Autor: admin

  • Dante, mi amigo del gym

    Dante, mi amigo del gym

    ¡Hola! Les voy a contar ahora una vivencia que tuve con un maduro con el cual coincidía en el gym.

    Mi esposo y mi hijo van todos los días al gym de unos amigos nuestros, nos conocemos desde la secundaria, a mí la verdad me daba pereza hasta hace aproximadamente 2 años y unos 8 meses que me metí al gym también, la verdad yo no quería pero tengo un problemita de salud y pues obviamente me recomendaron hacer un poco de ejercicio, además de que mi esposo y mi hijo casi me obligaron, obviamente no soy de esas modelos matadas que van todos los días tanto en la mañana como en la noche, yo voy y hago un poco de pesas y cardio, más que nada por salud.

    Bueno, como les decía yo no soy mucho de hacer pesas, y cuando no hago pesas solamente hago cuando voy 90 minutos de cardio, ahí conocí a Dante, un señor alto, blanco, de barba cerrada, canoso, musculoso, en fin…

    Todos los días coincidíamos en el gym, por lo regular yo voy de 6 pm a 8 pm o de 7 pm a 9 pm, nos veíamos y saludábamos como muchos que van al gym, siempre me acompaña mi hijo ya que en ese tiempo iba en la preparatoria y podíamos ir en ese horario, mi esposo no nos acompañaba porque él iba cuando llegábamos de trabajar, es decir de 2 pm a 4 pm.

    Pero bueno yo siempre me encontraba a Dante en la escaladora, platicábamos, nos presentamos, él es doctor, divorciado 2 veces, aunque tiene a su pareja, en fin.

    A mí la verdad me gustó mucho, porque pues no le ponía ningún “pero” al señor, al pasar los días platicábamos mucho más, y más, hasta que se convirtió a risas esa plática tan amena, yo ya había dejado ir mi imaginación varias veces, ustedes sabrán cómo, pero pues yo sabía que alguien así no me haría caso a mí, una chaparrita, llenita, de pechos grandes, con lonjita, estrías, en fin, al compararme con las buenotas que van, sé que soy una más del montón, sinceramente.

    Pero bueno, siguieron corriendo los días, yo pues no podía con la tentación, y mejor me cambiaba de las escaladoras a la caminadora, o a la bicicleta o a la caminadora curva, en fin, trataba de no tenerlo cerca. Sin embargo a dónde iba me seguía, y eso me hacía sentir halagada, hasta que después de platicar durante muchos días del trabajo, de la casa, del ejercicio y de todo lo demás, hablamos de la parte personal e íntima.

    Me di cuenta que no le era tan indiferente a pesar de que era una del montón en el gym, me orientaba en algunos ejercicios, me dijo que tenía que hacer pesas para bajar la lonjita y tonificar el cuerpo, que el cardio solamente me iba a bajar pero a dejar flácida. Así que se convirtió digamos en mi coach de ocasión, y digo de ocasión porque había veces que la verdad ni me pelaba y otras veces me ponía la rutina, me ayudaba en los ejercicios, en fin.

    Al momento de ponerme la rutina o corregirme los ejercicios, siempre rozaba mis tetas, o mis piernas, mis nalgas, me repegaba mucho su cuerpo a la espalda, en fin, yo solamente disfrutaba hasta su aroma.

    Un día de estos, mi hijo no fue al gym, se fue con su novia al cine y me fui sola, mi licra negra, mi tanga, mi top, mi sudadera, mi botella de agua y mi toalla.

    Ese día llegué y lo primero que me dijo es “y tú hijo” le contesté, comenzamos con el cardio 10 minutos para calentar, hasta que me dijo “este clima no está como para quedarse aquí, ¿y si vamos a coger?”, así sin medias tintas, yo sorprendida, me sonroje cómo niña de 15 años, lo mire y le dije sin pensarlo que a dónde me llevaría, me dijo “solamente súbete al coche” y me dio las llaves.

    Baje de la parte de cardio, coloque mi dedo en el checador para salir y me despedí de Víctor, uno de nuestros amigos dueños del gym y baje hasta el estacionamiento, abrí el coche y subí. Pasaron menos de 5 minutos cuando lo vi bajar, arrancó el auto y me llevo a un sauna.

    Pago un sauna privado, según él el hotel más barato del mundo, ya que cobran $100 por persona, entramos, me abrazo y comenzó a besarme, lo bese yo también, aunque me tenía que poner de puntitas, ya que medía 1.90 m según él, en medio de los besos y las caricias, se quitó su licra, su playera y quedó desnudo, se sentó en una banquita que había ahí, bajo mi licra, me quito el top, el sujetador, y quedé solamente en tanga, se levantó de la banca y entró a encender el sauna para que comenzará a salir el vaporcito y se sentía tan rico como salía calientito de dentro del sauna.

    Regreso y se volvió a sentar, ahí sentado y yo paradita, comenzó a besar mis tetas, apretaba y chupaba mientras yo solamente disfrutaba la vista, veía como apretaba una teta mientras chupaba la otra, las juntaba y chupaba ambos pezones al mismo tiempo, hasta que sentí como un dedo de él buscaba mi entrada vaginal, así que me agache, quite mi tanga y mientras se calentaba el sauna aún más, metió sus dedos, mientras chupaba mis tetas, yo trataba de no gemir, ya que hay más cuartos de sauna, sin embargo se me salía uno que otro grito, él me hacía la seña de que no gritara hasta que se levantó de la banca abrió la puerta del sauna y entramos.

    Ya adentro del sauna seguimos, me besaba y yo también, hasta que no me aguante y tome su verga con mi mano, comencé a jalar mientras él abrazándome por la espalda me tocaba las tetas y me metía sus dedos.

    Me volteo y me abrazo, hasta que me sentó en la mitad de otra banquita que estaba en medio del cuarto de sauna, colocó una toalla extendida y me acostó sobre la banca, se arrodilló frente a mí, separó mis piernas y mis labios vaginales, metió sus dedos, comenzó a lamer y a chupar mi clítoris, yo solamente disfrutaba hasta que le dije que se levantará, así que se paró a un lado de la banca y me coloqué de lado, tome su miembro y lo metí a mi boca, mamaba ese miembro delgado y largo como me había enseñado mi esposo, mis amantes y la vida, veía como volteaba sus ojitos mientras yo veía su carita de placer hasta que pare.

    Se sentó en la orilla de la banca, abrió sus piernas y así acostada como estaba yo se dispuso a penetrarme, hasta que le dije que se pusiera su condón, me dijo que no pasaba nada, sin embargo le dije que no, ya que a pesar de que lo conocía no dejaba de ser sexo casual, salió al vestidor, y entro con varios de ellos.

    Se colocó el preservativo y así sentadito él, y acostadita yo, me la dejo ir toda, mis piernas soltaban y bailaban mientras él me cogía, mis manos se tomaban de la orilla de la banca mientras mis tetas brincaban en cada metida de verga que me daba, al cambiar de posición ahí sentado, me tomo de la cintura, se hizo hacia atrás y me levanto, sin sacar su verga de mí, hasta quedar ambos sentados, aunque él encima de la banca y yo saltando en su verga.

    Mientras yo abierta de piernas me apoyaba para moverme y cogérmelo, él solamente me tomaba de la espalda para no caerme, hasta que así sentados como estábamos, se vino, sentí como su pene se fue poniendo grueso y más duro poco a poco hasta que su semen llenó la punta del condón… Yo aún caliente porque no había tenido mi orgasmo, seguí moviéndome despacio, hasta que sentí como se fue haciendo pequeño su miembro poco a poco y así mismo fue saliendo.

    Se disculpó, me dijo que era la excitación del momento, además de que le gustaba todo lo que me cargaba, haciendo referencia a mi cuerpo, pasaron los minutos y nos acostamos en la banca, para disfrutar del vapor caliente que salía, era riquísimo, por si alguien no lo ha intentado o no ha ido a algún lugar así, hágalo.

    Estábamos platicando, pidió unas bebidas, se las dejan en una bandejita por medio de una pequeña ventanita de madera que está en el vestidor, comenzamos a platicar, comentamos del gym y de lo que había pasado en ese momento, me dijo que había estado muy bien, que ojalá me haya gustado y le dije que si, pero que me faltó llegar a mi, a lo que él dijo que ahorita se arreglaba eso.

    Se levantó de la banca, tomo su verga entre sus manos, y comenzó a sacudirla hasta que se puso erecta. Yo solamente mientras estaba acostada veía como su miembro se ponía más y más duro, sin pensarlo 2 veces tire la toalla en el piso, me arrodille, me recogí mi cabello y comencé a mamar de nuevo, aún sabía a semen, comencé a mamar mientras él se limitaba a poner una de sus manos en su cintura y con la otra me tomaba de la cabeza. Me empujaba toda ese pedazo de carne hasta donde lo aguantaba, mientras yo con una mano lo detenía apoyándome en sus piernas, y con la otra detenía el tronco de su verga para seguir mamando y masturbando al mismo tiempo.

    Deje de mamar, la saque de mi boca y me pegue con ella en la lengua, me la puse en la cara, me pegue con ella en los labios y le chupe la pura cabecita hasta que me dijo “ponte”.

    Levanté la toalla del piso, la extendí en la banca y me puse de perrita, pegue mi pecho a la banca, mis rodillas en una orilla y pare mi colita, quiso meterla sin condón, pero le dije que no, volvió a comentarme que estábamos en confianza que lo dejara, pero le dije nuevamente que no, así que se puso de nueva cuenta el preservativo y mientras, yo con mi zorrita y colita esperándolo.

    Se puso el condón y me la dejo ir toda con una fuerza y firmeza exquisita, me cogía mientras me daba de nalgadas, era riquísimo sentir como su verga larga y delgada pegaba en mi útero, yo solamente gemía y le pedía que no parará, que siguiera, obviamente tomaba sus descansos, pero era rico sentirlo dentro.

    Hasta que paro, saco su verga de mi zorrita, me dio la mano y me levanto, se sentó en la orilla de la banca y me coloco frente a él pero de espaldas, comenzó a besar mi espalda mientras yo solamente apretaba mis piernas y las movía para rozar mi clítoris con ellas, hasta que me dijo siéntate en mi, así que sentado en la orilla de la banca yo dándole la espalda me senté en su pene, comencé a moverme mientras él me tomaba de las tetas, ambos estábamos sentados, él en la banca y yo en su verga.

