Autor: admin

  • Una tarde en los cines x

    Una tarde en los cines x

    Sólo la vergüenza y el pudor de su hermano podía evitar que abriera la puerta y nos encontrará allí, obscenamente desnudos. En el suelo, encendidos por el sudor, sobre una manta. Yo tenía una novia a la que engañaba con el pretexto de que tenía que trabajar en una futura publicación. A ella le daba igual, o eso me hacía creer. La novia sufría la realidad que imaginaba, el hermano protector no quería que su hermana sufriera las miserias de los engaños. Y los dos, allí, dentro de aquella pequeña habitación de una camita concentrados en el sexo del otro.

    Mientras en el silencio de la habitación solo se oían algunos chasquidos de lengua y gemidos ahogados, por fuera los desenvueltos y discretos movimientos de quién nada tiene que ocultar y todo que ignorar.

    Habíamos acabado en el suelo para que los codos y rodillas no tropezaran con paredes o ser sorprendidos por una caída al vacío. La sangre hervía. En una época en que el porno no era cotidiano y ni jóvenes, ancianos o profesionales exhibían sus acrobacias amateurs había que ir a las salas X de la calle Cuenca de Valencia. Allí sentados, casi solos, observábamos las contorsiones de los actores en sesión continua, sin cortes. Con la única proximidad de los que se acercan a una pareja con la esperanza de que aceptaran compartir su deseo y sus cuerpos. Le pedí que se quitara las bragas y lo hizo.

    Vi que bajaba un brazo y luego el otro y subió con ellas en un puño. Se las cogí y las olí antes de introducirlas entre mi camisa y mi pecho. Cuando bajé la mano me esperaba un sexo húmedo, abierto, y lo oí, mis dedos se abrieron paso y exploraron los recovecos de su intimidad. Se paseaban por un labio y por el otro, por el clítoris y entraban ligeramente. Ella respiraba agitada agarrándose al brazo que la torturaba mientras que la película terminaba con la copiosa emanación de aquel poderoso pene que ocupaba algún metro de la pantalla.

    La luz nos cegó. Y alguien nos hizo saber que, aun siendo continúa, era el último pase del día… Sudando hasta el coche, pero sin devolverle su prenda. Un castigo cariñoso. Me excitaba saber que se sentaba sobre su humedad.

    Apenas sin decir nada entramos en aquella habitación que nos salvaría. Sus tetas se liberaron a la luz tenue que entraba de la iluminación de la calle. Brillaron. Adivinaba el perfil de sus pezones erguidos y se abalanzó sobre mi sexo. Medio sentado y ella inclinada lo vi desaparecer en su boca, llenarla, tensando los labios sobre un glande que lloraba. Al ritmo del cadencioso ritmo aparecía y desaparecía como un neón intermitente de una publicidad obscena evocando, con el brillo, lo que instantes más tarde era placer. El morbo de la presencia precedía a la oscuridad de su garganta.

    No aguantaba más. Necesitaba actuar. Abracé sus caderas para acercar su cuerpo. Casi a cuatro patas y pude ver surgir de la oscuridad, subrayadas por la luz, las redondeces de sus nalgas. Por un instante un brillo central me permitió identificar mi objetivo. Me acerqué y olí profundamente. Pasé la lengua sin presionar. Desde su profundidad a su botón. Me mojaba el bigote. Haciéndome sentir como un niño sorprendido mientras se amorra a la tarta de nata. Mi lengua empezó a entretenerse cerca de su orificio más estrecho, haciendo círculos, rodeándolo, alejándome para caer de dónde salían sus jugos y presionar en su clítoris.

    Ella se olvidaba de mí. No podía concentrarse. Pero mantenía sus piernas erguidas a pesar de la flojedad que la invadía. Me salpicaba la cara cuando estalló sin mediar aviso. Se escapaba sin que yo soltara sus caderas divirtiéndome con la lengua que se abría paso en su sexo que se contraía al ritmo de su placer.

    Afuera, el hermano pensando qué podía estar pasando dentro.

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  • El fetiche de mi amante (caps. 1 a 5)

    El fetiche de mi amante (caps. 1 a 5)

    Capítulo 1: Vestida para su deseo prohibido

    Esta es mi historia, aunque a veces la fantasía se entrelaza con la realidad para dar sabor a la vida. Permítanme presentarme: soy Sol, una mujer que encuentra en la clandestinidad y la sumisión a su amante, Rafael, un escape a la monotonía de su matrimonio. Mido 1.66 metros, y hoy, con mis tacones favoritos, alcanzo una altura de 1.73 metros, una presencia que irradia una sensualidad discreta pero poderosa.

    Mi cabello rubio ceniza, siempre cuidado y con un brillo sutil, cae en ondas suaves hasta mis hombros, enmarcando un rostro de facciones delicadas pero con una mirada intensa, de ojos color miel que hoy arden con anticipación. Mis senos, generosos, de una talla 40D (101.6 cm), se insinúan bajo el ajustado vestido rojo, prometiendo las curvas que tanto enloquecen a Rafael.

    Hoy, mi elección de vestuario es una declaración de intenciones. Un vestido rojo pasión, de un tejido suave que se adhiere a mis curvas como una segunda piel, resaltando la forma de mis caderas y la redondez de mi trasero. Debajo, un conjunto de encaje negro, una caricia traviesa contra mi piel depilada, un secreto que solo Rafael descubrirá.

    Mis piernas desnudas bajo el vestido son una invitación silenciosa, al igual que la lencería que llevo: una tanga negra, impregnada de mi aroma después de días de usarla, lista para ser reclamada como un trofeo. Las ligas negras, adornadas con un delicado encaje, tensan mis medias, añadiendo un toque de fetichismo a mi atuendo. Unas gotas de mi perfume favorito, una fragancia embriagadora y sensual, completan esta armadura de deseo.

    El sonido del cerrojo al cerrarse tras la espalda de mi marido fue la primera nota de la sinfonía de excitación que vibraba en mi interior. Se había ido, como cada mañana, ajeno al temblor húmedo que ya me recorría. Hoy no era un día de rutina; hoy, mi amante, Rafael, cruzaría este umbral, trayendo consigo la tormenta de placer que mi cuerpo anhelaba en secreto.

    Recordé los juegos previos con Rafael, la forma en que sus manos expertas recorrían mi cuerpo bajo la lencería, la excitación de sus juguetes íntimos deslizándose dentro de mí. Sentía su posesión cuando me vendaba los ojos y me hacía suya, explorando cada rincón de mi ser. Esos momentos, donde la sumisión se entrelazaba con el placer, eran un escape a la monotonía de mi vida conyugal.

    La tanga negra, esa prenda que guardaba su aroma, mi propio aroma intenso después de días de llevarla contra mi piel febril, era un recordatorio constante de su posesión. Sabía que la reclamaría como un trofeo, dejándome al aire, la humedad pulsando entre mis muslos en anticipación de su tacto. Las ligas mordían mi piel, tensando las medias de encaje, cada detalle un eslabón en la cadena de mi sumisión voluntaria. Mi coño latía, ya empapado solo con la idea de él.

    El espejo me devolvió una imagen lasciva, muy lejos de la esposa apagada que mi marido daba por sentada. Mis ojos, oscuros con el deseo, brillaban con una intensidad que rara vez se permitía ver la luz del día. Mis pechos, grandes y turgentes, se derramaban sobre el escote, los pezones erectos y oscuros marcándose con impudicia a través de la tela fina. Sentí el calor concentrarse entre mis piernas, mi entrada ya palpitante, lista para ser invadida. Los tacones altos me elevaban, ofreciendo mi cuerpo en una postura de entrega provocativa.

    Unas gotas de perfume, una esencia cargada de promesas carnales, sellaron mi metamorfosis. Cada inhalación era una punzada de excitación, un anuncio olfativo de la pasión que estaba a punto de desatarse. Mientras repasaba mi maquillaje, mi mente se llenaba con la imagen de Rafael, su sonrisa depredadora, la forma en que sus ojos oscuros me desnudaban con solo mirarme.

    Una punzada de nerviosismo se mezcló con el fuego que me consumía. La idea de lo prohibido, de este encuentro clandestino en mi propio hogar, era un afrodisíaco potente. La adrenalina danzaba en mis venas, preparándome para la entrega total.

    La espera era una tortura deliciosa. Cada crujido de la casa, cada susurro del viento, me hacía tensar. Finalmente, el timbre resonó, un latido fuerte en el silencio cargado de deseo. Abrí la puerta, mis labios curvándose en una sonrisa nerviosa y expectante. Él estaba allí, su mirada oscura clavándose en mi cuerpo, desvistiéndome centímetro a centímetro.

    Cerré la puerta, el sonido resonando como un presagio. Sin dudarlo, me arrodillé ante él, ofreciéndole mi boca como un cáliz. “Mi dueño,” susurré, sintiendo la dureza de su erección presionando contra mis labios. “Estoy lista para ti.”

    Mi boca se abrió, ansiosa por devorar su masculinidad, por sentir el sabor salado de su deseo, el pulso firme que anunciaba la tormenta que estábamos a punto de desatar. Mi lengua danzó sobre la punta hinchada, saboreando las gotas de líquido preseminal que ya la humedad de sus manos se enredó en mi cabello, guiando mi boca más profundamente mientras gemía en mi oído. El olor de su excitación me invadió, volviendo mi coño aún más líquido.

    Él me levantó bruscamente, sus manos deslizándose bajo mi vestido para apretar mis nalgas desnudas. Me condujo sin decir palabra hasta la encimera de la cocina, levantándome y abriendo mis piernas sin delicadeza. Sentí su erección dura presionando contra mi entrada húmeda.

    Con un gruñido bajo, se lanzó sobre mí, penetrándome con una fuerza salvaje. El dolor agudo se mezcló con una punzada de placer impuro. Gemí, aferrándome a sus hombros mientras sus embestidas se volvían más rápidas y profundas. Sentí mi tanga rasgarse bajo su furia, la tela ofreciendo una resistencia inútil. La humedad entre mis piernas se intensificó, mi cuerpo respondiendo a su salvajismo con una necesidad desesperada.

    Mientras me follaba contra la fría superficie, sus manos exploraban mi cuerpo con una urgencia posesiva. Apretó mis pechos, sus dedos pellizcando mis pezones erectos hasta que grité. Su boca descendió sobre mi cuello, mordisqueando mi piel mientras sus embestidas se hacían más frenéticas.

    En ese torbellino de dolor y placer, sentí mi orgasmo acercarse, una ola de contracciones intensas que me hicieron gritar su nombre. Mis fluidos se derramaron, mezclándose con su sudor y el aroma acre del deseo prohibido. Él gritó también, su semen caliente llenando mi interior mientras se aferraba a mí con una fuerza brutal.

    Sin darme respiro, tomó uno de los pasteles de la encimera, la crema fría contrastando con el calor de nuestros cuerpos unidos. Con una sonrisa lasciva, untó la crema en mis pechos sudorosos, lamiendo con avidez mientras sus dedos seguían preparándome sin piedad. El sabor dulce y artificial se mezcló con el sabor salado de mi excitación, creando una mezcla obscena y deliciosa.

    “Voy a acabar de nuevo” jadeé, mi cuerpo temblando incontrolablemente.

    “Hazlo para mí, mi perra” gruñó él, sus embestidas volviéndose aún más salvajes. “Eres mía.”

    Mi cuerpo se retorció bajo su dominio, mi orgasmo explotando con una furia incontrolable, mis fluidos empapando la encimera junto con la crema dulce y pegajosa. Él no se detuvo, su boca descendiendo sobre mi concha hinchada, lamiendo la mezcla obscena de mis fluidos y el pastel.

    Después, en el dormitorio, antes de que me penetrara salvajemente, yo misma tomé otro pastel. Con una sonrisa provocativa, me unté la crema fría y dulce en mis senos, llenando los surcos y los pezones, ofreciéndoselos como un manjar antes de la tormenta de sexo que sabíamos que vendría.

    Capítulo 2: Éxtasis profano en el lecho clandestino

    Se miraron fijamente mientras se dirigían al dormitorio, la intensidad de su mirada anticipando el encuentro que estaba por comenzar. Al llegar, sin dudarlo, me arrodillé ante él. Con manos temblorosas, desabroché la hebilla de su pantalón, liberando el miembro erecto que palpitaba con impaciencia. La visión de su carne dura e hinchada me inyectó una nueva y salvaje excitación. Este era un placer diferente, más animal, más prohibido. Él, sin perder tiempo, comenzó a desvestirse, dejando caer las prendas al suelo como si quemaran sus dedos. Observé su cuerpo desnudo, la forma poderosa de su torso, la firmeza de su pene apuntando hacia mí como un arma de placer.

    Un deseo abrasador se encendió en mi vientre, comiéndome. El perfume que emanaba de su piel, una mezcla de sudor y excitación, me embriagó, intensificando mi propia humedad. Mientras sus manos se enredaban en mi cabello, besándome con una urgencia posesiva, sus dedos se deslizaron por mi espalda baja, apretando mis nalgas con una demanda silenciosa.

    Sus manos me tomaron por la cintura, y con una fuerza que me sorprendió, me levantó del suelo. El vestido rojo, que antes se ajustaba a mi cuerpo, ahora se deslizó por mis hombros, revelando mis pechos desnudos. Mis tetas, grandes y turgentes, se ofrecieron a su mirada lasciva, mis pezones erectos, de un café oscuro y duro, se erizaron aún más ante su aliento caliente. El roce de sus dedos contra mi piel desnuda envió un escalofrío de anticipación por todo mi cuerpo.

    Con un movimiento rápido y seguro, me hacia la cama, arreglándome sobre el suave edredón. Mi cuerpo desnudo temblaba ligeramente, expectante. Él se movió hacia mis piernas, esperándolas con una lentitud deliberada, como si descorriera un telón hacia mi intimidad. Su dedo índice se deslizó por mi concha rosada y ya húmeda, recorriendo los labios hinchados y sensibles, dejando un rastro pegajoso del dulce sabor del pastel que aún persistía. El aroma de mi propia excitación se mezclaba con el dulzor artificial, creando una atmósfera cargada de erotismo impuro.

    Él se detuvo, su mirada oscura y voraz clavada en mi entrepierna. “Quiero saborearte de nuevo, mi reina”, dijo, con una voz ronca que vibró directamente en mi coño. Con una mano, levantó la falda de mi vestido, dejando al descubierto mis muslos temblorosos y mi trasero ofrecido.

    Él se arrodilló frente a mí, su aliento caliente golpeando mi sexo. Con una mano, tomó mi tanga usada, la tela negra aún impregnada de mi aroma y mi humedad. La acercó a su rostro, inhalando profundamente mi esencia. Su mirada se alzó hacia mi cuerpo desnudo, sus ojos oscuros brillando con una posesión salvaje. Su lengua se deslizó por la tela, saboreando el rastro de mi excitación.

    Sus manos regresaron a mi vagina, acariciándola con una delicadeza cruel. Su dedo se introdujo lentamente en mi interior, probando la profundidad de mi humedad, el sabor salado de mi deseo mezclándose con el dulzor del pastel. Gemí, mi cuerpo arqueándose involuntariamente hacia su toque profano.

    Capítulo 3: El sillón prohibido

    Después de unos minutos, me llevó al sillón del ventanal. “¿Qué estás haciendo?”, me pregunta. “Me masturbo para ti, amor mío, para hacerte el amor aquí mismo”, le respondo, sabiendo lo que implica. Con una sumisión placentera, me doy la vuelta. Estoy vestida con tacones, medias de rejilla y ligas; mi excitación es palpable. Miro su verga, excitada. Él se sentó, su presencia llenando la habitación con una tensión palpable.

    Me masturbo, la fricción contra mi clítoris es una explosión de sensaciones que suben por mi cuerpo. Siento sus ojos sobre mí, recorriendo cada curva, cada detalle. La anticipación es casi insoportable.

    Me encuentro parada frente a él, consciente de cada detalle de mi cuerpo: mis ojos marrones, la calidez de mi piel, mi cabello rubio cayendo en cascada sobre mis hombros, enmarcando un rostro que, sé, lo cautiva. Mido 1.73, y los tacones que llevo acentúan la curva de mis caderas y la redondez de mi trasero; mis senos, una talla 40D, una provocación silenciosa. Él me encuentra irresistible, pienso, sintiendo un escalofrío de anticipación. Su verga, depilada y dura, es una provocación visual.

    Él se encuentra sentado en el sillón de mi marido y me pidió con vos fuerte y yo parada frente a él me dice date vuelta. Que hoy te llame ese culo de leche, me giré dándole la espalda pensando que lo estábamos haciendo en el sillón que está al lado del ventanal por fuera pasada gente yo sentada en la verga de mi amante tu espalda y yo le digo lo haremos aquí en el sillón frente al ventanal a la calle sí me giré mostrándole mi culo, abriendo mis nalgas y con mis manos, sintiendo su pene entrar en mi culo. La excitación es inmediata, intensa. Me dejo caer sobre él, sintiendo su verga dentro de mí. El placer es tan intenso que siento que mis grandes pechos van a explotar. ¡Dios, esto es increíble!

