Autor: admin

  • Trío con dos chicas en la calle

    Trío con dos chicas en la calle

    En plena calle dos chicas se reían. Yo estaba trabajando y en un descanso pasé por allí y las vi. Se rieron al verme, avergonzadas. Me acerqué a ellas. Les dije: “hola”. Me dijeron: “te hemos visto y estábamos pensando que estás muy bueno”. Una de ellas, colorada y riéndose casi a carcajadas, bajaba la cabeza.

    Y me acerqué un poquito más. Sin decir nada más metí mi mano por la parte delantera del pantalón de ella, sin desabrocharle el botón. Buscando su gruta, me topé con su braga. Metí mi mano debajo de su braga y acaricié su felpudo, de pelo duro y suave. Mientras ella ya no estaba colorada. Me miraba. Y la miraba. Alcancé su vulva y comencé a meter mis dedos, notando ya su humedad.

    En plena calle, frente al teatro en el que trabajaban, bajé sus jeans y sus bragas. Yo me bajé los pantalones. No llevaba calzoncillos esta vez. La otra miraba, hasta que empezó a participar acariciándome mis pelotas suavemente.

    A la otra chica la di la vuelta, para colocarla de espaldas a mí. Estaba erecto. Ella jadeaba, ansiosa de excitación. Quería penetrarla con mi dura, larga y gruesa y venosa verga. Se inclinó hacia adelante apoyando sus manos en la valla del edificio. Entré por su coño, ya húmedo. Y emitió un leve quejido de puro placer. Se dejaba llevar. Tenía el coño dilatado y mojado.

    Mi verga, pese a ser gruesa, se deslizaba dentro. Notaba como sus nalgas se separaban cuando la penetraba. Y se volvían a juntar cuando salía del todo. La otra chica, agachada, me besaba y me comía las pelotas, mientras con una mano me las acariciaba. Estaba en el súmmum del placer con ellas. No aguantaba más y me iba a correr.

    Salí de la chica y se agachó poniéndose al lado de la otra. Sacaban la lengua, como dos pajarillos el pico de su nido, para recibir el alimento. Me corrí. Solté un gemido casi involuntario. Y eyaculé cuatro o cinco potentes chorros de semen repartidos entre sus dos caras. Parte del semen salió por encima de sus cabezas. Me fijé que más allá había una furgoneta aparcada. Y una mujer hablando por teléfono mientras miraba la escena. Me subí los pantalones y besé a mis dos chicas, sonriendo. Me despedí de ellas.

    Cuando pasé al lado de la furgoneta noté que la señora que estaba al volante, colorada, había estado masturbándose mientras nos observaba.

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  • Por fin solos (2 – final)

    Por fin solos (2 – final)

    “Por fin solos (1)”

    Raúl se despertó con los rayos del sol sobre su cara. Eso significaba que era fin de semana, ya que no había sonado el despertador. Se dio cuenta de que estaba en la cama de Sara, y recordó lo ocurrido: por fin tenían la casa para ellos solos, y tenían todo el fin de semana para dar rienda suelta a su pasión.

    Al estirarse se sintió descansado; había dormido bastantes horas tras todo el “ejercicio” realizado el día anterior. Se vistió y fue a ver qué estaba haciendo su hermana. La encontró en la cocina, fregando los platos… completamente desnuda.

    “Ah, pero… ¿decías en serio lo de que no te vas a vestir en todo el fin de semana?”

    “Buenos días, cari”, respondió Sara. “Ya hace calor, y así estoy más cómoda, así que ¿por qué no?”, dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

    Encantado con la idea, Raúl la abrazó por detrás, hundiendo su cara en el pelo de su chica y oliendo su dulce aroma. Sara tenía una melena de pelo largo y liso, de color castaño. Junto con sus pechos, era lo que más le gustaba a Raúl de ese cuerpo.

    “Uno rápido?”, dijo él.

    “No, Raúl, hay que hacer cosas, tenemos que estudiar…”

    Raúl obedeció a regañadientes. Mientras estudiaba, a veces la veía pasar por el pasillo, y era una auténtica tortura. Tenía impulsos de abalanzarse sobre su cuerpo a cada momento. Pero tampoco le quiso pedir que se pusiera la ropa, porque era una gozada para la vista. Haciendo uso de su fuerza de voluntad, estuvieron estudiando casi toda la mañana.

    Después de unas horas a Raúl le rugían las tripas. Se levantó para preguntarle a su hermana qué iba a preparar para comer. Cuando entró en su habitación vio que estaba en el ordenador, chateando. Casualmente en ese momento alguien le abrió una conversación privada a Sara. Por sus palabras parecía el típico hombre solitario buscando ponerse cachondo con alguna chiquilla del chat. Sara lo iba a cerrar, pero Raúl le dijo que no lo hiciera, que le diera bola.

    Al principio Sara no estaba por la labor, pero poco a poco le empezaba a divertir. Como de costumbre, el desconocido le preguntó qué llevaba puesto, a lo que Sara contestó que “nada”. Él dijo que no se lo creía y le pidió que lo demostrara.

    Raúl, que leía la conversación con atención, dijo medio riéndose, “Venga, ponle la webcam…”

    “¿Estás loco? ¿No te importa que me vea así?”

    “Si es un desconocido no. Total, no te va a tocar”, respondió Raúl.

    A Sara le excitaba la idea, pero no podía evitar tener miedo. “¿Y si da la casualidad de que es alguien conocido?”

    “Pues baja la cámara y ya está”, dijo Raúl, ya con un generoso bulto en sus pantalones.

    “Ya pero… ¿y si reconocen la habitación?”

    “No digas tonterías, peque. ¿Qué probabilidad hay de que esta persona te conozca?”

    Sara dudó unos instantes, pero se armó de valor. Inclinó la cámara hacia abajo, viendo en la pantalla cómo solo se la veía de cuello para abajo. Finalmente la activó. Su corazón latía a mil pulsaciones por minuto… era cierto que nadie la iba a reconocer, pero el caso es que la imagen de su torso desnudo estaba siendo mostrada ahí fuera. Pocas personas habían tenido la ocasión de contemplar eso.

    El hombre al otro lado de la conexión le dio las gracias efusivamente, y le dijo que estaba buenísima. Con todo lujo de detalles explicaba lo caliente que estaba y cómo se estaba masturbando mirando su cuerpo. Sara no podía sentirse más sucia. Ese cuerpo que siempre tapaba con pudor, lo estaba exhibiendo a alguien así porque sí, para complacerle, sin recibir nada a cambio. Pero no le disgustaba ni mucho menos. Le encantaba gustar y excitar a los hombres, y siendo un desconocido, no pasaba nada. A él le gustaba su cuerpo, y a ella sentirse atractiva… ¿qué problema había?

    Raúl tenía la polla realmente dura de estar presenciando todo esto. Exhibir a su chica a un desconocido le ponía, no sabía bien porqué pero le ponía. Harto de la incomodidad se desabrochó los pantalones y se la sacó, y empezó a masturbarse.

    Con su rabo tan cerca de la cara de Sara, tenía impulsos de ponérsela en su boquita, y además ya se estaba cansando del tío salido del messenger, así que directamente se la puso en los labios a Sara. Esta nunca hacía ascos a la polla de Raúl, así que se metió el glande en la boca y empezó a chupetearlo y saborearlo.

    El hombre del messenger se desconectó en cuanto vio que la chica no estaba sola, y los hermanos rieron. Había sido divertido jugar con él a eso, aunque ahora su mente estaba en otro sitio. Sara estaba empezando a afanarse en la mamada, ya metiéndosela casi entera en la boca, y masturbándole con una de sus manos.

    Raúl contemplaba el espectáculo desde arriba. Las sensaciones iban llegando. Sara cada día mamaba mejor… se le estaba poniendo la carne de gallina del gusto y de ver a una tía tan buena ahí abajo, sometida y demostrando lo guarra que era.

    Después pasaron a la cama. Raúl se tumbó boca arriba, en una posición cómoda. Sara estaba de rodillas en el suelo, de forma que su cabeza quedaba a la altura perfecta. Movía la cabeza arriba y abajo afanosamente, cerrando bien los carrillos contra la polla de su hermano, sintiendo perfectamente su forma, y asegurándose bien de que él sentía también su boca húmeda y caliente.

    Raúl le guiaba la cabeza con las manos, aunque no hacía falta con una experta como Sara. Lo de ir desnuda por la casa, además de ser un espectáculo visual, era genial para el sexo: tenía disponibles todos los agujeros de su hermanita en todo momento, sin tapujos ni ataduras.

    A Sara le apetecía seguir chupando esa deliciosa polla, pero su sexo necesitaba estimulación. Se la sacó de la boca, dejando varios hilillos de saliva entre sus labios y el glande, y se subió encima de Raúl. Puso su pubis encima del pene de éste, y lo cogió para guiarlo mejor, tras lo cual se sentó encima, introduciéndosela hasta el fondo. El placer y la excitación le nublaron la mente durante unos segundos, y los pezones se le pusieron aún más duros. Cuando se recuperó de esa primera oleada de placer, empezó a subir y bajar su cuerpo, notando las sensaciones en su interior, y sabiendo las sensaciones que le provocaba a su amado hermano.

    Ambos se sentían en el cielo. Raúl elevó sus manos para posarlas sobre las tetas de Sara, que se inclinó hacia delante para que con el peso de su cuerpo, sus tetas se apretaran más contra esas manos. Después de un rato así, se inclinó aún más para poder besar a su chico. Además, así notaba más fricción en el clítoris, lo cual le estaba haciendo enloquecer.

    En la habitación sólo se oía la respiración de ambos junto con el chapoteo producido por el abundante flujo de Sara. A ratos ella expresaba su placer con palabras, “Siiiii, te quiero, cariño, fóllame, me encanta…”.

    Más tarde, Sara se sorprendió al notar el dedo húmedo de Raúl hurgando ahí detrás. Al principio sólo jugaba en círculos en su esfínter, pero después, sin duda, estaba intentando metérselo. Nunca había entrado nada en ese agujero, pero no le desagradaba la idea. Por alguna razón, cuando estaba excitada, notaba su ano como relajado, abierto, deseoso. El caso es que cuando se quiso dar cuenta tenía parte del dedo índice de su hermano ahí dentro, produciéndole una sensación extraña, incómoda pero bastante placentera.

    Para cuando llegaron al orgasmo, Sara se dio cuenta de que se había dejado meter el dedo casi entero. Incluso en el momento de correrse, su ano como que absorbía inconscientemente ese dedo. Cuando el placer empezó a abandonar su cuerpo sintió algo de dolor… el placer debía haber nublado algo sus sentidos, de forma que unos minutos antes no le molestaba ese dedo, pero ahora sí. Se incorporó, liberando sus agujeros de la polla y del dedo de su hermano, y se tumbó a su lado.

    Tras unos minutos descansando, se levantaron para ir a comer ya que se morían de hambre. Después de comer se quedaron dormidos en el sofá viendo una mala película de sobremesa.

    Durante la tarde Sara consiguió a duras penas mantener a Raúl alejado de ella. Si hubiera sido por él no habrían salido de la cama en todo el día. Pero conseguía convencerle diciéndole que cuanto más se aguantara, más le iba a gustar después. A ambos les llamaron varias veces sus amigos para quedar para la noche, y cuando les decían que no, que se iban a quedar a estudiar, no se lo creían. Pero ambos estaban encantados de quedarse en casa.

    Sara decidió pedir una pizza para cenar, ya que Raúl nunca cocinaba y a ella no le apetecía en ese momento. Se sentaron a ver la televisión en el salón mientras llegaba su pedido. Sara estaba tumbada boca arriba en el sofá y él encima de ella de espaldas. Como de costumbre, empezaron a hacer manitas y a robarse tocamientos aquí y allá.

    Entre unas cosas y otras, los hermanos se estaban poniendo bastante calientes. Habían aguantado toda la tarde sin follar, y dado el ritmo que llevaban, eso era mucho tiempo. Sara se estaba dando el gustazo acariciando el pecho y los abdominales de Raúl por encima de su camiseta. Después se la subió y siguió haciendo lo mismo, esta vez notando su piel caliente. Le hechizaba ese cuerpo. Raúl no estaba muy cachas pero sí bastante en forma, y no tenía una gota de grasa.

    Entonces, sin avisar, acopló su boca a la de su hermano, lascivamente, dándole un delicioso beso francés. Raúl acariciaba y se deleitaba con las piernas desnudas de Sara. Después cogió una de ellas y empezó a lamerla de abajo arriba, una y otra vez, apreciando su suavidad. Jugaba con su lengua en el hueco detrás de las rodillas, lo que producía en su hermana un cosquilleo muy agradable.

    Sara terminó de quitarle la camiseta. Luego se inclinó para tener más fácil acceso al paquete de Raúl, que ya marcaba un gran bulto en sus pantalones. Entonces notó los fuertes brazos de Raúl llevando su cuerpo en esa dirección, de forma que quedaron en posición de 69. Sara se afanó en desabrocharle los pantalones hasta que por fin apareció la polla semierecta que tanto deseaba. Se la metió entera en la boca sin dudarlo, notando como seguía creciendo ahí dentro.

    Por su parte Raúl lo tenía más fácil, pues tenía ya el chocho desnudo de su hermanita delante de su cara. Puso las manos sobre las deliciosas nalgas de Sara atrayéndola hacia él y empezó a chupar, directamente sobre los labios vaginales y el clítoris, sin preliminares.

    Sara chupaba enérgicamente, mientras con sus manos terminaba de quitarle los pantalones. La mamada de uno iba excitando cada vez más al otro, lo cual le hacía chupar al otro con más intensidad, y así sucesivamente.

    Entonces sonó el portero automático. Estaban tan metidos en faena que se habían olvidado de la pizza que habían pedido. Pensaron en no abrir… pero iban a necesitar reponer energías tras el polvazo que se avecinaba, así que tenían que recoger la pizza. Sara se levantó, se dirigió al telefonillo y pulsó el botón.

    Mientras, Raúl había pasado por la habitación de Sara para coger algo de ropa para que ella recibiera al repartidor. Se lo tendió a Sara y le dijo, “Toma, ponte esto”.

    “Sí hombre, ¿y por qué no abres tu?”

    Raúl bajó la mirada y se miró la entrepierna. Su tranca estaba todavía totalmente erecta. “Lo haría, pero no puedo ni ponerme los pantalones”

    Sara accedió. Cogió la camiseta y los pantalones y se los puso lo más rápido que pudo. Entonces se dio cuenta que era una camiseta ajustada, de las que llevaba cuando salía de fiesta. Si normalmente ya marcaba pecho con ella, esta vez, con lo excitada que estaba, y sin sujetador, los pezones parecía que iban a perforar la tela.

