Autor: admin

  • Fui la hembra de Roberto toda la noche

    Fui la hembra de Roberto toda la noche

    Esta es la continuación de mi relación con Roberto, y en esta ocasión les relato la primera noche que dormí en su departamento.

    Desperté en la cama de Roberto, mi cara en su pecho todavía, no tenía idea de que hora era pero ya parecía tarde, porque empezaba a oscurecer, me sentía sucio, sentía todo mi cuerpo pegajoso, mi vientre y mi pecho estaban llenos de mi semen, al igual que mis nalgas y la tanguita, incluso las medias las sentía húmedas, Roberto todavía dormía, me levanté despacio, procurando no despertarlo y me dirigí al baño, me quité la tanguita y las medias y descargué el semen de Roberto que quedaba en mi colita, y me metí a dar un regaderazo a fin de limpiar mi cuerpo. El agua tibia cayendo en mi cuerpo se sentía tan bien, que me quedé algunos minutos disfrutándola, exploré mi colita, y aunque me ardía un poco, sentía que ya no estaba tan abierta y se estaba cerrando, claro en lo que cabe, después de las cogidas que Roberto me había dado.

    Terminé mi baño, me sequé y salí del baño desnudo, Roberto seguía durmiendo, estaba durmiendo de costado y me acomodé de cucharita rozando mi piel con la suya, procurando no despertarlo.

    Estaba a punto de volver a dormirme cuando siento que se despierta y va al baño. Seguramente también se sentía sucio porque escuché el ruido de la regadera, al regresar me contempla despierto y me pregunta:

    – Amor, ya está anocheciendo, quieres que te lleve a casa?

    – No amor, hoy puedo quedarme a dormir, si tú quieres??- le contesté.

    Sus ojos brillaron y su rostro dibujó una sonrisa.

    – Amor, me haces tan feliz, me pone tan contento que hoy durmamos como marido y mujer, te amaré toda la noche, mi Ariel, mi amor, te prometo que esta noche será inolvidable.

    Se acostó junto a mí y me abrazó, sus labios buscaron los míos y me dio un beso, muy tierno, mordisqueando suavemente mis labios, acariciaba su pecho, sus manos acariciando mi piel, muy suave, despacio, sin prisas, mi mano bajó a su vientre y continúo con su entrepierna, encontrando su verga y sus huevos, su verga estaba morcillona pero a medida que mi mano recorría su verga sentía que poco a poco se iba poniendo más dura, me encantaba sentir su verga en mi mano, como crecía y se ponía dura y recorrer la piel que cubre sus huevos, grandes y pesados.

    Besaba mi cuello, mordisqueaba mi oreja, succionaba el lóbulo de mi oreja, su mano recorría mi espalda y mis nalgas, estaba en las nubes, era tan tierno, nada que ver con el Roberto salvaje de hace unas horas, otra versión de Roberto, suave y dulce, pero igual me encantaba.

    Un par de sus dedos recorrieron mis labios y presionaron suavemente, abriendo mi boca y empecé a chuparlos en forma golosa, como si fuera una paleta, sus dedos recorrían mi lengua y paladar, los metía y sacaba de mi boca, los sacó y dirigió a mi colita, abrió mis nalgas y sentí sus dedos húmedos recorrer mi rajita, frotando la entrada de mi agujero, con la yema de sus dedos, muy lento y suave, mi piel se erizaba y gemía de placer.

    Se llevó sus dedos a la boca y los saboreo.

    – Mmmm, amor, que rica sabe tu colita, que dulce, me excita tanto.

    Puso abundante saliva en la punta se sus dedos y los regresó a mi colita, humedeciendo mi hoyito y sentí que poco a poco un dedo se introducía en mi colita, mi colita, solamente hasta la mitad.

    – Mmmm, amor, que rico, ya está cerradita, siente como se va abriendo.

    – Ven, chúpame la verga.

    Me tomó del pelo y empujando un poco, me fue guiando y arrodillándome en la cama, acerqué mis labios a la punta de su verga. Saqué mi lengua y empecé a chupar su verga como si fuera una paleta, recorriendo con mi lengua la cabeza, el frenillo y el tronco, al tiempo que puso más saliva a sus dedos y regresaron a mi culo, ahora eran dos dedos los que entraron a mi colita y se sentía delicioso, sin ninguna incomodidad, solo placer. Estuvimos largo rato acariciándonos, prolongando el placer, hasta que me pidió recostar en la cama boca arriba, tomo mis pantorrillas y las acercó a su boca, besándolas lentamente, recorriendo cada centímetro de mi piel, el tronco de su verga reposaba en ml perineo y la cabeza tocaba mis huevos, en esta posición mis nalgas quedaban abiertas y me gustaba, es muy erótico.

    – Ay amor, me encanta, que rico, aghhh, siento delicioso tus labios y tu verga rozándome, me excita tanto que seas tan tierno – Le dije

    – Si mi amor, tenemos toda la noche para disfrutarnos, lento, suave, sin prisas, gozándonos, cierra los ojos y disfruta.- Me contestó Roberto

    Obedeciendo a Roberto cerré los ojos y disfrute sus caricias, tomo uno de mis pies y lo recorrió con su lengua y al llegar a mis dedos los metió en su boca y los succionó uno por uno, corrientes de placer recorrían mi cuerpo, me sentía en el paraíso, gozaba, sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo y gemía sin parar.

    – ghhh, amor, aghhh

    Empezó a mover su verga sobre mi perineo, y chocaba con mis huevos, el roce se sentía tan rico, su verga ardiente y dura goteaba precum y formaba un sendero viscoso, sobre el cual resbalaba su verga.

    Sentí que tomó su verga y la guio a mi rajita, pensé que me la iba a ensartar y aflojé el cuerpo, pero me equivoqué, solamente recorría la rajita y jugaba con mi hoyito, punteaba suavemente, pero sin meterla.

    – Metémela amor, ahhh, metémela ya, me vuelves loca

    Veía su cara y disfrutaba viendo como me hacía gozar, creo que quería volverme loca de placer.

    – Espera amor, disfruta, se siente tan rico, te dije que iba a amarte toda la noche y es lo que estoy haciendo, relájate y goza.

    Siguió jugando con mi rajita un rato más, cada vez que punteaba en ml colita, pensaba que ya me la iba a meter, pero no era así, era como si mis labios del culo le dieran un beso a la cabeza de su verga, empujaba, pero no lo suficiente para abrirme, su boca seguía succionando los dedos de mis pies y acariciando mis piernas, no sé cuanto tiempo habrá durado, ya había perdido la noción del tiempo cuando por fin sentí que mi colita se abría y entraba la cabeza de su verga, despacio y suave, por primera vez, no sentí ningún ardor, solamente placer, a pesar de que no me había puesto lubricante, mi colita solamente tenía su saliva y precum

    –mmmm, por fin, aghhh, sentía que ya no podía más, sigue amor, cógeme- Le dije

    – Yo tampoco podía más amor, también para mí era difícil no ensartarte, pero no quiero correrme, quiero aguantar lo más que pueda- Me dijo Roberto

    Poco a poco, milímetro a milímetro su verga iba entrando, muy despacio, sentía como me abría, despacio, muy despacio, pensé en culear empujando mi culo y apresurar la penetración o apretar mi culo, pero eso seguramente apresuraría su corrida, y eso era precisamente lo que no quería Roberto, así que solamente cerré los ojos y disfruté.

    Después de un rato de mete y saca lento por fin sentí sus huevos rozar mis nalgas y gemí de satisfacción, empezó a embestirme, lento pero profundo, el roce de su verga a mis paredes internas me volvían loca y gemía cada que su verga se estrellaba en mi próstata masajeándola lentamente, esas embestidas duraron largo rato y ya sentía las piernas acalambradas y seguramente también Roberto estaba cansado porque me pidió cambiar de posición, y ponerme de costado, en posición de cucharita. Me acomodó y me ensartó nuevamente, lento y profundo. Sentir todo su cuerpo rozando el mío me excitaba mucho, sentía sus brazos apretarme a su cuerpo, acariciar mi vientre y pellizcar suavemente mis pezones, al tiempo que besaba mi cuello, mis orejas y mi boca, susurraba a mi oido,

    – Ufff, mami, que calientita estás, me excita tanto tu suave piel, vas a ser mi hembra toda la noche, hermosa, mi Ariel.

    Sentía tan rico, sentí que me desmayaba de placer, continuó largo rato embistiéndome y acariciándome hasta que aceleró sus movimientos y las embestidas se fueron haciendo más rápidas, y por fin después de un largo rato sentí que explotaba dentro de mi culo, su corrida no fue tan abundante como las anteriores, pero igual me encantó, me ayudó a correrme masturbándome, mientras seguía embistiéndome y en segundos exploté, me dio una nueva embestida profunda y se quedó quieto, sentía su respiración en mi nuca y susurró a mi oído.

    – Gracias amor, me encantó cogerte así, pero ya es tarde y debes tener hambre, quieres que pida algo para comer??

    Me sentía tan a gusto en esa posición y si verga en mi colita, que no quería que se moviera y aunque realmente tenía un poco de hambre, le respondí:

    – No amor, no te muevas, me gusta estar así en tus brazos, no tengo hambre – mentí.

    Siguió acariciando un rato mas mi cuerpo, sin sacar su verga de mi culo, sentí que poco a poco se iba poniendo flácida pero nunca abandonó mi culo, así nos quedamos nuevamente dormidos.

    En la madrugada sentí que me tomaba de la cintura y moviéndose miy lento y suave, todavía tenía su verga en mi culo y poco a poco se iba poniendo dura, era una sensación rara pero excitante, mis pliegues se iban estirando y sentía como se iba expandiendo su verga dentro de mi cuerpo, empezaron las embestidas muy lentas, creo que Roberto pensaba que estaba dormido y no quería despertarme, pero arqueé la espalda y empujé mi colita para atrás y se dió cuenta que no dormía.

    – Uffff, perdona amor, pero me pone tan tieso tu culito. Me encanta, no puedo dejar de cogerte.

    – Agghhh, sigue amor, soy tuya, dame duro, mi culo es tuyo – contesté.

    Empecé a culear, y apretar su verga con mi colita, sus embestidas aumentaban de intensidad al tiempo que buscó mi boca y me dio un beso ardiente, la cogida fue rápida, alrededor de unos 15 minutos hasta que sentí que nuevamente descargaba su leche dentro de mi cuerpo, mis gemidos se ahogaban en sus besos, me volvió a embestir duro y sentí que exhaló en forma profunda en un largo -ah, estuve apretando y aflojando la colita unos segundos más y pronto nos volvimos a dormir, nuevamente sentía que su verga se iba poniendo flácida dentro de mi culo, incluso sentía como palpitaba.

    Mañana sería otro día y esperaba con ansias que sorpresas me esperarían.

    Si les gustó, háganmelo saber, mi correo es [email protected].

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (15)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (15)

    Respiró bien hondo al salir de la clase y habiendo entregado el papel con las respuestas, se sentía pletórico, algo de culpa tenía creer que casi todas sus respuestas eran correctas. Caminó por dentro de la universidad realmente feliz, por fin se estaba acabando la época de estudiar y pronto volvería la de disfrutar y poder salir con los amigos.

    Acercándose a la salida, justo en el comienzo de una pequeña rampa que daba a la explanada donde estaba la entrada, vio a alguien conocido. Su cabello rubio que brillaba a pesar de estar en pleno invierno no podía ser de otra persona. Era increíble que no se vieran en su ciudad viviendo a unos diez minutos uno del otro y sí en época de exámenes. Marta estaba a unos pocos metros de él.

    Se detuvo por un instante, no quería verla, un miedo similar al escénico le entró en el cuerpo. Estaba demasiado contento como para afrontar el problema que tenían, o si es que había que afrontar algo, hacía varias semanas que no hablaban.

    Pero de pronto una voz en su interior le aconsejó que debía hacerlo, se tenía que librar del último lastre que le ataba. Dio el primer paso y fijó la vista en su… exnovia (llamarla de otra forma era una estupidez), estaba con dos amigas y paseaban tranquilamente, seguramente después de un examen.

    Debía hacerlo, era su momento, tenía que aclarar todo y quedarse con la conciencia tranquila. Aceleró el paso, notando como el corazón le hacía lo mismo dentro del pecho y cuando Marta llegó a la explanada delante del edificio principal y cerca de la salida, la dio alcance.

    —¡Marta! —la llamó desde par de metros más atrás.

    Sus amigas se dieron la vuelta antes que ella, apenas unas pocas milésimas, pero Sergio sintió que la que había sido su pareja, no le iba a agradar nada aquella conversación. Se giró y el joven observó que los preciosos ojos de la muchacha se clavaban en su rostro, haciéndose que se preguntara “¿sabrá lo de Alicia?”.

    Llegó hasta donde las dos chicas y Marta, que se habían detenido. La joven llevaba unos cuadernos en la mano, los abrazó con fuerza contra su pecho queriendo una protección que no le valdría de nada. Quizá mejor unas orejeras…

    —Marta, ¿puedo quitarte unos segundos de tu vida? —Sergio pensaba que la voz se le quebraría, que sentiría pánico delante de ella, pero no, estaba sorprendentemente tranquilo.

    —Sergio… ¿Qué quieres? —casi lo dijo con resignación.

    —Me gustaría hablar contigo, va a ser solo un momento, te lo prometo.

    —Pues dime lo que tengas que decirme, no tengo problema.

    —Si fuera posible… a solas. —Marta echó un vistazo a sus amigas y viendo que nadie decía nada, el joven añadió— Por favor.

    Marta se mordió el labio, nerviosa por pensar que se quedaba a merced de una jauría de lobos hambrientos, pero al fin y al cabo no era más que Sergio, el chico que tanto había querido. Movió la cabeza diciendo a sus dos amigas que se adelantaran.

    —Esperarme en la salida, ahora voy.

    Las dos asintieron y lanzaron una mirada lapidaria al joven que sin entender muy bien el motivo, sintió cierto temblor en sus piernas, no le gustaba que le mirasen de esa forma… a nadie le gustaría. “Sabe lo de Alicia, seguro…” pensó mientras se quedaba a solas con Marta.

    —¿Vamos a los bancos que tienen tejavana? —señaló una zona a unos cuentos pasos de distancia y siguió diciendo—Tiene pinta de que en nada va a llover…

    Dicho y hecho. Como por orden divina, el cielo que llevaba todo el día repleto de nubes y oscurecido, decidió que era un buen momento para comenzar a descargar unas pequeñas gotas de agua. El suelo se comenzó a llenar de pequeñas manchas húmedas y los dos fueron a paso rápido a refugiarse donde el muchacho señaló.

    —No me equivocaba —comentó Sergio para romper un poco el hielo que recubría a Marta.

    —Sergio, me están esperando. Di lo que tengas que decirme. —Marta estaba muy incómoda.

    —Marta, por dónde empezar… me gustaría decirte tantas cosas y tan pocas a la vez.

    —Estamos de exámenes, este no es el mejor…

    —Ya —cortó el joven con una sonrisa—, lo sé. Sé que no te gusta que te desconcentren en esta época del año, como sé que te justa el chocolate con churros y ver las luces de Navidad cuando es noche cerrada. También sé que el invierno es tu época favorita del año, aunque te encanta dorarte al sol como un filete cuando vas a la playa. Marta, sé mucho de ti.

    —No sé a qué viene esto, mira de verdad, tengo prisa. —aunque el rostro ya no era tan gélido, Marta seguía sin querer estar allí.

