Autor: admin

  • Reina por un día

    Reina por un día

    Ana se abraza a mí en la cama, mientras yo le besaba el cuerpo en la oscuridad de su habitación. La había conocido aquella misma noche en un bar. Iba vestida de forma más modesta que el resto de sus amigas, y daba una impresión de timidez. Al principio rechazó mis avances, diciéndome que no estaba interesada en ligoteos en estos momentos. Entonces le dije: “eso es porque nunca te han tratado como a una Reina”. Soltó una risa, pero algo picó su curiosidad porque siguió hablando conmigo.

    Seguramente fue el tono natural con que lo dije, porque lo pensaba de verdad. Aquella chica me parecía más linda que todas sus amigas, pero nadie más parecía verlo, pues su comportamiento recatado lo ocultaba. Las horas fueron pasando aquella noche de viernes a sábado y, quizá con demasiado alcohol encima, acabó invitándome a su apartamento.

    Nos desnudamos y nos sumergimos en la cama. Al principio nos besábamos y tocábamos, pero poco a poco ella dejó de hacerlo a medida que besaba y acariciaba todo su cuerpo, limitándose a abrazarme. Yo estaba enteramente centrado en ella, y buscaba la mejor manera de darle placer. Ella se iba dejando hacer, y poco a poco fui rodeando su clítoris, hasta que acabó pidiéndome que la lamiera. Comencé a darle placer oral, y ella gemía suavemente. Tuvo un orgasmo, pero no me detuve. Me pidió que la penetrara, pero le dije que todavía no. Seguí a ello, tocándole también los pechos y el cuerpo entero, buscando llevarla al éxtasis; cada vez gemía más. Volvió a pedir que la penetrara, y le dije que sí, en un ratito; pero seguí dándole placer oral. Ella empezó a agarrar las sábanas con fuerza, llena de tensión y, de forma natural y seguramente inconsciente, me enganchó el cuello entre sus piernas, forzándome contra su vagina, como diciendo: “¡Sigue! ¡sigue! ¡No se te ocurra parar!”. Al final, como en una explosión, tuvo varios orgasmos seguidos, gimiendo de forma primitiva y hasta violenta, y en aquel instante me apretó tanto entre sus piernas que no pude respirar. Finalmente me soltó, exhausta, y quedó tendida en la cama, sin prestarme atención. Yo me puse junto a ella y seguí acariciándola.

    Al cabo de un rato, se puso de lado, mirándome con curiosidad, y en la oscuridad pude ver que los gestos con los que se movía hablaban de una mujer más segura de sí misma que la que había conocido hacía unas horas, y su pose, apoyando un codo sobre la cama y su cabeza sobre la mano como una reina egipcia o una patricia romana, era tan sensual y femenina que nadie habría podido ver en ella otra cosa que una codiciada y atractiva mujer, la mujer que yo intuí en aquel bar. Ella, por supuesto, no se daba cuenta: estaba siendo simplemente ella, igual que en el bar. Me espetó de repente, curiosa: “oye, al final no me penetraste. ¿Por qué no? Te lo pedí varias veces”, acariciándome el pelo con una sonrisa coqueta y atrevida, añadió: “tenía muchas ganas de tu pene. Quería sentirlo ahí abajo. Es mucho mejor que una lengua, amiguito”. Yo le contesté, con un tono que no dejaba entrever en qué grado hablaba en serio o en broma: “¿Recuerdas que te dije que te trataría como a una Reina? Bueno, pues eso pienso hacer todo el sábado, y verás: los hombres perdemos el interés y las ganas cuando nos corremos. Si mi pene no queda contento, tu súbdito seguirá adorándote con gusto todo el día”. Ella se sorprendió, y se rio de nuevo. “¡Madre mía! ¡Esa contestación no me la esperaba! Pero hombre, así te quedas insatisfecho ahí, me da un poco de cosa, me hace sentir egoísta. ¿Seguro que estás bien conque las cosas acaben así hoy?”. Le contesté: “mi satisfacción está en tu placer”. Se rio de nuevo, incrédula pero divertida por la situación. “Claro, claro”, dijo; “y mis deseos son órdenes también, ¿no?”. Le contesté, un poco teatralmente: “solo si no son ofensivos a su divina condición, Su Majestad. Comprenderá que no puedo permitir que se rebaje a ser penetrada por un humilde siervo como yo, o a ensuciar sus manos cocinando”. Ella no quiso hablar más, demasiado extrañada ya por todo aquello. Se despidió entre risas y, dándome la espalda, se acostó; no sin antes darme, aún incrédula, una palmadita en mi pene erecto. “Pues nada, hasta mañana, “súbdito””. Ella no sabía cómo tomarse todo aquello, pero yo sabía algo que ella no: que el sexo es algo mágico y misterioso, capaz de transformarnos; que la penetración empodera al que penetra, y que el sexo oral empodera a quien lo recibe. Ella no se daba cuenta, pero poco a poco, la Diosa que habitaba en su interior salía a la luz e, imperceptiblemente, ya se sentía más femenina y más feliz.

    ****

    Ana se despertó al día siguiente con su largo pelo hecho un laberinto, bostezando y rascándose a través del pijama, con una muy ligera resaca. Se sorprendió al ver que yo no estaba en la cama, y sonrió. “Menuda Reina estoy hecha”, pensó, “que me despierto y parezco más un troll que una mujer”. Yo la había oído despertar, y entré en la habitación con una gran bandeja de desayuno. “Con su permiso, mi Señora” le dije, depositando la bandeja sobre su cama y haciendo una reverencia. Ella me miró con la boca abierta. Había pastas de calidad y fruta pelada y cortada, entre otras cosas. “¿Y esto?” me preguntó. “Bueno”, le dije, “desconocía Sus gustos, así que lo he preparado con variedad”. “No me refería a eso. Yo estas cosas no las tenía, y la bandeja tampoco. ¿Y cuánto tiempo llevas despierto?”. “Hará un par de horas que me desperté. He bajado al supermercado y he estado preparando el desayuno. ¿Café?”. Mientras le servía una taza, me preguntó si había desayunado; le dije que había tomado fruta para tener energía, y que no necesitaba más. Ella, muy contenta, se colocó bien en la cama, y disfrutó de un buen desayuno sin necesidad de levantarse. Su rostro irradiaba luz, y no se apreciaban ya signos de que acabase de levantarse. Yo permanecí en pie a su lado, como un mayordomo; en no mucho tiempo, ella se había recostado como en un diván romano, y yo le servía la comida directamente a su boca. Observé que ya estaba de nuevo moviéndose tan femenina y poderosamente como la noche anterior, tras su éxtasis. “La verdad es que esto de tener un servidor es algo a lo que una se puede acostumbrar”, dijo divertida.

    Cuando hubo terminado, recogí la bandeja y, al regresar, me encontré con que se había puesto en pie con intención de darse una ducha. “Verá, mi Señora; en antelación, ya le he preparado un baño. Permítame”. Me postré ante ella y, comprendiendo, se sentó sobre mi espalda. Caminé a cuatro patas, llevándola al baño sin que sus pies tuvieran que tocar el suelo. Una vez allí, pudo observar que había comprado productos especiales, por lo que la bañera olía a perfume y rebosaba espuma. Procedí a desnudarla, desnudándome yo también. Cogiéndola en brazos, la introduje en la bañera, y ella emitió un suspiro de placer y satisfacción. Le lavé los cabellos masajeándole el cráneo, froté sus brazos con agua perfumada asegurándome de que fueran caricias placenteras; cuando llegué a sus piernas, repentinamente las sacó del agua y, apoyándolas sobre el borde de la bañera, dijo casualmente: “besa mis pies”. Obedecí, y sonrió. Vi en su rostro que empezaba a sentirse muy cómoda en la situación, y que le gustaba cada vez más. Si alguien la pintase en un cuadro en ese instante, podría afirmarse honestamente que se trataba de una princesa griega acostumbrada a tal trato. Cuando hube terminado, se sentía tan a gusto en la bañera que me ordenó que me fuera, para estar un rato disfrutándolo a solas. Fui a preparar otros asuntos, hasta que oí su voz, que me llamaba desde el baño. Fui a atenderla estando yo aún desnudo, y así permanecería el resto del día. Para evitar ser brusco con su piel, usé Su secador, y envolví su cuerpo en una toalla y el pelo en otra. Postrándome de nuevo a cuatro patas, se sentó de nuevo sobre mí, y la llevé de nuevo a la habitación.

    Allí, sobre la cama, había dispuesto varias toallas para evitar la humedad, y la tumbé boca abajo. Había comprado aceites aquella mañana, y comencé a darle un masaje de cuerpo entero. Le masajeé los pies, el cuello, los brazos y las piernas, el culo; besaba su cuerpo entero al pasar, y le dije lo hermosa que era. Luego le di un masaje facial, y descendí por toda la parte frontal de su cuerpo. Cuando llegué abajo, le di un final feliz con placer oral. Estaba tan relajada que ni se movió, indicando simplemente un satisfecho “ya” cuando quiso que parase. Después de unos minutos, exclamó: “Esta SÍ es manera de empezar el día”, pero su tono ya no sonaba jocoso y divertido, sino satisfecho, sensual e, incluso, algo autoritario. Su rostro y sus movimientos eran más femeninos que nunca y, a la vez, su sonrisa y su mirada empezaban a resultar intimidantes. “Vísteme”, ordenó, “que con lo tarde que me he levantado son casi las cuatro, y esta tarde tengo trabajo que hacer”. Sus palabras eran las de una mujer moderna estresada por el mundo corporativo que, cigarrillo en boca y con pantalones vaqueros, se deslomaba para intentar ascender mientras pagaba el alquiler de un pequeño apartamento; pero su tono y gestos eran los de una patricia romana, a la que no le espera otra cosa que una agradable charla con sus amigas y algún senador. En el tiempo que había estado en el baño, había inspeccionado el armario buscando la ropa más adecuada, y la encontré. Le puse su mejor vestido: un vestido blanco y elegante, que caía hasta poco más allá de las rodillas, dejando al descubierto uno de sus hombros e insinuando el pecho de dicho lado. Se cerraba con broches brillantes y, en torno a su cintura, un cinturón plateado. Era un vestido que había comprado para la boda de su hermana, según me dijo; se lo compró porque le hacía parecer una princesa. Esta confesión confirmó lo que ya sabía: que una Diosa habitaba en su interior. Sentándola en un taburete frente a la cama, comencé a peinarla con varias trenzas que se unían en una sola, al modo de las clases altas medievales; mientras mis dedos se deslizaban por sus pelos, ella suspiró con placer. “Sabes”, me dijo, “las mujeres ricas del Imperio Romano llegaban a tener a una multitud de esclavas atendiendo a sus necesidades personales. Podían tirarse mañanas enteras siendo acicaladas”. El hecho de que supiera cosas así y las retuviera en la memoria, me confirmaba nuevamente lo que ya sabía; pero notaba que ella misma estaba, por primera vez, dando rienda suelta a su fantasía. “Aquellas mujeres debían ser esplendorosamente bellas”.

    Cuando terminé de peinarla, iba a preguntarle si tenía joyas, y donde las guardaba; pero, para mi sorpresa, antes de que pudiera decir nada me dijo: “ve al cajón de debajo de la izquierda del primer armario: allí guardo las joyas de mi madre. Tráemelas”. Obedecí y, al abrir la caja, se puso unos largos pendientes de falsa plata, y tres collares (suntuosos, pero no muy caros) uno sobre el otro. Además, tenía cuatro brazaletes de oro, que puso dos en sus brazos y dos en sus piernas, a la altura de los tobillos. “Estos son de oro de verdad, herencia de mi abuela”. Finalmente, le puse dos elegantes zapatos al estilo sandalia, y marché a por un espejo. Arrodillándome, le enseñé su aspecto. “Ahora”, dijo, “sí que soy una Reina”.

    ***

    Ella se había sentado en el sofá del salón, cuya mesa le hacía las veces de estudio. Allí había encendido el ordenador y tenía una enorme cantidad de ventanas abiertas, así como una pila de papeles sobre la mesa. La mujer que hacía apenas una hora se había sentado en aquel sofá con la delicadeza de una princesa y el orgullo de una reina había desaparecido: lo que quedaba era una pobre chica estresada, más tímida si cabe que la noche anterior en el bar, y el vestido y las joyas que llevaba provocaban un contraste que resultaba grotesco. Yo había estado preparando la comida que me ordenó y, cuando volví y vi aquella triste situación, no pude contenerme. “Ana”, le dije, con un tono que la hizo dar un respingo, tanto por lo grave y masculino que sonó como por el hecho de que la había llamado por su nombre, cosa que no había hecho en todo el día. “No puede ser que te degrades de esta manera”. “¡Bah!” exclamó, con un tono enfadado y despreciativo, pero débil; “no me vengas con fantasías ahora. Ha estado muy bien todo lo que has hecho por mí, pero ahora tengo que trabajar. Si no trabajo hoy, no voy a tener estos informes listos para el lunes. Así que como reina que dices que soy, te ordeno que te calles, comas y me dejes trabajar. Si no, puedes irte”. Su tono pretendía ser más autoritario y cruel que nunca y, sin embargo, resonaba en el alma como débil y sumiso. Es el tono que muchas mujeres depresivas usan para regañar a sus maridos e hijos, que no le hacen ni caso, un tono que se vuelve pesado y desagradable para todos y que, cuanto más pretende imponerse, menos lo consigue. Al final esas mujeres, que buscaban empoderarse mediante su carrera profesional, acaban siendo impotentes, sometidas al jefe, el marido y los niños, y acaban medicándose. Había, sin duda, mujeres para las que ese camino era el mejor; pero Ana no era una de ellas, y el mundo en el que vivía le estaba robando su poder femenino natural. “Eres una reina, MI reina, y como tal no puedo dejar que te hagas esto. Venga, déjame ver de qué va el asunto. Soy inteligente y aprendo rápido: seguro que te puedo ayudar”.

    Me senté a su lado, y comencé a inspeccionar los papeles. Entonces comenzó a reprenderme a regañadientes, diciendo que era todo muy complicado, que no lo iba a poder entender, que era su trabajo y bien que le había costado tenerlo, que no podía asumir que iba a saber hacerlo, que todo esto era muy machista, que bla, bla, bla; como no tenía otra intención que ayudar, estos prejuicios eran muy irritantes, y me hacían perderle el respeto. Al final estallé, y me abalancé sobre ella en el sofá, agarrándola de las muñecas, mirándole a los ojos y poniendo mi rostro sobre el suyo. Mi pene rozaba su vestido, y ella se había quedado súbitamente callada, expectante. Podía ver en sus ojos que, aunque algo asustada por el gesto repentino, la situación le atraía. “Cuando te comportas así, no eres reina de nada”, le dije con violencia serena y controlada; “como mucho, podría dejarte ser mi puta. ¿Eso quieres? ¿Qué te ponga una argolla, y haga de ti mi voluntad?”. Me retiró la mirada a un lado, incapaz de mantenérmela; y con tono sarcástico y erótico, dijo: “bueno, no estaría tan mal. Ya te dije que me apetece tu pene”. “Oh, te gustaría sin duda; pero no es lo que en verdad quieres”, le dije, con autoridad; “yo he visto un cambio hoy. Yo he visto hoy a la chica más guapa de aquel bar, a la luz. Yo he visto a la mujer que siempre quisiste ser. Déjame que te devuelva ese poder”. Ella siguió sin poder mirarme a los ojos, pero vi que se daba cuenta de que era verdad, de que ella lo deseaba. Por eso siguió hablando conmigo en el bar, por eso no cortó el ambiente en ningún momento; inconscientemente, quizá, sin saberlo del todo, quizá, pero lo había estado buscando; quería sentirse como una gran mujer, y la única razón por la que había traicionado ese deseo era porque le aplastó la presión de “la vuelta a la normalidad”, y había preferido reprimirlo. Con un tímido “está bien, vale” de su boca, nos incorporamos, y empecé a preguntarle por lo que estaba haciendo, por los procedimientos y, con su colaboración, empecé a ayudarle.

    Poco a poco fui mecanizando los procesos, y quedó impresionada ante el hecho de que, verdaderamente, no mentí cuando dije que tenía una gran facilidad para estas cosas. Pronto estábamos trabajando a medias y, en menos de una hora desde que habíamos empezado, se retiró con una sonrisa de satisfacción, tumbándose en el sofá y encendiendo la tele para ver su serie favorita, dejándome con todo el trabajo. La miré, y vi, para mi satisfacción, que se movía libremente, y había vuelto a ser la reina que fue apenas unas horas antes. Estuvimos así varias horas, yo trabajando en sus negocios, ella divirtiéndose; de vez en cuando, me metía sus pies, zapatos incluidos, en la boca; otras veces me acariciaba los músculos.

    Cuando hube terminado, se levantó de repente, y me miró desde arriba. Me sonrió sensual y seductoramente. “Buen trabajo, me has ahorrado mucho tiempo. Me siento muy satisfecha”, me dijo; pero inmediatamente su sonrisa se tornó enfado, y su aspecto se volvió verdaderamente intimidante, digno de una emperatriz. “Pero… ¿se puede saber qué fue lo de antes? ¿Esa forma de abalanzarse sobre mí… de TOCARME de semejante manera? ¿Cómo te has atrevido?” su furia era doble, pues no estaba reaccionando solo al hecho, sino que sucedía que la rabia no expresada antes había vuelto con resentimiento como condimento. “Eres un esclavo, eres MI esclavo; es completamente inaceptable”. Intuyendo lo que venía, decidí postrarme para evitar lo peor. Con la cabeza contra el suelo, intenté defenderme: “no vi otra salida”, dije; “era la única manera que vi para salvar a Su Majestad de seguir degradándose”. “Oh, hiciste bien, hiciste bien; no digo lo contrario. Pero aun así, aun no pudiendo haber hecho otra cosa, sigue siendo inaceptable. Para evitar que me degradara, me degradaste; me violentaste con tus sucias manos de esclavo. ¡Discúlpate! ¡Besa mis pies!”. “Perdóneme, mi Señora, perdóneme” suplicaba, besándola. Finalmente, me agarró de las mejillas con su mano derecha y me levantó, atravesándome con sus ojos. “Escúchame bien: hasta ahora, me has servido libremente porque necesitábamos que me guiaras hacia mi ser, pero ahora ya has despertado a la Diosa en mí: a partir de ahora, no puedes volver siquiera a tocarme sin mi permiso, o habrá consecuencias. ¿Entiendes?”. “Sí, Señora”. “Tampoco podrás dirigirme la palabra, ni mirarme a los ojos, ni mucho menos como lo hiciste en ese horrible momento, salvo que te conceda permiso; y no me digas Sí, Señora; me hace sentir vieja. Di: Sí, Ama. Soy Señora de todo súbdito de mi reino, pero de ti, soy Ama”. “Sí, Ama”. “Bien”, dijo, y me soltó. Sentándose de nuevo en el sofá, dijo: “ahora, ponte a cuatro patas ante mí: quiero reposar los pies en alto”. Así lo hice, y así estuve hasta que terminó de ver su serie. Lo poco que quedaba de tarde lo pasé abanicándola, preparando una cena que me obligó a comer sentado en el suelo, y dándole placer de diversas maneras.

    Finalmente, cayó la noche, y tocó despedirse. Su rabia había desaparecido ya por completo, y se la veía satisfecha y feliz. Yo, por mi parte, me había vestido de nuevo, y ninguna diferencia parecía haber con el hombre que fui al entrar por aquella puerta. Sin embargo, ella brillaba. “Ha sido genial. Realmente… realmente me has hecho sentir como una reina”, me dijo, con un tono dulce y amable. “Oye, perdona si te sentiste mal antes. Fue cruel, y muy humillante. No quiero que pienses mal de mí”. “Descuida. Era necesario” contesté, sonriendo. “Mírate ahora. Me siento muy feliz. Ha sido un gran día”. Hubo un silencio, y entonces ella habló, algo confusa: “Bueno… oye… la verdad, me gustaría repetir. O bueno, me gustaría que esto no quedase en nada, en cosa de un día. Lo que pasa es que… bueno, no sé como seguir a partir de aquí. ¿Qué leches se supone que hacemos? ¿Quedamos otro día en el bar? ¿Salimos? ¿Somos novios, o qué? ¿Te encierro en un sótano y no te dejo salir?”. Se rio, y yo también. “La verdad es que soy pesimista con estas cosas. No creo que funcionen. Un día está bien, pero… no se puede ser novio en una relación tan desigual. No satisface. Al final, echarás de menos tener un hombre que no solo te penetre, sino que te cuide de igual a igual, un Rey para tu Reinado; y me tendrás que dejar. Y no puedo convertirme en tu esclavo de verdad, ello exigiría renunciar a mi vida entera y solo servirte, y no quiero eso. Tengo familia, amigos, sueños… una vida que amo, y el sexo solo es una parte de ella. Solo puedo hacer esto: conocer a una chica especial, y hacerla sentir especial una buena noche”. “Bueno”, dijo ella, “¿y por qué no lo dejamos como está, y simplemente repetimos? El sábado que viene, o dentro de un mes, como mejor te venga. En vez de buscar chicas por ahí… ven a visitarme. Hazme sentir divina de nuevo, y yo te haré sentir que me perteneces”. Me quedé pensativo. “Sí. Eso podríamos hacerlo”. Entonces, con el mismo tono con que le había hablado la noche anterior en el bar, le dije: “oye, ¿por qué no me acompañas a dar una vuelta a la manzana? Quiero que veas una cosa antes de que me vaya”. Con curiosidad, aceptó.

    Bajamos a la calle, ella aún vestida como una reina, y la cogí del brazo, y ella se agarró al mío. Lo mejor era fingir que éramos dos novios, para evitar incidencias. Al momento de comenzar a caminar por la calle, sucedió lo que esperaba: cada hombre que nos cruzábamos se quedaba mirándola, y su rostro se quedaba débil y embobado. Cada mujer que nos cruzábamos se quedaba mirándola, sin saber que pensar. Lo que todos sentíamos, Ana quién más, es que aquella mujer era la Belleza en persona, y que lo que paseaba entre los humanos aquel día nunca lo habían visto ninguno de ellos; y sin embargo, era la misma chica que la misma noche anterior pasaba desapercibida.

