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  • La enfermera y el paciente ingresado

    La enfermera y el paciente ingresado

    Laura recorría el pasillo del hospital con pasos silenciosos, el eco de sus zuecos amortiguado por la moqueta gastada. Eran las tres de la madrugada y el edificio parecía contener la respiración: solo el zumbido lejano de algún monitor y el ocasional carraspeo de un paciente dormido rompían la quietud. Llevaba el uniforme blanco impecable, el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto la nuca pálida, ligeramente perlada de sudor por el calor sofocante de la calefacción central

    Treinta y cuatro años, casada desde hacía ocho, madre de dos niños que ya dormían solos en casa con su padre. Una vida ordenada, predecible. Y, desde hacía meses, absolutamente carente de fuego.

    Sergio ocupaba la habitación 312 desde hacía cinco días. Una torcedura de tobillo jugando al pádel, nada grave, pero su seguro privado le permitía quedarse “en observación” todo el tiempo que quisiera. Veintinueve años, soltero, cuerpo atlético de quien entrena cuatro veces por semana, piel morena y una sonrisa que parecía saber exactamente lo que provocaba.

    Desde la primera noche había empezado a coquetear: comentarios sobre lo bien que le quedaba el uniforme, bromas sobre si las enfermeras de noche también curaban otro tipo de dolores, miradas que se detenían demasiado tiempo en el escote cuando ella se inclinaba para tomarle la tensión.

    Laura fingía enfado, pero cada noche sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas al salir de la habitación. Su marido apenas la tocaba ya; el sexo se había convertido en una rutina apresurada los sábados, cuando los niños dormían en casa de los abuelos. Y Sergio… Sergio la miraba como si quisiera comérsela entera, despacio, sin prisa.

    Aquella madrugada, mientras revisaba el carrito de medicación, oyó el timbre de la 312. Suspiró, ajustándose la bata, y empujó la puerta entreabierta.

    Sergio estaba recostado contra las almohadas, la luz tenue de la lámpara de noche dibujando sombras suaves sobre su torso desnudo. La sábana le cubría desde la cintura hacia abajo, pero había un bulto evidente, tenso, que levantaba la tela de manera descarada. Él la miró con esa media sonrisa suya, los ojos brillantes.

    —¿Me echabas de menos, enfermera? —preguntó con voz ronca, sin moverse.

    Laura sintió que el corazón le daba un vuelco. Cerró la puerta tras de sí con cuidado, el clic del pestillo resonando como un disparo en el silencio. Se acercó a la cama, intentando mantener la compostura profesional.

    —¿Qué necesitas, Sergio? —dijo, aunque su mirada ya se había desviado hacia aquel bulto imposible de ignorar.

    Él no respondió con palabras. Con un movimiento lento, deliberado, apartó la sábana hacia un lado. Su polla apareció erguida, gruesa, la piel tensa y brillante en la punta donde ya asomaba una gota transparente. Se alzaba orgullosa contra su vientre plano, palpitando levemente con cada latido.

    Laura se quedó sin aliento

    —Necesito que me cures esto —murmuró él, rodeándola con la mano sin apretar, solo para mostrarla mejor—. Llevo días así cada vez que pienso en ti.

    Sus pezones se endurecieron bajo el sujetador, traicionándola, y sintió un calor húmedo extenderse entre sus muslos. Miró hacia la puerta cerrada, luego hacia la ventana con las persianas bajadas. El hospital estaba vacío en esa planta; la otra enfermera de turno dormitaba en la sala de descanso al fondo del pasillo.

    —No podemos… —susurró, pero su voz sonó débil, sin convicción.

    Sergio extendió la mano libre y rozó apenas sus dedos con los de ella.

    —Solo un poco —dijo—. Nadie va a entrar. Y tú… tú también lo deseas, Laura. Lo veo en cómo me miras.

    Ella se mordió el labio inferior. El sentido del deber luchaba contra un hambre que llevaba meses royéndole las entrañas. Dio un paso más cerca de la cama. La polla de Sergio se movió ligeramente, como si la reconociera, y otra gota perlada brotó de la punta.

    Laura respiró hondo, el pecho subiéndole y bajándole con rapidez. Luego, con un gesto casi automático, giró el pestillo de la puerta hasta el tope. El clic fue definitivo.

    Se acercó al borde de la cama, los ojos fijos en él. Sergio no se movió, solo la observaba, dejando que fuera ella quien decidiera el siguiente paso. Laura levantó una pierna y, con cuidado para no hacer crujir el colchón, se subió a la cama, arrodillándose a horcajadas sobre sus muslos sin tocarlo aún. La sábana quedó arrugada a los lados. Sintió el calor que irradiaba del cuerpo de él, el aroma más intenso ahora que estaba tan cerca.

    Sus manos temblaron ligeramente cuando se apoyó en el cabecero para mantener el equilibrio. Bajo la falda del uniforme, sus bragas ya estaban empapadas. Sergio alzó las manos y las posó con suavidad en sus caderas, sobre la tela, sin presionar, solo marcando territorio.

    Laura bajó la mirada hacia aquella erección que apuntaba directamente hacia ella, palpitante, invitadora.

    —La virgen… —susurró, casi para sí misma.

    Y entonces, muy despacio, comenzó a bajar las caderas.

    Laura sintió el roce de la tela de sus bragas contra la piel caliente de Sergio cuando sus caderas descendieron otro centímetro. El calor que subía de él era una promesa densa que le hacía palpitar el clítoris con anticipación.

    Se detuvo un instante, respirando entrecortada, los dedos apretando el cabecero de metal frío. Sergio la miraba desde abajo, la mandíbula tensa por el esfuerzo de no moverse, de dejar que fuera ella quien marcara el ritmo.

    Con un movimiento lento, casi reverente, Laura se inclinó hacia delante y deslizó una mano entre sus cuerpos. Sus dedos rozaron la base de la polla de Sergio, caliente, dura como acero envuelto en terciopelo. Él soltó un gemido bajo, apenas audible, y la gota que coronaba la punta se deslizó por el glande hasta mancharle los dedos. Laura se los llevó a los labios sin pensarlo, probando el sabor salado y ligeramente amargo, y el gesto hizo que Sergio apretara sus caderas con más fuerza.

    —Joder, Laura… —susurró él, la voz ronca, temblorosa.

    Ella sonrió por primera vez, una sonrisa pequeña y traviesa, y volvió a bajar la mano. Esta vez apartó sus bragas a un lado con dos dedos, exponiendo su sexo húmedo y hinchado al aire fresco de la habitación. El contraste la hizo estremecerse. Estaba tan mojada que sentía los labios resbaladizos, el clítoris palpitante asomando entre ellos como pidiendo atención.

    La cabeza de la polla de Sergio rozó entonces su entrada, caliente, suave, insistente, y Laura dejó escapar un suspiro largo y tembloroso.

    Se hundió despacio, muy despacio.

    Primero solo la punta, que abrió sus pliegues con una facilidad obscena gracias a toda la humedad que había acumulado. Sintió cómo la estiraba, cómo la llenaba de a poco, centímetro a centímetro. El grosor era abrumador; sus paredes internas se adaptaban con un placer casi doloroso, contrayéndose alrededor de él en espasmos involuntarios. Sergio cerró los ojos un segundo, la cabeza echada hacia atrás contra la almohada.

    Cuando llegó a la mitad, Laura se detuvo otra vez. El placer era tan intenso que temía que un movimiento brusco la hiciera gemir demasiado alto. Sentía cada vena, cada pulso de la erección dentro de ella, como si su cuerpo estuviera midiendo, memorizando.

    El silencio del hospital parecía amplificar hasta el más mínimo sonido húmedo cuando ella se movió apenas, subiendo y bajando un par de centímetros para acomodarse mejor.

    Sergio abrió los ojos y la miró fijamente. Sus manos subieron por las caderas de Laura, deslizándose bajo la falda del uniforme hasta tocar la piel desnuda de sus muslos. Los dedos se clavaron un poco, no con fuerza, solo con necesidad.

    —Todo… —susurró él—. Quiero estar todo dentro de ti.

    Laura tragó saliva y, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse daño, descendió del todo. La sensación fue devastadora: él la llenó por completo, tocando un lugar profundo que hacía tiempo nadie alcanzaba. Sus nalgas se posaron sobre los muslos fuertes de Sergio, y ambos se quedaron inmóviles un instante, respirando el mismo aire caliente, sintiendo cómo sus cuerpos se reconocían.

    Ella empezó a moverse entonces, muy despacio, apenas un balanceo de caderas hacia delante y hacia atrás. Cada roce hacía que la polla se deslizara dentro de ella, rozando sus paredes sensibles, presionando contra su punto más sensible en cada vaivén.

    El placer crecía en oleadas lentas, densas, como miel caliente derramándose por su vientre. Sus pechos, aún cubiertos por el uniforme, se mecían con el movimiento; los pezones rozaban la tela del sujetador y enviaban chispas directas a su clítoris.

    Sergio subió una mano y, con cuidado de no hacer ruido, desabrochó los primeros botones de la bata de Laura. Metió la mano dentro, apartó el sujetador y tomó uno de sus pechos. El pezón estaba duro como una piedra; lo pellizcó suavemente, luego lo rodeó con el pulgar, y Laura tuvo que apretar los dientes para no jadear. El asalto a sus sentidos era total: la polla gruesa moviéndose dentro de ella, el pecho siendo masajeado, el clítoris rozando el pubis de él cada vez que se inclinaba hacia delante.

    Sus movimientos se hicieron un poco más amplios, pero siempre silenciosos. Subía hasta casi dejarlo salir, sintiendo el vacío momentáneo, y volvía a bajar tragándoselo entero con un suspiro contenido. Laura sentía cómo sus jugos resbalaban por la base de la polla de Sergio, empapando sus huevos, goteando sobre la sábana.

    Sergio la miraba con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Aquel niñato no esperaba salirse con la suya ni por lo más remoto, pero estaba aprovechando bien la oportunidad. Su mano libre bajó hasta donde estaban unidos y, con el pulgar, encontró el clítoris hinchado de Laura. Empezó a frotarlo en círculos lentos, precisos, mientras ella seguía cabalgándolo.

    El placer se volvió casi insoportable; Laura tuvo que inclinarse hacia delante, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de él, para no perder el equilibrio. Sus labios quedaron a centímetros de los de Sergio; respiraban el mismo aire, jadeos silenciosos que se mezclaban.

    —Estás tan mojada… —susurró él contra su boca—. Se nota cuánto lo necesitabas.

    Laura solo pudo asentir, los ojos vidriosos. El orgasmo empezaba a construirse en su bajo vientre, una tensión deliciosa que crecía con cada movimiento, con cada roce del pulgar de Sergio sobre su clítoris. Sus caderas se movían ahora en un ritmo constante, lento pero profundo, buscando esa fricción perfecta.

    Y entonces Sergio dijo, con la voz más ronca que nunca, apenas un hilo de sonido:

    —Quiero correrme dentro de ti, Laura… dentro de mi enfermera favorita.

    Sus palabras cayeron como una chispa sobre pólvora seca. Laura sintió un estremecimiento violento recorrerle la columna, desde la nuca hasta la base misma donde él la embestía con aquella lentitud tortuosa. «Dentro de mi enfermera favorita». La frase se repetía en su cabeza, sucia y posesiva, y hacía que su coño se contrajera con más fuerza alrededor de la polla gruesa que la llenaba hasta lo imposible.

    Para no gritar, apretó los labios con tanta fuerza que notó el sabor metálico de la sangre, pero no le importó. Siguió moviéndose, despacio, siempre despacio, porque cualquier aceleración haría crujir la cama o escapar un gemido que delatara todo. Sus caderas rodaban en círculos pequeños y profundos, frotando su clítoris hinchado contra el pubis duro de Sergio mientras él permanecía quieto debajo, dejando que ella tomara todo el placer que quisiera.

    El sudor perlaba la frente de ambos. Una gota resbaló por la sien de Laura y cayó sobre el pecho desnudo de él, donde se mezcló con el brillo de su propia transpiración.

    Sergio no apartaba los ojos de ella. Sus pupilas estaban tan dilatadas que apenas quedaba iris. La miraba como si quisiera grabar cada detalle: el rubor que subía por su cuello, los mechones rebeldes que se escapaban de la coleta y se pegaban a sus mejillas, el temblor apenas perceptible de sus labios mordidos.

    Su pulgar seguía dibujando círculos húmedos sobre el clítoris de Laura, ahora más rápidos, más insistentes, sin perder nunca el ritmo silencioso que ambos habían impuesto.

    Laura sintió que el orgasmo se acercaba como una ola lenta pero imparable. Empezó en lo más profundo de su vientre, una tensión ardiente que se extendía hacia afuera, haciendo que sus muslos temblaran sobre los de él. Cada vez que bajaba las caderas, la cabeza del glande rozaba ese punto exquisito dentro de ella, y su coño respondía apretándolo con avidez, como si quisiera retenerlo para siempre.

    Los jugos de ambos se mezclaban en abundancia. Sentía la humedad caliente resbalar por sus nalgas, empapar los testículos pesados de Sergio, gotear sobre la sábana en un charco tibio y obsceno.

    —Sergio… —susurró ella, apenas un hilo de voz, casi inaudible. Era la primera vez que pronunciaba su nombre así, sin el tono profesional, cargado de súplica.

    Él respondió con un gruñido bajo, animal, y alzó ligeramente las caderas para encontrarse con ella en el siguiente descenso. El movimiento fue mínimo, pero suficiente: la polla se hundió un milímetro más profundo, presionando justo donde más lo necesitaba.

    Laura cerró los ojos con fuerza. Vio estrellas detrás de los párpados. Sus paredes internas empezaron a palpitar en espasmos rápidos, anunciando lo inevitable.

    Sergio sintió aquellos espasmos y perdió un poco el control. Sus manos se clavaron en las caderas de ella, guiándola ahora con más urgencia, aunque siempre contenida. Subía y bajaba con ella, acompasando sus movimientos, haciendo que cada embestida fuera más profunda, más húmeda, más perfecta. El sonido de sus sexos chocando era un chapoteo suave y constante, casi hipnótico, mezclado con sus respiraciones entrecortadas.

    —Lo quiero… —repitió él contra su oído, la voz ronca y temblorosa—. Quiero llenarte entera, Laura.

    Aquellas palabras fueron el detonante.

    Laura se mordió el antebrazo para ahogar el grito que pugnaba por salir. Los dientes se hundieron en la carne mientras su cuerpo se convulsionaba en oleadas violentas. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de la polla de Sergio, apretándola en pulsos rítmicos y desesperados, como si quisiera ordeñarla.

