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  • Lo hicimos en presencia de mis suegros

    Lo hicimos en presencia de mis suegros

    Era una tarde lluviosa, estábamos sentados en la sala de mi novio en compañía de sus padres, viendo una película y pasando una tarde familiar de lo más normal.

    De pronto mi suegra siente frio y pide a mi suegro ir por una cobija, pero antes que termine la frase; mi novio se levanta voluntariamente y va corriendo donde la habitación de su madre y trae 2 cobijas y las reparte entre sus padres y nosotros.

    Mi suegra agradece y dice cuando no, mi bebe de considerado y en eso añado a su comentario diciendo, siempre tierno mi amor, te amo; a lo que él responde: me amaras mucho más luego, con una sonrisa sospechosa; la cual me intriga pero sin sospechar lo que vendría .Él se sienta estira una pierna sobre el mueble y otra deja caer al piso quedando piernas separadas , ahora siéntate en medio me dice y nos cubre con la cobija dejando solo descubierto nuestras cabezas para supuestamente seguir viendo la película.

    No pasa ni medio minuto cuando siento sus frías manos recorrer mis muslos de manera lenta y delicada hasta llegar a mis caderas y a la vez me susurra al oído, ¿deseas que continúe? Pero antes que responda sus manos ya están presionando suavemente mis pechos lo que me provoca una sensación de placer. Esta vez me susurra nuevamente: No respondiste amor y me besa el cuello despacito para no hacer ruido y sospechen sus padres que estaban cerca en otro mueble, me gustó tanto sentir esa sensación que dije si con la cabeza.

    Entonces empezó a explorar mi cuerpo sin censura, metió las manos entre mis piernas y empezó acariciarme bajo la cobija con esos dedos largos, tanto como pudo y me hizo jadear; por momentos pensé se darían cuenta aunque felizmente el volumen alto de la T.V fueron mi salvación, cada vez estaba más caliente y mojada; cuando sintió mis cálidos fluidos entre sus dedos me deslizó el buzo poco a poco y de manera disimulada me pego junto a su verga que estaba fría y tiesa a la vez, sentirla me dio una sensación de placer y miedo ya que quería sentirla dentro mío, pero su grosor y tamaño me intimidaban, para esto ya me tenía sentada sobre su verga y mis manos acariciándola, todo el frio de la lluvia se había ido y mi cuerpo hervía de placer y solo quería sentir más.

    Como era costumbre mis suegros se quedaban dormidos a mitad de película y esta no fue la excepción por eso decidimos hacerlo antes que despierten y nos pillen, él se sentó al filo del mueble y me subió de espaldas sobre él abriéndome las piernas para introducir su verga en un solo empujón y sin tanta delicadeza, lo que me provoco un gran quejido; por eso me tapo la boca y me metía y sacaba la verga con movimientos lentos y alternaba con otros circulares estos me volvían loca y el hecho de tener tapada la boca y cuidar la cobija que no se caiga por si los padres despertaban me excitaba más, pero no contentos con eso nos fuimos a la cocina caminando entrelazados como la raíz a su árbol y mientras me penetraba yo colocaba un tacho con agua para disimular por si los padres despertaban y darles un café instantáneo, nuestro nivel de perversidad aumentaba tanto como nuestras ganas; ya en la cocina no hubo reparos y me inclinó sobre la mesa mirando siempre a la sala y cuidando a los suegros y me penetro tanto como pudo esta vez amortiguo mis gemidos con una servilleta, recuerdo esa tarde como una de las mejores de mi vida porque sentí y disfrute de mi sexualidad al máximo. Me vine a chorros con esa larga verga, una y otra vez gracias a su gran resistencia me permitió ver la gloria.

  • Café caliente y caramelo

    Café caliente y caramelo

    De todos los hombres de la barra lo elegí a él. Sus labios grandes, carnosos, rosas encarnados, la línea como perfilada… Esa boca era una fruta que morder con placer.

    Estaba solo. Tenía una mirada pícara y traviesa color caramelo con la que acababa de cruzarme un par de segundos; me sonrió de medio lado y luego se concentró en su copa casi vacía, que agarraba con ambas manos, o quizás no miraba a nada y mantenía una conversación en silencio consigo mismo, instalado en a saber qué pensamiento, deseando yo en cierto modo que fuese obsceno y hacia mí.

    Volví rápidamente a mi café, ni siquiera había abierto aún el azucarillo y ya había repasado a todo el personal del lounge, llegando a la conclusión de que era él con quien quería probar suerte, si es que me atrevía a atacar, claro, y no se quedaba el morbo encerrado sólo en mi cabeza, como me había pasado en otras ocasiones.

    Mientras removía el café con la cucharita me preguntaba si se habría dado cuenta de mis lascivas divagaciones, pero me interrumpí yo sola mentalmente contestándome «no, sólo habrá sentido que lo observabas tonta, tienes demasiada timidez como para decirle con la mirada, en dos segundos, cómeme el coño en este bar con esa boquita de fresón humedecido, en el baño, no mejor, aquí mismo, encima de esta mesa, después de que arrastres al vacío la taza de café, así de película, y dejes el tablero libre para, después de cogerme, soltarme, y posar mi culo en él». Pero dos segundos pusilánimes sólo dieron para retirar fugazmente la mirada mientras ese deseo canalla se interrumpía un instante entre sonrojos tontos.

    Con los ojos cobardemente escondidos en el café, la nube de nata daba vueltas a la vez que se iba disolviendo en la leche demasiado caliente para mi gusto, humeante aún, y comencé a penetrar en ella la cucharita, la llenaba, la alzaba y dejaba caer en alto la esponjosa mezcla esperando que se enfriase antes; volvía a introducirla y sacarla, introducirla y sacarla, una y otra vez, alternando ese intento por atemperar un poco la bebida con una imagen de esa enorme boca y su lengua entrando y saliendo de mi vagina, y con unas cuantas miradas furtivas más que lancé cautelosamente para no ser sorprendida de nuevo sin estar preparada, y que me calentaron más si cabía ante ese adonis que había activado tanto mi interés. Ni siquiera era mi tipo, ni por edad, demasiado joven, ni por aspecto, demasiado guapo, pero esa boca me tenía hipnotizada.

    Estar sentado con los brazos apoyados en la barra pero algo alejado de ella hacía que su culito se dispusiese respingón. Pensé que con esos músculos definidos sin excesos y ese trasero prieto que se advertía bajo el vaquero sería probable que usara la bici asiduamente. Me encantan los culitos de los ciclistas cuando suben una cuesta, sobre todo ese momento en el que necesitan ponerse de pie en los pedales para transmitirle más fuerza al vehículo, momento en que se dibujan las líneas de sus fibras en las mayas con trazos muy eróticos.

    El chico volvió a coger su vaso servido de nuevo con Cuatro Rosas sin hielo, y antes de mojar esos labios tan apetecibles volvió a mirarme, esta vez sin prisa, de abajo a arriba, siguiendo el largo de mis largas piernas cruzadas a lo Sharon Stone, comenzando desde mis botas chelsea de tacón fino hasta el bajo de la falda de tubo con cintura alta en la que estaba embutida, y que sentada y cruzada quedaba algo más arriba de mis rodillas. Antes de que subiera más su mirada ya había estirado mi tronco y dirigidos hacia atrás mis hombros, adelantando así mis senos muy sutilmente, en un movimiento desapercibido, estilizando mi figura hacia una postura provocadora. Aquella falda me sentaba de muerte pero empecé a pensar que probablemente no era la prenda más apropiada para un instinto básico, para abrirme bien de piernas sobre la mesa y dejar que mojara su fresón en mi ya humedecida entrepierna.

    Cuando hizo una parada en mi escote, cuya abertura dejaba adivinar adrede la forma de mis servidos pechos, mi piel comenzó a erizarse y mis pezones se endurecieron y se volvieron tan sensibles que el roce de la ajustada camisa blanca de seda sobre ellos me reexcitó soberanamente. Entonces él se mojó ligeramente los labios con su lengua acabando por morderse un poco el inferior, y justo en ese instante una punzada intensa de placer en el clítoris, erectándolo, me hizo apretar las piernas contra el pubis y empinar el culito, ambos actos reflejos, igual que un animal, igual que una gata en celo. Fue cuando caí en la cuenta que yo ya no había refugiado más mis ojos en el café porque ya no estaban tímidos ni avergonzados sino desatadamente hambrientos.

    Sus ojos caramelo, grandes y rajados aterrizaron en los míos nuevamente, con una mirada esta vez descarada y condescendiente, sin tapujos, regalándome otra sonrisa de medio lado tan marcada como la intención que me estaba mostrando. «Ahora sí lo sabe», me dije, «está claro, me lo está poniendo bien fácil», y es que su faz excitada lo decía todo. Mi cortedad, gloriosamente y al fin, huyó escurridiza y sin avisar, mis piernas empezaron a descruzarse manteniendo el mismo estilo que cuando estaban cruzadas, muy de pose, en un aviso hacia él de que iba a ponerme en pie, mientras mis ojos le contestaban en tono fogoso con una invitación a seguirme al baño. La desfasada idea de la mesa se esfumó, evidentemente, ante la presencia de espectadores y como no, la posible llamada a la policía a poner orden en aquel innecesario escándalo.

    Andando en pasos lentos hacia el baño, dejé caer mis caderas bajo el sensual bass de Tricky y la pícara voz de The Antlers en un Parenthesis que arrancó a sonar, tan erótico como oportuno, justo cuando comenzaba a levantarme del asiento, sin dejar de mirar insinuadamente al caramelito que parecía ser que me iba a comer, en una caminata provocativa y sensual que culminé con una última mirada buscando su asentimiento.

    Tras la primera puerta había un pasillo con cuatro puertas más. «Ellas» y «Ellos» primero y «No pasar» y «Privado» al fondo. Abrí la puerta de «Ellas» y con un solo pie dentro unas manos me cogieron de la cintura, me tiraron hacia atrás hasta dar en seco con un cuerpo y unos labios rozaron mi oreja derecha mientras una voz me susurraba «tengo un sitio más idóneo al que llevarte, preciosa». Mis cachetes notaron su erección y mis flujos se desbordaron en cataratas ante la idea de tal prominencia. Me di la vuelta y cogiéndome la nuca con su mano acercó a mi boca su fresón, que ya había yo mordido antes sin dolor en mi mente, y comenzó a beber de los míos en una actitud super excitada. El asunto prometía.