    Cuando completamos la vuelta y la dejé de nuevo en su casa, tenía lágrimas en los ojos, y estaba callada, sumergida en sus pensamientos. No sabía qué decir. “Bueno…” intenté comenzar, “ahora debo irme…”. Entonces, de improviso, se abalanzó sobre mí, me abrazó y me dio un largo e intenso beso en la boca. Me tiró contra el sofá, me bajó los pantalones, y comenzó a cabalgar sobre mí, gimiendo y besándome. Yo, que había estado en tensión todo el día, me corrí antes que ella, pero ella siguió cabalgando hasta tener un breve pero intenso orgasmo, arañándome con fuerza todo el cuerpo, lo que me hizo gritar. Se tumbó sobre mí y, susurrándome al oído, me dijo divertida: “¿ves? Te dije que quería tu pene”.

    Nos quedamos acariciándonos en el sofá. Yo tenía que irme, pero, la verdad, ya estaba pensando en volver.

  • Un fin de semana en Cap d’Agde, Francia (agosto 2019): 6

    Un fin de semana en Cap d’Agde, Francia (agosto 2019): 6

    Después de nuestra visita al bar musical Melrouse, decidimos continuar la fiesta en la considerada mejor discoteca liberal de Europa: Le Glamour.

    Capítulo 6: Le Glamour

    Ulrich y Stefan se ríen mientras miran las chicas mojadas de placer y sudor de bailar, y comentan que ya es momento de cambiar. Son cerca de la una de la madrugada, así que ponemos camino los 6 a una discoteca swinger… Pregunto a cuál es sin respuesta, y después de caminar 15 minutos vemos que es Le Glamour… Tengo referencias como la mejor de esta parte de Europa….Ahora nos toca esperar… La una de la madrugada y cola de acceso… Después de unos bien buenos 20 minutos entramos… 60€ la broma por pareja. Con este parón, nos hemos enfriado todos bastante…

    Ulrich y Stefan lo conocen y nos llevan a todos de visita turística por todo el local… es muy grande ¡!! Las diferentes pistas de baile con barras para contorneos sexys de las chicas, muchos sillones con parejas follando, los lavabos, fuera una terraza grande con muchos reservados y después nos llevan por unas escaleras hacia abajo… allí se abren como 2 circuitos, uno de solo parejas y otro para todo el mundo (chicos solos también). Íbamos viendo como pasillos con habitaciones con fiestas montadas en cada una de ellas y un desmadre total… Sodoma y Gomorra juntas y nos empezamos a calentar todos otra vez…

    Como las habitaciones están bastante llenas para añadirnos (somos 6…) continuamos avanzando hasta que llegamos a una sala bastante grande, pero totalmente a oscuras… Merijke y Meike dicen que tienen que ir al servicio y quedamos en que estaremos aquí (nos deberán encontrar a oscuras…) y entramos los cuatro un poco a tientas… se intuye algo, algunas sombras de parejas que están haciendo sus cositas y muchos suspiros. De repente Ulrich y Stefan desaparecen y nos quedamos Laia y yo solos. Como los bancos que rodean la Sala, parece que están todos ocupados me recuesto sobre una pared y empiezo a besar a Laia. Le echo mano a sus bajos y noto que está húmeda, y antes de que le indique que se abra de piernas con la mano, noto como lo hace, bien abierta… bien, mejor, jadea un poco y mientras le tengo cogido su pecho derecho con mi mano izquierda y con la derecha le estoy haciendo una paja en su chocho ya chorreante, noto otros dedos por la zona… Alguien le está tocando el agujerito del culo y su coño… de repente noto una mano que le coge su pecho izquierdo…. Vaya, vaya, alguien más y Laia no rechista… bien ¡!! Así que le doy la vuelta a Laia para que ponga su espalda contra mi pecho y quede encarada con el chico.

    Yo la cojo con mis manos en sus pechos sobándolos, estirando los pezones que tiene duros como obuses y noto que el chico se está morreando con ella mientras le pajea el chocho… sus jadeos son sonoros… Me bajo la cremallera del pantalón para sacarme la polla con la intención de follarla, cuando noto que alguien por la izquierda nuestra aparece (muy alto) y con la sombra de una buena polla, y sin contemplaciones agarra la cabeza de Laia y la baja a su cipotón… Y ella sin rechistar empieza a comérselo entre sonoros lengüetazos ¡!!! Ahora observo que el otro chico saca un preservativo, se lo pone, y ya que el culo de Laia esta delante suyo en pompa, le clava su polla… así que yo me contento con sobarle los pechos ya que estoy en medio.

    Laia jadea de gusto entre lametones al pollon y oigo también repicar los huevos del primer chico contra su coño, más que chorreante, así que también le acaricio el clítoris, hasta que temblándole las piernas entre espasmos y un alarido, se corre y noto como sus fluidos le bajan por las piernas. El primer chico saca su polla y quitándose el condón se corre encima de su culo, mientras ella continua comiendo pollón y ahora es el otro chico el que se corre tirándole el lechazo a la cara… Se levanta llena de semen y abrazándose a mí me pide un klenex que busco en mis bolsillos para dárselo y que se limpie…

    Salimos a la puerta del Cuarto Oscuro y nos encontramos con Merijke y Meike que justo llegaban y se ríen al ver la cara de Laia con rastros de semen. En eso que Ulrich y Stefan aparecen sonrientes y comentan que han estado con una pareja italiana de unos 40 años montándose un cuarteto muy subido de tono…

  • ¿Quién dijo que el diablo es hombre?

    ¿Quién dijo que el diablo es hombre?

    Solíamos ir a sitios en común, a veces hablábamos por Facebook y aunque me decía que le gustaba, siempre lo rechazaba por respeto a su hermano Daniel, con quién perdí la virginidad en el parqueadero y seguí teniendo encuentros. Santiago, era el galán del pueblo; alto, mono, ojos verdes, nariz respingada, cejas gruesas, piel clara, cuerpo atlético y sus labios casi color rojo. Su garbo y presencia intimidaban a cualquier chica. Él, era consciente de esa virtud y según los rumores tenía sexo con la chica que le gustara, incluso con el chico que se le antojara. Su comportamiento promiscuo, le quitaba un poco de gracia aunque no dejaba de ser un Don Juan.

    En ocasiones cuando estaba reunida con mis amigas y lo veíamos pasar se robaba nuestra atención y nos quedábamos chismorreando. Cada una fantaseaba con alguna escena donde el protagonista fuera él, ¡pobre hombre, todas abusábamos de su virilidad! Pero era difícil no cuestionarse tanta belleza. Todas lo deseaban y en ocasiones se le ofrecían, debía sentirse acosado. Era el precio que pagaba por su exceso de encanto. Cada vez que lo cruzaba en la calle y me miraba o pronunciaba mi nombre me sentía una suertuda aunque no me le insinuaba, de hecho era un poco seria con él. No quería hacerlo sentir un dios como todas lo hacían y le tenía respeto por tener vínculo de consanguinidad con mi enamorado.

    Un sábado salí en plan de rumba a un bar y casualmente lo encontré allí. Al verme expresó – ¡qué suerte la de mi hermano! – un poco intimidada respondí – ¿cómo estás Santiago? – ahora muy bien – me sentí halagada y seguí mi camino hacia una mesa donde estaban mis amigas. Sonó una canción y un chico me invitó a bailar, me cogió de la mano y empezamos a movernos, dimos media vuelta y sentí que alguien me estaba observando, miré hacia los lados y ahí estaba Santiago casi desvistiéndome con sus ojos. De mi parte la expresión era parca. Si la moral no me guiara, estaría con los dos hermanos. Con uno por amor y con el otro por diversión. Se terminó la canción y me senté, una de mis amigas se dio cuenta de cómo me miraba el galán – Santiago se muere por ti – dijo – ¿te parece? – respondí haciéndome la inocente.

    De pronto sentí que alguien me tocó el hombro, al ver era él invitándome a bailar. Mi expresión fue de asombro y un poco nerviosa me paré. Me cogió con delicadeza y me colocó una mano en la cintura levantando un poco mi blusa y con la otra me atrajo hacia él. Quedamos a centímetros de distancia, nuestra respiración chocaba, yo, intimidada me recosté en su hombro. Aileen, hace años tengo ganas de ti – me dijo en voz de secreto. Mi piel se erizó y sorprendida respondí – eres guapo, pero te respeto por tu hermano. Me miró sorprendido y le confirmé lo que estaba diciendo.

    Acalorada por su declaración me aparté de él y al ser un poco más alto que yo, su boca quedaba en frente de mis ojos. Era imposible no fijarse en esos labios carnosos. Al darse cuenta de mi comportamiento me acercó hacia él, se agachó y nuestros labios empezaban a rosarse, al ver que casi nos besábamos coloqué mis manos en su tórax para apartarlo de mí. Giré mi rostro y mordí mis labios. Seguimos bailando y empezó a deslizar su mano grande y suave por mi espalda. Mi respiración empezó a agitarse, quizás efecto del calor que hacía allí. Notó que no era resistente y estaba sin brasier, entonces fue corriendo su mano hasta rozar un seno, le apreté una nalga como sinónimo de que no siguiera. Su reacción fue rodear mi busto. Tragué saliva y empezó a frotarme el pezón. Al ponerse duro, metió su pierna por el medio de las mías y sentí que su verga estaba tiesa. Agarró mi otro seno y los acariciaba lentamente, pasando sus dedos por el medio de los dos, hacía círculos en la areola de cada uno y luego tocaba mi espalda. Volvía a mis senos y bajaba por el abdomen. Para que la gente no viera lo que estaba pasando me pegué hacia él, casi sentía su corazón palpitar. Ahí estábamos. Bailando como si nada pasara. Yo, disfrutando de las maromas que Santiago hacía con mis senos y él jugando con mis dos pelotas. Al terminar la canción fui al baño, me bajé los calzones y oriné. Cogí un pedazo de papel higiénico para secarme y al pasarlo por mi vagina se deslizó y noté que estaba lubricada, lo volví a pasar y me embarré las manos, entonces lamí los dedos para saborear lo que Santiago me producía. Me lavé y salí de allí, fui a sentarme y en los días siguientes me volví cortante con él, no quería pasar a mayores.

    Un domingo me reuní con los compañeros en un bar y llegó una chica desconocida para mí, al verla uno de mis amigos le dijo; Luisa, ¿qué haces por aquí? – estoy con Daniel, respondió ella – ¿están haciendo negocios? – preguntó mi amigo – estamos saliendo – respondió la arpía. Todos me miraron y fingí una sonrisa, me paré de ahí y me senté en la barra. Estaba triste y desilusionada. Le pedí al barman un trago de whisky doble y me lo tomé. Me pasó raspando la garganta y pedí uno y otro más. No quería llorar, era fuerte. Al menos eso quería creer.

    Horas después llegó Santiago con dos amigos más y se sentó en una mesa. Al verme, se acercó y me saludó como siempre. Se sentó y me acompañó. Estaba un poco alcoholizada y le hablaba intrépida. Esa era mi oportunidad de cobrar venganza, el deseo entre él y yo era recíproco. Nuestros amigos se fueron y quedamos solos. Pedimos una botella y hablamos de muchos temas. Recordé el día que bailamos juntos y sentí ganas de repetir ese momento. Nuestros gestos hablaban por sí solos, estaba dolida y quién mejor para sacarme la espina que con su hermano. Nuestras miradas eran maliciosas y casi nos comunicábamos por medio de ellas, queríamos tener sexo – ¿vamos para un motel? – preguntó sin pelos en la lengua – ¡vamos!, respondí muy segura de lo que estaba haciendo.

    Salimos de allí y le cogí la mano para que la gente viera lo que estaba pasando. Me sentía un diablo cobrando venganza, aunque no era mucho el esfuerzo que hacía. Llegamos al motel y entramos a la habitación. Me creía una diosa estando con el hombre que muchas querían estar, sin embargo no le rendía pleitesía. Quería que él me devorara. Se desnudó y dejó lucir ese cuerpo escultural, músculos tallados, cuerpo bronceado y un pene de buen tamaño, estaba tan parado que parecía un perchero digno de colgarle mis tangas. Prendió el jacuzzi y me invitó a entrar allí. Le di la espalda para desvestirme y al quitarme el calzón me agaché un poco, para que apreciara mi vagina. Al no pasar desapercibida me dijo que me corriera hacia él y recuperara la posición. Para quedar más cómoda me puse como un perro y abrí un poco mis piernas. Santiago empezó a lamerme haciendo que yo apretara y levantara mis nalgas, su cara quedó atrapada y pasaba su lengua por mi raja, con dos dedos empezó a tocarme el clítoris y metía su lengua en mi vagina, luego por el ano haciendo espiral.

    Estaba muy caliente, parecía una puta acostándome con el hermano del chico que me quitó la virginidad. Empezó a palmotear mi nalga con su mano y quería que lo metiera ya. Me paré y entré al jacuzzi, lo besé y sentí el sabor de mi lubricación en su boca. Me senté encima de él y le pasé mis piernas por detrás. Su verga dura como el acero, entró por mi vagina, nos abrazamos y nos besamos apasionadamente, su lengua casi me llegaba a la garganta. Me cargó y me acostó en la cama. Me cogió del pelo y vino hacia mí para meter su pene en mi boca; lo sacaba, lo metía y sentía que me tocaba la úvula. Casi vomitaba y mis ojos se querían salir al ver su cara de fogosidad cuando blanqueaba la mirada.

    Lo escupía y salía baba por los lados de mi boca, el rímel se me había corrido. Sin duda, una escena feroz. Sacó su pene y preguntó; ¿te lo han metido por detrás? – No – respondí, un poco asustada – ¿quieres que te lo meta? – continuó, a lo cual yo asenté. Me puse en cuatro y volvió a lamer mi ano haciendo espiral. Puso la punta de su pene en la entrada de mi hoyo y empujó lentamente, sacaba su falo y volvía a pasar su lengua, continuaba metiéndolo en mi culo y en contados minutos lo tenía adentro. El dolor fue impresionante, pero fue un coctel de emociones. Lo sacó y rápidamente me giró, empezó a halar desde la punta hasta la base rápidamente su cabezón y explotó encima de mis tetas, mientras yo recordaba que así mismo se venía Daniel.

  • Mi incesto, mi hijo y yo. Confesiones de Laura (II)

    Mi incesto, mi hijo y yo. Confesiones de Laura (II)

    Nos habíamos quedado solos en nuestra casa cerca de Cabo Frío, mi esposo había salido esa noche hacia Río de Janeiro y no volvería debido a sus asuntos de embajada hasta una semana después; el personal doméstico se había retirado; mi hijo y yo nos quedamos después de cenar en la galería frente a la inmensidad de la noche, frente a nosotros la laguna de Saquarema encerrada entre montañas, el firmamento estrellado y lejana una guitarra sonando “zamba”, la brisa cual caribe, juagaba con mi corto vestido rojo de breteles, mostrando de vez en cuando mi tanga blanca enmarcando mis sensuales caderas. En la reposera, mi hijo seguía leyendo los libros de poesías que iba y volvía a buscar hasta la biblioteca; en un momento le ofrecí traerle un trago fresco, me dije que sí y al incorporarme de mi hamaca, sentí que la tanga era apenas un hilo calzado entre mis muslos dorados. –Me excité saber que mi hijo me estaba mirando.

    Richard se incorporó de su hamaca para pedirme que su trago sea un simple jugo de guaraná helado, cuando a través del ventanal me descubrió apoyada sobre la pared, mientras yo llevando mis dedos, después de acariciar mi vulva hacia mis labios, me descubre excitada cerrando mis ojos, cuando uno de mis senos se escapa de aquel camisolín rojo.

    Me estaba excitando pensando quizá en mi viejo amigo Reinaldo al que volvería ver después de años, en mi amante Mingo que había quedado en Buenos Aires en el bóxer blanco que mi hijo llevaba puesto dibujando un bulto en la noche, pero no creo que sea pensando en el cornudo de mi esposo que me había cansado con sus preservativos cada rara vez que me cogía, y el que siempre me recordaba llevarlos.

    Yo estaba ardiendo y no dejaba de ser casual frente a semejante espectáculo en la noche de Cabo Frío.

    Volví a mi hamaca, mi hijo estaba acariciando su bulto, sensualmente le acerco el trago inclinándome hacia él y provocando que a sus ojos mis lolas cayeran insinuando mis pezones, mis piernas rozaron su brazo y dándole la espalda me volví sobre mis muslos bronceados a mi hamaca, la tanga blanca y desprolija era una mueca de provocación a sus instintos; poco después me quedé dormida.

    — Me quedé dormida, me voy a la cama, hasta mañana amor.

    — Hasta mañana ma, me quedo leyendo un rato más, la noche tiene poesía.

    — Pedí un deseo…, acaba de pasar una estrella fugaz.

    — Hmmm, pedilo vos. Insinué volviendo a acariciar mis senos.

    Creo que en ese momento dejé de ver para siempre a Richard como mi hijo y se convirtió en una amante deseable, y para lo lascivo de su mirada también dejé de ser su madre para convertirme en su pecado más furtivo, su encendido deseo, el cómplice de mis vidas de cortesana, de puta ante sus ojos y para lo más perverso entre nosotros, desde esa noche en Cabo Frío nada sería igual; también sería mi cómplice a boca cerrada.

    Ya no éramos madre e hijo, éramos una misma intención en la noche, aunque yo soñaba, tenía el deseo de reencontrarme con mi viejo amigo Reinaldo, con su azulado y enorme sexo de mulato; pero ahora deseaba a mi hijo —esto me confundía, después de lo vivido en Buenos Aires me había convertido en su lujuria desatada, abiertamente a la excitación de sus deseos sexuales. El incesto ya estaba delante de nuestros bajos instintos.

    Había leído por ahí: “que lo hombres traicionan porque está en su sistema genético. La mujer lo hace porque no tiene dignidad suficiente, y además de entregar su cuerpo acaba siempre entregando un poco de su corazón, Un verdadero crimen. Un robo. Pero asaltar un banco, porque, si algún día la descubren (y siempre lo hacen), causará daños irreparables a su familia. Para los hombres apenases un “estúpido error”. Para las mujeres es un asesinato espiritual de todos aquellos que la rodean de cariño y que la apoyan como madre y esposa”.

    Sentí que Richard se fue a su dormitorio, a seguir leyendo, dejé la luz tenue que desde mi cuarto se reflejaba por el corredor, cuando siento que se acerca y escucha que me estoy duchando; pienso que mi hijo ya no lo era, ahora era un deseo, una trasgresión abierta de incesto, el deseo de una puta. —Me llama, —Lau—, siento en su voz el deseo del placer prohibido pero adictivo. Siento que vuelve a su cuarto y apaga la luz; yo me quedé pensando, mirando el vacío de un apetito erótico quizá irrealizable, —solo si él lo hubiera deseado al caer esa estrella—. La brisa ingresaba por la ventana, un resplandor de luna dejaba ver sombras en mi cuarto.

    Voy hacia su cuarto y le hago sentir mi presencia, mi respiración busca provocarlo, no lo creo, pero siento que se está masturba con los ojos cerrados, ¿pensará en mí?, entro en su cuarto, le dejo adivinar mi figura dibujada en ese resplandor, siente mi perfume y abre los ojos, estoy sentada en la banqueta blanca, sosteniendo una copa, cubriendo mi pubis depilado. Encaramada sobre unas botas de caña alta, entreabro mis piernas y le dejo ver mi vientre apenas depilado, una tira delineada que baja hacia mi clítoris, mis senos escapando del negro soutien y un liguero sosteniéndose desde la tanga se me clava en la carne.

    No me dice nada, me mira sensualmente, eróticamente lo provoco y levanto la copa hacia sus ojos, vuelve a cerrar sus ojos y se sigue masturbando.

    Me incorporo y me acerco a él sobre mis botas —vamos a mi cama—, se resiste a la invitación, pero mi tanga perfumada le provoca un incontrolable temblor, su pija se rigidiza aún más, mis manos acarician sus piernas y él se atreve a rozar con sus dedos los marcados labios en mi encaje. Me mira y yo le regalo una sonrisa, lo tomo de la mano; se resiste un poco, pero lo que va a pasar cambiará nuevamente nuestras vidas.

    No me habla, me observa, su dedo índice se introduce en mi boca, después otro más que succiono y salivo, lo hago callar. Sé que ya es imparable y ya no quiero que se detenga; mientras bajo mi mano acariciando su pecho acariciando su bóxer siento una erección que no cubren mis dos manos.

    Dejo caer mis brazos y con ellos cae mi bata de encaje hacia el suelo, mi cuerpo aparece ante el casi desnudo; regalándole mi piel bronceada por el sol de Río. Quiero besarlo, pero me resisto mientras sigue acariciando mis piernas, juega con la seda de mi tanga, rozando mi pubis, adivina mis labios y mi húmeda grieta que le presiono sobre su mano.

    Quiere besarme, abre los labios jadeando, pero suspira.

    Me levanto de la cama, quedo por sobre su cuerpo con mis brazos caídos, vuelvo a elevar mi boca buscando sus labios, me desnudo toda, deseo su pija, mientras apretando la base de ese tronco la erecto hasta que la hago rozar sobre los vellos delineados de mi pubis.

    No puedo decir palabra, reclino mi cabeza hasta el placer de hacerle sentir que lo estoy masturbando, me entrego y sus labios comen mi boca, se confunden las salivas, nuestras lenguas se encuentran, su mano atrapa mi nuca, me aprieta aún más sobre sus labios y entrego mi voluntad de Yocasta a Edipo.

    Oigo su respiración que se acelera junto a la mía, mientras sigo masturbándole, se arrodilla y su glande desaparece entre mis labios, rozo con mis dedos su ano, se electriza y empuja su pija hasta el fondo de mi garganta.

