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  • Inesperado viaje a la frontera

    Inesperado viaje a la frontera

    Nos conocimos de una manera inesperada, como suelen ocurrir las cosas que no se programan en la vida. Fue en un portal de internet de opinión y debate donde participaban personas de toda Latinoamérica. Tamara era mexicana, una profesional del área industrial de 28 años, casada hace cuatro, pero sin hijos. Yo vivo en Santiago de Chile, nos dedicamos a lo mismo, pero tengo 20 años más de edad.

    Coincidimos en muchas cosas y puntos de vista, nos intercambiamos correos y en cierta manera nos fuimos haciendo amigos. Una cosa lleva a la otra y comenzamos a hablar temas más personales, me contó de su vida y su intimidad. Eran un matrimonio joven y Tamara no se encontraba satisfecha, con mi experiencia supe escucharla, entenderla y ganarme su confianza, los correos subieron de tono, comenzaron los mensajes por WhatsApp y las video llamadas cuando ella quedaba sola en casa, hasta que llegó el día que luego de una conversación muy caliente por video llamada le pedí que se desnudara.

    Tamara a esta altura me complacía en todo lo que le pedía, primero se sacó la polera quedando en sostenes y luego bajó su buzo deportivo quedando solo con su tanga, era un conjunto blanco que la hacía ver más inocente y joven, su piel era como una porcelana, su pelo un suave rubio con brillos dorados, todo su cuerpo irradiaba juventud, le pedí que me bailara sensual y así lo hizo, luego le pedí que se sacara su sostenedor…

    Quedé perplejo al contemplar sus pechos, eran de mediano porte, pero eran de una doncella que nunca ha amamantado, sus pezones eran perfectos, sus aureolas rosadas, a esa altura yo solo imaginaba estar ahí chupando ese par de tetas, estaba en mi casa a miles de kilómetros y tenía una erección salvaje, luego le pedí que se pusiera en cuatro patas sobre la alfombra de su casa y me mostrara todo su culo con su tanga blanca. Ahí yo no aguante más y comencé a masturbarme.

    Tamara era delgada, pero con grandes caderas, estaba totalmente expuesta para mí, con esa ropa interior que contorneaba todos sus labios vaginales, en ese momento me enloqueció, su culo era perfecto, sus nalgas de piel rosada eran carnosas, su conchita era estrecha, solo quería estar ahí y montarla así mismo, en cuatro patas, mover delicadamente su tanga hacia un lado y partirle la panocha de un espolonazo, bombearla hasta reventar…

    Le pedí que se levantara y se sacara la tanga. Lo hizo de manera muy sensual moviendo sus caderas hasta que quedó completamente desnuda para mi… Fue un momento que nunca olvidaré, comencé a masturbarme mirándola, acerqué la cámara a mi verga para que Tamara la pueda contemplar, hice un primer plano de mi glande, de mis huevos y de las venas del tronco, podía ver su cara totalmente desencajada, estaba excitada, el deseo se reflejaba en sus ojos y en su panochita que estaba hinchada y jugosa. Comencé a masturbarme para que Tamara pueda ver, para que vea como me masturbo pensando en ella, finalmente le pedí que se sentara en frente de la cámara y comenzara ella a masturbarse.

    Ver como se acariciaba con sus piernas abiertas, como se tocaba y abría sus labios, ver como se mojaba y lubricaba su vagina dejando ver la flor que estaba ahí, Tamara no duró mucho y tuvo su primer orgasmo, por mi parte aceleré el ritmo hasta que eyaculé largos chorros de esperma, lanzando alguno de ellos sobre la cámara para que mi princesa lo pueda disfrutar.

    Hubo muchos encuentros de estos hasta que nuevamente se presentó un hecho inesperado, Tamara fue convocada a un congreso por su trabajo a Lima, Perú, en ese momento se selló el pacto, nos encontraríamos clandestinamente en la frontera con Chile en la ciudad de Arica. Ahí yo la esperaría con mi moto chopper para salir a recorrer la ciudad y finalmente poder destara y consumar nuestros más bajos instintos…

    Tamara voló más de cinco mil kilómetros, yo viajé en moto dos mil desde la capital a esta ciudad fronteriza del norte. El encuentro fue apasionado e intenso, como dos amantes que se encuentran después de meses o años quizás, salimos a recorrer la ciudad juntos en moto. Ella se vistió con unos jeans vaqueros, una polera ajustada y una chaqueta de cuero negra, lo que la hacía más coqueta era que no llevaba sostén y sus pezones se marcaban en la tela de la polera. Mientras cargábamos algunas cosas en las alforjas de la moto antes de salir a pasear, no pude dejar de contemplar su figura, sus pechos juveniles, su cabello levemente ondulado de un color castaño claro, sus labios, su cara de princesa y por sobre todo su hermoso culo, esos pantalones lo esculpían, me relamía imaginando que sería mía, sencillamente era hermosa…

    Tamara: Que hacía yo, me pregunté varias veces, mientras repegaba mi pecho sin sostén a su espalda, que tenía el que a pesar de los años me atraía, abría las piernas y dejaba que mi conchita algo húmeda se pegara a sus nalgas esperando que la sintiera. Las palmeras de la costanera y el pavimento eran los únicos testigos. ¿Qué hago, con un hombre más grande, eres una chamaca a su lado?

    Yo: que haces Tamara a miles de kilómetros de tu hogar, viviendo una aventura sin rumbo, viajamos por la costanera de una ciudad fronteriza, las palmeras y el mar nos acompañan, la brisa es fría en chile y eriza tu piel, endurece tus pezones, comienzo a recorrer tu pierna con una mano, lentamente la voy subiendo hasta llegar a tu entrepierna, sientes mis dedos, te acaricio la concha por encima del jeans mientras viajamos, puedo sentir la humedad de tus labios vaginales, miras las olas reventar y cierras los ojos, te abandonas, mientras sientes como te presiono con los dedos, explorando tu intimidad, tu boca entreabierta jadea la respiración, mientras instintivamente abres más tus piernas y comienzas a mover las caderas….

    Tamara: Sientes mi humedad claro que sí, sabes lo que provocas en mí, comienzo a moverme, ni siquiera siento el frío en mi piel, al contrario, estoy ardiendo, siento que hiperventilo, me repego más a ti. Eres el hombre de mis amores y sueños, paso de abrazar tu pecho a buscar ese animal que traes entre las piernas y que ya se empieza a levantar, no quiero distraerlo mientras maneja mi señor, pero no puedo contenerme, la vibración de la moto y tus dedos hacen un juego eléctrico en mi cuerpo, me muero por ser tuya.

    Yo: Tamara siento tus manos acariciar mi bulto, te dejo para que lo sientas, para que lo imagines dentro de ti, lo aprietas, acaricias el pedazo de carne que ya está en llamas, me clavas las uñas sobre el pantalón mientras los kilómetros pasan y pasan. A lo lejos diviso un puente sobre la carretera con un mirador, paro sobre él y estaciono la moto, te doy la mano y te ayudo a bajar, caminamos por la orilla del puente hasta un extremo, descendemos por un roquerío costero a la orilla del mar, una vez abajo del puente y con la briza marina inundando todo comenzamos a besarnos desesperadamente, con pasión, nuestras lenguas luchan ardientemente, te tomo de tu culo y te aprieto contra mí para que tu conchita sienta mi tronco, te comienzo a puntear, puedo sentir el calor y humedad de tu panocha, te abrazo con fuerza, te abrazo apasionadamente y te susurro al oído… hoy serás mía

    Tamara: Que caballero, me matas, me ayudas a bajar de su corcel de hierro, me tomas de la mano y me guías. Noto como en el asiento de piel de la moto ha quedado la evidencia de mi humedad y me avergüenzo un poco, pero tú pareces no mirar o haces como que no te das cuenta. Te sigo como borrego al matadero, pero con unos ojos en los que notas mi deseo de ser poseída por usted mi señor. Me hacen falta labios para besarte y manos para tocarte, me acercas a ti de las nalgas y me besas apasionadamente.

    Yo: con fuerza de doy vuelta, apoyas las manos sobre la pared del puente, bajo tus jeans y ropa interior, te tomo de la cintura y te levanto la cola, con mis manos abro tus nalgas y ante mí queda expuesta una hermosa vulva de labios turgente, hinchados por la excitación, brillosos por tus propios jugos y tu aro anal prístino y prieto, esperando el momento en que lo desflorare. Introduzco un dedo en tu vagina y comienzo a jugar suavemente con tu clítoris, comienzas a retorcerte de placer, con mi dedo totalmente lubricado por tus jugos subo hasta la entrada de tu ano, lo acaricio, te estremeces y se te eriza toda la piel. Finalmente te apunto con la verga, la refriego suavemente en tus labios vaginales, tu clítoris a punto de estallar, arqueas tu espalda y paras más la cola. Te contemplo, me siento un hombre afortunado, Tamara, princesa, a tus 28 años eres un manjar para mí, eres una muñeca, con delicadeza apunto el glande a la entrada de tu concha y para mi sorpresa tú te la clavas de un golpe apoyando todo tu cuerpo hacia atrás, jadeas de placer. Hago una cola con tus cabellos tomándote firme del pelo, te levanto la cara para que puedas mirar los autos y camiones que pasan, para que puedas ver las caras de los que manejan, sus miradas lascivas, sorprendidos al ver tus carnes desnudas bajo el puente a la orilla del mar, el espectáculo es lujurioso, quiero que te sientas usada como una prostituta callejera. Arqueas tu cuerpo y comienzo a galopearte, te estoy montando como a una puta, te empalo hasta los huevos. A lo lejos se pueden ver personas en la playa, las gaviotas graznan en el cielo y las bocinas de autos y camiones no parar al pasar. Ya nada importa, estamos aquí, viviendo un momento intenso, viviendo un momento único e irrepetible, el aroma de tu piel, el perfume de tus cabellos doraos se funden con el aroma del mar, te estoy culiando como a un salvaje, tus tetas saltan al aire en cada envestida tratando de seguir el ritmo, tus pezones al viento, tus ojos nublados. Has perdido toda razón del tiempo y lugar, sigo taladrando tu concha con fuerza y dureza, una nalgada, una segunda, una tercera, tus nalgas están rojas… comienza a jadear como hembra en celo, tu espalda se estremece, se contrae, aprietas tus puños. Tienes un orgasmo que es una explosión que recorre tu cuerpo, lo puedo sentir, acelero el rimo solo pienso en ti y descargo toda mi leche en tu interior, chorro, tras chorro hasta vaciarme completamente, eres mía… eres mía, desde hoy serás mi princesa

    Tamara: ¡Así mi amor! Con fuerza me volteas, sabes que me gusta, sabes que esos movimientos bruscos me matan y sabes que haré lo que me digas, siento tu verga acariciándome, ¡aaaah!

    Jadeo de ansiedad por sentirte dentro, y así es, me penetras como solo la experiencia sabe hacerlo, y grito para ti y grito tu nombre porque aquí y dónde me digas soy tuya, para ti soy una princesa, y eso quiero ser, tu princesita mala, consentida y a la vez quiero ser una zorra y que me trates como a una puta.

    Ahora te descargas y sentir toda tu leche dentro me hace correrme también.

    Intentas subir mi ropa interior, te detengo y me desnudo completamente para ti, mi tanga de encajes completamente mojada la guardo en la bolsa de tu chaqueta como recuerdo del día que me cogiste bajo un puente en la ciudad fronteriza del norte Chile, te prometo que coleccionarás más de estas.

    Ahora abrázame y bésame, bésame y júrame que hay más, que aún el paseo no se acaba, no existe pasado ni futuro, solo este momento único e irrepetible, solo este mágico presente.

  • Yo de cacería en la calle, para terminar follado en casa

    Yo de cacería en la calle, para terminar follado en casa

    Esa tarde fui de visita a casa de mi tía Claudia,  cada vez que bajo a la ciudad paso unos días en su casa, tengo muchos amigos cerca, los últimos tres años del colegio viví con ella y con mi tío José Eduardo, dos personas maravillosas, me trataban siempre con mucho cariño, siempre estaban pendientes de mí, el esposo de Claudia no podía tener hijos y por mas intentos que hacían ella no quedaba embarazada, por lo que yo se esa relación termino hace algunos años atrás, ya que una mujer le hizo creer a José Eduardo que esperaba un hijo suyo y claro era una decisión que él debía tomar, la otra mujer no quería ser la mala de la película, le dio un ultimátum, debería escoger, pero con las dos no podría estar, claramente la otra sabia de las ansias de el por tener un hijo y este en su loco afán de ser padre abandono a mi tía Claudia.

    Había quedado con mis colegas para celebrar el fin de semana el cumpleaños de Javi, veranito, playita, chicas, copas, lo ideal para unos muchachos solteros y sin compromisos algunos. Esa noche la pasamos de bar en bar, de un lugar a otro buscando donde aparcar y reventar la noche, pero ya habían cambiado muchos sitios y las chicas que habían libres estaban un poquito mal de puntuación, como que no apetecía arriesgar las ganas que teníamos de ligar.

    Ya sobre las 2 am me fui a casa a descansar y ver si para la siguiente noche cazábamos algo, a ver si valía la pena las 4 horas de viaje en bus, al llegar a casa, se oía la tele prendida y pensé que Claudia aún estaba despierta, la encontré recostada en el sofá, se había quedado dormida, evite encender la luz de la sala para no molestar y dejarla que descanse.

    Me fui directamente a mi habitación a dormir. Ya por la mañana me toco la puerta para saber si yo había llegado, ya que dice que se despertó sobre las 4 am y no me había sentido llegar, me pregunto si me apetecía tomar desayuno, luego si la acompañaba de compras al súper, ya que tenía la nevera casi vacía.

    Vale, le dije, vamos te acompaño, me duche luego de eso me fui a la cocina, al entrar en la cocina, la vi cerca de la ventana que da al patio donde se pone la ropa al sol, con el resplandor de la luz solar, note que no llevaba sujetador y como se le marcaban la puntilla de los pezones sobresaliendo por dentro del camisón casi transparente, además note que llevaba puesta una tanga color verde, intente no volver a mirar ya que podría notar que la espiaba, pero claro no era mi intención hacer eso. Mire sus redondos pechos marcarse por la suave tela del camisón que tenía puesto, yo creo que ella no sabía que yo estaba ya en su cocina, moví la silla en señal de que ya me encontraba dentro, me miro algo sorprendida, me dijo que la había asustado, ya que no había notado mi presencia, pues mira que bien pensé.

    Luego de terminar ella lo que estaba poniendo sobre las cuerdas, se acercó a la vitro, me pregunto que deseaba para el desayuno, como estaba un poco con la resaca, le pedí por favor unos huevos fritos, unas tostadas con un poco de zumo suficiente para mí. Ella mirando hacia la vitro, pude notar aquel camisón moldear ese redondo culo, ver esa silueta de arriba abajo, espalda descubierta, cada vez que giraba y se ponía de lado, ver como rebotaban esos pechos, porque no es por nada pero sí que tiene unos respetables pechos, ya que yo le estaba platicando de la noche anterior y ella por no dejarme hablando con su espalda, se giraba de lado, poder observar esa braguita color verde que incluso pude ver que un lado lo llevaba metido entre sus nalgas, seguro se había levantado y no había tenido reparo en notar ese detalle, que importaría, no creo haya reparado en pensar que yo le miraría el culo.

    El resto de la mañana continuo sin más detalles, yo me fui un rato a mi habitación, la que me dejo mi tía para pasar los días que estuviese en la ciudad, ella por lo que me dijo, se daría una ducha y luego iríamos a hacer unas compras, salimos al súper a comprar lo necesario ya que como normalmente está sola en casa y yo no me iba a quedar muchos días, no quería comprar más de la cuenta, bebimos algo y ya que estábamos fuera almorzamos en un restaurante cerca de su casa. Se había puesto una falda blanca, esas que son anchas y se levantan con el viento, no podía dejar de mirarle el culo cada que podía, ahora llevaba una braga más ancha, pude ver que ahora era de color rojo, que bien le sentaba.

    Aquella tarde volvimos a casa sobre las 5 pm un poco cansados la verdad, hace un calor asfixiante en esta época del año, yo me fui a dar una ducha y ponerme algo más ligero de ropa, habíamos quedado en ver una peli más tarde, ya que por la noche yo tenía una cena con mis colegas del instituto y a ver si hoy pasaba algo con las chavalitas.

    Al entrar en el salón de ver la teve, vi a Claudia tumbada en el sofá, completamente dormida, una pierna ligeramente apoyada sobre el respaldar del sofá y la otra pierna estirada, recta completamente, me quede parado observándola durante un momento, mire sus tetas desparramadas sobre su pecho, creo se había quitado el sujetador, el leggings de color negro, que se habría puesto para estar más cómoda por casa, se le había metido más de la cuenta a su rayita, se la marcaba total, no pude dejar de mirar durante unos momentos la verdad.

    Me gire para salir de la habitación y dejar que descansara un rato más, pero su voz me detuvo, pasa sobrino me dijo Claudia te gusta lo que ves? anda no seas tímido y acércate un poco, me quede dormida esperando salieras de darte una ducha, debes de estar fresco ya, estaba muy fría el agua, sabes, me gusta mucho el agua fría, viene bien para estos calores, pero mira que tímido me saliste, crees que no me he dado cuenta de la forma en que me mirabas aquella mañana en la cocina, que no sacabas tu mirada de mis pechos o de mis bragas que llevaba puestas esta tarde, dime que te gusta, mis pechos o mi culo en bragas.

    Anda ven párate a mi lado, oh pero mira como tienes ya la verga, esta así por lo que he dicho, o por lo que vez, sabes me he quitado el sujetador y ahora mismo lo estas pisando, anda dámelo sí que a este sujetador le tengo mucho cariño, me lo pongo en ocasiones especiales, me acomoda mucho las tetas y no me las presiona tanto, sabes las tengo muy sensibles y cuando me aprieta mucho algún sujetador, la paso fatal, caliente todo el día.

    Pero levántalo y ponlo en mi mano, ah veo que te gusta cómo se marca mi coñito, debes de saber que la braguita que llevo puesta va a juego con el sujetador, si ya me he dado cuenta que te gusta más mi coñito no es así, que, te gustaría mirarlo, te gustaría saber cómo lo tengo, te gustaría saber cuál es la combinación sujetador-braga, pues si tú quieres y estás de acuerdo podría mostrarte, pero vamos cariño, quita esa cara, espera que me saco el leggings sí, me está haciendo un poco de calor y yo aún no me he bañado.

