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  • Mis vacaciones laborales (2)

    Mis vacaciones laborales (2)

    Ya a la mañana siguiente fui el último en despertar. Pamela justo venía al cuarto, Julio se duchaba afuera. Yo hice lo mismo al levantarme. De pronto, Sergio entró al departamento como si nada. Claro: él era el dueño del hotel, tenía llaves.

    Sergio: Ey, mis amigos, ¿cómo durmieron? … – dijo con esa sonrisa confiada-. Y este güey, ¿a dónde tan formal?

    Julio: Tenemos que hacer un contrato con Saúl como mencioné ayer.

    Sergio: ¡¿Hoy?! -lo dijo incrédulo-

    Julio: Sí, ¿qué harás? Te veo fresco, carnal.

    Sergio: Pues mira el sol… Tenía planeado que vayamos a la piscina de arriba. A estas horas se llena, hacen competencias de vóley… ¿les late?

    Justo entonces, Pamela salió del cuarto en la bata gris con la que había dormido. No transparentaba, pero le llegaba a medio muslo y realzaba su trasero, su mejor atributo.

    Pamela: Claro… no son vacaciones si no hay piscina -lo dijo en un tono casi juguetón-

    Sergio: ¡Ese es el espíritu! Parece que ya encontré a mi compañera. Jajaja.

    Pamela: ¿Quieres que te sirva algo para tomar?

    Sergio: Todo lo que me ofrezcas es bienvenido – respondió con tono pícaro, rozando lo atrevido-.

    Pamela: -entre risas- veré que puedo hacer… aunque no hay casi nada aquí.

    Quise intervenir, así que me puse la camisa, el saco y salí, pero ya no estaban. Pamela se había ido con Sergio.

    Yo: ¿Dónde está Pamela?

    Julio: Se fue a traer unos huevos donde Sergio. Tenemos que comprar cosas, aquí no hay nada. Me haces recordar en el camino.

    Yo: ¿Para qué? Ya mañana me iré con Pamela.

    Julio: Claro – con su sonrisa de siempre -. Bueno, vamos andando.

    Yo: Tengo que despedirme de Pamela primero. Además, ni he desayunado.

    Julio: Quien te manda a dormir como oso.

    No le di mucha importancia. Iba a servirme una taza cuando Julio insistió:

    Julio: Cenicienta, de verdad te digo… ¡estamos tarde!

    Cogió su saco y salió. Yo insistí en despedirme de Pamela, pero Julio apuraba todo. Finalmente cedí. Me causaba extrañeza que Pamela no me avisara nada y que hubiera salido en simple bata.

    Ya camino a la empresa, manejando por casi una hora, el calor y el traje eran insoportables. Julio estaba callado al inicio, pero tarde o temprano abriría la boca.

    Julio: ¿Te puedo preguntar algo Saulito?

    Dios, creo que ya sabía por dónde iba.

    Yo: Depen…

    Julio: ¿A qué te referías ayer en tu casa, cuando me dijiste lo del tiempo que habías pasado con Pame?

    Sí, ahí entendí que la había regado el día anterior.

    Yo: Me refería a esa ocasión que me fallaste.

    Julio: No te debía nada. Pero no… creo que no te referías a eso.

    Nuevamente no sabía que responder, a veces me pasa que no sé qué decir, hasta el día de hoy en ciertas situaciones similares

    Julio: – con una gran sonrisa, casi susurrando -. Eres increíble hombrecito.

    Yo: ¿Qué dijiste?

    Julio: ¿Cómo reaccionaste cuando Pame te contó que Claudia no es tu hija? Amigo, yo me hubiera divorciado. Eres un buen hombre, Saúl… pero eso solo hace que se aprovechen de ti.

    Esa conversación se me quedó grabada hasta hoy. En su momento me enfureció, aunque con el tiempo entendí que me había hecho reaccionar.

    Yo: No es asunto tuyo, Julio. Y por favor, llama a Pamela por su nombre.

    El resto del viaje fue tenso, incluso para él. Al llegar, tocamos el intercomunicador.

    Voz del intercomunicador: ¿Qué desea?

    Julio: Hola, es Julio Falcón. Venimos de parte de Graña y Montero, para ver el negocio del hotel.

    Voz del intercomunicador: Vengan mañana. Hoy no atendemos.

    Colgaron. Julio me miró extrañado.

    Julio: ¿Qué día es hoy?

    Yo: Domingo.

    Julio: ¡Carajo! Pensaba que era sábado.

    No podía creerlo.

    Yo: ¿Cómo no vas a saber que es domingo, Julio?

    Julio: Ni modo, hay que regresar mañana – lo decía como si no importara

    Hicimos otro viaje de más de una hora y por nada. Tuve ganas de golpearlo, pero nunca he sido esa persona, desafortunadamente. Regresamos discutiendo gran parte del camino, pero ya no había nada que hacer. Al volver, pasamos por una tienda conocida en la época: Superama, tal vez alguno se acuerde.

    Julio: ¡Para el coche!

    Frené en seco al oír su grito

    Yo: ¿Qué pasa?

    Julio salió del auto mientras decía:

    Julio: Tenemos que comprar cosas para la habitación.

    Yo: Julio, quiero ir al hotel de una vez.

    Como era de esperarse, me ignoró. No iba a darle el gusto de bajar con él, pero aun así decidí esperarlo. Pasaron veinte… veinticinco… treinta minutos y no salía. Este tipo es increíble, pensé. Salí a buscarlo. Para mi sorpresa, lo encontré con las manos vacías, solo con el teléfono pegado a la oreja, sonriendo ampliamente. La sonrisa se apagó al verme, y a medida que me acercaba colgó la llamada.

    Yo: ¡Oye! Me estás haciendo esperar por las puras, ¿dónde está lo que vas a comprar?

    Julio: Pero tú eres el que tiene billetera, la mía la dejé en el cuarto.

    Yo: ¿No podías avisar? ¿O al menos ir poniendo las cosas en un carrito?

    Julio: Te dije que había que comprar cosas para nosotros. Y sí, tenía las cosas, pero se las llevaron -decía mientras pasaba casi sobre mí-.

    Discutir con él era imposible. Cada vez que podía usaba su portento físico para imponerse, pasándome por delante como si nada. Yo siempre fui alguien bajo, y eso le daba más ventaja.

    Compramos los alimentos y regresamos al auto. Al llegar, después de casi tres horas de haber salido, entramos al departamento y no había nadie.

    Julio: Deben estar en la piscina.

    Nos pusimos ropa cómoda – aunque Julio solo se colocó un short – y comenzamos a guardar las cosas. Bueno, yo lo hice, porque Julio llamó a Sergio.

    Julio: Ahora regreso para apoyarte. Sergio me pide que le alcance el bloqueador que no se llegó a poner.

    Y parece que se lo echó también, porque no regresó. Terminé de guardar todo y eran ya como la una de la tarde. Estaba muerto. El sol ya se había calmado un poco, así que decidí esperarlos. Pestañeé un rato y cuando vi el reloj eran las dos. En eso sonó el teléfono.

    Yo: ¿Diga?

    Julio: Tienes una suerte… Estaba a punto de no llamar otra vez.

    Yo: ¿Dónde estás? Te desapareciste.

    Julio: Estoy camino al departamento de Sergio, en el octavo piso.

    Yo: Ya voy.

    Me dirigí al octavo piso, donde solo había dos departamentos, distintos al resto. Había un enorme buffet y mucha gente. Entre la multitud empecé a buscarlos. Pregunté por Sergio, pero algunos parecían no conocerlo. Seguí insistiendo.

    Joven: ¿Sergio? ¿El dueño? ¿Un güey alto, castaño y que no deja de sonreír?

    Yo: Sí, ese mismo – aunque me pareció graciosa la descripción, fue precisa -. ¿Lo conoces?

    Joven: Claro, ¡el cariñosito! -el apodo generó risas en su grupo-. Está por acá con su güera, más al fondo creo.

    Yo: Es bastante grande este piso, será un reto encontrarlo.

    Joven: Precisamente para la ocasión ¿no? Jajaja. Tranquilo, yo voy a buscarlo.

    Yo: Jajaja es cierto, hay que aprovechar el momento en un lugar como este.

    Una chica del grupo intervino.

    Chica: Estoy casi segura que no lo hizo – entre risas – Sírvete, Joaquín va a buscarlos.

    Yo: Gracias, muero de hambre… Soy Saúl, un gusto. ¿También estuvieron en la piscina?

    Mariela: Yo soy Mariela, ya conociste a Joaquín y él es Alberto – señalando al otro joven -. Y no, llegamos tarde. Estuvimos algo ocupados en la mañana, pero llegamos para las competencias.

    Me lo decía con un tono juguetón, bastante extraño. No tenían más de veinte años y se insinuaban así.

    Yo: Ah bueno. Jaja, provecho… ¿Qué tal estuvo ahí arriba?

    Mariela: Divertido como siempre. Competencias, shots… te lo perdiste.

    Alberto: El vóley estuvo muy hot.

    Mariela: ¡Los cariñosos! Jajaja, era todo un show.

    Yo: ¿Te refieres a Sergio?

    Mariela: Con su güera, sí. Cada vez que ganaban un punto, la levantaba como un premio…

    Alberto: ¡Y qué levantadas!

    Mariela: Con ese trasero tú hubieras hecho peores cosas, güey.

    Yo: Pero es natural en una competencia… no es cuestión de cariño.

    Alberto: Es que cariñosos anduvieron después de ganar.

    En ese momento regresó Joaquín.

    Joaquín: ¿Qué onda con esos güeyes? – dijo al volver solo.

    Alberto: ¡¿Los encontraste?! ¡Espero no los hayas interrumpido!

    Joaquín: No había nadie ya, parece que se fueron, pero me consta que estuvieron acá. ¡El cuarto está hecho un desastre! -todos rieron-.

    Yo: Bueno, ni modo. Gracias muchachos.

    Joaquín: Búscalo en su departamento.

    Yo: ¿No es este el departamento de Sergio?

    Joaquín: No, está en el piso seis.

    ¡Era verdad! Recordé que el mismo Sergio lo mencionó la noche anterior. Qué estúpido de mi parte.

    Salí enseguida, dejando el plato a medias, y bajé al sexto piso. La puerta estaba abierta. Entré y los encontré conversando en la cocina. Todo bien… salvo que Pamela cortó en seco la charla al verme, haciéndole notar mi llegada a Julio. Ambos me miraron en silencio durante unos segundos.

    Yo: Hola amor… también te extrañé – no me vio en todo el día y ni me saludaba.

    Pamela: Amor… – me besa suavemente – Julio me dijo que estabas almorzando, casi subo a buscarte.

    Yo: Por cierto, Julio, ¿no me dijiste que el departamento de Sergio estaba en el octavo piso?