    “Pero tío, ¿tu estás loco?”

    “Bien que te gusta llevarla los sábados por la noche, cabrona”, respondió Raúl con una sonrisa, justo en el momento en el que sonaba el timbre.

    Ya no le daba tiempo a cambiarse otra vez, así que Sara se dirigió a la entrada, no sin antes echarle una mirada lapidaria a Raúl. Él sin embargo sonreía, orgulloso de lo bien que le quedaban las camisetas a su novia.

    Sara abrió la puerta. El repartidor era joven, alto y bastante delgado. Se quedó un momento parado sin decir nada, aunque después le entregó la pizza y le cobró el dinero, mirando bastante descaradamente las tetas de Sara. Finalmente se fue, con una sonrisilla en su rostro.

    Sara volvió junto a su hermano, totalmente colorada. Dejó la pizza en la mesa para más tarde.

    “Tío, qué vergüenza he pasado. No me quitaba el ojo de encima”

    “Es normal con lo buena que estás”, respondió el, acercándose de nuevo y acariciándola el pecho por encima de la ropa.

    Cuando empezó a sentir el calor de esas manos en su pecho, a Sara se le fue pasando el enfado. La escenita le había calentado más de lo que aún estaba. Raúl rozaba las ásperas palmas de sus manos contra sus pezones que estaban hiper sensibles. Después incluso empezó a pellizcarlos y retorcerlos. A Sara le temblaban las piernas. Se arrodilló ante su hermano, evitando así caerse, quedándole su polla grande y lustrosa delante de la cara. Instintivamente se la llevó a la boca y empezó a darle placer a su hermano con ella.

    Él mientras tanto se agachó y tiró hacia arriba de la camiseta de ella. Después le puso las manos en la cabeza y empezó a mover el pubis adelante y atrás, penetrando más profundamente la boca y la garganta de Sara. Le llegaba tan adentro que a veces ella se la tenía que sacar de la boca para poder respirar. En ese caso levantaba la polla con una mano y se ponía a besarle y lamerle los testículos, y a metérselos en la boca alternativamente.

    Raúl estaba embelesado. Su hermana estaba en celo, encendida… daba la impresión de que no quería darle placer a él, sino que lo único que quería era su ración de leche, y se estaba dedicando a exprimirle afanosamente ahí abajo para extraerla lo antes posible. Y probablemente no le faltaba razón.

    Sara ya se había desnudado de cintura para abajo ayudándose de su otra mano, y se estaba masturbando frenéticamente. Entonces, por fin, Raúl empezó a eyacular abundantemente en la boca de Sara, quien emitió un ahogado “mmmm” según recibía el semen en su boquita. Raúl notó como se lo iba tragando, y cómo le apretaba la polla con la boca y la mano como tratando de exprimírsela aún más.

    Parecía que ella no se había corrido aún, ya que seguía frotándose la vulva y el clítoris con sus dedos. Por ello seguía amorrada a la polla de Raúl, como queriendo seguir excitada para poder llegar al orgasmo. Para alivio de él, al rato Sara fue relajándose y masturbándose cada vez más suavemente, señal de que ya se había desahogado. Finalmente se tumbó de espaldas en el suelo. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada.

    Raúl se encargó de traer unos platos y servilletas y ambos se comieron la pizza en el salón. La devoraron en pocos minutos, del hambre que tenían. Sara le comentó a su hermano que si seguían así dejaría el gimnasio, porque ya bastante ejercicio estaban haciendo.

    Esa noche también vieron juntos una buena película. Sara se sentía simplemente feliz. Sin embargo, eso mismo le producía preocupación. No quería que nada se interpusiera en su relación. Y no quería que ese fin de semana acabara.

    No le hizo falta decir nada para que Raúl notara su preocupación. Se conocían bien y estaban muy compenetrados. Así que se interesó por ella:

    “¿Qué te pasa cariño?”

    Sara tardó en responder, como si le costara hablar, “¿Por qué no puede ser así siempre?”

    “¿A qué te refieres?”, contestó él.

    “¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? Las clases, la gente… no sé… todo. Quisiera estar siempre como ahora, juntos tú y yo…”, respondió Sara.

    “Joder peque, no te pongas metafísica ahora… Mira, yo no pienso en esas cosas, simplemente disfruta el momento y ya está. ¿Te lo estás pasando bien? Pues eso ya no te lo quita nadie”

    Sara insistía, “Ya, pero…”, y entonces notó cómo su hermano la callaba con un beso. Luego volvía a intentar hablar y cada vez que lo hacía recibía otro dulce beso en los labios.

    Al final se rindió y se dio cuenta de que él tenía razón. Raúl siempre conseguía tranquilizarla y hacerle olvidar sus neuras. Hablaba con tanto aplomo y seguridad que a veces le hacía sentir como una niña tonta. Y eso le encantaba. Se sentía totalmente segura en los brazos de un hombre así.

    Finalmente se acurrucó contra el cuerpo de Raúl e intentó dormir. Tenían que reponer fuerzas para un nuevo día de sexo filial.

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  • El incesto de Ana

    El incesto de Ana

    La historia que más me impactó, dentro de las confesiones de las chicas, referente a una relación en incesto, fue sin duda la de Ana.

    Su padre siempre fue famoso, por su apostura y los corrillos sobre su gran pene, siempre la tuvimos loca ¿Cómo podemos hacer para estar con él? reunidas como siempre, después de escuchar a varias chicas decir sus confesiones en tardes anteriores.

    A los 18 años Ana (hija única), una linda chica de l,70 buena figura y un andar felino que a los chicos, un poco atemorizaba, mantenía una buena relación con sus padres, que vivían en las afueras de la ciudad, su madre se fue a cuidar a la madre que vivía sola, que se encontraba con gripe a la cual no podía traer a casa, porque no quería abandonar su casa.

    La abuela era joven, tenía 60 años, allá fue, padre e hija se quedaron solos, esa noche había tormenta, Ana se pasó a la cama matrimonial (como hacemos muchas chicas, hasta grandes), se durmió, despertando a esos de las tres de la mañana.

    Su padre estaba en el baño, el televisor prendido, en el canal Venus, una joven (aproximadamente 20) estaba cabalgando sobre un hombre mayor aproximadamente de unos 60 años, que tenía un aparato digamos exorbitante, por lo menos para los que conocía consoladores incluidos, se sentó y se puso a mirar como hacia para que le entrara semejante cosa, la joven aparentaba tener un cuerpo y vagina más chica que ella, la cámara le iba mostrando como se abría la vagina, poco a poco, los jugos de ambos lubricaban el acto.

    Los actores seguro disfrazaban la escena, pero eso grande le seguía entrando, hasta que empezó a menearse, sabemos que dura minutos, no le dijo cuanto tiempo su padre la estaba observando…

    Como se ponía sus manos en la vagina, mordiendo los labios de placer, pero después de que en la película la joven empezó a mamar al viejo, corrió su vista y lo vio, su aparato estaba erecto, al acercarse se sentó en la cama, le lamió el glande, chupó esa preciosura, lo mamó despacio, no podía succionarlo por el gran tamaño, prefirió, chuparle los testículos, lo recostó en la cama se subió sobre él, acomodó su vagina en la punta y empezó, gracias a los flujos mutuos, a penetrar, no era aparentemente, tan grande como la del viejo, pero si era enorme, más que cualquiera de las que conocía, incluso los consoladores.

    Cuando acabó, se sintió invadida de un temblor y frenesí, gritando otra, sintió aún más adentro ese pene, su padre, el gozo, era total, más liquido fluía por sobre sus entrepiernas, era algo, que nunca había sentido, hacia abstracción de quién era, pero eso para ella, era lo máximo que había sentido.

    Se bañaron juntos, al salir de la ducha, no pudo evitar mamarlo nuevamente, se besaron como dos enamorados, su padre no le dijo palabra, hablaba el sexo, ambos se deseaban, ambos gozaban, sin palabras.

    Al despertar a la mañana, el padre le hizo el desayuno, la llamó, se acercó al lecho y le dio un beso, se sentó de golpe, le sacó el flácido pene, mamándolo como una profesional, lo hizo acabar en poco tiempo, tragó toda su leche, y sus primeras palabras fueron, “que lindo desayuno”.

    Ana fue a la facu, ese día nos hizo recordar que no aceptaba chanzas, puede ser, pero solo por celos, a la misma tarde llamó a su padre, para que le dijera cuando iba a llegar, se encontraron a las 21. Ana lo esperaba con una cena frugal, su padre le dijo, que las energías se gastan, pero después de comer ese poquito, ambos se ducharon juntos, medios secos, entraron a la cama, debajo de la sabana, lo mamó, sin acabar se sentó sobre el pene, empezando una nueva sesión, cada vez, lo deseaba más, toda la semana continuaron de continuo cada noche, era un gozo.

    Cuando su madre avisó que la fueran a buscar, ese fue el peor día de su vida, el padre, calmándola le dijo que poco a poco encontrarían los momentos, Ana se desesperó, hasta que encontró en su novio, parte del goce que había perdido, cada tanto, se revuelca un poco con él (su padre) lo extraña cuando no lo tiene, lo goza al máximo en los pocos momentos que su madre le permite.

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  • Dos maduros me destrozan por todos los orificios

    Dos maduros me destrozan por todos los orificios

    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

    Escúchalo narrado por su autora

    Relato

    No sé qué me pasa últimamente. Todo empezó como algo normal. A mis 22 años, supongo que como cualquiera, siempre he tenido curiosidad por el sexo. Pero siento que mi cuerpo y mi mente están en otro nivel desde hace un tiempo. Es como si mi deseo se hubiera despertado de golpe y no pudiera apagarlo. Al principio me encantaba esa libertad, esa energía que me hacía sentir viva y poderosa. Explorar, fantasear y dejarme llevar era emocionante. Pero ahora, a veces me miro al espejo y me pregunto si esto es normal o estoy cruzando una línea roja.

    No es solo que piense en sexo más de lo que solía. Es que lo busco. Lo necesito. Si paso un día sin esa chispa, siento un vacío raro, como si me faltara algo esencial.

    Al principio, cuando lo dejé con mi ex, surgió la llama con mi hermano, dos años mayor. Solíamos tener relaciones incestuosas una vez al día. Luego fueron dos, por la mañana y por la noche, relaciones furtivas a espaldas de nuestros padres. Esto le daba emoción. La noche previa a mi 22 cumpleaños, hice un trío con mi hermano y un desconocido, que terminó convirtiéndose en mi nuevo novio.

    Desde entonces, me levanto por la mañana y voy a buscar a mi hermano a su dormitorio, para que me dé la primera ración de sexo diario. Luego, por la tarde o noche, lo hago con él y mi novio, un trío más. Esta rutina se repetía día tras día hasta que mi novio tuvo que ausentarse por negocios de la ciudad. Entonces suplí su ausencia con Lucas, un tipo que conocí en un bar. Esa noche lo hice con este y mi hermano.

    Pero, como he dicho, últimamente, no sé qué me pasa.

    Hace unos días, por ejemplo, estaba en un restaurante comiendo con dos amigas. En un momento dado, en lugar de prestar atención a la charla, mi mente se fue por completo a otro lado, a dos camareros que conversaban. Imaginé cosas con ellos que ni siquiera me atrevo a contar en voz alta. No pude resistirme. Buscando algo que calmara esa urgencia, fui al cuarto de baño a masturbarme. Funcionó por un rato, hasta que volví a experimentar la misma hambre.

    Cuando terminamos de comer, Sofía y yo fuimos a su casa. Necesitaba confesar lo que me pasaba y no quería que la otra lo supiera. Medio en broma, medio en serio, después de ponerla en antecedentes, le dije:

    —Creo que me estoy volviendo adicta al sexo.

    —Para mí que exageras —respondió Sofía—. Creo que solo estás descubriendo tu lado salvaje.

    —No estoy tan segura —repliqué con tono agrio—. Creo que no se trata de una de mis fases y que se me puede descontrolar. A veces me siento culpable, como si estuviera haciendo algo malo, aunque sé que no hay nada malo en disfrutar de mi cuerpo o mis deseos. La sociedad siempre nos dice que las mujeres no deberíamos querer tanto, que deberíamos contenernos. Pero qué pasa si lo quiero todo y me gusta ser así.

    »No obstante, esta situación me asusta un poco. No quiero que esto defina quién soy. No quiero que cada decisión que tome gire en torno a esa necesidad. Me cuestiono si es adicción si lo disfruto tanto, o si solo estoy aprendiendo a conocerme. No lo sé. A veces pienso en buscar ayuda, hablar con alguien que entienda, pero luego me digo que quizás solo necesito tiempo para encontrar un equilibrio. Mientras tanto, me siento atrapada entre el placer y la duda, preguntándome si este fuego que siento es mi fuerza o mi debilidad.

    Sofía quedó muda, sin saber qué decir. Posiblemente no se veía a sí misma como esa persona que entienda. Desvió la atención, proponiendo preparar unos batidos fríos de frutas, y la conversación quedó en el aire.

    A eso de las nueve, cuando me iba a casa con intención de ducharme y cambiarme de ropa, antes de reunirme con mi hermano y mi novio en casa de este, sucedió algo que arrojaría luz a cerca de mis disquisiciones.

    Entré en el ascensor, pulsé el botón de la planta baja con dedo perezoso y esperé, apoyada de espaldas en la pared del fondo. El cacharro estaba un tanto oscuro y con un olor a humedad mezclado con desodorante barato que te golpeaba como un puñetazo. Contuve la respiración y nuevamente acudieron a mi mente los dos camareros del restaurante. Justo cuando iban a cerrarse las puertas, entró un tipo grandote de unos cuarenta años, con barba de pocos días y un cuerpo que alguna vez había sido de gimnasio, pero que ahora estaba más fondón que otra cosa. Iba en bermudas, con camiseta negra y una bolsa de supermercado colgando de la mano. Yo llevaba unos leggins blancos tan ajustados que se me marcaba hasta el último pliegue, y el pelo recogido en una coleta deshecha que me caía por la espalda.

    Nos miramos un segundo y nos saludamos con ese hola seco y automático propio de desconocidos. El trasto comenzó a moverse. Ninguno decía nada, solo se escuchaba un leve chirrido, el roce de la bolsa de plástico del tipo y el mínimo crujir de mis leggins, cada vez que cambiaba el peso de mi cuerpo de una pierna a otra.