    Si anda ayúdame a bajarlo, si eso es, veo que vas por buen camino, ahora, espera que levantare un poco las nalgas para que no tengas que hacer mucho esfuerzo, si, mejor así, despacio, vez ahora el color de mi braguita, te gusta, pero toca para que sientas lo suave de su tela, ah quieres quitarme los pantalones primero, bien, me gusta eso, sigue sacándome los pantalones entonces, listo lo tienes ya dime ahora que te parece lo que vez ahora si quieres tocar mis braguitas, pues adelante, tócame las bragas, siente sus detalles, sus finos dibujos, observa bien sus bordes, espera que abro un poco mis piernas, para que sigas acariciando, eso es, despacio, con calma que nadie va a molestar, si así es, estamos solos tu y yo.

    Despacio toca mi coño sobre mis bragas, eso es, frota despacio mi coñito, no, no metas ningún dedo, no lo intentes, aun no cariño, que no hay prisa, frótame despacio el coñito, si así, despacio, sin prisa y sin pausa vale, eso es lo tienes ya, sientes como me voy calentando, vas sintiendo como va poniéndose por encima de mi braga la calentura, ahora sentirás lo mojada que estoy, lo húmeda y excitada que me estas poniendo, no seas ansioso que todo llegara, sigue así y no pares, anda despacio y llegaras lejos dicen.

    Eso es sobrino, tócame por encima de la braguita, te gustaría que me la saque verdad, pero no¡¡, aun no, que debes ponerme a cien, sigue despacio en círculos, uy si, que bien lo estás haciendo, eso, frota la palma de tu mano sobre mi coñito, anda ven, acércate a oler, asoma tu nariz, te gusta oler mi coñito, te gusta lo que vez, mira me mojaste la braguita, anda siente mis fluidos, uy espera, espera, no quieres que me lave, no, pues sigue, anda, mete tu lengüita, ay que rico, que lengua juguetona que, uff, uff, madre mía chiquillo, como me estas poniendo el coño joder, si sigue eso lame de arriba abajo, ayyy que puntita que tienes, ahora si bájame las bragas, no quieres que me las quite en serio, te excita que las tenga puestas, ohhh pues vale, que se sigan mojando entonces.

    Me permites que baje tu short, pero mira que paquete más bueno tienes aquí entre las piernas, hagamos un trato si, tu sigue frotando mi coñito, que yo me encargo de tu verga si, veamos que puede hacer y que tanto resiste. No dejes de acariciarme el coñito si, uy si estoy súper mojada, mira como sacas los dedos de dentro, que rico, anda deja que me siente, me meteré todo esto a la boca, aunque muera en el intento por no quedar atragantada, espera que era broma, déjame disfrutar poco a poco, centímetro a centímetro, oh mira que huevos cuelgan aquí, me los meteré a la boca también, que golosa que soy pensaras, pero es por el tiempo que llevo sin follar sabes, y el consolador se quedó sin pilas hace dos días.

    Corre la cortina que nadie vea que estamos aquí, espera que me coloco a cuatro patas si, ahora métela despacio corazón, espera, espera que me corro la braga, te excita verdad que aun la lleve puesta, pues que siga ahí, uhm que, si, si, la clavaste, si cógeme bien las nalgas, eso me gusta, dale, dale, no pares, tenerla en esa posición y metiéndole toda mi verga hasta sus entrañas era muy fuerte, como gemía, como gritaba, como pedía que le diera de cachetadas en el culo, le sujetaba de los hombros y más se lo metía, más se lo introducía, más la penetraba, es que no dejaba nada fuera, era una devoradora de penes la guarrilla de mi tía.

    Nos tiramos al suelo, sobre la alfombra que había y se colocó sobre mi verga, sin decir nada, ya estaba poseída por mi verga, se corrió ligeramente la braga y siguió meneándose sobre mi verga, no dejábamos de sudar como unos cerdos, pero a nadie le importaba, seguíamos gozando, yo de su vagina chorreante de fluidos y ella de mi verga erecta y dura como una piedra, la cambie de posición y nos sentamos sobre una silla de madera que tiene en el salón y la senté de una, ella intento decir algo pero era ya muy tarde, aquella silla quedaría impregnada de tanta lujuria, deseo, pasión, corrida y de todo.

    Ella sentada en mi verga y mi boca sobre sus tetas, me ponían mucho sus pezones, rosaditos, pequeños, sin bellos y sin haber sido castigados por nadie, me comí esos pechos de lado a lado, mis manos entre sus nalgas cada vez que la levantaba y la sentaba de golpe sobre mi verga y a la vez sobre sus pechos exprimiéndolos y mi boca devorando tremendas tetas, aun me faltaba un poco para terminar y creo que a ella también, no recuerdo haber sentido tanta humedad en alguna mujer, intente que se ponga a cuatro en la silla pero se le dificulto un poco, bueno la silla tampoco era para hacer malabares, pero resistió bien las sentadas.

    La cargue y la lleve al sofá, al lugar donde empezó todo, al lugar donde perdimos los formalismos y nos lanzamos a la lujuria, esta vez le saque las bragas, ya estaban muy mojadas y creo que a ella también le comenzaba a fastidiar, me tire sobre ella y para mi verga no fue difícil encontrar el camino, estaba muy húmeda la entrada y eso lo hizo más cómodo, ya dentro de ella y ambos gimiendo como locos, nuestros cuerpos sudados ya a punto de quedar rendidos por tanto sexo, por tanto desgaste genital y a punto de explotar, decidimos terminar de una vez y poder recobrar la cordura que nos había llevado a esta explosiva manera de follarnos el uno al otro, sin más que dejar que nuestros instintos carnales y lujuriosos se hagan cargo de la situación y liberen esta insatisfacción acumulada por tanto tiempo.

  • El primer orgasmo

    El primer orgasmo

    Algunos años atrás, cerca del 2014, conocí a César,  un chico bien parecido, de cuerpo atlético y bien definido, con una sonrisa encantadora y con un toque de simpatía y arrogancia. Era el típico jugador de soccer, popular, engreído y con fama de mujeriego.

    Jugaba para la universidad y por azares del destino, tuvo que esperar 6 meses para entrar con mi grupo y recuperar sus materias. Todas morían por él, lo seguían a cada paso. A mi me parecía alguien normal. Jamás pensé todo lo que viviría.

    Yo, una chica de 1.65, con barriga, senos grandes y piernas largas, no era la mujer más guapa, no destilaba sensualidad como las demás.

    Todo empezó por una solicitud de amistad en mis redes sociales, César me mandaba mensajes siempre, me llamaba para desearme un buen día, o una buena noche, me visitaba o me invitaba a cenar. En un año empezamos a entablar una relación, pero nunca definimos lo que éramos, cogíamos en un motel cada 2 días, o a veces en su carro en un estacionamiento abandonado, su miembro no era de gran tamaño. Le gustaba correrse en mis senos, en mi cara. Yo nunca tuve un orgasmo causado por él, terminaba tocándome en mi casa viendo algún video erótico.

    Un día, me pidió mi celular para conectarse y enviar un mensaje, él olvidó cerrar su sesión y vi mensajes de otras mujeres con las que tenía sexo los días que no nos veíamos. Me destrozó por completo el darme cuenta que me negaba por estar «gorda», y decía que le daba pena que nos vieran en público.

    En uno de sus partidos conocí a Carlos, quien era su mejor amigo y jugaban en el mismo equipo.

    -Hola Lovely, soy Carlos, voy en el salón a lado del tuyo, mucho gusto.- Me dijo mientras estrechaba mi mano y con una sonrisa pícara.

    -Mucho gusto Carlos, que mal que no te recuerde, pero me alegra conocerte. – Le respondí mientras agachaba la mirada y notaba el bulto que quería romper sus pantaloncillos.

    Carlos en comparación con César, era un hombre con barba, musculoso, muy guapo, simpático y muy bien dotado. No tenía fama de mujeriego, era una persona muy amable y dedicada a sus hermanos y papás.

    Un día a la salida de la universidad, miré a Carlos esperando el bus, y le ofrecí un aventón, curiosamente él vivía a unas calles de mi casa, él aceptó y lo llevé a donde vivía. Durante el camino, empezamos a platicar de nuestra vida, de los gustos, y relaciones.

    -Lovely, ¿qué tienes con César? ¿Son pareja?- preguntaba con curiosidad.

    -La verdad, no lo sé, a veces pienso que no somos nada y en otras ocasiones siento que somos pareja, pero en realidad no está definido.- Respondí con la voz entrecortada.

    Él sonrió y tomó mi mano, dejándome saber que el sería mi confidente.

    Con el paso de los meses empezamos a convivir más, nos hicimos muy buenos amigos. Una noche en mi casa tuvimos una reunión de amigos, a la cual César no quiso asistir ya que no quería relacionarse con mis amistades, pero para mi sorpresa Carlos llegó por ser invitado de mi mejor amigo Enrique.

    Entre el alcohol y la hierba, empecé a bailar en los brazos de Carlos, mis amigos uno a uno se fueron yendo. Nos besamos mientras sus manos me acercaban más a él, yo ponía fuerza, pero me debilitaba al sentir su miembro entre mis piernas.

    -No te alejes, sé que lo deseas también.- Me susurraba al oído mientras desabrochaba mi sostén.

    Empezó a lamer mis senos y a morderlos, mis pezones duros le hacían saber que estaba excitada, poco a poco comenzó a quitarme la falda, y noto que no usaba panty e introdujo un dedo en mi vagina húmeda, me tumbo en el sillón mientras se hincaba, con su mano separo mis labios vanidades, empezó a introducir su lengua:

    -Carlos, cógeme, quiero sentir tu pene dentro de mi, por favor. -Suplicaba, mientras el me hacía el mejor sexo oral de mi vida.

    Al contrario de mi petición, el siguió chupándomela hasta que me corrí en su boca, era el primer orgasmo que me provocaba un hombre.

    Él me tomó por la cintura, me hincó, y me puso el pene en la boca, empecé a lamerlo, y luego lo puso entre mis grandes senos, mientras tiraba de mis pezones, él se venía en mi boca, me trague su semen, se limpió un poco, me levanto y me acostó en la cama, intento metérmelo pero mi estrechez y mi grito de dolor lo detuvo. Tomó lubricante y poco a poco empezó a introducir su gran miembro en mi vagina, entre dolor y placer empecé a gemir, me voltee y le di la espalda, me tomó de la cintura y me embistió, jalo mi cabello y azotó con su mano mi glúteo, ese golpe detonó en mi un deseo incontrolable.

    -Carlos cógeme, hazme tuya, hazme tu puta. -le repetía entre gritos ahogados de placer.

    -Lovely, tú ya eres mía. -Me respondía mientras me embestía fuertemente.

    Nos corrimos al mismo tiempo, el dentro de mi, se recostó a mi lado y me beso apasionadamente, con sabor a sudor y sexo. Al amanecer se vistió y se fue rumbo a su casa.

    César llamo a las 7 de la mañana y me aviso que estaba afuera de mi casa, me puse una bata, y salí, con las piernas temblando, con sudor de otro hombre en mi piel, y con semen en mi boca, me besó y me abrazó, sé que mi aroma, y mi sabor le extraño, me miraba con duda, pero esa es otra historia.

  • La revancha (09): El final (segunda parte)

    La revancha (09): El final (segunda parte)

    No sabéis quien ha ganado, solo podéis intentar respirar, coger aire mientras vuestros corazones van a mil, Nuria salta del sulkie, te quita el mordedor, te abraza, te llena de besos, te acaricia. A tu lado, en el sulkie de Zuleia, Yoha también acaricia y besa a su madre.

    Miras la pantalla, ves la repetición de la entrada, tu corazón casi se para al ver que has sido tú quien has cruzado en primer lugar, a tu lado con la cabeza baja Zuleia no deja de llorar, Nuria se abraza a ella, la besa, le dice que es tan ganadora como tú, Yoha se acerca a ti, y acariciándote las mejillas te felicita. Al momento llegan vuestras compañeras, todavía impactadas por vuestra llegada, por vuestro esfuerzo, por estos pocos centímetros que han separado más de 20 kilómetros de lucha y esfuerzo.

    También llegan las amigas de Nuria, miras a Joanna, desnuda y esclava, una mirada de complicidad os hace sonreír, todas te felicitan, te besan, te acarician, pero solo ella te comprende, solo ella te envidia. Se acerca y restriega su hocico con el tuyo, tú la miras y con la dificultad del mordedor que llena tu boca, le dices que algún día será ella quien azotada, sudorosa y dolorida, sienta el placer de terminar y ganar una carrera como esta. Ella baja la cabeza, Luna tira de su correa, y se la lleva a una zona habilitada para empezar a domar a las esclavas novicias.

    Me ves, tiras tus hombros hacia atrás, levantas tus pechos, sonríes orgullosa, mientras no dejo de besarte, de acariciarte, de recorrerte entera con mis labios y mis manos, gruñes un poco cuando mis dedos tocan tu sexo penetrado aún por esta barra que ahora sí te duele horrores, Nuria tensa nuevamente tu mordedor, y tirando de tu correa te lleva hasta el escenario donde está el pódium, delante de ti el sulkie de Yoha, Zuleia tira con fuerza del carro para subir esta pequeña rampa, una vez arriba, con unos ligeros azotes Yoha la hace girar, quedando de cara al público. Ahora es Nuria quien tira de ti, quien te hace subir, arriba te pones junto a tu rival.

    Miras a la gente, no falta nadie, delante vuestras compañeras, las yeguas con quienes compartisteis hace 20 años la primera carrera, están gritando como locas y con sus manos zarandean los cascabeles que llevaban colgados en sus pechos, miras a Zuleia, ella medio te sonríe, mueves un poco tus pechos y al momento, giráis la cara, miráis a vuestra amigas y las dos zarandeáis con fuerza vuestras tetas haciendo sonar vuestros cascabeles. Sigues mirando, allí están tus compañeros de correos, aplaudiendo a rabiar a la cartera más valiente y sensual que nunca han conocido. La gente de la agencia de viajes de Zuleia, la aplaude, le lanza besos, le gritan lo orgullosos que están del esfuerzo y la valentía de su chica, Zuleia les sonríe y algo más contenta levanta también sus hombros, mientras saluda bajando y subiendo la cabeza, y moviendo una de sus patas. También están las amigas de Yoha, las de Nuria, tus compañeras de las reuniones “de mamas” y decenas, centenares de desconocidos que ya son vuestros seguidores más fieles. Zuleia se fija en mí, y sobre todo en mi compañero, junto a mí está su enigmático desconocido, que no deja de mirarla, no sonríe, no aplaude, simplemente la observa. Ella coqueta mueve su cabellera, sus pechos, lanza un par de bufidos y sumisa baja la cabeza.

    Eva sube al escenario, un ligero movimiento en las correa de Zuleia, hacen que la yegua avance unos centímetros, Eva pone en el vestido de Yoha una medalla de plata con una herradura en relieve justo en el centro. Luego pone en el cuello del animal un collar con una pequeña herradura de plata colgando de una argolla. Yoha hace retroceder a su esclava. Ahora es Nuria quien te hace avanzar, es vuestro turno, me habéis puesto de los nervios, cuando habéis lanzado el ataque desde tan lejos, pero al final lo habéis conseguido, madre e hija luchando juntas, cabalgando juntas, compartiendo el placer del látigo, ella en su mano y tú en tu piel. El aplauso es total, atronador, Eva coloca en el pecho de Nuria la medalla de oro, tu niña está llorando de emoción mientras, montada en su sulkie, Yoha aplaude con todas sus fuerzas., todos aplauden, igual que antes lo hicimos con Zuleia. Bajas la cabeza, mientras Eva pone en tu cuello el collar con la herradura de oro, mojas tus mejillas con lágrimas, toda la carrera pasa por delante de ti en un instante, las compañeras separándose de vosotras, aquella recta inmensa, las zarzas clavándose en tu piel, el repiquetear brutal y cruel de la barra en tu sexo inflamado, el sudor de este sol de verano quemando tu piel, el asco y el miedo cuando han hundido tu cara en el estiércol, la entrada en el circuito entre gritos y aplausos, y este final agónico en el que has conseguido cruzar la primera. Un tirón de tu correa te hace volver a la realidad, es hora de ir ya hacia el establo.

    Apenas son trescientos metros, pero la gente se agolpa junto a vosotras, quieren felicitaros, tocaros, acariciaros, todos están orgullosos de vosotras, de las dos, el camino se alarga durante más de media hora, os hacen fotos, quieren selfies con su yegua preferida, os besan, acarician, os dan ánimos, también aplauden a Yoha y Nuria, se hacen fotos con ellas, les preguntan mil cosas y ellas intentan responder, sonreír y agradecer a cada una de aquellas persones su intereses y su aprecio por vosotras.

    Finalmente llegamos al establo, poco a poco os vamos quitando vuestros mordedores, bozales, la cola, todo el correaje, os desatamos los brazos, y con todo el cuidado posible os desenganchamos del sulkie. Una vez libre corres hacia Zuleia, y las dos os fundís en un abrazo largo e intenso. Tras unos minutos, le digo a Yoha, a Nuria y a ti, que salgamos, Zuleia merece un poco de intimidad, os sorprendéis, pero con una media sonrisa de Yoha y mía, entendéis que hay algo más, y salimos los tres.

    Tumbada en un rincón, sola, sucia y mugrienta, Zuleia no deja de llorar, en un ataque de rabia se ha arrancado el collar con la herradura y lo ha lanzado lejos. Se acerca alguien, ella le ve, sorbe sus mocos, intenta limpiarse la cara, ocultar sus ojos llorosos. Su amante desconocido la levanta por sus pechos, va girando a su alrededor, toca su culo azotado, su lomo en carne viva, se entretiene en su vulva hinchada, sus piernas marcadas por las zarzas, acaricia sus pechos castigados por la fusta, pasea sus dedos por cualquier rincón del cuerpo de la esclava, Zuleia está inquieta, nerviosa, quiere abrazarlo, besarlo, pedirle perdón por haber perdido la carrera. Él no tiene prisa, le encanta jugar con sus nervios y sus miedos. Le pone otra vez su collar y le enseña otro en el que hay dos herraduras, una de oro y una de plata, es el que de mutua acuerdo con Yoha y Nuria hemos decidido que llevéis las dos a partir de ahora, se lo pone, ella lo agradece con su mirada. Girándola le ordena que se ponga a 4 patas, la agarra por sus caderas y de un golpe entra su verga en el culo de la esclava, Zuleia lanza un chillido, pero se muerde los labios para no quejarse, mientras, él la mueve con su verga ensartada en ella y empieza a hablar… le dice que su nombre es Raül y que esta mañana antes de empezar la carrera, la ha comprado a Yoha, ahora le pertenece, Zuleia se estremece con estas palabras, mientras el dolor de aquella tranca cada vez más gruesa y dura clavada en ella va dando paso a un leve cosquilleo de felicidad y de deseo, Raül le acaricia sus nalgas y su espalda, mientras sigue hablando… será su esclava a tiempo completo, la follara y la castigara siempre que la apetezca, y si ella le demuestra que es capaz de mejorar, tal vez la preparare para “el desempate”, Nuria y Yoha están de acuerdo, en organizar un nueva carrera.

