Autor: admin

  • Llamas prohibidas (2)

    Llamas prohibidas (2)

    La facultad estaba silenciosa al amanecer, el eco de los pasos de Carlos resonando en los pasillos vacíos. Había pasado una semana desde aquel jueves bajo la lluvia, y el recuerdo del beso de Laura seguía quemándole la piel. Cada clase era una prueba de fuego: verla en la tercera fila, con su cuaderno lleno de garabatos y esa mirada que lo desarmaba, era un recordatorio de lo que habían hecho y de lo que no podían repetir. Pero su cuerpo y su mente estaban en guerra.
    Carlos se encerró en su despacho, intentando concentrarse en un artículo sobre dolo eventual. Las palabras se desdibujaban en la pantalla, reemplazadas por la imagen de Laura, su blusa desabrochada, su respiración entrecortada. Sacudió la cabeza, maldiciendo en voz baja. Era un profesor respetado, con una carrera sólida y un matrimonio que, aunque desgastado, aún lo ataba. Cruzar esa línea no solo era un riesgo personal; podía destruirlo todo.
    Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Antes de que pudiera responder, Laura entró, cerrando la puerta tras de sí. Llevaba un jersey azul que abrazaba sus curvas y una falda que terminaba justo por encima de las rodillas. Sus ojos verdes tenían un brillo decidido, como si hubiera tomado una resolución.—Laura, no deberías estar aquí —dijo Carlos, levantándose de la silla, pero su voz sonó más débil de lo que pretendía.
    Ella dio un paso hacia él, ignorando la advertencia. —No he dejado de pensar en ti, Carlos. En lo que pasó. Y sé que tú tampoco. Él apretó los puños, luchando contra el impulso de acercarse. —Esto es una locura. Soy tu profesor. Estoy casado. Si alguien se entera…
    Él apretó los puños, luchando contra el impulso de acercarse. —Esto es una locura. Soy tu profesor. Estoy casado. Si alguien se entera…—Nadie lo sabrá —interrumpió ella, acercándose hasta que solo un escritorio los separaba—. No quiero hacerte daño. Solo quiero… esto. —Su voz tembló, pero sus ojos no vacilaron.
    Carlos sintió el aire cargarse de nuevo, como aquella tarde en el aula. Sabía que debía echarla, poner fin a esto antes de que se saliera de control. Pero la verdad era que no quería. La quería a ella, con una intensidad que lo asustaba. Laura rodeó el escritorio, deteniéndose a centímetros de él. Su perfume, ese mismo aroma suave que lo había perseguido en sueños, llenó sus sentidos.
    —No puedo seguir fingiendo que no siento nada —susurró Laura, posando una mano en su pecho. El contacto fue como una chispa.
    Carlos la miró, atrapado entre el deber y el deseo. —Laura, esto nos destruirá. A los dos. Ella negó con la cabeza, sus dedos deslizándose hacia su nuca. —O nos salvará. No hubo más palabras. Carlos la atrajo hacia él, besándola con una urgencia que borró toda razón. Esta vez no había lluvia que amortiguara el mundo exterior, solo el latido acelerado de sus corazones y el crujido del escritorio bajo el peso de sus cuerpos.
    Las manos de Laura exploraron su camisa, desabrochándola con una mezcla de torpeza y determinación. Él respondió levantando su jersey, sus dedos trazando la curva de su cintura, perdiéndose en la suavidad de su piel. El despacho, con sus estanterías llenas de libros y el olor a papel viejo, se convirtió en un refugio temporal. Cada caricia era un desafío a las reglas, cada beso un paso más hacia un abismo del que no había retorno.
    Laura se aferró a él, sus labios rozando su oído mientras murmuraba su nombre, y Carlos sintió que el mundo fuera de esa habitación dejaba de existir. Pero el momento se rompió con el sonido de unos pasos en el pasillo. Ambos se quedaron inmóviles, jadeantes, mientras las voces de dos colegas pasaban frente a la puerta. La realidad irrumpió como un balde de agua fría.
    Carlos se apartó, pasándose una mano por el cabello, intentando recuperar el control.—Esto tiene que parar, Laura —dijo, su voz quebrada por la frustración—. No podemos seguir. Ella lo miró, con las mejillas encendidas y los labios hinchados por los besos. —Dime que no me quieres, y me iré. Ahora mismo.
    Carlos abrió la boca, pero las palabras no salieron. No podía mentir, no cuando cada fibra de su ser gritaba por ella. Laura dio un paso atrás, ajustándose el jersey con una calma que contrastaba con el torbellino en sus ojos.—No me rendiré, Carlos —dijo suavemente—. Sé que sientes lo mismo.
    Sin esperar respuesta, salió del despacho, dejando tras de sí el eco de su presencia. Carlos se dejó caer en la silla, el peso de sus decisiones aplastándolo. Sabía que debía poner fin a esto, hablar con su esposa, establecer límites claros. Pero en el fondo, una parte de él ya estaba planeando la próxima vez que la vería.
    Esa noche, en casa, mientras su esposa dormía a su lado, Carlos miró el techo, atrapado en el recuerdo de Laura. Las llamas de su deseo eran un incendio que no podía apagar, y temía que, tarde o temprano, todo ardería.
    El despacho de Carlos estaba sumido en una quietud que parecía contener el aliento. La puerta, cerrada con llave tras la salida de Laura, seguía siendo una barrera frágil contra lo inevitable. Era viernes por la tarde, y la facultad estaba casi desierta, con solo el zumbido lejano de una máquina de limpieza rompiendo el silencio. Carlos había intentado trabajar, corregir exámenes, cualquier cosa para distraerse, pero el recuerdo de Laura, su voz desafiante y sus manos en su piel, lo perseguía como un espectro.
    Un golpe suave en la puerta lo hizo tensarse. Sabía quién era antes de abrir. Laura estaba allí, con una gabardina negra que caía hasta las rodillas y el cabello suelto, húmedo por la llovizna de octubre. Sus ojos verdes lo atravesaron, cargados de una determinación que no admitía dudas.—Dijiste que no podías seguir —dijo ella, entrando sin esperar invitación—. Pero aquí estoy. Y tú no me Y tú no me estás echando.
    Carlos cerró la puerta tras ella, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y deseo. —Laura, esto es un error —murmuró, pero su voz carecía de firmeza.
    Ella se acercó, dejando caer la gabardina al suelo. Debajo, llevaba un vestido ajustado de color burdeos que marcaba cada curva de su cuerpo. —Entonces, dime que me vaya —susurró, deteniéndose a un paso de él—. Dímelo ahora.
    No pudo. En lugar de eso, sus manos encontraron la cintura de Laura, atrayéndola hacia él con una urgencia que borró cualquier resto de razón. Sus labios se encontraron en un beso profundo, hambriento, que sabía a transgresión y a promesas rotas. Laura respondió con la misma intensidad, sus dedos deslizándose por el cuello de Carlos, desabrochando los primeros botones de su camisa con una destreza que delataba su deseo.
    El escritorio, testigo mudo de su primer encuentro, volvió a ser su refugio. Carlos la alzó con facilidad, sentándola sobre la madera mientras sus manos exploraban la suavidad de su piel bajo el vestido. Laura dejó escapar un suspiro cuando él besó su cuello, descendiendo lentamente hacia el escote, donde el tejido cedía ante sus dedos. El calor de sus cuerpos se mezclaba con el aroma a lluvia que se colaba por una ventana entreabierta, creando una atmósfera que los aislaba del mundo.
    Laura se arqueó contra él, sus manos recorriendo la espalda de Carlos, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa. Él, con una mezcla de reverencia y desesperación, deslizó el vestido por sus hombros, revelando la piel pálida que había imaginado en cada rincón oscuro de su mente. Cada caricia era un desafío a las reglas que los separaban, cada roce un paso más hacia lo prohibido. Ella lo atrajo más cerca, sus piernas rodeándolo, y el espacio entre ellos desapareció.
    El tiempo se desvaneció en un torbellino de sensaciones. Los dedos de Laura se enredaron en el cabello de Carlos, guiándolo mientras sus labios trazaban senderos ardientes por su clavícula. Él respondió con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus movimientos, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella antes de que la realidad los alcanzara. Los gemidos suaves de Laura, amortiguados por el roce de sus cuerpos, llenaban el aire, mezclándose con el latido acelerado de sus corazones.
    Cuando sus miradas se encontraron, había algo más que deseo: una vulnerabilidad cruda, un reconocimiento de lo que estaban arriesgando. Carlos acarició su mejilla, su pulgar trazando la curva de sus labios, y Laura lo besó con una intensidad que parecía querer detener el tiempo. Se movieron juntos, guiados por una necesidad que no podían negar, hasta que el mundo exterior dejó de importar. El escritorio crujió bajo su peso, los papeles cayendo al suelo, pero ninguno lo notó.
    Cuando todo terminó, se quedaron allí, jadeantes, con los cuerpos aún entrelazados. Laura apoyó la frente contra el pecho de Carlos, su respiración cálida contra su piel. Él la abrazó, sintiendo el peso de lo que habían hecho. El silencio era frágil, cargado de preguntas sin respuesta.—No quiero que esto termine —susurró Laura, su voz temblorosa pero firme.
    Carlos cerró los ojos, atrapado entre el deseo de aferrarse a ella y el miedo a las consecuencias. —Laura, esto nos va a destruir. Ella levantó la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y ternura. —O nos hará libres.
    Recogió su gabardina y, con un último beso que prometía más, salió del despacho. Carlos se quedó solo, con el eco de su presencia y el caos de sus emociones. Sabía que había cruzado un umbral del que no había vuelta atrás, y aunque el miedo lo atenazaba, una parte de él no podía esperar a verla de nuevo.