    Pero entonces, entre la novena y octava planta, el trasto dio un sacudón brusco, las luces parpadearon como en un mal sueño y se paró en seco.

    —¡Me cago en la puta que lo parió! —solté con mala leche, sospechando que el tipo había pulsado el botón de emergencia con la espalda, pero midiendo mis palabras por si me equivocaba.

    —Hay que joderse con el trasto este —dijo el tipo al tiempo que soltaba la bolsa en el suelo—. Parece que vuelve a fallar y ya es una de tantas. Creo que esta vez nos hemos quedado bien enculados —añadió con una media sonrisa que me sonó más caliente de lo esperado en un momento así.

    Le miré de reojo, fijándome en cómo las bermudas le marcaban un bulto entre las piernas que no estaba nada mal para un tipo con pinta de vago.

    —Pues sí que estamos bien jodidos —respondí, cruzándome de brazos y apoyándome en la pared del ascensor, movimiento que hizo que mis tetas se apretaran contra la blusa como si quisieran escaparse.

    El tipo no disimuló: me clavó los ojos en el escote como si fuera el mapa del tesoro.

    —Al menos no me he quedado atrapado con el gordo del 12A —bromeó, inclinándose un poco hacía mí.

    Me mordí el labio inferior, un gesto que me sale sin querer cuando estoy nerviosa o cachonda, y esta tarde, con el calor empezando a notarse en ese cubículo de mierda, era un poco de las dos sensaciones.

    —¿Te gusta lo que ves o solo estás mirando por mirar? —solté con un tono que era mitad reto, mitad invitación.

    El tipo dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestros cuerpos casi se rozaban.

    —Llevo meses viéndote por el edificio con ese culo de infarto y pensando en cómo sería meterte mano de una puta vez —confesó, con la voz grave y los ojos brillándole como si se estuviera imaginando el panorama.

    Yo no le rehuí; al contrario, levanté la barbilla y le miré fijamente a los ojos.

    —Pues deja de imaginar y ponme la mano encima porque no muerdo. Aunque, dependiendo de cómo te portes, es posible que no te libres de algún que otro mordisco — respondí, y esto fue como prender una mecha.

    El tipo no se lo pensó dos veces: me plantó la manaza en el culo, apretándolo tan fuerte que sentí sus dedos clavarse en mis carnes; la otra subió a una de mis tetas, amasándola por encima de la blusa como si quisiera arrancármela. Yo gemía de gusto y me contorneaba como una serpiente. El tipo, notándome tan animada y predispuesta, murmuró que era una zorra de primera y se pegó más a mí, hasta que noté la polla dura contra mi muslo, incluso a través de la bermuda.

    Solté un gritito, sorprendida de lo rápido que se me había mojado el coño con ese contacto tan bruto. Entonces, sin poder evitarlo, bajé al barro de la vulgaridad asegurando que tenía un rabo descomunal, añadiendo que era un cabrón y preguntando si lo usaba o solo lo paseaba, todo esto al tiempo que metía la mano derecha dentro de su pantalón y le agarraba la verga. La percibí morcillona, caliente y palpitando como si tuviera vida propia.

    Mis palabras fueron espontáneas pero punzantes, tanto que hicieron mella en su orgullo varonil. Entonces, mientras yo empezaba a pajearlo con movimientos lentos pero firmes, aseguró con tono amenazante que la usaba y que me iba a follar hasta partirme en dos.

    El calor en el ascensor subía por momentos, y el aire se estaba poniendo espeso, cargado de un olor a sudor y tensión que nos tenía a los dos al límite. Yo le apreté la polla un poco más, robándole un gruñido.

    —Como sigas así, voy a correrme antes de empezar —confesó el tipo, pero yo solo sonreí como una zorra y aceleré el ritmo.

    Metidos en faena y con el ascensor convertido en un puto horno, este comenzó a moverse de improviso, se detuvo un par de segundos después y por un milagro de mierda las puertas se abrieron. Al otro lado apareció un tipo flaco pero fibrado, joven, con tatuajes en los brazos y cara de pillo, de esos que siempre están tramando algo. Vestía una camiseta de tirantes negra y un pantalón de deporte. Al ver la escena, se quedó con la boca abierta, como si acabara de pillar a sus padres en pleno polvo.

    —¡Me cago en la puta que me parió! —exclamó—. ¿Qué coño pasa aquí? —preguntó con una mezcla de sorpresa y cachondeo que rompió el momento.

    El otro y yo nos quedamos quietos unos segundos, pero reaccioné rápido.

    —Pasa si te apuntas a la fiesta que estamos montando —dije con descaro—. Lo que sea, pero no te quedes mirando con cara de gilipollas —añadí sin soltar la polla del otro, que todavía estaba en mi mano tiesa y caliente.

    —¡Joder!, no me lo digas dos veces —respondió el flacucho, soltando una carcajada ronca y colándose entre las puertas antes de cerrarse.

    Ahora, éramos tres en ese cubículo de mierda, donde el espacio, que ya era pequeño, se convirtió en un puto caos de cuerpos y respiraciones aceleradas.

    A pesar de vivir en el mismo edificio, ambos machos parecían no conocerse. Concluí que debía de ser así porque el primero, mientras seguía sobándome las tetas como si fueran de su propiedad, cuestionó que invitara al segundo.

    Yo, que ya estaba con el coño empapado y el pulso a mil, fantaseando con tener dos pollas mejor que una, quise limar asperezas preguntando sus nombres. El primero dijo llamarse Carlos y Javi el otro.

    —Ya que somos amigos —dije con tono irónico y alegre—, haya paz porque hay para los dos.

    Ellos se miraron, resignados a compartir la presa como hienas hambrientas.

    —Esta tía es una puta máquina —dijo Javi, bajándose el pantalón lo justo para que asomara la polla, larga y tiesa, no tan gorda como la de Carlos, pero con una curva que prometía meterse en sitios interesantes—. Por nada del mundo hubiese imaginado que hoy me encontraría con una verdadera zorra. Mira lo que tengo para ti —añadió con la pija en una mano, agitándola de un lado a otro, al tiempo que pulsaba con la otra el botón del último piso.

    No supe si lo hizo procurando el mayor tiempo posible o si fue al azar. Me relamí los labios, pero también propuse la posibilidad de que alguien nos pillara. Los dos se miraron, una conversación silenciosa, tratando de buscar una solución.

    —Yo tengo un cuarto trastero de los que hay en la azotea —dijo Carlos—, pero debo ir a casa y coger la llave.

    —Pues ya que entras en tu casa, coge unos condones —exigí, haciéndome cruces por no haber caído antes en este detalle.

    —Nunca los uso con mi mujer, pero imagino que alguno encontraré rebuscando un poco — respondió Carlos.

    —Desde un primer momento sospechaba que eres casado —le dije con aire indiferente, sin dar mayor importancia a este nuevo detalle. Tampoco quise saber el estado sentimental de Javi, igualmente era indiferente para mí.

    En apenas cinco minutos, recorríamos el largo pasillo de los trasteros hasta que Carlos se detuvo, abrió la puerta del suyo y entramos los tres. Rápidamente me arrodillé en el suelo, sin prestar atención a cuánto me rodeaba, tan solo me interesaba sacarles la polla y tenerlas delante de mis narices. Agarré cada polla con una mano y empecé a pajearlos a la vez, alternando miradas con ellos, como si decidiera por dónde empezar.

    Me decidí primero por la de Javi, la recién descubierta, la novedad. Él cerró los ojos, mientras yo la apretaba con fuerza.

    —No veas que mano tiene esta guarra —murmuró cuando comencé a pajearlo—. Más vale que empieces a chuparla, porque estoy que reviento —añadió empujando las caderas hacia adelante hasta ponérmela en la cara.

    Me relamí y tragué su polla hasta la garganta, chupándola con ganas sin soltarla de la mano, mientras con la otra seguía pajeando a Carlos.

    —La mamas mejor que mi parienta, algo que no me sorprende porque tú eres una golfa y ella demasiado sosa —aseveró Javi, jadeante, agarrándome la coleta y empujándome la cabeza para que la tragara entera una y otra vez.

    —Colega, no la acapares tanto, que yo también quiero metérsela en esa boquita de zorra —protestó un impaciente Carlos, dándole un toque en el hombro a Javi como si compartieran una cerveza.

    Solté una risita con la boca llena, escupí la polla de Javi y me giré hacia Carlos, tragando su verga cuanto pude mientras se la meneaba al otro con la mano libre.

    —Sois unos cerdos de mierda, pero me tenéis empapada —dije entre arcadas, metiéndome una mano dentro de los leggins para frotarme el coño, que ya estaba chorreando como un grifo mal cerrado.

    —Mira cómo se toca la muy zorra —dijo Javi, con la voz temblando de lo cachondo que estaba.

    —Vamos a follarte como te mereces. A las guarras como tú hay que follarlas a conciencia —gruñó Carlos, fuera de sí, levantándome de un tirón y girándome contra la pared. Ahí me bajó los leggins y la tanga con un movimiento brusco, dejándome el culo al aire y las piernas temblando. Me tenía a su merced, débil y dominada por un deseo incontrolable.

    Pronuncié un fuerte y profundo gemido cuando me penetró con media estocada.

    —No pares y méteme más, pedazo de cabrón —supliqué apoyada con las manos en la pared, imitando su tono vulgar.

    Carlos me dio gusto, jodiéndome el coño como un animal primitivo, provocando un ruido húmedo que resonaba en el cubículo cerrado.

    Javi se puso a mi derecha, con la polla tiesa y brillante de saliva.

    —Chúpamela otra vez mientras Carlos te folla —ordenó Javi y yo, inclinando el torso, obedecí.

    El trastero era un puto desmadre: gemidos, el chapoteo de la verga de Carlos, entrando y saliendo de mi coño, y las arcadas producidas por la verga de Javi cuando me follaba la boca.

    —Esta puta nos va a dejar secos —dijo Javi, con la voz entrecortada.

    Carlos salió del coño y me dio una palmada en el culo que me escoció.

    —Abre bien las piernas porque te voy a reventar —dijo antes de escupirse en la mano y meterme otra estocada hasta el fondo.

    Solté un alarido de gusto y clavé las uñas en los muslos de Javi.

    —Eres un hijo de puta. Me vas a partir con ese pollón que tienes —jadeé, mientras él embestía con un ritmo brutal que me provocaba temblor en las rodillas.

    —Sigue chupando y no pares, jodida puta, que me tienes loco —gruñó Javi, agarrándome la cabeza con ambas manos, metiéndome la polla hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos y corrían por las mejillas.

    —Quiero más, par de nenazas, me gusta que me follen como a una guarra —supliqué fuera de mí, con la voz rota, entre sollozos de dicha.

    —Esta tía es la más golfa que me he follado nunca —añadió Carlos, dándome una palmada en el culo que resonó como un latigazo.

    Javi no dijo nada, se limitaba a quitarme la blusa y el sujetador, dejándome las tetas libres para sobarlas como si fueran masa de pan, antes de volver a meterme la polla hasta la garganta.

    —Me gustan las tetas de esta guarra, tal cual me gustan, con tamaño y volumen perfectos —aseguró Javi jugando a abarcarlas, inclinado sobre mi espalda.

    El ritmo era una locura. Carlos me embestía como un toro, haciéndome rebotar el culo con cada golpe, mientras Javi me metía la polla tan profunda, que apenas me permitía respirar.

    —Puesto que yo la he estrenado el coño —dijo Carlos al tiempo que salía de mí—, lo justo es que tú la estrenes el culo, porque seguro que a esta zorra le gusta —añadió dirigiéndose a Javi, mientras me introducía un par de dedos en el ano.

    —No pensaba dejaros marchar sin que me lo partáis —dije entre jadeos, angustiada porque me faltaba el aliento, sacando fuerzas de flaqueza para ponerme a cuatro en el suelo.

    Rápidamente Javi se puso detrás de mí, excitado por la novedad, motivado por algo que no esperaba. Colocó la cabeza de su verga en mi pequeño orificio y fue ganando profundidad poco a poco, en cuclillas para moverse con energía.

    Apenas empezó a sodomizarme, Carlos se arrodilló delante de mí y me metió la verga en la boca, obligando a que los labios se abrieran empujando con el glande.

    Uno por delante y otro por detrás, ambos me follaban como campeones, sobre todo Javi, que me arrancaba alaridos nasales mientras me enculaba.

    —Estaba en lo cierto cuando predije que te gusta que te den por el culo —presumió Carlos, al tiempo que me follaba la boca.

    Yo apretaba los labios con fuerza para aumentar su placer, mirándole el rostro, feliz porque su gesto era de dicha.

    —Ha sido pura chiripa —respondí escupiendo su polla, sin apartar la mirada de sus ojos—. Esta es la tercera vez que me la meten por el culo, pero hoy me siento más puta que nunca y me trago el dolor inicial.

    —Ve preparándote entonces, porque no te libras de que yo también te encule, jodida zorra —replicó Carlos, volviéndome a meter el pollón en la boca.

    Me estuvieron follando de este modo al menos diez minutos. Fue brutal. Entonces, mientras recibía de lo lindo por parte de los dos, tuve claro que mi adicción al sexo era una certeza absoluta. Realmente estaba enloquecida, suplicando una y otra vez que me follaran sin tregua.

    Lo mejor de todo fue cuando intercambiaron posiciones. Yo había mentido cuando aseguré que era mi tercera vez recibiendo por detrás. Pensé que de ese modo se motivarían más. Por ello, cuando la verga de Carlos me atravesó el ano, grité como si realmente me partiera en dos. Luego supliqué que me diera más y más.

    —Esta puta es insaciable —aseguró Carlos—. Nunca he conocido a ninguna hembra que suplique que le den por el culo. Estoy por llamar a unos colegas y dejárselo tan abierto que le entre un tren de mercancías.

    Reí con ganas ante su disparatado comentario.

    —No sería mala idea si no fuera porque tengo prisa —dije entre jadeos, al tiempo que miraba mi reloj de pulsera.

    —¿Acaso te espera algo mejor que esto? —preguntó Carlos, entre resoplidos y rebuznos.

    —Tengo que ir a casa de mi novio. Allí me espera con mi hermano para que me jodan hasta dejarme sin aliento.

    Carlos y Javi rieron al tiempo, carcajadas que rebotaron en las paredes del habitáculo.

    —Realmente eres más zorra de lo que imaginaba —dijo Javi, su polla en mi boca entraba y salía sin control.

