Autor: admin

  • Diez sementales para mi mujer

    Diez sementales para mi mujer

    Fernando siempre fue un amante del “descubrimiento”. Me decía que la vida se vivía mejor con una pizca de aventura. Así que cuando me propuso ir a una “fiesta temática” para celebrar los 40 de un amigo en común, no dudé en aceptar, aunque mi intuición me susurraba algo sobre lo que podría suceder. La casa estaba oscura, llena de gente casi desnuda y música que vibraba hasta en mis huesos. Fernando, como siempre confiado en sí mismo, se deslizó entre la multitud, dejándome sola con un vaso de vino tinto tembloroso en la mano.

    Justo cuando iba a buscarlo, una pareja musculosa me atrapó por los brazos. Ella era alta y morena, él bajito y corpulento, ambos con esa sonrisa pícara que te atrapa y te deja sin aliento.

    “Hola mi amor”, dijo ella acariciándome la cintura. “Te esperamos en el jardín”.

    Fernando reapareció justo en ese momento, pero me tiró un beso rápido en la mejilla y se integró a una conversación con otros hombres cerca del bar. El chico corpulento me guiñó un ojo y me jaló hacia afuera como si fuera un peón de ajedrez.

    El jardín estaba iluminado por faroles colgantes que proyectaban sombras alargadas sobre el césped húmedo. Un grupo de hombres negros, todos con cuerpos esculpidos como obras de arte griego, se abalanzaron sobre nosotros. Me sentí atrapada entre ellos como una flor silvestre en un campo de amapolas rojas.

    “Vamos a jugar un rato”, dijo el hombre más alto, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que me heló la sangre. “Eres preciosa”.

    La tensión en el aire era palpable. Me miraron con esa mirada hambrienta que solo los hombres negros tienen, y comprendí de golpe que no iba a ser una simple fiesta swinger. Era un ritual.

    Antes de poder articular una sola palabra, ya estaba desvestida y rodeada por sus cuerpos calientes que olían a musgo y tierra mojada. Les dije que estaba en mis días fértiles, que era riesgoso, que no quería tener hijos, especialmente no con hombres afrodescendientes. “Fernando debe estar enterado”, les dije, con un temblor en la voz mientras me agarraban con fuerza. Mis palabras cayeron como pétalos de rosa sobre el asfalto frío. Fernando, desde el otro lado del jardín, nos miraba con una mueca divertida.

    Ellos ignoraron mis súplicas. Los diez hombres negros se abalanzaron sobre mí uno a uno, penetrándome sin piedad, sin respetar mi cuerpo ni mi deseo de control.

    “¡No!”, grité mientras me hundía en un mar de placer salvaje que no era mío. “¡No eyaculen dentro de mí!”, les rogué con la garganta seca por el esfuerzo y el miedo. Pero sus cuerpos eran máquinas de placer imparables, sus gritos guturales resonaban como tambores ancestrales en mi interior.

    Fernando me miraba desde lejos, un escalofrío recorrió mi cuerpo al verlo disfrutar del espectáculo. Él se movía con la cabeza, con los ojos fijos en mí, mientras yo era devorada por esa ola negra de deseo.

    La sensación de estar mancillada por esos cuerpos tan diferentes a Fernando, me llenó de un dolor que iba más allá del físico. Finalmente, cansados y satisfechos, se retiraron uno a uno, dejando mi cuerpo exhausto sobre el césped húmedo.

    Fernando llegó corriendo hacia mí, con una sonrisa cómplice en los labios. “Bueno”, murmuró al besarme la mejilla con esa familiar calidez que me reconfortaba siempre. “No te preocupes, amor, era solo una experiencia divertida”.

    Pero yo sabía que no era solo eso.

    Veinte días después, mi regla no llegó. La náusea se apoderó de mí y mis senos comenzaron a doler como si fueran a estallar. El miedo me envolvió en un abrazo frío. Eran el resultado lógico después de que 10 potentes sementales negros dejaran su esperma en mi desprotegida y fértil vagina…

    El resultado de esa noche salvaje se revelaba cada día con más fuerza. La prueba estaba allí, clara como el sol: mi cuerpo albergaba la semilla negra de esa noche de sexo, fruto de una… orgía brutal y desafiante.

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  • Me pagaron una deuda, con una mujer (4): El castigo

    Me pagaron una deuda, con una mujer (4): El castigo

    Ya habían pasado diez días de que tenía a mi esclava temporal. La verdad que habían sido mucho mejor de lo que yo suponía, me sentía muy bien con Ana, y trataba que ella lo pasara igual. Digamos que nos complementábamos bastante bien, conversábamos mucho y ella cada día era más abierta conmigo. En el sexo ambos disfrutamos y bastante, incluso era un poco más participativa.

    Yo la seguía controlando, sin que ella se sintiera presa o perseguida por mi. En el trabajo ella era muy eficiente y organizada, tanto que nos sorprendió a todos, cada vez se le daba tareas más importantes y ella respondía satisfactoriamente. Le gustaba trabajar y más el ambiente en el trabajo, se sentía bien y orgullosa por lo que hacía, y se lo contaba a su prima. En eso diez días se había hecho bastante compinche de sus compañeras, incluso me pidió permiso para darle su número de teléfono, al instante la agregaron al grupo de WhatsApp, “las Brujas de la Oficina”, un grupo interno de ellas.

    En definitiva había visto un cambio profundo en ella. De una mujer triste, sumisa, con la mirada perdida y siempre mirando al piso, paso en diez días a una chica tímida, que hablaba poco y siempre tenía una sonrisa en el rostro, y una mirada más expresiva. En la casa ella se encargaba en su mayoría de las tareas del hogar, mientras que yo llegaba y trabaja un rato en mi oficina, también ayudaba un poco.

    Como dije ella estaba muy contenta con su trabajo, pero sobre todo con poder socializar con otras mujeres. Yo seguía revisando todo lo que llegaba a su teléfono a través de mi computadora, y en el grupo la bombardeaban con la relación que teníamos, ella siempre decía que éramos amigos y yo la estaba ayudando. Esa semana la invitaron para el sábado a la tarde a una salida de mujeres, en realidad se juntaban en un centro comercial, miraba que había en las tiendas y luego tomaban un café u otra cosa.

    Las Brujas de la Oficina, se componía de todas las mujeres administrativas que había en la empresa, eran cinco contado a Ana. Estaba Sonia que era la jefa, era la más simpática y sociable y la más grande, 35 años, gordita y casada hacia poco, de mi total confianza. Carla, flaca y alta, dos hijos y recién divorciada, 32 años. Sofía, la más linda del grupo, solamente le ganaba Ana, 30 años, pelo negro, ojos verdes, piel blanca y de novia. Luna, la más pequeña, en tamaño y edad, 25 años, creemos que sale con uno de los choferes de la empresa. Todas eran muy buenas chicas, y le habían aceptado muy bien a Ana.

    El día que la invitaron a la salida era miércoles, le dijeron con tiempo para que se organizara para el fin de semana. Yo lo leí en mi computadora, la notaba rara y no me decía nada, hacia las cosas de la casa, pero se la notaba distraída. Yo quería que confiara en mi y por sus propios medios me lo contara. En el desayuno, perfectamente preparado, se la veía pensativa.

    Yo: que te pasa, desde anoche que te noto rara- le dije mientras le limpiaba la boca con una servilleta- y no me digas nada, que estoy empezando a conocerte.

    Ana: no es nada importante amo- le hice una mirada que le corrió un escalofrió- es una tontería, las chicas de la oficina me invitaron a tomar algo, pero yo las rechace.

    Yo: ¿Por qué no?. Yo tengo confianza en ti, y sé que te portaras bien.

    Ana: En serio amo, de verdad me dejaría salir.

    Yo: Si, eres digna de mi confianza, diles que sí.

    Ni bien llego a la oficina, corrió a decirle la buena noticia. Como dije Ana se comportaba en muchos casos como una niña. Eso me daba la impresión del lavado de cerebro y sometimiento que había sido sometida por Juan Carlos.

    El nivel de parloteo fue nunca visto en esta empresa, hablaban de donde ir, de que hacer. Y como es de suponer, estabas tan distraída que metieron la pata. A decir verdad Ana metió la pata. La pobre en medio de tanta emoción cargo mal un pedido, cambio los nombres de los clientes, mando un camión con mercadería a 250 km de distancia de la empresa, cuando llego se dio cuenta que no habían hecho ningún pedido, en realidad el cliente que había hecho el pedido estaba 80 km en dirección contraria.

    Esto fue un descalabro por había clientes que no recibirían mercadería ese día. Esto me obligo a mí a subirme a un camión y llevarle la mercadería a esos cliente. Cuando volví a la empresa estaba bastante enojado, agarre a todas las administrativas juntas. Intente serenarme, aunque no podía.

    Yo: Hoy se ha cometido un error grave – intentaba sonar calmado, aunque por la cara de las chicas no parecía- es un error tonto que no debió pasar si prestamos atención- hice una pausa para respirar y vi que algunas me miraban con miedo, Ana parecía que se largaba a llorar en cualquier momento- Esto no puede volver a ocurrir, hoy se han tirado recursos de la empresa, sacrificio de los chicos del reparto que tuvieron que correr, y nuestro prestigio- todas estaban con la cabeza gacha- Ana a mi oficina ahora.

    Ana ni bien entro a la oficina se quedó con la cabeza gacha, si bien estaba compungida, y con mucho miedo, enfrento la situación y el problema y me dijo:

    Ana: Amo yo cometí el error, castígueme a mí, las chicas no tienen nada que ver.

    Yo: Esta bien que te hagas cargo, pero somos un grupo, si uno falla, fallamos todos. Por eso tienen que estar más atenta y aprender de este error, recibirás un castigo, pero en casa, ahora vuelve a tu puesto a trabajar y da lo mejor- Si bien quería sonar duro, no quería pasarme, quería mostrarle otro mundo a Ana.

    Ana volvió a su puesto y recibió el apoyo de todas sus compañeras, le daban ánimo y la alentaron a seguir. Como dije era el primer fallo de ella. Al terminar la jornada laboral nos fuimos a casa, yo la deje en esta, y le dije que tenía una reunión, que volvería para la cena. Ella parecía un ternero que se dirigía al matadero. Algo para resaltar, en el trabajo ella les había dicho a todo el mundo que vivía en la dirección que compartía con Juan Carlos, que era bastante lejos del trabajo, de ahí se tomaba el tren y yo la recogía en la estación y de ahí la llevaba al trabajo. Todo esto para evitar que se enteraran que vivía en mi casa.

    Llegue a un café donde me esperaba mi amigo Raúl, para contarme todo lo del caso contra Juan Carlos, pero también estaba un amigo suyo, eran un destacado Psicólogo que ayudaba a la policía y a la justicia sobre todo en casos de abuso y maltrato, en su campo en el país es considerado una eminencia. Yo había estado hablando con él por teléfono, si bien en un principio era reacio a darme cualquier tipo de consejo o ayuda hasta no conocer o tratar a Ana, término cediendo por las presiones de Raúl.

    Me tiro muchos datos buenos, pero lo que realmente me sirvió es que la persona que este con Ana, su pareja, debía ofrecerle toda la seguridad, ser el hombre que resuelva, el protector, y las decisiones importantes debían ser tomadas por esa persona. El hogar debía ser una zona segura, algo cálido para ella. Y lo mejor es que me dio algunos consejos para la cama, donde debía existir la rudeza y la violencia controlada, ya que sería un método de desahogo para ella.

    Pero después tendría que haber una compensación afectiva. Todo esto me sirvió muchísimo, incluso el doctor me recomendó conferencia de este tema que se podían encontrar en YouTube. Después de un rato más de charla, nos dejó solos, tenía que ir a dar clases a la Facultad, la verdad le mandaría unos vinos por su ayuda.

    Cuando nos quedamos solos con Raúl me empezó a contar como iba la investigación de Juan Carlos, la verdad era más jugosa de lo que pensaba. Habían podido clonar los teléfonos de él y su esclavo Miguel, por lo que podían ver y escuchar lo que hacían. También le habían colocados micrófonos y cámaras en su casa, más una vigilancia muy discreta.

    Juan Carlos la estaba pasando mal, de su sueño de ser capo de la marihuana, y posible socio del gordo Tony, paso a ser simplemente una mula. Por sus deudas y los últimos problemas en la ronda de póker de hace diez días, estaba hundido hasta el cuello de mierda. Entregaba la marihuana en parte de pago, y como no alcanzaba oficiaba él y Miguel como mulas llevando marihuana, pastillas y cocaína a las principales fiestas de la ciudad por la noche.

    Si bien ya tenían suficientes pruebas contra Juan Carlos y Miguel querían que estos les aportaran más pruebas contra el gordo Tony, pruebas que fueran irrefutables, y cuanto más tiempo estuvieran con él, más podían escuchar sus conversaciones. Aunque debía ser un equilibrio por que cuanto más tiempo pasara mayor era el riesgo que algo se filtrara. Por eso mi amigo me aviso que tuviera cuidado con él, por que algo estaba tramando.

    Ya en mi camioneta pude ver mi computadora, y vi que Ana le había escrito a su prima, y le contaba lo mal que estaba por el error de hoy. Estaba muy preocupada porque pensaba que le iba a retirar sus privilegios, el poder trabajar, tener amigas o el teléfono. También estaba amargada porque sentía que me había defraudado. Era algo de lo que me había hablado el psicólogo, la gente se acostumbra rápido a la buena vida. Ella estaba acostumbrada a una vida muy dura, y en comparación lo que yo le daba es un privilegio.

    Al llegar a la casa todo estaba impecable, ella había hecho una comida espectacular, luciéndose, estaba muy linda, se había arreglado. Quería congraciarse conmigo a toda costa. En la cena hablamos de todo un poco, de lo cansado que estábamos ambos, le pregunte por su prima, siempre lo hacía, me conto que seguía mal su relación con su pareja. Se la veían nerviosa o ansiosa por saber cuál sería su castigo, creo que tampoco espero que yo actuara como si nada, sin hacer mención al episodio.

