Autor: admin

  • Que gozada con una trans

    Que gozada con una trans

    Me hacía ilusión estar con un travesti. Yo tan solo había probado con mujeres y mucho más tarde con hombres. Mi inclinación hacia el mundillo gay era evidente en los últimos meses y ya no me atraían mucho los masculinos porque había estado con varios de ellos. Pensaba en tener una fantasía con un travestido y al final lo conseguí.

    Miré en uno de los periódicos más leídos de mi provincia y al final encontré un anuncio de uno de ellos se hacía llamar Andrea, decía que le gustaban mucho los juegos amorosos y que ofrecía todo tipo de servicios en su casa. Tras contactar telefónicamente con Andrea quedamos a una hora y tras pagar lo estipulado por una hora -el precio era similar al que se cobra por este servicios en los clubes de alterne que suelo frecuentar- donde sin embargo no llegué a ver ningún travestido, o bien hermosas mujeres u hombres en los lugares a donde acudo.

    Llegué y tras tocar me abrió su casa, un modesto y acogedor piso en una calle céntrica de la capital y allí estaba ella. Me deslumbró su boca y sus enormes labios –que gusto me dije como la tiene que chupar pensé- y ataviada con ropa de niña escolar llevaba una falda muy cortita y una blusa blanca con un gran escote, sus medias cubrían sus largas y depiladas piernas y con una voz un poco ronca, se notaba que era un varón, me invitó a pasar al salón comedor.

    —Bueno que quieres hacer me espetó.

    Yo ya estaba a cien y tras colocarme en el sofá del salón principal la dije que llevara ella la iniciativa. Me miró a los ojos seriamente y me besó en la boca. Me quedé alucinado. “Desvístete” me ordenó, mientras ella se quitaba sus pertenencias: la blusa y la corta faldita a rayas y dejaba una minúscula tanga donde apenas se percibía su pollita.

    Yo me quedé solo con el slip donde ya se notaba un considerable bulto de mi herramienta y me quedé contemplando su escultural figura. De gran altura, calculo un metro sesenta y unos brazos muy corpulentos y grandes que contrastaban con su cuerpo donde sobresalían unos pequeños senos y una figura delgada toda depilada y sin apenas vello.

    Comenzó a darme lametones con su lengua y sus grandes labios por todo mi cuerpo, me hacía cosquillas sobre todo en mi pecho y pronto me llegó a la zona del pene donde tras bajarme el slip se dedicó a chupar y a lamer con asiduidad. Su lengua era viperina como la de las serpientes, nunca me habían dado tanto placer, estuvo diez minutos chupando mientras yo le pedía más y más y no dejaba que su nariz y boca se alejasen de esa zona.

    Ella seguía con su tanga y yo le manoseaba sus senos y pasamos a hacer un 69. Su pollita no era muy grande, pequeña y juguetona me dijo, me la introduje en mi boca y se la chupé sin parar. Ella me hizo lo mismo y ambos disfrutamos un buen rato.

    A punto de venirme le dije que parase y se dedicó a mi culito. Por espacio de varios minutos estuvo lamiéndolo y comenzó a meter sus deditos con gran maestría. Dice que le apetecía penetrarme. No tuvo que dedicarle mucho tiempo porque su polla no era muy gruesa y sin apenas dificultad me la ensartó y sentí una gran ola de placer. Que gusto me decía mientras me follaba, en apenas diez minutos se vino dentro de mi intestino con varios trallazos de leche muy caliente que sentí y que me llevaron a que mi polla se pusiese de nuevo en vanguardia, todo ello aderezado con besos, caricias y juegos entre ambos.

    Yo seguía con el sable tieso y pasé a follarla, tampoco me fue muy difícil pues estaba acostumbrada a que se la metieran por detrás, mi polla es normal mide 16 centímetros y no es muy gruesa por lo que también se coló en su agujero sin apenas sufrimiento. Tras varias embestidas que resultaron muy placenteras para ambos se la saqué ya que me pidió que eyaculara en sus senos pues quería probar mi lefa.

    Se la saqué y tras varios meneos le arrojé toda la lechita en sus senos que eran muy redonditos y duros como piedras. Los tenía muy erectos, mientras su pollita estaba de nuevo tiesa y la tenía circuncidada.

    Fueron varios los chorros de esperma que le eché sobre sus tetitas y que ella con su mano extendió por el resto de su cuerpo, incluso se llevó alguna a su boca porque el esperma me dijo le volvía loca.

    Me volvió a limpiar la polla con su sensual lengua y con sus enormes labios me volvió a dar un pequeño masaje en mis genitales comenzando también una suave paja en todo mi pene. “¿Quedaste a gusto con mi servicio?” me preguntó. “Si, muy bien, eres una experta en lamer y dar placer” la dije, mientras ella me volvía a besar en mi boca y vi en sus ojos una gran satisfacción.

    “¿Piensas volver?” me dijo. Una vez acabé de vestirme. “No llegó a la hora ha faltado poco”, me aseveró. “Está bien, la contesté, que sepas que he gozado mucho contigo Andrea y espero verte pronto de nuevo”.

    Hace unos días volví a visitar el lugar y Andrea ya no estaba, su anuncio del servicio ya no viene insertado en el periódico, sus vecinos me dicen que se fue de allí sin dejar rastro y a veces pienso que todo ha sido un sueño, pero no, fue una gran realidad y he de decir a ciencia cierta que el morbo y el placer de Andrea superan todas mis aventuras en clubes de alterne y visitas efectuadas en los últimos años.

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  • Mi hijo pequeño y mi cuñada

    Mi hijo pequeño y mi cuñada

    Tras mi trio con mis hijos, y la aclaración de las relaciones que mantenía con ellos tuvimos una agradable conversación, en las que nos contamos lo que hasta ese momento no nos habíamos contado, y hubo una cosa que sorprendió a mi hijo pequeño:

    -¿De verdad follais con la tía?, Nos preguntó

    También lee contamos nuestra idea de llevarla al incesto con su hijo, cosa que a él pareció encantarle, pero antes tenía un deseo.

    -Quiero follarmela yo primero, nos dijo.

    Tanto a mi hijo mayor como a mí nos pareció una buena idea, y le sugerimos ideas para llevarlo a cabo, él llamó a su tía, diciéndole que quería conocer su opinión sobre una cosa, pero que era algo íntimo, y era mejor que estuvieran solos, quedaron para la tarde siguiente, dejemos que sea él quien cuente lo sucedido:

    Había quedado esa tarde con mi tía, pese a que había tenido experiencias con mujeres maduras, estaba igual que nervioso que se hubiera sido mi primera vez, fui muy puntual y llegué a la hora convenida, la tía me abrió la puerta, y sonriéndome me dijo que efectivamente estábamos solos, por lo que podíamos hablar con tranquilidad, después me invitó a pasar al salón y sentarme en el sofá, llevaba una blusa de rayas blancas y negras y una falda, de este último color, que dejaba ver sus preciosas piernas y unas medias de color carne, nada más sentarnos me preguntó:

    -Cuéntame lo que te ocurre, cariño.

    -Veras tía, le dije, es que tengo 18 años y aún no he hecho nada con las chicas, l mentí jajaja, pero quiero empezar a salir con ellas y me preocupa una cosa, ¿Tu crees que mi polla es lo bastante grande para atraer a las chicas?, le pregunté.

    Y antes de que ella tuviera tiempo de reaccionar me baje los pantalones y el short dejando mi polla al aire, ella se quedó mirándola, se la notaba que le gustaba, me dijo:

    -Cariño, tienes una polla de buen tamaño, seguro que va a gustar mucho a las chicas.

    -Pero tía, dije yo, aún no la tengo bien dura, acaríciamela, para que se me ponga en condiciones y luego opinas.

    Mi tía sonrió y dijo:

    -Está bien mi niño, pero este debe ser nuestro secreto, si se entera tu tío nos mata.

    Llevó su mano hasta mi polla y comenzó a acariciarla, mi polla se puso a tope, mi tía estaba excitada y llevó su cabeza hacia la mía, y nos fundimos n un beso profundo y apasionado, por fin se iba a hacer realidad uno de mis sueños pajilleros, parece ser que también el de mi hermano mayor, jajaja, tras el beso yo le pedí:

    -Tiita querida, ¿Por qué no me la chupas, como seguro que se la chupas a mi tío?

    -Está bien mi amor, dijo ella, lo hare, pero te repito que este debe de ser nuestro secreto.

    A continuación, me pidió que me pusiera de pie, ella se desabrochó la blusa, dejando al descubierto un precioso conjunto de lencería azul, me parecía la mujer más sexy del mundo y me dijo:

    -Como voy a disfrutar comiéndome esta polla tan rica.

    Primero se quitó el sujetador dejando al aire sus impresionantes tetas. Después me pasó su lengua a lo largo de toda mi polla, ni en mis pajas más calientes había disfrutado tanto, así que comencé a gemir, ella al verlo me preguntó:

    -¿Te gusta lo que te hace tu tía?

    La verdad es que estaba disfrutando a tope, y así se lo dije y luego añadí:

    -Mi tío debe de pasarlo de maravilla, si le haces esto todos los días.

    Ella dejó de chupármela un momento, se rio y me respondió:

    -Cariño, con tu tío esto casi ni lo hago, la verdad es que su polla ya no me apetece tanto.

    Y me la siguió chupando, en ese momento me sentía en la gloria, pero mi polla deseaba pasar a la fase siguiente, ella pareció adivinarlo y me dijo:

    -Cariño, ¿Te apetece que la tía te desvirgue?

    Yo me sentía en la gloria, no pensaba decirle que ya tenía cierta experiencia, así que acepté su oferta, ella dejo de chupármela y me pidió, que me quedará sentadito, muy relajado, le indiqué que tenía un condón en uno de los bolsillos de mi pantalón, ella lo cogió y me lo puso, después se subió encima de mí e introdujo mi polla en el interior de su coño, llevaba razón mi hermano cuando me dijo que el coño de la tía era muy caliente, ella se puso a cabalgarme a un ritmo divino, desde luego, pese a lo que ella dijera el tío me daba envidia.

    Cuando se cansó de cabalgarme en esta postura, sin sacármela se dio la vuelta y siguió follandome, en esta postura no pide evitar llevar mis manos a sus tetas y comencé a acariciarlas, ella al ver como lo hacía me dijo:

    -So cabrón, me has mentido, tocas las tetas tan bien que esta claro que no soy la primera mujer a la que se lo haces, se rio y añadió, pero me encanta como lo haces.

    Yo también me reí y seguí acariciándola sus divinas tetas, mientras la decía, tía te adoro.

    Después bajé una de mis manos y me puse a acariciar sus muslos, ella gemida de una manera muy intensa, mientras seguía ocupándose de mi polla, yo estaba alucinando, ella me dijo:

    -Mi amor me corro.

    Fio un fuerte gemido y sentí como su coño se humedecía de una manera muy intensa, se salió, se puso a cuatro patas y sonriendo me dijo:

    -So sinvergüenza, ya que o eres virgen demuéstrame lo que otras te han enseñado.

    Y se puso a a cuatro patas encima del sofá, dejándome en primer plano una visión maravillosa de su coño y de su culo, por supuesto se trataba de un regalo que no iba a desaprovechar, así que me puse detrás de ella y de un golpe la introduje mi polla, nuevamente, en el interior de su coño, y comencé a moverme, ella al sentirme se puso a gemir y dijo:

    -Que bien follas so cerdo, jajaja

    Yo me puse a marcar el ritmo que tanto encantaba a mi madre, y ella se puso a gemir de una manera muy intensa, no había duda de que la tía era una mujer muy sensual y que mi hermano mayor había acertado al seducirla, ella me dijo:

    -Quien lo hubiera pensado de un mocoso como tú.

    Note como su excitación iba en aumento, hasta que se corrió, mientras yo continuaba con mi polla en su interior, ella debió de notar que me iba a correr, pues dijo:

    -Mi amor, me encantaría que nuestra primera vez fuera entre mis tetas.

    Las tetas de mi tía eran impresionantes, así que me decidí a complacerla, me salí de su coño y me puse de pie, ella se levantó del sofá y se colocó de rodillas a mi lado, yo me quité el condón y me puse a acariciarme la polla con la mano, hasta que me corrí y mi leche fue a parar a sus tetas.

    -Ella se la restregó por su piel y volviéndome a sonreír me propuso:

    -Cariño, vayámonos a mi cama.

    Cogidos de la mano me condujo al piso superior del chale, donde estaba su dormitorio., allí se tumbó en la cama, yo le pedí que abriera bien sus piernas, me tumbé sobre la cama, y arromando mi cabeza a su coño, introduje mi lengua dentro de este, mi tía al sentirlo dijo:

    -So cabrón que bien lo haces, desde luego, para nada eres virgen, pero lo comes tan bien

    Mi lengua saboreaba cada uno de los rincones de ese apetitoso coño, me encantaba comérselo, hasta que ella dijo:

    -Cariño, me estás haciendo muy feliz, deja que te devuelva el regalo.

    Apartó mi boca de su coño y me hizo tumbarme boca arriba sobre la cama, en esta ocasión fue ella la que acercó su boca a mi polla y dijo;

    -No sabes las ganas que tengo de comerme esa polla tan deliciosa.

    Y cogiendo mi polla con su mano la llevó hasta su boca, y la introdujo en su interior, lo que me hizo sentir en ese momento era más propio de una diosa, su lengua parecía entrenada para volver loco de placer a cualquier macho, yo le dije:

    -Tía eres divina, que envidia me da el tío, seguro que se la comes todos los días.

    Ella se rio y dijo:

    -Cariño, de joven lo era, pero ahora se esta haciendo viejo y estas coas le apetecen cada vez menos. Y luego cariño, parece que tu polla ya esta obra vez en forma, debemos de volver a follar

    En ese momento abrió un cajón de su mesilla y dijo:

    -Esta vez invito yo.

    Le pregunté si no tenía miedo de que mi tío se diera cuenta, ella me respondió:

    -Para nada, mi amor, el no se fija en eso, no sabe si hay mucho o pocos,

    Cogiendo uno me lo puso en mi polla, y tras hacerlo se puso encima de mí, y, nuevamente colocó mi polla a la entrada de su coño y comenzó a moverse, lo hacía de una manera alucinante, me estaba volviendo loco de placer, yo sentía que la adoraba, ella se agachó un poco y nuestros labios se juntaron y nos besamos apasionadamente, Estuvimos en esta posición un rato, noté como ella se corría, y la humedad de su coño llegó hasta mi polla, pese al condón, pero ella siguió encima de mí, hasta que logro que me corriera, cuando vio que estaba a punto, se levantó y se arrodilló en el suelo.

    Yo comprendí que quería que yo hiciera lo mismo, cuando me tuvo de pie, agarró mi polla con sus manos y dio, riendo:

    -Vaya con el niñato virgen, eres un gran follador, de virgen nada, jajaja.

    Después me quitó el condón y se puso a chuparme la polla hasta que me corrí, se tragó toda la leche que pudo, después se la sacó y con su lengua se puso a chupármela, era extremadamente delicioso, me la dejó completamente limpia, pero ante este tratamiento mi polla reaccionó y se puso nuevamente dura. Ella dio:

    -Parece que tu cosa quiere seguir jugando.

    Se tumbó en la cama con las piernas bien abiertas, yo me puse otro condón, ella me pidió que me la follara estando de pie, yo lo hice y desde esta postura volví a meter mi polla en ese lugar tan delicioso, ella volvió a gemir de una manera muy intensa, mientras me decía:

    -Eres un follador increíble, mi amor, me estas volviendo loca de placer.

    Yo seguía follandomela, comprendía porque mi hermano estaba encantado de hacerlo. Me agaché, quería chupar sus tetas, que tenía cerca de mí, en ese momento ella me dijo:

    -¿Estas cansado? cariño?

    ¿Cómo iba a estar cansado de follar con ella? Yo tenía ganas de seguir haciéndolo hasta que mi polla me dijera que no podía más, pero pensando el motivo de su pregunta la cuestioné al respecto, ella me dijo:

    -¿So cabron te apetece follarme de espaldas? aquí me tienes.

