Autor: admin

  • Confesiones (1): El inicio de todo

    Confesiones (1): El inicio de todo

    El día de hoy quiero compartir una experiencia que me resultó grata y reveladora.

    Hace algunos meses atrás tuve que asistir a una reunión del trabajo. Debo decir que nunca me han gustado ir a esos eventos, me resultan soberanamente aburridos y sin objeto alguno, solo sirven para que hablan mal unos de otros. En fin, había llegado algo tarde a la reunión y había caminado estratégicamente entre los compañeros y jefes, los había saludado para hacerme notar en la sala y ya me encontraba de pie al lado del bar contando los minutos para excusarme y salir de ese lugar.

    Cuando de repente lo vi llegar. Caminaba con cierto aire de importancia, exudaba seguridad, yo tenía que conocerle así que me apresuré a mezclarme nuevamente con el público, saludando y conversando con todos llegué hasta donde se encontraba y le saludé.

    -Usted disculpe, es usted nuevo en la empresa, no recuerdo haberle visto antes, le comenté. Y con una sonrisa en los labios me contesta, -no, no laboro aquí, solo vine a acompañar a un amigo.

    Ese hombre tenía un tono de voz maravillosamente bajo, de las que aflojan rodillas y hace que se t caigan las medias y humedezcas los pantis. Mi corazón se aceleró, lo que mis ojos habían visto mis oídos confirmaban, se trataba de un hombre varonil y seductor.

    Volviendo a la conversación le pregunté… -¿Y ese amigo tiene nombre?

    Él: Claro, me responde, se trata de Diego Serva, el director de ventas, debes conocerlo.

    Yo: por supuesto que le conozco, respondí. Es amigo mío lo que te convierte en mi amigo también.

    Una frase pendeja, que la verdad ya no recuerdo si la leí en algún lado o se me ocurrió en el momento solo para hacer algo de conversación.

    Siempre he sido una magnífica conversadora social, nunca me quedo sin temas, atraigo la atención de mis oyentes, y resulto divertida pero ante este hombre se me acababan las palabras, nacían silencios incómodos, por lo menos para mí. Sentía el temor de decir algo que sonara inapropiado o poco inteligente. Pero deseaba, necesitaba mantener la conversación para seguir escuchando le hablar, con ese tono de voz que me hacía sentir cosquillas entre las piernas.

    Yo: ¿Y cómo te llamas? pregunté.

    Él: Ricardo, ¿y tú?

    Yo: Fer, bueno, me dicen Fer por Fernanda… Y así dio inicio a una maravillosa e intensa conversación que duró toda la noche. Y mientras el hablaba yo me sumergía en sus palabras y mi mente empezaba a imaginar muchísimas cosas.

    La noche llegaba a su fin y cuando llegó el momento de la despedida me preguntó si podía llamarme, quizá vernos y tomar un café. La verdad es q no sé cómo logré mantener la calma en ese momento ya que la emoción me embargaba y el corazón latía tan rápido que creí que se me saldría del pecho, hasta pensé que las personas a mí alrededor podían escucharlo de lo fuerte que latía.

    Haciendo un enorme esfuerzo por mantener oculta mi emoción intercambiamos números telefónicos y con un gesto de indiferencia le dije que con gusto tomaría un café con el

    Los días pasaban y yo no recibía la tan anhelada llamada, la ansiedad me invadía y la incertidumbre me apretaba el corazón. Las dudas asaltaban mi mente, ¿qué hago? ¿Lo llamo? Mejor no, ¿que ocurre por qué no llama, habré dicho algo inapropiado? Mi mente iba a reventar con la cantidad de ideas que se me ocurrían al mismo tiempo.

    Dos semanas después de la reunión recibí la tan anhelada llamada. Me invitaba a a tomar un café, tal como me había dicho.

    El día de nuestra cita había llegado, me arreglé con detalle y acudí al encuentro, tomamos el café, conversamos y caminamos. Llegó nuevamente el momento de despedirnos, a mí me habían parecido minutos pero en realidad fueron horas y es que el tiempo junto a él transcurre diferente. Llamó un taxi para mí y se despidió con un beso en la mejilla. Llámame al llegar a tu casa para saber que llegaste bien.

    Para mí sorpresa no había terminado de entrar a mi casa cuando recibía una llamada, era él preguntándome por qué no le había avisado de mi llegada… Es que aún no termino de entrar, acabo de llegar le respondí. E iniciamos nuevamente una amena conversación pero en esta ocasión más íntima, el tema era más privado, íntimo, subido de tono.

    Compartíamos nuestras experiencias íntimas del pasado he inquietudes sexuales de manera natural y fluida. Resultó ser tan excitante. Me hubiera gustado en ese momento verle a los ojos. Yo sé que un hombre como él tiene muchísima experiencia en el sexo, haciendo un análisis en retrospectiva puedo pensar que todas sus preguntas he inquietudes sobre las intimidades femeninas no eran otra cosa que la manera de introducir el tema de una manera sutil.

    La verdad es que no me importa sus razones o intenciones, de una manera muy lenta todas aquellas cosas que imaginé en mi mente estaban tomando forma.

    Esa noche hablamos extensamente y no resistí, me coloqué los audífonos y puse el celular a un costado mío y al compás de su voz me fui desvistiendo y tocando suavemente. Cerré mis ojos y me concentré en su voz y en lo que me decía, mientras que mis manos tocaban suavemente mis senos que ya tenían los pezones duros… Mis manos recorrieron mi abdomen, mientras el me preguntaba sobre como una mujer se masturba.

    Me dieron ganas de decirle que en ese momento yo lo estaba haciendo y si él quería ver… Pero me pareció muy atrevido de mi parte y no quería dañar el momento, por lo que contestaba sus preguntas mientras que continuaba acariciándome imaginando que eran sus manos las que me recorrían. Me acariciaba muy lento hasta que llegué a mi entrepiernas y mis dedos se deslizaron por mi pubis hasta mi clítoris y más abajo acaricie mi conchita que ya se encontraba muy pero muy mojada…

    El seguía hablando y preguntando cosas que ya se me hacía muy difícil contestar, no por pena o pudor sino por la excesiva excitación que tenía y disfrutaba con cada palabra que él decía…

    Con la yema de mis dedos me seguía acariciando el clítoris y con la otra mano de manera simultánea me acariciaba los senos… Con movimientos cada vez más rápidos que recorrían desde mi clítoris hasta la entrada de mi vagina tuve uno de los mejores orgasmos que he podido tener al masturbarme y al finalizar me dio muchísima risa porque todo eso ocurrió y él ni se imaginó lo que pasaba.

    En un momento me pregunta, ¿estás ocupada? ¿Me estás escuchando? Claro que le escuchaba pero como decirle que no era falta de atención o interés en su conversación, sino más bien todo lo contrario.

    Esa fue la primera de muchas noches… Pero eso se los cuento en otro momento…

    Loading

  • Rojo intenso (4): Destino hielo (parte 1)

    Rojo intenso (4): Destino hielo (parte 1)

    El reloj marcaba las 4:23 de la tarde. La oficina de Rosanna estaba bañada por una luz dorada que se colaba entre las persianas. La ciudad rugía allá afuera, pero dentro de aquel despacho todo estaba en pausa. Ella sostenía su celular entre los dedos, escuchando con atención cada palabra que salía del altavoz.

    —Rosanna, el cliente confirmó. Te esperan en Reykjavík. Cierre de contrato, presentación y todo lo demás… lo quieren contigo en persona —dijo su socio, con tono entusiasta.

    Ella sonrió. No era la primera vez que cerraba un negocio internacional, pero algo en esa palabra, Islandia, le erizó la piel. Tan lejos, tan blanco, tan frío… y sin embargo, tan propicio para encender otra clase de fuego.

    —Perfecto. Envíame los detalles. Salgo esta semana —respondió con firmeza, pero con la mente ya viajando kilómetros adelante.

    Colgó. Y entonces, en medio del silencio, surgió un nombre que se filtró como un susurro interno:

    Lucas.

    Apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos. Su mirada se deslizó hacia la puerta cerrada. Sabía que él aún estaba ahí, unas oficinas más alejado. Trabajando, como siempre, sin imaginar que en ese momento ella ya lo visualizaba abrigado junto a ella, caminando sobre campos de lava cubiertos de nieve, con ese gesto torpe y encantador que lo hacía único.

    ¿Y si le invito?

    Se lo preguntó como quien sabe ya la respuesta. Porque la idea de estar sola en un hotel rodeado de hielo le parecía… incompleta. Pero si él la acompañaba… si él estaba con ella, el frío sería una excusa, no una barrera.

    Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Pensó en él junto a una chimenea, en sus manos grandes sujetando una taza de café, en sus ojos mirándola mientras la nieve golpeaba los cristales. Pensó en la intimidad de las habitaciones cerradas, en los silencios largos después de la risa, en la manera en que él pronunciaba su nombre cuando la deseaba.

    La idea de ese viaje ya no era solo un contrato. Era una oportunidad. Una aventura. Una prueba de lo que sentían… o de lo que aún no se atrevían a decir en voz alta.

    Volvió al escritorio, tomó su celular y le escribió un mensaje corto:

    “Lucas, ¿tienes pasaporte vigente? Me acaban de asignar una reunión en Islandia. Y no pienso ir sola.”

    Tres segundos después, los puntos de escritura comenzaron a aparecer.

    “No te dejaría ir sola, tía”.

    Ella se recostó en la silla, sonrió. Sintió el cuerpo tibio, la mente inquieta, el corazón en otro continente.

    Era de madrugada, y la ciudad aún dormía bajo una capa de neblina suave. Ismael subió los últimos escalones del edificio con una maleta en la mano y un nudo en el estómago. No era ansiedad por el viaje. Era por verla. Por estar con ella antes de que el avión despegara hacia lo desconocido.

    Metió la llave que ella meses atrás le había dado en la cerradura y empujó la puerta con cuidado. Había un silencio cálido en el departamento, solo roto por el lejano sonido del agua corriendo.

    La luz del baño estaba encendida. Y con cada paso que daba hacia allá, su corazón latía con más fuerza. El vapor se escapaba por debajo de la puerta entreabierta. El espejo del pasillo lo recibió empañado, y un aroma dulce y fresco lo envolvió: la fragancia de ella.

    —¿Tía? —preguntó con voz suave.

    No hubo respuesta. Solo el rumor del agua deslizándose.

    Empujó la puerta y la vio. La silueta de Rosanna tras el cristal de la ducha era una pintura viva: el agua resbalaba por su piel como hilos de luz, su cabello mojado caía sobre la espalda, y su cuerpo, ese cuerpo que tanto adoraba, respiraba calma.

    Ella lo sintió antes de verlo. Sonrió sin girarse.

    —Sabía que entrarías —murmuró, con ese tono que él conocía tan bien.

    Ismael dejó la maleta a un lado y sin pensarlo más, se despojó de todo lo que lo separaba de ella. Abrió la puerta de la regadera y el vapor lo envolvió. El agua estaba tibia, el ambiente, íntimo. Cuando la rodeó por detrás, sus brazos encontraron su lugar natural alrededor de su cintura, y sus labios se posaron en el cuello húmedo de Rosanna.

    No dijeron nada por un momento. Solo se sintieron. Se reconocieron.

    Ella giró apenas el rostro y él la besó con lentitud, como si el tiempo se hubiera detenido justo ahí, entre azulejos empañados y gotas que resbalaban sin prisa. El mundo se desdibujaba fuera de esa ducha.

    —Aún tenemos tiemp… —susurró ella, apoyando la frente en su pecho cuando sintió aquel pene entrar en su vagina de un solo golpe..

    Y así, bajo el agua, con las manos de él acariciando sus nalgas, la penetró de una sola estocada, fundiéndose en un vaivén de lujuria y deseo contenido, cogiendo salvajemente.

    No era solo pasión. Era confianza. Era esa especie de amor que se expresa en gestos más que en declaraciones. Ismael chupaba y besaba sus senos con locura, se besaban con lujuria incontenible, ella clavaba las uñas en su espalda, él no paraba de penetrarla una y otra vez, deseaba poseerla a cada momento.

    Tras algunos minutos de intensa pasión ella soltó un grito de orgasmo, abrazó con sus piernas el torso de Ismael, pero sabía que él no había terminado, así que se bajó y se puso de espaldas a él.

    —Penetra mi ano, termina dentr… —gritó ella, apoyando la frente en los azulejos cuando sintió nuevamente aquel pene entrar en su culo de un solo golpe

    Ella gritaba de dolor, de deseo, quería que él le destrozara el ano, quería sentir su semen caliente arder dentro de ella, él no paraba de penetrarla, la nalgueaba con coraje, con deseo, con lujuria.

    —Dame más duro, Lucas, te deseo tanto —gritó ella, mientras con ambas manos abría sus nalgas de lado a lado para sentir más profundo aquel pene que la volvía loca.

    —Si tía, toda mi verga es tuya, y tú eres mi perra… —gritó con locura.

    —Si Lucas, soy tu puta, soy tu perra, pero no dejes de cogerme nunca, sigue, no pares mi amor —gimió cuando sintió que él eyaculó sin control dentro de su culo.

