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  • El buscavidas y su madre putativa

    El buscavidas y su madre putativa

    Eva era una mujer madura, fibrosa, de estatura mediana, morena, de cabello negro y corto. Iba por la N 640 a recoger a su hijo putativo del que no sabía nada desde hacía dos años. Al parar delante de él vio que el auto que lo había dejado tirado era un Toyota GR Yaris. Seguía siendo el mismo un figurín, alto, moreno y guapo que ese día vestía con una camiseta blanca y unos jeans ajustados al cuerpo donde se marcaban en la camiseta sus pectorales y en los jeans un buen paquete.

    Álvaro subió al auto y cerró la puerta. Se puso el cinturón de seguridad. Vio que su madrastra llevaba puesto un vestido azul de seda, amplio y con asas donde se marcaban los pezones de sus gordas tetas, un vestido que al ser corto dejaba ver casi la totalidad de sus estilizadas piernas. Mientras Eva ponía su Seat León en ruta, le dijo:

    -Ya era hora de que supiera de ti.

    -Si no fuera por la avería seguirías sin noticias mías.

    -¿Por qué me llamaste a mí?

    -No tenía a quien llamar, bueno, sí, a la grúa, pero no creo que me lleven con ellos cuando vengan a recoger el coche.

    -¿Adónde te dirigías?

    -Al Galicia Palace de Pontevedra. ¿Estabas en la playa, Eva?

    -Sí. ¿En qué lo has notado?

    Álvaro le miró para los pezones.

    -Yo cuando vuelvo de la playa tampoco llevo ropa interior debajo.

    Eva subió un poco el vestido, y cambió de tema.

    -¿Dé qué trabajas ahora, Álvaro?

    -Soy un buscavidas.

    -¿Qué clase de buscavidas?

    -Trabajo a las mujeres insatisfechas.

    A Eva le saltó la voz de alarma.

    -¡¿Te metiste a chulo?!

    -No, yo no vivo de las prostitutas, vivo de las mujeres honradas, solteras y casadas.

    -Hombre, honradas, precisamente honradas no creo que sean.

    -Depende del cristal con que se mire.

    -Mire con el cristal que se mire honradas no son.

    Se empezaba a hacer de noche. Eva encendió las luces del auto. Álvaro le preguntó:

    -¿Qué tal con el cabrón?

    Eva se puso a la defensiva.

    -¿Estás trabajando?

    -¿Estás necesitada?

    Eva se puso nerviosa.

    -No me estaba ofreciendo.

    -Esas mismas palabras me las dijo la dueña de un restaurante y acabamos en la habitación de un hotel.

    -Vas de sobrado por la vida, Álvaro, y quien va de sobrado por la vida acaba sobrando.

    -Yo acabo haciendo falta, esa misma mujer es la que me espera esta noche.

    -¡¿Es que repiten?

    -Todas repiten y algunas hasta acaban siendo clientas habituales.

    -Mucha confianza te deben tener.

    -Tanta que acaban contándome cosas que no te creerías.

    -¿Cómo qué? -se lo pensó mejor- No me contestes. Me estás enredando, deja de hacerlo. Yo nunca engañaría a tu padre.

    -Todas las mujeres engañan a sus novios y a sus maridos, si no es de un modo es de otro.

    Eva quiso saber de qué hablaba.

    -¿A qué te refieres?

    -A que todas os masturbáis y no lo hacéis precisamente pensando en vuestros novios o en vuestros maridos…

    -Mira, Álvaro, esta no es una conversación que debían tener una madre y un hijo.

    -Madrastra. ¿Te asusta?

    -A mí no me asusta nada, pero mejor cambiamos de tema.

    -¿Alguna vez te masturbaste estando el cabrón durmiendo a tu lado?

    -Ya te dije que cambiaras de tema.

    Álvaro siguió erre que erre.

    -Tiene su morbo.

    Eva quería cambiar de conversación, pero le pudo la curiosidad.

    -¿Y tú cómo sabes eso?

    -Me lo dijo una mujer que se masturba en la cama de matrimonio pensando en otros hombres mientras su marido duerme a su lado.

    -Se ve que esa mujer te tiene confianza.

    -Sí que me la tiene, pero aún fue más lejos.

    -¡¿Más?!

    -Sí, más.

    -¿Qué hizo?

    -Meterse en un chat de sexo y chatear con un joven que según ella estaba cómo un queso. El joven se masturbó en directo y ella se masturbó con él mientras su marido dormía plácidamente a su lado.

    -¡¿Quieres decir que le mandó imágenes de cómo se tocaba?!

    -Sí, por el teléfono móvil.

    -¡Si se llega a despertar su marido…!

    -Lo despertó ella después de correrse.

    -¿Para qué?

    -Para que la follase, necesitaba polla.

    -¡Hay cada una!

    -¿Y a ti nunca se te pasó por la cabeza meterle los cuernos al cabrón?

    -No.

    -Hijo de puta, mira que echarme de casa.

    -Hombre, que querías que hiciera si te pilló en mi habitación masturbándote con una de mis bragas.

    -Aquellas bragas estaban muy mojadas, Eva. Te habías masturbado, yo había oído tus gemidos al correrte y…

    Eva lo cortó.

    -Olvidemos esa historia. Aguas pasadas no muelen molinos.

    -Te deseaba tanto.

    -Por eso fue una buena idea que tu padre te echara de casa, si sigues en ella, quien sabe lo que pudiera haber pasado.

    Álvaro se lo tenía que preguntar.

    -¿Crees que hubiésemos acabado follando?

    Eva no quiso responder.

    -Ya te dije que aguas pasadas no muelen molinos.

    Eso era un sí, Álvaro ya no iba a parar hasta seducir a su madre putativa.

    -No me contestaste a lo que te pregunté antes…

    -¿A qué?

    -¿Te masturbaste alguna vez estando el cabrón durmiendo a tu lado?

    -¿Si sacio tu curiosidad dejas el tema?

    -Dejo.

    -Lo hice varias veces, pero tu padre siempre estaba borracho cuando se quedó dormido.

    Las palabras de su madre putativa lo animaron, y lo animaron porque si Eva no quisiera follar él no le hubiera contado algo tan íntimo.

    Le puso una mano en la rodilla izquierda y le preguntó:

    -¿Alguna vez te masturbó el cabrón mientras conducías?

    -Quita la mano de ahí, Álvaro.

    La mano subió y bajó acariciando el interior de su muslo.

    -Déjate llevar.

    -¿Me haces el favor de estarte quieto con la manita?

    Le bajó una asa del vestido y una teta grande con areola rosada y pequeño pezón quedó al descubierto. Al querer mamársela le empujó para separar su boca de ella.

    -O te estás quieto o te dejo tirado.

    No le hizo caso. Siguió acariciando el muslo, después le bajó la otra asa. Eva al verse con las tetas al aire se excitó, pero cuando la boca de su hijo putativo se acercó de nuevo a su teta le dio una bofetada y subiendo las asas, le dijo:

    -A ver si así aprendes.

    -Me gustó esa caricia.

    Eva sonrió y le dijo:

    -A que te doy más fuerte.

    Álvaro iba a piñón fijo. Con el canto de la mano rozó su coño mojado. Eva apretó las piernas. La mano acarició los muslos, uno con la palma y el otro con el dorso, luego con el canto de la mano le volvió a rozar el coño. Álvaro le dijo:

    -Si paras el coche en el arcén te hago una comida de coño que te corres cómo una perra.

    -Si paro el coche será para dejarte tirado.

    Álvaro se quitó el cinturón de seguridad, le levantó la falda y le lamió el interior del muslo cerca del coño. Eva, le dijo:

    -Ponte el cinto y deja de hacer tonterías.

    Lamiendo su muslo y acariciando sus tetas, le dijo:

    -Sin sujetador, sin bragas, el coño te huele a mar, el muslo te sabe salado… ¿Cómo quieres que me aleje de la gloria?

    Eva lo agarró por los pelos, tiró, lo separó de ella y le dijo:

    -Vuelve a poner el cinturón de seguridad que puede andar por ahí la guardia civil.

    Álvaro se volvió a poner el cinturón de seguridad, y después volvió a meter la mano entre sus piernas. Eva, le preguntó:

    -¿Nunca te das por vencido?

    -No.

    Álvaro acarició su clítoris con dos dedos, y acariciándolo le dijo:

    -Ábrete de piernas, Eva.

    Eva abrió un poquito las piernas. Álvaro le metió dos dedos dentro del coño y la masturbó un tiempo, Luego los sacó mojados y volvió a acariciar su clítoris haciendo círculos sobre él. Eva se abrió de piernas de par en par, y le dijo:

    -Serás cabrón… Aún nos vamos a dar un piñazo por tu culpa.

    Le volvió a meter dos dedos en el coño empapado, los sacó y se los dio a chupar, Eva los chupó, después la volvió a masturbar. Ya chapoteaban los dedos dentro del coño cuando le dijo Álvaro:

    -Cuando sienta que te vas a correr, voy a parar, detienes el coche, te como el coño y me la das en la boca.

    Eva estaba tan caliente que aquella era una proposición que no podía rechazar.

    -Eso suena muy rico.

    Volvió a hacer círculos con los dedos sobre el clítoris. Eva le dijo:

    -Ya que estamos podías sacar la polla y dejar que viese cómo la tienes.

    Álvaro, sin dejar de acariciar el clítoris, sacó la polla y se la enseñó:

    -¿Te gusta?

    Eva al ver la polla le respondió:

    -Es la más grande y la más gorda que he visto.

    Álvaro le cogió la mano izquierda y se la llevó a polla, Eva la cogió y la meneó. Estaban en medio de una recta muy larga y no venían coches por delante ni por detrás. Los dedos de la mano derecha de Álvaro aceleraron sobre su clítoris… Eva dando un grito soltó la polla y se corrió. Al correrse se encogió y se dio con la cabeza contra el volante. Tardó unos segundos en levantar la cabeza, pero Álvaro había cogido el volante y seguían por el carril derecho. Al recuperarse le dijo:

    -Pudimos darnos un trompazo y matarnos.

    -De gusto te mataría si te pillase en una habitación.

    Eva mirando para la gorda polla, le dijo:

    -Hombre, si no cobras mucho…

    Álvaro guardó la polla, le dio una tarjeta con una dirección y un número de teléfono, y le dijo:

    -Para ti es gratis.

    -¡¿Gratis?!

    -Sí, me muero por follar contigo.

    -Tú lo que quieres es vengarte de tu padre metiéndole los cuernos.

    No se lo negó.

    -Eso también. Para el coche que te quiero dar un anticipo.

    -¿Qué quieres hacer?

    -Para y lo sabrás.

    Eva paró el auto al lado de la carretera.

    -¿Qué sigue?

    -Reclina el asiento.

    Eva se quitó el cinturón de seguridad, reclinó el asiento y se echó sobre él. Álvaro después de quitar el cinturón de seguridad se metió entre sus piernas, le subió el vestido y echando las manos a sus tetas le enterró la lengua en su jugosa vagina y después la sacó lentamente para lamer su clítoris de abajo a arriba apretando la lengua contra él, después lo chupaba y empezaba de nuevo volviendo a enterrar la lengua dentro de la vagina… Ni tres minutos tardó Eva en correrse en la lengua de su hijo putativo. Álvaro no dejó de lamer hasta que su madre putativa no dejó de gemir. Luego, inclinó su asiento hacia atrás, sacó la polla y le dijo:

    -Ven que quiero saber cómo follas.

    Eva miró para aquella hermosa polla, se inclinó, la cogió por la base y le mamó el glande un par de minutos, después subió encima de Álvaro y metió la polla hasta el fondo de su coño. Lo folló con idea de hacer que se corriera, o sea, marcaba los tiempos, lento, aprisa, a toda hostia, lento de nuevo… Estaba follándolo a toda hostia cuando Álvaro la cogió por la cintura y la folló a ella aún más rápido, el resultado fue que Eva echó la cabeza hacia atrás, comenzó a temblar y se corrió diciendo:

    -¡Dios!

    Al acabar de correrse, le dijo:

    -Tú no te corriste.

    -No, tengo que reservarme para más tarde, en mi trabajo hay que cumplir siempre.

    Quique.

  • Mi amigo chileno

    Mi amigo chileno

    En aquel tiempo tenía 28 años y un par de años de casada, mi matrimonio iba muy bien y llevaba poco tiempo de haber tenido a mi primer hijo, por aquel mismo motivo tuve que renunciar a mi trabajo ya que tuve un embarazo riesgoso, luego de eso tuve la oportunidad de trabajar en una importadora, pensé que este sería un trabajo más, pero nunca me imaginé todo lo que iba a vivir.

    Fui seleccionada para el puesto de Contadora, la empresa se dedicaba a la importación de productos de China, obviamente el dueño era de ese país y sus colaboradores eran de Chile, habían pasado casi un mes cuando llegaron nuevos colaboradores de ese país y sin saberlo conocí a un chileno hermoso, era alto, de buen cuerpo, lindo de cara, ojos claros y blanco, para mi suerte era la persona que iba a trabajar directamente conmigo, ya que con él implementaríamos un nuevo sistema de trabajo, desde el primer momento no faltó los piropos de él hacía mí, desde luego al principio no le hacía caso ya que le había dicho que era una mujer casada, pero eso a él no le importaba ya que nunca dejó de coquetearme, poco a poco ese juego me fue gustando, él hacía todo para complacerme, era atento, amable, detallista, hacía todo por estar pendiente de mí, me cuidaba y me acompañaba a todas partes donde iba, en fin eso hizo que poco a poco me fuera gustando mucho más.

    Pasó algunos meses y me invitó a salir, íbamos a discotecas, restaurantes, casi siempre había insinuaciones, besos robados y otras cositas pequeñas, pero no pasaban a mayores, hasta que ya después de año me dijo que me invitaba a pasar un fin de semana en una casa que había alquilado en la playa, le dije que me dejara pensarlo, que tenía que buscar la excusa perfecta para que mi marido me dejara ir sola, por suerte se me ocurrió la idea de que una amiga mía nos había hecho la invitación a su casa en la playa, yo sabía que a mi marido no le caía muy bien mi amiga, al principio me dijo que no íbamos a ir, pero yo le dije que por lo menos me deje ir a mí, él se negó toda la semana, tuve que tener muchas relaciones sexuales anales para que terminara accediendo, entonces le dije a mi amigo que estaba todo listo, él me dijo que el sábado por la mañana nos veríamos en el terminal a las 7 am, el día viernes de esa semana me fui a comprar en un sexy shop el traje de baño de hilo dental más chiquito que tenían y bastante lencería sexy, llegué a mi casa por la noche y mi marido llegó después de unos minutos, estuvimos un par de horas teniendo sexo y me quedé dormida, estaba súper cansada, casi no me levanto temprano, menos mal que había puesto la alarma, me despedí de mi marido y me fui rumbo al terminal.

    No tuve tiempo de desayunar, cuando llegué, me fui directo al baño a cambiarme de ropa, me puse el traje de baño que había comprado, un short cachetero y un top, en ese momento él me llamó y me dijo que ya había llegado, le dije que ya estaba por llegar, cuando él me vio, se bajó del carro y me quedó mirando con una cara que ni se imaginan, enseguida me abrazó y me dio un beso enorme y me agarró las nalgas, estas divina mi amor me dijo, eres toda una ricura, déjame verte bien, me dio una vuelta y se mordió los labios como diciendo todo esto que me voy a comer, me abrió la puerta del carro y nos fuimos a Salinas, por el camino nos detuvimos a comer, porque le dije que no había desayunado, él estaba emocionado de verme con esa ropa.

    Llegamos a la casa, dejamos las maletas y nos fuimos directo a la playa, para mi suerte estaba haciendo un sol súper rico, me quité el short y el top, la cara que puso cuando me vio en hilo, me reí y le dije que le pasaba, nada es que eres un bomboncito mi amor me dijo, le dije que me pusiera bronceador en todo el cuerpo, me acosté boca abajo y cuando llegó a mis nalgas no dejaba de tocarlas, en ese momento sentí que hizo a un lado el hilo y metió un poco su dedo en mi ano, yo no le decía nada, dejaba que haga todo lo que él quisiera, luego me viré y me puso bronceador en mis pechos y así mismo puso su mano en mi vagina y metió su mano, solamente me sonreí, pasó como un par de horas y nos fuimos a bañar.

    Él también estaba divino con su traje de baño, unas piernas gruesas y se le veía un buen paquete, vellos en el pecho y musculoso, en fin estaba rico, nos metimos al mar a bañarnos un rato, luego estuvimos tomando cerveza hasta la una más o menos, a esa hora nos dio hambre, nos fuimos de la playa a comer, pero todos los restaurantes estaban llenos, en uno había mesa pero con una sola silla y me dijo que ahí comiéramos, él se sentó y yo me senté en sus piernas, estaba con el traja de baño y un pareo transparente que se veía todo, después de eso nos fuimos a la casa para bañarnos y refrescarnos un poco de mucho sol, le dije que me diera una hora para alistarme, porque quería hacerme mi lavado anal, en ese momento yo sabía que iba a pasar todo, habían 2 habitaciones y yo me fui a bañar a una habitación y él se fue a la otra.

    Cuando salí del baño, vi que estaba acostado en la cama desnudo, solo con la toalla encima, tenía su pene erecto, en ese momento quería hacerlo sufrir un poco y le dije que me iba a cambiar, que saliera un momento, me dijo que no iba a ver y se dio la vuelta, me quité la toalla, estaba complemente desnuda, hacía como que buscaba algo en mi maleta, por el espejo vi que me estaba mirando, yo seguía sin decir nada, pude ver que se levantó se quitó la tolla, se me acercó y con sus manos grandes me abrazó y me agarró los senos, su pene lo puso en mi nalga y comenzó a besarme en la espalda, yo me viré y nos besamos, con sus 2 manos me agarró de las nalgas y me alzó, crucé las piernas en su cintura, ya en ese momento me estaba alocando y él también.

