Autor: admin

  • Cumpliendo fantasías (2)

    Cumpliendo fantasías (2)

    Cuando terminamos, nos enjuagamos de nuevo, como a él le gusta, mientras yo lo observaba y cuando yo salí de la ducha; el me jaló de nuevo, me puso en 4 recargada sobre la cama; me puso de nuevo el plug y me pidió que me recargara en un tocador, frente al espejo; ahí fue en donde se me acercó y empezó a besarme el cuello y espalda mientras que con su mano, movía su pene sobre mis nalgas y mi vagina; haciendo que me mojara de nuevo y calentarme a más no poder; y de nuevo metió su verga mojada y dura a mi vagina, y así estuvo cogiéndome frente al espejo; me preguntaba si ¿me gustaba?, me decía que le fascinaba verme disfrutar y los gestos que hacía; y de repente paró y me quitó el plug.

    Me hizo subirme a él, con las piernas abiertas y abrazándolo me llevó a la cama, poniéndome en 4, y cuando menos lo pensé metió su verga en mi ano; empezó a moverse poco a poco mientras yo disfrutaba tanto sus cogidas, no quería que se viniera hasta que yo terminara; así que de repente se quitó y nos acostamos en posición de cuchara y de nuevo metió su verga en mi ano, subió su pierna encima de mí y siguió cogiéndome, a la par con su mano tocaba mis tetas.

    Llegó un momento en el que ya estábamos tan calientes, que él soltó mis tetas y empezó a meter sus dedos en mi clítoris, haciendo movimientos que ocasionaron que tuviera otro orgasmo; mientras que al mismo tiempo él se venía dentro de mí; y cuando lo sentí, exploté… sentí que mis fluidos no paraban y ambos nos vinimos juntos.

    Fue tan delicioso que ninguno de los dos podíamos movernos, estábamos tan cansados, sudados, que lo único que hizo fue abrazarme y terminar con besos suaves.

    Cuando terminamos y salimos del hotel, prometimos cumplir nuevas fantasías, un poco más intensas, en donde podamos hacer un trío, usar nuevos juguetes, nueva lencería, coger en lugares públicos, y si nos cumplimos algunas de ellas; pero ese relato lo contaré después…

    Loading

  • Mi amigo Jan me sorprendió gratamente

    Mi amigo Jan me sorprendió gratamente

    Un saludo cordial a todos los fanáticos de este sitio, en especial a los que leen y comentan mis relatos. A continuación, les narraré cuando conocí a un holandés y las sorpresas que me llevé. Me describo para ustedes: soy una mujer morena clara, linda, ojos cafés y cabello largo color negro hasta media espalda, de complexión delgada, pero con un trasero firme y redondeado.

    Hace muchos años, en mi época de soltera cuando yo tenía 26 conocí en una tienda de discos a un chico holandés llamado Jan. Era un tipo joven de 20 años, muy alto, esbelto, manos grandes, ojos azules, y cabello rizado, muy lindo el nene además de simpático. Salimos un par de ocasiones a tomar café y cosas así hasta que un día me invitó al hotel donde se hospedaba.

    Cuando llegamos a su habitación Jan me mostró todo lo que había ahí, era un cuarto amplio y bonito, de esos que tienen una puerta que comunica con la habitación de al lado, donde por cierto me dijo que se hospedaba un compañero suyo también holandés de nombre Peter. Me pidió unos minutos para tomarse una ducha rápida, como yo me encontraba algo impaciente me puse a hurgar una de las mesitas de noche y entre sus cosas personales encontré 2 condones que decían “Large” (largo en inglés). Comencé a ponerme nerviosa y sentí algo de miedo. No le había vista la verga aún, pero estaba intrigada si correspondería o no a las dimensiones marcadas en el envoltorio del preservativo, me excité enseguida.

    Cuando vi salir a Jan del baño traté de disimular mis nervios mientras él se acercaba a la cama. Nos fundimos en besos y comenzó a quitarme la ropa suavemente, con mucha delicadeza y paciencia. Yo quería que fuera todo rápido, ansiaba por verle la pija. Cuando terminó de desnudarme me le abalancé encima para quitarle la toalla y efectivamente su tamaño superaba los 20 centímetros de larga, con muchas venas resaltadas, blanca y muy gorda, obvio que un condón común no podría resistir una polla como la de él.

    Yo moría por chuparla y pasarme mucho tiempo comiendo esa verga, pero Jan fue directo a ponerse la goma y enseguida a metérmela. Me la ensartó como desesperado (como si tuviera años sin follar) y comenzó a embestirme con furia y velocidad. Por supuesto que al principio me dolió tener su polla dentro. Muy apenas me estaba acostumbrando a sus dimensiones cuando Jan se corrió brutalmente, no aguantó ni 5 minutos. Me quedé ahí recostada, molesta y desilusionada, claro, qué se podía esperar de un chico de 20 años. En vista de lo ocurrido, preferí acomodarme a dormir, pero Jan seguía metiéndome mano por todos lados.

    De pronto escuché que alguien entró a la habitación, ¡era su compañero Peter! También era guapo, alto, un poco más fornido que Jan, cabello rubio largo y lacio, de ojos verdes. Peter llevaba puesta solamente ropa interior tipo bóxer y una playera de tirantes, lucía unos tatuajes en sus brazos. Se saludaron entre ellos, Peter se acercó a nosotros, se sentó sobre la cama y sin más fue directo a tocarme las nalgas. No me dio tiempo de reaccionar, todo sucedió en un instante. Hablaban en su idioma, no entendía muy bien, solo sonreían, me miraban y ambos me toqueteaban.

    El recién llegado Peter se encargaba de masajearme el trasero y mi amigo Jan me besaba todo el pecho, senos incluidos. Parecía que la cosa iba bien, me calenté mucho pensando que terminaríamos haciendo trío, pero algo se dijeron entre ellos y su compañero Peter se levantó y regresó a su habitación. Me quedé algo sorprendida, no comprendí qué pasó.

    En fin, volví a hacerle caso a Jan que se miraba entusiasmado en tener un segundo encuentro. Me fue besando desde el cuello y bajando por mis pechos, abdomen, vientre, pubis y se estacionó a comerme el coño. No lo hizo nada mal, movía su lengua dentro de mi vagina luego se salía y me chupeteaba el clítoris, después metió un dedo adentro para estimular mi vagina sin dejar de comerme. Sentía poco a poco como mi primer orgasmo se aproximaba, pero no logré terminar con las lamidas de Jan pues las interrumpió para colocarse nuevamente una goma en su verga que ya estaba tiesa de nuevo.

    Me arrastró hasta al borde de la cama, me levantó las piernas en alto y me la metió. Esta vez ya no me dolió, de deslizó con mayor facilidad y la clavó en mi agujero hasta el tope. Al estarme penetrando me decía palabras en holandés que obvio no comprendía pero que lograba descifrar por la forma en la que me miraba y su tono de voz, estuve casi segura que me decía palabras altisonantes.

    Me imaginaba las frases que debía estar pronunciando, de esas que me gusta oír mientras me follan: eres una sucia pervertida, qué puta extranjera tan deliciosa me estoy follando, me encanta tu coño apretado, etc. La que no aguantó mucho esta vez fui yo porque en menos de dos minutos ya estaba convulsionándome en mi primer orgasmo.

    Cuando Jan vio que me recuperé, me levantó en el aire con sus brazos para cargarme y poder continuar follándome él estando de pie. Mis brazos rodeaban su cuello mientras él sostenía mi cuerpo por las nalgas, haciéndome rebotar salvajemente en su verga. En esa misma posición me fue a apoyar sobre la pared y continuó taladrándome al tiempo que me besaba el cuello y los pechos hasta que me volví a correr muy delicioso. Me cargó hasta la cama para que ambos pudiéramos tomar un poco de descanso.

    Me recosté sobre su pecho y desde ahí observé que aún tenía la verga muy tiesa y apuntando al techo, el condón parecía que iba a reventarse en cualquier momento de lo mucho que lo llenaba con su herramienta. Me apetecía mucho comerle esa vergota a Jan pero tenía puesta la última goma “large” disponible y además nunca me ha gustado el sabor del látex.

    Algo resignada comencé a pajearle la polla, la escupía para lubricarla y usaba ambas manos para masajearla por varios minutos. Como no le miré intenciones de correrse aún, me fui directa a montarme sobre su palo. Comencé a sentarme sobre su tronco lentamente, centímetro a centímetro, sentía su pito muy adentro, me llenaba toda, luego aceleré un poco el ritmo de la cabalgata, me estaba llevando al cielo del gusto.

    De repente entra de nuevo al cuarto su compañero Peter mientras yo seguía montada sobre Jan. Algo se dijeron, rieron, y acto seguido Peter arrimó una silla para sentarse enfrente de nosotros y vernos en acción. A mí me daba igual, no sentí pena, estaba desinhibida y mucho muy caliente, incluso la escena me resultó morbosa y excitante. Recuerdo estar cabalgando a Jan al mismo tiempo que lanzaba miradas de lujuria a Peter quien se encontraba sentado disfrutando el espectáculo.

    Mis ojos se clavaron en su entrepierna, como deseando descubrir lo que guardaba ahí, imaginando si también estaría con buena herramienta como su amigo Jan, se notaba un bulto que crecía debajo de su bóxer. Esos pensamientos y miradas detonaron en mí otro orgasmo más intenso que los anteriores, me convulsioné sintiendo como mi coño se contraía sobre la verga de Jan mientras sus amplias manos apretaban fuertemente mis pechos.

    Cuando se desvaneció mi orgasmo, me incorporé enseguida, salí de la cama y me fui a hincar los pies de Peter. Rápidamente metí mi mano por debajo de su bóxer y le saqué la verga. Por supuesto que no era igual de grande ni gorda como la de Jan, pero aun así la tenía de muy buen tamaño, era muy linda, con forma curva, circuncidada y con una tremenda cabezota muy grande, desproporcionada al resto de su miembro, parecía un hongo gigante. Sin preámbulos fui a metérmela en la boca (me urgía chupar un pito) y Peter cerrando sus ojos inclinó su cabeza hacia atrás.

    Me concentré en darle una buena mamada a su deliciosa pija, creo que le gustaban mucho mis chupadas ya que empezó a gemir fuertemente, eso me excita muchísimo de un hombre, los sonidos y quejidos que hacen cuando les mamo el pito. Sin dejar de comerle la pija de pronto me percaté que yo misma me estaba tocando el coño, tenía los dedos de mi mano derecha entrando y saliendo de mi empapado agujerito.

    Al cabo de un rato Peter me detuvo, me puso de pie y me giró de modo que quedé dándole la espalda mientras él permanecía sentado. Me abrió las nalgas con sus manos y me dio unos cuantos lengüetazos por la entrada a mi coño. Luego me tomó de la cintura y me hizo sentarme sobre su polla que me la clavé hasta el fondo de un sopetón. Comencé a darme unos sentones violentos, ensartándome su pito una y otra vez de una forma muy deliciosa.

    Él no se soltaba de mi cintura, la apretaba y me jalaba con fuerza para que la penetración fuera más profunda. Yo estaba extasiada, gritaba a cada embestida y tocaba mis propios pechos y pellizcaba mis pezones. La verga de Peter estimulaba mi vagina de manera fascinante no solo por tener su cabezota frotándome por dentro sino también porque la curvatura de su miembro que aumentaba la fricción en mis paredes vaginales.

    Volteé a hacía la cama buscando a Jan y miré que estaba pajeándose aceleradamente viendo cómo me follaban. Se había removido el condón y se masturbaba la vergota con ambas manos, con una la sostenía de la base y con la otra mano subía y bajaba por todo el tronco. También se ensalivaba dos de sus dedos para frotarlos contra la punta de su miembro y en ocasione se jaloneaba las bolas bruscamente. Esa escena de la paja de Jan hizo que me comenzara a correr nuevamente entre sacudidas y gemidos. Me dejé caer por completo sobre la polla de Peter que aún montaba, moví mis caderas violentamente en forma circular, realmente tuve una ráfaga de sensaciones por todo mi cuerpo.

    Cuando salí del trance del orgasmo, noté que Jan comenzaba a emitir unos quejidos, estaba aún recostado sobre la cama masturbándose a un ritmo frenético y enseguida comenzó a expulsar potentes chorros de semen, su leche le cayó sobre el pecho, el abdomen, hizo un batidero el chico, parecía una fuente. Al ver cómo se corría me entraron unas ganas tremendas de semen y como Peter aún no se corría lo llevé hasta la cama, lo acosté y me acomodé sobre él en un 69. Prácticamente mi coño quedó montado sobre su boca y yo comencé a lamerle las bolas que se las había dejado empapadas de mis jugos durante la montada que le di.

    En esa posición fue más fácil meterme toda su carne en mi boca pues la forma de su pene facilitaba que entrara hasta la campanilla. Su cabezota me llenaba toda por dentro, raspaba mi paladar y las paredes de mis mejillas, luego me la metía hasta que topaba en mi garganta, tratando de que desapareciera toda en mi boca y darle más placer. Peter se retorcía cada que se la devoraba completa, las lamidas que le hice con la lengua sobre su punta y las sorbidas que le propiné sobre la cabeza con mis labios lo volvieron loco.

    A medida que apresuré mis mamadas él me comía el coñito con más ahínco, me metía lengua por todos lados, labios, clítoris, ingles, pfff hasta el anito alcanzó una buena tanda de lengüetazos. Ambos nos estábamos comiendo el uno a otro como locos, cuando me percaté que se tensó, supe inmediatamente que ya estaba a punto de explotar y efectivamente comenzó a deslecharse. Sentí sus chorros calientes bañar mi garganta, yo solo succionaba con fuerza para sacarle toda esa leche de sabor exquisito. Peter se retorcía al estarse corriendo en mi boca, le temblaban las piernas, creo que hice un buen trabajo chupando su pito. Se lo seguí lamiendo con delicadeza hasta que lo dejé sin gota de semen, que rica estaba su semen.

    Después de limpiarnos y vestirnos todos, Jan me acompaño a tomar mi taxi a casa. Así fue mi noche con ese par de holandeses de pijas maravillosas. Nunca más supe de ellos, aún los recuerdo y mojo mi panty, sobre todo cuando pienso en el miembro de Jan.

    Gracias a todos los que se toman el tiempo de valorar y comentar este relato, me alientan a seguir publicando más historias.

    Saludos cordiales a todos,

    Claudia.

    Loading

  • Infidelidad por error

    Infidelidad por error

    La vi a lo lejos de espaldas, esperándome en el portal, con su melena oscura y ondulada hasta las costillas. Estaba increíble con su falda corta ajustada a su trasero, potente y levantado, realzando sus muslos carnosos, pero para nada fofos. Y aquella camiseta dejaba al desnudo su espalda por completo, salvo por tirantes horizontales que la atravesaban. Eso quería decir que no llevaba sujetador. Mmm… Se me puso la polla dura sólo con pensar que aquellas peras estaban libres de ataduras…

    Me fui acercando a ella con sigilo para sorprenderla por detrás. Conseguí que no se diera la vuelta y la apresé por completo. La tomé del culo por debajo de la falda acariciándole las bragas e incluso sorteándolas para acariciarle el chocho por delante y con la otra mano le sobé las tetas por encima de esa tela tan suave. La susurré que estaba como un tren y que si por mí fuera me la tiraría allí mismo. Le pegué mi paquete a su majestuoso culo para que viera cómo me había puesto y la besé en el cuello.

