Autor: admin

  • Cuckold (3): La vecina de enfrente

    Cuckold (3): La vecina de enfrente

    Marcela era una mina inalcanzable. Y no lo digo sólo por lo buena que estaba. Había ciertas cualidades en ella que la hacían inconquistable. Tenía aires de grandeza. Solía mirar a los demás con cierto desdén. Y siempre se mostraba inescrutable. Además me llevaba unos cuantos años, por no decir muchos.

    La verdad que no la culpaba. Ser una mina joven y linda, en un barrio típico del conurbano, que a veces parecía estancado varias décadas en el pasado, era complicado. Los tipos ven un lindo culo y ya se quieren pasar de vivos. Y el de Marcela no era un culo lindo. Era un culo perfecto. Por eso yo siempre entendí su actitud, un tanto altanera, siempre manteniendo la distancia, y nunca dando más confianza de la absolutamente necesaria a los vecinos.

    Yo vivía frente a su casa, y desde chico tuve la suerte de verla todos los días. Era muy sofisticada en comparación a las otras amas de casa del barrio. Usaba siempre anteojos de sol y se perfumaba de tal manera, que dejaba una estela deliciosa por todos los lugares por donde pasaba.

    Se podría decir que crecí anhelando a esa mujer. Su imagen era recurrente a la hora de hacerme la paja. La imaginaba con esas faldas cortas, pero no diminutas, que tanto le gustaba usar. En mi cabeza, metía mano por debajo de ella y acariciaba su suculento orto. Sólo esa imagen bastaba para que mi miembro se ponga completamente duro. Imaginaba también, olfateando todo su cuerpo desnudo, emborrachándome de ese olor exquisito que siempre emanaba de ella.

    Marcela era rubia, de pelo lacio, ojos marrones, piel clara. Era delgada y bajita. Su cuerpo cimbreante y ágil. De piernas torneadas, y largas, de culo macizo y profundo. Su rostro ovalado y de pómulos prominentes. La última vez que la vi ya contaba con treinta y cinco años, pero estaba idéntica a como se veía ocho años atrás, cuando llegó al barrio con su marido. En fin, Marcela era perfecta.

    Con mis amigos, Pablo y Juan Carlos, nos gustaba andar en skate en la vereda de mi casa. Solíamos pasar las tardes de los fines de semana, bajo el sol, utilizando dos o tres cuadras como pista. Y en el ínterin, en algún momento, Marcela salía a hacer las compras o a cualquier otra cosa, y nos quedábamos hipnotizados mirándola. La desnudábamos con la mirada, engatusados por el sensual movimiento de sus pechos, y el provocador vaivén de sus caderas. Luego charlábamos sobre lo que le haríamos en la cama.

    Ellos nunca me lo dijeron, pero estoy seguro de que le dedicaban tantas pajas como yo, porque eso era lo único que podíamos hacer. Éramos mocosos obsesionados con una hembra que ni siquiera reparaba en nosotros.

    Creo que nunca me saludó siquiera. Aunque yo tampoco lo hacía, porque cada vez que pasaba cerca de mí, me ponía nervioso y agachaba la cabeza.

    A medida que fuimos creciendo, mis amigos y yo seguíamos consumiéndonos en fantasías con ella como protagonista. Hasta el punto en que se convirtió, para nosotros, en una especie de diosa sexual. Sin embargo, ni uno de nosotros, ni cuando ya contábamos con dieciocho años, nos animamos a dirigirle la palabra siquiera. En nuestro fuero íntimo, Marcela estaba en otra dimensión. Sólo podríamos estar con ella en la medida que usáramos nuestra imaginación. Sólo podíamos poseerla en nuestras mentes.

    Me había acostumbrado a desear a esa mujer misteriosa e insondable. No lo vivía como un amor no correspondido, porque lo que sentía por ella no era un enamoramiento típico de un adolescente. Por Marcela sentía pura lujuria. Nunca soñé con ser amado por ella. En mis sueños siempre la convertía en un mero juguete con el que satisfacía todas mis morbosas fantasías. Era una diosa, pero también era un objeto. Un cuerpo lleno de orificios por donde quería entrar.

    Recuerdo que lo sucedido, aquel hecho que dio vida a este relato, ocurrió al poco tiempo de terminar la escuela secundaria. Como si fuese una especie de iniciación a la adultez.

    Juanca y Pablo habían ido a casa, y como de costumbre, nos pusimos a andar en skate por la vereda. Como era domingo, el barrio estaba bastante desierto, y podíamos hacer la nuestra sin problemas.

    Había cierto aire de nostalgia esa tarde, quizás porque pensábamos que pronto ya no podríamos darnos el lujo de perder el tiempo de esa manera; o tal vez intuíamos que iba a pasar algo que nos marcaría para siempre.

    —¿Se enteraron? —Preguntó Junca, y sin esperar a que respondamos, agregó—: Marcela y su marido se mudan a Capital.

    En ese momento no lo reconocí, pero una terrible y absurda angustia se apoderó de mí. Pero fingí normalidad.

    —¿Ah sí? — dije.

    Juan Carlos vivía a la vuelta de casa. Su mamá era la reina del chisme, así que seguramente la información era buena.

    —Sí —aseguró Juanca— Al marido lo ascendieron y les queda más cómodo vivir allá.

    Se hizo un silencio que ninguno se animó a romper por varios segundos. Yo estaba seguro de que ellos se sentían como yo. Tantos años idealizando a esa mujer, físicamente perfecta, y de un momento a otro nos enterábamos que ya no la veríamos.

    Ninguna chica llamaba nuestra atención, salvo que tuviese algún parecido con Marcela, y aun así, nunca encontramos a alguien que nos calentara tanto a los tres. El ritual de verla pasar, cada vez que nos reuníamos, era parte de nuestra amistad. Y ahora todo eso iba a quedar en el pasado. Nuestra adolescencia estaba llegando a su fin, y el destino decidió una forma cruel de marcar ese momento. Después de tantos años, ella se iría y yo jamás me había animado a decirle lo hermosa que me parecía. Era una situación demasiado patética, y el hecho de que mis camaradas estuvieran en la misma posición que yo, por un lado era un bálsamo, y por otro, nos hacía ver más patéticos aún.

    Seguimos andando en skate. Cada tanto mirábamos hacia la casa de Marcela con melancolía.

    Eran más o menos las seis de la tarde cuando se abrió la puerta de la casa, y ella salió a la vereda. Lucía un encantador vestido floreado, que la cubría hasta apenas encima de la rodilla. Una cinta blanca ajustaba su cintura. Tenía el pelo recogido. Su precioso rostro resplandecía bajo el sol del verano.

    Lo raro fue que no se dirigió al supermercado —único lugar abierto un domingo—, sino que se cruzó de vereda y fue a nuestro encuentro.

    Con los chicos nos miramos, sorprendidos.

    —Hola chicos, como están — dijo Marcela.

    Quedamos boquiabiertos, sin poder hablar por varios segundos. Era como si una estrella de Hollywood nos estuviera dirigiendo la palabra.

    —Hola —Alcanzó a decir pablo, por suerte para todos.

    —¿Les puedo pedir un favor? —preguntó.

    —Sí, ¿qué necesitás? —dije yo, y maldije en silencio el bochornoso tartamudeo con que pronuncié esas palabras.

    —¿Me ayudarían a mover unas cajas en mi casa?

    —¡Claro! —dijimos los tres, casi al unísono.

    La seguimos hasta su casa, sin poder evitar mirar su figura. La tela del vestido era fina, y cuando los rayos del sol se posaban en ella, se adivinaba la tanga blanca que llevaba debajo.

    Me sentía extraño. Nunca había tenido contacto con ella y ahora entraba a su vivienda. Parecía como si estuviese entrando a un escondite secreto en el que siempre me fue negado el ingreso, y que ahora, por fin, iba a poder atravesar ese umbral impenetrable.

    —Mi marido está arreglando unas cosas en el departamento nuevo, así que me dejó con todo esto sola. —dijo Marcela, como excusándose por la molestia.

    En la casa solo estaban los muebles vacíos. El contenido de las alacenas y placares estaban en un montón de cajas que se encontraban al lado de la escalera.

    —Sólo hay que llevarlas hasta al lado de la puerta, así mañana nos resulta más fácil cargar todo al camión de mudanzas.

    —Sí, no hay problema —dijo Pablo.

    —No crean que no van a tener una recompensa por este favor —dijo Marcela.

    Creo que todos fantaseamos con que esas palabras tuviesen un doble sentido. Nos miramos y sonreímos.

    Empezamos a cargar las cajas. La mayoría eran livianas y bien podría haberlas cargado ella, pero creo que a los tres nos importaba un bledo ese detalle. El hecho de compartir esos momentos con Marcela valía hacer cualquier tipo de tarea, por absurda que fuese.

    Juanca se animó a hacerle algunas preguntas. No eran muy originales, pero tanto pablo como yo estábamos contentos de saber un poco más de ella. Mejor tarde que nunca.

    Así nos enteramos de que Marcela era traductora de inglés. Que estaba casada hacía nueve años. Que su marido le llevaba diez años y ella tenía treinta y cinco.

    —Parece de menos —se aventuró a decir Juanca, ganándose el agradecimiento de Marcela.

    Algunas de las cajas estaban abiertas. Noté, algo avergonzado, que una de ellas contenía la ropa interior de Marcela. Un montón de pequeñas prendas de distintos colores estaban mezcladas adentro. Traté de cerrarla, pero las solapas estaban metidas hacia adentro, presionadas por el montón de ropa. Cuando logré sacar una de las solapas, vi, horrorizado, cómo varias prendas caían al piso.

    Una tanga negra, una bombacha blanca de encaje y un corpiño quedaron sobre la alfombra.

    Me puse colorado.

    —Perdón —dije.

    —Tranquilo. Sólo es ropa. —dijo Marcela.

    Agarró la diminuta tanga negra, con ambas manos, de sus extremos, y la estiró, como si necesitara observarla con detenimiento. Luego la dobló y la puso de nuevo en la caja. Al hacerlo rozó mi mano. Nuestras miradas se cruzaron. Entonces ella me guiñó el ojo con picardía.

    Llevé la caja hasta al lado de la puerta de salida. La coloqué encima de otra. Juanca y Pablo me miraban, admirados y envidiosos a la vez. La escena que acababan de presenciar les sirvió para que se sientan más en confianza. Después de todo, Marcela demostraba ser mucho más simpática de lo que habíamos imaginado.

    Yo, por mi parte, notaba cómo mi sexo luchaba por empinarse, e hice un esfuerzo sobrehumano para que mi bragueta no se convirtiese en una carpa.

    Seguimos llevando las cajas de un punto a otro. No nos apresurábamos mucho por hacerlo, porque queríamos dilatar ese momento el mayor tiempo posible. Marcela también participaba, y cada vez que se inclinaba para agarrar o dejar una caja, nos volvíamos locos viéndole el culo, o sus turgentes pechos, que se asomaban al agacharse.

    —¿Quieren tomar algo? —ofreció cuando terminamos el trabajo.

    —Agua estaría bien —dijo Pablo.

    Fue hasta la cocina, meneando las caderas. Era una mujer con curvas, sin dejar de ser esbelta. Como si las proporciones de su cuerpo fueron hechas por un dios con una libido muy humana.

    Marcela volvió con una jarra de agua y un vaso de vidrio. Mientras tomábamos el agua se paró frente a nosotros. La pierna derecha adelante, un poco flexionada. Una sonrisa irónica adornaba su precioso rostro.

    —Me gustaría darles algunos pesos, pero Gerardo se olvidó de dejarme plata. Un tonto.

    —No hay problema —dije yo—. De todas formas, no te cobraríamos.

    —¿Y por qué no? —preguntó ella.

    —Porque… Porque, sos una vecina, ¿cómo te íbamos a cobrar? —dije yo con nerviosismo.

    Marcela sonrió con cierta indulgencia en su gesto.

    —Y yo que pensaba que me hacían el favor porque soy linda. —dijo bromeando.

    —Lo sos —contestó Pablo. Las palabras le salieron de manera espontánea. Noté que la frase fue imprevista, incluso para él. Pero fingió compostura. Sacó pecho y se puso serio. Pablo era delgado y su cara de ojos saltones le daba cierto aire de marciano. Su voz era aflautada, dándole un aspecto muy poco viril, pero en ese momento se había convertido en un macho alfa, sin miedo a nada.

    Yo lo envidié por su iniciativa. Después de todo, lo más probable era que no volveríamos a ver a Marcela. Hacía bien en tirarse el lance. No había nada que perder.

    —Ay gracias. — dijo Marcela.

    En ese momento entendí que no iba a tener otra oportunidad de decirle las cosas en su cara. Así que, imitando a mi amigo, largué sin pensarlo mucho:

    —La verdad es que todos penamos que sos le mujer más hermosa del barrio.