    Me ha poseído, soy suya en esta noche, —la estrella que cayó en el infinito, realizó nuestro deseo—, estoy de rodillas ante él, desnuda, pervertida y puta. Mis pezones se frotan en sus piernas, no lo dejo acabar en mi boca, me pongo de pie, ato a su cuello el cinturón de mi bata, le doy mi espalda, se apoya en mis caderas, quiero que me penetre, que me coja, pero se aleja… Lo tomo de la mano y nos perdemos en corredor hacia la suavidad de mis sábanas.

    Lo vuelvo esclavo de mis deseos, abre mis piernas y se tiende sobre mí, esquivo la penetración de su pija, juego con él, para excitarlo más; se gira, una pierna reposa sobre la mía, lo vuelvo a masturbar, lo pajeo, pero no lo dejo acabar, no eyacula, lo quiero más duro.

    — Tengo algo especial para vos, mi bebe, nadie nunca te va a tratar como yo esta noche.

    Me mira, se sonríe y me guiña un ojo; subo el cinto de seda y le cubre los ojos, no puede ver nada, solo sentir mi respiración y mis manos rasgando las sábanas mientas mi aliento baja por su pecho, lo comienzo a sentir en mi vientre. Espero el rozar de su glande como caricia sobre los mojados labios de mi concha, pero no.

    Quiero sentirlo, el silencio es muy profundo, no me toca. No le dejo ver nada, pero yo estoy temblando. Con mi dedo índice rozo otra vez su ano y se lo voy introduciendo suavemente, levanta sus caderas, me gusta la sensación, mi hijo me está penetrado por la boca, su erección siente la suavidad de mis labios que vuelven a envolver su glande y lo dejo acabar interminable en mi garganta, se retuerce mientras mis manos agitan, lo sigo pajeando aún más, mamando su semen.

    No le quito la seda de sus ojos, le dejo sentir mi cuerpo recostándome sobre el suyo, mi pubis se aprieta con su pija y me besa con el sabor de su semen en mi boca y que me he bebido. Su lengua busca otra vez la mía, me chupa la boca, succiono su saliva. Sus manos ahora me recorren y descubre mis caderas, encuentra la raja de mi cola y busca mi ano, me besa aún más profundo, pero me aparto.

    Se queda inmóvil entre las sábanas, su ceguera en la poca luz me busca y mi alejamiento nos sugieren nuevos juegos sexuales. No me siente, yo no escucho su voz, ni percibo su aliento; su contacto, mi perfume, pero permanecemos en silencio.

    Al cabo de un rato que me semeja el infinito, vuelvo a notar sus piernas cabalgadas sobre mi vientre, mi concha se refriega con su pija que se tiesa y se entierra en mis labios, le mojan mis flujos, pero no dejo que me penetre profundo. Me tomo del respaldo de la cama y dejo que me cabalgue, se frota sobre mí, le dejo sentir en sus labios mis pezones, y le pido que me muerda; los mordisquea, los succiona y se hacen más grandes en su boca.

    — Nadie nunca te va a tratar como yo esta noche. —Le repito.

    Me dejo penetrar aún más, hasta que desaparece su pija en mi jadeo y acaba otra vez, profundo en mis intestinos y yo me deshago sobre su cuerpo con un orgasmo profundo y húmedo en un grito; estamos sudando de placer, resbalo de su cuerpo y cae un chorro de semen desde mis entrañas de tanta calentura y del tamaño de mi furia.

    Me cogí otra vez a mi hijo, me rasgará el esfínter, más de uno hubiera deseado ese momento, pero era solo para él, mis caderas estaban reservado para mi hijo, desde siempre.

    Siento entre mis labios vaginales que su pija se ha hinchado nuevamente, pero no lo dejo penetrarme; me incorporo y le quito la seda de los ojos, la habitación está solo iluminada por la luz de la noche que ingresa por la ventana.

    — Vuélvete. —Me ordena.

    Me paro del lado de la cama, quiebro mi cuerpo, me recuesto y flexiono mis piernas hacia sus hombros, mis tetas se coronan con dos aureolas de profundo rosado y mis pezones apuntan hacia su mirada lasciva. Me sujeta las piernas por debajo de las rodillas y su glande se acerca otra vez a mis labios, ¡Suspiramos!

    — No, por el nácar de mi conchita no, primero “haceme la colita”, la guardé virgen para vos, ningún macho dilató mí esfínter, es mi regalo para vos.

    Coloca su glande en mi ano y presiona, me lo había lubricado y su erección se abre paso, con sus manos separa aún más mis caderas y me penetra, mi clítoris es su tentación, quiere chupármelo, pero no dejo que deje de penetrarme aún más, hasta que lo siento atravesar mis intestinos.

    — No te detengas, cógeme, cógeme más fuerte; rómpeme el culo, me arde; así quería sentirte, así, así nadie se atreve a ser el primero, solo vos bebe.

    Arqueo mi cuerpo sin soltar su pija, y aprieta mi esfínter aún más…

    — Atravesame, tenés una pija enorme hijo, abrime, ensanchame, enculame a tu forma y a tu ritmo.

    Se dibujan las siluetas en el cristal de la ventana con fondo de mar. Me arrodillo delante de él, lo masturbo, lo devoro… acabar o no, ya no es su alternativa, inunda mis labios y cae desparramando su semen entre el abismo de mis senos. Ya no es sino mi amante, mi lujuria, mi pecado final, la noche es profunda entre nuestros labios, se erecta sobre mis senos y desparrama el semen otra vez sobre mis aureolas rozadas y en mis pezones erectos.

    Apoyo mis manos sobre una mesa, mis pechos escapan del body negro, me corre la tanga, me penetra una vez más, curvo mi cabeza, mis cabellos negros huelen a “savage” le rozan el pecho, me siente, me gime y empujo mis caderas hacia su erección, la que late acabando dentro de mi vientre; curvo mi figura en un intenso orgasmo, mi cabeza se desploma hacia adelante y vuelvo a gemir acabando, —hemos acabado tres veces—, es mi macho (…)

    Se deshace el tiempo en edades mitológicas, consumado el deseado incesto se repite una y otra vez entre las penumbras que incitan el pecado. Edipo y Yocasta, se reencarnan en nosotros. Nos miramos, sonreímos mientras saboreamos el sabor fatal sobre una copa de espumante, ya jugamos incontrolables el placer lascivo de lo mitológico.

    Me despierto sudando, siento su erección, lo tengo a mi lado, Richard se levanta y lo contemplo, soy su madre, pero aún entregada a Morfeo, dormida, despertando entre espumas de encajes, almohadones de ganso y sábanas color pasteles resaltando el negro de mis encajes, se aleja mirándome. Descubro, aparto las sábanas, indefensa mi piel morena, mis piernas de color cual el ocre lo perturban, lo vuelvo a desear, estoy desnuda, se acerca y acaricio sus piernas, roza apenas con un dedo mi pubis, me besa los labios, se masturba y deja que su semen caiga delicadamente sobre mi boca entreabierta; cierro los ojos, lo saboreo (…)

    Jamás dejamos de ser amantes.

  • Trío inesperado con amigo

    Trío inesperado con amigo

    Te llamo al celular durante tarde para avisarte que tendremos visita esta noche en nuestra casa.  Estoy invitando a un compañero de otra ciudad a pasar un rato con nosotros, y me dices que está bien. Sugieres que pase por alguna botana y luego nos encontremos en la casa.

    Germán es mi compañero de trabajo ya por varios años, es originario de una ciudad fronteriza al norte del país y visita la ciudad por primera vez ya que, por lo general, me toca visitarlo en sus territorios. Aprovecho y le doy un paseo en auto por el centro, le muestro lo más representativo de la ciudad y se nota interesado por muchos lugares que han sido referencia de conversaciones anteriores y la oportunidad que representa verlos en persona.

    Nos dirigimos a una tienda de supermercado para comprar cosas para botanear y terminando nos dirigimos a nuestra casa. Llegas antes que nosotros y vistes aún la ropa que llevaste a oficina: un vestido azul marino sin mangas, de tela ligera con fondo de raso a la rodilla, que ajusta en tu cintura, hace ver tus senos hermosos y resalta tu atractiva cadera. Un collar al frente y zapatos de tacón rematan tu atuendo que te da la imagen muy profesional que siempre luces.

    Al llegar, nos recibes con tu tradicional alegría y frescura, así como el trato maravilloso que te distingue como excelente anfitriona. German mide quizás 1.80, en la mitad de los cuarentas. Es un caballero en su trato, buen porte y viste saco azul sin corbata y camisa blanca con pantalón gris. Es de presencia grata y buena conversación. Su acento delata su origen norteño. Podría decir que hace ejercicio ya que denota un buen cuerpo. De rostro jovial y alegre, siempre esboza una sonrisa franca.

    Al cruzar la puerta te lo presentó y tu mirada deja ver que te llena el ojo. Lo saludas con un beso en la mejilla y un breve abrazo, levantándote en puntitas para acercarte a él. Yo noto tu mirada alegre con ese brillo especial muy tuyo que te genera la presencia de nuestro invitado. Ponemos todo en la sala y traes algunas otras cosas que preparaste en la cocina. Todos pedimos un poco de agua con hielo para refrescarnos del calor del día. Lo traigo de la cocina para dejarlo al alcance de cada uno en la mesa central.

    Nos sentamos los tres en el amplio sillón quedando Germán entre nosotros dos, cerca de la botana y bocadillos y nos cuenta un poco de su vida laboral y los entrañables lugares de su ciudad. Tú le comentas a lo que te dedicas en esa empresa a nivel nacional con tus responsabilidades directivas y se dá una buena comunicación entre los tres. Es notorio cada vez más que te agrada su presencia y no es para menos. También veo que él está muy animado en la conversación que se da, hasta cierto nerviosismo llega a asomar en su charla. La plática se hace muy ligera, hay química entre todos y rápidamente sube la confianza y el tono de la conversación.

    Me paro a traer más de beber y aprovecho para acercar un par de copas de vino para probar el que Germán escogió en la tienda departamental y compró para la ocasión. Además traigo un vaso con hielo para servirme refresco. Mientras, tú te aproximas un poco más a él y sigues atendiéndole, como buena anfitriona que eres. Tú haces sentir a todos los que nos visitan que están en su casa. Destapo el vino, te sirvo para que lo pruebes, tomas la copa, y después de la ceremonia de cata, me dices que se siente muy bien y les sirvo en las dos copas. De regreso al sillón, me siento ahora a tu lado, dejándote en medio de los dos. Tú aprovechas, mientras conversamos, para acercarte más y hacer énfasis en algunas cosas de la plática, con tus manos eventualmente, le llegas a tocar su brazo, o me acaricias la pierna. Puedo identificar cierta excitación en tu voz y conversación. No dejas de ser una magnífica anfitriona, y eso ayuda a destensar el ambiente.

    En algún momento te paras hacia la cocina para traer más comida y llevar platos que no usamos más. Germán se acerca a mi y con voz seria y comprometida me dice: «con todo respeto, eres muy afortunado, tu esposa es muy agradable, inteligente, además, está muy guapa y luce bien en ese vestido». Yo le agradezco el piropo y le digo que es un privilegio estar a tu lado y le sigo el comentario de lo bien que te ves. A lo lejos me pides ayuda en la cocina y me acerco rápidamente.

    Aprovechando que no se ve desde la sala, me aproximo por el pasillo, te abrazo por detrás, te planto un delicado y discreto beso en tu cuello y te digo: te excita el amigo, ¿verdad? Volteas a verme, me das un beso en la boca por respuesta y me dices, es inevitable. Me acerco a tu oído y repito lo que me dijo momentos antes, rematando con un «le gustas, se ve». Tú te sonrojas un poco, guiñas con uno de tus ojos, me das otro beso rápido en la boca, pones en mis manos una charola y regresamos a la sala. Vas por delante, llevando un par de platos en cada mano, lo que hace que tus senos se muevan deliciosos y de seguro le regalas una vista inmejorable a nuestro visitante que te mira absorto.

    Al llegar al sillón te hago quedar en medio de los dos de nuevo. Seguimos conversando y me levanto a rellenar las copas de la botella que él compró de camino a la casa y seguimos conversando de todo un poco. No tardan en suceder los brindis por el grato momento que estamos pasando. Tú eres cuidadosa con el vino y vas poco a poco. Él lo apura y le vuelvo a servir. Pones más atención a la conversación con él, sin dejar de observarlo con mayor detenimiento y puedo verte imaginando su cuerpo.

    Eventualmente, te incorporas por algo, lo que aprovechas para poner una mano en su hombro y te gusta sentir ese cuerpo musculoso bajo su camisa. Al girarte para pasar frente a él, quedan tus senos a la altura de su cara, te detienes un segundo, lo que le ocasiona sorpresa y admiración por un momento, mientras le es inevitable apreciarlos en plenitud. Todos sonreímos del momento, rompiendo cualquier sensación de incomodidad y te vas a la cocina, moviendo tus caderas a tu paso. El queda un poco confundido, turbado y lo veo con dudas. Yo le digo que la estamos pasando muy bien y que me da gusto tenerlo en casa. Que además es muy bueno que está habiendo buena química y eso lo relaja un poco.

    Se ofrece a servir otra ronda. Para ello se pone de pie y vierte más vino en las dos copas y me rellena el vaso con refresco. Tú vienes de regreso y al pasar, ves que está inclinado sirviendo las bebidas y decididamente rosas su cuerpo con tu codo, disculpándote por tu contacto ocasional. Otra vez todos reímos. Volvemos a sentarnos y definitivamente, tu lugar en la noche es en medio de los dos.

    La conversación sigue y me paro a poner música para acompañar el momento. Encuentro algo de salsa que pongo a un bajo volumen que nos deje conversar. Al poco tiempo, te saco a bailar y te abrazo firmemente para sentir tu cuerpo, diciendo que las cosas pueden darse y que puede ser una noche interesante. Te comento: Si tú quieres, la mesa esta puesta… Te separas un poco, me miras con esos ojos de deseo y alegría, me regalas un beso por respuesta, asintiendo.

    A mitad de la pieza le digo a Germán que es su turno, nos acercamos, lo jalas de la mano y empiezan a bailar. Él es bueno bailando y eso sé que te prende. La pieza ligeramente movida, pasa a ser un poco más lenta y lo abrazas del cuello permitiendo que él te rodee más con sus brazos y le pegas tu cuerpo. Germán voltea a verme un poco confundido y sólo levanto mi vaso para brindar con él a la distancia, señal inequívoca de que todo está bien. Empiezan a bailar más pegados y algo se dicen, que no alcanzo a escuchar. Poco después, el abrazo es más fuerte, pegado, le dejas claro que todo está bien y que lo disfrutas. Abrazas su espalda pegándolo más a tí, apoyando tu cara en su pecho y hombro para no perder contacto visual con sus ojos y percibes su cuerpo bien formado debajo de su camisa.

    Mientras bailan despacio, siguen conversando un poco, sus caras se acercan, y él va siendo envuelto en tu esfera de seducción poco a poco. Ambos asienten y mueven la cabeza ligeramente contestando sus comentarios. Dos piezas tranquilas más se suceden que bailan completamente abrazados e intercambiando comentarios.

    Ocasionalmente, llegas a coincidir visualmente conmigo, sólo sonrío y te mando un beso. Volteas hacia él, mientras recorre con sus manos tu espalda y llega a tu cadera eventualmente, sintiendo tus ricos glúteos. Al percibir eso, le sujetas de su cuello, te pones en puntitas levantando tu cadera y aprovechas para acercarte más a su boca. Casi no se mueven, se da un momento donde se detiene todo alrededor, el observa tu cara, tus ojos, tus labios cerca de los suyos, casi ofreciéndoselos. Te ve dispuesta, pero él debe dar el paso. Las miradas se cruzan, hay electricidad en el momento y te acerca sus labios, primero posándolos ligeramente y luego yendo un poco más, a lo que respondes con tu boca expresando tu concordancia y deseo al devolver el beso con intensidad.

    El abrazo deja de ser baile y se funden poco a poco más. Llevas una mano a su cabeza para déjale sentir tus senos de otra forma, restregándolos un poco en su pecho y abdomen a la vez que lo sujetas. Tu otra mano va a sus hombros y te entregas a las caricias que empieza a prodigarte. Puedo ver como sus manos tocan con mayor intensidad tu cadera, se alternan recorriendo tu cuerpo hacia tu costado para llegar a tu cabeza y sostenerla mientras siguen besándose. Baja una de ellas a tu costado y le das acceso a tus senos, los que aprieta con deseo y lujuria. La música quedó atrás.

    Dejo mi vaso, me pongo de pie y me acerco a ustedes por detrás tuyo, pego mi cuerpo a ti, empiezo a acariciarte, junto con Germán y a darte besos en tu cuello y cara, mientras tú no lo sueltas y haces que sigan besándose intensamente. Del lado que él no te escucha, te susurro que te ves hermosa seduciéndolo y que te veo muy excitada. Llevas una mano a mi cara y volteas para darme un beso, con la cara de Germán a centímetros. Eso le deja claro que todo está bien y aprovechamos para ir al sillón donde nos sentamos Germán y yo mientras tú te pones frente los dos, levantas un poco tu vestido y te sientas a horcajadas sobre mi pierna derecha y su pierna izquierda, sujetándote de sus hombros, hasta que te acomodas en esa posición.

    Llevas tus manos hacia nuestras entrepiernas para encontrarte con dos erecciones que frotas sobre la ropa. Nadie habla, solo dejamos que pase todo. Te inclinas hacia él para besarle e ir desatando su pantalón, aflojando el cinturón, bajando el cierre y liberas el botón de la presilla, para acceder a su pene ya erecto, que se observa algo mojado. Lo tomas con tu mano, lo recorres y tocas esas gotas que te gusta sentir, embarrándolas en la punta. Se incorpora para bajar su pantalón y ropa interior. Inmediatamente te inclinas hacia él para lamer su pene con tu lengua. Te incorporas, vas hacia mi, me besas y me das a probar de su sabor y me desabrochas el pantalón, repitiendo la misma operación. Te metes toda mi verga en la boca, la chupas rico, la recorres con tu lengua y te levantas para girarte y besar ahora a él intensamente.

    Mientras, me incorporo un poco y suelto tu vestido, desabrochó tu brasier, haciendo que tus senos entren en contacto directo con su camisa, que vas retirando del cuerpo de Germán. Inmediatamente los acaricia con sus manos y le llevas su boca hacia tus pezones para que los chupe, succione y lama, cosa que hace con mucha intensidad, generando en ti mucha excitación.

    Levantas tu cuerpo y tu vestido cae al piso. Aprovecho para retirar tu ropa interior quedando con tus medias a medio muslo y tus zapatos. Vuelves a tomar su verga con la mano, se la recorres, masturbándolo despacio, completo, sintiéndolo erecto. Volteas a verme mientras yo me acomodo en el sillón de nuevo y mirándonos, te subes en sus piernas a horcajadas. Llevas la punta de ese pene duro a tu clítoris y frotas con ella desde allí, pasas por la entrada de tu vagina y tu culito, regresando a tu monte de venus varias veces. Tu expresión es de mucho deseo y tu humedad lo confirma.

    Es muy excitante verte así, a punto de meterte esa verga que ya esta dura para entonces, masturbándote con ella. Lo alejas de tus senos, lo miras a los ojos, y le dices ¿te gusta lo que ves?, él solo asiente y con mirada lasciva se da cuenta que lo tienes en tus manos. Lo frotas un poco más y a continuación acomodas la punta en tu entrada y te vas ensartando en él, dejando caer tu cuerpo poco a poco, para disfrutar de sentirte penetrada por esa verga enhiesta, Tu rostro muestra la satisfacción de tener a este eventual visitante abriendo paso hacia tu interior, llenando cada espacio, rozando tus paredes, frotándose al entrar en ti. Lo recibes todo, tu expresión de deseo es total y disfrutas del momento. Germán suspira y sólo observa con excitación tu maravillosa forma de ser.

    Te inclinas hacia él, lo besas y le dices que así te gustan, erectas, largas, duras… que te llenen, y empiezas a cogértelo. Apoyas tus manos en sus hombros y comienzas a subir y bajar, lo que podemos apreciar, viendo cómo sale su tronco mojado de tus jugos hasta casi la punta, para entrar de nuevo hasta quedar completamente dentro de tu cuerpo, con sus testículos junto a tu entrada. Comienzas a pegarte a su abdomen para rozar tu clítoris en él y excitarte más. Lo observas y ves como disfruta de cada movimiento que haces y de la forma que te lo coges. Le impones el ritmo de la cogida, haciendo que te mojes en cada movimiento.

    Él lleva sus manos a tus senos para tocarlos intensamente mientras tú te mueves sobre él. Te observó gozar y mi erección es importante. Tomó unas gotas de mis líquidos preseminales y los llevo a tu boca con mis dedos, que lames con tu lengua y los embarras eb tus labios. Te acercas a besarlo y le pides que te coja rico. Y no duda en hacerlo. Empuja subiendo con fuerza y rapidez hacia tu cadera su tiesa verga, haciéndote estremecer en cada movimiento y lo vas mojando en respuesta a su penetración.

    Después de unos minutos de intensas cogidas y un orgasmo más tuyo, le dices: «¿ya ves? Te dije que no sería problema», mientras lo vuelves a besar y darle tus senos a chupar. Ya sudas de la excitación y acompañas sus movimientos con tu cadera, con la que te coges su verga intensamente. Las sensaciones que te genera son muchas y excitantes. Te acerco mis dedos nuevamente con más líquido preseminal y los llevas ahora a la boca de él, haciendo que los chupe. Los tomas con tu mano y empiezas a follar su boca con mis dedos, como si se tratara de un pene. El chupa y lame saboreando, para luego acercarte a besarle en la boca y le dices algo más al oído que no alcanzo a escuchar, pero el asiente.

    Yo me incorporo a tu lado y acarició tu espalda y cadera para ir sintiendo el ritmo de tu cogida. Te ves hermosa, plena, dominando el momento, disfrutando, exhalando sensualidad y pasión. Sientes mi verga a tu lado y la tomas para masturbarme mientras sigues teniendo orgasmos por la verga que te coges. Lo vas mojando todo. Me acercas a ti y me besas mientras me dices que te está cogiendo rico. Que la quieres sentir más, que la deseas más rato. Yo te digo que esa verga ya es tuya y que te la cojas toda. Germán sólo disfruta y se deja hacer por ti. Se sabe ya cogido, y le gusta. Lo disfruta.