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  • Mamada de una trans

    Mamada de una trans

    Conocí a una trans por Facebook, era una morena cabello largo negro y un culote bien operado que varias veces me lo cogí, pero es otra historia…

    Ella tenía unos 33 años aproximadamente y yo 18. Decidimos en vernos al lado de mi casa como a las 10 u 11 de la noche ya que vivíamos relativamente cerca y también al lado de mi casa había como un terreno, dónde había una casa y vivía gente, pero como era de noche no se veía nada.

    Quedamos en que ella iba a venir y yo iba a estar por ahí cerca y al verla que venía a cierta distancia nos miramos y yo me metí primero al terreno atrás de la casa y ella más atrás venía yo me baje el shorts y dejé mi verga libre casi erecta, ella llegó y de una vez se agachó y empezó a chupármela, una de las mejores mamadas que me han dado, era un experta en chupar verga lo hacía como si tenía mucho tiempo sin hacerlo, en la manera que cabeceaba ufff yo solo miraba y disfrutaba como lo hacía soltando ciertos gemidos.

    Luego ella se pone de pie y se voltea, tenía una falda y un hilo negro se subió la falda y se puso a un lado su hilo, agarró mi verga y la puso en la entrada de culo y yo solo empuje hasta meterlo todo y ella gimió “aahh” empecé a coger ese culo estrecho y cerradito que tenía, después de varias embestidas le dije que quería acabar en su boca, ella se volteó y se agachó y empezó a chupar y succionar mi verga como si fuera la última verga que iba a mamar en su vida. Parecía un becerrito buscando su leche, que delicia.

    Parecía una aspiradora, cabeceaba muy rápido hacia atrás y hacia adelante y así estuvo aproximadamente 1 minuto sin parar, cada cabeceada que hacía sonaba como un perro tomando, y se sentía de lo mejor.

    Intenté agarrar mi pene con mi mano ya que no quería terminar aún, pero de la manera en como me la chupaba era imposible, entonces ella me agarró la mano y me la quito y le dije voy a acabar y siguió cabeceando muy rápido hasta que sentí como mi pelvis se contrajo e inunde su boca de mi semen que era mucho, ya que tenía como 3 semanas sin masturbarme ni nada, y aún después de llenar su boca de semen siguió chupando un rato más y luego se la tragó completica.

    Después se levantó se acomodó y se fue a su casa. Ese día dormí como un bebé gracias a esa increíble mamada.

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  • ¿Qué le pasa a mi ordenador?

    ¿Qué le pasa a mi ordenador?

    Dejé para el final de la mudanza el ordenador. Cuando todos los muebles estaban colocados y mi nuevo piso estaba listo para ser habitado me dispuse a instalar mi ordenador. No tardé mucho en conectar todos los cables, pero al encenderlo no pasó nada. Pero nada de nada; ni se encendía, ni hacía ningún tipo de ruido ni nada por el estilo. Nada.

    ¡Mierda! ¿Y ahora qué hago? Debería haber dicho que acababa de instalarme en la ciudad (de ahí la mudanza) y no conocía a nadie, mucho menos a una persona que pudiera solventar mi ignorancia informática. Vaya faena. Y yo tan contento con el cable del edificio que me permitiría conectarme por fin a una velocidad digna y poder bajarme todos los videos que necesitaba para ocupar mis noches solitarias en mi nuevo hogar.

    Después de revisar la instalación y lamentarme durante un buen rato por no encontrar el posible fallo, decidí buscar una tienda de ordenadores donde me pudieran asesorar. Bajé a la calle y no tuve que caminar mucho; enseguida encontré una tienda. Entré, conté mi problema al chico que me atendió y pregunté qué podríamos hacer. Me indicó que este tipo de cosas solía hacerlas una vez cerrada la tienda, a las 8 de la tarde, en el propio domicilio del cliente. Me pareció buena idea, le di mi dirección y me encaminé de nuevo a casa, aprovechando el viaje para comprar unas cosillas en el super.

    Hasta que me senté en mi nuevo sofá no me di cuenta de algo: aquel tío estaba muy bueno, ¿no? Con el problemilla no me había parado a ver al fulanito en cuestión, cosa rara en mí, por cierto… Pues sí, estaba bueno. Era un tío como de 40 años, alto, fuerte, muy viril. El recuerdo repentino de aquellas manos enormes, aquellos pelos de los brazos, aquella voz, empezaron a hacer mella en mi entrepierna. Decidí que sería mejor pensar en otra cosa y aproveché para darme una ducha mientras no venía el técnico.

    A eso de las 20.15 sonó el timbre del telefonillo y era Miguel (así me había dicho que se llamaba). Le hice pasar al saloncito y le enseñé el ordenador. Miró todos los cables uno por uno para comprobar que cada uno estaba en su sitio. Probó a encender y nada. Yo, mientras, me deleitaba, esta vez con más detenimiento, en su ancha espalda, su hermoso culo, apretado en el pantalón vaquero y sus brazos fuertes y velludos.

    Más de una vez, al volverse para comentarme algún particular, me pilló mirándole con total descaro, pero no pareció mosquearse, puesto que me sonreía de una forma que en aquel instante no supe interpretar. Cuando creyó que había encontrado el problema, después de abrir la caja, me dijo: “Aquí está; tienes este cable que sale de la placa suelto, debió ser con el movimiento”.

    Al acercarme por detrás de él mi ya morcillona polla chocó contra su culo. Al principio me retiré un poco, pero después decidí probar y me pegué de nuevo a él, inevitable, en principio, al tener que asomarme al interior de la CPU para que me señalara el cable en cuestión. Pude oler entonces su cara y fresca colonia.

    —Hueles bien, le dije. Ya me dirás cual es esa colonia.

    —Pues no sé ni como se llama, me la compra mi novia —respondió.

    Entonces me separé de golpe, porque ahí creí perdida mi oportunidad.

    —Aunque tenga novia, puedes seguir con lo que hacías. —Esto lo decía mientras se incorporaba y se daba la vuelta, para situarse cara a cara conmigo— Noté como me mirabas, y yo no pierdo nunca la oportunidad de probar un machito como tú.

    Entonces se fue acercando más y dejó caer sus labios sobre los míos. Fue un besito sutil que pronto se transformó en una lucha por entrar con su lengua en mi boca, que ya estaba dispuesta a recibir todo lo que él quisiera. Nos abrazamos, de manera que sus manos fueron recorriendo mi espalda hasta llegar a mi trasero. Con sus manos en mis nalgas, me atrajo más hacía él y pude sentir como su polla, que ya se sentía algo dura, se juntaba con la mía sobre la ropa. Yo también acaricié su cabeza, su cuello, y me despegué por un momento de su boca para besarle el cuello, lamerle las orejas y volver de nuevo a su boca.

    Despacio nos fuimos sacando la ropa que llevábamos. No fue difícil porque al ser verano ambos íbamos con una camiseta y un vaquero. Al sacarle la suya vi por fin un enorme pecho lleno de pelo negro y grueso. No pude resistirme y bajé hasta aquella selva para lamer, chupar y morder sus pezones y recorrer con la lengua su torso y abdomen.

    Ya que estaba cerca, y después de sacarme también mi camiseta, acerqué las manos a su cinturón y lo desabroché para poder bajarle el pantalón y bóxer, para descubrir ante mí un enorme falo circuncidado que apuntaba al cielo. Le cogí de la mano y le acerqué a mí para poder sentarme en el sofá y tener aquella maravilla a la altura de mi boca. Primero besé suavemente su apetecible glande y luego me lo metí en la boca directamente.

    Mi primera succión provocó en Miguel un quejido de placer, con lo cual decidí concederle más instantes como aquel y seguí con mi tarea de lamer y chupar su polla. Estuve así un buen rato hasta que me pidió que parase. “Yo también quiero hacer algo por ti”, dijo. Entonces se arrodilló y con mi ayuda me sacó el pantalón que todavía tenía puesto. Pudo descubrir mi polla, más pequeña que la suya y sin circuncidar. Jugó un rato con mi prepucio, subiendo y bajando, hasta que mi glande rosadito y húmedo le resultó lo suficientemente apetecible como para metérselo en la boca y tocar su campanilla.

    Me hizo una mamada monumental. Pero no le dejé seguir mucho rato porque no quería correrme tan pronto. Así que después de besarnos una vez más, después de acariciar nuestros respectivos pechos (el suyo un placer de pelos, el mío bastante más lampiño), me levantó las piernas sobre sus hombros y acercó su polla a mi culo. Se puso el condón que sacó del bolsillo de su pantalón tirado en el suelo y presionó ligeramente.

    Yo ya estaba bastante dilatado (no era mi primera vez) pero aun así colocó un poco de saliva en su mano y polla para hacer que ésta se deslizara dentro de mí y me provocase un placentero alarido. Ya completamente abierto para él, comenzó una serie de embestidas que hacían que sus huevos chocasen contra mi culo, generando cierto cosquilleo de sus pelos en mis nalgas. Yo podía contemplarle entero ante mí, y aproveché para acariciar nuevamente aquel cuerpo majestuoso.