    De repente algo me empezó a asustar. Lorena no olía así y, sobre todo, Lorena no tenía los pechos tan grandes. Ella se dio la vuelta y, en efecto, no era Lorena, mi novia desde hacía un par de semanas, de la que estaba tan colgado desde hace años, aunque sólo era mi novia desde hace poco, y a la que creía conocer al detalle… Supongo que me cegaron las hormonas, al verla tan sexy y al recordar los polvos que echábamos como monos cuando podíamos y que tan enganchados nos tenían a los dos.

    Al verla de frente caí en que era la vecina de debajo de Lorena, que medía más o menos lo mismo y era parecida de aspecto físico. Aunque esta chica no era tan guapa como Lorena cara a cara, pues Lorena tiene una carita aniñada que da un morbo terrible y esta chica era algo mayor y menos guapa, sobre todo por culpa de su nariz y de sus labios.

    —¡Vaya!, nene, qué lanzado eres. ¿Haces lo mismo con todas las mujeres que te excitan?

    Esto me dijo. Me dio un beso en la boca que me dejó desconcertado. Un desconocido se abalanzaba sobre ella y la metía mano y la tía, lejos de ponerse como una fiera, le seguía el juego.

    —Yo a ti te conozco de vista, te he visto por aquí cerca, estás con Lorena, que vive arriba, ¿no? ¿Por qué no te subes a mi piso? Me han dado plantón, no tengo nada que hacer, eres guapo y ya que te has decidido a acercarte a mí, no te puedo hacer un feo.

    Y volvió a besarme. Además su mano me había agarrado la verga, que seguía como una estaca.

    —Además yo una cosa así no la rechazo.

    Y me guiñó el ojo. Se dio la vuelta y abrió la puerta. Me miró para ver si la seguía. Y la seguí. El ritmo de sus nalgas moviéndose me hipnotizaron. En el ascensor empezamos a enrollarnos. Volví a meterla mano. Se dejaba mucho más que Lorena, mucho más cortada que esta tía. Tenía que cerrar los ojos cuando la besaba para no mirarla, pero sus curvas estaban muy bien.

    Abrió la puerta con rapidez y entró sin encender la luz. Me quitó la camiseta con un arrebato increíble y volvió a besarme. ¡Cómo besaba! Su lengua recorría mi paladar y sus labios entrechocaban con violencia en los míos. O estaba necesitada o era una tía apasionadísima. La quité la camiseta y pude ver aquellas tetazas, que pese a su tamaño y volumen, no caían por su propio peso hasta el ombligo, sino que se mantenían con bastante firmeza. Y tenían un tacto fabuloso, carnoso y suave. Por no hablar de sus bestiales pezones, que ocupaban casi la mitad de sus pechos.

    Me volví loco al verlos y se los chupé con un ansia terrible. La tía jadeaba como una guarra, a lo bestia. Me acordé de alguna vez que había venido a estudiar con Lorena y que nos reíamos cuando la oíamos follar, que temblaba la casa. Se arrodilló ante mí y me quitó los pantalones y el calzón con mucha rapidez. Se le abrieron los ojos como platos y me miró a los ojos.

    “¡Vaya polla! La zorra de Lorena debe de estar contenta con esta cosa abriéndose paso en su raja”. Y entonces, para mi sorpresa, se la tragó. Su lengua me recorrió el glande de una forma que casi hace correrme. Al mismo tiempo me palpaba los testículos o me apretaba las nalgas. Luego la tía se fue tragando más y más carne hasta casi engullirse mi verga. Fui tomándole gustillo a la mamada y empecé a llevar el ritmo en su mete saca, por lo que se podía decir que le estaba follando la boca. Estaba genial eso del sexo oral. Uff…

    De pronto se levantó y se bajó la falda con una sensualidad enorme. Vi que llevaba una tanga minúscula y roja. Se la bajé y contemplé su chocho rasurado por completo. Se sentó en la cama y abrió las piernas. Su raja se abrió ante mí. Me iba a colocar para metérsela cuando me paró. “Chúpame el coño, cabrón”.

    Me daba un poco de asco, pero me arrodillé y lo hice. Más bien le lamía. Ella me fue guiando. Me decía que metiera un dedo mientras la chupaba. “Más arriba, más a la izquierda, ahí, sigue, sigue”. Vi que una pepita iba creciendo. Me asusté de lo grande que se puso hasta que recordé un programa de radio en que se hablaba del clítoris. Al poco tiempo la tía estalló ante mi cara y sus flujos me empaparon. Olía la tía que apestaba. Por no hablar de los gritos que la cabrona estaba pegando, sobre todo cuando le llegó el orgasmo.

    Yo tenía unas ganas terribles de follármela. No esperé más y le empujé más adentro de la cama. Estaba con las rodillas flexionadas y yo me eché sobre ella, sobre sus mullidos pechos y guie mi tranca hasta su raja. Se la metí de un golpe. La tía aulló de tal modo que me asustó. Me quedé parado, asustado por si la habría roto algo dentro. “Sigue, cabrón, sigue, quiero que me mates a polvos”. Dicho y hecho. Empecé a bombear, animado por los gritos de aquella hembra en celo: “Sí, sí, sigue, sigue, qué polla tienes, métemela, métemela hasta el fondo, hasta las entrañas, quiero sentirte dentro, tómame, poséeme, hazme tuya, jódeme como una puta, sí, sí, sí”.

    Oír tanto grito obsceno hizo que no pudiera controlarme demasiado y me retiré para correrme fuera de su vagina. Me eché a un lado agotado. Creí que ella estaría igual, porque la tía no había parado de moverse y de echar las caderas hacia arriba o de enroscar sus piernas sobre mi espalda, además de gritar y darme besos. Pero no, la tía se echó sobre mi polla aún rebosante de leche cuajada y me hizo una limpieza de tranca colosal, tanto que volvió a ponérmela dura.

    Puso una cara de libidinosa que nunca había visto a nadie. Me dijo que me incorporara y la tía se puso a horcajadas sobre mí. Se la clavó hasta el fondo de un salto y empezó a cabalgarme. Volvió a pegar alaridos mientras le chupaba los pechos. Y repetía lo de que la iba a matar a polvos. Y cada vez que le venía un orgasmo chillaba “ya me viene, ya me viene”… Y luego alaridos incomprensibles.

    De pronto paró y me sorprendió que me dijera si alguna vez se la había metido a mi novia por el culo. Le dije que no y vi cómo me daba la espalda y acomodaba mi rabo en su agujero trasero, que tenía bastante dilatado, sin duda por práctica anterior. Esta vez fue agachándose con más cuidado, jadeando y gritando que la tenía enorme. Lo que más costó que entrara fue el capullo. Luego fue un poco más fácil, hasta llegar a la base, que de nuevo ensanchaba. Pero la muy puta se lo metió hasta el fondo y comenzó a cabalgarme de nuevo.

    Porque era ella quien llevaba la iniciativa, que si no me habría asustado los chillidos de dolor que pegaba al principio, hasta que al rato comenzó a cogerle gusto a que la jodieran por allí y volvió a sus alaridos de placer. Si aquella tía no me dejó sordo, faltó poco. No sé si me oía cuando la decía al oído que era la tía más puta que había conocido y cosas así. Me pedía que la apretase más y más sus pechos, que ya debían estar enrojecidos como sus agujeros. Notó que estaba por venir y redobló sus impulsos. “Quiero toda tu leche dentro de mí, riégame, quiero sentir tu semen inundándome”. Y vaya que la regué. Fue una corrida casi tan bestial como la primera.

    Luego por fin la tía se echó destrozada. Me dijo que había estado de puta madre. Que había que repetirlo. Que cuando visitase a mi novia la diera un repasito. En otras veces que llamé a su puerta y que follamos, supe que se llamaba Noelia y que tenía 26 años. Y tenía un novio de 43 años, casado y con bastante pasta. La pobre Lorena no supo nada y aunque a veces me comentaba que la vecina debía de tener un nuevo amante, yo me hacía el loco. Luego Noelia se mudó de casa cuando su amante le compró otro picadero y ya no volví a verla, por lo que ya Lorena es la única beneficiaria de todo lo que aprendí con esta ninfómana.

    Loading

  • Dale tu zanahoria a mi conejo que está hambriento

    Dale tu zanahoria a mi conejo que está hambriento

    Realmente los pormenores de esta historia no interesan más que a la que suscribe. Si me decidí a escribirla es por una visión de solidaridad con las necesitadas, con las estrechas del mundo que como yo y por presiones sociales se embaucaron en aventuras sexuales a destiempo y con resultados a menudo desastrosos.

    Amiga mía, estrecha y tachada de frígida. Todavía no he dejado de pensar en los hombres como bestias sin alma y esta historia no es más que una experiencia agridulce. Quiero dirigirme a ti que seguro alguna vez te dejaste arrastrar por el camino salvaje de la vida. Aquí va mi experiencia pasando por el horno a baja temperatura. Mi descripción: alta, delgada, medio rubia, joven e inexperta, intelectual y reprimida, con una hermana putón.

    Me lancé a la vorágine y ahora estoy con su novio, que es como el de la Barbi, en alguna recóndita habitación, con unas copas de más y la conversación en su punto álgido….

    —¿Cuánto tiempo llevas sin follar, Carmen?

    —Sólo tienes que mirarme el conejo. Porque este puede revelar el tiempo que hace que ha aceptado la penetración de un pito. ¿Eres tan experto, ligue de mi hermana?

    —Una idea estupenda, chiquilla —dijo Jonás el ligón, sonriendo.

    Me apoyó en la cabecera de la cama, me volvió a levantar la falda casi hasta el cuello y me bajó las bragas. Sus dedos escarbaron en mi vagina. Localizó la pepitilla e intentó morder uno de mis pezones.

    —¿Sólo quieres comprobar cuanto llevo sin chingar?

    Él me estaba abriendo los labios mayores acercando su cabeza mientras me expandía la puerta chochil.

    —La sequedad de tus mucosas es bastante reveladora. Yo diría que sólo has jodido unas pocas veces y que de eso ya hace bastante. ¿Deseas repetirlo?

    —Pues claro, dale tu zanahoria a mi conejo que está hambriento.

    Acto seguido, Jonás sacó de sus pantalones un enorme rabo. Me quedé sin aliento. Por unos instantes me volvió todo el miedo que sentía por los hombres. Además, lo aproximó a mi boca… ¿Es que pretendía que yo se la besara?

    Me la introdujo entre los labios, y yo me puse a mamarla como lo haría una chotilla en las tetas de una vaca, también utilicé las manos para palpar sus cojones. Mi aliento, mi saliva y mi instinto femenino se cuidó de aquella estaca. Al mismo tiempo Jonás se conformaba con mantener bajas mis bragas, para seguir examinando mi culo. De pronto se le ocurrió introducirme un dedo en el agujero del ano. Di un salto, asustada por el escalofrío de placer que cruzó mi cuerpo igual que un relámpago. No supe si se debía al mango que tenía en la boca o al “supositorio” que acababan de aplicarme.

    Jonás me la sacó de la boca y empezó a magrearme por la cintura, las nalgas y sobre todo por la rajita. Sin que el me lo pidiera, me engolfé hasta el punto de coger su pene y metérmela de nuevo hasta la garganta (sé que con mucha torpeza) . La excitación que sentía me permitió actuar con una evidente desenvoltura.

    Cuando estaba a punto de explotar entre mis labios me tumbó sobre la cama y abriéndome las piernas me la clavó en todo el corazón de mi chichi. No sé el tiempo que me estuvo embistiendo con su mango los bajos, con golpes acompasados y sujetándome por la cintura. Se me fue la cabeza y con voz de cerda en celo le dije:

    —¡Fóllame rápido y con fuerza, querido que ya me viene… ahhhh! ¡Dame más… más rápido, mi tesoro! ¡Más rápido… que me corro… que me quiero consumir en el fuego de tu pollón!

    No sé qué fuego extraño llegó a mi cuerpo y me vi soltando unas gotas de líquido amarillo por la almeja mientras gritaba de placer. Creo que eso fue un orgasmo.

    —¡Te has corrido, putona! ¡Te gusta más el rabo que los caramelos a los niños! —dijo Jonás abusando de su poder sexual, de pronto me echó de su lado, en un gesto humillante. Por unos momentos me sentí fatal, pero supe reaccionar y seguirle el juego. Mirándole a los ojos con cara de viciosa exclamé: —¡Qué cipote más maravillosa tienes…! ¡Quiero chuparlo todo y guardarlo en mi boca!

    Acerqué los labios a los impresionantes y llenos cojones de Jonás, sobre cuya piel pasé la lengua. Después, los mojé todavía más, porque quería jugar con el capullo. Llegué más abajo, para sorber el escroto. A garganta abierta y empleando la caliente lengua, le dediqué una mamada furiosa, a la que él correspondía sujetándome la cabeza.

    —¡Polla… minga… qué bonita eres…! ¡Tienes que abrirme en canal… hasta que toda tú, y los cojones me salgáis por la boca…!

    Yo no me daba cuenta de lo que estaba sucediendo, mi instinto era más fuerte que mi consciencia. Lamía y lamía rodando en la cama mientras Jonás se adueñaba salvajemente de mis esencias hasta alcanzar en postura invertida mi kiki y mi ojete que lamió con fruición hasta llenármelo de saliva.

    —¿Qué me vas a hacer, Jonás?

    —¡Metértela por el culo, que me estás pidiendo a gritos que te desfonde!

    —¡No… que me matarás, es un agujero muy pequeño, por favor…!

    El muy animal siguió aplicándome saliva en el culete mientras yo ya había sacado su cipotón de mi boca y esperaba el dolor que su picha gorda y enrojecida iba a causar en mi retaguardia.

    Se incorporó con fuerzas renovadas y poniéndome en posición de perrillo, me sujetó los brazos mientras me mordía la nuca y el pelo. Y así me sodomizó salvajemente. De un golpe me jodió el ojete hasta hacerme llorar de dolor, invadiendo mi ano con empujones enérgicos hasta correrse en un minuto y derribarme contra la cama, dejándome maltrecha y con un fuerte dolor de culo que me duró varios días.

    El resto de la historia no es lo esencial, como puedes ver los machos de mi vida no han sido lo que se dice románticos. Actualmente estoy casada, tengo un buen trabajo y un hijo pequeño. Mi marido me quiere y curiosamente nos repartimos el trabajo doméstico, pero cuando se muestra como realmente es, no deja de ser la bestia masculina que no he dejado de conocer a lo largo de mi estrecha experiencia. En nada se diferencia de Jonás, tal vez no me folla salvajemente por el ojete, pero si no lo hace es porque no se atreve a perderme.