    —No te quito una coma, querido colega —añadió Carlos, sin soltar la risa, empeñado en destrozarme el culo aferrado con las manos a mis caderas—. Hay que ser puta, pero que muy puta, para follar con su novio y su propio hermano, pero quién soy yo para cuestionarlo mientras le pongo bien puestos los cuernos a mi parienta.

    —Me voy a correr. No aguanto más —avisó Javi.

    —Dame tu leche cabrón. Venga, córrete en mi boca —supliqué entre gemidos, observando cómo se pajeaba delante de mis narices, abriendo la boca cuanto podía para recibir la leche.

    Javi no tardó en soltar varios chorros abundantes y tibios, unos en la lengua totalmente extendida, otros en el interior. Luego, cuando hubo terminado de eyacular, gesticulé con la boca para soltarlo todo y volví a engullir la polla para dejarla reluciente.

    En esto estaba, ajena a lo demás, cuando percibí una extraña sensación en el recto. Carlos, el muy cabrón, me lo estaba llenando de esperma. Con pánico en el rostro, luchando por librarme de su polla, supliqué que se detuviera, pero él me lo impedía sujetando mis caderas con una fuerza brutal.

    Ya no había remedio. Tonta de mí, la mente se me había nublado tras la excitación inicial, tanto que ni cuenta me di de que me habían estado follando sin preservativo. Un error imperdonable.

    No me quedó más remedio que esperar a que Carlos terminara, repitiendo una y otra vez que eran unos bastardos y jurando y perjurando que aquello no se repetiría nunca más.

    Con este ánimo me vestí lo más aprisa que pude y salí corriendo de aquel lugar como alma que lleva el diablo. Pero, antes de subir al ascensor, me bajé los leggins y la tanga, me puse en cuclillas en el rellano y dejé que saliera el semen que quedaba en el recto.

    Finalmente, ya en la calle, tomé un taxi para ir a casa. Me avergonzaba montar en el bus y que alguien se percatara del gran manchón de semen que había empapado mis leggins.

    La moraleja del cuento es que, mientras me follaban aquellos hijos de puta, fantaseaba con narrarles la experiencia a mi novio y mi hermano con todo tipo de detalles, para darles un aliciente extra y me follaran como me gusta que lo hagan.

    El desenlace final impidió que lo hiciera. Se me caería la cara de vergüenza. Con este tipo de asuntos no soy capaz de improvisar o mentir. Notarían que algo extraño enturbiaba mi relato. La única que conoce de este suceso es mi amiga Sofía. A ella se lo conté principalmente para que entienda que no pienso pisar su edificio durante una buena temporada.

    No obstante, esta experiencia, en parte desastrosa, no impidió que me entregara a ellos tras la cena.

    Y es que ya no puedo negarlo: mi adicción al sexo es una evidencia científica, algo a lo que no pienso, ni quiero renunciar, a pesar de los pesares.

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  • Mi prima Blanca se consigue un novio, yo no puedo quedarme atrás

    Mi prima Blanca se consigue un novio, yo no puedo quedarme atrás

    En el anterior relato les conté sobre la vez en que mi prima Blanca y yo hicimos el amor por primera vez. Aquel fin de semana en la playa pensamos que llevar nuestra relación sería mucho más sencillo. Sin embargo, nuestra unión no sólo era sexual, en realidad queríamos estar juntos: ir al cine, salir a comer, llenarnos de mimos, caminar por la calle tomados de la mano, permanecer en casa echados en el sillón abrazados y por supuesto, coger. Paradójicamente eso último era lo más fácil de conseguir.

    Bastaba con decirle a mis tíos y a mis padres que iríamos a comer o a cenar con amigos para después pasar por ella e irnos a divertir a algún motel. Llevar a cabo la vida de pareja, sin embargo, era muy difícil frente a nuestros padres. Muchas veces estuvimos a punto de ser descubiertos en alguna tierna caricia o diciendo algún “te amo”. Al ser descubiertos, nuestros padres enloquecerían y terminarían separándonos. Necesitábamos cubrir mejor nuestro amorío. Fue a Blanca a quien se le ocurrió una idea.

    —Necesito un novio —me dijo una tarde mientras cabalgaba mi verga. No supe qué responder.

    —¿Cómo? ¿Ya no me amas, prima? ¿No te gusta mi verga?

    —Al contrario, te amo más que nunca y quiero seguir estando contigo, pero necesitamos darles tranquilidad a nuestros padres. Estoy segura de que mi madre sospecha algo.

    —¿Por qué lo dices?

    —Le parece un poco raro que pasemos tanto tiempo juntos, me ha preguntado si no tengo otros amigos y hace rato casi no me deja salir de la casa. Tuve que pedirle a Samantha que me marcara explicando que iríamos todos a su casa a ver películas —explicó en medio de leves gemidos. Le gustaba hablar mientras tenía mi verga dentro de ella.

    —Tienes un punto, pero, sabes que no quisiera compartir este coñito tan delicioso con nadie más, primita, mi amor —admití empujando mi cadera hacia arriba para que mi glande le llegara hasta el cérvix.

    —Y yo no quiero a nadie más dentro de mí, sólo será un novio de “manita sudada”, jamás le permitiré hacer nada. No te preocupes —dijo y se acercó a mi cara para besarnos. Además, no seré la única, tú también deberías conseguir una novia como tapadera, así sería perfecto. Podríamos tener citas dobles, salir temprano de las citas e irnos los dos, solitos…

    La idea comenzó a tener más forma. Aun así dudé.

    —No sé, yo no quiero estar con nadie más que contigo.

    —Y no estarás, ¿o tú crees que permitiría que cualquier puta recibiera esta lechita que sólo es para mí? ¡jamás! Todo va a salir bien, Enrique, ya verás.

    Comenzó a cabalgarme con más fuerza dando por terminada la discusión. No quise quedarme atrás y después de que ella se viniera. La retiré con violencia, la puse en cuatro y se la clavé para cogérmela con fuerza de perrito.

    —Ay mi amor, qué rico me la metes, pero estás siendo un poco brusco…

    —Te amo Blanca —me dejé llevar por los celos —¿me prometes que nadie te cogerá? —pregunté estrellándole mis huevos sobre sus nalguitas; en cada embestida sacaba casi toda mi verga y se la volvía a clavar.

    —Que sí, tontito, este coño y toda yo soy sólo tuya —dijo arqueándose hacia atrás y poniendo su mano en mi nuca. La tomé del cuello y apreté un poco. Nos gustaba de vez en cuando provocarnos algo de dolor.

    —Está bien, está bien, le dije al oído con gruñido, y yo te prometo que a nadie más le daré esta leche. Sólo será una tapadera para que podamos estar juntos —dije y la besé mientras seguía bombeando.

    Por fin separó sus labios de los míos y simplemente dijo:

    —Pues dámela de una vez, cabrón, que me urge.

    Haciendo feliz al amor de mi vida, inundé su coño de mi semen.

    Dos semanas nos presentó a Samuel, su nuevo novio. La verdad es que me tomó por sorpresa, no habíamos quedado en algún tiempo para encontrar pareja. El tipo era compañero suyo de la facultad y se veía como una buena persona. También se notaba que estaba sinceramente enamorado de mi prima, lo que me hizo arder de celos la primera vez.

    —Mucho gusto —dije forzándome a ser diplomático.

    Blanca lo notó e inmediatamente se puso a mi lado, abrazándome. Con sutileza metió su mano detrás de mí, acariciando mis nalgas. Era un acto secreto que le excitaba realizar cuando estábamos en familia.

    —Él es mi primo, Enrique, del que tanto te he hablado —le dijo a Samuel.

    —Bueno, primo, nos despedimos. Vamos a ir al cine, pero saliendo Sam me va a dejar en tu casa para que vayamos a donde la abuela…

    “A donde la abuela” era el código que utilizábamos frente a personas ajenas a la familia. Aquella noche cogeríamos. La idea me provocó una erección que apenas pude disimular.

    —De acuerdo, diviértanse y mucho gusto de nuevo.

    De vuelta en la sala de mi casa puse manos a la obra. No podía quedarme atrás en materia de novios. Llevaba algunos días tonteando por WhatsApp e Instagram con varias chicas de la facultad y con quien tenía mayores avances era con Irene. Estudiaba mercadotecnia y tenía fama de ser una zorra. Además estaba buenísima. Alta de pelo negro y lacio. De piel muy morena y unas tetas más grandes que las de Blanca.

    Ella era la opción para convertirla en mi novia y cuidar las apariencias frente a la familia. Le escribí y contestó casi enseguida. Estaba desocupada y aceptó que la llevara por un café. Media hora después íbamos en mi coche de camino a una cafetería cerca del centro de la ciudad. El lugar era muy romántico, de esas cafeterías con una iluminación tenue y mesas con algo de privacidad.

    —¿Te gusta el lugar, Irene?

    —Está muy lindo, muchas gracias por invitarme.

    —Me alegro, es un placer pasar tiempo contigo, me gustas mucho —dije acariciándole la mano.

    Su rostro se iluminó.

    —Por eso, quisiera pedirte que seas mi novia, ¿qué dices?

    —¡Sí! —chilló y se arrojó a mis brazos. Nos fundimos en un tierno beso.

    El cuerpo de Irene junto al mío se sentía muy bien pero me costó trabajo dejarme llevar con el beso. Sentía como si estuviera traicionando a mi verdadero amor, Blanca. Luego pensé que ciertos sacrificios serían necesarios y nos besamos como debería hacerlo una pareja de verdad. Pasamos el resto de la tarde platicando a gusto en el café. Más allá de su fama de zorra, Irene era una mujer interesante y tierna. Muy inteligente y con sueños también y ahora era mi novia, aunque fuese para guardar las apariencias. Me sentí un poco triste por ella, pero el mal estaba hecho.

    —Mira la hora —dije cuando el sol comenzó a ponerse, debo llevarte a tu casa, quedé con mi familia de reunirnos en casa de la abuela y se toman personal si no llego.

    —No te preocupes, guapo —contestó con algo de decepción —quizá un día me lleves a conocerlos.

    —Claro —mentí.

    En el estacionamiento le abrí la puerta del coche y ella agradeció con un beso suave. Mi cuerpo reaccionó a aquella pequeña sorpresa y mi verga se puso dura.

    Entré al coche del otro lado y vi a Irene. Había adoptado una postura seductora, apuntando hacia mí.

    —Antes de que me lleves, hay algo que quiero hacer por ti, guapo, algo para celebrar nuestra nueva relación. Se lanzó sobre mí y comenzamos a besarnos. Volví a sentir culpa pero fue insuficiente para detenerme, de todas maneras, técnicamente Irene era mi novia y Blanca sólo mi prima.

    Sentí cómo la mano de Irene desabrochaba mi cinturón y bajaba mis pantalones y bóxers hasta liberar mi verga.

    —¿Qué tenemos aquí? —dijo con lujuria —a partir de ahora toda esta verga es sólo para mí…

    La frase me hizo pensar en Blanca, pero no podía parar. Irene se llevó toda mi verga a su boca y escuché sus arcadas. Luego comenzó a mamar con desesperación. Yo mantuve la mirada atenta por si alguien nos veía en el estacionamiento pero nadie apareció.

    No quería eyacular, Blanca sabría por la cantidad de semen que le echara dentro que había eyaculado previamente y habría problemas. No podía decirle que me había masturbado, desde la primera vez que estuvimos dejé de sentir la necesidad y siempre que estaba caliente la visitaba o ella a mí, aunque fuera un “rapidín” siempre nos desahogábamos juntos y ella había tomado nota perfectamente de la cantidad de semen que arrojaba. Estaría perdido.

    Por otro lado, Irene la mamaba como una diosa y no tardaría en hacerme venir. Imaginé cuántas vergas de la universidad de había metido Irene en la boca y en lugar de sentir celos, me prendí más. Tenía muchísima experiencia. Intenté detenerla se los juro, por amor a Blanca, no podía traicionarla de esa manera, pero por otro lado estaba recibiendo la mejor mamada de mi vida. Blanca lo hace muy bien, pero lo verdaderamente maravilloso en mi prima es su coño, no su boca. Me ganó la calentura y con una mano le bajé el vestido strapless que llevaba, liberando sus tetas sin sostén. Comencé a acariciar sus pezoncitos morenos, tan distintos a los de mi prima. Casi negros, coronaban esas tetas. Mojé mis dedos con saliva y comencé a hacer círculos sobre los pezones de mi nueva novia.

    —Ay Irene, qué rico la mamas, mi vida, sigue, sigue.

    Ella seguía con lo suyo. Ni siquiera me pidió que le avisara cuando estuviera a punto de eyacular. Solté varios chorros de semen tibio en su boquita mientras le decía lo rico que la mamaba. Se quedó unos segundos lamiendo mi verga, dejándola reluciente de saliva. Cuando se incorporó, abrió la boca y sacó la lengua mostrándome toda mi semilla, luego se la tragó sin titubear.

    —Qué rica lechita, papi —me dijo guiñando un ojo y subiéndose el vestido.

    Se me acercó para besarme y dudé un segundo, pero me pareció de mala educación no corresponder un beso si ella se acababa de tragar mi semen. Qué locura.

    —Vámonos, amor, no querrás llegar tarde a tu reunión familiar.

    Encendí el coche y pasé a dejarla a su casa. Me estacioné frente a su edificio y me bajé a abrirle la puerta. Todos los detalles que sólo tenía con mi prima Blanca ahora debía tenerlos con esta mujer quien era mi novia. Me sentí un poco abrumado, sería complicado vivir esa doble vida, pero todo aquello había sido su idea y además, si yo no había podido resistir a Irene, quién sabe qué estaría haciendo Blanca, que era mucho más caliente que yo, con su nuevo novio.

    —Te escribo más tarde —le dije frente a la puerta de su departamento.

    —Sí, corazón, ve con cuidado —respondió y me dio un último beso.

    Regresé a casa entré al baño para lavar mi pene y quitar todo rastro de la saliva y el semen. También cambié mis bóxers y me lavé los dientes. Diez minutos después Samuel dejó a Blanca.

    —¿Cómo te fue? —pregunté una vez que estuvimos solos.

    —Bien, pero siento algo de pena por él, no se imagina en lo que se acaba de meter…¿y a ti?

    —Bien también, es muy linda, pero igual ignora la situación en la que está.

    —Te extrañé, mi amor —dijo finalmente, abrazándome. Esa noche podíamos comportarnos como marido y mujer en mi casa ya que mis padres habían salido al teatro y a cenar, volvería hasta mucho más tarde, cuando el semen de su hijo, la cantidad que aún sobrase, ya yaciera dentro de la vagina de su sobrina.