    Hilos de semen escurrieron por sus piernas, ella se volteó hacia él, se puso en cuclillas y comenzó a darle una mamada descomunal, hasta limpiar nuevamente aquel pene con su boca.

    Cuando salieron del baño, secándose entre risas y miradas cómplices, el reloj aún marcaba dos horas antes del vuelo. Y mientras ella buscaba sus tacones, él se quedó mirándola, como si el viaje ya hubiera comenzado desde el momento en que entró a su ducha.

    —¡Nos va a dejar el avión! —gritó Rosanna mientras se colocaba los aretes frente al espejo, aún con las mejillas ligeramente sonrojadas por el vapor de la ducha… y por lo que acababa de suceder en ella.

    Ismael, abrochándose la camisa a toda velocidad, se asomó desde el pasillo con una sonrisa pícara.

    —¿Y eso de quién sería culpa, tía?

    Rosanna lo miró por encima del hombro, divertida, mientras ajustaba su abrigo.

    —De quien no se pudo resistir a mi silueta entre el vapor, por supuesto —respondió con fingida indignación, aunque ambos sabían que ninguno había querido resistirse realmente.

    Tomaron las maletas, las llaves, los pasaportes, el abrigo olvidado, y salieron casi corriendo del departamento. La ciudad aún tenía ese tono gris azulado de las primeras horas del día, y el frío era punzante, pero ellos estaban tibios por dentro, llenos de esa energía que solo da el deseo compartido… y una carrera contra el tiempo.

    En el taxi, entre miradas cómplices y dedos entrelazados, Rosanna suspiró.

    —Vamos a llegar raspando, Lucas. Si perdemos el vuelo, te harás responsable.

    —¿Responsable… de volver a ducharnos juntos? —respondió él, con esa media sonrisa que tanto la desarmaba.

    Ambos soltaron una carcajada, que se apagó al ver el reloj del auto. Faltaban apenas 90 minutos.

    Al llegar al aeropuerto, cruzaron la entrada prácticamente al trote, con los boletos en la mano y el alma acelerada. Rosanna hablaba con el agente de la aerolínea con ese encanto firme que la caracterizaba, y para cuando terminaron el check-in, aún les quedaban veinte minutos para abordar.

    —¿Ves? Nunca dudé —dijo ella, acomodándose el cabello frente al vidrio del duty free.

    —¿Nunca? Porque hace media hora estabas diciendo que era mi culpa si nos dejaban.

    Ella lo miró con una expresión traviesa.

    —Y aun así no me arrepiento.

    Llegaron a la fila del abordaje justo cuando se abrían las puertas. Avanzaron con calma, ya sin correr, como si el tiempo les hubiese dado tregua. Al llegar a la entrada del avión, Rosanna se detuvo un segundo, antes de cruzar.

    Ismael la miró, confundido.

    —¿Todo bien?

    Ella asintió, tomó su rostro entre las manos y, sin importar la mirada distraída de la sobrecargo o de los pasajeros, lo besó. No un beso breve ni social. Uno de esos que dicen: “lo que venga, lo viviremos juntos”.

    —Ahora sí —murmuró ella, con voz baja y firme—. Estamos listos para volar.

    Subieron al avión, tomaron sus asientos, y entre suspiros aún tibios, despegó algo más que un viaje.

    El avión despegó bajo un cielo claro, dejando atrás la Ciudad de México. El vuelo hacia Islandia sería largo, lo suficiente como para que el silencio entre Rosanna e Ismael se llenara de algo más que palabras.

    Estaban en clase ejecutiva, separados del resto por una cortina tenue y un murmullo constante de motores y conversaciones lejanas. Rosanna miraba por la ventana, pero sus pensamientos claramente volaban más cerca.

    —Lucas… —susurró, sin girarse del todo, solo lo justo para que su voz le acariciara el oído—. ¿Recuerdas lo que me dijiste anoche?

    Ismael sonrió. Había muchas cosas que le había dicho, pero su intuición le decía exactamente a cuál se refería.

    —Lo recuerdo todo, tía —respondió en voz baja, sin quitar la vista de ella.

    Rosanna giró lentamente su rostro, sus ojos brillaban con un fuego contenido. A pesar del entorno, no parecía inquieta. Al contrario, su seguridad era desbordante, incluso entre pasillos estrechos y asientos reclinables.

    —Entonces… ¿qué te parece si me ayudas a olvidar que estamos volando a miles de metros del suelo?

    El silencio entre ambos duró un segundo. Uno denso, cargado de entendimiento.

    El movimiento siguiente fue casi natural: una manta, una reclinación estratégica de los asientos, y el discreto cierre de la cortina. Ninguna palabra más fue necesaria. Solo los dedos de Ismael bajo la tela dispuesto a masturbarla, un gemido ahogado de ella, y la respiración compartida que comenzaba a acelerarse.

    Fue un encuentro breve, contenido, pero profundo. Un instante robado al cielo, envuelto en mantas, gemidos contenidos y miradas que decían más que cualquier sonido.

    Cuando terminaron, Rosanna acomodó su blusa, se peinó con los dedos, y volvió a mirar por la ventana, como si nada hubiera pasado. Pero en sus labios quedaba la curva de un secreto compartido.

    Ismael, a su lado, cerró los ojos, satisfecho… pero sabiendo que apenas era el principio de ese viaje.

    El avión seguía su curso sobre el Atlántico cuando Ismael abrió los ojos, aún con la calidez del sueño aferrada a sus pensamientos. A su lado, Rosanna dormía profundamente, su cabeza ladeada hacia él, su respiración pausada, como si confiara plenamente en ese silencio compartido.

    Él la observó con una mezcla de ternura y deseo contenido. Sin moverse demasiado, deslizó su mano hacia su blusa y la metió bajo el sostén para acariciar uno de sus senos. Rosanna reaccionó al contacto y, sin abrir los ojos, sonrió apenas. Un gesto pequeño, pero cargado de significado.

    La cortina que los cubría parecía una frontera sagrada. Pero dentro de ese pequeño mundo de tela y secretos, sus cuerpos se buscaron de forma natural, en movimientos casi invisibles para el resto del mundo.

    Ella se sentó encima de él y lo besó, al principio con suavidad, y luego con la urgencia de quien ya ha decidido cruzar todas las líneas. Su cuerpo se acomodó sobre él como si lo conociera de toda la vida, sacó el pene de Ismael y lo introdujo en su depilada vagina. Las caricias eran lentas, seguras, y el vaivén de los movimientos llenaba el espacio de una energía que contrastaba con la quietud del lugar.

    El asiento crujió apenas bajo el peso compartido, pero no importó. Ismael enredó sus brazos alrededor de ella, mientras Rosanna, entre susurros y jadeos, se aferraba a su cuello como si no quisiera soltarse jamás.

    Era su mundo, su momento. Nadie más existía.

    Ella gritaba “Lucas” con dulzura y deseo. Él respondía llamándola “tía”, que en su boca sonaba como una oración. Las respiraciones se entrecortaban, la piel ardía y el tiempo parecía haberse detenido en ese asiento olvidado, entre paredes de metal.

    Y cuando ambos llegaron al orgasmo, fue escandaloso por parte de ella, no fue íntimo, sellado con un beso largo, profundo, en el que se prometieron, sin decirlo, que aquello no era solo un arrebato.

    Nadie los escuchó. O si alguien lo hizo, no los interrumpió. Porque había algo en ese acto que no pedía permiso. Solo sucedía. Como el cielo. Como el deseo que no necesita ser nombrado para sentirse real.

    Loading

  • Vecinos, puerta con puerta

    Vecinos, puerta con puerta

    Abrí los ojos, necesitaba verla. Para mi sorpresa ella me estaba mirando fijamente. Su rostro reflejaba todo el placer que estaba recibiendo. Sus pechos pegados al mío, sus pezones erectos aplastados casi contra mi pecho, mis manos aferradas a su redondo culito y su coño deslizándose con suavidad por mi polla.

    Ella juntó sus labios con los míos, nuestras lenguas empezaron a jugar mientras que el ritmo era cada vez más frenético. Su coño húmedo y caliente cada vez subía y bajaba con mayor rapidez.

    En un simple movimiento me levanté y la dejé caer de espaldas encima de la cama. Ella sonrió. Yo acaricié ese perfecto culito, lo abrí un poco con las manos quedando su coño ante mi vista. Mi polla la volví a penetrar por detrás, ella gemía. La saqué y la posé en su culo, para mi sorpresa no fue difícil penetrarlo por ahí, toda mi polla entró en su culo, la follé así durante un ratito.

    Después la saqué y volví a metérsela por el coño, vi como ella disfrutaba, yo disfrutaba. Jamás pensé en que mi vecina pudiera gustarle tanto el sexo como a mí. Cuatro años viviendo puerta con puerta y los dos desconocíamos estos gustos en común.

    —No te corras dentro —me dijo jadeando

    Ella se dio la vuelta y agarrándome la polla la puso en sus pechos, “hazlo aquí”, me dijo.

    Yo ya estaba a punto y el roce de sus pechos alrededor de mi polla no tardó mucho en hacer efecto. Mi semen se desparramó entre sus tetas. Ella sonreía…

    Loading

  • Ella me dio clases particulares

    Ella me dio clases particulares

    Hola, soy un chico de Madrid, de 21 años, mido 1,86, 75 k y aparte de dedicarme a dar masajes a mujeres de buen ver y entradas en años, estudio Informática y la verdad que la asignatura que peor llevo es la de Física, no sé, el resto se me dan más o menos bien, pero en Física ya me he puesto en una situación peligrosa, así que este verano he decidido ponerme en manos de un buen profesor o profesora que me ayude a superar las dificultades que me da esta asignatura.

    Después de mirar varios anuncios en la Biblioteca, el ayuntamiento y los periódicos vi uno que me llamó la atención, la llamé y acordamos en que iría a visitarla a su casa los lunes y los miércoles a media tarde, sobre las cinco de la tarde.

    Llegué a una casa lujosa, aunque antigua en el madrileño barrio de Salamanca, ella era profesora de Física y Química para chicos de COU y de BUP en un Instituto de la zona sur de Madrid. Se llamaba Luisa. Entré a su casa y me encontré con una autentica señora de 49 años, rubia con unos pechos enormes y un poco culona como me gusta a mí lo cual me encantaba, y eso sólo bastó para elegirla como la candidata perfecta para que me diese clases.

    —Hola Óscar, ven pasa y ponte cómodo, ¿quieres un café?

    —Bueno, muchas gracias señora

    —No me llames señora por dios, que me haces sentir una abuela… llámame Luisa ¿vale cielo?

    —De acuerdo, pero Luisa, no eres ninguna abuela, estás aún en la flor de la vida además eres preciosa (primer misil directo lanzado).

    Nos sentamos en un saloncito muy decorado y muy lujosete mientras Luisa me trajo el café.

    —Mmm está delicioso el café, aunque si no le importa luego le pediré algo de agua o una Coca-Cola.

    —No te preocupes, la primera Coca-Cola es gratis, pero las siguientes te las cobro a veinte duros la lata —Me dijo mientras se reía, sus dientes eran blanquísimos y muy cuidados, se notaba que no fumaba y que sus dientes eran naturales y súper cuidados. Y si eran postizos la verdad era algo que no me traumatizaba lo más mínimo.— Bueno, vamos aquí a la mesa, y me explicas el temario que dais y la parte que peor llevas ¿ok?

    Le estuve explicando que lo que peor llevaba era la parte de Campo Magnético y de Electroestática. Nos despedimos para empezar ya con las clases. Al siguiente día acudí a su casa a las cinco de la tarde, hacía mucho calor, en su casa no tenía aire acondicionado así que me quité la camiseta y me quedé sólo con unos pantalones cortos de deporte, ella estaba en bañador, un bañador de lycra ajustado puesto que había estado tomando el sol en la terraza, qué culo madre mía, qué culo que tenía esta señora.

    Al rato de estar en clase, vi cómo se marcaban a través de su bañador los pezones, bastante grandes, yo no podía quitar la vista de encima de sus inmensas tetas, sería una talla 130 o 140 aproximadamente, y lo más importante, 100% naturales, sin aditivos ni conservantes, todo natural como la vida misma, nada de silicona.

    Ella me miró y comprendió lo que yo buscaba, su lengua pasó por la comisura de sus labios, mientras se bajaba lentamente las tiras de su bañador.

    —Te gustan mis pechos ¿eh?

    —Sí Luisa, me gustan mucho, son preciosos.

    Me levanté de mi butaca y me acerqué a ella, la rodeé con mis manos masajeando sus pechos, y mojándome un dedo con saliva para ponerme a acariciar circularmente esos dos pezones, mientras la empecé a besar el cuello, y susurrarle al oído que me gustaba mucho, que era toda una señora y que me gustaba muchísimo su cuerpo y que iba a disfrutar de un joven de 21 años sólo para ella.

