Autor: admin

  • Me pagaron una deuda, con una mujer (3): Tejiendo la telaraña

    Me pagaron una deuda, con una mujer (3): Tejiendo la telaraña

    Había pasado una noche de película con Ana, hace tiempo no tenía una noche tan caliente, en realidad me encantó tener una mujer así, era un diamante en bruto que Juan Carlos no sabía apreciar. Y yo debía hacer todo lo posible para quedarme con ella. Eso si sin perder dinero y con mucho cuidado, porque la víbora de mi amigo era un embaucador desesperado.

    Ana y yo nos levantamos temprano, estábamos destruidos, después del sexo anal, tuvimos dos round más, aunque menos intensos fueron muy satisfactorios.

    Nos duchamos juntos, queríamos sacarnos el sudor y flujos secos qué teníamos encima. Ella fue muy dulce en realidad, tomó una esponja y empezó a asearme, fue muy meticulosa. Incluso puso bastante jabón en la esponja y repaso bien mi pené, testículos, ya de lado lo hizo también con mi culo, limpiando bien mi raja y ano, dejándolo muy limpio. Practica seguro aprobada por su anterior amo.

    Tanto toqueteo tuvo su efecto, y no es porque ella lo buscara, ella parecía una profesional acostumbrada a aquello. En pocos minutos tenia mi miembro como una estaca, ella lo vio me miro y yo le hice una seña, no hizo falta más un movimiento de cabeza y levantar las cejas y entendió todo, me la enjuago y saco todo el jabón, y se introdujo todo lo que pudo en la boca, y empezó un suave masaje de mis testículos.

    En realidad era muy placentero pero estaba más que caliente de todo el toqueteo así que empuje un poco su nuca para marcar el ritmo, más rápido y profundo, y lo hizo, y muy bien, en pocos segundo yo ya estaba listo, ella al sentir mi inminente descarga la metió lo más profundo que pudo, para yo poder hacerlo en su garganta directamente, no desaprovecho nada, que dicho sea de paso no fue muy abundante por la noche que tuve.

    Yo la imite, cosa que la extraño, la hice parar y puse jabón, frote todo su cuerpo con la esponja, ya me canse en un momento y lo hice directamente con mi mano, ya en su ano pude notar su molestia, la hice darse vuelta, inclinarse y apoyar las manos en la pared, sacando la cola, ahí pude ver el problema, tenía el ano muy irritado, colorado, seguro le dolería el jabón qué puse, lo que me confirmó al preguntar.

    Con mis grandes manos abrí sus nalgas, acerque mi cara a su raja, pude ver pequeñas fisura, casi imperceptible en su ano, lleve mi lengua hacia ese lugar, intente hacerla plana y muy babosa y la pasé por todo su ano y raja, un suspiro se escapó de su boca.

    Esteban: te gusto o te duele

    Ana: me gustó amo, y calmo un poco el ardor que dejo el jabón.

    Volví a repetir la misma incursión, y otra vez, pero esta vez empecé en sus labios vaginales, ya estaban mojados, y no era el agua de la ducha, era flujo, viscoso, y con un gusto particular que a los hombres nos enloquece, repetía la misma operación trabajando su ano y vagina a la vez, dando mucha lengua a aquella zona, su vagina estaba muy caliente y no paraba de emanar flujos, mientras que su ano se había abierto un poco y palpitaba.

    Una de mis manos busco su vulva y separo sus labios, introduje dos dedos en su vagina, lo hice repetidamente y los saque impregnados de jugos, con esa lubricante aproveche para masajear su clítoris, la recompensa fue inmediata, mi lengua jugando entre su ano y vagina, y mis dedos masajeando su clítoris fueron demasiado para ella, tuvo un orgasmos violento, la tuve que sujetar porque le fallaron sus piernas.

    Después de eso se vistió muy rápido, al verla pensé que tendría que comprarle ropa, solamente traía una muda, y era extremadamente sencilla. Ella fue y preparo el desayuno para los dos y me espero para al lado de la mesa.

    Mientras que desayunaba revisaba los mensajes del celular, mis amigos del club de Esgrima me habían escrito y me contaban lo mal que le había ido a Juan Carlos en la mesa de póquer, había perdido los diez mil que le había dado y les había firmado pagarés de deuda por quince mil más. Cada vez más endeudado

    Otro de los mensajes era de mi amigo que trabaja para inteligencia de la policía Federal. Este me decía de lo peligroso que eran los socios de Juan Carlos, y que estaban siendo investigados por múltiples cosas, drogas, apuestas, préstamos, amenazas, golpizas, daños a autos, un asesinato, lavado de dinero e incluso evasión de impuestos. Todos unos angelitos.

    De esto me tendría que aprovechar yo de algún modo, pensaba mientras desayunaba. Algo se me iba a ocurrir, y debía encargarme de Juan Carlos antes que él me tendiera alguna de sus trampas.

    Fuimos con Ana a mi empresa, como dije tengo una distribuidora, trabajamos con productos para supermercados y negocios de barrio, tenemos dos galpones y unas oficinas donde trabajamos veinticinco personas.

    Ya en la empresa les presente a todos y les dije que iba a ayudarnos por un mes, la puse en el área administrativa, le hice hacer equipo con Sonia, una gordita simpática que era la más sociable del grupo. Puse a Ana como su ayudante. Y la deje trabajando, yo me dirigí a lo mío a la hora del almuerzo pase por la oficina y la vi desde afuera, estaba hablando con Sonia mientras cargaba pedidos en el sistema, se la veía bastante entretenida, entre y le pregunte como estaba, a lo que me respondió afirmativamente, le dije que tenía que salir y almorzar con un cliente, que ella podía comer en el comedor de la empresa. Teníamos una empresa que nos traía la comida.

    En realidad me junte con mi amigo policía, almorzamos juntos en mi casa, quería que nadie indiscreto nos viera, ahí le conté todo, incluso mis planes para quedarme con Ana.

    Raúl: no estas bien amigo, y probablemente ella tampoco, no es sano lo que me dices.

    Yo: sabía que dirías eso, no esperaba que me entendieras

    Raúl: no es eso, es que quieres construir una paraje falsa, apegada no por el amor, sino por otras cosas que no controlas en su totalidad

    Yo: eso lo sé y tienes razón. Pero me ayudarás con Juan Carlos.

    Él tomó la notebook y reviso el vídeo de su casa, y vio la plantación de marihuana. Pensó un rato, hizo un par de llamadas.

    Yo: sé que no es una pena grande por marihuana, pero pensé que él podría ser el cebo para que entres a la organización del gordo Tony, si usaba el apodo del personaje de los Simpson.

    Raúl: A ti lo que te combine es que Juan Carlos muera o desaparezca, porque si se entera que tu estuviste atrás de todo puede ser grave

    Quedo en idear un plan con su jefe y el Fiscal. Veía las grabaciones, los apuntes que yo tenía, y los datos que me habían pasado otros amigos.

    Raúl: tú tienes que quedar afuera de todo, esto- señalando la memoria USB que le entregué- lo dejaron en la puerta de mi casa, esto es de una fuente anónima. Si esto sale bien, tu tendrás una mujer y yo un ascenso.

    Yo sabía todo lo que me decía mi amigo era cierto, desde la complejidad de tener una pareja en estas condiciones, hasta las consecuencias de deshacerme de Juan Carlos. Pero le conté todo para que el tuviera un panorama mucho más amplio. Y cuando vio quien caer, el gordo Tony, su mente se activó, lo vi convencido y con determinación.

    Regrese a media tarde a la empresa, y observe a Ana, estaba hablando con sus compañeras mientras estas le explicaban algunas cosas y tomaban café. Se la veía bastante segura, mucho más que en la mañana. También observe que estaba bastante comunicativa y abierta a recibir críticas y consejos. No quise molestarla, me fui directamente a mi oficina y llame a Sonia, y le pregunte que le parecía su nueva ayudante. Ella estaba encantada, es una mujer muy positiva y simpática. Me dijo que le costó un poco el programa informático para cargar los pedidos, pero la vio con muchas ganas de aprender y creía que en un par de días lo podría hacer todo sola. La felicite por su don, enseñar no es para cualquiera. Terminamos la jornada laboral y salimos con Ana.

    Ana: Amo no sé qué decir, me preguntaron que éramos nosotros y le dije que era amigo de mi pareja- con todo esto se me paso, como dije hay cosa que no considero al tener un pequeño grado de autismo- no se si hice bien.

    Esteban: Si, por el momento bastara.

    Fuimos a un gran centro comercial, ella no dijo nada pero se notaba que era nuevo para ella. Y eso que cerca de la casa de Juan Carlos había uno similar. Ella miraba todo con asombro, aunque sin decir nada. Después de recorrer un poco entramos a una tienda de mujer.

    Esteban: Puedes escoger lo que quieras, tu pagaras.

    Ana: Amo- me miraba extrañada- yo no tengo dinero.

    Esteban: si que tienes, te daré un anticipo de sueldo en base al trabajo que haces.

    Ana: Me va a pagar amo –en su rostro había confusión, y creo que también vio duda en mi cara- lo que pasa es que nunca he tenido mi propio dinero.

    Esteban: No te hagas problema, yo te daré lo que te corresponde- y no quise acotar más.

    Ella parecía una niña pequeña recorriendo toda la tienda, y cada vez que veía algo que le gustaba me preguntaba si lo podía comprar, a lo que respondía, “lo que ella quisiera”, pero con cada cosa que le gustaba preguntaba lo mismo y yo volvía a responder igual. Al final se eligió varios pantalones, un vestido y blusas, era lo básico, un par de mudas de ropa para ir a trabajar, algo para salir casual, y algo un poco más elegante. De ahí nos fuimos para comprar ropa interior, y paso más de lo mismo. Cuando nos íbamos a ir, me pidió un favor.

    Ana: Amo, puedo comprarme maquillaje, aunque sea un poco, prometo no gastar mucho.

    Su sola pregunta y más como me la hizo me enterneció. De verdad era todo nuevo para ella, y me di cuenta que era mucho más importante de lo que yo pensaba. Por supuesto que accedí, y la anime a adquirir uno de buena marca, la chica de la tienda le explico todo muy gentilmente.

    Ya en la casa le di permiso para que fuera a su habitación. Yo en mi oficina, conecte mi notebook, donde tenía vinculado su WhatsApp. Quería tenerla controlada y ver que hablaba, y si mantenía contacto con su amo.

    Ana le saco fotos a todo lo que había comprado y se lo mando a su prima, era la única con la que tenía un contacto genuino. Lo que me sorprendió es que le contara todo, exactamente todo. Desde la sesiones de sexo, hasta que iba a estar a mi cargo por un mes, cedida por Juan Carlos. También le hablo del trabajo, de la paga y lo contenta que estaba, haciendo referencia que su amo temporal la premiaba dándole responsabilidades y el poder tomar decisiones. Eso es algo que yo sospechaba, el completo control que ejercía su amo en su contra.

    En cuanto al sexo, me dejo por las nubes, le decía que su nuevo amo era más fuerte, vigoroso, y tenía una herramienta más grande que sus anteriores amantes, le contaba lo mucho que disfrutaba conmigo y que no terminaba frustrada o se quedaba con las ganas, y como dato de color le dijo que no le iba a creer, que le había practicado sexo oral, y le había encantado, se estuvieron riendo un rato de eso y tomándolo ambas como una novedad.

    En cuanto a su prima Maite, empezaron a hablar de sus problemas. Ella estaba casada hace ocho años, y tenía la misma edad que Ana, 28 años. Ella le contaba a Ana de sus problemas médicos, le habían tenido que ligar las trompas de Falopio, para que no se quede embarazada, ya que cada vez que se quedaba embarazada se producía un aborto espontaneo, esto aparte de matar a su bebe, la ponía en riesgo de vida a ella, había tenido tres abortos espontáneos en estos últimos años y el último la dejo al filo de la muerte. Ella creía que en cualquier momento su marido la iba dejar y le contaba que ella sabía que tenía a otra mujer.

    En ese momento empecé a leer conversaciones viejas que habían tenido, y pude ver en el marido de Maite una persona muy machista que no le importaba la salud de su mujer, incluso la obligo a quedarse embarazada pese al riesgo que sabían que tenían. Otra cosa era que su marido desaparecía días y se iba al pueblo, y volvía borracho. Ahí es donde le daba una verdadera paliza, para después abusar de ella. Generalmente intentaba humillarla, y cada vez que acababa lo hacía sobre ella, o terminaba orinándola, para decirle la mayoría de las veces, que no merecía su semilla, su semilla no debía depositarse en tierra infértil.

    Me pareció un canalla y poco hombre, pero por lo que leía, era algo común en los hombres de esa zona, por algo Ana aceptaba a Juan Carlos con tanta normalidad. En realidad las dos eran unas pobres desdichadas que la vida las había tratado muy mal.

    Algo que me pareció extraño fue que le escribiera Miguel, el otro esclavo de Juan Carlos. Se mostraba muy ameno, muy cercano, preguntándole como la estaba pasando, como estaba. Ana le respondía muy cortante, con respuestas cerradas, si o no, bien o mal. Después de un rato Miguel se sacó la máscara.

    Miguel: Zorra dime, te tiene controlada, está ahora mirándote.

    Ana: No, estoy sola en mi habitación. Me pidió el teléfono cuando llegamos y anoto su número.

    Miguel. ¿Te debes haber aburrido todo el día sola en esa casa?

    Ana: Si, un poco- Me sorprendió que no dijera nada del trabajo en la empresa.

    Miguel: El amo quiere que observes todo, mira sus movimientos, y lo que hay en la casa.

    Ana: Bueno, lo hare.

    El tiempo me dio la razón, Juan Carlos planeaba algo contra mí. Como dije era un víbora, y estaba desesperado. En cuanto a Ana, había visto que no había quedado mal conmigo, pero tampoco había quedado mal con su anterior Amo. Tenía que ganarme su lealtad sea como sea.

    Un rato después Ana hizo la cena, la mujer era una cocinera increíble, hizo una carne al horno con papas que era un manjar, súper sencilla la comida y muy sabrosa. Otro punto a su favor, ya en la cena conversamos, y me contaba todo lo que le había enseñado la madre, era una muy buena cocinera. Fue todo muy agradable, la animaba ha hablarme y contarme todo, cosa que ella se sintió en confianza y lo hizo, hablamos también mucho del trabajo, se notaba que le gustaba.

    Ya en la habitación le pedí que se desnudara y se pusiera en cuatro en la cama. Debió recordar el dolor en su ano, porque se puso tensa, no dijo nada y obedeció. Pero me seguía con la mirada y no me perdía rastro. Yo había comprado una crema en la farmacia, esta era cicatrizante y tenía un calmante. Para tranquilizarla le explique lo que era, y sus instrucciones de uso. Debía excitarla para poderle meter un dedo en su ano y sanar cualquier fisura interna. Yo ya estaba desnudo y por supuesto con una erección potente.

    Lo primero que hice fue acercarme a su ano y revisarlo de cerca, era muy tentador ese punto, todo en ella era tentador. Como recordaba que le había gustado mucho empecé con un masaje de mi lengua en su ano, a penas la pase escapo un gemido de su boca. Con mis dedos masajeaba su vulva, en un par de segundos estaba muy excitada.

