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  • Darse un tiempo

    Darse un tiempo

    Nuestra relación ya venía mal en lo personal, lo único que nos soportaba era el sexo que siempre fue lo mejor y que nos llevó a estar tantos juntos. Con mi novia Estephania ya veníamos en la rutina que no nos soportábamos por el trabajo no nos veíamos tan seguido por que al final nuestra relación se basaba en sexo oral, ella en cuatro, el misionero y mucho sexo anal.

    Bueno ese día era la clasificatoria del mundial si que todos andaban preocupados de ese partido chile vs Argentina si que aproveche de ir a verla a su casa para poder hablar del tiempo que nos queríamos dar, bueno llegue a buscarla nos fuimos en silencio en mi coche hasta mi casa sin decir ninguna palabra de lo que pasaría.

    La invité a pasar a mi dormitorio conversamos un rato y llegamos que nos daríamos un mes a ver como nos iba, ahí le dije si podíamos tener sexo de despedida y hacer una que otra cosita a la cual ella acepto.

    Empezamos con un rico sexo oral mutuo donde yo estaba arriba si que introducía todo mi pene hasta el final de boca, después ella se ponía arriba mío para chupar muy bien su vagina y tomar todos sus jugos deliciosos así estuvimos un buen rato.

    Ya ella entregada en su calentura me pide que la penetre a lo cual accedí de inmediato, esta vez iba ser diferente la penetre como una bestia con fuerza y duro para que le doliera mi idea era partirla por la mitad estaba en eso cuando sus gritos me pedía que parara por que le dolía a lo que yo ignoraba su petición.

    Después de un momento me pedio que cambiáramos de posición porque quería descansar su vagina si que tenía dos opciones sexo oral o sexo anal que eligiera de buena forma.

    Mi elección fue anal pero quería acabar en su boca si que procedí a sacar un condón para seguir con el sexo anal ahí cómo mi intención era partirla por la mitad fue sin lubricante sin dilatar su ano si que sus gritos se escuchaban en la calle como me la estaba follando, después de un momento saque mi pene de su ano.

    Saque el preservativo si que le dije que chupara mi verga hasta que la dejara seca ya cuando me estaba a punto de ir en su boca le pedí que me hiciera un dragón, eso lo escuchamos en programa de radio si que ese era el día para ver si funcionaba ella en su afán hasta el último de satisfacerme y ver hasta donde podía llegar en el sexo lo realizo.

    Me fui en su boca con toda mi fuerza sentí que ella con su lengua atrapaba mi verga en su paladar y de repente veo salir semen por su nariz y un par de lágrimas me dice después de eso feliz por lo cumplido a lo que contesto que si no esperaba menos de ella…

    Luego de ese momento ella se limpió su rostro nos vestimos fuimos a comer y beber algo nos mirábamos y nos reímos de lo que habíamos hecho después nos fuimos a descansar y durante la tarde procedí a seguir teniendo sexo con ella oral, vaginal y anal si era la despedida si que tenía que aprovecharla al máximo.

    Cuando la fui a dejar a su casa ella iba chupando mi pene por el camino hasta llegar a la esquina de su casa cuando vuelve a realizar su técnica nueva el dragón ahí nos quedamos un rato donde ella se limpió su cara nos reímos y nos despedimos.

    Ese fue el tiempo que nos llevó a terminar nuestra relación y juntarnos de vez en cuando a tener sexo para satisfacer nuestras necesidades.

  • Culos rotos

    Culos rotos

    Cuando aquel verano mi chica me dijo que una compañera de trabajo nos había invitado a pasar un finde en su casa de la playa me pareció genial,  playita, solecito, tapeo… allá que fuimos y fue una gran experiencia.

    Cuando llegamos nos recibió Manuela, enseguida me gustó, era guapa, tenía buenas tetas y un culazo. Nos saludamos y mi chica preguntó por su novio, resulta que no estaba, tenía que trabajar ese finde, la verdad en es que me pareció genial, no por nada, no lo conocía y pensé que iba a ser más cómodo para mi que no estuviera.

    Nos llevó a nuestra habitación, nos acomodamos y nos fuimos por ahí a pasar la tarde. Después de varias tiendas, un par de helados, unas cuantas cervezas y una cena nos fuimos a casa, era tarde pero nos sentamos en la terraza seguir un rato más. Nos pusimos unos cubatas y Manuela saco algo para fumar, ya sabéis, y aunque no estábamos acostumbrados nos pareció bien, nos apetecía fumar un poquito.

    Bebimos y nos fumamos un par, no sé en qué momento se quitaron la parte de arriba, pero de repente hablaban muy animadamente con las tetas al aire, por supuesto me puse cachondo y según me empalmaba me di cuenta que estaba desnudo, tampoco sé cuándo ocurrió, me miraron riéndose y me tapé de la vergüenza, me fui a la habitación corriendo mientras mi chica me decía que no me fuera, que era divertido. Seguramente mi novia tenía razón y era algo divertido, pero estaba bebido, fumado y muy confundido, me puse un calzoncillo, me tumbé en la cama y no sé cómo y muy rápidamente me quedé dormido.

    Me desperté algo desorientado, vi a mi novia dormida a mi lado boca abajo con un lado de las bragas metidas en el culo, me puse muy cachondo y empecé a besarlo, morderlo y meter la nariz entre sus nalgas, me encanta, es sucio, excitante, huele a sexo… ahora no, me dijo apartándome la cara de su culo. Comprendí lo borracha que estaba y recordé que cuando me fui a dormir las dejé allí con las tetas al aire, ¿habría pasado algo más? Me empalme pensando una escénica lésbica entre ellas, le saque las bragas a mi novia y fui a la ducha.

    La ducha no tenía cortina ni nada, el desagüe estaba directamente en el suelo y no había mucha intimidad, la sensación de que te puedan pillar desnudo creo que nos gusta más o menos a todas/os.

    Me quité el calzoncillo y ya empecé a ponerme a cien, me la tocaba la tenía morcillona, abrí el grifo y me puse a meneármela de cara a la puerta oliendo las bragas de mi chica, estaban algo húmedas y eso me ponía más cachondo. Mientras me pajeaba mirando al techo con las bragas en la nariz note una presencia y no me equivoque, Manuela sonriendo estaba ahí mirándome.

    Mi primera reacción fue intentar esconderme sacando culo, pero poco a poco me puse recto mirándola con la polla durísima apuntando al cielo, iba vestida con un pequeño bikini que tapaba sus pezones y un fular, una prenda de esas que solo dejan ver una pierna.

    Se acerco sonriendo y cogió las bragas de mi mano, no las metió en mi boca pero hizo que las sujetará con los dientes, puso mis manos en la espalda y agarró mi polla como el mango de una sartén, solo podía gemir mirando al cielo mientras me la meneaba, notaba como su mano golpeaba en mis huevos. Yo solo gemía de gusto con las bragas metidas entre los dientes y no aguante más, la mire a los ojos, asintió con la cabeza sonriendo orgullosa y me corrí intensamente mirando al cielo con las piernas temblorosas, ella siguió ordeñando hasta la última gota, cuando terminó cogió las bragas de mis dientes, se limpió, las tiro al suelo me beso y salió del baño. Estaba flipando, vaya pajote me había hecho.

    Mientras me secaba entro mi novia, vio sus bragas en el suelo y se puso cachonda, te has masturbado? me preguntaba mientras me besaba y masajeaba mi polla aún morcillona, la dije que claro pero que si quería podía ducharse y yo la esperaría en la cama, se mordió el labio y me dijo ahora mismo voy.

    Fui a la habitación y me tumbe desnudo en la cama, pasaron bastantes minutos, me extraño que tardara tanto y fui a ver que hacía, abrí la puerta, asome la cabeza y vi a Nuria, que así se llama, con las piernas abiertas apoyada contra la pared y a Manuela con el culo en pompa comiéndola el chocho, me puse cachondísimo ver a mi chica con otra mujer gimiendo y jadeando. Estuve observando un rato mientras me la meneaba hasta que Nuria tubo un intenso orgasmo que hizo que sus piernas cedieran y acabó gimiendo sentada en el suelo. Cerré despacio y volví a la habitación.

    Me tumbe en la cama, tenía un montón de sensaciones que se transformarán en excitación y se reflejaba en mi polla, dura como un bate. Unos minutos después mi chica entró en la habitación, nada más verme la polla dura se puso entre mis piernas y empezó a chupármela, me encantaba su forma viciosa de chuparme la polla, le ponía pasión, mientras me miraba le dije que la había visto con Manuela en la ducha, que no sabía que le gustarán las chicas, sonriendo con la lengua en mi capullo me dijo que a ella le gusta divertirse.

    Con algo de agresividad agarre sus hombros y la tumbe en la cama, levante sus piernas, en su cara se veía lo cachonda que se había puesto y se la metí hasta el fondo con algo de fuerza, literalmente dio un grito encorvándose hacia atrás y llevándose las manos a la boca. Seguí bombeado sacándola casi toda y empujando fuerte, cuanto más jadeaba más cachondo me ponía.