    —¿Todos? — inquirió ella.

    La mujer que antes se mostraba tan distante como la luna, ahora parecía contenta de recibir nuestros halagos.

    —Sí, todos nosotros—. Dijo Juanca. Sus mejillas regordetas se pusieron rojas.

    —Bueno chicos, son muy dulces.

    —¿Necesitás algo más? —Pregunté yo, dispuesto a barrer toda la casa si me lo pedía.

    —No, gracias. Como les dije, aunque no tengo dinero encima, me gustaría pagarles de alguna manera.

    Los cuatro estábamos parados cerca de la puerta. Marcela nos observaba con actitud expectante. Creo que a todos se nos ocurrió un montón de formas depravadas en las que nos gustaría que nos pague el favor que le acabábamos de hacer. Juanca no pudo evitar una sonrisa retorcida. Pablo la miraba de arriba abajo, y se mordía el labio inferior.

    —Les voy a pagar con un consejo…—Dijo Marcela—. Les recomiendo que cuando vean a una mujer linda, disimulen un poco. A la mayoría no les gusta los… ¿Cómo dicen ahora? Los pajeros.

    Vaya balde de agua fría. Mi decepción se vio reflejada en el gesto lúgubre de mis amigos. No podía creer que después de que hiciéramos de sus empleados, nos humillara de esa manera. Después de todo, era la arrogante y altanera que siempre conocimos.

    —Perdón si alguna vez te incomodamos. —le dije.

    —No me incomodan. Ya estoy demasiado acostumbrada a estas cosas. Lo que a veces me pregunto es… ¡Ay! creo que mejor me callo. Bueno, gracias por ayudarme chicos, en serio, y sigan mi consejo y van a tener más suerte con las chicas.

    —Qué es lo que a veces te preguntás. —Exigió saber Juanca, haciéndose eco del pensamiento de todos.

    Marcela meditó unos segundos. Luego hizo un gesto de asentimiento.

    —Está bien, se los voy a decir. A veces me pregunto… ¿Qué harían un grupo de pendejos vírgenes como ustedes con una mujer como yo?

    Puso sus brazos en jarras y esperó la respuesta.

    Un silencio humillante cortó el espacio como una navaja afilada.

    —No somos vírgenes —Soltó Pablo, indignado.

    Era una verdad a medias. Juanca sí que era virgen, y Pablo y yo habíamos tenido relaciones tres o cuatro veces. Ninguno tuvo, hasta ese momento, una pareja estable, así que teníamos muy poca experiencia.

    —Es una manera de decir —dijo Marcela, quizás adivinando la verdad detrás de las engañosas palabras de Pablo—Pero son unos nenes… Mírense, ni siquiera saben qué decirme.

    —Y qué querés que te digamos —inquirí yo.

    —Quizás no sea cuestión de decir, sino más bien de hacer. Ahí les dejo otro consejo. Les agradezco de nuevo. Allá tienen la puerta. Hasta nunca pendejos.

    Se dio vuelta y se metió por un pasillo, dejándonos solos. Me dirigí a la puerta, indignado y aturdido. Cuando la abrí para irme, me di cuenta de que Pablo Y Juanca no se habían movido de donde estaban. Se susurraban algo.

    —…Vos decís? —Alcancé a descifrar que decía Pablo.

    —Sí, mandémonos —dijo Juanca, y luego mirándome a mí agrego—: Vamos Adri.

    —¿A dónde? —Pregunté.

    Me miraron como si yo no entendiese nada. Se metieron en el pasillo por donde había entrado Marcela.

    Quedé sólo, aún en el umbral de la puerta. ¿Mis amigos se habían vuelto locos? Se iban a meter en tremendo quilombo si se sobrepasaban con Marcela.

    Pasó un buen rato, hasta que escuché algunas palabras difusas dichas con cierta vehemencia. Por fin me decidí a ir a ver qué estaba sucediendo. Me metí por ese corredor oscuro. Muy cerquita vi una puerta abierta, y me metí en ella. Era la cocina.

    Marcela estaba arrinconada, contra la pared. Pablo y Juanca estaban encima de ella. Sus manos se movían, ansiosas, acariciando la piel de sus piernas. El vestido floreado se movía cada vez que los dedos se aventuraban más, dejando la tersa piel del muslo cada vez más a la vista.

    No podía verle el rostro a Marcela. Pablo lo tapaba con su cabeza, mientras la besaba. Ella forcejeaba, como queriendo salirse de esa situación. Pero estaba en una esquina de la cocina, y mis dos amigos formaban una pared de cemento imposible de mover.

    —¡No! —alcanzó a musitar la vecina, pero Pablo la acalló enseguida con su boca.

    Entonces vi cómo Juanca metía sus manos muy adentro. Pensé, escandalizado, que estaba penetrándola con sus dedos. Sin embargo, enseguida retiró la mano, y vi que en ella sostenía la tanguita blanca de Marcela.

    Hasta ese momento, ninguno había reparado en mi presencia. Me preguntaba si debía poner un alto a aquella situación, o si simplemente debería irme, y no tener nada que ver con esa locura. Pero mi sexo me indicaba otra cosa. Se había puesto duro como el hierro.

    —Pendejos pajeros —dijo Marcela cuando, su boca quedó de nuevo libre.

    A pesar de su tono, no vi verdadera indignación en su semblante. De hecho, noté cómo debajo del vestido se marcaban unos pezones puntiagudos.

    Juanca hizo un bollo con la tanga, y acto seguido, se lo metió en la boca. Ella, para mi sorpresa, había abierto la boca para recibir su prenda íntima.

    La actitud ambigua de Marcela me estaba volviendo loco. De repente, las dos opciones que me había planteado antes (parar esa locura o huir) se desvanecían en mi mente. En ese momento lo único que mandaba en mi persona era la poderosa erección de mi verga.

    Me acerqué a ellos. Marcela abrió los ojos al verme. Pablo, que había empezado a masajear los pechos de la vecina, se hizo a un costado para hacerme lugar. Agarré su rostro por la barbilla. Un pedazo de tela blanca sobresalía de su boca, y un hilo de baba chorreaba por su pera. Le saqué la tanga y la tiré al piso. Me miró, intrigada. Le comí la boca de un beso. Sentí cómo su lengua experta masajeaba la mía, que entraba, rauda, en ella. Deslicé mis manos por sus caderas, y las metí por debajo del vestido. Sentí cómo las manos de mis amigos se ensañaban con sus muslos, y sobre todo, con su prieto culo. Me uní al festín. Mis manos se movían, enloquecidas, sobre eso glúteos de ensueño. Besé su cuello y sentí su perfume, más intenso que nuca.

    Marcela ya no se mostraba reticente en absoluto. Mis amigos, a su vez, ya no forcejeaban para mantenerla en su sitio. La vecina se dio media vuelta, dándonos la espalda, y apoyó las manos contra la pared.

    —Dale, primero vos —concedió Pablo a juan Carlos, indicándole que sea el primero en disfrutarla.

    A mí no me molestaba quedarme en el último turno. Aunque sabía que para cuando me tocara, estaría tan excitado que no duraría mucho. Reconocía que debido a mi miedo, merecía ese lugar.

    Juanca le levantó el vestido. Pablo y yo vimos, fascinados, el culo que tantas veces habíamos visto en nuestra vida, pero esta vez completamente desnudo. Nunca olvidaré el lunar que tenía en la nalga derecha.

    Juanca se arrodilló y le dio un beso negro. Me coloqué en un lugar ideal para ver la escena de cerca. La lengua fue directa a su objetivo, sin molestarse en lamer el voluptuoso culo. Vi cómo Juanca, babeante, enterraba esa extremidad blandengue en el culo de Marcela. Hacía rápidos movimientos sobre el anillo de carne, y algunos milímetros se metieron adentro. Le comía el culo sin asco, mientras manoseaba los glúteos.

    Pablo y yo mirábamos todo, mientras nos acariciábamos nuestros respectivos miembros por encima del pantalón.

    Juanca se desvistió y mostró una verga que nos sorprendió a todos. Era gruesa y larga, y la iba a estrenar con la mujer de sus sueños.

    Marcela abrió las piernas, y Juanca se la metió. Pareció fallar a su objetivo en el primer movimiento, y en el segundo también. Marcela agarró el tronco del chico inexperto y lo ayudó a encontrar su destino. Gimió al recibir el sexo joven de mi amigo.

    Él la agarró de las caderas y empezó a entrar una y otra vez en ella. Como era de esperar, en cuestión de unos pocos minutos había acabado. Como si no supiese donde descargarse, había largado la eyaculación contra la pared.

    —Vengan, síganme —dijo Marcela.

    Así lo hicimos. Yo iba detrás de ella, y aproveché para manosearle el culo.

    Entramos en su habitación. Se quitó el vestido, quedando completamente desnuda. Recién en ese momento me di cuenta de que no llevaba corpiño.

    —Seguí vos —le dije a Pablo.

    —Pueden venir los dos juntos si quieren —dijo Marcela—. Si vieron alguna película porno, se les ocurrirá una buena idea.

    Se tiró a la cama y se abrió de piernas. Estaba completamente depilada, y su sexo era de un precioso color rosado.

    Pablo y yo nos desnudamos.

    —¿Te la querés coger o querés que te la chupe? —me preguntó pablo.

    —Quiero que me la chupe —dije.

    —Okey —contestó.

    Pablo jugó un rato con sus tetas, mordiéndolas y succionándolas. Luego vi cómo las estrujaba con violencia mientras hacía el primer movimiento pélvico. Yo me subí a la cama y me arrodillé muy cerca de la cara de Marcela.

    Ella giró la cabeza, mientras recibía las embestidas de pablo, y se encontró con mi impaciente pija a pocos centímetros de sus labios. Abrió la boca. Yo hice un movimiento, y en un instante sentí su endiablada lengua masajeando la cabeza de mi pija. La sensación era dolorosamente excitante.

    Me agarró del tronco y empezó a pajearme, mientras seguía chupándola, a la vez que Pablo seguía cogiéndola.

    Era tan hábil, que se dio cuenta del momento justo en que me venía. Me pajeó con mayor vehemencia y mi inexperta verga pronto escupió toda la leche en su cara. El semen se resbalaba por sus labios. Ella sacó la lengua y se tomó el líquido viscoso.

    Enseguida Pablo eyaculó en su ombligo.

    Lo que nos faltaba en experiencia nos sobraba en vitalidad. Enseguida fuimos por la segunda vuelta. Esta vez cambiando los papeles. Yo conocí el calor de su sexo, mientras Juanca se la metía en la boca. Pablo se acercó por el otro costado, y Marcela tuvo la gentileza de no dejarlo con las ganas, y utilizó las manos para satisfacerlo.

    El olor a sexo llenó cada rincón de esa habitación. Marcela gozaba sin disimulo cada vez que nos metíamos por algunos de sus orificios.

    Llegando al final, exhausta, se puso boca abajo y nosotros nos turnamos para hacerle lo único que nos faltaba: un buen anal. Nuestros sexos, incluso el de Juanca, se metían con extraña facilidad en ese orificio. Las tres eyaculaciones terminaron en sus nalgas, convirtiéndose en una sola masa espesa.

    Ya se estaba haciendo de noche.

    —Ahí tienen algo para contarles a sus nietos —dijo Marcela desde la cama—. Una linda historia que sólo ocurre algunas veces en la vida.

    Nos acompañó, desnuda y repleta de nuestro semen hasta la salida. Aunque no se asomó a abrir la puerta. La saludamos con un beso.

    Jamás volvimos a verla.

    Muchas veces nos reunimos a especular sobre qué carajos fue lo que sucedió. Tal vez estaba loca, solía decir Juanca. Pablo se inclinaba a pensar que era una ninfómana. Yo imaginaba que simplemente quería hacer algo diferente antes de irse a vivir a un lugar lejano. Quizás era infeliz en su matrimonio. A lo mejor era la venganza por muchas infidelidades del marido. Hubo decenas de hipótesis. Algunas nos daban gracia. Otras, un poco de miedo. Pero nunca supimos la verdad.

    Yo decidí que los motivos ya no importaban. Simplemente debía guardar lo sucedido, como uno de los recuerdos más felices de mi vida. Y así lo hice.

    Dos días después

    C.A.B.A

    Marcela se cubrió el cuerpo desnudo con la fina sábana que compró para estrenar en su nuevo hogar. Néstor salió del baño. Es un hombre bajito y canoso, pero con una mirada oscura y penetrante.

    Se metió a la cama con su esposa. Ella extendió la mano y le acarició el pecho peludo.

    —¿Querés que te cuente? —preguntó Marcela.

    —Veo que te fue bien —dijo Néstor.

    —Me dio un poco de miedo al principio —dijo Marcela. Su mano bajó lentamente.

    —Ya lo sé, pero sabía que iba a salir todo bien.

    —Pensé que no se iban animar —Agregó ella—. Pero después se me vinieron al humo.