    Así me movía mientras me apoyaba en mis rodilla, cogía cómo desesperada, me daba unos sentones en ese pedazo de carne que solamente me limitaba a sentir y a concentrarme en mis movimientos, sentí como mi vagina se empezaba a contraer y sabía que era mi orgasmo, así que yo tenía el control de hacerlo llegar, se acostó completamente en la banca, no aguanto más tiempo sentado, y así acostadito y yo sentada seguí cabalgando, me movía y me la metía como y hasta donde yo quería.

    Pare y me di la vuelta, le pedí que se acostara bien sobre la banca, colocó unas toallas en su nuca y me subí en él, mis manos apoyadas en su pecho, apretando mis enormes tetas, ambos llenos de sudor y mi vagina llena de verga, mis pies apoyados en sus cuádriceps, y yo cabalgando sabiendo que venía mi orgasmo, mientras él tenía una de sus manos en mis tetas, apretando mis pezones y la otra la tenía en mi garganta, le decía que si, que no parara que apretara mis tetas y que me ahorcara, que eso me excitaba, y mientras le decía eso, colocó sus pies en la orilla de la banca y comenzó a moverse, yo solamente abrí mis piernas, lo abrace y dejé que me cogiera así.

    Hasta que sentí como mi vagina se comenzó a contraer aún más, así que decidí moverme yo también, ambos nos movimos y cogíamos hasta que le dije “no pares papi, sigue, cógeme, ya viene” y así fue, no paro hasta que me vine, solté de golpe mi orgasmo y moje toda su pelvis, salió de chorro y eso a él le gustó bastante, siguió moviéndose, mientras yo solamente gemía y le pedía que parará ya que estaba muy sensible.

    Me pidió que me levantara, lo saqué de mí y me levanté, me tomo de la cintura y me besó, mientras me besaba tomo sus dedos y comenzó a meterlos a mi vagina. Le pedí su verga, le dije “dame la tuya, cógeme papito, métemela”

    Así que me volteo, ambos parados a un lado de la banca comenzó a besar mi espalda de nuevo, mis hombros, mis oídos, mi cuello, hasta que me recargo, puse las palmas de mis manos en la pared, me puse de puntitas y pare mi colita, se colocó detrás de mí, me acomodo tomándome de la cintura y me la metió, me estaba cogiendo así paradita, me nalgueaba mientras me decía

    -eres una puta gorda exquisita.

    -¿ah sí? ¿Soy exquisita?, le conteste.

    Mientras me seguía cogiendo, con una mano me tomo de cuello y con la otra me jalaba del cabello, le dije:

    -así papi, me excita que me ahorquen, que me salen del cabello, que sean malos conmigo.

    -¿te gusta putita, te gusta?

    -así papi, cógeme, dámela toda, dame tu leche.

    Dejo de jalar mi cabello, y esa mano la llevo a mi boca, me metió los dedos y yo los chupaba, primero fue un dedo, luego 2 y después tenía 3 dedos en mi boca y su otra mano en la garganta, mientras él me embestía y me cogía con todas sus ganas, saco sus dedos de mi boca y me dijo:

    -me vas a limpiar la verga con tu boca.

    -asi papi, ajá, yo te la limpio pero no pares.

    -¿si? ¿Me vas a chupar la verga y te vas a tragar la leche que me sobre?

    -¡si papi, si! No pares, cógeme no pares, dame más, cógeme, soy tu gorda puta, le decía.

    Aún recuerdo todas y cada una de sus palabras y de las mías, mientras me seguía ahorcando y jalando del cabello yo ya me había cansado de estar de puntitas sin embargo sentí como su verga se iba haciendo más dura unas gruesa, sabía que su orgasmo estaba cerca y le dije que no parará, que me cogiera más y más. Hasta que así, ambos parados, yo ahorcada y él jalándome del cabello me vine una vez más, sin embargo él también lo hizo, ambos llegamos a nuestro clímax al mismo tiempo.

    Solamente oía como estaba agitado y yo igual debido al vapor y el calor que hacía en el cuarto, sin embargo no olvide lo que me dijo, lo saqué de mi, me arrodille frente a él, y le quite el condón para mamar los residuos de leche que quedaron en su pene, mientras él se apoyaba en la pared y veía como con mi lengua y mis mamadas limpiaba su verga de toda esa leche, pase mi lengua por mis labios, trague la leche y le levanté del piso, me besó y ambos nos acostamos de nuevo en la banca hasta que se dió la hora de salir de ahí.

    Nos bañamos, nos cambiamos y salimos del vapor, subimos a su coche y me dejó a media cuadra del gym, no me acerco más ya que el gimnasio queda a escasas 4 cuadras o calles de mi casa.

    No me ofendió que me dijera gorda, ya que si estoy llenita, no me ofendí ni me sentí mal, mi esposo así me dice de cariño “gordita” y es algo con lo que he vivido toda mi vida y no me da pensar decirlo que si, que estoy llenita, tengo lonjita, estrías, en fin, pero no todas las mujeres somos perfectas y menos las que somos madres.

    Les mando un fuerte abrazo y saludos a todos y todas, espero les haya gustado, no ha sido la única vez con Dante, ya que como les dije, coincidimos todos los días en el gym, pero esto que hemos hecho pocas veces no nos impide llevar una amistad y ser amigos dentro del gym.

    Aunque a veces sinceramente tardo semanas para volverlo a encontrar ya que es una persona ocupada y al igual que yo tiene la vida fuera de.

    Espero les guste y por supuesto contesto y leo sus comentarios, espero me lean para la siguiente. Les mando un fuerte abrazo y un saludo.

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  • El vacío de mi vida

    El vacío de mi vida

    Tuve un sueño con ella de nuevo, pero se sintió diferente, tengo que desahogarme y guardar esto para nunca olvidarlo.

    Estaba tan abrumado, en mi casa había una reunión de la cual no sabía nada, empezaba a caer el sol, y salí a caminar, fumar un cigarro y no pensar en la gente desconocida que había en mi casa.

    Caminé hasta el centro del pueblo donde encontré una feria, llena de vida, era hermosa, pero al igual que mi casa estaba llena de gente que no conocía, camine entre las estrechas calles, llenas de juegos y puestos de comida, hasta que entre la multitud vía a mi novia y mi cuñada, estaban jugando a lanzar piedras, se veían tan contentas, en especial Jesi, la hermana pequeña, irradiaba un brillo sin igual.

    Jamás la había visto así, me pareció hermosa, me quede contemplando unos minutos, guardando la imagen en mi mente, queriendo nunca olvidar esa sensación, no quería olvidar como me conmovió el corazón verla tan plena y sonriente, bajo las cálidas luces amarillas de la feria, adornando su cabello rubio cobrizo y su piel trigueña, con su complexión delgada que me fascina, y sus labios color rosa sonriendo como nunca, llamándome a desearla, besarla y amarla por siempre.

    Pero un golpe de realidad me atacó de sorpresa, como un golpe al centro de mi alma, recordé que eso que mi corazón deseaba era imposible, pues ella era la hermana de mi novia y yo no podía simplemente dejarla y andar con su hermana, además, nunca ha existido ese tipo de señales de parte de Yesi, de pronto ese deseo idílico se fue. Me acerqué a ellos y mientras caminaba todo se apagaba, se volvió tenue y descolorido, me preguntaron dónde estaba, les dije que solo me había quedado atrás por tanta gente.

    Seguimos caminando y Yessi se acercó a mí, me abrazo del torso como a un amigo y me enseñó el premio que ganó en el juego pasado, seguí caminando sin prestarle mucha atención, pero fue inevitable no girar la mirada hacia ella, en cuanto vi sus ojos claros, surgió nuevamente ese brillo, que la rodeaba, que la envolvió casi como una figura divina. Me detuve y me pare frente a ella, los demás desaparecieron y quedamos solos en un mundo vacío, donde solo podía sentirla a ella, la mire a los ojos y no podía dejar de sentir un vacío en mi interior, que deseaba llenar con su amor, como si toda la vida me hubiera hecho falta ella.

    Detenidos frente a frente, acaricie su cara y con la otra mano la acerque a mí, la tome de la cintura, quedo tan cerca que podía sentir su respiración, me miro desde abajo por ser más bajita, sus ojos grandes y claros, se clavaron en mí, sin decir nada sentía que ambos deseábamos lo mismo fundirnos en un beso, entregarnos al deseo, me acerque a sus labios, y me deje llevar por mi fantasía, ella me correspondió, me beso con sus labios delgados, entregándome su vida, sentía como se derretía de amor al igual que yo, sentí despegarme del piso y flotar en el espacio, ya no era solo un mundo vacío era la nada.

    Solo existíamos ella y yo en ese momento.

    Después de experimentar tan mágica sensación, después de entregarnos al deseo de un simple beso de amantes, bajamos lentamente de flotar en el vacío a acostarnos en una cama donde acaricie su pelo mientras se acomodaba sobre mi pecho, abrazándonos como dos amores viejos que disfrutan de la simple compañía del otro, besé su frente y me quede oliendo su cabello por varios minutos hasta que ella empezó a besarme el cuello.

    Subió rápidamente a mis labios, y yo la recibí desesperado por su aliento, como si mi vida dependiera de besarla, la tome de las mejillas, baje mi mano lentamente desde su cara hasta su cadera, ella me subió su pierna, invitándome a saborear sus nalgas, las acaricie suavemente, metí mi mano en su pantalón, sentí su piel fría, erizada por la excitación, seguí tocando su piel por debajo de su suéter púrpura, tocando su pequeños pechos, jugando con su pezón.

    Dejó de besarme y se acomodó sobre mí, se quitó el suéter quedando desnuda del torso, tomo mi mano, la puso sobre sus pechos, los apretó, al intentar levantarme para saborearlos ella me hizo retroceder y recostado los acercó a mis labios, los besé y mordí, mientras ella gemía despacio como si fuera un secreto en su cabeza, que poco a poco salía por su boca.

    Nos quitamos la ropa, como quien se quita un peso de encima, derribábamos la barrera de lo moral, igual que antes no existía nada en nuestra mente mas que deseo, deseo que teníamos que satisfacer, se acostó boca arriba con las piernas abiertas, bese sus piernas delgadas y erizadas, subí saboreando su piel hasta su vagina, la inunde de saliva y comencé a darle placer con mi lengua, la hacía transformar esos gemidos bajos, en gritos de amor, me envolvía con sus muslos, moviendo su cintura al ritmo de mi lengüeteo, con pequeños besos subí hasta su abdomen plano, nunca había pensado que su cintura era tan delgada hasta que mi cara estuvo tan cerca, como un niño que saborea un dulce recorrí desde su ombligo a sus pechos.