    Luego me acostó en la cama e hicimos un delicioso 69, yo devoraba su pene con mi boca mientras él se comía mi vagina con su lengua, estaba bien excitada, sus dedos los metía en mi ano y eso me enloquecía más, luego de un momento cambiamos de posición, él se acostó y yo me senté encima, cogí su pene con mi mano y me lo puse en mi vagina por fin podía sentir como me penetraba, con sus manos me agarró las nalgas y me hacía subir y bajar, yo estaba alocada por sentir cada centímetro entrando y saliendo, mientras que con su boca chupaba mis senos, me movía duro y le decía que me diera más fuerte, me apretaba las nalgas con fuerza y en ese momento sentí una corriente que bajó por mi espalda hasta mi ano y subió por mi vagina hasta mis senos, me había hecho terminar, me quedé sin moverme pero él seguía penetrándome muy fuerte, él no había eyaculado y yo quería más, entonces le dije que le iba a dar mi culito, me puse en 4, él comenzó a besar mi ano y lubricarlo con su lengua.

    Después puso su pene en mi entrada y lentamente me fue penetrando, yo estaba loca de gusto, me agarró de mis caderas y comenzó a darme despacio hasta que después de unos minutos empezó a moverse con fuerza, comencé a gritar de placer, le decía que no parara que me diera más duro, mis nalgas rebotaban en su pene, él besaba mi espalda, volví a sentir esa corriente nuevamente y me hizo terminar, le dije que no eyaculara adentro que cuando sienta que ya va a terminar que me avise, así estuvimos por una hora y media y cuando me dijo que iba a eyacular, cogí su pene y me lo metí en mi boca, eyaculó bastante y todo su semen me lo tomé.

    Quedamos cansados estábamos sudados, nos pusimos a conversar un momento y le dije que me moría de ganas de estar con él, desde el primer día que lo vi y él me dijo lo mismo, esto recién es el comienzo, vamos a tener muchos más encuentros, eres una ricura mi amor, tienes unas nalgas maravillosa y ahora son mías, eso me dijo, después nos quedamos dormidos, nos levantamos y nos fuimos a bañar, nuevamente tuvimos sexo y después nos fuimos a comer, por la noche pasamos en una discoteca bailando y tomando hasta casi 4 de la mañana, regresamos a la casa y tuvimos sexo otra vez, pero esta vez le dije que solamente quería que me diera por atrás, ya cuando amaneció nos quedamos dormidos y nos levantamos al medio día, un poco con chuchaqui.

    Salimos nuevamente a la playa y nos tomamos unas cervezas, volvimos a la casa y nuevamente tuvimos sexo y de ahí ya regresamos a Guayaquil, ya cuando estábamos llegando, le dije para que me llevara a un motel porque quería más, así que nos fuimos por uno que queda por la vía a Daule, casi a las 11 de la noche me fue a dejar a mi casa, mi marido estaba un poco molesto por que llegaba tarde, me fui a bañar y tuve sexo con él, pero cuando lo hacía, me imaginaba que era mi amigo y hasta veía su cara haciéndomelo rico, el día lunes nos vimos como si no hubiese pasado nada en el trabajo y como siempre salíamos a realizar las diligencias y almorzábamos juntos.

  • El técnico del gas

    El técnico del gas

    Hola a todos. Os voy a contar un encuentro que tuve que aunque parece sacado de una película porno es real.

    Esto ocurrió ya hará unos cinco años. Por aquel entonces yo tenía poco más de treinta aunque, debido a mi constitución delgada y sumado a mi baja estatura y mi falta de vello facial, aparentaba muchos menos. Pues bien, un día recibí la notificación de que la empresa subministradora del gas iba a enviar un técnico al edificio dónde yo vivía para hacer la inspección rutinaria de la instalación. Como en el edificio donde vivo hay dos escaleras un día harían una y al siguiente la otra.

    Llegado el día de la inspección en la otra escalera pude ver el técnico que la realizaba. Se trataba de un señor rondando los 60, un poco calvo, con rasgos muy masculinos y una complexión fuerte. Me llamó la atención sus piernas gruesas y su espalda ancha así como una barriga un poco prominente. Me crucé con él antes de entrar en el edificio y no pude evitar darme la vuelta para observarlo cuando él entraba en la escalera que no era la mía., Mi imaginación echó a volar al ver ese macho y más cuando vi de reojo que él también se volteaba para mirarme disimuladamente. Fue entonces cuando empecé a maquinar mi plan. Al día siguiente recibí una llamada del técnico diciendo que tenía que pasar la revisión de mi instalación pero que no había nadie en mi piso que le abriera la puerta. Yo le dije que todos trabajábamos pero que a partir de las cinco de la tarde estaría yo en casa por si podía acercarse y estuvo de acuerdo.

    Normalmente por mi trabajo tengo todas las tarde libres y me quedo solo en casa puesto que el resto de la familia trabaja hasta las ocho de la tarde. Después de comer y esperar a quedarme solo en casa empecé a prepararlo todo para la llegada del técnico. Me di una ducha y lavé a conciencia mi ojete para ofrecérselo a la menor oportunidad. Salí de la ducha con el albornoz desabrochado esperando su llamada al timbre.

    A eso de las cinco y poco oí el telefonillo del portal sonar y al descolgar era él. Me dijo si podía subir para pasar la inspección. Yo le dije que sí y abrí la puerta del piso. Para no parecer tan descarado cerré mi albornoz sujetándolo con una mano. Se podía entrever que iba desnudo y que no llevaba nada más. Al entrar me dijo:

    – «Perdona no sabía que estabas ocupado. Será solo cinco minutos.»

    – «Tranquilo, no pasa nada. He terminado de trabajar y me iba a dar una ducha pero no sé porqué la caldera no funciona.» Le contesté

    -«Ya le echaré un vistazo aprovechando la ocasión a ver si puedo solucionar algo. Si estáis ocupados podéis seguir con lo vuestro que yo me apaño.» respondió.

    -«No, si estoy solo en casa. Todos están trabajando hasta las ocho.» contesté y él añadió una pícara sonrisa mirándome de arriba a abajo.

    Me preguntó donde estaba la entrada de gas de la caldera y lo llevé hasta la cocina. Le indiqué donde estaba (en la parte interior de un mueble bajo) y al agacharme vi de reojo como se tocaba el paquete. Llevaba un mono azul un poco entreabierto, por el calor que hacía, por donde se le escapaba un vello plateado muy sensual. No llevaba ropa interior (como más tarde pude comprobar ) por lo que su polla se notaba dependiendo de la postura que adoptaba. Pasó la revisión sin encontrar ningún problema. Yo estaba que me salía de caliente y creo que se dio cuenta. De repente me espetó:

    – «Si quieres ducharte ahora hazlo así probaremos que haya solucionado el tema de la caldera.»

    -«Vale voy a darme una ducha y si hay algo te llamó» contesté

    Aún no sé como tuve el valor de lanzarme pero dejé la puerta del baño abierta y la mampara de la ducha descorrida y le llamé.

    – «Me da la impresión de que el agua no sale muy caliente» le dije.

    Al momento apareció en la puerta del baño y se quedó mirando. Yo estaba súper empalmado por la situación. Pensé para mí que en ese momento me daría una ostia y me diría de todo pero no fue así.

    – «Quizás el agua no salga muy caliente pero creo que tú si que lo estás. Déjame comprobar que es lo que está más caliente, putita.» Me dijo y acto seguido se desabrochó el mono por completo y vi su polla en estado de semierección. Tenía los huevos afeitados (como a mi me gusta para lamerlos mejor) y una polla descapullada gruesa y venosa con un capullo rosado que era una locura.

    Se metió en la ducha conmigo. Me puso contra la pared y apretó su cuerpo contra el mío. Yo notaba su polla creciendo apoyada contra mi culito.

    -«Creo que el agua está bien pero tú tienes una calentura al igual que yo que algo tendremos que hacer para bajarla. Me gustan los chicos como tú, sin vello, delgaditos y bajitos, con aspecto juvenil. Anda sé bueno y cómeme la polla que lo estás deseando.» añadió.

    Me arrodillé bajo el chorro de agua y sujeté su polla con una mano lamiendo su capullo mientras que con la otra le masajeaba sus huevos. Él me apretaba la cabeza contra su polla ya erecta del todo, casi no me cabía en la boca, mientras me embestía la boca con ella. Sus gemidos de placer me hacían mamar con más ganas.

    Al cabo de unos cinco minutos de estar yo mamando, sacó su polla de mi boca y me dijo que quería romperme ese culito rasurado que tenía y en el que pensaba desde que me vio el día anterior.

    Salimos de la ducha y fuimos a mi habitación. Me puso a 4 patas y empezó a comerme el culo con su lengua y a acariciarme la polla. Yo creía que iba a desfallecer de placer. Se mojó un par de dedos en saliva y los introdujo con cuidado en mi ojete para relajarlo. Cuando vio que ya estaba dilatado introdujo su capullo dentro de mi. Me dolió al principio por el tamaño de su polla pero con lo excitado que yo estaba acabo metiéndola toda en mi culo. Debía medirle unos 19 cm. Quizás para algunos no sea mucho pero para mí con mi constitución era enorme. Empezó suavemente a meterla y sacarla y luego aceleró.

    -«Así me gusta que gimas, putita. Que te tragues todo el rabo de tu macho» me iba diciendo.

    Luego me puso de espaldas echado en la cama y levantó mis piernas, las abrió y volvió a meter su polla hasta el fondo. Abierto ya como estaba ya no me dolía y el placer era inmenso. Cada vez embestía más fuerte, agarró mi polla y me pajeó hasta correrme.

    -«Has probado la leche de un hombre alguna vez? Ya verás, te gustará. Estoy sano, tranquilo» me dijo mientras seguía taladrándome el culo con su pollón

    Sacó su polla y me la metió en la boca. Yo intentaba mamar todo lo que podía y en ese momento soltó toda su leche caliente en mi boca. Empecé a tragármela toda mientras notaba los trallazos de leche en mi boca y oía sus gemidos como un toro.

    Al sacar su polla de mi boca me hizo recoger con la lengua las gotitas que aún salían de su capullo.

    Exhausto como estaba yo me quedé echado en la cama. Él se levantó y se enfundó su mono. Me dijo que la mamaba muy bien y que tenía un culo muy apetecible. Me expidió el certificado de la revisión, le acompañé a la puerta y se fue no sin antes darme una palmadita en el culo y asegurando que repetiría.

    Bueno hasta aquí lo que sucedió. Espero os haya gustado. Un saludo.

  • Mi inocente novia tetona se exhibe por primera vez

    Mi inocente novia tetona se exhibe por primera vez

    No se dirán los nombres por nuestra privacidad ya que esto está totalmente basado en hechos reales.

    Somos una pareja joven, pero pese a ello llevamos bastante tiempo de relación y en el momento del relato teníamos 22 y 23 años siendo ella la menor de los dos.

    Mi novia siempre me provocó un morbo tremendo; 1,63 de altura, piel muy clara, un culo y unas curvas brutales pero sobretodo, lo que más llama su atención son sus tetas, tremendos melones tiene de talla 105E, más grandes que su cabeza son. A eso hay que sumarle esa cara blanquita y tierna, de niña que nunca rompió un plato, con esos mofletes que se ponen rojos cada vez que está nerviosa o tiene vergüenza de algo, lo que le hace parecer aún más tierna e inocente.

    Realmente siempre pensé en el morbazo que me daría que alguien viera a mi chica, de presumir todo lo que yo me comía, pero nunca lo vi como posibilidad real ya que ella era muy tímida para esas cosas y jamás si quiera me lo plantee por ese motivo, pero como saben todos lo que han tenido una relación de muchos años, siempre sucede una oportunidad propicia para aquellas cosas.

    Era verano y habíamos planificado unas vacaciones de 10 días en un camping, estábamos con bastantes ganas de pasar tiempo en pareja ya que no vivíamos juntos y había bastante tensión acumulada, así que pensábamos aprovechar bastante bien aquellos días.

    El viaje no fue demasiado largo, en el que hablamos de las ganas que había de probar el colchón que habíamos comprado y de todas las videollamadas que habíamos hecho, en las cuales ella me había calentado mucho jugando con sus tetas y demás. Una vez llegamos al camping montamos todo y decidimos pasear por la zona; decir que el camping tenía la playa a escasos 20 metros, lo que nos facilitaría ir a la playa cuando quisiéramos.

    Los primeros días realmente no tuvieron nada a destacar para este relato, eso si, follamos como dos posesos, nos pasamos el mismo tiempo follando que visitando las zonas de alrededor, aunque no sea lo más cómodo follar en una tienda de campaña, de las ganas que teníamos nos parecía eso un hotel de 5 estrellas.

    La diversión comenzó más o menos al quinto día, ya que a eso de las 3 de la mañana ella quería hacer pis por lo que tendría que ir a los baños, al estar follando estaba desnuda y le daba bastante pereza vestirse, por lo que le dije que se pusiera una chaqueta y un pantalón y fuera así, que total no había nadie a estas horas y tampoco se le iba a ver nada, ella se quedó dubitativa pero finalmente fue así. Pese a que no se le viera nada, esa chaqueta sin nada debajo dejaba entrever el tamaño de esos melones que tiene, lo que me hizo excitarme.

    Al volver no pude resistirme, le saque la chaqueta y me hizo una cubana, no tarde demasiado en correrme por la excitación, pero lo mejor llegó después, ya que me senté y ella se sentó apoyando su espalda en mi pecho, lo que me llevó a jugar con sus melones de mil formas, fue entonces cuando lleno de valor le invite a abrir la puerta de la tienda, a lo que ella dijo:

    -Seguro? Mira que como pase alguien…

    Yo no me lo terminaba de creer y le contesté:

    -Pues te taparía con mis manos, pero hace algo de calor, igualmente a estas horas no creo que se pase nadie.

    Así que me levanté y abrí la tienda, y ahí estábamos, mi novia y yo con todo abierto, las tetas de mi novia siendo estrujadas por mis manos, que se veían diminutas en comparación, finalmente no pasó nadie, pero el morbo estuvo ahí.

    Esa experiencia se repitió al día siguiente por la noche, pero en esta ocasión llene sus tetas de aceite de masaje y era fue a eso de las 00, y ahí, en cambio al día anterior, una pareja paso por nuestra tienda, lo que hizo a mi novia ponerse como un tomate y taparse los melones como pudo. Yo pensé que ya la había cagado por Ir tan lejos, pero por suerte ella no se lo tomó muy mal y después de estar un rato enfadada, nos fuimos a la playa.

    Se veía increíble en bañador, le realizaban aún más esas pedazo de tetas blanquitas que tiene. En el agua sin más, hubo algún que otro tocamiento y algún tipo no sacaba los ojos del escote de mi novia, pero nada en especial… hasta que volvimos a la toalla. Una vez llegamos, le dije entre bromas que varios tipos no dejaban de echarle un ojo descaradamente a lo que ella le quitó importancia diciendo que seguramente no sería por ella, sino otro motivo, entonces le dije:

    -Vamos a ver, te estaban mirando la tetas, cualquiera querría unas tetas así, aquí la mayoría son planas y vienes tú, tan linda, jovencita y con esas tetas…

    Ella se puso algo colorada y dijo

    -Bueno… no es para tanto

    A lo que yo contesté

    -Seguramente si hicieras topless a alguno le da un infarto, pero no te veo haciendo esas cosas, tuve suerte, porque en realidad me costaría aguantar viéndote las tetas pudiendo tocarlas.

    Conozco a mi novia, y aunque ella sea muy vergonzosa, adora excitarme, esa frase no la dije por casualidad, se cómo es y cómo llevarla a hacer lo que yo quiero.

    – Yo nunca hice topless, pero aquí no me conoce nadie ni los volveré a ver, sinceramente me daría igual, estamos en una playa, te tendrías que aguantar verme así.

    Ahí me di cuenta de que estaba a tiro.

    -No vayas de chulita, que sabes que no harías algo así, te gusta ponerme cachondo pero no eres tan mala.

    Ella se rio y acto seguido me ofreció su tira de la parte de arriba y me dijo:

    -Me ayudas?

    -Estas segura? Mira que hay bastante gente, y esos chavales de ahí son del camping…

    Ella se rio y dijo:

    -Y? No los volvemos a ver

    A lo que yo sin decir nada pero tremendamente excitado, le desabroché la parte de arriba. Inmediatamente se la quitó y dejó esos melones al aire, delante de toda esa gente, se tumbó boca arriba y comenzó a echarse crema en las tetas, ofreciendo un espectáculo a todo aquel que mirase, que ya adelanto no fueron pocos. Todo ese tiempo fue tremendamente excitante para mí, pese a que solo estuviera tumbada, no se levantó en ningún momento. Al llegar a la tienda hubo la mayor follada que recuerdo, lo que a ella le hizo entender que me gustaba que lo hiciera, y esto solo fue el inicio de todo lo que estaba por venir, pero eso ya os lo contaré en el siguiente relato.

    Si alguien quiere hablarme @[email protected].

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (14)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (14)

    Sergio abrió los ojos, pero no estaba en su habitación. La estancia aunque similar, había cambiado. Se levantó con algo de pereza y descolocado, sus pies flotaban como guiados por nubes y la puerta parecía acercarse sola.

    Salió al pasillo, la bata que tenía había desaparecido y solo llevaba puesto su pijama, sin obviar una erección mucho más grande de lo que jamás había visto. Comenzó a andar hacia la sala, pero allí lo que encontró fue el cuarto de su hermana, estaba hablando por teléfono y no le vio. Cerró la puerta, más descolocado de lo que estaba, era imposible lo que sucedía, al salir de su habitación hacia la izquierda… estaba la sala, no el cuarto de Laura.

