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  • Terminé de criado de mi jefa (3): El semental (2)

    Terminé de criado de mi jefa (3): El semental (2)

    Me despedí de Vale y me fui a mi lugar de trabajo y tome mi maletín y fui a la reunión en el último piso con mi jefa. Ella me hizo pasar en el acto, me senté y me quede viéndola mientras terminaba algo en su computadora.

    Susana: Vaya acto que montaste en el comedor.- siguió antes que hablara.- comprendes que este circulo es más que sexo, es protegernos entre los miembros, es tener lealtad.

    Alberto: Si señora.

    Susana: Dame esos informes, y ven aquí abajo que necesito pasar este estrés.- paradójico no era por sexo.

    Vi y en realidad la una forma que me dejaba era de rodillas entre sus pierna, ella se remango la falda y no tenia ropa interior, entendí perfectamente cual era mi lugar y función, empecé a comer la vagina de mi jefa profundamente.

    Susana: Tranquilo que sino no puedo concentrarme, hazlo suave.- ella siguió leyendo el informe.

    Yo continúe pasando mi lengua por su raja mas tranquilo, ella se saco un zapato y me empujo hasta yo caer sentado, no fue brusca, tomo su pie y empezó a apretar mi miembro, yo seguía esmerándome y trabajando su vagina.

    Susana: Sácala afuera.

    Yo obedecí y saque mi pene afuera, ella lo observo un instante y continúo leyendo mis observaciones en el informe. Ella puso su pie de nuevo en mi pene pasando de arriba abajo, tenía unas medias negras que llegaban a medio muslo, su vagina ya emitía bastante flujo y después de diez minutos eso era un charco. Ella dejo el informe en la mesa.

    Susana: Ahora si empéñate.

    Yo le di caña, y me esforcé al máximo en un par de segundo la jefa estaba acabando y se mordió los labios para no gritar, ella no había parado de acariciar mi pene con su pies.

    Susana: Ven aquí semental, quiero probar tu semen.

    Me pare y mi jefa me hizo una mamada muy similar a la que me hizo anteriormente, brutal. Yo no pude aguantar mucho, a parte no me había descargado en diez días.

    Alberto: Señora ya voy.- no me dejo terminar.

    Susana: Lo quiero todo en mi boca.

    Yo empecé a descargar abundantemente en la boca de mi jefa y ella se lo tragaba todo y succionaba en el proceso, quede desecho, me aparte un poco.

    Susana: Es delicioso.- dijo juntando un poco que habían escapado de sus labios.- leche totalmente deliciosa y fértil, vamos a sacar buenos bebes de ti semental.

    Estaba confundido, había dicho bebes, estaba pensando todo mientras ella manejaba su Mercedes Benz GLC 300, me llevaba a una cena del grupo en uno de los restaurant más exclusivos de la ciudad.

    Alberto: Disculpe señora, dijo que tengo que tener hijos, debo ser padre.

    Susana: Bueno si quieres reconocerlos y hacerte cargo de tu función como padre, me parece bien. Como dije el grupo de dará los beneficios de acuerdo a tu esfuerzo. Aunque solo podrás casarte con una de nosotras.- Ella miraba al frente, pero con el rabillo del ojo miraba mi reacción.

    Alberto: Casarme, ¿yo? ¿Con una de ustedes?- A ver más allá de toda lógica, esto no estaba bien.

    Susana: Si, se vería raro que fueras pareja de todas. Así que elegí a Valentina para ti. Se complementan bien.

    Yo quede perplejo, no es que me disgustara cualquiera de las cuatro mujeres, valla que las cuatro eran bellísimas, el sueño de cualquier hombre, con personalidades distintas, cuerpos hermosos pero distintos. La SUV entro al estacionamiento del restaurant, alguien nos acompaño hasta un pequeño reservado VIP, me quede parado, seguía procesando todo, todo el grupo estaba ahí, y se quedaron mirándonos.

    Hernán: ¿Pasa algo?

    Susana: Nada, veníamos hablando del casamiento de Vale con Alberto.

    Vale estaba tomando agua y se ahogo, no paraba de toser, mientras Clara y Juli la ayudaban, pero no paraban de reírse. Hernán también tenia una media sonrisa, la que parecía inmune a todo, y se había acomodado muy tranquilamente era Susana, estaba como si no hubiera dicho nada.

    Susana: Bueno pidamos la comida.

    Mi teléfono no paraba de vibrar en mi bolsillo. Me excuse diciendo que me llamaba mi madre y podía ser urgente. Salí a una terraza que se usaba para los fumadores. Y me comunique con mi santa madre, ella me llamaba tan urgentemente para invitarme a una fiesta de la Universidad, iban a aprovechar esta fiesta para homenajearla por su jubilación y treinta años de servicio en la misma.

    Mi mamá era una simple administrativa en la misma, pero era muy querida. Era justo este viernes, y como era tan antisocial me obligo a prometerle que iría. Después de un par de minutos me despedí de ella. Antes de volver me pareció escuchar una voz familiar, provenía de una ventanita al final de la terraza, al acercarme me di cuenta que era del baño de damas. Las voces eran inconfundibles, era Juli y Vale.

    Vale: Hay que vergüenza.

    Juli: Pero no era lo que habían hablado.

    Vale: Si, pero no viste su cara, Susana se adelanto. No quiero obligarlo, quiero que sea natural.

    Juli: Natural, en esta familia nada es natural. Pero mejor así, de una o otra forma tendrás tu respuesta al terminar la noche. A parte quien en su sano juicio te podría rechazar a ti, mira que belleza.

    Vale: si dice que no, lo protegeré y pagare por su lealtad, no lo expulsaremos del grupo.

    Juli: Claro, quieres seguir teniendo sexo con él. Como es el único hombre que te ha hecho llegar a un orgasmo, no quieres perderlo.

    Vale: No digas tonterías y volvamos.

    Me quede cinco minutos más en la terraza no fui tan obvio para llegar junto a ellas. Me quede pensando en todo lo escuchado de Valentina, y me alegre, pero también tenia un desafío. Y era como llevar a buen puerto todo. Cuando volví me preguntaron cual era la urgencia, al contarle lo de la fiesta Juli dijo que el viernes justo estaría en mi ciudad visitando una de las empresa en la cual tenían un paquete accionario importante.

    La cena se llevo en relativa calma se hablo sobre todo del golpe que le di al ex de Vale, incluso Susana mostro orgullosa el video de seguridad. No pararon de reír, Vale me lanzaba miraditas con una cara de perrito abandonado. Ya después de la cena nos pedimos unos cafés, y yo procedí a explicar todos los datos de la investigación.

    Hernán: Mira Alberto, en este momento no nos conviene hacer mucho alboroto, estamos por adquirir la mayor exportadora alimenticia del país, por ello nos hemos unidos con otras dos grandes empresas, es un negocio valuado en más de tres mil millones de dólares. Hasta que el trato no se cierre no podemos permitirnos un escándalo de este nivel. Toda la Gerencia esta abocada a este trato, por eso te delegamos toda la investigación a ti.

    Susana: Esto no quedara impune, mañana quiero que nos reunamos con tu equipo en el estudio jurídico del esposo de Hernán. Ellos tomaran todas las pruebas y terminaran de hacer la investigación, y las presentaran a la justicia, esto nos dará tiempo a cerrar este dichoso trato, que me va a volver loca.

    Clara: Bueno superado estos dos problemas, cuando es el casamiento, y lo más importante para nosotras cuando encargamos los bebes.- Yo me quede congelado, y Vale también pego un respingo.

    Susana: Bueno tendrían que dejar pasar un par de meses para que todo este lio se olvide.- No la pude dejar seguir más.

    Alberto: Señora Susana, yo mañana le daré mi respuesta.

    Vi que su cara se transformo, no le gusto ni media mi interrupción y menos que no la obedeciera, pero note que de a poco me iban llevando para un lugar y esto parecía una montaña rusa. Fue a decir algo Susana ya enojada, pero Hernán toco su brazo.

    Clara: Perfecto, me parece muy bien.- y como para desviar la atención comento.- cuando este maldito trato termine haremos un retiro, y una gran orgia, eso debe servir para sacarme el estrés que tengo. Para colmo mañana tenemos que viajar temprano para seguir con las negociaciones.

    Susana se quedo callada, pero visiblemente enojada. Un par de minutos después estábamos en el estacionamiento, antes que Susana me agarrara para hablar conmigo, le hable a Valentina.

    Alberto: Vale te llevo a tu casa has bebido mucho, yo puedo manejar tu auto.- ella asintió con la cabeza, todo el mundo se dio cuenta que era para quedarnos solos y poder hablar.

    Ella había tomado demasiado vino, intentando escapar de la tensión generada por la conversación entre Susana y Clara. La ansiedad la había llevado a buscar refugio en las copas. Ahora, en el auto, ambos estábamos nerviosos, conscientes de que la conversación que íbamos a tener podría definir el futuro de nuestra relación y nuestras vidas. El ambiente estaba cargado de expectativa y ansiedad, sabíamos que lo que se dijera en ese momento podría tener un impacto duradero.

    Alberto: Valentina, creo que tenemos que hablar de todo esto. Sé que venimos de mundos diferentes, de clases sociales distintas y de grupos diferentes. Incluso nos separan diez años de edad, lo que puede ser un obstáculo significativo. Pero si te soy sincero, tú eres la única persona con la que me siento cómodo, la única con la que puedo ser yo mismo. Para mí, tener una relación contigo es como un sueño, pero no quiero que te sientas presionada por tu familia o por cualquier otra circunstancia. Quiero que lo hablemos y que decidamos juntos qué futuro queremos para nosotros.

    Ella introdujo la dirección de su casa en el GPS del auto y me dijo.

    Vale: Vamos a mi casa, ahí podemos hablar más tranquilamente y tomar la decisión que nos convenga.

    Me pareció una buena idea, necesitábamos un lugar donde pudiéramos hablar sin interrupciones ni distracciones. Mientras conducía hacia su casa, mi mente estaba llena de pensamientos y emociones.

    En su casa, ella preparó un té para ambos. Estábamos nerviosos, y yo no sabía bien qué decir. Así que le pregunté sin más preámbulo.

    Alberto: Valentina, ¿qué te parece la idea de que nos casemos?. ¿Y sobre los bebes del circulo?

    Y ella respondió con una sonrisa pícara.

    Vale: Ah, eso tendrás que averiguarlo por las malas, con una propuesta formal, con anillo y todo. Ahí sabrás si quiero casarme contigo o no. Sobre los bebes no me molesta.- Y luego añadió, con una mirada muy dulce.- Mientras tanto, creo que deberíamos descansar, ya que mañana tengo que viajar temprano. Así puedes llevarme al aeropuerto.

    Ya en la habitación nos desnudamos, ella se acostó en posición fetal y me llamo a su lado, me acosté en su espalda haciendo cucharita. Ella tomo una de mis manos que estaba bajo de ella y la puso en su estomago, la otra mano mía la coloco sobre su pecho, mientras que busco mi pene que ya estaba erecto y levanto un poco su pierna y lo deposito contra su vagina. Ella con su mano libre acariciaba mi brazo y con la otra hacia lo mismos con mi cadera y nalgas, mientras movía sus caderas suavemente y con ritmo frotando nuestros sexos. Aquello era más que sexo, era una confirmación.

    Alberto: Entonces somos novios.- dije besando su cuello.

    Vale: ¿Te me estas declarando?.- dijo girando su cuello.

    Alberto: Si.- la bese suavemente en los labios.

    Vale: Esta bien, acepto cariño, pero ahora tendrás que hacerme el amor.

    Y yo entendí, entendí el matiz de lo que dijo, no era lo mismo tener sexo que hacer el amor. Nos besamos profundamente mientras nuestros sexos seguían frotándose. Ambos estaban húmedos y calientes, como nuestros labios en ese momento. Mi líquido pre seminal y sus flujos hacían de lubricación perfecta para el masaje genital que nos estábamos dando, pero ninguno quería separarse, seguíamos besándonos, con mucha lengua y saliva. Yo seguía a su espalda, y ella con la cabeza girada nos seguíamos besando. Ella bajo una de sus manos y apretó mi pene contra su vulva, lo que provoco mayor placer para ambos.

    Yo en un momento dado no pude más y presione mi pene en su vagina y entro más de la mitad, ella emitió un gran suspiro, y enterró su cara contra la almohada, aumente el ritmo de las penetraciones, y con mi boca ataque directamente su cuello, mis manos acariciaban su pecho y vientre, ella un par de segundos después llevo su mano a su clítoris y empezó a masajearlo.

    Vale: Si cariño, no aguanto más, vente conmigo.

    Y empezó a gritar y su vagina a contraerse con un gran orgasmo. Cada vez que su vagina se contraía me arrastraba inmediatamente al orgasmo, era como si me estuviera ordeñando el pene, y no fue la excepción. Acabe abundantemente dentro de ella. Y nos quedamos así, acariciándonos nos quedamos dormidos.

    En la mañana tuvimos que salir corriendo, menos mal que el vuelo que iban a tomar al interior del país se iba a realizar en el avión privado de la compañía, sino hubiera perdido el vuelo, la deje en el aeropuerto, ahí la estaban esperando Clara y Hernán.

    Vale. Solo una regla cariño, no te puedes acostar con ninguna mujer.- yo rápidamente pensé, he iba a preguntar, pero ella aclaro.- Ninguna mujer que no este en el circulo.

    Nos dimos un piquito cosa que fue aplaudida por los otros dos. Al llegar a la empresa, me di cuenta de que había llegado en el auto de Valentina, un Audi A7 Sportback demasiado llamativo y fuera de mi alcance como empleado. Decidí aparcarlo en un estacionamiento cercano. Nada más llegar, me informaron de que tenía una reunión en la sala de juntas junto al despacho de la gerente general. Me olió mal, y pensé que podría tener relación con la pelea que había tenido con el director de compras.

    No me equivocaba, ya que al entrar en la sala, estaban el director de compras, el director administrativo y el director de recursos humanos, todos relacionados con la investigación que yo había llevado a cabo. En la cabecera de la mesa, estaba sentada doña Susana Aridmendia, mirando las hojas que le habían presentado sin decir una palabra. El ambiente era tenso y expectante.

    Doña Susana estaba furiosa, con un carácter que parecía un Dóberman a punto de atacar. Se dirigió a todos los presentes con una voz que más que hablar parecía ladrar.