    Guiando mi cuerpo hacia el privado sin parar de comerme la boca y el cuello, me puso de espaldas a la puerta, me subía la falda con una mano y con la otra introducía una llave en la cerradura para abrir la puerta de un golpe. Su desenfreno tocándome siguió hasta llegar a una mesa llena de papeles y utensilios de oficina que arrastró al vacío con su brazo, cogiéndome y soltándome rápidamente sobre la mesa, con mi culo en el borde y la falda ya arrugada en la cintura. Con sus dedos sobre mi pecho me indicó que me tumbara y con la otra mano me quitó hábilmente las braguitas, poniéndoselo yo aún más fácil con movimientos sincronizados totalmente con los suyos.

    Tumbada con las piernas cruzadas tras sus cachetes, como en un amago de no dejarlo escapar, me desabroché la blusa con rapidez mientras el lamía y mordisqueaba graciosamente mi cuello a la vez que con sus dedos recorría toda mi vulva. Me bajó el sostén, ni paró en desabrocharlo siquiera, y comenzó a comer mis erectas tetas como un crío ansioso por amamantar, alternando breves lamidos, pequeñas succiones y más mordisquitos graciosos en mis duros pezones, para luego seguir con su lengua por las aureolas y los senos dibujando grandes círculos. Mis gemidos, de volumen algo controlado, se mezclaban con el ruido de su chupeteo, que abandonó para bajar la cintura de mi falda y trazar una línea de saliva con la punta de su lengua hacia mi ombligo y qué rodeó haciendo círculos a la vez que decía «mmmmm el ombligo de Venus», cosa que no entendí y me prometí buscar después su significado.

    Mis fluidos corrían hacia la mesa deslizándose por mi culo, mi clítoris estaba bien erecto, estaba preparada y ansiosa por que me penetrara con ese supuesto gran miembro, pero entonces separó mis piernas mientras se agachaba y me dio un lamiscazo desde el culo hasta la pepita que se tradujo en electricidad recorriendo mis vértebras. «Sepárate esos labios, felina», a cuyo imperativo obedecí como una perra. Empezó lamiendo los labios externos e internos lentamente, realizando sutiles succiones que iba intensificando poco a poco. Los calambres ya empezaron a recorrerme la pelvis, la espalda y los brazos, y a medida que él trabajaba el clítoris maestramente e introducía después su lengua en mi vagina, sentí que el primer orgasmo estaba cerca, cosa que no me podía perder. Me incorporé todo lo que pude evitando cambiar la postura de mi pelvis frente a su cabeza, que era perfecta, y miré la escena mientras alcanzaba el cielo, corriéndome en esa boca de fresa que estaba haciendo y se veía tal y como había imaginado sentada a la mesa enfriando el café.

    Sin dejarme descansar tras la primera corrida, cosa que no era necesaria ni mucho menos, se puso de pie, y pasando la cara externa de su mano por su boca se limpió un poco mis fluidos para terminar lamiéndose y escrutó diciendo «qué coño más rico, es un río de fresa», cosa que me hizo bastante gracia por la coincidencia en la fruta. Llevó su mano a su pene, largo, ni grueso ni delgado, y con un glande precioso. Yo hice el amago de agarrarlo para llevármelo a la boca, pero el me apartó cariñosamente. «Quiero follarte ya, tan húmeda», lo cual me pareció morbosamente inteligente. Introdujo su miembro despacio y sin problema, entre mmms y alabanzas a mi lubricación y a lo bien que deslizaba su polla dentro de mí. A movimientos suaves y cortos sucedieron embestidas cada vez más largas y fuertes combinadas con movimientos circulares, los suyos y los míos, cada vez todo más enérgico conforme alcanzábamos el cielo esta vez los dos. Sus gemidos anunciaban la venida de su fuente y mis espasmos y mis calambres la desembocadura de mi río, que al llegar tiró de mi cuerpo hacia atrás volviendo a encontrarme tumbada en la mesa, disfrutando el clímax generado por la simultaneidad de nuestros orgasmos.

    Él cayó entonces rendido sobre mí, con su pene aún dentro, decreciendo poco a poco su tamaño. Y entonces, levantando su cabeza de mis pechos, con una sonrisa de medio lado y mirándome a los ojos acaramelada y plácidamente me preguntó: ¿y cómo te llamas, preciosa felina? A lo cual contesté ¿y para qué nombres, caramelo? Sólo soy café caliente.

  • Me gustó por las gambas

    Me gustó por las gambas

    Mi nombre es Daniel. Tengo 42 años. Mido 1.70, soy castaño de ojos claros y piel blanca. Tengo una contextura física tirando a musculoso aunque no se me marcan los abdominales. Soy un tipo masculino, y disfruto serlo. Me gustan los hombres masculinos. Principalmente los heteros, como a muchos… Estoy casado con una mujer desde hace 11 años.

    Y aquí comienza mi historia…

    Durante mi adolescencia temprana nos chupábamos la pija con un vecino del barrio y yo me lo cogía a él.

    Después me puse de novio con una chica, después con otra, y así sucesivamente.

    Siempre les gustó cómo me las cogía porque en general a todas les chupaba bien la concha.

    Pero yo siempre quería volver a estar con un flaco.

    Y mi imaginación volaba. Y mis pajas eran diarias.

    Ya de grande, a los 30 años, me decidí y conocí a un tipo mas grande que yo, por una página.

    (Abro un parentesis… siempre busqué encamarme con tipos petisos, como yo o menos, masculinos, pijudos y musculosos. y si tuvieran piel trigueña, o no blanca leche, mejor. Porque para blanco estoy yo…)

    Este tipo cumplía con algunas de estas características que yo buscaba. Y sí que no sabia cómo tratar un culo. Yo era prácticamente virgen, porque no puedo contar la culeadas de pibito como experiencia anterior.

    Literalmente me rompió el ojete. No fue agradable, en lo más mínimo. Me hizo doler. El sólo quería que su pija entrara en mi culo. Y yo no supe qué carajo hacer.

    Algo que aclaraba siempre cuando planeaba conocer a alguien es que no quería besos. Que no me gustaban. Nunca me gustaron mucho. Que no besar era como una condición que yo ponía.

    Y como no pudo ser de otro modo, este tipo me llenó la boca de saliva.

    En fin.

    De ahí en más entraba en las páginas de contacto y buscaba algo que me gustara. Pero nunca concretaba.

    Y era principalmente porque yo buscaba un activo, masculino, petiso, musculoso, y fachero. Y lo fachero para mí tiene que ver más con una cuestión de actitud que de belleza (porque el que me rompió el ojete era rubio de ojos celestes…), y esas cosas son difíciles de encontrar.

    Y así transcurrió mi vida. Me casé, tuve hijos, pero nunca dejé de buscar.

    Hasta que finalmente sucedió.

    En una página de contactos vi su foto. Una foto que me voló la cabeza. Sólo se veía la parte media del cuerpo. Desde el pecho hasta las rodillas. Vistiendo un pantalón corto y nada más.

    «Eso es lo que quiero», pensé. Y entré a ver el perfil.

    32 años, 1.68 m, deportista, activo.

    ¿Qué más podía pedir?

    Y le mandé una solicitud, esperando que me la rechazara. Porque imaginé que un pibe así, con ese cuerpo, activo (algo muy buscado en las paginas de contactos), debería tener muchos contactos para seleccionar.

    Y me respondió.

    Me mandó un par de fotos sencillas que me gustaron mucho.

    En una de ellas estaba vestido con ropa deportiva, pantalones cortos, con una cerveza en la mano, y me dije: «esa es una actitud de macho».

    Le hice algunas preguntas y todas las respuestas me gustaron. Cuando me escribía, no tenía dudas de lo que quería; se lo notaba un tipo amable, masculino, con las cosas claras. Y yo no quería quilombos en mi vida. Era el tipo con el que me quería encamar.

    Nos pusimos en contacto por Telegram y me pasó algunas fotos más.

    Yo estaba cada vez más convencido de que quería estar con él.

    Las fotos del cuerpo estaban espectaculares.

    Piel más clara que los trigueños, lampiña. Buenos pectorales, linda panza (muy poca, pero la suficiente como para excitar), unas gambas de futbolista impresionantes (que debo admitir que fue lo que más me impactó a primera vista), y una cola de película.

    Su cuerpo era musculoso, natural porque no hacía gym. Tenía todo lo que quería. Y cuando me mostró la pija fue lo más. Se veía una pija hermosa, más oscura que su piel, simétrica, recta, gruesa.

    Y la foto de cara, cómo describirlo. Ojos rasgados, marrones, de mirada profunda. Muy poco bello, pelo castaño, corto, prolijo. Un pendejo hermoso. Con las cosas claras.

    Le mandé un audio para escuchar su voz. Y me contestó. Qué voz de macho. No se le caía una sola pluma. Hablaba tranquilo, como si nos conociéramos de toda la vida. Así de clara la tenía. Ya me lo imaginaba cogiéndome la boca y diciéndome que me la comiera toda.

    Yo estaba como loco. Quería tocarlo ya. Sentirlo. Coger con él.

    Pero él no estaba apurado. Y eso hacía todo más interesante.

    El quería primero charlar, tomar una cerveza o un vino, conocernos… Y yo, que no tenía experiencia con tipos, no sabía si la ansiedad de estar con él me iba a permitir contenerme.

    Luego de algunos intentos fallidos, por diferentes motivos, quedamos en encontrarnos.

    El vivía en otra ciudad, y encima yo casado… Difícil lograr un encuentro. Pero yo estaba decidido a arriesgarlo todo por estar con él. Y si no pegaba onda, no me importaba, al menos lo iba a disfrutar mirándolo un poco en vivo y en directo.

    Y llegó el día.

    Me pasó la ubicación y me dirigí a su casa.

    Me bajé del auto y él salió a abrirme la reja.

    Salió como si nada pasara, con ropa deportiva, pantalón largo de algodón negro, de esos que se afinan en las piernas y marcan bien la cola (de los que tienen buena cola). Abrió la reja y me invitó a pasar.

    Si en las fotos estaba bueno, en persona, no les cuento.

    Me invitó a sentarme en un sillón frente al TV y me ofreció una copa de vino. Se puso a charlar, tranquilo, con un manejo de la situación increíble.

    Yo ya sabía quién iba a mandar en esa relación. Ya sabía quién iba a coger a quién y quién iba a terminar con la boca o el culo lleno de leche.