    Un chorro caliente brotó de ella, empapando aún más sus uniones, resbalando por los muslos de ambos. El placer era tan intenso que por un instante creyó que se desmayaría; todo su cuerpo temblaba, los pechos agitándose bajo el uniforme desabrochado, los pezones dolorosamente duros rozando la tela.

    Sergio no pudo resistir más. Al sentir aquellas contracciones frenéticas, su propia liberación llegó con una violencia contenida. Gruñó contra el cuello de Laura, los dientes rozando apenas su piel, y se hundió hasta el fondo una última vez. Su polla se hinchó aún más dentro de ella antes de explotar: su esencia salió con fuerza, rota la presa, golpeando sus paredes sensibles una y otra vez. Laura sintió cada respingo de su miembro, cada latido que lo vaciaba dentro de ella, marcándola desde lo más profundo.

    Ambos se quedaron inmóviles después, temblando, respirando con dificultad.

    Laura seguía sentada sobre él, con la polla aún dura dentro, palpitando suavemente en las réplicas del orgasmo. Sentía en su útero un leve calor de fluidos que no le pertenecían, una sensación plena y pecaminosa que le provocaba pequeños espasmos de placer residual.

    Sergio la abrazó por la cintura, atrayéndola hacia su pecho. Ella se dejó caer, la mejilla contra su piel sudorosa, escuchando los latidos acelerados de su corazón.

    El silencio del hospital volvió a envolverlos, roto solo por sus respiraciones que poco a poco se calmaban. Laura cerró los ojos, saboreando la sensación de estar llena de él, de llevarlo dentro todavía.

    Sabía que pronto tendría que levantarse, arreglarse, volver a ser la enfermera responsable. Pero por unos minutos más, solo quiso quedarse allí, disfrutando despacio las últimas ondas de placer, mordiéndose el labio mientras sentía cómo él seguía palpitando dentro de ella y recordaba sus últimas palabras susurradas:

    Quiero correrme dentro de ti, Laura… dentro de mi enfermera favorita.

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  • El regalo de la mistress

    El regalo de la mistress

    Diciembre, año 1950.

    En el sótano secreto de un club privado, donde los hombres de traje gris y sombrero fedora llegaban fingiendo que solo venían a fumar puros y beber bourbon, pero su objetivo era gozar de la vista de la dama vestida con cuero negro, ella reinaba todas las noches de sábado en una estancia subterránea.

    La llamaban simplemente «La Mistress X», porque ninguno de los clientes sabía su verdadero nombre y rostro, lo que desataba su imaginación, ya que podría ser cualquier mujer que conocieran en la vida cotidiana e incluso cruzarse con ella en la calle, su espectáculo de dominación con su látigo despertaba las más profundas fantasías, ella jugaba con el látigo y su cuerpo, se acercaba provocativamente pero no dejaba nadie la tocara, dominando toda la situación, lo que a algunos hombres volvía loco de emoción. Ella aparecía siempre a las once en punto PM, cuando la orquesta de arriba terminaba el último tema y los clientes «especiales» bajaban por la escalera de servicio.

    Aquella noche de diciembre, en medio de las festividades de fin de año, el aire olía a tabaco caro y a cuero recién lustrado, la estancia subterránea lucia en dicha ocasión luces navideñas.

    Ella entró como siempre, de forma imprevista detrás de un telón de fieltro, causando sorpresa a los visitantes dado su imponente ropaje, lo que se intensificaba con el ruido de los tacones de aguja de doce centímetros que resonaban como latigazos sobre el suelo de roble, su traje era una obra de arte prohibida, un bello catsuit completo de cuero negro brillante, cosido a medida en París por un artesano que solo trabajaba para ella, el traje le cubría todo su cuerpo pero el brillo del cuero llamaba a la imaginación.

    El corsé, implacable, le reducía la cintura, empujando sus pechos hacia arriba en una curva agresiva y perfecta, cordones plateados subían desde la entrepierna hasta el cuello, cruzándose como venas de deseo, usaba guantes hasta el codo y una máscara tipo capucha que solo dejaba ver unos labios rojos como sangre y ojos felinos maquillados, en sus manos había una fusta, que alternaba de mano en mano según sus caprichos.

    Los hombres, todos adinerados, directores de banco, abogados, incluso un político, se quedaron mudos. Se habían quitado las chaquetas y las corbatas, pero seguían con las camisas blancas impecables, observando embelesados la misteriosa figura femenina.

    Mistress X, apoyó una mano enguantada en el respaldo de un sillón Luis XV tapizado en terciopelo burdeos. El cuero crujió, ese sonido húmedo y obsceno que hacía que todos tragaran saliva al unísono, y indico – Atendida la época del año le daré a uno de ustedes un regalo, dejare uno de ustedes perros, puedan adorarme esta noche en persona —su voz era dulce pero firme, una mezcla que incitaba deseos tenía un acento indefinido que podía ser francés o simplemente pecado puro.

    Se estableció un sistema para echar las suertes y “el afortunado” resulto ser un hombre joven, apenas treinta años, ejecutivo de una agencia de publicidad, este dio un paso al frente. Temblaba. Ella lo observó con lentitud, como un gato que ya sabe que el ratón no tiene escapatoria. —Quítate la camisa —ordenó sin alzar la voz. Él obedeció. Sus dedos se volvieron torpes con los botones. Cuando la prenda cayó al suelo, ella se acercó. El aroma del cuero caliente, mezclado con su perfume lo envolvió. Mistress X levantó un brazo y rozó con la punta del guante el pecho desnudo del hombre. Solo un roce. Pero el cuero era tan suave y firme a la vez que este soltó un gemido bajo. —Arrodíllate, prepárate para recibir tu regalo, – dijo.

    Él cayó de rodillas. Ella colocó la bota derecha sobre el respaldo del sillón, justo a la altura de su rostro. La pierna se estiró, el cuero se tensó, brillando bajo la luz tenue de las lámparas de pie. Los cordones plateados subían desde el tobillo hasta medio muslo como una escalera hacia el infierno más dulce.—Besa —susurró ella.

    El Hombre acercó los labios al cuero. Primero con timidez, luego con hambre. El sabor era salado, animal, adictivo. Recorrió con la lengua cada centímetro de la bota, desde la punta hasta donde los cordones se cruzaban. Ella lo observaba, inmóvil, solo moviendo ligeramente la cadera para que el traje crujiera otra vez, un sonido que era casi un latigazo.

    Los otros hombres respiraban agitados, algunos ya con la mano dentro del pantalón, sin atreverse a más. Ella los ignoraba. Solo existía el hombre a sus pies, entonces ordeno.—Ahora abre la cremallera —Entre sus piernas, oculta en el cuero, había una cremallera diminuta, el hombre sintiéndose humillado levantó la mirada suplicante, pero ella fue implacable y con su látigo le dio un fuerte fustazo en su espalda.

    Con dedos temblorosos, él bajó la cremallera muy despacio. El sonido metálico llenó la habitación como una promesa. Debajo no había nada. Solo piel depilada, húmeda, caliente. Mistress X agarró su cabello y lo empujó hacia adelante. —Adora, perrito- .Y mientras la lengua del hombre se perdía entre sus muslos, ella cerró los ojos y dejó que el placer la recorriera como una corriente eléctrica bajo la segunda piel negra que nunca se quitaba.

    Había silencio en la sala solo se oía el crujir del cuero, los jadeos y el chasquido de los tacones cuando ella, por fin, se permitió gemir, entonces sin más aviso, de su cuerpo de dios manaron una serie de fluidos indeterminados sobre la cara del hombre, la Mistress X dijo riéndose – Espero hayas disfrutado de mi regalo de navidad perro – el hombre solo pudo atinar a asentir.

    Los hombres miraban la situación entre asombrados y excitados envidiando apenados por no tener esa navidad un regalo de Mistress, más de uno pensó que quizás el regalar en estas épocas navideñas se volvería una tradición y quizás el próximo año tendría otra chace de recibir el regalo de la mistress.

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  • Recordando a mi ex

    Recordando a mi ex

    Hoy me desperté temprano y en mi mente se encontraba ese recuerdo de mi exmujer, y mi virilidad a full y palpitante. Me relaje y me tranquilicé.

    Mi ex mujer es una mujer hermosísima. De ojos verdes, cabello castaño claro, piel blanca, un cuerpazo que tiene sus curvas bien puestas.

    Tome una ducha y me enfoque en lo que tenía que hacer. Estaba haciendo mis diligencias y pase por el frente de una tienda de ropa íntima para mujer. Y allí, note un baby doll negro. De inmediato el recuerdo de mi ex mujer llegó a mi mente.

    No sé qué me estaba pasando ya que tenemos más de seis años de separados, pero les confieso que esta mujer me dejo marcado sexualmente en todos los sentidos.

    Cuando regrese a mi casa, me senté en frente de mi computador y estaba enviando unos correos electrónicos, y me hacía falta un email. Entre a buscarlo por las carpetas cuando me encontré con unas fotos y unos videos calientes que nos habíamos tomado con mi ex mujer.

    Di clic en una foto. Aparece ella en cuatro desnuda, mirando a la cámara de frente, con su hermoso trasero al aire y con una chaparrera negra y un sombrero vaquero.

    Comencé a sentir un cosquilleo en mi virilidad al ver semejante mujeron.

    Hice clic en el video… y que sorpresa me lleve! No me acordaba de ese video.

    El video comienza yo llegando del gimnasio y ella de rodillas chupándome mis huevos. No le importaba que estuviera sudado. Y comenzó a mamarme mi báculo sin piedad.

    Yo ahí sentando viendo ese video… no aguante más, desabroche mi cinturón,, y me baje los pantalones. Agarre con mi mano derecha a mi bestia ardiente que el cual ya estaba duro y palpitante, y comencé a masturbarme.

    Mi ex mujer le encantaba darme sexo oral ya que me decía que le excitaba mucho hacerlo. Y como dije anteriormente, me marco sexualmente. Me despertaba a las dos o tres o cuatro de la mañana izando bandera, y ella profunda en su sueño, pero a penas me sentía que le estaba quitando sus panties, ella se giraba y quedaba boca arriba, abría sus piernas, escupía su mano, se sobaba su jardín prohibido y me jalaba de mi camisa para que le clavara mi falo a full. No me soltaba hasta que me derramara dentro de ella. Y cuando terminábamos nos dábamos un beso y a dormir.

    Así que este video termina ella sosteniendo el celular mientras que yo corriéndome y manchando su rostro angelical, mientras que ella se veía en la pantalla del celular.

    Repetí ese video varias veces mientras me estaba satisfaciendo la lujuria de mi bestia ardiente.

    Cuando sentí ese cosquilleo de que pronto me iba a venir, ¡puse rápidamente la parte donde le manchaba su rostro con mi líquido sagrado, en esos momentos tuve un orgasmo delicioso! ¡Me vine con unas ganas tremendas! Toda mi mano quedo llena de semen y mi falo seguía duro y ardiente.

    Me quedé allí sentados por unos minutos, asimilando lo que había hecho. Me compuse, fui al baño, me limpié, me cambié y en esos momentos mi pareja actual había llegado del trabajo.

    La salude como si nada, y nos dispusimos a hacer la cena.

    Ya tengo planeado lo que voy a hacer en los próximos días. Les contaré más adelante acerca de las fotos y los otros videos con mi ex mujer.

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  • Convertido en la sissy de mi ex esposa

    Convertido en la sissy de mi ex esposa

    Demián había aceptado su destino mucho antes de enviar el mensaje. Su divorcio de Joy no fue por falta de amor; fue por falta de hombría. Nueve centímetros de vergüenza encerrados ahora en una jaula rosa diminuta que apenas cubría su inutilidad. Joy, en cambio, florecía: pechos más grandes y perfectos que nunca, tatuajes que contaban historias de libertad y placer, un cuerpo que pedía ser adorado por alguien capaz de hacerlo –como ese culo redondo y firme en las fotos, enmarcado en bragas rosas, tentador e inalcanzable para él.

    Una noche, Demián les transfirió una cantidad obscena de dinero con un solo mensaje:

    «Por favor, usen mi apartamento otra vez. Quiero ser su sissy completa. Enciérrenme y fóllenla frente a mí. Necesito verlo señor »

    Llegaron al atardecer ese mismo día Joy entró primero, vestida con un top negro ajustado que apenas contenía sus tetas magníficas, el tatuaje de concha visible entre ellas como un recordatorio cruel de lo que había perdido. Caesar la seguía, alto, moreno, dominante, con esa sonrisa que decía que sabía exactamente quién mandaba ahora.

    Demián los recibió de rodillas, vestido solo con la jaula rosa y un delantal de sirvienta ridículo. Joy lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada suave pero cortante.

    —Mira qué lindo, Caesar. Nuestra sissy ya está lista para servir. ¿No es patético cómo se viste para nosotros?

    Caesar se acercó, agarró la jaula con dos dedos y la sacudió ligeramente y apretó los huevos de Demián

    —¿Esto es todo lo que tienes, cornudo? ¿Esto es lo que Joy tuvo que soportar años? No me extraña que te haya cambiado por mí. Míralo, Joy: ni siquiera se mueve ahí dentro.

    Joy se rio, cruzando los brazos bajo sus pechos para que rebotaran ligeramente.

    —Pobre Demián. ¿Recuerda cuando intentabas usarlo conmigo? Imaginalo desesperado tratando de hacerme sentir algo Era como tratar de encender un fuego con un fósforo mojado. Inútil micropene impotente.

    Joy se quitó el top lentamente frente al espejo del salón, dejando que sus pechos perfectos se liberaran. Los apretó con ambas manos, mirando a Demián por el reflejo.

    —¿Recuerdas cuando intentabas tocarlos y ni siquiera llegabas a excitarme? Mira ahora cómo se ponen duros solo con pensar en Caesar un hombre que me domina me trata como merezco Ven, amor, muéstrale cómo se hace.

    Caesar la tomó por la cintura, la giró y la besó con fuerza mientras sus manos grandes cubrían por completo esos pechos que Demián solo había tocado con torpeza. Joy gimió contra su boca, arqueando la espalda.

    —Quítate de en medio, sissy —ordenó Caesar sin mirarlo—. Siéntate en la esquina y mira cómo un hombre de verdad la hace mujer. Y no te atrevas a tocar esa jaulita rosa tuya o tendré que fustigarte, dijo mientras le mostró un fajo de piel.

    Demián obedeció, arrastrándose hasta una silla pequeña en el rincón. La jaula rosa le apretaba dolorosamente mientras veía cómo Caesar bajaba la cabeza y tomaba uno de los pezones de Joy entre sus labios. Ella cerró los ojos, exactamente como en las fotos antiguas, pero ahora era real, estaba sucediendo a metros de él. Sus gemidos llenaban el apartamento que Demián pagaba ahora para ser el motel de su ex esposa.

    —Dime, Joy —gruñó Caesar entre chupadas—, ¿este cornudo alguna vez te hizo sentir así?

