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  • La vida sexual de Pilar (2): Deseando conocer a mi vecina

    La vida sexual de Pilar (2): Deseando conocer a mi vecina

    Pase toda la noche con sueños eróticos con mi vecina y desperté empapara de sudor y mi coñito empapado, estaba con la obsesión de poder acariciar ese maravilloso cuerpo y sentir sus caricias.

    Me levante y fui derecha a la ducha para intentar sofocar la ansiedad por mi vecina, el agua caliente y la espuma de la esponja ponía a flor de piel todas mis ansiedades y mi coño pedía ser satisfecho. Desenrosqué la alcachofa de la ducha y con el chorro de agua empecé a masturbarme, mi clítoris palpitaba con la presión del agua mi excitación iba en aumento, y mis gemidos de placer eran ya incontrolables, introduje 2 dedos dentro de mi coñito rozando el punto G llegando a un orgasmo que me hizo estremecer entera. Salí de la ducha más excitada de lo que entre y con la única obsesión de conocer a que ángel rubio.

    Aunque yo estaba loca por tener contacto con mi vecina me atormenta la idea de que sus gustos sexuales no fueran los mismos que los míos.

    Decidida a conocerla me dispuse a salir para provocar un encuentro y conocerla. Me puse unos vaqueros ajustados que resalta mi trasero respingón unos botines con tacón alto y una blusa insinuante dejando ver mi generoso escote y parte de mis pechos, mi pelo largo y liso suelto, un toque suave de maquillaje.

    Ya estaba dispuesta a salir cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir la puerta me encuentro que era ella, mi corazón se puso a cien, estaba preciosa con un sencillo vestido blanco largo con un escote que llegaba hasta el ombligo, y sus ojos de color azul intenso note como mi coño se humedecía y mis pezones se erizaban sentía temblar todo mi cuerpo y no era capaz de articular palabra.

    Elisa: Hola me llamo Elisa y soy tu nueva vecina de enfrente.

    Arrimo su boca a mi cara y me dio dos besos suaves con esos precios y gruesos labios rozando la comisura de los míos, su voz es sensual y provocadora, se arrimó tanto que pude sentir sus pezones rozar los míos

    Yo: Hola soy pilar.

    Acerté a decir temblorosa y excitada.

    Yo: Pasa Elisa por favor.

    Elisa: No quiero molestar parece que vas a salir.

    Yo: No te preocupes nada importante, pasa y tomamos algo ¿te apetece?

    Elisa: Claro y si quieres me enseñas tu casa tengo que conseguir algunas ideas para decorar la mía

    Yo: sí, si pasa encantada.

    Paso delante mía y pude delatarme viendo su precioso culo y la transparencia de su entrepierna a través de ese vestido largo, la enseñe la casa y al salir de la habitación de la plancha se dio la vuelta y tropezamos quedando las dos agarradas por la cintura cara a cara, ella empezó a aproximar su boca a la mía y rozo con un suave beso mis labios, se retiró un poco esperando mi reacción, la cual fue inmediata la abrace y la di un profundo beso entrelazando nuestras lenguas, mi coño estaba chorreando y mis manos bajaban a su trasero para apretarlo contra el mí, nuestros pechos se juntaron sintiendo sus pezones. Desabroche su vestido mientras ella quitaba los botones de mi blusa y desabrochaba mi pantalón. Las dos desnudas en la puerta de la habitación de la plancha me arrodille ara besar su precioso coñito rubio ya húmedo con las perlitas de sus jugos las cuales pude saborear mientras acariciaba mi cabeza y la apretaba contra su sexo.

    PILAR ARDIENTE

    Pronto la 3º parte. Si te gusta pon tu puntuación, gracias.

  • Ana Cecilia (3): El segundo macho

    Ana Cecilia (3): El segundo macho

    Después de mi fracaso con Ramón el plomero estuve cuatro meses a dieta de consolador, lo peor de todo es que me había enviciado con la verga, esos meses fueron una auténtica tortura para mí porque después de las culeadas tan ricas que recibí del plomero, habían despertado en mí una hambre de verga insaciable, todo el día me lo pasaba extremadamente cachonda pensando en la verga, y lo único que tenía a la mano era mi consolador, pensé que nunca más iba a tener una verga de verdad Ensartada en el culo.

    Un viernes nuestro patrón nos invitó a comer para celebrar el cumpleaños de la empresa, ese día todos los empleados nos emborrachamos y nos divertimos mucho, llegué a la casa a las 11 de la noche muy ebria, cuando bebo mucho alcohol me pongo muy cachonda y esa noche me clavé el consolador en el culo con furia mientras me masturbaba por horas hasta caer profundamente dormida…

    Cuando desperté me di cuenta que mis medias, liguero, brassier y Babydoll estaban completamente manchados con mi leche, así que mientras me bañaba los lavé y los puse a secar colgados del toallero me vestí con mis horribles ropas de hombre y salí como todos los sábados a hacer mis compras, después de comprar todo lo necesario para la comida de la semana fui a la vinatería y me atendió el mismo chico de siempre, me saludo muy cordialmente:

    – Qué onda Jorge… Vas a llevar lo de siempre?

    – Si Daniel ya sabes, vodka, cervezas, jugo de naranja y cigarros.

    Mientras surtía mi compra me dijo:

    – No mames guey anoche me fui de pedo al putero con unos amigos y agarramos una borrachera de miedo y traigo una cruda bien mendiga.

    – Pero trabajas aquí en la vinatería… A poco no puedes tomar algo para «curártela»?

    – No ni madres Jorge tenemos prohibido tocar la mercancía, si me sorprenden tomando algo de la tienda… Me despiden y la verdad necesito mucho la chamba. Qué onda… Invítame una cerveza en tu casa no seas ojete es que me quedé sin dinero.

    – Bueno está bien… A qué hora sales de trabajar?

    – Lo bueno es que hoy es sábado y salgo de chambear a la 1 de la tarde.

    – Ok entonces anota mi dirección y te espero en mi casa para que te la cures.

    – En serio? No quiero causar problemas si tienes alguna reunión solo me das unas cervezas y me las tomo en mi casa.

    – No te preocupes hoy no tengo nada que hacer… Entonces te espero a la una y media, hasta luego.

    Acepté más que nada para no estar sola y creí que hacer algunas amistades en el barrio sería bueno, además Daniel parecía un buen chico. Llegué a la casa y no me vestí de mujercita porque ya eran las doce y quince así que acomodé mis compras en la alacena y me puse a cocinar mientras tomaba vodka con naranja, Daniel llegó puntual a la una y media cuando tocó a la puerta abrí de inmediato y lo invite a pasar, le dije que se sentara en el sofá y fui a la cocina por su cerveza y mi vaso, apagué la estufa pues la comida ya estaba lista… Le di una lata de cerveza y me senté en el extremo opuesto del sofá.

    Comenzamos a conversar de naderías y a conocernos un poco más, mientras platicábamos Daniel recorría con la mirada mi sala-comedor y me dijo:

    – Oye mi George está muy bien tu departamento me imagino que has de ganar buena lana en tu chamba.

    – Pues la verdad es que no me puedo quejar, con mi sueldo puedo vivir cómodamente.

    – Has de traer un chingo de viejas para coger a tu depto. No? galán…

    – Pues la verdad es que nunca he traído a alguna mujer a mi casa, son muchas broncas.

    – En serio… Ni siquiera a tu novia?… Porque tienes novia no?

    – No… No tengo novia tengo más de tres años sin novia.

    – Mmm… Pues la verdad es que siempre andas bien vestido, no eres feo, ganas buen sueldo… Yo en tu lugar tendría un chingo de viejas.

    – Pues la verdad es que no tengo tiempo para andar de novio, ahorita estoy concentrado en mi trabajo, porque quiero ahorrar un poco de dinero para poder pagar algunas cosas para poder vivir como siempre he querido.

    – Bueno cada quien vive como quiere y si tienes planes para el futuro te deseo la mejor de las suertes, te lo mereces porque se ve que eres un buen amigo, salud… brindo porque logres tus metas y cuando lo logres no te olvides de los amigos.

    – Salud Daniel y gracias por tus comentarios… Oye que te parece si comemos de una vez yo ya tengo hambre… tú no?

    – Gracias mi George acepto porque la verdad es que me quedé sin dinero por andar metiéndome al putero, lo peor de todo es que las putas me pusieron bien caliente y no me alcanzó el dinero para coger, y ahora no tengo dinero para tragar…

    – En serio te gastaste toda tu quincena con las putas?

    – Si mi George… Jalamos unas putas a la mesa y mientras las manoseábamos de lo lindo, las pinches viejas nos ficharon bien gacho.

    Y lo peor es que me duelen los huevos porque ando bien cargado de leche, de verdad que me salvaste la vida porque me invitaste a comer y a curarme la cruda… Eres un amigo a toda madre, puedes contar conmigo cuando quieras y para lo que quieras.

    – Bueno vamos a comer y mientras seguimos platicando, espérame no me tardo, mientras saca otra cerveza del refri o si quieres vodka ahí está la botella, el jugo y los hielos.

    Cuando serví la comida Daniel comió con verdadero apetito, saboreando todo me preguntó:

    – Oye George… En donde compraste la comida? Está bien sabrosa cabrón.

    – Pues aunque no lo creas yo hice la comida guey.

    – Ah no mames… En serio? Pinche Jorge eres un estuche de monerías. Guisas bien sabroso en serio.

    – Deja recoger la mesa, mientras lavo los platos prende la tele para que veas el partido de fútbol.

    – No… No mames George déjame siquiera lavar los trastes

    – Bueno entonces mientras lavas yo ordeno la cocina.

    Mientras lo hacíamos seguimos platicando y bebiendo como dos buenos amigos, en verdad Daniel me agrado mucho, comencé a observarlo detenidamente y era un joven muy guapo, aunque la ropa no le ayudaba, usaba ropa muy barata aunque limpia. Cuando más animados estábamos hizo un comentario que cambió mi forma de verlo:

    – En serio mi George… Si fueras mujer me casaría contigo, cocinas bien rico, tienes tu departamento bien limpio y ordenado, la neta que eres mejor que mi vieja.

    – Eres casado Daniel?

    – No… Estuve viviendo con una chava casi un año pero era bien fodonga la cabrona, nunca limpiaba la casa, teníamos que comer en la fonda porque no sabía o no quería cocinar, tenía que mandar la ropa a la lavandería y con todos esos gastos el dinero nunca nos alcanzaba, así que terminamos y cada quien se fue por su lado.

    – Ni modo Daniel así es la vida… Algún día vas a encontrar a tu mujer ideal. Vas a ver.

    Pasamos al sofá para seguir platicando y bebiendo, en un momento dado me pidió permiso para utilizar el baño para orinar, le dije que adelante y mientras él estaba en el baño me puse a pensar en todo lo que me contó de su vida.

    Cómo siempre pasa… son los pequeños detalles los que provocan grandes acontecimientos:

    Cuando Daniel regresó se sentó y de un sólo trago terminó su cerveza y me dijo:

    – George me invitas un vodka?

    – Claro que si voy a la cocina por un vaso y más hielo.

    – Cuando regrese a la sala y le preparaba la bebida note que Daniel recorría mi figura de la cabeza a los pies, había algo raro en sus ojos. Cuando me senté en el sofá se quedó callado y muy pensativo intrigada le pregunté:

    – Que tienes Daniel en que piensas?

    – Mmm… No sé pero tú me dijiste que nunca has traído mujeres a tu casa verdad?… Pero no tienes alguna hermana, amiga o conocida que venga a tu casa?

    – No Daniel aquí no ha venido ninguna mujer… Pero porque me preguntas eso?

    – Porque en el baño hay ropa de mujer secándose, mira Jorge la verdad es que me caes bien y has sido muy amable conmigo, no quiero incomodarte si no quieres contestar no pasa nada, olvida mi pregunta y perdón por ser tan metiche y grosero.

    – No te preocupes Daniel, no me ofendió tu pregunta y además tú me caes bien y me gustaría contarte algo que es muy importante para mí, pero quiero que me jures que guardarás el secreto Ok?

    – ¡No, no! En serio George no es necesario que me digas nada, espero que sigamos siendo amigos.

    – Pues la verdad es que necesito desahogarme y creo que tú eres la única persona en quien puedo confiar, escúchame y después quiero que me digas realmente que piensas de mí.

    – Ok cuéntame tu secreto… Te prometo que no le diré a nadie.

    – Mira Daniel la verdad es que la ropa que viste en el baño… Es mmm… Mía… Soy travesti, me gusta vestirme de mujer… Entiendes?

    – ¡Órale! En serio George?… Pues fíjate que yo también te voy a decir algo que no debes de contar a nadie… Mis compañeros de trabajo insistían en que eres joto… y sabes qué?… Yo era el único que creía que solo eras un poco amanerado… Jajaja ahora estamos a mano, tu no les dices a mis amigos que te dije que creen que eres marica y yo no le digo a nadie que si eres marica.

    – Jajaja tienes razón, vamos a brindar porque somos cómplices de guardar secretos.

    Bebimos un poco más ahora completamente relajados y después de una hora más o menos Daniel me dijo:

    – Oye George… Tengo mucha curiosidad por ver cómo te ves con ropa de mujer, en buen plan y como amigos… Te puedes vestir para que yo te vea?

    – Pues la verdad es que ya me siento incómoda con esta ropa… Dame chance de cambiarme pero prométeme que no te vas a burlar de mí.

    – Órale… va aquí te espero

    Me fui en chinga a la recámara loca de emoción, recordaba cómo había iniciado mi relación con el plomero !era una repetición de la misma escena!… Por lo demás esta versión era mejor el plomero era feo y panzón en cambio Daniel era joven y guapo !ni loca iba a desperdiciar esta oportunidad!

    – Con tanga, medias, liguero y brassier negros, peluca castaño hasta los hombros, sandalias abiertas con tacón de 10cm. perfume, vestido negro a las rodillas y accesorios me plante delante de Daniel.

    – Hola guapo, qué opinas de mi?

    – ¡No mames pinche George… En serio que si pareces mujer!…!y te ves muy bueno cabrón! Qué buena onda.

    – Momento chavo… Vamos aclarando las cosas, cuando estoy VESTIDA así me llamo ANA CECILIA y en todo caso no me vería bueno sino BUENA ok?

    – Jajajaja en serio pinche Geor… digo… Ana te ves muy bien de verdad que pareces mujer… Me cae que si te veo en la calle me hubiera ido con la finta. Neta que si pareces una vieja.

    – Bueno ya… Deja de burlarte y sírveme otro vodka mientras voy al baño.

    Parecía que la cosa se ponía bien, así que después de orinar (como toda una mujercita) saqué del mueble del lavabo la vaselina y preparé mi culo. Cuando llegué a la sala Daniel aún tenía una sonrisa me senté junto a él en el sofá, seguimos bebiendo, fumando y platicando… Le platiqué todo lo relacionado a mi travestismo y cosas así, conforme nos poníamos más borrachos la plática fue subiendo de tono hasta que Daniel dijo las palabras mágicas:

    – Oye Cecilia… En serio que te ves bien buena, y… Mira… mmm… Pues ya ves que te platiqué que anoche fuimos al putero verdad?… Y pues… pues la verdad las putas me pusieron bien caliente y como no pude mojar la brocha… mmm… Bueno coger y traigo un dolor en los huevos que no aguanto… Y la verdad es que verte así vestida me puso más caliente mira como tengo la verga.

    Tomó mi mano y la puso sobre su verga a través del pantalón pude notar que la tenía bien parada, dura me miró directamente a los ojos diciendo.

    – Ves cómo estoy?… Ya no aguanto… Como amigo te pido un favor… Pero no quiero que te ofendas… Como cuates en serio déjame meterte la verga… Si Cecilia?

    – Bueno nada más porque eres mi amigo y estás sufriendo te voy a dar las nalgas, pero no vayas a pensar que soy una puta!? (Jajajaja)

    – Órale así se habla… Entonces que como le hacemos?

    – Tú déjame todo el trabajo a mí… Relájate y deja que mamá se encargue de todo.