    Cuando se sentó al lado mío quería tocarle la gamba. Quería manotearle la pija. Pero él no hacía nada, solamente charlaba y tomábamos vino.

    Y entonces pensé que tal vez yo no satisfacía sus expectativas.

    Y de repente me besó.

    Pero… a mí no me gustaban (sí, bien escrito está el verbo) los besos.

    La puta, che. Que no podía creer lo bien que se sentían esos labios, esa lengua. Qué campeón este tipo. Nunca me había pasado algo así.

    Ya ni siquiera me enfocaba en tocarlo, porque besarlo era tan pero tan placentero que me llenaba, me colmaba, me cubría de placer.

    Y yo, que no me gustaban los besos…, no podía ni quería parar.

    «Cómo puede ser tan exquisito?», pensaba. «¿Cómo puede gustarme tanto esto?». «¿Cómo puede gustarme tanto sentir sus labios, su lengua, su saliva?».

    Y me costaba contenerme, porque él sabía lo que hacía, y yo no me podía controlar, y lo aprisionaba contra mí, pero él ponía el límite, y me frenaba. Ufff, eso sí que era peor, más quería yo. Pero él me enseñaba, me mostraba, me chupaba el labio, me buscaba la lengua, me besaba, me indicaba qué y cómo hacer hablando y sin decir nada también. Un experto. Un experto en el brindar placer.

    Pero en el medio de esta idiotez que sucedía en mi cabeza, que me sentía como flotando, me bajó de un hondazo. Agarró mi mano, se la llevó a su entrepierna y me dijo: «Agarrame la pija».

    ¡Qué hijo de puta! Ni me dio tiempo a prepararme para hacer eso. Eso que yo quería desde hace tantos años, tocarle la pija dura a un macho. Y que desde que me besó hasta ese momento se había esfumado de mi cabeza porque su boca me llevó a otro planeta.

    Y encima me lo dijo con esa voz de macho, con esa intensidad, con esa dureza que no te da opción (y encima es la que cualquiera hubiera querido).

    Mi pija estaba que explotaba, pero no me importaba en lo más mínimoo. Sólo me enfocaba en disfrutar de esa boca, de esos labios, de ese labio de abajo carnoso que tenía una consistencia dura que daban ganas de morderlo todo el tiempo, de chuparlo, succionarlo, tocarlo. Y ahora le había sumado su pija….

    «Dale, agarrame la pija», me volvió a decir.

    Pero es que yo no tenía otra opción, porque mi mano estaba ahí mismo, con la de él encima dirigiéndola. Y yo no lo podía creer. Este macho, hermoso, masculino, musculoso, me estaba mandando a agarrarle la pija. ¡Y ni tuve que pedírselo!

    Volaba…

    Mientras lo besaba lo olía, le tocaba el pelo, el cuello, la cara.

    !Qué piel! ¡QUE PIEL! Impresionante esa piel, suave, extremadamente suave, lisa. De esas pieles que parecen aterciopeladas. Que no podés dejar de tocar porque es placentera al tacto.

    Pero necesito detenerme acá. Porque tocarlo fue increíble. Era tan agradable hacerlo que no podía parar de hacerlo. Tocarlo y besarlo al mismo tiempo era grandioso. Tocarle el pelo y despeinarlo. atraerlo hacia mí. Tocar su cuello, sus orejas, su nuca. La gloria misma.

    Y ya imaginaba que si tenía esa piel en el cuello y el rostro, tenía la misma piel en la pija (ya verán que no me equivoqué…)

    ¡Qué perfume! No sé cuánto era de él y cuánto agregado. Porque el olor que emanaba se mezclaba con el gusto que percibía cuando lo besaba y le chupaba el cuello. Muy natural. Exquisito. No tenía olor. Nada. Sólo un tono perfumado natural que también imaginé sería así en todos lados.

    Nos paramos. Nos pusimos de pie (porque él quiso, obvio) y pude tocarlo todo. Qué cola hermosa. Qué piernas musculosas. Todo duro. Todo firme. Y sí, no dejaba de besarlo mientras lo tocaba. No podía.

    Lo apoyaba. Sentía su pija contra la mía. Sentia su abdomen duro.

    Se sacó el buzo y quedó en musculosa. Le quería sacar la remera y cuando lo estaba haciendo veo que se mete la mano en el pantalón para bajarlo y me dice: «chupamela».

    Cómo describir lo que sentí en ese momento… Imposible. Lo miré a los ojos. me temblaban las patas.

    No me dejó ni siquiera verlo en bolas para poder disfrutarlo! No perdía tiempo,

    Le terminé de sacar la remera como pude, le chupé las tetillas y la panza antes de bajar…

    Qué piel. ¡Por favor! ¡Qué piel! Lo chupaba, lo tocaba. Pero no me dejó hacer, porque ahí no mandaba yo. Se me había dado vuelta todo sobre el sexo. Acostumbrado a dirigir con mi pareja, pasé a ser sumiso.

    Acá se hacía lo que él quería. Sin violencia. Sin palabras.

    Era como bailar el tango. Pero mandaba él. Y qué bien lo hacía.

    Me arrodillé y me encontré frente a una pija gorda, con una cabeza morada de un tamaño acorde al contorno de esa verga (sí, terrible cabeza tenia ahí abajo este hijo de puta). Pero juro que no me dio tiempo ni a contemplarla, porque se agarró la pija con una mano, me agarró de la nuca con la otra y me la mandó a guardar en la boca…

    Pero no la puntita. Este quería que me la metiera toda. Pero no me entraba! Porque esa pija era gorda de verdad.

    Me ensalivé un poco los labios y volví a intentar… obvio que con una mano en mi nuca que no me daba más opciones.

    Mientras tenía la pija en la boca le iba sacando el pantalón, el slip y las medias. Y él se sostenía de mi nuca.

    Ya completamente en bolas se la seguí chupando.

    No puedo decir que sentí la piel suave de su prepucio en ese momento, o que esto o aquello, porque realmente me la metía hasta la garganta.

    «Así, toda», me decía.

    La sentía bien al fondo Y eso me gustaba. Mi sueño hecho realidad.

    Lo que no me imaginé es que ahí mismo me iba a dar un pijazo que me iba a hacer caer las lágrimas.

    «Sí, toda», me decía. Y me cogía la boca. Literalmente hablando. Porque le daba al movimiento de cadera…

    Una mano la ponía en mi nuca, la otra debajo de mi cara, para sentir hasta dónde entraba su pija. Y el movimiento de cadera hacía todo lo demás. Me la sacaba toda y me la volvía a meter. Reiteradas veces.

    Cuando la sacaba un poco intentaba chuparle la cabeza. Quería disfrutar y terminar de comprobar que su piel era perfecta en todos lados. Pero enseguida me la volvía a meter. Y ya no sólo se me caían las lágrimas, cada tanto se me producía una arcada por lo adentro que me la metía.

    «Vení», me dijo. «Vamos a la habitación».

    Y recién ahí lo vi completamente desnudo. Porque antes solo estaba de rodillas y con la pija en la boca.

    Parado frente a mí. Con esa pija erecta, gorda, y esa cabeza perfecta, morada. Las gambas musculosas haciendo juego con su torso.

    Qué ejemplar de macho.

    No podía dejar de admirarlo.

    «Qué lindo tipo que sos», le dije.

    «Vamos a la cama», me respondió.

    Se dió vuelta y empezó a caminar.

    Un orto perfecto. Como no podía ser de otra manera.

    Una espalda ancha y cintura chica.

    Y yo deleitándome con el espectáculo… sí, de culo y de cuerpo entero.

    Ya en la cama me hizo acostar de frente a él y me volvió a besar. «Tranquilo», me decía. «Yo te muestro». Y me enseñó a disfrutar de sus labios.

    Pero no mucho.

    «Chupámela», me dijo. Y me hizo bajar hasta su verga erecta.

    Intenté nuevamente metérmela toda, pero me daba arcadas. La posicion no era la mejor. pero a él le gustaba. Me hizo acostar boca abajo mientras le chupaba la pija porque me quería ver el culo.

    «Qué lindo culo tenés», me decía. «Uh, sí, tragátela toda». «Así, toda». Y me daba un pijazo.

    «Sí, toda», repetía. «Toda». Y me la volvía a meter.

    «Cométela toda, es para vos». «¿Te gusta?, ¿te gusta la pija?», me decía. Y no le podía contestar, porque él no me dejaba que me la sacara de la boca que ya me la metía otra vez.

    «Vení, acostate boca arriba con la cabeza colgando».

    Dudé un poco. Sabía lo que quería hacer. Y si en una posición en la cual yo podía tener cierto control, no podía controlar que me hiciera dar arcadas, sabía que en ésta, me dominaba al 100% y que la pija iba a entrar más al fondo aún.

    Dicho y hecho.

    Se acomodó de pie detrás mío. «Abrí la boca», me dijo. Y me la metió.

    Una mezcla de placer, miedo, desesperación… todo junto.

    Pero… ¡qué PLACER!. Sentir las bolas de ese macho cuando me metía la pija en la boca, tocarle las piernas, saber que me controlaba por completo. Indescriptible.

    «Te gusta?, Mmm? Te gusta?», me decía. «Toda». «Toda». Y exactamente eso pasaba. Entraba toda. Y arcada tras arcada, la sacaba por completo y me la volvía a meter.

    Me pasaba la verga llena de saliva por la cara, me golpeaba la cara con la pija. Y otra vez la verga en el fondo de mi boca.

    No se cansaba. Era un pijazo tras otro.

    Y yo soñaba despierto esa maravillosa experiencia.

    «Sentate». Y le hice caso.

    Estaba todo congestionado. La nariz tapada de tanta pija. Los ojos llorosos.

    Me trajo servilletas y Vick vaporub.

    Sí, tenía toda la intención de que se me despejara la nariz para poder volver a cogerme la boca.

    Nos volvimos a acostar un rato. Me dio unos besos.

    «Vamos a hacer un 69», me dijo.

    Qué bien que me chupó la pija!, y qué rápido se fue para mi ojete!!!

    No duró mucho ese 69. Me hizo poner boca abajo y me comio el orto.

    ¡Qué placer! Nunca imaginé que se podía sentir eso. Me devoró el culo. Y me lo empezó a preparar.

    «Relajate», me decía.

    Lógico, sabía que semejante pedazo no iba a entrar así nomas.

    Mucha saliva, un dedo, dos dedos, tres dedos. Y en el interín abria un envase de forro.

    «Sacá la cola». Decía.