    Al poco rato agarró mi polla y comenzó a masturbarme, primero lentamente, luego con más furia, para conseguir que me corriera abundantemente sobre mi pecho y abdomen. Entonces aceleró mucho sus jadeos para, casi de repente, detener sus movimientos, señal de que también había llegado a la maravillosa explosión de placer que le provocó aquel orgasmo. Sudoroso y cansado, dejó caer su cuerpo sobre el mío y me besó nuevamente. Más relajados ambos, le invité a tomarse una ducha para que se marchase a visitar a su novia aseadito.

    Mi primer día en aquella ciudad fue muy placentero, pero no pasó mucho tiempo antes de que mi ordenador se estropease de nuevo y tuviese que recurrir otra vez a los servicios de Miguel.

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  • Economista y prosti: El bukkake

    Economista y prosti: El bukkake

    ¡Hola! Disculpas a mis lectores pues por un error al subir mi relato anterior quedó inconcluso. Les relato aquí el bukkake al final de la partida de póker.

    Finalizo el relato ahora ya de regreso de Argentina, y en pocos días les subo mi aventura en Buenos Aires invitada por Tib.

    Cuando entré totalmente desnuda, les encantó, algún aplauso, algún “Ohhh” y pasé dos veces frente a los ex jugadores de póker, ex jugadores pues ya ni se acordaban del juego ja ja.

    Les dije que me encantaría sorprenderlos con algo, pero solamente a los que se atrevieran a desnudarse.

    Tommy y Sam fueron los primeros en comenzar a desvestirse, para dar el ejemplo, y el resto lo fueron haciendo de inmediato.

    Me quité los stilettos para no enredarlos en el plástico que cubría el colchón que habían puesto Sam y Tom en el piso, y me arrodillé.

    Lentamente comencé a mojar mis dedos con saliva y a masturbarme mientras los concurrentes se iban acercando. En general masturbaba mi concha, pero a veces estiraba el brazo hacia atrás y me acariciaba el culo, tanto raya como orificio.

    Era evidente que todos se excitaban. Hice una rápida mirada a todos, pese a que me gusta cerrar los ojos al pajearme), y vi a casi todos erectos, y uno de ellos… ¡Uhhh! ¡Que verga! Gruesa y larga… no pude menos que pensar que “ojalá pueda pagar y me busque en el futuro”.

    Al verlos ya erectos, Tommy dijo: “Acérquense amigos, pueden acariciar”.

    Se abalanzaron sobre mí, tetas y culo fueron sobados, acariciados y besados o chupados (lo cual sí se lo permitimos), en la medida de lo posible me seguía masturbando y los incité a hacerlo.

    Cuando vi que ya todos se masturbaban, aunque sin dejar de tocarme, lamerme o chuparme, hice una seña, convenida previamente a Tommy y Sam.

    Tommy conectó el cañón proyector de imágenes a su teléfono, y Sam se tendió en el piso.

    Ya proyectando imágenes a la pared, monté a Sam y Tom filmó en primer plano el momento en que me entró la verga y comencé a subir y bajar sobre Sam, con la concha bien estirada alrededor de la verga de Sam.

    Fueron uno o dos minutos, todos se masturbaban, algunos miraban de cerca nuestros cuerpos y otros contemplaban las imágenes proyectadas a la pared.

    Me salí de Sam, me puse en cuatro y Tommy pasó el celular a Sam para que filmara.

    Mi marido se ensalivó la pija, me ensalivó generosamente el esfínter y siempre con Sam filmando primer plano, me la fue metiendo de a poco, la sacaba, volvía a meter cada vez más y cuando estuvo metida hasta los huevos, hizo un poco de delicioso vaivén, los concurrentes se pajeaban desesperadamente.

    Tommy hizo cuatro mete saca rápidos, frenéticos, y se salió de mi culo.

    Sam cortó la filmación. Yo volví a arrodillarme y con picardía abrí la boca y saqué la lengua, al tiempo que hice a todos señas de acercarse.

    Ya con todos a menos de medio metro de mi cuerpo, llegó el espera de Tommy, recto a mi cara el primer chorro y a mis tetas el resto. “Gracias” le dije mientras me corría semen hacia los labios.

    El siguiente fue Sam. Se fue hacia atrás y dirigió su chorro hacia raya del culo, no fue mucho, ya le quedaba poco ja ja, pero lo sentí correr hacia el estriado y algo pudo seguir hasta mi concha.

    Extasiada, cerré los ojos y dejé que el resto hiciera lo que quisiera, no tenía dudas, quería que todos me acabaran encima.

    Lo fueron haciendo, tetas, cara, una vez abrí la boca y alguien aprovechó, otro en la espalda, más abundante que Sam, y el último también en mis tetas.

    Cuando terminaron, no podía autorizarles más que eso, me puse a masajear todo mi cuerpo con la leche que me corría por todos lados. ¡Habían acabado siete hombres sobre mí! Un placer difícil de transmitir de mi mente a palabras escritas. De todos modos, algo a repetir, sin duda, y si son más machos, mejor, esto no cansa, y se siente muy muy bien.

    Pasé a ducharme, y al regreso ya todos ellos se habían limpiado con toallitas de un paquete que había llevado Tommy.

    Fui a la ducha desnuda y desnuda volví. Ya con los tacazos puestos.

    Improvisé algo, un juego mínimo pero divertido. Hice formar un círculo a los invitados desconocidos. En el centro del círculo Tom y yo.

    Me hizo girar varias veces para desorientarme, y al detenerme, aún con los ojos cerrados , señalé a un invitado. “¿Quisieras chuparme la concha? ¡Claro que sí!, exclamó eufórico.

    Me acosté de nuevo sobre el colchón, evitando las manchas de semen ja ja, y abrí bien las piernas. Le di como tres minutos de tiempo chupándome la concha sin restricciones, concha, clítoris, todo.

    Nos levantamos y solamente dijo “¡Una delicia!” Fue el fin de la reunión. Les repartí mi tarjeta, ofreciendo mis dos tipos de servicio. Estoy segura de que algún nuevo amigo/cliente saldrá de esta reunión.

    Uno de ellos preguntó si de verdad soy casada. Y obvio, respondí que sí y que el que me contrate, si lo desea podrá comerme frente a mi marido (eso excita a todos y cada uno de los hombres que conozco íntimamente, y también y especialmente a mi marido).

    Será hasta el próximo relato, acerca de mi ida (sola pues Tommy estaba ocupado) a Buenos Aires, invitada por Tib, a algo muy especial. Y se sumó un almuerzo sin sexo posterior, con una famosa, que Tib me prometió que disfrutaremos juntos (ojalá).

    Un beso a todos.

    Sofía.

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  • Juegos húmedos

    Juegos húmedos

    Después de tres horas de ejercicio físico sobre la bicicleta llego a casa. Primeros días calurosos del año: 26 grados al sol. Mi cuerpo está cubierto de sudor por el esfuerzo y esto hace que tenga la muy ceñida ropa pegada aún más a mi piel. Dejo la bicicleta en su sitio y me dirijo directo a la ducha.

    Deseo sentir el frescor del agua correr sobre mi anatomía. No llevo muchas prendas, así que tardaré poco en notar esa sensación. Me deshago primero de las zapatillas deportivas y de los calcetines. Abro la cremallera del maillot azul y me desprendo de él dejando mi torso desnudo.

    Mis pequeños y marrones pezoncitos sobresalen de mi pecho como consecuencia del roce con la azulada camiseta ciclista. Llevo las manos a mi cintura y lentamente comienzo a bajar el culotte negro. Apenas lo hago descender unos centímetros y aparece mi pene desnudo, liberado del apretado pantalón deportivo. No tardan en aparecer mis testículos cubiertos de una ligera capa de vello castaño.

    Hago deslizar la oscura prenda por mis musculosos muslos hasta que llega a los pies. Levanto primero uno, luego el otro y el culotte queda en el suelo. Descorro la mampara de la ducha, entro dentro y la vuelvo a cerrar.

    Abro el grifo hasta lograr un agua templada, tomo la pistola de la ducha, la elevo por encima de mi cabeza y el agua empieza a humedecer mi corto cabello. Todo mi cuerpo comienza a mojarse de arriba abajo. ¡Por fin la sensación deseada!

    Extiendo el champú por mi cuero cabelludo hasta dejarlo cubierto de espuma blanca. Me aplico un aromático gel de baño por mi cuello, por mis brazos y mi torso. Voy descendiendo hasta alcanzar mi vientre. Allí masajeo la zona haciendo varios círculos con mi mano. En cuanto bajo un poco más siento el contacto con mi polla. Restriego sobre ella la palma de mi mano hasta que mi miembro empieza a endurecerse.

    Pienso en la petición que me hizo mi novia esta mañana temprano y lo que ella me prometió que haría. Eso queda entre nosotros dos. Con solo recordarlo y ayudado por mis tocamientos mi verga sigue ganando grosor y tamaño, completamente cubierta de agua. Acaricio todo mi paquete notando a la perfección la forma de mis bolas. Enrosco mi miembro entre mi mano y empiezo a masturbarme.

    Con lentitud me agito varias veces mi pene. La pistola de la ducha, colocada ahora sobre su acople en la pared, no para de soltar agua que va dirigida directamente a mi miembro. Mi mano se sigue moviendo, sin prisas pero incansable. Recorre mi polla una vez en toda su extensión, luego otra, una más. Ya estoy totalmente empalmado. El incesante goteo del agua se siente maravilloso sobre mi endurecido miembro. Acelero y paso a agitar mi pene con mayor intensidad.