    Hice que apoyara la espalda en el respaldo del sofá y comencé a desabrochar y quitarle el pantalón, a través de la trusa se apreciaba una rica verga de muy buena calidad, larga gorda y jugosa, le dije que cerrara los ojos y disfrutara, me puse a mamar como pinche loca, y no pude evitar comparar la verga del plomero con esta, obviamente yo había subido de categoría pues esta verga era más grande y Daniel era mucho más joven y podría aguantar más, así que me esmere con mis labios procurando darle a Daniel la mejor mamada de su vida.

    – ¡Para, para que ya me voy a venir!

    – ¡No importa mi amor vacíate en mi boca!

    – Ni madres quiero probar tu culito, quiero venirme en tu fundillo

    – Bueno como quieras… Como quieres que me ponga?

    – Empínate en el sofá te quiero coger de perrito

    – ¡Huy que rico! Déjame jalar mis nalgas para que puedas llegar a mi hoyito, te gusta mi colita amorcito?… Levanta mi vestido para que no estorbe.

    – Qué ricas nalgas tienes… ¡Ah que rico culito ya entró la cabeza! Sientes como te va entrando mami?

    – ¡Ay que rico! Siento como va entrando tu linda vergota en mi colita! Ay mi amor ya la tengo toda adentro! Siento tus huevos golpeando mis nalguitas! Ay me duele pero me gusta! ¡Sigue cogiéndome! ¡Me encanta como me coges papi!

    mientras me culeaba me desabrocho quito el vestido y comenzó a besar mi cuello y me daba mordiditas en la oreja me estaba muriendo de placer giré mi cabeza y me beso en la boca y las estocadas ahora eran más profundas sentía que su hermosa vergota iba a salir por mi ombligo era una culeada deliciosa, yo estaba muy cachonda recibiendo verga por el culo de una manera exquisita estábamos cogiendo riquísimo mi verga completamente tiesa se frotaba contra el respaldo del sofá produciéndome una sensación extra muy cachonda, me encantaría poder quedarme así clavada en esa maravillosa vergota para siempre me dolía un poco la cola… Pero era un dolor delicioso. Daniel sobaba mis chichitas sobre el brassier pellizcando mis duros pezones.

    – ¡Ay papito lindo que rico me estás cogiendo! ¡Me estás matando de placer! ¡Cógeme más fuerte amor! ¡Ay que hermosa verga dámela!

    Mis palabras enardecieron a mi amante y comenzó a cogerme con más fuerza me estrujo con fuerza diciendo:

    – ¡ya me voy a venir mamacita aprieta el culo te lo voy a llenar de leche! ¡uf, uf toma mi leche mami!

    De verdad que me lleno de leche el culo aún con su verga bien tiesa dentro de mi culo sentí como parte de sus mocos escurrían por mis piernas, sacó la verga de mi húmeda cola y se sentó en el sofá a mi lado, yo seguía empinada apoyada en el respaldo del sofá ofreciéndole la vista de mi abierta cola, mientras él se reponía bebiendo vodka dijo:

    – Te dejé el culo bien abierto Cecilia se ve bien chingón cómo te salen mis mocos de la cola, estás bien sabrosa me gustó mucho culearte… Deja que me reponga y me cae que te echo otro palo.

    Me incorporé y sentándome a su lado comencé a besarlo diciendo:

    – De veras me vas a coger otra vez papacito?

    – A huevo nena ya te dije que ando bien cargado de leche y quiero aprovechar ése culito tan rico cogiéndote toda la noche. Te voy a dejar el culo hecho garras.

    – ¡Huy papi de haber sabido que estás tan vergudo te hubiera dado las nalgas desde antes.

    – Pues la verdad es que ya me imaginaba que eras puto… Pero nunca imaginé que vestido de vieja te vieras tan buena, quiero quedarme toda la noche cogiéndote… Quiero gozar más de ése culito tan sabroso que tienes.

    – ¡Ay si papi que rico! Quiero que te quedes conmigo toda la noche y que me cojas las veces que quieras… Puedes hacerme lo que quieras… quiero que me trates como alguna puta de las que viste anoche, quiero ser tu puta toda la noche. Toda la noche nos la pasamos cogiendo como conejos… Me cogió de todas las formas posibles mi culo y yo disfrutamos de la mejor noche de la historia.

  • La ultima noche

    La ultima noche

    Paso a presentarme, dado que es mi primer relato. Mi nombre es Jazmín, tengo 32 años y les voy a contar un hecho que me paso en la última noche de mis esperadas vacaciones.

    Después de un año muy agotador, decidí tomarme una semana de vacaciones. Tenía todo arreglado con Paola, una amiga, para hacer juntas el viaje. Pero ella a último momento me cancelo por problemas familiares, así que viaje sola.

    Llegue a terminal de ómnibus, y ubique la plataforma de donde saldría el micro y me senté a esperar a que este llegue. Por cierto, no está de más decirlo, me sentía muy sola, dado que todos los que estaban alrededor tenían pareja o hablaban con alguien. Pero a la vez estaba tranquila porque el viaje era con un tour y sabía que con alguien iba a hacer amistad.

    Pasados unos 15 minutos, se estaciona un gran micro de dos pisos y al abrirse la puerta baja la coordinadora, quien nos saluda muy amablemente y nos va llamando de a uno. Fui la primera en ser llamada y me indico que me acerque al final del micro donde los choferes guardarían el equipaje. Acate esas órdenes arrastrando mi bolso y al levantar la mirada, me encontré con Ignacio, uno de los choferes. Quede perpleja al ver sus ojos y esa mirada intensa. Tenía buen cuerpo, joven y un perfume que me hizo volar a otro mundo. Al pasarle el bolso, nuestras manos se rozaron y sentí un escalofrío en todo el cuerpo. Hizo una pequeña broma por el peso del bolso, diciendo que solo íbamos una semana, a lo cual le sonreí y respondí que una tiene que estar preparada para todo, a lo que responde, es verdad. Coloca el stickers a la manija del bolso y me entrega la otra mitad a mí y me indica que suba y me acomode en el asiento que me corresponde.

    Durante la semana salió todo como estaba previsto en el viaje, y como era de saberlo me hice de un grupo de personas conocidas que hicieron no pensar que estaba sola. Varias veces me cruce con Ignacio en el hotel (dado a que los dos choferes se quedaron para llevarnos a las excursiones) y en alguna actividad, pero nada pasó.

    La última noche, un grupo de chicas estábamos en la vereda del hotel, tomando algo fresco e Ignacio con nosotras. Nos reíamos mucho y contábamos lo bien que la estábamos pasando. Yo hice un comentario que necesitaba una bolsa para guardar unas cosas que compre y muy “gentilmente” Ignacio me ofrece una bolsa de residuos que utilizan en el micro. Al no tener otra opción, acepte. La conversación entre todos siguió con su curso normal, hasta que algunas dijeron que se iban a dormir porque estaban cansadas y todo el grupo se dispersó hasta sus habitaciones, salvo Ignacio y yo que fuimos al micro a buscar la bolsa.

    Abre la puerta central, donde están los asientos de los pasajeros y entra. Yo temblorosa por los nervios de quedarme sola con él, me quedo afuera. Al ver que no subo, me invita a pasar dejando la puerta aún abierta. Entro y me siento en el primer asiento, sin saber qué hacer ni decir. Volví a sentir su perfume el cual me inmovilizo y solo se me ocurre decir, para romper el hielo del momento, que rico perfume usas. Me mira y se ríe agradeciendo mis palabras y se dirige a la puerta y la cierra. No sé porque, pero en ese momento sentí pánico, dado que nada de eso estaba en mis planes. No dejo de mirar cada movimiento que hace y en una torpeza de mi parte, al tratar de apoyar la espalda en el asiento, me golpeo el codo con apoya brazo del medio y pego un pequeño quejido por el golpe. Se acerca para ver que me paso, y volteo mi cabeza para indicarle con que me golpee y cuando menos lo espere me da un beso. Al instante sentí mi vagina húmeda. Nuestras lenguas se encontraron y empezaron a jugar mientras yo con mis manos recorría cada centímetro de espalda y el hizo los mismo con mis pechos. A los pocos segundos, salieron de mi boca gemidos al sentir su mano en mi vagina, la cual apretó intensamente intentando violarme con la ropa puesta aun.

    Nuestra respiración de agitaba cada vez y la temperatura subía, le quite la remera para sentir su piel y el desprendió el corpiño que traía puesto y me empezó a tocar los pechos nuevamente por debajo de la ropa. Los apretaba, jugaba con mis pezones duros mientras su lengua recorría mi cuello. Me quito la remera y el corpiño y su boca se instaló en uno de mis pechos mientras seguía apretando con intensidad el otro. Mis gemidos son cada vez más fuertes a los cuales callo con un beso, lleno de lujuria y pasión. Introduce una mano por debajo de la ropa hasta mi vagina completamente mojada y me empieza a masturbar. A las pocas envestidas con sus dedos, llego mi primer orgasmo, mojando su mano y mi tanga. Quedo un instante paralizada por el placer, hasta sentir sus dedos mojados en mi boca, los cual chupo en forma desesperada, tocando su pene, el cual esta durísimo. Me arranca de un tirón la calza que traía puesta y él se quita los pantalones y el bóxer. En ese momento, deja a la vista su enorme pene, era perfecto. No dude ni un segundo en tenerlo en mi boca. Juegue con mi lengua por la cabeza y el tronco para humedecerlo y me lo fui comiendo de a poco. El gemía cada vez que mi boca salía y volvía a entrar. Lo chupe un buen rato, subiendo la velocidad al escucharlo complacido por lo que le estaba haciendo. El acompañaba mis movimientos con una mano en mi cabeza. Me incorpora y me coloca en el primer asiento abriendo mis piernas, brindándome un exquisito sexo oral, que hace que me cuerpo se retuerza de placer. Su lengua recorrió toda mi vagina y chupo mi clítoris, provocándome un placer único al cual respondí con un gran gemido. Toma su pene con la mano y lo coloca en la entrada de mi vagina, solo pude decirle hacelo ya por favor y comienzo a meterlo lentamente, hasta hacer tope sus testículos. Quedo dentro de mí unos segundos, mirándome. Comenzó a darme envestidas cada vez más fuerte y logre mi segundo orgasmo al sentir como entraba y salía de mí. Sus manos recorrían mis piernas, mis pechos. Me tomo de las caderas y la velocidad incremento. Ya no nos importaba que se escuchen nuestros gemidos desde afuera. Escuchaba como sus testículos me golpeaban y más me calentaba. Lo tome de la nuca, para sentirlo más dentro de mí. Cada movimiento hacia que mi cuerpo se estremeciera nuevamente, hasta sentir un líquido espeso y caliente que llenaba cada espacio de cuerpo.

    Quedamos exhaustos por lo ocurrido, besándonos dulcemente.

    Nos vestimos y regresamos al hotel, pedimos algo para tomar y nos dirigimos a nuestras habitaciones despidiéndonos con un hasta mañana… Como si nada hubiese pasado.

    En próximos relatos les cuento más aventuras. Si te gustó escribe, [email protected]

  • Yago (IV): Una tarde muy entretenida

    Yago (IV): Una tarde muy entretenida

    El Marqués se levantó, y Sancho dio dos pasos al frente

    – ¡Excelencia!, sin ánimo de importunaros, quisiera conocer los hechos que han llevado a la detención de mi sobrino Yago y los criados que le acompañaban, si su excelencia lo tiene a bien.

    -¡Por supuesto!, Maese Sancho. Pero lo que yo pueda contaros, os va a resultar de poco provecho. ¡Contadle vos, capitán!

    Y el capitán Salazar, que estaba muy cerca del Marqués, se adelantó y tomó la palabra.

    – Habéis de saber, mi Sr., que en la tarde de ayer, un aldeano nos alertó sobre una charla que su sobrino y un conocido conspirador tenían en la taberna de Santa Coloma.

    Al parecer, según este aldeano, que estaba en la mesa contigua, estaban preparando un plan para atentar contra dos enviados del Rey, que llegan hoy a nuestra fortaleza.

    ¡Por cierto!… que, creo que están al llegar, ¡excelencia!…

    Y en ese momento, un soldado se acercó al Chambelán para decirle algo.

    Inmediatamente, el Chambelán anunció la llegada al castillo de de D. Pedro José y el Conde de Blancaflort.

    Ante este anuncio, el Marqués intentó tranquilizar a Sancho, haciéndole saber que su sobrino sería juzgado con la garantía que le daba su protección. Y, le animó, a que dejase que el proceso llegara a término; despidiéndole de una manera tranquilizadora.

    – Debéis saber, que es necesario investigar el hecho, Maese Sancho. A pesar de lo desagradable que os resulte.

    – ¡Por supuesto, su excelencia!, pero ya sabéis que el asunto parece muy raro. En mi casa todos somos fieles súbditos de Su Majestad. No en vano, no hace muchos años, era maestro de armas de la Casa Real.

    – ¡Lo tengo muy presente!, mi buen Maese Sancho.

    Sin más, y con gran reverencia, Sancho se retiró, y el Marqués, salió al patio de armas a recibir a los enviados reales.

    D. Pedro y el Conde, comentaban algunas cuestiones que habían llamado su atención, durante el viaje; y esperaban el encuentro con el Marqués, mientras los criados descargaban el equipaje del carruaje y la escolta era recibida por el oficial de guardia.

    – ¡Ah!, ¡D. Pedro!…

    … ¡Sr. Conde!…

    El marqués, les saludó con gran reverencia…

    – ¡Sr. Marqués!

    – ¡Sr. Marqués!

    Y naturalmente siguieron a su anfitrión, que los invitó a pasar; acompañados por el capitán Salazar y el Chambelán.

    En su habitación, el Duque de Choisely hablaba con Etienne, su secretario, dándole instrucciones para el viaje que harían a Versailles, al día siguiente.

    – ¡Saldremos de madrugada!, no quiero perder demasiado tiempo en la despedida.

    Y, mientras, buscaba en su arcón, un traje apropiado para la comida con los invitados del Marqués.

    Su secretario, no quiso pasar por alto, el hecho de que se estaba llevando a cabo un minucioso registro en todas las dependencias del palacio. Y le alertó de ello.

    Recibida la información, el Duque, llamó a sus criados, para que le ayudaran a vestirse; y tras sentarse en una silla para recibir los últimos retoques, salió de la habitación para encontrarse con el Marqués en el salón en el que se ofrecería la recepción.

    La comida resultó abundante, aunque ruidosa; a pesar de los esfuerzos que hacía el Marqués, para que resultara tranquila y agradable.

    Las mujeres se mostraban dicharacheras y divertidas, con las ocurrencias de D Pedro; y algunas damiselas, se atrevían a coquetear abiertamente con el Conde, que soltaba grandes risotadas con demasiada frecuencia.

    Sin embargo, Choisely, se sentía abrumado por la belleza de algunos de los sirvientes que habían llegado con el Conde; y sobretodo, muy excitado, por la charla que mantenía con el machote que habían sentado a su derecha; un oficial de alto rango, al servicio del Conde, con el que, poco a poco, el francés, empezó a tomar confianza.

    Hubo un momento, en que su atrevimiento le llevó a ponerle una mano sobre la pierna, mientras mantenía una agradable conversación con la dama de enfrente.

    Pero, su atrevimiento creció hasta el punto de atreverse a dejar caer la mano entre las piernas del oficial; y acercándose a él, simular que prestaba atención especial a uno de sus comentarios…

    Con la mano, tan bien situada, empezó a recorrer la pierna más cercana, desde la rodilla hasta la ingle durante buena parte de la charla. Y luego, más decidido, empezó a acariciarle los huevos, sin dejar de observar el semblante del oficial; que no daba la más mínima muestra de desagrado. Por el contrario, mantenía la compostura, sin que se notara, en absoluto, el trajín al que el Sr. Duque estaba sometiendo a sus partes más nobles.

    Entonces, el Duque se lanzó en picado. Y con la tranquilidad y la confianza que el oficial le ofrecía, no pudo contenerse, ante la idea de meterle la mano en el calzón…

    … hasta que, al finalizar la comida; y llegado el momento en que algunos comensales empezaban a pasar a otro salón, decidió terminar con su postre, y con gran sutileza le hizo saber al oficial que le esperaba en sus aposentos.