    Mi vida se sintió elevada en otro nivel, cuando la penetre, entre con cuidado, mirándonos a los ojos siempre, sintiendo cada centímetro uno del otro, un movimiento lento nos poseyó, en perfecta armonía, sentía el fuego de nuestros corazones, salir de entre la piel para unirnos en un solo ser de deseo y placer, tenía a la mujer perfecta para mí, nos gozamos de muchas formas, pero en medio de unos deliciosos sentones que me daba.

    Mientras sentía sus 45 kilos caer rítmicamente sobre mi, sosteniéndose de mi cuerpo para penetrarse más rápido con mi miembro, me di cuenta de que era un sueño, de pronto todo comenzó a oírse menos, sus gemidos parecían alejarse, hasta solo escuchar el eco de su último “mi amor”, quede solo en un vacío obscuro, frio, y solitario, no podía ver nada, no diferenciaba si mis ojos estaban abiertos o cerrados.

    Cuando al fin logre diferenciar siluetas, me encontraba en mi habitación, ya había despertado, no se sentía normal, no era como despertar de cualquier noche de sueño, revise el celular eran las 2:36 am, volví a sentir un vacío en mi alma, que deseaba llenar con su amor, como si toda la vida me hubiera hecho falta ella.

    Después de eso mi vida se siente como un sueño y la realidad es el paraíso de sus labios, a donde con tantas ganas quiero regresar, donde pude ser uno mismo con alguien, donde el amor era nuestro lenguaje, nuestro aliento era lo que nos mantenía vivos, donde nuestros corazones ardían como el sol, donde solo existimos ella y yo.

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  • Creo que mi ex novia me fue infiel

    Creo que mi ex novia me fue infiel

    Tenía 26, soy abogado y trabajo, cuerpo atlético, moreno claro. Mi novia (24 en ese entonces) es de piel clara y tiene un hermoso culo, estudia Ingeniería en Sistemas Informáticos, por lo que es de las pocas mujeres en sus clases. Ha formado amistad y grupo de trabajo con puros hombres, por la misma razón. Ya están en el último año de la carrera y tienen un proyecto muy complejo, están trabajando en grupo, ella con 3 de sus compañeros.

    La semana pasada se reunieron en la casa de uno de ellos que vive solo, yo los conozco y he compartido con ellos, por lo que me invitaron a quedarme ese día allí, se iban a quedar dormir, porque uno de ellos trabaja y no podía reunirse temprano. El punto es que para mi mala suerte ese día yo trabajé hasta muy tarde y tuve que estar en otra ciudad, me dijeron que no importaba, que igual podía llegar a la hora que fuera, que dejarían la puerta sin seguro.

    Llegué a las 3 am estaba súper cansado, pero estaba con la inseguridad de que ella se había quedado a dormir con 3 hombres sola. Llegué y pude abrir la puerta, estaba sin seguro, ya estaba todo en silencio, pero la luz de la sala y del patio aún estaban encendidas, las apagué y sin hacer ruido me dirigí hacia la habitación principal, la cual también estaba con la luz encendida, entré y todos estaban dormidos, pero ahí sentí una punzada horrible y celos.

    Uno de ellos estaba en short y sin camisa, otro estaba en bóxer y uno estaba totalmente desnudo, pero lo peor fue mi novia, tenía puesta una camisa larga (que no es de ella) y estaba en ropa interior, su trasero estaba a la vista de todos, sus bragas rojas estaban a la vista de todos, me incomodé y lo primero que hice fue tomarle fotos por si tenía la desfachatez de querer negarlo, después quise tocar su parte íntima para ver si estaba mojada o tenía restos de semen.

    Cuando traté de hacerlo se volteó y a esto uno de sus amigos se despertó, él estaba durmiendo en un sofá (el que estaba desnudo), vi como se empezó a sobar su verga (mucho más grande que la mía) y me dijo “rico culo verdad” (noté que estaba un poco tomado) me saqué de onda y no dije nada, siguió viendo y me dijo “pensé que se lo ibas a hacer aquí, ya me estaba preparando para el show jaja” solo le dije “estás pendejo” y se rio y se volvió a recostar.

    Me acosté a la par de ella (ella estaba en la cama, dos de ellos en una colchoneta en el suelo y el otro en un sofá) pero no pude dormir. Al día siguiente le pregunté a ella que por qué estaba así que si había pasado algo y me dijo que dejara de inseguro, que qué pensaba de ella, que si iba a ser así de inseguro y no iba a poder confiar en ella que mejor lo dejáramos así. Me dijo que ellos la respetan y que no es la primera vez que la ven así, que incluso la han visto desnuda y que no piense mal de ellos. La verdad quedé desconcertado, ya no quiso hablar del tema y pues, no supe qué pensar… teníamos 3 años de relación y yo tenía planes serios con ella.

    No sabía qué hacer, me sentía incómodo, cuando le pregunté otro día que por qué la han visto desnuda me dijo que porque se ha bañado en esa casa cuando han tenido alguna exposición y que todos se cambian ahí, sin andar con vergüenzas, dijo que ellos son de confianza y respetuosos. “Incluso me han hecho que les diga quién es el que la tiene más grande, me la han mostrado y se la han puesto dura, fue una vez que me vieron desnuda que me dijeron que aprovecharían para que yo diera el veredicto sobre el más vergudo”, me contó.

    Me saqué de onda y le reclamé, le dije que no estaba bien, que eso no era normal y me dijo que yo era demasiado celoso y que me estaba “desconociendo” que no creía que yo fuera así.

    Un par de meses después de eso, terminamos, pero ahora que lo recuerdo me excita mucho y de hecho en mi actual relación, soy diferente, pero eso se los contaré en otro relato.

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  • Vida solitaria

    Vida solitaria

    Me crie en una familia que siempre me tuvo en trabajos de los terrenos, el problema para mí era que siempre había excepciones conmigo pues era el chacho de la casa, un día decidí salir de esa casa al cumplir mi mayoría de edad, cosa que así lo hice, con un poco de dinero que tenía me despedí de la familia que me tuvo desde pequeño y decidí enrumbarme a la capital con nuevos destinos.

    Pero la vida no es fácil cuando no tienes amigos, logré encontrar trabajo en un hotel en limpieza, el asunto que era que tenía que limpiar, todo lo que dejaban las parejas, cierto día entré.

    Sin darme cuenta a un cuarto que pensé que al fin se había retirado y encontré a dos gay cachando como locos, no es por menospreciar pero el activo lo tenía grande su pija que me asusté y salí como alma que ve al diablo, asustado los vi salir felices del acto, pero en mi mente rondaban ideas locas de homosexualidad, otro día entré a un cuarto pensando que no había nadie y noté a un hombre desnudo que se estaba masturbando, en verdad tenía una pija enorme.

    Me dijo limpia nomas, no te preocupes, no sé qué me pasó que me quedé, mientras aseaba el pasaba su mano rozando mi culo con sus dedos gruesos me sentía excitado ver esa enorme pija, aunque no puedo decir de mí que tenía la pija chica, me jalo del brazo y me dijo te doy 100 pesos si me lo mamas, no le dije, 200 me dijo.

    Me acerqué y lo mamé al punto que empujaba con su mano que me atoraba hasta que noté todo su pubis lleno de mi saliva, se masturbo con fuerza y me hizo tomar su leche, que me causaba un poco de asco pero al final me lo absorbía poco a poco, que lo dejé limpio.

    Me retiré y le dije que penetrada no, porque tenía miedo, me ofreció mil pesos si me dejaba penetrar, la necesidad me hizo perder la cabeza y me desnudé totalmente para ponerme en cuatro y me penetré, pero lamentablemente apareció el gerente de hotel y me encontró desnudo a punto de ser penetrado, sacó al amigo del hotel y a mí me dio mi pago por el tiempo que estuve y me despidió.

    Salí triste, reconociendo que falle a mi trabajo y fui al cuarto que tenía alquilado.

    Nunca más supe del amigo porque no intercambiamos números, ni nada, me quedé con las ganas de una buena pija dentro de mi culo.

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  • La culpa fue de mis primas (2)

    La culpa fue de mis primas (2)

    Sigue el juego perverso con mis primas que me convertiría en lo que soy ahora

    Cuando entré en el salón mis primas se me quedaron mirando fijamente. Yo esperaba que se rieran, que me hiciesen alguna broma, que se burlasen de las pintas que llevaba… esperaba que la finalidad de todo aquello fuera hacerme pasar un mal rato para obligarme a ganarme el privilegio de saborear el chumino jugoso y peludo de mi prima Rocío. Un juego un poco cruel, pero en el fondo inocente.

    No tenía ni puta idea.

    En lugar de reírse o hacer comentarios hirientes, mis primas me miraron entrar en un espeso silencio. Catalina me taladraba con una mirada indescifrable, y Rocío prácticamente se me comía con los ojos. De hecho, se lamió inconscientemente el labio inferior durante un instante y dijo con voz ronca…

    -Pero qué guapa estás…

    Me quedé helado. No sabía qué hacer. La situación era tan extraña, tan irreal, que me daba la impresión de estar inmerso en un sueño absurdo, en una alucinación.

    -Venga, no te quedes ahí parada, ven aquí que te veamos mejor…

    La voz de mi prima Catalina tenía un tono autoritario y gélido que me dio escalofríos. Y me había dicho “parada”. “Parada”, no “parado”. Reparé en que además Rocío me había dicho antes que estaba “guapa”. Por algún motivo extraño, que me hablasen como si fuese una chica me excitó. Y eso me hizo enfadar.

    -¿Parada? ¿Cómo qué parada? A ver si te meto una ostia…

    -A ver si te quedas sin probar el coño de esta…

    El rostro de Catalina permanecía impasible y su voz era tranquila y fría. Me descolocó su actitud. No sé por qué me giré para mirar a Rocío y vi que estaba con la falda y las bragas en los tobillos, exhibiendo su raja peluda y mojada con todo el descaro. Prácticamente podía oler su aroma marino y embriagador. Se me hizo la boca agua.

    -Sin probar su coño… y sin mamada…

    Catalina seguía impasible, pero sus ojos brillaban de modo extraño. Parecía estar disfrutando mucho con todo esto. Yo estaba confuso pero mi más que evidente erección era la prueba palpable de que la situación no dejaba de resultarme muy excitante.

    -Y ahora ven donde te veamos mejor, venga…

    Obedecí. Me coloqué en el medio del salón, di una vuelta para que me vieran, vi con sorpresa que mi prima Rocío se acariciaba el clítoris suavemente sin dejar de mirarme.

