Autor: admin

  • La cuñada de Mara quiere que le cuente

    La cuñada de Mara quiere que le cuente

    A Mara la conocí cuando llegó al grupo de NA, al principio simpatizamos por esa sensación de afinidad que se siente en la piel, no coincidíamos mucho en ideológicamente, pero nos causaban gracia las mismas cosas, nos caían bien las mismas personas a tal punto que a la salida de cada reunión nos reuníamos los cinco, ella, tres compañeras y yo el único varón, en algún bar o en mi departamento o en el de ella aprovechando que en ese momento ambos vivíamos solos.

    Es indudable que además Mara atraía físicamente tanto a hombres como a mujeres: flaca, alta, un culito de esos hechos con compás y unas tetas pequeñas, pero bien paradas tipo perita, siempre vestía de jeans ajustados, botas aún en verano, y remeras o musculosas al cuerpo y sin corpiño, por lo cual sus pezones siempre se marcaban en la tela.

    Con el tiempo fuimos convirtiéndonos en amigos casi inseparables, comíamos juntos, dormíamos o en su casa o en la mía, andábamos en bolas uno delante del otro, sin sexo de por medio en esos tiempos, éramos una especie de amigos exhibicionistas y pajeros, que nos regodeábamos viéndonos desnudos y tentando uno al otro.

    El único contacto con su familia era a través de una cuñada que vivía en Corrientes y la llamaba todos los viernes, era el único momento que ella se iba a otro cuarto a hablar. Un día le pregunté porque no hablaba delante de mí con la cuñada, me contestó con una sonrisa entre juguetona y sensual que era algo secreto entre ellas, le dije que entre nosotros no había , entonces me dio un piquito y me prometió que si me portaba bien el próximo viernes hablaría a mi lado con el altavoz.

    El viernes siguiente estábamos charlando los dos en la cama de ella, Mara solo con una bombacha rosa y yo en calzoncillos, cuando llamó Susana, la cuñada:

    S: Qué hace la más puta de mis cuñadas?

    M: La única puta, porque tenés una sola, y qué dice la pajera de mi cuñada!

    S: Yo preparándome para la paja y vos qué estabas haciendo?

    M: Yo aquí sola: le dijo mientras me guiñaba un ojo sonriente: en bolas tirada en la cama esperando tu llamado, va, en bolas no, tengo una tanga chiquita rosada: mientras lo decía se la estiró con la mano haciendo que se le metiera en la concha marcándole sus labios carnosos, que si bien yo los conocía no dejaban de atraerme, más aún con el giro que estaba tomando la conversación.

    S: Y contame, se te mete la bombacha en la conchita?

    M: Y…? Un poquito…: Le contesta mirándosela y después a mí, que había girado hacia ella apoyando el codo en la almohada y la cabeza en mi mano para poder verla mejor, sobre todo la cara de puta que ponía al relatarle a la cuñada, consciente que indudablemente sabía que eso la excitaba.

    S: Pero decime guacha un poquito o mucho, sabés que tu hermano va a querer saber.

    M: Quién es el que quiere saber, él o vos?

    S: Él y yo, él porque vos sabés cómo lo pone todo lo tuyo cuando le cuento, y yo para poder contarle esta noche, sabés que hace rato es la única forma que me coja es contándole cosas tuyas.

    M: Sí, él se va a calentar esta noche, pero vos ahora estás caliente?

    S: Si vos sabés que sí, el solo pensar cómo se le va a parar la pija cuando le cuente que se te están marcando los labios a través de la tanga, y que seguro ya la tenés mojada, porque a vos putita también te calienta pensar cómo se le pone la pija a tu hermano.

    Mara se estiró más en la cama, aumentó la tensión de la tanga haciendo emerger los labios por los costados de la raja.

    M: Y se le pone muy grande?

    S: No sabés, y cuando le cuento cómo te coges a un tipo se le pone inmensa, y no solo eso sino que no hay forma de bajársela, acaba dos o tres veces al hilo. Te cogiste a alguien estos días?

    En ese momento Mara abrió los ojos y giró hacia mí, su actitud era diferente a la que había tenido siempre conmigo, dejó de tironear de la tanga y con la mano empezó a acariciarme los labios primero y después a bajar por el pecho hacia mi pija donde tenía fijo sus ojos, en realidad lo que se veía de mi pija a través de la abertura del calzoncillo, donde aparecía la parte media del tronco, una parte importante ya que a medida que había transcurrido la charla, se me fue endureciendo y latiendo con cierto ritmo, haciendo que la parte del calzoncillo donde ella había clavado la vista subiera y bajara. Yo también estaba mirándola de una manera diferente, obsesionado por adivinar si estaba en realidad caliente o era otra de las actuaciones acostumbradas de Mara, miré su entrepierna y pude ver el lamparón de flujo enmarcando los labios. La idea de calentar a la cuñada para que ésta después calentara a su hermano, y a la vez calentarse ella con el relato me resultaba terriblemente morbosa.

    M: Sí a un nuevo amigo, Pablo: Le contesta Mara mientras me pasa la uña a lo largo de la pija.

    S: Dale contame, cómo fue?

    M: Se dio de casualidad, había venido a casa a ver una película, estábamos acostados en mi cama, hacía mucho calor, yo estaba en short y remera y él en calzoncillos, de golpe me doy cuenta que se había quedado dormido, nunca había pasado nada entre nosotros, pero por primera vez me detuve a mirarlo, tenía la bragueta del calzoncillo entreabierta y se le veía la mitad del tronco de la pija semiparada, me hizo acordar a las veces que se la vi a mi hermano Gustavo cuando se queda a dormir en casa y me calenté.

    S: Y mi marido duerme en tu cama en calzoncillos y vos te calentás guacha mirándole la pija?

    M: Y sí, a acaso a vos no te gusta que me caliente con mi hermano?

    S: Me encanta, no sabés lo mojada que estoy mientras contás, dale seguí.

    Mara me entreabrió un poco la bragueta y con dos dedos empezó a pajearme suavemente.

    M: No tenés idea la atracción que ejercía sobre mí ese pedazo de garcha que estaba viendo, me arrodillé a su lado y sin sacarla se la empecé a pajear apenas agarrándosela entre el pulgar y el índice, muy suavemente para poder sentir la tibieza de la carne y como se iba engrosando y palpitando cada vez más, el roce con la piel que se corría al compás de mis dedos, hizo que no pudiera resistir las ganas de tocarme, me senté sobre mi talón para que se me metiera entre los pliegues de la concha, y con la otra mano me empecé a acariciar el clítoris sobre la bombacha para poder sentir la humedad de mi flujo. Te lo imaginás?

    S: Y no sabés cómo, tengo metido dos dedos, y me estoy conteniendo de no meterme otro más porque no quiero terminar: Y en que pensabas mientras le tocabas la pija? En la de mi marido?

    M: Y qué te parece, sabés las veces que estuve tentada de hacérselo a Gustavo?

    En ese momento Mara al escuchar el nombre de su hermano comenzó a apretarme la pija con toda la mano sobre el calzoncillo, yo estiré mi mano para acariciarle la concha pero ella me negó con la cabeza, la obedecí.

    S: Y como se lo harías? como se la hiciste a tu amigo?

    M: Sí, igual que a Pablo, pero él quería también pajearme a mí, no lo dejé, quería ser yo la que administrara el placer, que sean mis manos las que manejaran sus deseos y los míos, quería que mis dedos fueran sintiendo el aumento del calor en su tronco, que palparan su dureza, sus palpitaciones reventando sobre la tela, y quería disfrutar la textura de mi clítoris lubricado por el flujo que extraían los dedos de mi raja, y lo esparcían a lo largo de mis labios.

    Mara se iba y nos iba calentando cada vez más a Susana y a mí, creo que la sucesión de imágenes era en los tres las mismas, alternaban entre la visión de mi pija y de su concha corrida ya la tanga a un costado, ambos imaginando a Susana seguramente tirada boca abajo en la cama, cogiéndose una almohada, mientras imagina a su cuñada pajeando a Gustavo, como lo estábamos haciendo Mara y yo.

    En ese momento se sacó la bombacha y me montó al nivel de la pija, y siguió contándole a Susana:

    M: Ya no me bastaba con acariciársela, necesitaba sentirla, me saqué la tanga y me lo monté, ahora sí le metí dos dedos por la bragueta y haciendo palanca le hice saltar la pija, me enloqueció verla tan dura, tan deseando mi concha que estaba ahí a unos centímetros chorreando

    S: Contame, te la metiste de golpe?

    M: No, quería enloquecerlo y enloquecerme de deseo, con una mano me separé los labios de la concha y con la otra me comencé a refregar la cabeza de la pija a lo largo de la raja, dejando que se meta un poco la puntita, cada vez que pasaba esto Pablo levantaba la pelvis intentando meterla, pero yo me elevaba.

    S: Qué hija de puta que sos!

    Mara jadeaba mientras hablaba porque eso que le estaba contando ya había pasado hacía unos minutos, ahora no había aguantado más y se la había ensartado hasta los huevos y me miraba con una cara lujuriosa que me calentaba casi igual que la tibieza de sus concha. Ahora sí me dejaba moverme metiéndosela y sacándosela desesperadamente, yo oía a Susana que le rogaba que siguiera porque estaba por terminar, pero Mara estaba desenfrenada moviendo la pelvis de adelante hacia atrás para sentirla bien adentro, su concha resbalaba contra mi pubis por la cantidad de flujo que estaba chorreando.

    M: En un momento no aguanté más y me la ensarte hasta los huevos, y comencé a llamarlo Gustavo: Gustavo sentís mi culo en tus huevos? Decime que sí que siempre me la quisiste meter así. Decime como te coges a Susana pensando que soy yo!

    S: Guacha sabés que se lo voy a contar esta noche, por eso lo hacés, y para calentarme a mí, pero lo que no sabés que yo soy la que estoy más caliente con vos, que tu hermano cada vez me hace más el bocho para que te coja! Que me dice que la próxima vez me va a llevar a mí para que te caliente primero, que te convenza de bañarme con vos y te lave la concha y esas tetas preciosas que tenés. Me vas a dejar? Si me dejás voy a ser yo quien te ayude a meter la pija de mi marido.

    Mara ahora saltaba prácticamente sobre mi pija, estaba descontrolada, la cazadora había sido cazada, ahora era ella la que deseaba más que nunca a Gustavo y sobre todo a Susana, se dio cuenta que de tanto calentar a Susana para seducir al hermano había terminado deseando ella a los dos.

    M: Si!!! Te dejo que me hagas lo que quieras! Y yo también te deseo! Y cuando vengas les voy a hacer desear a los dos, los voy a recibir con una camisa entreabierta para dejar que me vean bien las tetas, y una calza bien metida en la concha y se me noten los labios gruesos que tengo, vos sabés que los tengo muy gruesos, no?

    S: Cómo no lo voy a saber si cada vez que venís a Corrientes te encargas de meterte las mallas bien en la S: Cómo raja para que te la veamos! Y contame te acabó adentro ese Pablo?

    M: Claro, no sabés como me la llenó de leche bien calentita!: Mara comenzó a moverse en forma circular mientras me tapaba la boca para que yo no gritara al acabar: Chorros bien fuertes como los que vamos a hacerle saltar a Gustavo entre las dos!

    S: Sí, así como yo estoy acabando ahora, a chorros, así te voy a acabar en la boca a vos, guacha quisiera que vos seas ahora esta almohada que me estoy montando, si vieras como la mojé te volverías loca.

    Mara casi se desvaneció a mi lado, mientras se esparcía mi leche por toda la concha, me guiñó un ojo y le dijo:

    M: Y acordate Susy, esta noche cuando empecés a cogerte a Gustavo, llamame y dejá el teléfono prendido para escucharlos.

    Yo, ya me estaba preparando para la próxima función.

  • Lo que toda putita quiere

    Lo que toda putita quiere

    En mi historia anterior ‘Una putita indecisa’, conté los detalles de cómo fue que acabé entrando al cuarto de mi compañero de casa, que tenía como un mes de haber llegado a vivir y con quien casi no tenía amistad. Debo admitir que, aunque casi no habíamos hablado, porque él trabajaba todo el día y solo llegaba a dormir, desde la primera vez que lo vi, me dejó muy inquieta por el paquete que se le notaba entre las piernas. Y ahora, hacía unos pocos minutos, había yo comprobado que mis sospechas eran correctas, que tenía una verga deliciosa de casi 20 centímetros.

    Esa noche yo estaba muy caliente, con muchas ganas de coger, porque mi novio, que se acababa de ir hacia menos de diez minutos, interrumpió la cogida que me estaba dando, porque tenía prisa por irse, pues tenía una reunión importante al día siguiente. Así que un poco molesta dejé que se fuera y ahora me disponía a ir a dormir a mi cuarto, que estaba en el tercer piso de la casa. Al ir subiendo las escaleras, se me hizo raro que el cuarto de mi compañero de casa estuviera abierto y con la luz encendida, pues ya eran más de las 2 de la madrugada. Lo primero que pensé es que se había quedado dormido, por lo que me dispuse a hacer mi buena obra del día. Entré un poco buscando el apagador y de manera involuntaria miré hacia donde estaba la cama.

    La imagen que vi fue muy provocativa y perturbadora. Ahí estaba mi compañero de casa, boca arriba, aparentemente dormido, con un bóxer negro ligeramente bajado, dejando al descubierto su verga completamente erecta. Retrocedí lentamente sin apagar la luz, esperando que no me hubiera escuchado y me dispuse a continuar subiendo las escaleras hacia mi cuarto, como si nada hubiera pasado. Habría subido unos seis escalones cuando empecé a dudar de si estaba haciendo lo correcto.

    Ahí estaba yo a medio camino sin saber que hacer. Me dije a mi misma que ya era tarde, que debía dormir, pero mi panochita empezó a palpitar recordando la rica verga de casi 20 centímetros, que había visto unos segundos antes y que no estaba dispuesta a ignorar. Por otra parte, mi novio ya se había ido y no se iba a enterar. Pasé mi mano por mi panochita que estaba totalmente depilada y la encontré completamente mojada y deseosa de verga. Como comenté en el relato anterior, debajo del vestido no llevaba nada puesto, pues la tanguita que usé en la tarde, se la había llevado mi novio. Me dije a mi misma que si mi novio hubiera completado lo que empezamos, no estaría tan caliente y que si le era infiel sería su culpa. Y ya no hubo vuelta atrás. Llena de deseo, regresé sobre mis pasos y entré otra vez al cuarto, cerrando la puerta detrás de mí

    En cuanto cerré la puerta, a pesar de ir vestida como toda una putita, con un vestido negro, corto y entallado, con zapatillas y ya sin tanga, comencé a idear una justificación para no verme tan putita y deseosa de verga. Así que mi primera reacción fue quedarme quieta de espaldas a la puerta. En cuestión de segundos, al escuchar el ruido que hizo la puerta al cerrar, mi compañero de casa al que llamaré Máximo, se levantó y se sentó en la cama, sin preocuparse por guardarse su verga erecta que tenía fuera del bóxer.

    ― Perdón, creo que me equivoqué de cuarto, le dije intentando ser lo más natural posible. ― Me pasé un poco de copas y no me di cuenta de que este no es el mío.

    ― Claro que si putita, este será tu cuarto de ahora en adelante, me dijo el muy cabrón.

    En seguida se quitó el bóxer por completo y comenzó a caminar hacia donde yo estaba. Al verlo caminar completamente desnudo y con la verga bien erecta, mi panochita estaba que se derretía, pero yo me mantuve quieta y me comporté un poco indiferente.

    ― Perdón Máximo, pero ya me voy. Le dije.