    Yo: No te preocupes mi putita, yo te cuidare- le dije mientras ponía crema en mi dedo. Estas simples palabras provocaron que se le pusiera la piel de gallina y tuviera un escalofrío.

    Mientras con mi dedo con crema empezó a masajear su ano, con movimientos lentos y circulares, ejerciendo un poco de presión. Mi lengua fue a calmar su vagina, que ya estaba llena de flujo. Evidentemente este tratamiento le gustaba. Mi dedo seguía masajeando su ano, por los bordes externos hacia el centro con un poco más de presión y mi lengua no le daba tregua a su vagina, despedía un néctar que me encantaba. Vertí un poco más de crema directamente en su ano, y mire entre sus piernas, ya había apoyado la cabeza en la almohada, tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente por la boca, veía como estaba sus dedos blancos de la presión que ejercían apretando la almohada. Y seguí con mi juego, con mi masaje y mi lengua.

    Ana: Amo no voy a aguantar mucho, por favor.

    Yo: no me había dado cuenta que te gustaba, acaba cuando quieras mi putita.

    En ese momento Ana se dejó llevar y entro en clímax, fue cuando su ano se abrió solo y yo ingrese con un dedo dentro de él para cumplir con mi humilde tarea de sanador. El dedo en el ano fue mucho y Anita tuvo un fuerte orgasmo que la dejo desparramada en la cama.

    Yo no quería que todo esto se enfriara, ella estaba boca abajo en la cama, buscaba aire para respirar, tenía una pierna abierta y semi flexionada, yo senté sobre su pierna derecha, en el muslo precisamente, desde ahí tenía una buena visión de su vagina, tome mi miembro y como si fuera un pincel lo frote de arriba abajo en su vagina chorreante, ella todavía estaba un poco ida, lo que no me importo mucho, después de un par de pinceladas tome la iniciativa y la penetre hasta el fondo, lentamente sintiendo cada parte de su vagina, un sonido gutural se escapó de su boca, cuando estuvo toda adentro empecé la vaivén, estaba en el cielo aquello era calentito y húmedo, en el punto justo.

    Mis penetraciones era fuerte y firmes, yo no podía aguantar mucho más y ella estaba encadenando su anterior orgasmo con otro, tenía los ojos en blanco y vagina estaba teniendo nuevas contracciones que parecían succionarme el pene, yo no aguante mucho más y empecé a acabar fuertemente, entonces vi su mirada de lujuria intentando girarse para verme, ella con la boca abierta acabando igual que yo, no me resistí más busque su hombro y lo mordí fuertemente, ella grito y su orgasmo se transformó en un squirt, mojando todas mis bolas, muslos y todo. Ella se desmayó después de esto, y yo quede tirado a su lado no mucho mejor.

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  • Otro intercambio

    Otro intercambio

    Nos gusta que nos escriban comentarios y nos den me gusta.

    Después de cuatro años….

    Era enero, recibo un mensaje a mi teléfono de un número que no tenía agendado que decía:

    Soy Esteban, ¿te acordás de mi? Estuvimos juntos en Brasil, me separé hace un año con Sol. Ahora a estoy en pareja con Cele.

    Y ahí empezamos a cruzar mensajes, mientras me contaba que a él le gustaba hacer intercambios como aquellos que hicimos, que nosotros fuimos los culpables y Sol no lo acompañaba. Y que un día lo hecho por que se cansó que le insistiera con eso y también se enteró que él había estado con otra.

    Le dolió porque estaba enamorado de ella, aunque al poco tiempo conoció a Cele en un swinger, y que a ella le encantaba los juegos sexuales y todo lo que se relacione con el sexo. Nos contó que tienen un grupo swinger que se juntan cada tanto en quintas que están alrededor de la ciudad. Y de paso nos invitaron a ir cuando queramos.

    También no contó que le contó toda la historia que había pasado en Brasil y que Cele quedo encantada y que le hubiese gustado estar a ella ahí.

    Así que un día hicimos una video llamada los cuatro, para conocerla. Ella era muy parecida a Sol, aunque se notaba que le llevaba unos años a Esteban. Flaca, con pocas tetas y con una cola carnosita, por lo poco que pudimos ver por la pantalla. Hablamos casi exclusivamente de todo lo que paso en Brasil. Entre muchas risas y morbo por todo lo sucedido. Y prometiendo que la próxima iba a ser con Marcia y Cristiano también.

    Cele, nos contó que es de una familia adinerada. Así que nos invitó a conocernos en una ciudad cercana a la nuestra, sin ningún compromiso. Ella reservaría las habitaciones, a lo que aceptamos inmediatamente.

    Apenas cortamos, con José como que nos pusimos tensos, hacia mucho que no teníamos una cita para concretar algo que nos encanta, pero siempre nos da un poquito de temor al principio. Pensábamos si le seguiríamos gustando, a nosotros nos pasan los años, ellos son bastante más jóvenes. Al día siguiente recibimos la reserva de un muy buen hotel, para encontrarnos el fin de semana siguiente.

    Esteban no dejaba de mandarme mensajes a cada rato, diciendo todo lo que me va a ser cuando nos veamos, cosa que me calentaba muchísimo. Decía también que José le tenía que caer bien a Cele para concretar. Esa era la única restricción. Me mandaba fotos de él desnudo y de ella. Y Quería que yo haga lo mismo, cosa que no hice, que me iba a tener en carne y hueso si se daba.

    Con José le contamos a Marcia y Cristiano, cosa que los puso contentos de que volvamos a tener ese tipo de experiencia, es que ellos la tienen seguido. Y le encanto la idea de hacer video llamada los seis, con la idea de un día no muy lejanos juntarnos los seis. Mientras me recuerda coda vez que quiere mi cola… ja, ja, ja.

    Llegó el sábado y salimos al encuentro. Llegamos al hotel, ellos todavía no habían llegado. No acomodamos en la habitación, era enorme, con una vista al río hermosa, con muchos espejos, una cama gigante, con sabanas suaves y un perfume encantador. Nos dimos un baño, en donde la ducha era de vidrio y se podía ver a José con su pija casi erecta. Seguramente ya estaba pensando en todo lo que se podía dar. Me puse mi mejor tanga, diminuta que solo tapa mi conchita ya inquieta por todo lo que podía suceder.

    Al rato recibí un mensaje que ya estaban en el hotel, en le habitación de al lado. Que nos encontremos en el hall a las 7. Ahí estábamos, cuando los vemos llegar, Esteban con un físico mucho más trabajado de cuando lo conocimos en Brasil, se notaba que se entrena muy duro, y ella con un vestidito que insinuaba todo lo que uno puede imaginar.

    Todos teníamos hambre, así que pedimos unos tragos con una picada abundante, mientras la charla se ponía cada vez más cachonda. Esteban se sentó bien pegado a mí, y cada tanto aprovechaba y ponía su mano sobre mis piernas que se buscaban abrir, con las historias que nos contaban sobre sus experiencias swinger con su grupo. Luego de una charla larga Cele se acerca a José y le dice algo al oído, y dice vamos a nuestras habitaciones, y como si lo hubiésemos planeado, Esteban y yo del brazo y Cele y José también, nos dirigimos al 9º piso donde nos dieron habitaciones contiguas, nos miramos y Esteban dijo, Cele vamos a cambiarnos para ir al bailar un rato.

    Todos nos miramos y Cele dice yo me voy con José, Vos anda con Esteban y entramos a las habitaciones con parejas cruzadas, era solo para acomodarnos ir al baño y salir, nada más, pero con todo el erotismo que eso significaba. Estábamos haciendo una historia de aquellas, estaba resultando muy sensual, en ese momento si me decía de coger, me bajaba el vestido y me la ponía ahí.

    Entro en la habitación, Esteban me pregunta si me voy a arreglar y me da maquillaje de Cele, por supuesto que, si le contesto, dale rápido que tenemos solo media hora. Saco algunas pinturitas del bolso, y me dice que me pinte bien llamativa como para dar un poquito de celos, y así lo hice, mientras él estaba tirado en la cama tocándose para que lo viera por el espejo.

    Todo pasó sin más cuando nos vemos en el hall del hotel. Cele estaba sentada en un sillón con José, lo tenía abrazado como si fueran realmente esposos y hasta diría, recién casados. Me dio un poquito de cosa verlos así. Pero no te cuento la cara de José al verme pintada como una gata en celo. Y me dijo: parece que vas a dar todo amor.

    Nos metimos todos en el auto de ellos, seguíamos parejas cruzadas. Cele se acostaba sobre José y la verdad que me estaba dando celos, y Esteban seguía tocando mis piernas mientras manejaba. Llegamos al boliche, y cuando entramos, nosotras por un lado y ellos por el otro, nos pedimos unas copas, y sentadas nos pusimos a conversar, el primer tema es la sensualidad de la entrada a la habitación, y las dos coincidimos cuando empezamos a contarnos como fue la entrada en la habitación.

    Yo le comenté que Esteban solo me sugirió la que me maquillara así, como para dar celos, ella me comentó que no perdió tiempo y que quería conocer la pija de José y que antes de salir se la había chupado un poquito antes de salir, lo que logro ponerme realmente celosa. Las dos coincidimos que era espectacular la situación por esos motivos, el tema era como seguía.

    Cele me dijo, que no nos gastáramos en pensar, ellos decidirían, yo pensé lo mismo, y decidimos dejarnos llevar, y que la resolución del problema fuera de ellos.

    Pasaron unos minutos, y salimos a bailar mientras tomábamos caipiriñas. Esteban aprovechaba para tocarme, ya no solo las piernas sino también mi cola. Creo que ya sabía que Cele se la había chupado a José y quería recuperar la ventaja que nos sacaron y a eso de las tres de la mañana pusimos rumbo al hotel, yo adelante con Esteban y Cele con José atrás. Yo ya estaba perdida, casi borracha otra vez, y muy caliente, a lo que Esteban aprovechaba para tocar entre mis piernas ya completamente mojada.

    Entramos y cuando estábamos en el ascensor, notamos que ninguno de los dos soltaba prenda de cuando terminaba el juego. Cuando estamos en el pasillo y frente a las habitaciones Esteban le dice a mi esposo, mira vamos a dormir como estamos, y voy a hacer de cuenta que no le vas a perdonar nada a mi Cele, y te aconsejo que pienses los mismo, que mañana no haya reproches, de porque le tocaste acá, lo mejor es entrar y tomar lo más que puedas para que sea parejo y sin reproches, ¿qué les parece? Nos tomó de sorpresa, nunca lo hicimos separados con José.

    Ellos ya lo tenían pensado en ese momento, o mejor dicho lo planearon mientras que José y Yo no sabíamos que hacer. Pero no ocurrió así, entre mi borrachera y mi calentura tome las llaves que tenía Esteban en la mano abrí la habitación y guiñándole un ojo a le dije que se esforzara porque su compañera casual de habitación no se quedara dormida, dicho esto y de la mano de Esteban le di un beso de lengua bien mojado a José, y entre en la habitación con Esteban.

    Ya dentro de la misma, poco sabia yo que hacer, por supuesto mi primera reacción fue entrar al baño, me refresque un poco la cara, me quite el vestidito que poco me tapaba, me quede con los tacos y salí para ver qué pasaba, Esteban ya estaba en la cama y cuando me acerco noto que debajo de la sabana estaba completamente desnudo porque sus calzoncillos estaban tirados junto a la cama, solo atine a comenzar a quitarme las sandalias, a medida que lo hacía de su entrepierna comenzó a crecer un penacho, y de qué manera, el tipo me desnudaba la poca ropa que me quedaba con los ojos, cuando me quito el corpiño, su expresión fue sobre mis pezones, que por ese entonces estaban duros y grandes.

    Entro a la cama solo con la tanguita y cuando quiero taparme con la sabana, me dice que lo deje contemplar un poquito, comienza a recorrerme el cuerpo con los ojos y con sus dedos, cuando llega a mi cintura, empieza primero por un lado luego por el otro a bajarla, y cada tanto pasa su mano por mi pubis, acariciándolo siquiera, muy suave, eso me excita, me hace levantar un poquito mi cintura para notar unos dedos diferentes en mi concha. La tanga ya no está, nos abrazamos nos besamos, parecíamos novios, un beso de lengua, la pija de él al palo y me la friega por todos lados, y yo que lo dejo, que calentura, me pone boca abajo, quiero sentir mi pija en ese culo, es mi sueño, me confiesa.

    Bueno ya lo tenía subido, yo boca abajo y recaliente, y noto que intenta metérmela por el culo, espera Esteban, primero hacerme acabar a mí y después vemos.

    Dicho me dio vuelta, y en el medio de la vuelta, su pija queda frente a mis ojos, ya la conocía es, muy parecida a la de José, la tomo con una mano, y me la meto en la boca, despacito primero, luego sacarla, y terminar con la leguita afuera rozándole la cabecita, otra vez adentro y dos o tres bombas, una linda meme, estaba al palo, lo note y de una la espalda en la sabana, subite y acábame, fue decirlo y se me vino como bombero, estaba desesperado, dio varias embestidas dentro mío, lo que hizo que acabáramos muy rápido los dos juntos. Y nos dormimos también muy rápido.

    Por la mañana temprano, escuchamos la puerta, se levanta y abre la puerta era José preguntando como la pasamos, la imagen que vio era alucinante, Esteban tras la puerta en bolas y con la pija al palo, yo con los pelos hechos un enjambre tirada en la cama boca abajo con las piernitas abiertas, como si hubiera pasado la mejor de las cogidas de mi vida, lo cual no fue cierto, pero tuve un hermoso orgasmo.

    Eran como las 10 de la mañana, entreabro los ojos, Esteban lo toma del brazo y lo invita a pasar, imagínense la situación, yo totalmente en bolas tirada en la cama, destrozada por la borrachera, ni fuerzas para levantar una pestaña, semitapada por las sábanas, tenía solo la cintura oculta, medio de costado mi marido podía verme el culo, las piernitas abiertas, tal cual me las había dejado Martin después de haber lamido mi colita antes de abrir la puerta, los pelos, una maraña y los brazos extendidos sobre la cama. Los dos con los ojos puestos en mí, recorriéndome de lado a lado, me di vuelta y ni los miré solo quería dormir un ratito más. Esteban le propone darse una ducha, conmigo por supuesto y después ir los cuatro a desayunar al salón del hotel.

    Media hora más tarde, los cuatro llegábamos juntos a la mesa, Cele con unas ojeras como si la hubieran cogido entre diez, se notó que mi marido no le dejo un agujero sin perforar. Nos pusimos a tomar el café todos muy cachondos y contentos, en un momento José le saca de su bolsillo una tanguita blanca diminuta y mostrándosela a Esteban y se la da a Cele, y nos pusimos a comentar de cualquier cosa menos de lo que había pasado la noche anterior como si fuera lo más común del mundo. Para mí había sido una de las noches más emocionantes, coger con Esteban, sin José, sin miedos y sin culpas, cambiar de monta sin prejuicios.

    Salimos los cuatro a caminar muy tranquilos, como si nada, despacito llegamos como a las 14.30 a un bar sobre el río, un almuerzo frugal, y de vuelta al centro.