    Se excusó ante su anfitrión; y pidiéndole permiso, se levantó de la mesa para retirarse.

    El cabo Gabriel, lo había visto todo; y rápidamente, regresó a su cuarto, miró debajo de la cama para comprobar si Yago continuaba oculto debajo de ella y se desnudó para bañarse en el barreño de agua caliente que tenía preparado.

    Pero, el Duque, pasó de largo; y muy decidido, entró en su recámara, para avisar a su secretario de la inminente llegada de un tremendo oficial, guapísimo, con el que iban a pasar la tarde muy entretenidos; y volvió para asegurarse de que la puerta quedara entornada.

    Étienne, con la complicidad del Duque, se había escondido tras los cortinones de terciopelo del gran ventanal, y desde allí, esperó a que el Duque le hiciera una señal.

    Choisely, por su parte, se sentó en el bureau, de espaldas a la puerta; y se dispuso a esperar al oficial.

    Con mucha discreción y cierta habilidad, Sarasola se había quitado de en medio; escabulléndose entre los invitados y pegándose al servicio, que subía y bajaba indiscriminadamente por las escaleras que llevaban al primer piso.

    Y, mientras el Marqués departía con D. Pedro y el Conde, acerca del asunto que les había llevado hacerle esa visita, buscó los aposentos del Sr. Duque…

    Cuando, por fin, encontró su recámara; y descubrió que la puerta estaba entreabierta, se coló dentro…

    Procuró que la puerta advirtiera de su presencia, cerrándola con cierta energía; y naturalmente cuando el Duque oyó que la puerta se cerraba, se volvió a para ver quién era.

    Ahora, su oficial le parecía mucho más apetitoso.

    Con un leve movimiento de la mano, le pidió que se acercara; y cuando lo tuvo a su alcance, no pudo evitar tocarle…

    – No sabéis lo caliente que me he puesto con vos, ¡mi cogonel!

    Y el coronel sonrió…

    – Después de lo que me habéis estado haciendo, ¡Excelencia!… no sois el único.

    Y acercándose al Duque, le cogió de la barbilla y se atrevió a besarle…

    – ¡Mmmmm!, que bien oléis, dijo el Duque… seguid, ¡pog favog!

    El coronel le forzó a levantarse; y pegándose a él, para que sintiera la dureza de su entrepierna, le quitó el pañuelo, de seda blanco, que llevaba en el cuello y volvió a besarle.

    – ¡Ah!, cogonel… me volvéis loco.

    El coronel, le pidió permiso para quitarle la peluca, intuyendo que era un chico más guapo de lo que parecía; y se atrevió a hacerlo según se lo estaba pidiendo…

    – Así, estáis mucho más guapo, Sr. Duque…

    Y efectivamente, el Duque, así, resultaba un hombre bastante apetecible; aunque en absoluto pudiera decirse que más viril…

    – ¿Vos, creéis?

    – ¡Sin ninguna duda!

    Luego le obligó a arrodillarse y…

    – ¡Ahí la tenéis, excelencia!

    Y el Duque, excitadísimo, se lanzó a ella; con gran apetito…

    -¡MMMMMmm!, es el mejog gegalo que me podeis haceg, monsieur!… vuestgo apagato gesulta exquisito.

    Y el Duque, empezó a desabrocharle la casaca.

    Luego, se quitó la suya y se echó sobre él; empujándole para que cayera sobre la cama…

    Le quitó el calzón y los zapatos; y subiéndose en la cama empezó a devorarlo.

    El secretario seguía la escena desde el ventanal; y cuando vio al coronel completamente desnudo, supo que esa tarde iba a ser muy especial.

    Sarasola, que es un chicarrón de toma pan y moja; muy caliente y dispuesto a follarse lo que se le ponga por delante, con un cuerpo extraordinario; que el cuida, a propósito, para tan placentera actividad, moreno, de ojos negros y un rostro que invita a confiar en él, se dejó hacer y mostró un comportamiento dócil…

    Lo que facilitaba que el Duque no dejara de comerle la polla; y que le estuviera mojando, bien mojada, toda la entrepierna…

    Después de estar así, durante un buen rato…

    Se incorporó para coger su pañuelo, que estaba colgando de la barandilla de la cama y vendarle los ojos al coronel.

    Este detalle le gustó a Sarasola, que se colocó boca abajo, dispuesto a gozar de las caricias del Duque, sin oponer la más mínima resistencia…

    Duque, excitadísimo, vio este gesto como una invitación para que gozara de él, sin reparo alguno; y se le echó encima para morderle en el cuello salvajemente, y también, para sentir sus fuertes músculos pegados a su cuerpo; y la raja de ese culo, para que su rabo pudiera estallar de gusto, en cualquier momento…

    Poco a poco, fue deslizándose hacia abajo; sin poder evitar los mordisquitos, y sin poder evitar saborear su piel tostada; hasta encontrarse, cara a cara, con ese culo, cargado de pelos rubios, en el que estaba dispuesto a hundir su lengua cuanto pudiera, y recorrer la totalidad de la longitud de su raja, cálida y sabrosa; para abandonarse, por completo, a la lujuria más desenfrenada.

    Pero, desde el ventanal, Etienne, miraba impaciente, esperando la convenida señal, que ya tardaba. Y empezó a abandonar su escondite, para empezar a acercarse con cautela.

    Cuando el Duque le vio junto a la cama, le animó a ocupar su lugar; y seguir con lo que él tenía entre manos; creyendo que el coronel no se daría cuenta del cambio.

    Pero, Sarasola, que era un verdadero experto en esas lides, lo notó enseguida.

    Permitió que los dos hombres se lo repartieran, fingiendo ser uno solo; y simuló no darse cuenta del juego.

    Etienne, le pasaba la lengua entre las piernas, y recorría cada palmo de su piel; saboreándola, mientras el Duque terminaba de desnudarse…

    Y con determinación, le metió la mano entre las piernas, para agarrarle el rabo, y obligarle a subir el culo…

    … y abriéndole las nalgas, se acercó para lamerle el ojete.

    Sarasola, sintió la humedad de su legua, y el placer que le proporcionaba, y exclamó:

    – ¿Que me hacéis, excelencia?

    Pero el Duque no contestó…

    Llamó la atención de su secretario; y volvió a ocupar su lugar…

    Luego se tumbó otra vez sobre él… y acercándose al oído

    – ¿Te gusta?, ¡mon cheri!

    El coronel, solo se movió para suspirar; y siguió tendido boca abajo.

    Pero el secretario, no podía contener sus impulsos.

    Y mientras el Duque, le chupaba las orejas y le daba mordisquitos en el cuello, el coronel sintió unas manos en el culo, hurgándole en el ojete

    – ¡Su excelencia!, ¿podéis creerme, si os digo, que he sentido unas manos acariciándome el culo?…

    El duque, dejó lo que estaba haciendo; y permaneció en silencio…

    Miró al secretario y Etienne, dejó de tocarle, en ese mismo instante…

    – Os aseguro, que nada me gustaría más que poder disfrutar de un “ménage à trois”…

    … ¿y a vos?

    Al Duque se le iluminó la cara, y dijo:

    – Me encantagía, ¡monsieur!…

    … y segugo que a Etienne, mi secgetario, tampoco le impogtagía.

    Con esas palabras, el coronel había dejado claro que aceptaba de buen grado pasar la tarde follando con los dos.

    El coronel, se dio la vuelta, y el Duque bajó hasta las ingles para continuar con el juego.

    Y, Etienne, que se había prendado de él, se tumbó a su lado para acariciarle el pecho y gozar de sus labios.

  • La intensidad que te marca la urgencia

    La intensidad que te marca la urgencia

    Segundo relato con Julia de protagonista continuación de “Creo que no me he equivocado”.

    *******************

     

    Julia paso la yema de su dedo índice por mi rojo y mojado glande, contemplaba como caían las ultimas gotas sobre mi vientre, que recogía y extendía con su dedo a lo largo del tronco, cuando terminaba volvía a empezar el ritual. Le encantaba ese juego, siempre lo hacía después de que me corriese.

    – Me gusta cuando crece en la palma de mi mano. ¿Sabes lo que más me excita?, cuando noto sus venas, sobre todo cuando ya está dura y adquiere esa forma curva. Nunca había tocado una así de curvada, me gusta sentirla dentro.

    Lo que me gustaba de Julia, es que disfrutaba tanto de los preliminares como de los momentos posteriores. El calor de su cuerpo, sus dedos enredándose en el pelo de mi pecho, sus besos, sus palabras provocadoras hacían que el deseo volviese y nuestras sesiones de sexo se prolongasen hasta que nuestros podíamos más y caíamos rendidos.

    También nos gustaba disfrutar de esos momentos en los que nos excitábamos mutuamente horas antes de vernos. Y así había empezado aquella noche, cruzándonos mensajes por Whatsapp buscando provocarnos, podríamos llamarlos los preliminares digitales. Aquel sábado como los anteriores, habíamos salido con nuestros respectivos amigos, pero el plan, como siempre desde hacía dos semanas, era encontrarnos más tarde en su casa y pasar la noche juntos.

    El frio y la lluvia del norte nos obligaba a permanecer dentro de los locales, inducidos por mi entramos en uno de los locales clásicos de la cuidad al que hacía tiempo que no íbamos. Estaba lleno de gente, tan lleno que era imposible moverse sin arriesgarte a tirarle la copa al que estuviese a tu lado. En otra época, habíamos pasado buenas noches en aquel local aunque últimamente, ya no nos trasmitía aquella sensación de antaño de que podía pasar cualquier cosa. Supongo que como todos los sitios de copas acaban aburriendo, pero me seguía gustando, sobre todo por su decoración cargada con miles de pequeños detalles, que a pesar de las horas pasadas allí, aún me habían pasado desapercibidos.

    Todo aquello solo era solo un paripé, mi verdadera intención, era perderme en algún momento para encontrarme con Julia. Nuestras citas eran complicadas, no queríamos que nadie se enterase de nuestra aventura. Durante la semana quedábamos en su casa o en la mía, pero la vida social de los fines de semana de una chica de 27 años era complicada. Siempre había algún compromiso familiar o social por lo que, para no levantar sospechas. Los fines de semana quedamos con nuestros amigos y después nos encontrábamos alegando cansancio.

    Por cuestiones de trabajo hacia 4 días que no nos veíamos, por lo que aquella noche se me estaba haciendo eterna. Acababa de pedir la copa cuando note la vibración del teléfono en el bolsillo de mis pantalones, avisándome de la llegada de un mensaje.

    – Te estoy viendo

    – ¿Dónde estás?

    – Cerca de ti, no te muevas en un par de minutos me veras pasar.

    Al cabo de unos minutos la vi acercarse. Una chaqueta de cuero marrón desgastada, una camiseta blanca y vaqueros pitillo negros ajustadísimos la hacían destacar entre el resto. En ese trayecto nuestras miradas se cruzaron en varias ocasiones, me gustaba su manera de mirarme notaba como brillaba su mirada y su pupila se dilataba un poco cuando nos encontrábamos.

    El apelotonamiento de la gente del local y su destreza, hizo que se tuviese que parar justo detrás de mí, notaba su aliento en mi nuca y los empujones de la gente intentando avanzar hacían que clavase sus pechos en mi espalda. En uno de eso empujones se me cayó parte de la copa encima.

    – Perdone, es que me han están empujando

    Dijo, con una sonrisa inocente, mientras mis amigos se burlaban de mí intentando entablar conversación con ella.

    – No fue culpa del señor – les dijo- , me han empujado. Ahora estará mojado toda la noche.

    Dijo recalcando maliciosamente “señor” y mirando para mí con cara de pedir disculpas.

    – No te preocupes, no es nada secara en un momento.

    – Espera

    Abrió su bolso y saco un kleenex, se pegó a mí haciendo el amago de limpiarme mientras me decía al oído.

    – Esto no es nada comparado con como tengo mis bragas en este momento y, a este paso, seguirán así toda la noche. ¿Cuándo te desharás de estos carcas que no dejan de mirarme las tetas?

    – Cuando tú me avises, los aparco en la primera barra.

    – Espero poder darle esquinazo a mis amigas en breve.

    Dijo separándose.

    – Bueno, no ha absorbido toda la humedad pero no lo notará tanto.

    Comento Julia, ya en alto aparentando normalidad.

    La cola ya se mueve, me tengo que ir. Disculpe de nuevo, señor.

    – No te preocupes, antes de irte ¿tienes otro kleenex?, parece que también se me ha caído algo en el pantalón.

    – Si claro, pero esto ya te lo secas tú.

    Dijo, rebuscando en su bolso y mirándome con cara inocente. En ese momento, me pareció sentir su mano en mi entrepierna.

    Me quedé mirando como sus pendientes largos se movían caprichosamente entre su pelo mientras se alejaba entre la gente. Julia no era espectacular, pero su forma de moverse le daba un aire sofisticado y elegante poco común entre las chicas veinteañeras. No era demasiado alta, pero sus tacones altos hacían que sus piernas parecieran más largas.

    Cuando la vi subiendo las escaleras que llevaban a la planta superior, pude apreciar mejor su figura esbelta, aquellos vaqueros negros marcaban las suaves curvas de su trasero, ajustándose a sus nalgas mientras. Poco a poco se fue perdiendo entre la masa de gente.

    Cuando empezaba sonar Vivir mi vida de Marc Anthony, yo apuraba los últimos tragos del resto de la copa. La salsa comercial no es de mis estilos favoritos pero, hay que reconocer, que es uno de esos temas que es capaz de subir la adrenalina de a todo un local. Así que, ¿Por qué no?, ¿de qué podía quejar?, y empecé a moverme al ritmo de aquella canción. Sabía que mi historia con Julia terminaría más pronto que tarde, pero que carallo, los dos estábamos disfrutando y sabíamos que aquello era temporal, por eso lo vivíamos con la intensidad que te marca la urgencia.

    El zumbido del móvil me abstrajo de mis pensamientos, sabía que era ella. La pantalla del móvil me indicaba que había entrado tres mensajes seguidos. Disimuladamente di la espalda a mis amigos, que por suerte, en ese momento mantenían una animada conversación sobre sus preferencias en mujeres. Así que puede leer los mensajes sin que me prestasen demasiada atención.

    – La tenías dura cuando te la toque.

    – Como se te baje te pierdes lo siguiente. Me la saque en el cuarto de baño después de estar contigo.

    El tercer mensaje era una foto de sus vaqueros desabrochados y debajo de los que asomaba el inicio de una braguita de raso color rosa. Antes de que me diera tiempo a contestar, me entro un cuarto mensaje.

    – Te espero en la esquina de la Colegiata en media hora, no tarde que llevo los pantalones desabrochados como en la foto, y me puede coger el frio.

    Al salir del local, caía esa fina lluvia gallega que te cala hasta los huesos, y por supuesto no llevaba paraguas, aun así enfile la calle y me dirigí hacia el sitio donde habíamos quedado. Al cabo de unos diez minutos de camino pasado por agua, vi su figura al fondo de la calle. Al verme sin paraguas se acercó corriendo para taparme con el suyo.

    – Te me vas a constipar

    – La culpa sería tuya, me has puesto caliente con tu foto y después me hace salir a la calle con este tiempo.

    – Habrá que calentarte de nuevo

    Mientras decía esto cogió mi mano, y la deslizo sus bajo sus braguitas de encaje, mis dedos fríos y mojados por la lluvia encontraron el centro de su calor, note como un escalofrío recorría su cuerpo motivado por el frio de mis dedos. Con los ojos cerrados y con un susurro de voz, me recordó que ya me había dicho, que me iba esperar con los pantalones desabrochados.

    La calle estaba casi vacía, la gente más cercana estaba a más de veinte metros de nosotros, la poca iluminación de la zona y las sombras, nos animó a prolongar aquellas caricias. Julia se había pegado a mí, la cremallera de sus vaqueros cedía a la presión de mi mano deslizándose hacia el interior de sus braguitas, mis dedos encontraron la pequeña franja de suave y sedoso vello púbico cuidadosamente depilada, seguí bajando por su monte de Venus hasta llegar a la comisura superior de los labios mayores.