    Masajeó el tronco de su marido, encontrándolo totalmente flácido. Sabía que no se pararía con simples masajes. Sólo había una cosa que podía empinar el sexo de Néstor.

    —Pero tenías razón, fue una experiencia única.

    —Contame todo —dijo Néstor.

    Ella acercó los labios a la oreja de su marido, y le susurró todo lo que había experimentado hacía un par de días.

    Fin

  • Sueño compartido

    Sueño compartido

    Hoy os traigo una fantasía y como tal me voy a inventar el nombre aunque si lo lee algún día sabrá perfectamente quien es.

    Eran las 09:30 de la mañana, y yo yacía tendido en mi cama en un sueño profundo; raro en mi pues normalmente se despierta a las 08:00 de la madrugada, pero ese día en especial, me había propuesto dormir hasta derrotar al cansancio acumulado. Sabía programar mi cuerpo para esos días especiales en los cuales «desconectaba el despertador biológico» que tan perfectamente funcionaba; estaba soñando algo muy placentero.

    Una mujer cuyo rostro no podía identificar (cosa muy común en lo sueños) pero si recuerdo su espesa melena morena, sus labios carnosos, unos pechos de una talla 100 más o menos, unas caderas sinuosas y un culo redondo de esos que dan ganas de morder. No recuerdo cómo llegamos a esta situación pero tenía mi miembro envuelto con sus labios que me había puesto en un nivel de excitación insuperable; podía sentir la fuerte succión que ejercía aquella deliciosa boca en mi rígida virilidad y el accionar de una lengua sabia, experimentada en esas lides; sentía las manos de Rosario acariciar mis testículos y recorrer mi falo en toda su longitud masturbándolo con maestría para luego acariciar los alrededores de su sexo con roces precisos que me hacían ponerme más y más caliente.

    Alargue mis manos buscando la cabeza de aquella hembra de mis sueños y, cosa extraña, alcanzó a tocar su melena húmeda justo en el momento cuando un gota de agua caía sobre uno de mis testículos; la sensación, lejos de sorprenderme me excitó todavía más pues en medio del sueño pude visualizar a Rosario saliendo de la ducha, todavía cubierta por algunas gotas de agua sobre su piel y el cabello mojado aun, venía excitada, con ganas, la escena se repitió como si de un video se tratara, volví a verme dormido mientras asomaba el voluptuoso cuerpo de aquella ardiente Venus envuelto apenas por una toalla, venía descalza y de sus cabellos chorreaba agua; se paró justo al lado del dormido y desnudo su cuerpo, se arrodilló con mucho cuidado al lado de la cama y con delicadeza fue succionando mi miembro que estaba en estado de reposo hasta hacerlo reaccionar de nuevo; por la expresión de su rostro le encantaba hacer aquello; se notaba la excitación que la embargaba segundo a segundo.

    Yo termine por abrir mis ojos y encontró que aquello no había sido un sueño, la mujer lo miró desde su posición, dejó unos segundos la deliciosa labor que estaba realizando y le dijo en un susurro: «no hagas nada, déjame disfrutar de esto que hace tiempo que no hacía, hoy voy a gozar como la leona que soy…»

    Dejó caer la toalla al suelo con un leve movimiento, sacudió su cabellera de forma que una pequeña lluvia de diminutas gotas se estrellaron contra mi pecho y rostro, pasó sus manos a lo largo del abdomen de su excitado semental y como quien monta en una cabalgadura, se sentó a horcajadas cubriendo mi erección con su sexo dejándolo envuelto entre sus labios vaginales que para ese momento estaban muy dilatados y suficientemente húmedos, producto de la excitación; buscó mi boca que la esperaba ansiosa y la penetre con mi lengua ávida de sensaciones mientras que, con un movimiento que denotaba una pericia digna de elogio, sin usar sus manos para nada, logró acoplar la entrada de su vagina con el hinchado glande de mi deseada verga; movió su pelvis hacia atrás y en dos segundos la engulló toda en su ardiente cavidad.

    Ella sabía cómo lograr el máximo placer y prolongarlo al máximo; se movía de cualquier forma pero disfrutando cada milímetro de mi carne, cada roce obtenido de sus sabios movimientos y cada sensación que obtenía de saberse dueña de la situación; en resumidas cuentas, Rosario era la dueña y señora de mi cuerpo y lo gozaba como se le daba la gana; bien pudo ser al contrario, que yo la sorprendiera en medio del sueño y la poseyera como tantas veces hacía o quizás pudieron haberlo hecho después de alguna insinuación por parte de cualquiera de los dos, pero esta vez la iniciativa había sido de ella y eso hacía que su placer fuera mayor; estuvo cabalgando en mi mástil por casi veinte minutos en los cuales logró no menos de dos orgasmos, me mantenía las manos sujetas para dedicarse a sentir solo lo que ella deseaba sentir; de pronto me habló con tono autoritario; «no te muevas, hoy te voy a hacer acabar sin que tengas que moverte, si lo haces, me bajo y no tendrás tu premio…»

    Yo cerré los ojos y me dispuse a gozar de aquel dominio tan exquisito que aquella hermosa, madura y experimentada mujer ejercía sobre mí; podía sentir cada pliegue de su intimidad acariciando mi erección, las experimentadas manos recorriendo mi pecho o aferrándome a su cintura para moverla mejor y con mayor ímpetu sobre su cuerpo; de vez en cuando, una de aquellas manos acariciaban mis testículos amasándolos o apretando controladamente hasta hacerme experimentar cierto dolor que no por eso dejaba de ser placentero.

    Rosario sintió como su cuerpo comenzaba a experimentar la tensión previa al orgasmo y apuró el paso: «quiero ordeñarte diablo mío!, te voy a sacar hasta la última gota de leche que tengas en el cuerpo, dejarte seco!», aquello aceleró el proceso que ya había comenzado escasos segundos antes; sentí las palpitaciones del glande, notó como el tronco se hinchaba rítmicamente en su interior estimulando las paredes de su vagina y se entregó al orgasmo simultáneo: «vamos, dámela toda!, lléname con tu leche!, acaba para mí, para tu leona!, así, dáselo a tu ama!»

    Los espasmos se sucedieron con una intensidad y cadencia indescriptible, fue una explosión incontrolable, bestial, divinamente agotadora; aquella mujer se tumbó sobre mi pecho que tanto placer le acababa de brindar y se quedó inmóvil tratando de recobrar la respiración mientras yo la rodeaba con los brazos y le daba un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja; estuvimos así por varios minutos, sin hablar, sin más comunicación que el contacto de nuestros cuerpos exhaustos.

    De pronto yo la sorprendió con un azote y cuando ella quiso replicarme con algún pellizco o cosa similar, le susurre al oído: «levántate cielo, debemos de despertarnos…»; ella me miró con cara de sorprendida y me replicó: «casi lo olvido amor, es que cuando sueño contigo, se me olvida el resto del mundo, parece que no lleváramos casi 18 años conociéndonos”

    Gracias, amada mía, porque en 18 años me has ayudado a vencer la rutina que tanto daño me hace, definitivamente eres única…

    Muchas gracias a mis lectores y lectoras por tener 5 minutos para leerme y espero que les guste.

  • La hija de mi maestro (3 – Final): El hermano de Vanessa

    La hija de mi maestro (3 – Final): El hermano de Vanessa

    Fue exquisito hacer un trío sexual con Vanessa y con Karen. Ese día quedamos las tres mojadas y exhaustas de tanta actividad sexual.

    Cuando desperté, observé que era ya tarde y que tenía que volver a casa. Ellas seguían durmiendo en la cama.

    No quise hacer ruido para no despertarlas, estaban roncando del cansancio. Y como no, si quedamos cansadas y adoloridas.

    Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó cómo me había ido en casa de Vanessa y le contesté que muy bien.

    Me fui a mi habitación, ya que en verdad estaba muy cansada. Me quité la ropa, me puse mi camisón y me fui a dormir.

    Al despertar, me fijé en la hora y vi que eran las 12:00 am y en eso suena mi celular. Al ver quién llamaba vi que era Vanessa, para decirme que había olvidado mi sostén tirado en el suelo, dios mío que pena de la prisa por irme a mi casa olvidé ponérmelo y la verdad no me di cuenta. Buen pretexto para ir de nuevo a su casa y follar con ella, después me volvió el sueño y me dormí profundamente.

    Al día siguiente, desperté y vi que era tarde, me fui a bañar y a vestirme para desayunar. Era domingo, otro día sin clases y para volver a ver a estar con Vanessa metidas en la cama, cogiendo duramente. No puedo sacarme de mi mente, sus caricias, sus manos, su vagina y sus nalgas voluminosas y sus flujos vaginales que son deliciosos.

    Le dije a mi madre que otra vez, iba a casa de Vanessa ya que olvidé mi reloj, no iba a decirle que olvidé mi sostén si no ella se infarta y a pensar mal de mi. Le hablé a Vanessa y le dije que iba en camino a su casa para ir por mi sostén que había olvidado.

    Al llegar a su casa, me abrió Vanessa y me dio un apretón de nalga. Y la besé apasionadamente y como no iba a hacerlo es mi mujer.

    Fuimos a su habitación donde había guardado mi sostén y en eso me besa y mete su lengua hasta el fondo de mi boca. Empecé a bajar su falda y sus bragas, metí mis dedos en su vagina y jadeo muy fuerte.

    No sé cómo no nos dimos cuenta que la puerta estaba semi abierta y en eso entra su hermano. Era musculoso, atlético y caliente.

    Las dos al verlo, quedamos paralizadas de la pena estábamos semi desnudas. Empezó a quitarse la ropa y le dije si podía quitarle el bóxer y él asintió.

    Vanessa estaba metiendo su lengua por la división de mis nalgas mientras yo metía su miembro en mi boca, lo tenía grande y grueso con las venas saltadas.

    Su hermano estaba jadeando fuerte a medida que yo saciaba mi sed con su semen. Vanessa azotó a la cama a su hermano, y metió su lengua en su ano. Mientras que yo besaba su zona íntima.

    Ese hermano suyo, era una obra de arte y lo mejor de su cuerpo era su miembro tan grande y grueso con las venas saltadas. Mientras Vanessa me besaba las nalgas, su hermano me puso en cuatro y me penetró con su miembro, dolía un poco, pero después le dio masajes a mis caderas y lo metió por completo. Por el esfuerzo, su miembro estaba mojado de sangre mía y de mis fluidos vaginales.

    Luego se lo limpié y besé su glande, era grande y grueso. Vanessa estaba mordiendo mis nalgas mientras estaba besando a su hermano.

    Quedamos cansados y nos quedamos dormidos en la cama los tres desnudos y el miembro de su hermano estaba de fuera de las sábanas de su cama y al despertar le di besitos por su glande y él seguía dormido.

    Me vestí despacio para no despertarlos y está vez si me puse el sostén y guardé el otro en mi bolsa de mano. Salí de su casa despacio para no hacer ruido y me fui a casa.

    Fue algo indescriptible lo que pasó esa tarde, un trío, dos mujeres y un hombre. Dios mío, no sé si podré dormir hoy porque este día jamás lo olvidaré, jamás.

    Fue un día maravilloso y muy estimulante y espero algún día volver a follar con el hermano de Vanessa.

    – Andy Pau

  • Mi amante, el profesor de tenis

    Mi amante, el profesor de tenis

    Mi segunda infidelidad fue con mi profesor de tenis.

    Hace unos meses atrás, cuando aún no existía la pandemia acompañé a una amiga a un club de deportes.

    Ella quería empezar a jugar al tenis.

    Fuimos juntas hasta la oficina de informes y administración, para que nos entreguen un folleto con los horarios, los precios, etc.

    Nos atendió una joven muy linda, atlética, simpática, que repetía las ofertas en horarios, días y valores como estudiados de memoria.

    Mi amiga la escuchaba muy atentamente mientras mi mirada recorría los trofeos, medallas y galardones que el club había logrado a lo largo de los años. Las camisetas colgaban en las paredes luciendo los apellidos de jugadores destacados del lugar.

    La joven secretaria repetía ofertas que no escuchaba. De pronto al nombrar a los profesores que dictaban sus clases allí, escuché el nombre… Marcos Sabala.

    Marcos Sabala, lo recordaba, recordaba su nombre, recordaba su olor, recordaba sus besos.

    Marcos y yo nos habíamos conocido en la facultad.

    Él comenzaba a estudiar su carrera de profesorado en educación física y yo vagaba de carrera en carrera buscando alguna que me inspire.

    Los encuentros con él eran muy pasionales.

    Nos encontrábamos en el bar de la facultad, esperando a que el baño se desocupe para entrar y matarnos!

    Fueron dos meses muy pasionales, donde desplegábamos nuestras destrezas amatorias y atributos sexuales. El deseo, la atracción era cada vez más intensa al cruzarnos en los pasillos.