    Por la peatonal caminando los cuatro, muy distendidos, como si fuera así de toda la vida, hicimos compras sobre todo ellos que tienen una capacidad económica mucho mayor a la nuestra, nadie rompió las bolas con nada, ni una discusión, era tocar el cielo con las manos, de paseo con nuestros maridos sin discusiones ni reproches.

    Llegó la tardecita y nos encaminamos al hotel, cada uno con su pareja, cuando entramos a la habitación, José rápidamente se mete en el baño para darse una ducha, yo comienzo a elegir la ropa, no tardo mucho ya casi lo tenía decidido todo, muy sensual y provocativa, ese era mi look para esa noche.

    Entro al baño, se está duchando todavía, y decido desvestirme, corro la cortina y me meto, imagínense él al palo, déjame que te ayude así no perdemos tiempo, y me froto el jabón en las manos y comienzo a enjabonarle la pija, los huevos, le tiro la pielcita para atrás, bien enjabonado todo el miembro, lo empujo un poquito para atrás y comienzo a enjuagarlo, cuando está listo, me arrodillo, lo miro a los ojos y le digo, si me prometes quedarte tranquilo, lo lustramos un poquito, no es muy común este vocabulario en mí, agarrado de las manijas solo atina a mirar, un besito en la puntita, otro más, un poquito de lenguota en la cabecita, ahora se la aprieto con los labios, un poquito adentro, la muerdo suavemente, y otra vez afuera.

    Nos terminamos de lavar, nos acostamos sin ningún comentario de lo que pasó la noche anterior, para renovar fuerzas y las 10 estábamos en el hall del hotel esperando.

    Pasaron diez o veinte minutos y decidimos ir en busca de los dos, llegamos a la habitación, pudimos entrar, los dos ya se habían vestido para salir, pero Cele se fue a peinar, Esteban quiso hacer lo mismo parándose detrás, nos imaginamos como se la abra apoyado, que ninguno de los dos pudo rechazar el impulso, que vamos a decir, si unas horas antes habíamos hecho algo parecido. Se terminan de vestir y arreglar y salimos.

    Primero una buena comida, muy buena por cierto, después vamos al mismo bar, un par de veteranos nos pusieron fuera de sí, tratando insistentemente de levantarnos a las dos, que por casualidad estábamos como diosas, una más sensual que la otra, yo con un vestidito no tan corto, pero que dejaban ver las piernas que tengo, y que además me levanta aún más el culito parado que poseo y unos zapatos de taco aguja.

    Cele por su parte una pollerita muy corta, tiene también muy lindas piernas, un poco flacas pero muy buenas al fin, zapatos de piel y una blusita transparente con un corpiño de encaje transparente que dejaba ver sus pezones que son oscuritos y se ve que estaba o muy caliente o con frío porque resaltaban bastante de su busto.

    Por fin como a eso de las 2 de la mañana decidimos irnos al hotel, nada cambio cuando llegamos Esteban me toma de la mano y me lleva a su habitación y José y Cele a la suya. Sin mediar ni una palabra, eso no lo teníamos pensado o por lo menos yo creí que íbamos a estar los 4 juntos en una habitación.

    Cuando estamos en la habitación con Esteban, nos empezamos a besar, jugueteamos como adolescentes, o sea me metió mano por todos lados, cuando ya estábamos desnudos y muy calientes nos metemos en la cama, él de espaldas en la cama, lo destapo y me propongo hacerle una meme de aquellas, se la tomo con mi mano, comienzo una pajita lenta, me toma del cuello dulcemente y con un poco de rigor hace que me la introduzca en la boca, aunque ganas no me faltaban, cuando ya la tengo hasta la garganta, otra vez la puerta, pero esta vez abren, son la otra parejita.

    Cele se arrodilla, empieza a desabrochar la bragueta de mi marido, cuando lo logra, introduce su mano y comienza a buscar su pija, la encuentra, la saca ya al palo, a diferencia mía no la besa, unos lengüetazos lentos y acompasados, parece que dan efecto en su compañero.

    Mi marido da unos gemiditos de placer, sigue con lo mismo, conociendo a mi esposo, ya a esa altura la quería meter hasta la garganta, pero se contiene, ella sigue, lengüetazo y besito en la punta, le quita el cinturón y el último botón, baja su pantalón y su calzoncillo, ahora juega con sus huevos, abre las piernas de él y comienza a un juego frenético de sus manos, siempre con la pija de mi marido en la boca, con las piernas y el culito, noto que hasta llega a meter un poquito de sus dedos empapados de saliva en el culo, como ven estaba más pendiente de mi amiga y mi esposo que de la poronga de mi pareja ocasional que tenía en mi boca.

    José hace que ella se incorpore comienza a desnudarla sin dejar de besar cada parte de ella que queda al descubierto, hooo, como me está calentando mi marido con otra y no se imaginan como estaba Esteban viendo tan caliente a su mujer.

    Cuando están los dos completamente desnudos, yo ya estaba abrazada por detrás de mi compañero, los dos tirados en la cama contemplando el espectáculo de nuestros respectivos.

    Esteban muy dulcemente pasa su mano para atrás y comienza a jugar con los labios de mi concha, para que tenga más comodidad y para mi mayor placer, no nos engañemos, abro mis piernitas, y cuando esto no es suficiente para que meta dos o tres deditos en mi concha paso una de las piernas por arriba de su cintura.

    De mientras ellos ya están en la cama contigua, esas de una plaza, por si uno lleva los chicos, los dos abrazados a los besos, en un momento ella se levanta, y ubicándose en posición inversa, se acuesta sobre él, estábamos por presenciar un 69, acomoda su entrepierna en la boca de mi marido, que ya sacaba la lengua cuando faltaban por lo menos 20 cm. para que llegara a su boca, Cele se recoge el pelo y con la otra mano quiere terminar una meme que había comenzado hacia un rato.

    No me pregunten como, minutos después estábamos con Esteban en posición similar, un ratito bastante largo, luego me incorporo y me acuesto sobre él, con las piernas como jockey, y comienzo a cabalgarlo.

    Ellos en la misma posición, era para que jugara con mis pechos y José con los de ella, mi esposo besaba sus pezones los mordía y lo mismo hacia Esteban conmigo, cada gesto se copiaba, cada gemido tenía un eco en la otra cama, todas las caricias se repetían era todo una copia fiel y cada vez más excitante, después yo debajo de Esteban y Cele de mi marido, era como un valet acuático, con un ritmo parejo y sensual, mis ojos veían en los espejos como penetraba mi marido a Cele, estaba yo acabando con otro pero con la cabeza en mi marido y Cele acababa con mi José pero con los sentidos en su marido.

    Acabamos mirándonos pareja con pareja, éramos un espejo, y el orgasmo fue de cuatro entre quejidos, gemidos, y jadeos, nos quedamos las parejas abrazadas hasta recuperar el aliento y ellos se pasaron a nuestra cama, los cuatro desnudos en las mismas sabanas, no teníamos ya fuerzas para nada, así me quede dormida en los brazos de mi amigo y mi esposo haciendo cucharita con Cele. Mientras Esteban me susurraba al oído que un día me iba coger por el culo.

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  • Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 2)

    Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 2)

    En su departamento de la condesa, Rosanna se desvistió frente al espejo sin prisa. Cada prenda que caía al suelo era como una memoria de lo ocurrido. Las marcas en su piel, leves, eran testigos silenciosos de una noche diferente, más abierta, más peligrosa. Y más excitante de lo que esperaba.

    Se metió en la cama sin encender la televisión. Solo su celular en la mesita de noche iluminaba el espacio. A las 2:13 am, le escribió a Ismael:

    Rosanna:

    “No dejo de pensar en cómo la tocaste… en cómo gemía por ti.”

    La respuesta no tardó:

    Ismael:

    “Y tú… besándola así, tía. Casi no puedo respirar solo de recordarlo.”

    Rosanna sonrió. No una sonrisa dulce, sino una que tenía filo. Deseo, poder, fuego.

    Rosanna:

    “¿Te diste cuenta cómo se rendía cuando le hablabas así? Cómo su cuerpo respondía a ti, pero me miraba a mí.”

    Ismael:

    “Sí… y eso me volvió loco. Era como si los dos estuviéramos dentro de ella, al mismo tiempo. Aunque solo uno… físicamente.”

    Hubo una pausa.

    Rosanna:

    “¿Te gustó verla obedecerme? Ver cómo yo dirigía todo… mientras tú la complacías.”

    Ismael:

    “Mucho. Pero lo que más me gustó… fue verte mirándome como si yo fuera tuyo mientras te masturbabas.”

    Eso la desarmó un poco. No completamente. Pero lo suficiente para que su corazón se acelerara, y sus piernas se entrelazaron bajo las sábanas mientras ella tocaba su clítoris con su mano izquierda.

    Rosanna:

    “Lucas… no eres mío. Pero me encantaría pensar que lo eres, cuando te digo ‘tía’.”

    Ismael:

    “Soy tuyo cuando lo dices. Y cuando no lo dices.”

    Ella apagó la luz. Pero no el teléfono. Lo sostuvo entre las manos, pegado al pecho, como si sus palabras le calentaran la piel más que cualquier cuerpo desnudo.

    Esa noche, no durmieron juntos.

    Pero tampoco durmieron del todo.

    El reloj marcaba las 2:45 am. La ciudad seguía callada, pero dentro de Rosanna todo ardía. Las luces apagadas de su departamento no lograban calmar el fuego que le había dejado la noche.

    Ismael no estaba con ella, pero su presencia se sentía con cada vibración del teléfono.

    Ismael:

    “Todavía puedo oler tu piel, tía.”

    Rosanna cerró los ojos. Ese mensaje la sacudió. No físicamente. En algo más profundo.

    Se acomodó entre las sábanas, sola, pero con el cuerpo aún sensible. Cada palabra que llegaba desde el otro lado de la pantalla encendía algo. Una imagen, un recuerdo, una orden que no había dado… y que quería dar.

    Rosanna:

    “¿Qué harías si estuvieras aquí ahora mismo, Lucas?”

    Pasaron apenas diez segundos antes de que apareciera la respuesta.

    Ismael:

    “Lo mismo que hice en tu oficina. Pero más lento. Mirándote a los ojos. Esperando que vuelvas a decir mi nombre.”

    Ella no respondió enseguida. Dejó caer el celular a su lado y respiró profundo. La tela de las sábanas contra su piel era apenas un roce, pero suficiente para que sus sentidos se activaran.

    Cerró los ojos y dejó que su mente viajara. A la sala de juntas. A la mirada de Vanessa. A las manos de Ismael. A su voz.

    Sus piernas se tensaron. Su espalda se arqueó. El cuerpo se convirtió en un solo punto de calor, deseo y silencio. Hasta que el nombre escapó de sus labios, ahogado, urgente.

    —Lucas…

    Fue más que un suspiro. Fue una confesión.

    Después, el cuerpo volvió a caer sobre el ahora colchón empapado. Desnudo. Silencioso. Saciado. Pero con el corazón latiendo como si apenas empezara la noche.

    Tomó el teléfono una vez más.

    Rosanna:

    “No necesito verte para sentirte dentro de mí.”

    La respuesta no llegó. Pero no hacía falta.

    Ella ya lo sabía.

    La mañana llegó con un sol brillante sobre la Condesa, como si la ciudad, en su ironía, intentara limpiar los excesos de la noche anterior con una luz demasiado honesta.

    Rosanna llegó al estudio unos minutos más tarde de lo habitual. Llevaba gafas oscuras y una blusa blanca que parecía haber sido elegida con una intención: neutralidad. Pero su andar… no podía disimularse. Era el andar de alguien que había dormido poco. O quizás no había dormido en absoluto.

    La puerta automática se abrió y lo primero que encontró fue a Vanessa, de pie junto a la recepción, ya lista, esperándola.

    Sin previo aviso, la recepcionista dio un par de pasos rápidos hacia ella, tomó su rostro con ambas manos y le estampó un beso directo en la boca. No fue breve. Tampoco excesivo. Fue exacto: firme, lleno de intención. Y completamente público.

    Rosanna parpadeó apenas cuando sus labios se separaron. A lo lejos, Ismael —que había llegado más temprano— observaba desde su escritorio. No se movió, pero su ceño se frunció levemente de excitación.

    —Buenos días, jefa —susurró Vanessa con una sonrisa.

    Rosanna se tomó un segundo, luego sonrió con esa mezcla de control y fuego que la caracterizaba.

    —Buenos días, Vane. Ve a la sala de juntas. En cinco minutos te busco.

    Vanessa obedeció, con un brillo en la mirada.

    Rosanna siguió caminando hacia su oficina. Pero en el trayecto, se detuvo frente a Ismael. Él la miró, esperando algo. Quizá una invitación. O una promesa.

    Ella solo le dijo, en voz baja:

    —Lucas… no hagas suposiciones. Solo observa.

    Y entró a su despacho, dejando la puerta entreabierta, como si fuera intencional.

    Ese día, el estudio no se llenó de trabajo, sino de miradas cruzadas, mensajes sin enviar y la sensación de que algo nuevo se había desatado… y nadie sabía cómo detenerlo.

    Vanessa llegó primero a la sala de juntas. El mismo espacio donde, la noche anterior, se había roto el protocolo… y nacido algo que aún no tenía nombre. Se sentó en la misma mesa, pero esta vez con las piernas cruzadas y el cabello recogido, como si quisiera marcar una nueva escena, más calculada, más intencional.

    Rosanna entró cinco minutos después. Llevaba consigo solo su taza de café y una sonrisa que no era ni profesional ni personal. Era suya. Era nueva.

    —¿Sabes por qué te pedí que vinieras? —preguntó Rosanna, con tono suave, pero cargado de intención.

    Vanessa se acomodó en la silla, bajando ligeramente la mirada, pero sin perder el control.

    —Para que terminemos lo que empezamos.

    Rosanna no respondió. Solo caminó lentamente hasta detrás de ella, apoyando sus manos sobre sus hombros, dejándolas descansar con suavidad. El contacto fue simple, pero suficiente para hacer que Vanessa cerrara los ojos un momento, mientras su jefa bajaba las manos para apretar sus senos.

    Desde fuera, Ismael observaba. No por celos. No por control. Observaba con esa mezcla de admiración y deseo que surge cuando uno se sabe parte de algo íntimo, incluso si no está en el centro.

    La puerta, como si tuviera vida propia, se cerró lentamente, dejando al interior solo a ellas dos.

    Ismael, sin moverse de su lugar, respiró hondo. Sabía que no necesitaba entrar. No todavía.

    Tomó su teléfono. Escribió:

    Ismael:

    “Dile que no estoy mirando. Pero que estoy pensando en ambas.”

    Minutos después, recibió solo una imagen de vuelta. No un cuerpo. No una escena. Solo dos manos entrelazadas tocando una vagina rubia, una con uñas rojas, la otra con esmalte natural.

    Rosanna y Vanessa.

    Complicidad. Poder. Y algo más.

    Rosanna no dijo nada al principio. Caminó lentamente alrededor de la mesa, observando los reflejos sobre el cristal, los sillones alineados, los pequeños rastros de la noche anterior que solo ella parecía notar. Luego se detuvo frente a Vanessa.

    —¿Estás segura? —preguntó, sin dureza, pero con autoridad.

    Vanessa asintió. Con firmeza. Su voz salió suave, pero decidida.

    —Quiero entenderte. Quiero saber cómo se siente estar cerca de ti… no como empleada. No como admiradora. Sino como parte de ti.