    Julio: Te dije estaba almorzando en el octavo piso, cholo. Y que me iba al departamento de Sergio.

    Yo: Eres un mentiroso – subí un poco la voz – siempre lo has sido y hoy más que nunca.

    Pamela: Shhh… – interrumpiéndome, con voz dulce pero firme – Sergio está durmiendo, baja la voz.

    Yo: – la miré indignado – No me importa eso Pamela. Desde ayer Julio me viene con mentiras.

    Pamela: Está bien… pero podemos hablarlo después, estamos en su departamento y somos sus huéspedes. Vamos abajo, quiero descansar ¿sí?

    Tenía razón en cierto modo. No sería buena imagen dar un espectáculo ahí. Además, yo estaba cansado, así que bajamos. Julio se quedó.

    Mientras descendíamos, pude hablar con Pamela.

    Yo: ¿Dónde estabas en la mañana? No me pude despedir.

    Pamela: Salí a comprar para desayunar.

    Yo: Pero ya habías tomado desayuno.

    Pamela: Sí… pero Sergio me pidió que le preparara algo. Como no hay nada en la cocina, fui a comprar.

    Su respuesta me decepcionó. Yo tampoco había desayunado, y ella fue a comprar para atender a Sergio, no a mí.

    Yo: ¿No fuiste donde Sergio? -pregunté, recordando lo que me dijo Julio.

    Pamela: Mmm… no – titubeó, queriendo ocultar algo -. ¿Por qué?

    Yo: Eso me dijo Julio.

    Pamela: Tu mismo lo dijiste… Julio es un mentiroso.

    Yo: Sí, es verdad, pero igual… ¿con qué dinero compraste? No creo que acepten soles aquí.

    Pamela: Ah no, Sergio me había dado.

    Yo: Entonces sí fuiste donde Sergio.

    Pamela: Solo para que me dé el dinero y luego fui a comprar.

    Yo: ¿Y saliste así en bata?

    Pamela: No, ¿cómo crees? – se quedó pensando unos segundos -. Regresé a cambiarme.

    Yo: Por cierto, no me gustó que hayas salido a saludar a Sergio en la mañana vestida así.

    Pamela: Estaba cubierta, Saúl. Solo es una bata.

    Yo: Bueno de igual manera. Ya compré cosas para nosotros.

    Pamela: ¿Por qué? Pensé que era nuestro último día acá.

    Yo: No lo creo, tenemos todavía un día más acá.

    De estar desinteresada que me hablaba, Pamela cambió por completo.

    Pamela: ¿De verdad? – sus ojos se abrieron, con una leve sonrisa-.

    Yo: Sí, hoy no pudimos cerrar el trato. – Ella apenas escuchó, su cabeza estaba en otra parte -. Te emociona quedarte, parece.

    Pamela: – volviendo a sí, intentando aparentar normalidad – Bueno, sí, me ha gustado estar aquí. La gente, la piscina… no hubiera querido irme ya.

    Yo: Bueno, parece que tendrás suerte. Prepárate para caer muerta ahora de la piscina.

    Pamela: Sí… no descansé mucho. Me desperté a tomar agua y vi a Julio en el departamento. Hablamos un rato hasta que llegaste.

    Yo: ¿Estabas durmiendo aquí arriba?

    Pamela: Ah, sí… en el sillón.

    Yo: ¿Y Sergio no te ofreció la cama? Que poco gentil.

    Pamela: Es un buen hombre… estuve con él y su grupo en la piscina. Muy atento.

    Yo: ¿Estaba su pareja también?

    Pamela: Sergio es soltero, no tiene pareja.

    Yo: ¿En serio? Arriba me dijeron que lo vieron con una. Si es tan bueno, ¿por qué no te ofreció la cama? Pensaría que estaba ocupado con su mujer…

    pero entonces no entiendo por qué te quedaste.

    Pamela: Ah, bueno, no sé… – quería cortar el tema -. Tal vez sí tiene, no estuve tooodo el rato con él tampoco.

    Ahora tenía más preguntas que respuestas.

    Llegamos a nuestro departamento. Pamela enseguida dijo que estaba agotada y se fue a dormir.

    Cerré la puerta y fui a la sala a ver televisión. Como sabrán, en esa época “El Chavo del 8” era número uno. Nunca fui fanático, pero no había mucho más que ver. Entre un capítulo y otro me quedé dormido. No sé ustedes, pero yo siempre encontré más cómodo el sillón que la cama.

    No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que estaba ya oscuro, pero lo que me despertó realmente fueron unos leves gemidos que provenían de arriba, del piso de Sergio, se escucha lo que imagino sería el sonido del sillón cuando se arrastra la pata, gemidos más intensos por momentos… claramente Sergio la estaba pasando muy bien.

    La situación era incómoda, pero a la vez logró excitarme. Pensé en ir a buscar a Pamela, pero al levantarme vi que la puerta de nuestro cuarto seguía cerrada. La de Julio, en cambio, estaba abierta, y él roncaba adentro. Resigné la idea y solo fui por un vaso de agua.

    Pasó media hora cuando Julio salió. Justo en ese momento los gemidos regresaron, más intensos todavía. Esta vez los más sonoros eran los de Sergio, gritos de placer que retumbaban por todo el departamento. Julio me miró, yo lo miré… no pudimos evitar sonreír por la situación. Se acercó al rato y me preguntó por Pamela. Le respondí que seguía descansando. Se sentó conmigo un momento y, al rato, dijo que iba a traer algo para cenar.

    Media hora después tocaron la puerta. Parecía que Julio no había sacado llave, fui a abrir. Y me quedé helado. Era Pamela. Me saludó y entró como si nada.

    Yo: ¡¿Dónde estabas?! Pensé que seguías durmiendo.

    Pamela: No amor… fui a recorrer un poco el hotel. Me dijeron que había masajes gratis hoy.

    Yo: ¿Y por qué no me dijiste para acompañarte?

    Pamela: Porque estabas descansando, y además no iba a tardar… solo fue un ratito.

    Yo: Estoy despierto hace más de una hora, pensé que seguías acá.

    Pamela: Sí… justo salí más o menos a esa hora. Quizás te desperté al cerrar la puerta.

    Yo: No jaja, te aseguro que no fue eso.

    Pamela: ¿Entonces?

    Yo Nuestro huésped Sergio estuvo dando una buena faena arriba… hasta hace un rato.

    Al decir eso noté que Pamela se puso seria, casi preocupada.

    Pamela: ¿Por qué lo dices? O sea… hay más personas arriba, ¿no?

    Yo: Sí, pero eran los mismos gemidos de anoche. Te vi dormir… supongo que no te enteraste, pero se oía todo.

    Pamela: Mmm… bueno, supongo. – Su voz sonaba rara, confundida, incluso casi molesta.

    Yo: ¿Eso te incomoda?

    Pamela: No… no debería. ¿Por qué me va a incomodar?

    Yo: No sé, te ves incómoda.

    Pamela: Es que no quisiera estar escuchando esas cosas, nada más.

    Cambié de tema mirando la bolsa que llevaba en la mano.

    Yo: ¿Y eso?

    Pamela: Ah, son mis cosas de la piscina. Las olvidé cuando regresamos del piso de Sergio.

    Yo: ¿Estabas en el departamento de Sergio recién?

    Pamela: No, solo pasé a recoger esto. Pero entiendo porque estaba en bata nada más, jaja.

    Yo: Qué suerte que no lo agarraste en pleno acto, jajaja.

    En ese momento llegó Julio con la cena. Los tres nos sentamos en la cocina. La conversación giró en torno a la piscina y lo que haríamos mañana, aunque Pamela no tenía intención de hablar mucho. Julio, en cambio, se quejaba de lo “estresado” que estaba, como si hubiera hecho mucha cosa. Había estado tomando con Sergio.

    Yo: Con razón regresaste a dormir de frente.

    Julio: Así es, aunque no tomé mucho. Llegué como a las seis.

    Yo: No te vi entrar, seguramente dormía.

    Julio: Tú no, pero justo me topé con Pame… perdón, con Pamela, jaja.

    Pamela: Soy testigo, es verdad. – Rieron los dos –

    Yo: ¿No habías salido solo un rato? – le pregunté a Pamela.

    Pamela: Sí, más o menos a esa hora… seis o siete.

    Ante las dudas de Pamela, Julio intervino:

    Julio: No vi bien la hora, estaba oscuro ya. Creo que tal vez eran las siete.

    Yo: Entonces, ¿para qué me preguntaste por Pamela si ya la habías visto?

    Julio: No sé, cholo… te dije que había tomado.

    Pamela se levantó de inmediato para lavar los platos, cortando la conversación en seco.

    Pamela: Bueno amor, ya es hora de descansar.

    La mañana siguiente, mientras me vestía, Sergio entró de nuevo al departamento para hablar con Julio, que estaba en la sala. Apenas Pamela lo oyó, noté cómo se tensaba. Cuando salió, Sergio a lo lejos la saluda.

    Sergio: ¡Pamelita, mi güerita! – reía mientras la cargaba. El golpe de sus sandalias contra el suelo al bajarla fue evidente -.

    Pamela: Hola, Sergio… buenos días. – Su voz sonaba tímida, seca -.

    Sergio: Te traje esto.

    No alcancé a escuchar qué respondió Pamela ya qué hablaba casi susurrando, pero Sergio agregó.

    Sergio: No sé si lo olvidaste anoche o querías que me lo quedara yo como recuerdo. Igual te lo traje, no vaya a ser que no lleves nada puesto ahora.

    Al salir de la habitación vi a Sergio con ambas manos sobre las caderas de Pamela. Al notar mi presencia, ella apoyó la suya en el hombro de él, como queriendo dar a entender que era un gesto amistoso.

    Pamela: Bueno, gracias. Lo iré a guardar, ya regreso.

    Sergio: Sí, vaya linda. Aunque la próxima me lo quedo, ¿eh?

    Pamela me miró e hizo un gesto con los ojos, señalando hacia arriba, como diciendo “qué pesado es”.

    Sergio: ¡Saulito! ¿Cómo estás, carnal? A poco seguías acá – riendo -. Hoy tienes que unirte a la piscina con nosotros.

    Pamela regresó rápido, apenas diez minutos, y se notaba seria, incluso molesta por la presencia de Sergio.

    Sergio: Ayer fue espectacular, ¿verdad que sí, güerita?

    Pamela: Sí… estuvo bien. – respondió incómoda, mirando a Julio como pidiendo apoyo -.

    ¿Eran ellos la pareja que hablaban de la piscina ayer? Iba a preguntar cuando Pamela miró fijo a Julio, y este sin perder tiempo sacó a Sergio con una excusa urgente.

    Cuando nos quedamos solos en la cocina, quise confrontarla.

    Yo: ¿Por qué Sergio te llama tan cariñosamente?

    Pamela: Es su forma de hablar… no lo tomes a mal. Lo dice de forma amistosa.

