Autor: admin

  • Su cintura (Parte final)

    Su cintura (Parte final)

    Pasó un tiempo desde la última vez que pude sentir su cuerpo y probar sus labios, habíamos estado en contacto por mensajes, sin embargo el pudor aparecía de una manera muy clara. Así llegó el momento de volver a encontrarnos en su casa.

    El plan surgió de la nada, pues comencé a preparar la comida de esa tarde, notando que se encontraba bastante distraída y lejana a todo. Durante la comida comenzamos a platicar, para acordar comprar una botella, beber con el fin de distraernos un poco.

    Así entrando la noche, entre tragos, risas y bromas, nuestras miradas se cruzaban de manera fuerte y tensa, como si el desafiarnos fuera el objetivo de nuestro encuentro. Comencé a tocar su pierna con suavidad notando su nerviosismo, pero ella no se apartó de mí, cabe recalcar que no estábamos solos y por eso había que disimular bastante frente a los demás. Al cabo de un rato sentí los efectos del alcohol y sin mayor control dirigí mis manos a su rostro para acariciarla suavemente mientras su mirada se dirigía a mis labios al tiempo que se sonrojaba. Ese fue el momento en que comenzó todo, el deseo, la atracción y la calidez que surgía en cada roce de nuestras manos era incontrolable, ahí me serví un trago más, mientras ella se levantó de la mesa y con una mirada fuerte se alejó por el corredor, sin dudarlo me levante sin llamar la atención para ir tras de ella.

    Al alcanzarla no espere más, tome su cintura para pegar su cuerpo al mío, la bese sin control alguno, mientas mis manos recorrían sus senos y nalgas, ella dirigía las suyas a mi miembro, mi espalda y brazos. Mis manos se deslizaron a sus piernas para cargarla sin mucho esfuerzo, con esta acción ella no pudo evitar gemir suavemente, fue ahí el momento en que comencé a besar su cuello. En ese momento tuvimos que detenernos para volver a la reunión y no levantar ningún tipo de sospecha.

    Volví a la mesa mientras ella fue a cambiar su ropa por algo mas cómodo. Al paso de la noche, bailamos un poco, platicamos. En ciertos momentos nuestras miradas se encontraban como invitándonos a besarnos y entregarnos sin problema alguno.

    Fue hasta muy tarde cuando quedamos solos en el comedor, ahí sin problema alguno pero con mucha cautela comenzamos a besarnos, recorrí a placer su cuerpo, la levante para sentarla sobre el comedor retire su short junta a su ropa interior, entonces comencé a lamer su entrepierna directamente, la mezcla de la excitación, el alcohol y la adrenalina hizo que se humedeciera demasiado, enredo sus piernas en mi cuello mientras con sus manos apretó mi cabeza hacía su cuerpo, fue ahí cuando comenzó a tener un orgasmo, ahogando sus gemidos.

    Me levante mientras desabrochaba mi pantalón, nos besamos al momento en que acerque mi miembro a ella, nos miramos fijamente cuando comencé a entrar en ella. Nos dijimos un te quiero al momento de estar totalmente dentro de ella, comencé a penetrarla cada vez más rápido mientras ella gemía ya sin control. Comencé a lamer sus senos, la volteé empinándola sobre la mesa, jale su cabello y volví a penetrarla mientras la nalgueaba, ella solo pedía que no me detuviera, sus piernas comenzaron a temblar pues estaba atravesando su segundo orgasmo, no aguante más. Jalé su cabello, apreté sus senos y comencé a descargarme dentro de ella mientras gemíamos sin control alguno. Ella se giró hacia mí para besarme, nos acomodamos la ropa y nos fuimos a dormir. Sabiendo que ese era nuestro verdadero inicio.

  • Turno hospitalización estudiante

    Turno hospitalización estudiante

    Hola, soy Andrea, soy médica general colombiana, tengo 26 años de edad. Les quiero contar una de las noches más locas que tuve estando en quinto semestre de medicina. (Spoiler: terminé en un baño con 2 pacientes).

    Estaba en un turno de cirugía general me asignaron a 2 pacientes que se encontraban hospitalizados para una cirugía electiva, uno tenía unos 55 años y el 67 años. En ese entonces ya tenía 20 años, llevaba 7 meses desde que terminé con mi último novio.

    Eran las 3:30 de la mañana y me tocaba valorarlos a ambos a la mañana siguiente. Uno de ellos me empieza a coquetear, a decirme lo sexy y linda que me veía, que se le pasa por la mente un montón de cosas.

    Entonces dijo que tenía un dolor en el abdomen, en la región inguinal, empezó al examinarlo empezó a guiarme a su pene ya erecto. Lo toqué, aparte la mano enseguida, entonces el empezó a tocarme el trasero y a tocarme la cuca por sobre el pantalón, como es natural me empecé a excitar.

    Él lo notó ya lo tocaba con más confianza empezaba a jadear, él me dijo «sé que quieres adelante, chúpalo, ya es de madrugada las enfermeras están dormidas» entonces le dije que mejor lo pajeaba, pero me bajé mi pantalón en la parte de adelante y le dije «pero dale tu también», empezó a meterme dedos, yo jadeaba más rápido, el seguía con la insistencia «dale sé que quieres» , acerqué mi boca y empecé a chuparlo, él me dijo  que doc, vamos al baño?» Le dije que no sabía, las enfermeras podrían pillarnos.

    El paciente de al lado dijo «diviértanse yo los cubro si algo». Le dimos las gracias con una sonrisa entre a ese baño.

    Encendimos las luces, acto seguido me recostó contra la pared, me quito mi pantalón y mi interior dejándolo sobre la tapa del vatter. Me seguía dedeando y me decía cosas como lo puta que era y lo rica que estaba mientas me chupaba la vagina, le agarraba la cabeza con mis dedos, hasta que le supliqué: «métemela ya por favor, llevo 7 meses sin culear» el obedeció, yo estaba en la gloria. El siguió hasta venirse en mí. Cuando él estaba por venirse, entraron las enfermeras preguntando por el paciente el otro les dijo que estaba en el baño, ellas no dijeron nada, se fueron. Bueno el salió me dispuse a ducharme ya estando en el baño. Cuando entro y me encuentro al otro paciente. Me dijo doc, ya es mi turno. Sonreí lo único que hice es darle la espalda y ponerme en 4. El empezó a besarme el cuello, hasta las nalgas y me la metió por la vagina pero estando el atrás. Fue delicioso nos duchamos. Salí duchada y vestida con el cabello mojado.

    Entonces pensé que nadie se había dado cuenta cuando me llama la jefe de enfermería, me sienta y me dice: «doc usted es una zorra»

    «porque lo dice»

    «se pierde usted y un paciente, luego se sale del mismo cuarto toda bañada y con una cara de satisfacción»

    «Lo siento»

    «No. Tu secreto está a salvo conmigo también lo hice un par de veces»

    «te gustó?»

    «obvio si jefe»

    «te los tiraste a ambos verdad»

    Me sonrojé y no quise responderle.

    Sé que estuvo mal, pero Dios como lo pasé de bien.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (11)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (11)

    —¿Quieres conducir? —le dijo Sergio enseñándole las llaves del coche. 

    —¿Tu coche?

    —A no ser que estas llaves sean de otro, sí.

    —Es que… nunca lo he conducido. Nada, llévalo tú mejor, a mí me da un poco de cosa, a ver si lo voy a rozar.

    —¿Tú crees? —Llegando ya a la altura del coche— ¿Qué me importa algo que lo roces? Mamá, donde lo golpees, ya lo hice yo antes. Además, llevaste el coche de la tía, que eso es un barco.

    —¡Venga! Tira esas llaves.

    Sergio lanzó las llaves por encima del coche y Mari las cazó al vuelo, se sintió una colegiala a la que su novio mayor de edad le dejaba conducir. Qué estupidez, si ella era muchos años mayor… ¡Ah! Y además su madre…

    —Qué poco cojo el coche, debería hacerlo más a menudo, al final le voy a coger miedo y se me va a olvidar.

    —Pues menuda paliza te pegaste al venir al pueblo tú sola.

    —Ya… —puso la llave en el contacto y arrancó a la primera, el pequeño coche seguía en forma— Eso es diferente, es una línea recta, aquí hay mucho tonto en la carretera.

    —En eso puede que tengas razón, pero venga, vamos. Y no te preocupes de los tontos, ya les digo yo cuatro cosas por la ventana.

    Ambos rieron y en tres maniobras Mari sacó el coche del aparcamiento. Apretó con fuerza el volante y dio la primera curva, tampoco parecía tan difícil conducirlo, con suma rapidez se amoldó.

    Fue despacio, aunque cuando se disculpó con Sergio, él le cambió la palabra a precavida, siempre tenía buenas frases para su madre. Los dos se bajaron del vehículo, había muy pocos aparcamientos y tuvieron que estacionar en uno algo alejado, pero no importaba, aún quedaban bastantes minutos para que el filme empezara.

    —Espero que te guste, porque no sé si me gustara a mí… —dijo el joven subiendo las escaleras del centro comercial.

    —Seguro que sí, siempre has tenido buen gusto. Todavía recuerdo de pequeño cuando elegías las películas del videoclub, salvo alguna que no parabas de traer, las demás eran buenas.

    —Me encantaba ir al videoclub, ahora digamos que lo tengo en casa, bajo una película y fin. Aunque de cierta manera lo echo de menos, solíamos ir muchas veces juntos.

    —Era cuando no parábamos de hacer cosas juntos, luego creciste y dejaste de ser mi bebe.

    Ambos se sonrieron a la par que entraban en la parte principal del centro comercial. Estaba a rebosar, apenas tenían que seguir ríos de gente que iban de un lado a otro. Con calma, sin desesperarse se dirigieron a los cines, que por suerte estaban algo más vacíos, pero no mucho. Por lo que Mari vio, lo que se llevaba entre las parejas de hoy en día era más ir a cenar que ir a ver una película. “Bueno, ellos se lo pierden”.

    Llegaron al puesto de comida y refrescos, justo al lado de la entrada del cine, por supuesto sitio estratégico. Hicieron la larga cola mientras hablaban de los próximos exámenes del joven, hasta que Mari se dio cuenta al mirar alrededor, que solo había parejas jóvenes.

    —Será la primera vez, que una madre y su hijo vienen a esta hora al cine. —Sergio la miró extrañado sin entender muy bien a lo que se refería— Lo digo porque aquí solo hay parejas.

    —Cierto. Las madres que llevan a sus hijos al cine no suelen tener más de 10 años. —Mari sonrió ante el comentario y Sergio añadió— Esto me recuerda a algo. ¿Te acuerdas cuando me fui con la tía, que te dije que paramos a dormir en un hotel?

    —Sí, hijo, qué cabezonería. Todo por no esperar a salir el día siguiente.

    —Sí, mamá, ya me lo has dicho más de cien veces… —Mari le golpeó el brazo riéndose— Pues en ese hotel, pasaba algo similar a esto. La mayoría de los que estaban eran parejas, no había niños.

    —Voy a tener que preguntarle a tu tía a ver a que hoteles te lleva.

    Era un comentario a modo de broma, pero Sergio se dio cuenta en ese momento de algo que no había pensado todavía, ¿Qué pasaría si su madre se enterase de lo que pasó con Carmen?

    —Culpa mía, exculpó a la tía en su totalidad.

    Mari volvió a reír, la cola estaba acercándose al final cuando a Sergio se le ocurrió algo. Era una estupidez, algo que no le encontraba sentido, pero quería contarlo. Quería decirle a su madre que les habían tomado por pareja, solo por observar la reacción de su madre.

    —Sabes que fue lo más extraño, que nos tomaron como pareja, dos enamorados como los demás del hotel.

    —¿Y eso?

    El gesto de su rostro fue una mueca que la afeó. Tenía curiosidad, pero mostrando una desconfianza por las palabras que fueran a salir de la boca de su hijo, quizá no le gustaban. Muy cerca del puesto de palomitas, Sergio siguió hablando.

    —No sé, la verían a ella más joven y que podría estar… con un hombre florero. —al joven le dio la sensación de querer molestar a su madre, pero de forma sana, por lo que prosiguió—Es que la tía es una mujer muy guapa. Además se cuida, viste a la moda y claro, puede que piensen que sea mi pareja… qué raro suena…

    Mari sintió ciertos celos en su interior, sin saber a qué se debían. Podría ser porque su hermana diera la sensación de aparentar menos edad que ella, porque se veía algo más joven siendo la mayor o porque… ¿Podría tener un chico como Sergio sin llamar la atención?

    El recipiente de cristal donde las palomitas saltaban sin parar la reflejaba. Con su chaqueta de cuero negra, aquellos pantalones vaqueros y el jersey ceñido, estaba preciosa. “Mucho más que Carmen” pensó mirándose fijamente por varios segundos con cierta envidia. Sus ojos relucían y echando un vistazo a las chicas más jóvenes que había allí, algo en lo más profundo saltó la barrera de la humildad meditando una realidad, “soy más guapa que ellas”.

    —¿Podría pasar como tu pareja?

    Sergio sonrió maliciosamente, sabía que su madre era competitiva, pero ahora comprobaba que el punto que decía su tía era cierto. Alzó los hombros para seguir picándola y queriendo ver hasta donde era capaz de llegar. El puesto de palomitas se liberó y les tocaba pedir, anduvieron dos pasos hasta la sonriente joven que les iba a tomar nota. Justo antes de pararse frente a ella, Sergio le dijo a su madre para azuzarla.

    —¿Quieres comprobarlo?

    A ella no le dio tiempo a responder, solo quedarse con cierta cara de expectación por ver cuál era la ficha que movía su hijo. De pronto algo totalmente improbable y descabellado saltó en su mente, “¿no me irá a dar un beso delante de ella?”. En un principio no reparó en el beso en sí, lo que primero le saltó a su cabeza era que si Sergio la besaba, lo haría delante de toda aquella gente, pero después meditó.

    Se dio cuenta de que el beso lo había dejado en segundo plano, “¿qué me bese Sergio…?”. Lo había tomado como algo normal, algo que podía pasar en casa en cualquier momento, pero se ocultaba a sí mismo cuál sería la zona. Por un momento se vio en el futuro cercano, casi el presente. Su hijo asaltándola delante del mostrador con un beso ante la atenta mirada de la joven dependienta. Sus suaves labios tocando los suyos y con una mano certera rodeándole la cintura revestida con la chaqueta de cuero.

    La mente se le atoró y desechó cualquier imagen relacionada con besos entre una madre y un hijo. “¿Por qué me he imaginado eso?” pensó mientras se negaba a afirmar lo evidente… le había gustado.

    —Yo quiero una grande de palomitas y que el refresco también sea grande. —miró a Mari que estaba con el rostro firme y le preguntó con naturalidad— Tú, mi vida, ¿qué quieres? ¿Una de palomitas pequeñas?

    Mari abrió los ojos mirando el descaro de su hijo. Sin embargo, ¿qué descaro? Aquella joven no tenía ni idea de quienes eran. Sus palabras habían sonado tan ciertas para la joven Nuria, si es que el nombre que ponía en su chaqueta se correspondía con la realidad, como para cualquier otra persona de la cola. Sergio había hablado tan claro que era convincente y la muchacha no había puesto ni un gesto de extrañeza, ¿por qué no comprobar si podía pasar por su novia? Solamente era un inofensivo juego.

    —Cariño, deja que decida yo. —lanzó una mirada cómplice a Nuria y le dijo entrecerrando los ojos— Hombres… un día les dices que sí y ya te planean la vida…

    —Te entiendo perfectamente, querida. —Nuria se rio levemente manteniendo cierta seriedad en el puesto de trabajo.

    —Nada, cielo, ponme por favor una mediana con un refresco grande.

    La joven trajo todo en un tiempo más que rápido dándoles la cuenta, en el momento que Mari simuló que detenía la mano de Sergio y decía de la misma.

    —Esta vez me toca pagar a mí. —sacó un billete del monedero y se lo tendió a la muchacha. Sergio observaba— Siempre intenta pagar antes que yo… —volvió a dirigirse a Nuria buscando de nuevo la complicidad.

    —El mío al revés, no saca la cartera ni aunque le amenacen.

    Las dos mujeres volvieron a reír, mientras Sergio seguía observando atónito la escena por el comportamiento de su progenitora.

    —Bueno, guapa, muchas gracias.

    —De nada, pareja. Disfrutar de la película.

    Los dos se alejaron sonriendo y cuando el señor de la entrada les cortó el ticket señalándoles por donde se llegaba a su sala, Mari miró a su joven acompañante y le dijo por lo bajo.

    —Al parecer… yo también podría tener un novio joven.

    Mari alzó la barbilla sintiéndose orgullosa, quizá con un poco de exageración para que su hijo se riera. Sin embargo, le había gustado que confundieran a Sergio con su joven pareja, era una muestra más de que todavía seguía siendo bella, se lo tenía que creer. Para los demás siempre había sido guapa, decidida, inteligente… ¿Por qué para ella no? Debía desterrar esa negatividad.

    ****

    Se adentraron en la sala, amplia e iluminada únicamente por las luces de las escaleras que subían hacia las butacas. La oscuridad no era total, pero apenas se podían apreciar los números de cada asiento. La pantalla se encendió y les proporcionó algo de visibilidad para encontrar su lugar sin recurrir al móvil.

    Sus asientos estaban en el ala derecha, alejados de la muchedumbre que se concentraba en la mitad central. Como le gustaba a Marta, Sergio adquirió una silla justo al lado de las escaleras y la otra a su izquierda la que solía ser para él. Se acomodaron primero y después dejaron la ropa que les sobraba en el asiento más próximo que quedaba libre.

    Los tráileres comenzaron e impacientemente Sergio comenzó a devorar las palomitas que su “pareja”, al menos esa noche, le había comprado. Para cuando la película comenzó, el joven ya se había comido un cuarto del enorme bote.

    La película transcurrió de lo más normal, ambos disfrutaron, incluso Sergio vio que era mejor de lo que había supuesto. Mari en cambio, con estar en el cine ya era feliz, aunque sí, también le estaba gustando.

    El final se acercaba y esta comenzó a tomar tintes de tensión. La mujer se sumergió en la trama, que para ser de acción estaba bastante lograda, y se inclinaba hacia la pantalla con mucho interés.

    Sergio por otro lado ya era asiduo de este tipo de películas y no prestaba su total atención, sino que desde hacía unos cuantos minutos le interesaba otra cosa. Se había terminado las palomitas para la mitad de la película, en él era habitual, siempre se las comía sin control. Pero aun así, todavía quería más y le pidió a su madre.

    Por supuesto Mari no le negó y puso entre ellos su bote de palomitas, para que ambos las disfrutasen. Sin embargo, la primera vez que fue a coger, se detuvo en una milésima reparando en cierta zona de su madre. Con la oscuridad casi completa y con su progenitora fijando toda la atención a la gran pantalla, la mujer cogía palomitas sin mirar y algunas se les resbalaban de los dedos. Sergio vio una en concreto, como se deslizaba con paciencia por la parte alta de su pecho para después rodar por el jersey. Algo que podría ser lo más normal del mundo y que Sergio, por supuesto no se quedó mirando.

    Lo inusual fue que cada vez que se limpiaba las pequeñas migas que dejaban las palomitas, el jersey no se movía, pero la camiseta interior que llevaba sí que lo hacía. A cada golpe de su mano para quitarse los pequeños trocitos que le molestaban, se movía ligeramente hasta el momento que Sergio la miró.

    Cierta parte del escote era visible y desde su posición el seno derecho se podía contemplar con su forma curva. Por un instante, para el joven la película se terminó, la poca luz que había en el lugar enfocaba a ese lugar exacto y sus ojos centelleaban de placer.

    Había visto pechos, unos más grandes, otros más pequeños, pechos perfectos como los de Carmen y pechos bonitos aunque no tan grandes como los de Marta. Incluso esa misma madrugada había sentido en sus propias manos los de Alicia, ¿Por qué se maravillaba ante los de Mari? Ni lo entendía, ni podía dejar de mirar.

    Cada vez que metía la mano en el bote de palomitas, lanzaba una mirada fugaz para poder observarlos. Por un lado se sentía sucio, no le parecía lo correcto hacérselo a su madre, pero otra parte y la que ganaba por mayoría, le decía que siguiera mirando.

    Las palomitas se terminaron y la excusa para deleitarse con su preciada vista se acabó. El bote de palomitas que yacía en el suelo entre las piernas de su madre parecía ahora tan lejano, una reliquia de un museo acordonada para no tocarla. Con el final a la vuelta de la esquina, Sergio se centró en la película, olvidándose o tratando de hacerlo… de su madre.

    Sin embargo la tensión aumentó. Mari se encorvó hacia delante y de pronto, mientras una persecución de autos ocupaba la pantalla con cierto suspense, la mujer por puro instinto, como lo haría con su marido, buscó su mano hasta encontrarla. Sergio la miró, su madre le aferraba con fuerza buscando entrelazar los dedos de su hijo, este rápido lo permitió. Mari no le miraba, pero Sergio sí lo hacía, la mano le apretaba sin querer soltarse jamás.

    La mujer se volvió a recostar en la butaca cuando la persecución acabó. Con comodidad movió su trasero en el asiento, pero… la mano seguía aferrada a Sergio. El joven no quería soltarla, ni se le pasaba por la cabeza, todo ese rato juntos había sido maravilloso, de risas y buen humor, muy alejado de lo mal que se sentía a la mañana.

    ¿Marta y Alicia? Mientras estaba junto a Mari solo eran un mero recuerdo del pasado, una anécdota medio olvidada a la que no le daba la menor importancia. Con el valor que pudo reunir, movió el dedo gordo de su mano y con suma delicadeza, se atrevió a… ¡Acariciar el meñique de Mari!

    Siguió haciéndolo por un minuto más o menos, el corazón le palpitaba con fuerza, no entendía cuál era el propósito, solo que lo quería hacer. Las manos le sudaban, suerte que la palma apenas rozaba los dedos de la mujer, sin embargo su mano izquierda, parecía que estaba debajo de un grifo.

    Sergio no prestaba atención a la película, solo a los finos dedos de su madre que finalizaban en unas uñas de color rojo, “¿Se está comenzando a cuidar?” pensó. De pronto, algo sucedió, algo que si no estuviera en total tensión, le hubiera hecho saltar del asiento, la mano de Mari le correspondió y… comenzó a acariciarle.

    No había sido un movimiento casual o un espasmo, eran caricias, unas caricias maravillosas. La respiración se le agitó y se le aceleró el corazón. Una pregunta siempre le rondaba la cabeza y la solía dar esquinazo desde el verano, pero después de un día tan malo, se dio en lujo de pensarla, “¿me gusta, mamá?”.

    —Sergio, —el joven salió de sus pensamientos algo sobresaltado. Giró su rostro para ver a su madre que ahora tenía ambas manos sobre la suya— perdón… pensaba que estabas menos atento. Solo te quería decir, gracias por invitarme al cine.

    Los ojos de su madre le miraban fijamente, ese azul tan intenso que se veía a la perfección en la oscuridad de la sala. Se mantuvo en silencio contemplándola, su coleta estaba bien hecha, se había puesto ropa a la moda e incluso se maquilló ligeramente. Su madre no necesitaba eso para estar bella, Sergio lo sabía bien, lo que necesitaba era felicidad.

    Sin embargo, todo aquello ayudaba a mejorar la apariencia y sobre todo una parte que hipnotizó al joven. Su cuerpo estaba girado y ambos brazos se apretaron contra sus senos, era inevitable que estuviera así y de haberse fijado en como tenía la camiseta interior no lo habría hecho. Un pecho se chocó contra el otro, dando la sensación de aumento de tamaño, aunque no era real, nadie le iba a quitar ese pensamiento al muchacho.

    Estaban allí, delante de sus ojos, unos pechos tan perfectos como los de su tía que suplicaban su atención. Cerró los ojos en el instante que se dio cuenta de lo inapropiado de la situación, estaban tan cerca y para colmo… su madre estaba mirándole.