    Ya en la habitación nos desnudamos como todas las noches. Pero antes que nada le ordene que se pusiera en cuatro arriba de la cama para recibir su castigo. Tardo una fracción de segundo como no entendiendo, pero lo hizo al momento. Amase y apreté bien fuerte sus nalgas, las repase mucho.

    Yo: Hoy perrita me has hecho trabajar mucho, y enojar más, creo que eso merece un castigo – le decía mientras seguía apretando sus nalgas- veinte nalgadas creo que serán suficiente para descargarme, cuéntalas perrita.

    No deje que asimilara lo que había dicho, cuando descarte mi mano en su culo, no fue fuerte, pero fue lo suficiente como para que le doliera, su nalga derecha quedó roja al instante y sobre la misma su otra nalga recibió el mismo tratamiento, ella llevaba muy bien la cuenta. Ya cuando llevaba diez ya tenían una erección bastante fuerte, la tenía dura como la roca. Seguí y no me detuve, mi mano ya la tenía cansada y su culo estaba de color rojo oscuro. Cuando termine ella suspiro, como si fuera un alivio, busque el bote de crema qué usaba para curar su ano, no había parado de aplicárselo en estos diez días desde que se lo había rotó. Ella me miró pero no dijo nada, ni se movió de su posición.

    Yo: como tu dueño debo de cuidar tu bienestar- dije mientras daba una lamida en sus nalgas, su piel se puso crespa y un escalofrío la recorrió- tranquila yo te cuido.

    Como había hecho en todo estos días aplique bastante crema en mis dedos. Mientras que mi lengua recorría sus rojas nalgas, buscaba aliviar el escozor. Mientras mis dedos masajeaban su ano, en un par de minutos su vulva estaba impregnada de sus flujos y eso que ni la había tocado ahí. Eso hizo que como acto reflejo llevara mi lengua a probar tal manjar, ella emitió un gemido que intento ocultar, tal vez pensó que su castigo era no disfrutar. Pensaba aprovechar eso a mi favor.

    Yo: no puedes acabar putita hasta que te de permiso.

    Ana: si amo.

    Seguí con mi lengua en su vulva, como queriendo separa sus labios, y mis dedos ya penetrando directamente su ano. Puse más crema en él, agradecí la recomendación en la farmacia de este que tenía efecto calmante en la zona.

    Me puse de pie tras ella, tomé mi miembro y apunte a su ano, ella se tensó un poco y sin parar fui introduciendo todo mi pene en su recto, podía sentir toda sus detalles y rugosidad, sé que le dolió un poco pero debía hacerlo así. Al llegar al fondo me detuve, ella había quebrado más la cadera dejando su culo bien levantado, facilitando mi penetración, respiraba pesadamente, quería aliviar su dolor una de mis manos fue a su vagina y la otra se dedicó a sus pechos, era la primera penetración que hacía desde la rotura.

    La fui trabajando acariciando, apretando y amasando sus tetas para terminar con un pequeño pellizco en sus pezones, mientras mi mano en su vagina hacia pequeños movimientos circulares. Mi pené seguía enterrado sin moverse. Cuando note indicios de que se estaba relajando y comenzaba a reaccionar a mis caricias decidí moverme suavemente.

    Yo: ahora si pienso domar a mi puta

    Comencé suavemente, pero sin pausa, mis movimientos cada vez eran más profundos, sin aumentar el ritmo, lento la sacaba casi toda y lentamente la metía hasta el final, mientras seguía dando caricias a sus pechos y vagina. Su respiración se hacía más profunda con cada penetración, yo notaba que hacía muchos esfuerzos para no llegar al clímax y desobedecer, yo notaba como se contenía y cada vez le era más difícil, mi mano en su vagina estaba empapada. Empecé a acelerar el ritmo en su ano, yo tampoco estaba mejor que ella estaba muy cerca. Mis envestidas en este punto ya eran salvajes, mientras mis manos estaban torturando sus puntos erógenos.

    Ana: amo por favor ya no aguanto.

    Yo: puedes acabar cuando yo lo haga, no antes.

    Seguí penetrando profundamente, mis caricias eran cada vez más salvajes, parecía que estaba ordeñando sus tetas, pero de donde goteaba ya el flujo era de su vagina, tenía las bolas empapadas, su columna vertebral arqueada lucia brillante de la transpiración. Y no aguante más la primera descarga en su recto desató su orgasmo, se liberó y con ella un potente squirts, sus contracciones anales hicieron que prácticamente ordeñara mi pene, y tres potentes chorros más regaron su recto, caí rendido a su lado, nos miramos y los dos estábamos con la boca abierta buscando aire.

    Nos costó un rato movernos, pero no dejamos de mirarnos, nos buscamos mutuamente hasta fundirnos en un beso, cuando nos separamos se quedó pensativa, cosa que me sorprendió.

    Yo: Que pasa mi putita, en que piensas.

    Ana: Nada amo, estoy esperando, su castigo – yo entendí lo que quiso decir, se refirió a que siguiera castigándola, pero decidí divertirme con ella.

    Yo: Bueno si quieres que siga castigándote vas a tener que esperar que se recupere mi amigo- dije mirando mi pene- o no digas que hiciste todo esto para que te trate así, la próxima vez hazlo con algo más barato jaja.

    Vi su cara de confusión hasta que entendió. Y no paramos de reírnos, fue un momento muy cómplice entre ambos pero cuando se pasó la risa ella seguía con dudas.

    Ana: Entonces amo, este es el castigo. Voy a poder ir a trabajar.

    Yo: Por supuesto, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Como mi empleada espero que haya aprendido la lección. Y como esclava ya estoy satisfecho con el resarcimiento, como dije si quieres otro castigo solo avísame, pero que no me salga tanta plata jaja.

    Ana: Tranquilo Amo, la próxima quemare la comida jaja- se la veía alegre y hasta con brillo en los ojos.

    Nos bañamos muy rápido porque ya era muy tarde, pero con muy buena onda, y entre chiste.

    Cuando nos acostamos lo hicimos cucharita, ya llevábamos un rato y yo tenía mi cara cerca de su nuca, el aroma a la crema y su olor corporal me mataba. Sentía un hormigueo en mi parte genital, estaba teniendo una erección sintiendo solamente el calor de su cuerpo sobre mí, y su aroma corporal, no quise desaprovechar la oportunidad, coloque mi pene erecto en sobre su vulva. Seguía olfateando su pelo, su cuello y nuca. Empecé a darle suaves besos en toda esa parte mientras mi mano acariciaba sus muslos y abdomen. Todo muy suave y con mucha ternura, mi pene se movía igual de lento en un vaivén entre sus labios vaginales.

    Esas caricias le llegaron profundamente ella bajo su mano y tomo mi pene, que seguía moviéndose en todo lo largo de su vagina, hizo un poco de presión y movió su cadera y mi pene entro hasta la mitad en su interior. Yo con mi boca seguía atacando su hombro, cuello y nuca, cada tanto me desviaba y mordía suavemente el lóbulo de la oreja. Ella resoplaba, y movía la cadera lentamente, era un juego de caricias y mimos. No aguantamos muchos y ambos acabamos casi a la vez, quedamos en esa posición.

    Ana: Por favor Amo, quédate adentro mío, durmamos así.

    Yo me quede igual con mi pene en su interior. Y nos dormimos así, y yo más que contento porque los concejos del psicólogo estaban dando resultados.

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  • La mujer del policía (caps. 1 a 3)

    La mujer del policía (caps. 1 a 3)

    Capítulo 1

    Esa mañana, como tantas otras, se levantó temprano para preparar el desayuno. El sol apenas asomaba por la ventana de la cocina mientras freía huevos, tostaba pan y calentaba la leche. Puso las tazas sobre la mesa, sirvió chocolatada para los chicos y café fuerte para su marido. Él, vestido ya con el uniforme azul, el cinturón apretado, la pistola en la cintura, la miraba sin decir mucho. Estaba de turno, lo habían asignado a un operativo en una villa al sur. Se creía importante. Se acomodó la gorra, revisó el handy, tomó el café sin agradecer y salió con paso marcial.

    Ella lo miró desde la puerta. Ese hombre que dormía con ella cada noche. Que compartía su cama, pero no su cuerpo.

    —Buen día, mi amor… portate bien —le dijo él sin mirarla, antes de subirse al patrullero.

    Ella le respondió con una sonrisa vacía.

    Después vistió a los chicos. Uniformes impecables, mochilas listas, caras limpias. Les dio un beso a cada uno en la frente antes de mandarlos al colegio. A las ocho en punto, la casa quedó en silencio.

    Y entonces cambió todo.

    Apenas cerró la puerta, se sacó la remera vieja que usaba para dormir. Tenía el cuerpo de una mujer que había parido tres veces pero aún se mantenía firme. Tetas grandes, pesadas, caídas lo justo; panza suave, marcada por la vida; y un culo carnoso que sobresalía apenas del short apretado. Tenía hambre. Pero no de comida.

    Fue hasta el baño y se dio una ducha rápida. Se afeitó los labios de la concha con cuidado, se perfumó en las ingles y en los pezones, y eligió ropa pensada para una sola cosa: provocarlo. Una tanguita roja que le partía el culo, un camisón negro que apenas le tapaba los pezones, y nada más. Se miró en el espejo y sonrió. El cuerpo de una madre. Pero con alma de puta.

    Él venía por primera vez. Un conductor de Uber, morocho, grandote, de esos que te hablan con picardía desde el retrovisor. Se habían conocido en un viaje corto, pero él fue directo.

    Ella subió al auto una tarde pesada, húmeda, con el maquillaje apenas corrido y una camisa blanca que se le pegaba al cuerpo por el sudor. No llevaba corpiño. Sus tetas grandes, firmes, marcaban cada movimiento bajo la tela tensa. Cada frenada, cada curva, las hacía temblar como dos promesas. Él lo notó enseguida.

    Desde el retrovisor, sus ojos subían y bajaban, discretos pero insistentes. Ella lo percibía. Le gustaba ese juego. Fingía mirar el celular mientras lo vigilaba de reojo. Se acomodaba la camisa como por descuido, apretando los brazos para que el escote se realzara aún más. El silencio del auto se cargaba de electricidad.

    —¿Siempre te vestís así para salir a hacer compras? —preguntó él, sin quitar la vista del camino, pero con una sonrisa que se colaba en la voz.

    Ella sonrió también, sin responder al principio. Luego giró la cabeza hacia él, con picardía.

    —¿Así cómo?

    —Así… tan peligrosa —dijo él, y se mojó los labios—. Si te toca un chofer con menos autocontrol…

    —¿Te cuesta controlarte? —le soltó, sin mirarlo.

    —Mucho. No sabés lo que hacen esos pezones marcados ahí atrás…

    Ella sintió el hormigueo en el vientre. Le temblaron un poco las piernas. Había algo en esa voz, en ese tono, que le aflojaba las defensas. Él no era un galán. Tenía esa forma de hablarle que la hacía sentir desnuda sin necesidad de tocarla.

    Él ya había visto el anillo, apenas se subió. Mano izquierda, anillo fino, gastado. No dijo nada, pero lo supo. Y eso le calentaba más.

    —Estoy casada —dijo ella, casi como para poner un límite.

    —Ya lo noté —respondió él sin titubear—. Igual eso no cambia nada.

    —Con un policía —aclaró, mirándolo de reojo.

    Él se rio, suave, con burla.

    —Peor para él.

    —¿No te da miedo?

    —¿Miedo? Me calienta más. Imaginarme metiéndome con la mujer de un yuta… haciéndote acabar mientras él patrulla la ciudad con cara de boludo. ¿No te calienta eso a vos?

    Ella no respondió. Se mordió el labio. Miraba por la ventana pero su mente ya no estaba ahí.

    —Vos necesitás otra cosa —siguió él, bajando la voz—. Alguien que te mire como te miré yo apenas subiste. Que te diga la verdad sin dar vueltas. Que te coja como te merecés… no como si fueras una porcelana.

    Cuando llegaron, ella ya estaba húmeda.

    —¿Tenés WhatsApp? —le preguntó mientras pagaba, como quien pregunta la hora.

    —Solo si me lo vas a usar bien.

    Ella anotó su número en la pantalla del auto. No dijo nada más. Bajó con las tetas aún marcadas, la sonrisa escondida, y el calor latiéndole entre las piernas.

    Semanas después ya se pasaban fotos calientes por WhatsApp. Ella le mandaba todo: tetas, culo, la concha abierta con dos dedos, hasta un video en el que se masturbaba sobre una silla de la cocina usando un consolador negro, largo y grueso. Se lo metía lento, con una mano, mientras con la otra se apretaba los pezones. Gemía bajito, mirando a la cámara. Sabía lo que hacía.

    Él no se quedó atrás. Le mandaba fotos de su verga dura, reventando de venas, apuntando a la cámara como si quisiera atravesarla. Ella se mojaba con solo verla.

    Cuando el timbre sonó, el corazón se le aceleró.

    Abrió la puerta sin corpiño, sin vergüenza. Él entró sin saludar. La miró, la recorrió con los ojos, y dijo:

    —Así que esta es la casita del cana cornudo…

    Ella tragó saliva. Se le mojó la bombacha al instante.

    —Callate… vení —le dijo, cerrando con llave.

    Él la empujó contra la pared del pasillo, le levantó el camisón de un tirón y le metió la mano por la bombacha, directo a la concha. Las manos de él eran ásperas, fibrosas, de laburante. Dedos gruesos, callosos, que encajaron en ella como si siempre hubieran sido suyos.

    —Estás chorreando, mamita. Pensando en mí desde anoche, ¿no?

    —Sí… me pajeé con tus fotos, me tocaba pensando en esa pija… —gimió ella, mientras él le mordía el cuello—. Necesitaba que alguien me rompa como Dios manda…

    —¿Y tu marido… qué hace? ¿Te da un besito y se duerme?

    —Ese boludo me la mete como si tuviera miedo. No me sabe coger.