    Volvió sobre sus pasos y se dirigió esta vez a la derecha, atravesando una puerta la cual sí que era la sala. Estaba su padre dormido, seguramente después de un duro día de trabajo, pero a Dani hoy le tocaba hacer noche, no podía estar allí. La situación era más rara por momentos y el joven no entendía que podía suceder.

    Toda la estancia se movió sin que el muchacho se diera cuenta, puesto que sin dar un paso, se encontraba delante de la puerta de la cocina. Esta estaba abierta o… ¿No había puerta? Daba lo mismo. Lo que si podía resaltarse era la imagen que los ojos del joven captaron. Su madre volvía a estar en la misma posición en la que la vio esa misma noche, de rodillas y limpiando con sus guates de fregar una gran mancha.

    Sin embargo, no era así como recordaba la situación, varias cosas habían cambiado. Para empezar la bata que su madre llevaba seguía siendo rosa, pero se asemejaba más a un kimono adornado con preciosas rosas al estilo oriental. La fina tela la envolvía hasta los muslos donde no había ningún pantalón que la tapase. Sergio tragó saliva al ver aquello.

    Todavía quedaba la parte de arriba, donde por arte de magia o unas casualidades físicas, la suave tela guardaba los senos sin que los pezones lograran ver la luz.

    —Sergio, mi vida ¿me ayudas? —dijo Mari lanzándole una sonrisa mientras sus ojos brillaban.

    El joven le asintió y se arrodilló delante de su madre, como bien recordaba haber hecho. Trató de no mirar todo el espléndido cuerpo de la mujer y bajó la vista hacia el charco de café que había en el suelo. Sin embargo aquello también había cambiado, no era café, era una sustancia blanca y ligeramente pegajosa que Mari limpiaba con suma felicidad.

    —Hay mucha —sugirió ella— mejor siempre tenerla fuera que dentro, ¿no crees?

    Sergio no sabía que contestar, solo observó cómo su madre se levantaba, se quitaba los guates amarillos y los tiraba contra la fregadera. No podía asegurarlo con total certeza, pero algo le decía que su madre aparte del kimono… ¡No llevaba nada!

    Dio unos pasos hasta la encimera donde se apoyó y dio un sorbo de agua. Sergio ensimismado contemplaba la imagen, sumido por unas ganas que le explotaban una y otra vez en el interior. Quería poseerla.

    Se levantó del suelo dándose cuenta de que la mancha blanca del suelo había desaparecido y también… su ropa. Estaba desnudo, con su cuerpo totalmente similar salvo por la exageración de pene que poseía entre las piernas, parecía salido de una viñeta erótica.

    Su madre lo escrutó con una normalidad abrumadora y volvió a dar un buen trago de agua mientras con la otra mano se colocaba la cabellera bien peinada a un lado de la cabeza.

    —Tengo demasiado calor, menos mal que el agua está fresquita…

    —Sí… yo también…

    Sergio apenas sabía qué decir, la figura imponente de su madre hacía que sus labios temblaran, más aun pensando en la vergüenza de su desnudez. Aunque Mari no reparaba en ella.

    —Últimamente lo hemos pasado muy bien, cariño. —Mari dejó el vaso en la encimera y cruzó sus brazos debajo de los senos, haciendo que sus pezones casi se vieran— Pero siempre me acuerdo de una vez. Esa fue la mejor de todas.

    —¿Qué vez?

    —Una en casa de tu tía. ¿Te acuerdas cuando nos metimos los tres en el jacuzzi?

    —No lo podría olvidar.

    El pene de Sergio parecía que no podía agrandarse más, pero la mirada libidinosa de su madre consiguió que lo hiciera. Mari parecía una bruja que hacía y deshacía a su antojo, y en ese momento lo que quería era más longitud del miembro de su hijo. Estaban a medio metro de distancia y ese pene descomunal casi podía tocarla.

    —Qué bien lo pasamos… como nos pusimos… me refiero al alcohol, claro… ¿Verdad?

    Sergio asintió tontamente. Mari se dio la vuelta con los guantes en la mano (¿no los había tirado?) y dio un paso hacia el joven, el pene de este estaba a unos centímetros del trasero de la mujer. Ella lo sabía y cuando se agachó para abrir el armarito y dejar debajo del fregadero los guantes (¿por segunda vez?), el miembro sexual y el culo impactaron.

    —Espero que aquel día, aquella cosa que rugía en los pantalones, fuera… por mí.

    Se alzó de nuevo y de espaldas, puso todo su cuerpo contra el joven, abriendo las piernas y dejando que los incontables centímetros de su pene pasaran entre sus piernas. Se sentía como en un columpio con aquel pene de dibujos animados debajo de ella, era algo bárbaro que no tenía ni pies ni cabeza.

    Posó su cabeza en el hombro del joven, que veía el kimono mucho más abierto desde su posición, pero todavía sujeto por unos pezones a los que parecía estar cosidos. Abajo, la vestimenta se había abierto más y encima de la cabeza de su pene, solo había piel, nada de ropa. Por lo que… estaba en lo cierto, Mari solo tenía el kimono, ¡nada más!

    La mano de la mujer rozó la punta de aquel monstruo que atravesaba su vulva y la acariciaba a partes iguales. Con sus uñas tocó un glande poderoso con más forma de seta que otra cosa, apenas rozándolo y haciendo que se moviera para su gusto.

    —¿Sabes? Tu padre está al otro lado de esa pared. —Mari volvió su rostro para hablar a la cara a su hijo mientras seguía acariciando su pene— Puede entrar en cualquier momento. Entonces vería a su mujer, con una tremenda polla entre las piernas…

    La respiración de Sergio se agitaba, sus manos temblorosas rodearon a la mujer llegando donde una cinta de tela gritaba por ser desatada. Pasó la mano por la punta y estiró de ella, era tan suave que casi le daba placer al tacto.

    La atadura que ocultaba la poca piel que Mari no tenía al aire, se soltó. Desde su posición más elevada con la boca de su madre respirándole a unos pocos milímetros, contempló su cuerpo. El vientre estaba al aire y abajo, aunque no era visible, podía notar como una vulva sin pelos le saludaba con variados fluidos.

    —¿Te lo imaginas? —Mari no paraba de acariciar la punta del joven— ¿Qué entre ahora mismo Dani y te pillé con tu morcilla entre las piernas de su mujer? Sería algo de locos, ¿no crees?

    El joven no tenía que responder, no era su cometido, sin embargo sí que lo era ese dichoso kimono. Subió las manos por la pequeña cintura de su madre, dirigiéndose a esas mamas que apenas le dejaban ver el suelo, tan hinchadas, tan jugosas, ciertamente eran como las recordaba en su cabeza.

    —Me haces cosquillas… —dijo ella con unos labios carnosos que luchaban por pegarse a los de su hijo.

    Sergio asió el kimono por el dobladillo que separaba cada uno de los lados y antes de llegar a los senos, lo comenzó a separar. Al parecer, los pezones no estaban pegados, ni tampoco cosidos, con un leve movimiento que dio la sensación de ser más que sencillo al final aparecieron.

    —Perfectos… —susurró el joven mientras dejaba la tela lo más apartada posibles de los senos de Mari.

    Los dedos seguían nerviosos y aunque ya habían cumplido su tarea querían más, deseaban tocarlas, sobarlas e incluso pellizcar los dos pezones que coronaban erectos ambas montañas. Las manos con lentitud rehicieron su camino y en el instante que el contacto se iba a producir, Mari chistó.

    —¡Ey!… Todavía no tienes permiso para eso… todavía… no. —quitó la mano del joven y se dio la vuelta alejándose de él. Le empujó con cierta fuerza y Sergio topó con un sillón que no conocía, el cual evitó la caída— Sentadito, cariño. Sentadito…

    Mari avanzó hacia el como si de una modelo se tratase, abrió ambas piernas y se sentó sobre las de su hijo. Sergio la vio a la perfección, una diosa descendida de los cielos para su disfrute y sí… su vulva estaba rasurada y… mojada.

    —Te he estado observando, cariño mío.

    La pelvis de Mari había comenzado a moverse, dejando justo el pene de Sergio entre sus piernas y masajeándolo con su sexo una y otra vez.

    —Me miras demasiado, te he pillado viéndome el culo, las piernas… y hoy… ¿Has gozado mirando las tetas a mamá?

    —Sí… mucho… —el calor de Sergio era incalculable y sentía que la explosión se estaba acercando.

    Las manos de su madre se juntaron en una dirección, sacando entre sus piernas el tremendo trabuco de su primogénito y colocándolo contra el vientre de este. Gracias a los jugos del sexo de la mujer, todo el tronco estaba impregnado de líquido, Sergio lo notó como si fuera la mejor crema del mundo.

    —Hijo, no me culpes. —comenzó a hablar Mari mientras pasaba sus uñas por toda la longitud del pene de Sergio recogiendo las gotas que ella misma había depositado— Soy una mujer y tengo mis necesidades. Tu padre ya no me da lo que necesito.

    Las manos de la mujer rodearon lo que pudieron la carne que desbordaba en sus manos y colocaron la polla contra su propio vientre. Mari inició un sube y baja lento mientras acercaba la cara a la de su hijo y los grandes pechos… casi los podía tocar con la punta de su pene.

    —Necesito un hombre en casa, un macho… alguien que me lo haga, alguien que me posea. Sea de día o de noche, haga frío o calor, alguien que jamás ponga excusas. Necesito alguien que me dome, alguien que me monte.

    Sus labios estaban tan cerca que apenas podía ver el movimiento de las dos manos subiendo y bajando su exagerado pene. El aliento en su boca era como un perfume, un bálsamo embriagador que le hacía perder el norte.

    —¿Conoces a ese hombre? —preguntó Mari para fulminándole con una mirada de sus preciosos ojos azules y para después, lamerle los labios culminando con un pequeño mordisco.

    —Sí… —la voz de Sergio se comenzaba a perder por el placer que sentía.

    —No te he oído bien. Dile a mamá quien es ese hombre que necesita en casa.

    Los labios de Mari ahora habían viajado hasta el odio del joven, que recostado en el sillón, gozaba de la mejor masturbación que le habían hecho en la vida. Los senos de la mujer estaban cerca… muy cerca, tanto que uno de los pezones rozó su pectoral, algo que le produjo placer y cosquillas.

    —Yo…

    —Dilo más alto, que se enteren todos en esta casa —le dijo su madre esta vez con los ojos fijos en los del joven.

    —¡YO!

    Se abalanzó hacia delante, haciendo contacto con el cuerpo de su madre y dejando entre medias su pene. Mari no dejó de moverlo y mucho menos cuando las manos de su hijo apresaron sus dos nalgas apretando con una fuerza temible. El trasero le vibró a la mujer y apretó los labios en una mezcla de dolor y placer que Sergio divisó perfectamente.

    Ahora sus pechos estaban casi en el cuello del chico, apretados. Mientras por debajo de este, en un espacio que era muy reducido, el pene de Sergio con líquidos que parecían no tener fin, se movía gracias a las manos de Mari en una excelente masturbación.

    —Yo. —volvió a decir mientras su madre seguía apretando los dientes— Tu hijo. Eso es lo que necesitas.

    El movimiento de muñeca de Mari se aceleró al escuchar aquello y Sergio se alejó algo del cuerpo, o mejor dicho, de los senos de su madre para dejarla hacer. El kimono le caía ahora hasta los antebrazos dejándola los hombros libres, como si no llevara nada. Sergio la observó en toda su desnudez, con un gesto torcido del placer, unos ojos que eran puro fuego y un rostro enrojecido que no se quedaba atrás.

    Las manos del muchacho seguían apretando con cada dedo las nalgas de la mujer como ella seguía haciendo con su miembro. El final era cercano, Sergio comenzaba a notar espasmos que no podían ser más que el anuncio de que el orgasmo llegaba.

    Como nunca en su vida los genitales le ardieron, la espalda le centelleó en un sinfín de electrocuciones, era lo más cercano a estar sentado en la silla eléctrica. Su madre en cambio no mutaba su rostro, era la diosa de la lujuria reencarnada que había vuelto para darle un placer increíble a su hijo.

    Apenas podía divisar el movimiento de manos, solo lograba ver que su pene se hinchaba por momentos al lado del vientre de la mujer. Las gotas del “lubricante” natural de Mari, volaban para diferentes direcciones, alguna incluso con dirección al rostro del muchacho donde este las recibió con la lengua. Sabían a su madre.

    Ya estaba, había llegado, solo unos segundos le separaban de tocar el cielo. El paraíso se encontraba a unos pocos movimientos de distancia y su madre no cesó en el empeño, es más le alentó.

    —Dale la leche a mamá, mi vida, dásela. —volvió a acercar su cara y muy bajito le añadió— Dime una cosa, ¿Qué quieres hacerme? Dilo. —el movimiento era más duro, más rápido, Sergio pensaba que le iba a explotar— Dilo. ¡Vamos, dilo!

    —Te quiero… te quiero…

    La voz no le salía de la garganta porque el placer era ya uno con su cuerpo, estaba atenazado, totalmente paralizado por el colosal miembro que su madre manejaba con soltura. Sin embargo Mari quería escucharlo, quería esas lindas palabras que culminarían todo el proceso.

    —Dilo, hijo, solo dilo y lo tendrás… te quiero… vamos… te quiero… que se enteren todos en casa. Que se entere tu padre, que se entere tu hermana, que se entere tu novia… incluso, que se entere Carmen. ¡Vamos, dímelo! Te quiero…

    —¡MAMÁ, TE QUIERO FOLLAR!

    El clímax llegó en ese instante, la cabeza del joven se echó hacia atrás y golpeó el sillón con violencia. Su boca y sus ojos quedaron abiertos como cada poro de su piel. Comenzaba a traspirar deseo, pasión y por una zona muy específica un chorro de magnitudes bíblicas.

    Desde otro punto de vista, como si de un viaje astral se tratase, Sergio se vio tirado en el sillón con su madre sentada en sus piernas. La imagen se podía mover o rotar, lo contemplaba desde todos los ángulos posibles y desde todos era magnifico.

    Sus fluidos salieron con una virulencia terrible. Las manos de Mari no cesaron en su empeño mientras el primer disparo impactaba entre sus senos, parecía más una manguera de bomberos que un pene.

    El segundo no tardó en llegar… y el tercero y el cuarto… más bien un inacabable disparo fue lanzado sin parar. Algo que Sergio pudo contemplar desde una posición más elevada, mientras su “yo” del sillón, seguía cerca de la inconsciencia con la cabeza al borde de desnucarse.

    La imagen de Mari era de ciencia ficción, el semen la llenaba tanto el vientre como los senos por completo. De sus pechos caían innumerables gotas que mojaban sus brazos y el cuerpo de Sergio. Incluso tan abundante chorro de líquidos masculino, había alcanzado el cuello y la barbilla de la mujer, que con una oportuna coleta que el joven no sabía cuándo se puso, había evitado mancharse el pelo. Pero ahora, en sus carnosos labios, se pasaba la lengua en un movimiento erótico sorbiendo unas cuantas gotas que habían llegado hasta aquel preciso lugar.

    De pronto algo le sacó de allí. La proyección del joven que pululaba por diferentes algunos de visión, dejó de poder contemplar la mejor imagen de su vida, todo comenzó a volverse oscuro y una fuerza tiraba de él hacia atrás. Empezó a caer por un infinito de oscuridad que dio su tope cuando uno de sus pies se movió tratando de buscar apoyo, pero no lo había. Entonces… despertó.

    Estaba sobresaltado y descolocado, tanto como al darse cuenta de que su calzoncillo se había mojado… y su pantalón… ¡Las sabanas!, “¡Qué locura es esta!” acabó por pensar.

    El sueño lo tenía muy vivido, tanto que dudó por un momento si aquello había sucedido en la realidad. No era como la película que se había ideado en la ducha, allí simplemente aprovechando que su madre estaba de rodillas en el suelo, le hacía el amor en esa posición. Sin embargo, su sueño había sido infinitamente mejor.

    Un ruido le sobresaltó haciendo que brincara de la cama con un gracioso charco en el pijama que se le notaba a la legua. El sonido de la alarma le anunciaba que era hora de ir al examen, “al menos he dormido de fábula”.

    Se preparó con rapidez y sintió que la pesadez del día anterior se había esfumado, quizá lo que le pesara también tenía algo que ver con sus genitales. Por fin en su cabeza ya no se posicionaba en único lugar Mari. Había pasado a un segundo plano y todo lo que había estudiado para este examen comenzaba a ocupar su debido lugar.

    En la cocina visualizó a su madre, tomando un café que esta vez no se le había caído. Cogió un bollo para marchar con rapidez y sin dar tiempo a pensar en ninguna otra cosa que no fuera su examen.

    —Cariño, ¿vas al examen? —no le sorprendió que Mari hablase desayunando, cada vez lo hacía con más frecuencia.

    —Sí. Marcho que tengo prisa.

    —Mucha suerte, aunque no la necesitas sé que has estudiado mucho. Además se te ve con energías.

    Miró a su madre recordando las imágenes que por la noche le habían llevado a un clímax que todavía perduraba en su cuerpo. No tenía el kimono, era la misma bata de la noche anterior con la camiseta blanca… incluso tenía unas pequeñas manchas marrones, pero… qué preciosa era.

    —He dormido de maravilla, he tenido un sueño maravilloso.

    —Pues me alegro, cielo, me alegro. —dio un sorbo a su café y añadió— Yo creo que también, pero no lo recuerdo. Aunque no sé, me he levantado como más feliz, bueno, ni idea… ¡Corre, que te entretengo!

    —¿Quién sabe, mamá? Igual hemos soñado lo mismo.

    Con una sonrisa de lo más pícara abandonó la cocina, mientras su madre debatía si era posible soñar lo mismo que otra persona. Preguntas intrascendentes que no llevan a nada. Aunque la cuestión que se planteó Sergio el día anterior en la ducha, ahora la podía contestar sin pudor.