    Y yo no hablaba. Sólo me dejaba hacer.

    Y llegó el momento en el que se me subió encima…

    Notaba que tenía una mano con los dedos metidos en mi culo y la otra agarrándose la pija para guiarla hasta mi agujero.

    Intentó. Pero no entró.

    No dijo nada.

    Volvió a bajar y otra vez comenzó con la lengua y los dedos. Yo volaba. No veía nada, porque estaba boca abajo. Solamente imaginaba lo que hacia.

    Y otra vez subió.

    «Relajate. Sacá cola». Y sentí que algo caliente estaba empezando a meterse adentro mío. y me dio miedo a que me doliera.

    Pero no. No entiendo cómo pasó. De un momento para el otro tenía la pija de este macho adentro de mi ojete. Quien ni lerdo ni perezoso me empezó a coger.

    Primero despacio.

    «Te gusta», me decía

    «Me encanta» le contestaba. «Cómo me gusta sentirte atrás mío. Sentir tu verga en mi orto».

    «Que bueno que te guste», dijo y cambió el ritmo.

    Y era tanto el placer que no me acuerdo todas las posiciones que me hizo poner. Que la pierna para aca, que para alla, que levanta la cola.

    El tipo este no se cansaba nunca…

    Y con la pija ensartada me hizo poner boca arriba. Con mis piernas sobre sus hombros.

    Y me besó, pero sin dejar de cogerme. Todo un experto en la cama.

    Y lo pude ver. Lo pude mirar cogerme. Mirarlo a los ojos. Leer sus expresiones, ver su cuerpo en movimiento, sus caderas, su abdomen. Y lo tocaba. Y no lo podía creer.

    «Te gusta», me decía

    «Me encanta» le contestaba. «Qué bien me coges».

    Y se intensificó más la cogida. Y le cambiaba la cara. Se mordía el labio. Y se escuchaba el golpeteo de los cuerpos.

    Me cogió un rato más. Me la sacó. Y se fue a lavar la verga al baño.

    Volvió y me dijo: «¿me la chupas?»

    Yo no lo podía creer. Un macho insaciable.

    Se sentó contra el respaldar de la cama y me invitó a chupársela.

    Ahora sí. Ahora era mia esa verga.

    La tocaba, la chupaba, le metía la lenga debajo del prepucio. Le tocaba los huevos, se los chupaba.

    Y otra vez me cortó del bambo.

    Y otra vez la pija al fondo. Cómo le gustaba al hijo de puta!

    «Toda», decía. «Toda». Y me empujaba la cabeza.

    Y me gustó el jueguito. E intentaba mantenerle la pija al fondo de mi garganta lo que aguantara mi respiración. Y hacía como que tragaba para estimular su glande. Y le gustaba… «Uh! qué rico!», decía. Y daba un empujoncito más que me hacía dar una arcada.

    Yo la sacaba para respirar, pero él me la volvía a meter. No paraba. y nuevamente lo mismo. Me la dejaba al fondo de mi garganta, chocaba mi frente con su abdomen, me daba un empujón con la cadera para que entre más su pija hasta darme una arcada y yo la sacaba de ahí.

    Y así estuvo jugando conmigo un rato.

    Y me gustaba.

    «Te gusta?», Me decía. Y yo no podía hablar. Porque tenía esa hermosa pija en la boca.

    «Date vuelta», me dijo. Se puso un forro. Agarró lubricante, se embadurno la pija, me puso en cuatro y me dijo «para la colita».

    Y otra vez me empezó a coger.

    Era tanto el placer que me dejaba sin aliento, no respiraba. «Respira», me decía. Y yo volaba en placer.

    No paraba. Cogía, cogía y cogía. Y yo disfrutando.

    Siempre me decía «para la colita, eso, para la colita». Y hacia lo que podía.

    Después de garcharme en varias posiciones, se sacó el forro y se fue a lavar la pija.

    «Chupamela», me dijo.

    Me hizo sentar contra el respaldo de la cama. Él se paró adelante mío. La pija quedaba justo a la altura de mí cara. «Chupamela» fue la orden. «Abrí la boquita». Y de una se fue esa verga al fondo de mí garganta. Sentía su abdomen contra mí cara. Cada tanto una arcada. Cómo me cogía la boca! Manejando siempre la situación. Todo un macho alfa

    «Pedime la lechita», me dijo.

    Y se la pedí. Se la pedí y se la pedí. «Mírame» me decía. Y lo miraba con toda esa pija en mí boca. Y los ojos llorosos porque me la mandaba a guardar hasta el fondo.

    Una vez había probado el semen. Y me desagradó.

    Con el quise probar qué pasaba.

    «Pedime la lechita» me volvió a decir. Así lo hice, y él, mirándome desde ahí arriba, se pajeo y vi el placer en sus ojos, vi el momento del clímax, y en ese instante, me empezó a tirar la leche adentro de la boca. Una leche tibia, rica, dulzona. Una leche que tragué completamente.

    Y bueno, después de eso nos bañamos, lo bañé, lo toque, y me cocinó unos churrascos con ensalada. Yo me vestí, cenamos, y antes de que me fuera me dijo » me la chupas un poquito más?».

    Pero cómo decir que no! Me dejó sentado como estaba en el sillón, se me puso adelante, y otra vez esa pija en mí boca.

    Me cogió la boca como si no hubiera estado garchando hacia una semana. Yo no lo podía creer. Era un sueño de película hecho realidad.

    Y obviamente me dijo «abrí la boquita», » mírame», mientras se pajeaba.

    Lo miraba a los ojos. Veía su placer, su gozo. Su excitación. Yo mantenía la boca abierta. Esperaba otra vez esa leche caliente.

    «Pedimela» me dijo. «Dámela, dámela toda. Dame la leche». Ahí va, me dijo, ahí va, y me volvió a vaciar su esperma en mí boca.

    Y sentí esa leche caliente adentro de mí boca, en mis labios, en mí lengua. Y le lo tragué todo.

    Para mí fue el día de sexo más placentero de toda mi vida.

    Aún sigo sin creer que eso me haya sucedido.

    Haber conocido a un macho, dominante, lindo, musculoso, pijudo, lechero y que encima de tener rico olor y rico gusto, coge bien

  • Fotos por el parque

    Fotos por el parque

    Marcos quería hacerme unas fotos sexys. En casa ya teníamos hechas muchas en todas las habitaciones y en casi todos los atuendos que se me habían ocurrido, de desnuda del todo a lencería sexi e incluso algún disfraz. Yo también le había hecho unas cuantas a él desnudo o casi.

    Y también teníamos bastantes en las que estábamos follando: Su polla entrando en mi culo o en mi coño, o mi cara pasando la lengua por ella, incluso de cuerpo entero acoplados usando espejos o el temporizador de la cámara.

    Todo nos ponía. Puede que fuera algún tipo de fetiche. Pero ninguna que nos hubiera hecho una tercera persona, desde el reportaje y video que nos hizo mi amiga y ex amante…

    Hoy queríamos algo más, algo nuevo. Al aire libre iluminadas por el sol. Aprovechamos un paseo por el parque mas grande de la ciudad en un medio día de verano. Cuando todo el mundo estaría comiendo y daría pereza salir con el calor.

    Yo con mi mejor conjunto de lencería: Sujetador y tanga de encaje y un finísimo vestido fácil de quitar por encima. Y Marcos aprovechaba para hacer los primeros disparos con nuestra reflex digital.

    Ya mientras paseábamos me levantaba la falda junto a los árboles, me abría el escote al lado de los macizos de flores. En los bordes de las fuentes me tumbaba levantando el vestido para descubrir mis muslos hasta el pubis al completo. En los bancos los separaba del todo apartando el tanga para que en la foto se vieran los labios de la vulva.

    Para que pudiera inmortalizar el pubis y las tetas a la vez me abría el vestido del todo. El fino sujetador no tardó en desaparecer en las entrañas de mi bolso. Yo también le tiré unas cuantas fotos al duro rabo cuando se lo sacaba por la bragueta sabiendo que estaba así en mi honor.

    En un rincón oculto por arbustos me saqué el vestido del todo y solo con el tanga me dispuse a posar para el indiscreto ojo de la cámara y yo aprovechaba con mi móvil a hacérselas a el.

    En eso estábamos cuando por la misma entrada que habíamos cruzado minutos antes penetró una hermosa chica. No soy celosa, ya habíamos hecho algún trio, pero en ese momento pensé que ella podía quedarse con lo que quisiera.

    Las interminables piernas salían de un cortísimo short vaquero hasta unas mínimas sandalias. Su preciosa visión me hizo dar un respingo similar al que dio ella al vernos a nosotros, a mí casi desnuda.

    La cara de susto que puso dio paso enseguida a una de morbo y calentura, una pícara sonrisa. Sus pechos pequeños y duros apenas cubiertos por un fino top con la espalda desnuda temblaron de excitación.

    Marcos que le daba la espalda y no la había visto se dio cuenta de mí cambio de expresión. Pensando que nos habían pillado se volvió despacio mirando a los ojos de la exuberante joven. Nos sonreía mientras se aproximaba a nosotros y nos saludó cerrando a su espalda la cortina vegetal que nos aislaba del resto del parque. Nos preguntó:

    – ¿Me permitís posar a mi también?

    Y se acercó a mi. Dejó unos libros de asignaturas universitarias que llevaba bajo el brazo sobre el banco. Puse mis manos en su cintura desnuda y mirando sus ojos azules le contesté:

    – Naturalmente, con una belleza como tú seguro que las fotos quedarán fantásticas.

    Por el rabillo del ojo vi como Juan inmortalizaba el momento en que nuestros labios se juntaron en un tierno beso. Pronto su lengua juguetona invadió mi boca a lo que respondí entregando mi saliva. Sus tetas se aplastaban contra las mías desnudas.

    Uno de sus duros y ahusados muslos se deslizó entre los míos presionando mi pubis entre mis piernas. Provocando mis primeras humedades, mi primera corrida, aunque ya estaba tan excitada por la situación que mi coño empezó a chorrear.

    – Estás muy mojada, quiero probarlo.

    Separé mi cara de la suya y comencé a lamer su barbilla, orejas y cuello. Deslicé mi mano con suavidad por su entrepierna. Sorprendida, pero no mucho, noté algo que ya estaba buscando, ella estaba tan húmeda como yo. La tela vaquera de su short sobre su pubis estaba mojada.