    —Sé que lo nuestro… pues ya se terminó. No hace falta ser un adivino para eso, —Sergio sentía que las palabras fluían en su boca con mucha sencillez— pero no quiero que esta vez se repita lo mal que hicimos la anterior. La vez que lo dejamos, en verdad te odié, nunca te lo he dicho, pero te odié muchísimo. No entendía por qué me lo hacías, es que no comprendía nada de lo que pasaba. Me parecía tan absurdo, tan irreal…

    —Sergio…

    —No, Marta —le volvió a cortar con una dulce sonrisa y se acercó a ella. La joven no se alejó—, déjame que lo suelte todo. Mira, tus razones tendrías para dejarme por otro y creo que las sé, pero no me importa. ¿Sabes por qué?

    La muchacha todavía con el gorro de la chamarra puesto y los cuadernos bien agarrados, movió los hombros sin encontrar respuesta a la pregunta. Sergio apenas notó ese movimiento porque seguía centrado para no dejar de hablar.

    —Porque te quiero. Sí, no pongas esa cara, es así. Pero entiéndeme, sé que tú y yo ya hemos agotado nuestra relación y es mejor así. Sin embargo te lo vuelvo a decir, te quiero, te quiero mucho. Contigo he reído, he saltado, he cantado… lo he hecho todo, incluso podría decir que contigo descubrí el sexo.

    —Sergio, tío… que estamos en medio de la universidad, te puede escuchar cualquiera. —Marta algo avergonzada dio la espalda al camino por donde pasaba la gente.

    —Lo hemos hecho todo y quizá no conectemos para más tiempo, pero todos esos meses lo guardo para mí. Porque seguramente, dentro de diez años, o quizá cuando tenga cuarenta y lleve a mi hijo al parque, pues de pronto me acuerde de ti. Igual estoy mirando a mi hijo o hija con la mente en blanco y recuerde todos esos buenos momentos. Pero lo mejor de todo eso, es que lo haré con una sonrisa, con un gesto de felicidad porque me voy a quedar con todo lo bueno que pasamos juntos. Es así de simple, no te voy a olvidar porque ante todo, fuiste mi primera novia.

    Sergio se acercó a la que definitivamente era su exnovia y posó ambas manos en sus brazos, ella miró al suelo sin querer hacer contacto con él y espero que le dijera más cosas.

    —Tenemos muchas cosas en común e incluso me gustaría que fuéramos amigos, sé que eso igual es muy complicado para ti, pero oye… no me importaría. Aunque suene una obviedad, me caes muy bien. No te digo ser amigos que se llaman todos los días, pero sí de los que se paran en la calle a hablar un rato. Nos detenemos y me cuentes que tal te va la vida, que tal con tu nuevo novio, amante o marido.

    —No creo que eso sea posible… —un pequeño sollozo afloró en la garganta de Marta— porque cuando estoy contigo siento que quiero algo más. Se me haría muy difícil que me cuentes que estás con otra. Sé que eso es muy egoísta por mi parte, pero es la verdad. Mientras estuvimos separados, aunque yo tuviera novio, pensaba en si tú tenías o no, y por mucho que quisiera tu felicidad, esperaba que nadie te pudiera disfrutar.

    En un movimiento rápido, Sergio estiró aún más sus brazos y rodeó a su ex pareja en medio de la universidad. Las gotas caían en el techo metálico que les protegían y hacían un sonido rítmico que relajaba. Los estudiantes pasaban con el paraguas abierto en rápidas caminatas, ajenos a que muy cerca de ellos una pareja rompía para siempre.

    Una lágrima comenzó a caer por los ojos de Marta. Era una lágrima de pena, no quería afrontar un momento como este, es normal, las despedidas siempre son dolorosas. Abrió los brazos dejando caer los cuadernos al suelo y abrazando también al joven que tanto había querido.

    —Siento haberte hecho daño, lo siento mucho —dijo Marta con la voz a medio romper y la cabeza sumergida contra el pecho de Sergio, casi queriendo meterse dentro de su cuerpo.

    —No, jamás. Tú no tienes que pedirme perdón por nada, cuando decidiste estar con otro que no era yo, fue tu decisión y ya. ¿Me dolió? Obvio. Es evidente, te quería tener para mí y ya no era así. Pero jamás pienses que te voy a tener rencor por eso, dijera lo que te dijera aquel día en tu portal, por mi parte está olvidado. Tenías razón, fui un imbécil.

    —Gracias… para mí eso es un alivio.

    Sergio se sentía culpable, su ex pareja había estado pasándolo mal por algo que había hecho tanto tiempo atrás, y a él ya no le dolía lo de Alicia. Pensó en contárselo, pero ¿qué solucionaría aquello? Simplemente más dolor y odio, muchas veces es mejor callar.

    —Nunca he querido hacerte daño, Marta. —el abrazo entre ambos parecía infinito— Y si alguna vez lo hice, lo siento.

    Los cuerpos se separaron lentamente mientras ambos se miraban a los ojos. El joven vio los cuadernos en el suelo y se agachó a recogerlos. Al dárselos a su “amiga” ambas manos se tocaron y por un momento quedaron así.

    —Creo… —la lágrima de Marta se había secado por el viento— que tengo… que irme.

    —Te esperan, ¿verdad?

    —Sí. —Marta no le dejaba de mirar a los ojos.

    —Pero, no solo tus amigas.

    —No. —la joven cerró los ojos y volvió la vista al suelo como si se arrepintiera de sus decisiones.

    —Cuando he visto que tus amigas se iban, he visto que un chico miraba curioso hacia nosotros. Me he aventurado, pero he acertado, es tu novio.

    Marta suspiró con fuerza sin saber que decir, pero su silencio delataba más que cualquier otra palabra. Miró de nuevo a su ex pareja, le seguía mostrando la mejor de sus sonrisas, una sonrisa dulce y cálida, incluso de compresión.

    —No… No te he puesto los cuernos con él… y… no somos novios, estamos quedando.

    —No, Marta, no. Ni se te ocurra excusarte —la mano helada debido al frío, recorrió la mejilla caliente de la joven. A pesar de la sensación debido al contraste en su rostro quiso que se quedara allí para siempre.

    —Pero, no es nada… de momento… quizá lo sea, pero no lo vi oportuno…

    —Marta, pídele hoy mismo que sea tu pareja si es lo que quieras, no mantengas un estúpido luto por mí.

    La joven alzó su mano hasta la mejilla donde la de Sergio reposaba y la sujetó. Al instante siguiente ambos las bajaron, quedando unidos por ellas a pocos centímetros el uno del otro.

    —Solo un consejo, si me dejas dártelo. —ella con los ojos fijos en él, le atendió gustosa— Es solo una apreciación mía. Creo que te vendría bien un tiempo de soledad, no ahora, quizá más tarde. No solo me refiero a estar en pareja, sino en general. Siempre te veo acompañada, ya sea de amigas, de tus padres o de un novio. Algunas veces he pensado que temes estar sola. —Sergio notó en sus ojos que la suposición que tantas veces se había hecho parecía realidad— Te diré una cosa. Eres una chica valiente, brillante, lista… lo tienes todo, incluso eres preciosa, eres una mujer independiente en todos los sentidos, no necesitas a nadie siempre a tu lado, a veces la soledad es buena compañera.

    Marta no contestó, sabía que en parte tenía razón, ese miedo a estar sola siempre había estado en su interior y no entendía por qué. Pensaba que vendría por ser hija única, por querer al lado siempre a alguien, no lo sabía muy bien y jamás lo comprendería, sin embargo, las palabras de su nuevo amigo, le harían cambiar de parecer.

    —Gracias por todo, Sergio. Ahora… tengo que…

    —Claro, no te quito más tiempo.

    Los dos quedaron mirándose para que algo más sucediera, pero por unos segundos, todo siguió igual, el agua seguía cayendo y la gente, cada vez en menor cantidad seguía caminando hacia la salida.

    —¿Sigues teniendo mi número? —preguntó Sergio, ella asintió— No lo borres. Algún día puede que te apetezca tomar un café o algo. Yo no lo voy a borrar.

    —Bueno mejor un cola-cao, ¿no? —ella sonrió como tanto le gustaba al muchacho. Una sonrisa que le enamoraba.

    —Sí, por mi mejor eso.

    Ambos sonrieron como lo hacían cuando estaban enamorados y todavía cogidos de la mano se miraron como dos personas que seguían queriéndose. Porque en realidad eso era, dos adolescentes que habían vivido un amor al extremo con sus subidas y bajadas, pero cuando una hoguera se acaba, siempre quedan las brasas.

    Sergio se adelantó decidido, veía propicio el momento, el lugar, la situación y la predisposición. Marta vio el movimiento del chico y abrió los ojos de par en par, la boca de Sergio estaba cerca, tanto como cuando eran novios. Podría haberlo eludido, pensar en el chico que esperaba fuera y no caer en esa tentación. Pero ¿cómo denegar tal acción a un hombre que le había dicho tantas cosas buenas y que tanto había amado?… Y amaba. Movió su cabeza hacia delante y buscó lo que Sergio le ofrecía.

    Los dos se besaron cogidos de la mano. Sus labios calientes a pesar del frío chocaron el uno contra el otro dándoles unos recuerdos que seguro nunca olvidarían. Sus primeros besos, sus primeros paseos, los planes que hicieron, el sexo, todo convergía en ese último beso.

    Sergio abrió la boca y Marta le copió, juntando ambas lenguas en un vals que ojalá nunca se acabase. Los buenos momentos corrieron por sus recuerdos, tanta alegría concentrada en fracciones de segundo, pero la situación era más propicia para otros momentos, unos más íntimos. El día que volvieron a ser pareja después de un día duro de “estudio” en la biblioteca, como la joven se saltó todo lo que creía haciéndolo en el baño. “El mejor polvo de mi vida” juraba en su cabeza siempre que lo recordaba. Con la lengua de su exnovio todavía en su boca, lo rememoró de tal forma que un calentón le surgió en lo más profundo de la entrepierna.

    El beso finalmente acabó, más por fuerza del joven que de Marta, la cual se quedó con los ojos cerrados y con ganas de más, mucho más. Terminaron por mirarse, los dos tenían los pómulos enrojecidos, la respiración algo acelerada y un calor en el cuerpo que hacía olvidar el gélido invierno. Las manos al fin se soltaron y Sergio sonrió a la que había sido su primera novia.

    —Marcha, anda, que te están esperando y esto… mejor no lo cuentes.

    —Me da que no… —Marta sonrió con picardía al ver que Sergio hacía lo mismo, la mirada del joven la descifró a la perfección, su exnovio aún sentía deseo por ella.

    Se dieron la vuelta y caminaron en caminos opuestos. Separados por unos metros, Marta sintió ser observada y se giró para ver al muchacho, pero este caminaba hacia el otro lado sin reparar en ella. Abrazó de nuevo sus cuadernos con fuerza contra su pecho para reprimir el deseo de gritarle ciertas cosas subidas de todo, pero sin contener su boca y teniendo que decir algo le llamó.

    —Sergio.

    Su tono fue elevado, tanto que cualquiera del camino adyacente la podía escuchar. El joven se viró divisando lo preciosa que era la muchacha con la que había compartido tanto tiempo y momentos. Se quedó quieto mientras esta le miraba y esperó paciente para escuchar lo que tenía que decirle.

    —Te quiero.

    Algún que otro estudiante que todavía pasaba les miró con curiosidad, sin reparar mucho más en la situación. Marta comida por una vergüenza que había superado, se dio la vuelta y con la cabeza gacha y el gorro todavía puesto comenzó a andar al encuentro de sus amigas.

    Sergio en cambio se quedó observando como aquella chica se alejaba. Como un símil de su vida, Marta se perdía en el camino mientras la lluvia golpeaba con fuerza. Pensó que eso era lo mejor, aunque el corazón todavía le pedía más de ella y otra parte… la cual se había alegrado con el beso y pedía salir del calzoncillo.

    Caminó bajó la lluvia como si flotase, con una conciencia relativamente más limpia. Salió por la puerta de abajo, en vez de la de arriba donde el “novio” de Marta esperaba pacientemente. “Lo que me faltaba, cruzarme con él después de besar a Marta” pensó con una media sonrisa.

    Después de rodear la universidad pasando varios minutos bajo la lluvia para evitar de nuevo ver a su exnovia y la pareja de esta, logró llegar al coche. Soltó un pequeño grito de victoria, uno para quitarse la tensión que se había acumulado en su interior durante todo este tiempo y dos para calentarse con la expulsión de la adrenalina. Estaba liberado, había cerrado los dos frentes abiertos que le quedaban y estaba dispuesto a encarar su vida con ganas.

    —Un examen más y listo.

    Aunque al arrancar el coche, algo que había olvidado por unas horas apareció en su mente. ¿Qué debía hacer con su madre? El breve rugir del coche, dándole la tranquilidad de que el motor se encendía no le quitó la pregunta de la cabeza. Aunque todavía con un examen más de por medio, prefirió dejarlo para otro momento.

    —Tengo que solucionar eso como sea, ya sea dejando que se me pase o… —lo que realmente quería se hizo presente en su voz— haciendo algo…

    La lluvia golpeaba con fuerza en el parabrisas mientras conducía pensando en su madre y en el caliente sueño que había tenido aquella misma noche. Las preguntas se debatían en su mente, pero trató de centrarse en la carretera. De pensar en Mari ya se ocupaba su entrepierna, primero por el beso de Marta y ahora por los recuerdos del dulce sueño, aquello no bajaba, sino que aumentaba.

    CONTINUARÁ

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    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Mix de pantimedias (01)

    Mix de pantimedias (01)

    Hola a todos. Antes de comenzar mi relato del día de hoy, quiero agradecer a todos los que me han seguido en mis relatos anteriores, a los que han comentado en ellos. De verdad, mil gracias y espero que sigan así, porque estoy segura que vendrán cosas mejores; especialmente para ustedes, mis seguidores.

    Quiero platicarles lo siguiente: la verdad es que, desde que entré a trabajar, me lo he pasado muy bien. No sólo me pagan, poco pero como quiera que sea, no deja de ser un salario, tengo mi seguro y además, me dan sexo rico de forma regular. Don Armando, mi patrón me atiende muy bien, no puedo negarlo. Y, aunque mi novio se ha molestado un poco conmigo, sigue estando a mi lado. Claro, él, mi novio, no sabe que tengo sexo con mi patrón y espero que por mientras, pues no se entere. Así es que ustedes son mis cómplices.

    Pero esto que les voy a narrar el día de hoy superó mis expectativas. Y no, no estoy diciendo que sea malo, sino todo lo contrario, cada vez que pasa el tiempo y me engancho más con mi trabajo, veo que está cada vez mejor y me gustaría que esto nunca acabe.

    El día viernes al término de la jornada, como siempre, hicimos inventario de cierre y corte de caja; pero también como siempre, las caricias se hicieron presentes. Ese día no tuvimos sexo, pero don Armando me dio un buen faje, me senté en sus piernas y me las separó para poder meter sus manos por debajo de mi short y acariciarme mi conchita, hasta que me hico terminar mientras su lengua jugueteaba en mi boca.

    Al salir del local me dice: mañana, después de que hagamos inventario de apertura te va a venir a buscar Mónica. Ella es parte de este consorcio. De alguna forma, ella es parte del grupo que maneja al personal de esta cadena y te va a dar algunas indicaciones. Espero que sigas las instrucciones al pie de la letra y si tienes dudas, ella es la única que te las puede aclarar.

    Así sucedió. Al día siguiente, después de que don Armando se retiró del local, cerca de las 12 del día llegó esta persona. Mónica, una mujer guapa, muy elegante pero yo me imagino que debe tener la misma edad o probablemente más grande que don Armando.

    Estuvimos platicando casi dos horas y no porque fuera mucha la información que me tenía que dar; sino porque mientras estábamos platicando, muchos clientes se hicieron presentes y la verdad es que las ventas estaban yendo muy bien.