    Dejamos de vernos por varios años, él siguió con su vida, yo con la mía.

    Hace un tiempo atrás un amigo en común realizó una fiesta de presentación en su casa.

    Marcos y yo estábamos invitados, ambos con sus respectivas parejas.

    En un momento determinado de la noche, nuestras miradas se cruzaron y casi instintivamente ambos fuimos en dirección al baño.

    Estábamos más grandes, con más experiencia y con muchísimas ganas el uno del otro.

    Nuestro encuentro fue tan intenso que aún recuerdo las sensaciones orgásmicas de aquel momento.

    Nunca más supe de él. Hasta que ese día, en el club de tenis, la secretaria dijo su nombre. Mi corazón comenzó a galopar más fuerte en mi pecho, mordí mis labios recordando su boca y mi vagina dejó caer gotas de excitación.

    Pregunté si podía darme un folleto a mí, con los horarios y profesores. Mi amiga me lanzó una mirada fulminante, ella había escuchado hasta el hartazgo de mis encuentros sexuales con Marcos.

    Divertida y súper excitada, doblé el folleto y lo guardé en mi bolsillo.

    Una semana después, iba a mi primera clase de tenis.

    Hacía varios años que no teníamos noticias sobre nuestras vidas. Ni yo de Marcos ni el mías.

    Ambos seguíamos en pareja.

    Al verlo, mi cuerpo reaccionó de la manera que lo hacía siempre. Mi entrepierna comenzaba a humedecerse, mi corazón latía más fuerte, y mi mirada se fijaba en su boca.

    Yo, físicamente había cambiado un poco, aunque me reconoció al instante.

    Creo haber visto su erección al verme.

    Su profesionalismo se derrumbó cuando, al saludarlo respetuosamente con la mano, le entregue una nota, prolijamente doblada y me retiré de la cancha dejando mi bolso con las raquetas y las pelotas en un banco cercano. Y moviendo mi culo, caminé hasta el vestuario, antes de entrar, miré por sobre mi hombro y vi que me seguía sonriente, ahí confirmé que sería mío cada vez que yo así lo quisiera…

    La nota decía: “TE ESPERO EN EL VESTUARIO”.

    Tres minutos más tarde Marcos entraba al lugar en busca de sexo.

    El choque de cuerpos al vernos fue irresistible. La atracción era tal que no podíamos despegar los cuerpos.

    El mío estaba siendo atraído hacia el suyo con la fuerza de un imán, encastraban perfectamente en él.

    Marcos sin dejar de morder mis labios, casi dolorosamente, traba la puerta para no ser interrumpidos.

    Con la misma pasión, me levanta de la cintura y cruzando mis piernas por su espalda, caminamos, mordiéndonos, jadeantes, desesperados, hasta apoyar mi culo desnudo en el frío mármol de la mesada del lugar y mi nuca en el espejo. Así Marcos me cogió como la primera vez.

    Una tarde que mi esposo había salido de viaje con sus amigos, fui a la clase de tenis, esperé a Marcos y lo invité a mi casa.

    Era la primera vez que cogeríamos en una cama.

    Fue el mejor multiorgasmo que he tenido hasta hoy.

    Marcos quemó con sus manos ardientes cada rincón de mi cuerpo.

    Mordí el suyo, saboreándolo por completo.

    Introdujo su pene en mi boca, en mi vagina, en mi culo, reiteradas veces. Una y otra vez, cogió fuerte cada uno de ellos. El refriegue de los cuerpos excitados, mis fluidos vaginales mezclados con su semen, nuestros jadeos pronunciaban torpemente deseos, llevaban nuestra excitación al máximo.

    Éramos salvajes, solo queríamos saciar nuestro placer, calmar nuestro instinto animal.

    Saqué membresía en el club.

    Asistía religiosamente dos veces por semana, por 90 minutos, durante dos meses.

    Nunca jugué al tenis. Marcos pidió el pase a otro club.

  • La que me caía mal en el gym

    La que me caía mal en el gym

    Todo sucedió en la ciudad de Morelia Michoacán, yo soy un joven alto de 1.82, moreno claro, atlético, ojos color café, cabello castaño, tengo un pene de 18 cm, nalgón. Bueno, todo comenzó cuando andaba buscando un gym y pues no contaba con mucho dinero y un día caminando por la calle del panteón municipal me encontré con un volante de un gym que estaba muy económico.

    Fui, pregunté y me inscribí. Al día siguiente ya iba a entrenar, no era un gym muy completo, era muy hechizo pero, por lo barato que era no se podía pedir más. Iban más hombres que mujeres y las que iban eran viejas o rayaban en lo putas y yo soy reservado, solo iba a lo mío y me retiraba a mi casa.

    Unos días después llegó una señora que estaba en sus 30’s, bajita como de 1.60, morenita, cabello cortito como de hombre, pero con el fleco hasta el cuello, guapa, con una tetas pequeñas, pero, con un culo ufff riquísimo, grande y muy redondo, y con sus leggings se marcaba una vagina deliciosa.

    Al principio nos veíamos y era el típico saludo de cejas, pero al pasar del tiempo coincidíamos en aparatos y los dos traíamos prisa y se notaba que no nos tragábamos. Un día coincidimos platicando en el típico grupito de los que se juntan en el gym y un día se me acercó y me preguntó “¿Te gusta el pan?” A lo que yo con cara de maman y sacado de onda le dije “pues… Si” y empezamos a platicar un poco más, todo en plan de amigos.

    Un día me pasó su whatsapp y platicábamos de puras tonterías y del día a día. Un día quedamos en ir a comer y se llegó el día, ella iba con un vestido rojo, escotado de la espalda, en tacones, se veía muy bien. Llegamos y después de comer y un par de cervezas decidimos ir a un bar a plaza modelo para ser más precisos, donde tomamos una tras otra y después de un rato nos besamos, ya los dos entonados y llenos de ganas decidimos ir a su casa.

    En el carro mientras ella manejaba yo iba jugando con su vagina toda mojada y rica. Llegamos a su casa, se me aventó a su sillón, me besó riquísimo, yo jugaba con su enorme culo y su tanga de hilo dental roja, hasta que me llevó a su cuarto y nos desnudamos por completo tal era nuestra calentura, que le penetré sin más, ella no tardó mucho en venirse y apretarme la verga con su vagina, la volteé y le abrí su culazo y le lamí el ano deliciosamente, la puse de perrito le penetré su rica vagina, cogíamos riquísimo, hasta que terminamos los dos.

    En esa plática de cama ella acostada encima de mí me reveló que es casada y que tiene una hija, yo sin saber me había cumplido una fantasía, cogerme a una casada y vaya que muy rica, seguimos viéndonos, donde prácticamente cogimos por dos años, hasta que nos distanciamos…

  • Una historia de sexo (V): La espiral de sexo sin control

    Una historia de sexo (V): La espiral de sexo sin control

    Estaba realmente enfadada con Virginia había traicionado mi amistad, conociéndola sé que había manipulado a Antonio para que se la follase y me había manipulado para que me follara a su hermano por despecho, realmente me llevaba manipulando desde que la conocí aquel día cuando me cacheó, realmente lo nuestro era una relación basada solo en el sexo y el engaño, todo había cambiado en un abrir y cerrar de ojos, mi relación con ella y con Antonio, me sentía perdida, dolida, enfadada conmigo misma, ella sabía mejor que nadie lo que empezaba a sentir por Antonio y a pesar de todo se lo tiró, tenía que arreglarlo pero como.

    Había pasado el mes de enero y me encontraba sola deambulando de allí para acá sin un rumbo fijo, de vez en cuando Virginia se presentaba en mi casa para hablar, la veía tan triste como yo y al final me convenció de que la perdonara e incluso se ofreció para ayudarme con él. Antonio durante esos días me había dejado varios mensajes, mensajes que no contesté no estaba preparada todavía hasta que un día le llamé y al primer tono me contestó, le notaba nervioso, me pedía perdón casi llorando y accedí a verle una tarde para hablar. Estaba tan ilusionada que no dudé en contárselo a Virginia, al fin y al cabo la había perdonado y habíamos acabado como amigas.

    El día de la cita, pasó algo que me resultaba familiar, Antonio no se presentó, intenté hablar con él, pero esta vez no me cogía el teléfono, le dejaba mensajes y no obtenía respuesta, algo había cambiado, algo había pasado y sabía que Virginia estaba detrás de ello, pero cuando se lo pregunté me juraba que ella nada tenía que ver esta vez. Pasó febrero y la relación se enfrió y la distancia fue nuestro olvido, aunque en mi olvido siempre estaba mi recuerdo con él.

    Mis sospechas seguían solo una dirección, Virginia, quería cortar toda relación con ella y casi lo consigo, pero a mediados de marzo la encontré en el portal de mi casa, muy desmejorada, triste, estaba llorando y que yo recuerde nunca la vi llorar, algo la pasaba, nunca la había visto así. La invité a subir para hablar, al final y al cabo era mi amiga, la abracé y la besé en la frente para consolarla, la mantuve abrazada un buen rato, no quería decirme nada solo quería que la abrazara.

    Era increíble, no sé cómo lo hacía, me empezó a besar las manos, en el cuello y aunque yo la paraba continuamente, ella persistía hasta que al final me besó en los labios, me sentía confundida, la odiaba y sin embargo la deseaba, estaba nuevamente entre sus redes y lo peor que la dejé hacer, nuestras bocas se fundieron y de los besos pasamos a las caricias, de las caricias a la cama y terminamos como siempre follándonos la una a la otra, pero algo había cambiado en mí, cuando terminamos no sonreía, había disfrutado con ella, sí, pero no sonreía.

    Me encontraba de nuevo atada a ella, atrapada en sus mentiras, engaños y juegos, nuevamente me veía sumida en una espiral de sexo sin desenfreno, con ella todos los días era algo nuevo, al final terminé culpando de todo al pobre Antonio y a ella exculpándola por completo. Pasaron los meses y no había día sin sexo, los hombres que venían a casa eran especialmente escogidos por ella e incluso alguna que otra mujer, organizaba pequeñas orgías y yo simplemente me dejaba llevar.

    Estábamos a mediados de junio, había pasado casi un año desde que empecé aquella relación tan tóxica para mí, ya no reconocía aquella mujer que bajó del tren en la estación de Atocha dispuesta a comerse esa gran ciudad, había empezado a probar la cocaína y no había día que no follara con uno, con dos y hasta con tres hombre a la vez, las orgías empezaban a ser habituales en nuestra vida, cuando estaba colocada me dejaba meter la polla por mi coño, por el culo a la vez le chupaba la polla a otro mientras Virginia acariciaba mi cuerpo, follaba toda la noche sin control alguno debida a las drogas y otras no, estaba empezando a estar realmente perdida y me daba miedo perder el poco control que me quedaba.

    Un día me pareció ver a Antonio en el parque le perseguí, pero le perdí, ese mismo día falté al trabajo, cogí el coche y conduje sin rumbo, al cabo de poco más de una hora me encontraba en aquella aldea donde fui tan feliz por dos días, allí sentada en las rocas, entre los árboles me empecé a encontrar a mí misma, empecé a recordar quien era, quien quería ser, quería volver a ser esa mujer fuerte y valiente que en un tiempo fui, para mí se habían acabado las drogas, los tríos, las orgías, quería cortar realmente con esa vida y por ende con Virginia.

    Cuando llegué a Madrid lo hablé con ella y aunque no se lo tomó bien lo respetó, pero me pedía un último favor poniéndome esa carita de niña buena que nada más que ella sabía poner, me estaba invitando a pasar un fin de semana en el chalet de sus padres, al principio me negué, pero realmente pensándolo bien que podía pasar, eran sus padres, así que al final accedí.

    Llegamos un sábado por la mañana, era una casa enorme con un gran jardín y una piscina acorde con las dimensiones de la casa, una vez más Virginia me había ocultado que era una especie de reunión familiar, sus padres me recibieron muy amablemente, no así su hermano mediano Adolfo que me miraba de forma extraña y me sentía observada continuamente por él, tenía una mujer Yolanda que era realmente antipática, pero muy guapa, de esas niñas pijas que te miran por encima del hombro y como no también estaba el pipiolo de la familia Juan acompañado con su novia, una niña bajita con mucho pecho, no pegaban en absoluto, pero estaba segura de que ella disfrutaría mucho con él… Yo lo hice.

    Después de comer, estuvimos sentados hablando de todo un poco, la verdad que me encontraba a gusto, salvo por Juan que era un pulpo y eso que su novia estaba allí, me sentía muy mal por ella, porque no hacia ni unos meses, su novio le había puesto los cuernos conmigo, la reunión se trasladó a la piscina, cuál fue mi sorpresa que cuando llegué todos estaban desnudos.

