Autor: admin

  • Horas extras (2): Encuentro final

    Horas extras (2): Encuentro final

    Ese sábado me desperté temprano, eran apenas las ocho cuando me levanté con la cabeza revuelta, aún cargada de imágenes de lo que había pasado con Flor la noche anterior.

    Tenía el cuerpo cansado, pero la mente acelerada. Me fui directo a la cocina a preparar el mate, como de costumbre. Mientras el agua calentaba, me senté a mirar el celular apoyado sobre la mesa. La pantalla, negra, apagada… pero yo la miraba igual. Dudaba. ¿Le escribo? ¿No le escribo?

    No sabía si lo que habíamos vivido en la oficina era solo eso, un desahogo, un momento de locura. Para mí, había sido un deseo cumplido, algo que llevaba tiempo imaginando. Para ella… lo entendía como una especie de venganza. Estaba sola, dolida, traicionada.

    Lo aceptaba. Pero, la verdad, no me importaba.

    Después del mate, salí a hacer las compras. Ya tenía planeado el día, o al menos intentaba hacer como si lo tuviera. Compré algo para el almuerzo, algo para la cena. Todo mecánico, como si así pudiera sacármela de la cabeza.

    Almorcé sin hambre. Me tiré en el sillón con la esperanza de desenchufarme un rato, puse la tele y enganché un partido que ya iba empezado: Barcelona contra Betis. Pero no podía concentrarme. Por más que intentaba mirar el partido, el celular seguía ahí, a mi lado, como si me llamara.

    La pantalla seguía apagada. Nada. Ni una notificación. Me estaba volviendo loco.

    Pensé en todo lo que habíamos hecho. En cómo me miraba. Me picaban las ganas de volver a estar con ella, de saborearla, de sentirla de nuevo. Pero no quería quedar como un desesperado. No quería parecer un pelotudo.

    Terminó el primer tiempo. Miré la tele un segundo… y bajé la vista.

    Ahí estaba. El celular.

    “¿Qué mierda me importa?”, pensé. Y le escribí.

    “Hola, ¿cómo estás?”

    Sencillo. Neutral. Pero por dentro me ardía la sangre.

    Pasaron quince minutos eternos. Me levanté, fui al baño, volví. Me serví un vaso de coca.

    Nada.

    Volví a sentarme. Empezaba el segundo tiempo. Y justo ahí, sonó. Vibración corta. Un mensaje. Era ella.

    “Bien, ¿y vos?”

    Escueta. Como esperaba.

    Le respondí al toque:

    “Todo bien. ¿Qué estás haciendo?”

    Ahí me la jugué un poco más. Estaba seguro que iba a clavar el visto o tirar un “descansando”. Pero no. La respuesta tardó, pero valió la espera.

    “Hace un rato me levanté, la verdad hacía mucho que no dormía tan bien”.

    Esa frase me dejó sin palabras.

    No por lo que decía, sino por cómo la dijo. Sentí que había algo más detrás.

    No era un simple “dormí bien”. Era como si estuviera confesándome, con sutileza, que se había quedado pensando en lo que pasó tanto como yo.

    “Me alegro”, le respondí, agregando un emoji neutral para no quedar tan obvio. Dudé en seguir, pero la ansiedad me tenía preso. Me animé y le escribí:

    “No dejo de pensar en vos. En lo que hicimos.”

    A los segundos vi los tres puntitos. Estaba escribiendo. Y borraba. Y escribía de nuevo. La puta madre, esos puntitos me estaban volviendo loco.

    Al final mandó:

    “Yo tampoco.”

    El corazón me empezó a latir fuerte. Me quedé un rato mirando esa frase como un pelotudo, sin saber qué decir. Lo pensé y mandé lo que en realidad venía masticando desde la noche anterior:

    “Si no tenés planes, podemos vernos más tarde. Tomamos algo… charlamos. Sin presión.”

    Esta vez no demoró en responder. Como si ya lo tuviera decidido.

    “Dale. ¿Tipo 9?”

    “Perfecto. Paso a buscar algo para tomar. ¿Preferís vino o cerveza?”, le escribí enseguida.

    “Traé vino. Y algo para picar.”

    Estaba hecho un adolescente. Me pegué una ducha fría para no parecer un desesperado cuando la viera.

    La tarde pasó lenta, pero cuando llegó la noche salí a comprar dos botellas de vino, una tabla de quesos y unas papas bravas que sabía que le encantaban —me lo había comentado en la oficina una vez. A las 8:45 ya estaba en la puerta de su apartamento. Me temblaban un poco las manos. Toqué timbre.

    “Subí, está abierto”, me dijo por el portero eléctrico.

    Cuando entré, estaba esperándome en la cocina. Shorts deportivos y una musculosa negra ajustada sin corpiño. El pezón se marcaba descarado. No supe si fue a propósito o si simplemente ya estaba todo dicho desde que cruzamos los primeros mensajes.

    —¿Vinito? —me preguntó sonriendo, mientras me quitaba la bolsa de las manos.

    —Sí. Y algo para picar. No sabía si habías cenado.

    —No, estaba esperando que alguien me hiciera el favor…

    Lo dijo mirándome fijo, con una sonrisa de costado.

    Sentí cómo el ambiente se cargaba en segundos. No hacía falta mucho más.

    Sirvió el vino, picamos un poco, charlamos de cualquier boludez al principio, pero todo estaba lleno de segundas intenciones. Yo no dejaba de mirarle los labios, y ella notaba cada una de mis miradas. El momento se iba acercando, inevitablemente.

    —¿Sabés que dormí tan bien que hasta soñé con vos? —me soltó de repente.

    —¿Ah sí? ¿Qué soñaste?

    Se acercó despacio, apoyó la copa en la mesa y me miró a los ojos.

    —Que volvías a hacerme todo lo que me hiciste en la oficina. Solo que esta vez… con más tiempo.

    Me quedé en silencio. No sabía si estaba soñando o qué carajo pasaba. La miré fijamente, me acerqué despacio y la besé.

    Fue un beso suave al principio, lento, como tanteando el terreno… pero enseguida subió la intensidad. Ella respondió con ganas, con lengua. Sin dejar de besarme, se subió a mi falda con una naturalidad que me dejó sin aire, como si ese fuera su lugar.

    Sus caderas comenzaron a moverse con ritmo lento, apenas, pero firme. Un vaivén sensual que me hacía hervir la sangre. Nos manoseábamos como dos adolescentes. Mis manos se deslizaban por su espalda, bajaban hasta su cola firme cubierta apenas por ese shortcito de tela fina que ya no disimulaba nada.

    Ella sabía perfectamente lo que hacía.

    Se meneaba despacio, presionando justo donde sabía que me tenía.

    Cada movimiento suyo me marcaba más el bulto, lo notaba. Me le pegaba aún más, me rozaba con esa sutileza que te deja al borde pero no te deja caer. Una tortura caliente, deliciosa.

    Yo jadeaba bajito, entre beso y beso, y ella también. Todo se había vuelto piel, roce, respiraciones y tensión. En un momento, dejó de besarme y se acercó a mi oído derecho. Me recorrió el lóbulo con los labios, suave, como si quisiera marcarme con su aliento, y con una voz baja, sensual de verdad, me dijo:

    —Vamos al cuarto.

    Fue una orden disfrazada de sugerencia. Una trampa perfecta.

    Me entregué. Sin resistirme.

    Ella se levantó de mi falda, despacio, sin perder el contacto visual. Me agarró la mano con decisión, sin apuro, y me llevó hacia la habitación. Yo la seguí como un perro rendido.

    Ella tenía el control. Y yo no pensaba arrebatárselo.

    Apenas entramos al dormitorio, Flor cerró la puerta con la misma mano con la que aún me sostenía.

    Me soltó recién cuando me tuvo donde quería: al borde de su cama.

    Ella se paró frente a mí y se sacó el short despacio, dejándome ver su culito apenas cubierto por una tanga roja diminuta. La musculosa que llevaba no cubría nada más que el pecho, y sin corpiño, sus tetas se movían libres, duritas, marcadas.

    —Sentate —me dijo, señalando la cama.

    Me senté sin decir una palabra, duro como una piedra. La miraba como un enfermo. Ella se acercó despacio, se paró entre mis piernas abiertas y se sacó la musculosa, dejando sus tetas al aire. Me las restregó en la cara, riéndose, provocadora.

    —Esto te gusta, ¿no? —susurró, mientras me agarraba de la nuca y me hundía entre sus tetas.

    —Mmm… son perfectas —le dije entre dientes, mientras le lamía los pezones con desesperación, con la lengua caliente, mojada, pasándola de una teta a la otra, mordisqueando suave, besándola como si no pudiera parar.

    Ella gemía bajito, se retorcía de placer, con las manos agarrándome del pelo. Yo le metía las manos por debajo de la tanga, y sentí esa conchita caliente, mojada.

    —Estás empapada —le dije, metiendo un dedo apenas.

    Le bajé la tanga despacio y se la saqué, la tiré al piso. Me arrodillé frente a ella, la abracé de las caderas y le hundí la cara entre las piernas.

    Le abrí la concha con los dedos y se la chupé como si fuera lo último que iba a hacer en la vida. Lengüetazos largos, sucios, bien adentro. Me encantaba el sabor que tenía, cómo se sacudía cada vez que le rozaba el clítoris con la lengua.

    Ella gemía fuerte, sin filtro.

    —Comeme toda —me decía, apretándome contra ella.

    Yo no paraba. Le metía uno, dos dedos, mientras le comía la concha. Estaba explotando de lo mojada que estaba.

    Y en un momento lo sintió. Se puso toda tensa, me agarró del pelo y gritó:

    —¡Ahhh… no pares, no pares! —y se sacudió toda, acabando en mi boca, temblando, mojándome la cara entera.

    Flor se dejó caer de rodillas frente a mí, todavía jadeando por el orgasmo que le había arrancado. Me miraba desde abajo, la boca entreabierta, los labios brillando de mojados… y sonrió.

    —Ahora me toca a mí, bombón.

    Sin decir más, me bajó los pantalones y el bóxer, me agarró la verga con una mano firme, caliente, y empezó a pajearme despacito, mirando cómo me estremecía con solo tocarme.

    —Qué rica la tenés —me dijo, mientras le daba un lengüetazo largo desde la base hasta la punta, con la lengua chata, saboreándola.

    Me tiré para atrás en la cama, apoyado con los codos, sin poder dejar de mirar.

    Ella me la chupaba con hambre, pero con técnica. Sabía lo que hacía. Se la metía hasta la mitad, me la escupía, volvía a lamerla, me la acariciaba con la lengua, me hacía sufrir.

    —¿Te gusta? —me decía con voz caliente, sin dejar de pajearme con una mano mientras me chupaba la cabeza con succión fuerte, bien babosa, haciéndome retorcer.

    —Me vas a hacer acabar, Flor… —le dije, jadeando, a punto de explotar.

    Pero no paraba. Al contrario, se la metió más, empezó a chupármela entera, con un ritmo cada vez más sucio. Me miraba con los ojos bien abiertos, la boca desbordada de saliva.

    —Llename la boca, ¿entendiste? —me dijo, entre jadeos, con esa voz que no dejaba lugar a discusión.

    Ella aceleró, se la metía hasta el fondo, me la escupía, me la chupaba otra vez, me masajeaba las bolas, me gemía encima. Yo no aguantaba más. Tenía la pija a punto de estallar.

    —¡Ahh…! —grité, y ella, en vez de sacársela, me la enterró más todavía en la boca, como diciendo “terminás adentro de mí o no terminás”. Me apretó las bolas y en ese momento exploté.

    Le llené la boca de semen, una descarga espesa, caliente, larga, que ella recibió como una campeona.

    No se la sacó. Se quedó ahí, tragando todo, con los ojos cerrados, gimiendo de placer. Cuando terminé, me la chupó despacito, como si me ordeñara, dejándomela limpia, brillante, relamida.

    Flor me miró con los ojos encendidos y se volvió a montar sobre mí, con la concha empapada.

    —Hay que seguir disfrutando —me dijo, mientras se acomodaba la concha justo sobre mi verga.

    Sin dudarlo, se la ensartó entera de un solo movimiento.

    —¡Ahhh! —gemí, mientras ella se sentaba hasta el fondo y se quedaba quieta unos segundos, sintiéndola bien adentro.

    Empezó a moverse despacio, rebotando arriba mío.

    Sus tetas saltaban, sus uñas se me clavaban en el pecho. Me cabalgaba con hambre, con bronca, con deseo.

    Me cogía como si quisiera vaciarme de nuevo.

    —¡Eso! ¡Dame! —me gritaba, toda mojada, con la voz ronca de tanto gemido.

    La agarré de las caderas y le metí ritmo desde abajo, bombeándola mientras ella rebotaba. Nos chocábamos fuerte, con ruido sucio, la pija mojada entrando y saliendo. Yo le besaba las tetas, le chupaba los pezones, le mordía el cuello.

    —Ponete en cuatro, Flor —le dije con la voz tomada por la calentura.

    Me arrodillé atrás y sin pedir permiso, se la volví a meter de una, con fuerza.

    La cogía con furia, haciendo que sus nalgas chocaran contra mi pelvis.

    Ella gemía como una loca, se empujaba hacia atrás, me pedía más.

    —¡No pares! ¡Me encanta así!

    Después la hice girar y la puse boca arriba. Me metí entre sus piernas y la cogí mirándola fijo, despacio al principio, y después con embestidas duras.

    La cama crujía, los cuerpos sudaban, las piernas me envolvían la cintura.

    —Poné las piernas en mis hombros —le dije.

    Y lo hizo. Las alzó y apoyó los talones sobre mis hombros. Así, le metí la verga hasta el fondo, le doblaba el cuerpo y la hacía gritar. Le acariciaba el clítoris mientras la cogía, y ella se sacudía de placer.

    En un momento, me hizo tirarme de nuevo y se montó otra vez, como al principio, toda mojada, la concha tragándome de nuevo la pija.

    Se restregaba con furia, el pelo revuelto. Se frotaba el clítoris mientras me cabalgaba.

    —Haceme la cola… —me dijo de repente, mirándome desde arriba, con esa voz temblorosa.

    No hizo falta más.

    Se tumbó boca abajo en la cama, con el culo bien arriba.

    Le abrí las nalgas, le escupí el ano y le fui metiendo la punta de la pija, despacio. Ella mordía la almohada, se tensaba, gemía.

    La cabeza entró, y después todo el tronco.

    El orto le apretaba con una fuerza tremenda, caliente, cerrado, húmedo por la saliva.

    Empecé suave, bombeando con cuidado, mientras le acariciaba la espalda y le agarraba las tetas.

    Pero cuando la sentí relajada, le empecé a dar con fuerza.

    —¡Sí! ¡Sí!— gritaba, con la voz rota, mientras se empujaba hacia mí con cada embestida.

    Después se giró de costado, con una pierna estirada y la otra doblada, yo me puse de espaldas a ella, metiéndosela de nuevo en el culo desde atrás, bombeando con las bolas chocándole el muslo.

    La tenía rendida. Se agarraba la concha mientras se la metía por atrás.

    La hice volver a la posición de perrito, con el culo abierto, rojo, listo para que lo termine de reventar.

    —No aguanto más…

    —¡No me la saques! —me gritó—. ¡Llename!

    La agarré de las caderas, la embestí con fuerza unas últimas veces y acabé dentro, con una descarga brutal, caliente, que me hizo temblar todo el cuerpo. Ella se quedó quieta, con el cuerpo arqueado, suspirando.

    Nos quedamos tumbados boca abajo en la cama, en silencio, destruidos.

    El cuarto olía a sexo, a transpiración, a cuerpos mezclados.

    Todavía sentía su piel caliente contra la mía.

    La miré. Ella también me miraba.

    Estuvimos así un rato largo, en esa quietud rara, densa. No hacían falta palabras, ya estaba todo dicho con los cuerpos.

    Mientras me acariciaba el pelo en silencio, yo le recorría el cuerpo con la yema de los dedos: sus piernas, su cintura, la espalda…

    Tenía una belleza animal, real, sin maquillaje ni poses.

    Estaba rendida, sudada, con el pelo revuelto, y aun así… hermosa.

    No sé por qué, pero en ese momento pensé que esto podía ser el principio de algo más. Que tal vez ese era el punto de partida para otra cosa.

    La cabeza me traicionó.

    Y ahí, sin esperarlo, me bajó de un hondazo, como quien le tira una piedra a un pájaro en una rama.

    —¿Querés bañarte acá o en tu casa? —me tiró, sin vueltas.

    Me quedé duro. Me descolocó. Sentí cómo todo el hechizo se rompía en un segundo.

    Ella lo notó. Y sin piedad, remató:

    —¿Vos qué te pensabas?

    —No sé —le contesté, apenas, con una mueca.

    —Esto es un garche, nada más. Hace una semana terminé una relación, te podrás imaginar que no quiero empezar algo nuevo.

    Ahí lo entendí todo.

    No había señales confusas. No había vuelta. Por más que la deseara, por más que la noche hubiera sido una locura, lo mío con Flor era eso y solo eso: una descarga.

    Un momento. Una fantasía hecha carne.

    Me levanté en silencio. Me vestí sin apuro, pero con ese nudo en el pecho que uno no quiere mostrar.