    Él le bajó el camisón y se abalanzó sobre sus tetas. No las tocó con suavidad: las devoró. Las chupaba como si no hubiera probado una en años. Los pezones estaban duros, largos, oscuros, de un marrón profundo, casi chocolate. Le cabían enteros en la boca. Se los pasaba por la lengua con movimientos circulares, lentos y sucios, dejándolos empapados. Después los mordía apenas, y ella temblaba. Sentía cada succión como una descarga. Lo agarraba del pelo, se le abrían las piernas solas.

    —Mirá estas tetonas, mami… están hechas para que te las chupe todo el día —dijo él con la boca llena, relamiéndose.

    Ella se arqueó hacia él, ofreciéndoselas como una ofrenda.

    Entonces bajó una mano y volvió a metérsela entre las piernas. Ya conocía el camino. Dos dedos adentro, uno en el clítoris, el pulgar firme, el ritmo exacto. Ella apoyaba la cabeza contra los azulejos. Jadeaba, se mordía el labio, abría los ojos como si no pudiera creer lo que estaba sintiendo. Se venía. Con los dedos. Con la lengua en las tetas. Con todo lo que su marido nunca fue.

    Capítulo 2

    Él la agarró del pelo con firmeza, tirando de ella sin piedad hacia el dormitorio. Mientras caminaban, la otra mano no paraba: apretaba, manoseaba, desgarraba la carne de su culo como si fuera un trofeo, una perra en celo que había estado esperando ese momento toda la vida. Cada manotazo le hacía cosquillas y dolor a la vez, mezclaba deseo y dominación.

    Entraron sin una palabra, sin necesidad de palabras. La atmósfera estaba cargada, pesada, sucia, como el aire que se respira antes de la tormenta. El dormitorio era el mismo donde ella había compartido años de rutina con su esposo, donde había dado a luz a sus hijos, y donde en las noches frías y solitarias se había masturbado en silencio, mientras el policía roncaba con la tele encendida.

    Él la empujó con brusquedad contra el colchón, desarmado y desvencijado, haciendo que el golpe retumbara en las paredes.

    —¿Acá lo dormís al pelotudo ese con uniforme? —escupió con desprecio, su voz era un gruñido áspero.

    Ella solo jadeó, sintiendo la humedad que ya corría entre sus piernas, y levantó el camisón con un movimiento lento, casi ritual, dejando que cayera al piso sin mirarlo. Quedó al descubierto, completamente desnuda, vulnerable y al mismo tiempo lista para la batalla.

    Sus tetas grandes y pesadas colgaban, bamboleándose con cada respiración agitada. El sudor cubría su cuerpo como un brillo sucio. La concha, inflamaba y empapada, llamaba a ser tomada. El culo, carnoso y marcado por las manos ásperas de aquel hombre, temblaba, pero no de miedo: estaba encendido, saturado de deseo y hambre.

    Con un salto animal, se trepó encima de él. La furia que la consumía no parecía humana. Agarró su verga con una mano temblorosa, empapada por la humedad de la excitación, y se la encajó con un solo movimiento, profundo, brutal, enterrándosela hasta el fondo mientras arqueaba la cabeza hacia atrás y soltaba un gemido salvaje que parecía un rugido.

    —¡Sí, carajo! ¡Eso es lo que quería! ¡Esa poronga adentro! —gritó, y comenzó a moverse como una bestia desatada.

    Saltaba, rebotaba, poseída por un frenesí que hacía temblar la cama, que hacía vibrar las paredes, que parecía derrumbar el mundo.

    Sus muslos trabajaban frenéticos, resbaladizos de sudor, marcados por el vaivén brutal. Su culo subía y bajaba, devorando y escupiendo esa carne dura y caliente que la hacía gemir sin filtros, sin pausas.

    Él se aferró a sus tetas enormes, como si necesitara sostenerse de algo en medio de aquella locura. Las apretaba fuerte, las chupaba sin delicadeza, mordía, arrancaba suspiros y lágrimas de placer.

    Ella, perdida en el éxtasis, se llevaba las manos a la cabeza, empujaba el cabello hacia atrás y gritaba sin parar.

    —¡La concha de tu madre, no aguanto más! ¡Me llenás toda! ¡Esto no me lo hizo nadie! —vociferaba con voz rota.

    —¡Mirá cómo te meneás! ¡Estás enferma de verga!

    —¡Estoy enferma de vos! ¡Me abrís como nadie!

    Su mirada era un torbellino, perdida en la mezcla ardiente de deseo y sumisión. Tenía el cuerpo rendido, caliente, envuelto en esa locura húmeda que confundía con droga o fuego sagrado.

    Sintió cómo ese pedazo de carne penetraba más profundo que cualquier otro, más hondo que el de su marido. Le abría el centro, removía cada fibra, cada músculo, cada zona olvidada.

    Y lo peor, lo mejor: sin forro.

    Cuando se dio cuenta, su cuerpo se tensó un segundo. Pero la piel caliente, dura y viva le explotaba por dentro y cedió al peligro. Se dejó llenar sin miedo, se mojó más.

    —¡Me estás llenando sin forro, animal!

    —¡Así se coge, putita! ¡A pelo! ¡Sentí mi carne en la tuya!

    —¡Dios mío, me va a explotar la concha!

    Cada embestida retumbaba obscena. El chasquido húmedo del cuerpo chocando contra el otro, el crujir de la cama rota, el gemido desesperado y continuo de ella con cada rebote y sentada profunda.

    —¡Cogeme hasta desmayarme! ¡Que no pueda sentarme mañana, hijo de puta! —exclamó perdiendo la razón.

    Él rio con sucio deleite.

    —¿Así te gusta? ¿Querés más?

    Le agarró el culo con fuerza, separándolo con violencia, mientras la miraba con ojos de depredador.

    —¿Y por acá?

    Ella se frenó, jadeando, sintió el dedo babeado tantear su agujerito cerrado, ese secreto que nunca había sido tocado.

    Con un gesto sutil, bajó la mano y pidió sin palabras.

    —No… por ahí no… no quiero…

    —¿Nunca te lo metieron?

    —Nunca… ni mi marido…

    —¿Virgen del culo? —dijo él con sonrisa torva y burlona.

    Volvió a insistir, escupió el dedo y lo hundió otra vez, lento, seguro, invadiendo. Ella gimió, no lo frenó, sólo tembló.

    —Dale, putita… ya estás reventada de la concha… Ahora quiero abrirte el otro agujero. Quiero estrenarte de verdad.

    —No sé… me va a doler…

    —Me chupa un huevo. Te va a doler y te va a gustar. Vas a sentir lo que es que te rompa como un macho de verdad. Y mañana no vas a poder sentarte… ni mirar a tu marido sin mojarte.

    Ella cerró los ojos, soltó un suspiro caliente. No dijo que sí, pero tampoco dijo que no.

    Él ya tenía la verga en la mano.

    Y el culo de ella, abierto y expuesto frente a sus ojos.

    Capítulo 3

    —Ponete en cuatro —le ordenó él con la voz ronca, apenas un gruñido animal. No preguntó, no suplicó. Ordenó, con la brutalidad de un depredador que sabe que va a devorar a su presa.

    Ana se quedó quieta un segundo, todavía pegada a su cuerpo, con la concha empapada, hinchada de tanto rebotar, de tanto gemir. Tenía los labios entreabiertos, la respiración agitada, el cuerpo sudado y la piel enrojecida por el roce, las marcas y los manoseos de antes. Le latía la entrepierna con una fuerza casi insoportable, como si tuviera fuego vivo entre las piernas, consumiéndola desde adentro.

    La orden volvió, esta vez acompañada de una nalgada brutal, que le recorrió toda la espalda como una descarga eléctrica, haciéndola arquear la columna.

    —¡En cuatro, dije! Como una perra.

    Ana se bajó despacio, casi sin fuerza, temblando. No era miedo, era el vértigo de cruzar la línea. La sensación salvaje de romper todas las reglas, de tirar a la basura las promesas hipócritas, los tabúes y el decoro.

    Apoyó las manos temblorosas en el borde de la cama, sintiendo la madera fría y dura bajo sus palmas. Abrió las rodillas, separando las piernas sobre la alfombra rugosa, con la espalda arqueada, el pecho hundido, el culo levantado y bien expuesto a ese hombre que la observaba como si fuera un trofeo, una bestia a punto de ser domada.

    Parecía una puta entrenada. Una yegua lista para ser montada sin piedad, sin tregua, sin límites.

    Él se paró detrás, la contempló con ojos de fuego, de hambre sin fin. Esa imagen lo volvió loco: el culo redondo, brillante de sudor, aún marcado por las nalgadas que le había dado. La piel roja, casi dolida, pero perfecta. El agujerito anal tenso, cerrado, respirando nervioso, como un músculo que se prepara para la invasión. La concha abierta, goteando, invitándolo a seguir. Y más arriba, en la mesita de luz, la vieja foto enmarcada: Ana y su marido, el policía, abrazados y sonrientes, congelados en un instante de falsa felicidad.

    Él extendió la mano y tomó el portarretrato con desprecio.

    —¿Este es el cornudo que duerme acá todas las noches? —preguntó con una sonrisa torcida y cruel.

    Ana no contestó. Tenía los ojos apretados, la cara hundida contra el colchón. Respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando rápido, esperando lo que sabía que venía.

    El tipo apoyó la foto justo en el borde de la cama, frente a ella, para que no la perdiera de vista. Que se clavara esa imagen en la piel.

    —Mirálo —dijo, señalando la foto—. ¿Qué cara va a poner cuando vea cómo te rompo el orto? ¿Cómo le vas a explicar esto? ¿Eh?

    Ana levantó un poco la cabeza, apenas. Vio la imagen de su esposo con el uniforme impecable, serio, completamente ajeno a todo lo que pasaba en esa misma habitación. Sintió un escalofrío eléctrico que le subió por la columna, le quemó la piel y le aceleró el pulso. Era excitación mezclada con humillación, una adrenalina que la volvía loca.

    —No puedo… no sé si… —balbuceó, débil, casi en un suspiro.

    —Shhh —le escupió un poco de saliva directamente en el agujero—. Te vas a dejar. Te vas a dejar romper como una perra bien entrenada.

    La escupida cayó caliente y pegajosa, resbalando entre las nalgas abiertas. Él se arrodilló detrás y le escupió otra vez, dos veces más, dejando que la saliva mojara su piel y aumentara la sensación de sumisión.

    Luego untó la cabeza de su verga con la misma baba, frotándola hasta que quedó reluciente y humedecida. Estaba dura, gruesa, venosa, con una curva natural que la hacía aún más bestial e invasiva.

    Con una mano le abrió las nalgas con fuerza, separándolas y mostrando el camino, firme y sin titubeos. Con la otra mano apuntó, seguro, dueño absoluto del cuerpo y la voluntad de Ana.

    —Vas a sentir cómo entra todo. De a poco. Hasta la base. Te voy a empalar, putita.

    Y sin más aviso, lo hizo.

    El glande empujó, forzó la entrada cerrada. Ana gritó, un grito que no fue solo de dolor, sino de una mezcla extraña y poderosa entre ardor y lujuria intensa.

    —¡Dios mío…! ¡Pará…!

    —¡Abrite, puta! ¡Abrí ese culito virgen!

    —¡No va a entrar!

    —¡Ya está entrando! ¡Ya te está abriendo, mirá!

    Él empujó más, lentamente pero con fuerza implacable. Ella se aferró a las sábanas, los dedos crispados hasta dejar las uñas marcadas en la tela. Las rodillas se le resbalaron levemente sobre la alfombra, pero mantuvo la postura firme. Aguantaba, sufría, se mojaba.

    —¡No puedo! ¡No me va a entrar toda!

    —Sí que podés. Mirá… mirá cómo ya se tragó la mitad. Y todavía falta…

    La verga siguió avanzando, curva, firme, dominante. Abriendo, rompiendo, conquistando territorio nuevo, prohibido.

    —¡Me va a partir…! —chilló, y una lágrima se le escapó sin querer, resbalando por la mejilla.

    —Ya te partí, amor. Ya no hay vuelta atrás. Estás ensartada.

    El último empujón fue brutal, seco, sin piedad. Llegó hasta la base, golpeándole el culo con la pelvis con violencia.

    Ana lanzó un grito ahogado y quedó rígida, temblando, a merced de ese invasor.

    —¡No puede ser…! ¡Entró toda… toda!

    —Toda. Hasta el fondo. Hasta donde no te llegó nadie. Ni el poli ese.

    Él empezó a bombear. Al principio lento, casi como tanteando, probando sus límites. Después cada vez más salvaje, frenético. Cada embestida era un martillazo que hacía vibrar el cuerpo de Ana, que deformaba su culo con cada entrada y salida. Las nalgas se abrían y cerraban, las venas de la pelvis se marcaban con fuerza. Ella estaba empalada sin piedad por esa carne cruda y caliente que no conocía límites.

    —¡Me duele… pero me encanta! —jadeó con voz rota—. ¡Me quema… me estás rompiendo!

    —Te estoy haciendo mujer de verdad —respondió él, con voz áspera—. Te estoy dando lo que nunca te dieron. Y con tu marido mirándote desde la mesa de luz. ¡Mirálo!

    Ella miró, sus ojos estaban vidriosos y su mente perdida. Vio los ojos fijos de su esposo en la foto, sintió la poronga entrando y saliendo de su culo, cruda, escupida, humillándola sin misericordia.

    Un hilo de sangre bajó por su entrepierna, mezcla de dolor, fricción y placer excesivo, intoxicándola.

    —Me estás haciendo sangrar…

    —Y eso que todavía no acabé. Mirá cómo goteás… sos mía ahora.

    Las sábanas se mancharon, la alfombra quedó marcada por las rodillas. La foto temblaba levemente en su marco con cada embestida. Y el tipo no paraba.

    —¡No voy a poder sentarme en una semana…!

    —¿Y cómo se lo vas a explicar al patrullero ese? ¿Eh? ¿Le vas a decir que te cogieron el culo mientras él dormía con la radio de fondo?

