Autor: admin

  • Horas extras

    Horas extras

    Nunca me animé a hacer nada con ella. Florencia era de esas mujeres que te descolocan apenas entran a un lugar: siempre bien vestida, seria, con ese andar firme y la mirada que no regalaba nada. Yo la miraba de reojo en cada reunión, cada pasillo, cada pausa del café. Y aunque siempre mantuve la distancia, por dentro me moría por tenerla, por olerla de cerca, por meter la cara entre esas piernas que más de una vez me quitaban el sueño.

    Ella sabía que me gustaba. Se notaba. Me pescó más de una vez bajándole la vista. Pero siempre se hacía la indiferente. Hasta hace poco.

    Hace una semana me enteré que cortó con el novio. Bah, más bien lo echó a la mierda. El tipo le metía los cuernos con una mina del gimnasio. Desde entonces, noté que algo cambió. Se vestía más provocativa, caminaba distinto, como con un fuego nuevo, y por momentos, parecía que me buscaba.

    Ese viernes, nos tocó quedarnos hasta tarde para terminar una presentación. Eran casi las ocho y ya no quedaba nadie en la oficina. La mayoría de las luces estaban apagadas, solo teníamos nuestras computadoras encendidas y la ciudad encendida detrás del ventanal.

    Yo estaba concentrado en la pantalla cuando la escuché hablar, desde su escritorio, en voz baja.

    —¿No te dan ganas, a veces, de mandar todo a la mierda y hacer algo que no deberías?

    Levanté la vista. Me estaba mirando. No sonreía, pero sus labios estaban apenas entreabiertos, como si me invitara a acercarme.

    —¿Qué tipo de cosas? —le seguí el juego.

    —No sé… algo impulsivo. Algo que sabés que te va a hacer bien aunque esté mal.

    Me acomodé en la silla. Me palpitaba el pecho. Algo en su tono me revolvió la sangre.

    —¿Estás hablando en general… o me estás diciendo algo a mí?

    Se levantó despacio y vino caminando hasta mi escritorio. El sonido de sus tacos en el piso flotaba en ese silencio tenso. Tenía una camisa blanca abrochada hasta donde empezaban sus tetas y una falda ajustada que le marcaba las caderas como un crimen.

    —¿Vos qué pensás de mí? —me dijo, parándose al lado mío—. Se sincero.

    La miré. Tenía el pelo suelto, los labios con un leve brillo, y los ojos cargados con algo nuevo… algo que me estaba volviendo loco.

    —Pienso… que sos una mujer increíble. Hermosa, inteligente. Y que me gustás hace mucho.

    Ella se mordió el labio, bajó la mirada apenas y luego volvió a clavarla en mí.

    —¿Y por qué nunca hiciste nada?

    —Porque estabas con alguien. Y porque no quería arruinar lo poco que hablábamos.

    —Bueno… ya no estoy con nadie. Y hace días que no dejo de pensar en algo.

    Se apoyó en el borde del escritorio, cerca mío. Yo podía ver la línea de sus muslos cruzados, la tensión en sus manos, ese perfume dulce que siempre usaba pero que ahora me parecía más denso, más húmedo.

    —¿Qué venís pensando?

    —En vos —me soltó, casi como una confesión—. En lo que me mirás. En lo que no decís, pero se nota. En lo que podrías hacerme… si te animaras.

    Sentí la pija empezar a endurecerse, traicionándome. Ella lo notó. No dijo nada, pero bajó la vista por un segundo, y una sonrisa cómplice se le dibujó en los labios.

    —No deberíamos estar hablando así… —dije, intentando mantener algo de compostura.

    —No —respondió, suave—. Pero yo no quiero llegar a casa sola otra vez, con la cabeza llena de bronca y ganas. Quiero sentirme deseada. Quiero que alguien me haga olvidar todo.

    Me quedé helado.

    —¿Estás diciendo que…?

    —Sí. Quiero hacerlo con vos. Acá. Ahora. En esta oficina que siempre fue tan aburrida. Quiero romper la rutina.

    Yo no podía creer lo que estaba escuchando. La calentura me nublaba la cabeza. Me debatía entre la duda, el miedo a cruzar esa línea… y el instinto.

    —Flor… esto es una locura.

    Ella se acercó más. Se subió a mi falda con las piernas abiertas, sentándose sobre mi pija dura, con la mirada fija en mis ojos.

    —Entonces volvete loco — me susurró al oído rozándome los labios—.

    Y ahí… ahí perdí el control.

    La calentura me dominó por completo. Le agarré la nuca y la besé con una desesperación que tenía guardada hace meses. Ella me respondió igual, con lengua, con hambre, como si lo hubiera estado esperando desde hacía mil días.

    Mis manos se metieron bajo su camisa. Sentí la piel caliente de su cintura, el corpiño apretado, los pezones marcándose fuertes. La desabroché con furia, uno por uno los botones, y la camisa se abrió como si lo estuviera pidiendo. Tenía un conjunto negro, encaje fino, tetas perfectas, firmes.

    —Haceme tuya, por favor —me dijo al oído, mientras me mordía el cuello.

    La bajé de mi falda y la di vuelta, empujándola contra el escritorio. Le levanté la pollera, y la tanguita negra ya estaba corrida, mojada. Le pasé dos dedos por la concha y me miró por encima del hombro, con los ojos brillosos.

    —¿Ves lo caliente que estoy?

    —Me encantás, Flor.

    Me arrodillé detrás de ella, le bajé la tanga y le abrí las piernas. Le metí la cara de una, le pasé la lengua de abajo hacia arriba, bien lento, sintiendo cada pliegue de su concha mojada, tibia, deliciosa. Ella soltó un gemido ahogado, se apoyó con fuerza en el escritorio.

    —Seguí… chupame toda la conchita, que te vengo soñando hace días —me rogó.

    Se la chupé como si no hubiera comido en días. Le metía lengua, le apretaba el clítoris con los labios, se la saboreaba toda. Ella se movía contra mi cara, me decía que no pare, que la vuelva loca. Y justo cuando empezó a temblar, se vino con un gemido largo, descontrolado.

    —Ahora me toca a mi —dijo jadeando, dándose vuelta, con la cara roja.

    Se arrodilló frente a mí, me bajó el pantalón y la pija me saltó como un resorte, dura, venosa, caliente. Me la agarró con una mano y me miró sonriendo.

    Se la metió en la boca. La chupaba lento, profundo, haciendo ruidos húmedos, mirándome desde abajo. Me acariciaba los huevos, se la metía hasta el fondo. Me tenía agarrado de las piernas como si no quisiera que me vaya. Me estaba enloqueciendo.

    —Pará, Flor… si seguís así me voy a venir en dos segundos.

    —Todavía no, pichón… —me dijo—. Primero metémela toda.

    La levanté y la cargué sobre el escritorio, le abrí las piernas y le apoyé la cabeza de la pija en la entrada.

    —Dámela… dámela toda, la puta madre.

    Se la metí de un saque. Estaba tan mojada que la pija entró entera hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado, me envolvió con las piernas, y empezamos a cogernos como dos animales. Le clavaba la pija con fuerza, ella me arañaba la espalda, me chupaba el cuello, me pedía más, más fuerte, más profundo.

    —Cógeme fuerte —me decía entre gemidos— Así… así!!!

    La di vuelta y la apoyé de nuevo contra el escritorio. La agarraba de las caderas y se la metía con toda la fuerza, el ruido de la piel chocando se escuchaba por toda la oficina.

    —¡Así! ¡Así! ¡Cogeme!

    Se la saqué, me agaché, le escupí el ojete y le pasé el dedo, despacito. Ella se tensó un poco, pero no dijo que no. Al contrario, miró para atrás y me soltó:

    —Hacelo… hacelo ya, me calienta.

    Le escupí otra vez, le abrí el orto con los dedos y le apoyé la pija en la entrada. Empujé lento, sintiendo cómo se le abría. Ella apretaba los dientes, aguantando, hasta que entré del todo.

    —¡Ahhh sí! ¡Cógeme asiii!

    Le bombeé el orto con fuerza, agarrándole las tetas desde atrás, sintiendo cómo entraba una y otra vez en esa cola perfecta. Era una bestia, hermosa, completamente entregada.

    —¡Me estoy por venir, Flor…!

    —No adentro —jadeó—.

    Le saqué la pija, me pajeé un par de veces mientras ella se arrodillaba frente a mí y apretaba sus tetas con las manos.

    —Acabame encima… llename las tetas.

    Y acabé. Con un gemido profundo, le descargué toda la leche en las tetas, una, dos, tres chorreadas calientes que le cayeron por los pezones, por el escote, por el cuerpo. Ella se la frotaba, se la esparcía, y me miraba con una sonrisa sucia.

    —¡Que rico! Ahora sí… que se joda el boludo de mi ex.

    Nos quedamos ahí unos minutos, sin hablar, respirando fuerte, rodeados del olor a sexo, a sudor y perfume mezclado. Flor seguía en cuclillas, con mis gotas secándose en sus tetas, mientras se pasaba los dedos por encima, sonriendo con los labios entreabiertos.

    Me acerqué despacio, le di un beso en la frente, y ella cerró los ojos. No necesitábamos decir nada. No era amor, no era promesa, era solo ese momento… ese desahogo animal que nos debíamos los dos.

    Se vistió en silencio, sin apuro. Yo me subí el pantalón, todavía con la respiración entrecortada. Cuando terminamos de acomodarnos, apagamos las computadoras, y antes de salir del edificio, ella se frenó en la puerta. Me miró, seria, pero con una chispa en los ojos.

    —Esto… se queda entre nosotros —me dijo.

    —Hasta el lunes —susurró, mientras la puerta se cerraba y desaparecía de mi vista.

    Me fui caminando a casa, todavía con la piel caliente. Sabía que no iba a poder sacármela de la cabeza en todo el fin de semana.

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  • Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 1)

    Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 1)

    El lunes por la mañana, las luces blancas del estudio de diseño llamado Crimson & Hues, zumbaban levemente, como si quisieran recordarles a todos que ya no era fin de semana. Las pantallas brillaban, los teclados repiqueteaban, y los clientes escribían correos llenos de urgencia artificial.

    Ismael estaba sentado frente a su computadora, con los audífonos puestos, pero sin escuchar música. Solo estaba… pensando. Recordando. Sintiendo aún en la piel el tacto de la noche del viernes. La forma en que Rosanna había gemido su apodo. La mirada de ella cuando le regaló aquella tanga, aquella prenda que ahora él guardada en una bolsa sellada dentro de su cajón más íntimo en su casa.

    El sonido de tacones lo sacó de su ensoñación.

    Era ella.

    Rosanna caminaba entre los escritorios con su porte habitual: erguida, elegante, inalcanzable. Vestía una falda entallada color vino y una blusa de seda negra. Ningún otro del equipo podía imaginar lo que había ocurrido apenas unas noches antes. Nadie, excepto él.

    Sus miradas se cruzaron.

    Ella no sonrió. Pero sus ojos… sus ojos hablaban.

    Un mensaje rápido en su computadora apareció:

    Rosanna: Entra a mi oficina en 5 minutos. Trae el diseño de la campaña.

    Pero ambos sabían que no era solo por eso.

    Cerró la puerta detrás de él. Rosanna estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda, como si contemplara el horizonte más allá de la ciudad.

    —¿Tienes el archivo? —preguntó, sin girarse.

    —Sí, tía, para ti tengo todo —respondió él, en voz baja pero firme.

    Ella sonrió. Se giró con calma, cruzando los brazos.

    —No digas eso aquí —murmuró, con una chispa peligrosa en los labios—. O me vas a obligar a besarte frente a todos.

    Ismael bajó la mirada, conteniendo una sonrisa. Era una mezcla deliciosa entre incomodidad y deseo. La tensión entre ellos era como un hilo delgado que podía romperse o enredarlos más con solo un gesto.

    —¿Y qué va a pasar con esto? —preguntó él, señalando el espacio entre ambos—. ¿Con lo que pasó?

    Rosanna caminó hacia él con paso lento. Colocó una mano en su pecho, suave, firme.

    —Eso depende… —susurró—. ¿Te asustas si esto no fue solo una noche?

    —No —respondió él, sin dudar—. Me asusta que lo haya sido.

    Ella asintió, en silencio. Lo observó con ternura, como si lo estuviera viendo con otros ojos. O con los mismos de siempre, pero ahora sin barreras.

    —Te deseo incluso aquí, entre estos escritorios. Pero hay que tener cuidado. No quiero perderte por un error.

    —Tía… —dijo él, con voz quebrada—. Si tú eres el error, no quiero tener la razón nunca más.

    Rosanna rio suavemente, le tomó la mano, y la apretó con fuerza.

    —Nos veremos esta noche, Lucas —dijo—. En mi departamento. De nuevo.

    —¿Con vino?

    —Con algo más fuerte.

    Y así, mientras él salía de la oficina con el corazón latiendo como si fuera el primer día, ella se quedó sola un momento, mirando la ciudad por la ventana.

    Sonriendo.

    Deseando.

    Planeando.

    Porque el fuego que habían encendido… apenas estaba comenzando.

    Pero ese mismo lunes. Minutos después, Rosanna intentó continuar con su día. Intentó. Abrió correos, revisó una cotización, firmó una orden de producción. Pero nada de eso lograba alejarla del recuerdo de esa madrugada: los suspiros, el calor de Ismael fundido en su cuerpo, su voz susurrándole “tía” al oído mientras la penetraba.

    Se quitó los lentes, cerró los ojos y respiró profundo. Su cuerpo aún ardía.

    Lo deseaba.

    Lo deseaba con una urgencia que rozaba lo peligroso.

    Y entonces lo hizo. Marcó desde su teléfono interno con solo dos teclas. Dos segundos después, la voz de Ismael respondió, suave, paciente.

    —¿Sí?

    —Ven. Ahora —dijo ella. Sin más. Sin justificación.

    La puerta se cerró tras él.

    Ismael dio dos pasos y la encontró de pie junto a su escritorio, con las mejillas sonrojadas y los labios húmedos, como si acabara de salir de un sueño caliente. Ella no dijo nada. Solo lo miró, con los ojos encendidos.

    —¿Pasa algo con la campaña? —intentó él, a medias, sabiendo la respuesta.

    Rosanna se acercó y lo empujó contra la pared, con fuerza, con hambre.

    —Sí. Pasa que no puedo concentrarme. Pasa que desde que llegaste no dejo de imaginarte… dentro de mí otra vez.

    Ismael se quedó quieto. Su respiración se aceleró de golpe.

    —Tía…

    —No digas mi apodo ahora… o me voy a derretir aquí mismo.

    Ella lo besó con una mezcla de rabia contenida y ternura. Lo besó como quien está cruzando un límite que ha querido romper durante años. Su mano lo tomó por la nuca, sus dedos buscaron el calor bajo su camisa, y su cuerpo se pegó al de él como si lo necesitara para poder respirar.

    —Cierra la puerta con seguro —murmuró al oído—. Nadie entra hasta que yo diga.

    Ismael obedeció. Temblando. Encendido.

    Cuando volvió hacia ella, Rosanna ya estaba quitándose la blusa, los botones soltándose uno a uno, revelando la lencería oscura que había elegido esa mañana sin saber —o tal vez sí sabiendo— que terminaría así. Su cabello caía desordenado sobre los hombros, y sus ojos brillaban de pura lujuria.

    —Tócame como anoche —susurró—. Haz que olvide que esto es una oficina. Hazme olvidar mi nombre, Lucas…

    Y así, en ese rincón secreto del estudio, entre bocetos, ideas y campañas, Rosanna y Ismael volvieron a entregarse al fuego que no habían podido apagar. Allí, sin camas ni velas, sin música ni vino, solo el uno al otro, sus cuerpos volvieron a hablar en su idioma secreto.