    Susana: Aquí mando yo, y solo tienen que escuchar. No quiero ningún problema.- Luego se centró en mí y en Martín.- Señor Albero Rodríguez, usted agredió a un Directivo de esta empresa, será suspendido dos días.- Yo solamente asentí con la cabeza.- Sr. Martín Hernández, usted tomo del brazo y saco a la rastra del comedor a una de las dueñas de la empresa.- Martín se quedo pálido.- y tengo entendido que quiere iniciar acciones legales contra el señor aquí presente. Bueno si medimos con la misma vara, nosotros también tendríamos que actuar en consecuencia. Su sanción será hablada en la próxima reunión de la junta de accionistas. Pueden retirarse todos, no los quiero ver. Usted señor Rodríguez todavía no me he cansado de gritarle, quédese.

    Ni bien se fueron, por el intercomunicador pidió que pasara el Jefe de Seguridad, el tipo era alguien de la vieja escuela, un hombre sobre los sesenta años, leal y justo, pero un perro si se lo molestaba. Le pidió que nos acompañara a una reunión fuera de la empresa.

    Llegamos al Estudio Jurídico del esposo de Hernán. Estaba todo el grupo de investigación, más la Señora Susana y Enríquez el Jefe de Seguridad. En esa reunión presentamos toda la investigación. También el abogado nos dio instrucciones expresa a seguir, también nos indico que teníamos que realizar un seguimiento de los implicados para que no se destruyeran ninguna prueba. Todos sabíamos que hacer, y que rol cumplir, no debíamos llamar la atención para nada. La señora le dio órdenes a Enríquez y este se fue de inmediato a cumplirlas.

    Susana: ustedes han prestado un servicio muy grande a nuestra empresa.- nos dijo al grupo de investigación.- por lo tanto por sugerencia del Sr. Rodríguez, vamos a entregarle un bono por su fidelidad. Cada uno recibirá cincuenta mil dólares.- alguno quisieron hablar.- la lealtad no tiene precio, y mientras pueda la compensare. Aquí enfrente hay un buen restaurant, es de la familia del esposo de mi hermano, almuercen ahí, yo pago. El Sr. Rodríguez y yo tenemos que seguir haciendo trámites.

    Todo el mundo no escatimo en elogios para la Sra. Susana, ella estaba incomoda, así que los despacho, note que ella tenia un problema parecido al mío, sino era un tipo de autismo estaba cerca.

    Susana: Tenemos que festejar que te pusiste de novio, o no semental.- dijo mientras subíamos al SUV.- Te llevare a comprarte ropa, y a sacarte esa mugre de pelos que tienes ahí abajo y después iremos a almorzar.

    Alberto: Pensé que estaba enojada conmigo señora.

    Susana: Si, me desobedeciste, pero al final hiciste lo que yo quería.

    La señora Susana me sorprendió con su amabilidad y generosidad. Me llevó a los mejores lugares de la ciudad. Fuimos a un sastre y me encargo tres trajes a medida. También me compro uno ya hecho. Después fuimos al centro comercial, y me compró más ropa y accesorios, incluyendo un reloj que me encanto. Fuimos a una estética donde me cortaron el pelo y me depilaron completamente. Después, nos sentamos en un restaurante y tuvimos una charla amena sobre todo tipo de temas. Me di cuenta de que no era tan mala como pensaba, sino alguien más cercana y humana, tal incomprendida como yo. Entendí mejor sus actitudes y decisiones.

    Después de un día tan relajado, decidí viajar a la ciudad natal, a la casa de mis padres para pasar el día y asistir a la fiesta de la universidad que era el viernes por la noche. Algo que me di cuenta ya en San Nicolás, mi ciudad es que me habían hecho un deposito en mi cuenta bancaria, cuando vi el saldo casi me caigo de espalda, doscientos mil dólares, por obra y gracia de mi querida jefa.

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  • Penetrado por primera vez

    Penetrado por primera vez

    Hola me llamo Jorge y os voy a contar mi primera experiencia gay. Con 35 años y tras varios años de tener novia discutí con ella y al final rompimos la relación que duraba cerca de diez años.

    Vivo en un pueblo del Levante español y con mi novia apenas tenía sexo pues era una chica muy puritana que decía quería llegar virgen al altar por lo que solamente había algún roce y alguna pajilla de vez en cuando. Jamás permitió que le hiciese el amor y yo soy bastante caliente por lo que siempre estábamos discutiendo por ello.

    Bueno tras romper con ella yo de vez en cuando tenía sexo con una amiga, pero tampoco era muy satisfactorio. Empezaron a llamarme la atención los hombres y las pollas y una de mis fantasías era que se sentiría al ser penetrado por uno de tu mismo sexo.

    Hice una tarde un viaje a la capital de mi provincia y al llegar a la estación de tren encontré a un chaval de unos 25 años, no muy alto, pero si guapo y moreno, tenía aspecto de ser de un país centroamericano y que me llamó la atención porque era muy sensual en su mirada y en sus ojos. Me dijo que se llamaba Félix y que vivía muy cerca de allí.

    Llegamos a su inmueble, era un piso bastante coqueto, no muy grande y me invitó a un refresco. Pasamos al comedor y vimos un video porno para ambientarnos, mientras se pasaba la mano por su pantalón vaquero donde se notaba un claro bulto de su verga.

    Yo le dije que era virgen porque no me habían penetrado y que tampoco había chupado ningún cipote. Él me desnudó y tras quitarme el slip me cogió la polla y empezó a chuparla con gran maestría, se notaba que no era la primera vez que lo hacía. Me llamó la atención que era muy moreno y apenas tenía vello, solo junto a su pene y además tenía un cuerpo atlético sin grasa alguna y una verga bien grande y hermosa que apenas me cabía en mi boca.

    Estuvo un rato chupando y después se la chupé a él. Después me penetró, con su enorme cipote, y la verdad es que la primera embestida fue dolorosa, pero posteriormente el placer que sentí no se puede describir. Gocé mucho siendo su perrita porque estaba a cuatro patas, en el borde de la cama, y él detrás dándome de forma pausada y yo gozando y pajeándome.

    Se vino dentro de mí soltando gran cantidad de lefa y yo enseguida me vacié sobre sus pezones que estaban erectos con una gran corrida de leche que saboreó con su lengua. Yo no pude penetrarlo porque se me hacía tarde pues había quedado en ir a una revisión médica de la vista a un especialista que vivía cerca de su casa.

    Nos besamos e intercambiamos el número de móvil y me dijo que cuando volviese al doctor pasase antes por su casa para follarlo, pues se quedó con las ganas de sentir mi polla que mide 14 centímetros dentro de su culo.

    Yo por el contrario estuve un par de días con molestias en el ano por la embestida ya que su polla era aparte de larga bastante ancha de grosor y tuvo que emplearse a fondo y con bastante lubricante, pero el placer que sentí ha valido más que lo que sentía cuando hacia el amor con alguna mujer.

    A partir de ahora las mujeres apenas me atraen y solo tengo ojos para las pollas y los tíos y os aseguro que no será la primera ni la última polla en probar con mi boca y sentir el placer en mi culito.

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  • Las tetas blancas, enormes y naturales de mi prima

    Las tetas blancas, enormes y naturales de mi prima

    Tengo 27 años y soy mega aficionado a los bustos, el perfecto para mi es el de mi prima Pita. Ella tiene 29 años, tez blanca, 1,60 de estatura, más bien llenita sin llegar a gorda, pelo negro al hombro y de carácter alegre y comprensivo.

    El caso es que la familia se reúne cada diciembre para colocar el árbol navideño previo a las posadas, yo premeditadamente me propuse ayudarle a mi prima a colocar las figuras de porcelana, eran muchas y había que agacharse mucho en esa labor. Para esto ella llevaba una blusa tejida rosa, bastante amplía del cuello y al fondo un sostén negro que se rebelaba a cubrir bien sus nenas celestiales.

    La cuestión es que en cada agachada yo tenía una vista amplía, con mucha luz, y a unos 30 cm de sus pechos, los cuales paso a describir ahora sí: de tamaño grandísimo (sería copa 40), blanquísimas lechosas, pezón rosado de unos 6 cm de diámetro y con la punta del mismo como de goma de lápiz y un centímetro de largo sin excitar.

    Entre tanta inclinada una nena se había salido ya de su sostén y la vista fuera de su blusa era fantástica, ella parecía estar de acuerdo en que yo presenciara aquello o no se daba cuenta, esto imposible pensé, pues llevaba 2 horas aquel espectáculo y yo no disimulaba para nada, creo que hasta algunas primas lo notaron. A estas alturas mis testículos me dolían a más no poder.

    En un momento dado, me dijo que si no la acompañaba al tercer piso, pues hasta allá estaban las últimas luces y nadie quería subir a buscarlas. Subimos y ya estando ahí me dijo: “siempre te han enloquecido mis pechos ¿o no?”. Me sonrojé, pero a la vez le contesté que como lo había notado, a lo que me contestó: “toda la vida no me has visto a la cara, ahora mismo tienes 2 horas viéndolas, además tu erección es muy notoria”.

    Pita me dijo entonces, que ya no éramos unos niños y había mucha confianza, que si yo le mostraba mi erección ella me mostraría sus senos; eso si, nada de penetrarla, pues era virgen y se casaría en un mes. Y pasamos de las palabras a los hechos, sacó su blusa y luego su negro sostén (como contrastaba con sus blanquísimos pechos), ahí estaban sus nenas años soñadas, no miento casi desmayo de mi impresión.

    Al sacar yo mi miembro duro que hasta dolía, ella lo atrajo hacía sus senos y lo colocó en medio de ellos, masturbándome con su subir y bajar, yo no les quitaba las manos de encima tampoco, a estas alturas la punta de sus pezones era impresionante, jamás verán algo así.

    En medio minuto eyaculé salvajemente todos los años deseándola, 2 meses sin sexo y 2 horas observándola, fueron 20 largos y enormes chorros de semen sobre sus nenas, cuello, boca, cara y pelo; luego de esto me la limpió con su boca diciendo: “favor completo ¿o no primo?”.

    Ella siguió luego con lo del árbol navideño, como si nada, yo pasmadísimo. Nunca más se comentó cosa alguna, ni volvimos hacer nada. Ella se casó y lleva la vida normal de señora como debe de ser, más yo siempre llevaré ese recuerdo de cómo los sueños a veces se hacen realidad y con uno cumplido puedes vivir feliz el resto de tu vida ¿o no?

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  • Sorpresa jugando a los bolos

    Sorpresa jugando a los bolos

    Se había retrasado una reunión dos horas, y por tanto tenía dos horas libres por delante en las cuales no sabía que hacer. Así que decidí darme una vuelta por las calles de mi ciudad, cuando descubrí que habían abierto una bolera nueva. Pensé que era un buen sitio para matar el tiempo que tenía por delante antes de la reunión, y además los bolos siempre habían sido uno de mis pasatiempos preferidos, pese a que no soy un gran jugador.

    Entré y la verdad es que había muy poca gente, de hecho, solo estábamos un par de chavales que jugaban en una de las pistas, los dos encargados, y yo. Me acerqué al mostrador, y pedí una pista. Al sentarme y al ir a ponerme las zapatillas de la bolera, se sentó a mi lado una chica. Yo me sorprendí al verle ahí, ya que no me lo esperaba. Me dijo que se llamaba Elsa, y que era la primera vez que iba a una bolera, que iba a entrenarse porque no había jugado nunca, y el siguiente fin de semana había quedado con unos amigos.

    Como me había visto solo, pensó que sería más divertido jugar con alguien que sola, y de paso, me preguntó si podía enseñarle. Yo aún algo sorprendido por su aparición, le dije que porque no, sería divertido, así que me acerqué de nuevo al mostrador, y pedí que pusiesen una nueva jugadora en la pista.

    Una vez calzados, comenzó la partida. Al principio la verdad es que ninguno de los dos empezamos muy bien. Yo solo tiré 5 bolos, y ella 2. Pese a eso, la verdad es que fue divertido. Jugamos dos partidas que yo gané, aunque la segunda con algo de sufrimiento y por experiencia más que por otra cosa, ya que, en muy poco tiempo, Elsa mejoró su estilo mucho. Aunque no fue solo eso lo que me llamo la atención de ella.

    Era una chica bastante agradable a la vista… iba vestida con un pantalón vaquero algo suelto que cada vez que lanzaba, dejaba asomarse un pequeño tanga negro de hilo que se perdía dentro de su pantalón, y una camiseta gris claro donde podía distinguirse un sujetador también negro, que sujetaban unos pechos bastante grandes. Yo, a petición suya, le corregía la posición, y cuando apoyaba la mano en su espalda para guiar su brazo, ella se apoyaba en mí, y restregaba su culito contra mi paquete, rozándose. Yo al principio pensaba que lo hacía sin querer, pero al ver que se repetía, no pude reprimir una hermosa erección.

    Terminamos la segunda partida, y como aún quedaba una hora para mi reunión, fuimos a tomar algo a un parque cercano, donde había un bar a la sombra de los árboles, y nos tomamos un par de cervezas bien frías, ya que hacía bastante calor. Estuvimos hablando un buen rato, y me comentó que trabajaba en la administración de una empresa cercana a mi lugar de trabajo, que tenía el día libre y que le sonaba mi cara por haberme visto pasar alguna vez por la calle. Cuando casi era la hora de irme, me llegó un mensaje al móvil, diciéndome que no me preocupase en ir a la oficina, ya que el cliente no podía venir, y se cancelaba la reunión.

    Eso me alegró bastante, lo estaba pasando bien y no m apetecía ir a trabajar, así que pedí dos cervezas más para celebrarlo. Cuando las cervezas empezaron a hacer efecto, decidimos dar un paseo para rebajarlo. La tarde era agradable pero calurosa, así que después de media hora, decidimos echarnos en el césped y encontramos un sitio bastante resguardado de las miradas de los demás a la sombra de unos arbustos… y ahí se desató la pasión guardada desde la partida de bolos.