    Ana lloraba, gemía y se reía a la vez. Su cuerpo se retorcía, se venía.

    El orgasmo la arrastró como un trueno furioso. Un clímax sucio, profundo, doloroso. Las piernas le temblaron y la cabeza le dio vueltas. Se desmayó por un segundo. La mente en blanco.

    Él acabó adentro, apretándole las nalgas con fuerza y dejando todo el semen caliente en su intestino. Suspira, satisfecho.

    —Ahora sí… estás completa.

    Ana quedó tirada como un trapo viejo, sucia, sangrando, empapada. La foto seguía allí, intacta, con la imagen de ese hombre que nada sabía.

    Pero ella… ya no era la misma.

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  • Al fin pude cumplir mi fantasía

    Al fin pude cumplir mi fantasía

    Estábamos sentados en un lugar de comidas rápidas con José, cuando entra un negro, joven, con un físico atlético, en musculosa y pantalón corto donde se podía ver que escondía un instrumento descomunal.

    Mientras esperaba su pedido parado, José se dio cuenta que yo no le saque los ojos de encima por un rato. “Él, te está sonriendo”… dice José.

    Era claro que todos se habían dado cuenta que yo no le saque los ojos de su gran paquete.

    -Podría ser interesante que pruebes una pija grande como esa, y cumplas tu fantasía, dice mientras ríe José. -¿Cuánto hace que no probas una bien grande como esa?

    -Ufff, desde Cristiano, pero me parece que este la tiene más grande. jajaja.

    Me estaba burlando de José porque yo le había insinuado en más de una ocasión que me gustaría ser cogida otra vez por una gran verga y en lo posible por una pija negra, es una de las pocas fantasías por cumplir, eso era exactamente lo que soñaba algunas noches. Porque como todos saben he hecho de todo, pero nunca estuve con alguien de color. Nunca tuve la oportunidad de hacerlo, no porque no me guste.

    Cuando avisan que nuestro pedido está listo, me levanto y tropecé en la cola para pagar con él, fue como si una corriente eléctrica circulase a través de mí, olí su perfume muy varonil, ese olor tan erótico, me excitó tanto y al míralo a los ojos le pedí disculpas. Mi imaginación se volvió loca por unos segundos, que incluso pensé en tocarle la pija disimuladamente como que fuera sin querer, pero me contuve.

    Por varias noches tuvimos sexo con José, mientras mi cabeza fantaseaba con una gran pija negra.

    José nunca dejaba de recordarme a ese joven de la cantina de comida rápida, diciendo, -¿quieres que lo vayamos a buscar? ¿Cómo tendrá la pija de grande? ¿Te imaginas comiendo ese pedazo?

    Eso se notaba que a José lo ponía caliente. Siempre me bromeaba con esa verga grandota, gruesa cogiéndome, lo que me ponía muy caliente. Diciéndome que le encantaría que pudiera hacer realidad esa fantasía. Lo que me ponía cada vez más loca solo pensarlo.

    De todos modos, es hipotético porque ninguno de los dos le iba a proponer o preguntar si quería acostarse conmigo, como regalo de aniversario, jajaja.

    Un día descubro que era tatuador y tenía su pequeño negocio a la vuelta de la cantina donde todos los días iba a buscar su comida. Aproveche, solo por curiosa en ir y preguntar lo que costaba un tatuaje. Apenas lo veo, bien vestido, con un jean donde se observaba un terrible bulto. Nos ponemos a conversar, donde él recordó el día que nos cruzamos en la cantina, donde claramente recordaba que no le saque los ojos de encima sin disimular ni un poquito.

    Mi corazón latía con fuerza, mientras me mostraba distintos dibujos y que precio tenía cada uno. La idea me empezaba a calentar mucho, por ratitos me iba de la conversación soñando que haría con ese pedazo para mí. Creo que se dio cuenta, de eso, y pregunta mi nombre. Él se Llama Kadan, es sudafricano y hace varios años que vive aquí. Después de unos segundos de silencio decidí irme. Me tomo de la mano y me pregunta, ¿cuándo y dónde te lo harías? Se dio cuenta que se me caía la baba. No sé, si me decido vuelvo le respondo.

    Los días pasaban, en todos los polvos, José que insistía en que me lo cogiera, y así cumpliera mi fantasía. Y mi cabeza explotaba de ganas. Un día cerré la puerta de mi habitación, me desnudé totalmente y me masturbo pensando en lo apretada que entraría esa verga en mi vagina, la sensación del tamaño de semejante pija, mientras pasaban por mi mente escenas calientes de sexo con negros bien dotados, tuve un fuerte orgasmo que me dejo feliz.

    Estaba claro mi deseo, mi fantasía incumplida, tenía todas las ganas de probar su miembro, hasta quedar exhausta, lo quería como un amante, quería probar ese negro vergón, mientras le contaba esa fantasía a mi marido que me complace siempre para cumplir todos nuestros deseos sexuales.

    Un día, me decido y le digo a José que voy a hacerme un tatuaje chiquito en la cola, bien escondido en mi nalga. Y él completa la frase diciendo: y a tratar de cogérmelo, con una risa cómplice.

    Decidida, voy elijo mi dibujito, arreglo el precio, el día y la hora, sin disimular mi mirada descarada, caliente que no hacía otra cosa que posarse en el bulto que lleva entre sus piernas. Al preguntar en que lugar me lo quería hacer, respondo: bien escondido, donde termina el cóccix, fue como que los ojos se le alborotaron, tuvo que acomodarse su bulto con la mano dentro del jean, y me aclara que me tendría que sacar lo que lleve puesto para trabajar tranquilo.

    Llego el día y hora, me saqué mi pollerita corta para quedar en tanga frente a él y me acosté en su camilla. Se acercó y tomó una toalla y la tiro sobre mi cola. A esa altura ya me daba igual, iba a dejar que me viera todo el culo si fuera por mí, estaba caliente por él e iba a hacer lo posible por encenderle esa pija enorme.

    Tocó con su mano allí donde moría mi espalda y empezaban a nacer mis nalgas. “¿Quieres que dibuje aquí?” me preguntó. Le dije que quería un poquito más abajo, bien cerquita de mi asterisco. Llevé mis manos a mi tanga y la bajé más, dejándole ver el nacimiento de la raja de mi culito. Se mantuvo callado por unos segundos, yo no podía verle, pero imagino que estaba contemplando mi cola y con ojos de quererme comer.

    -OooK… Voy a empezar.

    Se sentó en su butaca y se puso a mi lado, una mano la reposó en mi nalga mientras que con la otra empezó a pintar. Realmente no dolía, pero aun así gemí como una putita para conseguir excitarlo. O al menos tratar.

    Mientras más pintaba, más movía mis piernas y más cedía la tanga. Creo que llegó un punto en donde más de la mitad de mis nalgas ya estaban expuestas. Si eso no lo ponía, no sé qué más podría funcionar. Cuando terminó de pintar mi pequeño dibujo bien cerquita de mi chiquito, me dio un sonoro guantazo a la cola que me hizo chillar de sorpresa. Buscó un espejo y me mostro como quedo, lo que yo veía era toda mi cola a aire con ese pequeño dibujo.

    Me doy vuelta con la tanga baja donde se asomaba mi conchita húmeda, para pararme casi desnuda delante de él sin la toalla que quedo sobre la camilla, voy hacia un espejo grande que estaba ahí, me abro los cachetes del culo para ver mi cola y encontrar el tatú.

    -Perfecto. Me encanta le digo. ¿A vos te gusta? Muy lindo como te queda, pocos van a descubrir mi obra responde.

    -No te creas, seguramente varios van a ver mi tatú, jajaja.

    Trabajo terminado, dijo. -Seguro? le pregunte, mientras seguía parada delante de él con mi tanga a la altura de los muslos.

    Ahí vi como estaba respondiendo su pedazo dentro del jean, porque tuvo que tomársela con la mano para acomodarla, parecía que lo iba a romper. Se acercó a tomarme del mentón, y sin preámbulos, me tomo de la cintura. Sentí mariposas en el estómago y mucho fuego en el resto de mi cuerpo, por fin se decidió a mover ficha, mientras apoyaba ese enorme paquete sobre mí.

    -Lau, soy un profesional, estuve aguantándome toda la tarde pues quería terminar mi trabajo… Pero me estás volviendo loco, vístete.

    Lo tomo del cuello, me tuve que estirar, es muy alto para mí, mientras mi tanga caía al piso.

    Le tomé de la mano, trayéndolo contra la camilla en donde yo estaba ardiendo. Era tan fuerte sus brazos, su sonrisa, sus ojos, su olor a macho, su confianza y su acento hacían que mi cara se ponga coloradísima.

    -Quiero ver que tienes ahí entre esas piernas largas, eres un hijo de madre, me has calentado desde que te vi en la cantina.

    -¿Te calenté? ¡Jajaja! Te has calentado tú solita. La verdad es que encharcaste mi camilla, Lau.

    Se alejó para subir el volumen de su equipo de sonido. El reggae infestaba todo el lugar, seguramente lo hizo para que nadie de afuera escuchara la sinfonía de gritos y chillidos que yo haría al ser montada por ese pijon. Comenzó a bajar el jean, me acerco a bajar su ropa interior, y ahí apareció ese hermoso pedazo, abrí los ojos como no pudiendo creer lo que era eso, me sujeté de la camilla para no caerme. No solo por el pijón que tenía ese muchacho; sino lo dura que se veía, con su pubis todo depilado y lo tenía tatuado con dibujos de llamas. Ese infeliz estaba loco, pero yo más.

    Ahí me arrodillo para contemplar, recorrer primero con la mirada y después actuar con manos, lengua. Llenaba mi boca babeante, solo un pedazo entraba, el resto la tomaba con las dos manos, mientras lo miraba como se iba sacando la remera.

    Me toma de los brazos, me tira en la camilla boca a arriba, al tiempo que su verga gigantesca, negra, venosa, curvada al revés, y gruesa se acercaba peligrosamente a mi conchita. Cuando se pegó a mí, empezó a frotar deliciosamente contra mi rajita. Mis carnes estaban hirviendo, lo rico que se sentía en mis pliegues húmedos, pero por lo visto el muy guacho no tenía ganas de penetrarme.

    Me quité mi remera y corpiño rápidamente, separé mis piernas y con ellas rodeé su espalda, trayéndolo junto a mí. Puse mis manos en sus hombros para tener algo de qué sujetarme en caso de que hiciera revolverme del placer. Yo estaba a tope, no sé qué más quería él, empujé mi pelvis contra él para que su pija entrara de una puta vez, pero él no quería metérmela aún.

    Llevó una mano a mi conchita empapada y empezó a jugar con su vergota en ella. Yo parecía una maldita poseída, quise decirle que me coja de una vez, y solo salieron balbuceos que no entendía ni yo lo que decía. Casi perdí la visión debido a la rica estimulación, mis piernas se abrieron más al igual que mis brazos, quedando colgados como si yo no pudiera controlarlos.

    Lamí sus dedos que estaban, efectivamente, encharcados de mis propios jugos. No voy a mentir, no fue delicioso, pero estaba tan caliente que no me importaba nada, con mi mano tomo ese gran pedazo negro y lo posó en mi entrada. Un ligero cosquilleo nació en mi vientre, mezcla de miedo y expectación. Realmente era un pedazo de carne que no estoy acostumbrada a comer, no sabía cómo algo así iba a caberme, por más lubricada y ansiosa que estuviera. Él se apoyó y de un impulso metió la cabeza. Arañé sus hombros y me mordí los labios al sentirlo por fin adentro.

    Empezó a empujar, más y más, contemplando mi cara de vicio. Cuando media pija se encontraba enterrada, lo tome de la cintura con las dos manos para frenar que no siguiera empujando, para ir acostumbrándome a ese pedazo de intruso que estaba dentro, hizo movimientos circulares dentro de mí que me volvieron loca. Se sentía tan rico, me llenaba por completa, pero tenía que aguantar para poder gozar.

    Empezó a decirme palabras obscenas en su idioma, pero a mí no me importaba, yo también le insultaba en el mío. Cuando notó que las paredes de mi concha se iban dilatando y acostumbrando a su tamaño, aflojo mis brazos que lo sostenían para que empuje un poquito más, entro otro pedazo más, que me hizo gritar como una auténtica puta. Si no fuera por la música tan fuerte, se hubiera escuchado hasta el otro lado de la calle.

    Eso logro que retire un poco ese miembro, viéndome babeante, con los ojos lagrimosos, continúo embistiendo, solo que más lento, caballerosamente, haciendo que empiece a disfrutar de tremenda cogida. Con lo que le susurro al oído un… ¡gracias!

    Al verme sacada, entregada, disfrutando, continuo y empezó a aumentar el ritmo, empezó a aumentar un poquito la incomodidad, realmente me estaba estirando mi agujero y mis gemidos cada vez más fuertes así lo decían. Hasta que su cara cambio y empezó a moverse más fuerte, a empujar esa formidable, monumental pija. Grité, goce, dolía, pero no me importaba, era mi fantasía y la estaba cumpliendo con creces, mi vista se nubló y perdí el control de mi cuerpo, para sentir como explotaba mi orgasmo.

    Me tomó de la cinturita como para evitar que yo me escapara, aunque realmente yo no podría hacer nada pues mi cuerpo ya no respondía. Pero aún podía sentí cómo su pene caliente palpitaba adentro de mí, para posteriormente acabar maldiciendo, gritando, parecía que la leche no paraba de salir de su verga, que se desparramaba por toda mi panza, tetas y un chorro llego a mi hasta mi cuello.

    Me dolía, ardía, por el reflejo de uno de los espejos contemplé el tremendo agujero ensanchado que dejó, con leche chorreando, recorriendo mis muslos, tetas, cuello y el cuero de la camilla. Viendo también que semejante pedazo de carne, si bien ya no tenía la dureza, seguía siendo un tremendo pollón que colgaba entre sus piernas. Intenté reponerme, pero era difícil, yo temblaba como una poseída.