    Y el mundo, otra vez, se desvaneció a su alrededor.

    El clic del seguro en la puerta fue como un disparo invisible que rompió toda resistencia.

    Rosanna se lanzó sobre él sin dudar, con una energía que no era rabia, sino lujuria acumulada, retenida por años. Sus labios buscaron los suyos con una desesperación silenciosa, como si los minutos que habían pasado desde la última vez hubieran sido siglos. Lo besaba como quien necesita respirar. Como si él fuera el oxígeno que la mantenía viva.

    Ismael la sostuvo de la cintura y la apretó contra sí. Sus cuerpos se reconocían ya sin miedo, con hambre.

    El escritorio tembló cuando ella lo empujó ligeramente hacia atrás y se sentó sobre él, con las piernas abiertas, con la blusa desabrochada mostrando el temblor de su pecho bajo el encaje. La falda se había subido sin cuidado alguno. Ella no parecía pensar en nada, solo en el momento, solo en él.

    —No sabes cuánto te necesito ahora mismo… —susurró entre jadeos, aferrándose a su camisa, arrancando botones sin paciencia.

    Los gemidos comenzaron a llenar la habitación. Al principio suaves, como suspiros apenas contenidos… pero fueron creciendo. Se volvieron más agudos, más sinceros. Rosanna no se cuidaba. Ya no había jefa, ni protocolos, ni jerarquías. Solo una mujer completamente rendida al deseo.

    Ismael la penetraba de manera salvaje, le besaba el cuello con fuerza, acariciaba su espalda, sus imponentes nalgas. Ella se inclinó hacia atrás, arqueando el cuerpo con los ojos cerrados, dejando escapar un grito suave que rebotó contra las paredes.

    —Lucas… más… no te detengas… —dijo en voz entrecortada.

    Los sonidos eran inevitables: respiraciones agitadas, el roce apresurado de la ropa, las palabras dichas sin pensar, gemidos que se mezclaban con el crujido de la madera del escritorio, y de vez en cuando, una exclamación de ella —un grito— que no era de dolor, sino de un placer tan hondo que la rompía por dentro.

    —No te imaginas… cuántas veces me imaginé esto —dijo él entre jadeos—. Aquí. Contigo. Escucharte así…

    Ella soltó una carcajada breve, ahogada por el vaivén de su propio cuerpo que lo reclamaba todo.

    —¿Y así me imaginabas, gritando tu nombre? —susurró, rozando su boca con la de él—. Pues escúchame bien, Lucas…

    Y volvió a gemir, sin contenerse.

    La escena se volvió un torbellino silencioso entre cuatro paredes selladas. Afuera, los empleados seguían trabajando. Nadie sospechaba. Nadie escuchaba.

    O eso creían.

    Minutos después, los dos quedaron quietos, respirando como si hubieran corrido una maratón emocional y física. Rosanna aún estaba sobre él, con el rostro hundido en su cuello, sudor en la frente, las piernas temblando. Ismael tenía las manos en sus nalgas, como si no quisiera soltarlas nunca, mientras su semen se disparaba en el interior de aquella hermosa mujer.

    —Esto ya no es solo lujuria, ¿cierto? —preguntó él en voz baja.

    —No —respondió ella, besándole el cuello suavemente—. Esto ya es algo que no se puede frenar.

    Se acomodó la ropa lentamente, al igual que él, sin soltar del todo la intensidad del momento. Antes de abrir la puerta, le susurró al oído:

    —Esta noche, en mi casa. Otra vez. Pero esta vez… no vamos a dormir.

    Y con una última sonrisa traviesa, volvió a su silla, cruzó las piernas y abrió su computadora como si nada hubiera pasado.

    Pero ambos sabían que algo había comenzado. Algo demasiado grande para esconder por mucho tiempo.

    La puerta se cerró con el mismo chasquido metálico, pero todo era distinto.

    Esta vez no era la incertidumbre lo que latía entre ellos. Era la necesidad. La certeza de que el otro estaba ahí por decisión, por deseo… por algo que había estado escondido bajo años de trabajo, miradas furtivas y silencios compartidos.

    Cuando Ismael llegó al templo de su amor, Rosanna lo recibió sin palabras. Vestía una bata delgada, translucida, que dejaba ver la aureola de sus pezones, esta era apenas sostenida por un listón en la cintura. El cabello suelto, la piel brillante por el calor del vino y la ansiedad. Ismael, parado en la entrada, la observó como si fuera la primera vez, como si el mundo girara solo para alinearlo con ella.

    —Pasa —fue lo único que dijo.

    Y él obedeció.

    En cuanto se acercó, Rosanna lo abrazó con fuerza. Esta vez no lo empujó. Esta vez se sostuvo en él, con la mejilla contra su pecho, respirando hondo, como si lo hubiera esperado todo el día y al fin pudiera calmarse. Ismael le acarició la espalda, y por unos minutos, solo fueron dos cuerpos abrazados en el centro de una sala silenciosa.

    —¿Estás bien? —preguntó él, rompiendo el silencio.

    Ella lo miró a los ojos y le acarició la barba con los dedos.

    —Estoy mejor ahora. Pero… me vas a hacer sentir aún mejor.

    En la habitación, la bata ya estaba sobre el piso.

    Rosanna lo llevó hasta su cama, lo sentó en el borde y se subió sobre él lentamente, mirándolo desde arriba, su vulva envolvió su pene como si se tratara de un trono reservado solo para ella. Se movía con calma, con poder. Sus labios rozaban los suyos apenas, como un juego peligroso, como si quisiera provocarlo sin dejarlo caer aún.

    —Esta noche no hay prisa —dijo—. Esta noche quiero saborearte, Lucas. Quiero que grites como yo grité hoy.

    Él tragó saliva. La tensión le recorría la espalda. Sabía que ella lo estaba desarmando con cada palabra.

    —Tía… —murmuró.

    Ella sonrió.

    —Dímelo otra vez.

    —Tía… te deseo tanto que me duele.

    —Entonces, desahógate conmigo —susurró ella—. Esta cama es nuestra confesión.

    Se besaron largo, con lentitud, mientras sus cuerpos se alineaban, encajaban, se buscaban en una sincronía que ya no tenía vacilación. Los movimientos eran profundos, firmes, pero también cuidados. No había torpeza. Solo una intensidad contenida que iba creciendo como una tormenta.

    Y cuando los gemidos empezaron a escaparse —suaves, prolongados, sin control—, cuando los nombres salieron entre jadeos, cuando la respiración se volvió un idioma compartido… comprendieron que ya no podían llamarle “aventura” a lo que estaban viviendo.

    Ismael le acariciaba las nalgas con devoción. Ella le mordía el hombro suavemente. El vaivén de sus cuerpos llenaba la habitación, mezclado con frases rotas, suspiros y promesas que aún no sabían que estaban haciendo.

    Cuando llegaron al clímax, juntos, fue como la primera vez. Explosivo. Sagrado. Casi místico.

    Rosanna se quedó encima de él, apoyando su frente en la de Ismael. Sus dedos dibujaban círculos en su pecho desnudo. Él la rodeó con los brazos, besando su frente, el cuello, sus clavículas húmedas de deseo.

    —¿Y ahora qué? —preguntó él, sin miedo.

    Ella tardó en responder. Cerró los ojos, respiró hondo, y luego dijo:

    —Ahora… ahora quiero seguir viéndote cada noche. Hasta que dejemos de fingir que esto es solo físico.

    Ismael sonrió.

    —¿Y en la oficina?

    —Seguimos fingiendo.

    —¿Y si nos descubren?

    Rosanna lo besó con dulzura.

    —Entonces que sepan lo que es amar con el cuerpo… y con el alma.

    La noche se extendía infinita en el departamento de Rosanna. Las luces tenues apenas dibujaban las siluetas de sus cuerpos entrelazados, descubriéndose y redescubriéndose sin prisa, como si el tiempo no existiera.

    Ella, con la confianza de quien sabe lo que quiere, se acomodó con delicadeza, pero con firmeza, invitándolo a explorarla de una forma más profunda. Sentada con gracia y decisión, guio a Ismael hacia ese refugio íntimo donde sus cuerpos hablaban un idioma sin palabras. Su aliento cálido se mezclaba con sus suspiros, y él, entregado, respondía con la misma devoción, recorriendo con su lengua cada rincón de su vagina, despertando en Rosanna un placer lento pero poderoso.

    Los gemidos y susurros se entrelazaban en la penumbra, una melodía de deseo que parecía llenar la habitación. Ella apoyaba sus manos en sus hombros, su respiración acelerada, mientras él la adoraba con paciencia y pasión, sin prisa, pero sin pausa, explorando con cariño y lujuria.

    Entre caricias, besos y miradas ardientes, sus cuerpos encontraron nuevas formas de acercarse, de fundirse. Rosanna se dejó llevar, su piel brillaba de emoción, su voz quebrada por la intensidad del momento. Ismael la sostenía con ternura, mientras ella lo guiaba, jugando entre poses y movimientos que despertaban en ambos una pasión que no conocía límites.

    La noche fue un vaivén constante entre el deseo contenido y la entrega total, una danza donde cada roce era una promesa, cada suspiro un secreto compartido. Sin prisa para dormir, sin intención de terminar, solo ellos, sus cuerpos y ese fuego que los consumía dulce y salvajemente.

    La habitación parecía respirar al ritmo de ellos. Cada movimiento, cada suspiro, era una nota en la sinfonía que componían juntos. Rosanna se dejó llevar por la marea de sensaciones, sus dedos trazando senderos sobre la piel de Ismael, explorando con confianza y entrega. Él respondía con besos profundos, caricias que hablaban sin palabras, fundiéndose en un lenguaje que sólo ellos entendían.

    Ella cambió la posición con gracia, deslizándose suavemente sobre él, mirándolo con ojos llenos de fuego y ternura. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, como si hubieran ensayado cada gesto en el silencio de sus deseos más íntimos. La luz tenue bañaba sus formas, acentuando la belleza de cada curva, cada mirada cómplice.

    Entre ellos no había prisa, sólo la urgencia dulce de saberse, de tocarse, de perderse. Rosanna se inclinó hacia adelante, apoyándose en sus manos mientras sus cuerpos seguían el compás de una pasión que crecía con cada instante. Los susurros se mezclaban con los gemidos, llenando la habitación de una melodía que parecía eterna.

    Ismael la sostuvo con firmeza, mientras ella lo guiaba con movimientos llenos de poder y suavidad. El deseo se manifestaba en cada roce, en cada caricia, en cada aliento compartido. Los límites se desdibujaban, quedando sólo ellos dos, envueltos en un espacio donde el tiempo se detuvo y la pasión se convirtió en la única verdad.

    Cuando finalmente, exhaustos pero radiantes, se detuvieron, sus cuerpos aún temblaban de la intensidad. Rosanna apoyó su cabeza en el pecho de Ismael, escuchando el latido firme que les recordaba que estaban vivos, que estaban juntos.

    —No quiero que esta noche termine nunca —murmuró ella con una sonrisa suave.

    Él la abrazó con ternura.

    —Ni yo, tía. Ni yo.

    Y así, sin necesidad de más palabras, se dejaron envolver por el silencio cálido de una noche que quedaría grabada en sus pieles para siempre.

    El sol apenas comenzaba a asomar cuando Rosanna e Ismael, todavía entrelazados, comprendieron que el sueño había decidido no visitarlos esa noche. Sus cuerpos, aún vibrantes por la intensidad de horas de pasión, estaban cansados pero felices, sus pieles brillando con el sudor de una entrega completa.

    Ella se estiró lentamente, apoyando su cabeza en el hombro de él, sonriendo con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo da el amor vivido sin reservas.

    —¿Dormir? —susurró él, con voz ronca—. Creo que olvidamos cómo se hace.

    Rosanna rio suavemente y le tomó la mano.

    —¿Y si nos damos una ducha juntos? —propuso—. Para despertar, para seguir sintiéndonos.

    Ismael asintió, encantado con la idea. Se levantaron con cuidado, aun rozándose, con la piel cálida y los cuerpos anhelantes de agua y de ese contacto que se negaba a terminar.

    En el baño, el vapor comenzó a llenar el espacio, envolviéndolos como un abrazo líquido. Rosanna abrió la llave, y pronto el agua tibia comenzó a deslizarse por sus cuerpos, mezclándose con las caricias y los suspiros.

    Él la sostuvo con firmeza mientras sus manos recorrían cada curva, cada rincón, acariciando con una ternura que contrastaba con la pasión de la noche anterior. Ella cerró los ojos, dejando que el agua y sus dedos fueran una caricia prolongada, un suspiro compartido.

    Entre gotas y risas suaves, sus labios se encontraron una vez más, cálidos y urgentes. El agua hacía brillar cada línea de su piel, acentuaba el brillo en sus ojos, el temblor en sus manos. Rosanna se apoyó contra él, y él la rodeó con los brazos, protegiéndola del frío del amanecer y dándole calor con su cuerpo.

    El baño se convirtió en un santuario donde el deseo y el cariño se entrelazaban en cada gesto, en cada roce. No había prisa, solo el tiempo detenido, y dos almas que seguían descubriéndose con la misma fascinación de la noche anterior.

    Finalmente, después de un último beso que parecía prometer infinitas mañanas así, se separaron con una sonrisa cómplice. Salieron del baño, envueltos en toallas y una nueva intimidad que iba mucho más allá del cuerpo.

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  • Termino dentro de mi novia Irene y mi prima Blanca se da cuenta

    Termino dentro de mi novia Irene y mi prima Blanca se da cuenta

    Pasó más tiempo y debo admitir que mis sentimientos hacia Irene cobraron mucho más fuerza de lo que en un principio creí. Éramos la pareja perfecta. Siempre la pasaba muy bien con ella e incluso la había presentado con mis padres -evento que hizo que Blanca se pusiera celosa y no me abriera las piernas durante toda una semana-. Ella también me presentó con su familia, quienes me trataban como un rey ya que era el tipo más decente con el que su hija había salido. Ese era otro tema.

    Cuando empezamos a ser novios, los comportamientos coquetos de Irene con casi todos los compañeros eran evidentes, aunque a mí no me importó en ese momento ya que sólo era mi tapadera. Pero poco a poco esas actitudes de zorrita comenzaron a desaparecer. Ya no tenía jueguitos de contacto físico con otros compañeros y no les respondía los mensajes por WhatsApp. Esa mujer, creo, estaba enamorada de mí. Y yo de ella. La última noche de la semana en la que Blanca me dejó en sequía por sus celos, mientras yacíamos entrelazados después de una cogida tierna, al fin Irene me compartió una idea que llevaba semanas rondándola.

    —Te amo, Enrique.

    Recordé la vez en la playa en que entré en Blanca por primera vez y me dijo lo mismo. El amor de una mujer es la droga más intoxicante que existe. La felicidad me embargó.

    —Yo también, flaquita. Me tienes loco —confesé, girando para besarla.

    Volvimos a hacer el amor diciéndonos las cosas más hermosas con cada embestida y con cada beso. Al final, cuando eyaculé en el condón, fue la primera vez que Blanca estuvo ausente de mis pensamientos.

    Una vez más volvimos a estar abrazados, mirando el techo.

    —Oye, flaquito —me dijo acariciando mi pecho con la yema de su índice —Y si…

    —¿Y si qué…? —respondí ante su silencio.

    —Pues ya llevamos varios meses de novios y no he estado con nadie más, ¿y tú?

    Sentí un frío recorrer mi espalda. Si fuese sincero la felicidad se esfumaría. Decidí mentir.