    Bajé el ritmo, apoyé sus piernas en mis hombros sin dejar de follarla, estaba cachondísimo mirando su cara y como se estremecía con cada embestida. Cerré los ojos unos segundos para disfrutar la follada, cuando los abrí vi a Manuela delante nuestro mirando, estaba con las tetas al aire y con el fular, sin dejar de bombear mire a mi novia que jadeaba mientras la miraba y me miraba una y otra vez.

    Se arrodilló a nuestro lado, cogió mi mano y se la llevó a las tetas, yo seguía follando a Nuria, que en ese momento se corrió dándole una tembladera que la duro unos segundos antes de dar un fuerte gemido. Si no fuera por la paja de antes yo no podría haber aguantado.

    Manuela se puso en pie y se quitó el fular, fue toda una sorpresa cuando una polla morcillona le colgaba entre las piernas. Rápidamente Nuria la cogió, Manuela se arrodilló cerca de su boca y mi novia empezó a chupársela aún blanda, lo hacía como ella sabe, vi como crecía un pollon en su boca mientras ella miraba al techo tocándose las tetas, yo seguía follando a Nuria, que solo se la escuchaba jadear, miraba como se la chupaba y me excitaba muchísimo, tuve que sacarla para no correrme.

    Cambiamos las tornas, Manuela se puso en mi lugar y yo en el suyo, yo estaba a 100 no quería metérsela en la boca para no correrme, quería llegar al final, se la acercaba a la boca y la miraba mientras le daba golpecitos. Manuela se la metió entera, tenía una buena tranca, Nuria gimió y se encorvo, la estaba empotrando a un buen ritmo y mi chica no tardo ni un minuto en volver a correrse estremecida y con un gemido entrecortado, Manuela no dejó de empujar ni un segundo, acerco su boca a la de Nuria y la empezó a besar.

    Al ver la situación metí la polla entre las dos bocas y empezaron a chupármela las dos, me encantaba la sensación. Manuela seguía follando a mi novia que estaba extasiada y eso me excitaba, masajeándose el culo Manuela me pidió que la follara, no lo pensé ni un segundo, me puse detrás y dirigí mi polla a su ojete.

    Lubriqué mi polla con saliva y empecé a penetrarla despacio, las oía gemir a las dos y me ponía a 100, cuando ya tenía dentro medio rabo apreté con fuerza y se la metí entera, yo sé la clave a ella y ella a Nuria, que se encorvo con gran gemido mientras Manuela grito de dolor, cosa que me excito y con mis manos en sus glúteos la empecé a empotrar con fuerza, mi empuje hacía que gimieran las dos, cada embestida repercutía en mi novia que agotada solo podía jadear.

    Volví a notar que me corría y se la saqué del culo, un grito ahogado salió de su boca, quería correrme ya estaba a tope y poco mas podía aguantar, volvimos a cambiar.

    Me puse delante de mi novia, estaba agotada, sudada, se veía que no podía más y verla tan vulnerable me excito muchísimo, apunte a su culo y por favor me pidió que no, me entro perfectamente hasta el fondo, lo tenía empapado de sus propias corridas y dio un grito entrecortado echando las manos hacia atrás mientras encorvaba el cuello.

    Mientras le follaba el culo a mi novia Manuela se dirigió al mío, empezó a lamérmelo y me gustaba la sensación, cuando empezó a penetrarme me pare con la polla en el fondo del culo de Nuria, que jadeaba con las manos en alto como si fuera un atraco. Metió la mitad, me dolía y me gustaba, empujó despacio y la metió entera, me sentía empalado con la espalda encorvada y empezó a empotrarme duramente sujetando mis hombros. Aquello empezó a ser una excitante sinfonía de gemidos, gritos y jadeos, yo me iba a correr pero antes vi a Nuria como volvía a temblar empalada y con los ojos en blanco, no me pude contener, me corrí dentro de su culo con unos buenos gemidos y gritos mientras Manuela seguía follandome con fuerza, la escuche gemir note como se corría dentro de mi culo, sentir que mi culo daba placer a alguien fue algo que me excito y gusto. La sacó y note la humedad. Yo también se la saque a Nuria, que completamente agotada dio un pequeño respingo.

    Manuela se levantó cogió su fular y salió de la habitación, nosotros nos quedamos tumbados, estábamos agotados, sudados, y aunque aún nos brotaban las corridas del culo, nos abrazamos y nos quedamos dormidos.

  • El lector (parte 2)

    El lector (parte 2)

    Final de la parte 1:  «Un puto exceso de vida. Eso es lo que era Alejandro. Tenerlo para una noche era una exageración. Me había dado tanto placer que no podía imaginar más. Estaba saciada y agotada, y ni siquiera me había penetrado. Viendo que estaba muy cansada, me propuso dormir un rato. Lo abracé como abrazo a los que saben hacerme dormir. Puse mi cara contra su pecho, estaba en casa. Los tenía a todos latiendo debajo de sus costillas. Matías, el barbudo, Diego, el mozo, Lionel, el rubio, mis amores adolescentes, mis amantes fugaces, los que devoraba con la mirada en el metro, los que nunca tendría y los que recordaba. Me empezó a doler la cabeza. Cerré los ojos, lo respiré y me dormí al instante.»

    No sé qué hora de la noche era. Creo que no había pasado mucho tiempo cuando sentí que Alejandro me acariciaba la espalda y las nalgas, en silencio y con ternura. Su mano era suave, su gesto leve y controlado, se ajustaba con exactitud a mis curvas. Se pegó contra mí y sentí su verga dura contra mi pierna. Un relámpago delicioso irradió desde mi clítoris. Después de tantos orgasmos y pese a tan poquitas horas de sueño, lo seguía deseando, y el hecho de no haber sentido su sexo todavía me daba aún más ganas.

    Nuestros labios se volvieron a encontrar con un beso muy húmedo. Me encantaba sentir su lengua contra la mía. Agarré su sexo para masturbarlo lentamente. Alejandro hubo un delicioso suspiro. Empezó a amasarme la concha. A los diez segundos, le empapaba los dedos. Yo quería disfrutar de una penetración completa y profunda, me metí naturalmente en cuatro, con las piernas muy abiertas, arqueándome para presentarle mi culo. Se apoyó con las manos en mis caderas, consiguiendo un equilibrio perfecto entre delicadeza y firmeza. A los 33 años, estaba descubriendo la exactitud de los gestos que quisiera por parte un hombre. Los suyos. Sentí mis labios íntimos abrirse para envolver la masa dura de se deslizaba en su medio.

    Avanzaba lentamente, como me gusta. Sentía mis carnes chorreantes estirarse para acogerlo, respirábamos hondo, era una delicia. Cuando entró totalmente, dejó de moverse unos instantes, dejándome disfrutar sentirme perfectamente llena. Quería que se quedara así para siempre. Un chasquido neto se escuchó en la habitación. Su mano acababa de caer sobre mi nalga derecha. Me arqueé y me enderecé, más por reflejo de rebelión que para evitar la siguiente cachetada que rápidamente reavivó el calor dulce y picante que había dejado la precedente. No estaba acostumbrada a recibir este tipo de gesto, no era algo que me excitaba. Hasta Alejandro. Alejandro lo hacía con morbo, maestría y virtuosidad, con una mano ágil, precisa, y una fuerza perfectamente dominada. La tercera me hizo gemir, no de dolor; pero por el placer de saber que estaba satisfaciendo algo de sus ansias de dominación.

    Lo dejé agarrarme el cabello con la otra mano, obligándome a levantar el pecho y arquearme aún más, todavía empalada en su sexo. Empezó a mover lentamente, regalándome la sensación exquisita de sus idas y venidas. Apoyé una mano al cabecero de la cama y pasé la otra entre mis piernas para acariciarme. Tenía la boca entreabierta y gemía, esta posición me hacía sentir muy perra y con el amo que me tocaba para esta noche, me encantaba.

    —Más fuerte… —le dije, moviendo mi culo insatisfecho.

    Soltó mi cabello para agarrarme por las caderas y se puso a cacharme como yo quería. Duro. Sus caderas chocaban contra mis nalgas, su verga salía casi por completo y volvía a entrar brutalmente en mi concha. Me mojaba más que nunca y mi masturbación simultánea me llevaba paulatinamente hacia un nuevo orgasmo, al ritmo de sus movimientos. Cada penetración era un paso más en la escalera del placer. Giré la cabeza para buscar su mirada.

    —Tenía razón, qué zorra que eres…

    Le contesté moviéndome para darle el gusto de ver cómo me metía yo misma su verga, más rápido y más fuerte. Su cuarta cachetada en mi culo fue el detonante. Ahogué mi grito mordiéndome el labio inferior. Salió de mi sexo y sentí enseguida su lengua recorrerme, lamiendo mi goce con aplicación.

    —Esto me lo quedo para mí, ya tuviste mucho —me dijo con una sonrisa, refiriéndose a la primera parte de la noche durante la cual había procurado escupirme en la boca el jugo de cada uno mis orgasmos que lamía escrupulosamente.