    Me ayudó a reponerme, recogí mis ropitas y salimos del cuartito. Cuando entré en el baño me vi en el espejo, realmente estaba satisfecha, contenta, con el objetivo cumplido, me seque con una tolla su semen en mi cuerpo, me lave la cara, lo poco que quedo deje que se secara en mi por puro morbo, para mostrárselo a José cuando llegue a casa.

    Me puse mi tanga, remera y mi faldita blanca. Cuando salí del baño, me dirigí al mostrador donde él me esperaba sentado, ya vestido. Al acercarme a él para despedirme, me tomó de la manito, me dijo que le encantaría hacerme otro tatuaje. Que sería la excusa perfecta para volver a su local y poder repetir el genial polvo, volver a comer esa formidable carne negra que triplicaba el tamaño de la pija de José.

    Antes de irme, como aún notaba su bulto, lo acaricié con una mano y le dije que iba a pensar lo del tatuaje.

    Me despedí besándolo en la mejilla, y salí rumbo a casa para que pudiera ver el bambolear de mi culito, húmedo, con su semen seco en mi cuerpo.

    Llego a casa, José me estaba esperando ansioso, para que le contara lo ocurrido, pero antes pidió verme el tatuaje. Comencé a desvestirme, mientras él hacia lo mismo, hizo apoyarme en la cama para que pudiera inclinarme y poner la colita así él, metiendo un dedo en mi culo mientras que con la otra mano palpaba mi tatuaje. Pidió que empiece a contarle mientras ponía su pija de tamaño normal en mi cola.

    Una vez que termine de contarle, mientras acababa dentro de mi culo tirando chorros de leche dentro. ¿Vas a volver por ese de tatuaje? Me pregunta.

    -No creo, ahora te toca a vos cumplir tu fantasía respondí.

    Voy a quedarme con el recuerdo, de un macho negro y caballeroso. Que me hizo ver las estrellas cada vez que empujaba en su camilla al ritmo de su música reggae, entre las pinzas y agujas de su local. A memorizar todos y cada uno de los tatuajes de su cuerpo, sobre todo recordaré el fuego dibujado en su pubis depilado. Principalmente recordar el tamaño, la forma, venas que tenía esa increíble pija que me regalo un orgasmo, doloroso, pero intenso.

    Gracias por haber llegado hasta aquí, queridos lectores, espero que les haya gustado como a mí. Un saludito muy especial a los que me han comentado.

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  • Squirt a mis 67 años gracias al oral del amante de mi hija (1)

    Squirt a mis 67 años gracias al oral del amante de mi hija (1)

    A mis 67 años, soy una mujer de curvas generosas, con labios carnosos que saben a pecado y ojos que brillan con deseo. He vivido una vida llena de historias y secretos, pero nada me preparó para lo que está a punto de suceder.

    Soy una mujer gruesa de cuerpo, de boca grande y profunda. Mis senos, grandes y firmes, mantienen un apetitoso atractivo sexual. Mi abdomen, con carnes flojas y crecido por los años, se equilibra con unas nalgas grandes y duras, que forman un hermoso culo, aproximadamente el doble del que tienen mis hijas. Mis gruesos muslos y pantorrillas forman unas atractivas piernas, todavía torneadas, que al mirarlas es imposible no hacer comparación con las de mis hijas.

    Esas piernas no dejan de excitar cuando alguna vez se me sube el vestido, o me agacho para recoger algo, o entre abro las piernas al sentarme. Y debo confesar que, a veces, lo hago a propósito cuando estoy cerca de jóvenes, porque siempre me han encantado. Soy una mujer candente, atraída por jóvenes de entre 18 a 29 años.

    Mi hija, Sol, siempre ha sido mi orgullo, mi niña hermosa, con una sonrisa que ilumina el alma. Pero su vida amorosa, un torbellino de pasiones, me llenaba de preocupación, como una madre lo haría. Su esposo, Víctor, ya no era suficiente.

    Cuando me habló de Rafael, su nuevo amor, un hombre joven, de mirada intensa y sonrisa pícara, vi en ella esa chispa juvenil, esa alegría desbordante, que solo el amor verdadero puede despertar. Él tenía 42 años, un hombre apasionado, según ella, quien la había hecho sentir cosas nuevas, cosas que nunca antes había experimentado. Y yo, en silencio, sentía una punzada de celos. ¿Cómo podía ese joven, con su cuerpo ágil y sus ojos llenos de picardía, hacerla sentir cosas que un hombre mayor como su esposo no había logrado?

    Yo, Mercedes, no tenía ni idea de que mi hija sentía una atracción por hombres más jóvenes, un deseo que siempre había mantenido oculto, un anhelo que solo salía a la superficie en momentos de soledad. En mi mente, fantasías calientes se mezclaban con la culpa y la vergüenza.

    Cuando Rafael vino a conocerme, sentí una mezcla de nerviosismo y anticipación. Era alto, con una mirada intensa que me hacía sentir observada, analizada, como si pudiera ver mi alma a través de mis ojos. Me atraía su mirada, la forma en que se detenía en mis senos, en mi trasero, como si los estuviera saboreando con la mente.

    Su sonrisa era cautivadora, una mezcla de timidez y seguridad que me desconcertó. Me sorprendió su caballerosidad, su respeto, tan diferente de la imagen del amante apasionado que Sol describía. Pero había algo más, una tensión palpable entre nosotros, una atracción que no podíamos ignorar. Sentía que él también me deseaba. Cuando llegó a mi casa, se sentó en el sillón a tomar un vaso de bebida mientras yo lavaba los platos y sentía cómo me miraba el trasero. A lo mejor era mi imaginación, tenía 67 años, era una mujer gorda con un gran trasero y estaba con mi hija. Era idea mía, creía yo, sin saber que en ese momento su fantasía era estar con una mujer mayor.

    Yo me fui a duchar en ese momento, hacía calor, y al salir del baño, él ya no estaba en el comedor, pero sí estaba en el dormitorio mientras yo me cambiaba de ropa. Sentí un ruido en la pieza de mi hija, donde estaba preparando las camas, ya que se iban a quedar con su amante, y como sentí un alboroto, me acerqué y al momento de entrar, vi a mi hija completamente desnuda, él dando la espalda a la puerta, penetrándola analmente.

    Mientras él la penetraba, le decía palabras sucias, lo que me gustó, me excité, me provocó esa imagen. Mi hija gemía y gritaba: “¡Más fuerte! ¡Hazme tuya, hazme tu esclava, hazme tu sumisa, sé solamente tuya!”. Algo que jamás imaginé en mi vida y, en ese momento, por la rendija de esa puerta, sentí la humedad entre mis piernas, mi concha estaba húmeda.

    Sol y Rafael habían estado juntos hace un año, y la relación se había vuelto intensa. Sol, una mujer casada, había descubierto un lado de sí misma que nunca pensó que tuviera, una pasión que la llenaba de alegría. Rafael, por su parte, disfrutaba de la experiencia con Sol, pero también sintió una atracción por mí, su madre. ¡Qué ironía! Él, el amante de mi hija, me miraba con un deseo que me calentaba la sangre.

    No sabía qué pensar, qué sentir. Mi hija, mi orgullo, se había entregado a él, y yo, su madre, sentía una atracción irresistible. Era como si una nueva llama se hubiera encendido en mi corazón, una llama de pasión prohibida. En ese momento, supe que mi vida ya no sería la misma. Un nuevo capítulo estaba a punto de comenzar, un capítulo lleno de secretos, deseos y peligros. Y yo, Mercedes, la mujer de curvas generosas, estaba lista para vivirlo con intensidad. Quería ser sumisa, su puta, a mi edad. Hacía seis años que nadie me penetraba.

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  • Dia de elecciones: Sexo en colegio (parte 1)

    Dia de elecciones: Sexo en colegio (parte 1)

    Este relato es una de mis anécdotas de vida que me sucedió en las elecciones presidenciales de mi país.

    Yo había sido contratado como Coordinador de Local de Votación (CLV) y tenía a mi cargo un grupo de 5 personas, 3 mujeres y 2 hombres.

    Teníamos que instalarnos en el centro educativo el viernes a partir de las 6 pm porque teníamos que estar presentes a la llegada del material electoral y los militares.

    Luego de recepcionar el material electoral, ya era noche y les comunique a las mujeres que ellas durmieran en un salón a solas y yo dormiría con los hombres en el centro de acopio.

    Al comienzo aceptaron, luego ellas me comunicaron sí podrían dormir con nosotros ya que tenían miedo a dormir solas estando los militares en el centro educativo. Tenían la idea de que les pudieran hacer algo.

    Las 3 eran mujeres jóvenes y muy atractivas una era Anna una joven de 18 años cumplidos de estatura 1.65 cm, de piel blanca, ojos azules y cabello rubio. De rostro angelical muy hermosa, de una escala 1 a 10, estaría entre un 8 o 9 y esta era su primera experiencia laboral.

    La otra era Janet de unos 20 años chaparrita de unos 1.55 cm de piel blanca, ojos y cabello color negro, simpática, es de esas chicas que si te cruzas en la calle te jala el ojo, le pongo un 8.

    Y la última y la mayor de todas Milagros de 25 años muy sensual, de piel mestiza clara con ojos y cabello de color café, unos 1.65 cm atractiva, tranquilamente pudiera ser una playmate, le pongo un 9.

    Bueno estas tres chicas estaban bajo mi responsabilidad y cualquier cosa que pudiera pasar yo era el responsable, ya que yo era el jefe hay. Entonces accedí a que durmieran en el centro de acopio con nosotros y así también poder vigilar cualquier acontecimiento. Dormíamos en las colchonetas del colegio que yo había solicitado al director para pernoctar.

    Iba a ser difícil aguantarse las ganas pero había que hacerlo, a la mañana siguiente al momento de levantarme siento mi miembro erecto, en eso veo a Anna y Janet dormidas en pijamas, echadas boca abajo, diablos que ganas de montarme encimas de ellas.

    En eso volteo y veo a Milagros sentada sobre unas de mesas, vestida con un bivirí blanco y short rosa súper pequeño que realzaba sus hermosas piernas.

    Me vio y se percata de mi miembro erecto, solo sonríe. En eso me levanto y voy directo al baño a refrescarme necesitaba bajarme la temperatura sino iba terminar violando a alguien.

    Mientras me voy echando agua de la cañería escucho ruido en unas de las cabinas de los retretes, me acerco y huelo un olor a semen, toco diciendo “¿Quién anda ahí?” era Fabio uno de los chicos a mi cargo, le dijo “¿Qué haces?” me dice que se encontraba mal del estómago.

    Mentira había venido a jalarse el cuello al ganso, él tampoco se aguantaba las ganas, bueno no lo culpo.

    En eso suena mi teléfono celular era el coordinador distrital que venía en camino junto con un jefe de la policía que sería el encargado de seguridad el día de la elección y tenían que darme unas indicaciones.

    Le dije que se apurara y dejara el baño limpio que viene el Coordinador Distrital a lo que respondió con un Ok.

    Salgo a avisarles a los demás, al entrar al centro de acopio encuentro a Janet y Milagros en ropa interior cambiándose, Anna aun dormida. Y a Rodrigo el otro de los chicos completamente anonadado frente a esas dos hermosas figuras femeninas.

    En punto de ebullición, a lo que lo mande a comprar el desayuno a la panadería que estaba en la otra calle y así se le bajara la calentura.

    Les dije a las chicas que si deseaban cambiarse debían hacerlo en el baño de mujeres del colegio, como anoche. Pero me dijeron que no querían pasar por ahí porque los militares están haciendo ejercicios en el patio. Bueno entonces me piden la llave del baño de profesores para más privacidad, luego les ordene que arreglaran todo el lugar que venía visita.

    Si esto seguía así, pronto terminaría en una orgia, pensé.

    Luego de la reunión que tuve con el coordinador distrital y jefe de Policía, pasamos a tomar desayuno y hacer un poco de vida social, cada uno contaba un poco de su vida entre bromas y risas. Fue un momento agradable antes del trabajo.

    Después cada uno fue a acondicionar su aula para el día de la elección, luego llegaron 2 chicos de la central que iban a ser un asistente técnico y un técnico de transmisión. Ya que en la zona el voto era electrónico. Y una señora del Jurado de elecciones encargada de la supervisión se sumaron al equipo.

    Yo estaba con Anna acompañándola en el acondicionamiento del aula, ya que esta era su primera vez en este tipo de trabajo y era la más nueva del grupo. Estábamos como profesor y alumna. Wow cuando estaba cerca de ella podría percibir su rico aroma y su bello rostro te dejaba hechizado. Trataba de guardar la compostura y jugaba con ella haciéndole bromas. Ella se mostraba tierna e inocente.

    Luego comencé a notar ciertos Indicadores de Interés (IDIs) de su parte como tocarse el cabello, reírse con cada broma, poner su mano sobre mi hombro tratando de tocarme y la mejor fue cuando me preguntó si tenía novia. A lo que le respondí porque quieres saber, acaso te estas enamorando, ella sonrió y me dijo eres un idiota.

    Entonces salí de su aula y fui a ver como avanzaban los demás. En eso veo a los militares coqueteando a Milagros y Janet, apenas me ven se queda todo silencio. Saben que yo soy el jefe hay, aunque ellos pertenecen a otra rama, tienen órdenes del coronel de obedecerme, cualquier incidencia saben que me basta con una llamada para generarles un reporte que entre en su hoja de vida.

    Pregunto “¿todo bien?”. A lo que Milagros responde “si, todo bien, los militares nos están ayudando a colocar los carteles en el aula”.

    En mi mente pensé: “Si supieras lo que en realidad te quieren colocar” Bueno lo dejé pasar.

    Mientras Milagros y Janet eran ayudadas por los militares, Fabio y Rodrigo solo estaban acompañados de moscas, así que fui a darles una mano hasta que llegara la hora del almuerzo.

    Fuimos a almorzar a un restaurante cerca del colegio, Obvio me siento en la cabeza de la mesa, Anna busca sentarse a mi costado derecho y Milagros se sienta al izquierdo, durante el almuerzo Milagros me pregunta cuál es mi profesión. A lo respondo: “Soy ginecólogo”, a lo que suelta una risa.