    —Nunca, flaquita. Sólo tuyo.

    —Estaba pensando que ya que somos exclusivos, dejemos de usar condón.

    No podía creer lo que estaba proponiendo.

    —¿Estás segura?

    —Sí, me muero de sentir la verga de mi novio entrar en mí sin nada entre nosotros.

    La idea potenció una nueva erección.

    —Me encantaría, mi amor, lo he pensado desde hace semanas pero no quería decírtelo. Pero, ¿y del tema de embarazos?

    —Tengo un DIU. Cuando cumplí dieciocho mi mamá me llevó a la gine para que lo implantara, todo va a estar bien.

    Se la quise meter al natural en ese mismo momento pero me detuve. Blanca volvió a mis pensamientos.

    —Sí, flaquita, eso quisiera más que nada, ¿te parece bien, para empezar esta nueva etapa de la relación, que nos hagamos pruebas de enfermedades venéreas? Lo digo para estar seguros y comenzar con la mayor confianza…

    Irene dudó un segundo, pude sentir su indignación. Después de unos segundos, habló.

    —Sí, está bien, ¿Cuándo vamos?

    —Mañana mismo, hay un laboratorio que te entrega los resultados el mismo día por la tarde, los manda por correo electrónico. De ser así, mañana mismo podríamos estar disfrutando juntos.

    —De acuerdo, flaquito.

    Nos quedamos dormidos sin ropa y con las ventanas abiertas. Era verano.

    Mis papás estaban encantados con mi relación y dejaban que Irene se quedara a dormir. Era maravilloso no tener que ocultar una relación. Pasearnos, besarnos, darnos mimos y pasar tiempo con nuestras familias. Era mi sueño cumplido. Aunque lo había soñado con Blanca.

    Las pruebas salieron todas negativas, por suerte. Me estaba enamorando de Irene, pero su pasado de puta en la escuela no se podía borrar así de fácil. Pero como dije, todo estuvo bien. Nos hicimos las pruebas juntos, en ayunas y muy temprano. Luego nos fuimos a disfrutar del día. Por la noche nos llegaron los resultados a mi celular. Nos abrazamos.

    —No te la vas a acabar al rato, cabrón —dijo con un tono de puta que me volvió loco. Por fin esa mujer sería totalmente mía.

    Decidimos pasar la noche en su casa ya que sus padres estaban fuera de la ciudad. Servimos vino y comenzamos a besarnos.

    —Te amo, Irene —dije cuando le quité la blusa para liberar esas tetas en ensueño.

    —Yo a ti, flaquito. Apúrate, te necesito dentro de mí.

    Noté la diferencia que ambos teníamos en el enfoque de esa noche. Por mi lado, yo buscaba una experiencia tierna y llena de amor. Irene, que quién sabe cuánto tiempo había estado sin tener una verga sin condón dentro de ella, quería tener la mía lo más pronto posible. No la iba a defraudar.

    Me desnudé en pocos movimientos y la llevé a su cama. Besé sus tetas, la abrí de piernas y me hundí en ella. Qué sensación.

    —Escúpeme en la boca, cabrón.

    —¿Qué? —Abrí los ojos, me agarró con la guardia baja.

    —Que me escupas.

    Nunca había vivido algo así con Blanca. Me pareció muy raro pero obedecí.

    —Así, papi —dijo en un gemido —cachetéame las tetas.

    —Irene…

    —Hazlo, cabrón, cógeme, hazme tuya, relléname de tu lechita, llevo meses esperándolo.

    Vi entonces lo verdaderamente viciosa que podía ser Irene. Seguí obedeciendo.

    —Ahórcame.

    Dios mío, esa mujer estaba loca y yo más por estar dispuesto a obedecerla. Con cada orden cumplida, mi verga se hinchaba más dentro de ella.

    —Cógeme, no pares, no pares… —intuí la inminencia de su orgasmo y aumenté la fuerza de mis embestidas.

    —Desléchate, papi, lléname el coño de su semen… —gritó al venirse.

    Volví a obedecer. Vaciarme en Irene fue indescriptible. Llevaba todo el día deseando hacerlo y cuando logré mezclar mi semen con sus fluidos, me sentí realizado. No la saqué hasta que estuvo flácida de nuevo. Quería disfrutar de la sensación de las paredes vaginales de mi novia el mayor tiempo posible. Cuando salí de ella, me quedé un momento observando su coño. Quería ver mi gran cantidad de semen gotear de su coñito. Me tumbé junto a ella y la abracé. Ese fin cogimos tantas veces que mi glande se irritó al igual que sus paredes, pero nos daba igual. Nos despedimos con mucho amor antes de que regresara a mi casa a dormir antes de volver a la universidad el lunes.

    Si las cosas con Irene marchaban de maravilla, con Blanca iban empeorando. La semana siguiente sólo cogimos una vez y fue más porque ambos estábamos calientes que por el amor que nos teníamos. Descargué mi leche en ella con potencia, pero en realidad imaginé que lo hacía dentro de Irene. Mi actitud sospechosa levantó las alarmas de mi prima.

    —¿Qué te traes? —dijo con hostilidad mientras se vestía.

    No pude con la culpa y confesé.

    —Eres un cerdo, cabrón, un mentiroso, ¡me lo prometiste, Enrique, lo prometiste! —chilló entre llantos.

    La quise abrazar pero me dio una cachetada y se fue del hotel a pie. Fui a buscarla a su casa pero no estaba ahí. Manejé por la ciudad buscándola sin éxito. Dos horas después al fin me escribió por whatsapp. Quedamos de vernos de nuevo en el hotel.

    Su actitud era diferente. Ya no se notaba devastada, al contrario, parecía en control de la situación.

    —Siéntate, mi amor —me dijo en un tono seductor. Pensé que había recapacitado y sobre todo recordado nuestro amor y que la tapadera de Irene y Samuel fue su idea.

    Puso música en una bocina y comenzó a bailar sensualmente, despojándose de su ropa hasta quedar sólo en bragas.

    —Quítamelas, tú —ordenó.

    Al hacerlo me llevé una sorpresa. De su coño goteaba el semen de Samuel.

    —¿Qué te pasa, Blanca? Qué asco.

    —No tienes derecho a reclamarme. Así como tú descargaste tu preciada leche en la puta de Irene, yo dejé que otro hombre me rellenara —explicó con malicia.

    Ardí de celos, pero no tuve ningún argumento en mi defensa. Ella no había acabado.

    —¿Me amas, primito?

    —Claro que te amo, Blanca, quiero estar junto a ti para siempre.

    —Demuéstralo. Demuestra que nada se puede interponer entre nosotros. Entra en mí aunque mi coño ya haya sido invadido por otra semilla.

    Me puse de pie. El grotesco espectáculo no impidió mis ganas de cogerme a Blanca. Al contrario, si esa era mi realidad, decidí que por el bien de nuestro amor, era mi deber eyacular más semen todavía, marcar mi territorio. La lancé sobre la cama, le abrí las piernas y la penetré.

    La cogí con la misma fuerza que a Irene, cacheteando sus pequeñas tetitas, ahorcándola. Fue un instinto salvaje, que quizá se remontaba a nuestra época de las cavernas, el que me obligó a dejar mi semen dentro de Blanca para asegurarme que mis genes fueran los que pasaran a la siguiente generación y no los de Samuel. Avisé con un gruñido mi eyaculación. Blanca me rodeó con sus piernas.

    El resultado fue satisfactorio. Después de aquella maniobra de poder, Blanca volvió a ser la primita tierna de la que me había enamorado.

    —Ahora sé que verdaderamente me amas, primito. Pero debes entender que si yo debo compartirte con aquella puta, tú deberás compartirme con Samuel. Al menos hasta que hagas las cosas bien —apuntó.

    —¿A qué te refieres? —dije

    Ella sólo movió su anular izquierdo en mi cara.

    —Proponme matrimonio, imbécil. Hazme tu mujer de verdad. Como lo hemos planeado por meses. Ya va siendo hora. Si no, me seguiré cogiendo a Samuel y lo dejaré terminar en mí todas las veces, al fin y al cabo, él es mi verdadero novio…

    Tragué saliva. Blanca iba en serio. Me sentí abrumado, ni siquiera habíamos terminado la universidad, además los sentimientos hacia Irene eran muy fuertes, ¿con cuál mujer debía quedarme?

    Decidí que aún tenía tiempo para pensarlo y mientras lo hacía, seguiría disfrutando de ambos coños por separado y de ser posible, al mismo tiempo.

    Muchas gracias por leerme, los relatos continuarán…

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  • Propuesta inesperada

    Propuesta inesperada

    Ayer recibí un WhatsApp desde un móvil que no tenía registrado. Pronto supe de quien se trataba. Tenía un fichero adjunto, y dos frases. “Lee hasta el final”. El fichero adjunto. Y un último mensaje.

    La primera parte ya os la he escrito.

    Así que sigo con el fichero adjunto, el cual transcribo literalmente.

    “Toda una experiencia la del sábado. Ya habrás imaginado, al empezar a leer, que soy Laura. Sí, la misma que piensas. La mujer de Carlos, con quien coincidimos a la puerta del cine esa tarde.

    Carlos me había hablado de ti, pero la verdad, poca atención había prestado al respecto. Sé que os conocisteis en las sesiones de terapia a las que lleva asistiendo para tratar su estrés laboral desde hace un tiempo. Y que en alguna ocasión os habéis tomado alguna que otra birra al salir. Poco más.

    Por eso me sorprendí al ver que se acercaba a un hombre cuando ya íbamos a entrar a la sala de cine, y te saludaba con un abrazo. Cuando me dijo tu nombre, entendí quien eras.

    Total, que entramos al cine juntos. Y te sentaste con nosotros. Yo entre los dos. Me quedé algo sorprendida, puesto que me extrañó que no se sentara a tu lado para poder charlar, y mientras no apagaban las luces, me pareció estar viendo un partido de tenis, en medio de vuestra conversación.

    Carlos y yo habíamos hablado de ir al cine como hacía años. Jueguecitos y toqueteos.

    A poco de apagar las luces, Carlos ya tenía una mano sobre mi pierna, que acariciaba con ternura. No sé si lo viste, pero me sentí un poco rara, estando tu a mi derecha. Me giré y te vi atento a la pantalla, así que, la verdad, quise ignorarte.

    Carlos empezó a subir su mano, a arrugar mi vestido de verano, a acariciar mi ingle, ladear el tanga, y masajearme el clítoris. Soy una mujer, y como tal, esas situaciones me calientan.

    Bien, digamos que te ignoré, que me olvidé de ti por completo. Ya lo viste, imagino.

    Cuando me encontraba con la polla de mi esposo en la boca, masajeándola con mi mano, en un repetido sube y baja por todo su tronco, y lamiendo y chupando con gula su extremo, noté sorprendida como “algo” levantaba mi vestido y acariciaba mis nalgas. Tu mano.

    Atareada en mis labores, lo primero que hice fue mirar a Carlos. Estaba con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, disfrutando de mi mamada. Mi mente tomó una decisión rápida, pensando tan solo en el placer sexual y dejando al margen todo resquemor social.

    Así que eché más para atrás mi culo, para que tuvieras mayor acceso a mí.

    Tus dedos, diestros, hábiles en sus menesteres, se adentraron entre mis muslos, empezaron a recorrer mis labios vaginales, clítoris… todo mi sexo que manaba mis primeros fluidos para lubricarme.

    Un inciso para decirte lo que no pude entonces. “Sigue, sigue, fuerte, más fuerte”.

    Cuando Carlos me llenó la boca con su leche, mi cuerpo empezó a temblar, excitado por tus estímulos, y me corrí. Empapé tus dedos con mis fluidos.

    Recuperamos las posiciones. Carlos miraba mi boca como mostraba toda su leche en mi lengua. Giré mi cabeza y tú tenías tus dedos dentro de tu boca, y una mirada pícara confirmó que los estabas degustando”.

    Y el siguiente mensaje decía:

    “He buscado tu móvil en los contactos de Carlos, y aquí estoy, con una propuesta. Me pregunto si querrías repetir todo eso, tú y yo, solos. Todo… y más. Hasta donde te apetezca. Espero respuesta”.

    No tardé ni un segundo en pasarle esa respuesta, junto con mi dirección:

    “El lunes me saltaré la terapia, y te espero en mi casa. Tendremos de 7 a 9 de la tarde con total seguridad de estar solos. Pero aun así, no te pongas ropa interior”.

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  • Por fin conozco a mi amiga

    Por fin conozco a mi amiga

    Para darles contexto…

    Soy una mujer tv ya madura de 40 años, inter pero solo activa con mujeres vía y trans. Tengo mi facebook y ahí conocí a una amiga que por cuestiones de discreción, le vamos a llamar “La señorita S”.

    Pues después de mucho, pero mucho tiempo, por fin pude conocer a una amiga que conocí en facebook. ¡Ella es trans en proceso y muuuy hermosa! Desde que la vi, me encantó.

    No se cuanto tiempo pasó de que empezamos a hablar a que por fin la conocí anoche.

    No lo niego, sí estaba nerviosa. ¡Ella me gustó mucho y más porque es inter! Sus pláticas muy interesantes y con muchas cosas en común que es lo que más me atrajo de ella.

    Me metí a bañar, me depile, no me deje nada de vello, me maquille, me vestí; quería verme lo más linda para ella.

    Dieron las 10 pm y me dice que ya se está estacionando. Ya llega a mi departamento, la saludo de beso en la mejilla, todo tranquilo. Ella llevaba una minifalda casual a medio muslo y una blusa blanca ajustada que transparentaba ligeramente una bra morado. Platicamos un buen rato de mil cosas de mujeres, tomamos chela y las dos nos empezamos a marear un poco.

    El tono de la plática subió: Cuántos encuentros has tenido, fantasías, etc. ya se sentía esa tensión rica en el ambiente. Me había acabado mi Tecate light, cuando me paré, no pude esconder más mi verga que normalmente la escondo entre las nalgas para que se viera como si tuviera una rajita, se me salió ¡y se notaba en el vestido! ¡Me dio una pena increíble!

    Pase de rápido al refri, saqué otra chela, la abrí, dándole un buen trago. Me acerqué a ella subiendo una pierna en la suya. Me acerqué y empezamos a besarnos. Hacía frío y en mi cuarto tengo calentadores. Le comenté que si íbamos para quitarnos el frío, la tome de la mano y la lleve a mi cama.

    Ya en el cuarto, solo estaba la luz de mi baño prendida, dejando la habitación medio oscura en ese punto perfecto donde aún se ve todo perfecto entre las penumbras. Nos sentamos en la cama, nos besamos, ¡nos manoseamos todo! Le levante la falda para ver que en sus piernas vestía medias negras y ropa interior negra de encaje el cual amo y que personalmente yo también uso.

    Nos levantamos a pie de la cama sin dejar de besarnos. Ella tenía sus brazos en mi cintura y mis brazos en sus hombros abrazándola, me pegaba contra de ella sintiendo su gran paquete en mi pubis de mujer. Nos fuimos quitando la ropa poco a poco, lo primero fue bajarle el cierre de la falda, cayendo al piso y dejando al descubierto sus piernas envueltas en unas medias negras y una tanga.

    Por su parte ella, me ayudó a quitarme el vestido y las pantimedias, dejándome solo con un cachetero y mi bra relleno con silicón en cada copa de unas prótesis. Nos subimos a mi cama, hincadas solo en lencería no dejábamos de besarnos y acariciarnos. La dos teníamos nuestros “clítoris” duros como piedra y que deliciosa estaba la de ella. Grande, ancha; la mía mide 16 cm. Yo le calculo que la de ella media unos 20 cm.