    En concreto; la idea de platicar conmigo era para informarme que, cada determinado tiempo, se hacen reuniones en una casa que tiene don Armando a la salida de la ciudad. El motivo de esas reuniones era, para atender muy bien a quienes aportan el capital para el negocio y que al mismo tiempo, algunos de los invitados eran quienes surtían de mercancía para los locales, pero a precios más económicos. Así es que, las chicas que atendemos estos locales, pues teníamos que estar a la orden de ellos; tanto de los socios como de los dueños de las empresas que surtían de mercancía.

    Sí, sé que suena a eso, a un servicio de scorts o bien de prostitución, y la verdad es que era justamente eso. Son actualmente 10 locales en 10 plazas distintas, así es que somos 10 chicas las que atendemos esos locales. Todas más o menos de las mismas características físicas y de las mismas edades. Así es que la pregunta fue muy franca y directa, si no quieres participar en la reunión, simplemente estás fuera del negocio. Pero la verdad es que, lejos de sentirme ofendida, sentía mucha curiosidad y deseo de participar en ellas, me calentaba sólo de pensar que habría más sexo.

    La reunión sería el día martes, justamente el día de mi descanso; pues ahora entiendo que, si todos los locales cierran en días específicos es para disfrutar justamente de este tipo de fiestas. Dichas reuniones se hacen cada mes y para esta ocasión, ya me tocaba participar.

    La cita era para el martes y pasarían por mi al local en punto de las 2 de la tarde; y tenía que ir comida y con ropa cómoda, con los tenis del trabajo y con mis pinturas para poder maquillarme de forma correcta. Por cierto, sucedió un problema con mi novio, pues él ya tenía planes para salir ese día a comer y a coger por la tarde, siempre me lleva a su casa para tener sexo conmigo. Sólo que ahora sería diferente y como le dije que en esta ocasión no podría salir, tuve que argumentar que tenía actividades que hacer con mi mamá; a la cual, por cierto, le anticipé de la reunión del trabajo, sin decirle realmente lo que pasaría o qué tipo de fiesta sería, jejeje.

    Llegué al local poco antes de la hora indicada con mi maletín de costumbre; Mónica llegó poco después y al subir a la camioneta me di cuenta de las otras chicas vendedoras ya se conocían casi todas; excepto una de ellas que, al igual que yo, éramos nuevas en el negocio. Así es que, con esa otra chica nueva hice buenas migas y fue con ella con quien me identifiqué mejor; su nombre es Soledad, de la misma edad que yo, de la misma estatura pero con un color de piel un poco más apiñonado que la mía. Muy bonita también.

    Sol al igual que yo pues no sabíamos cómo estaría el ambiente, nos creaba mucha incertidumbre. Llegamos a una cabaña bastante grande y bonita, con mucha seguridad al ingresar a ella. Descendimos de la camioneta y nos llevaron a una sala amplia con 3 sanitarios y regaderas incluidas, unos lavabos muy amplios con sus correspondientes espejos y muchas luces en él. En el centro de la sala había varios paquetes de pantimedias de diferentes marcas, colores y tallas, muchas de ellas eran extranjeras, puesto que no conocía ciertos empaques. Por cierto, de las que más había eran pantimedias en colores claros y de marcas como japonesas o chinas, la verdad es que no las he visto en ninguna tienda aquí, en México. Al fondo de la sala se encontraba una pared llena de lockers y cada uno de ellos tenía nuestro nombre en una papeleta. Es decir, es ahí en donde teníamos que dejar nuestras pertenencias personales. Justo a un lado de los lockers había un cesto amplio, como para ropa sucia y sí, efectivamente, la indicación de Mónica fue que, al término de la jornada, teníamos que depositar en él, las pantimedias usadas, estuvieran como estuvieran, ya que, según esto, muchas veces se rompen con facilidad; pues de cualquier forma, las tendríamos que depositar en ese cesto. También había otra indicación, que si en algún momento dado, alguno de los invitados a la reunión quisiera que sus acompañantes vistieran con dos o tres pantimedias al mismo tiempo, tendríamos que regresar a la sala y buscar el color que el invitado gustara, o bien, la que nosotros escogiéramos. Ella, Mónica estaría al tanto de la entrada a esa sala.

    Nos comenzamos a arreglar para estar al pendiente de recibir a los invitados. Todas tratamos de vernos bonitas para ese momento. Todas muy coquetas nos vestimos con nuestro uniforme de trabajo. Playeras de licra ajustadas al cuerpo, sin sostén; imagínense, creo que todas estábamos con los pezones bien parados. Hay muchas que tienen unos pezones bien grandes, no manches, jejeje. Sin tanga, pantimedias, short de licra que combinaba perfectamente con la blusa, calcetas blancas y tenis blancos.

    Poco después de las 6 de la tarde comenzaron a llegar los invitados y con el primer grupo de ellos venía don Armando.

    Por lo que puedo entender, él, don Armando ha tenido sexo con todas nosotras, pues la forma de saludarnos fue igual, con beso en la boca y las chicas respondían de la misma forma; así es que tuve que hacer lo mismo que las demás. Para las 8 de la noche ya había cerca de 20 invitados y creo que fueron todos. Al interior de la sala principal había mucha bebida, canapés y otras botanas. Yo me quedé con Sol parada cerca de una lámpara cuando fui llamada por Mónica. Me dijo, el señor Franco quiere que lo acompañes; él es español y tiene poco tiempo aquí en México, así es que quiero que lo trates bien, por favor.

    Muy nerviosa y creo que hasta temblando un poco me acerqué a él, un tipo mayor, pero muy elegante. Me invitó una copa y nos sentamos en un love seat. Comenzó a platicar de donde viene, creo era de Galicia. Fue muy divertido y me coqueteaba por todo. Constantemente se acercaba a mi y por cualquier cosa no dejaba de tocarme las piernas.

    Por un momento me desentendí del resto de mis compañeras, pero no tardé mucho en darme cuenta que, quienes estábamos en esa sala, éramos solo 3 chicas más y yo. La música seguía sonando y había una pantalla enorme, reproduciendo videos musicales.

    De repente alzó una mano y uno de los chicos que estaba atendiendo el bar le llevó una botella de licor; le llamó a Mónica y ella le dijo, por favor don Franco, le toca la habitación “Luna”. Se levantó del sillón, me dio la mano y me levante con mucha delicadeza. Caminamos por un pasillo largo y con poca iluminación. Llegamos a una puerta que indicaba “Luna”, abrió la puerta, entramos y wow, me quedé fría. Una habitación preciosa. Una cama matrimonial, una pantalla en la pared con películas XXX, una mesa en donde puso la botella y sus pertenencias personales; en la esquina una chimenea ficticia, con leña artificial; muy cómoda la habitación con su propio baño.

    Me llevó a la cama e hizo que me recostara en ella. Puso la televisión y la película mostraba a una chica con tres negros, eso me calentó más de lo que ya estaba, creo que ya iba hasta mojada. Me quitó los tenis y las calcetas con mucho cuidado; me lamió los pies desde el talón hasta los dedos y al finalizar, metía mis dedos en su boca; yo sentía su saliva en mis dedos y los movía, creo que eso le gustó.

    Besó todo mi cuerpo, pero se detenía mucho en mis piernas y en mi culo. Me pidió que me desnudara y que me acostara boca abajo. Sujetó mis nalgas con sus manos y me abrió poco a poco hasta meter su lengua en mi culo. No inventes, eso jamás me lo habían hecho y se los juro, me estaba viniendo, escurrí tanto que hasta él se sorprendió. Mamó mis flujos y después me besó; esa sensación era nueva para mi, bueno, creo que todo era nuevo y me gustaba mucho. Perdí la noción de todo; de mi novio y de mi familia y lo único que hacía era disfrutar de esa lengua juguetona, me tenía loca.

    Continuará…

    Si te ha gustado mi relato, espero que me lo hagas saber con algún comentario.

    Besos.

  • Amigos y novios

    Amigos y novios

    Capítulo II.

    Después de esa primera experiencia que teníamos en donde María había tocado mi verga y me había masturbado hasta hacerme venir con su mano, ambos estábamos más que deseosos de tener algo más, sin embargo, nuestra economía no nos permitía acudir a un hotel, y además nunca habíamos estado en uno, no sabíamos lo que podía suceder, teníamos mucho miedo de lo nos podría pasar.

    Por esa etapa, mi padre me consiguió un empleo de vacaciones, en la misma fábrica que él tenía más de 20 años de trabajar, afortunadamente, yo no sabía hacer nada así que me mandaron a hacer trabajos de limpieza, sin nada que ver con él, debo aclarar que cuando yo tenía 6 años él se había marchado de casa, así que teníamos pocos puntos en común para tratar, si yo estaba trabajando era más por darle gusto a mi madre, que por mis intenciones, sin embargo, eso me podía dar algo de dinero para poder pagar un hotel para estar con Mary.

    En fin, durante uno de los almuerzos del trabajo, un compañero ya más grande que yo, me inspiró confianza para preguntarle que como se hacía para entrar a un hotel, primero se rio de mí y después, con toda calma me dijo.

    “pues mira chamaco, solo llegas y pides una habitación, ni te voltearán a ver, solo te darán la llave y te pedirán el dinero, podrás estar con tu novia y disfrutar de su primera vez.

    “de verdad, será tan fácil.

    “uy, más que eso, a nadie le importa nadie, solo el dinero que les dejarás, yo he entrado a un hotel con amigos a emborracharnos y tampoco nadie nos ve, y lo que se imaginen es su problema no mío, así que disfrútalo y sin miedo.

    Eso fue quizá una de las mejores enseñanzas de mi vida, hasta ahora, lo sigo haciendo con la misma idea, “solo les importa el dinero que dejo, y lo que se imaginen es su problema”.

    Así, que durante las dos semanas que trabajé, procuré no gastar más que lo indispensable, al término de esa quincena, cobré mi sueldo y no volví a trabajar nunca más al lado de mi padre. Cuando dio inicio el siguiente ciclo escolar, nos pasábamos algunas horas a la semana en nuestro rincón de afuera de la biblioteca, besándonos, tocándonos y de vez en cuando repitiendo la “chaqueta” que me hacía Mary, hasta hacerme venir con su mano, un día le dije:

    “amor, te puedo pedir algo?

    “dime

    “le podrías dar un beso a mi verga?

    “cómo?, no inventes, que cosas te andas imaginando?

    “solo un beso, pon tus labios en la punta, nada más, si?

    “no, ni creas…

    Mientras tanto mis manos habían empezado a desabrochar los botones de su blusa, hasta dejarla totalmente abierta con lo que podía observar su bra que soportaba sus senos a través del cual se podían apreciar sus pezones grandes y duros, moví mis manos hacia su espalda y liberé el broche de su bra, mis manos regresaron hasta sus senos oprimiendo entre mi dedo pulgar e índice ambos pezones haciéndolos girar suavemente, sus mejillas se fueron poniendo primero rosadas y después rojas, la atraje hacia mi y coloque mi verga entre sus senos, abrazándola cada vez más fuerte sintiendo el calor y el palpitar de su pecho que hacía vibrar mi pene entre ellos, se retiró poniendo sus manos entre nosotros, quedando la punta de mi pene más cerca de su cuello que de su pecho, en algún momento rozó el borde de su barba lo que ocasionó que Mary retrocediera aún más, con lo que aproveché para tomar sus senos entre mis manos y oprimir con ellos mi verga, el calor que se desprendía de sus senos, el masaje que yo hacía con sus senos y la opresión que estos ejercían sobre mi miembro, fueron aumentando mi excitación hasta que no soporté más y mi orgasmo explotó expulsando chorros de leche sobre la barbilla, cuello y pecho de Mary.

    Después de la sorpresa, que esto le ocasionó se me quedó viendo a los ojos y empezó a reír con una risa cristalina, llena de sensualidad y energía sexual, con un brillo especial en sus ojos, que hoy reconozco como esa excitación femenina que hace que una mujer sea capaz casi de cualquier cosa por la gran estimulación que la llena por dentro y que busca un desahogo necesario para satisfacer sus deseos, tomo mi pene aún semierecto entre sus manos y haciendo esos movimientos que hacía pocas semanas le había yo enseñado, no tardó en volverlo a poner duro, sus manos se llenaron de esa crema que escurría aun por el orificio de la cabeza, mis manos bajaron de sus senos hacia sus caderas, recorrí hacia sus muslos hasta llegar al borde de su falda, metí mis manos por primera vez bajo la misma y empecé a subir por en medio de sus muslos hasta llegar al centro de ellos, y sentir ese calor que salía de su rinconcito que instintivamente le hacía separar los muslos y a la vez cerrarlos con lo que mi mano quedaba aprisionada entre ellos, mi mano torpemente fue acariciando encima de su pantaleta, restregando cada vez más rápido su zona íntima, sus manos no dejaban de acariciar mi ya nuevamente dura verga y sus ojos cada vez más brillosos me veían con ansía, su boca empezó e emitir gemidos suaves, su respiración se aceleró hasta que sus muslos se cerraron sobre mi mano, cerró los ojos y gimió, con una gemido largo, gutural, unos cuantos segundos que a mi me parecieron eternos.

    Ver la cara de mi amada primero en un éxtasis de un instante y luego con una tranquilidad suave, sus facciones relajadas, sus manos quietas envolviendo mi pene, con un apretón firme, sin movimiento alguno, su respiración aún acelerada que poco a poco retomaba su ritmo normal, poco a poco todo se fue apaciguando, sin embargo sus manos volvieron a moverse de arriba abajo, su mirada ahora concentrada en la punta de mi verga, no dejaba de ver como sus manos la ocultaban y volvía a aparecer entre ellas con cada movimiento que hacía, la punta de mis dedos seguía acariciando ese triángulo que ahora además del calor, se sentía una sensación de humedad en la tela que lo cubría, mi pene tenía cada vez más humedad que sus dedos hacían aparecer cuando bajaban, y al momento de volverlo a cubrir parecía que lo exprimían, haciendo que hubiera cada vez más.

    En ese momento donde parecía hipnotizada con la visión que le daban sus manos sobre mi pene y las sensaciones que yo intentaba seguir manteniendo con la punta de mis dedos en su rinconcito, se acercó a la punta de mi verga, primero con los labios en forma de piquito, dando pequeños besos en la boquita quedando un hilo entre sus labios y mi pene, se pasó la lengua por los labios, llevando esa humedad al interior de su boca, después de unos cuantos besos de ese tipo, al acercar su boca, abrió los labios, tomando un poco más allá del oficio, sin abarcar el glande completo, solo siguió así moviéndolo con sus manos y haciendo salir y entrar la punta en sus labios entreabiertos, fue la gloria sentir sus labios y mi gran excitación anunció la llegada inminente, con lo que se hizo hacia atrás para volver a envolverlo con sus manos recibiendo mi leche por segunda vez, ahora en sus manos y viendo como terminaba de vaciarse en ellas.

    A partir de esa fecha, estos encuentros con algunas variantes tenían lugar al menos dos veces por semana en nuestro rinconcito, detrás de la biblioteca, poco a poco fue aumentando nuestra necesidad sexual, que les iré platicando en los siguientes relatos.

    Si les es de su agrado escríbanme y sugieran algo más.

    [email protected]

  • Polvo montañero

    Polvo montañero

    Hola a todos. De vuelta por aquí para contaros otra de mis experiencias y, así como la del técnico del gas, real.

    Trabajaba en el obrador de una panadería de un pueblo pequeño de montaña y aunque no era muy normal que la gente viniera a comprar el pan allí y no a la tienda, que estaba en otra parte del pueblo, siempre algún vecino madrugador se acercaba para comprar. Una vez vino un vecino acompañado de un amigo a comprar de madrugada porque subían al monte donde tenían el ganado.

