Autor: admin

  • Consintiendo la infidelidad (Parte 2)

    Consintiendo la infidelidad (Parte 2)

    Ya habían pasado un par de días desde que llegó Paula y el hecho de estar juntos la mayor parte del tiempo hacía que actuáramos como si fuéramos pareja, pero sin serlo, nos despertábamos juntos, ella se cambiaba frente a mi sin paltas, yo a veces me acercaba para manosearla a gusto y besarla ya sea en el cuerpo o en la boca, íbamos juntos al trabajo y cuando nadie nos veía le metía unas nalgadas o le robaba unos besos y todo esto ella lo permitía.

    Llegaba la noche, ella a cierta hora salía del cuarto para hablar por teléfono, siempre que regresaba le preguntaba qué tal su flaco y ella me decía que no era su flaco que aún están que se conocen bien; por dentro me reía puesto que en estos días después de cada llamada y cuando nos acostábamos comenzaba a tocarla todo lo que yo quería, como ella me daba la espalda yo me pegaba a ella sujetándola de la cintura y pegándola a mí, luego de eso metía mis manos debajo de su polo y comenzaba a masajear sus pechos con suavidad, poniéndole énfasis en sus pezones que a ella le gustaba que se los apretaran pero no tan fuerte y juguetearan con ellos con la punta de los dedos.

    Mientras me entretenía con sus pechos empezaba a besarle y lamerle el cuello subiendo lentamente a su oreja la cual también lamia y mordía, desde que fuimos pareja descubrí que esto era algo que le excitaba muchísimo, hacía que se rindiera mucho más fácilmente y no se negara a mis exigencias, pero lastimosamente ese día ella me dijo que había empezado a reglar y que no se podía hacer nada, si bien por un rato me había resignado a quedar con las ganas decidí mejor pedirle otra cosa así que mientras le lamia el oído le susurre que me hiciera una mamada, al inicio ella se negó principalmente porque ella no sabía hacerla y eso es algo que si me consta puesto que todo el tiempo que estuvimos en la universidad, las pocas veces que le pedí que me hiciera sexo oral, ella chocaba sus dientes chocaban con mi pene lo cual lo hacía incomodo, así que decidí con el tiempo dejárselo de pedir. Pero ahora si tenía la paciencia para enseñarle que lo hiciera mejor.

    Una vez que acepto mi propuesta, me quite el short y saque la colcha que nos tapaba en ese momento, cuando me acosté cómodamente en la cama le dije que pusiera su cabeza a la altura de mi pene, una vez allí le dije que sujetara suavemente mi pene, empezara haciéndome una paja suave y comenzara a lamer el glande lentamente. Ella era muy obediente en esos momentos de intimidad, pero el hecho que solo la sintiera y no la pudiera ver hacia que mi excitación no fuera tan grande, así que prendí una pequeña lámpara que tenía al lado de mi cama y así pude verla con claridad, mientras ella sostenía mi pene con su mano, con los ojos cerrados, lamia mi pene con mucho cuidado, esto solo hizo que mi excitación aumentara y de esa manera mi pene se pusiera mucho más duro.

    Pasado varios minutos le di otra indicación, que empezara a lamer todo mi pene por todos los ángulos que ella pudiera, sin una pisca de reclamo ella empezó a subir y bajar su lengua, ponía mi pene de costado, lo lamia por un lado y por el otro. Toda la escena era tan excitante que agarre mi celular y empecé a grabarla, al inicio ella no se percató puesto que tenía los ojos cerrados, pero cuando los abrió y se percató del celular, sin decir nada se tapó la cara para que no se viera su rostro, lo único que hice fue sujetar su mano y hacerla a un lado con un poco de fuerza, pero sin lastimarla, ella me miro mientras seguía lamiendo mi pene, pero entendió lo que quería así que no puso la mano de nuevo.

    Todo esto era tan excitante que podía quedarme así por horas, pero sabía que venía la parte final, así que le indique que pusiera el glande dentro de su boca y empezara a lamerlo con su lengua, la sensación fue diferente que lo hiciera por fuera, podía sentir sus labios alrededor de mi pene y el glande siendo lamido como un chupete por su pequeña lengua. Pero después de varios minutos de placer ya sentía las ganas de acabar así que sujetando su cabeza para que no la sacara eyacule dentro de su boca, ella se sorprendió obviamente pero apenas se sacó el pene de la boca chorreo todo el semen sobre mi pene, me miro con una cara como de niña haciendo un poco de berrinche y se acostó en la cama.

    Después de limpiarme bien el pene me acosté en la cama y me dispuse a dormir, todo esto no hizo más que empezar porque a partir del siguiente día seguiría insistiéndole para que me hiciera sexo oral. Todo fue algo repetitivo, imagínense tenerla a solas en la oficina, tocarla todo lo que uno quiere y una vez que la lograba evitar, bajarte el cierre del pantalón, con una mano sujetaba mi pene, con la otra sostenía su cabeza y la jalaba para que iniciara con la mamada. Al inicio ella botaba el semen, pero día con día ella empezó a cogerle el gusto al sabor y empezó a tragárselo, todo esto obviamente grabado en mi celular, también perdió la vergüenza de ser grabada, así que comenzó primero dando guiños o sonrisas al celular, luego empezó hablar a la cámara, primero diciendo cosas como “esta tan rico su sabor” “me encanta que este así de duro”, luego paso a decir cosas más excitantes como “córrete rápido quiero tragarme tu semen”.

    Cuando se le paso su regla comenzamos hacerlo nuevamente, ella empezaba haciéndome sexo oral para excitarme, luego yo se lo hacía a ella para poder hacerla lubricar mas intensamente, a ella le encantaba que se lo hiciera, le lamia el clítoris mientras le metía mis dedos hasta el fondo de su cavidad vaginal, y cuando lo haces a menudo ya sabes donde tocarla para que llegue a su éxtasis, siempre un punto sensible donde la punta de tus dedos prácticamente masajean intensamente y mientras hacía eso le lamia sus pechos, con mi otra mano la ponía en su cara y le hacía chupar uno de mis dedos, todo esto en conjunto a ella le hacía acabar tan rico que hasta se contorsionaba.

    Una vez terminado esta previa comenzábamos con la acción, le metía suavemente mi pene para no ser muy brusco, pero esto era solamente al inicio, una vez que su vagina ya había aceptado ser penetrada, comenzaba con movimientos más rítmicos y algo brusco, golpeándola prácticamente con mi pelvis en cada penetración, lo cual a ella le encantaba, a pesar que no era muy expresiva, sus pequeños gemidos cuando la penetraba de golpe eran una señal de lo mucho que le gustaba, obviamente no quedaba solo allí, después de un rato, la ponía boca abajo y colocaba unas almohadas debajo de tu cadera para que esta se levantara y así poder darle mas rico por detrás. Al final de todo este disfrute siempre terminaba adentro, eso era lo mas rico, sentir su vagina apretándome el pene porque ella se había venido y aparte de eso sentir mi semen caliente siendo escurrido dentro de su vagina.

    Todo era así por un tiempo, empecé también a exigirle cosas para hacer los días diferentes, primero le dije que hablara con su “amigo” dentro del cuarto y mientras lo hacía le empezaba a toquetear en varios puntos sensibles, otros días aparte de que la tocaba le decía que me hiciera sexo oral mientras seguía hablando por celular, después empecé a tener sexo con ella mientras se comunicaba con su amigo pero dejo de hablar por celular y empezó a hablarle por WhatsApp, le dio la excusa que se sentía cansada y que no tenía muchas ganas de hablar, pero la verdad era que tenía sexo conmigo. Fue tanto la presión que le ejercía que unos días que ella se sentía muy excitaba y no podía contestar, yo lo hacía por ella, escribiendo cosas básicas para que el pata no llamara e interrumpiera la acción.

    Pero lastimosamente no todo es para siempre, ella logro conseguir un cuarto a parte al cual se mudó y me dijo que su amigo vendría a visitarla que por favor no pasara por allí para que él no se incomode, yo le dije que no se preocupe, que si bien me gustaba tener sexo con ella tampoco es que me iba a meter en su relación.

    Al final el pata llego y se quedó varios días, días que yo sentía que fui perdiendo presión sobre ella, porque en el trabajo empezó a mantenerse distante y no permitía quedarse a solas conmigo.

    Todo esto me incomodo, pero sabía que el pata no se iba a quedar para siempre, que al final se terminaría yendo y yo volvería a tomar prestada a su “inocente” pareja.

  • El regalo: Un antes y un después (Decimoquinta parte)

    El regalo: Un antes y un después (Decimoquinta parte)

    No era frecuente que Silvia y yo discutiéramos y menos aún, que ella con sus ofensivas palabras me sacara fácilmente de quicio, pero esa vez lo había logrado. Mi paciencia tenía un límite y ella lo estaba cruzando, no supe si lo hacía por gusto, pero ciertamente lo ejecutaba a ciegas. ¿Y de mi amor por ella qué? Me estaba cansando de luchar solo, por mantenerlo sobre mis hombros a flote. En algo más de ocho días el destino nos había puesto a prueba. ¿Quién entre ella y yo vencería y cuál de los dos caería?

    Terminé por avanzar unos dos pasos hacia la terraza que ofrecía unas cómodas sillas para disfrutar la suave brisa de aquel atardecer. Retiré por el espaldar una de ellas dispuesto a acomodar mi trasero, pero por detrás de mí, unas suaves manos alcanzaron mis ojos, cubriéndolos y a su vez, en lugar de causarme asombro o dejarme perplejo, logró con su infantil gesto, hacerme sonreír.

    La fragancia de su aroma, la tibieza de su piel y un absurdo pero gracioso… ¡Adivina quién soy! de su delicada y tierna voz, acompañado por sus labios humectados, empalagando con su viscoso brillo mi mejilla izquierda, cambió mi enojo por una súbita alegría.

    —A ver, dije yo. —Déjame adivinar… Hummm, no tienes las manos frías y rugosas, por lo tanto no eres mi abuela. Y eres alta, así que no puedes ser una caperucita roja. Tu perfume a rosas frescas, jazmín, canela y… ¿Duraznos? Ese te podría delatar. La verdad que no sé quién eres, pero de lo que si estoy plenamente seguro es que no eres mi enojada esposa.

    Martha las retiró de mi rostro, y despeinando mis cabellos con ambas manos, se colocó en frente de mí para darme otro beso en la mejilla huérfana de su labial. Estaba preciosa, opacando con su belleza, los arreboles de aquel atardecer. Su cabellera húmeda todavía y peinada ella por la mitad, con aquellos rizos sueltos, casi lisos desde la raíz hasta la mitad y de allí, más o menos a la altura de sus orejas hasta las puntas, caían oscilando por la brisa, sus iluminados bucles castaños.

    Su angulado rostro levemente maquillado, dejaba percibir una miríada de pequeñísimas pecas cafés que le otorgaban un aspecto muy juvenil. Para nada demostraba estar tan cercana a los cuarenta. Y el tinte en sus ojos, mezcla perfecta de caramelo, miel y rasgos verdes, con sus brillos chispeantes que tanto me encantaban, los destacaba sin necesitarlo obviamente, con los parpados sombreados de fucsia, acrecentando en mí, el gusto por observarlos. Un negro rímel, otorgaba a sus pestañas el volumen necesario para hacerlos percibir más grandes. Bajo su recta y respingada nariz, los labios delgados, brillantes y perfectamente delineados, de un rosa suave casi pálido, rivalizando con el esplendoroso magenta sobre sus ojos, como invitando a besarlos más tiernamente que con excedida pasión.

    —¡Tu abuela! ¿Ehh? ¡Y de caperucita no tengo ni siquiera la capa, aunque puede ser que alguno que otro lobo si me ronde! Jajaja. —Y se sonrió.

    —¿Así que con tu esposa están disgustados? ¿Y se puede saber por qué? —Preguntó, dejando sobre la mesa un celular con funda rosada y luego otro, de carcasa azul.

    Me acerqué por su lado derecho y de medio lado, ofrecí sin ella pedírmelo, mis manos como aparejos para retirarle su deportivo blazer de poliéster blanco, sin premura alguna, casi que logrando escuchar, el deslizar del satén que forraba el interior de sus largas mangas en un suave rozar, como si al sentirse retiradas, besaran en triste despedida la epidermis de sus delicados brazos. La coloqué doblándola con esmero, sobre el respaldo de la silla donde ella había dejado un momento antes, colgado su gran bolso.

    No pude evitarlo, embelesado admiré la elegancia de sus movimientos al acomodarse en la silla cercana a la mía, girar su cabeza hacia un lado, atisbando en la lejanía algo o alguien. Como percatándose de haber sido observada por varios pares de ojos, pertenecientes algunos a hombres ansiosos y otros tantos, a mujeres llenas de envidia unos metros más allá. Delicada y fina mujer, causando en mí el agrado de estar compartiendo su espacio.

    Y morbosamente feliz, pues Martha al agacharse un poco colocando sus brazos sobre la mesa, me regaló la súbita visión de ver la tensa perfección de la tela que cubría, tras un leve temblor, la artificial redondez de sus tetas marcando pezón, libres y sueltas bajo un top rosa encendido de tirantes y escote cuadrado, dejando sus hombros desnudos pero arropados también por minúsculas pecas desordenadas como si fuesen una multitud de lunas y asteroides, flotando sobre su nívea piel.

    Su look de viernes lo complementaba con unos vaqueros blancos y estrechos, de esos llamados Slim, bien ceñidos a su cintura, alargando si se quiere aún más, su estilizadas piernas. Y doradas sandalias abiertas de alto tacón recto, dejando al descubierto la blancura de sus pies, con sus uñas decoradas con puntitos rojos, rosa y blancos, simulando una pequeña flor en cada dedo.

    Me miró, sorprendida quizá de verme allí de pie, perdido dentro de toda su atenazante belleza y fue cuando Martha sonriendo, colocó su mano frente a su boca y cerrándola posteriormente, carraspeo dos veces, llamando mi atención, bajándome de la nube a la que ella sin quererlo, me había elevado. Y así, reaccioné para retomar la conversación.