    Tú llevas la batuta en esto. Subes el ritmo y la intensidad de la cogida a tu antojo, lo metes profundo y, además de disfrutarlo tú, le haces sentir una gran cogida a su verga. Sigues mojando su cuerpo cada tres o cuatro movimientos de tu cadera frotándote sobre su pelvis, lo que permite que te roces tus partes más sensibles, provocándote una nueva oleada de orgasmos. Lo besas de nuevo, le dices cuánto te gusta cogerte su verga y vas levantando tu cadera, haciendo que salga casi todo, para meterlo de golpe, dejándote caer en él, lo que te excita intensamente y lo mojas de nuevo con otra corrida más de tu parte. Levantas tu cadera, así como tu cuerpo y lo haces ver hacia su pene, para que vea la forma que te lo vas a meter de golpe. Sudas copiosamente y ello te hace ver tan sensual cogiendo deliciosamente esa verga como siempre lo haces.

    Te observó dominar todo a tu alrededor. Eres una diosa cogiendo y sigues irradiando energía y sensualidad en cada momento. Me jalas de nuevo hacia ti y nos besamos. Te siento tan excitada. Tan deseosa y queriendo más. Te sigues moviendo mientras nos besamos, sacudiendo el pene de éste amigo con tu vagina que se ha portado tan bien, que te ha despertado esa forma pasional tan tuya de coger, de sentirte deseada y que te provoca orgasmo tras orgasmo, llevando tu cuerpo hacia uno de mayor intensidad.

    Tiemblas de excitación. Lo quieres sentir venirse en ti. Te inclinas sobre su cara, lo besas, dejas que te chupe tus senos de nuevo y le dices que se corra en tu interior. Que quieres su semen en ti, que quieres sentir que descargue en tu vagina toda su leche, mientras lo vuelves a besar. Sientes como intensifica sus movimientos, penetrándote y te sujeta de tus caderas. En tu interior, sabes que está por venirse porque su pene se ensancha más, y te roza de una forma muy especial. Te excita sentir eso y se lo expresas mojándolo nuevamente y apretando con tu vagina esa rica verga que te perfora con mayor intensidad, la quieres exprimir.

    Es impostergable, se empieza a venir en ti copiosamente y disfrutas cada eyaculación en tu interior, sintiendo otro orgasmo intenso en ti. Detienes un poco tus movimientos, te repones sin sacarlo y vuelves a cogerlo para extraer todo el semen de su cuerpo. Él se retuerce de las sensaciones que le provocas al moverte recién que hubo eyaculado en ti. Lo haces venirse de nuevo, intensamente, viendo como gime ante tu forma de coger y tú vives otro orgasmo mojándole sus testículos que es lo único que queda fuera de ti. Te dejas caer sobre él y se besan mientras sus cuerpos empiezan a recuperarse de toda la oleada de sensaciones.

    Mi verga está dura y erecta a tu lado. Apenas la ves y, sin salirte de él, te inclinas para chuparla toda. Entonces te incorporas, dejando fuera el ya flácido miembro de Germán y te subes en mi duro pene, que entró en tu vagina como cuchillo ardiente en mantequilla para continuar con más sensaciones. Me besas y me dices lo rico que sientes tenerme dentro de ti entre gemidos de excitación. Que te sienta llenita de su semen, lo excitada que te pone ahora estar cogiéndome. Germán está a nuestro lado observando todo. Tú le ves tendido y no tardas en tomar su pene nuevamente para empezar a acariciarlo y ponerlo duro otra vez. Quieres más, los dos lo sabemos y Germán es materia dispuesta para continuar…

  • Juegos sexuales con mi novia Liz (Parte 1)

    Juegos sexuales con mi novia Liz (Parte 1)

    Mi linda novia hundía toda mi verga hasta su garganta, viéndome fijamente con cara de lujuria y dejándome eyacular dentro de su garganta, mientras hacía caras de asco y sentí su garganta moviéndose tragando mi espesa corrida, yo estaba en el paraíso gimiendo y disfrutando como loco.

    Liz: 10 minutos y 22 segundos jajaja te lo dije, menos de quince minutos otra vez jajaja – decía triunfal revisando su celular y parando el cronómetro – y eso que lo paré hasta después de tragarme tus asquerosos mecos – decía riendo poniéndose de pie y besándome morbosamente

    Yo: te encanta tragarte mis asquerosos mecos – le dije sonriendo

    Liz: saben de la chingada, más bien me encanta ponerte así de cachondote – decía con seguridad y se separaba de mi para ir al lavabo.

    Ella se enjuagaba la boca y yo admiraba su lindo cuerpo delgado mientras me daba la espalda, su piel aperlada, su diminuta cintura, ella solo llevaba el brassier y esos shorts rojos de licra que aún no había tenido la suerte de poder quitarle nunca, su lindo y pequeño culito redondo y firme lucia increíble, no era una “nalgona” o algo así, pero me encantaban sus preciosas nalguitas redondas y respingadas.

    Liz: ya soy una experta chupando verga – decía orgullosa cómicamente y ambos reíamos, mientras se sentaba a lado mío en la cama

    Yo: eres una experta chupando MI verga – dije acotando, aun riendo, ella se encogía de hombros

    Liz: pues es igual – decía con seguridad

    Teníamos 18 años hace apenas algunos meses, llevábamos juntos un año y medio, estábamos en el último año de preparatoria, no teníamos experiencia sexual previa, ambos éramos demasiado ingenuos.

    Yo: no, todos tienen sus gustos diferentes, a mi porque ya me conoces – dije dándomelas de conocedor, pero como dije, era igual de inexperto que ella

    Liz: a lo mejor ya cogiendo como tal – decía diferenciando el oral de la penetración – pero estoy segura que podría hacer que cualquier wey se eyacule en menos de 15 minutos – decía con firmeza y riendo.

    Yo reí nervioso, de pronto tuve una lujuriosa epifanía imaginándola hacerle eso a otro, jamás me había sucedido, la imagen me perturbaba, yo era algo celoso y jamás me atreví a imaginar semejante cosa tan horrible, mucho menos pensar en disfrutarlo.

    Yo: te reto – le dije cómicamente, ella reía histérica.

    “Te reto” era algo constante entre nosotros, ¿Tirarle su taza a la teacher Mariana? Te reto, ¿Decirle a Andrea que ese tinte rojo se le veía espantoso? Te reto, ¿Esconder la mochila del tarado de Luis? Te reto. Era un juego tonto que hacíamos, siempre acompañado de una pequeña recompensa, como una apuesta rápida y tonta, nunca en el ámbito sexual, menos con alguien más.

    Yo: ¿Qué? – expresé sarcásticamente mientras ella se doblaba de la risa – te reto, a ver – dije también riendo

    Liz: te ganaría sin pedos – decía con seguridad y buscaba su blusa, ella parecía no picar el anzuelo, yo estaba nervioso

    Yo: una ida al cine – dije riendo, cuando hacíamos un “te reto” mencionábamos enseguida la recompensa, ella reía más

    Liz: pero en 3D – decía alargando el chiste sarcásticamente y reía más mientras se ponía la blusa

    Yo: ok – decía sonriendo socarronamente, viéndola retadoramente, ella me lanzó una mirada confundida y una sonrisa pícara

    Liz: ¿No me crees capaz? – decía sonriendo confundida y también retándome

    Yo: obvio no – dije en seco para joderla, ella tenía esa infantil actitud adolescente de aceptar los retos solo para demostrar un punto, así obtuve mi primera mamada

    Liz: luego lloras, eres bien celoso – entraba en el juego de jodernos el orgullo mutuamente

    Yo: si yo gano me dejaras lamer tus pezones y eyacularte en la cara – dije lujuriosamente.

    En un segundo el tono bajaba de risitas nerviosas a una charla morbosa, ella nunca me había enseñado las tetas, ni tampoco me había dejado hacerle un facial, nos besábamos lujuriosamente.

    Liz: y si yo gano, me das 5 cheques en blanco – me decía sonriendo pícaramente.

    Los cheques en blanco eran un “todo vale, todo se perdona” surgió una vez que peleamos porque me besé ebrio con mi mejor amiga Saraí, ella dijo que yo le debía un cheque en blanco para perdonarme, lo cobró meses después cuando no pudo ir a mi fiesta de cumpleaños 18 y yo estaba bastante herido, desde entonces nos dábamos cheques en blanco de vez en cuando uno al otro, eran un recurso valioso, nunca nos dábamos más de uno a la vez y los usábamos para zafarnos de peleas, situaciones incómodas, cuando no queríamos hablar sobre algo…

    Yo: dos – dije firmemente

    Liz: ¡cinco! – decía sonriendo.

    Reíamos y nos besábamos, yo estaba cachondo, nervioso y confundido como el demonio, no sé porque lo quería, ella tenía razón, yo era celoso, pero en esos pocos minutos la idea me obsesionó.

    Yo: cinco… y haces eyacular solo con la boca a otro – decía lentamente, ella asentía riendo – y te tragas sus mecos, ¿en menos de 15 minutos? – dije con la boca seca de los nervios, no podía creer que estuviéramos hablando eso, nunca habíamos hablado nada siquiera parecido, es curioso como surgen las cosas a veces de la nada

    Liz: ajam – decía con seguridad y riendo, ella mantenía un tono de “no te creas es broma” para poderse retirar

    Yo: ok – dije débilmente.

    Ella reía, pero bajaba la velocidad, me veía seriamente, me extendía la mano sarcásticamente, eso sellaba el trato siempre, tomé su mano firmemente y ella me veía sorprendida con incredulidad.

    Liz: ¿es neta Franco? – me decía y analizaba mi mirada

    Yo: jajaja si te vas a rajar está bien – dije evitando la seriedad e hiriendo su orgullo

    Liz: jajaja ¿neta neta? – reía incrédula y me veía sonriendo, parecía emocionada

    Yo: ¿neta lo harías? – dije nervioso, ella lo notó, pudo atacar más, pero bajó la velocidad

    Liz: ya hablando en serio, ¿es neta? – su sonrisa desaparecía un poco y era remplazada por un semblante más serio, adopté el mismo tono

    Yo: pues ammm o sea si somos sinceros y honestos, obviamente es mejor y pues todos tenemos curiosidades, ¿no? – intenté sonar elocuente, estaba nervioso como la chingada

    Liz: si, ¡exacto! Solo curiosidades – decía siguiendo mi argumento, no podía creer que estuviera pasando

    Yo: y supongo a veces tienes la curiosidad de chupársela a otro jaja obvio – reía nervioso y fingido, le daba la entrada para sentirse cómoda admitiendo algo así de gigantesco

    Liz: ja – expresaba evitándome la mirada – si, a veces – decía débilmente y se me iba la sangre a los pies

    Yo: ¿a quién? – pregunté histérico, mi cornudo incipiente y mi parte celosa peleaban furiosamente

    Liz: ¡no! – decía histérica, bajaba el tono de inmediato – o sea a nadie en específico, solo a veces pienso… – decía nerviosa

    Yo: ¿qué piensas exactamente? – pregunté nervioso, ella me veía dudando – solo dilo, está bien – dije sonriendo dulcemente, intentaba con todas mis fuerzas hacerla sentir cómoda, estaba descubriendo un nuevo e interesante mundo en su psique

    Liz: pues… jaja – reía avergonzada y agachaba la mirada – pues… da curiosidad pensar a qué saben las de otros chavos o como la tienen o como se sienten en la boca – tenía la mirada clavada al piso, sonrojada genuinamente – o sea no lo pienso así súper pervertidamente, solo es como que da curiosidad ja no sé jajaja – reía nerviosa

    Yo: si jaja suena lógico – dije nervioso

    Liz: ¿neta me dejarías ammm experimentar? – decía nerviosa sin alzar la vista, yo tenía la boca seca y la verga erecta de nuevo, sabía que si decía que no, ella comprendería…

    Yo: si… – dije débilmente con el corazón saliéndoseme del pecho

    Liz: obvio no te mentiría, ni ocultaría nada, todo honesto y de frente, hacer las cosas bien – me puso jodidamente nervioso como ella argumentaba aferrándose a mi palabra, le extendí la mano de nuevo, un poco sarcásticamente, aligerando el ambiente, ella reía y tomó mi mano firmemente y por fin me miró a los ojos – obvio no puedes enojarte – decía analizándome la mirada

    Yo: no, lo prometo – dije firmemente

    Liz: vale – decía retadoramente y nos besábamos lujuriosamente – te ganaré jajaja

    Yo: ¿y a quién será? – pregunté desesperado, no podía creer nada

    Liz: a Fernando – decía sin dudar, me caía un balde de agua fría, era su mejor amigo, ella siempre juraba que no había nada entre ellos

    Yo: ¿neta? ¿no que nada de nada? – dije nervioso.

    Ella tomaba su celular y me mostraba una conversación en WhatsApp, leí desesperado.

    Fernando: jajaja ¡ándale! ¡Sí?

    Liz: no mames eso pídeselo a tu vieja jajaja

    Fernando: ella no quiere jajaja quiero ver qué se siente, tú dices que ya se lo hiciste a tu wey jajaja ándale

    Liz: pero ella es tu novia, ¿yo que? No mames jajaja

    Fernando: es mi cumpleaños 18 flaca, me lo merezco, ya soy un hombre jajaja

    Liz: fue tu cumpleaños hace 3 semanas y dijiste que no te regalara nada jajaja ya te la pelaste

    Fernando: porque no tenías dinero jajaja nomás una mamadita, ándale jajaja.

    Recordaba el cumpleaños de él hace casi un mes, fui a la fiesta.

    Yo: ¿O sea te pidió de regalo de cumpleaños una mamada? – dije dejando de leer

    Liz: si jajaja pero esto fue antier, como que andaba cachondo, sabe que mosco le picó jajaja nunca me había dicho algo así, neta – me tranquilizaba y besaba – solo tengo que decirle que lo pensé mejor… – nos besábamos más

    Yo: díselo – dije firmemente, no podía dejar que se arrepintiera, ella reía – aquí y ahora – dije firmemente

    Liz: ok – decía encogiéndose de hombros y haciéndose la guay, sonriéndome retadoramente, era un morboso juego de ver quien aguantaba más.

    Ella tomaba su celular y marcaba, altavoz, dos o tres tonos de marcado mientras sonreíamos nerviosos, él contestó.

    Fernando: qué onda – decía tranquilo

    Liz: hoooliii – respondía tontamente

    Fernando: qué onda, ¿qué haciendo flaca? – decía amablemente, él siempre me pareció del tipo ingenuo e inocente

    Liz: oye, ¿mañana que harás saliendo? – decía rápidamente y la verga me daba un salto, ella no perdería el tiempo

    Fernando: pues iré a ver a Andrea, ¿por qué? ¿a dónde me vas invitar? – decía cómicamente

    Liz: a mi casa jajaja – decía nerviosa, yo estaba más cachondo que nunca en mi vida y no sabía porque

    Fernando: mmmm pues déjame ver, es que ya le dije a Andrea – él no se sorprendía ni sospechaba nada porque era común que ella invitará amigos a su casa saliendo de clases a pasar el rato, siempre estaba sola por las tardes, como ella y yo ahora mismo

    Liz: dile que no… Te conviene jajaja – agregaba pícaramente al final y reía nerviosa

    Fernando: jajaja ¿por qué o qué? – preguntó curioso, en un segundo cambiaba el tono

    Liz: jajaja… – se reía y respiraba profundamente, me miraba, no hice nada – pues… para darte tu regalo… – decía débilmente me lanzaba una mirada nerviosa

    Fernando: ¿ne-neta? – casi tartamudeaba nervioso

    Liz: neta – decía seriamente, me apretaba la verga y me daba un beso silencioso

    Fernando: lo que te dije en whats, sí, eso, ¿verdad? – preguntaba desesperado

    Liz: sip – decía intentando sonar guay, su mirada histérica decía otra cosa

    Fernando: ¡si si! ¡va va! – decía desesperado, ella sonreía nerviosa e incrédula – mañana saliendo, si, a ver qué le digo – decía rápidamente

    Liz: va que va – decía rápidamente y me veía buscando ayuda, “cuelga” le dije solo moviendo los labios – ammm oye me tengo que ir, ¿ok? – decía nerviosa, su fachada de chica guay se derrumbaba

    Fernando: si, va, ok, mañana saliendo, ¿ok? – reafirmaba desesperado

    Liz: va, me tengo que ir neta, bye – colgaba sin dejarlo responder – ¡no mames! – me decía sorprendida.

    Nos besábamos morbosamente y antes de irme de su casa le dije una idea que tuve de pronto, era perfecta, ella se carcajeaba como loca.

    Liz: ¡estás loco! ¡Jajaja!

    Yo: así sabré si ganas o pierdes jaja – ella me veía sonriendo nerviosa – además así me sentiré más tranquilo sabiéndolo todo – dije firmemente, definitivamente quería saberlo todo, ahora la idea me obsesionaba. Ella aceptó riendo y lo planeamos.

    Ese día decidí no llamarla como casi siempre hacía, no quería que ella lo pensara demasiado y se arrepintiera, ni arrepentirme yo. Solo platiqué con ella en WhatsApp evitando el tema como si fuera un campo minado y me masturbé como loco 3 veces hasta quedarme dormido.

    Al otro día en la escuela no hablamos del tema, en el recreo cuando él pasó junto de nosotros y la saludó tímidamente y evitó saludarme a mí, ambos nos quedamos en silencio sin decir nada, la tensión era evidente. Sonaba la chicharra.

    Liz: ya me preguntó cómo mil veces si era en serio jaja – reía nerviosa clavando la vista al suelo

    Yo: ¿y confirmaron? – pregunté nervioso, pero como si no fuera la gran cosa

    Liz: si… Ammm estás seguro, ¿verdad? – me decía nerviosa, alzando la vista, pero sin verme a los ojos – yo si – decía nerviosa, pero firme, el corazón me dio un salto

    Yo: si si, claro – dije con seguridad, todos regresaban a sus salones, el lugar se quedaba solo

    Liz: ten – me decía tímidamente dándome las llaves de su casa, siempre las dejaba en su mochila, pero ese día las llevaba con ella, esperaba el momento

    Yo: si – dije tomándolas nervioso

    Liz: ok… – nos negábamos a despedirnos, ya no nos veríamos hasta después del evento, estábamos en el mismo grado, pero no en el mismo grupo

    Yo: te amo – dije y la besé, el lugar estaba desértico

    Liz: te amo también – nos despedíamos y cuando se fue casi quise detenerla, algo dentro de mí fue más fuerte.

    Las 3 clases restantes me parecieron las más largas de toda la historia, cuando sonaba la chicharra final, ella me enviaba un mensaje de inmediato, me temí casi enfadándome que ella se hubiera arrepentido y cancelara todo, abrí WhatsApp.

    Liz: lo distraigo para darte tiempo, ¿ok?

    Se me fue la sangre a los pies, yo estaba un 99% seguro de que no iba suceder, que algo lo impediría, sus padres llamándola al negocio de último minuto, que me diría que era una locura y que no lo hiciéramos, o que simplemente se arrepentiría o incluso tal vez él, todo parecía tan surreal.

    Yo: ok – respondí rápidamente en texto y salí corriendo.

    Caminé a toda prisa, corría en tramos y luego trotaba, llegué y volteé a todos lados primero antes de acercarme a la puerta, “la llave roja es la de arriba” recordé como me dijo ella el día anterior, tomé la llave y abrí rápidamente, “la plateada es la de la chapa de abajo” abrí de inmediato y entré, “Yo tomaré las de repuesto, no se te olvide cerrar”, cerraba perfectamente. Encontrarme con su sala sola me parecía insólito. Corrí a su cuarto como si ellos me vinieran persiguiendo, me senté en la cama y la realidad me abrumaba, pensaba mil cosas durante 5 o 10 minutos, un mensaje de ella me espabilaba, ¡carajo! ¡se arrepintió! ¡lo sabía!

    Liz: estamos a 2 cuadras, métete ya – se me aceleró el corazón, le escribí que mejor no, que me había arrepentido, que por favor no lo hiciera, pero no envié el mensaje.

    Abrí su closet y entré, resulta que las puertas parecían de espejo, pero realmente eran de cristal recubiertas de papel reflejante, una chapuza que les hizo el contratista para simular puertas de espejo, era mucho más barato, ellos no se dieron cuenta hasta después de meses, ¿quién carajos entraría al angosto closet para comprobar que desde dentro se veía hacia afuera? Me sentí orgulloso de que se me ocurriera esa idea.

    Me senté nervioso a esperar dentro del clóset acomodándome entre la ropa, cuando escuché perfectamente la puerta de la casa abriéndose me puse erecto de inmediato, ¿qué carajos me pasaba? ¿por qué chingados hice esto? ¿por qué demonios ella aceptó? ¿qué clase de retorcidos enfermos somos?

    Los escuchaba reír y charlar acercándose al cuarto, la puerta se abría y ella entraba de inmediato, tomaba la llave que estaba sobre su escritorio y cerraba de inmediato las puertas del closet dejándome encerrado, era parte del plan, no podíamos arriesgarnos. No podía creerlo, estaba más acelerado que nunca, celos, confusión, nervios, lujuria, miedo, incertidumbre, expectativa.

    Él se sentaba en la cama lentamente, nervioso, ella se sentaba a lado de él. Platicaban cualquier estupidez, como si fuera cualquier día, la escuela, las tareas, una serie de Netflix, se burlaban de un profesor y él lo imitaba, ella carcajeaba, no era tan gracioso, era obvio que ella estaba igual de nerviosa que yo.

