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  • Pasión erótica

    Pasión erótica

    «- Me encanta verlos despues de haberme corrido para ellos, ambos, desnudos y con la piel brillosa, lamieron mi pene, se lo habían tragado todo, todo lo habían devorado, lucharon para extraer mi néctar jugoso, parecía que hacian una carrera para ver quien de los dos se llevaba más esperma a la boca, me encanta verles sonriendo de excitación, amo ver en Daisuke esa entrega, esa excitación, me corrí por él, ha cambiado muchísimo, se siente libre ahora y que decir de Ken, esa sexualidad que desprende, esas gotas de sudor que le caen por la cara, no le importaba para nada perder la compostura, él, tan discreto y reservado intentando extraerme todo lo que llevo dentro, que rico es sentir su lengua y la de Daisuke mojandome los huevos… dios… es como si me la estuvieran comiendo ahora mismo… mmmm… todavía puedo visualizar ese momento erótico… se miraron el uno al otro, cada uno tenía unos cuantos trozos de mí colgando en la esquina de sus bocas, en la mejilla… en la nariz… todo era un puto desastre en sus rostros pero joder, Ken me hizo explotar me miraba con esa experiencia de chupar pollas… Y ese cabrón de Daisuke sacudiendome las pelotas… mmmmm… y cuando se miraban, se miraban tan intensamente, como si al mismo tiempo tuvieran la misma idea de limpiarme. Al principio, cada lengua raspaba una gota de esperma, luego aquellos labios descansaban sobre mi piel y yo podia sentir como jadeaban y se reían entre ellos mientras se miraban. Cada beso respondió a otro, más impetuoso, más intrépido, más apasionado… y finalmente se besaron con mucha rabia, dejando hueco entre descansos para jadear entre risas repletos de sudor, era el momento mas alto de los dos, sus besos me encendían hasta el máximo, y yo les besaba a cada uno, con él mismo deseo que ellos lo hacían, inhalaba la respiración salvaje de ellos, aunque el protagonismo era únicamente de ellos dos y decidí darles su momento.

    La saliva goteaba de sus labios, se besaron con tanta intensidad que la sangre a ratos brotaba de sus labios, pero no les importaba, eran uno esos dos cabrones, jugaban con los hilos de esperma, el hilo que le caia a Daisuke Ken lo recogía y se lo llevaba a la boca para luego compartirlo con él de nuevo, ninguno de los dos respondía a sus nombres, no veia a dos personas, veia a dos animales, que escena tan morbosa, joder.

    Otro momento que me calienta demasiado la entrepierna son los ronroneos de Ken y su dominacion en todo momento, dios… es que… joder que salvaje le veía, esos ronroneos me volvían loco, y luego ver a Daisuke meterle los dedos en la boca a Ken, para sacarle mas de mi semen y este escupir en su mano para luego ser besado por todo lo que Ken habia escupido, ver a Daisuke decir «por favor» mientras Ken escupia, o los dos metiendose los dedos y Daisuke vomitando y Ken lamiendole todo el vómito colgando de la boca y esos gemidos que erizan la polla a cualquiera, estos cabrones juntos hacen magia, entre sus dedos traían parte de mi.

    Poco a poco sentía como aún más excitación, observando ese delicioso espectáculo de dos hombres follandose la boca sin restrincciones-.»

  • Solo quería decirte

    Solo quería decirte

    Solo quería decirte que eres el único para mí…

    Pensaba que había ciertas cosas que solo ocurrían en las películas, y que yo nunca sería la protagonista de una de esas historias. Y cosas que tiene la vida, al final la película ha sido mi realidad diaria, durante años, y no me arrepiento, he vivido por y para esos momentos.

    Recuerdo muchos de ellos, recuerdo una comida al fondo de un bar, recuerdo su mano acariciando la mía, recuerdo su mirada. Las ganas locas de levantarme de la silla para darle un beso y saber que no podía hacerlo. Quizás eso me excitaba más, esa cosa de querer y no poder, esa angustia que hacía que mis pezones se pusieran en alerta y que mis bragas se llenaran de humedad con solo su mirada. Todas las horas que vinieron después, en el trabajo, totalmente empapada, deseando llegar a casa para poder pensar en él, en su olor, en su sudor, en él entero. Nunca había tenido esa sensación. Quiero mezclarme con su sudor, tener cada poro de su piel pegado a mí. Es eso lo que él me provoca, es como un imán para mí, cuando le tengo cerca no puedo dejar de pensar en otra cosa que no sea acariciarle, exprimirle hasta la última gota.

    También recuerdo haberme puesto sus calzoncillos, recuerdo que me los dejó en el baño del trabajo. Fue rozar esos calzoncillos con mi coño y excitarme al máximo. A partir de ahí no pude trabajar más, no podía dejar de pensar en correrme para él, me lo imaginaba mirándome a los ojos mientras me follaba, yo sentada en una de esas mesas de la oficina, el metiéndomela hasta correrse susurrándome al oído que me quiere. Recuerdo haberme masturbado al llegar a casa y haber untado mi coñito en aquellos calzoncillos, solo para dárselos después. Recuerdo su sorpresa al ver lo mojados que estaban. Le adoro.

    Recuerdo todas las veces que le he chupado la polla en las escaleras de nuestra oficina, de la que era nuestra oficina, como se la he lamido impaciente por oírle jadear. Recuerdo el día que se corrió en aquellas escaleras, siempre alerta pendientes de que apareciera alguien. Me encanta mirarle mientras le masturbo, me encanta mirarle en general.

    Y aquella vez que nos quedamos solos en la oficina. ¿La recordará? Le hubiese follado entero.

    Solo quería decirte que eres sexo para mí, y del bueno, sexo con amor.

  • Hace unos años con mi hermana Ana

    Hace unos años con mi hermana Ana

    Esta es una historia real y, como sucede en estos casos, solo cambiaré los nombres de sus protagonistas, por si acaso, que el mundo es un pañuelo.

    Soy el tercero de seis hermanos, tengo dos hermanas mayores que yo, otras dos más pequeñas y por último un hermano, de una familia de clase media alta, en la que nunca ha faltado nada sino más bien al contrario. Nuestra vida, hablo de hace unos años, era normal y rutinaria, de casa al colegio y del colegio a casa. Miércoles, sábados y domingo judo, martes y jueves natación, fines de semana de invierno esquí, sábados por la mañana fútbol.

    En fin, una vida sana y muy programada.

    Estudiaba en un colegio de curas y, aunque no era el primero de la clase, sí que tenía, generalmente, buenas notas. Entre los hermanos nos llevábamos bien, con las peleas normales cuando éramos más pequeños y un mayor acercamiento cuando fuimos creciendo.

    Cuando terminé el colegio, empecé a estudiar en la facultad de medicina y para mí supuso un cambio tremendo. El colegio, sin ser un agobio, sí que había sido bastante estricto en lo que se refiere a estudios, conducta, etc., sin embargo todo esto desapareció al entrar en la universidad. Todo era libertad, si no querías ir a clase, no ibas, con lo que aquel primer trimestre fue un desmadre. Nunca había salido con chicas y ahí tuve mis primeros rolletes, mis primeras borracheras y mis primeras juergas. Hasta ahí, todo normal.

    Claro, este cambio de actitud fue enseguida notado por mis padres que tomaron, rápidamente, cartas en el asunto. Me empezaron a controlar las salidas, los estudios -mis notas del primer parcial fueron realmente penosas- y hasta los amigos. Volví un poco a la rutina estudio-deporte que había tenido durante mi etapa escolar. Mis amigos de la facultad se convirtieron en meros compañeros de clase, ya nada de francachelas.

    Consiguientemente, con quien empecé a salir los fines de semana fue con mi hermana Ana, la que va justo detrás de mí y tiene un año menos que yo, y sus amigos, todos pertenecientes a las juventudes de una parroquia.

    Mis hermanas mayores tenían novio e iban a su rollo y los pequeños eran demasiado pequeños para mí. En el grupo de mi hermana se hacían catequesis, charlas religiosas, misas… pero el ambiente no era tan horrible como pudiera parecer, pues a pesar de que había quien estaba todo el día con la cantinela de «vamos a rezar vísperas», «vamos a rezar laudes», no era todo el mundo y en el grupo había de todo, además de disponer de un local estupendo para nosotros.

    Mi entrada en el grupo fue bien recibida, sobre todo por parte del sexo femenino y, gracias a mi hermana, tuve un par de novias de entre las chavalas más monas que había…

    -Oye Chema, que me ha dicho fulanita que le gustas -Era ir sobre seguro.

    Lo malo es que, dado el ambiente en el que se movía esta pandilla, todo acercamiento sexual consistía en unos cuantos besos y algún magreo de tetas por encima de la ropa. Las chicas estaban siempre pendientes de su reputación, la que se dejaba tocar por alguno de sus novietes por debajo del sujetador ya era considerada una golfa. ¡Qué tiempos…!

    La cuestión del asunto es que Ana y yo cada vez nos teníamos más confianza, nos contábamos más cosas y nos íbamos haciendo inseparables.

    Eso no quiere decir que diéramos de lado al resto de hermanos pero, al salir juntos en la misma pandilla, la compenetración era mayor.

    Poco a poco y, sin que me diera cuenta prácticamente, mi hermana me iba pareciendo mejor que cualquiera de las chicas con las que andábamos, las comparaba con ella y siempre salía ganando Ana.

    Un día, en una discoteca, sonaba música lenta, yo estaba un poco achispado y, además, me gusta poco bailar; de las chicas que había no me gustaba ninguna por lo que permanecía sentado a mi bola y con mi cubata, al que no daba tregua.

    Ana estaba muy mona, su pelo negro le llegaba casi a la cintura, suelto, enmarcando una cara preciosa donde se veían unos ojazos enormes una naricita respingona y unos labios de esos que dicen cómeme. Llevaba una minifalda, no excesivamente corta pero sí lo suficiente para enseñar unas piernas que ya quisieran para sí cualquiera de las chicas que he conocido y un jersey cortito y muy ceñido. No tenía unas tetas de escándalo pero sí muy bien puestas y redonditas, de esas caídas hacia arriba de puro tieso.

    Se le ocurrió la feliz idea de sacarme a bailar y yo me resistía pues no tenía ninguna gana, pero insistió tanto que finalmente fuimos de la mano a la pista.

    Sonaba la música… El alcohol corría por mis venas… Ana me dijo que me quería mucho, que era su hermano preferido. Me hizo mucha ilusión y, casi sin querer, le di un beso en los labios. Fue un beso corto aunque no excesivamente, sin lengua, pero muy apasionado. Me puse como un tomate y le pedí perdón, pero ella solo sonrió y me dijo que no por bailar juntos nos teníamos que enrollar.

    Ya sé que era broma y sé que ella no pensó nada raro pero yo tuve una especie de revelación: se me hizo un nudo en el estómago, otro en la garganta y, lo que es peor ¡Me había empalmado!

    ¡No podía ser! ¿Cómo me podía enamorar de Ana? ¡Con la cantidad de tías que hay por ahí! Sin embargo, la realidad se me iba haciendo cada vez más evidente, cuanto más lo pensaba más seguro estaba; en los sentimientos no se puede mandar.

    Disimulando todo lo posible seguimos bailando un rato y luego nos fuimos a casa, yo bastante serio y mi hermana, alegre como siempre, sin sospechar lo que pasaba por mi cabeza.

    Me fui dejando llevar… Mi relación con ella no cambió por esto, no iba a dejar que se me notara nada, hubiera sido tremendo tener que dar explicaciones. A pesar de que mi hermana está bastante buena, nadie me habría entendido y sería el cachondeo de todo el mundo, eso sin contar a mi familia ¡Catástrofe total!

    Ahora bien, conforme iba pasando el tiempo, más ganas tenía de decirle a Ana lo que sentía, pero seguía sin atreverme, no encontraba la manera de hacerlo. Cualquiera va y le dice a su hermana “Oye, ¿quieres enrollarte conmigo?” o “Mira Ana, que me he enamorado de ti, que me gustas un montón y que si quieres que echemos un polvo”. No me parecía muy ético, pero algo había que hacer…

    Por aquella época mi hermana no estaba saliendo con nadie, cosa curiosa, así que pensé que podría tener más posibilidades de éxito en mi empresa, aún siquiera por definir.

    Empecé a mostrarme más íntimo en mis conversaciones con ella, le hablaba de mis gustos y experiencias sexuales, de las chicas que había en la facultad y con las que, al principio, había tenido algún escarceo… Todo con la esperanza de que me viera como yo la veía a ella, que tuviera celos de que alguien se metiera en medio de nuestra relación, tan íntima y especial. No notaba yo grandes avances pero tampoco me atrevía a ir más allá…

    Un sábado cualquiera habíamos quedado todos los amigos para jugar un partido de fútbol en el campus de la universidad y decidimos hacer una sangría para pasarlo bien y que los espectadores, o sea, las chicas y los que no jugaban de la pandilla, pudieran ponerse a tono, amén de utilizarse como elixir para los jugadores. En un garrafón metimos el vino, el limón, la fruta, el azúcar y, por si acaso, un litro de coñac y otro de ginebra.

    Aquella sangría era un bombazo.

    Ya jugando, cualquier excusa era buena para acercarse a la banda y beber un vasito de aquel bebedizo, así que con el paso de los minutos, en vez de un equipo de fútbol éramos una panda de borrachos arrastrándonos por el campo. En la grada, ni te cuento.

    En un momento del partido y por estar ya bastante bebido me llevé una patada descomunal que me dejó revolcándome en el suelo de dolor. Enseguida salieron las masajistas, todas las chicas de la pandilla, montando juerga y con el garrafón. Me llevaron fuera del campo y me hicieron beber un vaso tras otro, con lo que fui subiendo el grado de embriaguez de forma más que considerable. Ya no veía un balón sino dos y acabé deambulando por el campo hecho cisco. Mi hermana se empezó a preocupar y pidió que me cambiaran para llevarme al vestuario a darme una ducha a ver si me despejaba.

    Me ayudó a llegar y allí me quedé tirado en un banco incapaz de moverme de la tajada que tenía. Ana no se había atrevido a entrar por ser el vestuario masculino pero, viendo que yo no contestaba a sus llamadas desde fuera, se decidió, encontrándome hecho una piltrafa.

    -Chema, venga, levántate, vamos a la ducha.

    -No puedo, no me puedo ni mover. Si me levanto, todo me da vueltas y me encontraré peor, ya lo sabes -Dije con voz gangosa y sin levantar la cabeza.

    -Ven, te voy a llevar a la ducha. Seguro que luego te sientes mejor. Venga, ayuda algo que no puedo sola contigo… -Ana intentaba tirar de mí pero yo pesaba demasiado para ella y no hacía ningún esfuerzo.

    Siguió insistiendo hasta que consiguió ponerme sentado en el banco. Yo estaba con la cabeza agachada entre los brazos, con unas náuseas terribles. Me quitó las botas de fútbol, las medias y las espinilleras e intentó ponerme de pie. A duras penas me sostenía…

    -Vamos, quítate la ropa para ducharte, no pretenderás hacerlo vestido…

    -¡Joder, Ana! ¡Que no puedo! ¡Me encuentro fatal! -No sé cómo había llegado a ese estado. Muchas veces me había emborrachado, pero nunca hasta ese punto; debía ser que estaba en ayunas y que la sangría con coñac y ginebra era muy fuerte y entraba muy bien. A raíz de la patada me había bebido más de un litro casi de golpe, más lo que llevaba de antes…

    Fue ella la que me quitó la camiseta y el pantalón de deporte dejándome desnudo. Naturalmente, ella nunca me había visto así y se quedó un momento recreándose la vista. Al ponerme ella de pie sucedió lo inevitable; mis náuseas fueron en aumento y me tuve que meter en un váter a vomitar. Eché hasta mi primera papilla mientras Ana intentaba mantenerme erguido. ¡Qué espectáculo! Desnudo delante de mi hermana y vomitando mientras ella hacía de buena samaritana, aparte de la vergüenza me sentía profundamente agradecido para con ella.

    Me llevó medio a rastras a las cabinas de duchas, me metió en una de ellas y, en cuanto me soltó, caí desmadejado a suelo. Vuelta a levantarme con muchísimo esfuerzo, no me tenía en pie sin ayuda, así que, ni corta ni perezosa, mi hermana abrió el grifo del agua mientras me sujetaba. La ducha cayó sobre los dos, a mí despejándome un poco y a Ana empapándole la ropa. Dio un gritito y se apartó, dejándome caer otra vez.

    -Espera un momento -Me dijo, y empezó a desnudarse mientras yo estaba allí tirado.

    -No tengo más ropa y no voy a volver calada a casa. Me puedo coger una pulmonía. -Dejó sus vaqueros, camiseta, jersey y ropa interior, bien extendidos en otro de los bancos del vestuario y se metió conmigo en la ducha ayudándome a levantar otra vez.

    Yo tampoco la había visto desnuda en mi vida y me quedé alelado. ¡Qué buena estaba! Esas tetas bien tiesas ganaban mucho al natural y qué culo. Tenía un culo de infarto, tieso, duro, respingón… ¡Y qué decir del coño! Lo tenía depilado por las ingles, dejando el vello justo. ¡Era una maravilla!

    A pesar de la borrachera que tenía mi polla reaccionó de inmediato y, sin poderlo evitar, le puse una mano en las tetas. ¡Guau! ¡Qué suavidad!

    -¡Oye! ¡No te emociones! ¡Ni se te ocurra ponerme una mano encima, idiota! -Si tenía alguna duda de cómo decirle a Ana que me gustaba quedó disipada al momento. Debí poner una cara de hecho polvo tremenda…

    -Venga, no seas tonto y deja que te duche -Dijo, con una voz mucho más cariñosa. Empezó a enjabonarme todo el cuerpo con sus manos ¡Qué gozada! Me frotó el pecho, la espalda, las piernas y, por fin el culo. Luego se dirigió a mi polla y la dio un repaso de órdago, yo creo que se estaba tirando más tiempo con ella de lo necesario.

    -¡Vaya empalme tienes! ¿Siempre la tienes así cuando bebes o es porque estoy en pelotas? -Su tono era entre cariñoso y divertido…

    -¡Hombre, si me la sobas así qué quieres… -Le dije mientras seguía apoyado contra la pared de la ducha.

    -No vengas con cuentos que ya estabas empalmado antes de que te enjabonara, Lo que pasa es que te excito. ¡Mira que ponerte así con tu propia hermana! ¡Los hay guarros!