    Me había dejado caer de costadito, Alejandro se sentó a mi lado. Me acariciaba el cabello con ternura. Cerré los ojos un instante para disfrutar de este momento de calma. Se escuchaban los pájaros de la madrugada en los árboles de la avenida, el día se estaba a punto de levantarse. Cuando los volví a abrir, se había acercado para poner su sexo a la altura de mi boca. Lo empecé a lamer dócilmente, disfrutando mi propio sabor, el limón tibio y suave de siempre. Mirándolo a los ojos, abrí la boca para chuparlo. Aumentaba la presión de mis mejillas y de mi lengua sobre su verga, creando una succión que sabía deliciosa. La rabia morbosa de Alejandro estalló de nuevo en sus ojos. Decir que le quedaba bien esta expresión de loco arrecho sería una pésima aproximación. No, no le quedaba bien, le volvía irresistible.

    Conociendo sus aficiones, no me costaba mucho figurarme lo que atravesaba su mente al verme con la boca ocupada por su sexo. Probablemente me estaba imaginando prodigándole esta caricia oral atada con una de sus queridas cuerdas, la de fibra natural, seguro, que me inmovilizaría de rodillas, reuniendo mis muñecas y mis tobillos. Maestro entre los maestros para anudar, se las hubiera arreglado para que la cuerda, después de un par de vueltas alrededor de mi cintura, pase entre los labios de mi vagina y alcanzara mi espalda siguiendo la zanja de mi culo. Yo nunca había probado algo parecido, pero sentí mi clítoris volver a hincharse al imaginarme a su merced, condenada a dejarme cachar la boca sin poder moverme, para quedarme en el exacto punto entre el dolor y el placer procurado por la cuerda rugosa que partía mi intimidad.

    Sin interrumpir mi mamada aplicada, volví a tocarme. Obviamente me mojaba de nuevo, entre la delicia de tenerlo en la boca y su mirada, me era imposible evitar entrar de nuevo en un estado de excitación intensa. Agarró mi mano y la puso de lado para tocarme él mismo, deslizando lentamente tres de sus dedos en mi concha. Solté su verga, gimiendo al descubrir una sensación extraña y agradable. Apoyaba firmemente una mano en la parte más bajita de mi barriga, mientras los dedos de la otra, orientando hacia arriba, hurgaban deliciosamente mi intimidad. Rápidamente, mi placer se encontró atormentado por unas ganas urgentes de orinar.

    —¿Ya hiciste squirt? —me preguntó sin pararse.

    —No, eso no sé hacer… —le contesté, jadeando— pero tengo que hacer pis. Déjame un minuto…

    —Eso es, relájate. No vas a hacer pis, solo vas a soltar mucho líquido, confía en mí, relájate Sandra…

    Sus dedos se movían más rápido y con fuerza, seguía presionando mi barriga. Lo que sentía era rico e insoportable. Era como si me mantuviera al borde del orgasmo y al mismo tiempo en los terribles segundos que preceden el momento de orinar, cuando ya no se aguanta. Respiraba hondo. Alejandro me seguía mirando a los ojos sin dejar de mover sus dedos, con un ruido que más y más se parecía al de una mano jugando con un charco. Después de un rato, el miedo de inundar la cama se alejó poco a poco. Me costaba mucho resistir y me estaba dejando caer lentamente hacia una liberación de esta tortura divina.

    —Relájate… —me repitió.

    Obedecí, exhalando y relajando los músculos de mi perineo que me empeñaba a mantener contraídos, últimos garantes de mi contundencia. Fue un instante de abandono total, me invadió el calor acogedor de la vergüenza provocado por la sensación de mearme encima al que se mezclaba el placer de un orgasmo. Alejandro estallaba en júbilo, su mano inundada por mis líquidos que habían chorreado en mis muslos y hasta mi culo. La retiró para hundir su cara entre mis piernas y, lamiéndome como un muerto de hambre, empezó a masturbarse.

    Reconocí la alternancia de movimientos enérgicos y más suaves, el baile regular de las idas y venidas de su mano en su verga que ya había tenido la suerte de conocer con los videos que me había mandado. Se enderezó para mirarme. Sus labios mojados se quedaban entreabiertos, su placer subía fuerte y rápidamente.

    —Quiero venirme en tu cara…

    A modo de respuesta, sonreí, viciosa. Se acercó y siguió masturbándose a la altura de mis ojos. Siempre me fascinó ver a un hombre darse placer de forma solitaria, entonces, estar en primera fila para asistir al mejor momento me complacía totalmente. Alejandro exultaba, estaba a punto de explotar. Sosteniendo su mirada furiosa, abrí la boca y saqué un poco mi lengua, esperando recibir ahí un algo de su precioso jugo.

    —Zorrita mía… —me dijo suspirando.

    Sabía que él no iba a poder resistir mucho al verme así. Efectivamente, su suspiro se convirtió en un largo gemido, acompañando el brote cálido de su semen que cayó en choros,

    en mi lengua, en mis mejillas, en mis cejas y en mi cabello. Se quedó unos instantes así, respirando hondo y mirándome, como hipnotizado por el retrato encantador que le regalaba, sonriente y llena de leche. Se acercó para besarme, con el mismo beso que el primer que habíamos compartido, un beso evidente entre dos amantes.

    El día ya se había levantado. Nos metimos en la bañera, prendió el agua y empezó a jabonearme suavemente y con mucho cuidado antes de lavarme el cabello. Sus gestos eran de una delicadeza infinita. Eran gestos de amor.

    Nos despedimos con sobriedad en el umbral de la puerta de su habitación.

    Esperando en el paradero del bus, pensé que acababa de pasar la más hermosa noche de mi vida con Alejandro. Hasta la siguiente…

  • Me metí con la gordibuena de mi suegra

    Me metí con la gordibuena de mi suegra

    Hola, soy Rubén y les vengo a contar cómo es que me empecé a meter con mi suegra Isabel.

    Yo soy de complexión delgada, mido 1.70 m, soy de cuerpo marcado porque hago algo de ejercicio, tengo 30 años. Mi suegra es llenita, mide 1.65 m, tiene las tetas grandes, piernas y culo también grandes y tiene la edad de 58 años y pesa unos 110 kilos.

    El relato comienza cuando el día 12 de enero cuando me encontraba jugando call of duty en mi consola play station 5, en eso mi esposa de la cocina me llama y me dice que si puedo ir a la casa de mi suegra por unas cosas que le iba dar para la comida, molesto me puse una playera y un short, me subí al carro y me dirigí a casa de mi suegra que vive como a 3 minutos.

    Llego a casa de mi suegra y me dice que pase, ahí estaba vestida con una falda larga, una playera negra y traía el pelo agarrado con una liga. Me siento en la sala y ella saca unas cosas del refrigerador y las pone en la mesa, me comienza a decir que se encuentra algo estresada y que le duele el cuello, me pare del sofá y me dirigí a la cocina donde estaba ella.

    R: tranquila suegra que tiene

    I: ay mi niño ando un poco estresada porque ya ves tú cuñada no agarra el rollo.

    R: no se preocupe, que se va enfermar si sigue así.

    Entonces comencé apretarle el cuello en forma de masaje para que se relajara.

    I: ay que rico, apriétame un poco más fuerte

    R: le gusta?

    I: si ve como se me pone la piel chinita de lo rico que siento.

    R: ya vi que si esta estresada.

    I: síguele un poco más abajo

    Y fue moviendo mis dedos más y más abajo estaba a punto de llegar a su culo.

    I: hazme en el cuello

    Le hice caso subí mis manos a su cuello y seguí haciéndole masajes.

    Hasta que vi como ella cerró los ojos y me dijo un poco más abajo, estaba tocando sus enormes tetas.

    I: síguele ahí. Me decía con voz entre cortada.

    La verdad eso me estaba excitando, y sin más rodeos le di un beso en la boca, pensé que reaccionaría de mala manera pero al contrario accedió al beso después del beso nos empezamos acariciar y sin decir nada me senté en la silla del comedor y le comencé a subir la falda que traía, me acerqué a mi suegra y ella me bajo el short y el bóxer hizo cara de asombro cuando vio mi miembro de 20cm de largo y algo grueso, procedió a irse sentando sobre mi pene poco a poco, pude ver cómo hacía cara de dolor y de satisfacción cuando iba metiendo mi pene en ella, sus tetas quedaron en mi cara pero solamente se las pude mamar por encima de la playera, empecé a tocar sus enormes caderas, y ella comenzó a cabalgar, podía sentir como su panza subía y bajaba, pero eso no me importaba yo quería sentir su vagina lubricada y como mi pene se abría paso en esa vagina.

    I: mi niño que grande tienes eso pero que rico se siente

    R: usted suegra que rica vagina tiene, la tiene muy lubricada y está algo apretada

    S: no me digas suegra dime Isabel o mi amor.

    I: ay mi niño ya casi me vengo sigue así no te pares, mi niño mi niño

    Blanqueó sus ojos y terminó en un largo orgasmo yo todavía no acababa procedí agarrarle sus enormes caderas y la movía de arriba – abajo, pero no lograba terminar, en eso llega su nieto Emanuel y desde la entrada gritaba “abuelaaa abuelaaa”, por lo que mi suegra se levantó y se acomodó la falda, me arruinó el magnífico momento este niño por lo que tuve que acomodarme el short y quedarme sentado mientras mi suegra se levantaba e iba a la cocina, llego su nieto y se quedó en la sala, por lo que me paré y me dirigí a la cocina a decirle que me había dejado caliente y que al rato regresaría a terminar lo empezado.