    Sabía que esto no iba a repetirse. Que el lunes en la oficina íbamos a volver a ser lo de siempre: compañeros de trabajo y nada más.

    Antes de irme, me paré en la puerta de su cuarto. La miré. Seguía tirada en la cama, ya con el celular en la mano.

    —La pasé bien… fue increíble —le dije, con sinceridad.

    —Yo también —respondió sin levantar la vista, aunque con una leve sonrisa en la comisura de los labios.

    Me acerqué, nos dimos un beso seco en la mejilla. Nada más. Sin abrazos, sin caricias.

    Salir de su apartamento fue como salir de un mundo de fantasía.

    Volver a la calle, al ruido, al viento frío, fue como despertar de un sueño caliente que sabés que no se va a repetir.

    Volví a casa en silencio.

    El cuerpo me dolía.

    El alma… un poquito también.

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  • Cuernos sin culpa

    Cuernos sin culpa

    Cuando la causalidad nos convierte en cómplices, y esta, en partícipe para evitar ser testigos. Vieja estratagema de la cual objetivamente decidí ser arte y parte pues el beneficio prometía premios que de otro modo no hubiera podido conseguir. Pero… toda historia siempre nos deja una enseñanza, también en esta.

    Para no darle largas al asunto, voy a contar como fueron las cosas…

    Desde la adolescencia tengo una entrañable amistad con el matrimonio formado por Raquel y Domingo, conozco a esta pareja desde el mismo momento en que los presenté, sus primeros encuentros, noviazgo y hasta padrino de su casamiento.

    Hasta aquí todo había servido para afianzar y profundizar una armoniosa, profunda y leal amistad, pero… y… ¡sí! Siempre hay un pero que altera casi todo, también en este.

    Fue hace poco tiempo que necesitaba entregarle una invitación para mi amigo Domingo, que concurrí a su casa, la puerta cancel del jardín estaba sin cerrar como muchas veces, me llegó al porche para golpear los nudillos sobre la puerta, una y otra vez, pero nadie me responde. Puedo escuchar la música, pero nadie responde a mi llamado, en un primer momento pienso que deben haber dejado la tv encendida y hayan salido, pero… al tercer golpear en la puerta puedo escuchar… ¿voces…?

    Aguzando un poco más el oído y escucho con nitidez la voz de Raquel que menciona un nombre que no es el de mi amigo, no sé si por la sorpresa o por accidente me apoyo sobre el picaporte de la puerta y… esta se abre…

    Para mal de todos se abre justamente cuando acierta a cruzarse Raquel, totalmente desnuda y tras ella un tipo también desnudo que la tiene abrazada desde atrás y con el miembro perdido entre sus nalgas.

    La sorpresa de ambos al vernos nos dejó sin palabras, solo atiné a decir no sé qué disculpa y salirme de la escena, poner las manos con las palmas abiertas como para evitar alguna explicación o lo que fuera y salí de la casa.

    Precisamente esa noche me llamó Domingo para invitarme a cenar, algo por demás frecuente.

    La cena transcurrió como siempre, solo que esta vez me estuvo contando de sus logros en ventas en su reciente viaje de un par de días antes. Nada fuera de lo usual, salvo cierta ansiedad y nerviosismo en Raquel, creo suponer que estaba pendiente de que pudiera ponerla al descubierto por la situación harto comprometida en que la sorprendí por esa accidentada visita.

    En un aparte, en la cocina de la casa me agradecía por haber callado los hechos que me involucraban como testigo de cargo, se le notaba que no sabía cómo agradecerlo, más aún todo el encomiable esfuerzo por saber cómo debía retribuir el silencio cómplice.

    —Por favor Raquel, nada de nada, todo bien. No pasó nada, no tengo memoria.

    Pareciera que mis dichos habían obrado el milagro, devolverle la sonrisa, hasta creo que mis palabras la hubieran embriagado más que dos o tres copas del vino que estábamos consumiendo. Salvo esa exteriorización no pude notar alguna otra cosa fuera de lugar en su actitud, bueno… solo que el beso en la mejilla de la despedida no era como siempre, hasta me pareció que el abrazo era más apretado, tanto que cuando llegué a mi casa podía sentir el sabor de su perfume pegado en mi piel, obviamente pensé que todo era fruto de mi imaginación.

    Dos días más tarde viene a mi casa, con un pastel que ella misma había cocinado para mí.

    —¡Este pastel fue preparado con estas manos! (las muestra a modo de prueba fehaciente) para “mi amigo”, que supo guardar el silencio que solo los amigos pueden hacer. Pero como buen amigo… esto solo no es el pago, traigo más para agradecerte tu silencio… –Como había dejado el pastel sobre la mesa, ahí mismo se desató el lazo del impermeable y como en una película erótica, se abrió y me mostró su cuerpo totalmente desnudo, resaltaban el hermoso par de tetas y el vello púbico que cubre la conchita, prolijamente recortado.

    La visión me robó las palabras, no podía dar crédito a mis ojos que se están llenando de mujer, de esa mujer que vuelve más deseable, la hembra inalcanzable, por ser la de mi amigo ahora está ahí, delante de mí, ofreciéndose, como obsequio, como premio al prudente y leal silencio. No puedo ni me importa mucho ahora si pretende comprarme o agradecerme, la visión de tremenda hembra turba mi entendimiento, todo se vuelve deseo y lujuria, no siento otra cosa que ganas de poseerla, de meterla en ella, de hacerla mía.

    Pero aún con todo eso en ebullición no atino a qué hacer, qué decir, cómo actuar, solo esperar que ella de el primer paso.

    —Luis, no tengo otra cosa más que ofrecerme yo misma. Sé que te agrado, que te gusto, te he visto en más de una ocasión mirarme las piernas, el culo y las tetas. Una mujer no se equivoca, sabe bien distinguir cuando esa mirada dice que el tipo siente verdadera calentura, podía sentir como me comías con la mirada, como te contenías impedido de saltar y cogerme, por tu amistad con Domingo. Pues bien, en vista de las circunstancias, de la buena predisposición que tuviste hacia mí, de que seguramente no lo sabes, pero tu amigo últimamente ni me toca un pelo, y por eso el otro día me pescaste cuando un amigo me estaba cogiendo… Tú me agradas y yo necesito… creo que está todo dicho ¿no?

    Qué más decir, lo había dicho todo ella y claro como el agua, puesto blanco sobre negro, puesto las cartas sobre la mesa, exhibido la intimidad y las miserias de su vida conyugal, entendí que más que compensar un silencio cómplice estaba buscando al amigo para que le ayude a sostener una pareja, que pueda darle el sexo que Domingo le retacea por alguna razón que desconozco.

    No esperó a que saliera de mi asombro, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

    —Vamos, todo esto es tuyo –mientras deja deslizar el impermeable, va delante de mí, subida en sus zapatos taco aguja, meneando su cintura, preludio de un concierto de deseos con vibrantes contrapuntos de sexo en medio del atronador retumbar de la pasión que bulle en la bragueta y se hace jugos dentro de la vagina de Raquel.

    Mis sentidos solo funcionan para tentar, sentir su carne, percibir las caricias que abandona en mí, aspirar el perfume de su piel trémula y húmeda, escuchar los gemidos de satisfacción, ver su cuerpo inclinado en adoración sobre el mío, degustar el sabor que extrae de mi verga. De pronto, es como si todo se hubiera borrado de mi mente, solo ella y estas instancias es lo más que puedo sentir, la razón no alcanza y la pasión se me desborda, tengo la sensación de que cada acto se vuelve puro, cada suspiro está cargado de sentimiento, cada minuto que transcurre son sesenta segundos más de permanencia en el paraíso. Puedo sentir que el mundo ha dejado de girar para nosotros.

    Siento que habito el mejor de los mundos, un privilegiado del destino, sus ojos se han apoderado totalmente de mi persona, su mirada se torna diabólicamente centelleante y apasionada, lujuriosos labios, brasas ardientes sus caricias, me pierdo en su intensa mamada de verga. El placer se detiene, también el delirio y magia, deja de mamarme…

    —¡Quiero sentirla dentro mío! Te sentí al borde de acabar, ¡te necesito acá! –señala su vagina.

    Hábil como pocas, para tener el control de suspender la sensual mamada en dos oportunidades y cuando sintió que está a punto de venirme en su boca por el delicioso contacto hizo la pausa para cambiar el curso de acción.

    Consumida por la lujuria del momento, abandona el recato, afloja del abrazo y se tiende de espaldas, las piernas abiertas ofrecen el camino del desahogo carnal, su cofre de placeres está dispuesto, separa los labios vaginales hasta que asomó la deliciosa hendidura, tallada en nácar rosado, aguardando al visitante.

    Arrodillado ante las columnas del templo puedo escuchar el silencio, dispuesto al sacrificio en la comunión carnal del sacerdote mientras me van ganando los impulsos de su ardiente naturaleza despertados en la inminencia del acto sublime de entregarme en manos de la lujuria.

    El sacerdote, se inclina complacido ante la ofrenda carnal, dispuesto al sacrificio. La extraordinaria sensualidad de la naturaleza hecha hembra para entregarse a satisfacción de los deseos del macho con increíble deleite, ya no quedan lugar para pensamiento, los hechos hablaron por sí mismos.

    Entrada triunfal al cálido recinto lubricado de deseo, deslizando mi sexo en la urgencia pasional, de un solo golpe llegar al máximo que permiten los límites de los cuerpos, abrazo y gemido fueron los halagos recibidos en la entrada triunfal. Las bocas de cada quien se esconden en el cuello del otro, sentimos el fragor de la calentura que nos consume a fuego lento.

    En este momento celebré la pausa que impuso cuando me sacó de su boca, de otro modo me habría impedido el disfrute prolongado que ahora estoy gozando.

    Los pies enlazados en mi cintura le permiten impulsarse, elevar la pelvis, colaborar en la penetración intensa, los movimientos convulsivos, intensos y caóticos nos pierden en sus vericuetos pasionales, turban la razón y enredan los sentidos. Deambulamos en un mundo de sensualidad y lujuria, perdidos en la nebulosa de la intensidad y fragor del bombeo continuado dentro de su ardiente conchita.

    De nada me sirvió desviar la concentración, la urgencia de la carne se impone perentoria y exige una reparación a tamaña calentura.

    Raquel sabia en leer los gestos del macho, presiente que me está llegando el momento supremo, cuando la calentura turba la razón y las prevenciones.

    —¡No pares! ¡Sigue, sigue, fuerte…! ¡Acaba dentro… dentro de mí!

    Sus palabras sonaron a trompetas de gloria, era el más maravilloso sonido que mi carne podía haber escuchado, dejarme ir dentro de ella era como entrar al séptimo cielo y tocarlo con las manos. – ¡Ah, ah, ahhh…!

    Fue lo más que pude decir cuando la copiosa acabada fluyó de mis entrañas para llenar las suyas. La abundante cantidad de esperma parecía estar en relación con la proporción de mi abstinencia y su ansiedad, fue el momento liberador de los deseos prolongados e intensos convertidos en una descarga efusiva.

    —¡¿Cómo vas?!

    Fue la pregunta que me surgió luego del delirio de la efusiva y copiosa venida dentro de ella.

    —¡Acabé! Fue cuando te venías dentro mío, esa leche caliente me arrastró en tu orgasmo… ¡ufff!

    —estaba tan… tan… no sé cómo decirlo… —Caliente dijo ella— Sí… sí eso, tan caliente que mi propia calentura me hizo perder el sentido de todo, solo podía estar en la leche que salía de mí…

    Nos besamos, seguía enlazada a mi cintura, no quería que me saliera de ella, gustaba sentirme dentro, ajustado en su carne. Podía sentir los tardíos latidos de su orgasmo, sorprendente perfección en su técnica, presiona con mayor energía que antes la menguante rigidez del dardo de carne. No quería salirse, quería sentir la espada de mi carne envainada en su estuche sensual para prolongar su orgasmo e intentar llegar al éxtasis.

    Calmos y disfrutando del clímax resultante, sin palabras, solo sentir, cada quien ensimismado disfrutamos ese instante de goce que deviene de un polvo tal exigente y vehemente como el que acabamos de vivir.

    Raquel yacía boca abajo, viajando por el delirio del intenso orgasmo. Coloqué mis piernas a ambos lados de ella, ahorcajado sobre sus nalgas, mis manos se aferran convulsivamente a la almohada que ahora reposa bajo su vientre, mientras el cuerpo de la mujer se proyecta hacia delante y eleva sus caderas para ofrecérseme franca y sumisa.

    La penetración fue gozada, más calma, pero tan intensa como la previa. Se prolonga en tiempo y espacio, todo va tomando ritmo y la calentura asciende por la espiral que nos lleva de lleno al fragor de metisaca intenso y convulsivo, se contraen sus labios, aprieta mi verga, técnica eficiente que exige concentración para no dejarme llevar por esa forma de cogerme. Porque es ella quien gobierna las acciones, quien está conduciendo mi calentura, levándome a sensaciones inéditas.

    Se mueve y agita, siempre hice gala de prolongar por mucho tiempo mis relaciones sexuales, pero con ella se me han “quemado los papeles”, los tiempos se acortan, la acción de la hembra reclama la eyaculación, apremian el deseo y acortan el tiempo. Puedo sentir como la esperma comienza a emprender el camino hacia la liberación, la siento fluir desde lo profundo de mis riñones, un tropel de emociones se encamina hacia el destino final: eyacularle.

    —¡Por Dios! ¡Toma! ¡Toma! –exclamé de forma casi gutural.

    La boca reseca, labios entreabiertos, visión nublada solo me permitía vislumbrar la silueta de la mujer que poseía y recibía mi semen. Entre gemidos y gruñidos entrecortados acabé un verdadero torrente de espesa leche dentro de la concha de Raquel. Seguí apretando mis rodillas contra sus caderas, elevando mi cuerpo por sobre el de ella, entrando más en cada chorro de semen, disfrute de la enlechada hasta el último estertor con la última gota de semen.

    El guerrero descansa sobre el dorso de la hembra servida con el semen del macho, dos humanidades en el más puro y primitivo de los placeres, el sexo a pleno, total y sin reservas.

    Nuevamente me pide seguir encima de ella, prolongando ese placer que siente cuando el hombre que la hace feliz se queda prolongando su propio goce, acompañando su orgasmo tardío, pero igualmente satisfactorio.

    El reloj dijo que habían transcurrido casi cuatro horas desde el inicio, nuestro reloj biológico indicaba otras sensaciones. La despedida tan solo fue un hasta mañana, dicho desde el vano de la puerta, cuando anudó el lazo del cinturón del impermeable, llevándose en su mirada la imagen del reposo del guerrero tan luego de una ardorosa batalla.

    Después de este encuentro se sucedieron varios, casi todos los días de esa semana estuvieron agitados por los encuentros de sexo con Raquel, tampoco faltó probar como era hacerlo analmente.

    En todos los encuentros siempre campeó la lujuria y el deseo como expresión de máxima, buscando sacar lo más y mejor de nuestras ganas puestas en función del placer compartido. Justamente en una de las últimas veces Raquel llegó con la alegría exultante y las ganas tan explícitas que me dijo:

    —Luis, ahora es el momento de mi regalo. Bueno tengo dos… uno decirte que soy muy feliz y el otro te lo voy a dar ahorita mismo.

    Se colocó entre mis piernas, bajó los pantalones y sacó el miembro del bóxer, arrodillada delante de mí, lo tomó en sus manos y comenzó a sacudirlo, despacio y sin dejar de mirarse en mis ojos, controlando cada gesto, cada gemido. Comenzó a mamarme, como siempre, pero de otro modo, con otra intensidad, con otra concentración, con otro entusiasmo, de tal modo que prontito me llevó al límite de mi resistencia.

    Apretaba por la base del pene para yugular y sofrenar la inminencia de la venida, técnica que repitió un par de veces hasta hacérseme insostenible, las manos tomando con fuerza sus cabellos le dicen cuánto.

    Vuelve a mamar con renovado entusiasmo, sacude con intensidad y chupa con fruición, mis manos enredadas en sus cabellos atraen su cabeza para sostenerla ante la inminencia de lo previsible. Un bramido la previene, ella accede, sus ojos confirman que está dispuesta al recibirme, el final feliz se acerca…

    —¡Ahhhh! —Fue lo último que alcancé a pronunciar antes de venirme en su boca.

    Raquel recibió la enlechada, la primera luego de dos días sin tocarla, copiosa y espesa. Comenzó a tragar uno tras otro los chorros que le inundaban la boca, resbalan garganta abajo. Mis gruñidos eran muestra evidente del glorioso disfrute que me proporciona venirme dentro de su boca, sigue chupando y apretando el miembro hasta que debe abrir la boca para no atragantarse y algo de leche se le escurre entre la comisura de sus labios.

    Mis ocupaciones me tuvieron poco más de un mes fuera de la ciudad, ese mismo viernes compartimos la cena, llevé vino que traje del viaje y al momento de probarlo, Domingo propuso un brindis, algo poco usual, entre la pareja había como un brillo de complicidad en sus miradas, ¿un secreto privado tal vez?, develado en el levar de las copas… Luis, brinda con nosotros, porque… ¡vas a ser tío!