    Esta es mi experiencia y no quiero aturdirte con mis conclusiones y consejos posteriores. Eso lo dejo para ti que me lees…

    Loading

  • La prima Blanca, mi primera mujer

    La prima Blanca, mi primera mujer

    Crecí con mi prima Blanca. De niños pasamos mucho tiempo juntos en casa de nuestra abuela y al ser hijos únicos, desarrollamos un vínculo de hermandad. Somos de la misma edad así que íbamos en el mismo salón y yo me convertí en su protector. Ella era muy divertida y tierna, solía hacerme regalos: dulces, cartas e incluso me guardaba los mejores Tazos de Pokémon. Cuando cumplí quince años hice una pequeña reunión con amigos de la escuela y la invité a ella. Se quedó a dormir y cuando todos se fueron me dio de regalo de cumpleaños mi primer beso.

    Al cumplir dieciocho años decidí organizar un pequeño viaje a la playa con mis mejores amigos y con Blanca. La pasamos muy bien, nadando, bebiendo cerveza y bailando. Ella lucía un bikini blanco que apenas y cubría su monte de Venus y sus pechos, que no eran muy grandes pero estaban muy bien puestos. Pasé casi todo el fin de semana viendo su figura. Ella era muy cariñosa conmigo, al fin y al cabo yo era su primo favorito y era el fin de semana de mi cumpleaños. El primer día, mientras todos permanecían en la arena disfrutando de unas cervezas, Blanca y decidimos entrar al agua para refrescarnos.

    —¡Me ahogo, ayúdame, primo! —bromeó Blanca mientras se lanzaba a mis brazos para intentar hundirme.

    —¡No, primita, no! Yo te salvaré —continué la broma mientras la abracé y la hundí yo mismo en el agua.

    Forcejeamos unos minutos, divertidos. Ella pegaba todo su cuerpo al mío y en un intento por vencerme, rodeó mi cadera con sus piernas. Yo sentía sus pechos pegados a mi torso y su monte de venus al alcance de mi potente erección. Fue una sensación nueva que llevaba años gestándose. Ver por primera vez a Blanca como una hembra apetecible en lugar de como la prima con la que había crecido, revolucionó mi mundo. Comencé a respirar agitadamente. Ella notó mi erección intentando escapar de mi traje de baño y presionando sobre la telita que cubría su vulva. Abrió los ojos, sorprendida. Nos quedamos quietos un minuto, interpretando nuestras sensaciones. Al fin sonrió y se abrazó a mi cuello, respirando excitada en mi oreja.

    —¿Te gusta lo que ves, primito? —preguntó con la voz más seductora que jamás he escuchado.

    —Me encanta, te has puesto hermosa, primita…

    Estábamos a punto de besarnos cuando alguien nos sacó de la burbuja de erotismo.

    —¡Hey, cumpleañero! ¡Se nos acabaron las cervezas, vamos a ir por más!

    Nos separamos de súbito, aparentando normalidad.

    —¡De acuerdo! —grité levantando una mano— Acá los esperamos.

    Vimos a nuestros amigos alejarse con rumbo al coche para manejar a la tienda más cercana. En cuanto nos dieron la espalda, Blanca deslizó su mano al interior de mi traje de baño. Su mano apretó mi verga y sentí una oleada de placer.

    —Buen tamaño, primito, nada espectacular, pero tiene un tamaño decente, además circuncidado, qué rico. Llevaba meses imaginando cómo tendrías la verga…

    No lo podía creer, mi prima Blanca me estaba masturbando en la playa.

    —Oye, pero esto no se puede quedar así —dije— yo también tengo que ver.

    Hice a un lado la tela de su top para descubrir sus pezones. Eran los primeros pechos que veía en mi vida. Sus pezones eran rosados, no muy grandes y casi se confundían con su tez blanca. Eran hermosos. No dije nada más y comencé a chuparlos.

    —Primo, ¿qué haces? Nuestros amigos todavía podrían vernos.

    Tenía razón. No quería avergonzarla frente a todos ellos. La tomé de la mano y salimos del agua. Nos dirigimos hacia nuestro bungalow. Una vez en el cuarto me saqué el traje de baño, liberando mi erección. Blanca la vio y se arrodilló frente a mí, metiéndose mi verga a su boca. La verdad es que no tenía mucha experiencia mamando y me rozó el glande varias veces con sus dientes, provocando un dolor que disfruté como loco.

    No importaba nada, la prima Blanca, la primera mujer en mi vida, me estaba mamando la verga como una desquiciada. Por un momento me detuve a pensar que todo era una locura, ¿qué dirían nuestros padres si se enteraban? Decidí ignorar la sensación de culpa y disfrutar del momento. La tomé de la mano y la ayudé a ponerse en pie. Di dos pasos hacia el frente, haciéndola caer sobre la cama. Le quité el bikini y la abrí de piernas. Durante esos segundos ella sólo decía mi nombre.

    —Enrique, primito, ¿qué haces? Estás loco…

    Pero no se oponía. Apunté mi erección a su coño. Lo tenía cubierto de un vello muy fino y recortado. Castaño.

    Era mi primera vez y tenía muchas dudas, pero más ganas de entrar en mi prima, que también era virgen. Coloqué mi glande circuncidado -que tanto le gustó- en la entrada de su vagina y empujé con decisión. La fricción de su himen rompiéndose es algo que recordaré toda la vida.

    —¡Enrique, ¿qué haces? —dijo con terror.

    —Me encantas primita, y tú a mí. Estoy tomando mi regalo de cumpleaños, tu virginidad.

    —Ay primito, qué cosas dices, sí te amo y me encanta que seas el primer hombre que me penetra, pero al menos debiste usar un condón.

    —¿Cómo un condón, Blanca, mi amor? Somos familia y hay confianza, los primos que se aman deben demostrarlo…

    —Pero qué cosas dices, claro que confío en ti, pero tu semen podría fertilizar mi óvulo… es peligroso.

    —Ese peligro hace que me excite más estar dentro de mi primita —dije loco de pasión— Pero, ¿quieres que la saque? Podría ir corriendo a la tienda por un condón y…

    —No la saques, Enrique. Te quiero dentro de mí sin nada entre nosotros —sentenció ante la idea de mí interrumpiendo nuestro placer— Ya luego vemos qué hacemos. Si me preñas, responderás por tus actos. Ven aquí —dijo y me abrazó para besarnos con ternura mientras comenzaba a bombear.

    Esa primera vez sin experiencia sólo lo hicimos de misionero. Para siempre será la vez en que más disfruté llenar de semen el coño de mi prima.

    —Estoy cerca, primita, ¿dónde vas a querer mi leche? —pregunté para estar seguro de que me quería dentro de ella.

    —Ay, Enrique, no deberíamos —comenzó— es súper peligroso, estoy ovulando, pero… No me puedo resistir. No la saques, primito, mi amor, quiero sentir tu semen derramándose en mí.

    Aquellas palabras terminaron de obrar milagros en mi libido. Bombeé dos veces más, con el glande hinchadísimo. Al ser su primera vez, las paredes de mi prima estaban muy apretadas y cada embestida se encontraba con algo de resistencia que incrementaba el placer. A la tercera bombeada comencé a eyacular impunemente en la vagina de Blanca. Varios chorros comenzaron a mezclarse con sus fluidos y al sentirlos, ella me volvió a rodear con sus piernas, evitando que escapara.

    —Ahora eres mío para siempre, primito. Y yo tuya. Ya no soy tu prima, soy tu mujer —añadió con todo el amor del mundo.

    Nos quedamos entrelazados con mi verga aún dura y dentro de ella. Pasaron unos minutos así, besándonos y diciéndonos lo mucho que nos amábamos. Al fin mi verga perdió dureza y la saqué. Un chorro de mi semilla comenzó a escurrir de ella. Se puso el bikini con rapidez.

    —No quiero que se salga nada, esta lechita es mía y la quiero guardar dentro de mí —dijo con un tono de perversión que devolvió sangre a mi pene recién estrenado.

    Nuestros amigos entraron al bungalow cuando apenas nos estábamos vistiendo.

    —Enrique, Blanca, ¿dónde están? —gritó Samantha, una de nuestras amigas.

    Salimos del cuarto a saludar.

    —¿Qué hacían? —preguntó Samantha

    —Perdí mi arete y Enrique me ayudaba a buscarlo. Pero aquí está —explicó Blanca mostrando su arete de oro.

    —Bueno. Pues vamos a la sala, ya es tarde para volver a la playa.

    El resto de la noche la pasamos divertidos con nuestros amigos. Intentamos mantener las apariencias durante un rato pero las ganas de estar juntos al fin nos vencieron y comenzamos a abrazarnos y darnos besos siempre que podíamos. Nadie dijo nada. En retrospectiva supongo que todos nos vieron desde siempre como una pareja y aceptaron nuestro comportamiento de marido y mujer. Fue el mejor fin de semana de mi vida. A la hora de dormir decidimos desde el principio del viaje separarnos en hombres y mujeres, pero no pude más. Me encontré con Blanca en la sala y ahí volví a tomarla. Su bikini estaba empapado de mi semilla saliendo de su coño.

    —Te hace falta otra dosis de mí, primita —le dije, al oído mientras me la cogía esta vez de perrito.

    —Sí, mi amor, dámela toda, esa lechita es sólo para mí.

    Eyaculé casi la misma cantidad esta vez. Cuando terminé de vaciarme en ella, me dijo en un susurro —¿Sabías que esta posición es ideal para la fecundación? El semen llega más profundo y es más fácil provocar un embarazo.

    El dato, que debió aterrarme, me excitó. La idea de preñar a mi prima me enloquecía.

    —No tenía ni idea, sólo sé que te amo, que estuvo delicioso y que si pasa algo estaré a tu lado. Nos fundimos en un beso y nos quedamos dormidos en el sillón.

    Volvimos a la ciudad a la mañana siguiente y ya nos comportábamos como una pareja, pero al volver a nuestras casas todo volvió a la normalidad. A la semana siguiente la acompañé a la farmacia por una prueba de embarazo que salió negativa. Nos sentimos en parte aliviados, era nuestro primer año de universidad y el mundo comenzaba apenas a abrirse ante nosotros, pero decepcionados también: la idea de iniciar una familia con la persona que amas desde siempre era muy tentadora. Nos abrazamos un rato, estábamos en su casa y mis tíos habían salido.

    —Si queremos seguir disfrutando, debemos cuidarnos un poco, prima, necesitamos algún método anticonceptivo —dije al fin. Ella se negó y seguimos cogiendo sin protección casi un mes. Un día entró en razón y fuimos al ginecólogo y se puso un implante.

    Blanca y yo seguimos cogiendo hasta la fecha. Nos hemos graduado de la universidad y hemos tenido parejas formales con las que nunca hemos cogido sin condón. Toda mi leche es para mi prima. Incluso algunas veces hemos hecho tríos o intercambios de pareja, nada me puede separar de Blanca. La amo y espero un día tener el valor de casarme con ella y tener la familia con la que soñamos.

    Loading

  • Hasta el lunes (1)

    Hasta el lunes (1)

    Era mi primer proyecto de importancia en el laboratorio, con 47 años y después de varios aguantando a la cretina de mi jefa -una niña bien, aunque de niña ya tenía poco y era un par de años mayor que yo-, así que cuando me dijo que la parte de gestión recaería en una persona que acaba de incorporarse, no sabía si enfadarme o deprimirme, cuando me llamó a su despacho.

    -Antonio, te presento a Montse -dijo mientras inclinaba la cabeza hacía la mujer sentada en la silla frente a su escritorio.

    La mujer se levantó y se dirigió hacia mí. No creo que llegara a los 30 años, alta, 1,75 más o menos, de pelo largo y negro como sus ojos que parecían bastante opacos, que la conferían un aire retraído. No era especialmente llamativa, parecía en forma, quizás con un par de kilos de más, hombros anchos, ligeramente inclinados hacia adelante, labios finos y una sonrisa discreta. Esa era la palabra que parecía definirla, discreta. Su ropa lo proclamaba, pantalón gris de vestir, blusa blanca de la misma línea y chaqueta del mismo gris.

    -Encantada, creo que trabajamos juntos.

    -Si, eso parece –dije intentando parecer no demasiado disgustado, al fin y al cabo no era culpa suya buscar un trabajo– seguro que nos acabaremos entendiendo.

    -Pues nada, os dejo poneros al día –dijo mi jefa, invitándonos a salir de forma cortés, pero sin dar lugar a dudas.

    Los siguientes días fijamos los siguientes pasos, mientras yo me encargaba de avanzar la parte científica y seleccionar personal, ella se encargaría de todos los trámites. La verdad es que era bastante eficaz de la forma más burocrática posible. Ni un plazo apurado, ni un trámite innecesario, pero tampoco la más mínima confianza, más allá de ofrecer un café si iba a la máquina a por uno.

    Un par de veces nos encontramos fuera del ambiente laboral, algo inevitable en una ciudad de provincias, una de ellas acompañada de Juan, a quien presentó como su novio en un intercambio de formulismos que no duró más de 3 minutos.

    Un par de meses después, todo seguía igual, eficaz, discreta, burocrática, nuestro contacto más íntimo fue cuando a la vuelta de vacaciones comentó que había estado en casa de unos amigos en Cádiz. No lo tomaba como algo personal, por lo que pude observar se comportaba igual con todo el mundo y mantenía una actitud calmada y sin altibajos.

    El día del cumpleaños de nuestra jefa, como todos los años, la plantilla fue “invitada” a tomar algo en un restaurante cercano. Un experimento me retuvo más de la cuenta y llegué algo tarde y cuando fui a entrar al local reparé en una figura entre las sombras. Reconocí a Montse, pero me sorprendió su cara desencajada. Su rostro habitualmente cortés, estaba crispado, con la mandíbula tensa y los ojos brillantes.

    -¿Estás bien?, pregunté poniendo la mano en su codo.

    -Si –respondió con un respingo

    -¿Seguro?

    -He dicho que sí –repitió en un tono en un tono duro mientras se sacudía la mano del codo y un extraño brillo asomaba a sus ojos negros.

    -De acuerdo, perdona –me disculpé dando un paso atrás– voy a entrar ya.

    -No, perdona tú, he sido una maleducada. No es excusa, pero ha sido un mal día.

    -¿Crees que es un buen momento para esto? -dije inclinando la cabeza hacia la puerta.

    -No, pero soy la nueva y no quiero que la pija me coja manía –respondió con el comentario más coloquial que la había oído en cuatro meses y un amago de sonrisa triste-. ¿Puedo pedirte algo? -continuo.

    -Claro…

    -¿Puedes quedarte conmigo ahí dentro? Me das confianza y eres la persona que más conozco.

    -Sin problema –respondí pensando que su concepto de “conocer” era bastante laxo.

    El cocktail –pretenciosa forma de llamar a cuatro platos de embutido y un vino mediocre- discurrió sin problema. Montse no habló demasiado y cada vez que alguien se dirigía a ella desviaba la conversación hacia el trabajo para que yo llevará el peso de la interacción social mientras ella daba otro sorbo de vino. Cuando llegó el tono de felicitar a María –nuestra jefa– Montse tenía las mejillas ligeramente coloradas y después del consabido “felicidades, pensé que eras joven”, se disculpó diciendo que necesitaba algo de aire fresco y sin más se dirigió hacia la puerta.