    “Me encantaría que alguien nos viera”, dice él, su voz ronca de deseo. “A mí también”, le respondo, aún más excitada.

    Siento una mano acariciando mi pezón derecho, apretándolo, recorriendo con sus dedos. Otra mano comienza a masturbar mi vagina. Cierro los ojos, entregándome al placer. En ese momento, grito: “¡Eres mi hombre! ¡Eres mi locura bella! ¡Siempre seré tu mujer, y tú, mi sumisa!”. “Yo también te amo”, me responde él.

    Durante quince minutos me penetra, el placer es incontenible. Mis orgasmos son múltiples, intensos; los chorros de mi fluido saltan sobre la mesa y la alfombra. Siento su semen ardiente dentro de mi culo, lubricándome completamente. Él me dice frases sucias, palabras que me excitan aún más. “Eres mi sumisa, mi amante”, me susurra. “Este culo solo te pertenece a ti mi amo “. ¡Qué placer tan intenso… nunca me había sentido así!

    “¿Qué fetiche tienes, mi fea, mi amor?”, dice él, su voz llena de deseo. “Y le respondo gimiendo y montando la verga Sueño con que estés penetrando a un hombre mientras lo masturbas, mientras te llenas el culo igual que a mí él me responde algún día me culearé a tu marido. Eso me caliento más”

    Y pregunto a mi hombre “Y tú, ¿tienes algún fetiche más de todos los que has hecho?” me pregunta.

    “Sí, tener un trío contigo”, respondo, mi cuerpo aun temblando de placer. “Pero sabes, como sumisa, elegiría un hombre o una mujer, y eso me excita aún más. ¿Qué te parece?”

    “Me encanta”, dice él, su mirada llena de deseo. “Me gusta que seas tan sumisa, que te entregues a mí por completo”.

    El contacto es inmediato, intenso. Siento su verga dentro de mí, llena de pasión. Cada estocada es una oleada de placer, una descarga de energía que me recorre toda. ¡Ah, Dios mío! gimo. El placer es incontenible, mis orgasmos son múltiples e intensos. Siento su semen dentro de mí, caliente y ardiente; me lubrica por completo. El sabor metálico de mi propio fluido se mezcla con el suyo, creando una sensación única, inolvidable.

    “Date vuelta,” me dijo mi amante después de unos quince minutos. Había llenado mi culo con su semen. “Ya sabes lo que tienes que hacer,” me dijo, tocando mi concha. Me arrodillé y le chupé la verga, sacando todo su semen. Un poco de semen quedó al lado, casi milagrosamente amante se levantó y se fue a duchar. Yo fui a la cocina y me tomé un vaso de agua. El semen seguía goteando de mi culo.

    Terminé de tomarme el vaso de agua y me dirigí al baño para tomar una ducha con mi amante, al entrar se la puerta le agarré las nalgas se la abrí y comencé a darle un beso negro pasando mi lengua la verdad una verga es está dura se lo comencé a mamar hasta cuando eyaculó dentro de mi boca pierde un poco de semen el día un beso negro de mi el dedo en el ano sentí como su v separada la ducha hasta que estaba tan dura tan dura el semen saliendo la boca de su leche.

    Le di un beso negro, pasando mi lengua y masturbándose con mi otra mano. De nuevo me lo tragué. Después, terminamos de ducharnos, y con la toalla, ya me prestó mi vestido. Yo me lo puse, pero él se quedó con mi tanga y se fue con ella, dejándome sin tanga y a concha pelada.

    Capítulo 4: La llegada a casa

    Después tomé mi teléfono y vi un mensaje de mi marido. Él me había escrito que andaba con muchas ganas de tenerme en sus brazos, de penetrarme esa noche. Yo le respondí con un mensaje directo y provocador: “Mira, ando con un vestido… y sin nada debajo”.

    Luego le dije que lo esperaba en la casa tomándome una copa de vino. Llegó aproximadamente como a las 7 de la tarde. Apenas entró en la casa, que aún tenía un ligero olor a sexo, se sentó en su sillón. Yo ya estaba mojada solo con su presencia. Estábamos conversando cuando me tocó la pierna y me dijo que tenía ganas de estar conmigo. Yo, fingiendo cansancio, le dije que estaba muy cansada.

    Él insistió, diciéndome: “Eres una perra, sabiendo que me tienes ardiendo”. Esa “grosería”, dicha con ese tono, me recordó a Rafael y me mojó por completo. Las palabras sucias me excitan. Me levanté y, levantando mi vestido, le mostré que no llevaba nada abajo. Él me miró con deseo, su mirada húmeda. “Yo también tengo ganas”, le dije, dejándolo un momento porque tenía que ir a comprar y volver.

    Cuando volví, lo encontré en la cocina. Estaba sosteniendo una pantaleta mía negra con encajes, que obviamente estaba sucia, la había olido. Cuando llegué a la cocina, la pantaleta estaba encima de la mesa, llena de su semen. Me dijo: “Ya que no andas con nada, puntual. Te quiero con ella sucia”. Y así lo hice. Vi cómo nuevamente su miembro se erigía. Lo tomé de la mano y lo llevé a la cama.

    Él me abrazó. Sentí su pene contra mi cuerpo. Empezó a masturbarme. Me di la vuelta y él empezó a hablarme sucio, como lo hacía Rafael. Cerré los ojos, pensando en mi amante y su verga. Mi marido mide veinte centímetros y no me gusta porque me duele, pero pensé en Rafael y me mojé. Esa misma noche penetró mi vagina húmeda. No duró ni dos minutos, diciéndome cosas sucias. Me excité mucho. En un momento me dijo: “¿Me gustaría verte con otro hombre?” “En serio”, le dije, debajo de él mientras él me penetraba con su miembro.

    Me excitaba pensando y cerrando mis ojos en lo que habíamos hecho en casa hoy, sin que mi marido supiera nada. “¿Cómo te gustaría que lo tuviéramos? ¿De adelante para atrás?” preguntó. “Me gustaría verme mamar otro pene que no fuera el tuyo”, respondí. Y cuando me hizo sexo oral, le dije a mi marido: “Bueno, soñemos. Entonces soñemos fuerte. Imagínate que estoy con otro hombre, amándose su verga, su miembro duro y depilado. Yo me paro, me abro las nalgas y me penetran analmente”.

    Mi marido, con tantas cochinadas que le hablé y sin tener idea de que todo eso lo hago yo, me dijo: “Imagínate que yo te escupo la boca, él te orina y a mí me gusta”. Lo masturbé y eyaculó su leche sobre mis senos. En ese momento, mi marido puso las manos en mis senos duros y llenó mi vagina con su semen. Sentí un escalofrío y me levanté para irme a lavar. Sin embargo, subí con tropiezo a un dormitorio que está vacío y empecé a masturbarme, haciendo un video para mostrarle a Rafael ese mismo video de cómo estaba llena de mi marido. Me fui con chorros porque mi marido no pudo hacer que yo acabara. “Estoy feliz. Hoy fui la mujer que siempre soñé ser”.

    Capítulo 5: Gracias papá

    Habían pasado cinco días y no podía ver a mi amante por distintos temas personales de trabajo. Lamentablemente, a Rafael no lo había podido ver y lo necesitaba. De hecho, me estuve masturbando durante la semana ya que no había tenido sexo. Hoy en día, en la mañana, estando en mi trabajo, me tuve que masturbar en el baño, poniéndome un consolador anal. Ya no aguantaba más, y lo único que ansiaba era acostarme con Rafael.

    Hoy en la noche, cuando ya estaba acostada con mi marido, me llamó por teléfono mi padre. Estaba enfermo y quería estar cerca de mi casa, así que lo pasamos a buscar y lo llevamos a un servicio de salud que quedaba en un parque, un lugar con muchos árboles. Ya era de noche, eran las nueve, y dejé a mi padre ahí en el servicio de salud. Llamé a Rafael, que vivía a dos cuadras de aquí, y mi marido se fue a casa, diciendo que lo llamara cuando estuviera listo mi padre para venir a buscarnos a mi padre conmigo.

    Al llegar Rafael, apenas cinco minutos después de dejar a mi padre siendo atendido, me tomó de la mano y nos fuimos a una zona oscura, afirmando contra un árbol. Empezó a besarme. Juro que había gente alrededor, era un parque tipo verano con gente paseando.

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  • Encuentro swinger (1)

    Encuentro swinger (1)

    Unos días después recibo un mensaje de Esteban que en 15 días había un encuentro swinger del grupo al que ellos pertenecen. Que estábamos invitados, si queríamos asistir. Inmediatamente me comunico con José, a lo cual me dice de nuestra imposibilidad económica para poder asistir a esos eventos.

    Cuando se lo cuento a Esteban dijo que eso no es problema, que Cele se hace cargo de eso, que el único problema es que haya lugar para que podamos ir nosotros porque solo aceptan 16 parejas en la finca y siempre tienen prioridad las que pertenecemos al grupo. Que inmediatamente se comunica con Juan el administrador para que nos anote la presencia de los cuatros.

    Pasaron un par de días y no teníamos noticia, cosa que hizo que perdamos la esperanza de ir. Hasta que Esteban con otro mensaje me confirma que vamos a estar los cuatro en la Finca. Ahí nomas se lo comunicó a José cosa que nos puso un poco tenso, nunca estuvimos en una fiesta así.

    A la noche hicimos una video llamada con Cele y Esteban para que nos expliquen cómo es ese tipo de eventos; nos dice que nos juntamos en una finca a las afuera de la ciudad que consta de un chalet principal y pileta que es totalmente nudista. Con un zoom enorme donde hay juegos, donde se hacen las fiestas nocturnas y un par de habitaciones para los que quieran usarla con estas reglas:

    Cortina cubriendo totalmente la vista: No molestar

    Cortina parcialmente abierta: Puedes mirar

    Cortina a un lado dejando ver perfectamente: Puedes mirar y/o participar.

    Y después hay dos casonas más pequeñas con pileta, pero ahí cada uno va como quiere, desnudo o vestido.

    Que una pareja nueva debe ingresar por invitación de alguien que pertenezca al círculo, el cual, se responsabiliza de su comportamiento.

    Limpieza e higiene, tomar precauciones (condones).

    No comportarse como un baboso o un desesperado; aunque ahí se va a lo que se va, hay que comportarse con cierta clase y educación. Hacer los acercamientos con sutileza, y no ponerse pesado ni excesivamente insistente cuando te han rechazado.

    Nada de celulares, ni cámaras de ningún tipo.

    Después nos cuentan cada uno está libre de hacer lo que quiere, no es obligatorio nada. Podes venir sin participar en nada o hacer todo lo que se te antoje siempre dentro de las reglas del lugar. Que Juan y Hebe son los dueños y anfitriones, ellos tienen unos 60 años.

    Llego el día, viajamos hasta la ciudad, nos encontramos con Esteban y Cele en la entrada de la finca a la hora indicada.

    Apenas entramos la finca era enorme, en un barrio de muchísimo dinero en la ciudad. Nos abrió una especie de ama de llaves y nos preguntó quienes éramos. Esteban le contestó y la señora nos dijo que la siguiéramos hasta la sala de la casa. No sentamos en unos hermosos sillones con un estilo europeo, a Esteban y Cele lo hicieron pasar al patio donde se veían otras parejas, José se veía claramente nervioso, no paraba de mover las manos y piernas. Un minuto después llegó un hombre de unos 60 años, alto, fornido y de aspecto extranjero.

    Se presentó con José como si se conocieran de mucho tiempo y después me tragó con la vista a mi mirándome de arriba a abajo y me dijo: “Mucho gusto, Lau”. Nos sirvió una copa de vino tinto y dijo que esperaríamos a su esposa, que estaba por bajar. Nos comenzó a preguntar cosas sobre nosotros y después nos pidió disculpas diciendo que como éramos nuevos, debía entrevistarnos una hora antes para ver si nos quedábamos o no en la reunión. Mientras conversábamos vimos a su esposa bajando de las escaleras. No podía creer lo que veía, contrario a lo que esperaba de este tipo de gente, era una mujer extremadamente fina y de una hermosura poco común.

    Era casi tan alta como él, de unos 50 años, rubia, de ojos azules como el cielo, y vestía un conjunto de minifalda negra ajustada y una blusa tipo corsé color rojo brillante que dejaba casi a la vista un par de enormes senos. Ella se presentó como Hebe, y al igual que su esposo, comió con la mirada a José de arriba a abajo mientras nos saludaba con un beso en la mejilla.

    Mientras conversábamos los cuatro, José me toma la pierna y la acariciaba, mientras no paraba de mover las suyas por sus nervios. Ambos nos dieron mucha confianza mientras llegaban las demás parejas, mientras nos contaban todas las reglas tal cual las sabíamos por lo que nos contaron Cele y Esteban. Como estrategia creo yo, ambos estábamos ya un poco pasados de copas debido a que nos llenaban las copas a cada rato. Unos segundos después aparecieron en el pasillo que lleva a la sala una pareja un poco más grande que nosotros, no sé si tenían 50 años o más o menos. Los 6 conversábamos muy a gusto cuando sonó un timbre. Ahí Juan nos dice bienvenidos a la finca, vamos a pasar un hermoso fin de semana.

    Nos llevan al patio donde estaban las demás parejas, Primero nos presentan como primerizos y después cada una se presenta, si bien entre ellos se conocían de otros encuentros. Eran unas 5 parejas que su edad rondaba los 60 o más años, otras 5 o 6 parejas de cincuentones, éramos unas 3 parejas de cuarentones donde nos encontramos nosotros y dos parejas más jóvenes, una Esteban y Cele y otros que rondaban los 30 y pico de años. Mas los anfitriones Juan y Hebe. Mas otros 6 chicos jóvenes y 6 chicas del staf, que nos dijeron que participan con quienes los contraten y son los encargados de atender la finca.

    Nos entregan a cada pareja las habitaciones, la nuestra era al lado de la de Esteban y Cele, no en el chalet principal nudista, sino en una de las casonas. Al rato mientras nos estamos acomodando, golpea Cele que me invita a la sala de masajes, que queda en el chalet principal. Ahí nomas Cele se empieza a sacar la ropa, y me dice no se puede entrar a la principal vestida. La miro y me desnudo también, mientras cruzamos el patio ya una pareja estaba acostada en la pileta de nuestro sector desnuda, mientras nos miran pasar a nosotras.

    Al entrar al zoom vemos tres parejas charlando y otras en la pileta, por supuesto todas sin ropa, solo una mujer con una cadena atada a la cintura. Al llegar a la sala de masaje, un chico joven bien dotado y una hermosa chica nos esperaban. Nos recostamos desnudas y preguntan qué parte del cuerpo nos hace falta masajes. A lo que respondimos por todo el cuerpo. Ella me masajeaba a mí y el chico a Cele, que lo judía diciendo que la masajee por todos lados, y él de a poco le apretaba los cachetes del culo, mientras Cele cada tonto aprovechaba a agarrarle la pija que ya estaba a media asta.

    Al poco rato llega una pareja de las de 50 y tantos años para que también los masajeen, a lo que tuvimos que darle lugar con los chicos. La mujer de la pareja se ofreció a hacerme reiki en la espalda “Eso son tonterías y supersticiones” dijo el chico. “Tal vez” dije yo, “pero por probar no pierdo nada” y quedamos que cuando podamos me lo hacía.

    Fuimos a la pileta principal donde ya estaban los chicos tomando y hablando con otras parejas que allí estaban. Esteban al verme desnuda, poso sus ojos en mi cola sin disimular nada. Paso la tarde, pero yo estaba muy caliente al ver la pija de Esteban que me la rozaba toda oportunidad que tenía. Y ver otras parejas besarse cruzados, tocarse, y alguna animarse a chupar la pija a su pareja, o a la pareja de otro. Al llegar casi la noche nos fuimos a la habitación, mientras Cele me propone dormir cruzados como la otra vez, que Esteban quiere estar conmigo a solas. Donde solo atine a mirarla con una sonrisa, sin responder.

    Nos duchamos con José y prepararnos para la cena, que es el único momento que todos estamos vestidos en el zoom salvo los que atienden que tienen apenas un taparrabos y unas tangas minúsculas las chicas.

    No le dije nada a José, pero yo quería estar con Esteban, ya sabía para que me quería a solas. Aparte sé que José le encanta cogerse a Cele una de las más jóvenes de la finca. Cenamos, con mucho alcohol, al termino las luces empiezan a disminuir, los chicos ofrecen un show, donde hacen unos petes en vivos, penetran a las chicas, juegos lésbicos, se besan, bailan y los presentes empiezan a tirar la ropa a los costados, en un rato todos estábamos en bola, bailando.

    Se nos acercan distintas parejas, también los chicos y chicas del staff para convencernos de estar con ellos, pero yo tenía presente la propuesta de Cele. Y solo pensaba en eso, mientras Esteban a cada rato me lo recordaba al oído.