    Ella estaba colorada, evitando mirarme mientras servía el desayuno.

    Yo: Ayer escuché mucho sobre la pareja que ganó en la piscina.

    Pamela: ¿Cómo qué?

    Yo: Que andaban muy cariñosos… ¿Eras tú su pareja?

    Pamela: Saúl, por favor, solo jugamos. Ganamos, nos abrazamos y me cargó celebrando. Nada más. – decía sin detenerse en lo que hacía -.

    Sonaba convincente, pero su necesidad de escapar de la conversación me hacía dudar.

    Yo: ¿Qué olvidaste en su departamento que te trajo?

    Pamela: Me trajo un arete… y no empieces, ¿quieres?

    En ese momento entró Julio y decidí callar. No quería darle el gusto de escucharme celarla.

    Llegamos a la oficina, pero otra vez hubo problemas: detalles mal redactados, montos que no convencían. No cerramos el acuerdo. Julio salió furioso y me culpó.

    Yo: Redacté todo con los datos que me diste.

    Julio: ¡Pero cómo no revisas los permisos locales! No jodas. Eso nos cagó. ¿Qué le vamos a decir al viejo ahora?

    Yo: Que no se pudo. Don Teodoro solo quería tantear terreno acá.

    Julio: Eso te dijo a ti… el viejo se va a enojar.

    Regresamos al hotel casi sin hablar. Julio se puso a llamar a Don Teodoro. Yo no le di importancia. Mi función había terminado. Me fui directo al cuarto.

    Entré, pero Pamela no estaba. “Estará en la terraza nuevamente”, pensé. Me animé a subir después de cambiarme y ponerme un short. Era mi último día y quería disfrutar. Mientras guardaba mis cosas, vi la bolsa que Pamela había dejado en la mañana. Desde lejos pensé que eran los aretes que me mencionó, pero al abrirla descubrí algo que me heló la sangre: una tanga negra. Una que reconocía demasiado bien.

    ¿Qué hacía esa prenda en el departamento de Sergio? Más aún, ¿por qué me había mentido diciendo que eran aretes?

    Ya no me importaba la piscina ni la fiesta. Salí decidido a encontrarla y obtener respuestas.

    En la terraza todo era bullicio: gente en la piscina, otros jugando vóley, algunos bebiendo. Una especie de fiesta improvisada. Pero ni Pamela ni Sergio estaban ahí. A quien sí encontré fue a Joaquín, el joven del buffet.

    Joaquín: Estuvieron en la mañana acá esos güeyes, pero ya no los he visto.

    Yo: ¿Te refieres a los cariñosos?

    Joaquín: Esos güeros, sí.

    Yo: Sí, me lo imagino… ¿Y sabes que hicieron hoy?

    Joaquín: No mucho güey. No estuvieron juntos hoy.

    En eso se acercan los dos otros amigos de Joaquín.

    Joaquín: Ey, morra, ¿no has visto a Sergio?

    Mariela: Estábamos con él, se acaba de ir hace un rato a comer.

    Alberto: Y a perseguir a los dos, jajaja

    Joaquín: ¿Al Luis? ¿Qué, entonces sí se chingó a su güera?

    No quería escuchar, solo encontrar a Pamela, así que medio cortante a su conversación pregunté:

    Yo: Se fueron al buffet, ¿verdad?

    Mariela: Imagino que sí, güey. ¿Por qué los buscas tanto?

    Dudé en decirles que era mi esposa y por eso la buscaba. En ese punto estaba casi seguro de que pasaba algo entre ellos, y no sabía qué habrían hecho frente a todos. A eso le sumé el hecho de que ya nos íbamos del hotel, así que, ¿para qué iba a molestarme?

    Yo: Quedamos en vernos acá, por eso.

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  • Zipolite y lo nuevo con mi esposa

    Zipolite y lo nuevo con mi esposa

    Les contaré brevemente un poco sobre nosotros. Somos una pareja madura yo tengo 62 años y mi esposa 56 sin embargo ella aún se conserva muy bien. Pesa 65 kg mide 1.62 una cadera de 115 con unas nalgas muy buenas y unos senos talla 34 C coronados con unos pezones que son casi del color de su piel y que cuando están en reposo no se notan, se confunden con la areola. Ella es morena clara y a pesar de que ella es una mujer muy cachonda nunca le ha dado por ser exhibicionista ni gustarle nada de sexo público. En cambio yo soy un hombre de 1.65 peso 69 kg y eso si estoy bien dotado con 18.5 cm y 12 cm de diámetro cuando está erecto mi pito.

    Siempre desee ver a mi mujer exhibiéndose o en manos de otro hombre, con un trío o un masaje.

    Recientemente le compré lencería muy sexy derivado de un sueño que tuve y ella me la modeló enviándome fotos en los que en una de ellas tuvo un desliz con su bubi izquierda y se le salió el pezón de tal manera que quedó en la foto.

    Dicho todo lo anterior la convencí de ir a Zipolite, la playa nudista de México, a pasar unos días y así fue en junio del 2025. Cuando descendimos del avión le dije que quería que fuera todo lo liberal, atrevida, intensa, sexy que ella quisiera y que si alguien le gustaba me lo dijera. Lo único que había de condición es que todo me lo dijera y que no podía desaparecer de mi vista.

    Llegamos al hotel y salimos a comer para lo cual se puso un bra de encaje, transparente verde acompañada de una tanga del mismo color así como una blusa de tirantes blanca acompañada de una falda muy corta. Se veía riquísima a pesar de su edad. Así salimos y entró en una tienda para comprarse un traje de baño y al agacharse dejó ver su tanga que llevaba puesta y pude ver que un hombre de 45 años más o menos se la comía. Eso me puso muy caliente y ella ni cuenta se dio. Salimos y le conté lo que había pasado y solo sonrío.

    Nos fuimos a comer a uno de los restaurantes y el mesero que nos atendió inmediatamente se le fueron los ojos al escote de mi esposa y como era de tela muy delgada se apreciaba muy bien su bra. Ella se encargó de pedir lo que comeríamos y vi como el mesero la atendía súper bien y se le quedaba viendo.

    Me percaté que al mesero de unos 33-35 años se le estaba parando porque mi esposa según ella sin querer, se fijó en el paquete.

    Transcurrió la comida sin ningún otro incidente y al pedir la cuenta el mesero de nombre Alejandro dijo que si era nuestro primer día a lo que contestamos afirmativamente. Y nos dio una explicación muy amplia de qué hacer en Zipolite. Curiosamente nos habló que había masajes y que el saliendo de su trabajo como mesero se dedicaba a darlos.

    Mi esposa para entonces ya se había tomado tres tequilas y ya se encontraba más relajada Para mientras nos cobraba le dije a mi esposa que si le interesaría un masaje y dijo que si siempre y cuando fuera una mujer.

    Al regresar Alejandro nos dijo que si nos interesaba algo le dijéramos en donde estábamos hospedados y que él iría para ver qué se ofrecía. Ni tarde ni perezoso le dije que estábamos en el hotel nude. Mi esposa sólo hizo exclamación de “te pasas”.

    Salimos del restaurante y nos fuimos caminando y mi esposa seguía con sus tequilas. Llegamos a la habitación y salimos a la terraza, seguimos con los tequilas y después de un rato llegó Alejandro, nos saludó y le pregunté que cómo era el masaje y sus precios. Nos habló del masaje holístico y del tántrico y mi esposa ya un poco más mareada también se puso a preguntar hasta que la convencí y aceptó que Alejandro le diera un masaje holístico.

    Alejandro se fue por sus cosas y tardó como veinte minutos en regresar para mientras le dije a mi esposa que se pusiera otro coordinado de lencería verde transparente con tanga. Se metió a cambiar y cuando Alejandro estaba regresando ella se paró en la puerta con dicho coordinado. Se veía espectacular, se dio la vuelta y Alejandro no pudo dejar de mirarle las nalgas. Le dije que fuera poco a poco hasta donde ella le permitiera sin incomodarla y que llegara hasta donde ella quisiera.

    Ya adentro acomodó su equipo de trabajo y le dijo a mi esposa que se acostara boca abajo y ahí empezó poco a poco. Masajeo sus pies, sus pantorrillas y sus muslos por la parte de atrás y el exterior si. Tocar nada más. Luego fue a la espalda y le dijo a mi esposa si le podía desabrochar su brasier e a lo que ella asintió con la cabeza. Y empezó el masaje en la espalda. Luego se colocó cerca de su cabeza y continuó con el masaje en sus hombros y cuellos y bajaba por la espalda hasta alcanzar su cintura.

    Le preguntó a mi esposa si le podía bajar un poco su tanga para no mancharla con los aceites y ella respondió para mi sorpresa con un si. Así que ahí empezó a tocarle sus nalgas un poco. Le pregunto a mi esposa que si podía quitarse su camisa y su short ya que hacía mucho calor y pa pronto contesté yo, si quítatela total estamos en una playa nudista, así que procedió y se quitó su camisa y su short quedándose únicamente en un bóxer blanco que dejaba ver el paquete que tenía.

    Continuo con el masaje y se regresó a las pantorrillas y a los muslos los cuales los masajeaba de abajo hacia arriba, de la parte externa a la interna y alcanzaba el inicio de las nalgas. Abrió un poco sus piernas y dejaba entrever un poco de sus labios, la imagen era realmente excitante. Cambio de pierna e hizo lo mismo. Se podía observar su tanga humedecida por sus jugos lo cual quería decir que estaba sintiendo y el empezó a rozar sus nalgas.

    Pensé que mi esposa iba a protestar pero lejos de eso, me pidió que le alcanzara un tequila el cual se lo tomó de un solo trago. Veía como sus manos acariciaban cada vez más sus nalgas y alcanzaba el surco Inter glúteo y bajaba un poco como previendo que mi esposa no protestara. Una vez que le manoseo bien sus nalgas se fue hacia los brazos y vi como la mano de mi esposa rozaba ligeramente su paquete y a él se le veía que le estaba gustando porque le crecía. Mi esposa no quitaba sus manos.

    De ahí volvió a ir a la cabeza y masajeó su espalda completa hasta alcanzar sus nalgas que ya sin el menor descaro le acariciaba y como se extendía hasta alcanzar sus nalgas su paquete rizaba su cabeza y solo veía a mi esposa que disfrutaba.

    Pero llegó el momento de voltearse y así se lo pidió Alejandro y mi esposa trató de taparse con su bra desabrochado por lo cual el masajista le alcanzó una toalla para que se tapará. Ya colocada boca arriba procedió a masajear el cuello y sus hombros, nuevamente sus brazos y la mano de mi esposa se veía como la abría al sentir su paquete cerca, rozando además la parte lateral de sus pechos los cuales descubría un poco. Se pasó a su abdomen y subió un poco la toalla y se dibujaban sus senos desnudos.