    Un par de minutos después decidí seguirla de forma discreta. La encontré en el mismo rincón oscuro, pero esta vez estaba fumando y un par de lágrimas asomaban a sus ojos.

    -¿Sigue sin ser un buen día no?

    -Si, un cumpleaños de mierda

    -No ha estado tan mal, a la tercera copa el vino era pasable, además nunca te había oído hablar así –dije intentado relajar la situación.

    -Este no, el mío –dijo en voz baja no exenta de cierta rabia.

    -Vaya, felicidades.

    -Gracias, pero no me siento feliz.

    -¿Puedo preguntar que te sucede? -me decidí a preguntar después de un silencio incomodo.

    -Juan –dijo entre dientes– ese capullo ha pasado de mi para ir a cenar con sus colegas del gimnasio. No puede dedicarme ni una noche y no imaginas la de cosas que he hecho y hago por él.

    -Desde luego saca lo peor de ti… has dicho mierda y capullo en menos de dos minutos…

    -Ya ves –dijo con una extraña sonrisa- ¿Te puedo pedir un segundo favor?

    -Será tu regalo de cumpleaños –afirmé.

    -¿Me acompañas al parking?, me dan miedo esos sótanos oscuros.

    Asentí y sin más nos dirigimos hacia el final de calle donde estaba la entrada al subterráneo. Durante esos breves minutos la conversación se limitó a la típica conversación sobre el frío, como forma de evitar temas incómodos. Tras retirar el ticket, nos dirigimos a su coche.

    -Gracias por acompañarme, al menos hoy he estado con alguien que no es un capullo y perdón por mi lenguaje, he bebido demasiado –aseveró con una sonrisa abierta.

    -No te preocupes, te queda bien ser menos burócrata

    -Vaya… eso parezco –dijo poniendo nuevamente el rostro serio.

    -No… no quería decir… -titubeé

    -Tranquilo, es broma –aseguro tras una carcajada suave– sé lo que parezco y es lo que busco.

    -¿Por? -pregunté sin pensar

    -Ella me miró como escrutándome, con una intensidad que no había visto nunca en sus ojos.

    -Me interesa, me gusta que mi vida esté compartimentada, me da… libertad –explicó de forma enigmática.

    -Entiendo…

    -¿seguro?

    -La verdad, no –y está vez fui yo quien rio.

    Ella me miro en silencio y con un rápido paso en mi dirección, se pegó a mi cuerpo y buscó mi boca. Fue un beso casi animal, al que tardé en reaccionar, con su lengua invadiendo mi boca y buscando la mía. Devolví el beso, agarrando su cintura, notando sus pechos aplastados contra mí y sintiendo mi incipiente erección, que no la pasó desapercibida por como movía las caderas. Mis manos agarraron su culo con fuerza, notando su firmeza. En ese momento un relámpago de sensatez pasó por mi cabeza y la separé de mí.

    -Para… estas enfadada, tienen novio, has bebido y además trabajamos juntos, esto no es buena idea.

    -Vaya, que caballeroso ¿no? -dijo con una sonrisa asomando a sus labios.

    -No, solo práctico –respondí intentado justificar lo que para mi cabeza era sensato, aunque el resto de mi cuerpo lo pedía a gritos.

    -Como quieras… nos vemos el lunes

    Me quedé quieto viendo cómo se alejaba el coche y después de llamarme idiota a gritos en mi cabeza, decidí ir caminando a casa y que el frío nocturno calamara mi excitación. Estaba en el portal cuando vibró mi reloj. “Montse. Mensaje de imagen”. Saqué mi teléfono y abrí el chat lleno de documentos y mensajes de trabajo. Noté una tensión en el vientre cuando vi la foto. Un tatuaje de un ojo, pero lo que impacto fue donde estaba. Se podía apreciar una ingle de mujer y ropa interior de color vino tinto. A los pocos segundos la foto desapareció. “Por si te preguntas que te habías perdido”, rezaba el mensaje que acompañaba a la foto. “¿Como sé qué es lo que me he perdido?”, respondí.

    Vi como empezaba a escribir, pero al segundo salgo una nueva notificación. “Videollamada entrante de Montse”. Descolgué con el corazón acelerado y ví su cara en penumbra. Se puso el índice sobre los labios indicándome que guardar silencio y la cámara comenzó a bajar por su pecho, siguiendo su propia mano y mostrando un sujetador del mismo color. La mano se detuvo en el vientre y continuó su camino seguida por la cámara hasta mostrar las braguitas y como lentamente las piernas se separaban para mostrar el tatuaje. Después la llamada terminó abruptamente. “Hasta el lunes”, fue su último mensaje.

    Entré en casa aún con el corazón acelerado, me lavé los dientes, me desvestí y me metí en la cama sin poder apartar de mi mente esos segundos. No pude evitar masturbarme pensando esas imágenes en las sensaciones que el encuentro en el parking me había dejado. Al despertar el sábado fue lo primero en lo que pensé y volví a tocarme recreando cada instante. Cuando conseguí que la excitación no ocupara cada fibra de mi cuerpo pude levantarme y ocuparme de mis quehaceres.

    Esa noche cuando estaba en el sofá viendo una película un nuevo mensaje me perturbo. “Mensaje de Montse”. Esta vez era un enlace. Pinché sin pensarlo y me encontré en una de esas páginas en las que se pueden ver cámaras web. Se veía un sofá con un hombre sentado y sobre él, una mujer de espaldas moviendo las caderas arriba y abajo. El plano se cortaba en los hombros de ella, pero pude adivinar quien era. Dejándome llevar me saqué la polla, ya medio dura, y comencé a masturbarme nuevamente cuando de improviso se cortó la emisión con el mensaje “Contenido para suscriptores”. Cerré los ojos y continué hasta correrme por enésima vez en dos días pensando en ella.

    Después de una ducha, me acosté y nuevamente vibró mi teléfono. Un escueto “Podrías haber sido tú. Nos vemos el lunes” hizo que dudara de mi sensatez y que el próximo lunes se me antojara lejano como nunca.

    Loading

  • Primita bien cogida

    Primita bien cogida

    Desde pequeños nos conocemos con Helena, primos en el vínculo, hermanos en el afecto. Desde siempre nos gustamos, y hemos sido contestes en reconocer esa corriente de afinidades y afecto que perdura entre nosotros.

    Como adultos seguimos cultivando el tratamiento muy cercano. Ambos casados, primero ella, yo al tiempo; ella separada, yo sigo con ciertos altibajos. Seguimos en contacto y viéndonos con frecuencia, casi siempre en el seno familiar.

    En cierta ocasión me pidió un presupuesto por un trabajo gráfico, para el taller de calzado donde hace las veces de secretaria del dueño. Lo aceptaron y de ahí en más su patrón fue mi cliente.

    Al tiempo de tener relaciones comerciales, surgen los problemas financieros en la fábrica de calzados, y se dilatan los pagos.

    Hablé con mi prima para ver de agilizar los pagos pendientes. Ella fue quien puso más énfasis en justificar las demoras, hasta poniendo más pasión que el propio dueño de la fábrica, tanto que en cierto momento dijo: —“debemos aceptar lo que nos dan” …, ofuscado le dije:

    —¡Ja!, y un día te va a pedir que le chupes la pija y… vas a aceptar y hasta dejarte…

    Ni bien dije esa frase, me di real cuenta de que había metido la pata, dicho una inconveniencia, más por ofuscación al escuchar la frase de resignación brotada para defenderlo, que perdí el control, por lo cual me disculpé con el mismo énfasis que había puesto para la desafortunada frase. Dijo aceptar mis disculpas, pero se le nota que está bien seriota.

    Seguimos tomando café aparentando que nada había sucedido entre nosotros, aunque la expresión primaria no se le borró del todo, para suavizar la situación, ofrecí acercarla a la casa, con la esperanza de reparar la molestia causada.

    Durante el trayecto fue ella quien se disculpó por mostrarse con enojo, el dardo dio en el centro, las lágrimas asomaron en los preciosos ojos grises. La situación ameritaba hacer una pausa, para ponerle el hombro a lo que tendría por decir.

    Estacioné a la vera de una plaza, tomé sus manos en las mías, ese gesto siempre rinde frutos por mostrar la contención masculina, sentía la molestia por ser el causante de ese incipiente llanto, por reparar el llanto hablé:

    —Qué puedo hacer para remediarlo, me siento tan culpable por toda esta situación.

    —Sácame de acá, pueden vernos, más así como estamos, las mujeres son tan…

    Ni había pensado en tener algo con ella, solo era salirnos de ese lugar, pero el subconsciente siempre está alerta, en la cercanía hay un hotel…

    Para mis adentros pensé con mucha rapidez y con poco tino, en llevarla para remediar ese momento de pena y de paso cañazo, si se da la ocasión hasta echarnos un buen polvo. El sexo siempre puede ser un remedio muy efectivo para calmar ansiedades y cerrar algunas heridas del amor.

    Helena también conoce la zona, no tengo la menor duda que habrá pasado algunos buenos momentos en este lugar al que estamos aproximándonos, se le nota en la mirada que adivina donde la estoy llevando. Una última mirada, entre furtiva y cómplice para la aprobación, no dice nada, pero lo afirma todo. Se deja llevar, se está dejando amar por su primo del alma.

    Seleccionamos en el tablero la categoría y el indicador luminoso nos marca el número de la habitación, subimos en el ascensor tomados de la mano. La tiene levemente húmeda y temblorosa, silenciosos, nos miramos a través del espejo del ascensor, su mano tiembla en la mía, mi sexo comienza a tomar vida útil pensando en su temblor, en su indefensión que necesita contención, su corazón consuelo y su sexo debe estar urgido de un rico polvo como el que mi lujuria está pergeñando echarme en esa mañana.

    Mientras ella pasa por la toilette, tomo unas botellitas del frigobar y un poco de hielo para prepararnos unos wiskies para que nos den tiempo para acomodar las ideas y buscar la mejor forma de cogerme a la primita.

    Los tragos ayudan a la confidencia, se disculpa diciendo que acerté, ella se vio exigida a aceptar los avances del patrón para no perder el laburo (trabajo), ahora se sentía arrepentida, humillada y sin saber cómo salirse de la situación, mis palabras acerca del tema, algo bruscas, no hicieron otra cosa que poner un poco de racionalidad y realidad en la situación. Vuelve a disculparse porque también ella estaba ofuscada con ella misma, por haberse dejado llevar a esta situación y… mi abrazo calló sus lamentaciones, ahogó en mi pecho la angustia.

    La retuve un momento hasta que la protección de su primo se le anida en el alma. Se deja contener, se deja llevar en el seductor abrazo masculino, se deja explorar en la superficie de la ropa, y examinar debajo de la ropa, se deja acariciar la piel, se deja amar, se deja llevar por el fragor del deseo, se deja…

    Estas situaciones de sexo imprevistas suelen resultar las más disfrutadas, porque todo se produce como nacido de la nada misma, al calor de la súbita propuesta todo se produce casi sin pensarlo, solo instinto y voluptuosidad expuesta al momento, a satisfacer el deseo a como dé lugar.

    El ambiente calmo, luz suave y música tenue completan la tarea de poner a Helena en clima, se cobija en mí como una indefensa paloma, necesita ser amada, ser gozada y hacerla sentirse deseada. Su boca es una delicia cuando recibe la mía, nos respiramos uno dentro del otro, las lenguas salen para amarse, para sentirse en la fricción del deseo, en el fragor de la calentura que nos invade y anula los sentidos.

    Todo es premura y urgencias, deseo y jadeos, torpeza y desatino son el lugar común donde se escriben las mejores páginas del sexo prohibido. Esto es prohibido, por eso mismo tiene el sabor de la transgresión, la tentación del pecado sazona el desatino y la cómplice voluntad de amarnos se hace carne y espíritu rebelde.

    La tiendo boca abajo, sobre la cama, los brazos a los costados, laxa, se deja llevar en el masaje contenedor de su mejor primo. Los músculos se van relajando, la piel adquiere la tersura cremosa de la mujer que se va entregando al deseo masculino, murmullos de agradecimiento. Me esmero y prodigo en lo mejor de mi repertorio de caricias, suelto el broche del soutién, mis manos suben y descienden por la espalda, recorriendo cada rincón, tocando cada poro, entrando en cada hueco, frotando y acariciando. Ronronea como gata en celo.

    Con mis labios recorro la espalda de Helena, gustosa recibe la caricia húmeda, los besos en el cuello la transportan, la estremecen, agitan sus zonas más erógenas en manos del hombre sabio que recorre esos lugares que la ponen en clima para ser amada. Cuando mis manos se roban la contención de sus pechos, retenidos y estrujados, encerrados los pezones en la frotación del pulgar y el índice, se estremece y arquea toda, tensada como la cuerda de un arco.

    Es tiempo de voltearla, enfrentarnos en su desnuda indefensión, nuevamente las cúpulas sacras de sus pechos son cubiertas por mis manos y arrobadas por mi boca, me abraza como para ahogarme entre sus pechos. Arrecian besos y caricias sobre los pezones, quiere más, momento propicio para recuperar el tiempo perdido y aprobar la asignatura pendiente, es volver al colegio del amor infantil para volver a jugar “al doctor”, ahora hacerlo de veras, pecar como adultos y adúlteros porque así sabe mejor.

    Vuela el jean, sacarle la tanga con los dientes, es la excusa para meter la mano y la cara entre las piernas y entrar en la íntima humedad, sentir el fragor y el aroma pegados en los labios. El deseo reprimido emerge en el contacto vaginal, los dedos encuentran el secreto botón del placer que enciende la pasión.

    Los gemidos cortos y contenidos anticipan un orgasmo muy sentido, estremecida, digito la intensidad y duración, demoro y alargo para darle más entidad al ansiado desahogo. Encimados, hasta el momento de girar, nos besamos profundo y prolongado, Helena urge, exige una reparación para mí erección.

    De espaldas, por suerte ambos gustamos de esa postura, ella para tener mayor libertad de moverse, yo para poder ejercer el poder del macho, el animal que llevamos dentro manifestarse en fuerza y vigor para dominar y someter a la hembra. Poder aflorar el instinto primitivo del deseo salvaje, transmitir esas sensaciones en la penetración impiadosa y hasta violenta cuando el fragor de la calentura nos domina.

    Disfruta de contener y apretar, de someter y halagar, es la dominación total, forzarla a dejarse hacer, a perder el control de las acciones a manos del hombre que la posee. Tomada de la ingles la elevo un poco para lanzarme como una saeta con fuerza dentro de la vaina, sentir como la verga recibe el beso de sus labios ardientes, como maneja los músculos de la vagina para apretar en la intrusión de la pija. Sometida por el peso de mi cuerpo, apretada entre mis rodillas, nos dejamos envolver por la vorágine de pasión contenida que nos acelera el pulso y agita la respiración. Ella primero, se incrusta en mí elevando sus nalgas, respondo con movimientos urgentes y profundos hasta dejarla llegar. Ahora es mi tiempo, estoy en el umbral de la acabada…

    Entiende y comprende, conoce al hombre, me salgo de ella, se voltea, quedado entre mis piernas, quiere ser ella quien termine, sus manos y sus tetas son la contención para esos momentos tan ardientes, el momento de acabar, sigue frotando hasta el final, hasta el primer chorro de semen que vuelca entre sus pechos sabe cómo sacarme el resto, despacio, con ternura, se llena los ojos de placer y sus manos de latidos cuando termina de vaciarme toda la leche sobre sobre ella. En la agitación de la pija algo de semen le salpica los labios, su lengua lo recoge con toda la sensualidad de una mujer ardiente.