    Vemos tres parejas que van a la habitación contigua al zoom, y vemos que dejan la cortina corrida, a la que Cele nos dice: ¿se unen? Solo atinamos a acercarnos para ver una orgía en vivo y en directo, eran los más viejos, pero me calentó mal verlos así. Al rato se suman Juan y Hebe, ella una diosa por la edad que tiene, una gata total, terrible verla como se movía en cama entre ellos.

    Seguimos tomando y vemos que en la otra habitación también hay otras tres parejas, con la cortina por la mitad, eran los chicos jóvenes con los cuarentones, pero solo era para ver. Eso me estaba trastornado, a lo que Esteban ya también tomado no le importaba nada y me tocaba el culo cuando podía. Mientras Cele le chupa la pija a José delante de mí un par de veces.

    Nos juntamos los cuatro en el centro de la pista, donde quedaban solo un par de parejas más, las demás ya estaban todas ocupadas, cada una en lo suyo. Y nos empezamos a besar los cuatro. Creo que hasta Esteban y José lo hicieron entre ellos, lo que, si estoy segura de que bese muy bien a Cele y muy caliente a Esteban, mientras me ponía la mano en la concha mojando sus dedos dentro de ella.

    Nos vamos casi corriendo hasta nuestra casona al otro lado del patio, para llegar a nuestras habitaciones, Cele agarra a José, entrando a nuestra habitación, dejando la puerta abierta, mientras que Esteban me lleva a la de ellos, abalanzándose sobre mí haciéndome soltar un gritito de asombro y de gusto, pues me tumbó bocabajo abrazándome a la altura de la nuca, pegando sus labios a una de mis orejas y su pija quedó acomodado entre mis nalgas.

    Sus dedos, inquietos separaron mis nalgas acariciándome allí donde tanto me gusta, de forma experta, suave y profunda. Yo cerré los ojos, gimiendo de gusto, evadida y concentrada solo en sus caricias.

    Me dejó un momento solo para incorporarse. Lo observé de reojo, solo para echarle un vistazo a su pija. Se acercó de nuevo con un gel lubricante e impregnó mi culito con una buena cantidad e hizo lo mismo con su herramienta. Sabiendo lo que pretendía hacer me exalté.

    -Por favor no – le dije – aunque me estaba muriendo de ganas que me la ponga entera…

    Haciendo caso omiso a mis palabras se tumbó por completo sobre mi cuerpo susurrándome todo lo que deseaba mi culito. Bajó su mano e introdujo un dedo en él moviéndolo en círculos… eso sí que me encanta… la sensación de hormigueo y excitación es indescriptible. Otro de sus dedos comenzó a acariciar mi clítoris. Comencé a relajarme, me sentía en el cielo.

    Él por su parte se tomaba su tiempo, seguía jugando con sus dedos, no tenía prisa pues el premio lo valía todo, incluso esperar unos minutos, aunque su verga pareciera que no quería esperar ni un segundo… parecía a punto de estallar de lo tiesa… la piel completamente templada… provocativa y deliciosa. Todo eso lo alcanzaba a ver mirándolo por encima de mi hombro.

    La agonía era deliciosa, e involuntaria (o voluntariamente) mi culito comenzó a dilatarse. Sus manos dejaron mi ano para cruzarse bajo mi cuerpo a la altura del cuello y los hombros, de modo que quedó completamente acostado encima de mi cuerpo, su pecho en mi espalda, su verga entre mis nalgas de nuevo y su boca pegada a mi oreja de modo que podía escuchar su respiración acelerada, sus suspiros y susurros.

    -Métemelo ya… – le dije al borde del delirio – no me tortures más.

    Como era de esperarse no se hizo rogar demasiado y apuntó de nuevo hacia el estrecho canal, ya mojado, con una mezcla de sudor, gel y de mis propios fluidos vaginales. Lo apoyó y en un instante comenzó a entrar, trozo a trozo mientras me besaba el cuello.

    Apenas mi culito se acostumbró a ese intruso deseado él empujó un poco más y yo pegaba mi culito hacia su miembro para cooperar, en un gesto que lo excitaba muchísimo.

    Que verga tan rica – gemía yo – quiero sentirla toda adentro… gritaba, sin pensar que José me podía escuchar, al estar al lado con las puertas abiertas

    Él, se movía en circulitos y un poco hacia fuera y dentro… se nota su experiencia. Su mano se deslizó por mi vientre y se posó en mi clítoris para estimularme por partida doble, Inúndame – contesté yo – quiero que me llenes el culito con leche caliente.

    Mis palabras lo excitaron demasiado, al punto que no pudo resistir un segundo más y me hizo caso al pie de la letra… su verga se hinchó, comenzó a palpitar desde la base hasta la punta y un par de tibios chorros calentaron mi interior.

    Eso me hizo terminar de enloquecer… sentí venir mi orgasmo, primero como unas palpitaciones leves y un calor abrasador en la parte baja de mi cuerpo, luego fueron más intensas, más profundas como anillos que vibraban por todo mi canal anal apretando y soltando su verga ya semi flácida…

    Después de ese intenso orgasmo sentí que flotaba, me sentía liviana y exhausta… Él, tumbado sobre mi espalda como si me hubiera perseguido todo el camino… y de cierto modo había sido así pues estuvo detrás de mi culito mucho tiempo hasta que por fin se lo había entregado.

    Ya más tranquilos sentimos los gritos y orgasmos de José y Cele que también la estaban pasando genial. Nos quedamos así, acostados como estábamos hasta la mañana siguiente, donde la otra pareja que estaba en nuestra casona se asoma por la puerta todavía abierta para ver mi culito acostado hacia arriba.

    Ya eran más de las 12 del mediodía, me levanto a ver a mi marido y Cele que todavía dormían abrazados como si fueran pareja, ahí fui para acostarme a lado de él. Al darse cuenta, gira y me besa con mucha lengua. Cele me dice: esta noche quiero dos pijas para mí, quiero dos dentro de mí.

    Continúa.

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  • Confesión: Mis inicios con el prometido de mi examiga

    Confesión: Mis inicios con el prometido de mi examiga

    Me voy a presentar para ustedes, lectores: soy Mar. Soy una mujer de 28 años al momento de escribir esto, tengo una figura muy sensual, un cuerpo esbelto aunque con unas bubis riquísimas bien formaditas, con pezones rositas, una cintura pequeña, caderas anchas y un culo gigante bien paradito (gracias a mi genética y las maravillosas clases de pilates que me permiten mantenerlo bien firme) la verdad me gusta mucho mi figura, siempre que puedo ver mi culo en un espejo me gusta como se ve.

    Mi piel es blanca y suelo tener las mejillas rosadas ya sea por el rubor de maquillaje que me gusta usar o cuando me cogen y quedo así ruborizada, mi pelo es castaño claro, mis ojos son verdes y tengo una boca con unos labios grandes que me gusta resaltar siempre usando brillo labial, tengo una belleza bastante hegemónica y me gusta aprovecharla

    Hay algunas amistades que perduran al paso del tiempo pero hay otras que no. Yo tenía una amiga llamada Dahlia. Hace tiempo ella organizó una reunión con algunos amigos íntimos, estuvimos charlando y disfrutando y ahí es donde apareció Gabriel su novio, un hombre alto, delgado pero tonificado, tatuado de casi todo el cuerpo, de ojos claros, pelo rubio y si, con una verga riquísima que después probé y disfruté. Cuando nos vimos él y yo por primera vez pude sentir una tensión sexual, me atraía y yo a él, aunque claro en ese tiempo yo mantuve una cierta distancia por que era el novio de mi amiga, además que ella era bastante celosa y posesiva con él, pobre no lo dejaba experimentar…

    Pasó el tiempo y un día nos seguimos en redes Gabriel y yo, pero no hablábamos, yo seguía mi vida normal, a veces me tomaba fotos en lencería o bastante sugerentes de mi culo y las subía solo para que las pudieran ver un grupo seleccionado de amigos hombres, así solo ellos podían disfrutar y ver lo zorra que podía ser cuando me lo proponía sin necesidad de que otras amigas o mujeres empezaran a intervenir etc. Empecé a notar que Gabriel siempre veía mis historias primero que nadie, le llamaba la atención eso estaba claro, pero se detenía a dar otro paso y yo igual, ya que todo quedaba solo en verme a través de fotos.

    Después de un tiempo Dahlia y yo dejamos de hablar, la verdad ya no compartimos mucho, así que nos distanciamos, y con eso también llego el distanciamiento de Gabriel, que aunque en ese momento no habíamos llegado a tener absolutamente nada, me imagino que por los celos de Dahlia le prohibió que me tuviera cerca, aunque dudo que ella llegara a ver alguna de las historias que yo posteaba.

    Pero para mi sorpresa digamos que “la vida” hizo que Gabriel y yo nos reencontramos unos meses después y afortunadamente en un lugar en el que Rosa no estaba presente y no se daba cuenta, aunque en un principio me costó algo de esfuerzo que Gabriel se sintiera en confianza, no voy a negar que una vez que establecido eso, pudimos generar una amistad, y donde después afortunadamente él se dejó llevar por sus propios impulsos y deseos sexuales, los cuales nos han ido llevando a ambos a un éxtasis y a una gloria de placer que disfrutamos mucho.

    La primera vez que tuvimos sexo, iba decidida a cogérmelo sin más, así que trate de vestirme putilla la verdad, traía una minifalda pero bien mini de mezclilla con una tanguita color rosita, me puse un top color durazno que transparentaba mucho mis pezones, unos tacones bajos pero que marcaban mis torneadas y bellas piernas y me puse mucho gloss en los labios y rubor, para esto quiero añadir que tengo una carita de “buenita” pero a la vez de perversa si me lo propongo, y a mi edad y con mi figura era el combo perfecto de seducción.

    Total estábamos tonteando sin más ese día como cualquier otro, (hasta ese momento ya habíamos generado una amistad, pero solo eso sin más), pero yo ya iba ese día con un objetivo y estaba funcionando ya que él no podía dejar de verme los pechos, notaba que había estado mirando debajo de la mesa discretamente donde claramente se veían mis muslos y en medio de ellas mi tanguita. Al momento de ya estar por irnos y despedirnos decidí tomar acción.

    M: ¿Sabes? Sé que ha sido algo raro como es que tu y yo a pesar de todo (Dahlia) entablamos esta relación de amistad genuina y sin esperar nada, pero creo que es momento de que sea honesta contigo y hay algo que quiero decirte.

    G: Si, bueno creo que ha sido natural, quizás algo raro. Pero… me agradas, y me gusta hablar de contigo, y sé que hay otras cosas que me gustaría que arregláramos para que podamos estar bien todos, yo he estado pensando en hablar con ella, pero solo he estado buscando el momento ideal… – dijo extrañado y algo nervioso.

    M: Si, yo sé, no te preocupes – en ese momento tomé su mano -lo que si quiero Gabriel es que seamos honestos ¿De acuerdo? -le dije esto mientras veía que él me veía medio nervioso y de repente su vista bajaba hacia mis pechos y la quitaba rápidamente esperando que yo no me diera cuenta.

    G: Bueno, dime.

    Al principio pude notar que él estaba nervioso pero después su actitud cambió a una más seria y firme, porque quitó su mano de la mía, así que tuve que optar por poner mi carita de buena y bajar el tono de voz a uno un poco más suave y a mostrarme algo complaciente.

    M: Somos dos adultos conversando como buenos amigos ¿Cierto? Pero también sé que te atraigo físicamente, me has estado viendo los pechos y probablemente ya te diste cuenta de lo paraditos que están mis pezones… y eso es Gabriel, por que tu también me atraes y me gustaría que pudieras sentir como estoy de húmeda en estos momentos… En ese momento vi que le impactó que le dijera algo así y empezó a ponerse como en negación bastante serio:

    G: ¡¿De qué estás hablando? ¿Cómo puedes decirme algo así?!

    Así que decidí yo tomar acción primero, me acerqué a él lentamente y trate de tomar su mano otra vez, (esto para generar confianza y calma) él al principio se medio rehusó y se veía medio extrañado, sin embargo cedió, y sin más me la lleve debajo de mi falda donde la pase justo por encima de mi tanga tocando mi panocha, así el podía sentir lo húmeda que estaba. Entonces nos dejamos llevar.

    G: Uhhhh estas empapada

    M: Si, asi es

    Solté su mano, pero él ya la dejó ahí, siguió sintiendo lo mojadita que estaba y empezó a mover más su mano y dedos. Yo me estaba calentando mucho por la situación obviamente estaba ya cediendo y empecé a gemirle.

    M: Si así, mmm que rico -dije con una voz suave

    En ese momento sin pensar más y cada vez más prendido Gabriel empezó a bajar, y a meter su dedo mientras se acomodaba de cuclillas, quería poder asomarse mejor debajo de mi falda mientras movía mi tanga para ver mi panocha toda mojada.

    G: Qué lindos labios… ufff que panochita tan mojada

    Estaba ya excitándose, realmente no le tuve que insistir mucho, que las ganas que tenía reprimidas de tiempo atrás las dejo de lado, tanto así que todo eso que hizo fue mientras estábamos en la calle. Yo también me estaba prendiendo mucho y solo quería ver a dónde nos llevaba todo esto. En ese momento él volteo a verme y yo lo tomé de la cara y él comenzó a levantarse e inmediatamente nos empezamos a besar.

    Yo soy muy pasional entonces me fui con todo al besarlo, metí mi lengua y empecé a comerle toda la boca y el también, no resistimos y me tomo de la cintura mientras yo rodeaba su cuello con mis brazos, nos estábamos besando muy intensamente, así que comencé a frotar mi mano sobre su pantalón.

    G: ¡Espera espera no… no, estamos perdiendo la cabeza! Esto no puede ser -dijo mientras se detuvo y me soltó.

    M: Sí estuvo riquísimo, ¿No puede ser por qué? Quédate tranquilo que esto es algo entre nosotros dos, no te estoy pidiendo nada, solo disfruta.

    G: No Mar, no es tan simple, perdí la cabeza por un momento y no se a donde me puede llevar eso.

    M: A que disfrutes tu sexualidad, mejor ahora que casado ¿No crees? Con eso que dije Gabriel se quedó ahí pensativo más que nunca, supongo que en el fondo él estaba teniendo una batalla interna, sin embargo no se iba. Así que tomé mi celular y pedí un Uber para que nos llevara a mi departamento.

    G: ¿Ya pediste tu Uber?

    M: Si, ya no debe de tardar

    G: Bien, creo que yo también debería hacer lo mismo

    M: Quiero regresarte eso que hiciste por mí, quiero chupar tu pene

    En ese momento Gabriel no esperaba esa respuesta y sin más se quedó viéndome, me acerque y comencé a besarlo de nuevo, no tardó en ceder de nuevo y me correspondió con un beso. Claro que yo estaba haciendo tiempo para el momento en que llegara el coche y así poder subirnos ambos sin que él se fuera antes, y funcionó.

    M: Ya llegó, ¿Vienes? -esto mientras lo tomé de mano

    G: No, yo me tengo que ir

    Pero él no imaginó que llevaría su mano a una de mis tetas y lo volteé a ver con una cara de perversión y deseo, mientras que al mismo tiempo lo jalaba más hacia mí y el coche, él no dijo nada, pero me veía con unos ojos de deseo y me siguió. Así terminamos en camino a mi departamento. Mientras íbamos en camino no dijimos nada, pero por mi mente pasaban todo tipo de cosas que quería que me hiciera, íbamos a coger eso era seguro, ya en camino era más difícil que se arrepintiera, solo quería que ambos llegáramos a un orgasmo y deseaba mucho su pene.

    Cuando llegamos lo dirigí hacia mi habitación, ya que en ese tiempo vivía con roomies, así que si o si tenía que estar en mi cuarto. Llegamos cerré la puerta él se sentó en la cama, en ese momento vi que sonaba su celular con varios mensajes de Dahlia, sin embargo me subí arriba de él y me senté.

    M: Shhh deja eso y bésame -dije mientras tomaba su celular con la mano y lo quitaba de él, y con la otra tomaba su cabello y lo jalaba más hacia mi mientras nos empezábamos a besar, de nuevo apasionadamente.

    Me correspondió y empezó a besarme también intensamente y sus dos manos empezaron a recorrer toda mi espalda hasta que bajaron a mi culo y empezó a manosearme, para esto la minifalda ya se había subido toda, así que él pudo sentir inmediatamente mi tanga y mi enorme culo que apenas y podía sostener con sus dos manos.

    G: ¡Ufff que nalgotas tienes!

    M: ¿Sii verdad? ¡Ya deseaba que pudieras tocarlas, agárralas todas, no pares! – y empecé hacer círculos con mi cadera, cada vez más y más mojada, porque me estaba frotando con su pene, mientras empezaba hacer gemiditos bien ricos para él.

    G: ¡No mames Mar que rico!

    M: Ahora quiero tocarte y chuparte el pene

    Sin más nos levantamos y él comenzó a desabrocharse el pantalón rápidamente y yo me quite la falda y tanga, me puse de rodillas a él y le baje toda la ropa, quedando su pene delante de mi, así que lo voltee a ver y con mi mano lo tome y empecé a jalársela bien rico, mientras el gemía y trataba de controlar su respiración.