    Luego se acercaban peligrosamente al tema cuando él mencionaba a su novia…

    Liz: ya llevan un año, ¿no? – seguía la charla

    Fernando: si, ya llevamos casi un año – decía débilmente y nervioso, los 3 sabíamos en que acabaría ese tema

    Liz: ¿y todavía no te la chupa? – ella reía nerviosa, entraba en el campo minado

    Fernando: no… Tu después de cuánto ammm ¿se lo hiciste a Franco? – preguntaba nervioso

    Liz: como al año – era verdad

    Fernando: o sea que llevas como medio año de práctica jaja – ambos reían nerviosos viendo al piso, uno al lado del otro rozando sus hombros, tan cerca y tan lejos

    Liz: si jaja más o menos – decía sin alzar la vista

    Fernando: debes de ser una experta ya – decía nervioso y reían un poco, tampoco alzaba la vista

    Liz: si… – silencio total por 4 segundos – te va encantar – ella dijo con tono serio, nerviosa, débilmente en voz baja, me dio un vuelco el corazón, ella alzaba la vista hacia él por fin – pues ammm ya sabes – balbuceaba torpemente mientras le indicaba nerviosamente hacia la entrepierna de él

    Fernando: si – decía apurado y abría el botón de su pantalón de inmediato.

    Ella veía fijamente a su entrepierna, él alzaba la vista al techo y reían nerviosos, él bajaba su cierre lentamente y ella no decía nada, Fernando tomaba sus pantalones por los costados y dudaba un segundo.

    Fernando: ammm este… ¿Hasta abajo? – preguntaba nervioso

    Liz: si ammm si, hasta abajo mejor – decía dudando, era difícil saber quién de los 3 estaba más nervioso

    Fernando: si, ¿verdad? – decía rápidamente sin soltar aún sus pantalones.

    Era jodidamente morboso ver lo nervioso que estaba él, si tenía alguna duda de que eso que nunca le habían dado una mamada era verdad, me quedaba completamente claro que en efecto, nunca le habían dado una mamada. Él clavaba la vista al techo de nuevo y bajaba sus pantalones hasta sus tobillos junto con los boxers, la verga saltaba fuera completamente erecta, húmeda en la punta, él estaba ansioso, diría que su verga era del mismo largo y grosor que yo, una verga promedio, como la mía. Estaba completamente depilado. Mi posición era perfecta, ellos estaban sentados en la cama literalmente frente a las puertas del clóset apenas a un metro.

    Fernando: me depilé ayer – decía avergonzado evitando la mirada de mi linda novia, yo jamás me depilaba, ¿eso le gustaría a ella?

    Liz: jaja ok – reía nerviosa y evitando bajar la mirada – sí, se ve linda – fue simplemente hilarante su comentario incómodo

    Fernando: ¿te gusta? – preguntaba inseguro

    Liz: este sí, o sea normal, ¿no? – decía nerviosa, era increíble cómo no sabía manejar esa situación

    Fernando: si si, normal no es la gran cosa – decía nervioso

    Liz: no, o sea está bien – decía recomponiendo nerviosa

    Fernando: si si, gracias- decía viendo débilmente a la cara a mi novia

    Liz: pues ammm lo haré, ¿ok? – decía agachando la mirada

    Fernando: ok si, gracias – decía patéticamente.

    Él tomaba su verga tímidamente con una mano y la ofrecía nervioso sin moverse ni un poco, ella se retiró un poco de él y se recostaba para hundir la cara en su entrepierna, él retrocedía un poco para darle acceso. Cómo dije, los tenía de frente, podía ver la mano de él tímidamente levantando su verga y vi perfectamente como ella abría la boca y metía la erecta verga de su mejor amigo en su boca por primera vez, si él hubiera sabido que alguien lo veía seguramente no hubiera hecho la exagerada y ridícula cara de placer que hizo, alzó la vista al techo, abrió la boca y se le retorcían todos los músculos de la cara por el placer, inicié el cronómetro y comencé a masturbarme fuertemente.

    Mi linda novia recostada sobre su cama y con la cara hundida entre las piernas de Fernando subía y bajaba lentamente, él cerraba los ojos, los abría, alzaba la cara al techo, luego la veía fijamente, se retorcía cuando ella bajaba y literalmente lo vi morderse los labios para no gemir, ella bajaba y subía incrementando la velocidad y cuando ella fue por completo hasta abajo, dio una pequeña arcada y él se retorció involuntariamente.

    Fernando: ay est- wow – decía sin poder hablar bien por el placer mientras dejaba que mi novia lo complaciera, parecía tener miedo de tocarla, pero tampoco la interrumpía.

    Mi novia subía la velocidad, bajaba y subía más rápido y de pronto se dejaba caer sobre su verga yendo por completo hasta su garganta, lanzaba una arcada escandalosa y él se retorcía histéricamente empujando su cadera hacia arriba, pero sin tocarla y gemía por primera vez sin vergüenza.

    Fernando: que rico no manches – decía desesperado y enseguida gemía profundamente, ya sin vergüenza, sin limitarse, los gemidos de él eran música para los oídos de mi linda novia que solo intentaba ir más rápido

    Liz: acuéstate – decía rápidamente.

    Él se acostaba por completo obedeciendo enseguida, ahora su estómago no le estorbaba a ella, la posición era más cómoda, ella comenzó a darle una mamada histérica, la vista era perfecta, veía las piernas de él y sus bolas colgando en medio y a ella recostada con la cara entre sus piernas, podía ver perfectamente su verga desaparecer dentro de la boca de mi novia y como ella apretaba los ojos con asco cuando iba hasta abajo, lanzaba una escandalosa arcada, se quedaba ahí varios segundos haciéndolo gozar con toda su verga dentro de su boca y sacaba su verga lentamente de su boca mientras la saliva escurría, todo entre los escandalosos y desesperados gemidos de él.

    Fernando: ¡ay Liz! ¡sí! tu boca dejaba de hablar y gemía profundamente mientras mi novia iba hasta abajo.

    Ella iba tan rápido como podía, devoraba su verga entera y se quedaba con el falo dentro de la boca haciéndolo disfrutar mientras él se retorcía por completo, luego ella volvía a subir y bajar a toda velocidad. De pronto él reincorporo medio cuerpo de golpe quedando sentado y la veía con mirada desesperada, tomó su cabeza débilmente, parecía que intentó hacerlo de la manera más delicada y gentil posible e intentó retirarla débilmente, ella seguía en su labor ignorándolo.

    Fernando: no Li-Liz es que – decía desesperado e intentaba levantar la cabeza de ella de nuevo débilmente, ella no paraba de subir y bajar, él se retorcía, alzaba la vista al techo y la veía preocupado mientras seguía intentando hablar – no es-es-espérate e-es que ¡no! ¡Liz! – decía desesperado y está vez si intentó retirarla más fuertemente, ella manoteó casi molesta soltándose de su agarre y bajó por completo en su verga – ¡ay cabron! ¡pe-perdón perdóname!

    Decía histérico y viéndola preocupado fijamente, pero no intentó retirarla de nuevo, pude ver sus bolas contraerse violentamente y como levantó la cadera apenas un poco como si quisiera que ella no lo notara, sin dejar de verla, se retorcía en la parte superior de su cuerpo y la vi a ella hacer ese gesto de asco que yo conocía perfectamente, apretando los ojos y deformando la cara por completo.

    Fernando: ¡no manches! Te dije – decía nervioso viéndola fijamente, ella lanzaba una arcada escandalosa y le escurría esperma que bajaba por las bolas, a él le daba otro violento espasmo en todo el cuerpo y levantaba más la cadera sin miedo está vez, ella lo tomaba como un reto y bajaba por completo dejando sus bolas depiladas al nivel de sus labios – ¡ay si! – decía y mantenía la cadera en alto mientras ella daba arcadas y podía escucharla perfectamente tragando con dificultad y ver su garganta moverse violentamente.

    Sus bolas se relajaban, él reía aliviado un poco y ella se deslizaba lentamente por su verga hasta salir, su verga estaba espumosa y escurría.

    13 minutos y 54 segundos.

    Fernando: no manches wow – decía honestamente viendo su verga fijamente

    Liz: ¿te gustó? – le preguntaba sarcásticamente, ambos reían

    Fernando: no manches, el mejor regalo ever – decía honestamente aun recuperando la respiración y ambos reían, ella veía su verga y la tomaba, bajaba la cabeza y limpiaba el esperma que estaba en sus bolas, él reía nervioso.

    Liz: estuvo chido – decía contenta

    Fernando: no manches, chidísimo – decía aun recuperando la respiración y subiendo sus pantalones – perdón… Te avise – decía avergonzado cerrando su pantalón

    Liz: equis – decía tranquilamente

    Fernando: eyacule demasiado, perdón neta nunca había eyaculado tanto – parecía honesto y avergonzado

    Liz: tu verga sabe rica – decía lujuriosamente

    Fernando: ¿en serio? – preguntaba sorprendido

    Liz: si – decía lujuriosa – me gustaron tus mecos espesos – era curioso ver cómo él regresaba a la realidad y ella seguía cachonda

    Fernando: no inventes se me retorció toda, como que me palpitaba bien loco, nunca me había pasado eso cuando ammm me masturbo – decía avergonzado

    Liz: es más intenso un orgasmo oral – decía haciéndose la conocedora

    Fernando: mucho más… Neta gracias no manches, ya quiero que sea mi cumpleaños otra vez – ambos reían.

    Ella revisaba su celular y cumplía la última parte del plan.

    Liz: tengo que irme… Mi papá necesita algo – mentía viendo su aparato

    Fernando: ok ok – decía levantándose y parecía aturdido.

    Salieron del cuarto, pasaron 2 minutos y ella volvía, sonriendo socarronamente hacia la puerta dónde yo estaba escondido, me puse de pie y ella abrió, en cuanto salí con verga en mano sin mediar palabra la puse de rodillas a qué me diera una mamada, me complació tan intensamente que no pude resistir más que unos patéticos minutos y ella tragaba sin esfuerzo.

    Liz: Fernando te gana en eyacular – decía sonriendo y besándome después de tragar

    Yo: pero la tengo más grande – dije, aunque no estaba convencido, como dije, muy similares

    Liz: si – me concedía esa victoria y nos sentábamos – deberías depilarte, se siente mejor lamer las bolas así – decía acariciándome las bolas

    Yo: si, por qué no – dije con desinterés, la claridad post orgasmo me golpeaba, me sentía celoso, pero extrañamente no estaba molesto, solo nervioso y celoso – y ganaste… – dije débilmente y reíamos

    Liz: ¿cuánto? – preguntaba curiosa, le mostraba el cronómetro – 13 minutos y 54 segundos, te dije… – me besaba morbosamente, parecía que podía chupar 10 vergas más sin problema

    Yo: ¿te gustó? – pregunté cachondo, aunque con el ego herido

    Liz: ¿la neta? – me besaba y me acariciaba la verga, ella en serio quería más, asentí entre nuestros besos – la neta si – decía y nos besábamos de una manera casi obscena – cuando veníamos para acá me dijo que sino quería estaba bien y se iba a su casa, estaba bien pinche nerviosa casi me rajo – decía y nos besábamos más, yo la dejaba continuar – pero no te iba dar 5 cheques en blanco jaja… me sentí bien chingona de que se retorciera todo y gimiera tan cabron – me gustaba escucharla tan lujuriosa por su poder sobre él – cuando me quería quitar yo sabía que se iba eyacular todo – me ponía tan cachondo que ella supiera que iba suceder y recordar cómo se aferró para chupársela en esos minutos finales

    Yo: te encantó complacerlo – dije acariciando su precioso culo

    Liz: si, bien cabron – decía y los besos no paraban – su verga se retorció toda en mi boca cuando se eyaculaba el wey, eso se sintió rico – decía lujuriosa y masturbaba lentamente mi verga a media asta – eyaculó un chingo y como que bien espeso – decía y me besaba el cuello – neta, eyaculó un chingo, me encantó eso – decía lujuriosa, nunca había pensado en si la cantidad de eso le gustaba a las mujeres, me sentí algo inseguro de que ella lo mencionara tan lujuriosamente – y tengo 5 cheques en blanco… – decía mientras masturbaba con firmeza mi erección completada, ¿ella esperó a que yo estuviera a tono?

    Yo: si… – dije débilmente tomando su lindo trasero y disfrutando su mano en mi verga

    Liz: quiero cobrar uno ya – decía acariciándome la verga y besándome el cuello

    Yo: ok… – dije con miedo

    Liz: es cheque en blanco, eh – decía en voz baja, sonriéndome cachonda

    Yo: si… – estaba tan cachondo otra vez… ¿Que rondaría esa linda cabecita?

    Liz: sin preguntas, ni reproches… – decía y me acariciaba las bolas de una forma que ella sabía me hacía retorcerme

    Yo: dime y ya – dije desesperado y cachondo

    Liz: dile al güero que se la quiero chupar… – decía nerviosa y me jalaba la verga con fuerza evitando mi mirada – ¿ok? – decía, pero no como una comanda, más bien como pregunta nerviosa buscando aprobación

    Yo: ok – le dije histérico y bajé su cabeza a mi verga para que me complaciera.

  • Folla mi culo despacito que quiero correrme

    Folla mi culo despacito que quiero correrme

    Mi nombre es Agustina, pero mis amigos me llaman Tina. Soy rubia, alta, flaca, de ojos castaños, mis tetas son pequeñas y mi culo redondito.

    Esta historia empezó en la habitación que compartía en la residencia universitaria con mi amiga Remedios. Una tarde estando yo en pijama mirando unos apuntes boca abajo sobre la cama llegó Remedios con su teléfono móvil en la mano, lo echó delante de mí, se sentó en el borde de la cama y me dijo:

    -Si miras el video que tengo en el móvil y no te acabas masturbando me rapo la cabeza.

    Poniéndome de lado la miré y le dije:

    -No estarías muy favorecida con la cabeza rapada, pero eso no ocurrirá, no estoy para videos y menos para masturbaciones, mañana me espera un día muy movido.

    Remedios tenía interés en que viese el video, ya que me iba a contar algo que normalmente no se cuenta.

    -Yo también lo tengo, pero lo miré con Andrea y acabamos masturbándonos, besándonos y el resto te lo puedes imaginar.

    -No te reconozco, tú no eres de esas.

    Mi amiga Remedios, que era morena, que medía un metro setenta y tres, que estaba rellena y que le sobraba de todo, desde belleza hasta culo, me preguntó:

    -¿De cuáles?

    -De esas, ya sabes.

    -Todas somos un poco lesbianas.

    -Yo no.

    -¿Cuántas veces te pasó por la cabeza hacer el amor conmigo al verme desnuda?

    -Ninguna.

    -A mí muchas veces. Cada vez que te vi desnuda deseé hacerte el amor.

    Era mi amiga y no quería darle un desplante.

    -A ver, Reme, dormimos en la misma habitación desde hace nueve meses. ¿Por qué me dices eso ahora?

    -Porque vamos a acabar la carrera y probablemente no te vea más.

    -Pues no debiste hablar de tus sentimientos hacia mí. Me has puesto en una situación comprometida. No sé si mandarte a la mierda o si decir que me siento halagada.

    -Ya me has dicho las dos cosas. Me voy a duchar.

    ¿Qué tendría aquel video para que mi amiga cayera en los brazos de Andrea? La jodida curiosidad pudo conmigo. Cogí el teléfono, miré en videos. Solo había uno. Remedios me había engañado, ya que cuando lo puse la vi a ella y a Andrea. Alguien las había grabado. Estaban desnudas, besándose, de los besos pasaron a comerse las tetas, a frotar tetas y pezones… A masturbarse mutuamente… Nunca pensé que me calentaría viendo a dos mujeres follando. De la sorpresa inicial pasé a mojarme. Mi mano se metió dentro del pijama y fue directa al coño. Masturbándome vi a Andrea comerle el coño a mi amiga y empecé a lubricar una barbaridad. Mis dedos me iban a dar un orgasmo en cuestión de segundos. No lo hicieron porque Remedios se metió desnuda en la cama, me miró, sin decir ni una palabra me quitó el pantalón del pijama, metió su cabeza entre mis piernas, lamió mi coño encharcado, luego su lengua ocupó el lugar que ocupaban mis dedos. Entró y salió varias veces en mi vagina, después lamió mi clítoris y lamiéndolo me sacó una corrida bestial.

    Al acabar de correrme me besó y me dijo:

    -Ves cómo todas tenemos algo de lesbianas.

    Mentí cuando le dije:

    -De eso nada, me cogiste desprevenida.

    -¿Entonces no me vas a comer el coño tú a mi?

    La verdad es que me intrigaba saber a qué sabía su coño. Le pregunté:

    -¿Te duchaste?

    -No, aún tengo en coño lleno con los jugos de mi corrida y con los jugos de la corrida de Andrea.

    -¿Y eso a que se debe?

    -A que hice tiempo para que empezaras a masturbarte.

    -Me refiero a que se debe que tengas jugos de Andrea en tu coño.

    -A la tijera con que acabamos el polvo. ¿Me lo comes?

    -Lo debes tener asqueroso.

    -Lo tengo más jugoso que nunca.

    Remedios puso su coño empapado delante de mi boca. Le dije:

    -Te huele a pescado.

    -¿Comes o no comes?

    Se lo comí, y me excité al hacerlo, me excité tanto que me masturbé mientras lo hacía, y me corrí de nuevo cuando ella se corrió en mi boca.

    -Ves cómo eras algo boyera.

    Cómo no podía negar lo obvio, le dije:

    -Sí, algo de boyera tengo.

    La verdad es que me encantara, pero también me gustaban los hombres, de hecho mi siguiente polvo fue en el pueblo con mi tío. Lo follé para meterle los cuernos a mi tía, ya que no trago a las beatas, a las santurronas…, a esas que te miran de mala manera si ven que llevas puesta una falda corta o un escote demasiado pronunciado, y mi tía Miriam era una de esas. Ella no me miraba mal, pero me llamaba la atención con tanto cariño que me daba asco oír sus babosadas de mujer perfecta. Por eso para joderla iba a meterle los cuernos con mi tío, un calzonazos que hacía todo lo que mi tía decía: Que si a misa, a misa, que si a planchar, a planchar… En fin, que hacía con él lo que le salía del coño.

    Mi tía lo había mandado a la casa de mis padres a pintar mi habitación. Mi padre, ella y mi madre fueran al monte con el carrillo a por leña.

    Mi tío era un hombre moreno, muy alto, muy fuerte, con cara de bonachón y poco hablador. Estaba en mi habitación inclinado con un mono azul puesto echándole el tinte a la pintura cuando fui por detrás y le eché las manos a los huevos y a la polla. Se enderezó con rapidez, con la rapidez del que estando despistado le clavan una polla en el culo. Giró la cabeza y me preguntó:

    -¿Qué haces, Tina?

    -¿No es obvio?

    Mi tío ya se había empalmado. Me puse delante de él, le bajé la cremallera del mono. Acaricié su pecho peludo con las dos manos y le planté un beso con lengua que lo dejé medio tonto. Después le saqué la polla, la metí en la boca y mi tío ya se corrió. Sentí su leche calentita en mi boca y mi coño se alborotó. Para mí que era la primera vez que se la mamaban, ya que al acabar de correrse, se la sacudí, se la mamé, y en nada se volvió a correr. Después de tragar, le dije:

    -Das más leche que una vaca.

    Quité la falda y las bragas, le di la espalda, me apoyé con las manos en la pared, me abrí de piernas y le dije:

    -Fóllame.

    Frotó su polla en mi coño mojado y al momento se le puso dura. Mi tío pasaba de los cuarenta años, pero debía de follar una vez al año, ya que tenía reservas de sobras, de hecho se volvió a correr al meter la punta de la polla en mi coño. Parecía un adolescente con eyaculación precoz. Luego me folló cómo un loco sin medicación… Al sentir cómo me corría se corrió dentro de mí. Después me di la vuelta y le dije:

    -Cómeme el coño.

    Mi tío se agachó y metió todo el coño en la boca una y otra vez. Su leche y mis jugos se la iban llenando. Me di cuenta de que en su puta vida había comido un coño. Tenía que enseñarle a comerlo, le dije:

    -Mete y saca tu lengua de mi vagina.

    Extrañado y empalmado, me preguntó:

    -¿De dónde?

    -De mi coño.

    Era guiado… Ya metiera y sacara la lengua de mi coño unas treinta veces, cuando le dije:

    -Ábrelo con las dos manos, lame por los lados y mete y saca a lengua del coño.

    Hizo lo que le dije y la verdad es que me estaba haciendo un cunnilingus delicioso, ya que su lengua era enorme. Luego le señalé el clítoris y le dije:

    -Lame solo aquí y con la punta de la lengua.

    Al lamer sentí que me iba a correr. Él sintió mis gemidos y se emocionó. Afortunadamente me desobedeció, dejo de lamer el clítoris, lamió los labios, metió la lengua dentro de mi coño, al sacarla lamió mi clítoris de nuevo y me sacó una corrida larga y copiosa que cayó dentro de su boca y que mi tío se tragó.

    Al levantarse tenía un empalme brutal. Su polla apuntaba al techo. Quite la blusa y le dejé ver mis tetas. Las cogió con las dos manos, las apretó y las mamó con ganas. Dejé que se hartara de tetas, luego volví a apoyar las manos en la pared, me abrí de pierna, chupé un dedo, lo metí en el culo, después lo chupé y le dije:

    -Cómeme el culo cómo si fuera el coño.

    Mi tío se agachó lamió la raja del culo, después abrió las nalgas y metió y sacó su lengua de mi ojete incontables veces. Me puso a punto para lo que yo quería.

    -Métemela en el culo, tío.

    Mi tío estaba deseando meter donde fuera. Al meter la punta de la polla dentro de mi culo se volvió a correr. Le había pasado lo mismo que con en el coño. Corriéndose la metió hasta el fondo, luego me folló con cuidado. Pasado un tiempo le dije:

    -Despacito, tío. Folla mi culo despacito que quiero correrme

    Me folló despacito. Metí los dedos dentro del coño y me masturbé sintiendo su polla desfilar encima de ellos. Al rato sentí su polla latir dentro de mi culo y su leche llenándomelo. Aceleré el mete y saca, pero no me corría. Saqué los dedos del coño, hice que volasen sobre mi clítoris y entonces sí, me corrí cómo una cerda. Intenté agarrarme a la pared porque mis piernas temblaban tanto que no me sujetaban. Mi tío viendo cómo mis uñas bajaban arañando la pared dejó de cogerme por la cintura, me agarró por las tetas, y me dijo:

    -Tú sí que eres una mujer y no lo que tengo en casa.