    El rojo glande ya está fuera y sobre él se mezcla mi viscoso flujo con el agua de la ducha hasta que el primero queda diluido en un abrir y cerrar de ojos. Aprieto más y deslizo mi mano sin interrupción desde la punta de mi polla hasta la base. Repito la acción decenas de veces percibiendo con cada una de ella cada vez más placer.

    Noto cómo mis testículos se bambolean duros con cada movimiento de mi mano sobre mi verga. Miles de gotitas de agua disparadas a chorros golpean mi glande y su pequeño agujerito central. Esa sensación es indescriptible y excitante.

    Doy el arreón definitivo, quiero correrme ya, lo necesito. De forma brusca machaco mi pene grueso varias veces, entero, en toda su longitud. La piel que lo recubre se mueve frenéticamente hacia delante y hacia atrás. Noto el cosquilleo en mis bolas y las primeras contracciones en mi abdomen y en mi bajo vientre.

    Una agitación más, otra, una última más fuerte y no resisto más: varios chorros de semen níveo salen lanzados del palpitante orificio de mi glande estrellándose sin control alguno contra la mampara y los azulejos de la ducha. Suspiros de placer llenan todo el baño mientras el agua limpia los restos de esperma que brotan ya más tímidamente de mi pene.

    Me seco, salgo de la ducha y comienzo a vestirme con ropa cómoda. No me pongo bóxer: era una promesa. Ahora sólo toca esperarte.

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  • Son sólo cuerpos

    Son sólo cuerpos

    Hay cuerpos que callan en un abrupto silencio; otros, que simplemente exclaman en un final abrupto un simple gemido; e incluso hay algunos que ni el más ruidoso de los mares podrá acallar su canto.

    Pero son cuerpos, son unión y son pasión; si se acallan del todo, también acallan la vida misma.

    Tanto el hombre como la mujer gozan de compartir sus cuerpos unos con otros, otros con uno… y así, lentamente o de una manera muy fugaz, los cuerpos gimen, se retuercen y cantan al ritmo de un sin cesar de pasiones y de amores.

    Al hacer el amor, los cuerpos cambian sus colores, intercambian sus sabores y disfrutan de los olores y aromas que invaden el lugar.

    Desde los más jóvenes cuerpos hasta los más veteranos, han de disfrutar en cada instante de compartir con otros cuerpos momentos delirantes.

    E incluso hay cuerpos que prefieren la compañía de su sombra sobre una alfombra, pues disfrutan del ambiente de compartir consigo mismos los deleites del placer.

    Por eso un consejo, de alguien que experimenta día a día, disfruta de los cuerpos y de su compañía, pues nadie podrá quitarte esa experiencia, de vivir aunque sea un instante un cuerpo, una fantasía.

    Este es un texto sin forma, con frases sueltas, pero que contienen un mensaje. Espero que disfruten, aunque sea un poquito de este, y que puedan experimentar la pasión y la lujuria tranquila de tener un cuerpo deseado, incluyendo el tuyo.

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  • Cumple de Cele

    Cumple de Cele

    Continúa de nuestras historias anteriores.

    Me llamó Esteban para invitarnos al cumpleaños de su pareja, Cele, pidiendo el muy cabrón que me ponga vestido y sin tanga de la noche que me cogió en Brasil. Le respondí melosamente; es un vestido playero, no para una fiesta.

    -El cumple va a ser muy sencillo, solo unos cuantos amigos nuestros, con ropa liviana y sencilla, así me vas a tener toda la noche con la verga dura. Jejeje. Me dice. Mientras siguió recordando, nuestro último encuentro en la fiesta swinger y como le gustó dármela por el culo.

    Al fin llego el día, nos preparamos para ir a la fiesta, me estaba vistiendo con el vestido que Esteban me había pedido, que es suelto, liviano ideal, para una noche de verano con mucho calor, tal cual pintaba. En tanto le contaba a José que iba sin corpiño y sin tanga, lo que provoco solo al verme que se le pare la verga, para comprobarlo metió su mano por la parte de atrás para sentir mi cola desnuda, por el frente tenía un buen escote que oprimía mis tetas con un elástico con los pezones bien marcados para que sean visibles.

    Nos citaron temprano a la fiesta, se supone que vamos a ser pocos invitados por lo que nos comentó Esteban. De regalo le llevamos lencería muy sexy. Entramos a la fiesta, todo muy elegante, sonaba música, en tanto nos ven y se acercan a saludarnos, aprovechando para darme un abrazo y un beso que rozo la comisura de mis labios, y cele lo mismo a José, le dimos su regalo, sentí como sus ojos se clavaban en mis piernas, para detectar si en verdad estaba sin mi tanga, porque mis tetas eran evidentes que no traían satén.

    Las copas corrían con todo, yo bailaba con Esteban, hasta que la música nos da un descanso, aprovecho para acercarme a José y le comenté que no pierde oportunidad de echarme piropos, de recordar lo rico que cogimos, agradecer por el vestido que estoy usando, y asegurarse que no traigo nada abajo, rozando su pija dura en mi conchita. Cosa que José ya se había dado cuenta.

    También me contó los últimos pecados de Cele, me comentó que ella está cogiendo con su profesor de tenis, que le cuenta todos los detalles y que quiere desquitarse conmigo esta noche… jajaja

    Cele es de familia muy adinerada, como ya les conté, por lo que va a un exclusivo club con profesor de tenis. Claro, que el profesor está invitado esta noche por si se lo quieres coger para festeja bien su cumple.

    Cele se acerca a nosotros, y me confirma cual era el profe y que se lo estaba comiendo con el permiso de Esteban desde hace unos dos meses. Preguntándome, que me parecía. Jajaja.

    -Muy bueno, él sabe, nuestra historia, le respondí.

    -Sí, me dijo, no se espantan de nada, aparte tengo muchas ganas de coger con Ustedes y si no se oponen lo puedo invitar, dijo Cele.

    Pasó un mozo me dio una copa de champaña y unos deliciosos bocadillos, la música tocaba un lento. Sorpresivamente Cele saca a bailar a José en medio de la pista, lo abraza con fuerza refregando su entrepierna por la pija de él, y su mirada me buscaba con una cara cómplice, ya estaban planeando el final de la noche.

    La llamaron para partir la torta, se acercó a mi lado se veía preciosa y radiante, le pregunte; ¿Y… esa carita feliz de que es?…

    Me dieron ganas de ir al baño, había una enorme fila en el baño de visitas, entonces recordé el baño que hay en la habitación de ellos, subí las escaleras, cuando salí estaba Esteban esperándome sin decir más me tiro en la cama me subió el vestido y me dio una chupada riquísima luego se abrió el pantalón, me metió una cogida muy caliente y rápida, estaba muy acelerado para llenarme de leche caliente fuera de mi cueva ensuciando un poco mi vestido, nos recompusimos y salimos cada quien por su lado, para disimular con los demás invitados.

    En eso dijeron en voz alta que Cele pida tres deseos, José se acerca y me dice: ya me incluyó en uno. Jajaja. En lo que cogías con Esteban, me aseguró que vamos a cerrar la fiesta juntos. Todo mundo abrazaba a la cumpleañera nos formamos en la fila, le deseamos feliz cumpleaños con un fuerte abrazo mientras besamos sus mejillas la hicimos sándwich, y le digo, quiero también al profe, para cerrar la noche.

    A Cele se le ensucio el vestido con una copa de vino que un amigo borracho le volcó, se disculpaba con sus amistades diciendo que se iba a cambiar de ropa. Subió a su habitación donde minutos antes estuve con Esteban, mis ojos de fueron con José que subió detrás de ella y lo pude ver cuando cerraba la puerta.

    No tardó mucho en salir de la habitación ella, lo suficiente para cambiar el vestido y alguna cosita más. José esperó unos cinco minutos en bajar la escalera, para que no sospechen lo invitados que a esa altura no se daban cuenta de nada, todos estaban muy alegres con la bebida que tomaron.

    Muchos de los invitados ya estaban ebrios, una pareja se besaba en la boca con mucha pasión, otra discutía acaloradamente, otros bailaban, para ese momento ya eran como las tres de la mañana.

    Los mozos nos servían copas a una velocidad tremenda, tenía uno el vaso a la mitad y ya estaba servida la otra, muchos de los invitados ya se estaban despidiendo. Yo me acerco con mi copa de champaña para hablar con Diego el profe de tenis, que a esa altura era uno de los más recatados. Había un sonido ambiental suave, con música lenta.

    Mucha gente se despedía, hasta que quedamos solo nosotros y el profe, Cele, Esteban y José pasaron al living de la casa, que está impresionante con una gran barra con sillones, uno en un rincón en forma de L, dos mesas redondas pequeñas con una decoración muy moderna con una luz tenue con algunos detalles de luz morada de neón, mientras el profe sigue conmigo en el salón en una charla que cada vez se pone más caliente.

    Al levantarnos para ir al living con los demás, con mi borrachera y calentura, aprovecho para rozar con mi mano su paquete, él no lo esperaba, tirando todo el contenido de la copa que tenía en la mano. Ahí no tardo nada en reaccionar en acariciar mis nalgas y darse cuenta que no traía nada. Salí caminando lo más sexy que pude, al hacer varios pasos levanté mi vestido para que pudiera ver bien mi cola.