    Con la misma mueca de felicidad, camino a coger el coche para ir a la universidad, antes de dejar de pensar en su madre se hizo la misma pregunta “¿Mi madre me pone?”. La respuesta era evidente y mientras arrancaba el coche lo expreso con sus labios, alto y claro.

    —Por supuesto que sí.

    CONTINUARÁ

    ————————–

    En mi perfil tenéis mi Twitter para que podáis seguirme y tener más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Perdí mi virginidad por mentir en el chat (Tercera parte)

    Perdí mi virginidad por mentir en el chat (Tercera parte)

    Como les comenté en el relato anterior, después de ser la hembra de Roberto por segunda ocasión, llegué a mi departamento y me apliqué la crema que me regaló en la colita antes de quedarme dormido.

    Al otro día me levanté todavía con ardor en la colita, pero nada que ver con la primera vez, si bien tenía la colita rozada, no me afectaba para caminar normalmente, solamente un poco de molestia, y ese ardorcito me hacía recordar la gran cogida que me dio Roberto, me continué poniendo la cremita y al cabo de un par de días ya estaba completamente recuperado, no recuerdo el nombre de la crema, algo como Doloproc o algo así y creo que tenía algún anestésico porque después que me la ponía me ardía un poquito y después sentía que se me adormecía la colita.

    Mientras tanto continuaba con mi vida normal y recibí un nuevo correo de Roberto agradeciéndome por la cogida que me dio y recordándome de la siguiente cita, diciéndome que no olvidara ponerme la ropa interior de su ex-esposa.

    Le contesté que al contrario, yo debía darle las gracias por todo el placer que me daba, pero no le confirmé lo de ponerme ropa interior de mujer, porque no estaba seguro de hacerlo.

    Pronto llegó el sábado y me preparé como la vez anterior, me di un baño y lavé bien mi colita a fin de tenerla muy limpia.

    Dudé algunos minutos en ponerme la ropa interior que Roberto me regaló, y al final, me decidí, a fin de complacer a mi macho, pero con algo de miedo a que se fuera a notar en la calle que llevara ropa interior de mujer.

    Me puse una tanguita muy sexy de color negro y unas medias semitransparentes también de color negro, con un poco de encaje, sentía raro, pero excitante, cabe señalar que era un poco incómodo ponerme la tanguita porque aplastaba mis testículos y como se me ponía dura la verga no cabía en la telita y se me salía, pero a la vez era morboso. Me contemplé en el espejo y no lo podía creer, realmente parecía el trasero de una joven adolescente, si hubiera tomado una foto y mostrado a mis amigos, estoy seguro que a todos los excitaría y nadie notaría que no era un culo de chica y vaya que chica.

    Me puse un pantalón y calcetines para que no se notaran las medias y una playera deportiva que dejé por fuera del pantalón para evitar que se me llegara a ver el borde superior de la tanga.

    El trayecto al parque fue muy excitante, porque sentía que la telita en medio de mis nalgas rozaba mi hoyito y todo el trayecto fui con la verga parada, la cual salía por un lado de la tanga y tenía que tratar de acomodármela disimuladamente.

    Como siempre ya estaba Roberto esperándome y me subí rápido al coche, como sabía que no quería que alguien nos viera, en esta ocasión no trató de besarme pero me sonrió y poniendo una mano en mi pierna me preguntó si no había olvidado ponerme la ropita de su ex-mujer.

    No respondí, pero alzando la playera y bajando un poco mi pantalón le mostré la parte superior de la tanguita.

    – Ufff, mami, me encantas, mira cómo se me ha puesto dura, espero hoy si te puedas quedar porque quiero amarte por horas y horas. Estoy muy arrecho amor.

    Rápidamente llegamos a su departamento, en el camino insistió que le mostrara la colita, pero no quise, quería que me viera la tanguita y las medias, pero sin ropa, al entrar a su departamento, nuevamente se abalanzó sobre mí, pero lo detuve y le pedí que me dejara usar el baño de su recámara mientras él se desnudaba.

    Entré al baño y me quité mi pantalón, calcetines y playera y salí, me acerqué y me di media vuelta, mostrando mi trasero, Roberto se encontraba sentado en la cama, completamente desnudo y empezó a suspirar y halagarme.

    – Ufff mamita, que sorpresa tan grande, sabía que tenías un culo de hembra, pero es el mejor culo de hembra que he visto en mi vida, te queda divina la tanguita y las medias, ven amor, quiero tu culito.

    Empezó a besar mis nalgas y morderlas, sus manos apretaban y abrían mi colita, después de unos minutos me recostó en la cama boca abajo y se abalanzó sobre mí me besó el cuello y espalda y fue bajando poco a poco, tomó un par de almohadas y las puso bajo mi cintura, de tal forma que mi culito quedaba levantadito.

    – Ay amor, te ves divina así, con esas medias y la tanguita entre tus nalgas, me excita tanto.

    Empezó a morder mis nalgas muy suavemente y después abrió mis nalgas y su lengua recorrió mi rajita, apartó la telita de la tanga con un dedo y hundió su lengua en mi culo. Un gemido salió de mi boca, me encantaba, estaba como loco, su lengua me entraba muy profundo en mi colita, recorriéndome por dentro en forma circular, mis ojos se pusieron en blanco, se sentía riquísimo, después sacó su lengua y succionó mi culo, para después volverme a meter su lengua, mis gemidos no paraban, me retorcía de placer, su lengua fue seguida de un par de dedos que se introdujeron dentro de mi colita y me revoloteaban por dentro, muy profundo hasta tocar mi próstata, sentí una corriente de placer y di un respingo arqueando mi espalda.

    – Mmmm, amor como disfrutas con tu colita, me encanta, siente como se abre, está apretadita, pero ya no cuesta mucho abrirla. Lo sientes?

    – Si amor, siento como se va abriendo, me gusta, sigue, me haces estremecer, Agh, mmm.

    Sentía como se abría mi colita y el dolor era mínimo, solamente un ligero ardorcito, mi colita ya estaba flojita y sacó sus dedos, tomó el lubricante y se lo untó en su verga

    – Ya estás preparada amor, tu culito pide verga, mmm, siéntela

    Sentí que apartaba a un lado la tanguita y su verga dura y ardiente recorría mi rajita, la cabeza rozaba mi hoyito y se me erizaba la piel.

    – Ay, papi, que rico, me encanta, métemela

    Mi frase se convirtió en un largo gemido cuando empujó su verga y sentí que mis pliegues se abrían, sin mucho esfuerzo, un poco de ardor, pero sabía que era el precio por el placer que sentiría después.

    Lento, pero sin detenerse, me fue penetrando, abriendo mis pliegues hasta que sentí mis nalgas tocar su pelvis, di un respingo, cuando en el último tramo empujó con mas fuerza y sentí que rozaba mi próstata, sacándome otro fuerte gemido.

    – Ahhh, papi, que rico me coges.

    – Estás bien rica nena, me encanta tu culito, sigues igual de apretadita que el primer día, me encanta como aprieta mi verga, ayyy, que rico.

    Me encantaba oír los gemidos de Roberto y que le encantara mi colita, por lo que apreté más la colita y empecé a moverme en forma circular y culeando hacia atrás y adelante.

    – Ay mami, que rico, sigue, me encanta como te mueves, ensártate solita mi verga, Aghh. Así, apriétame la verga, que rico.

    Después de unos minutos, me tomó de la cintura y empezó a empalarme fuerte y duro, literalmente taladrando mi culo, mis nalgas chocaban con su pelvis, me dio una última embestida profunda, me la sacó y me pidió recostar boca arriba.

    – Voltea mami, quiero hacerte el amor como mi hembra,

    Me abrió las piernas y una de ellas la subió a su pecho, nuevamente apartó la telita de la tanga y buscó mi agujero con su verga y me empaló profundamente, sacándome un gemido y haciendo que me retuerza de placer. Le encantaba ver como me retorcía y sonreía orgulloso, le excitaban mis gemidos y me arremetía con mas fuerza.

    – Así mami, disfruta, me encanta como gimes, como gozas, ufff, que rico se siente.

    Acariciaba mi pierna sobre su pecho, la cual tenía la media negra puesta, besaba mis pies, mis pantorrillas, cubiertas por esa prenda, sus manos recorrían toda mi pierna, la media era muy delgada y me encantaba el roce de sus manos sobre mi piel, era muy excitante, realmente parecía una pierna de hembra, y la hembra era yo, me atreví a pedirle que me diera más duro.

    – Hay amor, que rico, sigue, cógeme, dame más duro, soy tu hembra, preñame

    Creo que mis palabras lo incitaron porque abrió mas mis piernas y tomando mi pierna derecha como apoyo empezó a embestir más fuerte, duro, sin piedad, su verga me penetraba duro, mis nalgas rebotaban en su pelvis y sacudía mi cuerpo, como si quisiera partirme en dos, sus gemidos se convirtieron en gruñidos, bufidos, mientras yo gritaba de placer y me retorcía y mis puños apretaban las sábanas, mi mente estaba en blanco, todo me daba vueltas y empecé a convulsionar al tiempo que mi verga explotaba y disparaba sus chorros de leche sobre mi vientre y pecho.

    – Me corro mami, ahhh, te voy a preñar, cielo, ahí te van mi leche, te voy a hacer un hijo.

    Yo seguía convulsionando y resoplando fuerte me dio una embestida profunda y descargó en mis entrañas, sentía sus chorros de leche llenándome y me sentía muy hembra, su hembra.

    Nuestros cuerpos sudaban y mi corazón latía de prisa, sacó su verga de mi culo, y mi culo quedó abierto y chorreando leche.

    – Ufff amor, que rico se ve tu culo abierto, ay, me encanta como se ve, bien abierto y mi leche escapando por tu culo, pero no hay que desperdiciarla,

    Tomando su verga, recogió la leche que escurría por mis nalgas con la punta de su verga y me volvió a empalar, metiéndome la leche nuevamente en mi culo,

    – Así amor, toda mi leche debe quedar en tu culo para que quedes preñada.

    Aunque era una fantasía, lo de quedar preñada, le seguí el juego.

    – Si amor, que macho, ufff, estoy segura que me preñaste, seguramente será tan machito como su padre.

    Se desplomó sobre la cama y me abrazó, me dio un beso cachondo, mordiendo mis labios y me dijo.

    – Ufff, amor, disfruté como nunca, me volvió loco follarte con tu ropita de nena puesta.

    – Yo también disfrute mucho amor, fue la mejor cogida que me has dado, la mas intensa.

    Estaba cansado y me recosté sobre su pecho, mi respiración poco a poco volvía a la normalidad, y escuchaba los latidos del pecho de Roberto, los cuales me fueron arrullando poco a poco hasta quedar profundamente dormido, tenía todo el cuerpo lleno de semen, pero no me importó, era mucho el cansancio en mi cuerpo, antes de quedar dormido escuché que roncaba, Roberto se había quedado dormido.

    Esa noche no regresé a casa, todavía me cogió un par de veces más esa noche y dos veces más el día siguiente, pero eso se los contaré en otra ocasión.

    Si les gustó, y agradeceré sus comentarios.

    Mi correo es [email protected].

  • Locos 70´s

    Locos 70´s

    Buena noche amigos, ahora contaremos otras historias para todos ustedes, espero se acuerden de nosotros, pero para los que no nos conozcan les pondremos en conocimiento, describiré primero a mi esposa (María), mujer joven, de 1,60 cm de altura, de cuerpo delgado, cabello a los hombros, más bien lacio, con unos senos de regular tamaño, firmes, con areolas y pezones pequeños, una nalgas redondas y firmes y unas piernas delgadas, largas, ágiles. Yo (Pedro) unos años mayor que ella, de 1,89 de estatura, de cuerpo atlético, medianamente musculoso, ya que el trabajo no me permite hacer el ejercicio con la frecuencia que a mi, me gusta, con un abdomen que empieza a ocultar los músculos del frente.

    He de decir que tenemos 2 hijas una de ellas terminando la adolescencia y la otra iniciándola, nos casamos alrededor de los 22 años, entonces, no somos viejos, para las edades de las hijas, en realidad pertenecemos a la edad de jóvenes maduros.

    Vivimos en una unidad habitacional del entonces Distrito Federal ahora Ciudad de México, de condominios horizontales, conjunto de edificios de dos plantas con 4 departamentos por edificio, con grandes espacios de áreas verdes y estacionamientos, cercano a las orillas de la ciudad, lo que nos permite tener una mejor calidad del aire, lo único complejo es el ir y regresar al trabajo, ya que yo laboro en un municipio del estado de México, pero implica un recorrido de más de 25 km de ida y otros tantos de regreso.

    Ahora contaremos historias de nuestra juventud, cuando estábamos ambos en la escuela, nuestra infancia la vivimos en el norte de la ciudad y estuvimos en un bachillerato por esa zona de la ciudad, en los principios de los 70´s, cuando empezaba la loca revolución sexual de nuestro país, nuestra adolescencia tardía nos llevó a tratar de conocer un poco mas de nuestra sexualidad y por supuesto tuvimos algunos juegos sexuales propios de nuestra edad e historia familiar, unos cuantos besos atrevidos, caricias que lograban excitarnos y humedecernos, sin embargo el temor era mas que el deseo de descubrir más.

    Terminamos en bachillerato y entramos a una escuela superior en un municipio del estado de México, y poco a poco todo fue cambiando, nuestros deseos se fueron haciendo más intensos, lo mismo que nuestros juegos; una tarde que salimos de la escuela, era aún temprano para llegar a nuestras casas, alguno de nuestros profesores no había llegado y nos quedaban dos horas libres, decidimos quedarnos en la escuela y nos refugiamos en la parte trasera de la biblioteca, que en realidad era un gran jardín, y protegía entre los muros que le daban soporte a los grandes ventanales de la misma, unos rincones que nos permitían estar sentados a ambos y ser casi invisibles desde muchos puntos del acceso a la escuela y al edificio de la biblioteca. Nos sentamos abrazados de frente, ella entre mis piernas flexionadas, lo que nos permitía estar mas cerca uno del otro, los besos estuvieron a la orden del día, mi lengua buscaba ansiosa la suya y mis manos empezaron a acariciar su espalda, llegando cada vez mas al frente, rozando la parte lateral de sus senos, el tenerla entre mis muslos y cada vez mas cerca de mi, sintiendo como nuestro calor aumentaba hizo que mi verga empezara a crecer hasta que ella lo notó cerca de su cuerpo.

    “te estas calentando amor

    “no, me estas calentando,

    Seguimos besándonos y acariciándonos, mis manos, cada vez mas al frente, aprovechaba para acariciar y apretar sus chiches,

    “tú también me estas calentando…

    Por la posición en la que estaba, mi verga doblada me lastimaba, y el dolor lejos de dejarme sentir placer, me incomodaba, intenté acomodarlo y solo aumentó la presión que ejercían mis jeans, me levanté para intentar acomodarme diferente, pero todo era inútil, entonces abrí el cierre y el botón con lo que la presión disminuyó, me volví a acomodar como estábamos, ella entre mis muslos y nos abrazamos nuevamente, solo que ahora mi trusa era lo único que mantenía mi verga en su lugar, después de un rato de seguirnos besando la punta de mi pene empezó a gotear con lo que se notaba la humedad en mi calzón. En un momento que nos dimos para tomar aire, ella bajo la vista quedando fijos sus ojos en la mancha que se veía,

    “te estas mojando

    “es por ti,

    Aprovechando que sus ojos estaban fijos en el bulto y la humedad, moví mis manos y saque mi pene de la prisión que lo contenía, ella al verlo, empezó a tocarlo con la punta de su dedo, recorriéndole la cabeza, haciendo que la humedad que salía por el orificio se esparciera en toda la cabeza, mis manos buscaron bajo su blusa subiendo hasta encontrar el borde inferior de su bra, metí la punta de mis dedos por debajo hasta que mis manos se apoderaron de sus senos de mediano tamaño que se pusieron duros, la punta de mis dedos alcanzaron el borde de su areola y sus pezones, que de igual forma reaccionaron creciendo y poniéndose duros, subí mis manos arrastrando la blusa y el bra hasta arriba de sus chiches, por primera vez estaba yo observando sus senos turgentes, con sus areolas un poco más oscuras apenas que el resto de su piel, la atraje a mi cuerpo para poder besar esos pequeños botones que emergían del centro de sus globos y que me llamaban para besarlos, al jalarla su mano se quitó de en medio y mi pene rebotó contra sus senos salpicándole de esa humedad que salía, rozando la piel de sus senos, inmediatamente volvió a meter su mano entre nosotros, evitando que me acercara a besarlos, pero tomando mi pene completamente con una mano, para evitar que volviera a rozarle la piel de su pecho.

    Le tomé la mano y empecé a moverla de arriba abajo, como las veces que yo me la jalo hasta venirme, su mano se fue mojando con mi humedad y así lubricándose con ella seguí moviéndola cada vez mas rápido, cada vez mas fuerte, ella no podía separar sus ojos de lo que ocurría entre mi verga y su mano, apareció un brillo en sus ojos y sus mejillas se colorearon al tiempo que sus caderas se apretaron contra mi cuerpo, en ese momento, mi pene se contrajo y escurrió mi leche entre sus dedos, se quedó estática, viendo sus dedos llenos de ese líquido pegajoso, oloroso.

    Buscó entre su bolsa hasta encontrar un pañuelo desechable y limpiarse la mano, no sin antes acercarla a su nariz para oler, después con mucho cuidado me fue secando el pene, hasta limpiar todo residuo de mi leche.

    Casi sin decir nada, nos levantamos y nos fuimos, al llegar a la puerta de su casa, me abrazó y me besó con un gran “te amo”.

    Esta es la primera de muchas nuevas historias espero les haya gustado el inicio.

    Si les es de su agrado escríbanme y sugieran algo más.

    [email protected].