    Tenía ganas de hacerlo en cualquier postura, así que acepté. Me salí de ella, y mi tia se dio la vuelta y levantó un poco las piernas para dejar al descubierto, desde su espalda, su coño, era un espectáculo maravilloso, yo me puse detrás de ella, de pie y desde esa postura introduje mi polla en el interior de su coño y me dispuse a llevar el ritmo que mi madre me había enseñado, ella gemía, y me dijo:

    -Cada vez me sorprendes más, follas como un experto,

    Y mientras seguía gimiendo, mientras me decía cosas, como:

    -Mi amor me vuelves loca, te adoro,

    Yo seguía atacando su coño desde atrás, y me sentía el hombre más afortunado del mundo.

    Noté como ella se corría y seguí dándole caña, adoraba ese coño, y notar como mi polla chocaba con los cachetes de su culo le daba más excitación al asunto, y seguía así hasta que una sensación de gran placer, en ese momento mi tía me dio una nueva sorpresa cuando me propuso:

    -¿Te gustaría metérmela por el culo?

    Sabía que se lo había con mi hermano, pero debía de hacerme el sorprendido y le dije:

    -¿Tiita lo haces por ahí?

    -Mi amor, dijo ella, a mi me gusta hacerlo por todos los sitios.

    Acto seguido se tumbó sobre la cama y levantando sus brazos y sus piernas se puso a cuatro patas, parecía una leona, me puse detrás de ella, y una maravillosa visión de su culo, mi polla al contemplarlo se puso a mil, así que me puse detrás de ella, de rodillas y de un golpe se la metí:

    Nada más recibirla ella se puso a gozar, se ve que mi hermanito, o algún otro habían abierto muy bien el camino, sus gemidos fueron aumentando, demostrándome lo mucho que le gustaba tener mi polla en su interior, así que seguí moviéndome, sus gemidos iban en aumento, hasta que llegó un momento en que me dijo:

    -Mi amor me corro.

    Continue follandole el culo, pero llevé una de mis manos hasta su coño e introduje dos de mis dedos en él, estaba extremadamente mojado, parecía que su dueña se estaba bañando en el mar.

    Fio un fuerte gemido, señal de que se estaba corriendo, consideré necesario parar, me salí de su culo y me tumbé en la cama, ella me besó cariñosamente y me dijo;

    -Muchas gracias, mi amor, llevaba mucho tiempo sin sentir algo así,

    Tardó un momento en recuperarse, y llevó una de sus manos hacia mi polla y la acarició, después añadió:

    -Tu polla no ha descargado dentro de mi culo, y me muero de ganas de que lo haga, pero deja que yo elija la postura.

    Me pidió que me tumbara sobre la cama, y sub saber cómo, a la vez que se sentaba, volvía a encajar mi polla en uno fr sus agujeros, en este caso el culo, y sentada sobre mi, comenzó a subir y bajar su trasero, llevaba un ritmo maravilloso, yo estaba experimentando una sensación de placer increíble

    Mientras yo veía sus tetas, que eran divinas, y otra vez, no pude resistir la tentación de acariciárselas, ella gemía de una manera muy intensa, pero en ese momento sentí la necesidad de ser yo quien llevara el ritmo, y la pedí que se pusiera debajo, para mi sorpresa pudimos hacer el cambio, sin que mi polla abandonara el paraíso de su culo, nuevamente sentí la necesidad de besar su boca y después la dije:

    -Tía te adoro.

    Mientras la decía esto seguía follando con ella, intentaba no correrme porque quería que este momento se prolongara lo máximo posible., pero todo tiene un límite y no pude evitar correrme y mi semen inundó su polla, ella al sentirlo me besó nuevamente y me dijo:

    -Mi amor me has hecho muy feliz, espero que sepas guardar nuestro secreto, y así lo podremos hacer de vez en cuando.

    -Por supuesto tía, le respondí.

    Sabía que mi primo se lo hacia con mi madre y en cierta manera esta era una forma de vengarme, pero era una manera deliciosa.

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  • ¡Me descubrieron!

    ¡Me descubrieron!

    Tenía que suceder. Dice un refrán popular: tanto va el cántaro al pozo, hasta que se queda adentro. Y eso pasó. Tanto me arriesgué con mis aventuras con mis amigas, con Miguel, con Raúl y algunas veces con Luisito (ya les contaré de él), que mi novio, bueno, más bien, mi ex novio Víctor, me sorprendió en una de esas con Miguel, mi empleado-amante de la verga descomunal.

    Y lo peor de todo es que se sintió lastimado en su orgullo y amor propio, pues a pesar de que su instrumento no es nada despreciable, comparado con el de Miguel podría decirse que es un calibre 22 contra un 45, hablando en términos de armería. Claro está sabiendo utilizarla, una pistola calibre 22 es igual de fatal que una 45, pero el agujero que dejan es muy diferente.

    Les narro cómo sucedió este terrible suceso.

    En mi tienda de lencería tengo un privado secreto, que es en el que tengo mis encuentros íntimos, y al que sólo tenemos acceso mis ocasionales acompañantes, Víctor, y yo, pues prácticamente está fuera de la tienda y tiene acceso por el baño de mi oficina y por el callejón de servicio de los demás locales, así que ni mis empleadas saben de este rinconcito para el amor.

    Pues bien, como ustedes saben, soy una ninfómana, si este término cabe para un travestido como yo, deseoso casi siempre, de tener sexo. Así que haciéndole una seña convenida a Miguel (Miguel es el chofer de reparto de mi tienda), lo cité en el privado, pero que entrara por fuera. Yo llegué poco después que él, en lo que atendía unos asuntos y diciéndole a mis empleadas que iba a descansar un rato a mi oficina y que no me molestaran por ningún motivo.

    Total que cuando llegué, Miguel ya estaba dispuesto tendido en la cama, desnudo y con una erección tremenda. Su verga mide alrededor de veintidós centímetros de longitud y una circunferencia de poco más de diecisiete, es pues, un arma demoledora y que más de una vez me ha hecho llorar de dolor, pero que después me hace llorar porque se retira. Con dificultad puedo meterla en mi boca y sólo una tercera parte.

    Golosamente me acerqué a su lado y besando todo su cuerpo, fui bajando hasta llegar al cetro divino que la naturaleza le obsequió. Lamí y besé su inmenso glande, hasta lograr que expulsara un poco de líquido preeyaculatorio, que libé con verdadera ansia.

    No pude esperar más, y lubricando generosamente toda su verga y embarrándome en el culo también bastante lubricante, me acaballé en cuclillas sobre el largo y grueso mástil, y abriendo con ambas manos mis regordetas nalgas, fui descendiendo lentamente, hasta sentirlo en las puertas de mi cálido hoyito. Mordiéndome los labios, descendí un poco más y sentí el tremendo bálano abrirse paso a través del esfínter, cosa que como siempre, arrancó de mis labios algunos gemidos de dolor y de mis ojos brotaron algunas lágrimas.

    Una vez acomodada la inmensa verga en el camino, y yo ya soportándola en todo su estupendo grosor, me dejé caer, literalmente, en esa dulce macana. No crean que es fácil hacerlo, pues al principio se siente como una invasión extrema, de esas que parece que le van a reventar a una toda su cajita olorosa. Pero una vez acomodado y, sobre todo, aceptado es puro gozar. Y así estaba yo, gozando de lo lindo entre gemidos, pujos, gritos y demás aspavientos, estacándome en esa portentosa polla que casi me salía por la boca, cuando se abre la puerta y entra ni más ni menos que mi novio oficial: Víctor.

    Se quedó parado bajo el dintel de la puerta, como dudando en aceptar que era yo la que estaba ensartada por otra verga que no fuera la de él. Yo dejé mis gritos y movimientos y me quise separar de Miguel, quien no dejaba de moverse bajo mí; pero no podía librarme del miembro que tenía clavado entre mis nalgas. Al fin, saliendo de su estupor, Víctor se acercó a la cama y me dio una bofetada que me hizo saltar sangre de la boca, al tiempo que me llenaba de improperios, siendo el más frecuente el que más me agrada: puta.

    Como era imposible negar lo obvio, me rehíce y enfrentándolo le pregunté: “¿Qué, también vas a querer comisión por esto, o sólo a los clientes que tú me traes les cobras?”. Sin decir una palabra, se bajó los pantalones y la trusa, y tomando su verga en la mano me la acercó a la cara y con la otra mano hizo que bajara mi cabeza y me la zampó en la boca. No sabía, a estas alturas, si Víctor lo estaba aceptando o solamente me estaba tratando de humillar. No regateó palabras cuando le estaba dando placer con mi boca, diciéndome cosas como:

    -¡Anda puta, mama bien, que tu amante vea como gozas con las dos vergas!

    -¿Ves cómo se mueve esta grandísima puta?, ponla a trabajar, que le encanta la verga, sacaría bastante dinero; le decía a Miguel.

    Para esto, Miguel había vuelto a su encantador trabajo, metiendo y sacando su tremebunda verga de mi lastimado, pero satisfecho, culito; y yo con las dos vergas horadando mi cuerpo, que sin embargo pedía más y más. En un momento dado, Víctor eyaculó en mi boca y sin más ni más la retiró, y acomodándose su ropa sólo me dijo:

    Adiós puta, que te aproveche. Miguel y yo, desde luego nos quedamos cogiendo otra media hora, hasta quedar satisfecho él (yo me quedé con un poco de deseo).

    Le pedí que se fuera a trabajar, pues necesitaba pensar un poco en lo que acababa de pasar, pues de una forma u otra, mi afecto hacía Víctor era muy arraigado; a pesar de lo que sucedió una vez.

    Sentada en el borde de la cama; esa cama testigo de tantas caricias, placeres, dichas y gozos, era ahora testigo de una situación triste, tal vez dolorosa. Yo me sentía un poco inquieta, pues intuía que lo de Víctor y yo era el fin; el fin de seis años de relación un poco sadomasoquista, pues habíamos pasado por algunas experiencias que dejaron alguna huella en mí. Huellas de sabor dulce algunas; amargas las más.

    Pero al fin y al cabo, era una relación que sobrevivió a pesar de algunas cosas crueles (siempre por parte de Víctor), y que yo siempre le perdoné. ¿No podría él perdonarme esta vez?, lo dudaba, pues siempre fue el macho, el que no perdona aun sin recordar la ofensa, el que su palabra es ley, el que determinaba lo que se debía hacer.

    Y ahora: ¿Qué?. Esa pregunta rondaba mi cabeza como moscardón. ¿Qué iba a ser de mí?, ¿Quién me iba a rodear con sus brazos en las noches frías?, ¿Quién a darme sexo cuando lo deseara?, ¿Quién a tolerar mis caprichos de niña mimada?. Espantando el moscardón de un manotazo metafórico, me recosté en la cama y comencé a soñar…

    “Yo, una verdadera mujer, rodeada de vasallos aduladores, yo, recostada en un diván forrado de seda recibiendo la pleitesía de infinidad de ricos y galantes señores que venían de lejanos países, a entregarme regalos esplendorosos: Joyas increíbles, pieles fantásticas, perfumes enervantes. Y yo, ahíta de todo eso, sólo los despreciaba.

    Mi avidez era por otra cosa, por algo más disfrutable, algo mas humano: Un pene, un simple pene que me satisficiera, que me quitara esas ansias de gozar que constantemente me asaltaban. Un pene eternamente erecto, eternamente eyaculante, un pene del tamaño que me llenara completamente, que no dejara una parte de mi organismo sin tocar, un pene que me pusiera como funda y que me hiciera sentir parte de él. Rodearlo completamente, que completamente me atiborrara, que me preñara, que sintiera su leche desbordarse por mi boca, que me hiciera sentir mojada en todo mi interior.

    Eso era lo que deseaba, y sin embargo, nadie era capaz de proporcionármelo. Veía las filas de candidatos a mis favores y no encontraba a nadie que cumpliera mis expectativas. Además de los presentes que llevaban en sus manos, o que llevaban sus criados, todos marchaban con sus vergas en ristre. Desde las minúsculas pero perversas de los japoneses, hasta las gruesas como brazos y henchidas de semen de los negros de Camerún. Sin embargo las veía a todas incapaces de brindarme el placer, la saciedad que yo necesitaba.

    Mi vista recorría ya en forma compulsiva todos los que venían hacia mí. Ninguna de esas vergas me parecía suficiente para calmar mi furor. Me sentía como una enorme estrella que venida a apagarse, era un hoyo negro de antimateria capaz de devorar todo lo que estuviera a su alrededor. Sentía mi culo y mi coño como si fueran verdaderos hornos deseosos de que los alimentara con leña constante para seguir produciendo el calor que el universo, mi universo, necesitaba.”

    Desperté de este sueño que en modo alguno consideré premonitorio, pues jamás a pasado por mi cabeza la reasignación sexual, así que debo buscar otro significado (si es que lo hay). Mi preocupación seguía siendo mi relación con Víctor; pues en realidad me es muy difícil pensar que conclusión va a tener esta ¿aventura?. A juzgar por el tono de voz de Víctor, al retirarse del departamento, esta separación va a ser definitiva, así que mi vida va a tomar otro derrotero.

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  • Sexo en la oficina con mis compañeros de trabajo

    Sexo en la oficina con mis compañeros de trabajo

    Eran las 7 y media de la mañana de un sábado. El equipo de trabajo compuesto por unas cuantas personas había quedado en la oficina para finalizar un trabajo urgente. Jorge era la primera persona en entrar por la puerta de la oficina. Se sentó en su silla a esperar al resto de sus compañeros. Le dolía la espalda, no había dormido bien esa noche con la preocupación de que le depararía la mañana siguiente en el trabajo. Tanto quebradero de cabeza se había traducido en un ligero malestar en sus hombros.

    Al cabo de unos minutos apareció Eva, que se dispuso a hacer lo mismo que Jorge, encender su ordenador y esperar a que llegase el resto de sus compañeros. Mientras charlaba amistosamente con Jorge, notó de que algo en él no iba bien y le preguntó por ello. El chico le comentó cómo le dolía la espalda y ella se ofreció a darle un masaje, a lo cual Jorge accedió encantado.

    Al contacto de sus manos en los hombros de Jorge, notó como de repente su coño se empezaba a humedecer y no pudo hacer otra cosa que seguir sus instintos… Le acarició los hombros suavemente mientras él seguía sentado en su sitio, le acarició el pecho y empezó a besarle el cuello y a quitarle la camiseta. Temía su reacción, pero curiosamente él no se opuso en ningún momento a los oscuros deseos de su compañera.

    Ella siguió besándole el cuello mientras notaba como sus pezones se ponían duros y su coño se bañaba totalmente en su flujo. Siguió besándole el cuello, las orejas,.. acariciándole el pecho, la tripa… todo lo que sus manos podían alcanzar. Él llevaba unos vaqueros debajo de los cuales se notaba el bulto que su polla había empezado a crear.

    Eva tenía unos deseos inmensos de liberarle de aquel pantalón, así que le hizo levantarse de su asiento y le bajó los pantalones lamiéndole la polla que para entonces estaba ya muy dura. Ella solo tenía ganas de que le follara sin miramientos. Habían perdido la noción del tiempo y del espacio, hasta que de repente apareció Ana por la puerta.

    Aquella chica siempre había tenido pinta de golfa, así que bajo todo pronóstico, no se sorprendió de lo que estaba viendo y se unió a la fiesta que allí estaba montada. Entre las dos chicas le chuparon la polla a Jorge, que gemía de placer mientras acariciaba las tetas de una y de otra, dispuesto a follarlas en cualquier momento. Eva se abrió de piernas encima de la mesa y Jorge le penetró fuertemente como si llevara muchísimo tiempo deseando que llegara ese momento. La follaba sin descanso dispuesto a correrse dentro de ella mientras Ana le acariciaba a Eva los pezones y se los chupaba.

    Ella también quería que Jorge la penetrara, pero parecía que aquello no estaba en los planes de su compañero que seguía follándose a Eva que jadeaba sin control. Cuando se cansó de follarla en aquella postura la puso a cuatro patas y se la metió mientras le acariciaba las tetas y le agarraba el culo fuertemente. Él la embestía una y otra vez mientras Ana se masturbaba mirando la escena.