    Rosanna arqueó una ceja. Se acercó. Tan cerca que el aire entre ambas se volvió una sola respiración compartida.

    —No es fácil —susurró—. Acercarse a mí significa no volver a mirar igual al mundo.

    Vanessa sostuvo su mirada. Y sonrió.

    —No quiero que el mundo vuelva a ser el mismo.

    Entonces Rosanna alzó una mano y la colocó con delicadeza sobre la mejilla de Vanessa. Su dedo índice recorrió su pómulo con una lentitud que parecía desafiar el tiempo. La otra mano descendió, lenta, hasta tomar su cintura.

    El primer beso no fue fuego. Fue reconocimiento.

    Y luego vino otro, y otro. Más intensos. Más largos. El deseo no nacía del impulso, sino de la espera. De la confianza.

    Vanessa se dejó guiar, sin perder su fuerza. Se sentó en la orilla de la mesa, tal como lo había hecho la noche anterior, pero esta vez con los ojos cerrados. No por sumisión, sino por entrega.

    Rosanna colocó ambas manos sobre sus rodillas, deslizándolas con lentitud, abriendo un poco el espacio entre ellas. Pero no hizo más. Solo la observó.

    —Eres hermosa cuando dejas de fingir que no lo sabes —dijo, con una voz que era mitad orden, mitad caricia.

    Ambas permanecieron ahí, respirando la una en la otra, rozándose con la mirada y las palabras. El deseo estaba presente, sí, pero también algo más sutil: una conexión que parecía decir “esto es nuestro”.

    Desde el pasillo, Ismael podía imaginar lo que ocurría. Las paredes de cristal dejaban pasar la luz, pero no los secretos.

    Y eso era perfecto.

    La luz tenue de la tarde se filtraba a través de las ventanas, dibujando sombras suaves sobre la mesa de juntas. Rosanna y Vanessa, alejadas del mundo que las observaba, compartían un espacio suspendido en el tiempo.

    Sentadas juntas sobre la mesa, sus cuerpos se acercaban naturalmente, las piernas se entrelazaron con delicadeza, como si cada movimiento fuera un diálogo silencioso entre piel y piel frotando lentamente sus vaginas entre sí. No necesitaban palabras; la tensión palpable entre ellas hablaba por sí misma.

    Rosanna rozó suavemente la mejilla de Vanessa, quien cerró los ojos para sentir con más intensidad cada gesto, cada caricia. Sus respiraciones se sincronizaron, y el latir de sus corazones se volvió un murmullo compartido.

    En ese instante, el mundo se redujo a ellas dos, a la conexión profunda que trascendía lo físico, una danza sutil entre el deseo y la confianza, entre la fuerza y la vulnerabilidad.

    No había prisa. Solo la certeza de que, allí, en ese espacio cerrado por paredes de vidrio, habían encontrado un refugio donde podían ser auténticas, libres, y completamente presentes.

    El teléfono de Ismael vibró con una sola palabra que iluminó su pantalla: “Entra.”

    No había más. Solo esa orden cargada de significado, que lo invitaba a cruzar el umbral de un espacio donde todo lo conocido y esperado se disolvía.

    Con paso firme, Ismael abrió la puerta de la sala de juntas y se encontró con la imagen que jamás olvidaría. Rosanna y Vanessa, tan cercanas, tan cómplices, compartiendo un momento que hablaba sin palabras. Las piernas entrelazadas, las miradas profundas, la confianza dibujada en cada pequeño roce de sus vaginas.

    El aire parecía vibrar con una energía casi tangible, una corriente que los llamaba a los tres a fundirse en una experiencia única.

    Sin dudarlo, Ismael se acercó, dejando que su presencia se integrara naturalmente en aquel círculo de intimidad. Rosanna alzó la mirada, una sonrisa invitadora iluminó su rostro, y Vanessa lo recibió con la misma entrega.

    No hubo necesidad de explicaciones. Solo el entendimiento tácito de que, en ese momento, solo existían ellos, compartiendo una conexión más allá de lo convencional, más allá de las palabras.

    Ellas se acercaron al pene erecto de Ismael, los límites se desdibujaron, y el deseo, contenido hasta entonces, empezó a fluir libre, como un río cálido que los envolvía y unía en un abrazo profundo de sus lenguas chupando aquel pedazo de carne.

    Finalmente, cuando el clímax de esa unión se manifestó, su semen fue expulsado hacia los rostros y senos de aquellas candentes mujeres, un testimonio silencioso de la pasión compartida, una huella que sólo ellos podían entender.

    —¿Saben qué es lo que me gusta de esta situación? —dijo Rosanna—. Que ustedes harán lo que yo les pida, así que quiero que cojan delante de mí.

    Tras escuchar esas palabras, ellos dos se miraron en complicidad.

    Ismael se acercó despacio. No dijo nada. Se quedó de pie frente a ella, entre la penumbra y el reflejo azul del monitor que aún estaba encendido del otro lado de la puerta.

    Vanessa lo miró. Sin una palabra, deslizó su mano hacia la suya, y lo atrajo entre sus piernas, aún sentada sobre la mesa. Sus rostros quedaron a la misma altura.

    —He pensado en esto después de que tuviéramos sexo anal —confesó ella en un susurro—. En cómo sería que penetres mi vagina… sin prisa, frente a ella.

    Se besaron con lentitud. Nada apurado. Un beso suave al principio, que fue creciendo como una fogata tímida que encuentra aire. Las manos de ella enredadas en su nuca, las de él en su cintura. El ambiente era denso, pero no urgente. Era deseo con cuidado, pasión con ternura.

    Ismael se acostó en la mesa de la sala de juntas, y esperó a que lentamente ella se sentará sobre su pene. Ella en cuclillas comenzó un vaivén de arriba abajo, gritaba, gemía.

    —Oh si mi amor, sigue, no pares, te amo, te adoro, eres el amor de mi vida—confesó ella en un grito desesperado—. Préñame.

    Ismael sólo observaba como aquel par de redondas y hermosas tetas botaban al ritmo de su penetración.

    En aquella habitación. Rosanna estaba sentada sobre una de las sillas, envuelta en calor sofocante. Sostenía su celular mientras grababa, y en la pantalla frente a ella, las escenas comenzaban a intensificarse.

    No era la primera vez que veía a sus dos empleados intimar, el día anterior tuvieron sexo anal frente a ella, pero ese día algo era distinto. Tal vez era la situación, o el silencio inusual afuera de la sala de juntas a esa hora. O tal vez era él.

    Mientras la escena avanzaba, sus ojos permanecieron fijos, pero su mente viajaba a sus propios momentos íntimos, a las manos conocidas, a los labios que recordaba con precisión inquietante. Se descubrió suspirando, no por la escena, sino por lo que evocaba en su interior.

    Sentía cómo su respiración cambiaba, cómo la piel bajo su ropa se volvía más sensible.

    Pensó en su cuerpo, en el poder que aún tenía. En lo deseada que se había sentido no hace mucho. En lo libre que se permitió ser, por fin, después de tantos años de control y recato. Había algo hermoso en ese despertar. En sentirse viva.

    Y justo cuando Ismael terminó de eyacular en el interior de Vanessa, ella se levantó rápidamente y se subió a la mesa, para que en esa posición su Lucas le hiciera sexo oral, él sin dudarlo hizo lo que ella deseaba. Vanessa se levantó, pero no esperaba lo que su jefa le pidió.

    —Déjame chupar el interior de tu vagina—grito ella mientras frotaba sus senos y gemía con aquellos lengüetazos—. Deseo probar su semen en tu piel.

    Vanessa sin pensarlo se acostó del otro lado de la mesa y permitió que Rosanna le hiciera el mejor sexo oral que hasta ahora le había dado, y sabía que se debía a que estaba degustando al mismo tiempo aquel exquisito semen del hombre que amaban.

    En esta ocasión ambas llegaron al orgasmo al mismo tiempo, Vanessa bañaba la cara de su jefa, y Rosanna hacia lo propio en el rostro de Ismael. Así se quedaron algunos minutos, contemplando aquel acto, descansando de la agitación que sentían.

    Posteriormente y ya arreglados, abandonaron aquella sala de juntas, mientras el resto de sus compañeros los miraban salir, algunos con envidia, otros con confusión, y otros tantos con deseo de algún día poder hacer lo mismo en la oficina.

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  • La novia de mi padre

    La novia de mi padre

    Desde que tengo memoria el inglés siempre se me hizo cuesta arriba, me costaba entender, hablar, pronunciar… era un idioma que simplemente no me entraba, hasta que apareció ella.

    Hace tres meses mi viejo, que trabaja como ejecutivo en una compañía de seguros, decidió traer a vivir a su nueva novia a casa. Una mujer de 46 años, alta, morocha, con cuerpo de gimnasio y una energía que llena todos los ambientes.

    Es maestra de inglés, a la mañana da clases en un liceo y por la tarde se queda en casa dando clases online, desde el escritorio que mi viejo le armó en el cuarto del fondo.

    Yo tengo 22 años, estudio arquitectura, y desde que ella llegó mi inglés mejoró notablemente… aunque el motivo de mi entusiasmo no era precisamente académico.

    Desde el primer día me pareció una mujer hermosa. Tenía esa mezcla de autoridad y ternura que me volvía loco. Buenas tetas, firmes, un culo tremendo, redondo y trabajado, y unas piernas largas que no dejaban nada a la imaginación cuando usaba calzas.

    Ella va al gimnasio tres veces por semana, y se nota en cada movimiento que hace.

    Al principio traté de mantener la distancia. Es la novia de mi padre, y por más calentura que me provocara, sabía que meterme ahí era jugar con fuego.

    Lo peor era cuando por la tarde se queda sola en casa, dando clases desde su escritorio. A veces pasaba por la cocina en ropas deportivas, calzas negras bien pegadas, musculosas sin corpiño, o esos tops que le dejaban al aire esa cintura ajustada y los pezones duros marcados.

    Me hablaba con naturalidad, como si no se diera cuenta de lo que provocaba. Pero yo sí lo notaba… y lo sentía, la pija se me ponía dura cada vez que me decía algo en ese inglés tan perfecto, con ese acento suyo tan particular, tan suave, tan sensual.

    Era como si cada palabra que salía de su boca tuviera un tono sexual aunque no lo quisiera. Y eso me enloquecía.

    Más de una vez me hice la paja pensando en ella, en su culo moviéndose mientras caminaba por el pasillo, en sus tetas rebotando sin corpiño mientras preparaba café. Y lo que más me calentaba, imaginármela susurrándome cosas sucias en inglés. Eran pensamientos prohibidos. Pero también eran inevitables.

    Hace unos días empecé a notar algo distinto en ella. Era como si sus ojos buscaran los míos con una intención diferente. No era la misma mirada amable y profesional de siempre. Ahora había algo más. Curiosidad… ¿tal vez?

    Haciendo memoria, creo que sé exactamente cuándo empezó a cambiar todo.

    Fue el lunes pasado. Esa tarde ella estaba vestida con una calza roja que le quedaba pintada al cuerpo. Le marcaba todo, absolutamente todo, y encima, sin remera larga que le tapara. Solo un top negro que le dejaba el ombligo y la espalda al aire.

    Luego de que me diera clases, se fue a la cocina, se quedó parada frente a la mesada preparando un té, y yo la vi justo por detrás.

    El olor a su piel, mezclado con el perfume suave que siempre usaba, me dejó embobado.

    No podía más, me fui derecho al baño, apurado, con la verga ya dura adentro del pantalón. Cerré la puerta… o creí haberla cerrado bien.

    Cuando entré, me encontré con una sorpresa que terminó de prenderme fuego: una tanga suya colgada del toallero. Negra, chiquita, de encaje, apenas húmeda, recién usada. Me paralicé un segundo, con la respiración agitada.

    Me bajé los pantalones y agarré esa tanga con manos temblorosas. La acerqué a mi cara y respiré profundo. Tenía un olor exquisito, dulce y salado, como concha limpia mezclada con su perfume. La envolví alrededor de mi verga, y me empecé a pajear como un animal.

    No tardé en acabar. Fue tanta la leche que largué que me impresioné a mí mismo. Terminó toda sobre el piso del baño, y parte en la tanga, que me apuré en enjuagar y colgar donde estaba, tratando de dejar todo como si nada.

    Al salir del baño, algo me hizo ruido. Me pareció verla en el pasillo, de espaldas, como si justo se hubiera ido de ahí. Y entonces me cayó la ficha. La puerta no había cerrado del todo. Y ella… estoy seguro de que se asomó y que vio todo.

    Ayer jueves confirmé mis sospechas. No era imaginación mía. Ella efectivamente me había visto.

    Como todos los lunes y jueves, después de que terminaba sus clases online, venía mi turno. Me daba clases particulares de inglés en casa, una hora tranquila, a solas, sentados frente a frente. Siempre fue algo normal… hasta ahora.

    Ayer llegó al living vestida con un pantalón deportivo suelto, de esos finitos que se le pegaban al culo como una segunda piel cuando se sentaba o caminaba. Encima usaba un top blanco ajustado que dejaba asomar el bulto del corpiño debajo.

    Como siempre, los libros de estudio, hojas de ejercicios y lápices estaban esparcidos sobre la mesa. Ella de un lado, yo del otro. Intenté concentrarme en lo que decía, pero me costaba. Tenía esa voz tan firme, esa manera de pronunciar que me hipnotizaba, y esa ropa que no ayudaba en nada.

    Pasaron unos diez minutos, estábamos repasando un ejercicio de tiempos verbales, cuando me lanzó una frase que me dejó helado:

    —Tenés que ser más cuidadoso con la puerta del baño…

    La miré, sorprendido. Sentí cómo se me borraba la cara. Me puse rojo, no de bronca, de pura vergüenza. Me latía fuerte el pecho.

    —¿Eh? —atiné a decir, queriendo hacerme el desentendido.

    —El lunes —agregó, mientras pasaba la hoja del libro—. No la cerraste bien.

    Quise tapar el sol con la mano.

    —Sí, no me di cuenta… estaba muy apurado, tenía miedo de no llegar… —murmuré, como si fuera una urgencia estomacal o algo por el estilo.

    Ella se sonrió, con esa expresión mezcla de burla y dulzura. No dijo nada más por un momento, y seguimos con la clase. Intenté retomar el hilo, enfocarme en los ejercicios, pero la incomodidad me ardía por dentro.

    Cinco minutos después, cuando creí que el tema había quedado atrás, me soltó otra que me descolocó del todo:

    —La tanga negra que te llevaste al baño quedó mal lavada… tenía una mancha blanca.

    Me quedé duro. Sentí que me tragaba la tierra. No sabía dónde meterme. La miré y ella estaba ahí, tranquila, como si me estuviera hablando del clima. Pero esa mirada suya, esa forma tan calculada de soltarlo, me dejó claro que había visto todo.

    —No sé de qué me hablás —le dije, haciendo el intento más patético de disimulo.

    Ella me miró fijo, ya no había sonrisa ni juego en su cara, había una determinación firme, como cuando una profesora sabe que el alumno está mintiendo.

    —No disimules más —me retrucó—. Te vi haciéndote la paja con mi tanga.

    Me congelé, ya no había a dónde escapar, no había forma de inventar nada. Me tenía acorralado.

