Autor: admin

  • Línea 1 CDMX

    Línea 1 CDMX

    Hace algunos ayeres trabajaba en la hermosa pero conflictiva Santa Fe. De lunes a viernes me desplazaba desde el metro Consulado hasta Candelaria y de ahí a Tacubaya donde salían camiones de “la empresa” que nos llevaban a nuestras “celdas” a trabajar. Ese mismo camión nos dejaba en el mismo lugar y tomaba la misma ruta hasta casa.

    No niego que era un viaje largo pero que disfrutaba ya que siempre me iba en “la cajita feliz”. Para aquellos que no sepan que es: básicamente es el último vagón del metro donde encontraran a puro hombre tocando vergas y nalgas ajenas, aprovechando lo atascado que se pone un lunes por la tarde en hora pico en el metro de la CDMX.

    Hasta este momento, los encuentros que he tenido han sido vestido de hombre. No pasaba de que se la sacaran y se las jalaba. Lo que realmente quería: ir en hora pico así tal cual pero vestida. La pregunta era: ¿cómo como le hago? Tenía que ir vestido de hombre al trabajo. Mil preguntas pasaban por mi cabeza:

    ¿Dónde me iba a vestir y maquillar? ¿Y si uno de mis compañeros se quedaba ahí en Tacubaya por algo y me reconocía?

    Toda la semana estuve pensando y planeando desde la ropa que me iba a poner hasta el día que me iba a atrever a hacerlo.

    El día decidí que iba a ser el viernes aprovechando que era quincena y que iba a estar más lleno de lo normal. Aquellos paisanos chilangos, sabrán a lo que me refiero.

    La ropa:

    Minifalda ajustada a medio muslo cuadrada negro con blanco y gris. De corte colombiano que realza las nalgas.

    Blusa blanca ejecutiva semitransparente

    Bra negro que resaltaba sobre la blusa pero de forma discreta. En cada copa, sus respectivos silicones.

    Pantiliguero a la ingle negro, cachetero vino o como dice SHEIN: Burdeos. Botas a medio tobillo de tacón bajo.

    El lugar donde decidí cambiarme era un hotel de paso afuera del metro Tacubaya.

    Llegó el viernes y la hora Yaba-daba-Doo (generación x y posiblemente millenials entenderán la referencia de la hora)

    Llegamos al metro, me despedí de mis compañeros y me disculpé porque “iba a pasar una amiga por mí”. Llego al hotel, los nervios al mil. Nunca había hecho tal barbaridad. No salir vestida y menos a lugar como el metro. Fume yo creo que media cajetilla de cigarros. Me decidí y salí.

    Al momento que sentí como el aire se filtraba por mi falda, a lo mejor sonará raro, pero me dio más fuerza. Me hizo sentir por alguna razón: más mujer.

    Muchos me volteaban a ver y hasta dos o tres piropos me llevé. Entro al metro y me voy hasta el último vagón, quedando en la esquina contraria de la puerta.

    En Chapultepec se acabó de llenar el vagón. Sentía como me aplastaban mis chichis, no cabía ni un alfiler ya. Un güey se puso atrás de mí, pero no me pelaba, le estaba agarrando la verga a otro güey que la tenía de fuera. Pensé que no iba ser mi día.

    Llegamos a Balderas y un movimiento grande entre los que salían y entraban. Los dos tipos atrás de mí siguen con lo suyo y pues yo tratando de mantener el equilibrio, abrazando mi mochila entre empujones.

    Cuando nos volvimos a acomodar igual lleno y sintiendo en mis nalgas como el tipo se la jalaba al otro, sentí una caricia en mi pierna izquierda. No le había percatado que no era el mismo que estaba. Traje con corbata Godín, moreno, no feo.

    Su mano migraba lentamente de mi pierna a mi nalga, apretándola como plastilina. No sé si mi oficinista pidió chance a los chavos de atrás, lo que sí sé es que no tardo mucho para ponerse atrás mío. De su pantalón de vestir ya se le sentía dura, me la embarraba entre las nalgas en el vaivén del metro y de los cuerpos dentro de éste.

    Baje mi mano izquierda para sobársela por encima del pantalón, el muy atrevido metió su mano bajo mi falda, levantándola, viendo mi “lingerie”. Yo con la mano derecha trababa de bajarla por delante mientras me sabroseaba todas las nalgas. El güey que estaba adelante de mí, viendo hacia la puerta, imagino que sintió la falda subirse o yo luchando por bajarla, el caso es que baja la mirada, baja su mano y me la quita. Estaba completamente expuesta con mi falda como cinturón.

    El calor del vagón y el calor de mi cuerpo tuvieron que ceder. Al fulano que me estaba embarrando la verga por encima de mi calzón pero aún en el pantalón, le bajé el cierre, me ayudó a sacarla empezándola a jalar. Se sentía rica. No muy gruesa, no muy larga, pero llena de venas, dura y babeando ya. Al de adelante repetí la misma operación. Se acomodó para quedar enfrente de mí. Le abrí el cierre, se la sacó y se la empecé a jalar. Los gueyes que estaban a lado se dieron cuenta, ya la atención era para este lado del vagón, lo cual si me daba algo de pena, pero que carajo!!! Tenía dos vergas en ambas manos y mi falda levantada, ahora ya con otros dos manoseándome las piernas. Si me sentía la más puta.

    No habrá pasado dos ó tres estaciones, a la mitad de una el muy hijo de puta del oficinista, empezó a jugar con el encaje en mis nalgas, muy lenta y discretamente empezó a bajarlo. Al sentir esto, dejé la verga del de adelante, metí la mano a mi mochila y saqué un condón. Cuando se la deje de jalar, se sacó de onda, cuando le enseñe el condón, solo con los labios pronunció: “Que rico”.

    Pasó el látex, siento que toca la entrada. Se la agarre más que nada para verificar que si

    Se había protegido. Siento como con sus dedos me pone saliva en la cola y mientras el metro avanzaba, cada movimiento la sentía más adentro de mí. Sentía una desesperación por gemir, solo los ahogaba para no llamar más la atención de la que ya tenía bastante o eso creía yo.

    Ya ni sabía en qué estación iba, ni me importaba. Me estaban clavando, tenía una verga en la mano y dos tipos manoseándome.

    Llegábamos a una estación, poniendo atención de que nadie nos viera. No tardó mucho cuando sentí como explotaba dentro de mi entre estaciones. Solo dejaba salir pequeños pujitos que hasta se me hicieron tiernos. Llegamos a la siguiente estación que otra vez no vi por estarme arreglando. Cerrando las puertas, le pregunté al chavo que aún le agarraba la verga en qué estación íbamos. No me percaté en serio, pero ya había llegado a Pantitlán.

    En el túnel antes de llegar a la estación, se detiene el metro bruscamente, se va la luz y por el altavoz se escucha al conductor decir que íbamos a estar parados y sin luz por 10 minutos. El fulano se acercó a mi oído y me dice: “¿No tienes otro condón?”

    Mujer prevenida vale por dos y los condones los venden en paquetes de tres.

    Ya sin tanta gente se puso atrás de mí, de un jalón me bajó el calzón y nuevamente mi cola volvió a recibir verga ese día. No necesito 10 minutos. Terminó en 5 y en el sexto minuto empezamos a avanzar.

    Decidí tomar un taxi de sitio en Pantitlán. Lo que se me hacía raro es que sentía en mi panocha de Travestí así medio viscoso, resbaloso. Recordando y por las prisas, ya no cheque si se había protegido. Empecé medio a molestarme y preocuparme porque estaba segura que este cabrón lo pidió y ni se lo puso. Llegué a casa, al entrar me percaté que mi falda estaba llena de semen. Me desnudé en friega, tomé papel de baño para limpiarme de este bastardo.

    Al pasar el papel, siento algo raro pero que podía jalar. Era el condón que se había atorado en mi culo. Mi paz regreso.

    Gracias por leer.

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  • Cornudo dominado

    Cornudo dominado

    Ana entró al departamento arrastrando los pies, con el pelo desordenado, la boca hinchada y una mancha oscura que trepaba por la falda hasta el muslo. La falda, rota y pegada a la piel por el sudor y la suciedad, tenía marcas de dedos que la manosearon con rabia y sin tregua. Ni siquiera cerró la puerta bien; la dejó abierta como una invitación para que el aire sucio entrara junto con su vergüenza.

    Esteban seguía ahí, como un estúpido, parado frente a la ventana, inmóvil, tragando saliva y sin atreverse a mirarla.

    Ella lo cruzó con la mirada, lenta, y se sacó los tacos uno a uno, dejándolos caer al suelo con un ruido seco. La sonrisa torcida iluminaba sus labios manchados de rojo y saliva seca.

    —¿No vas a preguntarme dónde estuve, pelotudo? —dijo despacio, desafiándolo.

    Se sentó en el borde de la mesa con cuidado fingido, como si sentarse fuera un tormento, pero sus ojos brillaban con un fuego oscuro.

    —Me dejaron hecha mierda. —Se rió, levantando la falda hasta la cintura, revelando la carne marcada y húmeda—. Mirá esta concha, roja, hinchada, abierta como una puerta de burdel. Me la cogieron todos sin pedir permiso, como si fuera una muñeca de trapo rota. Me tiraron del pelo, me mordieron, me escupieron, me usaron de sucia sin importarle nada.

    Un hilo espeso, blanco y caliente resbalaba desde su entrada, goteando sobre su muslo con un ritmo lento, repitiendo el castigo que le habían dado.

    —Uno me levantó la pollera y dijo: “Esta ya viene mojada, está pidiendo verga esta trola”. Me empujaron contra la pared, me doblaron en dos, me hicieron gritar como una perra en celo. Y yo… yo me corrí como una puta desesperada. Me pusieron en cuatro, me rompieron el culo, me dejaron el orto lleno y sangrando.

    Esteban la miraba sin poder decir nada, tragando saliva con la boca seca, como si escucharla fuera humillarlo en el aire mismo que respiraba.

    —¿Querés saber lo peor? —dijo Ana, bajando la falda otra vez y sacudiéndose el polvo de las piernas—. Esta mañana, mientras vos laburabas como un pelotudo, entró Juan. Ese hijo de puta que siempre me mira el culo cuando venís con él. Ni siquiera me saludó, me agarró de la cintura y me aplastó contra la heladera.

    Ella se llevó una mano al pecho, tocándose el pezón duro, duro, bajo la camisa manchada.

    —Me bajó la bombacha y me partió el orto ahí mismo, con furia. Me dobló sobre la mesa donde vos comés, escupiéndome entre las nalgas y metiéndola sin pedir permiso. “¿Esto no te lo hace el boludo de tu marido? —me susurraba—. ¿Esto te lo da ese pobre infeliz?”. Y yo asentía, gimiendo, sintiendo cada embestida como un puñal directo al alma.

    Se tocó la boca con la punta de la lengua, manchada de saliva y sangre seca.

    —Se vino adentro, reventándome el culo. Me apretó fuerte las caderas y se fue sin decir ni chau, como si yo fuera un trapo sucio que ya no servía.

    Ana se chupó el dedo índice, húmedo y tembloroso.

    —Y después, subí al auto con un tipo cualquiera, no sé ni cómo se llama. Me miró y sonrió, me dijo “subí” y no me preguntó nada más. Me bajó la ropa, me abrió las piernas, me colgó los muslos en los hombros y me la metió parada, sin pausa, sin piedad. El asiento crujía, yo gemía, y él no paraba de clavarme hasta que acabé contra el vidrio, rota, empapada.