    Pero antes de empezar su doma y adiestramiento, necesita saber cuál es su palabra de seguridad, ella recuerda la primera vez que la azote y sin dudarlo dice que su palabra es vainilla tres veces seguidas. Raül le dice que si quiere volver a su vida anterior, ahora es el momento de decirla. Zuleia orgullosa y sumisa, excitada y caliente, estruja con sus nalgas la verga que la penetra y satisfecha nota como su dueño se vacía dentro de ella. El placer blanco y espeso de su amo, la llena y baja jugoso y caliente por sus muslos.

    Él deja que se desenganche de él, Zuleia de rodillas, le mira, tira sus hombros hacia atrás, le muestra satisfecha su cuerpo castigado, empapado en barro y sudor y con voz firme responde… “Gracias amo por adquirirme, seré una digna esclava de su verga y de su látigo, seré suya hasta que usted decida venderme o regalarme, mi único límite es su placer y su imaginación” , al instante engulle la verga y va limpiándola con la boca, nota en sus labios el sabor del semen de su dueño y de su propio culo sucio y sanguinolento, sigue besándola, lamiéndola, restregando sus mejillas por ella, mientras sensual y caliente mueve sus tetas, su culo. Vuelve a engullirla, y traviesa y pícara nota como poco a poco va creciendo, como engorda más y más entre sus labios, Ella se separa, él la mira, Zuleia se tumba en el suelo, separa sus piernas y se relame los labios, mientras se acaricia su vulva, su clítoris. Raül le dice que su sexo está muy inflamado y que le dolerá. Ella sonríe con sus mejillas sucias del placer de su dueño, separa aún más sus piernas, levanta su culo y se contornea, ya sabe que le dolerá, que seguramente no sentirá ningún tipo de placer, pero quiere sentirlo dentro de ella, quiere ofrecerle su dolor y su cuerpo castigado. Raül se tumba sobre la esclava, la agarra por sus muslos azotados y va entrando lentamente su verga hasta el fondo, Zuleia llora y chilla, pero sus manos lo agarran con fuerza por su culo y lo estruja con fuerza contra ella, él se mueve, ella sumisa sigue el compás de la verga de su dueño, él golpea una y otra vez hasta el fondo el coño de la esclava, ella con lágrimas en los ojos, sigue agarrada a él, siente como se corre, como un chorro blanco y espeso vuelve a llenarla, y Zuleia con un hilo de voz entrecortada le da las gracias. Él la besa, la acaricia, le susurra y la esclava abrazada a su dueño, siente su cuerpo sobre sus pechos, su verga retozando dentro de ella, sus labios besando su cara. Hoy la victoria ha sido para ti, pero abrazada su dueño, feliz y satisfecha, orgullosa de haber encontrado a alguien como Raül, sabe que hoy, ella también ha ganado.

    Epilogo

    Tras la competición, todo fue volviendo a la normalidad, casi cada semana Zuleia y tú os llamáis, quedáis para desayunar o para merendar tras un duro día de trabajo, charláis de vuestras cosas, de esta nueva competición que se adivina en un futuro más o menos lejano, de cómo os cuidan vuestros compañeros en la agencia de viajes o en correos, de cómo os excita sentir sus miradas en vuestra piel ahora que os han visto en todo vuestro esplendor. Zuleia te habla de sus castigos, de cómo día tras día, su dueño la hace gozar y sufrir, la penetra una y otra vez hasta que se corre berreando como una cerda, aunque a veces la hace enfadar follando con otras hembras, mientras ella encadenada y azotada, les mira y les excita con sus gritos y sus gruñidos. Tú también le muestras orgullosa las marcas del látigo dibujadas en tu piel, le cuentas que Nuria y su novio a veces te sacan a pasear tirando de tu correa y relames golosa toda la leche que rebosa del coño de tu niña cuando follan una y otra vez. Un dia Zuleia, inquieta te dice que su dueño tiene algo pensado para ella, los nervios la tienen loca, no consigue saber que es, tiene miedo de que su amo quiera una hembra más joven, o simplemente se haya cansado de ella. Tú intentas tranquilizarla, calmarle y te muerdes los labios para no sonreír y decirle lo que le prepara Raül. No hace falta, justo una semana después Zuleia orgullosa y emocionada te da un sobre para mí y para Nuria, en el Raül nos invita al marcado a fuego de su esclava, y pide que te llevemos con nosotros para poder gozar de nuevos castigos, placeres e ideas, en la piel desnuda y marcada de nuestras potrillas.

    P.D.

    Terminaron las aventuras de Nuri y Zuleia, ellas junto con Nuria, Yoha, Eva, Lidia, Vane y el resto de personajes, vuelven a su viejo desván, oyen como gira la llave cerrando su puerta, sus cuerpos hechos de fantasía e imaginación van desapareciendo lentamente en el silencio. Si quieres, ya sabes dónde están, puedes abrir su puerta y con tus palabras, tus sensaciones o tu opinión hacer que algunas de ellas, o quizás todas vuelvan a despertar. Ellas sumisas y obedientes compartirán contigo su sudor y sus gemidos, su placer y su dolor, recorrerán cada centímetro de su piel con tus dedos jugueteando contigo, vivirán nuevas aventuras, castigos y caricias. O también puedes cerrar el desván y poner punto final a sus aventuras y relatos. En ambos casos, decidas lo que decidas, gracias por haber compartido parte de tu tiempo conmigo, gracias por imaginar, excitarte, enfadarte y disfrutar de una historia, que desde el primer momento en que la empezaste a leer, ha sido tan tuya como mía.

    Si te apetece, la llave con la que abrir su puerta es [email protected]

    Suerte y hasta siempre

    Kimbocat

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (17)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (17)

    Salió más relajado de la ducha y con una sonrisa de oreja a oreja. Con el pijama puesto se acercó a la sala donde se encontraban sus padres. Divisó un rato una serie de la cual ni siquiera tenía conocimiento, pero que sus padres veían con atención y esperó a que el capítulo terminase.

    —Mamá, ¿me podrías ayudar a hacer algo de cena? —le comentó el joven queriendo hablar con ella sobre la novedad de Marta.

    Quería tener la confianza que poseía con su tía, una confianza más similar a amigos que a familiares, este sería un buen momento para comenzar a labrarla.

    —¿Quieres que te ayude o que te la haga? —respondió Mari con una sonrisa irónica levantándose de al lado de su marido.

    —Yo ayudo, ya verás.

    No colaboró en nada. Apenas llegaron a la cocina, la mujer se puso a preparar unos sándwiches mientras el joven se sentaba en la mesa a esperar. Eso sí, mientras esta cogía los ingredientes, Sergio aprovechó el momento para empezar con lo que de verdad le interesaba.

    —Tengo que contarte algo —no esperó a que su madre le preguntase. Lo soltó de una vez— Marta y yo, ya no estamos juntos.

    —Vaya… ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —Mari se había girado al momento asomando en el rostro unas gotas de preocupación.

    —Sí, sí, esta vez ha sido diferente. Creo que no somos del todo compatibles y lo hemos dejado como amigos… aunque bueno, ya sabes eso de amigos, quizá no volvamos a hablar en la vida. Pero puedo decir que esta vez, todo quedó bien.

    —Pues si estás bien, me alegro, cariño. —la mujer siguió preparando la cena y desde su posición comentó— Sinceramente, creo que las segundas partes no son buenas. Cuando una pareja rompe es por algo y ese algo… es difícil que después cambie, incluso suele quedar resquemor.

    —Me parece que es justamente lo que nos pasa.

    —¿A ti te sigue gustando?

    —Claro, y la sigo queriendo. Pero ha sido la mejor decisión que podíamos tomar. Lo hemos hablado en la universidad, se lo he comentado e incluso nos hemos despedido con un abrazo. Hemos vivido mucho juntos y eso siempre quedará para nosotros.

    Mari que preparaba la cena de su hijo dándole la espalda, no pudo guardarse una sonrisa que le surgía desde su interior. No le gustaba aquella chica para su hijo, porque en verdad se había dado cuenta hacía poco, que ninguna le gustaba para él. ¿Entonces quién podría ser la indicada? Esperaba que en algún momento se casara y tuviera hijos, pero de momento, le gustaría que estuviera solo.

    Por mucho que se quisiera engañar, sabía muy bien por qué prefería que su pequeño no tuviera pareja. Trataba de pensar que aquello era una idea disparatada fruto de una mente que cada día estaba más alocada, pero no lo era. “Ahora Sergio tendrá más tiempo… podríamos hacer más cosas juntos” pensó mientras ponía la lechuga sobre el pan de molde.

    La idea de tener planes con Sergio le hacía estar más feliz que… ¿Junto a su marido? Tristemente, era así. El día del cine había sido tan perfecto que esperaba otra invitación por su parte, sabía que en época de exámenes no sucedería, pero ya habían terminado, “ojalá tenga un plan para los dos”.

    Sergio seguía hablando de la relación rota con Marta, sin embargo su madre surcaba pensamientos del todo inapropiados sin escucharle. Últimamente se cuidaba más, vestía algo mejor, sin ropas rotas o camisetas usadas de sus hijos. Todo aquello era por quererse más o ¿por alguien más…? La segunda opción era la más acertada y en el fondo lo sabía.

    Durante este último mes había estado pensando más en sexo, algo que tiempo atrás apenas le hacía perder uno o dos minutos al día. Desde la visita a su hermana un pequeño picor interno había regresado a su cuerpo y sobre todo desde las fiestas navideñas se acrecentó. Logró con éxito par de orgasmos en unas relaciones algo… pobres… con su marido durante todo enero. Misionero y ella arriba, no pasaron de ahí. Pero al menos, y casi con la primera introducción, consiguió un clímax muy satisfactorio, quizá por la poca falta de coitos o quizá porque llevaba una temporada más… caliente de lo normal.

    Mientras ponía unas lonchas de jamón cocido, recordó la última relación sexual con Dani. Había sido un día en el que su hija no estaba y por la tarde Sergio había ido a un examen. Ella le había puesto bastante pasión, sin embargo su marido apenas aportó… estaba cansado. Era normal que estuviera así, tenía mucho trabajo y se deslomaba, pero siempre era lo mismo.

    Lo más difícil de asimilar para ella había sido el precoito. Todo aquel día se había levantado con un pensamiento en la cabeza. Quizá lo habría soñado o simplemente su mente le había traído una conversación con su hermana donde hablaban de un miembro sexual… el de Sergio.

    Las imágenes vividas aquel día hace tanto tiempo en el que le vio masturbarse la habían machacado toda la mañana. Veía a la perfección los dedos aferrar la carne mientras venas repletas de sangre bordeaban el tremendo tronco. Era una imagen que nunca le había agradado, salvo ese día, en el que pensarlo le llevaba por un camino de… placer.

    Siguió recordando aquella situación mientras colocaba el queso y su hijo parloteaba a la par que ella contestaba con síes sin tener en cuenta lo que dijera. El miembro gordo y grande de su pequeño la había perseguido incluso a la tarde y no pudo reprimirse las ganas de convencer a su marido para hacer algo. Por supuesto lo hicieron, y aunque ambos llegaron al orgasmo, Mari se sentía vacía, como si todavía necesitase más.

    Aquella noche mientras su marido dormía, la inquietud le había asaltado. No podía dormir, el picor en su entrepierna era desmedido y un pensamiento bloqueado, tiraba abajo toda restricción impuesta. Miró si su marido dormía profundamente, por supuesto que lo hacía, los ronquidos eran demasiado sonoros como para estar despierto.

    Una mano traviesa pasó la goma de su pijama nuevo y llegó a una zona la cual últimamente se cuidaba mucho más, incluso ese día la había depilado casi al ras. No se reconocía, era otra Mari, una… más joven.

    La noche cuando salieron del cine, era cierto que acabó por masturbarse, pero aunque Sergio tuvo mucho que ver, logró aislarlo de su mente. Sin embargo ese día le era imposible, todo el tiempo aquella imagen de su hijo con un pene de lo más erecto masturbándose la había avasallado. Incluso le volvió a la mente como en casa de su tía estando los tres en el jacuzzi, salió con una erección más propia de un caballo.

    No se reprimió, por primera vez en su vida dio rienda suelta a la lujuria que la aprisionaba, “total, es mi cabeza” se convencía mientras los dedos se movían en torno a su clítoris. Se imaginó que entraba en la habitación, que apagaba el ordenador a su hijo y se sentaba ella en sus piernas terminándole el trabajo.

    Sus dedos veloces lo hacían tan bien que al de un minuto no tuvo que pensar más… todo fluyó entre sus piernas. Sus pulmones explotaban mientras reprimía un grito contra el cojín y trataba de respirar lo más lentamente posible para no despertar a su marido.

    ¡Qué bien se lo había pasado! Y cogiendo el bote de mayonesa escuchó que Sergio seguía hablándola, aunque sin saber por dónde iba, perdió el hilo… como para no. Aunque lo que no perdió fue el recuerdo de tal precioso orgasmo y de cómo, después de completarlo, se imaginó diferentes situaciones con Sergio.

    Posturas que hacía mucho que no probaba. Posturas que quedaron años atrás olvidadas, incluso… sexo oral… ¿Hacía cuánto que no practicaba el sexo oral? No lo sabía. Le encanta, le gustaba mucho hacérselo a su marido y cuando ella lo recibía… ¡Qué placer!

    El bote de mayonesa seguía en sus manos, apuntando a ambos trozos de pan del sándwich, al tiempo que pensaba en el sexo oral que tanto añoraba. Solo se imaginaba una cosa mientras sus manos rodeaban el cilindro que había entre sus dedos.

    Dirigiendo el chorro que se avecinaba y queriendo apretar con ganas para que aquel fluido blanco saliera le dio palabras a sus pensamientos “el pene de Sergio”. “¿Por qué esta locura?” meditó mientras trataba de que aquel bote se convirtiera en un miembro de piel suave, músculos duros y con una magnitud considerable.

    —¿Mamá?

    La voz de Sergio la llegó a asustar. El volumen de su voz se elevó demasiado sorprendiéndola y haciéndola temblar por un momento mientras sus manos apretaban aquella mayonesa sin control.

    —¿Me estás escuchando?

    —Sí, cariño… Bueno es que me acaba de venir algo a la mente… lo siento.

    Mari miró a su hijo con una sonrisa nerviosa pensando que sus ideas descabelladas podían ser leídas por su primogénito. Pero para nada iba a ser así, Sergio sabía lo ocupada que estaba siempre su madre, era lógico que algunas veces no escuchase.

    La mujer volvió la vista al sándwich, el chorro había sido potente… abundante… fijando sus ojos azules en el pan, solo le venía una cosa a la cabeza “Sergio…”. “Me estoy volviendo totalmente loca” se gritaba mientras su cabeza seguía imaginando que aquella crema tan abundante era de una persona y… ¿Por qué no?… se lo daba a ella.

    —¿Quieres este sándwich? Quizá puse demasiada mayonesa —le preguntó Mari.

    —No, si la mayonesa le da un toque más sabroso. —la madre se lo acercó a la mesa— Muchas gracias, mamá. Tiene una pinta deliciosa.

    —Sí que la tiene —contestó Mari sin saber por qué o por quién lo decía.

    La mujer se sentó a su lado, frotándose los ojos para después hacer lo mismo con sus sienes. No le dolía nada, solo quería sacar fuera esos pensamientos inadecuados y hablar tranquilamente con su hijo.

    —Cariño, —Sergio no respondió con la boca llena— he estado mirando lo del trabajo que te comenté. A papá le ha costado decir que sí, dice que no hace falta, pero yo creo que sí y bueno, tú también tienes que saberlo, quiero escuchar tu opinión.

    El joven masticaba con ansia, tenía bastante hambre, pero los oídos estaban puestos en su madre, aquella información le había causado cierta intriga.

    —¿Sabes quién es Mariví? Creo que tiene un hijo de tu edad, más o menos, se llama… ¿David puede ser?

    —Sí —dijo después de tragar un gran trozo—. Sé quién es, pero no le conozco, tiene par de años más que yo, o quizá alguno más.

    —Pues hablé con ella del tema, sin más, salió la conversación. Me comentó que su madre hacía un mes que había fallecido y que ahora estaba sola en la tienda de ropa. Me dejó caer que si quería podía empezar con ella, un sueldo bajo y pocas horas, para ir aprendiendo. Luego ya iría a más. No sé, me da algo de miedo, más que nada por hacer algo nuevo, pero creo que vendría bien para la casa y para mí.

    —Por mí, adelante. —Mari no se esperaba ninguna otra respuesta de su hijo— Aunque sabes que si hace falta vuelvo al cine, no tendría problema.

    —No, hijo. Si vuelves a trabajar que sea para tener dinero para tus gastos, ya te lo dije.

    Mari alargó la mano y cogió la de su hijo mientras tragaba la bola que se le había hecho en la boca.

    —Sabía que me apoyarías, gracias.

    La mano de la mujer apretó con fuerza a su hijo como queriendo llegar a más, a decir alguna cosa más o a querer pasar un límite. Sin embargo, dejó de apretar y fue a retirarla cuando de pronto, Sergio se la agarró entrelazando los dedos.

    —A mí todo lo que hagas, si es bien para bien, me parece correcto, mamá. —sus miradas se cruzaron con fuerza y ambos quedaron con los ojos fijos en el otro— Si quieres trabajar, trabaja. Incluso si es lejos y hace falta que te vaya a buscar iré, o coge mi coche, no me importa.

    —Eres un cielo… Te quiero.

    Sergio sonrió de felicidad al escuchar que cada vez su madre soltaba más frases cariñosas, aquello le hacía sentirse de maravilla, el día no podía mejorar.

    —Por cierto, tenemos que repetir lo de ir al cine, ¿no te parece?

    —¡Por supuesto! —al pensar en esa opción a Mari le brillaron los ojos.

    Con el sándwich terminado, Sergio se levantó de la mesa dejando a su madre sentada en la silla de al lado. Esta se colocó correctamente el cabello detrás de la oreja y se entristeció un poco, quería decirle que se quedara un rato a su lado, pero debido a sus pensamientos reales, no lo veía decoroso.

    —Voy a mi habitación. —Sergio colocó ambas manos en los hombros de su madre y con un lento movimiento, besó la mejilla caliente de Mari— Yo también te quiero.

    Aquello último lo había dicho en su oído y la piel se le erizó por todo el cuerpo. Notar el aire caliente que desprendía por sus labios era demasiado y mientras su hijo marchaba, ella suspiraba con ganas.

    En la habitación el joven no perdió ni un segundo. Se le había ocurrido algo mientras hablaba con su madre, algo de lo que tenía muchísimas ganas. Encendió la pantalla del móvil y marcó un número que se comenzaba a saber de memoria. No le hacía falta ni mirar la agenda, aunque allí lo tenía guardado como Tía Carmen.