    Me aparté de la pared, vi que la polla seguía dura, me di la vuelta y le dije:

    -Cógeme por las nalgas, levántame y clávamela en el coño.

    Me cogió y me la clavó en el coño. Le rodeé el cuello con los brazos, lo besé con lengua y le dije:

    -¿Esto es lo que tienes que hacerle para dominarla?

    -Me arañaría.

    -No si la coges por detrás y le rasgas el vestido con tus manos. Al darse la vuelta levantas la mano y le dices que si habla, si chilla o si se revuelve le das una hostia que a dejas a dormir. No le quites el sujetador ni las bragas, rómpeselas. No la beses en la boca, cómele las tetas con lujuria y después cómele el coño cómo te enseñé. Después de correrse cógela cómo me tienes cogida a mí y dale duro.

    -¿Así?

    Mi tío me folló a romper, pero yo quería más, le dije:

    -Más duro, dame más duro, tío, dame más duro que estoy a punto de correrme.

    Me dio y nos corrimos los dos. Al acabar y ponerme en el piso, lo besé y le dije:

    -Después de correrse acabará besándote cómo te besé yo.

    Al día siguiente mi tío andaba con un ojo hinchado. Parecía ser que la beata para santa no iba. La hija de nuestra vecina, una rubita muy guapa que cuando nos cruzábamos en la calle me miraba con ojos de corderita degollada, o sea, que se le notaba a las leguas que le gustaba, sentada en un escalón que había delante de la puerta de su casa, me dijo:

    -¿Quieres que te cuente un secreto de tu tía?

    -Cuenta.

    -Me tienes que dar algo a cambio.

    -¿Qué quieres?

    -Que me dejes darte un beso con lengua.

    -Una hostia es lo que te voy a meter, niña.

    -No tan niña, ya tengo dieciocho años.

    La espabilada sonreía cómo lo que era, una putita.

    -¿Y el beso dónde me lo darías, Puri?

    -En mi casa.

    -Ya, pero en que parte de mi cuerpo.

    -A lo mejor tienes que bajar las bragas para dártelo.

    Tuve que bajar las bragas para dármelo, y a ese beso siguieron unos cuantos besos más… La jodida sabía latín. No voy a daros detalles para no hacer el relato demasiado largo, pero os diré que la putita me dio un repaso en el que me corrí tres veces y que después de comer su coño y de correrse en mi boca me moría por correrme de nuevo, pero cómo su madre iba a volver del trabajo tuve que correrme al llegar a mi casa. Me masturbé pensando en ella y me corrí, y no una vez, me corrí dos veces.

    Tres días después de follar con Arturo fui a su casa vestida con una minifalda corta, unas sandalias de tacón y una camiseta donde se marcaban los pezones de mis tetas, lo hice para provocar a mi tía, seducirla y después humillarla por haberle pegado a mi tío. Encontré a mi tía de rodillas fregando el piso de la sala de estar con un cepillo. Fui a su lado y le pregunté:

    -¿Qué pasó con la fregona?

    Miró hacia arriba, vio mis bragas blancas y dijo:

    -¡Ala! Enseñándolo todo, como una cualquiera.

    -¿Te preguntaba por la fregona?

    -Estoy purgando una culpa.

    -¿Qué hiciste?

    -Le pegué a Arturo.

    Me había confirmado lo que yo ya creía saber. Le dije:

    -¿Tomamos un café y me cuentas que te hizo para levantarle la mano?

    Solo le faltaba una esquina por fregar. Recogió, yo tiré con el agua sucia y al ratito mi tía estaba en la cocina haciendo café y contándome lo que le hiciera mi tío.

    … Y no me arrincona contra la pared y me dice que me va a dejar el vestido para hacer trapos.

    -¿Estaba borracho?

    -Cómo una cuba, a pesar de que no le gusta beber.

    -¿No será que no le dejas beber?

    -Ese ya es otro cantar.

    Mi tía Miriam estaba de pie enfrente de la cocina y cerca de la pared. Fui a su lado, la cogí por las muñecas. La empujé contra la pared y le comí la boca. Se enfureció.

    -¡Puta! Te voy a sacar los ojos.

    -Una corrida, eso es lo que me vas a sacar, guarra.

    Le di la vuelta, la empotré contra la pared, saqué unas esposas que llevaba dentro de las bragas y la esposé. Antes de darle la vuelta le dije:

    -Si hablas o me das una patada te pongo los dos ojos negros.

    Le di la vuelta y se quedó quieta cómo una muerta. Mordí su vestido en el escote y se lo rasgué de arriba a abajo. Luego le rompí la combinación que llevaba por debajo, le rompí el sujetador y las bragas. Tenía las tetas medianas, con areolas oscuras y pezones grandes, grandes y de punta. Al coño lo rodeaba una enorme mata de vello negro. Le volví a comer a boca. Mi tía no me devolvía los besos. Le eché la mano al coño. Lo tenía empapado. Le metí dos dedos dentro y la masturbé al tiempo que le magreaba, le chupaba, le mamaba las tetas y le lamía y mordía los pezones. Al ratito comenzó a gemir. La besé y sus labios chuparon mi lengua. Era lesbiana cómo me había dicho Puri. La vi con los ojos cerrados, las palmas de la mano contra la pared y abierta de piernas y se me quitaron las ganas de humillarla y me vinieron las ganas de follarla.

    Me agaché delante de ella, le abrí el coño y le pasé la legua por él, lento al principio, y después cada vez más rápido hasta que explotó. Mientras se corría fue deslizando su espalda por la pared. Quedó sentada en el piso sobre el vestido roto, vestido que colgaba de las esposas. Al tenerla rendida y vencida me volvieron las ganas de humillarla, le dije:

    -Prepárate a recibir la lluvia de Agustina.

    Bajé las bragas, levanté la mini falda y le meé en la cara. Me puse tan cachonda que al acabar de mear me masturbé delante de ella… Cuando me iba a correr le levanté la cara con la mano izquierda, le puse el coño en la cara y acabé en su boca.

    Después de abusar de ella, me preguntó:

    -¿Por qué me has hecho esto, Agustina?

    -¿Querías que te follara cómo Puri?

    Cayó de burro abajo. Ahora lo entendía todo.

    -¡La mato! A esa cabrona, a esa enferma, a esa hija del diablo la mato, la mato cómo Miriam me llamo…

    -¿Y después con quien vas a follar?

    -Yo no conozco más polla que la de mi marido ni he visto más coños que el tuyo y el mío.

    Me dejo de piedra. La había cagado bien cagada.

    -¡No jodas! ¿Me estás diciendo que esa mocosa me la metió doblada?

    -No sé cómo te la metió, pero mejor te será que me vayas soltando y que cuando puedas me compres un vestido nuevo unas bragas y un sujetador

    -¿No me vas a quitar los ojos?

    -Los tienes muy bonitos para quitártelos.

    Mi tía Miriam no había estado antes con una mujer, pero después de soltarla… No lo digo porque… Bueno sí, lo digo, acabó comiéndome el coño y yo se lo volví a comer a ella.

    A Puri no la mató, la mató a polvos Puri a ella, y mi tío se cansó de follar con mi tía y conmigo.

    Quique.

  • De hombre simplón a hembrón de fantasía (Tercera parte)

    De hombre simplón a hembrón de fantasía (Tercera parte)

    En el capítulo anterior José, ahora convertido en Josefina gracias a un brazalete mágico, comenzó a rehacer su vida, pero no contaba con que sus nuevos instintos le hicieran caer rendida a sus más profundos deseos.

    De verdad parecía una pesadilla, no podía controlar mis instintos. Yo solita me fui a meter al departamento del negro Jean. Ahora estaba bailando al ritmo de sus canciones que tanto odiaba en el pasado.

    – Perrea mami, baila esas nalgas blancas. – me decía Jean mientras movía mi culo contra su bulto. Sus manos me tenían las tetas todas manoseadas.

    – Hmm, así perrita. – soltó mis tetas para poner sus manos en mi cintura. Me hacía dar movimientos más bruscos de arriba a abajo. Sentía su bóxer húmedo contra mis nalgas.

    Comenzó a sonar otra canción, al parecer él no pretendía apagar su música.

    – «Cuando se desplaza es una locura, provoca calentura y

    Cuando su cintura hace una ruptura su cuerpo se estimula»-

    – Jaja, te hacías la interesante y mírate ahora. Bailando como una cualquiera.- me hacía sentir tan humillada, ese tipo tan violento y que tanto despreciaba me estaba excitando.

    Yo ya me estaba empinando para él, sacaba mis nalgas totalmente para que pudiera rozarme la verga a placer.

    – «Quiébralo, rómpelo y aplástalo, bátelo

    Qui… quiébralo, rómpelo y aplástalo, bátelo (rómpelo)» –

    Entonces me agarró más fuerte. Comenzamos a bajar juntos, flectando las rodillas hasta casi tocar el suelo. Como hombre nunca lo hice y ahora como mujer estaba perreando en menos de una semana.

    – Menos mal se fue el llorón de al lado y llegó un hembrón tan rico.- decía Jean sin darse cuenta que éramos la misma persona. Me hacía sentir furia que me tratara como llorón sólo por pedirle que bajara un poco la música.

    Sin embargo no podía dejar de bailar, mi cuerpo se rendía ante él.

    La canción era repetitiva. No tenía gran contenido, pero nos servía para darnos el ritmo y seguir bailando. Sentía mi tanguita ya muy empapada. Sus constantes manoseos y el roce con su bulto me tenían en llamas.

    Cuando acabó la canción me hizo voltear, me agarró del culo y me apegó a él. Pude sentir mis tetas aplastándose contra sus poderosos músculos.

    Intentó acercar su boca a la mía y me negué. Se comenzó a reír de mí ya que estaba dispuesta a coger, pero no a darle un beso.

    – Jaja ya me vas a entregar esos labios después de que te deje esa conchita aplaudiendo de placer.- nuevamente me hizo ruborizar, no entendía como podía estar excitándome con ese animal.

    Me levantó desde las nalgas. Tuve que abrir mis piernas, ya que me elevo en el aire. Con algo de miedo me colgué de su cuello cruzando mis manos detrás de su nuca.

    Me hacía sentir débil, inferior. Pero inferior en el aspecto de que yo como hombre nunca fui capaz de tener tanta fuerza. Me tenía sujeta como si me tratase de una pluma.

    – «Arrebatao’ dando vuelta’ en la jeepeta (dando vuelta’ en la jeepeta)

    Al lao’ mío tengo una rubia

    Que tiene grande las teta’ (grande las teta’)

    Quiere que yo se lo meta (yeah, yeah)»

    Pareciese que hubiese escogido esas canciones especialmente para mí. No podía creer que sólo oír eso me mantuviera caliente.

    – Me vas a entregar todo esto. Será mío una y otra vez. – decía sin dejar de manosear mi culo.

    Me mantuvo en el aire algunos minutos, dejando mis nalgas bien usadas por sus manos. Yo suspiraba excitada. Él me hacía mover al ritmo de la música, mis pezones estaba duros contra su pecho.

    Finalmente, cuando la canción acabó, me bajó y mis tacones volvieron a tocar el piso. Soltó mis nalgas y me dejo ahí, para sentarse sobre su cama y buscar un nuevo tema en su teléfono.

    Me quedé quieta, al fin tuve un momento de lucidez. Todo eso era horrible, si me quedaba ahí perdería por completo mi masculinidad. Debía irme cuanto antes.

    – ¡Eh, rubia! – me interrumpió y me quedé asombrada. Mis ojos se abrieron como platos.

    El negro estaba completamente desnudo, su verga parecía un monumento, la tenía muy dura y larga. Eran como 23 centímetros. Tenía una densa capa de vello rizada en las bolas y pelvis.

    -«Ella es una bebé eh

    Una bebe leche

    Se menea como loca

    Pa’ que yo se la eche»-

    Sonaba la canción de fondo. Jean la puso exclusivamente para avergonzarme. A su vez me llamaba haciendo gestos con un dedo. Iba a caminar hacia él, pero me detuvo con la mano y me indicó el piso. Lo entendí todo.

    Mis pensamientos de abandonar el lugar desaparecieron. Mi vista y todos mis sentidos se centraron en su verga. Caí de rodillas al suelo, luego apoye mis manos y comencé a gatear hacia él.

    Estaba gateando, arrastrándome como una perra para mi vecino más odiado. Cada vez me quedaba menos orgullo.

    Jean meneaba su verga y me invitaba a ir a chupársela. Como decía la canción, me quería hacer beber leche.

    – Ven putita, ven a comer. Se nota que te hace falta un hombre que te ponga en tu lugar.

    Llegue hasta él y levante la mirada. Su pene era mucho más grande que mi cabeza. Era un coloso que inspiraba mucho respeto.

    Hipnotizada lleve mis manos a él y la agarré.

    – Esto es lo que querías desde ayer, se te hacía agua a la boca. – dijo orgulloso de su enorme herramienta.

    Con algo de timidez acerque mi lengua. La comencé a pasar desde la base, pasando por el tronco hasta llegar al glande. Era la tercera vez que estaba arrodillada ante un hombre.

    – «Me encanta, ah

    Le echo más de cinco

    Y me aguanta

    Ella es mi planta, ah» –

    Era enorme, mi lengua tenía mucho por recorrer. Él llevó su mano a mi cabeza y me acariciaba suavemente mientras yo movía mi lengua por cada rincón de su verga

    -«Me pide leche

    Y en la boca se la doy

    Pero no te apeches

    Que tú no sabes quién yo soy»-

    Mantuve mis manitos en la base de su pene y concentré mis esfuerzos en pasar la lengua alrededor de su glande. Le dejé la cabeza bien limpia.

    – Hmm desde que te conocí sabía que acabaría así, rubia. – me dijo y me hizo excitar más. Le di un beso en el glande.

    – Así… llénalo de besos, agradécele la culeada que te va a dar.- me calentaba cada una de sus palabras, sabía que ese negro me cogería sí o sí esa noche.

    Le di más besos, imaginando como me haría estallar de placer más adelante. Mis labios se llenaban de preseminal y ese intenso sabor.

    Con mis manos lo masturbe de manera suave, mientras abrí mi boca para meter ese enorme glande dentro de mí.

    – «Me encanta, ah

    Le echo más de cinco

    Y me aguanta

    Ella es mi planta, ah»

    La canción me animaba y seguía su ritmo para succionar ese glande tan gordo. Podía ver la expresión de placer del negro. Lo pajeaba mientras se la chupaba.

    La saqué un rato, con la lengua afuera comencé a azotarla yo misma contra mi rostro. Me daba golpecitos en la lengua. Él moría de placer.

    – Estas enamorada de la verga, rubia. Te estás ganando una buena metida más rato. – él estaba encantado por la excelente atención que le proporcionaba a su pene.

    Con su mano jaló de mi cabello y me alejó de su pene.

    – Anda rubia, has estado muy calladita. Dime lo que quieres.- me dijo riendo, yo estaba aún con la lengua afuera. La metí para hablar.

    – Quiero tu pene, es muy grande… me gusta mucho. – confesé tartamudeando, con el rostro muy rojo por la vergüenza que me provocaba decir esas palabras.

    Se comenzó a reír y soltó mi cabello. Pude volver a acercar mi rostro a su verga para chuparle la cabezota.

    Me costaba meterla, era muy grande. Mis labios se ajustaban al tronco de su pene, nunca creí que existieran miembros así fuera del mundo del porno.

    – Así rubia, se nota que tienes experiencia chupando vergas. – decía encantado. La realidad es que yo sabía los puntos débiles de un pene porque en el pasado tuve uno.

    Deje de masturbarlo para llevar mis manos a sus grandes, colgantes y peludos huevos. Se los comencé a acariciar mientras seguía succionando su miembro.

    Estaba dando todo de mi, por alguna razón deseaba satisfacer a ese hombre. Él me miraba encantado, me acariciaba la cabeza, como cuando recompensas a una mascota por hacer bien su trabajo.

    – Hmm rubia mamona, me quieres sacar toda la leche de los huevos.- me decía mientras yo continuaba mi faena.

    La lamía, besaba, chupaba. Usaba todo mi repertorio en contra de esa poderosa verga. Pero me faltaba usar mi arma más poderosa.

    Agarré mis pechos y comprimí su pene con ellos. Me sorprendió ver que su pene se asomaba de igual forma. No desaparecía como con Julián y Ernesto.

    – Hmm que rico hot dog estás haciendo. – dijo riendo, viendo su pene asomado entre mis tetas.

    Comencé a mover las tetas rítmicamente de arriba a abajo. Ya no me concentraba en la letra de las canciones, sólo en el ritmo para continuar satisfaciendo a mi negro.

    Tenía una resistencia increíble, me quedé moviendo las tetas de arriba a abajo durante 10 minutos y él no aparentaba signos de tener su orgasmo. Me agarro de la cabeza y acerco mi boca a su miembro. Entonces le lamia el glande mientras le hacía la turca.

    – Así rubia, sí lo haces así te daré la leche. – me dijo riendo, yo abrí mi boca y comencé a chuparla cada vez que se asomaba.

    Moví mis pechos con rapidez, luego de minutos la sentí palpitar.

    Me detuvo tirándome del pelo, lo quedé mirando con sumisión.

    – ¡Abre grande! – no me dio tiempo a reaccionar. Empujo su verga contra mis labios y me metió casi la mitad. Su pene comenzó a disparar semen dentro de mi boca.

    La sentí salada y agria, me estaba bebiendo el semen de mi abusador vecino.

    – ¡Rubia traga leche! – dijo vaciando todo su fluido. Me la sacó y su semen quedó haciendo un hilo desde su verga a mi boca.

    – Golosita… mira como me tienes. – su pene seguía duro, como si no hubiese pasado nada.

    – Te lo voy a meter.- finalmente dijo esas palabras y mi mente se volvió un revoltijo de emociones. De puros nervios me tragué su espesa esperma.

    Sentía culpa y excitación, no sabía que sería de mi después de tener sexo con un hombre ¿y si me gustaba más que tener sexo con una mujer? ¿Me volveré gay?

    Esas dudas inundaban mis pensamientos, pero la calentura de mi vagina era superior, se fue imponiendo y el deseo gano terreno.

    – Debes usar condón… – susurré mientras le veía con mucha vergüenza. El asintió. Ya eliminando el riesgo de embarazo, no habría nada malo en tener sexo. O al menos me convencía a mi misma de eso.

    – Anda poniéndote en 4 mientras me arreglo la verga.- me ordenó mientras se alejaba para ir a escarbar en un cajón, en busca de preservativos.

    Me puse de pie y luego me acerqué a la cama. Me apoyé de rodillas y manos sobre ella. Nunca en mi vida sentí tantos nervios, me temblaba todo el cuerpo. Al estar empinada mi tanguita se me incrustada aún más entre las nalgas.

    Respiraba agitada, no podía creer lo que estaba haciendo. Estaba a 4 patas en el borde de la cama, esperando por mi negro y bruto vecino para que me hiciera suya.

    Escuche como abría el condón y se lo colocaba, por otra parte mi vagina ya ardía de tanto deseo.

    Escuche las pesadas pisadas del negro, caminaba hacia mí. Dentro de poco llegaría hasta mi, me haría suya. Me la iba a meter, me iba a poseer, me iba a volver su hembrita.

    Todas esas ideas pasaban por mi mente en cada paso que daba en mi dirección. No pude evitar voltear la cabeza y mirar sobre mi hombro.

    Ahí venía mi vecino, sus músculos brillaban y su pene lucía más imponente que nunca. Venia toda gorda, con una leve curvatura hacia arriba. Ya con condón puesto, Jean estaba preparado para ensartar me en su verga.

    Instintivamente agache mi cabeza y la pegue a la cama, arqueando mi espalda, pegando mis codos al colchón y levantando aún más el culo.

    Jean al fin llegó. Pude sentir como con sus manos me agarro de las caderas y su cálido y duro pene se depositó sobre mis nalgas.

    – Putita blanca, estás nalgas son tal como me gustan.- dijo llevando sus manos a ellas, me las acariciaba enteras. Yo suspiraba de excitación, con el rostro bien pegado al viejo colchón.

    Con sus dedos me agarro la tanguita y la hizo a un lado. Acomodó su verga y comenzó a pasar su cabezón por sobre mi mojada y caliente vagina.

    Ahí estaba yo, toda entregada a 4 patas para ese tipo tan violento que me arruinó muchas jornadas de estudio con su estruendosa música y que cuando le intentaba pedir amablemente que bajara el volumen, amenazaba con golpearme.

    No podía creer que me estuviese sometiendo a esa bestia. Estaba dejándole restregar su verga contra mi vagina y muy pronto me la iba a meter.

    – ¡Aquí te voy, rubia! – soltó mis nalgas y me agarró de mi cinturita.

    – ¡Prepárate, te la voy a meter toda de un sólo vergazo!- empezó a mover sus caderas hacia atrás.

    El momento ya había llegado, me la iba a meter. Cerré mis ojos con excitación y humillación. Sentí como mi masculinidad se me escapaba por los poros.

    ¡Plaf!

    Fue el poderoso ruido que se generó cuando su pelvis chocó contra mis nalgas, a continuación siguió mi chillido de placer y dolor.

    – ¡Aah! – me la había metido todo de golpe, sentí como mi vagina se abrió para darle pasó a su enorme pene.

    No me dio tiempo a pensar. Volvió a echar hacia atrás sus caderas, sacando su pene de mi interior.

    ¡Plaf!

    Me la volvió a meter toda, mi vagina palpitaba, moría de vergüenza.

    – ¡Aah, dios mío! – gemí sufriendo un precoz orgasmo, no podía ser cierto.

    – Jajaja, te gusta mi verga negra. Rubia golosa. A gozar.- muy excitado comenzó a mover sus caderas repetidamente de atrás hacia adelante.

    Yo estaba perdida en el placer, aún estaba teniendo mi orgasmo mientras el negro me embestía con una fuerza feroz.

    – ¡Aah! ¡aah! ¡yaaa! – gemía llena de placer, mis nalgas aplaudían fuerte por cada una de sus metidas. Me moría de placer.