    ¡Las pegamos y la mía parecía como de enano! Me acuesta boca arriba y se mete entre mis piernas, restregándome su verga que le salía de la tanga por todo mi perineo, en la entrada de mi culo y en mi verga lo cual se sentía rico ya que las dos estábamos lubricando y con esa lubricación, rozábamos las cabezas, todo mientras nos besábamos, nos abrazábamos y yo también con las piernas.

    No podía creerlo, estaba mega excitada, ya quería tenerla en la boca, la empuje suave para acostarla, nos besamos y poco a poco fui pasando mis labios por todo su cuerpo, besando cada parte, lamiendo sus pezones, besando su vientre, bajando hasta sus muslos los cuales besé al mismo tiempo que le bajaba la tanga. Neta no sabía si admirarla o comerla, pero pues ustedes ya saben que decidí.

    Le di un beso en la cabecita, me la metí en la boca jugando con la base de su cabeza con la lengua. Poco a poco me la fui metiendo toda hasta que me la metí toda, ahogándome en ella y generando una cantidad excesiva de saliva la cual chorreaba por mis labial morado, bajando por mi barbilla y cayendo a la punta de su verga. Tome el condón y se lo puse con la boca hasta el fondo, generando más saliva, lo más que pudiera, me encantaba ahogarme en su verga y porque no, ahorrar lubricante.

    Me monté en ella de frente… ok, no pude ahorrar lubricante si saben a lo que me refiero, realmente la tenía enorme y si fue necesario algo de lubricación extra.

    Una vez ya estando abierta y completamente sentada en ella, me empecé a mover. La neta no pasó mucho tiempo en que yo terminara… sobre ella… Me puso en 4, sentí como estaba la puntita en la entrada y como poco a poco la fue metiendo mientras yo le movía las nalgas con el fin de dilatar más mi panocha de travesti. Una vez toda adentro, no sabía que me excitaba más: si sentir tremendo animal adentro de mi o el choque de su cuerpo contra mis nalgas.

    Le pedí que la dejara adentro, empecé a masticarla poniendo en práctica esos ejercicios de Kegel que hago todos los días. La dejé apretada y ella me decía lo rico que apretaba. La rete a que la sacara, apreté tan fuerte como pude, tanto que casi se le sale el condón. Solo me decía lo delicioso que sentía. Me puse una almohada abajo en el estómago, sin salirse de mí, me acostó boca abajo y ella encima de mí. Las embestidas que me daba y los besos en la espalda que recibía, tenían un ritmo perfecto.

    Así estuvimos un rato hasta que empezó a decirme que ya se iba a venir. Solo sentí como se ponía más gorda su verga, sentí como explotó adentro de mí y es más, hasta sentí como chocaba su leche con el condón. Cuando terminó, se acostó sobre mi espalda, sin sacármela y así estuvimos un rato. Se bajó de mí, nos acostamos y nos abrazamos hasta quedarnos dormidas las dos piel a piel. Así juntas dormimos hasta la mañana siguiente, donde ahora me tocó a mí ser la activa… pero eso ya es otra historia

    Gracias por leer.

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  • Fiesta, primer trío

    Fiesta, primer trío

    Narrador

    El gran día llegó. La noche esperada. La fiesta organizada. Los nervios de no saber qué ponerse. Los nervios de saber lo que iba a pasar. Las ganas de que llegara el momento.

    Massiel:

    —No sé qué ponerme… —le dijo, parada frente al clóset, un brasier en la mano, otro en la cama—. Quiero verme atractiva, sexy, sucia… pero no vulgar.

    Narrador

    En el chat del grupo, las sugerencias habían llovido: diablita, angelita, conejita Playboy, maestra, colegiala, lencería atrevida que para Massiel enseñaban más de lo que quería mostrar. Entre pruebas de ropa, miradas al espejo, ropa tirada en la cama, Massiel se quedó mirando una diadema con orejitas: la misma que su hija usó en un festival de primavera.

    Massiel

    Se miró en el espejo, las orejas en la mano. —Lo tengo —sonrió, girándose a Ugo—. Ya sé cuál será mi disfraz. Pero tendrás que esperar. Será sorpresa: coqueto, sexy… pero no vulgar.

    Ugo:

    —No importa lo que te pongas, amor —le dijo él, sentado al borde de la cama, mirando algún video en su teléfono—. Tú siempre te ves bien. Siempre.

    Narrador Externo

    Y Massiel empezó a transformarse. Una minifalda negra, no demasiado corta, pero justa para dejar ver el inicio de ese trasero firme, llamativo sin ser obsceno. Medias de encaje sujetas con ligueros que abrazaban sus muslos morenos, gruesos, firmes. Botas altas, negras, la excusa perfecta para hacerla sentir más atrevida de lo que ella se atrevía a decir. Arriba, un sostén de encaje negro que apenas contenía sus senos suaves, coronados por un escote apretado bajo una blusa negra ajustada, fina, lo bastante ligera para poder subirse rápido, sin quitar nada, cuando llegara la hora de jugar. Bajo la falda, una tanga de hilo, diminuta, tan negra que, si alguien se asomaba, juraría que no llevaba nada.

    Massiel no era de mucho maquillaje: solo lo justo. Un labial discreto, un delineado rápido para enmarcar esos ojos que se bajan cuando la miran mucho rato. Se puso la gabardina negra, se ajustó las orejitas frente al espejo y se giró a Ugo.

    Ugo:

    La miró de arriba abajo. Sonrió.

    —Te ves hermosa, amor. Vas a ser la sensación. Quiero ver las caras cuando te vean… y quiero ver qué hace Raúl cuando te vea. Se va a quedar seco.

    Narrador

    Salieron de casa, caminando deprisa bajo la noche fría. Massiel mantuvo la gabardina cerrada, tapándose como si de verdad pudiera tapar esas ganas que la mordían por dentro. Al llegar, la música retumbaba en la sala de la casa que todos conocían: luces bajas, sofás arrimados, bebidas corriendo, risas de parejas que entre semana se cruzaban en la calle como vecinos comunes. Las chicas, disfrazadas como lo prometieron: diablitas de sexys, angelitas apenas vestidas, maestritas con faldas más cortas que la decencia. Massiel se sintió pequeña, sencilla, tímida. Vio a una diablita —vestido lila entallado, vinipiel, cuernitos, escote abierto hasta la cintura— y su bisexualidad salió, le picó la lengua.

    Ugo miró a la diablita con deseo. Se lo notó en los ojos. Pero no, esa noche era para otra cosa.

    Massiel:

    —Llegamos, chicos… —dijo, desabotonando la gabardina, la voz apenas un susurro.

    Los hombres en la fiesta la rodearon de silbidos. —¡Que se lo quite! —gritaron algunos, entre risas.

    Massiel bajó la mirada, roja hasta las orejas. Se mordió el labio. Se quitó la gabardina despacio, dejando ver la falda, el encaje, las orejas de gatita improvisada. Silbidos, risas, un “Arañame, gatita”, un “Muérdeme”. Ella, cohibida, no dijo nada. Se encogió de hombros, medio rio, deseando meterse de nuevo en el abrigo… pero sabiendo que era tarde.

    Ugo:

    Le susurró al oído, pegado a su cuello: —¿Ves? No hay nada de qué preocuparse. Les gustaste. Y Raúl… bueno, Raúl dijo que llegaba tarde. No te escondas. Vamos a divertirnos.

    Narrador

    Las horas pasaron. Bebieron, charlaron, rieron. Massiel, al tercer vaso, se soltó un poco: dejaba que manos ajenas rozaran su cintura, que alguna mujer la besara en un rincón. Ugo miraba, orgulloso, deseándola cada vez más. Parejas conocidas se acercaron a proponer: “¿Un intercambio rápido?”. Ugo decía que no, que hoy era diferente. Lupita y su esposo, la diablita de vinipiel, se acercaron a tentar. Ugo se relamió. Massiel, roja, desvió la mirada.

    La música seguía. Algunos ya se besaban descaradamente en sillones, otros subían a cuartos prestados. Unos esposos roncaban rendidos mientras sus mujeres buscaban otras manos para terminar la noche.

    Ugo:

    Se le acercó, la tomó de la cintura.

    —Massy, amor… ya llegó Raúl. Ven, vamos a saludarlo. Que te vea.

    Massiel:

    Le temblaron las rodillas.

    —No… espera. Déjame… déjame calmarme un poquito. Me da pena.

    Ugo:

    Le mordió la oreja.

    —No pasa nada. Estás perfecta. Vamos… estás más suelta ahora. Ven.

    Narrador

    Se acercaron a Raúl: camisa medio abierta, sonrisa de tipo bueno, discreto, que oculta bien la malicia detrás de la cortesía. Se saludaron, rieron, brindaron. Raúl la miró como se mira algo prohibido. Le dio una vuelta, lenta, la escaneó sin pudor. Massiel bajó la mirada, roja como siempre. Los juegos comenzaron: parejas mezcladas, retos, caricias descaradas. Las luces bajaron un poco más. Ugo se entretenía mirando cómo manos y lenguas ajenas probaban bocados que después volverían a él.

    Massiel:

    Vio un par besarse en un rincón. Vio otra pareja irse a un cuarto. Sintió un ardor en el vientre. Se giró a Ugo, respirando rápido.

    —Amor… ya. Vamos. Quiero. Antes de que se haga más tarde… quiero a Raúl. Necesito.

    Parecía una gata en celo, la respiración rota, las piernas flojas. Ugo sonrió: su Massiel, la tímida, convertida en esa mujer suya y de nadie más.

    Ugo:

    —Raúl… ven. —Le palmeó el hombro—. Vamos. Massy ya está que no se aguanta. Antes de que alguien más se la gane. Arriba hay un cuarto libre. Vamos.

    Narrador Externo

    Subieron los tres. La puerta se cerró. El aire se volvió más pesado, casi eléctrico. Massiel temblaba entre ambos. Los ojos de Ugo, oscuros de morbo. Los de Raúl, quemándole la ropa antes de tocarla.

    No era como antes. No era un simple intercambio. Esto era su fantasía, su secreto, su juego… era más íntimo, más personal. Jugaban juntos y al mismo tiempo.

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  • Economista y prosti: Entrega a un desconocido (1)

    Economista y prosti: Entrega a un desconocido (1)

    Atención: mi relato anterior, con mi suegro, fue relativamente breve, pues ya todos saben de la relación que tenemos con él.

    El relato de hoy, todo lo contrario, será largo, pues es una situación nueva y hubo que trabajarla bastante. Sobre todo, porque yo quería que realmente Tommy me entregara, que esta vez el trabajo con el nuevo hombre lo hiciera él, y vaya si lo hizo.

    Ya lo había escrito en relatos anteriores, en una charla amorosa, Tommy preguntó si tenía ganas de algo nuevo, y yo le respondí que tengo ganas de una entrega genuina, en la que él me entregue al macho seleccionado, haciendo todo el trabajo.

    Le dimos mil vueltas al tema, lo compartimos con Sam (obvio), y con papá y mi suegro.

    Todos nos dieron sugerencias, es difícil por el tema salud, pero, descartados deportistas y todo lo de sus alrededores, nos decidimos por tratar de seleccionar a alguien en un hotel o en alguna conferencia o reunión social. Así que comenzamos a incrementar nuestras salidas a cóctel en hotel o bares, y a conferencias diurnas cuando tengo alguna noche libre (ya les conté que estoy con muchííísimo trabajo).

    En los hoteles es fácil entablar algún contacto, pero teníamos el problema de no saber hasta cuándo estaría en el país la persona seleccionada, y es dificultoso el tema control de salud. De todos modos, hay dos hoteles en los cuales ustedes saben que tenemos en cada uno un empleado de confianza que conoce mi actividad.

    Y sembramos la semilla acerca de que si ven a alguien con potencial cuál, nos avisen, pero sin decirle nada al involucrado. Deseaba yo profundamente que Tommy lo contactara e hiciera los arreglos para entregarme.

    También me dediqué a enterarme de conferencias de interés, que se extendieran hasta que Tommy queda libre del trabajo, sobre hora 17:30 o 18. Y por supuesto hice saber a mi Universidad que estaba disponible para compartir mi experiencia como emprendedora en asesoría de finanzas personales y de empresas.

    Y ésta habría de ser la opción que dio resultados. Los amigos de los hoteles aportaron algún cliente para estadía individual, como putifina, pero no nadie que diera para la fantasía de entrega.

    Y la Universidad, no solo me invitó a asistir como oyente a algunas clases de postgrado, sino que me ofrecieron ser una de varios expositores en una conferencia de dos días sobre “Finanzas personales del micro y mediano emprendedor”.

    Vimos una ventana de oportunidad con Tommy y nos dedicamos a hacer planes sobre cómo abordar a alguien que pudiera gustarme.

    La conferencia se desarrolló en dos días, de 13 a 18 h con exposiciones, ronda de preguntas, pausa de café, nuevamente exposiciones y preguntas. Los dos días, el mismo esquema.

    La idea fue que yo (tercera en exponer el primer día, y justo antes de preguntas y café), seleccionara a alguien de interés, no más de uno o dos, y que mi esposo, al llegar, tratara de contactar y conversar para ver si eran de interés para la entrega.

    No trataría yo ( mucho menos al ser expositora) de vestirme de modo provocativo, pero sí elegante y de cierto modo atractiva.

    Llegué a la primera tarde de conferencias con bastante adelanto, pantalón de lanilla negro no muy ajustado, sweater de cuello alto rojo, que permitía lucir tetas sin que se viera nada, blazer negro con un solo botón rojo de tamaño importante (o sea grande, hablando claro), los infaltables tacos altos negros, y un collar de perlas, ¡ésta vez, auténticas!. En un bolso (sí, de esa marca que recuerda a los hipódromos, y en donde cabe de todo), llevaba todo lo de siempre y una camisa blanca y un chaleco de terciopelo negro, que usaría al dar el speech, Iba viendo a quienes llegaban, en general caballeros solos, algunas damas y casi ninguna pareja, y algún conocido (muy pocos).

    Los que llegábamos íbamos eligiendo nuestra ubicación en el anfiteatro. Y dejábamos una agenda o algún objeto reservando nuestra ubicación.

    Y en cierto momento “lo vi”. Caballero solo, estimo entre 40 y 50 años, buena presencia, vestido bien sin ostentación. Fui a reservar un asiento junto a él, pero entré desde el lado de la fila que me obligaba a pasar entre él y el asiento delantero. Antes de ir me quité el blazer.

    Cuando fui a pasar delante de él le pedí permiso y pasé de espaldas, asegurándome de rozarlo apenas con mi trasero. Puse mi blazer en el asiento para reservarlo, y le pedí pasó nuevamente “pues debo ir a cambiarme para estar presentable cuando me toque disertar” .

    Eso ya dio motivo a saludarnos, intercambiar nombres de pila, él se llama Juan José “pero me dicen Juanjo” me dijo mientras miraba rápidamente mi busto.

    Me dejó paso y nuevamente lo rocé al pasar delante de él. Fui a una pequeña sala destinada a que los expositores se preparen, hay un baño, y me cambié. Me aseguré de prender bien la camisa, no quería accidentes de vestuario. Acomodé mi collar, me puse el chaleco, desprendido, y volví a mi lugar.

    Juanjo, un caballero, había permutado su asiento y el mío, “para que no te molestes pasando delante de mí”. O sea que se había dado cuenta de que lo rozaba, y quiso evitarme esa posible incomodidad.

    Hablamos de cualquier cosa, me dijo si no tendría frío usando solamente la camisa y el chaleco (nueva mirada al busto), pero que si, estaba muy en look conferencista.