    Tumbados en el césped, comenzamos a acariciarnos con pasión todo el cuerpo. Yo metía mis manos dentro de su camiseta acariciando esas tetas que apenas podía cubrir con mi mano, mientras ella ya me había desabrochado el pantalón y acariciaba mi paquete sobre la tela del calzoncillo. Apoyó su mano en mi pecho para que no pudiese moverme, y me bajó el bóxer y mirándome con malicia, mordió lentamente la cabecita de mi miembro, para después chuparla, y mientras masajeaba mis huevos, jugaba con mi polla, durísima, pasando la lengua por ella como si lamiese un caramelo, hasta que empezó a metérsela entera en la boca.

    Mientras lo hacía, yo le bajé el pantalón despacito, notando su calor en mis bajos, y descubrí ante mí un precioso culito tan solo cubierto por un minúsculo tanga. Empecé a pasar mi mano por su rajita, desde su vello púbico, hasta su ano, notando como Elsa iba humedeciéndose por momentos. Finalmente, no pudo más y pasando una pierna sobre mi cabeza, se aproximó a mi boca… le acabé de quitar el tanga y empecé a comerle todo, dando ella un pequeño saltito al notar la humedad de mi lengua recorrerle de arriba abajo.

    Así estuvimos un buen rato, ella engullendo mi polla y yo comiéndome todo su coñito, pasando la lengua por el y haciendo círculos en su clítoris mientras dos dedos se introducían dentro de ella. De repente se puso de rodillas sobre mí y tras quitarse ella la camiseta y el sujetador, me quitó la camisa, y empezamos a besarnos, restregando su pecho contra el mío, mientras, con bastante destreza, empezaba a deslizarse, su rastro de humedad por mi vientre. Cuando noté que su abertura estaba sobre la punta de mi miembro, me miró con sus ojazos verdes, sonriendo, y me besó, como pidiéndome que entrase en ella… y eso hice.

    De un empujón fuerte y rápido, entre dentro de ella, cosa que no fue fácil, al estar muy húmeda y yo tenerlo muy erecto. Empecé a bombearle cada vez más rápido, haciendo que sus tetas saltasen frente a mí, no pudiendo evitar devorar esos dos pezones grandes y rosados, cosa que a Elsa parecía encantarle, ya que no dejaba de gemir. Mis huevos rebotaban en su culito y mi polla estaba completamente mojada por sus fluidos.

    Los dos gemíamos sin disimulo, dándonos igual si alguien podía oírnos, estábamos ella para mí y yo para ella, disfrutando de una pasión descontrolada. El ritmo de mis “ataques” cada vez se intensificaba más, pero para mi sorpresa me dijo que parase, que no quería que me corriera ahí… y me pidió algo que no esperaba, ya que pocas chicas están dispuestas y yo nunca se lo había propuesto a una chica… quería sexo anal, y que acabase dentro de su culito.

    Se puso a cuatro patas delante de mí, y comencé a lubricar su ano con mi dedo y con mi saliva, disfrutándolo ella en todo momento, por las caras de placer que ponía mientras le tocaba. Cuando ya estaba húmedo, empecé a entrar despacio en ella, hasta que me pidió que entrase fuerte… y así lo hice. Dio un pequeño grito de dolor, que fue atenuándose en pequeños grititos de placer conforme iba moviéndome. Aquello era una experiencia nueva para mí, el calor que su culito daba a mi polla era increíble, y podía entrar en el con muchísima facilidad.

    Mientras yo le daba, ella se masturbaba con una mano, mientras que yo masajeaba sus tetas con otra, lamiendo su espalda a cada acometida. Estuvimos así un buen rato hasta que yo noté que no podía más. Mis huevos temblaban de la excitación, y noté que ella también se aproximaba al orgasmo, ya que su cuerpo empezó a temblar, hasta que ya no pudimos más. Lancé todo mi semen dentro de su culito, echando tanta cantidad que al sacarla quedaban restos alrededor, mientras ella también acababa, dejándonos caer los dos en el césped, completamente agotados.

    Así nos quedamos un buen rato, hasta que empezó a refrescar, por lo que nos vestimos, y nos fuimos dando una vuelta hasta el metro, donde ella tenía que ir para volver a su casa… Sin embargo, no fue esa la última vez que nos vimos ya que fuimos varias veces a jugar a los bolos, y varias veces al parque a tomar algo en el bar, y a relajarnos en el lugar de nuestro primer encuentro.

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  • Un inolvidable fin de semana

    Un inolvidable fin de semana

    Siempre recordaré aquel fin de semana, está tan presente en mi memoria que parece haber sucedido ayer, cuando lo cierto es que han pasado ya diez años. Aún en ocasiones cuando escucho tu nombre “Cristina” me giro para intentar descubrir si eres tú.

    Fue un verano extraño, me había pasado la mayor parte del mismo con unos amigos en la Sierra, nuestra intención era hacer escalada y montañismo, y así transcurrió casi todo el verano, pero cuando el mes de septiembre se aproximaba recibí una llamada de mis abuelos, una nostálgica llamada que me hizo recordar mis veranos de niño en el norte de España y decidí aceptar la invitación para pasar un fin de semana con ellos.

    El pueblo parecía no haber cambiado mucho, múltiples casitas diseminadas por todas partes, colores luminosos, el puerto con sus barcos pesqueros de muy diversos tamaños y el bullicio de la gente entre los distintos puestos del mercadillo del casco antiguo. Todo como una postal sacada del tiempo.

    Abrazos y charla con la familia lo primero, hacía mucho que no les veía y después, era más que evidente que necesitaba un corte de pelo, y es que mes y medio en la montaña había hecho estragos en mi cabello.

    Llegué a una coqueta peluquería y me decidí a entrar, allí te descubrí, allí me quedé alelado contemplándote, tu pelo rubio lleno de rizos, esos ojos verdes profundos y expresivos, esa boca carnosa siempre sonriente. Te dirigiste a mí con una bata blanca mojada y salpicada de jabón.

    —¿Qué desea?, tu voz me despertó de mi embelesamiento.

    —Quería cortarme el pelo, ¿puede ser?

    —Sí claro, pero has de esperar unos minutos, enseguida estarán contigo, puedes sentarte y leer algo si te apetece.

    —Gracias.

    Mientras esperaba te observé más detenidamente, no sólo te encargabas de recibir a los clientes, también lavabas los cabellos de aquellos que esperaban su corte de pelo. Aunque era una peluquería unisex lo cierto es que yo era el único varón que había, así que la mayoría de las mujeres charlaba animadamente sobre distintos asuntos.

    Me acompañaste a la silla para el lavado y yo te seguí como un cordero que va al matadero, el agua templada empapaba mi pelo, tus manos lo acariciaban. Tus dedos me enjabonaban, ensortijaban mi cabello con caricias relajantes, te movías detrás de mí con soltura y movimientos felinos. Tus pechos rozaban de vez en cuando en mi espalda y yo cerraba mis ojos como en un duerme-vela intentando controlar mi erección a la vez que deseando que aquello no terminara nunca.

    Todo tiene su final, y yo iba a que me cortaran el pelo, así que la peluquera llegó y llevó a cabo su tarea, tú mientras atendiste a otra cliente y ya no te vi.

    Una vez terminado pagué y me fui.

    Eran las diez de la noche, estábamos en una terraza cerca del puerto y de repente te volví a ver, radiante, como una estrella luminosa, te acercaste a mi mesa y saludaste a uno de mis primos y este nos presentó. Me perdí en tu mirada, fue como caer en un pozo profundo, sin fondo casi.

    Habíamos tomado unas copas y decidimos pasear, mis primos se detuvieron al rato a charlar con unas amigas y mientras nosotros continuamos el paseo. Casi no hablábamos, sólo caminábamos y nos mirábamos, miradas penetrantes que decían tanto y a la vez nada. Me cogiste del brazo y sentí tu calor en mi costado, unos metros más adelante tiraste de mí y me condujiste por una callejuela estrecha y oscura, me deje llevar como si fuera una cometa.

    En un recodo de aquella calleja había un pequeño parque, unas flores, un par de bancos y una solitaria mimosa. Nos sentamos y me miraste a los ojos. Acerqué mis labios a los tuyos y nos besamos, dulcemente al principio, saboreando nuestros labios, explorándonos con las lenguas, pequeños mordiscos y juegos nos llevaron a besos más frenéticos y apasionados, acariciaba tu pelo mientras tú lo hacías con mi espalda. Tu cuello era suave como si de seda se tratase, lo acaricié y luego dirigía allí mis labios, te besé, te lamí, tu respiración se hizo más dificultosa, de tu garganta salían pequeños y casi imperceptibles gemidos.

    Mis manos bajaron a tus pechos, los acariciaban sobre tu vestido negro, notaba cómo tus pezones se erizaban bajo tu delicado sujetador, los acaricié, los amasé, los estiré y los hice balancearse, tus gemidos subieron un poco de tono, y de repente, te levantaste, te sentaste sobre mí.

    Ahora eras tú quien llevaba la iniciativa, llevaste tus manos a tu espalda y soltaste el sujetador, me miraste a los ojos, mis manos bajaron los tirantes de tu vestido y también los de tu sostén. Ante mí aparecieron dos pechos hermosos, como dos copas de champagne, con dos grandes y oscuras aureolas coronadas por dos pezones prominentes.

    Mis labios se acercaron a ellos, los besaron, mi lengua jugaba con tus pezones, los lamían, los chupaban como si en ello me fuera la vida, tu cuerpo temblaba, sudabas y yo me bebía tu sudor, te acariciaba y tú te movías como una serpiente sedosa.

    Tus manos bajaron a mi pantalón, lucharon y vencieron a mi hebilla, desabotonaron uno a uno los botones de mi bragueta y tu mano entró dentro de mis pantalones, acarició mi sexo sobre mis bóxer.

    —Oh Dios, Cristina me matas. Tú consigues que me derrita.

    Tu mano penetró bajo mi calzoncillo y tomó con dulzura mi sexo ya en bastante erección, lo acariciaste suavemente, un dulce y ligero vaivén. Sacaste mi pene a la luz de la luna y las estrellas y mientras yo te besaba los pechos comenzaste una lenta y rítmica masturbación. Tus dedos se desplazaban sobre el tronco de mi pene como si eso fuera para lo que estuvieran hechos, jugabas con mi glande y hacías que me estremeciera de placer, alterabas el ritmo de tu mano para que mi sexo no se acostumbrara y estuviera siempre al máximo de excitación. Yo te chupaba los pezones con avidez, con fiereza, comiéndomelos, casi mordiéndolos. Tu mano aumentaba el ritmo y yo me moría de placer.

    Te bajaste de mis rodillas, y me miraste con esa sonrisa pícara y burlona, te inclinaste sobre mí y cuando tus labios aprisionaron mi glande creí desmayarme de gusto. Tu lengua jugaba con él, recorría toda la longitud de mi pene, lo lamías con pasión y provocabas en mí gemidos descontrolados. Sujetaste mi sexo por la base y lentamente fuiste engullendo todo mi pene, notaba tu lengua, tu paladar y las cosquillas que tus dientes hacia sobre la sensible piel de mi sexo. Mientras y debido a la postura, yo sólo podía acariciar tus pechos, y lo hacía con una pasión descontrolada.

    Tu boca tragaba todo mi pene hasta casi la base, y luego volvía a subir hasta mi glande, pero sin sacarlo de tu boca, tu lengua me volvía loco, y la operación se repetía continuamente, cada vez con un ritmo más acelerado, el placer era enorme, cada vez más difícil de controlar, estaba a punto de estallar y te avisé de que me iba a correr.

    Separaste tu boca de mi pene y te apartaste un poco de lado, tus manos siguieron masturbándome hasta que una increíble descarga salió de mí, me corrí como nunca antes lo había hecho, varios y espesos chorros salieron como si de cohetes se tratase y tú mientras seguías masturbándome, me vaciaste por completo, sudaba a mares, cogiste un pañuelo de papel y dulcemente me limpiaste las gotas de semen que quedaban en mi pene, volviste a chuparlo y lamerlo hasta dejarlo limpio y brillante y me miraste a los ojos.

    —Jesús, es tarde ya, he de irme, lo siento, espero verte mañana.

    —¡¿Cómo vas a irte ya?! ¡Aún no, quiero hacerte el amor, no puedes irte, no me dejes!

    —Lo siento de veras, no puede ser, mañana, mañana habrá más, te lo prometo, ha sido maravilloso y mañana seguro que será mejor, ten paciencia, no seas glotón. —Me dijo burlonamente.

    ¡Joder, no podré descansar pensando en ti! ¡¡¡Las horas hasta mañana se me harán eternas!!! ¡Te necesito!

    —Sé paciente, me tendrás, pero ha de ser mañana.

    Me besaste y nos fundimos en un apasionado y húmedo beso, te costó que me separara de ti, me dijiste adiós y te fuiste. Unos metros más allá te giraste de nuevo y me lanzaste un beso. Búscame por la zona del puerto por la mañana. Me dijiste como despedida y te volviste a ir corriendo.

    Después de esta noche maravillosa me quedé unos minutos sentado en el banco, pensando en lo que había pasado y sobre todo, lo que me depararía el día siguiente. Tras un rato me puse en pie y me fui caminando lentamente hasta casa donde me acosté y disfruté de un reparador sueño.

    Los rayos del sol se filtraban por mi ventana y daban directamente sobre mi cara, me desperté perezosamente y mire el reloj, eran las 10:30 de la mañana, la noche había pasado rápidamente y tan sólo la ritual erección matutina me recordó que no había sido un sueño. Me levanté y decidí hacer algo de footing y mis tablas de ejercicios, una vez de vuelta en casa una estupenda ducha y un frugal desayuno terminaron de despertarme.

    Me vestí y bajé paseando hasta el puerto, deambulé de un lado a otro, viendo los barcos que llegaban a puerto y aquellos que se hacían a la mar, también observé cómo los camiones frigorífico recogían las mercancías que habían comprado y que transportarían a diversos lugares. El tiempo pasaba y no te veía por ninguna parte, temí que no aparecieras, un escalofrío de temor al pensar que no te volvería a ver recorrió mi cuerpo.

    Y de pronto, a lo lejos, te vi, como una nube, como una nube de algodón de las ferias, vestías un traje blanco inmaculado que la brisa marina agitaba al igual que los rizos de tu cabello, tu sonrisa siempre hermosa me descubrió y me hiciste señas con tu mano, esa mano que la noche anterior me había proporcionado tanto placer.