    —¿Cómo es eso?

    —Embaracé a Raquel.

    —¡Domingo la embocó por fin! –dijo Raquel. Risas.

    Momentos más tarde ella me daría un abrazote y beso, para coronar con un…

    —¡Gracias!, eres un gran tipo, ¡vamos a ser padres!

    A buen entendedor…

    Lobo Feroz

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  • El despertar

    El despertar

    Estaba sumergido en una vorágine de placer, un torbellino de sensaciones que me consumía por completo.

    Mi cuerpo, envuelto en un catsuit de cuero negro brillante, vibraba con una intensidad eléctrica.

    El material se adhería a mi piel como una segunda carne, su superficie lisa y fresca amplificaba cada movimiento, cada roce.

    El aroma del cuero pulido se mezclaba con el almizcle del deseo, embriagándome mientras dos mujeres, con sus cuerpos voluptuosos enfundados en catsuits de cuero reflectante idénticos al mío, se apretaban contra mí.

    Sus manos enguantadas recorrían mi cuerpo, la fricción del cuero contra cuero enviaba escalofríos por mi espina dorsal, cada caricia encendiendo chispas de éxtasis.

    Mi erección palpitaba contra los confines ajustados de mi traje, el cuero acentuando su urgencia pulsante.

    Me alternaba entre ellas, embistiendo con un ritmo que se sincronizaba con sus gemidos de placer.

    Mis manos enguantadas exploraban sus cuerpos, trazando las curvas de sus pechos cubiertos de cuero, jugueteando con sus pezones endurecidos a través del material resbaladizo.

    Las besé profundamente, nuestras caras enmascaradas rozándose, el cuero de nuestras capuchas crujiendo suavemente con cada movimiento.

    Mi lengua encontró sus pliegues íntimos a través de aberturas ingeniosamente diseñadas en sus trajes, saboreando la mezcla embriagadora de su excitación y el rico aroma animal del cuero.

    La sobrecarga sensorial —cuero, sudor y sexo— me llevó al límite.

    Nuestros cuerpos se movieron en una danza frenética hasta que no pude contenerme más, alcanzando el clímax con un estremecimiento que nos dejó colapsados en una cama cubierta de pieles exóticas, sin aliento y saciados.

    Mientras mi mente se aclaraba, rememoré los eventos que me llevaron a este momento surrealista…

    Horas antes, desperté desorientado, mis sentidos registrando de inmediato una sensación inusual.

    Mi cuerpo estaba envuelto en un catsuit de cuero ceñido, su superficie brillante abrazando cada contorno con un agarre posesivo.

    El material era a la vez restrictivo y liberador, su peso una constante recordatorio de su presencia.

    Moví los dedos de los pies, sintiendo el cuero crujir suavemente a su alrededor, luego flexioné los dedos de las manos, los guantes moldeándose a mis manos como obsidiana líquida.

    Con los ojos aún cerrados, recorrí mi cuerpo con las manos, la textura lisa del cuero enviando cosquillas por mi piel.

    El traje era impecable, cubriéndome de los pies al cuello, salvo por una pieza reforzada en la entrepierna que acunaba mi sexo, amplificando cada pulso de excitación.

    Mi rostro estaba cubierto por una capucha de cuero, con pequeñas aberturas para los ojos, la nariz y la boca, la máscara presionando suavemente contra mi piel, su aroma llenando mis pulmones con cada respiración.

    Al abrir los ojos, me encontré en una cámara peculiar, una mezcla de opulencia y tecnología alienígena.

    La habitación estaba dividida en dos secciones: un salón rectangular adornado con sillas y divanes cubiertos de pieles iridiscentes y brillantes, y un área circular dominada por una enorme pared de espejos.

    Mi reflejo me devolvió la mirada, una figura en un traje Zentai de cuero negro reluciente, el material reflejando la tenue iluminación violeta de la sala.

    El traje era una obra maestra de artesanía, su superficie pulida hasta alcanzar un brillo de espejo, con circuitos sutiles incrustados en el cuero que palpitaban débilmente con energía bioluminiscente —una fusión de fetichismo y diseño futurista.

    Al pasar las manos por mi pecho, sentí una oleada de placer, el cuero amplificando cada roce, su frescura contrastando con el calor de mi piel debajo.

    Una voz femenina, suave y sintética, rompió el silencio. “Veo que disfrutas de la indumentaria que hice preparar para ti,” dijo, con un tono impregnado de diversión.

    Giré, buscando el origen, pero no vi a nadie. “¿Quién está ahí? ¿Dónde estás?” pregunté.

    “Soy Astraea, una inteligencia artificial creada por viajeros interestelares,” respondió la voz, emanando de altavoces ocultos en las paredes. “Has cruzado un portal cuántico —un agujero de gusano, en tus términos— y has llegado a un planeta lejano, muy lejos de tu Tierra.

    La energía del portal fue dura con tu cuerpo, por lo que te equipamos con este traje protector. Protege tu piel y realza tu experiencia sensorial, como seguramente has notado.

    ”Miré mi reflejo nuevamente, los circuitos del traje brillando débilmente como si respondieran a mis pensamientos. “¿Estoy… dañado?” pregunté, mi voz ligeramente amortiguada por la capucha.

    “En absoluto,” aseguró Astraea.

    “El traje es una precaución, pero parece que te queda bien. Tu reacción sugiere que lo encuentras… estimulante.

    ”Me sonrojé bajo la máscara, el cuero calentándose contra mis mejillas. “¿Dónde estoy exactamente? ¿Y por qué este traje?” “Estás en la ciudad de Lumora, en un planeta habitado por una civilización similar a la humana, en una etapa que podríamos llamar Renacimiento High Tech,” explicó Astraea. “El portal por el que cruzaste es raro, y tu llegada ha generado entusiasmo.

    La leyenda predice que quien pase por él liderará nuestra ciudad.

    En cuanto al traje, es tanto protección como un símbolo de autoridad.

    Está tejido con nanotecnología que se adapta a tu cuerpo, regula la temperatura y mejora la retroalimentación táctil.

    También he incrustado un traductor en tu capucha para comunicarte con los locales y un sigilo único para marcarte como el líder elegido.

    ”Noté un emblema brillante en mi pecho —una espiral estilizada que pulsaba con una suave luz azul. “¿Entonces esperas que gobierne una ciudad que no conozco?” pregunté, incrédulo.

    “Exactamente,” respondió Astraea. “Con mi guía, liderarás Lumora. He escaneado el dispositivo electrónico que portabas (mi teléfono celular) y he sondeado —tus deseos y tus fantasías— y sé de que eres capaz.

    En cuanto a tu recompensa… me aseguraré de que tus deseos más profundos se cumplan.

    Empezando por esto.

    ”Un panel oculto en la pared se abrió con un siseo suave, revelando a dos mujeres entrando en la sala.

    Mi aliento se detuvo.

    Eran impresionantes, sus figuras curvilíneas acentuadas por catsuits de cuero negro brillante que reflejaban el mío.

    Los trajes abrazaban sus caderas y pechos, el cuero reluciendo bajo la luz violeta, su superficie ondulando con circuitos incrustados que brillaban débilmente en sincronía con sus movimientos.

    A diferencia de mi capucha, las suyas tenían aberturas en la parte trasera, permitiendo que una cascada de cabello —una morena y la otra pelirroja— cayera libre.

    Los trajes presentaban costuras intrincadas que resaltaban sus formas, con paneles reforzados en los muslos y brazos que crujían seductoramente con cada paso.

    Alrededor de sus cuellos llevaban collares metálicos, cada uno grabado con el mismo sigilo en espiral que el mío, reluciendo con un brillo de otro mundo.

    “Son tuyas,” dijo Astraea, su voz desvaneciéndose en un susurro. “Elegidas según los deseos que obtuve de tu dispositivo.

    Están dedicadas a tu placer, entrenadas para servirte en todo. Disfruta, mientras preparo al consejo de la ciudad para tu llegada.

    ”El panel se cerró, dejándome solo con las mujeres.

    Se acercaron, sus cuerpos enfundados en cuero moviéndose con gracia felina.

    La mujer de cabello moreno presionó su mano enguantada contra mi pecho, el contacto enviando una descarga a través de los circuitos del traje, amplificando la sensación.

    La pelirroja se inclinó, sus labios rozando mi mejilla enmascarada, el cuero de su capucha crujiendo contra la mía. “Somos tuyas, mi señor,” dijeron al unísono, sus voces suaves y ansiosas, traducidas perfectamente a través del intercomunicador del traje.

    Sus manos me exploraron, los guantes de cuero deslizándose sobre mi traje, cada roce magnificado por la nanotecnología.

    Sentí cada costura, cada pliegue, mientras sus dedos trazaban mi pieza en la entrepierna, provocándome una excitación ya dolorosa.

    Las atraje hacia mí, nuestros trajes de cuero chirriando en armonía, y las besé, el sabor del cuero y su calor mezclándose en un cóctel embriagador.

    Lo que siguió fue un torbellino de pasión—nuestros cuerpos entrelazados, los trajes realzando cada sensación, desde la fricción del cuero hasta el calor de su piel debajo.

    Después de copular repetidamente, colapsamos, exhaustos, en un enredo de extremidades y cuero, la sala impregnada del aroma persistente de nuestro encuentro.

    Tras un breve sueño, desperté acurrucado entre mis compañeras, el cuero de nuestros trajes cálido por nuestra cercanía.

    El aroma del cuero y su fragancia natural me envolvió, despertando nuevamente mis sentidos.

    Ellas se movieron, notando mi vigilia, y se sentaron, sus trajes brillando bajo la tenue luz. “Estamos a tu servicio, mi señor,” dijo la mujer de cabello moreno, su voz sensual. “Pregunta lo que desees, y responderemos.”

    Tomé un momento para procesar mi situación. “Cuéntenme más sobre este lugar—y este traje. ¿Por qué no puedo quitármelo?”

    La pelirroja respondió, su mano enguantada descansando en mi muslo, el contacto enviando un escalofrío a través de mí.

    “El traje te protege de la atmósfera de Lumora, que es ligeramente tóxica para tu fisiología. Aquí, en esta cámara sellada, estás seguro para quitártelo, pero afuera, es esencial.

    Me explicaron que una vez a la semana, me bañaría y afeitaría, reemplazando el traje por uno nuevo.

    Me llevaron a un armario, cuyas puertas se deslizaron para revelar una variedad de atuendos de cuero, cada uno más elaborado que el anterior.

    Catsuits, chaquetas y botas, todos hechos de cuero negro brillante, algunos adornados con circuitos brillantes o detalles metálicos.

    Uno captó mi atención—un traje con paneles holográficos integrados que brillaban con patrones cambiantes, una mezcla de atractivo fetichista y tecnología avanzada. “Todos estos son para ti,” dijo la mujer morena, pasando los dedos por un par de botas hasta la rodilla. “Cada uno lleva el sigilo del gobernante.”

    Noté el emblema en espiral en cada capucha, brillando débilmente. “¿Cómo sabrá la ciudad que soy su líder?” pregunté.

    La pelirroja sonrió, su capucha de cuero enmarcando su rostro. “El sigilo te marca. Y nosotras, tus doncellas, te acompañaremos, atadas a ti como signo de tu autoridad.”

    Se arrodillaron, presentando dos collares metálicos —reminiscentes de los anillos de “O” de la cultura fetichista de la Tierra, pero forjados de una aleación ligera e iridiscente que zumbaba débilmente con energía.

    Cada uno tenía cadenas delgadas, cuyos extremos estaban envueltos en empuñaduras de cuero para mis manos. “Estos simbolizan nuestra devoción” dijo la mujer morena, ajustando su collar.

    “Te pertenecemos, y todos lo sabrán.”

    Dudé, luego tomé las cadenas, las empuñaduras de cuero cálidas en mis manos.

    El peso de las cadenas, combinado con el crujido de mi traje, me provocó un estremecimiento. “Necesito… aliviarme antes de salir,” dije, sintiendo una mezcla de vergüenza y curiosidad.

    “Por supuesto, mi señor,” respondieron, guiándome a una letrina elegante y futurista.

    Sus superficies eran de obsidiana pulida, y un zumbido suave emanaba de mecanismos ocultos.

    Me alivié, la pieza de la entrepierna del traje diseñada para un acceso fácil, su nanotecnología ajustándose perfectamente.

    Para mi sorpresa, la mujer morena se arrodilló, limpiando mi miembro con su lengua, la sensación intensificada por el calor persistente del cuero.

    La pelirroja usó una esponja cálida para limpiar mi trasero, luego siguió con su lengua, asegurándose de que todo estuviera impecable.

    La intimidad, combinada con la amplificación sensorial del traje, reavivó mi excitación.

    Las tomé nuevamente, los trajes de cuero chirriando y brillando mientras nos movíamos, hasta que alcancé el clímax una vez más, el placer casi insoportable.

    Al rato cuando Astraea me aviso.

    Me levanté, ajustando mi traje, el cuero asentándose de nuevo como algo vivo y dije “Vamos a ver esta ciudad,” dije, mi voz firme con una confianza recién descubierta.

    Enganché las cadenas a mi cinturón, su peso un recordatorio constante de la devoción de mis compañeras.

    Asintieron, sus collares reluciendo, y me guiaron hacia la salida de la cámara, la promesa de los misterios de Lumora —y mi rol como su líder— esperando más allá.

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  • Infiel por culpa de mi cuñada

    Infiel por culpa de mi cuñada

    Hola chicos y chicas, estoy un poco nerviosa, pero a la vez caliente de escribir esto, la verdad nunca creí hacer lo que hice, pero aun así lo que paso despertó algo dentro de mí, espero no ser juzgada y que disfruten de mi historia.

    Soy una chica casada, tengo 25 años, fruto de mi amor con mi esposo tengo una linda nena de 5 años, soy de tez morena clara, cabello largo negro, ojos cafés, soy pequeña solo mido 1,58 de altura, a pesar de tener una hija físicamente me veo bien con tetas medianas redondas y firmes, vientre plano, piernas largas y torneadas, cintura pequeña y un culo duro y respingadito.

    Mi esposo se llama Alex es más grande que yo por 2 años, el es un padre y esposo ejemplar pero debido a faltas de oportunidades se tuvo que ir para USA dejándonos con su mamá y su hermana, yo siempre he amado a mi esposo y pienso que es el amor de mi vida al igual que mi hija, pero después de 5 años alejados cualquier chica necesita sentirse querida y eso representa más que palabras.

    Todo ocurrió hace 2 años, mi cuñada (Ana) me pidió de manera muy insistente que la acompañará a un baile que se hacía en la ciudad pues ella iría con un chico que acababa de conocer, resulta que ella tenía novio, pero él estaba trabajando en otro estado, así que para no despertar sospechas entre los conocidos yo iba acompañarla y hacer el papel de chaperona, ante su insistencia decidí acompañarla después de dejar a mi niña encargada con mi suegra.

    Llegamos al baile y me presento a Agustín la verdad que él era un chico atractivo y con mucha personalidad que al verlo no pude evitar pensar en las cosas que Ana me platicaba de él, y sobre todo de su desenvolvimiento en el sexo que a palabras de mi cuñada Agustín era incansable, pero en fin a mí me tocaba ir solo como acompañante para evitar rumores, después de estar un buen rato sentada y aburrida viendo a la gente bailar, y a mi cuñada y Agustín darse unos arrimones bastantes insistentes el sueño me empezó a ganar, en eso estaba cuando Ana se acercó a mí.

    -que crees cuñis- pregunto muy angustiada, por su cara sabía que era algo malo, le hice un gesto preguntando que pasaba, ella me tomo del brazo mientras nos alejábamos de Agustín

    -Pedro (su novio) viene llegando, le dije que tenía muchas ganas de venir al baile y él se apresuró en su trabajo y de sorpresa está aquí.

    Mmm pensé e hice un gesto de preocupación -¿y ahora?

    -Pues no sé, te toca hacerme un gran favor cuñis, Pedro no sabe de Agustín y si el llegara a verme con él ni siquiera quiero saber lo que haría, por favor entretén un rato mas a Agustín mientras yo me llevó a Pedro.

    -mmm- no me pareció la idea, a regaña dientes acepte pero sin antes aclararle que estaría ahí máximo media hora y que después de justificarla, Pedro y ella pasarían por mi

    Regrese a la mesa, después de inventarle una excusa a Agustín sobre algún familiar de Ana que enfermó, me invito a bailar, no me sentía cómoda así que le dije que no, un poco molesto se levantó y desapareció entre la gente, de pronto lo observe bailando con una chica desconocida, pensé que ya estaba ahí de sobra así que me pare para irme cuando de pronto un desconocido sujeto mi mano, voltee y era un tipo mugroso y borracho que al verme sola pensó en aprovecharse y jalarme a bailar con él, forcejee con el pero debido a la escasa luz y al ruido tan intenso de la música nadie se daba cuenta de lo que ocurría.

    El tipo me jalo con más fuerza mientras decía no sé qué cosas, yo estaba tremendamente asustada cuando de pronto apareció una sobra, sin oír lo que decía le atesto tremendo golpe al borracho mientras me sujetaba de ambos brazos era Agustín, quien se había dado cuenta de todo lo que pasaba, siendo el único conocido y después del gran susto lo abrase y me solté a llorar por lo que había pasado, el me tomo de la mano y me condujo a la salida del lugar.