    —Perdoname… fue un impulso. No lo voy a volver a hacer —le dije, bajando la mirada. Me sentía como un nene chico atrapado en falta.

    Ella se quedó en silencio unos segundos. Luego me dijo algo que sonó a sentencia:

    —Soy la novia de tu padre. Estás cruzando un límite peligroso.

    El tono fue serio, pero en sus ojos… en sus ojos había otra cosa. No era solo enojo, era intriga, curiosidad viva, y lo confirmé con su siguiente pregunta:

    —¿Por qué decís que fue un impulso?

    La miré, ya estaba todo a la luz, no tenía sentido seguir escondiéndome. Y la verdad, algo en mí ya no quería esconderse más.

    —Es que me parecés muy atractiva… —le dije, con el corazón en la boca—. Desde que te vi, no puedo dejar de pensar en vos.

    Sus cejas se alzaron apenas. Quería más.

    —¿Y en qué pensás? —me preguntó.

    Me la estaba dejando servida. Y yo, jugado como estaba, me tiré al agua de cabeza.

    —Pienso en tus ojos, en tu boca, en tu cuerpo… pero lo que más me vuelve loco es tu acento en inglés.

    Ella soltó una pequeña risa, incrédula pero encantada, como si no pudiera creer lo que escuchaba, pero le fascinara al mismo tiempo.

    —¿Te calienta mi inglés? No me digas que te pajeás pensando en mí hablando en inglés…

    No dije nada. Solo asentí, tragando saliva. No había vuelta atrás. Ya no me importaban las consecuencias. Ella lo supo.

    Se levantó de golpe. Pensé que se había enojado, que iba a gritarme, a echarme, a armar un escándalo, pero no. Dio unos pasos hacia mí, con calma. Sus caderas se movían lentas, firmes. Yo la miraba fijo, sin entender bien lo que estaba pasando.

    Se acercó… pensé que iba a besarme, pero no. Fue directo a mi oído. Y en ese tono tan perfecto y elegante al mismo tiempo, me susurró en inglés:

    —I liked seeing my thong wrapped around your cock…

    Los ojos casi se me fueron de órbita. La pija empezó a hincharse al instante, como si hubiera entendido perfectamente cada palabra, más rápido que mi cerebro.

    Ella lo notó, sonrió, y sin dejar de mirarme, se acercó aún más. Su perfume me envolvió, su respiración me rozaba el cuello. Y ahí, al oído, con esa voz que ya me había hecho acabar tantas veces en soledad, me susurró otra frase. La que me desarmó por completo:

    —Do you want to fuck?

    Me tomó de la mano, no dijo una palabra más. Me guio por el pasillo sin apuro, con seguridad. Y por dentro, yo sabía perfectamente lo que estaba por pasar.

    Me llevó directo a mi cuarto, entró primero, dejó la puerta apenas entornada —por si acaso— y me miró con esa expresión suya, mitad maestra, mitad dominante.

    —Sentate en la cama —me dijo, seca, sin dejar margen a dudas.

    Obedecí al instante. Me senté en el borde del colchón, con los codos en las rodillas, mirándola de arriba a abajo, como un alumno atento esperando instrucciones. Ella se quedó de pie frente a mí, y entonces empezó.

    Primero se sacó el top, despacio, dejando que mis ojos se empaparan de cada centímetro de piel que se iba revelando. El corpiño blanco se le ajustaba perfecto, marcando esas tetas redondas, firmes, que tantas veces había imaginado desnudas. Se lo desabrochó con una mano atrás y lo dejó caer al piso. Las tenía divinas. Pezones oscuros, duros, como esperándome.

    Luego bajó el pantalón deportivo, revelando una tanga finita, blanca también, que le cortaba justo entre las nalgas. Al inclinarse para sacarse el pantalón del todo, le vi el culo completo. Redondo, apretado, trabajado. Era más de lo que me había imaginado. Era una obra de arte.

    Se enderezó, ya solo en tanga, y me miró fijo.

    —¿Te gusta mi cuerpo, pendejo? —me soltó, desafiante.

    Yo apenas pude mover la cabeza en señal de que sí. Tenía un nudo en la garganta, no podía creer lo que estaba viviendo.

    —Levantate y sacate la ropa —ordenó.

    No dudé. Me paré frente a ella y me fui sacando todo como pude, con manos torpes por los nervios. La remera, el pantalón, el bóxer… todo al piso. Me quedé ahí, desnudo, sudando, temblando, con la pija parada, dura como una piedra, apuntando directo hacia ella.

    Ella me miraba como si me evaluara, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo, como si yo fuera un juguete nuevo que pensaba usar a su antojo.

    —¿Qué me querés hacer? —preguntó, con una media sonrisa cargada de maldad.

    No me salió una sola palabra. Estaba tan nervioso, tan caliente, que no me salía ni una frase coherente. Ella se dio cuenta, se acercó lento, con paso firme, se pegó a mi cuerpo, sus tetas tocaron mi pecho, y su mano bajó directa hasta mi verga.

    Me la agarró con fuerza, no para acariciarla, para marcar territorio. Se me acercó al oído, y con esa voz suave, dominante, tan suya, me susurró:

    —Tranquilo… dejame a mí. La profe soy yo.

    Me sostuvo la pija unos segundos, apretándola con su mano caliente, mirándome a los ojos como si pudiera ver dentro de mi cabeza todo lo que había fantaseado con ella. Luego bajó la mirada, se agachó frente a mí… y ahí fue cuando el delirio arrancó.

    Se arrodilló entre mis piernas, y sin dejar de mirarme, juntó sus tetas con ambas manos. Me rozó la verga con ellas primero, como tanteando, provocándome, y después la puso justo en el medio, apretándola con fuerza entre esas dos bombas suaves y firmes que tantas veces había imaginado en mi cara.

    —¿Así te la pajeabas, nene? —me preguntó, moviendo lentamente sus tetas arriba y abajo, haciendo que mi verga desapareciera entre ellas.

    No le respondí. Solo gemí. Sentí el calor de su piel, la presión perfecta mientras ella me pajeaba con ese ritmo lento, húmedo, sucio.

    Aceleró un poco el movimiento, haciendo que el glande le rozara el mentón. Su respiración se volvió más agitada, y entonces, sin previo aviso, bajó la cabeza y me la chupó.

    Primero metió la punta en su boca con una delicadeza criminal. Luego empezó a chuparme la pija con hambre, mojándola toda con su saliva, haciéndola.

    Movía la cabeza con ritmo, tragándosela despacio, bajando hasta donde podía y sacándola con un pop que me hacía vibrar las piernas. Me miraba desde abajo con esos ojos cómplices. Yo la miraba sin poder creerlo.

    Después de unos minutos chupándomela, se la sacó de la boca con un hilo de saliva colgando, me la acarició con las tetas una vez más y luego se incorporó.

    Se paró frente a mí, y me la volvió a agarrar con una mano, pajeándomela lento, como si me preparara para lo que venía.

    Se me acercó al oído, su respiración caliente me erizó la piel, y con ese tono inglés que tanto me volvía loco, me susurró bien clarito:

    —Fuck me…

    No hizo falta más.

    Se dio vuelta y se apoyó sobre el borde de la cama, de espaldas a mí. Apoyó las manos y sacó bien el culo. Lo movía en círculos, meneándolo lento, provocándome.

    Yo me acerqué jadeando, al borde de estallar. Le saqué la tanga muy suave, ella seguía meneándose. Luego me ensalivé la mano y le rocé la concha con los dedos. Estaba mojada, caliente, completamente preparada. Le pasé la saliva mezclada con sus propios jugos por los labios, y después le puse la punta de la pija en la entrada. Ella gimió apenas me sintió ahí.

    La agarré fuerte de la cintura. No esperé más. Se la metí de una, hasta el fondo, con una sola embestida que hizo que se le escapara un grito agudo:

    —Ahhh fuck! Yes!

    Me quedé unos segundos ahí, sintiéndola temblar. Tenía la concha apretada, caliente, deliciosa. Empecé a cogerla con fuerza, con todas las ganas acumuladas desde el día que la vi entrar por primera vez a casa. Cada embestida era un desahogo, cada golpe de cadera era una fantasía hecha realidad.

    Ella gemía como poseída, con el culo rojo de tanto que chocaba contra mí. Y lo hacía en inglés, mezclando gemidos con frases sucias que me hacían perder la cabeza.

    —Yes baby… fuck me harder… deeper… oh my god…

    Eso me volvía loco. Su voz en inglés, tan limpia, tan perfecta, pero diciendo esas barbaridades mientras la empalaba sin piedad. Le clavaba la pija hasta el fondo y la sentía apretarme con fuerza, como si no quisiera soltarme.

    Yo la seguía cogiendo con todas las ganas. La agarraba de la cintura, después de los pelos, después del culo. No quería parar. Quería romperla.

    Y ella lo pedía todo. En inglés. Como siempre soñé.

    En un momento, con la cara roja, los pelos desordenados y la respiración entrecortada, ella se soltó de mis manos y giró el cuerpo. Se tumbó boca arriba en la cama, abriéndose de piernas con total descaro. Me miró fijo, con esa mirada que no había mostrado nunca… y me lo pidió:

    —Fuck me more… fuck my pussy, baby… don’t stop…

    Yo no necesitaba traducción.

    Me tiré encima de ella, la agarré de los muslos y volví a enterrarle la pija hasta el fondo. Las piernas bien abiertas, los talones apoyados en el colchón. La cogí con fuerza, con hambre, con los huevos apretados del placer. Cada vez que se la metía, se le arqueaba la espalda y se le escapaban los gemidos con ese acento perfecto.

    —Yes… yes… fuck… harder! —decía, apretando las sábanas con las manos.

    Mi verga entraba y salía chorreando, haciéndola gemir cada vez más fuerte. Le chupé las tetas, le mordí los pezones, le agarré el cuello con una mano, y ella no hacía más que gemir y pedir más. La estaba cogiendo con todo lo que tenía.

    Pero de pronto, me empujó suavemente hacia atrás y me dijo:

    —Now lay down…

    Me tomó del pecho y me hizo girar. Quedé boca arriba en la cama, con la pija dura apuntando al techo. Ella me montó sin dudar, apoyando las manos en mi pecho, y se la metió de una sentada, soltando un gemido profundo cuando la tuvo toda adentro.

    —Ohhh fuck… so deep…

    Empezó a cabalgarme con fuerza, salvaje, como si quisiera desquitarse de todos esos días de tensión. Subía y bajaba como loca, rebotando contra mi pelvis, con las tetas saltando y el culo moviéndose sin control. La concha me apretaba con cada embestida, y sus gemidos eran música directa a mis oídos:

    —Yes, yes… fuck me… give me that cock… fuck me hard!

    Yo la agarraba de las caderas y la ayudaba a moverse más fuerte. Ella se inclinaba, me chupaba el cuello, me mordía el labio mientras seguía cabalgando con ese ritmo desesperado.

    Después de cabalgarme como una salvaje, ella frenó de golpe, todavía con la pija bien adentro, jadeando, con el cuerpo transpirado y el pelo pegado a la cara. Se quedó quieta un momento, disfrutando del calor de mi verga clavada en su concha.

    Después se deslizó despacio, se la sacó, y se tumbó boca abajo sobre la cama, apoyó una mejilla en la almohada y separó apenas las piernas, dejando el culo bien levantado.

    Y ahí, con esa voz ronca de tanto gemir, me soltó la frase que me dejó paralizado:

    —I want you to fuck my ass…

    Me quedé unos segundos sin moverme, mirando esa escena que parecía sacada de una porno soñada: la novia de mi viejo, en mi cama, pidiéndome en inglés que me la cogiera por el orto.

    Me acerqué despacio y le escupí el culo. El escupitajo chorreó entre sus nalgas, lo esparcí con los dedos, masajeando alrededor del ojete con movimientos suaves.

    Apunté con la punta, con una mano la abrí más, y con la otra la agarré de la cadera. Le apoyé la cabeza de la pija justo en la entrada del culo, y empujé lento, sintiendo cómo me iba abriendo paso. Ella gimió fuerte, entre placer y dolor, apretando las sábanas con los dedos.

    —Ohhh fuck… yes… give it to me…

    Y se la metí. Despacio al principio, después con más fuerza. Cada centímetro que entraba me hacía gruñir, me hacía temblar de placer. El culo se la abría apenas para dejarme pasar, y yo empujaba con ganas, con firmeza, hasta tenerla toda adentro.

    La agarré de las caderas y empecé a cogerle el culo con ganas, con todo lo que venía acumulando. Cada vez que le clavaba la pija, ella soltaba gemidos ahogados, palabras en inglés, sucias, jadeantes:

    —Yes… fuck my ass… oh my god… fuck me harder…

    Yo me descontrolé. La estaba empalando sin piedad, apretándole el culo con las dos manos, sintiendo cómo me la apretaba por dentro. Su cuerpo temblaba bajo el mío, y su voz no paraba de suplicarme más. Los huevos chocaban contra ella. La pija la tenía palpitando, a punto de explotar, y ella lo sabía.

    —Are you gonna cum? —me preguntó con la voz entrecortada, mirando hacia atrás con esa expresión de satisfecha.

    —Sí… me acabo —le dije jadeando.

    Ella se deslizó hacia adelante, dejando que mi verga saliera de su culo caliente. Se dio vuelta de inmediato, se sentó sobre sus talones y con esa mirada que ya me volvía loco me lo dijo, con esa pronunciación perfecta:

    —Cum on my tits…

    Juntó sus tetas con las manos, ofreciéndomelas en bandeja. Estaban brillantes de sudor, con los pezones duros, listas para recibirlo.

    Me pajeé rápido, con los huevos a punto de reventar. La miraba a los ojos, ella no parpadeaba. Me mordí el labio y solté todo.

    Le lancé toda la leche sobre las tetas. Chorros gruesos, calientes, pegajosos. Le cayeron sobre los pezones, entre las tetas, y un poco le manchó el cuello. Ella sonrió, como si eso fuera exactamente lo que quería.

    —Good boy… —susurró.

    Y como si fuera poco, ahí mismo, me agarró la pija aún húmeda, y sin decir una palabra, se la metió de nuevo en la boca. Me la chupó despacio, como limpiándola. Pasaba la lengua por todo el tronco, por la punta, tragándose los últimos restos de mi semen.

    Esa escena, su boca chupándome la pija después de acabar, las tetas manchadas, el inglés susurrado… fue demasiado.

    Y yo ahí, desnudo, temblando, con el cuerpo aflojado, sin poder creer que acababa de cogerme a la novia de mi padre.

    Después ella se levantó tranquila, sin apuro, como si nada. Se fue a buscar su ropa y empezó a vestirse, sin hablarme, sin mirarme demasiado. Yo todavía estaba sentado en la cama. No sabía si lo que acababa de pasar era real o un sueño caliente salido de una paja.

    Mientras se acomodaba el top y se subía el pantalón deportivo, se acercó a mí, ya más seria. Se me quedó mirando unos segundos y me dijo, con esa voz suya tan clara y segura:

    —Ahora te podés pajear las veces que quieras con esto que hicimos… porque no va a volver a suceder.

    Directo, sin anestesia. Se dio media vuelta y se fue del cuarto, dejando atrás el olor a sexo, a transpiración y a esa mezcla de culpa y gloria que me iba a quedar grabada para siempre.