    Me estaba dejando alucinado pues, mientras me decía esto de una forma más que cachonda, me estaba haciendo una paja en toda regla, o eso me parecía, apoyando sus tetas en mi espalda y restregando, poco a poco, su pubis con mi culo. Me di la vuelta y me la quedé mirando fijamente a los ojos. Todo lo fijamente que podía porque veía cuatro en vez de dos. El agua seguía cayendo sobre nosotros, estaba preciosa con el pelo mojado y además, seguía moviendo la mano de arriba abajo sobre mi pene a punto de reventar. Pero el alcohol hace maravillas y estaba teniendo un aguante fuera de lo normal. No dije nada, simplemente dirigí como pude mi boca a sus tetas, engullendo el primer pezón que se me puso a tiro. Succionaba con los labios y jugueteaba con la lengua, así de un pecho a otro mientras ella había tenido que soltar mi aparato y sujetarme para que no me volviera a caer. Empezó a suspirar quedamente, apenas audible por el ruido del agua al caer. Dirigí mis manos a su culo y empecé a sobarlo y a amasarlo con ganas. Que culo tan rico, que suavidad la de su piel, qué pezones, qué tetas… Me estaba poniendo a mil.

    Delicadamente fui bajando a lo largo de su tripa hasta llegar a su sonrosada alejita. Intentó subirme y cerrar las piernas…

    -No Chema… Que soy Ana…Eso no… Déjame… -Me dijo, pero a mí no me sonaba convincente. Qué calientapollas, pensé en ese momento. Me hace una paja, deja que le coma las tetas, pero en cuanto llega la hora de la verdad se echa para atrás.

    Hice un poco de fuerza y metí toda la cara entre sus firmes muslos.

    Enseguida mi lengua empezó a jugar con sus labios mayores, recorriéndolos de arriba abajo, abriéndolos y buscando su cueva. ¡Qué sabor…! A limpio, a mujer excitada… ¡Alucinante! A duras penas me sostenía en cuclillas agarrado a su hermosísimo trasero y trabajándole el coño con fruición, pero el agua de la ducha y, sobre todo, la vagina de mi hermana estaban obrando maravillas. Cada vez estaba más despejado y me daba cuenta mejor de lo que hacía. Para mí no había vuelta atrás. Cada vez disfrutaba más y hacía disfrutar más a Ana. Suavemente cogí su clítoris con los labios e hice una pequeña succión frotándolo a la vez con la lengua; le empezaron a temblar las piernas, hacía movimientos de cadera incontrolados y lanzó un gran suspiro a la vez que me apretaba la cara contra ella tirando fuerte del pelo. Sus flujos, abundantes, se mezclaban con el agua y con mi saliva mientras intentaba tragármelos con rapidez.

    Como aún me costaba ponerme en pie seguí comiéndome su conejo sin desfallecer, acariciando su culo e intentando meter un dedo en su ano sonrosadito. Esto parece que no le hizo gracia porque enseguida intentó quitarme la mano. Sin embargo, aceleré mis movimientos linguales provocándole un nuevo orgasmo, más intenso que el anterior y así aproveché para introducir el dedo índice completamente y empezar a hacer círculos dentro. Esto hizo que suspirara con mayor fuerza aún y lanzara algún gritito entrecortado. Estaba a punto de desfallecer…

    -Chema… Chema… Por favor… No sigas… Por favor… -Dijo, de forma entrecortada.

    ¡Cómo para parar estaba yo! Poniendo sus manos en mis axilas tiró de mí hacia arriba y yo me dejé hacer. Al estar erguido intenté aprovechar para besarle la boca.

    Apartó la cara, no sé si por asco a sus propios flujos o por ser yo su hermano. La verdad es que no la entendía muy bien, era ella la que me había provocado con esa paja inconclusa y lo demás había venido rodado. ¡Y ahora se hacía la estrecha!

    Pero yo estaba cada vez más y más excitado, era la mujer de mis sueños, estaba hasta las cejas de alcohol y no iba a dejar que se me escapara.

    Cogí su cara con las manos y la obligué a mirarme, tenía una expresión indefinible entre placer y temor. Mi expresión era de profundo cariño, o al menos eso intenté, y volví a la carga con el beso. Como estaba sujeta no pudo apartarse…

    Al principio no fue muy receptiva pero, poco a poco, iba cediendo, iba abriendo los labios, iba colaborando, iba haciéndose a la idea… Aunque después del par de orgasmos que había tenido, no sé a qué idea tenía que hacerse. ¿A que veía que iba a perder su virginidad? ¿A que era su hermano el que la hacía disfrutar? ¿A que estaba descubriendo sentimientos similares a los míos? No sé…

    Lo que sí sé es que tenía la polla como un garrote y necesitaba meterla en algún sitio. Con suavidad y cuidado, intentando no romper la magia del momento, la fui abriendo las piernas y acercando el glande a su entrada, todo esto sin dejar de besarla. Empecé a empujar popo a poco…

    -No, no, no… Por favor… – Era más un lloriqueo de niña indefensa que una petición, pero yo iba a por todas… Seguí empujando sin descanso hasta conseguir llegar al fondo de su coño virginal. En algún momento debí romperle el himen, pero no me di ni cuenta. Solo disfrutaba del momento ¡Qué gloriosa sensación! ¡Se la había metido entera! ¡Me sentía en las nubes!

    Ana, la pobre, tenía los ojos y dientes apretados, debía de haberle hecho bastante daño. Seguí quieto durante un buen rato mientras la besaba el cuello y las orejas con pequeños mordisquitos, a la vez que la sobaba las tetas con pasión. Empecé a moverme despacito, entrando y saliendo… Su tensión inicial iba cediendo, empezaba a disfrutar…

    Por primera vez le hable…

    -Te quiero Ana. Te quiero muchísimo… -En ese momento me sentía realmente enamorado…

    -Yo también Chema, también te quiero. Pero esto… -No la dejé acabar la frase, le di un beso en la boca con toda mi alma, metiendo la lengua hasta dentro buscando la suya. Su entrega fue total, entablamos una batalla de lenguas intercambiando saliva como posesos. Me fui dejando caer al suelo hasta acabar sentado con ella encima de mí. Ahora no logro recordar como pude mantenerme derecho hasta entonces.

    Era Ana la que me cabalgaba y en ningún momento se le ocurrió levantarse, ahora que tenía oportunidad. Empezó a moverse cada vez más rápido, jadeaba, restregaba su pecho contra el mío y su clítoris contra mi vello púbico…

    Su orgasmo se acercaba a la misma velocidad que el mío, yo no aguantaba más, quise decirle que se levantara, que me iba a correr, que era peligroso… Pero no pude… Empecé a soltar chorros de esperma en su interior con toda la calentura del momento ¡Qué manera de correrme! Levantaba el culo intentando metérsela lo más dentro posible y surtió efecto. Ana se apretó muy fuerte contra mí, me clavó las uñas en la espalda, me dio un mordisco en el hombro y soltó un gran AAAAHHH que casi me deja sordo.

    Luego quedó totalmente desmadejada, abrazándome el cuello y dándome besitos tiernos en los labios…

    -¡Joder Chema! ¡Qué pasada…! ¿Pero te das cuenta de lo que hemos hecho? -Me dijo con voz aún jadeante por el cansancio del orgasmo.

    -¿Lo que hemos hecho? El amor, eso hemos hecho. Es lo normal entre personas que se quieren ¿No?

    -¿Entre hermanos también?

    -Hombre, eso no es tan normal, pero seguro que no somos los únicos – Yo ya intentaba levantarme, caí en la cuenta de que el resto del equipo estaría a punto de llegar y no era plan que nos pillaran en estas condiciones.

    -Venga Ana, que seguro que están todos a punto de venir.

    Ana se vistió a todo meter, Tenía la ropa un poco mojada, pero eso no le extrañaría a nadie y me ayudó a mí que, aunque bastante repuesto, no estaba bien del todo. Salimos del vestuario justo a tiempo, los demás llegaban bastante alegres a causa de la sangría…

    -Vaya Chema, como estabas ¿Eh? – Me soltó uno de mis amigos. Y así el resto, haciendo bromas a causa de mi estado…

    -¡Qué tajada chaval. Que para saber beber hay que saber mear.

    -Iros a tomar por el culo. ¿No habéis visto lo que me han hecho beber las chicas? ¡Un poco más y me meten el garrafón entero!

    -Venga, no te mosquees. Por cierto Ana, estás calada. Pídele a alguna chica que te deje algo de ropa… O te dejo yo mi chándal -Dijo Fernando, uno de la pandilla que estaba un poco quedado con mi hermana, pero ella no le hacía ni caso. Y después de lo que acababa de pasar, menos.

    -No te preocupes, Fer, Ya cojo el chándal de Luis –Era cierto, se nos había pasado que yo tenía un chándal para dejarle y que no fuera mojada…

    -Oye, que nosotros nos vamos ya en mi coche a casa. ¿Quedamos luego, por la tarde?

    -Vale, pero deberías esperar un poco para conducir -Nos despedimos de los demás y fuimos a dar un paseo hasta que se me pasaran totalmente los efectos del alcohol. Además nos apetecía estar solos, había mucho que hablar.

    -Chema… -Empezó Ana- Esto que hemos hecho… No sé… No debería haber pasado. Me he dado cuenta de que también te quiero, que me gustas, vaya. Pero eso no quita que seamos hermanos. No se pueden liar dos hermanos, está prohibido y es pecado mortal.

    -¿Pecado mortal? También follar fuera del matrimonio y veinte mil cosas más. Me importa un huevo que sea pecado. Solo sé que ahora no puedo dejarte. Lo único que me da miedo es que se enteren los papás o los demás -Dije, refiriéndome a nuestros hermanos.- Ahí sí que no sé qué pasaría… Pero lo que sí tengo claro es que no me voy a separar de ti.

    -¿Y cómo quieres ocultarlo? Esas cosas se notan. Seguro que si siguiéramos acabarían por descubrirlo y entonces fijo que nos matan.

    -Pero… Yo… Ana, después de esto… –Dije con voz entrecortada.

    -Déjalo estar Luis. Ya veremos qué pasa.

    Pasaron los días. Ana y yo manteníamos una actitud normal dentro de casa. Al salir juntos, con los mismos amigos, no extrañaba a nadie en casa que tuviéramos tanta intimidad. Eso sí, al ser tantos hermanos, más nuestros padres y dos chicas de servicio era imposible tener cualquier tipo de encuentro sexual en casa.

    Solo me quedaba el recuerdo del increíble sabor de su coño… Del sublime momento de la penetración, para mí el más placentero, más incluso que el propio orgasmo… El haber sentido como los labios vaginales de mi hermana me rodeaban y apretaban la base de la polla me volvía loco… También recordaba cómo me comía sus tetas, son preciosas, con esas areolas rosaditas y esos pezones que se excitan al menor contacto…

    Pero, en fin, un día, Ana, al cabo de unas cuantas semanas, descubrió que estaba embarazada. No sé cómo pudo pasar, solo lo habíamos hecho una vez; a pelo sí, pero mira que es difícil acertar a la primera. El panorama que se nos presentaba era bastante desolador… En España, por aquel entonces, no existía el aborto, ni aún en casos de violación. Ni idea con respecto al incesto y tampoco se me ocurrió preguntarle a nadie.

    Pero esa es otra historia…

  • Hace unos años con mi hermana Ana (Final)

    Hace unos años con mi hermana Ana (Final)

    Como decía en mi anterior relato, Ana se quedó embarazada. ¡Qué mala suerte! Todo el tiempo que había pasado yo intentando algo con ella y, cuando por fin pasa, nos ocurre esto. ¡Qué capricho del destino!

    Ahora venía la parte peliaguda de la cuestión. ¿Qué podíamos hacer? Mi padre era tremendamente estricto así que cuando se enterara que su hija estaba en estado montaría en cólera y no sabíamos de lo que podía ser capaz. Haría cualquier burrada, seguro. ¿Y mi madre? También tenía un genio de órdago, así que por ahí tampoco encontraríamos ayuda. De mis hermanas mayores mejor no fiarse, por si acaso y los pequeños, ni pensarlo.

    Dios, Dios, Dios… No había solución por ningún sitio y la desesperanza se iba apoderando de nosotros. Pensamos en pedir consejo a los curas de la parroquia, pero no era buena idea. Quizá comprendieran que Ana hubiera tenido un desliz, pero jamás entenderían que dicho desliz fuera conmigo. Con respecto a la pandilla, mejor guardar el secreto porque las noticias corren como la pólvora y, en seguida, se hubiera enterado hasta el Papa. Esa era otra idea, pedir una dispensa Papal y casarnos, pero no tenía ni idea de cómo funcionaban esas cosas. Conclusión, estábamos jodidos de verdad. Y yo, como buen Quijote, no iba a dejar que Ana cargara sola con el mochuelo.

    Mientras tanto, mi hermana no dejaba que le pusiera la mano encima. Si ya se arrepintió del polvazo que echamos, ahora con el embarazo no quería ni que me acercara. Yo, preocupación aparte, estaba que me subía por las paredes.

    Me parecía que estaba más guapa, menos infantil, más mujer… ¡Como la deseaba! Volvían los recuerdos de su coño… de sus tetas, de su sabor…

    ¡Jesús! Si seguía así, me iba a poner malo…

    Un sábado o domingo, poco después, curiosamente, nos habíamos quedado solos en casa, Ana aduciendo que no se encontraba muy bien y yo porque tenía que estudiar. Ella estaba en el cuarto de estar viendo la televisión, aproveché para acercarme e intentar hablar del tema…

    -Ana, ¿Qué tal estás? -Le pregunté entrando en la sala.

    -¿A ti qué te parece? ¡Estoy jodida! ¡Estoy preñada! ¡Estoy que mato a alguien! ¿No te imaginas a quién? ¡Cómo quieres que esté, imbécil!

    ¡Joder, qué cabreo! Lo dicho, desde que se había enterado de la noticia no me podía ni ver…

    -Venga Ana, no te pongas así conmigo. ¿Crees que lo hice a propósito? Además, te recuerdo que fuiste tú la que me provocó. Tú me empezaste a tocar la polla y con la tajada que tenía… Pues eso, que me lancé. Se suponía que tú querías lo mismo…

    -¿Cómo iba a pensar que te ibas a lanzar de esa manera? Soy tu hermana, no una golfa de la calle. Y si te toqué un poquito fue para hacerte una broma.

    -¡Pero si el otro día dijiste que me querías! -Ya me estaba empezando a poner de mala leche toda esta historia.

    -¡El otro día no sabía que estaba preñada! ¡Y, además, claro que te quiero! Pero ahora no es cuestión de cariño ¿No te das cuenta de lo que tenemos encima?

    Se le empezaba a quebrar la voz… Normal, estaba soportando una tensión tremenda y si a eso sumamos el caos hormonal que supone el inicio de un embarazo…

    No sabía qué hacer, también a mí me entraba la congoja. Me senté a su lado en el sofá y le pasé un brazo por los hombros atrayéndola hacia mí, intentando darle sensación de apoyo.

    -Venga, ya verás cómo lo arreglamos. Tiene que haber algo que podamos hacer… No sé… Ya se nos ocurrirá.

    Ana se acurrucaba en mi pecho, buscando una seguridad que estaba lejos de poder ofrecerle. Lloraba en silencio. La levanté la cara subiéndola por el mentón y le di un beso tierno en los labios. Cerrando los ojos, llenos de lágrimas, se dejó besar…

    -Mi niña… Mi Anita querida… No voy a dejar que nadie te haga nada. ¡Por mis pelotas que salimos de esta!

    Qué cara tan guapa tenía ahora. La besé los ojos bebiéndome sus lágrimas…

    Besos muy tiernos, con mucha dulzura, besos que expresaban mi estado de ánimo y mi cariño hacia ella… Besos correspondidos, en los labios, besos que fueron desatando la pasión, besos que liberaron toda la tensión acumulada.

    Fueron haciéndose más profundos… Nuestras lenguas se buscaban y encontraban dentro de su boca o la mía, con ellas recorríamos los dientes, los pliegues de cada uno…

    Subí mi mano derecha hacia su pecho mientras la tenía abrazada. Sobé con ganas por encima de la blusa y empecé a desabrocharle los botones mientras ella suspiraba y me apretaba más hacia sí. Introduje la mano dentro de las copas del sujetador y mis dedos, con habilidad, estimulaban sus pezones…

    Solté el cierre del sostén y sus tetas salieron de su prisión de tela. ¡Qué ganas tenía de volver a verlas, de volver a chuparlas enteras!

    Me dediqué a ello con ansia, chupando los pezones y jugando con la lengua por toda la areola. Mis manos tampoco estaban quietas y ayudaban acariciando los pechos desde abajo. Pasaba de una teta a otra, indistintamente, dejándolas brillantes de saliva. Casi había olvidado la suavidad de su piel… ¡Qué tetas tenía Ana!

    Mientras ella me acariciaba la nuca con una mano, fue bajando la otra al botón de mi pantalón, soltándolo con un hábil movimiento de dedos. Bajó la cremallera y se introdujo dentro de mis calzoncillos, donde mi polla la esperaba ansiosa.

    En el momento en que estuvo fuera pudo, por fin, estirarse en todo su esplendor. Me la cogía con esa mezcla de suavidad y firmeza que proporciona una mano femenina, la acariciaba y la agarraba subiendo y bajando la piel del prepucio.

    Con un gesto rápido, tanto que me sorprendió, se agachó e introdujo el miembro en su boca y empezó una mamada rápida, nerviosa e inexperta pero que me hizo ver las estrellas. No recordaba cuándo me la habían chupado por última vez. Me empezaban a temblar las piernas y, si seguía así, me iba a correr enseguida, cosa que no me apetecía.

    Dejé de acariciarle el pelo, la incorporé y empecé a quitarle la falda, ella ayudó a que le bajara las bragas levantando el culo, quedó ante mí desnuda de cintura para abajo, con la blusa abierta y el sujetador a la altura de la garganta. Mientras terminaba de desnudarla, hizo lo propio conmigo, soltándome los botones de la camisa y ayudándome a bajarme los pantalones y calzoncillos.

    Ninguno decía nada, solo nos mirábamos con la cara arrebolada y ojos de deseo.

    Volví a besar sus tetas, me tenían encandilado, acariciaba su culo y muslos mientras me dirigía hacia el fruto prohibido. Esta vez Ana no hizo ningún esfuerzo por detenerme, todo lo contrario, recostándose sobre el sofá abrió las piernas ofreciéndome su sonrosado coñito. No tardé ni en segundo en meter la cara entre sus muslos y empezar a recorrer toda la raja con la lengua.

    Utilizaba hasta la nariz para presionar su clítoris mientras hacía dibujos en la entrada de su cueva. Sus jadeos iban a más al igual que los movimientos de mis labios y lengua sobre toda la zona, segregando flujo que se mezclaba con mi saliva.

    Ana empezaba a mover la pelvis de forma incontrolada, síntoma inequívoco de que estaba disfrutando y yo arreciaba en mis caricias intentando arrancarle un orgasmo bestial. Ya estaba totalmente centrado en su tierno botón, succionándolo y aplastándolo contra los dientes, sin llegar a morderlo…

    Arqueó la espalda, gimió, resopló, me incrustó la cabeza contra su pubis y se pegó una corrida fenomenal… Me dejó toda la cara pringosa pero estaba encantado.