    Me acerqué a ti y me besaste en la comisura de los labios, había olvidado cuál era tu olor y al estar nuevamente a tu lado tu fragancia me embriagaba.

    Iremos a pasar el día a Cala Oscura, he preparado algo para el almuerzo, está en el coche. Tiraste de mí en dirección a un Renault 5 azul.

    —Está bien, tú mandas, eres mi cicerone.

    Me llevaste por una angosta carretera que bordea la costa hasta llegar a un pequeño acantilado, aparcaste a un lado de la carretera y me indicaste el camino que serpenteaba en dirección a la pequeña cala que se intuía desde lo alto del precipicio. Con precaución bajamos hasta la playa, allí me encontré con un hermosa y pequeña playa de arena grisácea, estiramos nuestras toallas y pusimos a resguardo del sol la cesta con el almuerzo.

    Comenzaste a desnudarte, como si fuera lo más natural del mundo, era como un sueño, estabas ante mí como una ninfa, desnuda, hermosa.

    —Cierra la boca o te entrarán moscas, ja, ja, ja, y ¿a qué esperas?, ¿no vas a desnudarte?, aquí nadie nos molestará, podemos hacer nudismo. —Me dijo mientras yo la miraba embelesado y algo atolondrado.

    Me desnudé sin apenas darme cuenta, como lo más natural del mundo te acercaste a mí y me empezaste a poner protector solar, por mi cara, mis hombros, mi pecho, por todo mi cuerpo. Después fui yo quien te puso el protector, repartiendo la crema por todo tu cuerpo, acariciaba tus brazos, tus pechos, tu vientre, dando a tu cuerpo un color brillante, me besaste de nuevo, esta vez en los labios, fugazmente, como un suspiro.

    —Tumbémonos a tomar un rato el sol.

    Y así lo hicimos, mientras tomabas el sol yo te observaba, te admiraba, te comía con mi mirada. Mientras tú leías yo me recreaba en tu cuerpo, estudiando cada centímetro de tu piel, cada pliegue, cada peca o lunar.

    Al cabo de un rato cerraste el libro que leías y decidiste que era un buen momento para bañarse, me cogiste de la mano y me llevaste al mar, estaba fría, pero te zambulliste como una sirena, nadamos un poco pero enseguida nos acercamos y comenzamos a besarnos, nuestros cuerpos se acariciaban entre sí y se balanceaban al ritmo de las olas, mis manos aprisionaban tus pechos con lujuria, tu boca lamía mi cuello mientras tus manos acariciaban mi culo y hacían que me acercara más y más a ti.

    Mi pene rozaba tu vientre y nuestras caricias hacían que la temperatura del mar aumentase. Te acerqué aún más a mí y tus piernas aprisionaron mi cintura, sentía tu sexo sobre mi vientre, ardiente, palpitante.

    —Hazme el amor en la orilla, hazme el amor eternamente, como si el mundo no existiera, como si sólo quedáramos tú y yo, como si el tiempo no existiera, como si no hubiera mañana ni ayer, tan solo el ahora… —Me susurraste al oído mientras me mordías la oreja.

    Así como estabas, anudada a mi cintura, te acerqué a la orilla, donde las ligeras olas del mar rompían con la arena, apoyé tu espalda sobre la arena, te miré a los ojos y te besé, te besé como si la vida me fuera en ello. Tus manos acariciaban mi sexo ya erecto y las mías jugaban con el tuyo, acariciaba tus labios mayores, surcándolos de arriba abajo, despacito y muy suavemente, como separando los pétalos de una hermosa y delicada flor, después acariciaron tus labios menores más sensibles y rosados, para por fin acariciar tu clítoris ya prominente.

    Me separé de ti, y bajé mi rostro por tu vientre hasta alcanzar tu sexo, tu olor penetrante me emborrachaba, bajé mis labios a tu sexo y lo besé, jugué con mi nariz a abrir tus labios vaginales y con mi lengua acaricié tu clítoris, primero arriba y abajo, luego en círculos y por fin con mis labios en forma de “O” atrapé tu clítoris mientras lo acariciaba y lamía con mi lengua, tus piernas se cerraron sobre mi cara, tus gemidos eran maravillosos, la humedad de tu sexo cada vez era mayor.

    Mi dedo índice se aproximó a la entrada de tu vagina, y mientras mis labios y mi lengua se entretenían con tu botoncito mágico, mi dedo te comenzaba a penetrar despacio, lentamente, haciendo círculos mientras entraba y rozando todas las paredes de la vagina, te penetró hasta el fondo y de tu garganta salió un ronco gemido de placer, a mi dedo índice le siguió el corazón y más tarde el anular, cada vez el ritmo con el que mis dedos te penetraban era mayor y cada vez faltaba menos para que tu cuerpo estallara como un volcán en erupción.

    Unas contracciones de tu vientre y de tus muslos me anunciaron lo que tanto ansiaba, tus jugos comenzaron a salir de tu sexo como de una catarata para correr por tus muslos y nalgas como múltiples riachuelos. Lamí y bebí con fruición, como si estuviera en medio del desierto.

    Levanté mi cara de entre tus piernas y te miré, sudorosa, colorada, pero con una sonrisa de placer enorme en tu cara. Me acerqué a tu rostro y te besé, giraste sobre mi cuerpo y quedaste sobre mí.

    Lamiste mi pecho y tu mano bajó por mi vientre hasta alcanzar mi sexo ya en plena erección, te pusiste de cuclillas sobre mí, aproximaste mi pene a la entrada de tu vagina y lentamente te fuiste dejando caer, penetrándote dulcemente, sintiendo cómo entraba cada centímetro, hasta que la penetración fue completa, te quedaste unos segundos completamente quieta disfrutando de esa sensación y luego poco a poco comenzaste a moverte, arriba y abajo, y haciendo círculos a la vez, marcando el ritmo, llevando las riendas de la penetración y cabalgándome como una experta amazona.

    Así nos pasamos un buen rato, tú me llevabas al extremo en que estaba a punto de eyacular y luego te parabas y me impedías terminar, para continuar nuevamente, un dulce martirio. Cuando tú ya estabas a punto de volver a correrte, aceleraste el ritmo de nuestra penetración, me cabalgabas como si fueras al galope tendido por una pradera.

    —¡Ohh Dios!, ¡Ohh Dios!, ¡qué placer!, ¡me voy a correr, vente conmigo, intentemos llegar los dos a la vez, mi vida! Ohhh

    —¡Sí cielo, los dos a la vez, yo también me voy a correr!, ¡ufff, Diosss! Siii.

    Y así como dos animales en celo, locos de pasión y lujuria llegamos al orgasmo los dos a un tiempo, y como dos cuerpos desmadejados, pero unidos, nos dejamos desfallecer sobre la arena mojada.

    Decidimos reponer fuerzas y para ello almorzamos unos sándwiches que habías preparado para almorzar con unas cervecitas frías, había hambre.

    Después de hacer el amor siempre me entran ganas de comer, jajaja. Dijiste con esa hermosa sonrisa tuya.

    Tras el almuerzo paseamos un rato, siempre viene bien para hacer la digestión, y así, durante casi dos horas, pasamos el rato caminando y charlando de trivialidades.

    Volvimos a la playa.

    —Vamos al agua, me apetece un chapuzón.

    Nadamos y jugamos durante un rato en las aguas de aquel mar Cantábrico que tanto añoro. Yo fui el primero en salir, me tumbé sobre la arena y me dediqué a ver las tonterías que hacías en el agua.

    A los pocos minutos salías del mar, como si de una sirena se tratase, hermosa, altiva, serena. Me besaste, sabías a mar. Nuestros cuerpos rodaron por la playa, rebozándonos en la arena, pero sin separar un milímetro nuestros labios.

    Y todo comenzó de nuevo, los juegos, las caricias, la pasión, la entrega absoluta. Tus pechos bailaban siguiendo un ritmo acompasado, tus caderas se movían como si hubieran sido creadas sólo para hacer el amor, tu sexo me inundaba, me exprimía, mi pene era absorbido por tu vagina, oprimido contra las paredes de tu sexo, rozando sus paredes en un acompasado balanceo. Penetraciones largas, profundas y cálidas, gemidos, lamentos, susurros. Así se nos pasó la tarde.

    Tuvimos que volver al pueblo, era tarde ya. Decidimos vernos después de la cena en la terraza junto al Ayuntamiento.

    A las 23 h coincidimos en el lugar acordado, yo iba con mis primos y algunos de sus amigos, tú llegaste con algunas de tus amigas, todos nos sentamos juntos y disfrutamos de la noche entre charlas y copas.

    —Mañana me voy. —Te dije en un aparte.

    —Vámonos de aquí, escapémonos al espigón.

    ¡Tu sonrisa, siempre tu hermosa sonrisa y esa forma tuya de apartarte los rizos de la cara!

    Nos escabullimos del grupo, no se dieron ni cuenta o eso nos pareció, tampoco nos preocupaba. Agarrados de la cintura atravesamos el puerto en dirección al espigón, allí, abrazados contemplamos las estrellas y las olas que rompían embravecidas contra las rocas.

    Nuestras bocas se buscaban, teníamos ansiedad el uno del otro, tu saliva saciaba mi sed, nuestras lenguas batallaban como si de espadas se tratase. Te pusiste en pie y lentamente metiste tus manos bajo el vestido y te quitaste las bragas. Desabotonaste mi pantalón y me lo bajaste junto con mis calzoncillos, y te sentaste sobre mí.

    Tus manos aprisionaron mi pene, tus dedos lo recorrían de arriba abajo, masturbándome como nunca nadie lo ha hecho. Mis manos mientras acariciaban tu hermoso culo bajo tu vestido, te acariciaba intensamente, notaba tu sexo palpitante y húmedo.

    Acercaste tu boca al mástil en que se había convertido mi sexo y lo engulliste como si la vida te fuera en ello, empapándome con tu saliva que caía por las comisuras de tus labios goteando sobre mis testículos, lamías y besabas con frenesí, con glotonería, hacías que me volviera loco, que perdiera la noción de todo.

    Mis manos te cogieron de la cabeza, te separaron de mi pene ya absolutamente lubricado y con una imponente erección. Te besé, te lamí el cuello y también los pechos, y chupé de tus pezones como si volviera a ser un niño. Mientras tú, levantaste un poco tus caderas, con tu mano izquierda abriste tu sexo y con la derecha aproximaste mi pene a la entrada de tu vagina. Y yo, despacito, fui empujando mis caderas, disfrutando de la presión que tu sexo ejercía sobre el mío, hasta que estuviste completamente penetrada.

    Te hice el amor como un loco, como si fuera el día del juicio final (porque lo cierto, es que para mí, era como si lo fuese), te empalé como nunca antes lo había hecho con ninguna otra mujer, mi pene entraba completamente y salía casi por completo, el ritmo era alto, y cada vez iba a más, hasta llegar a ser casi infernal. Gemías, casi gritabas, y yo continuaba penetrándote sin descanso, sin tregua alguna, tu sexo me empapaba, habías tenido ya un par de orgasmos y mi pene seguía perforándote, horadando tu interior, hasta que por fin, los dos llegamos a un orgasmo casi conjunto que nos inundó por completo. Quedamos completamente exhaustos, tu cuerpo sobre el mío, y yo aún dentro de ti.

    Jamás he vuelto a hacer el amor como aquel día, jamás.

    Se había hecho tarde, al día siguiente tenía que madrugar para coger un tren, era el momento del adiós, aunque ninguno de los dos quería reconocerlo.

    —No te despidas de mí, no me gustan las despedidas, tan solo un “hasta luego” o un “ya nos veremos”, pero nada más.

    Me besaste por última vez, con los ojos húmedos y brillantes, te diste la vuelta y corriste, sin volver la vista atrás, sin dejarme decir nada, aunque nada había que decir.

    Y ese fue el final. Hoy, casi diez años después, te recuerdo con melancolía, aquí, sentado nuevamente en el espigón donde hicimos el amor por última vez, en el último lugar donde te vi.

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  • Mis vacaciones culminan con algo inesperado

    Mis vacaciones culminan con algo inesperado

    Era mi última noche de aquellas vacaciones. Habían pasado 15 días en un bonito y animadísimo lugar del norte de España, y me encontraba pensativo, haciendo una valoración mental de lo vivido: había visitado muchos pueblos y lugares preciosos, lo había pasado genial con mi grupo de amigos del lugar y había conocido a mucha gente que me trató estupendamente, habíamos disfrutado todas esas noches en las fiestas del pueblo, toda la marcha posible, bailoteo, copas, ambientazo, apenas dormíamos y pasábamos el día de excursiones y la noche de juerga, había comprado muchas cosas, la convivencia había sido estupenda, en fin, una maravilla de vacaciones y estaba triste porque se acababan.

    Y tras todo ese conjunto de buenos momentos pensé que sólo había faltado una cosa: un ligue. No ensombrecía ni lo más mínimo mi estancia allí, pero claro, a elegir hubiera sido la guinda, y eso que estando cada noche en el ambiente y con tantas mujeres por todos lados hubiera podido pasar algo agradable, pero no se había dado, aunque ya digo que ni lo eché de menos, solo en ese momento.

    Así pues, esa última noche por supuesto íbamos a salir y darnos la última juerga del verano, lo cual me animó. Tras cenar todos en casa de mi amiga Patri y jugar un rato a uno de esos juegos para beber salimos (como cada noche) ya “contentos” y nos dirigimos a las zonas de garitos.

    Nos encontramos con toda la gente y nos metimos en el ambiente. He de reseñar (porque es la clave de este relato) que la noche anterior uno de mis amigos y yo habíamos entablado conversación con dos chicas hermanas en un pub, cosas banales sobre música o “¿tienes un cigarro?” y eso, y lo típico “¿mañana salís?”, “si claro, por estos garitos”, “pues ya nos veremos por ahí”, “vale venga hasta luego” y poco más. A mí me gustó especialmente una de ellas, que se llamaba Paloma, era rubia, bajita pero un cañón de cuerpo, vestía con un estilo insinuante y con clase. Tras comentarlo con mi colega nos olvidamos de ello.