    —Pues sí Martha, para que te lo voy a negar. ¡Un poco! Es que ustedes las mujeres son tan complicadas y difíciles de entender. Yo pienso que Dios cuando ideó a Eva, en algún descuido de tan esmerada creación, debió olvidar hacerle entrega a Adán, de una guía ilustrada para poderlas comprender. —Y de inmediato ella se echó a reír.

    —Bueno Martha… ¿Y que deseas tomar hoy? ¿Café? o si gustas acompañarme a mojar la palabra con… ¿Un buen par de cervezas? —Le pregunté.

    —Jajaja, a ver mi caballero sin armadura, la cerveza puede ser. —Me respondió, acomodándose de medio lado en su silla, cruzando con su característica prestancia, una pierna sobre la otra y echando mano de su bolso, lo colocó sobre su regazo, e intentó en vano sacar su billetera.

    —No, no, no. Esta vez invito yo, preciosa. —Y colocando mi mano sobre su hombro para evitar que se saliera con la suya nuevamente, me giré rápidamente hacia el interior del local para buscar en la estantería de madera, una marca diferente, importada y con un poco más de contenido de alcohol.

    Regresé hasta la mesa unos minutos después, con un salero, algunas rodajas de limón, un cenicero y dos botellas frías de Corona Extra con sendos vasos desechables cubriéndolas. Martha ya tenía colocadas sobre el blanco mantel, una cajetilla nueva de cigarrillos de mi marca de tabaco rubio preferida y otra de unos delgados More, que hacía mucho tiempo no veía.

    —Y bien tesoro… ¿Hablas tu primero o hablo yo? —Destapé las dos cajetillas de cigarrillos y agitando un poco la roja de More, le ofrecí uno de aquellos que sobresalieron. Con su pulgar y el índice, escogió el más externo y lo llevó a su boca. Yo tomé un Marlboro y enseguida le ofrecí fuego, para después con la vivaz flama en pleno, encender el mío.

    —Voy yo, le dije. —Martha aspirando un poco, se encogió de hombros y sonrió.

    —Bueno si soy sincero, preciosa, aún no encuentro respuesta a tu pregunta. Cómo comprenderás es una situación tan personal, tan íntima y fuerte que no sé por donde puedas tu lograr el perdón. —Martha desvió su mirada hacia una pareja de ancianos que deambulaban cansinos, buscando algún lugar para sentarse y tomar algo. Los dos bien entrados en años, la señora apoyada en un bastón al dar sus cortos pasos y él señor precavido, amorosamente la tomaba con cariño de su otra mano.

    —Lo sé, Rodrigo. Y entiendo que lo mío ha de parecerte una barbaridad. —Me habló aplacada, volteando su cabeza, dirigiendo toda su atención en mí.

    —¿Es tan malo en la cama? —Le espeté sin reparo alguno en parecerle entrometido. Directo y al grano.

    —Es algo inocente en verdad. Creo que al casarnos tan tempraneramente, sin mayores experiencias con otras personas, Hugo al igual que yo, creímos que lo hacíamos bien. El amor y el sexo. Todo en conjunto. Creí que era lo mismo sin diferenciar amor del placer. ¿Me entiendes? —Acercó su mano derecha y con sus dedos fue rozando los míos, pero sin atreverse a entrelazarlos por completo. No me pareció que lo hiciera por tontear conmigo sino para concentrarse en alguna acción externa, que le diera cierta ubicación mental.

    —No es muy imaginativo, más bien lo hacemos de la manera tradicional. Es mi culpa también, por no hablarle, no expresarle con claridad mis inquietudes al respecto. Nunca hablamos en la cama de si teníamos o no fantasías. Por pena nunca le dije que me aburría hacerlo siempre tan… ¿Igual? —Martha se enderezó en su silla, aspiró nuevamente un poco de tabaco y luego bebió un trago largo de su vaso de cerveza–. Yo por el contrario no utilicé el desechable. Sencillamente, introduje una rebanada de aquel limón dentro de la botella y con otra más, humedecí con su ácido néctar, el pico y lo decoré con un poco de sal.

    —Y debido a ese comportamiento, decidiste buscar por otros lados lo que deseabas experimentar y no podías hallar en tu hogar. A ver, cuéntame. ¿Lo obtuviste? —Terminé por preguntarle.

    —No fue exactamente así. De hecho no lo estaba buscando o deseando. Más bien se me presentó la oportunidad. En una salida con mis amigas, conocí a un hombre que me llamó la atención por su caballerosidad, sus buenas maneras y ese aspecto de hombre seguro de sí mismo tan directo, rudo y varonil, muy diferente al tímido actuar de mi esposo. Siempre tan contenido y analítico; nunca fue avezado, ni aventurero. —Al escucharla hablar así de su amante y de su marido, me transporté a mis primeros meses de noviazgo con Silvia. Todo tan similar. Hugo el retraído esposo de Martha, idéntico en su actuar al mío años atrás por mi deseo de ser el mejor y caer en el descuido. Tan similar él a mí, que me causo tremendo escalofrío.

    —Podría decirte que fue precisamente aquella diferencia de personalidad, lo que me llamó la atención y después de intercambiar algunos mensajes, contándonos un poco de nuestras vidas, surgieron nuevas salidas, ya solos. Fue espontaneo. Halagada por sus palabras, y animada por sus constantes mimos, terminamos besándonos en la pista de baile de una discoteca. Una que otra caricia permitida que me encendió, sí. Pero me contuve y aquella noche no pasó nada más entre nosotros pero me creo una gran inquietud. —En vano, Martha intento darle otra calada a su delgado cigarrillo, pero este se había apagado a la mitad por la falta de uso.

    Ella misma tomó mi encendedor y de nuevo dio vida al restante, para aspirar otra bocanada de tabaco y lanzar sutilmente el humo azulado por los aires. Otro sorbo a su cerveza y mordiendo una tajada de limón, hizo una mueca de desagrado, cerrando sus ojos y apretando fuertemente sus labios. Luego me observó, y al hacerlo se dio cuenta de que me sonreía por su gesto de repulsión y entonces bebió otro sorbo, para proseguir relatándome su encuentro con aquel amante, no sin antes sonreírme de manera burlona.

    —Luego aprovechando un viaje de mi marido por cuestiones de su trabajo, tomé la decisión de aceptar una rápida salida, solo tres horas para estar en la intimidad con el hombre que ocupaba mis interiores fantasías. Conseguí que una niñera se hiciera cargo de mis hijos y salí en búsqueda de algo diferente. Deseaba hacerlo con él, pero no por nada sentimental, lo consideraba como un buen amigo con el cual experimentar. Solo sentía que debía hacerlo. Averiguar cómo era tener sexo con un hombre diferente a mi esposo. —¿Y te gustó? Le pregunté.

    —¡Sí! Maldita sea, sí. ¡Lo disfruté! Aunque no puedo mentirte. Al principio dudé, me sentí nerviosa y confundida, sopesando en una imaginaria balanza, los pros y los contras de mi proceder. Sobre todo cuando este hombre, ya completamente desnudo frente a mí, retiraba con delicadeza mi sostén, deleitándose la vista con mis pechos, para tocarlos luego y acariciármelos tiernamente, mamándomelos con deseo. Desnuda por primera vez ante uno diferente al hombre al cual debía fidelidad. Pero mi amigo fue muy considerado, aguardó a que perdiera mis miedos y él con mucha paciencia fue rompiendo mis defensas, los complejos e inseguridades. Lo hizo todo muy bien, aunque el preliminar fue algo precipitado, pero si me hizo sentir distinta. Experimenté demasiadas sensaciones nuevas junto a él. —Me acomodé contra el respaldo de mi silla, bebiendo de un solo sorbo el poco contenido de mi botella. Con mi lengua saboree un poco el limón que pugnaba por salir también de su interior y terminé por dejar la colilla de mi cigarrillo en el surco de aquel cenicero, sin dejar de apreciar en Martha la tranquilidad de su mirada. Quería intervenir con una pregunta pero ella, siempre tan intuitiva, se me adelantó.

    —Y no Rodrigo, si lo estás pensando, antes de que me lo preguntes te digo que no sentí remordimiento alguno al regresar a mi casa. Fue para mí un gran descubrimiento y en lo único que pensaba era en como poder compartirlo con mi marido e intentar convencerlo de cambiar él y yo en nuestra intimidad. Aumentar nuestra libido y gozar de mi nuevo conocimiento sexual. —Entonces levanté mi mano, interrumpiéndola para aclarar un aspecto importante.

    —Ok, y visto lo visto, no lo conseguiste. Y aun así, después de obtener tu cometido personal, seguiste viéndote con ese hombre. Continuabas con tus revelaciones a espaldas del padre de tus hijos. ¿Por qué?

    —Fue una noche hace algunos meses atrás, que sin saber cómo hablarle de lo acontecido, me atreví a proponerle hacer algunas posiciones diferentes. Le sugerí que intentáramos la penetración anal, colocándome en cuatro, tan disponible para él sobre nuestra cama, para ver cómo se sentía. Y me trato básicamente de puta barata. Me dijo que eso no lo hacían las parejas casadas. Que solo una prostituta lo permitiría. Entonces discutimos, me hizo sentir terrible y afectada por la ofensa, se me salió decirle que muchas veces yo le había mentido y que en nuestra cama, había fingido varios orgasmos. Que no me daba la talla. —Martha calló. Y fumó de nuevo, para posteriormente beber.

    Vaya con el jefecito de mi mujer. Inexperto, tradicionalmente aburridor en la cama. ¿Baja autoestima? ¡Falto de imaginación en cuanto al sexo! ¿Eyaculador precoz? Tantos problemas y aun así, tan insistente con mi mujer. ¿Por qué?

    —Eso le sentó mal. Lo herí, lo sé. Y desde allí, dejamos de intentar tener relaciones, que tampoco eran diarias, tal vez una o dos veces cada quince días… ¿Rodrigo? —Y Martha, extendiendo su brazo por sobre el mantel blanco, posó su mano sobre la mía, con la que yo jugaba distraídamente con mi encendedor, buscando al lanzarlo por los aires, que cayera de pie sobre la mesa. Creo que Martha pensó que yo no le prestaba la suficiente atención y le desesperaba mi actitud. Más no era así, yo solo analizaba la situación.

    —Te estoy escuchando preciosa. ¡Créeme! Le respondí, mirándola fijamente y colocando mi otra mano con cariño sobre la suya. Prosigue.

    —Por supuesto que volví a verme con mi amigo y nos convertimos en compañeros de cama. Un par de amigos con derechos. Solo fueron dos veces más, pues noté que en él surgían motivos diferentes al mero encuentro sexual. Me dijo que se estaba enamorando de mí y luego en una de esas tardes de hotel, me propuso hacérmelo por atrás y me negué. Si no era con mi esposo la primera vez no sería con nadie más. Obviamente se molestó por ello y el hecho de conocer que no abandonaría a mi marido por nada en el mundo y dejamos de vernos, no así de hablarnos. Aún lo seguimos haciendo por aquí. —Y me señaló el móvil azul.

    —Espera voy por las dos últimas, pues mis hijos regresaran a casa esta noche con sus abuelos. Hace días que no los veo porque están con ellos de paseo en el Disneyland de París y muero de ganas por abrazarlos. —Y sin dejarme oponer resistencia se puso en pie y me regaló de nuevo aquella visión hipnótica de su melena ondeando, su espalda recta y la firmeza de sus nalgas, subiendo y bajando, contoneando de izquierda a derecha y viceversa, sus caderas. Curiosamente recuerdo sonreír al notar como en su nalga derecha, al ascender y bajar a cada paso, dejaba percibir la formación de un hoyuelo que aparecía y luego se esfumaba. Pocas mujeres tienen ese donaire al caminar que poseía Martha. No levantaba mucho del piso la suela de sus sandalias, apenas parecía deslizarse, colocando una pisada exactamente frente a la otra, como si de una esmerada modelo de pasarela se tratara, desfilando por la tarima que esa tarde-noche, era un piso de piedra.

    Sus hijos… ¡Mierda!… Y de los míos ¿Qué? De inmediato reaccioné, tomando mi teléfono y marcándole al número de Silvia… ¡No! al de ella no. Colgué sin dejar que sonara la primera vez. Busqué en la agenda el número telefónico de mi suegra y marqué con decisión.

    —¿Siii, buenas? ¿Con quién? —No me sorprendió que mi queridísima suegra no me tuviera grabado en sus contactos.

    —Soy yo. Rodrigo. Buenas noches suegra. ¿Cómo está todo?

    —Ohh, Rodrigo ¿Y ese milagro a que se debe? —Nada especial suegra, solo quería saber de mis hijos y hablar con ellos antes de que se vayan a la cama. Supongo que estarán felices por el viaje.

    —¿Viaje? ¿Cuál Viaj…? Ahh, sí que tonta soy. Espera te comunico a tus hijos.

    —¿Papito? —Respondió mi hija.

    —Hola mi cielo hermoso. ¿Cómo está la princesa de mi corazón?

    —¡Bien papito! ¿Vas a venir ya por nosotros? —No mi vida, mañana tengo que trabajar un rato, mejor disfruta con tu hermanito del paseo.

    —¿A dónde papi? —Me respondió dejándome intrigado con su respuesta.

    —¿No has hablado con tu mamita? ¡Hummm debe ser una sorpresa!

    Y en ese momento escuché la voz de mi hijo, pidiendo a la fuerza a su hermanita que le dejara hablar conmigo.

    —Papi, papi, papiii… ¡Te amo mucho! —Yo a ti más. Le respondí y enseguida mi pequeño me comentó sus tiernas aventuras.

    —Estoy jugando con el abuelito a las carreras de carritos pero él los hace estrellar contra las paredes.

