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  • Me venció la victoria

    Me venció la victoria

    Nunca consideré vivir ni compartir un acontecimiento como el acaecido en mi vida hace un año. Siempre quedó en el ámbito de lo privado. Pero hoy que se cumple un año lo recuerdo como algo lejano, como algo que no sucedió. O más bien eso pretendo, como algo que no sucedió o que me hubiera gustado que no hubiera sucedido. Ya no lo sé. Pero sucedió. Por ello, la palabra exacta es “Confesión”, por qué nadie lo sabe. Las imágenes y las sensaciones que viví en esos 3600 segundos de mi vida aparecen y se evaporan. Están y no están. Me esclavizan y me liberan. Ese es el dilema en que me encuentro.

    Tengo 55 años, 30 años de casada, con un marido al que amo y con el que he sido feliz; él tiene 62 años; tengo dos hijos que ya hicieron su vida. Llevo una vida de privilegio, en el sentido de que no soy rica pero no tengo problemas económicos. Administró tres sucursales de una franquicia que imparte Pilates, mi esposo está al pendiente, aunque en realidad son otros negocios los que ocupan más su tiempo. Además de administrarlas personalmente, imparto también clases de Pilates desde hace más de diez años, pues tomé cursos para ser instructora profesional y me sigo actualizando al respecto. Por supuesto que también tomo clases, intensamente, lo que aunado a mi genética, contribuye a que no represente la edad que tengo, sino menos, bueno, es lo que me dicen. Soy blanca, alta, delgada, mido más de uno setenta de estatura. Siete años fui profesora en la universidad.

    Confieso que soy una mujer conservadora, así fui educada, antes de mi marido no conocí a ningún hombre y ya de casada nunca me interesó estar con otro hombre que no fuera él. Por mis anteriores trabajos y el actual, he tenido la oportunidad de conocer a mucha gente y estar rodeada de hombres, y como llega a suceder, han intentado acercarse y en algunos casos seducirme, pero yo sé perfectamente esa historia y nunca lo he permitido ni me lo he permitido. Pues para mí, no tiene ningún sentido ni conduce a ningún lado. Ni aventuras ni nada. En ese sentido soy muy racional. Así fue hasta hace un año.

    Y aquí viene mi confesión, de la que dudé en escribirla así como el lenguaje que utilicé en el momento climático de esta historia. Me siento deshonesta y culpable, pues en cierta medida mi voluntad intervino para que se presentara lo que contaré. Sin embargo, elegí en libertad y ahora no sé si me siento culpable o liberada al escribir esta confesión.

    La siguiente es la historia y espero no abusar con más palabras de las necesarias, pero creo que están justificadas para que me entiendan los que me lean. Si tienen comentarios, apelo a su respeto y a su comprensión, a su juicio recto y a no especular sobre lo que no se conoce. Lo más fácil es emitir juicios sin saber cómo las circunstancias intervienen para caigamos en contradicciones.

    Hace un par de años llegó como instructor a una de las sucursales un joven de 38 años, con un buen curriculum y muy capacitado como instructor de Pilates, con una atención muy profesional para los alumnos y alumnas de este tipo de actividad física. Yo lo contraté, pues es mi responsabilidad, y no me equivoqué, pues además de su experiencia, hizo que aumentara el número de alumnos, y el negocio mejorara todavía más. El criterio para seleccionarlo fue estrictamente profesional, como es con los demás: sean hombres o mujeres. El plus que tenía es que había se había capacitado en EU.

    Mi relación con los y las instructores es y ha sido de trabajo, profesional, sin extralimitarse absolutamente en nada, pues a final de cuentas es un negocio y es fundamental la atención y el servicio que se les ofrece a los que asisten a las clases. Sin embargo, con este joven la relación fue diferente pues la iniciamos por compartir la preocupación por actualizarnos y mejorar en el conocimiento de cada ejercicio y comprobar los resultados de nuestros clientes. Así que llegamos a compartir clínicas o diplomados de actualización de Pilates, o de nutrición. Discreto, serio y profesional. Ese era su comportamiento en general. Conmigo, respetuoso y cordial. Al igual que con mi marido, que en ocasiones llegábamos a coincidir los tres, pero todo en el orden profesional, como en algunos de estos cursos o seminarios o en la supervisión del negocio.

    Con el tiempo la confianza se instaló en nuestra relación y en una ocasión me extendió una invitación a cenar. Yo le pregunté si era para conversar aspectos del trabajo o qué, y no, él me dijo que era personal, que sentía empatía conmigo, no solo como su jefa sino como mujer, que me quería conocer en otro ámbito, no en el laboral, sino en otro más relajado, como en un restaurante. Yo me negué y le dije que nuestra relación era de trabajo y nada más. Que me parecía una persona agradable y punto. Mi negativa fue contundente. Lo aceptó y me dijo que le apenaba haber provocado una situación de incomodidad y se disculpó.

    La relación continuó sin contratiempos, cuando coincidíamos me saludaba cordialmente y yo a él, como personas maduras, como si nada hubiera pasado. En ocasiones él me daba alguna clase y nunca dejó de ser respetuoso conmigo. Admito que me gustaba que me diera clase pues me hacía trabajar muy bien las diferentes partes de mi cuerpo. Por obvias razones llegaba a tocar partes de mi cuerpo pero sin malas intenciones. Reconozco haber sentido como miraba, eso sí, discretamente, mi trasero u otra parte de mi cuerpo, los cuales resaltaban por el tipo de leggins que llevaba, ajustados y de colores. De igual manera yo observaba sus clases, como buen profesional que era y punto. Algunas chicas y señoras les gustaba tomar clase con él, pues además de que era muy bueno como instructor, influía su presencia pues tenía un cuerpo bien formado, espaldas anchas, hombros redondos, brazos fuertes, cintura reducida, piernas bien proporcionadas, delgado, no voluminoso. Me daba cuenta como lo miraban, ellas en particular, con dejo de coquetería. Yo en realidad no me había detenido a verlo en detalle, pues ni lo veía seguido y cuando así era, me limitaba a la supervisión del negocio.

    Sin embargo, a raíz de los comentarios, empecé a poner atención en su cuerpo y cuando tenía oportunidad lo miraba pero discretamente, de manera que no lo percibiera y sí, en efecto, en una ocasión que fui a visitar la sucursal donde trabajaba, cercana a mi domicilio, confirmé lo que se decía, y debo aceptarlo, tenía un cuerpazo pues en aquella ocasión traía unos pants pegados de color azul rey y una playera de color blanca ajustada. Las diez camas del Pilates, no sé si por esa situación, estaban llenas de mujeres y había otras tantas esperando la siguiente sesión. Yo terminé por mirarlo también, aunque más detenidamente y pensé cómo no había puesto tanta atención en su figura corporal.