    Pues bien, en el segundo garito donde entramos aquella última noche nos encontramos con ambas, lo cual me alegró. Paloma estaba exuberante, un top verde ajustadísimo hacía intuir sus firmes y grandes pechos, un pantalón negro de raso ceñido y unas botas de tacón alto completaban su espectacular indumentaria. Estaba impresionante. La saludé con dos sonoros besos y empezamos a charlar. Mi amigo hacía lo propio con su hermana, de la que no recuerdo el nombre, no se parecía mucho a Paloma, llamaba la atención su cabello rojo, pero poco más. A mí me interesaba mucho Paloma, y sabiendo que era mi última noche empecé a fantasear.

    Tras un rato de agradable charla mi peña comentó de movernos a otro sitio, y yo invité a Paloma a que se veneran con nosotros

    “Me iría contigo, pero no puedo. Somos de otro pueblo y estamos este fin de semana en casa de una amiga así que dependemos de ella y no se quiere mover mucho, es una pena” dijo.

    No quería parecer un plasta y no insistí, lo entendí y le dije que a ver si luego nos veíamos por ahí.

    “Seguro que nos vemos, no te pierdas” me dijo con una deliciosa sonrisa. Me encantaba, porque intuí que le quería dar emoción a la noche, tal como me gusta a mí.

    ¡Así que nos fuimos y yo ya estaba emocionado, parecía que iba a completar mis vacaciones y con un bombón además! Pasamos la noche por todos lados, bebiendo, bailando, yo de vez en cuando buscaba a Paloma con la esperanza de encontrarla, pero de momento nada. Llegaron la 6 de la mañana y no la había visto así que comencé a perder la esperanza, me daba rabia.

    Salimos del último pub y ya de camino por la calle vemos un grupito de chicas que venían: eran Paloma, su hermana y dos chicas más. Una sonrisa se dibujó en mi cara y el estómago me dio una punzada. Nos paramos con ellas y nos dijeron que iban al garito del que acabábamos de irnos, el cual estaba cerrado así que las invitamos a venirse con nosotros. Aceptaron y nos metimos en un bar, era casi de día.

    Tras pedir unas cervezas vía a Paloma con mala cara, me acerqué a ella y comenzamos a hablar. Le pregunté que si le pasaba algo malo.

    “Estoy harta de esta tía (su amiga). Como estamos en su casa tenemos que hacer todo lo que ella diga y esta noche me quería mover más y ella ahí apalancada.” dijo enfadada.

    “Pero tía vale que dependáis un poco de ella para iros a casa, pero tu muévete a tu aire, que ya eres mayorcita (tenía 25, como yo entonces) para que esa cría te diga donde tienes que ir. Quedáis en un sitio a una hora y ya está, esto es pequeño para que no os encontréis” respondí para animarla.

    “Ya, eso pienso yo, pero con esta no hay manera, antes cuando me quise ir contigo me echó se molestó conmigo. Yo creo que le has gustado y le dio envidia” dijo riendo.

    “Pues créeme que en tal caso lo tendría muy claro, no tiene ninguna posibilidad conmigo y más estando tú aquí” dije mirándola a la boca fijamente. Tenía una cara preciosa, una boca carnosa y pequeñita, muy sensual, me estaba poniendo malo de mirarla y traté de incitarla un poco.

    “Me he dado cuenta de que no tiene nada que hacer contigo, y me alegro créeme” dijo seductoramente “pero lo malo es que luego en casa me montará el numerito”.

    “Te lo dije antes, pasa de ella y haz lo que creas conveniente” dije acercándome un poco más a su bello rostro.

    No hizo falta decir más, simultáneamente empezamos a besarnos con ansia, abriendo mucho la boca, comiéndonos los labios y acariciando nuestras lenguas apasionadamente. Estaba claro que lo queríamos desde que empezó la noche y aquello era el desahogo final. Si dejar de besarnos nos apoyamos en la puerta del baño del bar, y Paloma la abrió empujándome adentro con ella.

    En la oscuridad del lavabo seguimos comiéndonos la boca salvajemente, Paloma me metía la lengua muy dentro, yo se la saboreaba con ansia, nuestras manos viajaban arroba y abajo sobre nuestro cuerpos. Levantó mi camiseta y bajó su cara hasta mi vientre, empezó a lamerlo suavemente y bajando por mi ombligo hasta justo el borde de mi pantalón. Mientras me daba esas calientes caricias yo me apoyé en la pared a mi espalda y gemía suavemente, me estaba poniendo muy caliente y ella estaba excitadísima dándome largas lamidas en el vientre y alrededores.

    De repente unos fuertes golpes en la puerta nos hicieron volver a la realidad: estábamos ocupando un baño público, alguien habría avisado al camarero y venían a echarnos. Colocándonos la ropa salimos muy cortados, nadie nos regañó, volvimos a la barra, pero aquello no podía quedar así.

    Estando de nuevo en la barra del bar Paloma y yo nos quedamos muy frustrados tras ese momento tan caliente en el lavabo y nos mirábamos ansiosos si saber que hacer. Seguíamos besándonos, pero ambos sentíamos que aquello no era suficiente. Me acerqué a mi amiga Patri, en casa de la cual me había yo alojado aquellos días. Ella me había dejado desde el primer día una copia de la llave de su casa por si alguna noche nos separábamos, era así de enrollada debido a la confianza que nos unía. No había hecho uso de “mi llave” aun así que ese era el momento y se lo comenté.

    “Claro, iros para casa que os habéis quedado fatal ¿eh?” Dijo riéndose malvadamente. “Coged la habitación grande que la cama es la mejor”.

    Dando las gracias y llenando de besos a Patri le comenté a Paloma el plan, estaba cortada, pero aceptó indudablemente.

    Nos fuimos besando y tocando todo el camino, andábamos deprisa, teníamos un ansia devoradora dentro. Llegamos a la casa y nos metimos directamente en la habitación grande.

    Nos abrazamos y besamos de pie junto a la cama, nuestras bocas se comían mutuamente con verdadera furia, yo estaba como loco por haberme ligado a aquel bombón encima el ultimo día, como un regalo que se había hecho esperar. Metí mis manos por dentro de su top acariciando su suave espalda y la excitación me hizo meterlas también dentro de su pantalón para agarrar su maravilloso culo, llevaba un tanga así que fue más fácil. Ya me imaginaba lo que iba a encontrarme, un cuerpazo de escándalo.

    No me equivoqué. Ella misma se desabrochó el pantalón y lo dejó caer al suelo, se separó un segundo para sacárselo, y la forma acampanada le permitió hacerlo sin quitarse las botas, que le llegaban a la rodilla, negras, ajustadas y de tacón alto y ancho. La miré alucinado, estaba increíblemente sexy con el top, en tanga y las botas, parecía una gogó, mejor aún. Seguimos besándonos y le quité el top, sus tetas eran firmes y grandes, muy blanquitas igual que su culo, contrastando con su piel morenita del sol.

    Desde luego me estaba comiendo un bombón de altísimo calibre, había merecido la pena no ligar en 15 días para hacerlo con ella. Me tumbó en la cama y ella encima, se quitó el sujetador poniéndome sus deliciosos y blanco pechos en la cara, los lamí y comí como si fuesen dos bolas de helado de vainilla( mi favorito) pero sabían mejor claro. Apretaba su entrepierna a la mía rítmicamente para darse placer.

    Se estaba excitando mucho y comenzó a desabrocharme el pantalón, yo me quité la camiseta y ella mis calzoncillos. Volvió encima de mi restregando todo su cuerpo en el mío, sus tetas en mi vientre y su boca lamiendo mi pecho y bajando lentamente por mi torso. Su lengua dejaba rastros de saliva sobre mi vientre. Llegó a mi endurecido miembro (que llevaba así desde lo del bar sin bajarse, ya dolía) y sin pararse se lo metió en la boca. Un placer intenso me invadió mientras me la comía furiosamente.

    Deduje que llevaba tiempo sin catar el sexo, luego me lo confirmó. Su cuerpo era impresionante, su espalda de extendía arqueada finalizando en uno delicioso culito en pompa que parecía una manzanita bien torneada. Su mamada era excepcional, chupaba duro y rápido, su boca era pequeñita, pero de alguna manera la dilataba bastante porque se la metía mucho, su larga lengua envolvía mi pene en círculos dentro de su boca y su mano subía y bajaba mi piel velozmente. Yo estaba inmovilizado, envuelto en una sensación increíble, me estaba haciendo la mamada de vida un bombón de chica, era demasiado.

    Tras varios minutos de mamarme la polla desenfrenadamente y sin detenerse un instante me vino repentinamente un ardor y un gusto tremendo e incontenible y sin poder reprimirlo tuve un orgasmo en su boca soltando el contenido seminal a chorros de los cuales tragó el primero y el resto los apuntó a su cuerpo. Mis gritos de placer y mis convulsiones no cesaban mientras ella masturbaba mi pene hasta que los chorros cesaron.

    “Lo siento” dije tímido, “no he podido contenerlo, es que te has sobrado”.

    “No te preocupes guapo, no quería parar, me encantaba hacértelo” dijo ella calmada. “Ven, quiero que me comas una cosita” siguió diciendo mientras se tumbaba estirada boca arriba abriendo las piernas. Verla así, con ese cuerpazo, esas curvas, esas tetas blanquitas y grandes y esas botas negras puestas era increíble, así que me lancé a su cuerpo dispuesto a darla el placer que se merecía. Lamí sus tetas, su vientre, su piel tenía un aroma y un sabor que embriagaban.

    Llegué a su clítoris y lo metí en mi boca, succionándolo fuerte. Dentro de mi boca lo atrapé con mis dientes y con la punta de mi lengua le daba un roce continuo, arriba y abajo. Metí en su vagina un dedo también y lo usaba como un consolador dentro y fuera. Así estuve un rato, ella gemía de gusto fuerte y meneaba su cadera al ritmo de mis lamidas. Era una sincronía perfecta. Quería darle gusto, quería disfrutar de ese momento que quien sabe si se repetiría, quería llenarme del saber de aquella chica increíble, y estuve comiéndome su clítoris hasta que mi pene se puso de nuevo listo.

    Me retiré un instante a coger un condón, ella se incorporó y mientras yo lo desenvolvía chupaba mi polla para terminar de ponerla a punto. La dejé hacerlo un rato, yo de rodillas en la cama y ella sentada haciéndome una nueva y placentera mamada.

    “Que rica la tienes tío” dijo entre chupada y chupada. Me estaba dando mucho gusto y antes de que me pudiera volver a pasar lo de antes la aparté, y tumbándome encima me puse el condón y se la metí profunda, estaba tan húmeda y excitada que entro a la primera sin problema. Me eché sobre ella y saboreé su boca a la vez que se la metía lenta pero continuamente, yo movía mi cadera abajo y arriba, ella también, ¡que sincronización por dios!

    El movimiento se aceleró, y la intensidad de mis penetraciones también, cuando se la metía procuraba pegarme a ella para que su clítoris se rozara con mi pubis, hacia círculos sobre ella mientras la miraba pensando “dios, que chica me estoy follando”, y ella perfectamente acoplada se movía conmigo siguiendo ese camino circular de nuestros cuerpos, esa senda de placer que estábamos creando.

    Comenzó a agarrarme, a jadear fuerte, a darme duro con su cadera, entendí que iba a correrse y seguí sus instrucciones corporales dándola fuerte, metiéndosela lo más que podía y cogiéndola de la cintura.

    “¡Aaaah sigue sigue sigue sigueee! ¡Me viene muy fuerte tío, me corro!” gritaba entre gemidos y convulsiones. Yo aceleré para correrme con ella. no sabía si lo lograría ya que tras mi corrida de antes aguantaba más, pero lo deseaba a toda costa, así que aumente el ritmo de mis penetraciones y ella comenzó a correrse, se movía rapidísimo y me clavaba los huesos del culo en los muslos.

    “¡Aaah joder que gustooo!” gritaba corriéndose, y yo seguía dándola fuerte y tensando mucho mi cuerpo hasta que al final pude llegar al orgasmo con ella. Empecé a notar chorros de semen salir de mi glande mientras un ardor fortísimo me recorría el cuerpo. nuestro gritos era altísimos, menudo escándalo, pero en ese momento es necesario expresarlo así ¿no?

    Cuando acabo nuestro orgasmo nos quedamos quietos en la misma posición, yo encima de ella, con mi cabeza recostada en su cara y ella con sus manos sobre mi culo, acariciándolo suavemente.

    Estuvimos hablando un rato, me dijo que hacía mucho que no tenía relaciones, que yo le había gustado mucho. Yo le dije que hacía mucho que necesitaba que me follasen así, reímos y nos besamos un rato. “He de irme, mi amiga y mi hermana estarán esperándome”. dijo de repente, levantándose y cogiendo su ropa. La acompañé hasta la plaza, allí estaban su amiga y hermana con mi colega, sin prisa ninguna. Me abrazó fuerte al despedirnos y me dijo “no creo que te vuelva a ver, pero me gustaría que si vuelves por estas tierras me busques”. Me besó y se fue.

    Nunca volví a verla, nunca volví por allí, pero nunca podré olvidar aquella increíble experiencia con aquel bombón del norte.

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  • Observo a mi esposa teniendo sexo en un autobús

    Observo a mi esposa teniendo sexo en un autobús

    Uno de los placeres más grandes que he tenido en mi vida, es ver, contemplar a mi mujer, disfrutarla primero visualmente para luego hacerlo físicamente.

    Ver como mi esposa, rubia, de color claro de piel, senos no muy grandes pero redondos y firmes, cintura pequeña con vientre totalmente plano, unas nalgas redondas y muy duras y un par de piernas de concurso, que terminan con los pies más bellos y cuidados que he visto en mi vida.

    Siempre he disfrutado hasta la locura, tenerla frente a mí, tendida en la cama, introduciéndose un dedo en su perfectamente cuidada vagina, o frotarse frenéticamente el clítoris mientras la otra mano pellizca sus endurecidos pezones.

    Verla auto producirse intensos orgasmos, ver la manera en que arquea sus piernas y sus bellos pies, oírla gemir en brama que yo la penetre, me excita hasta la locura.

    El mes pasado, viví una nueva experiencia que me provocó un placer inexplicable.

    Por desperfecto de mi automóvil, en el cual, diariamente llevo a mi esposa a su trabajo antes de ir al mío, nos vimos en la penosa necesidad de utilizar el transporte público.

    Mi esposa, como de costumbre, vestía el uniforme de la empresa, que si bien es cierto no es precisamente un modelo de los más seductor, la fina figura de ella y los arreglos personales que le ha hecho al usarlo hacen que invariablemente tengas que voltear a verla.