  • Les cuento cómo fue mi primera vez

    Les cuento cómo fue mi primera vez

    La tensión sexual que había entre mi hermano Fabio y yo no tardaría en romperse, habían pasado muchos meses de deseo reprimido, miradas lujuriosas, manoseos, pues, siempre que podía, Fabio me jugaba bromas y terminábamos discutiendo entre risas y él abalanzándome sobre mi para hacerme cosquillas, aprovechándose de la situación para meter sus manos en donde no debía sabiendo que yo me dejaría hacer.

    «Era un simple juego, solo eran las manos de mi hermano pasándose por todo mi cuerpo en busca de hacerme reír hasta más no poder». Mentira. Nos deseábamos, esa es la incestuosa verdad, para qué nos vamos a engañar, ¿verdad, lectores?

    Fue así entonces que entre risas y manoseos en ausencia de nuestros padres llegó ese domingo perfecto en el que ellos habían salido y no recuerdo exactamente a dónde habían ido, lo único que recuerdo es que llegaron casi anocheciendo. Si hubiésemos sabido que papá y mamá se iban a pasar todo el domingo fuera probablemente habríamos disfrutado más de lo que disfrutamos ese día.

    Me acababa de duchar y como de costumbre, siempre me aparecía por la sala de estar, a disfrutar de las miradas y piropos que me echaba mi hermano siempre que me veía desfilar por el apartamento en toalla.

    De la sala de estar pasé a la cocina y Fabio se levantó para ir hacia donde yo estaba. Empezamos a conversar de varias cosas y entre charla y risas sucedió lo que tantas veces pudo darse pero no se concretaba. Estaba colocando un vaso en el organizador cuando siento a Fabio detrás de mi besar mis hombros húmedos.

    Su cálida lengua fue como un paralizador, pues, me quedé ahí como una estatua y él siguió con sus besos.

    —Quiero hacerte mía, mami —recuerdo exactamente esa frase. ¿Cómo olvidarla?

    —Yo quiero —le respondí con la voz ahogada

    Me volteé quedando frente a él y nuestras miradas lo decían todo. Nos deseábamos.

    —¿Y papá y mamá? —pregunté, como adelantándome a los acontecimientos, sabiéndome desvirgada, adivinando que dentro de unos minutos muy probablemente iba a estar sufriendo y gimiendo al mismo tiempo la perdida de mi himen, experimentando por primera vez lo delicioso y adictivo que es el sexo.

    Fabio me tranquilizó mientras me llevaba cargada en sus brazos a su habitación asegurándome que teníamos bastante tiempo para tener sexo.

    Me recostó a su cama de sábanas blancas, despojándome de lo único que cubría mi desnudez: la toalla. Esta vez su cara no estaba risueña como solía estarlo, le notaba emocionado, enfocado en hacerme vivir una deliciosa experiencia que recordaremos de por vida.

    Quedé recostada de forma vertical en su cama individual, con mis pies tocando la alfombra. Fabio se inclinó, me jaló un poco hacia adelante y empezó a lamer mis muslos para luego levantarse un poco, ir hacia mi y besarme. Significaban nuestros primeros besos y estuvimos un buen rato comiéndonos nuestros labios, era evidente que ya ambos sabíamos besar.

    Abandonó mi boca y se deslizó nuevamente hacia abajo, me chupó los pezones, pero no se detuvo en ellos sino que continuó hasta volver a quedar frente a mi vulva totalmente depilada para el momento. Yo me quedé inclinada reposando mis codos sobre la cama, quería ver a Fabio comiéndose mi sexo. Alcé mis piernas y las flexioné quedando estas en el aire o a veces apoyadas en los hombros de Fabio que se encontraba concentrado chupándome toda la zona genital.

    No nos decíamos nada, él estaba concentrado en mi vulva, yo observando con detenimiento todo lo que me hacía. Pasaba su lengua como si de una copa de helado de barquilla se tratase. Luego golpeaba con su lengua mi himen y clítoris haciéndome gemir.

    Me llevó más hacia el borde de la cama y me puso de ladito, quedando mis piernas juntas y en esa posición me lamió también el ano. Me dieron ganas de reír ya que no me lo esperaba, pero me aguanté. No podía creerlo, Fabio me lamía toda la zona con tal dedicación. Me pregunté por un momento a cuántas ya se lo había hecho y en lugar de que ese detalle trastornara el momento solo incrementó el morbo, el hecho de saber que mi hermano ya tenía experiencia me tranquilizaba un poco y me excitaba en gran manera.

    Metió su lengua en la entrada de mi culito repetidas veces tanto que pensé que me la iba a meter por ahí. Se sentía tan rico todo lo que me hacía Fabio.

    Había llevado una de sus manos a mis senos, pero yo la tomé y me la llevé a mi boca, empecé a chuparle los dedos mientras él me chupaba el alma por fuera, pues aún me faltaba experimentar qué era eso de sentir a un hombre dentro de mi.

    De repente se levantó y me dijo:

    —Te la voy a meter

    Y rápidamente se volteó a cerrar la puerta de la habitación y al volver se desnudó en cuestión de segundos.

    Se metió a la cama conmigo y quedamos en la posición de misionero en la que volvimos a besarnos como dice una canción popular: «Completamente enamorados, alucinando, sintiendo morbo aunque no por primera vez aunque sí por primera vez tocándonos».

    No íbamos a cometer incesto por primera vez, ya lo habíamos cometido deseándonos durante meses, fantaseando en nuestros sueños, dedicándonos masturbadas, cada quien en su habitación. Sí, Fabio me contaría luego sobre las veces que se masturbó imaginando que «me cogía» así que lo que íbamos era a volver a cometer incesto, esta vez en cuerpo y alma.

    Yo sabía que perder mi virginidad iba a dolerme, pues, algunas veces al masturbarme había hecho presión sobre mi himen y la resistencia de este a mis dedos me ocasionaba dolor, lo que no sabía era cuánto dolor me ocasionaría un pene.

    Le pregunté a Fabio si me iba a doler a lo que respondió sinceramente que si pero que sería poquito, que confiara en él.

    Ya estando en la posición antes mencionada me pidió extendiera un poco las piernas para facilitar la penetración al mismo tiempo que sentía la cabezota rosada de su pene rozar la entrada de mi vagina.

    Estuvo empujando con delicadeza su pene hacia mi humedecida vagina. Era placentero sentir la calidez de su miembro golpear la telita que significa para él mi pureza como mujer. Aquella fricción me ayudó a relajarme un poco ya que no sentía dolor.

    Pero todo cambiaría en un santiamén, pues Fabio empujó de golpe su pene con rudeza y brusquedad haciéndome pegar un grito que debió oírse en todo el departamento. Me tapó la boca con una mano susurrándome que ya todo había pasado.

    Me salían lágrimas de los ojos, pues, el pinchazo me había dolido aunque no sé si lloraba por el dolor, por la forma en la que Fabio me penetró con violencia o por el momento vivido. Fabio volvió a penetrarme con fuerza y de nuevo sentí dolor aunque en menor grado y una sensación mezclada entre el dolor y el placer me hizo estremecer.

    El muy morboso me dijo que mi cuquita era demasiada apretada, que su pene estaba muy oprimido y que no tardaría en eyacular

    Continuó penetrándome pero esta vez se sentía distinto, dolía un poco menos pero el saberme llena de su pene me brindó un delicioso momento de placer y dolor combinados que disfruté a plenitud.

    La virginidad está en la mente. He oído de mujeres que siguen teniendo dolor después de la primera vez, otras un dolor muy leve y otras tantas no experimentaron ningún tipo de molestia.

    Yo les cuento mi experiencia tal cual. Me dolió cuando Fabio entró de golpe en mi, grité y lloré y luego el dolor disminuyó, las próximas veces que cogimos no sentí ningún tipo de dolor relacionado a mi virginidad, ya había quedado en el pasado.

    Fabio no pudo más y eyaculó de forma abundante quedándose recostado a mi sufriendo el delicioso orgasmo que yo le había proporcionado. Se quedó ahí pegado a mi un momento, dedicándome todo tipo de halagos, pero lo callé con besos candentes y apasionados, sabiéndome pecadora, incestuosa, sintiéndome culpable, sin dudar de que la que provocó ese incestuoso momento había sido yo y no él.

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  • El regalo: Un antes y un después (Vigésima quinta parte)

    El regalo: Un antes y un después (Vigésima quinta parte)

    —Y entonces Rocky… ¿Tu suegra te quiere? —Si claro, a su manera. Le respondí. —Lejos y preferiblemente… ¡Muerto! Jajaja–. Y nos echamos los dos a reír, hasta que se nos cansaron las mandíbulas, nuestros lagrimales secretaron tan vasta humedad, que concluimos enroscados sobre las sabanas, apretando con fuerza nuestros vientres.

    De nuevo aquella sonrisa carnavalera en su rostro de muñeca Barbie y el resplandor húmedo en su mirada de selva amazónica, parecía emerger y envolverme en la alegría de su espíritu tropical.

    —¿Te dolió? Pao… ¿Te hice daño, preciosa? —Le pregunté mientras acariciaba sus níveas colinas y de paso pegaba mi boca entreabierta, dejando mi personal marca, ensalivando toda su nalga derecha.

    —Pufff… Un poco sí, al comienzo. Pero… ¡Ayyy Dios mío, que rico fue eso! Es que los dos estábamos desatados y con esas chupadas tuyas donde no me ha dado el sol, más encima con tus dedos hurgando por dentro de mi conchita… ¡Eche, nene! Me tenías bien arrecha ¡No jodaaa!… ¿Te gusto probar mi culito? —Me dijo mi rubia tentación, con aquella expresión en su rostro de mujer satisfecha, sudada y aún con leves espasmos en sus blancas piernas.

    —¡Hummm! Ni me lo recuerdes que se me «entiesa» otra vez y lo tengo casi en carne viva. ¡Jajaja! Fue simplemente delicioso, mi Pao hermosa. Lo tienes tan apretadito y su calor es muy acogedor. Tenía muchas ganas de morder este dulce melocotón. —Le respondí a mi rubia barranquillera, alargando mí mano para explorar la parte posterior del muslo, desde la corva hasta internarla con concienzuda pericia, en la mitad de sus piernas abiertas y acariciar su empapada hendidura desde atrás.

    —Jajaja, Rocky es como dicen por ahí… ¡Enfermo que come, muere alentado! —Nos reímos los dos, –de nuevo– pero instantes después, guardamos un reparador silencio, hasta que de nuevo Paola rompió con sus palabras, el afónico ambiente de su habitación.

    —Pero entonces ella adora a sus nietos. Los cuidara muy bien. No te preocupes por ellos, con el tiempo entenderán. —Me respondió y yo, tan solo cerré mis ojos, como evitando ver la realidad de mi pronta separación. Y mi mejilla se aplastó sobre la ensenada que se formaba entre su cintura y el nacimiento de sus dos colinas, arrullado por la tibieza de su suave piel. ¡Tan tersa tentación!

    ¡Y suspiré! Adormeciéndome un poco, aunque siempre alerta ante el inminente y repetitivo sonido de la alarma puesta en mi teléfono, para marcharme a trabajar con lo que llevaba puesto.

    —Mamita… ¿Y mi papito dónde está? ¿Por qué no ha llegado? ¡Queremos que nos termine de leer el cuento del ogro y la princesa! —Acaricié la cabeza de mi pequeña, le sonreí y le besé en la frente, me arrunché aún más al cuerpo de mi hijo, encogiendo mis piernas en su cama y los abracé con ternura. Más sin embargo… ¡Lloraba en mi interior!

    —¡Vamos a dormir los tres! Les dije con suavidad. —Papito estará muy ocupado trabajando. ¡Más tarde llegará!

    Pero ni llegó ese sábado, tampoco se apareció el domingo. No sabía nada de Rodrigo, estaría confundido, sintiéndose herido y yo, comprendía que me quisiera evitar. Afligida, llevé en la dominical mañana a mis pequeños al parque y a los juegos infantiles de videojuegos por la tarde, en el centro comercial. Todo para distraerlos y evitar que me preguntaran más por su papá, sin embargo yo no dejaba de mirar el teléfono, revisándolo cada cinco minutos, esperanzada en que al menos aparecieran como leídos mis mensajes. ¡Pero no!

    El lunes muy temprano, mientras terminaba en el baño de secarme las piernas, escuché abrirse la puerta de la entrada y posteriormente, cerrarse la del baño auxiliar. Y sin verlo aún, agradecí a mi Dios y a la Virgen por saberlo sano y salvo. Estando en la cocina, escuché la bulla de mis pequeños, al ser despertados por los mimos de su padre y luego de un rato, ya vestidos con sus uniformes de colegio, Rodrigo sin mirarme, los sentó en la mesa para desayunar.

    —¡Buenos días! Lo saludé yo tomando la iniciativa. —¿Quieres desayunar?–. Y por respuesta suya obtuve un muy básico… ¡Gracias! Desabrido, sin el tono amoroso de días atrás y el café de sus ojos fijos en los míos, tan solo… ¡Un fugaz instante!

    Su mirada fría, huérfana de expresión alguna, me estremeció. Más con nuestros hijos se comportaba igual de amoroso, inclusive mucho más, tanto que Rodrigo con la cuchara jugaba a darles su colorido cereal, simulando el sonido de un avión y nuestros pequeños con sus boquitas bien abiertas, el hambriento aeropuerto de llegada.

    Ya emanando aromas a madera, pomelos, mandarinas y trazas de laurel y jazmín de su colonia nueva, engalanado con su traje de paño gris pizarra y corbata azul con franjas oblicuas de plata, uno de los primeros que adquirió para comenzar su trabajo de ventas en el concesionario, se arrodilló en frente de los niños y besándolos en la frente, con una palmada cariñosa e insonora en sus colitas, se despidió.

    —¿Y de mi mamita? Le dijo mi hija mayor. Rodrigo sin sonreír, me miró y luego fijó su vista de nuevo en mi pequeña para decirle…

    —No, de ella no. —Y mi hija le pregunto algo inquieta…

    —¿Por qué no, papito? —Y mi esposo, modulando lento y bajo le respondió…

    —Porque con tu mamá, algo se me perdió. —Y me dolió en el alma, pero me afligió más, la inocente propuesta de mi pequeña para con su padre.

    —¡Papito no te preocupes! Que con mi hermanito, te ayudamos por la noche a buscar. ¿Cómo es? ¿Podría estar debajo de mi cama?

    —No lo creo princesita, era algo demasiado grande. —Y dándose la vuelta, se marchó.

    La reunión típica de un lunes frio, gris y aburridor, fue matizada por la usual entrada triunfante, sonriente y tardía, de mi rubia tentación.

    —¡Buenos días «Rolito» precioso! ¿Me invitas más tarde a un café y un cigarrillito? —Fue una pregunta con síntomas de información–. ¿Todo bien? ¿O agitaste el avispero?

    —¡Todo bien, todo bien! Cómo dice «El Pibe». Me mantuve sereno. ¿Y Tú? ¿Cómo amaneciste de tu cosita rica y apretadita?

    —¡Ardida! Pero me la enjuagué muy bien esta mañana y de paso bajo la ducha, con mis dedos la hidraté con una cremita especial, ya sabes, esa que me fluye fácil recordando cómo me tomaste entre tus brazos todo este fin de semana y me «mangoneaste» de un lado para el otro. Jajaja, eres un artista en la cama mi «Cachaquito» precioso. ¡Quién lo diría!

    —No es solo mi culpa, Pao preciosa. Tú también tienes la culpa de todo eso. ¡Te encanta que te dominen! ¿No es verdad?

    —Pues eso Rocky, depende mucho del hombre con quien esté y como me sienta de atraída a él. ¿Y tú? Te encanta dominar. ¿No es así?

    —Hummm, creo que soy bi.

    Y mi rubia barranquillera sin soltarme de las manos, echó su espalda hacia atrás y abrió sus hermosos ojos esmeraldas, completamente estupefacta, indiscutiblemente asombrada por mi respuesta.

    —¡Jajaja! No es lo que piensas, mi Pao preciosa. Hasta ahora no se me ha volteado la barca. Soy bi… ¡Sensorial! Creo yo.

    —¿Cómo así? No te comprendo.

    —Pues que me gusta sentir y también ser sentido. Considero que busco siempre un equilibrio. Balancearme sobre la soga, sin desear caerme para un lado o para el otro. —Pero miré con algo de tristeza a mi rubia barranquillera, quien en silencio, aún permanecía un poco desconcertada traduciendo en su mente mis palabras.

    —Pao, me siento muy feliz a tu lado pero…

    —Pero te hace falta algo. ¡Te sientes incompleto! ¿No es verdad? —Me respondió con prontitud.

    —Sí, así es. La verdad Pao es que hoy al verla esta mañana… ¡Se me removió todo! Es una sensación tan extraña eso de sentir celos. Al verla allí con mis hijos, tan pendiente de ellos, en su labor de madre y tan… ¡Hermosa! La amé. Porque Pao, mi esposa es una mujer muy bella, deseable y trabajadora. Hoy a pesar de su pálida tez y el crepúsculo de sus ojeras, se estrenaba un vestido desconocido para mí, y la vi tan esplendida. No le dije nada porque los recuerdos de hace años se me agolparon, cuando creí haberla perdido y mejor salí de afán. ¡Me falta ella, mi otra mitad! —Y Paola me obsequio comprensiva, su hermosa sonrisa.

    —Una mezcla de sensaciones que no quería revivir, Pao. El temor a perder a alguien, que considero por su entrega durante tantos años juntos, casi como propiedad mía. Y sí, me sentí tan defraudado por ella, como también por mí. Muy dolido, abatido, traicionado y desdichado porque ella finalmente me falló. Pero yo igual lo hice contigo, y también me traicioné y de paso a la mujer que siento y pienso, que es el amor de mi vida.