    —Cuando terminó, me abrió con los dedos y se puso a chuparme la leche caliente, limpiando todo con la lengua como un perro hambriento. “Qué rica estás, puta”, me decía. Y yo me corrí de nuevo, desesperada, rota.

    —Y para colmo, vino Martín, ese bruto gigante que no sabe más que romper y hacer daño. Me dio vuelta, me tiró sobre una mesa sucia llena de grasa y me la metió en el orto sin aviso, sin preguntar. Me quemaba, me ardía, me reventaba, y mientras me destrozaba, los otros se cagaban de risa: “¡Dale culiao, metele toda que esta se banca lo que venga!”, “¡Estás hecha una puta, mamita, reventala!”.

    Ana abrió más las piernas, dejando caer otra gota blanca y caliente desde su concha ensangrentada.

    —Estoy rota, Esteban. Toda usada, toda llena, con la concha abierta y el culo marcado. Caminando torcida, sin poder ni sostenerme.

    Se acercó, le rozó la barbilla con dos dedos duros.

    —Sos mi marido. Pero eso no te da derecho a nada. No a preguntar, ni a opinar, ni a hacer nada. Sos el que espera, el que limpia, el que mira, el puto cornudo.

    Esteban bajó la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos.

    Esteban no dijo ni una palabra. La cabeza le pesaba, clavada entre los hombros, la respiración agitada, la cara ardiendo de vergüenza, deseo y derrota. Sus ojos evitaban los de Ana, que lo fulminaba con la mirada, implacable.

    Ella se bajó de la mesa sin apuro, parándose justo frente a él. Abrió las piernas con descaro, dejando a la vista su concha hinchada, roja, chorreando ese semen ajeno que todavía goteaba lento y caliente.

    —¿Qué mirás, pelotudo? —le escupió con desprecio—. ¿Querés probar un poco de lo que me dejaron los machos de verdad? ¿O vas a seguir ahí, congelado?

    Esteban no abrió la boca.

    Ana le agarró la cabeza de un tirón, con mano firme, y la empujó hacia abajo.

    —¿Querés saber a qué sabe una puta bien cogida?

    Sin esperar respuesta, subió otra vez a la mesa, abrió las piernas al máximo, y le apuntó con el sexo mojado, brillando, sucio, gota tras gota cayendo sobre el suelo.

    —Arrodillate, cornudo. Dale, al piso. Como el perro que sos.

    Él bajó sin decir ni mu. Se arrastró torpemente, hasta quedar entre sus piernas abiertas, con la nariz a la altura de su vulva ensangrentada.

    —Limpiame. Chupame toda la leche que me dejaron adentro. Tragátela toda, basura. No dejes ni una gota, sorete.

    Esteban hundió la cara sin dudar. La boca se abrió, la lengua arrancó su recorrido por cada pliegue caliente, cada rincón húmedo, lamió sin descanso. Bajó con reverencia por el culo abierto, sucio, marcado y sangrante.

    Mientras lo miraba con una sonrisa perversa, Ana se tocaba los senos, acariciándolos despacio, gozando de su poder.

    —Así me gusta. Comete toda la leche ajena, putito. Mirá cómo te la tenés chorreando. ¿Te gusta la leche de otro en la boca, eh? ¿Te gusta que te humillen así?

    Le hundió la cabeza con fuerza, reclamando más.

    —Chupame bien el culo también, que Juan me dejó lleno ahí adentro y todavía me gotea, animal. ¡Más fuerte, boludo! ¡Limpialo todo!

    Esteban gimió entre sus piernas, entregado, humillado, sin más voluntad que la de complacerla. La cara le brillaba, los labios se le humedecían, la lengua pegajosa y rápida.

    —Sos un trapo. Un trapo de piso. Mirá cómo te tengo: tragando leche de otros, chupando la concha rota de tu mujer, limpiando con la lengua lo que me dejaron. ¡Eso sos! ¡Nada más que un puto cornudo para mí!

    Ana se arqueó, una ola de placer mezclada con dominio la recorrió.

    —¡Me hacés acabar, la puta madre! —gritó con rabia y goce—. ¡Me hacés acabar con la lengua toda sucia, comiéndome como un esclavo!

    Con un movimiento brusco, le apretó la cabeza contra su sexo y se vino, derramando toda su humedad caliente sobre la cara de Esteban. Sin piedad, le restregó la concha llena de leche y sangre, la frotó por la nariz, los labios, la frente.

    —Tomá, comete mi leche ahora. Revolcada, mezclada, toda sucia. Así te gusta, putito.

    Esteban no se movió. Se quedó ahí, chupando, tragando, babeando, hundido en su humillación más profunda.

    Ana lo empujó con el pie, como si fuera un objeto.

    —Listo. Volvé a tu lugar, perro. Ya me serviste.

    Él se arrastró para sentarse en el piso, como un perro mojado. La cara le chorreaba, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas, derrotado.

    Ana se acomodó la ropa, encendió un cigarro y lo miró de reojo, cruel.

    —Buen cornudo. Así te quiero.

    Ana lo miró con asco, esa sonrisa torcida que parecía hecha de veneno.

    —¿Sabés qué, pelotudo? Mientras vos te partías el lomo en el laburo, yo me cogía a otro en esta cama. Acá. En la misma cama donde vos te me subís con esa poronguita triste que apenas me toca. Un macho de verdad. Con una verga como un fierro caliente. Me rompió toda. Me acabó adentro tantas veces que estuve todo el día con la concha goteando.

    Esteban tragaba saliva, con los ojos clavados en el suelo, cada palabra cayéndole encima como una piedra.

    —Y sí. Me dejó embarazada, cornudo —le escupió—. Tres meses llevo con el pendejo de otro adentro, y vos ahí… chupando leche ajena como un pobre perro.

    Lo montó de golpe. Se sentó sobre él con bronca, como si lo castigara. Rebotaba como una yegua salvaje, riéndose sucia, con los dientes apretados de goce y odio.

    —¿Querés saber cómo fue?

    Y lo vio todo. Ella, empapada, desnuda, cabalgando como una puta poseída sobre ese tipo que la llenó. Lo tenía adentro hasta el fondo, se movía sola, desesperada, con la boca abierta, gimiendo como una enferma. Él le agarraba el culo con las dos manos, se la cogía con furia, sin pausa, acabando adentro como si la estuviera marcando.

    Nuestra cama se sacudía con violencia. Una cama de dos, manchada por tres.

    Y ahí, mientras se lo cogía a Esteban como castigo, le tiró otra bomba:

    —Y no fue solo él, ¿eh?

    Esteban la miró de reojo, roto.

    Ana se inclinó y le escupió la cara.

    Esteban levantó la vista apenas, como si le costara respirar.

    —Sí, así como te digo. En el baño de un boliche. Ni me acuerdo el nombre del chabón. Me vio pasar con ese shortcito negro —ese que me metía en el medio del orto y dejaba media concha al aire— y me siguió sin decir nada. Me agarró de los pelos, me empujó contra el lavamanos y me la clavó sin avisar.

    Lo miró con burla, con goce en la voz.

    —Ni me bajó del todo la ropa. Solo me corrió el short ese que me partía la raya. Me la mandó así nomás, sin forro. A lo bruto. Sin preguntar. Me cogió rápido, sucio, duro. Como una cosa. Y acabó adentro mío. Todo. Hasta la última gota.

    Se inclinó hasta su cara.

    —Y yo… me corrí igual. Sin culpa. Empapada. Con la bombacha chorreando leche de otro. Caminé por el boliche como si nada, con el culo marcado, el ojete transpirado, y ese short todo metido en el medio. Como una puta. Le agarró la cara con fuerza.

    —Y no se quiso sacar. No le importó un carajo. Se vino adentro, fuerte, profundo, caliente. Y yo… no dije nada. Me quedé quietita. Me corrí igual. Gimiendo. Como una puta agradecida.

    Esteban cerró los ojos.

    —Salí del baño con la bombacha empapada y la concha chorreando leche de un desconocido. Y vos esa noche me esperabas con la comida calentita, como un buen marido. Qué boludo.

    Ana se bajó de él, se limpió con su remera, como si se secara el desprecio.

    —Ah, cierto… —dijo mientras tecleaba en el celular—. Mañana vamos al obstetra. Vas a escuchar el corazón del hijo que no es tuyo. Y vas a sonreír como un papá ejemplar. Como el buen cornudo que sos.

    Se fue al baño, caminando desnuda, con la concha abierta, la espalda recta y el culo lleno de marcas.

    Esteban quedó ahí, con la cara húmeda, la verga flácida, y el alma hecha trizas.

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  • Nunca dejé de ser suya (1)

    Nunca dejé de ser suya (1)

    Advertencia:

    El siguiente relato es la introducción de mi historia, por lo que no cuenta con tanto contenido erótico como las siguientes partes. Hay descripciones largas sobre personalidades y lugares. Sobra decir que los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los implicados en este triángulo amoroso. Sin más por el momento, les comparto mi relato:

    Me casé joven y enamorada; yo (Jazmín) tenía 19, mi esposo (Francisco) 22. Yo mido 1.55 cm. Soy muy delgada. Mi cabello es lacio y negro. Mis pechos son de tamaño mediano y mi trasero es grande a pesar de mi baja estatura. Mi mejor atributo, según mi esposo son mis labios gruesos y mis piernas trabajadas durante horas en el gimnasio. Mi piel es casi completamente lisa, casi no tengo lunares. Mi esposo mide 168 cm, era guapo de rostro aunque tenía un poco de sobrepeso.

    A pesar de casarnos enamorados, atravesamos desde el principio problemas emocionales y de convivencia que dieron como resultado que nos separáramos poco tiempo después de casarnos.

    Nuestra vida sexual era muy buena. Nada que reclamarle. Francisco siempre fue un caballero conmigo dentro y fuera de casa, y en la cama era todo un semental, un macho, un hombre. Tenía una energía sexual a la que me costaba seguirle el paso, a pesar de su sobrepeso, y un deseo inagotable por mi cuerpo, al que yo siempre me entregaba sin reservas. Ambos éramos vírgenes cuando nos conocimos y fue mutuo el descubrimiento en el mundo del placer carnal. Había confianza suficiente para expresar nuestras fantasías y deseo de sobra para llevarlas a cabo. su inexperiencia la compensaba con energía y deseo.

    Una de las cosas que más le excitaban a él eran que yo le hiciera sexo oral, ya fuera antes del sexo, en cada cambio de posición o al terminar, cosa que me pedía muy a menudo, pues le excitaba demasiado descargar su semen en mi boca y ver cómo yo me lo bebía. Al principio no era de mi agrado hacerlo, pues su sabor resultaba extraño para mí, pero con el tiempo me fui acostumbrando y me encantaba verlo disfrutar tanto. Amaba que sus piernas temblaran cuando lo succionaba y a veces incluso gemía y me decía cosas sucias. Con el tiempo, mi boca se volvió el lugar predeterminado en el que mi esposo se venía, pues no nos gustaba usar condones.

    Yo, por otra parte, me excitaba a través de la imaginación. A veces jugábamos a que éramos amantes o que éramos completos desconocidos que se conocieron en un bar y, llevados por el deseo, habían decidido hacer el amor sin más. Otra fantasía que usábamos a menudo (y que me da un poco de vergüenza contar) es que yo era una nativa mexicana y él un conquistador español.