    Virginia no me había comentado nada de esto, sabía que era una familia muy liberal y que ella practicaba el nudismo, pero allí estaba toda en familia en pelotas, ellas con las tetas y el coño al aire y ellos con sus penes colgando, hasta Lorenzo su padre, mostraba las joyas de la corona que por cierto no estaban nada mal, me sentía cohibida, no quería ser mal educada e intenté integrar, me quité el bikini por completo quedándome desnuda, me sentía observada continuamente y no estaba a gusto, sobre todo cuando Juan me empezaba a meter mano dentro del agua delante de todos, cierto que estábamos jugando a la pelota, pero de ahí a sobarme los pechos como si fuera la pelota mientras que todos reían incluida su novia.

    Se hacía tarde y todos empezaron a irse a la casa para cambiarse, yo me quedé un rato nadando sola, no me di cuenta de que Juan también se había quedado, hasta que lo tuve encima, me había sujetado por detrás, le pedía que me soltara, me intentaba besar, no quería montar ninguna escena así que intenté soltarme, pero era más fuerte que yo, estábamos desnudos forcejeando rozando una y otra vez nuestros cuerpos y aunque yo me quería ir aquello me estaba excitando y más con él.

    Pensé que si le seguía el juego al final se podría cohibir dado que estábamos en su casa a escasos metros de toda su familia, con su novia casi presente, pero no hizo efecto, todo lo contrario, me agarró fuerte de los pechos y empezó a sobarlos y a lamerlos, este niño tenía un don estaba haciendo que me mojara por dentro otra vez, le cogí su polla y empecé a menearla, sentía mi sexo caliente, nos empezamos a besar dentro de la piscina, entonces fue cuando recobré nuevamente la cordura, pero que estaba haciendo otra vez, me solté ahora si con facilidad y salí del agua.

    Juan se quedó mirándome extrañado y me siguió, no quería darse por vencido y menos con aquella polla tan empalmada y aquella calentura, al verle salir tan rápido de la piscina, cogí mi toalla y eché a correr por el jardín, era bastante más rápido que yo y enseguida me dio caza, me agarró fuerte con sus manos, me intentaba besar, me tumbó en la hierba, en un pequeño montículo desde donde solamente se veía el tejado de la casa, me seguía besando mientras me sujetaba de las muñecas fuertemente, estaba sobre mí abriéndome las piernas, notaba su polla sobre mi coño, estaba tan excitada, su cuerpo me aplastaba mi pecho, sentía como su polla me buscaba, como me golpeaba en los labios, era una sensación que me estaba poniendo cada vez más caliente y no sé cómo me solté una mano y en vez de intentar escapar, fue directa a su polla agarrándola y guiándola a mi coño dejándola allí prácticamente metida y nada más apartarme la mano sentí como de un empujón me la metió entera soltando un grito de placer.

    Los gemidos y los gritos se turnaban en salir de mí, aquella situación quisiera yo o no, había hecho que me excitara, tenía mi coño bastante mojado, mis caderas se movían junto a él, ayudando a que su polla se metiera y saliera de mi interior y a pesar de ello seguía luchando para escapar de allí, sus penetraciones con aquel miembro tan bien armado, tan duro, tan grande, tan grueso que entraba rozando toda mi vagina llenándola por completo, tan profundo que mis fuerzas se iban debilitando y me iba dejando llevar, cada movimiento hacia que mi cuerpo se estremeciera, ya no luchaba, ahora le abrazaba arañándole la espalda con mis uñas, le besaba y le rogaba al oído que no la sacara, que la quería dentro muy dentro mi como aquella noche en el hotel.

    Juan aprovechó la pendiente para tener mi culo más elevado ponerse él de rodillas y así metérmela más profundamente, me estaba derritiendo, oía como nos llamaban para que saliéramos de la piscina y tuve miedo de que nos vieran o nos oyeran, a Juan no parecía importarle y seguía bombeando su polla dentro mi llenándome entera, mis pechos se movían de un lado a otro hasta que me los cogió y empezó a apretármelos, yo estaba tan excitada por todo, por la pelea, por el forcejeo, por su familia allí presente, pero quería parar así que aproveché un momento en que sacó su pene para juguetear con mis labios y darle golpecitos a mi clítoris, le empujé hacia un lado y aunque me costara seguir recibiendo el placer en mi vagina de tal portento, salí corriendo.

    Nuevamente me alcanzó en las escaleras de entrada a la cocina y allí como si no le importara la presencia de nadie, me puso a cuatro patas en medio de la escalera y nuevamente me penetró, yo estaba tan excitada que su pene entraba y salía una y otra vez con gran facilidad, totalmente mojado de mis flujos, en cualquier momento alguien podría abrir la puerta y vernos allí follando.

    Juan empezó a meterla más fuerte y más rápido, sus empujones hacían que mis pechos bailaran de un lado a otro golpeado contra mi estómago y mi barbilla, sus manos sobre mis nalgas sin sujetarme, en cualquier momento podría haberme ido, nada me lo impedía salvo aquella polla dentro de mí, empecé yo también a metérmela y entonces Juan se paró, ahora era yo con mis movimientos hacia delante y hacia atrás la que clavaba su polla una y otra vez en mi coño, cuando él empujaba se metía tan dentro, tan profundo en mí que no paraba de gritar sin importarme nada que me oyeran, ya solo estaba interesada en una cosa, que Juan me siguiera follando hasta el final.

    MI vagina lo apretaba, lo succionaba, el roce era tan placentero que no podía permitirme dejarlo ahora, entraba y salía a gran velocidad, aunque quisiera no podía reprimir los gritos y él con un gran gemido empezó a eyacular dentro de mí, disparó un buen chorro de su semen, Juan seguía gimiendo no parecía importarle nada mis gritos ya se había corrido y seguía moviéndose, aún la tenía bastante dura y a mí faltaba tan poco para el orgasmo. Lo notaba y sin pensar donde estaba ni las consecuencias me di la vuelta, abrí bien mis piernas colocando una encima de la barandilla y otra en la pared mostrándole la entrada nuevamente, mientras su semen salía de mi coño, le empecé a gritar con una voz ahogada, pero alta que volviera a entrar, que volviera a metérmela, Juan se tumbó encima de mí y empezó a follarme otra vez sus movimientos muy rápidos, mi vagina inundada de nuestros fluidos y yo no parará de gemir de gritar, no dejaba de repetírselo, “fóllame, fóllame, fóllame no te retires, ahora no” «si, si, siii» empecé a gritar de placer. Una vez más este niño me había hecho que me corriera no una sino dos veces hasta que él terminó otra vez, pero ahora sacándola y corriéndose en mi pecho.

    Cuando entre en la casa, subí corriendo al baño, de mi vagina salían todos nuestros fluidos, resbalando por los muslos, los cuales me iba limpiando con la toalla.

    Ya en la cena, todos se miraban y se reían, yo sabía que nos habían oído gritar y se me hacía imposible que alguien no se hubiese asomado a las ventanas, me moría de vergüenza y no por Virginia sino por sus padres que se estaban portando de una manera admirable sin haber dicho nada, pero sobre todo me sentía culpable por Sandra la novia de Juan y sin embargo con Virginia, ningún sentimiento, de hecho hasta que nos sentamos a cenar ni hablamos, pero había algo que me extrañaba, sabía que todos se habían enterado de nuestra pequeña aventura en la piscina y en las escaleras y sin embargo todos callaban, bebían, hablaban y se reían como si nada hubiera pasado.

    __________________

    Aquí se acaba este relato, pero no os mováis que ya queda poco, mañana, quizás pasado os contaré como fue la noche, una orgía familiar y ya me estoy adelantando.

    Un beso a todos.

  • La pregunta de la diosa virgen

    La pregunta de la diosa virgen

    Tengo 19 años y todavía soy virgen, por lo que ya no muchas chicas de mi edad son vírgenes. Empecé a ver tus videos para saber qué esperar mi primera vez que tenga sexo. Nunca he hecho nada, ni siquiera besar. Siempre he estado demasiado nerviosa para intentar algo, pero ahora siento que necesito aprender. La parte difícil es encontrar un chico que sepa exactamente lo que está haciendo y sea reconfortante. Me da vergüenza cuando un chico me pregunta «qué es lo más que he hecho» porque siempre tengo que decir «nada». Me encanta leer los relatos tuyos y realmente espero tener tanta suerte como las chicas que perdieron su virginidad contigo porque es algo en lo que quiero disfrutar y ser bueno. ¿Tiene algún consejo?

    Querida Virgen Curiosa. Estoy muy feliz de que me haya planteado su pregunta. Sé que me uno a ti y a miles de otras chicas que desean que su primera experiencia haya sido o sea tan buena como la que siempre hago por nuestras chicas vírgenes.

    Perdí mi virginidad hace muchos años con mi novio virgen con quien había crecido. Y a pesar de que ambos éramos vírgenes, habíamos estado investigando durante mucho tiempo al respecto, así que teníamos una idea de lo que íbamos a hacer; pero todavía éramos adolescentes tontos que deambulaban en el asiento trasero de un automóvil y, como millones de amantes antes que nosotros y millones de amantes después de nosotros, la primera vez rara vez ha sido el mejor momento y esa declaración no está exactamente reservada solo para cuando perder tu virginidad.

    El instante «sacudió mi mundo sobre su eje» del que lees en las novelas románticas eróticas es una fantasía; para vírgenes y amantes experimentados. Aunque he conocido a un amante que me habría caído los calcetines, si hubiera estado usando calcetines, pero al menos me hubiera caído las gafas. Sin duda alguna, es el mejor amante que he tenido o que tendré; pero los amantes son una raza única que viene en todas las formas y tamaños y con tantos talentos diferentes como amantes hay.

    Entonces, ¿qué consejos puedo darte?

    Bueno, primero, ten paciencia. La virginidad viene en todas las formas y tamaños y en todas las edades. Puede que suene como tu madre cuando digo que solo porque todos tus amigos lo están haciendo, ¡no significa que tú tengas que hacerlo! No hay un momento correcto o incorrecto para perder tu virginidad y ciertamente no necesitas perseguir la pérdida de tu virginidad porque crees que es hora de perderla o si sientes que eres la virgen viva más vieja; créeme, hay millones de vírgenes que son mayores que tú.

    En segundo lugar, solo puedes perder tu virginidad una vez; pero aun así, solo sucederá una vez en tu vida, así que haz que cuente.

    Para que cuente; asegúrese de que valga la pena perder la virginidad con el chico con el que pierde su virginidad. Él no necesita ser el amor de tu vida, pero hacerlo con un chico cualquiera significará simplemente una cogida al azar para él y tú vales mucho más que eso. Entonces, al menos ten algún tipo de relación con él para empezar, de modo que al menos su toma de tu virginidad signifique algo más que un coño apretado para conquistar.

    Si un chico tiene tanta curiosidad por saber qué tan lejos has llegado antes, yo respondería con picardía que felizmente compartiría mi pequeña bolsa de trucos con él y agregaría algo más apropiado que aquí porque si estás hablando de sexo en un bar o sexo en el coche, ahí es donde acabarás teniendo sexo y, de nuevo, te mereces mucho más que un polvo en el bar o en el coche cuando pierdes la virginidad o incluso cuando tienes sexo regular; aunque puedo dar fe por experiencia de lo bueno que puede ser el sexo en los lugares más inusuales, como en los vestidores o en los escritorios o en el estacionamiento lejos de la carretera en una noche de verano sin luna con un dosel de estrellas como manta e insectos de verano como testigo.

    Perder tu virginidad es tu fiesta y quien sea el afortunado al que elijas darle tu virginidad, debe respetar eso y la forma en que quieres perder tu virginidad; puede optar por montar una gran escena de seducción o tal vez lo desee rápido y rápido para terminar seguido de una follada sensual una vez que la hazaña esté hecha.

    Y como es tu fiesta, tu pareja debe asegurarse de que haya suficientes juegos previos para lubricarte lo suficiente (incluido el uso de lubricante en caso de que estés tan estresado que tu cuerpo esté demasiado nervioso para proporcionarte tu propia lubricación natural). Y debes recibir al menos dos orgasmos antes de que te penetren; esos orgasmos harán que sea mucho más fácil tolerar cualquier dolor que pueda sentir y si no experimenta ningún dolor, ¡bien por usted! No existe una regla estricta sobre cuánto dolor puede experimentar o cuánto sangrará; Cuantas vírgenes hay en este mundo, hay tantas variaciones entre el dolor experimentado o la sangre que se puede tener. No es una talla única para todos y si todos tus amigos están hablando de cuánto dolor hay o qué tan abundante fue su flujo sanguíneo.