    —¡Jajaja! me imagino que no es un buen piloto como tú. ¡Te amo mi chiquitín precioso! Ten mucho cuidado en la piscina. ¿Bueno?

    —¿Cuál piscina papi? —Ehhh creo que era una sorpresa de tu mamita. Pregúntale a ella. Y mi niño feliz y dichoso, seguramente empezó a saltar y en medio de su algarabía, tiraría al suelo el móvil de mi suegra y al hacerlo me terminó sin querer la llamada.

    Mi suegra me había demostrado no saber nada del viaje programado por Alonso, menos aún mis dos hijos, lo cual me hizo rebobinar la película y en mi mente se aparecieron varias inquietudes. O Silvia me había mentido para refugiarse en brazos de su madre y no verme para así evitar que siguiéramos discutiendo y darnos tiempo para respirar y qué alguno de los dos, terminara pidiendo perdón o simplemente tenía algo planeado con anterioridad y la excusa perfecta era precisamente pelearse conmigo la noche anterior.

    Otro cigarrillo a mi boca, otra vez la sensación de que algo estaba mal, muy mal con mi esposa.

    —Rodrigo… ¿Y esa carita? ¿Ahora que te sucede? Te vi hablar por teléfono. ¿Tu esposa sigue disgustada? —Martha estaba allí a mi lado, colocando las cervezas sobre la mesa, al lado de sus dos teléfonos.

    —No hablé con ella; lo hacía con mis hijos que se supone van de paseo a la Sierra mañana con mi suegra, su marido y mi mujer. Lo raro Martha es que, ninguno al parecer, estaba enterado, a parte de mi esposa claro está. Es como si ella me estuviera ocultando algo. ¿Y tus hijos? ¿Has hablado con ellos? Deben haberlo pasado en grande con tantas atracciones. —Le pregunté.

    —No Rodrigo, no los veo hace varios días, aunque con mi hija mayor, Isabel se llama, en honor a mi madre y el menor se llama Luis, igual que su abuelo paterno. Con ella he sostenido video llamadas casi a diario. Están muy bien los dos. ¡Felices! Me hace tanta ilusión volver a tenerlos junto a mí. Son todo en mi vida, por eso necesito que me ayudes a pensar en una solución para no perderlos. ¿Qué hago Rodrigo? ¿Cómo soluciono todo este caos? —Di una calada a mi cigarrillo, tomé la botella de cerveza con la otra mano y colocándome de pie, empecé a caminar alrededor de la mesa, pensando en Silvia y mi situación, sopesando la posibilidad de agachar mi cabeza y pedirle perdón. ¿De qué y por qué? No lo sabía ciencia cierta pero alguien debería equilibrar la balanza para… ¡Mierda! eso es. Esa era la solución para Martha y de paso para mi matrimonio.

    —¡Lo tengo! —Le dije a Martha y ella de inmediato concentró su atención en mí. —Me acerqué hasta ella, arrodillándome para estar casi a la altura de sus hermosos ojos y se lo expresé con contundencia.

    —¡Equilibrio! Creo que esa es la solución, pero no con su secretaria que de seguro lo debe hacer como una vaca muerta, –obviamente Silvia para nada era pasiva al momento de tener sexo– y de pronto vea la oportunidad de arrebatártelo. ¡No! Debes buscar ayuda de una profesional, una terapeuta de esas que se encarga de solucionar los problemas de las parejas.

    Martha encendió otro de sus cigarrillos, aspiró profundamente sin dejar de observar mi entusiasta reacción y luego tomó su vaso de cerveza, dejando caer en el fondo la última rebanada de limón.

    —Debes hacer que tu esposo te acompañe y entienda que aunque él sea tu problema, también puede ser la solución. O llévalo una noche a un local liberal, así no hagan nada en un principio que él entienda que debe exigirse más como hombre para brindarte el placer que necesitas y vivir como las lombrices, bien felices. —Mi idea parecía no convencerla pues no veía en su rostro una reacción favorable a mi propuesta. Sin embargo continúe mi exposición.

    —¡Demuéstrale que para ti, él es lo más importante!

    —¡Ayyy! corazón, si eso ya se lo insinué la noche anterior y no te imaginas como se puso. Tengo una amiga que se dedica a eso precisamente, el problema es que mi esposo siempre ha desconfiado de ella y más después de conocer que se había divorciado recientemente. —Martha observó con detenimiento su reloj de pulsera, tal vez tenía alguna otra cita pues también desbloqueo ambos teléfonos, pero sin hallar nada nuevo en ellos, los volvió a acomodar sobre la mesa.

    —¿Te tienes que marchar o esperas alguna llamada? Le pregunté y ella con un gesto indiferente en sus labios me respondió…

    —¡Aún tengo tiempo! Como te decía Rodrigo, mi esposo me respondió que él no necesitaba de tratamiento alguno y que tampoco se iba a rebajar a mi posición. Acostarse con otras mujeres y ser tanto o más infiel que yo, no estaba en su forma de ser. Me dijo muy seriamente, que en su vida nunca estaría con una prostituta. Es por eso que viendo la complicidad que parece mantener con esa secretaria suya, he pensado que si logro conseguir hablar con ella, le propondré que lo seduzca a cambio de una buena suma de dinero y por supuesto, teniendo alguna grabación como prueba, pueda persuadirlo para lograr que hablemos y que comprenda que lo que hice fue solo por experimentar y conocer. Que fue solo por sexo y nada más. Y estando en igual posición podremos seguir adelante juntos. —La vi muy convencida de hacerlo, y me preocupe aún más. Y con la restante cerveza en mi mano, esperé por conocer la siguiente parte de aquella conversación.

    —Hoy fui de almuerzo con otra de sus secretarias para averiguar más acerca de las andanzas de mi esposo con su asistente. Porque… ¿Sabes algo Rodrigo? Ya mi esposo la invita a salir a almorzar. Luego algo hay entre ellos dos. —¿Estas segura de eso? ¿Te lo confirmaron acaso? —Le pregunté con bastante nerviosismo. ¿Sabría Martha que estábamos hablando de mi esposa?

    —Desafortunadamente al parecer no ha visto entre ellos, nada inapropiado en la oficina, pero si me comentó que la junta directiva la apreciaba mucho por su talento y otra cosa más averigüé y que puede jugar a mi favor. ¡Van a viajar juntos la próxima semana a Italia! Por asuntos de trabajo obviamente, pero sí logró hablar con esa mujer sin que mi esposo lo sepa, antes de que viajen, quizás sea esa la oportunidad para que suceda algo entre ellos. —Martha me hablaba con mucha convicción en su idea de colocarle una trampa a su esposo, usando a mi mujer como cebo para equilibrar sus faltas. No podía permitirlo.

    —Y una cosa más me comentó, que me confirma que hay algo entre ellos. Imagínate que los vio salir a almorzar y regresar con unos paquetes grandes, supuestamente para celebrar nuestro aniversario. Y como adivinaras, no hay tal aniversario hasta noviembre. ¡Los putos vestidos!

    —Mira preciosa, creo que sigues confundida. Lo que tu marido necesita es una mujer que le tres vueltas en la cama y logre despertar la fiera que hay dormida en él. No utilizar a una secretaria aburrida y quizás principiante en el sexo. Lo que puedes lograr con esa idea tuya es que sentimentalmente se unan por el dolor y el odio que ahora tu esposo siente hacia ti. Lo lanzarás en brazos de esa mujer que quizás no tenga nada que perder y sí mucho por ganar. ¡Reacciona! Deja a esa asistente en paz y mejor concentrémonos en mi idea, solo que con una pequeña variante. —Y se le iluminaron los ojitos de miel a Martha.

    —A ver, soy toda oídos. Me respondió. —No es tan complicado, mira… —Y en ese momento una llamada se escuchó proveniente de uno de los teléfonos móviles que reposaban al lado del cenicero. Ella tomó el rosado, me miró y me hizo la señal con su dedo sobre los labios de que mantuviera silencio. Se dio vuelta en su silla para hablar, diciendo antes de hacerlo….

    —No lo sé. No sé cómo conseguir que mi esposo acceda para acudir a una cita, ni tan siquiera que me acompañe a la primera entrevista con la terapeuta. Dame un segundo y respondo esta llamada que es mi hija.

    Entonces tomé la decisión de encender otro cigarrillo y pasearme por allí cerca para darle a Martha la necesaria privacidad en su llamada. También necesitaba pensar en mi mujer y en la manera de evitar que Martha la ubicara. ¡Complicado! La conexión ya la tenía a mano y era precisamente esa compañera de trabajo. ¿Y si lograba contactarla? ¿Qué posición tomaría Silvia al respecto? ¿Se ofendería o por el dinero, aceptaría y se prestaría para tamaño engaño?

    Lo más probable es que mi esposa mandara a Martha a comer mierda hasta la china. Por lo tanto, mi mejor idea de colaborar a que ello no sucediera, sería ayudar a Martha a encontrar una buena terapeuta de parejas de la mano de su esposo y mi cómplice para llevarlo a cabo sería mi propia mujer. Si primero lograba que me perdonara, me entendiera y yo por supuesto, poder confiar de nuevo en ella.

    —¡Es una mierda! Todo esto me va a enloquecer. —Le escuché decir más o menos en voz alta a Martha y regresé hasta la mesa para darme cuenta de que ocultaba su rostro con las dos manos. ¡Lloraba!

    —¿Qué sucede? Le pregunté mientras colocaba mi mano derecha sobre su desnudo hombro izquierdo. —Y fue en ese momento en que Martha se puso de pie, y aun con las lágrimas rodando por sus mejillas, me abrazó con fuerza y yo a ella, ciñendo con mis brazos la estrechez de su espalda, permitiéndole entre mi compasivo silencio y sus espaciados sollozos, unos segundos de relajado desahogo.

    —Mi hija me ha comentado que por decisión de su padre, ellos no regresaran esta noche a la ciudad como estaba previsto. Y que tomarán el vuelo de regreso hasta mañana temprano. Hugo en realidad me quiere apartar de ellos. Además que al encontrarse con su padre en el aeropuerto, partirán de inmediato hacia el chalet de mis suegros. ¡Sin mí! Rodrigo… ¡Tengo mucho miedo! —Me aparté un poco de ella, solo para mirar la preocupación reflejada en sus ojos enrojecidos.

    Levanté su barbilla un poco con mi mano derecha, forzándola a que me mirara fijamente, ella entreabrió su boca levemente y yo la mía. Lentamente acunando entre mis manos sus húmedas mejillas, posé mi boca sobre su frente con ternura y la bese una y dos, tres veces seguidas tal vez. Y volvimos a abrazarnos pero esa vez, como un par de enamorados. Yo rodeando su cabeza con mis brazos por detrás de su nuca y Martha a mí, entrecruzando los suyos por detrás de mí espalda a la altura de mi cintura. Menguando con aquella cercanía, nuestras aflicciones.

    —Hoy es viernes, le dije sin dejar de sentirla respirar pausada, más tranquila. —Nadie te espera en casa, Martha. En la mía igual. ¡Tú sola, yo solo! Ven preciosa, recojamos nuestras cosas menos las preocupaciones, a esas, dejémoslas por aquí olvidadas y vayámonos por ahí, los dos. Dejemos que la noche de Madrid haga su magia y nos sorprenda. —Ella asintió, se apartó algunos rastros de su salina amargura y me sonrió de manera complaciente.

    Y recordé entonces a Eva y su invitación para salir los dos por ahí. Tomé mi teléfono y abrí la aplicación de mensajería para textearle, averiguando si aún estaba en pie aquella invitación y en dónde. Luego de recibir la respuesta a mi mensaje, tomé la suave y cálida mano de Martha, entrelazando nuestros dedos y sin pensarlo más le dije…

    —Martha… ¿Te gusta bailar?

    —¿Te han dicho que estás loco? Pero… ¿Sabes qué? Me gusta tu locura. ¿En tu coche o en el mío? —Me preguntó mucho más animada.

    —Podrías seguirme en el tuyo y dejo mi corcel pastando en el establo. Es que quiero pasarla bueno esta noche. Tomarme varios tragos sin pensar en las probables multas. ¿Te parece preciosa?

    —¡Vamos tesoro! ¿Y entonces pretendes que yo sea tu conductora elegida y pasarme la noche a punta de agua? ¡No señor! Vamos en el mío, pero buscamos un parking donde dejarlo hasta el otro día, que esta noche quiero gozar con tus desvaríos. —Me encogí de hombros y nos dirigimos los dos en busca de nuestros coches.

    Y así fue. Después de dejar mi coche en la urbanización, subir a mi piso para en poco más de cinco minutos, cambiar mi formal vestuario de asesor comercial por algo más cómodo y rumbero, esquivando esos sí, las inoportunas miradas de mis vecinos, entre ellas a la señora Gertrudis y su «adorable» Toretto, en un santiamén regresé hasta la entrada donde ella me esperaba. Al acercarme al coche, Martha se había colocado en el puesto del copiloto, con el espejo retrovisor girado en diagonal, arreglando su maquillaje sin apuro.

    —Corazón… ¿Te importaría conducir mientras me retoco un poco? —Me preguntó risueña. Nos fuimos en el rojo deportivo de Martha hacia la discoteca donde Eva me esperaba, claro está, sin compañía.

    Aquel lugar donde estábamos por ingresar, era un local de pura rumba latina. Vallenatos, salsa, bachatas, algo de puro reggae también y por supuesto el infaltable reggaetón. Justo en la entrada le comenté a Martha que allí dentro me encontraría con la chica de la barra, y que por lo tanto haríamos el teatro de que nos habíamos encontrado de casualidad. Martha no puso problema por ello y de improviso, bastante emocionada, tomó su móvil rosado del bolso y le marcó a una amiga para invitarla también a rumbear con nosotros, de esa manera parecería más real nuestro ficticio encuentro. La idea era que Eva no se ofendiera al verme acompañado, pues la andaluza tabernera tenía en su mente otros planes para divertirse conmigo. ¡A solas!

