mi intimidad, fue algo increíble. Parecía que era una manguera repleta de semen que desbordaba mi recto. Yo pensé que por lo menos me había depositado un cuarto de litro de semen ND).

    Cuando acabé, me quedé recostado encima de ella pero no le saqué mi verga, pues sentía muy rico su culo: calientito y húmedo de mis mecos (de hecho, se quedó dormido como cinco minutos, pero yo no me quejé pues también sentía muy rica su verga reposando en mi interior ND). Cuando se la saqué, vi como su culo se quedaba abierto, y algo de mecos escurrió entre sus nalgas. Mi verga también estaba llena de mecos y entonces se la acerqué a su boca y le dije que me la limpiara (él pensó que con eso me humillaba, pero es una de las cosas que más nos gusta hacer a nosotras las transgenéricas ND).

    Y así fue más o menos la primera vez que me cogí a Diva, o sea, la primera vez que me cogí a un puto (y de ahí en adelante, hasta la fecha, sigue cogiéndome con la misma o más intensidad, pues hay ocasiones, cuando se queda a dormir, que me hace el amor no menos de cuatro veces dejándome completamente exhausta y repleta de su espesa y rica leche ND).

    Víctor y Diva

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  • BDSM y exhibicionismo en pareja

    BDSM y exhibicionismo en pareja

    Era ya tarde y Alicia, mi mujer, llegó a casa tras su jornada laboral. Yo había subido mi último relato y ya había recibido algunos comentarios elogiosos; estaba contento. Mientras le servía una copa de vino, noté en su mirada distraída que había pasado alguna cosa.

    -¿Todo bien?

    -Pues la verdad es que estoy un poco confusa y arrepentida -me contestó mientras paladeaba la bebida.

    -¿Y eso?

    -Algo en el trabajo que no debería haber ocurrido…

    Por un momento había creído que se trataba de una discusión con su amante, pero no.

    -Ha sido una experiencia inesperada… Me he enrollado con alguien… Nunca lo hubiera imaginado.

    Me tragué de un sorbo el vino que quedaba en la copa.

    -¡Joder! ¡No será con Ignacio, tu jefe…!.

    -No, no… Ha sido con… Cristina.

    -¡¿Cristina?! ¿Tu compañera? Pero si estuvimos hace poco cenando con ella y su marido y estuvimos hablando de la comunión de su hija, es muy creyente… No sabía que tú… que a ti… que a ella… ¡Joder joder!

    Me llené la copa de nuevo y me lo relató brevemente. Que aquella tarde Cristina llevaba un jersey de cuello alto muy ceñido, que se le marcaban mucho los pezones y no podía dejar de mirarla, que se le puso muy cerca para analizar juntas un informe en su ordenador, que olió su perfume y un mechón de su pelo le rozó la mejilla, luego el contacto casual de sus manos….

    -En fin -me dijo- que nos calentamos y acabé comiéndole el coño en el baño.

    La miré a los ojos, serio pero excitado, y rematé la conversación.

    -Cariño, creo que mereces un castigo.

    -Sí, he pecado. Lo que quieras.

    -Vamos entonces…

    Era un castigo lo que iba a recibir. Desdoblados, en ese momento no éramos marido y mujer sino amo y esclava. Su dolor sería mi placer; su placer, ser una ofrenda en mi altar.

    Mientras Alicia esperaba en el salón tal como ya se había convenido en otras ocasiones, yo preparaba lo necesario y recordaba, no solo su última aventura, sino también tantas otras que había vivido y me había explicado. Siempre me lo acababa confesando todo y luego pedía expiación. Como aquella vez que la encontré en los baños de un hotel follando con una camarero durante la boda de su hermana.

    Con los utensilios que precisaba (antifaz, esposas, grilletes, látigo y una vela), me dirigí lentamente al lugar del castigo. Dejábamos todas las luces encendidas y las cortinas corridas porque sabíamos que un matrimonio de mediana edad nos espiaba desde la ventana de enfrente, ocultos en la oscuridad. Cuando terminaban nuestras sesiones, uno de ellos encendía un cigarrillo. Imaginaba que lo hacía tras haberse masturbado, quizás mutuamente, mientras nos observaban.

    Alicia, desnuda y de rodillas, con la cabeza baja, se mantenía callada. Me gustaba contemplar su cuerpo durante unos instantes, aquellas pequeñas estrías en sus muslos, la celulitis en las nalgas, todo aquello que la identificaba como una mujer real, una mujer madura lista para todo en la intimidad de un modo que nadie que se la hubiera encontrado en sus quehaceres diarios hubiera imaginado; todo aquello que la hacía deseable.

    Le tapé los ojos, le esposé las muñecas a la altura del vientre y le coloqué los grilletes de acero. La levanté de un brazo y la apoyé en el sofá, de pie, el culo bien expuesto.