    Ya venía lo mejor… Tenía unas ganas enormes de clavársela hasta el corvejón… Nos miramos fijamente y la besé. Volví a centrar la vista en ella mientras, ayudándome de una mano, iba encajando la polla entre sus labios vaginales. En el momento en que noté la entrada empecé a empujar lentamente, sin apartar la mirada de su cara, viendo como cambiaba su expresión. Abría mucho los ojos y jadeaba con la boca abierta, tenía las mejillas coloradas, boqueaba mientras iba notando como taladraba sus entrañas…

    Cuando la tuve toda dentro me detuve para recrearme en la sensación ¡Qué bien se estaba así! Dejé que Ana se fuera acostumbrando a tener metida mi herramienta para empezar un suave vaivén. A fin de cuentas sólo era su segunda vez y quería que lo disfrutara de verdad, que se olvidara del mundo entero durante un rato.

    A pesar de las ganas, no aceleraba mis movimientos, en todo momento eran suaves y cadenciosos y, si estaba cerca de correrme, me detenía un ratito dentro de ella, mordisqueándola las orejas y el cuello, excitándole el clítoris con la mano, chupándole los pezones que tenía súper excitados… Ella me acariciaba la nuca y la espalda hasta el culo, levantaba las caderas y me aprisionaba con sus piernas… Gemía de una forma maravillosa…

    Cada vez movía más el pubis, su orgasmo se acercaba y el mío lo tenía a las puertas desde hacía un buen rato. No es que aguantara, es que, como he dicho antes, me paraba… Era una técnica que había leído en no recuerdo que libro. Cuando me apretó fuerte con los talones supe que era el momento, aceleré mis acometidas todo lo que pude mientras me pegaba la mejor de mis corridas… Ella me clavaba las uñas y me mordía el cuello, mientras no dejaba de mover las caderas prolongando el orgasmo todo lo posible…

    -¡¡¡QUE COÑO ESTÁIS HACIENDO!!!

    No fue un grito, fue un alarido. ¡Horror! Mis padres acababan de entrar en casa con nuestros hermanos pequeños. Mi padre tenía la cara congestionada con un gesto de pura rabia y mi madre… Mi madre nos miraba con los ojos como platos, tapándose la boca con las manos, incapaz de hacer o decir nada. Los pequeños, de 13 y 14 años nos miraban alelados y nosotros nos habíamos quedado paralizados, todavía con la polla tiesa dentro de mi hermana.

    En dos zancadas mi padre se plantó delante de nosotros y, levantándome en vilo, me dio las dos mayores bofetadas que me hayan dado en mi vida, tirándome al suelo y rematándome a base de patadas. Yo intentaba escabullirme alrededor de la mesita de café que había delante del sofá, en cuanto lo conseguí mi padre se lio a tortazos con Ana. Estaba totalmente fuera de sí, tuvo que ser mi madre el que le apartara…

    -¡Cálmate Pepe, que la vas a matar!

    -¿Que la voy a matar? ¡Claro que la voy a matar! ¡¿Pero tú has visto a tus hijos?! ¡Es contra natura! ¡Es un atentado a la moral! ¡¿Alguna vez has visto algo así?!

    Mi madre ni intentaba responder, solo abrazaba a mi padre para evitar que siguiera con las tortas o para evitar que le diera un infarto. Nos mandó a vestir y que fuéramos a hablar con él al despacho.

    Al llegar allí, él estaba un poco menos rojo, pero igual de cabreado y mamá estaba llorando sentada a su lado. Ana también lloraba como una magdalena y tenía la cara como un tomate de las tortas, la vergüenza… y por lo que podía venir ahora.

    En cuanto entramos me volvió a partir la cara y, si no llega a intervenir mi madre otra vez, no sé qué hubiera pasado… Se sirvió un whisky que se tomó de un trago, repitiendo un par de veces. Yo nunca había visto a mi padre beber alcohol, a no ser alguna cerveza, muy esporádicamente, o algún vaso de vino en comidas especiales. No sabía cómo podía sentarle ahora. Parece que se calmó un poco…

    -Chema, no sé si decir que eres hijo mío o eres un engendro de la naturaleza. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Pero, tú estás bien de la cabeza? -Iba subiendo el tono de voz cada vez más- Un chaval serio, estudiante de medicina… metido en una parroquia… con todas las comodidades en casa… ¿Se puede saber qué coño hemos hecho mal? ¡Con tu propia hermana! ¡Y tú! -dijo dirigiéndose a Ana, que no dejaba de llorar; estaba aterrada- ¡Eres una puta! ¡Una golfa! ¡Una ramera! ¡¿Pero, has visto cómo estabas?! ¡Abierta de piernas como una cualquiera! ¡En mi propia casa! ¡Y con tu hermano!

    Aquello empezaba a resultar repetitivo…

    -Para empezar, no os quiero a ninguno de los dos en esta casa. Para mí, se acabó, cómo si no fuerais mis hijos. Ahora mismo cogéis vuestras cosas y largo. No os quiero volver a ver.

    -¿Y dónde vamos a ir? -Se me ocurrió preguntar- No tenemos dinero ni nada, no vamos a dormir en la calle…

    -Haberlo pensado antes, degenerados, que eso es lo que sois, ¡unos degenerados!

    Ni mi madre ni Ana decían una palabra, y yo veía el futuro más negro que el sobaco de un grajo… Me armé de valor…

    -Mira papá, no sé cómo ha podido pasar pero Ana no tiene la culpa… He sido yo el que la he seducido, ella no quería… Lo malo es que, además, está embarazada…

    ¡Toma ya! ¡Lo había soltado!

    El grito que dieron mis padres debió de oírse en todo Madrid. Ana me miró con cara de espanto y se puso a llorar todavía más.

    -¡¡¡¿Pero estáis locos?!!! ¡¡¡Embarazada!!!

    Se le hincharon las venas del cuello y parecía que los ojos se le salían de sus órbitas. Cayó desencajado sobre un sillón tapándose la cara con las manos… Mi madre me echó una mirada asesina…

    -¡Como le pase algo a tu padre, te mato!

    ¡Coño! Aquí todo dios nos quería matar. Y todavía faltaban mis hermanas mayores. A lo mejor ellas también se apuntaban… y sus novios y los pequeños y nuestros tíos… ¡Hala! ¡Todos a hostias con nosotros!

    Estaba ya delirando. No sabía si quedarme en esa habitación o salir pitando… Mi padre se recuperaba, respiraba fatigosamente…

    -Iros a vuestra habitación. Ya hablaremos mañana. Vuestra madre y yo tenemos que pensar que hacemos con vosotros. -Dijo mi padre con voz agotada.

    Salimos Ana y yo disparados a nuestros cuartos… En mitad de la escalera la sujeté un momento y le di un beso en la boca, sólo para darle ánimos. Me devolvió una bofetada… Aquí le iba tomando gusto todo el mundo a mi cara.

    -¿Estás gilipollas? ¡Después de lo que ha pasado! -No dijo nada más y entró corriendo en su habitación, dirigiéndome yo a la mía. Allí estaba mi hermano pequeño, Pablo, con el que compartía el cuarto.

    -Desde luego Chema, sois gilipollas. ¡A quién se le ocurre! ¡Con Ana y encima en casa!

    -Mira enano, deja de darme lecciones que no estoy de humor…

    -Es como si yo me pongo a follar con Isabel… ¡Imagina la cara que pondrías! Además, que no sé cómo te puede gustar tu propia hermana…

    Isabel era nuestra hermana pequeña, infantil pero ya bastante mona. Al ser la menor de todos era la más mimada.

    Pasé una noche infernal, sin pegar ojo, con pesadillas horribles sobre nuestro futuro… Supongo que Ana estaría igual que yo, pero no me atreví a ir a su cuarto. Ahora pienso cómo debían estar mis padres… Pobres… ¡Qué disgusto! Si me pasara a mí, no sé si sería capaz de entenderlo. Encontrarte a tus hijos follando en el salón de tu casa… Es como para que te dé un patatús.

    A la mañana siguiente, temprano, mis padres nos volvieron a llamar a su despacho, tenían algo que decirnos… Entramos Ana y yo, acojonados, con la cara horrible de haber dormido fatal.

    Allí estaban todos, mis padres, Laura y Sandra, mis hermanas mayores, Pablo e Isabel. Parecía un tribunal y nosotros los reos… Solo faltaban las chicas de servicio para estar al completo.

    Mi padre se levantó y nos miró largamente, sin decir nada. No tenía la cara de rabia del día anterior, pero estaba serio… Muy serio.

    -Chema, Ana… el disgusto que nos habéis dado a todos no se nos va a olvidar en la vida… Por más que lo hemos pensado, vuestra madre y yo, no hemos sido capaces de entenderlo… Pero hemos de rendirnos a la evidencia.

    Si estáis esperando un niño es que la cosa es más seria de lo que nos podíamos imaginar. O es que sois idiotas de remate…

    Hablaba de forma sosegada pero cargada de tensión. Los demás nos miraban en silencio…

    -Nuestra primera idea, Chema, es que te vayas, que te vayas a estudiar fuera. Te mandaremos a una universidad lo más lejos posible de aquí. Y si es al extranjero, mejor, aunque será más difícil. Tú, Ana, tienes que terminar el colegio y examinarte de selectividad. Lo malo es que así no puedes volver por lo que irás a un instituto público, allí pasarás más desapercibida. Con respecto al niño, cuando des a luz, nosotros nos haremos cargo de él, como otro hermano más. Eso de cara a los demás, porque en casa le cuidarás tú, así que olvídate de salir por ahí. –Calló un momento, mirándonos a los dos…- Bueno, ¿No tenéis nada que decir?

    Yo estaba anonadado ¡Separarme de Ana…! ¡Qué putada! Ella tenía la cabeza gacha y no decía nada. ¡Qué iba a decir! En mi casa siempre se hacía lo que decía mi padre. Lo que me daba cierta rabia era no saber si a mi hermana le sentaría igual de mal que a mí la separación. Me quedé sin saberlo…

    Rápidamente se hicieron los preparativos de traslado, etc… Yo no podía irme todavía, por estar a mediados de curso, pero a Ana la cambiaron al instituto inmediatamente y la mandaron a vivir a casa de una hermana de mi madre, soltera, a fin de que no estuviéramos juntos nunca.

    Se me hizo insoportable, no podía hablar con ella ni por teléfono, no podía verla, no podía sentirla… ¿Se puede ser más desgraciado?

    No sé ni cómo aprobé el curso, supongo que por tener a mi padre encima todo el día, así que me matricularon en la universidad más lejana que encontraron, la de «La Laguna» de Santa Cruz de Tenerife, en Canarias. Lo dicho, más lejos imposible.

    ¡Qué años pasé! En todo ese tiempo sólo pude volver a casa las navidades del año siguiente y ni siquiera me dejaron verla. Eso sí, conocí a mi hija, si verla durante un minuto escaso es conocerla…

    ¡Qué preciosidad! Se parecía a su madre y me emocioné tanto que se me saltaron las lágrimas. Pero ya digo que solo la vi un minuto. Fueron unas navidades bastante desagradables, todo el mundo tenso y con actitudes forzadas, incluso mis hermanos… Decidí que no merecía la pena volver.

    Me marché sin haber cumplido mi sueño de estar con Ana. Sabía que estaba bien por las cartas o llamadas de mis hermanas mayores o de mi madre, pero no me comentaban nada más. Ella nunca contestó a las que yo le escribí y jamás se puso al teléfono; poco a poco fui dejando de hacerlo. Supongo que había censura por parte de mi familia y no llegó a recibirlas, porque pensar que no quería se me hacía difícil de tragar.

    Pero el tiempo lo cura todo… A mí me curó la amargura y el despecho pero no me hizo olvidar a mi hermana. Me juré a mí mismo que no estaría con ninguna otra mujer y que, algún día, volveríamos a estar juntos, sin embargo, cada vez lo veía más lejano, algo inalcanzable… Pasó a ser un sueño de juventud que dejó de atormentarme para convertirse en un dulce recuerdo.

    Me centré solo en estudiar, acabar la carrera y preparar el MIR, seis años y, realizar la residencia, otros tres años más. A pesar de que siempre hubo oportunidades con otras mujeres, nunca las aproveché, no me interesaban, me había convertido en un hombre frío, serio y nada simpático con el sexo femenino.

    Habían pasado nueve años desde que me fui de casa… ¡Nueve años! Se dice pronto… y hacía ocho que no había ido por la península. Cuantas cosas habrían pasado… ¿Y mi hija? Debía de haber cumplido ya siete añazos.

    Estaría hecha toda una mujercita, pero sólo tenía de ella una foto que me habían mandado por carta hacía un par de años…

    Aprobé las oposiciones a la Seguridad Social con muy buena nota y pude elegir destino… Decidí volver a Madrid. A pesar de que Tenerife es precioso, estaba un poco saturado de la isla, como si tuviera claustrofobia.

    De todo esto en mi casa no sabían nada, ya era hora de tomar mis propias decisiones…

    Alquilé un pisito en la capital y tomé posesión de mi puesto en un hospital como ginecólogo adjunto. Varios días después de mi llegada me decidí, me fui a casa de mis padres a visitar a mi familia. Iba con sentimientos contradictorios… No sabía lo que me podía encontrar… Por un lado me hacía mucha ilusión ver a mis hermanos, a mi madre y, a pesar de todo, también a mi padre, pero no sabía cómo me iban a recibir. De repente me di cuenta de que sería un extraño en esa casa, mi hija ni me conocía y, lo que es peor, yo no tenía un sentimiento de paternidad muy arraigado y ¿Estaría Ana? ¿Cómo reaccionaría al verme? Pronto lo averiguaría…

    Toqué el timbre de la puerta y esperé… Salió a abrir una chica de servicio que no conocía ¡Empezamos bien!

    -¿Si? ¿Qué desea? -¡Joder! ¿Qué le decía yo a la tía esta? ¿Le digo que soy el señorito Chema? ¿Y si no le han hablado siquiera de mí?

    -Soy un antiguo amigo de la familia. ¿Están los señores? -Me pareció una salida airosa. Si no estaban, ya volvería otro día sin que supieran que había pasado por allí.

    -Está la señora. ¿A quién debo anunciar? -¡Coño! ¡Esta tía era de lo más remilgado!

    -Soy el Dr. Salcedo. -Mentí como un bellaco, en lo de Salcedo ya que Dr. sí que era…

    -Pase, por favor, la señora está en el salón.

    Me fui tras ella al cuarto de estar. ¡Qué recuerdos me traía! En fin…, cuando entré vi a mi madre en el sofá viendo la televisión. Estaba sola.

    -Señora -Dijo la doncella- Tiene visita, el Dr. Salcedo.

    Mi madre se giró a ver quién era.

    -Hola mamá. Cuánto tiempo ¿verdad? -Me acerqué a ella para darle un beso.

    -¡Chema! -Me miró con cara de asombro. Reconozco que físicamente había cambiado mucho y estaba irreconocible. Soy de ese tipo de gente, de rasgos poco marcados, a las que cualquier tipo de cambio las hace irreconocibles…

    Me había dejado barba, tenía el pelo largo recogido en una coleta y llevaba gafas, vestido con traje de chaqueta y corbata. No me parecía nada a aquel chico que se había visto obligado a dejar su casa con diecinueve años.

    -¡Hijo, cómo has cambiado! ¡Si eres todo un hombre! Ven, siéntate aquí conmigo. ¿Quieres tomar algo?

    Apenas me puso la mejilla para recibir el beso, ni abrazo ni nada…

    -Me tomaré un whisky, si no te importa. Solo, sin agua ni hielo. -Me gusta así el whisky, pero también era en memoria del día de las bofetadas de mi padre y para aguantar la mala hostia que se me había puesto con el recibimiento de mamá.

    -Juani -Se dirigió a la chica de servicio- Haga el favor de servir al señorito y traiga café para mí.

    -Si señora -La pobre debía de estar alucinando.

    -Bueno, cuéntame cómo te van las cosas. ¿Cómo es que estás aquí? -Me dijo mi madre. Yo mantuve una actitud un tanto fría, ya no era el hijo cariñoso de hacía unos años. Su actitud tampoco estaba siendo como para echar cohetes, cualquiera diría que no me había visto en tantos años…

    -Pues nada mamá, ya sabes que acabé la carrera ¿No? -Mi tono intentaba ser irónico- Me especialicé en tocología y ginecología. Ahora trabajo en un hospital de la Seguridad Social y a lo mejor pongo una consulta privada. Depende de cómo me vaya.

    Parecía que se lo estaba contando a una desconocida. ¡Tener que decirle yo a mi madre lo que había estudiado o dejado de estudiar! ¡Era de locos!

    -Bueno, y los demás? ¿Qué tal papá? -No quería pronunciar el nombre de Ana.

    La doncella trajo el whisky y el café. Como mi padre, me tomé el primero de un trago, uno doble, y me serví el segundo, doble también. Al verme beber así mi madre me miró con recelo…

    -¿Sueles beber mucho? -Me preguntó con cierto reproche.

    -De vez en cuando. No suelo tener muchas cosas que hacer aparte de salir a tomar unas copas. Eso cuando no estoy en el hospital. -Contesté lo más fríamente posible.

    Mi madre estaba tensa y pronto descubrí porqué. Yo estaba sentado en un butacón mirando hacia la puerta y entonces la vi. Me quedé alucinado. ¡Qué guapa estaba! Mi hermana Ana se había convertido en una mujer de bandera, con el pelo moreno, suelto y ondulado, los mismos ojazos, pero más madura, conservando cierto aire de ingenuidad en la mirada. Al entrar en la habitación me parecía que entraba una diosa… Todos los recuerdos, sueños y anhelos volvieron de repente.

    -Mamá ¿Has visto a la niña? No sé dónde se ha metido esta cría. Ah, tienes visita…

    -Si -dijo mi madre- ¿No vas a saludar?

    -Sí, claro… -Se acercó a mí a darme dos besos en las mejillas. Me levanté…

    -Hola, buenas tardes. Soy Ana… -Evidentemente no me reconoció…

    -Hola Ana. Estás guapísima -Dije, de forma bastante protocolaria. Tenía un nudo en la garganta que apenas me dejaba hablar.

    Me miró con cara de extrañeza que pasó a ser de sorpresa inmediatamente, casi de susto…

    -¡Chema! ¡Eres Chema!

    -Si Ana ¿No te alegras de verme? -Parecía que había visto un fantasma.

    -¡Claro! ¡Cómo has cambiado! Es que… ¡No sé! ¡Qué sorpresa!

    Mi madre le echó una mirada de advertencia, en el fondo las cosas no habían cambiado tanto para ellos; sin embargo, para mí sí, venía dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva, incluso a pedir perdón e intentar volver a ser la familia de antes, a olvidarme de Ana, en el plano sexual se entiende… Pero no me lo iban a poner fácil.