    Los primeros meses sin él la pasé fatal. Él había sido mi primer amigo íntimo, mi primer novio y el primer hombre que conocí en una cama. Nunca me había imaginado vivir sin él y una soledad me eclipsaba y me asechaba todo el tiempo, sobre todo en las noches. La cama se sentía inmensa sin él.

    Fue en esa soledad que conocí a Agustín, un hombre 11 años mayor que yo. Habían pasado dos años desde nuestra separación, por lo que ahora yo tenía 21 años; él, 32. Media 167 cm. Era delgado, de cara normal y en general no muy guapo. Sin embargo, tenía labios gruesos, cosa que me encantaba sentir cuando nos besábamos, a diferencia de Francisco, cuyos labios eran delgados. Además, quizás por su experiencia, besaba rico y era bueno para calentarme en general. Sabía cómo, cuándo y dónde poner sus manos. En lo demás, era lo opuesto a mi marido: mientras Francisco era más bohemio, Agustín era muy trabajador.

    Pero así como tenía lo que a mi esposo le faltaba, también le faltaba lo que mi esposo tenía. El carácter de Agustín a veces era desagradable. Se enojaba con mucha facilidad y no era muy culto. Por el contrario, Francisco, a pesar de su energía, tenía un carácter apacible. Rara vez se enojaba y nunca perdía la calma. Jamás me levantó la voz (fuera del sexo, donde me encantaba que lo hiciera) y tenía una ortografía impecable. Si no era un profesionista de cualquier tipo, era porque estaba enamorado de su tiempo libre y sus aficiones. Tocaba el piano, jugaba baloncesto, nadaba y sabía 3 idiomas. Francisco solo trabajaba lo justo para no morir de hambre. Nada más.

    Agustín, por el contrario, el único pasatiempo que tenía era emborracharse y seducir mujeres. Si no estaba en el trabajo, estaba en el bar. Tenía una pésima ortografía y no era demasiado inteligente, pero me daba atención. Lo conocí porque él es conductor de una plataforma de transporte y me ofreció intercambiar números con la excusa de si algún día necesitaba un servicio especial o fuera de horario.

    Comenzó a escribirme halagos y cada vez se fue metiendo más en mi vida. Me buscaba mucho y siempre estaba al pendiente de mí. Al principio lo rechazaba y le decía que era casada. Y lo era, pues nunca me divorcié oficialmente, pero eso pareció excitativo más y, con el tiempo, la soledad y la falta de sexo y de estímulos hizo que terminara aceptándole una cita. Francisco no estaba y Agustín sí. ¿Qué más podía hacer?

    La primera cita que tuvimos fue en un bar alejado de la ciudad. La zona no era fea, pero el bar no era del todo de mi agrado, pues rallando lo vulgar. No me encantó físicamente cuando lo vi. No recordaba cómo era y en su perfil no subía fotos suyas. Habíamos hablado lo suficientemente por chat como para saber nuestras intenciones y esa cita fue únicamente para formalizar una relación que ya habíamos cosechado 3 meses atrás.

    Las citas se repitieron y la pasión no tardó en llegar. Ese hombre sabía cómo tratar a una mujer. A veces me hablaba de sus romances pasados y sus aventuras con mujeres casadas y no cabía duda: ese hombre sabía lo que hacía. Por lo general nos veíamos por las noches en zonas donde fuese poco probable encontrar a algún conocido mío. Me enseñó a manejar y me dio tal confianza en mí misma que empecé a trabajar en la misma plataforma que él.

    Los fines de semana, después de trabajar unas horas, íbamos al mismo bar donde nos conocimos y bebíamos mezcal o cocteles. Él prefería la cerveza. Él me presentaba como su novia ante sus amigos y yo, aunque al principio me incomodaba, el rencor que guardaba por mi marido hizo que aceptara sin más que ahora era la novia de Agustín. Francisco no se podía quejar, pues se había ido.

    Aun así, debo admitir que mi conciencia no me dejaba tranquila del todo. Yo no me había divorciado y ser infiel, aunque mi esposo ya no estuviera conmigo, no me era algo fácil de hacer, así que solía beber para achicar la culpa en alcohol, cosa que funcionaba temporalmente. Después de beber, íbamos a algún estacionamiento o calle solitaria donde, sin salir del auto y llevados por el alcohol dábamos rienda suelta a nuestras pasiones: él disfrutaba de intentar poseer a la mujer de otro hombre y yo me volvía con la idea de que lo consiguiera, de dejarme conquistar, de entregarme al deseo de un hombre que me valoró más que mi esposo y que, a primeras luces, parecía mejor que él.

    La primera vez que pasamos al siguiente nivel fue un viernes. Yo traía un vestido corto color amarillo de algodón suave con figuras de flores. y aunque usaba tenis para manejar, cuando terminaba de conducir me los cambiaba por un zapatos de tacón alto color negro. Después de beber, dejé mi auto en el estacionamiento junto al bar y me subí en su camioneta blanca. Era enorme y olía a nuevo. Agustín a había comprado para dar servicios de lujo para bodas y fiestas de 15 años. Esas camionetas eran caras y solían ser usadas por guardaespaldas y famosos.

    Se estacionó en una calle sin pavimentar que de un lado daba a la parte trasera de un fraccionamiento (o residencial) por lo que no había puertas ni ventanas que nos pudiesen ver, solo un enorme muro color blanco. Al otro lado de la calle había un terreno baldío lleno de árboles. La calle era amplia pero no había ningún otro auto estacionado. Al parecer, estaba hecha para que camiones grandes pudieran transportar material de construcción a estas casas, pero la residencial estaba terminada y ya no pasaba nadie por ahí.

    No habría testigos…

    Al principio, él se inclinó de su asiento para besarme y yo, sentada recta en el asiento del copiloto, le correspondí. A pesar de que sus dientes estaban un poco sucios, en ese momento yo estaba súper caliente y nada me importaba. Estaba encerrada en un auto con un hombre y la tensión sexual que había en el aire, sumada al humedad que comenzaba a llenar mi vulva inundaba el ambiente. Cerré mis ojos para encerrarme en las sensaciones del momento y me dejé llevar.

    Sus gruesos labios besaban mi labio inferior. Su lengua intentaba penetrar mi boca, cosa que permití abriendo mis labios lentamente. nunca me habían gustado los besos de lengua y rara vez le permitía a Francisco besarme de lengua pero esta vez se lo permití a Agustín.

    Sentía como su lengua rozaba la mía y decidí seguirle el juego moviendo la mía también. Ambas se tocaban con pasión y sentía como una de sus manos acariciaba mi oreja con ternura; después, mi cuello, para seguir bajando por mi garganta hasta mi pecho y se detuvo ahí para apretar uno de mis senos por encima de la ropa. Todo eso sin dejar de besarme. Escuchar su respiración agitada me excitaba más y no pude evitar gemir mientras su lengua seguía dentro de mi boca.

    Por momentos sentía que me dormía por el alcohol y la hora, y que comenzaba a ser más torpe en los movimientos de mis labios pero entonces recordaba la excitación del momento y el morbo me despertaba. Agustín dejó de besarme e hizo su asiento hacia atrás. Luego me tomó de la cintura y me jaló hacia su cuerpo pero no me movió demasiado. Me quedé mirándolo sin saber exactamente qué esperaba hacer.

    -Súbete arriba de mí. -Me dijo mientras jalaba mi mano hacia él.

    Me subí encima de él con las piernas abiertas y comencé a besarle. La camioneta era muy grande, por lo que sobraba espacio. Él acariciaba mi cintura con una mano y con la otra mi pecho. Después, una de sus manos fue pasando poco a poco por mi muslo hasta llegar a mis bragas. Comenzó a acariciar mi vulva por encima de la ropa. Con sus dedos movió mi ropa interior y comenzó a acariciar mi clítoris. Era hábil. Se notaba su experiencia y sus dedos eran gruesos y largos.

    Yo dejé de besarlo y, haciendo mi cabeza hacia atrás comencé a gemir. Este hombre sabía usar sus manos. Movía mis labios vaginales con maestría. Yo ya no podía más.

    -¡Espera! -Le dije y me senté de lado para quitarme las bragas. Él me las arrebató y las olió mientras me miraba con lascivia.

    Volví a ponerme encima de él y entonces conocí su arma secreta: su técnica al meter los dedos. Al principio me acariciaba los labios y el clítoris suavemente para después meterme un dedo. Luego dos y así comenzó a estimular dentro de mi vagina. Después de unos cinco minutos de gozar de las maravillosas que este hombre podía hacer con sus dedos, completamente borracha de placer solo alcancé a decirle:

    -Cógeme.

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  • Mi profesora me orienta sobre un trabajo

    Mi profesora me orienta sobre un trabajo

    Sé que muchos ante mi relato pensarán que soy un vulgar mentiroso, pero lo que voy a contar, es algo verídico, algo que me sucedió hace unos meses y aun hoy sigue sorprendiéndome.

    He de empezar hablando sobre mí y contar que soy estudiante de Derecho. Este año estoy cursando tercero y para mi desgracia es bastante difícil, así que cuando Lourdes, la profesora de Derecho del Trabajo nos encargó el trabajo sobre las ETT’S no dudé en subir a su despacho, para que me orientara. Tal como es costumbre concerté cita, y me presenté el día señalado con todo el material.

    Cuando llegué, ella estaba colocando algo en el estante más alto del fichero, y como es algo bajita, se tenía que poner de puntillas. Pude ver como se contraían los músculos de sus piernas. Unas piernas preciosas, torneadas y tersas como las de una niña, que siempre muestra pues le encanta lleva minifaldas.

    Me invitó a tomar asiento y yo saqué mis bártulos y le empecé a explicar lo que pretendía hacer, como pretendía enfocar el trabajo. Ella muy interesada, se levantó y se puso a mi lado, sentándose sobre el pico de la mesa. Yo seguí explicándole lo que pensaba decir, pero cada vez me resultaba más difícil no dirigir mi vista hacia sus piernas. Ella las había cruzado al sentarse y por entremedias podía verle las braguitas.

    Empecé a ponerme nervioso, pero ella no parecía darle la menor importancia. Al contrario, sonreía.

    Intenté concentrarme al máximo, pero sin querer tiré al suelo el código con la Legislación Social Básica. Ella se agachó para recogerlo clavándome casi sus nalgas en mi cara. Entonces no pude más y le acaricié los mulos. Muchas veces había fantaseado con aquella situación. Ella puso el libro en la mesa.

    —Eres muy descarado —dijo.

    Pero ya todo me daba igual. La agarré por la cintura tumbándola sobre la mesa. Todos mis papeles se arrugaron. Le abrí la blusa y empecé a manosearle los pechos con mis ávidas manos. Mis labios se deslizaron por su cuello como una serpiente. Ella gemía, pues lo que le hacía le daba placer. Bajé mi lengua por su cuerpo hasta el ombliguito y empecé a mordisqueárselo.

    Ella frotaba su sexo contra mi cintura. Metí mi mano entre sus piernas. La muy golfa estaba chorreando. Le introduje mis dedos en su rajita mientras le mordisqueaba los pezones. Ella gritó por la mezcla de placer y dolor. Bajé mi boca buscando su clítoris y se lo lamí. Quería oírla gritar de placer. Y así fue. Entre espasmos y gemidos ella me soltó su “geiser” en mi cara.