    —No, amor —jadeó ella, mirando a Demián con desprecio—. Él solo servía para pagar las cuentas. Tú me haces mujer de verdad. Míralo ahí, Caesar: está goteando como una perra en celo, pero ni siquiera puede endurecerse, poco hombre

    Caesar levantó a Joy sin esfuerzo y la llevó al sofá. La colocó de espaldas, sus tetas perfectas balanceándose mientras él se desabrochaba el pantalón. Cuando sacó su miembro, grueso, largo, venoso, Joy literalmente jadeó de anticipación.

    —Esto es lo que necesito —susurró ella, mirando directamente a Demián—. Esto es lo que tú nunca me diste. Míralo, sissy: esto es un pene de hombre. El tuyo es… ¿cómo lo llamamos? Un clítoris fallido.

    Caesar se rio, embistiendo a Joy de una sola vez profunda. Ella gritó de placer, sus pechos rebotando con cada golpe, el tatuaje entre ellos moviéndose como una bandera de victoria. Ella clavaba las uñas en su espalda, rogando por más, mientras Caesar gruñía órdenes:

    —Dile a tu ex maridito lo que sientes, Joy.

    —Siento… un hombre de verdad dentro de mí… por primera vez en años… ¡Oh Dios, Caesar, más fuerte! Demián, ¿oyes eso? Ese es el sonido de placer real, no las fingidas que te daba por lástima.

    Demián lloraba en silencio en su esquina, la jaula rosa goteando precúm inútil. En un momento, Caesar lo miró directamente:

    —Acércate, sissy. De rodillas. Limpia mis bolas mientras la follo. Y hazlo bien, o te dejamos sin pagar por más.

    Demián gateó. Su lengua tocó la piel sudorosa de Caesar mientras este embestía a Joy sin piedad. Ella lo miró desde arriba, sus pechos perfectos agitándose, y sonrió con crueldad.

    —Mírame a los ojos, cornudo. Mira lo que perdiste para siempre. ¿Sientes envidia? Deberías. Caesar me folla como tú nunca pudiste, y tú pagas por verlo. Patético.

    La noche continuó así: Caesar la tomó en todas las posiciones, sobre la mesa, contra la pared, en la cama que había sido matrimonial. Cada orgasmo de Joy era una puñalada para Demián.

    —Otro más, amor —gemía Joy después del tercero—. Demián nunca me dio ni uno solo. Era como follar con un muñeco roto.

    Caesar, sudando y dominante, respondía:

    —Porque él no es un hombre, Joy. Es nuestra sissy. Mira cómo lame, como una perra obediente. Buen chico, cornudo. Sigue así y quizás te dejemos oler las sábanas después.

    Al final, Caesar se corrió dentro de ella, marcándola profundamente, mientras Joy temblaba abrazada a él.

    —Míralo, Demián —dijo ella, aun jadeando—. Esto es lo que pasa cuando un macho real me toma. Tú solo servías para mirar.

    Cuando terminaron, Joy se acercó desnuda a Demián, sus pechos aún enrojecidos por las manos y boca de Caesar.

    —Límpialos —ordenó—. Y di gracias por el privilegio.

    —G-gracias, ama Joy —murmuró él, lamiendo obediente, saboreando el sudor y las marcas de otro hombre en los pechos que una vez creyó suyos.

    Caesar se rio desde el sofá:

    —Bien dicho, sissy. Ahora vete a tu rincón y piensa en cómo nos pagarás la próxima vez. Eres nuestro cajero automático con jaula.

    Al amanecer se fueron, dejando a Demián solo, enjaulado, con el apartamento oliendo a sexo real y la imagen grabada de esos pechos perfectos siendo adorados por quien sí los merecía.

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  • La propuesta de mi amigo (1)

    La propuesta de mi amigo (1)

    La propuesta fue la siguiente, mi amigo me pidió un día para charlar y mientras me contaba que su pareja estaba empezando a alejarse un poco de él, me hizo la propuesta si yo me animaba a cargarla, para ver cómo me respondía.

    Al principio pensé que era joda y me reí, pero su respuesta fue tajante, no Nacho es en serio, quiero saber si tiene ganas de fijarse en otro hombre, y prefiero que vos seas esa persona, porque creo en lo que vos me cuentes. Estás loco le dije, además imaginate si ella llega a permitir algo, tengo que echar para atrás. Su silencio fue muy notorio, no Nacho, me volvió a decir, quiero que si ella baja la guardia contigo, seas vos el que esté con ella, sos mi amigo, sé que me dejarías manejar la situación, porque mi idea a largo plazo es “enterarme” de la relación de ustedes, cortarla, que charlemos y que ella sienta tal culpa que no lo vuelva a hacer.

    Pero estás loco Martín, ¿por qué no buscás descubrirla con otro y hacés eso? Porque si la encuentro con otro va a ser toda de ella la elección, y pueda perderla, sin embargo contigo, sé que vos no vas a ir más allá y ella se va a arrepentir mucho, como te explico, creo que ella está en ese punto donde el aburrimiento o lo que sea de la pareja, ya la hizo decidir o abrir las puertas a una relación escondida, no me preguntes porqué, lo siento, y prefiero que esa relación sea con alguien conocido, porque puedo manejar esa situación. ¿Te animás?

    Ahora el silencio lo puse yo, después suspiré hondo y le dije, bueno, lo intento, primero dejame intentarlo y de acuerdo a lo que salga en ese primer intento hablamos ¿sí? `

    Genial amigo, lo llevo pensando hace mucho tiempo y me alegra que esa persona seas vos, además, a mí también me está llamando la idea de andar con alguien más y creo que quiero no sentirme tan culpable. Ahora la voy a llamar para que venga para acá cuando salga del trabajo, tomamos un café y yo con alguna excusa vuelvo al trabajo, ahí ya tenés la posibilidad de ver si hay algo de onda, más allá que ustedes hace años se conocen.

    Ok, dale, hacelo, pero esto no tiene marcha atrás ¿Estás seguro de hacerlo? Si amigo, ya te lo dije, prefiero que seas vos y saber por dónde anda, la amo mucho y no quiero perderla, pero no creo en la monogamia eterna. Sólo te pido que siempre me tengas al tanto. Nos dimos la mano, todo quedó sellado a partir de ese momento, después, un mensaje al celular de su esposa, y a esperar, que todo comenzara a rodar.

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  • Economista y prosti: Fiestas de fin de año (2)

    Economista y prosti: Fiestas de fin de año (2)

    Para el Ing. 4 solamente se pudo, para su alegría, reservarle toda la noche del lunes al martes, “Si es que le interesa”. ¡Y claro que le interesaba!

    Y con esas confirmaciones ya tuve cuatro nuevos amigos.

    Y mientras tanto yo me preparaba para pasar a buscar al mejor postor de esa tarde, Fred. Lejos estaba yo de saber, aunque lo presentía, que sería bien diferente de mis 42 anteriores hombres.

    Fiel a mi gusto de ponerme algo que me recuerde a un outfit de casamiento para mi primer encuentro con alguien, me decidí, para continuar con el tema strass, por una hermosa tiara de cristales S…, que ya he usado. Sujetado por ella, un tul blanco que cae hasta la mitad de la espalda.

    Sumado a eso, un hermoso portaligas (o liguero, como prefieran) en raso blanco con puntillas y tiradores en cordón de strass, alto arriba de la cadera, y los tiradores sosteniendo hermosas dos ligas blancas, ¡sin medias!

    Por encima de mi cuerpo totalmente desnudo, salvo el liguero, una bata blanca ( o más bien una especie de manto o capa)larga hasta el piso, pero toda de tul blanco transparente, con ribete de puntilla y hecha para no cerrarse, sino abierta al frente.

    Ya lo habíamos conversado con Tommy, y nuevamente apagó las luces y me iluminó con la linterna led. ¡como brillaban el strass y los cristales S… de la tiara!

    Demás está decir que dejé la bata bien abierta para lucirme desnuda bajo ella y mostrar bien el liguero y ligas brillando.

    Hice lo posible, y lo logré, por balancear las tetas que justo abrían la bata. Los pelos y la cuca a la vista.

    Fred se adelantó a recibirme, entonces Tommy encendió las luces.

    —Ya que sos soltero, quiero que practiques para cuando te cases, dije.

    —¡Con gusto acepto semejante propuesta!

    Y ¡Sorpresa! Sin hesitar, me tomó en sus brazos, y me cargó como es tradición cargar a las novias al entrar a la casa, o al dormitorio. Pero él me paseó por delante de todos, en sus brazos, con la bata que me dejaba todo el frente al descubierto, mostrando a centímetros de ellos mis tetas, mis pezones ya bien erguidos, y mi concha apenas entreabierta según me dijeron Tommy y Sam.

    Me llevó hacia la escalera y me bajó, para que pudiera subir la escalera caminando y pudieran admirar mi culo a través de las transparencias.

    Al llegar arriba, tomados de la mano, me volvió a levantar en brazos y me entró al dormitorio.

    Dado que Fred había dicho que no importaba que nos vieran, Tommy había conectado un teléfono al cañón de imágenes en planta baja, vía cable dada la distancia, u otro teléfono transmitía a la pantalla gigante. Ambos en ángulos diferentes uno para obtener más o menos primeros planos, y el otro una panorámica del lecho.

    Llegamos, me bajó al piso y comenzó a besarme (nos besamos, mejor dicho). Me encantó, besa muy bien, lengua desde el comienzo, mordisquitos en los labios, besos muy ensalivados, y caricias por todos lados. Me dejó un momento, salió y preguntó si las imágenes llegaban bien al público. Le dijeron que sí y les hizo señal de “adiós” ja ja.

    Me miraba fijamente mientras se desnudaba, hasta quedar en boxer.

    Entonces se acercó, tiré mi capa al piso. Cuidadosamente me retiró la tiara y el velo y volvimos a besarnos.

    —No te saques nada más, me dijo, te deseo con el liguero puesto.

    —Me encanta, hagámoslo así cariño

    Me arrodillé frente a él. Y le bajé el boxer, que cayó al piso y él arrojó lejos con un pie.

    ¡Me enamoré de la verga! Piel suave, venas marcadas, tamaño perfecto y levemente cabezona, lo cual se adivinaba bajo el prepucio que recubría todo su glande pese a la semi erección. Los huevos de buen tamaño y totalmente depilado, vientre, pubis y huevos.

    Tomé su pija en mis manos, cada vez más erguida. La cabeza totalmente recubierta de piel que se cerraba en arrugas dejando un agujero al frente. Hice presión y la piel cedió sin problemas, ante mis ojos, el hermoso glande, una cabeza rosada, grande.

    Por supuesto abrí mi boca y sin ayudarme con las manos la abarqué con mis labios y comencé a chuparla sin apuro. Le pasaba la lengua sin sacármela de la boca. Hasta que la saqué y comencé a lamerlo todo.

    Chorreaba saliva de mi boca y pasé a lamerle y chuparle los huevos. La piel volvió a cubrir el glande, detalle que me encantó.

    Fuimos a la cama, dudé si tenderme u ofrecerle mi concha a chupar en cuatro. Hice esto último, y me lamía concha y culo a placer. “Sos divina, putita, mi puta para siempre”. Yo encantada, me gustaba todo, estaba sintiendo como si fuera la primera vez. Mientras me lamía y me chupaba, acariciaba mis tetas y yo apretaba sus manos con las mías. Me pellizcaba los pezones y yo volaba por las nubes.

    Me hizo dar vuelta, “Quiero esas tetas” y me las comenzó a chupar, a morder, mientras me hacía chuparle los dedos y me los metía por todos lados o me acariciaba las ligas.

    Mi concha chorreaba jugos y baba, la saliva se me escapaba por la comisura de los labios.

    “Subite” ordenó más que pidió…

    Y se tiró de espaldas. La verga como piedra, bajé y con mis labios volví a destaparle la cabeza, ya húmeda de pre cum.

    Dudé un momento y en ese mismo momento decidí: ¿lo monto y me dejo caer sobre la pija? ¿ O me tiro sobre él y me arrastra hacia atrás haciendo que me entre suavemente en la concha para luego erguirme? Decidí que los amigos de planta baja lo verían mucho mejor si me subía y bajaba de golpe sobre la verga.

    Me subí. Se ensalivó dos dedos u abrió un poquito mis labios vaginales, colocó en posición su miembro… —Cuando quieras divina…dijo mientras sostenía su verga enfrentada a mis labios.

    Bajé con impulso, sentí como que las paredes de mi vagina eran barricadas por un huracán, y solamente detuve mi movimiento cuando mi cuerpo se apoyó sobre el suyo. Ni un centímetro de pija quedó afuera. Fue el momento de comenzar a subir y bajar, no muy rápido, sintiendo como la cabezona me recorría hacia abajo y hacia arriba.

    En un momento entró Tommy, a mejorar la posición del teléfono que transmitía en primer plano. Nada dijimos, absortos en lo nuestro, porque, ya era “nuestra cogida”.

    Sabía que iba a acabar, que llegaba al orgasmo, estaba demasiado caliente, bajé más aún el ritmo y me eché sobre él a besarlo y hablarle al oído. Totalmente fuera de mí le dije que su pija me encantaba, que sus besos me enloquecían, que lo iba a llenar de flujo al llegar al orgasmo, que deseaba ( y deseo) que me coja mucho.

    Él me decía cosas bonitas, que soy su putita, que soy divina, que tengo las mejores tetas del mundo, que me va a coger toda la vida, y mientras tanto entraba y salía de mí y me metía un dedo en el trasero.

    Me acabé, así, con mayúsculas, temblaba como una hoja al viento, sin respirar, mis piernas se sacudían y quedé unos segundos fulminada sobre él. Al recuperarme, me dio vuelta y siguió dándome en misionero.

    Él arrodillado, abriendo mis piernas, y su verga entrando y saliendo totalmente bañada de flujo. Sentía los huevos golpeando mi cuerpo.

    Lo sujeté por la espalda, le clavé mis uñas, lo atraje a besarnos y entonces él acabó.

    Sé que no es real, pero lo sentí como fuego, los interminables chorros de leche joven y abundante me llenaron.

    Se salió de mí, con la verga dura, recuperé la respiración, y sentí la deliciosa sensación de su leche escurriendo por mi concha y bajando hacia mi estriado orificio.

    Lo miré y su pija seguía dura, ¡milagro de juventud!

    Solamente le dije: “Ahora” y supo lo que yo deseaba.

    Me puse en cuatro, vi que la verga seguía dura y, bajando mi cara hasta tocar la sábana, levanté el culo. Me le dio dos o tres lengüetazos, me lo untó con semen que seguía saliendo de mi concha y se paró en la cama.