    Yo era la tercera expositora. Cuando comenzó el segundo, me fui nuevamente a la sala de preparación y envié un mensaje a Tommy. El elegido está vestido con …, …, y … Cuando llegues, lo ubicas y trabas conversación.

    Llegó mi momento, expuse mi ponencia (bien recibida), y el moderador pasó a leer las preguntas que se pasaban por escrito, y llevaba el micrófono a quien debía responder. Los expositores contestábamos desde el salón, para favorecer la cercanía al público según nos dijeron. Juanjo me dijo cuando me senté a su lado que tenía una pregunta interesante y que podríamos hablar durante la pausa de café. Contesté dos preguntas del público dirigidas a mí y nos levantamos y nos fuimos a tomar café un poco separados del resto.

    Su pregunta era interesante y daba para conversar toda la pausa de café. Así lo hicimos, yo tratando de explicar y estar cerca de él. A veces trataba de mover mis tetas, otras veces me giraba a saludar a alguien y lucía mi trasero, aunque el pantalón no era de los más ajustados.

    Se reanudaron las ponencias y sobre las 17 y 30 llegó Tommy, quien se ubicó cerca de nuestro lugar.

    Al terminar las ponencias, hubo una nueva pregunta para mí, y luego al pararnos, Tommy se acercó, yo me estaba despidiendo de Juan. Tommy me felicitó por la claridad de mi respuesta, ja ja ja, y yo agradecí y me retiré dejándolos frente a frente.

    Tommy me contó después lo que pasó entre ellos.

    Conversaron, Tommy dejó caer un comentario tardío: “muy linda la chica, y además explicó muy bien”. A lo cual respondió Juanjo que “se me sentó al lado y me volvió loco verla, es muy linda y además inteligente, sabe estar, para la conferencia se cambió de ropa, ¡y qué cuerpo tiene!”

    Hablaron un poco más y se despidieron hasta el día siguiente, Tommy le dijo “al final conversamos y me cuentas lo que ocurra mientras yo no esté, solamente te vengo al salir de mi trabajo a eso de 17 o 17 y 30”.

    En casa, comentamos lo ocurrido asombrados de lo bien que iba todo. El día siguiente sería similar.

    Y así fue. Llegué temprano, Juanjo llegó después y como que me buscó y se me sentó al lado. Conversación agradable, ponencias, pausa de café conversando acerca de lo expuesto y nuestras impresiones, nuevas ponencias y llegada de Tom. Mi maridito se ubicó nuevamente cerca y al finalizar el evento los tres disfrutamos conversando (ciertamente interrumpidos por saludos de otras personas) durante el cocktail de agasajo. Nuevamente fui la primera en irme, dejando una tarjeta de visita a cada uno, (sí, también a Tommy, ja ja) por si en algún momento querían contactarme.

    Obviamente comentaron acerca de mí. Tommy: “que falda trajo hoy, hermoso como le marcaba el trasero y dejaba apreciar sus piernas”, Juanjo: “Ésa camisa turquesa le queda muy bien, y mejor aun dejando los dos botones desprendidos”.

    Se les pasaron los minutos, todos se retiraban y ellos lo hicieron, también intercambiando sus tarjetas de visita. “Ya sabes, siempre a la orden”.

    Llegamos a casa, todo iba perfectamente bien. Tocaba esperar.

    Y esperamos cuatro días. Entonces me llega una llamada de Juan para hacerme una pregunta acerca de mi speech, que seguramente él tenía claro el tema, pero fue motivo de llamada.

    Inevitable conversación ‘social’ de temas varios y despedida cariñosa de mi parte, lo usual entre conocidos “te mando un beso Juanjo”. Es normal en el Río de la Plata, no implica nada especial.

    Y decidimos tomarnos más tiempo esperando. Tres días después, Tom lo llamó, para ‘invitarlo a tomar café y conversar de un asunto de interés mutuo’. Recuerden que el elegido nunca se había enterado de que somos matrimonio.

    Juan, intrigado, aceptó. Fijaron el encuentro en un café cercano a mi oficina. Y se encontraron a la hora las 17 y 45, ambos puntuales y sin abandonar sus trabajos.

    Saludos, conversación social, Tommy buscó una mesa un poco aislada. Les cuento lo que me relató Tommy, (les dije que podía ser un relato largo)

    Y luego de un rato, el invitado preguntó:

    —¿Y cuál es el tema de interés que me anunciaste?

    Fue el momento de Tommy para sugerir límites: — Verás Juanjo, es un tema muy privado, pero antes de confiarte nada, quiero pedirte que estés de acuerdo en mantener total discreción. Nada de comentarlo con amigos, compañeros de trabajo y mucho menos con la familia. Como se dice, debemos ser una tumba.

    —¡Claro que sí! No nos conocemos mucho, pero creo que ambos nos damos cuenta de que somos o personas de bien.

    —Confío en ti, y ya verás, por lo que te diré, que puedes confiar en mí para mantener esto en secreto.

    —Me intrigas…

    —Pues bien, en la conferencia donde nos conocimos, hablamos al pasar de la belleza de la expositora con quien conversabas, Sofía, y hablamos muy libremente tú y yo de ella y su belleza.

    Eso me hace pensar que eres un hombre un poco liberal.

    —¿Y entonces?

    —Verás, soy casado, nos llevamos muy bien con mi esposa, en todo sentido, también en lo sexual. Intercambiamos confidencias y deseos o fantasías. Y en una conversación, le hice saber de mi deseo de entregarla a otro hombre, presentarlos, prepararla a ella y observar cómo tienen sexo, sin limitaciones y sin que yo intervenga más allá de mirar.

    —Me sorprendes, estoy perdido, ¿acaso es que pensás en mí para eso tan especial? Realmente me has sorprendido.

    —Comprenderás la necesidad de secreto total. Y realmente te entiendo en cuanto a la sorpresa. Ni siquiera sé cómo es tu familia, por eso mi pedido y ofrecimiento de secreto total.

    —Olvidemos el tema familia. Comprenderás que no puedo contestarte, mi sorpresa me descoloca.

    —Tranquilo, no espero que me contestes hoy, ¡es imposible! Piénsalo y lo seguimos hablando. Y no creas que voy a presionarte, respetaré tu decisión.

    —Gracias por comprenderme, y si fuera necesario, ¿podría ver alguna foto?

    —¡Claro que sí! Y te aseguro que te sorprenderás. Creo que tengo una foto conmigo. ¿Quieres verla?

    —Me intriga, y puede que me ayude.

    Tommy tenía consigo una de las fotos que me tomó desde atrás y recostada de lado, aunque se veía parte de mi cara girada hacia la cámara.

    —Espera un momento, debo editar el rostro… e hizo una copia cortando esa parte de la imagen. Se la mostró y al parecer, el ver todo mi cuerpo desnudo, desde atrás, impresionó gratamente a Francisco.

    —Impresionante, me cuesta creer lo que propones.

    —Ya sabes, a veces en el sexo lo más importante son las fantasías…

    —Déjame pensarlo.

    —Piensa tranquilo, ya hablaremos, y no olvides que por sí o por no, la reserva será total.

    —Quédate tranquilo.

    Tommy, que había invitado pagó los cafés y se fueron cada uno por su lado luego de saludarse.

    Pasaban los días, y no teníamos novedades de Paco. Hasta que al quinto día, a eso del mediodía, Juanjo llamó a Tommy. Pasados los saludos de rigor, llegaron al tema.

    —Tommy, solamente quiero hacer una pregunta, respecto a ya sabes qué tema.

    —Sí, adelante.

    —Trato de pensar, recuerdo la foto que me mostraste, y me surge una pregunta que me impide razonar…¿Hablabas en serio? ¿tu ofrecimiento es verdadero o es una broma?

    —No podría hacerte ese tipo de bromas cuando recién nos hemos conocido. Créeme, es un ofrecimiento verdadero.

    —Bien, ya te haré saber mi respuesta.

    —Gracias Juan, a la orden si tienes más dudas.

    Se saludaron y cortaron la comunicación.

    Intrigados, pasaba el tiempo y Juanjo no contestaba, en seis días ya no teníamos esperanzas y comenzamos a planificar una nueva búsqueda. Por suerte mientras tanto mis clientes ocupaban mis horas y calmaban mi ansiedad.

    ¡Y al séptimo día nueva llamada! Una cita para café en el mismo lugar y hora.

    Pasamos del pesimismo al optimismo. Tommy editó un par de fotos para llevarle nuevas imágenes, y también logró pixelar los rostros de unos segundos de filmación en la cual yo lucia el bikini del escándalo del Crucero, caminando alrededor de la piscina en casa de mis padres en Punta del Este. Orgullosa de su trabajo besé a Tommy y le aseguré que con ese video y las fotos, Paco debería decidirse.

    Se encontraron, y casi de inmediato Tommy tomó la iniciativa de mostrarle el material que había llevado. La cara de Paco al parecer denotaba alegría. Y así debía ser pues de verdad, video y fotos estaban hermosos.

    —¿Y bien?

    —Tommy, he tomado tu palabra y he decidido creerte. Fijemos las condiciones para hacerlo.

    —Te la presentaré, la prepararé para ti y tendrán sexo todo el tiempo que quieran, libremente, sin restricciones, y yo miraré. Después, nos olvidaremos de todo.

    —¿En qué horario será? ¿Dónde se hará? ¿Qué otras condiciones?

    —Te puedo proponer un lugar que ya sabrás, muy cerca de aquí. El horario, el que tú prefieras. Y algo muy importante, te aportaremos certificado de análisis completos de salud sexual; si no los tienes los puedes obtener rápidamente en “…” que es un excelente laboratorio.

    —Estoy muy de acuerdo en todo. Creo que me convendrá comenzar una tarde temprano, o un sábado a la mañana.

    —Correcto. Pero debo aclarar una cosa. Para mi esposa no será la primera vez fuera del matrimonio, lo especial que yo deseo es entregártela, experimentar esa excitación de ver cómo la toma otro hombre, y ella comparte totalmente la fantasía.

    —Bien, yo también he tenido alguna escapada en mi matrimonio.

    —Cuando tengas tus certificados me avisas y fijamos un día.

    Sigue en la parte (2) que envío a continuación por razones de tamaño.

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  • Mi hijo mayor y sus compañeras de universidad

    Mi hijo mayor y sus compañeras de universidad

    Después de llevar varios meses follando con mi hijo, y conociendo, y en algunas ocasiones viéndolo, sus aventuras con otras mujeres, una preocupación nació en mí, las mujeres con las que follaba mi hijo eran de mi edad, o al menos mucho más mayores que él, y eso no estaba mal, pero pensé que de vez en cuando estaría bien que se lo hiciera con chicas de su edad, afortunadamente una de sus compañeras de universidad vino a solucionar mi preocupación. Dejemos que él nos lo cuente:

    Hola, una de mis compañeras de universidad es una chica latina llamada Layna, es menudita, con tetas pequeñas, pero con una sonrisa angelical y muy vivaracha, es hija adoptiva de una profesora de universidad, aunque no de nuestra facultad, llamada Conchi.

    Esa tarde había quedado con ella en su casa para realizar un trabajo conjunto que teníamos que presentar, estábamos en el sofá del salón de su casa, repasando el trabajo, hasta que en un momento de descanso ella me dijo:

    -Menuda manera que teníais esta mañana los tíos de mirar a Gaby.

    Gaby, Gabriela era otra de nuestras compañeras de clase, era lo contrario de Layna, rubia y con un par de tetas de un bien tamaño. Ante su comentario dije que no era así y viendo que su ego estaba en juego le añadí que ella era muy atractiva también, ell se rio y me respondió:

    -Eres muy caballero, pero seguro que te gustaría más estar en compañía de una chica con unas buenas tetas como ella, que con unas pequeñitas como las mías.

    Y nada más terminar de decir esto se subió la blusa que llevaba, dejando al descubierto un par de tetas pequeñitas, pero deliciosas y me preguntó:

    -¿Te gustan?

    La verdad es que, en ese momento, yo no podía apartar mi vista de ellas y Layna se dio cuenta y dijo:

    -Pues parece que te gustan y por ello te mereces un premio.

    Y acto seguido llevó sus manos hacia su pantaloncito corto de estar por casa, y echándoselo a un lado dejo su coño al aire, lo tenía completamente depilado supongo que todo estaba planeado, y luego añadió:

    -Veo que también te gusta, jajaja, y creo que me merezco un premio, yo te lo he enseñado todo a ti y tu no me estas enseñando nada.

    Comprendí a que se referían sus palabras, y me bajé los pantalones y el short, dejando mi polla al aire, ella al verlo dijo:

    -Menudo pollon tienes conpi, sabes, las chicas de clase algunas veces hemos hablado de como la tendríais los chicos, pero la tuya es incluso más grande de lo que creíamos.

    Me pidió que me sentara a su lado y nada más hacerlo me dijo:

    -Déjame que te ayude a relajarte.

    Llevó sus manos a mi polla y comenzó a acaricarla, pero no se conformó con ello y añadió:

    -Creo que a esta maravilla hay que darla el trato que se merece.

    Y poniéndose a cuatro patas sobre el sofá acercó su boca a mi polla, u sacando su lengua comenzó a lamérmela, paró un momento y me dijo:

    -La tienes deliciosa.

    Y siguió chupándomela, se la notaba que no era la primera vez, su lengua y su boca hacían auténticas maravillas con mi miembro, yo me sentía transportado al séptimo cielo, mientras ella con sus manos acariciaba mi vientre, de repente paro, y sacando mi polla de su boca dijo:

    -Ya es hora de que pasemos a otra fase, ¿Te has traído condones?, no es cuestión de que me hagas mama, al menos aún, jajaja

    La señalé a mis pantalones caídos en el suelo, y a uno de sus bolsillos en particular, ella se fue hasta allí, metió su mano en uno de los bolsillos y sacó un condón que puso sobre mi polla, y luego se sentó sobre ella, desde luego se la notaba que no era virgen, ese coño había debido de recibir un cierto número de visitas.

    Pero lo que a mí me importaba es que sabía manejarlo muy bien se empezó a mover encima de mí de una manera genial, no tenía nada que envidiar a las maduritas, incluida mi madre, con las que normalmente lo hacía.

    Al cabo del rato decidió darse la vuelta, sus tetitas se quedaron pegadas a mi boca y aproveché la ocasión para chupárselas, ella me dijo

    -Que bien lo haces, se nota que no es la primera vez, ¿Sabres que algunas veces hemos comentado si no serías maricón, porque no le lo has hecho con ninguna d las chicas de nuestra clase?

    Me dieron ganas de explicarle mis gustos sexuales, pero no era el momento, solo quería seguir follando con ella, así que seguí chupándole las tetas, sus gemidos eran muy intensos, supongo que los míos también, dado el gran trabajo que estaba haciendo con mi polla, yo quería cambiar de postura y la pedí:

    -Túmbate sobre el sofá con las piernas bien abiertas.

    Ella fue muy obediente y lo hizo, cuando estuvo en esta postura me dijo:

    -¿Así está bien cariño?

    Por supuesto que lo estaba me puse de rodillas y desde esta postura introduje mi polla en el interior de su coño y comencé a moverme, ella al sentirme su puso a gemir, mientras decía:

    -Desde luego sabes qué hacer con una mujer, eres muy macho, sigue follandome.