    Ana entendió el aviso silencioso de mi madre y se separó de mí rápidamente.

    -Bueno… Perdona Chema, te tengo que dejar, estoy buscando a la niña que no sé por dónde anda.

    -Se la ha llevado tu hermana Sandra al cine a ver la última película de Walt Disney. Deben estar a punto de salir ¿Por qué no vas a recogerlas en el coche?

    -Sí, claro mamá. Bueno Chema, me voy. Ya nos veremos ¿No? -Estaba nerviosa, no sé si desando irse por ella misma o por culpa de mi madre. Me fastidiaba sobremanera que siguieran separándome de ella y de mi hija y estuve a punto de decir algo de mala leche. A fin de cuentas era su padre aunque no la hubiera reconocido o, mejor dicho, no me hubiesen dejado reconocerla. No me habían dicho ni su nombre. Me contuve a duras penas…

    Ana se fue y yo me quedé con mi madre, un tanto a disgusto. Me contó algunas cosas de mis hermanos; Laura, la mayor, se había casado, naturalmente no fui a la boda, Sandra seguía soltera, solterona diría yo, desde hacía tiempo no tenía novio. Los pequeños, Pablo e Isabel estaban en la universidad y pronto acabarían la carrera. De Ana no me comentó absolutamente nada.

    También me dijo que mi padre estaba muy orgulloso de mí, de lo responsable que había demostrado ser a pesar de todo.

    ¡Qué cinismo! Pensé. Mi me habían dejado pisar mi casa en nueve años. Me levanté para despedirme, no aguantaba más tiempo la situación. Mi madre se mostró aliviada y eso me cabreó más. ¡Dios mío! ¡Y era mi madre!

    Salí de la casa hecho polvo. Quizá esperaba un recibimiento tipo «la vuelta del hijo pródigo», no sé… algo más efusivo desde luego, no la frialdad con que me había encontrado. Ni siquiera mi amada Ana había demostrado demasiada alegría por mi vuelta. ¡Qué asco de familia! ¡Por mi parte, les iban a dar por culo a todos!

    Estuve dando vueltas sin rumbo fijo durante un buen rato, me sentía desgraciado… como el patito feo, sin familia ni nada… ¡Mierda de vida!

    Pasaron los días, me iba habituando a mi nueva casa, a mi trabajo, a las guardias en el hospital… Intenté contactar con antiguos amigos pero todos me contestaban con evasivas, parecía un apestado. Algo debían de haberles contado para que me trataran así, pero no supe el qué.

    Salía solo o con algún compañero del hospital, siempre a beber como cosacos y, de vez en cuando, me tiraba a alguna enfermera o a alguna residente facilona. ¿Por qué tenía que seguir guardando ausencias a Ana? Que se fuera al carajo

    Un par de meses después, estando solo en casa, dando buena cuenta de una botella de Ballantines, llamaron a la puerta. ¿Quién sería? Quizá alguna de mis ligues del hospital con ganas de echar un polvo… Pues no estaba muy por la labor, le diría que hoy no me apetecía quedar…

    Abrí la puerta y me llevé una sorpresa mayúscula

    -¡Ana! -Allí estaba, preciosa, como siempre, con el pelo recogido, sin embargo tenía los ojos rojos de haber llorado mucho. Llevaba un par de maletas en la mano. No supe reaccionar… Me había quedado de piedra

    -Hola Chema. ¿Puedo pasar?

    -Claro, claro, pasa -Me hice a un lado y cogí sus maletas; entró en casa y se sentó en el sofá del cuarto de estar, yo detrás de ella sin salir de mi sorpresa. Esperé a que mi hermana me contara lo que pasaba

    La miré con interrogación. ¿Qué se estaba proponiendo? Me senté en otra butaca, no quería estar demasiado cerca de ella, me serví otra copa y le ofrecí algo de beber…

    -Sí, gracias -Me contestó- Ponme un whisky con cola, si tienes.

    Fui a la cocina a por un vaso, la cola y hielo. Me tenía en ascuas

    -Bueno, ya me dirás que haces aquí y cómo me has encontrado. Esta dirección no la sabe nadie…

    -Me la dieron en el hospital. Estuve llamando a todos los hospitales a ver en cual trabajabas. Luego tuve que convencerles de que era tu hermana y que era importante.

    -Bien, vale ¿Y a qué has venido? -El tema de las maletas ya me estaba indicando algo, pero quería que fuera ella la que dejara las cosas claras.

    -Mira Chema, no aguantaba más. Tú no sabes lo que he pasado. Me han hecho la vida imposible todos estos años. Desde que nació nuestra hija no he podido ni salir, solo para ir a la facultad, pero luego a casa a cuidar de ella.

    Cuando acabé la carrera y me puse a trabajar, tampoco me dejaban; en cuanto insinuaba que me iba de casa y me llevaba a la niña, curiosamente me echaban del trabajo. Ya sabes cómo es papá… ¡Ojalá me hubieran mandado fuera como a ti! No has tenido que soportar sus reproches año tras año… Si no hubiera sido por la niña, no sé qué habría pasado…

    Le volvían a aparecer lágrimas en los ojos. Verdaderamente tenía que haberlo pasado mal. En ese momento me sentía tremendamente egoísta, tenía razón en que yo no había pasado ese calvario

    -Cuando viniste a casa el otro día, no sabes la que se armó después. -Continuó un poco más serena- En cuanto vino papá volvieron las amenazas. Que no se me ocurriera volver a verte, y yo por más que decía que no había sido culpa mía, nada, no me dejaban en paz. Me siguen tratando como cuando era una cría, tengo que pedir permiso hasta para respirar y siempre me chantajean con la niña ¡No puedo más!

    -Venga, venga… No te preocupes. Aquí puedes estar el tiempo que quieras, ya lo sabes. De aquí no te pueden echar. ¿Y la niña? ¿Dónde la has dejado?

    -Está con Sandra. Se porta fenomenal con Anita y conmigo, es la única que siempre me ha ayudado.

    Me senté en el sofá al lado de Ana, le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí. Era un gesto idéntico al de hacía nueve años… la levanté la cara por la barbilla y le di un beso en los labios. Me abrazó por el cuello, muy fuerte, correspondiendo al beso introduciendo la lengua hasta mi campanilla. Después de lo que me parecieron horas, separó sus labios de los míos y me miró con amor y deseo.

    -Si supieras lo que te he echado de menos Chema…

    -No creo que tanto como yo a ti.

    Levantándome del sofá, la cogí de la mano y me encaminé hacia mi habitación.

    Ya era hora de hacer las cosas bien. Se dejó llevar dócilmente. La tumbé en la cama y me quedé admirando su figura… Llevaba un niki de manga corta, pantalones vaqueros y calzada con zapatillas toreras.

    Me incliné sobre ella y nos volvimos a besar con pasión, me tumbé de costado pegado a Ana y metí la mano debajo del polo… ¡Ah, qué tetas! Ya no eran las de sus diecisiete años pero seguían bastante firmes, más grandes, más maduras, intentaba mirarlas a través de su sujetador. Incorporándola un poco le quité el niki y volví a tumbarla. Le mordía los labios suavemente mientras acariciaba y amasaba sus pechos. Metí la mano dentro de las copas del sostén para liberarlos, jugué con sus pezones, mucho más grandes que antes, con más capacidad de excitación. Se hincharon y endurecieron con mis caricias, Ana me acariciaba el pelo empezando a gemir quedamente… Bajé mi boca hacia ellos dejando un reguero de saliva por el camino y los fui lamiendo alternativamente a la vez que seguía sobándolos con la mano.

    Desabroché el botón de su pantalón y los botones de la bragueta, acariciando su vientre hasta el límite del elástico de sus bragas. Me introduje tocando su pubis por debajo de la ropa interior, jugando con sus vellos, sin avanzar, haciendo que me deseara…

    Mi polla reaccionaba a marchas forzadas y el empalme me hacía daño dentro de mis vaqueros, mi hermana me tocaba por encima sin atreverse a desabrocharlos.

    Metí más la mano entre sus piernas sin dejar de chupar y morder sus tetas, llegué hasta sus labios vaginales, aún cerrados pero destilando humedad. No me costó nada abrirlos con los dedos, lo estaba deseando e introduje el dedo corazón en su coño. ¡Qué suave estaba! Esponjosa, lubricada… Llegué a tocarle el cuello de la matriz, me dediqué a hacerle círculos alrededor y jadeó con mayor fuerza.

    Cambié de postura, situándome entre sus piernas para poder quitarle el pantalón, se lo fui bajando, poco a poco, mientras iba besando y mordiendo el interior de sus muslos. Levantó el culo para facilitarme la tarea y se los saqué rápidamente. Hice el camino inverso con la boca a lo largo de sus piernas hasta llegar a ansiado objetivo, me entretuve en sus ingles sin llegar a tocar el ansiado fruto, excitándola todo lo posible…

    -Chema, por favor… Por favor…

    La tenía a punto de caramelo, ella abría y recogía las piernas ofreciéndome su tesoro, me entretuve un ratito más, haciéndola sufrir, antes de atacar. Me tumbé entre sus piernas para tener un mejor acceso y metí la lengua entre su raja, pasándola de abajo hacia arriba hasta el clítoris, sin llegar a tocarlo. Jugué un ratito a la entrada de la vagina, saboreando su flujo, bajando posteriormente hacia su ano, de un color pardo clarito. Estuve intentando introducirle un poquito la lengua, levantaba las caderas para facilitarme la tarea, jadeaba cada vez más fuerte…

    Volví a subir, a meter la lengua en su cueva todo lo que me daba de sí, ella movía la pelvis de forma enloquecedora y me agarraba fuerte del pelo. No pude aguantar más, cogí su hinchado botón con los labios y chupé… chupé fuerte mientras lo restregaba entre la lengua y los dientes, haciendo presión con toda la cara en su entrepierna.

    Gimió con su orgasmo, un gemido prolongado, con los dientes apretados para después jadear con la boca abierta. Tiró de mí hacia arriba, me situó encima de ella y me besó en los labios con muchísima pasión, restregando su boca contra la mía, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome los labios, abrazándome con brazos y piernas.

    Me quitó la camiseta que tenía puesta con movimientos bruscos. Dándose la vuelta me quitó los pantalones y calzoncillos con manos febriles, liberando por fin mi polla a punto de reventar. ¡Que gusto! ¡Me la estaba destrozando dentro del pantalón! Se lanzó a por ella con ansia, introduciéndosela en la boca todo lo que pudo, chupando el glande, jugueteando con su lengua alrededor de él. No la dejé continuar… Si seguía me iba a correr enseguida y yo quería otra cosa… Entendió al instante, se irguió colocándose encima de mí, cogió la polla con una mano y la apuntó directa a su agujero. Se fue dejando caer encima con un suspiro de satisfacción… hasta el fondo, hasta que no cupo más. Se mantenía derecha apoyando las manos en mi pecho, seguía con el sujetador puesto pero con las tetas fuera, la imagen misma del erotismo. Se movía de atrás hacia delante, en círculos, utilizando solo las caderas. De vez en cuando se tumbaba, con lo que yo aprovechaba para realizar un mete saca rápido y volvía a incorporarse, a realizar aquellos movimientos de pelvis frotando su clítoris contra mi pubis. Me sonreía, tenía la cara muy roja y resoplaba.

    Mientras acariciaba sus tetas iba notando que ya no podía más, no iba a tardar nada en correrme y no quería hacerlo dentro. Empezó a moverse más rápido, también ella debía de estar a punto… Quise levantarla pero no me dejó, se apretó fuerte contra mí y mis chorros de leche inundaron su interior. Allí iban nueve años de deseo… dejé escapar un gemido y empujé con las caderas hacia arriba, cada vez con más fuerza… Ana aceleró y en un par de minutos tuvo un orgasmo monumental, con todo mi semen dentro, me clavó las uñas en la espalda y me mordió un labio ¡Qué daño!

    Fue relajando el ritmo y se quedó quieta, encima de mí, con la cara entre el cuello y el hombro, recuperando la respiración. Se izó y me dedicó una sonrisa radiante, correspondida por mí. Seguía con la polla dentro del coño y ella hacía pequeñas contracciones vaginales mientras se iba poniendo blandengue. No dejó que ocurriera… siguió con ello hasta que me fui recuperando. No tenía demasiada experiencia pero ninguna chica me había hecho esto nunca. Estaba en la gloria…

    Ahora, con más calma, se levantó para hacerme una mamada en condiciones. Se introdujo el nabo en la boca y lo fue chupando, limpiando los restos de nuestras corridas. Hacía intentos de metérselo hasta el fondo, pero le daban arcadas, así que se dedicó a chupar y lamer el glande, dándome toquecitos con la lengua en la parte inferior. La fui girando para poder comerme su coño a gusto, la puse encima de mí, y ataqué sus labios y clítoris con fruición, intentando sacarle otro orgasmo. Metí un dedo en la vagina para lubricarlo y se lo empecé a introducir en el culo. Lo tenía muy estrechito, no parecía que lo hubiera usado nadie… fui apretando con cuidado, no quería hacerla daño. Lo sacaba, lo volvía a lubricar y vuelta a intentarlo, poco a poco. En un momento lo tuve entero dentro, jugaba con él, hacía círculos y un mete saca cada vez más rápido. Se movía tanto encima de mi cara que, a veces, me ahogaba. Entonces la empujaba un poco hacia arriba para poder respirar.

    Cada vez estaba más descontrolada, se movía más rápido y dejaba, durante unos momentos, de chuparme la polla. Notaba como llegaba su nuevo orgasmo, se veía venir… Con un dedo en el culo y el clítoris entre mis labios se corrió como una loca, gritando de placer, llenándome la cara con sus flujos y restos de mi leche…

    Cuando se relajó un poco la puse a cuatro patas, no sé si intuía lo que pretendía hacer pero colaboró sin problemas. Me llené la polla de saliva así como su ano, la apoyé en la entrada y empujé… Lo tenía un poco dilatado por el dedo pero no tanto como para permitir el paso a la primera.

    -Chema, ten cuidado, por favor, ten cuidado…

    -Si cariño, no te preocupes…

    Volví a la carga, muy despacio, con una paciencia infinita… Me hubiera cortado yo mismo el rabo si le hacía daño pero quería poseerla por todos lados. Era superior a mí, la demostración de lo que la había necesitado y la venganza perfecta contra mis padres. Al pensar en ellos me entró la rabia y empuje con fuerza, hasta el fondo, como si fuera a ellos a quien sodomizara.

    Ana dio un grito enorme y me sentí culpable…

    -¡Cabrón, me has hecho polvo!

    -Perdona, perdona. No sé qué me ha pasado… Aguanta un poco, anda…

    Me quedé quieto, con la polla dentro y frotándole el clítoris con los dedos.

    Lógicamente se iba relajando, el masaje en el coño hacía que ella misma se empezara a mover, al principio despacio, para ir acelerando progresivamente… Yo sí que me iba a correr, no aguantaba, pero fue Ana la que se pegó la gran corrida, apretando el esfínter y haciéndome llegar a mí.

    Descargué todo lo que me quedaba dentro suyo, mientras no dejaba de meterle dedos en la vagina a toda velocidad. Caímos derrengados en la cama y me quité de encima para no aplastarla. ¡Qué polvo! ¡El más maravilloso de mi vida!

    Nos quedamos acostados, acariciándonos y dándonos, de vez en cuando, pequeños besos en los labios. No hablábamos, ensimismados en nuestros pensamientos, no veía tan claro que Ana y yo pudiéramos seguir con una relación estable, había muchos impedimentos, la niña, mis padres…

    Ana se quedó conmigo pero sufría por no poder ver a su hija. Llamada todos los días al teléfono móvil de Sandra para hablar con ella, pero yo veía que lo estaba pasando mal. Insistí en que no podía volver a casa de mis padres, sería la victoria total de ellos, podrían, entonces, hacer de ella lo que quisieran y a mí no volvería a verme el pelo.

    Me hizo caso pero tuve que soportar verla llorar cada día, también yo estaba a punto de claudicar… Pero, oh sorpresa…

    Casi un mes después vinieron mis padres a mi casa. Ana casi se muere del susto, pero venían en son de paz. No querían separar a la niña de su madre, la pobre cría debía de estar pasándolo fatal. A fin de cuentas la querían mucho… Insistieron a mi hermana para que volviera con ellos, pero ahora era yo el que no quería perdonar, no sólo por mí sino por lo que le habían hecho a ella.

    Tras mucha discusión acabó por imponerse un poco de juicio y accedieron (no les quedaba más remedio) a que las dos, madre e hija vinieran a vivir conmigo. Como concesión, llevaríamos todos los fines de semana a la niña a ver a sus abuelos. Yo, sintiéndolo muchísimo, apenas aparezco por su casa.

    Hace casi un año que vivimos así, encantados de la vida. Anita (la niña) me empieza a llamar papá, aunque le ha costado, y eso irrita sobremanera a mis padres ¡Que se jodan!

  • El día siguiente a San Valentín

    El día siguiente a San Valentín

    Todavía no había amanecido cuando desperté sobresaltada. Una pesadilla. Miré a mi esposo. Su torso musculado, su ombligo alargado… Levanté la manta y vi su polla dormida. No dudé ni un momento y buceé bajo las mantas hasta llegar a su pubis. Metí su tibio capullo en mi boca y comencé a acariciarlo con mi lengua. Empezó a crecer, al principio lentamente, más tarde me ocupaba casi toda la boca. Noté que las manos de mi marido se movían bajo las mantas, sí, buscando mis pechos. Los encontró y los masajeó suavemente. Las palmas de sus manos jugaban con mis duros pezones y eso me excitó, por lo que imprimí más ritmo a la felación. Oí sus jadeos cada vez más precipitados y me preparé para recibir su semen en mi boca, que no tardó en llegar.

    En fin, era la mañana de un día de San Valentín y ese fue mi regalo: una mamada completa para que mi querido esposo fuese a buscar trabajo con buen ánimo. La crisis había estragado nuestro bienestar, tanto yo como mi marido habíamos perdidos nuestros empleos, y debíamos apoyarnos el uno al otro para no sucumbir y quedar postrados en la más infame depresión.

    Después de la cama, nos duchamos juntos, por ahorrar agua y gas, nos vestimos y salimos a la calle a desayunar. Teníamos fianza en el bar de nuestro amigo Diego y allí íbamos a trasegarnos un par de cafés acompañados de sendos bollos con mantequilla y mermelada, que deglutíamos para obtener las fuerzas suficientes a fin de acometer las entrevistas y visitas concertadas ese día, esperando que dieran algún fruto.