    Uno de sus pies, con la rodilla flexionada, quedó al lado de mi cara, la otra pierna la flexionó más y el pie estuvo al lado de mi muslo. Una posición muy exigente. Tomó su verga y la puso en mi agujero. No preguntó ni dije nada. Apreté los labios.

    Y entró, y lo gocé, me dolió apenas pero lo gocé. Apenas me di cuenta que había entrado toda, y me lo confirmó sentir el golpe de sus huevos en mi concha.

    Era una máquina pistoneando, se movía en un hermoso vaivén. Excitada, le chupaba el dedo gordo del pie que estaba junto a mi cara.

    Empezó a hacerme mete saca, y yo ya no resistí y comencé primero a susurrar y después a gritar “¡Más más más! ¡Así, más más! ¡Acábame en la cara!

    Me la sacó. Y se montó sobre mí con la verga sobre mi cara, se pajeó hasta llenarme la cara de leche. Yo me relamía y él con un dedo me acercaba los restos de semen a la boca. Algo fue a parar al liguero.

    Nos separamos y me puse a chupársela. Luego, me tendí sobre su pecho a que me besara y me acariciara las tetas. Nos decíamos cosas lindas (las cámaras estaban en mute).

    Hasta que decidimos ducharnos. Saludamos a las cámaras y nos fuimos a la ducha.

    Volvimos, él en boxer y yo con un babydoll que ya he usado otras veces, blanco transparente con cortes verticales sobre los senos; cortes a través de los que las tetas escapan en su mayor parte.

    Decidimos bajar así, ja ja. Porque en la ducha habíamos planeado algo.

    Nos recibieron con un gran aplauso ja ja y algunos “hurraaa”. Tommy se acercó y me besó. Pregunté que tal nos habían visto con la cámara general y la cercana. Todo se vio de maravilla.

    Maca se acercó y nos dimos un gran beso. “Mi marido se ha vuelto loco” me dijo.

    Tom sirvió una ronda de refrescos, Fred y yo realmente los necesitábamos. Todos me rodeaban a conversar (y a mirarme las tetas). Felicitaban mi actitud y movimientos, también mi trabajo oral. A Fred le alabaron la verga y si fortaleza.

    Y ya descansados y rehidratados, Llamé aparte a Tommy y Sam y les expliqué lo que iba a pasar. Se rieron y estuvieron de acuerdo en que sería un lindo fin de fiesta.

    Tomé a Tommy de la mano y nos fuimos al dormitorio.

    Abrimos la cama, dejamos solamente las dos sábanas. Me desnudé. Y me puse de espaldas a la puerta, acostada en la posición “de odalisca” que ya les he citado en relatos anteriores. Por supuesto, estando sobre mi costado izquierdo, flexioné la pierna derecha hasta que Tommy me confirmó que mi concha y culo se veían un poco desde atrás.

    Entonces me cubrió con la sábana de arriba y se asomó a la puerta haciendo señas de que se acercaran.

    Cuando todos pasaron la puerta, adivinaron lo que iba a ocurrir, al menos en parte.

    Súbitamente, Tommy retiró la sábana, y dijo: “Caballeros, esto es por lo que pagarán en los próximos días”. ¡No tenía puesto ni un ápice de ropa! Nada. Miraron y admiraron. “Está buena de verdad”. “Merece lo que cobra”. Y otra vez… ”Que culo”.

    Maca, siempre con su antifaz puesto, se acercó y dijo: “La conozco muy bien, pero quiero tocar”… y se acercó, pasó suavemente un dedo por mi concha aún húmeda por restos de flujo que seguían escurriendo y luego me besó las tetas.

    —Caballeros no se retiren, habrá más, dijo Tommy. Todos hemos gustado lo que vimos en transmisión desde el dormitorio hace poco tiempo. Por favor, traigan sus sillas o permanezcan parados, a gusto.

    En ese momento mientras traían las sillas y se situaban del otro lado de la cama, Fred se quitó el boxer, la verga casi dura. Se subió a la cama y se arrodilló, me arrodillé frente a él y se la chupé dos minutos… ¡listo! Pija dura nuevamente. Retomé mi posición de odalisca, en este caso más bien una sencilla cucharita.

    Por supuesto, Fred se puso detrás de mí. Yo sobre mi costado izquierdo, le pasé mi pierna derecha por encima de las suya y se arrimó a mi. “Ahhh” se oyó al ver todos como mi concha se entreabría.

    Su brazo izquierdo pasaba bajo mi cuerpo, el derecho por encima, y ambos estrujándome las tetas.

    Lentamente comenzó a refregarme la verga entre los labios de la concha, mi estado volvió a ser de calentura total. Sentía fuego en los pezones y fuego en la concha. Y entonces me la metió. Recta, dura y cabezona, nuevamente sentí la sensación de ser barrida por dentro. Comenzó a moverse y yo acompañaba sus movimientos. Cero fricción, la lubricación era perfecta por parte de ambos.

    Los observadores casi no pestañeaban par no perder detalle. Tommy me contó a la noche que el marido de Maca le amasaba las tetitas y le besaba el cuello, sin quitarse los antifaces.

    Según Sam, la verga entraba y salía y se veía cada vez más empapada de los jugos sexuales.

    Comencé a jadear y a sofocarme y ¡Pum! otro orgasmo. Temblando logré recuperarme. Este hombre me va a dejar exhausta, siguió y siguió hasta que tensó el cuerpo, me atrajo aún más hacia sí y se volvió a descargar en mi.

    Se siguió moviendo y yo chorreaba. Pero esta vez no se le mantuvo la erección y a medias duró se salió del templo donde siempre será bien recibido.

    No lo dudé, lo tomé de la mano y pasamos al baño de planta baja a refrescarnos. Y Tommy volvió a servir dulces y jugo dando tiempo a ducharnos vestirnos rápidamente.

    Cuando salimos, ya cayendo la tarde, y cuando íbamos todos a despedirnos, Maca pidió hablar.

    —Amigos, los llamo amigos aunque no nos conozcamos. Hoy temprano el amigo N.º 4 me pidió que desfilara. No es lo que mi esposo y yo vinimos a hacer. Simplemente vinimos a ver, invitados por Sofía y Tommy.

    Pero mi querido esposo se ha salido de sí, y me ha convencido de preguntar algo, a todos, pero principalmente a N.º 4 ¿aún desean el desfile? Les aclaro que solamente sería una pasada, sin quitarme el antifaz, y por la insistencia de mi esposo.

    Él sí fue unánime. Y N.º 4 agregó un sonoro “¡Gracias señora!”

    Recuerdan que Maca estaba vestida con un simple vestido solero veraniego.

    Pasó detrás del biombo a quitárselo y fui con ella a ofrecerle mi apoyo total, me lo agradeció y dijo que ya Javi la había convencido de desfilar, y que lo haría vestida de antifaz ja ja.

    Le deseé suerte, nos besamos. Y volví junto a Tommy.

    Le sugerí a Tommy apagar las luces e iluminar su cuerpo con la linterna, para resaltar su piel blanca y sus areolas rosadas con esos hermosos pezones.

    No caminaba como modelo, no lo ha practicado, pero sí firme y decidida. Pasó frente a todos, erguida y firme, los pezones como dos rubíes, rojos u duros las areolas rosadas y hermosas casi sobre el tórax, por sus mínimos pechos.

    El vientre plano, totalmente depilada, se podía ver su concha perfecta, una simple raya. Y cuando se giró y la vieron de atrás, un hermoso culo, no voluminoso, pero sí firme, redondo, muy hermoso.

    Todos aplaudimos.

    Alguien deslizó: “No puede ser que esos pezones no tengan precio” y ella y Javi simplemente parecieron ignorar el comentario aunque él hizo un pequeño gesto de inclinar la cabeza como asintiendo y mirando hacia donde había surgido la voz.

    Y entonces sí. Nos despedimos todos, cada cual con su día y hora para conocerme.

    La despedida con Fred fue realmente efusiva, lo besé de lengua y le dije “no te pierdas, sigamos en contacto” como modo de simbolizar cuanto me gustó esta tarde con él. Por supuesto le entregué mi putitarjeta con mi teléfono. Nos veremos cuanto antes dijo.

    Besé a Maca y a Javi, se despojaron de sus antifaces y se marcharon prometiendo vernos a la brevedad posible.

    Hasta ahora body count de hombres 43, y 3 en espera.

    ¡Hasta la próxima! Con el relato del día domingo, un día bien planificado y aun así con sorpresas.

    ¡Feliz Navidad!

    Sofía y Tommy.

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  • Julia, la farmacéutica (7)

    Julia, la farmacéutica (7)

    He comido rápido y he vuelto a la farmacia. Estoy pendiente de si veo llegar a la farmacéutica y sí, al cabo de un rato, ella aparece, con su andar elegante y a un tiempo coqueto. Me acerco a ella cuando está abriendo para entrar.

    -¡Oh, usted por aquí otra vez!

    -Hola, Julia. Como usted va a estar unos días fuera…

    -Sí, mañana ya no vengo a la farmacia. Y hasta el lunes.

    -Ya. Es que quería saber qué más pasó ese día, el del servicio tan, tan especial.

    -Venga, entre usted rápido. Me dijo don Boscos que esta tarde se quedaría un rato más en casa, hará una siesta algo más larga. Se lo sugerí yo. Y así podremos estar un rato usted y yo aquí, sin que él se enfade. Se ve que está cansado, pobre.

    -Ya, no me extraña. Después de lo de ayer cuando cerraron la farmacia…

    -Pues sí. Se excedió “castigándome” y él ya es bastante mayor. Y como a primera hora no suelen venir muchos clientes, yo sola me basto.

    -Oiga, Julia, ya que estamos solos, no cree usted que podríamos…

    -¿Qué?

    -Sabe que usted me gusta mucho. Podríamos… O por lo menos usted podría… -me acaricio el paquete.

    -¿Acaso ya tiene el dinero, don carpintero?

    -No, Julia, hasta el viernes o así no…

    -¡Pues entonces, nada! ¿Por quién me ha tomado? ¡No olvide que soy una mujer casada!

    -Claro que no. Pero usted, aquí en la farmacia…

    -A ver, una cosa es que… que gane algo de dinero con mis servicios especiales y otra muy distinta que… así, por las buenas… ¡Yo no soy de esas, no se confunda!

    -Usted es una mujer respetable.

    -Pues claro que sí. Venga, entremos a la salita y le termino de contar lo del servicio especial y se va usted enseguida.

    -Sí, sí.

    -Desde aquí sabré si entra alguien a la farmacia. Vaya, precisamente viene ese señor. Espere, qua ahora vuelvo.

    Julia se desabrocha un par de botones de la bata y sale a atender al cliente. Temo que no se trate de uno de sus servicios especiales y yo me tenga que marchar, pero no. Vuelve conmigo enseguida.

    -Ese caballero hace tiempo que viene a la farmacia. Pero solo compra medicinas. Se le ve bastante adinerado y me gustaría que fuera un cliente especial – se vuelve a abrochar los botones de la bata.

    -¿Usted le ha preguntado si él…?

    -No, no. Iba a pensar que soy una fulana. Noto que le gusto. Hoy mismo me he fijado que me miraba disimuladamente el escote…

    -Ya.

    -Pero nada. Seguro que debe de ser un hombre casado. No sé. Pero bueno, más de un cliente especial tiene esposa.

    -Ya.

    -A ver si con el tiempo…

    -Julia, así… ¿Qué más pasó en esa fiesta? Me contó usted esta mañana que… que uno de los hombres… cuando él…

    -A sí. El señor Rapáez. Un caballero. Cuando sentados en mi regazo, él y don Cosme mamaban mis pechos, el pobre va y enseguida se corre en mi cuerpo. Quedó muy avergonzado y me dijo que lo sentía y que me daría un dinero extra.

    -Pero usted le dijo que no hacía falta.

    -Es que no me importó. En el fondo, es un halago. Quiere decir que yo le gustaba mucho. Y chupar mi teta le excitó.

    -A mí me encantaría – digo mirándole el pecho.

    -Cuando usted disponga de dinero. Así que yo le dije al señor que “no tiene importancia. ¡Mire si me ha gustado!” y recogí el semen de mi cuerpo y lo fui sorbiendo. A mis admiradores les encantó cuando acerqué mis pezones a la boca y los lamí y chupé. Todos aplaudieron. Entonces Gustavo dije que se acercaba la parte final de la fiesta y me invitó a ir al baño a lavarme antes de empezar la siguiente fase.

    “Pero yo le digo que no me importa y pregunto a mis admiradores si prefieren que me lave. Todos sonríen y dicen que no hace falta, que les gusto así. Fueron muy amables y educados. A ver, sí, oigo que alguno dice “con lo puerca que es seguro que le agrada estar sucia ante todos” y otro que decía “es que vaya guarra está hecha” y cosas así, pero no me enfado porque es que, según cómo, tienen razón. No es que sea una marrana, pero tener el pecho húmedo de esperma delante de todos me dio morbo, me excitó, aunque sí, me sentía una cerda, por qué negarlo.

    “La nueva fase consiste en que yo debo escoger a uno de los caballeros y hacerle una felación ante todos, a cuatro patas, y enseñando el culo a los demás, en pompa. Así que escojo a un señor que se ve algo tímido y que tiene un buen mango y cumplo obediente las instrucciones. Tendrá unos cuarenta años o así y su polla es muy sabrosa. Después supe que se llama Pancracio. Enseguida se le humedece el glande, redondo y grueso, y yo lo sorbo y lo lamo. Mientras se la chupo, voy meneando el culo y noto que vuelvo a humedecer mi vulva.

    Me gusta saber que los ojos de todos están absortos con mis nalgas, mi coño mojado y mi ano, que noto caliente. Juego con mi lengua y me gusta el sabor de ese pene así que me agrada que tarde bastante en correrse. Gimo y suspiro, porque me sale de dentro, pero también porque estoy segura de que esto les agrada. Chupo con fruición mientras con la mano masajeo el pene del señor. Con la mirada le indico que me agrada el sabor de su miembro y que deseo probar su leche caliente.

    “Cuando al cabo de unos minutos lanza su semen a mi boca, no dejo que se aparte ni saque su polla porque las instrucciones decían que debo tragármelo todo. Y lo cierto es que además lo deseo. El número termina cuando me doy la vuelta y abro la boca para enseñar a todos que me he bebido todo el esperma de Pancracio. Ellos aplauden y me vitorean. Es un público agradecido. Sí que oigo alguna palabrota como “guarra” o “cerda” y que vaya mamona estoy echa y que soy una chupapollas y eso, pero no me lo dicen a mí sino riendo entre algunos de ellos. Y, a ver, ¿ser una mamona o una chupapollas no es nada malo, verdad, don carpintero?

    -Pues claro que no, mujer. Al contrario.