    Mientras caminábamos, me tranquilizaba y me cubría con su chaqueta, llegamos hasta un pequeño restaurant que se encontraba abierto, nos sentamos y pedimos dos cervezas, habitualmente no tomo, pero en ese momento quería cualquier cosa que pudiera tranquilizar mi coraje y susto.

    Luego de tranquilizarme comenzamos a hablar, la plática era muy divertida, Agustín era un tipo agradable, con un sentido del humor increíble y así pasaron 2, 3, 4, 5 y 6ª cerveza, mi cabeza me daba vueltas, cuando me pare para ir al baño recordé a Ana y le llame por teléfono

    -Hola (susurro) que paso cuñis.

    -¿Que paso Ana?, ¿Dónde estás? ¿No iban a pasar por mí?

    -ay cuñis, Pedro insistía en ir al baile, así que tuve que hacer uso de mis encantos y tú ya sabes ahorita estoy haciendo esos trabajitos.

    -Mmm ¿y ahora?

    -pues no voy a regresar, hazme un favor e invéntale algo a Agustín, yo mañana le explico por favor.

    -mmm bueno voy a pedir un taxi y a ver que le digo a Agustín- Llegue a la mesa y tome mi bolso en ese lapso había recobrado un poquito la conciencia y con un gesto cortés le dije a Agustín que tenía que irme

    -¿Como? No claro que no yo te llevo, pero ven siéntate nos tomamos la última y nos vamos.

    -no se disculpa, yo no tomo y creo que ya estoy muy mareada, quizás otro día.

    El viento me traiciono al salir, no recuerdo como subí al coche de Agustín, cuando tuve un poquito de noción lo estaba besando en la puerta de la casa de mi suegra, sus manos recorrían mi cuerpo y mi coño lo sentía súper mojado, lo detuve por un momento mientras buscaba la llave, había perdido la cordura, mis hormonas estaban a mil, lo único que quería era sentir a Agustín dentro de mi sin importar que en esa casa estaban durmiendo mi suegra con mi hija, la llave no estaba Ana seguramente se la había llevado, lo tome de la mano y camine hacia la puerta trasera.

    Al llegar a la puerta abrí con cuidado, atravesamos la sala sin hacer ruido y llegamos a mi habitación, entramos y él se abalanzo sobre de mí, nos besamos como unos adolescentes entre cruzando nuestras lenguas y mordiendo nuestros labios, sus manos se deslizaron por mi cintura hasta llegar a mi culo levantando mi falda y masajeando mis nalgas, beso mi cuello y bajo asta mi pecho, tomo los tirantes de mi vestido dejándolos caer haciendo que mis tetas quedaran al descubierto, no perdió el tiempo y acerco su boca a una de ellas, su lengua toco uno de mis pezones el cual reacciono de inmediato poniéndose durito.

    Recorrió toda la aureola de mi pezón con su áspera lengua -haaa- deje escapar mis primeros gemidos, con su mano jugaba delicada y suavemente mi otro pezón, ponía uno de sus dedos encima de el y hacia movimientos circulares, de a poco fue cada vez mas brusco puso su boca en mi pezón y empezó a morderlo y succionarlo como si quisiera arrancármelo mientras hacía lo propio con el otro pellizcándolo, jadeaba ligeramente mientras sentía su lengua recorrer mis pechos de uno a otro lado, lo tome de los cabellos y comencé a acariciarlo sin dejar que se separara de mis tetas.

    Sentí sus dedos recorriendo mis pantis mojadas el roce de la tela con mi vagina se sentía súper rico, tomo mi panti y la hizo a un lado deslizando sus dedos de arriba abajo por mi pucha totalmente húmeda, el roce de sus callosos dedos contra mi coño suave me estaba matando, sentí como lentamente entraban un par de sus dedos dentro de mi, mordí mis labios y cerré mis ojos ahogando aquel gemido profundo de placer, empezó con un lento y suave mete y saca mientras con su dedo pulgar intentaba sobarme el clítoris, yo no dejaba que se separara de mis tetas jalándolo con mas fuerza hacia ellas.

    Agustín me tenía en la gloria llevaba demasiado tiempo sin sentir ese placer indescriptible, yo jadeaba mordiendo mis labios intentando hacer el menor ruido posible aunque en algunas ocasiones no podía evitarlo, puse mi mano sobre el bulto el cual se marcaba sobre su pantalón y comencé acariciarlo, estuvimos así por un par de minutos más hasta que él se separó de mí y volvimos a besarnos, me separe de él lo tome de su camisa y se la desabroche con desesperación pudiendo ver su pecho y vientre marcado y peludo, me hinque delante de él y comencé a frotar mis manos sobre su verga por encima del pantalón, estaba durísima.

    Lo veía directamente a los ojos mientras con mis dos manos desabroché su cinturón, retire el botón de su pantalón y baje el cierre del mismo, sus pantalones cayeron al piso, tome su bóxer y se lo baje su verga salió disparada y quede impresionada al verla, era totalmente morena, peluda, venuda, cabezona, de muy buen tamaño tal vez le media unos 17 o 18 centímetros y ancha, ahí estaba yo hincada a punto de comerle la polla a alguien que hasta hace unas horas era un desconocido, tome su polla con ambas manos y empecé a masturbarlo mientras dirigía mis labios a sus velludos huevos, comencé a besarlos y lamerlos por todas partes dejándolos totalmente ensalivados.

    Entre besos subí por el tronco robusto y venoso de su verga hasta quedar enfrente de su cabezota, pasé mi lengua por todo su glande mientras acariciaba sus huevos, puse mis labios en la punta de su polla y fui introduciéndola lentamente, pude meter un poco mas de la mitad de su verga, empecé a sacarla y meterla despacio intentando introducir un poco mas con cada mamada hasta que las arcadas le avisaban a mi cuerpo que ya no podía con mas, subía el ritmo con cada chupada que le daba mientras el jadeaba del placer, sacaba su polla casi por completo y volvía a metérmela de un solo golpe.

    Él me tomo de la cabeza y empezó a cogerme la boca mientras intentaba mover mi lengua entre su verga, de repente me jalo hacia el provocando que me ahogara con su polla, me mantuvo así por algunos segundos mientras yo intentaba separarme, me retiro bruscamente de mi tarea oral y comenzó a darme cachetadas con su gordo miembro masculino y a restregármelo por toda mi cara, parecía que quería dejarme su sabor o su olor a macho, y lo repartía por todos lados, yo intentaba capturarlo con mi boca pero solo podía cruzarme momentáneamente con ese delicioso caramelo que me tenía doblegada de placer.

    Así que me conformaba de momento con darle algunos lengüetazos, me dejó volver a tomarla y como una desesperada volví a chupársela como loca, después de algunos minutos me levanto y me aventó hacia la cama, me quito las pantis y el vestido dejándome solo en tacones, abrió mis piernas y se quedó hipnotizado viendo mi panocha totalmente depilada, se acercó a mi vagina y sentí su lengua recorrer mi coño de arriba abajo, no perdió el tiempo y empezó a besarlo pasando la lengua por cada uno de mis pliegues, lamia y lamia alrededor y yo me sentía en la gloria y deliraba de placer.

    Él hacía movimientos circulares con la lengua hasta que la poso en el centro de mi pucha enterrándola dentro de mí, jugaba con la punta de su lengua era todo un experto y me estaba haciendo ver las estrellas como hace muchos años no lo hacían, el succionaba mi panocha mientras metía un par de dedos yo sentía un delicioso calor invadir toda mi puchita y aquel liquido blanco salía de mí, quería gemir y gritar como una loca pero no podía pues no quería que mi suegra se despertara, cada vez mordía mas mis labios intentando ahogar mis gemidos.

    Agustín se separó de mí y me jalo dejando mi culo en la orilla de la cama, escupió un par de veces en mi coño y dejo caer su hermosa verga encima, yo estaba ansiosa por que me la metiera, pero la froto de arriba abajo, la sujetaba y me daba pequeños golpes sobre mi vagina, ponía la cabeza en la entrada y hacia algo de presión pero en lugar de meterla solo la volvía a frotar, hasta que lo voltee a ver y le dije:

    -Dámela ya por favor.

    Él solo sonrió y coloco la cabeza de su verga en la entrada de mi vagina y comenzó a empujar suavemente hasta que por fin entró.

    -aaaah- solté un largo gemido, me la comenzó a meter lento, de a poco sentí como su verga abría mis labios vaginales con cada centímetro que entraba, la metió un poco mas de la mitad y lo detuve pues mi panocha ya no podía con mas, comenzó a moverse sacándola y metiéndola.

    -haaa joder es aaah tan deliciosa- el aumentaba el ritmo poco a poco y yo deliraba del placer.

    -es divina haaaa sigue, sigue ahhh cógeme, cógeme aaaah.

    -Que caliente esta tu coño puta.

    -haaa si mi amor tú me aaah tienes así.

    Agustín puso un par de dedos en mi boca y empecé a chuparlos, paso su mano a mi cuello y a medida que empezó a apretar, aumentaba a un mas la velocidad de sus embestidas, mas y mas y mas rápido, era todo un animal.

    -cógeme, cógeme haaaa mi amor aaaah cógeme.

    -eso te gusta zorra entonces toma, toma.

    El me daba tremendas embestidas que me hacían gemir como una perra, perdí todo control y ya no me importo nada de lo que sucediera, ni me interesaba si mi suegra me escuchaba me sentía una autentica puta y gemía como tal, yo hubiera seguido así pero el poco a poco fue bajando el ritmo hasta que se detuvo por completo, se acercó a mi para besarme mientras yo movía mi culo para que siguiera cogiéndome, saco su verga y me agarro de la cintura y me puso a cuatro patas, me acomode y abrí las piernas mucho para verme lo más sexi posible mientras vi como mis tetas colgaban como melones maduros y con la punta de los pezones totalmente erectos por lo que iba a pasar.

    Él se acercó por atrás acomodándose para penetrarme con furia, en mi habitación tenía un enorme espejo en una de las paredes donde podía ver todo lo que pasaba, mire como su enorme polla estaba totalmente tiesa y él la acercaba a la entrada de mi agujero, miraba por el espejo su cara de tremenda excitación al ver como mi panocha se abría frente a su verga sin restricciones, sentí como la enorme cabeza de su polla toco mis labios vaginales y empezó a introducirse en mi -ahhhh que rico papi.

    Se quedó quieto metiendo la mitad de su verga mientras gozaba como mi pucha guardaba y apretaba su deliciosa polla, estaba nuevamente en la gloria, el empezó a moverse y yo lo seguí, iba subiendo poco a poco el ritmo y la fuerza del mete y saca, hasta que sus embestidas se hacían fuertísimas, me estaba dando con todo mientras inundaba mi habitación con mis gemidos.

    -vamos perra esto es lo que esperabas toma, toma, trágatela se ve que hace tiempo no gozas como lo puta que eres.

    -si reviéntame, traspásame, rómpeme mi rey, dame, dame, ahhhh, ahhhh- gemía y gemía.

    Era indescriptible esa sensación de placer que invadía mi cuerpo, el empujaba y empujaba, debido al tamaño de su aparato yo temblaba ante sus embestidas, yo respiraba agitadísima y solo quería que me la metiera hasta el fondo del alma, hasta que no pudiera soportar más.

    -sigue aaah sigue haaaa

    -Toma perra todo esto es tuyo

    Perdí el mundo de vista, me retorcía y hundí mis caderas lo más que podía contra su verga, era una sensación súper rica, sentía su verga entrando y saliendo sentía su grosor en todas las paredes de mi vagina, el me tenía tomada del cabello tirando, entrando y saliendo sentía como su verga entraba cada vez mas profundo, sentí como me daba un par de nalgadas con sus manos robustas, seguía bombeándome me tomo por la cintura y me comenzó a darme unas metidas maravillosas y fuertes, volvió a tomarme del cabello y jalo, subió ambos pies a la cama quedando en cuclillas en esa pose podía sentir todo el esplendor de su verga dentro de mí.

    Sentía como dejaba caer todo su peso en mi haciendo sus embestidas aún más fuertes, sin decir nada él se separó de mí y se tiró en la cama poniendo su espalda en la cabecera, yo entendí enseguida lo que quería y me acerque dándole la espalda y me senté sobre sus piernas, el tomo mis nalgas y levanto un poco mi culo para poder penetrarme, yo me acomode mejor y se produjo el encontrón entre su polla y mi pucha una vez mas, su verga entró esta vez enterita, la sentía más profunda por mi peso aplicado y suspiré, levante mis piernas y las abrí mucho, hasta poner mis pies sobre sus piernas me recosté sobre él.

    Él agarro mis tetas desde atrás empezándolas a sobar y a pellizcar mis pezones los cuales estaban súper duros, nos acoplamos bien y empezó el movimiento.

    Esta vez yo controlaba más y levantaba mi panocha hasta sacar su polla y bajaba hasta enterrarla de nuevo, primero lo hacía despacio y luego fui subiendo el ritmo, el empujaba cada vez que mi vagina bajaba de tal manera que sentía unas terribles embestidas mientras el me apretaba las tetas, una vez más mire al espejo la escena y me pude ver completita lo que estaba haciendo y era alucinante estaba completamente desnuda y con las piernas totalmente abiertas entregando mi coño a otro hombre que no era mi esposo, me miraba mientras cogía y cogía, yo tenía una cara de auténtica puta y gemía como loca, hasta que sentí a Agustín moverse más frenético, de repente todo termino en una metida profunda.

    -vamos mi rey aaaah dame de esa leche venga, venga relléname de leche haaa- baje el coño con fuerza y sentí como su polla explotaba dentro de mí

    -ahhhh perra, recibe, recibe

    Sentí como se corría dentro de mí, y su leche se estrellaba contra el fondo de mi coño, sentía como bombeaba todo su esperma dentro, su verga era tan gruesa y yo tan estrecha que mis paredes apretaban su polla y podía sentir claramente el bombeo de su leche, el saco su verga y quedamos tendidos respirando ambos agitadamente y mirándonos con ansias, me acerque a su polla y lamí todo el semen que aun salía de su verga saboreando ese delicioso y caliente liquido hasta dejarla totalmente limpia, me acerque y me acurruque en su pecho, no sé cómo no escucho mi suegra el escándalo, ambos perdimos la conciencia y nos quedamos dormidos acurrucados y totalmente desnudos.

    -(Toc, toc) ¿cuñis? ¿Ya estás aquí?

    El ruido de la puerta me despertó sobresaltada, era Ana quien llegaba después de haber entretenido a Pedro para que no conociera a Agustín, no sé qué hora de la madrugada era, me levante entre mareos rápidamente a ponerle seguro a la puerta.

    -Ya Anita ya estoy aquí. ¿Todo bien?- Pregunte

    -si, me fue genial, mañana te cuento, susurro detrás de la puerta, oye ¿y Agustín? ¿No sospecho de nada?

    -No se creyó todo lo que le dije

    -Ok, ok gracias cuñis te debo la vida, hasta mañana, descansa

    Y ya no pude contestar nada, pues en ese momento sentí que algo se abría paso entre mis piernas, era Agustín quien me estocaba una vez más y no descanse nada, ahora entiendo porque Ana decía que era insaciable.

    Espero les guste mi historia, les agradecería mucho si me dejan un comentario para saber si quisieran que les cuente más de esta historia por la que pasé, sin más muchas gracias por su atención.

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  • Mi compadre

    Mi compadre

    Cuando iba en la secundaria tenía una amiga querida, ahora que somos grandes me pidió que fuera el padrino de su hija lo cual acepté con gusto. Por ella conocí a su marido. Un tipo guapo aunque descuidado. El típico marido renegado, se veía a leguas quien llevaba los pantalones en esa casa. Mi relación con ellos era padre y pronto me hice buen amigo del marido de mi amiga, ahora mi compadre.

    Yo vivía en Querétaro en ese entonces y ellos en CDMX. Un día me contactó mi compadre para pedirme que le diera asilo en mi casa porque tenía que ir a ver unas cosas a León, con gusto le abrí las puertas.

    Era viernes como las 8 pm cuando me avisaron de la puerta de mi privada que había llegado, veo las luces de su coche que se estacionaba y abrí la puerta para recibirlo. Trajo una botella de whisky la cual empezamos a tomar luego. Yo saqué algo de “Mary Jane” y empezamos a tomar y fumar.

    Después de unos drinks, se abrió conmigo, me platicó que tenía broncas con mi comadre, es más, me dijo que tenía como 3 años que no había tenido sexo con ella y que era muy güey para ligar, aparte de que no se quería meter en broncas. Como ella maneja el dinero, pues ni oportunidad de contratar a alguien para que le diera amor. Me confesó que ya se sentía como adolescente de tanto que se la jalaba.

    Siendo yo soltera, me comentó que le daba envidia mi vida, que podía estar con una mujer o con otra y en eso me sale directo del corazón y sin pensarlo…

    -Pues si, con mujer o con hombre, el sexo no me falta.

    Cuando lo dije, si pensé: ¡Ya la cagaste pinche Lía! Había una tensión rara en el ambiente. Me pregunto:

    -Neta compadre, ¿has estado con hombres?