    Teniendo el frágil cuerpo de mi prima junto a mí me hizo sentir culpable pero no pude admitir nada. Mejor me puse a besarla y desnudarla. Me arrojé a besar tus tetitas y metí un dedo en su vagina, estaba chorreando.

    —Estás muy caliente, mi amor

    —Tú me pones así —fue su única respuesta. Comencé a sospechar que ella tampoco había sido tan inocente.

    La llevé a mi cuarto cuando ya estábamos desnudos, la tumbé sobre la cama y se la clavé sin avisar.

    —Ay, así me gusta que me cojas, con fuerza —dijo enterrándome las uñas en la espalda. Bombeé un par de minutos y estuve cerca de eyacular, aceleré el paso y Blanca lo notó.

    —Sí, amor, dámela toda…

    Me controlé y me detuve en seco, luego se la saqué y mientras le besaba los pechos, apreté mi glande, bajando un poco el nivel de la erección. Había leído sobre esa técnica alguna vez. El edging, que me permitiría retrasar lo máximo posible mi eyaculación y acumular toda la leche que tuviera, necesitaba hacer creer a Blanca que aquella era mi primera eyaculación del día y esa técnica era mi única esperanza.

    —Móntate mi amor —ordené.

    Ella obedeció sin dudarlo. Cogimos un buen rato así y cuando estuve a punto del orgasmo, volví a sacarla fingiendo que se había salido por accidente. Apreté de nuevo mi glande.

    —Perdón, amor, se me salió, ponte de perrito.

    Volví a penetrarla. Pensé que estaba funcionando pero estábamos a punto de averiguarlo. Le di nalgadas y le dije lo mucho que la amaba y lo puta que era, ese tipo de cosas le excitaban. Claro, de vez en cuando decía la palabra “prima” porque no hay nada como un buen recordatorio de nuestras actividades incestuosas para hacer que una mujer se moje. Mojé mi dedo con saliva y mientras la penetraba, le acaricié el ano suavemente. Casi no me dejaba hacer aquello, pero esa vez estaba demasiado caliente.

    Cuando estuve cerca de nuevo, repetí la técnica que no puede continuar de manera indefinida. La volví a poner de misionero y me coloqué sobre ella. Mi verga se abrió paso entre sus paredes vaginales lubricadas.

    —Te amo, prima, te amo, te amo, —le dije viéndola a los ojos y acariciando sus pezoncitos rosas.

    —Yo a ti, primo, eres mi hombre —gritó mientras me clavaba las uñas en los riñones.

    —¿Dónde vas a querer mi semen? —pregunté al fin, el momento de la verdad se acercaba.

    —En mi coño, ¿dónde más? Dámela, dámela ahora, primo…

    No resistí y comencé a descargarme en su coño. La agradable sorpresa fue que la cantidad de semen que solté era idéntica a la que hubiera liberado incluso de no haber eyaculado en la boca de Irene. Cuando por fin terminé de rellenar a mi prima. La besé suavemente con mi verga aún dentro de ella.

    Me acosté junto a ella y nos quedamos abrazados. El plan había funcionado. Ella se recostó en mi pecho, exhausta y satisfecha, como siempre, mi semilla escurría de su coño. Me volvía loco ver esa declaración de que ese cuerpo era sólo para mí.

    Le acaricié el pelo durante un buen rato. De repente vibró mi celular, temí que fuera Irene pero eran mis padres; estaban terminando de cenar. Nuestros papeles de pareja debían volver al de primo y prima. Nos quedamos unos minutos más desnudos y acostados, en silencio. Decidí que para guardar las apariencias, tendría que cogerme a la putita de Irene como ella quisiera y también seguir con el idilio con mi prima. Las posibilidades de ser descubierto eran altísimas, pero si aquello ocurría siempre podría reclamarle a Blanca que había sido idea suya.

    Lo que estaba fuera de toda discusión es que a Irene jamás se la metería sin condón. Quién sabe con cuántos hombres había estado y no podía arriesgarme a transmitirle una enfermedad al amor de mi vida, Blanca. De hecho, pensé que eyacular en su boca fue un error, pero fue inevitable, Irene sabía perfectamente qué hacer con mi verga. Pasamos el resto de la noche viendo películas y escribiéndole por whatsapp a nuestras respectivas parejas.

    ¿Qué estaría diciéndole a Samuel y qué habrán hecho en las horas en las que yo estuve con Irene? Me dio un poco igual, ya lo averiguaría. Yo tampoco le revelé los mensajes de Irene a mi prima, había algunos bastante subidos de tono incluyendo una foto de sus tetas y su coño, que tenía cubierto de un espeso y oscuro vello. “Para ti” decía la descripción de esas fotos tan provocativas.

    Estuvimos abrazados un rato viendo El señor de los anillos hasta que llegaron mis padres y tuve que llevarla a su casa.

    —Huele a perfume de mujer —me reclamó.

    —Claro, pasé por Irene y la fui a dejar a su casa.

    —Es cierto, bueno, da igual.

    Me alegró que se tragara el semen, si no, de haberme derramado en el coche, estoy seguro de que Blanca habría detectado el aroma de mi semilla.

    Nos despedimos con un tierno beso en los labios.

    —Te amo, primo.

    —Te amo, prima.

    La vi entrar a su casa y supe que la diversión apenas estaba comenzando.

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  • Janet, amor, deseo y confianza más allá de lo prohibido y lo sucio (1)

    Janet, amor, deseo y confianza más allá de lo prohibido y lo sucio (1)

    Llevo dos años casado con Janet; ¡dos años excelentes! Es la esposa perfecta para mí. De verdad creo que es una de las mujeres más hermosas del mundo, aunque admito que soy parcial. Es solo un poco más baja que yo, casi 1.80 metros, y tiene una figura sexy y curvilínea. Es fuerte, está en forma, pero mantiene esas curvas que me enloquecen. Su larga melena negra le llega a la mitad de la espalda, y sus ojos… simplemente no puedo describirlos.

    También es muy brillante, con una mente aguda que no se deja arrastrar por las opiniones ajenas. Se graduó en informática entre las mejores de su clase, pero pronto descubrió que detestaba la vida de oficina. Así que hace un año dejó su trabajo y empezó como jardinera. Gana menos, pero ama lo que hace. El cambio en su ánimo fue evidente, y nuestro matrimonio, que ya era bueno, se volvió increíble.

    ¿Defectos? Bueno… uno: tiene una obsesión con la limpieza. Se ducha dos veces al día, y tras cada encuentro sexual también. Personalmente, disfruto su olor natural, y me gustaría que fuera más evidente a veces. Pero si eso es lo peor, soy un hombre afortunado.

    Lo mejor de todo es la confianza. Janet jamás estaría con otro hombre, y yo tampoco la traicionaría. Somos humanos, claro. Ella disfruta ver hombres atractivos, y yo no puedo evitar admirar a las mujeres hermosas. Tenemos un acuerdo: mirar está bien, tocar no.

    Miércoles.

    Salí temprano al trabajo, dejando a Janet dormida. En febrero, hay poco trabajo de jardinería, así que se quedaría en casa. En mi oficina era un gran día: una reunión crucial con un cliente importante. Todo estaba preparado, el ambiente era optimista.

    A las 11:30 todo iba bien. A las 11:35, todo se desmoronó: el vuelo de nuestros clientes fue cancelado por niebla. La reunión tendría que reprogramarse. No era una catástrofe, pero sí frustrante.

    Decidí irme temprano a casa. Al llegar, la puerta estaba cerrada, pero no intenté hacer silencio. Esperaba encontrarla en la sala, tal vez cocinando. Pero no. Escuché un gemido desde el dormitorio. No sonaba exactamente como cuando teníamos sexo; era más exagerado, más falso.

    Abrí la puerta con cautela.

    Janet estaba desnuda sobre la cama, masturbándose con la mano. El portátil frente a ella mostraba claramente que estaba en un show de cámara web. Lo cerró de golpe al verme.

    —¡Dios mío, no, nooo!

    Lloró de inmediato. Lloró de verdad.

    Me senté a su lado. No grité, pero claramente estaba molesto.

    Me confesó todo. No lo hacía por dinero. Usaba una página donde ganaba “buttcoins”, una especie de moneda digital que ni siquiera había canjeado. Dijo que necesitaba hacer algo “prohibido”, algo que se sintiera travieso sin romper nuestro acuerdo de fidelidad.

    Técnicamente no me había sido infiel… pero no dejaba de doler.

    Después de un largo silencio, ella preguntó:

    —¿Lo he perdido todo? ¿Aún me amas?

    Le respondí con sinceridad:

    —No lo sé… pero creo que sí. Te amo. Y creo que puedo perdonarte.

    Ella no se lo esperaba tan fácil.

    —En la Iglesia católica, el perdón requiere arrepentimiento… y expiación.

    Yo respondí con sarcasmo, tratando de aligerar:

    —¿Vas a rezarle a la Virgen o quieres que te azote?

    Pero entonces se me ocurrió una idea. Peligrosa. Extraña.

    —Como expiación, no te vas a bañar ni a lavar durante cinco días. Ni una sola ducha. Solo te puedes lavar las manos después de ir al baño y los dientes como siempre. Y si haces pis, no te limpies.

    Se quedó impactada. Luego, lentamente, asintió.

    —Es asqueroso. Pero tiene sentido. Lo haré.

    Jueves.

    Me desperté con ella abrazándome. Su aroma aún era el mismo, tal vez un poco más fuerte. Fue al baño y me llamó.

    —¿Vas a mirar? Si voy a orinar de pie, lo mínimo es que me veas.

    La miré orinar de pie, algo torpe pero exitoso. Las gotas le corrieron por las piernas.

    —Límpialas —me pidió.

    Me arrodillé y la limpié con la lengua.

    Mientras se vestía, me preguntó:

    —¿Uso la misma ropa interior toda la semana?

    —Claro. Hace todo más efectivo.

    La ropa interior blanca pronto cambiaría de color.

    Esa noche, ya podía oler su cuerpo cuando la abracé. Le daba vergüenza, pero yo le dije que olía deliciosa. Cenamos, vimos una película y nos fuimos a la cama.

    La desnudé lentamente, besando su piel salada, oliendo sus axilas con intensidad. Estaba avergonzada, pero excitada. Me metí entre sus piernas y la lamí.

    —¡No! Estoy sucia —protestó.

    —Pues este será tu único lavado.

    La hice correrse y después ella se sentó en mi cara, empapándome. Nos dormimos abrazados.

    Viernes

    No tuvimos tiempo para mucho por la mañana, pero orinar de pie parecía convertirse en un ritual. Janet iba a trabajar al aire libre, así que su olor no molestaría tanto.

    Yo salí temprano del trabajo, encendí la computadora en casa y busqué sus shows. Encontré tres videos en baja calidad. No eran muy largos, pero eran intensos.

    Los preparé en el proyector. Cuando ella llegó, encendí los videos sin decir nada.

    Se quedó helada. Su imagen gigante en pantalla, masturbándose con un pepino.

    Le ofrecí café con coñac.

    —¿Quién subió eso? Tiene pésima calidad —dijo con una sonrisa forzada—. Déjame mostrarte cómo se hace.

    Trajo un pepino de la cocina, se desnudó y empezó a imitar la escena. Cuando la Janet de la pantalla terminó, me arrojó el pepino:

    —Come.

    Obedecí. Ella hizo una especie de show en vivo frente a su propia grabación. Fue brutalmente excitante. Luego me advirtió:

    —¡O apagas eso o me visto antes de cenar!

    Apagué. Cocinamos desnudos. Después, hicimos 69. Sus axilas olían fortísimo, su vulva tenía sabor a sudor y tierra. Me corrí enseguida. Ella también. Nos dormimos pegados.

    Sábado.

    Despertamos tarde. Ella observó su ropa interior manchada con cierto disgusto, pero se la puso. Fui al supermercado solo; temía que la echaran si iba así.

    Cuando regresé, me sorprendió. Se masturbaba en el sofá, proyectando un video en Full HD. Tenía una colección privada de todos sus shows. Más de tres horas.

    —Esta es mi venganza por la picazón que me provocaste —dijo sonriendo—. Te vas a pasar el día con la polla hinchada de tanto mirar.

    Comimos en silencio, viendo los videos. Yo desnudo, con una erección constante. Ella también miraba, orgullosa.

    —Es una lástima tener que dejarlo… Pero no me arriesgaría a repetir la semana de mugre.

    —¿Por qué lo hiciste de verdad? —le pregunté.

    —Por la sensación de degradación. Por romper un tabú. No fue por traicionarte, fue por sentirme sucia. Sensualmente sucia.

    —¿Quieres seguir haciéndolo?

    —Quizá. Pero no si me cuesta tanto. Aun así… me encantó.

    Nos fuimos a la cama y terminamos la noche como los días anteriores: con sexo sucio y sudoroso, intensamente conectado. El dormitorio ya empezaba a oler fuerte. Pero no nos importaba.

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  • Mi última reunión sexual

    Mi última reunión sexual

    Resulta que pasaron los días, mi esposo me dijo que le había escrito el amigo pelucón diciendo que quería mi cuerpo exuberante y otras cosas más, la verdad que estaba asustada al máximo por temor a que le cuente lo que hicimos a mi esposa, ya que cumpliría su palabra de nunca más reuniones, pero me tranquilizó cuando me dijo que esperaría mi respuesta, le contesté que tenía miedo su enorme verga, pues a decir la verdad durante esos días mucho me dolía el vientre y al parecer era por semejante cachada que recibí de su parte pues en su excitación me cachaba hasta el fondo sin asco, por ello le dije a mi esposa que mejor lo bloquee y no reciba sus llamadas, mi esposo dijo que si yo no quería no había problema, no se podía forzar nada, pues no imaginaba lo que hice.

    Le dije que por favor necesitaba aunque sea un hombre para el sábado, dijo que había uno que siempre le insistió y que en una ocasión no fue por problemas que tuvo en su trabajo , le dije que se contacte, le llamo en ese momento el cual aceptó para el sábado, le propuso que iríamos a bailar a una discoteca, divertirnos y luego al hotel, le dije que si y estaba perfecto, así el día salimos rumbo al encuentro.

    Desde que nos conocimos se comportó como un caballero, era de contextura normal, pero tenía unas piernas gruesas que me excitó, hasta por su forma de tratarme como una princesa, era muy conversador y alegre el amigo.

