Autor: admin

  • Mi esposa, más caliente de lo que imaginó (II)

    Mi esposa, más caliente de lo que imaginó (II)

    Después de contarles cómo fue que comenzamos a fantasear con incluir a otro hombre en nuestra relación sexual, Janeth empezó a ponerse calienta más seguido imaginando como podríamos hacer realidad esa fantasía, me pedía su juegue constantemente y a veces me mandaba mensajes mientras estaba en la oficina.

    Veía sus videos masturbándose y me decía que estaba ahí en la cama con otro, que si quería ir a ver o quería escuchar cómo era penetrada por ese hombre, me decía que era algún trabajador que estaba viéndola desde otra casa o que era algún repartidor que le había llevado algo.

    Por supuesto eso me ponía a mil, de inmediato mi verga se ponía dirá y mi imaginación volaba.

    Un día decidimos irnos a la playa y una noche se nos ocurrió ir a un table dance, Janeth vestía muy linda con unos tacones altos y una minifalda en color café, (lo recuerdo muy bien), inmediatamente al entrar vimos muchas chicas caminando y algunos chicos en las mesas, nos sentaron cerca de donde bailan las chicas y de pronto Janeth me dijo voy al baño, todo iba normal, yo disfrutaba de la vista y cuando regresa estaba sonriendo y me dice, estaban entrando un grupo de chicos, creo que pensaron que trabajó aquí, por qué uno de ellos me dio una nalgada, me señaló de manera discreta quien era.

    Después de un rato, me levanté al baño también y aproveché que ella estaba distraída y me acerque al grupo de chavos, le dije al chico que era mi esposa pero que no había problema, le pedí que se acercara a sacarle plática que yo me tardaría un rato.

    Cuando regrese estaban platicando y todo normal, me dijo Janeth que él se acercó a disculparse, aunque no sabía que yo lo mandé, el chico nos invitó a su mesa, así que sin dudarlo nos sentamos con ellos, les contamos que éramos pareja y que estábamos ahí solo pasando el rato, después de un rato entre copas y baile, ellos acercaron a un par de chicas del lugar, estuvieron jugando con ellas y Janeth ya más relajada les dijo que quería aprender a bailar como ellas, así que se levantaron y comenzaron a mostrarle como se hacía, también le mostraron como era bailarle a algún cliente, creo que eso le dio una idea.

    Uno de los chicos dijo que estaba festejando su cumpleaños, así que Janeth me dijo al oído que si le podía dar un regaló a lo que sin pensarlo le dije que sí.

    Yo la veía tratando de imaginar que era lo que planeaba, hasta que de pronto al comenzar una canción, se le acercó y comenzó a bailarle, de una manera tan sensual, que de inmediato se me puso dura, primero estaba frente a él y de pronto estaba sobre él, se frotaba de tal manera que parecía estar cogiendo ahí mismo, bailando de frente, el aprovechó para tocar sus nalgas, con el ritmo de la música y al abrir sus piernas para poderse montar en él, la mini falda quedó en sus caderas, así que se veían sus nalgas solo con la tanga puesta, después de un momento ella se levantó y de nuevo se sentó en el pero de frente a mí, el chavo disfrutaba de como mi esposa se frotaba en su verga, alcance a ver cómo metía sus dedos baja la tanga intentando sentir su vagina, hasta que finalizó la canción y le dio un beso en el cachete.

    Todo el tiempo los demás chicos solo veían y aplaudían, animándola a seguir con ese show tan delicioso.

    Se acercó a mi y me dijo que si me había gustado como bailaba, solo tome su mano y la puse sobre mi verga, para que viera ella sola si lo había disfrutado yo, mismo acto ella tomo mi mano y la metió entre sus piernas, estaba empapa, me dijo al oído «me estaba metiendo sus dedos y yo no pude resistir» eso me puso más caliente todavía, pero a la vez nervioso.

    Quería metérsela en ese instante, le dije que si ya nos íbamos y me dijo que como yo quisiera, así que nos despedimos y nos fuimos a nuestro hotel, en el camino se empezó a masturbar, me decía que regresáramos por él, dijo que cuando se frotaba sentía si verga dura, la verdad estaba muy nervioso y le dije que mejor otro día, así que en el hotel le quite esas ganas de sentir otra verga.

    Saludos. @janethyalex6985.

  • Caro y Edu

    Caro y Edu

    La vida en pareja es llevadera cuando hay buena sintonía. Cuando se comparten gustos, pasiones, sentimientos, emociones, objetivos, proyectos. Una óptima convivencia requiere respeto mutuo, comprensión, afinidad, empatía, buena comunicación, tolerancia a las imperfecciones del otro, humildad ante las propias, sinceridad, confianza y, por supuesto, amor.

    Caro y Edu son un ejemplo de pareja que funciona a la perfección. Ellos se aman, se entienden, se escuchan, se contienen, se complementan; comparten momentos maravillosos, pero también se dan espacio, no se agobian. Y lo más importante: viven su sexualidad a pleno

    Lunes de tarde: ambos retornan a casa luego de una extensa jornada, llegan casi al mismo tiempo. Están algo estresados, es normal después del duro trabajo, pero ellos saben que la tensión pronto comenzará a ceder ante la calidez del hogar. Se saludan con un beso en los labios e intercambian noticias de su diario acontecer.

    Caro ha tenido una extracción, un par de restauraciones y varias revisiones de rutina. No parece gran cosa, un día normal, pero la extracción se le ha complicado y ha necesitado opinión especialista. Ella le cuenta a Edu los pormenores del caso con pasión, como si lo estuviera viviendo nuevamente. Cree haber realizado un buen trabajo a pesar de los contratiempos; después de todo, el paciente parece haber quedado satisfecho. Mientras conversa se despoja de su cartera y de su abrigo: un abrigo liviano, por suerte ya pasaron los peores fríos.

    Edu ha tenido que batallar contra la cotidianeidad informática de la oficina y contra la impiedad de algunos clientes exigentes. Su relato es escueto, resumido, de tono apático, nada convencido de su valor anecdótico. Se nota que ha sufrido el día. Quizá ya esté pensando en el siempre edificante fútbol de los lunes: ese que es como una catarsis del cuerpo, ideal para contrarrestar el duro golpe que significa el comienzo de una nueva semana. Caro prepara café y luego lo ayuda a organizar el bagaje deportivo.

    –¿Quiénes van? –le pregunta.

    –Todos –responde Edu, y queda pensativo un instante–. Menos Martín. Martín no va. Hace tiempo que no va. El otro día comentábamos cuánto hace que anda desaparecido –hace una pausa y reflexiona–. Tendrías que escuchar las ridículas excusas con las que justifica sus ausencias –una sonrisa escéptica se dibuja en su rostro–. No sé… quizá está de novio y se lo calla.

    Caro también sonríe mientras sus delicadas manos doblan prolijamente una camiseta de fútbol y la colocan dentro de la mochila de su amado; y piensa en Martín: el apuesto amigo de Edu, el que no le quitó la vista de encima en aquella fiesta de nochevieja. Qué atrevido: mirar de esa manera a la novia de su amigo. Ella también lo miró; no quería, pero lo miró: ¡qué vergüenza si alguien se daba cuenta! Estaba realmente tentador con su estilo informal de jeans y camiseta. Tan atractivo él, tan lindo y tan atlético, con ese aire misterioso, y esos fuertes brazos. Ella no quería, pero ahora cree recordar que con sólo observarlo unos instantes sintió que se le humedecían sus rincones más íntimos, tuvo que reprimirse: era el amigo de Edu, ¡por Dios!

    Y ahora ella sonríe porque es la única que conoce el verdadero motivo por el cual el amigo de su novio ya no asiste al fútbol semanal. De pronto abandona su sonrisa y suspira imaginando lo que ocurrirá minutos más tarde, cuando Edu se haya ido y Martín cruce por la puerta de entrada, le arranque la ropa con desespero y le haga el amor allí nomás, en la sala. Y comienza a mojar su bombacha pensando en el pene de Martín: nunca ha podido rodearlo completamente con su mano de tan grueso que es; y necesita abrir su boca tan grande como la abren sus pacientes para poder saborearlo enteramente.

    Ya puede presentir a ese enorme y delicioso apéndice palpitando en sus adentros más recónditos. Tan duro que se le hace difícil hundir la yema de sus dedos en él; ¿cómo puede mantener esas erecciones tan firmes durante tanto tiempo? ¡Qué hermosa verga! Tan gruesa y tan larga que cuando él la penetra ella se siente como vaina de cuero candente, y siente que fue hecha para recibir ese perfecto trozo de carne surcado por hinchadas venas.

    De pronto se encuentra tan mojada que desea que su novio se marche cuanto antes, que venga Martín de una vez y le meta la pija en la cola como lo hace siempre, que le haga temblar las piernas hasta que éstas desfallezcan, que la tome por detrás y le bombee el culo con ritmo infernal hasta que ella caiga de rodillas retorciendo su espasmódico cuerpo en uno de sus prodigiosos orgasmos.

    Media hora más tarde Edu transpira sobre el verde césped junto a sus amigos. Lleva en su haber un gol y una asistencia: el partido promete. Mientras tanto, Caro transpira en su casa: tumbada boca abajo sobre la mesa de la sala, de puntas de pie contra el suelo y con la pija de Martín percutiendo rabiosa en lo más profundo de su culo. El amigo de su novio la tiene fuertemente tomada del pelo y le da duro castigo a sus nalgas macizas. Ella siente que se deshace de placer; sus ojos están en blanco; su lengua zigzaguea fuera de su boca y relame sus labios; siente que el vergajo de Martín la completa; siente cómo ese espectacular pedazo de carne se hincha, apretando cada vez más las anilladas paredes de su esfínter, que parecen que van a estallar.

    La intensidad del combate aumenta: ya es guerra; Martín arremete con unos bombazos bestiales y ella responde con enérgicas embestidas de su culo mientras imagina que Edu regresa a casa en ese momento y la encuentra así: obscenamente enculada por su infiel amigo. Imagina que, al ver a su novio parado en la puerta con rostro desconcertado, ellos no detienen su ritmo, lo incrementan; y que ese choque brutal hace temblar los muebles, y las paredes, y el techo; y que ella mira a su novio sin mirarlo, con su pelo oscuro revuelto dando marco a una mirada perdida en los umbrales del éxtasis; lo imagina de boca abierta y dejando caer la mochila al suelo, comprendiendo que después de que ella ha probado la verga de Martín –ese imponente colgajo que seguramente ha debido ser motivo de admiración silenciosa o incluso de algún chiste soez en el vestuario de los lunes futboleros–, la suya ya no podría hacerle mella.

    Luego imagina a Edu excitado con la escena, masturbándose frente a ellos; esta variante le sube aún más la temperatura. Por fin sus piernas ceden, se ponen chuecas, tiemblan como toda ella; y cae. Y entonces Martín le sigue dando mientras ella se retuerce y dice “basta”, pero quiere más, no quiere que se acabe ese pletórico momento; y su concha expulsa esos largos chorros que su novio ni siquiera le ha sospechado: sólo con la pija de Martín se chorrea de esa manera.

    Edu regresa extenuado pero con semblante victorioso: cree que ha jugado un partido perfecto. Caro lo recibe ya duchada y con enorme sonrisa. Él dice que está demasiado cansado como para cenar y se va directo a la cama. Ella piensa que es mejor que así sea: no ha tenido tiempo para cocinar (Martín sí ha jugado un partido perfecto). Esa noche ambos se duermen temprano agotados de tanto ajetreo físico.

    Suena el despertador, son las 6:30. Caro se levanta y abre la ventana: parece que será un martes soleado. Edu se quedaría gustoso durmiendo un rato más, pero sus obligaciones no se lo permiten. Caro se le acerca y lo besa suavemente en la mejilla; él abre sus cansados ojos y sonríe, luego la abraza. Quedan cara a cara; él la mira como invocando a Eros; ella se aparta sonriendo y le advierte que no tiene tiempo para juegos mañaneros, le recuerda que para ella es un día excepcional pues diversos sucesos han motivado que deba hacerse cargo de la clínica en solitario hasta media mañana: no puede llegar tarde.