    Se trata de una blusa blanca de tela muy delgada, que deja ver tenuemente los pezones, a pesar del brassiere que aunque pequeño, siempre usa. La falda la usa muy estrecha, por arriba de las rodillas, dejando disfrutar el nacimiento de sus aterciopelados muslos, sus bien torneadas piernas, y unas zapatillas que hacen pulsera en los tobillos y resaltan por el alto del tacón, su excelente figura.

    Después del disgusto ocasionado por la falla mecánica, la cual sin duda nos atrasaría a ambos, la espera del autobús fue en silencio, viendo como iba siendo cada vez mayor el número de personas que lo tomarían.

    Cuando finalmente, el bus hizo su esperada llegada y a pesar de la fila que se había formado, todos corrimos hacia la puerta tratando de alcanzar lugar para sentarse, lo cual, por la inexperiencia de ambos en estos menesteres, fue tarea imposible de cumplir.

    Quedamos los dos de pie, apretados por la gente, ella de frente a los asientos y yo de espaldas a los mismos, habiendo entre ambos aproximadamente tres personas que impedían juntarnos. Así nos dispusimos a iniciar la travesía de prácticamente toda la ciudad.

    No había pasado creo yo ni cinco minutos, cuando claramente vi, que mi esposa, rodeada por tres personas, buscaba afanosamente con la cara algo. Fijándome bien, me di cuenta que lo que buscaba era quién se permitía tocarle las nalgas. Imposibilitada para darse la vuelta por la posición en que se encontraba, volteó hacia mí en clara petición de ayuda por lo que como pude, me abrí paso hasta ella, quedando junto pero siempre de espaldas hacia los asientos.

    —Alguien me está metiendo mano —me dijo quedamente.

    Al bajar la mirada hacia su cuerpo, vi claramente una mano que rodeando su cadera, había subido la estrecha falda hasta posarse y frotar, sobre la tela de la tanga, la vagina de mi esposa.

    Viendo claramente que el atrevido sujeto era quien se encontraba exactamente detrás de ella, mi primera reacción fue soltarle un golpe, pero la excitación que el cuadro que observaba me hizo sentir, me impidió moverme.

    Ella, empezaba a jalar aire por la boca, y vi como su cuerpo se tensó al máximo, separando involuntariamente las piernas, cuando la traviesa mano entró por debajo de la tanga y empezó a frotar su clítoris, al tiempo que otra mano se metía dentro de la blusa, para juguetear con los endurecidos pezones.

    Si el manoseo de que era objeto, obviamente estaba excitando a mi esposa, también estaba causando en mí una excitación tan intensa, que mi erección era verdaderamente al máximo, y en lugar de hacer algo para terminar con eso, esperaba yo que el atrevido sujeto hiciera algo más.

    Lo que siguió, ni en mis más atrevidas fantasías lo había imaginado. El sujeto que estaba sentado exactamente junto mi esposa, viendo también la excitante función y sin la más mínina vergüenza, lo cual todavía no entiendo, jaló a mi esposa haciéndola caer sentada sobre él, dándole la espalda.

    Con un movimiento verdaderamente rápido se sacó un bulto de su entrepierna, que no necesito decirles de que se trataba, y terminando de bajar la minúscula tanga de mi mujer, la penetró como si no hubiera nadie más en el autobús. Por el manoseo de que había sido objeto, la situación de saber que mucha gente la estaba observando, y que yo estaba ahí junto de ella, hizo que mi mujer alcanzara un rápido orgasmo, apenas fue bombeada levemente por el sujeto.

    Claro está, que el iniciador de esto, no se iba a quedar observando. Utilizando la mano izquierda de mi esposa que quedaba junto al pasillo central, sacó también su miembro, haciendo que mi mujer lo masturbara hasta chorrearse prácticamente sobre ella.

    Esto y los movimientos cada vez más fuertes de quien la penetraba hizo que ella se viniera en repetidas ocasiones, mientras las manos de su invasor recorrías sus piernas y sus pechos haciéndola gozar hasta la locura.

    Supe que quien la cogía se deslechaba dentro de ella, al ver como los movimientos de ambas caderas se hicieron más profundos pero espaciados, además de que conozco a la perfección las reacciones faciales de mi mujer al ser llenada de semen en su interior.

    En ese momento, noté como todas las personas quienes minutos antes no apartaban la vista del erótico cuadro, incluyendo a los dos que habían tomado parte de la exhibición, actuaban como si no hubiera pasado nada. Ver a mi esposa, levantarse de las piernas de aquel tipo, despeinada, todavía con el rostro enrojecido por la pasión, la ropa desarreglada y las manchas de semen en su blusa, hizo que yo pudiera aguantar más y me vine de una manera desesperante, con el miembro aún entre mi ropa.

    Al terminar ella de arreglarse la ropa, en la siguiente parada del autobús, que de paso comento que la de nosotros había pasado hace rato, la tomé de la mano y bajamos del bus.

    Hice parada a un taxi, que nos llevó de regreso a casa, sin decir una sola palabra.

    Creo que ella se sentía tan confundida como yo. No había duda que los dos lo habíamos disfrutado, pero quedaba la cuestión de haber dado el paso temido: haber sido ella de otro, que para hacernos sentir peor moralmente, era un total desconocido y además, lo había hecho ante mucha gente.

    Platicando ya con calma de lo que había pasado, le hice el amor como hacía mucho que no lo hacíamos, mientras nos platicábamos mutuamente lo que habíamos sentido al hacerlo.

    Ahora la disfruto más al observarla masturbarse, porque se acuerda de lo ocurrido y se viene una y otra vez, pero nunca nos hemos atrevido a repetirlo, por lo que no hemos vuelto nunca a tomar un autobús.

    Fin

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  • Me vengué de mi esposo en su velatorio

    Me vengué de mi esposo en su velatorio

    Eran las tres de la madrugada y el calor se hacía notar, me costaba adaptarme a la idea que mi marido yacía muerto allí en su cajón de 3.000 dólares. Su dinero esta vez no pudo salvar el destino que ya tenía marcado.

    Su expresión reflejaba una paz y tranquilidad a la cual no estaba acostumbrada ver en él.

    Me sentía extrañamente feliz, todavía estaban en mis recuerdos los vejámenes y las humillaciones que me hacía pasar este viejo pervertido, ahora estaba allí, frío e inmóvil.

    Lejos quedaron aquellos días en que me obligaba a tener relaciones cuando él quería, me daba por el culo cuando a él se le ocurría hacerlo, me quería convertir en su puta y lo estaba logrando realmente.

    Ahora todo cambio para mí, desde que mi padre me vendió a este viejo cuando yo tenía apenas 18 años, mi pesadilla duro poco más de tres años, por fin volví a sentir el aroma de la libertad.

    La situación no daba para más, estuve todo el día fingiendo ser una viuda desconsolada, lloré un par de veces para ponerme a tono de las circunstancias, ver a mi marido en su lecho de muerte, el olor de las flores que envolvía la sala, la atenta mirada de los amigos de Alfonso, me estaban excitando.

    Después de todo era una viuda, y muy joven, con un cuerpo más que deseable. Ese día me vestí para la ocasión, usé un vestido largo y ajustado al cuerpo, que resaltaba mi figura especialmente mi cola perfecta, deseada, también llevaba un escote que dejaban ver un poco mis senos bien formados, mi cuerpo invitaba al sexo y al placer.

    Los únicos que quedaron hasta esa hora eran dos de sus amigos que yo conocía porque a veces los llevaba a casa, para jugar a las cartas, siempre me miraron con ganas a pesar que Alfonso me obligaba a usar ropa holgada, era celoso y no quería que me miraran más de la cuenta.

    Les pedí que me esperasen un momento que iría al cuarto de al lado a arreglar unas flores y conseguir algo de café.

    Me retiré moviendo el trasero de una forma muy sexy los tipos me miraban, y el no saber donde tenían plantada la mirada me generaba ideas demasiado provocativas.

    Al darme vuelta los sorprendí embobados mirándome el trasero, ensayé mi mejor sonrisa sabiendo que alguno de ellos me seguiría.

    Los nervios y la excitación no me dejaban armar el ramo de flores, esperaba con ansias que se abriera la puerta y poder estrenar mi condición de viuda.

    Cuando pensé que mi plan no dio resultado, ingresaron al cuarto Juan al que apodaban “Fotoman” y el otro más joven llamado Daniel.

    La expresión de alegría en mi rostro no se pudo disimular, a lo que Fotoman expreso.

    —Permiso Laura vinimos a ver si necesitaba que le ayudemos en algo.

    Mi respuesta no se hizo esperar, y espero no arrepentirme de lo que iba a decir.

    —Si necesito que alguien consuele a esta viuda, necesitada de amor y afecto.

    Ante tamaña declaración los dos se abalanzaron sobre mi como perros en celo, comenzaron a tocarme por todos lados. Fotoman desde atrás murmuró a mi oído.

    —Tu cola discúlpame que te lo diga, pero esta fantástica —sentí como dio un paso hacia mí y luego posó suavemente sus manos en mi cintura.

    Apoyó su bulto en mi trasero, pude sentir sobre mis nalgas su excitación, el maldito me estaba apoyando descaradamente.

    El más joven mientras tanto se encargaba de sobarme los pechos y con la otra mano tocaba mi concha a través de mi vestido.

    Empecé a rozar mi cuerpo contra el de ellos, con mis nalgas trataba lenta y suavemente de atrapar lo que me estaban apoyando. Estaba cumpliendo con una fantasía retenida durante mucho tiempo, y no tenía fuerzas para evitar que abusaran de mi cuerpo. Las caricias de ambos se tornaron con más fuerza, sus dedos querían traspasar el vestido para meterse en mis orificios. Estaba fuera de mí, no dejaba de pensar en lo morboso de la situación. Tenía que frenar un poco la excitación de ellos, y también la mía.

    —¡Ya basta! Van a romperme el vestido, si quieren tener algo conmigo será con uno solo. Ustedes deciden mientras tanto yo me iré desvistiendo.

    Vi que Fotoman murmuró algo al oído del más joven, aparentemente se estaba sacrificando para que me coja Daniel.

    Me di vuelta y comencé a sacarme la ropa lentamente, para provocarles una excitación mayor de la que ya tenían. Me quedé solamente con una ropa interior muy sexy, que mi difunto esposo me obligaba a usar en sus secciones de sexo.

    Quedaron duros no podían creer que este cuerpo estaba a punto de entregarse.

    De seguro me veía fantástica, lo note al mirar como el bulto en sus pantalones crecían, los mire como diciendo quien será el primero.

    Al verme así vestida Daniel se sacó los pantalones como un rayo, me abrazó y me besó apasionadamente, yo respondía a sus besos dejando que su lengua explore los rincones de mi boca, mezclando mi saliva con la de él.

    Su pene apretaba mi ombligo, lo tenía durísimo, sentí deseos de tenerlo en mi boca.

    Lo miré a los ojos y le dije.

    —¿Me dejas que chupe tu pija? Prometo tragarla toda.

    Me sentía muy puta hablando de ese forma, sin esperar respuesta de él comencé a bajar despacio besando su pecho, hasta llegar a su polla.

    Era la primera vez que tenía en mis manos una pija que no fuera la de mi difunto esposo el tamaño de este era mayor, y me excitaba, me calentaba la idea que aquel miembro me brindaría el placer que nunca me dio Alfonso. Su glande estaba húmedo y manchaba mi mano cuando lo acariciaba, no aguante más y me lo tragué de un solo envión, y comencé a chupar en forma pausada por momentos, y aceleraba de a ratos.

    Su miembro no cabía todo en mi boca, con esfuerzo su punta llego a mi garganta, lo que me provoco arcadas. Sin lugar a dudas le estaba provocando un gran placer.

    Entonces él me agarró desde la nuca y comenzó prácticamente a cogerme por la boca, sentí que estaba pronto a venirse, entonces me levanté no quería que acabase tan pronto.

    Necesitaba sentir su polla dentro de mí, sin perder el tiempo lo senté en el amplio sillón que allí había, y con mi mano dirigí la punta de su glande en mi conchita, se fue metiendo lentamente, quería disfrutar centímetro a centímetro de esa tranca, lo estaba cabalgando y el placer que en ese momento me estaba provocando era indescriptible.

    Mientras tanto él se encargaba de mis tetas las succionaba como si quisiera sacar leche de ellas, yo me movía como una serpiente, como una puta experta en coger penes.

    Sus movimientos de mete y saca, se tornaron rápidos, violentos y descontrolados, lo que provocó que explotara en mi primer orgasmo, el primer orgasmo producto de una cogida, mis líquidos chorrearon su palo hasta llegar a sus testículos. Mucho era el placer que me estaba provocando, que mis gemidos casi convertidos en gritos de seguro se escuchaban hasta la sala donde velaban a mi marido.

    Él ya no se movía, noté que quería contener la eyaculación para prolongar la cogida, mientras tanto a mí no me importaba, devoraba su herramienta por entre mis piernas, en un mete y saca frenético, como una yegua complaciendo a su jinete.

    Me gustaba sentirme su puta, las clases de sexo que había tenido con Alfonso me sirvieron de mucho, la cogida que estaba ofreciendo era solo una parte de lo que yo podía dar.

    No aguantó y pude presentir lo que se venía, con movimientos fuertes y precisos descargo toda su leche en mi interior.

    —Mmmm Laura mi amor si movete asiii aaah te lleno de mi leche putita descargué todo dentro.

    Lo miré sumamente complacida de haber provocado tanto placer en él, sentí como si fuera mi primera vez, estaba feliz, pero todavía quería más.

    Me sentía bastante puta esa noche, quería demostrar todo lo que había aprendido, un pensamiento perverso pasó por mi cabeza, ya nadie más quedaba en el velatorio más que nosotros.

    Lo miré a Juan que se masturbaba en un rincón y le dije.

    —¿Quieres cogerme el culo? De seguro si por la forma que siempre me miraste habrás tenido fantasías de meter tu pija en mi culo.

    —Si Laurita tenés una cola preciosa sería un gran honor cogértelo.

    —Bien Fotoman soy toda tuya te lo mereces por haber sido obediente y esperado tu turno, pero vamos a la sala donde está el muerto, supongo que no tendrás problema ¿verdad?