    El momento previo. Cuando te falta la respiración antes de empezar. Me desnudé mientras la tenía a la espera, sus piernas temblando a causa de su postura, el dolor de las esposas clavándosele en el vientre. Le levanté la cabeza tirándole del pelo y le metí en la boca una mordaza con bola como si fuera una yegua sin domar. Y con la palma de la mano, le di en las nalgas, una vez y otra y otra y otra. Gemía. Oía su respiración fuerte. Su culo enrojeció bajo mis golpes. Rocé su entrepierna con mi pene erecto y luego con el mango del látigo hasta llegar a su ano. Escupí en él y le introduje un plug cromado. Gimió.

    Mientras recordaba todos sus pecados, empecé a azotarla, fuerte, en la espalda, en el culo, en los muslos. Alicia se removía. Mis músculos, tensos. Los latigazos empezaban a dejar marcas, líneas con las que iba expiando sus errores, sus placeres. Le quité la mordaza. “¡¿Quieres más?!”. Asintió y, separándole las nalgas, libre del plug, la penetré sin piedad. Gritó. La embestí varias veces por el estrecho canal masajeando su clítoris al mismo tiempo, pero aún no era el momento. La tumbé boca arriba en el sofá y la dejé descansar mientras yo preparaba lo siguiente. Encendí una vela roja y me puse a su lado.

    Fui dejando caer la cera caliente sobre su piel, sus pechos. Reprimió un grito. Seguí por su vientre, sus ingles, su coño. Notaba su placer en el dolor. A medida que la cera se enfriaba, yo me calentaba más y más. Mi glande sobresalía húmedo del prepucio, impaciente otra vez. Agarrándola de un brazo, la lancé al suelo; “de rodillas”, le dije, “¿quieres mi perdón?. ¡Abre la boca!”. Me masturbé jadeando y le lancé mi semen, que cayó espeso en su lengua. Mientras lo hacía, miré hacia el ventanal y entonces vi en el edificio de enfrente una fugaz llamita que se encendía.

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  • Andrés, mi esposa y yo

    Andrés, mi esposa y yo

    Eran pasadas las 11 de la noche cuando decidimos salirnos de la fiesta del contador Miguel Ángel. Mi esposa un poco borracha por tantos tequilas que le había propinado la esposa del festejado y Andrés junto con su esposa (quienes nos llevarían hasta nuestra casa) en el mismo estado que yo, semi borrachos, o como dicen aquí en México, íbamos a medios chiles.

    Andrés ofreció comprar otro tequila para seguir la fiesta y por supuesto que yo estaba encantado por la idea de seguir bebiendo, finalmente eran fin de semana laboral.

    Al llegar a casa a mi esposa no le quedó otra que irse a la cama, la esposa de Andrés decidió también recostarse así es que acomodé la otra recámara (la que es de mi bebé) y los únicos que quedamos vivos éramos Andrés y yo. Por cierto, creo que no mencioné que Andrés es mi adjunto en la oficina.

    Yo creo que he de haber tomado unos 5 tequilas solos cuando comencé a sentir un fuerte dolor de cabeza y al mismo tiempo sentía que los ojos se me cerraban de sueño, para esto ya pasaban de las dos de la madrugada. Así que fue inevitable que por momentos quedara dormido, recostándome a un costado del sofá grande que tenemos en la sala.

    Hubo un detalle que omití al principio de este relato y es el hecho de decir que mi esposa, precisamente el día de la fiesta no iba vestida como acostumbra a hacerlo cuando está en casa o salimos los dos. Llevaba puesto un vestido que le llegaba hasta la rodilla de color caqui, unas pantimedias de color beige claro y unos zapatos que combinaban con un sweater en tono vino, algo muy, pero muy sencillo como para llamar la atención. Quizás lo que le llamaba la atención a Andrés de mi esposa es la cantidad de pendejadas que le había platicado de ella.

    No me di cuenta en que momento me quedé dormido, pero sí de los sollozos que me hicieron despertara.

    Las luces del departamento estaban completamente apagadas y la puerta de mi recamara estaba entre abierta, con la poca luz que entraba de la calle por las ventanas me pude dar cuenta de dos cuerpos que se revolcaban entre la cama y sin hacer mucho ruido me acerqué hasta donde no podía ser detectado; el ojete de Andrés se estaba cogiendo a mi vieja.

    No sabré decirles como se dio ese encuentro, lo único que puedo decirles es que se estaban dando una cogida de lo lindo.

    Ella le cabalgaba a Andrés y así estuvieron por un rato, hasta que Andrés le decía que no parara, que estaba a punto de estallar, en ese momento mi esposa se volvió loca y comenzó a moverse como nunca lo había hecho conmigo, lo cual me hizo suponerme que ella estaba gozando al máximo de esa clandestina relación.