    Se levantó y quedó totalmente desnuda mostrándome un coño con una mata de pelo encima de su vagina, pero depilado en los labios, etc. Se pegó a mí notando el calor de sus tremendos pechos en mi cuerpo, cogí nata de la nevera y fui acercando mi lengua a todos los rincones de su cuerpo bajando lentamente desde sus pechos hasta su ombligo, su monte de Venus, hasta llegar a sus muslos, los cuales besé por su lado interno, para empezar a sentir ese calor que salía de allí dentro.

    Era como un infierno que me llamaba a gritos, no podía resistirlo más, y mi lengua comenzó a recorrer el pliegue de aquellos labios y a investigar en aquel enorme coño, se notaba que había tenido 3 hijos, aun así, estaba muy cuidada aquella vagina ya chorreante de flujo.

    Ella se sentó en el sofá y yo de rodillas comencé a lamer sus labios y ver cómo ese clítoris me llamaba a gritos con su color sonrosado lo acaricié con la punta de mi lengua, cogiéndolo con mis labios en forma de O y succioné suavemente aquel clítoris, lo lamí circularmente de un lado a otro y vertical de arriba abajo mientras notaba aquellas suaves manos de aquella madurita sobre mi pelo, le puse nata en los pezones y en su coño y la devoré entera.

    La verdad es que me encanta comerle el coño durante el rato que haga falta, las veces que haga falta a una señora que me lo pida, siempre está mi lengua dispuesta para saborear el delicioso aroma del coño de una mujer de verdad, desde que descubrí mi pasión por las maduras, las niñas dejaron de interesarme, de 18, 19 años, que son unas crías y no saben ni lo que quieren y siempre están andándose con tonterías.

    Lo que más me gustó fue cuando comencé a verter todo el bote de aceite Johnson en el cuerpo de Luisa y nos empezamos a frotar allí en el sofá mi pene ya estaba como una barra de hierro candente, me dolía y todo, pues aún estaba bajo mis bóxer, me frotaba con el vientre de aquella señora mientras me acariciaba la cabeza, el cuello y la espalda, y yo chupaba y chupaba aquellos enormes pezones tan duros y a la vez tan ricos.

    Ella me metió la mano por debajo de mis bóxer y sacó a relucir mi miembro, me empezó a acariciarlo muy suavemente notando sus manos deslizándose sobre la piel de mi pene empapada en aceite lo cual hacía que la sensación fuese especial.

    Se arrodilló delante de mí y lamiendo con su lengua el glande como si se tratase de un helado de lo más dulce, comenzó a desaparecer mi polla entre esos labios rosados con un brillo plateado, esta señora tenía gusto y clase hasta para pintarse los labios.

    Con el aceite ya estaba bien lubricada y más aún con la saliva de su boca, que recorrió mi pene milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, su base, su longitud, su grosor… de repente se dio la vuelta y quedó a la vista su enorme culazo… comencé a masajear sus glúteos, llenándolos de aceite, y también poniendo aceite perfumado de otro tipo que ella tenía, era un aceite con olor y sabor a plátano, de los que venden en los sex-shops y se utilizan para dar masajes.

    Metí mi dedo índice en su ano, y pude ver en ese momento cómo ella aprovechaba para sacar de un cajón en el salón al lado del teléfono, una bolsita de plástico que contenía un enorme consolador de látex mezclado con gelatina liquida o algo similar, era negro y medía unos 26 cm por 6 de diámetro, inmenso…

    —Cómeme el culito mientras me metes el vibrador

    Procedí a poner un par de pilas como pude con una mano mientras mi mano derecha seguía con el dedo índice y corazón lubricados en aceite y saliva, entrando y saliendo de su ano. El tacto del consolador era alucinante, la verdad es que cada día hacen los juguetes mejor, aún recuerdo cuando le pillé a mi madre un consolador, modelo años 60 por lo menos, de plástico duro con bolas, nada real, sino que más bien parecía un cohete de la NASA, sobre todo porque casi era más grande el receptáculo de plástico inmenso que albergaba una pila de esas de las más grandotas que hay en el súper.

    Esto sólo era un trozo de pollón negro de tacto súper real, con un receptáculo minúsculo para dos pilas alcalinas de las pequeñas y muy finas, esto sí era útil. Le fui introduciendo la polla de látex negra en su coño mientras que con mi lengua comencé a lamer su ojete, era delicioso respirar el aroma de su culo, el aroma a mujer de verdad mezclado con el olor a plátano de los aceites. A todo esto, yo notaba su mano pajeándome.

    Y yo ya no aguantaba más, tiré el consolador de polla negra en el sofá, y comencé a penetrar con el culo en pompa a esa madura, me encantaba chocar con sus enormes glúteos a cada embestida.

    —Mmmm sigue Oscar, qué bien lo haces

    Su vagina parecía una enorme cueva caliente que me encerraba, después de penetrarla tenía ganas de correrme se dio la vuelta y haciéndome una cubana con aquellos pechos, me corrí irremisiblemente sobre ellos, dejándolos empapados con unos buenos chorros de semen que calientes, abundantes, regaron con generosidad todo su pecho… me tumbé extasiado en el sofá y parecía que estaba en otro planeta pero aún no se me había bajado el empalme cuando tenía a Luisa relamiendo el semen que quedaba en mí quería exprimirme hasta la última gota.

    Una vez que me puso muy dura otra vez mi polla se montó encima de mí y empezó a cabalgar sobre mi sable, que se fue introduciendo en su culo, sus tetas se agitaban a un ritmo frenético y no podía resistir la tentación de lamer esos pezones mientras mi polla se introducía en ese culo.

    Después de darla por el culo, la avisé de que me iba a correr, ella con una cara de vicio que no podía con ella me suplicó que me corriese en su boca, y yo no iba a ser menos así que de pie con Luisa de rodillas con la lengua fuera esperando mi rico licor, dejé caer varios trallazos de semen alojando en su lengua y su boca la mayor parte de semen posible que Luisa se afanó en degustar con delectación.

    —Mmm qué leche más rica tienes… es deliciosa, realmente de las mejores que he probado en mucho tiempo, tan caliente y tan rica… —Me decía mientras se relamía el dedo índice recogiendo en él lo que había caído en su cara.

    Nos metimos en la bañera y nos duchamos. Mientras nos duchábamos ella aprovechó para pedirme que me pusiese de rodillas y allí estaba yo cuando Luisa comenzó a mearse en mi pecho, su pis caliente se mezclaba con el agua caliente que salía de la ducha, y chocaba en mi pecho y se iba deslizando era una sensación maravillosa. La enjaboné, después me enjabonó ella a mí, y después de la ducha nos tumbamos en el sofá donde me invitó a la segunda Coca-Cola de la tarde, terminamos exhaustos por lo que no pudimos seguir dando clase durante ese día, me fui a mi casa muy feliz y contento.

    —Hola mamá, ya he llegado. —Grité en el pasillo de mi casa mientras subí a mi cuarto y tumbado en el sillón me serví una copa de whisky con Coca-Cola bien frío, un cubata bien frío para degustarlo mientras escuchaba uno de mis discos preferidos de U2 y me relajé allí durante un rato.

    —Oscar, ¿qué tal las clases con Luisa? —Gritó mi madre por el hueco de la escalera que separa mi cuarto de la planta baja

    —Genial mamá… (uff ya te digo…), ha sido genial mamá, he aprendido hoy muchas cosas (la más importante es que donde esté una mujer casi cincuentona, auténtica, caliente y real como la vida misma, dispuesta a pasar un buen rato de sexo agradable con un joven de mi edad que se quiten todas las niñas de plástico que salen en la tele, siliconadas, requeté operadas y súper mega ñoñas).

    Aquellos dos meses de verano los pasé a razón de 2 o 3 polvos por cada visita a casa de Luisa, lógicamente las clases se alargaban muchísimo más de las dos horas que estaban previstas llegando incluso una tarde en la que no quedé ni siquiera con mis amigos y estuve con Luisa desde las cinco de la tarde hasta las 11 de la mañana del día siguiente, entre sus tetas, entre campos magnéticos, entre su delicioso coño, entre fórmulas, entre su culo, entre sus labios y entre cargas electrostáticas y Leyes de Keppler.

    Me quedé a dormir allí con ella, y fue maravilloso despertarme entre los brazos de una mujer madura a la mañana siguiente, era real… no era un sueño.

    Llegó septiembre y se acabaron mis clases con Luisa, le pagué todas las clases y bien a gusto que lo hice no como el año pasado que tuve que pagar a un pijo gafitas que no sabía disfrutar de la vida, que era feo, empollón y repelente, que hablaba a razón de 1000 palabras por minuto y al final suspender de nuevo. Llegó mi examen y saqué un 7,5, realmente no me lo creía ni yo, aún recuerdo cuando Silvia mi profe de Física en la Uni, una morena de 27 años, me dijo:

    —Oscar, enhorabuena, me he sorprendido gratamente porque se nota que no has copiado y se nota que has trabajado este verano y has sudado mucho para conseguir esta nota, has hecho uno de los mejores exámenes que he corregido.

    Ya lo creo que he trabajado y sudado, pero no como ella creía… jeje .

    Por supuesto Luisa y yo seguimos liados, nos vemos cuando ella quiere o cuando yo quiero algo de compañía adulta, con una mujer que sabe cómo tratar a un joven de mi edad, ella ahora es mi profe particular de Electrónica y mi maestra en Sexo, la mejor maestra que un chico de mi edad pueda tener.

    Loading

  • Cogote (4)

    Cogote (4)

    Terminado el encuentro anterior con cogote decidí dejar descansar mí colita unos días. Pasados 2 días no me aguantaba las ganas de mandarle mensaje pero pude soportar. Al tercer día me llega un mensaje diciendo

    -“cogote cómo estás mujer mía” a lo que respondí

    -” hola cogote cómo estás amor aquí esperando tu mensaje para ver qué como y cuando hacemos algo lo que vos quieras”

    -No me digas así que me vuelvo loco como se me para la pija, dura y cabezona esperando tus besos.

    -A coger no me animo me dejaste doliendo la cola, pero a mamártela me animo cuando vos quieras, hoy mañana cuando quieras amor.

    -te busco más tarde y vamos a tomar algo por ahí y vemos donde vamos así me chupas la pija ¿dale?

    -me baño y te espero.

    Pasada las 22 h me manda mensaje que no podrá venir que se le rompió la moto. Yo voy, le dije.

    Saque el auto y me fui en busca de mí leche. Pasado 40 minutos llego a la ubicación que me mandó de su casa en bella vista, una casita medio alejada en la cual estaba su familia, se vino al auto, me saludo con la mano.

    -vamos más para allá así escuchamos música y conversamos ¿dale?

    Avanzamos un poco el saco su pijooota hermosa a medio parar, apague el auto, estaba todo oscuro, me agarró de la nuca y de una mano me tiró a su lado, me afirmó la punta de su pija en los labios, empecé a chupar y chupar como loco, una hermosa chupada de pija como él se merece.

    -te acabo o te aviso

    -acabarme en la cola porfa cogote.

    -dale amor.

    Cuando estuvo cerca de acabar se levantó quedando arrodillado en el asiento de mí auto y con su pija en mí boca y me mandó a seguir chupándola. Obediente accedí, me encantó.

    -Si te gusta cogote. Respondí con las venas yendo y viniendo, excitadísimo.

    A las minutos me la saco de la boca y de manera inmediata me dio la vuelva se tiró arriba mío afirmando su cabezona en la raya de mí culito.

    -¿me va a doler?

    -si pero te va a gustar también.

    -chúpame el culo y yo tu pija cosa que esté mojadito mí culo y tu pija bien dura antes de metérmela ¿puede ser Colorado?

    -si mí amor me dijo.

    Empezamos un 69 y cuando llegamos al clímax me puso boca abajo restregando su pijón en mí raya del culo, pasado segundo empezó a empujar hasta lograr que entre de poco a poco hasta los huevos casi. Yo loca encantada y con mí pija dura, chocaban nuestros huevos y yo masajeaba los de él y los míos.

    -¿mi amor te lleno de leche cogote?

    -si cogote siii.

    El colorado bombeo me rompió el orto bien roto y me lleno de leche. Satisfecho y con el culo abierto me fui a acostar en el asiento de atrás. En 2 minutos te doy un poco más. Obediente accedí. En posición de perrito fue está vez, que lindo hermoso momento. cuando estuvo por acabar me separó él y me lleno la cara de leche, con una presión, con un sabor único bella noche me dijo y nos acostamos desnudos solo con una colcha que nos tapaba.

    A la mañana con frío en el auto me arrime de cola se le volvió a para, yo excitado me arrime con mí culito un poco más y más me abrió las nalgas y de nuevo. El auto en medio de un montecito de Bellavista era nuestro hotel. Me encantó todo pero sobre todo cuando me tiró toda su leche de nuevo en la boca.

    Gracias cogote (o colorado) por estos hermosos momentos de arrechera y los besos que te di en la cola y en los huevos te espero para cuando quieras de nuevo te presto lo que me pidas amor.

    Nos basamos muy pasional y ya nos despedimos. No te digo que esto que el otro pero si me gustó y sé que a él también.