    Sus manos frotan la savia vital sobre sus tetas, para hacerme delirar de placer.

    Agradece la delicadeza de no terminarle adentro, hubiera gustado sentirme morir dentro de su cuevita, lástima no haber sabido que está protegida. El próximo lo quiere en vivo y directo, adentro. Fue complacida, previa mamada, se la mandé adentro de la conchita, gozó el contacto directo con el semen. Nos abrazamos, como amantes reprimidos y contenidos por años, es el momento del desquite, recuperar el tiempo de amor perdido. Nos debemos muchos más momentos de amor y sexo. Helena, quiso que les contara este primer encuentro, porque nunca es tarde cuando la cama es buena.

    Lobo Feroz

    Loading

  • La prostituta y su nuevo cliente

    La prostituta y su nuevo cliente

    Hola, me podéis llamar Alba y soy prostituta o mejor dicho puta porque si, soy puta porque lo he decidido y porque me gusta y hoy quiero contaros como puede ser una cita mía cualquiera, nada es como parece ni como os creéis que es.

    Llevo en el negocio del sexo de pago cerca de ocho meses, me trasladé de mi ciudad natal -que por seguridad no diré—a estudiar a Madrid, bueno estudiar, digamos que eso es lo que pensaban mis padres cuando hice las maletas, pero yo tenía muy claro que hasta mi propia santa madre sabía a lo que venía pues las apreturas familiares eran muchas y las salidas laborales en mi ciudad natal eran nulas, unos años antes me había implantado unas buenas pretesis de silicona que se han descubierto que no son tan buenas y que me dieron la 90 que luzco y por la que muchos hombres babean cuando me ven.

    Perdonar que me pierdo, con mis 23 añitos mandé a mi novio a tomar por culo, hice las maletas y me cogí el autobús que me dejó en la estación de Méndez Álvaro, en una semana estaba trabajando, lo primero que hice fue publicar en un par de páginas de cierto prestigio un pequeño perfil y unas fotos que me hizo un chico que resultó ser un caradura y al que no me volví a follar porque para mi dicha, yo soy la que folla y vosotros sois los que creéis que me folláis, JA, pero bueno, esa es otra historia.

    El caso es que publiqué un lunes y el mismo lunes ya tenía cerca de 50 respuestas en la dirección de correo que me había creado, había buscado un nombre para que apareciera en las primeras posiciones de la web por si se colocaba por orden alfabético y me cuidé muy mucho de decir que hacía o dejaba de hacer, opté por unas fotos más bien tirado a sosas porque pretendía sugerir más que enseñar y después de todo ello me propuse hacer cierta selección de mis futuros y próximos clientes.

    Mis primeros encuentros transcurrieron sin pena ni gloria, pues aplicaba lo que había aprendido con mis anteriores parejas de cama, que no fue poco pero con el tiempo he aprendido mucho más y puedo hacer que un hombre se me corra en cinco minutos casi sin que me toque y casi sin tocarlo porque he de reconocerlo, soy una puta de las buenas, de las caras, de las cabronas que se vacía la cartera, los huevos y si no quiero que vuelvas, no vuelves.

    Pero todo esto viene a cuento porque lo que no puedo evitar es la emoción del primer encuentro, normalmente soy muy selectiva con mis clientes y les hago pasar muchos filtros antes de que se metan entre mis piernas, mi intuición no suele fallar y si hago memoria solo me he equivocado con un demente que ya está denunciado y probablemente alguien le habrá quebrado las piernas porque como os decía puedo hacer lo que quiera con la voluntad de un hombre y convertir en un asesino sanguinario a la mosca más debilucha de una sala de ejecutivos de seguros.

    Esta sensación es indescriptible y creo que no puedo compararla con nada, una vez que mi cliente ha pasado el corte le suelo citar en alguna cafetería para poder observarle durante unos minutos, no necesito más, con dos minutos escasos me vale para saber que quiere cada uno, sus nervios, su forma de sentarse o de tomar su bebida, pero antes de eso he de prepararme, esa preparación siempre es muy concienzuda pues me gusta estar perfecta para mi cliente y mientras me preparo me recreo, mientras me subo las medias lenta y suavemente, mientras me pinto los labios o me hago las líneas de los ojos, todo forma parte de esa liturgia que me quema por dentro y que de no ser por ese instante mientras pienso en lo que me espera, me achicharraría.

    Os voy a contar un caso, no el mejor, ni el peor, simplemente el que me pasó ayer.

    Después de diez días cruzando mails con cierto maduro de 42 años decidí que era el momento de pasar al siguiente paso, por lo que sabía estaba soltero -mentira podrida, estaba casadísimo y con estos suelo ser más perra que nadie-, que tenía una escritura cuidada por lo que le suponía cierta cultura, que decía que se mantenía en forma y era bien parecido, eso a mí no me suelo decir nada pues metida en faena lo único que me gusta es que sus pollas no tengan demasiado vello y que huelan bien.

    A lo primero no puedo hacer nada, pero para lo segundo si pues lo meto dentro de la ducha y les restriego hasta que brillan, jaja, pues cité a este maduro interesante, JA, otro pegote, no hay nada más cómico que los nicks que suelen usar y este era patético, llamémosle Rober -evidentemente el nombre es ficticio—y lo cité en cierta cafetería de los últimos números de la calle Serrano, yo para el encuentro preparé uno de mis vestidos más “peligrosos” y me preparé para la cita.

    Me di un baño tranquila en mi apartamento, me puse una buena mascarilla en la cara y me hidraté creo que hasta el interior de las orejas, jeje, mi ropa descansaba en la cama y antes de ponerme la lencería más atrevida de la disponía, me miré desnuda al espejo de cuerpo de mi cuarto y casi me beso a mí misma pues me encontraba irresistiblemente atractiva.

    Mis curvas, mi senos perfectos, esas aureolas de mediano tamaño, mis labios carnosos, un pubis rasuradito y suave como una pluma, mmm, Robert no me iba a durar ni diez minutos y me reí por dentro; me senté en mi descalzadora y me coloqué las medias, mi liguero negro y me lo enganché suavemente, después un sujetador muy delicado negro que me encantaba y volví a mirarme al espejo, cada vez me gustaba más el resultado.

    Me perfumé suavemente y en esto no suelo pensar nunca en mis clientes, me importa bien poco que luego vayan oliendo a hembra, pues es lo que soy y el que viene a mi debe apechugar con todo el paquete. Una blusa blanca que dejaba entrever mis lencería y una flada de tuvo gris hasta las rodillas pero que marcaba mis caderas a juego con una chaqueta corta del mismo color y unos zapatos de vértigo negros, estaba arrebatadora; busqué mi bolso y metí un par de condones por si acaso me hubiese equivocado en mis impresiones, el lubricante -pues todo cliente debe quedarse con la sensación de que te has corrido y le has empapado y eso solo se consigue con lubricante a chorros o que te follen como los dioses y esto último pasa una vez de un millón, las llaves de casa y mi monedero y salí con el tiempo preciso, un taxi a la puerta y

    —A la cafetería de Serrano 2…

    —¿Por dónde quiere que vayamos?

    —Suba Príncipe de Vergara

    El taxista, un joven que no dejaba de mirarme y desnudarme con los ojos seguía hablándome, pero yo cerré mis oídos concentrada en la pasta que me iba a pagar Robert y para animar el cotarro, me desabroché un botón de la blusa pícaramente mientras hacía que miraba por la ventana.

    Pagué la carrera y tomando aire me dirigí a la puerta, ya sabía quien era él, pues era la única mesa con un hombre y nos presentamos.

    —¿Robert?

    —Si, ¿Alba?

    —Si, mmm, que guapo eres, que sorpresa, no te esperaba así -primera mentira.

    —Gracias, yo si creo que tú eres muy guapa

    —Muchas gracias, le dije coqueta.

    Me senté a su lado y le besé en la comisura de los labios para oler su miedo, ese miedo que tiene todos los hombres que se ven conmigo por primera vez.

    —¿Quieres que tomemos algo o nos vamos?

    —Prefiero que nos marchemos, luego nos lo tomamos si quieres.

    Robert pagó su consumición y antes de que me preguntase le dije que tenía un apartamento donde podríamos estar más tranquilos, en realidad es un apartamento que comparto con unas amigas para estas lides y que nos coordinamos cuando tenemos alguna cita, todas colaboramos y pagamos los gastos, la limpieza de tollas, zapatillas de ducha, geles o el mismo listerine, entre nosotras se hace fácil y nos llevamos bien; el cándido Robert venía tras de mi como un gatito o mejor dicho como un perrillo abandonado sin darse cuenta como me relamía.

    Tras un breve paseo llegamos y subimos a la novena planta y última, creo que los porteros saben a que nos dedicamos pero por mi carácter creo que ni se atreven a abrir la boca cuando me ven salvo para decir buenos días.

    Abrí la puerta con decisión y le pregunté si quería beber algo; me pidió un Gin Tonic -ahora todos los pijos quieren Gin Tonic— que le preparé con cierta dedicación mientras él me desnudaba con la mirada y sus manos, se le veía nervioso, presuroso, es decir, de los clientes que nos gustan, los que tienen prisa por meterse en materia y se corren en cuanto les susurras que estás muy caliente. Con cierta premura le dije que me pagara y sacó un sobre de esos de boda con la tarifa por una hora, lo guardé en un bolsillo interior de mi bolso que tenía difícil acceso y volví con él.

    No dio tiempo a que se lo bebiese, pues me fui a la ducha y le invité a que se viniese conmigo, esperé al agua caliente y nos metimos juntos, aún no le había besado y aproveché para besarle en la boca mientras agarraba su miembro para enjabonarlo, le dejé la polla limpia como una patena y me dispuse a secarme y le invité a usar el enjuague bucal, le dije que por precaución, mentira podrida, pero los tíos que les huele el aliento son asquerosos y en cuanto estuvo listo me lo llevé a aquella cama de casi 2,30 con espejos hasta casi en la cómoda, le pedí que me esperara un instante mientras disimuladamente me embadurnaba de lubricante vaginal.

    Una vez preparada tiré a Robert en la cama, estaba mudo, creo que solo resoplaba y con mis ojos más pícaros me recosté a su lado, coloqué disimuladamente el condón en la mesilla y con la voz más suave que podía salir de mi garganta le dije que se preparara para tocar el cielo, le besé suavemente el cuello y sentía como sus pezones se ponían duros, sus manos presurosas me toqueteaban sin tino, pero al menos no era brusco, y bajé dando un rodeo hasta su pecho, lamiéndolo muy lentamente y acariciando sus torso, no era un pecho muy peludo y eso se agradece mientras mis piernas se hacían un hueco entre sus muslos para sentir su polla en mi vientre.

    No perdía su contacto visual mientras lamía cada rincón de su cuerpo mientras bajaba lentamente, es aquí donde se ve la destreza de un buen amante y que normalmente es al revés de un buen cliente, pues los malos clientes están como locos porque te metas su polla en la boca y que narices, les complacemos con placer, es tiempo que ganamos, cuando llegué con mis labios a su polla erecta suelo hacer un parada muy teatral, esto les suele volver locos y cuando vuelvo sobre su polla respiran como si la vida se le escapara.

    Primero lamo todo su tronco parándome en su capullo y en sus huevos pero que si tienen muchos pelos, casi ni toco porque me dan arcadas, jugando con el ojito de Polifemo como yo le llamo hasta que me la meto en la boca, una boca que antes he llenado de saliva cálida para que sienta mi calor, me meto el capullo haciendo una parada mientras mi lengua juega con su palpitante capullo, si siento que empuja yo misma le sujeto o uso mis manos para que no me la meta hasta el fondo de la garganta porque para que me entre hasta dentro tengo que estar preparada.

    Y es cuando veo que se relaja cuando si me la meta hasta el fondo, procurado que no me den arcadas por tocar mi campanilla y siempre mirándole a los ojos pues yo creo que es lo que lo que acelera su explosión de placer, disimuladamente saco el condón y me lo enfundo en un dedo y con la misma saliva que escurre de su polla tiesa lo empapo y se lo meto sin contemplación hasta el fondo.

    Muchos parecen protestar pero no conozco a ninguno que luego haya dicho que no le haya gustado, pues mientras le mamo la polla, sacándola y metiéndola dentro de mi boca, mi dedo corazón busca una próstata que no me cuesta demasiado encontrar y es cuestión de segundos para sentir un chorro de semen en mi boca no sin antes avisarme unas cuantas pequeñas y dulces gotas en la punta, cuando llega ese momento yo cierro mi garganta para recibir todo eso chorro de leche blanca para tratar de no tragarme nada pero dejándola en mi boca, le dejo reposar hasta que le saco la última gota y mientras recupera la respiración yo aprovecho para ir al baño a escupirla toda y lavarme la boca.

    Con el tiempo ni te fijas en el tamaño de la polla de los que se acuestan contigo y salvo algún espécimen digno de un museo, como lo nuestro es trabajo ni te molestas en compararlas, cosa que parece fastidiar a todos los hombres del mundo, algo que no entiendo, en todo el tiempo que llevo en esto salvo un par de hombres, ninguno se ha preocupado por saber que puede gustarme y digo esto con pena, pues los dos que me lo preguntaron fueron los hombres más dulces del mundo, uno de ellos es un cliente fijo y si supiera como vibro cada vez que me toca creo que me derrumbaría y lo dejaría todo.

    Del otro me enteré por la prensa que lo destinaron a cierta embajada americana y su fue con toda la familia, una familia muy numerosa por cierto -que envidia me daba su mujer aunque no creo que disfrutase ni la cuarta parte que yo cuando me llevaba a la cama y me follaba hasta el alma-.

    Robert seguía agitado y habían pasado tal y como tenía previsto veinte minutos y como tenía previsto, Robert era de los que les causa problemas de conciencia irse con una puta así que me acosté a su lado y mientas me hablaba de sus problemas -maldita gracia que me hace que me cuenten sus gilipolleces—le di un masaje suavemente y eso que no tengo ni la más remota idea de como hacerlo pero a mis amantes parece no importarles, cuando quiso darse cuenta faltaban siete minutos para la hora y me levanté diciendo que casi era la hora.

    —Que cortito se me ha hecho, eres un encanto Alba

    —Tu sí que eres un encanto, a mí también se me ha hecho muy cortito

    —Te volveré a llamar

    —Vale.

    Ya sé yo que este es de lo que no vuelve a llamar, lo sé siempre en mi primera mirada, este vuelve con su esposa con el rabo entre las piernas porque la marca real o virtual del anillo nosotras lo vemos a la legua.