    Entramos a la discoteca y no permitió que mi esposo gaste en las bebidas y todo, bailaba a cada momento conmigo, muy poco bailaba mi esposo aunque nunca le ha gustado el baile, me hablaba lo que quería hacerme que me excitaba, a medida que estaba ebria me gustaba mucho hasta que me preguntó sobre mi fantasía sexual, le dije que una buena orgia sexual con vergones, me habló de hacer un gang Bang, hasta ese momento no sabía que era eso y me explicó que tenía amigos sexualmente fuertes para eso le preguntamos a mi esposo quien nos respondió si mi esposa lo desea no hay problema.

    El veneco coordino con sus amigos el hotel donde nos encontraríamos y fuimos rumbo al hotel, yo estaba caliente, pienso que algo me dió en la bebida, estaba súper arrecha, tomamos un taxi mientras en el camino besaba a mi esposo y al hombre, llegamos y habían dos amigos suyos esperando en la puerta del hotel, un flaco y un moreno altos los dos, entramos y el hotelero dijo que no podíamos entrar todos a un sólo cuarto que tenían que alquilar otro cuarto más, el falco y el moreno alquilaron un cuarto y yo el veneco y mi esposo otro.

    En el cuarto nos desnudamos y el veneco tenía una buena verga nada despreciables que me aloco mientras mamaba su verga, mi esposo me cachaba culo y concha, mientras me decía, está noche te rompemos el culo y la concha, eso quiero mi amor, porque la verga de mi esposo es chica le dije, parecía que mi esposo se daba cuenta no lo sé, se dio la vuelta y el veneco me cachó por el culo con fuerza que me hizo gritar del dolor, mi esposo le reclamó y él se arrodilló pidiéndome perdón, me cachó por la concha sintiendo la vergaza invadir mi concha, hasta eyacular harta leche, tocaron la puerta y entraron los dos amigos, saludaron a mi esposo y se desnudaron para ver sus enormes vergas.

    La del negro era enorme gruesa toda, el flaco también la tenía grande, les dije que el flaco primero y el negro después, mientras el veneco se reponía de la lechada que había descargado, mi concha estaba mojadita, mientras mamé las dos pollas enormes y mi esposo grababa el acto, si que eran grandes y yo estaba súper excitada, subí sobre el flaco que me cachó rico era larga su verga que lo sentía toda adentro y me causaba un poco de dolor quizás por los dolores que tenía en el vientre, pero no me importaba.

    Yo cabalgaba sobre él, tomé su pinga y la metí de a pocos en mi culo que sentí que me extendía el ano para bombearme poco a poco hasta hacerme gemir de placer, sacó su verga y me lo metió por el culo, para que el veneco venga y me caché por atrás fue la doble penetración más deliciosa que probé mientras seguía mamando la verga del negro, hasta que sentí que se vinieron los 2 uno por mi concha y el otro en mi culo.

    Pues yo también me había venido dos veces, el negro me tomó del culo y me metió la verdad que ya no aguantaba mi culo o será que pasaba los efectos de la excitación porque me dolía todo el culo y empecé a llorar, me echó boca abajo y me cachó por la concha que sentía que me destrozaban todo mientras le rogaba que eyacule, hasta que el fin dejó a chorros su leche sobre mi culo y concha que todo me ardía, se despidieron de mi esposo mientras me dormía con el culo super adolorido.

    Al otro día nos levantamos en el hotel y amanecí mal, mientras sale decía a mi esposo que me dolía todo hasta el vientre me dolía, fuimos a la farmacia y la señorita nos preguntó los síntomas por lo cual se me ocurrió decirlo que mi esposo había comprado había comprado un consolador enorme y me lo había introducido todo y eso era, se asustó y nos recetó unas cremas pastillas y me puso una ampolla que al final me recuperé, fue algo terrible que me asustó mucho.

    Días después se había comunicado el pelucón con mi esposo para enviarlo los videos de la gran cachada que me había dado, eso rebasó los límites para mi esposo quien me reclamó mi falta de respeto y me dijo que nunca más haríamos una reunión, lo cual acepté sin reclamar. Hoy vivimos en España tranquilos.

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  • Buenas nuevas experiencias

    Buenas nuevas experiencias

    Venía experimentando cierto aburrimiento en cuanto a mi vida sexual en Buenos Aires.

    En un pasado había usado aplicaciones de citas, pero no las usaba más de un mes. Sacaba los contactos que me interesaban, me agregaban a IG, pero era siempre lo mismo.

    Si bien experimenté en el gimnasio, en la reserva ecológica, en un sauna, pero eran cosas esporádicas y cogía siempre con los mismos que sacaba siempre de los mismos lugares.

    Una tarde de mis vacaciones, aburrido, decido bajar una famosa aplicación de citas gays. Subo mis fotos, una escueta descripción, 1,85 cm, activo 23×8 de Cañitas, con lugar, sin drogas, higiene.

    Al instante de haberse aprobado mis fotos comienzan a caer decenas de mensajes, de pasivos, versátiles, activos, parejas, parejas hombre – mujer, dentro de todo eso, bastante de lo que ya había en IG, X y otras redes.

    Un mensaje me llamó la atención. Un masajista, fotógrafo, artista, de todo un poco. No era lo convencional que se suele ver. Delgado, tez trigueña, casi andrógino, pelo algo largo, 1,75, se describía como 1000% pasivo (si, mil por ciento pasivo); a lo que dije: ¡guau! Finalmente, cruzando unas palabras más, ¿de dónde eres? ¿Tienes lugar? Etc.; acepté ir a su consultorio. Quedamos en vernos pasadas las 18 h ya que él tenía que terminar con una clase de yoga.

    Me puse un slip blanco, una remera negra, jean, y zapatillas, tomé el auto y salí a la ubicación que me había pasado.

    Era un edificio de lo más común y corriente. Toqué timbre, me anuncié, luego de 7 min esperando a que bajara, finalmente lo hace, vestido de una especie de túnica blanca, el pelo negro largo suelto, sandalias,… imagen típica de gurú. Internamente pensaba que ya que me vine hasta acá y el vestido así de esa manera, esto tenía que valer la pena.

    Se acomoda el pelo frente al espejo del recibidor que estaba frente al ascensor, camina hacía la entrada, abre la puerta y me dice: Hola, ¡bienvenido! ¡Guau, que alto sos! (y me da un abrazo). Yo con cierta vergüenza, hice unas palmadas en su espalda, y le respondí, ¿qué tal? ¿Todo bien?

    Me responde: ¡vení, pasa!

    El ascensor de ese edificio era minúsculo. Había lugar solo para dos personas delgadas y de baja estatura pero los dos entrabamos algo apretados.

    Llegamos al 9º y último piso donde él reside.

    Me hace pasar y era un luminoso ambiente con un balcón terraza muy lindo. Todo olía a sándalo, incienso, etc. Se lo veía un espacio muy limpio y amplio a diferencia del ascensor. En un costado se veía una camilla, con un biombo plegado que se nota que es donde hace los masajes que me había ofrecido, a unos escasos metros, otro espacio con almohadones y una alfombra donde hace clases de Yoga y en otro costado pegado a la ventana, el famoso tatami y un mueble bajito con cremas, aceites, plantas. Enfrente un sillón y afuera en el balcón, muchas plantas, dos sillones de mimbre, una pequeña mesita, y en un extremo me llamó la atención una especie de enrejado con cintas negras.

    Me senté en el sillón y me dice: ¿bueno, como estas? ¿Te sentís cómodo?

    Yo: si, que lindo departamento.

    Bueno, ¡gracias!, me responde. Es mi hogar y santuario. Pero ahora decime, sos un tipo grandote, llamativo, de buen lomo, ¿que te hace estar buscando en aplicaciones?

    Yo: estaba buscando algo diferente a lo usual que me aparece siempre en Instagram u otras apps. Además, demasiadas vueltas.

    Él: ¿y que te convenció de mi perfil? No soy justamente un tipo hegemónico ni de gym. ¡Mira como te recibo!

    Yo: me hiciste reír, creo que precisamente eso que te decía, lo diferente.

    Se levantó, se ató el pelo haciéndose un rodete y me dice: mira, yo te puedo mostrar cosas que te van a hacer sentir bien. Hoy en modo de conocerte y que me conozcas, te ofrezco gratis un circuito de tres momentos de placer que te van ser sentir pleno, vas a expandir tu sexualidad y te vas a ir livianito. Si te gusta la experiencia, la próxima me agendas un turno y te cobro. ¿Te parece?

    Yo: ¡me encantaría, dale! ¿Qué tengo que hacer?

    Él: sacate la ropa y solo quedate en ropa interior.

    Me desvestí como ordenó y me quede en slip. Él me miró de arriba abajo mordiéndose los labios y suspirando. Me indica que va a cubrir mis ojos con un antifaz, y que ahora yo solo me tenía que brindar al placer, al sentir, al escuchar y a relajar mi cuerpo. Subió el volumen de la música suave y escucho que abre la tapa de un envase, se frota las manos y me pide que inhale y exhale profundo. Voy a pasarte una pluma para barrer las malas energías (aclaro que era una pluma larga, desconozco de que ave).

    Comenzó con mi cabeza, con mi nuca, la pasaba por mis hombros, por mis dorsales, por mi espalda baja, la pasó por mis nalgas, (me pidió que separara un poco más las piernas), la pasó por mis abductores, isquios, y eso ya hizo que mi pija se ponga gomosa. Moví mi mano hacía adelante para acomodármela. Él me dice: ¡shhh quietito! Siguió pasando la pluma por mis pantorrillas, pies… Da la vuelta y se pone enfrente. Podía sentir su respiración.

    Y vuelve a pasar la pluma desde mi cabeza, mis hombros, mis brazos, mis pectorales, mi abdomen, cuando llega a mi bulto, hace varias pasadas más que en otras partes del cuerpo. Yo inhalaba y exhalaba buscando que se calme y se quede dormida, pero no había caso, comenzó a hincharse. Peor aun cuando, percibo que se arrodilla para pasar la pluma por mis cuádriceps y siento un calorcito húmedo sobre mi bulto. Eso hizo que se descontrolara más. Como les he dicho en otros relatos, mi verga tiene vida propia, su propio impulso. Seguí respirando para pensar en otra cosa.

    Deja la pluma y vuelvo a escuchar que se frota las manos con algo. Se sube al sillón detrás mío y comienza a pasar un aceite por mis trapecios, hombros, como una especie de masaje no muy profundo. Se nota que quería tocar, acariciar.

    Continua aceitando mis brazos, y mis pectorales, los aprieta, los acaricia. Lo mismo hace con mis dorsales, con mis abdominales, con mi espalda. Pasa directamente a mis piernas, por los gemelos, los aceita y los masajea suavemente, sube por mis rodillas, y se centra en mis muslos. Primero con el izquierdo, luego con el derecho. Mi pija normalmente está acomodada hacia la derecha.

    Sube con las yemas de sus dedos, por el muslo derecho rozándome suavemente el paquete y haciendo que se ponga como piedra, logrando que la cabeza de mi verga se hinche y se asome por el borde del slip. Siguió masajeando unos instantes más y lo que al instante empecé a sentir sobre la cabeza de mi chota fue una lengua, que muy suave jugaba con ella. Yo no podía más.

    Me tomó de un brazo y con un suave empujón, guiándome me pidió que dé unos pazos hacía adelante, con mi pie toqué que había una especie de alfombra, y me dice suavemente: sentate acá, y recostate hacía atrás. Me levanto suavemente de la cabeza y acercó un almohadón para que estuviera más cómodo. De igual modo, tomó cada una de mis piernas, y separándolas bien, cada una sobre un almohadón, quedé recostado con las piernas muy abiertas.

    Yo seguía con los ojos tapados y con el slip blanco puesto con una erección que hacía que estuviera por estallar. Segundos después siento que él se acomoda entre mis piernas, realiza unos masajes sobre ambos muslos con ambas manos, acerca su cara a mi bulto, pasa su lengua por el costado por el cual se escapaba la cabeza de mi chota, y vuelve a ponerse tensa y con ganas de que la liberen.

    Él me levanto el antifaz y me pregunta: ¿me das permiso de seguir? Voy a sujetarte de las muñecas y de los tobillos. Si algo te hace sentir incomodo o no te gusta por favor decímelo.

    Yo: Ok, dale. Continúa.

    Debajo de cada almohadón había unas esposas y sujetadores con abrojo. Los suelta y los coloca en mis muñecas y alrededor de mis tobillos. Si hacía fuerza, podía liberarme si lo deseaba, pero me dejé llevar.

    Termina de sujetarme y vuelve a cubrir mis ojos con el antifaz. Hace unas caricias sobre mi cuerpo, y comienza a pasar sus manos por mi bulto, lo aprieta, lo acaricia, empuja y saca mi verga por el costado por el cual se escapa por mi slip y comienza con un hermoso lengüeteo que se va transformando en succión. Mi chota era un mástil de lo erecta que estaba. La ensalivaba y la masturbaba cuando se cansaba de mamar.

    Llegó un momento donde se levanta la túnica/camisón blanco que llevaba puesto, se posicionó encima de mí y se fue sentando despacio sobre mi pija. Gemía y le dolía, tomó mas de su aceite de masaje, se colocó en su culo y me lo pasó por la pija. De esa manera, volvió a intentar y de a poco fue entrando. Cuando mis huevos golpearon su orto, se detuvo y espero a que se adapte. Yo respiraba agitado pero del placer.

    Comenzó con un leve sube y baja y gemía con cada movimiento, abría con ambas manos sus delgadas nalgas para que entre toda mas fácil. Aceleró las embestidas y yo quería incorporarme para penetrarlo a mi manera y sepa lo que era la sumisión, pero con una mano me empujo para que continue acostado y relajado y me dejara llevar. Continuó así unos instantes mas en donde ambos gemíamos. Finalmente se detuvo, respiraba agitado y me dijo: vamos a probar otra cosa. Te va a gustar.

    Liberó primero mis piernas, luego levantó el antifaz, me miró a los ojos, y sin soltarme de los brazos me besó. Me soltó de las muñecas. Me puse de pie, y nos besamos de manera morbosa.

    Me dijo que mi pija era muy grande para él y que le dolía. Me llevó al balcón. Yo seguía desnudo y él con esa especie de túnica. Me dijo: vení, subite acá. Eran dos tiras de madera que estaban sobre el piso y que sujetaban ese enrejado de metal y madera. Se sube a un banquito, levanta uno de mis brazos y lo sujeta a una de las tiras de abrojo como las que usaba en el tatami. Luego lo hace con el otro brazo. Me baja el antifaz, sujeta mis pies, y pasa una de esas cintas a la altura de mi abdomen de manera de inmovilizarme. Lo positivo que hacía algo de calor, al ser un piso alto, no había mosquitos.

