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  • Cogiéndomela en el carro de Gabriel

    Cogiéndomela en el carro de Gabriel

    Esas épocas del verano de aquel 2013 fue mi mejor racha sexual, si no era con Ivette, era con Estela o con alguna otra, pero andaba en racha.

    Volviendo hablar de Ivette, ya que con ella pase varios momentos de lujuria y este es otro de esos.

    Gabriel no era su novio, llevaban apenas unas semanas de haberse conocido, él no era agraciado, pero tenía dinero por eso ella se juntaba con él para hacer negocios.

    Este tipo obviamente andaba ardiendo de deseos por ella y esta lindura que sabe aprovechar sus encantos para lograr cosas, sacaba aprovecho de la situación.

    Una noche estábamos tomando en su local, Ivette y yo ya teníamos unos tragos de más, les dije que me retiraba ya que al día siguiente tenía una reunión familiar desde muy temprano.

    El para quedar bien con mi amiga se ofreció a llevarnos, pero Ivette dijo que ella me traería, así que él le presto el carro y nos pusimos en marcha.

    T: ¡Hubieras dejado que me diera el rite!

    I: Es que ya quería descansar de su presencia, ¡jajá!

    T: ¡Uhm, que mala eres, jajá!

    Pasamos por unas cervezas mas ya que queríamos seguir tomando, Ivette me convenció de tomar más valiéndole gorro que me tuviera que despertar muy temprano.

    Ella se estacionó una calle antes de mi casa y nos pusimos a tomar, ese día ella llevaba una calza gris que simulaba un pantalón de mezclilla, en esa época estaban muy de moda todo se le transparentaba, yo estaba cachondísimo observándola, entre platica y platica le comencé a acariciar sus piernitas, ella al principio no decía nada y seguía hable y hable hasta que…

    I: ¡Cabron ya déjame las piernas!

    T: ¡Perdón, pero me encantan!

    I: Si ya lo sé, ¡pero ya tengo novio y estamos en el carro de su socio!

    T: ¡Pero, ya hasta tríos hemos hecho!

    I: Pues sí, pero no quiero salirle con mamadas a mi novio, además traigo un carro ajeno.

    T: ¡Vamos por unas cervezas todo por la decepción jajá!

    Fuimos por un six más y seguimos tomando, ella confiada en que ya no haría yo nada fue perdiendo poco a poco ante las redes del alcohol y la noche.

    Mis manos no solo acariciaban sus piernas si no también subían hasta sus nalgas, me acerqué y la comencé a besar.

    Ella se resistió un poco pero después estábamos dándonos unos besos muy ricos, recliné el asiento de ella, le abrí su escote y comencé a besarle en medio de las tetas, mis manos acariciaban sus piernitas, estaba excitadísimo.

    T: Que buena estas, uhm, ¡no me canso de ti!

    I: Siempre se hace lo que quieres, ¡uhm!!

    Me volvía loco así que le fui bajando su calza junto con la tanguita, mi lengua comenzó a recorrer sus muslos hasta llegar a su depuradita vagina.

    I: Dios, ¡nos van a ver!

    T: Tranquila, uhm, mejor relájate.

    La lamia con desesperación ella se convulsionaba muy rico, mis manos levantaron su blusa y desabroché su sostén, ¡mientras mi lengua entraba y salía de su ya húmeda vagina!

    I: ¡Siempre te sales con la tuya canijo!

    T: Mi amor sabes que me encanta cogerte.

    I: Estas muy chavito, ¡pero coges riquísimo!!

    T: Ves cómo te gusta, ¡uhm!!

    Devore su vagina con mucha pasión, mis dedos entraron varias veces provocándole sensaciones enormes de placer, miraba de re ojo para verificar que seguíamos estando solos.

    Apretaba su clítoris con fuerza, s ele inflaba fenomenal, su vagina escurría fluidos que caían en el carro de su pobre pretendiente.

    T: ¡Ahora te toca mi amor!

    I: ¡Eres un enfermo sexual!

    Me bajé el pantalón y me subí encima de ella, la comencé a penetrar lentamente, mientras mi lengua saboreaba sus ricas tetas, ella mordía sus labios y me acariciaba el trasero.

    Yo me apoyaba en el volante del carro y se la metía más duro, nos besábamos pasionalmente, recliné el asiento del copiloto me recosté y ella se fue directo a mamármela.

    Me daba ricas chupadas, ella es una experta mamando y yo disfrutaba su arte.

    Con sus tetas también me acariciaba la verga mientras con su lengua lamia mi cabecita, tragaba hasta que mi verga tocaba su garganta era maravilloso como se comía mi verga.

    T: ¡Ivette, uhm, ah!!

    I: ¡Mmm!! ¡Rico!!

    T: ¡Uf! ¡Así!

    Ella se quitó el mayón totalmente, me dio la espalda y se subió en mí, ambos nos movíamos rápidamente mis manos apretaban sus tetas ella se apoyaba con la puerta y con el frente del carro para moverse más rápido…

    I: ¿Así te gusta? ¡Esto es lo que querías!

    T: ¡Ivette, uhm, que rico nena!!

    En medio del éxtasis abrí la puerta del carro, me salí y ella se empinó en cuatro acomodándose entre los dos asientos.

    T: ¡Que culazo de mujer eres!

    I: ¡Me halagas, uhm!!

    Yo la tomé de la cintura y comencé a dejársela ir rápidamente, le agarraba del cabello y con la otra le daba nalgadas.

    I: ¡Tyson, uhm, que rico, ah!!

    T: Toma, uhm, ¡tómala toda!!!

    Ella se movía más y más rico, yo la embestía fuertemente, ambos empezamos a escurrir, el éxtasis final llegó.

    Ambos nos corrimos juntos, mis fluidos y los de ella llenaban el carro de su pretendiente de nuestro sexo, la llené de leche totalmente.

    Ella tuvo un gran orgasmo, terminamos y nos recostamos en los asientos a beber cerveza, unos minutos después, nos despedimos y quedamos en vernos nuevamente para coger.

    Tyson

  • Cristina, mi profesora de piano

    Cristina, mi profesora de piano

    Hoy sería el día de la dichosa cita con Cristina y estaba más que nerviosa. No era mi primera pero sí era la primera con alguien que me tenía completamente loca. Una parte de mí sabía que era un terrible error seguir este juego con ella y que lo pagaría muy caro pero… ella tenía la fuerza de un imán y me atraía de una manera sobrenatural.

    Muy probablemente terminaría con el corazón más roto de lo que ya está; esa pequeña parte del pequeño revolcón con el adonis no se ha ido de mi mente. Y la sensación de celos no había desaparecido, pero después de lo que pasó en el auditorio no quería arruinarlo; estábamos en una nube rosa que nos… que me mantenía flotando. No quería malos tragos antes de un gran día.

    Después de tanto pensar, me decidí por un vestido rosa, con algunas decoraciones y sin mangas. Como todos los días, el calor era infernal y los jean no parecían una buena opción. Unos zapatos abiertos con tacón no muy alto y algo de maquillaje. Listo. Cristina constantemente me repetía que le gustaba verme al natural. Sigo creyendo que dice las cosas para aminorar el golpe de su ida. Faltaban unos cuantos minutos para la cita cuando sentí mi teléfono vibrar. Era ella…

    -Hola.- Dije sin poder contener la sonrisa estúpida.

    -¿Lista, pequeña?

    -Más que lista.

    -Estoy abajo.

    -Voy.- Colgué. Se escuchaba feliz, esa era una buena señal.

    Agradecía a los cielos porque mis padres no estuvieran aquí para llenarme de un montón de preguntas. Sabían que salía con una “amiga”, omití que la amiga era mi profesora de piano. Mi hermano estaba en práctica de fútbol, así que no tendría que darle explicaciones a nadie. Al abrir la puerta Cristina estaba sobre el capo de su coche aparcado frente a mi casa.

    Se veía divina. Su pelo suelto, iba maquillada y se veía más que perfecta. También optó por un vestido y tacones altos. Me acerqué a ella y me recibió con un abrazo.

    -Estás guapísima. -Susurró a mi oído.

    -No te quedas atrás. Estás muy guapa.

    -Es sólo la cara… -Me soltó y abrió la puerta del pasajero para que entrara.

    Ahora me di cuenta de lo mucho que le costaba tomarse los cumplidos. Hace unos días le dije que parte de mi progreso se lo debía a su constante motivación. Se limitó a decirme que era parte de su trabajo. Era como si no quisiera aceptar que algo bueno puede salir de ella. Y ahora con su “es sólo la cara”; sí, Cristina podía ser una hija de puta cuando se lo proponía pero habían muchas cosas buenas dentro de ella. Aunque no las pueda ver.

    Durante el trayecto hablábamos animadamente de nuestros días. Ella seguía odiando que por culpa de una huelga tenía que trabajar horas extras. Ni siquiera estaba a favor de lo que peleaban pero al ser una minoría tenía que seguir la corriente. Era muy eficiente con su trabajo por lo que la cuestión de papeleo la terminó en cuestión de unos días. Días en los que se aseguró de decirme en dónde estaba y qué estaba haciendo.

    Parecía que quería quitarme la espina de lo que pasó con su “amiguito”. He de decir que lo disfrutaba y me agradaba que se preocupara de mí en esa forma.

    -¿Qué harás después? -Rompió por completo el tema de conversación que teníamos.

    -Aún no lo decido. Me queda un par de semestres para averiguarlo.

    -No lo dejes pasar mucho tiempo. ¿Hay algo que particularmente te llame la atención? -Se veía muy interesada.

    -Psicología me gusta muchísimo. Puede ser una opción viable.

    -¿Hay una escuela cerca? -Negué.

    -Cuatro horas de aquí.

    -¿Con quién vas a vivir? -Comencé a reír.

    -Ni siquiera tengo definido si quiero eso, ¿qué te hace creer que ya sé dónde voy a vivir?

    -¿Tienes familia ahí? -Volví a negar.- No me agrada.

    -Es una pena que no dependa de ti. -clavó su mirada en mi, noté cierto enfado en su mirada.

    –Te vas en un mes, ¿qué te preocupa lo que será de mi vida en un año?

    Muy a su estilo ignoró el tema subiendo el volumen de la radio. De inmediato lo apagué.

    -¿Te importa?

    -Sólo quería hablar de algo, Al… y sí, me importa mucho. No te quiero vagando en una enorme ciudad tú sola.

    -Me las voy a arreglar. Siempre lo hago. -La vi sonreír.- ¿Qué?

    -Nunca te das por vencida.

    -Nunca.

    Me sorprendí mucho cuando Cris me llevó a las afueras de la ciudad y nos desviamos a un camino de tierra. Calculo que habíamos avanzado unos dos kilómetros cuando llegamos a una pequeña cabaña.

    Ella no decía nada, simplemente me sonrió al aparcar frente al bonito lugar.

    A pesar de haber pasado aquí toda mi vida no conocía esta parte de la ciudad. Cris bajó del coche y se apresuró a abrirme la puerta; amablemente me tendió su mano para ayudarme a salir. De la mano llegamos a la puerta de la casa. Sin soltarme buscó en un pequeño bolsillo que tenía su vestido y sacó una brillante llave. Abrió y frente a nosotras había una enorme sala perfectamente arreglada, una mesa en el centro, dos cojines a los lados y mucho sushi.

    -Creo que mencionaste que te gusta el sushi. -Me sonrió ampliamente.

    -Me fascina. Gracias.

    Sin pensarlo dos veces me colgué de su cuello y la besé. La sentí tensarse al principio, pero después se aferró a mi cintura y profundizo el beso.

    -Así que el sushi tiene estos efectos… debería dártelo más seguido. -Sonrió sobre mis labios.

    -Gracias.

    -Aún no hemos empezado. Agradéceme al terminar.

    -Pero quiero agradecerte ahora. -Le dio un beso corto.– Gracias.

    -De nada.

    Con una inusual sonrisa me invitó a pasar a la casa.

    La cena fue mágica, simplemente mágica. Cristina se portó como… como si fuera mi pareja. Estuvo atenta en todo momento, me sirvió, me dio a probar de su comida, de vez en cuando se inclinaba y me robaba un beso. Era como si fuera una Cristina diferente y la odiaba. Odiaba que se portara tan bien porque no quería quererla más y portándose así era imposible.

    Apenas terminamos de comer me eché sobre ella y la besé con toda la pasión que encontré dentro de mí. Ella ni corta ni perezosa me correspondió; sus manos encontraron un camino debajo de mi vestido con una facilidad increíble. En segundos me tenía gimiendo sobre su boca mientras ella amasaba mis nalgas.

    -Eres como una puta fruta prohibida, Al… Lo que te quiero hacer…

    -Hazlo. -Dije con los ojos cerrados.

    -No quiero lastimarte. -Respondió dejando pequeños besos sobre mis labios.

    -Hazlo, porque necesito odiarte. -Dejó de besarme y abrió los ojos abruptamente.

    -Lo siento mucho, Al… pero no puedo alejarme. -Me puse de pie y cogí mi teléfono. Ella me veía confundida.

    -Ma, me quedaré en casa de Sam a ver películas. Mañana es sábado así que no hay problemas por la escuela.

    A pesar de tener la mayoría de edad, esperé la letanía de mi madre aunque sabía que al final accedería.

    –Sí, sí la próxima vez te aviso antes. Te veo mañana. Te quiero.

    Le envié un mensaje a Sam pidiéndole que me cubriera; me debía un favor. Apagué el teléfono y lo aventé al sillón.

    –Toda tuya.

    Parecía que alguien hubiera encendido una llama en los ojos de Cristina, sus profundos ojos cambiaron de la preocupación a la lujuria en dos segundos. Sonrió, esa sonrisa que aparece cuando estamos en la cama; se puso de pie y caminó lentamente hacia mí. Se inclinó un poco para poder quitarme el vestido y dejarme sólo en ropa interior.

    -Toda mía. Solo mía.

    Su forma de verme me hacía sentir deseada, bonita, importante, todo en el aspecto físico pero no en lo emocional. Ella necesitaba saciarse… no quería que la amaran, mucho menos amar.

    -¿Eres mía?

    Pregunté mientras sus dedos jugaban con las tiras de mi sostén. Dejó su tarea un momento y me miró fijamente a los ojos.