    Por suerte para Ana, apareció otro de sus compañeros por la puerta, Arturo. Cuando vio a Ana desnuda en mitad de la oficina hundiendo los dedos en su coño, ni siquiera se percató de la pareja que estaba follando a su lado y fue directamente hacia ella para empezar a acariciarla de arriba abajo hasta llegar a su coño húmedo. Ella no opuso resistencia en ningún momento, y se dejaba tocar dispuesta a que él se quitara los pantalones y la camiseta para poder acariciarle entero. Siempre había habido un rollo especial entre ellos, y este era el momento de culminarlo.

    Ella disfrutaba de sus caricias mientras sus pezones se ponían durísimos y toda su piel se erizaba. Él no podía apartar las manos de su cuerpo notando como su polla se endurecía con cada caricia que ella le daba. La puso contra la pared y subiéndole la falda que ella llevaba la penetró con fuerza. Ella gritó de placer y los dos empezaron a follar haciendo temblar la pared con sus movimientos.

    Sudaban juntos y no podían separar sus cuerpos sedientos el uno del otro. Ana se dio la vuelta y hundió su lengua en la boca de Arturo y se propuso a bajar por su cuerpo para lamérsela despacio mientras le miraba. Se la chupaba lentamente intentando darle el máximo placer para que él se volviera loco de ganas de metérsela de nuevo.

    A las dos parejas les gustaba mirar como follaba la pareja contraria, eso les ponía más cachondos todavía y daba rienda suelta todavía más si cabe a su pasión.

    Pero los compañeros restantes no tardarían en llegar. Llegaron los cinco juntos, eran Elena, María, Juan, Roberto y Xavi. Se quedaron muy sorprendidos al ver a las dos parejas follando, nunca habían visto nada parecido. Las chicas parecían muy cortadas, mientras ellos no podían quitar la vista de sus compañeros que tenían sexo sin parar.

    La reacción de ellos no podría haber sido otra que ponerse cachondos al instante, con lo que cada uno se empezó a tocar a si mismo, masturbándose como si estuvieran delante de una película porno.

    Lo más sorprendente de todo fue que las chicas se unieron cada una a una pareja.

    María se unió a la pareja de Ana y Arturo. Se desnudó y se abrió de piernas sin pensárselo para que Arturo la follara, lo que él hizo al instante viendo como sus tetas se movían al compás de sus movimientos. Le encantaba ver como su polla se hundía en el coño de aquellas chicas, primero en el de una, luego en el de otra, notar el roce de sus huevos con el coño de aquellas chicas, oírlas gemir de placer gracias a él. Verlas humedecerse al contacto de su polla, verlas excitarse tanto hasta correrse encima de sus tetas, mientras ellas se corrían al ver como todo su esperma salía de su polla.

    Elena en cambio, se unió a la pareja de Eva y de Jorge. Jorge seguía penetrando a Eva como si le fuera la vida en ello, pero al ver a Elena junto a él no pudo hacer otra cosa que decirle que se quitara la ropa y mandarle que pusiera su coñito en la cara de Eva, para que ella pudiese chupárselo mientras él seguía follando con Eva. Y Elena así lo hizo, se puso como Jorge le había ordenado y Eva comenzó a lamerle el coño. A Jorge aquello le excitaba tanto que se movía más si cabe, sumiendo a Eva en un placer inmenso. Jorge no podía más y se corrió dentro de ella. Cuando ella notó su líquido expandiéndose dentro de ella, aquello le pudo más que cualquier otra cosa y se corrió como nunca se había corrido.

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  • Mi amante

    Mi amante

    Apenas había anochecido en aquel invierno. El sol recién se había ocultado. Llamé a tu timbre y esperé a que bajaras a abrirme la puerta. Te besé en los labios y subimos a tu apartamento. En el trayecto intercambiamos algunas palabras sobre las actividades que habíamos hecho ese día. El lugar me recibió cálidamente, con aroma a libros provisto de una luz tenue. Luego de entrar me despojé de mi abrigo y otras pertenencias y nos besamos nuevamente. Esta vez el beso fue más prolongado, más profundo. Me condujiste a tu habitación aquella que ya tantas veces había cobijado nuestros cuerpos y toda su pasión.

    —Desnúdate. Quiere verte desnuda —dijiste.

    Lentamente comencé a hacerlo, sin bailes ni llamativos movimientos. Sólo despojándome de las prendas que habían cubierto de mi cuerpo. Luego me dijiste que te desnudara. El pedido fue cumplido parsimoniosamente. Desprendí cada botón sin premura, deslicé cada manga sintiendo el sonido que emitía al rozar tu piel. Escruté cada detalle, tus lunares, tus vellos, el color de la piel, la manera que mis dedos se deslizaban al acariciarte. Fui cartografiando cada mínimo detalle, cada mínimo pliegue de tu piel. Fui haciendo un croquis mental de las caricias que se irían aproximando.

    Mi boca se apoderó de tu lengua, mis manos recorrieron tu piel, inventaban nuevas caricias, nuevas fantasías. Mis deseos se fueron desplegando, armándose como un gran juego de piezas, como un mecano. Nuestros cuerpos ocuparon la cama y tu boca se desplazó a mi vulva. La rozó tus labios encontrándola inundada lo cual provocó que mencionaras ese aspecto. Y para mí pensaba como no estar empapada si cada vez que pensaba en él mi vagina empezaba a exudar líquidos, sus paredes se separaban, mi útero se elevaba y una sensación de ansías recorría todo mi cuerpo.

    Ahora era la lengua quien se adentraba en la vagina y buceaba con la habilidad de los que lo hacen a decenas de metros, de los que buscan nueva fauna en los arrecifes de coral. Tu boca mordisqueaba los labios mayores, abrían hábilmente los labios menores, masajeaban el clítoris . Los dedos se veían empujados como si en mi interior existiera un imán para tus dedos. Mis manos sujetaban como podían tu espalda.

    Tu cuerpo se movió cambiando de posición y me ofreció tu pene erecto, con su piel suave y su increíble aroma un manjar que no pensaba rechazar. El sabor de tu sexo, más el aroma de tu piel formaban una de las combinaciones aromáticas más sensuales que jamás percibí en un hombre. Deslicé la lengua por el tronco, hice círculos en la cabeza del pene, tome los testículos con mis manos, presioné fuertemente las paredes laterales del pene como tanto te excita. Hundí mi boca permitiendo que entrara en mi boca. Lo sentí rozar las paredes de mi boca, la parte interna de las mejillas. Por su parte te movías haciendo que la penetración fuera más profunda.

    Ahora movía tu cuerpo hacía mí. Te sujeté con fuerza de las caderas y llevé mi boca a tu ano. Cuando se produjo el primer rozamiento, tu boca exhaló un fuerte gemido. Esto provocó mi mayor excitación y comencé a lamer tu ano, a recorrerlo con la lengua, a introducirla dentro suavemente sintiendo como a cada segundo tu excitación aumentaba. La visión que tenía de tu cuerpo era grandiosa, tus nalgas suaves y redondas, tus piernas, tu pene erecto.

    Tú por tu parte me introducías un pequeño consolador en mi ano. Lo ibas introduciendo lentamente provocando que mi esfínter anal se abriera muy despacio tal como me lo habías prometido. Pero eso es cuestión de otro relato.

    Luego de transcurrir un tiempo con estos juegos y caricias te moviste y te sentaste sobre tus nalgas con las piernas flexionadas y colocaste tu pene erecto sobre mis labios menores presionando ligeramente la entrada de mi vagina. La penetración fue suave y comenzaste con el movimiento de vaivén.

    Estaba tan excitada que comencé a decirte al oído lo que quería que me hicieras lo que provocó que como si fueras sumiso de mis deseos los cumplieras. Lo que provocaba que te dijeras más y más cosas. Tus gemidos se fueron haciendo más y más profundos, más enérgicos y un rápido movimiento introdujiste tu pene nuevamente en mi boca y un tu semen invadió mi boca y un beso apasionado nos permitió saborear el fruto de nuestro encuentro.

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  • Julia, la farmacéutica (2)

    Julia, la farmacéutica (2)

    Es por la tarde y acudo a la farmacia. No hace falta que te diga que únicamente voy para ver a la farmacéutica. Desde ayer que he estado pensando todo el rato en ella. Creo que me estoy enamorando. Y que a ella también le gusto. Si no, ella no hubiera permitido que ayer… Aunque es una mujer casada.

    -Hola, ¿usted de nuevo por aquí?

    -Buenas tardes, señor Boscos.

    -¿Qué querría?

    -Yo… esto… ¿no está Julia?

    -Sí, está ahí dentro, atendiendo a un cliente.

    -Ah, ya. Vale.

    -Ya le sirvo yo. ¿Qué necesita?

    -Bueno, es que… yo… ayer…

    -Julia le miró la presión arterial –exclama sonriendo.

    -Sí, y… bueno… hoy…

    -Ella dijo que usted la tenía perfecta.

    -Ya, sí, pero… bueno…

    -¿Quiere que le volvamos a controlar la tensión?

    -Sí, sí. Pero ya me espero a que Julia…

    -Entiendo, vale. Pues siéntese allí mientras atiendo a los otros clientes.

    Al cabo de unos diez minutos, por fin aparece Julia, junto a un señor bastante mayor.

    -Vale, señor Rodrigo, pues quedamos así, hasta la semana que viene.

    -Sí, Julia, eres un sol.

    -Me gusta complacer a los clientes, señor Rodrigo.

    -¡Y a fe que lo consigues! Gracias y hasta el miércoles, guapa.

    -¡Adiós, señor Rodrigo! ¡Oh, hola, don carpintero!

    -¡Hola, Julia!

    -Este caballero lleva un buen rato esperando. Es que has tardado mucho con el señor Rodrigo, Julia.

    -Ya, bueno, sí, pero es que él es muy mayor y… ya sabe, don Boscos.

    -Entiendo, pero, ya ves. Hay mucha cola. Antes de atender al carpintero, tendrás que despachar conmigo a los otros clientes.

    -Sí, sí, claro, don Boscos, lo que usted diga. Don carpintero, usted viene para que le mire la presión ¿verdad? –me guiña un ojo pícaramente.

    -Bueno, yo…

    -¿No le importará esperar un ratito, verdad? Después le atenderé muy bien –se pasa la lengua por los labios. Yo me ruborizo y noto una erección.

    -Me espero, me espero. Haga, haga Julia.

    Después de más de un cuarto de hora, solo quedan dos clientas por atender.

    -Don Boscos, ¿le parece bien que vaya ahora con el señor carpintero a… mirarle la presión?

    -Sí, sí, muy bien, Julia.

    Entramos a la salita por la puerta al lado del mostrador.

    -Estaba deseando que viniera, don carpintero.

    -¿Ah, sí? ¿De verdad, Julia?

    -De verdad. Mire dónde tengo la braguitas. –se las saca del bolsillo y me las enseña– Huélalas, don carpintero.

    Y sí, claro que las huelo. Están muy húmedas y sin duda huelen a su chichi sabroso.

    -¿Quiere lamerlas, don carpintero?

    -¡Sí, sí, por supuesto! –las lamo y las beso y las vuelvo a oler y a lamer. Saben a ambrosía.

    -Bueno, ¿y qué desea? ¿Qué le mire la presión como ayer? –se desabrocha los primeros botones de la parte de arriba de la bata y va descubriendo su irresistible escote.

    -Ayer me encantó. Solo he pensado en ello toda la noche y todo el día, Julia.

    -Sí, ya vi que le gustó –sigue desabrochando botones y muestra el ombligo y ya el pubis y… sí, se abre la bata completamente y me lo enseña todo– Pero debo decirle, don carpintero, que… solo la primera vez es gratis.

    -¿Cómo?

    -Que le puedo atender muy bien, cómo usted desee y lo que desee, y siempre que desee, pero que… no es gratis.

    -Pero… yo… usted… ayer…

    -A ver, me encantó mamársela y… seguro que usted se dio cuenta de que yo también tuve un orgasmo –sensualmente se quita el sostén y toma un pecho con cada mano, como si me los ofreciera.

    -Julia ¿quiere usted decir que…?

    -Que usted me gusta mucho y que desde que le vi… deseé atenderle en la salita, como un cliente muy especial –acerca una mano a su sexo y pasa un dedo por su rajita húmeda– pero que… bueno… que hoy ya no sería gratis –me ofrece el dedo empapado para que lo huela y lo lame, lo que hago con gusto.

    -¿Y cuánto me costaría?

    -Por ser usted… un precio muy especial, no se preocupe.

    -Ya. Bueno. Esto…

    -Aunque el gran bulto en su bragueta parece decir lo contrario, no le veo muy decidido. Así que… –empieza a abrocharse la bata.

    -No, no, espere, Julia. Es solo que yo, bueno, nunca he pagado por estar con una mujer.

    -Le entiendo. Pero apuesto a que nunca ha estado con una mujer como yo –sigue abrochándose la bata –¡Ya vengo don Boscos!

    -Julia, no, espere, a ver… la deseo… quiero… ¿Cuánto debería pagarle?

    -Ya le dije, un precio de amiga, de más que amiga. Pero claro, depende de lo que usted desee.

    -Bueno, yo querría… a ver… desde la primera vez que la vi… andando por la calle… yo pensé que me encantaría poder…

    -Follar conmigo, ¿verdad?

    -Oh, no, yo… yo no quería decir eso… pero…

    -¿A no? ¿Usted no quisiera follarme?

    -Bueno… yo… pues sí, la verdad, claro que sí.

    -Eso le saldría muy caro.

    -Ya, me lo imagino.

    -Pero bueno, podemos hablarlo –vuelve a desabrocharse los primeros botones –o quizá, también le gustaría a usted…

    Se da la vuelta, se inclina, se arremanga la bata y me muestra el culo en pompa. Se mete los dedos índice de cada mano en el ano y abre el agujerito para mí. Sabe que es una visión irresistible.

    -Le gustaría, quizá, ¿darme porculo?

    -Oh, Julia, yo… -no puedo apartar la mirada y ella me mira con picardía.

    -Eso la saldría también muy, muy caro. Aunque debo reconocer que seguro que me encantaría tener su polla en mi culo y que eyaculara en él.

    -¿Sí? ¿De verdad? ¿En su culo? Julia, yo en realidad, nunca he… quiero decir que…

    -¿No? ¿Nunca ha enculado a una chica? ¿Es que acaso le da asco?

    -¡No! ¡Si es una de mis fantasías! ¡Le confieso que llevo semanas masturbándome imaginando que se la meto a usted por el culo y que me corro en sus entrañas!

    -¡Oh, me encantaría, don carpintero! –cierra los ojos y se muerde los labios –Bueno, oiga, llevamos demasiado tempo aquí. Debo salir a despachar.

    -¡Espere, Julia!

    -No puede ser. Mire, usted se lo piensa y… ya sabe dónde encontrarme.

    -No salga todavía. ¡Por favor!

    -Mire, quizá usted solo desearía… pues como hoy, hablar un rato y que yo le enseñe las tetas o el chichi o el culo. Puedo hacerle striptease, sí, como hoy… Eso le saldría bastante barato. ¡Va, salgamos!

    -No, Julia. Espere, a ver… no sé… por lo menos… -me agarro el paquete con las dos manos, como si se lo ofreciera a la chica. –Usted podría… es que estoy a punto de reventar.

    -A ver, es que ha pasado mucho rato y el señor Boscos se va a enfadar.

    -Ya, claro, quizá va a sospechar algo.

    -No, no es por eso. Pero él no quiere que esté tanto rato aquí, con un cliente. A ver, podría hacerle una paja, pero ya le digo, gratis, no.

    -Es que no llevo casi dinero en metálico. Solo unos treinta euros.

    -Uy, con eso no le llegaría ni para que le enseñara una teta. Pero hay confianza. Ya lo pagaría otro día. Y si no, pues paga usted con tarjeta.

    -¿Con la tarjeta?

    -Espere, voy a hablar con el señor Boscos –sale con la batita a medio abrochar y sin bragas ni sostén debajo.

    Vuelve al cabo de unos cinco minutos.

    -Bueno, el señor Boscos deja que le atienda un ratito más. Comprende que, al ser la primera vez, debamos hablarlo y todo lleve más tiempo. ¿Así, qué? ¿Se decide, don carpintero? –me da un besito en los labios.