    Minutos después desayunan a las apuradas sin sentarse a la mesa, sólo corren de aquí para allá con una taza de café en una mano mientras con la otra preparan los últimos detalles antes de la partida. Se despiden con un beso cariñoso; él le dice que la ama; ella retribuye el romántico gesto mirándolo con ojos de enamorada, sus labios dibujan un “te amo”.

    Cuando Caro llega a la clínica tiene varios mensajes de Edu: dicen que ya la extraña. Ella responde con una larga hilera de corazones rojos: piensa que su novio es un amor. Minutos más tarde recibe al primer paciente: un hombre maduro de aspecto corriente. Sin mucho preámbulo comienza con el chequeo dental.

    Pronto advierte que no se puede concentrar en su trabajo, y no es que siga pensando en los guiños románticos de Edu, es que de repente le vino a la mente el ardiente encuentro del anochecer anterior; siente húmeda su ropa interior. ¡No! Tiene que sacarse de la cabeza esas imágenes, esas sensaciones, tiene que olvidarse de Martín por un rato y concentrarse en su paciente.

    De repente tiene la impresión de que el hombre planchado en la camilla le mira el escote con intermitente insistencia. Tras unos segundos de inspección, el atisbo deja de ser sólo una mera impresión y se convierte en un hecho comprobado. La excitada odontóloga aprovecha que ese día lleva puesta una falda suelta y relativamente corta –un poco por encima de sus rodillas– y decide darle a su voyeur un poco más. Entonces se cruza de piernas tirando sutilmente de los costados de su falda hacia atrás y siente como ésta se desliza cayendo en dirección a su cadera. El hombre abre los ojos casi tan grandes como tiene abierta su boca: puede verle una pierna entera, casi hasta la nalga. A ella la pone muy caliente sentirse observada, deseada.

    Al final de la consulta el paciente se marcha azorado y ella está segura de que en un rato estará jalándose la verga hasta el desleche pensando en ella; esto la excita aún más: recientemente ha descubierto lo mucho que le gusta calentar a los hombres, casi tanto como le gusta la verga de Martín.

    Hay otro paciente en la sala de espera: es muy joven; Caro lo saluda cortésmente; él responde a medias denotando cierta timidez. Ella no lo hace pasar aún, le pide que la aguarde un minuto: se le ha ocurrido una maldad. Vuelve a entrar al consultorio y piensa que todavía falta un buen rato hasta que llegue algún compañero. Se muerde una uña con gesto pícaro y se pregunta si se animaría a hacer una travesura.

    Está tan excitada que no lo piensa demasiado y decide actuar; entonces se quita toda su ropa, quedando completamente desnuda bajo ese fino guardapolvo que no llega a cubrirla de manera decente: apenas si alcanza a taparle la cola; luego vuelve a la sala e invita al joven paciente a pasar al consultorio. El chico no advierte la escasísima indumentaria de la doctora hasta que se recuesta en la camilla; entonces abre unos ojos enormes de asombro y observa embelesado el andar de la fémina mientras ésta se pasea preparando el instrumental.

    Las piernas de Caro exhibidas en toda su extensión lo dejan sin aliento. Son tan perfectas, torneadas, macizas, de piel tersa y brillante; son como ornamentadas columnas del más exquisito orden corintio. Él se pregunta si estará desnuda bajo el guardapolvo: un centímetro más arriba y podría verle las nalgas, y la concha. La respuesta llega instantes después cuando Caro se inclina hacia adelante –buscando alguna cosa en el armario que se extiende a lo largo de una de las paredes del consultorio– y el guardapolvo trepa y sus nalgas quedan expuestas hasta media raja. Luego se inclina un poco más –seguramente lo que está buscando se encuentra en alguno de los cajones de abajo– y la que queda expuesta es su jugosa e hinchada vulva.

    El joven siente un lanzamiento espacial bajo sus pantalones y no sabe qué hacer para disimularlo. Ella advierte lo que ha provocado en su paciente (lo mismo que suele provocar en todos los hombres). Se coloca los guantes de látex, camina indiferente hasta el sillón, toma asiento y comienza con el examen.

    –Abrí grande la boca, bebé –le dice con elación.

    Sus tetas asoman obscenamente en su escote y están a punto de escaparse de la delgada barrera de tela. El pobre muchacho debe soportar ese paisaje a escasos centímetros de sus ojos; incluso puede ver, durante un movimiento brusco de la doctora, el borde de la rosada areola de una de esas fabulosas ubres. Ahora su pija palpita fuerte.

    Ella percibe los vigorosos latidos en la bragueta de su paciente y decide darle más; entonces cruza sus piernas y el guardapolvo retrocede como corriente de resaca: se le puede ver claramente todo el costado de su nalga; acto seguido, acerca su rostro al del chico y, mientras trabaja con la sonda y el espejo, desliza lentamente su lengua haciéndola recorrer todo su labio superior. Pronto nota la mancha oscura en el pantalón del paciente: ha logrado que éste eyacule sin tocarse, sólo con una pequeña estimulación visual. Sonríe hacia sus adentros, se siente orgullosa y muy caliente. El chico está rojo como tomate y sólo piensa en cómo hacer para disimular el enchastre en sus pantalones.

    La revisión termina. Por suerte la dentadura está sana: el paciente deberá volver en seis meses para un próximo chequeo. Antes de despedirlo, Caro le recuerda la importancia del uso del enjuague bucal y, con tono picante, le aconseja que en la próxima consulta vista pantalones oscuros. El joven se retira avergonzado.

    Ahora la sala de espera está vacía. Caro mira el reloj y calcula que todavía tiene algunos minutos de soledad. Calentar a sus pacientes la ha puesto muy cachonda y, para colmo, la imagen de Martín ha vuelto a invadir su mente con fuerza arrolladora. Necesita apagar ese fuego; entonces se recuesta en la camilla cual si fuera un paciente, abre sus piernas en vez de su boca y comienza a jugar una lotería de raspaditas en su clítoris; sus dedos rabiosos frotan cada vez más intensos hasta que finalmente obtienen su jugoso premio. Es la primera vez que se masturba en el consultorio.

    Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Edu ha decidido abandonar momentáneamente sus tareas y se ha instalado en el baño contiguo a su oficina. Muchas veces acude ahí para pensar. Extrañamente, sentarse un rato en el inodoro suele aportarle buenas ideas para solucionar los problemas que enfrenta a diario. Pero esta vez es diferente; esta vez no está ahí para pensar, sino para evocar en su mente a Mildred: la flaquita de contaduría, a quien se ha cruzado ya un par de veces en lo que va de la mañana. Se ha venido más atrevida que de costumbre, al menos eso le parece a él; y a pesar de que no tiene el cuerpo exuberante de Caro, su estilo mojigato lo provoca.

    De pronto la imagina follando con Caro. Imagina a las dos hembras besándose, manoseándose, chupándose las tetas, mordiéndose los pezones, refregando sus húmedas conchas: chapoteando en esas aguas que hacen crecer las llamas en vez de extinguirlas. Se pregunta qué pensaría su amada si supiera cuánto lo excita imaginarla teniendo sexo con su compañera. Siente que hierve. Necesita apagar ese fuego; y procede: no es la primera vez que se pajea en su trabajo.

    Cae la tarde. Caro ha quedado con sus amigas para ir al cine. Le ha llevado más de una hora de preparación pero al fin está lista para salir. Edu la despide –él trajo trabajo a casa y estará entretenido mientras ella disfruta de la película–, la observa cuando se marcha y piensa que está radiante, que esos jeans excesivamente ceñidos le hacen un culazo monumental. También piensa que quizá está demasiado provocativa para una salida con amigas: los hombres la mirarán con deseo. Lejos de molestarlo esto lo excita; tanto que decide postergar su trabajo y dedicar el tiempo en soledad a masturbarse fuerte imaginando decenas de ojos hambrientos devorando a su bella novia con la mirada.

    Y eso que no ha visto la tanga mínima que Caro lleva enterrada en el culo: tan pequeña que parece que no llevara nada. Y la verdad es que Edu nunca ha visto esa tanga porque ha sido un regalo de Martín; y no es casualidad que justo esa noche ella haga estreno de ese ínfimo pedacito de tela metido en la cola. Ella marcha a la cita y sus nalgas rebotan a cada paso y se estremecen previendo lo que les espera, y se devoran la minúscula braguita como en un rato se devorarán la tremenda pija de Martín; porque esta noche no habrá ni amigas ni cine, sólo Martín y su pija gorda y hermosa.

    Martín recibe a Caro en su apartamento; le pregunta qué película quiere ver; ella sonríe ante la desfachatez de su donjuán y lo aprisiona con sus brazos dejándole bien en claro que no permitirá dilaciones. Un beso enciende la lujuria; nada de sutilezas ni de ternuras: los arrechos amantes se comen la boca con exaltación animal. La fricción apasionada de sus lenguas ardientes se siente deliciosa y quema. Cuatro manos vuelan en desordenada coreografía magreando la agitada carne. Las bocas no se quieren separar, las lenguas no quieren dejan de acariciarse, quieren que ese beso salvaje dure para siempre.

    A pesar del húmedo albedrío, los amantes se separan: saben que viene lo mejor. Se miran como atravesándose. Ella se muerde el labio, da media vuelta y camina de espaldas a él alejándose unos pasos, lo hace de manera muy sensual; él le cachetea el culo; ella inclina su torso hacia adelante arqueando ligeramente su espalda y lentamente comienza a bajarse sus apretados jeans. No le resulta fácil: los lleva tan ajustados a su cuerpo que para que cedan debe aplicar una fuerza considerable, igual a la que hizo para calzárselos. Entonces cincha hacia abajo del lado izquierdo de su cintura: el pantalón cede unos centímetros de ese costado; luego tironea del lado derecho y ambos lados se nivelan; repite una y otra vez la maniobra imprimiendo cada vez más velocidad hasta que su redondo y voluminoso culo amanece ante los ojos desorbitados del excitado varón.

    El tremendo orto de Caro queda al descubierto con la tanguita incrustada dentro, casi invisible de tan pequeña que es. Ella se siente muy putita; él se deshace en piropos en honor a esas aceradas nalgas, se arrodilla ante ellas como venerando a su diosa pagana y hunde su rostro en esa redonda inmensidad. Su lengua saborea la carne turgente en hipnótica liturgia. Su pija comienza a henchirse moldeando un monstruoso bulto en su pantalón; ante la sensación de estrangulamiento, la libera. Caro se voltea para admirar el falo colosal de su amador.

    –Mirá cómo te llama… –le dice Martín haciendo referencia a las potentes pulsaciones de su erección.

    Ella se estremece entera al ver esa tremenda verga saltarina (hoy parece estar aún más hinchada que de costumbre) tan erguida como la columna de Marco Aurelio en la plaza Colonna.

    –Metémela en la cola, papi –le dice con voz de puta; él obedece a toda prisa.

    Nuevamente están Caro y Martín chocando humanidades con ritmo frenético. Nuevamente está Martín colándose por la puerta trasera de su impetuosa amante. De tan calientes ni siquiera han podido llegar al dormitorio –casi nunca llegan–: han quedado abotonados en la sala como animales en celo; Caro con las palmas de sus manos apoyadas contra la pared, la tanga trancada en la mitad de sus muslos y el vergón de Martín entrando y saliendo de su culo a velocidad de rayo. Las abombadas nalgas de la hembra soportan los bruscos embates de su corneador con firmeza; y no sólo resisten sino que también imparten castigo con violentos culazos hacia atrás, tan violentos que el bajo vientre de Martín pronto comienza a ruborizarse. Cada impacto clandestino genera un estruendo digno del asombro de los vecinos, asombro que se extiende durante horas.