    G: Si asi…. uhhh ahhhh que rico ¡sigue!

    Su verga cada vez iba endureciendo más y más y ufff cada vez se iba poniendo más grande, y yo no paraba estaba totalmente entregada, así que acerqué a su pene y con mi mano la levante y poniendo una carita perversa empecé a jugar pasándola por mi cara y le lamí sus huevos.

    M: ¡Quiero que me llenes toda la carita de tu leche, ay no aguanto te la voy a chupar!

    G: ¡Chúpamela zorra! ¡Chúpamela!

    En eso me empezó a pellizcar lo pezones por encima de mi top mientras pasaba su mano por ellos, una sensación de mucho placer invadiendo mi cuerpo, no aguante más y metí toda su verga en mi boca, uff tenía muchísima saliva, así que comencé a mamársela, empecé a mover toda mi cabeza de atrás hacia delante y Gabriel empezó a cogerme toda la boca.

    G: ¡Ahhh que rico… no mames que bien lo haces! ¡Así así!- decía Gabriel mientras gemía

    La verdad yo se que soy buena mamando vergas porque ya en otros encuentros sexuales que he tenido con otros hombres me lo han comentado, (como la vez que se la mame riquísimo a un argentino, pero eso es otra historia). Yo me estaba casi ahogando con todo su pene, así que la solté por un momento para tomar aire y después procedí a meterla en lo más profundo de mi boca, uff que placer para ese momento ya tenía mi cara llena de rímel, entre el sudor y todo lo que se la estaba mamando estaba bien extasiada.

    Cuando de repente saboree un líquido pre seminal, delicioso. Seguido de eso el me empujo y saco su pene, mientras me veía ahí hincada sometida a él. Estaba intentando relajarse ya que su respiración estaba muy agitada y no por menos, había estado gozando mucho y sus gemidos eran todo lo que quería oír. En eso me levanté y me acerqué para intentar besarlo pero él se inclinó hacia atrás mientras me veía.

    G: ah no putita, no puedes besarme -me dijo mientras pasaba su dedo entre mis labios y veía como yo tenía mi boca entre abierta deseosa de él.

    El hecho de que me llamara así me prendió aún más y en ese momento tome su dedo y lo comencé a chupar mientras lo veía a los ojos, provocándolo aún más y más, él estaba ido viendo cómo hice eso y enseguida regresó en sí, entonces me empujo tirándome a la cama, me giro para que quedara enfrente de él y me abrió las piernas

    G: ¡¿Quieres mi verga dentro verdad?! ¡Pues te la voy a dar! ¡En ese momento agarro mis dos piernas bien abiertas me jalo hacia él, y me metió su pene!

    M: ¡Ahhh! ¡Si Gabo cógeme! -grite cada vez más excitada

    El empezó a meter y sacar su pene de mí, que sensación tan más deliciosa, me encanta cuando hacen eso. Después empezó a penetrarme más y más duro cada vez más rápido. En esos momentos yo no podía decir nada, solamente gemía y jadeaba a la vez. Él estaba muy entrado había adaptado una posición dominante conmigo y estaba llevando el control. Lo veía en su cara.

    G: Que puta eres Mar, en verdad que puta eres, pero eres mi putita -me decía mientras me veía a los ojos y me daba cada vez más y más fuerte después salió un gemido enorme de su parte porque claro que yo también no dejaba de moverme, no lo dejaba parar, estaba dispuesta a que me llenara de su leche.

    M: ¡Si lo soy, soy tu putita no pareees! ¡ahhh si si!

    En eso saco su pene, se que estaba cerca de venirse pero también sé que él no quería parar, ni yo, así que le di un momento y aproveche para quitarme mi top para que viera mis pechos y a mi completamente desnuda, por fin.

    M: No me lo quería quitar para que cuando te vinieras en mi escurriera y llenarás mi top, pero así ahora puedes ver mis pechos, ¡Ven a chuparlos!

    En ese momento Gabriel se lanzó sobre mí y empezó a chupar mis tetas, de nuevo parecía que yo tenía el control, empecé acariciar su cabello y ahí estábamos relajándonos. Lamia y lamia cada uno de mis pezones, y a la vez los tocaba con sus dedos, los movía, pellizcaba, y yo no podía contenerme así que escuchaba mis gemidos y mi respiración acelerada. Empezó a chuparlos, puso su cara en medio de mis bubis y se volvió loco.

    G: Que tetas tan perfectas tienes

    M: Disfrútalas, hoy soy toda tuya, desde hace mucho ya quería que estuviéramos así -dije mientras acariciaba su brazo

    El de repente se acostó sobre mi pecho y se quedó pensativo. Así que yo tomé una de mis bubis y se la acerque más hacia la cara, él enseguida entendió y empezó a chuparla, estaba disfrutándome, sentía su respiración más relajada, y él me veía sin dejar de mamar. En ese momento yo lo acariciaba y podía sentir como si hubiéramos cambiado a un rol más maternal, no sé cómo explicarlo, lo que es cierto es que él es más chico que yo pero solo como por 2 o 3 años.

    M: mmm si así, me encanta que me chupes y que te gusten mis tetas – decía toda excitada G: mmm podría hacer esto siempre

    En eso me levante y ahora yo lo empuje a él hacia la cama quedó viéndome de frente, y yo me subí a montarlo, empecé a masturbar su pene, que no tardó mucho en ponerse bien firme y duro, así que empecé a moverme de manera que frotaba su pene con mi panocha, en mi clítoris de atrás hacia delante, lo estaba llenando de mi y mis juguitos que salían ¡que delicia!

    G: ¡Ahhh eso, así! Me tienes todo lleno de ti

    En eso sonreí pervertidamente hacia él, tomé su pene y me lo metí -¡Ahhh! -ambos gemimos de placer, tome ambas manos de él, me acomode para que entrara su pene lo más profundo dentro de mí, y me incliné para besarlo, entre mis movimientos de cadera y pelvis, sé que él lo estaba gozando como nunca, él estaba gimiendo pero no por eso dejaba de besarlo, lo cual intensificaba aún más y más la excitación y el placer que sentíamos, en eso me levanté y empecé a dar brinquitos arriba de su pene mientras mis pechos rebotaban.

    G: ¡No mames Mar! ¡Eso carajo esooo! Que culona estas no mames, ¡que vista! que pechos! -sus manos pasaban entre tocar mi culo y mis pechos, también mi cintura.

    Después cambie a enterrarme en lo más profundo de mi su pene otra vez, y empecé a moverme de atrás hacia adelante, sin detenerme por ningún instante, (bendita condición y ejercicio que me permiten estar en forma y darle la cogidota de su vida). El no paraba de gemir de placer, sentía que estaba haciendo un esfuerzo por no correrse.

    M: ¿Nunca te habían cogido así verdad?

    G: ¡La verdad no, que rico coges carajo!

    En ese momento tuve un orgasmo, todo mi cuerpo estaba lleno de un deleite inmenso, ¡que rico es coger! y qué mejor que ambas personas puedan dejarse llevar por el placer y los inmensos y exquisitos orgasmos. Ahí estábamos Gabriel y yo haciendo algo que no debíamos ante las normas de la sociedad, pero bien excitados, satisfaciendo lo que nuestros cuerpos tanto nos pedían desde hace tiempo, estaba feliz de darle a Gabriel tanto placer, tanto cariño, tanto gozo así como el me lo estaba dando a mí.

    M: ¡Me estoy corriendo ahhh! – Exclame toda llena de placer con mi carita toda rosa por la calentura de todo eso.

    Entonces salí de él y él pudo sentir lo lleno que lo había dejado de mí, lo toco y lo lamió, y en ese momento es como si una euforia lo hubiera dominado, se levantó me agarro y me giro.

    G: Ponte en cuatro que quiero venirme pero no sin antes darte de perrito, quiero ver estas nalgotas rebotar

    Obedecí y me baje levantando todo mi culo y lo empecé a abrir para él, mientras me empecé a menear, dando circulitos, (probablemente me vi bien deseosa de verga, bien puta pero bueno así soy yo cuando estoy tan prendida). El no aguanto más y me ensarto su pene y sin más me empezó a coger.

    G: ¡Oh sí eres mi perra me encanta como te pones! ¡Así así! -mientras me cogía y me empezó a nalguear

    De nuevo esas palabras a mi en la cama me provocan algo que hace que mi impulso sexual se desprenda al máximo, así que empecé a apretar más, mientras movía mi culo lo más rápido que yo podía, ahora yo me lo estaba cogiendo a él, mientras seguía en cuatro estaba casi ordeñándolo, ¡gimiendo de placer -¡Ahhh siii! ¡así! ¡si si! -exclamábamos los dos.

    G: ¡No aguanto más me voy a venir!

    M: ¡Espera tienes que echármelos en la cara!

    Sin más nos detuvimos, Gabriel sacó su pene y yo me arrodille ahí mismo en cama -Ahhh- gritó él, todo su semen me empezó a caer en mi cara, fue una deliciosa sensación sentir su semen escurriéndome en la cara, también cayó un poco en mis pechos. Terminando completamente llena de él. Agarre lo que cayó en mi pecho y me lo tragué.

    Terminamos acostados en mi cama descansando un rato, estábamos exhaustos pero muy satisfechos, tanto el como yo habíamos disfrutado mucho.

    Ese fue el inicio de otros encuentros, la verdad es que yo me considero una persona muy práctica y sé que lo que tenemos es una muestra de complicidad y cariño, asociado con mucha discreción ya que Dahlia no sabe nada de esto y es lo mejor.

    Besos

    Mar

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  • Rojo intenso (4): Destino hielo (parte 2)

    Rojo intenso (4): Destino hielo (parte 2)

    Al llegar al Aeropuerto Internacional de Keflavík (KEF), en las afueras de Reikiavik, el viento los recibió con un zumbido suave, pero ellos caminaban como si llevaran el calor del mundo entero bajo la ropa. Un calor que no venía del clima, sino de esa mirada que se dedicaban a cada paso, de esos dedos que apenas se rozaban pero que se decían todo.

    Rosanna llevaba su abrigo ligeramente abierto, como si aún no quisiera cubrirse por completo, como si el aire islandés tuviera que tocar su piel marcada por un momento inolvidable. Ismael, por su parte, caminaba a su lado con una sonrisa tranquila, como quien acaba de tachar un deseo de una lista secreta.

    —¿Estás bien? —le preguntó ella, con ese tono suave que usaba cuando quería decir más de lo que decía.

    —Perfectamente —respondió él, mirándola de reojo—. Aunque no puedo dejar de pensar en lo que acabamos de hacer.

    Ella sonrió, contenida, y lo tomó del brazo mientras pasaban por migración.

    —Bienvenido a Islandia, Lucas —murmuró cerca de su oído.

    Poco después, cruzaron las puertas corredizas de la terminal de llegadas. El aire era limpio, casi frío, pero ellos se sentían tibios por dentro. Un taxi los esperaba en la zona de abordaje. El conductor, un hombre de rostro amable, los recibió con una sonrisa.

    —Hotel Borg, por favor —dijo Rosanna en inglés claro, al subirse al asiento trasero.

    El taxi comenzó a rodar por las autopistas islandesas, dejando atrás las luces del aeropuerto. Desde el asiento trasero, Ismael tomó la mano de Rosanna. Ella la apretó con fuerza, y ambos se quedaron mirando por la ventana, mientras los paisajes volcánicos y la bruma del atardecer parecían bendecirlos en su llegada.

    No había necesidad de hablar. Ambos sabían que Islandia no sería sólo un viaje de negocios… sino el escenario de algo mucho más profundo.

    El viento islandés golpeaba con fuerza los ventanales del pequeño hotel boutique donde Rosanna e Ismael se hospedaban. Afuera, la nieve caía sin tregua; adentro, el silencio era espeso, interrumpido solo por el crujido de la madera bajo sus pasos y el eco lejano de una chimenea encendida en otro cuarto.

    La habitación que les asignaron era cálida, pero no lo suficiente para el cuerpo de Rosanna, que temblaba levemente mientras se quitaba los guantes y se frotaba los brazos.

    —Odio el frío —dijo en voz baja, como si se quejara consigo misma, mientras Ismael cerraba la puerta detrás de ellos.

    Él la miró, entendiendo sin necesidad de palabras. No fue un gesto seductor ni calculado, sino algo natural. Como si la cercanía fuera la única respuesta lógica ante ese clima que todo lo entumecía.

    Rosanna se sentó en la orilla de la cama, abrazando sus piernas, envuelta en una bufanda gruesa que no lograba detener el escalofrío que la atravesaba. Entonces Ismael se acercó, se quitó la chamarra y la rodeó con su calor.

    —Ven —le susurró, guiándola con delicadeza hasta el centro de la cama—. No vamos a dejar que el hielo se meta en ti.

    Ella lo miró, con esa mezcla de desafío y entrega que solo alguien como Rosanna podía mostrar. Con una media sonrisa, se dejó guiar.

    Los abrigos quedaron a un lado. Luego las capas de ropa más delgadas. Y pronto, lo único que existía era el calor de sus cuerpos, piel contra piel, buscando consuelo más allá del deseo.

    Él la abrazó por detrás, y ella acomodó su espalda contra su pecho, cerrando los ojos. Sus manos se entrelazaron sobre el vientre de ella. La respiración de ambos se acompasó, como si compartieran el mismo ritmo, el mismo silencio, la misma necesidad.

    La tormenta seguía allá afuera, invisible tras los cristales empañados. Pero en esa habitación, todo se volvió calmo. Íntimo. Irrepetible.

    Rosanna dejó escapar un suspiro.

    —Lucas… esto es lo único que necesitaba.

    Ismael no respondió. Solo la apretó con más fuerza. Porque había cosas que no necesitaban decirse cuando se sentían así de reales.

    La noche islandesa era profunda y silenciosa. Solo el crujido de la madera, ocasional, rompía la calma del cuarto. Rosanna e Ismael dormían abrazados, sus cuerpos entrelazados bajo una sola cobija, como si buscaran fundirse para vencer el frío del norte.

    Pero no pasaron muchas horas cuando ella abrió los ojos, inquieta. Algo en su interior palpitaba con más fuerza que el frío. Se giró suavemente hacia él, que aún dormía con el rostro sereno, respirando pausado.

    —Lucas… —susurró, apenas audible.

    Ismael se despertó al sentirla moverse. Sus ojos se abrieron, encontrando los de ella a pocos centímetros. No hubo explicación. No hubo preguntas. Solo un gesto de ella, una súplica silenciosa, cargada de deseo contenido.

    Ella estaba en de rodillas y con la cara recostada en la cama, quería que Ismael la penetrara en esa posición. Lo que siguió fue lento, natural. Como si ya lo hubieran vivido mil veces en sueños.

    La cercanía se volvió caricia. Los suspiros reemplazaron a las palabras. El lenguaje entre ellos fue antiguo, íntimo, hecho de piel, aliento y conexión. El frío desapareció por completo. La habitación, antes tan callada, se llenó de algo cálido, casi invisible, pero imposible de ignorar.

    En ese momento, no estaban en Islandia. Ni siquiera estaban en el mundo. Solo eran dos cuerpos que se habían estado esperando, y que, por fin, se reconocían.

    Rosanna arqueó suavemente la espalda, como si en ese gesto entregara todo. Y en su voz, apenas un murmullo que solo él pudo oír:

    —No pares, Lucas…

    La habitación estaba en penumbra. Solo la luz tenue de una lámpara sobre el buró se reflejaba en la ventana empañada por el contraste del calor interior y el hielo exterior.

    Rosanna e Ismael no habían vuelto a dormirse. El sueño les parecía innecesario cuando había algo mucho más vivo latiendo entre ambos.

    Ella se pegó hacia él, su espalda ahora tocaba su pecho, su respiración era profunda mientras el seguía penetrando su vagina lentamente. Entre palabras suaves, caricias lentas y silencios que decían más de lo que podían articular, la distancia entre ambos se deshizo por completo.

    Sus manos, ya conocidas, recorrieron territorios familiares con una ternura nueva. Él la abrazó desde atrás, besando la curva de su cuello, y ella respondió con un suspiro que llevaba dentro más que deseo: era entrega. Era un “sí” sin decirlo.

    —Lucas… —murmuró ella, con voz entrecortada.

    Ismael no respondió con palabras, sino con actos suaves. Como si cada movimiento suyo buscara memorizarla. Sus gestos eran lentos, reverentes. Y, aun así, estaban llenos de una pasión contenida que poco a poco los fue consumiendo.

    La manta que los cubría cayó lentamente, y el calor que los envolvía ya no era solo corporal, sino emocional. La intimidad no necesitó luces, ni testigos, solo piel y confianza.

    En algún momento, Rosanna entrecerró los ojos y apretó su rostro contra la almohada, dejando escapar su nombre:

    —Lucas… Lucas…

    Él la sostuvo con fuerza mientras el orgasmo de Rosanna empapaba la cama, esa noche eran el centro de su propio universo.