    Sonrió de forma casual, más mostrando una mueca de nerviosismo que la propia sonrisa. Mari que apenas podía vislumbrar el rostro de su hijo, no le dio importancia pensando que podría haber sido un efecto óptico, salvo que no lo era. Lo único que había pasado y que la mujer observó malamente en la oscuridad del cine, fue que su hijo se alteró al ver un escote que mostraba tanto.

    —Todo es poco para ti.

    La frase les sorprendió a ambos, incluso Mari echó para atrás la cabeza y sonrió perpleja por tal afirmación. Ladeó la cabeza haciendo caer la coleta sobre el hombro y con media mueca de felicidad y otra media de incredulidad le contestó.

    —Qué romántico, Sergio.

    Ambos sacaron una ligera sonrisa y volvieron la vista a la pantalla, donde la trama se había resuelto y el protagonista salía victorioso. En las butacas, Sergio no había salido victorioso, sino que seguía sudando y una leve erección comenzaba a hacerse hueco en su ropa interior… y no tenía intención de bajar. Sobre todo por un motivo en especial, la mano de Mari le seguía acariciando.

    La mujer fue la primera que se levantó al terminar la película. Sergio mientras ella se colocaba bien la ropa, se estuvo mirando un rato más la mano, todavía podía notar el suave tacto de la caricia.

    —¡Qué bien estuvo! ¿No crees? —saltó su madre cuando ambos comenzaron a bajar las escaleras.

    —Te diré que no tenía ninguna esperanza, pero sí, me ha sorprendido.

    —Pues la has elegido de maravilla, has acertado de pleno. Cuando este para descargarla, a ver si me la puedes bajar y así la vuelvo a ver.

    —Lo que quieras, mamá.

    Salieron por la puerta trasera con las demás personas y Mari no dejaba de hablar de la película. Comentaba casi todas las escenas y como los giros de guion del final le habían encantado. El joven no podía dejar de mirarla, la veía feliz, radiante, con una sonrisa perpetua, cuando su madre estaba así, era perfecta.

    En un momento, sin dejar de hablar sobre el protagonista y sin dar ni siquiera una pausa a su alegato, de forma instintiva, Mari agarró de nuevo la mano de su hijo que caminaba a su lado. La conversación continuó por el mismo derrotero, pero a Sergio ya poco le importaba la película, lo que le estaba encantando era que de nuevo, los dos se acariciaban.

    Sintió algo extraño, un sentimiento mágico o así es como lo calificó su cabeza. Parecían dos realidades diferentes, en una Mari se explayaba en las explicaciones mientras gesticulaba con su mano izquierda. Sergio la escuchaba sin parar e incluso sonreía a sus acertados comentarios. Sin embargo, sus manos entrelazadas hablaban otro idioma. Sentía que aquello no eran unas caricias normales, sino algo más, algo que sintió por primera vez en casa de su tía Carmen.

    El cosquilleo que le acompañó hasta el coche no cesó y en el momento que se tuvieron que separar, se sintió desdichado, hubiera seguido pegado a ella por toda la eternidad. “¿Por qué esos pensamientos? ¡Sergio, te gusta tu madre, joder!” le gritó su raciocinó mientras él lo negaba a capa y espada.

    —Córtame si te aburro, Sergio —le comentó la mujer mientras se colocaba el cinturón.

    —No, no, si me gusta escucharte, habla cuanto quieras.

    —¡Jope! Hoy estás un poco adulador. —rio buscando que su hijo hiciera lo mismo, pero no lo hizo, solo mantenía una dulce sonrisa llena de ternura.

    —Me alegro mucho de verte así y de que lo hayas pasado bien.

    —Sí, me ha encantado no te puedo mentir, hacía muchísimo que no venía al cine. —Mari comenzó a mirar a la carretera buscando en su pasado, mientras Sergio encendía el motor.

    —Mamá, te lo digo en serio. Cuando vinimos del pueblo te prometí que intentaría que estuvieras más feliz, espero seguir cumpliéndolo.

    —Cariño, no tienes que prometer nada, yo ya soy feliz…

    —De verdad, Mari, —Sergio la cortó sin querer escuchar excusas— trataré de hacerlo. Los días que papá no pueda y si no te apetece ir a un sitio sola, te acompañaré. No tienes más que pedírmelo.

    —Hijo, que no de verdad. Tranquilo que no hace…

    —A ver —el coche tomaba el rumbo de vuelta a casa— ¿hay algo que te gustaría hacer? ¿Qué hayas visto… no sé… otra película que te haya llamado la atención? O ¿un restaurante que quieras visitar…?

    Mari vio como las palabras de su hijo eran sinceras. No se sorprendía de escucharlo, conocía bien a Sergio, bueno, le llevaba conociendo bien desde agosto. Pero no era la veracidad de sus palabras, sino como las entonaba, una seguridad, un poderío… daba la sensación de que incluso la voz le había cambiado. Sin dejar que terminara le cortó, porque un hormigueo comenzaba a recorrer su nuca.

    —Sí.

    Su respuesta fue en un tono más elevado de lo habitual, sentía que daba la respuesta correcta en el segundo final de un programa y como en la película, si no lo decía, todo acabaría en tragedia.

    —Sí. Quiero ver una cosa —repitió mientras Sergio se volteaba cada poco a mirarla—. Me gustaría ir a ver la función de teatro del rey león, ¿sabes de cuál te hablo?

    —La que anuncian en la tele y que es en Madrid, ¿no? —Mari asintió con la cabeza— Si papá no quiere, voy contigo.

    “¡Que no quiera, por favor!” saltó una voz oculta en lo más profundo de su alma. Se atusó el cabello porque los dedos le temblaban. El pensamiento la había atorado del todo, se sentía incómoda en todas las posiciones y el coche se cerraba en torno a ella asfixiándola.

    —Este mes de enero tengo los exámenes, pero según los termine, miramos para ir, ¿te parece?

    —Sí —respondió más segura que en toda su vida.

    La carretera se aclaraba al llegar a la zona residencial. El frío del exterior contrastaba con el del interior y los espejos se comenzaban a empañar. Sergio abrió las ventanas, pero el clima nocturno era helador, no era necesario jurar que estaban en invierno.

    El muchacho por fin aparcó cerca de casa, por un lado una maravillosa noticia para Mari, que realmente se sentía enclaustrada dentro del vehículo. Sin embargo, también le embargaba una sensación de comodidad de la cual no se quería desprender, como si quisiera embarcarse en el viaje a Madrid con su hijo ya mismo.

    Eran sentimientos contradictorios que se evaporaron cuando el joven abrió la puerta. Mari hizo lo mismo para no parecer extrañada, saliendo al exterior donde una ráfaga de aire gélido le aclaró la mente, lo más importante era llegar a casa, “¡Qué frío!”.

    Cruzó los brazos para retener el mayor calor posible dentro de su cuerpo. Pero no le iba a ser muy necesario, Sergio que ya había llegado donde ella, dándose cuenta de la situación, despegó su brazo del cuerpo y la rodeó para atraerla hacia él. No lo hizo por ningún motivo en especial, era mera costumbre, la rutina de hacerlo siempre con Marta. Siempre que salían del coche la abrazaba, sobre todo cuando hacía ese tipo de tiempo.

    No obstante no era su novia la que sujetaba con fuerza contra el lado derecho de su cuerpo, sino su madre. La mujer con una cara sin gesticular de la sorpresa, notaba como el calor la inundaba por todos lados. Lo único que desconocía, era de dónde provenía ese calor.

    —Pues lo de Madrid, mamá, déjamelo a mí. Lo único tendré que mirar un hotel, que ir y venir en el mismo día sería una paliza.

    —Sí —volvió a decir con ganas Mari sin mirarle a la cara, le daba vergüenza. Después sonando demasiado ansiosa añadió— Aunque si prefieres ir y volver no estaría mal. —de la posibilidad de que Dani la acompañase, ya se habían olvidado.

    —No hay problema, mejor dormir y salir al día siguiente. Ya hice eso de salir a lo loco con la tía y mira, acabamos en un hotel durmiendo. —a Sergio se le pasó por la cabeza, que de haber sabido lo que sentían podrían haber aprovechado la cama aquel día. Rio por dentro relamiéndose del placer que Carmen le provocaba y siguió— Eso sí, me encargo de que nos den dos camas, no te preocupes. Con Carmen solo quedaban de matrimonio, aunque eran enormes, mamá, no te haces a la idea.

    Mari alzó la mirada hacia su hijo, le veía sonreír, una sonrisa perfecta, maravillosa. En el interior de su cuerpo ese calor se avivó, sin entender que era lo que lo hacía prenderse de esa manera. Los dedos de Sergio en su cintura le quemaban, pero de una forma de lo más gratificante, deseaba que aprestase más fuerte… mucho más. Su vergüenza la hizo seguir con los brazos cruzados, deseando únicamente en su mente, mostrarle un poco de afecto a su primogénito y al menos rodearle la cintura como él hacía.

    El portal estaba cerca, una entrada que daba lugar a otro mundo, a una cosa donde no era tan feliz como lo era en el coche de Sergio. Le resultaba curioso, una situación tan peculiar… tenía la felicidad en casa, a una puerta de distancia y no podía disfrutar de ella como quisiera, sin embargo en la calle, en el cine o en casa de su hermana… sí. Mari sonrió ante semejante estupidez, porque sí, su forma de actuar… le resultaba estúpida.

    —Me da igual —salió de los labios de la mujer formando una nube de vaho.

    —¿Cómo? ¿Qué dices? —Sergio se había perdido con la respuesta.

    —Me da igual como sea la cama que nos vayan a dar.

    Sus ojos se miraron y ambos lo sintieron, una extraña conexión que les hizo sonrojarse al momento. Una respuesta sin ningún doble sentido, a su madre le daba igual como fuera la cama, ¿Por qué… la usarían para dormir? En ambas mentes surgió el mismo pensamiento. Una pequeña posibilidad germinó en sus cerebros golpeados por el frío, una posibilidad tan absurda, tan retorcida que no se permitían pronunciarlo en alto. ¿Y si usaban la cama para algo más?

    El tintineo de las llaves del joven les trajo a la realidad, al mundo helador donde vivían y donde esos pensamientos volvían a esconderse en un profundo abismo dentro de sus almas. Subieron las escaleras en completo silencio con un semblante congelado digno de alguien que se dedica profesionalmente al póker. La casa estaba a oscuras, Laura ya estaba dormida y Dani seguía trabajando, los dos estaban “solos” dentro de las cuatro paredes.

    Ninguno de los dos encendió la luz, recorrieron los metros del pasillo en casi completa oscuridad. La luminosidad tan escasa que envolvía la casa, era la proporcionada por las farolas de la calle, nada más. Mari siguió la sombra de la silueta del joven, una masa negra algo más alta que ella que le hacía de guía, de protector.

    —Vaya —la garganta a Mari le carraspeó, estaba demasiado tensa— hacía mucho que no venía a estas horas a casa.

    —Que no se convierta en costumbre.

    El reproche de Sergio a modo de broma la hizo reírse, de manera falsa. No tenía ganas de reír, tenía ganas de gritar, de quitarse la indescriptible tensión que la ahoga sin parar. El joven se detuvo, estaban ya en la puerta de Mari y ella se lamentó de que el pasillo no tuviera unos metros más, o mejor unos kilómetros.

    —Aunque en el pueblo llegaste mucho más tarde —añadió Sergio en una parcial oscuridad.

    La figura del joven le imponía, parecía enorme enfrente de ella, si era su hijo… ¿Por qué ese sentimiento? No lo comprendía. Pero lo que si le hizo recordar la voz del muchacho, fue el pueblo y la casa de su hermana. Aquella vez que llegó tan borracha y su hijo… Sergio… la llevó a la cama viéndola en ropa interior. Además no con una lencería de mercadillo, no, si no con una preciosa que le realzaba lo que la genética le había otorgado.

    El calor la invadió, pudo respirar hondo al abrigo de la oscuridad sin que su hijo se diera cuenta, tenía un poderoso aliado, pero también su enemigo, la poca luz la estaba volviendo loca.

    —Yo… me voy a cama. —no quería conversar, quería ir a dormir, quería romper esa intimidad cuanto antes.

    —Vale, que descanses.

    Mari miró hacia atrás ya dentro de la habitación. Similar a lo que debes ver al morir, la película de tu vida, la mujer vio la de aquella tarde. Lo ilusionada que había estado al saber que iría, lo a gusto que se sintió, todas las risas y la felicidad extrema. Sin embargo ese calor, ese dichoso calor, que seguramente se inició al dar la mano a su hijo.

    El tacto de la mano aún podía sentirlo en la piel, era tan suave, tan cómodo “ojalá me tocara con sus manos” pensó súbitamente sin saber muy bien lo que hacía. El labio inferior le comenzó a temblar, se apretó con fuerza el vientre notando que un alíen le iba a salir del interior. Abrió los preciosos ojos que había heredado tanto como pudo, para que si era posible, su hijo los pudiera contemplar. Después con toda la fuerza de voluntad que disponía soltó el aire caliente que tenía en sus pulmones, similar a la chimenea en un tren y entonces dijo algo impensable.

    —Sergio, te amo.

    Cerró la puerta sin dar oportunidad a réplica, no quería escuchar la respuesta, ya sabía que su hijo también la amaba, sin embargo ¿hasta qué punto?

    Anduvo a pasos rápidos hasta el tocador, allí posó sus manos para apoyarse e hiperventilar como si le estuviera dando un ataque de pánico, pero… ¿No era eso? Quizá fuera peor. Se quitó la chaqueta y viendo que no le servía de nada, tiró toda su ropa a una esquina. Desnuda estaba mejor, hacia un poco de frío, no obstante no lo sentía, era un horno que manaba su propio calor.

    Aquellas telas la aprisionaban, la estaban asfixiando como antes lo había hecho el coche, pero ahora tirada en la cama, por encima del edredón estaba bien, algo más liberada. Sin embargo, no era suficiente, sentía que algo la estaba haciendo presión en el vientre. Se negaba a asumir la verdad, pero cuando su respiración se volvió a agitar de forma frenética, no lo pudo ocultar más.

    Allí mismo, se dio la vuelta topando su rostro contra la cama. Soltó su sujetador lanzándolo a algún lado donde ya lo encontraría a la mañana siguiente. Pasó ambas manos por sus pechos desnudos, sus pezones erectos daban pistas de cómo se sentía su cuerpo por dentro. Una de sus manos se movía inquieta, en dirección a un rincón del cual nadie había sabido nada en varios meses.

    Atravesó con los dedos la última porción de tela que tapaba su cuerpo y en un momento de locura, tocó lo que su entrepierna escondía. Abrió la boca, los ojos y cada poro de su piel. Sintió el paraíso al apretar sus labios vaginales entre sus dedos, estaba ardiendo, tanto que no recordaba una situación así en su vida.

    Se dejó llevar por una lujuria que controlaba su cuerpo y en un abrir y cerrar de ojos, su cadera comenzó a moverse frenética contra la cama. Mordió la almohada hasta desgarrarla, con el objetivo de que nadie se enterase de lo que había pasado allí, por lo menos lo consiguió. Su mano quedó quieta mientras notaba como esa presión en su vientre desaparecía y la sensación acuosa en su mano aumentaba.

    El placer fue instantáneo, duradero y perfecto. No pudo medir el tiempo que quedó tirada en la cama gozando de aquella breve masturbación que había proporcionado la mayor de las felicidades. Quizá se había llegado a dormir, pero le daba igual, solo pensó que lo mejor sería meterse por el edredón para no helarse durante aquella noche.

    Miró al techo donde nada había, solo su felicidad y un rostro al que no se le borraba la sonrisa. Rememoró toda la tarde, culminado con aquella guinda que no podía haber sido mejor. Había sido una noche, que no olvidaría jamás y todo… TODO, gracias a Sergio, su querido hijo.

    CONTINUARÁ

    ———————

    En mi perfil tenéis mi Twitter para que podáis seguirme y tener más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Dejándose seducir por una amiga de su hija

    Dejándose seducir por una amiga de su hija

    … Quique, te cuento y después me respondes.

    Mi nombre es Balbina, soy una mujer de 39 años, morena, alta, con el cabello negro y largo, labios carnosos y un cuerpazo… Estoy para comerme y repetir, pero mi marido es un flojo y paso más ganas de follar que una quinceañera. Tengo una hija que se llama Ester. Estudia en un colegio de monjas y tiene una amiga que se llama Carolina que a veces se queda a dormir en mi casa. Carolina es una joven rubia, de 18 años, más alta que yo, de ojos azules, tiene las tetas grandes, buen culo, caderas anchas y cintura estrecha. Mi marido es guardia municipal y la noche de verano de la que te voy a hablar trabajaba en el turno de noche, pero cómo dices tú, vamos al turrón… Pasaba de las dos de la madrugada. Yo estaba tomando un refresco de limón con unos cubitos de hielo, lo tomaba sentada a la mesa de la cocina, descalza, vestida con una enagua y sin bragas, ya que con el calor que había me sobraba todo. Llegó Carolina y me preguntó:

    -¿Quedan más refrescos, Balbina?

    -Sí, coge uno en la nevera.

    Carolina que llevaba puesto un short azul y una camiseta blanca donde se marcaban sus puntiagudas tetas, cogió un refresco de cola en la nevera, se sentó a la mesa enfrente de mí y dijo:

    -Hace un calor espantoso.

    -Hace, y lo peor es que no corre ni una brizna de aire. A mí hasta me suda el…

    No acabé la frase, pero iba a acabarla Carolina.

    -El chichi. Yo también lo tengo mojado, pero es por otra cosa.

    -¿Qué cosa?

    -Tuve un sueño húmedo.

    Con voz dulce le pregunté:

    -¿Quién estuvo en tus sueños, picarona?

    -Tú.

    La respuesta no me molestó, le dije:

    -Joder, tienes la cabecita loca, Carolina.

    -¿No la tenemos todas un poco loca?

    -Yo, no, pero bueno, los sueños no se eligen.

    -No, pero cuando son cómo el que tuve…

    Salió la curiosa que llevó dentro.

    -¿Te corriste?

    Carolina se levantó, bajó el short hasta las rodillas, y vi su pequeño coño con vellos rubios, pasó dos dedos por él, los sacó pringados de jugos, me los enseñó, los chupó y después me dijo:

    -Si, me corrí en tu boca.

    Sentí cómo se me mojaba el interior de los muslos de las piernas e instintivamente las apreté. No podía entrar al trapo, aún no, le di cuerda para que se fuese ahorcando ella sola.

    -Vamos a dejar el cuento, no sea que te hagas ilusiones… Yo soy una mujer decente.

    Carolina se levantó los pantalones y tapó su coño, vino junto a m, se puso a mis espaldas y con voz melosa me dijo:

    -¿Quieres saber lo que me hiciste en el sueño?

    -No.

    -Solo cómo empezó el sueño.

    -¿Si es solo eso?

    Carolina me levantó los brazos, me olió la axila izquierda, y me la lamió. Sentí cómo se me mojaban más los muslos, pero le dije:

    -Quita, guarra.

    Me lamió la axila derecha y el coño me comenzó a picar. Si la dejo seguir ya me veo rompiendo la enagua, cogiendo su cabeza y empotrándola entre mis piernas, así que la corté.

    -Ya está bien, Carolina, estás salida, carajo.

    Carolina me echó las manos a las tetas y magreándoselas me dijo:

    -¿De verdad que no quieres saber que más me hiciste en mi sueño?

    Claro que lo quería saber, pero si le digo que sí descubriría lo puta que soy. Tenía que disimular un poco más, aunque mandándole un mensaje para que no desistiese en el empeño de follar conmigo. Quitándole las manos de las tetas, le dije:

    -No, podría despertarse Ester.

    Mis palabras le dieron alas, pues entendiera el mensaje, entendiera que si no estuviese mi hija en casa nos daríamos el lote. Se puso a mi lado derecho, se quitó la camiseta y el short y desnuda y tocándose el coño, me dijo:

    -Tenía que acabar soñando contigo, era inevitable.

    Mirando cómo los dedos de Carolina se frotaban en el coño, le pregunté:

    -¿Por qué lo dices?

    -Porque cuando crees que no te veo me miras para las tetas, para el chichi y para el culo.

    Era verdad, lo hacía, y cantidad de veces me había masturbado pensando que la devoraba. No creas que es porque soy una cerda, Quique, me masturbaba porque mi marido me folla una vez a la semana, y hay semanas que ni eso, pero volviendo a lo de antes, le dije:

    -Esas son figuraciones tuyas.

    Carolina ya no se chupaba el dedo, me dijo:

    -No lo son. Aún la semana pasada después de mirarme para el culo estuviste más tiempo del debido en el aseo.

    -¿Te crees que me calentaste al verte pasear en bragas por la casa?

    -Sí, lo creo, y ahora estoy segura de que te masturbaste en el aseo, de lo contrario no recordarías lo de las bragas.

    Ese día me hiciera un dedo… Al final me había imaginado que se corría en mi boca y en ese momento me corrí cómo una cerda, pero no le iba a dar la razón, claro, le dije:

    -Tienes una imaginación muy calenturienta.

    Carolina siguió a lo suyo.

    -¿Ya lo hiciste con otra mujer?

    -No, yo soy…

    Carolina acabó la frase.

    -Una mujer decente. Todas lo somos decentes hasta que nos aprietan las ganas, cuando eso pasa y nos pica el chichi, se acabó la decencia.

    -Habla por ti.

    Carolina me cogió la mano derecha para llevársela al coño, pero no le dejé.

    -Estate quieta, traviesa.

    La zorrita me suplicó:

    -Anda, sé buena, mastúrbame.

    Volvió a intentarlo, pero no le dejé ir la mano, le dije:

    -No lo voy a hacer.

    Siguió erre que erre y en el tira y afloja acabé dejando que llevara mi mano a su coño. Agarrándola con la suya me frotó los dedos en él. Mi coño se encharcó aún más al encontrarse mis dedos con algo tan jugoso y resbaladizo. Luego me quiso besar, conteniéndome le hice la cobra, y le dije:

    -Para, desvergonzada.

    Carolina me giró la cabeza con su mano izquierda, me puso una teta en los labios, me estiró el dedo medio y de un golpe lo clavó en su coño. Gimió, cerró los ojos, y dijo:

    -Esto no puede ser realidad. Sigo soñando.

    Mirando para arriba vi su dulce cara de placer. Ya no me iba a hacer más la decente, le dije:

    -Joder cómo me has puesto, zorrilla.

    -¿Mojada?

    -Empapada.

    Giró la silla, se puso en cuclillas, me levantó la enagua, y vio mi coño y mis muslos empapados.

    -¡Jesús cómo estás!

    -Baja la voz que puedes despertar a Ester.

    La gamberra me quitó la enaga, abrió las piernas de par en par, lamió mi coño, y ya me corrí cómo un río, sí, una mujer de 39 años se corrió solo con un lametón, pero es que no sabes el tiempo que llevaba mi coño abriéndose y cerrándos… Yo cuando me corro descargo, y vaya si descargué, tanto descargué que Carolina no se pudo tragarlos todos los jugos y parte de ellos le cayeron en las tetas y en las rodillas. Al acabar de correrme me besó con lengua y con sus labios pringados de jugos. Yo no tenía fuerzas ni para besar, pero los saboreé al chupar su lengua la mía. Después se levantó y me puso la teta izquierda en la boca, teta que tenía jugos de mi corrida sobre ella. Lamí los jugos y después le mordí el pezón y luego le mamé la teta. Me volvió a llevar la mano al coño. Esta vez le metí dos dedos en su jugoso coño y comencé a a masturbarla al tiempo que le lamía el pezón y le mamaba la teta. Carolina me bajó las asas de la enagua, me echó las manos a las tetas, me las magreó y después me dio la otra teta a mamar. Al ratito la ratita gemía en bajito sintiendo cómo le comía las tetas y sintiendo entrar y salir el dedo de su coño, pero no quería correrse así. Me dijo:

    -Quiero correrme en tu boca, Balbina.