    —También discúlpame tú, pues no debí hacerlo contigo solo por venganza. Tu solo me brindaste refugio y comprensión y mis deseos de estar con una mujer tan bella como tú, los confundí con las ganas de intercambiar una afrenta por otra y tú… ¡Tú no lo mereces!

    —¡Jajaja! Mi Rocky precioso, obtuve lo que quería. Llevarte a mi cama, a mi terreno y vencer tu idealismo de que la monogamia es tu único camino. Y como has podido morder y saborear, el cuerpo vibra y se electrifica ante otro que le excita, aunque la mente piense que eso está mal y solo pide algo diferente de vez en cuando. ¡Disfrutar! Anda nene, que de emociones nuevas u olvidadas, estancadas o utopías omitidas, está plagado este mundo, sin que tú razonado amor, se vea perjudicado finalmente en lo que siente tu corazón. Calmaste las ganas, yo lo disfrute y si tu esposa lo hizo con él, no pasa nada. O es que tú piensas abandonarla, dejar a tus hijos y proponerte… ¿Vivir junto a mí?

    —Obviamente que no Pao. De eso estoy seguro, el problema no soy yo ni mis sentimientos, las preguntas correctas serian sí con ese jefecito, Silvia vivirá mejor y si tú estarías dispuesta a dejar lo tuyo con tu novio para ennoviarte con un tipo como yo.

    —A mí puedes llegar a quererme mucho y se bien cuanto te encanto, pero a Silvia tú, mi «Rolito precioso»… ¡A ella la continuas amando! Y eso mi «Cachaquito» hermoso, le puede estar sucediendo a ella también. Ustedes dos ya tiene algo construido, y ajá, acabarlo todo por un puto polvo, «Rolito» precioso, eso sí estaría mal. Piensa que solo fue eso y nada más. Bueno, regular o malo, eso le toca a ella evaluarlo. Aunque quizás si la llegas a ver muy cambiada emocionalmente, o a ti mismo, pensando más en mí que en tu mujer, no lo dudes ni por un segundo… ¡El amor entre ustedes dos, no ha sido suficiente! Y entonces lo mejor sería…

    —¡Cárdenasss! ¡Señorita Torres! En la noche pueden terminar de hacerse el manicure y si quieren hasta los rulitos también. ¡Menos chisme y más trabajo! Qué los clientes no cuelgan de los árboles.

    ¡Mierda! ¿Y mi café?

    Vaya comienzo de semana, después de tanta felicidad, lejana a kilómetros de distancia, regresaba a la oficina seguramente para ser objeto de mil preguntas de parte de mis compañeras y…

    —Silvia, tesoro ¡Bienvenida! Pero ni idea donde te vas a poder acomodar. —Fueron las palabras de pláceme con las que me acogieron mis cariñosas compañeras a mi llegada a la oficina.

    Y mientras recibía el cariñoso abrazo de Amanda, dos ósculos afectuosos en mis mejillas por parte de Magdalena y la sonrisa honesta acompañada por un suave palmear de las manos de la señora Dolores, giré mi cabeza en dirección al lugar usual de mis ocupaciones laborales y…

    —¡Dios mío! ¿Y esto que fue? —Les pregunté pasmada.

    —No lo sé corazón, pero de continuar esto así, vas a tener que montar un puesto callejero en las cercanías de Cibeles. —Me respondió sonriente Magdalena.

    Doce frescas rosas amarillas y de tallo corto sobresaliendo de un liso y ancho jarrón blanco, ubicado a la derecha por una parte, Lirios de pálido rosa y Gerberas blancas, mezcladas con hojas verdes dentro de un bello florero de cristal ámbar en el centro de mi escritorio, expresándome con ellas un silencioso… ¡Lo siento! Y encima del archivador, al costado del retrato, tres girasoles amarillos, dos naranjas y varias margaritas blancas, dentro de un jarrón de vidrio transparente y de boca ancha, no dejaban lugar a dudas de quien, manteniéndose en su estado de limerencía hacía mí, quería presentarme sus excusas.

    —¡Ese esposo tuyo es un experto conquistador! —Gritó Amanda, dos pasos por detrás de mí, pero luego fue la voz de la señora Dolores, que manteniéndose bajo el vano de la puerta de la cocina, inocentemente controvirtió con sus sabias palabras, la emoción de mi compañera.

    —¡Pero el color de esas flores, son como para pedir perdón! —Y en los ojos de mis compañeras, la intriga se vislumbró.

    Azarada por los preciosos arreglos florales, descargué mis cosas sobre la silla giratoria y tomé primero las rosas para dejarlas sobre la mesita auxiliar ubicada a la entrada de la oficina de mi jefe. En el hall, en medio de las dos poltronas de la salita de espera, el jarrón con los girasoles y encima de mi archivador, allí opté por acomodar los lirios y las Gerberas. Y ante las asombradas miradas de Amanda y Magdalena, me dispuse a ponerme al día, con los informes atrasados.

    Mi jefe llegó diez minutos después y dio un vistazo general. Sin sonrisas, saludo general para todas de buenos días, por pura cortesía para ellas y una disimulada luminiscencia en el gris de su mirada obviamente para mí, antes de entrecerrar la puerta de su oficina. No me llamó ni yo entré con él.

    Imperturbable permanecí en mi escritorio, completamente ida y lejana mi mente de aquella estancia, con los informes unos sobre otros, formando una aislada torre de trabajos no evaluados. Invisibles para mis ojos, sus murallas de datos e infinidad de cifras. ¿Me hablaron mis compañeras? Por supuesto, con seguridad en varias ocasiones durante aquella mañana, pero sus voces eran mudas, afónicos ecos para mis oídos.

    Preocupadas, ya durante el almuerzo no pude evitar el tropel de sus inquietudes. Preguntas, manos acariciando las mías. Mi lastimero llanto arrullado por abrazos para lograr mi calma. No dije ni una sola palabra, respetuosamente no insistieron. Una taza de té de tila para relajarme, caliente infusión para dopar mi angustia y la tristeza por la tarde. Y no, no marqué a las diez y no recibí su acostumbrada llamada al mediodía. Ni mensajes después.

    Impasible don Hugo permaneció esbelto con sus manos cruzadas sobre su espalda, –allí en pie– mirando por la ventana, cuando ingresé a su oficina para despedirme. Me respondió con un abstracto… ¡Hasta mañana! por despedida, sin siquiera mirarme. No me dijo nada acerca del vestido nuevo, escogido por mí y pagado por él, la otra tarde. Sin embargo al darme la vuelta para salir de su oficina, tomé mi móvil y por medio de un mensaje le expresé mi agradecimiento por el bonito detalle de las flores y rematé con otro texto donde le dejé en claro que él no había sido tan culpable.

    En casa ya estaban mis hijos, recostados con sus ojitos cerrados, abrazados por mi esposo, uno en cada brazo. Y en la pared, sin sonido el televisor con sus dibujos animados pero fijos en el rectángulo de las imágenes, el café sin brillo de los ojos de Rodrigo. Y sobre la mesa del comedor, cuatro platos hondos colmados de un potaje de bacalao, espinacas y garbanzos.

    —¿Cocinaste? —Rompí el silencio por mi asombro y por no saber que decir más.

    —Tu madre insistió, ya sabes cómo es ella y como soy yo. ¡Se me quema hasta el agua para hervir! —Y acomodándose en el sofá, con ternura fue despertando a nuestros hijos, quienes al verme reaccionaron con su acostumbrada alegría.

    Un cigarrillo él, pero abajo, caminando despacio en el parqueadero y mirando a las estrellas cada que exhalaba el humo, a veces en espesas bocanadas y en otras ocasiones, jugando a hacer círculos de grises azulados, iluminados por las farolas de uno que otro auto. Otro mentolado para mí, asomada en el balcón evaluando soluciones. Y luego a dormir. Usuaria frecuente yo de la habitación principal, pero sola y Rodrigo, –como no– acostado en su «nave espacial».

    Cuando salí de la ducha, tan solo plegué la toalla a mi cintura y aún con las gotas de agua en involuntaria competencia por caer primero, desde mis rodillas hasta los tobillos, descalzo crucé el pasillo hasta la cocina para prepárame un delicioso y reparador «tintico». Sin afeitarme, porque para qué si era mi día compensatorio, descanso merecido por mi fin de semana tan trabajado. Silvia se encontraría ya a mitad de camino a su oficina, después de haber acompañado a los niños hasta la otra esquina, en frente de nuestro bloque, para que el bus escolar los recogiera. ¡Todo un martes de descanso para mí!

    Una brisa fresca me abrigó de improviso la cara y también mi torso desnudo, logrando la inmediata reacción en mis tetillas y los vellos de mis antebrazos. El balcón abierto y en el recuadro de aquella imagen soleada, como un hermoso cuadro pintado con detalle y mucho esmero. Al fondo los dos frondosos árboles de plátano, con sus hojas palmeadas y sus naturales copas danzantes por el viento, como acariciando con su verdor, el gris concreto de las fachadas, en los edificios más allá. Las celestiales alturas de Madrid con aquel inmutado azul, sus nubes blancas surcándolo en calma y mientras tanto yo pensaba que sería… ¿Del cielo mío?

    Ella sorprendiéndome, allí agazapada en una esquina de la sala más sin darse cuenta de mi presencia, apoyada mi mano derecha sobre el mesón de la cocina. El par de redondas nalgas con su característica forma de corazón, antes blancas y ahora tan bronceadas; la manchita marrón de nacimiento en el centro de su loma derecha, ya casi no se le notaba, pero sí la angosta franja oscura de su tanga brasilera, que valiente y presumida se perdía en la fisura que las separaba.

    Y Silvia agachada de espaldas hacia mí, revisando concentrada las carátulas de los discos. ¡Mis discos, mi música! Y vestida, –eso es mucho decir– con mi antigua camisa en trenzado tejido azul, con su cuello francés ya raído de tantas posturas y lavadas, una vieja amiga de varias conquistas, casi todas… ¡Rechazadas!

    ¿Qué carajos estaba haciendo Silvia en el piso a esas horas? ¿Indispuesta? No me lo pareció. ¿Y con aquella camisa que creía ya tirada en la basura?

    —Uh, uh, uhm. Carraspee, mientras en la cocina tomaba mi taza roja tipo mug con el logotipo blanco de la bebida que me encantaba. —Te gustaría un café, mientras revisas mis discos… ¿O lo que sea que estés buscando?–. Y Silvia sin sobresaltarse para nada, ni tampoco mirarme me respondió que no, señalándome con el doblar de su mano hacia la mesita auxiliar cercana, la botella de aguardiente, una copa pequeña y el cenicero de cristal tallado, con los restos de tres fumados huéspedes ya.

    —Solo busco un disco de esa artista gringa que te gusta tanto. La del concierto. ¿Cómo es que se llama? —Me preguntó tan sosegada.

    —¿Sera Cher? Pero buscas donde no es. Es un DVD. Está a la izquierda tuya, debajo del de Michael Jackson y sus hermanos, creo recordar.

    —Y puedo preguntar… ¿La razón? —Me senté en el centro del sofá, tomando el cenicero, mi cajetilla de cigarrillos y el encendedor rosado suyo, esperando la respuesta.

    —¿Te molesta si lo veo? —Me preguntó serena.

    —Para nada, le respondí. —Y ella oprimiendo los botones rojos de los equipos, lo colocó.

    —¿Sabes una cosa? Bailé al lado de ella. —Me lo dijo tan normal, como si nada, sorprendiéndome.

    —¡Qué! ¿Estuviste bailando con Cher? No te creo. —Curioso le pregunté.

    —¡Jajaja! No con la original, lastimosamente, sino con su clon. Un hombre disfrazado de mujer. Tan parecida al verla de soslayo, pero qué al acercarme, la ilusión se desinfló. —Y lo mismo me sucedió.

    Luego muy serena y confiada se instaló a mis pies, su culo sobre la alfombra, las piernas cruzadas y en el medio de las mías, con su copa de aguardiente y la botella a su lado. Me sorprendió su actitud tan normal, tan en paz. ¡Y el video comenzó!

    Y así acomodada, ofreciéndole la espalda al amor de mi vida, sin que el solicitara mi explicación y yo nunca su autorización, le relaté el comienzo de mi traición. Temprano me había comunicado con Amanda, comentándole que no me encontraba bien. Pero no físicamente. ¡Tenía herida mi alma, angustiado el corazón! Y mi esposo, refundida la confianza.

    —Rodrigo, esa madrugada llegamos a mi habitación, Antonella y yo. Ambas íbamos algo achispadas, tal vez yo más que ella. Y al entrar a la habitación, todavía con aquellas copas en nuestras manos, mi asistente colocó en su teléfono algunas canciones y seguimos bailando las dos tan alegres, saltando como dos pequeñas amigas que hacían nuevas travesuras y sí, también algo de ruido.

    —Silvia, no necesitas contarme nada. —Le insté, mientras después de dar una calada larga, expulsé el humo hacia el abierto balcón, con tan mala suerte que la suave brisa lo devolvió en mi rostro, en esparcido desorden.

    —¡Tranquilo! No lo tomes como una confesión de mi parte. Siempre lees cuentos a los niños, ahora Rodrigo, haz de cuenta que soy yo quien te leerá una aventura, la historia grabada en mi memoria. —Decidida le respondí.

    —Tuve algunos roces, –continué– caricias y besos con una compañera del colegio. ¡Me gustó! Aprendíamos las dos, esperando no parecer inexpertas ante nuestros primeros encuentros con los vecinitos más grandes de nuestro barrio, los que nos seguían viendo como un par de niñas, a pesar de que nuestros cuerpos habían empezado a madurar y querer probar. Y siempre me quedó cincelada en la memoria, aquellas tardes en las que a escondidas de mis hermanos y mi madre, en vez de estudiar matemáticas, nos acariciábamos las dos en mi habitación. Ella a mí costado en la cama, disfrutando el agitar de sus dedos en su rosada y virginal abertura. Yo la miraba mientras seguía sus indicaciones, efectuando aquellas íntimas caricias en la hendidura mía, pero con muchas ganas de ser yo quien se las prodigara. Nunca lo hice, pero sí que lo quise.

    —Es muy normal Silvia, creo yo. Aprender a conocerse, explorar tu cuerpo y entre ustedes las mujeres es algo demasiado común. —Dije yo, terminando de un sorbo, mi taza de café. Y Silvia prosiguió pero ya volviendo a ese reciente presente.

    —No te voy a mentir Rodrigo, me encontraba muy excitada ya que en la discoteca de Francesco, la rumba era total. Las parejas y hombres se gozaban la noche bailando, bebiendo, brincando y… Antonella estuvo todo el tiempo a mi lado, tan pendiente. Es una mujer muy divertida y entre tanta música y festejos, más alguna que otra copa de un cocktail delicioso y otra canción bastante frenética, me besó. Sí, me gustó aquel beso. —Y de un solo sorbo, agoté el ardiente licor.

    En el video estaba ella, con su melena rizada e iluminada en todo el centro por multitud de focos, la gigante pantalla a su espalda, las manos muy juntas y sus uñas extremadamente largas, sosteniendo entre ellas el decorado micrófono. Y entonando por supuesto… «I Still Haven’t Found What I’m Looking For». Mi vida yacía tranquilizada en el suelo y entre mis piernas.

    —Aunque en un comienzo, sorprendida por aquel íntimo gesto me cohibí. Después al ver a todas esas parejas de hombres con sus exóticos disfraces de mujer, con barba y bigote, besándose con otros, liberados de beata mojigatería, me fui excitando. También contribuyó al sensual espectáculo, ver como Francesco se comía literalmente la boca de su novio Doménico y en las mesas contiguas, las mujeres jóvenes y otras ya no tanto, manifestando tanto amor para con sus novias, yo… Yo acepté dar rienda suelta a los tímidos escarceos de Antonella y nos entraron las ganas de llegar a más. ¡Perdóname! —Y me serví otra copa llena de aguardiente y girando el tronco, se la ofrecí.

    —¡Está bien! Demos un trago a esto, porque presiento que será fuerte escuchar lo que se viene. —Le respondí yo, bebiendo de un solo envión y devolviéndole su copa en un instante.

    —Pero sin embargo mi vida, yo no dejé ni por un solo momento de tenerte en mis pensamientos. Recordé las noches en que abrazados en nuestra cama, mirábamos al principio distendidos las pelis de porno y en algunas de aquellas escenas, luego tu y yo… ¿Recuerdas? Esos planos frontales y detallados de sexo entre dos mujeres y un hombre, excitados los dos, me confesaste que era una de tus grandes fantasías. Yo siempre, siempre te dije que no sería capaz de enrollarme con una mujer, pues eso no me parecía correcto ni natural y porque además si sucediera algún día, debería existir antes que nada una fuerte atracción. ¡Te mentí! Y a mí también por lo visto. Pues con mi asistente, eso sobrevino sin más. Es tan tierna, inteligente y hermosamente sexy qué… Pensé en ti, mi amor. ¡Lo puedo jurar! En que si se diera la oportunidad de que la conocieras, estoy segura que rápidamente tú, me darías la razón. Y…

    —Y entonces Silvia… ¿Qué más pasó entre ustedes dos? —La interrumpí con mi afanada pregunta.

    —Allí estábamos las dos de pie, Rodrigo. A tres pasos de la cama y a dos del umbral de la puerta, bailando muy juntas, sus manos acariciando mis caderas, por supuesto bordeando la frontera del comienzo de mis nalgas y las mías prendidas, rodeando su estilizado cuello.

    —¡Pufff! Creo que debes brindarme otro trago y necesito otro cigarrillo. —Le comenté con mi pulso ya acelerado.

    —Creo que yo también. —Y sirviendo una nueva copa plena de aguardiente se la entregué en su mano derecha, mientras yo me ponía en pie, para luego encenderme también uno de mis mentolados y salir al balcón. Desde allí sin mirar a mi esposo, continué.