    – Me vas a romper los vaqueros, mejor vámonos para casa.

    Me dijo con voz ahogada, mientras acercaba sus labios a los míos y nos fundamos en un beso mezcla de deseo y pasión.

    – Sentir tus dedos mojados y fríos tocándome, con la calle en penumbra y lloviendo, me ha excitado más todavía, espero que vengas con fuerzas.

    Aceleramos el paso, ambos estábamos excitados, queríamos desprendernos de la nuestras ropas, no solo por la humedad, sino otra vez por esa urgencia marcaba nuestros encuentros. Abrió la puerta de su apartamento, no le di tiempo a encender la luz, acerque mi boca a sus labios rojos iniciando un beso frenético a la vez que cálido, un beso con ambición de piel que nos trasporto sin darnos cuenta a su habitación.

    Allí Julia tomo la riendas, me desnudo dejándome solo en calzoncillos sobre la cama y empezó a desnudarse en frente de mí. La escasa luz de la luna y el reflejo de las luces de la calle, era lo único que me permitía ver su silueta mientras se desnudaba. Después se colocó entre mis piernas, recorrieron con sus manos el vello de mis piernas, hasta llegar a mis calzoncillos, tiro de ellos dejando mi polla al aire, que no estaba aún dura del todo, julia acerco su boca y sin tocarla con la mano comenzó a besarla y lamerla desde los testículos hasta el glande.

    Notaba su aliento caliente sobre mi piel, su lengua recorría mi polla aplastándola contra mi vientre desde la raíz hasta llegar al glande, una vez allí se lo metía en la boca ensalivándolo bien, repitió estos movimientos dos o tres veces, después se tumbó a mi lado mientras con el dedo pulgar recorría mi capullo ensalivado.

    – ¿Te gusta?

    – Como sigas haciendo eso vas a hacer que me corra.

    Puse una mano en la cintura de Julia y la otra mano la baje hasta su clítoris. Estaba húmeda, comencé a darle un suave masaje, a lo que Julia respondió con gemidos y más gemidos. Notaba el calor de su piel sobre la mía, sus pezones duros rozaban mi pecho, ella seguía pasando su pulgar por mi excitado glande, los dos nos acariciábamos mutuamente, sentía su aliento en mí hombro, y un leve reflejo de luz del exterior, me permita ver su cara de placer cuando las yemas de mis dedos húmedos acariciaban su clítoris.

    Ambos estábamos muy excitados, de nuevo la urgencia nos atrapaba, queríamos corrernos juntos por lo que Julia se sentó sobre mí dejando con una pierna a cada lado de mi cuerpo, ayudándose con la mano se introdujo mi polla y un fuerte gemido salía de su garganta.

    Con mis manos alrededor de su cintura la ayudaba a bajarse podía sentir como se abría paso dentro en su vagina, pero ella había tomado la iniciativa, cuando noto que había entrado hasta el fondo subía sus caderas, las subía hasta casi sacarla para inmediatamente volver a introducirla.

    Contemplaba su figura subiendo y bajando entre la penumbra, recorría su cuerpo con mis manos desde la cintura hasta el pecho moldeándolos y mordiendo sus duros pezones.

    A medida que Juila aceleraba el ritmo nuestras respiraciones se iban acompasando, me empujo sobre la almohada y sujetándose en mis piernas arqueaba su cuerpo, mientras que con los movimientos de su pelvis sacaba y metía mi polla que casi estaba a punto de estallar.

    Entre jadeos me dijo que estaba a punto de correrse, comenzó a moverse rápidamente, apreté los dientes cuando sentí que como sus músculos vaginales se contraían alrededor de mi polla. Sentía cómo el placer iba aumentando, oí gritar a Julia y note como se convulsionaba todo su cuerpo cuando alcanzó el orgasmo. Fue la sensual mezcla de placer y dolor de sus uñas clavándoseme en la espalda, lo que provoco que yo también llegase al primer orgasmo de aquella noche…

    Continuará, espero vuestros comentarios.

  • La vida sexual de Pilar (3): Disfrutando de Elisa

    La vida sexual de Pilar (3): Disfrutando de Elisa

    Entre besos y caricias la lleve al salón nos sentamos en la cheslón, abrazadas y disfrutando de nuestros cuerpos, acariciando sus pechos redondos y sus pezones rosaditos erectos, me deleite chupándolos alternativamente y acariciándolos con mi lengua, mientras ella acariciaba y me pellizca los míos suavemente, con suaves besos subí hasta su cuello, mordisqueaba el lóbulo de su oreja, su respiración se alteraba, bese la comisura de sus labios mientras ella abría la boca para buscar un beso en el cual entrelazamos nuestras lenguas en un eterno beso acompañado de suaves caricias, suavemente la tumbe en la cheslón, baje mis besos a sus preciosos pechos lamiendo los pezones a punto de reventar de la excitación, mis besos seguían bajando en su cintura me recree besado alrededor de su ombligo, su vientre se estremecía y jadeaba mientras susurraba, si mi amor sigue, cada vez más cerca de su precioso coñito rubio húmedo bese suavemente su clítoris y abrí sus piernas, su coñito estaba empapado de sus jugos su cuerpo se retorcía de placer, revolvía mi pelo y acariciaba mi cara, seguía besando el interior de sus piernas sin rozar su coño cada vez más ardiente y mojado.

    Elisa: cómeme el coño por dios necesito córreme.

    Con mi mano abrí el coño y con mis dientes sujete el clítoris mientras lamia su punta con mi lengua, en pocos segundos rompió en un orgasmo acompañado de jadeos y gritos de placer, con su corrida bese todo su coño tragando sus fluidos y metiendo mi lengua en su vagina, acariciando con ella los labios de su coño. Me puse en posición de 69 y ella empezó a comerme el coño como nadie me lo había echo nunca mi orgasmo fue intenso y lleno de placer. Con mi boca en el suyo seguía jugando con los labios de su coño mientras la metía dos dedos en su vagina encharcada, buscando su punto Galos jadeos y gritos de placer eran continuos, nuestros cuerpos aceleraban los movimientos, llegando las dos a un increíble orgasmo.

    Ya cansadas de tanto placer fumamos un cigarrillo desnudo, acariciándonos y besándonos quedamos las dos dormidas abrazadas en la cheslón.

    PILAR ARDIENTE

    Gracias a mis lectores. No olvides puntuarme. Un beso donde más placer te de.

  • Las hermanastras (Parte II)

    Las hermanastras (Parte II)

    Esteban le respondió a Pedro, en bajito:

    -Sí. No esperaba esto de mi madre. Temerosa de Dios… Comedianta

    -Ni yo lo esperaba de la mía, pero así es la vida.

    -La verdad es que la vida da unas sorpresas…

    Pedro, que era un mocetón, moreno, alto, de ojos negros, ancho de espalda y estrecho de culo, quiso defenderlas:

    -Llevan mucho tiempo sin sexo.

    Esteban, que era delgado, de ojos azules, estatura mediana, moreno… guapo, muy guapo, no estaba de acuerdo con su primo.

    -Más llevamos nosotros.

    -Porque tú quieres.

    Esteban y Pedro se miraron. Sus labios se fueron acercando y se dieron un beso largo y dulce. De repente, Esteban, se separó de Pedro, y le dijo:

    -¿Qué haces? Yo no soy maricón.

    Pedro quedó cortado.

    -Debió ser por el calentón de saber que tu madre se lo estaba montando con la mía.

    -Seguro que la sedujo tu madre.

    -Me da a mí que fue la tuya la que sedujo a la mía.

    -Claro, como la tuya es una santa… santa come coños.

    -Qué más da quien sedujo a quien. ¿Dónde vamos a dormir? Mi habitación está ocupada.

    -Yo me voy para mi casa. Tú duerme donde quieras.

    -Podíamos dormir en tu casa.

    -¡Ni harto de vino te llevaría a mi casa!

    -¿Tienes miedo a que te folle el culo y te guste?

    -A que te hostio.

    -Mejor vuelve a besarme.

    -¿Desde cuándo eres maricón, Pedro?

    -Desde que me besaste

    -Me besaste tú a mí.

    -No, me besaste tú a mí y te gustó

    -No, no me gustó.

    -¿Y por qué me chupaste la lengua si no te gustaba?

    -Que te den.

    -Algún día nos daremos.

    -Sueña.

    Esteban, se marchó. Pedro siguió escuchando los gemidos de su madre y de su tía, que tan en su mundo estaban que no escuchaban más que la voz de la pasión. A Pedro, que como su primo, aún era virgen, la polla le quería romper el pantalón…

    Como si nada oyera, entró en su habitación y encendió la luz. Jerónima. Que estaba encima de Alpidia poniéndole el coño en la boca, se tapó las tremendas tetas con las manos.

    Pedro, se hizo el borracho:

    -¿Andas a por uuuvas, mamá?

    Alpidia, al oír la voz de Pedro, dejó de mamar. Jerónima, se bajó. Se taparon con una sábana. Pedro sacó la polla, empalmada, 20 centímetros y gorda, y con ella en la mano, le dijo:

    -Diles que se deeestapen que quieres verlas.

    Jerónima le preguntó a su hijo:

    -¿Estás borracho, Pedro?

    -Borracho y con gaaanas de que me desvirguen.

    Se echó boca arriba en la cama y les dijo:

    -Desnudaaaarme.

    -Mejor será que duermas la borrachera, hijo.

    -Desnudarme y follarme o mañana saaaabe toda la aldea que sois toooortilleras.

    -Alpidia, le dijo:

    -¡No te atreverás!

    -De voooosotras depende.

    -¿No querrás follar a tu madre, hijo?

    -Nooooo. Quiero que me foooolle ella a mí.

    -Estás loco.

    -Y vosooootras estáis cachoooondísimas. Desnudarme o salgo a la caaaalle gritando lo que vi.

    Las hermanastras desnudaron a Pedro.

    -Mamada, quiero una maaaamada.

    La madre y la tía se la mamaron y poco a poco se fueron encendiendo. Cuando la polla empezó a echar líquido preseminal, tanto la madre como la tía estaban deseando que les dijese que lo montasen para meter aquella tremenda polla en el coño. Le tocó el caramelo a la madre.

    -Desvírgame, mamá, y tú dame a comer el coño, tía.

    Jerónima, metió la polla en su coño empapado y desvirgó a su hijo. Le entró apretada, debía ser por el tiempo que llevaba sin ser penetrada. Alpidia le puso el coño peludo en toda la boca. Tanto la tía como la madre se movían buscando el orgasmo. Se pusieron como motos. Aprovechando que Pedro no las veía, se besaban y se magreaban las tetas. A los diez minutos, más o menos, Jerónima ya se iba a correr:

    -¡Ay que me viene, ay que me viene! ¡¡Ay que me corro, ay que me corro!! ¡¡¡Me corro!!!

    Alpidia, al ver la cara de su hermanastra al correrse, apretó su clítoris contra la lengua de Pedro, movió la pelvis con rapidez, y se comenzó a correr en la boca de su sobrino, diciendo:

    -¡Mi madriña lo que ahí tal viene!

    Pedro después de tragar el jugo de su tía, dijo:

    -Chupármela que me quieeeero correr.

    Se la menearon y se la chuparon… Cinco minutos más tarde, después de lamer, chupar y mamar polla y pelotas, Alpidia ya estaba otra vez que echaba por fuera. Sin que Pedro le dijera nada, lo montó y lo folló moviendo la pelvis hacia delante y hacia atrás a toda pastilla. Ni dos minutos tardó en correrse. Jerónima, al terminar su hermanastra, no quiso ser menos. Montó a su hijo y no tardó en correrse. Recién acabara y sintió como le latía la polla a Pedro dentro de su coño. La quitó del coño y la puso en la entrada de su ojete. Pedro se la metió en el culo, y a su pensamiento vino la cara de su primo mientras se iba corriendo.

    Al acabar de correrse, Pedro, les dijo:

    -Ahora quiero dormir. Ir a follar a otra cama.

    Esteban, en su casa, acababa de masturbarse imaginando como su madre le comía el coño a su tía, y viceversa, pero en el momento de correrse, apretara bien la polla con la mano y la sacudiera pensando que se la estaba metiendo en el culo a su primo.

    A la mañana siguiente, Jerónima y Alpidia estaban desayunando en la cocina, vestidas, llegó Pedro, y les dijo:

    -Buenos días. ¿Se quedó a dormir aquí, tía?

    -¡¿No te acuerdas de nada de lo que pasó ayer noche?!

    Pedro iba a seguir con su mentira.

    -No, estaba demasiado borracho.

    Alpidia, suspiró, y dijo:

    -¡Qué pena!

    Jerónima, no estaba de acuerdo con ella.

    -Mejor así.

    Pedro siguió haciéndose el tonto.

    -¿Me perdí algo importante, madre?

    -No, hijo, no te perdiste nada.

    Una semana más tarde, por la noche, estaba Esteban ojeando la Voz de Galicia en la cocina de la casa de Jerónima, acompañado de Pedro, Jerónima y Alpidia, y le dijo a Pedro:

    -Escucha lo que pone aquí, Pedrín. Detenidas por la guardia civil D.S.V y M.A.G, alias Dori y Martu como sospechosas de un robo con asesinato en una vivienda de la Moraleja de Madrid el día de Nochebuena después de la misa del gallo.

    Pedro le respondió.

    -No creo que esas dos chaladas mataran a nadie.

    Jerónima, preguntó:

    -¿Las conocéis?

    -Sí, son dos amigas nuestras.

    -¿Novietas?

    -¡Qué va!

    Alpidia, también quería saber.

    -¿Cómo son físicamente?

    -Rubias, de ojos azules, muy guapas y muy lesbianas.

    -¿Y ladronas?

    -Sí, las chavalas tienen dos recortadas, pero las llevan siempre descargadas. Imposible que mataran a nadie.

    Esteban parecía preocupado.

    -Pues les van a caer 30 años por algo que no hicieron.

    Jerónima y Alpidia se miraron. Tenían que hacer algo. Y lo harían.

    Esa noche, con la disculpa de que era muy tarde, Alpidia se quedaba en la casa de Jerónima. Pedro, le dijo a Esteban:

    -Puedes dormir conmigo, Esteban, la cama es ancha.

    Esteban sabía que si lo invitaba a dormir con él era para follar. Sorprendió a Pedro, al decirle:

    -Vale, así no dormiré sólo en casa.

    Diez minutos más tarde…

    En la habitación de Jerónima. Las hermanastras se besaban y se iban desnudando. Alpidia le dijo a Jerónima:

    -No podemos hace ruido.

    En la habitación de Pedro, (la casa sólo tenía dos dormitorios y estaban pegados) los primos se besaban y se desnudaban. Se metieron en la cama. Se volvieron a besar… Esteban le chupó la polla a Pedro que con un dedo jugaba con el agujero del culo de su primo, y con la otra mano lo masturbaba. Luego fue Pedro el que se la chupó y masturbó a Esteban. Esteban cogió miedo.

    -¿Y si duele mucho?

    -¿Voy a buscar manteca a la cocina?

    -Vete.

    Pedro, al rato, volvió con la manteca. Esteban le untó la polla con ella. Metió un dedo untado en su culo, se puso a cuatro, y le dijo:

    -Dame.

    Pedro untó una mano con la manteca, cogió la verga de su primo y masturbándolo le fue clavando sus gordos 20 centímetros con mucha suavidad. Estaban disfrutando los dos una cosa mala… Poco después, Esteban, le dijo a su primo:

    -¡Ostias, Pedro! ¡Qué bien lo haces! ¡Si no paras me corro!

    Pedro, no paró. Esteban le llenó la mano de leche con una espectacular corrida y él le llenó de leche el culo a su primo.

    Acabaran de correrse y oyeron en la habitación de al lado:

    ¡¡¡Me corro, Alpidia!!

    -Calla, loca, calla que te van a oír.

    -¡¡¡Oooooh!!!