    Pues ya que le decía:

    -La neta si compadre, espero no salga de aquí.

    Me comenta algo que si le dejo en shock.

    -Tú no te apures, ya que estamos en confianza, te puedo decir que a mí me encantaría estar con una trans, pero solo yo darle, me da miedo que me diga que ahora ella quiere.

    Me reí bastante y ya le expliqué que había pasivas, activas y que en mi caso era pasiva.

    -Compadre, está bien que te llamen la atención las trans, ¿pero y las travestis?

    -Pues si se ven femeninas porque no.

    Hice lo que nunca pensé y le enseñé una foto mía vestida. Algo no tan provocador pero sí llamativo.

    -¡No mames que eres tú! ¡No te pareces en nada! Si te veo en la calle, no sabría que eres tú, aparte de que te ves bonita y buenona.

    Ya no sabía si reír o que. ¡Estaba que moría de pena!

    -Entonces que opinas compadre, ¿si me veo mujercita?

    -¡La neta te ves mujer y guapa!

    -¿Te gustaría conocerla? Puedo llamarle y que venga para que la conozcas. Solo tarda como 30 minutos en llegar.

    -Me encantaría conocer a Lía.

    Le di un buen trago a mi whisky con agua mineral y le dije que le iba a hablar a Lía. Le propuse si iba a la tienda a comprar cigarros para que me diera chance. Así fue.

    Corrí al segundo piso a mi cuarto, ese día por suerte me había depilado y afeitado. Ya solo era cosa de vestirme y maquillarme. Me puse una falda holgada a medio muslo negra, una blusa negra ajustada, abajo una tanga roja de Victoria Secret, en cada copa de mi bra también rojo, mis explantes de silicona, transformando mi cuerpo en niña. Me puse la peluca, un pantiliguero igual negro y justo cuando me terminaba de cepillar el cabello, oigo que iba llegando.

    -¡Compadre, ya llegué!

    -me acomodé las chichis por encima de la ropa, salí del cuarto dando taconazos y bajé la escalera

    -Perdón (vamos a decir que se llama Rafael), Mi primo tuvo que salir, pero me pidió que te atendiera. Mucho gusto me llamo Lía.

    Mientras decía todo mi choro, sus ojos no dejaban de estar totalmente abiertos, sorprendido y descaradamente admirándome toda.

    -¡Wow! ¡Estás hermosa!

    -Gracias Rafa, porque no me invitas un drink y platicamos, pero vamos a la sala, las sillas del comedor están algo incómodas.

    -Rafa, hay mucha luz, voy a apagar algunas para ahorrar. Dejé prendida solo la luz de la escalera.

    Dejé todo en penumbra pero todo se veía perfectamente. Se sienta junto a mí retomando la plática de su esposa. Le di consejos como mujer, que la volviera a enamorar: flores, regalos, detalles; todo eso nos mata a las mujeres pero si ya quería estar con una mujer ahorita, pues que tenía a una enfrente de él. Me sonrió y me agarró el muslo justo donde empezaba la piel.

    -Tienes la piel suave

    -Es que hoy me acabo de depilar toda

    -¿Te depilas toda? Mientras lo decía, metía sus manos más adentro ya tocándome las nalgas.

    -Toda me depilo Rafa, solo el área del bikini si me dejo una rayita.

    Me levanto la falda para agarrarme mejor las nalgas en lo que me acercaba a que me diera un beso. Mi excitación subía gradualmente y él lo notaba por mi respiración. Le desabroche y le quité los jeans dejándolo solo en bóxer tipo biker que dejaba ver su erección de una verga que parecía gruesa. Me monté en él, moviendo mis nalgas por en una de su calzón, seguíamos besándonos apasionadamente mientras le desabrochaba la camisa dejando su pecho desnudo el empecé a besar. Me bajé de él para poder seguir bajando, cuando mis labios llegaron a su estómago, le bajé el bóxer, dejando ver una verga de unos 17 cm pero gruesa. Una de las más gruesas que haya visto.

    Después de unos besitos en la cabecita, me la fui metiendo poco a poco en la boca comprobando lo gruesa que estaba y pensando que la mandíbula se me iba a cansar pronto. Por más que quise no me pude tragan entera por el grosor, me ahogaba en ella, producía mucha saliva, dejándola resbaloza.

    Solo un hombre en toda mi vida había tenido el honor de preñarme, pero eso fue hace mucho tiempo, era mas joven y ese hombre fue el que me estrenó. Era un tío mío pero ya luego contaré esa historia. Hasta este punto de mi vida, solo él me había dejado toda su leche adentro hasta ese momento. Sabía que no me iba a contagiar de nada, sabía que estaba segura y yo la neta es que moría por volver a sentir el semen de mi macho preñándome y así fue.

    Una vez que me asegure que estaba lo más dura posible y lubricada por mi saliva, procedí a pararme, darle la espalda y sentarme lentamente en su verga. Abrí mis nalgas y sentí la punta en la entrada de mi panocha de Travesti. Cuando sentí que empezaba a entrar, movía las caderas para ayudar a dilatarme. No tardé mucho en comérmela toda con el culo. Estaba sentada en su regazo, empalada por la cola por tan semejante animal. Empecé muy lento moviendo las nalgas y poco a poco fui acelerando, dándome de sentones, gimiendo como una puta, actuando como una. Me pidió que me pusiera en 4 lo cual obedecí al momento ya que soy sumisa y me encanta satisfacer a mi hombre.

    Ahí en el sillón me puse como la perra que me sentía en ese momento. Recosté mi cabeza en el sillón, dejando mis manos libres para que pudiera abrirme las nalgas lo más posible. Sentí como iba entrando hasta el fondo. Me embestía como todo un hombre cogiéndose a su mujer. Yo gemía y el solo me decía lo puta que era. Mientras más me decía lo piruja que era, más me calentaba y más le pedía me nalgueara y me siguiera diciendo que era una puta.

    Me pidió que me acostara boca arriba lo cual hice. Me puse un cojín en la espalda, levantando la cadera y abriendo mis piernas. Cómo amo ver mis piernas abiertas en lencería y mi calzón abajo. Me levanto las piernas y me la metió. Con mis manos le agarraba las nalgas, jalándolo hacia mi. Mientras me la metía estando entre mis piernas, escuchaba como gemía, sabía que lo estaba gozando tanto como yo. Me tomó de los tobillos, por encima del lazo de mis tacones y me siguió penetrándome con ese pene delicioso. Yo solo pensaba en lo que mi comadre se perdía. ¡Es un buen hombre, chambeador y muy bueno en la cama! ¡No solo era el tamaño, se movía delicioso!

    Se volvió a poner los tacones de arete y aprovecha para recargarme en sus hombros y así acostada moverme, primero de forma circular y luego de arriba para abajo.

    Me volvió a abrir las piernas acostándose en mi, besándome mientras me hacía el amor. Me excitaba como me lo hacía, como me trabaran como toda una mujer, pero lo que más me prendía, era saber que me iba a dejar inundada de su leche. Algo que como comenté, solo había pasado una vez y hace mucho tiempo.

    Le pedí que me cogiera lo más profundo que pudiera, le pedí que me llenara de leche.

    -¿Quieres lechita en tu panocha amor?

    -Ay papi, quiero que me hagas un hijo.

    Cuando dije eso, vi cómo se prendió aún más. Lo abracé con brazos y piernas

    -Si papito, cogeme tan profundo que dejes todo tu semen en mi matriz y me preñes.

    Acelero sus movimientos, yo le gritaba que me preñara, que me embarazara. El grito que dio cuando se vino fue bárbaro, la explosión que sentí adentro de mí fue igual algo intenso. Sentía las contracciones de su verga mientras se venía y bárbaro fue la cantidad de semen que me dejo adentro.

    -Ya tenía rato que no te ordeñabas, ¿verdad?

    -En efecto, ya tenía rato pero creo que saqué hasta el alma jajaja.

    Se quitó de mi, me paré y en cuanto lo hice, sentí como chorreaban nuestros hijos por mis muslos.

    Fumamos un cigarro, nos acabamos el drink y se fue a dormir al cuarto de visitas. Por la forma que pasó, pensé que iba a ser solo ese encuentro y ya.

    Por fortuna, estaba equivocada.

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  • Todos en el gimnasio vieron desnuda a mi mujer

    Todos en el gimnasio vieron desnuda a mi mujer

    Tengo 39, un poco alto, moreno claro, cuerpo atlético. Mi mujer actual 34, piel clara, amplias caderas, culo delicioso y tetas pequeñas, pero con pezones rosados, buen rostro, una mujer muy atractiva, siempre con su coño rasurado.

    Desde que estaba en mis veintes me di cuenta que me gusta el exhibicionismo y me prendía mucho exhibir a mis parejas, con algunas lo confesé e incluso intenté que se desinhibieran un poco más, algunas accedían, otras no. Con mi mujer actual, ya tenemos 4 años de vivir juntos, 5 de ser pareja y aunque no se lo he dicho explícitamente, creo que empieza a sospecharlo. Ya con ese contexto, empiezo el relato, que solo de recordarlo me dan ganas de masturbarme.

    Esto sucedió hace 2 años aproximadamente, ambos nos inscribimos en un gimnasio que le quedaba a ella cerca del trabajo. Un gimnasio pequeño pero bonito, con todas las máquinas necesarias. Comenzamos a ir, yo porque siempre he sido de cuidar mi figura y ella, pese a que estaba muy bien y se mantenía, por acompañarme y tonificar su cuerpo, decidió inscribirse conmigo. Todo transcurrió normal al principio, yo le compré licras que marcaran bien su culo e incluso algunas con las que se le marcara su vulva, pero las que eran más reveladoras, ella solía usar camisas largas porque según ella “todo se le marcaba” y que no se sentía cómoda así.

    Cuando ya teníamos 1 mes, más o menos, ella estaba más entusiasmada, empezaba a sentirse y notar diferencias en su cuerpo, por lo que aproveché y le compré licras cortitas de estas de moda que resaltan los culos, se le veían exquisitas.

    A todo esto, ya ambos éramos conscientes de la cantidad de miradas que ella atraía con su cuerpo, al principio ella decía que le incomodaba un poco, pero yo siempre la animaba y le decía que en lugar de incomodarse o sentir pena, que debería de sentirse orgullosa porque si llamaba la atención, incluso de muchachos en forma, era porque de verdad estaba muy rica. Eso la tranquilizó y después de que le dije que no me molestaba, que por el contrario, me hacía sentir orgulloso, ella se soltó un poco más.

    El dueño del gimnasio, un tipo como de unos 52 años, era delgado y se notaba algo en forma, pero sin llegar a ser musculoso. Como ya teníamos 3 meses de estar yendo, ya lo tratábamos más y platicábamos a veces con él, él estaba recién terminando un curso o diplomado sobre nutrición y no sé qué más, entonces estaba en eso de querer vender productos y servicios de dietas personalizadas, de tanto insistirnos, terminó convenciendo a mi mujer, y fue gracias a eso que pasó algo que fue demasiado excitante para mí.

    Un miércoles fue cuando ya se terminaron de poner de acuerdo respecto al inicio de su nueva dieta, del control, medidas, peso, etc., todos los parámetros que él iba a necesitar para comenzar a trabajar en ella, en su “nueva mejor versión”. Quedaron para el viernes de esa semana, porque le dijo que él tendría más tiempo ese día.

    El viernes llegamos a las 5:30 de la tarde, la hora que normalmente llegábamos y él estaba en una llamada, nos pidió 5 minutos y nos dijo que ya nos atendería, que pasáramos a la oficina (la cual estaba después del escritorio de recepción, donde pasaba el instructor cuando no estaba ayudando a algún cliente). No pasaron los 5 minutos y él entró, ya sin el teléfono. Y después de saludarnos y platicar cosas triviales, procedió con su plan de nutrición y todo eso. A todo esto, yo estaba nada más aburrido y pensando que era una pérdida de tiempo, pero no quería oponerme a lo que mi mujer quería hacer, no me imaginaba que jamás olvidaría ese momento.

    Después de explicar un poco cómo sería todo el proceso, sacó una cinta métrica de la gaveta de su escritorio (voy a describir la oficina para que tengan una idea más clara de cómo era todo).

    Después de recepción, había una puerta, todo el tiempo se mantenía abierta, pero como estaba como de lado, no se veía desde el escritorio para adentro, porque había como que cruzar un mini pasillo para entrar, ya la oficina era un poco amplia, larga sobre todo, tenía una báscula casi al medio, una pizarra a un costado, en el otro lado -enfrente- habían unos lockers, supongo que para los instructores y él, y al fondo, a unos 6 metros, estaba su escritorio, con una computadora, un archivero, etc. Había, casi al costado de la báscula una repisa con trofeos, reconocimientos y adornos.

    Retomo acá el relato. Cuando se acercó con la cinta métrica, el dueño a quien llamaremos “Julio” le dijo a mi mujer que se quitara toda la ropa, mi mujer me vio como extrañada y yo solo asentí con calma, en ese momento yo sentí una punzada en la verga, se me quitó todo el aburrimiento y comencé a pensar que esto sería algo buenísimo. Mi mujer se quedó como dubitativa entonces Julio le insistió, “quítese toda la ropa, por favor, todo, todo. No se preocupe que no es mi primera clienta, estoy acostumbrado a esto, no tiene nada que no haya visto muchas veces.”

    Mi mujer reaccionó, me vio y volví a asentir, se quitó primero el top, luego el brassier, quedaron sus tetas expuestas, yo ya estaba empalmado. Julio se ofreció a sostenerle la ropa, yo tenía en las manos la botella de ella y la mía, junto con las toallas que normalmente llevábamos, por lo que resultaba más fácil para él ofrecerse a tener la ropa. Ella se apoyó en la pared y se quitó los zapatos, se quitó los calcetines y luego se bajó la licra, ese día llevaba una larga. Noté cómo Julio estaba viéndola, sentí que ya empezaba a mojarse mi verga y después Julio le dijo, también el calzón, mi mujer se lo bajó, lo dobló y lo metió en medio de la licra.

    Vi una leve sonrisa en el rostro de Julio y cómo recorrió el cuerpo de mi mujer. Tomó toda su ropa, incluso los zapatos y se los llevó hacia la silla de su escritorio, o sea, súper lejos de donde estábamos. Mi mujer me vio así como de “qué locura esto” y yo le dije que se relajara.

    Llegó Julio nuevamente y comenzó a tomarle medidas de todas partes del cuerpo a mi mujer, mientras seguía explicando y platicando, solo le dijo “con permiso” y comenzó a poner una mano por aquí, otra por allá, le levantó las tetas, le tocó el culo, tocó cerca de su vulva, la hizo abrir las piernas para tocarle la parte interna de los muslos, yo estaba con una enorme erección, pero me lograba tapar con todo lo que tenía en las manos.

    Julio le dijo que se subiera en la báscula, a todo esto, Julio tenía una libreta pequeña donde iba anotando todo, la guardaba y sacaba en uno de sus bolsillos, de repente le dijo que debía tomarle unas fotos para tener el antes y después, mi mujer que ya se notaba incómoda con todo esto, me miró y yo no le di importancia, yo por dentro estaba que quería irme al baño en ese momento a masturbarme, a todo esto Julio no encontró su teléfono, por lo que dijo “lo dejé afuera” y procedió a gritarle al instructor, lo llamaremos Luis.

    “¡Luis!” gritó, “tráeme el teléfono” mi mujer se extrañó y yo estaba más excitado porque sabía que Luis también disfrutaría viendo a mi mujer sin nada de ropa y así fue, entró con el teléfono de Julio y solo dijo “permiso” como si fuera toda la situación de lo más normal y claro, no perdió el tiempo y le dio una repasada a mi mujer, como me vio tranquilo, no dijo nada y se quedó un rato ahí, me preguntó alguna tontería que por mi estado ni le presté mucha atención y le respondí rápidamente, luego le dijo a mi mujer que vería rápido los resultados y luego le dijo a Julio que uno de los clientes estaba preguntando por unos tarros de proteína que vendían el gimnasio.

    A todo esto Julio tomó su teléfono y comenzó a tomar las fotos. Luis, antes de salir, le volvió a mencionar lo del cliente y Julio le dijo, ya lo voy a atender, que te diga de cuál es el que quiere y en ese momento, vi como Luis encendió la cámara de su teléfono y según él con disimulo, se puso a grabar mientras salía y llevaba el cel por bajo, mi mujer ni se fijó, yo sí, pero me hice el que no. Luis se salió y yo ya estaba que eyaculaba ahí mismo, pero aún faltaba.

    Julio recibió una llamada en ese momento, por lo que detuvo lo de las fotos y nos dijo casi en señas que le diéramos unos minutos, se dio la vuelta pero siempre ahí, en eso entra el cliente, un jovencito bajito y delgado, de unos 19 o 20 años, con un tarro de proteína, solo nos dijo “perdón” mi esposa solo me vio así como “¿qué está pasando?” y yo solo me sonreí, mi esposa trató de taparse un poco el coño, pero el chico no perdía detalle desde que entró y se quedó como esperando la respuesta de Julio.