    Paso la tarde y ya entrando la noche le dije a mi mujer que iría a la tienda, tenía poco tiempo para ir con mi suegra y así lo hice le mande mensaje que me ya iba con ella a su casa.

    Llegue abrí la puerta de la casa y estaban los focos apagados de la casa, pero ella me esperaba en el sofá, se levantó para recibirme con un beso, que nuestras lenguas se enlazaban, le dije que no tenía mucho tiempo, así que ella se agachó me bajo mi short o y mi bóxer y comenzó a mamarme el pene lo hacía delicioso parecía una puta mamando mi verga solo levantaba ella la mirada para que la viera, se levantó me acostó en el sofá y se montó encima de mí, comenzó a cabalgarme, sus enormes y gordas tetas brincaban yo en el aire trataba de agarrarlas para chuparlas, ella terminó.

    Le dije que se levantara y se colocara en posición de perrito ella accedió le metí mi verga de un solo golpe solamente gimió y comencé a bombearla, mientras la bombea su cuerpo se movía como gelatina, me tenía tan excitado que comencé a nalguearla sin vagina se sentía húmeda y apretada cuando menos pensé ya iba terminar estaba a punto de soltar el chorro de leche.

    Cuando me vacíe dentro de ella le inunde su vagina de leche ella se tiró en el sofá y pude ver cómo le temblaban sus piernas, fueron los mejores 10 minutos de mi vida, el mejor rapidín que había tenido.

    Después de terminar me dijo que si le podía chupar sus pies que se les había arreglado para mí, y eso fue lo que hice le chupe sus hermosos pies y sus dedos color rojo.

    Procedí a retirarme para llegar a la tienda y comprar las cosas para la cena, mi suegra y yo seguimos teniendo encuentros después les contaré del otro cuando me dejó chiquitearla.

  • La falacia del jugador

    La falacia del jugador

    “Entonces, de una manera extraña, la pandemia me hizo darme cuenta de que debería estar en el marketing de las redes sociales en lugar de en la enfermería”.

    «Sí, te entiendo perfectamente», dijo Francisco, mientras su mano se movía en su bolsillo.

    “Una vez que salí del encierro, quería ir a Valencia, ¿sabes?”.

    Victoria tomó un sorbo de su rosado y tarareó en voz baja, mirando las flores y el empapelado morado con admiración.

    “Hmm, este lugar es tan lindo. ¿Cómo lo elegiste?»

    «He venido con algunos amigos aquí», dijo Francisco; su mente quedó en blanco por medio segundo.

    La ceja de Victoria se levantó.

    «Amigos de la universidad, ya sabes, como para una noche de chicos», Francisco se recuperó rápidamente.

    «Hmm, sí, parece un lugar ideal para una noche de chicos», dijo Victoria de manera divertida, rozando su dedo contra el ramo de la mesa.

    Francisco sonrió a medias y le hizo una seña al mesero para que trajera otro whisky. Tenía la sensación de que podría disfrutar mejor de esta cita si no estuviera tan distraído.

    Cuando llegó el postre, Francisco tenía la sensación escalofriante de que había perdido la última hora, durante la cual Victoria había seguido hablando principalmente sobre su trabajo en las redes sociales, su familia y lo abatida que estaba cuando tuvo que pasar su último semestre de la universidad a distancia. Necesitaba recuperar el tiempo perdido, rápido.

    “Oye, ¿cómo estás? Quiero decir, ¿estás bien?» preguntó Victoria, anticipándose a él. «No sé si siempre eres tan callado».

    Francisco levantó la vista de la servilleta hacia el rostro abierto y austero de Victoria: su copa de vino colgaba lánguidamente entre las yemas de sus dedos. Tenía una sonrisa sencilla que le recordaba a su madre.

    «Oh, sí, estoy bien, todavía desorientado por las vacaciones, ¿sabes?»

    “¿Te desorientas por las vacaciones? Oh, yo las encuentro energizantes. Me siento como en un gran abandono de todo lo que me retuvo del año pasado, bueno y malo. Las cosas buenas también pueden detenerte, ¿sabes?»

    Sus labios estaban algo fruncidos mientras decía esto, y se la veía muy seria.

    Francisco se río y miró a su alrededor con complicidad por un momento.

    «Sé lo que quieres decir. Sería algo así como una superstición, ¿verdad? ¿Alguna vez has tenido algún amuleto para la suerte?»

    “El equipo de baile de la secundaria tenía un animal de peluche al que lo llevábamos a todas nuestras competencias. Ganamos varios torneos, así que se podría decir que fue nuestro amuleto de la suerte”.

    “Hmm, eso es lindo. Bueno, te cuento, yo tengo una cadena, ¿verdad?» Francisco comenzó a hablar pero se contuvo de inmediato. Disminuya la velocidad, Francisco, no revele demasiado a la vez… Sea tranquilo… Este era el punto exacto donde podría estar masajeando la cadena en su bolsillo, para calmar sus nervios.

    “Mi papá me la dio cuando tenía 18 años, y, ja, es raro, pero no puedo salir sin esa cadena. No recuerdo haber tenido una buena noche sin ella; casi nunca tengo una mala noche con ella. Así que…» —se encogió de hombros—. «Supongo que es una especie de amuleto de la suerte».

    “Oh, qué interesante. ¿Entonces lo tienes contigo ahora?»

    «¡No!» —gritó Francisco, un poco demasiado alto. Se rio para aclarar el aire y tomó un trago de su whisky. «La dejé en casa en Granada. Perdí mi amuleto de la buena suerte”, puso los ojos en blanco y bebió su bebida de nuevo. Francisco se encontró con los ojos preocupados de Victoria cuando terminó de beber.

    “¿Eras muy cercano a tu papá? ¿Es por eso que importa tanto?»

    «No, nada de eso», dijo Francisco. “El tipo era un imbécil; engañó a mi madre cada año de su matrimonio. Pero…»

    “Pero había algo en él, ¿verdad? ¿Alguna parte de ti realmente se preocupaba por él?»

    Victoria estaba inclinando la cabeza con simpatía ahora; Francisco estaba recibiendo señales de advertencia de color rojo brillante en su cabeza: peligro, peligro, ya había revelado más de lo normal en una primera cita. Pero su pregunta, sus límpidos ojos azules y la curva de su dulce mejilla enmarcada por los ramos de flores que colgaban alrededor del restaurante, lo empujaron a continuar:

    “No, no me importaba él, pero el tipo simplemente sabía cómo conseguir lo que quería. En ese sentido lo admiraba”, dijo Francisco, escupiendo las últimas palabras. “Quiero decir que es enfermizo, manipulador, un estafador, pero ha tenido una carrera bastante exitosa, logra obtener todo lo que quiere y sí, estaría mintiendo si dijera que yo no aspiro a también a eso.”

    Tomó otro sorbo de su bebida, dejando que el aire se despejara. Sintió una mano suave agarrarlo desde el otro lado de la mesa.

    “He conocido a muchos hombres así”, dijo Victoria. “Gentes que piensan que necesitan ser algo, además de una buena persona”.

    “Así es la mayoría de los muchachos en Valencia”, dijo Francisco.

    «Eh, quizás sea por eso que no me gustan la mayoría de los hombres», dijo Victoria, soltando su mano excepto su dedo índice en su nudillo. Francisco la miró fijamente a los ojos un momento, con discernimiento.

    «Bueno lo que sea. Tengo que dejar atrás todo lo que funcionó en el pasado”.

    “Mmm, sí. De todas formas, sin tener ahora esa cadena, estás en una cita, ¿verdad?»

    Francisco reflexionó por un momento. En cualquier otra cita, este era el punto en el que él saldría con una llamada de emergencia falsa de un amigo de la zona o que haría la propuesta final, un tira y afloje agresivo para que ella se quedara con él en su casa. Pero su conversación lo cautivó y, francamente, hablar de su padre lo disuadió del sexo.

    “Oye, ¿quieres ver ese espectáculo de luces que anunciaron que comienza alrededor de las 10, no está muy lejos de acá?”

    Victoria se iluminó, «¡Claro, eso suena bien!»

    Llegaron al lugar exactamente a las 10 de la noche; cuando las luces comenzaron a bailar a lo largo de los edificios circundantes, Victoria se agarró del brazo de Francisco y se inclinó sobre su pecho. Francisco sacó las manos de los bolsillos y la abrazó, sintiendo que se le levantaban las mejillas. Estaba sonrojado y por un momento, su mente estaba fuera de la cadena.

    Francisco y Victoria progresaron rápidamente; el fin de semana siguiente la invitó a ver una película de terror y pasaron las siguientes tres horas en un bar discutiendo las implicaciones psicológicas del cine de terror.

    El próximo fin de semana cocinó una lasaña ragú con queso bechamel, especialidad de su mamá, y le dio una serenata de guitarra. Esa fue la primera noche que durmió en su apartamento; ella comenzó a dejar una muda de ropa en su casa durante las próximas semanas a medida que las fiestas de pijamas se volvían más frecuentes.

    Luego, en febrero, como al pasar, ella le preguntó: «Somos exclusivos, ¿verdad?»

    Tuvo que pensar en esto por un momento, claro, todavía tenía aplicaciones de citas en su teléfono, y todavía estaba coqueteando con la rubia ejecutiva de ventas en el trabajo, pero la tierna mirada de Victoria lo obligó a darle la respuesta que ella quería.