    -Hasta hace poco tiempo solo había probado una verga en mi vida, la de mi marido. Ahora, bueno, con tantas experiencias, me considero una buena mamona, y creo que chupo muy bien las pollas. Y me gusta mucho.

    -Es muy normal. ¿Y la cosa terminó ahí, Julia?

    -No, faltaba lo mejor. Yo improvisé algo que creí gracioso y dije “Estoy muy contenta de haber escogido a ese señor para hacerle una mamada porque su polla es muy sabrosa y su esperma aún más. ¡Gracias caballero!” y recibí más aplausos y olés mientras él decía algo como “Gracias a usted, la chupa muy bien, señora, y vaya suerte tiene su marido”. Yo miré a Raúl, pero él me hizo que no con la cabeza como diciéndome que tranquila y que no le diera importancia.

    -Vaya, Julia, pues sí que… ahora entiendo que usted dijera que era un servicio muy especial.

    -¿Ve? Pero espere, que aún hay más, ya le digo.

    -¿Así, todavía siguió la fiesta?

    -Pues claro, si no, no creo que hubieran pagado tanto.

    -Ya. ¿Y qué más pasó?

    -Lo que yo había deseado desde hacía horas.

    -¿Y qué, qué era?

    -Pues cada uno debía poner un papelito con su nombre en un sombrero que fue pasándoles Gustavo y después yo debía sacar uno de los papeles.

    -¡Oh!

    -Por un lado, yo deseaba sacar el papelito de Raúl, pero por otro tenía miedo de que así fuera.

    -Ya, entiendo.

    “Y no, por suerte o por desgracia, el nombre que leí era “Roca”. Gustavo explicó que, como remate final de la fiesta, el señor Roca y yo pasaríamos a la habitación de al lado y que él tendría derecho a pedirme lo que deseara, cualquier cosa. Me hizo gracia ver como el pene del señor Roca aumentó su tamaño y se puso casi vertical al ver que el nombre que saqué era el suyo. Gustavo dijo que yo debía ser muy obediente y complaciente y yo contesté que por eso no se preocupara, que sería una buena chica y muy mimosa. Todos aplaudieron.

    El señor Roca era bastante mayor, entre sesenta y setenta años, no sé, pero aún atractivo. Si le soy sincera, yo esperaba que el deseo de ese señor fuera follarme y así quedar satisfecha de una vez. Así que, con ganas de ir a la habitación con él, me acerqué, andando muy sexy, le tomé una mano y nos dirigimos a la habitación. Nos detuvimos un momento cuando Tadeo, el más joven, exclamó:

    -Por favor, Juli ¿no podría quedarse aquí, no ir a la habitación de al lado mientras usted y Roca… bueno, hacen lo que sea. Así todos veríamos cómo… bueno, me gustaría ver qué… cómo… lo que él le pide y…

    -No puede ser, Tadeo – exclama Gustavo – con el señor Boscos quedamos en que ella tendría intimidad en esa parte, no sabemos qué querrá hacer Roca con ella. Pero me imagino que no es nada que no quisiéramos hacer cualquiera de nosotros.

    Se oyeron algunas voces que decían “seguro que la querrá follar” o “Roca le dará porculo a la milf” y cosas así. Tadeo dijo a Gustavo:

    -A ver. Si a la milf no le importa hacer lo que sea delante de todos, el farmacéutico no tiene por qué enterarse ¿verdad Juli?

    -Bueno, yo, no sé. Porque… ¿Qué desearía usted que hagamos, señor Roca? – pregunto muy ingenua y pícara.

    -Yo… hablando claro… ¡quiero metérsela bien al fondo a la milf! – todos aplauden y le felicitan. Oigo que alguno dice “seguro que es lo que la puta desea” y otro le contesta “pues claro, con lo cochina que es” y también “a ella le gustaría follar aquí delante de todos” y cosas así. Pero es que es la verdad. Me hago la sorprendida y exclamo:

    -¡Oh! – y pregunto muy coqueta e ingenua – ¿Y por dónde quiere usted meterla hasta el fondo, señor? ¿Por cuál de mis agujeritos?

    Todos aplauden y me vitorean. Y el señor Roca contesta:

    -¡Por todos, por todos!

    -Oh, señor, temo que por todos ¡su pollón no va a caber!

    -Verá como sí. Venga ¡vayamos a la habitación!

    -Espera, Roca, quizá a la milf… -exclama Raúl, mi primo- Quiero decir que ella, a lo mejor, querría quedarse aquí, delante de todos. ¿Es así, Juli?

    -No, bueno, es que… no… aquí con ustedes… -yo no sabía qué decir poque me daba morbo follar ante tantos hombres, pero me daba corte reconocerlo delante de Raúl– creo que mejor que no.

    -A ver, hija, creo que no nos importara pagarte más dinero si nos dejas ver como follas – dijo el señor Rapáez.

    -No, no es por eso… yo… es que…

    -Venga, primita, ¡seguro que estás deseando que todos veamos lo bien que follas y cómo te le mete hasta el fondo!

    -Raúl ¡no digas eso, por favor.

    -¡Pero si tienes el coño chorreando solo de pensarlo!

    -No es verdad. ¡Oh! – el flujo empapa mi chichi y me resbala por los muslos – ¿Ay, tanto se nota?

    -Pues sí, pero es muy natural. Esta situación nos excita a todos. ¡Mira cómo tenemos las pollas!

    “Todas las vergas muestran una erección imponente. Incluso Rapáez, que se corrió encima de mí, y Pancracio, que hace un momento eyaculó en mi boca, vuelven a tenerla muy empinada. El señor Roca me toma de la mano y exclama:

    -Venga, va, vamos a la habitación, que me muero de ganas.

    -Espere, señor, a ver… no sé, quizá… -le contesto – no sé.

    -Roca, la milf quiere que todos veamos cómo folláis.

    -No, no es eso. Sí, vayamos a la habitación, señor Roca.

    -Juli, mire, cada uno le daremos… va sí, cien euros extra si usted deja que todos veamos lo que hacen con Roca. – propone Rapáez.

    -No, vamos señor Roca.

    -Venga, pues ¡te daremos quinientos euros si follas delante de todos! – exclama mi primo.

    -¿Quinientos euros? Pero ¿cada uno?

    -Sí, va, acéptalo.

    -¡Vale la pena pagar ese dinero! – exclama uno.

    -¡Yo pagaría más por ver cómo se la endiña a la milf! – contesta otro.

    -Bueno, sí, nos vamos a la habitación. Pero dejamos la puerta abierta. Quien quiera mirar, que mire – les explico y todos aplauden.

    “Acerco la mano del señor Roca a mi cintura y camino muy sensual y salimos de la sala.

    “Roca me besa en la boca, me tumba de espaldas a la cama, se pone encima de mí, me separa los brazos por encima de mi cabeza, me besa profundamente y noto que un obús entra fácilmente en mi vagina. Veo con satisfacción que totos están en la puerta mirando la escena. Procuro que mis admiradores vean bien cómo su amigo me penetra. La polla de Roca entra y sale con fuerza mientras me agarra ahora los pechos. Me lame los labios, me besa el cuello, huele mis axilas. No puedo evitar gemir y casi chillar de tanto placer. Miro a todos y me halaga ver que sus miembros están muy empinados. Acerco un dedo a mi clítoris para aumentar mi gusto.

    Y enseguida tengo un orgasmo y ahora sí grito de placer. Roca no cesa en su metisaca y parece que voy a morir. Los hombres no se quedan en la puerta y están cerca de la cama. Estoy segura de que desde donde están pueden sentir mi olor a sexo. Me agrada ver que Roca resiste y todavía no se corre, de manera que yo sigo sintiendo placer y me corro un par de veces más. Cada uno de mis orgasmos recibe aplausos de los caballeros. Veo que todos masajean sus vergas y que parece que vayan a explotar. Yo me muerdo los labios cuando experimento otro orgasmo y les miro, cierro los ojos y me relamo. Reconozco que me gusta que todos me vean follar. Parece imposible que por sentir tanto placer gane tanto dinero. Mis suspiros y gemidos llenan la habitación.

    “El señor Roca saca el pene de mi vagina y lo acerca a mis labios. Huelo la fragancia de mi chichi y de su polla. Me imagino que está a punto de correrse y quiere hacerlo en mi boca. Yo me arrodillo en la cama y le beso la punta del prepucio y luego la lamo. El sabor es único. Él presiona mis labios y yo le ofrezco mi boca.

    -Córrase, señor Roca, lo estoy deseando – le digo mientras me acaricio el clítoris empapado y le chupo la verga.

    -Todavía no, guapa, todavía no – me folla la boca mientras le hago una buena mamada. Yo le miro a los ojos cómo suplicando que me llene con su leche, pero él resiste. También miro a los otros que se están masturbando mirando cómo chupo la polla a su amigo. Raúl es el que está más cerca, casi me toca con la punta de su pene. Me avergüenza que vea lo que hago, pero no se lo puedo negar. Ha pagado mucho dinero por estar ahí. Solo espero que no cuente nada a mi esposo ni a la familia.

    Al cabo de unos minutos, Roca saca su pene de mi boca.

    -¿No quiere llenarme de semen la boca, señor? ¿Quiere lanzar su lefa a mi cara? ¿O quizá mejor a mis pechos?

    -¡Mira, verás lo que quiero, puta!

    Me acomoda a cuatro patas, hace que me sostenga con mis antebrazos y levanta mi culo. Todos se mueven para ver bien mi sexo y mi ano, que sé empapados. Por un momento temo que voy a tener un orgasmo al sentirme tan expuesta, así en pompa y ante tantas vergas erguidas, segura que todas querrían penetrarme.

    -¿Qué va a hacerme usted, señor Roca?

    -¡Ya te dije que quería metértela por todos los agujeros, cerda!

    -¿Oh, por el culo también? – todos aplauden y dicen que sí – ¡Pero es que no me va a caber!

    -¡Verás cómo sí me cabe, guarra! ¡Además, estoy seguro que te va a gustar que te de porculo!

    “Y sí, si me cabe. Y sí, me gusta. Me la mete de golpe, sin ninguna delicadeza. Sentirla en el fondo de mis entrañas me da placer y no puedo evitar lanzar chorros de squirt mientras tengo un gran orgasmo. El señor Roca me folla con fuerza, la mete y la saca, siento sus huevos en mis nalgas, sé que todos pueden ver mi ano muy abierto cuando él la saca. No sé cuántas veces me corro.

    “Al cabo de no sé cuántos minutos, el señor Roca se corre en mis nalgas y mi espalda. Todos le vitorean mientras continúan masturbándose. Yo no me creo lo que oigo que les digo:

    -Caballeros, si quieren pueden correrse en mis nalgas también. Bueno, y en la parte de mí que deseen. Creo que son muy generosos y yo debo serlo con ustedes.

    Como se puede imaginar, don carpintero, todos se acercan y, en unos instantes, siento chorros de esperma en mis labios, en mis pechos, en mis nalgas, en mi espalda, en mi frente y nariz, de nuevo en mis nalgas, otra vez en mis labios… Yo sigo a cuatro patas, en pompa y meneando mis caderas voluptuosamente mientras me oigo decir “gracias” y “son ustedes muy amables” y cosas así y ellos gimen y me lanzan piropos y algunas palabras soeces.

    -Vaya, pues sí que fue un servicio muy especial.

    -Muy, muy especial, ya ve. Todos se portaron bien conmigo. Ninguno se fue sin darme el dinero extra. Fueron unos caballeros.

    -Ya veo.

    “Después de ducharme y vestirme, me despido de todos con un par de besitos. Al marcharme, mi primo sale detrás de mí y me dice:

    -Oye, Julita, lo que he visto, lo que has hecho, ha sido demasiado.

    -¿Es que acaso no te ha gustado? ¿Te ha perecido mal?

    -Bueno, no, al contrario. Es solo que…

    -Te sabe mal por tu primo ¿verdad?

    -A ver, es que… sí, pobre.

    -Él no tiene por qué enterarse ¿verdad?

    -No, claro que no. Yo no se lo diré. Es que, a ver, yo… ¿podemos ir a a algún sitio tú y yo?

    -¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Por qué, Raúl?

    -Es que… quiero follarte, necesito follarte ¡prima!

    -¿Pero qué dices? ¡No!

    -Me he quedado con las ganas. ¡Y sé que a ti te gustaría!

    -No, no. Aunque no lo creas, soy fiel a mi esposo. De alguna manera.

    -¡Pero si te has pasado la tarde con esos hombres! ¡Desnuda! Dejando que…

    -¡Es parte de mi trabajo!

    -He visto cómo te ha gustado.

    -No lo creas, he simulado, es solo una interpretación.

    -¿Pero qué dices? ¡Todo ese flujo y las eyaculaciones vaginales no se pueden simular!

    -Eso no es cosa tuya. Adiós, Raúl.

    -De adiós nada. Espera. Mira, te voy a pagar, lo que me pidas.

    -Debo ir a mi casa. Me espera mi familia.

    -Pues iré contigo y explicaré lo que he visto, lo que haces.

    -No te atreverás.

    -Si no dejas que te folle, sí lo haré.

    -¡Nunca pensé que fueras tan mala persona!

    -¡Ni yo que tú seas tan puta!

    Le doy una buena bofetada, sin pensarlo.

    -Oh, lo siento, Raúl.

    -No, me he pasado, Julita. Perdona.

    -Va, olvidemos todo. Debo marcharme a casa.

    -Sí, lo comprendo. A ver, mira, cuando tanga algo de dinero, tú y yo…

    -¡Es que eres el primo de mi esposo!

    -Te pagaré bien.

    -No digas nada a la familia. Cuando puedas pagarlo, vienes a la farmacia. Es allí donde… bueno, ya sabes.

    -Sí, de acuerdo ¡Hasta muy pronto, primita!

    “Nos despedimos con un par de besos. Los días siguientes estaba nerviosa temiendo que Raúl le contara todo a mi esposo, pero no. Tampoco ha venido más a la farmacia. Desde esa tarde, solo nos hemos visto una vez, en una fiesta familiar. Él vino con su esposa y actuó como si nada. Y y también. Bueno, eso es todo. Y ahora, ya puede marcharse, don carpintero.

    -Julia, es que lo que me ha contado, me ha puesto a cien. ¿No podría usted…?

    -Nada, no podría nada. Mire, la próxima semana viene usted con el dinero y entonces, pues haremos lo que usted pueda pagar.

    -¿Y por qué no un adelanto?

    -De ninguna manera. Venga, va, que va a venir don Boscos y se va a enfadar. ¡Váyase!

    -Así que mañana usted ni vendrá a trabajar.

    -No, no. A ver, es cosa de mi jefe.

    -¿Pero por qué no vendrá usted a la farmacia hasta el lunes?

    -Bueno, oficialmente, voy a un congreso de farmacia desde mañana hasta el domingo.