    Como tenían una casa allí junto con las cuadras de los animales pasaban algunos días allí antes de bajar al pueblo de nuevo. Unas veces subían los dos y otras solo uno de ellos. El vecino, que se llamaba José, y me conocía desde pequeño (yo tenía entonces casi treinta años pero al ser de complexión delgada, bajo y casi lampiño parecía más joven) siempre hacía broma diciendo que me había engordado mucho y que ya estaba a punto para la matanza.

    Su amigo, Juan, era un hombre de casi 60 años. Un tipo alto y fornido, calvo, con manos fuertes de trabajar, buena espalda y un poco barrigón. José cuando hacía la broma sobre mi peso hacía que Juan se riera a carcajadas viendo que me ponía nervioso. En una de esas ocasiones que José hizo la broma de siempre, Juan estaba detrás de mí, muy cerca y me dijo al oído sin que los otros pudieran oírle que pensaba que yo estaba bueno. Eso hizo que se me erizara el vello. Ese día la cosa no fue a más. En la siguiente ocasión vino Juan solo y aprovechando que yo estaba agachado al pasar por detrás de mí me acarició suavemente el culo con su mano.

    Al levantarme sobresaltado él se dio la vuelta me guiñó un ojo y se fue. No fue la única ocasión en que me tocó el culo. La siguiente le puse a prueba y al ponerme en la misma posición me dio dos palmaditas en el culo y el guiño de ojos. Eso hizo que me calentara y buscara la ocasión de quedarme a solas con él cuando viniera a la panadería. No tardó en suceder que un día estaba yo solo y vino él. Empezamos a hablar y le pregunté por la casa y la zona de montaña donde estaba. Me contó que era una zona muy tranquila, sin gente a no ser que fuera pleno verano porque al haber un salto de agua con una poza era frecuentada por excursionistas que a veces se bañaban desnudos. Llegó a comentarme que había visto incluso algunas parejas teniendo sexo en la poza puesto que el prado donde pastaban sus vacas estaba al lado de la poza. Me dijo:

    – Si no has estado nunca sube, te gustará. El agua de la poza es un poco fría ahora (era principios de julio) pero después de la primera impresión se está bien. Además si subes entresemana estarás solo. Yo fui ayer y no hay nadie por los alrededores. Estaré hasta el viernes (estábamos a martes) y el fin de semana me voy porque se llena de gente.

    Le di las gracias por la información y le dije que seguramente subiría una tarde a bañarme. Me contestó que si subía quizás nos veríamos por allí.

    Al día siguiente a primera hora de la tarde, con un calor infernal nada propio de la zona donde vivo, cogí el coche y después de casi una hora de camino llegué a la poza. Una zona muy bonita y tranquila y lo mejor de todo sin nadie y el pueblo más cercano a más de 10 km. Decidí bañarme desnudo al estar solo. Me gustó hacerlo y después de la impresión del primer chapuzón hasta noté el agua agradable. Estuve media hora chapoteando en la poza y oyendo los cencerros de las vacas que estaba cerca. Salí y me eché en la toalla tomando el sol de espaldas y como hacía calor me quedé medio dormido. Me despertó un ruido de pisadas en la hierba y el notar una sombra cerca de mí. Era Juan. Estaba totalmente desnudo y mojado.

    -Veo que has venido. Te he visto bañándote en la poza y con el calor que hace yo también he decidido hacerlo.

    Hice el ademán de taparme pero me contestó:

    -Por mí no lo hagas. Estamos entre hombres. Ya ves, yo también estoy desnudo. Te importa que me ponga a tomar el sol contigo? Así charlamos un rato y se me hace la tarde más amena. Esta semana José no pude subir. Pensé que no subirías por el rato que se tarda en llegar.

    – Me gusta bañarme desnudo. Lo hago siempre solo porque como estoy delgado me da vergüenza que la gente me vea. Le respondí

    – Ya te dije yo que estabas bueno y por lo que veo tienes un buen culito. Ya me lo pareció al rozártelo en la panadería. Espero no te molestara. Me dijo él.

    -Para nada. Qué edad tienes Juan? 50 y pocos? le pregunté

    -60! pero estoy como un toro. Ya lo ves. Me respondió

    – Desde luego que sí y bien armado. Le dije sonriendo.

    – Pues tú con ese culito… ummm. Y mojándose un dedo lo pasó por la raja de mi culo, algo que yo agradecí separando las piernas y lanzando un suspiro de placer que el entendió como una invitación.

    Se arrodilló detrás mío y abriéndome las piernas más acercó su lengua húmeda a mi ojete, lamiéndolo con una experiencia que no creía que un tiarrón que parecía a todas luces hetero, tuviera. Acto seguido mojó con su saliva un dedo suyo y lo introdujo suavemente en mi ojete. Luego hizo lo mismo con dos y al final con tres. Yo estaba tan caliente que le pedí que me follara ya pero él me dijo que todavía no. Estaba medio empalmado y me preguntó si me gusta mamar pollas. Le dije que me encantaba y se puso delante de mí con la polla en la mano. Yo me arrodillé e intenté meterme aquel cipote grueso, venoso y que ya rezumaba algo de líquido en la boca. Empecé a chupar ávidamente y él acompasaba mis movimientos con los suyos de cadera y sujetándome la cabeza por detrás para que no dejara de mamar. Cuando la tuvo dura como una roca me dijo:

    -Ahora sí, ponte a 4 patas que me voy a follar ese culo. Hincó su capullo en mi ojete que ya estaba dilatado y con un movimiento seco traspaso mis esfínteres. Se quedó quieto unos segundos y empezó a bombear fuerte y seguido.

    – Grita o gime todo lo que quieras putita. Nadie te va a oír. Voy a llenarte este culito de leche caliente! Me dijo al oído

    Después de follarme en varias posturas durante más de una hora me volvió a poner a 4 patas y me pajeó hasta correrme, mientras me follaba Al rato de penetrarme soltó una riada de leche caliente en mi ojete que se iba escurriendo de mi ano cada vez que sacaba su polla y la volvía a meter. Acabamos los dos echados al sol. Yo iba relamiendo las gotitas de leche que aún salían de su polla ya morcillona. Fuimos los dos a la poza a bañarnos y ya anocheciendo me despedí de él. Antes de irme me pidió que no le dijera nada a José. Que fuera muy discreto porqué no lo entendería y no quería perder su amistad y que esperaba repetir algún otro día ese polvo al sol de las montañas.

    Espero os haya gustado el relato. Por si sentís curiosidad seguimos follando algunos años más. Aún sigo coincidiendo con él por el pueblo pero ya no follamos y solo charlamos como amigos.

    Un saludo y hasta el próximo relato real.

  • Culeando con la mamá de mi amigo

    Culeando con la mamá de mi amigo

    Esta historia empieza un día normal en el que fui a buscar a mi amigo para salir a una fiesta, recién había cumplido 18.

    Llego a su casa y encuentro a su mamá

    -Hola Pablo, Jhoan salió pero si quieres puedes pasar a tomar algo.

    Cómo tenía sed y no quería ir solo a esa fiesta acepte, durante toda mi adolescencia había fantaseado con la mamá de mi amigo, su trasero firme y bonito, su cintura y tetas grandes.

    Me di cuenta de que sus senos estaban más hermosos de que costumbre y me quedé mirando, ella se dio cuenta y me dice.

    ¿Te gusta mi brassier nuevo?

    Yo medio nervioso le digo que sí

    ¿Las querés ver? Me dijo ella

    Yo pensé inmediatamente que el día había llegado y que si me la iba a culear a lo que respondo que – Si, por favor

    Tenía un vestido corto que le marcaba el trasero y un escote que dejaba ver sus senos.

    Ella me llevo a la habitación, se baja la parte de arriba del vestido y me pone la cara contra sus senos,

    – Que ricas tetas doña- le dije

    – Papi déjeme ver qué tanto creció- me dijo ella

    En ese momento me quito el pantalón y el bóxer para sacarme el pene, en ese momento ella se quitó el brassier y me dice -Papi, póngalo acá y le hago una rusa, sentía como sus tetas me presionaban la verga como subía y bajaba, yo le dije que no aguantaba y que me iba a venir, ella tomo mi pene y lo puso en la boca y se tragó mi semen, quedé aún más excitado.

    Ella se puso en cuatro, yo alce la parte de atrás del vestido para ver una tanga hilo roja, puse la tanga a un lado y metí mi pene, se sentía muy rico como la vagina estaba caliente y húmeda mientras me apretaba, empecé a darle duro y acariciar su clítoris a la señora, ella estaba gimiendo mucho muchísimo y me decía papi más duro, en un momento sentí que me iba a venir así que lo iba a sacar pero ella apretó su vagina y me dijo, dame tu leche adentro papi, así que yo le dejé la vagina llena de semen, al final ella se acostó boca arriba con sus piernas temblando y su vagina escurriendo semen mientras sonreía, después de eso me la cogí muchas veces más.

  • Mi primera vez y mi primer trío a la vez

    Mi primera vez y mi primer trío a la vez

    Esto tiene tiempo que sucedió, había estado buscando contacto con mujeres por medio de páginas y de chats hasta que en uno, por fin encontré a una mujer que decía que era sola. Estuvimos platicando y le conté que no había tenido sexo aún y me comentó que le gustaría ser mi primera y me comentaba que sólo tenía oportunidad por las tardes. Nos habíamos visto por webcam pero ella estaba con un antifaz, mostrando su cuerpo, en ocasiones tenía mis sospechas porque tenía a alguien ahí.

    Acordamos de vernos un día en la tarde, en un sitio específico, diciéndome cómo iría vestida, también cómo iría yo, así llegué a la hora acordada y estaba nervioso, entonces la esperé pero no llegaba y le marcaba a su número de teléfono celular pero tampoco entraba la llamada. Justo cuando estaba a punto de irme, se me acercó un hombre y sí me sacó de onda porque me preguntó “oye, amigo, ¿crees que puedas ayudarme?” y añadió “¿sabes?, no te espantes, mira, traigo a una amiga conmigo que tiene muchas ganas de coger pero quiere dos vergas, luego te vi y pensé decirte si te animas, no te vas a arrepentir, la verdad está bien buena». En ese momento, me invadía el morbo y a la vez, la desconfianza y me propuso “si quieres, te la enseño”, enseguida se fue al auto y ella salió del lado del auto que estaba estacionado a lo lejos.

    Cuando salió y la vi, pensé “¡wow!”, la verdad tenía una buena figura y un trasero muy rico, luego volvió y me cuestionó “¿qué opinas?”, después me entró más el morbo y acepté, enseguida me propuso “¿sabes?, vamos a hacer como que me vas ayudar y mientras te quedas adentro, me subo al auto”. Mientras estaba afuera, ella me preguntó “¿cómo te llamas?” y empezó a tocarme mi pierna, luego se acercó a mi bulto y empezó a tocármelo hasta que la excitación la llevó a abrirme el pantalón y empezó a mamármela, me la chupaba muy rápido, como si quisiera arrancármelo. Luego de unos minutos, empecé a meterle mi mano abajo de su mini falda y alcancé a tocarle su conchita con mis dedos, sintiéndola que ya estaba húmeda.

    En eso, su pareja regresó y me propuso “como te va si vamos a un lugar más privado”, lo que acepté, enseguida salimos de ahí y ella y yo íbamos en la parte de atrás; mientras tanto, empezaba a chuparle sus pezones y meterle mi mano en su conchita, que estaba muy caliente. Cuando llegamos al motel, me bajé, pagué y entramos los tres juntos, él llevaba unas cervezas y mientras subíamos, comencé a quitarle su ropa y pude verle mejor su cuerpo, tenía un trasero muy grande y muy durito. Por su parte, ella empezó a quitarme la ropa mientras le tocaba cada parte de su cuerpo hasta dejarme en bóxer y pronto se quedó con su falda, luego me quitó el bóxer y empezó a mamarme mi verga, lo hacía con tal desesperación que sentía que me la iba a arrancar.

    Estuvo haciéndolo un rato hasta que me dijo “y ahora me toca a mí”, así que como pude, empecé a chupársela poco a poco, también a meterle mis dedos, ella sólo se retorcía y decía “¡qué rico!”. Así estuvimos hasta que me pidió “ya métemela, está muy rica” y él me decía “oye, sí que estás equipado”, cuestionándome “¿neta es tu primera vez?, pues estás de suerte”. Enseguida, me puse un condón, la abrí de piernas y empecé a tratar de metérsela hasta que le entró, fue de las sensaciones más ricas que he tenido. Comencé poco a poco, luego más rápido y ella gemía, pidiéndome “más, más, ¡qué rico!”, luego cambiamos de posición y estuve en ese mete y saca hasta que me corrí, al tiempo que él insistía “¿neta es tu primera vez?”, añadiendo “pues qué crees, ella va a cumplir años, eres su regalo de cumpleaños” y ella le comentó “no está nada mal” mientras me ponía otro condón.

    Después, la puse a cuatro y empecé a bombearla, al principio se salía cada vez que estaba el mete saca y mientras le veía esas nalgas, me dieron ganas del nalguearla, eso mismo hice y a ella le gustaba, incluso me decía que fuera más fuerte. Cuando me acomodaba, la tomé de su falda, empezando a moverme más rápido, eso le gustó y me decía “sí, papi, así, más” y cada vez me excitaba más, haciéndolo más rápido. Así estuve hasta ya no aguanté más y me vine otra vez, luego me fui a limpiar y a ponerme otro condón pero ya no se me paraba, entonces él le dijo a su amiga “dale una ayuda”.

    Ya que me la estaba mamando a mí y a él al mismo tiempo pero no se me estaba parando y le dijo “vamos a enseñarle”, enseguida se la empezó a coger a cuatro, al tiempo que me la estaba jalando, viéndolos hasta que se me volvió a parar. Luego, ella me la empezó a mamar mientras él se la cogía por atrás y le dijo “ahora te vamos a dar los dos” pero le comentó “no, papi, me va a doler”; no obstante, me puse debajo de ella, acomodándome y se la empecé a meter mientras él se la estaba metiendo por su culito. Así pues, los dos nos la empezamos a coger y ella lo estaba disfrutando, yo también y seguimos hasta que ya no pude más y me corrí otra vez, posteriormente descansamos, luego nos cambiamos y me propusieron que nos viéramos la próxima semana, esa fue mi primera vez y espero sus comentarios.

  • Tammy, mi perrita buena

    Tammy, mi perrita buena

    Aquel día llegué de trabajar y como siempre ella estaba tomando el sol en topless. Los vecinos no la quitaban ojo, pero al verme salir se escondieron como ratas.

    Ella se percató y entró en casa tapándose con una toalla y diciéndome que siempre llegaba en el peor momento. Era lo habitual, pero ése día no pude aguantar y reventé.

    Empezamos a discutir y cada grito retumbaba en todas las paredes de la casa.

    Nos íbamos acalorando cada vez más hasta que ella me dijo que ya no la hacía sentir mujer y se dio la vuelta con la intención de dejarme con la palabra en la boca, pero la agarré por la muñeca y la lancé hasta el sofá.

    Ella me miraba mal y respiraba fuerte y apretando los dientes mientras yo me bajaba la cremallera del pantalón. Me acerqué de frente y ella giraba la cabeza de un lado a otro, pero la agarré del pelo y tiré hasta que ella chilló de dolor, y en ese momento metí toda mi verga en su boca. Parecía que se iba a ahogar pero cuando se la sacaba, para que respirase, no cerraba la boca. Yo tiraba de su cabeza hacia mí mientras le decía:

    -Eres muy perra, pero eres mía. Te gusta el puterío? pues yo te voy a dar bien, para que luego te andes exhibiendo y te follen con la mirada. Vas a ser una buena perra pero sólo conmigo… Yo seguía tirando de su cabeza hacia mí, una y otra vez, mientras le decía semejantes barbaridades. Sus tetas botaban como locas, sus ojos inundados de ira, y alguna lágrima bajaba por su mejilla pero al final la agarré por la nuca con las dos manos y me corrí en su boca mientras exhalaba un grito de placer.