    Entre tantas personas fue difícil ubicar a Eva. Junto a Martha deambulamos un rato entre aquella multitud de brazos elevados en descoordinado movimiento, caderas cimbreantes y juegos de luces multicolores, al compás de la música del grupo Niche y su «Cali pachanguero», himno oficial de las ferias de Cali, para posteriormente el Dj, –que para nada parecía colombiano– mezclar con acierto el ritmo salsero con el discotequero rock de «La Pachanga» de Vilma Palma e Vampiros. No veíamos donde poder ubicarnos, por lo que nos acercamos a la barra y dialogando con el barman, conseguí finalmente un reservado disponible en la zona VIP.

    Una vez acomodados, Martha casi a gritos por el elevado volumen de la música, hablaba por su móvil, dando indicaciones a su amiga. Mientras tanto yo le escribía a Eva, para avisarle de mi presencia en el lugar y donde me hallaba ubicado. Un cocktail caribeño para Martha, una botella de aguardiente, dos copas, vasos desechables y una jarra con cristalina agua. A su lado otra de jugo de naranja, una bandeja con granos de maní salado y uvas pasas.

    Un rato después de calentar mi garganta al tomar de una sola vez y hasta el fondo de mi copa, llegó Eva agitada y algo sudada.

    —¡Holaaa! Pero niño, casi que no llegas. —Y nos saludamos con unos besitos en las mejillas y otro corto en los labios. Eva de inmediato reparó en Martha para saludarla también de manera efusiva. Le comenté que era una amiga con la cual, casualmente nos habíamos encontrado en la entrada.

    —¡Vamos a bailar que esta canción me fascina! —Y me llevó del brazo, sin yo poder rechistar hasta el centro de la azulada pista de baile. La canción no la recuerdo con exactitud, pero creo que era una del grupo Duncan Dhu, si no estoy mal era «En Algún Lugar» y entre mis saltos y los suyos, disfrutando entre tanta contagiosa algarabía y su risa andaluza, pasamos en un instante a brincar, gritar, cantar y agitarnos con el violín y las guitarras eléctricas de «Molinos de Viento» del grupo Mägo de Oz y finalizar de nuevo en el caribe con el pegajoso merengue de «Abusadora», del siempre divertido, Wilfrido Vargas.

    Realmente que Eva se movía con gran soltura y se veía muy feliz. Igual yo, para que negarlo. Con tanto movimiento, alboroto y gentío enrumbado, me olvidé de Silvia, de su jefe y de aquel incógnito viaje, tan desconocido por mis hijos a la Sierra. Y en una de tantas vueltas, alguien jaló del brazo derecho a mi andaluza tabernera alejándola de mí, entre risas y gritos se la fue llevando y la perdí de vista entre tantos cuerpos agitados.

    Al regresar hasta la zona VIP, donde había dejado abandonada a Martha, la encontré feliz sentada de medio lado hablando con una mujer de cabellos cortos y más azules que nunca por el brillo que a ellos otorgaban, los dirigidos focos led´s que iluminaban desde la pared, la baja mesita y aquellos oscuros sillones.

    Martha se fijó en mi cercanía y con la sutil gentileza que tanto la caracterizaba, me presentó a su desconocida amiga.

    —¡Rodrigo! Tesoro mira. Ella es una de mis mejores amigas, la divorciada que tanto detesta mi esposo y además la terapeuta de la cual no quiere saber nada. ¡Jejeje! —La mujer giró su rostro elevando su mirada hacia mí, pues aún permanecía en pie junto a ella.

    Abrió sus ojos sorprendida, seguramente al igual que yo. Me agaché y sonriendo le extendí mi mano derecha, ella me la estrechó con cariño y su rostro se iluminó con una sonrisa bastante amplia, regalándome la visión de su blanca dentadura, para segundos después, obsequiarme directamente, un casto beso sobre mis labios.

    —¡Hola Almudena! Pero qué bacano tenerte por aquí y poder vernos otra vez. —Le dije yo.

    —¡Rocky querido! Lo mismo digo yo. Como negarme a venir, si hoy es viernes y el mundo gira feliz. —Me respondió.

    Y Martha asombrada, no lograba cerrar su encantadora y rosada boca.

    Continuará…

  • Se la chupé a un cartonero

    Se la chupé a un cartonero

    Para los que no estén familiarizados con el término, un cartonero es una persona que se dedica a juntar cartones, cosas de metal, y artículos de cierto valor que la gente tira a la basura. Estos trabajadores, también llamados con el eufemismo de «recicladores urbanos», básicamente andan por la calle revolviendo la basura y buscando cosas para revender y de esa manera se ganan la vida. Al no haber un servicio de parte del Gobierno para reciclar, son las personas con esta iniciativa que en cierta forma, sirven a esa función, hacen una labor que beneficia a todos y a la vez a sí mismos, aunque no es la más limpia de las tareas, ya que como dije, estas personas que son casi siempre hombres, andan revolviendo la basura para ver qué pueden hallar.

    Sin embargo, mi deseo sexual está más allá de cualquier discriminación y no tiene efecto el desprecio que otros y otras pudieran sentir por esas personas que son personas como cualquier otra.

    De esta manera, se sucedieron varios cálidos días de verano, no menos de cuatro, y casi completaron una semana de árido calor agobiante, sin lluvias y con temperaturas más parecidas a un desierto que a la Pampa Húmeda bonaerense.

    Me tocaba una hora de descanso en el trabajo y aproveché para salir con el auto a comprar un sándwich para el almuerzo. Estaba en el auto al costado del kiosco en una calle ancha y transitada comiendo mi sándwich, refrescándome con el aire acondicionado del auto y con un agua saborizada bien helada. Por el costado de mi auto pasó un carro tirado por caballos. En él iban dos cartoneros a los que no les di mucha importancia. Llevaban una amontonada carga de cartones, chapas y otras chucherías. Pararon justo en frente de mí. Uno de ellos bajó, el que conducía, estaba vestido con una remera negra un poco sucia. Tenía una gorra negra de béisbol de New York Nicks como las que usa Daddy Yankee y usaba solamente unos pantalones cortos de fútbol con ojotas. Se bajó y le dijo a su compañero: «¡Voy a comprar una Coca!», en referencia a una Coca-Cola, por supuesto.

    Cuando lo vi acercarse por el costado de mi auto instintivamente miré su bulto. Y para mi grata sorpresa y entusiasmo, se le notaba perfectamente a través del pantalón liviano de fútbol una hermosa verga larga y gruesa bamboleándose de acá para allá. ¡¡Claramente este muchacho no tenía calzoncillos!! Y a través del pantalón se notaba absolutamente TODO. ¡Papito! ¡¡Era una boa constrictor eso que le colgaba entre las piernas!!

    La pija larga, gruesa, pero blanda porque estaba dormida, se hamacaba de acá para allá con cada paso. Se balanceaba y rebotaba junto con sus grandes y redondos huevos. El liviano pantalón de nylon no dejaba nada a la imaginación.

    No pude aguantar el impulso y tuve que hablar con él. Bajé el vidrio del auto y cuando estuvo casi en frente de mi puerta le dije: ¡Eh, joven! ¿No sabe dónde queda la calle España?

    Por supuesto que yo sabía dónde quedaba esa calle, pero me hice el que no sabía para entablar conversación.

    Se frenó en seco justo en frente de mí. Su pija se hamacó hacia adelante con la inercia del frenado y cayó pesadamente entre sus piernas. Yo estaba sentado en el auto y tuve esa estupenda visión justo enfrente de mi cara. Mientras él me hablaba yo no podía dejar de ver su bulto sobresalir de esa tela delgada.

    Claramente estaba sin ropa interior debido al intenso calor.

    Cartonero: -Debés pasar por el bajonivel, seguir por la calle Lavalle, etc., etc. y etc…

    Comencé a mirarlo de arriba a abajo. Este muchacho no es el estereotipo de un cartonero, harapiento, desgarbado, derruido por los años de trabajo insalubre. Por el contrario, su aspecto era muy saludable: tenía como 1,80 m de altura, unos 30 años de edad, cabello negro ensortijado, su cara era muy bonita como de hombre pero un hombre varonil y buen mozo. Sus brazos quedaban al descubierto porque usaba remera de mangas cortas, y se podía ver que esos brazos son musculosos y bien formados. Prácticamente no tenía panza y sus piernas están muy bien musculadas, como si jugara seguido al fútbol.

    Este muchacho era muy deseable, y a pesar de estar un poco sucio por el trabajo que estaba haciendo, no podía dejar pasar esta oportunidad.

    En un momento se dio cuenta que lo miraba de arriba abajo, especialmente su enorme boa que se adivinaba perfectamente. Instintivamente se llevó la mano a la pija y se la estiró un poco.

    Nada de su explicación sobre la calle oí. Solamente estaban en mi mente las cosas que podía hacer con ese muchacho desnudo en un día tan caliente como ese.

    Cuando se tocó la pija, en un movimiento instintivo se la acaricié suavemente ya que estaba justo enfrente de mis ojos.

    Cartonero: -¿Te gusta?

    Yo: -Más de lo que podrías imaginar.

    -¿Querés que hagamos algo? A mí me encantaría

    Cartonero: Hay un lugar al fondo de esta calle, un baldío donde de noche no anda nadie. Pasá a eso de las ocho y media si querés.

    Yo: Ahí estaré sin falta.

    A eso de las ocho de la noche fui al baldío. No me importó nada, vencí todos mis miedos y prejuicios y me presenté a la hora señalada en ese lúgubre descampado a pesar de saber de la inseguridad que es conocida en ese barrio.

    Para mi gratísima sorpresa el cartonero con mezcla de gladiador estaba ahí esperando ya bañado y de nuevo con unas ropas mínimas.

    Me indicó unos árboles que había al fondo del terreno descampado y lo seguí hasta allá. La calle estaba oscura, el baldío aún más.

    Detrás de los árboles comenzó a bajarse el pantalón corto que llevaba puesto y de nuevo no tenía ropa interior. Mi alegría y desesperación no conocían límites. Empecé a chupársela agachado frente a él, le terminé de quitar el pantalón y lo dejé a un costado. Se quedó parado frente a mí con las piernas abiertas y las manos cruzadas detrás de su espalda. Sólo estaba vestido con una remera y en bolas de la cintura para abajo. Su gran pija sobresalía como un metro para afuera. (Obviamente no tenía un metro pero posiblemente llegaba a los 25 cm)

    En mi entusiasmo se la estaba chupando con mucha fuerza, casi con desesperación.

    Cartonero: -¡Cómo la chupás, mamita! ¡Parece que me la quisieras arrancar!

    Yo: -Perdón, no me di cuenta. ¡Es que tu verga es espectacular!

    Cartonero: -¿Te puedo decir mamita?

    Yo: -Sí, dale. No hay problema.

    Cartonero: -Chupala bien rico y bien suavecito, mami. Tragátela toda, mamita. ¡Así, mami, así…! ¡Ahh!

    Comencé a chupársela lentamente. Le pasaba la lengua por toda la parte de abajo, desde los huevos hasta la punta de la cabeza. Le pasaba la lengua y los dientitos por la parte donde está el frenillo. Es una parte muy sensible en el hombre y eso siempre los vuelve locos.

    Le agarraba los huevos y los estiraba hacia abajo mientras le pajeaba rápidamente la verga pero sin apretar demasiado. Ese roce suave y delicioso le producía intenso placer.

    Al poco tiempo su verga venosa, gruesa y viril estaba enorme y muy dura. Enorme, muy enorme. Era como el tronco del árbol en el que estábamos apoyados.

    Saboreé y disfruté cada instante. Se la chupé por no menos de 10 minutos.

    Tuve ganas de sentir ese fabuloso pedazo de carne latiendo dentro de mí, no sabía si podría soportarlo pero aun así me arriesgué.

    Me di vuelta, me agaché frente a él y me bajé la bermuda. Debajo yo ya estaba depilado y lubricado, salí así preparado de mi casa. Me agaché y empezó a penetrarme lentamente. Me daba empujones y de a poco esa enorme verga se iba introduciendo en mi dilatado ojete. Aguanté el dolor y traté de no gritar (Recordando que estábamos en la calle y no quería que nadie nos oyera). De pronto el dolor se hizo insoportable y se me durmieron las piernas.

    Pero el alivio llegó y el momento cúlmine del orgasmo masculino se hizo presente con grandes chorros de semen que llenaron todo mi ojete y rebalsaron de líquido blanco hasta chorrear por mis pernas. El cartonero me había acabado y si yo fuera una chica ya estaría más que preñada con sus maravillosos hijos.

    Fue fabuloso, lo disfruté mucho y lo volvería a repetir. Le pedí su número y no me lo quiso dar porque dijo que estaba casado y no quería tener problemas. Su mujer era muy celosa y a pesar de eso él siempre se buscaba algún momento para escaparse.

    Cartonero: -Le dije a mi señora que me iba a comprar al supermercado chino. Yo siempre ando en la calle así que en algún momento nos volveremos a cruzar.

    Yo: Ok, papito. Está bien. Quisiera que eso sea pronto y estaré ansioso de que así sea…

    Me puse en puntas de pie, le di un beso en la mejilla y nos despedimos hasta otro momento.

  • Violada por mi amiga

    Violada por mi amiga

    Una amiga en tren de bromear, o por lo menos yo creí, me pasó un link de una peli porno. Si bien con Pablo mi pareja alguna vez habíamos visto alguna solo por diversión, nunca me interesaron realmente. Silvia, mi amiga, por el contrario pasa su tiempo libre mirando porno. Ella está casada con Julio, amigo de mi esposo. Según me contó tienen muy buen sexo, sumaron juguetes y en alguna oportunidad, de vacaciones, habían hecho trio con una chica, y se declaraba bisexual.