    Carolina puso sus gruesos labios sobre los míos. Saqué la lengua, se la metí en la boca y nos comimos las lenguas largo rato, luego Carolina se subió a la mesa. Se sentó enfrente de mí con las rodillas flexionadas y las piernas abiertas. Yo no podía quitar los ojos de su precioso coño, cada vez me ponía más y más cachonda. Carolina necesitaba sexo oral más que respirar. Se echó de espaldas sobre la mesa, cerró los ojos y se acarició el clítoris con la yema del dedo medio de su mano derecha, después metió dos dedos dentro del coño y empezó a masturbarse. Viendo salir jugos de su coño metí dos dedos en el mío, luego fui acercando mi boca al suyo. Al llegar a él le besé los dedos, los sacó y pringados de jugos me los metió en la boca, los chupé y después mi lengua comenzó a hacer su trabajo, entrando en su vagina primero, lamiendo sus labios después, chupando y lamiendo su clítoris… Dándole un repaso que la llevó al punto de no retorno. Al venirle, me dijo en bajito:

    -Me corro, Balbina, me corro en tu boca.

    Carolina se corrió. Su coño escupió un chorro de jugos y después una pequeña cascada salió de él. Lamiendo cómo una perra en celo comencé a correrme cómo una fuente. Parecíamos dos locas sin medicación, que no chillaban con el placer que sentían para no despertar a Ester.

    Al acabar de corrernos, Carolina bajó de la mesa. Nos besamos con lengua de nuevo, a eso beso siguió otro, y otro… Después de devorarnos las lenguas levanté los brazos y le dije:

    -Hazme lo que me hiciste antes.

    Carolina lamió varias veces mis axilas peludas que estaban sudadas y saladas, pero no paró ahí, luego me agarró las tetas y magreándolas lamió los pezones, me los mordió sin fuerza, lamió las areolas y recorrió mis tetas de abajo a arriba lamiendo y chupando. Después se arrodilló delante de mí y comió mi coño jugoso al que lo rodea una inmensa mata de vello negro, digo lo de peludo y jugoso porque sé que te gustan así los coños, Quique. Del coño salían parte de esos jugos que bajaban por el interior de mis muslos y me llegaban casi hasta los tobillos. Lamió, chupó y mamó mi coño. Poco después, al sentir que me iba a correr, moviendo la pelvis de abajo a arriba y de arriba a abajo, le dije:

    -Qué buena eres comiendo coños, zorrilla. Me vas a sacar una corrida descomunal.

    La corrida fue inmensa. Carolina no pudo tragar mis jugos, ya que me comenzaron a temblar las piernas y caí arrodillada delante de ella, lo que si hizo fue volver a comerme la boca hasta que acabé de correrme. Al acabar, mirando para el charco que los jugos de mi corrida habían dejado en el piso, me dijo:

    -Sí que fue descomunal, sí.

    La pregunta que te quiero hacer es la siguiente. ¿Quieres hacer un trío con Carolina y conmigo? Somos gallegas. Te mando cuatro fotos, dos vestidas y dos desnudas. Espero tu respuesta.

    Atte. Balbina.

    Quique.

  • Vacaciones con mi mamá (historia real)

    Vacaciones con mi mamá (historia real)

    Mi nombre es Santiago. Tengo 25 años. Soy de México, pero por cuestiones de trabajo me tuve que mudar a Canadá. En cuanto a mis padres: mi madre se llama Ana, tiene 42 años y trabaja como estilista. Con respecto a mi padre, él nos abandonó cuando yo tenía 5 años.

    Pero bueno, vamos a comenzar con esta real historia de incesto que sucedió el año pasado mientras mi madre y yo nos fuimos de vacaciones. Era enero del 2020 y yo todavía estaba en Canadá. Sin embargo, en unas semanas comenzaban mi vacaciones, y pues decidí regresar a México.

    Así que en la noche le marqué a mi mamá para darle la noticia. Eran como las 12 de la noche cuando le hice una vídeollamada (por medio de whatsapp) a mi madre. Pero al parecer, ella ya estaba dormida. Ya que se tardó mucho en contestar.

    Sin embargo, una vez que me contestó, me dijo: hola, hijo, ¿todo está bien? Si, madre. Todo está bien, no te preocupes. Sólo te llamaba para decirte que en unas semanas llego a México, le dije algo emocionado.

    Entonces ella, que estaba acostada y con la luz del buró encendida, se levantó rápidamente para encender la luz del cuarto y poder platicar a gusto conmigo. Sin embargo, no se dio cuenta que la bata que traía como pijama era muy transparente, y además, se le había salido un poco el pezón derecho.

    Yo lo note rápidamente, pero no le dije nada. Ya que aunque mi madre no tiene el pecho más grande del mundo, tiene unos lindos pezones. Y esto lo sé, porque en una ocasión entré a su cuarto mientras ella se cambiaba. Sin embargo, cuando sucedió ese incidente, no me causo ningún tipo de excitación.

    Pero ahora que estaba hablando con ella por vídeollamada, me excito un poco verla en su bata transparente, con su pelo un poco alborotado y con un pezón salido. Y es que como mi madre es güera y su pelo es una mezcla entre rubio y negro, pues se veía muy sexy en la pantalla de mi celular.

    Pero bueno, una vez que mi madre encendió la luz y se sentó en su cama a platicar conmigo, le comenté que le quería llevar algunas cosas de Canadá. Y ella, como buena madre mexicana, me dijo: tráeme unas lindas sabanas y cortinas para la casa. Y si ves unos jeans y unas botas de las que me gustan, pues tráemelas.

    Cabe mencionar en este punto, que ella seguía sin darse cuenta de lo de su pezón. O a lo mejor si se dio cuenta, pero como somos madre e hijo, ella no le vio ningún problema a esa situación. Y en realidad no lo era, porque yo siempre he visto a mi madre con mucho respecto.

    Pero en esta ocasión deseaba con todo mi corazón que ella se levantará de la cama para ver si se le transparentaban sus pantis. O en el mejor de lo casos, que no llevará calzón y se le notará su coñito. Me daba un poco de asco pensar así sobre mi madre, pero cada vez que meneaba la cabeza para echarse el cabello hacia atrás, mi polla se ponía súper dura.

    En fin, luego de media hora de plática, me despedí de ella. Y luego le dije con mucho cariño: te veo pronto, madre. Te quiero mucho. Te mando un beso. Entonces ella puso su mano en su boca y con un hermoso gesto me regreso el beso.

    Una vez que finalicé la llamada, fui al baño a orinar (para que se me bajara la erección) y tomé un poco de papel. Ya sabes, para limpiarme después de masturbarme. Y es que las chichis de mi mamá me dejaron tan excitado, que no iba dormirme sin ver un poco de porno.

    Recuerdo que abrí una página de videos y busqué vídeos de madrastas con sus hijos. No quería buscar de madres con sus hijos, ya que me causaba un poco de repulsión. Y aunque sé que todos eso videos de incesto son falsos, aun así no quería verlos.

    Pero bueno, al otro día fui a comprar las cosas que le prometí a mi madre. ¿Sabes que fue lo interesante de esto? Que mientras compraba las sabanas y cortinas, en la parte izquierda había una bata negra transparente que más bien parecía un babydoll.

    No sabía si era buena idea comprarlo o no. Ya que no sé cómo lo tomaría mi madre a la hora de que se lo diera. Sin embargo, me armé de valor y lo compré. Y lo que más se sorprendió es que venía con un calzón cachetero de regalo.

    Y es que déjame decirte que a mí me encantan las mujeres que usan este tipo de calzón. Y aunque mi madre usa pantis del tipo bikini, no paraba de imaginar cómo se vería mi mamá con este calzón cachetero negro-transparente.

    Y es que no sé si ya te lo había mencionado, pero mi madre tiene un tremendo culo. Si bien es cierto que no tiene grandes pechos, su culo está de infarto. Incluso, mis amigos siempre me preguntaban que si mi madre se había operado las nalgas, yo les decía que no, que eran naturales.

    Bien, una vez pasaron las semanas correspondientes, llegué a casa de mi madre. Toqué el timbre (ya que no traía las llaves de la casa). Y entonces mi madre abrió la puerta. Ella vestía con una falda de mezclilla y una blusa café con tirantes. Se veía muy sexy.

    Entonces baje la mochila y abracé a mi mamá. Era un abrazo muy sincero entre madre e hijo. Sin embargo, yo hice algo que nunca había hecho. Y es que tomé la cintura de mi madre, pero con mis manos metidas debajo de su blusa, no sé por qué pero quería sentir la piel de mi mamá.

    Ella notó mis manos frías tocando su piel, pero no dijo nada. Solo continuo abrazándome y diciéndome al oído que me extrañó mucho. Yo le decía lo mismo, mientras rozaba mis manos por toda su cintura. Segundo después, nos separamos del abrazo y nos quedamos de frente.

    Ella me dio un beso en el cachete, luego tomó una de mis manos y me dijo: ven, siéntate, preparé una de tus comidas favoritas. A lo que yo contesté: ¡Genial! Déjame lavarme las manos y ahorita te ayudo con la mesa.

    Unos minutos después, mi madre y yo nos sentamos a comer. Luego ella se paró de su silla para traer unas servilletas de la alacena. Pero como estaban en la parte de arriba, ella no las alcanza. Así que se puso una silla para alcanzarlas.

    Yo no podía dejar de ver las hermosas piernas de madre. Incluso me agaché un poco para ver si podía verle un poco su culo. Y aunque realmente me daba asco toda esta situación, no podía dejar de ver a mi madre como a una mujer que me quería follar.

    En fin, quité esos pensamientos de mi cabeza y seguí comiendo y platicando con mi madre. Sin embargo, una vez terminamos de comer, mi madre llevo los platos sucios al fregadero, y mientras los lavaba, yo me acerqué por detrás y la abracé fuerte.

    Yo no lo hice con mala intención. Es decir, no le quería restregar mi polla en su culo. Sólo quería abrazarla y decirle que la extrañé mucho. Ella no dijo nada, solo tomo mis manos, que estaban sobre su vientre, y las llevó de manera cariñosa junto a su boca y las besó.

    Ya en el transcurso de la tarde nos pusimos al día con todo lo ocurrido en mi ausencia. Luego nos sentamos en la sala y nos pusimos a ver a una película. Aunque realmente mi madre quería ver su novela.

    En fin, luego llegó la noche y mi madre me dijo que ya se iba a dormir. Yo le dije que me iba quedar otro rato y luego le pregunté qué si podría usar su computadora. Ella me dijo que si, pero que no estaba funcionando bien.

    Así que me acerqué a la computadora (que era de escritorio) y luego me puse debajo del mueble para desconectar y conectar algunos cables de la propia computadora. Sin embargo, como necesita un poco de ayuda, le dije a mi madre que si podría venir.

    Ella vino y me preguntó que en qué me ayudaba. Yo le dije que se pusiera detrás del mueble y que agarrara un cable. Lo interesante de esto, es que mientras yo estaba en suelo, ella se paró sobre mi cabeza y por unos segundos pude ver sus pantis. Eran de color blanco.

    Y aunque ese momento duró muy pocos segundos, porque ella se dio cuenta y se retiró rápidamente. Pude obtener una imagen difusa del coño de mi madre; que por cierto, me sirvió para jalarme la polla esa noche.

    Al otro día, ella se levantó con un short azul y una camisa de manga larga. Yo creo que esa fue su pijama. Aunque para ser sincero, yo pensé que se iba poner la bata transparente que traía puesto el día que la llamé por whatsapp. Pero no fue así.

    Ya estando en el desayuno, le comenté que me quería ir de vacaciones a una playa. Pero que no quería ir con mis amigos, sino con ella. Entonces ella se sorprendió y luego dijo: te vas a aburrir conmigo, mejor ve con tus amigos e invita algunas amigas.

    Pero yo quiero ir contigo, le dije mientras tomaba su mano sobre la mesa. Quiero que te diviertas y que recuperemos el tiempo que como madre e hijo perdimos mientras me fui. Además, tú siempre has querido ir a la playa.

    Si, lo sé, hijo. Pero no tengo bikinis y además ya perdí la figura de mi cuerpo – me dijo mi madre un poco decepcionada. Entonces me paré de la silla, me acerqué a ella y le dije: los de los bikinis los compramos allá, en cuanto a tu cuerpo, ¿de qué estás hablando? Tienes un cuerpazo.

    No lo sé, Santi. Mejor lleva a un amigo – me dijo ella. Bueno, si no quieres ir, yo tampoco voy- le dije a mi madre. Y luego continúe diciéndole: yo lo que quiero es pasar tiempo contigo, y que mejor que pasar el tiempo divirtiéndonos juntos, ¿no lo crees?

    Está bien, hijo – respondió ella. Y lo preguntó, ¿cuándo nos vamos? Ya ahorita – contesté yo – prepara tu maleta y vámonos. Cabe aclarar en este punto, que yo aún no le daba el babydoll que le compré en Canadá, así que lo eché en mi maleta para dárselo allá.

    Ya estando en el aeropuerto, nos enteramos que en china se estaba esparciendo un virus. Pero como buenos mexicanos, lo ignoramos. Sin embargo, una vez llegamos a nuestro destino, nos avisan que ya no se estaban rentando cuartos de hotel y que las playas iban a estar cerradas.

    Entonces le digo a mi mamá, ¿ahora qué hacemos? A lo que ella responde, déjame ver si puedo convencer a la recepcionista para que nos renté aunque sea un cuarto matrimonial o por lo menos, uno individual.

    Por suerte mi madre logró conseguirlo. Así que nos dirigimos al cuarto, y una vez entramos, notamos que había una sola cama, y aunque era del tipo matrimonial, yo le dije a mi mamá, tú te duermes en ella y yo en el piso.

    Mi madre dijo: estás loco. Los dos cabemos en la cama. Además, somos madre e hijo. A lo que yo contesté: de acuerdo. Y lo continúe diciéndole, ¿y qué vamos hacer aquí encerrados? No van a abrir las playas.

    No te preocupes por eso, hijo. Ya veremos que hacemos – me dijo mi madre, mientras abría la ventana del cuarto. Por mi parte, yo tomé mi maleta y comencé a sacar y acomodar todo lo que traía en ella. Entonces mi madre me dijo, ¿qué te parece si vamos a la alberca?

    ¡Genial, vamos! Le contesté yo. A lo que ella respondió: si, pero primero vamos a comprar mis trajes de baño, porque no traigo ninguno. Entonces mi madre y yo fuimos a comprar un par de bikinis de playa para ella.

    Ya estando en la tienda, mi madre escogió un par de bikinis para probárselos. Yo, por mi parte, solo me estaba imaginando cómo se vería mi madre en el babydoll que le traje. Sin embargo, un grito de ella me saco de mis pensamientos.

    Oye, Santiago, ¿en qué tanto estás pensando? Te estoy gritando para que me dijeras cómo se me veían estos bikinis puestos, me dijo mi madre mientras me enseñaba los bikinis que traía en la mano. ¿Cómo? ¿Qué? Balbuce yo. Ya olvídalo, dijo mi madre.

    Ya estando en el hotel, mi madre me dijo: voy al baño a ponerme uno de estos bikinis, y luego nos vamos a la alberca, ¿de acuerdo? Muy bien, mamá, contesté yo. Y luego ella desde el baño me preguntó, ¿tú que te vas a poner? Solo un short que traje de Canadá, respondí con un grito.

    Unos minutos después, mientras yo estaba en la cama, revisando mi celular. Mi madre salió del baño con su traje de baño puesto. Se veía súper buena. Y aunque su cuerpo ya no era el de una adolescente, todavía se conservaba bien.

    ¿Qué te parece? Preguntó mi madre. Eh… ¡Wow!… Te ves súper sexy, le dije mientras mis ojos no dejaban de ver su coñito. Y es que se notaba que mi madre no se había depilado, por lo que eso a mí me excito más.

    Ay, no digas eso, Santi. Soy tu madre. Sólo te estoy preguntando que si no me veo muy gorda o si mi piel no está muy arrugada. Perdón, mama – dije yo – pero en realidad te queda muy bien ese bikini azul. Solo espero que no se te vaya a desamarrar de tu cintura la parte del calzón.

    Ay, no… imagínate – respondió mi madre, mientras se acomodaba su pequeños pechos en su corpiño. Que por cierto, aunque sus chichis no son muy grandes, se veía muy sabrosas en ese bikinazo.

    Unos minutos después, mi madre y yo bajamos a la alberca del hotel. Sin embargo, estaba cerrada. Entonces le preguntamos la gerente que si la iban a abrir, pero el contesto que no. Ya que el virus se estaba esparciendo muy rápido, por lo que teníamos que quedarnos en el cuarto sin salir.

    Mi madre se decepcionó un poco al escuchar eso. Y yo también. Aunque mi decepción no era por la alberca en sí, sino porque yo quería seguir viviendo a mi mama en su traje de baño, quería ver si cuando se mojará su bikini, se le podría notar sus pezones, o en el mejor caso, se le notará el bulto de pelos en su vagina.

    Pero en fin, no se puedo hacer nada. Así que nos regresamos al cuarto. Entonces mi madre me dijo: pues me voy a quitar este traje de baño, pide algo de comer por mientras. Entonces yo le respondí rápidamente, ¿pero por qué te lo vas a quitar? Déjatelo puesto, de todos modos está haciendo un montón de calor.

    Es que me pena que tú me veas así, me dijo ella un poco apenada. A lo que yo contesté, pues si soy tu hijo, no un maldito pervertido. Aunque realmente, me moría de ganas por desamarrarle ese bikini y luego meterle toda mi polla.

    No me refería a eso, hijo. Solo que ya estoy vieja, y pues no quiero que me veas las estrías que se me están haciendo en mi culo, me dijo mi madre en tono triste. Entonces yo me caminé hacia ella, y luego le dije, ¿pero de qué estás hablando? Tomé su cintura, la giré tantito, y mientras veía su culo, le dije: ya quisieran las jovencitas tener este hermoso culazo. Y cuando apenas se lo iba a tocar, ella se giró rápidamente y me dijo: Santiago, por favor… deja de hablar así del cuerpo de tu madre. Eso es muy inapropiado.

    Entonces me alejé de ella, luego me quité la playera que traía y me acosté en la cama. Sin embargo, me había olvidado que me hice un tatuaje en Canadá, por lo que cuando me quite la camisa, mi madre lo vio, y rápidamente ella se sentó al lado de la cama y me dijo: ¿Cuándo te hiciste ese tatuaje? Cuando estaba en Canadá, le dije mientras revisa mi celular.

    Entonces ella hizo algo que me excitó mucho. Con una de sus manos tomo mi pecho, que era donde estaba el tatuaje, y lo comenzó a tocar con las yemas de sus dedos. Era como si me estuviera acariciando. Así que mi polla se comenzó a parar. Pero rápidamente la cubrí con una almohada, antes de que ella se diera cuenta.

    Posteriormente ella se paró de la cama y me dijo: ¿Qué vas a querer para comer? A lo que yo contesté: una hamburguesa con piña. ¿Y tú qué te vas a pedir? A mí se antoja un pescado a la plancha, dijo ella mientras marcaba por teléfono.

    Unos minutos después llegó nuestra orden, y pues nos pusimos a comer. Cabe mencionar en este punto, que mi madre seguía con su bikini puesto. Al parecer, el tema del tatuaje hizo que se olvidará cambiarse. Lo cual yo agradecí mucho. Ya que cada vez que ella me daba la espalda, yo me penetraba con mi mirada esas enormes nalgas.

    Ya siendo las 8 de la noche. Mi madre se acostó del lado derecho de la cama y yo en el izquierdo. Y luego nos dispusimos a ver la tele. Mientras ella veía un programa de tv, yo estaba scrolleando en Instagram. Luego deje mi celular en el buró de al lado, y le dije mi mamá que pusiera un película.

    Ella acepto la sugerencia y con control remoto se dispuso a buscar una película. Sin embargo, no había ninguna película buena. Así que ella dijo: si quieres ve tú la tele, yo me voy a meter a bañar y luego me voy a dormir.

    En eso, ella se paró de la cama y mientras caminaba hacia el baño, yo no podía dejar de verle el culo. Me moría de ganas por meterme a bañar con ella y luego fallármela en la regadera. Sin embargo, quité de mi mente esos pensamientos y me dispuse a ver la tele.

    Unos minutos después mi madre me gritó desde el baño, me dijo que se le olvido meter su ropa para vestirse, que si le podía pasar unas pantis de su maleta y una camisa blanca de manga larga. Yo me paré rápidamente de la cama y caminé hacia su maleta, ya estando ahí, tomé una de sus pantis, era un calzón blanco, que no sé por qué lo hice, pero lo olí rápidamente y luego tomé su camisa y pase al baño.

    Ahí pude notar la silueta desnuda de mi madre. El vidrio era semitransparente por lo que se alcanzaba a notar la figura de cuerpo. Entonces le dije: aquí está la ropa. Te la dejo encima de la tolla. Si, gracias, hijo – contestó ella mientras el agua de la regadera recorría todo su cuerpo.

    Luego yo regresé a la cama, apagué la tele y tomé mi celular. Entonces mi mamá salió del baño, traía puesta la camisa larga que le di, y el calzón. Sin embargo, no pude notar, ya que la camisa le tapaba todo.

    Entonces ella me dijo; ¡Qué! Ya no vas a ver la tele. A lo que yo contesté: no hay nada bueno. Está mejor lo que estoy viendo ahora. Es decir, me refiero a lo que estoy viendo en mi celular. Aunque en realidad me refiera al cuerpo de ella.

    Luego ella se vino a acostar, y yo me paré a bañarme. Ya estando en el baño, me quería jalar la polla. Sin embargo, no quería pensar en mi madre mientras me masturbaba, porque aunque tenía ganas de follármela, no quería tener esos pensamientos en mi cabeza.

    Pero bueno, una vez salí del baño, mi madre ya estaba acostada y tapada con la sabana que tenía puesta la cama. Así que apagué la luz del baño y camine silenciosamente hacia la cama. Pero entonces mi madre dijo: tranquilo, hijo, aun no estoy dormida.

    Oh, yo pensé que ya estabas en tu quinto sueño, le dije a mi madre. No, hijo. Aún es muy temprano para dormir, pero como no podemos salir y en la tele no hay nada, pues por eso ya apagué la luz, me dijo ella. Si, que mala suerte nos tocó en estás vacaciones, le dije yo, mientras me acostaba en la cama.

    Ya estando los dos acostados, comenzamos a platicar un rato sobre diferentes temas. Luego ella me dijo: ya tengo sueño, ya me voy a dormir. Que descanses, hijo. Que descanse, mamá. Te quiero mucho. Luego me acerqué a su mejilla y le di un beso.

    Unas horas después, yo seguía despierto. Y es que antes de dormir, siempre me gusta meterme a ver videos y masturbarme con un vídeo de lesbianas. Sin embargo, no me quería meter al baño y jalarme allí. Porque como te decía hace un momento, no quería pensar en mi mamá.

    Siendo las 12 de la noche. Me levanté al baño a orinar. Y aunque lo hice sin prender la luz y de manera silenciosa para no despertar a mi madre, no lo logre. Ya que ella me dijo: ¿no puedes dormir, hijo? A lo que yo contesté: si, madre. Solo que me paré a orina. ¿Y tú por qué sigues despierta?

    Es que tengo mucho calor. Hace rato que salí de bañarme estaba fresca y esta camisa de manga larga era buena opción. Sin embargo, ahora ya no lo es – dijo ella. ¿Y por qué no te la quitas? Pregunté yo. Ay no, ¿cómo crees? No traigo nada abajo, me dijo ella un poco apenada. A lo que yo solo respondí: sigues con eso, pues si soy tu hijo. Además está oscuro, no te voy a ver.

    No, Santi, no te preocupes, ya me las arreglaré yo – me dijo mi madre. Entonces yo recordé que traía la pijama transparente que le compré a mi mamá en Canadá. Y aunque tenía miedo de dársela, creo que esa era la mejor oportunidad para obsequiársela.

    Así que regresé a la cama y le dije mi madre: oye, mamá… cuando estaba en Canadá, te compré algo que te pueda ayudar en esta situación. ¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué me compraste? Me preguntó mi madre. Bueno, es que no se si dártelo, ya que podría parecer un poco inapropiado – le dije yo con una voz nerviosa.