    -Ahora ponte de espaldas, échate para adelante que veamos qué tal ese culo…

    Obedecí. Algo en la voz imperiosa de mi prima Catalina y en el tacto suave de aquella ropa de mujer sobre mi piel me excitaba. A mi mente venía la imagen de mi tía Marcela, sus enormes tetas retenidas a duras penas por el sostén, su culazo imponente marcándose contra la minifalda cuando se agachaba para poner la mesa…

    -Muy bien, ahora levántate un poco la falda que te veamos bien el culazo…

    Obedecí. Quería impresionarlas. Quería que Catalina estuviese contenta con cómo seguía sus instrucciones. Me imaginaba que así le hablarían más o menos a mi tía aquellos golfos con los que se fugaba de tanto en cuanto, y me parecía entender vagamente por qué lo hacía.

    Estaba prácticamente fuera de mis casillas. No sabía qué me estaba pasando, pero me gustaba. El sonido de la respiración agitada de mi prima Rocío y el ruido chapoteante que hacía su coño bajo la caricia de sus dedos contribuía a darle a todo aquello un aire perverso que me fascinaba.

    -Ahora date la vuelta y ábrete la blusa.

    Obedecí.

    -Ahora ponte a cuatro patas.

    Obedecí.

    -Ahora di que eres una puta.

    Callé. Pensé en cruzarle la cara a aquella descarada, pero no lo hice. Me quedé quieto, el corazón a mil por hora, esperando no sé el qué.

    -He dicho que digas que eres una puta guarra.

    Vi que Catalina se había metido la mano dentro del pantalón desabrochado y también se estaba masturbando. Me latían las sienes con tal fuerza que creía que me iba a desmayar.

    -Que digas que eres nuestra puta zorra.

    Obedecí.

    Obedecí en todo.

    Me coloqué en todas las poses provocativas imaginables. Me incliné hacia adelante pellizcándome los pezones. Me puse a cuatro patas enseñando el culo y palmeándome las nalgas. Me chupé el dedo como si fuera una polla, o como yo me imaginaba que se haría eso más o menos. Hice un estriptis torpe para ellas. Me dejé dar azotes en el culo. Repetí con voz jadeante todos los insultos que me lanzaban.

    “Soy vuestra puta guarra”. Mientras ellas se sobaban el coño como posesas, babeando de placer y mirándome con ojos fieros.

    “Soy una zorra que voy con todos”. Mientras mi polla palpitaba pugnando por romper las bragas. Mientras me moría de la calentura sintiéndome un juguete a merced de los caprichos de aquellas dos pervertidas.

    “Estoy para que hagáis conmigo lo que queráis”. Mientras el aire viciado de la habitación se espesaba con la peste a pescado de sus coños empapados, mi presemen que empapaba las bragas y el sudor de los tres y yo me sentía a un tiempo humillada y elevada, el culo del mundo y el centro del universo, la última de las putas del arroyo y la primera de las reinas sobre la faz de la tierra.

    Es difícil de explicar pero quien probó alguna vez esa sensación sabe de lo que hablo. Y sabe que no hay nada que se le compare. Por eso, a pesar de mi vergüenza y de mi asombro, obedecí.

    Obedecí en todo.

    -Ahora vete y le comes el coño a Rocío.

    Casi me echo a llorar de la emoción.

    No era la primera vez que me comía un coño tampoco, pero le tenía tantas ganas a aquella almeja que me abalancé sobre ella como una fiera hambrienta y empecé a lamerlo y besarlo con tal ansia que casi me ahogo. Rocío se agitaba y gemía como una loca, me agarraba del pelo y empujaba su chocho contra mi cara sin dejarme apenas respirar. Los rizos de su vello púbico me acariciaban la cara y se metían por mi nariz, inundándome con el olor a marisco de su vagina, su flujo me empapaba las mejillas, la barbilla, la lengua, su clítoris estaba tan inflamado que casi parecía una pequeña polla palpitante, sus labios vaginales habían duplicado prácticamente su tamaño y estaban tan calientes como las puertas del mismísimo infierno.

    Saboreé, olí, lamí, chupé, succioné, mordisqueé y gocé cada milímetro cuadrado de aquel coño que me había tenido meses obsesionado, hasta que Rocío, exhausta tras no sé cuántos orgasmos, después de convulsionar y chillar como si se fuera a morir no sé cuántas veces, me soltó y me empujó suavemente hacia atrás, como para alejarme de sí. Quedó tendida en el sofá, desmadejada, la mirada perdida, el pecho agitado por una respiración violenta. Era la viva estampa de la satisfacción sexual, me pareció. Es una imagen que hasta el día de hoy sigue poblando mis sueños más íntimos y mis fantasías más depravadas.

    El caso es que después de aquel atracón de coño mi rabo estaba a punto de estallar. Lo tenía tan duro que me dolía. Ya no podía más. Y me debían aún parte de mi premio.

    Me levanté, me arremangué la falda, me aparté las bragas y dejé salir mi pollón enrojecido y enhiesto. Al verlo Catalina abrió unos ojos como platos. Creo que nunca en mi vida la había tenido tan gorda y tan dura.

    -Ahora quiero mi mamada.

    Era yo quien tenía ahora la voz ronca y firme. Era yo quien mandaba. Catalina se agazapó en el suelo y vino a gatas hacia mí. Se paró a escasos centímetros de mi verga, olisqueándola, midiéndola mentalmente. La agarró con mano temblorosa y me miró fijamente. Yo estaba más caliente que nunca.

    -Roci, ven, ayúdame.

    Me tumbaron en el suelo y arrodilladas una a cada lado de mí, empezaron a acariciarme la polla suavemente. Era la primera vez que cualquiera de ellas me tocaba la polla con la mano, por extraño que pueda parecer. Y la sensación era fabulosa. Aguanté la respiración. No sabía cuánto podría aguantar sin correrme.

    -Mira, es como la máquina del Tetris del bar… tú agarras la palanca… y yo aprieto los botones…

    Los dedos de Catalina empezaron a masajear mis pelotas con tal habilidad que no me cupieron dudas de que lo había hecho antes un montón de veces. Rocío deslizaba sus manos por mi polla, arriba y abajo, haciéndome retorcerme de placer.

    -Qué grande… casi no la abarco con las dos manos…

    Y tras decir eso, empezó a inclinarse sobre mí, la boca levemente abierta, la lengua asomando entre sus labios, dispuesta a meterse mi picha en la boca. Era más de lo que habría atrevido a soñar siquiera unos meses antes. A todo esto, Catalina nos miraba fijamente y se relamía, sin dejar de acariciarme los huevos con delicada precisión. Mi polla palpitaba con una violencia inusitada…

    Y no pude más. La excitación acumulada durante toda la tarde, las caricias de mis primas, sus bocas preparándose para saborearme… fue demasiado para mí, y me corrí entre espasmos, gruñendo como una bestia en celo, largando un chorretón de leche a presión que fue a pegar primero en la cara de mi sorprendida prima Rocío y luego se derramó sobre la blusa y la falda que yo llevaba puestas. Instintivamente, Rocío soltó mi tranca. Un segundo chorro, aún más fuerte, salió despedido con fuerza marcando una especie de vía láctea que manchó mi vientre, la blusa, el sostén, mi pecho y mi cara. Caí rendido, incapaz aún de procesar lo que había ocurrido, confuso pero feliz.

    Un par de días después volvimos a casa de mi abuela y organizamos un festival parecido. Yo esperaba que esta vez por fin recibiría esa mamada que mis primas me tenían prometida, pero no fue así.

    Mientras yo bailaba imitando a las zorras de las películas baratas embutido en un vestido de látex y unas medias de rejilla y mis primas se masturbaban mirándome con las bragas en los tobillos oímos un ruido en la puerta y tratamos de disimular, pero fue en vano. Mis primas intentaron recomponerse la ropa allí mismo, yo salté como un gamo al pasillo y alcancé el baño por los pelos. Allí me escondí como pude detrás de la lavadora, con la ropa de mi tía todavía puesta.

    Oí voces, creí alcanzar a diferenciar a voz de mi tía Marcela, y a mi prima Rocío que lloraba, pero no podía estar seguro. Empecé a quitarme aquella ropa antes de que me pillasen vestido de marica, pero de pronto se abrió la puerta del baño y mi tía Marcela irrumpió pillándome con su vestido en la mano y sus medias de rejilla, su sujetador de encaje rojo y su tanga del mismo color puestos.

    -Pero, ¿qué tenemos aquí? ¿Qué es esto? ¿Ahora me robas la ropa?

    Hice un esfuerzo titánico por contener las lágrimas y musité con voz nerviosa.

    -Por favor… por favor… no se lo digas a mi madre…

    Resultó que mi tía Marcela había elegido precisamente aquella tarde para volver, con el corazón roto y me figuro que el chocho y el culo más rotos todavía, a la casa de mi abuela. Y nos había pillado de marrón. No nos pidió explicaciones, que tampoco habríamos sabido darlas, y nos prometió no contar nada, pero nos exigió no volver a hacer jamás algo así y nos advirtió de que si veía cualquier tipo de relación rara entre nosotros tres lo contaría todo a la familia.

    Mi relación con mis primas Catalina y Rocío no se rompió del todo, pero nunca volvió a ser igual. Su madre las encontró dos novios del barrio, con los que se casaron en los años siguientes, pasando a verse conmigo más que nada en reuniones familiares y por supuesto, nunca a solas. Nunca llegué a saber de dónde habían sacado la idea de aquel juego perverso, ni si habían hecho antes algo similar, ni si llegaron a hacerlo más adelante. Y por supuesto, nunca volví a tener a disposición ni el culo ni ninguna otra parte de la anatomía de mi prima Rocío para resolver mis calentones y soltar el exceso de leche de mis pelotas.

    Yo fui a la Universidad, conocí otra gente, salí del círculo de la familia y el barrio que para mí habían sido mi mundo hasta entonces, y viví diversas aventuras que ya iré contando si a alguien le interesan. Muchas de ellas, como imaginaréis, las he protagonizado vestido de puta zorra y comportándome como una perra salida, y en todas ellas siempre está presente de una forma u otra el recuerdo de aquellas tardes con mis primas.

    Mi tía Marcela también se casó poco después con un exboxeador bruto pero buena gente y se quedó viviendo con él donde mi abuela hasta la muerte de esta. Nunca he dejado de sentir por ella un deseo urgente y vagamente vergonzante, ni de mirarle de reojo el escote, ni de observar su culazo cuando pone la mesa o sirve el café a las visitas, ni de cascármela pensando en ella, imaginando cómo y por dónde se la follará el cabronazo de su marido, soñando despierto con perderme en sus generosas carnes, catar el sabor de todos los jugos de su cuerpo y dejarle las tetazas bañadas de mi leche caliente y espesa.