    Anna dice: ¡Es un idiota!

    A lo que yo volteo a mirarla seriamente. La niña dulce e inocente poco a poco se va soltando.

    Luego cayó la tarde-noche ya habíamos terminado con el trabajo del día, solo quedaba descansar. El punto de encuentro fue en el aula de Janet donde los militares nos deleitaban con sus historias dentro del ejército, Algunos habían combatido en el vraem contra narco-traficantes, sí que la vida militar es dura.

    En eso suena mi celular era el Coordinador Distrital, salgo de aula para conversar. Me pregunta si en mi caja de CLV me habían llegado unos formatos, que algunos CLVs de otros colegios no le habían llegado. Salgo a mi centro de acopio a verificar, si felizmente yo si contaba con esos formatos que no había problema. Así que aprovecho a ordenar un poco el Centro de acopio para mañana, en eso siento una presencia era Anna.

    Anna: Hola

    Yo: Hola

    Anna: ¿Qué haces?

    Yo: Ordenando las cosas para mañana.

    Anna: Te ayudo

    Agarró una escoba y recogedor y se puso a limpiar.

    En eso decido tomarme una ducha, saco un sachet de shampoo y jabón de mi mochila. A lo que me pregunta:

    Anna: ¿A dónde vas?

    Yo: voy a tirarme un baño, me quieres acompañar.

    A lo que ella se sonroja.

    Procedo a dirigirme al baño de profesores para más privacidad ya que cuenta con llave, pero un presentimiento me dice que deje abierto. Procedo a ducharme shampoo al cabello y comienzo a enjabonarme, felizmente había agua caliente.

    Siento que la manija de la puerta se abre era Anna me ve, salgo de la ducha y la jalo con una mano. Ella trata de decir algo, pero le tapó la boca con una mano y le dijo: “silencio, ambos sabemos porque estas acá, te hare mi mujer”.

    Ahora si procedo a echarle llave a la puerta, ella se queda mirando mi miembro completamente erecto, a lo que le digo “todo esto estará dentro tuyo”. Y me lanzo sobre ella comienzo a besarla mientras poco a poco le voy quitando la ropa, hasta dejarla completamente desnuda. Wow que hermoso cuerpo juvenil, la cargo y la meto en la ducha, le digo que se arrodille y comienza primero a besar y luego a succionar mi miembro jugando con su lengua dentro de su boca.

    Son esos momentos que uno nunca se podrá olvidar. Cuando siento que ya estoy por venirme la paro y la empotro contra la pared de la ducha, hay comencé a succionarle su panocha, completamente rosada y depilada, estaba completamente mojada así que para la penetración no habría problema, me paro ya la vuelvo a empotrar contra la pared y la comienzo a penetrar por detrás, ella comienza a gemir a lo que le tapó la boca con una mano alguien puede oírnos mientras la voy bombeando.

    Que rico se sentía estar dentro de ella, como apretaba hasta que ya no pude más y le introduje todo mi miembro viniéndome dentro de ella, ocasionándole posteriormente un gran orgasmo, dejándome embarrado de su producto lácteo.

    Abro la ducha para bañarnos, ella solo me queda mirando, mientras le enjabono su cuerpo, le pregunto si pasa algo.

    Anna: Estuvo delicioso me gusto, solo que no usamos condón y ahora tengo a tus hijos adentro.

    Tenía razón eran tantas las ganas que nos olvidamos cuidarnos.

    Luego le pregunto si había traído otra ropa, ya que la que traída estaba mojada, su pijama estaba en su mochila así que me vestí y salí al centro de acopio.

    Me encuentro con Milagros en el camino preguntándome dónde estaba.

    Le dije que me había ido a tirar un duchazo

    Milagros: El oficial de policía de la puerta está buscándote, ya acabó su turno. Y quería presentarte a su relevo.

    Yo: Ok, entonces voy para allá

    Milagros: ¿Y Anna, donde esta?

    Yo: No sé, ¿no está con ustedes?

    Milagros: Voy a buscarla

    Y se marchó, me apresuré, saqué la pijama de la mochila y esperé que Milagros cambie de dirección y me dirigí al baño de profesores. Le doy su pijama a Anna y le dijo que se apresure que Milagros anda buscándola, que se arregle un poco porque estaba con el cabello desordenado. Se notaba que acababa de haber tenido sexo.

    Y me marché a buscar al oficial de policía, los demás seguían en el aula de Janet conversando.

    Aproveché el momento, luego de conocer al nuevo relevo policial, fui a buscar una farmacia, felizmente encontré una abierta en la avenida, compré preservativos y una pastilla del día siguiente para Anna.

    Regresé al colegio y veo que ya eran casi las 11 pm, les comunico que ya teníamos que echarnos a dormir ya que mañana nos esperaba un día pesado y había que madrugar. Milagros no paraba de mirarme, sospechaba algo.

    Cada uno se acuesta en su colchoneta y cierro la puerta de centro de acopio, los militares también se marchan a dormir salvo a los que les toca guardia. Apago las luces y a dormir.

    La luz del poste de la calle nos alumbra un poco.

    Anna y Milagros no dejaban de mirarme, una con una mirada tierna y la otra con una mirada de sospecha, las ignoro y me echo a descansar hasta conciliar el sueño, en medio de la noche siento que alguien se echa a mi costado y me abraza, era Anna.

    No dije nada, solo quería descansar.

    Continuará.

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  • Encuentro de cuatro pieles

    Encuentro de cuatro pieles

    Mi corazón latía con fuerza ante la expectativa de mi primera cita en el mundo real con mi cybernovia fetichista, a la cual solo conocía por un seudónimo. Durante meses, nuestras charlas en línea habían girado en torno a nuestras fantasías compartidas: el brillo del látex, la sensualidad de los trajes que abrazan la piel, la dominación y la entrega total. Ahora, por fin, iba a hacer realidad ese sueño. Me había cortado el pelo, depilado cuidadosamente y preparado mi departamento para un fin de semana inolvidable.

    Todo estaba listo: sábanas de satén negro en la cama, luces tenues que resaltaban el ambiente íntimo y un arsenal de accesorios fetichistas dispuestos en un rincón. Faltaba menos de una hora para que llegara mi amada, y la ansiedad me consumía. Desnudo frente al espejo, decidí aliviar la tensión que recorría mi cuerpo. Me masturbé lentamente, dejando que el calor de la anticipación se mezclara con el placer, pero sin llegar al clímax; quería guardar mi energía para ella. Luego, comencé el ritual de enfundarme mi segunda piel, un traje de látex negro de 0.8 mm de espesor que cubría todo mi cuerpo, excepto las manos y la cabeza.

    El material, brillante y elástico, parecía latir con vida propia bajo la luz. Espolvoreé mi cuerpo con talco y rocié el interior del traje con lubricante de silicona, cuyo aroma químico ya comenzaba a excitarme. Introduje primero las piernas, sintiendo cómo el látex se adhería a mi piel como una caricia posesiva, moldeando cada músculo, cada curva. Al llegar a mi entrepierna, fui cuidadoso al acomodar mi pene erecto frente a la cremallera casi invisible, diseñada con precisión para permitir acceso a mi miembro y mi ano.

    Estas cremalleras, discretas pero funcionales, eran un detalle que me fascinaba: la promesa de permanecer envuelto en látex durante horas, sin sacrificar necesidades prácticas. Continué subiendo el traje por mi torso, dejando que el material se ajustara a mis pectorales y abdomen, abrazándome como una amante exigente. Introduje los brazos, sintiendo el látex tensarse y deslizarse hasta encajar perfectamente. Cerré la cremallera principal, que iba desde mi cuello hasta la base de mi columna, con un movimiento lento y deliberado, disfrutando del sonido sibilante del cierre.

    Frente al espejo, revisé que cada centímetro estuviera perfectamente ajustado, sin arrugas, el látex reflejando la luz como un espejo líquido. Luego, tomé las botas de látex, altas y relucientes, que se fundían casi imperceptiblemente con el traje. Cada paso que daba resonaba con un crujido sutil, un sonido que me hacía estremecer. Después, me enfundé los guantes largos, también de látex, que cubrían mis antebrazos y se unían al traje en una transición perfecta. El tacto del material contra mis dedos era electrizante, como si cada movimiento estuviera amplificado por la sensibilidad del látex.

    Finalmente, llegó el momento de la capucha. Era una máscara de látex negro, diseñada para cubrir todo mi rostro, dejando solo aberturas para los ojos y la boca. Antes de colocármela, inserté dos pequeños tubos en mis fosas nasales, asegurando una respiración fluida. También conecté unos auriculares inalámbricos, que me permitirían escuchar el mundo exterior sin romper la inmersión. Un pequeño dispositivo en la capucha distorsionaba mi voz, dándole un tono grave y mecánico que añadía un toque de misterio. Me coloqué la máscara con cuidado, ajustándola hasta que se convirtió en una extensión de mi rostro.

    Miré mi reflejo: una figura andrógina, envuelta en una brillante armadura de látex, sin rastro de mi identidad humana salvo por los ojos que brillaban a través de las aberturas. La visión me excitó tanto que sentí mi erección pulsar contra la cremallera, el látex amplificando cada sensación. De repente, unos golpes en la puerta me sacaron de mi trance: cinco cortos, tres largos, la señal acordada con mi novia. Activé la cámara remota y vi su silueta en la entrada. Era alta, con un cuerpo voluptuoso, una mujer BBW cuya presencia imponente me dejó sin aliento.

    Como acordamos, su rostro estaba cubierto por una bufanda de seda negra, ocultando su identidad. La invité a pasar con mi voz distorsionada, un tono que resonó en el silencio del departamento, ella me llamo por el seudónimo que usábamos en nuestras reuniones virtuales y asentí gravemente, entonces ella dejo que sumisamente la guiara a una habitación donde la esperaba una capucha idéntica a la mía, con los mismos tubos nasales y auriculares. En silencio, se la colocó, transformándose en una figura anónima y seductora.

    Cuando salió, sus ojos brillaron con fascinación al verme. Me había confesado en nuestras charlas que desde niña soñaba con trajes Zentai y catsuits de látex, que la idea de ser envuelta en una segunda piel la obsesionaba. Ahora, frente a mí, su mirada recorría mi cuerpo con deseo.—Nunca imaginé que existieran trajes como este —dijo, su voz ligeramente amortiguada por la capucha. Sonreí bajo mi máscara y me acerqué. Nuestras pieles de látex se rozaron, produciendo un crujido sensual que resonó en la habitación. Ella dio el primer paso, inclinándose para besarme.

    Sus labios, enmarcados por el látex, se fundieron con los míos en un beso profundo, nuestras lenguas danzando en una mezcla de calor humano y frialdad artificial. El sabor del látex se mezclaba con su saliva, una combinación embriagadora. Mi erección creció, presionando contra el traje, y sentí su cuerpo temblar de excitación.—Antes de que sigamos —dije, rompiendo el beso con una sonrisa—, debes estar vestida para la ocasión. Le revelé la sorpresa: un traje de látex hecho a medida, basado en las tallas que me había dado.

    Era más delgado que el mío, de 0.6 mm, diseñado para realzar cada curva de su cuerpo voluptuoso. Sus ojos se iluminaron, y me besó con más intensidad, murmurando agradecimientos entre jadeos. La llevé a mi habitación y le indiqué que comenzara su transformación. Ella asintió, su mirada cargada de deseo. Se desvistió lentamente, quitándose los botines, los jeans, la blusa y la chaqueta. Quedó en ropa interior, una visión que ya me tenía al borde del control. Le pedí que se despojara de todo, y ella obedeció sin dudar, revelando su cuerpo desnudo.

    Sus curvas generosas, su piel suave y sus pechos llenos me dejaron sin aliento. Pero lo que más deseaba era verla enfundada en látex, convertida en una diosa de goma. Le entregué el traje y le indiqué cómo prepararse: untó su cuerpo con jabón líquido, cuyo brillo resbaladizo hacía eco del látex que pronto la cubriría. Comenzó a enfundarse el traje, introduciendo primero sus piernas. El látex se deslizó sobre su piel, abrazando sus muslos gruesos y sus caderas anchas. Cada movimiento hacía que el material crujiera, un sonido que resonaba como música en mis oídos.

    Al llegar a su torso, el traje moldeó sus pechos, dejando sus pezones marcados bajo el látex, una visión que me hizo apretar los puños para contener mi deseo.—Revisa las cremalleras —le dije, señalando las aberturas diseñadas para sus necesidades fisiológicas. Ella, imagino, se sonrojó bajo la capucha, pero pronto entendió. Las cremalleras, estratégicamente colocadas en su entrepierna y ano, eran un detalle práctico y erótico. Luego, se puso las botas altas, también de látex, con tiras que se abrochaban con un chasquido. Cada tira que ajustaba parecía un ritual, un paso más hacia su transformación.

    Finalmente, se enfundó los guantes, gruesos y largos, que cubrían sus brazos hasta los codos. Se miró en el espejo, y su respiración se aceleró. Estaba fascinada con su reflejo, una figura de látex negro que exudaba poder y sensualidad. Me acerqué por detrás, rodeando su cintura con mis manos enguantadas. Nuestros cuerpos, envueltos en látex, se reflejaban juntos en el espejo: una masa brillante, casi alienígena, de curvas y contornos. El “Encuentro de cuatro pieles” había comenzado. Ella giró y me besó con urgencia, sus manos explorando mi cuerpo, el látex amplificando cada caricia.

    Respondí con igual intensidad, nuestras lenguas entrelazadas, el crujido de nuestros trajes llenando el aire.—Quiero sentirte —susurró, su voz distorsionada por la capucha. Decidimos masturbarnos mutuamente, un preludio a lo que vendría. Ella abrió la cremallera de mi entrepierna, liberando mi pene erecto. Sus manos enguantadas lo envolvieron, el látex deslizándose sobre mi piel con una fricción deliciosa. Cada movimiento era una tortura exquisita, el material amplificando cada sensación. Luego, se inclinó y comenzó a besar mi glande, sus labios húmedos contrastando con la frialdad del látex.