    Yo me quedé un buen rato ahí, en silencio, mirando al techo, tratando de procesar todo lo que había pasado. Había hecho realidad la fantasía más prohibida de todas. Y no solo eso… ella había tomado el control.

    Unas dos horas más tarde, escuché la puerta de casa abrirse. Mi viejo había llegado del trabajo. Todo volvió a su ritmo normal, como si nada hubiera ocurrido.

    Ella estaba en la cocina, preparando algo para la cena. Yo estaba sentado en el living con el cuaderno abierto, fingiendo que seguía estudiando inglés. Él entró con su voz habitual, saludando con su energía de siempre.

    —¿Cómo estuvo tu día, hijo?

    —Bien —le respondí sin mirarlo mucho—, mucho estudio.

    Después se acercó a ella y le hizo la misma pregunta:

    —¿Y vos? ¿Cómo te fue hoy?

    Ella giró la cabeza apenas, y antes de contestarle me miró a mí. Esa mirada… era exactamente la misma que me clavaba mientras me pedía que me la cogiera más fuerte. Corta, penetrante, con esa mezcla de poder y lujuria que ya conocía de memoria.

    Y con una media sonrisa en los labios, le contestó:

    —Fue un gran día… hoy un alumno tuvo su prueba de inglés… y aprobó con sobresaliente.

    Yo apreté la lapicera con fuerza, sabiendo que ese “alumno” era yo, y que esa prueba… fue una clase que nunca iba a olvidar.

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  • Hasta el lunes (3)

    Hasta el lunes (3)

    Llevaba veinte minutos sentado frente a una pantalla con gráficos del último experimento, pero lo único que podía mirar era el reloj del extremo inferior esperando a que pasaran los 30 minutos que Montse me había dado como plazo para encontrarnos.

    No pude aguantar más y cogí unas cuantas carpetas al azar y el portátil y me dirigí a la sala de juntas. Me senté en la mesa frente a la puerta y extendí algún que otro papel por la mesa.

    -¿Qué hace aquí? –preguntó mi jefa asomándose por la puerta

    -Esperar a Montse, tenemos que cerrar varias cosas del congreso de la próxima semana en Bruselas –respondí esperando haber sonado convincente.

    Ella se encogió de hombros demostrando su nulo interés por el trabajo, dudo que supiera de que congreso hablaba, pero su gesto denotó cierta extrañeza que me inquietó.

    -Perdón, Mar –dijo Montse cuando se detuvo frente a la puerta que ella obstaculizaba

    -Si, claro. Ya sé que tenéis cosas importantes que tratar del congreso de Bruselas –dijo poniendo una voz que quería aparentar seguridad, imagino que para parecer que era una jefa responsable, aunque yo seguí con esa extraña sensación.

    Se giró y dejó el paso libre a Montse.

    -Bonita falda, por cierto, mi madre tiene una igual –dijo a modo de despedida

    No sé si el comentario quería ser educado o no, pero a mi me sonó bastante faltón, aunque me hizo reparar en la indumentaria de Montse. Falda larga verde plisada, una chaqueta de punto de color morado con cos botones abrochados sobre una blusa blanca cerrada y zapatos planos. Mar tenía razón, parecía un look de una mujer veinte años mayor y no precisamente moderna. El pelo recogido en una cola de caballo y la ausencia de complementos, salvo un reloj pequeño y plateado reafirmaban su apariencia de discreción absoluto. Pese a ello mi mente se llenó con las imágenes de la noche anterior y fui consciente del cuerpo que ocultaba esa ropa gris y profesional y no pude empezar a sentir una cierta excitación.

    -Bien, ¿qué quieres saber? –dijo tras cerrar la puerta mientras se sentaba con un tono de voz que no se parecía en nada al que conocía y que transmitía seguridad y firmeza.

    -¿Por qué estás haciendo esto conmigo? –pregunté a bocajarro.

    -Lo disfruto –respondió con un leve encogimiento de hombros mientras abría su portátil para aparentar normalidad.

    -¿Es porqué te rechacé aquella noche?

    -En parte, pero tenía ganas de ponerte cachondo desde el primer día que te vi, por eso te busqué esa noche

    -O sea, que nada de lo tu chico y todo eso era verdad –respondí sorprendido por su lenguaje.

    -No, era cierto. Mi enfado con él fue una motivación más.

    -¿Y lo de la página web?

    -Es una forma de sacarme un sobresueldo y además nos gusta. Me excita saber que puedo tener a cien tíos con la polla dura, tocándose mientras me ven y a mi chico le encanta verme así.

    -No me escandaliza –contesté intentado que no se notará mi sorpresa por su confesión, aunque no pude evitar retirar la vista fingiendo buscar entre las carpetas para que ella no viera mi cara –pero creí que te gustaba compartimentar tu vida. ¿Por qué no lo has hecho conmigo?

    -Me pones, no hay más razón. Y creo que tú también eres bastante discreto, has sido amable, pero no me contado nada de tu vida ni me has intentado invitar a tomar algo ni has insistido en que te contara nada sobre mí, así que decidí arriesgarme.

    Guardé unos segundos de silencio. Procurando no pensar en la erección que comenzaba a notar presionando mi pantalón por culpa de sus palabras.

    -¿Tu chico… Javi, lo sabe?

    -Si, nos lo contamos todo.

    -¿Y no le importa?

    -No, de hecho, fue el quién me inició en esto. Empezamos a salir cuando yo tenía 20 años y me ayudo a… liberarme.

    -¿Liberarte? –pregunté intrigado.

    -Siempre he sido bastante morbosa –admitió– pero era algo que guardaba para mí. Otros chicos con lo que había estado no me dieron la confianza para dejarles entrar en mi mundo. Javi me ayudó a llevar a la realidad todo lo que siempre había deseado probar.

    -¿Bueno, supongo que eso pasa con todas las parejas no? –comenté ganando tiempo para asimilar sus palabras.

    -¿Si? ¿Has ido con tus novias a clubs de intercambio, has dejado a dos tíos follar a tu chica mientras mirabas, has buscado una sumisa para que ella haga realidad sus fantasías, has dejado a cientos de desconocidos ver como la usas…? -preguntó, aunque no esperaba respuesta, como demostró su divertida sonrisa divertida porque en esta ocasión no pude disimular como me habían golpeado sus palabras.

    -No… imagino que no

    -¿Solo imaginas, no lo recuerdas? –preguntó provocándome y pareciendo que casi se reía de mí.

    -No, no he hecho todo eso –respondí recuperando la compostura.

    -Eres prudente, eso tiene sus riesgos. Una de las veces que fuimos a un club alguien del trabajo me reconoció, por eso ahora soy más discreta.

    -¿Te despidieron?

    -No exactamente, pero cambié de trabajo y terminé aquí a modo de ascenso –dijo con tono misterioso- Ven, necesito otro expediente –exclamó de pronto sin dejarme replicar.

    Acto seguido se levantó y salió dejando la puerta abierta. Tardé unos segundos en reaccionar hasta levantarme. Cogí una carpeta para tapar mi entrepierna. No había forma de disimular lo duro que estaba, así que opté por ocultarlo. Vi como Montse giraba por el pasillo y apresuré el paso para ver como entraba en el archivo. Cuando entré ella estaba sacando un archivador de uno de los armarios.

    -Cierra la puerta –ordenó mientras volvía a colocar el legajo en su lugar.

    Obedecí y me quedé expectante. Estaba deseando que ella se acercara como la noche del parking, pero en su lugar se alejó y se sentó en un escritorio viejo al fondo del cuarto.

    -Tu ya me has visto, ahora me toca a mí. Quiero que me devuelvas el espectáculo.

    -¿De qué hablas? –pregunté esperando que su respuesta fuera otra.

    -Quiero ver como te tocas para mí. Y sé que estás empalmado detrás de esa carpeta, así que déjame verla.

    Me quedé bloqueado. Estaba tan excitado que me dolía la polla de lo dura que estaba, pero la exigencia de Montse me tenía bloqueado.

    -Vamos, estoy esperando –urgió.

    Dejé la carpeta en una de las estanterías. Efectivamente mi erección no se podía disimular. Me bajé la cremallera y me la saqué. Estaba durísima, hinchada, con el capullo rojo y brillante.

    -No está mal –apreció con una sonrisa tan lasciva que me hubiera provocado una erección si no estuviera ya en ese estado –escúpete la mano y empieza.

    Sin articular palabra hice lo que decía. Noté las venas de mi miembro latiendo cuando comencé a mover mi mano, aunque evitaba mirar su cara.

    -Mírame

    Cuando lo hice puede verla sentada en el escritorio. Se estaba desabrochando la chaqueta. Cuando acabó comenzó con su blusa, dejando ver un sujetador blanco de encaje al abrirla.

    -Me gusta que estés operado, me encanta comerme las pollas así –comentario que me provocó un escalofrío pensando en la posibilidad de sus labios rodeando mi capullo. Sigue tocándote, ya me has visto antes así que no debería sorprenderte.

    Su mirada fue increíblemente provocadora y obedecí como un autómata. Se bajo las copas del sujetador mostrando sus pechos. Las aureolas hinchadas y los pezones duros delataban su excitación. Comenzó a acariciarlos y pellizcarlos sin retirar la mirada de mi cara.

    -¿Qué pensabas anoche cuando me viste?

    -No podía creer que fueras tú

    -¿Y qué más?

    -Que me gusta tu cuerpo, no esperaba que fuera así.

    -Dime la verdad… ¿qué pensabas? –insistió mientras subía su falda y separaba las piernas para dejarme ver su ropa interior de encaje blanco.

    -Me dieron ganas de follarte

    -Esas ya las tenías –aseguró mientras se acariciaba por encima de la tela, tirando de sus braguitas que se deslizaban entre los labios de su coño- ¿qué más?

    -Que fui un idiota dejándote escapar

    -Eso también era obvio –respondió con voz susurrante y divertida mientras apartaba la ropa interior para mostrarme tu coñito y como uno de sus dedos entraba lentamente en su interior- ¿Quieres más?

    -Si…

    -Entonces dime la verdad, ¿qué pensaste?

    -Que eras una guarra –respondí sin prensar y subiendo el tono de voz, presa de la excitación. No podía razonar ni intentar buscar una respuesta más correcta.

    -Ni te imaginas lo guarra que puedo ser…

    Con una sonrisa en su cara subió una pierna sobre la mesa para mostrarme como un segundo dedo seguía al primero. Los sacó brillantes y húmedos, separándolos para que viera los hilos de flujo que pendían entre ellos. Mientras yo seguía masturbándome intentado no explotar, quería disfrutar del espectáculo. Su cara había cambiado. No era la de la mujer eficaz y seria que conocía. El brillo de sus ojos, su gesto, su sonrisa, divertida y provocadora hacían que esa ropa gris y formal, su pelo cómodo y funcional, dejaran de tener importancia para definirla.

    Se puso de pie y subiéndose la falda se bajó las bragas y se acercó a mí. Avancé hacia ella, pero me detuvo poniéndome la mano izquierda en el pecho.

    -He dicho que quería que me devolvieras el espectáculo, no que pudieras tocarme

    -Joder, vas a volverme loco

    Ella no respondió y en su lugar acercó esos dedos que hace unos segundos estaban en su interior a mi boca. Los pasó por mis labios, noté la humedad y saqué la lengua para saborear.

    -¿Te gusta? –preguntó mientras dejaba que chupara sus dedos hasta dejarlos limpios

    Asentí, mientras mi lengua aun buscaba sus flujos y nuevamente intenté acércame a ella.

    -He dicho que no –se apartó- ¿quieres que esto acabe?

    -No… quiero más

    -Aun tienes que pagar por lo que me hiciste, pero hoy te has portado bien. No te muevas y tendrás tu premio…

    Mientras terminaba la frase envolvió mi polla en sus braguitas y comenzó a apretar mi polla. El contacto me hizo estremecer. Ella me miró a los ojos y comenzó a pajearme. Lo hacía de forma suave, pero apretando mi miembro mientras con la mano libre se levantaba la falda y comenzaba a tocarse nuevamente. Sabía que no iba a poder aguantar mucho. Su mano, su respiración agitada y profunda mezclada con la mía, el olor a sexo que llenaba la habitación y su cara perversa y sonriente fueron más de lo que puede aguantar.

    -Me corro –acerté a decir

    Ella movió su mano con más energía.

    -Me encanta sentir como explota una polla –susurró inclinándose a mi oído.

    Eso fue todo lo que hizo falta para correrme. Sentí mi semen brotando, empapando sus braguitas mientras ella me apretaba la polla y noté como me temblaban las piernas.

    -Buena corrida, cuanta más leche, mejor –dijo cuando cesaron los espasmos de mi pene y mientras lo limpiaba suavemente con la ropa interior ya empapada de mi semen.

    -¿Y tu?

    -Yo voy le contaré esto a mi chico en cuanto llegue a casa para que me diga que soy una guarra y me folle como me gusta. Quiero que lo sepas y pienses en ello esta noche, antes de mandarme una foto con tu corrida -–dijo sacando la mano de entre sus muslos y recomponía su ropa.

    -¿Qué? –acerté a decir más desconcertado aun después de lo que acaba de pasar.

    -Esta noche te vas a pajear pensando en como me revienta mi chico y me mandarás la prueba. ¿Has entendido?

    Asentí mientras devolvía rápidamente mi miembro al interior de mi pantalón antes de que ella abriera la puerta.

    -Ahora voy a seguir con el congreso de Bruselas. ¿Lo cerramos lunes? –se despidió con su voz de burócrata dándome la espalda.

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  • Me enamoré de una prostituta

    Me enamoré de una prostituta

    Veo a Patricia una vez a la semana desde hace más de cinco años, incluso antes de que comenzara la pandemia. Las primeras veces el servicio fue muy formal. Nos veíamos en un hotel y ella llegaba vestida con sencillez para después meterse al baño a cambiarse. Salía con una lencería que la hacía ver muy buena. Ella tenía treinta y cinco años y yo veinticinco. Tenía un abdomen plano, nalguitas bien formadas y unos pechos que habían visto tiempos mejores pero seguían siendo toda una visión que inmediatamente me provocaba erecciones.

    Esa tarde me acosté boca arriba mientras ella me colocaba el condón con la boca. Me la mamó un buen rato hasta que no pude más y le pedí que se acostara boca arriba. Ella obedeció y la penetré de un solo movimiento. Mantuvo los ojos cerrados casi todo el tiempo. Yo acaricié sus tetas caídas y bombeé hasta vaciarme en el condón. Gruñí para hacerle saber la inminencia de mi eyaculación y gimió con profesionalismo para contribuir al efecto.

    Una vez terminado, salí de ella y ella revisó el condón en búsqueda de fisuras sin encontrar nada: toda mi semilla había quedado atrapada en el látex. Le pagué la tarifa establecida y añadí una propina generosa. Se despidió con un frugal beso en los labios y salió del cuarto.