    Entonces ella se acercó un poco al lado de mi cama y me dijo: tranquilo, cariño. A ver, ¿qué me compraste? Entonces me levanté de la cama, prendí la luz del cuarto y luego le mostré la pijama a mi madre. Ella puso cara de sorpresa y luego dijo: ¡wow! Está muy lindo, ¿pero por qué me compraste eso? No sé, te estaba comprando las sabanas y cortinas que me pediste y de repente observe esté babydoll y pensé que te lo podría regalar.

    Ay, hijo. Sé que no lo hiciste con mala intención. Pero este tipo de regalos lo hace un esposo. No un hijo. Pero bueno, te agradezco el gesto. Ya me lo probaré algún día, me dijo mi madre. ¿Cómo que algún día? pues pruébatelo ahorita, es un pijama para dormir. Además es muy ligerita y te puede ayudar con tu problema del calor.

    ¿Pero qué dices, Santi? ¿Cómo me lo voy a probar ahorita? Se preguntó ella. A lo que yo conteste: ¿por qué no? ¿Qué tiene de malo? Además, no estoy diciendo que me enseñes cómo te queda. Solo te estoy diciendo que te lo pongas para que pueda dormir.

    No lo sé, dijo ella. Ándale, insistí yo. Bueno está bien, voy ir al baño a ponerlo, pero apaga la luz. Porque ahorita que salga no quiero que me veas, dijo ella. Está bien, mamá – contesté yo. Unos minutos después, mi madre salió del baño, y aunque no se veía nada por la oscuridad, aun así intente verla.

    Ya estando en la cama los dos, ella con la pijama que le regalé y yo con un short que me puse para dormir. Me dijo mi mamá: bueno, ahora si vamos a dormir. Entonces ella se volteó a su lado y yo al mío. Sin embargo, le dije a mi mama: oye, antes de dormirte te puedo hacer una pregunta.

    Si, dime – contestó mi madre. ¿Te gustó cómo te quedo? – Pregunté yo. Sí, pero me quedo un poco corto. Incluso, de espaldas se me ve toda la nalga. Bueno, más bien se me ve toda la panty que traigo puesta.

    Es que ese pijama va con un calzón cachetero negro, le dije yo. ¿Y tú cómo sabes? – Pregunto ella. Porque venía con uno – respondí yo. ¿Y lo traes en tu maleta? Creo que no, pero déjame ver. Entonces me levanté de la cama y encendí la luz, y aunque yo lo hice para buscar el calzón, también lo hice para ver si podía verle los pezones a mi mama. Pero no pude, ya que ella se estaba cubriendo con la sabana.

    Por suerte si encontré el calzón. Así que lo enseñe a mi mamá y le pregunté si se lo quería probar. Ella se quedó pensando, pero la final accedió. Así que me dijo que volviera apagar la luz, y así lo hice. Luego ella se levantó y se fue a cambiar

    Un minuto después salió del baño y sin decir nada, se metió a la cama. Entonces yo le pregunté, ¿qué tal, si te quedo? A lo que ella contestó: si, me quedo muy bien. Incluso lo traigo puesto. Cuando yo escuché eso, me excite mucho. Comencé a imaginar el culo, el coño y las tetas de mi madre en ese babydoll.

    Entonces le dije a mi madre: me hubiera gustado ver cómo te queda. A lo que ella respondió un poco enojada: ¿Qué te pasa, Santiago? Soy tu madre. ¿Deja pensar en esas cosas? ¿Sabes qué? Mejor ya vamos a dormir.

    Yo supe que en ese momento la había cagado, así que opté por quedarme callado y me volteé hacia mi lado para dormirme. Sin embargo, mi madre se movió de la cama y se acercó a mí. En eso, ella me dijo: perdóname, hijo. Es que me siento muy rara cuando me hablas así. Pero te agradezco mucho el regalo.

    En ese momento, yo pude sentir los pechos mi madre rosando mi espalda. Quería voltear y decirle a mi madre que no se preocupará, que no tenía nada de que perdonarla; pero en lugar de eso, jugué mi carta maestra.

    Le dije a mi madre: te quiero mucho, mamá. Eres la única persona que tengo en el mundo. Y sé que no debía haberte pedido eso. Pero mi papá nos abandonó hace años y solo nos tenemos a nosotros. Y pues, yo solo quería que le pudieras presumir a alguien su belleza.

    Entonces ella dijo: tienes razón, hijo. ¿Qué te parece si pendres la luz de tu buró y te enseño cómo me queda? En ese momento yo me excite demasiado, pero intente tranquilizarme. Así que solo dije: de acuerdo, madre.

    Entonces yo prendí la luz de mi buró y mi madre se levantó de la cama. Y fue en ese momento cuando pude ver el cuerpo de mi mamá casi desnudo. La lámpara no daba mucha luz. Sin embargo, se alcanzaba a ver los pezones de mi madre, y aunque con sus manos se cubría su vagina, aun así era muy excitante verla.

    Luego ella se dio la vuelta y me dijo: mira, ve como se me ven todas las nalgas. Y eso que traigo el calzón cachetero. Si no trajera nada, se me vería todo el culo., eso dijo ella mientras los dos nos reímos. Y entonces, qué dices… ¿me veo bien? Me preguntó mi madre.

    Te ves hermosa, madre. Yo no sé cómo mi padre no quiso tener una belleza como tú a su lado. A lo ella contestó un poco apenada: ay, hijo. Muchas gracias por el piropo. En cuanto a tu papá, olvídate de él. ¿Crees que todavía soy sexy, hijo? Claro que sí, mamá. Cualquier hombre tendría suerte de estar con una mujer como tú.

    Ay, Santi. No digas eso. Tú sabes que el único hombre de mi vida eres tú. Eres mi hijo, y siempre te voy a cuidar. Oye, mamá, por cierto: ¿hace cuánto tiempo no estás con un hombre? A lo que ella respondí: ¿Qué clase de pregunta es esa? Por favor, mamá, ya estamos en pleno 2020, los hijos y madres pueden hablar de esta cosas. ¿Por qué tú no quieres hablar conmigo sobre sexo?

    De acuerdo, vamos hacer esto, Santi. Tú y yo vamos hablar de sexo esta noche. Pero a partir de mañana toda esta plática va quedar en el olvido, ¿de acuerdo? Además – continuo diciendo mi madre – quiero que hablemos de este tema, pero con la luz apagada. No quiero que me veas a los ojos, ni yo ver lo tuyos. Se me haría muy incómodo.

    Muy bien, contesté yo. ¿Qué quieres saber? Preguntó mi madre. ¿Cuánto tiempo tienes si estar con un hombre? Pregunté yo. Tiene como 4 años que no estoy con un hombre sexualmente hablando, respondió ella.

    ¿Y en ese tiempo solo te has masturbado? Pregunte rápidamente. Santiago, por favor – contestó mi madre. Tú dijiste que hoy íbamos hablar de sexo y la masturbación entre en ese tema, así que contesta – le dije a mi madre.

    Bueno, antes de que te contesté, a ver tu dime… ¿Hace cuánto tiempo que no estás con un chica? Y cuando no estás con alguien, ¿te la pasas masturbándote? Preguntó mi madre. A lo que yo contesté si reparo alguno: llevo unos meses sin tener sexo. Y en ese tiempo, claro que me he masturbado, no lo hago siempre, porque a veces llego muy cansado del trabajo, pero si lo hago. ¿Ahora te toca a ti responder?

    Ay hijo, que barbaridad. No deberíamos estar hablando de esto, pero bueno. Yo no me suelo masturbar mucho. Pero si lo he hecho – dijo mi madre un poco apenada. A lo que yo pregunté rápidamente, ¿cuándo fue la última vez que te masturbaste? Hace como un mes – contestó mi madre.

    En ese momento, mi polla ya estaba toda erecta. Pero gracias a que la luz estaba pagada, mi madre no podría observarla. Entonces le hice la siguiente pregunta: ¿te has masturbarte con tus dedos o usaste algún juguete sexual? Por cierto, también quiero saber, ¿en qué o quién pensabas cuando te masturbabas?

    Por favor, Santiago, ¿para qué quieres saber eso? Dijo mi madre con una voz rara. ¿Ándale ya dime? Le dije yo. Pues cuando era más joven me masturbaba con un dildo. Pero ahora que ya estoy vieja, solo uso mis manos. Y en cuanto a quién pienso cuando me estoy tocando, pues en mis exnovios.

    Ahora te toca a ti responder las mismas preguntas – me dijo mi madre. Sin embargo, yo no paraba de imaginar a mi madre con la piernas abierta y metiéndose un dildo por su coño. Así que aproveche que la luz estaba apagada para sacarme mi polla y empezar a acariciarla.

    Bueno, en alguna ocasión me compré una muñeca inflable, pero no me gustó la experiencia. En cuanto a quien pienso cuando me masturbo, pues también a mis exnovias. Me acuerdo cuando las penetraba. O cuando me estabas haciendo sexo oral.

    Por cierto, ¿te gusta el sexo oral, mamá? Si, contestó ella. Y luego dijo: algunos chicos me dijeron que era muy buena chupando pollas. ¿Y lo eres? Cuestioné yo. Pues ninguno de mis novios se quejó. Así que yo pienso que sí – dijo mi madre.

    En ese momento yo le quería decir que lo hiciera conmigo, pero no quería que ella se sintiera incomoda o que fuera arruinar la noche. Así que opté por aguantarme y seguir la conversación. Entonces yo le dije: ¡Genial, mamá!

    ¿Y tú, hijo? Preguntó ella. ¿Yo qué? Pregunté como si no supiera a lo que se refería. No te hagas el tonto – dijo ella – te estoy preguntando si te gusta el sexo oral. Claro que me gusta, tanto hacerlo como que me lo hagan. ¿Y qué tal bueno eres con la lengua? Preguntó sin tapujos mi madre.

    Oye, tranquila – dije yo. ¡Qué! ¿Ya te dio pena? Preguntó mi madre en tono burlón. Entonces aproveché ese momento para acércame un poco a mi madre, sabía que ella no iba decir nada. Así que me puse muy cerquita de ella.

    Ella solo suspiro y luego dijo: ¿entonces? Pues mira – le dije a mi madre – siempre que voy hacer sexo oral, me gusta pasar mi lengua por los pezones de la chica, luego recorro todo su cuerpo con mi lengua, y una vez llego a su vagina, abro bien su pierna y mi lengua se encarga de penetrar ese lindo coño.

    En ese momento, pude sentir que la respiración de mi madre se aceleró un poco. Incluso podría asegurar que sus pezones ya estaba parados y su calzón ya estaba un poco mojado. Sin embargo, la luz seguía apagada y no podría comprobar mi teoría. Así que continúe con la plática.

    Dime una cosa, mamá: ¿cuál es tu posición favorita? A lo que ella contestó sin titubear: estar arriba de la persona, pero yo dándole el culo hacia la persona. Cabe aclarar que cuando mi madre dijo eso, yo seguía con mi polla afuera y aunque ya estaba saliendo un poco de semen, intente que este no sonará cuando me la estuviera jalando.

    Así que solamente le dije a mi madre: ¡Wow! parece que te gusta ser dominadora en el sexo. A lo que ella contesto: la verdad que sí, hijo. Por cierto, dije yo: ¿te gusta el sexo anal? Pues una vez tu padre intento penetrarme por ahí, pero no pudo. Así que no sé si me gusta, ya que nunca me lo han metido por ahí – dijo ella.

    ¿Y te gustaría experimentarlo alguna vez? – Pregunte con mucha curiosidad. No lo sé – respondió ella. Creo que ya no estoy en edad para tener sexo por ahí, concluyó mí madre. En ese momento me daban ganas de decirle que yo podría ayudarla con ese problema, pero siento que estaría rebasando los límites.

    Así que opté por seguir platicando con ella. Entonces ella preguntó: ¿cuál es tu posición favorita? ¿Y te penetrar a tus chicas por el culo? Mi posición favorita es la de perrito, y fue en ese momento cuando escuché que mi madre murmuró – uy, que rico – yo ya estaba súper excitado y mi polla ya estaba a punto de explotar, pero trate de aguantar lo más posible.

    Así que después de ese pequeño murmuro continúe diciéndole: el sexo anal me gusta, siempre y cuando yo vea que la chica sea limpia. En eso mi mamá dijo: como yo. Y luego corrigió rápidamente su comentario con “me refiero a que yo soy muy limpia en la casa”.

    Creo que en este punto, mi mamá ya está un poco excitada. Pero no se atrevía a admitirlo. Así que pensé rápidamente en dos preguntarás que me llevaran a ese punto, en donde ella admitiera lo cachonda que estaba.

    Fue entonces que ella dijo: oye, hijo… ¿prefieres las bubis grandes o el culo grande? A lo que respondí: me encantan los culos grandes, así como el tuyo. Me gusta nalguear a las chicas cuando estoy en la posición de perrito.

    Una vez dicho esto, se presentó un breve silencio por parte de los dos. Sin embargo, mi nariz pudo detectar ese olor que las mujeres emiten cuando su vagina ya está mojada. Pero como te decía hace rato, no podía dar el siguiente con mi mama, sin asegurarme que ella estaba igual de excitada que yo.

    Así que me atreví a preguntarle lo siguiente: oye, mamá… Si en este momento te dijera que tengo el pene de fuera y que me estoy masturbando, ¿te enojarías conmigo? A lo que ella respondió: no te creo, hijo.

    En eso tomé su mano izquierda y la dirigí hacia mi polla. Ella puso un poco de resistencia, pero apliqué un poco de fuerza hasta que la tocó. En eso, ella la apretó un poco. Y luego hizo dos movimientos hacia arriba y hacia abajo que casi me hacen venir.

    Entonces ella dijo: ¡Wow! Al parecer si es verdad. Luego soltó mi polla y dijo: creo que esto ya se está saliendo de control, hijo. Así que vamos a pararle aquí. Y antes de que ella dijera otra cosa le dije: de acuerdo, madre. Pero antes de terminar, ¿me podrías hacer un favor? Depende – contestó ella. A lo que yo respondí: dime si o no.

    Mmm… Bueno, está bien, hijo. Pero después de este favor ya nos dormimos ¿de acuerdo? Si, lo prometo, madre. Bien, ¿dime qué quieres que haga? Lo único que quiero es me dejes prender la luz del cuarto y me dejes masturbarme mientras veo tu cuerpo completo. ¡Claro que no! – Dijo ella un poco enojada – no me voy a quitar mis pantis y que veas la vagina.

    No, no, no… No quiero que te quites el pijama. Solo quiero que te quedes así acostada como estás, que cierres lo ojos y que me dejes masturbarme mientras admiro tu hermoso cuerpo en ese babydoll. Por favor, mamá… hazme ese favor, ¿sí?

    De acuerdo, pero no quiero que vayas a tocar mí cuerpo, solamente se vale ver – sentencio ella. Por cierto, dijo ella: yo también me excite un poco así que vas a ver un poco mojadas mis pantis, ¿ok? Yo solamente reí leventemente, y solo dije ok.

    Entonces me levanté de la cama, con la polla de fuera, y le dije a mi mamá que se tapara la cara con la almohada. O que si quería conocer mi verga, se quedara con los ojos abiertos. Ella optó por la almohada, ya no quería cruzar el límite de verle la polla a su hijo. Creo que al parecer ya no se acuerda que me la tocó. Incluso me masturbo leventemente.

    En fin, ella se puso la almohada, yo prendí la luz. Y en ese momento, cuando me acerque a la cama, pude ver en todo su esplendor el cuerpo mi madre. Como la pijama era transparente, pude observar lo picudo de sus pezones y en cuanto su coño, no podía verlo bien, ya que tenía las pierna cruzadas.

    En eso, le dije: no se vale, madre. ¿No se vale qué? – Contestó ella. Tienes que dejarme ver todo tu cuerpo, así que separa las piernas, le ordené yo. No puedo, hijo – respondió rápidamente. ¿Y si yo te ayuda a separarla? Le pregunté mientras que con mis manos ya estaba abriendo ese hermoso compás.

    Una vez que abrí sus piernas, mi excitación llegó a su punto máximo. Quería comerme ese coño y luego meterle mi polla con todo y huevos. Sin embargo, me aguante. Así que cuando separé sus piernas, pude notar dos cosas: 1) Pude notar a través de la transparencia del calzón todos los pelos de coñito. 2) Pude apreciar mediante el olor que su calzón estaba muy mojado. Eso me súper excito. Ya que acerqué tanto mi boca y mi nariz que casi saco mi lengua y se la chupo.

    Una vez que ya estaba en posición y con mi polla a punto de explotar, tome mi verga y la comencé a acariciar lentamente. Se escuchaba cada movimiento que hacía, ya que el líquido pre seminal ya había cubierto toda mi polla.

    En eso mi madre dijo: apúrate, hijo. Que esto que estamos haciendo no está bien. Yo por supuesto no le iba hacer caso, me iba tardar lo máximo posible, ya no quería dejar de verle las chichis y el coño a mi hermosa madre.

    Así que seguí masturbándome, pero mientras lo hacía, comencé a hablar. Le decía a mi madre: pero que ricos pezones tienes, no me cansaría de chuparlo una y otra vez. Me encantaría recorrer mi lengua por todo tu vientre y acariciar con mi boca todos esos pelitos que cubren ese hermoso coño. Luego usaría mi lengua para morder tus labios vaginales y chupar tu clítoris una y otra vez.

    Mi madre estaba con sus manos en la almohada. Sin embargo, una vez que comencé a decirle todas esas cosas, una de sus manos se posó por su cuello, y entre más hablaba, más bajaba su mano hasta su pecho.

    Luego yo me quede callado y dejé que el sonido de mi masturbación la excitara más. Y funciono. Ya que mientras yo me masturbaba, ella bajo sus manos hasta su vagina y comenzó a acariciarla por encima del calzón.

    Era tan excitante la escena, que le dije a mi madre: ya estoy a punto de venirme. No seas mala, déjame ver tu coño. En eso, ella tomo con su mano izquierda su calzón y lo hizo hacia un lado. Y en efecto, su coño estaba lleno de pelos mojadas y sus labios vaginales ya estaban súper hinchados.

    En eso, tomé una de mis manos y baje los tirantes de su babydoll. Yo pensé que ella me iba a parar, pero no. Ella sin quitarse la almohada de encima, uso la mano que tenía libre y bajó la pijama por completo. En ese momento, puede ver lo grande y picudo de sus pezones.

    Yo ya estaba a punto de venirme. Así que se lo hice saber mi madre. Y cuando pensé que esto ya estaba por acabar. Ella me dijo: aguanta un poco más, hijo. Yo también estoy a punto de venirme. Entonces yo voltee a ver su coño, y ahí estaba dos dedos penetrando su vagina.

    Así que hice un movimiento algo arriesgado. Solté mi polla y lentamente le quite la almohada de su cara a mi madre. Ella seguía con los ojos cerrados y gimiendo por la masturbación que se estaba haciendo. Ohhh, siii, ohhh, siii, decía mi madre sin abrir los ojos.

    Entonces acerque mi polla cerca de su cara y luego la toma con una de sus manos y comencé a pasar por la boca de mi mamá. Ella la sintió rápidamente, pero en lugar de chuparla, solo dijo: no, hijo, esto es malo. Entonces usé la psicología inversa. Tranquila, madre. Solo quería comprobar si eras tan buena como decías en esto de las chupadas. Y antes de alejarme de su cara, ella abrió los ojos, tomó mi polla y se la metió toda en su boca, luego la saco y con su lengua comenzó a chuparla desde abajo.

    Y mientras que con su boca me chupaba la polla y con su mano se masturbaba, me dijo: ¿quieres que me la coma toda? No creo que te quepa – dije yo. Y en microsegundos, abrió toda su boca y se la metió hasta el fondo. Yo pensé que se iba ahogar, pero tenía una garganta profunda.

    Yo estaba en la gloria. No podía creer que mi madre, una señora muy recatada, me estaba dando la mejor chupada de mi vida. No podía creer que estaba con mi madre en una cama de hotel, ella con los pechos afuera, un babydoll a medio a cuerpo y con media vagina afuera. Era estúpidamente excitante ese momento.

    En eso mi madre se saca la polla de la boca y me dice: eso es todo, hijo. No voy a dejar que vayamos más lejos. Así que me arme de valor, le tomé sus manos y le dije: es mi turno. Ella puso un poco de resistencia, pero cuando mi lengua tocó uno de sus pezones, dejo de resistirse.

    Entonces solté sus manos y comencé a chuparle y morderle sus dos pezones. Ella tomó mi cabeza y me la hundía entre sus pechos. En eso comencé a recorrer con mi lengua todo su cuerpo, y cuando ya estaba a punto de llegar su coño, me levanto de la greña, me miro a los ojos y me dijo: hazme venir.

    Entonces con mis dos manos tomé su calzón y se lo bajé de rápidamente. En ese momento, pude sentir como su coño me pedía a gritos que me lo comiera. Y eso hice. Primero le mordí sus labios vaginales, luego comencé a penetrarla con mi lengua y por ultimo absorbí toda su vagina de un solo jalón.

    Ella solo se retorcía y gritaba… ohhh, siii, ¡así mi amor!, ¡dame más! Ohhh, siii, ¡no pares, hijo! Y mientras yo seguía penetrándola con mi lengua, ella se pellizcaba sus pezones. Entonces volví a subir por todo su cuerpo y cuando estaba cerca de su cara, la besé apasionadamente.

    Yo creí que ella me iba a rechazar, pero estaba tan excitada que me respondió el beso. En eso ella me dice, no me vayas a penetrar con tu polla por favor, no quiero cruzar esa línea contigo. Además de que una vez pase la excitación, nos vamos a arrepentir.

    Entonces yo le dije: de acuerdo, madre. Pero por lo menos me dejarías que la roce con mi glande. Ella dije que no, pero yo ya lo estaba haciendo. Y como vi que mi madre se estaba excitando más, aceleré el movimiento y comencé a meterle la punta en su vagina.

    Ella decía entre gemidos que tuviera que cuidado, que ya estaba casi adentro. Y entonces la volteé para que se acomodará en posición de perrito. Y comencé a rosarle toda mi polla por su culo y su coño. Entonces le dije: ¿quieres que lo haga o no? No, hijo, por favor no lo hagas, dijo ella sin voltearme a ver.

    Entonces me separé de ella y le dije: por lo menos podríamos simular que te follo en la posición que te gusta. Ella no dijo nada, solo me tumbo en la cama, se subió encima de mí, pero de espaldas, y comenzó hacer movimiento como si folláramos, pero su coño solo rozaba la punta de mi verga.

    Yo ya sabía que no iba poder follar a mi madre. Pero al menos me conformaba con todo lo que hicimos hoy. Sin embargo, mientras ella rosaba sus labios vaginales contra mi polla, de su boca salieron las siguientes palabras: Ay, hijo… ya no aguanto. Y pum, se sentó en mi verga y comenzó a moverse como una verdadera experta. Yo solo podía ver como se movía sus nalgas.

    Ella comenzó a gritar muy fuerte, entonces se puso la mano en la boca y mientras se venía, su cuerpo se fue doblando hacia atrás. Y entre gemidos, cansancio y sudor me dijo: muchas gracias, Santi. Fue la mejor follada de mi vida. Luego me dio un beso en los labios y se tiró al lado de la cama.

    Oye, mamá… yo todavía no me venía – le dije un poco enojado. Ay, hijo, si quieres te la chupo y te vienes en mi boca, me dijo ella entre jadeos. A lo que yo contesté: no gracias. Y sin más que decir, revise mi celular y ya eran casi las 3 de la mañana.

    Entonces mi madre se levantó de la cama y camino hacia el baño. Y antes de que llegará a él, yo la tomé por la espalda, y le dije: si no me puede venir dentro de tu vagina, me vendré adentro de tu culo. Así que la recargue contra la pared, le levanté un poco su enorme culo y como mi polla seguir parada, se la comencé a meter.

    Ella no opuso resistencia, sin embargo, su ano no estaba muy lubricado como para la penetración. Así que le dije que me la chupará un poco. Entonces se arrodilló, y me la comenzó a chupar. Realmente era una experta en esto de la felación.

    Unos segundos después, cuando ya estaba lubricada mi verga, la voltee, ella puso sus manos en la pared y me dijo: escupe mi ano y luego poco a poco ve metiendo tu polla, hijo. Así que obedecí la orden y unos segundos después, mi polla está follando el culo de mi madre.