    Me empujó con las piernas y se levantó obligándome sentarme en la silla. Se arrodilló y me empezó a lamer la polla. Yo acariciaba su pelo y le pellizcaba los pezones. Se me había puesto como un canto, como la columna de Trajano. Quise penetrarle, pero me detuvo.

    —¡El condón! —gritó.

    Me di cuenta de que no llevaba, así que la puse a cuatro patas, me ensalivé los dedos y se los metí en el culo. Ella gimió de dolor, pero no me dijo que parara. Sin duda, no era la primera vez que la hacían algo así. Se la clavé en el culo. La envestí como un jabato. Quería que la sintiera bien dentro. Notaba como me venía el placer final. La agarré con fuerza de los pechos aplastando su espalda contra mi estómago y ella volvió a gritar y a zarandearse de gusto. Me excité como un animal y me corrí al instante.

    Durante unos segundos ambos respiramos jadeantes en el suelo, por el placer recibido, pero de repente nos dimos cuenta de lo que habíamos hecho y no pudimos ni mirarnos a la cara. Yo recogí todas mis cosas y me fui avergonzado.

    Pocos días después presente el trabajo sobre las ETT’S y al recibirlo calificado, venía con la siguiente aclaración:

    Contenidos: 6,5

    Enfoque: 9,5

    Nota final: 8

    Tu trabajo tiene algunos problemas con los contenidos pues no has hablado en profundidad de la relación entre empresaria, usuaria y ETT’S… sin embargo tanto tu enfoque “como la forma de preparar el trabajo son excelentes”, así que no dudes en venir a aclarar cualquier duda que puedas tener al año que viene conmigo en Seguridad Social. Lourdes.

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  • Mi suegra encontró la horma de su zapato

    Mi suegra encontró la horma de su zapato

    Esta historia descorre el velo sobre “de eso no se habla”. El open mind, o mente abierta, ese estado de libre albedrío que permite aceptar cosas que no son bien vistas socialmente o la predisposición para lo nuevo, raro, poco usual y novedoso de incorporarlas, individuos que no la van con el molde estructurado y conservador, adelantados en el descubrimiento de otros comportamientos.

    Los “open mind”, solo somos adelantados, algunos dirán atrevidos, yo prefiero llamarlos espíritus libertarios. Pasan cosas buenas en una familia, a nosotros nos gustó comentárselo, espero que ese gusto sea compartido, al final del relato encontrarán de qué modo podemos intercambiar experiencias…

    Desde hace unos años estoy en pareja con Alicia, una muchacha plena en toda la acepción del término, sus 21 años contrastan con mis 40, tan solo en los números fríos, porque en el encuentro de pasiones vamos codo a codo con el deseo y la calentura, por eso mismo decidimos convivir. Por esas cosas de la economía y de que su mamá (Lidia) no se quedara sola, decidimos que la casa familiar tan espaciosa, sería también nuestra residencia.

    La madre de Alicia, transita sus 52 años, bien llevados y mejor lucidos. En cuestión de edad estoy a mitad de camino entre las dos mujeres de la casa.

    Mi pareja heredó las buenas formas de su progenitora, algo más bonita de rostro, pero con menos “tetamen” que la madre, ambas comparten el admirable trasero como marca de fábrica, no pasa indiferente a la mirada libidinosa de los hombres.

    Doña Lidia, como suelo llamarla adrede, para molestarla con el “doña”.

    —¡Doña!, ¡las pelotas! Deja de joder, doña es una mujer que “pasó a cuarteles de invierno” y yo estoy en actividad, no tengo marido, porque decidió morirse hace cinco años, pero soy una hembra en “edad de merecer” ¡Qué tanto eh!, y se palmea la nalga en demostración de la firmeza de sus carnes.

    Me gusta provocarla, mostrar esa enjundia, espíritu de pelea que tan bien le sienta a la expresión altiva y tan sensual que me provoca “cosa” cuando se pone de ese modo, ella que de lenta no tiene nada, se da cuenta de que esa ocurrencia es parte de una estrategia de seducción mutua, su forma de retrucar ese dicho, me hizo suponer que todo esto tiene un propósito desconocido en ese momento.

    Como en todas familias las divergencias y conflictos son moneda corriente, pero nada tan grave como para que dure más de un día; la convivencia no es fácil, solo es cuestión de poner voluntad y ganas para aprender a tolerar el pensamiento y gustos distintos. En la visión de las relaciones humanas, la tolerancia y respeto hacia el prójimo había consonancia, teníamos más consenso que disenso, tenemos más cosas que nos unen que las que nos separan. Somos adictos a los juegos de palabras, graciosos y con una segunda intención.

    En una ocasión esta frase en tono jocoso: “el matrimonio dura lo que dure dura”. Mi suegra dijo: – Ah, entonces no tendrán problemas… – Supongo… aunque eso lo debería decir tu hija. – Ella no es imparcial, puede estar forzada a mentir, ja! -Veo que no me cree… ni sé qué más puedo decir en mi favor… ¿Qué pruebas necesita?

    ¡Touché! Está bien, está casi la ganas, las pruebas son los gemidos fuertes de Alicia en las noches, que luego me dejan alterada y me cuesta dormirme. Deberían ser menos efusivos o menos ruidosos.

    —Bueno eso debe decírselo a su hija, ella es la gritona. Y… seré un poco atrevido si le pregunto, ¿Cómo hace para calmarse?

    —¡Epa!, sí que eres atrevido. – silenciosa espera… – Bueno… como hacen algunas las mujeres que escuchan gemidos y jadeos tan enfervorizadas… ¡No me preguntes más!…

    Sonreímos, de momento esos puntos suspensivos escritos equivalen a miradas sugerentes que insinuaban un continuará… por la llegada de Alicia y la otra hermana, venían para la cena.

    El impasse duró hasta el lunes en el regreso de mi trabajo, la “doña” estaba preparando café con esa receta familiar de agregarle un toque de canela que tan bien sabe hacer. Me quedé sentado sin que Lidia hubiera notado de mi presencia (creía), así como cinco minutos o más, viendo ese movimiento de “entre casa”, con la impunidad que da creerse sola, en un momento se levantó la falda y acomodó el colaless de la tanga, en otro movimiento metió su mano bajo la camisa y se acomodó las tetas, movimientos habituales, pero no cuando los ojos masculinos están pendientes y estudiando su anatomía.

    De tonta no tiene nada, era el cazador cazado, ella supo de mí en todo momento, el reflejo en una bandeja de acero inoxidable servía de espejo para tenerme controlado, todos esos movimientos habían sido hechos adrede, más aún, exagerados y lentos como cuando metió la mano bajo la falda para “acomodarse” la tanguita negra, parodiando al chapulín colorado “todos sus movimientos estaban calientemente calculados”, diríase que causalmente exagerados para causar el efecto deseado. El juego del gato y el ratón que le dice, yo era el ratón, ella la gata que juega con mi deseo.

    —¡Epa! No te escuché llegar, me sorprendiste. ¿hace mucho que estás?

    —Bueno… no… hace poco…

    —Y yo inocentemente haciendo café y moviéndome en soledad… bueno contigo. ¿Que viste?

    —Bueno… no mucho… Solo un poco…

    —¿Y… qué te pareció? ¿Te gustó?

    —Sí… por qué negarlo… estás buena… diría que mucho…

    —Bien, me gusta. ¡Así me gusta! Nos vamos entendiendo ¿No? ¿Podrías decir que estoy buena para estrenar yerno?

    No sabía hasta donde quería llegar, pero dejaba en evidencia que le gusta apostar fuerte, sobre todo en estos temas de la seducción, estaba evitando un problema, quería ver sus cartas, que mostrara lo que tenía entre manos antes de aventurarme.

    —Por los efectos… (me señala la bragueta abultada) la exhibición fue efectiva, ¿o me parece nada más?

    —Sí, claro. A que negar, la evidencia está a la vista…

    —No tanto, más bien está oculta. ¿Me dejas ver?

    La “doña” había puesto “toda la carne en la parrilla”, que falta hacía decir algo más, todo estaba súper claro, sus intenciones se correspondían con las mías, provocado o no era algo que me rondaba cada noche desde hacía varias noches. Las ganas acumuladas eran de ambos lados del deseo.

    Sabíamos que teníamos al menos tres horas de recreo, “piedra libre” para jugarnos una partida de sexo en su cama.

    —¡Vamos! No te hagas rogar, vamos a mi cama, hace tanto tiempo que ese lecho no tiene una encamada

    que lo alegre. Yo necesito esa alegría que solo tú me puedes dar, necesito esto, y me acaricia la verga.

    Pegado a su trasero, tomada de las tetas, en tándem, caminando con la dificultad de estar tan pegaditos, pero generando esa calentura que nos debíamos de hacía tanto tiempo, estaba por cerrar la puerta, pero me lo impidió.

    —Deja abierta, así podemos escuchar si llega Alicia.

    Me dejé hacer, libera el objeto de su deseo. Lo sacó fuera y se lo engulló de un bocado, ansiosa por sentir el fruto prohibido, solo lo sacó para decir: – Tal como decía Alicia ¡Qué pedazo de pija, qué gorda es! Y siguió mamando.

    Demostró sus habilidades de mamadora, sabe todo lo que disfruta un hombre, cómo encerrarla entre sus labios, esconder los dientes (sin rozarme como su hija) subir y bajarse, abarcar todo el tamaño del miembro. Sabía cómo acomodar la boca y la garganta para hacerle “garganta profunda” meterse todo el choto hasta dar con sus labios en mis pendejos, algo que me gusta y no conseguía, porque a la hija le producía “arcadas” y se salía. Doña Lidia sabe hacer y bien, sabe cómo llevar a un tipo a la cima de su placer.

    Exhibía su necesidad de atención masculina, sin pudores, se me ofrece en bandeja de plata, y vaya ¡qué premio!, sólo un poco de esa grasa abdominal, esa que nombra Arjona en la canción, le dan el toque sexy, tomarse los pechos en el hueco de sus manos y ofrecerlas para dar de beber al yerno sediento es un gesto de buena voluntad. – Toma, es para hacernos amigos. Sonríe de manera pícara y atrevida. Me llevó de la mano hasta su dormitorio.

    Esta fue la carta de presentación, el prefacio del contenido, “muestra gratis” del tratamiento intensivo. Dispuesta para expresar sus deseos, recostada contra el respaldo de la cama, piernas abiertas y manos activas, descorre el vello enrulado, abre sus labios para que vea el brillo húmedo de su deseo. Sus dedos se mueven lentos y precisos, comienza a masturbarse para mí, conoce de sobra como excitar a un hombre. Voy reptando sobre el lecho, llegué a su cueva, me “agarré” a sus caderas.

    Reemplacé sus manos por mi lengua, lamí su raja, sabe a deseo, se aturde en gemidos, se agita en convulsiones, la exaltación sexual esta al tope de su resistencia física, se deja llevar en la ola salvaje del orgasmo, se reitera un par de veces antes de entregarse a la flojedad que deviene de ese torbellino de sensaciones, el terremoto interno pierde intensidad sin desaparecer del todo.