    Así siguió hasta que por debajo de la toalla metió su mano y se veía como tocaba y masajeaba sus nenas; mi esposa sólo alcanzaba a voltear un poco su cara la cual ya se encontraba roja, muestra de la excitación.

    Regreso a los pies y puso un pie de mi esposa sobre su hombro dejando entrever su sexo húmedo y como la tanga no cubría del todo sus labios y un poco del vello que tenía. He de decirles que se depilaba muy bien su sexo para dejar solo una línea de vellos que cubría la entrada de sus deliciosos labios. Así lo hizo con ambas piernas u frotaba con sus manos la parte exterior y la parte interior de sus muslos hasta rizar ligeramente su sexo. Mi esposa ya estaba dispuesta y Alejandro lo sabía por lo que le quitó la toalla de sus nenas dejando ver aquellos hermosos pezones que ya estaban erectos y le dijo que le iba a quitar su tanga sin que mi esposa se negara a ello.

    Mi esposa completamente desnuda y mojada frente a otro hombre. Le acarició su abdomen y bajó hasta el inicio de su vello y sus ingles y las masajeaba con maestría. Mi esposa ya más relajada por el masaje y el alcohol dejaba más abiertas sus piernas y entonces Alejandro le preguntó si quería continuar y pasar a un masaje tántrico a lo que mi esposa volteó a verme y le dije que yo estaba de acuerdo, así que ella asintió con su cabeza pero si le dijo que estaban en desigualdad de circunstancias porque ella ya estaba desnuda y él no.

    Alejandro ni tarde ni perezoso se acercó a la cara de ella y le dijo pues ponme en igualdad. Ella se puso de lado y le bajó su bóxer sosteniendo con la otra mano su verga. Increíble lo que está viendo. Esa mujer que nunca había estado con otro hombre ahora lo hacía y enfrente de mí.

    Una vez desnudo la volteo y se puso encima de ella colocando su verga ya erecta sobre sus nalgas. Mi esposa estaba súper excitada y supongo muy mojada. Le masajeo toda la espalda y las nalgas hasta abrírselas, ponerle un chorro de aceite y tocar su chiquito y extendiéndose hasta sus labios y mi esposa tremendamente excitada. No sé si le metió un dedo o dos pero se veía que mi esposa lo disfrutaba.

    La volvió a voltear y se puso otra vez encima de ella con la punta de su cabeza en su clítoris. Le abrió los labios para que chocara su cabezota en su clítoris. Vaya que Alejandro tenía un buen trozo de carne porque fácil media como 22 centímetros. Le amasó sus pechos con unos pezones ya duros por la excitación y empezaba a querer relajar sus piernas por lo que las movía para poder hacerlo. Alejandro no entendió, se bajó de ella y se acercó desnudo a la cara de mi esposa. Ella se dio cuenta y con su mano izquierda se la empezó a acariciar de arriba hacia abajo y luego se puso de lado y jugó con la verga con sus dos manos.

    Finalmente le acaricio los huevos y se metió ese pedazo de verga en su boca para hacerle tremenda mamada. Cuando mi esposa sintió que Alejandro se iba a correr se la sacó de la boca y se lo llevó a la regadera tomada de la mano. Se empezaron a bañar y mi esposa se puso de espaldas a él y sentir con sus nalgas su verga. La tomo con su mano derecha y se la pasaba por todas las nalgas. Finalmente se agachó hacia adelante y se la metió en su panocha y empezó el mete saca hasta que ella explotó en un tremendo orgasmo víctima de las acometidas de Alejandro.

    Se volteó se agachó y le empezó a hacer una magistral mamada que hizo que Alejandro se corriera intensamente y con borbotones de leche que mi esposa aspiró y tragó toda. Terminaron de ducharse, Alejandro se vistió, recogió su material y se despidió con un beso en su cuello.

    Mi esposa y yo nos acostamos y la abracé, preguntándole si le había gustado a lo que respondió mucho y gracias por esta tarde tan rica.

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  • Llamas prohibidas (2)

    Llamas prohibidas (2)

    La facultad estaba silenciosa al amanecer, el eco de los pasos de Carlos resonando en los pasillos vacíos. Había pasado una semana desde aquel jueves bajo la lluvia, y el recuerdo del beso de Laura seguía quemándole la piel. Cada clase era una prueba de fuego: verla en la tercera fila, con su cuaderno lleno de garabatos y esa mirada que lo desarmaba, era un recordatorio de lo que habían hecho y de lo que no podían repetir. Pero su cuerpo y su mente estaban en guerra.
    Carlos se encerró en su despacho, intentando concentrarse en un artículo sobre dolo eventual. Las palabras se desdibujaban en la pantalla, reemplazadas por la imagen de Laura, su blusa desabrochada, su respiración entrecortada. Sacudió la cabeza, maldiciendo en voz baja. Era un profesor respetado, con una carrera sólida y un matrimonio que, aunque desgastado, aún lo ataba. Cruzar esa línea no solo era un riesgo personal; podía destruirlo todo.
    Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Antes de que pudiera responder, Laura entró, cerrando la puerta tras de sí. Llevaba un jersey azul que abrazaba sus curvas y una falda que terminaba justo por encima de las rodillas. Sus ojos verdes tenían un brillo decidido, como si hubiera tomado una resolución.—Laura, no deberías estar aquí —dijo Carlos, levantándose de la silla, pero su voz sonó más débil de lo que pretendía.
    Ella dio un paso hacia él, ignorando la advertencia. —No he dejado de pensar en ti, Carlos. En lo que pasó. Y sé que tú tampoco. Él apretó los puños, luchando contra el impulso de acercarse. —Esto es una locura. Soy tu profesor. Estoy casado. Si alguien se entera…
    Él apretó los puños, luchando contra el impulso de acercarse. —Esto es una locura. Soy tu profesor. Estoy casado. Si alguien se entera…—Nadie lo sabrá —interrumpió ella, acercándose hasta que solo un escritorio los separaba—. No quiero hacerte daño. Solo quiero… esto. —Su voz tembló, pero sus ojos no vacilaron.
    Carlos sintió el aire cargarse de nuevo, como aquella tarde en el aula. Sabía que debía echarla, poner fin a esto antes de que se saliera de control. Pero la verdad era que no quería. La quería a ella, con una intensidad que lo asustaba. Laura rodeó el escritorio, deteniéndose a centímetros de él. Su perfume, ese mismo aroma suave que lo había perseguido en sueños, llenó sus sentidos.
    —No puedo seguir fingiendo que no siento nada —susurró Laura, posando una mano en su pecho. El contacto fue como una chispa.
    Carlos la miró, atrapado entre el deber y el deseo. —Laura, esto nos destruirá. A los dos. Ella negó con la cabeza, sus dedos deslizándose hacia su nuca. —O nos salvará. No hubo más palabras. Carlos la atrajo hacia él, besándola con una urgencia que borró toda razón. Esta vez no había lluvia que amortiguara el mundo exterior, solo el latido acelerado de sus corazones y el crujido del escritorio bajo el peso de sus cuerpos.
    Las manos de Laura exploraron su camisa, desabrochándola con una mezcla de torpeza y determinación. Él respondió levantando su jersey, sus dedos trazando la curva de su cintura, perdiéndose en la suavidad de su piel. El despacho, con sus estanterías llenas de libros y el olor a papel viejo, se convirtió en un refugio temporal. Cada caricia era un desafío a las reglas, cada beso un paso más hacia un abismo del que no había retorno.
    Laura se aferró a él, sus labios rozando su oído mientras murmuraba su nombre, y Carlos sintió que el mundo fuera de esa habitación dejaba de existir. Pero el momento se rompió con el sonido de unos pasos en el pasillo. Ambos se quedaron inmóviles, jadeantes, mientras las voces de dos colegas pasaban frente a la puerta. La realidad irrumpió como un balde de agua fría.
    Carlos se apartó, pasándose una mano por el cabello, intentando recuperar el control.—Esto tiene que parar, Laura —dijo, su voz quebrada por la frustración—. No podemos seguir. Ella lo miró, con las mejillas encendidas y los labios hinchados por los besos. —Dime que no me quieres, y me iré. Ahora mismo.
    Carlos abrió la boca, pero las palabras no salieron. No podía mentir, no cuando cada fibra de su ser gritaba por ella. Laura dio un paso atrás, ajustándose el jersey con una calma que contrastaba con el torbellino en sus ojos.—No me rendiré, Carlos —dijo suavemente—. Sé que sientes lo mismo.
    Sin esperar respuesta, salió del despacho, dejando tras de sí el eco de su presencia. Carlos se dejó caer en la silla, el peso de sus decisiones aplastándolo. Sabía que debía poner fin a esto, hablar con su esposa, establecer límites claros. Pero en el fondo, una parte de él ya estaba planeando la próxima vez que la vería.
    Esa noche, en casa, mientras su esposa dormía a su lado, Carlos miró el techo, atrapado en el recuerdo de Laura. Las llamas de su deseo eran un incendio que no podía apagar, y temía que, tarde o temprano, todo ardería.
    El despacho de Carlos estaba sumido en una quietud que parecía contener el aliento. La puerta, cerrada con llave tras la salida de Laura, seguía siendo una barrera frágil contra lo inevitable. Era viernes por la tarde, y la facultad estaba casi desierta, con solo el zumbido lejano de una máquina de limpieza rompiendo el silencio. Carlos había intentado trabajar, corregir exámenes, cualquier cosa para distraerse, pero el recuerdo de Laura, su voz desafiante y sus manos en su piel, lo perseguía como un espectro.
    Un golpe suave en la puerta lo hizo tensarse. Sabía quién era antes de abrir. Laura estaba allí, con una gabardina negra que caía hasta las rodillas y el cabello suelto, húmedo por la llovizna de octubre. Sus ojos verdes lo atravesaron, cargados de una determinación que no admitía dudas.—Dijiste que no podías seguir —dijo ella, entrando sin esperar invitación—. Pero aquí estoy. Y tú no me Y tú no me estás echando.
    Carlos cerró la puerta tras ella, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y deseo. —Laura, esto es un error —murmuró, pero su voz carecía de firmeza.
    Ella se acercó, dejando caer la gabardina al suelo. Debajo, llevaba un vestido ajustado de color burdeos que marcaba cada curva de su cuerpo. —Entonces, dime que me vaya —susurró, deteniéndose a un paso de él—. Dímelo ahora.
    No pudo. En lugar de eso, sus manos encontraron la cintura de Laura, atrayéndola hacia él con una urgencia que borró cualquier resto de razón. Sus labios se encontraron en un beso profundo, hambriento, que sabía a transgresión y a promesas rotas. Laura respondió con la misma intensidad, sus dedos deslizándose por el cuello de Carlos, desabrochando los primeros botones de su camisa con una destreza que delataba su deseo.
    El escritorio, testigo mudo de su primer encuentro, volvió a ser su refugio. Carlos la alzó con facilidad, sentándola sobre la madera mientras sus manos exploraban la suavidad de su piel bajo el vestido. Laura dejó escapar un suspiro cuando él besó su cuello, descendiendo lentamente hacia el escote, donde el tejido cedía ante sus dedos. El calor de sus cuerpos se mezclaba con el aroma a lluvia que se colaba por una ventana entreabierta, creando una atmósfera que los aislaba del mundo.
    Laura se arqueó contra él, sus manos recorriendo la espalda de Carlos, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa. Él, con una mezcla de reverencia y desesperación, deslizó el vestido por sus hombros, revelando la piel pálida que había imaginado en cada rincón oscuro de su mente. Cada caricia era un desafío a las reglas que los separaban, cada roce un paso más hacia lo prohibido. Ella lo atrajo más cerca, sus piernas rodeándolo, y el espacio entre ellos desapareció.
    El tiempo se desvaneció en un torbellino de sensaciones. Los dedos de Laura se enredaron en el cabello de Carlos, guiándolo mientras sus labios trazaban senderos ardientes por su clavícula. Él respondió con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus movimientos, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella antes de que la realidad los alcanzara. Los gemidos suaves de Laura, amortiguados por el roce de sus cuerpos, llenaban el aire, mezclándose con el latido acelerado de sus corazones.
    Cuando sus miradas se encontraron, había algo más que deseo: una vulnerabilidad cruda, un reconocimiento de lo que estaban arriesgando. Carlos acarició su mejilla, su pulgar trazando la curva de sus labios, y Laura lo besó con una intensidad que parecía querer detener el tiempo. Se movieron juntos, guiados por una necesidad que no podían negar, hasta que el mundo exterior dejó de importar. El escritorio crujió bajo su peso, los papeles cayendo al suelo, pero ninguno lo notó.
    Cuando todo terminó, se quedaron allí, jadeantes, con los cuerpos aún entrelazados. Laura apoyó la frente contra el pecho de Carlos, su respiración cálida contra su piel. Él la abrazó, sintiendo el peso de lo que habían hecho. El silencio era frágil, cargado de preguntas sin respuesta.—No quiero que esto termine —susurró Laura, su voz temblorosa pero firme.
    Carlos cerró los ojos, atrapado entre el deseo de aferrarse a ella y el miedo a las consecuencias. —Laura, esto nos va a destruir. Ella levantó la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y ternura. —O nos hará libres.
    Recogió su gabardina y, con un último beso que prometía más, salió del despacho. Carlos se quedó solo, con el eco de su presencia y el caos de sus emociones. Sabía que había cruzado un umbral del que no había vuelta atrás, y aunque el miedo lo atenazaba, una parte de él no podía esperar a verla de nuevo.