    Por favor, no cometa el error de sentir que debe casarse con el hombre que le quitó la virginidad a menos que, por supuesto, él sea “el indicado”. Hay muchas ex vírgenes que se han conformado con lo que necesitaban en lugar de esperar lo que querían. Nuestra sociedad se apresura a hacer que las mujeres (y los hombres) solteros se sientan como si tuvieran que casarse para ser felices. O retratar a esos solteros que se niegan a conformarse con algo menos que óptimo. Es bastante fácil ser feliz soltero como lo es ser infeliz casado. Ni siquiera necesita un cónyuge para tener hijos, así que tome sus decisiones en la vida con cuidado; elecciones que te traerán felicidad y paz; simplemente no te dejes atrapar por tomar decisiones que otras personas piensan que debes tomar o que la sociedad dicta que son normales y esperadas y ese consejo va para perder tu virginidad y casi cualquier otra decisión en tu vida.

    Aunque perder tu virginidad solo ocurre una vez; obtienes una vida de primeras veces. Con cada nuevo amante que tomas, recibes un primer beso. Esa primera vez que tus labios se encuentran y cómo su lengua se desliza a lo largo de tu labio superior mientras intenta entrar en tu boca y cómo te atrae más cerca mientras profundiza su beso. La primera vez que prueba su aliento y lo cálido que se siente en su cara; cómo inclina su cabeza y acerca la tuya para encontrar su beso mientras pasa sus dedos por tu cabello y cómo cuando es realmente, realmente bueno, todo tu cuerpo siente ese beso hasta el centro y si es realmente bueno para él también, cómo tu beso va directo a su polla.

    También obtienes la primera vez que te mira, sus ojos medio cerrados por la lujuria; es una mirada que no siempre puedes ver con los amantes, así que atesora esa primera mirada de lujuria, ya que es un anuncio raro y emocionante, muy excitante.

    También tienes la primera sensación de sus manos mientras acaricia tus tetas y hace rodar tus pezones entre sus dedos mientras los atrae hacia puntos en los que su boca caliente y húmeda puede agarrarse y chupar. Y también tienes la primera sensación de pérdida cuando te quita la boca de las tetas para besarte de nuevo y esta nueva sensación que estás sintiendo hace que el beso cortocircuito llegue a tu cerebro y apenas comiences a sentirlo todo.

    Con cada nuevo amante que tomes tendrás un nuevo recuerdo de cómo se siente su polla en tus manos. ¿Es caliente y pesada como la polla de mi amante, llena de venas pulsantes y una cabeza gruesa y exuberante que gotea semen en anticipación antes que lo tome en mi boca? ¿O la sensación de sus suaves rizos cuando me hacen cosquillas en la nariz mientras inhalo profundamente el almizcle único reservado solo para él? ¿O es una sensación completamente diferente que es tan única como tu amante?

    También puedes disfrutar de otra sensación que es única con cada amante cuando su lengua recorre los labios hinchados de tu vagina por primera vez mientras chupa en su boca tu protuberancia endurecida mientras usa sus dedos por dentro y por fuera para brindarte placer como tú nunca antes experimentado.

    Finalmente, la mejor primera vez que disfrutarás con cada nuevo amante es cuando su polla entre en tu acogedor coño. ¿Se deslizará fácilmente con una embestida que llene tu coño o se tomará su tiempo, torturándote con cada glorioso centímetro mientras su caliente y palpitante polla entra lentamente en ti hasta que la cabeza de su pene se familiarice insistentemente con tu cuello uterino? ¿Se unirán los dos en un clímax glorioso donde ambos colapsen sin vida en la cama, todas las conexiones neuronales fritas mientras intentan desesperadamente recuperar el aliento y recuperar la compostura suficiente para admitir que tener sexo juntos fue jodidamente buena idea? debe repetirse con frecuencia? ¿O será un comienzo incómodo para una relación que seguirá creciendo a medida que trabajen juntos para descubrir lo que les agrada a cada uno de ustedes? sabiendo que aunque el comienzo puede ser incómodo, vale la pena aprender más sobre el futuro porque la práctica hace al maestro y trabajar para lograrlo hace que valga la pena. ¿O será un momento para descubrir que tu amante puede ser demasiado egoísta acerca de sus necesidades y descuidar las tuyas? Todo amante merece más de una follada; a veces, la ansiedad por el desempeño puede afectar a ambos amantes y es posible que dos amantes tarden varias veces en llegar a un punto en el que todo encaja. Por supuesto, hay muy pocas ocasiones en las que solo tienes que decir «No, gracias, pero simplemente no». ¿O será un momento para descubrir que tu amante puede ser demasiado egoísta acerca de sus necesidades y descuidar las tuyas? Todo amante merece más de una follada; a veces, la ansiedad por el desempeño puede afectar a ambos amantes y es posible que dos amantes tarden varias veces en llegar a un punto en el que todo encaja.

    Independientemente de cómo pierda su virginidad; ya sea para el cumplimiento de todas tus fantasías o simplemente un polvo para terminar, no te preocupes, tu vida estará llena de muchas primicias mágicas primicias mágicas.

    Espero comunicación para darte consejos.

    Correo: [email protected]

  • Mi primo me convirtió en su puta

    Mi primo me convirtió en su puta

    Elías es el nombre de mi primo, es cinco años mayor que yo, divorciado, con dos hijas y con mentalidad de adolescente. Digo con mentalidad de adolescente, porque desde que lo conozco se la pasa de fiesta en fiesta divirtiéndose, saliendo con sus amigos e amigas, emborrachándose y lo que sí puedo reconocerle es que es bueno cortejando a las mujeres, es habilidoso en ese sentido, le he conocido a cada mujer guapa y buenona que se ha llevado a la cama. Se casó muy joven y su matrimonio fracasó al poco tiempo de haber tenido su segunda hija. Mi primo actualmente tiene 35 años y esto que les relataré sucedió cuando él tenía 28 y yo me fui a vivir a su casa.

    Un poco de contexto sobre mí.

    Nací y crecí la mayor parte de mi vida en un pueblo pequeño, siempre me llamó la atención las computadoras, es por eso que elegí estudiar Informática. Logré terminar la carrera con mucho esfuerzo, siempre dediqué mi vida a estudiar, a estudiar y a estudiar… Los novios que había tenido se podían contar con los dedos de una sola mano y no habían sido relaciones muy gratas. Por fortuna mi primera vez fue con un señor casado mucho mayor, esa había sido una experiencia satisfactoria, pero después de ese momento el señor en cuestión no me busco más, rompiéndome el corazón, pero esa historia se la contaré en otro relato.

    Nací en el seno de una familia católica, siempre acudíamos a misa los domingos y a las actividades relacionadas a la iglesia, mi familia es un tanto conservadora, yo siempre viví llena de prohibiciones y limitaciones. Cuando las chicas de mi edad se divertían en fiestas y saliendo con sus chicos, yo me encontraba estudiando o ayudando a mi familia en la pequeña tienda que tenían mis padres.

    En el último año de la universidad, justo en el tiempo que me tocó hacer mi residencia, un profesor entró al salón y nombrándonos a 7 alumnos entre mujeres y hombres, nos pidió que lo siguiéramos. Nos llevó hasta la sala de reuniones de la facultad, ahí esperaba el Sr. Israel, el cual estaba buscando becarios que pudieran trabajar con él en su empresa, tres chicas y un chico aceptamos con gusto. Empezaríamos la semana entrante y este sería el lugar donde aprendería la mayoría de cosas que sé del actual trabajo que ejerzo hasta la fecha.

    Mi estancia en la empresa transcurrió aprendiendo muchas cosas sobre redes, programación y demás tareas administrativas que se me encargaban. Aprobé mi estancia de residencia en tal empresa, con las esperanzas que cuando terminara la carrera pudiera entrar a trabajar ahí.

    Después de medio año que había terminado mi residencia en esa empresa y faltando sólo unas semanas para mi graduación me llamaron de esa misma empresa para ofrecerme un trabajo, el detalle fue que sería en otra ciudad, el sueldo era bueno y las prestaciones para mi estaban de lujo, era lo que más ansiaba al terminar la facultad, poder trabajar en lo que había estudiado y que mi tiempo de trabajo sea bien remunerado. Después de pensarlo mucho y darle vueltas en mi cabeza, acepte el trabajo. Como les dije tendría que trasladarme a otra ciudad y volverla mi residencia de ahora en adelante.

    Muy emocionada se lo platiqué a mi mamá, entre otras cosas salió a conversación que yo tenía una tía en la ciudad donde me mudaría y por ser nueva en esa ciudad mi tía podría aceptarme en su casa, en tanto buscaba un departamento donde pudiera desenvolverme sola. El día de la entrevista formal de trabajo llegó y estuve puntual, como fui recomendada enseguida me dieron el puesto.

    Mi mamá antes de regresarse al pueblo donde vive, me acompaño hasta casa de mi tía, con la que me quedaría. Mi tía, una señora de sesenta años ya jubilada por el seguro social, me recibió con mucho gusto, he de decir que toda mi estancia mi tía me trató como si fuera su propia hija, siempre atenta y cuidándome en cada momento.

    Mi estancia en casa de mi tía

    Mi tía vive en el centro de la ciudad, con sus dos hijas: Sofía y Luisa y con su hijo mayor Elías, mi primo en cuestión y del que se trata este relato caliente. Por el tamaño de la casa, la cual era algo grande, mi tía me asignó una habitación para mi sola para mi propia comodidad, la habitación era pequeña, pero suficiente para usarla en mi estancia, la puerta de mi habitación daba a la puerta de la habitación de mi primo, ambas habitaciones se separaban del resto de la casa por un pasillo y un baño en medio. Así que pasé muchos momentos topándome con mi primo yendo y viniendo de la casa o la cocina hacía mi cuarto, más tarde sería la coartada perfecta para nuestros encuentros sexuales.

    Elías a pesar de ser un hombre divorciado y con hijas, vivía en casa de mi tía. Casi se podría decir que vivía bajo el sustento de mi tía, a diferencia de sus hermanas que una estudiaba y la más grande de sus hijas ya trabajaba, Elías se la pasaba de flojo en su casa. Elías es un tipo carismático, alegre y muy fiestero, con muy buena plática, entendí que gracias a su labia podía convencer a muchas chicas guapas de llevársela a la cama. Eso en él, me daba morbo y me empezaba a fascinar, podías pasar horas y horas hablando con él y no te aburrías, cuando no estaba en la casa, estaba de fiesta con sus amigos emborrachándose.

    Pronto me llegue a llevar muy bien con todos en casa de mi tía, pasaba mucho tiempo con mis primas en su cuarto cuando regresaba del trabajo y pronto me empecé a encariñar con todos, principalmente con mi primo, era muy atento conmigo y me gustaba como se fijaba en mí.

    Dentro de su casa, usaba ropa cómoda, short pequeños o muy pegados con blusas con escote o sencillas que mirando bien podría transparentarse mi sujetador o parte de mis senos. Esa etapa de mi vida, estuve sin novio y por tanto no tenía con quien liberar mis deseos sexuales, es que siempre he sido muy caliente, tengo la apariencia de no romper un plato, pero cuando me desinhibo y en confianza como amante soy muy cachonda y me gusta hacer de todo… como lo leen, de todo jeje.

    El uniforme que usaba en el trabajo consistía en ropa formal para oficina, pero gracias a que trato de cuidar mi alimentación me he mantenido en forma. Por lo cual tengo una figura formada con unos pechos medianos no muy grandes, mi abdomen plano y mis caderas un poco anchas con mis nalgas bien paradas.

    Recuerdan que les dije que el baño se ubicaba en medio de la casa, entre la cocina y la habitación de mi primo y la mía, pues cuando salía del baño y me dirigía a mi cuarto notaba que la puerta del cuarto de mi primo estaba abierta y el me veía desde su cuarto cuando yo pasaba. Lejos de inquietarme, me ponía caliente el hecho que mi primo me viera recién bañada siempre que salía.

    Un día de esos, quise agregarle un poco de emoción a mis salidas de la ducha, entonces metí un camisón que me quedaba justo donde iniciaban mis nalgas y al terminar de bañarme me puse ese camisón para salir, con nada más por debajo que mi pantie, al salir azote la puerta de la ducha un tanto fuerte para que mi primo lo escuchara y tal como quería ahí estaba mi primo, con la puerta abierta de su cuarto y el acostado en su cama con la vista hacía el pasillo esperando a que pasara, me sentí tan cachonda con esa sensación que sin planearlo me detuve justo en medio del pasillo y mirando hacía su cuarto, salude a mi primo, deteniéndome unos minutos para que mi primo me viera completamente.

    Mi primo se encontraba de perfil acostado sobre su cama son su codo apoyado sobre la cama sosteniendo su cabeza, en esa posición pude notar que el miembro en su entrepierna crecía, obviamente él pudo notarlo igual y en seguida se llevó una almohada para ocultarlo, esa imagen había servido para que mi entrepierna hirviera de inmediato y justo después de entrar a mi habitación hubiera servido para desprenderme de mi pantimedias, arrojarme sobre la cama y estimular mi vulva hasta llegar a un rico orgasmo.