    “Sí, cariño, por supuesto. No estoy viendo a nadie más.»

    En marzo, hicieron un viaje de fin de semana para visitar a la hermana de Victoria en Madrid; conocieron al bebé recién nacido de la familia se ofrecieron a cuidar al bebé mientras su hermana y su esposo salieron a cenar. El bebé se durmió en los brazos de Francisco mientras miraban una película.

    Al regresar de Madrid a la mañana siguiente, Francisco sintió una extraña sensación de finalidad en la relación. Ella es la indicada, pensó, sintiéndose tanto eufórico como aterrorizado.

    Como todas las llamadas de la madre de Francisco, ésta llegó en el momento más oportuno, justo cuando él llegaba tarde para encontrarse con Victoria en un bar de cócteles, para lo que ella llamaba «nuestro aniversario de tres meses».

    “Oye, mamá. ¿Cómo estás?» dijo, mirándose en el espejo junto a la puerta principal…

    “Hola, espero no estar molestándote”, su mamá se estremeció. Como de costumbre, sonaba como si acabara de terminar o estuviera a punto de empezar a llorar.

    “Estoy bien, solo preparándome para salir con un amigo. ¿Qué pasa?»

    Todavía no le había contado a su familia sobre Victoria. No lo consideró una superstición, sino más bien una apuesta contra su ego, en caso de que la relación fracasara.

    «Oh eso es agradable. Yo, um, encontré tu cadena, creo que es tuya, con la moneda de oro en ella, ¿grabada con Venus?»

    «¿Eh? ¡Vaya!» exclamó Carlos. «¿Espera, Venus?»

    “Diosa romana del amor.”

    La moneda de oro en el extremo de la cadena apareció en la visión de Francisco: era pequeña pero gruesa: de oro puro con la silueta de una mujer con mechones sueltos grabada en un lado y una frase en latín, «Veni, Vidi, Amavi» (Vine, vi, amé). Nunca se tomó la molestia de investigar el origen de la frase o de la mujer.

    “Oh, nunca supe quién era. Vaya, lo he estado buscando por todas partes desde que regresé de Navidad. ¿Dónde la encontraste?»

    «Pues estaba en la mesa de la cocina», su madre olió crípticamente. «¿De dónde has sacado esto?»

    Carlos vaciló.

    “Fue, ya sabes, fue un regalo de cumpleaños de papá o algo así. La has visto conmigo, ¿verdad? La guardo siempre en mi bolsillo. De hecho, estoy muy contento de que la hayas encontrado, me he vuelto un poco loco buscándola. La trato como una de esas bolas antiestrés, ja, ja.»

    «¿Tu padre te dio esto?» dijo su madre. Su voz se profundizó en un tenor grave al decir tu padre. “Oh, si hubiera sabido que tenías esta cadena…, me dan ganas de vomitar con solo mirarla…”

    “Mamá, cálmate, fue un regalo. Déjame darte mi dirección, yo te mando el dinero para que me la envíes”

    “Él le daba esto a cada mujer con la que salía. Era como si la cadena supiera cuando su última aventura había terminado, y cuando se fue…” Ella se atragantó.

    Francisco se quitó el teléfono de la oreja y suspiró cuando su madre tosió entre unos sollozos apenas ahogados. Esto, pensó Francisco, era parte de la razón por la que rara vez llamaba a su madre. Cada conversación se convertía en una sesión de terapia sobre las infidelidades de su padre.

    “Mamá, ¿de qué estás hablando? He tenido esa cadena desde que tenía 18 años”

    «Tu padre me dio esa cadena para nuestro quinto aniversario de bodas, luego la recuperó antes de que nos separáramos, pero justo después, ya sabes, justo después de que me enteré de sus otras mujeres».

    Terminó con un grito ahogado y sollozó un poco más. Francisco apretó los labios, su padre le había dicho que «siempre se aferrara a su suerte», cuando le dio la cadena, acompañada de un guiño de complicidad.

    «¿Así que esa cadena te pertenecía?» Francisco preguntó en voz baja.

    “Sí, y Dios sabe cómo consiguió que todas esas fulanas le devolvieran la cadena cada vez que las abandonaba. Pero ese es tu papá, ya sabes, él es solo, así de persuasivo”.

    Francisco se aclaró la garganta, “Sí. Sí, es persuasivo”.

    “Esta cosa está maldita. No la quiero en mi casa”, dijo su madre, venenosamente. Hizo una pausa y dejó que la pesada respiración de Francisco llenara el silencio. «No sabías la historia de esa cadena, ¿verdad?»

    «No.»

    Más silencio de parte de ella. Finalmente, su madre dijo, con la voz más clara y firme que de costumbre: «Es tu cadena, Francisco, así que dime qué quieres que haga con ella».

    «Sí. De acuerdo.»

    Colgó el teléfono y se derrumbó en su cama, hundiendo la cabeza entre las rodillas.

    Victoria, siempre confiada, no hizo preguntas de investigación cuando Francisco le dijo que quería caminar por el puente esa noche; solo preguntó dónde y cuándo quería que se encontraran.

    El camino hasta el puente era ventoso, los motociclistas pasaban por la parte superior del puente, ocasionalmente gritando blasfemias mientras atravesaban el camino peatonal.

    Francisco metió tensamente la mano en los bolsillos y siguió adelante, vagamente consciente de que Victoria marchaba animosamente a su lado.

    “Francisco, estás haciendo eso otra vez”.

    «¿Qué cosa?», Dijo, tratando de no sonar irritable.

    “No hablas nada. No dices lo qué tienes en mente.»

    Francisco apretó sus puños con fuerza dentro de sus bolsillos.

    «Nada. Solo admirando la luna. Joder, qué grande está hoy.»

    Realmente la luna parecía que ocupaba casi la mitad del cielo.

    “Es luna llena”, dijo Victoria con admiración, mirándola y apretando el brazo de Francisco. “Significa un indicio de buena suerte”.

    Francisco se burló; Victoria aflojó su agarre.

    «¿Qué fue eso?» preguntó ella

    «Nada. Tengo frio.»

    «¿Por qué te burlaste de mí?»

    Francisco puso los ojos en blanco.

    “¿Realmente crees en esas cosas? ¿En las fases de la luna, la suerte, los horóscopos o lo que sea?»

    “Creo que es divertido”, dijo Victoria. “Siempre hay un poco de verdad en las locuras, ¿verdad? Incluso las personas más racionales tienen creencias irracionales”.

    Francisco no dijo nada pero apretó la mandíbula.

    «¿No estás de acuerdo?»

    «Supongo que no.» respondió él.

    “Está bien si crees que es una tontería. Como dije, realmente no sigo esas cosas de cerca. Sin embargo, a mi mamá le gustaba mucho”.

    Francisco dejó que Victoria hablara un poco más sobre su madre, mientras miraba la luna llena. Parecía tan grande que podrían tropezar con ella en lo alto del puente.

    “Francisco, en serio. ¿Otra vez?»

    «¿Lo qué?»

    «¡Te comportas como si yo no estuviera presente!»

    «Lo siento, ¿podemos llegar allí?»

    Victoria caminaba unos pasos detrás de él ahora; él disminuyó la velocidad y se giró para mirarla.

    «Me estás poniendo nerviosa», dijo, con los ojos muy abiertos brillando.

    «Vamos, solo unos pocos pasos más».

    «Explícame de qué se trata»

    «¡Éste soy yo, estoy hablando contigo!» dijo, disimulando mal su molestia. Dio media vuelta y siguió caminando.

    Llegó a la cima del puente y casi se sorprendió cuando sintió que Victoria lo tomaba del brazo.

    «Francisco, ¿está todo bien?»

    Él suspiró y miró fijamente la enorme luna amarilla, le recordaba a un panqueque en una sartén, como los que su madre solía preparar para él los sábados por la mañana, cuando era muy pequeño.

    “¿Recuerdas que hablábamos de amuletos de la buena suerte en nuestra primera cita? Bueno, lo he estado pensando y…, creo que los humanos confunden la suerte con la probabilidad aleatoria.»

    Francisco notó que Victoria todavía estaba de pie a unos pasos de él; notó que ella estaba incómoda.

    “Tengo frío y no sé de qué estás hablando. ¿Podemos irnos?» dijo ella.

    “No, no, necesito decirte esto. Mira, los eventos son simplemente aleatorios. Una racha de buena suerte son solo eventos independientes unidos que parezcan estar relacionados. Pero pensar que una serie de eventos favorables se debe a algún amuleto de la suerte no es otra cosa que un paralogismo, una falsa razón, una interpretación equivocada de las probabilidades.»

    “La falacia del jugador”, dijo Victoria.

    «¿Cómo?»

    «Falacia del jugador: es un falso razonamiento en el que suelen caer aquellas personas que participan en determinados juegos de azar. Piensan que, como ya se registró un suceso en el pasado, existen menores o mayores probabilidades de que este hecho se repita o no en el futuro.»

    Francisco sonrió, impresionado de que ella se le hubiera adelantado, «Sí, exactamente, es como tú dices»

    Sacó una cadena de oro con una pequeña moneda brillando al final. Victoria tuvo que entrecerrar los ojos para verla.