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  • Mamada de una trans

    Mamada de una trans

    Conocí a una trans por Facebook, era una morena cabello largo negro y un culote bien operado que varias veces me lo cogí, pero es otra historia…

    Ella tenía unos 33 años aproximadamente y yo 18. Decidimos en vernos al lado de mi casa como a las 10 u 11 de la noche ya que vivíamos relativamente cerca y también al lado de mi casa había como un terreno, dónde había una casa y vivía gente, pero como era de noche no se veía nada.

    Quedamos en que ella iba a venir y yo iba a estar por ahí cerca y al verla que venía a cierta distancia nos miramos y yo me metí primero al terreno atrás de la casa y ella más atrás venía yo me baje el shorts y dejé mi verga libre casi erecta, ella llegó y de una vez se agachó y empezó a chupármela, una de las mejores mamadas que me han dado, era un experta en chupar verga lo hacía como si tenía mucho tiempo sin hacerlo, en la manera que cabeceaba ufff yo solo miraba y disfrutaba como lo hacía soltando ciertos gemidos.

    Luego ella se pone de pie y se voltea, tenía una falda y un hilo negro se subió la falda y se puso a un lado su hilo, agarró mi verga y la puso en la entrada de culo y yo solo empuje hasta meterlo todo y ella gimió “aahh” empecé a coger ese culo estrecho y cerradito que tenía, después de varias embestidas le dije que quería acabar en su boca, ella se volteó y se agachó y empezó a chupar y succionar mi verga como si fuera la última verga que iba a mamar en su vida. Parecía un becerrito buscando su leche, que delicia.

    Parecía una aspiradora, cabeceaba muy rápido hacia atrás y hacia adelante y así estuvo aproximadamente 1 minuto sin parar, cada cabeceada que hacía sonaba como un perro tomando, y se sentía de lo mejor.

    Intenté agarrar mi pene con mi mano ya que no quería terminar aún, pero de la manera en como me la chupaba era imposible, entonces ella me agarró la mano y me la quito y le dije voy a acabar y siguió cabeceando muy rápido hasta que sentí como mi pelvis se contrajo e inunde su boca de mi semen que era mucho, ya que tenía como 3 semanas sin masturbarme ni nada, y aún después de llenar su boca de semen siguió chupando un rato más y luego se la tragó completica.

    Después se levantó se acomodó y se fue a su casa. Ese día dormí como un bebé gracias a esa increíble mamada.

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  • ¿Qué le pasa a mi ordenador?

    ¿Qué le pasa a mi ordenador?

    Dejé para el final de la mudanza el ordenador. Cuando todos los muebles estaban colocados y mi nuevo piso estaba listo para ser habitado me dispuse a instalar mi ordenador. No tardé mucho en conectar todos los cables, pero al encenderlo no pasó nada. Pero nada de nada; ni se encendía, ni hacía ningún tipo de ruido ni nada por el estilo. Nada.

    ¡Mierda! ¿Y ahora qué hago? Debería haber dicho que acababa de instalarme en la ciudad (de ahí la mudanza) y no conocía a nadie, mucho menos a una persona que pudiera solventar mi ignorancia informática. Vaya faena. Y yo tan contento con el cable del edificio que me permitiría conectarme por fin a una velocidad digna y poder bajarme todos los videos que necesitaba para ocupar mis noches solitarias en mi nuevo hogar.

    Después de revisar la instalación y lamentarme durante un buen rato por no encontrar el posible fallo, decidí buscar una tienda de ordenadores donde me pudieran asesorar. Bajé a la calle y no tuve que caminar mucho; enseguida encontré una tienda. Entré, conté mi problema al chico que me atendió y pregunté qué podríamos hacer. Me indicó que este tipo de cosas solía hacerlas una vez cerrada la tienda, a las 8 de la tarde, en el propio domicilio del cliente. Me pareció buena idea, le di mi dirección y me encaminé de nuevo a casa, aprovechando el viaje para comprar unas cosillas en el super.

    Hasta que me senté en mi nuevo sofá no me di cuenta de algo: aquel tío estaba muy bueno, ¿no? Con el problemilla no me había parado a ver al fulanito en cuestión, cosa rara en mí, por cierto… Pues sí, estaba bueno. Era un tío como de 40 años, alto, fuerte, muy viril. El recuerdo repentino de aquellas manos enormes, aquellos pelos de los brazos, aquella voz, empezaron a hacer mella en mi entrepierna. Decidí que sería mejor pensar en otra cosa y aproveché para darme una ducha mientras no venía el técnico.

    A eso de las 20.15 sonó el timbre del telefonillo y era Miguel (así me había dicho que se llamaba). Le hice pasar al saloncito y le enseñé el ordenador. Miró todos los cables uno por uno para comprobar que cada uno estaba en su sitio. Probó a encender y nada. Yo, mientras, me deleitaba, esta vez con más detenimiento, en su ancha espalda, su hermoso culo, apretado en el pantalón vaquero y sus brazos fuertes y velludos.

    Más de una vez, al volverse para comentarme algún particular, me pilló mirándole con total descaro, pero no pareció mosquearse, puesto que me sonreía de una forma que en aquel instante no supe interpretar. Cuando creyó que había encontrado el problema, después de abrir la caja, me dijo: “Aquí está; tienes este cable que sale de la placa suelto, debió ser con el movimiento”.

    Al acercarme por detrás de él mi ya morcillona polla chocó contra su culo. Al principio me retiré un poco, pero después decidí probar y me pegué de nuevo a él, inevitable, en principio, al tener que asomarme al interior de la CPU para que me señalara el cable en cuestión. Pude oler entonces su cara y fresca colonia.

    —Hueles bien, le dije. Ya me dirás cual es esa colonia.

    —Pues no sé ni como se llama, me la compra mi novia —respondió.

    Entonces me separé de golpe, porque ahí creí perdida mi oportunidad.

    —Aunque tenga novia, puedes seguir con lo que hacías. —Esto lo decía mientras se incorporaba y se daba la vuelta, para situarse cara a cara conmigo— Noté como me mirabas, y yo no pierdo nunca la oportunidad de probar un machito como tú.

    Entonces se fue acercando más y dejó caer sus labios sobre los míos. Fue un besito sutil que pronto se transformó en una lucha por entrar con su lengua en mi boca, que ya estaba dispuesta a recibir todo lo que él quisiera. Nos abrazamos, de manera que sus manos fueron recorriendo mi espalda hasta llegar a mi trasero. Con sus manos en mis nalgas, me atrajo más hacía él y pude sentir como su polla, que ya se sentía algo dura, se juntaba con la mía sobre la ropa. Yo también acaricié su cabeza, su cuello, y me despegué por un momento de su boca para besarle el cuello, lamerle las orejas y volver de nuevo a su boca.

    Despacio nos fuimos sacando la ropa que llevábamos. No fue difícil porque al ser verano ambos íbamos con una camiseta y un vaquero. Al sacarle la suya vi por fin un enorme pecho lleno de pelo negro y grueso. No pude resistirme y bajé hasta aquella selva para lamer, chupar y morder sus pezones y recorrer con la lengua su torso y abdomen.

    Ya que estaba cerca, y después de sacarme también mi camiseta, acerqué las manos a su cinturón y lo desabroché para poder bajarle el pantalón y bóxer, para descubrir ante mí un enorme falo circuncidado que apuntaba al cielo. Le cogí de la mano y le acerqué a mí para poder sentarme en el sofá y tener aquella maravilla a la altura de mi boca. Primero besé suavemente su apetecible glande y luego me lo metí en la boca directamente.

    Mi primera succión provocó en Miguel un quejido de placer, con lo cual decidí concederle más instantes como aquel y seguí con mi tarea de lamer y chupar su polla. Estuve así un buen rato hasta que me pidió que parase. “Yo también quiero hacer algo por ti”, dijo. Entonces se arrodilló y con mi ayuda me sacó el pantalón que todavía tenía puesto. Pudo descubrir mi polla, más pequeña que la suya y sin circuncidar. Jugó un rato con mi prepucio, subiendo y bajando, hasta que mi glande rosadito y húmedo le resultó lo suficientemente apetecible como para metérselo en la boca y tocar su campanilla.