    —Seguíamos besándonos con ternura, párpados semicerrados, nuestras miradas breves tan sinceradas y en nuestras entrañas la encendida pasión. Los suaves labios de Antonella fueron reptando por mi cuello desde aquí, –le mostré– hasta recorrer con su lengua los repliegues de la oreja y hundirla brevemente causándome un sinfín de escalofriantes sensaciones por toda mi piel. Sus manos ávidas por explorarme, comenzaron desde arriba, en el inicio de mis hombros y deslizándolas muy suavemente, recorrió mi desnuda espalda hasta perderlas en un recorrido audaz sobre el comienzo de mis nalgas, estremeciéndome y cedida a sus dedicadas caricias.

    —Espera, ten tu copa que ya me dio sed y necesito algunas cervezas. —Le dije, acercándome al balcón. Cuando me vio acomodarme en una esquina del sofá, Silvia prosiguió.

    —Me empujó contra la puerta y empezó por apartar la tira de mi vestido para descubrir mi seno izquierdo, sin dejar de mirarme con sus ojos avellanas y mordiéndose pícaramente, el labio inferior. Tomó posesión con su boca bien abierta de mi busto sumiso y su lengua húmeda, adulando la suavidad de mi piel, jugueteó en círculos sobre la aureola, dejando para el final, aquel mordisco dolorosamente soportable y ansiado por las dos. Su mano derecha lo aprisionaba, amasando con la zurda las redondas carnes de mi culo y hurgando concentrada con sus dedos, el surco que sobre la tela entre mis dos nalgas se formaba.

    —¿Quieres otro aguardientico? —Le conminé a beber y demorar un poco, mi excitación. Y la gran artista en la pantalla, junto a sus bailarines, resplandeciendo sobre el escenario.

    —¡Gracias! Humm, que rico que sabe. —Le respondí sonriente a mi esposo.

    —¿Y por dónde iba? Ahh si, ya sé. Me hallé de pronto abstraída y con mis ojos bien cerrados, placenteramente dispuesta a recibir aquellas sensuales manifestaciones, cuando golpearon súbitamente a la puerta. Quizás debido a mis gemidos y pequeños gritos de placer, Hugo… mi jefe se dio cuenta de mi llegada y preocupado me preguntó desde el otro lado de la puerta que si me encontraba bien.

    —¿Hugo? —Se me salió de la boca su nombre, debido seguramente a aquella extraña familiaridad con la que le llamó mi mujer.

    —Sí mi vida, él. Nos asustamos las dos por la súbita intromisión y con las manos cubriendo nuestras bocas por las contenidas ganas de reír, le pedí entre susurros a mi conquistadora asistente que se escondiera en el baño y me acomodé el vestido con rapidez para abrirle un poco la puerta, pero él la empujó como con prisa y entró a mi habitación. Revisó el lugar con su mirada y volvió a preguntarme si estaba bien y que con quien me encontraba. Muy serio me tomó de los brazos y la verdad mi amor, sentí temor por su desconfiada y brusca reacción. En su actuar y en la voz percibí vestigios de… ¿Celos?

    —¿Y por qué celándote él? Acaso Silvia… ¿Existe entre ustedes dos algún acuerdo previo que yo no sepa? —Y mi esposa negando tranquilamente con su cabeza y lanzando lejos la colilla, terminó de un sorbo su aguardiente y mirándome fijamente, continuó sin responder con la claridad que me merecía, su ya no tan erótico relato.

    —Antes de responderle, posó la palma de su manos sobre mi frente, luego sobre mis mejillas con el dorso, como si de un examen médico se tratara. Se fijó que sobre la silla ubicada al lado de un pequeño escritorio en la habitación de aquel hotel, se hallaba el bolso rojo de Antonella y apoyado sobre el esmaltado jarrón con sus flores fucsias y blancas, estaba el móvil de mi asistente dejando escapar el rítmico sonido de una canción, alguna de esas que bailamos divertidas y sueltas en la discoteca. Hug… Mi jefe frunció el ceño y como si lo hubiera presentido, miró hacia el baño que tenía la puerta entornada y cuando iba a decirme algo, con la intención de dirigirse hacia allá, entró tu llamada y logré zafarme de sus manos para responderte. Y lo demás pues… Tú, lo creíste saber.

    —Muy telepático que soy. ¡Inoportuno y antipático también! —Le respondí a Silvia, entre tanto yo, daba por concluida esa lata de cerveza, apretando el aluminio con dolorosa fuerza, contenida por mi esa mañana, desde hacía un rato.

    Y el sonido de «I Found Someone» se escapaba por los cinco altoparlantes y el subwoofer del teatro en casa.

    —Al contrario, fue una llamada liberadora, al menos inicialmente fue eso lo que pensé, estando yo tan eufórica. Veras mi vida, yo realmente me sorprendí al ver que se trataba de una videollamada. Antes de contestar le pedí en dos oportunidades que se marchara, pero él desobediente, decidió sentarse en una silla al frente de la cama, cruzarse de brazos y esperar. No tuve de otra que responderte ahí mismo. Obviamente, para evitar una pelea contigo no dije nada en el momento y sí, me vi en aquella habitación con mi deseada asistente oculta en el baño y con otro pretendiente, sentado y en silencio, observándome.

    —¡Tan de buenas tú! Y por supuesto… ese hombre. —Acoté, destapando la segunda cerveza.

    —¡Disfrutó de tus peticiones!, como era de esperar. Excitado por ver cómo te bailaba y al hacerlo, desnudaba mi cuerpo para ti, en un momento que voltee a mirarle, él ya se estaba meneando el pene. Lo siento, pero no supe que hacer o no tuve el valor para echarle de mi habitación y que tú te dieras cuenta porque sabía muy bien que pensarías mal de mí. ¡Tal cual aconteció! El que sonara su móvil en ese momento fue mi salvación y mi perdición al mismo tiempo. Quien le estuviera llamando a esas horas, creo yo qué debió ser su esposa por la expresión de sorpresa, tanto que palideció su rostro, le hizo finalmente recapacitar. Se acomodó de nuevo la verga dentro del pantalón y salió con prisa de mi habitación. ¡Puff! Necesito otro trago. ¡No! Mejor que sean dos.

    Y «Strong enough» ya me fue envolviendo en sus melodías y con sus frases pausadas al principio para luego incrementar el ritmo y volver a calmar, abría las llagas en mi interior, no curadas. Obviamente Silvia «sin sentir» la canción, solo continuaba con su historia, teñidas sus razones del color de las disculpas.

    —Te volví a marcar para explicarte, pues por el susto ya se me había pasado el efecto de los cocteles y se me habían bajado las ganas al suelo. Pero no contestaste más, ni escuchaste mis mensajes. Antonella salió del baño, también muy apenada pues se dio cuenta de todo, me vio llorando, arrodillada en el piso con mi teléfono en la mano y me consoló por largos minutos. Pensaba marcharse pero yo… ¡Mi vida yo!… Yo le pedí que se quedara. Sabía perfectamente en mi interior que lo nuestro ya, resquebrajada la confianza que depositaste en mí, –por culpa de mi jefe– se había roto completamente y que estarías pensando en que te había sido infiel… ¡Precisamente con él!

    Instintivamente observé los gestos en el rostro de mi mujer. Permanecí atento al brillo de sus ojos marrones por si cambiaban, evaluando cada leve movimiento de tensión en sus músculos, algún tic nervioso que la delatara, pero no, Silvia se mantuvo inalterada, serena y liberada. Y «Believe» sonaba, usando el auto-tune, mi admirada artista.

    —¡Esa es mi amor!… Esa es la canción que sonaba en la discoteca de Francesco, cuando por fin me decidí en el centro de la pista a aceptar su boca en la mía, saborear yo su lengua y ella la mía. —Le dije emocionada a mi esposo, recordando aquel bello instante con Antonella.

    Y Rodrigo sin inmutarse por mi emotivo recuerdo, solo bebía de su cerveza, recostado en el sofá hasta que acomodándose la toalla, se recompuso y se puso de pie, dirigiéndose a la habitación de invitados.

    —¿Ya te vas? ¿No quieres escuchar la siguiente parte? —Le pregunté acercándome a la mesa del comedor.

    —Necesito respirar Silvia, y meditar en todo esto. De paso voy a repostar combustible y lo dejo lavando, que está hecho un asco. Tú mientras tanto, puedes hacer el almuerzo. De regresó traeré tu aguardiente y algunas cervezas para amenizar el resto de tu relato. —Le respondí con mi razonada necesidad.

    Y así fue que en aquella veraniega tarde madrileña, después de almorzar, recostado contra el muro del balcón, –fumando– destapé una de las nuevas cervezas, intrigado pero ya no tan molesto, y esperando a que Silvia terminara de lavar los platos y retomara el sendero final de su historia.

    —¿Qué tarde tan calurosa no te parece? —Le dije a mi esposo desde la cocina, cuando terminé de secar los platos.

    —Así parece, aunque tú, tan solo con mi camisa puesta, debes estar bien aclimatada. —Le respondí un poco sarcástico.

    —¡Jajaja! Puede ser mi vida, para que te lo voy a negar. Pero no lo decía por mí, sino porque te veo un poco acalorado con esa sudadera puesta. Al menos déjate sin ese buzo hoodie. —Le insté para que mi esposo me dejara ver de nuevo, su fortalecido torso desnudo.

    —Es qué debajo no llevo nada. —Le respondí ya mucho más cordial y disipado, dando otro sorbo a la fría bebida enlatada.

    —¡Pues mejor aún! Y ven para acá dentro que se está mucho más fresco. Hazme caso y acomódate en el sofá. Acaso… ¿No te estas muriendo de las ganas por conocer que pasó con Antonella? —Lo invité con una segunda intención.

    —¡Puff! Bueno está bien. —Y apagando la colilla en el fondo del cenicero, entré con él en una mano y en la otra mi cerveza nueva.

    Acomodé la mesita auxiliar más cerca del mullido sofá y quitándome el buzo y el pantalón de la sudadera, casi arrastrando el bóxer gris también, me estiré de medio lado, semidesnudo sobre los blandos cojines. ¡Y sí! La admiré de nuevo como siempre la miraba desde la primera vez que me enamoré de su angelical sonrisa, cuando más desarreglada estaba, yo más preciosa la encontraba.

    De medio lado su melena, haciendo una graciosa ola hacia su izquierda. El largo cabello caía revuelto entre castaños lacios y otros mechones cobrizos semi ondulados, que ocultaban sin esmero, parte de su costado por sobre la camisa azul que esa tarde en algún momento, Silvia solo aseguró con dos botones. Por su postura en la esquinera poltrona, con sus piernas elegantemente cruzadas, la «O» de su ombligo poco profundo, –después de sus dos embarazos– quedó al descubierto para el deleite de mis ojos.

    —¡Te amo! Aunque tal vez ahora tú no lo creas. —Le dije con honestidad temprana, levantando mi copita de aguardiente, brindando en diagonal a él, lleno el translucido envase hasta casi rebozarlo y antes de continuar mi relatada madrugada con mi amante italiana. Y bebí todo su contenido de una, fijándome en la mirada perdida de Rodrigo, reconociendo mi vientre desnudo y la mía a su vez, en su parcial desnudez. ¡Mi hombre!

    Mordisqueando con suavidad el borde de su copa de cristal, Silvia no ocultaba de mí su carita de niña mimada, ni el fulgor pardo de sus ojos se apagaba, cuando dijo que me amaba. Fruncí mis cejas y en el tono de mi voz, exponiéndole con gran franqueza, mi no despejada duda.

    —Silvia, si es verdad lo que acabas de decir… ¿Por qué entonces nos han pasado tantas cosas últimamente, que me hacen dudar de la sinceridad de tus palabras? —Le pregunté.

    —Esos eventos circunstanciales, al contrario de lo que tú piensas, no han hecho más que afirmar que los dos nos amamos, demasiado. Porque es verdad que mi jefe no halla la hora de acostarse conmigo y tu compañerita contigo, pero eso no ha ocurrido hasta ahora. ¿No es así? Y míranos, somos los dos más fuertes que sus ganas, si creemos el uno en el otro, precisamente en estos momentos de aparente debilidad. —Le expuse mi pensamiento ante su cuestionamiento.

    —¿Traición querrás decir, en vez de debilidad? —Contra ataqué.

    —Si así lo quieres ver. Sí. Pero yo no he cedido, solo he hecho lo que tú me has pedido. Primero que convenciera a don Hugo para que aceptara ir a terapia con su mujer. Y en Turín, que aprovechara la ocasión en aquella discoteca con alguna mujer. Y en ambas te lo concedí. —Le refuté su opinión, estirando mis piernas y mi brazo también, con la finalidad de servirme otro aguardiente y encender un cigarrillo.

    —Ok, perfecto. Y entonces… ¿Qué sucedió después con tu asistente? —Le pregunté a Silvia para desviar el tema de la debilidad y nuestra traición.

    —¿Estás listo? Acomódate bien. Recuerdo muy bien aquellos instantes cuando aferrada a su abrazo le dije… ¡Quiero que te quedes! Y Antonella con sensatez me respondió…

    —¿Es una orden? —Y yo me sonreí.

    Acerqué mi rostro al suyo, retirando con el dorso de mi mano diestra, los restos de humedad en mis mejillas, la miré tiernamente con el café de mis ojos a aquellos cercanos y tan atrayentemente avellanados; y rocé con mis labios los suyos, para luego entre murmullos decirle enfáticamente…

    —Deseo entregarme el resto de esta madrugada en Turín, a ti. Quiero… ¡Necesito que me hagas el amor! Deseo evaporar mi aflicción en tu calor.

    —¿Y tu esposo? —Me preguntó entrelazando con los míos, los dedos de su mano.

    —A estas horas, ya debo estar muerta en su corazón. —Y me desprendí yo misma del plateado vestido, que cayó rendido a mis pies, cubriendo con parte de la tela, los delicados blancos de Antonella. Desnuda ante ella, cubierta solo por el sexy triangulo negro de encaje transparente, suavemente la empujé sobre la cama, deseando como mi vestido, caer rendida ante sus caricias y los labios provocativos de la bella Antonella.

    Silvia recostada en el sillón, después de dar un pequeño sorbo, mantuvo entre sus dedos la copa un momento para luego finalmente, dejarla sobre la mesita auxiliar, junto a la botella, más el cigarrillo, lo sostenía apretado entre sus labios, aspirando y entrecerrando sus ojos, fue deslizando su mano libre hasta posarla sobre el muslo derecho, acariciándose con suavidad mientras su mente rememoraba aquella madrugada.

    —Y lo fui, te lo reconozco. Me acosté con otra persona, y tuve sexo. Si pensabas que te había sido infiel, pues lo seria de verdad, al menos le daría sentido y justificación a tu imaginada presunción de mi traición, para separarte de mí. Hice el amor de una forma distinta pero sumamente placentera con mi asistente, con Antonella disfruté quitándome de encima el peso de no ser infiel con él, pero dándote la razón, de dejar en Italia, un corazón de mujer que ahora anhela mi regreso.

    Y Silvia entregada a sus libidinosos recuerdos, llevo su mano libre del tabaco, abandonado a medio consumir en el borde del cenicero, frotando libremente la redondez de sus pechos, cubiertos aun por el azul de mi camisa. Los dedos de la otra, prisionera entre sus piernas, complacían agitados la lubricada intimidad. Tomé mi cerveza con la mano izquierda para con la derecha deslizar hacia abajo la franja elástica de mi bóxer, liberando mi excitado pene. Cuando volví a mirar a mi esposa, ella complacida me observaba y de paso, sonriente, desabotonaba la camisa, haciendo a un lado la tela, para cubrir con la palma su bronceado seno.

    —Te puedes acariciar si gustas. —Le expresé a mi esposo, segura de que con mi relato, las ganas de masturbarse le apremiaban.

    —¿Cómo se masturbaba él al verte desnuda? —Le respondí de inmediato sin dejar de rodear con mi mano, la dureza de mi verga.

    —¡No dañes el encanto, mi vida! Y olvídate de mi jefe, por favor. Este es nuestro íntimo momento. —Le respondí, volviendo a cubrir de sombras mi visión y de lujuriosa claridad, los rememorados momentos con Antonella.

    —Lo siento, discúlpame. Anda, continua con la lectura de tus memorias. —Y me terminé de bajar el bóxer gris, apartándolo con mi pie derecho, hasta dejarlo caer vuelto al revés por un costado del sofá.

    —Aparté rápidamente de mi mente tu desilusión y la de él. Me permití abandonarme a mis sentidos y el flujo que lubricaba los pliegues de mi sexo, también confirmaban esa intención, a pesar de que permanecía retenido por la tela de mi tanga, en espera de una boca, o una mano experta que presta lo liberara. —Y recordando aquel reinicio, cerrando mis ojos y con mi mano ya rozando por debajo de la negra tela, el recortado matorral de mi monte de Venus, perdida la vergüenza ante los ojos de Rodrigo, la introduje parsimoniosamente en la mitad de mis piernas hasta llegar a la entrada de la vagina, bordeando, explorando la paredes de la mojada entrada.

    La brillante lengua en erótico paseo, lamía continuadamente el exterior de sus labios sin precipitarse, tampoco parecía contenerse. Silvia entre gestos libidinosos y exteriorizada fruición, acariciaba un pezón, que fiero y puntiagudo, parecía alargarse más y más, entre su pulgar y el dedo medio. Y mis dedos retraían parte de la piel. Subiendo sin afán, rodeando con firmeza mi endurecida virilidad.

    —Antonella me besó profundamente. Un beso largo que fue cediendo hasta explorar la interna forma de mi boca. Reconocimos nuestros paladares, esquivando la carne jugosa de nuestras lenguas por instantes, hallamos prontamente la dureza de los dientes pero nos aventuramos sin temor en sus muescas y salientes; con inmenso ahínco y sexual necesidad, las dos compartimos nuestros olores y sabores, tanta la humedad de arriba que parecía internamente encontrar otras rendijas más abajo por donde fluir.