    Mi marido seguía obnubilado por su bello cuerpo. Se había dado cuenta hace tiempo de mi no tan oculto secreto ¡me gustan las mujeres! Así que no se extrañó de la bienvenida que le estaba dando a la desconocida.

    – Vamos cielo, aprovecha esa belleza. Me decía.

    Y estaba deseando hacerle el amor a nuestra nueva amiga. Le deshice los nudos que sujetaban la ligera tela sobre sus durísimos pechos, no muy grandes, sino cónicos y duros. Los nudos que sujetaban el pañuelo que ella llamaba top uno a su espalda desnuda y otro en su fino cuello.

    – Me encanta esta prenda. Tengo que comprarme un top igual.

    – Podríamos ir de compras juntas.

    Tiré de ella hasta que nuestras pieles entraron en contacto los pezones duros como piedras. El bronceado de su epidermis me decía que no era la primera vez que aprovechaba ese rincón para exponerla al sol, casi desnuda del todo.

    Sus manos tampoco paraban quietas y recorrían mi cuerpo suavemente buscando puntos que me excitaban más, las axilas, el largo de la columna, mi nuca, llegando a la raja de mi culo, ya con las yemas o con las uñas pintadas de rojo de sus finos dedos.

    – Joder, nena, ¿como sabes donde acariciarme?

    – Es fácil, donde me gusta a mí.

    Yo también aprovechaba para acariciar su suave piel. Hacerle sentir mi deseo a través de mis manos y mis besos. Recorriendo con las yemas de mis dedos sus pezones duros como guijarros bajando despacio por su vientre hasta el short que aún conservaba.

    Podría recordar para siempre la escena lésbica que estaba protagonizando gracias a las fotos que Marcos no había dejado de hacer, pero quería saborearlo hasta el fondo. Me agaché a probar sus bellos y duros pechos, chupar sus pezones pequeños oscuros y duros como piedras entre mis labios.

    – Termina de desnudarme.

    Abrí el botón de su pantaloncito y bajé la cremallera. Mi mano se introdujo con suavidad entre la tela y la suave piel. Mis dedos separando los chorreantes labios de su húmeda vulva.

    Cogió mi mano y lamió sus propios jugos mientras yo empezaba a buscarlos de su lugar de origen con la lengua. Bajaba la cabeza siguiendo las curvas de su cuerpo. Había bajado el short y el tanga hasta sus delicadas rodillas.

    No podía separar al máximo los torneados muslos, así que levanté sus rodillas hasta sus tetitas. Pasé la lengua por su piel, por la cara interna y la parte de atrás de los muslos, por el depilado monte de Venus mirando sus bellos ojos que me suplicaban que avanzara mas. Ella gemía en mis oídos.

    Por fin saboreé los jugos de su vulva, aún mas rica y húmeda de lo que pensaba, abrir sus labios con la lengua y notar su duro y pequeño clítoris en mis labios a la vez que ella me alagaba los oídos con sus gemidos.

    Le hice una seña a Marcos para que me ayudara para que nuestras lenguas se unieran en su coñito. Mientras juntaba su cara a la mía y su lengua y saliva sobre su coño estiraba el brazo para sacar una foto en la que salíamos los dos comiendo tan apetecible manjar.

    – ¡Joder que bueno! Nunca había tenido dos lenguas lamiéndome.

    Agarré su polla con la mano, mas dura que nunca. Le dejé a él solo con su dulce conejito y aún con su sabor en mis labios fui a buscar su boca. Empecé a besarla de nuevo, intercambiar nuestras salivas. Me indicó que quería chuparme a mí. Sobre el banco de piedra en el que estaba ella tumbada.

    Apoyé uno de mis pies a cada lado de su cuerpo y fui bajando mi cadera despacio sobre su cabeza. Ella me esperaba ya con la legua fuera haciendo contacto con mi excitado clítoris casi de inmediato. Se me escapó un gemido en ese instante.

    Podía ver a mi marido con la cabeza entre sus piernas. Para ayudarlo sujeté sus tobillos con las manos y levanté la espalda de la piedra. Así Marcos pudo alcanzar también su culito.

    – ¡Follatela!

    Mientras tanto ella investigaba mi coño y culo lo mas profundo que podía con su lengua juguetona. Sujetaba mis nalgas con fuerza, abriéndolas e incluso investigando mi ano pasando por el perineo. Ni siquiera sabía su nombre y ella me estaba comiendo el coño, me estaba saboreando entera.

    Revolví el pelo de Marcos acariciando su nuca y le indiqué que se la follara. Se incorporó, se echó sus pies al pecho y desde mi privilegiada posición veía como el glande iba abriendo los arrugaditos labios de su vulva depilada. Recorría con el pulgar mojado en mi saliva si piel y acariciaba su pubis buscando el clítoris. Oía como ella al sentirlo gemía aun mas y me clavaba la lengua aun mas dentro.

    Mientras sus dos depilados pubis terminaban uniéndose una y otra vez. Acerqué mi cara a la de mi marido sacando la lengua y buscando la suya hasta cruzarlas en una inimaginada cadena de placer. La cámara ya estaba olvidada a un lado, pues nadie quería dejar de gozar para inmortalizar el momento.

    Me corrí en sus labios y ella no dejó ni un segundo de chuparme. Se que mi chico estaba a punto de correrse y lo empujé para que la sacara del húmedo agujero y arrodillarme a sus pies para recoger la lefa en mi boca.

    Ella que acababa de tener un orgasmo estaba laxa sobre la losa de piedra esperando que compartiera el semen de mi marido con ella en su boca.

    – ¿Quieres probarlo?

    No quise defraudarla y como en una película porno la dejé caer mezclada con mi saliva entre sus labios que se abrieron asomando la lengua para recogerlo. Junté la mía con la suya cruzándolas y jugando con el líquido mezclándolo y haciendo espuma.

    Acercó la polla a nuestras bocas y dejamos que se fuera ablandando despacio. Acariciandola con nuestra lenguas y terminando de limpiarla nosotras. Ya mas relajados los tres después de nuestros orgasmos nos acomodamos en el banco sin dejar que las manos dejaran de acariciar suavemente la piel de los demás.

    La invitada sentada entre nosotros era quien recibía mas atenciones pero ella tampoco dejaba de acariciar nuestros cuerpos. Dos de sus dedos recorriendo mi vulva.

    Por fin conseguimos presentarnos. Laura ya había visitado ese oculto rincón para tomar el sol desnuda o solo con su tanga, ademas de broncearse tenía el morbo de estar en medio de la ciudad sin la protección de la ropa.

    – ¿Te vienes a tomar algo a nuestra casa? Le dije.

    Encontrarse con nosotros fue una placentera sorpresa. Visto que todos teníamos ganas de más la invitamos a continuar en casa con una copas y algo de cena. Accedió a acompañarnos. Recogí su tanga y me lo puse y le ofrecí el mío a ella no sin antes humedecerlo un poco mas en mi propio coño.

    Mientras Marcos se vestía con su ropa sin dejar de pasear su mirada y a veces el objetivo de la cámara sobre nosotras. Laura me ofreció su casi trasparente top que en mis tetas dos tallas mayores quedaba completamente lascivo.

    Los costados de mis pechos asomaban por el lateral de la prenda que llegaba a un par de centímetros a los lados de mis pezones, el sujetador ya olvidado en el fondo de mi bolso. El short me entró por los pelos y en mi cadera me marcaba el culo como si me lo hubieran pintado encima.

    Laura es mas alta que yo así que la falda de mi vestido que sobre mis piernas ya era corta en sus largos muslos solo llegaba a cubrir el duro culo, sus prietas nalgas a punto de asomar a cada paso que daba.

    El escote no mostraba el canalillo que yo podía lucir con la ayuda del sujetador oprimiendo y juntando mis tetas. En cambio en ella se abría entre sus pechos mostrando la piel hasta un poco por encima del ombligo. No pude evitar abrirlo para echarle un vistazo a las preciosas tetitas y un rápido beso y lamida a sus pezones.

    Sin soltarnos del brazo mientras Marcos nos hacía unas ultimas fotos a nuestras espaldas torneadas y lascivas piernas al aire. O girándonos abrazadas, cogidas de la cintura, para que fotografiara nuestros escotes y rostros sonrientes de chicas que acaban de disfrutar buenos orgasmos.

    Salimos de allí alegrándonos con las miradas lascivas que nos echaba el resto escaso de la gente que paseaba por el parque. Por suerte nuestro piso no estaba lejos, y no había mucha gente por la calle. Todos con los que nos cruzábamos se nos quedaban mirando.

    Deseaba volver a comerme su dulce coñito mientras Marcos me follaba el culo. Y hacíamos algunas fotos más en nuestra cama.

  • El poder de la mente

    El poder de la mente

    A veces, hay días como hoy, donde la intensidad del pensamiento es tan fuerte, el sentimiento y el deseo de estar juntos me invade… y mi cuerpo sucumbe, reacciona, como si alguna vez en la vida tú y yo hubiéramos coincidido…

    Que increíble es el poder de la mente o el poder del espíritu o vete a saber qué historia loca se podrán inventar en tiempos venideros para justificar estos anhelos tan incoherentes como ciertos, tan de la nada haciendo un todo, tan misteriosos, etéreos y terrenales…

    Quién eres y quien soy los que habitamos ese mundo tan de otro mundo, tan de otro tiempo, tan ajeno y tan cercano.

    Quienes somos que estamos y no hemos estado nunca, ni ese tú que eres, ni esta yo que soy y sin embargo mi alma lo siente todo, absolutamente todo.

    ©Maleventum

  • Descubriendo el edging y otras técnicas de masturbación

    Descubriendo el edging y otras técnicas de masturbación

    Era una noche como cualquier otra, me disponía a comenzar una de mis tantas sesiones de masturbación aprovechando que me encontraba solo en casa hasta el día siguiente. Me dispuse a buscar en páginas porno algún vídeo adecuado que me calentara entre las muchas categorías que había hasta que una de tantas me llamó la atención, el Edging.

    No sabía de qué se trataba pues para ese momento con 18 años solía buscar directamente cualquier video porno que se me cruzara sin importar cual fuese, excepto en esa ocasión que ya estaba aburrido de lo mismo y si me dio por revisar las categorías más a fondo. Entré a la categoría y por el momento solo aparecían videos de chicas masturbando hombres o chicas y chicos en solitario dándose placer, pero no entendía de que iba el asunto. Regresé al buscador para encontrar algo de información y conseguí de que se trataba. El Edging se origina de la palabra Edge (borde) en inglés, resultó ser una práctica que consiste en dar o darse placer hasta un punto cercano al orgasmo, para luego detenerse o bajar el ritmo, repetirlo una y otra vez prolongando todas esas ricas sensaciones que se dan antes de acabar. Básicamente llegar al borde del orgasmo una y otra vez sin llegar al punto de no retorno para evitar acabar.