    Besos cogote o colorado como quieras que te diga, te espero mañana de nuevo si querés. Así que bueno esto paso en mí auto, un auto chico pero con ganas de que me tome la leche del colorado. Besos cogote. Si la semana que viene salimos juntos de vacaciones estaría hermoso para que no internemos 2 días en un telo y me llenes de leche amor. Besos en la pija y los huevos.

    Loading

  • Distopía de género

    Distopía de género

    El primer pensamiento de Julián fue, como siempre, un sabor. El sabor rancio del aceite de motor y el regusto metálico de la sangre seca en la parte posterior de la garganta. No importaba que las sábanas de su cama fueran nuevas —baratas, ásperas como la lija, pero técnicamente nuevas— ni que el aire de su apartamento oliera a humedad y a desesperación enlatada en lugar de a la sopa tóxica del sumidero. El fantasma de su pasado era un amante posesivo, y le visitaba cada mañana al despertar.

    El apartamento era un mausoleo a la nada. Un colchón en el suelo, una mesa coja, una silla. Ni un cuadro, ni una foto, ni una planta muerta. Era un espacio tan vacío como él se sentía por dentro. Se había arrastrado fuera del infierno, había sangrado y suplicado y tragado más que orgullo para conseguir esto: cuatro paredes precarias en el borde mismo del abismo que había jurado dejar atrás.

    Un orgullo agrio, corrosivo, le quemaba el esófago. ¿Valía la pena? ¿El recuerdo de las manos ásperas de aquellos hombres en el callejón, no buscando su cuerpo sino el pan duro que había robado, sujetándolo contra un muro cubierto de moho mientras se reían y le llamaban «princesa»? ¿O aquella otra vez, cuando los chicos mayores lo inmovilizaron y le embadurnaron la cara con grasa de motor, no por crueldad, sino por pura diversión, para ver cómo el negro contrastaba con su piel de porcelana, llamándole «muñequita sucia»? Cada acto degradante era un ladrillo en los cimientos de este patético santuario. Y cada mañana, los recordaba a todos.

    Con un temblor que era parte frío y parte autodesprecio, se levantó. El suelo de linóleo agrietado estaba helado bajo sus pies descalzos. Se dirigió, como un autómata en una liturgia diaria, hacia el espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared. Era lo único «caro» que poseía, una compra forzada por el sistema.

    En la esquina superior del cristal, unas cifras digitales de un rojo agresivo parpadeaban con su condena:

    “IC: 28/100 – Rol: Femenino – Advertencia: Rendimiento insuficiente”

    Veintiocho. Había bajado dos puntos desde ayer.

    Su mirada cayó sobre su reflejo y la ira, impotente y familiar, le subió por la garganta. Allí estaba. No él. No Julián, el superviviente, el futuro policía. Allí estaba “ella”. Una criatura de piel pálida y suave, sin un solo vello que estropeara su lienzo. Unos hombros estrechos que se curvaban hacia una cintura imposiblemente fina. Las caderas se ensanchaban en un arco femenino y descarado, una invitación a ser agarradas, y sus muslos, gruesos y blandos al tacto, se unían sin dejar espacio.

    Su trasero, una esfera perfecta y respingona gracias a la curvatura antinatural de su espalda, parecía ofrecerse perpetuamente. Incluso su rostro era una traición. Ojos grandes, azules y húmedos, enmarcados por pestañas que parecían alas de mariposa. Labios llenos, rosados y brillantes, entreabiertos en una expresión que no era la suya. Su reflejo no le devolvía la mirada; le coqueteaba. Era el rostro de un súcubo de carne y hueso, y su expresión desdeñosa parecía susurrar una promesa obscena: “Fóllame. Rómpeme. Hazme tuya.”

    Se estremeció, un escalofrío recorriendo su columna vertebral. Y entonces, la voz. Dentro de su cabeza. Dulce como el cianuro.

    —”¡Arriba, bella durmiente! ¡El mundo necesita tu luz… y un culito tan perfecto no se va a contonear solo! ¡Es hora de empezar el día con una sonrisa, Juli-pop!”

    Julián apretó los dientes. El apodo era nuevo. Cada día uno más estúpido.

    —Cállate —masculló, su propia voz sonando extrañamente aguda en la habitación silenciosa.

    La respuesta fue instantánea. Un latigazo eléctrico, preciso y cruel, surgió del escáner alojado en su ingle. No era un dolor agudo, sino una punzada profunda y nauseabunda que le hizo doblarse y llevarse una mano a la entrepierna. Jadeó.

    —”¡Uy, qué tonito!” —canturreó Julianna, su alegría sintética imperturbable—. “Las princesitas no usan esas palabras tan feas. Eso te va a costar un puntito en “Encanto femenino”… y un pequeño recordatorio de quién manda aquí. No seas malhumorada, cariño. A los hombres no les gustan las chicas con el ceño fruncido.”

    —No soy una chica —siseó Julián entre dientes, el dolor convirtiéndose en un ardor humillante.

    La risa de Julianna resonó en su cráneo, un sonido como campanitas de cristal rompiéndose.

    —”Oh, cariño. Mi dulce e ilusa niñita. ¿Vamos a tener esta conversación otra vez? Mírate. El espejo no miente. Tu perfil hormonal grita “damisela en apuros”. Tu estructura ósea es la de una sílfide. El sistema, que es mucho más inteligente que nosotros dos juntos, te analizó hasta el último átomo y dio su veredicto. Yo no miento. Los números no mienten. El único mentiroso aquí eres tú, mi pequeña y confundida marimacho.”

    La palabra le golpeó como una bofetada. “Marimacho”. Con rabia, se enderezó frente al espejo, decidido a demostrarle a esa voz, a sí mismo, al mundo, que se equivocaban. Hinchó el pecho, intentando parecer más ancho, pero el movimiento solo acentuó la hinchazón afeminada de sus pectorales, haciendo que sus pezones rosados se marcaran bajo la piel fina. Un desastre. Apretó los puños, flexionando los bíceps. No había nada. Solo un músculo largo y delgado, más propio de una bailarina que de un hombre.

    —Soy un puto hombre —gruñó, intentando poner una voz grave.

    —”¡Aww, qué monada!” —se burló Julianna—. “¡Lo intentas con tantas ganas!”

    Desesperado, se agarró la entrepierna, un gesto que había visto hacer mil veces a los matones del Sumidero. Un gesto de dominio. Pero sus dedos eran largos y finos, su agarre parecía delicado, casi reverente. Y su pene, ese traidor confundido, se estremeció bajo su mano, una reacción no de poder, sino de placer sumiso ante la atención.

    —Voy a salir ahí fuera y voy a reventar a algún hijo de puta —dijo, las palabras sonando absurdas, como si una muñeca de porcelana recitara las líneas de un matón de película. Su voz se quebró en la última sílaba, un gallo melódico que arruinó por completo el efecto.

    —”¡Oh, mira eso! ¡Intentas parecer un malote y pareces una estrella del porno indie a punto de hacer su primera escena! ¡Qué adorable! Pero en serio, cariño, deja de agarrarte el paquetito como si fuera un arma. Con esas manitas, parece que le estás haciendo una caricia. Te hace parecer aún más follable.”

    Un rubor ardiente le subió por el cuello hasta las orejas. Era verdad. Cada intento de afirmar su masculinidad solo lo hundía más en una parodia erótica de la feminidad. Estaba discutiendo con su propio cuerpo, y estaba perdiendo.

    Cuando se dio la vuelta para alejarse, humillado, la voz de Julianna lo detuvo en seco.

    —”¡Eh, eh, eh! ¿A dónde crees que vas, señorita? No hemos terminado. Sabes las reglas. Primero, los mantras.”

    Julián suspiró, un sonido de pura derrota. Se volvió hacia el espejo. Cerró los ojos, no queriendo ver la imagen de la chica que repetía sus palabras.

    —Mi cuerpo no es mío, es un adorno bonito para el disfrute de los demás —dijo, su voz monótona y sin vida.

    —Mi valor no reside en mi fuerza, sino en mi belleza y sumisión.

    —Mi propósito es ser dócil, dulce y complaciente, un refugio para el hombre fuerte.

    —”¡No, no, no!” —le interrumpió Julianna con un chasquido de lengua digital—. “¡Así no, tontita! ¡Sin energía! ¡Sin convicción! El sistema registra el tono, ¿recuerdas? ¡Quiero oír a la pequeña zorrita que sé que llevas dentro! ¡Con sentimiento! ¡Grabaré esta para tu perfil, así que haz que suene creíble! ¡Vamos, repítelos con una voz más aguda, como si te estuvieras tocando!”

    Julián tragó saliva, la vergüenza era un nudo en su garganta. Respiró hondo y lo intentó de nuevo, forzando su voz a un registro más alto, más entrecortado.

    —M-mi cuerpo… no es mío… —empezó, la voz temblorosa—. Es un adorno tan bonito… hecho para que todos los hombres lo miren y lo disfruten…

    —Mi valor… reside en lo mucho que le guste a un hombre… en lo bonita que me vea para él…

    —Mi propósito… —jadeó, odiándose a sí mismo— …es ser súper dócil y dulce… ¡y complacer a mi hombre en todo lo que me pida!

    —”¡Mucho mejor!” —aprobó Julianna—. “¡Ves qué fácil es cuando dejas de luchar! Ahora, noticias emocionantes. Dado que tu IC sigue en caída libre, el sistema ha aprobado dos nuevos mantras de refuerzo para acelerar tu progreso. ¡Son súper divertidos! Escucha con atención.”

    Julián sintió un nudo de pavor en el estómago.

    —”El primero es:” —la voz de Julianna se volvió aún más vulgarmente entusiasta— “«Soy un agujero caliente y obediente, un juguete para el placer de cualquier hombre. Mi boca, mi culo, mi coñito imaginario, todo está disponible para descargar su estrés y su leche. Soy su puta personal, su muñeca de carne, y mi única función es decir “sí, papi” y tragar».”

    El aire abandonó los pulmones de Julián. Era lo más vil que había oído nunca.

    —”Y el segundo, mi favorito personal:” —continuó ella, ajena a su horror— “«Anhelo que un macho de verdad me abra en canal. Rezo para que me arranque los huevos inútiles y me llene el vientre con su semilla. Nací para ser una cerda de cría, una incubadora sumisa. Castradme, preñadme, marcadme como vuestra propiedad, porque solo sirviendo como yegua para vuestra estirpe encontraré mi verdadera paz».”

    El silencio en la habitación era ensordecedor. Julian estaba paralizado, enfermo.

    —”Ahora, recítalos” —ordenó Julianna, su tono volviéndose acerado—. “Y mientras lo haces, quiero que abras las piernas. Más. Quiero que te pongas las manos en el vientre, sujetándolo, como si ya estuvieras llena de la semilla de un hombre. Muéstrale al espejo la buena incubadora que puedes ser.”

    Obedeció. No tenía otra opción. Sus piernas temblaron al separarse, adoptando una postura vulnerable y abierta. Sus manos, delgadas y pálidas, se posaron sobre su vientre plano y tonificado, el gesto una profanación de la maternidad. La imagen en el espejo era una pesadilla. Un chico-chica hermoso y roto, ofreciéndose en sacrificio. Abrió la boca, y las palabras salieron, un susurro ronco cargado de una excitación que le daba asco.

    —Soy un… agujero caliente… y obediente… un juguete… —su voz se quebró mientras su cuerpo reaccionaba, el pene endureciéndose contra su mano. Miró su reflejo, la figura con las piernas abiertas y las manos en el vientre, y recitó el segundo mantra, cada palabra una puñalada y una caricia a la vez— …anhelo que un macho de verdad… me arranque los huevos inútiles… y me llene el vientre… Nací para ser una cerda de cría… Castradme… Preñadme…

    Lo peor, lo absolutamente más depravado, era la oleada de calor que se extendía desde su ingle, la forma en que su cuerpo traicionaba a su mente con una oleada de placer perverso. Se estaba excitando. Se estaba excitando fantaseando con su propia aniquilación.

    —”¡Perfecto!” —exclamó Julianna, su voz llena de un orgullo maternal y perverso—. “¡Eso ha sido maravilloso! ¡Has ganado un premio!”

    Antes de que pudiera reaccionar, una descarga de puro placer, diez veces más fuerte que el pinchazo de dolor, recorrió su sistema nervioso desde el escáner. No fue un latigazo, sino una ola cálida y abrumadora de miel líquida y vergüenza. Sus piernas cedieron al instante. Se derrumbó en el suelo, las rodillas golpeando el linóleo con un ruido sordo, un gemido ahogado escapando de sus labios. Quedó allí, temblando, una mancha de humedad oscureciendo la parte delantera de sus calzoncillos.

    La voz de Julianna regresó, ahora goteando un desprecio burlón y condescendiente.

    —”Oh, Juli-pop… ¿ves? En el fondo, eres justo lo que el sistema dice que eres. Una pequeña pervertida a la que le pone cachonda que la traten como un trozo de carne. Un hombre de verdad moriría de vergüenza ante la idea de ser castrado y preñado. Tú, en cambio… te vienes. Qué fracaso más delicioso y adorable eres.”