    Ya ha pasado largo rato de la medianoche. Caro vuelve a su casa en un taxi con forma de calabaza mientras piensa en alguna excusa que justifique su tardanza: podría decir que la película les ha gustado tanto que se les ha pasado el tiempo entre comentarios y análisis. Todavía siente que le pulsa el ojete, y le duele: no es para menos con la paliza que ha recibido. Para colmo su dotado amante la ha embadurnado de leche de pies a cabeza y ha tenido que ducharse, ella espera que este hecho pase inadvertido.

    Por suerte cuando llega a casa Edu ya se ha dormido. Le ha dejado la cena servida sobre la mesa junto con una rosa fresca y una pequeña nota con un corazón dibujado con estilo naif. Ella toma la flor, la huele, la mima, la atesora. Luego devora la cena como animal hambriento y se acuesta abrazada a su novio. Y se duerme feliz, agotada y feliz, pensando en lo afortunada que es: tiene todo lo que necesita; y sólo piensa en seguir disfrutando de esas dos palpitantes vastedades que la colman: el corazón de Edu y la pija de Martín.

  • Mi sobrina, hija de mi hermano

    Mi sobrina, hija de mi hermano

    Aquí donde estoy escribiendo, creo que estas experiencias con mi sobrina no se volverán a repetir. 

    Todo comenzó un día donde ella me está contando que el vello de su vagina era lacio, yo le dije que eso era imposible porque allí el vello siempre era crespo, ella insistía de hecho me dijo que se lo tuvo que enseñar a una amiga porque no le creía.

    Le dije que me mostrara, y ella me dijo que no podía porque la tenía rasurada, le dije que porque se rasuraba, que mucho cuidadito, así medio tipo tío celoso, y acoté: no te creo que la tengas depilada. Ella me dijo que si se levantó, y se bajó como tres segundos el pantalón que llevaba puesto.

    Yo quedé así como que wow, disimulando que no era la gran cosa y le dije, déjame ver de nuevo y no quiso. Le dije que yo no me afeitaba el pene, y ella y que “¡tío! Qué asco, te pasas” yo justo iba a bañarme y le dije pues lo afeitare ahorita.

    Cuando salí de la ducha le dije, lo afeite, ella se había quedado en mi cuarto en la computadora y le dije sin preguntarle mira y ella miro directo a mi pene que estaba medio parado. Solo pasó eso, pero fue el inicio, pues de allí en adelante siempre que teníamos un momento a solas tocábamos ese tema.

    Un día al salir del baño ella estaba en uno de los cuartos de la casa la llame y le dije que si quería ver como tenía mi pene, así sin mucho rodeo, ella dijo que si, se lo mostré y le pregunté que si quería tocarlo y ella primero dijo que no, pero después lo tocaba y subía su mano y bajaba suavemente y yo no podía creer lo que pasaba.

    Me acosté en la cama y ella se acercó en la silla de la computadora y me masturbo un poquito más y mi leche salió. Me dijo, “cochino” y se fue del cuarto.

    Pasaron unos días y yo quería olvidar el incidente, ella vino a casa a quedarse a dormir, mi hermana no estaba y a ella le daba miedo quedarse sola en el cuarto de ella porque no era su casa y le tenía miedo a la oscuridad, entonces le dije que se quedara allí, que yo estaría en la compu, ella se quedó allí en la cama, no sé si estaría dormida de verdad, pero un par de horas después le dije, en mi cama dormiremos muy apretados, vamos mejor al otro cuarto que hay una cama más grande, ella se levantó rápido y nos fuimos, cuando estábamos allá.

    Conversábamos normal, ni siquiera me le acercaba, y ella me dice que se quiere operar los senos porque sus senos son pequeños, cosa que no era verdad, le dije que sus senos estaban bien o es que tenía relleno, que si me los enseñada, ella se levantó la franela y allí estaban esos senos bellos ante mi, desnudos, entonces los escondió.

    Le dije que eran muy hermosos, y si, que eran grandes, “tío si eres mentiroso” me dijo, le dije muéstramelos a ver de nuevo y se subió la franela, le dije que se esperara que quería ver sus pezones, me acerque y eran marroncitos, ella sostenía su franela arriba con sus dos manos y le dije que si podía tocarlos, me dijo que si pero que rapidito, se los toqué y sentía como se aceleraba su respiración, me acerqué un poco más y roce mis labios y me dijo “tío no”, pero no se bajaba la franela, así que rocé un poco mas y bese sus pezones, lamí esos senos enteros cada uno y chupe sus pezones y ella estaba mordiéndose el labio y me volvió a decir “tío no” y le pregunté, ¿me detengo? Y me dijo, “no”, así que seguí besando y ella se empezó a mover, arqueando su espalda, ella dormía en short y yo estaba así como que no sabía que mas pasaría y en un momento ya ella estaba sobre mi y yo rozaba con mis dedos su vagina depilada que chorreaba de placer, creo que tuvo un orgasmo, porque se quedó sobre mi relajada ya sin moverse y me dijo, “ya tío”.

    Ese fue nuestro primer encuentro con contacto físico apasionado.

    Es una historia de la vida real, que si me siento animado les seguiré contando.

  • Seduciendo al doctor

    Seduciendo al doctor

    Tenía muchas ganas de llegar a consulta, la última vez que había ido a un chequeo de rutina había observado que el doctor que me atendería hoy no perdía oportunidad para verme las nalgas, y mi plan era que las revisara a profundidad, todo empezó como una consulta normal.

    Doc.: así de dígame porque acude a consulta señorita

    Yo: es que me duele mi panza doctor y aquí abajo

    Doc.: y cuándo empezó?

    Decidí verme lo más puta posible y le respondí:

    Yo: es que me duele después de pasar mucho tiempo sin sexo.

    Después de insinuarme descaradamente el doctor me pidió que pasara a la mesa de exploración. Hasta ese momento el doctor mantenía una postura bastante profesional, trataba de no dejarse provocar tanto, aunque un bulto en sus pantalones me indicaba que yo iba ganando. Me pidió que me pusiera una bata, me quitara la ropa y subiera a la mesa de exploración donde me empezó a revisar, muy profesional empezó a palpar mi abdomen en busca de enfermedad, puse carita de putita y con la voz más sensual que puede hacer le dije:

    -me duele más abajo doctor, más abajo aún, ahí donde está mojadito, toque toque, mire como está mojado!

    Al escucharme el doctor se quedó en shock, no reaccionó por algunos segundos, quizá se le hizo sorprendente que una joven le estuviera rogando porque le palpara la vagina.

    Como él no hacía nada tomé su mano y la lleve hasta mi rajita que en realidad estaba muy mojada, al sentir sus dedos sobre mi empecé a gemir, él estaba a mi lado derecho por lo que pude ver que en ese momento su verga ya estaba tiesa como un fierro, podía notarse fácilmente gracias a su pantalón, y a través de la bata blanca, decidí llevar mi mano hasta esa verga y la empecé a palpar y decirle:

    -mire doctor y a usted no le duele?

    Excitado a más no poder, empezó la exploración profunda de mi vagina, metiendo sus dedos, lo más que podía mientras yo movía mis caderas facilitando la entrada de sus dedos en mi apretada vagina. le baje la cremallera del pantalón y le saque la verga jalándola hacia mi boca, mientras sus dedos seguían haciendo lo suyo arrancándome gemidos, desafortunadamente no podíamos hacer mucho ruido ya que en los consultorios contiguos había médicos y pacientes en consulta, solo se escuchaban mis jadeos mientras sus dedos seguían penetrándome y su pulgar estimulaba mi clítoris de manera enérgica, se dio cuenta de que sus movimientos estaban causando cosas muy ricas en mí, noto como mi clítoris estaba duro y gordo de excitación, mientras el me masturbaba yo lleve su verga hacia mi boca noté que estaba palpitando cada vez más a causa de la rica mamada que le estaba dando, recuerdo sentir como movía su verga cada vez que mi lengua jugaba con su glande, saco su verga de mi boca para evitar terminar, yo creo que quería la consulta durará más tiempo jiji.

    El doctor coloco las perneras de exploración y puso mis talones en ellas, jalo una silla y se colocó entre mis piernas para hacer una exploración más a fondo, en cuanto tuvo mi vagina húmeda delante de el con los labios vaginales abiertos, húmedos; acerco su rostro para oler mi aroma, de pronto su lengua empezó a lamer mi clítoris; a meterla en mi coño, en ese momento mis jadeos eran más que evidentes, acompañado de los ruidos que el doctor hacia al succionar mi clítoris y mis labios, mientras su lengua saboreaba cada gota de mis fluidos sentí sus dedos regresar dentro de mi vagina, froto enérgicamente mi punto G al grado de que mis piernas comenzaran a temblar y dejara salir un chorro de squirt caliente en su boca.

    Me levanto de la mesa de exploración, su verga en ese momento estaba más dura que cuando me la metí a la boca, de un golpe me penetró hasta el fondo, ¡me hizo sentir como mi cuello uterino chocaba con su glande! Me embestía una y otra vez, hasta que chorros de semen inundaron mi vagina al mismo tiempo que sus manos apretaban mis deliciosas tetas, después de venirse dentro de mi seguía moviendo su verga haciéndome gritar por unos instantes mientras un segundo orgasmo hacía que mi vagina tuviera una contracción que ayudo a exprimirle hasta la última gota de leche.

    En eso la enfermera en turno toco la puerta y dijo:

    -Todo bien Doctor?

    ¡Si Lolita ya estamos terminando la consulta!

    **************

    Sigo contestando cada correo que recibo, gracias por dedicarme tiempo lo valoro mucho.

    Saludos en especial para mi amigo Héctor.

  • Mi primera vez (Capítulo 1): Mi maestro de Física

    Mi primera vez (Capítulo 1): Mi maestro de Física

    Que un hombre mayor te penetre es delicioso!!!

    Soy Sofía, tengo 18 años y estudio en una preparatoria privada, soy de las mejores de mi salón de clases. En ningún semestre he reprobado una sola materia, ya que soy muy lista y pongo mucha atención a mis clases.

    Hasta hace poco, una de mis amigas se acercó a preguntarme que tenía unas dudas en una materia y le expliqué muy bien y me entendió. Siempre entrego a tiempo mis tareas y todo lo que me piden y por supuesto que siempre entro a clases.

    Hoy en el recreo, mi maestro de física me estaba viendo a lo lejos, con miradas perversas. Al principio me espante al verlo y sentir como me acosaba, lo hacía con tanta discreción para que nadie lo viera.

    Cuando volteé a verlo, ya no estaba y mis piernas estaban temblando y mis labios estaban temblando.

    Para mí sorpresa, no recordaba que tenía clases con ese maestro y cuando entre a clases, se hecho una mirada fugaz por debajo de mi falda y yo una inexperta me puse a temblar.

    La verdad es que mi maestro, es un hombre caliente de cuerpo atlético y eso me encantaba mucho. Estaba dando su clase, y yo con mucha discreción me eche una mirada fugaz a toda su anatomía.

    No niego que es sumamente guapo, atractivo y muy elegante hasta me resulta una persona muy intimidante. Ya le perdí el miedo, y el juego de la seducción comenzó cuando al entregarle mi tarea, le sonreí bien sexy y eso a él le gustaba mucho. Al otro día, ya estaba en el salón y me saludaba con un beso y un apretón de nalga, obviamente no había nadie cuando me hacía eso.

    En clase, tenía el pretexto perfecto para acercarse a mi, diciendo si le había entendido a la tarea que me dejó. Y yo sonriendo le contestaba que si, que usted explica muy bien.

    Ya saliendo de clases, mi maestro me pidió que me quedara un rato más en el salón de clases y yo le dije está bien maestro. Salieron todos del salón y me quedé a solas con mi maestro.

    Me pidió que me parara de la butaca, y me acercara a él, su aliento me excitaba bastante y su respiración también. Tomo de mis caderas y me sentó en sus piernas, me dijo al oído que le gustó mucho y que quería que fuera su mujer.

    Metió sus manos debajo de mi falda, y mi respiración se agitaba y mi voz se quebraba. Mi maestro me dijo, no te pongas nerviosa Sofi no tiene nada de malo sentir atracción por un hombre mayor. Me gusta mucho maestro, me resulta una persona muy intimidante y atractiva, tiene todo lo que una chica de mi edad le gusta.