    La verdad que estaba muy interesante la idea así que ya con conocimiento sobre el tema y mucha curiosidad decidí intentarlo pues no solía pajearme por mucho tiempo, lo normal era iniciar y acabar lo más pronto posible, cosa que ya era un poco repetitiva y ya quería ir experimentando cosas nuevas, tenía tiempo de sobra. Regresé nuevamente al porno y me puse a buscar en la misma categoría encontrándome con un video que ponía por título edging joi español de una chica latina muy hermosa de unos 21 años quizás, morena cabello negro con una figura perfecta que para mí sorpresa daba instrucciones específicas en español de cómo debía masturbarme todo muy detallado y muy explícito haciendo contacto visual con el observador. No había visto nada igual hasta ese momento, ya me había provocado una erección brutal que debía estimular furiosamente por lo cual le di al play.

    Iniciaba con la chica dando específicas instrucciones de que hiciese exactamente lo que ella indicaba mientras usaba un pene dildo para demostrar todas las técnicas a seguir. Y ahí estaba yo embobado siguiendo sus instrucciones, sin perderle pista comencé como me indicaba primero acariciando mi pene despacio por encima de mi ropa interior de arriba abajo prestando especial atención a la punta, mis boxers estaban un poco húmedos ya y me estaba comenzando a doler contener semejante erección que la chica me estaba provocando. Luego de estarme estimulando unos segundos sobre el boxer, finalmente me ordena desnudarme por completo y de último bajar lentamente mi ropa interior hasta dejar salir mi pene que saltó de golpe quedando completamente parado esperando por más instrucciones, lo tenía aún con la piel arriba, no se me bajaba sola por mi estrecho prepucio y estaba en ese momento lleno de líquido preseminal.

    Me ordena comenzar a pajearme imitando sus movimientos y lo mismo que le hacía al dildo, lento de arriba abajo prestando más atención a la cabeza, bajé despacio mi cuerito revelando el glande que estaba babosito y brillaba por tanto líquido preseminal que me estaba saliendo, y no sé por qué, pero me provocaba probarlo sentir su sabor, pero no me atrevía a hacerlo todavía; seguí con mis movimientos de arriba abajo un rato más hasta su siguiente instrucción. La chica de pronto pregunta si estaba saliendo presemen de mi pene a lo que asentí, haciendo como que de verdad me hablaba y podía ver mis respuestas, en mi mente yo estaba con ella en esa habitación; continúa preguntando si no había probado antes mi semen, mi corazón se aceleró, ya me imaginaba lo que me iba a pedir y no tardó en sugerirlo, me dice que lo pruebe a lo cual accedí de inmediato, me excitó demasiado esa orden tanto que mi presemen continuaba saliendo más y más. Con mi dedo tome un poco de esa babita viscosa que me salía y algo nervioso la acerque a mi lengua, tenía un sabor algo salado, pero ya decidido quise seguir probando más, así que esta vez tome todos mis fluidos con el dedo y los lleve a mi boca, seguía sintiendo ese leve sabor salado y un poco de olor a semen, pero me había gustado mucho, que rico lo que sentía en ese momento, me puso a mil tener los fluidos en mi boca.

    Continué pajeando con el cuerito sobre el glande un poco más rápido por indicaciones de la chica que me mandaba a incrementar el ritmo y llegar lo más cerca posible al orgasmo. Estaba que no aguantaba y sentía que se acercaban las ganas de orinar características que siento antes de acabar; me hace un pequeño conteo regresivo desde 10 para que me acerque lo más que pueda al clímax y cuando estaba a punto de llegar al 1 me ordena parar, sentí una leve contracción que me sacó un poco de presemen, mi respiración estaba agitada y daba pequeños jadeos de placer aaajj!! Que rico ser dirigido por esa mujer tan hermosa con esa voz tan sexy que me volvía loco.

    Después de llegar al borde del orgasmo intenté calmarme un poco, me indica agarrar el pene erecto con una mano desde el tronco y que posicione la palma de la otra mano sobre la punta para comenzar a hacer círculos haciendo presión. Aaajjj!! Se sentía demasiado ricoo estaba demasiado sensible, me venían oleadas de placer que iban hacia mi interior y me contraía un poco por espasmos con cada movimiento de la mano sobre mi glande que resbalaba con facilidad por mis fluidos, ya casi se acercaba el orgasmo y nuevamente me ordena detenerme. Estaba impaciente por acabar, lo necesitaba demasiado, pero debí contenerme y calmar un poco mi excitación, la chica controlaba muy bien mi ritmo y yo estaba gozándolo como nunca.

    Decide dejarme descansar por un momento mientras se acerca de rodillas sobre la cama, mueve a un lado su panty y hace un closeup de su vulva abriendo bien los pliegues de sus labios estimulando su clítoris rosadito. Que espectáculo me estaba dando, aquello en vez de calmarme solo me tenía muy erecto y soltando mucho presemen, se gira mostrando su hermoso trasero y lentamente fue bajando su panty mostrando por completo su culo y vulva con algunos bellos que ya estaba un poco húmeda por la digitación que se hacía.

    Nuevamente me ordena continuar con la paja y masajear mis bolas mientras ella se sigue dando placer con sus dedos, que rico se sentía todo aquello, la mezcla de placer por pajearme, su voz tan pervertida que me tenía loco, los comandos que me daba todo era espectacular. Procede a darse vuelta, sentarse y abrirse de piernas, agarra el dildo y me instruye cambiar de técnica. Tomando el juguete me indica bajar todo mi cuerito hasta abajo a todo lo que da y sujetar mi pene desde la base, luego agarrar saliva con la otra mano y masturbar la cabeza hasta el frenillo imitando sus movimientos. Comienza un juego de pajear rápido unos segundos y parar, una y otra vez hasta que sienta que no pueda más, detenerme y seguir así unos minutos.

    Estaba que no daba más de tanta estimulación, seguía con detalle sus movimientos arriba y abajo sobre mi glande que brillaba por la mezcla de saliva y fluido preseminal, rozaba mi prepucio estirado y el frenillo que estaba muy sensible con cada bombeo de mi mano; seguí como por dos minutos así hasta que sentía demasiado cerca el orgasmo y no pude aguantar por más tiempo, llegue al punto de no retorno y seguí pajeando hasta que iniciaron las contrataciones, seguido de múltiples descargas de semen que salían a chorros hacia mi abdomen, jadeaba y jadeaba, nunca me había salido tanta leche con tanta fuerza como esa noche, quedé tendido con los ojos cerrados y aún agitado por tantas descargas de placer. Fue de mis mejores pajas hasta la fecha.

    A partir de ese momento mis pajas siempre han sido prolongadas haciendo edging y termino casi siempre eyaculando muchas veces con mucha intensidad, he llegado a contar hasta 16 disparos de leche en cada sesión, es brutal. Por cierto, JOI (Jerk off Instruction) fue otra categoría que conocí esa noche, son instrucciones para masturbarse, justo lo que hacía la chica en el video combinado con edging y me cambió la vida. Les sugiero lo busquen en su página porno favorita, conozco otras categorías y técnicas que también he probado, pero eso lo dejo para futuros relatos.

  • Mi esposa, hermosa, puta e insaciable

    Mi esposa, hermosa, puta e insaciable

    Sé que suena ‘depravado’, pero mi fantasía era que mi esposa me chupara la verga delante de otras personas. No en lugares como el centro de la ciudad, o en la tribuna de un estadio de fútbol, sino en lugares relativamente discretos, donde la pudieran ver sin ocasionar un escándalo. No es que ella no me importara, al contrario, la amo con todo mi corazón y creo que es la hembra más hermosa del mundo. Simplemente se trata de una fantasía ‘pervert’ que un día me invadió. Y sé exactamente qué día. Fue cuando, de hecho, ella me chupó la verga mientras otras personas la veían sin que ella se diera cuenta.

    Fue en un hotel de la costa, la recuerdo perfecto. Ella estaba hermosa, tenía un vestido de tela finita de esos que se usan en la playa, que sugería atrevidamente su sexy y curvilíneo cuerpo. Mi esposa es una rubia con cara de «muñeca preciosa», le decían que se parecía mucho a Kate Moss, y es cierto. Cuando esto sucedió ella estaba a mediados de sus treintas y estaba realmente en su mejor momento. Estábamos en un tercer piso a la calle, salimos al balcón a fumar un porrito y a mirar la vista de la ciudad.

    Los dos estábamos cachondos y tras besarnos un poco, comencé a manosearle la cola cuando de repente ella ya estaba en cuclillas metiéndose el falo en la boca. Me lo estaba dejando duro como un garrote, una delicia de los dioses. De sólo recordarlo se me endurece. De repente miro hacia abajo y veo un tipo saliendo de un restaurante ubicado en la banqueta frente del hotel y se le ocurre levantar la vista hacia y nos ve.

    Al principio el tipo parecía no entender, como no creyendo el alucinante espectáculo que tenía delante de sus ojos. Pero dos segundos después ya estaba parado mirando absorto. Encima mi esposa, en cuclillas, tenía su hermoso culo al aire, porque yo, antes de que apareciera el tipo, le había levantado el vestido para dejarle la cola al desnudo ya que eso me calentaba. Al principio le quise avisar que nos estaban mirando, porque yo también me sentí incómodo, pero me la estaba succionando tan rico que no dije nada, además la situación por incómoda que fuera me calentaba. Mi esposa, no se sacaba la verga caliente de la boca, seguía moviendo su blonda cabeza hacia atrás y adelante, deleitada en su faena, obnubilada de placer, como si nada existiera en el universo salvo esa verga caliente que saboreaba en ese instante.

    Abajo el tipo miraba encantado, cuando de repente se le acercó una mujer, su esposa quizás, quien curiosa de ver que estaba observando su marido volteó hacia arriba y también se puso a mirarnos. Habrán pasado unos 30 segundos o más, en los que mi esposa me hizo sexo oral con el culo al aire a la vista de un par de completos extraños. Cuando de repente se dio cuenta y se sobresaltó, yo me hice el distraído y actúe como si también recién me hubiera dado cuenta, Y la tapé con un pareo. La pareja se fue caminando, seguramente a coger, después de presenciar terrible show hot en vivo y en directo.