    “Mi papá me dio esto cuando tenía 18 años, me dijo que siempre me aferrara a mi suerte. Resulta que mi padre se refería a la suerte con las mujeres, supongo que me la dio por eso”.

    Victoria hizo una mueca.

    “Dejó a mi madre llorando todas las noches de mi infancia, se perdió todos mis logros: mi primer juego de balonmano, mi primer día de clases, los juegos de fútbol del campeonato juvenil, todas mis graduaciones, todo porque estaba ocupado tratando de hacer dinero y/o acostándose con cuanta mujer que le gustaba. Y, yo quería ser como él”, se burló Francisco. Levantó la cadena, que brillaba a la luz de la luna.

    “Esta mierda no da suerte. La prueba de ello es que nada me hizo sentir tan afortunado hasta que te conocí.»

    Victoria se quedó en silencio; podía oírla temblar, de pie en el viento frío. Caminó hacia el costado del puente y se inclinó, colgando la cadena de su puño.

    «Estoy tan contento de no haber tenido esto cuando te conocí», dijo él, con los ojos cerrados dolorosamente. «Pero, si esto es buena suerte, ¿te perderé ahora si lo dejo caer?»

    Volvió a mirar a Victoria, que tenía lágrimas en los ojos.

    “Creo que debes soltar lo que sea que te esté atormentando”, dijo, tan bajo que él apenas podía escucharla.

    Dejó caer la cadena antes de darse cuenta de que había tomado tal decisión.

    «Joder», gritó, sorprendido por su impulsividad. Se acercó a la baranda para ver si podía ver en qué dirección caía; hubo un fuerte ‘plink’ debajo. Sus ojos miraron hacia abajo. La cadena de oro desapareció en el agua.

    «Y ahora, ¿cuáles son las probabilidades?» gritó Francisco, riendo con exasperación.

    Se inclinó para ver si conseguía divisar la controvertida cadena. Sintió un ligero toque en su hombro.

    «Creo que esta es una señal de la luna llena te está dando suerte».

    Francisco se volvió hacia Victoria: su impresionante silueta estaba enmarcada por la luna. Parecía una diosa… Sonrió.

    «Sí. Tal vez esto sea lo más afortunado que me ha pasado en toda la noche”.

    Los dos partieron juntos por el puente. La luz de la luna se oscureció cuando pasó una nube mientras la cadena se deslizaba lentamente impulsada por la corriente del agua…

  • Los secretos de Rebeca (1)

    Los secretos de Rebeca (1)

    Siempre me han gustado las mujeres mayores. Desde mi adolescencia, el atractivo de una mujer madura ha generado en mí esa serie de pensamientos y deseos que no únicamente me son irresistibles, también me han colmado de idilios gustosos.

    Uno de esos idilios, quizá el primero, fue con mi vecina Rebeca. De tez morena, curvas profundas, de cadera pronunciada, senos levemente asomados y de piernas que se pronunciaban como el calor de sus encantos, he de reconocer que lo que más me llamaba la atención eran el vientre y el pubis que se le marcaban, principalmente, en prendas ajustadas como los jeans o alguno que otro vestido: un triángulo dibujado con un ligero abultamiento debido a que fue madre en su adolescencia. Encuentros casuales en la tienda o en la calle motivaban saludos que en mí se transformaban en fantasías y en ella sólo eran atenciones educadas. Después le perdí la pista debido a que salí a estudiar la universidad a la capital pero no podía olvidarla en lo absoluto.

    Pasajeros romances en aquel tiempo apenas podían fingir parecerse a mis sueños con Rebeca. Las chicas de mi edad me representaban no tan deseables como las mujeres mayores y poco a poco fui desistiendo de aquellos placeres juveniles para centrarme, únicamente, en carnes con el clímax en su punto.

    Cuando regresé a la ciudad, después de uno que otro encuentro fugaz con mujeres no mayores de treinta que no me convencían del todo, la encontré en una plaza bebiendo café, pasaba los cuarenta años y se veía mucho mejor que en aquellos ayeres de martirio adolescente.

    El impulso me llevó hacia ella en automático y, al acercarme le llamé por su nombre, por espacio de unos segundos ella buscó en su memoria mi rostro pero al ver la tardanza le dije que era Dorian, su ex vecino, el que solía saludarla en la tienda o en la calle y ella me regaló esa sonrisa que me significó también un encuentro en su memoria.

    Le pregunté si esperaba a alguien y ella, dulcemente, me dijo que no pero no dejó de parecerle extraño. Sin más, le dije que podía invitarle otro café a lo que ella accedió no sin mostrarme también cierto nerviosismo. Éramos dos extraños conocidos y, tras saber que ella administraba el negocio de sus padres, que estaba divorciada y que por el momento no había mucho que abordar en temas pasionales le dije, sin detenerme a esperar otra casualidad, que siempre me había gustado, que durante el tiempo que estuve afuera de la ciudad no había dejado de pensar en ella y que me había prometido que, si la volvía encontrar, sí o sí, se lo iba a decir.

    Incomodidad y nerviosismo se apoderaron de su rostro, me agradeció el cumplido y, después de unos segundos de no saber cómo actuar, me dijo que tenía que irse y que agradecía de igual manera el café. Le dije que estaba bien y le pregunté si tenía Facebook a lo que ella, entre ese nerviosismo que clausura la razón, me dijo que sí, me dio su nombre de usuario, inmediatamente la busqué en mi teléfono, le envié la solicitud y ella, sin más, sólo dijo que en un momento me agregaba.

    No pasaron muchos minutos para que mi teléfono sonara y me avisara que Rebeca había aceptado mi solicitud. Inmediatamente vi sus fotos y, en tanto se iban presentando esas imágenes sentí todos aquellos deseos adolescentes que nacieron desde el primer momento que la vi. Pedí la cuenta y fui al departamento a seguirme llenando de sus imágenes para después explotar entre deseos.

    Pero fue una de esas fotografías que me animó a enviarle mensaje. Aparece ella con tacones amarillos, blusa amarilla dejando al desnudo sus hombros y con jeans apretados exponiendo su vientre y su pubis que siempre me habían motivado a soledades felices. Le di “me gusta” a aquella fotografía y le envié un mensaje privado. Desde ahí, poco a poco, nuestras conversaciones fueron acercándonos hasta también intercambiar números telefónicos y usar whatsapp por comodidad.

    Un fin de semana quedamos en salir y pensaba que probablemente, esa noche, se consumirían, por fin, esos sueños reprimidos adolescentes.

    Cuando la vi en el restaurante mi excitación me desbordó. Vestía igual que en aquella fotografía y pude notar que el pantalón le apretaba lo suficiente marcándole los ángulos insospechados.

    Tras los alimentos y una botella de vino, nos dimos por bien servidos y fuimos a mi departamento en ambos automóviles. Ahí acompañamos nuestras pláticas, en la cocina, con otra botella de vino y un poco de Sting y de Clapton hasta que el tono de la charla y de nuestros rostros fue subiendo hasta lo imposible.

    Supe de sus insatisfacciones debido a sus deseos imposibles. Le gustaba la dominación pero también el trato cariñoso, también el lenguaje soez como el silencio pero le gustaba, principalmente, el ser sometida a encanto de su dueño.

    Todo en mí se acrecentaba y poco a poco nuestros labios fueron acercándose hasta fundirnos en nuestras lenguas humedeciéndonos el cuerpo. Después ella me preguntó que por qué me gustaba ella si era quince años mayor que yo y le dije que principalmente por eso. Con entusiasmo y con otro beso me pidió que le indicara, de su cuerpo, que era lo que más me gustaba y le pedí que se incorporara para dejárselo claro. Al pararse y al tener frente a mí a esa hembra dispuesta a mis manos no dejé de percibir, también con el olfato, el olor de sus feromonas estallando. Le pedí que se acercara a mi rostro y al segundo tenía frente de mi rostro su vientre y su pubis dispuestos a mi descubrimiento. Sobre su pantalón comencé a besarla y también a darle pequeñas mordidas en sus profundidades cubiertas y ella tomaba mi cabello pidiéndome que no parara. Al momento de desabrocharle el pantalón y bajarle el cierre, de su tanga blanca salían bellos humedecidos y así, sin más, fui pasando mi boca por cada resquicio que se asomaba. Después subí a su boca y mientras nos besábamos yo jugaba con mis dedos en su interior y ella acariciaba mi excitación incontenible. Al poco rato fue ella quien descendió, se metió a la boca mi deseo y fue jugando con él con su lengua y su rostro. “Termíname”, dijo y le jalé el cabello hacia mis labios, después la volteé y le baje con dificultad el pantalón y la tanga que le hacía justicia a sus encantos. Frente de mí sus monumentos traseros con no poca maravillosa celulitis hervían y, sin pensarlo, entré en ella para consumar la ebullición del deseo. De nada sirve presumir, los minutos fueron pocos debido a que el previo había sido un juego de años pero entre escucharla gritar que la acabara y sus movimientos de madura, terminé por salir de ella y finalizar en su pantalón.