    —¿Cariño? —respondió la mujer al otro lado del teléfono.

    —¿Qué tal esta mi tía favorita?

    —Pues sorprendida de que me llames a estas horas y además así de pronto, ¿no habrá pasado algo? —siempre que le iba a llamar su sobrino, Carmen solía tener al menos un mensaje avisándola.

    —No, tranquila, todo está bien. Solo te llamaba para contarte algo.

    —Pues dispara, pequeño, justo iba a ponerme a cenar.

    —Acabo de terminar los exámenes, además creo que voy a aprobar todas.

    —¡Qué bien! —la voz de Carmen se notaba realmente feliz— Como me alegro, es que eres muy listo. ¿Ahora puedes descansar un poco o vuelves a tener clase?

    —Pues tengo un par de semanas de vacaciones y por eso te llamaba. —Sergio calló para notar la reacción de su tía.

    —No entiendo. ¿Qué quieres, cariño?

    —He pensado y todo esto si te parece bien… me gustaría ir a visitarte —la última palabra sonó como debía sonar… escondiendo lo que en verdad tramaba.

    Por un momento el móvil se quedó en silencio, ni de un lado, ni del otro sonaba ni siquiera una respiración. Carmen se había quedado helada, completamente paralizada, no porque le viniera mal, si no por las ganas que nacían dentro de ella porque eso sucediera.

    —¿Tía? —comentó Sergio al no escuchar nada.

    —Estoy aquí…

    —¿Te parece mal?

    —Si un día esa proposición me parece mal, te doy permiso para que me mates.

    —Pues te diré que me he asustado un poco, pensaba que igual estaba el tío por ahí o algo.

    —No, tranquilo, cariño. Pero vaya que me has pillado así de pronto y una no es de piedra.

    —Mi idea es ir un día, bueno, dormir donde la abuela y eso…

    —¿Te parece buena idea venir el viernes? Así pasamos juntos el viernes y el sábado si quieres puedes marchar, lo único no sé si podré dormir contigo.

    —Por mi perfecto, no tengo ningún otro plan. —rio maliciosamente al otro lado del teléfono.

    —Menuda alegría me acabas de dar… no lo sabes bien. Me acuerdo mucho de ti, bueno, de algunos momentos más que otros y de unas partes más que otras.

    El tono de voz de la mujer había mutado, ya no estaba tan alegre, sino que Sergio recordó que ese sonido lo usaba para ciertas ocasiones en la que ambos estaban unidos, muy unidos.

    —Yo cada día lo recuerdo… y el otro día pensé en algo. Una pena haber desaprovechado el hotel donde paramos a dormir.

    —Ya te digo… —Carmen recordando lo bien que lo pasaba con su sobrino. Empezó a calentarse— aquella ducha, era bien grande. ¿Te hubiera gustado ponerme contra aquel mármol?

    —Mucho… aunque lo hice luego en tu casa. —la mano libre de Sergio comenzaba a apretar su miembro mientras Carmen a kilómetros de allí pasaba una mano por su entrepierna.

    —Tengo que bajar, que me espera Pedro para cenar.

    —Bueno, pues ya concretaremos entonces…

    —No, no. ¿Quién te ha dicho que cuelgues? —escuchando aquello, Sergio pudo imaginarse la sonrisa pícara en el rostro de su tía. Como le gustaba— Vete hablándome que voy bajando… ¿Quieres algo especial?

    —¿Cómo?

    —¿Alguna ropa, alguna cosa…? No sé —escuchó unos pasos y una voz de fondo—. Es Isabel que acaba de llamar… la mujer del panadero, ¿sabes?

    —Pues algo que realce tu fantástico cuerpo, que ya sabes cómo me encanta. Lo demás lo dejo en tu mano, porque vas a estar igual de preciosa con cualquier cosa.

    —Vale, eso sin problema —decía Carmen ya al lado de su marido—. Por cierto, ¿este año tienes calabacín o pepino?

    —Lo tengo ahora mismo en mi mano, está enorme, tiene unas ganas de saludarte.

    —¡Qué bien! —sonando con total normalidad mientras su cuerpo ardía— Y ¿te han traído huevos de corral?

    —Vaya si tengo… —Sergio estaba de lo más caliente, sacó su miembro del pantalón del pijama con una erección y vio sus genitales bien llenos— si los vieras ahora, están repletos.

    —¿Ah, sí? Pues mira, hazme el favor y guárdalos para mí, ¿bien?

    —¿Hasta el viernes? Imposible, tía… es mucho tiempo, me van a doler.

    —¡Que sí anda! Mira que a Pedro le encantan, guárdalo y te lo pago el mismo viernes, venga, Isabel.

    —Mierda. Vale… como me pones. Te amo, tía…, pero lo de no tocarme lo voy a incumplir, solo una vez. Ahora mismo.

    Carmen sintió un latigazo de placer en su entrepierna al escuchar que su sobrino se iba a masturbar con ella al teléfono. Miró con el rabillo del ojo a su marido que degustaba la tortilla que ella misma había preparado ajeno a lo que sucedía al otro lado del móvil.

    —¿Qué ha pasado con el Manolo entonces? —fue lo único que se le ocurrió preguntar, para no estar pegada al móvil en silencio y sin excusas.

    —Le ha pasado que la tiene muy dura —contestaba su sobrino con la respiración agitada—. Que se la está moviendo arriba y abajo pensando en su tía favorita, en su cuerpo, en su cara… Dios, no puede ser.

    —¿O sea que ya llegó?

    Pedro la echó una mirada para saber que le había pasado al hombre. Le alzó la palma en el aire para que esperase y escuchar lo que su sobrino le tenía que decir.

    —Me corro, joder. ¡Qué rápido…! Va, va, va… Tíaaaaaa —estiró la “a” hasta el límite de su voz quedando después en un jadeo contante.

    Carmen esperaba al otro lado con impaciencia y un rostro enrojecido hasta el extremo que gracias a que solo tenían una luz encendida, su marido no podía vislumbrar.

    —Tendrías que ver la de leche que tengo.

    —Bueno pues ya me contaras más no te preocupes. Si te parece bien, te dejo que voy a cenar. ¿Vale, Isabel?

    —Vale… —decía al otro lado del teléfono un Sergio atorado y con la mano llena de sus propios líquidos— Voy… voy a limpiarme, piensa en mí esta noche y las que viene.

    —Lo haré, seguro —dijo con una falsa sonrisa que ocultaba su erotismo.

    —Tengo muchas ganas de follarte… —acabó por decirle su sobrino.

    —Y yo, y yo. Bueno —con un tono cordial que apenas podía mantener— saludos y ya nos veremos, que tengo muchas ganas.

    Colgó sin esperar más respuesta mientras a kilómetros de distancia su sobrino se limpiaba y se metía en la cama de la misma, agotado por tal placer y con un hormigueo constante en sus genitales.

    Carmen dejaba el móvil en la mesa de la sala ausente por completo. Miraba la televisión al lado de su marido, notando a la vez como en su entrepierna algo caliente salía de su interior.

    —¿Qué quería? —le dijo su marido con la boca llena.

    —Nada, tonterías, nada importante la verdad. Quizá quedemos el viernes para pasar la tarde, ya veré.

    —Bueno, vete sin problemas, yo me parece que estaré trabajando hasta tarde.

    Ella asintió con una sonrisa mientras por dentro pensaba “y tanto que voy a ir… no sabes lo bien que me van a follar”.

    CONTINUARÁ

    ———————-

    En mi perfil tenéis mi Twitter para que podáis seguirme y tener más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Virgen a los cincuenta años

    Virgen a los cincuenta años

    Hace muchos años una de las cosas que más me gustaba hacer era desvirgar a las chavalas.  Tenía un tacto especial con ellas. Al vivir en una aldea donde todo el mundo se conocía la voz se corría y gracias a eso desvirgué a unas cuantas. Lo que jamás pensé fue que iba a tener la oportunidad de desvirgar a mi tía Ramona que tenía cincuenta años y que muchos años atrás se casara por poderes con un gallego afincado en Venezuela. Su marido muriera antes de que ella fuera para ese país. A ver, eso ahora suena a Ciencia Ficción, pero en el tiempo que os hablo, las mujeres le daban una importancia capital a lo de ser honradas, a lo de serlo y a lo de parecerlo.

    Os voy a situar. Diciembre del año 1972. Una aldea de gallega de poco más de cien habitantes donde las mujeres trabajaban en casa y en las huertas y los hombres en la ciudad, salvo unas pocas excepciones de mujeres que iban a trabajar a fábricas, o de hombres que también trabajaban en el campo. Mi tía Ramona era otra excepción, ya que trabajaba media aldea para ella.

    Ramona no era alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni fea ni guapa… Era una mujer del montón y honrada a carta cabal.

    Mi tía Ramona tenía muchas huertas y muchos pinares que comprara con parte de lo que heredara de su marido. Hacía poco que adquiriera una motosierra para cortar pinos secos de sus pinares, ¿y a quién llamó para que se los cortase e hiciese leña con ellos? Pues a mí, a su sobrino favorito. La verdad es que comenzó a llamarme para trabajar a los once años, me llamaba cuando daba vacaciones en el instituto, cuando daba vacaciones y algún que otro sábado, pues sabía que me hacía falta el dinero para mis vicios.

    Uno de los días fui a cortar pinos secos. Mi tía Ramona manejando un tractor y yo sentado a su lado llegamos a uno de sus montes. Nada más llegar comenzó a llover. Corté los pinos lloviendo mientras ella se resguardaba de la lluvia bajo un paraguas. Mi tía Ramona me decía que esperase a que escampase, pero yo quería acabar y los corté bajo la lluvia, cubierto por un pequeño chubasquero que más que protegerme de la lluvia ayudaba a que me empapase de cintura para abajo. Los corté por el pie, les corté las ramas y después los corté en trozos, los cargué en el tractor y volvimos a casa. Después de descargar los pinos en un cobertizo fui a comer a su casa, pues la comida entraba en lo acordado. Llamé a la puerta y me dijo:

    -Pasa y cierra la puerta para que no se vaya el calor.

    La cocina de hierro estaba encendida y allí había un calor que se agradecía. Yo estaba calado hasta los huevos, pero dejé de sentir la humedad en mi cuerpo al llegarme el olor a callos. Le dije:

    -Huele que alimenta.

    Ramona miró para mí y me dijo:

    -¿Por qué no quitas esa ropa y la pones a secar en una silla?

    Pensé que mi tía Ramona quería guerra, si no fuera así no me mandaría desnudar, y cómo yo le tenía ganas, le dije:

    -No es mala idea.

    Me quité el pequeño impermeable, las botas de goma, el jersey, la camisa y el pantalón y puse la ropa en el respaldo y en el asiento de una silla. Mi tía Ramona no me mirara en ningún momento, se entretuviera revolviendo los callos y echando leña al fogón. Cuando se dio la vuelta y me vio en pelotas y con la polla colgando se puso colorada cómo una grana. Cómo no paraba de mirarme para la polla, le pregunté:

    -¿Te gusta mi chorra?

    Mi tía Ramona tenía cara de asombrada cuando me dijo:

    -No quería que te desnudaras del todo, quería…

    Me acerqué a ella y le di un beso con lengua. Al retirar mi boca de la suya vi que tenía ojos de loca. Creí que la había dejado tonta, pero no, tonto casi me deja ella a mí con la hostia que me metió.

    Echando una mano al moflete dolorido, y con un cabreo de cojones, le dije:

    -¡¿Para qué me mandaste desnudar si no querías follar, cabrona?!

    Me cayó otra hostia del otro lado.

    -Cabrón eres tú, un cabrón y un faltón.

    Le rodeé el cuerpo con mis brazos y le volví a meter la lengua en la boca. La agarró con sus dientes. Abrí los ojos, vi su cara de loca y pensé que me iba a dejar mudo, afortunadamente la soltó, y me dijo:

    -La próxima vez te la arranco.

    Mi polla se había puesto morcillona y rozaba su coño debido a que mi tía Ramona se revolvía para librarse de mí. Me la jugué. La besé de nuevo. Esta vez mi lengua se topó con sus dientes apretados. Me miró con una seriedad que imponía, y me preguntó:

    -¿Tengo cara de puta, Quique?

    -No, tienes cara de mala hostia.

    -¿Crees que me puedes follar a la fuerza?

    -No.

    Estaba realmente cabreada.

    -¡Entonces quieres soltarme de una puñetera vez!

    Antes de soltarla le dije:

    -Me parece que la jodí, y que ni te voy a comer a ti ni tampoco voy a comer los callos.

    -Algo comiste, cabronazo.

    -¿Qué comí?

    La solté.

    -Dos hostias. Vístete y vete.

    -¿No voy a cobrar?

    -Ya cobraste.

    A ver, una cosa era que me pasara con ella, y otra que se aprovechara para no pagarme. Me acerqué por detrás, le eché las manos a las tetas, le arrimé cebolleta, y le dije:

    -O me pagas o aquí se va a armar un sin Dios.

    Mi tía Ramona era un hueso duro de roer.

    -Se va a armar, se va, tan pronto cómo me sueltes te voy a reventar a hostias. ¡Chulo de mierda!

    No iba a dejar que me amedrentase, le dije:

    -Tenemos un dilema, tía, si me das te las voy a devolver. ¿No sería mejor que me dieras mi dinero?

    Mi tía Ramona dejó el tono amenazador para decir:

    -Se van a pegar los callos.

    -Por mí que se maten. ¿Me vas a dar mi dinero?

    Mi tía Ramona sintió mi polla empalmada encima de su ojete y se rindió.

    -Vale, vale, te lo doy, pero te vistes, te marchas y de esto ni una palabra a nadie.

    La solté. Lo primero que hizo fue mirar para mi polla empalmada. No debía haber visto algo parecido ni en sus sueños, ya que se persignó cómo si hubiera visto algo del otro mundo y antes de ir a buscar el dinero, dijo:

    -¡Estas son cosas que levanta del diablo!

    En fin, que cobré, pero me quedé sin callos. Creí que no me iba a llamar más, pero un día antes de Noche Buena le dijo a mi madre que quería hablar conmigo. Fui a su casa. Cuando me abrió la puerta me pareció más alta, y lo era, pues llevaba puestos unos zapatos negros con tacón de aguja, me dijo:

    -Pasa.

    Entré en la casa. Cómo siempre estaba calentita. Fue directa a la cocina. Yo fui detrás de ella mirándole para el culo, un culo gordo que se marcaba en su vestido largo de color gris. Sobre la mesa había una botella de aguardiente de hierbas, dos copas y en el respaldo de una silla dos pañoletas de color rojo. Se sentó a la mesa y me dijo:

    -Siéntate que te quiero proponer algo.

    Me senté a la mesa. Echó dos copas de aguardiente, se mandó la suya de un trago y fue al grano.

    -Te doy mil pesetas si dejas que sienta tu calor corporal.

    Me tiré en plancha.

    -No tienes que darme nada. Pagaría por follarte. Debes tener el coño cerradito.

    -No me has entendido. Quiero sentir el calor de un hombre desnudo en mi cuerpo desnudo, solo eso. Te pago para que no me folles después.

    Ahora el que se mandó la copa de aguardiente de un trago fui yo.

    -Si eso es lo que quieres… Aunque va a ser difícil aguantar la tentación de comerte viva.

    -No estoy cómo para comerme.

    -Estás, estás.

    -No, estuve, pero ya no lo estoy. Soy virgen, pero…

    No la dejé acabar de hablar.

    -¡No jodas! ¿Eres virgen a los 50 años?

    -Sí, lo soy, y quiero seguir siéndolo después de saber cómo es el calor corporal que da un hombre, por eso te pago las mil pesetas.

    La advertí.

    -Yo si fuera tú no jugaba con fuego.

    Mi tía ya tenía sus planes hechos.

    -Me voy a asegurar de que no me puedas hacer nada.

    -Va a ser interesante saber como…

    Ahora la que no me dejó acabar de habar fue ella. Mi tía se debía de morir de ganas por sentir mi calor corporal, ya que me dijo:

    -Desnúdate.

    Me desnudé. Mi tía Ramona cogió una pañoleta y me ató las manos a la espalda, después cogió la otra y me vendó los ojos. Al ratito sentí como sus tetas se apretaban a mi pecho y cómo sus brazos rodeaban mi cuello. Sentí ese calor corporal que ella quería sentir. Mi polla se levantó y se metió entre sus piernas. Deseaba besarla, pero tenía su cabeza apoyada en mi cuello y no podía hacerlo. Comencé a mover el culo hacia delante y hacia atrás. Mi polla se mojaba al deslizarse entre sus labios vaginales. Al levantar la cabeza de mis hombros busqué sus labios, mi tía Ramona dejó que los encontrara y la besé con lengua. Ramona ya empezó a echase al monte:

    -Me estás poniendo muy cachonda.

    Me agaché y busqué su teta derecha con mi boca. La encontré esponjosa, lamí su pezón y después le mamé la teta. De esa teta pasé a la otra.

    -Para ya, hombre, para ya que me está poniendo el coño cómo un charco.

    Sabía que no quería que parase, si quisiera que parase se separaría de mí y no me diría cómo tenía el coño. Con mis manos hice que se diera la vuelta y mi lengua se perdió entre la raja de su culo. Le lamí el ojete. Me dijo:

    -Me estás haciendo sentir cómo una puta.

    Sus palabras me animaron aún más. Le dije:

    -Separa las nalgas con las manos.

    Ramona ya se había echado al monte. Separó las nalgas y echó el culo hacia atrás. Mi lengua lamió su ojete y entró y salió de él. Mi tía ya gemía y sus gemidos hacían que mi polla latiese.

    -Date la vuelta.

    -No debía decirlo, pero así me gusta mucho. ¿Por qué no sigues?

    -Por qué más te va a gustar cuando te coma el coño.

    Se dio la vuelta. Le pasé la lengua por el coño. Estaba empapado. A la cuarta lamida me dijo:

    -¡Ay que me muero de gusto, Quique!

    Solo me dio tiempo a lamérselo dos veces más, ya que mi tía comenzó a mear por mí. No me aparté. Me meó en la cara y por todo el cuerpo. Al acabar de mear me levanté y volví a buscar su boca, esta vez fue ella la que vino a mí, metió su lengua en mi boca, chupó mi lengua y después me lamió toda la cara, todo el cuello, todo el pecho… Lamió mi polla y mis cojones, después se levantó me volvió a besar con lengua, y luego me dijo:

    -Has hecho de mí una puta, pero al fin sé lo que es correrse.

    Sin querer me acababa de decir que nunca se había masturbado.

    -No te corriste, tía Ramona, te measte. Correrse es otra cosa.

    Le costaba creer que no se había corrido.

    -¿¡De verdad que lo que sentí no es correrse!?