    Empecé a visitar más esta sucursal para coincidir con él, además de quedaba cerca de mi casa, sin saber el porqué, o más bien, sabía por qué, aspecto que ya no me gustaba y que me lo reprochaba constantemente. Sin embargo, me agradaba verlo y bueno, decía entre mí, “no peco por echarme un taco de ojo”. Supongo que se dio cuenta que iba más seguido y por qué, pues ya no dejó de usar esa vestimenta (pants y playeras ajustados) y en verdad yo no podía hacerme de la vista gorda con ese cuerpo que se cargaba ese joven, bueno, ya no tan joven, no era fácil que pasara inadvertido. Yo hice algo similar: cuando me programaba para ir a esa sucursal, llevaba faldas cortas o leggins de colores llamativos. Pero hubo algo en él que hizo que no me prestara ya tanta atención, tal vez fue una estrategia inducida por él ante la negativa a salir a cenar. Me moleste conmigo misma: cómo era posible que me estuviera pasando esto, una señora de 55 años, aparentemente racional y ya con una vida hecha, lidiando con esa situación.

    El negocio iba viento en popa y mi esposo propuso que se abrieran dos sucursales en Centroamérica. Se hicieron los trámites y todo estaba listo para abrirlas. Sabía que parte del crecimiento del negocio se debía al profesionalismo y a la imagen que representaba este joven para el negocio, así que mi marido lo propuso para que fuera a hacerse cargo de las dos sucursales; me pidió mi opinión y ante lo la situación que estaba viviendo no dudé en decirle que me parecía perfecto. Resultaba excelente tanto para el negocio como para mí. No me gustaba para nada que mis pensamientos estuvieran donde no deberían estar. Esto me dio tranquilidad y certidumbre y sobre todo paz, paz espiritual, paz conmigo misma, con mi familia y sobre todo con mi marido.

    Cuando se le informó le pareció bien, pues significaba progreso en todos los órdenes. Se acercaba la fecha en que tenía que irse, sin embargo, me buscó días antes para darme las gracias y disculparse nuevamente por el atrevimiento que tuvo de invitarme a cenar. Le respondí que no se preocupara, que había cosas que simplemente solían suceder y que hacíamos lecturas diferentes de la realidad y de las personas. Yo sabía, aunque negara sus intenciones, por qué me había invitado a cenar y en eso era como todos los hombres. Invitar a una mujer casada a cenar? Para qué? Con qué intención? Yo ya me sabía esa película. Sin embargo, le pregunté las razones de su invitación. Su respuesta fue la misma: quería conocerme en otra situación. Por qué, le pregunté, y me dijo que le parecía una mujer muy atractiva. Adjetivo que había escuchado muchas veces y que no me impresionaba. Pero agregó: atractiva por madura. Eso fue diferente. La belleza y la sexualidad se identifican siempre con la juventud. Con dicha palabra (madura) agregó algo más pues supongo que veía algo más en mí.

    Finalmente, me pidió si nos podíamos ver un par de días antes de que se marchara. Para qué, fui mi pregunta. Para despedirnos, dijo él. Ahora mismo nos podemos despedir, le respondí. Además, por cuestiones de trabajo es posible volvernos a ver más adelante. No, insistió, despedirnos de otra manera, no así. Entonces, en ese momento, pasaron muchas cosas por mi mente, como negarme y punto. De acuerdo, le dije, pero no a cenar ni nada, en una de las sucursales con el pretexto de que me entregues las carpetas de las rutinas. Eso le diré a mi marido pues no estoy dispuesta a mentirle. Y agregué algo más: no esperes lo que deseas, conozco a los hombres, soy una mujer casada y no me interesa una aventura ni contigo ni con nadie. No sé a qué te refieras, por otro lado, a despedirnos de otra manera, subrayé. Bueno, sólo por decir, atinó a responderme. Él aceptó y acordamos vernos el viernes en la noche, después de finalizada la última clase, y en la sucursal cercana a mi domicilio, donde él tenía clase.

    Me acompañó a mi automóvil y en el camino me dijo que si podía proponer algo. ¿Qué? le pregunte y él me dijo: dame la libertad de decirte en esta cita lo que me hubiera gustado decirte cuando te invite a cenar y si los astros se alinean a nuestro favor, que cada quien elija en su libertad. Ok, le respondí. Algo me estremeció y me gustó al mismo tiempo. Sin embargo, para evitar equívocos, surgió la mujer racional y en sentido de aclaración, le dije: desde ahora te digo y espero lo cumplas, nada de besos, nada de abrazos, nada de sexo oral, nada de coito, nada de desnudarse. Fui todavía más explícita: y respecto del tiempo, no más de una hora; yo le diré a mi marido que vendré contigo a que me hagas la entrega de algunos materiales, es decir, no le mentiré. Le pediré que venga por mí. Con esto consideré haber cerrado cualquier posibilidad de otra cosa. ¿Estás de acuerdo? Sí, cumpliré tus condiciones, me respondió. De inmediato y no sé por qué, le dije, “si tu imaginación da para más, nos despedimos como propones”. Me miró fijamente y dijo, ok, acepto tu propuesta. Nos vemos el viernes.

    En el camino a mi casa, reconsideré lo que le había dicho, en particular sobre la imaginación. Pasaron por mi mente muchas cosas. Cancelar la cita y adiós. Después ya no quise pensar y esperé un día más para la cita de despedida, según él. Para mí fue algo novedoso, nunca me había citado con un hombre en esos términos. Me molesté conmigo misma por pensar en cómo iría vestida, qué podría proponerme, y yo, qué haría y cómo me sentiría.

    Llego el viernes, le dije a mi marido de la cita, que el motivo era para que me entregará las carpetas de las diferentes rutinas, en la sucursal cercana al domicilio, que me iría caminando, como diez cuadras y que pasara a recogerme a la nueve de la noche. A pesar de que era una noche cálida de primavera, no quise vestirme provocativa: nada de faldas cortas o vestidos ajustados o pantalones ceñidos al cuerpo. Sólo me recogí el pelo, me puse un vestido largo, casi a los tobillos, de licra, color blanco, poco ajustado, pero con tacones, que dudé en ponérmelos. Casi no me pinté, no quería que pensara que me había arreglado para él. La ropa interior normal nada de tangas ni nada, pues no me gustan, para mí son incómodas.

    Llegué al local, estaba cerrado, lo tuve que abrir. Como él había impartido clase hasta las seis pensaba que lo iba a encontrar. Pero no, no estaba, llegó a los cinco minutos, había ido a comprar una botella de agua, apareció recién duchado con el cabello mojado y olía a limpio: lo vi entrar con unos pants ajustados color amarillo y una playera negra ajustada, con tenis, lo que provocó que cuando lo saludé me viera más alta que él, pues mis tacones eran como de cinco centímetros, con lo cual mi estatura llegaba como a 1.78. Nos dimos un beso en la mejilla y regresó al fondo del local para traer dos sillas.

    Acomodó las dos sillas, frente a frente y me invitó a amablemente a que nos sentáramos, inmediatamente me miró a los ojos, me tomo de las manos y el diálogo se inició, no sin antes decir: tenemos una hora y debemos aprovechar el tiempo.

    -Eres una mujer demasiado atractiva, por lo menos para mí, pues tengo debilidad por las mujeres maduras. Desde que te conocí así me pareciste y hoy en esta noche lo confirmo. Tu marido debe sentirse orgulloso de tener una mujer como tú a su lado.

    -Por supuesto, le respondí, ya me lo han dicho muchas veces, no es nuevo. Y así continuó, con más cumplidos, nada novedosos, pero después, sus palabras empezaron a envolverme por subir de tono.