    -¡Ah!

    -Eso es lo que he contado a mi marido. Mi esposo se disgustó, pero lo ha aceptado. Le sabe mal estar unos días sin mí, pobre. Y creo que le duele especialmente que no esté el sábado. Ya sabe, es el día que él…

    -Sí, ya, es cuando… ¿pero es cierto que usted va a ir a un congreso de farmacia?

    -Pues no. En realidad, bueno, uno de los caballeros, Pancracio, que se ve que es muy rico, pues… bueno, que me ha contratado durante cinco días. Él es a quien le hice la mamada.

    -¿A sí? Pero…

    -Él es un hombre divorciado. Y, bueno, le hace ilusión hacer un viaje conmigo. Como pareja.

    -Oh, pues debe de pagar mucho dinero ¿no?

    -¡Muchísimo! Aunque don Boscos se va a quedar un veinte por ciento. A ver, en cierta manera es lo justo, porque el se tendrá que hacer cargo de la farmacia. Me dijo que estos días iba a venir su mujer a ayudarlo.

    -Entiendo. Ya me contará como ha ido el viaje.

    -Supongo que irá bien. Pancracio se ve un buen hombre, un caballero. Y la verdad, tengo ganas de estar unos días fuera de casa, desconectar. Seguro que él querrá tener sexo conmigo. Me pidió algo muy especial: me dio un tapón anal, muy bonito, con un brillante, pero muy grueso, y me pidió que me lo insertara ya esta noche y no me lo quite hasta que lleguemos mañana al punto de destino. Yo nunca me he metido uno en el culo y no sé si me entrará ni si será muy incómodo. Pero no puedo negarme, él paga muchísimo dinero y todos los gastos del viaje, claro. Uy, mire, ahí viene el señor Lúquez. Debe usted marcharse, don carpintero.

    Nos despedimos con dos besos. Cuando salgo oigo que Julia saluda al hombre que ha entrado:

    -Señor Lúquez ¿qué tal? Oh, ¿estas flores son para mí? ¡Qué amable es usted siempre conmigo! El señor Boscos está a punto de llegar y podremos pasar enseguida a la salita. Mientras esperamos, yo me voy quitando las braguitas y el sostén. Me desabrocho algunos botones de la bata, para que usted pueda…

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  • Keidy y Genaro (1)

    Keidy y Genaro (1)

    Genaro, un hombre de 47 años, había trabajado durante 15 años en Estados Unidos, donde había conocido el duro trabajo y la lucha diaria por un mejor futuro. Sin embargo, su sueño americano se desvaneció cuando fue deportado y se encontró de vuelta en su país natal, trabajando en la hacienda de don Agustín. La vida en la hacienda era tranquila, pero también monótona, hasta que un día, la sobrina del patrón, una joven de 33 años llamada Keidy, llegó para visitar durante el verano.

    Keidy era una mujer impresionante, no solo por su belleza, sino también por su inteligencia y logros. Era dermatóloga y estaba a punto de casarse con Iván, su prometido. Su presencia en la hacienda trajo una energía vibrante y una belleza que Genaro no había visto en mucho tiempo. Desde el momento en que la vio, algo en su interior se encendió.

    Genaro se encontró atrapado en una red de deseo y anhelo. Cada mañana, se levantaba con una mezcla de anticipación y nerviosismo, esperando ver a Keidy. Su presencia en la hacienda había traído una energía nueva, y Genaro sabía que su amor por ella era un sueño imposible; él era solo un mozo, y ella, la sobrina del patrón, estaba fuera de su alcance.

    Un día Keidy sola caminó lentamente hacia el riachuelo, y Genaro la siguió en sigilo, se ocultó detrás de los arbustos. El lugar estaba en completo silencio, excepto por el suave murmullo del agua corriendo. Ignorando de la presencia del mozo, que se encontraba oculto entre los arbustos, Keidy se detuvo y miró a su alrededor, asegurándose de que nadie la observara. Con una sonrisa traviesa, decidió disfrutar de la soledad y la naturaleza.

    Con movimientos lentos y sensuales, Keidy se llevó las manos a los hombros y deslizó los tirantes de su vestido rosa, dejando que la prenda cayera suavemente al suelo. Su cuerpo esbelto quedó al descubierto, revelando curvas y una piel clara y suave. El mozo, escondido, contuvo la respiración, incapaz de apartar la vista de aquella visión.

    Keidy, ajena a su observador, continuó desnudándose. Con un gesto elegante, se desabrochó el sostén y lo dejó caer, liberando sus pechos prominentes. Sus senos eran firmes y redondos, coronados por aureolas claras. El mozo sintió su miembro endurecerse al ver aquella imagen tan tentadora.

    Keidy, con una sonrisa coqueta, se llevó las manos a las caderas y deslizó lentamente su panty hacia abajo, revelando su sexo depilado. Su vulva era suculenta, invitadora, y el mozo no pudo evitar imaginarse explorándola con sus manos y su boca. Las nalgas de Keidy eran firmes y redondas, y sus caderas, anchas y curvilíneas, completaban una figura que parecía esculpida por un artista.

    Finalmente, Keidy se quitó las sandalias y, con un salto gracioso, se sumergió en el agua del riachuelo. Emergió unos segundos después, sacudiendo su cabello mojado y riendo con alegría. Su cabello, pegado a su cuerpo, realzaba aún más sus curvas, y el mozo quedó extasiado, incapaz de moverse.

    Keidy nadaba con gracia, su cuerpo deslizándose por el agua como si fuera una sirena. El mozo, incapaz de contenerse más, liberó su miembro y comenzó a estimularse, sus ojos fijos en la visión de Keidy. “Qué delicia de mujer,” susurró casi inaudiblemente, “qué tetas y qué culo.” Su respiración se aceleró mientras continuaba tocándose, cada movimiento de Keidy en el agua aumentando su excitación.

    De repente, el sonido de un teléfono interrumpió la escena. Keidy, aún en el agua, miró hacia la orilla y vio su celular sonando, nadó rápidamente hacia la orilla, saliendo del agua con gracia. El mozo, aún con su miembro en la mano, observó cómo Keidy se acercaba al teléfono, su cuerpo goteando agua, y contestaba la llamada, poniendo fin a aquel momento de pura sensualidad pues ella se cambió rápido y se fue con dirección a la casa principal.

    En ese instante, el mozo alcanzó el clímax, eyaculando con fuerza, su mente inundada por las imágenes de Keidy. La escena quedó grabada a fuego en su memoria, cada detalle de su cuerpo, cada movimiento, cada expresión. Desde ese día, el deseo por Keidy se convirtió en una obsesión, una necesidad constante que lo consumía.

    Esa noche, el mozo yacía en su cama, incapaz de conciliar el sueño. La excitación y la curiosidad por Keidy lo mantenían despierto, su mente llena de imágenes de su cuerpo de diosa. Decidió que no podía esperar más; necesitaba verla de nuevo. Con sigilo, se levantó de la cama y se dirigió hacia la casa principal, sabiendo que la habitación de Keidy estaba en el segundo piso. Un árbol cercano le ofrecía la oportunidad perfecta para espiar.

    Se movió con cuidado, asegurándose de no hacer ruido, y trepó por el árbol hasta alcanzar la ventana del cuarto de Keidy. Sabía que estaba con su prometido, Iván, y que sería arriesgado, pero la tentación era demasiado grande. Era casi medianoche, y la casa estaba en silencio.

    A través de una pequeña hendidura en la cortina, el mozo vio una escena que lo dejó anonadado. Keidy estaba desnuda sobre Iván, cabalgándolo con intensidad, sus cuerpos moviéndose en sincronía. Iván le agarraba firmemente las caderas, guiándola mientras ella se movía arriba y abajo, sus pechos rebotando con cada embestida. Los jadeos y gemidos de deseo y lujuria llenaban la habitación, creando una sinfonía de pasión.

    “Más fuerte, Iván”, susurraba Keidy, su voz llena de lujuria. Iván obedeció, aumentando la intensidad de sus movimientos, penetrándola profundamente. El mozo observaba, hipnotizado, cómo Keidy gemía y sus pechos firmes y redondos moviéndose con el ritmo de sus movimientos.

    En el clímax del momento, Iván cambió de posición a Keidy y la puso en cuatro, Ella se arqueó, ofreciéndose completamente, y él comenzó a penetrarla con intensidad, sus manos agarraban sus caderas con fuerza. “Sí, así, que rico” gemía Keidy, su voz llena de deseo. Iván deslizaba las manos estrujando sus pechos sin dejar de bombear. “Aaahh, aaahhh, aaahh,” gemía Keidy ante cada embestida, y los jadeos de Iván resonaban en la habitación “me fascina cogerte en esta posición” balbuceaba sin dejar de bombear…

    Por un momento, Genaro sintió que Keidy lo miraba, pues dirigió la vista hacia la ventana. Pero solo fue su imaginación; el rostro de Keidy denotaba puro placer, con cada penetración, su expresión se tornaba más intensa. Iván continuó bombeando, aumentando el ritmo, Finalmente, Keidy lanzó un gemido placentero, “Aaaah,” indicando que había alcanzado el clímax. Iván bombeó un par de veces más, jadeando, y eyaculó dentro de ella, llenándola completamente.

    Genaro, con el corazón latiendo con fuerza, se retiró en silencio, sabiendo que había presenciado algo que nunca olvidaría. Las imágenes de Keidy y Iván juntos, el sonido de sus gemidos, y la intensidad de su pasión quedaron grabadas en su mente, alimentando aún más su obsesión por aquella hermosa mujer.

    Al paso de los días una noticia inesperada de la infidelidad de Iván, corrió como pólvora en la hacienda, Keidy lo corrió entre lágrimas y desilusión, todo se había arruinado repentinamente, la boda, los planes de mudarse a otro país para iniciar una vida juntos.

    Keidy emocionalmente afectada por las tardes solía caminar hacia el riachuelo que corría dentro de la hacienda. Era un lugar que siempre la había atraído, un refugio donde podía encontrar paz y soledad. Genaro, sabiendo de su rutina, se apresuraba a seguirla a una distancia segura, ocultándose entre los árboles y los matorrales.

    En una de esas tardes, Genaro decidió acercarse un poco más, tratando de captar algún fragmento de la conversación que Keidy mantenía con su mejor amiga a través de una videollamada. La voz de Keidy, entrecortada por los sollozos, resonaba en el aire.

    —… No entiendo cómo pudo hacerme esto, Lila. Pensé que Iván era el hombre de mi vida, pero ahora… ahora todo es un caos. —Keidy se secó las lágrimas con el dorso de la mano, su voz temblaba de dolor.

    Genaro, oculto entre las sombras, sentía una mezcla de compasión y desconcierto. No podía entender cómo alguien podía traicionar a una mujer como Keidy. Su belleza, su inteligencia y su vibra eran evidentes para cualquiera que la conociera. Iván, en cambio, había demostrado ser un hombre incapaz de apreciar el tesoro que tenía a su lado.

    Mientras Keidy terminaba la llamada y se retiraba a su habitación, Genaro se quedó un rato más, perdido en sus pensamientos. Sabía que no podía intervenir directamente, pero tal vez, solo tal vez, podría encontrar una manera de estar ahí para ella, de ser el hombro en el que se apoyara cuando más lo necesitara.

    Keidy, sumida en la desilusión y el dolor, encontró en el vino una forma de adormecer su mente y su corazón. Cada noche, se refugiaba en la botella, dejando que el alcohol embotara sus sentidos y le permitiera escapar, aunque fuera por un momento, del tormento que la consumía. En su mente, la idea de vengarse de Iván cobraba cada vez más fuerza. Quería pagarle con la misma moneda, hacerle sentir el mismo dolor que ella estaba experimentando

    En una de esas noches, mientras se perdía en sus pensamientos, sus ojos se posaron en Gabriel, uno de los mozos más jóvenes de la hacienda. Su presencia siempre la había atraído, y en su estado de confusión, decidió que él sería el instrumento de su venganza. Con una coquetería que no solía mostrar, comenzó a seducirlo, aprovechando cada oportunidad para estar cerca de él, rozándolo sutilmente y mirándolo con una intensidad que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

    Una tarde, Keidy se dirigió al riachuelo, llevando consigo unas cervezas. Había citado al joven mozo Gabriel a esa hora, y el llegó puntual. Lo invitó a unirse a ella, y juntos se sentaron en la orilla, charlando mientras el sol comenzaba a ocultarse. Genaro, siempre oculto entre los matorrales, observaba cada movimiento, cada gesto, con una mezcla de curiosidad y deseo.

    La conversación entre Keidy y Gabriel subió de tono rápidamente. Keidy, desinhibida por el alcohol y la lujuria, lucía espectacular con un top verde escotado que realzaba sus hermosos y redondos pechos, y una falda floreada que se ajustaba a sus curvas. Gabriel, incapaz de resistirse, comenzó a besarla, sus manos explorando su cuerpo con una lujuria desenfrenada. Keidy, sumisa y colaboradora, se dejó llevar, gimiendo de placer mientras Gabriel la tocaba y la excitaba.

    Genaro, desde su escondite, abría los ojos como platos al presenciar la escena. No podía creer que nuevamente sería espectador de cómo se cogían a la mujer que él deseaba tanto. Keidy, con una coquetería y desinhibición que nunca había mostrado. Se volvió hacia Gabriel, guiándolo hacia la sombra de un frondoso árbol . Con una voz suave pero firme, le susurró al oído: —Quiero que me cojas aquí, ahora. Quiero sentirte dentro de mí.

    Gabriel, sin necesidad de más invitación, la arrinconó contra el tronco del árbol, sus manos explorando cada curva de su cuerpo. Le abrió la blusa, revelando sus pechos perfectos, y comenzó a chuparlos con desespero, haciendo que Keidy gimiera de placer. —Qué tetas, qué delicia —exclamó, mientras chupaba una teta y luego la otra y las estrujaba.

    Keidy, sumisa y entregada, se dejó llevar por la lujuria del momento. Gabriel, con desespero, se bajó el pantalón, revelando su erección. La volteó, inclinándola contra el árbol, y le subió la falda hasta la cintura, le bajó el panty, exponiendo su sexo húmedo y listo. Sin mediar palabra, empezó a restregarle el pene en el coño, para luego penetrarla con fuerza…

    Keidy, sumida en un mar de placer, gemía y jadeaba, pidiéndole que no parara. —Aaaaah, qué rico, aaahhh, no pares, aaah —gemía, mientras Gabriel bombeaba dentro de ella con fuerza y desespero.