    Sin hacer caso a mi fingida indiferencia, lejos de desalentarse Máximo me tomó por la cintura y sin darme tiempo de reaccionar comenzó a besarme. Lo hizo tan rico que ya no pude contenerme. Por un instinto natural, una de mis manos bajó por su cuerpo desnudo hasta su verga y comencé a masturbarlo. Era tan gruesa y con venas tan marcadas que hubiera querido que me la metiera en ese mismo momento. Estuve casi a punto de pedírselo, mientras su boca me recorría el cuello derritiéndome más, pero en eso él interrumpió mis pensamientos y me ordenó que se la mamara. Yo, siguiendo con mi plan de no verme tan putita, le dije:

    ― Pero es que no sé cómo, no tengo mucha experiencia en eso.

    Como respuesta me tomó de los cabellos, me hizo que me hincara y con la otra mano puso su verga enfrente de mi cara. Luego empezó a jugar con mi boca como si me estuviera cogiendo. Con una mano sostenía su verga y con la otra acercaba mi cara haciendo que me la tragara casi toda. Me jalaba tan rico de los cabellos, llevando el ritmo de las embestidas que yo estaba rendida ante él. Luego, entrelazó sus manos por detrás de mi cabeza y siguió marcándome el ritmo de sus embestidas. Nunca me había sentido tan dominada por un macho, que esa sensación provocó mi primera venida, mi primer orgasmo. Como él parecía también a punto de venirse, dejó de embestirme de esa forma tan rica. Entonces hizo que me levantara, me puso contra la pared, me levantó el vestido y de un solo golpe me ensartó su gruesa y larga verga en la panocha. Luego, mientras me besaba el cuello, me murmuró al oído: ― eres la putita más deliciosa que me he comido en estos días. No sabes las ganas que te tenía desde la primera vez que nos vimos.

    ― Pero tengo novio y esto no está bien, le dije, intentando mostrarme un poco decente y para no sentirme otra más de las putitas que se andaba cogiendo.

    ― Pues a mí no me importa y no tiene por qué enterarse. Yo no voy a decir nada, me dijo.

    Con lo llena que me sentía de su verga y al escucharle decir eso, que encerraba la promesa de que seguiríamos cogiendo, hizo que me viniera abundantemente por segunda vez.

    ― Papacito, seré tu puta cada vez que quieras, le grité mientras terminaba de venirme.

    Luego dejó de cogerme, me quitó el vestido y el bra, me cargó en sus brazos y me llevó a su cama. Ahí me abrió las piernas y me la metió otra vez de un solo golpe. Después de un rato de estarme embistiendo deliciosamente y mamándome las tetas, me levantó las piernas, las puso en sus hombros y luego comenzó a darme una de las cogidas más ricas y duras que recuerdo. Le estaba apretando tan rico su verga con mi panocha que ya no pudo contenerse y se vino abundantemente dentro de mí.

    Con una cara de estar satisfecho, se quedó quieto y abrazado junto a mí. Pero yo quería más verga, así que comencé a jugar con ella hasta se puso dura nuevamente. Entonces me monté en él y comencé a cabalgarlo. Ahora yo era quien le marcaba el ritmo. Estuve montada como diez minutos hasta que no pude más y acabé viniéndome por tercera vez. Luego me volteó y me puso de a perrito o en cuatro patas y me la metió nuevamente. Mientras me embestía me dio varias nalgadas, que hicieron que mis nalgas se pusieran rojas. Después de un rato de estarme dando verga en esa posición, me escupió el culito y comenzó a acariciarlo con uno de sus dedos. Cuando por fin pudo meter un dedo, me escupió dos veces más y luego sin avisarme, puso su verga en la entrada de mi culo y comenzó a empujar con fuerza. En cuanto consiguió meter la cabecita eso fue la locura. Me abrí las nalgas con mis manos para ayudarle, hasta que la tuve adentro casi por completo. Entonces le dije que me dolía, que se quedara quieto por un momento. Después de esperar un poco, comenzó a moverse deliciosamente y una vez que mi culo se acostumbró, yo también comencé a mover las nalgas para hacerlo venir más pronto. Eso le resultó tan excitante que a los pocos minutos comenzó a venirse con grandes chorros, llenándome todo el culito. Cuando por fin me la sacó, mi culo parecía una donita glaseada. Me había convertido en su putita.

    Después de tan prohibida y rica cogida, nos dormimos abrazados, totalmente satisfechos y alrededor de la cinco de la mañana, tomé mi ropa y mis zapatillas y sin vestirme, me fui a mi cuarto. Cuando entré, mi compañera Magda estaba despierta.

    ― Se ve que la fiesta estuvo rica, me dijo guiñándome un ojo.

    ― Si amiga. Mi novio se acaba de ir, le dije.

    ― Eso me imaginé, me dijo con picardía. ― Pero yo no diré nada, no te preocupes.

    A las 10 de la mañana, el timbre de mi celular, me hizo despertar. Era mi novio.

    ―Hola mi vida, como amaneciste?, me dijo. ― Pudiste dormir bien?

    ― Si mi rey. Dormí como un angelito. Pero recuerda que tenemos algo pendiente y hoy si quiero portarme mal.

    ― Si mi amor, paso por ti a las 6 pm.

  • Leslie y Jorge (Parte I)

    Leslie y Jorge (Parte I)

    -¿Dime la verdad Leslie, tuviste alguna vez que ver con otro hombre?

    Era la pregunta que Jorge (de 47 años) le hacía a Leslie (de 46 años) en la noche de su aniversario de bodas número 25. Aquel día ambos celebraban cumplir un cuarto de siglo de casados. Una buena charla en compañía de un buen vino no podía faltar. Aquella noche ambos entablaron un ambiente cálido y de sinceridad que abrió paso a este tipo de preguntas. En la celebración se contaron intimidades, y reafirmaron aún más su matrimonio.

    Alguna vez surgió una crisis de pareja entre ellos, Jorge fue infiel 10 años atrás, pero sus tres hijos y la voluntad de ambos hicieron que el barco de su matrimonio se rescatara del naufragio.

    -¿Dime la verdad Leslie, tuviste alguna vez que ver con otro hombre?

    Entre risas, se oía que Jorge le preguntaba a Leslie. Leslie le respondía con un rotundo:

    -¡No! ¡Nunca!

    Y Jorge le decía:

    -¡te creo!

    En el fondo Jorge sentía una enorme alegría por la respuesta rotunda de Leslie, y murmuraba:

    -iré por otra botella de vino a la cocina.

    En ese momento la mirada de Leslie parecía revelar un secreto, mientras su esposo buscaba más alcohol en el interior de su casa, su pensamiento recreaba las escenas que contradecían a ese rotundo: «¡No!,¡Nunca!», de pronto, Leslie era presa de sus recuerdos, particularmente de 6 años atrás, y su mente retrataba las imágenes de su lengua revoloteando el falo de un hombre diez años menor que ella, traía a su cabeza las imágenes de su boca lamiendo el pene con una enorme insistencia y perseverancia de un hombre que no era su marido, en sus ojos se podía leer el recuerdo de como se comía a bocanadas el miembro viril de aquel hombre.

    En eso, Jorge regreso con el vino en mano y volvió a surtir las copas de ambos para seguir celebrando, Leslie no dejaba de recrear en su mente imágenes y más imágenes de la experiencia furtiva que había tenido 6 años atrás, disimulaba con su mirada y sonrisa e intentaba estacionarse en el presente, en la plática de Jorge, pero no lograba concentrarse para alejar aquellas imágenes que tenía bajo llave.

    Jorge no dejaba de hablar, contaba entre muchas cosas, planes para ellos a corto plazo, y le insistía a Leslie que se fueran de vacaciones a la playa el próximo verano, con emoción; Jorge contaba una y mil cosas, mientras Leslie le seguía la corriente, pero su mente solo traía imágenes ocultas.

    Jorge le decía: «Cuando estemos en la playa hay que ir a un paseo en barco…» y Leslie asentía con la cabeza y dibujaba una sonrisa creíble, pero inventada, mientras su mente recordaba como aquel hombre menor le introducía la lengua en su vagina, y la hacía revolotear en el interior y alrededor de su vulva. Jorge no dejaba de hablar, comentaba: «también hay que ir al acuario…».

    Leslie tenía su cuerpo presente, pero su mente en otro mundo, su pensamiento recreaba ahora como aquel hombre joven (de la experiencia de 6 años atrás), la embestía con su vara de carne y la contorneaba en la posición de colocar sus piernas en los hombros de él, frente a frente, ella recostada y él de rodillas; mientras este le infundía disparos de su virilidad desde aquel ángulo en un mete-saca intenso, recordaba como le entraba sin resistencia alguna el pene de un hombre que no era su esposo, recordaba que en aquella posición los testículos del hombre joven rozaban con su piel en cada embestida y generaban un sonido en forma de aplauso…

    CONTINUARÁ.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (18)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (18)

    La espera para Sergio fue eterna, la palabra terrible se quedaba corta. Cada día, pensó en su tía, desde el lunes hasta el propio viernes solo había una mujer en su vida. Trataba de no salir de la habitación, pero con solo ver películas no se le calmaba el apetito voraz que había cultivado. Toda esa semana sin sacar sus fluidos genitales estaban pesando, literalmente. Solo había una cosa que ocupaba cada segundo en sus pensamientos, el sexo.

    Para Carmen en cambio todo fue muy rápido, se preparó para el gran día con un mar de excusas para que Pedro no sospechase que su sobrino estaba por el pueblo. Incluso fue dos días antes a adecentar la casa de sus padres y así tenerla algo más presentable cuando Sergio llegase.

    El día por fin llegó, Sergio se levantó de su cama de un salto con un pene tan erecto que su glande asomaba por encima del capullo. Jamás había estado tanto tiempo sin masturbarse, era un nuevo récord para él, sobre todo si añadimos que el coito estaba más que asegurado.

    —Mamá, ya estoy listo —dijo Sergio apareciendo en la cocina a las 9:30 de la mañana.

    —No has madrugado tanto ni para estudiar. —le sonreía Mari mientras terminaba de prepararle un bocadillo— Toma, para el viaje. Aunque no es muy lejos, ¿no?

    —Que va, la casa de Pablo está a una hora y poco de viaje, en nada estaremos allí.

    Durante aquellos días, había construido la sólida excusa de que unos amigos iban a pasar la noche en casa de Pablo. No había forma de comprobar que esa información fuera falsa y tampoco su madre se iba a poner a indagar. Total era una noche, no había problema, solo le causaba algún que otro nervio pensar que el coche le dejase tirado en medio de la carretera y que su viaje saliera a la luz.

    —Llámame cuando llegues.

    —Te llamo mejor a la hora de comer, que entre que bajamos todo y lo preparamos se me va a pasar.

    Mari frunció el ceño, pero al final aceptó. No le gustaba cuando su hijo cogía aquel pequeño coche para hacer un trayecto largo, siempre tenía malos presentimientos, aunque estos nunca se cumplían.

    —Bueno, pero ni un minuto más tarde…

    —Sí, tranquila. —rodeó con los brazos a su madre, apretando fuerte los cuerpos y sintiendo los pechos de esta. Su pene saltó de alegría, cualquier cosa le alteraba y más aquellas mamas tan perfectas.

    —¿Te despediste de tu padre? —Sergio asintió— ¿De tu hermana?

    —Sí. Aunque se hizo un poco de rogar, me dijo que ni que me fuera a ir a la luna. Cosas de Laura.

    Ambos rieron y Sergio aprovechó el grato momento para dar un beso de varios segundos de duración en la mejilla de la mujer. Mari lo agradeció hasta tal punto que el frío de la mañana se disipó a su alrededor.

    —Marcha anda… que se te hará tarde —le dijo por no seguir notando a su hijo tan cerca.

    Aquella semana había estado realmente amoroso y eso la encantaba. Incluso tenía un aroma especial, algo que no reconocía. Sabía que no era la colonia, Sergio no solía usarla con asiduidad, era otra cosa… aunque no lograba descifrar el que.

    Era muy simple y no tenía mayor misterio, el olor que a Mari le resultaba curioso, no era otra cosa que el exceso de semen que se depositaba en los calzoncillos de su hijo. De haberlo sabido se hubiera sonrojado al momento.

    —Te quiero, mamá. Mañana te veo.

    —Adiós… —la puerta de la calle se cerró con rapidez dejándola con la palabra en la boca— Te quiero.

    El coche arrancó, haciendo que Sergio sonriera de felicidad y… placer. El coito se acercaba, estaba ya a unas horas de estar con Carmen, su tía favorita y la mujer más perfecta que conocía.

    El abrazo a Mari y notar sus grandes bultos le había activado, pero estando solo en el coche y pensar en lo que le esperaba en el pueblo, aquello se levantó con ganas. La erección era plena, apenas en unos segundos su miembro estaba listo para la batalla. Se lo miró curioso y lo sacó de su “envoltorio”, para hacer lo mismo con el móvil y sacarse una foto.

    —Salgo —añadió en un mensaje a su tía, que justo se conectaba y veía la foto.

    —¡Jesús, bendito…! No corras en la carretera…, pero no tardes. ¿Están muy hinchados tus huevos?

    —Un montón, no te lo puedes ni imaginar.

    —Creo que me he pasado. —el sexo de Carmen que había estado toda la noche caliente, comenzaba a humedecerse.

    —Cuando llegue me lo arreglas.

    —No te quepa duda. Ahora deja el móvil y ven, lo tengo todo listo.

    Dicho y hecho. Sergio aceleró el coche y durante cinco horas no paró de conducir. Su amado vehículo le respondió de maravilla y su miedo a que le dejase tirado nunca se cumplió.

    Fue a la vez un viaje largo y corto, toda el ansia por ver a su querida tía le superaba y hacía que el reloj pareciera que no avanzase. Pero por el lado bueno, estar pensando todo el rato en Carmen hizo que su mente se detuviera poco en la carretera y aquello hacía que ciertos tramos, ni se diera cuenta de haberlos pasado.

    Cerca del mediodía paró en una gasolinera a repostar, comprar una lata de red bull para seguir bien activo y arrancar de nuevo. Ni siquiera se detuvo a comer el bocata que su madre con tanto amor le había preparado, lo devoró mientras no paraba de pisar el acelerador.

    Por fin entraba en la provincia de su pueblo y como bienvenida unas nubes negras con mala pinta lo recibían. Las primeras gotas comenzaron a caer y de seguido un aguacero le rodeó por completo. “El mismo buen tiempo de siempre” pensó sin que aquel día helador y lluvioso le quitara el ánimo y tampoco… el calentón.

    Aminorando la marcha mandó un mensaje a su tía, “ya llego, en cinco minutos”. Por una vez no se había perdido, aquello era un milagro y más con el día tan malo que hacía, la visibilidad era nula.

    Aunque de cierta forma, vio la luz al final de una gran recta. Había llegado a las afueras del pueblo y al fondo, tras un aguacero, bajo un paraguas de color amarillo, una mujer esperaba paciente en una pequeña tejavana a la salida de su casa.

    El corazón le saltó del pecho y un nerviosismo se adentró en su cuerpo, como si le diera pudor ver a su tía después de tanto tiempo. Las manos le comenzaron a sudar y una sonrisa más bien tonta se apoderó de su rostro, ya estaba allí, junto a su amada Carmen.

    Se detuvo a su lado y la mujer se acercó con prisas, abrió la puerta, sacudió el paraguas y se sentó mojando levemente el asiento del copiloto. Ambos se miraron en silencio, con una sonrisa más tierna que otra cosa y de improviso, se lanzaron a la vez a los brazos del otro. Los dos se rodearon con fuerza apretándose como si nunca quisieran volver a separarse, era una pena que vivieran tan lejos, porque ya fuera de una manera u otra, se amaban.

    —Qué ganas tenía de que llegaras —dijo Carmen separándose del muchacho y colocándose correctamente las gafas.