    Pedro le dijo a Esteban:

    -¿Vamos a follarlas? Así te desvirgas con una mujer.

    -Tú no estás bien de la cabeza…

    -Yo ya las follé la semana pasada.

    -¡¡Vamos!!

    Continuará.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.

  • Las hermanastras (Parte 3)

    Las hermanastras (Parte 3)

    Esteban se levantó de la cama, y mirando a Pedro, le preguntó:

    -¡¿Me acabas de decir que te follaste a mi madre?!

    -A la tuya y a la mía.

    -¡Me importa una mierda que te hayas follado a tu madre, degenerado! Lo que me da por culo es que te has follado a la mía, hijo puta.

    -Quien te da por culo soy yo.

    -¡Encima!

    -No, por detrás.

    -¡Aquí van a llover hostias!

    -A ver, Esteban, a ver. Hace un momento estabas dispuesto a follar a mi madre. ¿Qué diferencia hay en que yo folle a tu madre a que tú folles a la mía?

    -¡Tu madre es madrastra, hijo puta!

    -Ya somos dos.

    -¡Me voy para mi casa!

    -¿Y me vas a dejar el culo sin desvirgar?

    -¡Mete un palo!

    Esteban ya no tenía ganas de nada. Su polla estaba flácida y su cabreo era monumental. Sin decir nada más, se vistió y se fue a su casa.

    La amistad de los primos se había acabado, aunque frecuentaban los mismos locales de la ciudad. Al sábado siguiente, Pedro, entró en un bar de copas y vio sentadas a una mesa a Dori y a Martu. Fue junto a ellas, y de pie, les dijo:

    -¿Pero vosotras no estabais en el trullo?

    Le respondió Dori.

    -Dos mujeres de tu pueblo testificaron a nuestro favor.

    -¡¿De mi pueblo?!

    -Sí.

    -¿Cómo es posible tal cosa?

    -Todo empezó el día de Noche Buena. No teníamos dinero para pagar una habitación y fuimos a la dirección que nos diste. La puerta estaba cerrada. Llamamos y no había nadie. La casa de al lado tenía la puerta abierta. Entramos, y al rato llegaron estas dos mujeres que testificaron a nuestro favor.

    -¡¿Les disteis el palo y os sacaron del trullo?!

    La que le respondió ahora fue Martu.

    -Les debió gustar que las obligáramos a comerse los coños.

    Pedro ya tenía la mosca detrás de la oreja. La casa que estaba al lado de la suya llevaba vacía un año.

    -¿Y cómo son esas mujeres?

    -Parecían sacadas de un cuadro de Goya. Estaban enlutadas de la cabeza a los pies.

    -¿Cómo se llamaban?

    -Ni idea. Lo único que sabemos de ellas es que eran hermanas.

    Entró Esteban en el bar. Al ver a Pedro hablando con Martu y con Dori, fue a saludarlas. Al llegar a su lado le dijo Pedro:

    -Tengo que hablar contigo. Cuando sepas lo que te tengo que contar te vas a caer de culo.

    -¡Contigo nada tengo que hablar!

    Dori, les dijo:

    -Sentaos. ¿Qué fue lo que os pasó?

    Se sentaron, y le dijo Pedro:

    -Nada que no se pueda arreglar. Contarle a Esteban que le hicisteis a las dos mujeres de nuestro pueblo que os quitaron del trullo.

    Dori, le dijo:

    -Si pagas algo.

    -Eso puedes darlo por descontado. Cuenta todo desde que entrasteis en la casa.

    -Fue el día de Noche Buena, a la una de la mañana, más o menos. Estábamos en la cocina buscando algo de comer cuando llegaron las dos enlutadas. No creo que llegaran a los 40 años…

    Llegó el camarero y pidieron de beber 4 gin tonics. Dori siguió con la historia.

    -… Recortadas en mano les hicimos que nos dieran los 300 euros que tenían en casa. Después nos divertimos con ellas. Mientras Martu me comía el coño hicimos que se los comieran ellas. Se llegaron a calentar tanto, que de verlas, me corrí en la boca de Martu. Y eso es todo, bueno, todo no, ya que como te dije, gracias a su testimonio estamos libres.

    Martu, añadió.

    -Ahora vamos a volver a vuestro pueblo. Les tenemos que devolver los 300 euros, y de paso, comerles el coño bien comido, a punta de recortada, no queremos que se sientan culpables de dejarse.

    Esteban, le preguntó

    -¿Y eso?

    -Me da a mí que antes de obligarlas a comerse los coños, eran dos beatas de mucho cuidado.

    Pedro, le dijo a Esteban:

    -Dos mujeres, beatas, liadas en nuestro pueblo. ¿Quiénes serán?

    Esteban le preguntó a las dos muchachas:

    -¿Y cuándo vais a volver a nuestro pueblo?

    -Habíamos pensado ir esta noche.

    Eran las 12.30 de la madrugada. Dori y Martu, a lomos de sus motos (hondas) llegaron a un bosque que había cerca de la casa de Jerónima. Dejaron agachadas las motos… Llegaron a casa de Jerónima. Les extrañó que la puerta de la casa estuviese abierta, pero no le dieron importancia. Se acercaron a la puerta de la habitación y sintieron gemidos. Recortadas en mano irrumpieron en ella. Dori encendió la luz. Pillaron a Jerónima con la cabeza entre las piernas de Alpidia. Le dijo Martu a Dori:

    -Mira las hermanitas que bien se lo montan.

    Dori, apuntándolas con la recortada, les dijo:

    -¡En pie!

    Jerónima no se lo podía creer.

    -¿Cómo nos podéis hacer esto después de lo que hicimos por vosotras?

    -¡Por qué somos malas! ¡¡En pie!!

    Jerónima y Alpidia salieron de la cama. Dori se agachó delante de Jerónima y Martu delante de Alpidia. Comenzaron a comerle los coños. Martu le dijo a Dori:

    -Esta está tan empapada que no me aguanta la lengua ni dos minutos.

    -¡Anda que esta! ¿Las follamos?

    -Las follamos.

    Dori y Martu sacaros del bolsillo trasero de sus jeans dos condones. Se los pusieron a los cañones de las recortadas. Los metieron en las bocas y los ensalivaron. Alpidia estaba excitada y asustada.

    -No poner los dedos en los gatillos, por Dios bendito, no los poner que se os puede ir el dedo.

    Dori, ordenó:

    -¡Abrir las piernas!

    Las hermanastras abrieron las piernas. Los cañones entraron apretados en los coños… Al rato ya estaban tan lubricadas que entraban y salían produciendo un placer tan grande a las hermanastras que no paraban de gemir, y más cuando Dori y Martu giraban los cañones dentro de los coños.

    Dori, le dijo a Jerónima.

    -Cuando te vayas a correr quiero que me lo digas. ¿Cómo te llamas?

    -Jerónima.

    -¿Me lo vas a decir, Jero?

    -Sí.

    Martu, le dijo a Alpidia.

    -¿Y tú cómo te llamas?

    -¡Alpidia! ¡¡¡Y yo, yo ya me corro!!!

    Alpidia se corrió. El jugo mucoso de su corrida bajaba por los cañones de la escopeta recortada. Sus piernas temblaban y sus gemidos eran deliciosos. Estaba acabando Alpidia, cuando le dijo Jerónima a Dori:

    -¡Me viene!

    Dori la folló más aprisa.

    -¿Qué te viene?

    -¡¡¡Una corrida como un mundo!!!

    Y como un mundo fue la corrida que encharcó los cañones. A Jerónima tuvo que sujetarla su hermanastra, ya que las piernas le temblaban tanto, que si no la sujeta, se desploma.

    Al acabar de correrse Jerónima, Martu, besó a Alpidia y le preguntó:

    -¿Si dejo a un lado la recortada, me la comerías?

    -No.

    -Prefieres que te obligue.

    -Prefiero que os marchéis.

    -Si eso es lo que queréis, nos vamos. Pensábamos pasarlo bien con vosotras, pero ya veo que no va a ser posible.

    A Alpidia le entró la curiosidad.

    -¿Y qué nos pensabais hacer?

    -Mujer, comeros el coño y que nos lo comierais. Masturbaros y que nos masturbareis… Corrernos unas cuantas veces. Lo típico de una noche loca. En fin, devuélvele los 300 euros, Dori.

    Dori sacó del bolsillo 3 billetes de 100 euros y se los dio a Jerónima, diciendo:

    -Me hubiese encantado comerte el coño y que me lo comieras.

    -¡Si nos acabáis de violar con dos escopetas! ¡¡Pudisteis hacernos pedazos!!

    Dori, abrió la escopeta, que seguía con el condón puesto.

    -Nunca las llevamos cargadas. ¿Queréis que nos quedemos, o no?

    Alpidia, que tenía unas ganas locas de comer un coño fresquito, le preguntó a Jerónima:

    -¿Le damos alegría al cuerpo?

    Jerónima, le respondió:

    -Ya que estamos…

    Las hermanastras, desatadas, desnudaron a las rubias… Al quitarles los sujetadores les comieron las pequeñas tetas, con aureolitas rosadas y pequeños pezones… Al quitarles las bragas y encontrarse con sus pequeños chochos empapados los saborearon como si fuese un delicioso manjar. Las llevaron de la mano a la cama. Las rubias se echaron boca arriba y Jerónima y Alpidia se metieron ente sus piernas. Gemían una cosa mala Martu y Dori, cuando entraron en la habitación Pedro y Esteban con dos escopetas de cartuchos en las manos. Pedro, en tono jocoso, dijo:

    -Buenas noches.

    Tras la sorpresa inicial, en que las cuatro se taparon con la misma sábana, les peguntó Dori:

    -¡¿Qué hacéis aquí?!

    Le respondió Pedro.

    -Yo estoy en mi casa. ¿Qué les hicisteis a nuestras madres para que acabasen comiendo vuestros coños?

    -¡¿Son vuestras madres!?

    -No, son las vuestras, no te jode.

    -¿Esas escopetas están cargadas?

    -Están.

    -¿Qué pensáis hacer con ellas?

    Pronto lo iba a descubrir.

    -¿Cuál de las dos te gusta más para estrenarte, Esteban?

    -Sabes que hace tiempo que me gusta Martu.

    Martu, dijo, asustada.

    -¡No, a mí, no!

    -A ti va a ser que sí. Apartaos las tres para un lado y dejar a Martu sola.

    Jerónima, Alpidia y Dori, se echaron a un lado. Esteban le dio la escopeta a Pedro, que ahora apuntaba a Martu con las dos armas. Esteban se desnudó en un tris, y empalmado fue hasta la cama. Martu estaba muy nerviosa.

    -No lo hagas, Esteban.

    Esteban, sin chupar tetas ni leches, se la metió. La polla, al estar el coño lubricado, entró como entra el hilo en el culo de una aguja, aunque lo que más ayudó a que la polla entrara con tanta facilidad fue que Martu ya se había metido algún consolado más grueso que la polla de Esteban.

    Martu, fue meterle la polla y comenzar a gozar, pero tenía que disimular.

    -Si buscas que me guste pinchas en hueso, cabrón.

    A los cinco o seis minutos, Pedro le dijo a Dori:

    -Cómele las tetas a tu amiga.

    Martu, se alarmó, estaba cerca de correrse, y si Dori le comía las tetas, se corría sin remedio.

    -¡No le hagas caso, Dori!

    -¿Quieres que me vuele la cabeza?

    -Está su madre contigo. No se atrevería a apretar el gatillo.

    Dori no le hizo caso. Le comió las tetas.

    Al ratito, Martu, estaba perdida.

    -¡Me cago en todo! ¡¡Me cago en todo!! ¡Joder, joder, joder! ¡Me voy a correr y no quiero!

    Martu, cogió la nuca de Esteban, lo acercó a ella, lo besó con lengua, y después, le dijo:

    -¡¡Te voy a matar, cabrón!! ¡¡¡Me cooorro, hijo puta!!!

    Martu se corrió con una fuerza brutal. Comió a besos a Pedro, que no pudo aguantar más. Sacó la polla del coño de Martu y se corió en su monte de venus.

    Al acabar de correrse su primo, Pedro, le dijo a Esteban:

    -Ven aquí y pilla las escopetas que voy a follar a Dori.

    Dori, se puso brava.

    -¡¡A mí no me follas tú, pichín!

    -¡¡Tú follaste a mi madre y yo te voy a follar a ti!!

    -¡¡Y una mierda!!

    -¡¡Si no te follo vais a servir de comida para los cerdos!!

    Dori, se asustó.

    -Vale, vale, pero que conste que lo hago por Martu.

    Esteban cogió las dos escopetas y se creció.

    -¡¡Hacer que se corra mi madre, zorras!!

    No hizo falta que lo repitiera. Martu le iba a comer el coño a Alpidia y Jerómina la iba a besar y a comerle las tetas.

    Dori, al ver desnudo a Pedro, se arrepintió de haberle llamado Pichin, Pedró tenía un pichón.

    -¡Jesús, que grande es! ¡Me vas a reventar!

    Pedro, se echó encima de Dori. Buscó sus labios. Dori le escupió. Le metió la cabeza de la polla en su pequeño coño.

    -¡Ayyyy!

    Volvió a buscar sus labios y Dori le volvió a escupir.

    -¡Jamás me besarás, hijo puta!

    Pedro metió y sacó del coño la cabeza de la verga hasta que Dori se dejó de quejar. Después, le preguntó:

    -¿Te la meto un poquito más, Dori?

    Dori parecía una llama, volvió a escupir. Se la metió un poquito más y venga a escupirle en los labios. La metió un poquito más, más, más, más. La metió toda y le volvió a escupir por novena vez. Como no se la metía más, le dijo:

    -Métemela un poquito más.

    -Ya la metí toda.

    Pillada con la empanada, tuvo que disimular.

    -¡Ya lo sabía, hijo puta! Tus cojones están tocando mi culo.

    Pedro comenzó a meter y sacar con mucha suavidad.

    Al rato…

    -¡¿No sabes da caña, capullo?!

    Pedro le empezó a dar canela en rama.

    Alpidia, agarrando la cabeza de Martu y besando a Jerónima, se corrió. De su coño nació un río de jugo. Martu, viendo la cantidad de jugo que salía, dijo

    -¡Esta se va a quedar seca para la vida! ¡¡Que corridón!!

    Luego bebió de ella mientras Alpidia se retorcía de gusto.

    Pedro volvió a buscar los labios de Dori. Dori le volvió a escupir. Esta vez. Pedro, le escupió también a ella. Dori, que tenía los labios de Pedro junto a los suyos, le pegó un morreo que lo dejó a temblar, y Pedro, temblando, sintió que se iba a correr. Quiso quitarla, pero Dori también se empezaba a correr. Le cogió el culo, y volvió a meter la verga hasta el fondo. Besándose se corrieron juntos.

    Al acabar, le dijo Dori:

    -Sabes que si no nos matáis estáis muertos, ¿verdad?

    -Pues vais a tener que matarnos porque las escopetas las tenemos descargadas y en la casa no hay cartuchos.

    -¡Seréis hijos de puta!

    Jerónima, les dijo.

    -¿Y si comemos algo antes de que alguien mate a alguien? Tengo un jamón recién estrenado, y vino tinto y pan hay de sobras.

    Martu, le dijo a Dori:

    -A mí me apetece, ¿y a ti?

    -También. Tiempo habrá para ajustar cuentas.

    Pedro, le dijo al oído a Dori:

    -¿Echamos después otro polvo?

    -Ya veremos.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.

  • Ana Cecilia (4): Mi primer marido, la rutina

    Ana Cecilia (4): Mi primer marido, la rutina

    Después de la primera vez que Daniel me cogió comenzamos una relación de pareja, desde el principio supe perfectamente que mi nuevo macho buscaba solamente mejorar su nivel de vida, el sueldo que obtenía en su trabajo apenas le alcanzaba para pagar la renta y la comida… conmigo no solo iba a dejar de pagar renta y comida sino que además siempre iba a tener mi culo a su disposición porque Daniel era muy caliente Y yo bien puta… Así que nos complementamos a la perfección. De modo que le pedí que viniera a vivir conmigo. Por supuesto que aceptó de inmediato.