    -Sí, soy tuya.

    Quería creerlo, necesitaba creerlo… aunque sea un segundo.

    –No lo pienses, me cogió de la cara

    –siéntelo. De nuevo atrapó mis labios con fuerza.

    Me apretó a ella, sus manos vagaban por todo mi cuerpo, sus labios se comunicaban con los míos, su lengua me enloquecía. Estaba a su merced. Así como ella me quería tener, así como quería estar para ella. Aferrada a su cuello dejaba que las sensaciones que ella me producía se tatuaran por toda mi piel. No sabía cómo era el cielo pero estoy segura de que era algo muy cercana a esto.

    -Quiero estar muy dentro de ti…

    Escucharla hablándome así me excitaba más; esta mujer tenía una increíble facilidad para manejarse en la cama. Entonces recordé lo que me había dicho… Aprender, crecer y follar.

    ¿Habrá sufrido?

    Cogí su cara, la acerqué a mí y la besé con ternura, lento, suave, sin ninguna prisa. Sus manos dejaron mis hombros y se quedaron colgados a sus costados. Estaba muy tensa. Lentamente bajé mis manos, recorrí sus hombros, sus bíceps, su antebrazo hasta lentamente entrelazar mis dedos con los de ella. Apenas movía sus labios sobre los míos; intentó meter su lengua en mi boca pero no la dejé.

    -No.

    Me espanté al escuchar la solemnidad de su voz. Salió de la casa prácticamente corriendo; me quedé con la cabeza agachada y me vi únicamente con ropa interior. Si iba a dormir aquí sería mejor quitarme los zapatos.

    Estaba por quitarme la segunda sandalia cuando Cristina entró nuevamente; su expresión era indescifrable, feliz no estaba, era obvio, pero algo en ella estaba diferente. De un tirón se quitó el vestido y se puso algo que llevaba en las manos; hasta ahora me percataba de ello. Lo había visto en algunas películas lésbicas… strap-on. Sentí que la garganta se me secaba, tanto por el tamaño de esa cosa como por lo sexy que se veía Cristina con él puesto.

    -Boca arriba en el suelo. -Dijo con voz autoritaria.

    Terminé de quitarme el zapato, lentamente me bajé las bragas y me puse en el suelo como ella me lo indicó.

    Su mirada seguía llena de lujuria pero había algo más que no podía descifrar; se quedó un momento contemplándome. En un ataque de no-sé-qué-demonios llevé mi mano a mi coño y exploré mis pliegues unos segundos para después jugar con mi clítoris. Cristina me veía atentamente, llevó sus dedos a su boca, los llenó de saliva y los bajó al miembro artificial que colgaba en su entrepierna.

    El simular la masturbación masculina casi hace que me corra.

    Nuestros ojos nunca se apartaron, nos veíamos intensamente esperando a ver quién hacía el primer movimiento. No fue raro que fuera ella. Se arrodilló frente a mí a la vez que yo abrí más las piernas para darle mejor acceso. Volvió a llenar de saliva el miembro antes de acomodarse en mi entrada.

    -Te gusta provocarme, ¿cierto? -Colocó la punta del pene dentro de mí y llevó el dedo pulgar de su mano izquierda a mi clítoris para jugar con él.

    –Contéstame.

    -Sí. -Cerré los ojos un momento.– Me gusta saber que provoco cosas en ti. -Se enterró un poco más en mí y solté un leve gemido.

    -No tienes idea de lo mucho que provocas… no la tienes.

    Mis manos se fueron a sus piernas para acariciarlas. Su mano libre vagaba por mi abdomen y amagaba con tomar mis senos. Levanté la cadera y el miembro se hundió un poco más.

    -Sólo para ti.

    La mire a los ojos mientras tomaba entre mis manos su mano. Ese fue su detonador, de pronto tenía sus fuertes brazos a lado de los míos y la extensión de ella muy dentro de mí.

    -¡Cris! -Me aferré a su espalda.

    Era, mucho, el intruso más grande que había tenido ahí abajo; dolor. Estaba en una delgada línea entre el dolor y el placer, tenía los ojos cerrados, mis dedos enterrados en la piel de Cristina. Entendió eso y se quedó un momento inmóvil con sus labios vagando por mi cuello. Cuando me agarré en su espalda se suavizó, comenzó a moverse lentamente.

    Mis manos tocaban su espalda, sus brazos, se enredaban en su cabello, se aferraban a su cuello, no sabía ni qué hacer conmigo. El cúmulo de sensaciones era algo que nunca había sentido y es que al estar con Cristina cada vez se sentía como la primera. Siempre había algo nuevo, algo diferente, algo que excitara más que la primera vez y eso me volvía loca.

    Su ritmo lento poco a poco se fue intensificando, las embestidas eran cada vez más fuertes y más profundas. Su cabeza aun enterrada en mi cuello. Intenté pasar mis piernas por su espalda, pero con una mano me lo impidió y me ordenó que las mantuviera abiertas. No lo analicé simplemente obedecí. El calor era intenso, una fina capa de sudor apareció sobre la piel delicada de Cris y su respiración era cada vez más entrecortada. Como pude me incliné un poco para darle un beso en el cabello.

    -No. -Segunda negativa de la noche.

    -Te estoy follando, no estamos haciendo el amor. -Y para probar sus palabras me propinó una estocada descomunal; sentí que me partiría en dos.

    -Esto es lo que te puedo dar. -No me veía.

    Sólo pude asentir. No tenía opción. No le diría que no ya que la tenía, literalmente, dentro de mí. Sacó el miembro hasta dejar solo la punta dentro de mí, esperó unos segundos antes de perderse de nuevo en mí. Era una sensación delirante y el saber que era ella me mojaba más.

    Sus pausadas penetraciones fueron acompañadas por mordiscos a mis senos. Ni siquiera se preocupó por quitarme el sujetador. Mordía con fuerza, como si quisiera darme a entender algo.

    Cerré los ojos y me dejé llevar, segundos después explotaba en un delicioso orgasmo que se prolongó cuando Cristina me penetró rápidamente unas veces más sin dejar de jugar con mis senos. Aún dentro de mí se incorporó y buscó mis labios, los tomó con fuerza y su lengua inmediatamente buscó la mía. Los besos húmedos se extendieron por varios minutos hasta que la detuve.

    -Así se siente ser prostituta.

    -¿De qué hablas?

    -Dar tu cuerpo a cambio de algo… -Pude ver un dejo de tristeza en sus ojos que rápidamente se convirtió en enojo.

    -Fui clara contigo desde el principio.

    -Eso lo hace más fácil. -Dije sarcásticamente. De un tirón salió de mí, lo cual hizo que me retorciera un poco; estaba muy sensible.

    -Hay ropa cómoda en la cama de la habitación de arriba. Me daré una ducha.

    Cristina entró por una pequeña puerta de madera la cual cerró estrepitosamente.

    Quería a esa testaruda mujer que entró a ducharse, quería todo de ella pero ella no quería nada más que sexo. Hace un mes mi vida era tranquila, solitaria hasta cierto punto, sin problemas, más que los de la escuela, y una que otra discusión con mis padres. Lo típico. Hasta que la conocí y puso mi mundo de cabeza.

    He mentido, he faltado a clases por verla, he hecho cosas que en mi vida imaginé que haría; cosas que creí que haría sólo con la persona correcta, pero la persona “correcta” se va en un mes. Caricias de lastima, de compasión, como las que se le dan a los perritos en la calle, eso es lo que he recibido de ella y con rabia me doy cuenta que las acepto. Soy una completa idiota.

    Estaba semidesnuda y muy bien follada a las afueras de la ciudad sintiéndome miserable y con la persona más imbécil sobre la tierra. Y una parte de mí me decía que lo merecía por no confiar en mi primer instinto de que era un error. De que saldría lastimada; creo que no imaginé que me sentiría así de horrible.

    Nuestro primer encuentro fue tierno, dulce, con el toque lujurioso de Cristina y hasta me dijo que le gustaba y de pronto se transformó en esta mujer distante, incapaz de recibir amor o de darlo. Me tendió una trampa y yo felizmente caí en ella. No lo soporté más y me eché a llorar. ¿Realmente creí que alguien como ella se fijaría en mí? Su lujuria necesitaba un receptáculo y yo estaba a la mano. Yo estaba cerca de ella y se aprovechó de eso. Soy un juguete más, al cual va a olvidar cuando se marche.

    Escuché que la puerta del baño se abrió después de varios minutos que pasé llorando y regañándome por ser tan estúpida. Me hice bolita en el piso esperando que Cristina pasara de largo a la habitación y me dejara ahí tirada. No quería estar con ella, tenía suficientes motivos para odiarla y comenzaría a hacerlo. La escuché suspirar fuertemente, segundos después podía sentir la frescura que desprendía su cuerpo a unos centímetros del mío.

    -La primera vez que me enamoré fue con él.

    Había tenido novios antes, pero nunca me había sentido tan atraída a alguien como con él. Me hacía sentir bonita, sexy, me hacía sentir única… hasta que entendí de qué iba todo eso.

    Las atenciones eran por mi cuerpo, por mi imagen… todo en esta vida son las putas apariencias.- Tomó aire.

    –Me vi en la necesidad de cambiar de ciudad, para dejarlo todo atrás y comenzar de nuevo. Llevaba una vida, monótona, gris, me apegaba a lo que vine a hacer hasta que te vi parada junto al piano.

    -No sigas. -Le supliqué.

    -Quiero que lo entiendas. Por favor.

    No le dije nada; me quedé callada por unos segundos y lo vio como una señal para que continuara.

    –Tu cuerpo es tentación, tu cara es divina, pero en cuanto comencé a tratarte y vi tu inocencia, vi los motivos por los cuales te mueves, vi como tratas a las demás personas… me vi. Vi lo que solía ser antes de él…

    -Y quisiste desquitarte, lo entiendo. -Se comenzó a reír.

    -Caí ante ti, Al. Caí rendida a lo que tú eres… tu inocencia es una arma de doble filo, ¿sabes? Verte masturbándote ha sido de lo más erótico que he visto en mi vida. Se acercó más a mí y me abrazó.

    –Me asusta lo que me haces sentir.

    -¿Por qué te portas así conmigo? -Las lágrimas seguían corriendo pero no con tanta intensidad.

    -Quiero que me odies.

    -¿Por qué?

    -No tengo nada bueno para ti, Al.

    -Te equivocas…

    -Me conozco, lo voy a terminar estropeando.

    Era inútil discutir con ella. Esta pequeña confesión lejos de ayudarme a aclarar el panorama lo hizo más turbio.

    -Entonces aléjate de mí.

    -Lo haré, después de esta noche.

    Sentí como se me estrujaba el corazón. Con un suave movimiento llevó la mano que me abrazaba a mi estómago y lentamente lo fue bajando a mi vientre, luego a mi monte de venus hasta llegar a mi coño que aún estaba mojado.

    Dos de sus dedos recorrieron los pliegues buscando empaparse; abría mis labios, los acariciaba suavemente, amagaba con entrar en mí de nuevo. Las lágrimas y la amargura fueron reemplazadas por los gemidos que no se hicieron esperar. Cristina se pegó aún más a mí; abrí un poco más las piernas para darle más acceso.

    -Eres preciosa, Al. -Susurró a mi oído antes de besar mi cuello con fervor.

    –Me encantas.

    -Cállate, por favor.

    Las lágrimas amenazaban con salir de nuevo. No quería escuchar nada de lo que me decía. Nada.

    Me concentré en lo que sus dedos me hacían, si sería nuestra última noche juntas lo menos que podía hacer era disfrutarlo. Cerré los ojos y me dejé llevar. La maestría de sus caricias era exquisita, simplemente exquisita.

    ¿Alguien que me toque como ella? Quizás. ¿Alguien que haga mi corazón latir como lo hace ella? No creo que pueda encontrar en esta vida o en las que sigan.

    Y así una vez más me dejé llevar; la disfruté y ella me disfrutó. La mañana nos encontró desnudas en la sala de una pequeña cabaña, iluminando con sus rayos nuestros últimos segundos juntas.

  • De ratones

    De ratones

    Lo pienso y lo escribo, para empezar: nunca debí haberme enamorado de Yui. Yo tenía una existencia restringida a la normalidad, es decir, yo vivía con mi esposa, feliz; los dos trabajábamos. Teníamos dos hijos, la parejita, y juntos los cuatro éramos una familia privilegiada. Hasta que conocí a Yui.

    Fue un día de enero. Había nevado en la ciudad. En nuestro barrio, en el extrarradio, donde todas las casas, de dos plantas, estaban provistas de un jardín delantero, la nieve cubría las aceras y, claro, los jardines. «Rosa», le dije a mi esposa, «voy a salir a comprar el pan, ¿quieres que te traiga algo?»; «No, cariño», contestó ella desde la cocina. Rosa, mi esposa, era una mujer estupenda, y bella: su cuerpo era como el de una adolescente: era delgada; sus tetas eran como limones, redonditas y de pezones puntiagudos; su pelo rubio lo llevaba cortado a media melena; tenía un culito precioso: pequeño y prieto; en fin, Rosa me seguía gustando, pero es que Yui…

    Los operarios del Ayuntamiento habían abierto un pequeño sendero en la acera, a través de la nieve, y por ahí eché a andar en cuanto salí de mi casa. El cielo, después de la noche tempestuosa, lucía azul celeste y claro; hacía un bonito día, aunque frío. Pasé junto a la valla del jardín de la casa colindante a la mía. «Vaya», pensé, «parece que tenemos de nuevo vecinos». La casa estaba deshabitada desde hacía meses. Noté la presencia de gente al divisar unas cortinas en una ventana del piso superior que antes no estaba. Bajé la vista y allí la vi, Yui; iba vestida con un conjunto de pantalón y camisa de gasa de color blanco. Por supuesto, yo no sabía su nombre, Yui. La observé mientras seguía caminando: estaba sujetando una pala. Entonces, me vio; siguió apaleando nieve. Me fijé en que iba descalza: sus pies, ligeramente bronceados, destacaban sobre el blanco, llevaba una tobillera; su ropa interior, sujetador y braguitas se transparentaban a través de su ropa; sus pechos voluminosos se movían a la par que movía los brazos para apalear, se agitaban, vibraban; su melena negra, rizada y larga, ascendía y descendía, tapándole la cara, cada vez que se agachaba. Seguí mi camino.