    —Y yo de llegar… se me ha hecho largo el camino, no he parado de pensar en ti. —una parte de su cuerpo era fiel testigo de ello.

    —Pues arranca, cariño, vamos a casa de la abuela. —el coche aceleró y se incorporó a la carretera— Te hubiera invitado a entrar, Pedro está trabajando, pero no sé realmente a qué hora vuelve.

    —¿Qué tal todo? —ambos sabían a qué se refería con esa pregunta.

    —Sinceramente creo que bien, me tomo de otra forma nuestra relación y no sé… ahora estoy mejor. —el gorro de lana se le había movido con el abrazo y mirándose en el espejo del copiloto se lo colocó correctamente— Aunque dejemos ese tema por esta vez.

    Carmen sonrió de forma dulce a su sobrino para después hacerlo de una manera más maliciosa. Los dos sabían muy bien por qué el muchacho había recorrido tantos kilómetros y no le quería hacer perder el tiempo con sus dramas, esta vez no.

    —Dime —Sergio no puso sus ojos en su tía, solo los oídos— ¿Cuánto me has echado de menos?

    —Cada día me acuerdo de ti, lo juro. —no mentía.

    —Otra cosa… ¿Hiciste lo que te pedí? —el muchacho solamente asintió, como si el mero hecho de hablar de ello le fuera hacer eyacular.

    —Ha sido duro… incluso me duele un poco.

    —Bueno… —pasando una mano por la pierna de su sobrino y mirando tras sus gafas le añadió— pronto lo voy a arreglar.

    El erotismo de su tía le impactaba, el recuerdo del mes de agosto ya se había difuminado y ahora con ella delante, volvía a ponerse como la primera vez. El cuerpo de Sergio era un motor encendido comenzando a funcionar a miles de revoluciones, la mujer que tenía al lado era su perdición.

    —¿Te gusta mi modelito?

    Sergio quitó por un momento la vista de la mojada carretera para mirar a Carmen. Llevaba un abrigo de pelo, unos vaqueros con botas y en la cabeza un gorro de lana a juego con el color de sus gafas de pasta ancha. Se dijo por dentro que daba igual lo que llevara, como si fuera desnuda o envuelta en un saco de patatas, para él, era una belleza.

    —Eres preciosa, me da igual lo que lleves, tía. Pero sí, te queda bien, como todo…

    —Mi vida… —resopló recostándose en el asiento— como echaba de menos esos halagos tuyos. —miró de arriba abajo a su sobrino notando el incipiente bulto en el pantalón de chándal— ¿Has venido así todo el camino?

    El joven observó la dirección del dedo de su tía, llegando hasta su entrepierna donde su pene, de poder hablar hubiera gritado de todo para poder introducirse en algún lado. La primera gota de sudor le cayó en ese instante, el frío de fuera era ya una mera anécdota, él estaba ardiendo.

    —Todo… Entero…

    Los cristales se habían comenzado a empañar y Carmen al escuchar como su sobrino había estado alrededor de cinco horas con aquel tremendo mástil duro como una piedra, no pudo más que morderse el labio. El placer la invadió súbitamente, tenía un plan para aquel día, un plan que comenzaba a desmoronarse desde el primer minuto.

    Pensaba en llegar a la casa, jugar un poco y después, un coito. Pero no podía dejar a su sobrino así, su cara hablaba por si sola… aunque no era la única. Carmen volvía a estar tan caliente como en aquellos días de verano.

    Apretó ambas piernas, rozándolas con fuerza y miró a través de la lluvia. La carretera era una recta hasta el pueblo y apenas había unos cuantos caminos durante el trayecto. Uno de estos se encontraba a medio kilómetro de distancia.

    —Vete frenando. —Sergio fue a preguntar el por qué, pero no hizo falta— Hazme caso, vete frenando que no viene nadie. Ahora, ¿ves el camino ese? Pues gira.

    —Pero… —el joven que no entendía nada miraba sorprendido a su tía mientras esta le señalaba la dirección con su brazo.

    —Sergio, calla y tira por ahí. Vete despacio que por ese camino suelen ir tractores.

    El coche aminoró la marcha hasta andar en segunda y con el intermitente Sergio indicó hacia donde iba a girar. El coche botó de primeras al bajar de la calzada y cuando se metió en el camino apenas asfaltado, pisó el freno paulatinamente hasta parar el vehículo.

    —Tía… ¿Qué quieres…?

    No pudo terminar la frase, Carmen le miraba con aquellos ojos azules que las mujeres de su familia portaban, tan bonitos, tan profundos. Sus dedos habían abierto la cremallera de su abrigo y debajo una camisa negra con un escote de vértigo hizo que su pene saltara de alegría. Sus pechos dentro de la lencería luchaban pegados por respirar, una imagen preciosa que aunque Sergio todavía recordaba, le encantó volver a ver.

    —Me he pasado con lo de que no te masturbaras… ahora te lo arreglo.

    —Puedo esperar…

    La mano de Carmen aferró el hierro caliente que se apreciaba en los pantalones del joven. Con fuerza cerró sus dedos sobre el tronco y Sergio apretó los dientes de puro placer, soltando finalmente el aire en un bufido animal.

    —Tenemos toda la tarde, cielo —le dijo su tía mientras metía ambas manos por la goma del chándal y lo bajaba con rudeza—. Tengo que solucionar primero esto, luego me la devuelves. Ahora recuéstate.

    Guiñó un ojo al terminar de decir aquello, mientras el pene erecto de su sobrino salía rugiendo de los pantalones. El chándal yacía junto a la ropa interior por la zona de los tobillos, por ayuda tanto de Carmen, como del propio muchacho.

    No hubo tiempo para discursos eróticos, ni para besos, ni palabras que pudieran hacer calentar todavía más al joven. Carmen se acomodó y puso sus rodillas en el asiento donde antes reposaba su trasero. Sergio con velocidad, retrasó más su asiento dejando libertad a sus piernas y con la mano izquierda lo reclinó para poder recostarse con total comodidad.

    No había terminado de hacer esto cuando la mano algo fría de su tía agarró con unas ganas temibles su miembro. Se colocó correctamente las gafas con la mano libre y después, los cuatro pelos rebeldes que podrían molestarla, los metió de nuevo dentro de su gorro, no quería distracciones.

    Carmen al final, con todo en su sitio, se agachó donde su manjar favorito la esperaba. El glande asomaba morado y con un líquido preseminal que bien podría haber sido una primera eyaculación. Decidió que primero debía quitar el exceso que brotaba de aquel dulce plátano y se puso a ello.

    Cuando se la introdujo en la boca y el calor embargo al joven, las piernas se le movieron de tal forma que de estar el coche encendido lo hubiera arrancado. Se estremeció todo su cuerpo, el éxtasis del placer era tan extremo que apenas podía creérselo.

    El prepucio se limpió en un periquete, aunque la saliva de Carmen era ahora la que predominaba. Decidió lamer el tronco tan caliente y duro de su sobrino mientras este apretaba los dientes para no correrse apenas diez segundos después de que empezase.

    La mano acompañaba un movimiento rítmico subiendo y bajando la piel, que se acompasaba de maravilla con el caer de las gotas en el parabrisas. Fuera estaba cayendo una buena, acompañando un frío que helaba la sangre, pero en el interior del coche los cristales estaban empañados y para Sergio, era una sauna.

    Carmen dio el do de pecho. Notando lo hinchada que estaba, se la introdujo hasta el fondo de su garganta y succionó todo lo que pudo. Sergio gimió casi en un grito y un espasmo le recorrió el cuerpo, sus ardientes genitales le avisaban de lo que ocurriría.

    La mano de Carmen subía y bajaba la piel mojada del pene, al tiempo que con su lengua y labios estimulaba la zona trasera del prepucio. Sergio agarró con fuerza la camisa de la mujer y con la otra mano el asiento. Se venía algo gordo, muy gordo, mientras en el exterior un trueno sonaba relativamente cerca, la verdadera tormenta se iba a desatar dentro del coche.

    —Ya… Ya… Se viene…

    Sergio a duras penas ponía hablar mientras notaba la lengua de su tía masajeando la zona más delicada de su cuerpo. Había bajado su piel al máximo y el grande emergía como una seta. Las venas que recorrían su tronco comenzaban a aumentar de volumen, dispuestas a preparar la salida.

    El joven miró al techo, tensando su cuello sin poder remediarlo. Sus piernas se quedaron rígidas y sus dedos apretaron lo que pudieron con una fuerza de la que después no dispondría. Carmen vio todo aquello, sabía lo que venía y con una voz muy sensual, sin sacar la boca de la parte trasera del prepucio le dijo.

    —Mírame.

    El joven obedeció, porque parecía la orden de un tirano. Observó los ojos azules de su tía protegidos por aquellas gafas, como sus labios se abrían y cerraban detrás de su tronco y su mano estaba en la base de su pene. Trató de decir “me corro”, le fue imposible. Su garganta no era capaz de articular palabra, aunque Carmen le leyó el pensamiento.

    Lo que salió no fue a reacción, ni llegó hasta el techo, más bien se asemejaba a un vaso rebosante de agua que desbordaba. Cuando Sergio llegó a sentir el orgasmo de manera tan sublime, por un momento cerró los ojos y se perdió como el semen comenzaba a salir. No fueron varios chorros descomunales, sino un único disparo que no cesaba.

    La puerta había sido abierta y todos los fluidos del joven se colocaron en fila para ir saliendo. Cierto es que el primero se alzó algo en el aire para caer en la mejilla de su tía sin que esta se moviera ni un ápice. El calor de aquel borbotón de leche caliente le supo a gloria en un día tan invernal y sin dejar de mirar a los ojos de su sobrino siguió masajeándole el pene con su lengua y sus labios.

    Todo el semen acumulado esos días salía sin cesar. Varias cascadas caían por el tronco, ya fuera por delante o por detrás, llegando hasta la mano de la mujer que seguía bien aferrada a la piel del joven. Los que caían por detrás, eran sorbidos por la mujer que no paraba de mover sus labios y poco le importaba que entraran en su boca, es más, el sabor le gustó.

    —Sigue… sigue… —le decía Carmen viendo como su sobrino no paraba de temblar por el gusto.

    La lluvia no cesaba de golpear con fiereza, pero para Sergio el mundo había desaparecido y lo único que lograba enfocar era como su semen seguía saliendo y manchaba tanto a su tía como a él. La mano de Carmen ya había cambiado su tonalidad a una más blanca y su mejilla tenía una gran mancha que al joven le resultó del todo lujuriosa. Aunque lo que le volvía loco era esa mirada mientras su boca seguía dándole placer a su prepucio. Los ojos azules de su tía no paraban de mirarle tras el cristal, era una mirada tan profunda que gozaba con ella.

    Carmen notó que el miembro de Sergio perdía un poco de dureza, algo casi imperceptible, pero que sumado al fin de la infinita eyaculación, supo que debía parar. Apartó sus labios de la zona donde tanto placer había dado, estaban relucientes, con una capa de líquido transparente que los hacía brillar. No perdió el tiempo y abrió la boca para engullir por última vez el aparato reproductor de su sobrino. Dio unas cuantas pasadas, limpiando los restos que quedaban todavía para hacer que, su todavía erecto pene, reluciera.

    —Creo que ya…

    —Has sacado como para llenar un vaso.

    Carmen se miraba la mano repleta de semen y con la otra se tocaba la mejilla totalmente anegada por la mancha del joven. Sergio observaba con los ojos entrecerrados y una respiración lenta y profunda.

    —Ahora —dijo la mujer con un clínex en la mano limpiándose todo rastro de su sobrino—, llévame a casa que me toca a mí.

    CONTINUARÁ

    ————————–

    En mi perfil tenéis mi Twitter para que podáis seguirme y tener más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Cogida por el narco

    Cogida por el narco

    Han pasado cerca de 13 años desde que empecé a sentir atracción y deseo sexual por los hombres, y alrededor de 10 darme cuenta que no solo por los hombres. Soy amantes del sexo, de la promiscuidad, del placer y del gozo, a pesar de no ser una modelo delgada siempre he tenido alguien que me desee y quiera cogerme.

    Al tener tantas relaciones sentimentales fallidas en mi vida, decidí dejar el amor para alguien especial y empecé a disfrutar de mi vida sexual sin inhibiciones.

    Algunos me juzgaron de puta, y en realidad no me molestaba que me dijeran así, al contrario, me excitaba, quería ser una puta y que me cogieran.

    Donde vivo es un pueblo pequeño, con una población de 2000 personas aproximadamente. Como saben, en México la guerra contra el Narcotráfico está acabando con nosotros, y el vivir en un pueblo fronterizo lo hace mucho más peligroso, los sicarios se enfrentan en las calles sin importar que haya civiles, los negocios cerrados por los enfrentamientos, y la gente en sus casas sin poder salir.

    ¿Cómo satisfacer tus necesidades carnales si ni siquiera puedes salir al patio? La masturbación dejó de ser suficiente hace un mes.

    Me pare en la ventana que daba a un terreno al lado de mi casa, donde al parecer un grupo armado decidió establecer su guarida para descansar, estaba vestida con una camiseta blanca casi transparente, unos shorts que apenas cubrían mis nalgas y como siempre no traía ropa interior. Al asomarme cuidadosamente alguien me sorprendió, era un hombre de buen cuerpo, piel blanca y pelo negro, traía un chaleco antibalas y un arma, me asuste y me escondí al ver esa situación, pero quedé mojada de ver a tremendo hombre.

    Pasaron los días sin que me volviera a pararme en esa ventana, pero diariamente me sentaba en la sala a ver películas y de vez en cuando me masturbaba con un enorme dildo.

    Una noche mientras dormía profundamente, un ruido me despertó, no me moví de mi recamara y el ruido cesó. Supuse que provenía de la casa contigua, volví a dormir y empecé a sentir que me tocaban las piernas. Desperté asustada y grite, vi a dos hombres parados frente a mí tocándome.

    -Por favor, no me hagan daño.- les rogaba mientras quitaban el short de mi pijama.

    -Coopera y todo será más sencillo, solo tienes que ser nuestra putita y no te morirás esta noche.- Me decían los hombres con voz agresiva y burlona.

    Empezaron a meterme un dedo y luego dos por la vagina y el culo, me mordían los pechos, yo no soportaba el dolor, uno de ellos era el hombre de la ventana, me causó bastante morbo, se me humedeció la vagina.

    -¿Ves putita? Ya te está gustando.- Me decía uno de ellos mientras se reía.

    Me amordazaron para que yo no gritara y me amarraron las manos a la espalda, mis gritos eran de dolor, mis lágrimas salían sin esfuerzo.

    Uno de ellos me puso de espaldas, se sacó la verga y me la metió completa en el culo, sentí como se me desgarraba, y empezó a cogerme, era una sensación rara, mis pezones se endurecieron a pesar del dolor, y empecé a sentir placer, yo gemía en voz baja para que no lo notarán. Estaba aterrada porque traían armas, pero estaba caliente por tener tremendos penes para mi después de mucho sin coger.

    El sicario se corrió dentro de mi, el otro se sacó tremendo tronco de sus pantalones y me empezó a coger por la vagina.

    El primer sicario que me cogió me quito la mordaza y me metió el pene en la boca para que se lo chupara. Parecía que estaban sincronizados, acabaron al mismo tiempo, dentro de mi boca y de mi vagina, me dejaron tirada unos segundos y creí que todo había terminado, seguía llorando de dolor y de terror.

    Uno de ellos salió de la casa, el otro chico se sentó a mi lado…

    -Perdón, tenía mucho sin coger y era una necesidad, pero te daré placer en lugar de dolor. -Me decía mientras me secaba las lágrimas.