    Eufórico abrí la puerta del jardín de atrás y grité

    -Es miiiaaa!!!

    Al escuchar mi grito algunos vecinos se metieron corriendo en sus casas y riendo me volví hacia mí esposa pero la vi salir corriendo hacia el dormitorio.

    Corrí tras ella y la di alcance antes de que cerrara la puerta. De nuevo vi el miedo en sus ojos pero me daba igual. La ate las manos al cabecero de la cama con un pañuelo de seda y mientras me quitaba la camisa ella decía que no una y otra vez.

    Al acercarme empezó a chillar así que le quité la braga del bañador y se la metí en la boca. Ella intentaba desatar sus manos pero yo abrí sus piernas y metí mi cabeza entre ellas. Por un momento, al sentir mi lengua entrando en ella, se quedó quieta y en tensión, pero tardó poco en volver a intentar retirarme a patadas. Yo lamía sus carnes y sabía que lo hacía bien pues noté como su respiración cambiaba. Ella apretaba las piernas y yo las sujetaba por las rodillas mientras mi lengua no paraba de jugar.

    De repente ella abrió las piernas y arqueó su espalda. Yo pensé que se había desatado y levanté la cara para mirar, pero lejos de confirmar mi sospecha vi como ella se corría sobre mi rostro. Respiraba con fuerza y me chorreó con fuerza varías veces hasta quedarse completamente relajada.

    Yo acerqué mi cara, aun escurriendo, y saqué la prenda de su boca para besarla, pero ella apartó su cara.

    -eres un cerdo.

    -y tu una perra, mi perrita!!!

    -suéltame!!!

    -si, si… ahora mismo

    Me quedé mirándola y la verdad es que era preciosa, así que de nuevo intenté besarla pero ella se negaba hasta que finalmente la sujeté la cara y la besé con ansia. Ella se resistía al beso y me mordió el labio. Me retiré y mientras tocaba mi labio sangrando volvió a pedir que la desatara, pero yo le dije que tenía que ser una buena perrita y sin miramientos me abalancé sobre ella y se la metí arrancando de su garganta un tremendo alarido.

    Yo embestía, jadeante, una u otra vez. Sus gemidos se sucedían, y mientras mi boca besaba su mejilla mi mano acariciaba su muslo. Notaba sus pechos contra mí y sus piernas me apretaban, pero no pensaba parar. Sin darme cuenta sus gemidos grotescos se habían tornado en suspiros placenteros y eso me puso aún más cachondo haciendo que embistiera con más fuerza. De repente ella giro su cara y sus labios besaron los míos volviéndome completamente loco y haciendo que en mi verga reventase un chorro de semen que la llenaría hasta rebosar.

    Creo que fue la vez más rápida de toda mi vida, pero también una de las más placenteras.

    Contento de haber conseguido mi beso y escurriéndome el sudor por todo el cuerpo me fui a por algo de beber, pero al regresar con una copa de vino ella se había desatado y no estaba sobre la cama. Me asomé con cautela al vestidor y la vi arreglándose el pelo. Se había puesto un vestido negro ajustado y estaba preciosa. Ella se acercó, me quitó la copa de vino y, después de darle un sorbo, me dio un beso.

    – llévame a cenar fuera

    – como?

    – si, esto hay que celebrarlo

    – cual?

    – llevo años siendo tu esposa y me di cuenta de que quiero ser tu perra, tu perrita buena.

  • El regalo: Un antes y un después (Vigésima sexta parte)

    El regalo: Un antes y un después (Vigésima sexta parte)

    —Señora Silvia ya está listo su té y la taza de café para el señor. ¿Se lo alcanzo ya? —No dolores, muchas gracias. Le respondí.

    —Deja qué se lo llevo yo. Amanda me avisó que se demora un poco pero de Magdalena aún no sé qué le ocurrió. ¡Espero que don Hugo no se dé cuenta! Mejor voy a hablar con él. ¿Podrías rociar las flores, mientras tanto? —Y la señora Dolores como siempre, muy humilde me sonrió, para devolverse luego al interior de su cocina y yo, iba tras de ella por esa taza de té y claro, el café también.

    Y bandeja en mano, abusivamente me introduje a su oficina, sin golpear.

    —Buenos días don Hugo, aquí tiene su café. ¿Cómo se encuentra hoy? —Lo saludé con normalidad en la voz, y un súbito temblor en mi interior.

    —Buenos días Silvia, yo estoy bien. ¡Gracias por el café! ¿Y tú? ¿Ya te encuentras mejor? —Me saludó tan común y corriente, como si entre los dos no hubiera sucedido nada fuera de lo normal.

    —Ayer me pasé la mañana sumamente preocupado, pensando en ti. Espero que puedas superar la situación con él. —Me habló bajando un poco la voz, previendo que alguien fuera de la oficina nos escuchara, más yo sabía que estábamos, prácticamente solos.

    —¡Ayer se lo confesé todo! —Le contesté.

    Ni supe bien porque a él se lo tenía que decir. Tal vez lo hice para ir abriendo un camino a las disculpas que sentía yo que le debía, por mi mutismo, tan abstraída en mis pensamientos, al salir del hotel y al comportamiento huidizo, cuando llegamos a Madrid. De paso sentándome en la silla de la izquierda, al frente de su escritorio y sosteniendo la taza de té con las dos manos y mi jefe en frente mío, con sus ojos grises analizando seguramente, mi relajada postura, buscando en mi expresión, la fisura que le permitiera acercarse de nuevo a su ángel salvador. ¡Con sus segundas intenciones!

    —Magdalena llega hasta la tarde, ayer solicitó permiso para adelantarse una revisión ginecológica. —Me comentó, disipando mi preocupación–. Por lo tanto podremos hablar de lo sucedido en Turín, con tranquilidad. ¿Y cómo se lo tomó tu esposo?

    —La verdad que es la hora y no lo sé. —Le respondí con sinceridad. —Rodrigo la noche anterior se mantuvo distante y alejado de mí. De nuestros hijos no. Creo que está sopesando… ¡Evaluando mi comportamiento en esa ciudad! —Le terminé por comentar.

    Y bebiendo un buen sorbo a su café, se puso en pie dando el rodeo acostumbrado a su escritorio para llegar a sentarse en una esquina del cómodo sofá de piel. Por lo tanto, me vi en la imperiosa necesidad de girarme en la silla y con femenina discreción crucé una pierna sobre la otra, estirando lo que pude el largo de mi falda entallada y que gracias a su abertura trasera, me facilitó aquel movimiento.

    —Ayer hizo demasiado calor y por lo visto hoy no será diferente. —Dijo de improviso, dirigiendo el gris de sus ojos hacia el exterior y liberando de presión un poco su garganta, ampliando en algunos centímetros el nudo de la corbata.

    Y sí, giré mi cabeza hacia el ventanal y fuera pude observar por el diáfano cristal, el azul cielo matinal sobre la ciudad. De pronto me sentí absurdamente vestida con aquel blazer de crepé negro que al mirarme más temprano frente al espejo del tocador, sabía yo muy bien que realzaba mi silueta, pero que más tarde con seguridad me iba a acalorar. Aún lo portaba encima cerrado por el único botón, más aun no sentía elevarse mi temperatura corporal.

    —Silvia, –musitó reclamando mi atención– debo pedirte disculpas por mi intromisión. Entiendo que con mi actitud soberbia, puse en peligro tu estabilidad matrimonial. Y lo siento mucho, pues comprendo lo importante que era para ti mantener tu imagen de esposa fiel para él. —¿Fue eso una disculpa?

    Ese había sido un comentario que no me gusto para nada. ¿Estaba poniendo en duda la estampa de mujer casada y leal? Por lo tanto, colocándome en pie, caminé hasta la puerta de la oficina y bajo el marco de aluminio, eché una mirada para confirmar que Amanda no hubiera llegado y que la señora Dolores no estuviera por allí cerca y pudiera escuchar nuestra conversación.

    Regresé mis pasos pero no busqué apoyo en la silla que permanecía inanimada en diagonal hacia mi jefe, tal cual la abandoné. Y ese mueble sé quedó esperando por mí, pues decidí sentarme junto a él, de medio lado. Y me acerqué lentamente hasta rozar su muslo con mis rodillas, don Hugo me miró con algo de sorpresa en su rostro y nerviosismo reflejado en el leve movimiento de la taza que se balanceaba soportada entre sus dedos. Mi cara fue acortando distancias, yo en calma y en él, acelerándose su respiración. Abrí un poco mis labios sin dejar la conexión en nuestras miradas, y muy cerca de los suyos, a milímetros nada más de su cumplir su deseo, esquivé los labios ágilmente para muy cerca de su oreja, pronunciar con la voz más sexy que pude, las siguientes palabras…

    —Mi imagen sigue intacta, Hugo. La distinta soy yo. Fue una oportunidad para poder brindarle a mi esposo, la posibilidad de hacer realidad una fantasía, que tenemos en común. —Y me aparté de aquella cercanía, echándome hacia atrás hasta la otra esquina del sofá.

    —También debo disculparme por mi comportamiento durante nuestro regreso. Usted realmente no logró conmigo nada, aunque con su obligada presencia, culpable si fue un poco, y por eso me enfadé. ¡Lo lamento! —Y mi jefe cambio de posición, ladeando un poco el tronco hacia mí para hablarme.

    —Vaya, y yo que pensaba que fantaseabas conmigo, Silvia. Pero veo que me equivoqué contigo. Sigues amándolo y yo no represento nada para ti.

    Lo vi como agachaba su cabeza, tomándose de la nuca con la mano derecha y naufragando de nuevo en aquel mar de tristeza, tiempo atrás. ¡Y me apené por él! Ese hombre de allí, sentado justo a mi lado, necesitaba ganar confianza en sí mismo. Recuperarse del golpe de una vez por todas y dejarme en paz.

    —Si lo es… Sí qué lo eres Hugo, –y posé mi mano izquierda a la altura de su rodilla– un hombre especial, atento, cariñoso y que admiro mucho. Pero Hugo, entiende qué lo nuestro, lo que deseas vivir conmigo no puede ser. ¡Somos ambiciones prohibidas! Eres aquí para mí el faro, un guía del cual pretendo aprender, pero fuera de estas cuatro paredes, podríamos si quieres, ser los mejores amigos; la verdad, el único que yo tendría en esta ciudad. Pero Hugo, tu prioridad ahora no puedo ser yo, ni debo serlo.

    —Necesitas apoyarte en alguien más cercano, como en tu esposa principalmente. Y aparte de ella, yo estaré aquí para ti, cuando más lo necesites. Pero Hugo, si mi presencia es el muro que no logras escalar para llegar de nuevo a los brazos de tu esposa y yo, me convierto en la causa de un mayor deterioro en tu matrimonio, tendremos que dejarlo y volver a ser tan solo, tu mi jefe y yo, únicamente la fiel secretaria. —Y Hugo en ese instante se apropió de mis dos manos, –la taza en el medio aún sostenida pero ladeándose– llevándolas con suavidad hasta su boca para besarlas con mucha ternura.

    —Tú esposa… –proseguí– A ella recupérala Hugo. ¡Inténtalo de verdad! Con ganas, para que vuelva a ser solo tuya y sigas tú, amándola con locura y realizando con ella mucho más de lo que deseas hacer conmigo. —Él soltó mis manos para recuperar de la esquina de su escritorio, la taza de café y yo, aproveché para liberar el único botón de mi blazer y retirándolo brazo tras brazo con cuidado, lo coloqué en transversal sobre mis piernas, alisando bien sobre las muñecas, las mangas de mi blusa de lino blanco.

    —Lo hemos intentado, créeme. —Y sin apartar esa vez la mirada de mí rostro, aprecié que sus ojos melancólicos, cobraban vida, obteniendo brillo y algo de luz. —Martha también ha puesto lo suyo, lo intenta. Ha cambiado, asumiendo su egoísta error y dispuesta a seguir las indicaciones de nuestra terapeuta. El problema no es ella en sí, soy yo, qué llegado el momento de hacerlo con mi mujer, empiezo bien los preliminares creo, pero sencillamente no puedo avanzar más pues al final me invaden las imágenes que me alejan de ella, matando mis intenciones.

    —¡Debes dejar de pensar en el pasado! —Lo interrumpí, creyendo que aún aquel video, cuadro a cuadro y en alta definición, Hugo lo repetía sin cesar en su mente.

    —Lo sé, pero no es lo que piensas. –Me respondió con rapidez–. Ya no son ellos el problema, ni verla en el video con uno de sus amantes o imaginándola teniendo sexo con aquel otro, sin tener certeza de donde ni cuantas veces la hizo llegar. Ahora el problema eres tú, Silvia. Que tan hermosa y desnuda, acariciándote para tu esposo, no te apartas de mi mente y yo… ¡Yo solo quiero estar contigo Silvia! Me masturbo en el baño bajo la ducha, o cuando en la madrugada Martha duerme profundamente y lo hago despacio para no despertarla. Mi ángel hermoso yo solo pienso… Yo solo deseo… ¡Silvia, quiero que me dejes hacerte el amor! Aunque sea solo una noche. ¡Por favor mi ángel, déjame amarte! —Y los colores se me subieron en aquel momento al rostro, me ericé por completo con aquella propuesta, tanto que mis pezones se endurecieron, tensando la tela blanca de mi camisa y creo que hasta Hugo lo notó, pues el gris de sus ojos terminaron enfocándose en mi pecho.

    —Hugo, por favor. ¡Qué se te van los ojos y se te desgastan! —Le dije de manera graciosa, como quitándole hierro al asunto.

    —Lo siento, no es mi culpa. Es la tuya Silvia, por tener tus encantadores senos por delante. ¡Yo solo admiraba tu corazón! —Me respondió igualmente lisonjero.

    —¡Upaaa! Mirá ve, que tan galante y romántico me ha salido este guapo español. ¡Jajaja! Te has anotado otro punto. —Se me salió hablarle así, usando mi refundido acento valluno y nos reímos los dos.

    Sí, claro que lo sabía, lo intuía y hasta lo comprendía, pero… Que un hombre te diga con tanta emoción y decisión esas palabras y en tu cara, esa declaración de deseo por tenerte, emociona a cualquier mujer y por supuesto que nos eleva el ego. Sin embargo, di un largo y ultimo sorbo a mi té con rapidez, para mantener así la distancia y prudente compostura. Pero para qué negarlo… ¡Por supuesto que me perturbó!

    —¿Y de la terapia qué? ¿Por qué no hablas en las sesiones de tu fijación? ¡Sin nombrarme por favor! De pronto hallen una solución para tu problema, sin que tú y yo debamos llegar a tener sexo para que logres superar tus aprensiones. —Le respondí mientras al fondo de la oficina, se escuchaba el apurado taconeo con seguridad de mi retrasada compañera.

    —La terapeuta persiste en que debo confrontar mis temores poco a poco con Martha y luego subir la intensidad con algo de mayor emoción. Pero no me surge, no me excito aún lo suficiente con mi esposa, porque a quien realmente deseo hacer sentir, es a ti. La solución a mi problema Silvia, eres solo tú, mi ángel. —Insistió en su hipótesis no confirmada. Y parada bajo la puerta entre abierta de la oficina de nuestro jefe, mi compañera hizo su aparición.