    Era mucho mi coraje, pero era más la dureza de mi verga en ese momento que lo único que atiné a hacer, fue a sacármela y a hacerme una rica chaqueta, estaba tan caliente y también a punto de venirme cuando sentí un golpe en la espalda y un poco de semen en mi mano: ¡Nooo! ¡estaba soñando y mi esposa me estaba despertando!

    Que imbécil, pensé.

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  • Hace tan sólo unas horas

    Hace tan sólo unas horas

    Los rayos del sol penetran por la ventana de mi habitación y la claridad me despierta, alargo la mano en tu busca y no te encuentro, ya no estás, te has ido sin despertarme. Tan sólo queda ya en mi cama el calor que tu cuerpo ha dejado sobre las sábanas y tu fragancia, también se perciben los aromas del incienso y la cera de las velas quemadas. Todo ello me hace evocar los momentos vividos hace tan sólo unas horas.

    Llegué a casa alrededor de las nueve de la noche, nada más abrir la puerta, el olor del incienso me dijo que estabas en casa. Caminé hasta la habitación y allí me encontré un reguero de velas perfumadas encendidas que conducían hasta el cuarto de baño, me asomé a la puerta de éste y allí te vi, como si de un altar se tratase, innumerables velas de distintos colores y tamaños te adoraban, sus llamas dibujaban sombras por todo el cuarto de baño y tú mientras, me mirabas desde la inmensa bañera repleta de agua caliente y espuma. Tan solo se veían tu cara, tu cuello y tus brazos.

    —El agua está en su punto, ¿a qué esperas para venir a frotarme la espalda?

    —No te esperaba hoy, creí que no vendrías hasta el sábado. —Dije mientras comenzaba a desnudarme.

    —La semana se me hacía interminable sin estar contigo, así que hice una escapadita, mañana he de volver pronto.

    —Yo también te he echado de menos. —Dije mientras la besaba y me metía a su lado en la bañera.

    El agua casi quemaba, tal y como a ti te gusta, la espuma y las sales con aroma a jazmines envolvían toda la bañera. Me coloqué frente a ti y te acercaste a mí, me besaste con pasión, tus carnosos labios devoraban mi boca, tu lengua bailaba con la mía en un abrazo húmedo. Colocaste tus piernas sobre las mías y te aproximaste más a mí, notábamos la cercanía de nuestros sexos. Separaste tu boca de la mía y me miraste, recostaste tu cabeza en mi pecho mientras yo acariciaba dulcemente tu nuca y tu espalda.

    —Necesitaba estar a tu lado, sentirte, tener tus besos y tus caricias, notar el roce de tu piel. Las noches en soledad se me hacen interminables, tu recuerdo no me basta, necesito sentirte a mi lado. —Dices como una niña mimosa a quien le impiden hacer algo.

    —Mi amor, yo también te necesito, esta distancia que nos separa me quema por dentro, disponer tan sólo de los fines de semana para nosotros me sabe a poco, mi cuerpo añora al tuyo, es como si me faltara una parte de mí. —Te digo mientras te acurrucas más sobre mi pecho y yo te abrazo con fuerza.

    Nos besamos nuevamente, con frenesí, como si nada más en la tierra existiera, solo nosotros dentro de la bañera. Noto tus manos bajar por mi pecho, por mi vientre, hasta alcanzar mi sexo. Lo acaricias dulcemente, juegas con él y lo masajeas con lentitud, percibiendo sus latidos y como parsimoniosamente va aumentando su tamaño.

    Mis manos bajan por tu espalda hasta llegar a tu culo, lo acaricio, lo aprieto sintiendo su turgencia, recorriendo tus nalgas. Te acaricio íntimamente, mi mano roza tus labios vaginales, los recorre delicadamente, nuestra respiración se hace más rápida.

    Tus manos recorren el tronco de mi excitado pene en un hermoso vaivén, de la base hasta alcanzar mi sonrosado glande. Mis dedos acarician tu ya excitado clítoris, mientras nuevamente nos besamos.

    Mi dedo corazón se adentra ahora en las profundidades de tu sexo, penetrándote poco a poco, notando las contracciones de tu vientre, acariciando tu interior en movimientos circulares. Mientras mi dedo pulgar continúa el masaje sobre tu clítoris. Has aumentado el ritmo con el que me masturbas. Nuestras respiraciones son más agitadas, los gemidos inundan el cuarto de baño.

    Besas mi cuello, tu lengua lo recorre como una serpiente, tus labios absorben mi piel y un tierno mordisco me indica que ha llegado el momento, es tu manera de decirme que me quieres en tu interior.

    Salimos de la bañera y nos secamos sin convicción, te tomo en brazos y te acuesto en la cama. Mi boca aprisiona uno de tus pechos, mi lengua juega con su pezón. Mientras una de mis manos acaricia tu otro pecho.