    Yo pensé que ella no lo iba a disfrutar, sin embargo, no dejaba de gemir. Incluso mientras la penetraba, ella tomó una de mis manos y comenzó a chupar mis dedos. En eso tomé mi otra mano, y comencé a nalguearla con mucha fuerza, ello grito un poco por el dolor, pero me dijo que lo hiciera otra vez.

    Y cuando ya estaba a punto de venirme, ella me dijo: no te vengas en mi culo. Voltéame, cargarme de las piernas y vuelve a follarte mi vagina. Y eso hice. La cargué, la repegué en la pared y comencé a penetrarla una y otra vez… ella solo gemía y gritaba… Oh, siii, siii, mmmm, dame toda tu leche, hijo… soy toda tuya… y yo cada vez que escuchaba eso, pues más me excitaba.

    Unos segundos después, mi polla explotó dentro del coño de mi madre. Ella sonrío y me dijo: acabo de sentir toda tu leche recorriendo todo mi ser. Espero que te haya gustado, porque a mí me encanto. Luego nos dimos un beso y posteriormente la baje, entonces ella, abrió un poco su vagina y mi semen comenzó a escurrir por toda su pierna. Ella agarró un poco con su mano y se lo tragó.

    Nunca olvidaré ese día. Y espero que mi madre tampoco lo olvide.

  • De padrastro a padre de mis mellizos

    De padrastro a padre de mis mellizos

    A Sergio lo conocí cuando tenía 16 años. Él tenía 40 años, muy buen físico, atractivo y muy elegante, con unos modales exquisitos. Encima profesional, Ingeniero en Sistemas, y como sabría tiempo después, un bocho. Tenía su propia consultora y trabajaba para empresas tanto de Argentina como del exterior.

    La noche que lo conocí había venido a cenar a casa invitado por su novia, Roxana, mi madre. Le trajo un ramo de rosas espectaculares, y una torta helada para de postre. Yo no podía sacarle los ojos de encima, me maravillaba como miraba a mi mamá, podía ver en esos ojos cuanto la amaba. Charlamos bastante, pero él cuidó no hacerme preguntas personales, incomodas.

    Meses después se casaron. No se fueron de viaje de bodas, del registro civil, a casa. Lo primero que hizo en casa fue pedirme hablar en privado, a lo cual accedí de inmediato.

    “Silvia, como te imaginarás conozco parte de la historia de tu familia, la que me ha contado tu madre. Por los momentos que hemos compartido hasta ahora, creo que tendremos una muy buena relación. Obviamente no soy tu padre, ni pretendo ponerme en ese lugar. Solamente quiero ofrecerte dialogar todas y cada una de las veces que lo necesites. Si vos estás de acuerdo, me gustaría ofrecerte mis puntos de vista cuando lo considere, sin que sean imperativos. Me casé con tu mamá, pero espero que los tres formemos una familia. Yo no tengo hijos y deseo que Uds. sean mi familia.” Dijo recalcando las últimas palabras.

    “Entonces, si querés que empecemos bien, decime Sil, que es como me dice mi mamá. La verdad es que siempre me caíste bien, desde el primer día y sé que amas a mamá y te preocupas por hacerla feliz. Eso me hace feliz a mí. Y podes decirme todo lo que quieras, bueno, malo, consejos, reproches. Trataré de tomar todo para crecer. Aunque la vieja hizo todo lo posible por ocupar los dos roles, pero no te voy a negar que muchas veces necesité la palabra de un hombre, de un padre.” Dije.

    Los años siguientes fueron increíbles, nunca tuvimos roces, cuando me tuvo que decir algo me lo dijo con tranquilidad, explicándome su punto de vista. Yo aprendí a confiar en él, si salía con un chico al primero que le contaba era a él. Y si salía de noche, sabía que él estaba despierto leyendo hasta que yo llegaba a casa, pero nunca me cuestiono la hora.

    Con mi mamá, eran la pareja más feliz del mundo. Aunque trataban de cuidarse, muchas noches los escuchaba gozar haciéndose el amor, riendo, o chocando las copas en un brindis en la intimidad. Más de una vez, en el desayuno los molestaba cargándolos por eso, y ellos se reían como dos chicos. Y Sergio siempre decía lo mismo: “Es culpa de tu madre Sil, es demasiado hermosa. Y muy traviesa.” Nunca ocultaban lo mucho que se disfrutaban.

    Cuando tuve que elegir una carrera, opté por seguir sus pasos, aunque él nunca influyó en lo más mínimo. Pero cuando empecé, me explicaba lo que necesitara, las veces que lo necesitara. En tercer año me ofreció trabajar con la consultora. No importaba que fuera su hijastra, tenía que cumplir horarios, objetivos, era una empleada más, y como yo tenía mi jefe, él nunca intervenía.

    Ocho años de casados llevaban cuando a mi mamá le diagnosticaron cáncer. Un cáncer terminal. En menos de un año se la llevó. Los últimos tres meses el casi no fue a trabajar, estaba a su lado todo el día. Muchas noches lo vi dormir sentado en una silla tomándole la mano a mi madre mientras dormía, llorando en silencio.

    Cuando mi madre murió, después de su entierro, nos fuimos los dos a casa. Nunca pude olvidar su cara, sus ojos llenos de lágrimas, cuando me dijo:

    “Perdoname, no pude hacer nada, el maldito cáncer no me dejó chance.”

    No pude decirle nada, solo pararme y abrazarlo. Era un hombre vencido, encorvado sobre la mesa, y la cabeza gacha. No hablamos más durante ese día. Ni siquiera cenamos. Durante la noche lo escuche llorar, por varias horas, y cuando no lo hacía, abría con cuidado la puerta de mi cuarto, para ver si yo dormía, y yo me hacía la dormida.

    Cuando desperté la mañana siguiente lo encontré en la cocina, preparando el desayuno. Su cara era otra, me saludó como siempre, con un beso en la frente, y me sonrió. Aunque era una sonrisa forzada. Me salió de adentro abrazarlo y darle un beso en la mejilla.

    “Dale, sentate de una vez a desayunar.” Me dijo haciéndose el malo.

    “No te sale bien.” Le dije y él sonrió.

    Al día siguiente los dos fuimos a trabajar. De a poco, nos fuimos acomodando con las comidas, las cosas de la casa. Todo fue muy simple, los dos queríamos que el otro descanse, no haga nada. La primera vez que fue a poner la ropa en el lavarropas lo tuve que parar porque mezclaba toda la ropa. Nos reímos mucho. Y su cara de sorpresa al ver una de mis tangas, fue tremenda.

    Una semana después, mientras sacábamos la ropa de mi madre para donarla, me pidió que me siente en la cama.

    “Sil, necesito hablar con vos. Lo primero que quiero decirte es que entre las cosas que me dijo tu madre los últimos días, fue que te diga que quiere que sigas siendo libre. Confía mucho en vos, sabe de tu ubicuidad, tu responsabilidad. Te crio libre y quiere que sigas siéndolo.

    Segundo, y yo necesito decírtelo, es que estaba súper orgullosa de vos. Toda su vida fuiste la luz de sus ojos.

    Tercero, aunque creo que no necesito decírtelo, sigo siendo Sergio, no…” dijo y se quebró.

    “Y cuarto, contarte que mañana tenemos que ir a un escribano. Hay unos papeles que tenemos que firmar. Como vos sabes, tu mamá se había divorciado cuando murió tu papá. Por el divorcio ella recibió una cantidad de plata y propiedades. Luego cuando fue lo de tu papá, lo de él pasó a ser tuyo como herencia. Todo eso, lo que recibió tu mamá, las propiedades y tu herencia, tu mamá lo puso en un fideicomiso. Cuando le diagnosticaron la enfermedad, me hizo firmar para ser yo quien lo maneje hasta que ella… Bueno, ahora es tiempo que yo te lo transfiera, que vos misma lo manejes. Además tenemos que hacer la sucesión por los bienes y el dinero de estos años que estuvimos casados, que también es tuyo.”

    “No, no quiero. Nada, no quiero nada.” Dije.

    “No pasa por no querer Sil, debe ser así.” Dijo serio.

    “¿Qué, no querés que viva más con vos?” Pregunté seria.

    “No, para nada.” Dijo casi gritando. “Esta es tu casa.”

    “No quiero hablar más de esto ahora.” Dije y seguí juntando las cosas de mi mamá, aunque algunas me las quedé.

    Al día siguiente fuimos a la escribanía. Sergio de una carpeta sacó unas hojas, y se las dio al escribano, que las juntó a otros papeles.

    “Señorita, aquí tiene todos los papeles. Y también un detalle de los movimientos contables que realizó Sergio en el tiempo que estuvo a cargo del fideicomiso. Por favor, lea detalladamente y cualquier cosa me pregunta.” Dijo el escribano.

    Cuando leía la cantidad de propiedades, acciones, títulos públicos y dinero depositado en los bancos no lo podía creer. Eran millones de dólares.

    “Escuchen, esto no puede ser, es una locura.” Dije.

    “Señorita, Ud. tiene el derecho de firmar en disconformidad, e iniciar las acciones legales si considera que hay malversación de bienes, o dinero.” Dijo el escribano.

    “No, no es por eso. Esto es una fortuna. Esto vale millones de dólares. ¿Cómo puede ser?”

    “Sil, tu madre siempre quiso preservar eso para vos. Y lo hizo muy bien.”

    Me abrace a Sergio y me largué a llorar con todo. Aunque nunca me hizo faltar nada, sabía que mi madre no habría tenido que trabajar si hubiera usado esa plata. Cuando me calmé, firmé los papeles y fuimos de nuevo a casa.

    Poco a poco, el dolor y la angustia por su muerte fueron cediendo. Sergio me ayudaba y enseñaba a manejar lo que había recibido.

    El tiempo pasaba y seguíamos viviendo juntos, es decir, los dos en la misma casa. Salíamos a cenar juntos muchas veces, siempre porque yo insistía. Sergio no salía de noche solo, casi no se veía con los amigos, ni se compraba ropa o cosas para él.

    “Sergio, ya pasaron dos años de la muerte de mamá. No puede ser que no salgas, no te juntes con amigos, ni siquiera te compras ropa. Te pido por favor, deja que termine de partir. Ella seguro que querría verte bien, feliz, hasta con otra mujer. Y si es por mí, dejate de joder. Le diste todo a mi mamá, pero sobre todas las cosas, la amaste y la hiciste feliz. Y yo quiero verte bien, te vas a terminar enfermando de pena.” Le dije mientras almorzábamos en casa un domingo.

    “Es que…” Dijo.

    “Nada, entende que te quiero ver sonreír. Quiero verte contento, haciendo cosas que te hagan bien.” Dije.

    “Bueno, pero y vos? Vos tampoco salís, y no me contaste nunca si estás de novia, tenes un amigovios, nada. Vos también tenes que vivir.” Dijo.

    “Puede ser.” Dije.

    A partir de ese día, Sergio salía con amigos, se volvió a comprar esos trajes espectaculares que me volvían loca de chica, perfumes. Yo salía con algunas amigas y de vez en cuando a bailar. La vida en casa era divertida, bromas, noches de Netflix o películas en la tele mientras tomábamos whisky, paseos, compras juntos. Sin querer nos convertimos en una pareja, aunque sin una parte.

    Una tarde, estaba con una amiga tomando un café después del trabajo, y vinieron dos chicas que eran amigas de ellas. Yo hablaba y cada rato lo nombraba a “Sergio”. Una de las chicas me preguntó:

    “¿Hace mucho que estás en pareja con tu novio, Sergio?”

    “No, Sergio es…” dije y me quedé trabada. “Es un amigo nada más.”

    “Ah, porque hablas de él, con un amor tremendo, como si fuera tu novio o tu marido.” Dijo.

    Me dejó pensando. Un rato después se fueron y me quedé a solas con mi amiga.

    “¿Vos pensas lo mismo?” Le pregunté.

    “Silvia, hace rato que lo pienso. Sé quién es, pero creo que vos te estas enamorando de él, si ya no te enamoraste.”

    “¿Sabes que no te puedo decir que estás loca?” Dije.

    Los días siguientes, me puse a ver bien que sentía, como nos movíamos los dos, pero sobre todo por qué yo hacía ciertas cosas. Y tuve que aceptar que estaba enamorada de él. Y de allí, a pensar que hacer, que decir, como, fue un paso.

    Yo ya tenía 26 años, y él estaba por cumplir 50. Decidí que era el momento. Una tarde con pretextos me fui de la oficina, compre ropa, un regalo, y fui a una agencia de viajes y llegué a casa antes que él.

    “Mañana es tu cumple, 50 años.” Dije.

    “Ya voy a ser oficialmente viejo.” Dijo él.

    “O no. Te cuento que ya hice reservaciones en un restaurant nuevo, está de moda. Y pasado mañana, a las 9 de la mañana, en un avión chárter, nos vamos a Bahamas por una semana. Así que andá avisándoles a los chicos mañana que desaparecemos por una semana o diez días.”

    “Vos estás, loca, eso sale millones de pesos. Creo que te estoy pagando mucho sueldo me parece.” Dijo riendo.

    “Es plata mía, y del sueldo hablamos a la vuelta.” Dije.

    “No, en serio. Es una locura. Cancélalo.” Dijo.

    “No puedo, ya pagué por todo. Ah, y para la cena, te quiero ver en uno de esos trajes espectaculares tuyos.” Dije y me puse a cocinar.

    La mañana siguiente, lo esperaba con el desayuno y un regalo bastante voluminoso.

    “Buen día, Que tengas un gran día, me voy a esforzar mucho para que así sea.” Dije.

    “Gracias, pero ver tu sonrisa ya hace que sea un gran día.”

    “Toma, este bulto es para vos.” Dije.

    Cuando lo abrió y vio que era un bolso me fue a agradecer pero le pedí que lo abra. Adentro había un equipo de fotografía, cámara, varias lentes, un trípode y otras cosas. A Sergio se le llenaron los ojos de lágrimas.

    “¿Cómo sabías?”

    “Digamos que alguna vez alguien me contó que era tu hobbie y te habían robado el equipo. Espero que te guste y sirva, porque yo no sé nada. Los chicos de la casa de fotografía lo armaron.” Dije.

    “Es una locura, espectacular, pero sale una fortuna, vos te volviste loca.”

    “Si, me volví loca…” y me pude parar a tiempo.

    “Ah, y acordate, esta noche cena y mañana viaje.” Dije.

    “Pero…”

    “Nada de peros.” Dije.

    A la noche, él fue el primero en estar listo. Cuando lo vi me derretí. Era un traje nuevo y le quedaba espectacular. Él se quedó con la boca abierta cuando me vio. Tenía un vestido largo, con un tajo importante en la falda, bastante escotado y con la espalda descubierta. Además me había peinado y maquillado.

    “¿Qué pasa, no te gusta como estoy vestida?”

    “Si, claro. Estás hermosa. Sos hermosa. Solo que ya no sos…”

    “Una adolescente. No Sergio hace varios años. Soy una mujer.” Dije y fui hacia el auto.

    Cuando llegamos al restaurant entre tomada de su brazo como normalmente caminábamos.

    “Sr., Sra., adelante, su mesa está reservada.” Dijo el recepcionista.

    “Gracias.” Me apuré a decir antes que Sergio fuera a aclarar.

    Durante la cena, varias veces el mozo y el maître me llamaron Sra., yo lo miraba a Sergio y le guiñaba un ojo. Antes del postre una pareja amiga de Sergio se acercó a saludar cuando se iban.

    “Hola les presento a Silvia, ella es…” dijo Sergio cuando lo interrumpí.

    “Una amiga, simplemente una buena amiga festejando su cumpleaños.” Dije.

    Ellos lo saludaron por el cumpleaños, y enseguida se fueron.

    “¿Por qué dijiste eso, que sos una buena amiga?” Preguntó

    “Creo que sería más embarazoso explicar que soy la mujer con la que convivís, la que cocina para vos, la que lava tu ropa, la que te cuida, te mima y a la que vos le lavas la ropa, cuidas, mimas, y cocinas.” Dije.

    “Si, claro.” Dijo dubitativo.

    “Si pensas un poco, solo nos falta tener sexo, para ser una pareja realmente.” Dije y el abrió los ojos como el dos de oro de la baraja.

    “Silvia, ¿cómo decís eso?”

    “Es la realidad. Sergio, soy una mujer. Y me di cuenta que el único hombre que me interesa sos vos. Me fui enamorando de vos día a día, comida a comida, gesto a gesto. Si, sé quién soy, la hija de Roxana, que fue tu mujer. Pero también sé que no sos mi padre, que miro a esos ojos y me llenan de ternura, que disfruto peleándote, molestándote, disfruto mimarte, cuidarte, llevarte al médico aunque no quieras. Si, me enamoré de mi padrastro. Un tipo excepcional, un hombre íntegro, que llenó de alegría la vida de mi madre, pero que ahora es libre. Amo todo lo que sos. Te amo.”

    “Silvia, es una locura, te llevo 24 años, ya tengo 50 y vos, estas en lo mejor de la vida. Además, la gente que va a decir. No, es una locura.”

    “No te escuche decir que no me amas. ¿Te acordás que fue lo primero que me dijiste en esa charla que tuvimos en tu cuarto después que murió mi mamá?”

    “Claro que sí. Que quería que fueras libre.” Dijo.

    “Nunca me sentí más libre que en este momento. Y es porque te puedo decir lo que siento por vos. ¿Por qué no probas vos ser libre?”

    El postre lo comimos sin hablar. Sergio me miraba y no podía saber que pensamientos pasaban por su cabeza por primera vez.

    “Sergio, no estás obligado a viajar mañana. Por supuesto que entenderé.” Dije.

    Él me miró fijamente, y vi un brillo en sus ojos. Llamó al maître y pidió una botella de champagne. Se mantuvo en silencio hasta que nos sirvieron las dos copas. Cuando me habló sus ojos brillaban y su mirada era penetrante.

    “Espero que no te moleste si te saco algunas fotos en la playa ahora que tengo semejante equipo.”

    Respiré profundo y los ojos se me llenaron de lágrimas. Como pude le dije:

    “Siempre que a vos no te moleste sacar desnudos.” Y nos reímos los dos.

    Cuando salimos del restaurant lo hacíamos tomados de la mano, y el gerente nos saludó:

    “Espero que el Sr. y la Sra. hayan disfrutado la cena. Los esperamos nuevamente.”

    Los dos nos miramos, sonreímos y Sergio dijo:

    “La Sra. seguramente querrá venir nuevamente, y como esta vez, ella se ocupará de hacer las reservaciones. Buenas noches.”

    Subimos al auto y sin decir nada nos besamos. Fue el beso más hermoso que jamás me hayan dado. Mientras manejaba hacia casa, iba con mi cabeza apoyada en su hombro. Guardamos el auto y fuimos directo a su dormitorio. Entre besos y caricias nos fuimos quitando la ropa.

    Nos acostamos y nos abrazamos con todo. “Te amo.” Me dijo al oído. Sentí que me derretía en sus brazos, sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo, con una suavidad infinita, su boca las seguía besándome. Mi excitación aumentaba segundo a segundo. Cuando su boca llegó a mi clítoris sentí una explosión de placer. Cuando me penetró, lo hizo lentamente, mis manos en su espalda lo atraían hacia mí. Sus movimientos se incrementaron y unos minutos después, los dos llegamos a un orgasmo hermoso. Mis uñas se clavaron en su espalda mientras nos besábamos.

    Nos quedamos abrazados por un rato, fui corriendo desnuda a la cocina y volví con una botella de champagne y dos copas.

    Esa noche lo hicimos dos veces más. Yo me fui soltando, y trataba de superar mi inexperiencia ya que era la segunda vez que estaba con un hombre.

    La mañana siguiente volábamos a Bahamas, cuando me preguntó: “¿Vos te estás cuidando, no?”

    “¿De qué? Contesté y me largué a reír. Sergio se tapó la cara con las manos.

    Pasamos unas vacaciones espectaculares, en un resort pequeño en una isla de las Exumas. Playa, paseos en lanchas, muchas fotos, mucho hacer el amor, muchos mimos, y si, hasta nudismo hicimos.

    Cuando regresamos Sergio vendió la casa y compramos otra, donde nos mudamos. Poco tiempo después, tuvimos que hacer algunas mejoras.

    Los mellizos nacieron a los nueve meses exactos de aquella cena. Hoy tienen 4 años, y somos una familia feliz.

  • Dos sissys de paseo (Tercera y ultima parte)

    Dos sissys de paseo (Tercera y ultima parte)

    La mañana siguiente desperté primero que Susy, por lo que aproveché para entrar el baño primero, me levanté lo más sigilosamente que pude mientras sentía mis pantis todavía mojaditos y mi batica levantada, ya en el baño organice mi pijama y después de cepillarme los dientes y sentarme en la tasa me quite la ropita y me di una buena ducha.

    Cuando salí envuelta en la toalla vi que Susy apenas despertaba y mientras ella se levantaba perezosa al baño yo fui a la sala a buscar los vestidos de sirvienta que debíamos usar, era nuestro último día en la finca y habíamos convenido con el Señor que estaríamos como sus sirvientas hasta el almuerzo para después hacer una fiesta de despedida y salir de allí antes de que anocheciera.

    Rápidamente busque en las dos maletas que el Señor nos había regalado un par de vestidos de sirvienta, encontré en cada maleta un último vestido de sirvienta regular, de esos que se compran en almacenes de dotación, los tome junto con un paquete de tres tangas y tres sostenes deportivos, busque en cada maleta unas pantimedias y cuando lo tuve todo me vestí primero y luego lleve a la habitación la ropita restante para que Susy se vistiera, cuando entre escuche que ella estaba en la ducha, así que recogí y separe la ropa que había en la pieza y después de envolverla en las sabanas salí dejando el vestido y la ropa interior para mi amiga encima de la cama.

    Después de recoger la ropa sucia de la sala y la cocina, pues hasta allí había pantis en el suelo, puse a lavar toda nuestra ropa y cuando salí del cuarto de lavado encontré a Susy ya vestida en la cocina buscando en la nevera los ingredientes para el desayuno. Ella me dio un jugué de naranja que fui tomando mientras recogía todo lo que había sucio en la sala y las habitaciones, luego seguí con una barrida superficial y para cuando el Señor despertó y salió de su habitación ya teníamos todo arreglado y el desayuno listo.

    Comimos como a él le gustaba, el en la mesa y nosotras en el piso en cocas rosadas de perrita, como el desayuno era carne y pan no tuvimos mucho problema, aunque Susy si debió ir a la mitad para traer cocas con agua para ella y yo pues nos hacía falta el líquido para poder comer mejor, cuando terminamos él nos indicó que fuéramos a cepillarnos los dientes y cuando regresamos nos esperaba en el sillón con su verga en la mano, ya estaba dura, así que rápidamente nos acomodamos arrodilladas una a cada lado y comenzamos a lamerla como dos perritas, él nos dejó y mientras intercambiábamos turnos para mamarla, lamerla y chuparla como dos puticas nos levantó las faldas y bajo las pantimedias para meternos los dedos por el culito, cuando nos estaba tocando así a las dos mientras chupábamos su verga comenzó a ponerse más dura, muy caliente y se puso muy rica, entonces nos besamos con ella en la mitad mientras lo tocábamos cada una con una manito hasta que se terminó en nuestras boquitas llenando nuestros labios, boquitas y caritas con su leche, las dos tomamos lo que nos había quedado en la boquita y con la lengua limpiamos bien al señor, luego nos lambimos la una a la otra mientras él seguía tocando nuestros culitos, no habíamos terminado de limpiarnos cuando él nos separó y fue a la maleta de la que había sacado juguetes durante todo el fin de semana y regreso con dos plug a control remoto y un lubricante, nos indicó que siguiéramos mientras metía en nuestros culitos uno de esos juguetes, cuando termino nos indicó que nos organizáramos la ropita y siguiéramos con nuestros deberes.