    Y cuando el silencio regresó al cuarto, fue un silencio distinto. No de ausencia, sino de plenitud. Sus cuerpos, aún entrelazados, descansaban como si hubieran encontrado en el otro algo que no sabían que les faltaba.

    Ella tomó su mano, la llevó hasta su pecho, y con los ojos cerrados, sonrió.

    —Así… así está bien.

    El amanecer en Islandia no llegó con fuerza, sino con una delicadeza casi invisible. Una bruma blanca cubría el horizonte, y el sol apenas se atrevía a colarse por las cortinas de lino claro que ondeaban suavemente con la corriente de aire caliente de la calefacción.

    Rosanna abrió los ojos lentamente, como si no quisiera interrumpir el sueño que aún flotaba entre las sábanas. A su lado, Ismael ya estaba despierto, observándola en silencio.

    Ella notó su mirada y sonrió, con ese gesto suyo tan único, como si fuera consciente de que él no podía dejar de mirarla.

    —¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó, su voz aún ronca de la noche.

    —Desde que el sol decidió asomarse… y tú seguías tan cerca —respondió él, acariciando su cabello hacia atrás.

    Se quedaron así un momento más, entre miradas suaves, como si el tiempo fuera más lento ahí dentro. No hablaban de lo que había ocurrido, porque no necesitaban ponerle nombre. Lo que pasó entre ellos no era un evento. Era un lenguaje que solo ambos entendían.

    Rosanna estiró su cuerpo, acomodándose boca arriba. Ismael apoyó su cabeza sobre su pecho, como buscando abrigo en ese lugar que ahora sentía suyo.

    —¿Te das cuenta de que esto ya no tiene vuelta atrás? —susurró ella.

    —No quiero que la tenga —respondió él, cerrando los ojos.

    Permanecieron así durante minutos largos. Luego se levantaron sin prisas. El vapor del agua caliente en la ducha llenó el baño, y dentro, las risas suaves, las miradas bajo el agua, y el calor compartido hablaban de algo más que deseo: hablaban de complicidad.

    Vestidos y listos, salieron de la habitación. Afuera, Islandia les ofrecía un paisaje blanco, limpio, como una página en blanco por escribir.

    Y eso era justo lo que eran: dos personajes en medio de su historia, apenas comenzando a escribir los capítulos que el mundo aún no conoce.

    El sol de Islandia bañaba el campo de lava con una luz dorada y tenue, que parecía querer acariciar cada grieta y cada piedra negra y rugosa. Rosanna e Ismael caminaban lado a lado, envueltos en sus abrigos gruesos, el aire frío que les picaba la piel, pero no alcanzaba a enfriar el calor que llevaban dentro.

    El silencio entre ellos era cómodo, casi sagrado, como el espacio entre dos almas que se reconocen y aún buscan las palabras adecuadas para decirlo.

    Finalmente, Rosanna detuvo sus pasos y miró hacia el horizonte, donde las formaciones volcánicas se perdían en la distancia. Sus ojos brillaban, no solo por la luz, sino por algo que guardaba desde hace tiempo.

    —Hay algo que necesito contarte —comenzó, sin voltear.

    Ismael se acercó un poco más, su mano rozó la de ella. —Estoy aquí para escucharte, tía.

    Ella sonrió ante el apodo, esa forma de recordarle su confianza y cercanía.

    —Toda mi vida he sentido que… a veces, por más que quieras, hay partes de ti que no sabes si merecen ser amadas. Que te preguntas si alguien puede querer no solo lo bueno, sino también lo que crees que es frágil o imperfecto.

    Ismael apretó suavemente su mano, invitándola a seguir.

    —Pero contigo… he aprendido que no es así. Que hay alguien que puede ver todas esas piezas y aun así quedarse. Que puede querer cada parte, sin condiciones.

    Ella volteó y lo encontró mirando con una ternura infinita.

    —Conocerte, este viaje… todo me ha hecho sentir viva, completa. Y no quiero que esto sea solo un recuerdo de verano. Quiero que sea el comienzo.

    Ismael la abrazó, sintiendo que sus palabras tocaban algo profundo en él.

    —Tía… yo también quiero eso. No solo porque me vuelves loco —dijo con una sonrisa tímida— sino porque contigo me siento yo mismo. Sin máscaras.

    Se quedaron así, con el viento jugando entre ellos y la historia que apenas empezaba a escribirse en ese paisaje tan antiguo como nuevo para ellos.

    Esa misma noche, después de regresar al hotel, el cielo se iluminó con las mágicas auroras boreales. Rosanna e Ismael salieron al balcón, envueltos en una manta gruesa, observando el espectáculo natural que pintaba de verde y violeta el firmamento, mientras él la abrazaba por atrás y penetraba su ano.

    Esa penetración seguía la danza de luces que parecía susurrarles secretos antiguos, y ellos, en silencio, compartían ese momento único. Sin palabras, sus manos se encontraron, sus dedos entrelazados con la fuerza de quien sabe que todo ha cambiado, Rosanna gemía de dolor, pero no quería que Ismael se detuviera.

    —Es como si el universo aprobara lo nuestro —dijo Rosanna, con voz entrecortada, casi un murmullo.

    Ismael asintió, acercándose para rozar su frente en la nuca de ella.

    —Cada vez que te veo, siento que puedo enfrentar cualquier cosa —confesó—. No sé qué me espera, pero contigo quiero descubrirlo.

    Rosanna apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo el latir firme y cálido.

    —Gracias por estar aquí, por quedarte —susurró—. Esto es más que un viaje, es un renacer.

    Los dos permanecieron así, bajo ese cielo que parecía eterno, hasta que él eyaculó dentro del ano de su amada.

    A la mañana siguiente, mientras caminaban despacio por un sendero cercano al hotel, la nieve crujía bajo sus botas y el aire fresco les llenaba los pulmones. Ismael iba a su lado, atento, pero respetando el silencio que Rosanna necesitaba.

    Después de un rato, ella se detuvo, mirando las huellas que dejaban atrás.

    —Hay algo que nunca te he contado —dijo, con la voz cargada de un dejo de vulnerabilidad.

    Ismael la miró, esperándola sin prisa.

    —Hubo un tiempo en mi vida en que me sentí invisible. Como si no importara lo que hiciera o dijera. Era fácil para otros juzgarme, criticarme, y yo… me lo creía. Eso me hizo cerrar partes de mí, construir muros para protegerme.

    Sus ojos buscaron los de Ismael, buscando comprensión.

    —Por eso me cuesta tanto confiar. Pero contigo… algo se ha roto. No es que todo sea perfecto, ni que no tenga miedo, sino que contigo siento que puedo ser auténtica, sin máscaras, como un lazo invisible que nos une.

    Ismael tomó su mano y la apretó suavemente.

    —Gracias por confiar en mí, tía. Yo también he tenido mis propias batallas, y quizás por eso entiendo lo que dices.

    Ella apoyó la cabeza en su hombro.

    —Quiero que esto sea diferente. Quiero que podamos ser ese refugio el uno para el otro.

    Él sonrió con ternura.

    —Lo seremos.

    Juntos siguieron caminando, con la nieve como testigo, sintiendo que cada paso los acercaba no solo en distancia, sino en corazón.

    El paisaje blanco lo envolvía todo. Una llanura de nieve virgen se extendía más allá del horizonte, como una hoja en blanco, esperando ser escrita por ellos. Rosanna caminaba descalza sobre la nieve, su abrigo abierto, el aliento formando nubes en el aire gélido. Pero había algo en su mirada, algo en su andar lento y seguro, que derretía el hielo a su paso.

    Ismael la observaba con el corazón latiéndole como un tambor. Ella no parecía sentir frío. Era como si su cuerpo ardiera desde adentro.

    —¿Aquí? —preguntó él, con la voz temblorosa, no por el clima, sino por lo que sentía.

    —Aquí —respondió Rosanna, girándose hacia él, dejando que su abrigo resbalara por sus hombros y cayera al suelo, posteriormente se despojó de toda su ropa, aquel cachetero color roja quedaba tirado en la nieve.

    La nieve tocó su piel como miles de agujas suaves, pero ella no se estremeció. Al contrario, se acomodó lentamente sobre él, quien yacía desnudo, acostado en la nieve, ella se sentó con una sonrisa traviesa en su rostro, que contrastaba con el blanco puro que los rodeaba e Ismael comenzó a meter su lengua en su vagina, tan profundo que parecía querer comerle todo su interior.

    —Nunca me sentí más viva —gritó, mientras untaba un poco de nieve en sus senos, como si quisiera desafiar al mundo, al invierno, a cualquier límite.

    Ismael, sin decir palabra, correspondió a ese gesto con un roce firme de sus manos, que subieron con decisión hasta ese par de redondas masas de carne, dejando un rastro de fuego en su piel fría. Después ella giró, y él dejó que sus manos se posaran sobre sus nalgas, guiándola con una mezcla de ternura y deseo.

    Sus cuerpos se movían con un ritmo propio, ajenos al frío, ajenos a todo. El crujido de la nieve bajo ellos era el único testigo del vaivén que los unía. Los gemidos ahogados, los suspiros al oído, el temblor compartido… todo formaba parte de una danza silenciosa entre calor y escarcha.

    El mundo estaba en pausa.

    Y justo cuando el momento alcanzó su cima, ella gritó su nombre con fuerza, como si la nieve también necesitara saber quién le había dado tanto fuego con la lengua. Él le respondió con una caricia en el rostro y un beso sobre su hombro helado.

    El silencio del paraje era absoluto, salvo por el ritmo de sus respiraciones entrecortadas. Rosanna, de espaldas a él, con la piel apenas cubierta por algunos copos, parecía más una visión que una mujer real. Su cuerpo resplandecía bajo el cielo nublado, desafiando al frío con su calor interno.

    Ismael la contempló unos segundos, fascinado por su entrega, por la libertad con la que ella se movía en ese paisaje inhóspito como si fuera suyo.

    —Eres de otro mundo —murmuró, casi sin aire.

    Rosanna giró el rostro apenas, con una sonrisa salvaje en los labios, y apoyó ambas manos en la nieve, sacando a relucir la curva de su cuerpo con una intención clara.

    Ismael no necesitó más invitación. Se acercó, y sin decir palabra, alzó una de sus manos y la dejó caer con firmeza sobre su piel. El sonido seco de la palmada rompió el silencio de la nieve. Rosanna soltó un jadeo, no de dolor, sino de un placer que parecía aún más intenso por el contraste del clima.

    Otra nalgada. Y otra más. Su piel comenzaba a enrojecer, no por el frío, sino por esa mezcla de intensidad, entrega y deseo.

    —Así… —susurró ella entre respiraciones, hundiendo los dedos en la nieve, mientras una risa suave y contenida le escapaba de los labios.

    Ismael la sostuvo entonces, abrazándola desde atrás, y con movimientos lentos, casi ceremoniales, se recostaron juntos sobre la nieve y la penetró intensamente. No hacía falta hablar. Sus cuerpos ya lo decían todo.

    El frío los rodeaba, pero ellos creaban su propio calor. Una danza íntima, poderosa, natural, como si cada caricia encendiera una chispa bajo sus pieles heladas. Las marcas en su cuerpo, los suspiros, los latidos compartidos… todo era parte de un ritual salvaje y hermoso.

    Y cuando se fundieron completamente el uno en el otro, la nieve a su alrededor parecía derretirse apenas.

    No hubo gritos, sólo nombres susurrados como mantras. Lucas. Tía. Palabras que para ellos dos significaban más que cualquier título y nuevamente Ismael eyaculó dentro de su vagina.

    Luego, abrazados bajo un manto de copos blancos, respiraron juntos, como si acabaran de sobrevivir a una tormenta interna.

    —Te amo, tía. —dijo él, con los ojos cerrados.

    —Y yo a ti, mi Lucas. —respondió ella, con la voz temblando, no por el frío, sino por el orgasmo que acababa de tener.

    Después, entre risas contenidas, se abrazaron bajo la nevada ligera que comenzaba a caer.

    —Nadie nos creería esto —susurró Ismael.

    —Lo hubiéramos grabado —contestó ella, cerrando los ojos mientras apoyaba su cabeza en su pecho.

    La nieve los rodeaba, pero entre ellos no quedaba ni un rastro de frío.

    Después de días intensos en Islandia, llenos de trabajo, decisiones y noches de sexo salvaje, Rosanna e Ismael finalmente lograron cerrar el negocio que tanto habían esperado. La sensación de triunfo los envolvió como un cálido abrazo, y la emoción por regresar a México era palpable.

    El vuelo de regreso estuvo lleno de miradas cómplices y silencios compartidos, conscientes de que algo importante había cambiado entre ellos, tanto en lo profesional como en lo personal.

    Al llegar a la Ciudad de México, la rutina parecía esperarlos, pero para Rosanna había algo más aguardando en casa.

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  • Mi tía solo mía

    Mi tía solo mía

    Hoy les contaré una historia que me pasó hace 2 meses, tengo tan solo 18 años y sucedió con mi tía de 35 años. Soy hijo único solo tengo a mi madre y ella trabaja todo el día.

    Yo tengo una tía política que nos iba a hacer las tareas del hogar. Ella tenía un cabello negro y largo, un trasero muy sexy ya que, hacia spinning, tez morena, ojos cafés oscuros, unas buenas piernas y unas tetas riquísimas, un abdomen un poquito gordo y una voz seductora.

    Todo comenzó un día que el sol pegaba a plomo, yo estaba jugando en mi consola de videojuego, como tenía demasiado calor solo tenía un short sin playera. Yo soy un chico delgado de 1.70 de altura, tez blanca. Entonces mi tía dice:

    —¡Quien como tu sobrino!

    —¿Por qué lo dice, tía?

    —Tan fresquecito, se me hace que yo también me voy a quitar la playera.

    En ese momento yo solo tenía cara de sonrojado y dije —claro. Pero no pensaba que lo iría a hacer. Así que se quitó la playera, me quedé impactado de ver sus tetas rebotar con su brasier y no me quedó más que babear…

    —Ay sobrino seguramente tú has visto mejores pechos que estos …

    —No tía (sin palabras, lamentablemente jamás había visto pechos tan grandes)

    —Bueno, seguiré trapeando. Espero no incomodarte.

    —Para nada (aunque por dentro solo existía el deseo de poder tocarle esos senos tan grandes y morenos que me veían con lujuria).

    Ella terminó de trapear el piso de mi pieza y cuando acabó se puso su camisa, y se fue. Nos despedimos de un beso en la mejilla.

    Yo me pasé toda la tarde fantaseando como ella me seducía y yo a ella, no podía creer lo que había visto, su imagen había quedado grabada en mí y me volvía loco.

    Al día siguiente, después de la escuela vi a mi tía, la saludé de costumbre y ella llevaba un pants azul muy sexy, pegado a su cuerpo y resaltaban las buenas nalgas que tenía. Ella me saludó y me dijo:

    —¿Te gustaría ir a dar una vuelta?

    —Con gusto

    Después del paseo llegamos a la casa y por fortuna no había nadie, ella se sentó y encendió el televisor, me senté a su lado y comenzamos a ver tele. Después de un rato ella se recostó y puso su cabeza en mis piernas, yo me contuve lo más que pude para no tener una erección, pero no aguanté y poco a poco se me fue parando.

    Traía un top negro muy escotado que dejaba ver sus pechos, cuando no pude más me levanté y me subí al baño, puse seguro en la puerta y me empecé a masturbar. Estando en el acto, de pronto se abre la puerta y se encontraba ahí parada mi tía, ambos quedamos helados, ella se volteó y yo cerré la puerta, subí mis pantalones y salí a verla.

    Cuando llegué a la sala, la encontré sentada y le dije:

    —Discúlpame tía

    —¿Por qué te voy a disculpar? No hacías nada malo, es algo normal y por mí no te apures que no diré nada.

    Después de ese día notaba distinta a mi tía, como que me coqueteaba más. Hasta que un día, ella trapeaba mi habitación y traía unos jeans súper ajustados y una blusa traslúcida. Yo subí a mi habitación y me senté en la cama, ella seguía trapeando así que me levanté y la tomé por la cintura y le dije:

    —Lo siento, pero no resisto mas

    —¿A qué te refieres?

    —Desde hace un tiempo me siento atraído hacia ti

    Ella solo me miraba, después de un momento en silencio dijo:

    —Pues podemos poner solución

    La tomé por la cadera y la comencé a besar, ella me levantó y quitó la camisa, después de estar besándonos y desvistiéndonos, tomé un preservativo y me lo coloqué, pasé una tarde increíble.

    Después del acto ella me dijo:

    —Este será nuestro pequeño secreto

    —Sí, lo que tú digas por mi perfecto

    —¡Lo haremos cada vez que tú quieras!

    Desde ese día, en reuniones, fiestas o algún momento en el que podamos estar a solas nos escapamos y nos damos un poco de placer.

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  • Confesiones de una mujer casada (8): Parte 2

    Confesiones de una mujer casada (8): Parte 2

    Y mi mano derecha sobre su pantalón y como estabas de afán porque ya se te estaba haciendo tarde, seguiste al cuarto a limpiarte, a lo que la Mirian me dice sentándose en voz baja.