    Fue desde esa vez que la idea se quedó dando vueltas en mi cabeza. Pero nunca me animé a decírselo. Aunque yo sentía que a ella podría gustarle. Ya que aquella vez me pareció que la situación también la excitó como a mí.

    Tiempo después, hicimos un crucero por el Mediterráneo, saliendo de Barcelona, que es donde vivimos. El barco estaba espectacular, y lo mejor de todo era que no iba atiborrado de gente. Había suficiente espacio para pasarla bien y relajarse. Era un verano cálido, y Carla, así se llama mi mujer, estaba radiante. Su cuerpo parece una botella de Coca-Cola, como decía la canción. Su presencia es capaz de calentarle los huevos al macho que se le cruce. Sobre todo con los trajes de baño que usaba en la alberca del barco, que dejaban casi al desnudo su hermoso cuerpo. Había varias albercas, pero nosotros siempre elegíamos la más pequeña y apartada, en donde sólo había unas pocas parejas aparte de nosotros.

    Carla usaba unas tanguitas para el infarto, que casi dejaban al desnudo su cola. Y obviamente no era yo el único que las admiraba. Noté cómo el barman de la alberca, un moreno treintañero alto y esbelto, no le sacaba los ojos del culo a mi mujer. Pero no era su único fan, el mesero, un chico que apenas pasaría los 20, cada vez que podía le echaba una mirada libidinosa a las nalgas de Carla. Como no había mucha gente en esa alberca, los dos se juntaban en la barra por largos ratos a cachondearse con mi esposa, admirándole el culo y las tetas. Lo hacían con discreción pero sus caras lascivas eran indisimulables. Pero a mí no me molestaba, al contrario.

    La tercera noche del crucero, era una noche estrellada y calurosa. Carla tenía puesto el mismo vestido que aquella vez en el hotel de la costa, lo noté en el momento en que la vi. Eso me calentó y me dejó el miembro alterado. Decidimos buscar una cubierta apartada solitaria y oscura con la intención de fumarnos un porrito tranquilos mirando el mar.

    Fumamos un poco de unas flores exquisitas que habíamos metido de contrabando y quedamos bien locos. Carla, completamente en su mundo, contemplaba lo hermoso del mar y apoyándose en el barandal se inclinó para mirar hacia abajo. La tela de “aquel vestido” era finita y se le transparentaba la tanguita metida en la cola. Eso me detonó, dejé que mi falo sea libre y automáticamente se comenzó a hinchar y a poner rígido. Me acerqué por detrás y se lo apoyé en las nalgas. Sorprendida pero sin separar el culo del miembro, volteó la cabeza y me dijo “¡cerdo!”. Acto seguido, aun sin darse vuelta, tanteó con la mano hacia atrás hasta encontrar mi verga, la cual agarró y comenzó a manosear por encima del short, moviendo la mano hacia arriba y abajo agarrando mi verga con firmeza. La di vuelta y comenzamos a besarnos, su mano volvió veloz a agarrarme el bulto, mientras que las mías fueron directo a su cola. Comencé a manosearle las nalgas y a masajearle suavemente el agujero del culo por encima del vestido con dos dedos. Estábamos “on fire”. No tardé en levantarle el vestido y dejarle la cola al aire. Eso me volvía loco y sabía que a ella también. Le saqué la tanga de la cola y la corrí hacia un costado. Abrí sus nalgas con las dos manos y apoyé el dedo del medio en su culito caliente. Sentí como se dilataba, feliz, como esperando acción. A ese culito le encantaba que juguetearan con él.

    En un instante Carla se puso en cuclillas, sacó el pito de mi pantalón y se lo introdujo en la boca. Chupaba como si fuera el fin del mundo mientras se frotaba la vulva.

    De repente de reojo noté que unos metros más allá una braza brillaba en la oscuridad. Me sobresalté, había alguien. Entrecerré los ojos y agudicé la vista hasta percibir dos tipos fumando en las sombras. Estaba oscuro pero se notaba que nos estaban mirando en silencio.

    Carla chupaba tan delicioso que yo estaba cerca del nirvana y, re caliente, no me importó que nos estuvieran mirando y tampoco le avisé a ella. Una vez más, mi esposa estaba en cuclillas con el culo al aire chupando verga delante de desconocidos. ¡Mi fantasía se estaba cumpliendo otra vez! Pero no sé si habrá sido esa noche calurosa y estrellada en el Mediterráneo, o la locura de la mota… sumado a mi pene duro oportunamente apoyado en su culo, lo que la desató. Quién sabe. Lo cierto es que esa noche Carla parecía poseída.

    Mientras ella me la seguía chupando “obnubilada de verga”, uno de los dos tipos se acercó cauteloso y se paró a unos 2 metros más o menos. Era un joven flaco y despeinado con cara de sinvergüenza, me di cuenta que era el mesero. Con los ojos abiertos y enormes como los de un búho, desenfundó el pito y sin miramientos comenzó a pajearse mientras mi esposa me chupaba la pija como endemoniada. Yo lo miré y no le dije nada, él ni me miró. Tenía la mirada clavada en Carla, como si estuviera en trance mientras se la jalaba como un sicótico. Su miembro era grande, pero se veía aún más grande por su cuerpo flaco y espigado. De repente mi esposa abrió los ojos, sorprendida miró al chico y sonrió como pudo sin sacarse la verga de la boca.

    Como si la mirada de Carla lo hubiera sacado de su trance, el joven, caliente como el infierno mismo, no pudo contenerse y en un milisegundo un chorro abundante de leche brotó de su glande, bañando de semen la cara de mi mujer. Los chorros de leche estallaban sucesivamente en la cara de Carla y le chorreaban mientras ella seguía mamando verga. Como buen muchacho, tenía leche de sobra y seguía eyaculando. Se acercó más, y apuntando con el falo hacia abajo comenzó a enlecharle las nalgas. Parecía una canilla de leche, no paraba de salir.

    Mi esposa, re caliente, me succionaba el falo más y más fuerte mientras sentía como le chorreaba la leche por las nalgas. Como si se tratara de un récord mundial, el chico seguía lanzando leche, y volvió a apuntar con su explosivo falo a la cara de ella. Redoblando la descarga sobre su carita de puta extasiada, sin dejar un espacio sin cubrir de leche. Carla sacó mi verga de su boca y comenzó a frotársela por la cara embarrándola del semen del chico, para después volver a comérsela y así saborear la leche del joven semental. “mmm… que rica leche calientita…” dijo la muy puta. Al mismo tiempo, todavía en cuclillas, tomó la mano del chaval y se la llevó hacia su cola enlechada. Por segunda vez se sacó mi verga de la boca y le dijo al chico “junta la leche en mi culito y méteme el dedo”.

    El chico, aun sin poder creer lo que estaba viviendo, al igual que yo, obedeció y se arrodilló atrás de Carla y comenzó a manosearle las nalgas cubiertas de leche, con una mano le corrió la tanga a un costado y con la otra le embarraba de leche el ano, y con delicadeza se lo penetró con el dedo grande. La cara de Carla era de lujuria absoluta, parecía estar gozando como una zorra en celo.

    Todavía en lo oscuro, el otro tipo presenciaba el increíble espectáculo mirando de lejos. Mi esposa volteó sin soltar el pito de la boca y lo llamó con la mano. El tipo salió de las sombras y para sorpresa mía y de Carla apareció un enorme falo negro. Sí, era el barman que se estaba pajeando en lo oscuro y trajo a la luz un miembro largo, grande y grueso, haciendo honor al mito. La cara de asombro y felicidad de Carla eran indisimulables. El moreno se acercó decidido y arrimó su negro y venoso tronco a la cara de Carla, tocando su mejilla con su enorme cabeza. Ella no dudó y engulló la verga palpitante del negro. Mientras empezó a pajearme, y con la otra mano seguía frotando su coño.

    Carla gozaba y gemía como perra, sintiendo placer al jugar con dos vergas en la boca mientras su culo era estimulado por el chico, que ya le metía dos dedos moviéndolos en suave cadencia dilatando esa cola feliz, deseosa de atención. Carla gimió “mmm… me encanta en la colita, que rico”. Mi cabeza y mis huevos estaban a punto de estallar.

    Luego de unos minutos de delicioso e intenso placer, Carla tomó de la muñeca el brazo del chico, y moviéndolo hacia abajo y atrás se sacó los dedos del culo y dijo “quiero que me chupen la colita”. La levanté, le bajé el vestido para cubrirle la cola y le dije “vamos al camarote”. Los dos invitados nos siguieron.

    Íbamos los tres metiéndole manos a Carla por los pasillos del barco. Eran tres pares de manos frotando todo su precioso cuerpo. Manoseándole el culo, las tetas y la vulva, así íbamos como podíamos tropezando por los pasillos del barco. De tanto manoseo, ella tenía de nuevo la cola al aire y una teta se le asomaba por encima del vestido, y le gustaba, sonreía de placer y alegría. Se la iban a recoger entre tres, su fantasía. Y le iban a dar mucho placer en el culo, lo que más la entusiasmaba. Su cuerpo vibraba en una mezcla de adrenalina, felicidad y calentura.

    Entramos al camarote y en un segundo Carla se sacó la tanga y se volvió a subir el vestido dejando su redonda y hermosa cola a la vista una vez más. Los dos visitantes no soltaban sus miembros mientras se les hacía agua la boca mirándole el culo a mi esposa. Carla rápidamente se subió a la cama y se puso en cuatro, apoyando sus antebrazos en el colchón y parando la cola bien en el aire.

    Nos quedamos los tres como idiotas admirando ese culo por unos segundos, hasta que yo comencé a darle spanking con la verga en las nalgas, a lo que se sumaron los otros dos suertudos. Carla reía y movía la cola en círculos y hacia atrás, como reclamando atención urgente en el culito, sólo deseaba que le dieran placer en esa cola puta. Entonces el negro se ubicó delante de ella, su carita hermosa quedó a centímetros del vergón descomunal del moreno, que se inclinó y estiró sus brazos hacia la cola de mi esposa y con sus grandes manos le abrió bien las nalgas, dejándole el rosadito agujero del culo expuesto.

    Como hipnotizado por el culo de Carla, el joven semental hundió su cara y comenzó a saborear ese manjar de los dioses. “Ay…! Que rico” dijo ella, “me encanta en la colit…”. No terminó de decir eso, que la inmensa verga negra ya invadía su boca y la dejó hablando con la boca llena.