    -A pesar de todo lo que has provocado y estás provocando en mí en este momento, te reitero que cumpliré el acuerdo. Después se levantó de la silla, supuse para que lo mirara y dijo: Me basta tu presencia y me intriga y seduce al mismo tiempo saber y sentir si una mujer como tú, pelirroja, con pecas en el rostro, labios carnosos, esbelta, con más de 50 años y con la menopausia a cuestas, es capaz que desde su interior se despierte un erotismo diferente al que ha vivido.

    Después, sacó una tarjeta de su chamarra del pants y me dijo mirándome a los ojos: En relación a si mi imaginación da para más -me lo dijo en tono de sentencia- permíteme leerte lo siguiente: “Mi imaginación sí da para más, pues te imaginé frente de mí, como ahora, mirándome y haciéndome lo que has imaginado hacer pero nunca lo aceptaste para sí, pues preferías coartar tu imaginación; en este momento sé que imaginaste imaginar este momento, y que ahora tu imaginación es más real de lo que imaginaste. Tus manos no son imaginarias, son tan reales como cada parte de mi cuerpo y depende de ti, sólo de ti, que tus manos dejen de imaginar lo que imaginaron y hagan realidad lo que imaginaron”. (Debo decir que reescribo fielmente estas palabras porque conservo aún la tarjeta).

    Quedé absorta, no por las palabras en sí mismas, sino por lo que prometían y sugerían en ese preciso momento. Sabía lo que significaban esas palabras, no había necesidad de solicitar explicaciones. Mi corazón empezó a latir con vehemencia. Mis ojos empezaron a contemplar la simetría de su cuerpo, de arriba abajo; me di cuenta que me dejé vencer cuando dirigí la mirada hacia el punto intermedio de su cuerpo de donde brotaba aquella armonía y de reojo miraba el reloj: el minutero rebasaba el número 10, es decir, eran más de las ocho. El tiempo, entonces, significaba poco y mucho al mismo tiempo. La tentación era fuerte, inconmensurable, y no pude resistirme. Me sentí vencida por el deseo.

    Mis manos empezaron a deslizarse por su cuerpo, iniciando por su pecho, luego sus hombros, sus brazos, lo hacía para comprobar si eran reales. Después su abdomen, que era como una piedra, después sus muslos, demasiado duros. Después me puse detrás de él y deslice mis manos por su espalda, ancha y bien formada, luego toqué sus brazos nuevamente pero deteniéndome en sus tríceps, después nuevamente su espalda, hasta la cintura, haciendo un triángulo inverso y luego sus nalgas, redondas, paradas, duras, bien proporcionadas. Él se mantenía erguido, sin moverse. Estando todavía detrás de él, volví a tocar su abdomen, sentía cada músculo de su abdomen, a pesar de que los sentía encima de su playera. Después, brevemente bajé mis manos y rocé su miembro, cuando lo toqué ambos nos estremecimos. Di la vuelta y me puse nuevamente enfrente de él, pero me senté en la silla, miré hacia arriba y me encontré con sus ojos. Bajé la mirada, la cual se dirigió a su miembro, miraba cómo crecía y se marcaba, hacia arriba y de lado izquierdo en su pants. En ese momento, mi corazón latía a mil por hora. Lo estaba viendo crecer, como si fuera a salirse. Empecé a concentrarme en su miembro, lo tocaba suavemente y lo miraba, acercaba mi mejilla para sentirlo, lo sentía caliente y en algunos segundos mi mirada se encontraba con la suya, la cual denotaba cierto orgullo de su parte.

    Miraba el reloj, el minutero se acercaba a la media. Sabía que quedaba poco tiempo. Dudé en seguir acariciando su miembro sobre el pants o sacarlo, no dejaba de mirarlo y tocarlo. Finalmente, mis ojos buscaron nuevamente a los suyos, bajé un poco sus pants y saqué su miembro, el cual surgió antes mis ojos: impresionante, nunca le había visto el pene a un hombre que no fuera a mi marido. Llegaba a mirar en ocasiones la entrepierna de algunos hombres pero me reprimía y quitaba la mirada. Ahora tenía frente a mí un pene diferente al de mi marido. No sé si las proporciones eran mayores o similares, pues mi marido está bien dotado, pero sí éste lo vi demasiado erecto, grueso y grande. Lo tomé con las dos manos y no lo abarcaba todo, me gustó esa sensación. Empecé a realizar movimientos suaves, después me detenía y mis dedos buscaban su glande y se encontraban con la humedad consabida. Mis dedos se deslizaban alrededor de su glande, sentía como latía ese pedazo de carne y como crecía su excitación. Pasó por mi mente llevármelo a la boca y mamársela despacio, pero recordé lo que le había dicho: nada de sexo oral. Entonces, lo volví a agarrar con mis dos manos y empecé a masturbarlo, como sabía hacerlo, con la experiencia adquirida durante treinta años de casada. Lo hacía en ocasiones rápido y en otras lento, finalmente mis manos sintieron como venía en camino el fluido desde sus entrañas. Fue una explosión, tenía tiempo de no ver tanto semen producto de una eyaculación. (Mi marido, por obvias razones, la edad, ya no eyacula así). Pero lo que más me impresionó fue la fuerza con que salió, despidiéndolo todo en diferentes momentos y direcciones, y al mismo tiempo que sentía sus espasmos, sentía como su semen salpicaba mi rostro.

    Me levanté de la silla, saqué algunos pañuelos desechables de mi bolsa y me sequé la cara. Después utilicé otros para limpiarle su miembro, el cual, si ya no completamente erecto, todavía mantenía un buen tamaño. Miré el reloj y faltaban poco más de veinte minutos para las nueve. Ambos nos manteníamos callados. Se subió el pants, me tomó de la mano y me llevó a una de las camas de los Pilates. Se puso detrás de mí, me tomo de los hombros, me los acarició, después bajo sus manos a mi cintura y me susurró que subiera mis rodillas a la cama y pusiera las manos adelante, es decir, me puso en cuatro, como se dice. Sus manos empezaron a acariciar mi cintura, luego mis caderas y mis nalgas, pero sobre el vestido. Después sentí como una ligera brisa en mis piernas y mi culo, pues me había levantado el vestido. Detrás de mí, sentí sus manos como empezaron a tocarme las pantorrillas, después mis muslos interiores, y finalmente mis nalgas, no completamente pues las pantaletas que traía lo impedía. Pretendió quitármelas pero me negué, así que sólo las hizo a un lado y empezó acariciarme alrededor de mi vagina, para después meter sus dedos en mi coño y buscar mi clítoris. Debo decir que no me sentía muy cómoda, pero lo dejé seguir como sus dedos hurgaban en mis entrañas. Me llamó la atención no estar reseca pues a mi edad suele suceder. Me gustó que lo hiciera delicadamente, y aunque lo estaba disfrutando no sentía que fuera a llegar al esperado orgasmo. Después ya no sentí nada y le pregunté qué pasaba, me dijo que me estaba contemplando de esa manera y disfrutaba ver ese culo blanco y grande que tantos veces imagino vérmelo. Voltee lo que pude para poder verlo, miré su entrepierna y noté que ya la tenía erecta nuevamente: supuse que se había excitado al contemplarme en esa posición. Le dije que se acercara, se acercó y sentí su miembro en medio de mi culo, me gustó sentirlo, grande y duro. Miré nuevamente el reloj: faltaban menos de diez minutos para la hora.