    Mis labios cambian de pecho, tus gemidos aumentan.

    Lentamente voy bajando, mis labios recorren tu vientre, besan tu ombligo. Entierro mi cabeza entre tus piernas abiertas, mi lengua recorre tu sexo arriba y abajo, juega con tu clítoris, incluso intenta penetrarte. Mis dedos la ayudan, abriendo más tu sexo, como si de una flor se tratase, una flor con un néctar delicioso que fluye empapando mi cara y tus muslos.

    —Ven. —Dices mientras tus brazos tiran de mi cabeza hacia tu cara.

    Notas en mi boca el sabor de tu esencia, te giras sobre mí quedando encima. Apoyas tus manos en mi pecho y te sientas sobre mi vientre. Noto tu sexo ardiente y húmedo sobre mí, desplazándose hacia atrás hasta que tus nalgas tropiezan con mi pene completamente erecto.

    Me chupas y lames los pezones mientras mis manos juegan con tus pechos. Levantas tu cara y me miras a los ojos.

    —Te quiero. —Dices mientras levantas tu cuerpo lo justo para alcanzar con una de tus manos mi polla y acercarla a la entrada de tu vagina.

    —Te quiero. —Te digo, mientras poco a poco te dejas caer sobre mi polla penetrándote tiernamente.

    Me adentro en tu interior con un placer embriagador, tu sexo me absorbe, me devora, me aprisiona. Nuestro ritmo es muy lento al principio, nos gusta comenzar así, ver nuestras caras, besarnos, disfrutar de nuestros gemidos, acariciarnos.

    Poco a poco ir aumentando el ritmo, disfrutando cada segundo, penetraciones profundas que acarician todas tus paredes vaginales, contracciones pélvicas y rugidos de tu garganta me indican que tu orgasmo está al llegar.

    Aumento el ritmo de la penetración, quiero alcanzar el orgasmo a la vez que tú, gemidos de placer salen de nuestro interior.

    Noto como tu sexo me está empapando y en ese instante yo también estallo, derramándome en tu interior, disfrutando ambos de un placer indescriptible.

    Te recuestas sobre mi pecho, aún estamos unidos, no he salido de ti, los dos exhaustos, empapados en sudor.

    Nos besamos, nos acariciamos y nos decimos hermosas palabras y también alguna tontería como si fuéramos unos quinceañeros. Me encanta la expresión de tu cara después de hacer el amor, tu mirada es más profunda, más brillante, tus mejillas sonrosadas, tus labios más rojos aún si cabe, gotas de sudor que perlan tu frente. Jamás has estado tan hermosa como en ese momento.

    —Te amo, te amo como jamás he amado a nadie en este mundo. —Te susurro mientras beso tus labios.

    —Te amo. —Nos fundimos en un dulce y cariñoso abrazo.

    Y así, pausadamente reponemos fuerzas.

    La noche fue larga y hermosa, y nuestros encuentros apasionados varios. Ahora, sólo sobre la cama, rememoro cada instante de esta noche pasada a tu lado. Giro la vista hacia la mesita y allí veo tu nota:

    «Tranquilo mi vida, tan solo faltan dos días para volver a vernos. Besos, te quiero.»

    Es cierto, el sábado está próximo.

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  • Placeres prohibidos. Secreto familiar (1)

    Placeres prohibidos. Secreto familiar (1)

    Con Atziry fuera de la casa por el fin de semana, la ausencia llenó el aire de una libertad cargada de deseo. Elizabeth y Diego, liberados de cualquier restricción, se entregaron a una danza de lujuria que transformó la pequeña casa en un santuario de placer. Sus cuerpos, empapados en sudor, se entrelazaban en un frenesí de posiciones que exploraban cada rincón de su pasión.

    Elizabeth se arqueaba sobre el colchón, sus senos prominentes temblaban mientras Diego la tomaba desde atrás, sus manos fuertes agarraban sus caderas, las nalgas de ella chocaban con su pelvis con un ritmo que resonaba como un tambor en la habitación. Su vagina, húmeda y cálida, lo acogía con una avidez que lo hacía gruñir, cada embestida arrancaba gemidos que llenaban el aire.

    En otro momento, Diego la alzó contra la pared, sus piernas lo envolvieron mientras la penetraba con una intensidad que hacía que sus ojos miel se nublaran de éxtasis. Sus labios se encontraban en besos voraces, sus lenguas danzaban mientras sus cuerpos sudados se deslizaban uno contra el otro, la fricción de su piel amplificaba cada sensación.