    Este muchacho siempre le morboseaba el culo a mi mujer, así que ese momento debió haber sido mágico para él, no sé por qué, pero pensé que quizás Luis había informado a otros de los muchachos que llegan a esa hora sobre lo que estaba sucediendo y por eso este chico había entrado. El chico dijo a Julio, ya regreso que un amigo también quiere información pero es de otro producto y mi mujer tenía cara así como de “¿qué les pasa?” y yo solo le dije, tranquila, relájate, pero la noté que comenzaba a impacientarse.

    En eso estábamos, cuando el mismo chico entró con 3 más, todos se comían a mi mujer con los ojos, mi mujer ni siquiera se tapó, solo abrió sus ojos como platos y me vio, como esperando a que yo los sacara, supongo.

    Julio por fin terminó la llamada y se dio vuelta, en lugar de sacarlos, les dijo, ahorita veo los precios de eso, solo termino de tomarle fotos a ella que la tengo esperando ya mucho tiempo, los 4 descarados se quedaron de pie, viendo cómo julio le decía a mi mujer “ahora de lado, levante los brazos, ahora de espaldas, del otro lado, de frente, etc.” vieron todo, todito, mi mujer estaba como pensativa, ya no parecía importarle, los muchachos estaban tocándose disimuladamente el paquete y uno de ellos, estaba grabando el hijo de perra, pude notarlo, porque tenía el teléfono en esa dirección y hasta abajo, pero no dije nada.

    Solo me excité aún más. El momento cúspide fue cuando uno de ellos me dice “buen cuerpo tiene su esposa”, mientras se acomodaba la verga. Yo solo le dije que sí y le agradecí, sentía que eyaculaba ahí mismo.

    Julio terminó de tomarle las fotos y le dijo que ya estaba, que estaría monitoreando semanalmente y que estaría escribiéndole por mensajes las rutinas, dietas, etc. y que al mes, volverían a hacer control (supuse que era eso mismo y así fue). Le dijo, ya se puede vestir, mi mujer le dijo “ok” y se dirigió hasta donde estaba su ropa, todos los ahí presentes se quedaron viéndole el culo sin reparo, mientras se dirigía a donde estaba su ropa y sin más, comenzó a vestirse ahí.

    Yo me acerqué y me dijo “estos desgraciados se dieron gusto hoy, el gordito hasta me estaba grabando” y yo sorprendido le dije “¿es en serio?” y me dijo “sí, pero si ya me vieron estos en persona, qué diferencia hará si me ven otro montón de desconocidos en internet” y yo solo me reí y dije “que vean lo rica que estás”.

    Creo que después de todo, ella se había excitado, se puso primero el bra, luego la blusa y seguía desnuda de la cintura para abajo, en eso, los muchachos salían ya de la oficina y todavía se despidieron, ella sin pena alguna les dijo “adiós” con la mano y de abajo desnuda, me pidió agua y seguía así, Julio nos vio y dijo que tenía algo que atender, que nos tomáramos el tiempo necesario y salió, de pronto entró Luis con otro de los instructores, como apurados, y todavía lograron verle la vulva a mi mujer, solo saludaron como si nada.

    Mi mujer me dijo, “ahora siento que casi todos los que vienen a esta hora me conocen demasiado bien, lo bueno es que ya no me va a importar que se me marque nada, más no pudieron haber visto” y yo solo le agarré el culo. Se terminó de vestir y salimos a hacer nuestra rutina normal, claro, antes de empezar la rutina fui al baño y me masturbé, no aguantaba más.

    PD: Yo también logré tomar un par de fotos del momento, cuando Julio le tomaba medidas, mi foto de perfil es una de las que logré capturar. Le quité el fondo y los rostros para cuidar la identidad.

    Espero que les haya gustado esta anécdota, a mí siempre cuando la recuerdo me excita sobremanera.

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  • Fiesta primer trío (2): La habitación

    Fiesta primer trío (2): La habitación

    Ugo:

    —Pues vamos empezando…

    Comiencen ustedes. Yo me quedo por acá, mientras les saco unas buenas tomas.

    Narrador

    Raúl se le fue encima a Massiel sin decir palabra. Le dio un beso suave en los labios, la abrazó y enseguida metió las manos bajo la blusa. Y con destreza soltó el broche del sostén.

    La levantó un poco la blusa y mirar su senos, con hambre en la mirada, se puso a saborear sus pezones oscuros, tiernos, firmes, con esa mezcla entre ansiedad y deleite. Le acariciaba los pechos con ambas manos, los apretaba, los lamía con desesperación, como si se le fueran a esfumar.

    Ella cerró los ojos, soltó un gemido suave y se dejó hacer.

    Raúl se sentó en la cama, alzó la falda de Massiel y se metió entre ese trasero provocativo, buscando la tanga pequeña. Se la bajó con calma y se la quitó, admirando la vista como si estuviera frente a una obra de arte escondida.

    Ugo, del otro lado, no decía ni una palabra. Pero sus ojos estaban bien abiertos, casi brillaban. Pensaba para sí:

    “No hay nada como ese instante exacto en que le bajan la ropa interior a tu esposa. Ya no hay vuelta atrás.”

    Excitado, firme y expectante, Ugo sacó su verga y comenzó a estimularse mientras capturaba cada momento con la cámara, prendido con cada detalle.

    Raúl ya había dejado desnuda en la parte baja a Massiel recostada en el borde de la cama. Se hincó y se puso a trabajarle con la lengua, sin pena, sin pausa. Chupaba, succionaba, saboreaba, y Massiel se arqueaba, se retorcía, gemía bajito pero intenso…

    —Sí… sí… así… —alcanzó a soltar, con los ojos medio cerrados.

    Raúl recogía todo con la lengua, sin dejar una gota. Le metió un par de dedos y los movía en sintonía. Ella se sacudía, la cadera se le iba sola. El aire le faltaba, pero el placer la empujaba más.

    —No pares… más… más… —jadeaba entre sudor y piernas temblorosas.

    Y de pronto, vino el chorro. No fue un orgasmo cualquiera. Fue una explosión. Su cuerpo tembló y la miel se le volvió elixir. Una cosa de locos. De esas que se sienten hasta el alma.

    Ugo casi se corre, solo con verla así pero se detuvo. Sabía que aún no era su turno. Él no era como Massiel, que podía venirse varias veces. Apretó los dientes y resistió.

    Raúl se limpió los labios con la lengua, se levantó y quitó los pantalones y sacó su miembro, firme, grueso, algo más ancho que el de Ugo, pero de igual tamaño.

    Massiel, con el cuerpo aún agitado, trataba de volver en sí. Sudaba, le temblaban las piernas. Ugo la miraba con deseo, pero también con ternura… La amaba, pero la deseaba como un animal él ya sabía lo que venía lo que iba a pasar.

    Raúl sacó un condón, se lo puso sin apuro y con un par de suaves golpes en la entrepierna de ella, como quien avisa, se posicionó. No preguntó si estaba lista. Se lo metió de golpe, todo de una, sin pedir permiso.

    Ella soltó un gemido de placer.

    Y entonces empezó la danza. Adentro, afuera. Rápido, lento. Cambiando de ángulo, haciendo que se le llenaran hasta las esquinas. Ella no terminaba de recobrar el aire, pero no quería que parara.

    Ugo, ya caliente hasta el tope, se subió a la cama. Se colocó delante y sin decir palabra, le acercó su verga a la boca.

    Ella, medio cansada, pero obediente, abrió los labios.

    Y ahí estaba. Una por abajo, otra por arriba. Ella abierta, tendida, dejando que la llenaran.

    Gimoteaba, jadeaba. Se detenía para tomar aire y seguía.

    Ugo volvió a sentir que se venía. Se retiró justo a tiempo. Raúl, ya sudado, pidió una pausa. La edad le cobraba factura al final era mayor que ellos. Massiel también aprovechó para respirar.

    Ugo tomó la cámara de nuevo. No quería perderse nada.

    Massiel se acomodó en la cama. Se puso en cuatro, espalda arqueada, falda enrollada a la cintura, blusa arriba, las tetas al aire. Era un cuadro espectacular.

    Ugo la miró… y se enamoró más.

    “¿Cómo puede verse tan linda y tan sucia al mismo tiempo?”

    Como si supiera lo que él pensaba, Massiel soltó:

    —Raúl, ¡Cógeme! ¡Ándale, ya!

    La frase le reventó la cabeza a Ugo. Se llenó de pensamientos lujuriosos. Su esposa… su mujer… estaba pidiendo eso, con esa voz. No podía más.

    “Es una perra… Una puta deliciosa que necesita que la cojan”, pensó.

    Una avalancha de nuevas fantasías viciosas llegó a él.

    “Un gangbang, un bukkake… verla llena de espeso semen en la cara disfrutando, usada, rendida, un cine erótico tener sexo frente a varios extraños…”

    Pero volvió en sí al escucharla gemir otra vez. Raúl, cumpliendo con su pedido, le daba duro. La jalaba del cabello y le daba nalgadas que dejaban marca.

    —¡Sí! ¡Así! ¡Dame más! —gritaba ella cada vez que sonaba la mano contra su piel.

    Ugo grababa con mano firme. No quería que ese momento se perdiera.

    Sin dejar de grabar. Se acercó y volvió a metérsela en la boca.

    Raúl la tomo por la cintura para hacer movimientos más fuertes más firmes sus pechos rebotaban de un lado a otro sus piernas firmes y torneadas tomaba una forma irresistible.

    Los tres en acción. Ella en cuatro. Uno adelante, otro atrás.

    Ugo, viendo que Raúl ya estaba por rendirse, le dijo:

    —Déjate caer, … deja que ella haga lo suyo.

    Raúl se recostó. Con una sonrisa pícara coqueta y traviesa sostuvo la verga para introducirla en ella mientras se sentaba sobre de él.

    Ella sabía lo que venía, era su momento de brillar.

    Tenía talento para hacer un oral, pero cabalgar fue practica para convertirse en una experta.

    Y comenzó a cabalgar. Rápido, lento, de frente, de lado. Ella lo manejaba todo. Sus tetas rebotaban, su cuerpo brillaba. Gemía como loca.

    Raúl estaba al borde del clímax.

    —No… todavía no —le dijo ella—. Quiero más.

    Se detuvo. Se giró hacia Ugo, que no había dejado de grabar.

    —Quiero mi fantasía.

    Él se acercó y le susurró:

    —¿Quieres dos vergas dentro, eh?

    —Sí —respondió ella—. Las quiero.

    —Pídelas.

    —Por favor… cójanme como una puta.

    Ugo no aguantó más. Se colocó detrás de ella, se alineó y con algo de trabajo, se la metió.

    Massiel tembló.

    Una por adelante, otra por atrás.

    La sensación era única. Dolor y placer mezclados. Una presión deliciosa que no se parecía a nada.

    Y entonces empezaron a moverse. Lento, acompasado. Ella jadeaba, se mordía los labios. El placer empezaba a sobrepasar el dolor.

    —Más… denme más… —suplicaba.

    Ugo, al límite, se dejó ir. La llenó con su semilla caliente.

    Massiel tembló de nuevo. Besó a Raúl.

    Ugo se retiró, agotado.

    Raúl, todavía con energía, dejó que Massiel terminara el trabajo con la boca. Ella lo atendió con ese talento suyo… y él se vino rápido, rendido.

    Respiraron, se vistieron. Se miraron.

    El tiempo afuera era indiferente a lo que pasaba en esa habitación, parecía que llevaban horas pero habían pasado 40 minutos.

    Habían vivido algo que se les iba a quedar grabado.

    Al salir, la fiesta había terminado. Quedaban pocos. Afuera amanecía.

    Raúl los llevó a casa se despidieron con la promesa firme de repetirlo.

    Ya en la cama, Massiel se recostó rendida. Le dolían las piernas.

    —Ven, esposo… abrázame. Déjame sentirte.

    Ugo se acostó a su lado, la abrazó, la envolvió con su cuerpo.

    La miró. Esa mujer que había compartido con otro… seguía siendo solo suya. A veces compartida, sí, pero suya.

    Massiel se durmió rápido segura a su lado. Con una sonrisa.

    Se amaban más que nunca.

    Porque sabía que ese era apenas el comienzo de una aventura llena de fantasías.

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  • Mi mujer y mi vecino cogen, eso me parte el alma (2/2)

    Mi mujer y mi vecino cogen, eso me parte el alma (2/2)

    Un poco antes de la cena estaba viendo un programa de entretenimientos cuando escucho la voz de Fernanda.

    -“Me acaba de hablar Rubén, dice que lo asaltaron y golpearon”.

    -“Qué lástima, seguro que la policía, a las pocas cuadras habrá agarrado a los ladrones”.

    -“No, fue acá en el edificio”.

    -“Será alguien que aprovechó el descuido de un vecino y entró por la puerta mal cerrada, habrá que redoblar los cuidados”.

    Todo este diálogo fue sin mover la vista del televisor.

    -“Voy a ver si necesita algo”.

    -“Bien”.

    Cuando volvió ni le pregunté el resultado de la visita, aunque noté su mirada desconfiada; sin darme por enterado seguí en lo mío, pero debía estar atento a cuando se reanudaran los encuentros.

    Para la próxima etapa de la venganza compré un soplete a gas de los usados en repostería, una jeringa grande con aguja y un litro de alcohol ordinario pues nada pensaba desinfectar, ahora a esperar el momento; y eso sucedió tres días después, cuando ella me avisó que ese mediodía llegaría un poco más tarde; ya alguna vez había usado la misma excusa para, en realidad, salir un poco antes del estudio y, ya en nuestro edificio, meterse en el departamento del vecino.

    Cuando la pantalla me mostró al vecino besándola después de cerrar la puerta, apagué el ordenador, acomodé todo de manera que nada indicara que yo había estado ahí, tomé el bolso preparado y salí a realizar lo planeado.

    Ya frente a la puerta del departamento del amante, apliqué el soplete un buen tiempo sobre el picaporte hasta que un papel, al ponerlo en contacto con el metal, se encendió; rocié minuciosamente con alcohol treinta centímetros de la parte baja de la puerta, haciendo que también el líquido ingresara por debajo, luego encendí y me fui a la terraza a esperar los resultados.

    A los cinco minutos comenzó el alboroto, esperé un poco más y bajé entrando a casa como si recién llegara; el trabajo había sido exitoso, Fernanda, algo desarreglada en vestimenta y peinado, lloraba poniéndose crema sobre la extensa quemadura sobre la palma derecha.

    -“Querida, ¡qué te pasó!”

    -“Me quemé la mano en la cocina”.

    -“Vení que te ayudo con la crema, una lástima justo la derecha, esa que usás para acariciarme la pija mientras me la chupás, de todos modos, como los labios los tenés intactos la diferencia será mínima”.

    -“No sé por qué ahora me hablás así, antes nunca lo habías hecho”.

    -“Es que leí un artículo en internet que habla de las maneras de revitalizar la unión de la pareja, y dice que estadísticamente la mejor opción para salir de la rutina es tratar a la esposa como a una puta”.

    -“No me gusta, me parece ofensivo”.

    -“No importa, ya dice el escrito que oponerse es una reacción normal y, que, ante eso, se debe actuar con más fuerza, así que más tarde, cuando se te calme el dolor, me la vas a chupar zorra de la gran puta, dándote maña con la mano izquierda o te cago a trompadas”.

    Dos días más tarde las socias del estudio recibieron invitación para cenar en un restaurant elegante en festejo del brillante negocio logrado y en el que ellas habían participado. Naturalmente mi señora se preparó concienzudamente, había que agradar a todos los presentes, pero más que nada al que la llenaba de pija.

    Esa noche cuando escuché murmullos de varios en el palier, era la una de la mañana, me asomé por la mirilla y vi a las tres mujeres con Rubén y dos hombres más entrando al departamento; aún sin verles las caras era fácil identificar a mi esposa y su amante pues ambos tenían una mano vendada; al carajo el sueño, había que conectarse a las cámaras.

    Interiormente me felicité por haber hecho instalar esas cámaras, probablemente lo obtenido en esta oportunidad sería definitorio para terminar la venganza.

    Después de invitarlas a ponerse cómodas y ofrecerles algo para beber, el dueño de casa les dice que, al haber declinado la invitación para seguir la reunión en una discoteca, les agradece haber aceptado continuar en su casa los brindis festejando el éxito logrado, en el cual, ellas participaron. Luego de levantar las copas Rubén puso música invitando a todos a bailar, en ese momento María miró a sus compañeras, que mostraron caras de no estar de acuerdo, y respondió.

    -“Te agradecemos la invitación Rubén, pero ya es tarde, terminamos la bebida y nos vamos”.

    -“Chicas, hay que disfrutar el momento y cimentar la unión para futuros trabajos”.

    -“No lo dudo, pero mañana tenemos tareas y, además, nuestros maridos nos esperan”.

    -“María, hay que ser un poco más complaciente con los que te dan trabajo”.

    -“Rubén, en el trabajo, complacencia no es sinónimo de eficiencia y creo que fuimos contratadas por ser eficientes”.

    -“No estás cuidando el trabajo, podés perderlo”.

    -“No hay problema, aun cuando fueras el único cliente, que no lo sos, preferimos perderlo, que se diviertan, hasta la próxima”.

    Tres se levantaron mientras Fernanda decía.