    Cuando volví a casa, no dudé en contarle las nuevas a Rosa. «Ah, ¿pero no lo sabías?, se llama Yui, no es de aquí, me dijo que se quedaría poco tiempo, que estaba de paso, quizá unos meses…»; «¿La conocías?», pregunté; «La conocí ayer, en el súper».

    Después de almorzar, antes de que llegaran nuestros hijos de la casa de sus abuelos, aprovechando que gozábamos de unas merecidas vacaciones, Rosa y yo follamos.

    Por la noche, soñé con Yui.

    ¡Soñé con Yui!, ¡qué locura era esta! Bueno, fue un sueño ligero, simplemente la vi, en sueños, caminando descalza por una playa, nada más, ¿o sí?; sí, se metía en el mar vestida con ese conjunto blanco, que se transparentó, y la vi desnuda, en sueños.

    A la mañana siguiente, volví a pasar frente a la casa de Yui. Me detuve. No estaba en el jardín. Miré a la ventana del piso superior. Y la vi: Yui estaba asomada; vestía una bata de terciopelo verde, y fumaba. Me saludó con una mano. Le devolví el saludo. Nada más.

    Pasaron los días. Mi intranquilidad iba creciendo. Follaba con Rosa, pero yo quería hacerlo con Yui. A veces, mientras hacía el último esfuerzo para correrme en el coño de mi mujer, cerraba los ojos, e imaginaba como sería el cuerpo de Yui debajo de mí, me imaginaba sus grandes senos botando, su melena cubriendo la almohada…; y eyaculaba.

    «Yui, Yui»…

    Al cabo, ocurrió.

    Fue un fin de semana, un sábado por la mañana. Yo estaba sólo en casa: Rosa y los niños habían salido de compras al centro de la ciudad. Sonó el timbre: «Ding dong». Me levanté del sofá y fui a abrir. Abrí y allí estaba, frente a mí, Yui. «Hola Rafa», («¡Sabía mi nombre!»), «perdona si te molesto, pero necesito que vengas a mi casa». Dije que sí.

    La seguí durante el camino a su casa. Yui llevaba puesto un vestido largo tipo túnica de color negro, calzaba sandalias con plataforma; yo me preguntaba si no sentiría ella frío. Por supuesto que, aunque rezagado respecto a Yui, pues ésta caminaba veloz, le fui preguntando que de qué se trataba la cosa, cuál era el motivo para que hubiese venido a buscarme, para que yo fuese a su casa, y, de paso, por qué esas prisas. Entonces ella se detuvo, se giró y dijo: «Ratones», y reanudó su marcha. Caminar detrás de Yuri me producía un inmenso placer, ya que podía hacerme una idea de la carnosidad de su culo, de la robustez de sus piernas. Llegamos al umbral de su casa y ella, cortesmente, me cedió el paso. Cerró la puerta tras de sí. «Ratones, dices, ¿dónde?», pregunté; «Ahí», señaló una puerta cerrada. Estábamos en el salón principal de la casa, ya que no había vestíbulo, y en éste había un mullido chaise longue. «¿Puedo sentarme, quiero decir, antes de emprender la cacería?, tengo un par de cuestiones que explicarte, Yui, si no te importa», dije; «Bueno, empieza», dijo ella y se sentó; «¿Cómo sabes mi nombre?», pregunté; ella rio: «¡Qué tonto eres!, ¿acaso no sabes qué Rosa y yo nos hemos hecho amigas, acaso no sabes que a las mujeres nos gusta hablar de todo?»; «¿De todo?», pregunté inseguro; «De todo, segunda cuestión», abrevió ella; «Pasemos a los ratones», atajé mientras me levantaba.

    Abrimos ambos la puerta que antes había señalado Yui, y la volvimos a cerrar tras de nosotros: de esa habitación no podía salir ningún bicho vivo. Íbamos en silencio. Yo me quité un zapato con el fin de descalabrar al primer ratón que pasara cerca de mí. No encendimos ninguna luz, íbamos en penumbra. La habitación era un trastero. Yui se agachó para mirar debajo de un viejo ropero, apoyó las dos manos en el suelo, inclinó el torso y elevó el culo. «Yui», dije despacio; «Qué», respondió ella; «Nada»; «Exacto, nada, sigamos buscando», dijo. Nos aproximamos a unas cajas que contenían libros; no estaban cerradas. Yui se asomó al interior y comentó despectivamente: «Basura». Al volverse, tropezó con algo que había en el suelo y su cuerpo se precipitó contra el mío; la sujeté por las axilas. «Por poco me caigo», salió de sus labios, a escasos centímetros de los míos; la miré a los ojos, dulces y brillantes. De pronto, me besó. Entonces la tomé por detrás de su nuca y la acerqué hacia mí para besarnos más largamente. La humedad de sus labios me excitó tanto que tuve una poderosa erección, la cual ella seguramente notó. Acto seguido, bajé las manos hasta el faldón de su túnica y las icé; Yui no llevaba nada debajo. Saboreé sus tetas con parsimonia, deleitándome, disfrutándolas; luego, me fui agachando hasta lamer su ombligo, y su coño. Yui gimió. Me erguí y le pedí que se diese la vuelta; ella obedeció. Le pedí que se agachara como cuando lo hizo para mirar bajo el ropero; entonces, me bajé los pantalones y le metí la polla en el coño, muy hondo, hasta que no le pude ver ni el tronco; ellá gritó como una gata en celo. Follé todo lo que pude, Yui gemía y suspiraba, cada vez más sonoramente, hasta que la punta de mi polla se puso en estado de ebullición; entonces la saqué; Yui, al darse cuenta, de rodillas se dio la vuelta y, mirándome a la cara, se metió la polla en la boca y mamó. Mamó hasta que mi corrida inundó su boca.

    El día siguiente, a eso de las diez, después de ducharme, en albornoz, me asomé a un balcón de mi casa. Divisé un cartel en la casa contigua: «Se alquila». Rápidamente, fui a la cocina. Los niños ya se habían ido al colegio; Rosa preparaba un desayuno para ambos. «Rosa», empecé, «¿has visto el cartel de la casa de al lado?»; «Sí, claro»; «¿Yui?»; «Te dije que estaba de paso, esta mañana se despidió, tú dormías, Yui es escritora, ayer mismo, antes de irme de compras, la ayudé a empaquetar sus libros, tiene muchos, me dijo que estaba escribiendo una novela, sobre ratones, sobre una plaga de ratones, por supuesto que no son el coronavirus, pero son molestos», rio; «Ah», solté. Rosa preparaba tostadas, en bata de andar por casa. Me fijé en que el cordón de la bata pendía: no la llevaba atada. Me acerqué por su espalda. Las tetitas de Rosa me saludaron cuando me asomé sobre los hombros. Rodeé a Rosa con mis brazos y acaricié sus tetas; me empalmé. «Rafa», dijo Rosa, «hazme tuya, aquí». Fue decir esto Rosa y, en pocos segundos, se despojó de su bata y se quitó las braguitas; después se inclinó y, apoyando sus brazos estirados, sus manos, sobre la encimera, me ofreció su culo. «Vamos, Rafa, dame, métela en mi rajita, vamos, hasta el fondo, como ayer, vamos». «Como ayer», pensé confundido. Y vi su móvil junto al frutero; un vídeo en pausa. Y ahí me vi yo, y a Yui.

  • Los 25 lametazos antes de metérmela

    Los 25 lametazos antes de metérmela

    La luz de un nuevo día entraba por la ventana, las cortinas abiertas dejaban ver que todavía seguía nevando, un manto blanco cubría todo lo que alcanzaban mis ojos, un paisaje verdaderamente bonito y sin embargo no era una buena noticia, estaba desnuda sobre la cama con mis rodillas apoyadas en mis pechos, tapada por las sábanas blancas y con mis manos tapándome la cara, me lamentaba y pensaba que no había sido una buena idea lo de anoche, a mi lado también desnudo todavía dormido estaba mi cuñado, estaba realmente abatida por lo que habíamos hecho.

    Mi cuñado y yo que también es mi jefe, habíamos estado en una feria en Berlín cuando nos pilló aquella tremenda nevada incapacitando que los aviones pudieran despegar y volar, deberíamos haber salido la tarde anterior, pero fue imposible del todo y la compañía aérea nos facilitó unos hoteles para que todos los pasajeros pudiéramos pasar la noche a expensas de viajar al día siguiente, si el tiempo lo permitía claro esta y al día siguiente, exactamente hoy… Posiblemente tampoco íbamos a poder volar por lo que veía.

    Marcos se casó con mi hermana hace ya 20 años, yo era una niña de 4 años cuando se casaron, ahora tengo 24 y el 46, desde que terminé los estudios de marketing me contrató para su empresa, Marcos es un hombre bien guapo, con pelo negro y unos ojos azules muy claritos, le gusta mucho cuidarse tanto en lo físico como intelectualmente, realmente mi hermana tiene muchísima suerte de poder compartir su vida con un hombre como él, tienen cuatro hijos uno de ellos casi de mi edad y no paraba de darle vueltas de cómo podía haberme equivocado tanto, el daño que la iba a hacer a mi querida hermana era inimaginable.

    Todo empezó la tarde pasada cuando…

    “Joder Marcos, me dicen que no vamos a poder volar, nos están preparando un autobús para llevarnos a un hotel aquí junto al aeropuerto y que esperemos noticias, pero que la noche la pasamos aquí seguro”.

    “No pasa nada Lara, que se le va a hacer, llamo a tu hermana y me reúno contigo para ir al hotel”.

    No tardaron mucho en recogernos y llevarnos a un hotel pequeño, pero con mucho encanto, un edificio antiguo de ladrillo rojo y techos de pizarra muy inclinados en las afueras de la ciudad cerca del aeropuerto, sus puertas y ventanas verdes decoradas con flores blancas y con todo nevado le confería un aspecto muy romántico, al entrar había una gran salón en el que presidía una no menos pequeña chimenea encendida a todo meter y del techo se descolgaba una hermosa lámpara de araña de cristal, en él nos recibieron muy amablemente y una vez repartidas las habitaciones nos invitaron a cenar y a una copa en aquel salón tan bonito y acogedor.

    Al principio había mucha gente, pero poco a poco nos fuimos quedando solos, mi cuñado se burlaba de mí por los colores que empezaba a tener, los cuales yo no sabía si eran del calor que hacía en aquel salón o de las copas que llevábamos ya en el cuerpo cada uno, siempre me lleve muy bien con mi cuñado Marcos, la verdad que era un tío genial, como buen sevillano y sin querer hacer un tópico de esto, no paraba de contar chistes, de inventarse historias realmente graciosas y yo no podía parar de reír.

    Las once de la noche y ya estábamos solos los dos en el salón, sentados el uno junto al otro mirando como ardía la leña, me había pasado con las copas y sabía que si me tomaba una más caería redonda, ya que estaba en ese punto de risa tonta, pero todavía controlando, quizás algunas de mis palabras se deslizaban por mi boca como patinando, lo que hacía que Marcos empezara a reírse arrastrándome a mí con él, estaba totalmente desinhibida cuando Marcos que estaba más o menos como yo me dio un beso en los labios a los que yo respondí con alguno más.

    Los dos estábamos besándonos en el salón sin pensar en lo que estábamos haciendo debido al alcohol que llevábamos en el cuerpo, unos besos suaves, juntando nuestros labios, mirándonos con deseo, unos besos que a los pocos minutos se convirtieron de apasionados, buscando su legua en el interior de su boca y viceversa, después de los besos vinieron los manoseos por todo el cuerpo, sus manos me recorrían entera desde mi larga melena, mis senos, mis muslos, hasta apretar con su mano mi sexo haciéndome temblar.

    Aunque estábamos solos en el salón y decidimos irnos a un sitio más discreto, así que nos levantamos y después de coger mi bolso y seguimos besándonos y magreándonos por el pasillo hasta llegar al ascensor, al abrirse las puertas me empotro contar el cristal sobándome los pechos y subiéndome la ropa que llevaba puesta que no era poca. Sus manos sobre mis pechos desnudos apretándolos con fuerza y metiéndose en su boca mis pezones lamiéndolos, excitándolos más de lo que ya estaban, su pelvis apretaba la mía con fuerza y notaba su polla tremendamente dura queriendo romper tanto sus pantalones como los míos, mi vulva recibía aquellos roces con deseo, mojando mis bragas, prácticamente encharcándolas de mis fluidos.

    Levanté la pierna izquierda rodeando su cuerpo, ahora sus roces los sentía más intensos, sus besos sobre mi cuello, llegamos jadeando hasta el último piso cuando se abrieron las puertas y las luces de los pasillos se iban encendiendo al nuestro paso, prácticamente íbamos limpiando las paredes con mi espalda, sus embestidas sobre mi vulva cada vez más duras hacían que pequeños gemidos salieran de mi garganta, deseando que no parara o quizás que lo dejara, estaba un poco mareada, desinhibida por el alcohol, pero aun sabía quién era Marcos y sabía que aquello estaba mal y sabía que él no iba a parar.

    Al llevar a su puerta, empecé apartarme de él, a decirle que parara poniéndole las manos por delante como barrera y apartándole.

    -Para Marcos, para no sigas por favor.

    -No te gusta Lara

    -Si claro que me gusta y ese es el problema Marcos, que me gusta.

    -Entonces qué problema hay

    -Tu mujer, mi hermana, tus hijos, quieres que siga, joder Marcos, que estamos haciendo.

    -Tienes razón Lara, perdóname.

    Marcos se apartó de mí por completo, dejándome salir de la prisión de sus brazos y empecé andar hacia mi habitación, sentí cerrar la puerta de Marcos y no dejaba de sentirme mal, pero no por haber hecho lo correcto sino porque realmente deseaba estar con él, seguía sintiendo sus besos sobre mi cuello, sus manos acariciando mis pechos y mi vulva por encima del pantalón vaquero, sentía mis bragas tremendamente mojadas cuando empecé a meter mi tarjeta en la ranura de mi puerta abriéndola y cerrándola.

    -Si paso, me prometes…

    -Te lo prometo Lara

    -Ya pero…

    -Lara, calla y no lo pienses más.