    Para mí fue una temporada muy buena establecimos una rutina muy satisfactoria para los dos nuestro día comenzaba más o menos así:

    6:00 a.m. Daniel despierta muy excitado y comienza a manosear mis suaves nalgas completamente desnudas pues el babydoll que uso apenas las cubre, comienza a meter un dedo en mi culo y en cuanto siento ese travieso dedito hurgando mi hoyito despierto de inmediato me empino poniéndome en cuatro patas ofreciendo mi culito impúdicamente a mi macho, quien toma su rígida y hermosa vergota y la dirige a la entrada de mi lujurioso culo, el roce de la cabeza de su verga tocando los pliegues de mi ano despierta a la puta que hay dentro de mí… De inmediato comienzo a pedir:

    – ¡Ya papi estoy lista méteme la verga! ¡Cógeme papito culo! ¡Me encanta la verga! ¡Adoro como me comes papi! ¡Ay que rico me coges! ¡Dame verga papi, dame duro!

    – ¡mueve las nalgas mami! ¡Aprieta el culo mi reina! ¡Qué culito tan rico! ¡Qué rico se traga mi verga tu cola! ¡Toma verga puta trágate toda mi verga!

    Me coge lentamente sacando su vergota casi totalmente para luego clavármela de golpe hasta los huevos, haciéndome gritar de placer, comienza a culearme más rápidamente… Señal de que se va a venir empiezo a masturbarme al ritmo de la deliciosa culeada… Hasta que finalmente siento que mi macho se tensa y comienza a llenar mi culito con su espesa y rica leche… Me masturbo más rápido hasta que me vengo en la palma de mi mano con la verga de mi hombre clavada en el culo, limpio con mi lengua hasta la última gota de leche de mi mano… Mi macho saca su verga de mi culo y dándome una sonora nalgada se va a bañar.

    Ese es mi desayuno favorito una buena ración de verga rematada con un rico chorro de lechita de mi macho.

    6:45 a.m. Mientras mi marido se baña y se viste yo preparo su desayuno, siento correr su leche por mis desnudas piernas hasta mis sandalias de tacón bajo… Mis huevos y mi pena flácido después de la culeada que acabo de recibir, no traigo calzones mi tanga está «perdida en combate» así que salvo el babydoll y las zapatillas estoy casi encuerada, una vez vestido y arreglado mi marido se sienta a desayunar yo sólo bebo café, mientras desayuna lo observo detenidamente !se ve tan guapo! Con la ropa que le he comprado se ve muy atractivo, cuando llegó a mi vida traía muy poca ropa y muy gastada… Así que comencé a regalarle ropa de buena calidad y el cambio valió la pena, luce realmente guapo estoy muy orgullosa de ser «la mujer» de Daniel.

    Termina su desayuno, se lava los dientes y se despide dándome un fuerte beso. 7:15 Me doy un rico baño y repaso mi depilado para eliminar de mi cuerpo cualquier vello indeseado, salgo del baño, después de secarme aplico cremas humectantes para mantener mi piel suave, me pongo un lindo par de medias transparentes sostenidas por un coqueto liguero y me pongo unas pantaletas (no uso tanga cuando salgo vestido de hombre porque las pantaletas completas me permiten ocultar mejor mis cositas mejor me pongo un brassier sin tirantes para no se note que lo llevo puesto, me pongo una camiseta blanca y la camisa, un par de calcetines gruesos para ocultar las medias y me pongo el pantalón después me peino y aplico una loción para caballero de aroma muy dulce casi de mujer finalmente me pongo zapatos y un saco, tomo mi portafolio y estoy listo para el trabajo.

    7:30 a.m. Abordo el metro en la estación Bellas Artes como siempre… Está hasta la madre repleta con muchos trabajos logro subir al vagón, vamos todos apretujados es muy incómodo de vez en cuando algún tipo se coloca detrás de mí y muchas veces por accidente y otras intencionadamente apoyan su paquete en mis nalgas… Me pongo cachonda de inmediato pero tengo que reprimir mis ansias de restregar mis nalgas para que sepa que me gusta… Pero como voy vestida de hombre me hago pendeja y a duras penas permanezco inmóvil hasta que llego a mi destino y abandono el metro

    8:00 a.m. Llego a la oficina y después de saludar a mis compañeros de trabajo y a mis jefes y me lanzo de lleno a hacer mi trabajo.

    2:00 p.m. Salgo a comer con algunos compañeros

    3:00 p.m. Regresamos a la oficina para reanudar nuestras labores

    5:00 p.m. Me despido de mis compañeros de trabajo y salgo de la oficina rumbo a mi casa.

    6:00 p.m. Llego a casa y de inmediato me quito la ropa de calle y como ya llevo lencería solo me pongo algún vestido o alguna bata corta me pongo zapatillas y me hago un peinado femenino aprovechando que ya tengo el cabello largo, me maquillo y así completamente arreglada preparo la cena para mi marido, mientras cocino tomo algo de vodka y naranja para relajarme, cuando termino de cocinar me hago un lavado anal y me lubrico el culo con vaselina, ya no me pongo las pantaletas, a partir de ese momento sólo son un estorbo, saco del closet una camisa y un pantalón de mi marido y los plancho los acomodo junto con una trusa, camiseta y un par de calcetines para que mi marido se vista mañana para ir a trabajar, me gusta que siempre esté bien vestido y limpio, cuando termino me siento en el sofá y mientras bebo vodka y fumo veo algún programa de televisión, esperando ansiosamente la llegada de mi macho… La mayoría de las veces no presto atención a la tele, comienzo a ponerme cachonda pensando en cómo mi marido me va a coger esta noche.

    8:15 p.m. Por fin llega mi marido… Lo recibo abrazándolo y besándolo mientras él acaricia mis desnudas nalgas metiendo sus deditos traviesos en mi culo, lo llevo al sofá y le sirvo una copa o una cerveza empinándome frente a él mostrando impúdicamente mis desnudas nalgas, me siento junto a él y mientras bebemos nos manoseamos y besamos poniéndome muy cachonda, comienzo a tocar su tiesa y rica verga, no tardó mucho en liberar al adorable objeto de todos mis anhelos y más íntimos deseos, beso la punta de la maravillosa vergota de mi marido para demostrarle cuánto me gusta.

    9:00 p.m. Sirvo la cena y platicamos de nuestras vidas lo que deseamos y cada día nos conocemos mejor y nos comportamos cada vez más como una pareja normal, cuando terminamos de cenar yo limpio la mesa y lavo los trastes como cualquier mujercita… Mientras mi marido se baña, ahora él está completamente desnudo y yo solo llevo puesta mi lencería, tomamos una copa más mientras nos besuqueamos y nos manoseamos… Ya estamos cachondos y él comienza a sobarme las nalgas y a meter sus dedos traviesos en mi culito dedeándome bien rico mientras yo me dedico a mimar y a mamar su rica vergota, a veces me culea ahí en el sofá y otras me lleva a la cama donde me da verga a gusto, yo encantada dejo que me coja a su antojo, porque de cualquier manera siempre me hace delirar de placer, es la gloria ser tratada como una dama en la calle y como una auténtica puta en la cama, siempre me culea riquísimo, y noche tras noche termino con el culo repleto de la leche de mi hombre.

    Primero me pongo empinada en la cama en cuatro patas… Como perrita y Daniel saca el consolador del tocador y lo introduce lentamente en mi lubricado culo, despacio… Lentamente… Siento como roza los pliegues de mi ano y mi placer es increíble comienzo a gemir como una auténtica puta.

    – ¡Ay papi que rico siento! ¡Sigue así métemelo todo! ¡Me gusta mucho!

    Daniel se toma su tiempo… Sabe que tenemos toda la noche para gozar… Mientras mete y saca el consolador de mi cola acaricia y besa mis nalgas desnudas se coloca delante de mí ofreciéndome su rica verga… No necesita pedírmelo inmediatamente abro la boca y comienzo a mamar recorriendo con mi lengua desde los huevos hasta la punta, tener mis dos huecos ocupados… Una verga en la boca y un consolador en el culo me ponen muy cachonda. No puedo apartar la mirada de mi imagen en el espejo, me pone muy cachonda ser tratada como una puta.

    Ahora le pido a mi macho que me deje cabalgar su rica verga.

    – ¡Ay papi déjame sentar en tu verga!

    Él se tiende de espaldas yo me pongo en cuclillas dándole la espalda y poco a poco me voy sentando hasta que mi culo se traga completamente esa rica vergota, apoyando mis rodillas en la cama comienzo un delicioso sube y baja, recorriendo con mi ano toda la longitud de la poderosa vergota de mi hombre. Mis nalgas se sacuden con cada sentón y mi verga muy tiesa se mueve como badajo al ritmo de la culeada, me muevo como loca disfrutando alegremente de la verguiza.

    – ¡Ay papi me encanta estar ensartada en tu verga! ¡Siento muy rico!!! ¡Sóbame mis chichitas… pellizca mis pezones! ¡Adoro tu verga… Me hace muy feliz! ¡Dame de nalgadas azótame las nalgas! ¡Cógeme más fuerte papacito!

    Sin sacar su verga de mi culo giro mi cuerpo hasta quedar frente a frente, entonces me quito el brassier y me recuesto sobre él besándolo con pasión… Ya estoy desatada mi frenesí solo puede ser apagado a base de vergazos, mi hombre nota que estoy completamente entregada y me culea violentamente. Apoya mis nalgas en las palmas y me levanta hasta sacarme la totalidad de la verga y luego me deja caer sentada totalmente ensartada… Mis nalgas chocan contra sus piernas, siento un hormigueo muy rico en mi ano, ¡por dios, estoy tan Cachonda!

    Desesperada le pido a mi macho que me coja otra vez empinada como perrita porque me encanta que me culee así, me pongo en cuatro patas y me clava su vergota de una sola vez, haciéndome ver estrellitas, me muero de gusto y lo demuestro gritando como loca:

    – ¡Cógeme más fuerte amor! ¡Me encanta cómo me abres el culo!

    – ¡Qué rico culito tienes Cecilia! ¡Te tragas todo mi camote! ¡Mamacita eres bien puta! ¡te encanta la verga puta!

    – ¡Si papacito soy una puta! ¡Me encanta la verga! ¡Adoro que me metas la verga! ¡Amo tu verga! ¡Ay, ay, ay Cógeme más fuerte!

    – ¡Toma cabrona ahí te van mis mocos! ¡Te voy a llenar el culo de leche! ¡Toma verga puta! !trágate toda mi leche con el culo!

    Cuando se viene en mi culito se queda quieto con su verga aún tiesa dentro de mi colita y casi en seguida se duerme… Yo tardo más en conciliar el sueño así que siento cuando su verga pierde su maravillosa dureza y sale de mi satisfecho hoyito, entonces lo abrazo y así acurrucada a mi hombre pensando que ahora mi vida es casi perfecta y que mañana tendré un día muy parecido al de hoy… Mañana voy a recibir otra rica deliciosa verguiza como la de hoy… Daniel tiene razón… Soy una auténtica puta, pero no puedo evitar que me guste tanto la verga. Me gusta ser una mujercita muy puta.

    11:00 p.m. Completamente satisfecha me duermo en brazos de mi hombre.

  • Mariel, mi madrastra puta

    Mariel, mi madrastra puta

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    Cuando papá me presentó a Mariel no me gustó ni un poquito. Era mucho más joven que él, de veintitantos años. Podía ser mi hermana más que mi madrastra. Además, era tan linda que estaba seguro de que le traería problemas al pobre viejo.

    Desde que mamá murió, papá se sumió en una depresión de la que tardó en salir más de tres años. Yo tuve que hacerme cargo de los gastos de la casa, ya que él no tenía ánimos ni para salir a la calle.

    Pero con la ayuda de un psiquiatra y un psicólogo, de a poco, fue encontrando de nuevo el sentido a la vida. Yo me alegré muchísimo cuando me dijo que volvía al trabajo. Siempre temí encontrarlo un día colgado de una soga. Pero esos tiempos quedaron atrás, y si bien en su actitud persistían unas formas melancólicas, no se comparaban con la depresión que sufrió antes.

    Pero entonces apareció Mariel, y todo cambió.

    Al principio era todo color de rosas. Parecían dos adolescentes enamorados (aunque de hecho ella no estaba lejos de serlo). Papá comenzó a vestirse como un pibe, salía con ella todos los fines de semana a cenar afuera, le compraba toda la ropa que le pedía, y más. Básicamente le cumplía todos sus caprichos.

    Pero a mí no me terminaba de cerrar mi nueva madrastra. No tenía ninguna virtud: no era inteligente (aunque tampoco tonta), no era solidaria (maltrataba a las personas que pedían limosnas en la calle), y no tenía otro interés que el de verse bonita. Y eso era probablemente lo único que tenia de bueno. Era linda. Y sexy. Era una morocha de pelo negro azabache, con una cara ovalada muy peculiar y atractiva. Yo mismo la miraba con ganas, antes de que se juntara con mi viejo, cuando la veía por el barrio, y más de una vez le dije algún piropo que ella fingía no escuchar.

    Entendía a mi viejo. Para un tipo de cincuenta años que hace años no cogía, una mina como esa resultaba irresistible. Pero lo que no entendía era qué veía ella en el viejo. El pobre era petiso y feo, además de ser ya muy grande. No me quedó otra que pensar que Mariel estaba con él por interés. Y no es que mi viejo sea un tipo con plata, ni mucho menos. Pero para las zorras como Mariel, un hombre con casa y auto propios, y un trabajo estable, era todo un sueño.

    Durante bastante tiempo fingí cordialidad hacia ella. Al fin y al cabo, el viejo era feliz.

    Ella venía casi todos los días, y a los pocos meses de salir con papá, fue trayendo cada vez más cosas suyas a nuestra casa, y sin darme cuenta ya estaba viviendo bajo el mismo techo que mi nueva madrastra.

    Mariel trataba de caerme simpática. Pero yo le hablaba lo justo y necesario. Solía cebarme mate a la mañana, y a veces hacía la cena. Tengo que reconocer que me trataba bien, siempre me preguntaba cómo iban mis cosas, y se preocupaba si le contaba que tuve algún percance. De todas maneras, yo mantuve mi conducta hosca, cosa que ella atribuía a mi personalidad. Es decir, Mariel creía que era así de seco y callado con todo el mundo, cosa que de hecho era cierto. Pero la diferencia era que ella me caía mal. A mis veintitrés años aprendí a identificar a una zorra a diez kilómetros de distancia, y ella era una zorra calientapijas, de las mejores.

    2

    Le gustaba coger. Le encantaba. No dejaba a papá descansar dos días seguidos. La perra se aseguraba de hacerme escuchar sus orgasmos. Yo no podía creer su descaro.

    Solía salir de casa, mientras papá estaba trabajando, y volver varias horas después. Se ponía muy linda, con un vestido corto, o un pantalón blanco bien ajustado que la hacían ver como una puta. Yo no le decía nada. Si a papá no le molestaba que su mujer salga así a la calle, yo tendría que guardarme mis opiniones. Cuando volvía, me contaba, sin que yo se lo preguntase, que había ido a visitar a su madre, o a alguna amiga. Yo le creía muy poco todas las cosas que me contaba, porque más de una vez, mientras hablaba, miraba hacia arriba y a la izquierda, señal inequívoca de que se estaba inventando una mentira. Eso lo aprendí en un programa de televisión.

    Cuando se dio cuenta de que yo era un hueso duro de roer, y de que sus salidas “a la casa de su madre” no me convencían en absoluto, intensificó sus intentos por caerme bien.

    Me mandaba mensajes antes de llegar a casa preguntando si hacía falta algo para la heladera. Me preguntaba todos los días si había dormido bien. Me decía que quería presentarme a una amiga de ella, que andaba buscando un chico lindo y serio como yo. Pero yo le daba la cabida justa y necesaria, y no quería saber nada con las zorras de sus amigas.