    Elizabeth, perdida en el placer, alcanzó un orgasmo tras otro, sus gritos resonaban mientras su cuerpo convulsionaba, los fluidos de su excitación goteando por sus muslos, mezclándose con el semen de Diego en una unión que los marcaba. Él, embriagado por la visión de su tía, lamía sus pezones endurecidos, mordiéndolos suavemente mientras ella se aferraba a sus hombros, su cabello rubio caía en cascada sobre su espalda.

    La habitación olía a sexo crudo, un aroma denso de sudor y deseo que impregnaba las sábanas, las paredes, el aire mismo. Cambiaron de posición una y otra vez: Elizabeth montándolo con movimientos salvajes, sus nalgas rebotando contra sus muslos; Diego encima, penetrándola con una lentitud torturante que la hacía suplicar por más. Cada orgasmo era una explosión, sus cuerpos temblaban en sincronía, sus gemidos eran un coro de lujuria que celebraba su conexión prohibida. Su relación había cambiado irrevocablemente, cada toque, cada mirada, cargada de una intimidad que los extasiaba.

    Sin embargo, en un momento de pausa, con sus cuerpos aún pegados, Elizabeth miró a Diego con una mezcla de adoración y urgencia. —Esto tiene que quedar entre nosotros, sobrino —susurró, su voz era ronca mientras acariciaba su pecho, sus dedos trazando las líneas de sus músculos—. No quiero que Atziry se entere de lo que estamos haciendo, de este incesto. Prométeme que será nuestro secreto. —Sus ojos, brillando con deseo y una pizca de culpa, lo imploraban.

    Diego, con una sonrisa confiada, asintió, su mano se deslizaba por la curva de sus nalgas, apretándolas con posesión. —No diré nada, tía —respondió, su voz profunda vibraba contra su piel mientras la besaba en el cuello—. Quiero seguir cogiéndote, y no voy a arruinar esto. —Sus palabras eran una promesa, sellada con un beso lento que reavivó el fuego entre ellos. La habitación, testigo de su fin de semana de placer desenfrenado, guardaba su secreto, un pacto silencioso que aseguraba que su pasión continuaría, oculta pero ardiente, mientras sus cuerpos seguían buscándose con un hambre insaciable.

    Con el regreso de Atziry, la casa recobró una fachada de normalidad, un velo frágil que apenas ocultaba la corriente de deseo que seguía fluyendo entre Elizabeth y Diego. Bajo la superficie de las rutinas diarias, tía y sobrino aprovechaban cualquier instante de soledad para entregarse al fuego que los consumía. En la penumbra del estudio, cuando Atziry dormía, Elizabeth se deslizaba hacia Diego, su cuerpo aparecía envuelto en un camisón ligero que se adhería a sus curvas, sus senos prominentes presionaban contra la tela.

    Diego la recibía con manos ansiosas, levantándola contra una pared, sus labios devoraban los suyos mientras la penetraba con embestidas profundas, sus cuerpos sudados chocaban en un frenesí silencioso. Sus orgasmos eran explosiones contenidas, Elizabeth mordía su hombro para ahogar los gemidos, mientras el semen de Diego se mezclaba con su humedad, goteando por sus muslos y dejando un rastro en las sábanas improvisadas del estudio. Cada encuentro era un huracán de lujuria, sus pieles empapadas de sudor, el aire cargado con el aroma crudo de su pasión.

    Pero mientras Elizabeth y Diego se perdían en su secreto, Atziry ardía en su propia obsesión. La presencia de su primo en la casa era una tortura exquisita. Cada vez que lo veía deambular, con su camiseta ajustada marcando los músculos de su pecho o sus jeans delineando la fuerza de sus muslos, Atziry se mordía el labio inferior, un gesto inconsciente que traicionaba su deseo. Sus muslos se apretaban instintivamente, intentando contener la humedad que se formaba entre sus piernas, su vagina palpitaba con cada fantasía que la asaltaba. Lo imaginaba tomándola con fuerza, con sus manos fuertes levantándola, su verga llenándola mientras ella gemía su nombre.

    Vestida con shorts diminutos que apenas cubrían sus nalgas bronceadas o blusas escotadas que dejaban entrever sus pezones endurecidos, Atziry coqueteaba descaradamente, rozando a Diego al pasar por el pasillo, su perfume cítrico impregnándose en el aire, sus ojos lanzándole miradas cargadas de intención.

    Sin embargo, ella disimulaba el placer que sentía, escondiendo los escalofríos que recorrían su cuerpo cuando Diego la miraba. En la cocina, mientras él preparaba café, Atziry se inclinaba sobre la encimera, dejando que su blusa se abriera lo justo para revelar la curva de sus senos, su respiración era agitada mientras imaginaba sus manos arrancándole la ropa. En su habitación, sola, se tocaba, sus dedos se deslizaban bajo sus bragas, frotando su clítoris mientras cerraba los ojos y veía a Diego encima de ella, sus embestidas haciéndola gritar. Pero ante él, mantenía una fachada de inocencia, sus coqueteos disfrazados de bromas, aunque su cuerpo traicionaba su deseo con cada apretón de muslos, cada mordida de labio.