    Le dije que la hora se acercaba. Se retiró y mis nalgas volvieron a sentir las caricias de sus manos, y luego sus dedos volvieron a hurgarme en el coño, empecé a excitarme por la forma en que me acariciaba. Sentía como aumentaba mi placer, y como no podía más, recordé su pene y me sentí vencida: le dije que me la metiera, hizo a un lado mis calzones y empezó a penetrarme, de manera suave y delicada, poco a poco, tomando con sus manos mis caderas, la sensación era increíble, tal vez la posición ayudaba, era un placer indescriptible como iba entrando su miembro en mí coño, sentía su abdomen duro en mis nalgas, sentía que me traspasaba. Me gustó que no me embistiera rudamente, lo hacía despacio, y a pesar de no ser mi posición preferida, lo estaba disfrutando En ese momento, sonó un mensaje en mi teléfono, vi rápidamente el reloj y vi que ya casi eran las las nueve, el teléfono lo había puesto a un lado de la cama, así que tomé el teléfono y leí el mensaje, era mi marido, para decirme que en quince minutos estaba por mí pues estaba retrasado: había ido a comprar unos vinos y estaba esperando a que le trajeran del almacén los que había pedido. Leí el mensaje y le respondí que no había problema. Yo quería seguir pues ya me estaba excitando.

    Tenemos diez minutos, mantente quieto, le dije. Ya no quería que me siguiera embistiendo, me dolía un poco, así que empecé a mover mi culo de diferentes formas, de atrás hacia adelante, pero después empecé a moverme en forma circular, sintiendo como palpitaba su miembro y como se agrandaba, iba en el camino correcto: me concentré en que los movimientos fueran más circulares, pero no teniendo todos su miembro dentro de mí sino la puntita. Fue un instante explosivo. Al mismo tiempo. Sentí como todos sus fluidos bañaban mis entrañas. Quedamos uno segundos así, recuperándonos. Sólo pensé que pocas veces había tenido un orgasmo con mi marido en esa posición.

    A los pocos minutos sonó el claxon de un auto. Supuse que era mi marido. Me paré y me bajé el vestido. Le di un paquete de pañuelos higiénicos para que se limpiara, le di un beso en la mejilla, tomé las carpetas y salí del local. Mi marido estaba dentro del auto, me subí, nos dimos un beso en la mejilla y me preguntó si todo había estado bien, le dije que sí. Arrancó el auto y después bajo a la velocidad y me dijo que le hubiera gustado despedirse nuevamente del instructor, pero después aceleró y se respondió, bueno, ya iré a verlo próximamente. O podríamos ir juntos. Después hizo una pausa y dijo: aunque en ocasiones tal vez tendrás que ir sola, pues estás más involucrada en este negocio del Pilates que yo. No crees? Me preguntó.

    Me quedé callada, no le respondí, luego le dije, tal vez, ya veremos. En ese momento sentí como iba saliendo poco a poco el semen de mi vagina. Me sentí desleal, pero también liberada. Vencida pero victoriosa.

  • Cómo perdí mi virginidad (Final)

    Cómo perdí mi virginidad (Final)

    -Es que tengo miedo de que me duela, señor…

    -Te va a doler un poco al principio, pero enseguida pasa… No sos el primero al que se la doy, Jorge, y los anteriores me contaron que duele mientras está entrando, pero enseguida pasa…

    -Ay, ojalá, señor… ¡Ojalá!…

    Y fue exactamente como me había dicho el señor Romero… Me tenía en cuatro patas en la cama y mientras me la estaba metiendo sentí un dolor tan fuerte que tuve que morderme los labios para no gritar… Después, cuando la pija estuvo toda adentro e iba y venía el dolor se fue atenuando hasta desaparecer… ¡Ay, que placer tan lindo!…

    No podría por nada del mundo dejar de ser un putito, después de haber probado las delicias de una pija… O mejor dicho, de dos, porque esa tarde me cogieron el señor Romero y el señor Abaroa y siguen haciéndolo tres o cuatro veces por semana en la casa del señor Romero, donde debo presentarme cada vez que el Director me lo ordena…

    Falta una semana para que las clases terminen y ayer el Director me convocó a su despacho…

    -Bueno, Aguirre, te felicito, estás aprobado en todas las materias…

    -Gracias, señor Romero…

    -Es que fuiste un chico muy buenito, dócil, obediente…

    -Gracias, señor…

    -Además, nos hemos dado con Abaroa de cuánto te gusta la pija…

    -S… sí, señor, es… es cierto… -acepté bajando la cabeza, muy avergonzado…

    -¿Y qué vas a hacer cuando terminen las clases, Jorge? ¿Vas a seguir viniendo a mi casa?…

    -Si ustedes quieren, sí, señor Romero… A mí me… me gustaría…

    -¡Claro que queremos, Jorge!… ¿O creés que vamos a perdernos el manjar que sos?…

    -Ay, gracias, señor…

    -¿Tenés celular, Aguirre?…

    -Sí, señor Romero…

    -Dame el número…

    Se lo di y lo anotó…

    -Cuando terminen las clases te voy a llamar cuando queramos que vengas, ¿entendido, Aguirre?…

    -Sí, señor Romero; sí…

    Las clases terminaron y como me lo había prometido me llama dos o tres veces por semana…

    -Venite hoy a las cinco de la tarde, Jorge, y vestido con esa ropa tan sexy que tenés… El short, la remera y zapatillas sin medias…

    -Está bien, señor, lo que usted quiera… -acepté sintiéndome cada vez más sumiso y cada vez más excitado con esa condición…

    Antes de ponerme la ropa ordenada me planté ante el gran espejo del comedor, en el que uno se ve de cuerpo entero…

    ¡Y sí, soy lindo!… Linda cara, lindo pelo castaño, espeso y enrulado… Lindos ojos, grandes y oscuros… ¡Y muy lindo cuerpo!… ¡Ay, sí!… delgado, esbelto y con ciertas formas… Y cuando me miro el culo y me lo acaricio siento que me gustaría cogerme a mí mismo, jejeje…

    Lo que hago cada vez que me masturbo es beber mi propia leche… Me siento al revés en el inodoro, hago que el semen caiga en la palma de mi mano izquierda y me lo tomo todo… Sí, soy muy putito, casi una puta de tan puto… ¡Y me encanta serlo!

    Fin

  • Mis machos del campo: Siguen las confesiones

    Mis machos del campo: Siguen las confesiones

    Toda la noche siguió lloviendo con intensidad, no sé qué hora era cuando desperté, estaba desnuda y pegoteada de leche por todos lados, uno de los hombres estaba acostado a mi lado en cucharita, rodeándome con sus brazos, no me costó desprenderme de el para levantarme. Fui a revisar mi teléfono para ver la hora y había un mensaje de Carlos preguntándome como estaba, note que había una línea de señal y le respondí que no se preocupe, que estaba bien, pero ya no tenía batería y que si no respondía era por falta de señal. No aclare nada más porque ya tendría tiempo de contarle personalmente mi experiencia con los desconocidos de la cuadrilla.