    Al llegar al living, veo la tanga y el vestido en el suelo de Cele que estaba con José en la barra, metiéndole manos por todos lados. Hasta que se inclina dejando su culito, para ese momento José ensartarle su verga.

    Me siento en uno de los sillones, cruzada de piernas, al tiempo que veo entrar al profe, que posó sus ojos en ver como cogía José a Cele. Para llamar su atención fugazmente descruzó mis piernas para que quede mi conchita húmeda y depilada a su vista. Se acerca a mí, con mis manos desabrocho el pantalón, lo tiro al suelo, al mismo tiempo que se sacaba los zapatos, meto una mano para que aparezca una pija gruesa, no muy larga, arrimándola a mi boca.

    Me ayuda a sacar mi vestido, me recuesto, se tira sobre mí, y de inmediato mete su verga en mi concha, sus manos en mis nalgas empujan contra él para hacer una penetración más profunda.

    En eso regresa Esteban que había ido al baño, -¡al fin se fueron los borrachos! Dice y pregunta; ¿Cómo está la cumpleañera?… ¡Muy bien he disfrutado mucho de la fiesta! Al tanto que José le sacaba la pija. Ahora nos toca a nosotros divertirnos.

    Empinamos las copas, y servimos otras, Esteban se sentó a un lado mío, cuando el profe saca su verga de mi concha. Acto seguido Cele se sube del profe y empieza una cabalgata terrible, dejando su culo a la vista de José que inmediatamente entendió que debía acercarse y colocar su pija en el centro del asterisco, con un duro empujón.

    Esteban me toma de la cintura dándome vuelta y dejándome boca abajo, mirando al frente donde podía ver perfectamente como ensartaban a Cele en una doble penetración genial. Esteban está obsesionado con mi culo, si bien ya lo tuvo varias veces, levanto mi cola y con un empellón puso de dura verga dentro de mi cola, sacando un grito, mezcla de dolor y placer.

    La cintura de Cele se quebraba entre los dos que la estaban perforando, si bien el profe debajo no se podía mover mucho, tenía una vista privilegiada al ver las dos vergas dentro, y disfrutar con Esteban se movía lentamente, yo sin moverme le dejaba hacer todo el trabajo, solo retrocedía golosa algunas veces, era muy difícil contenerse pues nos estábamos pegando una culiada lenta reprimida pero muy sabrosa y morbosa, viendo el espectáculo que teníamos enfrente.

    Esteban de pie empujaba estrujando mis tetas con todo, Cele jadeaba, gemía, gritaba con todo por la experta que es. Exclamando: Gordo, ¡me está culeando muy rico! ¡Aaaah me estoy viniendo! Para explotar en un orgasmo infernal, sin perjuicio, lanzo insultos y alabanzas a las vergas que la estaban perforando y largando semen dentro de ella.

    Esteban no sabía qué hacer, si detenerse a ver a su pareja o seguir dándome pro el culo, una vez terminaron ahí inicio un brutal ponga y saque en mi culo, haciendo que mi ano sienta cada empellón para descargar su leche caliente. Me entró mucho morbo cuando sentí la boca Cele rozando mis labios primero y después su lengua en mi concha tomando algún resto de leche que había por ahí.

    Caímos rendidos sobre el sillón, José se tragaba los pezones de Cele mientras le estrujaba las nalgas con mucha fuerza.

    Esteban que presume de seguro de sí mismo se quedó serio, estaba pasmado, por como quedó Cele, pareció que no daba más, estaba destruida por el alcohol y por la culiada que le habían dado. Yo le amenizaba el momento diciéndole; tu hembra sí que coge riquísimo, a la vez que el profe le abría las nalgas e introducía dedos mostrando la leche que salía dentro de cada orificio.

    Al rato Cele vuelve a tomar energías, ellos empiezan a pedirnos que hagamos un juego lésbico para ellos, Diego, el profe se puso de pie con su garrote ya levantado y nos tomó las manos, nos abrazó estrujándonos las nalgas besándonos los tres al mismo tiempo, rápidamente le empezamos a dar una mamada de campeonato. Cele dirigía la verga de la boca de ella a la mía para aprovechar cruzar nuestras lenguas.

    Esteban me chupaba los pezones viendo fijamente la verga del profe como se iba de boca a boca, José de inmediato puso a Cele en posición de perrito y lentamente se la empezó a coger, con la verga no tan tiesa, le daba con fuerza unos sonoros chirlos, Diego se sentó y yo sobre la verga de él dándole la espalda, entro toda como cuchillo en mantequilla, en tanto Cele se tira entre mis piernas emprendiendo con su lengua y boca una mamada de concha y pija y huevos que hizo nacer otra vez a la perra que llevo dentro, con mis gritos, gemidos.

    Cele saca a José que no lograba ponerla del todo dura y llama a Esteban que, si la tenía firme, rígida otra vez, luego de unos besotes de lengüita que se dieron bien cerca de mi conchita que seguía atravesada por la pija de Diego, lo obliga a seguir lo que ella estaba haciendo, lamer mi concha y la pija de Diego, la verdad me dio mucho morbo, logrando otro rico orgasmo, retorciéndome sobre el profe y apretando con mis dos manos la cabeza de Esteban para que chupe más fuerte.

    Estaba rendida, no quería saber más nada. Solo pensaba en dormir, así que me fui a preparar un café para disfrutar del espectáculo que seguramente venía.

    Diego le pedía; Cele quiero que te cojamos lo tres. Así vas a tener el mejor cumpleaños de tu vida. De inmediato Esteban se tiró sobre el sillón, ella con la poca fuerza que le quedaba sobre él, José como un imán con su pija penetro con facilidad el culo dilatado de Cele de un golpe, y el profe se pone delante de ella para que empiece a chupársela bien cerca la cara de Esteban. Así ella tenía todos sus orificios ocupados.

    Los cuatro estaban como volando con las pocas energías que le quedaban, Diego era el más fresco y estaba feliz como niño con juguete nuevo, hasta que Cele toma la cabeza de Esteban y juntos empiezan una mamada al profe, mezclando sus bocas, lenguas, saliva, -Ufff ¡que rica verga! decía, en tanto movía el culo como baile hawaiano mientras gritaba; ¡que rica están estas vergas!

    Los empujones que le metía José servían para que su boca se tragara profundo la verga, mas la presión con la que succionaba se notaba en la cara del profe que estaba cerca de acabar, era un ballet, como se movían los cuatro al compás. A ese ritmo no van a durar mucho.

    José resoplaba como ballena y le llena de leche el culo, ya al sacarla enseguida el resto lo desparrama sobre su espalda, casi al mismo tiempo el profe a llenar la boca de leche, seguía mamando con todo, seguía pegada, no le soltaba la verga, con Esteban a pocos centímetros viendo semejante espectáculo.

    Cele quedo tirada sobre Esteban, saboreando la leche que aún quedaba en su boca, José desparramaba su leche con su mano en su espalda y cola que aún continuaba abierta. El profe se incorpora, camina hacia mí con su sable ya flácido, pero brilloso de limpio, que seguía tirada en el sillón contiguo, nos acostamos clavando una de sus piernas entre las mías, acariciaba mis tetas, mis pezones, y yo solo rozaba con mis dedos sus huevos. Eran las cinco veinte.

    Yo dormí enroscada con el profe, José solo en un sillón y Cele y Esteban juntos en el sillón donde todo ocurrió esa noche.

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  • Llamas prohibidas

    Llamas prohibidas

    En la antigua facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, el aire olía a libros viejos y a café de máquina. Carlos, un profesor de Derecho Penal de 38 años, caminaba por los pasillos de la facultad con paso firme, su traje impecable contrastando con el desorden de su cabello oscuro, ligeramente salpicado de canas. Era conocido por sus clases apasionadas, su voz grave que llenaba el aula y esa intensidad en la mirada que hacía que sus estudiantes, especialmente las alumnas, no pudieran apartar los ojos de él.

    Laura, de 22 años, estaba en su último curso de Derecho. No era la típica estudiante que destacaba por sus notas, pero sí por su presencia. Tenía el cabello castaño ondulado, unos ojos verdes que parecían guardar secretos y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Siempre se sentaba en la tercera fila, con un cuaderno lleno de garabatos y una atención que, aunque disimulada, no pasaba desapercibida para Carlos.

    Era un jueves de octubre, y la lluvia golpeaba los ventanales del aula mientras Carlos explicaba con fervor la teoría del dolo. Laura, con una blusa blanca que dejaba entrever el encaje de su sujetador, jugueteaba con su bolígrafo, mordiéndolo suavemente mientras lo miraba fijamente. Él, en un momento de pausa, captó su mirada. Fue un instante, pero suficiente para que una corriente eléctrica recorriera el aire. Carlos carraspeó, desviando la vista hacia sus notas, pero el calor en su pecho no desapareció.

    Al finalizar la clase, Laura se acercó al estrado con una pregunta sobre el último caso práctico. El aula ya estaba vacía, y el eco de sus tacones resonaba en el suelo de madera. Carlos, apoyado en el escritorio, respondió con su habitual precisión, pero no pudo evitar notar cómo ella se inclinaba ligeramente hacia él, el perfume suave de su piel mezclándose con el aroma a lluvia que entraba por una ventana entreabierta.

    —Profesor, ¿puedo consultarle algo más… personal? —preguntó Laura, su voz baja, casi un susurro.

    Carlos arqueó una ceja, manteniendo su compostura profesional, pero su pulso se aceleró.