    Marcos me cogía de la cintura atrayéndome hacia él, abrazándome y besándome después de que momentos antes llamara a su puerta, había llegado a mi habitación, había abierto y cerrado la puerta en el mismo segundo, quedándome en el pasillo mirando fijamente hacia su puerta, quería con todo mi ser pasar la noche con él, deseaba con todo mi corazón ser poseída por mi cuñado.

    La habitación prácticamente a oscuras salvo por una luz de lectura al borde de la cama, minutos después de entrar en su habitación caímos los dos sobre la cama prácticamente desnudos, un reguero de ropa entre la puerta y la cama hacía presagiar una noche de sexo apasionado.

    Ya no había nada de qué hablar, solo nos dedicamos a los besos y a las caricias, Marcos estaba tumbado boca arriba en la cama y mis labios le recorrían el cuerpo, encima de él y de rodillas mi cabeza alcanzaba su bóxer, pasando mi melena sobre sus piernas, empecé a bajarle la prenda negra que separaba su polla de mi lengua y de mi boca, mis nalgas en dirección a su mirada acariciando mis muslos con sus manos, sus dedos buscando la entrada de mi vulva por debajo de mis bragas, abriendo y separando un poco la tela roja para empezar acariciar mis labios vaginales cuando yo metía su glande entre mis labios.

    Mi boca iba profundizando más sobre aquella barra que parecía estar hecha del más duro acero, saboreando hasta el último centímetro de aquella polla y lubricada con mi saliva, mis manos la rodeaban e iban subiendo y bajando al ritmo de mi boca, mi lengua por dentro intentando jugar con su glande en el momento que este salía un poco a la superficie, apartándome continuamente el pelo de la cara, mi cabeza subía y bajaba oyendo una música hermosa con sus gemidos.

    Marcos cogió una de mis piernas pasándola al otro lado de su cuerpo, metiendo su cabeza entre mis dos piernas, mis labios seguían lamiendo su tronco, mordisqueándolo a la vez que sentía como sus manos me iban quitando las bragas despacio, sacándolas primero por una pierna y luego por otra, dejando mi vulva a disposición de sus caricias, de su lengua que empezaba a recorrer mis labios mojados, dándoles aire, bebiendo de ellos, sentía su nariz deslizarse por ellos hasta que su lengua se metía en mi vagina, moviéndose de un lado a otro y sus dedos acariciando mi clítoris haciéndolo cada vez más grande.

    Mis gemidos se unieron a los suyos, mi mano sobre su polla subiéndola y bajándola, mi lengua saboreando su glande, metiéndose con suavidad en mi boca, sus manos sobre mis nalgas y su cabeza levantada hundiéndose en mi vagina con mis labios metidos en su boca lamiéndolos, bebiendo mis fluidos, sus dedos se metían en mi vagina, descargando mil voltios sobre mi cuerpo y parando mi boca para poder gemir del placer, sus dedos no paraban de penetrar en mi interior mientras que mi clítoris era succionado por su boca.

    Despacio, muy despacio mis labios se separaban de él y mis manos sobre sus muslos empezaban a deslizarse hacia arriba, sobre sus caderas, sus pechos, mi cuerpo poco a poco se iba poniendo en vertical, me senté a horcajadas sobre su cabeza, con su boca abierta abarcando toda mi vulva pasando su legua de arriba abajo, sus manos cogiéndome de mis caderas, sujetándome para que no me moviera ni un milímetro, mis manos acariciando mi cuerpo, apretándome los pechos, subiendo mi melena y revolviéndola como una loca del placer que estaba sintiendo con sus lametazos, moviendo mis caderas adelante y atrás para que su boca comiera de mi vagina, con mis labios menores metidos en su boca y su lengua haciendo estragos en mi interior.

    Notaba como mi vagina empezaba a soltar más flujo del normal, me sentía tremendamente mojada, empecé a sentir como me lamía con toda la lengua desde la vagina, prácticamente saliendo desde dentro de ella hasta mi clítoris, mis labios eran arrastrados por su lengua a su paso, una, dos, hasta 25 lametazos, no podía más, mis gemidos atravesando las paredes, mi piel en un estado que cualquier roce me hacía vibrar, sus manos apretándome bien hacia abajo, estaba a punto de ser asaltada por un placer que haría que mi cuerpo se estremeciese cuando Marcos paro y con un movimiento de sus manos me va empujando despacio hacia delante, hasta tumbarme con mi cabeza al otro lado de la cama.

    Marcos me dio la vuelta y metiéndose entre mis piernas, besándome, acariciando mis mejillas fue metiéndome su polla muy despacio, la iba deslizando con tanta suavidad que sentía entrar cada centímetro de su polla, metiéndose hasta la misma raíz, empujándolo un poco más, queriendo meterse más y más, estaba tan mojada que su pene navegaba por mí interior con movimientos suaves y lentos, sintiéndola tan dentro de mi que notaba como su polla recorría aquel canal que era mi vagina encharcada de mis flujos como nunca antes había sentido, nunca había estado tan mojada antes de correrme, los 25 lametazos sobre mi vulva obtuvieron como regalo una vagina totalmente inundada, entraba y salía haciendo que mis gritos sordos se empezaran a vislumbrar en la habitación como gemidos bien audibles.

    Marcos paso de estar tumbado sobre mí a ponerse de rodillas, de acariciar mi cuerpo a cogerme de las caderas fuertemente, de la suavidad de sus penetraciones al vigor de sus empujones, de sentirla entrar despacio a sentirla entrar y salir en el mismo segundo, de mis gemidos suaves a que mis gritos de placer que envolvían la habitación, de mis pechos moverse como si fueran gelatina a subir y bajar sobre mi cuerpo sin control.

    Sus empujones y penetraciones cada vez más fuerte, metiéndomela hasta el fondo de mi vagina hacia que mi cuerpo se desplazase hacia abajo, mi cabeza salirse de la cama, mi pelo soltarse y caer sobre el suelo, veía el mundo del revés, los muebles boca abajo mientras su polla deslizarse dentro de mi vagina con tanta suavidad que de poder ver, habría visto un tsunami de flujo se dirigía hacia ella, un tremendo grito salió de mi garganta, mi espalda se arqueaba que de no estar Marcos sujetándome hubiera caído al suelo, mis piernas temblaban a la vez que su polla estaba siendo arrasada por una ola de fluidos que empezaban a salir de mi vagina por las pequeñas ranuras que dejaba su polla al salir de mi cuerpo.

    Un tremendo orgasmo, un delicioso e intenso orgasmo invadió mi cuerpo, mis gemidos no cesaban al igual que los de Marcos que seguía entrando y saliendo de mí con tanta fuerza que parecía partirme en dos, con un grito grave Marcos la metió y apretó su polla entrando tan dentro que rozaba mi cuello uterino y allí empezó a descargar su semen, llenándome toda la vagina con su leche, su polla disparaba con tanta velocidad que directamente parecía inyectarme su esperma en el útero, los gritos se multiplicaron, los gemidos acallaban a los gritos hasta quedar la habitación en un silencio solo quebrado por nuestra respiración y nuestros besos cuando mi cuñado me levanto llevándome al centro de la cama.

    Nunca había disfrutado tanto con un hombre, nunca un hombre me había hecho ver las estrellas, nunca vi fuegos artificiales cuando me hacían el amor y mi cuñado esa noche no solo me mostró todas esas cosas en aquel maravilloso polvo, sino en el siguiente y siguiente, eran las cinco de la mañana cuando caíamos sudorosos sobre unas sábanas envueltas en nuestros fluidos y entre ellos el sueño se apoderó de nosotros con nuestros cuerpos enrollados, con mi pierna sobre su cuerpo y mi vagina todavía mojada frotándose con él.

    Miraba a mi cuñado todavía dormido con lágrimas en los ojos por lo que habías hecho esa noche, pero con la felicidad de una niña cuando le dan y disfruta de un juguete nuevo, estaba triste y feliz a la vez, triste, pero me quedaba la esperanza de que yo misma me pudiera engañar diciéndome que estaba borracha, feliz por haber tenido una noche como la que disfrutamos Marcos y yo, las manillas del reloj seguían inexorablemente su curso, era hora de levantarse y enfrentarme al mundo, busque mi braga y me fui con ella a ducharme.

    Llevaba un rato debajo del agua cuando marcos abrió la puerta.

    -Se puede Lara.

    -No Marcos, ya no se puede.

    -Estás segura Lara.

    -Sí, deja que me duche y me vaya a cambiarme.

    -Segura Lara.

    -Marcos por favor no me hagas esto.

    -Hacerte que.

    -Esto que estás haciendo.

    -El que, te refieres a ¿esto? o a ¿esto?

    -Mmm por favor Marcos no, déjalo.

    -Y si te meto esto, me dirás que lo deje también.

    -Mmm, no, no, eso aahh, eso no mmm

    -Te gusta verdad Lara.

    -Si, mmm sigue ahora no pares.

    Marcos había entrado en la ducha y me había empezado a besar y acariciar mi cuerpo, sus dedos nuevamente buscaron mi vagina y detrás de ellos su polla se metía nuevamente en mi interior, el agua de la ducha caía sobre nosotros, su polla entraba y salía de mi vagina y nuestras lenguas bailaban fuera de nuestros cuerpos, Marcos se iba alejando de mí lo que hacía que mi vagina fuera con él, mi cuerpo doblado hacia delante, el agua cayendo en mi espalda y mi cuñado cogiéndome de la cintura, saco su polla de mi vagina y la empezó a pasar por el agujero de mi culo, muy pocas veces me habían sodomizado, pero estaba segura de que esa iba a ser una más, mi cuñado se echaba crema en su pene, meneándosela y acercando el glande a mi ano lo fue metiendo poco a poco, despacio, muy despacio su glande iba haciendo camino dentro de mis entrañas, la notaba como se metía dentro de mi ano, cogiéndome por la cintura y con un golpe seco empujo y la metió entera dentro de mi cuerpo.

    Mi cuñado metía y sacaba su polla abriéndose paso, abriendo cada vez más mi ano, mi espalda paralela al suelo de la bañera con sus dos manos agarrándome de las caderas, mis manos sobre los azulejos de la ducha que seguía vomitando agua sobre mi cabeza, empapando mi pelo que caía a ambos lados de mi cara mirando hacia abajo, la guía perfecta para que el agua cayera sobre mí, llenando mi cara con miles de gotas metiéndose en mi boca que abierta gritaba en cada penetración con la que Marcos me llenaba con su polla el culo.

    Marcos empezó a correrse dentro de mi ano, sacándola y terminando con su semen sobre mi espalda que poco a poco el agua iba limpiando, su cuerpo cayó sobre mi espalda con sus manos apretando bien mis pechos mojados, me incorpore y debajo de la cascada de agua nos empezamos a besar, limpiando bien su polla con el agua, meneándosela hasta tenerla nuevamente tan grande y dura como antes.

    Nos apresuramos a salir de la ducha y mojada todavía me tumbé en la cama abriéndole las piernas para que me volviera a follar.

    Al igual que en mi vagina, la nieve no paraba de caer en el exterior, dos días con sus dos noches sin salir de la habitación hasta que pudimos volver a Valencia y allí terminó todo, nuestra aventura iba a quedar en aquella habitación del hotel de Berlín.

    Mientras que el feliz estará con su familia, yo me siento angustiada, con miedo, llevo casi tres semanas de falta y ahora me encuentro sentada en el servicio con un predictor en las manos esperando una u otra noticia.

    Positivo, ha salido positivo, el mundo se me acaba de caer encima, pero había una cosa clara, mi hermana nunca se enterara de quien es el padre, lo que tenía muy claro es que no sería yo la que le hiciera tanto daño a mi hermana por no haberme podido controlar.

  • Ivette me afloja en el parque

    Ivette me afloja en el parque

    Ese día andábamos de fiesta, era ya madruga, como siempre ahí me tenía como su perro fiel, esperando a ver que obtenía ahora, pero la situación era complicada, tenía ala ex esposos ahí y a la amiga Maricela, era difícil tratar de comenzar algo con ella y para colmo un pelón estaba en el grupo gracias a que Ivette le dio entrada y ahora no se iba.

    Mala suerte, ese día se veía riquísima con su falda de mezclilla entallada, esas piernas que excitan y yo no podía tocarlas o al menos acercarme, que frustración, lo peor es que Maricela se cohibía y me daba el cortón, ni hablar ahora me quedaría con ganas de todo.

    Se suponía que Ivette y yo iríamos al bar a tomar unas chelas y ver el partido de futbol, pero de repente llego Maricela y luego David el ex esposo de Ivette, con la presencia de esos dos ya era suficiente para sentirse hostigado, el ex esposo no dejaba de vernos y tratar de hacer su lucha y Maricela con la cantaleta de la amistad sincera ya me tenía arto y para colmo llego el pelón que ni recuerdo su nombre y llego tirándole la onda a mi perra, lo que más me molesto.

    Decidí salir y fumar un cigarro, mientras adentro ellos bailaban y se divertían, ¡fue entonces que Ivette se acercó a mí!

    I: ¿Que tienes?

    T: Nada, ¡solo que no me agranda algunos de ahí adentro!

    I: ya, ven, ¡vamos a bailar!

    T: ¡Es que no tengo ganas!

    I: ya, mira, ¡no adelantes lo que siempre pasa!

    Sin decir más me llevo adentro y comenzamos a bailar muy juntitos, eso me excito, tenerla tan cerca me la había puesto bien firme, de pronto Maricela se besaba con el ex de Ivette y de ahí comenzó el desaire.

    Para ya no hacerlo más largo, Ivette mando a la fregada a su ex y Maricela se hizo la ofendida y se fue quedándonos solo ella y yo.

    Caminamos sin rumbo en la madrugada, aunque estábamos cerca de su casa nos dirigimos al parque donde luego hacíamos ejercicio juntos.

    I: ¡Es que no puedo creer que me hicieran esto!

    T: Tranquila, ¡estaban ebrios!

    I: Sí, pero se supone que Maricela es mi amiga y que se bese con mi ex, aunque sea mi ex, es un poco traicionero.

    T: Pues ni hablar, ya nos habían dicho de su calaña mejor relájate.

    Nos sentamos en una banca y ella era un mar de lágrimas, yo la abrazaba y acariciaba la pierna.