    Loading

  • Confesiones de una mujer casada (8): Parte 1

    Confesiones de una mujer casada (8): Parte 1

    Buenas a todos los lectores de estos relatos por día de hoy vamos a seguir contando las experiencias sexuales que mi amada esposa me ha venido confesando.

    Comenzamos contando que para la fecha de este relato comenzó dónde vivíamos en un conjunto cerrado de apartamentos en el norte de la ciudad. Ahora ya vivimos en una casa ubicada en el barrio Modelia. Bueno ya después de varios días de haber estado en la carrera de bicicletas en Villeta en donde la Teresa paso un fin de semana sexualmente activo teniendo relaciones sexuales con cinco hombres, estábamos cenando y me avisó que ese fin de semana iba a ir con JP a Anapoima.

    JP fue un vecino del conjunto cerrado en donde vivíamos, es un calvo de barba en forma de candado, trigueño, de ojos negros, de 1.80 de estatura y grueso de cuerpo más no fornido, el vivía solo en uno de los aparta estudio, tiene una boutique de cosméticos y tenían una buena amistad con mi amada esposa, que hasta cuando estábamos los tres coqueteaban y hasta cuándo caminaban solos se abrazaban, se tenía confianza y yo no me imaginaba que hubiera algo más que una amistad, confiaba en mi esposa, pero las cosas pasaron a otro nivel. Fue entonces que le pregunté.

    -¿En serio vas a ir con JP?

    A lo que me responde.

    -Si me invitó a la cabaña que sus padres tienen.

    Le sigo preguntando.

    -¿Y van a ir solos los dos?

    Me contesta.

    -Si ya he ido varias veces.

    Sigo preguntándole.

    -¿Es que ustedes están teniendo relaciones sexuales?

    -Si y ya hace rato.

    Y le digo.

    -Vaya no me lo esperaba ¿Y hace cuanto son amantes?

    Me contesta.

    -Hace ya como dos años.

    A lo que le digo.

    -¿Y se lo tenían bien guardado no? Y me vas a contar cómo fue tu primera experiencia con él.

    Me contesta.

    -Si quieres.

    Le respondo.

    -Claro que sí anda cuéntame.

    Y la Lucia comenzó a contarme.

    -Pues resulta que todo comenzó un día sábado que yo fui al supermercado en el carro, ese día tu fuiste al club del banco a jugar un partido de fútbol, cuando iba llegando al conjunto lo vi caminar y le pite voltio a mirarme le pique el ojo, le mandé un beso y le dije chao papacito. Gua eso me hizo sentir un corrientazo.

    Entre al parqueadero y mientras me parqueaba, me bajaba del carro y sacaba los paquetes del mercado me llega ahí nos abrazamos dándonos un beso en la mejilla.

    -Hola mamacita que hermosa estás.

    Me ha de dar una vuelta completa con su mano, a lo que le digo también.

    -Tu también estás repapacito.

    Al terminar la vuelta vuelvo y lo abrazo y me pregunta.

    -¿De dónde vienes?

    A lo que le respondo abriendo el capo del baúl.

    -Del supermercado.

    Volví a abrazarlo y le dije.

    -Papacito, Diego no está, ¿me ayudas a subir los paquetes y me acompañas un rato?

    Le di un beso en la boca abrazándolo por su cintura y acercando nuestros cuerpos.

    -Podemos aprovechar que Diego no está.

    Volvimos a besarnos.

    -Nos desnudamos y pasamos un buen rato, haciendo cositas ricas.

    Y volvimos a besarnos está vez un poco más prolongado.

    -Que dices papacito.

    Me contesta.

    -Listo mamita subamos de una.

    Nos volvimos a besar acariciando nuestros cuerpos, sus manos acarician mi trasero por cerca de un minuto. Paramos y empecé a sacar las bolsas del baúl y se las daba, agarre tres y cerré el baúl, saque la niña del carro y subimos al apartamento, le pedí el favor de sacar las carnes y las metiera en la nevera, mientras yo fui a dejar a la niña en su cuarto con sus juguetes y entre a nuestro cuarto para quitarme el buzo y el jeans, me coloqué la batica pero al arrancar hacia la cocina decidí quitármela e ir en la ropa interior y ahí estaba todo juicioso desocupando las bolsas y al verme en ropa interior dejo de hacerlo, se voltea y acercándome le digo.

    -Ahí muchas gracias papacito.

    Lo abrazo y nos besamos apasionadamente, me levanta colgándome de sus piernas, me acaricia el trasero me mete sus dedos entre los calzones, haciéndome gemir al sentirlos en mi panochita escarbar, me baje y arrodillándome le suelto el cinturón, el botón del pantalón, le bajó la cremallera, dejándole caer el pantalón en el piso, con ambas manos le bajó sus bóxer le agarro la verga y me la meto a la boca de una, mamándosela sintiendo lo gruesa y larga que es, se la lambo diciéndole.

    -Que ganas las que tenía de chupártela, papi yo si me la imaginaba así de rica, me encantan, grandes para disfrutar su grosor al mamarla.

    Seguí mamándosela, me la restregué en la cara, se la lambia y le chupe las huevas, así fue cosa de 30 minutos, que disfrute de semejante delicia, me pare y agarrándolo de la verga me lo llevé para el cuarto, se acostó boca arriba y me le monte encima haciendo el 69 y volví a mamarle la verga otros 30 minutos y el me lamia la panochita, luego me gatee colocándome encima de su verga me la restriego en mi panochita, y me la meto sintiéndola en mis paredes vaginales haciéndome gemir, le hago la licuadora, me muevo de adelante hacia atrás varias veces.

    Y luego me lo follo a toda fuerza moviendo mi cuerpo sin parar disfrutando como puta de esa deliciosa verga, obteniendo un delicioso orgasmo, me voltee ya de frente a él me le acosté encima y seguí follándomelo, me agarraba mi trasero ayudándome a follar, nos besábamos en plena turbulencia, varios marcas de chupones me dejó sus labios en mi cuello y pechos, los que me tocó maquillar después para que no se vieran.

    Cambiamos de pose y me acuesto boca arriba sobre el borde de la cama y el parado me levanta las piernas y me penetra la panochita, abriéndome de abriéndome de piernas y cerrándomelas continúa follandome sin lastima, a toda mierda llevándome a un orgasmo prolongado que me hace temblar todo mi cuerpo en espasmos eléctricos.

    Cambiamos de pose se sienta en el borde de la cama mientras que me deslizó al suelo arrodillándome para volver a mamarle la verga, restregándomela con fuerza sintiendo su suave piel en mis cachetes, le realice una rusa restregando su verga contra mis tetas, me levanto sentándome encima le agarro la verga y me la meto nuevamente en mi panochita y comienzo a follar abrazándolo, sintiendo sus manos acariciar mi espalda y besándonos apasionadamente, continuamos por 20 minutos.

    Lo tumbó contra la cama continuamos follando hasta que me vine nuevamente, cambiamos de pose colocándome en cuatro y el parado me penetra mi panochita y me folla suavemente, siento como su gruesa verga me penetra y sale de mi cuerpo volviendo a entrar hasta el fondo, JP se agacha encima mío y me agarra las tetas y comienza a follarme aumentando su velocidad hasta mantener un ritmo bastante fuerte haciéndome gemir y gritar como loca hasta que lo siento que se viene en mi panochita golpeándome con fuerza su cuerpo contra mis nalgas.

    JP se acostó sobre la cama extenuado, ya llevábamos más de dos horas echándonos nuestro primer polvito de los tres que esa tarde nos echamos gracias a que tú regresaste hasta las cuatro de la tarde, cosa que ese día te agradecí, preparando una suculenta cena. Seguimos en el cuarto y me pare para ir a la cocina a traer dos cervezas frías de la nevera y ahí seguía el JP acostado en nuestra cama, revise que la niña estuviera bien y se había quedado dormidita. Seguí al cuarto y le di una de las cervezas y que rápidamente nos las tomamos.

    Hablamos de lo que acababa de pasar y que ambos estábamos postergando al desearnos mutuamente y lo mucho que nos gustábamos, me preguntó si te demorabas y le dije que si que podíamos echarnos otro polvito a lo que volvimos a besarnos y le agarre la verga masturbándolo empecé a bajar por su cuello seguí besando su pecho su cintura y me metí su verga en la boca dándole una mamadas suaves como en cámara lenta, sintiendo su grosor, lambiéndosela por todo su tronco, saboreándosela, volvía y me la metía a la boca y la chupaba, haciéndola chasquear al soltarla de la boca.

    Me la restregaba por la cara cerrando los ojos, fascinada por su tamaño, me encanto su verga sentirla en mi boca ahí dure aproximadamente 30 minutos volví a subirme encima, le agarro su verga y me la meto en mi panochita, no me había lavado el trasero por lo que no hubo penetración anal, ese día todo por la panochita, me muevo en círculo haciéndole la licuadora y luego empiezo a follar a buen ritmo haciendo sentir sensaciones deliciosas que son las que me incitan a tener sexo, nos besamos, nos abrazamos, empiezo a gritar y a gemir.

    Mi cara se descompone de tanta sensación, me vengo sobre él y cambiamos de pose colocándome de lado adelante de él, me levanta la pierna izquierda y me penetra la panochita follandome de una a toda mecha, enloqueciéndome de placer, me abraza agarrándome las tetas, me deja varios chupones en mi espalda y que yo no impedir me valió mierda que lo hiciera como a la espera de algo que nunca pasó, que te enterarás de mis aventuras.

    Me vengó en chorros de líquidos y gritos orgásmicos, me volteo bajando a mamarle la verga por varios minutos y me acuesto boca arriba JP se me monta encima, abro mis piernas, me penetra y lo aprieto con mis piernas por la cintura, me folla suavemente y poco a poco aumenta su ritmo hasta alcanzar su máxima velocidad o como un pistón acelerado hasta hacerme venir en un orgasmo prolongado, sigo acostada boca arriba y él se acuesta de lado levanta mis piernas sobre sus piernas y me penetra, nuevamente sin parar, haciéndome temblar todo mi cuerpo, con sensaciones excitantes, hasta hacerme venir.

    Volvimos a cambiar de pose, lo acuesto boca arriba y me le montó encima, le agarro la verga y me la meto por la panochita y empiezo a follármelo a toda prisa muevo mi trasero sintiendo su verga entrar y salir como un pistón acelerado a buen ritmo y sin descanso ya llevábamos casi dos horas en ese polvito y siento que se viene en mi panochita, seguí a buen ritmo viniéndome con un chorro de líquido.

    Nos limpiamos bañándome de la cintura hacia abajo, descansamos en la cama, fui por más cervezas a la cocina y seguimos hablando de como iba a ser de ahora en adelante nuestra relación, la que fue más intensa ya el saludo no era de besito en la mejilla ya nos podíamos al saludar de beso en la boca sin ser prolongados en público, así tu estuviese y así fue desde ese día siempre lo hacemos y tú hasta ahora nunca dijiste nada, al andar juntos andaríamos abrazados.

    A lo que le digo.

    -Hola si en verdad que me iba a imaginar tus alcances y que ustedes dos fueran amantes, a mí me pareció que el JP era gay, por sus movimientos medio amanerados. Por eso no me preocupaba.

    A lo que me contesta riéndose.

    -Jajaja si pero no pues hasta ahora no me ha demostrado nada, ha sido todo un semental espectacular, que me ha hecho pasar momentos excitantes. Desde ese día fueron tres polvos que nos hemos echado, a veces solo dos, por el tiempo disponible.

    A lo que le preguntó.

    -¿Y te veías seguido con él?

    Me contesta.

    -Dos y hasta tres veces a la semana, siempre y cuando no tuviera otra cita con alguien más ¿Y a ti no te pareció sospechoso que un domingo estando tú jugando con el computador y salieras a la cocina y me encontrarás con la bata negra transparente sin brasier y con un hilo dental en compañía de JP quien se alcanzó a sentar en la butaca mientras yo hacía la que lavaba la loza?

    A lo que le contesto.

    -No la verdad no, que bruto sin saber sus intenciones ¿y que hacían o que?

    Me responde.

    -No pues nos echamos un rapidito, de 20 minutos, apenas saliste para el cuarto me le senté encima y me lo folle, se vino dentro de mi panochita por lo que me metí al baño a bañarme, después de que se fue. ¿Tampoco te lo imaginabas cuando los domingos te decía que iba al apartamento de él y pasaba toda la tarde, follando? Cómo tú te metías a jugar y ver porno al computador, yo me aburría sin hacer nada y que mejor que follar un buen rato.

    No y yo pensando que era gay. Que equivocado estaba o el desgraciado me engaño. A lo que le pregunté.

    -¿Y que más paso ese día?

    A lo que continúa con su relato.

    -No, pues nos fuimos para la cocina y nos pusimos a acomodar lo del mercado seguimos desnudos, nos tomamos otra cerveza, y al terminar nos volvimos a besar el me acaricia las nalgas y me levanto, le agarro la verga y me la coloco en la entrada de mí panochita y me dejó rodar por su tronco, empiezo a follármelo por unos minutos, me dejó caer al piso de rodillas y le mamo la verga, por diez minutos luego me paro me voltea de espalda a él me coloca contra el lavadero y me penetra otra vez, dándome con fuerza yo solo disfrutaba como puta de semejante embestida que me estaba pegando y esperando que no fuera a haber nadie mirando por las ventanas afortunadamente son altas, pequeñas. Y dan al interior del conjunto.