    -Ahí pensé que Diego ya se había ido y mira, que irá a pensar.

    A lo que le respondo.

    -Fresca él es tan despistado que ni cuenta se ha dado que estás en calzones y ni tampoco vio mi mano que está acariciándole el pantalón.

    La Mirian baja la mirada y ve mi mano acariciándole el bulto de la verga al JP. Y se ríe, a lo que le digo.

    -Y está apurado por irse.

    Les ofrecí una cervecita esperando que te fueras prontito, nos dimos un beso en la boca con el JP y me pare a traerlas, al regresar JP estaba de pie y le doy la cerveza y nos volvemos a besar por unos breves segundos, JP se sienta y saliste del cuarto con su sudadera, despidiéndose apurado por irse, saliste y enseguida me le arrodillo en frente de JP y le suelto el cinturón, el botón, y le bajó la cremallera y con las dos manos y levantando el trasero JP le bajó el pantalón a lo que la Mirian está a la expectativa.

    Ve el bulto del bóxer y mete su mano agarrándole la verga, mientras yo termino por bajarlo y Mirian empieza a mamársela y yo me le acercó a chuparle las huevas por varios minutos, para luego entre las dos se la lambemos recogiendo su tronco y encontrarnos chupando su glande varias veces ahí duramos más de 30 minutos entre mamadas y lamidas.

    El JP no se esperaba tener la fortuna de follarse a dos mujeres, así de lindas, menos.

    La Mirian fue la primera que se le montó agarrándole la verga, se la coloca en la entrada de la panochita y se deja rodar por su tronco y empezó a follárselo moviendo su trasero a toda mierda, yo soy más silenciosa pero a la Mirian le encanta pedir candela, decir groserías y estupideces y empieza a decir que le gusta su verga, que rico hace, anda follame papacito rico, guau así rico, si así rico mueve ese hijueputa culo cabron que me matas, eso gózalo papi que me quiero venir, eso hazme toda tuya que soy tu puta, vamos cabron muévete más rápido y cosas así le encanta expresarse mientras está follando.

    Termina viniéndose, se baja sentándose al lado y me montó, le agarro la Verga a JP y me la coloco en mi panochita,

    Me dejó rodar y arranco a follármelo a toda, con fuerza, sus manos acarician mi cuerpo sensibilizándolo más haciéndome sentir sensaciones deliciosas, rápidamente me vengo y me bajo al piso para mamarle la verga, mientras Mirian lo besa y se deja chupar los pezones.

    A lo que les digo.

    -Cuidado Mirian que le encanta dejar chupones en el cuerpo.

    JP se sonríe y sigo hablando.

    -Si me ha dejado varios y me ha tocado maquillarlos para que no se me noten, es un chupón empedernido.

    A lo que el JP responde.

    -Si y ustedes son dos chupones de verga miren como me la tienen.

    Nos reímos y seguí mamándole la verga por unos minutos más, JP se levanta y agarra a Mirian le da vuelta quedando ella de espaldas a el, la inclina sobre el sillón le abre las piernas, se agacha y la penetra follándola a toda velocidad, lo que hace que la Mirian, empiece a decir barbaridades y a disfrutar de la follada.

    Y así el pobre JP tuvo que complacernos a las dos dejándolo agitado pero feliz.

    Me quedo mirando a Lucia no sorprendido Pero si pensativo, ¿Cómo no pensé en que algo así iba a suceder, si estaba de afán pero por favor no darme cuenta me deja entre sorprendido y de mal genio, pero quien se iba a imaginar, pensé conocer a la Mirian como una mujer seria, de carácter fuerte y conozco a su esposo, el Orlando y a sus dos hijos ya grandecitos, pero la vida te da sorpresas y por eso si estuve pensando cuando iba en camino a recoger a mis amigos, el porque la Mirian estaba sin el pantalón a lo que atiné en pensar que estaba y me excito el hilo dental que tenía dejando ver su hermoso trasero que para que está bien bueno.

    Y volviendo al tema central de la historia Lucia me sigue contando lo que pasó el Domingo, a lo que continúa con su historia.

    -Bueno y continuando con lo que te he contado paramos un momento, fui a la cocina a sacar otras cervezas y me lo llevé para el cuarto a seguir follando en tu cama, en el televisor estaba presentando una carrera de autos, nos acomodamos para verla enrunchandonos metiéndonos entre el cubre lecho, hablamos de cosas y de chismes del conjunto, ¿sabías tú qué hubo un apartamento en el que venían hombres y eran atendidos por varias mujeres?

    A lo que le respondo.

    -En serio ¿y cuál apartamento era que no sabía? Lástima no haber sabido

    A lo que me responde.

    -Jajaja si te hubiera gustado visitarlas

    A lo que le respondo.

    -Claro hubiera sido chévere haber ido.

    Me responde.

    -Te mato y boto tu cuerpo al río Bogotá en pedacitos. Y continuando con JP al rato me metí debajo del cubrelecho baje a mamarle la verga, mientras el veía la carrera, disfrute saboreándosela, lambiéndosela, chupándole las huevas, volvía a mamársela, varias gargantas profundas le practiqué y hasta una rusa que le hacía acompañada de una mamada intercalada de su glande.

    Luego me le monte encima le agarro la verga lo masturbo un poco y me restriego su verga contra mi panochita y trasero terminando en mi trasero penetrándome y comienzo a culeármelo, suavemente aumentando el ritmo hasta lograr una buena culiada, que duro más de 30 minutos, me vine dos veces, para luego cambiar de pose me volteo de espaldas a el y sigo culeando disfrutando, gimiendo y gritando con cada culiada, coloco mis brazos hacia atrás apoyándome contra la cama y levanto mis piernas logrando culear un poco más rápido hasta hacerme venir nuevamente.

    JP se para y va al baño a mear y al regresar me agarra de las piernas y me atrae hacia el estando boca arriba, me abre de piernas y me penetra el trasero y empieza a culearme a toda velocidad, siento su tronco en mis paredes anales entrar y salir sin compasión mi cuerpo a temblar al sentir sensaciones excitantes placenteras y que rápidamente me hacen venir en chorros de líquidos eyaculados de mi cuerpo, JP continúa dándome duro rompiendo mi trasero y lo siento venir en espasmos que golpean mi trasero se deja caer encima de mí colocando sus codos contra la cama me besa apasionadamente.

    Terminando se acuesta al lado mío, me levantó voy a la cocina por más cervezas, prendo un cigarrillo, llevo las cervezas y él prácticamente se la toma de una, se levanta y se limpia la verga y nos acomodamos en la cama enrunchados.

    La carrera hacia rato había acabado y estaban dando un partido de fútbol americano, cambiamos a ver una película, estuvimos un buen rato y se fue terminando un delicioso día.

    Ahí termina ese día mi mujer su relato del excitante momento que tuvo con nuestro “amigo” y los dos hicimos el amor como enloquecidos de pasión, los dos estábamos excitados, recordando lo contado.

    Hasta acá llega este relato esperando que les haya gustado y espero sus comentarios de lo perversa que es mi amada mujer.

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  • Prima

    Prima

    Hola, es mi primer relato, espero les guste y comenten.

    Esto empezó cuando tenía 25 años, tengo una prima de nombre María yo estaba casado y ella igual, empezamos a convivir más por el trabajo y se dio más confianza y cariño, platicando en aquel tiempo por mensajes de texto se dio una plática que cambio todo.

    Mari: ¿hola primo que haciendo?

    Yo: nada prima aquí en el trabajo

    Mari: oye quisiera decirte algo pero no sé cómo lo vayas a tomar, y espero que quede entre nosotros

    Yo: claro que sí prima dime (yo jamás imaginé lo que ella me iba a decir).

    Mari: pues mira la neta me gustas, y sé que somos primos y no debería pasar nada pero quiero que pase, solo una vez y te prometo que ya no te volveré a pedir algo

    Yo: pero que pase ¿qué? ¿A qué te refieres?

    Obviamente ahí me imaginé muchas cosas, pero quería que ella lo dijera. La describo un poco, ella es chaparrita muy bonita de cara con unas tetas grandísimas y con unas caderas anchas.

    Mari: pues si quiero que pase algo entre nosotros solo por una vez, te lo digo así tal cual quiero tener sexo contigo

    Yo: Wow ¿neta? Pues no lo creo, pero va, ahora el problema es donde y cuando, casi no nos vemos

    Mari: pues mira por eso te mandé mensaje, está semana mi esposo va a salir a Puebla el miércoles se va y regresa el viernes, llevo a mis hijos a la escuela y vienes a la casa ¿podrías?

    Yo: ¿en tu casa? ¿Y los vecinos? ¿O si va alguien?

    Mari: por eso es mejor aquí al fin eres mi primo y si te ven aquí no hay tanto problema, así le puedo decir a mi esposo que pasaste a saludar y no desconfiará, ¿qué dices?

    Yo: ok pues déjame pedir permiso en el trabajo de llegar tarde y voy el jueves

    Mari: ok te veo aquí a las 9 va, y te mando algo para que te animes

    Yo: ok va.

    En ese momento me llegó una foto de sus tetas y se veían muy ricas.

    Por fin llegó el día, ella vive en unos edificios en el 3 piso, así que llegue me estacione y le mandé mensaje.

    Yo: ya estoy aquí prima

    Mari: voy

    Espere unos minutos y la vi llegar traía un vestido amarillo un poco corto, con unos tenis me baje del carro la saludé y me invitó a pasar, al ir subiendo las escaleras note que se le veían las nalgas y también note que no traía nada debajo o sea que ella ya estaba más que lista, entramos y me senté en el sillón ella me ofreció un vaso de agua y se sentó a mi lado.

    Mari: que onda primo, la neta tengo muchos nervios y pena, espero que no pienses mal de mi y que quede entre nosotros.

    Yo: claro prima no te preocupes todo bien, ¿pero desde cuándo te fijaste en mi o querías que pasará algo?

    Mari: desde que iba a tu trabajo y empezamos a platicar ahí me di cuenta que me gustas mucho y no quería quedarme con las ganas.

    Entonces ahí me beso, estuvimos besándonos y sentí su mano agarrando mi verga por encima del pantalón, yo le agarre sus tetas por encima del vestido y metí mi mano entre sus piernas ahí confirme que no llevaba nada debajo, empecé a acariciarle su panocha, que estaba rasurada y muy mojada.

    Ella gemía muy rico y empezó a desabrocharme el pantalón hasta sacarme la verga que ya estaba muy dura (mi verga me mide 17 cm, con una curvatura y un poco gruesa) se agachó y se la metió a la boca dándome una mamada muy rica, mientras yo le metía los dedos para mojarla más, después de unos minutos dejo de mamarla y me llevo a su cuarto ahí se quitó el vestido y se acostó yo también me desnude y la abrí de piernas para mamarle su panocha, mojaba muchísimo hasta que llegó el momento en que me dijo:

    Mari: ya primo métela por fa.

    Me acomode y empecé a robarle con la punta de mi verga en la entrada de su vagina y darle golpes en su clítoris, ella se quejaba y trataba de metérsela pero yo quería que se desesperara, y así fue, me jalaba cuando la sentía en la entrada y yo la sacaba, ella me decía “ya primo métela por fa, yaa”.

    Ahí fue cuando le se la deje ir toda de golpe, ella gimió muy rico y me apretó de las nalgas para que no me moviera ni me saliera, estaba teniendo un orgasmo muy rico, cuando me soltó empecé a cogerla despacio pero profundo, le mamaba sus chichotas, le mordió su pezón que los tiene grandísimos ella se quejaba mucho y le pedí que se lamiera sus tetas mientras le subí sus piernas a mis hombros y la cogía duro, era una imagen riquísima ver a mi prima mamándose sus tetas, mientras me la estaba cogiendo, ella tuvo otro orgasmo y cuando iba a terminar yo le pregunté:

    Yo: ya me voy a venir, donde me vengo

    Mari: adentro primo, me estoy cuidando lléname por fa

    Empecé a meterla más rápido y más duro hasta que sentí que me iba a venir, empecé a venirme dejándole mi verga adentro sentía como me apretaba su vagina, ella estaba terminando al mismo tiempo.

    Nos quedamos así un rato fue por papel para limpiarnos y volvimos al sillón.

    Mari: Wow estuvo riquísimo primo

    Yo: si demasiado jamás pensé que el sexo entre primos fuera tan rico.

    Después de unos minutos platicando la volví a besar y a manosearla.

    Mari: ya primo me vas a poner caliente otra vez.

    Yo seguí mamándole las chichis y metiéndole los dedos a su vagina, que aún tenía restos de mi semen, me levanté me saque la verga que ya estaba dura otra vez y se la di a mamar, la jalaba de los cabellos para que se la metiera toda, ella hacia arcadas me seguía, la levanté la empine en el sillón viendo hacia la ventana y se la metió, así de perrito la estuve cogiendo un rato le daba duro, le daba de nalgadas ella se quejaba muy duro y rico, duro un poco más cogiéndola hasta que sentí que me iba a venir se la saque la voltee y se la metió a la boca.

    Me la estaba cogiendo por la boca hasta que termine y se los comió todos, nos arreglamos la ropa y después de unos minutos me despedí quedando de repetirlo y así fue, hasta el día de hoy cogemos aunque ya con menos frecuencia, este hecho abrió la puerta y tuve sexo con 2 primas más y una tía ojalá les guste, se masturben rico y espero sus comentarios buenos o malos no importa.

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  • La maestra de español (1)

    La maestra de español (1)

    Hola a todos.

    Mi nombre es Ángel, y vengo a contarles algo que hasta el día de hoy me sigue pareciendo increíble. Esta fue mi primera vez… y también la primera vez que estuve con una mujer mayor. No cualquier mujer: una de mis maestras de preparatoria.

    Soy de México, del centro del país, y esta historia ocurrió cuando estaba en mi último año de bachillerato. Recién había cumplido los 18.

    Les advierto que esto no va directo al sexo. Es una historia real —o al menos así la viví— y como toda historia verdadera, tiene sus tiempos, sus pausas… y sus momentos intensos.

    Todo comenzó en 2020, cuando entré a la prepa. Por la pandemia, como muchos sabrán, las clases eran en línea. Fue ahí donde conocí a una maestra que, incluso por pantalla, me llamaba muchísimo la atención.

    Voy a cambiar su nombre por privacidad. Digamos que se llama Yésica.

    Era una mujer entre los 40 y 45 años, de piel morena clara, pelo corto, usaba lentes y tenía ese tipo de mirada que impone respeto… pero también te atrapa. A mí, al menos, me tenía bien clavado.

    En 2021 regresamos a clases presenciales, aunque en mi caso, no había opción: como era algo flojo, me mandaron siempre a la escuela.

    Y ahí fue cuando vi a Yésica en persona. Nada que ver con la pantalla.

    Alta, con cuerpo de esos difíciles de describir… ni delgada ni gorda, pero con unas curvas que no pasaban desapercibidas. Tenía un trasero grande, redondo, y un par de senos generosos que sus blusas trataban de esconder sin mucho éxito.

    Mis amigos y yo, ya te imaginarás, fantaseábamos con ella. En los descansos salían comentarios como “¿te imaginas si te diera clases privadas en su casa?” o “no sé tú, pero yo sí me la daba”. Puro desmadre… hasta que, en mi caso, la fantasía se volvió un objetivo.

    En 2023, ya en sexto semestre, todo cambió.

    Yo ya tenía 18, era legal, y aunque sonara loco, me propuse acercarme a la maestra Yésica de verdad.

    Ella daba varias materias: Psicología en primero, Cálculo Integral en segundo y Español en tercero. Así que estuve con ella los tres años de prepa.

    Ese último año, empecé a llegar más temprano a su clase, solo para poder hablarle un poco antes de que empezara. Al principio fue complicado, porque Yésica era seria, estricta, medio cerrada. Pero con el tiempo, me fui ganando su confianza.

    Comenzamos a hablar de su vida personal.

    Me contó que era divorciada, que tenía dos hijas, y que su matrimonio se había terminado mal. Su esposo la había engañado, y durante un tiempo sus hijas llegaron a culparla a ella por la separación.

    Después tuvo una relación corta con otro tipo, pero también terminó mal. Me confesó —aunque le costó— que ese tipo no la satisfacía sexualmente, y que muchas veces ni siquiera la tocaba o la buscaba.

    No me lo contó todo de golpe. Fue poco a poco, en charlas antes o después de clases. Pero con la labia que tenía y la confianza que le fui generando, ella empezó a abrirse más conmigo, al punto de que nuestra relación ya no era de maestra y alumno, sino algo parecido a una amistad… o al menos, una conexión mucho más personal.

    Ese último semestre fue un verdadero caos para mí. Como ya mencioné, nunca fui el mejor estudiante, pero siempre lograba salvar los semestres de último momento. Esta vez, sin embargo, la cosa fue distinta.

    Me junté con un nuevo grupo de amigos y la verdad es que nos la pasábamos afuera del salón casi todo el tiempo, cotorreando, echando desmadre o jugando fútbol. Lo académico lo dejé completamente de lado, incluyendo la materia de la maestra Yésica.