    —¡Disculpen la demora! Don Hugo lo lamento mucho, pero hubo un accidente y el transito se puso fatal. —Era Amanda, quien con su rostro pleno de un apenado rubor, pedía sentidas disculpas por su tardanza.

    —Tranquila Amanda, despreocúpese. Por lo pronto si me hace el favor de tomar la carpeta amarilla que revisamos ayer y la llevas a la dirección general. Magdalena solo puede llegar hasta después de almuerzo. —Le dijo con una gran amabilidad, Hugo a mi compañera y ella de inmediato le hizo caso, dándome un beso en la mejilla y un abrazo antes de salir de nuevo de la oficina.

    —Bueno Hugo, creo que hasta aquí nos trajo el rio. Después seguimos conversando, pero ya es justo para mí, empezar la jornada que he tenido mucho receso. ¡Jajaja! —Y cuando me disponía a ponerme en pie, Hugo me detuvo la intención colocando su mano sobre mi muslo descubierto ya de la tela de mi blazer.

    —Silvia, solo dime porque con esa mujer sí y conmigo no. —Me preguntó con seriedad.

    —Es diferente Hugo. Le respondí. —Se dieron muchas circunstancias y algunas íntimas confidencias mientras recorríamos la ciudad. El ambiente de la discoteca, la novedad en la noche, no sé cómo ocurrió todo tan rápido, pero sucedió. Y Antonella me hizo sentir extrañamente deseada, anhelada por una preciosa mujer.

    —¿Y acaso yo no? ¿Tan mal lo hago? —Y retirándole con suavidad su mano de mi pierna, me puse ya en pie y desde mi altura, serena le respondí…

    —Obviamente que si Hugo, pero como te digo. Es diferente porque ella es una mujer y Antonella no tiene entre sus piernas, lo que tú me quieres meter. ¡Y para nada lo haces mal! Jajaja. Pero hazlo mejor continuamente con tu mujer y otra cosa más Hugo… No lo hago contigo porque tú tienes un camino hecho para reconstruir, por el contrario Antonella es una joven que tiene el mundo apenas por recorrer y a pesar de su juventud, con ella yo aprendí y algo más le quiero enseñar yo. —Y sonriéndole, lo dejé allí sentado en su sofá pensativo y yo, con mis ganas de trabajar y beber otra taza de café para despejarme y comenzar el trabajo que tenía tan retrasado.

    —Y ajá nene, entonces lo que hicimos, ¿fue por equivocados? Jajaja, pero que peliculón el que se formó. Bueno, si lo miramos desde otra perspectiva, ella también lo hizo con su asistente pensando que estabas destrozado por creer que ella estaba culeando con su jefe. ¡Unas por otras! —Y Paola me pasó el encendedor para poder yo acompañar mi café con un cigarrillo.

    —Si Pao. ¡Qué hijueputa cagada! Y ahora me siento más traidor que ella, pues para mi esposa, el que ella se haya acostado con su italiana, no fue una infidelidad en sí, sino el primer paso que dio para darme a mí, la sorpresa de hacer realidad mi fantasía de hacer un trio. ¡Los dos con otra mujer! —Fumé bastante de una sola aspirada y bebí las ultimas gotas azucaradas que permanecían tibias en el fondo del aquel vaso desechable.

    —¡Eres un afortunado Rocky! La tienes a ella y me tuviste a mí. Y no te sientas mal por lo que vivimos. Yo lo quería, lo ansiaba y sé que tú también. Además tú sigues amando a tu esposa y yo no voy a hacerle una zancadilla a tu relación. Por el contrario mi «rolito» precioso, estaré ahí para ayudarles a volver más grande su amor, cuando gusten. ¡Jajaja! Qué bien por ella, que no se rindió ante su jefe y prefirió hacerlo con una mujer. ¡Tengo muchas ganas de conocerla Rocky! Tienes que invitarnos a rumbear un día de estos. Yo voy con Carlos y tú con tu mujer. —Se expresó bastante emocionada, mi rubia barranquillera y dejó en el aire una propuesta interesante. Paola y su novio, y yo… ¿Con las dos?

    —Sí podría ser Pao, se lo debo. Conocí un sitio muy bacano con música latina donde podríamos pasarlo bueno, solo que ando escaso de monedas. —Le respondí encogiéndome de hombros y mostrándole a Paola, la tela crema de los bolsillos de mi pantalón vueltos al revés. ¡Vacíos!

    —Por eso no te preocupes, te puedo adelantar la comisión de la venta. Ese negocio que te quité sin querer, es todo tuyo mi «rolito» hermoso. Pero que quede entre los dos y además «Cachaquito» loco, me tienes que sacar a bailar porque mi novio apenas si sabe mover los pies para caminar. ¡Jajaja! —Y se lo agradecí con un abrazo y sí, sellando nuestra sincera amistad con un beso leve sobre sus nacarados labios, apartados de las miradas indiscretas, a un costado del parking.

    Sobre las diez de la mañana, Silvia me llamó para saber cómo estaba. Pero no me hallaba aún en paz con ella, –peor aún– ni conmigo mismo. Remordían mi conciencia las imágenes del fin de semana con Paola. La intensidad de nuestros besos, el protagonismo de la cabellera rubia ondulante, evitando con sus abundantes hilos dorados, el poder verla succionando y lamiendo la extensión de mi ardiente verga. De vez en cuando pude observar en su frente, las arregladas cejas y la curvatura de sus pestañas; todo mi sexo acogido por el calor de su boca y Paola, muy aplicada en su labor.

    Mi entrega hacia aquella rubia que se extendía sobre la amplia cama, dispuesta y brillante la piel por el sudor en el canalillo formado en medio de aquel par de senos con forma de campana. Sonorizada la película por la voz de Nana Mouskouri, como si aplaudiera con ella nuestra apasionada actuación, haciendo las veces de fiel espectadora con «El Concierto de Aranjuez», emitida por el altavoz de mi teléfono móvil, sobre la mesita de noche.

    Yo de coprotagonista, resignado a la fuerza de la atracción, tan solo cerraba mis ojos y la imaginaba, no a mi bella amante, sino a mi esposa realizando la misma escena, haciendo gozar con la boca llena, y después desatando su pasión en aquella habitación, con sus pornográficos lamentos y gemidos entrecortados, tan abierta de piernas y gozada, finiquitando el asedio de su adorado jefecito.

    Guardé la desolación que me afligía donde mejor pude en mi interior y saqué de algún imaginario baúl, mi refundida integridad y le hablé con la mayor de las normalidades, diciéndole que me encontraba bien y preguntándole por su mañana. — « ¡Contenta y tranquila! » –, me respondió. Aclarándome que la felicidad era por haber encarado nuevamente a su jefe con decisión y tranquila porque había hablado con su asistente y que aquel corazón italiano, no se había quedado roto sino esperanzado en un pronto reencuentro.

    Después del almuerzo me correspondió marcar a su móvil. ¡Cómo siempre y cómo antes! — « ¡Estaba fumando! » –. Me respondió, y que tan solo la acompañaba su compañera Amanda, preocupada por la otra que no aún no regresaba a la oficina. Silvia se encargaría esa tarde de recoger a mis hijos y yo entretanto, haría la compra en el supermercado para los próximos días, no mucho, pues debía medirme en los gastos, sin embargo estaba yo antojado de pancakes, bañados en miel y chocolate derretido.

    El jueves acompañé hasta la parada a mis dos pequeños terremotos y luego otra jornada de cacería en el concesionario. Todo tan normal, a pesar de que entre Silvia y yo, aún existía una pared de concreto que nos distanciaba. ¡Mi culpa y su posible venganza! Ella en nuestra habitación durmiendo y yo en la de invitados. Pesadilla mía, de la cual no despertaba.

    Sin terminar aún mi mentolado, Rodrigo me llamó al móvil. — ¿Ya almorzaste? –. Me preguntó. Pero su en voz persistía aquel tono tan distante, vacío de emoción de escuchar la mía. Como si muy dentro de su pecho se agitara aún las aguas teñidas de mi confesión.

    Apartados seguíamos durmiendo y tan pronto se dormían los niños, se acababan las palabras entre los dos. Él, a fumarse el último de la noche en la soledad de aquel balcón y yo, alisar con la palma de mi mano necesitada del calor de su cuerpo, el costado de la cama donde antes dormía con él, en nuestra olvidada habitación.

    No pensé que mi desliz con Antonella fuera a causar aquel alejamiento por parte de Rodrigo. Al contrario, creí que al contárselo se excitaría, –como aconteció– y que al reconocerle que su tormento estuvo en mi habitación pero que no había pasado nada, mi marido confiaría en mí de nuevo y haríamos el amor. ¡Pero por lo visto no fue así! Dudaba de mis palabras, de mi historia y de lo que pudo ver en mi cuerpo cuando relataba como Antonella con sus apetitos aun no saciados, me lo acariciaba inmersa en sus delirios.

    —¡Buenas tardes muchachas! Silvia tesoro, que alegría verte de mejor semblante. —Nos saludó con su acostumbrada efusividad Magdalena.

    —¡Hola mujer! ¿Qué tal te fue? ¿Hay peligro de que sobrevivas? —Le respondí también alegre por verla de nuevo.

    —Jajaja, Vamos mujer. Ya sabes que hierba mala nunca muere. Estoy mejor que nunca. La doctora me dijo que parecía de quince. ¿Cómo les parece? —Nos respondió mientras que Amanda la abrazaba demostrándole su amistad.

    —Y eso que mañana ya casi pisas los cuarenta. —Le dijo entre risas, Amanda a Magdalena.

    —Es verdad ¡Por Dios! Se me había olvidado tu cumpleaños. Eso lo tendremos que festejar por lo alto, preciosas. —Les expresé, pensando en ese instante que sería una buena oportunidad para salir por ahí en parejas. Magda y su esposo, Amanda y… En fin. Y por supuesto yo, en compañía de mi esposo. Una ocasión que no podría desaprovechar.

    Y así se los hice saber, acordando que después de la salida, iríamos a nuestros hogares para vestirnos para la ocasión. Amanda, espontanea e inocente como siempre, propuso ir a bailar en un lugar que ella conocía y que con seguridad nos iba a encantar. Y salió nuestro jefe de su oficina para averiguar que sucedía y un poco asustadas por su posible mala reacción, me anticipé para comentarle acerca del próximo natalicio de nuestra compañera y al contrario de lo que todas esperábamos, Hugo sonriente la abrazó y le prometió llevarla al siguiente día a almorzar. Luego se despidió de todas, recordándome que debía cumplir con una cita y no regresaría a la oficina hasta el jueves.

    Por la noche le comenté a Rodrigo durante la cena, del compromiso con mis compañeras y que deseaba que me acompañara. No puso buena cara en verdad, pero consintió en acompañarnos. Después la acostumbrada rutina, mi esposo a dormir solo en la habitación de invitados y yo en la amplia cama de nuestra alcoba matrimonial.

    —¡Anda nene! ¿Y este relajo a que se debe? —Me preguntó después de llegar de su almuerzo Paola, intrigada por los aplausos que provenían del otro costado en la sala de ventas.

    —Ummm, si mal no estoy, es porque Federico acaba de realizar el negocio de su vida, en el que estaba trabajando. Un negocio grande. ¡Bien por él! —Le comenté a mi rubia barranquillera.

    Y de inmediato el «superstar» de las ventas, sacando pecho como gallo de pelea, se aproximó a mi escritorio y allí de pie nos invitó a celebrarlo por la noche, acariciando los hombros de Paola y desde la altura de sus ojos, fue perdiendo su lasciva mirada en el escote que le permitía vislumbrar un poco los senos que yo había acariciado y besado, invadiéndome ese sentimiento de celos por Paola, nuevamente.

    —Me alegra mucho por usted, pero yo por mi parte no puedo. Ya tengo un compromiso con mi esposa y un aburrido cumpleaños de una de sus compañeras de oficina. Lo siento compañero. —Le dije bastante calmado, declinando su oferta.

    —¡Vamos Cárdenas! Comprendo que ahora estés mordiéndote los codos de la envidia, pero quiero que nos acompañes a celebrar esta noche. Quiero ver como esta preciosura me enseña cómo es que mueve esas caderas y sí es capaz de seguirme el paso. —Me respondió muy ufano y me sentí atacado por su egocéntrica propuesta.

    —Anda nene, no seas malito y vamos a rumbear esta noche. Al menos un ratico. ¿Sí? Por favor, por favor. —Y no tuve más opción que rendirme a esa mirada esmeralda y a su puchero de niña mimada.

    A solas, recostado contra la puerta de mi coche, mientras fumaba el cigarrillo acostumbrado a la hora de salida, llamé a Silvia para informarle de la nueva situación. No le hizo gracia como lo supuse y enojada me dijo que le daba igual y que hiciera lo que yo quisiera y cortó súbitamente la llamada. ¡Más leña al fuego! Pensé aquella oscurecida tarde.

    Paola se fue en el auto de Federico con otros compañeros y yo con tres en el mío, los seguí hasta una reconocida ubicación. La discoteca donde me divertí junto a Martha y Almudena. La cita que concluyó con la intempestiva desaparición de Eva, la andaluza tabernera.

    Recién llegamos, aún el ambiente estaba suave y en relativa calma. Era temprano, así que logramos ubicarnos en dos mesas al fondo del local. Paola junto al petulante de Federico, dos compañeras más del departamento administrativo, e Ignacio el otro comercial y yo en la otra junto a dos asesoras de ventas y el muchacho encargado de la mensajería.

    Poco a poco el licor nos fue distendiendo y Paola tan solicitada para bailar, iba y venía pero eso sí, sin dejar de conectarnos en furtivas miradas. Yo también de manera galante invitaba a las compañeras a bailar. Música latina mezclada con rock en español y electrónica. Todo iba muy bien hasta que pasado un rato el dj, colocó aquella canción que me recordaba tantas otras fiestas en compañía de mi esposa; miré la hora con la intención de bailar la última y llamarla para ir al dichoso cumpleaños. 9:20 P.M. Y de fondo ya escuchaba…

    …«Chorando se foi quem um dia só me fez chorar

    Chorando se foi quem um dia só me fez chorar

    Chorando estará ao lembrar de um amor

    Que um dia não soube cuidar

    Chorando estará ao lembrar de um amor

    Que um dia não soube cuidar

    A recordação vai estar com ele aonde for

    A recordação vai estar pra sempre aonde for

    Dança sol e mar, guardarei no olhar

    O amor faz perder e encontrar

    Lambando estarei ao lembrar que esse amor

    Por um dia, um instante foi rei».

    Pero no era con Silvia con quien estuve en ese presente, fue con mi preciosa rubia barranquillera con quien sin hablarnos, –apenas la mirada– salimos juntos a nuestro encuentro y luego en la pista de baile bastante concurrida, danzamos con bastantes ganas aquella lambada. Sus ojos verdes iluminados por la variedad de luces parpadeantes y dilatadas las pupilas por el alcohol; mis manos acariciando su cintura, y luego bajándolas con atrevimiento, se mecían mis diez dedos al ritmo brasilero aferrados al comienzo de sus nalgas, sobre aquel redondito melocotón que recordaba haberlo mordido con tanta pasión.

    Hasta que una mano que surgió de no sé dónde, jaló del brazo con fuerza a Paola. Era su novio Carlos, que se apareció de improviso en aquella discoteca, fulminándola con la mirada y de un tajo, cortando nuestro íntimo baile. Paola sorprendida al verlo le sonrió e intentó darle un beso por desagravio, pero él celoso novio la gritó, tratándola como a una cualquiera y se la llevó casi hasta la puerta de salida. Me enfurecí por la manera de tratarla pero me contuve pues era una discusión entre enamorados, y unos instantes dudé, observando como evolucionaba la situación, hasta que finalmente los perdí de vista al cruzar ellos la puerta, con Carlos empujándola por la espalda, apremiándola a salir.