    Alguna vez adobo dicha fantasía figurándome que su marido nos encuentra en plena cosa, me traviste con ropas de mi tía y me castiga follándome el culo con brutalidad mientras ella me planta el conejo peludo en el careto y me obliga a comérselo al tiempo que su enojado esposo me llena el ojete de tal cantidad de lefa que me escurre por los muslos como un par de riachuelos.

    Ni que decir tiene que nunca he estado ni cerca siquiera de convertir ese deseo en realidad.

    El tanga, las medias, el sujetador y el vestido con los que fui sorprendido in fraganti, nunca los devolví. Me dijo mi tía que los tirase, que ya no los quería, que prefería olvidar todo aquello que había visto, así que me los quedé, los escondí como oro en paño, y me han acompañado mucho después en otras correrías que ya iré compartiendo con vosotros si queréis.

    Aún me los pongo, a veces, cuando quedo con algún cabronazo para que me convierta por un rato en su puta guarra y me utilice para gozar a mi costa como a la perra caliente que en el fondo nunca he dejado de ser.

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  • Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 1)

    Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 1)

    Rosanna siempre había sido una mujer de presencia imponente. A sus cincuenta y seis años, conservaba un cuerpo que desafiaba el tiempo: curvas perfectamente delineadas, piel clara y tersa, y una melena castaña que caía en ondas suaves sobre sus hombros. En la oficina, todos la respetaban, pero pocos se atrevían a mirarla con la intensidad con la que Ismael lo hacía.

    Ismael, con sus treinta y cinco años y figura generosa, no encajaba en el molde del típico compañero de trabajo. Sin embargo, había algo en su piel clara y en esos ojos negros y profundos que despertaba la curiosidad de Rosanna. Ella, jefa y mentor, lo llamaba cariñosamente “Lucas”, mientras él, con esa mezcla de respeto y ternura, le decía “tía”.

    Era un juego de dobles sentidos, de silencios cargados, de sonrisas apenas perceptibles, que ambos habían cultivado en los largos meses de trabajo conjunto. Había una química latente, un magnetismo que ninguno se atrevía a nombrar, pero que ambos sentían tan reales como el aire que respiraban.

    Esa tarde, en la colonia Condesa, Rosanna miraba por la ventana de su departamento mientras organizaba un pequeño encuentro para celebrar un proyecto exitoso. Su mirada se posó en el teléfono, dudando por un instante, hasta que finalmente marcó el número de Ismael.

    —Lucas —dijo con una voz que mezclaba autoridad y dulzura—, ¿te gustaría venir a tomar algo conmigo esta noche? Solo tú y yo. Tengo un vino abierto y no pienso beberlo sola.

    Del otro lado, la respuesta fue una pausa, un suspiro, y luego un sí decidido.

    Esa llamada era el inicio de algo más allá de lo profesional, el primer paso hacia una noche donde los límites entre jefe y empleado, entre deseo y responsabilidad, comenzarían a desdibujarse.

    Rosanna sonrió para sí misma, dejando que la anticipación le recorriera el cuerpo. Sabía que nada sería igual después de esa noche.

    El viernes había sido largo, pero no más pesado que cualquier otro en la agencia. Entre campañas urgentes y clientes neuróticos.

    El departamento estaba impecable, iluminado con lámparas de luz cálida y una playlist de jazz sonando de fondo. Afuera, la colonia Condesa murmuraba bajo el cielo nublado.

    Ya con la segunda copa de vino en mano, ambos reían de anécdotas absurdas del trabajo. Había algo distinto en la manera en que se miraban esa noche. Las palabras fluían con ligereza, pero el aire entre ellos se volvía cada vez más denso, más tibio, más cargado.

    —Ay, Lucas… —dijo ella, soltando una risa suave—. Me está matando la espalda. Esos sillones de la oficina me van a dejar jorobada.

    Ismael la miró curioso, con esa mezcla de timidez y deseo que se le escapaba cuando estaba con ella.

    —¿Quieres que te dé un masaje?

    Rosanna lo pensó un segundo y luego, con una sonrisa traviesa, se puso de pie.

    —Sí. Pero como dios me trajo al mundo.

    Sin decir más, caminó hacia su recámara y minutos después desde ahí lo llamó.

    Ismael entró con el corazón acelerado. Ella ya estaba acostada boca abajo, envuelta solo en una pequeña tanga negra con detalles de líneas blancas y un moñito negro que contrastaba con su piel suave y clara, aquel pedazo de tela dejaba ver a detalle ese par de maravillosas nalgas que él deseó desde 10 años atrás cuando se conocieron. El contorno de su cuerpo era hipnótico. Perfecto. Irreal. Sus hombros expuestos, el cabello castaño cayendo sobre ellos, él comenzó con el masaje.

    —¿Así está bien, tía? —preguntó él, tratando de sonar casual.

    Ella sonrió, sin girarse.

    —Perfecto, Lucas.

    Sus manos temblaban al principio, pero el calor de su piel lo guio. Comenzó a masajear sus hombros con torpeza dulce. Ella cerró los ojos, dejando escapar un suspiro profundo. Y ese sonido bastó. Fue como una chispa que encendió algo entre ellos.

    Él siguió descendiendo lentamente por su espalda, deteniéndose en la curva perfecta de su cintura. Los dedos de Ismael se detuvieron justo antes de tocar sus caderas, pero ella no dijo nada. Solo movió un poco su cuerpo, dándole espacio. Dándole permiso.

    —Más abajo, Lucas —susurró.

    Él tragó saliva. Sus manos bajaron hasta rozar la tela negra de su ropa interior. Acarició sus caderas, sus piernas, y luego, con una mezcla de atrevimiento y devoción, tocó esa parte de ella que tanto había deseado.

    Rosanna suspiró de nuevo. Esta vez con un leve gemido que lo hizo contener el aliento.

    —Más fuerte… —dijo entonces, con voz baja—. No tengas miedo.

    Ella se acomodó, levantando apenas su cadera hacia él. Una invitación sin palabras. Un lenguaje solo suyo. Ismael no respondió. Solo obedeció. Y el aire en la habitación se volvió tan espeso que cada caricia, cada roce, era un poema sin palabras.

    El tiempo parecía suspendido en esa habitación donde el silencio era apenas interrumpido por el murmullo de la música que llegaba desde la sala. Rosanna seguía con los ojos cerrados, entregada al momento, mientras Ismael recorría su piel con manos temblorosas pero cada vez más seguras. El calor de ambos cuerpos se mezclaba con la fragancia sutil del vino, del deseo, del atrevimiento contenido durante meses.

    Él, sin decir palabra, se inclinó con devoción, con la admiración de quien contempla algo sagrado. La contempló un instante más, como si quisiera guardar esa imagen para siempre: la curva perfecta de su cintura, la forma redonda y firme de esas caderas que tanto había imaginado, apenas cubiertas por una tanga negra que ya parecía parte de su piel.

    Entonces, llevado por algo más fuerte que la razón —un impulso dulce y salvaje a la vez— se acercó, y posó su rostro con ternura entre ese par de nalgas que lo habían hechizado desde el primer día, lo olía como si no hubiera un mañana, presionaba su rostro como si quisiera meterse dentro de su ano.

    Fue un gesto lento, lleno de entrega.

    Ella, sorprendida, dejó escapar un gemido bajo, profundo… uno que no venía del cuerpo, sino del alma. No era un sonido vulgar ni desesperado, sino el susurro de una mujer que se sentía adorada. Su espalda se arqueó apenas, como invitándolo a más.

    —Lucas… —dijo entre jadeos—. Qué estás haciéndome…

    Ismael no respondió. Solo se dejó llevar, besando con delicadeza, como si cada rincón entre ese par de masas redondas y carnosas fueran un pétalo que merecía reverencia. No había prisa. No había miedo. Solo el lenguaje silencioso de dos cuerpos que se reconocían.

    Lentamente con su mano derecha, Ismael hizo a un lado la tanga que dividía aquel monumento que tenía frente a sus ojos, por fin podía ver los pliegues carnosos del ano que tanto deseaba lamer, y sin dudarlo, comenzó a penetrarlo con su lengua, ensalivando todo ese manjar que esa noche era suyo.

    Ella tembló ligeramente, entrecerrando los ojos. Sentía algo que no había sentido en años: un deseo sin culpa, sin poses, sin vergüenza. Un deseo que la hacía sentirse viva, deseada, completamente mujer.

    Después de un momento eterno, Rosanna se giró despacio. Lo miró con esa mezcla de dulzura y fuego que sólo ella sabía manejar.

    —Ven aquí —le dijo con voz baja, mientras lo tomaba de la camisa—. No quiero estar sola esta noche.

    Ismael asintió, conmovido, como si en ese instante entendiera que algo más grande que la lujuria los unía. Se recostó a su lado, y ella apoyó la cabeza en su pecho.

    Allí, en medio del silencio íntimo y el temblor de sus respiraciones, los dos comprendieron que lo que había comenzado como un juego entre copas, se estaba convirtiendo en algo más profundo.

    Tal vez era deseo.

    Tal vez era ternura.

    Tal vez… era amor disfrazado de atrevimiento.

    El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por las luces de la ciudad que se colaban por la ventana. El silencio era espeso, y sólo se rompía con la respiración entrecortada de Rosanna, aún acostada boca abajo, y los latidos acelerados de Ismael, que temblaban bajo su piel como un tambor sagrado.

    Ella se giró despacio, mostrándose sin pudor, sin miedo. Sus ojos lo buscaron con deseo. Ismael se acercó, como guiado por algo más allá de él mismo, y sus labios se encontraron por primera vez.

    El beso fue suave al inicio, un roce tímido, respetuoso. Pero pronto creció. Sus bocas se encontraron con más hambre, como si en ese instante todo lo que habían callado durante meses saliera a la superficie. Rosanna lo atrajo con fuerza entre sus brazos. Él la tomó con cuidado, con la torpeza dulce de quien acaricia algo frágil y valioso.

    —Lucas… —susurró ella, con voz entrecortada, mientras lo besaba—. Hazme sentir viva.

    Él bajó lentamente por su cuello, dejando besos suaves en su piel clara, descendiendo con devoción hasta que sus labios rozaron la parte más sagrada de ella: sus senos.