    -¿Me decía que podría pagar con tarjeta?

    -Sí, sí, sin ningún problema.

    -¿Pero es que usted tiene un aparato de esos para cobrar un servicio tan especial?

    -No, claro que no. Cuando terminemos y salgamos, le cobro con el aparato de la farmacia. Luego ya echamos cuentas con el dueño.

    -¿Ah, sí?

    -Sí, no se preocupe. A ver, es que el señor Boscos siempre se queda con una parte. Depende del servicio. Por una paja un ochenta por ciento. O por una mamada, un setenta por ciento. Por un striptease, un noventa. Si dejo que me mamen los pechos o que me los lamen o besen y eso, un ochenta y cinco. Si el cliente quiere ver cómo me corro con sus dedos en mi chocho o en mi culo, un sesenta. En cambio, si follamos con el cliente, él solo se queda un cuarenta.

    -Oh, nunca habría pensado que el señor Boscos… Oiga, y si, por ejemplo, a usted la… quiero decir…

    -¿Si me dan porculo? ¿Esto le ha llamado la atención, verdad? Pues mire, es lo que prefiero, porque en ese caso el dueño solo se queda un treinta. Y como a mí me gusta que me la metan en el culo, pues eso. Es que no sé, me excita un montón y me hace sentir muy guarra.

    -Ya entiendo. Es lo que siempre decía mi exmujer. Que no, que no y que no. Que se sentiría como una cualquiera.

    -La comprendo. Es como me siento yo. Pero me da morbo. Y como además, cuando me follan el culo me quedo con la mayor parte del dinero, pues eso. El cliente paga mucho y el dueño solo se queda un treinta por ciento.

    -Así que el señor Boscos se queda con un menor porcentaje como más… digamos…

    -Sí, como más fuerte es el servicio que hago al cliente. Claro, como es mucho mayor el precio, por ejemplo, de me follen, a él ya le está bien tener un menor porcentaje.

    -Claro, ya entiendo.

    -Aunque a veces, el señor Boscos prefiere… digamos… cobrar en especie, ya me entiende. A él le encanta mamarme los pechos, como un lactante, y después que yo le le haga una felación. Aunque, le confieso que él fue el primer hombre al que le permití que me enculara y que se corriera dentro de mi culo. Hasta entonces nunca se lo había dejado hacer a nadie. Me daba vergüenza y no me llamaba la atención. Pero reconozco que ahora me encanta que me den porculo. Pero sí, don Boscos fue primero en encularme.

    -¡Vaya con el farmacéutico!

    -Y sí, cumplió su palabra y me contrató. Se ve que le encantó bombearme el culo . Y a mi marido, desde que le dejé probar, también. Aunque él al principio tuvo algún reparo y le sorprendió que se lo propusiera. Pero después, ahora, es un adicto en darme bien porculo.

    -¿Pero no le parece que don Boscos se propasó? Eso no me parece muy legal.

    -Bueno, fue como firmar un contrato. Yo en eso momento no tenía trabajo. A ver, sí que tenía algunas ofertas de varios empleos, pero yo, al haber estudiado farmacia, quería ejercer de farmacéutica. Cuando tuve a las niñas, dejé mi trabajo en una farmacia. Con mis tres hijas y con el sueldo de mi esposo, íbamos muy justos. Y a mí siempre me ha gustado vivir bien, con lujos y eso. Es que mi familia es muy rica, ¿sabe? Pero yo me enamoré de quien ahora es mi esposo y mis padres no lo aprobaron. Y claro, ellos… pero bueno, eso es triste y muy largo de contar.

    La cuestión es que cuando vine aquí a ver si me querían contratar y conocí al señor Boscos, él me dijo que gracias, pero que no necesitaba de mis servicios. Entonces él llevaba la farmacia junto a su esposa. Pero vi cómo me miraba y decidí volver al cabo de unos días. Me vestí muy sexy y fui muy amable con él. Pero nada, no me contrató. Cuando volví una semana más tarde, fui muy cariñosa con él, muy mimosa. Aunque notaba que le gustaba, me dijo que no me contrataba. Supe que los sábados por la tarde él estaba solo en la farmacia y conseguí que me diera una cita para el sábado siguiente, a la hora de cerrar por la tarde.

    Yo me presenté con un vestidito que tenía de cuando salía de fiesta a los dieciocho años y con la ropa interior más sexy que tenía, sabiendo que el vestido no cubría gran parte del sostén y que por poco que me moviera dejaba ver mis bragas. Al cabo de unos minutos de hablar, pasamos a esta salita y dejé que me besara, que me tocara por todas partes, que me oliera… Aunque debo decir que me molestaba y casi me repugnaba, vi que era mi momento, que o entonces o nunca. Me quité las bragas, se las tiré, él las olió, le di la espalda, arremangué mi vestido para que viera bien mi culo y mi coño. Él babeaba. Luego le bajé la cremallera y le saqué su pene morcillón.

    Se lo acaricié. Y se lo besé. Le pegué un lametón y vi su erección. Entonces le dije que si me contrataba, le haría la mejor mamada de su vida. Él me dijo que de acuerdo, que me haría un contrato por unos meses, a prueba, si se la mamaba. Yo le dije que no, que o era un contrato indefinido o que nada.

    -Julia, ve terminando –exclama don Boscos desde el mostrador— Va, que ya llevas mucho rato.

    -Sí, don Boscos, enseguida voy. Perdone usted. Debo salir a despachar.

    -Espere, un momento. Me decía, Julia, que usted le dijo que no se la chuparía si no le hacía un buen contrato.

    -Sí, le dije que debía contratarme para siempre si quería follarme bien la boca y que me tragaría todo su esperma. Entonces no sabía que eso le agradaba tanto, pero me lo imaginé. Pero él que no, que solo a prueba por unos meses. Yo sabía que él me echaría seguro después de unos días, con cualquier excusa. Pero entonces, él decidió jugar fuerte y me dijo que si dejaba que me diera porculo que me haría un contrato indefinido. Yo pensé que era un guarro, pero vi que era mi oportunidad para volver a ser farmacéutica y… pues, dejé que rompiera mi culo virgen.

    -Pues nunca habría pensado que el señor Boscos…

    -Ya. Pues no es lo que parece. Me la metió hasta el fondo, sin miramientos ni delicadeza. Me dio muy duro y no pude evitar sollozar e incluso llorar. Aparte del dolor, me sentía muy sucia. Además, don Boscos, mientras no cesaba de bombear mi culo, me llamaba de todo, desde puerca a puta, y guarra y marrana y ramera. Todo lo peor. Agarraba mis tetas y me las ordeñaba con fuerza. Me sentía muy humillada. Nunca había estado con un hombre aparte de mi marido, que es muy amable, atento y cariñoso.

    -Usted fue muy fuerte y valiente, Julia.

    -Ya. Pero lo sorprendente es que sin saber cómo, aunque Don Boscos no era nada amable ni cuidadoso y me trataba peor que a una fulana, empecé a sentir gusto y notaba que pronto tendría un orgasmo. Yo quería evitarlo, pero comencé a gemir y a chillar de gusto. Él, al ver que yo sentía placer, aún me decía palabras más soeces y me daba con más fuerza. No sé cuántas veces me corrí antes de que él acabara en mi culo. Lo mejor y lo peor es que empecé a lanzar chorros de squirt y eso fue la prueba de que me moría de gusto e hizo que él me dijera que sí que era una puta y una guarra. Y que me gustaba que me dieran porculo y ponerle cuernos a mi marido.

    Al final, el muy cabrón me llenó el culo de su leche ardiente y abundante. Cuando ya no le quedaba ni una gota de esperma, me dijo que no me moviera, que siguiera con el culo en pompa y me tomó varias fotos, algunas con el ano rebosando semen. Después me dijo que me grabaría y me ordenó que debía decir a la cámara que me había encantado que me diera porculo porque era una guarra, que me gustaba engañar a mi marido y que dejaría que don Boscos me follara siempre que él quisiera y por dónde quisiera porque me había encantado ser su puta. Yo, claro, hice lo que me pidió.

    Estuve más de una semana con los pechos enrojecidos y con el culo dolorido, pero por lo menos él no me engañó y me contrató. Y la verdad es que me trata siempre con educación y amabilidad. Menos cuando tenemos sexo. Entonces a él le gusta humillarme e insultarme, hacer que me sienta guarra. Se ve que eso le pone. Durante los primeros meses, dejaba que el señor Boscos me diera porculo cuándo él lo deseaba o se la chupaba y él me daba una buena cantidad de dinero extra por ello. Luego, al cabo de un tiempo, él me sugirió la idea de… bueno, de dar algunos servicios especiales en la farmacia, a algunos de sus conocidos.

    Se trataba de viudos, de gente mayor, algunos que tenían las mujeres enfermas, también algún soltero o divorciado. Aunque no me gustó la idea, pensé que era una manera de ganar dinero fácil y poder llevar un buen tren de vida. Después ya ampliamos la clientela con hombres de cualquier edad. E incluso también con algunas mujeres. Aunque no me gustan las chicas, bueno, no me importa hacerlas gozar conmigo.

    -Así, antes, cuando usted ha estado aquí en la salita con ese señor mayor…

    -¿El señor Rodrigo? Es muy amable. El pobre viene cada semana. Sólo quiere que me quede en ropa interior y mirarme. Quiere que le haga posturitas. Y luego me huele y me besa. Pero ya está. Él no tiene demasiado dinero. Por eso le cobro poco. Aunque lo malo es que don Boscos se queda el noventa por ciento. Es el porcentaje que él se lleva siempre que el cliente no se corra. Bueno, y yo tampoco.

    -Vaya, vaya, Julia, Nunca habría pensado que… ¿Y su marido?

    -Él no sabe nada. Pero ve que no falta el dinero en casa y claro, está contento. Y ahora, con el coche nuevo, más todavía. Y además, le encanta darme porculo. Ah, y que yo eyacule. Nunca antes lo había hecho. Es que ni sabía que eso del squirt existiera.

    -Así, sí, claro, es normal que tu esposo esté feliz. Así que tiene clientes con los que incluso folla y deja que le den porculo. Y lo prefiere porque así ellos pagan mucho dinero y el señor Boscos se queda una menor proporción, un cuarenta o un treinta.

    -Es justo que él gane dinero porque el local es suyo, pone el buen nombre de la farmacia, un negocio muy respetable, cuida que no haya ningún problema, selecciona a los clientes que sabe que son buena gente, que tienen dinero, que son educados…

    -Como yo. Quiere decir que fue él quien…

    -Sí, sí, él aprobó que usted fuera uno de mis clientes especiales.

    -Oh, yo pensé que… que usted…

    -Oiga, es que además usted me gusta, don carpintero.

    -Ya, bueno, no sé yo. Así que cobra mucho dinero por follar o por dejar que le rompan el culo.

    -Sí, y además en esos casos el señor Boscos se queda menos porcentaje. Pero yo, por lo menos una vez a la semana, procuro que, al cerrar la tienda, él deje que se la chupe y le permito mamarme los pechos y así me llevo más dinero a casa. Aunque claro, se va haciendo mayor y cada vez tiene menos deseo. Así que suele quedarse una buena parte del dinero que consigo con mis trabajos extra, que procuro que sea solo un cuarenta cuando me follan o un treinta cuando me la meten por el culo. Bueno, y luego están los servicios muy, muy especiales. En ese caso solo se queda un veinte.

    -¿A sí? ¿Y en qué consisten esos servicios?

    -Uy, pues depende, son muy, muy especiales. Son carísimos. Pero… no hay confianza para explicárselo hoy. Quizá usted se escandalizaría o pensaría que soy una cerda.

    -No, no, eso nunca, mujer.

    -Y además, va pasando el tiempo y… el señor Boscos se va a enfadar si no… si usted no paga nada.

    -Si le decimos que no hemos hecho nada…

    -Se va a enfadar. Espere, a ver, ¿que le parece si, para ir rápido, me siento en su cara, sin braguitas, y usted me lame, me besa el coño y me chupa el clítoris? Y yo me corro en su cara. Eso a usted le va a excitar ¿verdad? Y además, mientras, le hago una paja. ¿Sí? Como me pondré muy cachonda, quizá le pueda lanzar algo de mi squirtcy usted lo puede probar. No sé, me dicen que es muy sabroso.

    -Nunca he estado con una mujer que eyaculara. Lo he visto en algunos vídeos porno.

    -A ver, va, ni me quito la bata. Solo me la desabrocho para que pueda acariciarme las tetas.

    -¿Pero por eso tendré que pagar?

    -Sí, claro. Por correrme en su cara tendré que dar un cincuenta y cinco por ciento al dueño. Usted tendrá que pagar doscientos euros, pero a mí me va a quedar menos de la mitad.

    -¡Vaya! Pues dígale que, no sé, que hemos follado y así sólo tendrá usted que darle menos porcentaje.

    -No, eso no, porque entonces usted tendría que pagar mucho más por ese servicio. ¡Mil euros! Pero es que además no tenemos más tiempo. Venga, va, sí, me siento en su cara, don carpintero.

    -¡Sí, por favor, Julia!

    Nunca nadie antes se había corrido en mi cara. Al cabo de menos de un minuto de lamerle el chichi, de sorber su rico flujo y de chuparle el clítoris, Julia empieza a ducharme con abundante squirt. Es que ni en los videos había visto a ninguna mujer eyacular así. Yo intento beber tanta ambrosía cómo puedo. Eso me excita tanto que me corro en sus manos.

    Después de menos de cinco minutos ya salimos de la salita y yo pago el servicio con la tarjeta. El señor Boscos se enfada cuando ve que solo son doscientos euros y le dice a Julia que debería cobrarme mucho más por haber estado tanto tiempo conmigo. Ella se excusa diciendo que como es la primera vez que ya se sabe. Se despide con un “¡Hasta mañana, don carpintero!”

    Me tiemblan las piernas cuando camino para casa. Julia es encantadora y en mi cabeza solo está el deseo de volver a estar con ella. Pero, aunque me duela saber que el dueño a veces le llama de todo, no puedo evitar pensar que algo puta si es. Tendré que trabajar mucho en la carpintería si quiero estar con ella a menudo. Y sí, quiero estar con ella muy a menudo.

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  • Probando piel: entre tres mejor (1 de 2)

    Probando piel: entre tres mejor (1 de 2)

    Mi nombre es Alexandra, tengo 32 años y vivo en Caracas. De estatura mediana, complexión menuda, pero bien proporcionada, tez blanca y buen trasero.

    Conocí a mi amante en una sala de chat hace unos meses y junto a él he explorado y descubierto muchas facetas del sexo antes extrañas para mí, hasta inalcanzables si me hubiesen preguntado hace un tiempo. Saltando las barreras de mi matrimonio, me he dedicado a vivir intensamente cada experiencia y ésta que hoy comparto con ustedes, es para mí, una de las más excitantes.

    Él siempre me hablaba de lo divino del sexo en trío y lo que le gustaba ver dos mujeres acariciándose y besándose. Nada más sutil y perverso que el sexo entre mujeres y más cuando las dos son hembras conscientes de que complacer a su macho y complacerse a sí misma, viene a ser lo mismo a la hora del sexo, me decía.

    Muchas veces me susurra al oído mientras me penetra lo que le gusta verme entre las piernas de otra mujer. Eso me enloquece, me encanta ser su hembra y poder tirarme a otra mujer, gozarla sin sentirme menos femenina, todo lo contrario.

    Esta experiencia comenzó una noche mientras veía tv, sola como de costumbre ya que mi marido estaba de viaje. Sonó mi celular y al ver que era mi amante me emocioné, tenía un par de semanas sin verlo y aunque hablamos todos los días, siempre recibo sus llamadas con ese salto en el corazón.

    Me dice que entre en el chat que me tiene una sorpresa. Al conectarme y abrir la sesión, invita a una chica con el nick “Arianna”. Ella inmediatamente se incorporó a la conversación, primero liviana y luego tocando temas más íntimos.

    Supe que es una de las amigas de mi amante, junto a él había estado en tríos en más de una oportunidad y que tenían juntos casi tres años. Entre sorprendida y medio celosa recibí la noticia, aunque siempre supe y acepté que no era una relación cerrada.