    Nos fuimos a la ducha a refrescarnos y nos vestimos con tranquilidad, antes de salir me dijo Robert que no se podía quedar, que a lo tonto se había hecho tarde —lo sabía, jaja— pero yo por una mamada le había sacado una pasta, un dineral. Cada vez quedaba menos para poder alcanzar mi sueño de autofinanciar mi futuro y con tipos como Robert cada vez me era más fácil.

    Lo dicho, no ha sido ni el mejor ni el peor, uno más y mis ahorros siguen creciendo a un ritmo exponencial porque soy puta, muy puta y si aún no me conoces, ten cuidado cuando marques mi número pues te irás con la idea de que me has follado, pero lo siento nene, soy yo la que te monta, la que te folla y si quiero, la que te da por culo.

    Pd. todos los nombres y lugares son ficticios, si alguna persona encuentra algún parecido es fruto de su mente calenturienta o que ha visto demasiadas películas porno.

    Loading

  • Un viejo verde y yo sola en la piscina (3)

    Un viejo verde y yo sola en la piscina (3)

    Y las conclusiones van llegando a mi cabeza. Y quiero que sepa que reconozco que sus hipótesis son ciertas.

    —Llevas razón, vecino. En todo. Volví a la piscina para que me siguieras mirando las tetas. Y cuando subiste me fastidió. Y también es verdad lo de antes. Te vi mirarme el culo y tocarte mientras lo hacías. Me gustó hacerte sentir así y no quise estropearlo…

    Permanece callado, sabiendo que no acabaré aquí. Por lo que sigo pensando. Y sigo hablando mientras su mano aún sujeta mi barbilla.

    —Y ahora supongo que… quiero decir, te apetecía que trajera el top, pero, en realidad, lo que quieres es que me lo quite, ¿verdad? Quieres que la mujer de Pablo te enseñe las tetas, ¿no es así?

    Me doy cuenta de que yo estoy deseándolo. Desde que me miró así en la piscina, en el fondo, pienso que deseaba que no hubiera tela entre sus ojos y mis pezones (en realidad esto no es así, pero en ese momento me lo parece), no sólo porque me diera pena que el pobre hubiera sido abandonado y tuviera que conformarse con el porno para ver tetas. En realidad deseaba que este hombre las viera. Deseaba complacerle con eso… De hecho, tan caliente estaba que tenía que dar un paso más.

    —En realidad, supongo que no sólo quieres que te enseñe las tetas… supongo que quieres que la mujer de Pablo te lo pida, te suplique enseñártelas… Porque, joder… yo… yo estoy deseando enseñártelas… supongo que llevas razón… no estoy acostumbrada a estar frente a un hombre de verdad y ahora que lo estoy… pues me gustaría…

    Me paro y lo miro fijamente.

    —Señor, ¿me permite enseñarle las tetas?

    Y respiro hondo mientras no dejo de mirarlo… ya está. Ya lo ha logrado. Le estoy pidiendo quedarme en tetas. Y es bastante obvio que la distancia entre ¿puedo enseñarte las tetas? y dejar que me las toque es ínfima. Sobre todo teniendo en cuenta que antes no le dejé. Joder seguro que en nada tengo sus manos cubriéndolas… Y claro… la distancia entre ¿puedo enseñarte las tetas? y quítame el short y el tanga…

    Y claro, luego la distancia entre eso y “buf, al fin, qué ganas tenía de follarte”…

    Lo miro fijamente. Pone una sonrisa lasciva, tal vez de alegría por tener a la mujer de Pablo suplicándole enseñarle las tetas, tal vez porque él también sigue el hilo de mis razonamientos y sabe que queda poco para estar entre mis piernas.

    —Claro que te lo permito Silvia.

    Se retira y aparta mierda del sofá, incluido mi pijama y sus calzoncillos sucios, y se sienta en él. Se enciende un cigarrillo, coge una botella de ginebra y se prepara para deleitarse con lo que voy a hacer.

    —Este modelito nunca te lo he visto con el gilipollas de Pablo. —Dice riendo.— Menudo maricón, no sabe cómo hay que tratarte. Bueno vamos a ver, que es lo que tienes ahí debajo vecina.

    Me entra un poco de pánico, pero ya no hay vuelta atrás. Respirando nerviosa, me quito el top y me quedo quieta, tratando de disfrutar el momento… de disfrutar por complacerle. Estoy en tetas frente a él.

    —No vecino, Pablo dice que este top es de busconas…

    Estoy nerviosa, esperando su reacción. La situación es morbosa. Silencio. Miradas. Y mis tetas.

    Al cabo de un rato se levanta y se coloca detrás de mí, con sus manos en mi cintura y punteándome el culo con su verga. Igual que hace un rato.

    —Y ahora, ¿si subo las manos me las vas a quitar como antes vecina?

    Me muero de la vergüenza… pero estoy demasiado excitada.

    —Jo… lleva razón. Otra vez igual que en la piscina… Lo siento vecino. Le pido perdón. Fue una descortesía total.

    —¿Me estás pidiendo perdón por no dejar que te metiera mano antes?

    Cierro los ojos esperando que sus manos se cierren en torno a mi carne, pero no llega ese momento. Yo asiento y él se separa de mí. Sabe que tiene tiempo. Quiere reforzar su posición un poco más. Y de paso, calentarme más a mí. Y yo le ayudo arrastrándome un poco.

    —No sé si me ha entendido, le estaba pidiendo perdón por quitarle las manos… quiero decir que ahora no las quitaré

    —Jajaja. Lo entendí, niña, lo entendí. —Dice mirando fijamente mis pechos desnudos. Se vuelve a sentar en el sofá y pone música.

    —Baila para mí, Silvia. Quiero ver contonearse esas peras.

    —Nunca he bailado sexy… no sé hacerlo. Pablo nunca me lo ha pedido…

    Estoy hipnotizada observando cómo me mira… No puedo reaccionar, es demasiado delicioso. No quiero que deje de mirarlas…

    —Ya, Silvia, pero está bastante claro que yo no soy el gilipollas de tu marido. Si te digo que bailes como una puta para mí, pues lo haces aunque no sepas. Además, Silvia, seguro que lo harás muy bien…

    Efectivamente, no tengo mucha experiencia en esto, pero la orden es clara. Y quiero complacerlo. Trato de contonearme como puedo. Aunque, en realidad, parece que le da igual. Su mirada sigue clavada en mis tetas. Eso es lo importante.

    —Así que ahora, no me quitarías las manos, jajaja, te está poniendo cachonda la situación, ¿eh? —Me pregunta riendo.

    —No es sólo que me está poniendo cachonda… es que pienso que llevas razón… Te dejé mirarme las tetas en bikini, hasta volví para que lo hicieras… y ahora te he pedido que me dejaras quitarme el top… No parece muy lógico que después no las toques…

    Sigo moviéndome, muerta de vergüenza, pero azuzada por esa mirada clavada en mis pequeños pechos.

    Veo cómo se baja el pantalón, y parte de tu abundante vello púbico aparece. No puedo evitar recordar que hace un rato se masturbó mirándome desde la ventana… Yo me muevo. Su sonrisa mientras me mira acaba de deshacerme…

    —Según bailas, quiero que te quites el short.

    Su orden cae como una maza. Recuerdo mi razonamiento… es lo que toca sí. Veo que él baja un poco su pantalón para estar más cómodo. Se ven algunos vellos púbicos al hacerlo. Veo cómo empieza a sudar copiosamente. Realmente lo estoy excitando. Me doy la vuelta y bajo el short despacio, para que vea mi culo. Me quedo un rato de espaldas y después doy media vuelta.

    —¿Quieres que me desnude completamente? ¿Quieres tener a la mujer de Pablo completamente en pelotas para ti? Porque yo, desde que te pregunté si podía ponerme en tetas, sabía que tendría que despelotarme completamente.

    Ríe de nuevo y asiente.

    Yo deslizo el tanga despacito. Lo bajo hasta las rodillas y, con un movimiento de mis piernas caen hasta el piso. Su sonrisa es descomunal. Se baja aún más el pantalón. Parece que su miembro está incómodo. Mi sexo desnudo está a un par de metros de él, que lo devora con la mirada. Deja el cigarro y la ginebra y alza las manos dejándolas sobre el nivel de su cabeza y formando una concavidad en cada una. Está claro lo que quiere.

    —Ven aquí, acércate, pero sigue bailando.

    Yo voy acercándome despacito, viendo cómo mis pechos se aproximan lentamente a sus manos. Finalmente, coloco mis dos tetas en sus manazas y suelto un gemido descomunal. Una vez acopladas, él coge una con fuerza y cierra la otra en un pellizco a mi pezón. Juega con ellas un rato.

    —¿Te gusta cómo te toco zorra?

    “¿Zorra?, ¿me ha llamado zorra?”. Lo peor es que no hace falta que conteste. Mis gemidos lo hacen por mí. Me cuesta abrir los ojos. Quiero centrarme en cómo esas manos, esas manazas, atacan mis tetitas. Pero tengo que abrirlos, tengo que ver su cara mientras logra su victoria… Consigo abrirlos y lo veo… joder sigue mirando mis tetas, aunque ahora estén tapadas por sus manos, que las agarran, las amasan y las pellizcan. Según lo miro, se levanta del sofá y poniéndose tras de mí me dice al oído:

    —¿Sabes que voy a hacer ahora?

    Y entonces oigo su boca abrirse y siento su lengua en mi cuello. Suspiro y gimo. Su boca al abrirse inunda la sala de olor a ginebra, cerveza y tabaco. Y sus manos… joder sus manos. Desde atrás, agarra mis tetas con fuerza. Ahora que no puedo mirarle a los ojos, me fijo en sus manos. ¡Cómo me agarra los pechos!, es delicioso.

    Me doy cuenta de que no he parado de bailar mientras él sigue jugando con su lengua en mi cuello y sus manos con mis pechos. Me agacho y tomo la botella de ginebra para darle un trago. Uno muy largo. El alcohol quema mi garganta. Se separa de mí y me mira. La única prenda que llevo son unas sandalias blancas de tacón. Ahora soy yo la que, sin orden de por medio, doy una vuelta despacito para que pueda mirarme bien.

    Él sonríe. Con el pantalón totalmente abultado y a medio bajar. Con esa sonrisa que está a medias entre lo garrulo que es, el vicio que esconde y la victoria. Me mira de arriba a abajo. Yo me doy otra vuelta más. Quiero que vuelva a mirar mi culo. Pero esta vez no se toca, como cuando me enseñaba la casa. Lo mira y, aún de espaldas, se acerca. Yo espero sus manos. Primero una va a una teta y la otra al muslo. Acarician con ansia.

    Después sus dos manos agarran mis muslos mientras siento de nuevo el olor a ginebra, tabaco y cerveza, señal de que ha abierto la boca y de que, seguramente, vuelva a usar su lengua. Efectivamente ahora la siento en mi cara mientras sus manos acarician mis muslos, después suben pasando por mi sexo hasta las tetas y se colocan sobre ellas como si fueran un sujetador humano. Las acaricia, juega con los pezones, las sopesa y, de pronto, las agarra con fuerza. Siento su polla sobre mis nalgas. Dura como una piedra.

    —Dios…. ¡qué buena estas! Te voy a follar como nunca te lo ha hecho el gilipollas de Pablo, jajaja.

    —Todavía recuerdo lo que me dijo hace un rato, cuando, tonta de mí, le quité las manos de mis tetas.

    —¿Qué te dije, vecina?

    Mientras dice esto, me da la vuelta y me pone frente a él. Ahora comienza a acariciar mi culo con las dos manos.

    —Me dijo algo parecido a ahora. Que le encantaban mis tetas y que me iba a follar como a una zorra. —Respondo sonriendo.— La diferencia es que, cuando me lo dijo antes, todavía pensaba que yo podía controlarme. —Sus manos amasan mi culo. Yo cierro los ojos de gusto. Nuestros rostros están separados un palmo. —Todavía pensaba que los hombres de verdad son los que nos tratan como princesas. —Pega su vientre contra el mío o mejor dicho, su polla contra mi vientre. Acaricio su pecho desnudo y beso su pezón. Sabe a sal, probablemente del sudor. El olor a ginebra es bestial, sobre todo ahora que además yo también contribuyo.

    Sus manos siguen en mi culo. Yo separo la boca de su pezón un segundo para llevarlo al otro. Después me separo y pego mi pecho al suyo. Mis tetas se rozan con su vello. Quedamos totalmente pegados. Mis pezones se llenan de su sudor, su verga, por encima del pantalón, se clava en mi vientre, sus manos agarran mi culo. Pongo mi boca a un centímetro de la suya y tras mirarlo, cierro los ojos y abro la boca. Su polla ha crecido aún más. El olor a alcohol y tabaco es muy fuerte. Él respira pesadamente y con la boca abierta. Una boca que está a centímetros de la mía, que permanece abierta esperando que la invada.

    Fugazmente pienso en Pablo. Pobre Pablo… aunque estoy empezando a cabrearme con él. Creo que el viejo lleva razón, que tanto que dice me quiere, pero no sabe hacerme feliz… no al menos como este hombre lo está haciendo ahora. Si no sabe hacerme sentir así, tal vez debería entender que necesito a alguien que sí que lo haga… Joder, por un momento imagino la situación y casi me entra la risa. No, no va a entender que cruce el rellano para despelotarme para mi vecino mientras él se ríe en su cara, diciéndole que se ha follado a su mujer.

    Ojos cerrados y boca abierta esperando un beso… Un beso que no llega. En vez de eso, siento su lengua en mi barbilla y la noto ascender. Cuando llega a mi boca ya está dibujando una sonrisa. Mientras lame mi cara, aprovecha para, una vez que ya le he dicho que me va a follar, quitarse los pantalones. Obviamente las corridas anteriores provocan que esa liberación añada un ingrediente más a la mezcla de olores que desprende. Lleva mi mano a su rabo y comienzo a masajearlo. Entonces decido resolver mi duda.

    —Antes, cuando subiste de la pisci… Te masturbaste mirándome, ¿verdad? ¿Te corriste cuando me colocaba el bikini? Porque, vecino, aunque me da vergüenza reconocerlo… creo que lo hice para eso….

    —Ya lo sé vecina. Me di cuenta de que me pillaste tocándome, así que cuando vi que dejabas media teta fuera para mí me corrí como un salvaje mirándote. Mira. Allí está el pantalón manchado.

    —Y los calzoncillos también, ya lo vi.

    —Por supuesto que los viste. Puse tu pijama directamente sobre mi lefote en ellos jajaja.

    —Sí me di cu…

    Y de pronto, por sorpresa, tengo su lengua en mi boca. Me come la boca y mete toda su lengua que se mueve como una loca. Su aliento me llena. Yo, que llevaba ya un buen rato esperando el beso, al sentirlo me abandono a él. Trato de jugar con su lengua, aunque se mueve demasiado bruscamente. Así que, simplemente me dejo explorar mientras acaricio su verga.