    Elizabeth y Diego, ajenos a la tormenta que consumía a Atziry, seguían robándose momentos de pasión, sus cuerpos se encontraban en rincones ocultos de la casa, sus gemidos eran amortiguados por la urgencia de mantener su secreto. Pero la obsesión de Atziry crecía, un fuego que amenazaba con desbordarse, su deseo por Diego se transformaba en una necesidad, en un juego peligroso.

    Una noche, Diego dormía profundamente en el estudio, su cuerpo se encontraba relajado sobre el colchón improvisado, la sábana apenas cubría su torso desnudo. El silencio de la casa se rompió cuando una sensación cálida y húmeda lo arrancó del sueño. Sus ojos se abrieron lentamente, su respiración se aceleraba al sentir unos labios envolviendo su miembro, succionándolo con una avidez que lo hizo endurecerse al instante. Lejos de asustarse, un gemido bajo escapó de su garganta, su cuerpo respondía al placer de aquella mamada. El sonido que llenaba el estudio era embriagador: el roce húmedo de una lengua contra su piel, lengüetazos largos y deliberados, y arcadas suaves que resonaban en la penumbra, cada ruido amplificaba el deseo que lo consumía.

    Diego, perdido en la sensación, levantó las manos y las posó en la cabeza de quien lo complacía, sus dedos se enredaron en mechones de cabello suave, guiando el ritmo con una mezcla de urgencia y deleite. La boca que lo envolvía era cálida, ansiosa, deslizándose desde la base hasta la punta con una precisión que lo llevaba al borde. —Oh, tía, qué rico lo haces —gimió, su voz era ronca y cargada de lujuria, convencido de que era Elizabeth quien lo devoraba con tanta pasión.

    Sus caderas se alzaron ligeramente, empujando más profundo, mientras sentía el calor de su boca apretarse alrededor de él. —Ya me voy a venir —gruñó, sus manos ejercieron una presión firme, manteniendo la cabeza en su lugar mientras su clímax estallaba. Chorros calientes de semen se derramaron en aquella boca ardiente, llenándola, deslizándose por la garganta que tragaba con avidez, el sonido húmedo de la deglución resonaba en sus oídos.

    Cuando el último espasmo lo abandonó, Diego relajó su agarre, su respiración era pesada mientras la figura se apartaba rápidamente, con el roce de pasos ligeros abandonando el estudio en la oscuridad. No vio quién era, pero su corazón latía con una certeza feliz: su tía amaba su verga, y este acto nocturno era una prueba más de su deseo insaciable. Se recostó, su miembro aún palpitaba, una sonrisa curvaba sus labios mientras el aroma de sexo llenaba el aire, mezclado con el sudor y la intensidad del momento. La sábana, ahora arrugada, era testigo de su placer, y Diego, aun vibrando por el éxtasis, cerró los ojos, saboreando la certeza de que Elizabeth no podía resistirse a él, su cuerpo anhelaba más de esos encuentros secretos que los unían en la penumbra.

    La mañana siguiente amaneció con un aire extraño en la casa. Diego se levantó, su cuerpo aun vibraba con los recuerdos de la noche anterior, y se dirigió a la cocina para desayunar. Allí encontró a Atziry, pero algo estaba fuera de lugar. En lugar de los shorts ajustados o las blusas escotadas que solían resaltar sus curvas bronceadas, llevaba un conjunto sobrio: una sudadera holgada y jeans que ocultaban su figura.

    Al saludarla, esperando su habitual coqueteo descarado, Diego solo recibió un gesto cortante. —Buenos días —masculló Atziry, sus ojos esquivaron los suyos, su voz era fría como el hielo. Con Elizabeth, que preparaba café, fue igual de distante, apenas respondiendo a su madre con un murmullo antes de tomar su mochila y salir apresurada hacia la universidad, sin despedirse de ninguno. La puerta se cerró con un golpe seco, dejando un silencio incómodo.

    Diego y Elizabeth intercambiaron una mirada de confusión, sus cejas estaban fruncidas mientras se preguntaban qué le pasaba. Pero, sin respuestas, decidieron dejarlo pasar, el peso de su propio secreto los mantenía ocupados. Minutos después, con la casa vacía, el deseo los consumió de nuevo. En un rapidín antes de que Elizabeth saliera al trabajo, Diego la llevó al sofá del salón, levantando su falda ajustada para revelar la tanga de encaje rojo que apenas cubría sus nalgas.