    Después de eso, caí en cuenta que me estaba volviendo una puta, insinuándome a mi primo, esa maniobra espeluznante me hacía que me sintiera mal, rondaba por mi cabeza lo mal que estaba haciendo, esto no me habían enseñado mis padres, me sentía mal conmigo misma, pero también he de aceptar que no podía sacarme de la cabeza a mi primo.

    ¿Empezó a desear a mi primo? ¿Porque me había masturbado pensando en su entrepierna? ¿Estoy loca? esas y otras preguntaban me atormentaban mis pensamientos, ese día no salí a cenar y le dije a mi tía que me sentía cansada que mejor dormiría.

    Los días pasaban y sentía la necesidad de mostrarme a mi primo, sentirme deseada por él, que me viera, me gustaba tanto que me comiera con la vista, me sentía sucia pero me gustaba tal sensación.

    Un día de tantos que mi primo salía de fiesta, pude escuchar ruidos en la parte de atrás de la casa, eran como las 3 de la madrugada, todos en casa de mi tía dormían. Por curiosidad salí de mi cuarto y me dirigí a la puerta del patio, de donde proveían esos ruidos, al asomarme sobre el cristal de en medio que tenía la puerta de metal, pude ver a mi primo como se estaba follando a una vecina que vivía a tres casas de la casa de mi tía.

    Tal fue mi asombro al ver tal escena, que un grito inesperado salió de mi boca, llamando la atención de mi primo que se encontraba de pie penetrando a la vecina que se veía que estaba disfrutando tanto. Mi primo volteo hacía el cristal y me vio, pero no se inmuto en lo más mínimo y siguió penetrando a tal mujer con una tremenda furia, yo no supe cómo reaccionar quedándome inmóvil por unos segundos, después lleve mis manos por debajo de mi pants y de mi pantie para estimular mi clítoris, al meter la mano pude sentir mi vagina empapada de mis jugos, esa escena me había puesto muy cachonda, en seguida y sin reparo empecé a mover mi mano buscando un orgasmo mismo que pude conseguir sin el mayor esfuerzo, esa era la segunda vez que me había masturbado a causa de mi primo.

    Las manos de la vecina apretaron el cabello de mi primo y pude discernir que estaba teniendo un orgasmo, mi primo igual se corrió en un orgasmo, se acomodaron la ropa y mi primo acompaño a la mujer a la puerta, esperó que ella entrara a su casa, sin más corrí hasta mi cuarto, puse seguro a la manija de la puerta y volví hacia mi entrepierna que estaba llena de mis jugos vaginales. Me quite la pantie, me puse otra y metí a la cama, me dormí enseguida pero desperté con la imagen de mi primo follándose a la vecina, no podía sacarme esa imagen de la cabeza.

    Al otro día, me aliste para el trabajo, esa mañana no vi a mi primo, por la hora en la entro a su casa seguro seguirá durmiendo, pensé. En el trabajo el día transcurrió de lo más normal, hice mis pendientes sin ninguna arbitrariedad, sin embargo cuando me disponía a dejar el trabajo y al salir vi a mi primo parado en la calle de enfrente esperando a que saliera, sentí que mi corazón empezó a latí demasiado rápido y la manos me empezaron a sudar, mi primo nunca iba por mi a mi trabajo y estaba el esperándome.

    En un instante pensé que me reclamaría por haberlo espiado mientras se follaba a la vecina. Sin más, me acerque a él y me invito a subir a su auto, tenía un volcho azul modificado con un equipo de sonido que ocupaba toda la parte trasera de su auto.

    — no te espantes prima, solo quise tener el detalle contigo de venir por ti.

    — Gracias primo, no era necesario, de verdad.

    Mi primo avanzó en su auto, dijo que me invitaría a comer y que tenía muchas ganas de mostrarme algo. Yo estaba entre nerviosa y contenta. La neta mi primo me gustaba mucho, me había masturbado en distintas ocasiones pensando en él, no era guapo pero si era atractivo, tenía su toque varonil que me encantaba, cuando hablaba y se dirigía a mi sentí a que mojaba los calzones e dormía pensando que un día me lo follaría en la parte trasera de su casa, en el mismo lugar donde se cogió a la vecina la otra noche.

    De camino pasamos a un autoservicio y mi primo compro una pizza, por un momento pensé que iríamos a comer a un restaurante, a diferencia de eso, manejo y llegamos hacia una colina donde se ubicaba una de las murallas antiguas de la ciudad, comúnmente siempre había turistas visitando ese lugar, pero para nuestra suerte ese lugar estaba vacío. Bajamos y mi primo me pidió que lo siguiera, en lugar de entrar a la muralla, la rodeamos por un extremo para ir a la parte de atrás, era un lugar magnífico, desde ahí se podía ver la puesta de sol, nos acomodamos en un rincón con vista al atardecer y estuvimos ahí largo rato; comiendo la pizza; platicando de muchas cosas; riendo mucho.

    En un instante mi primo se me acercó para mostrarme la foto del atardecer, se me acercó tanto que podía sentir su respiración sobre mi cuello, esa sensación me excito mucho, nos miramos y ambos sabíamos que debíamos actuar, Elías acercó su cara a la mía e instintivamente lleve mis labios hacia los suyos, en esa posición en la que estábamos sentados, cruzamos nuestras piernas quedando yo encima de él, eran tantas las ganas que nos teníamos que la falda se me corrió hacia arriba al sentarme encima de él, las manos de Elías recorrían mis muslos, mientras con mis brazos rodeaba su cuello mientras nos besábamos, ambos teníamos la respiración agitada, empecé a moverme instintivamente rozando su entrepierna con la mía por encima de la ropa.

    Desprendí los botones de mi blusa dejando al aire mis tetas apretujadas en mi sujetador, mi primo movió hacia un lado la copa de mi brassier para tomar mi teta con sus manos y enseguida la metió a su boca, sentía su barba punzando la circunferencia de mi pezón provocándome un episodio de éxtasis total que me hicieron sacar gemidos de mi boca, solo la tarde y el atardecer eran testigos de nuestro amor filial, en ese momento me estaba convirtiendo en la mujer de mi primo, lo deseaba tanto, quería y anhelaba ser su mujer y lo estaba siendo, me sentía la puta de mi primo.

    Retire su playera, desabroche el cinturón que aprisionaba su Pantalón, lo desabroche que desde esa altura pude ver un buena mata de vello que iniciaba en su ombligo y terminaba por debajo de su bóxer gris ajustado, con un movimiento Elías, me acomodo sobre la cobija que había puesto sobre el pasto verde de paro para quitarse por completo el bóxer y se metió en medio de mis piernas, antes de eso corrió por completo mi falda y sin quitármela, tomó mi tanga negra y me la bajo por completo dejándolo en un lado, entrando en medio de mis piernas me beso mientras acariciaba mi cuerpo semidesnudo podía sentir la cabeza de su verga tocándome la entrada de mi coño hasta que me hizo rogarle.

    —primo no me hagas sufrir, metérmela por favor, metérmela ya.

    Sin más y después de eso, mi metió su verga con toda la delicadeza con que jamás lo habían hecho, su verga entro despacio recorriendo todo mi interior, tenía una verga de bien tamaño, gruesa y llena de venas que me estimulaban todo el interior de mi vagina. Nuestros cuerpos se pagaron yo abrí completamente las piernas para poder sentir toda esa verga, estaba tan extasiada sintiendo a mi primo encima de mi mientras mi primo me bombeaba la vagina, mi primo empezó a moverme dándome con fuerza chocando su pelvis contra mi vagina, después de unos minutos así tuve un orgasmo delicioso acompañado de mucha adrenalina, tal que clave sin querer mi uñas en la espalda de mi nuevo amante.

    Casi enseguida sentía que mi primo estaba a punto de venirse, cuando veo que se sale de mi y tomando su verga con su mano me tiro su semen sobre el abdomen, fue tanto el chorro que salió que un parte le cayó en la barbilla y en mis senos, de lo contenta que estaba, tome con mis dedos hasta el más mínimo líquido y me los lleve a la boca, tenía un santo peculiar pero no me importó por qué lo disfruté, estuvimos así acostados un largo rato, casi desnudos, comimos la pizza y luego nos fuimos a su casa. Al llegar a su casa actuamos de lo más normal, solo nosotros sabíamos lo que había pasado.

    Dese ese instante me convertí en la mujer de mi primo, casi siempre cogíamos en la noche en mi cuarto o en el suyo, mientras todos dormían.

    Espero que lo hayan disfrutado, si gustan escribirme lo pueden hacer en [email protected].

  • La mejor hermana del mundo (Capítulo I)

    La mejor hermana del mundo (Capítulo I)

    El camino no era demasiado largo, el sol de verano era abrasador. Alex con sus 18 años caminaba hacia su casa después de un extenso día. Pensaba ilusionado en todas las cosas que ahora la vida le presentaba: nuevos amigos, un ambiente muy distinto al de la secundaria, y por supuesto, chicas lindas y diferentes. Pero ninguna chica era como Melissa. Quizás el tema de Melissa, era el que más le arrebataba la fuerza de su mente. En lugar de concentrarse en los estudios, pensaba todos los días en los diferentes aspectos de su hermosa compañera.

    Sabía de antemano que ella no tenía novio, Alex se sentaba a lado de ella, o más bien, ella se sentaba a un lado de él, pues Alex había encontrado que en el segundo día de clases, ella apareció allí a primera hora; desde entonces habían cruzado una que otra palabra y sabían cosas bastante básicas el uno del otro. Alex no se atrevía a declarar ni siquiera en sus pensamientos, que Melissa fuera su amiga, en la profundidad de sus románticas cavilaciones, la nombraba humildemente como su compañera, sin perder la esperanza de que, ese título, fuera una cuestión de carácter provisional.

    De camino a casa, dando un paso tras otro, no pensaba en lo que ella era para él. Su imaginación en cambio, se bifurcaba por terrenos muchísimo más morbosos. El chico se recreaba con lujo de detalle, en como los desarrollados pechos de Melissa bamboleaban cuando ella se movía de un lado a otro, como cuando se levantaba del mesabanco y los senos le rebotaban sin que la chica buscara el efecto, o en las torneadas piernas que exhibía debajo de la falda escolar que se subía a propósito para que le quedara considerablemente más cortita.

    Ni siquiera el castigo de la intensidad solar, que ya lo hacía transpirar y crearle amplias manchas de sudor alrededor de las axilas, o el hambre cada vez más creciente, le incitaban a detener el deleite que le provocaban sus ensoñaciones. Pronto tendría que detenerse sin embargo, la casa ya estaba cerca y su hermana le llenaría el oído de preguntas sobre su día escolar, las actividades que él haría en la tarde o lo que se le antojaba para merendar.

    Cuando al fin llegó a casa, el olor a carne guisada le invadió no solo el olfato, sino la mente por completo. En realidad, su hermana Elisa le cocinaba un bistec asado justo como a él le gustaba. Alex lanzó su mochila sobre el sillón de la sala y se acercó a la barra de la cocina a esperar a que su hermana le sirviera la comida.

    —Va a tardar un poco más —anunció Elisa girando levemente el torso para ver a su hermano menor.

    —Me muero de hambre —dijo Alex echándose sobre la barra como si fuera un perro viejo y cansado.

    —En cinco minutos más estará lista.

    —Bueno, voy a jugar mientras —resopló Alex al momento que se levantaba para encender la consola de videojuegos ubicada la sala que compartía el largo espacio con la cocina.

    Varios minutos después, Elisa se fue a sentar en la sala junto con su hermano. Se compadecía de él siempre que lo veía cansado como hoy. El pobre no recibía la atención de los padres. Sus progenitores, eran personas extrañas a los ojos de los demás, ellos no comían carne pero eso no quería decir que se lo impusieran a sus dos hijos. Por tanto, Elisa que amaba la carne y los vegetales por igual, la cocinaba siempre que su hermano tenía el antojo. Los horarios y los tiempos en esa casa, se suscitaban de manera casi perfecta, ya fuera por una planeación exacta de los miembros de la familia, o por azares del destino, se podía entrever esto cuando, a la hora de la comida, cuando generalmente Alex llegaba, Elisa le hacía de comer mientras los padres estaban en el trabajo.

    No obstante, Elisa no siempre estaba en casa cuando su hermano llegaba de la escuela, en esos días, el chico se las tenía que arreglar consiguiendo lo que pudiera de la alacena o el refrigerador, lo que representaba material vegano por completo. Sus padres a pesar de no imponer su forma de alimentación, no alentaban el consumo de productos animales. Guardaban en sus corazones pues, que sus hijos llegaran a las mismas conclusiones a las que ellos llegaron un día, todo por medio del ejemplo, el conocimiento, la reflexión y la meditación.