    Ella se describió como una mujer alta, de 1.70, rubia, de ojos claros, de padre holandés y madre venezolana. Luego me mandó una foto en la que comprobé lo bonita y atractiva que es y aunque es extraño, comencé a detallarla con otros ojos, fijándome en sus senos casi descubiertos bajo ese pedacito de tela de su traje de baño, su vientre perfecto, su ombligo y hasta como se moldeaba su sexo en la tela mojada. Me sorprendí pensando en cómo se sentiría su piel y qué se sentiría besarla.

    Siguió así la chateada, cada vez más caliente y disfrutamos de un ciber trio genial, en medio del cual sonó mi celular. Al ver que no era un número conocido cancelé la llamada y en la pantalla de mi chat apareció la frase: “¡Contesta el celular coño!”. Era mi amante el que escribía, por lo cual recibí la segunda llamada inmediatamente.

    La voz al otro lado de la línea era femenina, cargada de sensualidad y pródiga en las frases más divinas y sucias que he oído en una mujer. Me ordenó desnudarme y compartimos una sesión de sexo telefónico en la que acaricié mi cuerpo, me masturbé rico y acabé con varios orgasmos oyendo esa voz que me ordenaba y me llenaba de un morbo indescriptible.

    Al terminar con esta llamada recibí otra de mi hombre, preguntándome como me sentía y si me excitaba la idea de estar con ella. Me dijo entonces que el fin de semana nos encontraríamos los tres.

    Pasó la semana entre llamadas y emociones intensas. Planeábamos el encuentro y finalmente decidimos salir temprano el sábado para aprovechar el tiempo.

    Esta vez me buscó frente a mi casa y llegaron juntos. Al entrar al carro, estaba muy nerviosa y luego de sentarme en la parte trasera me acerqué a saludarlo y lo besé en la boca. Un beso húmedo y corto. Volteé a saludar a Arianna y cuando traté de besarle la mejilla, ella me ofreció sus labios y sintiendo por primera vez esa sensación suave y tibia de besar a una mujer. Que distinto, pero que rico. La fragancia de su perfume y de su piel se me quedó grabada.

    Paramos a comprar unas cervezas y agarramos camino hablando de todo un poco mientras tomábamos. De vez en cuando una caricia furtiva salía a flote. Sentía algo distinto cuando veía a esta mujer extraña acariciar y besar a mi macho, pero definitivamente me excitaba mucho.

    Llegamos al hotel y bajamos nuestras cosas, al entrar al cuarto Arianna nos dijo que necesitaba ir al baño, así que nos quedamos mi amante y yo solos por unos minutos. Él se desvistió y luego entre besos y caricias me desvistió a mí, solo dejándome las pantaleticas.

    Los dos en la cama estábamos besándonos cuando ella salió del baño recién duchada, todavía mojada y sin nada que la cubriera. Se veía bella con su cabello rubio, mojado y gotas de agua rodando por su piel.

    Se sentó a nuestro lado y buscó la boca de nuestro amante mientras con sus manos nos acariciaba a los dos. Lo besaba intensamente y gemía de gusto al hacerlo. Lo soltó y buscó ahora mi boca entrando en ella con su lengua y mojándome los labios. La realidad es que besa divino y disfruté compartiendo nuestras lenguas ante la mirada, caricias y palabras de nuestro hombre.

    Sentí las manos de mi amante metida entre mis cabellos y luego incorporarse al beso para quedar los tres entrelazados en caricias, húmedos de placer y ganas, besándonos divino. El sentir y compartir nuestras lenguas y labios en una orgía de besos es algo único.

    Apartándose un poco, nuestro amante nos dejó solas en las caricias, mientras él se tocaba su guevo en una masturbación suave y seguida. Siempre sentí lo fijo de su mirada. Mis ojos siempre consiguieron los suyos al buscarlo. Nos decía cosas divinas que aumentaban el calor y la excitación.

    «Que lindas se ven mis putas besándose.»

    «Que ricura de perras y son las dos mías. Quítate ya esas pantaletas puta.»

    «Así, así mmmm acaricia sus tetas linda, mámaselas rico.»

    Yo estaba embebida en la situación y tan mojada entre mis piernas que podía sentir el calor de mis fluidos desbordando mi cuquita. Arianna me dirigió hasta que quedé acostada en la cama y comenzó a descender por mis tetas y mi vientre pasando su lengua y sus labios en unas mamadas divinas.

    En ese momento él la detuvo y le dijo que quería que yo lo hiciera primero. La empujó boca arriba en la cama y me dijo:

    —Cómetela, quiero ver cómo te mamas tu primera cuca mi perra.

    Posicionándome sobre ella la besé en la boca y le susurré al oído palabras sucias. Bajé mordiendo su cuello y lamiendo su piel. Paré en esas tetas deliciosas, grandes y cálidas y probé a chuparlas, luego a morderlas y lamerlas mientras la oía gemir.

    Su cuerpo se contorsionaba bajo el mío mientras yo bajaba por su ombligo hasta su pubis perfectamente depilado. Ahí abrió obscenamente las piernas y mientras le lamía la parte interna de los muslos me decía:

    —Dale puta que me tienes loca mmmm… ¡Mámame la cuca ya! ¡Coño de tu madre!

    Entre excitada y nerviosa acaricié sus labios vaginales y los abrí para ver esa cuquita rosada perfecta, con un clítoris que se erguía excitado. Pasé mi lengua sintiendo sus fluidos, sentí el olor penetrante de su sexo y me entregué a mamársela como a mí me gusta que me lo hagan, moviendo mi lengua sobre su clítoris, besando y chupando todo su camino hasta llegar al ano y penetrándola con tres de mis dedos. Ella movía rítmicamente su pubis buscando el contacto con mi boca y esta última se llenaba con el sabor de sus fluidos.

    Cuándo sentí que llegaba su primer orgasmo, mi amante subió mis caderas, quedando casi en cuatro y me ordenó:

    —Sigue, no pares, haz que acabe otra vez.

    Sentí cuando mi hombre me penetró con fuerza y mientras sus manos controlaban mis caderas, sentía su miembro completo llenándome y esa embestida completa, intensa, soltó a los pocos minutos mi orgasmo retenido por tanto tiempo.

    Cuando Arianna consiguió su segundo orgasmo y yo otro par de ellos, la volteé y con mis manos abrí sus nalgas. Mi hombre seguía cogiéndome, además de introducir un dedo en mi culito. Entonces le lamí toda la raya de su culito y bordeé con mi lengua su huequito, llenándolo de saliva y penetrándolo con mi lengua.

    —Mmmm ahhh que rico… —decía la muy puta.

    Después de mamarlo un rato, escupí entre sus nalgas y así como mi amante me enseñó, le dilaté el culo. Primero uno, dos, tres dedos. Luego le dije a él:

    —Aquí está como te gusta mi vida, dale duro a esa perra.

    Él salió de mi cuca y su guevo estaba empapado con mis acabadas. Se lo chupé por unos segundos para sentir mi sabor en él y luego estuve atenta, ansiosa de ver como entraba en ese culito.

    Que divino fue ver como poniéndola en cuatro, la penetró de un golpe y ella gritó de placer y dolor. Yo estaba hipnotizada viendo de cerca como se hundía su guevo completo. Me masturbé rico y aproveché para mamar las tetillas sudadas de mi amante, que gemía de placer mientras le daba a ese culo con movimientos violentos.

    —Ahora te toca a ti puta. Pero no te voy a dilatar. Ponte en cuatro aquí a un lado y verás lo que es rico —dijo mi macho y yo obedecí al instante.

    Llevó un poco de fluidos de mi cuca a mi culito con sus dedos y luego sacó su guevo de la otra para penetrar el mío de un solo empujón. Lo sentí quemarme por dentro y luego moverse con fuerza hasta que me hizo estallar en una cadena de orgasmos. Ya no podía ni gritar mientras lo sentía entrar y salir de mi culo y darme nalgadas que me dejaron roja la piel.

    A los pocos minutos salió de mis entrañas y bañó nuestras espaldas con su leche mientras nosotras, como perras una al lado de la otra, nos besábamos y lamiamos.

    Esa fue la primera sesión sexual de esa noche intensa. Muchas cosas ricas pasaron ese fin de semana y ya les contaré algunas de ellas.

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  • Yamilé, la cubana

    Yamilé, la cubana

    Yamilé, ese era su nombre, un nombre exótico y a la vez hermoso, sugerente, cálido.

    Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi, era un miércoles lluvioso y frío, yo trabajaba como cada mañana en el despacho y Marta, mi secretaria, me comunicó que había una mujer en la sala de espera que deseaba hablar conmigo. Le dije a Marta que me diera cinco minutos y que luego la hiciera pasar.

    Ante mí apareció una joven de belleza arrebatadora, no era solo que tuviera un cuerpo espectacular, ni que fuera tremendamente atractiva de cara, tenía un algo especial, como un halo, su forma de moverse, sus gestos, su mirada, su dulce y musical voz cubana, todo en ella era mágico y seductor.

    —Hola buenos días, mi nombre es Jesús, ¿en qué puedo ayudarla? – Dije mientras la miraba profundamente a los ojos.

    —Buenos días, me llamo Yamilé García y necesito los servicios de un abogado, unos amigos me recomendaron su bufete.

    —Muy bien, dígame de qué se trata y veremos a ver que es lo que se puede hacer.

    El asunto no era muy complicado pero llevaría algún tiempo solucionarlo, se trataba de una herencia que había recibido y una reclamación presentada por un pariente suyo que se entendía perjudicado. Acepté el caso, le informé de cuales eran mis honorarios y le solicité que al día siguiente me entregase toda la documentación de que ella disponía, como así hizo.

    Durante una semana no volví a verla, mantuve reuniones con el abogado de la otra parte, revise el testamento y le expuse mi opinión al juez. Volvimos a vernos una tarde en la que yo le expliqué las actuaciones que había llevado a cabo y cual era mi impresión respecto al tiempo que tardaríamos en tener un resultado definitivo.

    Una vez terminada nuestra reunión la invité a tomar un café y ella aceptó, charlamos y nos contamos un poco de nuestras vidas, era cubana aunque llevaba ya 15 años viviendo en España, era profesora de Inglés en una conocida academia y por lo que yo entendí era soltera.

    Es extraño como pueden desarrollarse los acontecimientos, durante toda nuestra charla no dejamos de mirarnos a los ojos, como si tras de ellos hubiese un abismo en el que quisiéramos estar. Con la conversación y el embobamiento que yo tenía, unas gotas de café mancharon mi pantalón, ella rápidamente pidió un poco de gaseosa y un paño al camarero y me frotó con él. La mancha estaba sobre un muslo cerca de la rodilla (para nada en un lugar “comprometido”), sin embargo notar sus manos sobre mi pierna hizo que se me erizara la piel y que un ligero escalofrío corriera por mi columna.

    Quizás ella lo notó, o quizás solo fue un impulso, pero el caso es que sin darme cuenta ella me estaba besando, y a mí me parecía como lo más normal del mundo. Pagamos y salimos del local, la agarré de la cintura y esta vez fui yo quien la besó apasionadamente, nuestras lenguas se unían y enlazaban con frenesí, exploraban las bocas, mezclaban nuestras salivas.

    —¿Quieres venir a mi casa?

    —No sé si podré aguantar tanto – dijo con una pícara sonrisa.

    Cogimos mi coche y pusimos rumbo a mi piso, pero Yamilé como había dicho antes no podía o no quería aguantar hasta llegar a casa. Sus manos acariciaron mi entrepierna, sobándome una y otra vez, hasta que notó como comenzaba a tener una erección bajo los pantalones. Me bajó la cremallera y desabrochó los pantalones, su mano acariciaba ahora mi sexo por encima de mi ropa interior y hacía que mi erección fuera en aumento.

    Pero ella quería más, lo quería todo, y lo tomó. Su mano se introdujo bajo mis bóxer y atrapó mi pene excitado y duro. Sacó mi sexo de los calzoncillos y se quedó mirándolo unos segundos. No es que tenga un pene enorme, pero tiene unas proporciones más que aceptables.

    —¡Es hermoso, me gusta y es mío! – dijo mirándome a los ojos.

    Sonreí, sus manos comenzaron a acariciar toda mi polla, y poco a poco comenzaron una lenta y maravillosa masturbación. La sensación era maravillosa, sus manos resbalaban por todo mi pene, acariciando el glande y bajando hasta la base, jugando con los testículos, lentamente al principio y poco a poco aumentando el ritmo de la masturbación. Estaba en la gloria, pero debía de concentrarme en conducir.

    —¡Tengo hambre! – dijo de forma muy graciosa.

    Sin darme casi cuenta agachó su cabeza hasta mi entrepierna y sus labios rozaron mi glande, luego su lengua lo rodeó y jugó con él, después sus labios atraparon todo mi glande mientras éste en el interior de su boca era agasajado por una lengua húmeda e inquieta.

    —Dios mío, eres increíble, ¡¡una hermosa diablilla que me vuelve loco!!

    —Jajaja, ¡y eso que aún no he empezado a enloquecerte!

    Su boca subía y bajaba por toda mi erecta polla, su saliva empapaba mi pene e incluso mojaba mis testículos, su lengua daba lametones que me hacían gozar como nunca antes había experimentado. Me volvía loco.

    Tuve suerte y al lado de mi casa encontré un sitio para aparcar.

    —Hemos llegado cielo, subamos.

    —¡Te ha salvado la campana! Jaja, con el hambre que tengo quería acabarme el helado.

    —Jajaja, no seas glotona, tenemos todo el tiempo del mundo.

    Entramos en el ascensor y coincidimos con un matrimonio que vive dos pisos encima de mí, yo me situé al fondo, Yamilé delante de mí un poco de lado y los vecinos pegados a las puertas. Decidí que ahora era yo quien quería ser un diablillo. Poco a poco puse mi mano en la cintura de Yamilé y la fui poco a poco bajando hasta su turgente culito. Acaricié esa hermosa redondez sobre la tela de su ajustada falda, ella dio un ligero respingo pero mantuvo la compostura ante mis vecinos, mi mano siguió bajando y se introdujo bajo la falda acariciando sus braguitas, separando éstas e introduciendo mis dedos entre sus labios vaginales, los noté húmedos, viscosos, turgentes, ardientes.

    Yamilé mientras se mordía los labios para que ningún sonido saliera de su garganta.

    Mis dedos continuaban hurgando su intimidad, explorándola, excitándola, penetrándola y masturbándola lentamente. Retiré mi mano y mirando a mi hermosa criatura olí su perfume más íntimo, derramado en mis dedos, y luego me llevé estos a la boca para saborear su esencia. Ella me lanzó una mirada llena de fuego, una mirada que exigía que mi mano volviera a las profundidades de su entrepierna, pero ya no podía ser, llegamos a mi planta y el ascensor de detuvo. Nos despedimos de mis vecinos y sin decirnos nada caminamos hasta la puerta de mi casa, la abrí y entramos.

    —¿Te apetece tomar algo? – le susurré al oído.

    —¡Sí! ¡a ti! – dijo con aquellos ojos brillantes y encendidos.

    La atraje a mí por la cintura, la estreché entre mis brazos con pasión y la bese con auténtica lujuria. Su mano bajó y apretó mi paquete, la tomé en brazos y la llevé a mi habitación. Lentamente se fue desnudando ante mí, con una sutileza y sensualidad increíble, yo mientras también me quitaba la ropa.

    Los dos completamente desnudos, contemplándonos mutuamente durante unos segundos, observando en silencio cada centímetro de la piel del otro, silencio que rompimos al besarnos, uniendo nuestros cuerpos en un abrazo de brazos y piernas, acariciándonos la nuca, la espalda, los muslos. Dedos que desean descubrir, bocas que se desean explorar, pieles que se desean unir, sensaciones, sabores, olores…

    Lánguidamente nos fuimos recostando sobre la cama, besaba sus labios y su cuello, de su garganta salían pequeños gemidos, quería más… mi boca bajó hacia sus pechos, hermosos, jugosos y puntiagudos, mi lengua lamió el derecho, acarició dulcemente su aureola dejando un rastro húmedo a su paso, jugó con un pezón tremendamente excitado, mis labios se apoderaron de él, lo absorbieron, como una vuelta a la niñez intentando extraer la leche materna, su respiración y sus gemidos se volvieron más acelerados. Repetí las caricias en su otro pecho.