    Diego, nuestro amigo…

    He de decir que, además de la amistad que nos unía, yo, de alguna manera, tuve que prostituirme para acceder a los favores que Diego nos prodigaba. Cada dos o tres días, Diego subía a mi casa cuando sabía que mi marido no estaba y me follaba. La primera vez, quizá, fue por mi gusto, las siguientes no tanto. Recuerdo esa vez primera:

    Yo estaba en pijama, recién levantada de la siesta, sola porque mi marido había recibido una llamada urgente de una empresa, cuando oí el timbre; fui a ver. Observé por la mirilla que era Diego: daba saltitos en el rellano, parecía impaciente. Abrí la puerta y Diego entró como un torbellino. «Diego, ¿qué pasa?», pregunté; «Mi mujer, me ha dejado», dijo, y se abrazó a mí. Lo estuve consolando, sentados ambos en el sofá. De pronto, noté sus ojos en la abotonadura entreabierta de mi pijama, no tuve cuidado de ir bien tapada; sentí la vibración de su libido en mi piel. «Diego», dije, «no debemos»…; «¿Os fío en el bar, no?», arguyó, «dame hoy algo a cambio». Esto último me lo dijo en un tono lastimero que me llegó a lo más hondo, y me saqué el pijama por la cabeza para ofrecer mis grávidos pechos. Él me los chupó de la misma manera que lo hubiese hecho con un cucurucho de helado de fresa y nata, saboreando las gotas que se escurrían por la galleta, lamiendo los contornos, mis contornos, los de mis tetas. Mis pezones entraban y salían de sus labios, mi carne se estrujaba entre sus manos. «Vamos, Nuria, vamos», me pidió entre suspiros, y se sacó su ancho cipote de la portañuela de su pantalón. La verdad es que ante tan magnífico tronco duro y venoso, difícil es negarse una a que la follen; sin duda, ese cipotón colmaría mi coño, y a mí me llenaría de placer. Así, que me quité el pantalón del pijama, mis braguitas, y, allí mismo, en el sofá, a horcajadas, cabalgué sobre Diego bien apuntalada, y él me poseyó, fui suya hasta extenuarme y acoger el semen que él derramó en mi interior mientras sollozaba de alegría.

    Esto es lo que me venía ocurriendo desde hacía varios meses; pero este día, estoy segura, era San Valentín.

    Mi marido y yo almorzamos sopa de sobre y nos acostamos desnudos sobre las sábanas. Teníamos frío y pegamos nuestros cuerpos: el suyo, atlético y depilado; el mío, pálido y delicado.

    «Nuria», llamó suave y ronco; «Dime, Antonio», respondí; «¿Sabes?, sí, lo sabes, desde hace un tiempo recibo una llamada a estas horas, cada pocos días, dos…, o tres», explicó; «Sí»; «Es un número oculto, la voz es extraña, me cita para una entrevista en lugares diferentes, voy y no hay nadie»; «No te darán bien las señas»; «Hoy toca»; «Qué»; «Que me llame, pero no contestaré»; «¿No?»; «No, es San Valentín y pasaré el resto de este día con la mujer a la que amo, follaremos hasta que no podamos más, Nuria». Dicho esto último, mi marido me cubrió con su cuerpo caliente y me besó la boca con ardor, metiendo su lengua; a los pocos minutos, sentí su dureza en mi pubis abriéndose camino hasta cruzar el portal de mi cuerpo, y suspiré: me gustaba tanto follar así, con mi marido, envueltos los dos en la tenue luz del atardecer que entraba a través de la persiana, gozando del roce preciso que necesitábamos para ascender al climax… ¡Ah, mi marido!

    Sonó el teléfono.

    Sonó el teléfono.

    ¡Sonó!…

    «Oh, Nuria, Nu-ria, me co-rro, oh»; «ah, ah-An-Antonio, es-espera, ah, ya, ya, ¡ya!»

    Dejó de sonar.

    Sonó el timbre.

    «Quién podrá ser a estas horas, esperas a alguien?», preguntó mi marido; «No sé, no, no espero a nadie», respondí; «Iré a ver.»

    Se incorporó de la cama; se puso una bata y las pantuflas y salió de la habitación.

    No cerró al salir, por lo que pude oír que la persona que había llamado a nuestra puerta preguntaba por mí; era la voz de Diego: «¿Está Nuria?» Después oí un murmullo de frases masculinas que se montaban unas sobre otras, una especie de diálogo que a veces se tornaba en discusión. En esas veces, yo oía algunas palabras pronunciadas a más volumen que otras: «¡Es mi mujer! «, «¡¿Tu mujer?!»,» ¡Eres un cabronazo!», ¡Tú eres un muerto de hambre, y lo seguirás siendo!», «¡No te consiento!»,»¡Ella se merece otra cosa!»

    Me levanté de la cama; me puse un camisón semitransparente y salí… Los dos hombres se me quedaron mirando paralizados.

    El día siguiente a San Valentín, desperté en una cama que no era la mía; al lado de un hombre que no era el mío; en una habitación confortable. Miré al de al lado y oi sus ronquidos. La calefacción funcionaba a la perfección y tan sólo estábamos cubiertos por una sábana de raso azul, la cual aparté de golpe: el hombre, en duermevela, protestó, luego volvió a roncar. Su cuerpo, de barriga prominente y cubierto de pelos, no era un plato de buen gusto, pero el tarugo de carne que sobresalía de su entrepierna era toda una tentación. «Diego», susurré en sordina; «Qué», masculló él; «Te la voy a chupar, ¿quieres?», dije en el mismo tono; «Haz lo que quieras», murmuró él.

    Deslicé mi cuerpo sobre el raso hasta poder acercar mi cabeza al pubis de Diego. Diré que Diego me había follado por delante y por atrás numerosas veces, había disfrutado mucho de mí en ese sentido, sin embargo, jamás, ¡jamás!, le había comido su gruesa polla; ahora, por fin, lo iba a hacer. Primero la empuñé en la mano; todavía no estaba crecida, si lo estuviese no me cabría, estaba segura. Después me la metí en la boca, y ahí sí fue la releche, porque se ensanchó de tal modo que tuve que abrir enteramente la boca para abarcarla; las comisuras de mis labios me parecía que estaban a punto de rajarse; asfixiada, respiraba fuertemente por mi nariz. ¡Ay! Fui de abajo arriba, de arriba abajo, salivando su piel para poder llevar a cabo tan interesante mamada. ¿Qué jugo contendría este depósito? Diego no era tan considerado como Antonio y, en vez de masajearme las tetas, puso sus grandes manos sobre mi cabeza para guiarme, y, de vez en cuando, elevaba sus caderas. Escuché sus jadeos y sabía que le quedaba poco, pues su glande lo sentí muy caliente en mi lengua. Pronunció mi nombre un par de veces: «Nuria, Nuria»; y eyaculó. Tragué su leche, alcé la vista y lo miré. Había vuelto a dormirse. Salté de la cama, salí de la alcoba y entré en la cocina. Abrí la nevera y me mareé al leer tantas marcas: de zumos, de lácteos, de cárnicos; y me entraron hasta ganas de llorar cuando me giré y vi sobre una encimera la pata de jamón, en el jamonero. Y es que, claro, el amor no lo es todo.

  • Secretos de mi esposa (2)

    Secretos de mi esposa (2)

    Día 2

    Desperté cansada y aburrida como a las 9am mi esposo se había marchado sin decirme nada y sin tomar desayuno supongo que seguía molesto…

    Me derrumbe en la alcoba pensado en que haría este día, necesitaba experimentar algo más excitante para mi cuerpo, quería sentirme única, deseada

    No tuve ideas para este día así que me aliste para ir a mi trabajo, me tomo 30min cambiarme, un brassier con tiras diminutas de color negro encima una blusa blanca, una g-string de color negra falda de color turquesa con mis tacones de igual color y si hacia frio más tarde, lleve una chamarrita de color negra.

    Ya en el lugar de mi oficina todo estaba igual papeles por aquí, firmas por allá, todo eso me tenía estresada yo necesitaba otra cosa pero no sabía cómo conseguirlo, tal vez si hubiera traído mi consolador me sentiría un poco satisfecha pero podrían darse cuenta y debido a eso no lo traje conmigo, pensé y pensé y no se me ocurría nada

    Me estuvieron llamando un buen rato para almorzar, según me dijeron, pero que yo les había dicho que al rato les alcanzo, desde eso habían pasado 1 hora y vinieron para preguntarme si me sucedía algo, les dije que no pasaba nada, y me levante apresuradamente y me fui directamente hasta la oficina que da a 2 de la mía no me había recordado pero en ella había un periódico con una noticia que hizo arrepentirme por no haberla leído antes, busque y busque aquella información hasta que lo encontré; con el periódico en la mano volví a mi oficina, aun se encontraban mis compañeros, mirándome extrañados, fui hasta mi escritorio tome mi bolso y salí lo más rápido que podía, a los que aun esperaban que les dijera algo, no les dije mucho, solo que ya me iba, nada más.

    Aún tenía tiempo recién daba las 4pm, llame un taxi y le pedí que me llevara a cierta calle y le dije que se apresurara.

    Cuando llegue subí las escaleras casi corriendo, pregunte a la recepcionista que si aún seguía las entrevista para secretaria, dijo, que sí, pero que el gerente se había ido y que si yo gustaba podía dejar mi hoja de vida, le dije que no, que quería que me entrevistara el gerente si lo podía llamar que yo la esperaba normal.

    La chica me miro raro pero lo llamo; cuando colgó el teléfono, me dijo, que sí, que regresaba de 15 min, me dijo que esperara en el lobby le agradecí, pero pedí el lugar de donde quedaba el baño; me acompaño hasta la puerta, busque uno desocupado saque lápiz labial, corrector, y un poco de maquillaje me arregle el pelo en una melena acomode mi falda y mi brassier estaba tan caliente, deseaba hacer aquello era una completa locura para mí.

    Paso más de 15min porque ya era las 5pm comenzaba a aburrirme así que decidí ir a preguntar a la recepcionista, cuando iba abrir la boca un señor se acercó por mi espalda preguntando si yo era la que venía por el puesto de trabajo, le dije que sí, que yo misma era y que necesitaba el empleo, me dijo que la acompañase y me llevo hasta su oficina.

    Comenzó preguntándome por mis estudios, anteriores trabajos, referencias de empresas, si tenía bien puestas mis metas (sí que la tenía y bien puesta).

    Me estuvo interrogando como 30min hasta que me dijo que esperase la llamada de la empresa, se paró, hice lo mismo. Desde el lado de su escritorio me tendió la mano yo también la tendí pero las lleve a mis pechos, se puso nervioso y la quito rápidamente.

    Me acerque donde estaba él me pidió que me retirara titubeando, más le calle la boca con un dedo en los labios, agarre sus manos y las volví a poner en mis pechos pero el ya no las quito, más bien me la amasaba muy cariñosamente, empecé a tocar su miembro que se veía grandote y grueso parecía que fuese a reventar aquel pantalón, baje la bragueta  y como resorte salió libre aquella cosota negra y me dio en la cara uhmmm!!

    El me seguía acariciando no se atrevía a bajar más, lo tuve que guiar con mis manos más abajo mucho más, levante mi falda y puse sus manos en mi conchita, movía sus dedos con gran maestría me los rosaba lentamente ayyyy!! Ricooo!!!

    Seguí frotando su pene, mi mano sería una vagina, esa vergota se volvía roja, roja.

    No aguantaba más me baje el hilo hasta las rodillas y me voltee poniendo las manos sobre su escritorio, abriendo un poco las piernas, puso su verga en la entrada de mi vaginita pero no la metía solo jugaba conmigo.

    -Hazlo mi amor métemela- imploraba. Hazme tuya papi!! Por favor.

    Pero el solo jugaba a metérmela.

    -Ayyy!! Cariño!!! Uhmmm!! Porfavor!!

    Tuve que ir yo misma por mi premio y me lo metí de frente.

    -Ayyyy!!! Asi!! Asi!! Ahhh!!!

    Me estaba ametrallando con su cosota me llegaba hasta el ombligo no sé cómo creció más aquella cosa.

    -Asii!! Papi!! Si!! Si!!

    Cuando toque mi clítoris para sentirme más excitada sentí mis flujos caer por mi muslo, ni bien me la metió ya estaba empezando a chorrear como puta, me sorprendí tanto que gemí con más placer.

    -Ahhh!! Dale!! Ahhh!! Ahhh!!

    Nadie nos podría oír ya era tarde y supongo que todos se habrían ido ya.

    Me estuvo follando delicioso hasta que sentimos que alguien se acercaba trayendo algo.

    Tocaron a la puerta no me asuste, quien fuese que sea quería que entrara y que se uniera a la fiesta.

    -Señor puedo pasar?- dijo la voz de afuera.

    -uhmm… Un… Un momento- respondió mi jefe.

    -Escóndete, escóndete- me decía.

    No sabía dónde entrar no había escondite.

    Así que él me empujo en la abertura que tiene su escritorio donde se mete las rodillas. Caí mal me hice doler un poco mis panta rodillas, tenía mis nalgas expuestas con mi tanga a medio subir y no podía voltearme.

    -Pase, pase- dijo mi jefe. Se estaba metiendo el pene cuando dijo esas palabras pero yo se lo agarre como sea, y el hombre que tocaba ya había entrado.

    -Sí que desea?- pregunto mi jefecito.

    -Vengo a limpiar señor- respondió el susodicho.

    Estaba rojo, y su pene igual, no tuve mejor idea que metérmela mientras él hablaba me estire un poco y empecé a metérmela y sacármela en un vaivén bien rico. Uhmm!!!

    -Ohhh!! Vuelva despu…es…!!- dijo mi amante.

    -Como de cuanto-pregunto aquel hombre.

    Me estaba tapando la boca para no gemir, aquello era muy, muy excitante. Entraba muy profundo, ese hombre no lo veía porque el escritorio tapaba todo pero si viera bien que me encantaría que también me follase.

    -Regrese de 15min- dijo, ya un poco más calmado pero igual de rojo.

    El hombre salió, y mi jefe me saco me puso de pie y levanto una pierna mía sobre el escritorio, ayyyy!! Dios santo!! Tan solo recordar aquella escena, me vengo ahhhh!! ah!!!! Me lo metió muy profundo una y otra vez sus testículos su pene todo rebotaba en mis nalgas y mi vagina.

    -Ahhhhh!! Ahhh!!! Auhmm!!! Ahhh!!!

    Me moría!! Llegaba a mi punto máximo, me corrí como nunca, me seguía cogiendo y seguía saliendo más y más flujo de mi vaginita, ahhhh!!! Ayyyy!!! Siii!!! Siii!!!…

    Me estaba bañando de semen era interminable hasta que él se terminó viniendo en mi conchita… gemí como nunca en mi vida me ahogaba no iba poder más -ahhhh!!! Siii papi!!! Siii!!! Hazme un hijo!!!

    Cuando retiro su monstruo de mi vagina salió mucho, demasiado semen de mi conchita.

    Era las 6pm y todo había pasado de maravilla, estaba exhausta, subí mi hilo baje mi faldita acomode mis brassier y mi blusa. Y baje primero no había nadie.

    Mi jefe bajo después, me pidió que lo acompañara, fuimos hasta el parqueo me subí a su auto y me invito a un lugar lujoso. Estuvimos conversando hasta que se hizo muy noche como las 8pm.

    Me asuste porque mi móvil vibraba era mi esposo, no le dije nada a mi amante solo agradecerle, le dije que ya era tarde y que me tenía que ir, me dijo que me acompañaría hasta mi casa.

    En el auto se subió mi falda hasta mi cintura ya que era muy pequeña, le causo morbo verme de esa manera y se paró 2 cuadras antes de llegar a mi casa.

    Estaba oscuro nadie pasaba por ahí, se vino hacía mi lado, me hiso parar y se sentó sobre mi asiento me voltee dándole la cara, bajo mi ropa interior y saco su pene me la metió en un movimiento, cuando pensé que no podía más empecé yo a cabalgarle aquel pene tan bueno subía y bajaba.

    -Ahhh siii!!! Ahh!!! ayy!!! Así!!

    Me gustaba que me follase de aquella manera, empezó a vibrar de vuelta el móvil y tuve que decirle que me iba. Salí de aquella posición pero el metió la mano en mi conchita y besaba mis labios uhmmm!! Ahhh!!! Sus dedos sonaban en mi clítoris… Agarre mi bolso y salí o iba a convencerme de que me quedara.

    -Adiós putita!- me dijo- mañana te llamo.

    -No quiero el trabajo-respondí. Con una sonrisa.

    -No es para eso- replico. Y me fui sonriendo aún más, no me importaba mi marido.

  • Somos una familia incestuosa (Segunda parte)

    Somos una familia incestuosa (Segunda parte)

    El día siguiente empezó con música. Mi hermana había puesto la cadena de la cocina casi al máximo de volumen.

    -Luisa, ¿qué haces? dije levantándome de la cama.

    -Nada, hermanito. Preparando el desayuno.

    Nuestros padres estaban en el trabajo. Yo había pensado en follarme a mi hermana cuando volvieran mis padres, más que nada para que mi padre me diera su aprobación. Pero ahora tocaba desayunar.

    Antes no os he hablado de mi hermana. Se llama Luisa, como ya sabéis. Tiene 20 años, uno menos que yo. Es rubia natural, ojos azules. Tetas normales, ni muy grandes ni muy pequeñas. De culo está bien. Caderas también normales. Lo más que me pone de ella es su cara. Recuerdo como cuando éramos pequeños y jugábamos con unos pequeños puzzles cuadrados, mi pene se ponía duro, cuando acabamos uno encima del otro. Entonces no sabía porque me pasaba eso. No tenía ni idea de lo que era el sexo ni nada, claro.

    Ahora creo que me toca describirme a mi ¿verdad? Me llamo Ricardo, tengo 21 años. Soy moreno, un poco castaño, con ojos verdes. Tengo un poco de tripa que ha crecido en los últimos meses. No puede decirse que sea barriga cervecera, porque no bebo cerveza, pero me gusta comer bien. Mis piernas son grandes y un poco gruesas y tengo un buen culo para mi gusto. (Tengo que confesaros que muchas veces me he masturbado frente al espejo, desnudo, mirándome. No soy gay y el único cuerpo que me gusta de hombre es el mío) Pese a todo, le gusto a mi hermana bastante. Llevamos follando como un par de años.

    Estoy con estos pensamientos, cuando mi hermana me pone el plato en la mesa. Me ha preparado tortitas con nata y sirope de caramelo. Ella solo se ha hecho un par de tostadas con mermelada y mantequilla y zumo de naranja.

    -¿Te preocupa algo hermanito?

    -No, nada.

    -No mientas. ¿Crees que no estarás a la altura de papá?

    -Pues sí, tienes razón. Papá ha dejado el listón muy alto. No sé qué hacer para mejorarlo.

    -Tú siempre me has follado bien. Solo hazlo como te sale. Desayuna bien y cuando vuelvan, pues ya veremos.

    Nosotros no teníamos que ir a la universidad, era verano y tampoco trabajábamos para pagarnos los estudios. Mis padres tenían buenos empleos y nos pagaban todos los gastos. Supongo que por ahora no les importaba que viviéramos en casa y no trabajáramos.