    —¡Uf! la tengo durísima, Silvia, joder que buena estás…

    —Pues no te imaginas como estoy yo, vecino… estoy chorreando…

    Vuelve a besarme. Yo sigo tocando su verga. Es una delicia. De pronto, pega un arreón, me coge en volandas y comienza a llevarme contra una pared. Yo cierro los ojos ante el inminente golpe que, finalmente se produce. Y, una vez empotrada contra ella, me la mete de golpe con un gruñido y yo le respondo con un grito.

    —Joder, al fin, al fin, ¡aah! Le digo.

    Empieza a follarme como profetizó, como una zorra. Dando embestidas fuertes y violetas. Mi espalda choca contra la pared en cada una de ellas y a veces mi cabeza también.

    —Ohhh síi, ahhh joder. Te estoy follando y no me lo creo, Silvia.

    Yo sólo jadeo y gimo. Los golpes son demoledores. Y para colmo aumenta el ritmo y el vigor.

    -Joder vecino, ¿de dónde saca esas fuerzas? Mi marido con 30 años menos ni se le parece, ¡coño!

    Se ríe y se lanza a por mis tetas, como diciendo, ¿y esto lo hace mejor él? Las lame, las chupa y las muerde. Entre los dos logramos que mi cuerpo suba y baje por su falo.

    —Vecino, como me coma así las tetas, no voy a tener suficiente… Joder, joder, —digo a cada embestida.— Vecino, por favor cómamelas un poco más que estoy a punto… estoy ahí… aaaah un poco más…

    Y entonces me deshago. Me deshago entre sus pollazos, mientras sus labios y dientes juegan con mis tetas. Oliendo mi cara a alcohol y tabaco. Oliendo mis tetas a alcohol y tabaco. Y oliendo a sexo. Combinado entre mis abundantes flujos y los suyos. Yo ya he comenzado a correrme, pero a él parece darle igual. Paf, paf, paf, contra la pared. Cada vez más fuerte.

    —¿Así te gusta zorra? ¿Eh?

    —Sí, sí, sí ¡uf!

    —¡ohh sí!, ¿así te folla el maricón de tu marido? seguro que no… jajaja

    —¿Que dice vecino?, ¿cómo va a follarme así el maricón de mi marido? Él me trata como a una princesa.

    Plaf, plaf, plaf.

    —Menos mal que no está en casa, sino oiría todo contra la pared, jajaja.

    Y aumenta aún más el vigor del martilleo.

    Plaf, plaf, plaf

    —Pero, aaah, creo, aaaah, que no me hace falta aaah estar en casa aaah, para oír los golpes aaaah, de mi cabeza contra la pared aaaah.

    Plaf, plaf, plaf.

    Sigue, sigue, sigue y sigue. Aun cuando yo ya he terminado mi viaje, algo que se retarda, porque sus pollazos hacen su trabajo manteniéndome en órbita. Finalmente con unos gruñidos, se vacía en mi interior, con uno de mis pezones aún en la boca. Noto la chorretada en mi sexo aún empotrada en la pared. Su rostro rojo, congestionado y lleno de sudor, muestran un placer que se ha mantenido insatisfecho en años.

    Finalmente sus labios abandonan mi pecho y sale de mi interior. Me deja en el suelo. Nos quedamos mirándonos. Y yo, sintiendo que toda la excitación muere, descubro horrorizada cómo cambia la situación.

    De pronto no tengo delante de mí a un hombre que acaba de regalarme el mejor orgasmo de mi vida, sino a un viejo gordo, sudoroso y alcohólico. Con la cara roja y congestionada. Con una mirada de salido que asusta y que sé perfectamente que se follaría si pudiera a Cris y Lidia, tanto con sus 18 años, como si tuvieran 14. Me doy cuenta de que no sólo ha abusado de mi cuerpo. No sólo me ha visto en pelotas, sino que también me ha tocado, me ha chupado. Me froto la cara inútilmente tratando borrar el rastro de sus asquerosas babas alcoholizadas. ¡Hasta me ha follado! Me entran ganas de llorar ¿Qué coño me ha pasado? ¿Cómo he permitido que esto sucediera? Una cosa es jugar un poco con mi vecino, mover mi bikini y otra…

    Siento resbalar la leche por mi muslo. La leche de este viejo verde gañán. Sentir como su moco lechoso baja por mi pierna es demasiado. Me tiemblan las piernas, desciendo hasta el suelo y comienzo a llorar.

    —Jajaja. ¿Qué te pasa, niña? ¿Ahora te entran los remilgos? Me pides que te reviente a pollazos y ahora que guardas bien adentro mi lefote ¿lloras? Cómo sois las tías… tanto tiempo con la maricona de Pablo te ha trastornado, jajaja.

    —Cállate cabrón. Te has aprovechado de mí.

    —Jajaja ¡Los cojones me he aprovechado! Has sido tú la que se ha despelotado. Pero si hasta has venido caminando para poner tus tetas en mis manos, ¡so zorra!

    Yo reacciono como puedo. Me levanto, cojo mis llaves y, completamente desnuda salgo al rellano y entro en mi casa. Ahí me vuelvo a tirar al suelo y vuelvo a llorar.

    Me desahogo llorando durante un rato, ¿cómo medir el tiempo en esa situación? Tal vez media hora, tal vez más. Después me levanto y voy directa a la ducha. Me ensaño con mi cara, tratando de borrar el rastro de su saliva de borracho cabrón. Me ensaño con mi sexo, aplicando un chorro fuerte para borrar de ahí también todo lo que pueda. Después me tiro en la cama, aunque tengo la certeza de que no podré dormir.

    Y ocurre como tantas veces hoy. Yo sola con mi pensamiento soy mi perdición. El puto gordo viejo borracho me había pegado una follada de campeonato. Me había tenido todo el día totalmente excitada y había rematado la faena dándome un orgasmo de diez. Sí, ciertamente nada parecido a lo que siento con Pablo. Y no me había forzado a nada. Fui yo la que me presenté en mi casa medio desnuda y la que le pedí ponerme en tetas para él. Fui yo quien le di permiso para que me las tocara y la que le dijo que sabía que me iba a follar. Él simplemente… lo hizo. Joder y ¡cómo lo hizo! Nunca me engañó, siempre me dejó claro todo. Vecina te voy a mirar las tetas, vecina me gustaría follarte, vecina, date la vuelta para que te vea el culo…

    Vuelvo a repasar el día. Rememoro el instante mágico en el que me quito el top… sin darme cuenta mis manos bajan a mi sexo al recordarlo. Joder, no puedo quitarme de la cabeza su cara mientras bebía ginebra mirándome las tetas. Recuerdo su lengua marcando mi cara mientras mis manos comienzan a arrancar los primeros esbozos de placer de mi entrepierna y aumenta el placer viendo con mis ojos cerrados su cara congestionada al escupir su semen en mi cuerpo y termino corriéndome pensando que, por tercera vez hoy, tenía que ir a pedirle disculpas…

    Loading

  • Las aventuras de Loverboy (3)

    Las aventuras de Loverboy (3)

    Anteriormente:

    Troy Singer se transforma en Loverboy, un héroe que utiliza su gran culo musculoso y hambriento para detener el crimen y demostrar que la restricción del sexo no es la solución a los problemas de una sociedad.

    John Ruttenford simplemente se quedó mirando a Loverboy sosteniendo la base de su lustrosa bota de cuero azul. El rostro del apuesto capitán no denotaba ninguna sensación, solo observaba al agitado muchacho quién le devolvía la mirada como implorando rescate, mientras a su frente la emboscada se llevaba a cabo en el lúgubre callejón y, por supuesto, los gemelos Sempentor trataban de resistirse al arresto.

    -¡Maldita marica! ¡Nos has tendido una trampa! – Gritó Will desde las mediaciones del pasadizo mientras era detenido con el mismo tipo de grilletes cromados usados en Dion (ver capítulo 1).

    Una infartante cabo, digna de pasarela de Victoria Secret, se acercó al capitán Ruttenford para informar la situación de la redada.

    -Capitán. Hemos detectado altos niveles de excitación entre los arrestados, varios mirones serán acusados por cargos menores, y los hermanos Serpentor estaban siendo buscados por sus antecedentes de estafas reiteradas. Pero hay algo más Capitán – Informó la cabo.

    -¿Qué ocurre, Tricia?- Preguntó el capitán sin despegar la vista en el desvalido Loverboy como tratando de entender como tanta infracción junta podía estar abrazado a su bota.

    -Se encontraron rastros de la feromona sexyd-69, capitán- Informó de manera cortante.

    La cabeza de Ruttenford se giró para mirar a Tricia fijo a los ojos.

    -No es posible, cabo. Esa feromona fue erradicada desde hace más de 200 años- Explicó de manera categórica el capitán.

    -Lo sé capitán, estoy tan sorprendida como usted, señor- Dijo la cabo a la vez que miraba sorprendida a nuestro sexualizado héroe – ¿Qué quiere que hagamos con el muchacho? No presenta niveles de excitación y la prueba de eyaculación dio negativa – advirtió

    -Estoy analizándolo, cabo. Fíjese si puede recabar algo más sobre la feromona – Ordenó

    -¡Sí, Señor!- Dijo la cabo, girando sobre sus tacones de 21 cm, volviendo por el mismo camino por el que había venido, con sus estilizadas piernas desnudas.

    John Ruttenford se puso en posición de cuclillas mientras Loverboy se mantenía aferrado a su bota.

    -Creo que ya puede soltarme la bota, chico-

    Loverboy simplemente estaba obnubilado por el increíble escenario que se le presentaba. Aquel abultado speedo blanco ahora estaba a menos de cincuenta centímetros de él. Incluso podía sentir el tenue olor sudoroso de su entrepierna. Pudo ver, desde una posición privilegiada y poco usual, sus voluptuosas piernas torneadas, tanto los muslos sin fin como aquellos marcados isquiotibiales que terminaban en el inicio de unos glúteos abrumadoramente grandes. Si no se tratara de un capitán del cuerpo de “sex-arrest”, loverboy juraría que ese tipo de culo solo podría pertenecer a un macho bombeador sin precedentes.

    El joven héroe soltó a malagana la bota del Capitán Ruthenford, no solo por soltar algo tan preciado para él, como ser el pie de ese majestuoso hombre, sino porque sabía perfectamente que debía incorporarse luego de eso y así perder su perfecto espectáculo visual. Y así lo hizo.

    Aún en cuclillas, John, era solo un poco más bajo que Loverboy. La imagen graficaba una típica escena paternal. De hecho John, a pesar de su hermetismo y severidad, era reconocido por sus compañeros como un hombre con modos paternales y siempre muy protectores.

    -Mi nombre es Jhon Rutenford, Capitán del escuadrón anti-sexo de la ciudad. Escucho tu versión de lo que paso, hijo- Dijo el capitán

    Loverboy solo se identificó con su nombre verdadero ante el Capitán Ruthendord: Troy Singer, y le relató los hechos del ataque de los hermanos Serpentor con el menor detalle posible. No dijo nada del traficante y su arresto, de sus nuevos poderes, y mucho menos habló sus erupciones anales, contó que iba camino a su casa tratando de acortar camino por las intercales cuando ocurrió el ataque. Todo el relato lo hizo siempre recordando que se trataba de un agente de la ley, justamente para no caer en la trampa de sucumbir ante su belleza.

    -Entiendo- dijo John pensativo, cuando el heroico adolescente terminó de contar su historia – ¿y no crees que el que vayas vestido así puedo haber provocado a los delincuentes? ¿Sabes que solamente por lo que llevas puesto tengo la obligación de llevarte detenido? – Preguntó el capitán incorporándose frente al muchacho y denotando la enorme diferencia tanto en volumen como en altura. Digamos que a pesar de que nuestro héroe estaba excelentemente bien formado, John Ruthenford facilmente duplicaba cada una de sus medidas.

    Un frío estremeció la espalda de Loverboy. Lo que menos deseaba era terminar aquella eterna noche preso por llevar puesto algo tan revelador que ni siquiera él había escogido ponerse.

    -Señor Capitán – Comenzó hablando muy nerviosamente – Yo no estaba vestido de este modo, señor. Llevaba una vestimenta regulada deportiva y solo había salido a correr. Estas correas que ve, son parte de una forma de entrenamiento que estoy implementando, pero se llevan bajo la ropa, señor. Quedaron descubiertas cuando fui atacado, señor – Mintió Troy sabiendo el terror que le producía inventar algo tan poco creíble a un agente policial que claramente conocía todo sobre entrenamiento muscular.

    -Te diré esto, muchacho – Advirtió el Capitán ante un asustado y vulnerable Loverboy – Tus niveles de excitación se informan normales, y por lo que veo realmente has sido la víctima en todo esto. Debería arrestarte por tu vestimenta, pero voy a hacer un gran esfuerzo por creer la estupidez que has inventado. Entiendo que aun eres un adolecente que tiene que aprender a canalizar el impuslo delictivo. Sé que tú me comprendes ¿no es así? Ahora vas a subir al patrullero del cabo Dominguez y él te alcanzará a tu casa. No pienso permitir que tu experimento textil de mal gusto se vea un minuto más. – Terminó diciendo.

    ¿Acaso dijo que mis niveles de excitación eran normales? Se preguntó el heroico adolescente totalmente desconcertado. Y claramente se sentía no solo excitado, sino extasiado ante la presencia del fornido capitán. Pero había algo más: era un tipo de excitación diferente y nada se desarrollaba como en los casos anteriores, a pesar de la excitación las correas no respondían ajustándose, su ano no se humedecía, pero nadie mejor que él mismo para advertir que sus niveles de excitación estaban muy (pero muy) por encima de lo normal.

    Lo que sucedió luego tomó por sorpresa a nuestro musculoso héroe dejándolo totalmente estupefacto. El enorme capitán John Ruthenford se despojó de su entallado saco policial de impecable blanco y se lo colocó sobre los hombros.

    Loverboy sintió que su cabeza iba a explotar cuando el escultural cuerpo del capitán se aproximó a él. Dos enormes pectorales perfectamente marcados y lampiños, brillantes por algo de sudor, quedaron frente a él. Sus pezones se veían grandes y duros como almendras y el simple hecho de imaginarse una mano sobre esa enormidad de pecho hacía temblar las piernas del heroico adolecente. Para cuando terminó de abotonarse el saco, se miró a sí mismo para notar lo grande que le quedaba por todos lados y cuando concluyó de mirarse pudo observar al escultural John Ruthenford solo vistiendo esas lustrosas botas altas azules y el speedo blanco.

    De pronto Loverboy notó que Ruthenford ya no hablaba, no se movía. Lo miraba como si estuviera escaneándolo minusciosamente, pero no desde la lógica de un oficial, sino desde algún lugar más profundo e interno. Troy sintió que el corazón se le subía al pecho, como si en cualquier momento fuera a escupirlo.

    Quiso decir algo… cualquier cosa. Pero las palabras se le apelotonaban en la lengua. Finalmente, lo miró con los ojos muy abiertos y preguntó, sin pensar:

    —¿Por qué me mira así,comandante?

    Ruthenford frunció apenas el ceño. No parecía molesto, más bien confundido. Troy notó el mínimo movimiento de su mandíbula, como si contuviera algo que estaba a punto de estallar. ¿Ira? ¿Deseo?