    Nuestros cuerpos brillaban ya un poco por el sudor, perdiendo el aliento en cada agitado movimiento. Calor, sed y muchas ganas. Silvia entregada a las imágenes en su cabeza, abiertas sus piernas, empezaba a suspirar.

    —Mi pubis de por sí henchido, se posaba con frenesí sobre el suyo. Ella misma se deshizo de las mangas rojas en sus brazos y con algo de esfuerzo bajó la tela que recubría sus senos. Yo con manos y boca jalé hacia abajo la fina textura de su negro sostén, dejando al descubierto, las dos puntas marrones de sus pezones, posesa los lamí, mordiéndolos con hambre; los amasé con incontenibles ganas y luego ascendí hasta su boca y sus labios me recibieron con suma dulzura. Mis tetas en correcta posición, después de tantear un rato, se ensamblaron vigorizadas contra las suyas, abandonándome a esa extraña, novedosa y placentera sensación de tibieza. —Yo recordaba los detalles, las imágenes y los sonidos que mutuamente provocábamos, simulando hacerle un erótico orfeón, a la música proveniente del teléfono de mi hermosa asistente.

    Detuve la paja y me incorporé. Ya entrados en gastos pues me decidí y acercándome con sigilo, con delicadeza terminé de deslizar aquel sensual triángulo negro de tela, que me impedía visualizar mejor, la actuación de sus dedos sobre el clítoris colmado y aquellos labios amplificados por su excitación, brillantes y rosados. Silvia colaboró agradecida y yo, complacido sin decirle nada con mi voz, pero sí con la compinche mirada, me ubiqué de nuevo en mi antigua posición.

    —Antonella con sus dos manos afincadas en mis nalgas, me jaló hacia adelante, y como pude, guardando el equilibrio con su ayuda, despacio una rodilla avanzó sobre el blanco edredón, –rememorando esta parte, abrí muy bien las piernas para excitar aún más a mi esposo– la otra imitó la primigenia acción de avanzar, milésimas de segundo después, hasta ubicar mi vagina sobre su bella y acalorado rostro. Luego con avidez y pericia, un dedo apartó la tela hacia un costado y boca, labios y lengua de una mujer, me procuró lujuria descontrolada, picazón en mi cosita, calambres en las piernas, corrientazos en mi vientre, sudor en axilas y en la frente. —¡Pufff! Tenía sed, calor y ganas de ser penetrada por la rica verga de mi esposo. Abrí mis ojos y me fijé en Rodrigo.

    Mi esposo no perdía detalle de la refriega de caricias, que con mis manos y dedos, batallaban sensaciones de placer sobre y dentro de mi cuerpo, aunque él tantas veces ya lo había descubierto. ¡Este hombre aún me ama y me desea! Lo pensé y sonreí. Mi estrategia rendía sus frutos y la dureza de esa hermosa daga con su glande ya enrojecido, goteando brillos por el trajín de sus dedos al subir y bajar con armonía y ritmo, así me lo confirmaban.

    Fui hasta el refrigerador por dos cervezas y Rodrigo siguió con su lujuriosa mirada, el contoneo de mis caderas, el gelatinoso temblor de mis tetas, y el erótico subibaja de mis nalgas. Abrí la primera lata y se la ofrecí sonriente. Luego hice lo mismo con la mía, dejando la tercera a la vera de la alfombra, para quien la quisiera después. Y bebimos los dos, un agradecido helado trago y Rodrigo atento, me ofreció un cigarrillo y al llevarlo hasta mi boca, el varonil aroma en sus dedos, fue aspirado por mi nariz, incrementando mis ganas de coger con él. Pero para ello me faltaba… ¡Excitarlo más!

    —Gracias Silvia, creo que con esta tarde tan calurosa y tu cuento tan… ¡Ardiente!, aquí dentro hace demasiado calor. Creo que saldré al balcón a fumar. ¿Tú no? —Le pregunté, pero mi esposa no respondió pues ya acomodada en la poltrona, se hallaba flechada de nuevo por el dios Eros, continuando su viaje al pasado.

    —¡Hummm! Si la hubieras visto mi vida, todo con ella se sucedía sin afanes y en prolongados minutos. Entre mis incontables gemidos y sus jadeos, besuqueando sin control mi rajita, me fue llegando un pronto orgasmo. Su cálida respiración sobre mi erguido botón, su lengua en circularles lamidas unas veces, luego aprovechando el ancho, a lo largo recorrió los pliegues lamiendo, absorbiendo sin reparos la ambrosia que emanaba de mi interior. Las cavidades en mi cuerpo fueron ensalivadas por el dorso de su lengua desde arriba hacia abajo, profanadas luego a placer por el cono de aquel rosado músculo resuelto y conquistador, hasta introducirla lo que podía en el interior de mi ojete, preparando la penetración de un dedo suyo, y otros tres más percutiendo mi vagina. La experiencia de Antonella se notaba en cada caricia, multiplicando mi placer. Hasta que llegué en su boca, mi vida, y por mi sabor en su labios, con un beso posterior sin mi rechazo, supe lo que era ser deseada por una mujer.

    Recostado contra la baranda, mirando deleitado el vientre ondulante del cuerpo de mi mujer, mi espalda agradecida recibía las refrescantes caricias de la brisa vespertina, en tanto que yo disfrutaba mi tabaco. Silvia entregada a sus propias caricias, estaba a punto de alcanzar su orgasmo horadando con tres dedos su encharcada cueva del placer, al recordar seguramente, como lo había obtenido de boca y manos por aquella mujer.

    —Aghhh, mi vidaaa… soy tuyaaa… Ummm, sí. ¡Siii! Ohhh, yaaa… Me vengo amor. ¡Qué ricooo! Sí, Rodrigo fui suya, pero sigo siendo tu mujer. Antonella me lo hizo delicioso… Y también la hice mi mujer. ¡Yaaaa! Uhhh, mmmm… —Y llegué entre espasmos fuertes, electrizantes relámpagos de placer. Al abrir mis ojos, ya relajada, Rodrigo de pie a mi lado meneando su endurecida verga, con rapidez y frenesí, estaba a punto de eyacular.

    —Dámelo mi vida, calma mi sed por favor. —Y me estiré, abriendo deseosa mi boca de beber… Pero Rodrigo lo evitó, expulsando su simiente sobre mis senos y la parte superior de mi vientre.

    —Aún no sé si lo merezcas, y sí sea cierto todo lo que cuentas. Me da miedo pensar que te falté algo por decir. Tus verdades o las mentiras, eso yo aún no lo puedo saber Silvia. —¿Tan distinto fue? ¿Qué tanto la quieres volver a ver? Le pregunté.

    —Sé que no me crees y que debo cargar con la culpa de tu desconfianza. Pero todo lo que te he contado es la pura verdad. Ya que deseas saber, te puedo decir que con los pocos hombres con que he estado, no siempre ha sido tan rico ni excitante. El peso de sus cuerpos sobre el mío, es agotador, a veces casi hasta sentirme asfixiada. La rudeza con que me besaron, tocaron y palparon, solo lograron hacerme fingir. El daño que me causaron al querer penetrarme, obviando los preliminares y sin lubricarme… ¡Malas experiencias aprendidas! Y además que pocos saben cómo saciarme las ganas. —Y yo levemente sonreí.

    —Pocas veces logré llegar con ellos, en cambio contigo mi amor, te interesaste desde siempre por explorar primero mi cuerpo, hallando puntos, acariciando lugares de mi cuerpo dónde tocabas de manera delicada y en otros, presionaste con fortaleza y penetraste con rapidez, agitándote dentro mío tan acompasado a mis movimientos. ¡Cómo me gusta más! La respuesta final es sí, claramente si deseo volver a estar con ella. —Honestamente le respondí, sin abandonar el contacto visual entre los dos, tratando de obtener de nuevo, su perdida fe en mí.

    —¿Y entonces con tu jefe?

    —¿Con él qué? ¿Estás pensando que me muero por tener sexo con mi jefe? Pues no Rodrigo, con don Hugo no me sucede. Es un hombre bueno, atento y sí, tiene su atractivo, «un no sé qué en no sé dónde», pero no. Realmente, ya me siento hastiada de que su presencia siempre se interponga entre tú y yo. Sin que en serio haya ocurrido nada. Don Hugo puede ser un caballero cuando quiere y un ogro en la oficina también. Aunque no te voy a negar mi vida, que por su reciente «interés» en mí, en algo si ha mejorado. Y por supuesto que estoy consciente de que me desea. ¡No soy tan tonta! Él no solo desea sexo conmigo, desea quererme. Pero aún ama a su mujer. Me lo ha confesado. Solo que tiene miedo a no poder satisfacerla, otorgarle una buena sesión de sexo. Es tímido cuando tocamos ese tema y sinceramente creo que es culpable de que su mujer se buscara en otras partes, con otros hombres, más placer.

    —Y entonces, el piensa que al tener sexo contigo… ¿Tú le puedas enseñar? ¿Convertirte en su conejillo de indias para luego ir a practicarlo con su esposa? —Le pregunté a mi esposa, bebiendo las ultimas onzas de la ya tibia cebada fermentada.

    —Exacto, y eso ya lo hablamos. Aunque parece que la dichosa terapia no le ha funcionado. ¿Te vas a tomar la otra? —Le dije a mi esposo, que permanecía aun de pie, indecisa yo, en si ponerme en pie y abrazarlo con fuerza, besarlo con pasión si me dejara.

    —Pues no sé si me quepa más. Eso depende de si aún tengas cosas por desembuchar. —Y en su mirada por primera vez aquel día, la ví esquivar mi mirada.

    Esa pregunta de mi marido me puso mal. No creí oportuno sincerarme en ese momento, ni exponerle mi preocupación por saber cómo iba a reaccionar cuando se lo contara. Voltee mi cabeza hacia la amplitud del balcón, tomando aliento, decidí afrontar mi nueva realidad.

    —Mi amor, hay algo más que debes saber. —Y Rodrigo se inquietó–. Me fue muy bien en el viaje a Turín. Excelentemente en mi desarrollo laboral. Por mi desempeño fui designada para controlar los movimientos financieros y operativos de esas compañías, por lo tanto… Cada tres meses debo de nuevo viajar. —Y obviamente como me lo esperaba, la tranquilidad en mi esposo, se esfumaba de nuevo.

    —¡Pufff! Silvia, últimamente te estas convirtiendo en toda una cajita de sorpresas. Nos dejaras nuevamente y como siempre, me quedaré con la incertidumbre de lo que hagas sola por allá, lejos de mí. Y claro, para ti ahora mi opinión ya no cuenta, ni siquiera te detuviste a pensar en mis sentimientos. ¡Y no son solo celos estúpidos, Silvia! Es qué serán muchas oportunidades para que ese idiota de tu jefecito, consiga encamarse contigo a la menor oportunidad. ¡No es justo! No eres justa conmigo. —Le respondí, retirándome a la alcoba de invitados.

    —No te pongas así, mi vida. Yo ni siquiera estoy segura de que don Hugo, deba viajar conmigo otra vez, y si lo hace pues yo estaré alerta, pendiente de que no intente acostarse conmigo. Lo rechazaré con vehemencia, como hasta ahora ha ocurrido. —Pero Rodrigo ofuscado, recogió sus abandonadas ropas y sin responderme se fue hasta su habitación, dejándome allí sola en la sala, destapando yo, esa última cerveza.

    Y cuando me disponía a salir del piso para recoger donde mi querida suegra a mis dos pequeños, Silvia aún permanecía de pie en el balcón. No fumaba pero si con parsimonia se acomodaba sobre sus caderas las delgadas tiras negras y sin tonos de angustia en su voz me dijo…

    —La arrendataria me llamó. Quiere saber cuándo nos pondremos al día.

    Arrugué mi frente, al tiempo que alzaba mis hombros por respuesta y la puerta tras de mí, de un golpe la cerré. Ese era otro problema, uno más de aquellos que se habían convertido en… ¡El mal menor!

    Continuará…

  • Cuckold con un turista en Cuzco

    Cuckold con un turista en Cuzco

    Habíamos salido con mi esposa a tomar unos tragos al Paddy’s, nuestro bar favorito cuando estamos de visita en Cuzco. Desde que llegamos me di cuenta que un turista, que se encontraba bebiendo solo en la barra del bar, la miraba, cada vez con mayor descaro. Estábamos en la tercera ronda cuando ella decidió ir al baño, ambos estábamos ya ligeramente mareados. Los dos baños, el de mujeres y el de hombres quedan juntos. Ni bien ella se levantó, el turista hizo lo mismo y fue también hacia el baño.

    Mi esposa retornó en el tiempo normal de una ida a un baño vacío. Pero ni bien llegó, la noté algo perturbada. Le consulté que había pasado y me dijo que el turista (que era español) le había dicho que le gustaba y que “quería coger con ella”. Ella se había negado, entró al baño, salió y volvió a nuestra mesa.

    Le pregunté si le gustaba el español. Me dijo que sí, pero que sólo eso. Fui más allá y le pregunté si le gustaría coger con él. Dio muchas vueltas en su respuesta, las clásicas divagaciones que no dicen no, pero tampoco sí. Al final de su perorata le dije que si quería coger con él por mí no había problema. Pero que la acompañaría al hotel y la esperaría en recepción. Ella, en su indefinición, no aceptó, pero tampoco se negó.

    Terminamos la tercera ronda de tragos y pedimos la cuarta. A la mitad de la misma, ya habíamos pasado de ligeramente mareados a medianamente ebrios. Le volví a preguntar y ella dijo que si, que quería coger con él, pero no quería que me molestase con ella. Yo estaba muy excitado por la situación. Y le dije que jamás me molestaría por algo así, más aún si era una decisión de ambos. Ella, hasta ese momento, había tenido aventuras con otros hombres, pero nada tan espontaneo como un turista así lanzado en un bar.

    Tomó valor y fue hacia la barra. Conversó con el turista. Volvió con él. Terminamos nuestros tragos. Pagué y salimos del bar. Caminamos hacia el hotel, a pocas cuadras de allí. Esos minutos fueron interminables, sin ninguna palabra que fluyera razonablemente bien.

    Al llegar al hotel, Martín, así se llamaba el español, me dijo que, si quería, podía subir a la habitación con ellos, pero “solo para ver”. Acepté sin dudarlo. Miré a mi esposa y no parecía tan convencida, pero tampoco se negó. Subimos los tres por la escalera del hotel. Mientras subíamos pude ver como Martín le metía la mano al culo a mi esposa, que sólo atino a sonreír.

    Llegamos a la habitación. Había una silla frente a la cama. Me senté en ella, Martín se acostó y mi esposa junto a él. Él estaba lanzado, pero ella aún muy cohibida. Comenzaron a besarse y los besos la calentaron rápidamente. Él le fue quitando la ropa mientras la besaba y la dejó completamente desnuda. Recién en ese momento me percaté que ella se había depilado completamente, lo que me pareció muy excitante. A Martín también, lo resaltó en sus palabras “que coño de nena” dijo, entre otras cosas. Ni bien la vio así, aceleró su sacada de ropa, y cuando estuvo desnudo completamente, puso las piernas de mi esposa sobre sus hombros para sopearla.

    Con la lengua de Martín recorriendo su vagina y culo, mi esposa se soltó completamente, comenzó a gemir como una puta en celo, en pocos minutos comenzó a rogarle, casi implorarle que la cogiera. En esos minutos, la verga de Martín completó su erección, era realmente muy grande. Me calenté imaginándola dentro de mi esposa. Me desabroché el pantalón y comencé a tocarme lentamente. Mi pene, más pequeño que el de Martín estaba muy tieso ya.

    Martín, luego de la sopeada, se acostó y le dijo a mi esposa que se la mame. Ella se arrodilló a su costado sobre la cama y comenzó a mamarla. Mientras lo hacía, me miraba. Tener esa verga en su boca, mirándome, era obvio que la excitaba demasiado. Sacó la lengua y comenzó a lamerla sin dejar de mirarme, mientras Martín gemía sin parar. Sin darle tiempo a reaccionar, ella se subió sobre él y le entregó su vagina. Sin condón. Ella no lo pidió, él no lo intentó siquiera.

    Mi mujer tuvo un orgasmo muy rápido y luego un segundo. Luego del segundo estaba desaforada y le pedía que la penetre por el culo. Martín le dijo que se ponga en cuatro patas sobre la cama. Ella aceptó y en ese momento, él me pidió que le lama el culo a mi mujer, que se la “deje lista”, con el culo lubricado con mi saliva. Ella volteó y me miró con su cara completamente de puta. Me coloqué detrás de ella y le lamí el culo y de paso la vagina, que tenía sabor a hembra y sabor del macho que la había cogido.

    Cuando sentí que ella estaba a punto de llegar con mi lengua en su culo, me retiré a la silla y Martín la penetró. No me había equivocado, en menos de un minuto ella tuvo un brutal orgasmo anal. Luego ella le pidió a Martín que la saque. El obedeció, ella se dio la vuelta, en cuatro patas mirándome directamente a los ojos. Martín se dio cuenta que ella quería ser sodomizada mirando a su esposo, dijo medio jadeando “coño que el cornudo mire la cara de puta de su mujer”.

    Se acomodó detrás de ella y la volvió a penetrar por el culo. Mi esposa gemía y gemía, con esa enorme verga en el culo. En un momento me pidió que la bese. Me acerqué y comencé a besarla. Su intensidad era brutal, me mordía los labios, las mejillas, el cuello y volvió a llegar y él con ella.

    Luego de vaciarse dentro del culo de mi esposa, Martín me ordenó “limpia a tu esposa” me coloque detrás de ella y con mi lengua limpie su culo, con sabor a semen y sabor a mierda. Martin estaba acostado, exhausto sobre la cama. Mi mujer y yo nos vestimos, salimos de la habitación, del hotel. Tomamos un taxi y volvimos a casa de mis suegros.