    No está muerto quien pelea, debe haber pensado en ese momento de recogimiento y saboreo del placer entregado a domicilio, directo de mi boca a su boca genital. Me aprieta a su sexo, encarcelado entre sus piernas y condenado a ser gozado por esta hembra insaciable.

    Fui por las tetotas, robarme el sabor de los pezones rosados y erectos, por la rapiña de las cerezas que coronan sus mamas. Llenarme las manos y la boca del fruto rosado, solícita da de mamar al hombre goloso.

    —¿Quieres que me ponga como te hace Alicia? También me gusta en posición de perrita.

    Sabía mucho de mí, conocía mi posición favorita, la dejé hacer

    —Espera, me pongo la almohada, doblada así te quedo bien expuesta, y me puedes domar a gusto. Seré tu putita, cuantas veces quieras. ¡Vamos mi macho, monta, estoy ardiendo!

    Esta señora “puso toda la carne en el asador” dispuesta a gozar y ser gozada. Para poner más brasas al fuego del deseo, separa sus nalgas, ofrece el espectáculo de su sexo regalando el deseo, pidiendo ser lamida nuevamente. Me dejé llevar por la invitación, lamí con intensidad hasta hacerla gemir, gritona y calentona como su hija, como decía mi abuela, “lo que se hereda no se compra”.

    Por los gemidos hasta me pareció que estaba en otro orgasmo justo cuando le entré, todo de un golpe, algo brusco, pero me pintó hacerlo de ese modo, me había calentado tanto que no me pude contener y se la mandé a guardar hasta el fondo de un solo envión. Se sentía tan ajustado como la de su hija, pero tan lubricada que fue solita hasta el fondo de su vagina.

    El sacudón brusco por la entrada, suma lo que pareció un orgasmo, la hizo vibrar, estrujar la almohada, morderla, gemir mientras mordía. Empinó bien el culito, me afirmé bien de sus ingles y comencé a meter con fuerza, con más violencia que lo habitual, esta mujer me había calentado de tal forma que me había alterado, desbordaba de lujuria y ella que se movía como una potra mientras la doman, todo convergía en acentuar mi calentura, llevada al extremo de aferrarme de sus cabellos y nalguear mientras vocifero guarradas, groserías al por mayor. Responde y nos perdemos en esos gritos de batalla de los sexos, estamos subidos al mismo delirio y nos quemamos en la misma hoguera.

    —¡Vamos, puto, cabrón, coge, coge! ¡Coge a esta puta que te va a dejar sin una gota de leche! ¡Coge, coge, coge…!

    Lidia se había transformado en una máquina de fornicar, sacudía sus caderas en círculo, adelante, atrás. Sus manos se tocan la concha, se agita y sacude nuevamente, parece electrizada, sacudida por una descarga eléctrica, se deja estar un momento y retoma y otra vez. Los gemidos son gritos quizás más fuertes e intensos que su hija cuando se viene, intento acallarla, tapo su boca me chupa los dedos.

    Acentúa los movimientos, me obliga a seguirla, pido que se detenga, que pare, necesito disfrutarla más, ella quiere su premio, yo seguir cogiendo… Ella ganó, forzó a venirme, me exprimía la verga, ¡qué modo de apretar sus labios vaginales! Me llevó en su calentura, arrastró sin poder contenerme, me gozó, me sacó hasta la última gota de semen.

    —Quédate, quédate, no te salgas, déjame disfrutarte, quédate dentro de mí.

    Exhausto, me derrumbé a su lado, más por la tensión puesta en esta calentura imprevista que por el gasto físico, la tensión emocional dominó la carne, amansando al macho cogedor. Lidia sonríe, con esa sonrisa franca, abierta, el rostro muestra las huellas de la batalla de los sexos, la mirada que refleja el goce increíble que acaba de tener.

    Coloca su boca en mi pene para limpiarlo, degustar el mix de sabores de la hembra caliente y el macho posesivo que la nutrió de leche recién fabricada para ella. Lidia se deja estar sobre mi vientre, en su mano el testimonio de su goce. Nos dejamos estar en el sopor que deviene de una entrega de tamaña dimensión, el reposo del guerrero que le dicen, mientras Lidia queda al cuidado del arma del guerrero…

    Cuando abrí los ojos, no entendía cómo ni de qué modo nos dejamos estar sin tomar precauciones, la razón se esconde cuando entra el gobierno de la pasión, por eso nos dormimos en los laureles del goce y ella, Alicia me está mirando desde el vano de la puerta, en silencio, expectante. Quién sabe desde cuando está viéndonos.

    Qué decir, qué hacer, son esas situaciones tan evidentes que no existe la más mínima posibilidad de establecer una “duda razonable”, la desnudez de los dos, los rastros de mi viaje por el interior de su mamá, se le escurren entre las piernas de la “doña”. Sin decir palabra toco suavemente en el hombro de Lidia para avisarle de la visita.

    La madre demostró tranquilidad, naturalidad, recostó su cara sobre mi pecho y habló con la calma de quien sabe de qué modo manejar esta comprometida situación.

    —Sólo pasó. Es bueno el Dany, es bueno haciendo el amor…

    —Estabas necesitando una alegría. ¿Cuántas?…

    —Es que llegaste antes, sólo uno solo, pero bien rico fue…

    —Ya tendrás tiempo para otros más… Bueno, mientras se acondicionan voy preparando algo para comer.

    Ni un reproche, ni un cuestionamiento, la cena normal, bueno había miradas cargadas de intencionalidad entre ambas mujeres. Esa noche bebimos más de lo usual, todo parecía igual, pero era distinto, ese no sé qué de algo flota en el ambiente.

    Terminado el café se va haciendo hora de dormir, pareciera que nadie está dispuesto a dar el primer paso, yo estoy sobre ascuas, tengo la sensación que algo está por suceder, pero ignoro que se traen entre manos. Demoro para ser el último en abandonar la mesa, el último sorbo de licor me lo arrebata de la mano Alicia y me lleva de la mano.

    Abre la puerta del dormitorio y me cede el paso, Lidia está en nuestra cama, ni pregunto, me desnudo y me agrego al dueto, ¡me hacen lugar en medio de las dos!

    Nazareno Cruz

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  • Con mi novia y su madre

    Con mi novia y su madre

    Me llamo Manuel. Les voy a contar mis experiencias. Salía con una chica llamada Paula de unos 20 años. Con frecuencia me llevaba a su casa. Allí conocí a su madre Sandra que tenía 41 años. Paula y Sandra eran de telefilme americano. Quiero decir de lo buenas que estaban. Las dos rubias. Estilizadas. Muy atractivas. Quizá la madre algo más robusta e incluso más bella. Los ojos de Paula son marrones, los de Sandra azules. La nariz de Paula es recta, la de Sandra respingona. Paula tiene algo más de pecho.

    Las dos vivían solas. Sandra estaba divorciada, por lo visto de un canalla absoluto que las abandonó a ambas en un mal momento.

    Uno tiene la suerte de haber estado en el paraíso si ha estado cenando en su casa. Con las dos. Esto que comento ahora es incluso mucho mejor que la propia historia con sexo. Me refiero a verlas con vestidos de noche, súper arregladas, cabellos con copetes, empapadas en perfume con música a todo volumen y cantando las dos a la vez “Stay” de Jackson Browne; o cantando y bailando “can you feel it” de The Jackson. Los movimientos que hacen son casi al mismo tiempo, contoneándose y apuntando con los brazos las dos a la vez. Si uno ha visto esto ya puede morir tranquilo.

    Son bastante desordenadas; a lo mejor dejan un vestido en cualquier sitio sobre una silla o la cama. O dejan una habitación con la persiana cerrada. Tienen montones de armarios llenos de ropa.

    Una tarde estaba en el cuarto de Paula. Haciendo el amor, bueno sodomizándola, metiéndosela por el culo. En ese momento aporrearon la puerta. Era la madre. Nos obligó a dejar de hacer lo que estábamos haciendo y nos vestimos.

    Paula abrió la puerta.

    —Deja de joder mama.

    —No estoy jodiendo. Sabes que no me gusta que te encierres ahí.

    —Pero si sabes de sobra que estoy con Manuel.

    —Ya —respondió la madre.

    —Lo que pasa es que estás celosa porque es joven y atractivo.

    —¿Qué insinúas?

    —Puta —insultó Paula a su madre.

    —¿Pero cómo te atreves?

    —¿Quieres quitármelo verdad?

    —Mira niña aquí la única que se acuesta con mis amigos eres tú.

    —Te refieres a Ricardo, puta.

    —Puta tu.

    —Y que sucedió con Jaime —le recordaba la hija a su madre.— No te echaste un polvo con él.

    —Bueno. Son cosas que pueden suceder.

    —Son cosas que pueden suceder… que pueden suceder.

    —Mira lo que te gustan los hombres de 40

    —Y a ti los de 20.

    Parece que la discusión se terminó y Paula se fue al servicio. La madre, Sandra puso un disco. Puso a Dionne Warwick. Se abalanzó sobre mí y nos echamos un bailecito. Me cogió de la mano y se la llevó debajo de su falda. Yo metí mano por debajo de las bragas y acaricié su sexo empapado.

    Cuando Paula salió del baño saqué mi mano de su horno húmedo. No dio tiempo se había dado cuenta.

    —Mira lo que hago ahora —dijo Paula que se desnudó.

    Yo sabía lo que tenía que hacer. Me desnudé mostrando mi bamboleante y erecta polla y de nuevo se la metí a mi novia por el culo. Al mismo tiempo Sandra se quitó la camisa y me mostró sus exquisitos senos. Mientras se la metía a su hija me obligó a coger esos pechos dulcísimos. Acercó su bellísima cara y me besó. Con su lengua. Me subió la adrenalina. Estaba a punto de estallar.

    Sandra, se terminó de quitar toda la ropa y se tumbó en un sofá. ¡Qué buena que estaba la madre! Saqué mi polla del culo de Paula, dispuesto a aprovechar la ocasión y me dirigí hacia Sandra.

    —chhh… una goma tú —me dijo lanzándome un condón que cogí en el aire.

    Me lo puse y la penetré por la vagina. “Que cabrón”, le oí decir a mi novia. Cuando giré la cabeza vi que ella tampoco lo estaba pasando mal. Tenía un dedo metido en su culo, otro en la vagina y se masturbaba el clítoris. Mientras, me follaba a la madre. Los dos jadeábamos como dos inocentes. ¡Que endiabladamente guapa era esa mujer! Como podía sentirla.

    —Sácamela anda —me dijo con los ojos cerrados.

    Hice lo que me pidió. Y besé sus pechos, casi me los comía. Vi como Paula seguía muy excitada toqueteándose. Volví a besar a la madre en la boca. La levanté y la puse de rodillas. Metí mi polla entre sus tetas. El gozo que sentí fue enorme y me corrí llenando su todavía joven cuerpo de mi lujuria espesa.

    Fui al servicio y traje una toalla. Limpié y sequé a Sandra. Le di un fuerte beso en el rostro; luego también a Paula. “Os quiero”, les dije.

    Cuando abría la puerta para marcharme escuché un sonoro beso. Esta vez se lo daba Paula.

    —Te quiero mamá —le dijo.

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  • Mi hermana y el fin de semana

    Mi hermana y el fin de semana

    Me acuerdo que aquel día perdí el tren que me debería llevar a pasar un fin de semana de ensueño con mi novia que vivía al otro lado del país. Volví a casa decepcionado, pues intenté conseguir otro pasaje y para esos días no quedaba nada. Mi frustración era total pues hacía meses que no veía a mi novia y esperaba esos días ansiosamente.