    Y allí fue cuando decidido a actuar, fui tras de los dos. En la acera, donde había bastantes personas fumando cigarrillos y sus porros, en medio de un grupito, mi rubia gesticulaba, gritaba y agitaba sus brazos tratando de escapar. Una mano grande aplastó la tersa mejilla izquierda de Paola, provocando que mi hermosa tentación, tambaleara hasta tropezar de espaldas, contra una joven que bebía su cerveza fuera del local. Me le fui encima como un toro de lidia, embistiéndolo con fuerza. Ya tendido en el suelo un primer golpe le asesté en la nariz y luego dos más en los pómulos, hasta que los guardias de seguridad me separaron de él.

    Miré a Paola que de rodillas en el suelo, acariciaba el ardor de su piel y me miraba… ¿Con amor? ¡Y a su novio con total desprecio! Me zafé como pude y la tomé entre mis brazos, mientras el ensangrentado novio, huía sin dejar de sentenciar a los gritos que se vengaría de mí. Y ya bajo mi amparo, Paola me besó.

    —¿Y por qué esa mala cara Silvia? —Me preguntó Amanda, luego de colgar la llamada de Rodrigo, mientras terminaba de maquillarme para salir.

    —Rodrigo, que no nos acompañará. Tiene una salida con sus compañeros y me dijo que era inevitable. Pero descuida, lo pasaremos bien. Es tu día y nadie nos lo va a amargar. —Le expresé a Magdalena quien terminaba de fregarse las manos.

    —¡Qué bueno tesoro! Entonces vamos a arreglarnos para lucirnos en la discoteca y nos encontramos en la entrada. Mira Silvia, esta es la dirección. Allí nos vemos luego y por parejo no te preocupes querida. —Me respondió, con esa sonrisa de malvada bruja en los cuentos de hadas.

    —No voy a ir en plan de conquista querida. —Le respondí tajante.

    —Ahhh, pero por supuesto mujer. Tu pareja ya está acordada ¡Jajaja! —Y me dejó allí de pie en el baño de mujeres, saliendo Magdalena presurosa entre carcajadas.

    A la primera que me encontré en la entrada fue a Magdalena y su esposo, con quienes nos saludamos muy cordiales. Luego llegó Amanda, sola como para variar y detrás de ella, sonriente venia caminando un poco apurado… ¿Nuestro jefe? ¡Mierda! Acaso él era… ¿Mi pareja?

    Después de mi sorpresa llegaron los abrazos y el saludo alegre de Hugo para mí. Sin acercarnos a la entrada, ya dentro con tanta gente, se me aproximó. Tan lleno estaba el lugar que aconsejé irnos a otro lugar, aunque dicho sea de paso, la música de mi tierra me apremiaba por permanecer y bailar. Como pudimos llegamos hasta la barra y Magdalena como siempre, teatralizando un leve malestar consiguió que dos jóvenes le cedieran sus lugares. Dos sillas y nosotros éramos cinco. Pero algo es algo y peor era nada. Hugo a mi espalda rozándome levemente por la cintura. Amanda y Magdalena colocaron nuestros bolsos en una de las sillas. Yo cauta, tomé mi teléfono y la cajetilla de cigarrillos mentolados.

    —Amanda, mientras nos atienden… ¿Será que me acompañas fuera a calmar mis ganas de tabaco? —Presioné a mi amiga para tomar prudente distancia de los inadecuados roces de Hugo por detrás. —Una cerveza bien fría para mí por favor–. Les solicité, antes de que a empellones, pudiera retirarme a la salida de aquella discoteca, mientras recordaba haber bailado con mi esposo varias veces la canción que alborotaba en ese instante a los asistentes.

    Una pareja de novios discutiendo, me hicieron retirar un poco más alla de la entrada por precaución, y con Amanda por compañía me encendí mi mentolado. Amanda no perdía detalle del agarrón entre esos dos, un joven alto y delgado, la mujer hermosa, joven y de larga cabellera rubia, quien acalorada, algo que no pude escuchar le gritaba a su pareja. ¡Malditos celos! Pensé yo que era la razón de aquella disputa. Una calada para matar el nerviosismo por mi inesperado encuentro festivo con Hugo y al expulsar el humo por mi nariz con femenina delicadeza, sentí la presión en mi mano libre por parte de mi compañera.

    —Espera… ¿Ese no es tu esposo? —Me preguntó y dirigiendo mis ojos hacia el lugar indicado por Amanda, me quede estupefacta.

    ¡Claro que era él! Que coincidencia. Mi esposo, mi jefe y yo en un mismo lugar y empecé a tiritar y a pensar en cómo escaparme de aquella discoteca sin ser descubierta por mi marido. Pero vi como Rodrigo se abalanzaba sobre aquel muchacho, después de que este le hubiera asestado una cachetada a la joven mujer. ¡Pobre tipo no sabe con quién se metió! Pensé recordando la fama de bravucón que tenía Rodrigo en nuestro vecindario. Todos mis amigos y ex novios le respetaban. La verdad era que le temían.

    Sin embargo me preocupé porque no le pasara nada malo y decidida avance dos pasos, no fueron más, pensando en apartarlo pero los de seguridad se anticiparon a mi idea y vi como el infortunado abusador sangrando se alejaba, escupiendo groserías y saliva teñida de rojo. Amanda a mi lado se abrazaba a mí. Y cuando pensé en acercarme más, cambió dentro de mí el temor de aquel intempestivo encuentro, por la sensación de vacío en el estómago y desasosiego en mi corazón, al ver como la rubia se abrazaba a mi esposo y con cariño lo besaba en la boca.

    Observé como abrazados ingresaban de nuevo a la discoteca y yo me encendí un nuevo cigarrillo a pesar de que en el piso un paso más atrás, permanecía abandonado el primero casi sin empezar. Amanda ni me hablaba, aunque con la tristeza de su mirada, me lo decía todo. Los pude ver de nuevo al poco tiempo, salir todavía abrazados como un par de enamorados y en dirección opuesta a donde me encontraba.

    —Amanda por favor, no le vayas a comentar esto a nadie. Te lo suplico. Por favor que quede entre tú y yo. —Le solicité a mi compañera de trabajo.

    Ella asintiendo y con su mano puesta sobre mi hombro, me esperó a terminar aquel cigarrillo. Por no parecer maleducada, los acompañé algo más de un hora, fingiendo risas y celebrando por el cumpleaños de mi amiga, más con el corazón agitado y mi mente puesta en el imaginado lugar donde se encontraría mi esposo retozando con su amante, finalmente opté por abandonar aquel cumpleaños tan revelador para mí. Con la excusa de mis hijos por recoger, decliné la oferta de Hugo para llevarme y solo Amanda, quien fue testigo de todo, me esperó mientras lograba tomar un taxi.

    Ya al llegar al piso, sentada en el sofá, por fin a solas, me eché a llorar con amargura. Ya sabía la respuesta a aquella pregunta que por respeto a su situación sentimental, nunca le hice a mi esposo. ¡Rodrigo había pasado sábado y domingo con esa puta! Y yo creyéndolo abatido por mi supuesta infidelidad con Hugo y él, mi marido no es que lo hubiera pasado tan mal.

    Casi a medianoche, llegué a mi hogar después de haberme bebido casi media botella de ron con Coca Cola yo solo, acompañando en el hotel a Paola, confortándola después de aquella pelea con su novio. Desde el parqueadero no se veía iluminado el piso, lo cual me hizo suponer que Silvia aún estaría disfrutando con sus compañeras de trabajo. A tumbos y cogido de las paredes, intenté tres o cuatro veces acertar en la cerradura. Con algo de tino lo logré. Pero nada más al entrar, con todo a oscuras, la voz de mi esposa me perturbó.

    —Bonitas las horas de llegar. ¡Borracho! ¡Falso! ¡Eres un hijo de puta!

    —¡Mierda! Qué susto Silvia. —Le alcance a decir, balbuceando.

    —¡Muchas gracias por tu compañía! Se nota lo importante que soy ahora para ti. Espero que hayas disfrutado mucho en compañía de esa puta. Déjame ver… ¡Sí claro! Dos horas y media de sexo con esa zorra y yo mientras tanto a solas. Con seguridad es tu compañerita de trabajo. —Me dijo franca, directa, despejándome un poco la borrachera.

    —No sé de qué estás hablando, le respondí tratando de evitar la discusión pero no lo logré. —No es lo que estás pensando–. Finalmente puntualicé, con algo de honestidad.

    —Mira Rodrigo ya no busques excusas baratas ni me digas mentiras que lo sé todo. Eres un hijo de puta, ruin y traicionero. ¡Esto se acabó! ¿Me oyes bien? ¡Esto se murió aquí! Quiero que desde mañana vayas buscándote un lugar para vivir. —Y diciendo Silvia esto, yo desde la puerta que sostenía mi embriaguez, encendí de repente la luz de la sala y por fin con vidriosa claridad pude ver en su rostro, la tristeza, el enfado y sus ojitos desbordados en lágrimas. ¡Y me derrumbé!

    De rodillas avancé hasta lograr acomodar mi cabeza entre sus piernas y mi esposa tratando de apartarme, pero yo no me rendí. ¡Mentiras! Sí, claudiqué allí delante del amor de mi vida y sin mirarla confesé.

    —Lo siento mi amor, perdóname. Aunque hoy nada paso entre ella y yo, como te lo habrán contado, si paso algo entre los dos el fin de semana. Te fallé y a mí también. Yo te escuché, ahora aquí como estoy, bebido y de rodillas te quiero contar la verdad. —Mi esposa respiraba intranquila y sonándose la nariz me respondió.

    —Nadie me contó nada, estúpido. ¡Los vi con mis propios ojos! Estuve allá para el cumpleaños al cual no quisiste asistir. Te peleaste por ella, y eso solo lo harías por alguien que te importa mucho. No olvides que nos conocemos casi desde niños y se cómo eres, vi el demonio que hace mucho no se desataba en ti. —No demoré para nada mi comentario.

    —Es que ella tiene por novio a un arrogante, grosero y abusador. Yo solo la defendí como lo haría por alguna mujer en la misma situación. Pero eso no importa ya. La cagué contigo… La cagamos los dos. Debemos reconocerlo. Tú con tu noviecita italiana y los devaneos que has tenido con tu jefe y yo con ella, con mi compañera de trabajo. —Mi mujer me dejó expresar sin interrumpir.

    —¿Te parece si hacemos las paces? Estamos en igualdad de condiciones y ya sé que no pasó nada entre tu estúpido jefe y tú. Pero sin embargo hay algo que me está matando, mucho más de lo que hice con mi amiga. Debo confesarte algo. Almudena me escribió y me puso al tanto de algo que me removió todo por dentro. Ella está tratando a tu jefe y a su esposa. En la sesión de ayer, a solas con él, tu jefe presionado por Almudena le confesó que quiere estar contigo, no solo porque le gustas físicamente sino que te quiere como algo más, aunque tú le hayas dicho ayer qué serias solo una gran amiga, y no deja de pensar que contigo, él se sentiría mejor si consintieras pasar una noche con él. Me parece Silvia, que la verdadera terapia eres tú al fin y al cabo. —Y ya Silvia, sorprendida por aquella revelación, carraspeó.

    —Y te quiero pedir perdón, aunque esto que tenemos ahora lo veamos tan destrozado, yo solo quiero lo mejor para los dos. Y perdóname mi amor, lo hice enceguecido por el dolor de una traición que se evitó con esa llamada, pero que yo creyendo que habías terminado por ceder ante sus pretensiones… ¡Yo con mi amiga, me desahogué!

    Agotado y mareado, por mi desolación y ansiedad, comencé a llorar. Y entonces en ese momento las manos de mi esposa, se posaron con dulzura o resignación, no lo sé, en mi cabeza intentando apaciguar con sus dedos sobre mi cuero cabelludo, mi dolor por ser infiel y responderle con la misma moneda.

    —Me siento muy cansado Silvia. Cada día que pasa, con cada cosa nueva que nos sucede… ¡Mierda! Estoy por tirar la toalla. ¡Lo juro! Me siento como en un juego de parqués. De esos grandes, para seis jugadores. Tú y yo con una sola ficha por coronar. La roja de tu equipo preferido para ti y azul la mía, la de mi Millos del alma. —Y Silvia, callada.

    —Pero todos los jugadores a nuestro alrededor, el de verde que avanza casillas por delante de ti, o las amarillas, las moradas y la que usa las negras, que se mueven a mi lado, todos con sus privadas estrategias, tendiendo trampas, intentando comer tu ficha y la mía también, para evitar que alguno de los dos, finalmente ganemos. Y se hace cansado adelantar un tramo largo, para retroceder hasta el inicio si te comen, a ti o a mí. —Por fin tomé valor y levanté mis ojos para encontrarme con los aún llorosos suyos y continué.

    —Ese hombre te desea, se sueña cogiendo contigo y desea tratarte como si fueras su mujer. A la esposa no le para ya bolas. Me contó mi cliente que ni se le para la verga con ella. Y eso es solo por ti, porque para él te has vuelto la única solución. Y tarde o temprano te hará caer, o ahora que te he reconocido que te fui infiel y me acosté con mi compañera, tal vez desees a modo de venganza, finalmente tener sexo con él. Y yo mi vida, me cansé de intentar alejarte de esa decisión. ¡Ya no más mi vida! ¡Hazlo! —Y Silvia enmudecida, dejó de pronto de lloriquear.

    —Eres libre, vete con tu jefe. Mereces una vida mejor de la que tienes a mi lado y él puede dártela ya que no ama a su esposa como antes y tú, eres el sueño de mujer que desea hacer feliz. Ya te di lo que yo más podía, no tengo nada más para ofrecerte que lo que has visto. Por mí no te preocupes que yo procuraré darte el espacio y el tiempo necesario para que puedas olvidarte de mí. Me regresaré a Colombia, no te molestaré. Se feliz mi vida. No te olvidaré.

    Y al terminar mi exposición de sentimientos y congojas, decidido me levanté para acercarme a las puertas del balcón pero me tropecé con los pies de mi esposa y terminé de medio lado entre un costado del sofá y las puertas del balcón.

    —¿Te lastimaste Rodrigo? —Me preguntó angustiada, pero sin responderle, yo solo moví mi brazo y apoyándome en el piso, me pude poner en pie y ya en el balcón, tomé un cigarrillo de los tres que me quedaban y lo encendí, respirando muy profundo antes de aspirar el tabaco. Y desde allí sin saber si hablaba muy fuerte o no por el estado de embriaguez que aún me dominaba, continúe con mi discurso de una propuesta y un posible adiós.

    —Te amo mucho, demasiado y te fallé. Pero también es cierto que no estaré en paz contigo, si prosigo a tu lado dudando día sí y día no, pensando en si lo hiciste o sino nada sucedió. Estar detrás de ti, dudar de ti y de tu amor por mí, no me hace bien. Por eso creo que lo mejor es enfrentar mis demonios y dejar que lo que tenga que suceder, acontezca ya. Quiero que te acuestes con tu jefe y acabes con esta tortura de una puta vez. —Y mi mujer no salía de su asombro, aunque en su rostro persistía la desilusión que le causé.

    —Pero mi vida, solo te pido algo, antes de que decidas…

    —A ver… ¿Ahora con que estúpida propuesta me va a salir el señor? —Me interpeló.