    Sin esperar que me responda lo agarré de su pene y lo conduje hasta el féretro, vi el rostro sin expresión de Alfonso y le dije.

    —Llegó la hora de mi venganza, aunque no puedas verme, sé que desde algún lugar estarás retorciéndote viendo cómo se la cogen a tu mujercita delante tuyo.

    Agarré el pedazo de Juan y lo comencé a chupar, ya lo tenía parado pero dentro de mi boca me pareció que aumento el tamaño. Era una perra, una perra que quería seguir jugando o que jugaran con ella.

    Mientras me acariciaba el culo, me empezó a dar pequeños golpes en la cara con su verga.

    —Laura no sabía que te gustaba tanto chupar vergas, mmmm sos experta —empezó a introducir un dedo en mi estrecho culito— ¿Qué diría mi amigo si te viera con mi verga en la cara?… aaaah… ¡anda! abre la boca puta.

    Sus palabras me calentaron aún más y chupé su verga de forma hambrienta, mientras mis labios la recorrían de arriba hasta donde alcanzara a entrar en mi boca, mi mano apretaba y masturbaba lo que quedaba fuera de está; mi lengua acariciaba su glande sin descanso y mi cola se meneaba sin cesar.

    Me incorporé su pene estaba a punto. Le dije.

    —Juan quiero que vea lo que se va a comer.

    Caminé lentamente frente a él. Mis pasos mejor ensayados se los mostré, le miré su pene que daba pequeños brincos, con el tremendo espectáculo que le estaba obsequiando, no se podría dar cualquiera, me gustaba verlo tan excitado.

    —Ya no aguanto Fotoman ¡quiero tu verga en mi culo ya! Demostrame que lo sabes hacer.

    Se paro detrás de mí. Lo miré, estaba mirándome el culo ya desnudo y mi entrepierna totalmente expuesta. Puso su mano sobre mi húmeda vagina y la acarició impregnando mi escaso vello con mis propios flujos.

    Con los dedos lubricados por mi concha los introdujo en mi culito, estaba preparando el terreno para lo que vendría, me di cuenta que sabía lo que hacía.

    Lo dejé de mirar cuando me tomó de las caderas, ubicó la punta de su miembro en el agujerito del culo y empujó.

    Lentamente el glande se habría paso por el estrecho orificio, la tenía grande, pero la calentura que llevaba dentro me hizo tolerar el dolor.

    Me clavó la verga en todo su esplendor, y comenzó lentamente a moverse dentro de mí.

    No podía creer que toda esa barra de carne estaba dentro de mi colita, sus movimientos aumentaron y ya me arrancaba gemidos de placer.

    El dolor y el placer se mezclaban de forma exquisita entre mis piernas.

    De pronto empezó a moverse violentamente, me tenía agarrada de las caderas y me empujaba hacia él con la misma fuerza que me estaba clavando. Pude sentir su barriga sobre la parte baja de mi espalda cuando se inclinó para agarrarse de mis tetas; estaba sobre mi follándome salvajemente. Sus testículos chocaban en mis nalgas.

    —Y tu culo… mierda, que bueno esta, tienes un culo de ensueño puta… y quien te lo está cogiendo soy yo… aaaah… y no ese marica de tu marido que bien muerto esta… que culazo puta… ¿te gusta que te den por el culo perra?

    Ya no era dueña de mis actos, por momentos era yo la que me estaba cogiendo esa pija, me movía sin dejar de lanzar gemidos, me di vuelta y me recosté de espalda.

    —Venga Juan métame su pijota en mi predispuesto culo.

    De un solo envión lo clavó hasta los huevos, tras de mi se movían los candelabros de las velas, estaba en el velorio de mi esposo y yo gozando como una perra.

    Enterraba su mástil hasta el fondo para después sacarlo casi por completo, y sin darme cuenta tenía otra vez sus testículos chocando en mis nalgas. Si que me estaban dando una soberana cogida. Sus envestidas hacían moverse mis tetas para todos lados.

    —Seguí Juan no pares seguí dándome, que me encanta tu pija seguí ahhh…

    Estalló mi segundo orgasmo, fue largo e intenso, pero me dejó satisfecha; me dejó cansada y más calmada.

    Mientras él estaba a punto de venirse mire su rostro de satisfacción, una mueca de placer me decía que estaba a punto de estallar en mi culo.

    Sentí su semen tibio y espeso recorrer el interior de mis intestinos.

    —Ahhh Laura acabé en tu culo aaah mmmm gracias Laura gracias por darme tanto placer.

    Sacó su mástil y como una buena chica sumisa le limpié el falo a base de lengüetazos. Pude sentir el sabor de los restos de esperma que quedaban todavía. Me sentía inmensamente feliz, resultó muy bueno esperar tanto para poder sentir placer.

    Luego se vistieron y se marcharon, ya estaba amaneciendo y yo acá tenía que continuar con el velorio, los despedí con un beso en la boca a ambos, y prometieron visitarme pronto para volver a darme el pésame.

    Espero que este relato haya sido de su agrado.

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  • El compañero de trabajo de mi novia

    El compañero de trabajo de mi novia

    Mi novia me avisó que iba a ir a nuestro departamento un compañero de trabajo, Erick. Es más joven que nosotros, tiene 26 años, y llevan aproximadamente dos años trabajando en la misma oficina y con los escritorios uno a lado del otro. Yo también he trabajado en oficinas durante más de trece años y sé que siempre existe esa atracción en el trabajo por alguien con quien fantaseas, coqueteas y te lanzas indirectas, pero sin llegar a nada; solo es una fantasía laboral.

    Al llegar, vi que él estaba en el sillón con una bebida en la mano. Mi novia estaba en el sillón de enfrente y tenían cara de estar hablando de algo que no querían que escuchara, sin querer los interrumpí. Había restos de quesos y jamones en la mesa de centro y varios botes y botellas de alcohol vacías. Llevaban unas dos horas tomando y charlando.

    Me uní a ellos, me puse a tomar whisky y me colé en su conversación. Se quejaban de otros compañeros de trabajo, del tráfico, de las malas decisiones de la empresa, etc.

    Después de otros 45-60 minutos bebiendo, ellos ya estaban un poco borrachos, yo también me estaba mareando un poco, así que quise indagar en qué estaban hablando cuando llegué e interrumpí la conversación. Solo se rieron y dijeron que no era nada importante. Yo bromeando dije: «Seguro que estaban hablando de cosas sexuales». Vi que ambos reaccionaron como si hubiera dado en el blanco. No soy celoso, como habrán visto en relatos anteriores, ya hemos participado en intercambios de pareja, pero el hecho de que se trate de un compañero de trabajo con quien convive a diario sí que me dio una pizca de celos, debo admitirlo.

    Le pregunté si tenía novia y me dijo que tenía alguien con quien salía, pero que no eran novios formales. Entonces, sin importarme demasiado, le pregunté: «Pero ¿cogen o no cogen?».

    Solo se rio y dijo que sí, que eran como novios, pero sin la etiqueta.

    —¿No se pone celosa de que pases tiempo con Luci? —le pregunté.

    —Si supieras… Me hizo todo un drama por venir hoy aquí, pero se calmó un poco cuando le expliqué que tú estarías aquí.

    Erick es un chico de 1,90 m, con un cuerpo atlético de alguien que va al gimnasio, pero no está musculoso en exceso. Es joven, apuesto y tiene estilo. Obviamente, yo me daba cuenta de cómo se lo comía con la mirada Luci, sobre todo estando borracha. Entonces solté la bomba para ver hacia dónde avanzaba esto:

    —Luci hace el mejor sexo oral que he tenido en mi vida —dije, mirándola de reojo mientras sorbía mi bebida. Ella me golpeó el muslo, fingiendo indignación, pero sus pupilas dilatadas delataban algo más.

    —¡Claro que no! —respondió mi novia.

    —¿Tu novia no se enfada con estos comentarios? —preguntó Erick fingiendo incomodidad, pero sus nudillos apretando la botella y cómo se acomodaba para tratar de tapar su erección delataban un interés real.

    Luci se rió bajito, se levantó y me abrazó por detrás del sillón, rozando mi hombro con sus pechos bajo el escote demasiado holgado para tener visitas:

    —A Kouta le gusta compartir y hasta de más… ¿verdad, amor? —dijo, mientras sus dedos acariciaban mi nuca. Tomó la botella de cerveza que yo estaba bebiendo y la chupó como si fuera un pene mientras miraba a Erick, quien, de los nervios, tiró su vaso. El mensaje era claro: esto ya no es broma.

    Erick se levantó para tratar de limpiar su vaso; se notaba claramente la erección que se marcaba en sus pantalones.

    Luci se acercó a él, le tomó las manos y las llevó a su cintura, se puso de puntillas para alcanzarle y le dio un beso lento pero apasionado. Podía ver cómo buscaba su labio para morderlo.

    Le quitó la camisa y lo contempló por un momento. Empezó a besar su pecho y sus abdominales, y fue bajando. Se quitó la blusa y quedaron ambos con solo los pantalones puestos. Erick tocaba sus pechos, un tanto nervioso, como cuando te prestan algo y no quieres romperlo.

    Luci lo empujó suavemente para que volviera a sentarse en el sillón y se arrodilló frente a él. Yo aparté la mesa de centro para que no estorbara.

    Erick se tensó cuando Luci comenzó a desabrocharle el pantalón. Su voz, que antes era insegura y nerviosa, sonaba ahora grave, segura y dominante.

    —¿Estás seguro de que quieres que haga esto, Luci? Porque después ya no hay vuelta atrás.

    Vi cómo Luci se giró para mirarme, esperando mi aprobación. Tenía una cara que parecía decir que por fin iba a tener algo con lo que siempre había fantaseado. Asentí con la cabeza y Luci siguió desabrochándole el pantalón y se lo bajó con ayuda de Erick. Antes de bajarle el bóxer, ya se le marcaba un bulto enorme; cuando se lo bajó, salió disparado un pene de unos 20 o 21 cm, igual de grueso que el mío o incluso un poco más.

    Luci lo tomó con ambas manos, empezó a lamerlo por todos lados e intentó ver cómo podía meterlo en la boca.

    —Fuck, no cabe —empezó a decir antes de que Erick le agarrara la nuca y la empujara hasta el fondo, ahogando sus palabras en carne viva. Sus mejillas se hundieron mientras intentaba respirar por la nariz sin dejar de chuparlo.

    Erick tenía el control total sobre la boca de Luci, la estaba usando como su juguete sexual; apenas la sacaba unos segundos para que pudiera tragar aire, antes de dar otro empujón brutal contra su garganta. Se escuchaban gemidos sofocados y mucha saliva alrededor del enorme pene de Erick.

    Me levanté y me senté a su lado en el sillón. Luci estiró la mano buscando mi pierna, pero le dije que no, que hoy era toda para Erick y que solo quería ver mejor. Me miró con los ojos llenos de lágrimas de excitación y con dificultad para respirar. Sus tetas ya estaban llenas de saliva que escupía cuando, por unos segundos, se sacaba el pene para respirar.

    A pesar de no recibir ninguna estimulación en la vagina, Luci estaba muy excitada; estaba cumpliendo una fantasía con su compañero de trabajo.

    Erick, con voz baja y ronca, solo le decía «más hondo» y soltaba algunos gruñidos de placer.

    Luci dejó de chupársela. Los ojos se le llenaron de lágrimas y le caía baba de toda la boca, hilos de baba que iban de su boca al pene de Erick.

    —¿Así te la chupa tu novia o ya me crees que yo te la podía chupar más rico? —le dijo Luci entre gemidos y mientras agarraba aire.

    Tal y como me lo imaginaba, ellos dos nunca habían cogido, pero ya lo habían hablado, fantaseado y coqueteado sin duda alguna.

    —Tú me la chupas mejor que nadie, pero ahora voy a hacer que me la chupes mejor que a tu novio —le respondió Erick mientras anudaba el cabello de Luci en cada una de sus manos para sujetarla de la nuca.

    Se acomodó y empezó a mover la cabeza de Luci hacia arriba y abajo mientras movía las caderas con fuerza y rapidez. Solo se escuchaban los gemidos de Luci con la boca llena del pene de Erick.

    Erick empezó a rugir de placer y, sin avisar ni pedir permiso, llenó toda la boca de Luci de semen. Su garganta se movió convulsivamente mientras tragaba cada gota; las manos, temblorosas, se aferraban a sus muslos como si esa fuera la única forma de mantenerse consciente. Cuando finalmente se la sacó de la boca, un hilo blanco aún conectaba su lengua al glande palpitante. Y, antes siquiera de limpiarse, me miró con esa expresión que decía: «Gracias por dejarme hacer esto».

    Erick se abrochó los pantalones lentamente y, sin dejar de sonreír, dijo: «Ya me he decidido a aceptar la oferta laboral».

    Ambos se rieron y se dieron un beso. Erick pidió permiso para usar nuestro baño. Luci se sentó en mis piernas y le pregunté a qué se refería con que se había decidido a aceptar la oferta.

    Me contó que a Erick le habían ofrecido trabajo en otra empresa y que aún no sabía si aceptarla o no. Cuando yo llegué a interrumpirlos al principio de la conversación, me dijo que estaba hablando de una promesa que se habían hecho tiempo atrás: si uno de los dos renunciaba, se darían una escapada a un motel para tener sexo de despedida.

    Erick salió del baño y dijo que tenía cientos de mensajes y llamadas perdidas de su amiga/novia, que mejor se iba ya. Creemos que tal vez no quería sentirse incómodo después de lo que pasó.

    Luci me confesó que, cuando hizo la promesa, lo hizo de broma y para coquetear en la oficina. Que era obvio que en ese momento no pensaba cumplirla, era solo para fantasear. Pero, desde que Erick le habló de la oferta y nosotros empezamos con lo del intercambio de parejas, lo primero que pensó es que quería cumplir esa promesa y fantasía. Nunca la había visto tan emocionada y excitada, y eso que solo hizo sexo oral; en ningún momento la tocaron ni la penetraron. Le dije que, para mí, podía cumplir la promesa, pero con la condición de que yo quería estar presente para verlo todo.

    Si ese fue el nivel de excitación e intensidad con tan solo hacerle una mamada, no podía ni imaginarme lo intenso que iba a ser ver cómo ese joven se la follaba con fuerza.