    —¿Qué… le pasa conmigo? —dijo Troy, apenas un susurro. Se sorprendió de su propia voz, tan temblorosa. No era una provocación. Era real. No sabía qué pasaba, pero necesitaba entenderlo.

    El silencio siguiente fue insoportable. Solo se escuchaban las gotas de lluvia resbalando por el borde de algún canalón, muy cerca. Ruthenford apretó los labios. Dio un paso, solo uno, y Troy sintió cómo una oleada de calor se le encendía en la espalda.

    —Deberías tener cuidado —dijo el capitán finalmente, sin levantar la voz, pero con un peso que le caló hasta los huesos—. Hay cosas que no estás listo para desatar todavía.

    El intercomunicador en la muñeca de Ruthenford vibró con una alerta urgente.

    —Capitán —la voz de Tricia irrumpió en la tensión del momento—. Detectamos una nueva marcación de sexyd-69. Una concentración alta en las cercanías del sector portuario. Puede ser una fuga activa, señor.

    Ruthenford se irguió, endureciendo aquella cincelada mandíbula. Miró a Troy una vez más. Una lluvia fina empezaba a golpear con fuerza sobre el callejón, pero la tensión en sus ojos era aún más pesada. Mientras tanto Troy, que había escuchado el radio, se preguntaba si los restos encontrados del sexyd-69 podían ser los derramados durante su primera lucha.

    —Domínguez —dijo con firmeza—. Asegúrate de que este chico llegue sano a su casa. Que no lo vea nadie más en ese estado. Usted me entiende.

    —¡Sí, señor!

    El capitán se quedó observando a Troy durante un segundo más mientras se alejaba. El saco blanco cubría su cuerpo macizo y voluminoso. Demasiado para él. Pero ahora, al verlo alejarse, Ruthenford sintió algo que lo obligó a desviar la mirada: una punzada. No de culpa. De algo más profundo. Algo antiguo que comenzaba a salir a la luz.

    Se dio media vuelta y comenzó a alejarse, su ancha espalda en forma de perfecta V se desvaneció entre luces húmedas y sombras del callejón. Pero a cada paso, sus pensamientos se volvían más densos, más pesados.

    Había algo en ese muchacho que le incomodaba profundamente. No solo por lo que provocaba… sino porque lo reflejaba.

    La primera vez que Ruthenford sintió deseo, fue también la primera vez que sintió vergüenza. Aquella noche de su despertar sexual, cuando se enfrentó a un cuerpo desnudo por primera vez, no hubo placer. Solo confusión. Pánico. El suyo no era un cuerpo común. Su miembro —absurdo, desproporcionado, grotescamente enorme— había causado terror en vez de deseo.

    Desde entonces, cada encuentro fue un fracaso. Nadie podía con él. Nadie quería.

    Y así aprendió a odiar lo que lo hacía diferente. A reprimir. A disciplinar su cuerpo y su mente como un arma contra el deseo y así unirse a los sex-arrest. Como castigo y como escudo.

    Hasta ahora.

    Porque ese chico… ese Troy… A pesar de no registrar ninguna excitación para los scanners, lo había mirado sin miedo y hasta con un profundo deseo.

    Y eso era imperdonable.

    Grunt no era un hombre, era una bestia. Un bloque de carne sudorosa, sucia y llena de aceite industrial como una máquina que jamás pasó por mantenimiento. Medía más de dos metros y parecía haber sido ensamblado en algún taller clandestino. No tenía músculos definidos y cincelados como los de Ruthenford, sino volumen brutal: brazos como troncos con grasa endurecida, una panza pétrea que sobresalía como un yunque bajo su abrigo de cuero desgarrado y grasiento. El cuello desaparecía entre hombros tan anchos que parecía no poder girar la cabeza sin girar el torso entero.

    Tenía el rostro cubierto por una barba espesa, manchada de hollín, comida seca y fluidos viejos. Vello negro sobresalía de su camisa abierta que poblaban dos redondos y voluminosos pectorales, y sus manos —anchas, callosas, llenas de cicatrices— parecían haber sido diseñadas para aplastar más que para tocar. Siempre olía a aceite quemado, óxido, transpiración vieja, y algo más profundo… como si su piel filtrara restos de los lugares por donde había reptado: caños industriales, cloacas abandonadas y esos clandestinos talleres ilegales de extracción de deseo.

    Grunt había nacido en el siglo posterior a la prohibición. Nunca conoció un mundo donde el sexo fuera libre. Había sido criado en los márgenes, en los submundos donde la castidad era ley aùn más firme… y el deseo, se pagaba más aún más caro. Pero eso no había detenido a un joven Grunt que no peleaba contra sus instintos sexuales. Aprendió desde chico a detectar rastros de lujuria en la gente y a identificar el más mínimo aroma de aquella feromona que le despertaba ese deseo tan reprido, en una prenda olvidada, en un colchón húmedo y hasta en el aire mismo.

    Durante años, bajó por las alcantarillas como una rata. Allí, en la humedad fétida y el vapor tóxico de los túneles prohibidos, se refugiaban los cuerpos que aún buscaban tocarse sin ser vistos. Clandestinos. Rebeldes. Depravados. Y Grunt los espiaba. Aprendió así que algunos (solo unos pocos) producían el sexyd-69 en infimas cantidades y esto pasaba solo cuando estaban sobrepasados de éxtasis o cuando los atormentaba el miedo.

    El sexyd-69 era para él como una droga, una revelación. Cuando la descubrió por primera vez estaba en lo profundo de las alcantarillas observando como dos jóvenes adolescentes cogían desenfrenadamente. Dos cuerpos se empujaban con furia, desnudos, embarrados, cubiertos de hollín aceitoso que el aire les pegaba en la piel. Uno de ellos tenía las piernas abiertas, jadeando con la lengua afuera como jadea un perro, sintiendo en su espalda el pecho del otro, que embestía con una intensidad desesperada. El sonido de los cuerpos era húmedo, brutal. Respiraciones entrecortadas. Gruñidos que no pedían permiso.

    Una mano agarrando con fuerza la nuca del otro, una mordida en el hombro, una carcajada ebria de deseo. Grunt lo presenciaba todo: el olor insoportable y delicioso de orina vieja, grasa industrial, sangre… y algo más. En medio de ese choque sórdido… Grunt lo sintió.

    Fue como un golpe en el pecho. El aire se volvió espeso. Un calor le recorrió la garganta. La feromona. El sexyd-69. Era fresca. Volátil. Brotando minúscula desde el dilatado ano de uno de ellos mientras su compañero lo penetraba violentamente.

    Se relamió. Apoyó las dos manos enormes contra el borde del ducto. Su cuerpo entero temblaba. Las venas del cuello se le hinchaban. El olor lo estaba penetrando.

    La baba le colgaba en hilos gruesos. Su verga, se endureció como una viga de acero, le golpeaba la panza con cada espasmo. No podía más. No sabía si lloraba o sudaba. Solo sabía que quería eso. Eso que ellos tenían. Eso que su cuerpo recordaba, aunque su mente lo hubiera olvidado hacía décadas.

    Y fue ahí, en ese instante exacto de euforia y dolor, que Grunt dejó de ser un hombre para convertirse en otra cosa.

    Se dio a la carrera contra la pareja de extasiados amantes, quienes no tuvieron tiempo de reaccionar. Con la fuerza del hombro empujó a uno de ellos, quien voló aterrizando en el riacho central de la apestosa alcantarilla. El otro quedó con las piernas abiertas y el ojete aún sin cerrarse pero apenas humedecido.

    No pasó ni un segundo que Grunt estaba arrodillado enterrando su cara en el culo del joven que estaba siendo empalado segundos atrás, para hundir su lengua en lo más profundo de las entrañas del chico cuya reacción lo tomó tan por sorpresa que solo pudo gemir y dejar que el extraño desconocido lo llene de placer.

    Grunto succionaba con una fuerza descomunal. Necesitaba más de esa sustancia en su ser. A medida que no encontraba más de ella, más se descontrolaba su ansiedad por poseerla. Al punto que comenzó a drenar al muchacho desde adentro. El chico gritaba desesperado para zafarse, pero Grunt era mucho más fuerte. Ante los ojos desorbitados de horror de su amante saliendo del riacho, el joven succionado cayó al firme pavimento consumido por la fuerte adicción de Grunt.

    Así día a día Grunt, conforme incrementaba su masa, comenzó con un raid de cadáveres que se amontonaban en las alcantarillas. Cada vez que detectaba que alguien producía una mínima gota de la feromona solo se salía de su escondite y la tomaba junto con los demás fluidos de sus cuerpos. Los cadáveres rara vez eran reclamados y aquellos que eran encontrados por la policia del sexo los entregaba a las familias quienes por temor a la vergüenza publica no presentaban cargos, ni buscaban al asesino.

    Sin saberlo Grunt había encontradola forma perfecta de no ser detectado. Solo esperaba el momento justo y cuando estaban exhaustos, sudados, rendidos, él salía al acecho. Se arrodillaba ante ellos, y los drenaba. Como un chupador de gas humano absorbiendo la feromona que tanto placer le generaba.

    Con el tiempo, las fuentes se extinguieron. El sexyd-69 se volvió una leyenda y Grunt cayó en una abstinencia cruda y salvaje. Se rascaba hasta sangrar, gemía entre los desechos malolientes, pasaba dias enteros dentro de las alcantarillas. Durante años, sobrevivió lamiendo rastros, saboreando sudores viejos que encontraba en pañuelos, almohadas, colchones abandonados. Como un perro encadenado al recuerdo de algo que lo transformó y lo marcó para siempre.

    Y entonces… un charco viscoso, tibio, en las profundidades de un callejón mugriento.

    Grunt la olió. Cayó de rodillas. Su cuerpo se sacudió, convulsionó. Su verga volvió a tomar el tono de una firme barra de hierro, como en los tiempos de su juventud, como aquellas veces en las alcantarillas, emergiendo varios centímetros, gruesa, venosa sin pudor por arriba de su pantalón rotozo Era eso. Sexyd-69. Puro. Vivo. ¡Y en gran cantidad!

    Grunt la lamió directo del suelo, la saboreó. Incluso restregó su rostro mientras babeaba y jadeaba. Sin siquiera manosearse un gran chorro de semen espeso y abundante salió disparado de su firme verga dura. Lo gozó como hacía años no había disfrutado nada más.

    Pero este encuentro no se trataba de una reliquia del pasado, era una emisión reciente. Una señal de que alguien —ahí afuera— lo producía a mares.

    Desde entonces, no pudo detenerse. Su adicción había regresado. Lo siguió. Lo rastreó como una bestia siguiendo el olor de un animal en celo. Cada vez más cerca. Cada esquina más intensa. Cada molécula más caliente.

    Hasta que lo encontró.

    Troy se quedó viendo como el increíble espécimen de Ruthenford cerraba la redada y se subía a su patrulla dejando la escena con los hermanos Serpentor arrestados. Había dado sólo unos pasos hacia la patrulla con Domínguez a su lado, cuando el estruendo los paralizó.

    Un golpe seco, metálico. Como si fuera un camión, un objeto enorme embestía los vehículos de calle desde el costado. Las luces de la patrulla se apagaron de golpe y el aire se llenó de un zumbido grave y de una leve neblina fétida, algo casi biológico.

    —¿Qué carajo…? —balbuceó Domínguez, mientras instintivamente sacaba su arma.

    Demasiado tarde.

    Aquella cosa gigantesca, una sombra viva, se abalanzó sobre la patrulla. Troy no llegó a ver bien qué pasó, sólo escuchó el chirrido de la chapa doblándose y los gritos breves, ahogados, del agente Dominguez. Y luego un cuerpo voló por el aire. No supo si era el cuerpo de Domínguez o no que cayó lejos, detrás de los escombros, pero el agente ya no estaba a su lado.

    Y entonces, entre el humo y la vibración de la tierra… lo vio.

    Grunt se abalanzó como una criatura en celo.

    Troy apenas tuvo tiempo de activar sus reflejos. Las correas de su ropa se tensaron como látigos, vivas, sujetándolo y protegiéndolo, envolviéndole el torso y las piernas, acentuado su ya voluminoso cuerpo musculoso y generando una armadura orgánica, sensual y defensiva que lo transformarían en Loverboy. Pero a Grunt nada de eso lo detuvo.

    Lo embistió con todo su peso. Loverboy cayó de espaldas contra el suelo húmedo, resbaloso. Encima de él, Grunt jadeaba como un perro enfermo. Refregaba toda su enormidad contra el joven héroe. Su verga creció vertiginosamente rápido contra el cuerpo del muchacho.

    Grunt pasó uno de sus gruesos brazos por debajo de la cintura del chico, una mano enorme recorrió el voluminoso glúteo de Loverboy notando que aun así quedaba pequeño. Entrando por su raja encontró aquel hueco húmedo y totalmente empapado donde el gigantesco dedo amorcillado se introdujo sin resistencia.

    Loverboy gimió agudamente al sentir la penetración de la extremidad.

    —¡Lo tenés adentro! —gruñía Grunt, como un mantra—. ¡El sexyd-69… lo llevás en la piel… en las venas… en el esfínter!

    Loverboy intentó golpearlo, pero era como golpear una montaña cubierta de grasa. Los golpes solo llegaban a sus redondos pectorales musculares, los que perdían fuerza a medida que el enorme dedo de Grunt estimulaba la cavidad del chico. La falange de Grunt se deslizaba dentro y fuera de su cuerpo, no buscaba hacerle daño… sino prepararlo para comenzar a drenarlo.

    Entonces sucedió. Una descarga de aquel preciado líquido proveniente de las entrañas del curvilíneo Loverboy. Pequeña. Involuntaria. Apenas una chispa. Pero fue suficiente.

    Grunt se arqueó como si lo hubiera atravesado un rayo. Gritó. Gozó. Sacó su enorme dedo de las entrañas de Loverboy y lo introdujo rápidamente en su boca saboreando el sexyd-69 que llegó a su garganta como una ola cálida que no había sentido en décadas.

    Y esa fue su perdición. Porque no se detuvo. Solo quería absorberlo entero. Drenar hasta la última gota de cualquier fluido que contenga aquel musculoso paladín.

    Loverboy lo supo. Supo que si no encontraba una forma de detenerlo… iba a terminar drenado como los famosos cuerpos que habían sido encontrados varios años atrás y de los cuales jamás se encontró al homicida. Pero esta vez, el ser drenado venía desde el centro mismo de su deseo. Desde su inquieto esfínter jugoso y sediento que, desde aquel episodio donde fué golpeado por un extraño objeto, se ofrece para ser devorado, follado y abusado, deleitándose en el acto de ser consumido.

    Grunt saboreaba y relamía en el aire, gimiendo y degustando los últimos vestigios de la feromona. Se frotaba la verga hinchada, gruesa, cargada parcialmente, ensanchada con la densidad amorcillada. Quería más. Más. Más. Desabrochó su pantalón y un grueso tronco fétido cayó desde su entrepierna.

    Loverboy observó sorprendido pero con devoción aquella verga sustanciosa que se erectaba a cada latido. Atrapado como se encontraba, solo tenía una opción: usar su propia excitación como arma.

    Continuará…

    Loading