    Vuelve a aceitar mi cuerpo y sobre todo mi pija y comienza con un juego que se llama cumcontrol. De diferentes maneras masturba mi pija para ponerme muy muy al palo, y cuando estoy por acabar le aviso y se detiene. Encendió un vibrador negro de esos parecen un micrófono, y lo pasaba suavemente por mi pija, por mis huevos, por mis tetillas, el placer era de lo mejor que había sentido en años. Por momentos lo pasaba por mis tetillas, mientras con la otra mano me masturbaba o me chupaba la pija y/o los huevos mientras jugaba con eso en mi perineo. Todo era el súmmum del placer. Con ambas manos aceitadas me pajeaba, me pedía que se detenga que iba a larga leche. Entonces se detenía.

    Apretaba mis tetillas, con unos broches, les pasaba por encima el vibrador, y así un rato.

    Para finalizar, se subió a ese banquito de madera que tenía cerca para sujetarme los brazos, se introdujo mi pija en su culo, comenzó a moverse, yo gemía exhausto. Tenía calor, sed, necesitaba acabar porque la sensación de que el termotanque de leche que sujetaban mis huevos, me iba a hacer explotar.

    Mientras se movía sobre mi pija, gimiendo y pidiendo leche, enciende ese vibrador y lo pasa por mis huevos, no dije nada y me aguante y en un relincho de caballo le solté adentro los litros de leche que tenía. Éramos sudor, semen, aceite. Y me dice: ¡¡no me avisaste que ibas a acabar!! Ayyy dios me cae leche por todos lados. Veía lo agitado que estaba y se sube al banquito para soltarme de los brazos, me libera del torso, y yo prácticamente cuelgo la cabeza hacia abajo de lo casi por desmayarme que estaba. Me libera de los pies, me besa nuevamente, toma mi pija entre mis manos, la masturba suavemente.

    Ve que sale algo de leche y se arrodilla rápidamente para no perderse una sola gota. Al hacer eso le comenzó a caer leche del culo. Me dice: ¡ayy corazón, estabas hecho un tambo! Como acabaste. Me baje de ese lugar y me senté en uno de los silloncitos de mimbre. Me trae agua fresca y me invita a pasar a su ducha.

    Sin dudas una de las mejores experiencias de placer y sexo que tuve en mucho tiempo. Me despedí, volví a mi casa, me recosté haciendo tiempo para pedir el delivery y me desmayé de cansancio.

    Dormí como nunca. 15 días después, lo contacté para repetir.

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  • Yoli, una hermosa y descarada puta

    Yoli, una hermosa y descarada puta

    Me han aparecido propuestas bastante sorprendentes a través de los años, pero esta última verdaderamente me he dejado boquiabierto.

    Regularmente visito algunos restaurantes de la competencia y donde me atienden muy bien y la mayoría de las veces no me cobran y de esa manera también nosotros devolvemos sus atenciones.

    En esta ocasión visitaba un restaurante peruano y cuyo dueño es alguien que, sin considerarlo un gran amigo, tenemos una buena comunicación. Eran las diez de la noche y a solas observaba el ambiente a los compas de un ritmo de música salsa y el sabor de un buen güisqui. Este lugar se vuelve pista de baile después de esa hora.

    Obviamente es cuando se mira que se forma el ambiente y se miran grupos aparecer y alguna que otra chica o chico, al igual que yo van a solas. A un costado de donde está mi mesa hay un grupo de cuatro chicas y dos chicos que casi todos bailan entre sí, excepto una chica de cabello castaño y un chico que intuyo son contemporáneos en sus treinta años más o menos. Una chica muy hermosa que viste más que sensual pues se atreve a mostrar una buena porción de sus llamativas tetas y que desde mi ángulo puedo ver en ocasiones la prenda más íntima que una mujer puede vestir pues su falda está diseñada para casi mostrarlo todo.

    De repente veo al chico levantarse e ir al baño y donde esta bella mujer hace lo mismo, pero ella se une al resto del grupo a bailar. Todas las chicas vestían similar, pero esta mujer llevaba cierta vibra que te hacía quererla ver y disfrutar de lo bello de su rostro y cuerpo en ese movimiento tan sensual y armonioso con la música. Vi al tipo llegar de nuevo y esta chica se le unió después de algunos veinte minutos de baile. No miré que fuesen afectivos el uno con el otro e imaginé que eran algún grupo de amigos.

    Llegaron las once y media y ya me había programado para abandonar el lugar a medianoche. Pedí mi último quisqui pues solo me permito tres, aunque mi casa solo está a 10 minutos del lugar en una ciudad que a esa hora están prácticamente las calles vacías.

    De repente veo al mismo chico que estaba con esa bella chica y me aborda con una pregunta: -¿Puedo sentarme aquí? -Le dije que no había problema y quizá porque vio mi vaso solo con hielo pues mi último güisqui no había llegado este chico me estaba invitando a uno. Le expliqué que ya lo había ordenado, pero aquello me comenzó a dar mala espina pues asumí que el chico era homosexual y que yo era el objeto de su conquista. Luego vino con la pregunta que hizo me irritara un poco.

    -¿Esperas a alguien?

    Le dije que no esperaba a nadie, pero que estaba a punto de retirarme. Su voz era muy masculina y sus ademanes igual. Lo que me incomodaba era la forma de cómo me abordó y fue cuando le pregunté por la chica:

    -¡Bonita tu novia!

    -No… ella no es mi novia. Yoli no tiene novio… creo nunca ha tenido uno. A ella le gusta la aventura… ella no es de novios.

    -Interesante. -le dije.

    -Y… a propósito y es por eso por lo que me acerque a tu mesa. ¿Tú eres casado?

    -Creo que eso no debería importarle a ti ni a nadie. -le dije algo molesto.

    -¡Disculpa! No es mi intención molestarte. Es que te miras un hombre muy serio… hombre de hogar y me veo obligado a proponerte algo y no te conozco.

    -No propongas nada entonces. Yo estoy tranquilo disfrutando la noche con un güisqui y si quieres proponerme lo que yo imagino te sugiero no lo hagas.

    -No me mal entienda. Usted dice que le gusta Yoli. ¿Le gustaría cogérsela?

    -¿Y a qué viene tu pregunta?

    -Mire, por un buen tiempo yo me la he querido llevar a la cama y créame que he hecho todo lo posible y siempre me ha dado las largas. Hoy me ha dicho que solo cogería conmigo si consigo convencerle de que con usted hagamos un trío esta noche.

    -¿Tú estás enamorado de esa chica? ¿Estás dispuesto en compartirla?

    -Quizá estuve enamorado de ella y hasta pensé casarme con ella, pero con el tiempo he aprendido que Yoli solo mira a los hombres como objetos de aventuras. Hoy quizá solo sienta la obsesión de cogérmela.

    -Lo siento por ti. Tú has caído en su juego. Escucha bien lo que te voy a decir: Aquí en estos momentos hay chicas tan lindas como tu amiga. No sigas sus pedidos o instrucciones… ese es su juego… deja de ser su juguete y quizá algún día menos pensado te llamara y te pedirá que te la cojas.

    -Amigo, le doy $1000.00 para que me haga el paro.

    -Yo te ofrezco lo mismo para que me dejes en paz.

    Aquel chico se levantó disculpándose y regresó a la mesa donde estaba su grupo y esa chica que lo tenía como títere. Ya me había tomado el último güisqui y tomé la vertical y me fui donde estaba la cantina y saldar mi cuenta y como en muchas ocasiones era de solo darles la propina. Yo que volteo hacia la puerta y allí estaba ella. Me saludó con un “hola” y me dio su nombre. Me extiende la mano y le doy mi nombre.

    Ella comienza a caminar junto a mí y es donde le hago saber que me estoy retirando. Me dice que deseaba tomarse un cóctel conmigo y es donde le aclaro que, si se trata de la propuesta de su amigo, yo no estaba interesado.

    -¿Cuál fue su propuesta? -me preguntó.

    -Me habló que viene deseando coger contigo y que tu sólo le permitirías cogerte si me convencía en hacer un trío. Incluso me ofreció dinero.

    -¡¡Ah… que Omar!! ¿No sé por qué tiene siempre que inventar?

    -¿Era una farsa su propuesta?

    -¿Cómo le explico? El trío yo le dije que yo me encargaría de convencerlo a usted. Lo único que le pedí a Omar es que lo invitara a nuestra mesa. Y siendo honesta usted es un hombre que me parece muy interesante y además muy guapo. La verdad me gustaría coger con usted.

    Así de claro y frío me lo decía. Quizá en otras circunstancias la hubiese dejado hablando a solas, pero de su cuerpo emanaba un perfume tan sensual que sabía mi verga comenzaba a gotear, aunque no la tenía parada. Ella salía caminando conmigo y llegábamos al estacionamiento del lugar. Y ella me preguntó:

    -¿Qué no le provoco, aunque sea un poquito?

    -Yoli, eres una mujer muy hermosa pero solo tengo sexo con chicas de mi confianza, que saben que esperar de mi, pues mis amigas saben que no me gusta preguntar, no me gusta rogar y hago con ellas todo lo que se me viene en gana.

    -Entiendo señor Zena… es por eso por lo que usted me atrae… se mira muy confiado de sí mismo y estoy muy segura de que siempre obtiene lo que quiere. Lo supe desde que lo vi por primera vez, sé que usted sabe lo que quiere.

    -¿Dime… es Omar solo tu amigo?

    -No sé qué más le haya dicho. Omar y yo vivimos como pareja, aunque no somos casados. Tenemos una relación abierta y uno de nuestros acuerdos es que nos tenemos que decir con quién queremos coger y hoy le dije que usted me atraía y que se me antojaba y que lo convenciera a venir a nuestra mesa. El junto a sus padres tienen muchos negocios y poder adquisitivo y es por eso por lo que lo quiso comprar ofreciéndole dinero.

    Ella vio que abrí la puerta de mi coche y en esta ocasión llevaba mi camioneta Escalade la cual es muy espaciosa. La tengo frente a mi y veo ese bello rostro con esa sonrisa coqueta, le doy una mirada descarada a sus tetas que parecen son arregladas y a esa cintura donde aparece esa curvatura de sus llamativas nalgas. Como dije, vestía una cosa que solo le podría llamar microfalda y una especie de mini corse que le subía y comprimía sus dos enormes tetas y te dejaba ver ese abdomen muy sensual donde una piedra brillaba en su ombligo.

    Sus zapatos tacón alto la ponía al nivel de mi mentón y yo mido un metro ochenta y seis. Yoli tiene un hermoso cuerpo llamativo, cualquier chico voltea a verla y cualquiera y sin pensarlo dos veces se la llevaría a la cama. Y antes que le dijera que le deseaba una buena noche me lo dijo de esta manera:

    -Antonio, déjame probar, aunque sea un par de minutos su verga. Me tiene tan caliente que por lo menos me gustaría chupársela por unos minutos.

    -Sube. -le dije. – Voy a dejar que me la mames, pero recuerda lo que te dije antes: Yo hago lo que yo quiero.

    Se subió a los asientos traseros que son bastante cómodos pues se pueden reclinar prácticamente a noventa grados y le pedí que se acostara a la inversa en uno de los asientos, lo que significa que su cabeza me quedaría donde uno regularmente se sienta y su torso por sobre el espaldar y parte de sus piernas reposarían sobre la tercera línea de asientos. No le quité nada de su ropa, pues con lo que vestía no era necesario quitarle nada para penetrarla. Yo solo me quité la chaqueta, encendí el vehículo para poner el aire acondicionado, me desabrocho el pantalón y le dejo caer la verga por sobre su rostro. Yoli solo exclamó: -¡Que hermosa verga tienes!

    Regularmente muestro cierta delicadeza cuando una chica me va a hacer sexo oral y regularmente esto nunca pasa si yo no me siento lo mas limpio posible. Aquí había pasado tres horas en este lugar y había ido a orinar en un par de ocasiones, no me sentía lo más higiénico posible, pero también sabía que esta chica estaba más que cachonda, que se había tomado algunos tragos y eso mitigaría ese olor a orín, aunque a muchas chicas les gusta ese olor rezagado.

    Comencé a literalmente a cogerme su boca y ella me atrapaba mis nalgas con sus manos. No le dejaba mucho a hablar, pues mi verga entraba y salía lo más que podía que quizá era solo la mitad, pero tan pronto le di un respiro ella me decía: ¡Que pito más hermoso tienes!

    De la manera que Yoli hablaba descubría que era mexicana. Ella me mamaba el falo y ella misma comenzó a masturbarse haciendo su tanga a un lado. Un panochón con un clítoris grande y bien depilado. Miraba lo rojizo y brillante de sus labios y su vulva comenzó a chapotear con esa fricción de sus dedos. Con los minutos decidí asistirla con la chaqueteada y comencé a rozarle con mis dedos ese clítoris y hurgar mis dedos en su cueva donde se podía sentir ese calor y la vibración de las paredes vaginales y podía sentir su apretón. Ella en una pausa en su mamada me decía: -Méteme los dedos papito… si así cariño… que delicioso.

    Ella por su juventud y creo que las mujeres son mas flexibles que nosotros los hombres, cuando le dije que se pusiera en cuatro entre medio de los dos asientos de la segunda fila me elevó sus nalgas para acomodarme en ese espacio, pues por mi altura eso se dificulta mucho. La tanga estaba super mojada y solo la hice de un lado para clavarle mi pito como ella le llamaba. Esta chica a pesar de su panochón el cual se miraba de un exterior muy amplio, en realidad en su entrada y hueco vaginal era bastante reducida que se podía sentir esos apretones de las compresiones de su vulva.

    Yoli comenzó a moverse golpeando mi verga en retroceso y yo la impactaba haciendo sonar sus nalgas. Aquel vehículo se movía al compás de ese ritmo que ya parecía terremoto y esta mujer seguía con ese chaqueteo a su panocha mientras recibía los impactos profundos de mi verga y me comenzó a decir: -Así papito, si así así…que rico está tu pito mi amor… dame, dame dame.