    Su mano tiró dulcemente de mi cabello y me hizo abandonar sus pechos, volvimos a besarnos, a mezclar nuestras salivas, a luchar con nuestras lenguas. Nuevamente mi boca bajaba por su cuello, esta vez no se detuvo en sus pechos, pasó entre ellos y se detuvo en su vientre, besándolo, lamiendo con deleite las proximidades de su precioso ombligo, empapándolo, penetrándolo lentamente con mi lengua, notando las contracciones que ella experimentaba con cada caricia de mi lengua.

    Bajé mi rostro a las profundidades de sus piernas, comencé besando suavemente sus muslos, mis manos acariciaban los rizos ensortijados de su vello púbico, el olor de su sexo era penetrante, atrayente, aproximé mis labios a su sexo y recorrí con mi lengua sus labios vaginales, empapándolos, separándolos poco a poco, su vulva sonrosada era un imán para mí, lamía con pasión, con deleite, con locura…

    Mi lengua la penetraba en círculos, sus jugos comenzaban a fluir, uniéndose a mi saliva, su clítoris ya muy excitado me llamaba para que le prestara la dedicación adecuada, mis labios se apoderaron de él, muy suavemente, mi lengua lo martirizaba dulcemente a la vez que mis dedos la penetraban, su orgasmo se aproximaba muy veloz, aumenté el ritmo de penetración de mis dedos, mi lengua lamía con velocidad su clítoris… de pronto estalló, el orgasmo se apoderó de ella, sus flujos viscosos empaparon sus nalgas.

    Levanté la vista y la contemplé, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior, con la frente perlada de gotas de sudor, las mejillas encendidas… era la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra.

    Abrió los ojos, me miró.

    —Ven, bésame – dijo en un susurro.

    Obedecí, nuestras bocas se unieron de nuevo durante unos minutos, rodando ambos sobre la cama.

    Se colocó sobre mí, sentada sobre mi vientre, notaba la humedad de su sexo sobre mi piel, era la criatura más sensual que había visto nunca.

    —Ahora me toca a mí hacer que disfrutes.

    —Estoy en tus manos, me entrego por completo a ti.

    Se bajó de encima de mí, sus delicadas manos tomaron mi pene ya excitado, lo acariciaron con dulzura y muy despacio su boca se apoderó de mi polla, me volvía loco, sus labios y su lengua se enseñaban con mi glande, mi pene estaba tieso y duro como una roca. Su mamada era increíble, lamía todo el tronco de mi sexo, chupaba con deseo mi glande y era capaz de introducir prácticamente la totalidad de mi polla en su boca, sus manos masajeaban mis testículos… me estaba llevando al clímax. Estaba a punto de correrme.

    —Cielo, voy a terminar – dije entre jadeos.

    —Mmmmm – esa fue toda la respuesta que obtuve.

    Y lo que tenía que suceder sucedió, estallé dentro de su boca y ella no dejó que prácticamente nada de mi semen se escapara. Jamás ninguna otra mujer me había hecho gozar tanto con el sexo oral, ella lo hacía con deleite, con una pasión y un dominio increíbles.

    Se recostó a mi lado, nos acariciamos tiernamente, dejando que nuestros cuerpos se relajaran y descansaran un poquito, al cabo de un par de minutos se levantó de la cama y fue al cuarto de baño.

    Apareció unos segundos mas tarde, se apoyó sensualmente en la puerta.

    —¿Preparado para otro asalto?

    —¡Por supuesto, acabamos de comenzar! – le dije sonriendo pícaramente.

    Gateó sensualmente sobre la cama hasta colocarse sobre mí, nos besamos lascivamente, notaba el calor de su sexo sobre mi vientre, su humedad, mi sexo comenzaba a dar muestras de excitación.

    —Mmmm, parece que algo empieza a crecer entre nosotros dos! Jaja.

    —Jajaja, pues al parecer sí jaja.

    Sus manos tomaron mí ya más que excitado pene, lo acercaron lentamente hacia su sexo y comenzó poco a poco a pasarlo sobre sus labios vaginales, acariciándolos, frotando mi polla sobre ellos y consiguiendo que éstos se fueran entreabriendo poco a poco a la vez que se humedecían tremendamente. Nuestra excitación era máxima, tenía unas enormes ganas de penetrarla pero no quería demostrarlo, quería que fuera ella quien me lo pidiese, nuestros gemidos eran cada vez más profundos y subidos de tono.

    Acercó su boca a mi cuello, me besó, me lamió con desesperación mientras mi pene la masturbaba como si de su mano se tratase, acercó su boca a mi oreja y me susurró en un gemido:

    —Dios mío, hazme el amor, no puedo aguantar más sin sentirte en mí.

    Acerqué mi polla a la entrada de su empapado sexo, muy lentamente la comencé a penetrar, introduje tan solo mi glande y me quedé quieto, quería que notara nítidamente como cada centímetro de mi sexo horadaba su interior, con una tremenda parsimonia la penetré centímetro a centímetro, su desesperación y ansia iban en aumento.

    —Másss… todaaa.

    —Tranquila cielo, tranquila, tenemos todo el tiempo del mundo para disfrutar.

    Mi pene por fin la penetró por completo y durante unos segundos me mantuve en una absoluta quietud en su interior, para después, y nuevamente muy despacio, salir centímetro a centímetro de su tremendamente lubricada vagina.

    Cuando mi polla estaba a punto de salir de su sexo la penetré completamente con un golpe de cintura y comencé a penetrarla a un ritmo duro y frenético.

    —Ahhh, siii, masss…

    Volví a alterar el ritmo de mis embestidas, ahora el ritmo era acompasado, uniforme.

    —Dios mío, eres maravilloso, no te detengas nuncaaa.

    —No mi vida, tú eres la maravilla, me absorbes, me exprimes, y me encantaaa

    Nuevamente aumenté la velocidad de mis penetraciones, cada vez más rápidas, más profundas, mas duras, sus uñas se clavaban en mis hombros, sus gemidos eran roncos, ahogados, como si se quedase sin respiración. Sus dientes mordían su labio inferior, el sudor nos cubría por completo, arroyaba por su espalda.

    Dios, era el mejor polvo de mi vida, así estuvimos durante no sé cuanto tiempo, cambiando los ritmos y la fuerza de las penetraciones, impidiendo que nuestros cuerpos se acostumbraran a una frecuencia establecida, a veces mi mano se colaba entre nuestros cuerpos y masturbaba su clítoris tremendamente duro a la vez que la penetraba, otras veces mis manos bajaban por su espalda hasta su hermoso culo y lo amasaban, lo pellizcaban, lo azotaban sin rudeza, incluso en alguna ocasión alguno de mis dedos se colaba entre sus nalgas e intentaba penetrarla analmente.

    El clímax se acercaba, la crispación era máxima, las venas del cuello de Yamilé se veían tremendamente hinchadas, el sudor lo empapaba todo, el orgasmo se aproximaba como una locomotora sin frenos… y de repente una tremenda humedad empapó mi sexo, Yamilé había estallado, sus fluidos viscosos, calientes y olorosos me empapaban y yo ya no podía más así que me dejé ir, la inundé, creo que nunca antes había experimentado un orgasmo tan devastador, por unos segundos fue como si el tiempo se detuviera y la tierra dejara de rotar.

    Los dos, desmayados, exhaustos y entrelazados nos acariciamos como si fuéramos unos gatitos para unos minutos después abandonarnos a un ligero y reparador sueño.

    Mi relación con Yamilé duró un par de años en lo que se podría considerar una relación normal y otros dos años de forma intermitente como si de un par de amigos especiales que se reúnen de vez en cuando para disfrutar de la vida se tratara, luego el destino nos separó y ya no hemos vuelto a vernos, aunque siempre estará presente en mi memoria.

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  • Mi cachonda prima enfermera (1)

    Mi cachonda prima enfermera (1)

    Mi nombre es Adrián, tengo 26 años y por un nuevo trabajo en Guadalajara, me vi obligado a dejar mi ciudad. Los primeros meses serían complicados; mi sueldo no alcanzaría para pagar una renta decente, así que recurrí a mi prima Regina. Le pedí, casi rogándole, que me dejara quedarme en su departamento. Prometí cubrir la mitad de los servicios, pero ella dudó. “Adrián, solo tengo una habitación, ¿dónde vas a dormir?”, dijo con esa voz suave pero firme que siempre me desarmaba. “En el sillón, prima, no te preocupes. No te molestaré”, respondí, y tras un suspiro largo, aceptó.

    Llegué a la terminal de autobuses un viernes por la tarde, agotado tras el viaje. Allí estaba ella, esperándome. Regina. A sus 27 años era tan hermosa como la recordaba, quizás más. Su figura delgada se recortaba contra la luz del atardecer. Llevaba una falda ajustada que marcaba su cinturita definida y dejaba ver sus piernas torneadas. Sus nalgas, firmes y perfectamente redondeadas, parecían desafiar la gravedad. Su busto pequeño, pero provocador, se insinuaba bajo una blusa ligera que dejaba poco a la imaginación. Su piel blanca como la leche contrastaba con su cabello largo, castaño y ondulado, que caía sobre sus hombros. Y esos anteojos de nerd, como le decía de cariño, le daban un aire inocente que escondía algo más, algo que siempre me había intrigado.

    —¡Adrián! Por fin llegas, pensé que te habías perdido, —dijo con una sonrisa, acercándose para darme un abrazo. Su perfume me envolvió mientras su cuerpo se apretaba contra el mío por un instante. Sentí el calor de su piel y un cosquilleo que me recorrió entero.

    —No me perdería la oportunidad de verte, —bromeé, guiñándole un ojo. Ella rodó los ojos, pero no pudo ocultar una risita.

    El trayecto al departamento fue una mezcla de charlas casuales y miradas furtivas. No podía evitar notar cómo la falda se le subía ligeramente al sentarse en el coche, dejando ver un poco más de sus muslos. Intenté concentrarme en la conversación, pero mi mente ya estaba divagando.

    Llegamos a su pequeño pero acogedor departamento. Un espacio sencillo, con una sala que conectaba a la cocina y una puerta que llevaba a su habitación. El sillón, mi futura cama, parecía más incómodo de lo que esperaba, pero no me quejé.

    —Bueno, aquí está. Mi humilde hogar, —dijo Regina, girando sobre sus talones con una pose exagerada, como si presentara un palacio. Su blusa se ajustó aún más a su figura, y juro que vi el contorno de sus pezones bajo la tela. Tragué saliva.

    Me acerqué a ella para agradecerle su apoyo, quise darle un beso en la mejilla, pero accidentalmente la besé en la comisura de sus labios, aquel roce accidental dejó un instante suspendido, cargado de electricidad. Regina se apartó con un movimiento rápido, sus ojos brillaron tras los anteojos con una mezcla de sorpresa y picardía.

    —¡Por poco me besas, wey! —dijo, algo divertida, mientras se llevaba una mano al rostro, como si quisiera esconder una sonrisa.

    —Perdón, prima, fue sin querer —balbuceé, sintiendo el calor subir por mi nuca. Para disimular, desvié la mirada, dejando que mis ojos vagaran por el departamento. Era pequeño, tal como ella había advertido, pero acogedor. Una mesita con un par de velas apagadas, un librero repleto de novelas y una ventana que dejaba entrar la luz suave del atardecer. Todo tenía su esencia, como si cada rincón estuviera impregnado de su presencia.

    —Deja tus cosas en mi cuarto, ahí hay más espacio —indicó Regina, señalando una puerta entreabierta al fondo del pasillo. Su tono era ligero, pero había algo en su postura, en la forma en que cruzó los brazos bajo el pecho, que me hizo sentir observado.

    Asentí y llevé mi maleta a su habitación. El espacio era íntimo, con una cama cubierta por sábanas blancas y un escritorio lleno de cuadernos y plumas. Dejé mi equipaje junto al armario, pero al girarme para salir, algo captó mi atención: bajo la almohada, asomaba un destello púrpura. Un dildo, discretamente escondido, como un secreto a medio guardar. Una risa silenciosa me traicionó, pero apreté los labios para no decir nada, aunque mi mente ya estaba imaginando cosas que no debería.

    Al volver a la sala, Regina estaba apoyada contra el marco de la puerta, con una ceja arqueada y una sonrisa que era puro desafío.

    —¿Qué te dio tanta gracia allá adentro? —preguntó, inclinando la cabeza. Su cabello castaño cayó en ondas sobre un hombro, y la luz resaltaba la curva suave de su clavícula.

    —Nada, solo… recordé algo de la uni —mentí, encogiéndome de hombros, pero su mirada no se apartó, como si pudiera leer cada pensamiento que cruzaba por mi cabeza.

    Regina dejó pasar mi comentario con una risa ligera, como si quisiera desviar la intensidad del momento.

    —Vuelvo en un momento, te preparé algo de tomar —dijo, caminando hacia la cocina con un balanceo sutil que hacía que su falda abrazara sus caderas. Regresó con dos vasos de limonada helada, el hielo tintineaba contra el cristal, y se sentó a mi lado en el sillón, tan cerca que su rodilla rozó la mía.

    —Cuéntame, Adrián, ¿qué tal el nuevo trabajo? —preguntó, sorbiendo de su vaso mientras me miraba por encima del borde, sus ojos brillaban con curiosidad.

    —Empiezo en un despacho de mercadotecnia la próxima semana —respondí, sintiendo cómo el frescor de la limonada aliviaba el calor que aún me recorría—. Mucha presión, pero estoy emocionado. ¿Y tú? ¿Sigues salvando vidas?

    Ella sonrió, ajustándose los anteojos con un gesto delicado.

    —Sigo de enfermera, sí. El hospital es un caos, pero me gusta. Aunque… —hizo una pausa, mirando su vaso como si buscara las palabras en el hielo— me absorbe tanto que apenas tengo vida fuera de eso.

    —¿Y tu novio? —me aventuré, inclinándome un poco hacia ella, mi voz más baja de lo necesario—. ¿No le molestará que me quede aquí?

    Regina soltó una risa corta, casi amarga, y dejó el vaso en la mesita.

    —Novio, ¿eh? No tengo tiempo para eso, Adrián. El trabajo me tiene agotada, y… bueno, digamos que me las arreglo sola. —Sus palabras colgaron en el aire, y mi mente voló de inmediato al objeto púrpura bajo su almohada. Una chispa de calor me recorrió el pecho al imaginarla, sola en su cama, buscando alivio en la penumbra.

    —Entiendo —dije, incapaz de apartar la imagen de mi cabeza. Me acerqué un poco más, dejando que mi mano descansara en el respaldo del sillón, a centímetros de su hombro—. Pero ¿sabes? No siempre tienes que arreglártelas sola.

    Regina ladeó el hombro, invitándome a rozar su piel con la yema de mis dedos. La suavidad de su cuerpo bajo mi caricia envió un escalofrío por mi espalda, pero antes de que pudiera perderme en el momento, ella se puso de pie con un movimiento grácil.

    —Tengo que ducharme —dijo, ajustándose la falda con una sonrisa que parecía saber exactamente el efecto que tenía en mí—. El turno en el hospital no espera.

    —Entiendo —respondí, forzando una calma que no sentía, mientras ella desaparecía por el pasillo con un último vistazo travieso por encima del hombro.

    Me dejé caer en el sillón, buscando distraerme con el zumbido monótono de la televisión. Cambié de canal sin prestar atención, mi mente todavía estaba atrapada en la cercanía de su cuerpo, en la calidez de su piel. Pero entonces, un sonido nuevo cortó el aire. Suave al principio, apenas perceptible sobre el murmullo del televisor, pero inconfundible: gemidos. Venían desde el baño, donde el agua de la regadera caía en un ritmo constante.

    Apagué el televisor con el control, el silencio llenó el departamento, dejando solo esos sonidos que se colaban por la puerta del baño. Eran intensos, descarados, como si mi prima no supiera —o no le importara— que el eco de su placer llegaba hasta mí. Mi pulso se aceleró, y sin pensar demasiado, me levanté y caminé hacia la puerta del baño, cada paso más sigiloso que el anterior. Pegué el oído a la madera, y los gemidos se volvieron más claros, más urgentes, acompañados por el chapoteo del agua. Mi imaginación se disparó, pintando imágenes de su cuerpo desnudo bajo el chorro, sus manos explorando donde las mías deseaban estar.