    Mientras Susy recogía y lavaba los platos, yo saque la ropa de la lavadora y la pase a la secadora, fui por la sabana de la cama del señor y recogí lo que había en su habitación, no era mucho solo un jean y un bóxer que podía lavar con las sabanas, después de ponerla a lavar fui a limpiar los baños mientras el Señor descansaba en la sala y Susy limpiaba toda la cocina, cuando termine con los baños fui al cuarto de lavado al lado de la cocina en donde estaba la secadora a sacar la ropa y pasar las sabanas pues la lavadora ya había terminado, mientras lo hacía escuche a Susy gemir un par de veces y luego sentí como el dildo en mi culito comenzaba a vibrar, apreté mis labios y sentí como iba subiendo la intensidad de la vibración y como luego pasaba a una función rítmica que subía y bajaba haciéndome gemir cada que llegaba al máximo nivel, después de gemir seguí con mis tareas notando que el plug en mi culito seguía con el mismo ritmo. Fue difícil terminar mi tarea y luego caminar hasta la cocina para salir al patio a poner la ropa el sol, pues aún seguía húmeda, tuve que mantener las piernas juntas y una mano en mi colita, cuando llegue el señor estaba en la barra con un control en cada mano, Susy había terminado con la cocina y estaba en la nevera sacando lo del almuerzo.

    Cuando el señor vio que llevaba la ropa de mujer que nos había comprado bajo la intensidad de la vibración y le indico a Susy que me ayudara a extender la ropa, que quería que separáramos cada una las prendas que nos había regalado.

    Fuimos al patio juntas y mientras él se sentaba en una silla para mirarnos fuimos tomando cada panti, cada sostén y tanga, cada vestido y pijama para irlo colgando y mostrando al Señor, quien decidía en cada caso a cual niña pertenecía cada prenda, fue así como las dos terminamos intercambiando algunas pantis y un vestido, también nos pidió que le separáramos las pantis con las que habíamos dormido cada noche, las cuales se llevó como recuerdos y que secamos y empacamos de forma separada, cuando terminamos con la ropa, la secadora había terminado con las sabanas y el resto de la ropa así que las colocamos al sol y al terminar sentimos como los dildos volvían a subir en intensidad, pues ambas gemimos como dos niñas.

    El señor nos llevó nuevamente a la sala, entonces nos dijo que era hora de revisar las maletas y repartir los juguetes que habíamos usado, rápidamente abrimos las maletas ya casi vacías y fuimos por todos los juguetes que ya Susy había lavado, el los repartió de forma igual para cada una, debo confesar que me puse muy feliz cuando recibí el dildo doble de perrita pues lo considere como un premio, cuando termino nos indicó que antes de almorzar nos iba a castigar, así que buscamos las sogas y él nos ató juntas a una viga con los brazos arriba, nos puso muy juntas y con la soga ato nuestras cinturas y piernas también, subió las faldas de traje de sirvienta y nos comenzó a dar nalgadas primero, luego con una fusta, una látigo y un cinturón, yo conté más de 200 nalgadas y para cuando termino no solo me había mojado toda en las tangas, también tenía mis pantimedias en las rodillas y a Susy con su colita en mi culito mientras recibía mas nalgadas gimiendo y dando las gracias como una sumisa mientras llenaba mi culito con su lechita. Después de que él nos desatara nos ordenó que sirviéramos el almuerzo así mojaditas, las dos lo obedecimos y rápidamente estábamos de rodillas una a cada lado de su silla comiendo de nuestras cocas como dos perritas obedientes.

    Cuando terminamos de comer siguiendo sus instrucciones organizamos la cocina, luego cada una comenzó a organizar sus cosas, primero nos dejó ir a las maletas a buscar pantis limpios, entonces nos dijo que quería ver como empacábamos las maletas, así que nos ordenó sacar todo y organizarlo afuera, luego fuimos empacando en el orden que nos decía y mientras nos hacía mostrarle algunas prendas, primero empacamos las pantis y luego toda la ropa interior, las dos teníamos todavía varias pantis y sostenes nuevos, luego siguieron los juguetes eróticos que nos había regalado, las pijamitas y los vestidos fueron lo último que pudimos empacar, pues ambas notamos la maleta llena, pues eran iguales y solo se diferenciaban por las placas con nuestros nombres de nena.

    Nos miramos asustadas imaginado que debíamos llevar lo que faltaba en bolsas, pues aun nuestros trajes de sirvienta, zapatos, maquillaje entre otras cosas como la sogas y collares de perrita que habíamos usado y que él nos había regalado seguían sobre sobre las sillas de la sala. Entre risas él nos explicó que con los juguetes y las cosas que él había sacado de su maleta era normal que ya no tuviéramos espacio, entonces nos tranquilizó diciendo que su maleta era para una de las dos mientras nos pedía que le lleváramos la cuarta maleta, esa que había estado intacta durante todo el tiempo, fui por ella y note que estaba llena, pesaba un poco por lo que preferí usar las ruedas para ponerla al lado del señor.

    El acostó la maleta y mientras nos decía que era su mejor fin de semana en la vida y que éramos las putas más femeninas y sumisas que había conocido fue abriéndola, cuando termino nos dijo que como regalo de despedida nos había comprado un vestido de quince para cada una con ropita interior y accesorios, también había empacado algo de dinero para pagarnos por ser unas buenas sirvientas y algunas joyas femeninas para celebrar que ya éramos todas unas mujercitas. Las dos mirábamos encantadas el contenido de la maleta, pues si bien había bastante dinero nuestras miradas estaban fijas en los dos vestidos grandes y rosados que él había empacado, nos entregó uno a cada una y notamos que eran iguales, luego nos entregó un paquete marcado con una letrero que decía ropa interior, otros que decían enaguas, nos repartió las joyas y nos entregó un último paquete que decía sostenes y accesorios, luego nos dijo que nos cambiáramos y arregláramos en la habitación mientras tomaba una siesta, también saco dos cajas en bolsas negras de su maleta y nos dijo que repartiéramos el dinero en partes iguales. Dejo solo las cajas aparte y después de repartir todo en partes iguales fue a una habitación mientras nosotras emocionadas llevábamos todo a la habitación para cambiarnos. Como ya habíamos limpiado y recogido todo lo primero fue empacar lo que no necesitábamos, luego abrimos el paquete de ropa interior y encontramos pantis y sostenes iguales, pantimedias y varias ligas de encaje de colores.

    Ya en ropita interior nos pusimos los vestidos y las enaguas, estas últimas eran unas faldas de varios tipos de largo de encaje que hacían ver nuestros vestimos más llenos, luego nos maquillamos la una a la otra de forma exagerada y después de hacernos peinados y colocamos parte de las joyas que habíamos recibido quedamos como dos quinceañeras, cuando por fin salimos de la habitación tomadas de la mano el señor nos esperaba en la sala, ya había puesto varias cámaras y estaba sentado solo en bóxer en un sillón, cuando nos vio llegar sonrió y nos dijo que estábamos divinas, le encanto como desfilamos nuestros vestido delante de el y estuvo un rato tomándonos fotos de quince, en ellas Susy y yo nos besamos, nos tocamos la una a la otra, levantamos nuestras falditas y nos lambimos la una a la otra por encima de las pantis, retocamos nuestro maquillaje y posamos de muchas formas diferentes, todo siguiendo las instrucciones que él nos daba, ya muy excitadas nos pusimos cada una en una silla de la sala y levantamos las falditas para ofrecer al nuestro maño los culitos, él nos acarició con sus dedos y nos metió su verga a turnos, terminando en el culito de Susy y poniéndola en mi boquita para limpieza.

    Cuando aún tenía la verga de mi señor en la boquita le ordeno a Susy que metiera su colita en mi culito, ella ya muy excitada lo obedeció y comenzó a comerme toda mientras yo seguía limpiando esa rica verga, la cual se iba poniendo cada vez más dura y grande, no paso mucho tiempo cuando ya la sentía llenando mi boquita y mi señor le dijo a Susy que cambiaran de lugar, rápidamente ella lo obedeció y levantando su faldita puso su colita en mi boquita, mientras el metía su verga en mi culito y me comenzaba a comer hasta el fondo y muy duro, ella también muy excitada comenzó a comerme por la boquita, él le ordeno que me llenara la boquita de leche y unos minutos después sentí como ella se mojaba toda en mi boquita, entonces el paro y sacando su verga de mi culito me dijo que quería me metiera mi colita en el culito de mi amiga y lo llenara también con mi lechita, ella se acostó boca abajo en el sofá, yo levante su faldita y metí rápida y fácilmente mi colita en su culito, estando así sentí como levantaba mi faldita y mi señor volvía a meter su verga dura en mi culito, no paso mucho tiempo hasta me mojara toda entre gemidos en el culito de mi amiguita, paso un poco más de tiempo hasta que sentí como él se venía en mi culito, tiempo en el cual Susy y yo nos movimos gimiendo como dos muñecas, como dos nenas calientes que disfrutan de ser usadas y montadas como putas, como perritas en celo. Cuando termino y lo saco de mi culito me puse de rodillas de inmediato para limpiarlo con mi boquita, Susy hizo lo mismo y terminamos fundidas en un largo beso con su verga en la mitad.

    Sobra decir que los paquetes que había sacado el señor de la última maleta contenía la ropa interior y los plug que debíamos usar para regresar a nuestras casas, él nos los entrego mientras nos decía que era hora de irnos y que debíamos bañarnos y asearnos, cada quien busco un baño y luego de empacar nuestros trajes Susy y yo montamos las maletas al carro en la ropa interior que debíamos usar y cuando metió los plug en nuestros culitos estuvimos listas para partir, al llegar nuevamente a la última finca que había antes de la carretera nos pusimos encima la ropa normal y él nos llevó así sometidas y calientes hasta la primera estación del tren urbano o metro que debíamos usar para llegar a nuestras casas, viajamos juntas hasta la mitad del recorrido en donde nos separamos cada una con sus dos maletas, una sonrisa en los labios y el culito abierto.

    Lamento mucho que esta última parte fuera más larga que las anteriores, pero hicimos muchas coas durante ese fin de semana, si les gustó esta última parte pueden buscar la primera y la segunda en esta misma página.

  • Gran trío con pareja

    Gran trío con pareja

    Me llamo Juan, soy un hombre de 57 años, de Calatayud.  Me gustaría contar una experiencia con una pareja hace un tiempo. Es una pareja de Madrid, más joven que yo, ellos tenían sobre 42 años. Nos conocimos por un contacto, quedamos y repetimos en varias ocasiones. Esto ocurrió en el tercer encuentro que tuvimos.

    Ellos se llaman Ana y Pepe, un matrimonio, muy agradables los dos. Ella es una mujer alta, rubia, voluptuosa, con curvas generosas y mucho pecho. Las dos primeras veces fueron unos tríos llenos de morbo. Está vez sabiendo que vendrían el viernes por la tarde, estaba yo toda la semana con la mente calenturienta con las ganas que tenía.

    Llegaron por la tarde sobre la hora prevista, dejaron sus maletas en casa y nos fuimos a tomar algo. Durante el tiempo que estuvimos picoteando y tomando algo, nos reímos, lo pasamos bien, y las cervezas y vino fueron haciendo su efecto poco a poco. A la hora de pagar la cuenta, una vez que lo hice, le pedí a Pepe si me la entregaba en ese momento, a lo cual respondió que sí. Salimos del local y ya en la puerta agarré a Ana por la cintura camino hacia mi casa. Por el camino mi mano bajaba de la cintura a sobar su hermoso culo, y la iba pegado de vez en cuando un pico, que poco a poco metiendo mi lengua convertía en beso.

    Entramos en casa y llevábamos todos ya un calentón importante. Pasamos al salón y le di a Pepe para que se sirviera una copa y se sentase en el sillón. Sin perder un minuto y de pie con Ana la empecé a besar el cuello, a sobarla por todas partes y a bajarla la cremallera de su vestido negro. Al bajárselo la sorpresa fue mía al ver el precioso conjunto de lencería negra que la favorecía mucho. Menuda sorpresa y regalo tan bueno. Mientras Pepe estaba sentado mirando, yo estaba literalmente comiéndomela entera. Tiene unas tetas muy grandes que se las chupaba y comía sin prisas disfrutando tanto como ella, y tocándola y sobándola todo. Estaba muy caliente, tenía el coño chorreando. Me empecé a desnudar y ella fue directa a buscar mi polla. Comenzó a chupármela y me di cuenta enseguida las ganas que tenía. La chupa realmente bien, pero me lo estaba haciendo de una manera especial. Siento como saboreaba y deseaba cada centímetro de mi polla. Así estuvimos un buen rato, haciéndome una mamada de ensueño, lamiéndome todo el palo, los huevos, chupando con ganas, mientras Pepe seguía mirando.

    Al rato nos fuimos los tres a mi dormitorio. Una vez en la cama Pepe entró también en el trio. Ana nos la chupaba a los dos, la tocábamos y compartíamos entre los dos. Al poco me puse un condón para empezar a follarla. Estábamos los dos para ella yo la follaba y ella se la chupaba a él. Al poco le propuse a Pepe que la follase el culo para prepararla para hacerla una doble penetración. Así que empezó a hacerlo y al poco ya la tenía bien dilatada. Me puse debajo ella encima y él detrás para hacerla doble penetración. Ella se estremecía de gusto. Como dije anteriormente estuve toda la semana pensando en el encuentro y lo que más me apetecía es estar el mayor tiempo sólo con ella. Así que ideé un plan. Paramos de follarla en ese momento los dos, y se la empecé a chupar a él yo junto a Ana. Cosa que a ella se excita muchísimo viéndolo y haciéndolo juntos. Lo hacíamos juntos y le chupábamos uno la polla, los huevos, alternado, y después lo mismo con su culo. Sabía que en esa situación era cuestión de poco tiempo. Estuve atento y rápido para ser yo quien le corriera con mi boca. Echó una inmensa corrida calenté dentro de mi boca que no dejé escapar. Ana me miraba con una cara de vicio y morbo total. Me acerqué a ella y empecé a compartir la leche de su marido con ella fundidos en un beso. Ella estaba súper excitada y el juego del beso fue largo y muy morboso.

    Me puse un condón, la puse a 4 patas para disfrutar la vista de su hermoso culo, y la empecé a follar. Primero por el coño y luego el culo. Pepe siempre lo hace primero porque yo la tengo más grande y así me la deja bien dilatada. La follaba el culo fuerte y gemía con la misma intensidad que si la follase por el coño. Me tenía cachondo perdido. Pepe se levantó y dijo que iba a pegarse una ducha y se fue al baño contiguo a la habitación. Yo seguía follándola y me recosté encima de ella con la polla metida al fondo y la dije al oído: ¿quieres sentir mi polla al natural dentro de ti? No tardó en responder un sí como si se corriese en ese momento. La saqué y me puse delante de su cara que seguía a cuatro patas y me quité el condón.

    Ella cogió y me la empezó a chupar con muchas ganas. Al poco me retiré y me puse otra vez por detrás a follarla. Primero por el coño, despacio, metiendo y sacando solo la punta mientras la preguntaba si sentía bien mi capullo. Luego entera, sacándola y metiéndola de golpe. Alternaba en su coño y en su culo. La dije, si oímos si viene tu marido, te pones a chupármela. Yo veía que ella se iba a correr ya pronto, así que decidí darla una buena corrida. La empecé a darla azotitos en el culo, aumentando de intensidad viendo hasta qué limite aguantaba. Paré de darla los azotes y con mi polla dentro de ella, la mandé que se pusiese a cuatro sin bajar la cabeza. La empecé a toca el pelo y a cogerlo como si fuese a hacerla una coleta. Una vez que se lo tenía así recogido, agarré su pelo con la mano izquierda, y empecé a follarla y a tirarla del pelo. Poco a poco, cada vez más con la cabeza erguida y hacia arriba. Al mismo tiempo empecé a darla azotes y follarla lo más duro que podía. A los pocos segundos se empezó a correr como una loca sin parar de chillar. Se la saqué para dejarla descansar pero acto seguido vino a comerse mi polla. Aguanté muy poco y me corrí dentro de su boca, cosa que nunca me había pasado con ella las veces anteriores. Ella no compartió conmigo mi corrida, sino que se la tragó y estuvo limpiándome la polla dejándomela bien limpia con su boca. Mientras pasaba eso llegó Pepe duchado.

    Nos fuimos los tres al salón a tomar algo y charlar. Al poco tiempo nos fuimos los tres a mi cama rendidos. Sobre las cinco de la mañana me desperté y empecé a meter mano a Ana. Ella se despertó y empezó a tocarme a mi la polla. La dije que nos fuésemos a otra habitación mientras Pepe seguía durmiendo.

    Fuimos al salón, a oscuras, la puse en el sofá y empecé a comerla el coño. Al poco me dijo que parase que no quería correrse. Entonces le puse mi polla en su boca medio morcillona y empecé a follarla la boca hasta que se me puso bien dura. Me senté en el sofá y la hice sentarse encima. Esta postura me encanta porque puedo tocarla las tetas, chupárselas, mordérselas. Cogerla el culo, palmeárselo, buscarle el ano con mis dedos y meterla un dedo, y todo esto con mi polla entera metida dentro de ella.

    La senté encima de mí. Ni que decir tiene que sin condón. Empecé a comerla las tetas bien a follarla y a que ella cabalgase también. Sin condón, tengo la sensibilidad de encontrar su zona del punto G, se siente más rugosa. La fui moviendo hacia adelante y atrás hasta que encontré la zona. Así que la agarré las caderas y la fui subiendo y bajando para que rozase bien. Era el momento de zorrearla. La subía y bajaba marcando yo el ritmo y la empecé a hablar. ¿Te gusta que te folle a pelo?, ¿te gusta sentir bien mi polla? A todo respondía que sí. Yo poco a poco iba subiendo el nivel de mis preguntas. ¿Te gusta tener otra polla?, ¿te gusta que te metan una polla más grande que la de tu marido? ¿Te gusta más que te folle un maduro? Me encanta quedar con matrimonios para follarme a ella y sacarte lo zorra y puta que eres, lo que no puede hacerte tu marido te lo hago yo… En ese momento ella empezó a cabalgarme al ritmo que ella quería. Yo no paraba de decirla cosas. Toda frase que la llamase zorra o puta se excitaba más y más. Volví a agarrarla yo por las caderas y a marcar mi ritmo. Entonces la pregunté. ¿Hace cuánto que no se corre dentro de ti un tío que no sea tu marido? Se puso como una moto más de lo que estaba. Se empezó a correrse y echar flujo a chorros, yo sin pensarlo me corrí después de ella, dejándola la polla bien metida y agarrándola a sus caderas sin dejársela sacar. Al rato nos fuimos a dormir otra vez y seguir descansado.

    Por la mañana nos levantamos sobre las 11 y nos pusimos a desayunar en la cocina. Empecé a contarle a Pepe lo ocurrido por la noche, que nos habíamos levantado y me la había follado en el salón mientras él dormía. También le comenté que había decidido follármela a pelo. Él no lo tomó a mal, al revés parece que se excitaba. Ambos sabían que yo estaba vasectomizado. Acabamos de desayunar, me puse a recoger un poco la cocina y al salir estaban los dos ya liados. Nos metimos en la habitación y les dije que follaran ellos, que quería mirarlos yo. Fue un polvo corto, Pepe iba muy excitado con lo que le había contado, y cuando hay dos hombres, siempre está la ventaja que si se corre uno, hay luego otro. Así que se corrió dentro de ella. Yo estaba ya excitado. Cuando la sacó les dije. Te voy a follar ahora yo con la leche de tu marido dentro. Así que me puse encima en posición de misionero a follármela. La verdad que me da mucho morbo el follar un coño con la leche de otro. El salió al baño un momento. En ese momento pregunté a Ana. ¿Quieres comerme la polla con los restos de leche de tu marido? No que decir tiene que acto seguido ya tenía su boca lamiendo mi polla. Regresó Pepe. La puse a cuatro patas y la seguí follando. En ese momento tenía que darles caña a los dos. Le pregunté a él. ¿Te gusta ver como se follan a tu mujer? El respondió que sí y luego le decía yo a ella, que suerte tienes que te dejan disfrutar de más pollas. Al poco se corrió Ana y yo hice lo propio corriéndome dentro de su coño. Al sacarla yo Pepe ya la tenía otra vez dura, y pidió folllársela para sentir un coño lleno de leche. Se la empezó a follar en postura del misionero y en apenas dos minutos se corrió. Cogí a Ana, la abrí bien las piernas y con la leche de los dos mezcladas, la empecé a comer el coño. Tardó en correrse muy poco.

    Acabamos y nos fuimos duchando. Dimos un paseo por el pueblo, comimos y se marcharon de vuelta a Madrid.

  • El regalo: Un antes y un después (Vigésima segunda parte)

    El regalo: Un antes y un después (Vigésima segunda parte)

    —Son las diez de la mañana y nuestro «ogro» no ha llegado. ¿Sabes algo de él, corazón? — Preguntó desde su escritorio Magdalena, girándose en su silla y colocándose de pie, se acercó hasta uno de los archivadores para buscar alguna carpeta, sin dejar de observarme.

    —Pues nada la verdad. No ha dado señales de vida. Tal vez esté de compras, preparándose para el viaje o reunido con su familia. —Le respondí completamente desinteresada.

    Hasta esa hora de la mañana no había reparado en mi jefe. Pero la pregunta de mi compañera de oficina, despertó en mí el interés por saber si él habría cumplido con su promesa. Pero no hice el intento de llamarlo. ¡Para qué molestarlo! Mejor me dirigí hasta la cocina y preparándome un café, realicé la rutinaria llamada a Rodrigo.

    —¡Hola mi amor! ¿Cómo te ha ido esta mañana? —Lo saludé y le pregunté a continuación como se encontraba.

    —Mi vida… ¡Pero qué milagro! Jajaja. Yo bien, ando un poco apurado con los documentos para el préstamo de la empresa aquella que visité en Cercedilla. Debo tramitarlo con la gerente del banco cuanto antes; necesitamos que salga esa comisión para el otro mes, que sabes bien cómo andamos, con los bolsillos tan ajustados. ¿Y tú? ¿Todo bien en tu oficina? ¿Qué tal con tu jefecito? —Otro que estaba interesado por tener noticias. —Ya éramos tres–.

    —Pues Cielo, ni idea. —Y me aparté del mesón con mi taza en la mano, buscando un espacio lejos de los oídos de la señora Dolores, y qué me otorgara la intimidad necesaria para conversar con Rodrigo–. Hasta el momento no ha llegado y no tengo razón ni chica ni grande de cómo le habrá ido con su esposa. Esperemos que bien. ¿Y tú amiguita Paola?…

    —Hoy no trabaja mi amor. Tiene un día de compensatorio, por haber trabajado el fin de semana. Pero si tú quieres, la busco después en su hotel para darle tus saludos. ¡Jajaja! —Me respondió tan gracioso y despreocupado que entendí que mis dudas, sobre la relación de esa mujer y mi esposo, eran totalmente infundadas. O bueno, eso creí. Entre cosas… ¿Cuál hotel?

    Y sin mucho más por contarnos, nos despedimos los dos, con un beso, un te amo y un ¡Hasta más tarde! Tan esperanzador como amoroso. Trabajé muy concentrada, empeñada en tener todo en orden para la visita a las oficinas en Turín, compilando datos, facturas y documentos, diagramas y presentaciones, todo lo necesario para realizar nuestra financiera evaluación. Lo guardé todo en dos memorias USB, una para mi jefe y la otra de respaldo para mí.

    Ya en la hora del almuerzo, Amanda emocionada por mi viaje, me comentó que ya había realizado las reservas de vuelo y estadía en un hotel en el centro de aquella ciudad, muy cerca de las nuevas oficinas. Magdalena se sobresaltó acordándose de algo y de inmediato metió su mano al bolso negro y del interior, tomó una bolsa pequeña de regalo y me lo entregó.

    —Silvia, tesoro. Mira, casi lo olvido por completo. Ayer pasé por el almacén y escogí estos pendientes para complementar tu vestuario. Es que mujer… ¡Vas a lucir espectacular! Y quiero fotos, muchas fotos de los lugares que visites. Y de paso por supuesto de esos bombones italianos tan apuestos que te vas a encontrar por allí. Claro está, si nuestro «ogro» te desampara en algún momento. ¡Jajaja! —Me dijo muy sonriente y yo mirando el contenido del empaque, no pude más que darle un gran abrazo y un par de besos en señal de agradecimiento. Amanda aplaudió aquel gesto nuestro con efusividad.