    Me hizo una mamada monumental. Pero no le dejé seguir mucho rato porque no quería correrme tan pronto. Así que después de besarnos una vez más, después de acariciar nuestros respectivos pechos (el suyo un placer de pelos, el mío bastante más lampiño), me levantó las piernas sobre sus hombros y acercó su polla a mi culo. Se puso el condón que sacó del bolsillo de su pantalón tirado en el suelo y presionó ligeramente.

    Yo ya estaba bastante dilatado (no era mi primera vez) pero aun así colocó un poco de saliva en su mano y polla para hacer que ésta se deslizara dentro de mí y me provocase un placentero alarido. Ya completamente abierto para él, comenzó una serie de embestidas que hacían que sus huevos chocasen contra mi culo, generando cierto cosquilleo de sus pelos en mis nalgas. Yo podía contemplarle entero ante mí, y aproveché para acariciar nuevamente aquel cuerpo majestuoso.

    Al poco rato agarró mi polla y comenzó a masturbarme, primero lentamente, luego con más furia, para conseguir que me corriera abundantemente sobre mi pecho y abdomen. Entonces aceleró mucho sus jadeos para, casi de repente, detener sus movimientos, señal de que también había llegado a la maravillosa explosión de placer que le provocó aquel orgasmo. Sudoroso y cansado, dejó caer su cuerpo sobre el mío y me besó nuevamente. Más relajados ambos, le invité a tomarse una ducha para que se marchase a visitar a su novia aseadito.

    Mi primer día en aquella ciudad fue muy placentero, pero no pasó mucho tiempo antes de que mi ordenador se estropease de nuevo y tuviese que recurrir otra vez a los servicios de Miguel.

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  • Economista y prosti: El bukkake

    Economista y prosti: El bukkake

    ¡Hola! Disculpas a mis lectores pues por un error al subir mi relato anterior quedó inconcluso. Les relato aquí el bukkake al final de la partida de póker.

    Finalizo el relato ahora ya de regreso de Argentina, y en pocos días les subo mi aventura en Buenos Aires invitada por Tib.

    Cuando entré totalmente desnuda, les encantó, algún aplauso, algún “Ohhh” y pasé dos veces frente a los ex jugadores de póker, ex jugadores pues ya ni se acordaban del juego ja ja.

    Les dije que me encantaría sorprenderlos con algo, pero solamente a los que se atrevieran a desnudarse.

    Tommy y Sam fueron los primeros en comenzar a desvestirse, para dar el ejemplo, y el resto lo fueron haciendo de inmediato.

    Me quité los stilettos para no enredarlos en el plástico que cubría el colchón que habían puesto Sam y Tom en el piso, y me arrodillé.

    Lentamente comencé a mojar mis dedos con saliva y a masturbarme mientras los concurrentes se iban acercando. En general masturbaba mi concha, pero a veces estiraba el brazo hacia atrás y me acariciaba el culo, tanto raya como orificio.

    Era evidente que todos se excitaban. Hice una rápida mirada a todos, pese a que me gusta cerrar los ojos al pajearme), y vi a casi todos erectos, y uno de ellos… ¡Uhhh! ¡Que verga! Gruesa y larga… no pude menos que pensar que “ojalá pueda pagar y me busque en el futuro”.

    Al verlos ya erectos, Tommy dijo: “Acérquense amigos, pueden acariciar”.

    Se abalanzaron sobre mí, tetas y culo fueron sobados, acariciados y besados o chupados (lo cual sí se lo permitimos), en la medida de lo posible me seguía masturbando y los incité a hacerlo.

    Cuando vi que ya todos se masturbaban, aunque sin dejar de tocarme, lamerme o chuparme, hice una seña, convenida previamente a Tommy y Sam.

    Tommy conectó el cañón proyector de imágenes a su teléfono, y Sam se tendió en el piso.

    Ya proyectando imágenes a la pared, monté a Sam y Tom filmó en primer plano el momento en que me entró la verga y comencé a subir y bajar sobre Sam, con la concha bien estirada alrededor de la verga de Sam.

    Fueron uno o dos minutos, todos se masturbaban, algunos miraban de cerca nuestros cuerpos y otros contemplaban las imágenes proyectadas a la pared.

    Me salí de Sam, me puse en cuatro y Tommy pasó el celular a Sam para que filmara.

    Mi marido se ensalivó la pija, me ensalivó generosamente el esfínter y siempre con Sam filmando primer plano, me la fue metiendo de a poco, la sacaba, volvía a meter cada vez más y cuando estuvo metida hasta los huevos, hizo un poco de delicioso vaivén, los concurrentes se pajeaban desesperadamente.

    Tommy hizo cuatro mete saca rápidos, frenéticos, y se salió de mi culo.

    Sam cortó la filmación. Yo volví a arrodillarme y con picardía abrí la boca y saqué la lengua, al tiempo que hice a todos señas de acercarse.

    Ya con todos a menos de medio metro de mi cuerpo, llegó el espera de Tommy, recto a mi cara el primer chorro y a mis tetas el resto. “Gracias” le dije mientras me corría semen hacia los labios.

    El siguiente fue Sam. Se fue hacia atrás y dirigió su chorro hacia raya del culo, no fue mucho, ya le quedaba poco ja ja, pero lo sentí correr hacia el estriado y algo pudo seguir hasta mi concha.

    Extasiada, cerré los ojos y dejé que el resto hiciera lo que quisiera, no tenía dudas, quería que todos me acabaran encima.

    Lo fueron haciendo, tetas, cara, una vez abrí la boca y alguien aprovechó, otro en la espalda, más abundante que Sam, y el último también en mis tetas.

    Cuando terminaron, no podía autorizarles más que eso, me puse a masajear todo mi cuerpo con la leche que me corría por todos lados. ¡Habían acabado siete hombres sobre mí! Un placer difícil de transmitir de mi mente a palabras escritas. De todos modos, algo a repetir, sin duda, y si son más machos, mejor, esto no cansa, y se siente muy muy bien.

    Pasé a ducharme, y al regreso ya todos ellos se habían limpiado con toallitas de un paquete que había llevado Tommy.

    Fui a la ducha desnuda y desnuda volví. Ya con los tacazos puestos.

    Improvisé algo, un juego mínimo pero divertido. Hice formar un círculo a los invitados desconocidos. En el centro del círculo Tom y yo.

    Me hizo girar varias veces para desorientarme, y al detenerme, aún con los ojos cerrados , señalé a un invitado. “¿Quisieras chuparme la concha? ¡Claro que sí!, exclamó eufórico.

    Me acosté de nuevo sobre el colchón, evitando las manchas de semen ja ja, y abrí bien las piernas. Le di como tres minutos de tiempo chupándome la concha sin restricciones, concha, clítoris, todo.

    Nos levantamos y solamente dijo “¡Una delicia!” Fue el fin de la reunión. Les repartí mi tarjeta, ofreciendo mis dos tipos de servicio. Estoy segura de que algún nuevo amigo/cliente saldrá de esta reunión.

    Uno de ellos preguntó si de verdad soy casada. Y obvio, respondí que sí y que el que me contrate, si lo desea podrá comerme frente a mi marido (eso excita a todos y cada uno de los hombres que conozco íntimamente, y también y especialmente a mi marido).

    Será hasta el próximo relato, acerca de mi ida (sola pues Tommy estaba ocupado) a Buenos Aires, invitada por Tib, a algo muy especial. Y se sumó un almuerzo sin sexo posterior, con una famosa, que Tib me prometió que disfrutaremos juntos (ojalá).

    Un beso a todos.

    Sofía.

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  • Juegos húmedos

    Juegos húmedos

    Después de tres horas de ejercicio físico sobre la bicicleta llego a casa. Primeros días calurosos del año: 26 grados al sol. Mi cuerpo está cubierto de sudor por el esfuerzo y esto hace que tenga la muy ceñida ropa pegada aún más a mi piel. Dejo la bicicleta en su sitio y me dirijo directo a la ducha.

    Deseo sentir el frescor del agua correr sobre mi anatomía. No llevo muchas prendas, así que tardaré poco en notar esa sensación. Me deshago primero de las zapatillas deportivas y de los calcetines. Abro la cremallera del maillot azul y me desprendo de él dejando mi torso desnudo.

    Mis pequeños y marrones pezoncitos sobresalen de mi pecho como consecuencia del roce con la azulada camiseta ciclista. Llevo las manos a mi cintura y lentamente comienzo a bajar el culotte negro. Apenas lo hago descender unos centímetros y aparece mi pene desnudo, liberado del apretado pantalón deportivo. No tardan en aparecer mis testículos cubiertos de una ligera capa de vello castaño.

    Hago deslizar la oscura prenda por mis musculosos muslos hasta que llega a los pies. Levanto primero uno, luego el otro y el culotte queda en el suelo. Descorro la mampara de la ducha, entro dentro y la vuelvo a cerrar.

    Abro el grifo hasta lograr un agua templada, tomo la pistola de la ducha, la elevo por encima de mi cabeza y el agua empieza a humedecer mi corto cabello. Todo mi cuerpo comienza a mojarse de arriba abajo. ¡Por fin la sensación deseada!

    Extiendo el champú por mi cuero cabelludo hasta dejarlo cubierto de espuma blanca. Me aplico un aromático gel de baño por mi cuello, por mis brazos y mi torso. Voy descendiendo hasta alcanzar mi vientre. Allí masajeo la zona haciendo varios círculos con mi mano. En cuanto bajo un poco más siento el contacto con mi polla. Restriego sobre ella la palma de mi mano hasta que mi miembro empieza a endurecerse.

    Pienso en la petición que me hizo mi novia esta mañana temprano y lo que ella me prometió que haría. Eso queda entre nosotros dos. Con solo recordarlo y ayudado por mis tocamientos mi verga sigue ganando grosor y tamaño, completamente cubierta de agua. Acaricio todo mi paquete notando a la perfección la forma de mis bolas. Enrosco mi miembro entre mi mano y empiezo a masturbarme.

    Con lentitud me agito varias veces mi pene. La pistola de la ducha, colocada ahora sobre su acople en la pared, no para de soltar agua que va dirigida directamente a mi miembro. Mi mano se sigue moviendo, sin prisas pero incansable. Recorre mi polla una vez en toda su extensión, luego otra, una más. Ya estoy totalmente empalmado. El incesante goteo del agua se siente maravilloso sobre mi endurecido miembro. Acelero y paso a agitar mi pene con mayor intensidad.

    El rojo glande ya está fuera y sobre él se mezcla mi viscoso flujo con el agua de la ducha hasta que el primero queda diluido en un abrir y cerrar de ojos. Aprieto más y deslizo mi mano sin interrupción desde la punta de mi polla hasta la base. Repito la acción decenas de veces percibiendo con cada una de ella cada vez más placer.