    -No, no lo es. ¿Quieres saber lo que es correrse?

    -Claro que quiero.

    -Desátame las manos.

    -Te las desato, pero no quites la venda.

    Me desató las manos, me puse en cuclillas y le dije:

    -Date la vuelta.

    Se dio la vuelta, le abrí las cachas con las dos manos y le volví a comer el culo bien comido, lamiendo todo, lamí las nalgas, lamí el ojete… Luego me puse en pie, le froté la polla en el ojete y le metí y saqué puntita de la polla mientras le magreaba sus esponjosas tetas. Gemía una cosa mala, por eso no traté de meterle el glande entero, preferí ir a por el coño. Al darse de nuevo la vuelta, ya lo tenía más que jugoso. Mi lengua se deslizó sobre él, le metí el dedo medio de la mano derecha dentro del coño, dedo que entró apretado, le acaricié el ojete con la yema de un dedo de la otra. Lamí su clítoris, y cuando mi dedo comenzaba a entrar en su ojete, me dijo:

    -¡Me va a dar algo!

    Lo que iba era a correrse. Le cogí el culo. Saqué la lengua y le dije:

    -Frota tu coño contra mi lengua.

    Estaba tan caliente que no duró ni un minuto frotándolo. Se corrió estremeciéndose, gimiendo y soltando jugos pastosos que fueron pringando mi lengua.

    Al acabar de estremecerse y de gemir, me dijo:

    -¡Fue maravilloso!

    A mí ya me tardaba meter.

    -¿Follamos ahora, tía?

    La sentí caminar y luego sentí como echaba un trago de aguardiente. Después oí cómo me preguntaba:

    -¿Me voy a correr otra vez si follamos?

    -Te correrás varias veces.

    -Entonces sí, follamos, pero no te quites la venda.

    Ramona no quería que la viese desnuda. Se debía sentir acomplejada y eso no lo podía permitir. Creía, y creo, que toda mujer es hermosa tenga la edad que tenga.

    Fuimos para su habitación. El calor de la cocina de hierro calentaba toda la casa. Se podía follar destapados. Yo había pisado la pañoleta con la que mi tía atara mis manos, la cogiera y la llevaba en mi mano derecha. La otra mano me la había cogido mi tía para llevarme a su dormitorio. Al llegar a la habitación paré al tropezar con la cama. A tientas le vendé los ojos. Me preguntó:

    -¿Quieres que estemos iguales?

    Lo que quería era quitarme la venda y verla desnuda, pero le dije:

    -Sí.

    Sentí el ruido que hacía mi tía al echarse sobre la cama. Quité la venda y la vi desnuda. Sus gordas tetas tenían areolas grandes de color marrón y sus pezones eran gordos. Su coño aún tenía más pelo del que yo imaginara cuando se lo comí. De sus axilas sobresalían algunos pelos y a sus piernas se le podía pasar la moto sierra de tanto pelo que tenía, es broma, pero tenía más pelo ella en las piernas del que yo tenía en las mías. Me gustó su cuerpo, me gustó mucho. Me metí en cama, la besé y le dije:

    -Te voy a comer toda.

    Mi tía Ramona se abrió de piernas y se dejó hacer. Comencé lamiendo besando y lamiendo los puentes de sus pies, sus dedos… Subí besando y lamiendo el interior de sus muslos. Lamí su jugoso coño unas cuantas veces. Subí lamiendo y besando su vientre, su ombligo… Llegué a sus tetas, lamí sus pezones y sus areolas y después le mamé las tetas. Lamí sus axilas, besé y lamí sus hombros, besé y lamí su cuello y acabé besándola en la boca. Mi tía recibió mi lengua con la suya y nos perdimos en un beso largo y lujurioso. Yo a los diecisiete años no tenía ni pajolera idea de que las mujeres tenían un punto G, pero sabía que al meter y sacar el dedo en el coño apretando hacia arriba les gustaba más. Fue lo que hice, meterle un dedo en el coño, con ese dedo hice hueco para meter dos. Con los dos hice hueco para meter tres y metiendo y sacando tres dedos y mamando una de sus tetas, se corrió cómo una bendita.

    Al acabar de correrse le lamí el coño, la quería excitar de nuevo para penetrarla, pero mi tía Ramona estaba excitada de más, ya que me dijo:

    -Métemela a ver que se siente.

    Froté mi polla en su coño y luego le metí la punta. No se quejó. La besé, empujé y le entró el glande. Ahora sí que se quejó:

    -¡Quítala!

    La quité despacito, despacito le volví a meter la punta, despacito la volví a quitar, despacito la volví a meter y me corrí dentro de ella. Mi tía Ramona al sentir mi leche dentro de su coño me cogió el culo y tiró de mí con fuerza. Entró la mitad de la polla de un tirón. Seguí corriéndome y jadeando. Mi tía Ramona se sacó la venda. Vio que no llevaba puesta la mía, pero no le dio tiempo a decir más qué:

    -¡Me corro en tu polla, Quique!

    Su vagina estranguló mi polla y comenzó a correrse cómo un río al tiempo que tiraba de mí y la polla llegaba al fondo de su coño.

    Al acabar de corrernos, con toda la polla dentro y entre beso y beso, le pregunté:

    -¿Te corriste al ver que no tenía la venda puesta?

    -No, fue porque vi otra cosa.

    -¿Qué viste?

    -Vi tus ojos en blanco.

    Mi tía Ramona se volvió a correr dos veces más, una encima de mí y la otra a cuatro patas.

    Antes de irme de su casa me besó y me preguntó:

    -¿Mañana más?

    -Mañana y cada vez que tengas ganas.

    Me fui de su casa con un dinerito y con una sonrisa de oreja a oreja, la sonrisa que sale después de un «trabajo» bien hecho.

    Quique.

  • De hombre simplón a hembrón de fantasía (Segunda parte)

    De hombre simplón a hembrón de fantasía (Segunda parte)

    En el capítulo anterior pudimos ver como un desgraciado joven se transformaba en una hermosa rubia por accidente, gracias a un extraño brazalete que se encontró en el autobús. Ahora debía enfrentar su nueva vida como chica, descubriendo su cuerpo y deseos más ocultos.

    Me desperté agitado, sentía mi pecho palpitar rápidamente. Tenía la vagina húmeda y la sentía cosquillear. Seguramente tuve un sueño erótico, pero no lograba recordar de que se trataba.

    Me puse de pie y estire mis brazos hacia el techo, me puse de puntillas y sentí una rica sensación de relajación.

    Tenía que encontrar trabajo, la universidad ya me daba igual. Total ya tenía casi todas las asignaturas reprobadas, después me preocuparía de eso. Ahora mis prioridades eran comprar un poco de ropa y presentarme en el restaurante donde solía trabajar cuando era hombre para buscar empleo.

    Camine hacia el baño y me di una ducha de agua helada. Mi intención era controlar las extrañas oleadas de excitación que me habían acechado durante las últimas horas. Por otro lado decidí lavar mi cabello por primera vez desde que me convertí en mujer. Lo tenía muy largo y hasta la cintura, fue un verdadero infierno limpiarlo todo y luego secarlo. Ya pensaba en ir a una peluquería cuando tuviera dinero.

    Me vestí con una camisa y pantalones deportivos. Era lo único que me quedaba y alcanzaba a contener mis enormes tetas y culo.

    Desayune rápido y baje las escaleras para salir a la calle. Espere el autobús y luego me dirigí a una tienda de ropa usada que conocía. Gracias al dinero del patético Ernesto podría comprarme bastantes prendas.

    Al llegar al lugar me quedé detenidamente viendo la ropa, recién me di cuenta que no sabía mis tallas cuando llegué a la tienda. Que descuidado y estúpido fui. En eso una de las vendedoras se me acercó.

    – Muy buenos días ¿en qué puedo ayudar? – me preguntó mirándome con una cordial sonrisa. Se trataba de una mujer de unos 40 años, de piel morena y caderas anchas.

    – Es que necesito comprar varios conjuntos, pero no me se mis medidas.- respondí mirándola con vergüenza por mi ignorancia.

    – Ya veo… podemos solucionarlo, espereme un momento. – me dijo antes de marcharse hacia el mostrador. Volvió con una cinta métrica y se acercó a mi.

    – Le tomaré las medidas.- dijo agachándose y tomando el largo de mis piernas. Luego procedió a hacerlo en mi trasero, cinturas y pecho.

    – Vaya, usted es un 95-60-95. Tiene cuerpo de súpermodelo.- dijo asombrada, al principio no se pudo dar cuenta de mis medidas.

    – Para nada, mi vida es lo menos glamorosa que existe. Es más, me mudé y perdí toda mi ropa y sólo tengo 100 dólares para reemplazarlo.- explique sonrojada por sus comentarios.

    – Ah tiene sentido, por eso viene a esta tienda de ropa usada. No sé preocupe, con ese dinero podrá llevarse la ropa necesaria para sobrevivir hasta que tenga más dinero.- me respondió de manera cálida. Luego de eso me trajo ropa que podría ser de mi talla.

    – Vaya a probárselo y luego me dice cuales se lleva.- me respondió llevándome hasta un vestidor, entré con toda la ropa que me pasó.

    – Muchas gracias. – respondí antes de entrar al lugar. Una vez dentro procedí a sacarme la ropa. Lo único que tenía era unos boxers blancos, sin duda también tendría que preocuparme de comprar ropa interior.

    Sin dudar comencé a ponerme la ropa que me dio. Había blusas, pantalones de mezclilla, de tela, de licra y también faldas. Por otro lado shorts y tops.

    Con total asombro me miraba en el espejo, llevaba puesto un pantalón de licra color negro que se me ajustaba muy bien, parecía una segunda piel. Mientras que arriba llevaba un croptop rosa, que hacía la función de sostén. Nunca vi mis pechos tan parados, lucían mucho más voluptuosos de esa manera.

    Me encantaba la ropa, me la dejé puesta y doble toda la ropa para cargarla en mis manos. Salí y me acerqué a la vendedora.

    – ¿Cuánto me cuesta llevarme todo? – ella se puso feliz de la gran venta que estaba por concretar.

    – Serían 80 dólares. – era una verdadera ganga por todas las prendas que me llevaba.

    Pagué con mucho gusto, me quedaban 20 dólares, pensaba que quizás me alcanzaría a comprar algún calzón y corpiño.

    Camine por la calle y ya pude notar pesadas miradas sobre mi, ahora que vestía como toda una fémina no había hombre que se resistiera a voltear a verme. Me hacía sentir extrañamente bien, se me inflaba el pecho de orgullo.

    Llegué hasta una tienda de lencería. La propia dueña era quien atendía, me llevó para ver distintos tipos de sostenes. Gracias a la empleada de la tienda anterior conocía mis medidas.

    – Bueno, necesito un solo conjunto. – le dije mientras veía la opción más económica, sin embargo miraba los precios y no me alcanzaba con lo que tenía.

    – Lo siento por hacerle perder el tiempo, pero el precio escapa de mi presupuesto.- le dije algo avergonzado por la situación. Ella me quedo mirando algunos segundos.

    Di media vuelta para marcharme, pero ella me detuvo.

    – Espera. Pienso en algo que podría beneficiar a ambas. – me dijo mirándome con interés.

    – ¿De qué se trata? – pregunté sin saber de que se trataba.

    – Bueno es que eres muy bonita y pienso que podrías ayudarme en algo.- me dijo con una sonrisa cordial, yo escuché atentamente.

    – Y estaba pensando en que podría tomarte fotos con algunos conjuntos para ponerlo en mi página de Instagram. Podrías quedarte con las que modeles para mí.- me propuso ella, me quedé un rato analizando, pero el trato era justo. Encima nadie me conocía así que no me daba vergüenza hacer eso.

    – ¡Hecho! – respondí animada, ella me llevó hasta un vestidor y me pasó lo que quería que modelara.

    El primero fue un ser de lencería de encaje con flores y color azul. Me quité toda la ropa y procedí a deslizar ese calzón de encaje por mis piernas hasta colocármelo. Se sentía muy cómodo, se ajustaba bien a mi trasero.

    Proseguí con el corpiño, me costó mucho apretarlo atrás. Cuando lo logre me mire al espejo, ese sostén levantaba mis tetas y hacia lucir un delicioso escote. Me sentía como una deidad.

    Salí y ella tenía preparado un lugar con fondo blanco para sacarme las fotos. Me hizo posar de frente, perfil y dada vuelta. Haciéndome inclinar para resaltar mis atributos y a la vez la lencería.

    Seguimos con un bikini brasileño color verde, ya me sentía más cómoda y fue fácil modelar. Posaba con total naturalidad para ella.

    Al final me puse lo que estaba dejando para el final. Se trataba de una pequeña tanga de hilo color rojo. Cuando me la coloque pude ver en el espejo como el hilo se perdía entre mis nalgas, no podía creerlo, siempre creí que eso era muy incómodo para las chicas, pero sorprendentemente era lo contrario. Arriba llevaba un corpiño del mismo color, era del tamaño ideal para mis pechos.

    Salí vistiendo así, ella me exigía ser más provocativa. Agarré las acillas a los lados del tanga y los levante hasta dejarlos en mis caderas. De esa manera terminó la sesión.

    Me saqué el corpiño y me puse el top deportivo. Luego de eso me miré al espejo, paraba la cola, no podía dejar de admirar mis bonitas nalgas.

    Finalmente me puse los pantalones de licra encima y salí de ahí. Ya me comenzaban a doler los pies producto de que las zapatillas que llevaba me quedaban grandes. Tenía poco dinero, pero de igual forma decidí ir a una zapatería. Quizás podría comprar algunas sandalias que me quedaran bien.

    Entré a la zapatería, no tardó en llegar un joven a atenderme. Le dije lo que deseaba, entonces fue a la bodega a buscar si tenían de mi talla. En eso se me acercó un viejo delgado y de aspecto limpio. Era calvo y alto, de metro ochenta más o menos.

    – Buenas señorita ¿La están atendiendo bien? – preguntó mirándome con mucho deseo.

    – Sí, muchas gracias.- respondí sin darle mayor importancia.

    – Me presento, soy Julián. El dueño de todo lo que ves.- dijo orgulloso, yo nada mas quería mis sandalias.

    – Un gusto, soy Josefina.- en eso llego el chico y me paso las sandalias. Me las puse y me quedaban muy bien, pero entonces el viejo intervino.

    Al ver mi elección de compra el viejo zorro pudo notar que yo contaba con poco dinero. Vio una oportunidad en eso.

    – No, no, no. Esto es pecado, una reina como tú no puede andar con estas baratijas.- Sin darme tiempo a replica se llevó las sandalias y volvió con unas mucho más costosas y hermosas. El mismo las puso en mis pies. Eran de tiras finas y color blanco.

    – Estas sí son dignas de una diosa. – me dijo y mientras yo las veía en el espejo. Sí que eran lindas.

    – Pero yo quiero las otras… – me iba a quejar, pero el hombre no me dio tiempo. Me hizo probar unas zapatillas blancas muy cómodas. Eran deportivas y por último me trajo unos hermosos tacones negros, estilo t strap.

    Al principio me costó mantener el equilibrio, al verme al espejo pude ver que mis piernas lucían mucho más largas y mi trasero más levantado. Me sonroje mucho, eso de verme bonita comenzaba a gustarme.

    En eso estaba cuando el viejo interrumpió mis pensamientos.

    – ¿Y bien, qué te parece?- pregunto mirándome con interés.

    – Me encantaron, pero se escapa de mi presupuesto. – dije honestamente, él sonrió con malicia al comprobar su teoría.

    – Que lástima… te quedaban tan bien. Con eso serías la envidia de las mujeres y el deseo de cualquier hombre.- me decía caminando alrededor de mi.

    Esas palabras hacían efecto en mí, me hacían sentir que realmente necesitaba esos calzados. Me lamentaba por no tener el dinero para pagarlas.

    – Sí… pero no puedo permitírmelas.- dije bajando la cabeza con decepción, no sabía porqué me sentía mal por un simple calzado.

    – Ya… tranquila. Se me ocurre una idea para que quedemos los dos contentos. – me agarro de los hombros y me masajeo suavemente.

    – ¿Cómo? – pregunte con ilusión, pensaba que quizás estaba hablando de modelar. Tal como lo hice en la tienda de lencería.

    – Yo tengo algo que quieres y tú… bueno tú eres todo lo que deseo.- me dijo desvelando claramente sus intenciones.

    Lo correcto y lo que debí haber hecho fue negarme rotundamente y darle una cachetada por fresco, sin embargo…

    – Quizás podríamos llegar a un acuerdo. – le respondí bajando la mirada.

    El viejo se llenó de alegría, intercambió miradas con el vendedor, quien ya imaginaba lo que haría su jefe. Durante todo momento me mantuve roja de la vergüenza.

    – Vamos a un lugar más tranquilo.- me dijo tomando mi mano para finalmente llevarme hacia el interior de la bodega.

    Me deje llevar por él, sabía que estaba mal, que debí decirle que no e insultarlo por viejo verde, pero simplemente no pude hacerlo. En mi mente tenía esos zapatos, los deseaba, no, los necesitaba.

    Al entrar cerró la puerta con llave y comenzó a soltar su cinturón. Yo ya sabía lo que pasaría a continuación.

    .

    .

    .

    – Así ¡UF! Así mi reina, ganate esos zapatos. – la bodega de la zapatería se llenaba de los gruñidos de placer del hombre.

    Yo me encontraba casi totalmente desnuda, a excepción de la tanga de hilo, por expresa petición de Julián. Estaba de rodillas en el piso, chupando frenéticamente el pene del viejo. Él se encontraba sentado en un banquillo. Detrás de mí había un espejo, con el cual Julián podía ver mi culo todo lo que se le apeteciera.

    Su miembro era más pequeño que el de Ernesto, podía mamárselo con facilidad. Me sentía humillado, no entendía porqué estaba haciéndolo. Eran sólo zapatos ¿por qué los deseo tanto?

    – Bien reina, mírame bien mientras la chupas.- yo obedecía, mirando atentamente a la cámara de celular.

    Eso fue parte de la negociación, me negué rotundamente a tener sexo con él, pero una mamada era algo que tenía la disposición de hacer. Total ya había chupado un pene antes. A cambio de aceptar eso, Julián me pidió el permiso para grabar todo. Era lo justo, si no lo iba a dejar poseer mis carnes.

    – Hmm, que golosa. Saca más ese culito y menealo para mí. – yo lo hacía. Lo sacaba más y lo movía de un lado a otro, como la cola de una perrita.

    – Así… que niña bien portada eres.- pude notar como ahora enfocaba su teléfono en mi culo y espejo para capturar mejor mi trasero moviéndose. Mientras tanto yo seguía succionando como si de una becerrita me tratara.

    Él me agarraba el cabello, para que no molestara en mi mamada y poder ver todo con lujo de detalles.