    —Tu jefe no debe saber nada de mí, ni mi nombre y menos enterarse que lo sé todo. Quiero permanecer en el anonimato, casi como un fantasma; ser un desconocido para él, como lo hemos sido tú y yo, ante todo esto que nos está pasando. Preferiré que me veas con una cara diferente, honestamente sabiendo que ya nos somos propiedad privada. Te seguiré amando con mi vida claro que sí, pero mi amor, ya no seremos los mismos, aunque sigamos deseando nunca haber dejado atrás, los años pasados en completa fidelidad. —Y Silvia se acercó por fin a mí, pero no para tocarme o abrazarme, solo para retirar de mis dedos el poco cigarrillo que permanecía en espera de arder… Y fumó.

    —Y cuando regreses a casa, por favor Silvia… No me beses cuando llegues. Mantente lejos y esquiva mi mirada si por descuido, mis ojos te buscan entre lágrimas. No me mires ni me hables, solo bórrate las huellas de sus manos en tu piel bajo la ducha con abundante agua y jabón. Perfúmate luego con aquel «Opium» que te regalé hace años y que insistes en no usarlo con frecuencia, por tu miedo a que se agote y por su costo, no te lo pueda volver a comprar. Pero es que yo no quiero oliscar de nuevo, el aroma suyo impregnado en tu piel. —Y volvieron las lágrimas a nuestros ojos, sí. ¡Al café triste de los suyos y al marrón sin brillo de los míos!

    —Después de eso mi vida, permíteme muchos instantes a solas y no te aflijas por eso ni tampoco presiones para que tengamos sexo. Solo abrázame en la noche antes de dormir y dándome la espalda, dime cuánto me amas pero sin hablar, solo con la presión en mi mano de tus dedos, entrelazados con los míos, bríndame esa seguridad de saber que habiendo sido de otros, regresamos a nuestro hogar y así ya tan juntos, más conscientes de nuestro amor tan compartido, nos liberamos de toda esta presión. Sí después de todo lo que puedas vivir con él y ya analizado a tu regreso, permaneces conmigo, sí tú así lo sientes honestamente… — « ¡Estúpido! Es una idiota idea» –. Fue lo único que mencionó, agotando la vida del cigarrillo bajo la suela de su zapato izquierdo.

    —Pues por mi parte, ya lo hice Silvia. Y aquí estoy sabiendo qué soy solo tuyo y tú serás mía por siempre en mi corazón, eso sí mi vida, con miedo proponiéndote esta locura, pero porque estoy muy seguro ahora de que te amo y quiero que sigas siendo muy feliz. —Le puse mi mano en su mejilla y con el dorso se la acaricié y continué.

    —De lo contrario, solo déjame dormir contigo abrazados una última noche. Al otro dia puede que despierte solo y asustado, pero si aún me quieres un poco, bastará con una simple hoja en blanco y por tus manos un corazón roto dibujado, bajo mi taza de café al desayuno para darme por enterado de tu decisión. Y comprenderemos entonces que debemos honestamente, ya decirnos adiós. —Recostando mi cabeza sobre su hombro derecho, desconsolado reinicie mi llanto.

    —¡Estás diciendo bobadas! —Y apartándose un poco de mí, me observó llorar y me abofeteó de izquierda a derecha y repitió en seguida al contrario–. ¡No sigas con esto por favor! Detente y calla, que no tienes idea de cuánto me estas hiriendo. — ¡Rodrigo, estás ebrio por completo! –. Sentenció mi estado, atribuyendo al alcohol mi confesión.

    —Por supuesto que lo sé, Silvia. He bebido mucho, lo suficiente para llenarme de bríos porque mi vida yo… ¡Estaba faltó de valentía! Pero Silvia… Te sigo amando demasiado.

    —¡Estás diciendo güevonadas Rodrigo, basta ya!. —Me respondió Silvia, enfáticamente.

    —Yo ni me voy a acostar con él mañana o la otra semana y si lo hiciera, ten por seguro que no te abandonaré, jamás te dejaría por él, por más joyas y oro que me ofrezca, solo soy feliz junto a ti y con nuestros hijos. ¡Pedazo de idiota! Te amo, pero es verdad que ahora no sé cuánto me lleve perdonarte. Borrar tu traición te va a costar, eso sí te lo advierto, vas a sufrir bastante para lograr el perdón. —Y nos quedamos en silencio durante algunos minutos, mirándonos, asustados y temblando porque los dos sabíamos que existía mucho de verdad en mis palabras, a pesar de querer negarlo todo.

    —No sé, Silvia. No estoy muy seguro de esto, pero mi vida… Creo que en esta partida, si ganas tú y pierdo yo, o viceversa, finalmente mi amor, el botín apostado, terminará para los dos en nuestra alforja. Depende mucho de nuestra honestidad y compromiso.

    —¿Es en serio Rodrigo? Hallarías paz si… ¿Sí me acuesto con mi jefe y te hago un cornudo? ¿Pagándote con la misma moneda? —Me atacó Silvia con sus preguntas, más yo estando sereno, le respondí…

    —Creo que si descansaré de todo esto. ¡Y no! Te equivocas mi amor. Cornudo no me harás pues no lo harás a mis espaldas. Tú me dirás cuando y donde lo harás con él. El cómo, te lo guardaras para ti, eso sí. Igual tengo por seguro una cosa… ¡No vas a disfrutarlo tanto como yo te he hecho sentir! Y sí me equivoco, no digas nada mi vida y solo enséñame lo que hayas aprendido con él.

    —¿Y para qué? ¿Para qué sufras pensando en que me deshice gozando con otro hombre más que tú? —Me preguntó–. Esa es la dificultad en él. ¿No lo entiendes? Sufre de pensar que no es lo suficiente buen amante para hacer gemir de gozo a su mujer. ¿Quieres ese problemita para ti también? —Mi esposa con enojo me preguntó.

    —No mi vida, porque tú y yo al contrario de ellos, sí que nos hemos disfrutado miles de veces, te me has entregado por completo y todo te lo he devuelto yo. Pero puede que nos falten cosas por aprender obviamente y si las compartimos en nuestra intimidad, aprenderíamos nuevas formas de ofrecernos más placer que el que nos hemos otorgado hasta ahora, para llegar a amarnos aún más.

    —Es una ridiculez, no creo que eso este bien. ¿O es que tu amiguita te enseñó algo que no hayas vivido junto a mí? ¿Es eso? ¿Fue tan bueno estar con ella? ¿Tan diferente y especial? ¿Sabes qué Rodrigo?… ¡Es mejor que dejes de llenarme la cabeza de cucarachas! Y ahora vamos a dormir. Yo a nuestra cama y tú, vete a soñar con las estrellas en tu famosa nave espacial.

    Y allí me dejó en el balcón, un poco menos embriagado, pero mucho más liberado de la prisión de mis celos.

    No pude dormir casi nada, así que sin desayuno madrugué para llegar antes que nadie a la oficina. Allí en la cocina me preparé una taza de oscuro café y en el baño terminé por arreglarme el maquillaje y perfumarme.

    —¡Buenos días Señora Dolores! —La saludé al verla llegar.

    —Muchas gracias señora Silvia. Buenos días tenga usted también. Madrugó hoy bastante. ¿Mucho trabajó pendiente? —Me saludó, interesada por conocer la razón de verme allí sentada en mi puesto de trabajo.

    —Un poco de informes aún represados, pero esta semana con seguridad me pondré al día, con todo. —Le respondí sonriente.

    Amanda llegó al rato y se dirigió de inmediato a mi encuentro. Pensativa, evaluando las palabras para saludarme y obviamente preguntarme como me encontraba después de haber visto a mi esposo con aquella mujer.

    —¡Hola mujer! ¿Cómo sigues? ¿Cómo te terminó de ir? ¿Rodrigo regresó anoche muy tarde? ¿Qué te dijo, que excusa te dio? —Muchas preguntas, todas ellas con sus respuestas tan disparatadas por culpa de Rodrigo.

    ¡Pufff! Suspiré. Y le respondí con rapidez, mientras por la puerta de la oficina Magdalena estrenando traje y mi jefe a su costado, ingresaban para trabajar.

    —Después a solas te cuento. Pero estoy bien y te recuerdo que lo de anoche debe quedar entre nosotras dos. —Y Amanda prudentemente se giró para saludar a los recién llegados.

    —Buenos días Silvia, cuando te desocupes podrías pasar a mi oficina y revisamos el informe por enviar a las dependencias principales en Nueva York. ¿Por favor? —¿Y de cual informe me hablaba él?

    —Por supuesto jefe, en un momento voy. —Le respondí.

    A los pocos segundos me vi asediada por Magdalena, quien sin haberse tragado el cuento de mis hijos, me preguntó qué había sucedido con mi esposo.

    —Nada mujer, en serio tuve que recoger a mis hijos pues Rodrigo estaba muy ocupado con sus compañeros y mi madre estaba muy cansada. Todo está muy bien con mi esposo. Llegó un poco bebido pero nada más. —Le respondí y con esas palabras me la quité de encima.

    Tomé una carpeta cualquiera del archivador con apenas tres hojas en su interior y me dirigí hasta la cocina. Serví dos tazas de café oscuro que yo ya había preparado y bandeja en mano, ingresé en la oficina de Hugo y le ofrecí su café y yo tomé el mío, dejando la carpeta y la bandeja a un lado, sentándome de nuevo en la silla frente al escritorio.

    —¿Todo bien con tus hijos? —Demostrando su preocupación me preguntó. —Si necesitas algo ya sabes que cuentas conmigo. ¡Te ves cansada! ¿No dormiste bien?

    —Estoy bien Hugo, un poco cansada y mis hijos están bien, aunque si tuve mala noche. Gracias por preguntar. ¿Te divertiste anoche? —Le pregunté

    —Aburrido sin ti pero me pareció inadecuado también abandonarlos en ese cumpleaños. Solo me quedé un rato más y me fui a casa. Con mis hijos y mi esposa. Juicioso como siempre, mi ángel. —Y pasó por encima de la carpeta su mano y acaricio la mía.

    —Hugo, sé que hablaste de mí con tu terapeuta y no, no preguntes como lo supe. Solo dime si es verdad que piensas continuar con el divorcio después de todo.

    —Pues sí Silvia, como lo pediste hablé de ti en la sesión, pero sin nombrarte. Y sí, creo que con mi esposa no vamos a llegar a ninguna parte. Solo pienso en ti. Es cuestión de tiempo, lo siento. —Me respondió muy seguro de sus sentimientos.

    —Ok, Hugo, está bien. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? ¿Sinceramente sientes algo por mí y que tu esposa ya no forma parte de tu corazón? —Le pregunté.

    —Hummm, hay algo aun, no te puedo mentir. Y tal vez nunca se vaya a ir de mí, pero es que ya no concibo, no puedo estar con ella. ¡Quiero estar contigo! —Y apretó con mayor fuerza mi mano diestra.

    —Hugo… ¿Qué tienes pensado hacer este fin de semana? —Le dije resuelta a terminar con todo. ¿O empezar con algo?

    —Tenemos un almuerzo con mis padres en su chalet de la Sierra. ¿Por qué la pregunta? —Y me liberó la mano, llevando la suya a su mentón.

    —Pues por nada en especial, puedo esperar hasta la otra semana. ¡Intenta disfrutarlo mucho! Comparte con ellos, con tu familia y deja de pensar en mí estos días. ¿Te parece? —Le dije yo.

    —Si está bien, lo intentaré… Silvia estas muy rara. ¿Sucedió algo ayer? ¿Te molesté? —Me preguntó demostrando su angustia por algo que él no causó, pero que finalmente se convirtió en la inequívoca fuente de una libertad que no pedí.

    —No Hugo, entre tú y yo todo está bien. Y va a estar mejor la otra semana. —Le dije sorprendiéndolo bastante.

    —Pero dime algo, mi ángel, que quieres de mí. No me dejes con la intriga estos días.

    —Tu siempre pidiéndome anticipos. Un beso primero que te di, verme totalmente desnuda después y no te lo merecías. Y ahora… ¿Te inquietas por algo que te diré la otra semana? Hummm, está bien Hugo, solo un adelanto para que te portes bien…

    Me fijé en el gris de sus ojos y colocándome de pie, desabotoné lentamente la blusa, solo tres pequeños y blancos botones; con mis dedos le enseñé la brillante cadena de oro y entre ellos, la figurita alada del ángel, balanceándose coqueta ante el fulgor del par de sus ojos grises.

    —Hugo la otra semana hablamos, pero no quiero que vayas a romper tu matrimonio por mi culpa. He decidido ayudarte, voy a estar contigo como tú has imaginado, solo así podrás aclarar tus dudas, derrumbar tus miedos y luego hacerle el amor como nunca antes a tú esposa. Prepara una salida conmigo para el próximo jueves. ¡Ni antes ni después! Dejaré que me sorprendas. Solo tú y yo, toda una noche para los dos.

    —Y ahora sí don Hugo… ¿Cuál de todos los informes vamos a revisar?

    Y sonriente él, tan placida yo, continuamos la mañana de trabajo aquel viernes.

    Continuará…

  • Cita con un cliente (Parte 1)

    Cita con un cliente (Parte 1)

    Saludos a cualquiera que haya decidido entrar aquí; este es mi primer relato y tal vez haya más, pero por ahora solo contaré sobre mi cita con alguien que conocí en el trabajo.

    Para empezar me describiré un poco para tener una idea de cómo soy; mido 173 cm, color de piel blanca, pero con algo de bronceado por trabajar bajo el sol, ojos cafés, pelo café que cuando esta largo se quiebra y a veces se hace algo tipo afro (lo cual me desagrada), delgado con músculos igual por trabajar y peso casi 70 kilos.

    Esto que contaré pasó hace dos semanas un día que utilicé mi día de descanso para verme con un alguien, un señor que conocí en el trabajo, como es típico al conocer a gente así él me pidió mi número a lo que le di tanto mi numero como mi perfil de Facebook y comenzamos a hablar sobre lo que nos gustaban como lugares, música, comida y rápidamente pasamos a hablar sobre si era activo o pasivo, con cuanta gente he salido, cosas que hacemos durante el sexo y demás.

    En un momento durante la plática me invito a salir con él a comer, pasear y también ir a un motel, yo la verdad lo pensé un poco, pero realmente me interesaba a salir y relajarme por lo que acepté y quedamos de vernos el siguiente lunes a las 11 am.

    El día llegó y me presenté en donde quedamos un poco antes de la hora, pero cuando llego él no me vio por lo que me acerqué a la ventana para llamar su atención y el abrió la puerta dándome una sonrisa y hablamos un poco dentro del auto sobre sus dudas de si me presentaría y las mías de ir.

    Después de algunos minutos me pregunto a donde me gustaría ir primero si ir a desayunar antes, a pasear o ir directo a el motel y claro acepte primero el motel al que nos dirigimos en su camioneta llegando a los pocos minutos donde después que se cerrara la puerta de la cochera de la habitación que nos dieron el directamente se abalanzó hacia mi dándome un beso, al separarse de mi subimos a la habitación en donde continuamos con los besos unos minutos mientras yo acariciaba sus nalgas y le daba algunas nalgadas con fuerza.

    Al poco el llevo sus manos a mi pantalón abriéndolo y bajándolo un poco para sacar mi verga, al momento de tenerla frente a él se sentó en la cama y directamente la comenzó a chupar y que bien lo hacía metiéndola hasta la mitad, masajeando mis bolas y chupándolas, succionándolas y volviendo a mi verga donde comenzó a chuparla más profundo; yo le sujete de su cabeza metiéndola hasta la base con velocidad disfrutando de su garganta unos minutos hasta que lo aventé a la cama y nos quitamos el resto de ropa al completo.

    Paro aquí por ahora subiré la siguiente parte mañana espero que lo esperen y felicidades si llegaron hasta esta parte.