    A la hora de la comida, mis padres llegaron a casa. Tenían horario de verano, por lo que a mediodía estaban en casa y la semana que viene estarían ya de vacaciones.

    -¡Hola chicos! Ya estamos en casa. Mi padre venía muy contento.

    -Hola, contesté yo.

    Tras dejar las cosas y asearse comieron. Mi padre no me quitaba ojo de encima.

    Terminaron de comer y dejaron los platos en el fregadero. Como si me hubieran dado una orden mental, me levanté de la mesa y me fui a la habitación de mi hermana, con ella detrás.

    Nos desnudamos mutuamente, mientras mis padres nos contemplaban de pie, como yo había hecho con mi madre el día anterior. Se habían quitado la ropa y estaban desnudos.

    Mi padre tiene 46 años, uno más que mi madre. Es alto, 1,80, rubio oscuro, con ojos verdes como yo. Tiene un poco de tripa ahora, pero de joven era fuerte y se le marcaban los músculos. Sus piernas son más delgadas que las mías y tiene una polla grande como ya os dije.

    Mi madre tiene 45 años como os conté. Es morena, de unos 1,65 o así. Pelo largo, ojos marrones. Sus tetas son las de una mujer de su edad. Algo caídas como os dije, pero me encantan. Su culo es normal, ni muy grande ni muy pequeño y sus caderas son anchas, muy achuchables. Sus piernas no son muy pequeñas ni muy grandes. Está bastante bien. Es lo que se llama una MILF o sea en inglés, una madre que me follaría. (Y yo ya me la he follado, jeje)

    Bueno a lo que vamos. Mi hermana y yo nos desnudamos mutuamente y nos empezamos a besar. Aquí hago un inciso, mi hermana besa de vicio, la jodía.

    Después de un rato de besuqueo, mi polla esta tiesa. Con el rabillo del ojo miro a mi padre y a su rabo, que ha empezado a empalmarse también. Se me baja un poco la libido al compararlos, pero mi hermana gira mi cabeza y la apoya en sus tetas para que me olvide de su tamaño.

    Ya tumbados sobre la cama, le como el coño a mi hermana como nunca. Ella gime como loca y se humedece enseguida.

    Puedo ver como mis padres se comen la boca, bueno y puedo oírles también, porque antes de metérsela a mi hermana, mi padre le está haciendo un dedo tremendo a mi madre y gime como mi hermana. Bueno, más alto aun.

    Cojo mi polla con la mano izquierda, soy zurdo y se la meto de un tirón, como mi padre ayer. Aunque a ella le duele un poco al entrar.

    -Ay.

    -Lo siento hermanita.

    -No pasa nada. Tú a lo tuyo.

    Ahora empiezo con el bombeo, rápido, constante, como lo hacía mi padre.

    Mi hermana al principio no gime ni nada. Y yo me preocupo por si no la estoy satisfaciendo.

    -¿Qué tal hermanita? ¿Todo bien?

    -Sí, hermanito. Pero no te siento mucho.

    -Te lo estoy haciendo como papá.

    -Si pero… Espera, ponte mejor así.

    Me cogió del culo y me subió un poco más arriba. Yo volví a follármela.

    -Ahora sí, ahora sí, ahora sí. ¡Siiii, jodeeeer! ¡Jodeeeer! ¡Me corroooo! ¡Uggghhh!

    Yo sigo aguantando mientras veo como mi hermana se corre. Se convulsiona como nunca la he visto y me aprieta con los músculos de su vagina y no me suelta.

    Se le ha puesto una cara de éxtasis que no puede más y ahora me araña la espalda como una loca.

    En un par de minutos más termino corriéndome dentro de mi hermana. Mis gemidos no son nada comparados con lo que ha soltado ella.

    Ya recuperados del orgasmo, vemos como nuestros padres se han puesto también a follar.

    Mi padre está empotrando a mi madre contra el armario de la habitación. Le da golpes fuertes y constantes y el armario suena en cada embestida.

    Nos quedamos mirándoles y nos volvemos a excitar enseguida. Así que decidimos volver a follar.

    Durante un rato las dos parejas follamos a la vez, en un mar de lujuria y éxtasis. No nos importaba nada, solo oír los gemidos de nuestra jodienda y la culminación de nuestros deseos.

    Al rato los cuatro nos corrimos a la vez. Fue muy morboso.

    Luego mi padre me felicitó por haber aprendido tan rápido a follar también como él. Le di las gracias.

    Una semana después mis padres cogieron las vacaciones verano y el primer día decidimos ir a un parque acuático.

    El parque acuático estaba lleno de gente. Familias enteras haciendo cola para entrar. Hacía mucho calor y todo el mundo pensaba pasar un buen día en el parque refrescándose.

    Después de una media hora de espera, conseguimos entrar.

    Nos sentamos en una zona de césped y nos quitamos la ropa, preparándonos para zambullirnos.

    Mi hermana llevaba un bikini rosa que le sentaba genial y mi madre uno amarillo, que tampoco le quedaba nada mal.

    Yo llevaba un bañador azul oscuro bóxer, porque no tenía un tipazo para lucir. Con barriga como ya sabéis. Mi padre llevaba uno rojo oscuro y le sentaba mejor que a mí, la verdad.

    Más tarde nos fuimos al primer tobogán que encontramos.

    La cola era bastante larga, daba la vuelta a toda la zona de bares y restaurantes. Unos cuantos metros.

    Mi hermana iba detrás mí y mis padres más atrás. Yo no me di cuenta de que delante de mí estaba una chica de unos 18 años.

    Llevaba un bañador verde y me fijé en que tenía un buen culo.

    Se agachó para lanzarse por el tobogán y justo en ese momento la cola avanzó bruscamente y me empujó y me choqué con su culo.

    Ella me miró y me sonrió y se lanzó. Yo salí detrás y luego mi hermana y mis padres.

    Al llegar abajo la chica desconocida me saludó al salir del agua. Yo estaba medio empalmado, aunque ella no podía verlo. El agua me cubría.

    Mi hermana me dio un codazo y me señalo sus tetas con la vista. Estaba celosa. Sus pezones se marcaban.

    La chica se reía y ese momento, la piscina de olas bajó su nivel y pudo verme el bulto en mi bañador.

    Salimos del agua y volvimos al césped. Mi hermana me regañó. Estaba celosa.

    -Oye hermanito. Que he visto que se te iban los ojos detrás de esa chica.

    -Ya, es que está buena. Pero tú aceptas que mire a Blanca.

    -Sí, pero a esa es imposible que te la tires. Y a esta podrías si quisieras.

    Le quité hierro al asunto y a la hora de comer, ya se había olvidado de todo.

    Estaba comiéndome un sándwich, cuando vi que la chica de antes estaba escondida entre dos árboles, mirándome.

    Acababa de salir del agua, porque su bañador estaba mojado.

    Se lamió el labio inferior y bajó su mano a su entrepierna y comenzó a masturbarse. El sándwich se me atragantó.

    Se tocaba la tela del bañador y me miraba con pasión. Yo no sabía si retirar la mirada o seguir haciéndolo, por si mi hermana se daba cuenta.

    Después de un rato masturbándose, se agarró con la mano izquierda al árbol y se convulsionó mientras se corría.

    Al acabar me guiño un ojo y se marchó.

    Tras comer nos echamos la siesta, pero yo no podía dormir porque no me quitaba de la cabeza a la chica.

    Me levanté de un salto y cogí a mi hermana de la mano.

    -¿Qué haces? protestó. Tengo sueño. Déjame dormir.

    -¿Quieres hacer algo prohibido? Pues sígueme.

    -No sé qué tripa se te ha roto, pero vamos.

    Tenía un amigo allí, que se dedicaba a algo sucio. Había sustituido uno de los paneles de una de las duchas, por uno transparente y puesto una cámara, para grabar a las mujeres mientras se duchaban. Lo interesante era que algunas parejas lo habían descubierto y daban rienda suelta a sus instintos y follaban siendo observados y grabados por mi amigo.

    Metí a mi hermana allí, justo cuando salía un hombre y eché el pestillo. Se suponía que las duchas no eran mixtas, pero la gente hacía caso omiso y se metían en parejas.

    Coloqué a mi hermana de espaldas a mí e incliné su culo hacia delante. Bajé la braga del bikini hasta sus tobillos y me bajé el bañador también. Entonces sin decirle nada, se la metí.

    La cogía de las caderas mientras me la follaba. Estaba como loco haciéndoselo, y era consciente de que mi amigo estaría grabándonos y no me importaba para nada. Es más, lo había hecho sabiéndolo.

    Al cabo de un rato ninguno nos habíamos corrido, seguíamos aguantando, cuando me di cuenta de que veía algo en la parte de arriba del cubículo de la ducha.

    Era la cabeza de la chica, que se asomaba por arriba y nos contemplaba haciéndolo. Eso me puso más cachondo aun y aceleré las embestidas.

    Ella seguía mirándonos y aunque sabía que no podía tocarse, porque si no se caería, notaba la excitación en su cara.

    Follaba a mi hermana de forma salvaje y esta no se quejaba. Es más, me pedía que la follara con más fuerza y apenas podía aguantar sus gemidos a un tono tan bajo. La visión de mi amiga desconocida me había vuelto loco y no podía parar.

    Todo acabó en un par de minutos más. Terminé de bombear y me corrí dentro de mi hermana con una gran corrida. Ella respiraba con dificultad, pero noté que no se había corrido.

    Me agaché y le comí el coño húmedo hasta que se corrió. La chica en ese momento desapareció.

    Salimos de la ducha y volvimos con mis padres. Mi hermana les contó lo de la “voyeur” porque cuando le comía el chocho, la vio.

    Mis padres propusieron que la buscase y la invitase a participar en nuestro juego incestuoso. Les pareció bien introducir a alguien de fuera de la familia.

    Estuve un buen rato dando vueltas por el parque acuático hasta que la encontré. Estaba tumbada a la sombra.

    -Hola.

    -Hola. Me respondió.

    -¿Te gustaría que tus fantasías se hicieran realidad?

    Se quedó mirándome extrañada y no dijo nada.

    Me acerqué a su oído y le di nuestra dirección.

    Salí corriendo esperando que aceptara mi proposición.

    Tras varias horas volvimos a casa. No podíamos pensar lo pronto que la chica se presentaría en casa.

    Sonó el portero automático y mi padre me invitó a responder. Le dije que no podía ser la chica. Lo cogí y efectivamente, era ella.

    Subió y para que nadie notase nada, enseguida le abrí la puerta de nuestra casa.

    -Hola, ¿qué tal? Pensaba que me había equivocado con la dirección, pero no, veo que aquí es.

    La invitamos a sentarse con nosotros y le dijimos que éramos una familia incestuosa y queríamos que participase en nuestros juegos.

    -A mi hijo le has gustado bastante, le dijo mi madre.

    -Él está también bien, contestó. Me gustan los hombres con un poco de tripa y sonrió.

    Después de las presentaciones y de tomar un refresco, decidimos ir al lío.

    Mi madre ya le había explicado que les gustaba mirar y a ella no pareció importarle.

    -Me llamo Sara, por cierto, me dijo mientras le quitaba la blusa.

    Quité entonces su sujetador, que dejó a la vista dos pechos adolescentes preciosos. Los tenía grandes para su edad.

    Tras dejarla desnuda, le pregunté que como le gustaba hacerlo. Me dijo que le gustaba mucho como a los hombres, la postura del perrito. Y así nos pusimos.

    Después de un calentamiento bastante potente, una buena comida de coño y una buena mamada, mi padre me pasó un preservativo y ella me ayudó a ponérmelo.

    Me dijo que no era virgen y me dispuse a penetrarla.

    Empezamos a follar lentamente, conmigo encima y luego pasamos a la postura del perrito. Ella estaba a cuatro patas agarrada al cabecero de mi cama, donde estábamos haciéndolo.

    Como siempre, mis padres y mi hermana nos contemplaban follando.

    Era raro que ellos no se hubieran tocado aun.

    Más tarde, mi hermana se acercó a nuestra amiga y comenzó a comerle la boca, mientras yo se lo hacía.

    Sara nos miraba con pasión y noté que ella estaba a punto de correrse.

    Yo seguía aguantando, pero llegué a un punto de no retorno y me corrí fuerte. Las dos seguían comiéndose la boca.

    Para entonces mis padres habían empezado a masturbarse mutuamente y me levanté. Entonces fui yo el que besé a mi hermana y la tumbé en la cama junto a Sara. Me puse otro preservativo y acabé follando con las dos.

    Mi madre se unió a nosotros más tarde y acabamos follando los cuatro. Aquello fue maravilloso.

    Sara se apuntó a nuestras orgías y vendría más días.

    Pero eso es otra historia. (Si queréis que os la cuente, escribidme).

  • Entre amigas no hay secretos

    Entre amigas no hay secretos

    – Me acaba de llamar Paola. Dice que llega a tu casa en 30 minutos.

    – ¿De veras crees que vendrá?

    – Creo que sí. La oí decidida a hacerlo.

    Aquella fue la conversación con Diana, previo a conocer a su amiga Paola, en lo que vendría a hacer una más de mis aventuras recientes. Si algún día leyeron mi relato: «Un calzón más para mi colección», pues Diana es la protagonista de esa aventura y quien aún trabaja para la compañía donde yo era el vicepresidente. Resulta que es ahí mismo donde conoce a su amiga y trabajan en el departamento de contabilidad y por esos pasillos hay fotografías ampliadas de algunos de los ejecutivos recientes y otros que ya no estamos. Y es como yo aparezco en la vida de Paola, por medio de esa foto:

    – ¡Es un hombre guapo! Quizá de los pocos que me harían traicionar a mi marido.

    – ¿Crees que serias capaz de comértelo? – le pregunta Diana.

    – ¿Tú no serías capaz de olvidar a tu marido por unas horas para comerte semejante ejemplar?

    – Yo si… ¡Ya lo hice! Ya me lo comí.

    – ¡No mientas! ¿Tú te has comido a ese papasito?

    Es como Diana me cuenta que le ha contado lo nuestro, e incluso le cuenta que conoce a otras chicas que tienen eso en común con ellas: el haber follado conmigo. Todo esto se conlleva después de ese encuentro en una faena sexual con Diana, que me dejó asombrado, pues por primera vez hemos follado en la misma cama donde ella folla con su marido, pues este se encuentra atendiendo una situación de emergencia de su madre y ha tenido que volar por esos días a Colombia. Obviamente con Diana son faenas espectaculares, pues a ella le gusta todo lo que a mí me gusta y puede ser sutil o delicado, a como puede ser agresivo y tosco. Ella es multi orgásmica y después de esa faena de dos horas follando duro en todas las posiciones imaginables, Diana me cuenta:

    – Sabes, mi amiga Paola estaba en la otra habitación escuchando cuando me culeabas.

    – ¿Cómo?

    – Si. Ella no me creía que traicionaba a mi esposo contigo… y más creo que no creía que me follaba a tremendo muñecón.

    – ¿Por qué lo has hecho?

    – Morbo… quería que ella supiera que este guapo me causa ricos orgasmos.

    – ¿Y qué te ha dicho?

    – Que desde que se casó, no se había cacheteado la cuquita.

    Para abreviar el relato, aquel día Paola llegaba a mi casa, pues quería cumplir esa fantasía de ser penetrada por alguien que no fuera su marido. Por Diana sabía que era una de esas chicas frustradas por sus compañeros de vida, quien por esos años de juventud no tienen muchas veces control mental. La queja que me llegaba por medio de Diana, era que su marido pocas veces le hacía llegar al orgasmo y esto solo ocurría cuando él estaba tomado y ella no soportaba el olor a licor de su marido.

    Lo único que conocía de Paola, era que tenía 24 años, piel clara y cabello negro; delgada, de bonito rostro y sensual figura. Esta era la apreciación de Diana y me hizo saber de las inseguridades de Paola al narrarme una plática anterior:

    – ¿Y si no le gusto?

    – Paola, eres una linda chica… ¿Cómo crees que alguien no te quiera coger ese redondito culo que tienes? Sé que le gustaras a Tony, de eso tenlo por seguro.

    – Pero tú describes su cosa, como si de un monstruo se tratara… ¡Me da miedo que quiera cogerme el culo!

    – No tengas miedo, Tony es hombre de experiencia y tiene mucho tacto. ¿Has hecho sexo anal antes, verdad?

    – Si, para complacer a mí marido.

    – Está bien, esta vez Tony te complacerá a ti… te lo aseguro.

    Entre algunas de sus quejas eran las típicas de una mujer joven. Quería sentir la constancia de una verga salir y entrar de su sexo y que con esa constancia que imaginaba, explotar con un orgasmo cuya sensación desaparecía, cuando su marido llegaba al de él antes que ella. Diana le asegura a Paola, que se prepare para una buena faena y le pide con una connotación morbosa lo siguiente: Me hablas cuando hayas terminado con tu cita de tremenda follada.

    Cuando llegó, pensé que pronto saldría de nuevo por la puerta, pues ella misma se preguntaba qué, que estaba haciendo ahí. Le pregunté de cómo estaba y me dio una respuesta aligerada, donde su nerviosismo y temor era notorio: ¡Nerviosa! – me dijo.

    Después de un whisky la invité a pasar a mi habitación y ya estaba bastante relajada. (Ya una hora había pasado). Ella subió las escaleras delante de mí y pude apreciar esas bonitas piernas que tiene, pues vestía una falda por arriba de sus rodillas, sin ser aun minifalda. Se miraba bonita y hasta juvenil, pues la falda era de un color de tono café y su blusa de un rosa antiguo. Le sentaba bien, se miraba bien y su rostro tenía ese fulgor de la niña inocente, de la que por primera vez va a follar.

    Le mostré las habitaciones hasta llegar a mi cuarto. Sabía que el momento estaba cerca y esta vez decidí hacer algo diferente. Le pedí que se quitara su blusa y así lo hizo y quedó con su sostén cubriendo sus bonitas tetas de una medida de copa B. Le pedí que se lo quitara y ante mi quedan esos pequeños pechos con una areola oscura y unos pezones erectos de buen tamaño. Posteriormente le pido que se remueva la falda, mientras yo me siento a la orilla de mi cama. Queda con una tanga color fucsia y descubro un pubis tierno, sin un vello en la piel. Ella se da media vuelta cuando se lo pido y aprecio su bonito trasero que hace desaparecer entre sus nalgas el hilo de su tanga. Ella con cierto nerviosismo me pregunta:

    – ¿Le gusto?

    – ¡Como no me has de gustar! ¡Eres bellísima! –ella se sonríe y pregunta.

    – ¿Usted no se va a desnudar?

    – ¿Qué quieres que me quite primero?