    —Depende de qué tan personal sea, Laura.

    Ella sonrió, dejando caer su cuaderno al suelo. Al agacharse a recogerlo, su falda se levantó apenas, revelando el borde de unas medias negras. Carlos tragó saliva, sintiendo cómo la línea entre lo correcto y lo prohibido se volvía difusa. Cuando Laura se incorporó, sus dedos rozaron la mano de él al tomar el cuaderno. Fue un contacto breve, pero intencionado.

    —Quería saber si alguna vez un profesor como usted… se ha sentido tentado por algo que no debería —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos.

    El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades. Carlos sabía que debía poner fin a la conversación, pero algo en la forma en que Laura lo miraba, con una mezcla de desafío y vulnerabilidad, lo mantuvo clavado en el sitio. Se acercó un paso, lo suficiente para que el espacio entre ellos se volviera íntimo, peligroso.

    —Laura, esto no es un juego —respondió, su voz más grave de lo habitual, casi un murmullo—. Hay límites que no se cruzan.

    —¿Y si yo quiero cruzarlos? —replicó ella, acercándose aún más, hasta que el calor de su cuerpo era casi palpable.

    Carlos cerró los ojos por un segundo, luchando contra el deseo que lo consumía. Pero cuando los abrió, la vio allí, tan cerca, con los labios entreabiertos y un brillo en los ojos que lo desafiaba a rendirse. Sin pensarlo más, la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, besándola con una intensidad que llevaba semanas reprimida. Laura respondió con la misma urgencia, sus manos deslizándose por el pecho de él, desabrochando un botón de su camisa con dedos temblorosos.

    El escritorio se convirtió en su refugio. Carlos la alzó con facilidad, sentándola sobre la madera mientras sus manos exploraban la suavidad de su piel bajo la blusa. Laura dejó escapar un gemido suave cuando él besó su cuello, descendiendo lentamente hacia el escote. La lluvia seguía cayendo afuera, amortiguando cualquier sonido que pudiera delatarlos. Cada caricia, cada roce, era una transgresión, pero ninguno de los dos podía detenerse.

    El tiempo parecía detenerse mientras se entregaban a esa pasión prohibida. Laura deslizó sus manos bajo la camisa de Carlos, sintiendo los músculos tensos de su espalda. Él, con una mezcla de ternura y deseo, desabrochó los botones de su blusa, revelando la piel pálida que había imaginado en sus noches más inquietas. Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con una urgencia casi desesperada, como si temieran que el momento se desvaneciera.

    Cuando finalmente se separaron, jadeantes, el aula estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue de una lámpara en el escritorio. Laura lo miró, con las mejillas sonrojadas y el cabello desordenado, pero con una sonrisa que decía que no se arrepentía de nada. Carlos, aun luchando por recuperar el control, le acarició la mejilla.

    —Esto no puede volver a pasar —dijo, aunque su voz carecía de convicción.

    Laura se inclinó y le dio un último beso, lento, prometedor.

    —Ya veremos, profesor.

    Se bajó del escritorio, recogió su cuaderno y salió del aula con una calma que contrastaba con el torbellino que dejaba en Carlos.

    Él se quedó allí, solo, con el eco de su perfume y el sabor de sus labios aún en la piel. Sabía que había cruzado una línea, pero en el fondo, no estaba seguro de querer volver atrás.

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  • Julieta, mujer madura

    Julieta, mujer madura

    En la dinámica de nuestro devenir, vamos atravesando diferentes etapas, en muchas de las cuales la búsqueda de nuestra propia identidad se convierte en una necesidad existencia, que nos ubique en tiempo y espacio con nuestros deseos y necesidades.

    Durante los años jóvenes el sexo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo vital, la búsqueda y despertar sexual, en objetivo primordial que nos ocupa y preocupa.

    En la mujer madura también tiene lugar el proceso dinámico de tomarse un momento para pensar en ella como individualidad, en abstracto, separando su condición de esposa y madre de ella misma como ser humano, hembra con necesidades eróticas insatisfechas.

    Recorrer en trazo grueso el mapa de su vida, de pronto se siente que está estancada en una meseta de sensaciones anodinas, sin sentir la adrenalina de atreverse a más. Precisamente pensar en esa palabra “atreverse” fue lo que la despertó sus sentidos, se miró en el reloj biológico estancado en la medianía de su existencia, Julieta, que no es la Verona, sintió vibrar en sus venas la rebeldía de tiempos idos.

    Julieta está inmersa en esa edad donde los hijos se han convertido en adultos independientes en obligaciones y amistades, el esposo más interesado en jugar con sus amigos o de aventura con alguna jovencita que le haga sentirse como tal.

    Este es el punto, se encuentra con más tiempo para ser “mujer”, que ya no es centro de atención de su pareja, él está ocupado en su crecimiento personal, laboral o económico.

    Ella siente bullir la vida y los deseos como nunca, a mitad de camino, con más tiempo y más deseos, para ella misma, para sus gustos personales y descuidada en su sexualidad.

    El hombre se justificará pensando, para eso está el “finde en familia” y con eso salda el débito afectivo, el resto de “su tiempo libre” lo invierte en amigos, café, fútbol y aventuras extraconyugales.

    La esposa comienza a generarse su espacio personal, es la metamorfosis de esposa-madre a mujer, el camino inverso transitado tan solo hace unos años, en el proceso anterior tenía alguien de la mano, ahora en la vuelta al “mercado del deseo” sola, con sus deseos cargada en la mochila.

    Se siente llena de seducción y sex appeal, para despertar pasiones y deseos en cualquier hombre, menos… en ese que vuelve en la noche al seno familiar y se encierra en la sección deportiva del diario, contesta con monosílabos y algún que otro hmm, hmm, el sexo forma parte del inventario de la rutina y la costumbre, con más silencios que diálogo.

    Se siente hembra total, plena, las clases de gym y las sesiones de spa conservan la firmeza de sus carnes, apetecibles a ojos vista de cualquiera que se cruza en su camino, no es ajena a ese mundo exterior de machos cazadores que la tienen en la mira esperando para el ataque final.

    Nuestra heroína, está plena, todas las hormonas despiertas, listas para dar batalla, falta un poco de decisión y saltar al ruedo…

    Le agrada que le digan July, en esta nueva etapa, siente que “a mujer nueva nombre nuevo”, tocada por la varita mágica de la naturaleza, frescura, encanto, gracia y el plus de seducción que le ha incorporado y que tan bien le sientan. Comenzó a ser permeable a las miradas e insinuaciones, sentía en su fuero íntimo el placer de esas caricias que la llenaba de gozo y elevan la libido.

    Se amigaba consigo misma, esos mimos la revalorizan, elevan la autoestima, de pronto sin notarlo comenzó a cambiar hábitos y costumbres, volver a los detalles de coquetería, renovar la lencería íntima por otra más audaz, fantaseando un encuentro con un secreto admirador, volver al “mercado de la seducción”, postularse como “carne de exportación”, esa frase usaba con sus íntimas para definirse como mujer que busca una “alegría”, adherían y sumaban sus fantasías.

    Las bromas y juegos al respecto fueron haciendo mella, se sabía vulnerable y con falta de training, pero igual aceptaba el juego de la seducción, aunque con las reservas del caso, el status social no era negociable. Pero… como dice el refrán: “donde menos se lo espera, salta la liebre”, y.… no fue precisamente una liebre sino yo, joven veinteañero con todo el deseo a full, algo saturado de las muchachas tontas de mi entorno y con el deseo de encontrarme alguna mujer con sustancia, que fuera algo más que para calmar un momento de calentura.

    El destino movió sus invisibles hilos y el diablo metió la cola para juntar por un momento las vidas de dos personas disímiles, pero en la búsqueda inconsciente de un mismo objetivo: el placer de sentir palpitar la vida. Así July y Ricardo sintieron el flechazo de Cupido, herida mortal en el centro del corazón.

    Amigo y compinche de su hijo mayor, cómplice de correrías, hasta ese momento ella solo había sido una mujer de muy buen ver, atractiva por demás, pero… sobre todo la madre del amigo.

    Una tarde, como tantas, llegué a su casa para buscarlo, un equívoco en los horarios nos desencontró. Toqué el timbre y se apareció ella, July, con el cabello aún húmedo y envuelta en una bata de baño a medio cerrar, un teléfono celular en la mano, y ¡Oh, sorpresa! No es el hijo que volvía por el móvil, sino ¡Yo!

    Un instante de sorpresa, mirándonos, ella sorprendida, suponía con razón que su hijo volvía por el teléfono olvidado, yo que no salía de mi sorpresa al ver como en la sorpresa y la torpeza de movimiento para abrir la puerta y alcanzar el teléfono se abrió la bata más allá de lo prudente, regalándome buena parte de esa tremenda anatomía nunca vista y siempre imaginada…

    —¡Pasa! -de la sorpresa a la sonrisa sin escalas.

    Sólo atinó a dejar el móvil y a cerrar la bata, me dejó pensando si morosidad en cerrar la bata, habrá torpeza o intencionalidad, no lo sabré pero esos segundos fueron una excursión al paraíso del deseo, algo turbados por la situación se nos dificulta volver del estado de sensualidad creado por el ¿azar?. Halagada por la excitación del “ánimo” que produjo en mí, momentos cruciales y decisorios, podía más la ilusión de una aventura transgresora que la satisfacción de los sentidos, se sentía ansiosa cuyas sorpresas nunca se agotan.