    Genaro, desde su escondite, observaba cada movimiento, cada gemido, sintiendo una mezcla de deseo y frustración. Su excitación crecía con cada segundo, su respiración se aceleraba y su corazón latía con fuerza. No podía creer lo que estaba viendo, la forma en que Gabriel disfrutaba de Keidy, cogiéndola con pasión y lujuria. Quería ser él quien estuviera cogiéndola, estrujándole las tetas, quería sentir el placer de estar dentro de ella, y hacerla gemir y gemir hasta que se corriera en su pija.

    La escena continuo, con Gabriel penetrando a Keidy con fuerza, sus gemidos y jadeos resonando en el aire. Keidy, apoyada contra el tronco del árbol, se entregaba completamente, sus caderas moviéndose al compás de las embestidas de Gabriel. La lujuria y el deseo los consumían, haciendo que cada movimiento fuera más intenso y placentero.

    Gabriel, bombeando como un animal en celo, la cogía con una intensidad animal, sus jadeos llenos de lujuria. —Ah, aaah, aaaah,  —gemía Keidy, entregada por completo al placer. Gabriel, con la voz entrecortada por el esfuerzo, exclamó: —Qué delicia, señorita Keidy, está muy apretada, qué rica. Voy a eyacular toda mi leche dentro de Ud.

    Keidy, al borde del orgasmo, gemía y jadeaba, sus palabras entrecortadas por el placer. —Aaaaah, me voy a correr en tu pija — exclamó, alcanzando finalmente el orgasmo mientras Gabriel bombeaba un par de veces más y eyaculaba dentro de ella.

    Mientras tanto, en el arbusto, Genaro, excitado y sintiéndose como un perdedor, se conformaba con solo ver. Su deseo era tan intenso que no pudo resistir la tentación de masturbarse, buscando alivio para su excitación. Keidy, recuperándose del orgasmo, se arreglaba la falda y la blusa, y le advirtió a Gabriel —Fuera prudente y no contará nada de lo sucedido.

    Gabriel un par de días después, incapaz de contener su orgullo, no dudó en compartir detalles íntimos con sus compañeros y sus encuentros íntimos con la sobrina del patrón. Describía el cuerpo de Keidy con lujuria, detallando cada curva, cada sensación. —Sus tetas son perfectas, redondas y firmes. Y su culo… es una delicia, firme y respingón. Cuando la cogí la primera vez, estaba tan apretada que casi me vuelvo loco de placer —decía, con una sonrisa satisfecha en el rostro.

    Genaro, aunque incómodo, no podía hacer nada. Sabía que Keidy estaba en su derecho de buscar consuelo donde quisiera, pero no podía evitar sentirse como un espectador involuntario de una tragedia. Su preocupación crecía con cada día, temiendo que alguien más se enterara y aprovechara la situación.

    Una noche, mientras Genaro se encontraba cerca de la casona de los mozos, escuchó una conversación que lo dejó helado. Gabriel, en voz baja, hablaba con otro mozo de nombre Ramiro al que le debía dinero. —La pondré ebria y le vendare los ojos y podrás cogértela. Así saldaré la deuda —dijo Gabriel, con una sonrisa maliciosa.

    El otro mozo, excitado pero temeroso, aceptó. —No te preocupes, estará muy ebria y pensará que soy yo —replicó Gabriel, asegurándole que la deuda seria más que saldada. —La sobrina del patrón, es muy hermosa , tiene un cuerpazo, y honestamente nunca he tenido la oportunidad de cogérme a una mujer así, de su porte y su estatus

    Genaro no podía creer lo que escuchaba. La idea de que Keidy pudiera ser utilizada de esa manera lo llenaba de furia y desesperación. Sabía que no podía advertirla directamente sin pruebas, y eso lo dejaba en un dilema. Decidió estar pendiente, observando cada movimiento, listo para intervenir si era necesario.

    Al día siguiente, Genaro vio cómo Gabriel de adentraba con Keidy, visiblemente ebria, en una de las habitaciones de la casona de los mozos. La había hecho beber tanto que casi perdía el conocimiento y le puso una venda en los ojos, diciéndole que sería más placentero así, y la acostó en la cama. Genaro, oculto en la ventana, observaba con el corazón en un puño. Sabía que el otro mozo estaba esperando, listo para aprovecharse de la situación.

    Gabriel, con una señal, indicó al otro mozo que entrara. Le entregó un condón, asegurándose de que todo estuviera listo. Genaro, desde su escondite, veía cómo la escena se desarrollaba ante sus ojos, incapaz de intervenir. Keidy, en su estado de ebriedad, no era consciente de lo que estaba a punto de suceder, y Genaro se sentía impotente, atrapado en un juego de poder y lujuria del que no sabía cómo escapar.

    El mozo, excitado y nervioso, no podía contener su deseo. Con movimientos apresurados desnudo completamente a Keidy, el mozo la admiro desnuda —¡que ricura de mujer! —balbuceo lujurioso, manoseo cada rincón del cuerpo de Keidy y con deseo tomo sus tetas con ambas manos y las chupo con lujuria y succionaba los pezones y mordisqueaba suave, Keidy daba gemidos entrecortados finalmente comenzó a comerle el coño, chupaba con intensidad, al tiempo que alargaba su mano y estrujaba las tetas de Keidy, la cual empezó a gemir aaah, el mozo jadeando e incorporándose se puso el condón, su respiración acelerada y sus manos temblorosas.

    Se posicionó entre las piernas de Keidy, restregando su pene en la entrada de su sexo húmedo y listo. —¡Ah, qué delicia! Qué rica se siente —balbuceó, mientras lentamente entraba en ella, sintiendo cómo su cuerpo lo envolvía con un placer indescriptible.

    Keidy, con los ojos vendados y en su estado de ebriedad, emitía mas gemidos entrecortados y confusos. —Aaahhh, Gabriel… aaahhh, qué rico —gemía, creyendo que era Gabriel quien la estaba llenando de placer.

    El mozo, extasiado a más no poder, aumento el ritmo de sus bombeadas, sus caderas moviéndose con fuerza y deseo… Follando a Keidy, Cada movimiento era más intenso, más profundo, haciendo que Keidy gimiera y jadeara sin control. —Aaah, más, más aaah —balbuceaba, perdida en oleadas de sensaciones y placer.

    Gabriel, desde su rincón, observaba la escena con una mezcla de excitación y morbosidad. No podía creer lo que estaba viendo, y su propio deseo lo consumía. Comenzó a masturbarse, mientras observaba cómo el otro mozo cogía a Keidy con gran lujuria.

    El mozo, con cada embestida, sentía cómo su placer crecía, cómo su cuerpo estaba a punto de explotar. — ¡qué rica, qué rica! — jadeaba, sus palabras entrecortadas por el esfuerzo y el deseo. Sus manos recorrían el cuerpo de Keidy, acariciando sus caderas, estrujando sus pechos con fuerza.

    Keidy, sumida en un estado de éxtasis, se dejaba llevar por el placer, sus gemidos y jadeos resonando en la habitación. —Aaahhh, no pares, no pares —suplicaba, sus caderas moviéndose al compás de las embestidas del mozo.

    Gabriel, observando la escena, se masturbaba con más intensidad, sus gemidos mezclándose con los de Keidy y el mozo. La lujuria y el deseo lo consumían, haciendo que cada movimiento de su mano fuera más rápido, más desesperado.

    El mozo, sintiendo que estaba al borde del orgasmo, volteo a Keidy y la dejo tumbada boca abajo — ¡pero que culo! — exclamo excitado el mozo, y empezó a chupetear y besar las nalgas de Keidy, y finalmente se montó en ella y la embistió como animal en celo —Aaahhh, aaahhh aaahh — gemía Keidy ante la tremendas bombeadas del mozo el cuál después de unos momentos, eyaculaba, y llenaba el condón con su esencia.

    Gabriel, observando la escena, apenas el mozo se quitó, le dijo la deuda quedaba saldada y que se marchara y no comentará con nadie lo sucedido, el mozo se vistió con prisa y asintió y se marchó con satisfacción en su rostro… Gabriel vio a Keidy desnuda tumbada boca abajo en la cama, ver cómo el otro mozo se la había cogido lo había excitado mucho y también la montó con gran deseo e intensidad, aaaaah gemía Keidy y se corría ante la follada de aquellos 2 mozos, Gabriel eyaculo completamente dentro de Keidy. La escena en aquel cuarto había sido intensa y morbosa…

    Genaro, oculto en las sombras, había sido testigo de cómo Gabriel había manipulado la situación para satisfacer sus propios deseos y los de su compañero lo llenaba de una mezcla de frustración y furia. No podía soportar la idea de que Keidy, en su estado de vulnerabilidad, hubiera sido utilizada de esa manera.

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  • Trío con una deliciosa madura del trabajo

    Trío con una deliciosa madura del trabajo

    La empresa en la que trabajo tiene un par de sucursales en la ciudad y al ser una multinacional cuenta con demás sucursales en el resto del país.

    Gaby y yo volvimos a ir a Querétaro por distintas capacitaciones y formaciones. En una de esas conocí a Graciela, de la sucursal de Nuevo León y Luis Antonio, de Guadalajara. Nos caímos bien y en la fiesta de navidad charlamos bastante pero en onda de “compañeros de trabajo”.

    La última capacitación fue en Guadalajara, fuimos Gaby, un wey que se llama Ricardo y yo, también estarían Graciela y Luis Antonio.

    Hicimos los cursos y demás, y el jueves por la noche le pedimos a Luis Antonio que nos llevara conocer la ciudad, fuimos a cenar y después a un bar. Empezamos a beber, charlamos de trabajo, vida, etc.

    Mi plan era llevar a Gaby a un motel porque teníamos una culeada pendiente pero Ricardo se puso más al tiro y se pegó con Gaby y como a ella la traicionan las nalgas se desaparecieron, lo primero que pensé fue que se fueron a coger y me quedé con Graciela y Luis.

    Grace es una señora de 46 años, bien llevados, siempre muy bien arreglada, casada, con dos hijos mayores.

    Luego de que se fueron Ricardo y Gaby lo primero que Grace dijo fue:

    —Yo creo que estos se fueron a dar.

    Luis y yo nos miramos porque en las charlas jamás habíamos hablado de sexo. Pero bueno, ahí comenzó todo.

    —Creí que era el único que se había dado cuenta—. Dije riéndome.

    —Nooo, desde hace rato vienen dándose murra—. Dijo Grace con su voz gruesa y ese acento norteño que le pone cantito a las frases.

    —Pero que wey soy, no me di cuenta—. Dijo Luis.

    —Sí, creo que Lupita y Jorge (igual de la sucursal de Guadalajara) también, por eso no están acá—. Dije.

    —¿Sabes? La vez pasada en Pachuca me pareció verlo entrar a la habitación de Lupita pero como él le da a todo, no presté atención—. Dijo Grace.

    —¿A todo?, ¿A ti también te dio?—. Respondí riendo (En ese instante Luis me miró con los ojos bien abiertos, como si me estuviera desubicando con la pregunta).

    —Noo él le da a todo, yo a casi todo—. Y mientras terminaba la frase posó su mano sobre mi pierna.

    Cabe destacar que mi jefe me había dicho que Grace tenía fama de que le gustaba la verga más que a mí la pizza, pero que pocos habían podido comprobarlo. Como yo no tenía nada que perder y siempre me gusta tentar a mi suerte avancé.

    —Ahh mira, ¿y yo soy casi todo o Luis podría ser casi todo?

    —Jajaja a ti ya te conozco, ¿o crees que no sé de tus aventuras con las compañeras? Eres bastante caliente pero Tony me parece que es tiernito—. Dijo Grace cruzando las piernas seduciéndonos.

    Ambos nos reímos, pensé que mis calenturas habían pasado desapercibidas, pero bueno, se ve que no. La charla siguió, obviamente en tono sexual, hasta que apuré a Tony para que nos fuéramos a un motel los tres.

    Llegamos y sin problema entramos los tres en la habitación.

    Tony se sentó en el sofá, mientras Grace y yo comenzamos a besarnos y a meternos mano, no tardó mucho en bajarme el pantalón y empezó a chuparme la verga, Tony comenzó a manosear su bulto por encima del pantalón. Grace se puso de pie, se quitó el vestido, se acercó a Tony y comenzó a chuparle la verga.

    Grace quedó solo con la tanga que adornaba sus grandes nalgas y se puso en cuatro, me agaché, hice a un lado el hilo rojo y empecé a hacerle un oral, mientras metía un dedo en su concha y otro en su culo. Grace llegó rápido al primer orgasmo, mientras que Tony ya se había descargado en la boca de ella, (Grace tenía razón, todavía estaba morro) así que lo dejó para que recuperara fuerzas.

    Grace y yo nos tendimos en la cama y comenzamos un furioso 69, pude sentir cómo acabó al menos dos veces más, mientras me chupaba la verga y alternaba con unos besos negros que me ponían más caliente. Nos acomodamos y la puse de a perro, me coloqué el forro y me hundí fuertemente en su conchita con un poco de vello. Entre gemido y gemido de placer Tony se acercó lentamente y puso su verga frente a la cara de Grace y sin dudarlo comenzó a chupársela de nuevo haciendo que se parara nuevamente.

    —¡Ayyy síiii chiquito! Cógeme toda, y prepárate Tony que quiero dos vergas adentro (Sí, era verdad, a Grace le encantaba la verga, y se notaba).

    Tony se puso el forro y le cedí mi lugar, me quité el mío y le di mi verga a Grace para que la saboreara otro rato, mientras Tony la penetraba fuertemente. Noté que volvió a acabar porque su conchita chorreaba.

    Nos pidió que nos acomodáramos de forma para hacer una doble penetración. Agarré la caja de forros y sólo quedaba uno, lo dije en voz alta como para encontrar la solución y Grace dijo:

    —No hay problema, no estoy enferma y ya no puedo quedar embarazada y ustedes son sanos.

    Así que le dimos a pelo, cosa que me encanta. Tony se echó boca arriba, Grace encima de él, metiéndosela por la concha y a mí me quedó el culito, le metí dos dedos para dilatarlo y entré con todo.

    —¡Ayyyyy me duele, pero no paren así asíiii!

    Gritaba Grace mientras mi verga se enterraba en su culito apretado, la nalgueé hasta que sus nalgas se pusieron rojas. Sentí cómo acabó dos veces con nuestras vergas adentro, su conchita chorreaba empapando la pelvis de Tony, cambiamos de lugar un par de veces.

    Grace se vino tanto que llegó un momento que nos pidió que termináramos porque le temblaban las piernas así que sacamos nuestras vergas, se arrodilló delante nuestro y nos pajeamos hasta llenarle la cara de leche, sobre todo yo porque Tony con todo lo que había acabado casi no tenía nada. Se saboreó todo, nos dio un beso en la verga y fue al baño a limpiarse, yo la seguí, todavía seguía muy caliente y la quería para mí solo.

    —Ay amor, ya estoy cansadita.