    Me abrió las piernas, y puso su cabeza entre ellas, me introdujo un dedo en el ano y succiono el clítoris, con sus movimientos en sincronía llegue al orgasmo, solté chorros de líquido en su cara. En eso se escucharon voces, y entraron tres hombres más.

    Esa noche abusaron de mi, llenaron de semen cada centímetro de mi cuerpo, sangraba mi vagina y mi culo de tantas vergas que me penetraron. Me dolía la mandíbula de tanto chupárselas.

    Perdí la noción del tiempo, solo pedía que se acabará, y ahora cada que lo recuerdo termino masturbándome, como mientras escribía y recordaba este momento.

  • Mi pequeño gran regalo de cumpleaños

    Mi pequeño gran regalo de cumpleaños

    Karen es una amiga que conozco desde los 5 años, pues éramos vecinos de calle, luego estudiamos en la primaria juntos y después en la secundaria, siempre fuimos muy cercanos hasta el momento de empezar la universidad, yo me fui a estudiar fisioterapia a una universidad privada y ella a estudiar medicina a una pública, pero siempre manteníamos el contacto.

    Vivíamos en un pueblo a unas dos horas de nuestras universidades, por lo tanto, yo me fui a vivir a un departamento que tenían mis padres en la ciudad, el cual estaba solo, lo usábamos solo los fines de semana o para pasar ciertas temporadas. Bueno, en fin, Karen si seguía viajando a diario desde el pueblo hacia la universidad.

    Un día le propuse a Karen que se viniera a pasar unos días a mi departamento ya que se acercaba mi cumpleaños 18 y así nos ayudábamos ambos a estudiar las asignaturas que tenemos en común. Karen acepto y se vino a pasar “una semana” al departamento.

    Karen es blanca de piel, cabello negro, rellenita pero con un cuerpo muy hermoso, unas nalgas que a cualquiera dejan loco, pocas tetas, pero le lucen perfectas. Por mi parte yo soy un flaco, alto, no muy musculoso, pero si bien definido, pues entrené natación y ciclismo durante mucho tiempo, cabello castaño y un amiguito que a pesar que no es de un tamaño extra largo, se defiende además de que es muy grueso.

    Retomando, como ya dije antes, esa semana era mi cumpleaños número 18, Karen es unos meses mayor que yo. Bueno llego el día de mi cumpleaños, era día viernes, nos despertamos a eso de las 5 am, salimos de nuestras habitaciones pues dormíamos hasta entonces en cuartos separados, ella salta encima de mí de manera muy alegre para felicitarme. Desayunamos y charlamos antes de partir a nuestras clases, ella solo iría a su universidad a entregar un trabajo, yo por mi parte solo tenía una clase de 7:30 a 8:45 am. Por lo que ella me preguntó si podía pasar a recogerla cuando viniera de regreso en mi carro.

    Así fue, fuimos y cumplimos con nuestras tareas, pasé por su universidad, conocí a sus amigas, las cuales ella había invitado al departamento para mi pequeña reunión de cumpleaños, la acompañé a entregar su trabajo y luego nos fuimos.

    Llegando al departamento me dice que la ayude a estudiar los músculos de cuello, acepté pues yo ya había aprobado ese segmento corporal. Subimos, yo fui a cambiarme, ella se quedó en la mesa del comedor aun con su uniforme acomodando unos libros y unos materiales. Cuando salgo con ropa de estar en casa, es decir uno shores y una franelilla equis. Empezamos a estudiar, ella me dice que le gusta estudiar la anatomía palpando.

    Así empecé a indicarle cada uno de los músculos que se encuentran en esa zona y ella fue identificándolos en mi cuello. En una de esas, toma mi cara la voltea y me da un largo apasionado beso, para después decirme “Feliz cumpleaños”, automáticamente se sentó en mis piernas quedando los dos frente a frente y seguimos besándonos.

    La temperatura fue subiendo al igual que el nivel de nuestros besos, fui bajando de su boca hasta su cuello, metía mis manos dentro de su uniforme y agarra sus tetas, así seguimos un rato, ya el bulto en mis piernas era notablemente grande, pues ella estaba sentada sobre él lo podía sentir.

    Nos fuimos a mi habitación, mientras seguíamos besándonos le fui quitando su uniforme, primero la parte de arriba, llevaba un sostén negro de encaje, que dejaba todo a simple vista, sus pezones rosados se veían duros como roca. Luego quité el mono que cubría sus piernas, me encontré que tenía un cachetero de encaje negro que al igual que su sostén, no dejaba nada oculto.

    Ella quito mi franelilla y mi short, quedando solo en bóxer, así nos metimos ambos a la cama, ella sabía que yo era virgen y yo sabía que ella también lo era, quité su sostén y sus tetas estaban hay para mí, mientras tenía una en mi boca, jugaba con mi mano con la otra, así pasé un rato intercambiando de boca a mano y de mano a boca.

    Seguí bajando por su abdomen, allí me quedé un rato besando su ombligo el cual me volvía loco pues es demasiado hermoso, seguí bajando, quité su cachetero y allí estaba una vagina virgen totalmente depilada para otro virgen. Como pude mi las arregle y baje a primero besarle los labios, luego empecé a darle unas lamidas, como ya estaba muy muy húmeda introduje un dedo lo que provocó un suspiro, seguí mamándole, besando su clítoris el cual estaba a simple vista para mí y estimulándola con mi mano hasta que tuvo si primer orgasmo.

    Cuando se recuperó me dijo que me acostara que era mi turno, me tumbe en la cama y empezó a besar todo mi cuerpo, bajo mi bóxer y mi pene salto de la excitación que ya tenía desde hace muuucho rato. Lo miró un momento, se notaba que era la primera vez que veía uno. Empezó a darle besitos en la cabeza y así bajando hasta que llego a mis testículos, los cuales se metió a la boca de un solo intento, eso me prendió más de lo que ya estaba, luego se metió mi pene a la boca, de una manera muy torpe me hizo mi primera mamada.

    Se acostó en la cama y me pidió que la hiciera mía, acepte y le abrí las piernas y puse mi pena en su vagina, le pregunté si estaba segura y me dijo que sí. Empecé a meterlo poco a poco muy despacio, pues como era su primera vez estaba muy pero muy apretada, fui entrando y podía notar como le dolía, hasta que estaba totalmente adentro, lo saqué y cuando volví a entrar veía que le dolía, le pregunté que si paraba y me dijo que ni que estuviera loco, que estaba gozando. Seguí en las mismas hasta que logré aumentar la velocidad, así estuvimos un rato hasta que se vino, luego me vine dentro de ella.

    Nos acostamos los dos juntos abrazados, y con el roce de nuestros cuerpos y los besos de nuestros labios, mi pene se volvió a animar, esta vez fue ella la que tomo el control de la acción, se sentó sobre mi pene y empezó a darme brincos mientras yo jugaba con sus tetas, así estuvimos un rato hasta que ambos acabamos juntos.

    Nos repusimos y nos fuimos a dar una ducha, mientras ella caminaba hacia el baño pude ver como mi leche se escurría por sus piernas, lo que me volvió a excitar. Ya en el baño, con lo caliente del agua y el roce de nuestros cuerpos, lo volvimos a hacer, esta vez la pegué de la pared la cargué y yo tomé el control de la situación. Así estuvimos un rato hasta que ya no aguanté y tuve que acabar, inmediatamente se agacho y comenzó a hacerme un oral para limpiarlo y tomar todo el semen que aún quedaba en mi pene.

    Ese día lo pasamos juntos, en la reunión de mi cumpleaños no nos separamos en ningún momento y lo que parecía ser una semana para estudiar, termino convirtiéndose en nuestro hogar como pareja, desde ese entonces Karen y yo empezamos una relación y cogíamos como conejos cada vez que nuestras carreras nos lo permitían y si no, nos inventábamos la excusa de estudiar nuestra anatomía.

  • Por el ano

    Por el ano

    En cierta ocasión, Fernandito (mi amigo con derechos) me manda un mensaje por la mañana, mientras estaba en el trabajo. Primero era para darme los buenos días, pero aparte, me manda un video en donde aparecía una chica disfrutando de sexo anal. La verdad es que yo jamás lo había practicado.

    Me propuso que al siguiente viernes fuéramos a coger por la mañana, que él ya había pedido permiso y sí se lo habían otorgado; que yo hiciera lo mismo porque el viernes me quería coger por el culo. Algo dentro de mí me motivaba a hacerlo, pero al mismo tiempo me daba algo de temor.

    En ese momento (recuerdo que era martes) platiqué con don Armando, mi jefe, para solicitarle el día viernes. Al principio se negó, pero acercándome a él, abriendo las piernas y dejándome tocar algo de mis piernas enfundadas, obvio, no pudo negarse; aunque me aclaró que de alguna forma le tenía que pagar el día. Estuve de acuerdo y en seguida le mande mensaje a mi macho para confirmarle que el viernes estaría libre. Estaba emocionada porque llegara el viernes.

    Me quité mi ropa y con mucho cuidado la puse en la cama; sin ponerme ropa interior me puse unas pantimedias de color natural y satinadas, en seguida me puse un traje de baño de una pieza, mis zapatillas y un suéter largo que tiene la apariencia de una gabardina. Eran las 10 de la mañana cuando salí de la casa para encontrarme en la esquina del edificio con Fernandito.

    En cuanto subí al coche me pidió que me quitara el suéter, me quedé solo con mi traje de baño, me besó apasionadamente y nos dirigimos a un hotel en calzada de Tlalpan. Antes de llegar al hotel se estacionó frente a una tienda de conveniencia y me hizo bajar a comprar unos condones, así como iba vestida. Lo que pasa es que a él le encanta exhibirme. Todos los que estaban ahí presentes no hacían más que verme el culo, las tetas y las nalgas, y la verdad es que eso me excito mucho.

    Cuando llegamos al hotel, me pidió que yo pagara la estancia (claro que con el dinero que me había dado); el chico del motel se sorprendió al verme, me hizo un guiño y me dijo, que bien se ve; yo le sonreí muy sonrojada y le agradecí.

    Se acercó a mí y comenzó a besarme por todos lados, comenzando por los pies; le gusta mamarme los pies cuando uso pantimedias. Me preguntaba si me habían visto en la tienda y todo lo que le decía, le prendía más. Me quité el traje de baño y enseguida me rompió las pantimedias de la entre pierna; me comenzó a mamar el clítoris hasta que tuve un orgasmo. Para agradecerle, me bajé hasta su pene que estaba por reventar; le mame por dos o tres minutos hasta que me dijo, ya, no aguanto, dame tus nalgas.

    Sacó de su portafolios una botellita con lubricante, se lo puso en el pene; después me puso de perrito y con mucho cuidado y utilizando uno de sus dedos, puso lubricante en todo mi ano, yo sentía frío el lubricante. Le dije, por favor amor, con mucho cuidado, nunca lo he hecho por ahí.

    Puso su pene en la entrada de mi ano y con mucho cuidado dio un primer empujón. Me dolió y en automático fruncí el culo. Me decía, no te preocupes, no pasa nada; ponte flojita. Hizo varios intentos. Y como 15 minutos después sentí un dolor bien cabrón, sentía que me partían en dos. Grité y creo que hasta las lágrimas me salieron. Me dijo, ya amor, entró la cabeza.

    Yo apretaba las sábanas, mordía la almohada y él seguía entrando; automáticamente mis piernas comenzaron a temblar y el dolor era intenso; sentía que me estaban perforando el alma. Pensé que el dolor no pasaría, hasta que dejó de empujar.

    Le implore que no se moviera, que se quedara quieto; pero mis plegarias parece que él no las escuchaba porque comenzó a hacer un movimiento de entrar y salir, muy despacio pero yo me sentía horrible. No tardó mucho cuando sentí su chorro de semen hirviendo en mis entrañas. Y si para entrar fue doloroso, al salir de mí es algo indeseable, algo no me gustó y es que el dolor fue intenso.

    Después de hacerlo así, la verdad es que no me quedaron ganas de hacer nada en el momento. Me vestí y me regreso a casa. Llegando a casa me bañé y limpié por completo mi ano. Tiré las pantimedias rotas, me puse mi bata y me recosté, seguía sintiendo dolor y es que me había sangrado el culo.

    Si te ha gustado mi historia, házmelo saber con un comentario. Besos.

  • Dime que me quieres

    Dime que me quieres

    Rebeca se siente como una mierda mientras se mira al espejo.  Como siempre que acaba de follar con Bilal. Recién duchada se seca el pelo como puede con el secador del hotelucho en el que están. Uno de esos hoteles para follar donde no hay recepción y subes a la habitación directo desde el aparcamiento. Un sitio discreto donde los jefes se acuestan con las secretarias y cosas así. Para traer a tu putilla. Así se siente siempre que acaban. Como una putilla barata.

    Sale del baño ya vestida y se queda mirando a Bilal. Está tirado en la cama mirando cualquier cosa en el móvil. En pelotas. Es hermoso, escultural, guapo. Le encanta su piel morena, su rostro de Emir árabe dueño de un harem, su pelo negro carbón, su juventud. Su polla, aunque flácida, se sigue viendo enorme. Le entran ganas de metérsela en la boca otra vez. Eso la hace sentirse aún peor de lo que ya se siente.

    – Tengo que irme ya. Se hace tarde.

    Le da un tierno beso en la mejilla y agarra su bolsa del gimnasio. Llena de ropa limpia que no ha usado. Baja directa al aparcamiento y se mete en el coche. Antes de arrancarlo rompe a llorar. Como le pasa cada vez. Soy una mierda. Piensa para si misma. Se siente como una mierda. Es una adultera. Una golfa.

    Ama a su marido. De verdad le quiere. Le gusta su vida, sus hijos, su casa con jardín en las afueras, sacar a pasear a su Border Collie por las mañanas, hacer galletas los domingos, rozar a su esposo con los pies helados en las noches de invierno. No entiende por que hace esto. En estos momentos se da asco de si misma. No entiende porque se está follando a un árabe doce años más joven que ella. Esta es la última vez. Se acabó. No puede seguir así. Durante todo el camino de vuelta a casa no para de llorar.

    Ya está serena y recompuesta cuando entra por la puerta de casa. Va directa a la lavadora del sótano y mete toda la ropa del gimnasio aunque esté limpia. Hábitos de adultera, piensa para si.

    Sube a la cocina. Su marido está recogiendo, ya cenaron todos, solo queda su plato en la mesa. Salmón al horno y unos vegetales.

    – ¿Qué tal en el gym? ¿Qué has hecho? – Pregunta su marido Roberto

    – Bien. Hice una clase de spinning. Estoy agotada. Y hambrienta.

    El la besa y le agarra el culo con las manos.

    – Gracias a esas clases este culo sigue firme, no te quejes.

    – Shhh quieto, los niños… – Le aparta las manos sonriendo.

    La noche avanza como una noche más. Ella cena sola revisando emails de trabajo en el móvil. Mientras su marido saca a dar una vuelta al perro. Él lo saca por las noches, ella en las mañanas. Antes de acostarse pone la secadora. Los niños están cada uno en su habitación, les dice que no tarden en acostarse. Se mete en la cama. Lee un poco. Llega su marido y le da las buenas noches. Como siempre ahora se irá a hacer sus cosas. Siempre se queda levantado hasta tarde. Antes de que salga por la puerta Rebeca le llama.

    – Eh una cosa.

    – ¿Si?

    – Dime que me quieres.

    – Ya sabes que te quiero.

    Se va y ella intenta dormir, pero le cuesta. Necesita descansar. No duerme bien. Lleva 6 semanas así. Con nervios en el estómago. Sintiéndose una mierda. Dándose asco. Se acabó, se vuelve a decir a si misma. No voy a volver a verle.

    Una semana después Bilal le está rompiendo el culo en el mismo hotel.