    Ella me guía al igual como yo lo hice y este día visto como prenda íntima un calzoncillo estilo bikini, pues muchas mujeres me han dicho que se mira mi paquete espectacular. Ella me mira de arriba abajo y yo hago lo mismo. Paola está entre las delgadas, con pechos pequeños pero culo espectacular. No muy grande pero redondito y con esa piel tersa de la juventud. Le descubro mi verga y aquella se extiende y queda elevada apuntándola a ella. Le pedí que se viniera a la cama y ella así lo hizo.

    Ella continua parada, mientras yo me doy gusto mamando esos pequeños pechos. Bajo a su ombligo y lamo su pubis. Paola solo me toma de la cabeza y escucho sus suspiros. En esa posición le remuevo su tanga y es obvio que esta excitada, pues un hilo de liga se desprende y se hace largo mientras se las bajo. La acuesto en la cama y me dedico a besar y lamer su rica conchita y Paola solo gime, y veo que ella quiere ver cómo me como su cuca. No sé cuánto tiempo pasé lamiéndola, pero cuando presentí que estaba a punto de venirse, hice una pausa y me coloqué en posición de misionero. No la penetré, solo me mantuve sosteniendo mi glande, para que este masajeara su pronunciado e inflamado clítoris y así me pasé por varios minutos. Creo que sufría y quería gritarme que la penetrara, pero yo jugué con su ansiedad y mi verga seguía masajeando su clítoris y amenazaba con penetrarla y mi glande apenas se hundía entre esos mojados y calientes labios de su vulva.

    Hacía todo esto, mientras mamaba sus pechos o lamia su cuello y Paola solo gemía de placer. Llegó el punto que ella meneaba sus caderas con esa ansiedad de ella misma clavarse mi verga y le jugué con su ansiedad hasta que explotó con un orgasmo al vacío, el cual se lo mojé y llené cuando le dejé ir mi verga hasta el fondo de su ser. Paola gimió de dolor, pero luego se hizo evidente el placer. Jadeaba, gemía. Su piel estaba eriza y su vagina palpitaba enviándome esa electricidad por medio de esas mojadas paredes. Paola decía algo que no le entendía, pues sus palabras a la vez eran sofocadas por la excitación y emoción: ¡Tony, eres malo, eres muy malo!

    Cuando le pregunté el porque me decía que yo era malo me explicó que estaba al borde de tocar el cielo y quería que le penetrara y ella se venía y sentía los espasmos y quería sentir ansiosamente mi verga adentro de ella. Luego me habló que por primera vez tenía orgasmos múltiples, pues cuando la penetré y comencé a taladrar su rica cuca, se vino en tres ocasiones más. Lo que parecía que cada orgasmo era más potente que el otro. Yo lo sentí así también, pues sus espasmos eras más fuertes y su vagina me apretaba la verga aún más. Paola al calmar su excitación me da una rica mamada y le dejo su boca llena de mi esperma y que distorsiona su lindo rostro, pues mi corrida le ha salpicado los ojos. Ella vuelve a decirme algo que muchas chicas me han dicho: – Su corrida sabe a jugo de naranja.

    En ese momento llegamos a tomar más confianza, le noté que había superado su nerviosismo o quizá ese sentimiento de culpa por serle infiel a su marido por primera vez. Pasamos al baño y nos duchamos y donde Paola me llena de halagos y yo intento hacer lo mismo, pero se concentra en mi falo haciendo la siguiente plática:

    – ¡Wow! Diana no exageraba, usted tiene el miembro más grande que he visto. Pensé que me haría daño, y aunque me dolió un poco, usted lo hizo con un cálculo preciso cuando mi excitación se elevaba.

    – ¿Te fuiste rico?

    – Rico no es la palabra adecuada: creo que súper delicioso, sería mejor decir.

    – ¿Has hecho sexo anal?

    – Sí, pero debo confesarle que no es lo mío. Paola me habla del orgasmo anal, como que se tratara del eslabón perdido. Créame que la envidio, pues yo no concibo ni imaginarlo.

    No tuve que convencerla para que minutos después mi verga se hundiera entre esas preciosas nalgas redonditas. La tomé en la posición de conchita, de lado por sobre la cama, obviamente yo detrás de ella y con su preciosa pierna alargada por sobre mi rodilla doblada. La penetré sin ningún movimiento y solo me limité en masajear sus pequeños pechos, donde le encantaba a que le apretara sus alargados pezones y gemía cada vez que lo hacía. Con mi verga en su culo, solo me limité al principio en hacerle llegar esa palpitación para que sintiera esa presión de mi glande dentro de ella.

    Paola fue la que comenzó con ese vaivén de sus caderas y finalmente mi verga sale y se mete con un ritmo armonioso de su rico culo. Llega el momento que totalmente se va sobre mí y yo le sacudo el falo y sigo con el masaje a su pezón. Creo que siente esa sensación que se va a correr y ella me pide que no pare de taladrar con esa constancia su lindo culo, mientras mis dos manos aprietan sus pezones. Llega el momento que su jadeo es constante, gime y su movimiento de caderas toma más revoluciones. Yo hago lo mío y la taladro sin misericordia y ella continúa jadeando y diciendo: No pare Tony, así, deme así, ahí, así, que rico; no se detenga, me va hacer acabar.

    Yo no paro y solo escucho ese chasquido que produce mi verga entrando y saliendo de ese rico culo. Siento como Paola con su esfínter me aprieta la verga como si de un tic nervioso se tratara. Aquello se extendió al igual que sus jadeos prolongados y Paola explota, se contorsiona y sus nalgas chocan en mi pubis y me dice emocionada: ¡Me hiciste acabar por el culo!

    Al igual, aquellos fueron orgasmos múltiples. Parecía que Paola sufría de un ataque epiléptico y al recuperar la compostura y mientras miraba como le salía mi corrida de su rico culo, pues después de tanto escuchar gemir a Paola hizo que yo también explotara, ella me hacía la siguiente plática:

    – Ahora entiendo a Diana el porqué esta enculada de usted. ¡Usted me hizo acabar divino! Nunca me había hecho acabar así, que hasta sentí que me moría. ¡Que rico y lindo sería morir así! Sabe Tony, me admira su resistencia y ese embate constante que acaba, hasta mucho después que uno ha acabado. Creo que eso es lo divino de usted, que sigue pompeado con el mismo ímpetu, aun mucho después que uno ha acabado. ¡Qué rico!

    Estuvimos cogiendo toda esa mañana y yo le dejé ir cuatro polvos. Paola descubrió que es multi orgásmica y al igual que Diana la primera vez, se fue de mi casa sin calzón. Ella conocía esa historia, pues aparentemente son amigas confidentes y se unen ambas a esa lista extensa de mujeres que quieren dejar las frustraciones sexuales a un lado y se permiten aventurar con ese riesgo a ser descubiertas. Aquella vez Diana le jugó una broma a su amiga Paola.

    Muchas de las mujeres que me cojo y que han venido a mi cama, saben que han sido filmadas por mi sistema de cámaras. Video que luego repaso, especialmente si se trata de una chica nueva como Paola. Me gusta ver esas expresiones faciales cuando se vienen, cuando experimentan esos espasmos brutales, que realmente son excitantes de ver. Me gusta eso, y por eso he invertido varios miles de dólares en un buen sistema y que la mayoría de veces no se dan cuenta que ahí está. Le hice una copia a Diana de la culeada que le di a su amiga y ella lo convierte en una broma cruel.

    – Sabes, Tony dice que veas este DVD. Si no quieres que tu marido vea uno igual, quiere que estés ahí cogiendo con él cada quinto del mes y donde sus amigos te cogerán por igual.

    – ¡No puede ser! No me esperaba eso de Tony. Se mira un hombre serio y muy formal para llegar a hacer algo como esto.

    – Ni modo, estas en sus manos.

    – Coger con él es una cosa, pero coger con todos sus amigos como que no va.

    Paola me llama asustada y sorprendida en verse como está cogiendo conmigo en ese video. Le digo que se trata de una broma de Diana, que yo no hago eso. Y ella con una voz de alivio me dice lo siguiente:

    – ¡Me encanto pasarla contigo! Sabes, es frustrante sentir que uno está a punto de tocar el cielo, pero que tu pareja no empuja lo suficiente para alzarte al paraíso. Creo que al igual que Diana, siento que me hare adictiva a tu rica verga.

    – Cuando quieras Paola.

    – ¿Puedes mañana por la mañana?

    [email protected]

  • Me folló un hombrón rudo y vulgar

    Me folló un hombrón rudo y vulgar

    El relato anterior fue de los sucesos con Perla Natalia en otoño, a la mañana siguiente con la cruda por el alcohol ingerido y el sexo que tuvimos no nos podíamos mirar a la cara, la chica estaba realmente apenada, como se quedó a dormir en mi casita estuve pendiente de ella y temprano cuando se despertó y tomó conciencia de lo pasado entre nosotros me miró afligida y le serví un café bien cargado ¡Anda toma te va a hacer bien! ¡Mara!… ¿Qué pasó? Pues que nos dimos cariño mi niña, estamos solos tu y yo, tal vez lo que te pasó con tu ex disparó entre nosotras eso que pasó ¿No creerás que soy una puta? No, nena, para nada, fue hermoso. Me voy por favor no me busques.

    Se fue apenada y por lo que me percaté se sentía sucia por dentro y por fuera y, es que con la cogida que le di la llevé al cielo, se mojó como pocas mujeres había visto, también creo que se debía a que es muy joven. Dejé pasar unos días para buscarla. Los días transcurrieron entre mi rutina con papá, la casa, el trabajo en el bar y todas esas cosas que hacen la vida diaria. Le envíe varios mensajes y no me respondió ninguno, entonces opté con cierto pesar no buscarla más. De todas maneras en el bar nunca falta un tipo que al verme me pide sexo y yo feliz los meto a la parte de atrás cuando hay poca gente y les mamó la verga y a veces hasta me piden metérmelo por el culo y si estoy limpia me dejo solo por el gusto de ser usada como una mujer. Por diciembre bajan las ventas en el bar, la gente cuando comienza el día de la virgencita de Guadalupe empieza en México la época decembrina que termina el 6 de enero, la gente busca a sus familiares y se vuelven hogareños por lo que el bar se mantiene con pocos clientes, el 15 de diciembre llegó un tipo de unos 65 años a tomarse unos tequilas al bar como a las 9 de la noche, nada más estábamos él y yo, el dueño del bar se fue a su casa a descansar, ese día me puse un pantalón entallado de licra con un pantaloncillo de franela abajo y mis choninos, mi brasier y una sudadera ajustada blanca, me recogí el cabello en una coleta y me puse mis aros de oro bajo.

    Así el fulano se sentó en la barra y me hizo plática ¿Cómo te convertiste en una dama? Te ves muy guapa ¡Gracias! Pues así, se dio solito, me gustaba verme muy nenaza desde niña y pues ya está. Hoy hay tantas mujeres en las calles, guapas, bonitas que uno se pone cachondo nada más que ellas buscan jóvenes, guapos y ricos y, pues con la edad que tengo pues, no es fácil. Me gustaría saber si te puedo tener un ratito. Pues ahorita estoy sola y no puedo, pero si… ¿A qué hora sales? ¿Hoy? a las 2 de la mañana ¿Por? ¿Puedo venir por ti? ¡Claro y por ahí traes a Santa Claus! Bueno, regreso a esa hora… ¡Ánda a ver si te acuerdas!

    Era un tipo alto, recio, fuerte, musculoso y que se notaba que siempre había trabajado a la intemperie ¿Qué sería? ¿Campesino, electricista? En fin, la noche estuvo floja solo un par de borrachos que se fueron a la 1 y media, cerré exactamente a las 2 y… Ahí estaba el sujeto en un viejo Volkswagen oloroso a mugre y gasolina ¿A dónde te llevo mi reina? ¡Hola! Pues ¿A dónde quieres llevarme? A un motel. Bueno vamos! Me metí al coche y para saber que había en este rudo sujeto le sobé el paquete… ¡Unos huevos grandes y un pene enorme fue lo que sentí encima de sus vaqueros gastados y mugrosos! Los estrujé, rico y detuvo el auto en la solitaria calle, me arrimé a él y le acaricié el pene bajo los pantalones, se estiró aún más y gimió ahh ¡Qué rico! Le desabroché el cinturón de hebilla enorme y bajé el cierre liberando un pene gigantesco, venoso y peludo. Lo tomé en mi manita subiéndolo y bajándolo, la gotita de lubricante rápidamente salió, me recosté en sus rodillas y me lo llevé golosa a la boca, sabia a verga de macho, salada, con un ligero olor a pescado, lo lamí y este muy rico pulsaba, latía como un ser vivo que anhelaba soltar su carga de leche ¡Para, para!, vamos al motel y te lo meto, déjame disfrutar lo más que se pueda.

    Pronto llegamos a un motel de carretera, entramos y de inmediato mi macho me sujetó por la espalda frotándose en mis nalgas y acariciando mis senos enfrente del espejo del tocador, ahí mismo me quitó los pantalones con todo y el de franela y pantaletas y hurgó entre mis nalgas buscando mi ano, de un chingadazo me metió un dedote mientras le dije ¿Traes condon? No mamacita te lo voy a meter a lo pelón. ¡Espérate, esa vergota no me va a entrar! ¡Claro que sí! ¡Se la meto a mi esposa y le cabe todita! ¡Sí, pero yo… no se si me aguante! Pinche puta, ahora te lo vas a comer perra. Separé mis piernas y ahí frente al tocador y lavabo me unté mucha cremita y el cabrón este me puso su cabezota de verga en mi ano, poco a poco me fue entrando, aunque solo la cabeza y ya sentía que me cagaba para dentro !ahh, ay! ¿Te duele? No, bueno si pero sigue, aguanto otro poco, y me empujó otro tanto que calculo era apenas la mitad de semejante vergón, sentía que me partía en dos, ni siquiera se me paró mi verguita por el miedo, otro poco y casi me desmayo, me ardía al rojo vivo pero aguanté aun con lágrimas en los ojos ¡No que muy nena, me he cogido mujeres por el culo que han aguantado más que tú! Así con la blusa levantada, los senos afuera del brasier, los pantalones abajo tirados en el suelo y este hombrón de 1, 85 atrás de mí, recibí lo que toda puta merece por caliente, se me fue hasta lo más profundo de mi cuerpo, me arrancó un grito de dolor al sentir como pegaba con algo mío.

    Me dolió un chingo pero ya no podía hacer nada más que aflojarme y aguantar esas terribles embestidas, sin embargo él se compadeció de mí y me lo sacó hasta la mitad y de ahí en adelante me bombeo con más suavidad mientras me besaba las orejas, el cuello que logro que me fuera excitando, pronto el placer llegó, nos mirábamos en el espejo, aún tenía lágrimas en los ojos, ensartada por el culo recibía las embestidas una y otra vez, mi culo se dilató lo suficiente para soportar esos 20 centímetros de largo por unos 4.5 de ancho, así enculada me arrastró a la cama se puso encima y me bombeó una y otra vez ¡Puta, eres una puta! Me decía constantemente y eso me enardecía aún más, me calenté como una perra puta, ya anhelaba su semen en mi interior, el hombrón se corrió y me lo empujó hasta lo más profundo de mi ser.

    Sentí un inmenso placer que hizo que alzara el culo lo más que pude para ofrecérselo a este macho peludo, me halaba hacía él de las caderas tanto que sus manotas se marcaron en mi carne ¡Me vengo puta, me vengo, ahhhhhh! Un rato después estábamos recostados en la cama yo le acaricié su pene con mi mano izquierda y logró una nueva erección ¡Mámalo puta! Y eso hice unos 10 minutos después se vino en mi boca y me tuve que tragar su semen ardiente. Platicamos un rato, me contó que le gustaría que entre los dos nos cogiéramos a una mujer, uno por atrás y otro por delante. Le dije: Voy a buscarte una chica que conozco a ver si se deja. Me dejó en una calle cercana a la casa. Casi no podía caminar, me temblaban las piernas y estaba toda mareada. Continuará

  • Berta, cenicienta de aldea

    Berta, cenicienta de aldea

    Invierno de 1955.

    Berta vivía en una vieja casa en medio del monte, en las afueras de una aldea. Se criara cuidando animales y trabajando la tierra. No fuera a la escuela. No sabía leer ni escribir. Su padre no la dejaba hablar ni con personas de su mismo sexo ni del otro. La sobreprotegía. Su único amigo era Chino, un perro pequeño que tenía 10 años, y que era de raza desconocida.

    Su madre, Carmen, había muerto cuando era una niña.

    Su padre, Amador, un hombre, moreno, rudo, cuando Berta tenía 17 años, había heredado de un tío indiano. Comprara tierras y más tierras. Se hizo construir un pazo y, como casi toda la aldea era de él, aldeanos de otras aldeas venían a trabajar de jornaleros en sus tierras. De muerto de hambre se había vuelto terrateniente. Amador tenía 39 años y era muy corpulento. Se desahogaba yendo a putas, y en una de esas casas de putas conoció a Yolanda, una rubia teñida, de ojos marrones, alta y voluptuosa, a la que le contó su vida, y ella a él la suya. Le contó que era viuda, que tenía una hija y dos hijos, y que para que no pasaran hambre llevaba más de 20 años prostituyéndose. El muy imbécil se enamoró de ella, sin saber que la hija y los hijos los tuviera mientras trabajaba de puta y que las palabras de amor con las que lo halagaba no eran más que por interés. El caso es que se casó con ella y Yolanda, su hija y sus hijos se fueron a vivir al pazo.

    Dos días más tarde, Amador, moría de un ataque al corazón, cosa rara, ya que nunca tuviera problemas cardíacos.

    Berta, que ya era una muchacha de 19 años, 1,70 de estatura, pelirroja, pecosa, de ojos verdes, delgada, con pequeñas tetas, fina cintura, anchas caderas y un buen culo, se había convertido en heredera de una inmensa fortuna, de la que no podía tomar posesión hasta los 21 años. Su madrastra iba a ser quien cortase el bacalao.

    En el salón, en una reunión familiar, donde Berta no estaba, y con el cadáver de Amador aún caliente, le decía Yolanda a su hija Alba y a sus hijos Jacobo y Leandro:

    -Uno de vosotros tiene que enamorar a esa ignorante. Eso facilitaría las cosas.

    Leandro, que era moreno, de 26 años, alto, fuerte, y el hijo puta más retorcido sobre la faz de la tierra, le dio otra idea a su madre.

    -¿Y si la seduce Alba? Después la podríamos putear, follar, y dentro de un tiempo, con ese veneno tuyo que no deja rastro, le das pasaporte.

    Joaquín, su hermano, un joven de 24 años, moreno, de ojos castaños, espigado y bien parecido, le dijo a su madre:

    -¿Y no sería mejor despacharla ya?

    Yolanda sabía bien lo que estaba haciendo.

    -No, sería mucho ataque al corazón junto. Éntrale esta noche, Alba.