    Su lengua recorrió cada centímetro, lenta y deliberada, hasta que me llevó al borde. Cuando me corrí, ella tragó cada gota, lamiendo el látex de sus labios con una sonrisa. Era mi turno. Abrí la cremallera de su entrepierna, revelando su vulva húmeda y palpitante. Me arrodillé, besando sus labios inferiores con devoción, el aroma de su excitación mezclado con el olor químico del látex volviéndome loco. Mi lengua exploró su clítoris, trazando círculos lentos que la hicieron gemir y arquearse. Sus espasmos crecieron, y pronto un torrente de fluidos vaginales inundó mi boca.

    Chupé con avidez, saboreando la mezcla de su esencia y el látex, un elixir que me enloquecía. Nos besamos con ternura, nuestras manos enguantadas recorriendo nuestros cuerpos, el látex crujiendo con cada roce. Cuando mi erección regresó, le pedí que se pusiera a cuatro patas. Ella obedeció, levantando su trasero cubierto de látex, la cremallera anal invitándome. Me puse un condón, lubricando mi pene y sus pliegues anales con gel de silicona. Entré lentamente, sintiendo la resistencia inicial.

    Ella jadeó, un mezcla de dolor y placer, pero pronto se relajó, y el movimiento rítmico se volvió una danza de éxtasis. Aceleré, el látex de nuestros cuerpos chocando, hasta que me corrí con un gemido gutural, llenando el condón dentro de su cavidad dilatada. Exhaustos, nos abrazamos. La subí a una mesa, me puse otro condón y la penetré vaginalmente, nuestros cuerpos fusionándose en una masa de látex y pasión. Durante dos días, alternamos entre sexo salvaje, momentos de ternura y charlas íntimas sobre nuestras fantasías.

    Al segundo día, antes de separarnos, le pedí que nos quitáramos las botas y hiciéramos el amor en mi cama. Mientras la penetraba, le confesé que era la persona más especial que había conocido y le propuse ser mi novia en el mundo real. Ella aceptó, y entre jadeos, nos quitamos las capuchas. Por primera vez, vimos nuestros rostros reales, besándonos con una intensidad que trascendía el látex. Cuando llegó el momento de volver a la “vida normal”, nos despojamos de nuestras segundas pieles. Desnudos, frente a frente, le pregunté con una sonrisa:—A propósito, ¿cuál es tu nombre real?

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  • Se entregaba por interés

    Se entregaba por interés

    Nicolle la prima de mi esposa en uno de nuestros encuentros me contó como mi esposa le confesó que se entregaba a tres hombres mayores por interés.

    Como ya les he relatado mi esposa tuvo una etapa económica muy difícil y tomo como solución ser prepago, ella me conto de solo tres encuentros, pero fueron muchos más, al parecer no siguió prostituyéndose, pero no volvió a hacer el amor gratis, por lo menos no con quienes tenían recursos y ella podía sacar provecho.

    Esto me conto Nicolle

    “Un día mi prima se fue a quedar a mi casa, mis padres salieron de fiesta y ella iba a pasar la noche con nosotras, cerca de las 9 pm sentí que un carro se estaciono frente a mi casa, mire por la ventana y dentro estaba mi prima, sonreía y hablaba con el conductor, no podía ver muy bien lo que hacían, pero notaba que se besaban, a los 10 minutos se bajó mi prima, estaba vestida de minifalda y blusa de tiritas ambas blancas y traía unos zapatos de plataforma, la minifalda era muy corta, tanto que cuando se agacho para despedirse por la ventana del carro del conductor se le vio la mitad de las nalgas.

    Entro y de inmediato noté que estaba bastante tomada, tenía un tufo tremendo y estaba mareada, empezó nuestra conversación:

    Nicolle: primita de dónde vienes le dije (ella solo se rio)

    Esposa: si te contara prima lo bien que la pase este día

    Nicolle: pues cuénteme prima, donde la tenían que viene tan feliz.

    Esposa: Primita pero que nunca nadie sepa esto, te cuento que a raíz de tanta necesidad y por el comentario de una conocida, me di cuenta que de amor no se vive, yo esperando el príncipe azul y solo sapos aparecen.

    Nicolle: ¿Qué comentario te hicieron prima?

    Esposa: Prima pues que nosotras nos acostamos de gratis, pudiendo sacar provecho de lo que tenemos, eso me quedo sonando mucho y llevada en parte por la necesidad empecé a aprovechar mis encantos.

    Nicolle: y tú que tienes de sobra

    Esposa: pues a la conocida le pregunte como hacerlo, me explico que había que antojarlos, e ir sacándoles de a poco, inventar una necesidad siempre y vestirse provocativa, yo inicie con el que me trajo, de los 3 con los que salgo es el que más me gusta, salimos a comer algo, besitos, luego me deje manosear, le pedí algo de dinero no mucho, después se lo chupe, y le pedí más cosas, así lo tuve más o menos un mes, hasta que me deje hacer el amor, desde ahí le pido lo que quiera, hoy después de 3 meses saliendo lo deje que me lo metiera por atrás, estaba feliz y me dio una buena suma de dinero, sé que sonara como si fuera una prostituta, pero desde mi punto de vista es un intercambio.

    Nicolle: ¿y los otros dos?

    Esposa: uno es amigo de los primos Rene y William, es un señor bello, pero muy crecido, lo llevo suave, me invita a comer y de los besos y alguna que otra caricia no hemos pasado, el otro lo conocí en una capacitación del trabajo, es poco agraciado, pero es el más amplio, lo he dejado que me manosee toda y le he chupado la verga con tragada de semen y todo, por cierto la tiene grande, con el tengo planeado un viaje a fin de mes a Cali donde él me va a comprar ropa y por supuesto yo le pagare con mi cuerpo.

    Esa fue la información que me dio la querida prima de mi esposa, me dijo que nunca más tocaron el tema, todo concuerda con los relatos que me ha hecho mi esposa.

    Espero les haya gustado la historia.

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  • La prisión de los placeres culposos

    La prisión de los placeres culposos

    De seguro, en algún medio de entretenimiento, como puede ser una película o una serie de televisión, ver la historia de un expresidiario, y el como hizo para sobrevivir el día a día en un entorno tan hostil como es el de una prisión. Este tipo de historias ya son tan comunes que la inmensa mayoría de las personas ya está cansadas de las mismas pero, el día de hoy, te voy a contar como fue mi experiencia como prisionero, y te aseguro que no se parece en nada a cualquier otra historia del estilo que hayas escuchado.

    Primero que nada, quiero que sepas que todo esto empezó cuando yo estaba en secundaria. Desde siempre, yo fui un joven bajito, delgado, y sin mucha personalidad, pero siempre tuve algo a mi favor, y fue mi gran talento para el hackeó y para la creación de sistemas digitales.

    Tras graduarme con honores de la secundaria a los 18 años, parecía que iba a tener un futuro brillante pero, tristemente, terminé yendo por el mal camino. En lugar de usar mis conocimientos para trabajar en una empresa prestigiosa, decidí usarlos para realizar todo tipo de actividades ilegales (tales como hackear cuentas bancarias, hacer estafas digitales, el tráfico de información, etc.). Al principio, mis negocios ilegales iban muy bien, pues me daban muchas ganancias, y era tan listo y tan cuidadoso qué nadie era capaz de rastrearme pero, al cumplir los 21 años, cometí un pequeño error, le permitió a la policía dar con mi paradero y arrestarme.

    Pese a que contraté a un abogado prestigioso para que me defendiera en el juicio, este me dijo que mi caso estaba completamente perdido, pues tenían pruebas contundentes en mi contra. Tras escuchar aquella desesperanzadora noticia, yo le rogué que hiciera lo que fuera para ayudarme, pues era consciente de que, si me enviaban a la cárcel, iba a terminar siendo el juguete sexual del reo más grande.

    Mi abogado me dijo que la única solución a mi problema era que yo declarará ante el jurado que me autopercibía como mujer para que me enviaran a una penitenciaria femenina ya que, según las leyes de mi país, el estado tiene la obligación de tratar a los ciudadanos como se autopercibían y, aunque no me gustaba la idea, termine aceptando.

    Al llegar el día del juicio, mi abogado y yo pusimos en marcha nuestro plan, el cual terminó funcionando, y el juez me declaró culpable y me sentía a pasar tres años de cárcel en la prisión de las Amazonas. Yo, tras oír el veredicto, me puse contento, pues pensé qué cumplir mi condena en una cárcel femenina sería algo sumamente simple pero, dentro de poco, descubriría que no iba a ser tan así.

    Un día después del juicio, por la noche, un patrullero me escoltó hasta la prisión de las Amazonas, la cual era una institución muy particular, ya que era la única en el mundo que era poblada y administrada por mujeres en su totalidad (eso incluye no solo a las prisioneras, sino también a las guardias, las enfermeras, el personal de limpieza, etc.).

    Ni bien baje del vehículo, fue recibido por una de las tantas guardias de la prisión, la cual era una mujer alta, rubia, de 35 años de edad, musculosa, y que usaba un uniforme tan ajustado que ayudaba a resaltar sus inmensas tetas y su enorme culo.

    “¡Caminando, escoria!” exclamó ella, con un gesto de enojo, mientras me agarraba del brazo “¡La directora te está esperando!”

    La guardia me escoltó hasta la oficina de la directora, la cual era una mujer pelinegra de piel blanca que, pese a tener 43 años de edad, se veía más joven de lo que realmente era y, aunque tenía tetas medianas, lo compensaba con un culo enorme.

    “Así que tú eres el nuevo ¿Cierto?” me preguntó la directora “Debo felicitarte, pues eres el primer hombre que va a habitar está institución”

    “Le recuerdo, señora, que yo no soy un hombre” le dije, con firmeza “¡Soy una mujer!”

    “¡No intentes tomarme de idiota, mocoso!” exclamó enojada y, con una sola mano, me agarró del cuello de la remera y me levanto “¡Podrás haber engañado a los estúpidos del jurado, pero a mí no me engañas! Pero en fin ¿Quieres que te tratemos como una reclusa? ¡Pues te vamos a tratar como una reclusa? ¡Oficial Emma, dele la bienvenida adecuada a nuestro nuevo huésped!”

    “¡Será todo un placer, directora Zoe!” exclamó la guardia, con una sonrisa pervertida, mientras me escoltaba fuera de la oficina.

    Luego, Emma, la guardia, me llevo adentro de un baño, me arrojo en el suelo, cerró la puerta, y comenzó a desnudarse.

    “¿Pero qué estás haciendo?” pregunte, asustado, mientras intentaba pararme.

    “¿No lo ves? ¡Me preparo para cogerte!” exclamó ella, quien ya estaba completamente desnuda “¡Una de las tradiciones de esta cárcel es recibir a las nuevas reclusas, para que sepan quien manda aquí!”

    “¡Piedad, yo soy virgen!”

    “¡Siempre me dicen lo mismo! ¿No te conoces otra excusa?” exclamó ella, mientras agarraba mi cabeza y la apoyaba contra sus abdominales perfectamente marcados “¡Páseme la lengua!”

    “¡De ninguna manera!” exclamó, con incomodidad y con excitación.

    “¡O haces lo que te digo o te meto todo mi bariston por el culo!” exclamó ella, con mucha seriedad.

    Con mucha impotencia, acate la orden de Emma y, aunque me dé rabia admitirlo, me encantó el sabor tan erótico que tenían esos abdominales. Luego, la mujer hizo que me pusiera de rodillas, y me forzó a chuparle el coño, el cual estaba todo mojado.

    Mi lengua recorrió hasta el último rincón de las partes íntimas de esa guardia, las cuales tenían un sabor muy dulce, al tiempo que la escuchaba gemir con gran pasión.

    Luego de mucho sexo oral, Emma empezó a desgarrar mi ropa y, al tiempo que lo hacía, me lamía y me besaba todo el cuerpo. Yo luche por intentar evitar que ella hiciera lo que quisiera conmigo, pero me fue imposible debido a que tenía las manos esposadas detrás de la espalda y a la enorme diferencia de tamaño y de fuerza que había entre ella y yo.

    Una vez que quede completamente desnudo, ella se quedó estupefacta por unos instantes mientras me miraba la verga, la cual estaba completamente erecta.

    “¡Mierda!” exclamó ella, sorprenda “¿Quién diría que un putito tan flaco y afeminado como tu tendrías semejante manguera debajo de los pantalones? ¡Sin duda, serás una buena adquisición para Maya!”

    “¿Para quién?” pregunte, confundido.

    “¡Eso no importa ahora!” exclamó ella, mientras se ponía encima de mí “¡Porque ahora me perteneces a mí y solo a mí!”

    Emma, sin ninguna piedad o arrepentimiento, metió mi verga dentro de su coño mojado y perfectamente depilado, y ambos comenzamos a tener sexo violento, en dónde ella era la activa que hacía lo que quería y yo solo el pasivo que estaba a su completa merced.

    Durante el acto sexual, la guardia me obligó a chuparle las tetas, y a darle besos muy ensalivados y apasionados.

    Mi abuso continuó durante un buen rato hasta que, finalmente, ambos acabamos al unisonó. Luego, ella se volvió a poner su uniforme de guardia, y se puso de pie.

    “¡Jamás había abusado de un hombre antes y, para serte sincera, fue una gran experiencia!” exclamó Emma, mientras yo seguía temblando acostado en el suelo posición fetal “Espero que te haya gustado tu regalo de bienvenida, ahora te dejare unos minutos para que te recuperes”

    Al salir Emma del baño, yo, que aún estaba en estado de shock por haber sido abusado por una mujer y por haber perdido mi virginidad de ese modo, no sabía cómo sentirme exactamente. Por un lado, me sentía sucio y patético, pues había Sido vulnerado totalmente pero, por el otro, había Sido una experiencia muy excitante, de cierta forma, placentera.