    Al principio Rebeca pensaba que era imposible que eso le entrara por detrás. Pero si que entra, costó la primera vez pero ahora le folla el culo cada vez que se ven. La tiene a cuatro patas en la cama. Le da duro mientras le tira del pelo con fuerza hacia atrás. Su enorme verga entra y sale de su ano dilatado. Los muelles de la cama chirrían escandalosamente. A ella le encanta, ha descubierto con él el placer de ser sodomizada. Le hace sentir muy puta. Muy vulgar. Los orgasmos más tremendos y largos los tiene cuando le revienta por detrás, sin miramientos, diciéndole todo tipo de guarradas. No para de llamarla puta. No para de decirle que hay que ser muy guarra para dejarse dar por culo de esa manera. Le pregunta si su marido se lo hace por detrás. Ella le dice que no. Qué puta eres, insiste.

    Los primeros polvos con Bilal no fueron así, él fue llevándola poco a poco a eso, cada día subiendo un poco el tono, cada polvo haciendo algo un poco más guarro. Y a Rebecca le encanta. Le encanta que le rompa el culo. Que le diga lo zorra que es. No viene a este hotelucho de mierda a hacer el amor. Viene a que la revienten a pollazos.

    Luego volverá a su casa llorando en el coche. Y se prometerá a sí misma que está ha sido la última vez.

    Tres noches después Rebeca se prepara para salir de cena. Han quedado con una pareja de amigos. Quizá sus mejores amigos. Al menos de su marido. Héctor fue compañero de Roberto en la facultad de ingeniería y aún mantienen la amistad.

    Recién duchada y aún desnuda se mira en el espejo. Sigue siendo una mujer muy atractiva. Es pequeña pero tiene un buen cuerpo. Sus tetas son algo grandes para su estatura, siempre le han dado complejo, incluso ha pensado operarse para reducirlas en más de una ocasión. Pero su marido siempre le ha sacado la idea de la cabeza. La verdad es que los tíos siempre se quedan hipnotizados con ellas cuando se pone un poco de escote. Tiene un culo prieto y respingón y unas caderas prominentes que sabe mover. Cara de niña buena y el pelo liso y negro cortado en media melena. No aguanta mucho con el pelo muy largo. Tiene suerte de tener un rostro redondo y bonito. El pelo corto le sienta bien. Lo único que desentona ahora mismo en el conjunto son las ojeras. No duerme bien desde hace semanas. El sentimiento de culpa la martiriza y se empieza a notar en su rostro. Pero bueno. Al menos eso se puede cubrir con maquillaje. Cuando todo lo demás se empiece a caer no habrá nada que lo disimule. Pero para eso todavía queda. Aún puede ponerse un vestido ajustado con escote. Elige uno negro de Dior que le regaló Roberto el año pasado. Sexy pero elegante. Más de uno se quedará mirándola esta noche.

    Cenan en un restaurante caro en uno de los barrios de moda de la ciudad. Hace una noche agradable y lo pasan bien. Los chicos recuerdan anécdotas de cuando eran estudiantes y ríen entre copa y copa de vino. Ya las han contado millones de veces pero algunas son divertidas. Siguen bebiendo. A la mujer de Héctor le encanta el vestido de Dior y le da envidia lo bien que le sienta a Rebeca, se lo dice abiertamente, hay confianza a estas alturas. Siguen charlando de aquello y lo otro, riendo, lo pasan bien. Las horas vuelan. Ya cansados piden la cuenta que dividen en dos. Se despiden y se van a casa. Hace unos años habrían ido a tomar una copa pero hace tiempo que eso no pasa.

    Esa noche Rebeca y Roberto hacen el amor. Lento y tranquilo, como es todo con él. No es algo malo. A ella le gusta. Le gusta como le hace sexo oral, despacio y gentilmente, le gusta devolverle el favor y poco después sentir su peso encima de ella, que se quede dentro quietecito durante unos minutos y llegar al orgasmo juntos y sincronizados. Una de esas veces que tienen sexo unos 15 o 20 minutos cada tres o cuatro semanas. A veces cada más. Pero es agradable. Ama a su marido.

    El miércoles siguiente Rebeca está en pelotas de rodillas en el suelo. Tiene las manos atadas a la espalda con una cuerda que trajo Bilal para la ocasión. Lleva dos horas follándose a Rebeca atada de mil y una maneras diferentes. Quiere correrse en su carita de niña buena sin que ella pueda hacer nada. Se pajea a pocos centímetros y empieza a soltar lefazos por toda su cara. Ella no puede moverse. Le restriega la polla chorreante de semen por la cara y le da unos golpecitos de rabo en las mejillas.

    Luego la desata y los dos se limpian mientras hablan. Él es caballeroso cuando acaban de follar, dominante y brusco en la cama pero la trata con normalidad cuando han acabado, como si fueran buenos amigos. La hora y media, dos horas que duran las sesiones de sexo Rebeca no piensa en nada, no tiene remordimientos, no tiene culpa, todo lo contrario, se siente plena y femenina, poderosa, ni penas ni dolor mientras Bilal se la folla. Pero cuando acaban aparece el nudo en el estómago.

    – Joder, joder, me había olvidado. Tengo que irme cagando ostias Rebeca, tengo algo que hacer y no me di cuenta de lo tarde que es, seré capullo.

    – Vete, tranquilo. Yo aún me tengo que duchar. No te preocupes.

    Bilal se viste en dos minutos y sale a toda prisa, cagándose en todo. Rebeca ni le pregunta que coño le pasa. La verdad no le importa ni un poco. Ya sola en la habitación se mete en la ducha, se limpia el semen que tiene por todo su cuerpo, el sudor, el olor a sexo del guarro. Pero el nudo en el estómago no se va. Sale del baño con una toalla en el pelo y empieza a recoger su ropa tirada por toda la habitación. Entonces suena el móvil. No es su sonido. Es el de Bilal, se ha dejado el teléfono el muy gilipollas. Lo coge y lo mira. No va a contestar evidentemente. Deja de sonar y llega un mensaje. “Rebeca contesta, soy yo Bilal”. Vuelve a sonar y le contesta después de dos tonos.

    – Te has dejado el móvil aquí. Pero eso ya lo sabes claro. ¿Vuelves por el o que hacemos?

    – Ahora no puedo, pero necesito que me hagas un favor urgente. Entra en mi email, hay un correo de esta mañana de una asesoría. Necesito que lo leas y me digas la dirección de la cita.

    – Ok dame un segundo. ¿Mmmm cuál es la clave?

    – 080431

    – Ok

    Rebeca lo encuentra sin problema y le pasa la dirección.

    – ¿Todo bien? ¿Pasa algo? – Le pregunta por cortesía aunque no le importe.

    – Si tranquila. Nada serio, pero no puedo faltar a la cita.

    – No pasa nada. ¿Oye y que hacemos con el teléfono? Yo no me lo voy a llevar obviamente.

    – Mira ahora te mando un mensaje con la dirección de un bar de un amigo. Vas allí y se lo das al camarero. Dile que es mío. Luego paso a recogerlo.

    – Joder ¿en serio?

    – No te ralles, no saben quien eres, no te preocupes ni un poquito.

    – Ok. No me hace mucha gracia pero ok.

    Cuelga el teléfono un poco cabreada, no le hace puta gracia ir al bar de su amiguito y que la vean la verdad. Piensa que quizá se lo dé a alguien en la calle para que lo entreguen chequeando que lo hacen. Bueno ya verá cuando esté por allí. Ojala no esté muy a desmano, piensa. Mientras espera que llegue el mensaje empieza a vestirse. Ya está casi lista cuando salte un mensaje en el teléfono de Bilal. Lo agarra y lo mira.

    “¿Ha dejado Rebeca que la ates? ¿Le has restregado la polla por la carita como me dijiste?”

    ¡Pero qué coño! Este gilipollas le ha contado a quien sea lo que hacemos. Este imbécil le ha dicho mi nombre a cualquier capullo.

    Rebeca esta histérica. Abre el teléfono de Bilal para leer toda la conversación. Maldito hijo de puta piensa.

    “En cuanto deje a tu mujer bien follada te aviso”

    Es el mensaje anterior en la conversación. Como de cuatro horas antes que el último. ¿Tú mujer? Rebeca no entiende. El nombre que sale en los mensajes es Cornudo. Qué coño. Sigue mirando la conversación. Cada vez más atrás. Habla como si fuera su marido. No entiende. No puede ser él claro. Es imposible. Pero empieza a ver detalles que le hacen temblar las piernas, detalles íntimos, secretos, cosas que nadie puede saber. Menos Roberto. Joder, joder, joder. No se le había ocurrido hasta ahora chequear el número del tal Cornudo. Lo mira. Es Roberto. Joder. Es su marido. No puede ser. No se lo acaba de creer. Lo sabe todo. Toma un respiro. Está acojonada, Roberto lo sabe, sabe todo, cada detalle de lo que hacen. Llegará a casa y la mandará a la mierda. Se divorciaran. Quizá hasta le quiten los niños por adultera. Le cuesta respirar. Pero… algo no cuadra.

    No parece cabreado ni mucho menos. Un momento. Bilal le relata todo lo que hacen. Cada detalle. Cada palabra. Cada polvo. Cada mamada. Roberto le pide que le haga todo tipo de cosas a su mujer. Le pide que le folle la boca un día y al día siguiente Bilal le cuenta como lo hizo. Le pide que le dé por culo. Que se corra en su boca. Que la llame puta. Que la ate. Su acojone se empieza a transformar en cabreo. Estos dos hijos de puta están compinchados.

    Roberto le pide fotos y videos. Súplica por eso. Bilal le dice que lo intenta pero es lo único que no le concede. Putos gilipollas. Como cojones iba Rebeca a dejarse hacer videos follando con su amante. A parte de hijos de puta estos dos son imbéciles. Ahora recuerda que en cada puta sesión de sexo su amante le ha insistido en hacerle fotos. En hacerle videos. Incluso Roberto le pide que la grabe a escondidas, sin que ella sepa. Al menos Bilal tiene un punto de decencia y le dice que nunca haría algo así.

    Sigue bajando y bajando en la conversación. Llevan hablando meses, desde mucho antes de que ella conociera a Bilal. Se conocieron en un puto chat de internet, su marido le cuenta todo sobre Rebeca, cada puto detalle de su vida, cada puto detalle de lo que hacen en la cama. Le mandaba fotos de ella. En bikini, en la casa, en un restaurante, con amigos. Joder incluso fotos de ella en pelotas saliendo de la ducha. Su puto marido se las tomaría a escondidas sin decirle nada. Hay primeros planos con el culo al aire. Ella dormida, con el pantalón bajado por la mano de Roberto. Hay fotos de sus tetas en la piscina, un puto video masajeándose el culo mientras se echa crema. Como cojones le hizo todas esas fotos sin ella enterarse. Imbécil. Bilal no para de decirle las ganas que tiene de follársela. Roberto le responde cuanto le gustaría que lo hiciera. Imaginan juntos todos los detalles. Se pajean mientras lo hablan. Bilal le manda videos corriéndose en las fotos que le mandó su marido. Corriéndose en sus tetas, en su culo, en su cara. Todo mucho antes de que lo hiciera de verdad.

    Luego planean todo juntos. Su marido le dice donde puede encontrarla. Le dice cuál es el gimnasio al que va, en el que un día aparece Bilal de la nada. Les parece el mejor sitio para abordarla. Se cuentan todo joder, todo. La primera vez que tomaron una copa juntos. La primera vez que se la chupó en los baños de una discoteca de mierda. La primera vez que reservaron el puto hotelucho donde follan cada miércoles. absolutamente todo lo han planeado y ejecutado juntos. Hijos de la gran puta. Se siente estafada, cabreada, jodida, insultada, engañada.

    Agarra sus cosas y se larga de allí. Por primera vez desde que van a este hotel no rompe a llorar cuando sube al coche. Se dirige al Bar del amigo de Bilal y prácticamente le lanza el teléfono al camarero desde la puerta. Que le vean la puta cara ya le da exactamente igual. Sigue conduciendo hasta su casa. Llena de rabia. Durante todo el trayecto piensa en todas las mierdas que le dirá a su marido a la cara.

    Por fin llega a su casa. Su marido está en la cocina cenando con los niños. No puede sacar este tema delante de ellos evidentemente, así que disimula como puede que no pasa nada. Por la razón que sea baja al sótano y vuelve a meter la ropa limpia del gimnasio en la lavadora. Se pregunta porque lo hace si ya no importa un carajo. Pero lo hace. Respira hondo. Intenta rebajar su ira. Poco a poco lo consigue.

    No tiene hambre así que no cena. Su marido sale a pasear al perro. Los niños se van a sus habitaciones. Sigue dándole vueltas a como va a abordar todo este tema. Sabe que perderá el control. Gritará. No puede sacar toda la mierda en casa. Piensa en los críos. Necesita un plan. Llevarse a Roberto a otro sitio. Pensar muy bien en que va a decirle y como. Valiente hijo de puta.

    Se mete en la cama y vuelve a respirar hondo. Tienen que tragarse la rabia. Esperar.

    Su marido viene a darle un beso de buenas noches. Ella disimula que no pasa nada. Él se va como cada noche. A sus cosas. Sólo que ahora ella sabe que sus cosas es hablar con Bilal de todo lo que le ha hecho está tarde. Le contará lo puta que es su mujer. Como le ha gustado que la ate al cabecero de la cama y metérsela por el culo. Mientras su marido se pajeará imaginándolo todo. Preguntando por cada detalle. Volverá a suplicarle que le haga fotos, que le haga videos.

    Rebeca esta exhausta física y emocionalmente. Su cabeza es un hervidero pero aún asi cae rendida. En apenas 20 minutos está dormida profunda. Duerme. Duerme cono hace semanas que no había dormido. Ya no hay remordimientos. Ni culpa. Ni nudo en el estómago. Por fin puede dormir toda la noche de seguido.

    La semana sigue avanzando y Rebeca no ve el momento de abordar el tema. La rabia se va rebajando. Sigue odiando a su marido y su amante por lo que han hecho. Pero sus niveles de ira van bajando con los días. Por fin se lleva a su marido a cenar el sábado en la noche, sin niños. Pero no sabe muy bien que va a decirle a Roberto. Que va a hacer. Que quiere hacer ella. ¿Divorciarse? Quizá al menos deberían separarse un tiempo y que ella pudiera aclarar la cabeza. De nuevo piensa en los críos. No quiere hacerles eso. Realmente no sabe qué hacer. Ni que decir. Es todo demasiado bizarro. Al final vuelven a casa y ella no le ha dicho nada. No ha sacado el tema. Todo sigue igual. Incluso hacen el amor esa noche. Raro que lo hagan dos fines de semana seguidos. Seguro Roberto esta cachondo después de todo lo que Bilal le haya contado. Pensaba que no podría tocarle o mirarle a la cara. Pero si puede. Le toca. Le besa. Hacen el amor lento. Rico. Es su marido. Le ama. Siempre lo ha hecho. A pesar de todo.

    Llega el domingo. Y el lunes. Y Rebecca se da cuenta que lleva toda la semana durmiendo como nunca. No echa de menos su nudo en el estómago, su asco por sí misma, mirarse al espejo y que le entren ganas de vomitar.

    Llega el miércoles. Rebeca se viste especialmente sexy. Provocativa. Se pone unas mallas ajustadas que marcan su culo. Un jersey de cuello de cisne negro sin mangas, también ajustado, que resalta aún más si cabe sus tetazas. Se maquilla mas de lo habitual, casi rozando el parecer una puta. Labios rojos. Pestañas largas. Pómulos marcados. Se pone unos tacones de media altura y se deja suelta su media melena, con el pelo cayendo recto a los lados de su bonita cara. Se mira en el espejo. Si. Nunca ha ido tan puta a la oficina.