    Yo, en cambio me consideraba heterosexual, nunca me había atraído una mujer. Con Pablo nunca habíamos pensado en tríos o intercambio de parejas, lo nuestro era muy tradicional. Si bien él está muy bien dotado, y yo tengo un lindo cuerpo, el sexo no era algo que nos volviera locos. Muchas veces preferíamos leer en la cama a estar teniendo sexo.

    Como no tenía nada que hacer me puse a mirar la peli en el Smart del living. Increíblemente estaba bien filmada, tenía argumento y hasta casi 20 minutos de película no hubo escenas de sexo. La primera era de dos mujeres que podían tener mi edad, 30 años, que tomaban sol junto a una pileta y de ponerse crema en el cuerpo terminan teniendo sexo en el césped. Nada muy loco, medido. La historia decía que era su primera vez con otra mujer. La historia seguía, y ellas salen de compras, comienzan las miradas y deciden ir a la casa de la otra aprovechando que su marido estaba de viaje. Y ni bien entraban, comenzaban a acariciarse, besarse en el living. Pero el marido ya había llegado y al bajar del dormitorio las sorprende. Su mujer no sabía dónde meterse, que excusa poner y el la obliga a seguir y termina teniendo sexo con las dos.

    Cuando terminó le mandé un mensaje a mi amiga diciéndole que no me parecía nada espectacular la película, lo cual era real. Su contestación me dejó helada.

    “Me hice una paja pensando que éramos vos yo y el que aparecía era Pablo.”

    “Vos estás loca.” Le conteste enojada. Pasaron unos días y no me volví a comunicar con ella. Quiso el diablo meter la cola y sin decirme nada Pablo lo invitó a Sergio y a Sara a venir el sábado a la tarde a casa a la pileta y quedarse a cenar. No podía encontrar una excusa seria para evitarlo.

    Cuando llegaron traían las mallas puestas, y en un bolso ropa para cambiarse para la cena. Tomamos sol los cuatro, charlamos y Sara en ningún momento hizo comentario alguno, ni me hizo gestos o miradas raras. Todo se desarrollaba con tranquilidad. Antes de la cena me fui a dar una ducha y cambiarme. Cuando termine de ducharme le avisé a Sara que tenía el baño libre y fui a mi dormitorio.

    Me estaba secando cuando se abrió la puerta y entro Sara, trabándola por dentro.

    “¿Qué haces?” Le pregunte enojada.

    “Callate.” Fue toda su respuesta y me tiró en la cama. Ella trepó me tapó la boca con una mano, mientras me comenzaba a besar los pechos y chupar mis pezones. Yo traté de liberarme pero me dio un tremendo cachetazo en la cara que me quedó ardiendo.

    “Callate y quédate quieta.” Me ordenó. Sorprendida y confundida le hice caso. Ella me volvió a tapar la boca y a chuparme los pezones. Su otra mano bajó y se puso a jugar con mi clítoris. Yo intenté cruzar las piernas pero ella me dio otro cachetazo, ahora en la pierna. Yo no quería hacer un escándalo, que mi marido se dé cuenta, y la deje hacer.

    Metió dos dedos en mi concha y estaba seca. Me los puso en la boca e hizo que los chupe para volver a meterlos. Yo no sentía otra cosa que bronca, enojo. Estuvo un rato metiendo sus dedos hasta que me dijo:

    “Vas a abrir las piernas, y te vas a quedar calladita la boca.”

    Lo hice y ella empezó a chuparme la concha. Volvía a meter sus dedos y con su boca jugaba con mi clítoris. Mi cuerpo empezó a reaccionar y me fui mojando. Ver su sonrisa en el rostro al notarlo me enojó aún más. Nunca había estado con una mujer y Pablo nunca me había tratado de esa forma y menos chupado y cogido con sus dedos de esa forma. Estuvo un rato, me puso boca abajo con las piernas colgando de la cama.

    Se paró hizo que la viera y mientras metía dedos en mi concha, ella también se metía en la suya. Mi excitación aumentaba y tuve un orgasmo, que maldije con todas mis fuerzas. Al sentirlo ella sonrió aún más. Al parecer ella también tuvo uno, y luego me abrió los cachetes y se puso a chupar mi ano.

    “No, eso no.” Dije.

    “Callate.” Volvió a decir, tomo mis muñecas y las ató con la toalla que yo había usado en mi espalda. Siguió chupando y metiéndome los dedos en la concha. Saberme dominada, siendo un objeto de placer de Sara, aumentaba mi excitación. De repente sentí que un dedo entraba en mi culo. Traté de moverme pero no lo permitió y me dio una cachetada en el culo que me quedó ardiendo. Su dedo entraba y salía, hasta que lo sacó, lo metió junto con otro en mi concha que estaba inundada de jugos y los dos los metió en mi culo. Me arque de placer, no podía entender como reaccionaba de esa forma, era la primera vez que tenía dedos en mi culo, ni Pablo me los había metido, menos su pija.

    Sara aprovechando mi calentura, me hizo dar vuelta, levantó mis piernas y sosteniéndome de los tobillos, se puso sobre mi boca y bajó para que se la chupe. No lo hice y ella bajó más hasta casi dejarme sin respiración, mientras tomaba mis piernas con un brazo y me metía dos dedos en el culo. Se levantó un poco y comencé a chuparle la concha. Ella se frotaba contra mi cara, sus dedos en mi culo entraban y salían. Tuve otro orgasmo, más fuerte que el anterior, y tuve que apoyar mi boca en su concha para que mi grito de placer no se escuche. Ella también tuvo un orgasmo y me llenó la boca de flujo.

    Me soltó y me hizo parar junto a la cama, mientras ella se sentaba en la cama.

    “Quiero que te metas dos dedos en la concha y te masturbes para mí.” Me dijo. Me negué, se paró frente a mí, me escupió en la cara y solo me dijo: “Hacelo puta.” Sus palabras me hicieron excitar otra vez, baje mi mano y metí dos dedos. Ella se sentó nuevamente y me miraba. Yo volaba de calentura, mi amiga, me estaba haciendo su esclava literalmente. Me tuvo así unos minutos, hasta que dijo:

    “Date vuelta, separa las piernas e inclínate hacia adelante.”

    De esta forma ella podía ver como entraban mis dedos perfectamente, y a mis dos dedos, sumó dos de ella. Mi concha estaba llena, mi calentura subía a niveles que nunca había sentido. Tuve un orgasmo y me dijo:

    “Con la mano libre, separate un cachete.”

    Lo hice, y ella me separó el otro. Sacó sus dedos empapados de mi concha y solamente los apoyó en mi ano. Mi excitación era tal, que yo misma hice fuerza para meterlos. Logre meterlos hasta el fondo y me comencé a mover como loca hacia adelante y hacia atrás.

    Cuando ella sintió que yo estaba por acabar, los sacó. Todavía faltaba el final, y terminar de someter mi voluntad por completo a ella.

    “Te vas a poner de rodillas, meter dos dedos en tu orto, masturbarte y al mismo tiempo chupar mi concha hasta que acabe.” Me ordenó.

    Como dije, sin voluntad propia, lo hice. Chupaba como loca y movía mis dedos en mi orto a toda velocidad.

    “¿Qué sos?” me dijo.

    “Una puta.” Contesté.

    “Muy bien, ¿La puta de quién?” Preguntó.

    “Tu puta.” Conteste en voz baja, casi inaudible.

    “No escuche.” Dijo y me dio una cachetada.

    “Tu puta.” Dije más fuerte.

    En ese momento, ella acabó en mi boca y yo tuve un orgasmo gigante al sentirla acabar en mi boca.

    Se paró y me besó en la boca.

    “Viste que te gustó, y la próxima vez te va a gustar más aún.” Me dijo mientras retorcía uno de mis pezones.

    Se fue a bañar, y yo tras ella. Nos bañamos juntas y luego nos cambiamos.

    Bajamos y nos unimos a nuestros esposos, que no habían notado el tiempo que demoramos.

    Cenamos con normalidad, y un rato después se fueron. Mi suplicio había terminado, pensé.

  • En un país lejano

    En un país lejano

    Toco la puerta de la señora Elena muerta de miedo, tengo seis meses viviendo acá, la señora Elena es mi casera, una mujer diez años mayor que yo, tengo 28 años, la mujer se ve mucho más joven de lo que es, fácilmente podría decir que tiene mi edad, el día de hoy necesito pedirle que me dé algo más de tiempo para pagar la renta, ha sido un mal mes, me despidieron de mi empleo y justo mi hermana se vino de Venezuela a vivir conmigo, vuelvo a tocar la puerta, finalmente me abre.

    —¡Oh Hola cariño pasa! — me recibe como siempre con una sonrisa en su rostro, un semblante lleno de luz y una ropa muy apretada, la mujer le gusta mostrar su cuerpo, a mí nunca me ha importado porque no tengo mucho pudor cuando de mujeres se trata, al final todas tenemos lo mismo.

    —¡Gracias! — digo sin más. — espero no interrumpir nada.

    —¡Nunca interrumpes! Estaba ordenando un poco la casa eso es todo, por favor siéntate. — indica hacia el comedor.

    —Necesito pedirle un vergonzoso favor. — lo suelto porque siento la necesidad de salir rápido de este tema. — este mes me quede un poco corta de dinero, como bien sabe me han despedido de mi empleo y ahora con mi hermana aquí se me hace un poco difícil cubrir los gastos, y sé que está mal, pero me gustaría saber si puede perdonarme la renta este mes, que me espere un poco más.

    Ella lo piensa por unos segundos, yo comienzo a sudar, si esta mujer me corre no sé qué haré, pero tampoco tengo como pagarle, ella es tan afable que pensé que comprendería mi situación, pero por lo visto no lo hace.

    —Bueno puedo perdonártelo, pero si haces algo por mí.

    Pienso que estoy salvada, de nuevo me confirma que es una buena persona.

    —Si dígame, haré lo que sea. — respondo de inmediato.

    —Este es el trato. — dice mientras se para de su silla, se acerca a mi y me mira desde arriba. – cada vez que me hagas este favor que te voy a pedir, yo te firmare una factura, así que sería como si me hubieses pagado, será algo legal porque tendrás el documento de pago, ¿te parece?

    —Sí.— respondo tímida, porque su mirada se ha intensificado.

    —Muy bien. — ella se agacha frente de mí y me mira fijamente. — no sé si lo sabes, pero soy lesbiana, y desde que llegaste aquí te he deseado, cada noche tengo que aguantarme para no subir, abrir la puerta de tu departamento y hacerte todas las cosas que quiero hacerte, si me dejas estar contigo te perdonaré la renta, y cada vez que me des un orgasmo te firmaré una factura.

    Trago grueso, no puedo creer lo que me está diciendo, no estoy ofendida, a lo contrario estoy halagada, no me considero una mujer deseable, tengo el cabello marrón, los ojos marrones y un poco de sobrepeso, soy muy normal para ser deseable.

    —¿Usted me desea? — le digo incrédula.

    —Si, muchísimo, eres hermosa, solo que tú no te das cuenta. — ella me acaricia el cabello y yo tiemblo. — ¿entonces que me dices?

    Pienso que esto está mal, muy mal, yo sería como su prostituta, no me vine a otro país a ser eso, pero la verdad Elena es una mujer muy hermosa, tienes el cuerpo perfecto, el cabello negro hasta las nalgas, senos parados perfectos, boca grande, grandes ojos color verdes, y un culo de ensueño, cuando era adolescente tuve una novia online y siempre he tenido fantasías con mujeres, así que pienso que es tiempo de cumplirlas y además me aseguro de tener un techo sobre mi cabeza y la de mi hermana.

    —Está bien. — respondo calladamente, ella sonríe, sigue acariciando mi cabello y se levanta, me levanta con ella y me besa.

    Al principio es solo una caricia, pero estoy tan sorprendida que abro la boca, entonces ella introduce su lengua dentro de la mía, sus manos comienzan a vagar por mi cuerpo y yo estoy allí helada, sin siquiera moverme, bueno solo muevo mi lengua, busco insaciablemente la suya, quiero probar cada recoveco de esta mujer.

    —Deliciosa. — dice ella soltándome. — siempre he sabido que serías una perfecta pasiva, me encantan las sumisas como tú. — y me besa de nuevo con más pasión. — tócame. — me pide. — apriétame las nalgas, las caderas, recórreme. — hago lo que ella me pide mientras nos seguimos besando, ahora la quiero muy cerca, mi calor comienza a subir. — vámonos a mi cuarto. — me dice y así lo hacemos, se sube en la cama y me deja parada frente de ella, temblando como una loca. — quítate toda la ropa y luego súbete junto a mí. — su mirada voraz me hace sentir caliente, en tiempo récord estoy fuera de mi ropa, me subo como ella dijo y espero, ella se acerca a mí y comienza a tocar mi cuerpo desnudo. — ¡Eso es! Que linda chica eres, esperando que te diga que hacer, me encanta, ¿sabes que quiero? — me pregunta y yo niego con la cabeza. — quiero comerme tu coñito, tengo meses soñando con él, ¿me dejas comerme tu coñito? – esta vez asiento.

    Estoy sin voz, pero creo que eso le gusta, ella hace que me recueste en la cama, comienza a acariciar mis piernas y yo siento la humedad en mi coño, toda la situación es excitante, ella comienza a besarme los muslos y yo me esfuerzo por mantener los ojos abiertos, ver su cabeza hundida en mi entrepierna me tiene como loca, además sus largos cabellos me hacen cosquillas en las piernas, mis gemidos comienzan a llenar la habitación, finalmente da un ligero beso a mi coño y yo grito de placer, ¿olvide mencionar que es mi primera vez? En Venezuela ningún hombre se interesó en mí, y en mi nuevo país solo tengo tiempo de trabajar, y hasta ahora descubro que puede que sea bisexual.

    Ella comienza a chupar mi depilado coño, siempre lo cargo así por cuestiones de higiene, yo subo mis caderas buscando su boca, la sensación es deliciosa, siento que me está comiendo, de repente comienza a succionar mi clítoris y yo pienso que voy a morir, que sensación tan deliciosa, mis caderas se mueven solas de arriba hacia abajo, estoy desesperada, entonces ella mete dos dedos en mi huequito y yo grito de nuevo.