    Fui al baño me lave la cara y con un trapo limpio me despegue los pegotes de leche que tenía en el cuerpo y las piernas. Me puse encima una camisa de los hombres, hacía mucho calor allí adentro, estaba muerta de hambre avance hacia la cocina ubicada en el frente del tráiler pasando por las camas marineras (cuchetas) de los otros cuatro hombres que dormían plácidamente, encontré una jarra con café y unos trozos de pan casero que devore rápidamente. Ya no tenía sueño, mire un rato la torrencial lluvia por una de las ventanas y luego aburrida fui a ver como dormían los muchachos, al arrimarme, uno de los que dormía en la cama de arriba había despertado, me dijo: Buen día amor, me sonreí y antes que le responda ya me había tomado por debajo de los brazos y me subió hasta su cama, el lugar era estrecho, así que me acomode sobre el como pude y empezamos a besarnos, tenía un pecho lampiño y mi delirio era chupar pezones masculinos, así que empecé a lamérselos y en el acto note como se calentaba y se la paraba la pija, el la tomo con la mano y me la ensarto profundamente, le pedí que abra las piernas y yo cerré las mías y sin dejar que se escape la pija de mi concha, le dije: ahora te voy a coger yo papito. Me movía lentamente sobre él, no solo quería hacerlo gozar, también quería que sepa quien mandaba, ya que el por la posición debía dejar sus piernas y cintura inmóviles y la que hacia todo el trabajo era yo, ambos empezamos a gemir y dar algún grito, mientras lo cogía con mi cabeza apoyada en su pecho vi cómo se empezaron a incorporar los otros hombres, uno de ellos dijo riendo: empezó temprano la fiesta. Yo no podía más que gemir y moverme, ellos se pararon al costado de la cama mirándome muy de cerca, ya que la cama donde estaba era la de arriba. Me miraban con tanta calentura que me volvía loca, tome del pelo a uno de ellos y empecé a besarlo en la boca como poseída, en realidad quería chupar una pija, pero por la altura de la cama ninguno podía llegar con la suya hasta mi boca, de todos modos me fui besando con todos mientras seguía cogiendo al que estaba debajo mío.

    Uno de los hombres dijo: yo me subo y le doy por el culo, uno de los otros lo paro y le dijo que la cama no resistiría a los tres y se rompería y caería, el hombre se quedó parado, pero tomo un jabón, se lubrico los dedos y me abrió las nalgas y me metió primero un dedo y después dos por el culo. En ese momento enloquecido empecé a moverme y a gritar como poseída, tenía la concha y el culo con carne de hombre, solo me faltaba la pija en la boca, así que me conforme con los besos y lengüetazos en la boca que les daba a los otros. Era indescriptible el placer de estar cogiendo y al mismo tiempo tener de espectadores casi pegados a mí a cuatro machos recalientes, así que entre alaridos de placer acabe varias veces, cuando sentí la leche tibia en la concha di un aullido que tapó el sonido de los truenos que retumbaban. En ese momento uno de los ¨espectadores¨ dijo: bueno Eduardo, ahora nos toca a nosotros, me saco de encima del llamado Eduardo y me llevo hacia la cama grande del fondo del tráiler, yo iba alzada en todo sentido, alzada por esos brazos fuertes y alzada de ganas de seguir cogiendo. Se tiro en la cama conmigo encima y me ensarto la pija en el acto, uno de los otros ahora sí pudo acomodarse detrás mío y metérmela por el culo, gozaba como una loca y empecé a pedir pija en la boca, se la chupe tan fuerte a uno que lo hice acabar en seguida y trague toda la leche, el segundo que se arrimó duro más, yo sentía los empellones de los dos que me estaban cogiendo y mamaba con avidez, no sé cuántas veces acabe, pero ellos tres lo hicieron casi al mismo tiempo. Trague toda la leche de la pija que chupaba y sentí al mismo tiempo los chorros tibios en el culo y la concha. En ese momento me afloje toda y me deje caer sobre el que estaba debajo de mí y ahí quede sintiendo como dentro de mí esas dos pijas se iban poniendo fláccidas. Sé que nunca poder expresar el estado de placer y satisfacción que sentía. Con los chicos en el campo gozaba como una perra, pero estos cinco hombres rudos y grandotes me habían dado la mejor cogida de mi vida.

    De a poco nos fuimos incorporando, pase por el baño y nuevamente me saque los pegotes de leche y fui a la mesa de la cocina, sentía mucho calor, así que me quede desnuda, ellos se sentaron conmigo, uno arrimó tazas de café, estuvimos en silencio largo rato, hasta que uno de ellos pregunto: quien sos, que haces sola en estos lugares desiertos? No quería decir nada sobre mí por temor a lo que podría pasar si un rumor de algo como esto llegaba al pueblo o a alguno de los campos vecinos. Les pedí que me entendieran, que prefería mantener todo en secreto, les había dado lo que querían y lo había pasado excelente con ellos, pero esta sería la primera y única vez que pasaría. El que parecía ser el jefe me ofreció que siguiera la campaña de cosecha con ellos, podría hacer de cocinera y de hembra de todos. Me causo gracia la oferta, pero le respondí que tenía trabajo y obligaciones, que estaba en pareja y que eso era todo lo que iban a saber de mí. Noté en sus caras el disgusto por la respuesta, les dije que entendía que estar solos meses enteros, sin mujeres y trabajando de campo en campo, yendo por caminos solitarios era angustiante, que la había pasado increíble con ellos, pero que debía irme en cuanto pare la lluvia. El que me había cogido primero dijo: muchachos, la señora se portó como una reina, nos cogió y mamo a todos, ya está, tal vez algún día volvamos a encontrarla y cogerla de nuevo, a lo que respondí: porque no? Los otros se rieron asintiendo.

    A media tarde paro la lluvia, me vestí con mi ropa que ya estaba casi seca, bese con lengüetazos a los tres que quedaban, que al hacerlo aprovecharon a manosearme entre risas y montada en un tractor con los otros dos fuimos a buscar mi camioneta. Con el inmenso tractor no costo mucho sacarla del fango, por suerte la chapa patente estaba cubierta de barro, así que no tendrían forma de identificarla e identificarme. Una vez que estuvo sobre el camino la puse en marcha, me baje, les di las gracias y un beso profundo a cada uno.

    Por el espejo retrovisor vi las caras tristes de los hombres saludándome con la mano. Puse música y lentamente retome el barroso camino hacia el campo donde estaban mis chicos.

  • Gusto por asistir al gym

    Gusto por asistir al gym

    Tengo 48 años y llevo 22 años de casada, tengo tres hijos, solo uno vive en casa. Mi matrimonio, para estas alturas, camina bien, con sus altas y sus bajas. Mi relación con mi esposo es buena, sin problemas, me siento satisfecha en todos sentidos. No pido más. Soy ama de casa y tengo tiempo libre para ir al gym, con mis amigas o ir de compras. Soy una mujer seria en mi forma de ser, en mi forma de relacionarme con los demás y de vestir igualmente, con algunas excepciones.

    Creo que estoy bien conservada para mi edad, hago ejercicio y la herencia que tengo creo que también influye, italiana. Asisto a un club y realizo pilates y algo de pesas en el área de gimnasio, combino ambos. Recientemente, uno de los instructores me recomendó hacer sentadillas, ejercicio que me está funcionado, pues he visto resultados en mis piernas y glúteos; ya dominó el movimiento, y con el tiempo he aumentado de peso en la barra, con más discos, por lo que el instructor me empezó a ayudar para realizar adecuadamente el movimiento y así evitar algún accidente o lesión. Él me ayuda poniéndose detrás de mí y bueno, y en esa ayuda, he llegado a sentir su miembro en mi trasero, pero de ninguna forma deliberadamente por él.