    Fue entonces que la comencé a besar, ella al principio me alejo, peor aproveche su estado para seguir besándola y acariciándola.

    I: ¡Espérate!!!

    T: ¿Por qué?

    Mis manos acariciaban su cadera y se dirigían a sus ricas nalgas las cuales llevaba tiempo queriendo tocar.

    I: te dijo que eres un aprovechado.

    T: Tu me dijiste que no adelantara lo que siempre pasa y no lo adelante, espere el momento.

    I: ¡Pero! ¿Aquí?

    T: ¡Contigo donde sea nena!

    Le levanté su blusa y comencé a chuparle sus ricas tetas, Ivette se retorcía y poco a poco olvidaba el mal rato.

    La acosté en la banca y le lamia sus tetas sin detenerme, metí mis manos por debajo de su calza y comencé a acariciarle su cuca, su respiración me excitaba más.

    Ivette me miro y como loca se me lanzo, nos acercamos hacia una jardinera donde estaba oscuro, me senté en una banca de las que ahí estaba, ¡ella lentamente bajo y fue directo a mi verga!

    Me lo iba a mamar en plena calle, saco mi verga dura de mi pantalón, comenzó inmediatamente a devorarla, la metía a su boca como paleta, cual, si fuera una banana me recorría el tronco, yo le acariciaba su cabeza y volteaba para todos lados.

    I: ¡Deliciosa!!!

    T: Eres una crazy, mira que hacérmelo aquí, ¡uf!

    I: ¿Te gusta?

    T: ¡Demasiado!!!!!

    Me la mamo unos minutos más para después hacer a un lado su tanga, ¡subió doblando sus rodillas sobre la banca y se comenzó a ensartarse solita

    Que rico era tenerla así, era de madrugada y estábamos cerca de su casa y ahí estaba ella, encima de mí ¡le mordía el pezón mientras ella con suaves movimientos cabalgaba mi verga durísima!

    T: ¡Eres increíble, que teta más rica!

    I: ¡Ah, mi amor, que dura!

    T: ¡Nos pueden ver!

    I: ¡No me importa, solo te quiero dentro de mí!!

    ¡Nos besábamos entrelazando nuestras lenguas, ya tenía sus dos tetas afuera mordiéndolas fuerte, ella se movía más duro y rápido, le acariciaba las piernas, gemíamos sin importar que alguien nos pudiera ver!

    Nos pusimos de pie, ella se puso de lado de la banca apoyándose en ella, empinándose un poco dejándome su rico trasero parado para mí, la tome con las dos manos de la cintura y la embestí fuerte, de un solo golpe la penetre, me movía fuerte y rápido, la acariciaba su clítoris mientras el sonido de sus nalgas chocando con mi pelvis era excitante y fuerte.

    I: ¡Ah, así Tyson, así!

    T: Olvídate de todos, uhm, aquí me tienes.

    I: ¡Si, uhm, lo sé!

    T: ¡Oh! Que rico es metértela por dios.

    Aproveche su sensibilidad y ahora andábamos cogiendo en la calle, ella que presumía de hoteles caros y departamentos de lujo ahora estaba en una banca a plena calle recibiendo mi dura verga.

    Ivette hacia un movimiento espectacular de nalgas, parecía que hacia el famoso “twerk”, eso me daba un tremendo placer, a lo lejos se veía gente, pero el área donde estábamos estaba tan oscura que nadie notaba como penetraba fuerte a mi amiga.

    I: ¡Uhm!! ¡Ah, ah!!

    T: ¡Ya quería metértela uhm!!

    Sus fluidos empezaron a escurrir, ella estaba tan cachonda que todo lo que le hacia lo disfrutaba como nunca.

    I: ¡Agh, así papi, así!

    T: Que nalgas, eres un mujeron, buenísima, ¡riquísima!

    I: ¡Cógeme, cógeme bebe!

    T: ¡Toma, toma mi verga nena!!

    Me senté en la banca y ella dándome la espalda empezó a darse sentones, los daba de forma magnifica, uno tras otro, a veces me dolía un poco por la forma violenta que se dejaba caer, también me cabalgaba fuerte para sentir mi verga hasta el fondo, ¡mientras tanto mis manos jugaban sus pezones y su clítoris!

    La tomaba de su cintura y la guiaba con mis manos, apretaba sus muslos, le besaba la espalda, le mordía ese tatuaje que tanto me gusta, se escuchaba la sirena de una patrulla, pero el éxtasis nos tenía dominados.

    T: ¡Que rico, que rico nena!

    I: ¡Que verga, me encanta tu verga!!

    T: ¡Cuando gustes es tuya amor!

    I: ¡Si, dame la verga, es mía, dámela!

    Ambos nos movíamos como locos, ya no mirábamos a los lados para ver si no venía nadie, solo disfrutábamos del rico momento, del sexo que ella tanto le gusta.

    Aunque un hotel hubiese sido mejor, ¡el sexo en esa banca estaba siendo de maravilla! Ahí estábamos jadeando como locos, sudábamos frio la piel erizada por el frio, pero nuestro calor nos tenía gozando.

    I: ¡Mi amor, me vas hacer venir, voy a estallar!

    T: Hazlo nena, explota, acaba, ¡mójame todo!

    I: ¡Quiero tu leche! ¡Dame tu semen!!

    T: ¡Ya va salir nena, aj, ah!!

    ¡La llene de mi semen caliente, ella también se vino y me mojo toda la pelvis, nuestros fluidos se mezclan haciendo el orgasmo más placentero!

    I: ¡Agh, que rico, que rico agh!

    T: ¡Nena, que rico placer!!

    I: ¡Uhm!! ¡Que orgasmo!!!

    T: Esta buenísima nena, ¡uhm!!

    Una vez terminado el acto y recuperadas nuestras fuerzas, nos acomodamos la ropa, tuvimos la suerte que nadie nos veía.

    I: Piche Tyson, ¡siempre me terminas convenciendo!

    T: ¡Pero te ayude a relajarte no!

    Ya casi al amanecer la acompañe a su casa, nos despedimos de abrazo y beso sabiendo que nuestras aventuras sexuales aun no terminaban.

    Tyson.

  • Xochi, incesto en la cama de mamá

    Xochi, incesto en la cama de mamá

    Como todas las mañanas de verano (aunque de vacaciones) papá se iba a trabajar muy temprano, eran entonces cuando yo me pasaba a la cama de mi madre, quién muchas veces me esperaba con su cuerpo en llamas, o cuando no la encontraba masturbándose sobre sus tangas, acariciando y mordisqueando sus pezones coronados de rosadas diademas. La veracidad de mis relatos está en la complicidad de lo vivido con mi madre, siempre cómplices.

    Me encantaba escuchar ciertas mañanas de nuestras vacaciones y en la penumbra de su cuarto sus relatos eróticos, sus aventuras sexuales con sus amigos, siempre más jóvenes, sobre todo con sus amantes Mingo, Paulo o alguno casual.

    Yo ya estaba al “palo” marcando sobre mi bóxer una erección máxima como cada mañana, la que fui acariciando hasta que ingresé al cuarto de mis padres, cuando vi la cama vacía, escuchando que mi madre se encontraba (como cada mañana) en la ducha. Sabiendo que siempre salía con su toalla anudada sobre sus lolas, y esa mañana no fue la excepción. Al verme en su cuarto el toallón fue a rodar al suelo dejándola desnuda en su altura de metro setenta y con su figura de ninfa; ella simplemente comenzó a menearse con una mano sobre su cabello, el que revolvía aún mojado y con su otra mano bajando hacia su pubis, acariciando su monte de venus finamente prolijo, aún húmedo y brillante con restos de gotas de agua la ducha.

    —Buen día Richard…

    —Hola Lau… (Hacía tiempo que llamaba a mi madre, a esta hembra por su nombre, nos excitaba a ambos que así fuera, o por su apodo erótico de “Xochi”.

    —Vení, que hoy tengo necesidad de mi príncipe.

    —Y yo que estoy así desde anoche, pensando cual fue tu última aventura.

    —¿Tenés ganas de escuchar algo muy caliente de tu mami?

    —Si, como siempre. —¿Cuándo fue la última vez que hiciste un trío, cómo fue y con quién? —le pregunté con morbo.

    —Que morbo que tenés hijo, espero que te colmes de leche porque te quiero saborear hasta la última gota.

    —¿Si Querés mucha leche lo llamo a Eduardo, te cogemos, hacemos un trío y te llenamos la boca de semen como la última vez?

    —No, hoy no porque quizá más tarde viene Mingo y mientras vos te haces el dormido me doy una revolcada profunda y tengo la leche de las pijas que más me gustan, la tuya y la de Mingo, ¿dale?

    —Dale.

    Una noche con “Mena” (comenzó a contarme mamá), decidimos ir a pasar la noche a una disco, las dos solas —sabés que tu padre no baila y Marcos el esposo de «Mena» menos— y así nos fuimos bien tarde. Yo como siempre y lo sabés, bien provocadora y muy caliente me puse unos pantalones blancos muy ajustados, que marcaban mi cola, los labios de mi vulva partiéndola en dos y marcada mi cintura, con unos tops sin corpiño debajo para que marcara mis lolas y mis pezones con el primer roce al bailar, mis botas negras, mis ojos delineados como una gata y mis labios marcados a fuego para quemar cualquier boca y terminar dejando ese color sobre el glande del mejor amante que me regalara la noche.

    —¿Qué le dijiste a papá, para salir esa noche?

    —Que teníamos una cena entre viejas amigas de la facultad.

    —Pero, ¿cómo saliste vestida con esas ropas de casa?

    —Tonto, me cambié en la casa de “Mena”.

    —Siempre cómplices Uds. dos; bien de trolas, bien putas.

    Llegamos a la disco, la que era para swingers, solos y solas, pero en un momento tuve un lapsus, porque me quedé mirando a una chica joven que me hipnotizó apenas entramos, era algo raro. Me hizo cosquillas en el vientre, me quedé oliendo mi propio perfume, me imaginé mi pubis depilado, encaramada sobre los tacos de diez centímetros de mis botas, con un liguero debajo del pantalón y una tanga que se clavaba entre mis formas; “Mena” me miró y me preguntó si me pasaba algo, porque fue muy raro quedarme inmóvil sin que esa mujer dejara de notarlo.

    Se acercó a mí, yo intentaba controlar cierto escalofrío sobre mi piel, mi cuerpo reacciona cuando me estrecha la mano y sujetándola me da un beso en la mejilla. Esbozo una sonrisa y cuando reacciono a su voz, me doy cuenta que es un travesti; nos miramos con “Mena”, pero lo que iba a pasar esa noche cambiaría o ampliaría mis gustos eróticos y pornográficos. Apenas si puede decirle —hola.

    “Mena” se aleja de la mano de un chico hacia la pista de baile, mientras Verónica “la chica joven” clava sus ojos en mis labios que comenzaron a mordisquearse.

    No me dice nada, me mira, me observa, siento que me saborea con detenimiento.

    Sus ojos y su mirada me confunden, no sé si estoy mirando a un hombre o a una mujer, pero me excita la duda y pienso que será el después.

    Me encantaba que me observe, era la primera vez que me miraban de tal forma, quizá indefinida en lo lascivo.

    Sus manos toman las mías, siento la suavidad en su piel, me hace sentir sin embargo la firmeza de sus manos, me siento entregada a una emoción que nunca antes había sentido. “Mena” me mira desde lejos y le doy un Ok con mi mirada volviendo a morderme los labios.

    —Vamos a bailar —me ordena.

    Obviamente titubeé pues no esperé que dijera eso y más aún si yo nunca había bailado con una mujer. Su hermoso rostro y su esbelta figura eran tan bellas que envidiaba por un instante su figura. Ella, al notar mi desconcierto, me toma de las manos e insiste con un suave susurro en mi oído.

    —No sé bailar bien —le mentí.

    —No importa, yo te enseño.

    Cómo podría negarme a tal gesto amable y compartir una experiencia nueva e inimaginable con otra mujer. Estaba deseando hacerlo y a su vez me temblaban las piernas, no lo pensé más y acepté ir con ella dejándome llevar.

    Mientras ella me hablaba yo miraba con más detenimiento esos enormes ojos color cielo de muñeca, que jamás había visto. Pero más me atrapaba su sensualidad y sus gestos, algo me seducía más de lo común y aún más nerviosa me ponía. Pero me olvidé del mundo y me entregué a ese derroche de música, de experimentar, esa sensación hasta que tanto fue el entusiasmo con el que me contagió que no me había dado cuenta que habíamos juntado nuestras lolas y poco a poco creía que éramos dos locas conquistando la pista, cual novias enamoradas atravesadas por las miradas.

    Aún más se va estrechando en mí, hasta que pega todo su cuerpo al mío y, para que yo no dude, me presiona fuertemente con sus dos brazos rodeando mi cintura. Continuó bailando tan junto a mí que rozaba su mejilla radiante que pude observar al detalle y por momentos la perfección de su cutis y sus pestañas con rizo natural y bien delineadas. Un rostro sin maquillaje, totalmente natural.

    Quisiera besarla, me provoca estar bailando con un travesti; Quiero que me bese, pero no lo hace, me corre los labios y murmura en mi oído, —todavía no sabés que soy, pero te provoca sentirme— Siento su inmenso bulto crecer pegado a mi vientre y me confunden los deseos. En ese instante se atreve y coloca su pierna derecha entre mis piernas quedando la mía también entre las suyas y así continuamos como si el tiempo se hubiera detenido y solo quedaba descubrir esa sensación que sentía entre mis piernas.

    De mi boca no sale ningún sonido, quisiera decir algo, pero apoyo mi frente sobre su hombro y siento un perfume encantador que me transporta al igual que su voz. Vuelvo a ofrecerle mis labios, pero pone su dedo índice sobre mis labios y me hace callar.

    Cierro los ojos y me entrego al sentir de su aliento, su bulto creció aún más subiendo hacia mi vientre y me excita.

    Me toma del cuello suavemente, creo que va a abrazarme aún más, pero no lo hace. ¡Me excita aún más!