    —Tía… —susurró, embelesado, mientras sus manos la rodeaban con asombro—. Tienes los senos más hermosos que he visto en mi vida…

    Ella soltó una risa baja, entre gemido y suspiro, mientras lo guiaba con sus manos hacia ellos. Ismael los besó con una mezcla de ternura y adoración, como si estuviera besando un milagro. Cada caricia era un poema. Cada palabra, una confesión callada.

    —Me vuelves loco, tía… —susurró contra su piel.

    Rosanna se arqueó levemente bajo él, permitiendo que sus cuerpos se encontraran con más fuerza. Había una urgencia en el aire, pero también una dulzura inesperada. Se tocaban como si fueran los únicos dos en el mundo. Como si el tiempo se hubiera rendido ante ellos.

    Ismael bajó una de sus manos lentamente, acariciando sus perfectas nalgas; resultado de tantas horas en el gimnasio, acarició su cintura, con una ternura que contrastaba con el fuego de su mirada. Ella lo miraba sin decir palabra, solo con los ojos brillando de deseo. Y en ese silencio cómplice, él entendió que todo estaba permitido.

    Se acercó más, envolviéndola en sus brazos, y siguieron besándose, explorándose, descubriéndose. Los cuerpos hablaban por ellos. No necesitaban más.

    Y en medio de susurros, de palabras entrecortadas, de sus manos perdidas entre la suavidad de su piel, él volvió a susurrar:

    —Tía… me encanta escucharte… tus gemidos me enloquecen…

    Rosanna, en un hilo de voz, le respondió:

    —Entonces no dejes de hacerme gemir, Lucas…

    Y así, entre caricias, besos y palabras suaves, la noche siguió deslizándose como un sueño del que ninguno quería despertar. Lo que había comenzado como un juego travieso entre copas, ya era otra cosa. Algo más profundo, más humano, más intenso.

    Tal vez era pasión.

    Tal vez era ternura.

    O tal vez… era el principio de algo que ninguno de los dos había esperado encontrar.

    Rosanna estaba tendida entre las sábanas blancas como una diosa, el cabello castaño desordenado, el cuerpo cubierto apenas por los rastros del deseo. Su respiración era inestable, como si el mismo aire le costara regresar al pecho. Ismael la observaba desde abajo, como si estuviera frente a una obra de arte viva, palpitante, creada solo para él.

    Se inclinó de nuevo, esta vez con decisión. Sus labios descendieron, guiados por la intuición del hambre y el cariño, por ese impulso tierno que nace cuando uno desea no solo el cuerpo, sino también el alma de quien está frente a él. Rosanna abrió ligeramente las piernas, como una flor al sol, sin palabras, solo con ese gesto que lo decía todo.

    Ismael se acomodó entre sus muslos con reverencia. Besó su depilada y deliciosa vagina con lentitud, como si cada caricia fuera una confesión sagrada. Al mismo tiempo, sus dedos los introducía en aquel orificio sagrado, la exploraban con cuidado, como si dibujara un mapa invisible con cada movimiento. Rosanna soltó un gemido ahogado, uno que no venía de la garganta sino de lo más profundo de su ser.

    —Tía… —susurró, casi en adoración—. No sabes cuánto me vuelve loco la suavidad de tu piel… el sabor de tu deseo…

    Ella se arqueó con fuerza. Estaba completamente entregada, aferrada a las sábanas como si el mundo se le escapara del cuerpo con cada nuevo roce.

    —Lucas… por favor… no pares… —dijo entre suspiros temblorosos, mientras con ambas manos presionaba la cabeza de su amante hacia el interior de su vagina.

    Él no lo hizo. Sus labios se volvieron más atrevidos, sus dedos más firmes. Todo en él era dedicación. No había prisa, solo un ritmo delicioso, un vaivén íntimo entre caricia y locura. Era un ritual silencioso, donde cada movimiento de su lengua se encontraba con un estremecimiento de ella, donde sus dedos sabían cómo jugar entre la suavidad y el fuego.

    —Me encanta escucharte así, tía… —dijo él, con una sonrisa traviesa, sin dejar de adorarla con cada parte de su ser—. Amo cada sonido que sale de ti.

    Rosanna no podía responder. Solo gemía. Cerraba los ojos, mordía sus propios labios, con el rostro encendido por el placer. Se retorcía bajo él como si su cuerpo entero fuera una ola, y él, la luna que la gobernaba.

    En ese instante, no había edad, ni oficina, ni jerarquía. Solo había dos cuerpos en sincronía, dos almas que habían esperado demasiado para encontrarse así, tan de cerca, tan en verdad.

    Y mientras ella alcanzaba ese punto donde todo deja de tener forma —el aire, el tiempo, el yo—, Ismael la sostuvo, la acompañó, y la hizo sentir, por primera vez en años, completamente viva.

    El cuarto estaba impregnado de calor, de jadeos recién apagados, del aroma tibio del deseo consumado en sus formas más dulces. Rosanna yacía boca arriba, con el rostro enrojecido, el cuerpo aún tembloroso. Su pecho subía y bajaba con lentitud, mientras Ismael la observaba en silencio, con su rostro empapado, apoyado sobre un codo, como si no pudiera creer que todo aquello estuviera ocurriendo.

    Ella entreabrió los ojos y lo miró con una mezcla de ternura, necesidad y una urgencia apenas contenida.

    —Lucas… —dijo, con voz apenas audible—. Quiero que seas completamente mío.

    Su mano lo tomó por la nuca, con una súplica cargada de amor y lujuria—. Quiero sentirte dentro de mí. Todo tú… despacio… sin detenerte…

    Ismael se quedó un momento quieto, conmovido. La besó en los labios, lento, largo, y luego descendió con el cuerpo hasta fundirse con el de ella. El silencio en la habitación se volvió sagrado. No había más sonido que el de dos respiraciones uniéndose, el roce de pieles que ya se reconocían, el pulso de un deseo que había dejado de ser ansiedad y se había vuelto entrega.

    La penetró lentamente, con una suavidad reverente, como quien entra en un templo.

    Rosanna lo rodeó con sus piernas, y ambos soltaron un suspiro al unísono. Era un vaivén casi meditativo, un ir y venir que no buscaba sólo placer, sino permanencia. Los minutos se deslizaban como agua entre sus cuerpos, tibios, sincronizados, como si sus almas se mecieran al mismo ritmo.

    Él no dejaba de mirarla. Le acariciaba el rostro, le besaba la frente, le murmuraba cosas que no se podían oír pero que ella sentía vibrar en lo profundo.

    —Tía… —susurró con voz quebrada—. Nunca imaginé que esto sería tan real…

    Ella asintió, con los ojos brillosos, acariciándole el pecho, sintiendo el peso del momento.

    —No te detengas… no todavía… —le pidió con un gemido suave—. Quédate conmigo así… hasta que el mundo deje de existir…

    Y así lo hicieron.

    Durante largos minutos —quizás cuarenta, quizás toda una eternidad—, sus cuerpos se movieron como uno solo, cada embestida una declaración, cada suspiro una promesa muda. No había prisa, ni torpeza, solo una danza pausada entre dos seres que habían encontrado en el otro algo que no sabían que buscaban.

    Y cuando al fin, casi al mismo tiempo, el cuerpo de Rosanna se tensó en un grito ahogado y el de Ismael se estremeció en lo profundo de ella, soltando su semen en el interior de su jefa, el tiempo se detuvo. Fue como caer juntos por un abismo cálido, sin miedo, tomados de la mano.

    Se quedaron abrazados, con los ojos cerrados, sin hablar, solo escuchando el tambor lento de sus corazones.

    Y en esa quietud, después de tanto, no se sintieron ni jefa ni empleado. Ni mujer madura ni hombre inseguro. Solo eran dos personas exhaustas, rendidas, unidas por algo más que el deseo: la posibilidad de que eso —ese instante— fuera el inicio de algo más grande que una noche.

    Minutos después la habitación aún conservaba el eco de sus jadeos. Las sábanas estaban enredadas, empapadas por el sudor de una pasión larga, profunda, que parecía no agotarse. Ismael permanecía junto a Rosanna, sus cuerpos pegados, aun latiendo al mismo ritmo, como si el mundo allá afuera se hubiera detenido.

    Ella lo miró de reojo, con una sonrisa traviesa dibujándose lentamente en sus labios. Su respiración era irregular, su piel húmeda brillaba bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Y, sin decir nada, se incorporó.

    Se arrodilló sobre el colchón, de espaldas a él, y movió su cabello hacia un lado. Con movimientos lentos, intencionados, colocó sus manos sobre sus propias nalgas y las abrió para deleitar a su amante, invitándolo con el lenguaje del cuerpo. Era una danza silenciosa, una provocación delicada y poderosa.

    Ismael la observó, fascinado. El contorno de su espalda, la curvatura perfecta de su figura, el leve temblor de sus muslos… todo en ella era una sinfonía viva de deseo.

    —¿Aún tienes fuerzas, Lucas? Quiero que destroces mi ano. —preguntó ella con voz ronca, sin voltear a verlo.

    —Para ti, siempre —respondió él, avanzando hasta posicionarse detrás de ella, embriagado por el calor que emanaba de su cuerpo.

    Él colocó las manos sobre sus caderas, acariciándolas con devoción. Comenzó a moverse despacio, con la misma delicadeza de antes, pero con una nueva intensidad. Cada movimiento era más profundo, más firme, como si los cuerpos buscaran ahora fundirse de una forma aún más completa, más salvaje en su ternura.

    Rosanna gemía con fuerza contenida, con la frente apoyada en la almohada, mientras Ismael aceleraba y volvía a detenerse, marcando un ritmo casi hipnótico, como un oleaje que se construía y se deshacía sobre su espalda.

    En un momento, él la abrazó desde atrás, pegando su pecho sudado a la piel de ella. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él, haciéndola sentir completamente envuelta, completamente suya.

    Sus manos buscaron sus senos con una mezcla de ternura y lujuria, los sostuvo con firmeza, como si a través de ellos pudiera sentir el latido de su alma. Ella se arqueó hacia él, dejando escapar un suspiro que parecía abrir una grieta en el universo.

    —Tía… —murmuró contra su oído, mientras la besaba en el cuello con una devoción salvaje—. No sabes cuánto había deseado esto…

    Rosanna temblaba. No de miedo, sino de intensidad. De sentirse así, deseada, tomada, amada en cuerpo y en sombra.

    El vaivén continuó, lento pero cada vez más profundo. Cada embestida era una palabra no dicha. Cada gemido, un pacto secreto. Y cuando el momento llegó, cuando ambos cuerpos se tensaron al mismo tiempo y se encontraron en un final glorioso, ella sentía el semen inundar aquel orifico, fue como si el universo los reclamara por un instante.