    Noto cómo mis testículos se bambolean duros con cada movimiento de mi mano sobre mi verga. Miles de gotitas de agua disparadas a chorros golpean mi glande y su pequeño agujerito central. Esa sensación es indescriptible y excitante.

    Doy el arreón definitivo, quiero correrme ya, lo necesito. De forma brusca machaco mi pene grueso varias veces, entero, en toda su longitud. La piel que lo recubre se mueve frenéticamente hacia delante y hacia atrás. Noto el cosquilleo en mis bolas y las primeras contracciones en mi abdomen y en mi bajo vientre.

    Una agitación más, otra, una última más fuerte y no resisto más: varios chorros de semen níveo salen lanzados del palpitante orificio de mi glande estrellándose sin control alguno contra la mampara y los azulejos de la ducha. Suspiros de placer llenan todo el baño mientras el agua limpia los restos de esperma que brotan ya más tímidamente de mi pene.

    Me seco, salgo de la ducha y comienzo a vestirme con ropa cómoda. No me pongo bóxer: era una promesa. Ahora sólo toca esperarte.

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  • Son sólo cuerpos

    Son sólo cuerpos

    Hay cuerpos que callan en un abrupto silencio; otros, que simplemente exclaman en un final abrupto un simple gemido; e incluso hay algunos que ni el más ruidoso de los mares podrá acallar su canto.

    Pero son cuerpos, son unión y son pasión; si se acallan del todo, también acallan la vida misma.

    Tanto el hombre como la mujer gozan de compartir sus cuerpos unos con otros, otros con uno… y así, lentamente o de una manera muy fugaz, los cuerpos gimen, se retuercen y cantan al ritmo de un sin cesar de pasiones y de amores.

    Al hacer el amor, los cuerpos cambian sus colores, intercambian sus sabores y disfrutan de los olores y aromas que invaden el lugar.

    Desde los más jóvenes cuerpos hasta los más veteranos, han de disfrutar en cada instante de compartir con otros cuerpos momentos delirantes.

    E incluso hay cuerpos que prefieren la compañía de su sombra sobre una alfombra, pues disfrutan del ambiente de compartir consigo mismos los deleites del placer.

    Por eso un consejo, de alguien que experimenta día a día, disfruta de los cuerpos y de su compañía, pues nadie podrá quitarte esa experiencia, de vivir aunque sea un instante un cuerpo, una fantasía.

    Este es un texto sin forma, con frases sueltas, pero que contienen un mensaje. Espero que disfruten, aunque sea un poquito de este, y que puedan experimentar la pasión y la lujuria tranquila de tener un cuerpo deseado, incluyendo el tuyo.

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  • Cumple de Cele

    Cumple de Cele

    Continúa de nuestras historias anteriores.

    Me llamó Esteban para invitarnos al cumpleaños de su pareja, Cele, pidiendo el muy cabrón que me ponga vestido y sin tanga de la noche que me cogió en Brasil. Le respondí melosamente; es un vestido playero, no para una fiesta.

    -El cumple va a ser muy sencillo, solo unos cuantos amigos nuestros, con ropa liviana y sencilla, así me vas a tener toda la noche con la verga dura. Jejeje. Me dice. Mientras siguió recordando, nuestro último encuentro en la fiesta swinger y como le gustó dármela por el culo.

    Al fin llego el día, nos preparamos para ir a la fiesta, me estaba vistiendo con el vestido que Esteban me había pedido, que es suelto, liviano ideal, para una noche de verano con mucho calor, tal cual pintaba. En tanto le contaba a José que iba sin corpiño y sin tanga, lo que provoco solo al verme que se le pare la verga, para comprobarlo metió su mano por la parte de atrás para sentir mi cola desnuda, por el frente tenía un buen escote que oprimía mis tetas con un elástico con los pezones bien marcados para que sean visibles.

    Nos citaron temprano a la fiesta, se supone que vamos a ser pocos invitados por lo que nos comentó Esteban. De regalo le llevamos lencería muy sexy. Entramos a la fiesta, todo muy elegante, sonaba música, en tanto nos ven y se acercan a saludarnos, aprovechando para darme un abrazo y un beso que rozo la comisura de mis labios, y cele lo mismo a José, le dimos su regalo, sentí como sus ojos se clavaban en mis piernas, para detectar si en verdad estaba sin mi tanga, porque mis tetas eran evidentes que no traían satén.

    Las copas corrían con todo, yo bailaba con Esteban, hasta que la música nos da un descanso, aprovecho para acercarme a José y le comenté que no pierde oportunidad de echarme piropos, de recordar lo rico que cogimos, agradecer por el vestido que estoy usando, y asegurarse que no traigo nada abajo, rozando su pija dura en mi conchita. Cosa que José ya se había dado cuenta.

    También me contó los últimos pecados de Cele, me comentó que ella está cogiendo con su profesor de tenis, que le cuenta todos los detalles y que quiere desquitarse conmigo esta noche… jajaja

    Cele es de familia muy adinerada, como ya les conté, por lo que va a un exclusivo club con profesor de tenis. Claro, que el profesor está invitado esta noche por si se lo quieres coger para festeja bien su cumple.

    Cele se acerca a nosotros, y me confirma cual era el profe y que se lo estaba comiendo con el permiso de Esteban desde hace unos dos meses. Preguntándome, que me parecía. Jajaja.

    -Muy bueno, él sabe, nuestra historia, le respondí.

    -Sí, me dijo, no se espantan de nada, aparte tengo muchas ganas de coger con Ustedes y si no se oponen lo puedo invitar, dijo Cele.

    Pasó un mozo me dio una copa de champaña y unos deliciosos bocadillos, la música tocaba un lento. Sorpresivamente Cele saca a bailar a José en medio de la pista, lo abraza con fuerza refregando su entrepierna por la pija de él, y su mirada me buscaba con una cara cómplice, ya estaban planeando el final de la noche.

    La llamaron para partir la torta, se acercó a mi lado se veía preciosa y radiante, le pregunte; ¿Y… esa carita feliz de que es?…

    Me dieron ganas de ir al baño, había una enorme fila en el baño de visitas, entonces recordé el baño que hay en la habitación de ellos, subí las escaleras, cuando salí estaba Esteban esperándome sin decir más me tiro en la cama me subió el vestido y me dio una chupada riquísima luego se abrió el pantalón, me metió una cogida muy caliente y rápida, estaba muy acelerado para llenarme de leche caliente fuera de mi cueva ensuciando un poco mi vestido, nos recompusimos y salimos cada quien por su lado, para disimular con los demás invitados.

    En eso dijeron en voz alta que Cele pida tres deseos, José se acerca y me dice: ya me incluyó en uno. Jajaja. En lo que cogías con Esteban, me aseguró que vamos a cerrar la fiesta juntos. Todo mundo abrazaba a la cumpleañera nos formamos en la fila, le deseamos feliz cumpleaños con un fuerte abrazo mientras besamos sus mejillas la hicimos sándwich, y le digo, quiero también al profe, para cerrar la noche.

    A Cele se le ensucio el vestido con una copa de vino que un amigo borracho le volcó, se disculpaba con sus amistades diciendo que se iba a cambiar de ropa. Subió a su habitación donde minutos antes estuve con Esteban, mis ojos de fueron con José que subió detrás de ella y lo pude ver cuando cerraba la puerta.

    No tardó mucho en salir de la habitación ella, lo suficiente para cambiar el vestido y alguna cosita más. José esperó unos cinco minutos en bajar la escalera, para que no sospechen lo invitados que a esa altura no se daban cuenta de nada, todos estaban muy alegres con la bebida que tomaron.

    Muchos de los invitados ya estaban ebrios, una pareja se besaba en la boca con mucha pasión, otra discutía acaloradamente, otros bailaban, para ese momento ya eran como las tres de la mañana.

    Los mozos nos servían copas a una velocidad tremenda, tenía uno el vaso a la mitad y ya estaba servida la otra, muchos de los invitados ya se estaban despidiendo. Yo me acerco con mi copa de champaña para hablar con Diego el profe de tenis, que a esa altura era uno de los más recatados. Había un sonido ambiental suave, con música lenta.

    Mucha gente se despedía, hasta que quedamos solo nosotros y el profe, Cele, Esteban y José pasaron al living de la casa, que está impresionante con una gran barra con sillones, uno en un rincón en forma de L, dos mesas redondas pequeñas con una decoración muy moderna con una luz tenue con algunos detalles de luz morada de neón, mientras el profe sigue conmigo en el salón en una charla que cada vez se pone más caliente.

    Al levantarnos para ir al living con los demás, con mi borrachera y calentura, aprovecho para rozar con mi mano su paquete, él no lo esperaba, tirando todo el contenido de la copa que tenía en la mano. Ahí no tardo nada en reaccionar en acariciar mis nalgas y darse cuenta que no traía nada. Salí caminando lo más sexy que pude, al hacer varios pasos levanté mi vestido para que pudiera ver bien mi cola.

    Al llegar al living, veo la tanga y el vestido en el suelo de Cele que estaba con José en la barra, metiéndole manos por todos lados. Hasta que se inclina dejando su culito, para ese momento José ensartarle su verga.

    Me siento en uno de los sillones, cruzada de piernas, al tiempo que veo entrar al profe, que posó sus ojos en ver como cogía José a Cele. Para llamar su atención fugazmente descruzó mis piernas para que quede mi conchita húmeda y depilada a su vista. Se acerca a mí, con mis manos desabrocho el pantalón, lo tiro al suelo, al mismo tiempo que se sacaba los zapatos, meto una mano para que aparezca una pija gruesa, no muy larga, arrimándola a mi boca.

    Me ayuda a sacar mi vestido, me recuesto, se tira sobre mí, y de inmediato mete su verga en mi concha, sus manos en mis nalgas empujan contra él para hacer una penetración más profunda.

    En eso regresa Esteban que había ido al baño, -¡al fin se fueron los borrachos! Dice y pregunta; ¿Cómo está la cumpleañera?… ¡Muy bien he disfrutado mucho de la fiesta! Al tanto que José le sacaba la pija. Ahora nos toca a nosotros divertirnos.

    Empinamos las copas, y servimos otras, Esteban se sentó a un lado mío, cuando el profe saca su verga de mi concha. Acto seguido Cele se sube del profe y empieza una cabalgata terrible, dejando su culo a la vista de José que inmediatamente entendió que debía acercarse y colocar su pija en el centro del asterisco, con un duro empujón.

    Esteban me toma de la cintura dándome vuelta y dejándome boca abajo, mirando al frente donde podía ver perfectamente como ensartaban a Cele en una doble penetración genial. Esteban está obsesionado con mi culo, si bien ya lo tuvo varias veces, levanto mi cola y con un empellón puso de dura verga dentro de mi cola, sacando un grito, mezcla de dolor y placer.