    – Wow, ¿que pasa hoy? ¿Celebramos algo? Madre mía. – Le dice Roberto al verla.

    – No te emociones demasiado. Tengo una comida importante con un cliente, por eso voy así. – Miente descaradamente.

    – Tu cliente va a estar contento.

    – No seas guarro.

    Rebeca sale de casa y se dirige al coche. Roberto le grita una última pregunta.

    – ¿Oye irás luego al gimnasio?

    Ella se da la vuelta. Se acerca lentamente a su marido. Moviendo las caderas gracias a los tacones. Se queda delante de él unos segundos. Mirándole a la cara fijamente. Le besa en los labios. Suave al principio. Pero poco a poco le va metiendo la lengua. Es un beso lascivo. Guarro. Como los que le da a Bilal y nunca a su marido. Aparta sus labios de él y le susurra a la oreja.

    – Claro que voy a ir al gimnasio. Tú ya sabes como me gusta ir al gym los miércoles en la noche. ¿Verdad?

    Mientras susurra esas palabras le agarra la polla de sopetón. Se le ha puesto dura como el mármol.

    El día pasa despacio. Se le hace eterna la oficina. No tiene mucho que hacer y si le tuviera le daría igual. Cuando aún quedan tres horas para ver a Bilal decide irse al baño. Tiene que ir un par de pasillos más allá, pero prefiere ir a uno de los baños individuales del fondo. Quiere intimidad. Se encierra dentro y se mira al espejo. Se quita el sujetador sin quitarse el jersey de cuello de cisne. Se empieza a tocar los pezones con la punta de los dedos haciendo movimientos circulares. Poco a poco se le empitonan, es lo que busca. Se hace varias fotos mirando al espejo. Elige una en la que el móvil le tapa la cara y se ven sus tetazas bien marcadas debajo del top. Se le marcan los pezones como andaba buscando. Parece una auténtica puta. Se la manda a Bilal.

    La primera foto que le manda en su vida.

    – No puedo esperar a que me folles esta noche.

    – Joder. Me la acabas de poner bien dura zorrita – No tarda ni diez segundos en contestar. – Me sorprende mucho que me mandes una foto la verdad. No sabes como me gusta. ¿Estás en la oficina? Menuda guarrilla.

    – Siempre me has pedido hacerme fotos y videos ¿no? ¿O es que ahora no quieres?

    – Claro que quiero. Mándame una de tus tetazas.

    Rebecca se sube el jersey por encima de las tetas. Se hace una foto agarrándose una de ellas. Lanza un beso a la cámara poniendo cara de puta. Se ve su cara perfectamente en la foto en esta ocasión.

    – Uffff que pinta de zorra tienes madre mía.

    – Hoy vamos a hacer lo que tanto me has pedido. Quiero que me grabes. Que grabes todo lo que hagamos. Cada puto detalle. Cada vez que me llames puta quiero que se oiga perfecto en el vídeo. Hoy quiero que hagamos una película porno.

    Por supuesto a Bilal le encanta la idea. Ella le sigue mandando fotos desde el baño. Le manda todo lo que le pide. Se baja las mallas y le manda el culo en pompa, otra con los dedos metidos en el coño, luego chupándolos como si fuera una polla… y así hasta 20 o 30 fotos. A cada cual más guarra. Por supuesto ella sabe que esas fotos las verá esta misma noche su marido. No había pensado como le sentaría saber eso. Pero se da cuanta rápidamente que eso la pone extremadamente cachonda. Por fin su maridito va a poder ver lo puta que es su mujer. Lo que tantas veces ha pedido y suplicado.

    Por fin se acaba el día y se dirige al hotelucho donde Bilal la espera. Aparca el coche y entra directa en la habitación. Según entra Bilal está allí de pie. En pelotas. Con la polla dura y vibrante como un mástil. Con el móvil en la mano. Grabando.

    Primer video.

    Ella entrando por la puerta del hotel. Como en la foto que hizo antes no lleva sujetador y sus pezones se marcan. Cierra la puerta tras ella. Se oye la voz de Bilal. Profunda y autoritaria.

    – Ponte de rodillas y chúpame la polla zorra.

    Ella se acerca lentamente. Se arrodilla. La cámara sigue su cara. Ahora el encuadre es desde arriba. Ella sumisa ahí abajo. En primer plano se ve la polla enorme y gorda de Bilal. Ella la agarra y se la mete en la boca. Sin pensarlo. Acompaña con las manos cada subida y bajada de cabeza. Le pajea y se la chupa. No mira a Bilal. Mira a cámara todo el rato. Tiene la cámara bien cerca de la cara, se oye cada chupada de polla perfectamente, la saliva de ella lubricando todo el tronco de su rabo. Se ven hilillos de saliva chorreando por sus labios. La cámara se mueve hacia la derecha. Ahora está enfocada en un espejo largo apoyado en la pared. Se ve la escena en todo su esplendor. Bilal de pie completamente en pelotas. Rebeca de rodillas completamente vestida. Comiendo polla desesperadamente. Ahora ella mira al espejo, se mira a si misma con el rabo en la boca y luego mira directamente a la cámara. Bilal le agarra del pelo y le echa la cabeza hacia atrás. Él también esta cachondo como nunca. También sabe donde acabarán esos videos. Curiosamente los dos piensan en Roberto en ese momento. Aunque ninguno de ellos tenga idea de esa coincidencia.

    La cámara vuelve a la cara de Rebeca. Primer plano. Él tirándole del pelo hacia tras. Ella esperando con la boca abierta. La lengua fuera.

    – ¿Quieres polla putita?

    – Si, si, dame polla joder.

    – ¿Es que tu marido no te da polla en casa?

    – No como la tuya. Me gusta tu polla gorda.

    – Tu maridito no te da polla como esta ¿verdad?

    – Ni de lejos. Vamos, por favor, dame tu verga, dame pollazos.

    Bilal le da un pollazo en la mejilla. Ella gime. Luego le da un pollazo en la lengua. Se la restriega por la cara. Por la nariz. Ella le dice que le encanta como huele su rabo. Cada vez le da mas pollazos.

    – Agarra tú el móvil ahora zorra.

    Ella obedece, agarra el móvil e invierte la cámara. Alarga el brazo para hacer un buen encuadre. Que se vea bien. Él le agarra la cabeza con las dos manos y le mete la polla hasta la garganta del tirón. Ella traga sin problemas. Se oyen sonidos guturales saliendo de su boca. Bilal se la folla sin miramientos. Churretones de saliva caen en su precioso jersey de cuello alto. Él mueve el culo rítmicamente metiendo y sacando polla de la boquita de Rebeca. Ella no deja de mirarse a si misma en la cámara. El video es tremendamente guarro, es increíble la pinta de puta barata que tiene ahora mismo con esa polla taladrándole la boca. Verse así hace que su coño se empape entero. Saber que su marido lo verá después casi hace que se corra sin tocarse. Le sorprende como le excita saberlo. Aunque también se pregunta si esto será demasiado para él. Una cosa es saber y otra muy diferente verlo. Bueno. Pronto lo sabremos. Piensa para si. Al fin y al cabo ella sólo ha decidido darle lo que tanto ha estado deseando.

    Bilal le saca la polla de la boca y se la empieza a restregar por las tetas. Pero no le quita el jersey. Restriega su polla por la prenda de ropa, pringándola aún más. Rebeca mueve la cámara para encuadrar bien la secuencia. Él le agarra las dos tetas con las manos y mete la polla entre ellas. Las mueve arriba y abajo. Se hace una fastuosa paja con sus melones. Ella gime. A él le pone cachondo el roce de la textura de su caro top. Pero al final se lo levanta hasta el cuello. Ahora con las tetas al aire ella nota como su polla palpita entre sus tetazas. Le pasa el teléfono a él. Graba bien esto, le dice. Ahora es ella la que empieza a menearse las tetas pajeando con ellas el pollón de Bilal. El jadea como un toro, está cachondisimo. No mira lo que le está haciendo. Mira el video y como queda. Con la cara de ella en primer plano. Una mano en cada teta. Ella sube y baja sus tetazas. Sube y baja. Cada vez más rápido. El capullo de su polla asoma entre ellas con cada movimiento. Ella saca la lengua y se lo chupa cada vez que asoma. Los jadeos se aceleran. Y ella menea sus tetas cada vez más rápido. Voy a correrme, le grita, no pares joder. Mueve esas tetas de puta. Empieza a mover el culo y a follarle los melones. Ella moviéndolos y el follándoselos. En un movimiento perfectamente acompasado. La polla de Bilal explota, empieza a soltar chorretones de semen por todas partes. Salen de su polla y empapan las tetas de Rebeca, empapan la parte de arriba de su precioso top, alcanza a salpicarle en su preciosa cara. Ella gime de placer. Se mira en cámara, se ve con las tetas al aire llenas de leche y sonríe.

    Segundo video.

    Han apoyado el móvil en algún sitio. Rebeca esta contra la pared. De pie. Aún con el top subido por encima de las tetas. Las mallas y las bragas las tiene por los tobillos. El culo en pompa. Cara de viciosa. Bilal le da un azote en las nalgas. Se las agarra con las dos manos. Ella gime. Le mete la mano entre las piernas. Estás empapada pedazo de puta, dice bien alto para que se oiga. Le mete un dedo, ella cierra los ojos y gime otra vez. Le mete otro dedo. Le masajea el coño. Primero despacio, pero va acelerando sus movimientos. Se oye el chapoteo de los dedos entrando y saliendo del coño húmedo de Rebeca. Ella jadea y gime como una loca, saca su prominente culo más hacia fuera. Cuanto más acelera más fuerte son sus gritos. Él no para de decirle lo puta que es, lo guarra que se ve en el video, lo increíblemente mojada que está. Cuanto mas guarradas le dice más fuertes son sus gritos. Sus jadeos. Bilal acelera y acelera el movimiento de sus dedos, le da azotes en el culo de vez en cuando. Se oye el chapoteo de los jugos de Rebeca por toda la habitación. Ella grita, se está corriendo, le pide que no pare ahora. Córrete pedazo de zorra, le grita Bilal. No pares ahora, no pares ahora joder, insiste ella. Se corre largo. Su rostro se retuerce, sus ojos cerrados. El rímel corrido. El pelo alborotado. Cae de rodillas. Exhausta. Bilal se acerca al teléfono y apaga la cámara.

    Tercer video.

    Rebeca está atada a una silla. Es una especie de silla butacón. Parece robusto. Tiene el respaldo delante de ella. Las manos atadas por las muñecas pasan por delante del respaldo y, a su vez, están amarradas a uno de los palos laterales. Cada una de las piernas está atada a una pata, bien abiertas y con el culo y el coño en pompa. Tiene un pañuelo de seda que le tapa los ojos. Bilan graba la escena y se recrea en el cuerpo de ella. Completamente inmovilizada. Es un juego, pero la ha atado perfectamente. Aunque quisiera no podría soltarse. Está a su merced. Gira la cámara alrededor de ella. En círculos. Empieza por la cara y acaba en su culo sacado hacia afuera de la silla. Las piernas completamente abiertas y el coño asomando. Le da un azote en las nalgas. Ella suelta un gritito. Le mete un dedo en el coño.

    – Ya estás otra vez empapada putilla.

    Vuelve a girar alrededor de ella y enfoca la cámara en su cara. Ella no ve nada claro. Le mete un dedo en la boca. Ella lo chupa. Lujuriosa. En primer plano.

    – Si, estás cachonda como una perra. Te pone caliente estar así. Puedo hacerte lo que me dé la gana. ¿Eso te excita?

    – Aha. – Asiente mientras sigue chupando sus dedos como si fueran una polla.

    – Puedo ir a la calle e invitar a cualquier tipo que me encuentre a que venga a romperte el culo. Y no podrías hacer nada para evitarlo.

    – Tampoco te pases. – Dice ella sonriendo.

    – ¿Qué no me pase? Creo que no lo has entendido. No hay nada que puedas hacer para evitar que haga lo que quiera. ¿Te acuerdas el otro día cuando llevaste mi teléfono al bar? Me dijo Marcus que prácticamente se lo tiraste a la cara. Marcus es amigo mío ¿sabes?

    – No me fije en él la verdad.

    – Pues él si se fijó en ti. Me pregunto quién era esa zorra que estaba tan buena. Yo le dije que era una zorrita casada que me estaba follando.

    Rebeca no dice nada. Sigue chupando. La cámara sigue en primer plano.

    – Se puso como una moto. No hay nada que le guste más a Marcus que romperle el culo a una mujer casada. Ahora voy a coger tu teléfono. Voy a hacer una foto de tu culazo al aire. Así atada como una zorrita sumisa. Y se la voy a mandar a Marcus a ver qué opina. Se va poner a mil.

    – No jodas.

    – Cállate. No hay nada que puedas hacer. Deja de quejarte.

    Bilal apoya su teléfono en la mesita de noche. Quiere seguir grabando. Agarra el móvil de Rebeca y vuelve a girar en torno a ella. En cámara se ve su rostro, intenta mirar hacia atrás. Intenta desatarse. Pero es imposible. Él le empieza a hacer fotos del culo. Se oyen los clicks clicks de la cámara.

    – ¿Qué coño haces?

    Él se acerca a su oído y le susurra.

    – No voy a repetirlo. He dicho que te calles.

    Suenan tonos de llamada. Uno. Dos. Al tercero contesta Marcus.

    – ¿Si?

    – Que pasa Marcus. ¿Cómo estás?

    – Joder debí imaginar que eras tú. ¿Me acabas de enviar ese culazo?

    – Claro, adivina de quien.

    – Uf que cabrón. ¿Es esa zorrita casada que te estás follando?

    – Esa misma.

    – Joooder. Que hijo de puta. Lo que daría por meterla en ese culo.

    La cámara de Bilal sigue grabando todo. Ella esta visiblemente nerviosa. Mueve la cabeza intentando quitarse la venda de los ojos. Forcejea con sus ataduras. Es inútil. Marcus se levanta y se dirige hacia la puerta mientras sigue hablando.

    – Claro que te gustaría metérsela por el culo. Mira te propongo una cosa…

    Abre la puerta y sale de la habitación. Su voz se va alejando y cada vez se hace menos audible. Cuando cierra la puerta ya no se oye nada. Justo antes de eso se escuchan unas últimas palabras.

    – Ella está aquí ahora mismo. Atada y con el culo en pompa. Vente tío. Ven a romperle el culo a esta zorra.

    La cámara se queda grabando. Se ve a Rebeca respirando fuerte, nerviosa, entrecortado.

    – Bilal, joder Bilal donde coño has ido. ¿Qué cojones crees que haces?

    Sigue intentando liberarse. Sigue sin poder conseguirlo. Grita desesperada. Llama a Bilal. El tiempo pasa, un minuto. Otro. 5 minutos. Ella se va rindiendo. Llega un momento que deja de luchar y simplemente espera. Su respiración sigue siendo fuerte, nerviosa. 10 minutos. 15. A los 20 minutos se abre la puerta.

    – ¿Bilal?

    Es Bilal el que entra. Sólo. Pero no dice nada. Se le acerca por detrás.

    – ¿Eres tú?

    Bilal le abre los cachetes del culo. Escupe en su agujero. Ella gira la cabeza de un lado a otro. Forcejea de nuevo. Grita. Es obvio que no está segura de que sea él el que acaba de entrar. El que le está separando las nalgas para metérsela por detrás. Empieza a metérsela. Despacio pero sin pausa. Le azota. Se la clava hasta el fondo. Ahora la saca despacio. Y le vuelve a meter la polla entera hasta el fondo. En primer plano ella grita. Jadea. Le gusta. Bilal la saca. Y la mete. La saca. Y la mete. Cada vez más rápido. Cada vez más duro. Otra vez y otra vez y otra vez. Hasta el fondo. Tan duro que casi la tira de la silla. Se oyen sus pelotas golpeando sus nalgas con cada embestida. Plop, plop, plop. Mete, saca, mete, saca. Ella ya grita de placer.