    —Estás jugando conmigo —le pregunto a media voz, me hace callar nuevamente mientras acaricia mi cuello, acaricia mi espalda a través de la seda anudada del top que la cubre apenas, se da cuenta que no llevo corpiño y aún más aprieta su pecho sobre mis lolas, baja sus manos, sigue con lentitud infinita hasta que encuentra mi cintura y acaricia mis caderas. Estoy acalorada, confundida, yo que me acosté con la mismísima lujuria entre mil sábanas y gemí en varios idiomas cierro los ojos una vez más, le vuelvo a ofrecer mis labios, mi corazón se acelera, mis deseos no pueden contenerse y busco con mis manos su bulto. Encuentro una dureza y un glande que se marca en la palma de mi mano, —me encanta, me entrego y pienso que será la primera vez con un travesti— ya no lo dudo y me dejo llevar degeneradamente hacia el placer.

    Mientras bailamos “cheek to cheek” siento su perfume que no resisto saborear con mi lengua sobre su cuello, lo siente y me deja lamerlo, pero necesito un trago, todo iba muy rápido, era la primera vez que no tenía el control. —Tomemos un trago, le pedí y nos sentamos en una mesa apartados. “Mena” nos vio y se acercó con su amigo casual.

    —Que rara estás Lau, dijo “Mena” mirándome fijo

    —Es que tengo una hermosa sorpresa que presentarte, mi nueva amiga Verónica

    —Yo te presento a José.

    —No entendés “Mena”, sentate al lado de Verónica, —le sugerí.

    Cuando “Mena” me obedeció mirando el short blanco de Verónica, abrió los ojos más que un dique, no resistió y mordiéndose los labios… —Pero vos sos el placer en varios cuerpos.

    —¿No es una belleza mi amiga? —Les pregunté a “Mena” y a José que se quedó petrificado y sin decir nada se levantó y se fue…

    —No te preocupes nena —dijo Verónica— tengo una amiga con sorpresa para vos también, ¿si Querés?

    —Guau… si es tan bonita como vos, me la como a besos —Suspiró “Mena”, pasando su mano por sobre el short de Verónica sintiendo su bulto.

    —No te entusiasmes —le dije— que esa erección es solo mía.

    Verónica me agarró de la mano y me secuestró entre la oscuridad atravesando la pista y llevándome a un reservado. Yo me dejé llevar, me entregué.

    Ahora me besa, me come la boca, pero ya no estamos en la pista de baile, la penumbra del reservado huele a whisky, se aparta de mí, me ofrece uno sin decir palabra, pero me domina con la mirada.

    Su cuerpo es una escultura de mujer, sus lolas y su bulto se pierde debajo del short blanco, pero se vuelve a delatar.

    Soy una escultura de carne temblando sin controlar mi cuerpo, la miro… Soy una puta a merced de un demonio que va a llevarme a lo desconocido.

    Estoy muy excitada, quiero sentirte —murmuré, mientras me mojaba los labios con el primer sabor de whisky.

    —Lo sé —murmura—. Pero no me toca. Lo que vos querés es que te coja, que te deje jugar con mi bulto.

    Esas palabras me excitaron más, pero sentía que me dominaba con la mirada y su poder era enloquecedor.

    —Estoy más que caliente, me vuelve loca tu juego. Quiero que me cojas, que me partas el culo.

    —Eso me gusta escuchar de zorras como vos, vienen con alianzas y se dejan romper el culo.

    —No, el culo me lo rompió mi hijo hace unos años en unas vacaciones lujuriosas en las playas de Brasil.

    —Que puta degenerada, más me gustas, ahora desnudame, ¡perra incestuosa!

    Su orden no hizo más que alimentar mi sumisión ardiente, yo me sentía mojada, chorreando entre mis piernas. Me arrodillé delante de ese provocador short blanco y comencé a quitárselo, dejándole caer sentí entre mis manos los encajes de un culote que escondía una preciada maravilla erecta de veintiocho centímetros, era monstruosa, larga y ancha, —no miento si te digo que me dio miedo, el solo pensar que si me penetraba por el culo me iba a partir literalmente, pero el instinto de perra dejaría llevarme al intento, como cuando me lo partiste vos y me hiciste arder hasta el orgasmo o Mingo acabando su leche dentro de mis intestinos; mis dos pijas preferidas.

    Le rocé esa esa erección y mientras aparecía el glande por sobre el culote, me quedé perpleja, tenía el glande hinchado y brillante, era un trofeo para mis labios, solo imaginar la leche que saldría de esa pija.

    —Chupala perra incestuosa, pensá en tu hijo cogiéndote y seguramente en el múltiple cornudo de tu marido.

    Yo que estaba en cuclillas sentía bajar mis flujos mojando mi tanga, pero no podía más, un calambre volvió a atravesar mi cuerpo y comencé a enterrar su enorme pija en mi boca forzando la comisura de mis labios.

    Yo deseaba mamársela más que el propio deseo de ese travesti, durante un largo rato saboreé con mi garganta profunda entre arcadas y espasmos sobre mi cuerpo, haciendo que llegue al límite con mi habilidad, lo que fue suficiente para que tremendos chorros de semen fueran a parar directamente hasta mi paladar, su sabor quedó en su última gota sobre mi lengua cuando se la sacudía apretando ese tubo con mis manos.

    Mirándola a los ojos, dejé que se desbordara por mis labios junto a mi saliva como un manantial de lujuria y vicios incontrolables, chorreando tanto por mi boca que llegó a mojar las formas de mis húmedos labios vaginales, manchando mi pantalón blanco con todo su semen y el jugo nacarado de mi saliva.

    Tan grande era ese miembro que aún, habiendo acabo tanto semen no se había puesto flácido, mi boca volvió a devorarlo con ansiedad, con la intención de sentirlo penetrar en mi vientre. ¡Era una tentación de los infiernos! Quería que me coja, quería sentirlo.

    —Puta hermosa, que hermosa conchita que tenés, bien dibujada con esos pendejos rasurados.

    —¿Te gusta?, cogeme, penetrame toda. Estoy como loca por sentir esa pija jugando con mi clítoris.

    —Tranquila nena. Chupala y deja que yo decida lo que voy a hacer con vos. Ahora vas a estar sodomizada a mis instintos.

    —Aunque estoy recaliente, no puedo quedarme toda la noche, aunque me volvés loca, acabá otra vez en mi boca, —le dije—, cuando comenzó a cogerme la boca de forma violenta hasta atravesar mi garganta.

    —No nena… Ahora te vas a poner a cuatro patas y te voy a hacer sentir mi pija te voy a coger como la puta que sos, y hasta que me dé la gana, ya me sacaste la primera leche de la noche, ahora te voy a volver loca.

    Sin pensarlo un momento empecé a quitarme el pantalón, el top que cubría mis tetas, mis pezones ya se habían encendidos, me quedé con la tanga y “él o ella” se coloca delante de mí, me recuesta sobre el sillón y poniendo mis piernas sobre sus hombros comenzó a lamer con su lengua mi clítoris, entrando a la vez y saliendo de mis labios nacarados por el flujo que bebía.

    Y así, cuando me tuvo bien húmeda comenzó a frotar su enorme glande entre mi clítoris y mi ano, pasando por mi vagina que pedía a gritos ser cogida. Empecé a temer que quisiera cogerme por el culo sin siquiera molarlo con sus labios, pero de repente la hundió apenas en mi vagina, jugando, como humedeciéndose con mis jugos; volvió a apoyarla sobre mi esfínter y comenzó a hundirse, dilatándome muy suavemente, —y yo sin dejar de sentir el divino ardor.

    De repente me dio una cachetada en mi culo que ardió tanto que no dejó que sintiera cuanto enterró toda su pija de veintitantos centímetros en mi vientre, hasta que sentí que sus pelotas se estrecharon con mi piel.

    —¿Qué haces? —Pero lejos de amilanarse, me dio otra cachetada, aún más fuerte.

    —Callate zorra, o tendré que darte otra, y te aseguro que la tercera te va a dejar una hermosa marca en este culo.

    —No, no me marques, sino mi marido se daría cuenta que le pongo los cuernos cada vez más seguido.

    —Que puta incestuosa que sos, me gustas así.

    No podía dejar que me marcara… aunque siempre llevo la marca de algún amante, así que me callé, tiré mi cabeza hacia atrás y traté de disimular el hecho de que esos dos azotes, más allá de la humillación y el picor de piel, habían conseguido excitarme aún más. Deseaba que metiese su erección dentro de mí. Escupió en su mano y con su saliva pasó la mano otra vez por mi esfínter, lubricándome, que a esas alturas ya no necesitaba tanto, pero agradecí la caricia sonriéndole, ya que me hacía estremecer.

    —Por Dios, enterrala otra vez, metémela de una vez.

    —Ah, despacio, que la tenés enorme, —Pero ya la había vuelto enterrar, yo no sé cuántos orgasmos tuve en ese momento, siendo violada por un travesti que me volvía loca y a su vez me convidaba con sus lolas esculpidas y su belleza.

    Acercó la punta, la frotó otra vez por mis labios exteriores, alcanzando la punta de mi clítoris y volviendo a retroceder hasta enterrarse por mi ano. —me arde mucho, lubricame otra vez con tu saliva —le rogué, pero no me contestó y con su lengua lamio mi esfínter y lo escupió agresivamente. Sin hacerme mucho caso volvió a embestirme hasta el fondo, arrancando otro grito de mi garganta. La tercera vez que lo hizo ya no grité, me embistió como un loco durante al menos diez minutos seguidos, —Tu padre (me dice) no hubiese aguantado ni un minuto a ese ritmo, pero ese travesti me estaba dando con todas sus fuerzas de macho y ternura de mujer. Sosteniendo mis caderas, embestía y se volvía para enterrarse en mis intestinos, el sonido húmedo de sus embestidas, de su cuerpo chocando contra mi culo, se mezclaba con mis constantes gemidos. Mis brazos se doblaron por la intensidad, me dejé caer de espaldas en la cama, y cuando empezaba a temer que fuese a acabar, empecé a sentir uno de los mejores orgasmos que hasta ese momento había tenido cogiendo con un hombre o con otra mujer.

    Mi cuerpo se convulsionó, me contraje, pegué mi espalda contra la cama y con mis brazos abría más mis piernas para que pudiera penetrarme aún más, sintiéndolo sobre mí. Grité creo que como nunca. Ignoro si escucharon mis gritos, pero no me importaba si nos oían; estaba plena de pija. No podía controlar mi cuerpo, que se estremecía antes sus embestidas, que seguían siendo tan intensas y rítmicas como al principio. Ese travesti, ese ser parecía no tener fin.

    Verónica, mi travesti activo, llevaba más de quince minutos cogiéndome a un ritmo tremendo, alternando con ratos más tranquilos en los que jugaba con su lengua hundiéndola en mi esfínter. Finalmente aceleró de nuevo. Tuve un tercer orgasmo, y cuando llegaba el cuarto cielo mientras se volvía a hundir en mí trasero, sentí como también gemía, resoplaba y se agarraba a mí, reduciendo el ritmo, casi deteniendo sus movimientos, pero no, con apenas lentas estocadas en las que sacaba casi por competo su pija y lentamente la volvía a hundir, apretando al llegar al fondo de mis intestinos, que lo sentían.

    Cuando terminó su orgasmo se dejó caer sobre mí, y entonces volví a tener al alcance su boca. Esa boca que antes me había llevado al cielo, ahora estaba a mi lado, abierta, tomando aire mientras intentaba recuperar su ritmo habitual.

    Lo besé. —dulce y suavemente lo besé— Me habían vuelto loca esos labios al comienzo de la noche. —Me devolvió el beso del mismo modo.

    Ahora ya sin urgencias, sin vicio, sin lujuria, me arrodillé delante de esa pija húmeda de mis jugos nacarados y de su último dejo de semen, tomándola con mis dos manos, exprimí hasta su última gota sobre mis labios, clavándole mis ojos en su mirada.

    Sonrió, me tomó de los cabellos apretándome sobre su pubis depilado y acabó en mi boca.

    Ya era demasiado tarde para ser temprano o demasiado temprano para ser tarde, la busqué a “Mena” que estaba en otro privado mamándose a otro travestí, mientras yo me fumaba un cigarrillo, dejé que ella acabara; cuando abrió los ojos y me vio, le dije: —vamos nena, esto es el placer adictivo y debemos salir.

    —Debíamos volver a casa, estaba amaneciendo; Verónica se ofreció a llevarnos y así fue; me despidió en la puerta de casa con un chupón interminable en los labios, enamorándome.

    Llegamos y tu padre que dormía, como vos, no sintió que me duché quitándome tanta lujuria y tanto morbo de ese travesti, me puse mi culote negro y mi camisolín blanco, me acosté de espaldas, y volví a acariciar mi conchita por sobre la suave seda, aún me ardía al igual que mi esfínter, jamás me habían dilatado tanto con semejante pija.

    —Guau mami. —Le dije, mientras ella me masturbaba con sus manos y sobre sus lolas.

    No tardé en acomodarme para enterrar suave y sintiéndola y haciéndole sentir mi cómplice erección en la delineada raja de sus labios, cuando tremendamente caliente y mordiéndole ya la boca, le dejé correr mi leche dentro de su húmeda vagina. Ella mirándome a los ojos y jadeando me confiesa:

    —Nunca te dije que la masajista que viene dos veces por semana, es Verónica.

  • La mejor cacha de mi vida

    La mejor cacha de mi vida

    No soy una chica multi orgásmica ni una frígida, tengo mis traumas por malas experiencias, pero bueno, no es tema de esta historia.

    Terminé la universidad a los 25 y me puse a trabajar de inmediato, esto género un gran agobio, soñaba con viajar y hasta el momento solo me daba el tiempo para arrancarme unos días a la playa… Fue tanto el estrés que luego de 2 años renuncie!!! Decidí hacer un viaje, le conté a mi chico y después de algunos gruñidos me dio su bendición para el viaje, incluso me dijo que disfrutara que viviera la experiencia y que, si me pasaban cosas con alguien, «fluye sin remordimientos». Esto último me asusto, no quería perderlo ni lanzarme al libertinaje, solo quería viajar sola.

    No mentiré, se me venían muchas fantasías sexuales a la mente en mis primeros días, pero después de dos meses y puras malas experiencias ya ni pensaba en sexo, extrañaba a mi chico, estaba gastando mucho dinero y quería volver.