    Conservar las formas mientras la procesión va por dentro, de la emoción a la turbación y de la sinrazón a la pasión fue solo un paso. Sin poder manejar mis emociones me expuse al cachetazo y la reprimenda, la tomé de los hombros y la besé, sin más ni más. Sorprendida se dejó estar en el contacto bucal, se deja acomodar, beso intenso, más pleno y profundo, colaboró en el beso robado.

    Saciado ese instante de loco deseo, tomé algo de distancia, tomé de las manos y se las besé.

    —¡Soy culpable! -ofrecía la mejilla para que se cobre.

    En lugar de bofetón, un beso fue el cobro, la sonrisa plena la gratificación adicional. La forma y el modo de “avanzarla” había terminado con sus defensas, dejar hacer a un joven que tenía actitudes de caballero, que hacía realidad alguna escondida fantasía: se dejó llevar por los insondables caminos de la seducción y el deseo, se atrevía a volar.

    Con sus manos me tomó el rostro, serenidad complaciente, mejillas encendidas de carmín, ojos muy abiertos y la mirada chispeante, era otra persona llena de vida, sonreía todo el tiempo.

    La bata abierta a pedir de mi curiosidad, los pechos rotundos coronados de turgentes pezones asoman desafiando la avidez del joven amante, me dejo atrapar entre sus senos.

    Sus manos me rodearon, apretaron contra su pecho, acurrucarme entre el canal de sus tetas fue caer al abismo de todas las tentaciones.

    Extasiado en el aroma de las sales de baño que habían perfumado su piel hasta retomar el sentido, besarla, recorrer sus carnes que me quitaban el sueño y la calma en las noches de solitaria calentura. Ahí y ahora, toda real, toda en carne viva y ¡qué carne! Dejándose besar y lamer, llenarme la boca de sus carnes palpitando vida y deseo.

    Los gemidos, reprimidos al inicio, de July incentivan y acompañan las evoluciones sobre ese cuerpo que pierde, la verticalidad, el equilibrio corporal y emocional, se deja conducir hasta el sofá, sin soltarnos ebrios de pasión y lujuria, me dejo caer para tenerla encima de mí.

    Nada más importa, la suerte está echada, displicente, con estilo y graciosa seducción sacude de sí la bata, como una rosa deja caer algunos pétalos para mostrarse ante mí, diosa pagana, cabellos húmedos cayendo en prolijo desorden sobre los pechos voluptuosos, por los incipientes y sensuales rollitos del vientre se escurren algunas gotas de agua, indiscretas y brillantes como perlas de rocío, me apresuro a recoger con mi lengua como trofeo… Esta gentileza terminó por derribar el último vestigio de cordura, tirar por la borda los últimos escollos morales, quemar las naves de la prudencia y el recato, dejarse llevar por su instinto y mi deseo.

    Se exhibió ante “su hombre” en plenitud, su deseo desbordado, la libido había alcanzado el tope de la escala de lujuria, suavemente me empuja, tira en el sofá, y comienza a desnudarme, lento, saborea cada trozo de piel expuesta, primero el torso, descubre y besa, luego se arrodillada ante el ícono de su deseo que abulta bajo la tela, abrazada a la cintura me dejo deslizar el pantalón, como en acto sublime es turno del bóxer, lo quita como se hace con el lienzo que cubre un escultura, eso parecían decir su ojos y sus gestos.

    Se tomó su tiempo, saborea cada instante, cada gesto, adora al ícono de carne que brilla ante sus ojos, objeto fetiche de su apasionado deseo, no alcanzan los ojos y las manos para abarcarlo, palpitante y vive entre sus manos. Aprieta, adora, besa, lame despacio, hacer eterno ese momento, imagino cuantas cosas transitan por sus pensamientos, sensaciones que la conmueven, agitan el ánimo, si hasta me parecía ver un destello de lágrimas robadas al rocío de muchas mañanas sin alegrías.

    Lenta mirada en la profundidad de los míos y se “abocó” a degustar el manjar de mi juventud, bebía el deseo contenido en mí, los primeros jugos de la excitación transmiten el sabor del macho, ligeramente salado, la puso en órbita, sin voluntad, solo dejar manejar la cabeza con mis manos, enredar mis dedos en sus cabellos, movernos al compás de mi excitación, ella solo tiene ojos para mi contento.

    Perdió la voluntad, dejarse llevar por el ímpetu que ha despertado en “su hombre”, como me llamaría más tarde, transita momentos inéditos en su vida sexual, nunca tan lejos de este modo, nada importa, es un libro del deseo que estoy escribiendo en su carne, palabras nuevas, sensaciones diferentes.

    Los tiempos se consumen, el control y el manejo de mi excitación se hizo llama, perdí el control, el momento culminante se aproxima a grandes zancadas, lo siento generase en los riñones como si algo se desprendiera de mí, comienza el recorrido, subido al tobogán de un destino imparable: July.

    No puede emitir sonido alguno, la garganta se cierra, los ojos se me abren grandes y elocuentes, ella nota el estado de trance, los dedos enredados en sus rizos se lo transmiten, los movimientos de pelvis que la penetran en la boca lo corroboran. Su leve movimiento de cabeza, sus ojos y la tracción de sus manos en mis caderas sostienen el destino del “final feliz”: La urgencia masculina apremia, me derramé en su boca sin aviso.

    No podía creerlo, estaba fluyendo en ella, los primeros fulgores de savia joven estallaron dentro de su boca, sorprendida solo atinó a sacarme un instante para no atragantase y dar lugar a recibir el resto de “su hombre”. Tragó, todo en dos etapas.

    Se detuvo mi mundo, con el último envío, quedamos inertes… despacio me salí de ella, sostenido en sus manos como una delicada y frágil pieza de fino cristal, vuelve a mirarme, otra vez esos ojos grandes y llenos de brillo, entreabre la boca como si quisiera que viera por última vez el contenido del amor en ella… despacio, la vi como el elíxir de la vida es pasado dentro de su cuerpo. Una última gota del rocío del amor asoma de la carne palpitante, la recoge con la lengua y la lleva para sí con el resto.

    Me dejé caer sobre el respaldo, ella sobre mi regado, sin soltarme. La emoción y la energía puesta en la prisa de esa eyaculación me habían dejado las piernas temblando, más que cuando hacemos sexo de pie. No sabré cuanto tiempo permanecimos así, en el silencioso revivir de los momentos una y otra vez, los ojos cerrados y el corazón abierto, como será el nuevo mundo a abrir los ojos a esta nueva realidad fundacional. Estamos persuadidos que algo nuevo ha nacido entre nosotros.

    Con los pies en la tierra del nuevo mundo, me disculpé por lo intempestivo, la falta de consideración y aviso, que no soy de hacerlo sin aviso previo, pero… los hechos me pudieron, perdí el dominio y el control. La besé, en la boca, tenía sabor a mí, nos enredamos en un beso que nos lleva la vida en él. En la húmeda comunión se decía todo lo que las palabras omitían, no se necesitó más.

    —¡Mi hombre!, te siento tan mío -no hacía falta, lo había escuchado en cada latido de su ser.

    Esto era el preludio del encuentro que unió dos necesidades en busca de satisfacción, dos sentimientos que se encontraban después del naufragio, ella de la rutina y la insatisfacción, yo de lo frívolo y falto de contenido, ella aporta la búsqueda de la aventura y la potencia salvaje, yo para robarle caricias y ternura.

    Luego de esta presentación viene lo mejor y lo más sustancioso de esa fogosa relación del deseo insatisfecho de una mujer madura y el fuego de un joven que necesitaba liberar la presión volcánica de su masculinidad, que por lo extenso se continuará en otro capítulo.

    Esta relación siguió un tiempo, hoy con más años nos hemos reencontrado y renovado ese compromiso afectivo. Este relato es una forma de dejar testimonio de esos primeros encuentros que cimentaron la amistad que perdura en nuestro sentimiento.

    Nazareno Cruz

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  • Mi mujer, mi hija

    Mi mujer, mi hija

    Mi hija volvió a casa, me dijo que los últimos años de la universidad los iba a hacer virtual. Me hizo feliz tenerla en casa de nuevo, llevo años de soledad desde la partida de mi compañera, la mamá de Vicky (Victoria) nuestra única hija. Yo estaba separado cuando conocí a Susana una joven que tenía 21 años, los años que tiene hoy Vicky. No sé cómo me dio bola, pero fue la mujer que más me amó, lejos. Una maldita enfermedad sé la llevo muy joven y solo me quedó Vicky, que pronto se fue a la universidad y quedé solo en casa.

    Hoy Vicky tiene casi la misma edad de su madre cuando la conocí y me impresiona el parecido físico con ella, no muy alta, los senos medianos, como a mí me gustan, se destaca su colita, paradita y redonda, muchas veces me dan ganas de meterle manos pensando en Susana, mi mujer. La diferencia con su madre es el carácter firme que tiene, cuando se propone una cosa, trata de cumplirla si o si. Le pregunte de por qué volvía a casa, si le faltaba tan poco para terminar los estudios. Me dijo:

    —Mira papá, te veo tan solo y quiero ayudarte a rehacer tu vida, ya no está mamá, ahora voy a ser yo la que te cuide. La voy a reemplazar en todo.

    —No quiero que te sientas obligada conmigo.