    -“Termino esta copa y me voy, nos vemos mañana”.

    Al quedar mi mujer sola con los tres varones comienza lo atractivo; Rubén toma a Fernanda de la cintura, la hace sacar la lengua para chuparla y mientras tanto le arrolla el vestido en la cintura, mostrando a los dos espectadores sus nalgas al completo, pues el delgado trozo de tela que las separa está hundido entre ellas.

    -“Nena, espero que tus socias sepan reconocer que, gracias a tu esfuerzo, van a seguir teniendo trabajo y ganando plata”.

    Si quedaba alguna duda que la consideraba de su propiedad, fue disipada con la invitación

    -“Les sugiero que aprovechen ahora que otra oportunidad como esta es difícil que se presente, miren bien lo que van a disfrutar gracias a mí, preciosa, mostrá bien los tesoros que tenés y seguramente ellos no vieron nunca”.

    Ante esa orden, la hembra obediente, deshace el abrazo, gira y se baja la biquini a medio muslo abriendo algo las piernas para separar los labios vulvares y exhibir la mucosa interior brillante de flujo; la respuesta de los dos espectadores, aplausos y pedidos de seguir la muestra fue aceptada pues se dio vuelta y, sacando el trasero, se abrió las nalgas para dejar bien visible el ano, primero fruncido y luego ligeramente abierto al separar más los glúteos.

    Ahí caí en cuenta de la diferente actitud de los dos acompañantes masculinos, uno flaco casi inexpresivo y el otro rellenito muy extrovertido; este último, cuando el dueño de casa exhibió a mi mujer como si fuera una cosa de su propiedad hizo festejos grandilocuentes, en tanto el otro permanecía fumando y tomado un trago; ante esa postura de indiferencia, Rubén preguntó.

    -“Qué te pasa Braulio, mirá que hembra pongo a tu disposición”.

    -“Lo que ocurre jefe es que las ganas me vienen cuando una mina quiere estar conmigo, y esta que, o es demasiado puta y le gusta cualquier pija, o se ofrece por darte en el gusto, aunque pensándolo bien, podría probar ese culito”.

    Entonces el dueño de la puta estableció los turnos.

    -“Primero voy yo, que no quiero saborear semen ajeno, luego te toca a vos que estás más alterado y, mientras recargamos las bolas, vos Braulio entrás en escena, de más está decir porqué sos el último”.

    Y así fue, los dos primeros usaron la hembra por los tres lugares usuales provocándole tres buenos orgasmos que la dejaron exánime pues no le habían dado tiempo de recuperación; el gordito pareció eyacular hasta la idea de semen a juzgar por los gesto y gritos, si hubiera aguantado un poco más mientras la enculaba y frotaba el clítoris, la cuarta acabada de mi mujer estaba asegurada.

    Estando Fernanda boca abajo tratando de reponerse, entendí por qué Braulio había sido dejado para el final, en un abrir y cerrar de ojos se desnudó, dio la última pitada al cigarrillo y mostrando como si nada una majestuosa verga, se aproximó a la desfallecida para levantarla poniéndola en cuatro, hacer una estocada fuerte por la concha que goteaba y después poner el glande en el culo, comenzando, sin prisa, pero sin pausa, a barrenar el recto.

    Que no era un ingreso agradable, o algo ajustado pero soportable por una pronta adaptación, eran testimonio la cara, los quejidos lastimeros y las lágrimas, aunque quizá eso no era lo peor, lo grave es que no tenía escape pues no solo era sujetada desde la cintura por el vergudo que la envestía, sino también por sus anteriores machos servidos que, sosteniéndola de los hombros, soltaban sus carcajadas complacidos por el espectáculo.

    -“Ahora puta de mierda, con este empujón vamos a invertir el recorrido de la digestión, mi leche te va a salir por la boca”.

    Y después de semejante empujón, a juzgar por las expresiones faciales de la hembra, ojos abiertos al máximo, frente fruncida y boqueando, si no fuera por la disposición orgánica, el cogedor hubiera acertado.

    Ella tirada como trapo, intentando recuperarse después del temblor generalizado del cuerpo producto de varias corridas continuadas, tomó conciencia de que algo nuevo venía, porque uno se puso de espaldas en el piso haciendo que ella, sentada encima, se clavara el miembro en la vagina, mientras otro la tomaba del pelo poniéndole su miembro en la boca y el tercero le lubricaba el ano. Parece que eso le produjo un instante de lucidez y se tiró a un costado, dirigiéndose a su amante.

    -“Hijo de puta, estás usándome como a una cosa junto a tus amigos”.

    -“Vamos nena, la puta sos vos no mi madre, bien que te encanta”.

    -“Qué basura que sos, lo que hice con estos dos fue por darte en el gusto, pero no más, me voy”.

    -“No creo que puedas oponerte a los tres”.

    -“Si grito fuerte, diciendo que me están violando, seguro que mi marido escucha y viene, y a él se lo van a tener que explicar”.

    -“Andate putita, tenés que limpiarle los cuernos a tu esposo”.

    -“Por supuesto que me voy y lo hago con la tristeza de no haberle hecho caso, verte dos veces fueron suficientes para saber cómo sos, y me lo dijo desglosando las etapas, primero querrá seducirte, si lo consigue te gozará un tiempo, luego te exhibirá ante otros, después te va a compartir como si fueras de su propiedad y, antes de dejarte, vendrá la degradación entre varios, esto último no va a suceder, me voy”.

    Cuando Fernanda empezó a vestirse tomé una hoja en blanco y escribí el cartel que le dejaría sobre la mesa del comedor «Son las dos de la madrugada, como es casi seguro que vendrás con ese olor que me descompone, ni se te ocurra entrar al dormitorio o al baño nuestro».

    Al día siguiente hablé con un abogado amigo para preparar la demanda de divorcio, quedando en entregarme los papeles a firmar tres días más adelante. Y esa noche aceptamos una nueva invitación del vecino para cenar en su casa, mi mujer dijo no querer ir, pero aceptó mis razones de no despreciar a quien le había dado trabajo y así una buena ganancia. Y en la hora indicada fuimos llevando un buen vino y postre, siendo recibidos por el dueño de casa junto a una joven, quizá apenas llegada a la mayoría de edad, pero con un físico poderoso, que exhibía de manera ostentosa; de haberla encontrado en la calle algún aquejado de arrechera seguramente le habría preguntado cuánto cobraba.

    -“Hola Fernanda, hola Rafa, un gusto tenerlos acá, les presento a Josefina”.

    Mi señora, que habitualmente es cordial y de cara sonriente en las reuniones sociales, esta vez saludó a los dos con cierta frialdad. Como era de esperar la cena fue una demostración de su poder económico, copas distintas para vino blanco, para vino tinto y para agua; cubiertos para entrada, para plato principal y para postre; servilletas de tela blanca en un brillante servilletero de plata, mantel con encaje; es decir un derroche de apariencia.

    Comida y bebida excelente fue acompañada con la exposición de grandezas que jalonaban su trayectoria personal y profesional, naturalmente matizada con arrumacos habituales entre aquellos que no son propiamente amigos o pareja estable, sino que comparten calentura y se complacen en mostrarla pues los presentes no suponen un freno ni generan escrúpulos.

    En ella se notaba el deseo de hacerse con ese macho que era un buen partido para relacionarse por el tiempo que fuera posible, cuanto más largo mejor pues los beneficios materiales serían mayores. En él era palpable que esos gestos de anticipo del próximo desahogo en la cama, tenían una especial destinataria, Fernanda, y yo disfrutaba verla sufrir; cada abrazo, cada beso, cada incursión de la mano hacia la entrepierna de la putita de turno, que para mi señora eran refinada tortura, me significaban un placer cercano al orgasmo.

    Tuve que reprimir mi deseo de darle un fuerte abrazo a ese basura y agradecerle la contribución a mi venganza, con esa actitud de hacerle notar que había sido reemplazada, que su derecho de propiedad o exclusividad era algo totalmente dependiente de la voluntad del varón. Ahora me daba cuenta que le estaba haciendo pagar la negativa a la doble penetración y mamada propuesta en el video de la última reunión.

    Por supuesto la sobremesa fue corta, ya que mi esposa, mostrando en su cara el desagrado que la dominaba, dijo sentirse indispuesta y disculpándose me pidió irnos a casa. Naturalmente accedí, pero si ella pensaba que con eso evadía la situación desagradable estaba equivocada, yo estaba dispuesto a echar sal sobre la herida abierta.

    El silencio reinante en los pocos pasos que nos separaban de casa y mantenido durante lo previo a acostarnos lo rompí yo.

    -“Te sentís mal?”

    -“No pero ya estaba harta de una conversación intrascendente mientras ellos, en lugar de atendernos, se dedicaron a meterse mano”.

    -“Es verdad, pero no lo puedo criticar, en última instancia él es soltero sin compromiso, y ella no solo es voluptuosa, sino que parecía tener una calentura importante”.

    -“Eso te parece a vos que sos un degenerado, seguro que te gustaría montártela”.

    -“Por supuesto, mamar esas tetas y perforar semejante culo debe ser la gloria, pero esas chicas no aceptan un tipo que financieramente sea, apenas, algo más que un piojo”.

    Mientras esperaba el sueño, haciendo un recorrido por últimamente sucedido, se sentí conforme; para dar por terminada la tarea de venganza faltaba poco, ya tenía la decepción de mi mujer y la filmación de lo sucedido en la última reunión; me quedaba un último escarmiento físico al hombre, enterarla a las socias de la conducta de mi esposa y hacerle saber a los directivos de la empresa el calibre del gerente de área que tenían dentro.

    Para provocarle una buena cantidad de moretones al vecino, a modo de despedida, tuve que hacer una tarea de vigilancia que me permitiera concretar algo simple, rápido y anónimo; iba a provechar que la puerta de su departamento estaba inmediatamente al lado de la escalera y la mía justo enfrente, tres metros entre ambas; para no ser escuchado lubriqué detalladamente las bisagras y la cerradura de manera que su funcionamiento no provocara ruido alguno; el momento elegido fue su habitual regreso entre las dos y media y tres de la tarde.

    Varias jornadas observé por la mirilla y elegí un día que le vi cara de cansancio y un tanto distraído, cuando salió del ascensor, caminó hasta la puerta y empezó a buscar las llaves, salí silenciosamente me acerqué por detrás, cubrí su cabeza con una bolsa negra, lo hice girar para marearlo y por último empujarlo escaleras abajo. Con toda suerte había superado la tentación de decirle «buen viaje» y, después de comprobar que se movía, en el mismo silencio regrese a mi casa.

    El día que me entregaron las dos carpetas del divorcio la esperé, a la hora de almuerzo, con la portátil lista para mostrar las imágenes y los papeles preparados para firmar. Su extrañeza se transformó en pregunta.

    -“¿Qué es esta recepción?”

    -“Papeles del divorcio”.

    -“¿Por qué? ¿Estás loco?”

    -“No, simplemente que ya no te quiero”.

    -“Y así, ¿de golpe te diste cuenta?”

    -“Tal como lo decís”.

    -“Pero ¿cómo puede ser eso?”

    -“Sencillo, me llegó esto que ahora te muestro y, en lugar de sentir dolor por el engaño, no me importó, sino que sentí asco al ver tu degradación”.

    Sabiendo que no había vuelta atrás y que la difusión del video sería un serio traspié en su vida firmó las hojas sin poner peros. En un mes tenía que dejar la casa que yo había heredado de mis padres.

    Un par de días después recibí una llamada de María y Claudia pidiendo que fuera a verlas pues querían hablar conmigo, y que lo hiciera fuera del horario habitual de trabajo, ella me avisaría cuando ya no estuviera mi mujer. Era para preguntarme sobre el comportamiento poco común de Fernanda; sin vueltas les conté todo y la situación actual. Al tiempo me contaron que mi ex les había vendido su parte y se iría a otro lado donde tenía parientes para tratar de empezar de nuevo. Nunca más supe de ella fuera de una audiencia ante el juez.

    Hay gente que es feliz comprando, y para que su felicidad sea plena debe ser algo que cueste menos, aunque sea centavos, a lo ofrecido por otro comercio, y por ello tienen en permanente funcionamiento una especie de radar de vigilancia que les avisa de una posible oportunidad. Eso es lo que aproveché al mandar cien pen-drive conteniendo copias de lo sucedido durante la reunión en el departamento de mi vecino; el destino fue el mostrador del personal de seguridad en la planta baja del edificio sede de la empresa donde trabajaba, llevando cada uno la inscripción «Magníficas Ofertas».

    Para ver que sucedía me ubiqué donde pudiera observar; tres que pasaron sacaron uno junto con propagandas en papel, a los diez minutos parece que había corrido la voz pues sobre la superficie solo quedaban las hojas de promociones. Seguramente la noticia debe haber llegado a los superiores de los farristas porque el primer actor desapareció de escena en los días siguientes sin despedirse.

    Yo estoy empeñado en superar esa etapa triste de mi vida.

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  • Economista y prosti: Entregada a un desconocido (2)

    Economista y prosti: Entregada a un desconocido (2)

    Continuación de la Parte (1)… disculpen la falta de sexo de Parte (1) ja ja.

    Nuevamente, mi salvación fueron mis clientes, estaba loca por experimentar la entrega, y mis clientes y Tommy, me daban placer y hacían pasar rápidamente los días.

    Finalmente un jueves a mediodía recibo una llamada de mi amor: se hace el siguiente sábado en la mañana.

    Con Tommy el viernes a la noche, preparamos en lugar. Para que al entrar a mis oficinas no sospecha que sería yo la dama a entregar, cubrimos la placa de bronce de mi compañía con un cartón que decía “Vacaciones”. No extrañaría a nadie de las poquísimas personas que circulan por Ciudad Vieja un sábado a la mañana temprano.

    La cita, el sábado a las 8 y 30 am. Tommy anunció que lo esperaba con la puerta del garaje abierta para que guardara su coche muy discretamente.

    Planificamos todo, atendí clientes el viernes y el viernes a la noche dormimos y cogimos en la oficina, que como saben tiene no solo un dormitorio sino dos, uno sencillo en planta baja, y la suite subiendo una escalera.

    Llevé toda la ropa que juzgue necesaria y planificamos la entrega una vez más.

    Tommy fue a la vereda, abrió la puerta del garaje, que es suficiente para dos coches, y esperó.

    A la hora convenida, se presentó Juan. Estacionó y entraron por la puerta de calle de la oficina.

    —¡Parece una oficina! Dijo Juan. —Lo es, es la oficina de trabajo de mi esposa. Pero no te preocupes, hay mucha comodidad, ya verás, hay dormitorios por si debido a razones de trabajo debemos dormir aquí.

    ——¿Ella ya está aquí? Estoy ansioso y nervioso. —En unos minutos la conocerás… Pero me gustaría que antes, la vayas apreciando en su plenitud, en la pantalla gigante, así tienes tiempo de arrepentirte si no es de tu agrado.

    Y Tommy encendió el televisor y proyectó desde su celular un nuevo video que había preparado, en tomas sin mi rostro o pixeladas.

    Se sentaron en el gran sofá frente a la tele y comenzó la proyección. El el video se alternaban secuencias de fotos el el crucero, (¿lo recuerdan?); en Chihuahua, playa naturista; en la piscina de la casa de mis padres en Punta del Este. En todas ellas con muy reducidos bikinis, salvo las de Chihuahua en donde caminaba desnuda.

    Los videos que completaban la proyección eran de tomas desnuda, juguetona en la cama, o masturbándome, siempre sin mostrar la cara o con cara pixelada. Finalmente, una breve toma de mi suegro cogiéndome en cucharita y también analmente, pero con las dos caras pixeladas.

    —Ese no eras tú, dijo Juanjo. Pero que bien coge y la cogen. —Claro, quizás y solamente quizás, algún día sepas quién le está dando. Y quedó esa duda en el aire.

    —Entonces, ¿Te quedas? Le pregunté.

    —¡No podría pensar en irme después de ver esto!

    —Quiero que sepas que cada uno de nosotros amamos profundamente al otro, hemos sido amigos de escuela y noviecitos de secundaria, luego novios y ahora matrimonio, muy feliz. Pero nos encantan las variantes en el sexo, y ahora te presentaré a mi esposa, la señora Sofía xxx.

    Ojalá pudiéramos mostrarles la cara que dice Tommy que puso Juan José en el momento de oír mi nombre.

    Justo entonces, entré yo. Sin darle a Juanjo el tiempo de reaccionar al golpe sorpresivo de mi identidad.

    Vestía algo muy sencillo y a la vez muy lindo a mí parecer. Total inspiración griega de mi modista, basada en los “chios” de las hetairas. Pero, sabiendo el uso que yo le daría, su inspiración la llevó a modificar lo que debería ser una sola pieza hasta los tobillos, cortándolo a la altura de la cintura.

    La parte superior, muy sencilla, cruzada, se cierra sobre el hombro izquierdo con un broche que es parte de un juego de broches que traje de París. Primorosamente hechos en bronce dorado, lucen como oro, de forma un tanto circular pero con borde irregular, tienen punzonado un rostro de mujer.