    Al cabo de un rato, la guardia regresó con un traje de color naranja, el cual era el uniforme de la prisión, y me lo dio para que me lo pusiera. Aquel atuendo me quedaba muy grande pero, aun así, me lo tuve que poner igual, pues no tenían mi talla.

    Luego, la milf rubia me escoltó por los pasillos de la penitenciaria, en dónde estaban encerradas el resto de prisioneras. Las mujeres que estaban encerradas en esas celdas tenían entre 20 y 43 años de edad, y todas eran altas, musculosas, con rostros y cuerpos femeninos, tetonas, y culonas.

    Al verme caminando por el pasillo, la mayoría me empezó a gritar cosas como:

    “¡Ven, lindo, que te voy a terminar de criar a sentones!”

    “¡Si te agarro te violo, mariquita!”

    “¡Mi culo necesita un lugar donde sentarse y tú estúpida cara es ideal para el!”

    Finalmente, Emma me metió dentro de una celda, la cual ya tenía una mujer adentro de ella, y me quitó las esposas.

    Aquella lugar, más que parecer a la típica celda de una correccional, parecía el cuarto de un hotel medianamente lujoso, pues contaba con un televisor, un aire acondicionado, y una cama matrimonial. Además, la mujer que allí vivía media dos metros de altura, tenía la piel bronceada, el pelo teñido de rojo, unos ojos de color verde intenso, un cuerpo muy musculoso pero femenino, unas tetas inmensas, y un culo enorme.

    “¿Así que este es el famoso hombrecito?” pregunto la prisionera, con una sonrisa pervertida “¡Es más lindo de lo que esperaba!”

    “¡Y tiene una verga muy buena, te lo garantizo!” exclamó Emma y luego recibió un fajo de billetes de la criminal “¡Es siempre un placer hacer negocios contigo, Maya!”

    En cuanto Emma se fue, mi compañera de celda y agarro debajo de los brazos, me levanto como si fuese un muñeco de trapo, y me apoyo contra la pared de la celda

    “¡Por favor, no me mates!” exclame, asustado.

    “¡Que lindo te ves cuando tiemblan!” exclamó ella, y luego me pasó su lengua toda ensalivada por el cuello “¿Realmente crees que pague tanto dinero por ti solo para asesinarte?”

    “¿Dinero?” pregunte, confundido.

    “Cómo eres nuevo, te voy a explicar cómo son las cosas: mi nombre es Maya, y soy la máxima autoridad detrás ¡Aquí nadie hace nada si yo no lo digo! Me dedico principalmente al negocio de la prostitución, tengo varias putas trabajando para mí, y tú vas a ser una más de ellas”

    “¡No puede ser!” exclame, preocupado.

    “¡Claro que puede ser! En cuanto me enteré de que un hombre iba a ser enviado a esta prisión, le pedí a Emma que lo probará para ser si servía para complacer sexualmente a las reclusas y, por suerte para ti, ella dice que si sirves como juguete sexual viviente, así que le pagué una buena suma de dinero para que te enviara conmigo ¿Tienes idea de cuanto pagarán las perras que habitan este basurero para tener una verga dentro de sus coños? Algunas mujeres llevan más de una década sin coger con hombres y, como aquí no están permitidas las visitas conyugales, la única forma que tienen de saciar su hambre de pito es pagándome a mí, que tengo el monopolio del único varón de toda la institución”

    “¡Me niego a ser una puta!” exclame, con firmeza “¡Tengo mi dignidad!”

    “¡No te lo estoy preguntando si quieres ser mi puta, te estoy informando que vas a ser mi puta!” exclamó Maya, mientras me lanzaba sobre la cama de la celda, y luego se empezó a desnudar “¡Ahora prepárate, porque quiero probar esa verga que tengo le gustó a la guardia!”

    “¡Espera, por favor!” suplique, mientras me arrastraba sobre la cama “¡Recién me acaban de arrancar mi virginidad a través del abuso, dame un respiro!”

    “¡Ya te dije que tú no tienes ni voz ni voto aquí!” exclamó ella, mientras se abalanzaba sobre mi “¡Te voy a entrenar para que seas la mejor puta que haya pisado esta prisión!”

    Cuando Maya comenzó a quitarme la ropa, yo solo acepté lo que estaba por ocurrir porque, si no había podido evitar que Emma abusase de mi, mucho menos iba a poder defenderme de mi compañera de celda, que era mucho más grande y fuerte que ella.

    Una vez que los dos estuvimos desnudos, Maya se puso encima de mi, y me forzó a chuparle el coño, al tiempo que ella me hacía una paja rusa con sus inmensas tetas y me chupaba la verga con gran intensidad.

    “¡Que bien se siente volver a chupar un buen pito después de tanto!” exclamó Maya, mientras lamía la cabeza de mi verga “¡Y tú lengüita también se siente muy bien!”

    Luego de mucho sexo oral, ella se levantó, y dejo caer su enorme culo sobre mi cara, aplastándola por completo.

    “¡Chupa mi culo, puta de mierda!” ordenó ella.

    “¡No, jamás!” exclame, mientras intentaba sacarme de encima.

    “¡O me llames el culo o te mato, de la misma forma en la que mate a mi marido por no poder satisfacerme! exclamó Maya, mientras aguantaba su inmenso trasero, haciendo que mi cabeza rebotara entre sus nalgas.

    Al no tener más opción, metí mi lengua dentro del ano de mi proxeneta, lo que hizo que está gimiera de placer. Al principio, pensé que dar un beso negro sería demasiado desagradable, pero me terminó gustando el sabor fuerte y erótico de esa culona.

    Luego de chuparle el culo a Maya por un buen rato, ella se levantó y, de un sentón, metió mi verga dentro de su ano.

    “¡Gime más, zorra!” exclamó ella, al tiempo que me daba fuertes sentones y me estrangulaba “¡Me encanta cuando los hombres me suplican piedad!”

    Cada uno de los sentones de Maya se sentía como si me cayera un edificio de concreto sobre la pelvis, y su culo era tan apretado que, por un momento, sentía que mi verga iba a ser triturada pero, pese a todo y a lo humillado que me sentía, lo disfruté de gran manera, lo cual hizo que me sintiera culpable.

    Finalmente, tras mucho sexo anal, termine acabando dentro del culo, y ella puso su coño en mi boca y acabo dentro de ella, llenando la de jugos vaginales.

    “¡Trágatelo todo, zorra!” ordenó ella, mientras me tapaba la boca, y yo terminé acatando su orden “¡Eso es, buena putita! Sin duda, he hecho una excelente inversión ¡Así tiempo que no cogía así!”

    “¡Por favor, déjame descansar un poco!” exclame, agotado “¡Ya me cogieron dos veces en el día, mis piernas no dan para más!”

    “¡Bueno, está bien, pero solo lo haré porque has sido un buen chico! Ahora duerme tranquilo y descansa bien, porque mañana empiezas a trabajar para mi ¡Mas te vale hacerme ganar mucho dinero, o te prometo que no saldrás vivo de esta cárcel!”

    Luego, Maya y yo nos acostamos desnudos en la misma cama y, mientras ella se quedó dormida rápidamente, yo me quedé reflexionando un buen rato sobre como sería mi vida a partir de ahora.

    Es irónico ¿No lo creen? Había pedido que me enviaran a una prisión femenina para evitar convertirme en un juguete sexual y, al final, termine siendo la putita de todas las reas. Solo el tiempo diría si podría sobrevivir a esa adversidad o no.

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    ¿Te gusta? ¡Sí? Pues todo lo que me dejes hacerte a ti me lo podrás hacer tú a mi después. Comenta ella susurrando mientras sus caras están a escasos centímetros después de besarse apasionadamente. Soy todo tuyo con una mente muy sucia para el placer. Contesta él a la vez que recorre el cuerpo de ella desnudo con la yema de los dedos.

    Ella sujeta la mano de él y la acompaña hasta su boca. Él acaricia sus labios húmedos hasta que ella los entreabre y se los introduce en la boca. Lo hace muy lentamente y poco a poco. Él los deja inmóviles permitiendo que sea ella la que lleve la iniciativa en el juego. Sus cuerpos se cargan de vicio al roce de la piel con piel. Sus miradas despiden complicidad, se miran con admiración carnal a la vez que sus mentes amplifican su conexión perversa.

    Ella se cambia de posición para subirse sobre él. El tumbado boca arriba queda expectante ante su compañera de cama. Ella se dispone a sentarse sobre él colocando las piernas abiertas y flexionadas alrededor del cuerpo de su amante. Como arrodillada.

    Él comenta con picardía. No me creo que tengas los pies y las piernas tan frías. Estás helada. Ella se recuesta sobre él frotando sus senos por el torso de él de forma muy sexual a la vez que le responde. No todo está frío. En el interior estoy ardiendo como en el infierno. Él la mira a los ojos con intensidad y le replica. Mmm… Eso parece. No sé si las puertas del infierno podrán contener tanto calor y vicio.

    Ella aprieta su pubis contra el cuerpo de él unos segundos y vuelve a colocarse sentada erguida. Dos sonrisas cómplices aparecen en sus caras al notar la humedad. Él arropa con sus manos los pechos de ella. Los masajea y magrea con delicadeza mezclada con cierta violencia. Los estruja entre sus dedos y juega a pellizcar los pezones. Por su parte, ella le mira con cara de asombro y un punto de incredulidad. Mandíbula ligeramente descolgada, cejas arqueadas y ojos abiertos. Sin embargo se suma al juego arañando la zona pectoral de él.

    Él hace una mueca de media sonrisa mientras que ella se muerde con fuerza el labio resultando muy sexy. Mantienen esa tensión y juego unos segundos. No hablan pero entre sus mentes hay conexión y conversación. Hasta que ella verbaliza en tono paternalista. Te dije que todo lo que me hagas lo tendrás que sufrir o disfrutar tú también. Esa es mi única condición. (Dice a la vez que lo mira desafiante)

    Él le hace con la mano el gesto de que se dé la vuelta. Ella le obedece haciéndose la ingenua. Se cambia de posición a la vez que está constantemente buscándole con la mirada para poder seguir las instrucciones que le dé. Como si no supiera lo que busca. Él la guía hasta que su vulva está sobre su cabeza. Entonces comienza a lamerle los labios y buscar penetrar con su lengua. Ella sigue el juego y comienza a darle sexo oral. Ella relaja su cuerpo y queda mucho más manejable. Él puede sujetarle las nalgas y buscar más profundidad con su boca. Que es correspondido con una garganta profunda. Si él se pasa a interactuar con el clítoris, ella hace lo propio con el glande de él.

    El juego continúa subiendo la intensidad, se pasa a la zona del perineo. Ambos aceptan y consienten la escalada de placer. Sus lenguas compiten por ensalivar mejor el cuerpo del otro. Cada cual recurre a sus habilidades ocultas y secretas para generar el mayor de los placeres. Hasta se llega al beso negro.

    En ese momento ella detiene el juego. Para, recuerda mi regla, si te lo puedo hacer tú me lo puedes hacer. Él desde la entrepierna de ella le contesta. ¿Lo dices en serio? Muero de ganas. En ese momento ella se quita de encima y él acerca sus rodillas al pecho mientras sigue bocarriba sobre la cama favoreciendo que le haga beso negro. Ella al verlo tan predispuesto, se sonríe ligeramente y se dice para ella misma. Hoy va a estar muy bien.

    Ella retoma el sexo oral. Sujeta la polla en erección de él y succiona con sus labios el glande a la vez que le hace una paja. Con la otra mano, ejerce una ligera presión en el ano de él que apenas opone resistencia para ser penetrado. Ella se sorprende de tal facilidad pero no cesa en su labor. Los gemidos empiezan a ser cada vez más seguidos e intensos. Ella va aumentando la profundidad de su dedo en el culo de él y en la práctica de la garganta profunda.

    Ella siente como el placer invade el cuerpo de él, sus sensaciones, espasmos, gotas de sudor que deslizan por la piel, como la mente se bloquea. El calor de las entrañas emanando placer.

    Él con el arrebato del placer agarra la cabeza de ella para que haga un oral más profundo. Sabe que está con la mujer adecuada, que no se asusta por prácticas no muy habituales en las relaciones heterosexuales. ¿Te gusta? Los gemidos tornan en palabras que pese a ser poco agradables, excitan de sobremanera a ella. Que a su vez, conocedora de cómo es esa situación de clímax en prácticas no tan convencionales, le introduce un segundo dedo en el culo.

    El tiempo parece detenerse y a la vez de convertirse en un instante. Todo se intensifica. Ella no se detiene hasta el último momento que quita de su boca la polla de él. El cuerpo de él se estremece y se contrae en general. Con dificultad ella mueve los dedos en el interior del culo para seguir estimulando la próstata. Siente como ocurren las contracciones en el interior del cuerpo y se prepara la corrida para salir disparada. Él está apretando los dientes de placer y satisfacción. No suele encontrar una mujer que comprenda su gusto. Por momentos se olvida de ella y solo recibe placer. No hace nada con ella, salvo recibir placer hasta el límite. Su corrida está ya en plena ebullición en su cuerpo. Lucha el placer de la corrida con el placer de la penetración anal y estimulación prostática.

    Abundante, blanquecina, muy brillante y más acuosa que viscosa. Toda salpicada por el cuerpo sin vello de él. Totalmente satisfecho y agotado la mira. Ella se acerca a lamer del cuerpo parte de la corrida. Él le pasa el brazo por encima para fundirse en un beso en los labios, intercambiando de boca a boca el semen.

    En un gesto de cariño sujeta su cabeza por la parte posterior del cuello hasta el lateral. Después de este último juego, ella le dice con cierto tono de reproche: Al final creo que me debes algo ¿no? Él asiente con la cabeza y confirma. Te debo bastante placer, te lo tengo que pagar igual ¿verdad? Ella, le hace una caricia y un guiño. Para mí también ha sido muy excitante, pocos son tan libres como tú. Pero no diré que no si me quieres invitar a un placer así. Por cierto, tengo juguetes para los dos. ¿Te gusta? A lo que él responde. ¿Cuándo jugamos?

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