    Los hijos no le daban mucha importancia al veganismo, sobre todo Alex. Entendía que sus padres eran personas inusuales, y esto llegó a su consciencia cuando visitaba las casas de sus amigos y observaba gente con más cosas en común entre ellos, que incluso él con sus padres. A veces sentía que pertenecía a otra familia, a otro tiempo o a una dimensión diferente de la existencia.

    Para Elisa el veganismo era una idea satisfactoria cuando se sentía gorda. Era una chica que estaba eternamente preocupada por su apariencia. Su belleza pues, no venía de a gratis. Su rostro inmaculado y agraciado por la genética, era su único regalo. La amplitud de su cuerpo, en cambio, tendía a engrosar cuando consumía demasiadas calorías en la hogareña abundancia de los inviernos. Este pedazo de carne deliciosa, representaría un sacrificio de voluntad y gasto de energía más tarde en el gimnasio.

    —Aquí está tu plato —dijo Elisa con media sonrisa en el rostro a su hermano.

    —Gracias.

    Dejando el mando de la videoconsola a su lado, Alex devoró enérgicamente todo lo que le habían servido. Cuando terminó de comer siguió jugando mirando la pantalla del televisor con un semblante distraído y triste. Elisa también había terminado sus alimentos, aunque la mitad de su hambre la había asesinado a base de ensalada, pues el mezquino trozo de carne que se sirvió para sí, no era suficiente; se volvió a sentar junto a su hermano que jugaba.

    Ella más que pensativa, estaba observadora. Y logró notar la tribulación en la cara de su hermano. «¿Qué le sucederá?», se preguntó en la hondura de su mente. Se lo tendría que preguntar ella misma, él, no solía ser de los chicos que son demasiado comunicativos, de los que se emocionan por todo y lo expresan abiertamente, o de los que andan contando chistes y haciendo piruetas extravagantes; Alex era de los que se mantenían en silencio, de los que no soltaban palabra a menos que los presionaras o los hicieras sentir demasiado cómodos y confiados como para sentirse atrevidos por algún instante.

    Además, nadie más podría ayudarlo, sus padres estaban siempre ausentes y le daban más importancia a la escritura de sus libros y a la práctica de su espiritualidad. Ellos, los hijos, estaban en segundo plano, y ella, Elisa, tendría que ser la protectora de su hermano menor por voluntad propia en esta clase de situaciones o nadie más lo sería.

    —¿Te pasa algo Alex? —preguntó Elisa.

    —No… —respondió dubitativo el chico, con la cautela de quien no quiere decir una imprudencia.

    —Te noto raro y triste —reveló la hermana mientras le tocaba el hombro con una de sus manos.

    —No es nada —dijo secamente Alex.

    —¿Cómo que nada? Para traer esa cara, debió de pasarte algo malo. Dime la verdad.

    —Pues… —alcanzó tan solo a decir Alex, porque el teléfono de su hermana mayor comenzó a sonar con estridencia.

    Parecía que, alguna cosa de la universidad robó la atención de su hermana, porque Elisa hablaba de «entregar un trabajo» y cosas que a Alex no le interesaban para nada. Elisa volvió, y encontró a su hermano con la cabeza gacha y el porte aún más entristecido que cuando iniciaron la conversación. Volvió a insistir a su hermano para que le contara todo. Entonces Alex le explicó todo lo que le sucedía con Melissa, de como ella le gustaba con tanta fuerza, de como no podía dejar de pensarla y no miraba de hacer que Melissa saliera con él. Se sentía alguien incapaz, sin poder de convencimiento ante su amada, sin valor para pedirle lo que él deseaba.

    Elisa no hizo del todo mal en aconsejarle que se atreviera a pedirle que saliera con él, en hablarle más seguido e intentar al menos ser un amigo para ella, pues la amistad no tiene desperdicio jamás. A veces, la amistad vale más que un noviazgo, sobre todo en la preparatoria, en esa etapa en que las situaciones amorosas no deberían tomarse demasiado en serio. A fin de cuentas, un noviazgo no pudiera durar tanto como para que se llegaran a casar o formar una familia, sería absurdo. El chico se sintió un poco triste por las cosas que le decía su hermana mayor, pero entendía que ella no le decía esas palabras para afectarlo, ella lo amaba.

    —Pero nada de lo que me dices hará que deje de gustarme Melissa —dijo Alex con cierta pesadumbre en la voz.

    —Entiendo. Pues lo mismo que te dije al principio. Hazte su amigo y luego ya la invitas a salir. No sirve de nada que te guste y tú no a ella. Es cosa de dos. Algo mutuo. Conózcanse y si ya no le gustas, a conocer a la siguiente chica. De igual forma, habrías ganado una buena amiga. En el futuro, ella podría presentarte a sus amigas —explicó de manera elocuente la hermana mayor. Alex se quedó en silencio, como si estuviese meditando profundamente las palabras de Elisa.

    Tras aquellas palabras, Elisa dio un gran abrazo a su hermano. Lo rodeó con sus brazos, y sus pechos, bastante grandes para una chica delgada, se encajaron entre el brazo derecho de Alex. El abrazo se prolongó, y ella lo atrajo hacia sí. Entonces la cabeza del chico, quedó atrapada entre los senos de su hermana que lo acurrucaba como si fuese un bebito. Pasaron varios minutos de esa manera, Elisa abrazando a su hermano, y su hermano dejándose abrazar. Alex como por inercia puso la nariz entre el canalillo que se formaba entre los grandes pechos de su hermana, y observó que Elisa parecía no darse cuenta. Alex sintió entonces algo raro, en su entrepierna algo se despertaba. No quería que por nada del mundo su hermana se enterase de aquello. Las cosquillas que empezaba a sentir en el endurecido pene debían ser ocultadas a toda costa. Entonces decidió hablar.

    —Me voy a quedar jugando un rato más.

    —Bueno, yo tengo que ponerme a terminar una tarea para irme al gym —aseguró Elisa, entendiendo que el abrazo había ya tenido una duración más que suficiente.

    Elisa se levantó del sillón y fue a realizar sus deberes para la facultad de psicología.

    Alex se quedó solo en la sala. Fue al baño y se encerró. Salió varios minutos después, cuando ciertos demonios fueron mutilados a base de jalones en su caprichudo pene. «No está bien pensar en mi hermana, no está bien pensar en mi hermana, no está bien pensar en mi hermana», se repetía cada vez que le pasaba una de estas involuntarias erecciones provocadas por su bella hermana, o cuando no podía dejar de verle los pechos de reojo.

    Con Melissa también le sucedían erecciones, pero le sucedían cuando pensaba en ella voluntariamente, no en medio del puto salón de clases. «Bueno, una vez sí me pasó, pero solo una vez», se dijo recordando aquella vez en que no dejaba de verle los muslos a su vecina de mesabanco. En cambio, en su hermana no pensaba casi nunca. Más bien, era ella que se le echaba encima frotándole los senos, o a veces, Elisa se vestía con poca ropa y él no podía evitar mirar a su hermana, porque no era un ciego, y no era de palo.

    En otras ocasiones, Elisa no estaba vestida de manera provocativa como tal, sino que ella era sexy con cualquier indumentaria que se pusiera encima. Era suficiente ver un par de veces el respingado trasero de su hermana cuando cocinaba de espaldas a él para tener una de esas potentes reacciones automáticas. Alex quería respetarla, y se contenía porque en realidad solo se masturbaba deliberadamente pensando en Melissa, el amor de su vida. Así, en el baño, en ese momento después de los consejos que le otorgó su hermana, desquitó sus ganas dirigiendo sus pensamientos hacia los pechos de Melissa, imaginándose que aquel contacto con su brazo y su rostro, no era el de su hermana, sino el de su compañera.

    Horas más tarde, mientras estaba recostado en su cama, Alex se prometió reunir el valor suficiente para invitar a Melissa a salir a alguna parte que se le ocurriera. Además, cobijado por la oscuridad de su habitación y la intimidad de sus pensamientos, se hizo la promesa de intentar vencer esas reacciones incontrolables que le ocurrían cuando Elisa se le encaramaba, cuando lo abraza con ese cariño tan magnifico, o cuando se ponía sus minifaldas y era imposible voltear a verle el culo. No sabía que tenía que hacer para salir victorioso en tal promesa, pero por lo menos lucharía contra ese peculiar inconveniente que le dificultaba la convivencia con su adorada hermana. Lo último que él deseaba, era que Elisa se alejara de él si un día descubría una de sus erecciones después de que le dio tantos cuidados y tantos abrazos.

    Con esos pensamientos revueltos en su cabeza, poco a poco el mundo se fue desvaneciendo. Una paz increíble lo fue envolviendo junto con una oscuridad benévola que le daba un gran descanso. Se durmió al fin, ahora los sueños que vivía eran sobre su compañera Melissa. Se besaban y eran muy felices. Su hermana Elisa también estaba presente en ese sueño, pero nunca recordó suficiente de lo que sucedió en tal viaje onírico.

  • Con la vecina y parece mentira

    Con la vecina y parece mentira

    Hace ya algún tiempo, me sucedió algo que literalmente pasó de la fantasía a la realidad, de tal forma que no podía creer que me estaba sucediendo. Resulta que, cerca de mi casa, donde vivía en aquel tiempo aun con mis padres, vivía una chica espectacular, cada día la veía al pasar cuando iba ella al gimnasio, o cuando pasaba frente a su casa y definitivamente es de esas chicas que es difícil no mirar: delgada cintura, el cabello de rulos y lo lucia con mucha personalidad, y un trasero perfecto, ¡que trasero! Grande y redondo, con las licras deportivas me dejaba hipnotizado.

    Aunque me provocaba un montón de cosas, nunca me atrevía a decirle ni siquiera un piropo de esos superficiales, nada, es más, la miraba cuando ella no se percatara que lo hacía. La tenia agregada a mi Facebook y vi que un día colocó que le hicieran preguntas anónimas en una página que estaba como de moda en ese entonces, y me metí para preguntarle todo lo que se me pasaba por la mente, era bien entretenido pues me contestaba casi todo y lo que no me contestaba le decía a través de otras preguntas lo que creía que serían sus respuestas.

    Ella me preguntaba que quien era y nunca le dije. Luego de eso le hablé por mensajes privados de Facebook y también congeniamos hasta que ella sospechó y me pregunto que si yo era su anónimo, me daba temor decirle que si, pero bueno, lo hice y fue súper bien, seguimos charlando hasta el punto que la conversación llego a ese tónico sexual, donde nunca me había imaginado poder estar.

    Y es aquí donde viene la parte increíble, hablamos hasta el cansancio, casi todas las noches amanecíamos y ni siquiera nos pedimos nudes, todo fluyó y ella me fue mostrando y yo a ella, que delicia de senos tenía, no solo tenía un increíble trasero, se gastaba unos senos que provocaba devorarlos. En una de esas noches, ella me dice que le gustaría escuchar eso que le decía en su oído, sentirme cerca, y pues le dije que si podía ir a su casa, ella aún vivía con sus padres que eran bastante recatados así que acercarme hasta allá era un riesgo.

    De igual forma fui, cuando llegué, ella abrió la puerta con mucho cuidado, pero no abrió la reja, yo salté a la pared del frente de la casa, y quedé separado de ella solo por la reja de la sala de estar, me dijo que no pida abrir porque sonaba y podían escuchar y se despertarían.

    Ella andaba con una panty tipo cachetero azul que le quedaba de infarto y una franelilla también azul, con la reja en medio de nosotros nos besamos como pudimos, me dolía el cuello porque parecía contorsionista tratando de meterme por allí, mis manos recorrían su cintura y tuve que pasarlas por otro hueco más bajo de la reja para poder tocar su trasero, pensé que ella no dejaría que lo hiciera, pero lo apreté con fuerzas, era deliciosamente perfecto.

    Ella se dio la vuelta y yo bajé un poco mi mono dejando salir mi pene que estaba a reventar y quedaba justo en medio de esas poderosas nalgas, que allí a fuerzas trataban de salirse de la reja de la casa, era extremo pues prácticamente si alguien hubiese pasado por la calle veía todo pues la pared de la calle era muy bajita.

    Acaricié sus senos sobre la franelilla, bajé por su abdomen y cuando toqué sobre su vagina dio un saltito y quitó mi mano, se volteó, nos miramos y volvió a la misma posición, volví a tocar y estaba súper empapada, depilada, deliciosa, suave, una vagina perfecta. Mi pene estaba como mástil, ella con su mano lo tocó un poco torpe por lo de la reja y todo eso. Se dio la vuelta se agachó y sin dejarme pensarlo se lo metió a la boca, dándome una mamada que en pocos minutos pensé me sacaría toda la leche.

    Le dije que esperara, la levanté, la miré a los ojos, no podía creerlo, me pellizqué a ver si era que estaba soñando, y escuchamos un ruido y me tuve que ir, ese fue nuestro primer encuentro.

    Tengo muchas ganas de seguir contándoles, pero ya creo me extendí mucho, pronto les contaré, más de esta historia que lo más excitante es que es real.