    Aquí el obediente fui yo, seguí moviendo mi polla en su interior, sus gemidos me demostraban que lo estaba pasando divinamente, y yo también por supuesto, seguí follandomela, y me decidí por otro cambio de postura, me puse de lado en el sofá y la pedí que se pusiera a mi lado, dándome la espalda, con las piernas también bien abiertas, desde esta postura se la volví a meter, para seguir follando, ella estaba encantada, como demostraban sus gemidos, y noté como se corría, me dijo:

    -Joder tío eres un follador fantástico, voy a tener que ocuparme de que las otras chicas de la clase lo sepan.

    Yo seguí follandomela, hasta que sentí como se venía y una abundante cantidad de mi leche se lanzó contra las pareces de mi condón, en ese momento ella se salió y me dijo:

    -El trabajo no sé cómo nos lo puntuaran, pero como follador yo te doy un sobresaliente.

    Los dos nos quedamos descansando un poco, pero poco después ella comenzó a acariciarme de nuevo la polla, que no tardó en reaccionar a las caricias de mi amiga y se puso de nuevo dura, en ese momento yo le pedí:

    -Quiero follarte a cuatro patas.

    Si eso te apetece, mi amor, dijo ella, por mí no hay ningún inconveniente.

    Ella se puso a cuatro patas encima del sofá, y me hizo una señal para que me pusiera otro condón, una vez que lo hice, ella me dio su aprobación, yo me puse de rodillas detrás de ella, y de un golpe se la metí, nuevamente pude comprobar la calentura de su coño, un lugar que parecía hecho a medida para mi polla, así que me puse a moverme en su interior sus gemidos, se fueron intensificando progresivamente, yo también estaba gozando a tope, hasta que no pude más y m corrí de nuevo.

    Temíamos que su madre regresase, así que esa tarde terminó así, pero al día siguiente en la universidad Layna se acercó a mí, y de forma disimulada me dijo al oído:

    -Le he contado a Paty, lo que hicimos ayer, y ella también quiere, mucha suerte, campeón, y pórtate bien, no quiero que mi posible futuro novio tenga fama de gay.

    Y efectivamente, poco después Paty, que era amiga de Layna, más o menos eran de la misma estatura, pero la primera estaba más rellenita y tenía un buen par de tetas, que contrastaban con las pequeñitas de su amiga, se acercó a mí, y con voz un poco insinuante me dijo:

    -Oye, Layna me ha contado como ayer hicisteis entre los dos un trabajo muy interesante y me gustaría que vinieras esta tarde a mi casa a ayudarme con el mío.

    Parece que Layna me había hecho una buena propaganda, y no era cuestión, de desperdiciar una ocasión para follar, así que acepté su oferta, y quedamos esa tarde en su casa.

    Cuando llegué ella me esperaba con un vestido rosa, muy corto y escotado que remarcaba su figura, me invitó a pasar y me enseño su trabajo para que lo repasara, yo estaba sentado en una de las sillas del salón, mientras ella se puso tumbada en el sofá, tenía un primer plano de sus tetas y de sus muslos, al poco de estar repasando su trabajo ella me dijo:

    -Creo que te habrás dado cuenta de que no es este exactamente el trabajo que quiero que repases, quiero que me enseñes tu herramienta, añadió señalando a mi polla.

    Por supuesto accedí a su petición y me bajé los pantalones y el short, quizá había habido menos calentamiento que con Layna y mi polla estaba a medio endurecer, al verla ella me dijo:

    -Veo que Layna no exagera, la tienes de un buen tamaño, y las buenas amigas lo comparten todo, incluido la polla de sus ligues.

    Tras decir esto, se sacó las tetas del vestido, dejándolas al aire, y dijo:

    -¿Te gustan cariño?

    Después se arrodilló ante mí y cogiendo mi polla con una de sus manos se puso a acariciármela, hasta que la puso bien dura, se la sacó un momento de su boca y me preguntó:

    -¿Te gusta, mi amor?

    Y siguió chupándomela, lo hacía maravillosamente bien, decididamente lo de hacerlo con chicas de mi clase estaba resultando delicioso, cuando la tuvo bien dura, se la sacó de la boca y me dijo:

    -Sin duda, Layna es una zorra que folla divinamente, pro yo puedo hacer algo que ella no puede, es cuestión de tamaño, jajaja.

    Cogió nuevamente mi polla con sus manos y la puso entre sus tetas, y apretándose estas con las manos comenzó a desplazarlas por mi polla, me hizo sentir un placer intenso, lo hacía maravillosamente bien, era toda una experta.

    -Cuando una no tiene un cuerpo tan bonito como el de tu novia, dijo refiriéndose a Layna, tiene que buscar sus mañas con los hombres.

    Estuvimos una poco más haciendo esto, pero ella dijo:

    -Cariño ya es hora de que compares dos coños.

    Se quitó el vestido, no llevaba nada debajo, y hice lo mismo con mi ropa por encima de la cintura, y nos dos nos quedamos desnudos, ella se tumbó en el sofá con las piernas bien abiertas y dijo:

    -Según mi amiga, en esta postura follas muy bien.

    Yo me puse de rodillas en el sofá y me disponía a penetrarla cuando ella me dijo;

    -El condón, cariño, el condón.

    Fui hasta donde estaban mis pantalones, saqué uno de ellos y me le puse, en ese momento ella me dijo:

    -Cariño, ahora sí que soy toda tuya.

    Yo introduje mi polla en el interior de su coño, como su amiga lo tenía completamente depilado, pero con la diferencia es que encima de él se había hecho un tatuaje con la forma de una montaña. Ella en ese momento me puso una de sus piernas sobre mi espalda, mientras yo llevaba una de mis manos hacia sus tetas y me puse a acariciar uno de sus pechos, ella dijo:

    -Joder tío, no solo sabes follar divinamente, sino que también sabes sobar una teta divinamente, tuvo mucha vista tu novia.

    Estuvimos follando así, su coño era divino, el ruido de nuestros sexos al chocar, los dos estábamos sintiendo un place increíble que hizo que primeramente ella tuviera un orgasmo gigantesco, mientras poco después yo también me corría.

    Estuvimos un rato descansando, pero ella rápidamente llevó una de sus manos hacia mi polla y se puso de nuevo a acariciármela, mi polla ante sus estímulos reaccionó y se puso dura rápidamente, ella dijo:

    -Ahora quiero ser yo quien dirija el asunto.

    Primero me colocó un nuevo condón, Me hizo sentarme en el sofá y se subió encima de mí, primero se puso de rodillas, d espaldas a mí, y bajando, poco a poco hasta que su coño entró en contacto con mi polla y se puso a cabalgarme, se la notaba que tenia experiencia como jinete, de hecho, algunos de mis compañeros de clase decían que se la habían follado, o que sospechaban que se follaba a los novios de otras chucas aparentemente más sexys.

    Al poco rato me dijo:

    -Cariño me voy a dar la vuelta.

    Y no se como lo hizo, pero el asunto es que sin sacarse mi polla de su coño se dio media vuelta y siguió cabalgándome, en esta postura no solo disfrutaba de su coño, sino que sus tetas quedaron al alcance de mi boca. Primero se los acaricié con mis manos, y después llevé mi boca hacia uno de los pezones y me puse a chupárselo con mi lengua, ella al sentirlo se puso a gemir y dijo:

    -Chupas muy bien las tetas, me lo estás haciendo pasar divinamente.

    Sus gemidos aumentaron, por lo que me di cuenta de que estaba disfrutando mucho, así que seguí haciéndolo, ella soltó un gemido aún más fuerte, por lo que noté que se estaba corriendo, ella siguió con mi polla dentro de su coño y dijo:

    -No me extraña que tengas loquita a mi amiga, jajaja.

    Pero yo no me había corrido y tenía ganas de seguir follando con ella, así que la propuse:

    -Me gustaría follarte a cuatro patas.

    Ella se rio y me dijo:

    -Sí, ya me ha contado Layna que lo haces divinamente, jaja, soy toda tuya.

    Y bajándose de encima de mi se puso de espaldas, sobre el sofá, con una de sus piernas doblada encima de este y con la otra en el suelo, yo me había levantado y esperaba a que ella se colocará, cuando lo hizo me puse detrás de ella y de un golpe se la metí dentro de su coño, ella al sentir mi polla dentro de ella comenzó a gemir, yo comprendí que la llevaba a buen ritmo, mientras gemía ella decía:

    -Debo de reconocer que follas muy bien, desde luego de gay no tienes nada.

    Sus palabras me dieron ego, y aumentaron mis ganas de seguir follandomela hasta que no pudiera más, así que seguí marcando el ritmo que consideré más placentero, y sus gemidos me demostraban que estaba acertando, mi polla aumentó el ritmo hasta que sin poderlo evitar me corrí, ell me dijo que tenía miedo de que sus padres volvieran por lo que terminamos nuestra sesión y nos vestimos, en ese momento ella me dijo:

    -Esto ha sido alucinante, con el permiso de Layna, tenemos que repetirlo.

    Después nos despedimos y me fui.

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  • La mujer de Esteban pagó la fianza

    La mujer de Esteban pagó la fianza

    Ana era una mujer de presencia inolvidable. Su rostro sereno y su mirada profunda transmitían una calma elegante, casi hipnótica. Su figura —curvas armoniosas, piernas largas estilizadas por tacos que parecían parte de su andar— despertaba admiración sin esfuerzo. Vestía con gusto exquisito: faldas cortas que rozaban el límite de la decencia, medias negras que delineaban sus piernas con sensualidad y camisas entalladas que realzaban sus pechos generosos sin caer en lo vulgar. El cabello, siempre arreglado, y un maquillaje sutil pero preciso, completaban la imagen de una mujer refinada, inaccesible, imposible de ignorar.

    Pese a su sensualidad evidente, Ana era profundamente religiosa. De formación católica estricta, se había dedicado a su familia. Ama de casa por elección, cuidaba del hogar y de sus dos hijos con devoción casi monástica. Su vida giraba alrededor del bienestar de los suyos, incluido Esteban, su esposo.

    Esteban era, en muchos aspectos, su opuesto. Delgado, de rostro pálido, gafas siempre limpias, camisa bien planchada y un andar torpe. Intelectual antes que físico, era el clásico hombre de mente brillante y cuerpo olvidado. Trabajaba como desarrollador de software en una empresa reconocida. Aunque sin carisma ni presencia, su inteligencia le había dado a su familia una vida cómoda: una casa en un barrio tranquilo, estabilidad y comodidades que pocos alcanzaban. Y, lo más enigmático para muchos, también le había dado el amor de Ana.

    Era un comentario recurrente entre conocidos y vecinos: ¿cómo había conquistado a una mujer como ella? Algunos hablaban de suerte, otros de inteligencia emocional, pero nadie lo explicaba del todo. Lo cierto es que se amaban. A su manera. Ella lo admiraba. Él la adoraba. Y en ese equilibrio imperfecto, la familia funcionaba.

    Hasta que llegaron ellos.

    Los albañiles que empezaron a construir en el terreno contiguo rompieron la calma del barrio. Juan, Cuca y el Gordo: tres hombres curtidos por el trabajo físico, de lenguaje crudo y modales erosionados por la calle. Sucios, ruidosos, sudorosos, sus risas vulgares contrastaban brutalmente con la delicadeza que rodeaba a Ana.

    Desde el primer día, la notaron. ¿Cómo no hacerlo? Al principio fueron miradas. Luego, risas. Después, susurros cargados de lujuria. Día tras día, la admiración se volvió obsesión. Sus ojos la recorrían como si les perteneciera. Cada prenda, cada paso, cada gesto era comentado en voz baja, como animales oliendo sangre. Y cuando ella caminaba rápido, intentando ignorarlos, el vaivén de sus pechos provocaba reacciones instintivas. Eso también lo notaban. Eso también lo comentaban.

    Pero el blanco de sus burlas pronto dejó de ser ella. Fue Esteban.

    La rutina en casa comenzó a cambiar. Lo que antes era un ambiente de calma y previsibilidad se tiñó de una incomodidad sorda, constante. Ana seguía igual de impecable. Salía cada mañana con la misma elegancia, sin alterar su forma de vestir ni ceder ante las miradas ajenas. Pero las risas de los obreros ya no eran disimuladas. Se volvieron más audaces, más sucias, como si la tensión acumulada les diera permiso para cruzar límites que antes fingían respetar.

    Juan, Cuca y el Gordo ya no eran solo obreros en una obra. Se habían convertido en una presencia invasiva, ruidosa, vulgar, que desentonaba con la armonía discreta del barrio. Y más aún con la imagen pulcra, casi inalcanzable, de Ana. Aquella mujer de curvas perfectas, con sus minifaldas ceñidas, medias negras, tacos altos y camisas entalladas, era una visión que los mantenía en un estado constante de morbo disfrazado de humor. Pero esa visión no les pertenecía. La espiaban como quien mira un mundo prohibido, con la nariz contra el vidrio de una pastelería.

    Esteban lo notaba. Al principio fingió no ver. Luego fingió que no le importaba. Hasta que ya no pudo fingir más.

    Sucedió una tarde, mientras Ana regresaba de la panadería. Llevaba una de sus camisas blancas más finas, sin sostén. El frío temprano de un invierno que asomaba endureció sus pezones, que se marcaban nítidos bajo la tela delgada. Al pasar frente a la obra, los tres hombres detuvieron lo que hacían. Las miradas —como siempre— la recorrieron sin pudor. Pero esta vez, Juan no se guardó nada:

    —“Con esa camisa blanca y sin corpiño… se nota que necesitás que te midan el aceite… y no como lo hace tu marido cornudo, putita…”

    Las risas no tardaron. Crueles. Vulgares. Como un puñetazo seco al estómago.

    Esteban estaba en la puerta. Escuchó todo. No hubo malentendidos ni dudas. La frase fue directa, obscena, violenta. Una declaración de poder y humillación arrojada como un ladrillo en medio del día.

    Ana se detuvo, sin mirar atrás. Entró a la casa.

    Pero Esteban no pudo quedarse quieto. Cruzó el jardín. No gritó. No respondió. Solo caminó, con los labios apretados, los puños cerrados.

    El contraste era grotesco: un oficinista flaco, con gafas, camisa celeste y una expresión cargada de impotencia, frente a tres hombres de brazos gruesos, manos curtidas y rostros endurecidos por años de calle y barro. El Gordo fue el primero en levantarse. Luego Cuca. Juan ya sonreía, como quien sabe el final de una historia antes de que empiece.

    Primero fueron gritos. Después, un empujón. Una respuesta.

    Y entonces los golpes. Secos.

    El cuerpo de Esteban terminó en el suelo, y los tres se turnaron para descargar sobre él una furia disfrazada de carcajadas. No hubo piedad. No hubo pausa. Solo la brutalidad del número y del cuerpo imponiéndose sobre el orgullo quebrado de un hombre que, por un instante, intentó defender algo más que a su esposa: su lugar, su dignidad, su nombre.

    Nadie del barrio intervino. La policía llegó más tarde. No hubo denuncias. Ana no quiso. El miedo —o quizás algo más— fue más fuerte.

    Esa noche, Esteban fue internado con contusiones múltiples, un diente menos y un ojo completamente cerrado.

    Ana no lloró frente a los médicos. Escuchó el diagnóstico en silencio. Acarició su mano vendada, firmó los papeles y volvió a casa con los niños dormidos en el asiento trasero.

    La casa seguía limpia. El barrio seguía en silencio.

    Pero dentro de Ana, algo se había activado.

    Algo que ya no iba a apagarse.

    El silencio que siguió al estallido fue aún más ruidoso.

    La ambulancia se llevó a Esteban entre luces rojas y blancas, como un espectáculo helado que nadie quiso mirar de frente. Los vecinos espiaban tras cortinas entreabiertas, pero ninguno salió. Miradas esquivas, murmullos apagados, y un aire espeso de cobardía flotaba en el ambiente.