    Lo curioso es que, aunque ella ya me había contado cosas personales muy íntimas, yo nunca le dije a nadie lo que sabía ni el gusto que me traía. Me guardé todo, no por miedo, sino porque no quería que se hiciera chisme. Y aun así… terminé descuidando todo.

    En la mayoría de las materias logré salvarme. Siempre me llevé bien con los profes y me daban chance de entregar trabajos extras o ayudar a dar mantenimiento al mobiliario del salón. Eso me ayudó a pasar.

    Pero con Yésica fue diferente.

    Como falté demasiado a sus clases, un día me llamó y me lo dijo directo:

    Yésica:

    —Estás reprobado por faltas. Tendrás que presentar examen extraordinario y venir a clases de regularización las dos semanas antes de la graduación.

    Me quedé en seco. Eso fue a mitad del semestre, y aunque hice de todo para que me perdonara las faltas, no funcionó. Ella era estricta, muy firme con sus reglas.

    De todo mi salón, fui el único que reprobó esa materia.

    La verdad, yo pensé que por la confianza que teníamos, me ayudaría…

    Pero me equivoqué.

    Un día, cuando intenté decírselo en persona, me dejó muy claro cómo veía las cosas.

    Ángel:

    —Maestra… ¿de verdad no me puede ayudar? Sé que fallé, pero pensé que… bueno, por la confianza…

    Yésica (seria, mirando sus papeles sin voltear):

    —Una cosa es la amistad, Ángel… y otra lo académico.

    —Esto es responsabilidad tuya.

    También me dijo que si quería presentarme a sus clases o no, ya era cosa mía. Que por faltas ya estaba reprobado, y que ella no iba a cambiar eso.

    Ahora que lo pienso, creo que falté casi dos semanas seguidas a su materia. Y probablemente eso fue lo que más le molestó, porque sabía que yo sí venía a la escuela, solo que prefería estar cotorreando con mis amigos o en otras clases.

    Durante ese tiempo, llegué un par de veces a su clase —más por obligación que por interés— cuando los prefectos me encontraban fuera del salón y me mandaban directo.

    De todas mis materias, español era la única en la que iba mal, y justo era la clase con la maestra Yésica.

    Pasó el tiempo y llegaron las famosas dos semanas de regularización.

    Quiero dar un poco de contexto: mi escuela tenía salones en un solo nivel, pero algo separados. El aula de la maestra Yésica estaba hasta el fondo, junto a otros dos salones más.

    Eran los únicos tres que había en esa zona. Al lado estaba la cancha de básquetbol, y entre esos salones y el resto del edificio principal había un pequeño jardín y pasillos. Cerca también estaban los pinos altos y una barda que daba hacia la calle. A veces aún puedo recordarlo con claridad.

    Ese día, llegué diez minutos antes de que iniciara la clase.

    La escuela se sentía rara… como vacía.

    Algunos salones tenían un par de alumnos, otros estaban totalmente vacíos. Se escuchaba apenas el ruido lejano de voces y música desde la cafetería, donde las señoras ponían su música algo alta mientras trabajaban.

    Me topé con un amigo que ya iba de salida, platicamos un poco, y cuando vi el reloj, faltaba menos de un minuto para entrar. Me despedí rápido y caminé hasta el fondo.

    Vi que la mayoría de alumnos y maestros ya se habían ido, y al llegar a la zona de los tres salones, noté que solo uno tenía luz encendida: el de Yésica.

    Entré justo a la hora.

    La maestra ya estaba ahí, esperándome.

    El salón estaba un poco oscuro, las cortinas negras bajadas para que se viera mejor el pizarrón electrónico. En cuanto la vi, me sorprendí. Era de las pocas veces que la veía con vestido.

    No recuerdo exactamente cómo era, pero sí que era verde, con flores. Tenía un escote pronunciado que desde la entrada dejaba ver claramente su pecho. Además, el vestido era corto, y al estar ella sentada, podía ver sus piernas completamente. Llevaba unas zapatillas abiertas, de esas que dejan ver parte de los pies…

    No pude evitar imaginarla de otra forma.

    Ella me miró desde su asiento.

    Yésica:

    —Pasa, Ángel.

    Me senté en la primera fila, cerca de la puerta, pero enseguida me corrigió:

    Yésica:

    —No, quiero que te sientes justo frente a mí…

    —Así puedo vigilar que no estés con el celular o distraído.

    Fui y me senté justo donde me dijo.

    Comenzó la clase con un ligero regaño, algo serio.

    Yésica:

    —Estoy decepcionada de tu comportamiento, Ángel.

    —No solo por faltar a mis clases, sino porque tú no eras así. Siempre fuiste un alumno regular, pero cambiaste mucho este semestre.

    —Y ni hablemos de las otras materias… al menos ahí lograste pasar.

    Yo me quedé callado. Me sentía nervioso, avergonzado. Solo podía poner una sonrisa nerviosa como defensa.

    Ella estaba sentada en su escritorio, una mesa ancha de metal con una silla incómoda que siempre cubría con un cojín. Mientras me hablaba, tomaba algunos papeles y comenzaba a calificar.

    Me dejó unos ejercicios sencillos, pero la verdad, no podía concentrarme.

    Desde donde estaba, tenía una vista perfecta de sus piernas, que brillaban, como si usara crema o algo para hacerlas ver así. Y ese escote… cada vez que bajaba la mirada para revisar un trabajo, se le abría más.

    Intentaba disimular, pero comencé a tener una erección.

    No sé si se dio cuenta, pero de pronto, me habló en seco.

    Yésica:

    —Ángel, ¿qué pasa? ¿No entiendes? ¿Por qué no te veo trabajando?

    Me congelé. Bajé la mirada rápidamente, sintiendo el calor subirme a la cara.

    Ángel:

    —No, maestra… no pasa nada. Solo estaba pensando en algo.

    Ella sonrió, entre burlona y curiosa.

    Yésica (bromeando):

    —¿En una chica, verdad?

    Ángel:

    —No… no, para nada.

    Y en mi cabeza pensé:

    “Sí… pero no cualquier chica. No dejo de pensar en usted.”

    Donde estaba sentado no eran los típicos pupitres. Eran esas mesas largas para tres alumnos, con la típica rejilla de metal abajo para poner libros o mochilas.

    Saqué mi celular, no para tomarle fotos ni nada por el estilo, sino para buscar en internet unas dudas que tenía sobre los ejercicios.

    Y es que, aunque algunas cosas eran fáciles, otras sí me costaban… o bueno, eso pensaba yo.

    Me hice el que escribía, con la cabeza agachada y el celular encendido entre las piernas.

    Y en eso, alcé los ojos para volver a verla.

    Y entonces… la vi.

    Tenía las piernas cruzadas, lo que hizo que el vestido se levantara aún más, dejando ver más piel, y formando ese típico hueco oscuro donde ya no se distingue si hay ropa interior o no.

    Sentí una descarga por todo el cuerpo.

    El corazón a mil.

    Y justo en ese momento, una voz profunda me sacó del trance:

    Profe Juan:

    —Ay, Ángel… tú no cambias.

    Era el profe de química, uno de los más estrictos de la escuela. Me había dado clase en primer año y también lo terminé reprobando. Por un segundo pensé que me había cachado viendo o con el celular… pero no.

    Solo fue su forma de decirme que ya me conocía.

    La maestra Yésica se levantó rápido para hablar con él. Escuché el sonido fuerte de sus tacones al caminar, que retumbaban por todo el salón.

    La vi de espaldas.

    Ese vestido, ese gran culo del que tanto habíamos hablado mis amigos y yo, se movía con cada paso. Y sus piernas, largas, firmes, bronceadas… me dejaron completamente hipnotizado.

    No podía dejar de verla. Imaginaba mis manos ahí, acariciándola.

    Volvió a cerrar la puerta, justo cuando se empezaba a escuchar el ruido del equipo de voleibol en la cancha.

    Yésica (murmurando):

    —Estos chicos ya van a empezar…

    Al parecer iban a entrenar para una final, y como no había otra cancha, usaban la de básquetbol. El sonido de los balonazos y gritos se empezó a escuchar más fuerte.

    Yo… seguía ardiendo por dentro. Literal.

    El salón estaba caluroso, las ventanas cerradas, el ambiente algo sofocante. Y para rematar…

    Yésica:

    —Ángel, prende el ventilador, por favor.

    Era uno de esos ventiladores altos, casi pegado al techo. Me congelé.

    Llevaba un pants flojo, pero mi erección seguía firme y me daba miedo que se notara. Me levanté casi corriendo.

    Ángel:

    —S-sí, sí voy…

    Lo prendí y regresé. Ella parecía no haberse dado cuenta… o al menos, no lo demostró.

    Quedaba todavía una hora de clase. Revisé mi celular: un mensaje de mi mamá preguntando a qué hora llegaría para esperarme a comer.

    Pasaron unos minutos y entonces:

    Yésica:

    —A ver, Ángel, ¿cómo vas?

    Se levantó y se acercó a mi mesa. Me puse nervioso… demasiado.

    Se paró a mi lado y sonrió.

    Yésica:

    —Vas muy, muy bien. Ya casi terminas.

    Le hice una pregunta sobre una parte que no entendía y me dijo:

    Yésica:

    —Claro, te ayudo.

    Se sentó a mi lado.

    La mesa era para tres, así que cabía sin problema, pero el detalle era otro…

    Al agacharse un poco para leer, el vestido se le pegó al cuerpo, el escote se abrió más, y pude ver claramente su brasier: blanco, con encaje fino.

    No podía dejar de mirarla. Era como si mi cuerpo ya no respondiera a mi cabeza.

    Yésica:

    —¿Me estás escuchando?

    Mi mente gritaba: “¡Tócalas! ¡Agárralas ya!”

    Estaba a centímetros de hacerlo cuando escuché:

    Yésica:

    —¿Entonces, Ángel? ¿Entendiste?

    Ángel:

    —¿Qué? Ah… creo que no, no entendí.

    Yésica me miró directo a los ojos.

    Yo no podía sostenerle la mirada. Mis ojos se perdían entre sus labios pintados de rojo, y cada vez que ella hablaba, imaginaba cómo sería besarla ahí mismo, como ya había hecho con otras chicas… pero esto era diferente. Esto era fuego puro.

    Mis pies temblaban. Mi pierna se movía rápido, ese clásico movimiento involuntario de los nervios.

    Las manos me sudaban. La erección era tan intensa que comenzaba a dolerme.

    Y entonces… no aguanté más.

    Me acerqué y le di un beso de pico.

    Ella abrió los ojos completamente sorprendida. Se quedó callada unos segundos, sin decir nada.

    No noté que se enojara o dijera algo. No hizo esa cara seria y enojada que tanto la caracteriza. Simplemente se quedó callada. No se movía, no decía nada. Parecía que iba a hablar, pero no lo hizo.

    Giré mi silla hacia ella. La tomé por la espalda y la empujé suavemente hacia mí. Comencé a besarla.

    Al principio, vi cómo sus ojos seguían abiertos. No correspondía mi beso. Pensé que se apartaría… pero, de pronto, cerró los ojos. Esta vez el beso fue mutuo.

    Un beso como si fuéramos amantes que llevaban tiempo deseándolo. Era rápido, intenso. Una energía recorrió mi cuerpo. El beso pasó a uno con lengua en cuestión de segundos. Los sonidos de nuestra boca chocando se escuchaban fuerte en el salón, como si retumbaran por las paredes.

    Quiero aclarar que ese beso se sentía diferente. No era como los que di cuando tuve novia. Esto era inexplicable… y sumado a la adrenalina de que alguien pudiera entrar y vernos, todo se volvió más intenso.

    Ya caliente, bajé una de sus piernas con mi mano y comencé a acariciarle los muslos. Escuché un ligero gemido. Mi mano llegó hasta su ropa interior, y pude sentir lo mojada que estaba. Se volvió a escuchar otro gemido, esta vez un poco más fuerte.

    Seguíamos besándonos mientras mis dedos la acariciaban por encima de su ropa interior. Luego saqué la mano y comencé a subirle el vestido. Ella lo entendió. Se levantó ligeramente para que pudiera alzarlo bien. Dejamos de besarnos y pude ver su ropa interior… de encaje. Un conjunto hermoso. Se veía muy bien con él.

    El vestido quedó recogido en su cintura, dejándola expuesta de abajo. Con mis manos le quité la parte de arriba. Quedó solo en ropa interior. Una imagen que jamás voy a olvidar.

    La miré unos segundos. Ella me veía con una sonrisa que se me quedó grabada. Sin decir nada, se quitó el brasier. Al fin pude ver sus tetas. No eran enormes, pero tenían el tamaño perfecto, con unos pezones color café que estaban bien duros.

    Yésica (agitada, tartamudeando):

    —Quítame el calzón…

    Me agaché ligeramente, aún sentado, y con ambas manos se lo bajé. Me sorprendí. Tenía una vagina depilada, cerradita, muy diferente a lo que había visto en los videos porno. Real. Única.

    Yésica (en voz baja):

    —Acércate… ¿quieres tocar mis tetas?

    Asentí en silencio. Empecé a acariciarlas despacio. Pellizqué sus pezones, duros como piedra. Después, comencé a chuparlas con hambre. Ella tomó mi mano y, agitada, me dijo:

    Yésica:

    —Tócame…

    Llevó mi mano entre sus piernas. Quiero aclarar que era la primera vez que tocaba una vagina. Nunca había llegado a eso con ninguna chica. Así que la toqué como pude, algo torpe, pero ella me guiaba.

    Yésica (susurrando):

    —Ahí… hazlo así…

    Sus gemidos subieron de tono. Su respiración se aceleraba. Metí dos dedos en su vagina mientras con la otra mano acariciaba su clítoris. Comencé a masturbarla como había visto en algunos videos, algo inseguro, pero le gustaba.

    Yésica (jadeando):

    —Sí… sigue, no pares… por favor…

    Hasta que se escuchó ese sonido típico cuando está muy mojada. Sonidos que me encantaron. Seguí hasta que ella reprimió un grito. Cerró los ojos, apretó los dientes, y sus piernas temblaron. Se vino. Tuvo un orgasmo.

    Después de eso, jadeaba. Su respiración era pesada. Me volteó a ver y le sonreí. Ella me devolvió una sonrisa sensual. Nos quedamos así, sin movernos, como un minuto. Mientras se recuperaba, yo me limpiaba los dedos con una hoja que arranqué de mi libreta… no sin antes olerlos. Tenían un aroma nuevo, que me gustó.

    Escuché cómo se reía de mí.

    Ya recuperada, me habló con un tono de voz que nunca le había escuchado:

    Yésica:

    —Ángel… voltéate con tu silla hacia mí. Ahora me toca devolverte el favor…

    Se arrodilló. Me bajó los pantalones mientras decía:

    Yésica:

    —Levántate tantito…

    No estaba rasurado porque lo veía innecesario al no tener vida sexual activa, pero parecía no importarle. Me empezó a masturbar. Sentí algo que jamás había sentido. Nadie me había tocado así.

    Y entonces, me lo empezó a chupar.

    La forma en que lo hacía… era como de alguien con experiencia. Se lo metía hasta el fondo. Sonaban esos ruidos de cuando se ahoga un poco. Yo solo me dejaba llevar. Disfrutaba cada segundo.

    Sentí que me iba a venir y le avisé:

    Ángel:

    —Ya… ya me voy a venir…

    Pero no se detuvo. Me vine en su boca. Tuve un orgasmo como nunca antes. Recuerdo esa imagen: Yésica, con semen escurriendo por su boca, cayendo sobre sus tetas… y cómo se lo tragaba.

    Una escena que jamás imaginé.

    Se levantó. Se sentó sobre mí, de frente, y volvimos a besarnos con pasión por unos minutos. Después terminamos abrazados.

    Ella, casi desnuda, se paró y dijo:

    Yésica:

    —Es hora de irnos. Alguien puede llegar…

    Ángel:

    —Sí…

    Aún algo nervioso, sin procesar todo lo que había pasado. Se puso el brasier, se acomodó el vestido y luego, antes de subirse el calzón, lo miró en el piso. Lo recogió con calma, lo miró un momento y luego se volteó hacia mí.

    Yésica (sonriendo):

    —Esto es para ti…

    Puso la prenda en mi mano y, sin decir nada más, cerró mis dedos sobre ella con los suyos.

    Ya vestida, me pidió que abriera la puerta, las ventanas y las cortinas, para que no quedara ningún olor que pudiera delatar lo que había pasado. Aún nervioso, le dije que sí. Las manos me temblaban, y noté que a ella también: seguía con pena, como si no terminara de creer lo que habíamos hecho.

    Me dirigía a abrir la puerta cuando me detuvo de repente.

    Yésica:

    Ángel… espera. Tu boca.

    Lo dijo con tono preocupado. Me detuve, la miré, y ella señaló mis labios.

    Ángel:

    ¿Eh? ¿Qué pasó?

    Yésica:

    La tienes toda manchada de lápiz labial.