    Nos sentamos en los bancos de la cocina, desnudos, y compartimos el resto del vino y comimos una que otra fruta. Poco tiempo pasó para que ella avisara su salida debido a que su hijo llegaría a su hogar pronto. Se puso su tanga y pude ver la complejidad de subirse al pantalón, húmedo por los líquidos abandonados. Así, casualmente, la humedad que había depositado estaba incrustada entre su vientre y su pubis y ella, como si un trofeo fuera, me dijo que se lo llevaba así, sin incomodidad alguna.

    Cuando llegó a su casa le pedí una foto de la parte que más me gustaba y tardó pocos minutos en enviarme ese trazo fulguroso asomando también parte de sus ahogantes piernas.

    Qué extraordinaria es la mujer madura que esconde deseos y pasiones sin saber o reconocer que es esta la que puede dominar al mundo con sólo mostrar la grandeza de sus secretos.

    Después, vendrá más…

    [email protected]

    «Texto publicado por primera vez en CuentoRelatos».

  • Caliente día de aseo con mi roomate

    Caliente día de aseo con mi roomate

    Hacía un calor insoportable, el sol ardía sobre nuestra piel. Nos comprometimos a colaborar en la mudanza de una compañera de trabajo. No había de otra, era mejor cumplir. Inicia la jornada. Sol incesante y despiadado que nos doraba. Él subía y bajaba escaleras con las cajas al hombro. Sus bíceps se tensionaban, sus venas se pronunciaban. Masa redonda y blanca, piel firme y tersa. Una y otra vez, subía y bajaba. Yo ya me había rendido, me escondía del diablo ardiente.

    En la sombra, te observaba, me perdía. Me dijiste algo, te reíste. Me molestabas, algo bromeabas sobre mí, mientras me mirabas. Te llevaba la cuerda, aunque no te entendía. Nos fuimos, nos reímos, cargamos, nos cansamos.

    Sudaba, y su olor lo sentía fuerte. La mezcla de sudor, perfume y su propio olor, me calentaba más que el diabólico sol.

    Nunca te deseo, se me prohíbe. Eres casado, yo lo respeto. Yo, una promiscua, tengo muchos hombres y ninguno a la vez. Me los respetas. Vivimos hace año y medio juntos. Demasiado tiempo, demasiado cerca para conocerte, para quererte. Pero no puedo quererte, no puedo desearte, no puedo mirarte, no puedo provocarte. Hoy no lo soporto, el calor es mas fuerte que yo.

    Terminamos la mudanza, y llegamos a nuestra casa. Es nuestra, de los dos. Tú me soportas, yo ni te siento, pero se cuándo sales, cuando entras, cuánto duras en el baño, lo que tomas, lo que comes, lo que oyes, lo que miras, lo que tienes, lo que hablas, cuánto duermes, cómo duermes. ¡No!, ¡eso no!

    Te encierras, me encierro. El calor continúa, y mientras a otros duerme, a mi me despierta. Me levanto.

    Hoy es día de aseo. Barro, oigo mi música favorita, lavo. Me provoca fumar, trabarme, alivianarme. Me encierro, tú sales.

    Dos plones me bastan para estar mejor, para sentir la electricidad chispeante acalorada que me produce, la suavidad que me menea.

    Salgo. Tu barres tu cuarto, pues hoy es día de aseo. Estás en pantaloneta, es de color verde, tu espalda blanca deslizante resbaladiza. Te inclinas y tus nalgas se pronuncian detrás de ese trapo verde. Entras y sales. Te observo con levedad. Lo percibes, te incomoda. Me miras. Te entras. Yo sigo.

    Te imagino. Imagino que me coges por la espada, que aprietas mis nalgas, que me bajas el pantalón, que quería ya caerse. Tu mirada como de “ya que más da”. Me tomas mi cara y me besas fuerte. Yo que debería resistirme, te beso, profundamente.

    Regreso. Estoy sola, trapeando, repitiendo el mismo lado 10 veces. Tu puerta está cerrada. Me acerco a ella, la choco con las mechas del trapero. Pienso en si la abriera, qué pensaría. Se reiría. Yo le pediría disculpas y la cerraría. Seguiría trapeando.

    Sigo trapeando. Él sale, me estoy agachando, ¿se me están cayendo los pantalones? ¿me metí la mano en las nalgas mientras él pasaba? ¿Se me vieron las pantaletas?

    Él pasa fugaz. Se devuelve y me pregunta si puede usar el baño. ¿Lo usamos juntos?, quería decirle. Ehh, sí, el baño, sí -titubeo-. Me quedo pensando, ¿se daría cuenta? ¿me vería muy trabada? Trapeo.

    Te imagino desnudo, blanco tú. Tus tatuajes en la espalda y en tu pecho, goteada tu piel, tu barba aplacada, escurridiza. Tus ojos mirándome, tus ojos cerrándose mientras cae el agua y te pasas tu mano sobre tu cara. Te cierras los ojos, los abres y me miras. Tus nalgas duras, tu verga rozagante, firme, dura, grande, larga y gruesa como me gusta. Empieza a erguirse. Te ríes, me miras. Tu mirada es fuerte, la siento extraña, la siento malvada, la siento agresiva, la siento enloquecida, como esa vez que me cogiste fuerte en mi sueño.

    Un día soñé que abrías la puerta de mi pieza, la tirabas con fuerza y me detenías, me paralizabas, me abrías, me la metías, firme, como lanza enfurecida. Era grande, roja, y tu estabas poseído por el espíritu de la lujuria. Tu lengua era larga, bífida, roja y me la metías igual de fuerte que tu verga, en mi boca, me mordías, me mojabas, me clavabas, me agredías, me encantaba. Así te imagino ahora. Me mojo.

    Vuelvo. Sigo trapeando. Definitivamente ya está limpio ese pedazo. Sales, y el baño que está cerca al lavadero donde lavo el trapero, nos arrincona. Yo me río. Estás en toalla.

    Ya te había visto, pero ese momento era perfecto para simular un asombro, una impresión, un descubrimiento. ¡oye!, le grito, ¿qué? me pregunta. ¡Cómo te quemaste! ¡Mira tus brazos! Se los señalo, mi dedo se roza con su piel.

    Dios, estoy trabada. No controlo mis movimientos. Me separo, rápidamente. Él se ríe. Menciona que no se había dado cuenta que tenía la piel así. “Se quemó mucho, toca que se tome una foto y se la envíe a Katherine” (nuestra compañera, a la que ayudamos a mudarse de casa). Se ríe.

    Pienso, me voy. Imagino que tomas una foto de tu brazo, y me la envías a mí, me enciende, me masturbo con ella, me vengo.

    Vuelvo. Te entras, cierras la puerta. ¿se daría cuenta? ¡ash, soy tan torpe así! Sigo trapeando. Suena: Heroes And Villains de The Beach Boys, me emociono. Bailo. Lo muevo duro. Se abre la puerta de su pieza. No fue intencional, lo juro, yo estaba en la playa.

    Tu asombro y el mío. Estás desnudo. Todo se detiene. Me miras punzantemente. Me asusto, me excito, me sonrojo. Te acercas, me jalas, tiras la puerta y se cierra. Me tiras a tu cama, me dejo. Me bajas el pantalón, me la chupas, te la comes, la lambes, hundes tu lengua lo mas profundo que puedes. Me miras, succionas, me agarras las nalgas y hundiéndolas en tus manos, las empujas hacia ti, quieres tragarte mi vagina, quieres tragarme toda.

    Yo no resisto, jadeo, mis ojos se calientan, lagrimean, estoy encendida. Se sube y me besa con furia, con fuerza, la entra profundo que lo puedo sentir en mi pecho. ¡Dios, ay Dios! Se acelera, suave, fuerte. Lo hunde. Me coge de la cintura y me sube curvando hacia afuera. Mi cabeza choca con su almohada. Su mano en su cintura me electriza, me enfría y me calienta al mismo tiempo.

    No soporto el ardor, el calor, el fuego que me produce. Me mojo, me ahogo, me vengo, él sigue, no para, quiere venirse, sigue fuerte, su mirada malévola es real, lo logra. Llegamos al cielo.

  • Au-pair: Azotes y más

    Au-pair: Azotes y más

    El cielo encapotado y gris junto a una persistente y fría lluvia es mi primer recuerdo de aquel país. Terminada la carrera, a mis 21 años, decidí pasar unos meses en el extranjero trabajando como au-pair.

    -Hola Ana.

    Me saludaron un hombre y una mujer maduros.

    Son las primeras y últimas palabras que oí durante un tiempo en mi idioma.

    Luego ella me presentó al niño de tres años y me entregó una lista de tareas. Con gestos, algunas palabras que pillé aquí y allá y un diccionario, logré enterarme.

    Al principio todo fue bien, yo me esforzaba por entender y ellos me corregían verbalmente cuando hacía algo mal.

    Sin embargo, dos semanas después, la cosa cambió. El tiempo de adaptación según ellos había concluido, y las faltas contaban.

    Una advertencia, un segundo toque de atención con amenaza y a la tercera…

    Me quedé dormida y tuvieron que despertarme. La mujer entró en mi habitación y tal y como estaba en pijama sin tiempo a tirarme ni un mísero pedo mañanero en la intimidad de mi cuarto, me llevaron al salón. El niño todavía dormía en la habitación.

    El caballero me habló despacio, asegurándose de que entendía y, aunque no todo, me quedé con lo principal del mensaje.