    – Ahh, ahh joder, joder, voy a correrme, jodeeerrr…

    Se corre largo. Escandaloso. Él se acerca a su oído.

    – Te hubiese gustado que fuera Marcus ¿verdad zorrita?

    Ella sonríe entre jadeos. Aliviada de escuchar a Bilal. Exhausta. El vuelve a ponerse por detrás. Sigue con la polla tiesa. Se la clava otra vez en el culo. Le da duro desde el principio. Incluso más duro que antes. Le agarra el pelo y le tira la cabeza para atrás. Le rompe el culo de nuevo. Con todas sus fueras.

    – Te hubiese gustado que fuera Marcus ¿verdad zorrita? – Ya no susurra. Le grita.

    – Ahh joder ahhh joder.

    – Te hubiese gustado que fuera Marcus ¿verdad zorrita?

    – Ahh joder si, joder siii.

    – Dilo.

    – Me hubiese gustado que fuera Marcus.

    – Dilo todo. ¿Qué es lo que te habría gustado?

    – ¡¡¡Me hubiese gustado que Marcus me rompiera el culo!!!

    Cuarto video.

    Rebeca se está duchando mientras Bilal la graba. Está en pelotas claro. Enjabonándose las tetas, el coño, el culo abierto. Quitándose de encima el olor de Bilal, el olor a polla, a semen, a macho. Él le hace preguntas. Le pregunta porque se ducha. Ella le dice que no puede llegar a casa oliendo así. Oliendo a puta. Los dos se ríen.

    Quinto video.

    La cámara sigue a Rebeca por toda la habitación. Ya duchada y limpia y preparándose para irse. Bilal está sentado en el butacón donde antes le dio por culo. En pelotas. Con la polla tiesa otra vez. Se la menea un poco mientras la mira. Es lo que se ve en primer plano. Rebeca al fondo se dirige a la puerta.

    – Espera no te vayas aún. Ven aquí.

    – No jodas, ya estoy duchada.

    – Tranquila. Sólo quiero que me la chupes antes de irte.

    – Joder ya no.

    – Te he dicho que vengas.

    – Joder – Rebeca obedece.

    Se pone de rodillas y se la mete en la boca. Quiere hacerlo rápido. Así que chupa con fuerza, moviendo rápido su cabeza arriba y abajo.

    – Muy bien así. Sácame la leche con esa boquita.

    Ella chupa y lame toda su polla. Le agarra las pelotas y se las masajea. Arriba y abajo con la palma de la mano. Él jadea. Ella chupa. El empieza a berrear. Ella chupa y pajea más rápido aún, nota que se va a correr, quiere sacarle la leche rápido.

    – Quiero que te dejes toda la leche en la boca

    Bilal empieza a convulsionar, mueve la pelvis rítmicamente. Su polla explota. Rebeca lo recibe todo entero. Nota su lechazo en la garganta. No se saca la polla. No quiere mancharse. Él enfoca la cámara en su cara. Primer plano.

    – Abre la boca. Enséñame tu boquita llena de leche.

    Ella hace lo que le pide. En cámara se ve la boca abierta de Rebeca. Llena de semen de Bilal. Cierra la boca y se traga todo.

    – No quiero que te laves la boca. Quiere que llegues con aliento a polla a tu casa. Con el sabor de mis pelotas en tu garganta. Y quiero que beses a tu marido. Que saboree mi leche en tu boca. ¿Has entendido?

    Rebeca asiente con la cabeza.

    Corte.

    De vuelta a casa Rebeca piensa en todo lo que acaban de grabar. Recuerda cada detalle. Imagina a su marido mirando esos vídeos. A pesar de que Roberto sabe todo lo que hace no deja de preguntarse cómo reaccionará. Si soportará ver a su mujer así. Como una vulgar puta. Quizá mañana se divorcien. Quién sabe. Una cosa es segura. Rebeca no llora esta vez en el coche. No siente dolor. Ni culpa. Ni nudos en el estómago. Está tranquila. En paz. Lo que tenga que ser, será.

    Llega a su casa y mete las cosas en la lavadora. Roberto está en el despacho. Acabando unos informes que tiene que mandar mañana a primera hora. Ella cumple con lo prometido y le besa, largo, con lengua, le pasa su aliento. Ella aún nota el sabor a polla en su garganta. No sabe si Roberto nota algo. Desde luego no dice nada.

    Tiene la cena lista en la cocina. Tapada con papel de aluminio. Devora cada bocado. Hambrienta. Agotada. Se va pronto a la cama. Lee un poco pero se le cierran los ojos. Su marido entra a darle las buenas noches. Le da un beso cariñoso y le pide que apague la luz cuando salga.

    Él se va.

    A sus cosas.

    Ella duerme plácidamente.

    Al día siguiente la levanta el olor a café. Roberto le ha preparado el desayuno. Está de buen humor. Feliz. Desayunan juntos y se despiden. Hoy ella lleva a los chicos al colegio. La semana avanza normal. Ella se acuesta pronto cada día. Él desparece y no vuelve a la habitación hasta muy tarde. Alguna noche ella se despierta cuando él se mete en la cama. Imagina que se está matando a pajas con los videos que hizo con Bilal.

    El fin de semana salen con unos amigos. Lo pasan bien. Vuelven a follar. Y no son 20 minutos. Por lo menos se tiran 2 horas follando. Roberto está algo mas guarro de lo normal. Visiblemente excitado. Es rico.

    Llega el miércoles. Ella se vuelve a vestir bastante puta. Incluso más que la semana anterior. Apenas lo ha pensado en la semana pero hoy se pregunta se Bilal tendrá los cojones de traer a Marcus. Mira a su marido desde la puerta de la cocina y piensa que él si lo sabe. Lo habrán hablado. Si Marcus aparece en el hotel a romperle el culo será porque Roberto ha dicho que sí. Tendrán todo planeado. De repente se da cuenta que se le puesto el coño húmedo.

    Se va y su marido sale a despedirla a la puerta. Camina hacia su coche mientras él la observa. Ella se para a medio camino y vuelve hacia él. Se queda parada mirándole a la cara unos segundos.

    – Dime que me quieres

    Él se queda mirándola y la besa. Apasionadamente. Es un beso largo, caliente, intenso. Ella le baja la mano por su abdomen, llega hasta su polla y se la toca por encima del pantalón. Está dura como una roca. Él contesta.

    – Ya sabes que te quiero.

  • Buscó lo que no debía y halló lo que no quería

    Buscó lo que no debía y halló lo que no quería

    Cuando vi por primera vez a Leonor en una reunión de amigos comunes quedé encandilado. Esa potente primera impresión me la produjo desde lejos, cuando percibí belleza y armonía corporal asociadas, dentro de una vestimenta que disimulaba más que ostentaba. Más tarde, al coincidir en un grupo, la escuché opinar con solvencia y sentido crítico, evidenciando una notable formación intelectual. Y así, ante la conjunción de personalidad bien formada y belleza apetecible, me derretí interiormente.

    A partir de ahí puse mi empeño en conseguir mayor cercanía y tuve suerte, en dos meses ya salíamos con cierta frecuencia. Al tener seguridad de mis sentimientos, y la casi certeza de no ser rechazado, le propuse noviazgo y, para mi júbilo, aceptó. Ella, más expresiva, me hacía sentir amado, y yo, con gestos antes que palabras, le trasmitía lo que mi corazón albergaba.

    Al decidir la convivencia optamos por su departamento, más amplio y cómodo que el mío, que terminé alquilándoselo a un amigo. Ambos tenemos ingresos que cubren bien nuestras necesidades aunque los de ella superan holgadamente los míos. Por una cuestión de simple equidad y respeto acordamos compartir a partes iguales los gastos hogareños.

    El segundo aniversario de nuestra relación nos encontró felices. Ambos trabajábamos en horario corrido llegando a casa entre las diecisiete y dieciocho horas, yo antes por cuestión de distancia. Ella tenía un cargo jerárquico en una casa de modas gracias a su preparación y capacidad de trabajo, mientras yo era empleado de planta en un estudio contable.

    Un martes al llegar a casa, con su habitual buen humor, y después del beso amoroso, me contó que al día siguiente saldría de viaje para supervisar los últimos detalles de la sucursal que inauguraban el viernes en una ciudad distante unos cuatrocientos kilómetros, estando previsto el regreso a media mañana del sábado. Esa noche, para compensar los tres días de ausencia, hicimos el amor con particular intensidad y duración. Al día siguiente nos despedimos como si fuera una separación larguísima, siendo lo contrario y además contar con comunicación telefónica en cualquier momento y lugar.

    Las charlas más prolongadas se sucedían a la noche, después de comer, cuando ambos estábamos en cama. El viernes me llamó alrededor de las veinte, mientras se realizaba el vino de honor como parte de la inauguración. Me alegró saber que todo había ido bien quedando en llamarla un poco más tarde de lo habitual.

    A eso de las veintitrés y en un intervalo de cinco minutos la llamé dos veces. No me causó molestia que ambas fueran fallidas. Todos tenemos derecho a entrar al baño sin llevar el teléfono. También es razonable tener el aparato cargando lejos de dónde uno se encuentra, y muchos buenos motivos más. En el próximo intento de comunicación tuve suerte y me contestó.

    – “Hola mi amor”.

    Pero, además de su voz, otra más se hizo escuchar.

    – “Tercera llamada, qué pesado”.

    Por supuesto que de inmediato me cortaron el contacto.

    De no creer el poder de esas cuatro sencillas palabritas. Si no hubiera estado sentado en el momento de escucharlas, el suelo me habría recibido largo y tendido. Después de un momento de parálisis pude reflexionar con cierto aplomo. Cuatro cosas eran evidentes. En primer término que, cualquiera sea el lugar donde estuviere, no se encontraba sola. Segundo, que quien había hablado era un hombre presente en el lapso de las tres llamadas. Tercero, que ese caballero sabía de quién procedían, sea que se lo dijeran, sea que él podía ver la pantalla. Y cuarto, que yo había interrumpido la actividad en desarrollo, cosa que resultaba desagradable.

    Terminada mi reflexión caí en cuenta que tenía una llamada entrante y un mensaje diciendo.

    – “¡Qué pasa que no me atendés!”

    Respondí.

    – “Estaba en el baño”.

    Ahí habló

    – “Hola querido, casi se me cae el aparato y al agarrarlo sin querer corté. Algo nuevo desde que hablamos?”.

    – “Nada que valga la pena. Ahora solo quiero pedirte perdón de todas las maneras posibles, te prometo que no va a suceder nuevamente y además, te juro, que nunca más voy a ser pesado. Chau”.

    Y corté. Hubo nuevos intentos de hablar y nuevos mensajes, pero en ningún momento atendí ni abrí su casilla. Era momento de intentar calmar el dolor y hacerme a la idea de finalización de una etapa y comienzo de otra.

    Habiéndome repuesto algo del impacto sufrido, llamé a mi madre para decirle que en una hora estaría en su casa. Luego, en mis dos valijas y tres bolsos puse todo lo que me pertenecía. Ya afuera cerré con llave y, por el ventiluz, apenas abierto, tiré dentro el llavero.

    El lunes, casi mediodía, fue a verme al estudio. Como la gente de seguridad la conocía le permitieron el paso. Percibiendo que alguien se aproximaba, levanté la vista de mi mesa de trabajo dándome con ella. Sin mover un músculo de la cara simplemente la miré.

    – “Hola Javier”.

    – “Hola”.

    – “Quisiera hablar con vos”.

    – “Perfecto, en media hora tengo descanso para almuerzo, te espero en el café de la esquina”.

    Con esa contestación di por finalizado el diálogo y seguí con lo que estaba haciendo.

    Entrando al local la vi sentada a una de la mesas del fondo, así que acercándome, me senté enfrente.

    – “Te escucho”.

    – “No me vas a decir nada?”

    – “Si tuviera algo para decirte te habría buscado o llamado y ha sido exactamente al revés”.

    – “Quería pedirte perdón por lo sucedido”.

    – “No sé qué ha sucedido pero estás perdonada”.

    – “Te amo, no entiendo cómo pude serte infiel. Te ruego me permitas demostrarte mi arrepentimiento y merecer tu perdón. Hay algo más. Los dos sabemos que mi madre te quiere a vos más que a mí, y si se entera que por mi culpa terminó el noviazgo, es probable que le amargue el tiempo de vida que le queda con la enfermedad que padece”.

    – “A ver si entiendo, vos querés que yo luzca inmutable mis cuernos mientras hacés mérito y además evitarle un disgusto a tu madre. Es así?”

    – “Sí, y soy consciente de no merecerlo”.

    – “De acuerdo, lo acepto, pero te va a costar material y anímicamente. Voy a vivir en tu departamento de manera totalmente gratuita, sin que tengamos intimidad. Naturalmente no pienso tomarme el trabajo de observar tu comportamiento o controlar tu conducta, a vos te toca hacer todo el esfuerzo. Con tu madre nada va a cambiar, pues siento por ella un entrañable afecto”.

    – “De verdad no querés saber qué pasó?”

    – “Lo importante ya lo sé”.

    – “Pero qué es lo que sabés”.

    – “Que mi novia hizo con otro algo que sólo debía hacer conmigo”.

    Así hice la mudanza de regreso y comenzó la convivencia de compartir techo y algunas comidas, pues al principio ni siquiera le respondía el saludo. Con su madre, Julia, no cambié nada de la rutina. En una de las visitas solté una de las bromas habituales.

    – “Suegrita querida, le pido que rápidamente se mejore pues quiero meterme en su cama y ponerle los cuernos a su hija”.

    – “Querido Javier, eso solo lo podría creer un recién nacido, ciego, sordo y mudo. Sos incapaz de hacer lo que esa hija de puta te hizo a vos”.

    Mi cara de sorpresa y cierta palidez la movieron a continuar.

    – “Tengo un montón de defectos, estoy vieja y enferma, pero no soy tonta. Mi hija y vos me han visitado por separado y en ambos he notado cara de estar pasando un mal momento. Cuando ella me dio excusas le respondí que la liberaba de su deber filial, pues si no era merecedora de conocer su problema significaba que como madre había fracasado. Sabés cuál fue su respuesta?”.

    – “Ni idea”.

    – “Se arrodilló en el piso y, tomándose la cara con las manos se apoyó en la cama, rompiendo a llorar. Sus palabras fueron: <Por Dios mamá, no aumentés mi dolor, Javier me dejó>. Dando por seguro que ella era la culpable, le pregunté: Qué le hiciste. Su contestación la esperaba, no porque fuera algo común en ella sino que la ruptura debía obedecer a algo importante, y no me equivoqué: <Le fui infiel>. Después de insultarla la consolé prometiéndole mi ayuda, eso sí dejando claro que si te perdía como hijo se lo iba a hacer pagar duramente. Me imagino lo mal que te sentís”.

    – “Así es Julia, en este momento lo que más desearía es no amarla. De esa manera desaparecerían el fuego que abraza mi estómago, el galope que de a ratos emprende mi corazón y las pesadillas que regularmente me visitan cada noche. Lamentablemente no puedo”.

    – “Me dijo que no quisiste escucharla cuando ofreció contarte lo que pasó”.

    – “Es verdad, probablemente iba a ser para aumentar el dolor y agregar repugnancia ante su presencia”.

    – “Estimo que no va a suceder eso. Es más, creo que podría disminuir el encono. Me das ese voto de confianza para contártelo?”

    – “Totalmente”.