    Mi instinto tomó el control, y con un movimiento casi inconsciente, giré la perilla de la puerta del baño. Para mi sorpresa, cedió sin resistencia. Empujé lentamente, el vapor cálido escapándose por la rendija, y allí estaba Regina, bajo el chorro de la regadera. El agua resbalaba por su cuerpo, y sus manos sostenían aquel dildo púrpura, metiéndolo por su panocha con una cadencia que me dejó sin aliento. Su pubis, sin depilar, contrastaba con la palidez de su piel, y sus dedos libres acariciaban sus senos, que eran más generosos de lo que su ropa ajustada dejaba imaginar. La imagen era hipnótica, un cuadro de deseo crudo que me hizo olvidar dónde estaba.

    Quise dar un paso, cruzar ese umbral, pero la razón me frenó. No podía arriesgar mi estancia, no después de que ella me había abierto las puertas de su hogar. Con el corazón latiendo como un tambor, cerré la puerta con el mismo cuidado con el que la había abierto y regresé al sillón. Me dejé caer, fingiendo dormir, aunque mi cuerpo vibraba con la intensidad de lo que había visto. Cerré los ojos, intentando calmar el torbellino en mi mente, mientras el sonido de la regadera se desvanecía.

    Minutos después, la puerta del baño se abrió, y escuché los pasos ligeros de Regina cruzando el departamento. No dijo nada, solo se deslizó hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave. La curiosidad me venció otra vez. Me levanté, asegurándome de que no me oyera, y me colé en el baño aún húmedo, buscando algo —cualquier cosa— que pudiera alimentar las fantasías que ahora ardían en mi cabeza. Pero no había nada: ni una prenda olvidada, ni un rastro de su presencia más allá del aroma a jabón que aún flotaba en el aire.

    De vuelta en el sillón, tomé mi teléfono y comencé a mensajear a un amigo, mi pulso aún acelerado mientras tecleaba lo que había presenciado. “No vas a creer lo que vi, wey” escribí, describiendo cada detalle con una urgencia que apenas podía contener.

    Minutos después, Regina salió de su habitación, transformada por el uniforme de enfermera que se ajustaba a su figura como una segunda piel. El blanco impecable de la tela resaltaba su piel lechosa, y la falda, aunque profesional, dejaba entrever la curva de sus muslos. No pude contenerme.

    —Vaya, Regina, te ves… increíblemente sexy —dije, mi voz llena de admiración.

    Lejos de apartar la mirada, ella sonrió, con un destello travieso en los ojos.

    —Gracias, primo —respondió, girando ligeramente para darme una mejor vista—. Aunque, ¿sabes? Creo que me veo mucho mejor sin esto puesto.

    Mis ojos se abrieron de golpe, y un calor repentino me recorrió. No supe qué responder, atrapado entre el deseo y la cautela. Ella soltó una risa suave, recogiendo su bolso.

    —Volveré hasta mañana por la mañana —dijo, ajustándose los anteojos—. Esta noche puedes dormir en mi cama, pero solo hoy, ¿eh? No te acostumbres.

    —Gracias, prima, eres la mejor —logré articular, aun procesando sus palabras. Ella me guiñó un ojo, cerró la puerta principal con un clic y desapareció, dejando tras de sí un silencio cargado de posibilidades.

    No perdí el tiempo. Corrí a su habitación, mi pulso era acelerado por una mezcla de curiosidad y deseo. La cama, con sus sábanas aún impregnadas de su aroma, parecía llamarme, pero mi atención se desvió hacia los cajones de su cómoda. Los abrí uno por uno, revelando un tesoro de ropa interior: encajes negros, tangas de satén rojo, brasieres con detalles que gritaban provocación. Cada prenda era una prueba de que Regina, mi prima de anteojos de nerd, escondía un lado ferozmente sensual. Mis dedos temblaron al rozar un par de panties de encaje, y la tentación de usarlas para mi propio placer fue casi abrumadora.

    Pero entonces, bajo la cama, encontré algo que me dejó sin aliento. Un pequeño baúl de madera, cerrado con un candado que cedió con un leve tirón. Al abrirlo, el aire se me escapó del pecho. Dentro había un arsenal de deseo: esposas forradas de peluche rosa, trajes de látex que imaginé abrazando sus curvas, un surtido de dildos y vibradores de distintos tamaños, y, en el fondo, un pequeño álbum de fotos. Lo abrí con manos temblorosas.

    Cada página era una revelación: Regina, en poses audaces, su cuerpo apenas cubierto por lencería o nada en absoluto, capturada en selfies que destilaban una confianza ardiente. En una, sus labios vaginales rositas abrazaban un vibrador; en otra, sus manos jugaban con las esposas, sus ojos desafiaban a la cámara.

    —Dios, Regina… —susurré, mi voz perdida en la habitación vacía. Mi cuerpo reaccionaba con una urgencia que apenas podía controlar.

    El álbum seguía abierto frente a mí, cada página era una provocación que encendía mi piel. Mi prima, con las piernas abiertas, exponiendo su panocha húmeda, brillando bajo la luz tenue de su habitación, un dildo negro deslizándose entre sus pliegues. En otra imagen, sus pechos, más llenos de lo que su ropa sugería, estaban cubiertos por un velo de semen que goteaba en finos hilos sobre su piel de porcelana.

    Había una foto donde sus labios, rosados y entreabiertos, expulsaban un chorro de semen, sus ojos se veían entrecerrados en una mezcla de desafío y placer. Otra la mostraba con los dedos hundidos en su vagina, el vello oscuro de su pubis contrastaba con la palidez de sus muslos, su rostro contorsionado en un éxtasis silencioso. Cada imagen era un golpe al corazón, una invitación a un mundo de lujuria que no podía ignorar.

    Mis manos temblaron al tomar una tanga blanca del cajón, su encaje casi etéreo, tan delicado que parecía deshacerse entre mis dedos. Me recosté en su cama, aquellas sábanas de algodón aún estaban tibias, impregnadas de un aroma floral que gritaba su nombre. Envolví mi erección con la tela, la fricción del encaje contra mi piel enviaba chispas de placer por mi columna. Las imágenes de Regina danzaban en mi mente: su cuerpo arqueado, sus gemidos resonando como ecos del baño. No duré mucho. Con un gruñido bajo, me derramé en la tanga, el calor de mi liberación manchó el encaje mientras mi cuerpo se estremecía, atrapado en una ola de placer culpable.

    Jadeando, me quedé allí, el techo giraba sobre mí. Pero en medio del agotamiento, una certeza se alzó como un faro: mi prima no era solo un deseo fugaz. Quería conquistarla, hacerla mía, no solo en cuerpo, sino en alma. Quería que sus gemidos fueran para mí, que sus ojos me buscaran en la penumbra.

    Con cuidado, doblé la tanga y la enterré al fondo del cajón, bajo un revoltijo de lencería de encaje y satén. Cerré el baúl, asegurándome de que cada juguete estuviera en su lugar, como si nunca hubiera profanado su santuario. Me dirigí al baño, el suelo aún húmedo por su ducha, el aire cargado de un vapor que olía a su jabón de vainilla. Bajo el chorro frío, intenté apagar el fuego que aún ardía en mis venas, pero cada gota que resbalaba por mi pecho evocaba la imagen de Regina bajo el agua y sus manos auto explorándose.

    Salí envuelto en una toalla, el espejo empañado reflejaba mi rostro sonrojado. Me desplomé en su cama, el colchón se hundió bajo mi peso, las sábanas me abrazaron como un amante ausente.

    —Regina, cuando vuelvas… —susurré, mi voz se perdió en la oscuridad de la habitación—. Esto apenas comienza.

    El sueño me reclamó, pero no sin antes imaginarla entrando al amanecer, con su uniforme de enfermera arrugado, esperando a ser despojado de aquel cuerpecito candente.

    El alba se colaba por las cortinas cuando abrí los ojos, la cama de Regina aún estaba envolviéndome en su aroma. El silencio del departamento me dijo que ella no había regresado del hospital. Decidí aprovechar la oportunidad para sorprenderla. Me levanté, la energía de la noche anterior todavía vibraba en mis venas, y me puse manos a la obra en la cocina.

    Preparé una torre de hot cakes esponjosos, dorados en los bordes, acompañados de rebanadas de jamón crujiente y un hilo de miel que brillaba bajo la luz matutina. En la máquina de café, mezclé un cappuccino cremoso, la espuma formaba remolinos perfectos. Coloqué todo en la mesita de la sala, y como toque final, busqué un florero pequeño en un estante y lo adorné con una rosa que encontré en un mercado cercano. La mesa era un cuadro acogedor, un gesto que esperaba hablara más alto que mis palabras.

    Justo cuando ajustaba la rosa en el florero, la puerta principal se abrió. Regina entró, su uniforme de enfermera estaba ligeramente arrugado, con cansancio dibujado en sus ojeras, pero con esa chispa en los ojos que nunca parecía apagarse. Se detuvo en seco, su bolso colgaba de un hombro, y miró la mesa con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

    —¿Esto qué significa, Adrián? —preguntó, teñida de curiosidad, mientras dejaba el bolso en el sillón y se acercaba, los tacones de sus zapatillas resonaban en el suelo.

    —Solo quise prepararte el desayuno antes de que te vayas a dormir —dije, encogiéndome de hombros, aunque mi corazón latía con fuerza—. Es mi manera de agradecerte por dejarme quedarme aquí.

    Ella ladeó la cabeza, sus labios se curvaron en una sonrisa que hizo que el aire se sintiera más ligero. Sin decir nada, se acercó y me envolvió en un abrazo cálido, su cuerpo se presionó contra el mío. El aroma de su perfume, mezclado con un leve rastro de antiséptico del hospital, me envolvió. Antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron los míos en un piquito fugaz, suave como un susurro, pero suficiente para encender un cosquilleo en mi piel.

    —Gracias —murmuró, su aliento cálido contra mi mejilla—. Nadie había hecho algo así por mí. Nunca.

    Nos sentamos a la mesa, con los hot cakes humeando entre nosotros, el cappuccino llenando el aire con su aroma tostado. Mientras comíamos, la conversación fluyó como en los viejos tiempos. Reímos recordando nuestra infancia, esa tarde en la primaria cuando, en un juego inocente, “nos casamos” en aquella kermesse, con anillos de papel y promesas solemnes de que algún día sería real.

    —¿Te acuerdas de lo serio que estabas? —dijo mi prima, limpiándose una gota de miel de la comisura de los labios con una risa—. Juraste que me construirías una casa con piscina.

    —Y tú prometiste que serías mi enfermera personal —repliqué, guiñándole un ojo, mi voz cargada de un flirteo que no pude contener.

    Ella se rio, pero sus ojos se detuvieron en los míos un segundo más de lo necesario, un destello de algo más profundo brillando tras sus anteojos. Terminamos el desayuno entre bromas, pero el aire entre nosotros estaba cargado, como si cada palabra escondiera una intención no dicha.

    —Ya no puedo más, necesito dormir —dijo al fin, estirándose con un bostezo que dejó ver la curva de su cuello. Se levantó, dejando su plato vacío, y me dio una última mirada—. No te acostumbres a mimarme tanto, primito. Podría gustarme demasiado.

    —Ese es el plan —respondí, mi voz era baja, mientras ella desaparecía en su habitación con una sonrisa que prometía más de lo que decía.

    Me quedé solo en la sala, con el sabor del cappuccino aún en mi lengua, mi mente dando vueltas. Esa rosa, ese piquito, esa promesa infantil que ahora resonaba como un desafío. Quería más que su cama, más que su ropa interior o sus secretos. Quería que Regina fuera mía.

    Era viernes, y con el fin de semana libre antes de empezar en la empresa el lunes, me acomodé en el sillón con un cappuccino fresco, el aroma tostado llenaba la sala. Abrí mi laptop, navegando sin rumbo por internet, leyendo artículos dispersos hasta que la pantalla del televisor me llamó. Puse Suits, mi serie favorita, y me perdí en los enredos de Harvey Specter, sus trajes impecables y su descaro para salir de cualquier lío. Las horas se deslizaron sin darme cuenta, y cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, llegó la pizza que había pedido. El olor a pepperoni y queso derretido inundó el departamento mientras colocaba la caja en la mesita de centro. Encendí Porky’s en la tele, una película que siempre me sacaba una risa culpable. El aire se había vuelto fresco, así que tiré una frazada gruesa sobre mis piernas, hundiendo los pies en su suavidad.

    Entonces, la puerta de la habitación de mi prima crujió. Salió, aún con el sueño pegado en los ojos, tallándoselos con el dorso de la mano. Llevaba un mini short rosa pastel que apenas cubría la curva de sus nalgas, la tela era tan ajustada que delineaba cada centímetro de su figura. Su brasier, negro con un toque de encaje, abrazaba sus pechos, realzándolos de una manera que me hizo tragar saliva. Su cabello castaño caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y la luz de la tarde, filtrándose por la ventana, hacía que su piel pareciera aún más pálida, casi luminosa.

    Sin decir nada, se acercó a la mesita, dejándome ver sus redondas nalgas, tomó una rebanada de pizza, el queso se estiró en hilos dorados, y con un movimiento audaz, arrancó la frazada de mis piernas.

    —Oye, qué frío —protesté, pero mi voz se apagó cuando se dejó caer a mi lado, tan cerca que nuestras piernas se entrelazaron, la calidez de su piel contra la mía enviaba un escalofrío por mi espalda. Volvió a cubrirnos con la frazada, su cuerpo pegado al mío, y apoyó la cabeza en mi hombro, mordiendo la pizza con una naturalidad que contrastaba con la tormenta que desataba en mí.

    —¿Porky’s? ¿En serio, Adrián? —dijo, su voz somnolienta pero teñida de diversión, mientras masticaba lentamente—. Eres un clásico.

    —Es un clásico por algo —respondí, intentando sonar relajado, aunque mi corazón latía tan fuerte que temía que ella lo notara. Su cercanía era abrumadora: el roce de sus muslos desnudos contra los míos, el calor de su aliento en mi cuello, el leve movimiento de sus pechos al respirar. Mi cuerpo reaccionaba con una urgencia que apenas podía contener, la idea de deslizar mis manos bajo ese short y explorar cada rincón de su piel casi me nublaba la razón.

    La película terminó, los créditos se deslizaban por la pantalla mientras el silencio se asentaba en la sala, roto solo por el crujido ocasional del sillón bajo nuestro peso. Regina, aún acurrucada contra mí, levantó la cabeza de mi hombro, su cabello desordenado caía en mechones sobre su rostro. La frazada seguía envolviéndonos, un capullo cálido que hacía que su cercanía fuera casi insoportable.

    —¿Qué planes tienes para mañana? —preguntó, su voz era suave, con ese dejo somnoliento que la hacía sonar aún más íntima. Sus dedos jugaban distraídamente con el borde de la frazada, rozando mi pierna en el proceso.

    —Realmente no tengo nada en mente —admití, mi mirada estaba atrapada en la curva de sus labios mientras hablaba—. ¿Alguna idea?

    Sus ojos brillaron tras los anteojos, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. —Vamos al zoológico de Guadalajara —propuso, incorporándose un poco, el movimiento hizo que su brasier resaltara aún más la forma de sus pechos—. Hace años que no voy, y creo que sería divertido.

    —Me parece perfecto —respondí, imaginándola, caminando a mi lado bajo el sol, su risa llenando el aire. La idea de pasar un día entero con ella, fuera de este departamento cargado de tensión, era tan tentadora como peligrosa.

    Continuará…

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  • Otra historia mas que cuento antes de conocer a mi marido

    Otra historia mas que cuento antes de conocer a mi marido

    Otra de mis historias antes de conocer a José, son las que le encanta a él que le cuente. Lo pone a mil.

    Era un sábado que comenzó con la alegría de un encuentro con algunas de mis mejores amigas que no veía desde hacía varios meses.