    Deje en mi pensamiento, la frase degenerada que pugnaba por salir de mi boca. “Quisiera tenerte para mí y amarte en la cama como amaba a tu madre”

    Mi casa es de clase media, tenía dos habitaciones principales y un cuarto para visitas. Cuando quede de mi habitación lo único que saque fue mi ropa y cosas personales, después deje lo de mi mujer todo como estaba, hasta la cama matrimonial y ocupe el cuarto para las visitas.

    Un día al regresar del taller que regenteaba junto a mi socio, antes del mediodía, entre directamente a mi cuarto para cambiarme de ropa, algo más liviano de entrecasa. Me dirigí a la cocina, quería tomar algo fresco, al entrar quede tan sorprendido que casi tengo un paro cardiaco, allí estaba cocinando mi “señora”, vestía un solero fino, que dejaba sus hombros al descubierto y marcaba el canal de sus nalgas, cuantas veces había metido mis manos por debajo para acariciar su entrepierna, mientras le apoyaba mi pija en su culo.

    Me acerque despacio y cuando ya estiraba las manos para levantar su falda y masajear ese culo, que tanto extrañaba, dio vuelta la cabeza diciéndome:

    —Hola papá, no te escuche llegar.

    Quedé pasmado con mis manos estiradas, sin hablar.

    —¿Qué pasa? ¿Tanto te sorprende verme cocinar?

    —No, no es eso, dame algo fresco, tengo la boca seca.

    Después de tomar lo que me sirvió, pude hablar.

    —Ese vestido que estas usando era de tu madre.

    —Sí, ahora te cuento, lo saqué del placar de mamá

    —Yo te confundí con ella y como lo hacía cuando cocinaba, de atrás eres igual a tu madre, casi te toco la cola, perdona, es que la extraño como loco.

    —No te aflijas papá, es mi culpa de vestirme así sin avisarte. Vi que no dormís en la habitación que ocupaban y fui a husmear, abrí el placar y vi que todavía tienes la ropa de mamá y me puse este vestido.

    Desde entonces comenzó a usar la ropa de su madre y me dijo que se iba a trasladar con todas sus cosas al dormitorio que tenía la cama matrimonial, yo no opuse resistencia. Fue cuando la descubrí como mujer, una mujer que me calentaba, que me ponía a mil, que no podía dormir sin masturbarme, ya no pensando en su madre, sino que estaban dedicadas a ella, Vicky mi hija.

    Soñaba despierto con ella en mi cama matrimonial, sobándole esas nalgas hermosas, esas tetitas jóvenes y turgentes, chupándoles los pezones, su pancita plana hasta llegar a la entrepierna y abrir con mi lengua los labios de la conchita, introduciéndosela hasta que se acaba en mi cara. En esos instantes se moja mi mano con todo el semen de mi paja.

    En esos días al abrir la página de la red social que uso, tenía un mensaje que decía: “Hola soy Mirta, prima de Susana, no sé si te recordás de mí ya que hace mucho dejamos de vernos, cuando enviude me fui al pueblo de mis padres, pero ahora estoy de vuelta y me gustaría charlar contigo, abrazo”. Conteste el mensaje, quedando con Mirta de ir a tomar algo y hablar, estaba contento de que se diera la oportunidad de ir tomar algo con una mujer y por lo que recordaba Mirta era una mujer bonita y estaba muy buena. Hasta llegue a pensar que si se daba, acostarme con ella y me sacar un poco de leche, no me haría tanto la paja con Vicky.

    Esa noche en la mesa cenando le comente del mensaje de Mirta y que había quedado ir a tomar algo con ella. No la vi muy entusiasmada, solo pregunto:

    —¿Y vas a ir?

    —¿Y por qué no? Será bueno ver a Mirta de nuevo.

    Esa noche terminamos de cenar y ella se fue al dormitorio, no nos quedamos, como lo hacíamos habitualmente a charlar o ver algo en la tele, quede sorprendido por su actitud. En los días siguiente me di cuenta que ya usaba solo la ropa de su madre y había cambiado su actitud para conmigo, una cosa que me llamo la atención fue encontrar ropa interior suya, usada en el baño. De más está decir que las olí y las chupe antes de hacerme terrible paja. Ese olor a su conchita, era peculiar, entre olor a flores y el característico olor a concha. No supe como tomar aquello, fui un tonto, recién a los días supe que fue una trampa.

    Parecía que Vicky, cada vez más estaba resuelta a ser la mujer de la casa. Recién tuvimos un charla larga el día que me encontré con Mirta, la prima de mi señora, esa tarde vi que no habían pasado los años para Mirta, La encontré mejor de lo que recordaba parece que la viudez le había sentado mejor que a mí, se me la tarde charlando con ella y sentí que había buena onda y así me lo hizo saber cuándo dijo al despedirse:

    —Que esto sea el inicio de una buena amistad.

    A lo que respondí presuroso.

    —¡Así será! Le dije, estampándole un beso entre mejilla y labios.

    Esa noche mientras cenábamos le conté a Vicky, con pelos y señales el encuentro con la prima Mirta. Ya sentados en el sillón frente al televisor, dijo:

    —No sé por qué le decís prima, si no es nada tuyo y no quiere ser tu amiga, lo que quiere es coger con vos.

    Se levanto del sillón y se fue al dormitorio, me pareció que iba a llorar. Quede como un tonto sentado, pensando que sucedía, fue como si Vicky estuviera celosa. Espere que volviera, pero no lo hizo. Preocupado fui a golpear la puerta del dormitorio, preguntando:

    —¡Vicky! ¿Estás bien?

    Al no obtener repuesta, girando el picaporte, le dije:

    —Voy a entrar.

    —Sí, pasa.

    Estaba sentada en la cama, tenía puesto un déshabillé que reconocí, era de mi señora, se paró con el déshabillé abierto, también reconocí el conjunto de ropa interior color salmón que usaba ella. Quede sin palabras mi hija era una diosa, parecía La Venus de Botticelli.

    —Papá, ¿vos oíste lo que te dije cuando llegue?

    —Sí, me dijiste que venias a ayudarme a encarrilar mi vida.

    —¿Y qué más?

    Quede callado, no sabía que contestar.

    —Que iba a reemplazar a mamá en todo ¡en todo! ¿Vos entiendes eso?

    —Sí, pero no puedes en todo.

    —¿Por qué no? ¿Acaso no me quieres? ¿Acaso no te gusto?

    —¡Sí me gustas! ¡Te quiero, más, te amo! ¡Pero sos mi hija!

    —¡Qué importa eso, yo quiero que me ames como la amabas a mamá! Que no vayas a buscar a la prima Mirta, a nadie para coger, si me tienes a mí para hacerte gozar, como lo hacía mamá.

    No lo podía creer mi hija, mi amada hija, quería ser mi mujer. Con lágrimas de felicidad en mis ojos, caí rendido a sus pies, arrodillado me abrace a sus caderas. Mi cara queda a la altura de su conchita, podía sentir su aroma, penetro en mis sentidos y ya no pude pensar en nada más que hacerla gozar y comencé a lamer su bikini donde se notaban los labios de concha. Me aparto suavemente, se quitó el déshabillé y subió a la cama y susurro:

    —Ahora enséñame todo lo que sabes hacer.

    Le baje la bombachita sacándola por los pies, mientras ella se desprendía el corpiño dejándolo de lado. Comencé por lamber sus pezones y a mordisquearlos, ella gemía como gata en celo, estuve un rato entretenido con sus tetas. Ella pidió que me desnude, cuando lo hice fue directo a mi pija, la sopeso con sus manos y se la llevo a la boca. Comenzó a mamar como si fuera un biberón. Desprendí mi pija de su boca y girando sobre su cuerpo, hice un 69.coloque mi pija en su boca nuevamente y me zambullí a comerle la concha. Ella gemía guturalmente mamando mi pija y yo sumergía mi lengua en su concha inundada de sus jugos.

    No sé cuánto tiempo estuvimos así, soltó la pija por un instante y dijo:

    —¡No doy más, me voy a acabar!

    Cuando la escuche, aceleré mis chupetones sobre el clítoris y comenzó a gemir fuerte y mojo toda mi cara con un líquido viscoso, que no alcance a beberlo todo. Sin avisar acabe en su boca, ella no la soltó y creo que trago casi todo. Yo estaba en el paraíso, me acosté a su lado entreverando sus jugos y los míos en un beso donde se enredaron nuestras lenguas.

    Después de tanta pasión, cruzo por mi mente un momento de arrepentimiento.

    —Perdón hija, esto no puede ser, ¡no está bien!

    —¿Qué pasa, acaso no me quieres?

    —Te lo dije y te repito, te amo y te deseo más que la vida.

    —Entonces no hablemos más, seré tu amada hija para afuera y aquí en casa cuando estamos solos, somos marido y mujer. Y ahora vamos a lavarnos porque falta lo mejor, tu mujer quiere más pija.

    Nos lavamos y llevamos unas copas y botella de vino al dormitorio. Se tendió a lo largo de la cama, abrió las piernas como invitándome que invadiera territorio desconocido, ya sobre ella apunte con mi pija a la cavidad rosada abierta, como orquídea en flor.

    Cuando ella me hablo en un susurro, utilizo las mismas palabras que mi dijo su madre cuando lo hicimos, la primera vez.

    —Despacio por favor. Solo respondí.

    —Me haces el hombre más feliz de la tierra.

    Lo que pasó esa noche y los días siguientes, lo contaré en la próxima.

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