    Poco a poco me fui ganando su confianza. Comencé a llevar una botella de vino a nuestros encuentros y a poner música, relajando el ambiente. También comencé a preguntar qué otros servicios realizaba. Me dio las tarifas para el sexo oral sin condón, el sexo anal y la oportunidad de terminar en sus tetas o en sus nalguitas. A partir de ese entonces nunca me la volvió a mamar con condón, incluso, por una tarifa adicional me permitía de vez en cuando eyacular en su boca. Después del sexo nos quedábamos abrazados platicando. Varias veces también nos metíamos al jacuzzi en el hotel para divertirnos mientras platicábamos y bebíamos.

    Así fueron pasando los años. Por aquel entonces yo tenía una nueva con la que tenía una vida sexual pésima, además de llevarnos fatal en todas las demás áreas, por eso no sentía remordimientos cuando estaba dentro de Patricia. Terminé con aquella novia porque la situación se había vuelto insoportable. Ese día fui a los brazos de Patricia, quien me consintió no cobrándome el extra por el oral al natural.

    Pensé que no pasaría, pero terminé enamorándome de ella. Durante meses sólo pensé en ella. En su cuerpo, las tetas que había aprendido a amar y cuyos pezones pertenecían en mi boca. Sabía perfectamente qué movimientos y caricias hacían que se viniera y sobre todo, se había vuelto en mi confidente y en la relación más estable y duradera que alguna vez tuve.

    Para ella, sin embargo, yo sólo era un cliente más. Un cliente generoso y competente a la hora de coger, pero un cliente como cualquier otro.

    Lo que sí sucedió fue que nos convertimos en amigos. Sin celos de por medio pero con la oportunidad de cogérmela, podía contarle mis lances amorosos en la vida real. Más bien mis fracasos.

    Ella a su vez me contaba de un novio que tenía, un hombre divorciado que en realidad no sabía a lo que ella se dedicaba.

    —Ya ves, yo te conozco mejor que él —le decía mientras la besaba. Esa era otra ventaja de la confianza y de las tarifas extras, ahora podía besarla como si fuéramos una pareja enamorada.

    —No puedo decirle a qué me dedico, me dejaría.

    —A mí no me importa a qué te dedicas, yo sólo quiero estar contigo, Patricia, ¿por qué no puedes verlo?

    —Ya, guapo, para y mejor ven, siéntate.

    Zanjaba ese tipo de conversaciones poniéndose entre mis piernas, lista para mamar y recibir mi semilla en su boca. Sabía que aunque no lo pidiera, yo siempre terminaba pagando extra por sus tratos preferenciales.

    Un día le escribí saliendo del trabajo y acordamos un encuentro en el hotel que más nos gustaba. Había salido de una junta importante que fue bastante bien y quería celebrar. Llevé vino y flores.

    —Apúrate, mi amor, me urge verte —colgué el teléfono y manejé hasta el hotel.

    Ella llegó veinte minutos después. Abrimos la botella de vino y le conté de mi victoria laboral.

    —Felicidades, amor —respondió sin mucho entusiasmo y lo noté enseguida.

    —¿Qué pasa? —pregunté mientras le besaba los hombros. Comencé a quitarle la ropa con suavidad, disfrutando cada movimiento e intercalando un beso con cada caricia.

    —Mi novio descubrió a qué me dedico y terminó conmigo —explicó.

    —Lo siento mucho, preciosa, de verdad. Pero ven, no pienses en él. Vamos a disfrutar juntos.

    Terminé de desnudarla y la acosté boca arriba. Ella alcanzó su bolsa para extraer un condón.

    —Espera —la detuve —aún no.

    La abrí de piernas y comencé a lamer su clítoris con muchas ganas. Era mi turno de consentirla.

    Su monte de venus estaba cubierto de un vello oscuro y espeso. En alguna ocasión le pedí si se depilaría para mí y lo hizo pero después de ver su coñito depilado, que lucía como un diamante, supe que prefería ese vello que la hacía ver como una mujer de verdad. Madura y caliente.

    Le comí el coño durante quince minutos. Ella estaba vuelta loca. Repetía mi nombre y se retorcía de placer. No disminuí el ritmo hasta que sentí su cuerpo contraerse en un orgasmo brutal. En cuanto se disipó la energía, me incorporé sobre ella y la penetré al natural sin decirle nada. Ella reaccionó de inmediato.

    —¿Qué haces? No traes condón. Quítate —exigió.

    —No puedo Patricia, sabes que te amo como a nadie en el mundo y ahora que estás soltera, ya no tienes que cuidarte de nadie, mucho menos de mí.

    —No, Samuel, quítate, salte de mí, ¡así no podemos hacerlo!

    —No pasará nada, Patricia, te amo, de verdad, confía en mí, —gruñí mientras comencé a embestirla. Su coño se sentía mucho mejor de lo que había imaginado.

    —No, está mal, está mal, salte, por favor —su tono cada vez era más débil.

    La tomé del mentón y la obligué a mirarme a los ojos.

    —Te amo, Patricia, siempre te he amado. Yo jamás te dejaría, no me importa a qué te dedicas ni con cuántos hombres has estado. Quiero estar contigo.

    Las palabras comenzaron a hacer mella en la mente de mi amada Patricia.

    —¿En serio? ¿No te importa?

    —Para nada, sólo quiero estar contigo. Te amo.

    Dejó pasar unos segundos en silencio pero dejó de luchar contra mi pasión.

    —Yo también te amo, Samuel. Hazme tuya.

    Nos besamos apasionadamente.

    Seguí embistiéndola y cada movimiento me llevaba al éxtasis más alto. Estaba cumpliendo mi sueño de hacer el amor de verdad con Patricia, la prostituta de la que me había enamorado. Al fin estuve al borde de la eyaculación y decidí que si tanto nos amábamos, el hombre debe eyacular en la vagina de su mujer sin importar las consecuencias. Patricia debió pensar lo mismo porque gritó con cada chorro de semen que le descargaba en el coño.

    —Así, papi, así, lléname de ti, no dejes ni una gota…

    Después de vaciarme en ella, nos quedamos abrazados un rato.

    Yo la cubría de besos. Era la mejor tarde de mi vida.

    —¿Estás bien? —pregunté después de un rato —te noto muy pensativa. ¿Te arrepientes de lo ocurrido?

    —No, mi amor, no me arrepiento, llevábamos tiempo retrasando lo inevitable. Yo también te amo desde hace tiempo, no sé por qué seguía con aquel, supongo que por el dinero, pero esto se sintió correcto. Estar contigo es lo correcto, mi Samuel. Sólo hay algo que me preocupa…

    —¿Qué es, mi vida?

    —Debido a mi oficio siempre he usado condón y nunca he estado en ningún método anticonceptivo, es posible que tanto semen dentro de mí termine por embarazarme, si sucede… ¿qué hacemos?

    —¿Qué hacemos? Pues casarnos. Jamás permitiría que algo le pasara a un hijo mío, mucho menos si es contigo. No te preocupes, amor. Esta junta de la que salí representa un contrato de varios millones y nos irá bien los próximos años…

    Patricia sólo se abrazó a mí.

    Llego el momento de vestirnos y despedirnos. Intenté pagarle pero lo que acababa de suceder era invaluable.

    —No, guapo, no quiero tu dinero, te quiero a ti —fue su respuesta.

    El viernes volví a verla. Esta vez en un bonito café, era nuestra primera cita.

    Pasamos la tarde conversando y riendo como una pareja de verdad. Fui muy feliz. A la hora del postre me dio la noticia: nuestro encuentro sin protección había rendido frutos y estaba esperando un hijo mío. Me puse de pie para acercarme a ella y la abracé.

    —Te amo, Patricia y no te va a faltar nada, te lo prometo.

    Nos casamos un mes después en una ceremonia civil. Su familia no asistió porque no soportaba su profesión, así que tampoco invité a la mía. Nos fuimos a Cancún de luna de miel y cogimos todas las noches hasta que el cansancio nos vencía.

    —Ya no tiene caso que te pongas condón, guapo, el mal ya está hecho —me decía cada vez que eyaculaba en la vagina de mi ahora esposa.

    Con el dinero del trato pudimos abrir un pequeño bar. Había sido el sueño de ambos y Patricia trabajó como bar tender antes de entrar al negocio de la prostitución. Ella administra y atiende el lugar. Yo sigo con mis negocios y vivimos tranquilamente. Nuestro primogénito nació una tarde lluviosa de noviembre y después de muchos años, por fin tengo la familia con la que siempre soñé.

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  • Pasión prohibida

    Pasión prohibida

    Cuando se vieron por primera vez encontró en sus ojos algo que no había conocido hasta el momento; desde ese instante siempre la tenía en mente, esa chica se había vuelto especial, pasó de estar en sus más ardientes fantasías a la realidad.

    Todo de ella le gustaba; era joven, sus cabellos castaños la hacían ver muy sensual, sus labios finos incitaban a los más profundos deseos, su piel blanca y tersa le encantaba sentirla junto a la suya; pero no era lo único que le gustaba, sus pechos parecían esculpidos por un artista, redondos, firmes, coronados por unos dulces pezones rosados.

    El camino que llevaba a centro de sus placeres lo había recorrido más de una vez, deteniéndose a degustar su ombligo antes de continuar su marcha.

    Lo que más le gustaba era besar el interior de sus muslos mientras la tomaba de las caderas, así podía recorrerla toda llegando a su sexo y volviendo a los muslos; su adicción a sus jugos cada vez crecía más.

    Siempre que tenía la oportunidad dedicaba un buen rato a degustar su sexo, le divertía ver como se arqueaba cada vez que chupaba sus labios vaginales y tomaba sus clítoris entre los dientes.

    El sexo era cada vez más apasionado llegando a veces al punto de la perversión; no había nada más que la hiciera feliz y se preguntaba ¿por qué tiene que ser una pasión prohibida que una mujer ame a otra mujer?

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  • Esperándote en la cama

    Esperándote en la cama

    Mientras te estoy esperando, porque te deseo sentir, tu entras a la habitación y te paras al borde de la cama mientras que yo estoy acostada y me agarras por las piernas y me jalas hacia ti, inclinándote un poco y acercándome tu rico pene, quien ya está todo despierto y también deseoso de sentir, pero entonces te retiras un poco y diriges tu boca a besarme… pero en los labios de abajo…

    Pasas tu lengua por encima del pantys y puedo sentir el delicioso calor de tu lengua, lo cual hace que me humedezca más, agarras con ambas manos y me retiras la ropa y me dejas toda lista para ti, volviendo a dirigir tu lengua a besarme, estoy mojadita, suspiras porque te gusta, suspiro porque me excitas, sigues besándome, chupando todo con tu rica lengua, te digo que lo haces muy rico y que me encanta, pero que ahora yo te lo quiero mamar a ti.

    Me levanto y te beso, me das un apretón de nalgas, te volteo y te hago sentarte, me inclino sobre ti y comienzo a besarte, te digo cuanto me gustas, que me encantas y no hay piel ni besos como los tuyos, que no hay energía como la tuya y te voy abriendo la camisa, poco a poco, con cada botón que abro te doy un beso por tu pecho…

    Voy bajando más, llego al pantalón, te quito el cinturón, abro, bajo tu ropa y tengo el tesoro en mi mano, erecto y deseoso de ser saboreado, lo miro, me encanta, te miro, sin dejar de mirarte me lo llevo a la boca, poco a poco, hasta que se vuelve un movimiento rítmico y ya me lo estoy llevando todo a la boca, hasta el fondo que casi me ahogue, el calor de mi boca te encanta, chupo, succiono, te lo mamo todo porque me encanta, a ti te gusta y te miro y te digo que quiero que me cojas…

    Y como estoy mojadita entra rico, me pones en cuatro y me lo metes, muy rico, entra y sale y me das una nalgada en ese culo porque es todo tuyo… te digo que quiero ir encima, te acuestas y me siento sobre ti, sintiéndolo completico todo adentro. Te tomo de las manos y me siento llena de ti. Me inclino hacia atrás, porque me gusta sentirlo todo y me sigo moviendo, entonces me pones de lado de espaldas a ti.

    Y me sigues dando rico y me das mordisquitos en la espalda, volteo a mirarte y me besas, pero ya el beso es diferente, un beso con un toque morbo, con mordisquitos de labios… me acerco a tu oído y te doy una chupadita en la oreja y te digo “bello ¿quieres culito”? Y tú no aguantas dos pedidas.

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  • La última vez que fui ella (2)

    La última vez que fui ella (2)

    Al otro día me propuso ir a una fiesta:

    —Dale, Alma. Solo una vez. No tenés que hacer nada si no querés —me decía Camila mientras elegíamos ropa frente al espejo.

    —¿Y si me encuentro con algo que no quiero ver? —pregunté, con media sonrisa nerviosa.

    —Entonces das media vuelta y te vas. Pero te aseguro que te va a volar la cabeza —dijo ella, ajustándose un vestido rojo tan ajustado que parecía pintado.

    Me puse algo discreto… dentro de lo posible. Un vestido negro al cuerpo, con escote sutil y un tajo en la pierna. Obvio, encima me puse un saco largo. Todavía no me animaba a mostrarme del todo.

    La fiesta era en una casa grande, moderna, alejada de la ciudad. Iluminación tenue, música envolvente, cuerpos hermosos moviéndose con soltura, como si estuvieran en otro plano de libertad.

    —Acá nadie juzga a nadie —me susurró Camila en la entrada—. Algunos son creadores, otros empresarios, algunos vienen a mirar, otros a jugar. Vos hacé lo que sientas.

    Yo asentí, medio abrumada. Caminamos entre gente hermosa, algunos con ropa llamativa, otros directamente en ropa interior, o menos. Parejas besándose sin pudor, miradas intensas que te recorrían de arriba abajo.

    —¿Querés algo de tomar? —me ofreció Camila, mientras se le acercaba una chica que la saludó con un beso más que amistoso.

    Tomé una copa de vino espumoso y me quedé en una esquina, observando. Sentía las mejillas calientes, la piel más sensible, como si el ambiente entero me rozara.

    Un hombre alto, de barba prolija, se acercó.

    —¿Primera vez? —me preguntó con voz suave.

    —¿Se nota tanto? —le dije, con una sonrisa tensa.

    —No lo digo como algo malo. Es hermoso ver a alguien descubriendo este mundo.

    —Solo vine a mirar —aclaré.

    —Mirar también es jugar —dijo él, y me guiñó un ojo antes de alejarse.

    Me quedé helada. Respiré hondo. Camila pasó a mi lado, dándome un toque con el hombro.

    —¿Todo bien? —preguntó.

    —Todo… muy intenso.

    —¿Te gusta?

    —No sé. Me confunde. Pero me excita —confesé, con un hilo de voz.

    En eso, lo vi. Marcus estaba en el fondo, vestido con una camisa negra arremangada, pantalón ajustado. No hacía nada fuera de lugar, solo observaba… pero sus ojos se clavaron en los míos y mi cuerpo reaccionó solo.

    Hubo otros intentos de seducción. Una mujer preciosa se me acercó, me elogió el perfume y me dijo que le encantaría bailar conmigo. Un hombre me ofreció “mostrarme algo interesante” en una de las habitaciones privadas.

    Yo sonreía, agradecía, pero no. Algo dentro mío me decía que no era con ellos. Que si en algún momento iba a perder el control, tenía que ser con él.

    Cuando sentí que la cabeza me ardía de tanto estímulo, salí al patio a tomar aire. Estaba oscuro, pero sentí que alguien se me acercaba. Me giré. Marcus.