    A pesar de tenerla pequeña, tenía una resistencia increíble. También mucha experiencia, me iba guiando perfectamente para darle el máximo placer.

    Ahora iba metiendo uno a uno sus rasurados huevos en mi boca, mientras con mi mano derecha masturbaba de manera constante su pene.

    – Hmm que buen trabajo. – Me tiro del cabello para separarme de su miembro.

    – ¿Tanto deseas esos zapatos? – me dijo con intención de burlarse un poco de mí.

    – Sí… los quiero.- dije con el rostro rojo por la pregunta del hombre.

    – Se nota. Esta es la mamada más cara de mi vida, pero vale la pena con una diosa como tú.- dijo acercándome nuevamente a su pene. Me ordenó quedarme así, soltó mi cabello para agarrar su pene desde la base y pasarlo por todos lados contra mi rostro.

    – Es que hasta tu cara es bonita. Tienes un cuerpo de diabla y rostro de ángel.- Decía para luego separarse de mí.

    – Muéstrame esas tetas. – dijo y yo me levanté un poco para mostrarlas mejor.

    – Son unas verdaderas bombas, cualquiera caería ante ellas.- llevó su mano, las hacía rebotar. No dejaba de grabar con detalle.

    – te debes destrozar la espalda cargando estas niñotas todo el día. – me decía riendo, sus constantes comentarios me hacían sentir extraño. Mi vagina estaba humedeciendo. No podía creer que me estuviese excitando.

    En cosa de segundos me encontré haciéndole una turca. Su pene desaparecía entre mis tetas. Él no dejaba de mirarme y gemir de placer.

    – Que ubres más potentes.- decía el conforme viejo, con su mano acariciaba mis mejillas. Me hacía sentir cada vez más caliente.

    – Usted… aguanta mucho.- le dije mientras movía mis tetas de arriba a abajo.

    – Y eso te encanta… – dijo viendo la marca de humedad que se formaba en la parte delantera de mi tanga.

    Me quedé muy avergonzado, tanto que detuve la masturbación que le estaba dando.

    – Sí me das permiso puedo ayudarte con eso.- yo lo mire y asentí con la cabeza.

    Me hizo sentar en unas cajas, mis pies ya no tocaban el piso. Agarró mi tanga desde las arcilas y las bajó para dejarme totalmente desnuda.

    Dejó la cámara apoyada con unos zapatos sobre una caja a solo unos metros de nosotros.

    Me tomó desde los muslos y me hizo abrir de piernas.

    – Que reina más sumisa y obediente. Las hembras como tú no se ven todos los días. – mi cuerpo temblaba, ese viejo miraba directo a mi vagina.

    Pude sentir su respiración en mi vagina, luego se abalanzó como una fiera. Comenzó a lamer como un perro hace con el agua. Me estremeció de placer. Apreté los dedos de mis pies al sentir tal sensación.

    – ¡Dios! ¡Ah!- no pude evitar comenzar a gemir. Eso ánimo más al viejo quien comenzó a pellizcar mi clítoris, mientras metía su lengua dentro de mi.

    Él era mucho mejor que yo en eso. Cuando me masturbaba nunca sentí tal placer. Toda la bodega se inundó de mis gemidos, era algo escandalosa. Me sentía en el paraíso.

    El orgasmo era inminente, pero entonces se detuvo abruptamente y se puso de pie.

    – ¡Eh! ¿Qué pasó? – pregunte decepcionada por no poder llegar a mi orgasmo.

    El viejo sabía lo que hacía, yo me quedé mirando atenta sus movimientos. Fue hacia un cajón y sacó un condón. Ahora entendía todo, ese hombre me dejó rozando el clímax para hacerme perder la cabeza y aumentar sus posibilidades de coger conmigo.

    Lentamente abrió el preservativo y luego lo deslizó por su verga. Sin decir nada se acercó hacia mí.

    – No… no podemos. – dije con la voz temblorosa.

    Me agarró de los tobillos y me hizo alzar y separar las piernas. Comenzó a frotar su pene contra mi vagina.

    – Lo deseas… tienes la conchita mojada y ardiendo. Deja de negarte y entrégate al placer. – acomodo su pene contra la entrada de mi vagina.

    No podía ser, yo era un hombre. Totalmente hetero, no podía ser que deseara tener sexo con un viejo, era imposible. Mi cuerpo no me respondía, estaba totalmente paralizada.

    El viejo sonrió ya no veía oposición de mi parte. Me agarro más fuerte los tobillos, ya su glande empujaba contra mi vagina. Cerré mis ojos esperando la inminente penetración, mi hombría estaba a punto de ser arrebatada.

    – ¡Aquí voy rei…! – su voz fue interrumpida por un constante golpe en la puerta. Él giró abruptamente hacia la puerta y gritó.

    – ¡¿Qué mierda pasa, Luis?! – grito hacia el empleado. Yo abrí los ojos y miraba como el hombre me mantenía sujeta desde los tobillos.

    – ¡Señor, el auto de su mujer. Ya llegó! – el empleado intentaba explicar. Era evidente que el viejo había dado la instrucción de avisar si llegaba su esposa.

    – ¡Maldición! – rápidamente soltó mis tobillos y se quitó el preservativo. Su pene se ablando de manera veloz.

    Yo seguía desnuda, abierta de piernas y con la concha ardiendo.

    – Mierda… justo se le ocurre venir hoy. – el viejo seguía refunfuñando, mientras se ponía los pantalones.

    – Rápido, vístete también. – ahí reaccioné y me puse de pie para colocarme la tanga que estaba en el piso y luego el top y pantalones.

    – Sé que te gustó, por favor reunámonos otra vez para continuar esto- decía el frustrado hombre. Se le escapó la posibilidad de poseer mi cuerpo.

    Me puse mis nuevas zapatillas. Saque los tacones y las sandalias de las cajas para poder llevarlos más fácilmente. Me entregó una tarjeta con su número.

    – Llámame cuando quieras seguir nuestra aventura… prometo que te regalare un par de zapatos hermosos.

    – Adiós. – dije escuetamente. Tenía vergüenza de verlo a la cara. Me recomendó salir por una puerta de emergencia, así pude huir sin ser vista por su esposa.

    Camine hacia mi casa, lo único que podía pensar que estuve a punto de entregarme a ese viejo y con total gusto. Ese cuerpo de hembra estaba afectando mi mente ¿o siempre me atrajeron los hombres? Esa era la duda que se formaba en mi cabeza.

    Durante el camino los habituales piropos y silbidos llegaban a mis oídos, ya me estaba acostumbrando a eso.

    Pronto llegue a mi departamento. Deje caer las bolsas de compras en el piso. Ya era medio día, por andar haciendo estupideces no había ido al restaurante por el empleo.

    Mi vagina seguía húmeda, mire hacia el velador y vi mi desodorante. Tenía forma fálica… una idea atravesó mi mente.

    En cosa de minutos me encontraba desnuda sobre la cama. Con las piernas abiertas y levantadas, tal y como me tenía Julián.

    Sostenía el envase en mis manos, era como de 10 centímetros y grosor respetable. Lentamente la lleve a mi vagina, se sentía frío.

    Comencé a meterlo, mis labios se abrían y le daban paso. Me dolía un poco pero el placer era más. En cosa de segundos lo metía y sacaba con rapidez.

    – ¡Ah! rico… – gemía con los ojitos cerrados. Imaginaba que así hubiese sido si el viejo zapatero me penetraba. Mi vagina palpitaba al rededor del envase.

    – ¡Yaaa! – sentí mi orgasmo, me había corrido metiéndome un desodorante en la vagina. No podía creerlo.

    Lo saqué de mi interior y quedé recostada en la cama, pensando que si seguía así más pronto que tarde acabaría encamándome con un hombre.

    Agitaba mi cabeza borrando esa idea de mi mente. Fui al baño a darme una de mis habituales duchas de agua fría. Sentía el agua cayendo por mi fina piel. En mi muñeca seguía ese maldito brazalete, no había logrado averiguar nada sobre él ni mi extraña transformación.

    Salí del baño y sequé mi cuerpo. Me puse el conjunto de lencería de encaje burdeo que conseguí modelando, una blusa blanca y abajo unos pantalones de tela negra. También las zapatillas… esas que conseguí dándole una mamada al dueño de la zapatería.

    Me di palmadas en las mejillas, ya debía olvidar eso. Era momento de concentrarse, tenía que conseguir empleo. Agarre mi mochila y lleve una chaqueta por si se ponía frío en la tarde y finalmente salí de mi hogar, enfocado en mi objetivo.

    Al salir comencé a bajar las escaleras. Entonces vi a Jean subiéndolas en dirección opuesta. Me daba mucha vergüenza verlo a la cara después de lo que pasó en la noche anterior.

    Pude notar como sonrió al verme. Levanto la mano mientras se acercaba.

    – ¡Hola vecina! – me saludo alegremente. Como conté anteriormente, cuando yo era un hombre ese tipo me trataba mal e incluso amenazaba con golpearme. Ahora era muy amable conmigo.

    – Hola vecino…- dije siguiendo de largo, no quería que me volviera a pasar lo del día anterior.

    – Espere ¿por qué tan apurada? – me preguntó y estiró su mano para agarrarme desde la muñeca.

    – Voy a una entrevista de trabajo, suéltame por favor. – dije volteando a verlo. Nuevamente lo veía tan grande y superior a mí.

    – Entiendo… ¡ya sé! Te invito a cenar esta noche en mi departamento – sugirió sin soltar mi muñeca.

    – Gracias por la oferta, pero no.- respondí concuna sonrisa nerviosa. Él entendió que no estaba logrando atraerme con ese método tan bruto.

    Soltó mi mano algo frustrado.

    – Está bien, lo siento. Espero que podamos hablar otro día.- seguramente estaba muy confundido, el día anterior yo parecía estar interesadísima en su persona y en especial en su miembro.

    – Gracias…- me sentí muy aliviado de que me soltara. Él no se dio cuenta, pero su dominancia y brutalidad me comenzaba a excitar.

    No entendía el motivo, mi vagina se humedeció ante la presencia del negro. Aún más cuando me agarró con firmeza.

    – Después hablamos.- dije finalmente para bajar rápidamente las escaleras. No volví a mirar hacia atrás, no quería más cosas raras.

    Subí al autobús con el corazón acelerado, podía ver a los viejos mirándome. Me senté en la parte de atrás de esa manera ninguno de ellos podría murmurar a mis espaldas.

    Al llegar al paradero me bajé y caminé hacia el restaurante. Debo reconocer que estaba nervioso. Estaba volviendo a ese trabajo donde me trataban como basura, pero ya no tenía de otra.

    Camine hacia el interior y lo primero que pude ver es que ya había una mesera nueva. Era una chica de rasgos latinos, con rostro tierno. Casi parecía una menor de edad, sin embargo sus curvas en especial el trasero decían lo opuesto.

    – ¿Se le ofrece algo? – pregunto cordialmente al verme, yo la quedé mirando.

    – Sí, busco a don Juan.- respondí y ella se mantuvo sonriente.

    – Entiendo, le avisaré.- la verdad era muy normal que mujeres fueran a ver al jefe. Por eso no le dio mayor importancia.

    Se fue y al rato volvió. Me dijo que la acompañara y la seguí hasta la oficina.

    Abrió la puerta y me dejo pasar. Yo di un par de pasos con nervios. Siempre que entraba a esa oficina era para recibir regaños.

    Juan me quedo mirando, su mirada era de sorpresa. No esperaba para nada que yo me presentara ante él, seguramente estaba esperando a alguna de sus conquistas.

    – Buenas tardes, soy Josefina.- dije tímidamente antes de que él dijera algo.

    – Buenas Josefina ¿qué te trae por aquí? – me preguntó con interés, me miraba fijamente. Sobre todo mi sostén de encaje burdeo que se veía bajo mi blusa blanca.

    – Vine porque busco empleo, me enteré de que aquí habían echado a un mesero.- dije recordando ese fatídico día cuando me convertí en mujer.

    – Ah sí, pero ya contratamos un reemplazo.- dijo mirando fijamente mis pechos. Me sentía avergonzado de que ese mujeriego que me trataba tan mal se hubiese interesado físicamente en mí.

    Mire con desilusión, tendría que seguir buscando trabajo. Entonces prosiguió.

    – Pero podríamos hacer un espacio para ti, vienes vestida de manera adecuada para atender. Te pondré a prueba.- me sorprendió que me aceptara tan fácil, ni siquiera me pregunto si tenía experiencias previas.

    – Muchas gracias don Juan.- dije con una sonrisa, el me interrumpió.

    – Jaja, sólo dime Juan. Tenemos casi la misma edad supongo.- cuando era chico me obligaba a decirle don y ahora cambiaba su actitud abruptamente.

    – Esta bien Juan, no te defraudare.- se puso de pie y estrecho mi mano, la tomo suavemente y tardó un rato en soltarla. Me sonroje un poco.

    – Sígueme, te presentaré al personal.- me soltó y me hizo un tour por el restaurante. Me presento a la otra mesera.

    – Javiera, te presento a Josefina. Será tu compañera, por favor enséñale todo sobre la carta.- le dijo y ella asintió con una sonrisa.

    Luego me llevó a la cocina, ahí estaba el viejo chef Rodrigo. Al verme casi se le salen los ojos.

    – Encantado de conocerte. Soy Rodrigo, no dudes en avisarme si tienes un problema.- ahora hasta ese gruñón era amable conmigo.

    Le respondí con una sonrisa y luego volví con Javiera. Resultó ser una chica muy alegre y simpática. Me enseñó sobre la carta que ya conocía al revés y al derecho, pero no dije nada porque me sentía a gusto recibiendo la atención de la chica.

    También me puso un colet en el cabello y me hizo una cola de caballo. Me comentó que tenía que hacer eso siempre, que sería un problema si cae alguno de mis cabellos en el plato de un cliente.

    Me dejo atender las mesas, los clientes me miraban con grandes sonrisas. Los que iban acompañados con sus novias evitaban a toda costa mirarme, podía ver celos en las chicas.

    Juan me miró en todo momento y se sorprendió de mi rápido adaptación. Tomaba los pedidos y luego dejaba las comandas en la cocina. En cierto momento el chef se comenzó a retrasar. Me acerqué a la cocina para saber que sucedía.

    – Don Rodrigo ¿qué sucede?- pregunté preparándome para sus gritos e insultos.

    – Ah Josefina, es que me tardé un poco y se van a retrasar los platos.- dijo parando un momento para mirarme.

    – Ya veo, iré a dar las disculpas a los clientes.- respondí, ya acostumbrado a tener que dar la cara por sus errores.

    – No, no. Esto es culpa de la cocina, tú no tienes nada que ver. Cuando terminé aquí iré a dar las disculpas personalmente.- vaya que cambiaban todos su actitud hacia mí sólo por tener un cuerpo bonito. Le sonreí forzadamente y luego volví con Javiera.

    Al final servimos los platos y el chef salió a disculparse por la demora. Era la primera vez que lo veía asumir sus errores.

    Otra cosa que me asombró es que ahora recibía más propina de la habitual. Todos los clientes sin falta me dejaron el 10% que me correspondía o a veces incluso más. Estaba muy feliz.

    Terminó la jornada y Javiera se me acercó para charlar un poco.

    – Hiciste un gran trabajo, te acostumbraste fácil. Seguro que Juan te contrata.- me dijo sonriendo.

    – Eso espero, Juan es impredecible.- trabaje igual que siempre, no había diferencias entre el servicio de ese día con el que di cuando fui despedido.

    – Vaya, parece que también lo conoces más personalmente. Ya ni sé cuántas hemos caído en sus garras.- me decía riendo, me sonroje mucho y sentí algo de envidia. Juan se había acostado con esa belleza de mujer, que injusto.

    – Eh… no es así.- me iba a excusar y justo me llamó Juan a su oficina. Me despedí de Javiera y fui a hablar con él.

    – Bueno Josefina, después de ver tu desempeño hoy decidí que te quedaras. Eres un excelente elemento para el restaurante.- me felicito sin dejar de ver mi pecho, estaba en cierta forma feliz de conseguir empleo. Pero no era mi sueño volver a ese lugar tan tóxico.

    – Gracias Juan, estoy muy contenta de quedarme.- le dije sonriendo cordial.

    – Me gustaría tener tu número de teléfono, ya sabes, para tener contacto.- Me puse nervioso, el único número que tenía era el de cuando era hombre.

    – Ahora mismo no tengo número, me robaron el teléfono. Una amiga me va a regalar uno viejo que tiene y mañana se lo doy.- salí del paso con rapidez. Él aceptó.

    – No hay problema linda, mañana arreglamos.- ya me estaba lanzando piropos. Pero ahora que tendría dinero ya no tendría que acostarme con ningún hombre. Así que jamás le daría el gusto a ese mujeriego.

    – Adiós…- me iba a despedir y me detuvo.

    – Espera, deja y te llevo a tu casa.- me iba a negar, pero se paró rápido y me convenció de ir.

    Durante el camino no dejaba de hablar sobre sus pasatiempos y empresas. A mi me daba igual.

    – Eres hermosa, seguro te lo han dicho muchas veces.- yo no le daba mucha atención.

    – Sí ya sé, pero tengo novio así que ni te ilusiones.- Respondí con molestia, ya me había aburrido de escucharlo hablar tanto.

    Era mi oportunidad para avergonzarlo. Nadie se le negaba, pero yo no lo iba a dejar avanzar ni un poco conmigo.

    – Ya veo… las que tienen pareja me gustan más y las que son difíciles de conquistar aún más.- parecía no importarle lo que decía.

    – Como digas, nos vemos mañana.- al llegar a nuestro destino me bajé. Pude notar que se quedó estacionado mirándome caminar hacia mi departamento.

    Al entrar a casa saqué de mi cajón un chip que me habían regalado hace tiempo en una tienda. Saqué el de mi teléfono y lo reemplace por ese. Ahora tenía un nuevo número.

    Decidí crearme una cuenta de Instagram. Sería raro que no existiera nada de mi en internet.

    «Josefina, 23 años. Trabajo de mesera y de modelo esporádicamente. Me gusta el senderismo y viajar.»

    Una descripción genérica, pero correcta. Me tomé un par de selfies y lo dejé.

    Al cabo de media hora mi teléfono explotó en notificaciones. Miraba como mis seguidores crecían. Busqué la razón, eran las fotos en lencería que me tomé para la tienda. Ahí todos preguntaban quién era la modelo y uno dio con mi perfil y me etiquetó.

    Las fotos estaban excelentes, a pesar de ser tomadas con un teléfono eso no opacaba mis curvas luciendo aquella lencería. Como hombre también habría seguido a esa belleza de modelo.

    Recibí toda clase de comentarios por privado, eran demasiados. Simplemente silencie el teléfono y lo deje un rato.