    Todos lo habían visto. Todos lo habían oído.

    Y sin embargo, el barrio entero se escondió tras el escudo cómodo del “mejor no meterse”.

    Ana no lloró. Desde el momento en que los paramédicos subieron a Esteban a la camilla, su rostro se volvió una máscara pulida. Fría. Serena. Como si algo dentro de ella se hubiese apagado.

    Cuidó a sus hijos como cada noche. Los bañó, les preparó la cena, les contó el cuento de siempre. Les dijo que papá se había tropezado, que pronto iba a estar bien.

    Ellos no preguntaron demasiado. Confiaban en su madre como en el cielo: siempre arriba, siempre firme.

    Pero ella ya estaba lejos.

    Su cuerpo se movía por la casa, apagaba luces, cerraba puertas.

    Pero su mente ya había cruzado una línea.

    Esteban seguía vivo. Y eso bastaba. Por ahora.

    Pero la imagen de su cuerpo débil, la cara envuelta en vendas, la voz rota pidiéndole perdón desde la camilla… todo eso se le había tatuado en la memoria con hierro caliente.

    Esa noche, cuando la casa por fin se sumió en el silencio, Ana abrió el armario.

    No buscó ropa cómoda. No buscó consuelo.

    Eligió con precisión: zapatos de tacón negro. Medias negras bien ajustadas. Su minifalda más corta.

    Y una camisa blanca, liviana, sin sostén.

    Cada prenda era una declaración. Cada detalle, un mensaje.

    No era el atuendo de una víctima. Era un uniforme de guerra.

    El reloj marcaba la medianoche cuando cruzó el jardín.

    No dudó. No titubeó.

    Al otro lado del cerco, en el terreno baldío, una luz débil parpadeaba dentro del contenedor donde los tres hombres dormían.

    La noche estaba quieta. El barrio entero dormía.

    Ana no llamó. Solo se detuvo frente a la puerta metálica.

    La oscuridad la rodeaba, pero ella parecía brillar con una luz distinta.

    No temblaba. No miraba atrás.

    Esa noche no buscaba justicia. Tampoco venganza.

    La noche se había cerrado sobre el barrio como un telón espeso.

    Dentro del contenedor oxidado, el ambiente era el de siempre: ruidoso, cargado de olores.

    Cumbia rasposa salía de un parlante colgado de un clavo, mezclándose con el olor a cerveza, cigarrillos y sudor rancio. Las cartas golpeaban la mesa con torpeza. Botellas vacías se apilaban en los rincones.

    Cuca bailaba exagerado, con los brazos al aire y el torso bamboleante. El Gordo reía con comida entre los dientes, la boca abierta como una caverna. Juan, más callado, bebía a sorbos largos desde una lata caliente, observando en silencio.

    Eran animales satisfechos. Sucios. Felices.

    Hasta que se hizo el silencio.

    El crujido de unos tacos en la grava los sacó del trance. Por reflejo, los tres giraron hacia la puerta del contenedor.

    Y allí estaba ella.

    Ana.

    De pie, apenas iluminada por la lámpara amarillenta del techo.

    Como una aparición. Como una amenaza.

    Vestía una minifalda negra que abrazaba sus caderas y dejaba expuestas sus piernas tensas bajo las medias negras.

    Se erguía sobre tacos finos, como una figura sacada de otro mundo.

    La camisa blanca, fina y sin sostén, se pegaba a su torso como una segunda piel.

    Bajo la tela, los contornos de sus pechos se dibujaban con nitidez. Las aureolas oscuras, los pezones endurecidos… todo estaba ahí.

    El cabello suelto. Los labios pintados de rojo.

    Y esa mirada fija, firme, sin pestañear.

    No hablaba. No pedía permiso.

    Solo los miraba.

    Cuca tropezó con la mesa, derramando una botella.

    El Gordo quedó boquiabierto, con una carta temblando entre los dedos.

    Juan se puso de pie despacio, como si temiera romper algo sagrado.

    Pero lo que los perturbaba no era su cuerpo. Era ella.

    La forma en que estaba allí, sin miedo, sin apuro, sin una sola disculpa.

    Como si el lugar le perteneciera.

    Como si fueran ellos los que estaban de más.

    Los tres intentaron sostenerle la mirada. Ninguno pudo.

    Durante semanas la habían deseado desde lejos, disfrazando su lujuria con risas.

    Pero ahora la tenían enfrente.

    Y no sabían qué hacer.

    No hubo palabras. No hacían falta.

    Ana no se movió. No retrocedió.

    Solo existía ahí, en el centro del caos, como un eje. Inmutable.

    Las miradas de ellos eran cuchillas que le recorrían el cuerpo.

    Observaban sus piernas tensas, el borde mínimo de la falda, los pechos dibujados por la tela, los pezones expuestos como un reto.

    Sus labios rojos permanecían firmes, pero su respiración delataba un temblor apenas visible.

    Parecían animales oliendo sangre.

    Y entonces, Ana habló.

    Su voz no fue un grito ni una súplica.

    Fue baja. Medida. Precisa.

    Dijo que quería negociar.

    No pedía dinero ni disculpas.

    Pedía paz.

    Que su marido no volviera a ser golpeado, humillado.

    Que sus hijos pudieran crecer sin miedo.

    Que ella pudiera caminar por su casa sin sentir los ojos de ellos como cuchillos.

    Pocas palabras.

    Pero su cuerpo decía lo demás.

    Sabía dónde estaba. Sabía que nadie iba a intervenir.

    Que si gritaba, nadie vendría.

    Y aun así, había ido.

    Eso fue lo que más los descolocó.

    Esa valentía no era de película. Era real. Cruda. Frontal.

    La tensión se volvió espesa. Irrespirable.

    Ellos no sabían si obedecer, retroceder… o avanzar.

    Pero todos sabían lo mismo:

    Esa noche, nada volvería a ser igual.

    El aire dentro del contenedor era denso, como si el calor humano, el alcohol, el sudor y la electricidad contenida no tuvieran por dónde escapar.

    El silencio no duró.

    Juan fue el primero en moverse. Desabrochó el pantalón y extrajo su largo pene, que parecía el de un animal salvaje. Lo blandió en el aire con una violencia seca, cortando la penumbra como una amenaza muda.

    Ana no supo si era real o no, pero el brillo del glande bajo la luz amarillenta la hizo tragar saliva. No gritó. No se echó atrás.

    No lo esperaba así. Había imaginado muchas cosas —quizás por morbo, quizás por miedo—, pero nada se le acercaba a esa realidad. Era grande, sí, pero no solo eso. Era algo vivo, casi bestial. Oscilaba con peso propio, grueso desde la base, marcado por una musculatura fibrosa que parecía nacer de las entrañas.

    Era carne dura, forjada, no simplemente nacida. Las venas —gruesas, oscuras, tensas bajo la piel— lo recorrían de punta a base, ramificándose como raíces de un árbol salvaje. Latían con un pulso casi visible.

    Cuando lo tocó, sintió ese calor feroz, caliente como hierro al rojo. No había flacidez ni ternura en él: estaba completamente erguido, arrogante, curvado apenas hacia arriba, como desafiando al mundo.

    La piel que lo cubría era tirante, rugosa en ciertas zonas, suave en otras, como cuero trabajado, marcado por el tiempo y el deseo. El glande, redondo, más ancho aún que el tronco, estaba húmedo, brillante, enrojecido como si fuera una fruta madura a punto de estallar. Aquello no era solo un pene. Era un arma. Era un símbolo. Era algo que no podía ignorarse, que no se dejaba observar sin despertar algo profundo, antiguo, primitivo. Se sintió pequeña. Frágil. Y al mismo tiempo, completamente viva. Fue entonces cuando los otros dos se movieron. Cuca y el Gordo la rodearon como perros obedientes.

    Sin decir una palabra, apoyaron las manos en sus hombros. Firmes. Torpes. La piel curtida de sus dedos contrastaba con la delicadeza de su camisa blanca, que crujió bajo la presión. No la empujaron. La hundieron. Con una lentitud forzada, Ana se dobló hacia adelante, los músculos tensos, la mandíbula apretada. Sus rodillas descendieron hasta tocar el suelo del contenedor, cubierto de tierra, grasa y fragmentos invisibles de lo que fuera una vida bruta y sin reglas. El primer contacto fue un latigazo sordo: la suavidad de su piel rozó el cemento rugoso. Una punzada debajo de la rótula le arrancó un gesto involuntario, un ardor breve que se grabó como una marca, pero no importó.

    El dolor era real. Pero estaba lejos de ser lo peor que sentía esa noche. La falda se había subido unos centímetros al caer. La tensión de las medias negras sobre sus muslos hacía que cada músculo expuesto hablara sin querer. El frío del suelo trepaba por sus piernas, pero ella seguía firme, arrodillada, el cuerpo inmóvil, como una estatua de carne vestida para un ritual ajeno. Juan se acercó, sin prisa. El pene apuntaba al cielo como un mástil como si fuera una extensión de su brazo, venosa, casi viva. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo pasó lentamente por el rostro de Ana. Desde la mejilla hasta el mentón.

    Después, por la línea de su mandíbula. El cuero estaba caliente. Duro. Pero la forma en que lo deslizaba, con esa sonrisa ladeada y los ojos semicerrados, lo convertía en otra cosa. El Gordo soltó una risa gutural. Cuca lo imitó, entre dientes, relamiéndose. Ellos eran la jauría. Ella, la presa que no corría. Ana no lloró. El contacto del miembro con sus labios le erizó el cuello, pero no por miedo. Era algo más. Algo que no quería nombrar. Algo que venía gestándose desde aquella tarde en que el cuerpo de Esteban, inerte, colgaba como un trapo entre los paramédicos.

    —¿Qué opina tu marido de que su mujer, una prostituta barata esta noche tenga que darle sexo oral a tres hombres? Pregunto juan, entre risas, señalando el leve estremecimiento de Ana.

    Ella seguía en silencio. La respiración pausada. El pecho se inflaba y desinflaba bajo la tela ajustada de la camisa blanca, que ahora estaba un poco abierta. No por accidente. El calor, la postura y el contacto habían aflojado un botón. Justo el necesario para dejar ver parte de su escote. Una sombra entre los senos que parecía invitar a mirar más allá. Pero no se cubrió. No apartó el rostro. Sostuvo la mirada de Juan. Trató de rodearlo con la mano. No pudo. Su palma y sus dedos parecían insuficientes, como si estuvieran hechos para algo menor. Apretó, y lo sintió palpitante, firme, pero con una vibración interior —como si estuviera a punto de moverse solo.

    Esa respuesta, inmediata y brutal, la descolocó. Lentamente se acercó y empezó a lamer el fierro de juan haciéndenlo gozar. Su lengua recorría todo su largo tronco hasta llegar a su rojo glande. Dejando rastros de saliva por toda su masculinidad. Las manos ásperas tomaron la cabeza de la tetona mujer de Esteban introduciendo su aparato en lo profundo de su boca, encontrando algún tipo resistencia a esta sucia práctica extra matrimonial por parte de esta. Ana se atragantó con el duro pedazo de golpe, como si un puñetazo se le hubiera incrustado en la garganta. Su grosor bloqueó el aire; abrió los ojos de par en par, desorbitados, como si algo dentro de ella se quebrara.

    Tosió sin poder emitir sonido. Las lágrimas brotaron sin control. La comisura de sus labios comenzó a chorrear saliva espesa, tibia, mezclada con restos del líquido pre seminal que no lograba tragar. Un hilo le bajó por la barbilla, sacudiéndose con cada espasmo de su cuello. Su pecho se sacudía sin aire, convulso. Los músculos de su garganta se contraían como si quisieran expulsar un nudo imposible. Su mirada fija en un punto muerto, se volvía vidriosa. La respiración se volvió un jadeo roto. Parecía que su propio cuerpo la estaba traicionando, colapsando desde adentro con una violencia muda y brutal.

    Sin perder tiempo, los otros dos hombres también desenfundaron, colocándose a ambos lados de Ana, uno a su derecha y otro a su izquierda. Sus manos se apoderaron de su cabeza, guiándola sin piedad, compartiendo su boca como si fuera territorio conquistado. De rodillas, Ana —la mujer de Esteban— los comía a los tres, uno tras otro, en una secuencia salvaje, como si compitieran por ver quién lograba mantenerla más tiempo tragando. Se turnaban con una ferocidad que parecía no agotarse, como si hubieran esperado años por ese momento. Seis manos dirigían su cabeza de un lado al otro, sin descanso, forzándola, marcando el ritmo como si fuera una muñeca articulada.

    Por lo general, un solo miembro de estos machos lograba ocupar su boca por completo, pero hubo momentos en los que, con la mandíbula forzada y un gesto de dolor apenas contenido, lograba abrirla lo suficiente como para que entraran dos al mismo tiempo, aunque fuera solo la punta. Lo hicieron así durante un buen rato, con la mujer de Esteban arrodillada en medio de ellos, tragando saliva, jadeando, llorando, sin poder escapar del ritmo brutal que le imponían. Su boca, usada sin pausa, pasaba de uno al otro como si ya no les perteneciera ni a ella ni a su marido.

    Uno de los tres vergones estaba relleno de un potente jugo de macho, y tras tanto lamerlo con una entrega casi mecánica, terminó por reventar. No fue un simple chorro: una cantidad extrema del fluido blancuzco, espeso y brillante, se desbordó violentamente, saturando su boca al instante. Ana apenas alcanzó a cerrar los labios cuando el esperma se le metió por todos los rincones: le cubrió la lengua, le llenó la garganta, rebalsó por las comisuras y cayó en hilos espesos sobre su pecho. Algunas gotas golpearon con fuerza su escote, otras mancharon su camisa blanca de forma brutal, dejando huellas oscuras, tibias, innegables.

    Quedó inmóvil unos segundos, invadida por la densidad y el calor del miembro que más le gustaba. El de juan. Su respiración se cortó de golpe, como si se ahogara no solo con la sustancia, sino con algo más oscuro, más profundo, más visceral. El sabor la desbordaba: pegajoso, empalagoso, casi obsceno. La boca le quedó inundada. Le llegaba hasta el paladar, le llenaba las comisuras, le goteaba por el mentón, y ella… no reaccionaba. Porque dentro suyo, algo más fuerte que la voluntad ya se había activado. Una corriente tibia de culpa, mezcla de desconcierto y perversión, la paralizaba. Sabía que no debía aceptar aquello con tanta naturalidad… y sin embargo, su lengua se movió.

    Buscó. Saboreó. Lenta, deliberadamente. Tragó con esfuerzo. El dulce le bajó por la garganta como una carga densa, viscosa, irreverente. Cerró los ojos, abrumada por la textura, por la invasión, por la intensidad sucia de ese placer que la atravesaba en silencio. Era como si cada trago fuera una confesión muda. Una rendición. Un pecado que no necesitaba palabras. Y entonces, como un latigazo, la conciencia la alcanzó: Esa leche no era la de su marido. Hacía años que no probaba la de Esteban, casi la había olvidado Lo había dejado pasar, como tantas otras cosas. Lo había dejado de lado.

    Ahora, en cambio, comía esto. Una verga ajena, brutal. Demasiado grande. Demasiado masculino. Demasiado prohibido. Y lo hacía con la boca abierta, sin pudor. Lamiendo, tragando, jadeando incluso sin darse cuenta. El contraste la desgarró por dentro. Estaba engañando a su esposo. Y no en un juego metafórico. No en un pensamiento pasajero. No con palabras. Lo traicionaba con la boca, con la lengua, con el cuerpo entero. Le era infiel desde el estómago, desde la carne, desde los fluidos. Le estaba metiendo los cuernos de la forma más baja y sensual: tragando otras sustancias, otras esencias, otros sabores que no le pertenecían.