    La cintura de Cele se quebraba entre los dos que la estaban perforando, si bien el profe debajo no se podía mover mucho, tenía una vista privilegiada al ver las dos vergas dentro, y disfrutar con Esteban se movía lentamente, yo sin moverme le dejaba hacer todo el trabajo, solo retrocedía golosa algunas veces, era muy difícil contenerse pues nos estábamos pegando una culiada lenta reprimida pero muy sabrosa y morbosa, viendo el espectáculo que teníamos enfrente.

    Esteban de pie empujaba estrujando mis tetas con todo, Cele jadeaba, gemía, gritaba con todo por la experta que es. Exclamando: Gordo, ¡me está culeando muy rico! ¡Aaaah me estoy viniendo! Para explotar en un orgasmo infernal, sin perjuicio, lanzo insultos y alabanzas a las vergas que la estaban perforando y largando semen dentro de ella.

    Esteban no sabía qué hacer, si detenerse a ver a su pareja o seguir dándome pro el culo, una vez terminaron ahí inicio un brutal ponga y saque en mi culo, haciendo que mi ano sienta cada empellón para descargar su leche caliente. Me entró mucho morbo cuando sentí la boca Cele rozando mis labios primero y después su lengua en mi concha tomando algún resto de leche que había por ahí.

    Caímos rendidos sobre el sillón, José se tragaba los pezones de Cele mientras le estrujaba las nalgas con mucha fuerza.

    Esteban que presume de seguro de sí mismo se quedó serio, estaba pasmado, por como quedó Cele, pareció que no daba más, estaba destruida por el alcohol y por la culiada que le habían dado. Yo le amenizaba el momento diciéndole; tu hembra sí que coge riquísimo, a la vez que el profe le abría las nalgas e introducía dedos mostrando la leche que salía dentro de cada orificio.

    Al rato Cele vuelve a tomar energías, ellos empiezan a pedirnos que hagamos un juego lésbico para ellos, Diego, el profe se puso de pie con su garrote ya levantado y nos tomó las manos, nos abrazó estrujándonos las nalgas besándonos los tres al mismo tiempo, rápidamente le empezamos a dar una mamada de campeonato. Cele dirigía la verga de la boca de ella a la mía para aprovechar cruzar nuestras lenguas.

    Esteban me chupaba los pezones viendo fijamente la verga del profe como se iba de boca a boca, José de inmediato puso a Cele en posición de perrito y lentamente se la empezó a coger, con la verga no tan tiesa, le daba con fuerza unos sonoros chirlos, Diego se sentó y yo sobre la verga de él dándole la espalda, entro toda como cuchillo en mantequilla, en tanto Cele se tira entre mis piernas emprendiendo con su lengua y boca una mamada de concha y pija y huevos que hizo nacer otra vez a la perra que llevo dentro, con mis gritos, gemidos.

    Cele saca a José que no lograba ponerla del todo dura y llama a Esteban que, si la tenía firme, rígida otra vez, luego de unos besotes de lengüita que se dieron bien cerca de mi conchita que seguía atravesada por la pija de Diego, lo obliga a seguir lo que ella estaba haciendo, lamer mi concha y la pija de Diego, la verdad me dio mucho morbo, logrando otro rico orgasmo, retorciéndome sobre el profe y apretando con mis dos manos la cabeza de Esteban para que chupe más fuerte.

    Estaba rendida, no quería saber más nada. Solo pensaba en dormir, así que me fui a preparar un café para disfrutar del espectáculo que seguramente venía.

    Diego le pedía; Cele quiero que te cojamos lo tres. Así vas a tener el mejor cumpleaños de tu vida. De inmediato Esteban se tiró sobre el sillón, ella con la poca fuerza que le quedaba sobre él, José como un imán con su pija penetro con facilidad el culo dilatado de Cele de un golpe, y el profe se pone delante de ella para que empiece a chupársela bien cerca la cara de Esteban. Así ella tenía todos sus orificios ocupados.

    Los cuatro estaban como volando con las pocas energías que le quedaban, Diego era el más fresco y estaba feliz como niño con juguete nuevo, hasta que Cele toma la cabeza de Esteban y juntos empiezan una mamada al profe, mezclando sus bocas, lenguas, saliva, -Ufff ¡que rica verga! decía, en tanto movía el culo como baile hawaiano mientras gritaba; ¡que rica están estas vergas!

    Los empujones que le metía José servían para que su boca se tragara profundo la verga, mas la presión con la que succionaba se notaba en la cara del profe que estaba cerca de acabar, era un ballet, como se movían los cuatro al compás. A ese ritmo no van a durar mucho.

    José resoplaba como ballena y le llena de leche el culo, ya al sacarla enseguida el resto lo desparrama sobre su espalda, casi al mismo tiempo el profe a llenar la boca de leche, seguía mamando con todo, seguía pegada, no le soltaba la verga, con Esteban a pocos centímetros viendo semejante espectáculo.

    Cele quedo tirada sobre Esteban, saboreando la leche que aún quedaba en su boca, José desparramaba su leche con su mano en su espalda y cola que aún continuaba abierta. El profe se incorpora, camina hacia mí con su sable ya flácido, pero brilloso de limpio, que seguía tirada en el sillón contiguo, nos acostamos clavando una de sus piernas entre las mías, acariciaba mis tetas, mis pezones, y yo solo rozaba con mis dedos sus huevos. Eran las cinco veinte.

    Yo dormí enroscada con el profe, José solo en un sillón y Cele y Esteban juntos en el sillón donde todo ocurrió esa noche.

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  • Llamas prohibidas

    Llamas prohibidas

    En la antigua facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, el aire olía a libros viejos y a café de máquina. Carlos, un profesor de Derecho Penal de 38 años, caminaba por los pasillos de la facultad con paso firme, su traje impecable contrastando con el desorden de su cabello oscuro, ligeramente salpicado de canas. Era conocido por sus clases apasionadas, su voz grave que llenaba el aula y esa intensidad en la mirada que hacía que sus estudiantes, especialmente las alumnas, no pudieran apartar los ojos de él.

    Laura, de 22 años, estaba en su último curso de Derecho. No era la típica estudiante que destacaba por sus notas, pero sí por su presencia. Tenía el cabello castaño ondulado, unos ojos verdes que parecían guardar secretos y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Siempre se sentaba en la tercera fila, con un cuaderno lleno de garabatos y una atención que, aunque disimulada, no pasaba desapercibida para Carlos.

    Era un jueves de octubre, y la lluvia golpeaba los ventanales del aula mientras Carlos explicaba con fervor la teoría del dolo. Laura, con una blusa blanca que dejaba entrever el encaje de su sujetador, jugueteaba con su bolígrafo, mordiéndolo suavemente mientras lo miraba fijamente. Él, en un momento de pausa, captó su mirada. Fue un instante, pero suficiente para que una corriente eléctrica recorriera el aire. Carlos carraspeó, desviando la vista hacia sus notas, pero el calor en su pecho no desapareció.

    Al finalizar la clase, Laura se acercó al estrado con una pregunta sobre el último caso práctico. El aula ya estaba vacía, y el eco de sus tacones resonaba en el suelo de madera. Carlos, apoyado en el escritorio, respondió con su habitual precisión, pero no pudo evitar notar cómo ella se inclinaba ligeramente hacia él, el perfume suave de su piel mezclándose con el aroma a lluvia que entraba por una ventana entreabierta.

    —Profesor, ¿puedo consultarle algo más… personal? —preguntó Laura, su voz baja, casi un susurro.

    Carlos arqueó una ceja, manteniendo su compostura profesional, pero su pulso se aceleró.

    —Depende de qué tan personal sea, Laura.

    Ella sonrió, dejando caer su cuaderno al suelo. Al agacharse a recogerlo, su falda se levantó apenas, revelando el borde de unas medias negras. Carlos tragó saliva, sintiendo cómo la línea entre lo correcto y lo prohibido se volvía difusa. Cuando Laura se incorporó, sus dedos rozaron la mano de él al tomar el cuaderno. Fue un contacto breve, pero intencionado.

    —Quería saber si alguna vez un profesor como usted… se ha sentido tentado por algo que no debería —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos.

    El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades. Carlos sabía que debía poner fin a la conversación, pero algo en la forma en que Laura lo miraba, con una mezcla de desafío y vulnerabilidad, lo mantuvo clavado en el sitio. Se acercó un paso, lo suficiente para que el espacio entre ellos se volviera íntimo, peligroso.

    —Laura, esto no es un juego —respondió, su voz más grave de lo habitual, casi un murmullo—. Hay límites que no se cruzan.

    —¿Y si yo quiero cruzarlos? —replicó ella, acercándose aún más, hasta que el calor de su cuerpo era casi palpable.

    Carlos cerró los ojos por un segundo, luchando contra el deseo que lo consumía. Pero cuando los abrió, la vio allí, tan cerca, con los labios entreabiertos y un brillo en los ojos que lo desafiaba a rendirse. Sin pensarlo más, la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, besándola con una intensidad que llevaba semanas reprimida. Laura respondió con la misma urgencia, sus manos deslizándose por el pecho de él, desabrochando un botón de su camisa con dedos temblorosos.

    El escritorio se convirtió en su refugio. Carlos la alzó con facilidad, sentándola sobre la madera mientras sus manos exploraban la suavidad de su piel bajo la blusa. Laura dejó escapar un gemido suave cuando él besó su cuello, descendiendo lentamente hacia el escote. La lluvia seguía cayendo afuera, amortiguando cualquier sonido que pudiera delatarlos. Cada caricia, cada roce, era una transgresión, pero ninguno de los dos podía detenerse.

    El tiempo parecía detenerse mientras se entregaban a esa pasión prohibida. Laura deslizó sus manos bajo la camisa de Carlos, sintiendo los músculos tensos de su espalda. Él, con una mezcla de ternura y deseo, desabrochó los botones de su blusa, revelando la piel pálida que había imaginado en sus noches más inquietas. Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con una urgencia casi desesperada, como si temieran que el momento se desvaneciera.

    Cuando finalmente se separaron, jadeantes, el aula estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue de una lámpara en el escritorio. Laura lo miró, con las mejillas sonrojadas y el cabello desordenado, pero con una sonrisa que decía que no se arrepentía de nada. Carlos, aun luchando por recuperar el control, le acarició la mejilla.

    —Esto no puede volver a pasar —dijo, aunque su voz carecía de convicción.

    Laura se inclinó y le dio un último beso, lento, prometedor.

    —Ya veremos, profesor.

    Se bajó del escritorio, recogió su cuaderno y salió del aula con una calma que contrastaba con el torbellino que dejaba en Carlos.

    Él se quedó allí, solo, con el eco de su perfume y el sabor de sus labios aún en la piel. Sabía que había cruzado una línea, pero en el fondo, no estaba seguro de querer volver atrás.

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