    Este polvito duro más de una hora al sentir que se venía me agachó, colocando su verga en mi lengua lo masturbo con fuerza y termina viniéndose en mi boca, derramando algunas gotas por mi quijada, las que limpió con mis dedos y me los chupo.

    Después nos fuimos para el cuarto, y nos acostamos el resto de la tarde había un torneo de golf y a él le encanta nos dieron las cuatro enrunchados hasta que la niña se despertó pidiendo ir al baño JP se vistió y se fue, nos despedimos con un largo beso. Y ese fue mi primer día con él, de los muchos en que hemos estado follando aprovechando tus ausencias.

    A lo que le digo.

    -Bueno me alegra que te estés acostando con el JP espero y no te enamores por qué te veo encaprichadita.

    A lo que me contesta.

    -Ahí no, eso si que ni de fundas solo es por sexo y ya nada más.

    A lo que le preguntó.

    -¿Y cuando volvieron a follar?

    Me contesta.

    -Al otro día… yo quedé con ganas de más si te acuerdas ese fin de semana el domingo había un evento en el club del Banco y yo iba a ir pero me pudieron las ganas de volver a follar con el JP, entonces primero lo llame para saber si quería repetir lo del día anterior y me dijo que de una, entonces me tocaba decirte que ya no iba a ir y apenas te fuiste lo llame y vino en un minuto, entro y nos besamos apasionadamente yo estaba en bata, rápidamente lo desvestí, me le arrodillo enfrente para mamarle la verga, sentir su grosor en mi boca, estaba con ganas de mamársela por horas, lamérsela, chuparle las huevas, hacerle una buena rusa.

    Y había que aprovechar que tú te ibas a demorar en el club y así disfrutar de una buen cogida y ahí contra la puerta lo desnudé y nos pusimos a follar en la sala, lo senté y me le monte agarrándole la verga me la metí en mi panochita y empecé a follármelo nuevamente sintiendo su grosor en mis paredes vaginales fueron cosas de 29 minutos que duramos para luego sacarme la y meterme la en mi trasero por primera vez ese día si me lo lave por qué quería sentir su gruesa verga rompiéndome el trasero y vaya que fue delicioso.

    Poco a poco me deje rodar por su tronco y con movimientos suaves empecé a culear, aumentando la velocidad en la medida que mi trasero fuera dilatando se hasta llegar a tener un buen ritmo, haciéndome gemir y gritar de emoción al sentir su verga entrar y salir de mi trasero, le acariciaba la cabeza con ambas manos, arrimaba mi cabeza a la suya juntando los cachetes y dándonos besos, mientras el con sus manos me estrujaba el trasero, ayudándome en el ritmo de la culiada, me acuerdo tanto de esa vez, que placer tan hijueputa el que sentí, mi cuerpo temblaba en espasmos haciéndome sentir sensaciones excitantes, hasta que me vine en un delicioso orgasmo prolongado, terminando sobre su cuerpo abrazándolo con fuerza y diciéndole lo rico que estuvo.

    Me pare y le ofrecí una cerveza, me fui para la cocina, Le traje la cerveza nos tomamos un sorbo y me hace colocar en cuatro sobre el sofá, se coloca detrás mío, me restriega su verga en mi panochita y trasero, me penetra el trasero. Suavemente, siento que la mete toda rompiéndomelo o como se podría decir sin asco y sin piedad, comenzó a culearme dándome con todo, sentía su gruesa verga entrar y salir de mi trasero.

    La Lucia se me acerca y me dice al oído.

    -Si te estás imaginando como esa gruesa verga entraba en mi apretado culo cabron.

    A lo que le contestó.

    -Huf, si claro que si, acá en mí mente la estoy viendo maldita perra.

    Con Lucia nos besamos apasionadamente se me monta encima y me agarra la cara y me da cachetadas y me dice.

    Te encanta que me cojan otros hombres cornudo de mierda, le doy gracias a la vida por encontrarte en mi camino y así poder disfrutar del sexo en todas sus expresiones, ese día el JP me dio verga todo el rato todo un semental, como a mi me gustan.

    -Cambiamos de pose colocándonos acostados de medio lado me penetra el trasero y con su mano derecha me dedea la panochita dejándome varias chupadas en mi espalda y cuello que tú cabron ni las vistes.

    A lo que le respondo.

    -Debiste de maquillar bien pues nunca las noté .

    Lucia continúo el relato.

    -Volvimos a cambiar de pose, me acuesto boca abajo y se me monta encima me penetra por el trasero y me culea nuevamente dándome con todo, hasta hacerme venir, le dije que fuera al baño y se la lavara por qué quería mamársela, a pesar que me bañe bien siempre queda algo de mierda y así lo hizo, regresando rápidamente se para enfrente mío yo estaba sentada, le agarre la verga y se la lamo por sus costados, le chupo las huevas, mientras lo masturbo, se la mamo, y chupo haciéndola casquear al soltarla, me la restriego por la cara lo miro y le digo que me encanta su verga.

    Cierro mis ojos y me la restriego por la cara, vuelvo y se la mamo por un una buen rato, hasta le hago varias garganta profundas, se la sigo mamado hasta que se viene y abro mi boca colocando su verga sobre mi lengua recibo todo su semen y una que otro chorro cae en la cara dejándome toda untada me trago el que me cae a la boca y le digo.

    -Me encanta que rico sabe.

    Me le acercó y nos besamos por cerca de dos minutos, se la agarro y sigue en erección, lo masturbo, me le montó encima, colocando su verga en la entrada de mí panochita y me dejó rodar por su tronco y empiezo a follar nuevamente, yo estaba dispuesta a sacarle hasta la última gota de semen, gimo, grito y le digo groserías, incitando más pasión y fuego, JP me acaricia, me besa, me chupa las tetas, dejando varios chupones, me estruja las nalgas, me da palmadas, nos besamos en medio de la excitación en la que estamos los dos, cada vez me estaba gustando estar con él, es todo un semental.

    Si hasta le conté a la Mirian y quiso conocerlo y al sábado siguiente quedamos de presentárselo y que como tu ese día ibas a ir a Cajicá con sus amigos a jugar y estabas en el parqueadero cuando llegó la Mirian y luego el JP a quien al entrar y cerrar la puerta nos besamos acariciándonos , la Mirian se acerca y los presento la Mirian expreso calificativos hacia el JP.

    -Buenas papacito mira la Tere con razón lo que se está divirtiendo si está mucho mejor que el Diego, mucho gusto encantada de conocerte.

    A lo que JP le responde.

    -Mucho gusto preciosa.

    La Mirian lo besa en la boca y dice.

    -Bueno vengo a comprobar todo lo bueno que me cuenta la Tere.

    A lo que JP responde.

    -Guau espero y sea buena prensa.

    Nos reímos entre las dos lo llevamos a la sala sentándolo y la Mirian le responde.

    -Espero y no sean puros chismes de cama, por qué vengo con ganas de comprobarlo personalmente.

    A lo que Mirian le pone su mano izquierda sobre su pantalón y luego levanta la mano y con su dedo índice le toca la quijada voltea la cara para besarlo y vuelve a acariciarme el pantalón, mientras yo le quitó el buzo Lacoste, que traía JP, la Mirian se para y soltándose el botón del pantalón, se baja la cremallera y dándose vuelta quedando de espaldas a los dos se lo baja mostrándonos su hilo dental tapando, su trasero y panochita, dejándonos ver sus redondas nalgas.

    Levanta el pantalón lo dobla y lo coloca sobre una de las sillas del comedor, mientras yo le acaricio el pantalón a JP sintiendo su verga en erección debajo de sus pantalones y en ese momento sentimos que la puerta se abre, entras y vez a la Mirian, la saludas de beso en la mejilla y le das la mano saludando a JP que estaba abrazándome por el hombro.

    Esta historia continúa en la parte 2.

    Loading

  • Línea 1 CDMX

    Línea 1 CDMX

    Hace algunos ayeres trabajaba en la hermosa pero conflictiva Santa Fe. De lunes a viernes me desplazaba desde el metro Consulado hasta Candelaria y de ahí a Tacubaya donde salían camiones de “la empresa” que nos llevaban a nuestras “celdas” a trabajar. Ese mismo camión nos dejaba en el mismo lugar y tomaba la misma ruta hasta casa.

    No niego que era un viaje largo pero que disfrutaba ya que siempre me iba en “la cajita feliz”. Para aquellos que no sepan que es: básicamente es el último vagón del metro donde encontraran a puro hombre tocando vergas y nalgas ajenas, aprovechando lo atascado que se pone un lunes por la tarde en hora pico en el metro de la CDMX.

    Hasta este momento, los encuentros que he tenido han sido vestido de hombre. No pasaba de que se la sacaran y se las jalaba. Lo que realmente quería: ir en hora pico así tal cual pero vestida. La pregunta era: ¿cómo como le hago? Tenía que ir vestido de hombre al trabajo. Mil preguntas pasaban por mi cabeza:

    ¿Dónde me iba a vestir y maquillar? ¿Y si uno de mis compañeros se quedaba ahí en Tacubaya por algo y me reconocía?

    Toda la semana estuve pensando y planeando desde la ropa que me iba a poner hasta el día que me iba a atrever a hacerlo.

    El día decidí que iba a ser el viernes aprovechando que era quincena y que iba a estar más lleno de lo normal. Aquellos paisanos chilangos, sabrán a lo que me refiero.

    La ropa:

    Minifalda ajustada a medio muslo cuadrada negro con blanco y gris. De corte colombiano que realza las nalgas.

    Blusa blanca ejecutiva semitransparente

    Bra negro que resaltaba sobre la blusa pero de forma discreta. En cada copa, sus respectivos silicones.

    Pantiliguero a la ingle negro, cachetero vino o como dice SHEIN: Burdeos. Botas a medio tobillo de tacón bajo.

    El lugar donde decidí cambiarme era un hotel de paso afuera del metro Tacubaya.

    Llegó el viernes y la hora Yaba-daba-Doo (generación x y posiblemente millenials entenderán la referencia de la hora)

    Llegamos al metro, me despedí de mis compañeros y me disculpé porque “iba a pasar una amiga por mí”. Llego al hotel, los nervios al mil. Nunca había hecho tal barbaridad. No salir vestida y menos a lugar como el metro. Fume yo creo que media cajetilla de cigarros. Me decidí y salí.

    Al momento que sentí como el aire se filtraba por mi falda, a lo mejor sonará raro, pero me dio más fuerza. Me hizo sentir por alguna razón: más mujer.

    Muchos me volteaban a ver y hasta dos o tres piropos me llevé. Entro al metro y me voy hasta el último vagón, quedando en la esquina contraria de la puerta.

    En Chapultepec se acabó de llenar el vagón. Sentía como me aplastaban mis chichis, no cabía ni un alfiler ya. Un güey se puso atrás de mí, pero no me pelaba, le estaba agarrando la verga a otro güey que la tenía de fuera. Pensé que no iba ser mi día.

    Llegamos a Balderas y un movimiento grande entre los que salían y entraban. Los dos tipos atrás de mí siguen con lo suyo y pues yo tratando de mantener el equilibrio, abrazando mi mochila entre empujones.

    Cuando nos volvimos a acomodar igual lleno y sintiendo en mis nalgas como el tipo se la jalaba al otro, sentí una caricia en mi pierna izquierda. No le había percatado que no era el mismo que estaba. Traje con corbata Godín, moreno, no feo.

    Su mano migraba lentamente de mi pierna a mi nalga, apretándola como plastilina. No sé si mi oficinista pidió chance a los chavos de atrás, lo que sí sé es que no tardo mucho para ponerse atrás mío. De su pantalón de vestir ya se le sentía dura, me la embarraba entre las nalgas en el vaivén del metro y de los cuerpos dentro de éste.

    Baje mi mano izquierda para sobársela por encima del pantalón, el muy atrevido metió su mano bajo mi falda, levantándola, viendo mi “lingerie”. Yo con la mano derecha trababa de bajarla por delante mientras me sabroseaba todas las nalgas. El güey que estaba adelante de mí, viendo hacia la puerta, imagino que sintió la falda subirse o yo luchando por bajarla, el caso es que baja la mirada, baja su mano y me la quita. Estaba completamente expuesta con mi falda como cinturón.

    El calor del vagón y el calor de mi cuerpo tuvieron que ceder. Al fulano que me estaba embarrando la verga por encima de mi calzón pero aún en el pantalón, le bajé el cierre, me ayudó a sacarla empezándola a jalar. Se sentía rica. No muy gruesa, no muy larga, pero llena de venas, dura y babeando ya. Al de adelante repetí la misma operación. Se acomodó para quedar enfrente de mí. Le abrí el cierre, se la sacó y se la empecé a jalar. Los gueyes que estaban a lado se dieron cuenta, ya la atención era para este lado del vagón, lo cual si me daba algo de pena, pero que carajo!!! Tenía dos vergas en ambas manos y mi falda levantada, ahora ya con otros dos manoseándome las piernas. Si me sentía la más puta.