    Aquí no puedo penetrarte, vamos a mi casa y yo te llevo de regreso a tu casa. Ándale Sofi, que dices chiquita preciosa.

    Está bien maestro, voy a avisar que no le entendí a su clase y que me voy con usted a qué me explique. Perfecto Sofi, no puedo más, me resultas atractiva y guapísima.

    Subí al coche del maestro y fuimos a su casa, me cargo en sus brazos y me llevo a su recamara.

    Empezó a desabotonarse su camisa, le quite su cinturón y baje su pantalón. Me quito la blusa y desabrochó mi sujetador, empezó a mamar mis senos y mordía mis pezones. Su lengua era muy caliente y babosa, bajo mi falda y quitó mis bragas y comenzó a meter sus dedos en mi puchita.

    Me inclino en su cama y se quitó su calzón, me puso mi mano en su miembro y estaba grueso con las venas saltadas y muy caliente estaba. Jamás en mi vida había tocado un miembro, así de grande, grueso y con las venas saltadas.

    Me abrió las piernas, y lo metió y tuve mi primer orgasmo, muy fuerte y agitado.

    Al sentir su semen caliente en mi puchita, tuve mi segundo orgasmo. Saco su miembro de mi puchita, y le limpie la sangre que tenía y comencé a darle besitos en el glande.

    Lo azote en su cama, metí su miembro en mi boca y mi maestro estaba jadeando muy fuerte y gritando me decía, Sofi no pares es delicioso sentir tu lengua caliente cariño.

    Ah, maestro es usted maravilloso. Tu eres maravillosa Sofi mi amor, gracias por entregarme tu virginidad y sentir tus embestidas.

    Fue maravilloso para una niña de mi edad, estar en manos de un hombre con mucha experiencia. Y que cuidaba todos los detalles para que fuera la mejor experiencia de mi vida.

    Y si lo fue, haber entregado mi virginidad a un hombre mayor que yo, fue fabuloso.

    Pero esto todavía no acaba, solo fue el inicio de esta historia.

    Continuará…

    – Andy Pau

  • Esperábamos algo más

    Esperábamos algo más

    Llegó a nuestros oídos, que había un lugar, en el centro de la ciudad, que era frecuentado por parejas que buscaban tener experiencias sexuales con otras parejas. No sabíamos bien de qué se trataba, pero nos dimos a la tarea de averiguar dónde quedaba el sitio e irlo a visitar para echar una mirada. Y, preguntando aquí y allá, finalmente, conseguimos una dirección y, después de pensarlo una y otra vez, por fin decidimos ir allí para ver con qué nos encontrábamos.

    Cuando llegamos al sitio, nos encontramos con un edificio de apartamentos. Al ingresar, en el primer piso, había una especie de recepción, adaptado a manera de bar, donde las parejas se reunían y, después de tomar unos tragos, charlar y ponerse de acuerdo, pagaban por una habitación para dar rienda suelta a sus aventuras. Aquel viernes, cuando llegamos allí, tan solo había tres parejas en lugar. Dos de ellas compartían una mesa y otra, situada distante de las anteriores, parecía estar sola en el mismo plan nuestro, o sea, a la expectativa de enganchar con alguna otra pareja.

    Nos sentamos en la barra, pedimos unos cocteles y nos dedicamos a chequear lo que allí pasaba, que, en aquel momento, no era mucho. Las dos parejas que estaban reunidas, charlaban, reían estruendosamente y parecía que la estaban pasando muy bien. La otra pareja, continuaba sola en una mesa y, nosotros, situados en la barra del bar, veíamos lo que pasaba a nuestro alrededor y escuchábamos la música que ambientaba el sitio.

    Serían las diez de la noche o un poco más, cuando las dos parejas, con alboroto y muy efusivas, se levantaron de la mesa y subieron las escaleras, quizá dirigiéndose hacia la habitación que les alojaría para desatar sus deseos. Nosotros, por el contrario, estábamos muy callados, tan solo expectantes de los acontecimientos. Poco después que las parejas habían salido de allí, la mujer que hacía parte de la única pareja en el recinto, se acercó a nosotros y entabló conversación con mi mujer.

    Después de presentarse, le preguntó a ella ¿qué hacíamos allí? Vinimos a conocer, dijo mi esposa. Nos enteramos que este lugar es frecuentado por parejas que buscan compartir sexualmente con otras parejas, así que nos asaltó la curiosidad y vinimos para saber cómo funciona el asunto. ¿Están esperando a alguien? preguntó aquella mujer. No, dijo mi esposa. Pensamos que, siendo viernes, el lugar estaría más concurrido. Tal vez, por la hora, todavía está un poco sólo, dijo la mujer. Y ustedes, preguntó mi esposa, ¿esperan a alguien? No, dijo ella, al igual que ustedes, vinimos a echar una mirada.

    ¿Les gustaría acompañarnos? preguntó ella. Pues, sí, ¿por qué no? Contestó mi esposa. Reunámonos entonces, dijo la mujer. Y, diciendo y haciendo, la seguimos hasta la mesa donde estaban sentados. Y, por supuesto, vinieron las presentaciones. Buenas noches, gusto en conocerlos. Yo soy Fernando y ella es Laura, les dijimos. Buenas noches, ella es Magda y yo soy Alberto. Siéntense, por favor. Y así, después de aquello, entablamos conversación.

    Pedimos bebidas para todos y empezamos a conversar. ¿Qué los trajo por aquí? preguntó Alberto. Pura curiosidad, contesté yo. Hemos visitado algunos sitios swingers y, hemos comprobado, por ejemplo, que las cosas no son como uno escucha que son. Al menos no lo han sido para nosotros. Algunas veces hemos llegado dispuestos a lo que sea, pero por alguna razón los hombres al verme con ella, parecen no interesarse en el asunto. Para que a ella le caigan, he tenido que dejarla sola. Y funciona. Pero no es igual para mí. He tratado de enganchar alguna mujer en aquellos sitios, pero no he tenido suerte.

    En alguna ocasión, una pareja, conformada por un médico y su esposa, nos invitaron a compartir con ellos. Los acompañamos a la habitación donde, ellos, la pareja, empezaron a tener sexo en frente de nosotros, pero, cuando el hombre quiso echar mano de mi esposa, y le mostró su pene erecto, listo para entrar en acción, ella optó por abandonar el lugar, dejándonos solos. Yo me quedé, acaricié el cuerpo de aquella mujer, y me calenté de verdad, pero, cuando quise hacer algo más, la mujer elegantemente me rechazó, diciendo que ellos eran exhibicionistas y que les gustaba que la gente los viera teniendo sexo, pero no más. Bueno, no se preocupe, lo hacen muy bien. Y también, elegantemente, les dejé solos argumentando que iba en busca de mi mujer.

    Y ¿por qué saliste del lugar? le preguntó Alberto a mi mujer. La verdad, contestó, el tipo no me gustaba, y no me sentía cómoda si él llegaba a ponerme la mano encima. Pero, ¿acaso no fueron allí buscando ese tipo de aventura? Sí, respondí yo. Pero una cosa es decir que a uno le provoca hacer esto o aquello, y otra distinta que los hechos se den en realidad. Del dicho al hecho hay mucho trecho, dice el refrán.

    Al rato, el médico y su esposa aparecieron, y se sentaron a charlar con nosotros. Lo mismo que usted preguntó ahora, le preguntó el médico a mi esposa en aquella ocasión. Y ella le respondió que no se había sentido cómoda y que le había dado miedo. La entiendo le dijo él a ella en esa ocasión. La verdad es que se necesita estar muy seguro para involucrarse uno en estas aventuras. A nosotros nos ha costado algo de trabajo al principio, pero creo que ya lo manejamos mejor, y miró a su esposa, quien asintió con la cabeza. Bueno, pero, ¿quién es el exhibicionista? pregunté yo. El, se apresuró a contestar su esposa. Uuuyyy, doctor, lo pusieron en evidencia. Si, se nota que ella es muy solidaria ¿no? No hay duda, contesté.

    Bueno, y a ustedes, ¿qué los trae por aquí? Nosotros venimos seguido, dijo él. ¿Son pareja? pregunté. Tan solo somos amigos, dijo Magda, pero tenemos los mismos gustos y nos gusta compartir este tipo de vida. Entiendo, respondí. Y ¿cuál es el tipo de vida? Bueno, dijo ella, que podemos compartir los dos, y podemos compartir con otras personas sin rollo alguno. Si él tiene algún programita, yo lo acompaño, e igual él conmigo. Yo no sirvo para enfrentarme sola a este tipo de situaciones, así que él me apoya y me acompaña. Él siempre está ahí, por si algo llegara a presentarse.

    Y ustedes, siendo casados, ¿por qué necesitan buscar este tipo de aventuras? Bueno, dije yo, nos casamos muy jóvenes y creo que dejamos de vivir experiencias que ahora queremos, o nos llama la atención explorar. Por ejemplo, verificar que podemos relacionarnos sexualmente con otros sin que eso signifique, necesariamente, que nuestro matrimonio ande mal o que no nos entendamos, o que a ella le falte algo. Quizá también para ganar más seguridad y conocer cómo reaccionamos en esos temas, pues al haber evitado esas experiencias en la juventud y tener hijos siendo muy jóvenes, de alguna manera nos restringimos y dejamos de experimentar, de algún modo. Al final, calmar fiebre y hacer lo que todo el mundo ha hecho.

    ¿Cómo qué? preguntó Alberto. Bueno, pues tener sexo con personas diferentes a la pareja habitual, por ejemplo, o tener el valor para compartir sexualmente con amigos de confianza, explorar el sexo hombre-mujer-hombre, mujer-hombre-mujer, experimentar una orgía y qué se yo qué cosas más. A ella le atraen los hombres de color, por ejemplo, y, de alguna manera, dar el primer paso costó un poco de trabajo. Y ¿por qué? preguntó él. No sé, respondió ella. Siempre me he sentido atraída por los hombres de color, pero a la hora de escoger pareja, jamás pensé en uno de ellos como novio o esposo.

    Ella solo los busca para tener sexo, apunté yo. Pues sí, dijo ella. Y ¿qué te gusta de ellos? preguntó Magda. Los encuentro muy vigorosos y activos. No sé, con ellos he tenido sensaciones únicas y ha sido muy especial. Son aguantadores y, si estas con ellos, de seguro vas a tener sexo dos, tres o más veces en cada encuentro. O sea que yo no te daría la talla, dijo Alberto. No he dicho eso. Ustedes preguntaron y yo contesté. Cada situación es diferente. Y ¿cómo enganchas con ellos? Bailando, respondió ella. Con el solo hecho de ver la coordinación en sus movimientos, el ritmo que llevan y su expresión corporal, yo ya sé si valen la pena como pareja.

    Y así, hablando de esto y de lo otro, pasaron los minutos. Las mujeres se retiraron con la excusa de ir al baño y nos dejaron solos por un rato. Alberto me contó que Magda era una buena mujer, muy abierta y espontánea, que eran amigos y trataban de comprometerse como pareja, pero que se estaban dando tiempo para calmar todas sus inquietudes y que, más adelante, si las cosas se daban, ya se conocieran bien el uno al otro.

    Al rato llegaron ellas, muy animadas, y sin derecho a réplica, nos informaron que ya había una habitación disponible y que, en lugar de hablar tanta cháchara, lo mejor era que nos conociéramos un poco más. Yo estoy de acuerdo, dijo Alberto. Bueno, pues yo también, dije, ¿acaso tengo elección? Así que nos levantamos de la mesa y las seguimos, pues ellas no habían ido al baño como habían dicho, sino que habían ido a inspeccionar las habitaciones para seleccionar la que más les gustara. Y no dudo, también, que hayan conversado sobre lo que cada una de sus parejas hombres esperarían de aquella experiencia.