    Me reí, y ella también, aunque con algo de nervios. Me pasó unas toallitas húmedas de su bolso.

    Yésica:

    Toma… también para tus dedos. Para que no quede aroma y no tengas problemas.

    Ángel:

    Sí, claro —contesté, aun sonriendo mientras me limpiaba.

    Ya limpio, recogí mis cosas y le hice caso: abrí todo. Aún faltaban 20 minutos para que terminara la clase, pero ella ya quería irse. Me dijo que esperaba que nadie hubiera escuchado nada. Y, al parecer, así fue. Afuera, el equipo de voleibol entrenaba con música a todo volumen… música que en ningún momento noté.

    Salimos y fuimos a la cafetería. Compró unas mentas y una botella de agua. No lo dijo, pero entendí que quería asegurarse de que nadie sospechara nada por el olor.

    La acompañé hasta el centro de la escuela. Ella se dirigía al estacionamiento, donde tenía su coche. Antes de irse, miró a todos lados para asegurarse de que nadie estuviera cerca. Luego, con voz baja y entrecortada, me dijo:

    Yésica:

    Tenemos que hablar de lo que pasó… en la noche yo te busco.

    Es que… me estoy arrepintiendo.

    Viéndolo con más claridad… esto jamás debió pasar.

    Y ahí terminó ese día. O al menos, esa parte.

    Porque lo que ocurrió después —esa noche, y los días siguientes— desencadenó muchas otras situaciones… tan intensas o incluso más que lo que pasó aquí.

    Si veo apoyo, les traigo la segunda parte. Les cuento qué pasó esa misma noche, y lo que ocurrió al día siguiente. La historia apenas comienza, y creo que puede dar para muchas partes más.

    Si no veo apoyo, igual las iré subiendo poco a poco.

    Así que estén al pendiente en mi perfil.

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  • Trío en la oficina

    Trío en la oficina

    Los que sigan mis relatos quizás recuerden como hacía varios meses, en la oficina donde trabajo había tenido un encuentro con uno de los chicos que trabajaban allí llamado Javier, desde entonces no había vuelto a suceder nada entre nosotros, pero una tarde estaba yo limpiando, había poca gente en el edificio, y entre en el despacho de Javier, en ese momento el me miró con deseo, se acercó a donde yo estaba y rodeándome con sus brazos comenzó a besarme, mientras me decía:

    -Clara, desde que ese día lo hicimos me muero de ganas de repetirlo, pero no se había dado la ocasión.

    Luego comenzó a besarme el cuello, yo me puse muy caliente, el desabrochó mi bata, saco mis tetas y se puso a sobármelas, yo me puse todavía más caliente, y en ese momento se abrió la puerta del despacho, y antes de que pudiéramos reaccionar entró José Luis, otro de los empleados del edificio, no nos dio tiempo al reaccionar, y en ese momento él dijo:

    -Si molesto me voy.

    Yo me puse nerviosa, pero Javier me tranquilizó y me dijo:

    -Tranquila Clara, José Luis es un buen amigo, nunca diría nada.

    -Sobre todo, si me dejáis participar, dijo el aludido.

    Javier se lo pensó un momento y respondió:

    -Que cabron eres, jajaja, bueno si a clara no le importa, la idea de hacer un trio contigo me da morbo, hasta ahora no te lo había propuesto por respeto a nuestras mujeres, pero si a ella no le importa.

    Hasta ese momento nunca había complacido a dos hombres a la vez, y la idea de hacerlo con dos chicos mucho más jóvenes que yo, y muy atractivos, no sonaba nada mal, así que acepté, en ese momento Javier sugirió a su amigo:

    -Siéntate en el sofá, veras como la chupa Clara, lo hace mejor que mi mujer, y me da que mejor que la tuya también.

    Me quité la bata, no llevaba sujetador y me quedé solo con un tanga, dada la sugerencia de Javier pensé que lo lógico era que comenzara chupándosela a José Luis, me puse a cuatro patas encima del sofá, le desabroché el pantalón y se lo bajé lo justo para liberar a su polla, y cogiéndola con la mano terminé de endurecerla y me la metí a la boca, en ese momento sentí como Javier con sus manos me bajaba el tanga, y de un golpe introducía su polla dentro de mi coño.

    Era la primera vez en mi vida que tenía dos pollas para mí, y resultaba que me encantaba, en esos momentos José Luis dirigiéndose a su compañero afirmó:

    -Llevas razón colega, esta tía hace unas mamadas de pollas divinas, mucho mejor que mi mujer, si lo llego a saber hubiera intentado follarmela antes.

    -Pues ya verás el coño tan caliente que tiene, parce haber sido echo a propósito para dar mucho placer.

    Mientras él decía eso, era yo la que estaba gozando a tope de la polla de Javier que se movía en mi coño de una manera increíble, y chupar la polla de su compañero me ponía muy caliente, era mi primer trio, pero desde luego no iba a ser el último, notaba como los gemidos de los dos iban en aumento hasta que sentí como de la polla de José Luis salía una gran cantidad de leche, se había corrido, en ese momento él dijo:

    -Llevaba años que no me corría de una mamada, con mi mujer no paso de que me la chupe un poco para que se me ponga dura.

    Yo me trague toda su leche. Mientras Javier continuaba con su polla dentro de mi coño, y siguió moviéndola, tuve un orgasmo brutal, pero el siguió jugando con mi coño hasta que dijo:

    -No puedo más

    Y soltó una gran cantidad de leche dentro de mi coño. Sus pollas se habían quedado arrugadas y una mujer como yo no podía consentirlo, así que les pedí que se quitaran por completo sus pantalones y sus shorts, ellos lo hicieron, quedándose desnudos de cintura para abajo, y sus pollas completamente al aire, en ese momento yo me arrodillé y les pedí que se juntaran, cogí sus pollas con mis manos y las cerqué a mi boca y luego me puse a besarlas de manera alterna, en ese momento José Luis dijo:

    -Oye tío, tú te la has follado primero, ahora me toca a mí.

    Se sentó en el sofá, yo me puse de rodillas, entrelazando nuestras piernas e introduje su polla dentro de mi coño, y comencé a cabalgarle, el dijo a su compañero:

    -Llevas razón, esta tía lo hace mejor que mi mujer.

    -Y mejor que la mía, dijo Javier.

    Mientras lo decía se subió al sofá y colocó su polla cerca de mi boca, por supuesto sus deseos eran manifiestos, acercando mi boca a su polla me la metí dentro de esta y me puse a chupársela, mis dos machos reaccionaron ante lo que les hacía con gemidos de placer muy intensos, Javier dijo:

    -Tía recordaba que me habías hecho una mamada espectacular, pero no que hubiera sido tan intensa.

    Yo seguí follandomelos a los dos, quería que mis machos, que tenían mujeres mucho más jóvenes, sexys y estudiadas que yo, dejaran de pensar, aunque fuera por un momento, en ellas y disfrutaran a tope de su limpiadora. En un momento determinado Javier dijo:

    -Vosotros dos estáis en una posición muy cómoda y yo aquí incomodo, cambiemos de postura.

    Decidimos dejar que Javier se tumbara sobre el sofá, de lado, yo me puse delante de él y me la metió en el coño de lado, mientras José Luis seguía sentado, yo llevé mi boca hacia su polla y me puse a chupársela de nuevo, el dijo:

    -Da igual lo que haga esta tía, te la chupé o te deje que se la metas, te hace gozar a tope.

    Yo estaba muy satisfecha de que mis chicos se sintieran bien follados, sus mujeres serían mejores que yo en muchos sentidos, pero yo era mejor folladora que ellas, seguí dándoles placer, hasta que José Luis dijo:

    -Tengo ganas de volver a metérsela por el coño.

    Esto motivó un cambio de posturas, Javier se sentó en el sofá, mientras su compañero de aventuras se levantaba, yo seguí de lado, pero me lancé a chupar la polla de Javier, el otro chico se puso de rodillas en el sofá, y acercó su polla a mi coño, yo me abrí bien de piernas, y el de un golpe me la metió, ellos al parecer gozaban conmigo con independencia del agujero con que lo hicieran, y yo gozaba con ellos, sin importar el agujero en que estuvieran sus pollas.

    Al cabo de un raro de estar así José Luis se corrió y dejó mi coño lleno de su leche, yo le pedí que se sentara en el sofá para limpiársela, para ello saqué mi boca de la polla de Javier y poniéndome a cuatro patas encima del sofá me puse a chupársela, José Luis dijo:

    -Joder tío, mi mujer nunca me hace esto, cuando me corro debo de limpiármela yo, llevas razón en que Clara es la mujer más puta con la que he follado.

    Javier no estaba perdiendo el tiempo, llevó sus manos hasta mi culo y comenzó a acariciármelo, después me hizo girarme noventa grados, se colocó detrás de mí, y desde esta postura me la volvió a meter, sentí una sensación maravillosa, sin dejar de lamer la polla de José Luis, me entraron unas granas impresionantes de gemir, me sentía en otra dimensión.

    Pero Javier dijo:

    -Estoy que alucino, pero en este momento se me está encaprichando hacértelo por el culo.

    -Joder, dijo José Luis, ¿Me estás diciendo que además de hacerlo por el coño y usar tan bien su boca, esta tía se lo hace por el culo?

    -Por supuesto cariño, dije yo, mi lema es disfrutar del sexo, no importa porque agujero.

    -Pues si también te lo haces conmigo, yo encantado, respondió José Luis.

    Viendo que su compañero estaba completamente de acuerdo Javier se tumbó en el suelo, su polla estaba muy dura, yo me puse de pie encima de él y me fui agachando poco a poco, al llegar mis piernas al suelo el agarró su polla con las manos y me fue guiando, poco a poco su polla alcanzó la entrada de mi culo, momento en que yo la fui introduciendo dentro de mi trasero, los dos comenzamos a gemir, y yo me puse a cabalgarle, en ese momento José Lui dijo:

    -No os olvidéis de mí

    Le pedí que se acercara, él estaba de pie, y cuando estuvo a mi lado le cogió la polla con mi mano y me la introduje en mi boca y comencé a chupársela, él dijo:

    -Clarita, se nota que eres una mujer con recursos.

    Su polla que aún estaba un poquito blanda por su anterior corrida se puso durísima, tanto que, no pudiendo aguantarlo nos pidió:

    -Necesito metérsela en el coño.

    Era necesario un cambio de postura, Javier tuvo una idea, me pidió que me levantara, y después se levantó él y sentó en el sofá completamente apoyado en el respaldo, desde esta postura me pidió que me sentara encima de su polla, yo lo hice, el sujetó mi cuerpo con sus manos, y me ordenó abrir bien las piernas, lo hice y entonces José Luis se acercó a mí y me introdujo su polla dentro de mi coño y yo doblando mis rodillas atrapé su culo con ellas, por primera vez en mi vida tenía dos pollas, a la vez, en mis dos agujeros, casi chocando la una contra la otra, me pareció alfo increíble y decidí que iba a formar parte de mi actividad sexual frecuentemente.

    Era una postura un poco cansada para los tres, pero no nos importaba, el asunto es que los tres parecíamos estar muy satisfechos, y permanecimos en esta postura hasta que Javier se corrió, y su polla regó mi culo.

    Él le pido a su amigo que me la sacará, y este, aunque de mala gana accedió:

    -Con lo a gusto que estaba, reconoció.

    Después yo me levanté, los tres dejamos de follar, Javier se levantó del sofá, cogió una botella con agua que tenía sobre la mesa, se fue hacia el cubo de mi aparato de limpieza y se echó el agua de la botella sobre su polla para limpiársela, en ese momento José Luis dijo:

    -Oye, que no hemos terminado, yo no me voy de aquí si meter mi polla en el culo de Clara.

    -Por supuesto, mi amor, dije yo.

    Y me senté en el sofá, cuando Javier terminó de limpiar su polla, yo le ordené:

    -Venga chicos venir aquí, que mami quiere germinar de limpiaros ls pollas.

    Ellos se acercaron y cuando estuvieron suficientemente cerca de mí, agarré sus pollas, una con cada mano, y me pise a acariciarlas, estas reaccionaron rápidamente y no tardaron en ponerse duras nuevamente, en ese momento me las llevé a mi boca, parece que Javier se había limpiado bien su polla, puesto que esta no sabía nada mal, cuando estaban bien duras José Luis dijo:

    -Creo que las tenemos ya bien duras, y además me muero de ganas de metérsela a Clara por su agujero estrecho.

    -Supongo que llevas razón, dijo Javier,

    Y quizá fuera porque es más comodón, pero antes de que su compañero tuviera oportunidad de repetir la postura anterior se tumbó en el suelo, yo comprendí que postura debía de adoptar y me supe encima de él y comencé a cabalgarle, faltaba que acoplarse José Luis, este me pidió que me pusiera encima de Javier, tumbada, mi culo se quedó en pompa, un de un golpe, como si en ello le fuera la vida, me penetró, se le notaba que tenía una cierta experiencia en eso, pero también muchas ganas, su polla comenzó a moverse en el interior de mi culo de una manera muy precisa.

    Mientras Javier seguía ocupándose de mi coño, mis dos machos me estaban proporcionando todo el placer que se puede proporcionar a una mujer, yo me sentí en la gloria, estaba descubriendo cuando puede gozar una mujer, decididamente los tríos habían llegado a mi vida para quedarse.

    -Estuvimos así hasta que José Luis dijo:

    -Chicos creo que me voy a correr.

    -Yo también, dijo Javier.

    En ese momento sentí que tenía un capricho muy especial y les dije:

    -Amorcitos, quiero que os corráis en mi boca.

    José Luis se salió de mi culo, yo me levanté, y Javier hizo lo mismo, me arrodillé y con ellos de pie les pedí que se acercaran a mí, agarré, nuevamente sus pollas con mis manos y se las meneé un poco hasta que sentí que se corrían, puse mi boca debajo de ellas, y sus chorros de leche cayeron sobre mi boca, aunque parte de ellos se desparramaron sobre mi cara, estuvimos un poco tumbados en el suelo, descansando, hasta que José Luis dijo:

    -No se vosotros, pero yo echaría otro polvete, es más me muero de fanas por echarlo.

    -Pues su vosotros podéis, no seré yo quien diga que no, le respondí, dirigiéndome también a Javier.

    Este hizo un gesto afirmativo de que también se apuntaba, y los tres nos dispusimos a seguir con nuestra sesión de sexo, dado que José Luis parecía más hambriento comencé por él, llevé mi mano hasta su polla, se la acaricié, y me la metí dentro de mi boca para iniciar una mamada que a mí me supo deliciosa, hasta que José Luis se decidió por una postura más cómoda y se sentó en el sofá, yo seguí chupándosela. Hasta que oí la voz de Javier diciendo:

    -Os habéis olvidado de mí.

    Comprendí que llevaba razón, saqué la polla de su amigo de mi boca, y me puse a acariciársela a con mis manos, mientras llevaba mi boca a la polla de Javier y la metía en mi interior, y me dispuse a chupársela, estuve un rato en esta posición y después me la saqué y volví a chupársela a José Luis, mientras Javier llevó sus manos hacia mis tetas y se puso a acariciármelas, lo hacía con ganas, después me la metió entre mis tetas, era algo delicioso.

    Pero José Luis no estaba conforme con esta postura y me propuso hacer una sesenta y nueve, yo me di la vuelta y coloqué mi coño sobre su boca mientras ponía la mía cerca de su polla y me la volví a meter dentro, mientras el con su lengua se puso a lamer mi coño, Javier acercó su polla también a mi boca de esta manera tenía dos pollas cerca de mis labios para comérmelas, nuevamente sentí que mi vida sexual había entrado en otra dimensión, me puse a chupar ambas pollas de forma alternativa, mientras la lengua de José Luis me volvía loca de placer, hasta que el muy cabron hizo que me corriera, en ese momento él me la sacó de mi coño.

    Aunque me había corrido, tenía dos pollas muy tiesas entre mis manos, y me puse a acariciarlas con ganas quería que mis dos machos se corrieran, ellos se pusieron a gemir, José Luis dijo:

    -Esta ría es verdaderamente fantástica, y sabe hacerlo por todas las partes de su cuerpo, creo que nos equivocamos eligiendo esposas.

    Sabía que no era en serio, que unos tíos como ellos, necesitaban unas mujeres de su categoría social, pero me agradaba oírlos decir que yo era mejor folladora que ellas, me resultaba muy excitante.

    Miré el reloj que había en una de las paredes de la oficina, se estaba haciendo tarde, yo aún tenía muchas cosas que limpiar, y suponía que ellos también tenían tarea que hacer por tanto, con todo el dolor de mi corazón, nuestro encuentro debía de terminar, esperaba que sin tardar mucho se repitiera de nuevo, así que me puse a chupar sus pollas, para que se corrieran, no era cuestión de dejarles a medias, ellos agradecían las mamadas que de forma intermitente les hacía, hasta de una forma sincronizada, sin que nadie lo hubiera preparado, se corrieron, los tres sabíamos que, al menos de momento, nuestro trio había finalizado.

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