    No habrá pasado dos ó tres estaciones, a la mitad de una el muy hijo de puta del oficinista, empezó a jugar con el encaje en mis nalgas, muy lenta y discretamente empezó a bajarlo. Al sentir esto, dejé la verga del de adelante, metí la mano a mi mochila y saqué un condón. Cuando se la deje de jalar, se sacó de onda, cuando le enseñe el condón, solo con los labios pronunció: “Que rico”.

    Pasó el látex, siento que toca la entrada. Se la agarre más que nada para verificar que si

    Se había protegido. Siento como con sus dedos me pone saliva en la cola y mientras el metro avanzaba, cada movimiento la sentía más adentro de mí. Sentía una desesperación por gemir, solo los ahogaba para no llamar más la atención de la que ya tenía bastante o eso creía yo.

    Ya ni sabía en qué estación iba, ni me importaba. Me estaban clavando, tenía una verga en la mano y dos tipos manoseándome.

    Llegábamos a una estación, poniendo atención de que nadie nos viera. No tardó mucho cuando sentí como explotaba dentro de mi entre estaciones. Solo dejaba salir pequeños pujitos que hasta se me hicieron tiernos. Llegamos a la siguiente estación que otra vez no vi por estarme arreglando. Cerrando las puertas, le pregunté al chavo que aún le agarraba la verga en qué estación íbamos. No me percaté en serio, pero ya había llegado a Pantitlán.

    En el túnel antes de llegar a la estación, se detiene el metro bruscamente, se va la luz y por el altavoz se escucha al conductor decir que íbamos a estar parados y sin luz por 10 minutos. El fulano se acercó a mi oído y me dice: “¿No tienes otro condón?”

    Mujer prevenida vale por dos y los condones los venden en paquetes de tres.

    Ya sin tanta gente se puso atrás de mí, de un jalón me bajó el calzón y nuevamente mi cola volvió a recibir verga ese día. No necesito 10 minutos. Terminó en 5 y en el sexto minuto empezamos a avanzar.

    Decidí tomar un taxi de sitio en Pantitlán. Lo que se me hacía raro es que sentía en mi panocha de Travestí así medio viscoso, resbaloso. Recordando y por las prisas, ya no cheque si se había protegido. Empecé medio a molestarme y preocuparme porque estaba segura que este cabrón lo pidió y ni se lo puso. Llegué a casa, al entrar me percaté que mi falda estaba llena de semen. Me desnudé en friega, tomé papel de baño para limpiarme de este bastardo.

    Al pasar el papel, siento algo raro pero que podía jalar. Era el condón que se había atorado en mi culo. Mi paz regreso.

    Gracias por leer.

    Loading

  • Cornudo dominado

    Cornudo dominado

    Ana entró al departamento arrastrando los pies, con el pelo desordenado, la boca hinchada y una mancha oscura que trepaba por la falda hasta el muslo. La falda, rota y pegada a la piel por el sudor y la suciedad, tenía marcas de dedos que la manosearon con rabia y sin tregua. Ni siquiera cerró la puerta bien; la dejó abierta como una invitación para que el aire sucio entrara junto con su vergüenza.

    Esteban seguía ahí, como un estúpido, parado frente a la ventana, inmóvil, tragando saliva y sin atreverse a mirarla.

    Ella lo cruzó con la mirada, lenta, y se sacó los tacos uno a uno, dejándolos caer al suelo con un ruido seco. La sonrisa torcida iluminaba sus labios manchados de rojo y saliva seca.

    —¿No vas a preguntarme dónde estuve, pelotudo? —dijo despacio, desafiándolo.

    Se sentó en el borde de la mesa con cuidado fingido, como si sentarse fuera un tormento, pero sus ojos brillaban con un fuego oscuro.

    —Me dejaron hecha mierda. —Se rió, levantando la falda hasta la cintura, revelando la carne marcada y húmeda—. Mirá esta concha, roja, hinchada, abierta como una puerta de burdel. Me la cogieron todos sin pedir permiso, como si fuera una muñeca de trapo rota. Me tiraron del pelo, me mordieron, me escupieron, me usaron de sucia sin importarle nada.

    Un hilo espeso, blanco y caliente resbalaba desde su entrada, goteando sobre su muslo con un ritmo lento, repitiendo el castigo que le habían dado.

    —Uno me levantó la pollera y dijo: “Esta ya viene mojada, está pidiendo verga esta trola”. Me empujaron contra la pared, me doblaron en dos, me hicieron gritar como una perra en celo. Y yo… yo me corrí como una puta desesperada. Me pusieron en cuatro, me rompieron el culo, me dejaron el orto lleno y sangrando.

    Esteban la miraba sin poder decir nada, tragando saliva con la boca seca, como si escucharla fuera humillarlo en el aire mismo que respiraba.

    —¿Querés saber lo peor? —dijo Ana, bajando la falda otra vez y sacudiéndose el polvo de las piernas—. Esta mañana, mientras vos laburabas como un pelotudo, entró Juan. Ese hijo de puta que siempre me mira el culo cuando venís con él. Ni siquiera me saludó, me agarró de la cintura y me aplastó contra la heladera.

    Ella se llevó una mano al pecho, tocándose el pezón duro, duro, bajo la camisa manchada.

    —Me bajó la bombacha y me partió el orto ahí mismo, con furia. Me dobló sobre la mesa donde vos comés, escupiéndome entre las nalgas y metiéndola sin pedir permiso. “¿Esto no te lo hace el boludo de tu marido? —me susurraba—. ¿Esto te lo da ese pobre infeliz?”. Y yo asentía, gimiendo, sintiendo cada embestida como un puñal directo al alma.

    Se tocó la boca con la punta de la lengua, manchada de saliva y sangre seca.

    —Se vino adentro, reventándome el culo. Me apretó fuerte las caderas y se fue sin decir ni chau, como si yo fuera un trapo sucio que ya no servía.

    Ana se chupó el dedo índice, húmedo y tembloroso.

    —Y después, subí al auto con un tipo cualquiera, no sé ni cómo se llama. Me miró y sonrió, me dijo “subí” y no me preguntó nada más. Me bajó la ropa, me abrió las piernas, me colgó los muslos en los hombros y me la metió parada, sin pausa, sin piedad. El asiento crujía, yo gemía, y él no paraba de clavarme hasta que acabé contra el vidrio, rota, empapada.

    —Cuando terminó, me abrió con los dedos y se puso a chuparme la leche caliente, limpiando todo con la lengua como un perro hambriento. “Qué rica estás, puta”, me decía. Y yo me corrí de nuevo, desesperada, rota.

    —Y para colmo, vino Martín, ese bruto gigante que no sabe más que romper y hacer daño. Me dio vuelta, me tiró sobre una mesa sucia llena de grasa y me la metió en el orto sin aviso, sin preguntar. Me quemaba, me ardía, me reventaba, y mientras me destrozaba, los otros se cagaban de risa: “¡Dale culiao, metele toda que esta se banca lo que venga!”, “¡Estás hecha una puta, mamita, reventala!”.

    Ana abrió más las piernas, dejando caer otra gota blanca y caliente desde su concha ensangrentada.

    —Estoy rota, Esteban. Toda usada, toda llena, con la concha abierta y el culo marcado. Caminando torcida, sin poder ni sostenerme.

    Se acercó, le rozó la barbilla con dos dedos duros.

    —Sos mi marido. Pero eso no te da derecho a nada. No a preguntar, ni a opinar, ni a hacer nada. Sos el que espera, el que limpia, el que mira, el puto cornudo.

    Esteban bajó la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos.

    Esteban no dijo ni una palabra. La cabeza le pesaba, clavada entre los hombros, la respiración agitada, la cara ardiendo de vergüenza, deseo y derrota. Sus ojos evitaban los de Ana, que lo fulminaba con la mirada, implacable.

    Ella se bajó de la mesa sin apuro, parándose justo frente a él. Abrió las piernas con descaro, dejando a la vista su concha hinchada, roja, chorreando ese semen ajeno que todavía goteaba lento y caliente.

    —¿Qué mirás, pelotudo? —le escupió con desprecio—. ¿Querés probar un poco de lo que me dejaron los machos de verdad? ¿O vas a seguir ahí, congelado?

    Esteban no abrió la boca.

    Ana le agarró la cabeza de un tirón, con mano firme, y la empujó hacia abajo.

    —¿Querés saber a qué sabe una puta bien cogida?

    Sin esperar respuesta, subió otra vez a la mesa, abrió las piernas al máximo, y le apuntó con el sexo mojado, brillando, sucio, gota tras gota cayendo sobre el suelo.

    —Arrodillate, cornudo. Dale, al piso. Como el perro que sos.

    Él bajó sin decir ni mu. Se arrastró torpemente, hasta quedar entre sus piernas abiertas, con la nariz a la altura de su vulva ensangrentada.

    —Limpiame. Chupame toda la leche que me dejaron adentro. Tragátela toda, basura. No dejes ni una gota, sorete.

    Esteban hundió la cara sin dudar. La boca se abrió, la lengua arrancó su recorrido por cada pliegue caliente, cada rincón húmedo, lamió sin descanso. Bajó con reverencia por el culo abierto, sucio, marcado y sangrante.

    Mientras lo miraba con una sonrisa perversa, Ana se tocaba los senos, acariciándolos despacio, gozando de su poder.

    —Así me gusta. Comete toda la leche ajena, putito. Mirá cómo te la tenés chorreando. ¿Te gusta la leche de otro en la boca, eh? ¿Te gusta que te humillen así?

    Le hundió la cabeza con fuerza, reclamando más.

    —Chupame bien el culo también, que Juan me dejó lleno ahí adentro y todavía me gotea, animal. ¡Más fuerte, boludo! ¡Limpialo todo!

    Esteban gimió entre sus piernas, entregado, humillado, sin más voluntad que la de complacerla. La cara le brillaba, los labios se le humedecían, la lengua pegajosa y rápida.

    —Sos un trapo. Un trapo de piso. Mirá cómo te tengo: tragando leche de otros, chupando la concha rota de tu mujer, limpiando con la lengua lo que me dejaron. ¡Eso sos! ¡Nada más que un puto cornudo para mí!

    Ana se arqueó, una ola de placer mezclada con dominio la recorrió.

    —¡Me hacés acabar, la puta madre! —gritó con rabia y goce—. ¡Me hacés acabar con la lengua toda sucia, comiéndome como un esclavo!

    Con un movimiento brusco, le apretó la cabeza contra su sexo y se vino, derramando toda su humedad caliente sobre la cara de Esteban. Sin piedad, le restregó la concha llena de leche y sangre, la frotó por la nariz, los labios, la frente.

    —Tomá, comete mi leche ahora. Revolcada, mezclada, toda sucia. Así te gusta, putito.

    Esteban no se movió. Se quedó ahí, chupando, tragando, babeando, hundido en su humillación más profunda.

    Ana lo empujó con el pie, como si fuera un objeto.

    —Listo. Volvé a tu lugar, perro. Ya me serviste.

    Él se arrastró para sentarse en el piso, como un perro mojado. La cara le chorreaba, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas, derrotado.

    Ana se acomodó la ropa, encendió un cigarro y lo miró de reojo, cruel.

    —Buen cornudo. Así te quiero.

    Ana lo miró con asco, esa sonrisa torcida que parecía hecha de veneno.

    —¿Sabés qué, pelotudo? Mientras vos te partías el lomo en el laburo, yo me cogía a otro en esta cama. Acá. En la misma cama donde vos te me subís con esa poronguita triste que apenas me toca. Un macho de verdad. Con una verga como un fierro caliente. Me rompió toda. Me acabó adentro tantas veces que estuve todo el día con la concha goteando.

    Esteban tragaba saliva, con los ojos clavados en el suelo, cada palabra cayéndole encima como una piedra.

    —Y sí. Me dejó embarazada, cornudo —le escupió—. Tres meses llevo con el pendejo de otro adentro, y vos ahí… chupando leche ajena como un pobre perro.

    Lo montó de golpe. Se sentó sobre él con bronca, como si lo castigara. Rebotaba como una yegua salvaje, riéndose sucia, con los dientes apretados de goce y odio.

    —¿Querés saber cómo fue?

    Y lo vio todo. Ella, empapada, desnuda, cabalgando como una puta poseída sobre ese tipo que la llenó. Lo tenía adentro hasta el fondo, se movía sola, desesperada, con la boca abierta, gimiendo como una enferma. Él le agarraba el culo con las dos manos, se la cogía con furia, sin pausa, acabando adentro como si la estuviera marcando.

    Nuestra cama se sacudía con violencia. Una cama de dos, manchada por tres.

    Y ahí, mientras se lo cogía a Esteban como castigo, le tiró otra bomba:

    —Y no fue solo él, ¿eh?

    Esteban la miró de reojo, roto.

    Ana se inclinó y le escupió la cara.

    Esteban levantó la vista apenas, como si le costara respirar.