    Me bañe y me puse la pijama. Al volver agarré el teléfono. Tenía 1000 seguidores ya. Vi los mensajes. Me decían de todo. Que era perfecta, cuerpo de ensueño, rostro angelical, que los pechos, que el culo, que las piernas… ¡UF!

    No entendía el motivo, toda esa atención comenzó a entenderme. Me bajé los pantalones y comencé a masturbarme. No era suficiente.

    Cerré la aplicación y me metí a internet. Visite mi página porno favorita. Comencé a buscar y me fijé en uno en él salía una rubia muy atractiva en la portada. Se parecía a mi en el aspecto de tener tetas grandes y piel blanca. Eso sí las suyas parecían ser implantes.

    Decidí abrirlo y me quedé viendo como la chica se desnudaba y bailaba para la cámara.

    Comenzaba a excitarme, al menos aún me atraían las mujeres.

    La mujer procedió a masturbarse, era una escena muy caliente. La imite haciendo lo propio con mi vagina, la sentía tan húmeda y cálida.

    En eso apareció algo que no estaba ni en la portada ni en el título. Un enorme negro apareció desnudo en escena, su pene erecto se robó la atención de mis ojos.

    La chica se acomodó a cuatro patas sobre la cama y el negro comenzó a meterle toda su carne en la vagina. No podía creer que le entrara algo tan grande.

    Mi vagina palpitaba de placer, comencé a masturbarme más rápido. Gemía muy fuerte, estaba en éxtasis.

    Ese negro me excitaba tanto, no pude evitar reemplazar a los actores de la escena por Jean y yo. Estaba fantaseando otra vez con mi vecino.

    – Hmm ¡AH! ¡Sí! ¡Que rico! – chillaba sin dejar de meterme dedos, al final lo del día anterior no fue un incidente de una sola vez.

    – ¡Dios! ¡Así, duro! – mis gemidos se mezclaban con el de la actriz. En eso escuché un ruido en la pared y posteriormente te un grito.

    – ¡Jaja vecina, en vez de jugar solita deberías venir a darte una vuelta por acá! – me quedé paralizada otra vez. Me dio mucha vergüenza. Tanto que pare el video y detuve la masturbación.

    Aún la sentía muy caliente, mi vagina no me daba tregua. Pedía más y más atenciones, seguía exigiendo sexo desde que el zapatero Julián no pudo concretar conmigo.

    – ¡Te estaré esperando! – gritó confiado en que iría.

    – «¿Quién se cree que es este imbécil? Ni loco voy para allá» – pensaba en lo molesto que era el tipo, odiaba toda la confianza que mostraba y también lo bruto y gritón que era.

    En eso estaba pensando y sin darme cuenta mi mano fue a mi vagina para frotarla suavemente de manera superficial.

    – «Maldición ¿por qué me atrae tanto?» – no entendía, sin embargo me seguí tocando pensando en él. En eso escuché que comenzó a subir el volumen de la música.

    Pensé que su intención era llamar mi atención, seguramente quería que fuera a su casa a quejarme.

    Era otra de esas canciones horribles de reggaetón. Odiaba ese género musical. Mientras me tocaba escuche atentamente la letra.

    – » Ella quiere sexo, yo bellaquera

    Darte como perra, como una cualquiera

    Jalarte por el pelo, barrerte por el suelo

    Usarte como escoba, aúlla como loba

    Uuh me la chupa, me la soba

    Uuh y la leche me la roba

    Ella se hace la mas boba

    Mal parida, piroba» –

    Era de mal gusto la letra de esa canción, pero me excito. Seguí manoseándome cada vez más fuerte. Pensaba que quizás me estaba dedicando esa canción a mí.

    – «Me pongo mas sátiro, y la toco rápido

    Le sobo ese bollo mas mojao’ que un parque acuático

    Se lo entro rápido, y se lo saco rápido

    Le echo el polvo mágico que la dejó en pánico» –

    Sentía como que esa obscena melodía me hipnotizaba. Lo estaba deseando, de verdad deseaba tener sexo con Jean.

    De manera automática me puse de pie y me saqué la pijama completamente. Una vez desnuda agarre mi tanga de hilo roja, que ya se había convertido en mi favorita y me la puse. Mis instintos me guiaban.

    – «Mami lo mío es automático, llego tu maniático

    Tú dices que eres mi fan, pero yo soy el fanático

    Tú si te pones loca, pero ya yo estoy lunático

    Voy a darte en la cama duro, en eso soy fantástico

    Como no te conozco, tengo que ponerme plástico

    Tus ojos están pidiendo que te meta con el látigo

    Grande ese culo, y eso me pone simpático» –

    La canción parecía como dedicada a mí. Era como en la naturaleza, cuando algunas aves cantan para buscar hembras para aparearse.

    Jean era el macho y yo la hembra a la que quería atraer. Me puse los tacones negros. Me miré al espejo, estaba de infarto.

    Agarré las arcillas de la tanga y las subí por encima de mis enormes caderas. Gracias a los tacones mi culo se veía más prominente. El hilo de la tanguita se perdía entre mis nalgas.

    – «Hay mucho que te tiran, pero esos tipos son básicos

    Esta noche tu eres mi gata

    Vamo’ a meterle, abajo tengo la lengua del ático

    Discúlpame si esta noche me puse un poco sátiro

    Lo que pasa es que tengo ganas de meterlo rápido» –

    La canción continuaba mientras yo me colocaba una bata negra encima del cuerpo. No quería que nadie más que Jean me viera en paños menores.

    De manera lenta fui caminando hacia fuera de mi hogar. Ya había chupado dos penes, meterme con un tercer hombre ya no le haría menos hetero. Además nadie sabía de mi situación, nadie podría juzgarme ni recriminar nada.

    – «Me pongo mas sátiro, y la toco rápido

    Le sobo ese bollo mas mojao’ que un parque acuático» –

    Ya estaba fuera de la puerta del departamento de Jean. Escuchaba la canción más fuerte. Lo último que hice fue soltarme el colet de mi cabello para liberarlo. Guarde la goma en mi bolsillo. Toqué la puerta.

    – ¡Voy! – oí gritar al negro. Me quedé quieta, temblando un poco por la expectación.

    – «Se lo entro rápido, y se lo saco rápido

    Le echo el polvo mágico que la deja en pánico» –

    La canción se escuchó más fuerte que nunca cuando Jean abrió la puerta. Salió igual que el día anterior, sin camiseta, enseñando esos potentes músculos y con una carpa en su bóxer. La tenía enorme.

    Me quedó mirando y fingió cordialidad.

    – ¡Hola vecina! ¿está muy fuerte la música? – me preguntó pensando que ese era el real motivo de mi visita.

    Su técnica de seducción tan primitiva no funcionaría con mujeres normales… pero yo no era una mujer normal.

    Sin decir nada y levantando mi mirada directamente a sus ojos, me desate el cordón de la bata. Luego la abrí, dejándole ver mi cuerpo totalmente desnudo a excepción de la tanga y tacones. Sus ojos casi se salieron con sorpresa. Saque la bata de mis hombros y la deje caer al suelo. Quedando totalmente expuesta para su deleite.

    – ¡Vecina! – exclamó sorprendido. Sus ojos se enfocaron viendo mis tetas.

    – Vecinita… – volvió a decir cambiando su expresión a una pícara y de excitación.

    Ya había llegado lejos para echarme atrás. Se hizo a un lado y me permitió el paso. Con una patada tiré mi bata dentro del departamento y luego entré de manera sensual, moviendo bien mis caderas.

    El negro me miraba baboso, ya no esperó más y me agarró desde atrás. Tuvo que flectar las rodillas para quedar a mi altura y pegar su enorme bulto a mi culo y a la vez llevo sus manos a mis dos tetas para apoderarse completamente de ellas.

    Me llené de placer, sus manos eran enormes. Sabía que sin dudas lo que pasaría entre esas cuatro paredes me acompañaría por el resto de mi vida.

    – No te vas a arrepentir, rubia…- me susurró al oído. Me tenía ya toda sujeta y sometida.

    Sabía que aunque cambiara de opinión ya no podría escapar, él era una bestia enorme y no podría librarme de sus garras. No había vuelta atrás, estaría a disposición del negro hasta que se quedara satisfecho.

    – » Ella quiere sexo, yo bellaquera

    Darte como perra, como una cualquiera

    Jalarte por el pelo, barrerte por el suelo

    Usarte como escoba, aúlla como loba». –

    En cosa de segundos me encontré bailando al ritmo de esa obscena canción, moviendo mi culo de arriba a abajo, izquierda a derecha. Pegándolo contra el bulto del negro quien se recreaba bailando también y manoseando mis tetas.

    Si llegaron hasta aquí gracias por leer. Estos dos primeros capítulos los tenía listos así que por eso fueron de publicación rápida. Los siguientes ya tendrán más demora. Agradezco a todos los que me dejen algún comentario con correcciones o sugerencias. Un saludo.

  • Mi incesto, mi hijo y yo. Confesiones de Laura

    Mi incesto, mi hijo y yo. Confesiones de Laura

    Vamos a decir que me llamo Laura, pero muchos me dicen La. Hace algún tiempo cuando tenía 48 años y estaba casada y con dos hijos; había comenzado a sentir que algo me faltaba en el deseo, o ese deseo estaba pidiendo algo más que el sexo de entrecasa con mi esposo; con treinta y ocho años y casada, habían quedado atrás mi adolescencia y mis viajes por el mundo, habiendo conocido placeres, vicios eróticos, copas de espumantes y amigovios (como dicen ahora) bastantes frecuentes entre mis íntimos.

    Esa tarde de un viernes cualquiera en Buenos Aires, tenía ganas de llegar temprano a casa darme un baño de espumas con sales y escuchar música, una copa de espumante y la paz de la casa; mi esposo estaba de viaje y mis hijos creyendo yo, en casa mis padres, por lo que el fin de semana era mío y nada más que a merced de mis placeres; de vez en cuando la llamaba a Mena, esa amiga que sabe hasta el último orgasmo que tuve en la noche, o aquella que alguna vez también me los provocara.

    Dejé mis papeles, me colgué la cartera y como toda arquitecta me vanaglorié de mis encantos frente a los chicos de mi estudio cruzando mis piernas al caminar, haciendo que mis glúteos marcaran mi sugerente andar o mis posiciones delante de ellos y de ellas también; siempre supe que más de uno de ellos, tenían alto morbo con mi figura y mis provocaciones, las que no eran menos; había alguno que otro y sobre todo un rubiecito, Leo al que alguna vez comiéndole la boca le demostré como se coge a una potra como yo.

    Pero llegué a casa, descendí del auto, y entrando, percibí que la puerta de calle estaba sin llave, pensé que se habrían malogrado mis planes de “finde” especulando que mi esposo había regresado, pero no, su auto no estaba en la cochera; al entrar sentí ruido en los dormitorios y sigilosamente, quitándome las sandalias subí las escaleras; cada vez más se sentía el gemido de una mujer que estaba cogiendo rico en mi dormitorio; sin hacer ruido, a través de la puerta entreabierta veo que mi hijo Richard estaba cogiendo con su novia sobre mi cama, los gemidos y la cara de Rosana (su novia) estaban en pleno orgasmo; mi hijo detrás de ella, clavaba tremenda pija en una conchita depilada y muy rica bañada por sus propios flujos, con una colita que se elevaba en tanto que ella arqueaba su cintura, recostando su carita y su pelo rubio sobre las almohadas. No voy a negarlo, me excite…

    Mientras seguían cogiendo y cada vez que el golpeteo del pubis de mi hijo sobre la colita de Rosana era más intenso y más profundo, gemían con murmullos que me costaba distinguir, yo ya me estaba mojando frente a esa escena…

    —Cogéme más fuerte hijo de puta, cogéme como coge la putita de tu mami. —Le gritó Rosana.

    Me quedé helada, cuando escuché esas palabras, me di cuenta en ese momento que alguien más sabía de mis aventuras, lo más asombroso fue cuando veo que la pendeja, tenía puesto una biquini mía, una tanga y soutien de tela atigresada, para esas noches de putas que una se pone debajo de una minifalda par provocar calenturas. Pero ahora me calentaba a mí que esa nena tenía puesto mi traje de perra y que mi hijo con su pija la estaba gozando.

    —Cogéme más fuerte, pensá como coge tu mami con cada macho que tiene. Te gusta ver a tu mami coger, te calienta también putito… Entonces partíme como se la parten a ella.

    Mi hijo se estaba cogiendo a su novia, pensando en mí, estuve a punto de explotar, pero el morbo me fue conteniendo y mostrándome que yo era la protagonista de esa cogida profunda; cerré mis ojos y comencé a sentir un mareo que me tumbó contra la pared.

    —Si nena, me encanta como coge mi mami, y más cuando la llenan de leche.

    —Rompéme, cogeeeme más; sentí que esta conchita es de tu mami, de esa putita.

    —¿Te gusta espiarla?… ¿Te gusta como se la coge Mingo?… ¿Te gusta bebe?…

    Yo no podía creer lo que escuchaban mis oídos, mi hijo sabía que mi amante era Mingo, el hermano de Mena que un día me sedujo en casa esta y ya llevábamos más de 5 años cogiendo y con un par de raspajes en el haber, a pesar de otros amantes temporales o compartidos; me gusta el swingerismo o los tríos; pero ahora estaba masturbándome, rozando la tela de mi tanga contra mi clítoris; viendo a mi hijo coger y calentarse conmigo; cerraba los ojos y gemía…

    —Sentila mami, sentila mami. —decía y volvía a repetir.

    —Si bebe; mamí la está sintiendo, —le contestaba Rosana.

    Yo sí que la estaba sintiendo, me había mojado toda y tenía que morderme para no gritar y gozar como me gusta, pero más me calentaba ver la pija de Richard rozando mi tanga, ¿las fantasías que tendría? y ¿cuántas pajas me habrá dedicado revolviendo mis cajones? los que de vez en cuando descubría yo, que estaban revueltos mis encajes. Ahora entendía cuántas veces me dio a entender que sabía de mis infidelidades. Mi hijo era un cómplice a boca cerrada; ¿sabría todas mis aventuras?… Guau… la cabeza me dio vueltas y más me calentaba tratando de verle la pija, ahora quería sentir lo que estaba sintiendo esa chica sobre mi cama.

    En un momento Rosana pegó el gritito de un orgasmo y poniendo por debajo su mano, acaricio su conchita llena de flujo y se untó ese esfínter rosadito; mi hijo separándose le pasó su lengua húmeda dejando caer una intensa salivada, —la pija de Richard era enorme—, cuando apoyó su glande en ese orificio no había duda que el morbo que tenían conmigo era intenso y tan real como lo estaban viviendo.

    —¿Me vas a hacer la colita?

    —Si mami, como te la hace Mingo. —Mi hijo sabía hasta mis diálogos con mi amante.

    —Despacito bebe, como le gusta a tu mami; haceme sentir como esa pija se clava y se pone más dura. Mirá mis pezones, son como los de tu mami… mirá como se ponen… “guasqueame” la colita. —hasta eso sabían, “guasqueame la colita” es como le pido yo a mis amantes, que me llenen la colita de leche.

    —Así… la siento adentro mío, que rico que duele.

    —Así la siente la putita de mamá.

    Sin duda Richard, mi hijo, me había visto coger; yo tenía que contenerme porque hasta sentía mi propio esfínter mojarse. No tardaron mucho en acabar, mi hijo se estrelló contra Rosana, la penetración fue una acaba profunda en esa colita, que el grito de esa nena retumbó en toda la casa; chorreaba semen entre sus piernas, aún sin que mi hijo se hubiera despegado de ella; mi tanga, la que Rosana llevaba puesta se tiñó de blanco con tanto semen y tanto flujo blanco que le bajaba mientras se despegaban suavemente. Rosana se irguió sobre sus piernas y antes que se escapara el glande de Richard y chorreando guasca; ella lo besó, se besaron profundamente; –tenía los pezones tan calientes y rozados como los míos.

    —¿Te gusta como coge mamá?

    —Si putita, mamá y vos son ideales, un par de putas que saben lo que es coger.

    —Algún día nos la cogemos a tu mami y le enseñamos nuestro morbo; me encantaría cogerme a Laura, y le damos el gusto de un trío como a ella le gusta. Como los hace en el club con sus amiguitos.

    ¡Sabían hasta mis secretos y los nombres de mis amantes!

    Richard se incorporó y dejó caer toda su leche sobre la cara de Rosana, ella abriendo la boca, se metió cada centímetro de esa pija, todavía erecta y se tragó hasta la última gota…

    —Limpiala putita.

    —¿Cómo hace mamí?

    —Si nena, toda.

    Rosana se tumbó de espaldas sobre la cama; tenía su pubis igual que el mío, depilado y apenas con una línea de bellos rubios que descienden hasta el clítoris; sus lolas un poco más pequeñas que las mías, pero tenía la misma intensidad de mis aureolas y sus pezones erectos, al igual que los míos bajo mi camisa blanca. La pendeja era mi otra yo cogiendo con mi hijo. Eso me excito y el morbo se hacía más intenso en mi cabeza. Levantó sus piernas y Richard le quitó mi tanga arrastrándola por sus largas piernas, cuando estrujándola en sus manos la usó para limpiarla la conchita y la colita, a la vez que también se secó la pija.

    —¿Que vas a hacer con esa tanga? —le preguntó Rosana.

    —Se la vamos dedicar a mami con toda la leche que me sacaste.

    Mi hijo comenzó a caminar hacia la puerta del cuarto, yo estaba detrás de esta; lo único que pude hacer es esconderme velozmente en el suyo, rogaba que no entrara y que fuera hacia el baño. Traía en su mano mi tanga hecha un bollo… Pero entró en el cuarto donde yo estaba, me descubrió con la camisa desabrochada, mi minifalda levantada por sobre las caderas y sin mi biquini; mis pezones reventando sobre la tela de la camisa ya desabrochada; apenas si intenté tapar mis pubis, pero dejé que también lo descubriera.

    —¿Qué haces acá? — Me murmuro para que no lo escuchara Rosana.

    —Vi todo Richard, hace un buen rato que estoy espiándolos. Dame esa tanga que es mía, (le dije) llevándomela hacia mi boca y sintiendo sus olores; decíle a Rosana que se vaya, que mamá está por llegar y que quiero hablar con vos.

    No tardé en meterme esa tanga llena de semen entre mis labios, cuando con sus dedos Richard aún más, la empujó dentro de mi boca; le devolví el gesto cuando me arrodillé y tomando entre mis manos su pija, le hice un par de pajas y le dije como pude mientras metía esa pija también entre mis labios…

    —Ahora sí que va a ser de mami.