    Volví a mi casa con la moral por los suelos, pues mi fin de semana fantástico se había estropeado. Sonreí sin ganas al abrir la puerta pensando en la cara que pondría mi hermana, ella pensaba que tendría la casa para ella sola todo el fin de semana. Entré pensando que no había nadie y subí a mi habitación a tenderme en la cama y desahogar mis penas en el mundo de los sueños.

    Al pasar por la habitación de mi hermana vi que había luz y la puerta un poquito abierta. No le hice el menor caso, pues pensé que se la había dejado dada. Pero unos ruidos llamaron mi atención. Decidí mirar con cautela. No sé, la curiosidad me invadió. Así que, camuflado entre las sombras del pasillo, miré dentro. Vi a mi hermana desnuda encima de la cama. Ya la había visto antes, solo algunas veces y fugazmente en el cuarto de baño, siempre sonreíamos y ya estaba. Pero ahora era distinto.

    Ella estaba gimiendo, su mano estaba entre su entrepierna. Quise retirarme, pero mi cuerpo no obedecía a mi mente. Me fijé en sus pechos perfectos, sus pezones rosados estaban erectos, en uno de esos movimientos quedó abierta de piernas enfrente de mí, su coño estaba chorreando, una pequeña hilera de vello púbico lo adornaba. Sus dedos volvieron a entrar en su coño, haciéndola estremecerse de nuevo. Su otra mano acarició su pezón.

    Yo, me di cuenta que mi mano estaba acariciándome le polla por encima de mis pantalones, polla que ya hacía rato que estaba erecta. Sabía que estaba mal, era mi hermana. Pero aun así me la saqué y empecé a maneármela observándola. Ella gimió fuerte, se estremeció, gritó, ya que pensaba que estaba sola en casa y quedó tendida en la cama recuperándose de su orgasmo. Su coño abierto quedó en mi dirección.

    Al ver que ella había terminado me fui rápidamente a mi habitación, tenía miedo de que me viera. Me desnudé y me acosté. En mi mente solo podía ver a mi hermana masturbándose, solo tenía en mente ese coño tan rico. Mi polla comenzó de nuevo a tomar vida y yo automáticamente empecé a meneármela pensado en ese coño. La puerta se abrió y yo rápidamente disimulé. Mi hermana se aproximó a mí, llevaba una bata de ducha puesta, toma asiento al lado de mi cama.

    Nos miramos, allá echó la ropa hacia atrás y quedé completamente desnudo ante ella. Sentí algo de vergüenza, pues mi polla seguía empalmada. Tras ver sonreír a mi hermana, su mano me la acarició, se puso de pie y se quitó la bata, quedando también desnuda delante de mí. Bajó sus labios hasta mi polla y comenzó a lamérmela. Yo ya había pasado de la sorpresa al más delicioso éxtasis. Segundos después sentí como me corría dentro de su boca, el placer fue increíble, pues era mi primera vez que me la chupaban hasta que yo acababa.

    Ella se fue a mi cuarto de baño dejándome en la cama recobrando fuerzas, al salir se fue directamente hacia la puerta y antes de salir me miró y sonriendo me dijo que no hacía falta que la espiara y que cuando quisiera a una mujer o tuviera muchas ganas de follar que pensara en ella, que los hermanos están para cuidarse unos de los otros.

    Ella tenía en esos tiempos 25 años, yo 28, han pasado algunos años más, los dos estamos casados, pero de vez en cuando nos y disfrutamos de nuestro secreto íntimo.

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  • Se cobró la infidelidad del marido

    Se cobró la infidelidad del marido

    Estoy siendo protagonista de una situación para contar en este espacio, cómplice de nuestras trapisondas. Una historia simple pero no menos disfrutada. Mi amiga, Lola, me propuso que difundiera su historia, de cuando le plantó una buena cornamenta a Gerardo, el gran cornudo. Luego de consumado el acto de plantarle la cornamenta a su marido me pidió que relate ese encuentro con todos los detales de esta primera.

    Esta ocurrencia de salir a contarlo fue algo que surgió entre polvo de esa mañana a todo dar, y hasta se le ocurrió crear una especie de club de mujeres para formar una especie de club del cornudo (en proceso de formación) donde recopilar las historias referidas por los futuros socios/as que adhieran a esta idea de Lola.

    Nuestro testimonio comienza así:

    Ella es Lola, nos vemos con cierta habitualidad, cuando salimos para el trabajo, en las mañanas, ella con el marido adosado como cancerbero que custodia el tesoro. Somos vecinos desde no hace tanto tiempo, tan solo un par de casas nos separa, coincidimos muchas veces en los horarios, ella con su marido, haciéndole “marca personal” como el mejor jugador de la defensa conyugal, yo sacando el automóvil del garaje.

    Hasta este día he guardado las formas, para no hacer evidente lo que me atrae su figura, buenas piernas, mejor cola y un buen tentador par de opulento “tetamen”. Con el disimulo que corresponde a las normas de la buena vecindad, recorro cada parte de su seductora anatomía con el mayor disimulo, aunque me pude dar cuenta que me registró varias veces “echándole una mirada para comérmela”, el cruce de miradas decía que no estaba ajena a la intencionalidad que ponía en observar sus movimientos, que todo este ida y vuelta de miradas furtivas quedaría tan solo en nuestro inventario personal.

    Con la mirada le hacía saber de mi admiración, deseo y esas ganas de ser algo más que vecino respetuoso, ella con un discreto gesto aparenta agradecer el galante piropo. Con el correr de los días esa expresión de admiración fue tomando cuerpo y esencia, hasta diría que se había instalado una especie de juego de seducción compartida y disfrutada por ambos. En camino al trabajo, más de una vez, he fantaseado con na relación pasional.

    Esa mañana, llovía copiosamente, Lola sale sola, lucha, y pierde, la pelea con el paraguas; cruzamos esa mirada cómplice de muchas veces. Espero que se aleje algo de su casa, despacio, muy, bordeando la acera, por el mal tiempo la calle estaba desierta, bajé el vidrio de la ventanilla, ofrecí llevarla, me arrimo a la acera como para hablarle, se anoticia de mis intenciones, me hace señas con la mano, que doblará en la esquina…

    Giro antes que ella, espero casi al final de esa cuadra, instantes interminables, con el corazón latiendo a mil, como todas las veces que siento la ansiedad de una aventura, urge pensar a toda velocidad las posibles alternativas de que podría pasar algo y la eventualidad de concretarla. Las deducciones a velocidad del deseo, lo primero que surge es que me hizo girar en dirección opuesta a la parada del bus, doy como posible, en calidad de muy, que esta será la oportunidad que estuve fantaseando. Ya está todo pensado, a suerte y verdad, la tengo junto a la puerta, se la abro para que ascienda.

    —¡Uff! —Suspiró aliviada— Me has salvado de una buena mojadura.

    —¿A dónde vas? —sonreímos puesto que lo dijimos casi a dúo.

    Pregunté con la voz y con los ojos arrobados por esa cara angelical.

    —Yo lo dije primero… —sonreímos…

    —A cualquier lugar… —Cierra los ojos— Hoy no pienso ir a trabajar, ¿tienes un tiempo para mí? —Agregó.

    A buen entendedor… no era necesario hablar demasiado, la suerte había caído de mi lado, el deseo se había convertido en realidad, con forma de mujer. Somos dos adultos que se vienen reconociendo, diría que como que se venían buscando, sabiendo por vecindad de la relación que dejamos en casa. Del coqueteo mañanero en las miradas, solo hizo falta que el diablo metiera la cola esa mañana para encender el fuego que nos consume.

    Para un pirata como yo, habituado a las conquistas de las esposas ofendidas, podía deducir que ella era una más en esa etapa donde el enojo con el marido tiene más entidad que las anteriores, que esa mayor entidad también amerita un escarmiento, hacerle algo que pague su culpa. Ella misma es arte y parte en esta sanción, es el sujeto y el objeto, necesita consumar esa condena marital. Podía sentir en sus gestos, exageradamente alterados, y en la mirada deliberadamente furtiva, que tenía delante a una vulnerable mujer, entregada para lo que dispusiera de ella.

    Si bien es cierto que soy un pirata consumado, tampoco soy un abusador de las circunstancias, me gusta ganar en buena ley, bueno no tanto tampoco, soy de hacer alguna trampa, con el justificativo de que “en el amor y en la guerra todas las argucias sirven”, pero con ella y estas circunstancias esa regla del buen pirata, no aplicaba.

    —Conozco un lugar… y discreto, donde podamos tomar un capuchino bien caliente para que te quites esa mojadura y… echar una buena charla. ¿quieres?… —dejé la pelota en su campo. Asiente, con la cabeza y suspira.

    Con toda seguridad ella había también descifrado mis intenciones, era bien fácil, para asegurarse de mis intenciones y que la llevara cuanto antes, besó su dedo índice y me lo puso en la boca por toda respuesta.

    Ordené mis pensamientos más lujuriosos y exageradamente lascivos, le obsequié mi sonrisa más atrevida y puse rumbo al hotel más cercano.

    Se dejó llevar, mansita, entregada, sólo le faltó decir estoy vulnerable, resignada al juego de la conquista. Apretó mi mano por toda respuesta, era una forma de rendir la plaza al asedio de tantas mañanas de deseo y fantasías.

    Un par de capuchinos sirvieron para producir el impasse necesario, que se despojara de las ropas húmedas por la lluvia, un par de whiskies, para aflorar bronca y despecho, así comenzó a decirme, ocultando la cara entre sus manos:

    —Ni te das una idea de cuánto quiero vengarme del infiel y crápula de mi marido, darle de su propia medicina y… qué medio más propio que hacerlo con mi vecino, que seas tú el que pueda tener estas carnes que me dices con los ojos desear tantas mañanas. De ese modo puedo matar dos pájaros de un tiro, hacerle pagar a ese gran hijo de puta su afrenta de haberme corneado con mi amiga y al mismo tiempo cumplirse una secreta fantasía, hacerlo con otro hombre, le entregué mi virginidad y solo hice el amor con él.

    Siempre hay un momento para todo, lo importante es estar en ese preciso instante, ¡ahí y ahora!, si el que está es uno cuanto mejor.

    —Necesito un tiempo… para ordenar mis pensamientos y serenar mis sentimientos…

    —Todo lo que necesites… no hay prisa, puedo estarme esperando todo lo que necesites. Pedí otros dos whiskies, tenemos toda la mañana y si no se da, tengo la promesa de lo mejor estará por llegar…

    —Gracias, gracias. —me besó en la mejilla, gesto de ternuroso agradecimiento. Un “piquito” en los labios como para firmar y confirmar sus dichos.

    Recostados sobre la cabecea de la cama, solo con prendas interiores, compartiendo la segunda ronda de un buen escocés con hielo. El llanto asoma al balcón de sus ojos color miel, buscó el asilo de mi pecho, dócil, se deja contener entre mis brazos, en esta postura habla mientras termina de beber.

    El licor, la contención y el calor del pecho masculino le dan el cobijo necesario, para bajar la guardia, dejarse acariciar. El lloriqueo se va esfumando, el calor de los mimos prodigados, van entonándola, el fervor interior va expandiéndose y trepando, la espiral de excitación sube y crece sorprendiéndola, cambia timidez por osadía, pudor por deseo, cayendo vencido el último de los obstáculos, expedito el camino hacia el triunfo del pirata.