    Yoli jadeaba, gemía y le salía una voz chillona alabando mi verga. Seis minutos quizá habían pasado dándole en cuatro cuando sentí ese apretón de su vagina y como esos espasmos interiores masajeaban mi verga muy delicioso y me la comenzó a pedir con estocadas más fuertes: -Dame mi amor, rómpeme la panocha, dale, dale, dale… no pares que me vengo, dale, dale, dale… uff me vengo, me vengo, me vengo. Sus caderas temblaban sin control y esta mujer gritaba y quizá por eso no me corrí junto a ella, me tenía en tensión pensando que alguien alrededor nos podría escuchar, pues ver era casi imposible, esta camioneta tiene los vidrios traseros polarizados.

    Tuvo un orgasmo muy intenso y luego yo me acomodé y me senté arrecostado en el asiento. Recliné el asiento del conductor hacia adelante para crearle más espacio y le pedí que se sentara en mi verga. Ella lo hizo con una flexibilidad felina y desamarré ese corse y liberé esas enormes tetas y estaba en lo cierto, eran unas tetas arregladas. Comencé a chuparle las tetas mientras mi verga gozaba de la humedad y calor de su vagina, pero luego le dije de esta manera: -Metete mi verga en tu culo… quiero correrme en tu culo.

    Se volvía a acomodar y con la punta de mi verga llena de sus jugos vaginales y los preseminales míos lubricó su ano y sin pensarlo mucho, ella tomando mi verga comenzó con la tarea de hacer mi verga desaparecer en su culo. Al principio fue algo incómodo para ambos, pues era de hacer algunos movimientos en un espacio reducido y, mientras ella hacía la tarea, yo seguía chupando esos duros y enormes pezones. Sentí cuando su ojete cedió y mi verga se hundió poco a poco en su ano hasta que Yoli estaba completamente sentada en mis piernas viéndome a los ojos y me dijo:

    -¡Eres un hombre maravilloso!

    -Y tú una puta bien puta.

    -Por hombres como tú hay putas como yo.

    -¿Y eso qué quiere decir?

    -Que por un hombre tan guapo como tú, uno se vuelve una puta. Tony, yo quiero ser tu puta… ese pitote que tienes lo quiero sentir en todos mis huecos mi amor… cógeme como tu quieras… me encanta sentir tu pitote.

    Le mamaba las tetas y el cuello y Yoli hacía ese vaivén sobre mis piernas. Su culo me transmitía ese mismo vibrar, esa misma compresión muscular que su vagina y todo se mantenía con ese movimiento placentero de sentir los movimientos de Yoli masajeando con su culo mi verga y de repente me comenzó a besar la boca, primera vez que lo hacía y me decía cosas como: -Estás tan rico papasito y ese pitote que tienes está divino. – Ella movía su pelvis con desesperación y supe que se le acercaba el orgasmo.

    Ella seguía buscando mi boca y sentí como su ano se contrajo y gemía con esa voz chillona de nuevo: -Uff… cariño me vengo, me estás haciendo correr otra vez… eres un cabrón para coger… me hiciste acabar por el culo cabrón. – Yo escuchaba su letanía y ya me tenía a mil que con unos pocos movimientos le descargué mi corrida en su culo. Aceleré mi embate con estocadas fuertes y profundas hasta sentir que salía la última gota de esperma.

    Veinticinco minutos había pasado y le había sacado dos ricos orgasmos y me había entregado cada orificio cogible. Obviamente la camioneta estaba impregnada con ese olor del sexo y Yoli volvía a maquillarse haciéndose retoques en su rostro y cepillar su cabello castaño y largo. Tomó un bolígrafo de un estante de mi coche y escribió su número de teléfono y me lo entregaba diciendo: -Espero que no sea la única vez que cojamos… Tienes una pitote muy hermoso que me encanta y quiero cogérmelo otra vez.

    De su cartera sacó otra tanga blanca y me dejó la mojada de una manera muy descarada en el compartimiento delantero. Me dio otro beso de lengua en el cual volvía a descubrir el olor de mi verga y con una sonrisa muy coqueta y relajada me deseó las buenas noches con un ademan de su mano que me indicaba le llamara.

    Sali del estacionamiento rumbo a mi casa donde me fui a dar un baño caliente para hundirme en el yacusi y tenía esa tanga blanca entre mis manos y oliendo el sexo de Yoli y recordando lo que acababa de pasar. La verdad que he encontrado a chicas bastante atrevidas pero la mayoría lo hace sutilmente con insinuaciones o en forma de broma, pero esta chica fue directa a pedírmelo sin pudor alguno.

    Pensando en Yoli y oliendo su tanga mi verga se volvió a poner dura y decidí enviarle un texto diciendo sin saludo alguno:

    -Me gustaría comerte la panocha y ese culito. ¿Me lo darías otra vez?

    -Cuando quiera y las veces que quieras. Tienes un hermoso pito que esta noche me voy a masturbar pensando que me coges.

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  • Quiero un camionero

    Quiero un camionero

    Decía un tipo en una canción que para ser feliz quería un camión, a bordo del cual escupiría a los urbanos y a su chica metería mano. A mí, aunque me parecía extraña la fijación del tipo, me gustaba la canción, y andando el tiempo la puse más o menos en práctica, no porque acabase siendo camionero sino porque más bien acabé haciendo, a veces al menos, de esa chica al que el camionero metía mano. Bueno, la mano y otras cosas también.

    Pero me voy a explicar mejor. No soy una chica, o no al menos lo que se podría entender como una chica en el sentido convencional del término. Y no quiero decir con esto que sea transexual tampoco. Es más sencillo. O más complicado, según se mire. La mayor parte del tiempo me comporto como el hombre que soy y estoy perfectamente contento y feliz de ser. Pero un más por menos que tuve con unas primas mías bastante juguetonas en mi juventud, y que contaré en otra ocasión, fui desarrollando una especie de atracción fetichista por la lencería femenina.

    No era solo que me gustase ver a mujeres luciéndola y follármelas con ella puesta, que también, sino que me gustaba ponérmela yo mismo cuando estaba solo y mirarme al espejo con ella puesta, imaginarme qué aspecto tendría si hubiese nacido mujer en vez de hombre, poner poses provocativas y preguntarme si un hombre podría excitarse al verme, si podría confundirme con una mujer, si podría sentirse atraído por “esa mujer” que en realidad no lo era.

    Estas ideas me excitaban y me avergonzaban a un tiempo, y durante muchos años todo esto no pasó de ser un entretenimiento esporádico, secreto y solitario que practicaba con prendas de mi madre, mis novias y más adelante mi mujer, y que me hacía sentir una culpabilidad sórdida que lejos de apartarme de los pensamientos obscenos espoleaba más mi imaginación. Imaginaba que era sorprendido por mi mujer y azotado por ella como castigo.

    Me deleitaba pensando en que un día mis amigos de la peña de fútbol me encontrasen de esa guisa por casualidad y abusasen de mi en grupo. Soñaba despierto con ser chantajeado sexualmente por algún vecino morboso que me hubiese visto un día casualmente por la ventana. Cosas de ese estilo, que, claro está, me llenaban de vergüenza pero también de una fascinación morbosa de la que no conseguía deshacerme.

    En todo caso, durante años, como digo, no pasó de ser un vicio secreto que rara vez ponía en práctica, si bien no es menos cierto que aprovechaba las ocasiones que me brindaban los carnavales y otras fiestas en las que es preceptivo disfrazarse para vestirme de mujer y portarme, considerables cantidades de alcohol mediante, como una puta calientapollas que ponía cachondos a los tíos, muchos de los cuales, para mi perversa satisfacción, me confundían con una auténtica mujer hasta que mi voz, ronca e inconfundiblemente varonil, los sacaba del engaño de golpe y porrazo, dejándolos turbados y confusos.

    Y es que es curioso cómo el hombre gordo, bajito y no especialmente guapo que soy se transforma, con las prendas adecuadas, en una mujer voluptuosa de generosas nalgas, muslos carnosos y pechos bamboleantes (sí, soy uno de esos tipos a los que cuando engordan les salen tetas). Supongo que una de las cosas que me gusta de travestirme es precisamente la sensación de poder que me da notar que me miran con deseo, con ansia, con descaro incluso. Recuerdo haber pensado en su momento que con razón las mujeres invertían tanto esfuerzo en arreglarse y le daban tanta importancia a gustar.

    Pero me estoy desviando.

    El caso es que durante muchos años no pasó nada digamos “serio”. Pero entonces llegó la famosa pandemia, y yo, solo en casa, con mi mujer en el pueblo con su madre, aburrido y con ganas de sexo, empecé a probarme ropas de mi mujer, que como yo, es una persona más bien entrada en carnes, y a comprobar que me quedaban francamente bien.

    Me ponía cachondo mirándome en el espejo, admirando cómo resaltaba mi trasero redondeado y carnoso con los tangas de encaje, sorprendiéndome de lo bonitas que me hacían las piernas las medias de rejilla con liguero, comprobando con asombro lo cómodo que me encontraba llevando vestidos cortos y catsuits con transparencias, flipando con lo bien que me iban los sujetadores de mi santa esposa y las tetas tan hermosas que me hacían.

    Me miraba así, y me ponía tan caliente que tenía que masturbar. A veces, además de hacerme pajas, me metía un dedo o dos por el culo. Luego empecé a probar con objetos (plátanos, zanahorias, botes de desodorante) a los que colocaba un condón, sujetaba como podía en la bragueta de algún pantalón mío y cabalgaba imaginando que era la polla de un hombre lo que entraba dentro de mis entrañas.

    Todo esto, claro está, me avergonzaba una vez que se me bajaba el calentón, y me juraba a mí mismo no volverlo a hacer. Naturalmente, ese juramento se iba al garete enseguida.

    No tardé en empezar a hacerme fotos con el móvil ataviado como una mujerzuela. Fotos de mi escote en primer plano, de mis piernas en medias de rejilla rojas o negras, de mi culazo en todo su esplendor, las nalgas separadas por el hilo de tangas cada vez más escuetos. Luego empecé a grabar vídeos en los que me estrujaba las tetas y me pellizcaba los pezones, o en los que grababa cómo me introducía por el culo diversos objetos mientras gemía como toda una guarra salida.

    Pronto me entró el gusanillo de saber si los hombres que vieran esas fotos y vídeos se sentirían excitados, así que hice acto de aparición en diversas páginas de contactos y aplicaciones de ligoteo para gays, en las que colgaba mis fotos y me ofrecía para mantener conversaciones calientes e intercambiar fotos y vídeos por WhatsApp o Telegram. No sabía si habría alguno interesado, y contaba con que aquello no llegaría muy lejos.

    Me equivocaba.

    El primer día me habían escrito 15 tíos. Para el segundo, eran 45. Me vi desbordado. A la semana ya no daba abasto.

    Hombres de toda edad y condición me escribían pidiéndome fotos y vídeos, diciéndome las cerdadas más abyectas, proponiéndome pajas por teléfono, videollamadas calientes, e incluso quedar en persona saltándonos la cuarentena.

    Veinteañeros cachas que me mandaban fotos de sus cuerpos musculados y sus pollas imponentes, estudiantes universitarios que me enviaban vídeos en los que se la cascaban sin cesar mirando mis fotos, abueletes casados que me pedían que les insultase y les humillase, cincuentones salidos que me amenazaban con abusar de mi, tipos siniestros que afirmaban que me iban a castigar por puta, gitanos chulos que me ofrecían sin rodeos prostituirme con sus primos, maricas de armario que me suplicaban que les enseñase la polla, divorciados solitarios que me proponían noviazgo e incluso matrimonio… Literalmente de todo.

    Pero los que más me escribían, los que más me llamaban, los que más me atosigaban con sus atenciones, eran los camioneros: hartos, supongo, de noches solitarias en ruta, cansados de dormir en la cabina y ducharse de cualquier manera, de cumplir con sus servicios esenciales mientras el mundo parecía irse a la mierda, quizá encontraban en mí, que también, como ellos, aunque por otros motivos, era una especie de persona fuera del mundo “normal”, una fantasía que les evadía de sus problemas, una compañera de la clandestinidad (todos sin excepción siempre necesitaban la máxima discreción, y quién va a ser más discreto, por la cuenta que le tiene, que un gordo casado y con tatuajes que se disfraza de puta con la ropa interior de su mujer).

    Con algunos de ellos solo me intercambiaba uno o dos mensajes, con otros sostenía largas conversaciones lujuriosas por mensajes, con otros hacía videollamadas en las que me exhibía de la manera más lúbrica que se me ocurría mientras veía cómo se masturbaban diciéndome guarrerías. Tantos me preguntaban por mi nombre de chica que me puse uno: Vanessa.

    De los nombres de todos aquellos tipos que me mantenían prácticamente todo el día en un estado alterado a mitad de camino entre la excitación sexual, el morbo enfermizo y la sensación de culpa no recuerdo ninguno. En mi memoria sus caras, sus pollas, sus cojones, sus cuerpos, las secuencias de sus miembros eyaculando, el sonido de sus jadeos embrutecidos, todo se entremezcla en una vorágine confusa en la que suena, a veces, de fondo, la canción aquella del camión. Cosas de la mente humana, supongo.

    Al acabar el confinamiento ya no me vi capaz de eliminar a Vanessa y reducir mis escarceos con el travestismo a robarle alguna prenda a mi mujer y ponérmela a escondidas mientras ella iba a la compra, así que por ese y otros motivos rompí mi matrimonio y empecé a vivir a mi aire. Al principio me pasaba casi todo el tiempo de soledad en casa vestido con las prendas de un modesto armario que me hice con lencería de sex shop, tangas y medias del chino y un par de cosillas que le escamoteé a mi ya exmujer cuando nos separamos. Supongo que necesitaba sentirme libre para hacerlo. Poco a poco la vergüenza fue desapareciendo, y con ella la necesidad de estar vistiéndome de mujer todos los días.

    Por eso decía al principio que durante la mayor parte del tiempo me comporto como el hombre que soy, y estoy contento con eso…casi siempre.

    Porque de vez en cuando me apetece ser Vanessa por un rato, y cuando eso pasa me pongo una peluca, unas medias de liguero, un tanga y un corpiño y me enamoro de mi propia imagen en el espejo. Y me exhibo en las apps que ustedes están pensando, y recibo piropos brutales y proposiciones indecentes. Y sí, a veces quedo en persona con tipos que disfrutan de los encantos de Vanessa, la miman, la mancillan y la dejan tendida en la cama al final con el coño escocido, la peluca descolocada, la lencería hecha trizas y la cara llena de semen.

    Y sí, algunos de ellos, sus favoritos, son camioneros.

    Porque Vanessa, que soy yo, no quiere un camión para ser feliz. Quiere, aunque solo sea para un rato, un camionero. O varios.

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