    Cuando llegamos a la habitación, Alberto se sentó en un sillón ubicado al lado de una gran cama y, abriendo sus piernas, dijo, bueno niñas, somos todos suyos. A ver, ¡sorpréndannos! La situación estuvo un tanto ambigua, porque nadie se atrevía a tomar la iniciativa. Mi esposa y yo, ciertamente éramos mayores que ellos, y quizá se sentían un poco en desventaja ante nuestra supuesta experiencia. Lo cierto es que, dichas aquellas palabras, Ni Laura, Ni Magda ni yo, tomamos la iniciativa para iniciar algo.

    Yo le hice un gesto a mi esposa, como insinuándole que empezara. Creo que lo entendió, porque se colocó de rodillas frente a Alberto, en medio de sus piernas abiertas, y con una calma pasmosa, poco a poco, fue soltando el cinturón, desabotonando su pantalón y bajando su cremallera, para exponer su miembro fuera de sus pantaloncillos. Laura, Magda y yo pudimos ver como el pene de Alberto hacia su presentación en sociedad, erecto, duro y medianamente grande, tal vez igual al mío. Yo pensé que Magda iba a seguir el ejemplo, pero no fue así. Ella estaba ensimismada, viendo lo que hacía mi esposa.

    Laura se apresuró a llevar a su boca aquel erecto miembro y frotar su tallo arriba y abajo con especial dedicación. Alberto echó su cabeza hacia atrás, recostado en aquel sillón, y permitió que ella lo atendiera como quisiera. Ella, ante nuestra vista, chupaba con gusto aquel pene mientras Magda estaba atenta a todos sus movimientos. Pasado un rato, mi esposa se levantó, se despojó de sus bragas, sin quitarse la ropa, se colocó de espaldas a él y se sentó sobre su miembro para ser penetrada desde atrás.

    Alberto no desperdició el gesto de ella y, tomándola de sus caderas, dirigió los movimientos de ella, arriba y abajo, sobre su pene. Al parecer lo disfrutaba, y al parecer Magda y yo estábamos muy cómodos observando la escena, pues ni ella iniciaba algo conmigo, ni yo con ella. El, pronto empezó a despojar a mi esposa de la ropa y ella, moviendo se como estaba sobre aquel pene, le ayudó quitándose las prendas, poco a poco, una a una, hasta quedar vestida únicamente con sus medias y zapatos.

    Alberto estaba gozando de mi esposa. Magda y yo, tan solo seguíamos atentos a la escena como simples espectadores. Después de mover su cuerpo de diferentes maneras mientras era penetrada por Alberto, Laura se incorporó y le dijo a aquel, ¿no te parece que estaríamos mejor en la cama? Seguro, dijo él. Se levantó del sillón, rápidamente se desvistió y procedió a acostarse boca arriba sobre la gran cama. Mi esposa procedió a montarse sobre él, dándole la cara y acomodando nuevamente su miembro dentro de su húmeda y expectante vagina. Ella estaba controlando el encuentro.

    Yo, por mi parte, ya estaba excitado observando la escena que mi esposa y Alberto nos brindaban, así que me acerqué a Magda para desnudarla, cosa que hizo sin reparo alguno y, ya desnuda, le pedí que se sentara en el sillón que hacía un rato ocupaba su pareja. Ella lo hizo y, al igual que Alberto, extendió y abrió sus piernas, dejándome expuesto su sexo. Yo me desnude, me arrodille en frente de ella, en medio de sus piernas, y me dispuse a besar su vagina, la cual no estaba excitada como esperaba. Tuve que esforzarme para que Magda entrara en calor y me diera muestras de aceptación y entrega al momento.

    Laura seguía encima de aquel, empujando su cuerpo adelante y atrás, sentada sobre su pene, pero Alberto no tomaba iniciativa alguna y dejaba que mi esposa llevara la voz cantante. Magda no dejaba de mirar lo que pasaba entre Alberto y mi esposa. Ella observaba con atención cada movimiento de su pareja que, encantado como estaba, no dejaba de acariciar los senos, las piernas y las nalgas de mi mujer. Le faltaban manos para tocar todo su cuerpo hasta el último rincón.

    Yo, por mi parte, veía que Magda estaba más interesada en ver qué pasaba entre su Alberto y Laura, que lo que a ella misma le pudiera interesar, así que, dejando de chupar su sexo, me incorporé y le propuse que se arrodillara en aquel sillón, de espaldas a mí, de modo que pudiera seguir viendo lo que sucedía con aquellos dos mientras yo la penetraba desde atrás. En esa posición, Magda no dejó de ver a su pareja retozando con mi mujer y llegué a pensar que no era cierto que ellos tuvieran más experiencia participando en este tipo de eventos.

    Y fue Alberto, precisamente, quién le propuso a Magda que nos pasáramos a la cama. Yo me retiré y ella así lo hizo. Se acostó de espaldas a su lado, abrió nuevamente sus piernas y permitió que la penetrara en la posición de misionero. Ahora, Laura y yo, cabalgábamos, lado a lado, sobre aquellos dos, quienes, muy dóciles, dejaban que nosotros hiciéramos lo que fuera, que no era nada diferente a mantener el contacto de nuestros sexos con los de aquellos, pero de manera mecánica, como por cumplir.

    Laura dejó de moverse, se retiró y se sentó en el sillón, al lado de la cama. Curiosamente, Alberto no la siguió y permaneció acostado, ahora tendido de medio lado, observando cómo yo penetraba a Magda. Ambos no dejaban de mirarse, así que supuse que era momento para ellos dos, de modo que me retiré y le dije a él, suya la máquina, maestro. El ocupó mi lugar y éramos ahora, Laura y yo, los observadores de la faena que aquella pareja se prodigaba.

    Laura, desnuda como estaba, se dedicó a posar frente a un gran espejo vertical situado a un lado de la cama y, así como estaba, se retocó el maquillaje. Alberto, dejó a Magda y fue hacia mi esposa, que estaba parada frente al espejo, con pose altiva, con sus piernas abiertas, y la abrazó desde atrás, restregado su pene contra las nalgas de mi mujer. Y ella, en un acto reflejo, inclinó su cuerpo hacia adelante, apoyando sus brazos en el espaldar del sillón, ofreciéndoles sus nalgas para ser penetrada desde atrás. El, rápidamente, lo entendió, y la empezó a penetrar. Al mirar de costado, ambos podían ver reflejada en el espejo la escena que estaban generando.

    Magda, por su parte, bajó de la cama y se dispuso a sentarse sobre mí pene, estando sentado en el sillón. Y, la verdad, no nos pudimos acomodar. Así que le insinué que me dejara acostar en la cama y que allí nos iría mejor. Y así lo hicimos. Yo me acosté boca arriba en la cama y dejé que Magda me cabalgara. Pero, al igual que la vez anterior, ella estaba más atenta de lo que hacía su pareja con mi esposa que de lo que ella estaba haciendo. Me apreció muy indiferente. Me propuse, entonces, hacer mi parte hasta eyacular y dar por terminada aquella aventura con Magda.

    Alberto, por su parte, seguía empujando su miembro dentro de la vagina de Laura, pero parecía que ella tampoco lo estaba disfrutado mucho, así que entendí que era momento de hacer algo y facilitar una salida fácil para aquella situación. Una vez me separé de Magda, miré el reloj y dije, cómo pasa el tiempo, ya se ha hecho tarde y mañana tengo que madrugar. Voy a vestirme y voy por el carro, así que los dejo para que se diviertan otro ratico. No, dijo ella, yo te acompaño.

    Ambos nos vestimos y dirigiéndonos a aquellos, que seguían conectados, moviendo sus cuerpos, uno contra el otro, les dijimos que íbamos a recoger el carro y que no demorábamos. No dijeron nada, así que supuse que aquello era una aceptación y que, a lo mejor, si Magda y yo no estábamos presentes, quizá ambos se iban a soltar y comportarse de otra manera. De modo que abandonamos el lugar dejándolos solos.

    Tardaríamos unos treinta minutos en regresar. Y, cuando volvimos, los encontramos aún desnudos, ella sentada en el sillón y el sobre la cama, charlando animadamente. Yo solo atiné a decir, bueno, lamento dañarles el rato, pero mañana tenemos compromisos y tenemos que dejarlos. No hay problema, dijo Alberto, nosotros también tenemos cosas que hacer y más vale ir a descansar un rato. Los acercamos a algún sitio. No gracias, ustedes van para un lado y nosotros para otro. No se preocupen. Y así, una vez vestidos aquellos dos, abandonamos la habitación, bajamos acompañados al primer piso y ahí nos despedimos. Nunca más les volvimos a ver.

    Cuando ya estuvimos instalados en el carro pregunté a Laura cómo la había pasado. Nada que ver con los otros encuentros. ¿Cómo así? interrogué. Pues, la verdad, yo no disfruté mucho. Nada que ver con lo que pasa cuando nos encontramos con otra gente. Con tus negros, querrás decir, comenté yo. Si, con ellos, replicó ella; nada que ver. Bueno, dije, ya sabemos cómo funciona la cosa; no se trata de tener sexo por tener, sino que debe haber una motivación ¿cierto? Si, dijo ella, me parece que así es. Si quieres vamos a algún lugar para que completes la faena. No hace falta, dijo ella, vamos a casa.

    Y así acabó aquella noche. Tuvimos curiosidad para saber cómo funcionaría aquello, pero la experiencia no nos dejó satisfechos, porque quizá, en medio de nuestras fantasías, esperábamos algo más. Y, sea como haya sido, vivimos una nueva experiencia. Quizá lo que venga se disfrute de otra manera. Hoy no hubo morenos en el menú para mi esposa y la velada resultó tan pálida como nuestros amigos de aventura. Entonces, habrá que revaluar, qué es lo que realmente queremos en una próxima ocasión. Otra vez será…

  • Somnámbulo (Capítulo 2): Alcohol

    Somnámbulo (Capítulo 2): Alcohol

    David y su cuñado llegaron al pent-house tras una noche de juerga con los compañeros de Scott. 

    -¿Qué tal te cayeron Eliot, Rolando, Reven, Brandon y Warren? -Preguntó Scott bastante borracho, mientras se tambaleaba en la entrada para encender la luz.

    -Lástima que ninguno es gay. La verdad que tienes unos amigos, con unos culos y unos cuerpos, ¡qué Woo! -Contestó David, al tiempo que sostenía a Scott por la espalda.

    -Gracias… Creo que me pasé con el vodka… Todo me da vueltas… -Dijo Scott, mientras apoyaba la cabeza en el hombro de David.

    -No te preocupes cuñado. Yo estoy más sobrio. -Respondió David entre risas.

    -Si… creo que todos notaron que eres gay… Pero no les importó, ¡les caíste de puta madre!, los enganchaste con la historia de tu viaje a la Amazonía y la escalada al monte Kenia… -Aseguró Scott.

    -Repito, una lástima. Estuve a punto de tirársela a Elliot, es el que más me gustó. ¡Con un hombre como él, me la pasaría toda una noche cogiendo! -Dijo David, mientras cerraba la puerta del pent-house.

    Scott soltó una carcajada.

    -Elliot es Católico… Es un tipazo… Pero no batea para ese lado… No… Quizás si se lo propones a Reven… es el más abierto… Pero no creo… -Contestó Scott con dificultad.

    -Lástima. ¿qué dices tú? -Preguntó David con malicia.

    -No, no, no… Yo paso también… Cuñado, yo respeto, pero no le hago a eso… -Respondió Scott, mientras se tambaleaba al tratar de separarse de David.

    David se carcajeó divertido.

    -No, no hablaba de eso. ¿Qué dices tú de tomarnos otra copa antes de acostarnos?, Preparo un Martini excelente. -Propuso el fotógrafo.

    -No sé… Creo que yo ya… Estoy… -Dijo Scott inseguro.

    -Ándale cuñado, sólo uno. Además mañana es viernes y no tendrás que trabajar, pediremos comida china y podemos ver el juego o Netflix todo el día. -Afirmó David, a la vez que ayudaba a sentarse a Scott en el comedor.

    -Vale, vale cuñado… Uno nada más… -Aceptó el entrenador de defensa personal.