    Se quedaron abrazados. Silenciosos. Respirando el mismo aire.

    Y así, fundidos el uno en el otro, descubrieron que el deseo, cuando es sincero, no termina con el clímax. Se queda. Late. Vive en la piel, en el pecho, en la forma en que dos personas se miran después de entregarse por completo.

    Aún pegados, con el calor de la piel envolviéndolos como una segunda sábana, Rosanna de pronto se separó. Su respiración aún era agitada, y sus mejillas, encendidas como brasas vivas. Se giró para mirarlo, con los ojos oscuros y brillantes como si el deseo no se hubiera calmado, sino transformado en algo más feroz, más urgente.

    Sin una palabra, lo empujó hacia el colchón con una fuerza inesperada. Ismael cayó de espaldas entre las sábanas revueltas, con el corazón golpeando contra su pecho. No de miedo, sino de asombro. De anticipación. La vio subir sobre él con una seguridad felina, poderosa, sin una gota de vergüenza. Era una mujer en su plenitud, una fuerza que no pedía permiso, solo espacio para ser adorada.

    —No he terminado contigo, Lucas —susurró con voz baja, ronca, mientras se acomodaba en cuclillas sobre él—. Aún me perteneces esta noche.

    Y él, simplemente, asintió.

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  • Mi primera cita

    Mi primera cita

    La verdad que estaba deprimido porque perdí mi trabajo, pero también me quedé con las ganas de ser penetrado, por lo cual conocí por el internet a una persona para una cita, nos enviamos fotos yo desnudo al igual que él, tenía una pija enorme, pensé que era trucada, aunque lo deseaba y envié mi foto de mi culo de cerca que se veía enorme.

    Al final decidimos vernos y nos encontramos en un parque, al verme se sorprendió diciendo pensé que eras más llenito amor, la verdad que no me vas a aguantar, soy dotado, discúlpame pero debo retirarme, me quedé con las palabras en la boca y no pude hablar, pues solo atiné a despedirme.

    Volví a casa triste con las ganas, eran como las 7 de la noche, me dije para mí mismo, esto no se va a quedar así, pues ingrese a buscar a alguien con ganas y halle a uno que decía ser versátil, entre a la conversación y me dijo que tenía ganas solo de ser penetrado y me dijo si lo podía hacer, le dije que no había problema, me dijo que podía dormir en su casa y volver al día siguiente: acepté la propuesta y salí rumbo a su dirección en taxi.

    Era fuera de la ciudad, en una casa solitaria en la oscuridad, toqué el timbre y salió un hombre calvo que me hizo entrar a su casa, me invitó de su cena mientras conversábamos de la opción que teníamos, como inicio todo y así, es allí donde le dije que nunca me habían penetrado, pero si me he mamado pija.

    Después decidimos bañarnos y fuimos a su cuarto, era una cama amplia, me dijo que le gustaba los juegos sexuales, se desnudó aunque no la tenía grande, pero mi pija era más chica, prendió su TV y puso un vídeo gay que me puso caliente, luego se puso en cuatro y me hizo amarrarlo a la cama y vi que tenía el ano como si lo habían penetrado muchos, lo penetré, pero me dijo que no sentía nada casi.

    Trajo un frasco de aceite y me dijo que deseaba que lo meta mi puño dentro de su ano, eso me asustó pues pensé que no era posible, es así que lo intentamos y aunque se quejaba aguantaba la penetración de mi puño, hasta que lo metí el puño completo, había visto algo que no me imaginaba, ver el ano abierto me causó admiración, luego lo desaté de la cama y trajo una vela en forma de pija, y luego me amarró a la cama para meterlo en mi culo que me hizo doler.

    Lo reclamé sin aspavientos, me dijo que era el inicio, hasta que me penetró con fuerza su pija dentro de mi culo, que me hizo gritar del dolor, traté de soltarme pero estaba amarrado, mientras me penetraban con fuerza, si que me dolía a pesar que su pija era chica, me besó el cual lo cuando sentí que eyaculó dentro mío, mientras yo lloraba del dolor y el miedo que tuve, nunca me imaginé que dolía tanto.

    Me abrazó y me calmó, fue mi primera penetración, mientras estaba la pija adentro, sentía unos latidos en el ano que no aguantaba y parecía que quería ir al baño, hasta que eyaculó dentro de mi culo y al sacarlo me ardía todo, así dormimos juntos mientras me besaba la boca y me acariciaba todo con amor, hasta que amanecí con el culo adolorido, lo intentamos esa madrugada pero la verdad que me dolía el culo y le dije que para la próxima visita lo haríamos, él entendió y me dije que no había problema, esa fue mi primera penetración anal, preparó un rico desayuno y me fui rumbo a mi cuarto que alquilaba para descansar del dolor que aún persistía.

    Fue mi primera experiencia sexual, dolorosa pero rica.

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  • Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 2)

    Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 2)

    Rosanna lo guio dentro de ella con un movimiento lento, profundo, saboreando cada segundo como si cada centímetro de ese pene fuese una caricia destinada. Cerró los ojos un momento, soltando un suspiro que estremeció la habitación cuando lo sintió profundamente dentro de ella. Luego comenzó a moverse con ritmo firme, ascendiendo y descendiendo sobre él como una ola persistente, devoradora y hermosa.

    Ismael la observaba con devoción absoluta, sus manos recorrían sus nalgas, su cintura, ese cuerpo que durante años había imaginado sólo en sueños silenciosos. La escuchaba gemir, miraba cómo su cabello caía en desorden sobre su rostro, y no sabía si estaba en la realidad o dentro de un deseo cumplido, sentía como el semen que escurría del ano de Rosanna caía sobre sus testículos.

    El vaivén se intensificó. Cada movimiento de Rosanna era un acto de afirmación: del poder de su cuerpo, de su deseo, de la libertad que sentía al ser mirada sin juicio, solo con hambre. Era salvaje y dulce a la vez, como un incendio que no quema, pero transforma.

    En el clímax del momento, cuando ambos sintieron que el cuerpo ya no les pertenecía, sino al otro, ella se inclinó hacia él. Lo besó con fuerza, casi con desesperación. Un beso que no era solo pasión, sino historia, confesión, desahogo. Y nuevamente el semen de Ismael invadió el interior de aquella escultural mujer.

    —Te deseo desde que tenías veinticinco años —susurró contra sus labios—. Pero nunca me atreví… hasta ahora.

    Ismael se quedó inmóvil, conmovido, con los ojos fijos en ella.

    —Yo también, tía… —dijo con voz quebrada—. He amado cada día en la oficina contigo… y esas nalgas… desde que las vi por primera vez…

    Rosanna rio suavemente, sin burla, solo con ternura. Luego apoyó su cabeza en su pecho y cerró los ojos. Su cuerpo aún vibraba, pero ya no de deseo, sino de algo más cálido, más tranquilo. Como si finalmente hubiera encontrado un lugar donde descansar.

    Ismael la rodeó con los brazos, acariciándole la espalda con una mano, y con la otra le dibujó círculos lentos en las nalgas, en esas curvas que tanto había admirado desde la distancia.

    La noche seguía afuera. La ciudad, despierta. Pero en esa recámara silenciosa de la Condesa, ellos se quedaron así: fundidos, adormilados, descubriendo que el deseo, cuando se comparte con entrega real, no termina. Solo cambia de forma.

    A la mañana siguiente la luz tenue del día comenzaba a filtrarse por las cortinas entreabiertas. El murmullo lejano de la ciudad apenas se colaba en la habitación, como si respetara el silencio sagrado que quedaba tras la tormenta de la noche anterior. Rosanna se había despertado antes. Observó a Ismael dormido, con el rostro relajado, el pecho desnudo subiendo y bajando al ritmo de un sueño tranquilo.

    Sonrió.

    Se acercó a él con sigilo felino, como si el deseo la hubiera seguido hasta el amanecer, y se deslizó entre las sábanas. Con dulzura, comenzó a acariciar su pene, a despertar su cuerpo con la misma delicadeza con la que se despierta una promesa que no se ha roto. Ismael abrió los ojos poco a poco, sorprendido, pero no tardó en rendirse al calor de sus caricias, al juego húmedo y paciente con el que ella lo reclamaba una vez más que tenía aquel trozo de carne dentro de su boca, jugueteando con su lengua.

    No hubo palabras. Solo un suspiro ahogado, un temblor en los dedos, una confesión silenciosa en la forma en que él la miró mientras su cuerpo respondía al suyo. Cuando ella se separó, él quedó recostado, aun temblando, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el techo, mientras ella tragaba aquel liquido lechoso que inundo su garganta.

    Rosanna se incorporó desnuda, con la piel aún húmeda de deseo, caminó por la habitación como si fuera dueña del aire. Ismael la contempló desde la cama, maravillado. Cada curva, cada línea de su cuerpo, brillaba bajo la luz tenue del día. No había disfraz, no había máscara. Solo ella, tal como era: libre, plena, perfecta.

    —Tía… —dijo él en un susurro, sin contener la admiración—. Eres maravillosa. No existe nadie como tú.

    Rosanna se agachó con calma, recogiendo del suelo una pequeña prenda de encaje negro: su tanga. La sostuvo un instante entre los dedos, la acercó a su vagina para limpiarse con ella aquel líquido de deseo que escurría por sus piernas, y sonrió con una mezcla de ternura y picardía. Luego la apretó suavemente entre sus manos, como si quisiera capturar el recuerdo de la noche, el aroma, el calor, y caminó de nuevo hacia la cama.

    Sin previo aviso, le arrojó la prenda a Ismael, que la atrapó con un gesto lento, casi reverente.

    —Sé que te tocas con mis tangas —le dijo con una sonrisa traviesa, casi en un susurro—. Así que te regalo esta… para que no me olvides.

    —¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, con una sonrisa un poco culpable.

    —Lucas, claro —respondió ella sin mirarlo, sabiendo ya que la pregunta vendría con carga.

    —¿Cómo supiste… que yo te deseaba desde hace tanto?

    Rosanna sonrió suavemente y al fin giró el rostro hacia él. Se tomó un segundo. Luego otro.

    —Digamos que… hay cosas que una mujer nota —dijo, en tono bajo—. Las miradas que duran más de lo necesario. El temblor de las manos cuando se acercan. Y… detalles pequeños.

    Ismael la miró, curioso.

    —¿Detalles?

    Ella se inclinó hacia él, su voz ahora un susurro.