    Hago cinco series de diez repeticiones. Dos veces a la semana hago sentadillas y se ofrece a ayudarme. Tendrá unos 35 años, buen mozo, delgado pero con los músculos marcados. Cuando es martes y jueves voy con más gusto, me compré últimamente unos leggins ajustados y me siento complacido en el momento en que me ayuda. Disfruto ese momento. Cuando termino las series, él se retira a continuar con su trabajo y nada más. Pero cuando puedo, miro su cuerpo sin que se dé cuenta y discretamente he llegado a mirar su entrepierna. No pretendo nada más sólo me complace y me complazco con ese momento. Pero a veces me siento ridícula y tonta, con esos pensamientos y haciendo eso. Cómo una ama de casa como yo, cerca de la menopausia, está cayendo en eso.

  • La duda se apodera de su razón

    La duda se apodera de su razón

    Llevo 10 años de matrimonio con mi esposa. Tengo 45 años, ella 42. Ambos somos químicos de profesión. Yo imparto clases en un bachillerato y en la universidad. Ella trabaja en la industria farmacéutica. Como todo matrimonio, ha tenido sus altibajos. Y creo que ahora es uno de ellos. Últimamente la siento diferente, un poco distante conmigo, sin ninguna razón en particular, ya sea por una discusión o algo parecido. Está llegando a casa más tarde de lo normal, dice que tiene mucho trabajo.

    Hace unos días se fue a la Convención anual de ventas que organiza el laboratorio donde trabaja, la fui a dejar al aeropuerto, iba vestida con una falda corta y tacones, algo raro pues no siempre se viste así, pero lo comprendí por tratarse de un evento importante. No quiso que la llevara hasta el mostrador de la línea aérea, me dijo que allí la dejara, que no había necesidad de llevar el auto al estacionamiento, que ya se le hacía tarde. Pasaron por mi mente muchas cosas, después ya no quise pensar. En la mañana del otro día, abrí el closet y vi la bolsa de la tienda departamental con la que había llegado en la noche, es decir, un día antes de irse a la Convención. En otra situación no me hubiera llamado la atención. La revisé y me encontré con la nota de pago, la cual además de la cantidad, en la descripción decía «ropa interior», cinco tangas de color diferente, las cuales usa pero eventualmente.

    No he podido dormir en estas tres noches, le doy vuelta y vueltas a la situación. Faltan dos noches y no sé si decirle cuando regrese, enfrentarla o qué. Tampoco tengo evidencias de algo y no sería justo acusarla así porque sí. Considero que, y disculpen mi confesión, la atiendo bien en el plano sexual, bueno, eso creo yo. Todavía en la madrugada del día en que se fue, tuvimos intimidad y sentí que disfrutó. No sé, pero la incertidumbre me está matando, estoy tratando de controlarme mentalmente pero a pesar de ser muy racional, tal vez por mi formación como Químico, no puedo, me está costando mucho trabajo. En la Química no hay lugar para la imaginación y ahora estoy en momento que no dejo de imaginar cosas.

  • Seduciendo con imaginación

    Seduciendo con imaginación

    Acabo de cumplir 50 años, casada, con dos hijos. Mi marido tiene 55 años, llevamos 25 años de casados. Él es director de marketing de una empresa, yo trabajo en la misma área pero en un laboratorio. Tengo una personalidad fuerte, por lo que, a pesar de que en el trabajo la mayoría de las personas me respetan, incluyendo a los hombres. Por razones de trabajo debo estar bien presentada, arreglada, bien vestida. Para la edad que tengo, me siento bien, cuido mis hábitos, mi dieta y hago ejercicio. Me dicen que parezco que tengo 40 o 42 años.

    Hay una parte de mi cuerpo de la que me siento orgullosa y esas son mis piernas, así que cuando el clima y la ocasión lo ameritan, se evidencian cuando me pongo trajes sastre, faldas o vestidos, un poco arriba de la rodilla pues tampoco soy una jovencita, lo sé muy bien. Siento siempre la mirada de los hombres, sin importar su edad, y no lo niego, me gusta y a veces las muestro un poquito más, si la situación lo amerita, como puede ser el cierre de un negocio o venta con algún cliente hombre. Pero también percibo que no le caigo bien a cierto tipo de mujeres.

    Soy coqueta pero generalmente seria, aunque tengo sentido del humor y me gusta reírme. Disfruto cómo se llegan a poner nerviosos los hombres por mi personalidad, fuerte y dominante, por lo que pocos se han atrevido a seducirme y cuando encuentran mi negativa, terminan por retirarse. Mi marido así me conoció y me aceptó, y con sus altas y sus bajas, ya llevamos un cuarto de siglo de matrimonio. Creo que como su autoestima es alta y está seguro de mí, no expresa celos y no le molesta mi forma de ser y de vestir. Me deja ser libre y si no hubiera sido así, no estaríamos juntos.

    Por el trabajo de ambos, la edad y los problemas que nunca faltan, nuestra vida sexual ha decaído un poco, pero la sobrellevamos. Yo estoy con dos años de menopausia y él con ciertos problemas de erección. Dicho de otra manera: ni el deseo ni la biología son las mismas. Sin embargo, me gusta investigar y leer y no aceptar tan fácilmente las cosas. Por ejemplo, leí que es importante, para reavivar el deseo en parejas como la nuestra, potenciar la imaginación para vivir una sexualidad plena a través del erotismo y creo que sí funciona, para muestra dos botones. Debo decir que, en consonancia como soy, yo tomé la iniciativa.

    Fuimos a cenar a un restaurante, en pleno verano, me vestí con una falda corta negra, tacones y una blusa pegada color blanco, me recogí el cabello. Me sentía muy bien, cuando llegamos al restaurante sentí las miradas y mi esposo se dio cuenta y supuse que le gustó. Hablamos de muchas cosas, de repente le dije que iba al baño y cuando regresé me dijo que algunos hombres no me quitaban la vista de encima. Me senté y le dije: esos hombres que dices me miran pero son tan estúpidos que no se imaginan que no traigo ropa interior: entonces le entrego por debajo de la mesa a mi marido mis pantaletas. Se quedó incrédulo. Disfrutamos la cena en todos sentidos. Había logrado mi objetivo, a marido le urgía pedir la cuenta. Esa noche tuvimos sexo increíble.

    En otra ocasión un compañero del trabajo tuvo que pasar por mí en la mañana para ir a visitar a unos clientes, me puse tacones y un vestido blanco corto. En el desayuno me preguntó que por qué tan arreglada, le dije que tenía una cita importante y en realidad así era. Me abrazo y me tocó mis nalgas y sintió con sus manos que traía una tanga. Esto le excito, pues sentí como respondió. Sin embargo, le dije que me incomodaba. Sonó el claxon del auto de mi compañero y le dije, ya me iba pues se me hacía tarde. Pero antes de salir, me la quité y se la di en sus manos y así me fui, sin ropa interior. Mi marido quedo sin habla. Sólo sentí como miraba mi trasero y después como mi compañero me habría la puerta del auto y yo subía mis ´piernas para acomodarme.