    Adelante mi vuelo y con la última semana planifique un trekking de 4 días que recorría distintas localidades de Asia. Al comenzar conocí a un chico de Inglaterra, muy amable y le dije si quería hacer el recorrido juntos y así nos ahorrábamos algo de dinero por las habitaciones dobles y dijo que sí.

    Fue lo mejor del viaje, logre desconectarme y el chico se portó muy bien, siempre compraba comida para los dos y pude practicar mucho mi inglés. Además, era muy guapo y grande 180, yo 158, pero mayor que él. Los últimos días ya con mucha confianza nos paseábamos en ropa interior, lo vi desnudo saliendo de la ducha y una noche lo escuché masturbarse, eso me puso muy caliente.

    Al terminar la travesía, se había unido un chico de Holanda que nos acompañó a la ciudad a celebrar el cumpleaños del inglés cumplía 24 y bebiendo por aquí y por allá terminamos en un prostíbulo, yo les decía a las chicas que era mi hermano y que estaba de cumpleaños, pero ellas solo querían dinero, le hicieron una oferta por sexo oral pero aun así era mucho dinero, le comenté, yo te la chupo por la mitad, nos reímos, pero mi corazón latió a mil.

    Al final nos fuimos los tres a un departamento, tomamos unas cervezas y el holandés me cobra la palabra diciendo, “yo te pago para que se la chupe al inglés”, yo sin pensarlo le dije que si y la cosa se calentó mucho!!!

    El inglés se puso de pie, yo me arrodille y le baje el short. Nunca había sido tan osada!!! tenía su pene delante de mí y con la calentura que me dio, tal vez por tanto tiempo sin sexo, se la comí con tantas ganas que estaba excitadísima, no me di cuenta cundo estaba chupando des penes, que sensación tan rica!!! El holandés se puso detrás de mí, me subió el vestido me bajo los calzones y me comenzó a meter los dedos, ya no podía más de la calentura. El inglés se sentó en un sillón yo me puse en 4 y mientras le la chupaba el holandés me la metió y me corrí a los segundos.

    Luego me senté en al inglés y mientras me follaba se la chupaba al holandés, esta tan caliente que me deje hacer de todo, me acosté sobre el inglés y pare la cola el holandés me dio cuenta y me empezó a meter un dedo por el ano yo me dejaba, quería que me la metieran entre los dos, ya no daba más de la calentura cuando siento su pene tratando de entrar en mi ano y lo logro, fue la mejor orgasmo de mi vida, el holandés se corrió y eso me dejo más caliente, cuando se salió el inglés se iba a correr me salí y se la chupe para que se corriera en mi boca, ninguno se puso codón y no quería quedar embarazada. Descansamos un poco y me volvieron a coger entre los dos, esta vez el inglés se corrió en mi ano y el holandés en mi boca.

    Desperté llena de semen, me bañé y me fui corriendo al aeropuerto, casi pierdo el vuelo!!!

  • Tu y el encargado

    Tu y el encargado

    Ella vivía sola, con sus cuarenta años recién cumplidos y ya no quería saber nada del amor, llevaba dos relaciones fallidas, pero ambos jugaron con ella, eso le dejó malos recuerdos y como defensa se prometió no volver a caer en las garras del amor.

    Lo más difícil de cumplir su promesa era, cuando su cuerpo quería compañía y ella no tenía con quien satisfacerlo, esa necesidad se transformaba en un dolor silencioso, que hacía que las noches fueran muy largas y jugara con sus manos.

    Durante una de esas noches, desesperada se desnudó y se tiró en su cama, esperando calmar con eso el hormigueo que la recorría por dentro, fue un error, su desesperación aumentó, no se puedo resistir, tomo el aparato para dar masajes y empezó a frotar su clítoris, se tranquilizó un poco, movía el aparato por todo su sexo y con él se penetró, lo dejó ahí y con dos dedos presionaba su clítoris hasta que explotó en un orgasmo que la dejo sin moverse por unos minutos, no quería apagar el aparato, sintió como escurría un líquido entre sus muslos, la sensación de humedad la excitó aún más, sacó el aparato y lo puso sobre el clítoris, apenas un momento después tuvo otro orgasmo, mucho más largo, este la dejó inmóvil y se quedó dormida.

    Despertó desnuda sobre la cama, con el recuerdo de esas sensaciones, decidió bañarse y lo hizo lentamente, deseando que sus manos fueran las de ese amigo especial, se puso jabón en el resto del cuerpo, deslizándolas fue una delicia, de repente reflexionó, se dio cuenta de su intención, como era posible si la noche anterior se había masturbado, amanecer con la misma desesperación, se sintió mal consigo misma y terminó de bañarse.

    Llegó tarde a trabajar y no le importó, su encargado se lo permitía, llevaban muchos años conociéndose y ella era su estrella, por su físico (muy bien proporcionado) tenía muchos admiradores; se puso el uniforme y la desesperación regresó, claro que trabajaba con una camiseta muy ajustada y unos pantaloncillos ajustados que parecían pegarse a su cuerpo como si no quisieran separarse de sus muslos.

    Había poca clientela, de vez en cuando algún compañero cuando pasaba por su lado le daba una nalgada y eso la encendía, ella hacia lo mismo con sus compañeros; su encargado seguía sus movimientos como cada día, la deseaba, pero conocía su historia y nunca le había dicho nada.

    Cuando ella pasó cerca de él, le dijo: –no quiero problemas con los clientes, te estoy viendo cómo te acercas a ellos.

    Sin mirarlo ella dijo -lo siento ando desesperada, le conto lo que había hecho la noche pasada y terminó llorando; a él le dio pena, quería decirla algo, pero ella no se dejaba.

    La mandó que atendiera la caja, con la intención de tranquilizarla, y después de cerrar se quedaron en la oficina, él le dijo si quería la ayudaba a tranquilizarse, ella dice – NO, sé por dónde vas y tú lo que buscas es follarme.

    Solo quería darte un masaje, que respires hondo y te sientas relajada−, al oír la palabra masaje ella se imaginó sin ropa, no contestó, él la puso junto al escritorio y la doblo hacia delante, estaba tan cansada que antes de decir algo, ya masajeaba sus hombros, esa sensación no le permitió hablar, estaba sólo sintiendo esas manos, él las metió bajo la camiseta, ella quiso incorporarse, pero tenía unas manos de hombre sobre su espalda y no quería dejar de sentir eso.

    Le desabrochó el sujetador, ella no protestó, siguió acariciando su espalda, tomó unas tijeras y le cortó la camiseta, ella no lo notó, estaba flotando y no quería despertar, lo disfrutaba más, le bajo el pantalón ajustado solo para descubrir que ropa interior llevaba, el solo verla desnuda fue suficiente para que él tuviera una erección, pero el pantalón oprimía su pene y le dolía.

    El masaje siguió desde el cuello hasta las nalgas, ella estaba perdida, se dejaba llevar por lo que sentía, él movió las manos a los lados de la espalda y sintió los senos presionados sobre el escritorio, él le abrió las piernas y ella no protestó, estaba tan a gusto.

    Se desnudó, ella no lo notó, le puso aceite en la espalda y ella se perdió aún más, ella empezó a mover sus nalgas suavemente y sin pensarlo le metió aquel miembro de un impulso, ella chorreaba y eso facilitó la entrada, quiso levantarse y él le puso las manos sobre la espalda diciendo –disfruta, no te muevas− y la mantuvo sobre el escritorio, −me sientes− le pregunto y empezó a moverse dentro de ella.

    Él no pensaba desaprovechar la oportunidad, levantó sus manos, ella trató de levantarse y él la tomó por los pechos, pero no sabía si trataba de detenerla o de disfrutar sus senos, se movían al mismo ritmo, él pensaba, en no correrse, pero ella preguntó –que por qué no lo hacía− ella quería acabar.

    Él dijo –No quiero terminar− pero ella tenía otros planes, con una voz que ella nunca había usado le dijo –necesito darme la vuelta y ver tu cara− él obedeció la soltó y se salió, pero la giró tan rápido para volver a meterla que la sorprendió y ella se quejó, pero más de placer que por molestia.

    El seguía dentro de ella, lo vio a los ojos y supo que la quería, el instinto la hizo subir las piernas para ponerlas sobre los hombros, esa visión era mucho para él, la tomó de las caderas y se la acercó aún más, continuó con ese ir y venir que tanto disfrutaba, ella no quería hablar, ese balanceo se hizo tan rápido que él no se pudo controlar y explotó, siguió balanceándose y ella disfrutando.

    Bajo lentamente las piernas, la ayudó a incorporarse y mirándose a los ojos se besaron muy suave mientras se abrazaban, ella supo que podía romper su promesa y él que ya no necesitaba ocultar sus sentimientos.

    Espero que os haya gustado mi relato. Os recuerdo que las valoraciones y comentarios son gratis y animan mucho. Gracias.

  • Me cojo los pies de Andrea mientras duerme

    Me cojo los pies de Andrea mientras duerme

    Andrea es una chica que vive cerca de mi casa y la conozco ya hace varios años, ella es amiga de la hermana de mi mejor amigo y por eso ella y yo nos conocimos y nos hicimos muy buenos amigos.

    Ella y yo ya que somos buenos amigos ya nos teníamos confianza y nos habíamos visto en una de nuestras casas, yo siempre buscaba la forma de tocar sus pies o hacer que se quitara los tenis para por lo menos poder verle los pies pero las veces que logre hacerlo no se me pudo ocurrir algo para ser que se quitara sus calcetines de tobillo.

    Yo no insistía mucho en mis intentos por que se los quitara porque no quería que sospechara de mi fetiche hacia los pies ya que a lo mejor no volvería a ser lo mismo, yo le había podido ver un par de veces los pies en casa de mi amigo cuando iba por la mañana y se había quedado un día antes en su casa haciendo pijamada, y por cierto los tenía hermosos en todos los aspectos.

    De los pocos que no son ni grandes ni pequeños bien cuidados y con uñas casi siempre color amarillo, yo siempre quería poder tener sus pies a mi disposición y como siempre no se me ocurrió otra manera que no estuviera dormida, no quiero que nadie sepa de mi fetiche y aparte no sé por qué, pero el que estén dormidas me excita siempre un poco más.

    Ya le había mencionado que debíamos reunirnos un día en cualquier casa de los dos para poder ver una película o poder platicar de cualquier cosa que podamos platicar, ella siempre me decía que sí, pero ninguno de los dos puso fecha nunca.

    Un día que estábamos los tres en casa de mi amigo, estaba su hermana y Andrea, estábamos en la sala y ella se quitó los tenis quedándose en calcetines, y se miraban tan sexi sus pies que sabía que tenía que tenerlos pronto por que no aguantaría más, así que esperé a que estuviéramos solos para poder sacar platica sobre la reunión que teníamos planeada.

    Ella respondió muy feliz que teníamos que hacerlo pronto ya que me quería decir algunas cosas, después de un rato ella dijo que en dos semanas estaría sola en casa y que podría ir cualquier de esos días a quedarme, esto me puso feliz y acepté sin pensarlo dos veces.

    Esas fueron las dos semanas más largas se mi vida, cada día que pasaba se me hacía eterno y en cualquier momento pensaba en ese día tan deseado que por fin llegó, ese día era día jueves y yo de solo pensar estar con ella y posiblemente tener contacto mi pene con sus pies me ponía durísimo.

    Llegue a su casa alrededor de las 7 pm y al ella abrirme la puerta la vi vestida simple pero se miraba muy bien, aún recuerdo que tenía unos shorts blancos camisa blanca y unos tenis converse, me saludo y pasamos los dos, después de estar sin mentir unas 4 horas de estar platicando páramos.

    Estuvimos en el teléfono riendo los dos y pasaron otras 2 horas o poco más, el tiempo se fue rapidísimo, en todo el tiempo pensaba en sus pies, ella con solo calcetines se recostó en su cama, me excite tanto al verle acostada y con sus pies a la orilla de la cama, ya al ser cerca de la 1:40 am ella dijo que ya se dormiría, por fin!!

    Me dijo que tenía sueño, pero que yo me durmiera a la hora que quisiera en la cama de al lado de la ventana, yo respondí con un tono burlesco que claro que no me tardaría mucho, pero que aún no podría dormir, pasaron unos minutos y parecía verse dormido pero quería estar seguro así que decidí que lo haría hasta las 3:00 am que era en poco menos de una hora lo que faltaba.

    Al llegar la hora me armé de valor y me acerque hacía sus pies muy lento y sin ruido, al llegar pude escuchar unas respiraciones un poco altas de ella confirmando que estaba dormida, lento le quité los calcetines fácilmente ya que eran de tobillo, sus pies con dedos y planta perfectos y uñas color amarillas, entonces empecé.

    Me saque el pene y tenía una excitación tan grande que tenía la punta con tanto presemen, estaba acostada un poco de lado por lo que la pose era excelente, acerque mi pene hacia su pie y le toque los dedos por parte de abajo lentamente lubricando al primer toque sus dedos, empecé a masturbarme con mi punta pegada a sus dedos llenándolos más y más de presemen.

    Luego de un rato pasé mi pene por toda su planta sin ser brusco pero movió su pie por los roces o tal vez por lo mojado de lo lubricado que estaba su pie, cada vez que separaba mi pene de su pie se venían unas líneas de presemen entre su pie y mi pene, folle más y más sus dedos que el sonido que se oía era genial.

    Llego el momento en que no aguante más y empecé a sentir que iba a eyacular en cualquier momento y sin pensar en las consecuencias que podría haber si llegaba a despertar eché toda mi eyaculación a sus dedos que fueron grandes chorros que parecían no acabar los chorros de semen que salían de mi pene hacia su pie.

    Un chorro antes de acabar ella movió su pie muy bruscamente y hasta dejó de respirar como lo hacía, me asusté tanto que lo que hice fue aventarme hacia el piso, después de unos segundos de no oír nada me levanté muy nervioso a verla y para mi suerte seguía dormida.

    Solo había hecho un movimiento brusco por sentir su pie raro supongo, volví a escuchar las respiraciones por suerte, ahí estaba su pie izquierdo con un charco de semen en sus dedos y mucho más derramado en su planta y la sabana de la cama.