    —¿Estás bien? —me preguntó, serio.

    —Sí… creo —dije, con una sonrisa cansada.

    —¿Querés que te lleve?

    Lo miré. No lo pensé. Asentí.

    —Sí. Llevame.

    El auto avanzaba por las calles oscuras. Marcus tenía una mano en el volante, la otra descansando relajada sobre su muslo. Su perfil recortado por las luces del tablero era puro control y presencia.

    Yo miraba por la ventana, todavía algo aturdida por la fiesta.

    —¿Te incomodó? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.

    —No sé si es incomodidad lo que sentí… —respondí con honestidad—. Fue como si me hubieran sacado de mi cuerpo. Todo… tan abierto, tan libre.

    —Pero no participaste.

    —No. No era el lugar. No era con ellos.

    Me miró de reojo.

    —¿Y conmigo sería?

    Lo miré. Le sostuve la mirada por primera vez sin escapar.

    —No lo sé —dije. Pero mi voz ya no sonaba firme. Sonaba… expectante.

    Él volvió la vista al frente, pero una sonrisa leve se le dibujó en la boca.

    —Alma, vos me mirás como si quisieras decirme algo hace tiempo. Y cuando lo hacés, te arrepentís a la mitad.

    —¿Y si te dijera que sí? ¿Que quiero algo, pero tengo miedo?

    —Te diría que no tenés que tener miedo conmigo. Que no voy a hacer nada que vos no quieras. Pero si me das una sola señal… —dijo, con la voz grave— …no pienso contenerme.

    El resto del camino fue silencio tenso, cargado. Una electricidad espesa flotaba en el aire.

    Cuando llegamos al garage, bajé sin hablar. Caminé hacia el ascensor. Él me siguió. No me tocó. Ni una palabra.

    Entramos a mi piso. Me saqué el saco, dejando que mi vestido al cuerpo hablara por mí. Me giré hacia él.

    —Marcus… —dije, con la voz casi quebrada—. Necesito ayuda con algo.

    —Decime.

    —Subí conmigo.

    Él asintió, y subió los escalones detrás de mí en silencio. Su respiración era profunda, controlada, pero sentí la tensión en su cuerpo como una fuerza detrás mío.

    Cuando entramos al cuarto, me di vuelta. Lo miré.

    —¿Sabés cuántas veces imaginé esto? —susurré.

    Marcus cerró la puerta con suavidad. Se acercó despacio, como una fiera que mide cada paso.

    —¿Y en qué parte te detenías? —me preguntó, con la voz oscura.

    —En la parte donde te besaba. Y vos me agarrabas como si se te acabara la paciencia.

    Eso fue todo. En un segundo, su boca se estrelló contra la mía con una urgencia cruda, sin ternura ni permiso, solo hambre. Su cuerpo, enorme, duro, se apretó contra el mío como una muralla caliente. Sus manos fuertes rodearon mi cintura y me alzaron como si no pesara nada.

    Me sostuvo contra su pecho, sus labios aplastados contra los míos, y yo me abrí a él como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando desde siempre. El beso fue húmedo, sucio, salvaje. Lo deseaba con una desesperación que no sabía que tenía.

    Me llevó hasta la cama sin dejar de besarme, dejándome caer con una suavidad que contrastaba con la violencia de su deseo. Se agachó sobre mí, su mirada encendida, feroz.

    —Estás tan buena, Alma… —gruñó, como si fuera un secreto que ya no podía guardarse.

    Le acaricié la cara con dedos temblorosos, mi cuerpo ardía.

    —No te contengas —susurré, jadeante—. No vine a que seas suave.

    No necesitó más. Me arrancó el vestido, literal, lo bajó de un tirón y lo dejó caer al suelo. Yo no me opuse. Me quedé en ropa interior, con la piel erizada, la respiración entrecortada y el centro palpitando de deseo.

    Su mirada me recorrió, lujuriosa, devorándome. Se agachó y empezó a besarme el cuello, bajó lento, su lengua dibujó un sendero ardiente entre mis pechos, por mi abdomen, hasta el borde de la bombacha.

    —No sabés las veces que me imaginé haciéndote esto —murmuró, con voz grave.

    Me quitó la ropa interior con los dientes, rozándome apenas. Yo me retorcí, ya empapada, jadeando.

    —Quiero sentirte —le dije, sin pudor—. Toda.

    Cuando se sacó la ropa, contuve el aliento. Su cuerpo era brutal: piel oscura, músculos marcados, el torso amplio. Pero lo que tenía entre las piernas me dejó sin habla. Era grande. Más que eso. Era intimidante.

    Él lo notó. Sonrió.

    —¿Te asusta?

    —Me calienta —le respondí, sin pestañear.

    Me abrió las piernas con esas manos enormes, firmes. Me tocó sin apuro, con conocimiento, con precisión. Cuando me penetró, lo hizo despacio, estirándome centímetro a centímetro, haciéndome gemir con fuerza, sintiendo cómo mi cuerpo se rendía, se abría, lo aceptaba.

    Era demasiado. Y era perfecto.

    Sus embestidas fueron profundas, rítmicas, implacables. Me empujaba con fuerza, sujetándome de las caderas, haciendo que lo sintiera hasta el fondo. Yo gritaba, me aferraba a él, lo arañaba, lo insultaba entre jadeos.

    No era amor. Era puro sexo. Crudo. Real. Necesario.

    Me giró. Me tomó de espaldas, de rodillas, con una mano en mi cintura y otra en mi nuca, controlándome. Yo gemía como nunca antes. Me sentía suya, usada, llena. Y lo adoraba.

    Cada estocada era una descarga. Cada vez que me decía mi nombre entre gruñidos, me corría otra vez.

    Me hizo acabar más de una vez. Me temblaban las piernas, me dolían los muslos de tanto apretarlo con ellos. Pero él seguía. Incansable. Dominante.

    Cuando terminó, me llenó con una explosión profunda, caliente, mientras enterraba el rostro en mi cuello y murmuraba mi nombre como un mantra.

    Quedamos tirados, transpirados, jadeando. Yo con la mirada perdida en el techo, aún con espasmos en el cuerpo.

    Él me acariciaba la cintura, pero yo ya había vuelto a mi eje.

    —Fue increíble —dije, sin emoción—. Eso es todo lo que quería.

    —Lo sé —respondió, sin molestarse.

    Y en silencio, me giré para dormir. Sin abrazos. Sin promesas. Solo con el cuerpo satisfecho como nunca antes.

    Volver a Buenos Aires después de ese viaje fue como despertar de un sueño que no sabía si era húmedo o pesadilla.

    Me sentía vacía. Culpable. Sucia y, a la vez, poderosa. Como si hubiera vivido algo tan intensamente que ya nada después pudiera igualarlo. Pero también sentía que no podía seguir así. Mis hijos crecían, y no quería que un día me vieran como esa mujer rota, desbordada, perdida entre excusas y mentiras.

    Entonces elegí el camino que creí correcto: volví a mi casa, cerré todas las puertas que llevaban a ese pasado, y me propuse reconstruirme. Dejé las aventuras, los deslices, los cuerpos ajenos. Le fui fiel a mi esposo. Me hice la mujer ejemplar que la sociedad adora. O al menos lo intenté.

    Pasaron seis años.

    Hasta que el año pasado, una tarde cualquiera, me llegaron unas fotos al celular. Eran de Camila. No mandó ni una palabra. Solo imágenes.

    Era mi marido. En Italia. Con una mujer. Caminaban por la costa, abrazados. Él reía. Ella también. Y no estaban solos: dos niñas pequeñas jugaban alrededor de ellos.

    Mi mundo se quebró.

    Me dolió, claro. Mucho. Pero lo que más me golpeó fue la conciencia de que yo no era la mejor persona para indignarme. Había hecho lo mismo. O peor. Lo dejé pasar. Hasta que volvió de su viaje.

    Esa noche no grité. No lloré. No rompí nada. Esperé a que los chicos durmieran y lo cité en la habitación. Solo él y yo. A solas, después de años de silencios acumulados.

    Le mostré las fotos.

    —¿Desde cuándo? —le pregunté.

    Él bajó la mirada. Y habló.

    —Desde antes de conocerte —dijo sin rodeos—. La conocí en una excursión del colegio, ¿te acordás? Vos también estabas. Te juro que no pensé que se sostendría tanto. Pero tuvimos dos hijas. Y con el tiempo… bueno, no pude dejar ninguna de las dos vidas.

    Me quedé muda.

    —¿Y por qué te casaste conmigo? —dije casi sin voz.

    —Por tu belleza —respondió sin dudar—. Y por el dinero de tu padre. Tenía miedo de que, si te dejaba, él dejara de invertir en mí.

    Me partió. Pero no terminé de caer hasta que me soltó lo peor:

    —Y sí… lo supe todo. Marcus. Camila. Todo. Hablé con ella. Le pedí que cuidara de vos. Que te distrajera. Que te hiciera bien. Pensé que… si vos también hacías tu vida, todo estaría más equilibrado.

    Me dejó sola esa noche. Ni disculpas ni reproches. Solo una verdad cruel.

    Y así me sentí: usada. Toda mi vida.

    Ya no tenía ganas de conocer a nadie. Ni de fingir. Pero algo adentro necesitaba salir. No sabía cómo sacarme esta mochila de encima hasta que entendí que escribir era mi única forma de liberarme. Así empecé a contar mis relatos, mis recuerdos, mis deslices… mis verdades. A veces, mientras escribía, me excitaba. Me tocaba. Me emocionaba. Otras veces lloraba. Porque sabía que, por más placer que hubiese, siempre volvía ese pensamiento amargo:

    —fui un objeto en la vida de los hombres que más quise.–

    Y así llego al final. No sé si esta historia me redime, pero al menos me deja en paz.

    Me despido de ustedes, mis fieles lectores. Algunos fueron compañeros, otros casi confesores. A todos, gracias. Gracias por leerme, por no juzgarme, por estar.

    Todo llega a su fin. Esta soy yo. Esta fue Alma Carrizo.

    Un beso grande.

    Y hasta nunca.

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  • Elena, mi prima consentida

    Elena, mi prima consentida

    Elena es mi prima con quien me llevo de maravilla desde que tengo 5 años, nuestras familias siempre fueron muy unidas y la menor causa era motivo de reunión, fiesta, etc., nuestra niñez prácticamente la pasamos juntos hasta que por motivos de trabajo de mis tíos nos distanciamos antes de cumplir 14 años pues ellos se fueron a vivir a otro estado al cual solo por avión era posible llegar.

    4 años después la fortuna no favoreció a mis tíos y luego de divorciarse mi tía se regresó con mi prima, al llegar, mis papás organizaron una fiesta para darles la bienvenida, cuando vi a Elena me dio muchísimo gusto pues en varias ocasiones comentamos que más que primos éramos hermanos, así nos vimos ese día como el reencuentro de 2 hermanos. Durante ese tiempo platicábamos de que nos había ocurrido a lo largo de 4 años: parejas, escuela, situaciones chuscas, pero nunca hablábamos de sexo.

    Cierto día lunes me avisaron mis papás que una semana después acompañarían a mi tía a arreglar las ultimas cuestiones del divorcio de mi tía así que estarían fuera durante 15 días pues aprovecharían para tomar unas vacaciones, y que además mi prima vendría a quedarse conmigo durante esos 15 días para que no estuviera solo.

    Elena y yo éramos los más felices pues como ya comenté nos queríamos mucho, además que solo faltaban 5 días para nuestras vacaciones de verano así que pasaríamos las dos semanitas juntitos.

    El día esperado llegó y fuimos a dejar a mis papás y a mi tía al aeropuerto, al regresar ya eran como las 10 pm así que decidimos pasar a cenar y al llegar a casa me comentó que no le gustaba dormir a solas y que si podía dormir conmigo.

    Esta cuestión no me pareció muy buena idea pues yo duermo completamente desnudo, situación que le comenté a lo que ella respondió “yo también duermo desnuda, así que no hay problema solo cuida de que si se te para apuntes a otro lado”, seguido de este comentario solo reímos.

    Empezamos a platicar de lo hasta ese momento no habíamos hablado, de sexo, me comentó que perdió su virginidad con un tipo más grande, pero que lejos de gustarle el tipo la lastimó y no duró ni 5 minutos, luego conoció a otro chavo con el que tuvo relaciones de manera satisfactoria pero no magnifica y que llevaba bastante sin sexo.

    En ese momento dejé de verla como a mi hermanita y la empecé a ver como lo que era, una mujer, con busto grande cintura regular caderas anchas y nalgas paradas, piernas bien torneadas (medidas 98—69—102) ella usaba ropa ajustada, por lo que se veía buenísima.

    Después de una larga plática de sexo nos fuimos a dormir, al llegar al dormitorio, nos empezamos a desnudar, solo que yo después de tan menuda conversación traía mi aparato en todo su esplendor, y al observarla totalmente desnuda no sé como pero más dura se me puso, sentía que iba a explotar de lo dura que estaba, ella al verme desnudo comentó:

    —Caray primo nunca había visto un palo tan grande como el tuyo, y además tan duro.

    Este comentario me ruborizó completamente, a lo que solo puede reaccionar tapándome y acostándome a dormir, después de un rato al no poder dormir ninguno de los dos por el calor que hacía no destapamos y al ver que aún la tenía paradita me dijo:

    —Mira nada más que tu amiguito sigue despierto.

    —Es que se despertó al ver lo buena que estas prima.

    —Pero primo, aunque te confieso que también me excité al verte desnudo, recuerda que casi somos hermanos.

    —Si tienes razón, por eso estoy tan apenado, pero es que no se quiere bajar.

    —Bueno primo ya pensemos en otra cosa ¿ok?

    —Ok

    Guardamos silencio un rato y cuando la creí dormida me empecé a masturbar, pero cual va siendo mi sorpresa que realmente estaba despierta, y dijo:

    —Mira nada más a lo que llegas, con una mujer caliente a tu lado y tu jalándotela.

    —Es que si no se baja.

    Y sin decir más la tomó ente sus manos y la empezó a chupar, a lamer lenta y pausadamente haciéndome gritar de placer hasta que casi me vine. Cuando sintió que iba a terminar la apretó con todas sus fuerzas para evitar mi eyaculación, yo le agradecí esa mamada chupándole, lamiéndole y succionando sus pezones, su clítoris, su pubis totalmente rapado, hasta que se vino.

    Acto seguido comencé a chupar su ano mientras le metía dos dedos, hasta que ya no pudo más y me obligó a que la penetrara. Debo decir que es la vagina más húmeda y caliente que haya probado, probamos varias posturas, pero la mejor fue cuando puso sus piernas en mis hombros, fue la penetración más profunda que haya probado, hasta que terminé dentro de ella.

    Ella estaba afónica de tanto grito, pero no me importó pues al ver que seguía parada me cambié el condón y se la metí por el culo, me fascina el sexo anal y mi prima que ya no era virgen del culo, se movía como poseída, hasta que nos vinimos juntos.

    Por la mañana me despertó una rica sensación, me la estaba mamando hasta que me vine en su boca, y ya en este camino, lo hicimos nuevamente durante un rato, después de comer, y la siguiente noche y así durante 5 días hasta que ya rosados los dos, cansados y sin fuerza hicimos una tregua de 3 días para descansar.

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