    David fue hasta el servibar y sacó la botella. Caminó a la cocina para preparar las copas y tomar hielo de la nevera. Mas en ese momento aprovechó para extraer un pequeño frasco de entre sus ropas, el cual contenía un polvo blanco y vació un puño en la bebida de Scott. Tomó una cuchara y revolvió bien, hasta que la substancia se disolvió en el alcohol por completo y al conseguirlo, puso una mueca de satisfacción.

    -Aquí tienes cuñado. Pero para que valga la pena, ¿un fondo? -Inquirió David.

    -No sé… Un fondo… Vale, vale… No voy a dejar que un puto marica como tú… me la pele… ¡Vale un fondo! -Aceptó Scott totalmente ebrio.

    David llevó su trago a los labios y lo bebió de un golpe. Puso la copa en la mesa y observó cómo Scott hacía lo mismo. Sin embargo, de inmediato el ojiazul la soltó desganadamente sobre la mesa y comenzó a sentirse mareado.

    -¡Oh My Good!… Hay cuñado… creo que esta madre si me pegó… Voy a desmallarme, todo me da vueltas… -Dijo Scott.

    -Tranquilo, voy a ayudarte a llegar a tu recámara, ven. -Declaró David, mientras se colocaba a su lado.

    -Mierda… No… No sé… Creo que me voy a caer si me levanto… -Respondió Scott entre risas estúpidas.

    -No, yo te sostengo. Ven, vamos. Tienes que acostarte para que se te pase. -Aseveró David.

    -Vale, vale… Ayúdame… Ayúdame… puto marica de mierda… Puto marica de mierda… -Dijo Scott, mientras se apoyaba en el hombro de David.

    David le dirigió una mirada de lujuria, casi sin poder aguardar a lo que estaba a punto de suceder. Sujetó con fuerza a Scott, se atrevió a acariciarle el cuello, mas él no lo notó pues balbuceaba cosas incoherentes.

    -Karen tiene unos pechos magníficos… ¿verdad cuñado?… Pero no sé si me quiero casar con ella… Yo soy de los que se llevan a todas las que están buenonas a la cama… Me gusta ir con las prostitutas… Ser de una sola mujer… Me gusta drogarme de vez en cuando… -Comentó Scott, mientras abrazaba a David.

    David sonrió pues aquella indecisión jugaría en su favor durante el proceso de reprogramación, no obstante, evitó responder y se limitó a conducir a Scott hasta la cama. Lo empujó suavemente para que se sentara y comenzó a desatarle los zapatos.

    -¡Ee!… ¿qué haces puto?… ¡ya te dije que yo no soy joto maricón, No soy maricón! -Indicó entre gritos Scott, con su cabeza que se balanceaba sin control de un lado a otro.

    -Sss… Silencio. Tranquilo Scott, flojito y cooperando. -Respondió David con voz sugerente.

    -¿Vas a violarme… joto maricón?… ¿Así nada más?… -Cuestionó Scott más y más perdido en el alcohol, pero sin oponer más resistencia.

    David soltó una carcajada.

    -No, todavía no. Por ahora te estoy quitando la ropa para que duermas más cómodo. Cálmate, ya veo después como te cojo. Verás que te va a gustar. -Contestó David, mientras le sacaba los pantalones.

    -A vale, vale… Entonces quítame lo que quieras… Cuñado… Gózalo… Si quieres toca… Espalda… Piernas y pecho… Solamente… Nada de tocar el pene… Ni el trasero… Lo demás tócalo… Creo que estoy sabroso ¿verdad puto joto maricón?… -Dijo Scott totalmente perdido en el alcohol, mientras se dejaba caer sobre el pecho de David.

    David le sacó la camisa y dejó al ojiazul en bóxer, después lo ayudó a meterse en las sábanas. Una vez que Scott estuvo acostado, David sacó otro frasco de entre sus ropas, lo destapó y lo acercó al rostro de su cuñado.

    -Toma esto, es para que duermas mejor. -Afirmó David con voz ronca y cargada de ansiedad.

    -¿Qué es joto?… ¿más vodka? -Inquirió Scott con los ojos entreabiertos.

    -Si, el último trago, lo guardé para ti. -Respondió David malicioso.

    -Vale, vale… Dámelo puto… Vez que yo sí resisto el alcohol… Y tú no… -Afirmó Scott mientras abría la boca.

    David vertió el contenido despacio en la boca del ojiazul y él lo chupó gustoso. Tras sorber hasta la última gota, Scott cerró los ojos y dejó caer su cabeza pesadamente sobre la almohada.

    David tapó el frasco y miró a su cuñado, presa del deseo y excitado porque la reprogramación estaba a punto de comenzar. Se divertiría al transformar al heterosexual novio de su maldita hermana, a ese macho con cuerpo de escort, en su novio sumiso esclavo sexual gay.

    David salió de la pieza y se encaminó hacia su habitación. Tomaría un baño primero, quería estar bien lúcido para disfrutar el cuerpo de ese guapo hombre. Las drogas suministradas harían efecto en una hora y quería estar lo más presentable para su futuro esclavo novio.

    Se desvistió, entró en la ducha y abrió el agua caliente. Disfrutó del chorro de agua durante casi veinte minutos, después se secó con una toalla lentamente y se vistió como si fuera a una gran cita. Se puso unos ajustados jeans, una camiseta de manga corta que revelaba lo atlético de su cuerpo y una chaqueta de cuero. Usó una loción fuerte y se peinó con cuidado ante el espejo, hasta que su cabello estuvo perfecto.

    Después apagó todas las luces, encendió un cigarro de mariguana y se sentó en la sala a esperar paciente la llegada del sonámbulo. Tras unos quince minutos escuchó la puerta de la habitación de su cuñado abrirse y los pasos descalzos de Scott recorrer el pasillo.

  • El amo Marcelo se divierte castigándome

    El amo Marcelo se divierte castigándome

    Transcurrieron un par de semanas desde mi primer visita al Amo dominante, en esos días no lograba dejar de pensar en él y en la forma en la que me había cogido, pero más que, en cómo me había sodomizado, más que en el acto sexual en sí, no podía dejar de pensar en cómo me sentía atraído por él, en cómo me había convertido en su siervo.

    Me sentía atrapado en una telaraña que ese hombre misterioso había tejido.

    No sabía porque mi mente solo tenía pensamientos sobre él, pasaba mis días, revisando mi correo y esperando alguna orden suya, sobretodo esperaba que me convoque a ir nuevamente.

    Cuando ya pensaba que todo había sido un sueño, y no lo volvería a ver, recibí un escueto mensaje en el que me ordenaba que me presente en su casa y que le lleve una buena botella de champagne bien fría, para saciar su sed.

    Ese mismo día compré bien temprano una botella del mejor que encontré, esperando que sea de su agrado y lo deje enfriando hasta la hora de salir para la casa del Amo.

    Yo sabía que él, tenía varios esclavos a su servicio y no pretendía ser el único, solo deseaba que me dedique unas horas de su precioso tiempo y que me dé la oportunidad de servirle como merece.

    Estaba obnubilado por él, era como un enamoramiento, pero era un amor no correspondido, mientras yo no pensaba en otra cosa que en complacerlo, él era indiferente, autoritario, cruel, pero esas cosas me ataban más a él.

    Me presenté en su hogar, bajó a abrirme la puerta como la primera vez, subimos por el ascensor sin hablar, apenas lo miré de reojo porque no tenía permiso de mirarlo a la cara, pero alcancé a ver su permanente gesto adusto, me atemorizaba no saber que me haría, pero tampoco podía preguntar, no era cosa mía según él.

    Ni bien entramos me ordenó poner en la heladera la bebida que llevé, y me dijo que me desnude, luego se sentó en un sillón del living y me hizo hacer una especie de show ante él, me dijo que baile y me mueva sensualmente como una mujer y me acaricie todo el cuerpo, que pase mis manos por mi culo y tire de mis pezones, saque y mueva la lengua y le muestre que soy un maricón.

    -que puto sos, tenés buen orto y me gustó cogerte el otro día, es para lo que más servís, porque para otras cosas, sos bastante inútil.

    Yo me esforzaba por servirle y él lo único que aprecio fue mi culo, y bueno… me conformaría con eso, si esa era lo que me permitía estar a su lado

    Realmente no había hecho algo parecido nunca, me dio vergüenza, eso duró unos minutos, mientras él me miraba y se tocaba el bulto que empezaba a crecer.

    Me ordenó que me arrodille entre sus piernas y le bese el pedazo por encima del pantalón, ya se sentía medio duro y me dijo que le saque la ropa, y luego vaya a preparar la ducha porque iba a bañarlo.

    Lo desnude y vi su linda pija, ya conté que no era muy larga, pero si bien gruesa, lo suficiente para provocar dolor al penetrarme, por lo menos hasta dilatarme y acostumbrarme a tenerla adentro mío.

    Me extraño que no me haga chupársela, en lugar de eso me hizo prenderle un cigarrillo y que se lo dé en la boca, quería fumar mientras le preparaba el baño.

    Luego fui al abrir las canillas y templar la temperatura del agua, volví y ahora sí, me hizo chuparle la pija, otra vez tenía ese fuerte olor a sudor, era su piel, su olor a hombre, pero ya comenzaba a acostumbrarme y casi a gustarme.

    Me comí toda la pija empujado por la presión que ejerció en mi cabeza, me la hizo tragar completa hasta nuevamente provocarme arcadas, era de sus placeres favoritos, esta vez duró poco, por el momento, termino de fumar su cigarro y me dijo…

    -vamos puto, espero que sepas como bañar a un Amo, quiero un baño reconfortante con muchos masajes.

    Entró a la bañera y empecé a enjabonar su espalda, luego se dio vuelta, se puso de frente a mi, masajeé sus hombros, sus pectorales, su torso, Dios que placer me dio acariciar así su cuerpo, fui bajando lentamente hasta llegar a sus genitales, lavé bien su pija que estaba media gomosa y que casi de inmediato se puso dura, tomé cuidadosamente sus testículos, por favor eran enormes, nunca había visto semejante tamaño de huevos, eso era un hombre de verdad, un machazo.

    Todo esto me hacía sentir tan disminuido, tan inferior, era un honor poder servir así a un Dios, pero no era un Dios para mí por su belleza, sino por su personalidad, esto había comenzado como un juego y para mi se había transformado en una obsesión, solo pensaba y deseaba servirle y adorarle.

    Me envolvió de tal manera en su trama que sentí que ya no podía escapar, y por cierto no quería hacerlo, cada vez quería estar más a su servicio.

    Me atemorizaba un poco saber, que sería capaz de hacer por él, me desconocía a mí mismo, a pesar de haber estado en la garras de mi mujer mucho tiempo, aquello había sido distinto, había sido provocado por la culpa que sentía, aquí no había culpa, aquí había un dominio y un acto de superioridad legítimo de este hombre sobre mi.

    Seguí enjabonando sus bolas y creo que me detuve en ellas mucho más tiempo del necesario, en un momento me dio un cachetazo en la cara como para despabilarme.

    -¿qué haces imbécil? Saca el jabón de mi pija, enjuagala y chupala bien hasta que quede seca.

    No entendía, le sacaba el agua con mis labios pero quedaba mi saliva, y nunca iba a estar seca, se la chupe un buen rato y luego enjuague sus pelotas para chupárselas también, de pronto dijo…

    -Ya podés lavarme en otro lado, puto de mierda.

    (Puto de mierda, era su insulto favorito) se dio vuelta y me dio la espada.

    -Lavame el orto marica.

    Era la primera vez que lavaba el culo de un hombre bien machote y tuve miedo de tocar donde no debía y provoque su enojo, por suerte eso no sucedió.

    Lo terminé de bañar y enjuagar y me hizo por supuesto secarlo, le pase suavemente un toallón por todo el cuerpo y cuando estuvo seco salió de la bañera, me ordenó que entre en ella y me arrodille, me hizo inclinar bien como si fuera un perro, yo no entendía que estaba pasando ni sabía que iba a hacer, hasta que dijo…

    -me dieron ganas de hacer pis, baja bien la cabeza inútil, voy a darte el honor de recibir mi meo.