    —Y Magda, ¡por Dios! Seré yo la que no me apartaré de don Hugo. ¿Te imaginas? ¿Yo sola andando por ahí? ¡No, no, para nada mujer! Con el sentido de orientación tan pésimo que tengo, soy capaz de perderme dando una vuelta a la manzana. Mejor siempre acompañada en esas calles o guardada en las oficinas trabajando. Quizás… ¡Ni salga de ese hotel! —Le respondí a ambas con honestidad y sí, aunque se me escuchara a broma, detrás persistía mi honesta prevención a estar sola y en un lugar extraño, sin el refugio que me brindaba mi esposo.

    —Bueno, bueno. A ver tesoro, hoy si no te me puedes escapar. Nos vamos de compras y luego al spa esta tarde niñas. ¡Uhuuu! —Gritó Magdalena de improviso. Oops, eso también se me había pasado por alto, pero era cierto, así que ni modos.

    Tome mi móvil y le envié un mensaje a Rodrigo, comunicándole mi salida con las chicas hasta la peluquería y que de nuevo estuviera pendiente de los niños. Lo suavicé con caritas apenadas, otras enviándole besitos y un gran corazón purpura finalizando el escueto texto.

    —Hola Almudena, buenos días.

    —¡Rocky tesoro!… Qué alegría saber de ti. ¿Va todo bien?

    —Gracias a ti, todo marcha sobre ruedas. Ya hablé con tu amigo, me parece una persona muy correcta y amable. Ya concertamos una cita para este jueves.

    —No es nada corazón, solo que una que es muy atenta y ajustando bien mis antenas, me entero de cositas por ahí y quien mejor que tú para asesorarlo con esa compra. ¿Se citaron en su casa o en la oficina?

    —En su oficina por supuesto. Creo que no le interesa para nada que su esposa sospeche. Oye… Y de Martha… ¿Ya has hablado con ella?

    —Rocky, no solo con ella, también con su esposo. Los dos decidieron acudir a una terapia de pareja… ¡Conmigo! Pero ni creas que te contaré, eso va en contra de la ética profesional como comprenderás. ¡Jajaja!

    —Lo entiendo. En verdad me alegra que todo se le solucione a Martha.

    —Pues ojala tengas razón. Deben estar por llegar a consulta. Debo dejarte y prepararlo todo. Ha sido grato saludarte. Un besote tesoro mío y espero que no pierdas tu compostura cuando conozcas esa oficina. Hasta pronto corazón.

    Me sentí contento y tranquilo al saber que la conversación con mi esposa había fructificado y que ese beso entre ellos dos, aunque no me agradara, consiguió finalmente su objetivo. Y me dediqué a buscar nuevos negocios, en el lugar que pocos solían mirar… Los periódicos y las noticias económicas. Sonriente sobre mi escritorio abrí las páginas de la sección que me interesaba, ya dejaría que Almudena se encargara de recomponerles el camino.

    Miré hacia la pared, a la izquierda de mi escritorio, justo encima de la fotocopiadora el circular reloj de tablero negro y números plateados. Quince minutos faltaban para la hora de salida y yo sin saber de él. Ni llamadas, tampoco mensajes. Estaba inquieta y deseosa de hablar con mi jefe, conocer por su boca los motivos de su ausencia.

    Amanda recibió una llamada y sí, por sus gestos apresurados y nervioso tartamudeo en sus respuestas, comprendí que era don Hugo. ¿Por qué a ella sí y a mí no? Mi compañera se dirigió hasta la oficina de nuestro jefe, permaneció poco tiempo dentro y regresó de nuevo, ya más calmada y con su móvil en la mano. Y yo muriéndome de ganas por saber de qué se trataba y de que habían hablado. Estuve a punto de preguntarle, cuando Magdalena se acercó a mi escritorio hablando con alguien por su teléfono y mirándome, tan solo le escuché que confirmaba nuestra cita en aquel spa.

    —Señora Silvia… ¿Necesita usted algo más o ya me puedo retirar? —Me preguntó desde la puerta de la pequeña cocina la señora Dolores, ella siempre tan puntual, tan correcta y aun con su inmaculado delantal blanco sobre su uniforme gris.

    —Tranquila Dolores, ya te puedes cambiar e irte a descansar. Muchas gracias por todo y nos veremos mañana si Dios nos lo permite. —Le respondí a lo cual ella, sonriendo tomó su bolso y se dirigió hacia el baño.

    —Bueno muchachas, el jefe no se apareció hoy, así que creo que podremos salir unos cinco minuticos antes y así ganamos tiempo, que quiero llegar al piso y poner en orden la cocina que esta mañana no alcancé. ¡Rodrigo ayer cocino! — Y levantando mis hombros con mi gesto de resignación, les mencioné a mis dos compañeras, quienes sonrientes se dieron a la tarea de apagar sus equipos y organizar sus escritorios al igual que yo.

    Sobre las siete y media, al abrir el portón de nuestro piso, me encontré con mi esposo tirado en la alfombra de la sala, a cuatro patas con mi niño sobre su espalda y debajo de el a mi hija, suplicando por socorro entre carcajadas y gritos de auxilio…

    —¡Mami, mamitaaa! Ayudaaa… ¡Ayudaaa por favor! —Me suplicaba apoyo mi princesita.

    Mi pequeño descabalgó con premura, la humanidad de mi esposo y corrió a mi encuentro, yo alcancé a dejar en el piso mi bolso y los paquetes de las compras, para acogerlo entre mis brazos; y mi niña por fin pudo evadir los ataques de los dedos de Rodrigo, causando mil cosquillas, escabulléndose por entre sus piernas para buscar en mí, su ansiado amparo y Rodrigo, sonriente y rojo como un tomate por el esfuerzo, de rodillas también vino hacia mí y me rodeó las piernas con sus brazos, besando mi vientre y un poquitín más abajo.

    Esos recibimientos ciertamente eran la mejor manera de agradecer a la vida por mi familia y su amor hacía mí, aunque poco después de cambiarme la ropa y colocarme el pijama, tuviera que salir yo a recoger la montaña de sus juguetes, levantar el desorden de crayolas, rotuladores y hojas sueltas; revisar con ellos posteriormente sus deberes. Mientras mi esposo adecentaba el mesón de la cocina, lavaba la vajilla y luego se acomodaba en el comedor para con documentos en mano, sumergirse en su ordenador y alistar algunas propuestas comerciales para los próximos días.

    —Bueno mi vida… ¿Y cómo te fue hoy? —Le pregunté después de cenar y acostar a los niños, quedándonos por fin solos, yo recostada en el sofá revisando en mi móvil las redes sociales y Rodrigo sentado a la mesa, absorto en su portátil.

    —¡Todo normal! —Me respondió sin levantar la mirada de la pantalla y nos quedamos en silencio, disfrutando de una noche despejada y el ambiente entre los dos en calma.

    Al parecer, Rodrigo estaba tan concentrado en sus quehaceres que no reparó en mi nuevo peinado, ni en el dorado color de mi piel, lo cual ciertamente me molestó un poco. Mucho menos me dijo nada acerca de verme llegar con dos paquetes adicionales. Revisando las redes sociales pude ver una solicitud de amistad nueva de una mujer que yo no conocía, por supuesto no le di importancia y la dejé pasar. Me interesaba más averiguar por el estado de mi jefe, pero aquella noche también seguí sin mensajes ni notas de voz de su parte. Me aburría, por lo cual era mejor ponerme manos a la obra.

    —Voy a alistar la ropa para el viaje. ¿Quieres venir a ayudarme a escoger? —Le hablé a mi esposo cariñosamente, pero Rodrigo tal vez no me escuchó, por lo tanto alcé mis hombros en señal de resignada queja, y obviamente tampoco mi marido se percató de ello. O sencillamente no le importó.

    En silencio me dirigí a la habitación para luego de abrir las puertas del armario, sentarme en la cama y pensar que ropa sería más adecuada y me fijé en el vestido plateado, el que mi amiga Magdalena había dicho que me quedaría genial para la inauguración y que yo creía que era demasiado sensual para esa celebración. ¡Dudé!

    Haciendo un esfuerzo, me puse en puntas de pie y alcancé de la parte superior el trolley mediano para empacar allí mis cosas. Sola y en silencio, abrí los cajones, escogí con detenimiento mi ropa interior, tres bragas casi nuevas, también un par de tangas brasileras, dos sostenes blancos de encaje y de una de las bolsas, el juego de lencería nuevo que Magdalena me había regalado para la ocasión. De color negro el conjunto, transparencias y encajes muy sexys lo adornaban. Ese también lo guardé en el maletín de viaje. Y el vestido nuevo, que venía en la segunda bolsa, ese lo colgué. Y de mi esposo nada. No escuchaba ni un suspiro, lo imaginaba allí en el comedor solo, y con sus dedos, el teclear en su computadora.

    «Buenos días amor, tengo que salir ya. Voy a hacer una correría fuera de la ciudad. Visitaré algunas industrias y no quiero que me coja la tarde. Antes de que preguntes… ¡No! en esta ocasión voy solo, sin compañías. Que tengas bonito día y más tarde hablamos. Te amo. Besitos a los niños. Por cierto, quedaste preciosa con ese tono dorado en tu piel».

    Eso fue todo, una nota escrita sujetada de la puerta del refrigerador. Ni lo sentí acostarse y mucho menos levantarse a la madrugada. ¿Tan cansada estaba? ¡Se marchó sin darme yo cuenta! Pero Rodrigo si puntualizó, el cambio en mi color.

    Un nuevo día comenzaba, un miércoles diferente sin ir a la reunión de ventas, pero acordado anticipadamente con mi jefe, ya que me apremiaba sentirme sin negocios y ver como se vaciaban de a pocos mis bolsillos. Unas nuevas instalaciones lecheras de una fábrica en expansión, dos empresas de construcción iniciando proyectos de vivienda en una población cercana y medio tanque de combustible en mi Mazda, que esperaba yo y me alcanzara para el recorrido.

    Dormí apenas cuatro horas la noche anterior, preocupado por redactar bien las tres ofertas, presupuestos y formas de pago diversas, catálogos listos, mi mejor traje de paño para la batalla de las preguntas, las objeciones, los «No lo necesito» o los «Ya tengo de esos». Todas esas frases tan acostumbradas y a las que ya estaba tan familiarizado. Debatir, argumentar y crear las necesidades. Un ¡No! después de entrar y recibido con una sonrisa de mi parte, era una puerta a medio abrir para mí. ¡Y sí! Cómo me lo había recalcado Silvia, con el tema de aquel beso que a ella no le supo a nada, cargaba yo encima con mis suvenires, para conseguir al menos una risita y un… ¡De pronto más adelante! Sombrillas, gorras, llaveros, bolígrafos, etc. Todo listo para una nueva aventura comercial e intentar cerrar los tratos.

    Cuarenta y cinco minutos a buen ritmo, música de Toto, Sting, Aerosmith, The Cranberries y por supuesto, «Don’t Let it End» de Styx, cantándola casi entre susurros para antes de llegar a Las Vegas, al sureste de Madrid detenerme unos momentos y por desayuno, solicitar un café en la primera gasolinera que encontré, poco antes de llegar a la población. Obviamente acompañado de un cigarrillo y a esperar una hora más adecuada. «Al que madruga, Dios le ayuda». Reza el dicho popular. Y de paso pensar un poco en Paola, recordar la sorpresa de aquél primer beso, en el disfrute apasionado del segundo, como no. Y si yo, como hombre ante una mujer hermosa lo sentí, con seguridad el jefecito también disfrutó de los labios suaves y tiernos de mi esposa. Pero… ¿Y Silvia? Hummm, no lo sabría hasta tiempo después.

    Pasada una media hora, me apostaba ante la primera puerta en espera de lograr atrapar aquella mañana, la inicial de las presas.

    Apurada oprimí el botón del décimo piso, temprano aún, me hallé sola en aquellos escasos y claustrofóbicos metros cuadrados, que en su suave ascender, me causaban como era lo usual en mí, un poco de vértigo. Las puertas se abrieron y allí como siempre ya me esperaba la señora Dolores.

    —Buenos días señora Silvia. —Buenos días tenga usted, Dolores. ¿Si descansó bien? Y le di un abrazo, para proceder a desactivar la alarma y abrir la puerta para comenzar la matinal jornada.

    —Le voy a ir preparando su té y el café para don Hugo. Me dijo amablemente, ingresando ella a la cocina y yo, retirándome el abrigo y colgándolo de la percha junto a mi mediano bolso.

    A los cinco minutos llegaron ellas, Amanda y Magdalena, sonrientes y casi enseguida, un elegante y formal «ogro», quien saludando cordial a las allí presentes, me dirigió una mirada con la que comprendí que necesitaba hablar conmigo, en privado.

    —Buenos días Don Hugo, ya le están preparando su café. En un momento se lo lleva la señora Dolores. —Le dije en frente de mis compañeras, –disimulando mis ganas de enterarme el motivo de su ausencia el día anterior– para luego dirigirse él, muy orondo hacia su oficina, sin responder.

    Algunos minutos pasaron y ya tenía sobre mi escritorio mi taza de humeante té verde, lo que suponía que mi jefe en el suyo, tendría ya su café. No me llamaba por el interno ni a los gritos, aunque le podía escuchar hacer varias llamadas y posteriormente, salir de su oficina para dirigirse por el pasillo hasta los elevadores, pero tomó por las escaleras para ir al piso de la dirección general. Actuaba muy extraño conmigo. ¿O era solo mi impresión?

    En fin, que a media mañana cerca de las diez, poco antes de llamarle, recibí varios mensajes de texto. Eran de Rodrigo avisándome que terminaba de realizar su primera entrevista y que desafortunadamente no había conseguido nada. Adjuntó dos o tres fotos del lugar donde estaba y en el penúltimo texto, me confirmaba que en breve, saldría para otro lugar distante una hora aproximadamente, una fábrica en Toledo. Finalizaba el siguiente con «Te quedó precioso el cabello con ese alisado. Te hace un rostro más juvenil» y luego un gran corazón rojo con un… ¡Te amo mi vida! Qué alegró mi corazón.

    —Silvia tesoro… ¿Por qué tan risueña, si se puede saber? —Me preguntó resuelta Magdalena y de inmediato Amanda también se giró en su silla, pendiente de mi respuesta.

    —¡Solamente el amor, niñas! La fortuna de tener a mi lado a un hombre tan especial. —Y les conté que por la noche mi esposo no había reparado en mi cambio de look, y por ese motivo me había sentido contrariada, pero que hoy me había piropeado, vanagloriando mi belleza, o sea que sí, que lo había notado y solo por estar muy ocupado, se le había olvidado comentarlo. Y les sonreí muy dichosa, dándoles la espalda para continuar con mis labores.

    Sobre el medio día, minutos antes de salir con mis amigas, regresó don Hugo a la oficina y en un tono serio me dijo delante de ellas que me invitaba a almorzar para ultimar los detalles del viaje. Magdalena, moviendo su mano derecha con sus dedos agitándolos en el aire, se despidió en un sonriente silencio, arrastrando consigo del antebrazo a una sorprendida Amanda. Se adelantaron a mi jefe y a mí, tomando con rapidez uno de los elevadores que abrieron sus puertas como por arte de magia, casi colmado de personas que también saldrían de la torre en busca de algo que comer.

    —Y bien je… Hugo, perdón. ¿A dónde me piensa llevar esta vez? —Le dije mientras me abrochaba el cinturón de seguridad y dejaba en el piso a la izquierda de mis pies, mi bolso.

    —La verdad que no muy lejos, tengo una cita en la tarde, la segunda entrevista con la terapeuta. —Me respondió.

    —¡Qué bien! Entonces qué le parece si almorzamos algo rápido, como un buen sándwich de atún o de pollo, de pronto se antoje usted de un wrap de pavo y vegetales frescos. Claro que también podríamos pedir unas patatas horneadas que son una delicia. Y queda un local por aquí cerca a escasos minutos en auto. ¿Le parece? Le comenté mi opción y mi jefe para nada se opuso, sonriéndome por primera vez ese día. Nos atendieron afortunadamente con rapidez y pedimos para llevar, metiéndonos entre risas dentro de su auto con nuestros almuerzos, y allí en el parking empecé con el interrogatorio.

    —A ver Hugo, me ha ignorado toda la mañana y de ayer ni hablemos. Me tiene enojada. —Le dije dándole luego, la primer mordida al sándwich de tocino y salsa BBQ.

    —¡Estás que te mueres por saber! ¿No es verdad? —Me respondió sereno pero sus labios se fueron estirando, formando un leve arco que terminó en una amplia sonrisa.

    —¡Jajaja! ¿Tanto se me nota? —Le contesté, metiendo en mi boca la mitad de una patata horneada.

    —Te lo voy a contar pero después de almorzar. Tengo mucha hambre. —Y mi jefe abrió su boca cual tiburón dispuesto dar la gran mordida, dejándome completamente en ascuas.

    Terminamos a la par y con las botellas de refresco en las manos, descendimos del auto, y me ubiqué recostada sobre la cajuela tomando un cigarrillo y don Hugo, presto a mi necesidad, tomó de mi mano el rosado encendedor y él me ofreció fuego, para posteriormente decidirse a hablar.

    —Haber, como te lo prometí, al llegar a casa le dije a Martha que debíamos hablar. Con tus palabras en mi mente, le dejé que ella se expresara y lo primero que hizo, fue pedirme de nuevo perdón. Honestamente le dije que sería difícil para mí olvidarlo todo, hacer como si no hubiese sucedido nada y que tal vez deberíamos acudir a algún especialista, si queríamos salvar nuestro matrimonio. Se puso feliz, mucho. Habló con su amiga la divorciada, que es una reputada terapeuta. —Y me reí.

    —¡Jajaja! Espere, espere Hugo. ¿Me está diciendo que lo va a tratar una mujer que es especializada en temas de parejas pero que no fue capaz de sostener su propio matrimonio y para rematar es amiga de su esposa? Jejeje. ¡Pero por Dios!… ¿Está usted tomándome del pelo? ¡Es una broma! ¿Cierto Hugo? —Pero mi jefe solo levantó sus hombros y negó con su cabeza de izquierda a derecha.

    —Para nada mi ángel. Todo lo que te digo es verdad. Almudena es una amiga de mi mujer desde hace muchos años. Pero tienes razón en que es muy raro tener que hablar de… Mis cosas con ella. Es absurdo, lo sé. Pero al menos ayer pude expresarle a ella y a mi esposa, todo lo que siento, lo que Martha me hizo sufrir. Siempre contigo en mi mente, continuamente con tus palabras presentes, hablé de frente, y creo que me sirvió. Pero no puedo decirte mucho más, lo lamento. —Y me quedé pensando en lo difícil que habría debido ser para mi jefe, explicar su temor para volver a la intimidad con su esposa y por supuesto en ese… «Siempre contigo en mi mente».

    —¿Y ya durmieron juntos? —Me dio por preguntarle y pude observar como esquivaba mi mirada y agachando su cabeza me respondió con algo de timidez.

    —Sí, pero no es como lo imaginas. Yo… Dormimos en la misma cama pero sin ningún tipo de contacto o alguna clase de acercamiento por parte de mi esposa. Más que nada lo acordamos para no afectar a nuestros hijos. —Bueno Hugo, me alegra. Le respondí. Y a continuación le expresé… «Algo es algo y peor es nada», decía mi abuelo.

    —Es un comienzo y en serio que me alegro por usted y su señora. Y por sus pequeños ya que se merecen tener una familia feliz y completa. Entonces Hugo… ¿Tiene usted otra sesión esta tarde? —Le pregunté finalmente.

    —Así es Silvia. Debo recoger a Martha en el gimnasio y de allí salimos hacia el consultorio. Pero mañana pasaré a recogerte temprano, para irnos al aeropuerto y tomar el vuelo. Ya Amanda tiene coordinado todo. No se te olvide solicitarle la información y realizar el Check-in en la aerolínea esta tarde, y que Magdalena tramite con la administrativa los viáticos. Ahhh, Silvia… ¿Tú necesitas algo de dinero para hacer compras? Pídeme lo que necesites, con tranquilidad. —Me manifestó, apostando sus fuertes manos sobre mis hombros y esa vez sí, sin dejar de mirarme con el apacible gris de sus ojos.

    Fatigado arribé al piso, mi esposa Silvia se encontraba duchando a mis dos pequeños y debido tal vez a su algarabía, no escucharon ni el chirrido de las bisagras ni mis pasos sobre el piso laminado. Encima del mesón de la cocina dejé la bolsa de papel con los cinco aguacates Hass que había adquirido en la nueva tienda de frutas. Sobre la mesa del comedor un plato pando de cerámica, cubría boca abajo a su similar y al levantarlo, –caliente aún– una buena porción de arroz chino. A su lado la agridulce salsa roja y un tenedor de madera.

    —¡Hola mi amor! La sorprendí, abrazándola por detrás. ¿Y mis terremotos cómo están? ¿Muchas aventuras hoy? —Los saludé con un beso en sus mejillas y a mi mujer con uno algo casto en su boca.

    Ayudé a Silvia a secarlos e ir colocándoles sus pijamas y luego en su habitación luego de leerles una corta fabula de Rafael Pombo, los fui dejando a cada uno, plácidamente dormidos. Silvia organizaba la cocina y yo cansado, opté por una reparadora ducha. Al salir del baño, la encontré trasteando nuestro trolley plateado hasta la sala y sentí un vacío en la boca del estómago.

    —¡Mi amor! Estaré bien, no te preocupes. —Me dijo ella al verme parado bajo el arco del pasillo que conducía a las habitaciones. Y yo… ¿Yo me quedaría bien y tranquilo?

    —¿Por qué no has comido? No tienes hambre o… Lo siento precioso, pero no tuve tiempo ni ganas de preparar comida. Estoy muy nerviosa cariño. —Me dijo mientras me abrazaba y recostaba su cabeza sobre mi hombro izquierdo.

    —Creo que me siento igual que tú y he perdido el apetito. ¿Quieres un traguito de aguardiente o una cerveza? Y así me acompañas, que tengo deseos de fumar en el balcón para calmar los nervios. —Le pregunté y Silvia amorosa, me besó en el cuello y acariciándome la espalda se separó de mí, caminó hasta la cocina y abriendo el refrigerador, tomó la botella de aguardiente que estaba a medias.

    Del estante superior, agarró dos copas pequeñas de cristal y sobre la mesa del comedor, las llenó casi hasta desbordar el cristalino y frio líquido.

    —¡Te amo mucho! ¿Lo sabes, no es verdad? —Me lo dijo con mucha suavidad, pero a su vez con pasos firmes se posicionó a mi costado, retirando de mi boca el cigarrillo y entregándome una de las copas. Y bebimos haciendo sonar antes, suavemente el cristal al chocar las copas como si festejáramos su partida.

    —Lo sé, mi amor. Me vas a hacer mucha falta y a los niños también. ¿Quieres que te lleve al aeropuerto?—Le pregunté con algo de tristeza en el tono de mi voz.

    —¡Y ustedes a mí también! Y no mi amor, no es necesario. Don Hugo pasará a recogerme muy temprano. No pongas esa carita mi vida, que me duele. Sé bien que me echaras de menos, pero el sábado mi cielo, antes del atardecer ya estaré por aquí. —Y acariciando mi mentón, posó su boca sobre la mía y sin dejar de mirarnos, nos fundimos los dos en un beso intenso, demostrándonos nuestro gran amor, pero los dos al tiempo, inevitablemente, temblábamos por dentro.

    —¡Vamos adentro ya, mi vida! Ven y hazme el amor. —Me dijo con intranquila seducción y yo dócil ante su propuesta, espanté el humo azul abanicando el aire con mi mano y engatillando mi dedo medio contra el pulgar, disparé la colilla hacia el vacío, en la profunda oscuridad de aquella noche madrileña.