    Era una sensación única, como hombre nunca sentí tal placer. El sexo como mujer era de ensueño, jamás pensé que se podría sentir tanto placer.

    – Hmm tan rica y apretadita.- decía gruñendo de placer.

    – ¡Que rico!- decía extasiada, la cama rechinaba y el respaldo de la misma chocaba fuerte contra la pared.

    – Eres mía ahora, menos mal me llegó una vecina rica para coger a diario. Las otras viejas están bien feas. – me decía convencido de que yo me dejaría follar más veces.

    No le respondí, seguí disfrutando de la deliciosa sensación de su cabezota al entrar bien profundo dentro de mi vagina.

    Ya no pensaba en mi pasado como hombre, la vergüenza ya no existía. Ahora era una hembra siendo embestida por un poderoso macho negro.

    – ¡Sí! ¡Sí! ¡Así por favor! – ahora exclamaba de placer, ya no ocultaba lo mucho que me gustaba ser penetrada por él.

    – Hmm ¡sabía que te encanta la verga! ¡Toma esto! – llevo sus manos a mi cabello y comenzó a jalar de él como si fuesen riendas de un caballo.

    Me la metía cada vez más rápido, tuve un nuevo orgasmo. No entendía si era normal tener un orgasmo tan seguido del otro.

    – ¡Sí! ¡Delicia, tu verga es una delicia! – le decía ya vuelta loca de tanto placer.

    Él me tiraba más fuerte el cabello, mi pecho se despegó del colchón y mis tetas comenzaron a bailar al ritmo de sus embestidas.

    Jean gruñía con orgullo, mi sumisión lo alimentaba y se volvía cada vez más dominante.

    Comencé a mover mis caderas hacia atrás como cuando estábamos bailando, éramos demasiado compatibles en la cama. Nuestro ritmo era perfecto, el negro gruñía encantado.

    – ¡Sigue Jean, no pares!- nuestros cuerpos ya dudaban, mis tetas no paraban de bailar.

    – ¡Eres mucho más puta de lo que pensé! – gemía feliz, dejó de jalar mi cabello para agarrarse de mis pechos.

    Seguimos así unos minutos, mi cuerpo respondía a todos sus estímulos. Finalmente sacó su pene de mi interior y se sacó el condón para llenarme la espalda y nalga con su denso y tibio esperma.

    – ¡UF! ¡Aquí tienes la leche! – exclamo el negro tirándome su semen.

    Caí rendida sobre la cama, toda roja y sudada. Pensaba que todo había acabado.

    – No te relajes blanquita, aún tengo más verga para ti. – me quedé sorprendida al voltear la cabeza y ver su pene igual de duro que al comienzo.

    Me despojó de mi tanga y me hizo abrir de piernas, luego de ponerse un nuevo condón se abalanzó sobre mi. Con todo su poderoso cuerpo comenzó a montarme. Aplastaba mis tetas con su pecho.

    – ¡Dios Jean! ¡Delicia!- con mis piernas bien abiertas y levantadas en el aire comencé a gemir. Puse mis manos en su espalda y lo acaricie mientras me follaba. Aún llevaba mis hermosos tacones puestos.

    Ese era un verdadero toro, como hombre nunca fui igual de intenso en la cama.

    Volvió a intentar acercar su rostro al mío y besarme. Al principio no quise, pero luego me dejé llevar por el placer. Abrí mi boca y le deje pegar sus labios a los míos. Sentí su lengua ingresando a mi boca y envolviéndose con la mía.

    Mis pies se mecían al ritmo de la cogida, ese beso fue demasiado intenso, nunca me excite tanto dando uno. Hasta la lengua la tenía grande.

    Jean me sacó un nuevo orgasmo, era mi macho, mi dios. Yo no era una mujer, era una hembra hambrienta de sexo.

    Puso sus manos en mi culo, me levanto desde ahí. Me colgué de su cuello y en una gran demostración de poder me comenzó a follar en el aire.

    Me levantaba desde las nalgas y me hacía caer directamente en su verga. Mi culo rebosaba una y otra vez, apoyé mi mentón en su hombro derecho.

    Ya no hablábamos, sólo gemíamos mientras nos apareábamos como animales.

    Me mantuve aferrada a él, que me mantenía sujeta con sus poderosas manos. Era una cosa bestial, no mostraba ningún signo de cansancio. Eso sí sudaba mucho, mis pechos aplastados contra él podían sentir aquella humedad.

    No me soltó en ningún momento, continuó follándome sin descanso, hasta que estalle en un nuevo orgasmo.

    – Hmm putita, la vamos a pasar muy bien juntos. – me volvió a robar un beso luego de eso, me tenía bien atendida así que no proteste nada.

    Se sentó encima de la cama, luego echó su espalda hacia atrás hasta quedar acostado.

    Pude entender que era mi turno de satisfacer a mi macho. Apoyé mis manos en su poderoso pecho y mis rodillas sobre el colchón de la cama, entonces comencé a rebotar de arriba a abajo, ensartándome en su enorme verga.

    – ¡UF! ¡Monta mi verga! – llevó sus grandes y poderosas manos a mis tetas. Solté mis manos de su pecho y comencé a acariciar sus brazos mientras me movía sobre su pene.

    Mi pelo me molestaba así que llevé mis manos a mi cabeza y lo eché hacia atrás.

    Con las manos en la frente seguí moviéndome con pasión, su verga era la motivación suficiente para rebotar sin parar. Soltó mis tetas y las puso en mi cinturita.

    Me mantenía sentada y movía mis caderas de atrás hacia adelante, se sentía exquisito.

    Llevé mis manos hacia atrás, apoyándolas en sus cuádriceps. Me seguí moviendo de arriba a abajo, atrás adelante. Mis tetas eran un festival de rebotes.

    Él movía sus caderas, acompañando y potenciando los míos. Estábamos en el borde del clímax.

    – ¡Ya! ¡Exprímeme la leche! – gritó el negro y continué mi trabajo. Mi orgasmo igual estaba cerca.

    Saltaba más fuerte, su pene era por escándalo lo mejor que había probado en toda mi vida

    – ¡Que rico! – dije sin dejar de saltar, pronto sentí mi orgasmo otra vez. Al mismo tiempo pude sentir su verga palpitar, estaba eyaculando en el condón.

    Tiré mi cuerpo hacia adelante, aplaste mis tetas contra él y nos quedamos besando. Disfrutábamos nuestros orgasmos mientras jugábamos enrollando nuestras lenguas.

    Nuestros sudados cuerpos respiraban con agitación, me levanté de su pene y él se sacó el condón. Le hizo un nudo y lo tiró lejos.

    Con fuerza me tomó de las caderas y me hizo acostar a su lado. Quedé con mi cabeza en su pecho, mientras el acariciaba mis nalgas, yo con mis finas manos hacía lo propio con su poderoso pecho. Estuvimos teniendo sexo por una hora, yo estaba cansada, me terminé durmiendo sobre él.

    Desperté a las 4 a.m. sentía un fuerte olor y mi cabeza acostada sobre algo cálido. Casi me da un infarto al ver que estaba durmiendo con Jean. No había sido un sueño, todo fue real. Me había entregado a mi violento vecino negro.

    Casi grito de la impresión, pero aguante para escapar de ahí. Aún me tenía bien sujeta del culo.

    Con extremo cuidado me saque su mano de encima y me levanté. Pude notar que aún tenía mis tacones puestos, me puse mi bata y encontré mi tanguita tirada en el piso. De esa manera me fui, haciendo el menor ruido posible. Finalmente llegué a mi casa y me fui a la ducha.

    Sentía ganas de llorar, tuve sexo con un hombre. Encima con uno que me trató muy mal el pasado.

    Limpié todo mi cuerpo, quería eliminar todo rastro del encuentro con Jean, pero ese recuerdo me acompañaría por el resto de mi vida.

    Me sentía tan culpable, no pude volver a dormir. Lo peor de todo es que había disfrutado que mi vecino me cogiera.

    Ya era suficiente, debía volver a la normalidad cuanto antes o terminaría convirtiéndome en una adicta al sexo.

    Al menos aún me atraían las mujeres, eso me daba cierto grado de tranquilidad.

    Busqué nuevamente en internet, vi sobre algunas médiums y cosas así. Antes había descartado eso, no creía en esas cosas. Pero ahora que me había transformado en mujer todo era posible.

    Registré uno de los números y lo guarde para llamar más tarde, debido a que eran las 5 de la mañana. Me recosté sobre la cama para descansar

    Luego de 3 horas me levanté. Puse a lavar mi ropa y la dejé colgando. Me vestí con una blusa blanca y pantalones negros. Tuve que usar mi traje de baño como ropa interior. Sin duda necesitaría más prendas íntimas.

    De esa manera ya quede lista para ir al trabajo, lo que más quería era trabajar para despejar mi mente de lo que había pasado la noche anterior en el departamento de mi vecino.

    Sé que es un capítulo corto pero estoy muy ocupado y no quería dejar tanto tiempo sin publicar. Sin embargo el próximo capítulo estoy seguro que tardará más de dos semanas en salir, espero su comprensión.

  • Cogí a mi suegra mientras mi esposa se bañaba

    Cogí a mi suegra mientras mi esposa se bañaba

    Tras cogerla por primera vez una noche, mientras mi esposa e hija dormían, mi relación con mi suegra se transformó en una locura sexual de adolescentes. Aprovechábamos cada momento para tocarnos y excitarnos mutuamente. Mi esposa, concentrada en mi hija recién nacida, no tenía mente para nada más que no fuera ella, no tenía idea de las locuras de su madre y de su esposo a pocos pasos.

    Estuvimos así unos tres días, de caricias furtivas y agarradas muy sexuales. La mañana del sábado, que yo no trabajaba, sabía que mi esposa se daría un baño muy largo mientras mi hija durmiera. Sabía también que aprovecharía ese momento para coger con mi suegra. No lo habíamos hablado con ella, pero en mi ser, en mi libido, lo sabía.

    Como a las 10 de esa mañana, tras amamantar y poner a dormir a mi hija, mi esposa se alistó para bañarse. Me pidió que esté atento al sueño de la bebe, se lo pidió a su mamá también y se fue al baño, que quedaba justo frente a la sala, a unos pasos de nuestra habitación.

    Ni bien entró y sentí que cerró con picaporte, fui al cuarto que mi suegra ocupaba, pero ella, mujer muy hábil, con un murmullo me dijo vamos a la sala. Me cogió de la mano y la seguí. Prendió la tv a un bajo volumen y sin más preparativos sacó mi verga ya tiesa. Por la hora, seguía en pijama, así que no le fue difícil sacarla y, mirando ambos hacia la puerta del baño, en perpendicular a la misma, comenzó a mamarla.

    No hay forma de negar que a la vieja le encantaba la verga. La mamaba como sólo alguna puta muy íntima lo hizo antes y como nadie ha hecho después. Se concentraba en darme placer y era obvio que su placer era dar placer con sus labios. Aunque nunca lo hablamos, estoy seguro que ella sentía un morbo infinito mamando y cogiendo con el esposo de su hija.

    No me pude contener y llegué dentro de su boca, ella aplicada a su trabajo, se tomó todo mi semen. Dejando mi verga limpia con su lengua, lo que la volvió a poner muy dura casi instantáneamente. La cogí de la cintura y la llevé hacia el mueble de la sala que nos daba la mejor vista de la puerta del baño.

    Ambos oíamos, a pesar de la tv prendida, el correr del agua en la ducha. Sentir como el agua discurría nos daba la seguridad necesaria para disfrutar el momento. Yo sabía, ella sabía, que mi esposa podía tomarse 40 o más minutos en una ducha. Bien por ella su disfrute, bien por nosotros el tiempo que nos daba.

    Le baje el pantalón de pijama, bajo el cual tenía sólo unos de sus acostumbrados micro hilos. No le saqué el hilo, negro ese día, lo recuerdo como si fuera ayer. La puse en 4 patas sobre el sillón y me arrodillé detrás de ella. Escuchando el agua discurrir sobre el cuerpo de mi esposa y sabiendo que mi suegra estaba mirando la puerta del baño, le di una lamida de concha y culo que la puso lista para ser cogida. Sentí como sus fluidos caían entre mi lengua, rumbo a mis labios. La señora era mucho más caliente que mi esposa y sus fluidos se activaban muy rápidamente, aunque supongo (hasta ahora lo creo), que la excitación de esos momentos prohibidos eran un factor muy favorecedor para la catarata de sus flujos vaginales.

    Me levanté y me puse, más por costumbre que porque sea necesario, algo de saliva en mi verga y entré en su húmeda vagina. Ella en perrito sobre el sofá, yo de pie tras ella. Yo la empujaba y ella tenía un movimiento rítmico, de sus nalgas y su concha, quizás circular, quizás bailando sin un compás definido, pero maravilloso de sentirlo. La forma en la que contraía su vagina y la acomodaba para que la penetre en diferentes ángulos sin moverme yo, era profesional. Trajo a mi mente a las putas más expertas que había probado, que lo usaban cuando querían que el cliente ya se venga y pasar al siguiente. Pero esta vez, ella se vino, se vino con un ahogado gemido y un torrente de fluidos vaginales que me apresuré en lamer y tomar, para evitar lleguen al sofá.

    Yo seguía con la verga dura, ella lo sabía. Pasé mi lengua por su ano y lo encontré dispuesto y muy dilatado, era muy obvio que la señora abría con infinita facilidad su culo. Entré en su culo con la suavidad con la que solía entrar en la concha de mi esposa. En menos de 2 minutos ella volvió a llegar, como le encantaba entregar su culo en 4 patas.

    Quise cambiar un poco. La cogí de la cintura y al oído le dije párese señora. Me obedeció, la llevé junto a la puerta del baño y la pegué a la pared, con su mejilla rozándola. Me acomodé detrás de ella y comencé a poseerla por el culo quizás a un par de metros de donde mi esposa se duchaba. Ella volvió a llegar en muy pocos minutos.

    Yo sentía mi verga reventar y seguí disfrutándola, hasta que finalmente, en una nueva serie de contracciones para un nuevo orgasmo, ella volvió a llegar y yo con ella. Deje un instante mi verga dentro, hasta que poco a poco la erección fue bajando.

    La voltee y sin que ella proteste la besé intensamente. Ella me respondió con avidez. Seguimos así un rato más, hasta que sentimos que la ducha se cerró y supimos que nuestro tiempo había acabado.

  • Me dan un arrimón en el metro y terminé entregando el culo 2

    Me dan un arrimón en el metro y terminé entregando el culo 2

    Como les comenté en el relato anterior, me encontraba en una situación embarazosa, tenía mi short y bóxer húmedos, llenos de leche, podía disimular con mi playera deportiva que llevaba por fuera, un poco, pero sentía mis nalgas muy pegajosas y mucha humedad en la rajita entre ellas, llenas de leche y caminaba con las nalgas apretadas, pensaba que si las relajaba tal vez podría escurrir alguna gota de leche y resbalar por mi pierna delatándome. Me urgía encontrar algún lugar donde pudiera cambiarme, en la estación que me bajé, había como de costumbre muchos puestos de comida y ventas varias, pero no alcanzaba a divisar algún centro comercial, supermercado o donde cambiarme.

    Entonces escuché una voz detrás de mí:

    – Espera amigo,

    Giré mi cabeza para ver, y si, era mi apoyador, el culpable de mi vergonzosa situación, el cual se bajó en la misma estación y me había seguido, y esbozando una sonrisa algo burlona, posiblemente conteniendo la risa dice:

    – Tal vez yo pueda ayudarte.

    – Necesito encontrar algún baño, donde cambiarme- dije avergonzado, sentía mi cara sonrojada.

    – Lo sé, eso pensé que buscabas, perdóname por no poder contenerme pero tienes unas nalgas muy suaves, ardientes y ricas y apretabas muy rico mi verga, nunca me había pasado algo similar, el mejor culo que haya tocado sin duda.

    El comentario me hizo sentir orgulloso, se disculpaba y tal vez era cierto, yo había tenido algo de culpa, pero de todas formas le reclamé.

    – Si, no debiste hacerlo, la verdad me gustó mucho como me apoyabas en el metro, pero creo que fuiste demasiado lejos, sólo era un juego, pudieron descubrirnos y tal vez hasta detenernos y mandarnos a la cárcel por faltas a la moral.

    – Perdóname, te lo repito, tampoco había llegado tan lejos, pero tu culo es espectacular, desde que te vi me encantó. Mi nombre es Mariano, -Dijo, acercándome la mano, la misma que ya había explorado mi colita.

    – Mi nombre es Ariel – contesté y estreché su mano, la cual sentí me apretó con firmeza.

    – Dime, donde podría encontrar, donde cambiarme, me urge.

    – Cierto, perdón, ven, sígueme, a una cuadra hay unos baños públicos que conozco, te puedes duchar y cambiar.

    – Gracias, si necesito un baño completo – le contesté,

    – Ja ja, lo sé, yo también lo necesito- replicó.

    Su situación creo que no tenía comparación a la mía, pero tampoco me extrañó, tal vez había transpirado o no sé, tal vez era algo similar a mí y tenía la verga pegajosa y quería asearse, así que no me extrañó que me acompañara.

    – Y dime, acostumbras a apoyar a la gente en el metro-

    – La verdad sí, no te voy a mentir, cuando veo una colita hermosa como la tuya no puedo resistir rozarme, en forma «accidental», hombre o mujer, como hay vagones exclusivos para mujeres, es más frecuente que roce una colita de hombre, ja, ja, pero no importa, un culo es un culo y me excita mucho.

    – Y no has tenido problemas con las autoridades, eso que haces es acoso y es un delito- le dije

    – La verdad no, por eso prefiero apoyarme en hombres, ningún hombre va a presentar ante las autoridades una queja de un arrimón de verga, ja, ja, he tenido algunos empujones, miradas de enojo, otros simplemente fingen no darse cuenta y otros como tú colaboran y al final me los llevo algún hotel y me los cojo, pero tú nunca aceptaste bajar conmigo, se puede saber el motivo?

    – Estás loco, yo no hago esas cosas, perdóname si pensaste que era un puto, sólo me gustaron los roces, pero no pensé nunca en darte la cola – contesté, lo cual realmente era cierto, y aunque me gustaban sus apoyadas, era un desconocido y no sabía nada de él, y tenía miedo a contraer alguna enfermedad, pero por mi respuesta, creo que pensó que era virgen.

    Llegamos a los baños, unos muy grandes con un letrero de sauna y vapor, y Mariano me dijo, espera, yo pago, es lo menos que puedo hacer, soy culpable, ja ja.

    Se dirigió con la dependienta y pagó, compro un par de jabones pequeños y vi que también compró una crema, la cual reconocí ya que mi mamá también la usaba, de nombre Nivea, lo cual me extrañó un poco, pero pensé que tal vez le gustaba cuidarse mucho la piel.

    Entramos y saludó con familiaridad al encargado entregando los tickets, quien lo reconoció y respondió el saludo, vi que me daba una mirada extraña, algo burlona, nunca había estado en unos baños así, pensaba que serían como en los gimnasios o vestidores de la escuela, una serie de regaderas con puertas y bancas para cambiarte, pero eran pequeños cuartos, nos acompañó el encargado a uno de esos cuartos con un par de toallas y unas sábanas que entregó a Mariano, yo me quedé parado, pensé que tal vez era el baño de Mariano y debía esperar el mío, pero Mariano exclamó -Pasa anda, este es el baño,- así que entré, pero para mi sorpresa Mariano entró conmigo y cerró la puerta despidiéndose del encargado.

    Eché una rápida vista y se veía muy limpio, realmente eran dos cuartos pequeños, en el primero había un camastro, una silla, un espejo mediano, una vieja tele y una pequeña repisa, el segundo tenía la regadera y creo que también podía ser vapor o sauna, una banca de piedra para sentarse y una mesa también de piedra, seguramente para masajes, así como un pequeño cuartito diminuto con una taza de baño.

    – Disculpa, pensé que los baños eran individuales.

    – Pensé que estarías más a gusto así, más privado para que te puedas asear bien.- respondió sonriendo

    – Y porque no pediste tú otro baño? – pregunté.

    – Ja ja, para ahorrar, no tengas desconfianza, cuesta lo mismo uno o dos, y no pensé que serías tan penoso- Vamos no tengas miedo, no te voy a violar, ja ja.

    – Rápidamente se desnudó y al ver que se desnudaba lo imité, me quité la playera, calcetas y short, quedando en boxers, me daba un poco de pena mirarlo de frente y me puse de espaldas.

    – Ufff, que impresionante es tu colita, de sólo verla ya se me volvió a parar la verga, no te molestaría si me repego un poco como en el metro- Dijo.

    – Está bien, pero solo roce, no me vayas a coger – le contesté

    Me llevó a la mesa de masaje y me hizo inclinar la espalda, apoyé mis manos en la dura y fría superficie, abrí mis piernas y sentí su cuerpo atrás del mío, el roce de sus vellos contra mi piel, al no tener gente alrededor, no se contuvo y apoyó todo su cuerpo contra el mío, su mejilla al lado de la mía con su bigote, haciéndome un poco de cosquillas, sentía su respiración en mi oído y me excitaba mucho, buscó poner sus piernas entre las mías y tuve que abrirlas más para darle espacio, apoyó su dura y gruesa verga entre mis piernas con el bóxer todavía puesto y empezó a embestir entre mis nalgas, el tener todo su cuerpo sobre el mío era una sensación increíble, y más cuando sus manos fueron directo a mis tetillas, apretando ligeramente mis pezones, pellizcándolos, me sentía en el cielo, mis ojos veían estrellas, empezó a embestir suavemente, mientras mordisqueaba el lóbulo de mi oreja y lo succionaba, sentí que introducía su lengua por mi oreja y sentí derretirme, emitiendo un ligero gemido, al escucharlo susurró a mi oído:

    – Mmmm, nene, que rico estás, me encanta tu piel, tan suave, y delicada y tu fresco aroma, no sabes cómo me tienes, ufffff, siente como tengo dura la verga, siento que me explota.