    Cerré los ojos y recibí un prolongado chorro de orina tibiecita sobre mi cuerpo, realmente no sé cuánto hacía que no meaba, pero lanzó sobre mi culo, espalda y cuello una cantidad inusitada de su lluvia dorada.

    Al fin terminó de hacerlo y me dijo…

    -Ahora lávate bien, sacate ese olor que tenés porque no me gusta cogerme un puto con olor a meo y vení a la cama rápido que tengo muchas ganas de coger.

    Salió del baño y me di una ducha lavándome bien. Me sequé rapidísimo y fui corriendo al dormitorio, el Amo estaba por supuesto desnudo esperando, tomando champagne y sobre la cama había tres consoladores de distintas medidas, uno era enorme de dos cabezas, de los que vi usar una vez a dos lesbianas en una película porno, era muy largo justamente para poder conseguir satisfacer dos vaginas al mismo tiempo, obviamente pensé que tenía ese para aprovechar su extensión y no porque se iba a meter una punta en el culo, eso no era posible.

    Como dijo que había demorado demasiado en ducharme, decidió por supuesto arbitrariamente, castígame, primero me hizo sentar en el borde de la cama y juntar bien pegadas las piernas, me ordenó que apriete bien mis genitales entre ellas, lo hice y aunque mis bolitas a pesar de que no cumplían mucho con la función para las que fueron creadas, me dolían y mucho, entonces le dije que era muy doloroso y entonces me dijo…

    -ya sé que eso duele marica, no me importa, me encanta verte sufrir, para eso estás acá.

    Seguidamente agarró mis pezones y los retorció con fuerza, tanto que me hizo gritar, los pellizcó, tironeo y apretó sin piedad, no di el brazo a torcer y evité decir la palabra clave y tartamudeando suplique cono una nena…

    -ah, ah, ah por por por favor, nooo basta, se se lo su su suplico, no siga, le ruego que pare.

    -cállate maricón, pareces una nena, yo te voy a hacer hombre, conmigo vas a aprender a aguantártela, ahora ponete en cuatro arriba de la cama.

    Obedecí y me puse en cuatro, en posición de perrito con mi culo a su disposición, se quedó de pie detrás mío y me pasó la yema de sus dedos por mi hoyito dejándolo encremado y preparado para penetrarme, inmediatamente agarró ese consolador larguísimo de dos cabezas, que además era re grueso, e hizo tanta presión en mi próstata que me oriné encima, por suerte había quedado uno de los toallones que habíamos usado para secarnos, pero por supuesto no fue suficiente para no mojar las sábanas.

    Eso merecería más tarde un nuevo castigo terrible, porque su enojo fue muy grande. Sin embargo en ese momento siguió empalándome con esa pija doble de plástico, grité como una perra y lloré desconsoladamente. El solo se reía de mí.

    -cállate marica, cerra la boca y aguntatela, para eso estas acá, tu deber es sufrir por mi, sos una basura y te mereces esto, no servís para otra cosa que para darme el orto.

    No dejaba de humillarme mientras parecía que me perforaba el culo con esa bestia.

    No sé hasta dónde me lo metió pero el dolor fue insoportable, igual me la aguante sin decir la palabra clave «clemencia».

    Por supuesto luego de abrirme bien el ojete, sacó tirando de golpe ese pedazo enorme de consolador, me quedó una sensación de vacío, sentía mi culo reabierto, entonces me agarró de las caderas, apunto su glande a mi agujero, y lo penetró sin ninguna contemplación, era tan grande mi orificio en ese instante que casi no lo sentí, empezó a bombear muy suavemente, lo que supongo hizo que mi ano, con el correr de los minutos, se contraiga un poco y lentamente empecé a sentirlo de nuevo.

    Me cogió así más de una hora, no acababa nunca, era impresionante, pero no era que aguantaba, no podía eyacular por más que quiera, necesitaba alguna otra cosa que no usaba conmigo por el momento, estuvo entrando y saliendo mucho tiempo, por Dios como me cogió…

    -Dios mío por favor papi (se me escapó) no puedo más, perdón me está matando que manera de garcharme.

    Se cansó de cogerme y me dijo que me iba a dar un castigo ejemplar por haber mojado la cama y además por decirle papi, me llevó a la bañera y me hizo entrar en ella otra vez, pensé que iba a mearme de nuevo, pero no, me dejó esperando ahí unos minutos y volvió con una jarra con una manguera para hacer enemas, una coca cola de 2 litros bien helada, y un dildo que tenía una forma que hacía que no se salga solo.

    Pude ver todas esas cosas y me di cuenta lo que iba a hacerme, me enchufó el pico de la manguera en el culo y vertió el contenido del envase de gaseosa, elevó la jarra y el líquido empezó a entrar en mi cuerpo, empecé a lloriquear y suplicar…

    -Por favor no haga eso, me voy a descomponer, se lo ruego, por Dios no lo haga, nooo, no aahh.

    El gas, más el azúcar y el líquido helado comenzaban a hacer estragos en mi organismo, sentía muchísimo dolor, estaba a punto de provocarme una diarrea, los dolores eran muy fuertes, dejó que entren los dos litros y me colocó el dildo que oficiaba de tapón, empecé a tener retorcijones y me doblaba del dolor, gracias a Dios mis entrañas no soportaron tanto y viendo que me retorcía y gritaba, creo que pensó que me iban a escuchar los vecinos, me sacó el tapón y expulse todo el líquido mezclado con otras «sustancias» un asco, quede en un lago de esa porquería tratando de reponerme, cuando dijo…

    -Levántate, limpia todo, date un baño y andate, es suficiente por hoy.

    Espero que les haya gustado y pueden dejar un comentario aquí o escribirme a mi correo [email protected].

    Besos a todos mis lectores.

  • La cuñada del narco, viuda y caliente

    La cuñada del narco, viuda y caliente

    Isidora tenía veintiséis años y llevaba un año viuda cuando se fue de vacaciones a México a la hacienda de su cuñado, un narco gallego que trabajaba bajo la protección de las autoridades estatales. 

    La primera noche estaba medio adormilada boca abajo en la cama de su lujosa estancia cuando le llegó un grato aroma a anises. Después sintió cómo lentamente le bajaban las bragas. El morbo hizo que se hiciese la dormida y se dejara hacer cochinadas. Sintió cómo unas manos de tacto suave abrían sus nalgas y cómo una lengua lamía su periné y su ojete y después cómo se lo follaba. Sentía cómo la puntita de la lengua entraba y salía de su culo, perezosa, como si fuera el cuerpo de un caracol, un caracol que dejaba sus babas en el camino…

    Pasado un tiempo no solo se dejó hacer sino que echaba su culo hacia arriba para disfrutar a tope de aquella deliciosa follada de culo. Se puso tan cachonda que se dio la vuelta. Abrió los ojos. En la penumbra vio la silueta de una mujer. La amante desconocida le levantó el culo con las dos manos y lamió su periné y su ojete… Después de sentir los jugos calientes del coño caer en su lengua pasó a darle besos en el clítoris, unos cuantos besos después le dio lengua en los labios vaginales con la misma lentitud que le había lamido y follado el periné y el ojete. El coño le chorreaba.

    Le metió la lengua en la vagina y al sacarla llena de babas subió hasta el clítoris, le lamió lentamente el glande, que previamente había sacado al echar el capuchón hacia atrás, se lo lamió con la puntita de la lengua, de abajo a arriba, hacia los lados y en círculos y volvió a bajar para enterrar la lengua en su vagina. Hizo ese camino hasta que Isidora comenzó a gemir. La amante desconocida apretó la lengua contra el glande y se la metió dentro de la vagina, Isidora movió la pelvis de abajo a arriba, de arriba a abajo y alrededor y se corrió cómo una fuente en la boca de la amante desconocida.

    Al acabar de gozar la amante desconocida se fue como viniera, desprendiendo aroma a anises y silenciosa cómo un fantasma.

    La noche siguiente, cenando al lado de la piscina con su cuñado y otro narco, un narco de unos cincuenta años, moreno, muy alto, fuerte, trajeado y con acento colombiano, le decía su cuñado:

    -¿Echas mucho de menos a mi hermano, Isidora?

    -No pasa un día en que no piense en él, Fidel.

    -¿Qué le harías al que le pegó un tiro en la nuca?

    -No sé, cortarle los huevos, supongo.

    Uno de los sirvientes sacó una pistola, se la puso en la nuca al hombre que estaba sentado con ellos. Fidel le dijo a su cuñada:

    -Te hice venir para que vieras cara a cara el bastardo que mandó matar a mi hermano.

    Isidora le echó una mirada de odio al hombre, que se había quedado mudo. Isidora le preguntó a su cuñado:

    -¿Lo mató él?

    -Mandó matarlo, el tiro se lo pegó un sicario que ya mandé para el otro mundo.

    Fidel sacó una navaja de afeitar del bolsillo del pantalón, la abrió y le dijo:

    -Con una de estas hacen ellos una corbata colombiana, pero también sirve para cortar huevos.

    Isidora se levantó, cogió la navaja de afeitar y fue junto al narco. Otro sirviente hizo que se levantara y le bajó los pantalones. Isidora vio su polla, polla que le colgaba y que era cómo una salchicha de Frankfurt. La agarró, le puso el filo de la navaja en los huevos y el narco se fue por la pata abajo. No sé qué comiera, pero allí olía a mierda que apestaba. Isidora le soltó la polla y le dijo a su cuñado:

    -No es más que un cobarde.

    -Un cobarde que mandó quitarle la vida a tu marido.

    Isidora le dio la navaja de vuelta a su cuñado.

    -Sí, pero no soy cómo él. Yo no puedo ni quiero ver morir a nadie, y menos desangrado. Me retiro.

    Antes de irse, y cómo si nada hubiese pasado, Fidel le preguntó:

    -¿Te gustó el regalo de ayer noche?

    Isidora se hizo la tonta.

    -¿Qué regalo?

    Fidel, que era un cuarentón, de estatura mediaba, flaco y con un bigote a lo Pancho Villa, le respondió:

    -Da igual. ¿Te gustan el caviar y el champán?

    Isidora, mirando cómo llevaban al futuro fiambre entre los dos hombres, le dijo:

    -¿Estuviste investigando mis gustos?

    -Siempre es bueno estar informado.

    De lo que se había informado Fidel era de que su cuñada tenía novia, eso no la molestara, otro gallo cantaría si fuera un novio. Isidora le dijo:

    -Ya veo, ya, buenas noches.

    -Buenas noches, Isidora.

    Isidora, al llegar a sus aposentos se metió en la ducha. Al enjabonar el coño vio que lo tenía muy mojado, se había excitado el tener la polla en una mano, la navaja en a otra y al ver cómo el hombre se fuera por la pata abajo… Después de enjabonar las tetas y de magrearlas iba a masturbarse, de hecho ya dos dedos de una mano apretaban un pezón y otros dos dedos entraran en su coño, pero se detuvo al oír ruidos en su habitación. Salió de la ducha, se secó y cubierta con un albornoz rojo volvió a la habitación. Allí estaba una chica alta, muy morena, casi negra, poniendo un jarrón de flores sobre una cómoda. Isidora le preguntó:

    -¿Quién eres?

    La chica, con acento mexicano, le respondió:

    -Su doncella particular, señora.

    La doncella desprendía aroma a anises.

    -Tu perfume se me hace muy conocido.

    -Se usa mucho por acá, señora.

    La doncella recogió la ropa de Isidora, fue al aseo y la metió en el cesto de la ropa sucia. Al regresar, le preguntó:

    -¿Eres la de ayer noche?

    -Soy, pero no se enfade, cumplía órdenes, señora.

    En los labios de Isidora se dibujó una sonrisa mientras le decía:

    -No podría enfadarme, eres muy tierna en la cama. Cuando estemos en la intimidad, tutéame.

    -La tutearé, señora. ¿Esta noche desea algo especial?

    -¿Cómo qué?

    -Cómo cocaína o marihuana.