    Ya en el camino, le envié un mensaje diciéndole que mi compañero miraba mis piernas discretamente. Y luego le pregunté? Crees que se imagine que no traigo ropa interior? Le envié dos mensajes más. En uno de ellos le decía que escuché que me habían dicho MILF.

    Cuando llegué a casa, mi marido tenía el deseo en lo más alto y yo, por supuesto, también, sólo él y yo sabíamos de todo esto. Así festejé mis 50 años.

  • Loba ardiente

    Loba ardiente

    Esta Saga lo voy a escribir por primera vez en primera persona como mujer.

    Mi nombre, ficticio, es Loba Ardiente. He tenido una vida sexual plena, con amantes masculinos y femeninos de todas las edades, fuera de la familia, vecinas y vecinos, y dentro de la familia, mi padre, mi hermana, mi hijo… Me he corrido tantas veces que con mi jugo podría llenar una piscina. He dado de beber y he bebido. Puedo decir con la boca llena que he vivido.

    Yo era una joven muy religiosa de las que rezaba después de haber tenido una tentación. De las que por nada que molestase pedía perdón. Enamorada y fiel a mi novio Roberto, hasta el día que llegué a casa de lavar la ropa del río y vi a mi padre echado sobre la cama, con su gran verga en la mano. Se la estaba pelando. Me santigüe, pero en vez de dar la vuelta e irme, me quedé mirando. Estaba como hipnotizada.

    Mi padre, que tenía 39 años, me vio, y me dijo.

    -Ven. Piluchita.

    Mi cabeza me decía que no fuera, pero mi chocho mojado me arrastró hacia mi padre. Nada más sentarme en el borde de la cama, me cogió la cabeza y llevó mi boca a su verga. Al tenerla dentro, me dieron arcadas. Mi padre, viendo que iba a potar, sacó la polla, y llevó mi boca a la suya. Aún fue peor. Su boca tenía el olor de un cenicero. Lo extraño fue que me iba mojando más y más.

    Mi padre, me preguntó:

    -¿Aún eres virgen?

    -Sí.

    -Tienes que aprender a follar, si no lo haces, en tu luna de miel, tu marido se va a encontrar con un saco de patatas. Así se comienzan a fraguar las separaciones.

    Yo no era tan tonta como para creerlo, pero mi chocho me ardía, se abría y se cerraba y seguía echando jugo. Estaba cachonda, cachonda pero que muy, muy cachonda. Cuando mi padre me magreó las tetas, deseé que me arrancase el vestido y que me hiciese suya. Fue más sutil. Me bajó la cremallera… Quedé en sostén y bragas. Mi padre cogió mi cabello, que me llegaba a la cintura, y lo trajo hacia delante. Tapó el sostén con él, y me dijo:

    -Quítate el sujetador.

    Al quitarme el sujetador. Mis grandes tetas quedaron tapadas por mi cabello. Mi padre buscó con la punta de su lengua mi pezón izquierdo, y al encontrarlo hizo círculos con ella sobre él. Luego lamió la areola. Yo, saqué el cabello de mis tetas y lo puse hacia atrás. Los pezones, erectos, y las hermosas areolas rosadas de mis duras tetas quedaron al descubierto, mi padre, en vez de seguir lamiendo, me besó de nuevo. Su boca ya no me olía a cenicero. Me olía a lujuria. Le cogí la verga con la mano y la chupé como si fuera un chupachups. Luego le quité los zapatos. Le olían los pies a queso fermentado, y me gustó el olor. Le quité los pantalones y los calzoncillos. Él se quitó la camisa, y después me quitó las bragas dejando al descubierto un chocho rodeado de una espesa mata de pelo negro. Pensé que ahora sí, ahora iba a hacer lo que yo quería, comerme las tetas, pero no, me iba a hacer algo mejor. Metió su cabeza entre mis piernas. Sentí su lengua en mi chocho empapado y me estremecí. Aquella lengua quiso acabar con mi virginidad, pero no entraba en mi vagina. Como no pudo entrar, lamió los labios de mi chocho, y lo que ahora sé que es el clítoris. Al rato sentí un cosquilleó en los pies, y me fui poniendo más y más tensa, hasta que una explosión de placer me hizo sentir en la gloria.

    Había tenido mi primer orgasmo, y con él me corrí como si fuese una fuente.

    Mi padre siguió lamiendo y tragando mi jugo hasta que cesaron mis gemidos y mis movimientos de pelvis.

    Llegó mi hermana a casa haciendo ruido, como siempre. Nos estábamos vistiendo…

    Continuará.

  • Rico despertar

    Rico despertar

    Anoche me acosté tarde, cerca de las 2AM, hacía mucho calor en mi habitación, aunque la ventana estaba abierta se sentía el aire cálido de las que ya son las últimas noches de verano. Me di una ducha para refrescarme y me tire desnuda sobre la cama, sin cubrir mi cuerpo con nada, la cortina se abría dejando entrar el tibio aire desde afuera para refrescar mi desnudes, así me dormí.

    Por la mañana escuche un suave ruido, no le preste atención y trate de seguir durmiendo, suavemente sentí como me acariciaban unas manos, sin abrir los ojos me acomode boca arriba sobre mi cama, parecía un sueño, aquellas manos recorrían mis pechos y muy pronto una se posó en mi suave vagina, una boca saboreo mis duros pezones y se abrió paso a besos por mi vientre hasta que llego a mi mojada entrepierna, abrí mis ojos y vi a Jorge, era mi cuñado el que me despertaba con una rica sesión de sexo oral, saboreando y bebiendo todos los jugos que expulsaba con el rico orgasmo que me regalaba su boca entre mis labios y mi clítoris, lo tome por los cabellos y lo acerque más a mi sexo mientras me retorcía de placer acabando en su boca.

    Así de rico empezó hoy mi día.

    Un beso, Carolina.

  • Alejandra

    Alejandra

    Hoy, Alejandra, tú a mi casa has venido
    Porque quiero contigo hacer el amor
    Ya me dijo tu corazón delator
    Que también me deseabas, y he salido

    A buscarte y a traerte, ¡si no he dormido!
    Por querer sentir tu cuerpo, tu vigor 
    De mujer joven y fértil, y el ardor
    ¡El tuyo!, ¡follarte esta noche pido! 

    Desnúdate pronto, tus pechos dame
    Muéstrame tu coño, te lo comeré
    Baja mi calzón, y mi polla lame

    ¡Mámala entera, así, no me correré! 
    Ahora voy entre tus piernas, ¡qué derrame! 
    Dentro de ti mi semen, tu bien seré 

  • El calvario de Joselyn

    El calvario de Joselyn

    Se había hecho tarde y Joselyn caminaba apurada hacia la parada del colectivo que la llevaría a su casa. Se había quedado charlando en la casa de su amiga Noelia y había perdido la noción del tiempo. Se trataba de un barrio bastante desolado y mal iluminado y Joselyn sintió un poco de aprensión mientras se dirigía hacia la parada.