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  • La cajera del súper (1)

    La cajera del súper (1)

    Hacía meses que la veía cada vez que iba al súper. Siempre la misma cajera: 24 años, pelirroja, ojos negros, cuerpo de esos que uno no puede dejar de mirar aunque se haga el distraído. Buenas tetas, buen culo, contextura media, sonrisa fácil.

    Yo pasaba con mi carrito, pagaba, cambiábamos un par de palabras y nada más. Nunca di un paso más allá porque siempre iba con mi esposa, y porque, en el fondo, me gustaba mantener esa distancia de cliente y empleada.

    Ella, con su uniforme y su peinado recogido, era una especie de fantasía que quedaba ahí, en la imaginación.

    Pero todo cambió una tarde.

    Charlando con la encargada, una vieja conocida mía, le comenté —sin medir mucho mis palabras— que hacía dos meses me había divorciado. No sabía que ella estaba cerca, pero parece que escuchó.

    Desde ese día, la forma en que me atendía cambió. Me miraba más, se quedaba un poco más conversadora en la caja, hasta se reía con ganas de cualquier pavada que le dijera. Yo lo notaba, y la verdad es que me gustaba.

    Un día, sin necesidad real, fui con la excusa de ir a comprar cigarrillos. Ni siquiera tuve que entrar, la encontré afuera, fumando en su media hora de descanso.

    Me acerqué, le pedí un cigarro aunque llevaba el mío en el bolsillo, solo para tener un motivo para hablarle. Charlamos un rato y en un momento le pregunté, casi sin pensarlo:

    —¿Hay chance de invitarte a salir alguna vez?

    Ella sonrió, me miró fijo y me dijo que sí. Así, sin vueltas. Me pasó su número y me pidió que le escribiera después de las diez de la noche, cuando ya estuviera en su casa.

    Esa misma noche, a las 22:30, le mandé un mensaje. Solo para que supiera que era yo y guardara mi número.

    Su respuesta me descolocó:

    “Pensé que te habías arrepentido” seguido de un emoji con los cachetes colorados.

    Le contesté que no, que había decidido esperar un poco para no molestar si se le había hecho tarde… y, de paso, para no quedar tan desesperado.

    Ahí la conversación fluyó sola. Mensajes que iban y venían, cada vez con más picardía, hasta que arreglamos para vernos el sábado.

    El plan era simple: yo pasaba por su casa a las 20, la buscaba en el auto, y desde ahí veíamos a dónde ir. Así quedamos.

    El resto de la semana se me hizo eterna. Cada vez que pensaba en el sábado, en verla sin el uniforme, en estar con ella fuera del súper, se me aceleraba el corazón. No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sí sabía que esa salida prometía mucho más que una simple cena.

    El sábado llegó y yo estaba nervioso como un adolescente. Me puse un jean, championes blancos y una camisa blanca arremangada.

    Cuando pasé por su casa, apareció ella en la puerta y me dejó sin palabras: vestido negro, no demasiado escotado pero lo justo para que la imaginación volara; corto, a media pierna, mostrando sus piernas perfectas. Boca pintada de rojo intenso y un perfume que me enloqueció desde el primer segundo.

    Subió al auto con una sonrisa, y yo, todavía tratando de disimular los nervios, le pregunté:

    —¿Qué preferís hacer? Había pensado en cine y cena, pero vos decime.

    Ella me miró con esos ojos negros que ya me estaban volviendo loco y me respondió tranquila:

    —Prefiero que vayamos a cenar a un lugar tranquilo… y después podemos dejar el auto en la rambla y caminar un rato.

    La idea me gustó. Terminamos en un restaurante con luces tenues y un ambiente cálido. La charla fue fluyendo, natural, llena de risas y confidencias.

    Me contó cosas de su vida, yo le conté cosas de la mía. Sentía que nos conocíamos de siempre, pero con la tensión de que era la primera vez que estábamos realmente solos, sin la barrera de la caja del súper ni el apuro de la fila.

    Durante la cena, varias veces sentí su pie rozándome la pierna por debajo de la mesa. Cada vez que lo hacía, tomaba un sorbo de agua y me miraba fijo. Esa mirada con esos ojos negros me desarmaba por dentro, me quemaba por fuera.

    La cena terminó cerca de las once. Pagamos, nos levantamos y fuimos hacia el auto. Apenas cerré la puerta del lado del conductor, antes de que pudiera siquiera arrancar, ella se inclinó y me besó.

    No fue un beso tímido ni de prueba: fue pasional, húmedo, con lengua, caliente. La agarré de la cabeza con mis manos, le acaricié la cara y el pelo, mientras ella hacía lo mismo conmigo.

    Cuando el beso terminó, me miró a los ojos y me dijo sin rodeos:

    —Llevame a casa.

    Me quedé helado. Pensé que había hecho algo mal, que había metido la pata.

    —Perdoname, si te incomodé en algo… —balbuceé.

    Ella sonrió con picardía y me cortó en seco:

    —Vos sabés para qué me invitaste a salir. Y creo que sabés por qué te dije que sí.

    Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía razón. Hacía tiempo me la quería coger, aunque nunca me hubiera animado a decirlo así de frente.

    —Vamos para casa, olvidate de la caminata —remató.

    No hubo más palabras. Arranqué el auto y manejé. El silencio que siguió no era incómodo: era electricidad pura, deseo contenido. Yo no pensaba en otra cosa que en lo que estaba a punto de pasar.

    Cuando llegamos, estacioné. Ella abrió la puerta y bajó sin esperarme. Yo iba atrás, con la cabeza explotada de adrenalina. La noche recién empezaba.

    Cuando entramos a su casa me hizo pasar al living, me dijo que me pusiera cómodo en el sofá y se fue a la cocina a buscar un vaso con agua.

    Yo la esperaba tranquilo, pero para mi sorpresa, cuando volvió ya no tenía puesto el vestido: apareció en ropa interior negra, un sostén mínimo que apenas le tapaba los pezones y una tanguita finísima que se le metía entre las nalgas.

    Me quedé helado, no podía dejar de mirarla.

    Con una voz dulce y seductora me preguntó:

    —¿Te gusta lo que ves?

    —Me encanta —le contesté.

    A mis 45 años me estaba sintiendo como un adolescente de 20.

    Ella puso una música suave y empezó a moverse, a bailar lento, mirándome fijo mientras se tocaba.

    Yo sentía cómo la pija se me iba parando, tan apretada en el jean que parecía que me iba a explotar.

    Se me acercó despacio, me hizo levantar y me besó. Mientras me comía la boca, sus manos bajaban directo a mi pantalón. Yo le besaba el cuello, le acariciaba la espalda, le apretaba bien fuerte las nalgas.

    En un movimiento rápido me desabrochó el pantalón y me lo bajó, pero todavía me dejó con el bóxer puesto.

    Se me subió encima, enroscando sus piernas en mi cintura, y seguimos besándonos como si nos quisiéramos devorar.

    Estábamos tan calientes que ella se acomodó un poco más abajo, hasta que su concha mojada y entangada se frotaba contra mi pija dura, separada apenas por el bóxer. Le encantaba rozarse ahí, gemía bajito, yo sentía cómo se mojaba cada vez más.

    De repente se soltó de mí. Yo quedé de pie, respirando agitado, y ella se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer y la pija me saltó como un resorte, bien parada, derechita frente a su cara.

    La agarró con una mano y empezó a pasarme la lengua desde la base hasta la punta, lento, provocador. Cuando llegó arriba, se la metió entera en la boca.

    Me chupaba la pija con ganas, con mucha saliva, se la sacaba, la escupía y se la volvía a meter. Me pasaba la lengua por los huevos mientras me pajeaba fuerte. Era toda una profesional en eso, la mejor chupada que me habían hecho en mi vida.

    No podía dejar de mirarla. Quise sentarme, pero me tenía bien agarrado, como si quisiera quedarse arrodillada para siempre con la verga en la boca.

    En un momento se me escapó decir:

    —Qué buena chupada me estás haciendo…

    Pensé que se iba a enojar, pero fue al revés: empezó a chuparla más fuerte todavía, como si esas palabras la encendieran más. Yo trataba de aguantar, de no acabarme tan rápido, pero era imposible.

    Desde abajo, con mi pija enterrada en su boca y esos ojos negros mirándome, me estaba volviendo loco.

    De pronto se la sacó un segundo y me dijo con voz sucia:

    —Llename la boquita de leche…

    Eso me volvió completamente loco. Se la volvió a meter y empezó a chupar con más fuerza, haciéndome imposible aguantar. No pasaron ni diez segundos antes de que le descargara toda la leche en la boca.

    Ella cerró los ojos con una sonrisa, la pija todavía adentro, y me succionaba hasta la última gota. Cuando la sacó, le pasó la lengua por la cabeza y por todo el tronco, dejándola limpia y brillante.

    Se tragó todo, sin escupir nada, como si disfrutara cada gota. Después se limpió los labios, tomó un sorbo de agua y me miró fijo:

    —Tenés energías, ¿no? Porque esto todavía no termina…

    Me llevó al cuarto y me tiró sobre la cama, ella empezó a sacarse la ropa interior, era la primera vez que le veía los pezones, los tenía bien duritos, tenía unas hermosas tetas, se las tocaba con sus manos.

    Luego se dio vuelta y comenzó a bajarse la tanga, se iba inclinando mientras su tanga caía, salió a la vista una hermosa conchita, y cuando se incorporó pude ver esa cola paradita, en forma, redondita, toda comestible.

    Se dio vuelta y me miró fijo, no podía sacarle los ojos de encima, tenía la pelvis depilada, era hermosa.

    Se fue acercando lento, se subió a la cama, comenzó a rozar su cuerpo contra el mío, sentía como sus tetas recorrían mis piernas, pasaban por mi verga, seguían por mi abdomen hasta llegar a mi cara.

    Se las agarré con ambas manos y se las chupé, las apretaba y le lamía los pezones, hundía mi cara entre ellas, mis manos también recorrieron su espalda, acariciaba sus piernas, le apretaba las nalgas, la punta de la pija le rozaba la concha húmeda, y cuando menos lo esperé ella se dejó caer.

    Le entró toda la verga de una, soltó un grito de placer hermoso, y a su vez comenzó a montarme.

    Subía y bajaba como loca, lo disfrutaba a pleno, sus manos apoyadas en mi pecho mientras ella meneaba las caderas para que la pija entrara y saliera.

    En alguna ocasión yo tomaba el control, le agarraba las nalgas para que ella no se moviera y la empezaba a bombear fuerte y duro, la pija entraba y salía a toda velocidad mientras los huevos me rebotaban sin parar.

    Ella gemía y gemía, me pedía que no parara, que me la cogiera duro.

    Luego de un rato se salió de arriba y se puso en posición de perrito, la agarré de la cintura y nuevamente se la metí.

    Ahora era yo el que dominaba, y así lo hice, la bombeaba fuerte, sus nalgas rebotaban contra mí al ritmo de las embestidas, ella no paraba de gemir, le encantaba.

    Yo le agarraba el pelo y era cuando más lo disfrutaba, le fascinaba que yo tomara el control, seguía y seguía cogiéndola sin parar, alguna que otra nalgada le di y le gustaba.

    Cambiamos de posición un par de veces más hasta que me dijo con la voz totalmente agitada:

    —Haceme la cola.

    La miré fijo, con la pija toda mojada y dura. Ella se arqueó, se puso en cuatro de nuevo y abrió bien las piernas, se llevó una mano a la cola y se la abrió apenas, dejándome la vista de ese ojete apretadito.

    Me acomodé atrás, le escupí el culo y con la punta de la pija la empecé a rozar despacio. Ella gemía, se mordía los labios, estaba desesperada.

    Empujé despacio, su culo la fue recibiendo de a poco, sentía cómo se le iba abriendo el orto mientras yo le iba metiendo la verga.

    Ella soltó un grito fuerte mezclado de dolor y placer, me pidió que no parara. Seguí entrando hasta que la tuvo toda adentro, el calor y lo apretado de ese ojete me volvían loco.

    La empecé a embestir cada vez más fuerte, mis huevos chocaban contra su concha mojada, ella gritaba que le encantaba, que la cogiera por el culo bien duro.

    Le agarraba la cintura y no la dejaba escaparse, mis embestidas eran cada vez más rápidas, ella gemía y gemía, con la cara hundida en la almohada, disfrutando que la rompiera por atrás.

    No podía más, la tenía toda para mí, esa cola redonda rebotando contra mi pija. Yo transpiraba, la miraba y sentía que me iba a acabar en cualquier momento.

    Ella estaba completamente entregada, la tenía en cuatro con la cola bien abierta para mí. Cada vez que se la metía por atrás soltaba un gemido más sucio que el anterior, como si no pudiera decidir si quería que aflojara o que le diera todavía más duro.

    Mis manos le apretaban las nalgas y la pija entraba y salía de ese culo estrecho, bien cerrado, que me apretaba riquísimo. Sentía cómo me la tragaba de a poco, hasta el fondo, y el calor que me envolvía me tenía al borde.

    Ella miraba de costado, con la cara totalmente perdida en el morbo, y entre gemidos me dijo con voz entrecortada:

    —Dame toda la leche adentro del culo, no saques la pija… llename bien.

    Esas palabras me volvieron loco. La seguí bombeando con fuerza, dándole nalgadas, hasta que sentí que ya no aguantaba más y estallé adentro de su cola, acabando con toda la leche en ese orto caliente, mientras ella apretaba el culo con fuerza para que no se escapara ni una gota.

    Después de la intensa sesión, nos quedamos un rato sobre la cama, respirando aún agitados, con los cuerpos entrelazados y las manos recorriéndose suavemente.

    La música de fondo se había apagado, pero el calor permanecía, abrazados y compartiendo sonrisas cómplices.

    Ella rompió el silencio con una voz suave y seductora:

    —Si querés, podés quedarte, así podemos arrancar muy bien la mañana.

    Sonreí, y sin pensarlo dos veces le dije que sí. Nos acomodamos juntos, encontrando la posición perfecta para dormir, con la sensación de haber compartido algo profundo y carnal a la vez.

    Mientras me quedaba dormido mi mente aún ardía, imaginando cómo sería despertar junto a ella y dejar que la pasión de la mañana nos desbordara de nuevo.

    Pronto lo iba a descubrir, pero eso lo dejo para otro día.

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