    «Van tres, romper reglas, castigo».

    La pareja se sentó en el sillón de dos plazas y yo me tumbé boca abajo sobre el regazo de ambos. La mujer me acarició el cabello mientras mi corazón latía con fuerza.

    – ¿Lista? – dijo el tipo.

    No, no estaba lista. Pero el miedo a empeorar mi situación me hizo responder.

    – Sí, señor.

    Y aquel tipo comenzó a darme azotes en el culo.

    Acabado el castigo, me mandaron a mi habitación a reflexionar. Tenía el culo caliente, la cara roja de vergüenza y aun así, sabiendo que tendría unos minutos para mi sola, aproveché para masturbarme. Las nalgas escocían, pero el ser humillada de aquella manera, el notar el crecido pene de mi azotador en contacto con mi vagina, me excitaba.

    Cinco minutos antes de que terminara «el permiso» fui al baño y me cambié de bragas.

    Una semana después se repitió un nuevo episodio. Esta vez no estaba el hombre y fue la mujer la que me atizo. Esta vez, por reiteración, empleó una vara. Antes hizo que me bajara los pantalones del pijama y las bragas y me inclinara exponiendo mis vergüenzas.

    Terminado el correctivo, me acarició el pelo y las nalgas y me dio un beso en los labios.

    Ni que decir tiene que, aquella noche, decidí sacar partido a mi estado de excitación y, en parte para mitigar el escozor y en parte para acallar el picor en mi vagina, restregué mi sexo frotándolo con la almohada mientras trataba de amortiguar el volumen de mis jadeos.

    Aunque en los siguientes meses metí la pata alguna vez, bien por falta de tiempo o bien porque mi idioma había mejorado y me apreciaban más, no tuve que enfrentarme a castigo alguno.

    Y entonces llegó la última semana. Una mezcla de nostalgia por tener que dejar el país y alegría por volver a casa se confabularon para distraerme. Empecé a pensar en los preparativos para la vuelta y descuidé mis tareas.

    La mujer, en presencia del marido, me leyó la cartilla.

    El hombre se quitó el cinturón y fui obligada a desnudarme por completo.

    – De rodillas. Ven aquí.

    Yo, en pelotas, con las tetas colgando, gatee hacia dónde se encontraba aquel tipo.

    Se desabrochó el botón, se bajó la cremallera y saco el falo más grande que había visto en mi vida.

    Me puse de cuclillas y empecé a lamerlo.

    La mujer se acercó, cogió el cinturón de manos de su marido, y me ordenó que metiera la verga en mi boca y le hiciese una felación.

    Mientras se la chupaba, la mujer comenzó a golpearme en las nalgas con el cinturón. Era difícil concentrarse en la mamada mientras me calentaban el culo con el cuero.

    Tras una docena de azotes, la mujer dejó caer el cinturón.

    – Levántate y ven aquí. – dijo el varón.

    Me acerqué y el hombre me abrazó apretándome contra su cuerpo.

    Por su parte, ella se colocó de rodillas detrás de mí y comenzó a lamerme el trasero, el ano y la vagina. Su lengua me hizo temblar y su cara, literalmente enterrada en mi raja, me hacía cosquillas.

    Me excite tanto que imploré a aquel tipo, en repetidas ocasiones, que me follara. El hombre, tras mirar a su pareja, accedió a ponerse un preservativo y a penetrarme vaginalmente.

    Tras varias embestidas, me corrí entre convulsiones y gritos mientras el hombre y la mujer me abrazaban y se abrazaban. Yo era el queso derretido y ellos las tapas del sándwich.

  • Estuve con el hermano de mi novio

    Estuve con el hermano de mi novio

    Hola, quiero recordar antes que nada que mido 1.55, soy de piel blanca, cabello negro, y soy delgada, básicamente puedo gustarle a quien quiera si soy honesta.

    Hace poco fui a la casa de mi novio porque me pidió que fuera ya que yo acababa de salir de la universidad y pues quería que pasara a almorzar. Cuando llegué a su casa me di cuenta que estaba Oscar su hermano y pues yo entré normal, recuerdo que mi novio me sirvió el almuerzo de la manera más caballerosa posible y me dijo que iba a comprar unas pastillas para su madre y que se las iba a llevar y se demoraba, me dijo que quedaba con Óscar por si llegaba a necesitar algo.

    Cabe destacar que me han dicho mucho que soy muy follable, recuerdo que Oscar se metió a su cuarto, pero dejo su puerta abierta y pues yo estaba en el comedor que da de frente a su cuarto, él en ese momento estaba dándome la espalda y empezó a cambiarse su ropa, recuerdo que me hizo tragar en seco cuando se quitó su camisa, él no se daba cuenta, pero yo lo miraba de abajo hacia arriba sin parar.

    Yo terminé de comer y me fui a lavar los platos, pero en mi cabeza pensaba en el cuerpo de Óscar. Decidí pararme en la puerta de su cuarto y le dije que como estaba y me dijo que bien y que estaba descansando un poco, él estaba sin camisa en su cama jajaja, así que yo le dije que si quería que le diera un masaje para que se le quitara un poco el estrés y me dijo que no había problema.

    Recuerdo que empecé a tocarlo y él se fue durmiendo lentamente, así que aproveché para desabotonar su pantalón y ver qué no tenía nada por debajo y vi su pene que por cierto estaba demasiado rico, él se despertó y me dijo que estaba haciendo, que si era que estaba loca.

    Yo le dije que no se preocupara, que realmente se dejará llevar, entonces me miró con cara de sorprendido mientras empecé a masturbarlo, recuerdo que llegó un momento donde me agarró del pelo y me hizo chuparle su pene que estaba muy duro y grueso.

    Recuerdo que yo llevaba falda así que me senté sobre él y fui metiendo suave su pene porque realmente era grande, él media 1.85 y yo 1.55, así que ya pueden imaginar la diferencia, me lo metía suave hasta que empecé a mojarme más y más, recuerdo que le pedía más duro y él me ponía como se le daba su gana, tenía mucha fuerza y me alzaba de acá para allá, yo no quería que parará de ser tan hostil conmigo y quería que se corriera y ver su cara de satisfacción.

    Oscar estaba empezando a sentir que se venía así que rápidamente empecé a dar sentones fuertes hasta que me dejó su lechita dentro y creo que hace rato no lo hacía porque mi vagina solamente soltaba más y más leche, quedé impresionada con la cantidad, me puse rápido mi ropa y salí de nuevo al comedor y veo que si semen se me resbalaba por las piernas y mi novio ya estaba abriendo la puerta, así que no me lo pensé dos veces y no me quedó más que lamer la lechita de Óscar para quedar medio limpia.

    Me sentí culpable porque tanto mi novio como su hermano están muy ricos y bueno ni que decir de su papá con el cual también tengo otra historia, pero más adelante se las contaré, espero que les guste y recuerden que es demasiado rico el sexo.

  • Pecados capitales (2)

    Pecados capitales (2)

    Aplacamos la sequía en la garganta con una refrescante cerveza esperando no mostrar evidencia alguna de los previos delitos cometidos. Me uní a Elma y su prima en la cocina en la preparación de un tentempié de pasada medianoche y un tutorial completo de “cómo ser una stripper exitosa”.

    Con la vergüenza en el quinto sueño, la timidez escondida y el pudor en otra dimensión, sincronizamos los movimientos escandalosos de Sofía que reinaba en experiencia y hermosura. Se detuvo mi atención en el filo de su trasero asomado bajo su bata y en el contorno de sus caderas meciéndose de un lado al otro con hipnotizante talento. Acomode mi embriaguez en el asiento ignorando cuán evidente se hacía mi deleite y Sofía no se molestó tampoco en disimular a quien iban dirigidos sus bailes de sirena.

    La cerveza venció al muchacho que cayó en un profundo sueño en el sofá mientras que otros simplemente se retiraron al notar la energía unilateral que a la diva de la noche y a mi nos envolvía.

    Maestra de las artes de seducción mostró de a poco su cuerpo esculpido con esmero cual Ferrari en exhibición.

    La bata abierta descubría su ropa interior a juego y la yema de sus dedos guio mi candente mirada por el sexy sendero de su abdomen hasta el centro de su pecho. Sus senos inmaculados, cintura diminuta y voluptuosas caderas quedaron expuestas al sin fin de obscenidades nacidas en mi cabeza, cuando la Ninfa tentadora con magistral encanto retiró lo que sobraba.

    Desafío los límites de mi inercia al sentarse a horcajadas en mis piernas. Explore con paciente ternura el mapa de su cuerpo; trazando rutas en su espalda hasta el valle de sus firmes y contorneadas nalgas. Mis manos descendieron por sus majestuosas montañas erguidas frente a mi cara deteniéndose en el mismo confín de sus anhelos.

    Aprendí el correcto orden de factores para sacarle provecho al producto con derroche de perder iones y reticencia de fricciones. Bajo la doble marea por los bordes del asiento aplacando el fulgor que aullaba en silencio. Me obsequió una noche de su trabajo que igual hubiese pagado después de tal maravilloso espectáculo.

    Ese día fue un rápido y completo curso al infierno. Lo viví como si fuese a morir al siguiente o bien resucitaba de nuevo a la vida.