    Había sido una calurosa tarde y la joven, que contaba 18 años, vestía un corto short de jean que mostraba sus fantásticas piernas y una musculosa que dejaba adivinar sus jóvenes pechos, todavía estaba caluroso a pesar de que ya era noche cerrada. Cuando faltaba una cuadra para llegar a su destino, Joselyn sintió que un coche se acercaba por detrás de ella, aminoraba la marcha cuando estuvo frente a ella y una voz enronquecida dijo «Querés que te llevemos, nena?». Joselyn sintió terror, no dijo nada y siguió caminando, viendo con alivio que el coche reanudaba la marcha. Su alivio se desvaneció completamente cuando vio que el coche se detenía unos metros más adelante y un hombre descendió por la puerta del acompañante y se dirigió hacia ella.

    El terror paralizo a la chica, no supo que hacer y el hombre en dos zancadas estaba a su lado… Cuando quiso reaccionar ya era tarde, sintió que una mano la atenazaba por la cintura mientras otra mano la tomaba por el cuello mientras la arrastraba hacia el automóvil. El sujeto era fuerte y no tuvo inconvenientes en empujar a la chica al asiento trasero y tirarse encima de ella mientras el vehículo arrancaba rápidamente.

    Joselyn no llego a articular palabra porque el hombre que la atenazaba sin dejarla mover le dijo amenazadoramente: «No grites ni digas nada y no te va pasar nada» y le puso una mano en el cuello para que viera que iba en serio. Le soltó la cintura y empezó a tocarle los muslos con caricias que iban desde las rodillas hasta arriba y nuevamente bajaban sobando las suaves piernas de Joselyn, que estaba paralizada por el susto y solo pensaba «Me van a violar, por favor que alguien me ayude». El repelente sujeto que le sobaba las piernas quiso besarla y la chica se resistió a lo que el abusador le apretó el cuello diciéndole «Portate bien, ya te dije que si te portas bien no te va a pasar nada» y ante la amenaza la chica no se resistió a los lametones que el desagradable sujeto comenzó a propinarle. Joselyn sollozaba mientras le lamian el cuello y le sobaban las piernas, vio cuando una espantosa cara miraba por el retrovisor, la de un tipo mucho más viejo que el que la estaba manoseando, y con lujuria dijo «Guardame algo para mí, que buena que esta, que piernas tiene esa pendeja».

    El degenerado que la sobaba dijo «Apurate en llegar que no me aguanto y me lo voy a coger acá», Joselyn escucho aterrada mientras el abusador le seguía tocando las piernas, apretando los muslos, tratando de meterle la mano entre las piernas mientras seguía lamiéndola la cara y la chica ya casi no ofrecía resistencia.

    Después de un interminable viaje por calles desoladas el vehículo enfilo por un camino vecinal en una zona suburbana hasta llegar a lo que parecía un rancho abandonado. Sacaron a la chica a tirones del auto y la arrastraron hasta la casa. Lo primero que sintió Joselyn al entrar fue un intenso olor a humedad mezclado con olores menos identificables, a rancidez y a abandono.

    El interior tenía poco mobiliario, en un rincón una cama de dos plazas, un armario y una mesa con dos sillas. Y en otro rincón una puerta que comunicaba con lo que seguramente era un baño. La chica fue empujada hasta la cama, pero la dejaron de pie. Los dos degenerados querían verla bien, el más viejo y asqueroso se babeaba viendo la asustada y deliciosa hembra que se iba a coger y se acercó a Joselyn que empezó a temblar de asco y temor cuando el viejo le metió las manos por debajo de la musculosa y empezó a frotarle los senos. La cara deformada por la lujuria y las manos rasposas del viejo sobando sus pechos hicieron reaccionar a la muchacha que quiso apartarle las manos, pero el otro abusador, el fornido, la tomo de los brazos diciéndole «Ya te dije, portate bien pendeja» y la chica quedo inmovilizada mientras el viejo le tocaba a gusto las tetas y le estimulaba los pezones.

    Con un par de tirones, el más desagradable de los degenerados le quito la musculosa y la chica solo quedo vestida con su pequeño short, dándole al viejo que tenía adelante una vista impresionante de sus piernas y se tiro sobre la indefensa muchacha a chuparle ruidosamente los pezones mientras le acariciaba febrilmente los muslos. El otro abusador se había ubicado detrás de Joselyn y se frotaba contra ella, la muchacha sentía el duro bulto del otro sujeto contra sus nalgas y sus resoplidos contra su cuello mientras la lamia era insoportables.

    El más viejo comenzó a desabotonarle el short, Joselyn apenas oponía resistencia y con dos manotazos la desnudo. Los dos violadores casi se ponen a aullar cuando vieron esa impresionante nena solo con una minúscula tanga blanca que apenas cubría su concha.

    Joselyn sentía como cuatro afiebradas manos le recorrían todo el cuerpo, sus nalgas eran apretadas y dedos inquietos se metían dentro de su tanga mientras la lamian por todos lados, hasta que la acostaron en la cama y la chica supo que nada la iba a salvar.

    El más viejo dijo «boca abajo, pendeja» y la obligo a ponerse en esa posición, las manos del violador volaron hacia las nalgas de la chica y la sobaron largo rato, luego se posiciono sobre la infortunada muchacha y se puso a lamerle las nalgas, buscando con desesperación el culo de ella y se lo chupo intentando penetrarlo con la lengua durante buen rato hasta que logro meter la punta de la lengua bien profundo.

    Ante ese manjar que se iba a coger, el degenerado tenía una erección impresionante y no aguantando más se posiciono sobre la chica y dirigiendo con una mano su verga la puso en el apretado culo de Joselyn, que presintió lo que iba a ocurrir y solo musito «No, por favor» en el momento que el viejo hundía la punta de su pito en el culo y empujando logro introducirlo.

    Joselyn grito por primera vez, no podía creer el dolor que sentía, un degenerado violándola por el culo, ella creía que eso le pasaba a otras y ahora lo estaba sufriendo en persona… El violador empujo más fuerte y logro introducirle todo su miembro, sintiendo como el apretado culo comprimía deliciosamente su verga. Espero unos segundos y comenzó a embestir con fuerza ese delicioso hoyo mientras la chica se debatía tratando de rechazar ese intruso, pero el otro degenerado la tenía fuertemente apretada para que no pudiera moverse.

    El violador estuvo embistiéndola sin piedad por unos minutos hasta que sintió que era imposible demorar más su eyaculación y con un gemido ronco le inyecto todo su semen profundamente.

    Aun estuvo unos momentos montándola, mientras la chica gemía hasta que se deslizo de costado y le dio lugar al otro violador, que esperaba ansioso que por fin terminara de cogerse a esa delicia su sucio compinche.

    Joselyn supo que su calvario no terminaba cuando sintió que el otro degenerado se posicionaba detrás de ella y empezaba a cogerla nuevamente por su dolorido culo. Sintió dolor cuando el abusador la penetro, pero no tanto como con el primero, y enseguida sintió como después de unas cuantas embestidas y en medio de un audible gemido, el otro violador acabo dentro de ella dejándole otra buena cantidad de semen en su interior…

    Después de unos momentos, el que la había cogido por ultimo le dijo «Te portaste bien pendeja, ahora te vamos a dejar ir».

    Joselyn fue al baño, se trató de limpiar lo más que pudo, se vistió y los dos abusadores la llevaron en auto hasta donde la habían encontrado.

    Finalmente, muy dolorida Joselyn llego a su casa, nunca dijo lo que le había pasado, le daba vergüenza y prefirió callarlo para siempre.