    Después noté que había cierta rutina en sus salidas. Lo miércoles en particular, salía de casa a las dos de la tarde, y volvía a las seis, con una puntualidad exagerada. Seguramente la muy puta se veía con un tipo que sólo contaba con esas horas libre. Algún oficinista quizá.

    De alguna manera Mariel percibía mi encono hacía ella. Así que para no tener problemas conmigo, y viendo que sus actitudes condescendientes no le servían de nada, optó por una estrategia más arriesgada: empezó a seducirme.

    Una vuelta, a la madrugada, yo estaba viendo House of Cards en Netflix. Me había quedado hasta tarde porque la serie me gustaba mucho (aunque la última temporada me pareció una porquería) entonces aparece Mariel: la zorra vestía solo el corpiño y una tanga blanca.

    — Perdón, no sabía que estabas acá. — dijo, con una risa descarada. — vine a tomar agua. Tu papá me dejó exhausta.

    Yo actué como si me hubiese dicho cualquier otra cosa. La zorra fue hasta la cocina, meneando las caderas, y moviendo el culo para que yo se lo mirase. Era una puta calientapijas, y me caía mal, pero estaba muy buena. Si su pareja no fuese mi viejo, la seguiría hasta la cocina y le ensartaría la verga en el culo por la fuerza, para que aprenda a no andar insinuándose por la vida. Noté que en la espalda tenía un tatuaje que era como una firma, aunque no entendí qué decía, pero le quedaba muy sexy. La zorra de mi madrastra volvió de la cocina, ahí me di cuenta que tenía gotitas de transpiración encima de las tetas.

    — Me voy a dar una ducha y luego a dormir. — dijo, como si alguien se lo hubiese preguntado. Y se fue al baño mostrándome el culo.

    De pura curiosidad, y para saber qué tan calientapijas era, me acerqué al baño, y vi a través de la cerradura: Le yegua se duchaba, y no había corrido la cortina para taparse. De hecho, sí la había corrido, pero para asegurarse de quedar a merced de cualquiera que quisiese verla.

    Tenía el cuerpo atlético. Los músculos de los brazos y piernas se le marcaban, pero no tanto como para dejar de ser femenina. Estaba completamente depilada, y se pasaba el jabón por todo el cuerpo. Su piel bronceada resultaba muy llamativa cuando estaba mojada. Tenía un cuerpo imponente. Mi pija ya estaba hinchada desde que la vi en tanga, pero ahora se había endurecido por completo. Volví al living y seguí mirando la serie. Mi miembro tardó bastante en ponerse flácido.

    Solía hacer ejercicios delante del televisor. Se ponía calzas ajustadísimas. Cuando yo volvía de la facultad solía encontrármela toda transpirada, tirada en el piso, haciendo ejercicios para endurecer los glúteos. Yo la saludaba, le echaba una fugaz mirada y seguía con lo mío.

    En otra ocasión, cuando se estaba poniendo un vestido para salir con mi papá, que todavía no volvía del trabajo, me pidió que la ayude a levantar el cierre del vestido.

    Me puse a su espalda. Ella tenía el pelo recogido y por primera vez vi un tatuaje en su nuca, el cual consistía en una flor perfectamente simétrica, dibujada prolijamente justo en el medio de la nuca.

    — Lindo tatuaje. — le dije.

    — Gracias. Me dijo. Mientras yo agarraba el cierre. Antes de cerrarle el vestido, tironeé levemente del cierre, y mirando hacia abajo, noté que llevaba una diminuta tanga blanca. — ¿te parece sexy? — me preguntó.

    Al principio me desconcertó. ¿Se refería a si su tanga era sexy? Por supuesto que lo era. Pero ¿Me había visto observarla y la muy puta me preguntaba eso?

    — ¿Qué? — Pregunté.

    — El tatuaje… ¿te parece sexy? — aclaró ella, riendo.

    — Ah, sí. A papá seguro que le gusta. — dije yo, remarcando la palabra papá, para que la puta recuerde de quién es pareja, y no ande preguntando cosas desubicadas a otros.

    El viejo llegó al rato y se fueron a cenar afuera. Cuando volvieron, a la madrugada, escuché cómo se movía la cama de ellos. El viejo la estaba pasando bien, y seguramente le había gustado verla en tanga tanto como a mí.

    3

    No entendía esa actitud de Mariel de andarse mostrando con poca ropa por toda la casa. Y menos entendía a mi papá que no parecía importarle.

    Cuando llegó el calor la cosa fue peor, porque aprovechaba para andar en minishorts, y polleritas bien cortas.

    Un día yo estaba haciendo un trabajo práctico en la computadora, cuando ella me interrumpió.

    — ¿Te puedo hacer una pregunta Gaby?

    — Sí, decime. — le dije, sin apartar los ojos del monitor.

    — ¿Yo te caigo bien?

    Ahora sí giré a mirarla. Tenía uno de esos shorts diminutos que dejaban las piernas completamente desnudas, y una blusa escotada. Estaba levemente inclinada. Me miraba seria, y preocupada, pero al mismo tiempo me exponía sus tetas, y hasta podía ver el corpiño. ¿Cómo me iba a caer bien una puta buscona como ella?

    — Sí. — Mentí. — ¿Por qué?

    — Porque sos muy osco conmigo. Quizá hice algo que te ofendió…

    — Para nada. Soy así con todos. — aclaré. — quedate tranquila.

    — Ah bueno, menos mal. — me dijo, irguiéndose. — ¿Y qué pensás de mi relación con tu papá? Me imagino que te habrás asombrado de que tenga una novia tan joven.

    Se cruzó de brazos, y flexionó una pierna, sacando culo.

    — A mí no me sorprende casi nada. — dije, una vez que terminé de mirarle las piernas y las tetas. — Si él es feliz, yo me alegro por ustedes. Eso sí. — agregué. — vos sabés muy bien lo que sufrió por mi madre. No creo que aguante un desengaño.

    — Quedate tranquilo que yo lo amo con todo mi corazón. — Dijo la imbécil. Y se quedó un buen rato explicándome lo importante que era para ella la fidelidad, y el compañerismo, y que mi viejo era la mejor persona que conoció, y que sabía que yo también era una buena persona, y que no quería otra cosa que agradarme.

    Estuvo como media hora hablando y hablando, hasta que por fin me dejó con mis cosas.

    4

    Ese discurso paranoico sólo sirvió para que yo sospeche aún más de ella.

    Seguía desapareciendo durante la semana, y cuando volvía, iba inmediatamente a bañarse. Yo aprovechaba para espiarla, al fin y al cabo, tener a una zorra como ella en casa habría de servir para algo.

    Mientras miraba como se pasaba el jabón por los muslos, y cómo se frotaba el sexo, yo pensaba que la puta acababa de verse con algún amante, y trataba de borrar cualquier prueba que haya quedado en su cuerpo.

    Revisé su celular. Pero no había nada incriminatorio. Seguramente borraba todos los mensajes.

    — Carlooos — gritó. Me sobresaltó pensar que me había descubierto revisando su celular, pero el grito venía del baño. Me acerqué a él.

    — ¿Qué? — Le pregunté.

    — Me pasas una toalla por favor, que me olvidé de traer una.

    Le llevé una toalla. La puerta se abrió levemente y Mariel sacó su rostro empapado con una sonrisa provocadora.

    — Gracias mi amor. — me dijo. Estiró la mano para agarrarla, y cuando lo hizo, pude ver parte de su seno.

    — De nada. — dije, y pensé: “puta”

    5

    No me cabían dudas de que engañaba al viejo. Ese culo no podía ser para un solo hombre. Pero no encontraba pruebas. No sólo revisaba su celular. Cuando dejaba la computadora encendida, su sesión estaba abierta. Entonces revisaba todas sus redes sociales y sus mails. Pero nada. Seguramente borraba todo mensaje incriminatorio apenas le llegaban.

    Pasó casi un año de que salía con el viejo. Era difícil evitar una relación con ella, porque la veía todos los días, así que de a poco le fui dando un poco de confianza, sólo para tenerla controlada de cerca. Estaba todo el tiempo a la expectativa de encontrarla en una situación comprometedora, pero la perra era muy escurridiza.

    Un día la vi yendo para casa, cuando yo, desde la otra vereda también me dirigía hacía ahí. Un vecino, que estaba parado detrás del muro de su casa, le dijo algo, y ella sonrió.

    Otro día la escuché hablando en la cocina por celular, en susurros, y cuando me acerqué para servirme una tasa de agua, dijo algo ininteligible y colgó.

    A veces yo volvía a casa en horarios irregulares, sólo para ver si la encontraba en algo raro. Pero no había caso. No tenía nada contra ella, pero aun así seguía convencido de que no era la mujer ideal para el viejo.

    Cuando llegó fin de año se fueron con el viejo a la fiesta anual de la empresa para la que él trabajaba. Mariel llevaba un vestido negro, muy ceñido y corto, con un pronunciado escote que mostraba parte de sus tetas. A mí me parecía que le quedaba mucho mejor los colores claros, ya que resaltaban su piel bronceada, pero aun así se veía muy hermosa. Y muy puta.

    Cuando volvieron a la madrugada, yo todavía estaba paveando con una serie. Él iba con su brazo sobre el hombro de Mariel, y arrastraba lentamente sus piernas. Creí que estaba borracho, pero vi que ella tenía una expresión de preocupación. Entonces observé mejor al viejo, y noté que su cara estaba hinchada.

    — ¿¡Qué pasó?! — Pregunté, preocupado.

    — Tuvimos un problema, pero está todo bien. — balbuceó el viejo. — solo necesito un poco de hielo y descansar. — agregó.

    — Pero cómo que está todo bien. — dije, indignado. — ¡mirá como estás!

    — No le grites. — intervino Mariel. — dejame que me ocupe de él, y después te explico.

    Después de media hora, Mariel volvió al living.

    — ¿Está bien? — pregunté. — ¿No es mejor que lo llevemos a un hospital?

    — Está bien, no te preocupes. Sólo tenía unos golpes en la cara. Ya está durmiendo como un tronco.

    — Pero contame qué pasó, por favor.

    — Tuvo una pelea con un tipo en la calle. Nos bajamos del taxi unas cuadras antes, para caminar un poco, y ahí nos cruzamos a ese tarado.

    — ¿Y por qué fue la pelea? — pregunté. Aunque ya me imaginaba la respuesta.

    Mariel miró al piso, parecía algo avergonzada, y culpable.

    — Es que el tipo me dijo una guarangada, y tu papá se puso loco.

    — Me imaginaba. También… si vas así vestida…

    — ¿Qué tiene que ver la manera en que voy vestida? — preguntó ella, indignada.

    — Vos sabés a qué me refiero. — dije.

    — No, no lo sé.

    La vi de arriba abajo. Estaba sentada al lado mío. Las piernas cruzadas. Si le levantara unos centímetros el vestido, podría ver la tanga que llevaba puesta.

    — El problema es que andás provocando a todo el mundo. — le largué. Estaba furioso. El pobre viejo había recibido una paliza por culpa de esa zorra.

    — Me duele lo que decís. No pensé que fueses tan machista. — dijo ella.

    — No te hagas la inocente. — retruqué. — no me vengas con esa mierda del feminismo. Si salís vestida así, sabés muy bien que vas a calentar a todo el mundo.

    — ¿Ah sí? ¿A vos también? — preguntó la zorra, desafiándome. Descruzó las piernas, y luego las volvió a cruzar.

    Yo hice de cuenta que no la escuché.

    — Además no me gusta que lo cagues al viejo. Y si no le digo nada es para que no romperle el corazón.

    — ¿Qué yo cago a tu viejo? — dijo, fingiendo indignación. — yo lo amo a tu papá. — de repente se puso a llorar. — Ya no sé qué hacer para caerte bien. Siempre me estás mirando con desprecio. No me hablás. Me vigilás todo el tiempo. ¿Qué hice yo para que me odies?

    — Lo que pasa es que no me gustan las putas.

    — ¡¿puta?! — dijo, estupefacta. — ¿acaso vos sabés si me acuesto con alguien más que no sea tu papá? ¡Estás totalmente equivocado!

    — Yo conozco a las putas cuando las veo. — dije. Y casi sin darme cuenta apoyé una mano sobre su rodilla, y la deslicé hasta llegar al muslo.

    — ¿Qué hacés? — me dijo, haciéndose un poco para atrás. — ¿Estás loco?

    Quizá fue la locura lo que se apoderó de mí. Pero también lo hice para comprobar que era una puta traidora. Si no había conseguido evidencias que la delaten, yo mismo sería la prueba de su infidelidad. Así que metí mano más adentro. Ella cerró las piernas, pero yo las separé con mi mano libre y alcancé a acariciar su vulva.

    — ¡No, Carlos, basta! — dijo ella, susurrando. — Tu papá está arriba. — agregó. Cosa que me provocó aún más.

    — ¿y si no estuviese arriba, qué? ¿Entonces si lo harías? — pregunté, malicioso. La agarré de las piernas y la arrastré hasta que su cuerpo quedó a lo largo del sofá.

    — ¡No Carlos, basta! ¡No quiero! —dijo, pero continuaba susurrando, no quería que escuche el viejo, y por ende supuse que en realidad sí quería hacerlo.

    Levanté su vestido, y de un tirón le arranqué la tanga. Ella me empujaba, pero era muy débil, y con una sola mano pude dominar sus brazos. Cerró las piernas. Yo me bajé los pantalones y luego, con la mano libre intenté separarlas. Eso fue más difícil. Forcejeamos un rato hasta que pude hacerme lugar.

    — ¡Basta, voy a gritar! — dijo, cuando yo apuntaba mi cañón a su sexo.

    — A ver gritá. — la desafié. Mi pija estaba a unos centímetros. — ¡Gritá, zorra! — hice un movimiento pélvico, y la penetré.

    — ¡Ay, no. No quiero! — decía Mariel, apretando los dientes.

    Pero yo hice otro movimiento y se la ensarté más adentro. Cuando me descuidé intentó de nuevo empujarme, y me arañó el pecho. Pero eso no era suficiente para que yo desista.

    La agarré de las tetas con violencia, y sentí cómo se desgarraba la tela del vestido. Se las chupaba mientras la penetraba, y por momentos le mordía el pezón. Era una puta muy sabrosa.

    Por fin desistió de su intento de repelerme. Al fin reconocía que quería que la coja, la muy puta. Así que me hice un festín con su cuerpo. Mariel fingía no disfrutar, cerró los ojos y me dejó hacer. Pero cuando le lamí el clítoris, su cuerpo reaccionó.

    — Así que esto te gusta ¿eh, puta? — le dije, y me dediqué a devorarle la concha. — Yo sabía que eras una puta regalada. — agregué. Luego, como veía que, si la quería hacer acabar con el oral, iba a tardar una eternidad, la penetré de nuevo.

    El sofá se arrastraba y hacía ruido a cada movimiento nuestro. Pero yo conocía al viejo, una vez que cerraba los ojos, no había quien lo despierte.

    La zorra de Mariel no era la gran cosa en el sexo. Sólo se limitaba a abrir las piernas. Pero al menos ahora no se resistía. Además, lo buena que estaba compensaba su frigidez.

    — Voy a acabar en tus tetas, puta. — le dije. Mientras me pajeaba, ella se tapaba la cara para que no le salpique semen. Pero yo apunté a las gomas, y se las llené de leche, y también le ensucié el vestido.

    Una vez que acabé, se puso a llorar. No había cosa que me molestara más que una puta arrepentida.

    — Andá a bañarte y lavá bien ese vestido, que no quiero que mi pobre viejo se entere que sos una puta. Al menos no por ahora. — le dije, y la dejé llorando.

    6

    Al otro día no la vi por casa, ni cuando me levanté, ni cuando volví de la facultad. Me ilusioné pensando que por fin me había deshecho de ella. Pero ¿cómo había sucedido la ruptura? ¿Ella le confesaría que era una puta? ¿Le contaría a papá que por la noche me provocó y que tuvimos sexo? Si hizo eso, mi viejo estaría destruido. A mí tendría que perdonarme, porque él sabe bien cómo somos los hombres, no le podemos decir que no a una concha caliente. Pero aun así lo atacaría la depresión de nuevo y quien sabe qué haría.