    Esa noche, llovía y tronaba una barbaridad. A Berta le dolía la cabeza, y con los ruidos de los truenos no conciliaba el sueño. Fue a buscar una aspirina a la cocina, y lo que se encontró la dejo a cuadros. Yolanda y sus hijos estaban desnudos. Ella echada sobre la mesa de la cocina, estaba untada con aceite. Jacinto le comía la boca y Leandro el coño. El resplandor de un rayo iluminó la cocina. Berta, se asustó. Se dio la vuelta y se fue a su habitación. Se metió en cama, donde la esperaba Chino. La jaqueca le pasara, pero en su cabeza surgieron muchas preguntas.

    -¿Será curandero Leandro? Veterinario no es. Los veterinarios no trabajan desnudos. ¿Por qué tenía el carallo derecho? ¿Qué enfermedad hace quejarse tanto a una mujer? La gripe, no. ¿Por qué Jacinto le metía la lengua en la boca? ¿Por qué le daban friegas de aceite? ¿Por qué tengo el coño mojado? Me contagiaron. ¡A ver si va a ser grave! -se le encendió la luz- ¡¡Date!!! Ella está salida e Iban a joder. Chino cuando una perra anda salida, le lame el coño y después la clava. Por eso tenía el carallo derecho. Y Jacinto, Jacinto estaba haciendo cola, y la lengua… ¿Por qué se me abre y se me cierra el coño? ¿Y por qué estoy tan caliente? Es fiebre. Me contagiaron. ¡Me va a dar algo! ¡Que hormigueo…!

    Berta tenía el coño empapado. Sin querer se tocó el clítoris erecto por encima de las bragas. Le gustó y se siguió tocando.

    Alba, una joven de 20 años, de estatura mediana, morena, con buenas tetas y un tremendo culo, entró en la habitación de Berta vestida con un camisón blanco y largo, y le preguntó:

    -¿Puedo dormir contigo?

    -¿Qué le pasa a tu cama?

    -Le tengo miedo a los truenos. Mi madre no está…

    -Está, está. Está en la cocina jodiendo con tus hermanos.

    -¡Qué vergüenza! Me dan asco. ¿Puedo dormir contigo?

    Berta, le respondió:

    -Puedes dormir, pero las manos quietas que después van al pan. Y cierra la puerta que se va el calor.

    Alba, después de cerrar la puerta, se metió en cama. Chino se metió debajo de la cama. Alba sintió como Berta se tocaba.

    -¡¿Te estás haciendo un dedo, Berta?!

    -No, me estoy tocando en un sitio que me da gusto.

    -Eso se llama hacer un dedo.

    -¿Cuándo descubriste tú que da gusto?

    -Hace mucho. ¿Cuánto tiempo tardas en llegar al orgasmo?

    -Nunca fui. Ni siquiera me acerqué a la aldea. ¿Dónde queda eso?

    -¿Eres una ingenua o me estás vacilando?

    Berta se revolvió como una serpiente.

    -¡Vas a salir de mi cama cagando hostias!

    -¿He dicho algo qué te ofendiera?

    -Me llamaste Ingenua sabiendo que me llamo Berta y…

    -Perdón. Ya veo que no tienes muchas luces. ¡Uy, perdón de nuevo!

    – ¿Perdón, por qué? ¡Tú eres más rara que cagar de noche! Claro que no tengo luces, ni muchas ni pocas, las luces las dan las bombillas.

    Alba, viendo que Berta andaba a lo suyo, comenzó a entrarle más directamente.

    -¿Nunca echaste una cana al aire?

    -Una vez. La trajo papá a casa el día de la fiesta y casi me lleva una mano por no soltarla a tiempo.

    -No estaba hablando de bombas. Estaba hablando de joder, de chingar, de mojar, de hacer el amor.

    -A ver, joder, no, chingar, sí, tú ponme un litro de vino delante y verás si lo chingo o no, y mojar. ¿Acaso tú no te lavas? Lo de hacer el amor… La verdad, siempre creí que el amor venía hecho.

    Se sintió el ruido de un trueno. Alba se abrazó a Berta, que al sentir sus tetas sobre las suyas, le dijo:

    -Tienes las tetas blanditas.

    Alba se separó de Berta.

    -¿Quieres tocarlas?

    Berta le exprimió las tetas.

    -Da gusto tocarlas. Otra vez el culo me anda para dentro y para fuera.

    Alba sabía que ya la tenía.

    -Si quieres puedes chuparlas.

    -¿Dan leche?

    -¿La dan las tuyas?

    -No, pero las mías no son grandes como ubres de vaca.

    Berta le dio un beso.

    -¡¡Quieeeeta parada!!

    -¿No te gustó?

    -Gustó.

    -¿Entonces por qué me mandas parar?

    -Porque hiciste latir mi coño y ya lo tengo bastante mojado como para seguir mojándolo más.

    -¿Quieres que te haga sentir un placer de miedo?

    A Berta le picó la curiosidad y otra cosa.

    -¿Cómo harías eso?

    -Visitando mi lengua tu coño, y con…

    -Vale, te dejo.

    -Y con una tijera…

    -Ya te dije que te dejaba. Con amenazas no vas a ninguna parte.

    -La tijera…

    -¡Otra vez amenazando! Que te dejo, cona, que te dejo, y mira, cabra de cuidad, si un día quieres amenazar a alguien, no vayas con la tijera, amenaza con el cuchillo de matar los cerdos, esa sí que es una amenaza.

    A Alba le dio la risa.

    -Las tijeras se hacen cruzando las piernas y frotando coño contra coño.

    -Parece ser que tengo mucho que aprender.

    -Sí que tienes, sí.

    -¿Cómo ibas a empezar a darme gusto?

    -Cierra los ojos y lo sabrás.

    -Como me robes algo te descalabro.

    -No callas ni debajo del agua, bonita.

    -Callo, callo, si no callo me pego un atracón de agua, y si aún fuera vino…

    Alba, besó a Berta en ambos lados del cuello. Metió su mano dentro de las bragas y el clítoris de Berta pasó a ser acariciado por dos dedos de Alba después de haber sido mojados en flujo vaginal. Alba, acariciando con su mano derecha la cara de Berta, buscó sus labios con los suyos. Los encontró. Los besó sin lengua y después con ella. Berta, al sentir la lengua de Alba acariciar la suya ya se entregó totalmente. Berta le quitó el camisón y las bragas. Se echó encima de ella. Acarició su cabello. La miró a los ojos con cariño. Le sonrió y la volvió a besar. Después le puso las tetas en la boca. Berta chupó una y después la otra. Acto seguido, Alba, lamió, chupó, y magreó las tetas de Berta, que comenzó a gemir. Bajó besando su vientre y su ombligo hasta llegar al coño. Lamió los empapados labios del coño. Berta hizo un arco con su cuerpo. Alba sabía que si le trabajaba bien el clítoris se correría, y se lo trabajó. Hizo círculos con la punta de la lengua sobre él. Luego lamió con rapidez de abajo arriba, y Berta exclamó:

    -¡Hostia en Dios, que gusto! ¡¡Me voy a marear!! Me mareo. ¡¡¡¡Aaaaah!!!

    Al acabar de correrse, le dijo Berta a Alba.

    -¿Qué me hiciste, Alba?

    -Te comí el coño. Lo vamos a mantener en secreto. ¿Te parece bien?

    -Es que si lo cuentas te mazo a palos.

    -¿Quieres aprender a hacer un dedo como es debido??

    -¿Voy a sentir el mismo gusto que con tu lengua?

    -Más o menos.

    -Mejor que sea más.

    -Mete un dedo en el coño.

    Berta metió el dedo. Le entró apretado. Aunque no rompió el himen, ya lo habría roto con algún esfuerzo.

    Alba siguió con la lección.

    -Cierra los ojos y piensa en alguien que te guste.

    -Chino me gusta.

    -En un perro no, mujer. En un hombre. Piensa que el dedo es su picha e imagina que te hace todo lo que tú deseas, o piensa en una mujer. El caso es que te pierdas entre tus fantasías…

    Tres pajas y tres orgasmos después de Berta meter y sacar dedo, de frotar el clítoris, y de frotar y meter y sacar dedo al mismo tiempo. Alba volvió a su habitación con un problema con el que no contara, se había enamorado de Berta.

    A la mañana siguiente, Berta, tenía unas ojeras que le llegaban a los pies. Yolanda, desayunando con Berta con Alba y con sus hijos, le preguntó:

    -¿Qué estuviste haciendo esta noche para tener esas ojeras?

    Berta la noche anterior aprendiera hasta a mentir.

    -Los truenos no me dejaron dormir.

    -En algo pasarías el tiempo. ¿Te estuviste rascando el coño?

    -Sí, me entró en el coño una de las pulgas que tiene Chino. ¿Contenta?

    Yolanda encontró desconocida a Berta.

    -¡Qué espabilada se levantó la mosquita muerta!

    Leandro, le preguntó a su hermana:

    -¿Estuviste en la habitación de Berta, Alba?

    -Pues sí, pero me mandó a hacer puñetas.

    -La calentaste. Es una pajillera.

    Pensando que la insultaba por haberse criado entre pajas, le dijo:

    -Y tú un perro, un perro que lame coños.

    Yolanda, se mosqueó.

    -Mira doña putita. Nos estuvo espiando.

    -Puta, tú. Te gusta que te coman el coño. ¡Hay que ser puta, pero bien puta, para joder con los hijos!

    A una puta si hay algo que le dé por culo es que le llamen puta. Berta, la había armado.

    -¡Un mes castigada a hacer las tareas de la casa! Vas a cocinar, lavar, fregar, planchar…

    Berta no estaba preocupada.

    -No se me van a caer los anillos, pero ahí queda eso.

    -¿Qué queda?

    -Qué eres una puta.

    -¡Un año castigada!

    -Mejor dos. Después ya hablaremos.

    -¿Ya aprendiste a contar, analfabeta?

    -Sé contar hasta diez, y es lo que voy a contar cuando cumpla los 21 años, después de diez ya estáis en la calle.

    -No añadiste, puta.

    -No hacía falta, ya lo tienes amisilado.

    -Querrás decir asimilado.

    -Me alegra que me lo confirmes.

    Berta pasó de ser la heredera a ser la sirvienta.

    Por la noche…

    Jacinto, entró en la habitación de Berta, que ahora estaba en la parte del servicio, servicio que nunca tuvieran, y se encontró a Berta en plena paja. Tenía a Chino en la cama. En aquel momento el perro se rascaba las pulgas de una oreja con una pata.

    -¿Qué haces, Cenicienta?

    Berta, paró de pajearse, y le respondió:

    -¡¿Qué haces tú aquí, hijo puta?!

    -¿Te estabas pajeando, Cenicienta?

    -¡Morriñenta, tu puta madre!

    -Cenicienta es un cuento.

    -Claro que es un cuento. Yo me lavo. No ando llena de ceniza.

    -No mujer, un cuento en el que hay una madrastra mala en la que Cenicienta, la protagonista, las pasa putas con ella y con y sus hermanastras.

    -Se parece a lo que me pasa a mí con una puta, y dos demonios. ¿Y cómo acaba? ¿Acaba contigo en mi habitación?

    Jacinto, que era maricón le dijo:

    -El cuento es muy largo. A Cenicienta le come el culo el lobo Jacinto.

    -¿Y qué más, cara de repollo?

    Jacinto quiso mandar el plan de la madre a la mierda.

    -¡Al carallo! Me mandó venir mi madre para que te violase.

    -¿Qué es violar?

    -Joder a la fuerza, y yo no te voy a hacer nada. Soy de la acera de enfrente.

    -¿Dónde queda esa acera?

    -¡Qué soy maricón! ¿Sabes qué es un maricón?

    -No. ¿Qué es?

    -Un maricón es un hombre al que le gustan otros hombres.

    -Ya sé dónde queda la acera de enfrente.

    -¿Y dónde queda?

    -Lejos, muy, muy lejos.

    Jacinto tenía una sonrisa de oreja a oreja.

    -¿Cómo de lejos?

    -En el culo del mundo.

    -¡Joder cómo está el patio! ¿Hablamos?

    -¿Para qué? El patio está mojado.

    -Hablemos de otra cosa.

    -¿Tu madre es bruja?

    -A veces lo parece. Según ella, si te como la almendra y te jodo bien jodida, te va a gustar.

    -¿La almendra es el coño?

    -Sí.

    -Ya no tengo dudas, es bruja.

    -¿Seguimos hablando o me voy?

    -Tengo que joder a tu madre.

    -¿Cómo quieres hacerlo?

    -¿No te dijo que me jodieras a la fuerza?

    -Sí.

    -Pues me dejo y ya no me jodes a la fuerza. ¡Qué tome por culo!

    Jacinto comenzó a acojonarse.

    -Te tengo que avisar que en nada llega mi hermano.

    -Que venga. Donde come uno comen dos. También me dejo con él.

    Jacinto se desnudó y se metió en cama con Berta. Chino se metió debajo de la cama. Jacinto quiso besar a Berta. La joven le hizo la cobra. Respiró aliviado, y le dijo:

    -¿Por qué no esperamos un ratito por mi hermano?

    Berta se dio la vuelta, se levantó el camisón, y le dijo:

    -¿No te gustan los culos? Quítame las bragas y cómemelo.

    Jacinto, le quitó las bragas. Le besó cada centímetro de sus blancas y duras nalgas. Las acarició. Las abrió con las dos manos y pasó la lengua por el periné y el ojete.

    A Berta te gustó tanto, que le dijo:

    -Creo que también soy maricona.

    Cuando le metió la punta de la lengua en el ojete, Berta le dijo:

    -¡Ahí, ahí, mete y saca, mete y saca! ¡¡Meeete!!

    Berta metió dos dedos en el coño. Al rato comenzó a gemir, Jacinto le dijo:

    -Dame tu orgasmo, heredera.

    -Me lo pensaré cuando herede.

    -Quiero decir que te corras para mí.

    -¿Hacia dónde?

    -Es igual.

    -¿Qué es igual?

    -Nada.

    -Nadar vas a nadar tú.

    Poco después, Berta exclamó:

    -¡¡¡Naaaada!!!

    Berta se corrió, entre gemidos y convulsiones.

    Jacinto, quería culo. Cuando Berta acabó de correrse, le preguntó:

    -¿Te dieron alguna vez por culo?

    -Tu madre me da todos los días.

    -A ver cómo te lo digo. ¿Tienes el culo virgen?

    -Nadie tiene el culo virgen. La gente tiene que cagar. ¿No me ibas a joder?

    -Quería joderte el culo.

    -¡¿Y el coño?!

    En la puerta de la habitación apareció Leandro, que le dijo:

    -El coño te lo follo yo.

    -Pues ven, ven. Total, jodida ya estoy.

    Leandro se desnudó y fue a la cama, Jacinto le dijo:

    -Ya era hora, cabrón.

    -No sentí que te dieran arcadas.

    -¡A lo tuyo, hijo puta!

    -Así me gusta, que amisiléis las cosas. Hijos de puta, hijos de la gran puta.

    Jacinto, mirando para la polla de su hermano, le preguntó:

    -¿Qué le pasa a esta?

    -Es algo corta.

    Berta le miro para la polla a los dos, y dijo:

    -Y la de tu hermano también. Chino la tiene casi tan larga.

    Leandro le dijo a su hermano:

    -Sí, que es corta, sí.

    Berta, a lo suyo.

    -Tranquilos, a mí me llegan.

    Los hermanos se decidieron ir al tema y olvidarse de aquella conversación de sordos.

    Le dieron la vuelta y le quitaron el camisón. Uno le chupó una teta y le acarició el clítoris y el otro la otra teta y el ojete. Leandro la besó con lengua. Luego, bajó y le comió el coño. Jacinto le devoró las tetas, que las tenía duras como piedras… A los diez o quince minutos le volvieron a dar la vuelta. Jacinto le abrió las nalgas y le folló el culo con la punta de la lengua, después se lo folló con un dedo, con dos y con tres. Leandro le lamió la espalda y le magreó las tetas. Al rato, Jacinto, que tenía una polla pequeña y delgada, se la fue metiendo en el culo. Estaba tan excitada que disfrutó de cada centímetro de polla que fue entrando en su culo. Al tenerla dentro. Jacinto, le dio la vuelta. Quedó él debajo y Berta quedó con el coño abierto y empapado, en posición para que Leandro, que aún tenía la polla más pequeña que su hermano, (unos 10 centímetros) la clavase, que fue lo que hizo.

    Berta, se abandonó al goce… Le gustaba tanto ser follada por el culo como por el coño. Para ser la primera vez que la follaban no sintió dolor en ningún momento, todo era placer… Media hora más tarde ya se corriera dos veces. Cuando se iba a correr por tercera vez, Leandro y Jacinto le llenaron el coño y el culo de leche. Berta, exclamó:

    -¡Hostias! ¡Qué puntuales!

    Al acabar de correrse los hermanos, dijo:

    -¡¡¡Tomad caldo de hembra, cabrones!!

    Berta tuvo un tercer orgasmo espectacular.

    Al día siguiente cocinara Yolanda. Berta pensó que le diera una venada.

    Después de comer, en el pasillo y con un plato en la mano que tenía los huesos del estofado, le preguntó Berta a Alba:

    -¿Viste a Chino? Ayer ya no durmió conmigo.

    -No. ¿Voy esta noche a tu habitación?

    -Ven.

    Berta y Alba fueron a la sala. Le preguntó Alba a su madre:

    -¿Has visto a Chino, mamá?

    -¿Que te crees que acabamos de comer?

    Alba, exclamo:

    -¡¡¡Monstruos!!!

    La mirada de odio de Berta se fue clavando en Yolanda, en Jacinto, y en Leandro, que se estaban partiendo de risa.

    A la semana siguiente, un guardia civil, le preguntaba a Berta:

    -¿Dónde guardabais el veneno para matar a las ratas?

    -En la alacena de la cocina.

    -¿Que ponía en la caja del veneno?

    -No era una caja, era un paquete,

    -¿Y qué ponía? ¿Ponía veneno?

    -No sé leer, pero era un paquete de harina.

    -¡¿Tu padre mezcló el mata ratas con harina?!

    -Mezcló. Como era blanco, los ratones iban a picar.

    El guardia civil miró a su compañero. Habían dado con la causa de las muertes.

    Era carnavales. Las filloas y la orejas, a Yolanda y a sus hijos les supieron de muerte.

    Al marchar los guardia civiles, Alba, le dijo a Berta:

    -Gracias por avisarme para que no comiera las filloas ni las orejas.

    -Gracias las que tú tienes. ¿Me vas a enseñar a leer y a escribir?

    -Te podría empezar enseñando el abecedario escribiendo cada letra con la punta de mi lengua en tu clítoris.

    -¿El clítoris qué es?

    Alba, se acercó a Berta. La besó. Le metió la mano dentro de las bragas, y tocándole el clítoris, le dijo:

    -Esto.

    Berta acabó siendo una alumna aventajada.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.