  • Mi primera vez en un parqueadero

    Mi primera vez en un parqueadero

    Queríamos explorar algo nuevo, así que salimos a un bar y pedimos una botella de ron. Entre el frío de la noche, la soledad de las calles, la preocupación por un examen, pensando en quién nos iba a prestar la tarea de química y haciendo planes para la graduación fue mi primera papalina. Mis sentidos estaban desequilibrados, el entorno me daba vueltas y al fondo escuchaba el rock y las carcajadas de mi amiga cuando decía que un joven se estaba riendo de nosotras. Aun así no me importaba y disfrutaba esa sensación.

    En medio del arrebato, me dio curiosidad saber quién era el hombre cuerdo que no entendía mi demencia. Levanté la mirada y aunque todo se tambaleaba noté que era un joven de piel blanca, cabello rubio y ojos verdes. Al verme preguntó: ¿cómo te llamas? – Aileen – respondí. Mi nombre es Daniel mucho gusto – continuó. Se acercó y me ofreció su mano. Haciéndome saber que él también era del pueblo y estaba con unos amigos tomando algo, disfrutando del circo que yo estaba armando. Lo que produjo en mí fue más risa, tengo un pequeño defecto y es que me rio en momentos indebidos. Así que seguí disfrutando de mi rebeldía, mientras el hombre sensato me veía. Después fui a casa con mi amiga y con risa inmotivada nos quedamos dormidas. Al otro día ni la tarea llevamos, ni el examen lo ganamos. Una colegiala que salía del capullo, convirtiéndose en una colorida mariposa, atrayendo las miradas de quien la veía volar. Tenía varios admiradores; Juan, un sabio y caballero; Sebastián un coqueto y caribonito; Gonzalo, tierno y detallista; Luis, trabajador y de buen humor. No sabía a quién elegir, era un dilema.

    Mientras tanto le preguntaba a mis compañeras qué sentían cuando tenían sexo. Me encantaba escucharlas al día siguiente después de versen con sus novios. Me describían las posiciones que hacían, los sitios a donde iban y los detalles que les daban. Buscando que llegara ese día, salía con Juan y me parecía aburrido; con Gonzalo y era demasiado cursi; con Luis y era muy despreocupado. Era un dilema. Con Sebastián salía ocasionalmente y era un acosador. En la acera, afuera de mi casa cuando se iba a despedir, apretujaba mi nalga y pasaba su lengua caliente por mi oreja de manera circular, continuaba rozándola por el mentón y lo llevaba a su boca para succionarlo. Acomodaba sus manos en mis senos y los agarraba tan fuerte como si fuesen a escapar. Me abría un poco las piernas para él meter la suya y la frotaba con mi vagina. Miraba su cara y se estaba mordiendo los labios, enredaba sus dedos con mi cabello y me hacía más fuerte, sintiendo la braga de mi pantalón metida en el medio de mi vulva. Metía el dedo pulgar en mi boca y lo chupaba mirándolo a sus ojos. De pronto alguien venía y nos quedábamos quietos como si nada pasara, mientras lo abrazaba. Me gustas – expresaba él. Mis pupilas se dilataban y le respondía con una sonrisa. Nos hacíamos en las escalas de mi casa y cuando se iba a desvestir me negaba a tener sexo con él, a pesar de que gozaba lo que hacíamos. Respondía con indiferencia, mientras yo disfrutaba ver su cara de frustración al no poderme coronar. No debía ser fácil para él que alguna mujer se resistiera a seguirle el juego, estaba acostumbrado a tener sexo con todas las mujeres que se le antojaba. Días después se cansó y no me volvió a buscar.

    Cierto día pasé por el parque y me topé con Daniel; el joven de ojos verdes. Monita, ¿te acuerdas de mí? – Preguntó – sí – respondí. Me contó que era un concejal del pueblo y su familia vivía allí. Así que venía frecuentemente y quería salir conmigo en alguna ocasión. Te confieso que le acepté por educación, me dio la impresión de ser un hombre altivo y presumido. Siempre que acordábamos le sacaba una excusa para evadirlo. Sin embargo siguió insistiéndome y cada que estaba de visita me escribía por Facebook o me llamaba para que saliera a la puerta de mi casa y despedirse antes de salir con rumbo a la ciudad. Era poco lo que hablábamos; me contaba cómo le iba en las sesiones y lo que hacía en la semana. Por sus palabras me parecía algo superficial y poco interesante., se volvió intenso y seguía esquivándole.

    Los fines de semana yo salía de fiesta con mis amigas y por lo general me encontraba con “el intenso”. Un día en medio de la fiesta, le acepté un trago y para consolarlo, también un beso. A las 12:30 am cerraron la discoteca y salimos juntos. Me llevó a la entrada de un parqueadero que curiosamente al fondo quedaba su casa y me recostó a la pared. Monita, me tienes loco, me encantas – dijo, mordiendo mis labios y recostando su cuerpo con el mío. Hagamos el amor – continuó – ¿aquí?, jamás lo haría – respondí un poco ofuscada. Recordé que no me gustaba y era cosa de tragos, además cómo pretendía que “mi primera vez”, fuera en ese lugar. Le pedí que me llevara a mi casa que quedaba a dos cuadras de la suya y así lo hizo.

    Cuando llegué, mi mamá estaba esperándome – ¿con quién estabas? – preguntó ella – con mis amigas – respondí – ¿y quién le hizo lo que tiene en el labio? – continuó en voz alta. La miré con cara de sorpresa como si no supiera nada y fui a mirarme al espejo, tenía un moretón en la boca, como si hubiese sido víctima de un vampiro y le dije lo primero que se me ocurrió: me picó algo ahí. Aunque en el fondo supe que no me creyó. Al otro día le contaron que me habían visto con Daniel y cuando llegó a casa me dio una retahíla. Al parecer presentía que su niña ya estaba creciendo y desde entonces le cogí más pereza a Daniel. Era un descarado: me hacía moretones, me quería quitar la virginidad en un parqueadero y aparte me exponía frente a mi madre.

    Meses después me gradué del colegio y viajaba a la ciudad para ir a la universidad. Cuando me reunía con mis compañeras, todas hablaban de amor y sexo, mientras yo me dignaba a escuchar. Tenía amigos y pretendientes pero ninguno me tocaba el corazón. Cierto día llegué al pueblo y me topé con “el impertinente de ojos verdes”, me saludó y me invitó a tomar algo en son de amistad. Su actitud hacia mí ya había cambiado, parecía que ya no me miraba con ojos de deseo. En medio de la conversación me di cuenta que compartíamos el mismo gusto por la música, el deporte, los caballos y “el niño de papi y mami”, tenía don de gente: le gustaban los niños y ayudar a los demás. Desde ahí empezamos a ser amigos. Ahora iba con gusto a la disco, que ambos frecuentábamos para verlo y me di cuenta que era carismático y la gente le tenía aprecio. No debe ser tan malo el condenado este – pensaba cuando lo veía. Fuimos forjando una bonita amistad y empezamos a compartir nuestros gustos. Salíamos juntos a cabalgatas; lo acompañaba a hacer donaciones en las veredas y a sus partidos de futbol los fines de semana. Cuando coincidíamos, viajábamos juntos a la ciudad. Se fue convirtiendo en mi mejor amigo y su comportamiento era de alguien respetuoso y caballero. Aunque a veces me celaba, cosa que no me chocaba.

    Mis sentimientos estaban un poco confusos, cuando pensaba en él sentía cosquillas en el estómago y cada que lo veía mis ojos brillaban y la sonrisa de oreja a oreja casi me delataba. Su reacción era similar a la mía, pero jamás me atrevería a tomar la iniciativa. Si llegara a pasar algo, sería porque él daría el primer paso. Además tenía orgullo y no quería que pensara que me derretía por él, después de todo el desprecio que le hice tiempo atrás.

    Cierto día acordamos para asistir a un evento y perdí mi teléfono, no me pude comunicar con él para confirmar su asistencia. Sin embargo fui con una amiga y antes de llegar estaba un poco ansiosa. Me paré en la puerta para ver si lo veía y de pronto vi a mi nuevo amigo, con sus ojos verdes que iluminaban toda la fiesta, al verme relució una sonrisa que parecía ser el mejor lugar para posar mis labios. Lo saludé y nuestras miradas se conjugaron aquella noche, bailamos y reímos como nunca antes. Los gestos hablaban por sí solos, dos amigos con deseo de sentirse, amarse y entregarse. Horas después salimos de allí y me pidió que lo acompañara a su casa. Nos fuimos caminando y en el transcurso empezó a coquetearme, mientras mis cachetes se sonrojaban y por dentro me moría por volver a sentir su piel, ahora con mi total consentimiento y sin resistencia alguna.

    Cuando íbamos entrando al parqueadero, me acorraló contra la pared. Esa noche quería que me hiciera suya. Me colocó una mano en el rostro y la otra en la cintura, me besó de la manera más sutil y tierna posible. Empezamos a jugar con nuestras lenguas, metió su mano por debajo de mi blusa y la subió fuertemente por mi espalda, en sinónimo de deseo. Me desabrochó el jean y lo bajó hasta los tobillos, se arrodilló y a unos centímetros de su cara estaba mi vulva, pidiendo que la saboreara. Abrí un poco mis piernas y empezó a mordisquearme la entrepierna, mientras sentía que mis líquidos estaban saliendo, fue envolviendo esos hilos pegachentos en su lengua. Se paró y me giró, dándole la espalda. Volvió y se agachó y me abrió la nalga para hacerme el cunnilingus y con la otra mano me estimulaba el clítoris, estaba empapada. De pronto me subió el jean y me llevó hacia un carro, se desnudó y nos acomodamos en la parte trasera, se sentó y me agaché para chupar su dura verga, la cogí con mi mano y la metí en mi boca hasta la garganta, la sacaba y me daba golpes en la cara con ella, mientras sentía su babita y su olor se quedaba impregnado en mi rostro. Me cogió del cabello y me llevó hacia él, nos dimos un beso compartiendo saliva y algo de fluidos. Nos abrazamos y ya me iba a desnudar. Estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer o qué decir. Bueno si sabía, quería decirle que me hiciera el amor, pero todavía no porque me iba a doler. Daniel, soy virgen – dije – ¿enserio? – respondió con cara de sorpresa y seguidamente me besó, no se decirte si fue demasiado pasional o exageradamente cariñoso. Tranquila – dijo él en voz de secreto.

    Me quitó la ropa dejando lucir mi temerosa y hambrienta vulva. Me acostó en la silla y cerré los ojos. Empezó a masajearme el clítoris y sentía una energía que subía y bajaba por mi cuerpo. Cerraba el puño de mis manos y mis pezones se tensionaron, con su lengua los rodeó de lengüetazos. Me abrió bien las piernas y trató de introducir la punta roja de su sexo sobre el mío, empecé a sentir un ardor y pronto salió un quejido – ¿lo saco? – preguntó – no, sigue – respondí. Mientras sentía su verga caliente, desafiando mi mojada y estrecha vagina para entrar. De pronto Daniel se aceleró y lo hizo más rápido, provocando que le arañara la espalda. Sentí un fuerte dolor, que a su vez fue placentero. Luego lo metía y lo sacaba más seguido, hasta que se quedó quieto y me abrazó. Nos quedamos ahí, paralizados un rato, entre mimos y caricias sentía cómo su leche iba saliendo de mi vagina.

    Desde entonces seguimos teniendo encuentros en el parqueadero.

  • De visita, se da un trío con la anfitriona

    De visita, se da un trío con la anfitriona

    Estábamos en la casa de una amiga tuya que habíamos ido a visitar en otra ciudad, y ya en la noche, después de una agradable y deliciosa cena en su comedor, acomodados en el cuarto de visitas de su casa, tu y yo cogemos rico mientras me preguntas si la invitábamos con nosotros. Yo te cuestiono si piensas que ella quisiera unirse y me dices que crees que si.

    Además habías visto que no me desagrada y ella es de buen carácter, excelente actitud y muy dispuesta. Todo eso nos decimos mientras nos besamos y tocamos uno al otro. De allí pasamos a más caricias y te pones a chupar mi pene que ya muestra una erección importante, lamiendo con tu lengua a lo largo, hasta llegar a mis testículos, así como metiendo la punta y buena parte de mi pene en tu boca, succionándolo deliciosamente.

    Entonces te pones en 4 puntos, levantando tu trasero para que yo te penetre por detrás, que es una de las formas que más te gusta que te cojan. Me incorporo detrás de ti y con mi mano me pongo a jugar desplazando mi pene a todo lo largo de tu entrepierna, rozando tu clítoris, la entrada a tu vagina y llegando hasta tu apretado culito, donde al presionar con la punta en la entrada tu gimes al sentirlo allí ubicado.

    No tardo en introducirlo en tu muy húmeda vagina, y llego profundamente en ti, tocando tus paredes internas, haciendo placentero el momento para ambos. La cogida va subiendo de intensidad a cada momento, tus gemidos ya son lo suficientemente sonoros… me dices que para ver si se le antoja y se anima. Mientras, me mojas rico y te corres varias veces cogiéndote mi pene, que está ya muy duro y largo Escuchamos ruidos en su cuarto lo que nos hizo pensar que está despierta y escuchando que estamos teniendo acción al otro lado de la pared.

    Después de unos minutos de intensas cogidas, donde empujas tu cadera para sentir con mayor fuerza mi pene penetrándote, y me mojas con tu excitación, me dices que irás a tocar su puerta para ver si se anima a unirse a nosotros. Me salgo de tu vagina con mi verga dura y empapada de tus jugos, tú te incorporas, la recorres con tu mano recogiendo nuestros jugos los embarrabas en tus senos dejándolos impregnados de ese rico olor a sexo que tanto te excita. Yo te los quise chupar y me dices que no, que me espere.

    Tomas tu blusa de tela fina y delgada, que está en un pequeño sillón dentro de la recamara. Te la pones cubriendo tus hombros, sin abrochar botón alguno, dejando expuestos tus senos deliciosos. Abres la puerta y sales del cuarto. Te escucho tocar la puerta contigua. Ella abre rápidamente y le preguntas si puedes entrar, aunque te quedas en el marco de la puerta. Yo me asomo apenas y puedo ver tu contorno asomando por el quicio inmediato. Sólo escucho un par de expresiones, luego algunas risas ligeramente reprimidas y después un poco de cuchicheo y besos, mientras sus manos rodean tu cintura y se funden en un rico beso entre las dos. Me alejo de la puerta y regreso a la cama.

    En un momento más, cruzas el umbral de la habitación con ella tomada de la mano. Me dices con expresión alegre: ¡mira quien está aquí! Te haces a un lado, y le adelantas con la mano, para que quede frente a mi, pudiendo verla desnuda, hermosa y dejándome ver un cuerpo que muestra su excitación por todo lo que estaba sucediendo en el momento. La abrazas por detrás, acariciando su cuerpo y besando su cuello, orejas y mejillas. Ella sólo lleva su tanga y se deja tocar y besar por ti, mostrando su disposición a todo. Tus manos igual rozan sus pezones, como bajan a tocar su clítoris y vagina, o se aventuran a su cadera y trasero, mientras ella gime disfrutando del momento.

    Entonces, ella se voltea hacia ti, fundiéndose en un abrazo lleno de pasión y comienzan a besarse en la boca, cara y cuello. Yo puedo ver sus cuerpos de pie ya desnudos restregando los senos de ambas y acariciando con sus manos las caderas, espalda y hombros. Me pongo de pie, me acerco a ustedes, poniéndome justo detrás de ella, rozando su espalda y cadera con mi pene erecto y mojado con líquido preseminal. Extiendo mis brazos hacia ustedes, para abrazarles y unirme a esas caricias de sus cuerpos, viendo como se besan con mucha pasión y en forma tan sensual.

    Le tomas una mano y se la llevas a mi pene que está ya completamente erecto y haces que lo empiece a recorrer y acariciar en toda su extensión. Ella se gira y quedamos de frente los tres, en un triángulo excitante. Nos empezamos a besar entre todos, mientras ella ya me masturba con sus dos manos acariciando mis testículos también, mientras se deja besar por ti y recibe nuestras caricias abiertamente. Entonces, tú te inclinas y tomas sus senos para empezar a lamerlos y jugar con sus pezones en tu lengua, mostrándome lo sexy que eso se ve, para después meterte uno y después el otro y succionarlo con intensidad, arrancándole gemidos de excitación a ella.

    Regresas a besar su boca y, jalándola de la mano, las dos se ponen en cuclillas mientras siguen besándose. Quedan a la altura de mi erecto pene y acercando sus bocas a él, empiezan a lamerlo y colocarlo entre los labios de ambas, recorriendo a lo largo con las lenguas y besándose cuando llegan a la punta.

    La dejas chupando mi pene, y podemos verla metiéndolo hasta el fondo de su boca, llegando a su garganta. Te incorporas para besarnos y decirme que, como puedo ver, ella sí está dispuesta a todo. Me dices que desde la cena tenías ganas de ver que yo la cogiera. Que la penetrara fuerte y duro por detrás. Que se sintiera cogida mientras tú le acariciarías y jugarías con el resto de su cuerpo para hacerle sentir que sería una cogida intensa y para recordar muchos días.

    La levantamos para llevarla a la cama. La ponemos de rodillas en la orilla, hacemos que incline su cuerpo hasta quedar pegada su cara a la superficie de la cama y me coloco detrás de ella para penetrarla con mi pene que estaba a reventar después de su rica mamada que ha estado haciéndome. Su vagina esta empapada, completamente lubricada y dispuesta. Apenas le acerco la punta, ella levanta las caderas para permitir con mayor facilidad ser penetrada. Te acercas para ensalivar mi pene con tu boca y lamer su vagina, lo que le provoca un respingo y gemidos de deseo y lujuria.

    Tomas mi verga con tu mano, la llevas a la entrada de su vagina y empezó a ensartarla. Apenas pasa la punta, me dices que se la meta de golpe y, al hacerlo, eso le genera correrse intensamente. Tú le acaricias su espalda, la cadera, le frotas sus senos, ocasionalmente le aprietas sus pezones y te agachas a besar su boca, para ver su expresión mientras es cogida por mí.

    Eventualmente le metes un par de dedos en su boca, y le acaricias su culito, empujando un dedo hacia el interior, donde puedes sentir mi verga entrar y salir de su vagina rápidamente. Eso la excita de sobremanera y le provoca otro orgasmo intenso. En ocasiones sustituyes tus dedos por tu lengua acariciando su culito y lamiendo ocasionalmente mi miembro al entrar y salir de su vagina, empapado de sus jugos.

    La intensidad de mis movimientos te hace ver que estoy próximo a correrme y metes por debajo una mano hasta alcanzar mis testículos para acariciarlos y sujetarlos mientras me dices que la deje llenita de semen, que le servirá para recordar la noche tan intensa. Yo empiezo a correrme dentro de ella, mientras que sus orgasmos se dejan sentir en cascada y con gran intensidad. Tú observas todo, frotando tu vagina, sabiendo que viene más.