    Pero a la noche volvieron juntos. Él estaba de lo más contento de que la zorra lo haya visitado a su trabajo. Seguramente fue la envidia de todos sus compañeros. Pero Mariel, aunque fingía normalidad, estaba perturbada.

    Pero lo importante es que la zorra no abrió la boca.

    Cuando cenamos, me miraba todo el tiempo, como a la expectativa de lo que yo iba a hacer.

    — Te queremos contar algo. — dijo el viejo, todo sonriente. — estamos pensando en casarnos.

    Yo no sabía si reírme o llorar ¿casarse con esa puta? El mundo se había vuelto loco.

    — ¿En serio? Los felicito. — dije, inventando mi mejor sonrisa.

    Festejamos destapando una botella de champagne. Mariel me rehuía la mirada todo el tiempo.

    Cuando el viejo se fue a atender un llamado de trabajo, me acerqué a ella. La zorra retrocedió, hasta quedar atrapada entre la pared y mi cuerpo.

    — Vos no te vas a casar con mi papá. — le dije.

    — Yo lo amo a él, y vos ayer abusaste de mí.

    — Abusé de vos…— dije, con ironía. Le agarré una de sus tetas, y la estrujé. — ¿Y ahora estoy abusando de vos? — le pregunté.

    — Basta. — dijo, agachando la mirada.

    Yo disfruté de sus tetas un buen rato, hasta que escuché los pasos del viejo que volvía a la cocina.

    — ¿Qué pasa mi amor? — le preguntó a Mariel, ya que la imbécil estaba llorando.

    — Está emocionada por el casamiento. — intervine yo. Y ella asintió con la cabeza.

    7

    Siguió esquivándome, pero era imposible que no nos veamos en algún momento del día. Yo aprovechaba cualquier momento en donde papá estuviese mirando a otra parte para pellizcarle el culo, o sobarle las tetas. Ella fingía estar molesta, pero eso no me importaba. Lo que yo quería era tenerla a solas una vez más. En esta ocasión la grabaría, y usaría eso para obligarla a cortar con el viejo. Eso sí, le ordenaría que lo haga paulatinamente, y que le encuentre a alguna otra zorra con quien entretenerse.

    Pero era difícil encontrarla sola. Como yo solía desvelarme, cuando me levantaba ella ya no estaba en casa. Y cuando me levantaba temprano, Mariel se iba casi corriendo. En una ocasión, me la crucé en el comedor justo cuando se iba. Pasó a mi lado, sin siquiera saludarme, así que la agarré de la muñeca.

    — ¿no saludás? — le recriminé.

    — Chau. — dijo ella, y trató de zafarse, sin éxito.

    Me levanté de la silla. La llevé a los tirones contra la pared, y poniéndola de espaldas, empecé a explorarla por todas partes. Ella se dio la vuelta, y me dio un cachetazo para luego salir corriendo.

    En otra ocasión la intercepté cuando salía de bañarse. Tenía todo el cuerpo húmedo y olía muy bien.

    — Basta Carlos, esto tiene que terminar. — llevaba una toalla enorme que envolvía su cuerpo. Su cabello mojado estaba suelto — No quiero, por favor. — me dijo.

    La agarré la cintura y la puse contra la pared.

    — Basta, me das miedo. — me dijo la muy mentirosa. Metí mano por debajo de la toalla. La piel era tersa, y gracias a la humedad mis dedos se resbalaban en ella con suma facilidad. — No quiero hacerle esto a tu papá. — Dijo, gimoteando. Puso sus manos en mis hombros y empujó, pero no podía hacer nada. Yo ya estaba deleitándome con sus nalgas a dos manos. Le olí el cuello. Se sentía fresco y dulce. — Por favor Carlos, no me hagas esto. — suplicó, pero mientras más rogaba más al palo me ponía. Los glúteos eran firmes y suaves, resultaba muy difícil dejar de manosearlos, pero subí una mano para dedicarme a sus tetas.

    — Yo sé que sos una puta. — Le dije, estrujándole una goma. — reconozco a una puta a mil kilómetros de distancia. — tomé la toalla, y la obligué a sacársela.

    Estaba completamente en pelotas. Toda su piel estaba bronceada, y su pelvis totalmente depilada, como ya lo había confirmado antes. Ella se tapó las tetas con los brazos, y se encogió. Miraba al piso, y caían algunas lágrimas de sus ojos. Lágrimas de cocodrilo pensé yo.

    Me humedecí la mano con mi saliva, y la metí entre sus piernas. Ella intentaba cerrarlas, pero yo las abría con la otra mano. Le metí un dedo entero de un solo movimiento.

    — ¡Ay, me estás lastimando! — Se quejó Mariel. — basta, no quiero. Le voy a contar a tu papá.

    — No creo que te animes. — le dije. La agarré de la cintura. La levanté y la cargué al hombro. La llevé hasta mi cuarto. La tiré a la cama. Me desvestí en tres segundos. Cuando terminé de hacerlo, ella intentaba salir por la puerta. La agarré de nuevo y la tiré otra vez a la cama. Durante un rato forcejeamos, cual luchadores de judo. Hasta que una vez más, logré abrir sus piernas y metí mi verga en su sexo.

    — Te odio. — me dijo Mariel. Mientras yo ponía sus piernas en mis hombros y se la metía con toda la furia que tenía, hasta que mis bolas peludas chocaban con sus labios vaginales. — Te odio. — repitió, llorando. Yo le tapé la boca para que dejara de decir tonterías. Le di mordiscones por todas partes y la cabalgué un buen rato hasta retiré mi verga y eyaculé en su cara de zorra. Ni loco acabaría adentro suyo.

    8

    Esa misma noche, después de cenar, Mariel y papá subieron a su cuarto, y me dejaron en el living mientras me preparaba para un parcial. Pero a eso de las doce de la medianoche mi viejo bajó.

    — Quiero decirte algo Carlos. — dijo, con el semblante serio.

    — Si, viejo, decime. — le contesté yo, haciéndome el otro. Sospechaba que ya se había enterado de lo que hicimos con Mariel por la tarde. Y bueno ¿Qué iba a hacer? Me comería las recriminaciones de mi viejo. Le diría que ella me provocó. Se pondría triste, y no me hablaría por un tiempo. Pero luego de meses o semanas me perdonaría. Al fin y al cabo, él también era un hombre, y sabía que nosotros pensábamos con la cabeza de abajo. El problema era que caería en un pozo depresivo por culpa de creerse enamorado de esa zorra. Pero, en fin, si pudo sobreponerse a la muerte de mamá, tarde o temprano saldría también de esta.

    — Sabés que con Mariel nos vamos a casar. — dijo el viejo. No esperaba oír eso. ¿Me habré equivocado con mis suposiciones? — Y bueno, en algún momento pensamos tener hijos. — agregó. Yo pensé que si el viejo tuviera otro hijo parecería más bien su nieto, pero me abstuve de hacer comentarios. — y bueno…— siguió diciendo papá. Se lo veía muy dubitativo. — la casa va a quedar chica para todos, viste…

    — ah ¿sí? — dije. Al fin empezaba a entender a dónde quería ir a parar el viejo. La zorra de Mariel le habría llenado la cabeza.

    — Así que pensamos…— dijo, casi balbuceando.

    — ¿Pensaron? — Pregunté, indignado.

    — Bueno, en realidad lo pensé yo. — dijo el viejo, mintiéndome descaradamente. — Pensé que como ya tenés veintitrés años, bien podrías ir buscándote otro lugar para vivir.

    Me quedé en silencio, contemplándolo con indignación. Pero no podía estar enojado con él. El viejo era un buen tipo, sólo que era muy manipulable.

    — Desde ya que no te estoy echando. — aclaró, al notar mi expresión sombría. — Te podés tomar el tiempo que quieras. Y cuando necesites un garante para el alquiler, obvio que contás conmigo. Y si la en algún momento no alcanzás a llegar con la plata, siempre te puedo dar una mano.

    Tragué saliva. Pensé muy bien en qué iba a decir. No quería causarle un disgusto al viejo.

    Llegué a la conclusión que lo mejor era darle la razón. Total, qué más daba. Cuando por fin me librase de esa zorra, todas estas ideas raras quedarían en el olvido.

    — Tenés razón viejo. — Dije — Yo ya estoy grande, y vos vas a necesitar tu lugar y yo el mío. Pero Haceme un favor. — agregué. — dejame terminar primero el cuatrimestre. Necesito concentrarme en el estudio, y las mudanzas toman su tiempo viste.

    — Por su puesto Carlitos. — Me dijo. Hace mucho que no me llamaba así. — Por supuesto. — Repitió, y me dio una palmada en el hombro, la cual era la máxima expresión física de afecto que nos permitíamos entre nosotros. Sonrió orgulloso, y se fue a la habitación de la puta de Mariel.

    9

    Me quedé despierto estudiando para el parcial, pero la verdad que no me podía concentrar. Tenía que evitar que mi viejo se case con esa zorra. ¿Cómo iba a formar una familia con una mujer que lo traicionaba con su propio hijo? La idea era absurda.

    Cuando se hicieron las cuatro de la madrugada, fui a dormir unas horas, pero me fue imposible conciliar el sueño. Estuve un rato cavilando qué haría, hasta que me levanté de la cama y me dirigí al cuarto de papá.

    Probablemente no hubiese hecho eso si no estuviese trasnochado, y con la cabeza tan alienada. Pero lo hice.

    Abrí la puerta apenas, y cuando oí los ronquidos del viejo, entré.

    Estaba totalmente oscuro. Caminé, sigiloso, esperando no chocar con nada. Fui tanteando la cama, y avancé hasta el lado donde dormía Mariel. Sentí su cuerpo a través de las sábanas. La sacudí un poco, hasta que se despertó, sobresaltada.

    — ¿Qué pasa? — preguntó.

    Yo le tapé la boca, acerqué mis labios a su oreja y le susurré:

    — Vos te venís conmigo, zorra.

    Se aferró al colchón. Yo la arrastré con fuerza. Cuando las sábanas se estiraron por el forcejeo, el viejo se removió sobre sí mismo, y balbuceó algo ininteligible.

    — Vos venís conmigo. — repetí.

    La llevé a los tirones abajo. Estaba temblando. Sólo vestía su ropa interior. Un conjunto blanco.

    — Así que querés que me vaya. — le dije. Haciéndola arrodillarse en el piso duro.

    — Sí, ya estoy cansada de esto, y si no le digo nada a tu papá es porque no quiero lastimarlo, y no quiero separarme de él por tu culpa. — dijo, con la cabeza erguida. — Tenés que parar con esta locura. No te comportás como un chico normal. — trató de levantarse, pero de un empujón la volví a poner de rodillas. — ¿ya ahora qué? ¿Me vas a coger de nuevo por la fuerza? — preguntó.

    Me bajé el cierre del pantalón y le mostré mi poronga hinchada y dura.

    No hizo falta decir nada. La arrimé a sus labios. Fingió que no quería, pero cuando le tironeé el pelo, gritó de dolor, y yo le metí mi sexo en la boca.

    — Chupámela zorra. — le dije, y con un movimiento pélvico se la metí más a dentro. La zorra no chupaba. — chupala, si sabemos que te gusta. — repetí. Saqué la pija y empecé a darle golpes en la cara con el tronco. — la vas a chupar, porque sos una puta.

    Ella rompió a llorar. Odiaba cuando hacía eso. Su cara estaba toda mojada de lágrimas. Yo froté mi miembro sobre ella.

    — Me la vas a chupar, yo sé que querés. — le di unos golpes más en la cara, y entonces ella abrió la boca. — Así me gusta. Llename de saliva. Pasá la lengüita por la cabeza. — ella lo hacía. Lloraba, pero obedecía. — si yo siempre supe que eras una zorra. Mirá si mi papá va a casarse con alguien como vos. — Le dije. Me gustaba verla humillada. Se lo merecía. — no dejes de lamerme las bolas también. No pongas esa carita y hacelo. — ella dejó la pija por un rato, y se ocupó de mis huevos. La sensación era muy relajante. Un vello púbico de adhirió a su lengua. Me dio gracia verla sacárselo con los dedos, para después seguir mamando. Luego agarró la pija con ambas manos y practicó una felación exquisita. Me masturbaba al mismo tiempo que chupaba el glande con vehemencia.

    Eyaculé en su cara mientras ella seguía estrujándome la pija, hasta que quedó flácida.

    —¿A dónde vas zorrita? — pregunté, cuando se disponía a irse.

    — A bañarme y a dormir. — dijo, mirándome indignada con su rostro enchastrado de mi semen. — No veo la hora de que te vayas. — agregó.

    — La que se va a ir vas a ser vos. — le dije. — y no te vas a ir a dormir todavía. Quedate con la cara así de sucia, que me gusta cómo te queda.

    — Estás enfermo ¿sabías? — dijo. Pero a mi no me importaba lo que ella pensara.

    — Vení para acá. — la agarré del brazo y la llevé hasta la cocina.

    Agarrándola del culo la subí para que se sentara sobre la mesada. Metí la cabeza entre sus piernas y comencé a devorarle la concha.

    — Qué rica estás mamita — le dije y seguí chupando un rato, para luego interrumpirme y decirle. — ¿te gusta que te diga así? ¿Mamita? ¿Mami? ¿Esas cosas te ponen cachonda? Sos una perra alzada. — succioné su clítoris con fruición, y por primera vez noté el sabor de sus flujos. — ¿ves que te gusta, zorra? Aquí tenemos la prueba de que sí te gusto. — dije, y seguí chupando.

    Lo hice durante mucho tiempo. No pensaba dejar de hacerlo hasta lograr que acabe. De esa manera nunca más podría acusarme de que yo la obligaba.

    Por fin logré darle un orgasmo cuando los rayos del amanecer se filtraban en la cocina. — Ahí tenés puta. Ya ves que estás descubierta. Sos una zorra calentona. Si cogés con el hijo de tu futuro marido no me imagino las cosas que harás fuera de casa.

    Pero todavía no había terminado con ella. La llevé hasta el comedor, no sin antes agarrar de la heladera un pote de miel, y una zanahoria. Le ordené que se acueste sobre la mesa. Lo hizo a regañadientes.

    Le quité el corpiño y le llené de miel las tetas. Acto seguido, empecé a chupetearlas con violencia. Estaban deliciosas. Cuando ya dejaban de saber dulces, le untaba más miel, y seguía devorándola. Esa madrugada, Mariel era mi alimento.

    Agarré la zanahoria y se la metí en la concha. Jugué con eso un rato mientras seguía degustando sus gomas.

    — Tu papá se puede despertar. — dijo ella.

    — Sabés muy bien que papá es un reloj. No se despierta hasta dentro de una hora.

    — Entonces apurate, por favor.

    Escarbé su sexo con la zanahoria, y luego, la retiré con cuidado de que no se rompa y quede un pedazo adentro.

    La parte que había entrado en ella estaba mojada por sus flujos. Yo le acerqué la zanahoria a la boca.

    — Mordela. — dije, y Mariel mordió. — masticala. — agregué, y ella lo hizo. — tragala. — ordené, y ella obedeció.

    Luego me desnudé, y me subí a la mesa, y me cogí a quien pretendía ser mi madrastra en la misma mesa donde todas las noches comíamos junto a mi padre.

    10

    Unos días después mi viejo, apesadumbrado, me contó que Mariel había suspendido el casamiento indefinidamente, y se había ido de casa. Necesitaba tiempo para pensar, dijo. Pero creo que ambos sabíamos que no volvería.

    Estuvo unos meses triste, pero no cayó en la depresión. De todas maneras, insistí en que viera a un psicólogo para que se sienta apoyado cuando necesitara hablar cosas que quizá a mí no me quería contar.

    Con el tiempo todo volvió a la normalidad. Quedamos los dos hombres viviendo en la casa. Papá tuvo algunas parejas más, pero nada serio. Nadie podría suplantar a mamá.

    De Mariel nunca supimos más nada. Por mi mejor. Aunque reconozco que a veces la extraño, al fin y al cabo, la pasaba muy bien cogiendo con esa puta.

    Fin.