    La parte inferior de mi outfit, aún más sencillo si cabe, una tela igual, que me cubre hasta los tobillos, también sencillo cierra a la izquierda, sobre la cadera, pero deja totalmente te expuesta la pierna de ese lado, por un corte en la tela, cuya parte derecha solamente te llega a mi cadera para prenderse con el broche.

    Al cuello, una cadena de oro, con un tercer medallón igual a los broches, que cae entre mis tetas. Sandalias de taco alto, ¡en época griega no existían stilettos! Ja ja

    —¡Sofia! atinó a exclamar Juanjo.

    —Ella misma, mi esposa… dijo Tommy. ¿Te molesta?

    —Les juro, al ver las fotos, yo pensaba que así debe ser el cuerpo de Sofía. ¡Y lo es! ¡Me asombran y estoy feliz!

    —Hoy será tuya, dijo Tommy mientras hacía ademán de sentarnos. Así lo hicimos, hablamos largo rato, yo abría cada vez más la abertura de la falda de mi “Chíos “ mientras nos conocíamos un poco, aprendíamos quién es cada uno, y le explicábamos a Juanjo cuanto deseábamos este momento pues “Tommy nunca me había podido entregar totalmente a un hombre que él convenciera”.

    Mi marido comenzó a acariciar mis piernas, “mira Juanjo, que bella piel tiene, dijo mientras descubría mi pierna izquierda hasta el pliegue de la ingle”, sin que se viera lencería, pues no la había.

    —Amor, dije; seguramente el caballero que me has traído desea conocerme mejor… y me puse de pie.

    Tommy hizo lo mismo, diciendo que Juanjo disfrutaría de ver a pleno lo que sería suyo minutos después.

    Me abrazó por la cintura, y levantó la falda de mi indumentaria, mostrándole mi culo sin prenda alguna. Luego la dejo caer. Desprendió el broche de mi top, y lo arrojó lejos.

    Siempre conmigo de espaldas a Juanjo me desprendió el broche de la falda y la hizo caer.

    —Mirá lo que vas a tener, dijo Tom mientras me hacía girar, es toda para vos hoy. Yo me mantuve erguida, mirando arriba, como diciendo “estoy aquí esperando que me tengas”.

    —Juanjo dijo Tommy, quiero llevarla al dormitorio para que allí sea tuya, síguenos por favor. Me tomó de la mano y subimos la escalera que lleva a la suite. Yo trataba de mover delicadamente mis caderas para atraer aún más al invitado.

    Él subía tres escalones atrás, y cuando llegamos al piso de arriba, Tommy le dijo que esperara un momento.

    En el dormitorio, bajó apenas la intensidad de las luces usando el dimer, me acosté sobre mi costado izquierdo, de espaldas a la puerta, y Tommy se cercioró de que flexionara un poco mi pierna derecha de tal modo de exponer a la vista mi concha.

    —Por favor, amigo, entra.

    Juanjo entró, seguramente me abarcó totalmente con la mirada y dijo “Quiero comer esa concha”

    Yo me di vuelta, me paré al lado de la cama y le dije: ¿y las tetas?, mientras las sacudía y el medallón entre ellas acompañaba el movimiento.

    No contestó, simplemente preguntó a Tom: ¿Puedo? Y Tom dijo: “Es tuya desde ahora”. Y se fue a sentar a una silla lateral a la cama, delante de la ventana a la calle.

    Juan no perdió tiempo. Metió su cara entre mis tetas, las acariciaba, las amasaba. Y mientras tanto yo le dije: “Amigo, estás vestido, quiero verte”. Pidió disculpas ja ja, y se desvistió.

    Que agradable sorpresa cuando se quitó el bóxer. Ya lo había visto desde que entré al salón de abajo, debía de tener la pija dura. Pero verla ahora, al desnudo fue una sorpresa. Más bien larga y sin dudas gruesa, no es enorme ni de actor porno, ¡pero es una bella verga! La cabeza cónica, perfecta para penetrar sin esfuerzo, se veía muy dura, y es de las que se curvan hacia arriba, como las esculturas de los sátiros en Pompeya.

    Me estrujaba las tetas, las lamía, pasaba a manosearme el culo y volvía a las tetas.

    ¡De rodillas! Y fue más orden que pedido. Me arrodillé y comenzó a frotarme la verga por la cara, a veces la ponía en los labios y luego la retiraba. Dos o tres veces tomó el medallón que colgaba de mi cuello y restregaba la verga en la cara grabada en el medallón.

    Mientras tanto Juanjo se dirigió a Tom:

    —¿Así te lo imaginabas Tom? ¿No te ofende ver a tu señora en manos de otro? ¿No te molesta ver como le chupan las tetas o le tocan el culo? Porque vas a ver más cosas… una faceta levemente provocadora de Juan que me gustó.

    —No, no me molesta, me gusta, es lo que les pedí… aunque no es fácil… te entregué a mi novia, a mi esposa, una dama, profesional universitaria, emprendedora y bella.

    —A quien ahora le voy a chupar la concha y me va a chupar la pija, ya lo verás.

    Se tendió en la cama y me guio a un 69. Abrí bien mis piernas y calcé mi concha en su boca, para que su lengua trabajara a gusto. Y vaya si me daba placer.

    Pude meterme la verga en la boca, disfrutando de su grosor. Comencé a chupar y a lamer, está totalmente afeitado, a veces a causa del grosor de la pija, se me escapaba saliva por la comisura de los labios, sacaba la verga de la boca, sonreía y le guiñaba un ojo a mi marido, yo sabía cuánto gozaba con este juego, y veía como abultaba su pija, que tanto amo.

    Cuando ya su oral me tenía al borde del desmayo, me levanté, giré y le di a mamar mis tetas. Las disfrutó nuevamente y con entusiasmo, el colgante de mi cuello golpeaba su cara, de nuevo amagué sacarlo y de nuevo dijo que lo dejara, también lo lamía junto a mis tetas.

    Hasta que me puso en cuatro. Se dispuso a comenzar a cogerme en esa posición, se salivaba una mano y me la pasaba por los labios de la concha y también me ensalivaba las tetas.

    —¿Querés ver de cerca como le entra? Le dijo a Tommy mientras su glande recorría sin cesar los labios de mi cuca.

    Tommy, fingiendo absoluta obediencia se acercó y miró. La verga de Juanjo entró en mi cuerpo como un rayo, su cabeza cónica era ideal para penetrar y su grosor ideal para disfrutar. Se me escapó un: ¡Ahhh que pijazo! Dicen que “en cuatro todas las vergas son buenas”, imaginen sentir una que ya es buena de por sí. Yo estaba en las nubes, mis tetas se sacudían y el colgante daba contra ellas.

    Cuando me acabó fue llegar al cielo. Lo sentí vaciar en mí su caldo de vida tibio, su miel viscosa. Siguió bombeándome uno o dos minutos y luego la sacó.

    Su pija estaba cubierta de leche y flujo y la refregó contra mis tetas y en el colgante (¿algún fetiche quizás?), lo que quedó dentro de mí, chorreaba por mis muslos.

    —¿Te lo imaginabas así Tommy? ¿No te ofende?

    —Me encanta, y quiero ver más…

    —En cuanto me recupere verás mucho más.

    Y de nuevo me llevó a chupársela. Puse toda mi dedicación, le lamí y chupé las bolas, le lamía el tronco de abajo hacia arriba y le chupaba la cabeza, luego le lamía la cabeza y volvía a los huevos. Hasta que tomé la iniciativa de lamerle el culo.

    Eso hizo que de inmediato su poronga volviera a la dureza total. Evidentemente el beso negro lo encendía, más si un dedo escarbaba un poco su esfínter.

    Me puso boca arriba y pasé las piernas sobre sus hombros. Pero algo me llamó la atención, mojaba sus dedos con saliva y me comenzó a mojar el culo, cada vez más, y jugaba en la entrada de mi esfínter con un dedo bien ensalivado. Ya no tuve dudas cuando me dijo, sujétate las piernas así puedo ponértela bien.

    Acerqué mis piernas a mi cuerpo y las sujeté.

    —Vení a ver cómo voy a culearla, fue la grosera indicación a Tommy, que se acercó.

    Por suerte estaba relajada, la conicidad del glande me decía que entraría fácil, el resto… bueno, ya se vería.

    Ensalivó su verga una vez más, no pidió gel, ni se lo ofrecí, decidida a probarlo solamente con saliva.

    Ante la mirada de Tom, puso la cabeza de la verga en mi agujero, y empujó, sin pausa, con fuerza.

    La cabeza “entró como si nada” pero el tronco costó, era más difícil y me empujaba, yo clavaba mis uñas en mis piernas sosteniéndolas, respirando por la boca.

    Cuando entró toda y sus bolas golpearon mis nalgas, un largo “ahhh“ salió de mi boca. Que la verga no fuera corta ayudó al vaivén, arrodillado, me dio pija sin pausa, cada vez más velozmente cuanto más respondía mi culo dilatándose.

    Aún tuve fuerzas para decirle “No me acabes adentro, no me gusta” .

    Siguió culeándome a placer, hasta que la sacó, un sonoro “plop” indicó que mi querido orificio se cerraba. Se adelantó por encima de mi cuerpo y comenzó a pajearse. Su gusto fue tirarme la leche en la cara y en el pecho. No me disgustó, más bien al contrario. Como otras veces, recogí con los dedos la leche de mi cara y la llevé a la boca, pero el esperma de las tetas lo levanté con mi medallón y procedí a lamerlo, mirándolo a los ojos y viendo su alegría.

    Tirados en la cama, hizo señas a Tommy de que se acercase y preguntó: —¿Estuve bien? Te pido disculpas por el tono de las sugerencias, pensé que era lo que querías, ver cómo se aprovechaban de tu puta esposa. Por eso te hablé así, no para ofenderte, y menos a Sofía.

    Eso nos reconfortó, había entendido y hasta forzado nuestros deseos, nos había hecho sentir como nadie, y ahora nos pedía disculpas y aclaraba todo. Un genio.

    Seguimos conversando, y era evidente que el tema iba a plantearse después de esa tremenda cogida… —¿Podré verlos nuevamente?

    —Mmm respondí yo, difícil, pues no sabes algunas cosas. Eres el primero a quien Tommy me entrega para que me posean gratis… Pero otros me han tenido, para mi beneficio, y lo dejé ahí, esperando que entendiera el mensaje.

    —¿Sos puta? Preguntó con cierto asombro y sin medir sus palabras. ¿Te contratan?

    —Putifina, de lo mejor y más caro, con un arancel de 2500, antes que preguntes.

    —Ufff no lo imaginaba, entonces alguna vez mi bolsillo sufrirá, dijo, resignado a pagar.

    —Sí, pero hoy ha sido gratis, y lo has disfrutado, tu pija casi parada me lo dice, le respondí mirando a su entrepierna. Ahora sabes muchas cosas que ignorabas, ¿te animas a coger nuevamente?

    —¿Lo harías? Y mirando a Tommy que sonreía: ¿Puedo? ¿No es broma?

    —Claro que puedes, te la he cedido para que la disfrutes.

    Lo único que lamento es no tener palabras (creo que nadie las tiene) para describir lo que sentimos yo o cualquier otra mujer al recibir dentro ese néctar de vida que nos dejan los hombres. Y por cierto yo también gozo mucho cuando escurre por mis muslos.

    Juanjo debía volver a su casa cuanto antes, nos duchamos rápidamente y nos besamos un poco. Pero los tres convinimos algo, lo habíamos pasado muy muy bien y nos citamos para en agosto tomar un café los tres y rememorar lo disfrutado, y nos prometimos Juanjo y yo que le compensaría lo poco que nos habíamos besado.

    Hasta la próxima. Besos

    Sofía.

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  • La pared

    La pared

    Tus pies separados uno de otro, casi 1 metro, por fuera de tus hombros, y tus pies igualmente a otro metro aproximadamente de la pared.

    Tus manos contra esta, separadas también algo más de 1/2 metros, y tu espalda…

    Tú espalda arqueada, mostrándome tu precioso culo en pompa.

    Sabías que me gusta y saliste a cenar sin bragas, de manera que fue subir ligeramente esa atrevida falda roja y casi me mareo del espectáculo, y es que yo ya estaba en cuclillas con mi cabeza a la altura de tu cadera.

    La mueves suave y sutilmente, como si estuvieses buscando mi boca.

    Mis manos agarran ambos glúteos, los separa y los vuelve a juntar, aprieta y afloja, juega con ellos, eso te encanta y hace que vayas entrando en acción.

    Mi nariz se embriaga del olor a tu sexo, que ya está ligeramente húmedo, a sabiendas de lo que le espera.

    Vuelvo a separar tus glúteos, haciendo que tus labios inferiores lo hagan también, mostrándome tus rosáceas carnes más íntimas brillando, y sin tocarlas aún, acerco mis labios, y soplo sutilmente, flojito, como si quisiese silbar una melodía, o susurrarte al oído.

    Tú sexo lo nota, te estremeces y noto cómo se te pone la piel de gallina en las nalgas.

    La atmósfera es mágica, estamos a oscuras en un callejón, pero ni notamos el frío de la noche ni los ruidos de la ciudad; solo estamos tú y yo.

    Por fin la punta de mi lengua, puntiaguda y mojada, toca tu sexo.

    Hasta ahora te habías aguantado, pero no puedes contener un “diosss”, si, con la “s” alargada hasta el infinito, mientras tú cabeza mira al cielo con los ojos cerrados.

    Mi lengua comienza a lamer, de abajo hacia arriba, como si tú coño fuese un helado derritiéndose y no quisiese dejar que cayese ninguna gota, todo para mí, y mis manos siguen amasando tu culazo.

    Cuando eso ya está completamente empapado entre tus fluidos y mi saliva, pongo la lengua puntiaguda e intento follarte con ella.

    No entra mucho, pero tú lo notas. Te encanta y por eso arqueas más la espalda, apretando tu culo contra mi cara y notando mi nariz donde la espalda pierde su nombre.

    Has separado aún más tus piernas, para abrirme la puerta de tu secreto. Ahora, con los labios bien separados, mi lengua encuentra fácilmente tu clítoris, abultado, sabroso…

    Mi lengua puntiaguda hace círculos alrededor, y luego succiono, y repetido la operación según oigo tus gemidos.

    Te empiezan a temblar las piernas, así que paro un momento, a pesar de que tú querías más.

    Vuelvo a lamer de abajo a arriba, y ahora mi lengua sube hasta tu ano. Empiezo a notar mi barbilla empapada de tus fluidos.

    Tú excitación sigue aumentando, lo noto y eso me pone y mucho.

    Mi erección empieza a molestarme debajo del pantalón, y cuando de vez en cuando metes tú cabeza entre tus brazos y miras abajo, lo ves.

    Quieres más, me pides más, así que suelto un glúteo, humedezco mi dedo índice con saliva, y empiezo a explorar tu vagina, mientras mi lengua sigue jugando.

    Mi índice entra y sale ya fácilmente, así que humedezco el medio y ahora son 2 dedos los que te están follando.

    Los junto y los aprieto contra la pared exterior de tu vagina, buscando el punto G, mientras la palma choca contra tu clítoris y mi lengua empieza a lamer tu ano.

    “Si si si” sale de tus labios, y a mí me suena a órdenes.

    Sumamos un dedo más, el anular, y tú coño empieza a gotear. Saco los dedos y me los chupo; tú sexo y un Tequila “Don Julio 70” son los elixires de la vida para mí.

    Con ese acto dejo que recuperes un poco la respiración, y que mi lengua y dedos descansen un poco, para el sprint final.

    Ahora notas en tus manos la pared helada, pero un calor inexplicable en tu entrepierna; el contraste te vuelve loca.

    Por tu espalda bajan gotitas de sudor y estas abierta a todo con tal de llegar al éxtasis.

    Entonces vuelvo a introducir el medio y el anular en tu vagina, y esta vez el índice, despacito, en tu culo.

    Ya no hay vuelta atrás y me pides claramente “fóllame así”.

    Me marcas el ritmo con tus “si si si”, tus jadeos y movimientos de cadera.

    Intento lamer lo que puedo entre tanto dedo entrando y saliendo, y los movimientos de tu cuerpo.

    Es como estar viendo fuegos artificiales y esperar la traca final, con la boca abierta y los ojos como platos ante el espectáculo explosivo y el ruido.

    Noto tus espasmos, tiemblas, gritas, te arqueas aún más desafiando las leyes de la gravedad y abres tus piernas todo lo que puedes ante la llegada del ansiado orgasmo.

    Te corres, chorreas, mi carita estaba ahí al lado y tengo que cerrar los ojos, ya no es solo la barbilla lo que tengo empapado.

    El pecho y hasta mis piernas, tu squirt ha sido épico.

    “Cabrón, mira la que me has liado” aciertas a decir cuando recuperas el habla.

    Nuestras cabezas empiezan a aterrizar en el planeta tierra otra vez y miramos a nuestro alrededor para cerciorarnos que ese momento ha sido solo nuestro, aunque poco importa ya.

    Aún notas gotas bajando por tus piernas mientras corremos hacia el coche en busca de clínex con los que intentar secar algo.

    Ya sentada en el asiento, yo conduzco aún embriagado en tu olor a sexo y fluidos, y a tu mente vuelve el recuerdo de la pared helada, y tu entrepierna, en llamas.

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