    Y lo hacía sabiendo. Consciente. Sabiendo que eso no era suyo. Que no debía estar ahí. Que esas vergas tenían nombre y dueño. Lo sentía como una humillación deliberada. Como si, en algún rincón oculto de su ser, quisiera que su marido la viera así, con la boca sucia, el escote manchado, los labios brillantes de otro. Como si quisiera que entendiera —sin una sola palabra— que ya era tarde. Que otra cosa, otro hombre, otro impulso, había entrado en ella. Y había entrado profundo. No era solo gula. Era adulterio. Crudo, directo, carnal. Se sintió perversa. Sucia. Infiel hasta los huesos. Pero no escupió. No se limpió. No pidió perdón.

    Simplemente tragó otra. Y el hecho de que no hubiera penetración vaginal no la salvaba. Al contrario: la hundía más. Porque esto no era un accidente. Era una decisión. Una decisión sucia, caliente y absolutamente voluntaria. Primero fue juan. Un único sabor, desconocido, que se deslizó en su boca como una traición suave. Apenas un lamido, un bocado culpable. Pero lo abrió todo. Algo en su interior —algo que no conocía o que había reprimido demasiado tiempo— se activó como un fuego lento. No pasaron muchos minutos antes de que viniera el segundo. Y luego el tercero. Tres hombres eyacularon en su boca, intensos, potentes.

    Cada uno más violento, más humillante que el anterior. Y ella los aceptó todos. De rodillas, con el cuerpo tenso y la respiración entrecortada, Ana lamía con desesperación. No por placer. Era más sucio que eso. Era necesidad. Era castigo. Era una entrega animal. Las vergas Llegaban rápido su punto de eyaculación, goteando sobre su cara, cayendo en hilos espesos por sus labios, por su mentón, por su cuello. Las gotas se deslizaban entre sus pechos, llenando su escote de una mezcla tibia y espesa que empapaba su camisa blanca. Intentaba tragarlo todo, pero no daba abasto.

    Se ahogaba entre los sabores ajenos, tragando infidelidad, culpa y deseo con la misma boca con la que besaba a su esposo. Los tres rufos albañiles la miraban. Primero incrédulo, luego fascinados. Ninguno dijo una palabra. Solo la observaban. Eran testigos de algo más grande que ellos. Algo que no entendían, pero que les excitaba profundamente. Veían cómo esa mujer —esa mujer de clase, de modales finos, esa mujer que no les hablaba ni los miraba a los ojos cuando pasaba por la obra— se destruía sola frente a ellos. Sin tocarla. Sin pedirle nada. Se arrastraba sola, entregándose con los labios sucios y la cara llena de leche…

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  • Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 2)

    Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 2)

    La ciudad despertaba afuera, pero ellos estaban en su propio mundo, uno donde el deseo y el amor se fundían en un solo latido.

    Martes, 8:37 a.m.

    El auto se detuvo frente al edificio del estudio. Ambos bajaron con gafas oscuras, bien vestidos, en apariencia impecables. Pero sus miradas… sus miradas lo decían todo. Después de una noche sin dormir y una ducha que se convirtió en preludio de un nuevo encuentro, sus cuerpos aún temblaban de deseo.

    En el ascensor, solos, el silencio se volvió insoportable. No había cámaras. No había nadie. Solo ellos, el reflejo de su deseo en las paredes metálicas, y el eco de su respiración contenida.

    Rosanna no esperó. Se giró hacia él, lo tomó de la camisa y lo besó con una fuerza que dejaba claro que aquello no había terminado. Su lengua rozó la de él con hambre, sus manos acariciaron su pecho por debajo del saco, y su cuerpo se pegó al suyo con ese calor que lo volvía loco.

    Ismael respondió con las mismas ganas. La sostuvo por la cintura, apretándola contra sí, sus labios buscándola con una mezcla de necesidad y dulzura salvaje. En ese instante, el mundo volvió a apagarse. El elevador parecía no moverse nunca. Y tal vez era mejor así.

    Pero entonces —ding— llegó el piso.

    Rosanna se separó con rapidez, como si se tratara de una coreografía ya ensayada. Se acomodó la falda, alisó su blusa, se miró en el reflejo, respiró profundo… y recuperó su rostro de jefa.

    —Listo —dijo con una pequeña sonrisa en los labios—. Nadie sospecha.

    Ismael asintió, tragando saliva, el corazón latiéndole en las sienes. Salieron del ascensor como si nada hubiera ocurrido. Como si fueran dos profesionales más empezando su jornada laboral. Pero sus cuerpos contaban otra historia. Una que no terminaba.

    Pasado el mediodía, entre reuniones, juntas de creatividad y correos acumulados, Rosanna ya no podía más. Había tratado de concentrarse. Había fingido una calma que no sentía. Pero cada vez que pensaba en él, en sus labios, en su cuerpo… la inquietud crecía. Estaba encendida. Intensa. Impaciente.

    Escribió un mensaje en el chat interno del estudio:

    Rosanna: Ismael. Ven a mi oficina. Urgente. No tardes.

    No necesitaba decir más.

    En cuanto él leyó el mensaje, supo. Sintió esa electricidad recorriéndole la espalda. Se levantó sin decir nada al equipo, tomó su libreta para disimular… y caminó hacia la puerta de ella.

    La cerró detrás de sí.

    Rosanna ya lo esperaba. De pie. Sus ojos brillaban. La falda ligeramente subida más arriba del muslo. Una señal silenciosa. El mismo fuego que nunca terminó de apagarse desde la noche anterior.

    —No he dejado de pensar en ti ni un segundo —dijo ella, acercándose lentamente—. Y ya no puedo seguir fingiendo.

    Ismael tragó saliva. La respiración se le aceleró. Sus cuerpos estaban a punto de desatarse de nuevo.

    Y así, en esa oficina de paredes blancas, con los post-its de campañas aún pegados en el cristal blanco, el deseo volvió a imponerse a la rutina. A la lógica. A todo.

    Porque cuando dos cuerpos ya se han dicho todo, lo único que queda… es volver a empezar.

    Ismael entró sin decir palabra, con el corazón latiendo fuerte y el deseo bailando bajo la piel. Rosanna lo miraba desde el ventanal, como si ya supiera que él iba a cruzar esa puerta con la misma urgencia que ella sentía. La tensión era insostenible. Ambos lo sabían.

    Él se acercó y sin dudar comenzó a desnudarla, con manos temblorosas pero decididas. Los botones de su blusa cayeron uno a uno mientras la miraba con adoración desbordada.

    —Tía… me vuelve loco tu cuerpo… tu lujuria… lo que me haces sentir —susurró él, con una mezcla de devoción y ansia.

    Rosanna lo miró por encima del hombro, con una sonrisa peligrosa.

    Ismael se dejó caer en la silla de cuero que normalmente ocupaba ella. Esa misma silla donde firmaba contratos, donde daba órdenes. Y ahora, ahí sentado, era él quien la contemplaba como si se tratara de un regalo divino.

    Ella, sin perder ni un segundo, se acomodó sobre él, de espaldas. Se sostuvo con las manos en los brazos de la silla, y sus movimientos comenzaron, suaves, medidos, como si cada gesto estuviera calculado para encenderlo aún más.

    El vaivén de su cuerpo era como una danza silenciosa. Ismael observaba como esas nalgas subían y bajaban, mientras su pene era devorado por aquella deliciosa vagina, él la sujetaba por la cintura, luego recorría con sus manos su espalda, sus costados, hasta llegar a sus senos, que acariciaba y apretaba con una mezcla de ternura y hambre. De vez en cuando se inclinaba para besarle la espalda, para rozar con los labios su piel húmeda de deseo y con su mano derecha comenzó a masajear el clítoris de Rosanna.

    Los suspiros se convirtieron en gemidos. Y los gemidos en gritos.

    —¡Lucas… más! ¡No pares, por favor! —gritó ella con voz quebrada, sin pensar, sin filtros, solo con el alma expuesta.

    Y entonces, un golpe sutil de aire… un sonido metálico.

    La puerta.

    Ismael no se había dado cuenta, en medio de su apuro, de que no había cerrado bien.

    La puerta se abrió lentamente, empujada por una corriente de aire. Y afuera… estaban ahí. Algunos miembros del equipo. Congelados. Mirando como las manos de su compañero estrujaban los senos de su jefa, mientras ella con los ojos en blanco subía y bajaba mientras su vagina era penetrada sin cansancio. Nadie entendía al principio. Luego, se quedaron ahí sin poder apartar la vista.

    Ismael quiso detenerse, quiso reaccionar… pero entonces sintió que Rosanna no se detenía. Al contrario. Su respiración se volvió aún más intensa. Su cuerpo se movía con más fuerza. Y su voz…

    —¡Lucas… no te detengas! —gritó entre jadeos.

    Ella sabía que los estaban viendo. Lo supo. Y en lugar de asustarse… se encendió más.

    Ismael la sostuvo con fuerza, intentando cubrirla, protegerla, pero ella se movía como si nada más importara. Como si lo único que existiera en el mundo en ese momento fuera ese instante, ese contacto, ese fuego.

    Y cuando ambos alcanzaron el clímax, todos observaron como un líquido viscoso pero transparente llenaba las piernas de su compañero, combinado con el semen de este, fue como una tormenta interna, ella dio un grito de orgasmo contenido que los hizo temblar a todos.

    Luego, silencio.

    Los ojos de Rosanna brillaban de adrenalina. De deseo. De desafío.

    —Ciérrenla… —dijo con voz grave y temblorosa, mirando hacia la puerta abierta, sin vergüenza alguna—. Y llamen a una junta. Después.

    La puerta volvió a cerrarse con un leve clic, esta vez asegurada desde dentro. Ismael se quedó quieto en la silla, respirando agitado, sin saber cómo interpretar lo que acababa de suceder.

    Rosanna no se inmutó. Permaneció de espaldas unos segundos, con el cuerpo aun vibrando, el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Luego, se irguió con elegancia, con una firmeza que no negaba su vulnerabilidad, y caminó lentamente hacia el ventanal.

    En su andar, Ismael no pudo evitar notar cómo su semen aún quedaba visible… acompañado de una humedad brillante que escurría por las piernas de Rosanna, y al mismo tiempo dejaba rastros en el piso de aquella oficina como la señal silenciosa de todo lo que acababan de compartir.

    Ella se detuvo, tomó aire, y luego giró sobre sus talones. Sus ojos lo buscaron. No había vergüenza en ellos. Solo un fuego calmo, mezcla de desafío, ternura… y algo más oscuro: entrega total.

    Sin decir palabra, se acercó a él. Ismael aún estaba en la silla, sin reaccionar del todo. Y entonces Rosanna, en un gesto inesperado, se arrodilló frente a él, sus manos descansaron sobre sus muslos, sus ojos estaban clavados en los suyos.

    —No hemos terminado, Lucas —susurró con una voz suave y densa, como terciopelo mojado.

    Él tragó saliva, acarició su mejilla con los dedos, temblando por dentro. Ella lentamente introdujo el pene aún erecto de su amante a su boca.

    —Tía… esto se siente tan… tan húmedo… tan tú.

    Ella cerró los ojos un segundo, como si sus palabras la acariciaran más que cualquier gesto físico. Luego jugueteó aún más con su lengua, apoyando la cabeza sobre su abdomen, respirando hondo, como si necesitara memorizar su aroma, su calor, quería limpiar todos los rastros de semen que aún estuvieran en ese pedazo de carne.

    No hicieron nada más. No tenían que hacerlo.

    El momento bastaba: ella arrodillada en silencio, él temblando por lo que había pasado… y lo que estaba por venir. Ambos sabían que habían cruzado una línea, y que no habría vuelta atrás.

    Después de unos minutos así, ella se incorporó. Se acomodó la ropa con una calma casi ceremonial, se recogió el cabello con una liga negra que siempre llevaba en la muñeca, y le dirigió una última mirada intensa.

    —En cinco minutos hay junta —dijo—. Entra cuando escuches que ya estoy sentada.

    Y entonces, como si nada hubiera pasado, abrió la puerta, caminó hacia la sala de reuniones, y dejó tras de sí el aroma del deseo… y el semen aún escurriendo por sus piernas.

    La sala de juntas olía a café recién hecho y nervios.

    Los creativos del estudio, los diseñadores, el equipo de cuentas… todos estaban ahí. Algunos evitando mirarse. Otros mordiéndose el labio. Nadie comentaba abiertamente lo que acababa de ocurrir minutos antes, pero las miradas lo decían todo.

    La jefa y su subordinado, tras una puerta abierta. El rumor ya no era rumor. Era real. Y el eco de los gemidos de Rosanna aún parecía vibrar en las paredes del estudio.

    Ismael fue el último en entrar. Cerró la puerta con calma, y se sentó, sin decir una palabra. Su rostro estaba sereno, aunque en sus ojos vivía una mezcla de orgullo, ansiedad y algo más… algo que se parecía peligrosamente al amor.

    Rosanna estaba sentada en la cabecera. Impecable. Dueña de sí misma. Ni una sola arruga en la ropa, ni una nota de vergüenza. Solo confianza. Poder. Y un leve rastro de semen en la comisura de sus labios.

    Carraspeó. Se cruzó de piernas.

    —Quiero agradecerles a todos por llegar puntuales —comenzó—. Sé que… esta mañana ha sido intensa para muchos.

    Silencio absoluto, mientras ella con su lengua limpio el manjar que le quedaba en la boca.

    Rosanna apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, estudiando los rostros frente a ella como si fueran piezas de un tablero.

    —No voy a fingir. Lo que vieron ocurrió. Fue real. Y fue decidido. Y no me arrepiento.

    Un par de ojos se abrieron con sorpresa. Otros se desviaron hacia Ismael.

    —Lo que haga yo con mi cuerpo, dentro o fuera de esta oficina, es asunto mío. Y si a alguno le incomoda… —pausa breve— puede tomarse el resto del día libre. Pero si a alguno le inspira, le enciende, o le da curiosidad… están en su derecho también. Este es un espacio creativo, libre, y a partir de ahora también más honesto.

    Un silencio cargado de electricidad se instaló. Nadie se reía. Nadie objetaba. Pero algo en el aire se transformaba.

    —Lo único que exijo —continuó Rosanna con un tono más bajo, más cercano— es respeto. Y verdad. Si sienten, si desean, si imaginan… háganlo. Sin miedo. Ya basta de oficinas frías y miradas reprimidas, pero todo consensuado.

    Fue entonces cuando Vanessa, la recepcionista de cabello rubio platinado, cruzó las piernas con cierta lentitud y clavó los ojos en Rosanna.

    —¿Y si el deseo no solo fuera hacia uno… sino hacia dos? —dijo con una voz suave, pero firme.

    Las miradas se movieron hacia ella.

    Rosanna sonrió levemente. Una sonrisa que no era burla. Era reconocimiento.

    —Entonces será bienvenido, Vanessa. Mientras haya consentimiento… todo lo que pase entre estas paredes, queda entre estas paredes.

    Un murmullo casi imperceptible recorrió la sala. Algunos ojos bajaron. Otros brillaron con interés. Y en ese instante, todos entendieron: el estudio acababa de cambiar. No solo por la pasión de una jefa. Sino porque Rosanna les había dado permiso de ser auténticos. Incluso si eso significaba dejar salir lo que siempre habían callado.

    La sala de juntas se vació poco a poco, dejando un murmullo detrás. Los pasos resonaban en el pasillo con una mezcla de incomodidad y euforia, como si algo nuevo acabara de liberarse en el estudio.

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