    Zoe, Vicky y yo éramos amigas y ex compañeras de secundaria, años atrás en la primera juventud. Desde entonces, y a pesar de que a veces nuestras respectivas obligaciones nos alejan un poco, siempre hacemos un hueco para vernos, contar anécdotas, ponernos al día de nuestras cosas y disfrutar de una charla amena. Al final siempre caemos en la trampa y hablamos de los hombres. Lo que nos une a ellos, lo que nos distancia, lo que nos hace sucumbir, lo que no enerva hasta la ebullición… los de antes, los de ahora, los quizás…

    A propósito de ello, las tres teníamos pareja en ese momento o algo parecido. Vicky había atravesado algún terremoto reciente en su relación; ya reconciliada, pero con algunas dudas a cuestas, estaba con un signo de interrogación al futuro. Zoe llevaba una relación bastante reciente y yo una pasajera como para no estar sola.

    Declarado el estatus de intenciones, siempre nos ha gustado hacer un repaso de fantasías, locuras que hicimos o las que nos hemos arrepentido por no hacer. Difícilmente nos quedemos con los errores del pasado, más bien solemos mirar positivamente incluso sobre cuestiones que hemos atravesado con dudoso acierto. Por eso, cada vez que nos juntamos es un disfrute y un placer.

    Cenamos en un sitio alegre y de bastante concurrencia, el ánimo de la charla se confundía con el bullicio del entorno. Como de costumbre nos gusta vestir bien, comer bien y beber mejor. Todas habíamos elegido un vestido para aquella noche, alguno más ajustado que otro, según entendíamos que nos favorecía la silueta.

    Vicky, era la menor de las tres, espontánea, extrovertida y alegre, solía poner la nota más picante en las conversaciones. Tenía un desenfado que la hacía atractiva más allá de su aspecto físico, que por cierto concitaba más de una mirada masculina. Se había puesto un vestido pegado al cuerpo que le quedaba de muerte y como es bastante alta, lo lucía con estilo.

    Zoe era la más formal, solía vestir de acuerdo a su carácter, siempre atenta y equilibrada, pero sabía divertirse cuando desconectaba.

    Yo… bueno… no me quejo en absoluto, con mis facultades femeninas y cierto aire de sensualidad que, aun sin pretenderlo, suele atraer voluntades seductoras con regular frecuencia. No puedo negar que ello me genera cierto cosquilleo que alimenta mi autoestima y por decirlo de alguna manera… pone un toque de vibración en la piel. Me había puesto un vestido azul oscuro, sin mangas, escote alto, espalda generosa, cuya falda subía apenas de las rodillas

    Las tres acudimos a un bar para prolongar la noche con algunas copas que agitaran aún más nuestras sensaciones y nos subieran los colores. Después de un buen rato, Vicky propuso ir a bailar. Lo cierto es que hacía tiempo que no lo hacía y me pareció una idea estupenda. Dijo que tenía la dirección de un lugar que le recomendaron porque tenía buen ambiente, decidimos que era una opción válida. Tomamos un taxi y en pocos minutos estábamos en la puerta de aquel sitio. En su interior, con dos enormes pistas de baile acondicionadas con diferentes motivos y formas. Luces, efectos láser y desde luego el sonido, eran espectaculares y muy cuidados.

    Pedimos unas copas y mientras estábamos en la barra no tardaron en aparecer los primeros candidatos a ser compañeros de baile. Vicky no demoró en tomar su elección y una vez hecha, saltó a la pista como si tuviera resorte en los pies. Ni bien se mezcló entre el gentío asimiló la música en el cuerpo y comenzó a moverse sensualmente, con gusto y estilo envidiables.

    La siguiente fue Zoe, que tras la breve insistencia de un hombre bastante seductor, accedió con una sonrisa y acto seguido comenzó a bailar aun antes de llegar al escenario.

    Yo reía encantada desde la barra, acompañando el sonido con el vaivén de mi cuerpo. No fue extraño que se me acercara un tío para sacarme a bailar. Era alto, más bien delgado y a primera vista me pareció bastante guapo.

    -Hola, me llamo Sebas y muero por un rato bailando contigo-Me dijo sonriendo. Me pareció divertido y le devolví el gesto asintiendo.

    -Lau -Dije y me cogió de la mano para conducirme hasta un extremo de la pista donde no se apretaba tanto el gentío.

    Nos soltamos al compás de la música y desde el primer paso sentí que disfrutaba con cada uno de los movimientos que soltaba mi cuerpo. Es curioso como el sonido y las luces se van apoderando de uno sin que nos demos cuenta. Los temas se sucedían, algunos más rápidos que otros y mi compañero no parecía tener ganas de cambiar pareja.

    De vez en cuando buscaba a Vicky con la mirada, quien no paraba de sacudirse divertida, bailando con uno o varios hombres a la vez.

    En un instante los acordes cambiaron a ritmos latinos, allí tuve que improvisar bastante porque no tengo mucha práctica, pero parecía que mi cuerpo aprendía con rapidez y no desentonaba con el resto. Empezó con Salsa y siguió con una Bachata, algo más lenta y allí estaba yo disfrutando el momento.

    Mi compañero tampoco lo hacía mal y se aferraba a mi cuerpo con movimientos sensuales que yo intercambiaba aceptando el reto que el baile proponía. Pierna con entrepierna, contoneo de cadera, de frente y de espalda… a esa altura sus manos no se cortaban y acariciaba mi cuerpo con soltura. Si estaba de frente me sujetaba por la cintura y a veces por el culo y si me giraba subía sus manos hasta mis pechos. Pero yo no me quedaba atrás y le hice sentir mi trasero en su pelvis con los movimientos más sensuales que la música me sugería.

    -¡Cómo me estás poniendo! -dijo en medio de aquel estruendo.

    -¡Jaja!… culpa de la música-Le contesté sonriendo.

    -¿Te apetece tomar algo?

    -Vale, has logrado despertar mi sed – Dije con una mirada llena de picardía natural, y me sacó de la pista para regresar a la barra.

    Pedimos unos mojitos y mientras esperábamos que los traigan, él se acercó con suavidad y me comió la boca. Casi sin darme cuenta le estaba respondiendo el beso sintiendo su lengua en la mía. A esa altura de la noche tenía el cuerpo muy sensible, entre el alcohol que llevaba y a qué negarlo, el morbo que había encendido mi compañero… ese beso me supo a placer total…

    El camarero había dejado las bebidas, pero ni cuenta nos dimos con tanto morreo que nos tenía ocupados. Finalmente logramos soltarnos para darnos un respiro y eché un vistazo alrededor para buscar a mis amigas, pero no tuve éxito.

    -¿Estás con alguien? -Me preguntó.

    -No… si… bueno mis amigas que salieron a bailar antes que yo y ahora no las veo

    -¿Seguro se están divirtiendo, porque no nos vamos a un sitio más tranquilo? -Volvió su boca hacia la mía y otro rato que nos enredamos entre besos y manos a puro calentón.

    -Espera, quiero contactar con ellas primero

    Acabamos los vasos o más o menos y empezamos a recorrer las pistas y alrededores en busca de ellas.

    Al cabo de un rato sin éxito, me preguntó si estarían acompañadas porque en ese caso quizás habrían salido o estaban en lugares menos públicos que aquel. Intenté llamarlas pero ninguna contestaba. Nos dirigimos a los servicios y nada, rodeamos toda la planta baja con igual resultado. Subimos a la planta superior donde hay unos balcones que dan a las pistas, allí me detuvo para volver a besarme y me puso contra la pared metiéndome mano por debajo del vestido.

    Ufff… eso ya eran palabras mayores y no podía dejar las cosas así. Sentí que el bulto debajo de su pantalón estaba creciendo y mi mano lo buscó para apretarlo y acariciarlo. Él me ponía los dedos por encima de las bragas buscando mi deseo… mis ganas de que avanzara…

    -Arriba hay pisos más tranquilos -Me dijo al mismo tiempo que me llevaba hacia las escaleras.

    A medida que subíamos las luces se hacían más tenues, se iban perdiendo casi al compás de la música que se alejaba con nuestros pasos.

    Nos cruzamos con algunas parejas que estaban en plena actividad medio protegidos entre las sombras. A mitad de camino en las escaleras, casi tropiezo con una chica que tenía la falda levantada, con su chico metiendo mano. Más adelante, otra mujer, frotando su mano sobre el pantalón a un hombre que sostenía una copa sonriendo. Pasamos de largo, dimos vuelta en un pasillo que conducía a una sala sembrada de sillones, que parecían mayormente ocupados, aunque no se veía más que siluetas insinuantes.

    Algunos charlaban, otros dormían y otros se dedicaban a disfrutar de besos, abrazo y manos que bajaban y subían por el cuerpo de sus parejas. De pronto me detuve ante una de esas parejas que llamó mi atención. Miré detenidamente y allí estaba Vicky, enroscada como una víbora con su joven pareja de ese momento. Ella entre besos y manos que se cruzaban por debajo de su vestido para acariciar su sexo. Estuve unos instantes mirando, los dos estaban entregados y no les interesaba lo que pasara a su alrededor.

    Si ya estaba bastante caliente, aquella escena me puso aún más, sentía mi concha mojada y palpitando con deseo. Son esos momentos que el cuerpo pide caña y el control pasa a un segundo plano. De pronto sentí la mano de mi compañero acariciando mi trasero y mis pechos.

    -Tengo ganas de cogerte ya!!!-susurró en mi oído despertándome de la hipnótica escena de mi amiga y encendiendo mi deseo…

    Nos acomodamos en un sillón pequeño pero lo suficientemente acogedor para nuestras necesidades al lado de ellos que seguían sin percatar nuestra presencia. Los besos comenzaron rápidamente para que sus manos continúen enseguida bajo la falda de mi vestido. La calentura era enorme, mi tanga a esa altura mojaba sus dedos que la recorrían.

    Cuando me propone ir a su departamento que estaba cerca, decido avisar a Vicky que seguía en su mundo en el sillón de al lado. Su macho de ese momento pide si ellos también podían ir al que me compañero no duda en invitarlos.

    Bajamos las escaleras con más prisa que al subir, volviendo a esquivar las parejas que se arremolinaban aun en mayor número que antes. Llegamos a departamento, mientras subíamos los cuatro en el ascensor aprovechamos para no perder tiempo en ir desabrochando los pantalones de nuestros ocasionales amantes, al entrar no tuve tiempo de ver ni como era el departamento fuimos directamente a su cama, mientras Vicky se quedó en el sillón que estaba en la entrada.

    Me quitó la tanga que estaba deseando liberar. Abrí las piernas y comenzó a comerme el concha, con dedicación ardiente, su lengua jugaba con destreza en mi clítoris y mis labios vaginales… Me mordisqueaba, me succionaba, me lamía y el placer de su boca me excitó como no imaginaba.

    El primer orgasmo estalló con rapidez producto del deseo acumulado en aquella noche, mi cuerpo se sacudió en plena oleada de placer. Él se bajó el pantalón, lo acaricié con ambas manos y tantas eran mis ganas de que me cogiera que no le hice esperar y comencé a chupárselo metiéndolo todo en mi boca.

    Mis habilidades en cuanto al sexo oral eran prueba largamente demostrada, por lo que sabía el placer que estaba dando y me encantaba hacerlo.

    Mojada como me encontraba poco le costaría penetrarme y no tardó en hacerlo…

    En un movimiento me tumbó sobre la cama, yo separé las piernas con ansiedad y deseo… me clavó hasta el fondo, sentí como su verga se abría camino en mi interior implacable y profunda, separando con fuerza mis paredes vaginales.

    ¡No solo tenía buen aparato, sino que lo usaba estupendamente, qué manera de cogerme! Se sacudía con tanta fuerza dentro de mí que parecía me iba a partir… sentía que llegaba a mi garganta con la punta. Avanzaba y retrocedía sin detenerse un segundo; yo le seguía el tren acompañándole con mis movimientos igualmente feroces.

    No sé si grité y tampoco me importaba que me escucharan cuando volví a acabar.

    Él sacó su pene y comenzó a masturbarse… su mano apretada rodeaba su miembro sacudiéndolo sin parar… yo miraba extasiada el palo que acababa de tener dentro… la escena me ponía mucho… Se corrió copiosamente… no era para menos con tanta excitación.

    Nos besamos con pasión, con caricias entregadas al placer… sus dedos buscaron mi sexo, rozando mi clítoris y luego metiéndose dentro. ¡Era un artista con esos movimientos… que bien sabía dónde tocarme para hacer que no dejara de desearlo!

    Su pija volvía a crecer sin tocarla. Al tiempo que escuchaba los gritos de como estaba acabando Vicky muy cerquita nuestro.

    Los dedos de mi compañero no paraban de moverse dentro de mi vagina y su boca recorriendo mis pechos, aunque con mucho menos vehemencia que lo habíamos hecho un ratito antes, casi en cámara lenta. Pero eso iba haciendo que me calentara despacio, pero sin pausa.

    De pronto veo a Vicky parada apoyando las dos manos en el marco de la puerta mirándonos y su hombre cogiéndola por atrás, me gustaba mirarlos mientras sentía como mi compañero volvía a introducir su pija en mi cuerpo… era una sensación nueva y con morbo total. Me cogían mientras veía como otros cogían y debo decir que también ellos nos dedicaron miradas, primero furtivas y luego desenfadadas, entre gemidos varios. De pronto el chico forzudo la levanta, tirándola boca abajo a nuestro lado, para extender su mano y comenzar a acariciar mis pezones, mientras continuaba cogiendo a Vicky boca abajo. Yo estaba como en un sueño y el placer era lo que me envolvía.

    Mi compañero aceleró sus movimientos producto de su gran excitación y yo sacudía mi pelvis absolutamente entregada a su miembro que me hacía gozar con cada movimiento.

    Creo que ni siquiera me sorprendió cuando el otro se acercó y comenzó a tocar mis tetas, mientras Vicky me miraba entregada a la culiada que le estaban pegando. Instintivamente estiré mi mano y le acaricié su cara para luego llevar mi mano a sus tetas. Su pareja me observaba excitada y bajaba con los dedos hasta mi vulva, que estaba siendo penetrada, acariciándose con evidente lujuria.

    En un momento pensé en un trio y lo estábamos disfrutando entre cuatro.

    Luego me giró para ponerme en cuatro con las manos en el respaldo de la cama; entonces Vicky se pone en igual posición quedando las dos con nuestros culos en pompa estando a su disposición, rápidamente mi vagina volvió a sentir la invasión de su espectacular y vigorosa pija. El otro tío se aferraba a mi pelo como para sostenerse, y sacudir con fuerza a mi amiga.

    Percibí que se correría y estaba tan caliente que empezamos a gritar las dos como perra que somos.

    No se pudo contener y algo más que un gemido salió de su garganta. Después de sus espasmos de placer se tumbó a lado de Vicky.

    Mi chico seguía dándome todo y con todo, mi cuerpo se amortiguaba en el respaldo de la cama ante su impresionante vitalidad. Era una máquina que parecía romperme dejando mi sexo abierto y mojado por completo.

    -¡Ahhh… ohhh… mmmm… sigue… dame… dámela toda… más! -Le retaba con sensualidad felina. Quería aguantar un poco más para prolongar ese momento, con ese enorme palo dentro que me hacía arder, pero no podía esperar más y volví a acabar

    Nuestros orgasmos fueron tremendos… muy intensos… allí desnudos, frente a ellos nos quedamos en silencio. Poco a poco fui tomando conciencia de mi alrededor, mirando las dos vergas que estaban a mi lado y sintiendo como Vicky pasaba sus manos cerca de mis tetas.

    Acomodé mis ropas con celeridad y miré la pantalla de mi teléfono; tenía llamadas perdidas y mensajes de Zoe que nos estaba buscando. Entonces recordé la escena como si fuera un sueño, no estaba muy segura de que haya sido real. Les respondí que me esperara un momento que estábamos juntas y que íbamos para allá.

    Instantes más tarde nos reencontramos en la puerta de la disco con Zoe. Fue mirarnos y soltar unas carcajadas simultáneas llenas de complicidad.

    La noche era agradable y templada, comenzamos a caminar para tomar un poco de aire. Vicky fue la primera que empezó… Zoe… cuando te cuente la nochecita que hemos tenido, no lo vais a creer…

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