    – “Los tres días de trabajo el designado gerente se dedicó a cortejarla sin que ella lo frenara, pues consideraba eso como una simple galantería. Lógicamente ese galanteo fue, imperceptiblemente, creciendo en frecuencia y cercanía, y por lo mismo sin suscitar resistencia. El viernes al término de la inauguración y durante el brindis, Leonor impulsada por el galán tomó de más. La lenta pero ininterrumpida labor de desgastar defensas, más el efecto de la bebida, hicieron que los festejos por el éxito del evento fueran más efusivos de lo aconsejable, y así algún abrazo terminó en frotamiento”.

    – “Debe haber sido cuando me avisó que la llamara un poco más tarde de lo habitual”.

    – “El error clave fue permitir que, pretextando el exceso de bebida, la acompañara al hotel, pero la estupidez máxima fue dejarlo entrar a la habitación para el último brindis. Con las copas vacías él la abrazó y trastabillando la hizo caer en la cama. La primera llamada entró cuando esquivó su boca que fue a dar al cuello, punto débil que supo aprovechar minando más las defensas. Cuando sintió su mano bajo el vestido frotando la entrepierna no se resistió y los dedos se hicieron notar bajo la bombacha”.

    – “Bueno ahora ya sé dónde no poner mis labios si esto se compone en el futuro”.

    – “La segunda llamada llegó cuando finalizaba el orgasmo producido por las caricias. La tercera fue el empujón necesario para sacárselo en encima y atender. El resto lo conocés mejor que yo. Que está arrepentida se desprende de haberme dicho: <Mamá lo que más me mortifica es que no me hizo un solo reclamo, no me insultó, ni siquiera me saluda, pero las pocas veces que me mira veo en sus ojos enrojecidos el dolor que lleva dentro. Esa es mi tortura, amarlo, pero verlo sufrir en silencio, sabiendo que día a día yo alimento su sufrimiento>. Crees poder escuchar un pedido?”.

    – “Seguro que sí”.

    – “No es algo irrazonable o egoísta porque quiero el bien de ambos. La falta de ella fue leve materialmente, pero espiritualmente grave, como toda infidelidad. Recomponé la relación porque ambos se aman, pero hacela parir para llegar a ello, que le duela bien. De todos modos debés estar atento para que esto no se malogre. Cuando veas que llegó al límite de sus fuerzas no la dejes caer. Sean felices, ambos lo merecen después que ella purgue su falta”.

    Con el correr del tiempo la convivencia avanzó algo. Ella más comunicativa, iniciaba la conversación, que yo contestaba parcamente, pero no rehuía. Generalmente eran comentarios sobre nuestros trabajos, y así una tarde me contó que debía viajar a controlar una filial, algo que le llevaría un día. Saldría de noche y regresaría al día siguiente a última hora, agregando que cuando le encargaron hacerlo en la sucursal del triste problema, ella habló con su jefa contándole lo sucedido, por lo que fue eximida de concurrir a ese lugar.

    – “Te puedo llamar esta noche?”

    – “Seguro”.

    A las once de la noche sonó el teléfono

    – “Ya estoy en el hotel”.

    – “Todo bien?”

    – “Sí, el viaje fue bueno. Mañana cuando esté por regresar te aviso. Me hizo bien escuchar tu voz”.

    – “A mí también. Hasta mañana”.

    Han pasado ocho meses desde ese viernes de mierda que puso mi vida patas para arriba. De regreso del trabajo estaba tomando un café mientras miraba un partido por televisión, cuando Leonor entró sentándose a mi lado.

    – “Necesito de vos un favor inmenso. El sábado hay una cena de la empresa y te pido que me acompañes. Va a estar el tipo con quien te fui infiel. Estoy segura de no caer nunca más, pero seguro que él va a insistir transformando la fiesta en un infierno. Tu presencia podría disuadirlo“.

    Naturalmente accedí y fuimos juntos. Al rato de llegar se cumplió lo que temía.

    – “Hola Leonor, nos presentas?”

    – “Javier, este señor es Ricardo, el gerente de la sucursal abierta hace poco”.

    – “Ricardo, Javier es mi novio”.

    – “Mucho gusto Javier”.

    – “Hola”.

    Iniciada la sobremesa, y sonando la música apropiada, los animadores invitaron a bailar. Charlaba con Leonor sobre los recuerdos que la melodía despertaba, cuando veo acercarse al recién presentado.

    – “Me permitís bailar con tu novia?”

    – “No”.

    – “Estoy sorprendido, tenés miedo de que te sea infiel?”

    – “De ninguna manera, no me puede hacer cornudo porque ya soy cornudo. Simplemente estamos de acuerdo en no permitir que los cuernos crezcan”.

    – “Bien, hasta luego”.

    – “Leonor, escuchá atentamente lo que voy a decir. Con este galán se abren dos posibilidades. Una es que acepte mansamente lo que le dije y se acaben los problemas. La otra es que no se dé por vencido e insista, y estimo que esta opción es la más probable. Me hice entender?”

    – “Perfectamente”.

    – “Bien. Si estás decidida a no repetir un episodio como el que quiero olvidar, ante cualquier avance por sobre lo estrictamente laboral, debés hacer dos cosas, y ambas de manera urgente y rápida. Lo primero es frenarlo de inmediato y, a continuación avisarme. Cuando digo cualquier avance, incluyo todo lo imaginable, desde un simple piropo hasta un inocente roce. Lo que para el común de los mortales es inocuo, para este tipo de gente, esa pavada representa una invitación, y el primer paso que le permitiría lograr su deseo”.

    Miraba bailar a algunos mientras Leonor charlaba con dos compañeras de trabajo que estaban en otra mesa. Cuando volvía a la nuestra le salió al paso Ricardo, cruzaron pocas palabras y siguió caminando hasta llegar a mi lado.

    – “No se da por vencido, me dijo que soy una puta que ahora se hace la estrecha”.

    – “Caminá a mi lado”.

    – “Por favor, no hagás una locura”.

    Ante eso giré dándole frente.

    – “No acepto la más mínima indicación de tu parte. Voy a tratar de solucionar el problema en que ambos nos encontramos por culpa exclusivamente tuya. Seguime”.

    Al llegar al lado del perseverante conquistador, que hablaba con una pareja, lo interrumpí en voz alta para ser escuchado por quienes estuvieran cerca.

    – “Ricardo, me acaba de decir mi novia que la trataste de puta que ahora se hace la estrecha. La tengo a mi lado para que le pidas perdón por el insulto”.

    – “Ni pienso”.

    Como era la respuesta esperada mi patada a los testículos salió rápida y certera. Doblado en el suelo lo tomé del pelo y lo hice golpear el piso con la cara.

    – “La próxima vez que te vea, esto te va a parecer una caricia. Querida vamos, he perdido interés en la reunión”.

    Menos de un minuto duró la sorpresiva acción antes de emprender el camino de salida.

    Regresamos a casa sin comentar lo sucedido pues las palabras sobraban. Al llegar frente a su dormitorio yo seguí de largo cuando sus manos tomaron mi brazo. Al darme vuelta se arrodilló abrazando mis piernas y soltó un llanto desconsolado.

    – “Javier, no tengo derecho a pedírtelo, pero por lo que más quieras, no permitas que esta noche la pesadilla me encuentre sola”.

    Era el momento indicado por Julia. Me agaché para levantarla y alzarla en brazos, llevándola a la cama ancha de su habitación, donde la desvestí íntegra para ponerle el pijama y taparla. Luego fui a mi pieza a cambiarme para dormir y, al regresar a su lado, la encontré en posición fetal llorando. Probablemente pensó que nuevamente quedaba sola. Al entrar a la cama la abracé haciendo que apoyara la cabeza en el hueco de mi hombro dándole un beso en la frente. No hubo intimidad pero si comunicación. Nuestros corazones sincronizaron sus latidos batiendo el parche al unísono. En algún momento de la noche nos dimos vuelta y amanecimos ella boca abajo y yo cubriéndola con mi cuerpo. Ya desperezados, me apoyé sobre un codo mirándola.

    – “Estás decidida a que sigamos juntos?

    No abrió la boca, pero mirándome fijamente, asintió con la cabeza.

    – “Querés formar una familia?

    Tampoco habló, pero de sus ojos salían lágrimas que corrían hacia las sienes, mientras asentía nuevamente.

    – “Una familia con hijos?

    Ahora sí le salieron las palabras

    – “Sí mi amor, quiero todo lo que me una más a vos”.

    El beso larguísimo que siguió, no concentrado en su boca sino recorriendo toda la cara, me permitió saborear lágrimas distintas. Éstas, originadas en un hecho feliz, parecían dulces. Cuando nuestros maxilares quedaron rendidos del esfuerzo, se desnudó y adoptó una de las posturas preferida por ambos. Sobre las rodillas abiertas levantando las nalgas, hombros apoyados sobre la cama, la cara vuelta en mi dirección y ambas manos abriendo el ingreso a la vagina. Esa gestualidad combinaba entrega, abandono e invitación.

    En dos centímetros de mi entrada comenzaron los espasmos de la eyaculación. El cuarto chizguetazo sucedió en el fondo. Era lo esperable después de tanto tiempo de abstinencia. Lo que no imaginé fue que el decaimiento de la erección fuera pequeño. Eso, y el agregado de caricias en clítoris y tetas, ocasionaron una estruendosa corrida dejándola totalmente tendida.

    – “Ahora a buscar la descendencia”.

    – “No tendría que llevar mucho tiempo. Si mis cálculos no fallan estoy en período fértil”.

    – “Entonces redoblemos la tarea”.

    – “Por favor, ocupa esa silla y déjame hacer a mí”.

    Era la posición de mayor disfrute para ella. Pudiendo apoyar los pies y con sus manos sobre mis hombros, podía manejar a placer todos los movimientos. Se puso a caballo de mis piernas y tomando mi pija la ubicó en la entrada de la vagina, quedándose quieta. Con sus ojos fijos en los míos, puso un dedo sobre mis labios.

    – “Te ruego, no hables y hacé lo que te vaya pidiendo”.

    Ante el asentimiento de mi cabeza comenzó su labor.

    – “Ahora voy a bajar lentamente, sintiendo cada centímetro que entra y cada estiramiento de mi conducto. Pero quiero hacerlo chupando tu lengua. Así mi amor, hace tu ingreso sin premura, ay que delicia esa barra que me ocupa, que me llena, ahora clavame fuerte, ¡siii!”.

    – “Ya llegaste al fondo y aún queda un poquito afuera, ahora comeme la boca y apretame fuerte las tetas mientras voy rotando alrededor de tu miembro. ¡Me corro mi cielo, acabooo!”

    Diariamente de variadas maneras tratamos de fortalecer el vínculo y lo vamos logrando.

    Ha pasado el tiempo y cumplimos el pedido de mi suegra. Ella peleó contra la enfermedad hasta que conoció a la nieta, después se dejó ir en paz. En la puerta del cementerio, después de las exequias, llorando sobre mi hombro, Leonor aludió por última vez a su desliz.

    – “Tengo muchísimas razones para amarte. Hay una que quiero que la sepas. Y es que sos capaz de cuidarme aún ausente. Tus llamadas me dieron fuerza para no caer a un nivel tal que hubiera sido casi imposible estar como hoy estamos. Gracias mi amor”.

  • Con la maestra de zumba

    Con la maestra de zumba

    Hola a todos, mi nombre es Alfonso y esto sucedió en Monterrey. Cuando tenía 22 años, el Facebook era una herramienta que estaba tomando su auge y acostumbraba a mandar solicitudes a diestra y siniestra, muchas de ellas fueron rechazadas y otras aceptadas.

    Entre una de las que me aceptó se encontraba una señora que claramente tenía familia, entre sus fotos de perfil se podía observar a sus hijos y su esposo, así como videos donde ella era maestra de zumba, rápidamente me llamó la atención ya que tenía muchas fotos donde estaba en mallas de varios colores, tenía un cuerpo de una señora bien proporcionada, ya que tenía buenos pechos y tenía unos glúteos muy marcados, sin duda era una mujer muy apetecible y aproximadamente de unos treinta y tantos años.

    En fin después de que la señora me aceptó que por cierto su nombre era Marcela, comenzamos a platicar por Facebook y todo muy ameno, yo le preguntaba por sus clases y si daba clases para hombres a lo que ella me respondió que únicamente daba clases a mujeres, algo que me desánimo ya que tenía la esperanza de que en algún momento pudiera pedirle clases para mí con el pretexto de verla.

    El tiempo fue pasando y nuestras pláticas eran casuales, yo por mi parte no me había portado atrevido con ella hasta ese momento; sin embargo si le decía por momentos que era muy guapa, situación que ella cortaba mencionando que nada que ver, que se sentía algo pasada de peso, cosa que yo le rebatía mencionando le que para nada, que así como se encontraba estaba perfecta.

    Conforme fue avanzando el tiempo la manera de platicar de mi parte era algo más atrevida ya que poco a poco me animaba a decirle que las fotos que subía en mallas la hacían ver muy sexy y que su esposo tenía mucha suerte, a lo que ella respondía que ni tanto, siempre realizando comentarios para minimizar la situación.

    Dentro de las ocasiones donde le mencionaba lo hermosa que me parecía y que incluso me gustaba, ella mencionó que tenía un par de hermanas a las cuales me podía presentar, me dijo que eran muy guapas y que seguramente una de ellas me gustaría sin problema, incluso me invitó a una reunión a su casa para conocerlas; sin embargo lo que se me vino a la mente es que me estaba probando para ver qué tan real era mi interés en ella, por lo cual le mencioné que la única mujer que me interesaba era ella y que no me importaba conocer a sus hermanas, a pesar de que me decía que me convenían más porque eran de mi edad.

    En algún momento le pregunté si yo no le parecía atractivo, a lo cual ella me dijo que si, pero que no podía permitirse más porque era casada, yo la comprendí y no quise insistir más en ese lapso de tiempo, pero ya el hecho de ella me decía que borrará las conversaciones y ella haciendo lo mismo me hacía ver qué la situación ella la cuidaba mucho.

    En otra ocasión dentro de nuestras pláticas le volví a decir que quería conocerla que quería estar cerca y besarla, a lo que ella me respondió «por qué estás interesado en mi?”.

    Yo lo que le mencioné en ese momento fue que la forma en la que platicábamos me hacía sentir muy especial y que sabía que ella sentía lo mismo, le dije que si ya no quería que habláramos o que si se sentía incomoda me lo dijera a lo que ella me mencionó que no, que no se sentía para nada incómoda y que incluso el hablar conmigo la hacía sentir bien, en ese momento me decidí ir a por todas y le dije que quería estar con ella que necesitaba verla a lo cual ella me respondió que también quería eso, que quería conocerme.

    Yo: cuando podemos vernos?

    Marcela: Déjame planeo como vernos.

    Yo: De verdad quieres verme?

    Marcela: Si, de verdad necesito verte también.

    En ese momento ambos nos dijimos todo lo que sentíamos y ella procedió a mencionar me algo que no había dicho.

    Marcela: Si nos vamos a ver necesito saber que esto es real.

    Yo: A que te refieres?

    Marcela: Esto no es un 4 verdad? No eres amigo de mi esposo?

    Yo: Para nada, yo a tu esposo no lo conozco, por qué lo dices?

    Marcela: Porque hace tiempo un amigo de él me empezó a mandar mensajes y era como para probarme si era infiel.

    Yo: Te puedo asegurar que para nada es un 4, de verdad quiero estar contigo y te prometo que no estoy jugando.

    Marcela: Voy a confiar en ti y quiero que sepas que es la primera vez que le voy a fallar a mi esposo, toma en cuenta eso.

    Yo: Lo sé y quiero que sepas que te voy a tratar muy bien, te voy a hacer sentir la mujer especial, voy a hacerte el amor.

    Marcela: Voy a confiar en ti.

    Después de eso procedimos a planear el día para vernos y el resto se los contaré en el siguiente relato.