    Rápidamente fui al baño y me limpié y subí los pantalones y regresé con rollo en la mano para limpiar, tarde mucho tiempo pero logré quitar la mayoría del semen en su pie, nomás quedó un poco de rastro casi invisible, después de eso me fui a dormir como bebé pensando en lo que hice.

    A la mañana siguiente desperté y lo primero fue voltear a verla y ella estaba despierta viendo su celular, me miró y dijo burlándose que ya había tardado en despertar, después de un rato me pregunto que por qué no tenía puesto sus calcetines y rápidamente contesté que se los quité en la noche para que durmiera bien.

    Ella sólo dijo que por mi culpa amaneció con frío en sus pies y gracias a esas palabras me di cuenta de que no supo nada de lo que pasó esa noche.

    Esta fue la primera experiencia que tuve con sus pies ya que después de esto tuve más veces sus pies y claro siempre mientras dormía.

  • Quiero sentir cómo te corres en mi polla, madre

    Quiero sentir cómo te corres en mi polla, madre

    Atilano tenía diecinueve años, era moreno, alto, bien parecido y no le faltaba de nada, no en vano su madrastra era la última contrabandista de tabaco rubio en las costas gallegas y él era el heredero de aquel pequeño imperio.

    Un sábado por la tarde, Rogelia, la contrabandista, estaba sentada en una hamaca, caña en mano, pescando en su yate, un yate que fuera de su marido Alejandro. Atilano estaba en cubierta en bañador tomando el sol, y le preguntó:

    -¿Te importa si tomo el sol desnudo?

    Rogelia que tenía 38 años y que era morena, de estatura mediana, delgada, con buenas tetas, buen culo y guapa, le respondió:

    -Haz lo que quieras.

    Atilano quitó el bañador y le preguntó a su madrastra:

    -¿Te gusta mi polla, Rogelia?

    Rogelia giró la cabeza y miró para Atilano, pero no fue para opinar sobre su polla, fue para decirle:

    -¡No me llames Rogelia, llámame, mamá o madre!

    Atilano estaba por joder a su madrastra, y nunca mejor dicho.

    -Dime, Rogelia. ¿Te gusta mi polla?

    Rogelia volvió a girar la cabeza para poner a Atilano en su sitio, pero la vio sonriendo, meneando la polla, y le preguntó:

    -¿Qué buscas, Atilano?

    -Follarte.

    Rogelia, curtida en mil batallas, no iba a permitir que la toreara su hijastro.

    -¿Qué has fumado, Atilano?

    -Un peta. Estoy a tope full.

    -¿El porro te da alas para buscar el morbo de una relación con tu madre?

    -Mi madre me abandonó.

    -Y yo siempre he estado cuando me has necesitado.

    -Ahora te necesito.

    Rogelia mirando para la polla empalmada, le dijo:

    -Tú lo que necesitas es una chica de tu edad.

    Atilano entró en terreno pantanoso.

    -Con el helicóptero de la guardia civil dando pasadas no tendría tanto morbo cómo te dio a ti cuando te folló el cura apoyada en el féretro abierto de mi padre, pero…

    Rogelia no tenía idea de que Atilano la viera.

    -¡¿Tú cómo sabes eso?!

    -Espiaba por la ventana. ¿Tanto odiabas a mi padre cómo para meterle los cuernos de cuerpo presente?

    -Yo quería a tu padre. El cura era el del morbo. Tuve que follar con él para que me revelara quien lo matara. Se lo dijeran en secreto de confesión y para quebrantarlo, pues pasó lo que viste.

    -¿Quién lo mató?

    -El Bicho.

    El Bicho era un Narco que fuera socio del padre de Atilano.

    -¡Hijo de puta! Aún lo sigue buscando la guardia civil después de cinco años de desaparecido. ¿Qué fue del cura? También desapareció sin dejar rastro.

    -Está en el fondo del mar con unos zapatos de cemento y a su lado está el Bicho.

    -Te sobraron huevos

    -Y a ti te sobran chicas con las que follar.

    -Sí, y a ti hombres y mujeres, pagando, pero follas con quien quieres. Quiero sentir lo que sienten ellos.

    Rogelia sintió curiosidad.

    -¿Qué quieres sentir?

    -Quiero sentir cómo te corres en mi polla, madre.

    -Ahora me llamas madre. El porro te dejó mal la cabeza.

    -¿Tanto te extraña que quiera follar contigo?

    -¡Soy tu madre aunque tú no lo veas así! ¡¡Cómo no me va a extrañar!! ¿Qué coño ves en mí?

    -Veo a una mujer con un polvo brutal.

    Esperando que le diera cera, le dijo:

    -¿Qué te gusta de mí? Soy una mujer normalita.

    Cera quería y cera le dio.

    -Todo, de ti me gusta todo, hasta tus andares me gustan.

    -Hablas cómo si estuvieras hablando de una cerda.

    -¡Más quisiera yo que lo fueras!

    -Con tu padre lo era… ¡Te pareces tanto a él!

    -Anímate, sería cómo si follaras con mi padre otra vez.

    -Tientas cómo un diablo.

    Vieron pasar de nuevo el helicóptero de la guardia civil. Atilano mirando para arriba, le dijo a su madrastra:

    -Ya andan ahí otra vez los cabrones.

    -Esos hijos de puta no descansan.

    Al rato llegó una patrullera y les hicieron un registro. Es obvio que no encontraron nada. Rogelia no era tan tonta ni cómo para tener una cajetilla de tabaco rubio de contrabando para fumar.

    Horas después llegaron en el Ferrari de Atilano al pazo donde vivían. Una sirvienta salió a recoger los bártulos de la pesca de Rogelia, y con ella delante, Rogelia y Atilano entraron en el pazo al tiempo que otro sirviente llevaba el Ferrari al garaje.

    Todo estuvo tranquilo mientras el servicio no abandonó la casa, luego en la sala de estar, sentados en dos sofás enfrente uno de la otra Atilano volvió a la carga.

    -¿Me dejas que te dé un masaje en los pies?

    -No.

    -Iría subiendo…

    -¡Calla de una puñetera vez!

    Atilano cambió de tema para no cabrear más a su madrastra.

    -¿Hacemos una raya?

    -De la raya te estás pasando tú.

    Después de mucho camelar a Rogelia se hicieron la raya de coca. Colocados, quiso besarla, pero Rogelia le hizo la cobra y le dijo:

    -Vete a tomar algo que cuando vuelvas puede que te lleves una sorpresa.

    Atilano se puso más contento que un cuco en primavera.

    -¡¿Follaremos, Rogelia?!

    -Conmigo no vas a follar, pero… Hasta aquí puedo hablar.

    -Nunca digas de esa leche no voy a beber.

    -Vete antes de que me arrepienta.

    Atilano se levantó y se fue a tomar unas copas en el bar de su madrastra, bar que Rogelia no pisaba, pero que servía para blanquear una pequeña parte de su dinero negro.

    Al volver a casa sintió ruidos en la habitación de Rogelia, fue a mirar y la vio comiendo el coño de una chica de compañía mientras un mulato le taladraba el coño. Era la primera vez que traía a chaperos o a lesbianas al pazo y la vez que los traía lo hacía por partida doble.

    Entró en la habitación y preguntó:

    -¿Puedo unirme a la fiesta?

    Le respondió Rogelia.

    -Puedes, pero ya sabes que a mí no me puedes tocar.

    Atilano se desnudó. La chica de compañía, una rubia de pelo cortito, alta, de ojos azules y con un buen cuerpo, se agachó delante de él, le mamó y le chupó la polla y le lamió las pelotas hasta ponerle la polla dura.

    Rogelia se puso encima del moreno, un tipo cachas y con una buena verga y comenzó a follarlo. Al rato, Atilano se metió en cama. Arrodillado detrás de su madrastra le frotó la polla en el ojete. Rogelia le dijo:

    -¡No, hijo, no!

    -Sí, Rogelia, sí.

    Atilano le lamió el ojete.

    -Nooo.

    Se lo folló lentamente con la punta de la lengua. La chica le lamió la espalda y le echo las manos a las tetas. Rogelia se quedó muda. Al ratito ya jadeaba, sintiendo cómo le entraban y le salía la polla del coño y la lengua del culo, dijo:

    -¡Me corro!

    Rogelia con un tremendo temblor de piernas se corrió jadeando cómo una perra.

    Al acabar de correrse, el mulato le sacó la polla del coño, Atilano le clavó la suya en el culo de un golpe, Rogelia levantó la cabeza cómo becerra a la que le clavan una estocada en todo lo alto, y exclamó:

    -¡Coñooo!

    Atilano, echándose hacia atrás sobre la cama, le dijo:

    -El coño que te lo coman.

    Rogelia quedó ofreciendo su coño abierto y lleno de babas, la chica de compañía, la puta para entendernos mejor, lamió las babas y después lamió su clítoris de abajo a arriba, hacia los lados, alrededor y se lo chupó, todo esto mientras el mulato le comía las tetas y la polla entraba y salía de su culo. Rogelia estaba tan cachonda, que dijo:

    -Rómpeme el culo, hijo, rompe.

    Atilano le dio caña cada vez más aprisa hasta que Rogelia tuvo un orgasmo anal. Atilano le llenó el culo de leche… Le siguió otro orgasmo clitoriano que le llenó la boca a la puta, mientras decía:

    -Me voy a morir de gusto.

    No se murió, ninguna mujer se muere de gusto, y menos Rogelia.

    Al irse el chapero y la puta, Rogelia se fue a dar una ducha, al regresar, tapada con una toalla fue a la sala y vio a Atilano sentado en un sofá, desnudo y con una copa de coñac en la mano. Echando una copa de jerez, le preguntó:

    -¿Te gustó la sorpresa?

    -Me gustaste más tú.

    -¿Más que la rubia?

    -Sin comparación.

    Rogelia bebió el jerez de un trago y después le dijo:

    -¡Qué mal mientes!

    -¿A quién follé?

    -Coño, pues es cierto, a ella ni la oliste.

    Rogelia se sentó en el tresillo enfrente de Atilano, que le dijo:

    -Abre las piernas -abrió las piernas y vio su coño-. Quita la toalla -la quitó y vio sus gordas tetas con areolas rosadas y gordos pezones-. ¿Quieres que te coma el coño?

    -Esas cosas no se preguntan, se hacen.

    Atilano fue a su lado, le cogió el pie derecho, le masajeó la planta, la lamió, le chupó los cinco dedos, luego cogió a la otra planta y le hizo lo mismo. Rogelia con las piernas abiertas de par en par vio cómo Atilano subía lamiendo en interior de sus muslos. Al llegar a su coño besó el clítoris y siguió subiendo, besó y lamió su ombligo, su vientre y llegó a las tetas, magreándolas, lamió y chupó tetas y pezones y después le dio un pico, dos tres, y acto seguido las lenguas se unieron en un largo beso… Bajó, y de nuevo magreó, besó, lamió y chupó tetas y pezones, vientre, ombligo y llegó al coño, que ya estaba abierto y muy mojado. Su lengua se internó en su vagina hasta que no le entraba más, después salió y lentamente lamió sus labios vaginales. Rogelia, con los ojos cerrados imaginaba que era su difunto marido quien le comía el coño, al abrirlos le levantaba la cabeza, miraba a su hijastro, que era el vivo reflejo de su padre y gimiendo los volvía a cerrar. Sin previo aviso, y sin llegar a lamer su clítoris una docena de veces, Rogelia se corrió en la boca de Atilano, y al hacerlo dijo:

    -Te quiero.

    Rogelia se lo decía a su marido, pero Atilano creyó que se lo decía a él, por eso después de tragar el néctar de la corrida de su madrastra, le dijo:

    -Yo también te quiero, Rogelia.

    Al acabar de correrse Rogelia la cogió en brazos y la llevó a su habitación, allí la puso sobre la cama, se echó encima de ella, le clavó la polla en el coño, le cerró las piernas, echó las suyas por fuera y recordó las palabras de su padre cuando le pidiera consejo para follar a una chavala que ya estaba de vuelta y media: «A esa espabilada, cómo es delgada, métele la polla hasta el fondo, ciérrale las piernas y echa las tuyas por fuera. La polla le va a entrar muy apretada, fóllala cómo si tu polla fuera un pico y estuviera picando en el techo de una mina y no te olvides de apretar tu pelvis contra su clítoris. Gozará cómo una perra, y si quieres que no te olvide dale la última corrida comiéndole el coño.»

    Rogelia al ver que Atilano la iba a follar cómo la follaba su difunto marido volvió a cerrar los ojos. Atilano comenzó a picar en la mina, justo en un punto llamado G. Las manos de su madrastra en su culo le ayudaban a que picara cada vez con más y más y más y más ahínco… El techo de la mina estaba llena de agua y le encharcó la polla. Rogelia se corrió clavándole las uñas en las nalgas, estremeciéndose y devorándole la lengua. Atilano al acabar de correrse su madrastra, le llenó el coño de leche. Rogelia estaba cómo loca.

    -¡Lléname, lléname, lléname!

    La llenó, pero Rogelia quería más. Le volvió a coger el culo y se lo movió de atrás hacia delante y de delante hacia atrás. La polla de Atilano no perdiera dureza y Rogelia no tardó en decir:

    -¡Me corro otra vez!

    De nuevo sintió Atilano la riada bañar su polla, el coño de su madrastra apretándola y soltándola y las uñas volviéndose a clavar en sus nalgas.

    Esta vez Rogelia quedó cómo muerta con el gusto que sintió, pero Atilano no tuvo compasión, comenzó a picar de nuevo cada vez más aprisa. Quería volver a llenarle el coño de leche, pero se le adelantó Rogelia. La muerta estaba muy viva, corriéndose, exclamó:

    -¡Me mataaas!

    Rogelia temblaba, se sacudía y clavaba sus uñas en la espalda de Atilano, que la volvió a llenar.

    Al ratito, cuando recuperaron el aliento, Rogelia, dándole un pico a Atilano, pensó: «Mira que si ahora me la comiera…»

    Atilano sacó la polla pringada de jugos y leche, se metió entre las piernas de su madrastra, y comenzó a comerle el coño. Diez o doce minutos más tarde, al correrse en la boca de Atilano, dijo:

    -¡Traga, cariño, tragaaa!

    Y aquí lo dejo, solo decir que siguieron follando.

    Quique.