    —Yo todavía aguanto mami, mira—. Dije llevando su mano a mi verga dura y parada.

    —Ay sí, todavía la tienes dura, me encanta así dura y parada—. Me pajeó un poco y volvió a mamármela.

    Nos duchamos, la embestí un poco bajo el agua pero regresamos a la cama porque Grace quería estar más cómoda.

    La recosté boca arriba, empecé a jugar con sus pies rasposos y con callos en sus dedos por el uso de zapatillas abiertas, me abrazó con las piernas y entré en ella.

    —Ay sí amor me encanta—. Me lamía y mordía el cuello.

    —¿Así te gusta zorra?

    —¡Síiii me encanta tu verga durita, métemela toda!

    Aumenté el ritmo de mis embestidas y mis gemidos se hicieron más fuertes.

    —Gimes muy rico guapo, chupa mis tetas—. Hundió mi cara entre sus tetas y mordí sus pezones.

    —Están ricas mami—. Me detuve un poco para que me hiciera una rusa pero ella quería mi verga adentro.

    —Quiero que nos corramos juntos—. Me apretó más fuerte con las piernas y aumenté el ritmo.

    —Sí mami quiero llenarte de leche.

    —¡Dame tu leche angelitooo!

    Dimos un fuerte grito y me corrí adentro, quedé exhausto sobre su pecho.

    —Ahora sí ya no puedo amor—. Dijo rendida.

    —Me encantas mami, eres una delicia—. Seguí chupando sus tetas y dedeando su cosita.

    Tony no podía creer lo que había pasado, estaba flasheado. Yo quedé feliz porque ahora hay un plus con mis compañeros cuando haya capacitaciones.

    Hablamos de hacer partícipe a Lupita y quizás a Jorge, pero bueno, quedará para la capacitación de enero, de ser así, ya les contaré que pasó.

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  • La vida es hermosa, los sueños se cumplen (3)

    La vida es hermosa, los sueños se cumplen (3)

    Las siguientes semanas estuve capacitando a Manuel analizando datos empresariales y creando reportes visuales interactivos con Power BI. Desde la carga y limpieza de datos hasta compartir informes, usando DAX, Power Query y mejores prácticas de modelado y visualización. Manuel poco a poco se familiarizaba con el software llegando a dominarlo, estaba agradecido conmigo por el nuevo conocimiento que le estaba enseñando. Si bien no tenía dinero para pagarme las clases a veces me traía un keke o una botella de gaseosa de agradecimiento.

    En los días libre aprovecha y me iba a la casa de citas para tener encuentros sexuales con Mónica, disfrutaba gozar de su cuerpo tonificado y ver su hermosa carita mamándome la verga, como mi verga entrada y salía de su boquita, momentos que nunca olvidare.

    La chantajeaba de que si no me daba el culo le diría a Manuel sobre su verdadero trabajo, a Mónica no le quedaba de otra que ceder. Aunque siempre se hacia la difícil en tener sexo anal yo sabía en el fondo que ella también lo disfrutaba. Esa rica sensación de entrar en su interior y rellenarla con mi esperma era una delicia, su ano poco a poco se adaptó al tamaño y forma de mi verga ya que podía entrar y salir con facilidad. Ya no le producía dolor solo placer sus gemidos eran muchos más intensos al igual que sus orgasmos. Ambos terminábamos bañados de sudor, agotados, con la respiración entrecortada pero satisfechos después de cada encuentro sexual.

    Había días en que iba y Mónica estaba con un cliente por lo que me atendía con otras de las chicas o me esperaba a que termine. Mis amigos de promoción Michael, Paul y Sebastián también tuvieron el placer de disfrutar y gozar del cuerpo de Mónica.

    Inclusive mi amigo Paul me conto que se estaba enamorando de ella y no lo culpo, Mónica era guapísima era el sueño de cualquier hombre tener una mujer así a tu lado. Solo Manuel era el afortunado, bueno casi el afortunado.

    Un día Manuel me llamo había conseguido una entrevista para el puesto de analista de datos en una empresa importante del país, estaba nervioso y me pidió si podíamos repasar algunos temas, ese día nos quedamos hasta muy altas horas de la noche repasando.

    Al día siguiente luego de mis labores decido ir a la casa de citas a comerme a Mónica, al llegar al lugar veo estacionada una camioneta elegante con placas diplomáticas como las que usan los funcionarios del gobierno. Lo ignoro y entro, encuentro esta vez a Alaska en la recepción le pregunto por Azucena (Mónica) me dice que esta con un cliente, por lo que decido atenderme con Claudia en el camino yendo a nuestra habitación para el encuentro intimo escucho gemidos como pidiendo auxilio y voces, sentía que algo no andaba bien.

    Me detengo y me dirijo a la habitación donde escuchaba esas voces, Claudia me sigue me detengo en la puerta y escucho el susurro de 3 voces estaban a punto de abusar de alguien. Lanzo una fuerte patada a la puerta lográndola abrir entro y encuentro a tres hombres desnudos con el miembro erecto, dos jóvenes de piel morena y un señor mayor de unos 50 años a punto de abusar de Mónica que se encontraba desnuda amarrada de pies y manos sobre la cama, con una venda en los ojos y una mordaza en la boca.

    Uno de los jóvenes se lanza sobre mí intentando golpearme, lo cual lo esquivo con facilidad.

    Para los que han leído mis anteriores relatos saben que yo practicaba karate en la universidad, inclusive llegue a ser campeón universitario a nivel nacional por lo que se defenderme muy bien.

    Le coloco mi brazo por delante empujándolo hacia abajo y con mi pierna derecha le hago como una sentadilla llevándolo al suelo. El otro moreno viene hacia mí pero soy más rápido le lanzo una patada en la boca del estómago quitándole el aire y luego le lanzo una patada voladora al rostro dejándolo knockout el otro moreno se reincorpora y me agarra de atrás inclino la cabeza hacia atrás dándole un cabezazo en el rostro y un codazo en la boca del estómago dejándolo sin aire luego un par de jab junto con un recto dejándolo knockout también.

    El señor agarra una lámpara de la habitación y me la lanza logro agacharme lográndole esquivar. Al ver que no podía hacer nada contra mí me comienza a amenazar.

    Señor: Te advierto que soy una persona muy importante si me haces algo te meto a la cárcel.

    Yo: No creo que siga siendo una persona muy importante cuando todo el mundo se entere la clase de persona que es usted y lo que estaba a punto de cometer señor ministro.

    El señor se quedó atónito cuando supo que lo reconocí.

    Yo: Dígame cree que conservara su puesto cuando se entere el señor presidente de esto.

    Las demás chicas vinieron a la habitación para ver que ocurría

    Yo: Inclusive voy a tener testigos

    Ministro: Ok vale tu ganas solo déjame ir

    Recogió su ropa del suelo y comenzó a vestirse, les permití que se marcharan él y los otros 2 jóvenes cuando recobraron el conocimiento luego del knockout que les había dado.

    Apenas se fueron fui directamente donde Mónica le quite la mordaza y la venda de los ojos.

    Yo: Tranquila, ya estas a salvo.

    Mónica: Gracias esos malditos querían abusar de mí, me salvaste eres mi héroe

    Sus ojos comenzaron a lagrimear por lo que la abrace fuertemente, las demás chicas se fueron retirando del lugar Claudia me pregunto si iba a querer su servicio le dije que ya no que me iba a quedar con Azucena (Mónica) que se podía quedar con el dinero. Solo me respondió con un ok y se marchó cerrando la puerta de la habitación dejándonos a los dos solos.

    Yo: Como paso no se supone que era un hombre por chica porque eran tres solo contigo.

    Mónica: No lo sé apenas llegue Alaska me informo que una persona había alquilado mis servicios que fuera a la habitación que me estaba esperando. Entro a la habitación y lo veo al señor sentado, me dice lo hermosa que soy le dijo que antes voy a tomarme una ducha que me espere y se vaya alistando, luego mientras me estoy duchando siento su presencia junto a la de otros 2 hombres más, me agarran desde atrás yo forcejeo pero ellos son más fuertes así que no me queda otra que ceder. Les dijo que solo es un servicio por persona pero no me hacen caso al ver que yo no me iba a dejar me amordazan y me amarran en la cama para así abusar de mi sin mi consentimiento, pensé que ya todo estaba perdido y no me quedaría de otra que dejarlos hacer lo que quisieran conmigo, pero felizmente llegaste y me salvaste, gracias.

    La volví a abrazar acurrucándome con ella, luego de unos minutos estando así acurrucados mi miembro se encontraba erecto, la suelto y Mónica me pregunta si pasa algo. Le dijo que nada que todo está bien pero Mónica ve mi miembro erecto que realzaba sobre mis pantalones.

    Mónica: Si me quieres follar adelante hazlo

    Sonrió.

    Mónica: Todavía estoy amarrada así que no puedo hacer nada para defenderme, prácticamente me tienes a tu merced además yo quiero que lo hagas, vamos hazme tu mujer.

    Esas palabras me calentaron así que comencé a desabrocharme la camisa y el pantalón hasta quedar desnudo me coloco encima de ella y comienzo a degustar sus dulces senos, Mónica comienza a gemir, recorro con besos su cuello hasta llegar a su ombligo donde la comienzo a morder con mis labios voy más abajo y paso mi lengua por todo su clítoris, Mónica está a punto de estallar a pesar de estar amarrada.

    Mónica: Ya no puedo más métemela por favor

    Antes de hacerlo me coloco de rodillas sobre sus hombros, la cojo de la cabeza alzándola y le meto mi pene en su boquita, comenzado el oral. Mi pene entra y sale de su boca llegando hasta su garganta la tengo así por lo menos unos 4 minutos.

    Mónica: Penétrame ahora ya no aguanto más te quiero adentro

    Me coloco en la posición de misionero y la penetro, apenas mi pene entra en su interior Mónica coloca los ojos en blanco.

    Mónica: Hay que rico se siente

    Comienzo a bombearla sacando mí metiendo mi pene en su interior dándonos choques pélvicos por varios minutos, hasta que siento que ya estoy a punto de venirme le advierto y Mónica me autoriza que si gusto puedo venirme en su interior por lo que procedo a penetrarla hasta el fondo donde logro eyacular dándole un fuerte chorro de mi semen, Mónica al sentir eso logra tener un orgasmo instantáneamente.

    Caigo encima de ella sobre su cuerpo, ambos completamente satisfechos el uno del otro.

    Después de varios minutos acostados me reincorporo, levantándome para comenzar a vestirme Mónica me ve.

    Mónica: ¿No vas a darme por atrás?

    Sonreí.

    Yo: Pensé que no te agravada

    Mónica: bueno en realidad al comienzo no me gustaba por el dolor pero ya le agarre el justo, vamos follame el culo

    Yo la miraba con una sonrisa no podía creer lo que me decía.

    Mónica: ¿Qué pasa? ¿O ya no te gusto? Por haberme rescatado no te cobrare adicional será gratis y puedes eyacular dentro, quiero que me rellenes con tu leche mira que continuo amarrada así que estoy a tu entera disposición.

    Era imposible decir que no a semejante oferta así que me coloco encima de ella y la miro fijamente robándole un beso, nuestros labios se entrelazan y nuestras lenguas juegan entre si.

    Me detengo y me separo de ella la volteo dejándola boca abajo, agarro una almohada y la coloco debajo de su vientre alzando su culo, el cual voy a empezar a follar.

    Derramo un poco de saliva sobre su ano para que le sirva de lubricante me coloco arriba de ella, agarro mi miembro y lo pongo sobre su ano donde procedo a penetrarla introduciéndome en Mónica que empieza a gemir, agarro la mordaza que habían dejado y la amordazo y con la venda le cubro los ojos.

    Cuando ya tengo la mitad de mi miembro adentro de ella le inserto la mitad que falta de un golpe, Mónica lanza un grito ahogado debido a la mordaza que le cubre la boca y comienzo a bombearla dándole duro.

    Mueve sus manos de manera inquieta y retuerce su cuerpo llenándose de placer logrando a alcanzar el orgasmo mientras yo la sigo follando hasta que logro venirme rellenando con mi semen su ano.

    Caigo encima de ella y le doy un beso en la cabeza, era un sueño lo que estaba viviendo en ese momento tener a Mónica en una posición de completa sumisión.

    La termino follando 2 veces más luego la desamarro, quitándole la venda y mordaza nos vestimos y bajamos a recepción, Azucena(Mónica) le increpa a Alaska por lo sucedido, Alaska se escusa diciendo que la habían amenazado y que la orden venia de arriba.

    Mónica me agarra del brazo y nos retiramos del lugar, tomamos un taxi y Mónica se recuesta sobre mi pecho con mi brazo la abrazo y con mi mano le acaricio la espalda. Faltando 5 cuadras le indicamos al taxista que pare para que no nos vean llegar juntos.

    Bajamos y al momento de despedirnos Mónica se lanza sobre mí y me regala un beso fuerte y apasionado como si quisiera comerme lo cual me sorprende. Nos desprendemos y veo sus ojos brillosos.

    En ese momento me parece escuchar un te quiero, entre susurros.

    Yo: Perdón Mónica que dijiste que no te oí bien

    Mónica: Gracias por todo lo de hoy día, ya me voy a descansar nos vemos mañana

    Yo: Ok Mónica adiós nos vemos.

    Me da un pico y se marcha, camina lento con la parte de atrás mojada, espero unos minutos y luego me dirijo al barrio.

    Al llegar Manuel sale de su casa y me llama por mi nombre, al parecer me estaba esperando. Lo saludo y Manuel se lanza sobre mí y me abraza dándome la gracias, lo había conseguido la entrevista de trabajo ha sido un éxito y había conseguido el puesto. Ahora iba a gozar de un buen salario debido al nuevo conocimiento que le enseñe y sus problemas económicos desaparecerían la vida nuevamente le empezaba a sonreír o al menos eso creía.

    Veo a Mónica que nos ve visualizando la escena desde la ventana del segundo piso de su casa, Manuel estaba muy feliz y no paraba de agradecerme hasta me dijo que ahora me consideraba como un hermano, lo cual me hizo sentir como una basura si supiera que vengo de follarme a su mujer.

    Me invito a brindar con una botella de champagne en su casa, lo cual no me pude negar. Entramos a su casa y llamo a Mónica para que nos acompañara con el brindis, saco una botella de la refrigeradora y unas 3 copas del mueble de la sala mientras me contaba cómo había sido todo el proceso desde la evaluación psicológica, evaluación técnica donde uso Power Bi, la entrevista personal con el gerente de la empresa y el correo electrónico recibido hace unas horas confirmando que él es la persona con el perfil adecuado para el puesto. Mónica baja del segundo piso con otra ropa completamente cambiada y así estábamos con una copa de Champagne en la mano celebrando junto con Manuel por su nuevo trabajo conseguido.

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