    Sus palabras me excitaron más, y continuó su ataque, mientras embestía besaba mi cuello, mi espalda y mordisqueaba el lóbulo de mi oreja, seguía dando ligeros gemidos:

    – Aghhh, mmmm

    – Lo sé nene, te está gustando, anda disfruta, la naturaleza te dio este cuerpo tan lindo para que lo goces y hagas gozar a muchos hombres, no te reprimas.

    Una de sus manos, me tomó del vientre, y sentí que con la otra bajaba mi bóxer húmedo, lleno de leche, pensé que me quería penetrar y apreté las nalgas, pero me tranquilizó:

    – Tranquilo nene, no te voy a follar, solo quiero repetir lo del metro, sentir mi verga entre tus nalgas. Ya sé que eres virgen, pero podrías dejar de serlo, si quieres, pero sólo si me lo pides, al tiempo que sentí el canto de su mano introducirse entre mis nalgas y recorrer toda mi rajita, desde el nacimiento de mis nalgas hasta mis huevos, frotando mi hoyito en el movimiento, di un ligero gemido, esa caricia me puso sumamente cachondo, fue muy excitante.

    Como todos los que han leído mis relatos sabrán, no era virgen, al contrario, mi colita estaba muy usadita, pero el motivo por el cual me resistía era el miedo enorme a contraer alguna enfermedad venérea y estaba seguro que Mariano era muy promiscuo, pero me halagó el comentario, afortunadamente la naturaleza me había dotado de un culito muy estrecho y elástico, y vino a mi mente, que tal vez podría aparentar ser virgen, en caso de que decidiera entregarle el culo a Mariano, estoy seguro que a cualquier macho la sólo idea de desvirgar un culito virgen lo vuelve loco y Mariano no sería la excepción, tal vez es algo machista, pero sabía que es algo que les eleva el ego y orgullo al tiempo que siempre es especial a quien le rompen el culo por primera vez, aunque no sería mi caso.

    Sentí su verga entre mis nalgas, en una embestida transversal, efectivamente la punta de su verga no apuntaba a mi hoyito sino a mis huevos y me relajé, se sentía riquísimo, la rajita entre mis nalgas todavía estaba muy húmeda y lubricada de leche y facilitaba el roce, su verga iba y venía rebotando la cabeza de la verga en mis huevos, y el tronco rozando mi hoyito y el perineo, al tiempo que regresó a mordisquear y succionar el lóbulo de mi oreja, besaba mi espalda y pellizcaba mis pezones, sentí que perdía la razón, cerré los ojos y mi cuerpo se retorcía en respuesta a sus caricias,

    – Mmm, que rico se siente, te gusta?, tienes muy lubricadita la colita, me encanta como resbala mi verga entre tus nalgas y la envuelves entre ellas.

    Mi respuesta solo fueron leves gemidos, pero creo que era la mejor respuesta, señal inequívoca de que me estaba encantando.

    Después de un largo rato así, sentí que se enderezó y empujó mi espalda más hacia abajo, pensé nuevamente que me iba a penetrar y nuevamente apreté la colita.

    – Tranquilo nene, ya te dije que no te voy a follar, relájate y disfruta.

    Entonces sentí algo húmedo y ardiente entre mis nalgas, riquísimo, se había agachado y su lengua recorría el surco entre mis nalgas, una sensación deliciosa, así que me relajé y dejé de apretar las nalgas, sus manos acariciaban la parte interna de mi entrepierna hasta el nacimiento de mis nalgas y sin pensarlo, abrí más las piernas y empiné el culo, abandonándome, quería que su lengua explorara toda mi colita, sin duda era un experto en estas lides y me estaba llevando al éxtasis, con las piernas muy abiertas abre mis nalgas y se queda contemplando mi hoyito.

    – Mmmm, nene, que rico hoyito tienes, no tienes idea de lo que estoy viendo, es perfecto, tan cerradito, rosadito y arrugadito, este hoyito se ve ansioso, pide a gritos que lo abran.

    Nuevamente sentí el canto de su mano rozando la parte interna de mi rajita y me estremecí, di un respingo y lancé un nuevo gemido, empinando más la cola.

    – Mmmm, te gusta nene, tienes la rajita muy sensible, que suave y tersa, se me antoja darle un besito a tu hoyito, puedo?

    No di respuesta, solamente empiné la colita un poco más en señal de aprobación, abrió mas mis nalgas, sentí el roce de su lengua ardiente y rugosa directamente en mi hoyito. Otro respingo, mis piernas tiemblan.

    – Mmmm, que rico hoyito, me encanta, sabe a lechita, Por qué será?

    El jocoso comentario me causó gracia y no pude evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro, que desfachatez del tipo. Mordí mis labios para no escapara mi risa.

    Volvió abrir más mis nalgas y hundió su cara en mi rajita, empezó a succionar mi hoyito y casi me desmayo de placer, siento que lo aspira y después el aire tibio que salía de su nariz acariciando mi hoyito y estiraba los pliegues de mi hoyito como si quisiera borrar las arrugas y dejarlo lisito, su bigote entre mis nalgas me causa un poco de cosquillas, pero me excita mucho, a la vez que empieza a puntear con su lengua justo en mi orificio, ufff, me encantó la sensación, sentí el rico cosquilleo de su lengua ardiente empujando, intentando abrirse paso dentro de mi colita, mientras aprieta más mis nalgas, me sentía en el cielo, no pudo evitar apretar la colita, aunque era riquísimo, sentía corrientes eléctricas recorrer mi cuerpo, un estremecimiento involuntario.

    – Relájate, anda, disfruta, no te cierres- dijo al tiempo que seguía acariciando mi rajita y su dedo pulgar no dejaba de frotar mi hoyito, así como los pliegues alrededor.

    Intenté nuevamente relajarme y aflojé la colita y sentí que poco a poco entra su lengua, vi las estrellas, me dejé abandonar a sus caricias, aprovechó para abrir mis nalgas y la punta de su lengua entró en mí cuerpo, ardiente, exploró mi interior algunos segundos y siguió humedeciendo los pliegues alrededor de mi esfínter, dejándolo llenos de saliva, y a continuación uno de sus dedos frotó la humedad en mi entrada con suavidad, empujó suave la punta del dedo y sentí que mi esfínter se abría y se deslizaba la punta de su dedo a mi interior, muy suave, pero recordando mi desvirgue, fingí sentir ardor y me quejé apretando la colita.

    – Así, aguanta, arde un poquito, pero siente como se va abriendo tu colita, se está abriendo muy bien, sientes la punta de mi dedo?, ya está dentro de ti, afloja, no aprietes y vas a sentir mucho placer.

    Aflojé nuevamente la colita y sentí su dedo avanzar muy lento, cada vez más profundo.

    – Así nene, no hagas fuerza, tu colita se va abriendo sola, sientes?, ya entró la mitad de mi dedo, mmmm, que caliente y apretadito, que suave se siente por dentro.

    Lo movía despacio, en forma circular, y después empezó a sacarlo y meterlo un poco, avanzando cada vez un poco más, hasta que entró completo dentro de mí y empezó a moverlo en forma circular rozando las paredes de mi culo.

    -Ufff, ya entró todo, que glotón salió tu culito, lo sientes?, se comió todo mi dedo, hasta el fondo, pero siento que todavía tiene hambre, seguro quiere otro.

    Sacó su dedo y escupió en la entrada y ahora empujó con dos dedos- Dí un respingo y apreté nuevamente la cola, quejándome:

    – Ayyy, me duele, sácalooos, me lastimas – nuevamente mintiendo, sabía que no los iba a sacar y a mi colita ya no le costaba abrirse, pero no quería que descubriera que ya había sido abierta antes.

    – Mmmm, que rico se siente, aprieta mis dedos divino, se siente tan suave y caliente tu interior, no aprietes, sigue flojito anda, ya vas a empezar a sentir rico, al tiempo que empezaba a revolotear sus dedos en mi interior, en un movimiento lento de mete y saca, así como de abrir y cerrar sus dedos en tijerita, dilatando mi colita.

    – Tu colita dilata muy bien, siento como poco a poco se va expandiendo, se siente rico, No?, te gusta? estoy seguro que le cabe más que un par de dedos, No quieres probar?

    Sentía riquísimo, había derrumbado mis defensas y ya estaba entregado, sentía la colita muy flojita, me la había abierto muy rico y efectivamente necesitaba algo más grueso que sus dedos, quería sentir su verga, pero no sería sin protección, así que pregunté:

    – Tienes condón?

    Los ojos le brillaron y exclamó, – espera, no te muevas- y así quedé empinado, con los codos apoyados sobre la mesa de piedra.

    Rápidamente buscó en su cartera un par de condones y tomó el bote de crema que había comprado, hasta entonces entendí el motivo de su compra.

    Al regresar, con su mano izquierda abrió mi nalga y sentí caer la fría crema en mi dilatado agujero, su dedo lleno de crema fácilmente se deslizó en mi interior y esparció la crema por dentro, siempre muy despacio, procurando lubricar todas mis paredes internas, pero sin forzar demasiado, y repitió la operación con dos dedos llenos de crema, sentía la colita caliente, muy dilatada y orgulloso exclamó.

    – Ya estás listo, tú colita ya está abiertita y lubricada, que bien dilatas, no fue muy complicado, mira cómo entran mis dedos, y estoy seguro que no te arde nada, ja ja.

    Entonces recordé que supuestamente era virgen, así que me puse a hacer un poco de teatro.

    – Quiero sentirte dentro, pero tengo un poco de miedo, se suave, no me lastimes, he escuchado que duele mucho – Exclamé, haciéndole notar que iba a entregar la cola, pero que no fuera brusco porque era virgen.

    – No te voy a mentir nene, te va a doler, pero tienes que aguantar, y después solo sentirás placer, aunque te duela, debes relajarte y no apretar, aunque no creo que te duela demasiado, tu colita dilata muy bien, es una ricura, está hecha para dar y recibir placer.

    – Lo voy a intentar, pero se suave por favor- respondí.

    A través del espejo vi como se ponía el condón y se llenaba de crema toda la longitud de su verga, especialmente la cabeza, la cual quedó toda blanca, llena de crema.

    Se acercó y me pidió subir mi rodilla izquierda en la mesa y empinar más la colita, de tal forma que mi colita quedaba más abierta y al mismo tiempo una posición que no permitiría que pudiera cerrar las piernas en caso de que me resistiera a la cogida, era un cabrón, me recordaba a Roberto y como me desvirgó y también sus mentiras, no va a doler, va a doler poquito, ja ja, pensé, como son los hombres de mentirosos a la hora de desvirgar un culito, en mi caso no tenía ninguna intención de resistirme, pero me dejé hacer, prepararme, tampoco le iba a decir que no era necesario, fingí no darme cuenta de cual era la intención de levantar la pierna aun cuando quedaba en una posición incómoda porque la mesa de piedra era más alta que una cama normal, y entendí el motivo de supuestamente desvirgarme en la mesa de piedra y no en el camastro, el cual seguramente sería más cómodos para ambos, en la mesa de piedra tendría más control y podría dominarme más fácil en caso de que me resistiera a la hora de la penetración, ya que no permitiría ningún movimiento hacia adelante en caso de querer zafarme, y su mano en mi espalda me iba a sujetar con fuerza, se notaba que tenía experiencia, fue empujando mi espalda hasta que tomé la posición que deseaba, tuve que apoyar mi brazo izquierdo en la mesa de piedra y sobre esta mi cabeza, empinando bien la colita,

    – Así nene, que obediente eres, aflójate y no aprietes, te voy a pasar la punta de mi verga por la rajita, sientes?, no aprietes, pon flojita la cola

    Su verga recorrió mi rajita desde mis huevos, pasando por mi perineo hasta el nacimiento de mis nalgas, repitió la operación un par de veces más, para relajarme, mientras seguía acariciando y apretando mi nalga con su mano izquierda y después apuntó a mi hoyito.

    – Muy bien nene, ahora voy a besar con la punta de mi verga tu hoyito, recuerda que no debes apretar, afloja la colita, va a ser muy suave,

    – Verdad que se siente rico?, así flojito, muy bien, que obediente nene, puja un poquito, te gusta?

    – Si, se siente muy rico, como si mi culo le diera un besito a tu verga- respondí

    – Así disfruta, relájate, puja un poquito, vas a ver que va a entrar solita, sin dolor.

    Una de sus manos me tomó de la pantorrilla izquierda, la cual estaba sobre la mesa y abrió mas mis piernas, sentí que mis nalgas se abrían, y mi ojete quedaba expuesto, su mano en mi espalda me sujetó firmemente y supe que el momento había llegado, apuntó con su verga la entrada y empezó a presionar más fuerte, incrementando poco a poco la presión, hasta que sentí como mis pliegues se iban abriendo, apreté un poco la colita, no se lo iba a poner tan fácil, y me quejé.

    – Ayyy, me arde mucho, es muy gruesa, no me va a caber, me lastimas -exclamé al tiempo que mi mano derecha empujaba su vientre, simulando querer escapar de su avance, pero me tomó del brazo y lo dobló detrás de mi espalda, al tiempo que me empujaba firme contra la mesa.

    – Quieto, aguanta, ya casi- exclamó.

    Empujó otro poco y sentí que entró la cabeza de su verga, mi esfínter se cerró sobre el tronco.

    – Ayyy, me duele, sácala, me estás rompiendo, me arde mucho- Grité y apreté la colita fingiendo mi desvirgue y al mismo tiempo excitarlo, no me importó que nos oyeran fuera del baño, aunque la verdad es que me la había metido muy suave, sin dolor alguno.

    – Ufff, aguanta, el dolor pasará, no te muevas, ni te resistas, no voy a sacar mi verga, mejor afloja la colita, si no te va a doler más, que rico es tu culito, nene, me encanta como aprieta mi verga, ay, que hoyito tan caliente y suave, me vas a sacar la leche rápido.

    – Afloja la colita, no voy a seguir empujando, voy a esperar que el ardor pase, ya verás que pasa rápido, nene- me dijo al tiempo que acariciaba mi espalda y recorría mis nalgas abriendo un poco mi nalga izquierda, viendo como había entrado su enorme tronco en mi culito, seguía con mi culo apretado, apretando fuerte la punta de su verga, haciendo un poco de teatro, poniendo mi otro brazo contra su cuerpo empujándolo un poco y simulando tratar de incorporarme, tomo mi otro brazo y ahora tenía ambos brazos en mi espalda y volvió a empujar mi espalda contra la mesa hasta que mi cara tocó la superficie de la mesa.

    Giré mi cabeza y vi nuestro reflejo en el espejo, se veía tan excitante, mi cuerpo desnudo sobre la mesa, unido a otro cuerpo por un grueso miembro que me perforaba, como una película porno, quería ver como me entraba su verga a través del espejo y le dije.

    – Ay, me arde todavía un poco, pero ya no tanto, al tiempo que dejaba de forcejear, por lo que soltó mis brazos, y volví a apoyar mis brazos en la mesa arqueando más la colita, en señal de rendición.

    – Así nene, ves que pasó el dolor, ahora solo sentirás placer.

    – Si, ya no duele tanto, me sigue doliendo pero tolerable, y se siente rico tener tu verga dentro.

    Empezó a presionar suavemente enterrándome poco a poco su verga, me quejaba un poco y apretaba un poco la colita en mi papel de virgen, pero que rico sentía, entrando suave, milímetro a milímetro, abriéndome como el día de mi desvirgue, poco a poco entró hasta un poco más de la mitad y mi mano libre buscó la parte de su verga que todavía estaba fuera de mi culo y exclamé, fingiendo inocencia:

    – Ay, espera, siento ganas de ir al baño, me sigue ardiendo un poco y me siento tan lleno, ya no cabe más de tu verga, ya no me metas más, no creo que me pueda entrar toda, es tan larga y gruesa, incluso no puedo creer que me haya entrado casi toda tu verga.

    – Aguanta nene, te aseguro que esa sensación no es por ir al baño, y aún si tuvieras ganas no podrías, ja ja,- rió orgulloso

    – Ya casi entra toda, tú puedes, se valiente, tu colita dilata muy bien, ya falta poquito, afloja la colita, y no aprietes.

    Empujó otro poco y sentí sus huevos rozar mis nalgas, di un pequeño respingo al tiempo que daba un fuerte gemido y un grito de placer y exclamé

    – Ay, siento que me traspasas, que me va a salir por el ombligo, me arde mucho,-, nuevamente en voz alta, casi gritando.

    – Calma nene, ya entró toda, eres muy valiente, no te muevas, pronto se va acostumbrar tu cuerpo al grosor de mi verga, viste que si podías?, te la has tragado completita, ya sólo sentirás placer, haz dejado de ser virgen y recordarás este momento toda tu vida.- dijo orgulloso.

    La imagen que me devolvía el espejo era tan excitante, veía mi cuerpo entregado, toda su verga había desaparecido dentro de mi culo y mis nalgas estaban apoyadas en la pelvis de Mariano, se recostó sobre mi cuerpo, buscando mi cuello, al tiempo que empezó a moverse poco a poco, muy suave, despacio, inició el vaivén, al tiempo que besaba mi cuello y mis orejas, a veces mordisqueaba el lóbulo de mi oreja estirándolo suavemente o lo succionaba, susurrándome al oído.

    – Ay, me encanta tu culo, se siente tan rico, es tan ardiente y apretado, creo que no voy a durar mucho, es por lejos el mejor culo de mi vida.

    Las embestidas fueron aumentando de intensidad, se hacían largas y profundas, en cada embestida daba un respingo y un grito de placer, quería que todos escucharan el placer que estaba teniendo. La imagen en el espejo era tan morbosa, veía como su pelvis rebotaba en mis nalgas y mi verga estaba por reventar con cada empalada, la cual se estrellaba directamente a mi próstata.

    Sin poderlo evitar, empecé a convulsionar, mi mente se puso en blanco, al tiempo que explotaba en una fuerte corrida que salió disparada sobre la mesa de piedra, muy abundante, fueron 4 o 5 chorros de leche espesa, me retorcía de placer, y más apretaba la colita. Mariano no se pudo controlar más y me dio una embestida muy profunda al tiempo que gritaba:

    – Ay me corroo, me corro. Me corro, ahhh

    Juro que sentí como se llenaba el depósito de leche que trae el condón dentro de mi cuerpo y se desplomó sobre mí, sudoroso.

    Escuchaba su respiración agitada, al tiempo que sentí que su verga perdía dureza, así que se incorporó y sacó su verga de mi cuerpo.

    – Observó mi culito abierto y exclamó.

    – Por Dios, que cogida, que rico se ve tu culo, está muy abierto, pero no se ve muy lastimado, será que pueda haber un segundo round?

    Al escucharlo, rápidamente me incorporé y me giré, a fin de evitar tentaciones y le dije, haciéndome el recién desvirgado.

    – No Mariano, me duele mucho, siento mucho escozor, me duelen mis piernas, ya no te aguantaría otra cogida, ten piedad.

    – Está bien, nene, comprendo, te voy a dejar descansar, no vi tu culo muy lastimado, dilata muy bien, en un par de días pasará el dolor.

    Se aproximó y buscó mis labios dándome un tierno beso que no rechacé, pero recordando el jocoso comentario que me hizo, exclamé:

    – Tu bigote huele a culo, Porque será?

    Su rostro dibujó una sonrisa en señal que le había gustado mi comentario, se quitó el condón y lo fue a tirar al excusado, regresó y me ayudó a incorporarme con delicadeza.

    – Ven, tenemos que quitarnos el olor a culo y leche, ja ja- llevándome a la regadera.

    Nos bañamos, él quiso enjabonar mi espalda y nalgas y quiso meterme un dedo en el culo, pero no me dejé, quejándome que me dolía mucho, me pidió que le lavara su verga, a lo cual no me rehusé y nos secamos y salimos, nos pusimos nuestra ropa en el camastro, una vez más me pidió si no quería otro round, como el decía, señalando el camastro, que iba a ser más cómodo ahí, y que iba a ser muy suave, que mi colita ya estaba abierta y no iba a ser difícil.

    Nuevamente me rehusé, no, me arde mucho, en serio- le respondí, en otra ocasión, además si es más cómodo en el camastro porque me llevaste a la mesa de piedra?- Me quejé, aunque sabía muy bien la respuesta.

    – Ja ja, créeme, para la primera vez fue mejor allá- respondió.

    Si claro pensé, mejor para ti, para poder dominar mejor a tus víctimas, cabrón, pero no expresé ningún comentario.

    Salimos del baño y vi que el encargado sonreía, seguramente escuchó todos mis gritos, Mariano le hizo una mueca orgulloso, y en el camino me dio su número de teléfono. Cabe señalar que nunca le llamé, y traté de levantarme mas temprano todavía para no encontrarme con él.

    En el transcurso de los días, no faltó el día que nos volvimos a topar y me preguntó porque no le había llamado, y sentía que lo estaba evitando, le expliqué que me había gustado mucho su cogida, pero estaba arrepentido y que no se iba a repetir otro encuentro. Aunque trató de convencerme fui firme y me negué rotundamente, lo entendió y nos despedimos cordialmente.

    Y aunque efectivamente me había cogido muy rico, la verdadera razón, es que en ese entonces era muy temeroso, sentí que había tenido un encuentro riesgoso, ya que estaba seguro que Mariano era una persona muy promiscua, el miedo, fundado o no, de contraer alguna enfermedad, me cuidaba mucho en lo que cabe.

    En ocasiones nos encontrábamos en el metro, me saludaba y sonreía, posiblemente recordando mi supuesto desvirgue, le devolvía el saludo y la sonrisa, en señal de que también lo recordaba en forma especial, en mi mente estaba orgulloso de haber complacido a un macho y que él pensara que me había desvirgado, elevando su ego y hombría, que había sido mi primer hombre y me había marcado, por lo que nunca olvidaría su cogida, que aunque realmente nunca la olvidé, sabrán que no fue mi primera vez.

    Seguí teniendo encuentros con mi novia, regresando a mi vida completamente heterosexual, sin embargo dentro de mí extrañaba entregar el culo, pero la espera iba a terminar pronto, y de que forma, con quien menos lo pude imaginar, pero eso se los cuento en el siguiente relato.

    Si les gustó el relato, espero sus comentarios, mi correo es [email protected].