    La caricia bucal humedece y entibia su cuello, cumple el efecto deseado, casi todas las mujeres sucumben a los besos en esa zona altamente erógena y receptora del deseo. Avanzo con fe ganadora, ansiosa de contención se deja conducir por los insondables vericuetos de la lujuria, enredarse en la realidad de sus propias fantasías.

    Giró la cabeza, los labios se encontraron, las lenguas suman intimidad al beso profundo, es la llave que abre las puertas de mi deseo y su venganza. Los besos se vuelven atrevidamente obscenos y deseablemente impúdicos, el cuerpo es terreno fértil, la semilla del deseo germina, se transforma en pasión descontrolada, el dique pasional desborda el deseo descontrolado inundando los cuerpos ardientes.

    Los gemidos adquieren tono, textura y consistencia de ansiedad, seca la garganta por el acalorado tránsito a la pasión desenfrenada, la página de deseo está en blanco, solo falta meter manos a la obra y escribirla en detalle, con pelos y señales, tatuar en la piel de su primer infidelidad un “eres mía”, que en realidad no le he tatuado, sino que fue escrito con un bolígrafo sobre el vientre, bien cercano al pubis, con la promesa de que se lo lleve como testimonio de que de ahora en más, me pertenece.

    Entregó su desnudez al elogio de mis caricias, a punto de ser tomada por el macho ansioso, el cuerpo vibra y sacude al ritmo de los mimos. Flexiona y arquea su cuerpo, abre las piernas, ofrece el papo abultado (vagina) oculto en negro vello, suavemente enrulado y prolijamente recortado. Ofrendo mi admiración y adoración ante el templo de todos los deseos masculinos, separó los labios, la roja carne trémula exhala esencia de mujer en celo, el clítoris asoma como pimpollo energético y estridente sonido del placer.

    La inminencia del contacto los hace vibrar y aletear como mariposas en la luz, el húmedo barniz del deseo tapiza de terciopelo nacarado del interior, toda ella está dispuesta al sexo furtivo, entregarse a la hoguera de las pasiones desatadas, dejarse llevar en el caballo alado del amor prohibido.

    Una breve sesión se sexo oral, la llevó el erotismo de la calentura a la cima de su monte de Venus, y la excitación al borde mismo del abismo del orgasmo, pero… no era el tiempo que su maestro ceremonial tenía en mente para esta primera infidelidad, aún no dispongo que sea su tiempo, llevarla otro par de veces al mismo borde del abismo intensificará su energía femenina, sumar grados térmicos en el marcador del deseo. Cuanto más elevado el marcador y más tiempo se mantenga a tope, cuanto mayor será el triunfo al hacerla llegar a ese orgasmo tan temido como entronización del placer máximo a que tiene derecho una mujer bien agasajada por su hombre.

    Su manera de ser, tan vulnerable y tan llena de ternura, ameritan mis mejores acciones, hacerla sentir respetada y deseada, que transite este momento fundacional de su infidelidad como un acto algo digno de recordar y venir por más, se arte y parte de un momento mágico, que le haga sentir ese “eres mía” en carne viva este momento de amor prohibido.

    Arrodillado ante el altar de los placeres, hago los honores de recibir la entrega y sumisión de la hembra, separo el delicado velo, interior pletórico de jugos, se detiene su reloj pasional cuando la cabeza de mi verga se asome entre los labios palpitantes, halaga la estrechez vaginal, dulce resistencia, trampa mortal para sucumbir al deseo más fantasioso. La dulce entrega gesta el despertar de la boa constrictor que me aprisiona y devora con inusual fervor al intrusivo miembro de su macho.

    Ojos cerrados, gemido profundo, jadea ahogándose, responde a la penetración, caliente y húmeda, sus músculos vaginales aprietan mi carne dura que se abre paso dentro de ella. Está consciente de que este es su momento, el momento que la causalidad le otorga, siente el deseo de gozar y ser gozada, e vaivén del metisaca se torna violenta e impiadosa a su pedido, entregados al goce pleno no dejamos perder en la vorágine de la locura pasional.

    Lola gime, preludio de un orgasmo… Nuevamente el macho sabe cómo manejar estas situaciones, entiendo sus necesidades, hacérselo difícil no es un acto perverso, sino hacerle acumular el deseo para que cuando sea llegado el momento supremo sea algo distinto a todo lo experimentado.

    Alternando profundidad y velocidad, sin abandonar el mar de su ostra, voy haciendo las alteraciones y movimientos aleatorios para hacerla disfrutar del movimiento del coito, sin anticiparle mis intenciones. De este modo puedo sentir en sus músculos y sentir en sus vibraciones la emoción de transitar el recorrido turístico por tantas sensaciones inéditas hasta que me pareció que era tiempo de hacerla llegar al final de la recorrida exploratoria, el momento donde culminan todo el esfuerzo y la pasión, donde terminan las palabras, donde acaban las ilusiones y se hace realidad brutal esa fantasía de hacer el amor con otro hombre.

    Soy ese otro hombre que la hace desembocar en el orgasmo, breve, tímido, suave, que se deja llevar mansamente, pero… esto no es el final, tan solo es el comienzo de todo.

    Detengo por un momento, confundo sus emociones, altero sus sentidos y cuando todo se parece a la calma… sin salirme de ella, solo la hago girar, de modo tal que seguimos encastrados, pero yo voy por debajo y ella es la jinete. Un par de nalgadas azuzan sus sentidos y la pongo en movimiento, incito a moverse al compás de mis elevaciones de pelvis, tomado de sus caderas baja hasta empalarse hasta el fondo de su vagina. Entiende el sentido y la forma de moverse que le indica su hombre, comienza con timidez, pero las nalgadas la ponen a tono de cogida enérgica y casi salvaje en su rítmico deseo de gozar y ser gozada.

    Un nuevo orgasmo le estalla dentro de ella, sorprendida y aturdida se detiene luego de un par de vibrantes latidos, y nuevamente las nalgadas avisar que debe retornar al movimiento, otro más y otro más la llevan a estallar en jadeos, gemidos y obscenidades gritadas al mejor estilo de un carrero. Comenzó una mujer tímida y con el estallido emocional de los orgasmos encadenados descubrió esa otra mujer, tan hembra, tan atrevida en la hora suprema del exagerado goce sexual y tan desaforadamente gritado.

    Ahora es mi tiempo, nos miramos a los ojos, los míos fulgurantes por el deseo, los de ella con el rímel esparcido entre lágrimas de pasión, entendíamos que era llegado mi tiempo. Volvimos al movimiento, ahora sus abundantes jugos hacer chapotear mi verga dentro del estuche, igualmente ella cierra sus músculos para hacer más prieto el contacto, la fricción más intensa y apurar la llegada de la esperma que pugna desde hace un buen rato por buscar derramarse dentro de su carne. Entiende el código masculino, de los movimientos previos al momento de correrme, el silencio y la concentración del varón son señales inequívocas de que está llegando a la culminación del coito.

    Mis manos, mis ojos y todo mi ser le avisan que estoy en la recta final, con la bandera de cuadros de la eyaculación levantada y por caer sobre la línea de sentencia…

    —¡Dale, vení! ¡Adentro! Llename “la argolla” (la conchita), ¡Rompe la concha! ¡Hazlo bien cornudo, cogete a su puta mujer! ¡Ven, dame, dame toda mi leche!

    Llamó al deseo, empujé para atravesarla, el semen llega, lo recibe gloriosa. Las últimas contracciones de su vagina aplauden al glande, cíclope que abre su único ojo, late y el chorro lácteo tapiza el ámbito vaginal. Delira frenética, se agita, se inclina y me pone sus tetotas en mi cara. Sigue montada en mí, sin dejar de observarme, los ojos color de miel, tienen una mirada suave, contemplativa, agradeciendo el momento tan sentido.

    Disfruta los últimos latidos de la pija dentro de su vagina, y comienza a gestar su regalo. Los movimientos vaginales sobre el miembro producen el efecto que había pergeñado: Hacer que el semen vertido en la eyaculación, sean escurridos casi en su totalidad, y fue abundante, se queden descendiendo en mi verga.

    Entonces hizo algo que me sorprendió, sobre todo por ser nuestra primera ocasión de intimidad, que se inclinara y sin dejar de observarme comienza a meterse la verga en la boca y lamerse el semen que su hombre hizo por ella y en ella, terminó de lamerla toda completita.

    Arrodillada, volvió a mirarse en mis ojos, las miradas eran distintas, la mía de satisfecho, ella agradecida y feliz por tantas y buenas sensaciones recibidas.

    Estorban las palabras cuando los gestos son tan elocuentes. La ducha tiene las paredes vidriadas, la observo entrar y evolucionar bajo la lluvia de la ducha, extiendo el mullido toallón para darle la bienvenida al regreso del baño.

    El abrazo contenido en la tela para recoger la humedad del baño, sirven para acercar cuerpos y sentimientos, creo que ese fue el instante de vincularnos afectivamente.

    Sentía el deber moral de hacerle sexo oral, de hacerla sentir latir en mi boca nuevamente, ponerla otra vez en la cima de sus emociones. Esta vez el orgasmo surgió con la espontaneidad de la confianza y la habilidad de su hombre.

    Es tiempo de coger, otra vez entrar en el placer de Lola, sin las tensiones y con el deseo a flor de piel, menos demora y muchas ganas nos estamos dando una buena cogida. Es tiempo de cambio de posturas, de bruces, boca abajo, me recibe en su vagina, con toda la vehemencia que esa postura nos propicia, asido de sus hombros impulsado a fondo en ella, elevo mis nalgas todo lo posible para enterrarme a fondo, con la furia propia de las calenturas que nos permite esa postura que prioriza las actitudes de dominador y someter a la hembra a la insistencia de entradas bien profundas.

    —¡Esto es tuyo, toma, recibe mi leche amor! —noté que dije esa palabra mágica unos instantes después.

    Después del último latido de la eyaculación, desenvainé la verga, salí de Lola. Volteó, se quedó mirándome a los ojos.

    —¿Te escuchaste? —asentí con gestos— Hmmm… y un gesto moviendo la cabeza.

    Se levanta del lecho, despacio, al poner los pies en el suelo, siente que el semen comienza a escurrírsele de la vagina, la mano a modo de cuchara recoge las primeras gotas del fluido vital, levanta la palma y me muestra cómo se las lame.

    —Hmmm, es tuyo, sabe bien, sabe a mí… amor. —Hmmm mueve la cabeza como cuando yo dije eso mismo.

    Habían transcurrido más de seis horas, desde que entramos al cuarto, un café nos volvió a encontrar como al comienzo, desnuditos de ropas y de pudores, pero ricos en placer y la experiencia. Es bien sabido que la mujer para ser infiel necesita justificarse, el hombre tan solo tener una mujer delante.

    Ella necesitó justificarse y comenzó a decir: “Sentí la necesidad de darle un escarmiento a ese cabrón de mi marido, porque hace dos semanas lo pesqué saliendo de un hotel con mi hermana, durante tres días estuve mascullando la forma de vengarme, pero con inteligencia y disimulo para no perder los beneficios económicos que dispone hoy. Tu servías a mis planes, por eso decidí cuando sería el momento oportuno, el encuentro en la calle no fue azar, sino causalidad, provocado por mí. Pero ahora… esa palabrita que has dicho hace un momento me hizo “temblar el piso” en un instante de lucidez entendí que la causalidad no solo era la venganza, sino que había una parte de fantasía y más de ganas por hacerte mío.”