    —¿Te gusta? — pregunta al separarse de mi coño.

    —Si, por favor, necesito correrme, por favor hazme venir. — le suplico.

    —Dime: Ama por favor hazme venir. — se lo digo sin rechistar. — Eres perfecta para mí, me encantan las mujeres que se dejan mandar.

    Entonces entierra la cara nuevamente en mi coño, yo me contorsiono hacia arriba, primero chupa mis labios exteriores, luego su lengua juega un rato con mi huequito, para finalmente llegar a mi clítoris, siempre que me masturbo toco mi clítoris, me encanta la sensación que experimento cuando lo muevo de un lado a otro, ella extrañamente lo sabe porque con su lengua lo mueve a todas partes, entonces una de sus manos alcanza uno de mis senos y exploto, el clímax llega a mí como un terremoto, grito su nombre, grito varias expresiones afirmativas y arrugo las sabanas en fuertes puños.

    Ella se levanta y yo la observo, no me di cuenta de cuando se quitó la ropa, pero ahora que la veo desnuda solo puedo confirmar lo perfecta que es.

    —Es hora de que te pruebes. — me dice y luego me besa, nuestras lenguas se enredan desesperadas, llenas de lujuria, me gusta el sabor de mis jugos en sus labios. — quiero que me comas. — dice y me pone en la posición del 69.

    Trato de imitar todo lo que ella me dice, tengo años queriendo probar un coño, el de ella está depilado y es muy rico, la penetro con dos dedos mientras me como su clítoris, ella grita de placer.

    —¡Eres una delicia! Eres todo lo que me imagine. — me dice y comienza a comerse mi coño de nuevo.

    —Quiero probar tus tetas. — hablo por fin luego de un largo rato, ella se para de inmediato, se sienta sobre mí y yo comienzo a amasar sus bultos, son suaves y duros al mismo tiempo, parecen que son operados, pero me gustan, entonces meto un pezón en mi boca, ella toma mi cabeza y parecía que me amamantara, siento como me mojo incluso más, juego un largo rato con sus senos y ella hace lo mismo con los míos, entonces ella se corre, un orgasmo causado por tus senos es uno de los más deliciosos.

    —Necesito cogerte. — me dice y me tira en la cama.

    Entonces se pone arriba de mí y comienza a hacer una tijera, estoy alucinando, siempre he querido esto, desde hace muchísimo tiempo, hacer la tijera con una mujer, yo la tomo de las caderas y trato de restregarla en contra de mi coño, ambos coños se tocan una y otra vez y yo me estoy muriendo, ambas gritamos como locas, mis caderas se mueven hacia ella buscando el placer.

    Nos besamos nuevamente sin parar el ritmo, me siento en las nubes, me siento hermosa y tocarla me vuelve loca, no creo que me canse de esto, nos acariciamos cada parte del cuerpo, yo vuelvo a besar sus senos mientras ella me sigue cogiendo y de repente ella se corre, sus jugos me llenan todo el coño, nuevamente la tomo de las caderas y con rudeza hago que me siga cogiendo hasta que me corro, gritando su nombre y diciéndole lo rica que esta.

    —Eso estuvo riquísimo. — me dice una vez pasada la pasión.— nunca me voy a cansar de ti. Nos abrazamos y nos besamos.

    Paso un par de horas más allí con ella, hasta que se hacen las cuatro y necesito llegar a casa antes que mi hermana, cuando me voy me firma cuatro meses de renta.

    —Me distes más de cuatro orgasmos, pero quiero que vengas otra vez.- yo tomo las facturas.

    — ¿Puedo venir mañana mismo? – le digo en tono jocoso, pero en realidad si quiero venir.

    — Claro que sí. — me responde y me besa. – aquí te espero, esta noche voy a soñar con ese rico coño.

    Me voy y por la noche antes de dormir la llamo, nos masturbamos por teléfono y duermo como un bebe, ese fue el primero de muchos encuentros, y de muchos meses pagos de renta.

    Fantasías que quizás más de uno compartamos, espero les gusten, pueden escribirme a mi correo si lo desean [email protected], para que me comenten si les gusto mi relato y me den ideas para nuevos temas. Es mi primer relato, ¿qué tal me quedo?

  • Casa en ruinas

    Casa en ruinas

    Hola lectores y lectoras que me seguís, muchas gracias.

    Hoy os traigo una fantasía, casi real, basada en un sueño de una amiga.

    Estábamos en la casa de una amiga, una casona grande, de esas antiguas, con un jardín enorme. Ahí celebrábamos una pequeña fiesta, ya que era su cumpleaños, ella estaba vestida con una falda larga y una camiseta de tirantes ya que hacía calor, ropa interior era un conjunto blanco de encaje que se había comprado nuevo.

    Ese día empezamos tonteando y bueno, alcohol no había ya que nuestra amiga era abstenía y nadie podía beber alcohol, solo había refrescos y pequeños sándwich y platitos con “chuches”, lo típico. Según estábamos bailando yo me empecé a calentar, me ponía detrás tuya y acercaba demasiado mi paquete contra tu culo, o me ponía delante y disimulando te tocaba los pechos, los cuales no tardaron en endurecerse, te encanta que te toquen, que te provoquen… Por lo que ya tu interior pedía más y en una de estas me tocaste, disimulando, ante los demás, la zona justo por debajo de mi ombligo, en esa acción ya pudiste ver que mi paquete estaba erecto por lo que te acercaste a mi oreja y me susurraste: vamos a la casona.

    La casona era una casa, no solo antigua, sino que estaba en ruinas, debería llevar años cerrada y solo la abrió para hacer la fiestas. Allí íbamos a liarnos, tocarnos y si podíamos follar.

    Para disimular ante la gente salí el primero y luego a los 5 min ella. Yo estaba a la entrada de la casona fumando esperándote, cuando te vi, te agarre la mano, tiré el cigarrillo y subimos a la parte de arriba que es donde se iba a tener más intimidad.

    La casona estaba en ruinas, pero todavía mantenía el esqueleto y quitando el polvo y algunos escombros estaba bien, en la parte de arriba había varias habitaciones con colchones y algunos palets apilados.

    Nos metimos en una de estas habitaciones y obvio que íbamos a follar, primero nos empezamos a magrear con besos y tocamientos, ella rápidamente me desabrocho el cinturón y los botones del pantalón, saqueando así, mi miembro erecto y se me empezó a masturbar mientras yo hacía lo mismo, subiéndole la falda, retirando un poco su tanga, empecé a jugar con mis dedos, ella estaba muy pero que muy mojada, así que prosiguió con los pasos habituales, se puso en cuclillas y empezó a metérsela en la boca, a jugar con la punta de su lengua, le gustaba, el ritmo frenético lo indicaba.

    Empezó metiéndose mi miembro, venoso, en la boca mientras me la seguía meneando, de vez en cuando se la sacaba y me pasaba la lengua desde la punta hasta los testículos, lo hizo un par de veces hasta que mientras me la meneaba empezó a lamerme como perra en celo los testículos, yo solo suspiraba soltando algunas frases como: Si niña así, que bien lo haces, lo que a ti me excitaba más y más. Tanto que según estabas en cuclillas empezaste a masturbarte tú también.

    Te levantaste y te apoyaste en los palets y yo fui detrás y te levanté la falda, acto seguido y en un arrebato de pasión, arranqué tu tanga, y me dispuse lamer todo aquel sexo depilado, donde mis dedos habían resbalado antes, entre tu humedad y la falta de vello. Mi lengua pasaba por tu rajita, sin parar intentando entrar, acariciando tu clítoris. Unos de mis dedos te penetraban, mi lengua se movía en círculos en tu clítoris y mi otra mano se había metido entre tu camiseta acariciando tus pechos.

    Tus gemidos se oían por toda la casona en ruinas y cada vez te movías más delante de mi cara. Tanto era el placer que agarraste mi cabeza y empezaste a correrte con la excitación de mi juego de lengua.

    Seguí un poco más moviendo mi lengua en esa zona hasta que me levanté y empecé a lamer tus pezones duros, a comerte la boca con el sabor aun de ti. Era tal la pasión que me pedias que te penetrara, que no podías aguantar más, al igual que yo.

    Me paraste en seco y me dijiste que me pusiera el preservativo, te conteste que no llevaba encima y tu bolso estaba en el jardín donde estaban celebrando el cumpleaños de nuestra amiga, la verdad es que ninguno queríamos correr riesgos y lo único que se nos ocurrió es hacer un anal.

    Tras reflexionarlo algunos minutos me dijiste que, si sabía hacerlo por detrás, por el culo, yo alguna experiencia había tenido antes, así que acto seguido te di la vuelta, te volví a levantar la falda y yo me puse a empezar con los preliminares para dilatarlo un poco. Jugaba con mis dedos, te daba algún azote, acariciaba tus nalgas, te pasa mis manos por todo el cuerpo para relajarte, dejaba caer saliva de vez en cuando para ir introduciendo muy poco a poco la yema de uno de mis dedos.

    Yo agarraba mi miembro para empezar a penetrarte, intentaba meterla, pero no entraba y te dolía muchísimo, por lo que me agaché y escupí en tu ano y acto seguido lo volví a intentar. Empezó a entrar, más que dolor era escozor, pero ya estaba casi dentro por lo que aguantaste el dolor y te secaba algunas lágrimas.

    El pene entró entero, el dolor persistía y mucho por lo que le dijiste que esperara a que el dolor pasase un poco, así cuando pasó un poco el dolor (tu culo se empezaba a dilatar) empezaste tú con los movimientos suaves, no querías que lo hiciese yo, ya que si ya te dolía si yo empezaba las embestidas ibas a sufrir y mucho. Así estuvimos varios minutos y yo entendí el mensaje. Tu culo empezó ya a hacerse a mi miembro, por lo que paraste de moverte y me dijiste que empezara, pero con mucho cuidado y así hizo los primeros 30 segundos. Dios que dolor gritaba.

    Para no más, me haces mucho daño, para hijo de puta, no quiero más, me duele mucho, obviamente yo controlaba, hacía caso omiso y las embestidas iban a más, sabía que te acabarías acostumbrando. Te cogía de las caderas y empujaba más y más, mis testículos golpeándote. Al cabo de un minuto empezaste a gozar, los gritos de dolor acabaron siendo gemidos de placer, dejarías que terminase. Estuvimos una media hora follando, bueno destrozándote.

    Joder, cabrón como aguantas hay detrás, me decías, mientras solo pensabas en que me corriera ya. Empecé a subir el ritmo, las embestidas más y más fuertes tú no podías aguatar los gemidos, te volviste a correr mientras mis dedos pellizcaban tus pezones, tus fluidos caían por tus muslos, hasta las rodillas. Yo tampoco aguante mucho más y saque mi miembro de ti, para con unos simples meneos, derramar toda mi leche sobre tus nalgas y parte de la espalda.

    Caí exhausto sobre tu espalda, besando tu cuello mientras acariciaba tus pechos. Acto seguido nos empezamos a besar, a comernos la boca con pasión y a vestirnos un poco.

    No teníamos con que limpiar tu espalda así que agarre el tanga roto y con eso te limpie. Volviendo a la fiesta casi no podías andar, era una sensación rara, pero sabias que después de las lágrimas, el dolor y los primeros 30 segundos, el placer fue inmenso y me dijiste que lo volverías a repetir.

    Muchas gracias por leerme, siento si los relatos son cortos, espero que os gusten y los disfrutéis, de nuevo gracias por el apoyo.

  • Mis compañeros se follan a mi novia

    Mis compañeros se follan a mi novia

    Hola amigos. Os voy a contar otra experiencia que vivimos mi esposa Lucila y yo cuando aún éramos novios.

    Teníamos 22 años. Estudiábamos la carrera en Sevilla y vivíamos en pisos de estudiantes, Lucila con 2 chicas más y yo en otro con 2 chicos.

    Salimos un sábado de cañas con mis compañeros de piso, Pedro y Jorge. Empalmamos las cañas con los cubatas y nos cogimos un buen pedo.

    Pensamos que lo mejor era irnos a casa a descansar. Una vez allí seguimos con las risas, pero sin beber más.

    Jorge tenía un poco de hachís y nos fumamos un porro. Mi novia, que no había fumado nunca se puso como una moto, no paraba de reirse y le entró un hambre tremenda.

    Le dije que se pegara una ducha y se fuera a acostar un rato hasta que se le pasara un poco el pedo.

    Salió de la ducha y se vino al salón con nosotros.

    Iba solo tapada con la toalla que le llegaba hasta más arriba de media pierna. La verdad es que estaba muy sexi.

    Al sentarse se le veía todo y mis compañeros no la quitaban ojo, le hice una señal para que se tapase un poco, pero ella, que estaba un poco desinhibida con las cañas y el porro, les provocaba abriendo un poco las piernas.

    Pedro y Jorge estaban súper calientes, pero como estaba yo allí no dijeron nada

    Al cabo de un rato Lucila dijo “me voy a acostar, se viene alguien conmigo?”, y yo, que también estaba calentorro dije, yo primero, y me fui con ella.

    Pero los otros 2 se fueron detrás de mi y esperaban a que yo terminara de follar a mi novia para follársela ellos.

    Yo me puse a lo mío que era quitarle la toalla a Lucila y dejarla completamente desnuda, a la vista de todos, me excitaba que la vieran en pelotas.

    Me desnudé yo también y me puse chuparle las tetas y a tocarle el chochito.

    Ella se reía y miraba a los otros como diciéndoles, ¿a qué esperáis?

    Yo mientras tanto me puse a masajearle el clítoris, lo tenía rosadito y muy excitado, parecía la cabeza de un pene en pequeño.

    Se corrió muy rápido, entre gritos y jadeos.

    Mis amigos ya estaban desnudos y bien empalmados esperando su momento.