    Con un movimiento rápido, deslizó la prenda a un lado y escupió en su ano, preparando el camino. La penetró lentamente, su gruesa verga se abría paso en la estrechez cálida, arrancando un gemido profundo de Elizabeth. Sus manos se aferraron a los cojines, su cuerpo se arqueaba mientras Diego empujaba con un ritmo firme, sus nalgas chocaban con su pelvis en un sonido carnoso.

    —¿Dormiste bien anoche, tía? —preguntó Diego, su voz era entrecortada por el esfuerzo, mientras sus manos apretaban las caderas de Elizabeth, guiándola contra él. Ella, gimiendo, con el cabello rubio cayendo en mechones desordenados sobre su rostro, respondió con un jadeo. —Sí, sobrino… quería despertarte para cogerte, pero el sueño me ganó —dijo, con voz cargada de lujuria mientras su ano se ajustaba a cada embestida, su cuerpo temblaba de placer.

    Las palabras de Elizabeth golpearon a Diego como un relámpago. Si ella no lo había despertado, entonces la boca que lo había devorado en la noche, la que había tragado su semen con avidez, no era la de su tía. Era Atziry. Y sin intención, al gemir su nombre en la oscuridad, había revelado su affaire con Elizabeth.

    El shock lo atravesó, pero el placer lo mantuvo anclado. No dijo nada, dejando que el momento lo llevara. Sus embestidas se volvieron más intensas, sus manos apretaron las nalgas de Elizabeth mientras sentía su clímax acercarse. Ella, perdida en su propio éxtasis, gemía sin control, sus senos se balanceaban bajo la blusa desabrochada. Diego eyaculó en su ano, chorros calientes la llenaron mientras ella temblaba, su cuerpo convulsionó con un orgasmo que la hizo gritar.

    Se separaron jadeando, sus cuerpos estaban empapados de sudor, y se fundieron en un beso apasionado, sus lenguas se entrelazaron con una urgencia que prometía más. —Esta noche, otro acostón, tía —susurró Diego contra sus labios, su voz estaba cargada de deseo. Elizabeth asintió, sus ojos miel brillaban con lujuria, ajena a la revelación que pesaba en la mente de Diego.

    Se despidieron, arreglándose rápidamente, el aroma del sexo aun flotaba en el aire. Diego, con el corazón acelerado, sabía que su desliz nocturno había cambiado algo, pero su deseo por Elizabeth era demasiado fuerte para detenerse.

    Esa misma tarde la casa se encontraba en una calma tensa, el sol se filtraba por las cortinas mientras Diego regresaba del despacho. Al entrar al salón, encontró a Atziry desparramada en el sillón, el resplandor del televisor iluminaba su rostro. Vestía unos leggins negros que abrazaban sus muslos y una camiseta ajustada que marcaba la curva de sus senos, los pezones apenas se insinuaban bajo la tela. Diego la saludó con una sonrisa, y voz cálida. —Hola, prima, ¿qué tal? —Pero Atziry apenas levantó la mirada, con frialdad. —Bien —masculló, cortante, volviendo su atención al televisor, su cuerpo estaba rígido en el sillón.

    La actitud gélida de su prima, tan distinta a su habitual coqueteo, picó la curiosidad de Diego. Decidido a romper esa barrera, se dirigió al estudio, donde se despojó de su camisa, dejando su torso desnudo. Los músculos de su pecho y abdomen, definidos por años de ejercicio, relucían bajo la luz suave, una fina capa de sudor acentuaba cada línea. Con una idea traviesa, salió hacia la cocina, pasando deliberadamente frente a Atziry.

    Ella, al verlo, no pudo evitar que sus ojos se deslizaran hacia él, su mirada traicionaba el deseo que intentaba reprimir. Diego, consciente del efecto, decidió jugar más. Tomó un vaso de agua helada, lo llevó a sus labios y bebió lentamente, dejando que unas gotas escaparan, resbalando por su barbilla, cayendo sobre sus pectorales y trazando caminos brillantes por su abdomen hasta perderse en la cintura de sus jeans.

    Atziry, hipnotizada, apretó los muslos, sus manos estaban inquietas sobre el sillón. Sus ojos seguían cada gota, cada músculo que se tensaba con los movimientos de Diego. Sin darse cuenta, su mano derecha se deslizó hacia su entrepierna, sus dedos rozaron su vulva por encima de los leggins, el tejido fino dejaba sentir el calor que crecía entre sus piernas. La tela se adhería a sus labios, húmedos por la fantasía que la consumía. Un gemido suave escapó de sus labios, pero el sonido la arrancó de su trance. Con el rostro encendido, mezcla de vergüenza y furia, se levantó abruptamente del sillón, sus pasos rápidos resonaron mientras se dirigía al baño, azotando la puerta tras de sí.