    —Mi amor, ya llegó a recogerme. Cuídate mucho y a mis chiquitines también. ¡Los amo! ¡Te adoro! Y te echaré de menos. ¡Llámame amor!… Llámame siempre cuando quieras, cuando yo te haga falta, que no importa lo que esté haciendo, te responderé. Quédate tranquilo, y confía en mí, que yo también confiaré en ti. Eso sí mi vida, ya sabes… ¡Tu pórtate bien! Jajaja. Si necesitas algo con urgencia, habla con mi madre. ¡Te amo mucho!

    Y con un beso, culminé mi despedida e hice rodar el trolley sobre el piso de cerámica del pasillo hasta el ascensor y desde allí pude ver como Rodrigo, de pie junto a la puerta, miraba hacia la entrada con una mezcla de tristeza y preocupación, donde el auto negro de mi jefe estacionado, me esperaba.

    —¿Nerviosa? —Me preguntó don Hugo al ingresar al blanco avión.

    —¡Y como no estarlo! le respondí mientras le seguía por el pasillo. —Si dentro de poco voy a estar sufriendo con este vuelo. No sé cómo acepte venir, en serio. ¡Soy una estúpida!

    Y él prestando atención, buscó con su mirada de plenilunio nuestras sillas, que para fortuna mía, se hallaban en el centro de la cabina bien alejadas de las ventanillas, en la sección de Business Class de aquel 737-800. A pesar de que se veían sumamente cómodas, la forma en «V» se me hizo demasiada intima por la cercanía entre mis piernas y las suyas. Sin embargo una delgada división a la altura de los hombros, lograba en parte ofrecer algo de privacidad con respecto a mi jefe. La sección nuestra no estaba al completo y solamente a mi izquierda, viajaba una pareja de jóvenes. Ella muy rubia y el muchacho, bien moreno.

    A la derecha de mi jefe, nadie ocupaba las dos plazas. Por equipaje de mano no llevaba encima más que mi bolso grande de charol y el maletín con el portátil y dos folders con alguna información. Los acomodé en el mueble que tenía frente a mí, debajo de la apagada pantalla. El movimiento del avión sobre la pista, el atronador bramido de los motores más la inclinación súbita y el cabeceo de la cabina, me produjo la tan acostumbrada sensación de vértigo y el pánico se apoderó de mí, provocando que cerrara mis ojos y con fuerza me aferrara de la mano izquierda de don Hugo, lastimándolo sin querer por el largo de mis uñas.

    —No temas, esto pasará como en un suspiro, mi ángel. ¡Ya lo veras! —Con sus palabras pretendía darme valor pero yo ni le presté atención hasta que sentí como nos inclinábamos y el avión elevándome junto a él del suelo, tomaba distancia alejándome de mis amores.

    —¿Te encuentras bien? ¿Deseas tomar algo? ¿Agua? ¿O tal vez un poco de licor? —Muy atento y cordial, don Hugo intentó calmarme, lo que después de unos minutos sucedió.

    —Agua podría ser, muchas gracias. —Y cuando la azafata se aproximó, mi jefe le informó sobre mi nervioso estado y la necesidad de beber un poco de agua.

    Amanda me había informado de la duración de aquel vuelo, poco más de dos horas si no sucedía nada anormal. Don Hugo recibió la botellita de agua mineral y me la entregó colaborándome en destaparla. Bebí y le ofrecí. El también dio dos sorbos y luego la cerró. Le miré y sonreí agradecida.

    Aprovechando la calma en las alturas, portátil en mano debatimos la estrategia de marketing para encausar las diferentes líneas de comunicación y mercadeo entre las diversas compañías del holding. Don Hugo presentaría ante los socios en Turín, algunas estrategias y nuevos caminos para consolidarlas y ejercer un mejor control y rendimiento financiero. Se harían algunos cambios, reacomodando actividades en el personal y evitando en lo posible, la pérdida de puestos de trabajo. Por el contrario, nuestras propuestas incentivarían la generación de empleos tanto directos y por supuesto, varios indirectos. Teníamos mucho trabajo por desarrollar entre tan variados frentes de trabajo. Refacciones para autos, navíos y también el sector agroindustrial, sin olvidar las empresas vinícolas y una curiosa inversión por parte del padre de Francesco, que de manera privada nos había encomendado revisar.

    Nuevamente la azafata se acerca a nosotros dos, se le ilumina su bonito rostro con una sonrisa y nos indica que estamos listos para aterrizar. Organizamos todo de nuevo y pensé en como «vuela el tiempo», cuándo la mente se ocupa. Y de nuevo ajusté mi cuerpo contra el mullido sillón con el cinturón y de regreso yo, a mi temido suplicio. Me encomendé a Dios y a la Virgen, por supuesto también miré a don Hugo y con honesta necesidad, le pedí que estrechara mi mano con fuerza. El de manera cariñosa y atenta, la acarició y aprovechó de paso para darme un beso paternal en mi frente. Vibraciones, movimientos bruscos. ¡Agacho mi cabeza! Un golpe seco que se escucha y aprieto con mayor fuerza la mano que me auxilia y mis piernas, rodilla contra rodilla, aguantando mis repentinas ganas de orinar. Otro golpe después y en un instante todo cesó. ¡Turín, estoy aquí por fin! Me hablé a mí misma, agradecida por estar de nuevo en tierra. Y mi jefe… ¡Feliz! Sin privarme de su tibieza, no retiró ni un segundo, mi mano de la suya hasta que finalmente se detuvo aquel «Unicornio Volador».

    Recorrimos sin premura, los amplios pasillos del aeropuerto, maravillada yo de tanta tranquilidad pues a esas tempranas horas, no ese encontraba muy concurrido. Una mujer de cabello negro y muy lacio, joven y elegante, agitaba un cartel con el nombre de mi jefe y sus apellidos en el hall de llegadas. Miraba en varias direcciones hasta que por sorpresa don Hugo a su costado, la saludó en un correcto italiano.

    La joven italiana después de asimilar su sobresalto, sonriente le estrechó la mano y se presentó hablando en un esmerado español, aunque con algo de acento al final que se me antojo muy dulce y tierno.

    —Buenos días señor Bárcenas y Esguerra. ¿Señoraaa?… —Silvia, preciosa. ¡Simplemente Silvia! Me apresuré a presentarme.

    Le di un rápido vistazo a la bella joven. Rostro ovalado, primorosamente maquillada, ojos avellanas preciosos y vivaces, cejas perfectamente delineadas y ligeramente arqueadas. Rectilínea y perfilada su nariz y boca no muy grande, con labios gruesos y brillantes por el carmín de su pintalabios. Sus dientes perlados y bien alineados, los exhibía abiertamente con su juvenil sonrisa. Varios centímetros más alta que yo, destacaba en su mano derecha un tatuaje de una colorida rosa, con gotitas rojas alrededor y un brazalete dorado, ancho y forjado. Falda de un solo tono azul petróleo de polyester y acampanada hasta una cuarta por encima de sus rodillas, con elástico en la cintura.

    La blusa blanca con delgadas franjas transversales rojas que permitían al buen observador, detectar por debajo de aquella suave tela, el estilo de su delicado brassier de encaje, sin privarle para nada de la libertad de movimiento de unos senos de mediana talla y un blazer rojo tipo sastre con solapas, bolsillos verticales y por cierre un solo botón. Unos preciosos botines de piel negros con cremallera al lado, lustrosos tanto que, al contraste de la luz artificial, mostraba visos rojos y naranjas en las formas geométricas de la imitación de piel de cocodrilo. Cintura estrecha, vientre plano y de amplias caderas, toda su piel tan blanca como la mía; obviamente seriamos muy parecidas, casi pasaríamos por familiares, pero ella no tenía como yo, el dorado canela que me habían otorgado las dos sesiones de tanning en el spa.

    —Encantada, mi nombre es Antonella y seré su asistente señora Silvia. Bienvenida a Turín. Lo que necesite me lo pide y lo obtendrá. Y obviamente para usted señor… —Y mi jefe sonriéndole y retirando su mano, de la blanca y delicada de la joven mujer, se le adelantó al igual que yo.

    —¡Hugo! Solamente llámeme Hugo. —Le respondió mi jefe y después de aquel recibimiento, Antonella tomó mi equipaje y se adelantó unos pasos por delante de nosotros, dirigiéndose hacia la salida.

    Fuera nos esperaba un auto de cuatro puertas y color rojo bermellón, con los vidrios bastante oscurecidos. Ella, control en mano, abrió la cajuela y depositó mi trolley y el equipaje de mi jefe también. Abrió las puertas traseras y de manera muy cordial, me ayudó a subir al coche. Don Hugo lo hizo por el lado contrario y Antonella, subiéndose en el puesto del piloto, nos preguntó mirándonos por el espejo retrovisor con sus hermosos ojos avellana…

    —¿Al hotel primero? La reunión será en hora y media. Tal vez deseen darse una ducha y dejar sus cosas allí. —Don Hugo observó la hora en su Rolex dorado y le respondió con seriedad…

    —Mejor directo a las oficinas y después miramos lo del hotel. Debemos preparar la presentación y los informes para los socios. —Y Antonella, de manera diligente, puso en marcha el motor y guiñándome un ojo, le respondió a mi jefe…

    —«Come desidera, signore». Señora Silvia, aquí está mi currículo para que por favor lo revise y si considera realizarme alguna entrevista, solo avíseme por favor. —Y me alcanzó un sobre amarillo para luego emprender el recorrido por la avenida. Miré asombrada a mi jefe y él solo atinó a alzar sus hombros y sonreírse. Aproveché el corto viaje, para tomar mi teléfono móvil y enviar un mensaje a mi esposo, avisándole de mi arribo a Turín e informándole de que todo estaba bajo control, para que Rodrigo pudiera trabajar en paz.

    Minutos después, nos encontramos en medio del tráfico de las céntricas calles de esa encantadora ciudad y como niña curiosa, observaba para uno y otro lado, preguntando fascinada y Antonella mi asistente, me respondía enseguida aclarando mis inquietudes. Turín con sus adoquinadas plazas, casas de fachadas con piedra caliza, antiguas y muy divinas, edificios de poca altura, cuatro, cinco, seis pisos tal vez, y catedrales plenas de antigua belleza arquitectónica, simplemente me convidaba a dejar el trabajo y salir a pasear. Emocionada, recordé la solicitud de Magdalena y con el móvil capturaba imágenes a diestra y siniestra, de todo aquello que me rodeaba. Las compartiría más tarde, pensé, cuando tuviera algún momento de relax, quizás en la habitación del hotel.

    Llegamos a un edificio bastante alto de con su fachada de cristal y descendimos por el subterráneo hasta el cuarto nivel. Y con maletín en mano y mi bolso colgado de mi hombro, seguimos los pasos de Antonella hasta la zona de los elevadores. Piso octavo y de nuevo la sensación de vacío en mi estómago. Se abrieron las compuertas del ascensor y nos recibió un amplio ambiente aromatizado, lavanda y alguno que otro cítrico, mandarina tal vez. De inmediato el personal dirigió la atención hacia nosotros, los recién llegados. Pero con igual rapidez prosiguieron en sus labores y nosotros hacia la derecha siguiendo la figura grácil de Antonella.

    —Por aquí está su oficina señora Silvia. —Me dijo la bella italiana, sorprendiéndome de nuevo, pues siempre se dirigía a mí, obviando a mi jefe. Me causó gran curiosidad pero después a solas con ella, saldría de mis dudas.

    La oficina tenía un gran ventanal que me regalaba la hermosa panorámica de la ciudad, los techos de las casas muy por debajo y hacia el horizonte más allá, las hermosas cumbres nevadas de los Alpes. Dos amplios escritorios de translucido acrílico, con sus respectivos computadores de pantallas anchas y planas. Cómodas sillas de tapizado gris y ribetes rojos, alfombra del piso de pared a pared, de color cereza y la luz del techo proveniente de tres circulares plafones blancos de luz led. ¡Y mi teléfono sonó y vibró¡ Y me hizo sentir muy feliz.

    —¿Amor? Mi vida preciosa… ¿Cómo estás? ¿Andas ocupada ya? —Rodrigo amoroso y pendiente de mi llegada y yo, agradecida por su llamada.

    —Aun no, apenas llegamos a las oficinas. ¡Mi vida, esto es muy hermoso! Y la vista que tiene la oficina es sencillamente espectacular. Le tomaré unas fotografías y te las enviaré. Vamos a organizar todo para la reunión con los directivos y después nos iremos para el hotel.

    —Genial mi amor, disfrútalo mucho y lúcete en esa reunión, como siempre. ¡Eres la mejor! Te adoro vida mía. ¡Cuídate mucho!

    —Gracias, precioso mío. Tenemos que venir aquí como sea con los niños. Todo es hermoso y afortunadamente el vuelo no estuvo tan agitado. Todo marcha sobre ruedas mi vida. ¿Sabes una cosa?… Hasta tengo una asistente italiana muy preciosa y atenta, que no me va a desamparar. Después te la presento si puedo… ¡Y habla español! ¿Mi amor?… Tengo que dejarte pero más tarde, te llamo. Un beso y que tengas bonito día. ¡Te amo!

    Cuando me giré, don Hugo que me observaba mientras yo hablaba, esquivó rápidamente mi mirada, pero en su rostro algo pude percibir. Quizás… ¿Envidia? Y de pronto casi a los gritos, a la oficina ingresó Francesco saludándonos efusivamente, junto a otro joven, más apuesto que él.

    —¡Señora Silvia!… ¡Hugo! Que alegría tenerlos ya por aquí. Les presento a Doménico, mi novio. —¡Dios mío!… Pero que desperdicio, pensé.

    Continuará…

  • Cuernos en el trabajo (Parte 01)

    Cuernos en el trabajo (Parte 01)

    Hola, nuevamente estoy con ustedes para platicarles lo que me sucedió hace unas cuantas semanas; poco después de que entramos al semáforo epidemiológico verde en la CDMX.

    Recién había cambiado la CDMX de semáforo de amarillo a verde y mi novio me invitó al cine, uno que se encuentra ubicado en una plaza comercial muy cerca de donde vivo. Compró las entradas, algo de comer y nos metimos a la sala a disfrutar de la película. Al salir, poco después de las 8 de la noche, nos dirigimos ya al estacionamiento y en una de esas entradas hay sanitarios, me pidió un momento para ir al baño, mientras tanto me quedé fuera de los sanitarios, viendo los locales que están en ese espacio. Me llamó la atención un cartel en uno de esos locales. Invitaban a formar parte del equipo de trabajo de esa empresa, negocio pequeño que, por lo que pude ver, se dedica a la venta de accesorios para teléfonos celulares. En ese cartel venía un teléfono, un correo electrónico y los requisitos para poder solicitar el puesto vacante. Tomé una foto del cartel mientras veía todo lo que había en el local; poco después salió mi novio del baño y sin decirle nada, me llevó a casa.

    Como por el momento no tengo trabajo, decidí mandar un mensaje al correo que venía en el cartel.

    Pasaron dos días después del envío de mi correo cuando recibí respuesta de confirmación enviándome un mensaje, que si me interesaba el trabajo tenía que presentarme en el local en donde había visto la vacante con ciertos requisitos: tener documentación básica, solicitud de trabajo requisitada, tener una buena presentación. Mi cita era para el siguiente día a las 11 am.

    Al siguiente día me presenté 5 minutos antes de la hora pactada. Traté de vestir de manera formal: un pantalón sastre, blusa manga larga, saco claro, zapatilla con tacón bajo y bien maquillada.

    Al entrar al local me pude percatar de que realmente era pequeño el espacio. Probablemente unos 12 o 15 metros cuadrados con 4 stands donde había accesorios para teléfonos celulares, tablets, etc. La chica que me atendió me recibió la documentación, la revisó rápidamente y me dijo, espera un segundo, por favor. Abrió una pequeña puerta al fondo por la que ingresó y unos dos minutos después me dijo, pasa y espera a que venga don Armando.

    La chica se veía probablemente de mi edad, quizás menos de unos 25 años. Vestía con una playera rosa que llevaba estampado el logotipo de la tienda así como un short de mezclilla, también estampado con el mismo logotipo, calcetas blancas, tenis blancos y muy bien maquillada, cabello largo pero peinado con una cola de caballo. Se veía muy juvenil y fresca, la verdad es que se veía bien.

    El lugar a donde había entrado era la oficina de don Armando, el dueño de la tienda. Un lugar muy cómodo; había un escritorio con dos sillas para invitados, una computadora, impresora, una pantalla plana y un sillón de dos plazas, una pequeña mesa de centro. Una puerta al fondo que me imagino, era el baño.

    Un momento después salió por esa puerta él, don Armando. Un tipo de muy buena presencia, más o menos de unos 40 años de edad, de barba tupida y con un perfume delicioso, seguramente era italiano.

    Revisó mis documentos, me hizo una serie de preguntas y después me explicó cuál era el trabajo, en realidad era un puesto de vendedora en tienda, así como la chica que me atendió. Me explico algunas cosas y dentro de ellas, dice que tiene otros locales en plazas diferentes con la misma mercancía. Es un negocio de reciente creación y que por lo tanto, como sus locales eran muy pequeños, no necesitaba a tanta gente para atenderlos. La situación de la contratación es porque, acababa de abrir una nueva sucursal y la chica que estaba atendiendo este local sería la encargada de atender el nuevo por la experiencia ya adquirida.

    La paga era poca, salario mínimo, trabajando 6 días a la semana, pero lo interesante es que, si llegaba a tener una determinada cantidad de ventas al día, me tocaría un porcentaje por ello. También me comentó que era obligatorio el uso del uniforme otorgado por la empresa, y que si yo quería hacer uso de algún accesorio, eso sería de forma independiente y personal. El uniforme consta de short de mezclilla en tres tonalidades, blusas con el estampado de la tienda también en diferentes tonalidades. Las calcetas y los tenis tendrían que ser pagados por cuenta propia.

    Sin pensarlo mucho, acepté. Llegué a casa y le informé a mi mamá lo sucedido. Por supuesto que ella estaba muy contenta, pues ya habría un ingreso más en casa; especialmente por la situación que se está viviendo en estos momentos. Por la tarde también avisé a mi novio acerca de lo sucedido. Él no estaba contento con mi decisión, pero le comenté que; así como él, yo también tenía derecho a trabajar. Después de una buena plática entendió mi posición y no le quedó de otra más que aceptar la situación.

    Al siguiente día me presenté como me habían indicado. Pasé tres días estudiando todo lo que había en la tienda, conocer la mercancía era la parte fundamental del trabajo. La operación de la caja, llevar la cuenta de los productos de mayor costo, etc.

    Anahí es la chica que estaba en ese momento trabajando en la tienda. Ella también me dio muchos tips de lo que tenía que hacer, de la forma en como me tenía que comportar tanto con los clientes como con don Armando.

    Una semana después comencé mi trabajo en forma. Don Armando llegaba temprano a la tienda para abrir y hacer el inventario de toda la mercancía y al mismo tiempo llegaba a cerrar. Me llevaba mi comida para no cerrar y no pagar afuera, finalmente había un horno de microondas en la tienda, así calentaba mi comida y siempre tenía tiempo suficiente para hacer mis alimentos.

    Tenía que llegar a la tienda y ahí cambiarme de ropa, ahí me ponía mi uniforme.

    La primera semana no me ponía ningún tipo de accesorio para acompañar el uniforme, pero me dí cuenta que, muchos de los visitantes al negocio eran hombres; es decir, de cada 10 clientes, 7 eran hombres. En lo personal, me encantan las pantimedias y creí que como accesorio, sería fundamental para así, atraer a más clientes, eso incrementa las ventas y por supuesto, la ganancia que me corresponde.

    Cada día, antes de comenzar el inventario, ya tenía que estar cambiada. Además de estar preparada 30 minutos antes de la apertura de la tienda. Mi novio no podía llevarme por la mañana, pero todos los días, al salir del trabajo él ya me estaba esperando en el estacionamiento. Le pedí de favor que no fuera a la tienda y que, si en un momento él llegara a ir, que no me causara problemas con el dueño, lo que pasa es que es muy celoso.

    El primer día que decidí vestirme con pantimedias, escogí un color natural; las pantimedias brillaban con la luz del local y se veían padrísimas mis piernas. Don Armando, al verme vestida de esa manera se me quedó viendo a las piernas y me dijo, que bien te ves. Le dije, si hay problema por vestirme así, no hay ningún inconveniente. Dice, no; todo lo contrario, creo que te ves fantástica, puedes quedarte así.

    Mientras hacíamos el inventario, don Armando se pegaba mucho a mi y claro, lo primero que interpreté es que, por lo menos quería rozarme las piernas, jejeje. Así son los hombres, pensé.

    Me dejé llevar un poco por su presencia, por su olor y dije, porque no. Entonces busqué la oportunidad de que, cuando estuviera cerca de mí, acercara mis rodillas para saber cuál sería su reacción y creo que no tardó en entenderlo. Ni tardo ni perezoso, fue acercando su mano a mis piernas y, entre comentario y comentario comenzó a tocarme las rodillas al principio y después, obviamente los muslos; y aunque trataba de ser discreto, creo que la emoción de estar cerca de él le ganaba y terminaba agarrándome.

    No pudo disimular, pero al irse, llevaba una gran erección.

    Ese día transcurrió normal. Hubo algunas ventas y en dos o tres ocasiones tuve que comunicarme con Anahí para que me ayudara a resolver mis dudas, pero después de todo, me fue bien.

    El local se cierra a las 6 de la tarde y don Armando llega de manera recurrente a las 5; una hora antes para ir haciendo el inventario de cierre. Justo ese día llegó dos horas antes.

    Llegó a la tienda, saludó y en seguida se metió a su oficina, pero pocos minutos después salió (cosa que nunca hace, pues siempre se mantiene dentro de la oficina).

    Comenzó a hacerme la plática y a bromear sobre muchas cosas, pero al mismo tiempo, no dejaba de verla las nalgas y las piernas y también a halagarme, pues según él, me veía fantástica.

    Llegó la hora de cerrar el local; nos metimos a la oficina para comenzar a hacer el inventario y mi corte. Terminando le dije, con permiso, me voy a cambiar. En ese momento me dice, te molesta si te digo algo; le dije, no, para nada, que pasa…

    Sin pensar se acercó a mí y me dijo, me gustan tus piernas, ¿las puedo tocar?

    Me puse nerviosa y creo que algo roja, le dije sí. Puso sus manos en mis piernas y me comenzó a masajear, yo me sentía deseada y creo que hasta mojada. Me sujetó de la cintura, puso sus labios en los míos y me besó como desesperado, creo que me quería comer.

    Te deseo, esas fueron sus palabras.

    Ahí mismo me bajé el short junto con las pantimedias y mi ropa interior, me colocó sobre una de las sillas, me puso en posición de perrito, me sujetó de mi cadera y de un solo empujón me la metió toda, no manches, la tiene bien gruesa, sentía toda mi concha llena.

    Así, en esa posición tardó como 5 minutos y se vino bien cabrón en mi, me llenó toda y claro, también terminé en su verga.

    Después me metí al baño y me limpie. Al quitarme las pantimedias ví que se habían roto y bueno, pensé, le voy a pedir a mi novio que me compre otras, pues a él también le encanta verme en pantimedias.

    En ese momento que estaba bien mi ropa me dijo, que paso? entonces comenté, lo que pasa es que se me rompieron las pantis. Abrió su cartera y me dio 100 pesos; no te preocupes, cómprate otras para mañana y si gustas, pueden ser blancas, me imagino que las vas a lucir bastante bien.

    Salí algo nerviosa del local y al ver a mi novio, lo saludé como de costumbre. Creo que me veía algo desorientada, pues iba yo recordando la cogida que me acababa de poner don Armando.

    Traté de tranquilizarme, pero la verdad es que me sentía algo incómoda. Le acababa de poner los cuernos y eso me angustiaba un poco, le pedí que no me sentía bien, que me llevara a casa. Al bajarme del coche le di un beso en la boca y le dije, después te comento lo que sucedió. Obviamente tenía que preparar un buen plan, porque, por lo que acababa de pasar, pensé que no sería la única vez en que tendría sexo con mi jefe y la verdad es que me había gustado, me coge mejor que mi novio.

    Después pasaron muchas cosas más, pero esas ya te las iré comentando en otros relatos siguientes.

    Si te interesa saber más de mi, ve a mi perfil y ahí podrás conocerme mejor.