    Yo me puse tumbado en la cama boca arriba y ella se sentó encima de mi, metiéndose toda mi polla en su vagina y moviendo el culo cadenciosamente para delante y para detrás hasta que me corrí yo también.

    Como yo ya había terminado, me eche a un lado y dejé que pasaran ellos.

    Se acercaron a ella los 2 juntos, se pusieron a tocarla por todo su cuerpo.

    Lamian sus tetas, su chocho y su raja del culo, ella estaba excitada como una perra, les cogía sus pollas y se las chupaba, Jorge no pudo aguantarse y se corrió encima de su cuerpo, Pedro, que tenía una polla impresionante de gorda, se puso el condón y la enculo por detrás, Lucila gritaba entre placer y dolor, nunca le habían metido una polla tan grande, y la folló como yo no la había follado nunca.

    Una vez terminaron nos quedamos un rato los cuatro desnudos en la cama.

    No se si fuimos nosotros los que nos follamos a mi novia o fue ella la que nos folló a nosotros.

    Después de ducharnos, acompañe a Lucila a su piso, porque todavía no se le había pasado el pedo.

    Al día siguiente la llamé para ver cómo estaba y decía que tenía un terrible dolor de cabeza, no se acordaba ni de como llego su casa.

    Lo último de lo que se acordaba fue de que le dio unas caladas al porro, pero de lo demás, nada.

    Por la tarde cuando salimos, ya estaba bien.

    Me preguntó si hizo alguna tontería o si se quedó dormida y yo le dije, ¿de verdad quieres saberlo?, claro, me contestó.

    Pues te follamos los 3, y tú te lo pasaste muy bien, estabas en plan zorra, se la chupaste a mis compañeros, Jorge se corrió encima de ti. Pedro te folló a 4 patas y gritabas como loca.

    ¿De verdad hicimos eso?, que vergüenza, que van a pensar de mi tus compañeros, decía ella.

    Ellos están encantados deseando volver a repetir, dicen que eres un buena putita

    Y se quedó con una sonrisa de oreja a oreja toda la tarde.

    Yo le dije, a ver si yo tengo también suerte con tus compañeras y nos lo pasamos bien.

    Voy a tantearlas, a ver cómo piensan, me dijo Lucila, ya te diré.

    Ok, quedo a la espera.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (5)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (5)

    A Sergio le encantaban las fechas navideñas, el decorado en las calles, en los balcones… era fantástico y por algún motivo la gente parecía más alegre y amable que de costumbre. El día de Navidad siempre había sido el más especial junto a su cumpleaños, fue así desde que tenía uso de consciencia. Aquel día el joven también estaba feliz, aunque se sumaba otro motivo.

    Desde el primer día que le habló, había mantenido una más o menos fluida conversación con Alicia. Sabía que no debía, sin embargo, le era imposible no hablar con ella. A diario se preguntaban cosas de su día a día, hablaban de casi todo, salvo un tema, ni Alicia ni Sergio hablaban de sus amoríos. En el caso de la chica había poco que contar, solo había tenido una relación “seria” con un chico y hacía meses que lo había dejado. En el caso de Sergio, siempre que iba a quedar con Marta, le mencionaba a su amiga que tenía planes, era una especie de lenguaje secreto con el que no tenía que mencionar la palabra novia.

    Aquella tarde como solía ser tradición, Sergio quedó con sus amigos a tomar algo, para que más tarde se uniera Marta y estar un poco por la zona de bares. Entre cerveza y cerveza, hacía parones en las conversaciones con sus amigos, para intercambiar mensajes con la amiga de su hermana.

    —¿Vas a salir después? —le comentó Sergio.

    —Qué va. No me gusta salir en Navidad, prefiero Año Nuevo. Hoy me quedaré en casa con la family. Nos ponemos guapos y fiesta. —contestaba Alicia casi en un suspiro.

    —Eso está bien. Nosotros nada, mi padre trabaja. O sea que estaré con Laura y mi madre.

    —Estás muy bien rodeado.

    —Pues sí —Sergio se tentó a escribir algo como “solo faltas tú” o “contigo mejor”. No obstante sus dedos no obedecieron sus primeros impulsos. Menos mal— Si te parece, ¿hablamos luego? Ahora tengo planes.

    —Entiendo. Háblame luego cuando puedas, estaré atenta al móvil.

    Era casi la hora en la que Marta le dijo que se pasaría, por lo que prefería no arriesgar. Como siempre borró la conversación, en parte por un leve sentimiento de culpa y otro, por si en algún momento a su pareja le daba por espiar. Se sentía fatal cuando lo hacía, porque aunque no se dijeran nada inapropiado, sabía que los mensajes ocultaban otras intenciones y eso le hacía que el estómago le diera un vuelco.

    Al de dos minutos Marta apareció cerca del grupo de amigos. Saludó uno a uno a todos y les felicitó las fiestas. Siempre había sido una chica muy agradable y a sus amigos les caía bien, también porque no les había contado lo de los cuernos, simplemente que le había dejado y después, había empezado con otro. No quería que sus amigos le preguntaran queriendo obtener más detalles, aunque vistas las buenas sensaciones logradas al hablarlo con Carmen y con su madre, lo mejor hubiera sido confiar en ellos.

    —¿Qué tal, cariño? —le dijo Sergio después de saludarla con un beso en los labios.

    —Bien, he acompañado a mis padres donde mis abuelos, ¿al final tu padre trabaja?

    —Sí, pero bueno, estamos Laura, Mari y yo, fiesta asegurada. —sabía que no— ¿Te pido una cerveza?

    —No. Mejor un vino, que ya he tomado dos con mis padres y por no mezclar.

    —¡Qué sofisticada! —bromeó Sergio adentrándose en el bar, mientras Marta se incrustaba en conversaciones que surgían en el grupo de chicos.

    La primera copa de vino Marta se la terminó volando y después de la segunda, Sergio notó como su pareja seseaba levemente. El alcohol había hecho mella en ella, aunque sin estar borracha, lo bien llamado “el puntillo” lo había conseguido.

    —Cielo, —se acercó Sergio a su novia para hablarla— ¿vas bien?

    —Me pediría otra, pero creo que me voy a emborrachar. —rio mostrando su dentadura blanca ahora manchada levemente por el tono rosado del vino.

    —Por mí no te cortes, lo decía por si vas perjudicada luego a cenar con tu familia.

    —No, no, así está bien. Como te preocupas por mí.

    Marta se acercó hasta su pareja, rodeando su cuello con ambos brazos y delante de sus amigos con una calle abarrotada, le dio un beso de lo más pasional. Las muestras de afecto no solían ser muy comunes, aunque cuando tomaba alguna copa la cosa cambiaba. Sergio lo recibió con mucho agrado, quitándole el mal sabor de boca que le había dejado borrar la conversación con Alicia.

    La lengua de la joven revoloteaba con frenesí dentro del chico, que la seguía a la velocidad que podía. Le había pillado de tal sopetón, que puso ambas manos en el cuerpo de Marta y la apartó con cuidado, dándose cuenta de que no podían encontrarse en un sitio más público.

    Uno de sus amigos les lanzó una mirada jocosa, incluso alguno que otro hizo un movimiento de cejas insinuando cosas que podrían pasar a posteriori. Marta se limpió los labios porque algo de saliva le rondaba resbalando por una de sus comisuras, se rio e hizo gestos para que la dejaran de mirar mientras sonreía a los amigos de Sergio.

    —¿Y eso? —comentó el joven para que solo su novia pudiera escuchar.

    —Me apetecía, ¿te parece mal? —lanzándole una mirada pícara que pocas veces había visto.

    —Me encantó, pero tú y los besos en público no soléis ir de la mano.

    —Pues hoy sí… ¡Oye! Se hace algo tarde. —sacó el móvil de su bolso, eran las siete y media de la tarde— ¿Me acompañas?

    Por una parte no le apetecía ir hasta la casa de los abuelos de Marta, quedaba lejos e implicaba que ya no volvería donde sus amigos. Sin embargo, otros factores pesaron más. Primero el motivo de que su pareja había bebido un poco más de la cuenta y segundo, que la culpa aún le comía, tenía que quitársela del todo.

    Felicitaron las fiestas a todos de nuevo y marcharon poco a poco saliendo de la tan transitada calle. En verdad el paisaje era especial para dar un paseo. La gente reía, los niños saltaban y las parejas, como ellos, paseaban bajo luces navideñas de lo más variopintas. En ese momento, Sergio se dio cuenta de lo mal que hacía, de lo estúpido que era, no debía tratar de engañar a su pareja ni aunque fuera con mensajes.

    Cambiaron de ruta mientras Sergio la admiraba. Con la lengua algo suelta, Marta a la par que caminaba, hablaba sobre los estudios, sobre los amigos de Sergio, un poco de todo, cuando tomaba par de copas cambiaba radicalmente.

    Los ojos del joven se habían posado en ella y no dejaban de mirarla. Bajo esas luces artificiales, se veía realmente hermosa, su cabello sedoso al viento gélido era magnífico. Incluso podía ver a través del abrigo de color beis que tenía, “¿Por qué conectamos tan poco?” Pensó el joven. Ese parecía el principal problema entre ambos, se querían, pero su química no era la de antes. La belleza de Marta era innegable, sus piernas delgadas dentro de las medias que llevaba, al muchacho le hacían perder la cabeza.

    Sin embargo, la mentalidad de ambos era diferente y los cables que tenían que conectar no lo hacían. Se lo podían pasar bien en días sueltos como estos, pero los demás, solían ser tardes aburridas en las que no hacían nada más que comer pipas.

    Cuando Marta se cayó un momento, Sergio perdió el hilo de sus pensamientos y vio donde estaban. Habían llegado caminando a la casa de la joven, donde no debían estar, se habían desviado de la ruta hacia casa de la abuela. El joven le miró extrañado, no le había comentado nada de parar allí.

    —Sube un momento, cojo una cosa y vamos —“como se tenga que arreglar, llegó justo para la cena” pensó.

    Subieron a la casa y Marta le dijo que le esperase viendo la tele, no tardaría nada, solo era una cosa y ya. Sergio ajeno al motivo de porque estaba allí, se sentó y puso los deportes. Se quedó mirando embobado un partido de futbol en diferido de la liga alemana, en su casa no tenían canal de pago, por lo que aprovechó.

    De pronto un sonido le sorprendió, era Marta que estaba en la puerta y le había llamado por su nombre. Todavía mirando el partido sin saber si ya estaba lista o no le contestó con un simple.

    —¿Dime, cielo?

    Unos pasos de los cuales ni se percató cruzaron la sala. Entre la televisión y su visión algo se interpuso, era una persona, más bien… una chica en ropa interior. Alzó la vista tan rápido como pudo, Marta estaba delante de él con la cabeza ladeada y los brazos en jarra, mirándole fijamente.

    Había aparecido en ropa interior, una de color rosa que no conocía. Parecía de encaje, de un tacto sedoso que solo el verlo le hizo que el vello se le pusiera de punta.

    —Cielo… ¿Qué haces? —Sergio abrió los ojos de par en par, no se podía mover de la sorpresa.

    —He pensado que podría felicitarte la Navidad.

    La cara de Marta no era la habitual. Sergio no reconocía esos ojos de pasión, su novia no era la de siempre, aunque cuando lo pensó bien, solo unas veces contadas habían bebido juntos y menos tener relaciones sexuales.

    La joven se lanzó al sofá, quitando la tele y abrazando a su novio. Un beso rápido encontró los labios de Sergio que todavía sorprendido abrió la boca por la actitud decidida de su pareja, nunca la había visto así. Una mano felina descendió por el jersey navideño del chico para llegar a su pantalón y aferrar el bulto que de una forma pasmosa estaba ya erecto.

    En este último mes, no se le había puesto ni una vez así de rápido en el estado óptimo, últimamente incluso… le costaba. Al final los coitos solían ser algo pobres en su opinión, en algunos sin llegar al orgasmo, al menos siempre trataba de que Marta los alcanzara.

    Su pareja ladeó su cabello dejando su vista clara y trató de soltar el dichoso botón del pantalón con ambas manos. Sergio lo vio esperanzado, apenas desde la vuelta solo había tenido una única felación y le apetecía otra. Ver a su novia a su lado, arrodillada con las piernas posadas en el sofá, las manos en su pantalón al tiempo que se apartaba el pelo le dio pistas de que se avecinaba lo inevitable.

    Ayudó a sacarse esa parte de su ropa, con ansias logró bajarlo hasta los tobillos donde quedó aprisionada sin salir debido a sus zapatillas, daba lo mismo, lo mejor estaba más arriba. Su miembro, duro como una roca, estaba listo para lo que Sergio se imaginaba que sería una ducha de saliva. Quería más que ninguna otra cosa un buen lavado dentro de la boca de Marta.

    Se recostó colocando su trasero cerca del final del sofá y Marta agarró con cuidado el miembro totalmente duro de su pareja.

    —Se ve que estabas listo —puntualizó Marta comenzando a subir y bajar la piel del pene.

    —Lo espero con ganas.

    Marta le sonrió con dulzura y le volvió a besar con fogosidad a la vez que subía y bajaba la piel del pene. Fue entonces que soltó sus labios después de un pequeño mordisco y le miró como nunca le había mirado. Su novia quería sexo.

    Sin embargo no iba a ser como el chico esperaba. Levantando una pierna la colocó al otro lado de las del joven, dejando el pene de este apuntando a su vagina aún tapada por la tela rosa. Introdujo su dedo índice por la zona baja de la braga y con su uña pintada de rojo, la retiró, dejando paso a la parte más dura de Sergio.

    La entrada fue limpia, algo raro. Casi siempre tenía que hacer trabajos orales en el sexo de la chica para que aquella herramienta fluyera de forma cómoda. Pero esta vez, quizá debido a la calentura por el alcohol la cosa había cambiado.