    Diego, apoyado en la encimera, sonrió para sí mismo, su mirada estaba fija en la puerta cerrada. Había notado el movimiento de la mano de Atziry, el rubor en sus mejillas, la forma en que sus muslos se apretaban para contener el deseo. Sabía que su prima lo quería, que su cuerpo ardía por él, y la certeza lo encendió.

    Con el pulso acelerado por el juego de seducción que había iniciado, se acercó a la puerta del baño, el eco del portazo de Atziry aun vibraba en el aire. Tocó con firmeza, sus nudillos resonaron contra la madera, mientras su torso desnudo, aún húmedo por las gotas de agua que había dejado caer intencionadamente, relucía bajo la luz tenue del pasillo.

    Desde el interior, la voz de Atziry cortó el silencio, teñida de irritación, pero con un matiz de vulnerabilidad. —¿Qué quieres? ¿No ves que acabo de entrar? —espetó, aunque el temblor en su tono delataba que no estaba tan firme como quería aparentar. Diego, confiado, apoyó un codo en el marco de la puerta, su postura era relajada pero cargada de una sensualidad magnética. —Ábreme, prima, quiero hablar contigo —dijo, con voz grave y persuasiva, con un dejo que prometía más que palabras.

    La puerta se abrió con un crujido suave, revelando a Atziry en el umbral. Sus leggins negros se adherían a sus muslos bronceados, delineando cada curva, mientras su camiseta ceñida dejaba entrever el contorno de sus senos. Sus ojos se alzaron hacia Diego, pero al verlo recargado contra el marco, con una mano pasándose por la nuca, los músculos de su pecho y abdomen tensándose con el movimiento, no pudo evitar morderse el labio inferior. El deseo que intentaba reprimir ardía en su mirada, su respiración se volvía más pesada mientras sus mejillas se teñían de un rubor traicionero.

    Sin embargo, cruzó los brazos, manteniendo su fachada de indiferencia. —¿De qué quieres hablar? —preguntó, con tono cortante, aunque sus ojos no podían dejar de recorrer el cuerpo de Diego.

    Él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, el calor de su cuerpo llenaba el pequeño baño. —He notado que estás cortante conmigo desde esta mañana, prima —dijo, su voz era un murmullo seductor mientras su mano libre se alzaba para rozar la barbilla de Atziry. Sus dedos, cálidos y seguros, levantaron su rostro con suavidad, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. —No sé si hice algo para enojarte —añadió, su pulgar acarició apenas la piel suave de su mandíbula, un contacto que hizo que Atziry temblara, una corriente de calor se deslizó desde su rostro hasta su entrepierna.

    Ella, atrapada en su toque, sintió su vulva palpitar bajo los leggins, pero mantuvo su postura, negándose a ceder. —No estoy cortante —replicó, su voz temblaba ligeramente mientras saboreaba la sensación de sus dedos en su piel, haciéndola sentir como una princesa deseada—. Así soy siempre.

    Diego curvó los labios en una sonrisa pícara, sus ojos entrecerrándose con una mezcla de diversión y desafío. —Claro que no, primita —susurró, acercándose aún más, dejando su torso desnudo a centímetros de ella, el aroma de su piel mezclado con el agua reciente llenaba sus sentidos—. Extrañé cómo me coqueteas, esa forma en que me miras, cómo aprietas los muslos cuando paso cerca. —Hizo una pausa, su voz bajaba a un tono íntimo y provocador—. Y anoche… carajo, me la mamaste tan rico, te tragaste hasta la última gota de mi semen. —Las palabras, crudas y directas, golpearon a Atziry como un relámpago, sus ojos se abrieron de golpe mientras el rubor en sus mejillas se intensificaba.

    Su respiración se aceleró, su vulva palpitaba con más fuerza, el recuerdo de su boca alrededor de la verga de Diego todavía vívido, la calidez de su semen en su garganta avivando un deseo que no podía ignorar.

    El baño, pequeño y cargado con la tensión sexual que vibraba entre ellos, se convirtió en un escenario donde el secreto de la noche anterior colgaba como una chispa a punto de encender un incendio. Atziry, atrapada entre la furia, la vergüenza y un anhelo que la consumía no pudo responder de inmediato, su cuerpo traicionándola mientras los ojos de Diego la devoraban, prometiendo un juego que apenas comenzaba.

    Las palabras de él, crudas y directas, habían caído como un trueno. Atziry, con la voz temblando, cedió ante la verdad. —Sí, ok, acepto que te la mamé —admitió, su tono era una mezcla de shock y vergüenza, sus mejillas ardían mientras recordaba la sensación de su verga en su boca, el calor de su semen deslizándose por su garganta—. Pero cuando estabas a punto de venirte, dijiste que te encantaba que mi madre, tu tía, te la chupara. Eso me tiene confundida. ¿Qué pasa entre ella y tú? ¿Acaso cogen, par de cerdos?

    Continuará…

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