    —Sí, así como te digo. En el baño de un boliche. Ni me acuerdo el nombre del chabón. Me vio pasar con ese shortcito negro —ese que me metía en el medio del orto y dejaba media concha al aire— y me siguió sin decir nada. Me agarró de los pelos, me empujó contra el lavamanos y me la clavó sin avisar.

    Lo miró con burla, con goce en la voz.

    —Ni me bajó del todo la ropa. Solo me corrió el short ese que me partía la raya. Me la mandó así nomás, sin forro. A lo bruto. Sin preguntar. Me cogió rápido, sucio, duro. Como una cosa. Y acabó adentro mío. Todo. Hasta la última gota.

    Se inclinó hasta su cara.

    —Y yo… me corrí igual. Sin culpa. Empapada. Con la bombacha chorreando leche de otro. Caminé por el boliche como si nada, con el culo marcado, el ojete transpirado, y ese short todo metido en el medio. Como una puta. Le agarró la cara con fuerza.

    —Y no se quiso sacar. No le importó un carajo. Se vino adentro, fuerte, profundo, caliente. Y yo… no dije nada. Me quedé quietita. Me corrí igual. Gimiendo. Como una puta agradecida.

    Esteban cerró los ojos.

    —Salí del baño con la bombacha empapada y la concha chorreando leche de un desconocido. Y vos esa noche me esperabas con la comida calentita, como un buen marido. Qué boludo.

    Ana se bajó de él, se limpió con su remera, como si se secara el desprecio.

    —Ah, cierto… —dijo mientras tecleaba en el celular—. Mañana vamos al obstetra. Vas a escuchar el corazón del hijo que no es tuyo. Y vas a sonreír como un papá ejemplar. Como el buen cornudo que sos.

    Se fue al baño, caminando desnuda, con la concha abierta, la espalda recta y el culo lleno de marcas.

    Esteban quedó ahí, con la cara húmeda, la verga flácida, y el alma hecha trizas.

    Loading

  • Nunca dejé de ser suya (1)

    Nunca dejé de ser suya (1)

    Advertencia:

    El siguiente relato es la introducción de mi historia, por lo que no cuenta con tanto contenido erótico como las siguientes partes. Hay descripciones largas sobre personalidades y lugares. Sobra decir que los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los implicados en este triángulo amoroso. Sin más por el momento, les comparto mi relato:

    Me casé joven y enamorada; yo (Jazmín) tenía 19, mi esposo (Francisco) 22. Yo mido 1.55 cm. Soy muy delgada. Mi cabello es lacio y negro. Mis pechos son de tamaño mediano y mi trasero es grande a pesar de mi baja estatura. Mi mejor atributo, según mi esposo son mis labios gruesos y mis piernas trabajadas durante horas en el gimnasio. Mi piel es casi completamente lisa, casi no tengo lunares. Mi esposo mide 168 cm, era guapo de rostro aunque tenía un poco de sobrepeso.

    A pesar de casarnos enamorados, atravesamos desde el principio problemas emocionales y de convivencia que dieron como resultado que nos separáramos poco tiempo después de casarnos.

    Nuestra vida sexual era muy buena. Nada que reclamarle. Francisco siempre fue un caballero conmigo dentro y fuera de casa, y en la cama era todo un semental, un macho, un hombre. Tenía una energía sexual a la que me costaba seguirle el paso, a pesar de su sobrepeso, y un deseo inagotable por mi cuerpo, al que yo siempre me entregaba sin reservas. Ambos éramos vírgenes cuando nos conocimos y fue mutuo el descubrimiento en el mundo del placer carnal. Había confianza suficiente para expresar nuestras fantasías y deseo de sobra para llevarlas a cabo. su inexperiencia la compensaba con energía y deseo.

    Una de las cosas que más le excitaban a él eran que yo le hiciera sexo oral, ya fuera antes del sexo, en cada cambio de posición o al terminar, cosa que me pedía muy a menudo, pues le excitaba demasiado descargar su semen en mi boca y ver cómo yo me lo bebía. Al principio no era de mi agrado hacerlo, pues su sabor resultaba extraño para mí, pero con el tiempo me fui acostumbrando y me encantaba verlo disfrutar tanto. Amaba que sus piernas temblaran cuando lo succionaba y a veces incluso gemía y me decía cosas sucias. Con el tiempo, mi boca se volvió el lugar predeterminado en el que mi esposo se venía, pues no nos gustaba usar condones.

    Yo, por otra parte, me excitaba a través de la imaginación. A veces jugábamos a que éramos amantes o que éramos completos desconocidos que se conocieron en un bar y, llevados por el deseo, habían decidido hacer el amor sin más. Otra fantasía que usábamos a menudo (y que me da un poco de vergüenza contar) es que yo era una nativa mexicana y él un conquistador español.

    Los primeros meses sin él la pasé fatal. Él había sido mi primer amigo íntimo, mi primer novio y el primer hombre que conocí en una cama. Nunca me había imaginado vivir sin él y una soledad me eclipsaba y me asechaba todo el tiempo, sobre todo en las noches. La cama se sentía inmensa sin él.

    Fue en esa soledad que conocí a Agustín, un hombre 11 años mayor que yo. Habían pasado dos años desde nuestra separación, por lo que ahora yo tenía 21 años; él, 32. Media 167 cm. Era delgado, de cara normal y en general no muy guapo. Sin embargo, tenía labios gruesos, cosa que me encantaba sentir cuando nos besábamos, a diferencia de Francisco, cuyos labios eran delgados. Además, quizás por su experiencia, besaba rico y era bueno para calentarme en general. Sabía cómo, cuándo y dónde poner sus manos. En lo demás, era lo opuesto a mi marido: mientras Francisco era más bohemio, Agustín era muy trabajador.

    Pero así como tenía lo que a mi esposo le faltaba, también le faltaba lo que mi esposo tenía. El carácter de Agustín a veces era desagradable. Se enojaba con mucha facilidad y no era muy culto. Por el contrario, Francisco, a pesar de su energía, tenía un carácter apacible. Rara vez se enojaba y nunca perdía la calma. Jamás me levantó la voz (fuera del sexo, donde me encantaba que lo hiciera) y tenía una ortografía impecable. Si no era un profesionista de cualquier tipo, era porque estaba enamorado de su tiempo libre y sus aficiones. Tocaba el piano, jugaba baloncesto, nadaba y sabía 3 idiomas. Francisco solo trabajaba lo justo para no morir de hambre. Nada más.

    Agustín, por el contrario, el único pasatiempo que tenía era emborracharse y seducir mujeres. Si no estaba en el trabajo, estaba en el bar. Tenía una pésima ortografía y no era demasiado inteligente, pero me daba atención. Lo conocí porque él es conductor de una plataforma de transporte y me ofreció intercambiar números con la excusa de si algún día necesitaba un servicio especial o fuera de horario.

    Comenzó a escribirme halagos y cada vez se fue metiendo más en mi vida. Me buscaba mucho y siempre estaba al pendiente de mí. Al principio lo rechazaba y le decía que era casada. Y lo era, pues nunca me divorcié oficialmente, pero eso pareció excitativo más y, con el tiempo, la soledad y la falta de sexo y de estímulos hizo que terminara aceptándole una cita. Francisco no estaba y Agustín sí. ¿Qué más podía hacer?

    La primera cita que tuvimos fue en un bar alejado de la ciudad. La zona no era fea, pero el bar no era del todo de mi agrado, pues rallando lo vulgar. No me encantó físicamente cuando lo vi. No recordaba cómo era y en su perfil no subía fotos suyas. Habíamos hablado lo suficientemente por chat como para saber nuestras intenciones y esa cita fue únicamente para formalizar una relación que ya habíamos cosechado 3 meses atrás.

    Las citas se repitieron y la pasión no tardó en llegar. Ese hombre sabía cómo tratar a una mujer. A veces me hablaba de sus romances pasados y sus aventuras con mujeres casadas y no cabía duda: ese hombre sabía lo que hacía. Por lo general nos veíamos por las noches en zonas donde fuese poco probable encontrar a algún conocido mío. Me enseñó a manejar y me dio tal confianza en mí misma que empecé a trabajar en la misma plataforma que él.

    Los fines de semana, después de trabajar unas horas, íbamos al mismo bar donde nos conocimos y bebíamos mezcal o cocteles. Él prefería la cerveza. Él me presentaba como su novia ante sus amigos y yo, aunque al principio me incomodaba, el rencor que guardaba por mi marido hizo que aceptara sin más que ahora era la novia de Agustín. Francisco no se podía quejar, pues se había ido.

    Aun así, debo admitir que mi conciencia no me dejaba tranquila del todo. Yo no me había divorciado y ser infiel, aunque mi esposo ya no estuviera conmigo, no me era algo fácil de hacer, así que solía beber para achicar la culpa en alcohol, cosa que funcionaba temporalmente. Después de beber, íbamos a algún estacionamiento o calle solitaria donde, sin salir del auto y llevados por el alcohol dábamos rienda suelta a nuestras pasiones: él disfrutaba de intentar poseer a la mujer de otro hombre y yo me volvía con la idea de que lo consiguiera, de dejarme conquistar, de entregarme al deseo de un hombre que me valoró más que mi esposo y que, a primeras luces, parecía mejor que él.

    La primera vez que pasamos al siguiente nivel fue un viernes. Yo traía un vestido corto color amarillo de algodón suave con figuras de flores. y aunque usaba tenis para manejar, cuando terminaba de conducir me los cambiaba por un zapatos de tacón alto color negro. Después de beber, dejé mi auto en el estacionamiento junto al bar y me subí en su camioneta blanca. Era enorme y olía a nuevo. Agustín a había comprado para dar servicios de lujo para bodas y fiestas de 15 años. Esas camionetas eran caras y solían ser usadas por guardaespaldas y famosos.

    Se estacionó en una calle sin pavimentar que de un lado daba a la parte trasera de un fraccionamiento (o residencial) por lo que no había puertas ni ventanas que nos pudiesen ver, solo un enorme muro color blanco. Al otro lado de la calle había un terreno baldío lleno de árboles. La calle era amplia pero no había ningún otro auto estacionado. Al parecer, estaba hecha para que camiones grandes pudieran transportar material de construcción a estas casas, pero la residencial estaba terminada y ya no pasaba nadie por ahí.

    No habría testigos…

    Al principio, él se inclinó de su asiento para besarme y yo, sentada recta en el asiento del copiloto, le correspondí. A pesar de que sus dientes estaban un poco sucios, en ese momento yo estaba súper caliente y nada me importaba. Estaba encerrada en un auto con un hombre y la tensión sexual que había en el aire, sumada al humedad que comenzaba a llenar mi vulva inundaba el ambiente. Cerré mis ojos para encerrarme en las sensaciones del momento y me dejé llevar.

    Sus gruesos labios besaban mi labio inferior. Su lengua intentaba penetrar mi boca, cosa que permití abriendo mis labios lentamente. nunca me habían gustado los besos de lengua y rara vez le permitía a Francisco besarme de lengua pero esta vez se lo permití a Agustín.

    Sentía como su lengua rozaba la mía y decidí seguirle el juego moviendo la mía también. Ambas se tocaban con pasión y sentía como una de sus manos acariciaba mi oreja con ternura; después, mi cuello, para seguir bajando por mi garganta hasta mi pecho y se detuvo ahí para apretar uno de mis senos por encima de la ropa. Todo eso sin dejar de besarme. Escuchar su respiración agitada me excitaba más y no pude evitar gemir mientras su lengua seguía dentro de mi boca.

    Por momentos sentía que me dormía por el alcohol y la hora, y que comenzaba a ser más torpe en los movimientos de mis labios pero entonces recordaba la excitación del momento y el morbo me despertaba. Agustín dejó de besarme e hizo su asiento hacia atrás. Luego me tomó de la cintura y me jaló hacia su cuerpo pero no me movió demasiado. Me quedé mirándolo sin saber exactamente qué esperaba hacer.

    -Súbete arriba de mí. -Me dijo mientras jalaba mi mano hacia él.

    Me subí encima de él con las piernas abiertas y comencé a besarle. La camioneta era muy grande, por lo que sobraba espacio. Él acariciaba mi cintura con una mano y con la otra mi pecho. Después, una de sus manos fue pasando poco a poco por mi muslo hasta llegar a mis bragas. Comenzó a acariciar mi vulva por encima de la ropa. Con sus dedos movió mi ropa interior y comenzó a acariciar mi clítoris. Era hábil. Se notaba su experiencia y sus dedos eran gruesos y largos.

    Yo dejé de besarlo y, haciendo mi cabeza hacia atrás comencé a gemir. Este hombre sabía usar sus manos. Movía mis labios vaginales con maestría. Yo ya no podía más.

    -¡Espera! -Le dije y me senté de lado para quitarme las bragas. Él me las arrebató y las olió mientras me miraba con lascivia.

    Volví a ponerme encima de él y entonces conocí su arma secreta: su técnica al meter los dedos. Al principio me acariciaba los labios y el clítoris suavemente para después meterme un dedo. Luego dos y así comenzó a estimular dentro de mi vagina. Después de unos cinco minutos de gozar de las maravillosas que este hombre podía hacer con sus dedos, completamente borracha de placer solo alcancé a decirle:

    -Cógeme.

    Loading