    Los movimientos de Marta no se hicieron esperar, primero de adelante a atrás para coger ritmo y cada vez más rápido. Sergio agarró con algo de fuerza sus caderas para que imprimiera más velocidad y darle un apoyó, así no se cansaría demasiado rápido.

    —¿Qué te pasa hoy, mi vida? —soltó Sergio contemplando el precioso cuerpo que le montaba como buena amazona.

    —No sé, quizá el vino se me ha subido a la cabeza. —Marta no le miraba, es más, no miraba a nada, tenía ambos ojos cerrados.

    —¿Habrá que tomar vino más veces? —Marta sonrió y después dibujó una O con sus labios— ¿Te gusta?

    Muy pocas veces hablaban cuando tenían relaciones, se limitaban a ordenar si querían más rápido o más lento, y si estaban al borde del orgasmo, de allí no solían pasar. Sin embargo a Sergio era una cosa que le gustaba y vio que ese día podría tener una oportunidad que no debía desperdiciar.

    —Sí. —la joven seguía sin abrir los ojos.

    —¿Te entra bien dentro?

    Los ojos de Sergio no perdían detalle de como los pechos menudos de su pareja botaban dentro del sujetador y como la jovencita apoyada en sus hombros hacía lo mismo.

    —Sí, muy dentro.

    Su voz sonaba algo artificial, era la primera vez que mantenía una conversación tan extensa mientras lo hacía y no era su modus operandi. Pero cierto es que el pene de Sergio la horadaba tan profundo como de costumbre, a la joven le encantaba y esa pizca de alcohol en su cuerpo la estaba haciendo que lo notase mucho más.

    —Creo que ya… —dijo de pronto Marta.

    —¿Cómo que ya? ¿Te…? —no solía usar esta palabra, sino frases como “te vas”, “terminas” o similares, pero sintió que podía hacerlo— ¿Te corres?

    —Sí, eso es…

    La velocidad de Marta se aceleró. Comenzó a botar con muchas ganas sobre el pene del joven que estaba calado como hacía mucho que no lo sentía. “Esta sensación me recuerda a Carmen” pensó al notar una humedad sin igual en el tronco de su miembro.

    Marta se aferró con fuerza al cuello del joven y apretó sus dientes conteniendo lo que llegaba, pero era imposible. La marea la golpeó con fuerza y ahogó un grito en su garganta gracias a unas venas que de hincharse más podrían explotar.

    Se estremeció como nunca y dejó caer su trasero insertando todo lo que su pareja le ofrecía, moviéndola después en círculos para completar su maravilloso orgasmo. El líquido fluía de su interior y se sorprendió al notar que la zona de la cadera del joven estaba totalmente bañada.

    —Estuvo bien… —miró a Sergio con un rostro enrojecido y con unos ojos brillantes y le añadió— Faltas tú.

    —¿Quieres seguir? —Marta asintió y volvió a moverse encima de su novio— Si lo tuyo no se ha dilatado mucho… no creo que tarde.

    —No hables de mi cosita, que me da vergüenza. —sonrió más desfogada mientras volvía a besarle.

    Algunos minutos pasaron, el movimiento lento de su pareja había cambiado demasiado y su orgasmo, como solía ser habitual dejó demasiado dilatado su zona sexual. El roce ya no era el mismo y el pene de Sergio necesitaba un cambio de aires para poder llegar al clímax.

    —¿Marta te importa si cambiamos?

    —¿No estás bien?

    —Sí, cariño, pero ya sabes roza poco. ¿Te pones aquí y yo detrás?

    —Bueno… Vale.

    Cambiaron de postura colocándose Marta “a cuatro patas” sobre el sofá y Sergio detrás, dirigiendo su poderosa herramienta a la abertura de su pareja.

    —Tranquilo. ¿Vale, cariño? —le soltó la joven al notar como entrada toda en su interior.

    —Sí, sí, tú me dices.

    Sergio no comenzó unos movimientos rápidos como habría hecho si fuera Carmen la que estaba en el sofá, si no unos más lentos que su pareja prefería. El roce era mayor y algún que otro gemido salía de la boca de la muchacha, pero el chico no conseguía su tan ansiado orgasmo. Aceleró un poco el ritmo, cogiendo con fuerza la cintura de Marta e introduciendo más de lo normal su pene en el interior.

    —Cuidado, Sergio, más despacio.

    —Es que a este ritmo no sé si me voy a ir…

    —Seguro que sí, cariño.

    El joven prosiguió, pero aquello no había manera de poder terminar. Quería acabar, no obstante su sexo no llegaba al límite deseado. Entonces algo sucedió.

    Su móvil vibró, notándolo en el tobillo como el pequeño aviso delataba un mensaje. De pronto algo le vino a la mente, “¿quizá sea Alicia?”. En su interior un sentimiento de placer le recorrió, pensar en aquella chica le ponía la carne de gallina. Mirando la espalda color blanquecina de Marta, volvió a sujetar con fuerza la cintura, pero esta vez, cerró los ojos.

    La foto que tenía la muchacha en bikini apareció en su mente, aquel cuerpo delgado y escandaloso que parecía tallado en mármol. Se imaginó que intercambiaba papeles y la que estaba postrada ante él no era su pareja, sino su “amante”. Aquella idea le sacudió por dentro, se estremeció al pensar en tal posibilidad y de pronto un estallido resonó en sus partes bajas.

    —Me corro —dijo con un tono elevado al notar tal sensación.

    Incrementó algo el ritmo de penetración y en su cabeza, el cuerpo de Alicia era el que recibía el ataque. Escuchó de fondo como de la boca de Marta, alguna que otra respiración acelerada se escapaba sin remedio, sin embargo para Sergio su pareja no estaba allí, sino la amiga de su hermana.

    La cabeza de la muchacha se giraba en pleno coito y le preguntaba si era mejor follársela a ella o a Marta. Sergio bufó al imaginarse tal cosa, jamás hubiera escuchado esa frase de los labios de su pareja, ese no era su estilo, pero Alicia… era un mundo nuevo por descubrir.

    Sintió la contracción de su zona genital e introdujo todo lo que pudo su miembro para descargar en el interior de Alicia… bueno, de Marta. Esta dio un grito al sentir como los dieciocho centímetros de su novio la alcanzaban una zona que poco le gustaba y después desparramaba todo su jugo en el interior.

    Sergio se dejó caer hacia atrás una vez completada su tarea y retorció su espalda dejando que los espasmos camparan a sus anchas por su cuerpo. Había sido glorioso, de los mejores orgasmos desde el viaje con su tía, y todo… gracias… ¿A quién?

    Cuando se pudo rehacer se vistió solo en la sala, mientras Marta lo hacía en su cuarto, poniéndose la ropa que allí había dejado. Bajaron en silencio por el ascensor y ya en la calle, mientras el joven aún pensaba en lo bueno que había sido su eyaculación, su pareja le dijo.

    —Al final, te has venido muy arriba.

    —¿Por qué lo dices? —Sergio que volvió a la realidad estaba perdido.

    —Has entrado, muy a dentro… ya sabes que eso no me mola mucho.

    —¿No te gustó? Si has gemido ¿no?

    —No. Me ha dado un poco de impresión, es una sensación de dolor y placer y no me va, pero como estabas a punto no te dije nada.

    —Lo siento. Perdóname, no me he dado cuenta. —Sergio no lo veía para tanto, apenas la había metido entera y ya. Pero si a ella no le gustaba, tenía que pedirla perdón y punto.

    —No pasa nada, solo que… no lo hagas otra vez… y cariño, no me digas que te vas a correr, qué vergüenza…

    Ambos sonrieron, pero Sergio se sintió mal. Era la sonrisa más falsa que había puesto nunca. Su cuerpo había viajado al paraíso no gracias a su novia, sino por una tercera, aquello le hacía sentirse fatal. Pero más aún, saber que su relación no podía tener mucho futuro, no compaginaban, tenían una distancia insalvable, y sobre todo en el sexo, no conectaban.

    Marta anudó su brazo al de su novio y ya sin ese puntillo de alcohol en el cuerpo caminaron hacia la casa de su abuela. Esta vez, a Sergio el paseo se le hizo tan rutinario como eran todos los demás. La sensación especial, junto con la sensación de haber estado con Alicia, había desaparecido.

    CONTINUARÁ

    ——–

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    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • En el cine Venus: De como los ancianos me fajan

    En el cine Venus: De como los ancianos me fajan

    Hola este es mi primer relato, tengo varios, pero ya se los contaré son totalmente reales, soy un travesti de closet no salgo vestida a la calle, pero si me encanta ir al cine Venus de la ciudad de México para que los machos me fajen, me manoseen y me den a mamar, este relato apenas pasó este viernes pasado.

    Estaba vestida de hombre como siempre y tenía ganas de ser deseada y manoseada por ancianos así que me decidí a ir al cine Venus este cine me gusta mucho porque van muchos maduros ya ancianos pero muy calientes y si te toca un activo ufff te agarra como si fuera chamaco calenturiento.

    Bueno después de que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad de la sala empecé a buscar maduros cuando veía a uno me le acercaba y le tocaba su paquete si el macho se deja y me empieza a sobar mis nalgas ya la hice, después de probar con uno o dos que resultaron ser pasivos encontré un señor que me dejó empezar a sobársela después me empezó a agarrar mis nalgas.

    Ya cuando entro en confianza me subió mi playera y empezó a mamarme mis tetas ayyy yo estaba excitadísima y empecé a gemir cómo nena esto lo excito más porque metió su mano a mi bermuda y sin más me metió un dedo fuerte a mi colita!! Lo metió fuerte como dándome a entender que ya era suya, con su otra mano me tomo de la cintura y yo como imaginarán estaba en el cielo!

    Tomada de la cintura, mi macho mamando mis tetas y metiéndome sus dedos y pues yo masturbándolo rápidamente, el no paraba me empezó a besar el cuello y yo solo gemía y gemía había otros machos viendo. Pero él no me soltaba yo le decía ya déjeme señor para fingir que no quería pero eso solo lo excitaba aún más repegaba su cuerpo y yo me dejaba llevar sentía riquísimo y me sentía toda una hembra deseada y tomada a la fuerza… entonces Zas!

    Que acaba la película y empezó el intermedio el señor me soltó y me dijo al oído ahorita que empiece otra vez la película te la voy a meter putita, y me espante porque además de que nunca me han penetrado a mí solo me gusta que me fajen y mamar con condones por lo que aprovechando la media luz me le escape me quiso tomar del brazo pero me solté, en ese cine cuando realmente no quieres tener sexo te respetan tu decisión y ya no te molestan por lo que ese señor ya no insistió así que me puse a buscar más señores y encontré otro… pero eso se los cuento en otro relato, si algún macho activo de 60 años o más le gusta ir a ese cine espero podérmelos encontrar besitos

  • Me cojo a mi crush de universidad y a su amiga

    Me cojo a mi crush de universidad y a su amiga

    Regresamos de vacaciones y mi crush no olvidó el placer que le hice sentir repitiendo en diversas ocasiones las sesiones de sexo y placer.

    Un buen día, mientras nos desvestíamos o devorábamos en el juego previo hasta llegar a su cama, sonó el timbre, me puso el dedo en los labios y me dijo:

    S- shhh…. espera voy a ver quien es…

    Y- en serio?? Ahora…

    Mi molestia vino ya que se detuvo en el momento en que comenzaría hacer el oral, en fin, se levantó a abrir y para mí sorpresa por lo que pude oír en vez de despedir al inoportuno, lo invito a pasar…

    Mi sorpresa se dio cuando se recargo en la puerta y dijo:

    S- espero no te moleste te quería presentar a mi mejor amiga

    En ese momento le dio un pequeño tirón y salió una muchacha igual de hermosa que mi crush, inclusive con unos labios más carnosos, ahora entendía todo una diablilla y un ángel, oh gosh yo debía de estar soñando.

    En ese momento se secretearon algo y en unos segundos era su amiga quien me hacía un delicioso oral, mientras mi crush me dejó su vagina a disposición de mi lengua mientras frotaba la espalda de su bf, mis manos iban a la cabeza de su amiga y a los lindos y tersos pechos de mi crush, una y otra vez.

    Cuando el mástil estaba listo sin miramientos me monto, ellas se besaban como si trajeran fuego, en ese momento comencé a sobar las tetas de la nueva y comenzó a emitir pequeños gemidos, mi crush me decía obscenidades mientras su amiga se entregaba a mis manos y su deseo.

    S- verdad que es hábil putita,

    B- tenías razón el cabron tiene manos muy hábiles y una pinga riquísima

    S- y eso que no haz probado está lengua que me tiene toda mojadita

    Mi crush bajo y comenzó a sobarme las pelotas, a dar besitos y a buscar mi hoyo, también busco el hoyo de su amiga, ella se desplomó sobre mí de placer como pudo bajo para que fueran las dos las que me lo comieran invirtieron el triángulo y antes de que pasara mucho tiempo ella se corrió sobre mi cara, el clímax estuvo cuando las dos se corrieron sincronizadas, para ese momento, solo oía:

    S- me corro que rico mami me corro!!!

    B- Este hijo de puta va hacer que me corra de nuevo que rico!!!

    Cuando llego otro orgasmo se oyó algo en la habitación indescriptible, el final fue simplemente épico cuando sin miramientos mi crush me dejó descargar en ella, pero antes de terminar todo, su amiga la empujó para tener un 69 y así tener de mi corrida en su boca, mi crush en cólera, se levantó y comenzó a nalguearla para después masturbarla hasta que se corriera, en eso mi crush termino invada ya que volvía a correrse por cuenta propia al terminar me colocaron al centro u ella simplemente se acurrucaron a mi lado, en eso mientras acariciaba a cada una le susurré a mi crush:

    Y- lo planearon verdad??

    S- No como crees… Mientras me besaba y guiñaba un ojo…

    B- Si, solo fue una casualidad, mientras su amiga me volteaba el rostro para besarme también y guiñaba también un ojo.

    LJABS1493

    Saludos.

    Espero sus comentarios.