    Luego devino la pregunta con propuesta incluida de continuar con esta forma de encuentros, de seguir con esta relación de amor prohibido, que ella lo deseaba y que, si yo también, podríamos continuar esta relación, que también ella sentía que había algo más que sexo, pero, así como estaba de momento nos dejaba a ambos con el sabor del encuentro, que debemos repetirnos… Hubo acuerdo, un beso profundo y bien trabajado con la lengua selló el pacto de ser amantes hasta que… nos separe.

    Luego de volver a escribir, con bolígrafo, en su vientre, más cerca del pubis angelical, “eres mía” me pidió que escriba esta historia, para recordar su venganza y memorar nuestro primer encuentro de muchos más.

    Nazareno Cruz

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  • Tarde calurosa con el huevón de mi maestro

    Tarde calurosa con el huevón de mi maestro

    Nuestros encuentros son cada vez más excitantes, sorpresivos y candentes, nos vemos e inmediatamente nos conducimos a un lugar solitario, apartado de la gente, con el único deseo de satisfacernos.

    Hoy tu verga estuvo deliciosa, genial, wow. La disfruté al máximo. Me fascino.

    Lo que marcó la diferencia hoy fue que la habías rasurado una noche antes, magnífica, así luce aún más grande y gruesa, se puede apreciar mejor.

    Mi impulso inmediato al verla deliciosa, rosita, reluciente, fue lanzarme hacia ella, meterla en mi boca y comenzar a mamarla. Genial.

    Inmediatamente comencé a salivar la lubrique, la hice mía con deseo incontrolable, me pediste que le diera mordiditas, ohhh, eso me provoca más, me excita. Al estar mamándola mi vagina empieza a humedecerse, siento vibrar mi panocha, es genial, una deliciosa mezcla de sensaciones y emociones.

    De pronto sacaste tus enormes huevos, siii, ohhh, maravilloso, me fascina meterlos a mi boca aunque sienta que me atraganto con ellos, ohh eso te excito más, sii, tomaste mi cabeza, me indicaste la intensidad, wow.

    Siii empecé a sentir ese sabor tan peculiar de tu semen, empezaban a salir pequeñas gotas siii.

    Después pediste aumentar la velocidad siiii, ohh mi vagina se contrae, mmm, siento como se acumula el agüita en mi vejiga, siii, siii, te contoneas, gimes, lo estás disfrutando, siiii, genial.

    Ohhh terminas dejando todo el semen acumulado en mi boca, lo trago degustando y percibiendo su delicioso sabor dulce, ohhh genial, en silencio tuve un orgasmo, ohh delicioso. Maravilloso.

    Quisiera seguir repitiendo estas deliciosas aventuras, la adrenalina me excita.

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  • Su esposo casi nos descubre (2)

    Su esposo casi nos descubre (2)

    Un mes después de que el esposo de Mónica casi nos descubriera, volvimos a encontrarnos por casualidad, cuando la vi, no pude dejar de mirarla, desde su cabeza hasta la punta de sus pies, algo había cambiado en ella pero no sabía que era, me miró y solo mostró una sonrisa, más de cortesía que de otra cosa, pensaba irme cuando su marido apareció de la nada.

    -hola, estarás ocupado el próximo sábado daremos una fiesta

    Me sentía un poco raro al ser invitado por su esposo pero no dudaría en intentar cogérmela de nuevo.

    -claro estoy libre, a qué hora y en donde

    Me dio una invitación, al parecer su aniversario era el motivo de la celebración, ahí estaré, solo respondí eso saludé a Mónica a lo lejos y me fui, tenía que encontrar la forma de meterla en esa cama de nuevo.

    “Ni se te ocurra ir” fue el mensaje que recibí justo después de irme, no conteste el mensaje.

    El sábado llegó, y de la nada me encontraba manejando hacia una cabaña con lago, al llegar había unas 40 personas, mostré mi invitación y me dejaron entrar, me dieron cuarto en una caballa muy cerca del lago, al parecer estaríamos toda la noche, en cuanto vi a su esposo, le dije:

    -una disculpa pero tendré que irme, no traje ropa para tantos días.

    -es temprano, puedes ir y regresar, si haces eso podrías llevar a Mónica a la tienda, olvidamos unas cosas.

    -claro, puedo comprar algo ahí para no ir hasta mi casa

    Mónica al escuchar esto solo me miró y dijo que no quería molestarnos pero su esposo la convenció, así que ahí estábamos, Mónica, su sobrino de 20 años y nosotros dos.

    El viaje más incómodo del mundo, cuando llegamos, cada uno fue a buscar sus cosas, le dije que iría por ropa, y en cuanto nos quedamos solos ella se acercó a mi.

    -te dije que no vinieras

    -y decepcionar a tu esposo

    -No lo entiendes, estamos pasando por un mal momento, el piensa que tengo un amante

    -¿y lo tienes?

    -claro que no, solo he estado con el… Y contigo

    -y porque pensaría que tienes un amante

    -es por tu culpa, por eso te invito para saber si te acuestas conmigo-

    -pero dijiste que no sospecho nada

    -no fue por lo de esa noche, fueron los siguientes días, me dijo que me veía muy feliz, muy relajada

    -y solo por eso lo piensa

    -No… dije tu nombre…

    -¿que?

    -Lo estábamos haciendo y dije tu nombre, fue solo un momento, pero creo que lo escucho.

    Mire hacia todas las direcciones y me fijé que nadie nos viera, y metí a Mónica al cambiador, y comencé a besarla, ella correspondió el beso de una forma tan apasionada que no podía creerlo, toque sus pechos, note que sus pezones ya estaban duros, la senté en una banca que está para dejar la ropa, me la saqué, y sin decirle una palabra la metió en su boca, lo chupaba tan bien que parecía que había practicado, sacaba y metía mi verga de su boca, el sonido a saliva y ver cómo desaparecía en su boca era lo máximo, no tarde en correrme, y para mí sorpresa ella trago todo, limpio hasta la última gota, se bajó los pantalones y se dio la vuelta.

    -Metelo mejor aquí que en la casa

    -no, tendrás que esperar

    Subí sus pantalones y saque a Mónica de un empujón, un segundo después se escuchó la voz de su sobrino.

    -aquí estabas, ¿todo bien?

    -Si, solo vine a ver si ya había terminado

    Salí en ese momento con dos conjuntos de ropa, mire a ambos, tomamos las cosas y nos fuimos, llegando a la cabaña, metimos las cosas a la cocina, mire que no hubiera alguna cámara, me pegue a ella.

    -y si terminamos lo que empezamos -toque sus pechos.

    -no podemos, fue su respuesta pero no me apartó ni un poco.

    -me separé de ella para voltearla, pero alguien entro, en la cocina, salí y no la vi en todo el día…

    Llegada la noche, mi único pensamiento era estar dentro de ella, muchos invitados estaban tomando, incluyéndolos, me acerque me senté junto a ellos, mire a Mónica, ella evidentemente ebria me sonrió, beso a su marido y se levantó, camino hacia las cabañas, yo sin dudarlo salí tras de ella.

    Llegamos a mi cabaña, mientras se quitaba su pantalón y su ropa interior, me dijo -solo será está vez- no cerró la puerta por completo, ya que tenía que ver si su marido o alguno de los invitados se movía, metí mi verga en su vagina, estaba tan mojada que no fue nada difícil meterla.

    -ya quería meterla de nuevo

    -Cállate y hazlo, no tenemos mucho tiempo

    Metía y sacaba mi verga y ella no podía contener sus gemidos, le damos nalgada, y ella solo me decía que su esposo se daría cuenta si sus nalgas llegan rojas, estoy no me importo y yo seguía, sabía que le gustaba, pues tuvo dos orgasmos, sus gemidos no paraban y uno de los invitados miro hacia donde estábamos, él no podía vernos pero nosotros los veíamos perfectamente, comencé a venirme, yo pensé que se quejaría pero solo dijo -si dame tu leche, vente dentro, que rico, al sacarla un montón de mi semen salió de ella, se volteó se puso de rodillas y metió mi verga en su boca, dejándola limpia.

    -Nos vemos mañana -me dijo

    -¿vendrás a qué te coja otra vez?

    -No lo sé, si tengo ganas quizá.

    En la mañana se escuchó mucho ruido como si alguien peleará escuché la voz de Mónica y de su marido, pensé que nos habían descubierto, pero solo era un ejercicio de confianza, ella me miró sonrió como esas niñas que se comieron un dulce y nadie supo que fueron ellas, saludé a todos, se organizaron en grupos de 5 para el recorrido, si iríamos la montaña.

    En nuestro grupo estaban, Mónica que llevaba un shorts pegado que resaltaba su bonito trasero, una blusa de exploradora, el cual cubría bien sus pechos, su sobrino, un amigo de su esposo el y yo, después de media hora de caminar, note que no tenían la fuerza suficiente para continuar, así que les dije que me adelantaría, al parecer nos habíamos perdido y la única forma de regresar al camino era escalar un muro de 3 metros o regresar 10 minutos caminando, subí el muro y ate unas cuerdas, al momento de regresar note que Mónica tenía el pie torcido, su esposo trato de cargarla pero al estar fatigado no pudo hacerlo.

    -puedo cargarla y regresar a la estación, está a 10 minutos, yo dejé una cuerda para que puedan seguir

    Se miraron entre ellos y decidimos regresar

    Al llegar a la cabaña no había rastro de nadie pero había una pequeña cama vendas y todo lo necesario, el lugar al ser tan pequeño solo cabían dos personas.

    -Alguien sabe que debemos hacer -dijo su sobrino en todo preocupado

    -vayan a buscar al guarda, yo veré que su tobillo esté bien y lo vendare

    Al principio su esposo trato de ayudar, pero al ser un espacio algo reducido no podía hacerlo, ella le dijo que esperara afuera, ella se bajó el shorts y quedando solo en esa tanga roja con la cual tuvimos sexo por primera vez me dijo:

    -Métemela aquí, no importa si grito pensaran que es el vendaje

    Yo sude por un segundo ya que su esposo estaba del otro lado de la puerta, pero no tardaron más de 10 segundos para que ella estuviera cabalgando sobre mi.

    -ay no mames si, me puedo acostumbrar a esto, que rica la tienes.

    Yo dejé de pensar en su marido que estaba afuera, y empecé a meterla cada vez más rápido, termine dentro de ella por tercera vez, y ella tuvo un orgasmo tan grande que grito, su esposo tocó la puerta en ese momento, ella se tapó con una manta y yo la vende lo más rápido que pude, cuando entro su marido, pregunto por los ruidos y ese último que había sido, yo le dije que puede ser el radio de guarda y que el sonido era ella gritando, pues le acomode el tobillo.

    El solo sintió alivio, salimos los dos en lo que ella se cambiaba… la cargue hasta la cabaña

    Al llegar la dejé en su cama, le di un beso en los labios y le dije -descansa que mañana es el último día, y voy a cogerte tan duro que todos aquí se enteraran que eres mi puta personal… Solo me miró y con una sonrisa burlona me dijo… Eso espero.

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