    -¿Esas también son cosas de mi cuñado?

    -Sí, señora, yo soy una mandada.

    -Pues sorpréndeme.

    La doncella sacó del bolsillo una caja y quitó de ella dos cigarrillos. Los encendió y le dio uno. Se sentaron a fumar en el borde de la cama. Isidora le preguntó:

    -¿Cómo te llamas?

    -María.

    -¿Llevas mucho tiempo trabajando para Fidel?

    -Diez días. Una amiga me sacó de mi pueblo y me ayudó a conseguir este trabajo.

    -Esa no es una amiga.

    -Sí que lo es. Así puedo mandarles dinero a mis padres y a mis doce hermanos.

    -Vaya, se ve que tus padres le dieron bien a la cosa.

    -Las noches son muy frías en el campo y chingar calienta.

    A Isidora la hierba le dio unas ganas locas de follar y la morenita con su uniforme de doncella que dejaba ver sus largas y torneadas piernas, con sus cabellos recogidos en dos trenzas, con sus gruesos y sensuales labios… Con su todo, estaba para comerla. Le entró a saco.

    -¿Te comieron alguna vez el coño?

    -No, señora.

    -¡Y dale con lo de señora! Me haces sentir vieja. Tutéame y llámame Loli.

    -¿Tu nombre no es Isidora?

    -Sí, pero en realidad me llamo María de los Ángeles, Dolores. Isidora de todos los santos…

    -No me digas más, Loli, no me digas más que yo de nombres también voy sobrada, de comer no había, pero nombres, cómo eran gratis…

    Se quedó mirando para Isidora.

    -¿Qué pasa, María?

    -No sé si decírtelo ya.

    -¿Lo qué?

    -Es un secreto que muy pronto descubrirás.

    -Entonces no me lo reveles.

    -Te vas a llevar una sorpresa.

    -Me gustan las sorpresas.

    María la besó con lengua, le quitó el albornoz y vio sus tetas, unas tetas medianas, redondas, con pequeñas areolas rosadas y pequeños pezones. Sintió de nuevo aquella deliciosa lengua, esta vez jugando con sus tetas, la puntita movió el pezón de la teta izquierda de un lado al otro, después lamió la areola, aplastó el pezón con la lengua y acto seguido mamó la teta succionándola por la areola. Hizo lo mismo con la derecha mientras las magreaba. Isidora se echó sobre la cama y María le besó el coño, se lo lamió, y le dijo:

    -Lo tienes empapado.

    -Sí, pero antes de que me lo comas quiero comerte el coño yo a ti.

    María le respondió:

    -Eso me temo que no va a poder ser.

    -¿Andas con el mes?

    -No. Voy a apagar la luz.

    -¡Quién lo diría! Eres vergonzosa.

    María no le respondió, apagó la luz, se desnudó y se metió en cama. Isidora buscó su boca. María la recibió dándole la lengua y se besaron con pasión… Luego le comió las tetas con lujuria… Cuando bajó su mano al coño se encontró con una polla gorda larga y empalmada. Isidora exclamó:

    -¡Coñooo!

    Encendió la luz, la destapó y mirando para la verga empalmada, le dijo:

    -¡¿Era esta la sorpresa?!

    -Sí. ¿Te desagrada?

    -Para nada.

    Le miró para las tetas y vio que las tenía medianas y puntiagudas con areolas negras y pezones gorditos. Le cogió la polla con una mano, la besó, le volvió a comer las tetas, después le lamiendo y chupando los huevos, le dijo:

    -Tienes la polla más hermosa que he visto en mi vida -le bajó la piel y le mamó el glande-. Una cabeza impresionante. Larga -lamió desde la base al frenillo y le volvió a mamar la cabeza-. Es un sueño de polla. ¿Te pagó Fidel el trasplante?

    -No, nací así.

    -¿Te sientes hombre o mujer?

    -Ambas cosas.

    Se besaron mientras la mano derecha de Isidora subía y bajaba por la verga. La besó en el cuello, le mordió los lóbulos de las orejas, le metió la lengua dentro de ellas, le lamió la cara, le mamó las tetas. Le hizo de todo hasta que la verga entró en erupción cómo si fuera un volcán, solo que este volcán echaba leche que Isidora se tragó.

    Al acabar de correrse, le preguntó Isidora:

    -¿Cómo te gusta más, arriba o abajo?

    -¿Cómo te gusta más a ti?

    Isidora le dio un pico y le respondió:

    -Arriba

    -Sube.

    Isidora se acostó sobre ella. Le cogió las manos con las suyas. Sus tetas se frotaron con las de María, la polla se desplazaba sobre su vientre mientras besaba a María con dulzura. Isidora le cogió la polla, María levantó su prieto culo, Isidora llevó la verga a su coño, la clavó a tope y se folló lentamente largo rato… Luego apoyando las manos sobre la cama le puso las tetas en la boca y se folló a lo bestia. Se puso tan cachonda que aguantó muy poquito.

    -¡Me voy a correr, María!

    María le dijo:

    -Córrete, la mía aún está lejos.

    Se folló con violencia y se corrió sacudiéndose con el gusto y devorando la teta derecha de María.

    Al acabar, aún con la polla dentro, le dijo María a Isidora:

    -¿Sabes lo que me gustaría ahora, Loli?

    Isidora jugando con un dedo en el cabello de María y mirando para sus grandes ojos negros, le respondió:

    -No. ¿Qué te gustaría, María?

    -Hacer unas rayas y tomar un buen trago de Tequila.

    -¿Y dónde están la coca y el tequila?

    La coca en el bolsillo de mi uniforme y el tequila en el mueble bar.

    -Pues ya estás tardando en hacer esas rayas.

    Mientras María preparaba las rayas, Isidora fue al mueble bar y cogió una botella de tequila, a morro le echó un trago y se la pasó a María, que bebió de la botella cómo si el tequila fuera agua, después Isidora le preguntó:

    -¿Mi cuñado sabe que tienes polla?

    -Sabe.

    -¿Tú y él…?

    -Prefiero no hablar de nuestra relación.

    -Entiendo. ¿Te gusta más dar o recibir?

    -La dos cosas, me corro dándome y dando.

    -¿Y por del culo te la metieron?

    -Claro, y lo disfruto mucho.

    -Yo también.

    Esnifaron las rayas, luego le preguntó María:

    -¿Quieres probar una doble penetración?

    Isidora estaba preparada para todo.

    -Sí. ¿Pero de dónde quitamos a un hombre?

    -Mira para el espejo. ¿Ves aquel agujero en la parte superior izquierda?

    -¿Es una cámara?

    -De las buenas.

    A Isidora le gustó saber que había sido observada follando, le preguntó:

    -¿Nos estuvo viendo mi cuñado?

    -Si fuera otro no lo contaba.

    En un par de minutos entraba en la habitación Fidel, venía descalzo y vestido con una bata de casa azul con cuello blanco y empujaba un carrito sobre el que venían el caviar, el champán y tres copas, entre otras cosas. Fidel dijo al entrar:

    -Servicio de habitaciones.

    Isidora, que sentada sobre la cama se tapaba con una sábana le dijo:

    -Eres una caja de sorpresas, Fidel.

    -Una caja de sorpresas que desea que te quedes a vivir con ella.

    -¿Y eso a qué se debe?

    -A que quiero tener una persona de confianza a mi lado.

    -¿Y empiezas engañándome?

    María salió de la cama y se fue a hasta el carrito, Fidel fue junto a Isidora, se sentó en el borde de la cama, y le dijo:

    -En esta vida hay que matar la rutina.

    No lo dejó acabar.

    -No me voy a quedar contigo.

    -Tiempo tendremos para hablar de eso, pero ahora divirtámonos,

    María se metió en la cama con el tarro de plata en el que estaba el caviar y después de tumbarse boca arriba se echó una cucharadita en una teta.

    -Come, Loli.

    Fidel le quitó la sabana de las manos.

    -¡Que tetas más bonitas!

    -Ya las habías visto por la cámara.

    -Pero no es lo mismo. De cerca dan ganas de adorarlas en vez de comerlas.

    A Isidora le gustaba que le dieran cera.

    -Son más bonitas las de María.

    -No están mal, pero las tuyas. ¡Ummm!

    María se echó los dedos a la teta cogió caviar y se lo llevó a la boca, Isidora, al probarlo, dijo:

    -Está rico.

    Cogió ella la cucharilla y le echó caviar sobre las dos tetas, lamió y volvió a comer aquella delicia, después se arrodilló entre sus piernas, le echó caviar en el coño, lamió y lo volvió a comer. Fidel vino con el champán, lo descorchó, el corcho dio en el techo y cayó al piso. El champán se derramó por todo el culo de Isidora y parte de él bajó por raja del culo y llegó a su coño. Fidel le echó un trago, después lamió el ojete mojado y luego se lo penetró varías veces con a punta de su lengua. Isidora se desinhibió.

    -Joder, que rica se siente esa lengua en mi culo. Azótame, Fidel.

    Fidel azotándole las nalgas con las palmas de sus manos y haciendo estragos con la lengua en su culo, le dijo:

    -Cuando me lo pidas te la meto en el culo.

    -De momento sigue comiendo.

    María, extendiendo los brazos hacia ella, le dijo:

    -Ven y fóllame otra vez.

    Isidora antes de echarse encima de ella metió dos dedos dentro del tarro del caviar, sacó un poco y se lo comió.

    -¡Qué bueno está!

    Subió encima. Fidel se quitó la bata y en pelotas y empalmado le cogió la polla a María, se la puso en la entrada del coño, empujó el culo hacia abajo y vio cómo la verga entraba hasta perderse dentro. Le abrió las nalgas, le lamió el ojete y después se lo folló con la lengua mientras empujaba el culo hacia abajo y hacia arriba.

    Isidora ahogaba sus gemidos en la boca de María que jugaba con la legua en su boca cómo si fuera un caramelo. Pasado un tiempo, Fidel, le frotó la cabeza de la polla en el ojete, ojete que la recibió dándole besos al abrirse y al cerrarse. Isidora le dijo:

    -Métela, Fidel.

    Le clavó la cabeza de la polla en el culo. Isidora empujó hacia atrás y entró hasta la mitad… Después fue un mete polla en el coño, saca polla del culo y viceversa hasta que Isidora apretó la polla y la verga con su culo y su coño, y temblando una cosa mala, se corrió a lo bestia, diciendo:

    -¡¡¡Me muerooo!!!

    No se murió, pero se quedó con su cuñado, bueno, con él y con María, que acabaría con sus problemas económicos y los de su familia.

    Quique.

  • Mi más grande fantasía como cornudo

    Mi más grande fantasía como cornudo

    Ya hemos tenido varios encuentros y he visto coger de una y otra manera a mi esposa, siempre disfrutando, con algunos más que con otros, pero siempre es una experiencia distinta.

    Ya en alguna ocasión un single fue como Uber por Janeth después de una fiesta y por supuesto terminaron en un motel cogiendo toda la noche.

    Me enviaron unos videos, ella montada gritando de placer y gimiendo mientras era penetrada por su amante, me envió algunos vídeos donde está chupando su verga hasta hacerlo terminar y tragar su leche, cuando llegó a casa, se quedó dormida, de lo cansada que llegó.

    Tome su celular y vi un video que no me mandó, estaban cogiendo en muchas posiciones diferentes hasta que los dos se quedaron cansados después de haber terminado, cuando él se levantó a parar el vídeo, observé que no traía condón puesto, así que así dormida abrí sus piernas y se veía como escurría el semen que le dejo adentro.

    Comencé a masturbarme y no aguante más, me acomode entre sus piernas, para metérsela y usar ese semen como lubricante, no tarde mucho en venirme dentro de ella.

    Pero he fantaseando con algo aún más rico, me encantaría dejarla ir de vacaciones con algún amante, que pueda coger cada que se le ponga dura a su amante, que pasen un fin de semana como pareja, que tome algunos vídeos para mí y poder grabar ese momento para masturbarme viéndolo.

    Esa es mi mayor fantasía.