    —Cada vez que venías a ayudarme con algo en la casa… mis cajones no quedaban como los dejaba. Y algunas tangas y bragas quedaban con rastros de tu semen. Lo notaba.

    Él enmudeció por un instante, pero ella lo detuvo con una sonrisa y una mano en el pecho.

    —No te estoy juzgando —dijo, firme—. ¿Quieres la verdad? Me hacía sentir deseada. Viva.

    Ismael tragó saliva.

    —¿Y… te molestaba?

    —¿Crees que si me hubiera molestado… estarías aquí, desnudo, compartiendo mi cama?

    Ambos rieron suavemente, pero el ambiente no perdió su carga. Se acercaron despacio, como si el recuerdo de lo no dicho, lo intuido y lo callado los atrajera tanto como lo vivido.

    Ismael la miró en silencio. Llevó la tela a su rostro, cerró los ojos, y respiró profundo, como si en ese aroma quedara encerrado todo lo que habían vivido. Luego la miró de nuevo, sin rastro de duda.

    —Tía… yo te amo.

    Ella no respondió de inmediato. Lo miró con una expresión suave, como si esa confesión fuera la caricia final que necesitaba para sellar algo que venía gestándose desde hace años. Caminó hacia él, se inclinó y lo besó en la frente.

    —Lo sé, Lucas —susurró—. Yo también te he llevado conmigo más tiempo del que imaginas.

    Y así, mientras el sol terminaba de llenar la habitación y la ciudad comenzaba a latir con su rutina imparable, ellos se quedaron ahí: entre las sábanas desordenadas, entre confesiones y tangas regaladas, sabiendo que lo que había ocurrido no había sido solo una noche.

    Había sido el despertar de algo real.

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  • Swinger, un intercambio fallido

    Swinger, un intercambio fallido

    Nuestro primer intento fallido de un intercambio.

    (Guía para iniciar en el swinger)

    Introducción

    Ugo

    Cuando uno se asoma por primera vez a este mundo —el de los encuentros de pareja, el intercambio, las miradas que insinúan más de lo que dicen— no hay mapa, no hay guía. Solo preguntas que te rebotan en la cabeza: ¿cómo se empieza?, ¿a quién se le habla?, ¿dónde se encuentra esa gente?.

    Narrador.

    La vida de Massiel y Ugo dio un giro después del acontecimiento con Víctor. Se destaparon verdades y pensamientos que durante años se mantuvieron reprimidas. Ugo aceptó abiertamente su gusto por los fetiches y la fantasía que siempre había tenido de abrir la relación y entrar en el ambiente swinger. Massiel, por su parte, no estaba totalmente segura. Sabía que le gustaban las miradas, los coqueteos y provocaciones pequeñas. Era parte de su personalidad tímida. Lo que había pasado con Víctor había sido un desliz no planeado y algo que claramente no volvería a pasar.

    Sabía que a Ugo le gustaban esas cosas, pues se daba cuenta cuando él veía contenido de esa índole. Pero no era fácil. Una cosa era hacer algo por una vez, y otra ser constante. El miedo a que esto se les saliera de las manos no la dejaba tranquila, por lo que cuando se tocaba el tema fuera de los momentos sexuales entre ambos, no se sentía con confianza para acceder.

    Mientras Massy montaba a Ugo en la cama, este aprovechó de nuevo para preguntarle sobre el tema. Quería convencerla.

    Ugo

    —Vamos amor, hay que intentarlo. Es lo que siempre he querido, déjame cumplir mi fantasía así como tú cumpliste la tuya.

    Massy

    —Ay amor, no lo sé… Lo que pasó con Víctor es algo de lo que no quiero hablar. Nunca debió pasar. No quiero que se salga de control, que te molestes o al revés cuando hagamos cosas. Y me da miedo, yo no soy así. Me excita la idea, pero nada más.

    Ugo

    —Pues claro, lo de Víctor no debió pasar, pero pasó y ahora mi cabeza no deja de pensar en esas cosas. No tiene por qué haber problemas, lo hablaremos, pondremos reglas. Dame la oportunidad de intentarlo. Hay que intentarlo una vez para ver qué pasa. Si no van bien las cosas, lo olvidamos y seguimos como siempre. Te lo prometo, ya no insistiré.

    Massy

    —Ok, pero solo una vez. Y si no me gusta, ya paras con eso. Tú investiga y me dices cómo va.

    Narrador

    Con el consentimiento de Massiel, Ugo no perdió el tiempo. Ya había estado buscando cómo introducirse al ambiente, así que se puso de inmediato a buscar la mejor alternativa para iniciar.

    Ugo

    —Lo he pensado bien, he entrado a varios grupos y leído algunos foros. Vamos a poner tres reglas principales:

    1. Nunca nos involucraremos de forma sentimental con nadie.
    2. Lo haremos discretamente, nadie se debe enterar. Será un secreto.
    3. Nunca haremos nada con alguien de nuestro círculo personal.

    ¿Te parece si la primera vez lo hacemos con otra pareja? Un intercambio. Así no habrá reclamos si las cosas no salen bien. Si fuera un trío con hombre o mujer y no funciona, podría haber reclamos de “tú estuviste con otra” o “con otro”. En un intercambio, ambos participamos y no habrá culpabilidad.

    Massiel

    —¿Pero lo de Víctor no te molesta?

    Ugo

    —Lo de Víctor nunca pasó, ¿ok? Yo estuve con muchas mujeres antes de ti y tú solo habías estado conmigo, así que haremos de cuenta que él fue antes de nosotros.

    Massiel

    —Ok, está bien. ¿Y ya has visto a alguna pareja?

    Narrador

    Ugo ya había buscado entre los grupos, foros y páginas relacionadas. Había encontrado una pareja interesante que, como ellos, iba empezando en el ambiente. Hablaron, intercambiaron fotos y acordaron conocerse previamente antes de poder interactuar de manera más íntima, para ver si había química y poder ponerse de acuerdo de cómo y cuándo hablar de sus gustos y fetiches.

    Ugo y Massiel los invitaron una tarde a casa: Iván y Hedi, una pareja linda, tan casual y común como ellos. Él, un tipo alto —1.80 tal vez— fornido, esbelto, más ancho que Ugo, un poco reservado, pero amable y educado. Ella, contraria a él, una chica pequeña, muy delgada y simple, rostro afilado, cabello negro. Senos pequeños y trasero nada destacable, acorde a su complexión. Chica de pocas palabras, aún más callada que Massiel.

    El día en que se conocieron no se esperaba nada más que una convivencia social: unas bebidas, una botana y congeniar. De repente, se les veía escribir en sus teléfonos y, sin más, soltaron: “La verdad es que venimos con la intención de probar y hacer algo rápido con ustedes.” A Ugo y Massy los tomó por sorpresa, pero después de platicarlo, aceptaron. ¿Qué podía salir mal?

    Fue un desastre…

    Pasaron a la habitación y comenzaron el intercambio. Fue todo incómodo. Iván cargó a Massiel para llevarla a la cama mientras le propinaba un beso. Ugo y Hedi se acomodaron a su lado para empezar lo suyo. Hedi, un poco indiferente y distraída, parecía estar más al pendiente de lo que hacía su esposo. Ugo, nervioso y con poca atracción, pues ella no correspondía a su estándar físico de mujeres. Pero aún así, decidió intentar. Mientras Iván desvestía a Massy, Ugo dejaba los pequeños senos de Hedi —coquetos y singulares— al descubierto. Ella pareció molestarse porque su esposo parecía disfrutar más de la situación que ella. Se levantó y dijo: “¿Podemos hacerlo en cuartos separados?” La tensión se hizo presente.

    Optaron por salir a la sala. Pero la flama, que apenas era brasa, ya se había apagado. Ugo no logró recuperar el libido. No pasó de un juego de manos, besos en el cuello y complacer a Hedi con la mano. Esfuerzo vago que no parecía ser correspondido por ella.

    Mientras, en la habitación, Massy se incomodó de igual manera, ya que Iván parecía un tanto más brusco. Dejó que la desnudara y le hiciera sexo oral, que no llegó a más. Él parecía estar en la misma situación que Ugo. Massy, amablemente, intentó ayudar, pero aquello no parecía reaccionar. Así que terminaron. Decidieron intentarlo en una segunda oportunidad que nunca llegó.

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  • La vida como una noche

    La vida como una noche

    Abrió sus ojos, se miró, perfecta… estaba lo mejor preparada para lo que sería después; tanga roja recién comprada, las medias caladas que se perdían por debajo de la falda y dentro de esos zapatos clásicos charolados con un fino tacón, un vestido blanco que la hacía ver como un ángel, pero que sus telas no cubrían más que lo justo y necesario escote prominente y cortos volados hacia abajo. Se miraba una y otra vez, asentía con la cabeza y se decía a si misma… hoy es mi noche.

    María sabía que esa noche sería una ganadora, una afortunada, y más allá de eso, sería una más de las que ella llamaba fáciles, cualquiera… ramera, por así resumirlo. Pero se sentía bien, estaba preparada, iba a hacer suya la noche y esperaba que la noche y un alguien más la hicieran suya.

    Quería llevarse el mundo puesto por delante… quien no, ella, cintura delineada con lápiz de dibujante experimentado, pechos perfectos, como dos pomelos maduros, apetecibles, que se coronaban con dos aureolas rosadas que sutilmente se veían a través de la delgada tela de sus atuendos; caderas que parecían esculpidas por miguel ángel, unos ojos de pureza eterna y su oscuro cabello que se confundía con la noche y que caía por sus hombros hasta la mitad de su espalda… que maravilla, que perfección… se miraba nuevamente y se decía… hoy es mi noche.

    Alzó su abrigo de la silla, era lo que más le cubría sus apetecibles atributos, busco rápidamente una cartera que le combinara con el resto del ajuar y que le permitiera el espacio a unos cigarros y a unos cuantos billetes, antes de salir perfumó su piel una vez más, se acomodó el flequillo frente al espejo y se dijo… hoy es mi noche.

    Bajó apuradamente las escaleras de su apartamento, iba tan contenta y extasiada en esta su primer cacería de hombres, de machos, de varones que la hagan sentirse toda una mujer; tan llena de un lívido freudiano que no se dio cuenta que la vida se la llevó por delante, que uno de sus tacos cayó haciendo estragos entre el mar de pétalos de rosas rojas que brotaban de ella… salpicó todo el parachoques de su vida con pistilos exhaló un último suspiro, que en el caso de haber sido ella una sádica hubiese sido perfecto, y… cerró sus ojos.

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