    Yo retrocedí y me dispuse a mirar el espectáculo. Carla, en cuatro, disfrutando de dos extraños dándole placer anal y oral delante de mí. Pensé “la fantasía se fue un poco de las manos”, pero estaba gozando tanto como mi esposa, así que en ese momento nada me importó salvo ver como mi mujer gozaba como una verdadera Diosa del Sexo.

    El joven semental estaba ensimismado chupándole el culo a Carla, así como ella lo estaba succionándole el vergón al negro, que a cada movimiento entraba más en su boquita. El moreno empujaba y le sostenía la cabeza por detrás para q tragara más verga. Era un espectáculo increíble. Ella se veía hermosa.

    De repente el chico dejó de chupar y se incorporó decidido, le abrió las nalgas, y se quedó admirando el agujero del culo semi abierto, latiendo, como pidiendo verga. Agarró su falo y se dispuso a penetrarlo. Ya estaba empujando para entrar la cabeza, cuando lo frené y le dije que se pusiera un condón. Me miró nervioso y me dijo que no tenía. Su amigo el negro, que seguía como en trance cogiendo por la boca a Carla, no respondía a mis preguntas hasta que reaccionó y me dijo que tampoco tenía. A Carla no le importaba nada. Agarré la mano del pibe y metí su dedo del medio en el culo de Carla, que se estremeció al momento. Le dije al pibe “dale así que le gusta”. Ella soltó de su boca el vergón del negro y exigió caprichosa “¡Quiero verga en el culito”. Entonces corrí al pibe a un lado y me puse a chuparle el ano a mi mujer, era una delicia, me incorporé y me embadurné el garrote con saliva y enfilé hacia el agujero, empujé casi nada y entró la cabeza. Carla gimió atragantándose con el pito del negro, y estirando la mano hacia un costado tanteó el aire buscando el miembro del chico, lo agarró y se lo acercó a la boca, junto con la verga del moreno. Apenas le cabían los dos pitos en la boca, que por turnos entraban y salían. Mientras yo le daba su merecido por la cola. “Mi sueño” murmuró Carla “una en la cola y dos en la boca… mmm que rico”.

    El muchacho, desquiciado de calentura, gritó “yo tengo que coger ese culo!”, y se fue decidido a buscar condones. Yo sentía que estaba a punto de expulsar mi leche, y haciendo esfuerzos para contener la eyaculación, súbitamente le saqué la verga del culo a Carla, aun no quería acabar, quería seguir gozando de la puta deliciosa de mi esposa. Pero ella se quejó al instante “quiero que me cojan la cola”. Entonces el negro estiró el brazo y sin darle descanso al culo de mi esposa le metió dos dedos. Sus manos eran grandes, así que ella debe haber sentido como si fuera otra verga más. Complacida se movía hacia atrás y adelante para disfrutar de la doble penetración por culo y boca. Verla así era un sueño. Me excitaba terriblemente.

    En menos de 2 minutos el chico volvió con los preservativos, rápidamente se calzó uno y pidió lugar a su oscuro amigo, quien retiró los dedos del culo de Carla, que estaba absolutamente entregada al placer. Con decisión, el joven semental penetró el ano de mi esposa y comenzó a bombear. Al moreno parecía sólo importarle cogerle la boca. Estaba como ido, también bombeando como loco. Así se quedaron por un largo rato, ninguno se corría.

    Luego el negro reclamó el culo. Y se intercambiaron de lugar. Su pito era tan grande que Carla se relamía mientras el negro se ponía el condón. A pesar de que el agujero del culo estaba abierto y feliz pidiendo más verga, al moreno le costó hacer entrar la cabeza de su enorme herramienta. Cuando pasó, le siguió inmediatamente todo el falo negro que ingresó entero, firme y decidido. Carla gimió como loca, con el culo penetrado por un pene XXL y la verga del chico llegándole hasta la garganta. Por segunda vez el jovenzuelo no se pudo contener y eyaculó soltando su jugo caliente en la boca de mi esposa, que no pudo evitar tragar el poderoso torrente de semen del joven semental. Los chorros de leche brotaban sin parar en la boca de Carla, que se atragantó de tanto caudal.

    El chico sacó la verga y terminó su tarea de semental eyaculando sus últimos chorros en la cara, que tenía una expresión de dicha celestial, aun disfrutando del grueso sable corvo del negro dentro su hermoso culo. Carla se relamía y juntaba la leche de su cara con la mano y se la llevaba a la boca para seguir tragando. Rápidamente tomé el lugar del chico e introduje el miembro duro en la boca de mi mujer, quien gustosa le dio la bienvenida.

    El joven se echó de espaldas en la cama buscando descanso, pero Carla, insaciable, no lo permitió, tomó su órgano viril y comenzó a masturbarlo. Como buen adolescente, luego de unas cuantas sacudidas el pito ya estaba duro otra vez. Carla llena de felicidad gritó “¡me encanta la verga dura, grande y caliente! “quiero que me penetren los tres!”.

    Haciendo contorsionismo, Carla logró acomodarse encima del chico sin que las dos vergas que la penetraban por boca y culo dejaran de hacerlo. Y se ‘ensartó’ la ñonga del muchacho en la panocha. Ahora tres pitos calientes la penetraban al mismo tiempo. Gemía como loca con una expresión en la cara de gozo absoluto. Los tres falos se sincronizaron en perfecta armonía y cogían hermosamente a Carla quien disfrutaba como perra en celo de su primera triple penetración. Mi esposa era una verdadera puta hermosa amante de la verga. Y eso me encantaba.

    Por casi una hora las tres vergas fueron desfilando por los diversos orificios de Carla, inundándola de placer y brindándole múltiples orgasmos, vaginales, anales y mentales, sobre todo. Ella casi se venía de sólo pensar en que tenía tres hombres para ella sola. Entonces pidió espacio, se dirigió a buscar algo al closet y regresó sonriente sacudiendo un dildo en su mano y, con carita de pícara, dijo en versito “llegó la hora de mi lechita… pero con dildo en la colita!”.

    Se acomodó en la cama apoyando sus tetas en el colchón y parando bien la cola le dijo al joven “chúpame la colita”. El joven amante lamió con alegría y dedicación el culo de Carla hasta quedar listo para recibir el dildo. Entonces lo lubriqué y con cariño se lo introduje entero en el ano. Carla lanzó un gemido de placer, ya había tenido múltiples orgasmos anales esa noche pero su colita estaba insaciable. Era un butt-plug grande y grueso que se veía hermoso dentro del culo de mi mujer.

    Con el plug en la cola se arrodilló, abrió la boca y sacó la lengua reclamando el semen de los tres machos. Nos acercamos y rodeamos su hermosa carita de puta con los tres falos hinchados y venosos, y nos preparamos a darle su leche a la cerdita hermosa. Una vez más el muchacho fue el primero en lanzar y de su inagotable manguera brotó un chorro abundante de semen que entró directo en la boca de Carla, quien ansiosa tragó el caliente néctar y volvió a sacar la lengua rápidamente para recibir más.

    Pronto mi verga y la del moreno se le unieron en la tarea aumentando el caudal de leche que caía sobre Carla. Bajo las tres vergas ella disfrutaba del baño de semen caliente que siempre había deseado. Como si fuera Cleopatra gozaba lujuriosa bajo la lluvia de leche que al mismo tiempo inundaba su boca, caía copiosamente sobre su cara, y salpicaba sus tetas y todo su cuerpo. Tenía dentro de su boca un desbordante cóctel de leche de tres hombres, el cual saboreó y tragó hasta la última gota. Cuando la catarata de leche finalmente terminó, Carla dijo “Gracias por la lechita, estaba deliciosa” se recostó de lado en la cama y se quedó dormida, toda cubierta de leche y con el plug en el culo. Se veía preciosa, como una Diosa del Sexo debe verse.

    Continuará…

  • Un sueño vívido

    Un sueño vívido

    Soñé que estaba dormida y comenzaba a sentir un calor en mis piernas, que iba subiendo poco a poco y yo decía que es… Pero no me animaba a abrir los ojos. Poco a poco iba subiendo hasta que pude distinguir que era una respiración profunda y caliente sobre mí, unos labios y una lengua que me fue recorriendo entera.

    Abrí los ojos y vi hacia abajo justo cuando estaba besando mis labios de abajo y lentamente iba abriéndolos con sus manos para llegar a mi clítoris. Ya cuando lo vi usted extendió uno de sus brazos y me tapó la boca, ahí supe que todo tenía que seguir igual para no hacer ruido. Y comenzó a besar, a lamer, y a introducir un par de dedos dentro de mí, cabe decir que estaba demasiado excitada y eso dio paso a que me mojara muchísimo.

    Con su otra mano comenzó a sacar mis jugos poco a poco y me los dio en la boca, lo que me encantó. Y de a poco fue metiendo más su mano dentro de mí. Después siguió besándome por todo el cuerpo me dio media vuelta y me mordió una nalga justo como lo prometió.

    Me besó entera desde pies hasta llegar a mis caderas, que tengo poco pero usted me hizo sentir la mujer más hermosa del mundo. Siguió besando hasta llegar a mis tetas y allí con sus dedos trazó la forma de ellos en forma circular.

    Después de sus dedos iba su lengua y así fue alternando entre los dos, no los besaba, no los mordía solo los iba recorriendo poco a poco, suave, sin prisa, y con todo el cariño. Comenzó a tocar mis pezones con la punta de sus dedos, no los oprimió ni nada brusco, y pasó por ellos una flor morada pequeña, ni idea de como o donde la consiguió pero lo hizo.

    Y seguía recorriéndolos suavemente, llegó a mi cuello y mis orejas ahí puso especial cuidado y me lamió lentamente. Me respiró al oído lento pero firme y en ese momento sentí que mi clítoris había explotado y estaba demasiado mojada. Con su mano tomó una de mis manos y la subió, tomó la otra y la subió también. Entonces, ahí en ese momento supe que me iba a tomar.

    Me vio a los ojos, beso mi nariz lo cual sentí lindo y curioso de hacer, y luego recorrió mis labios con uno de sus dedos, ya que me tenía sujetada con los brazos arriba con una sola mano.

    Y después me dijo “Buenas noches amor” y ahí volví a explotar, sentía su cuerpo presionando el mío pero no de manera brusca, sino levemente pero demasiado rico. Después de que me dijo eso, me volteó la cara hacia un lado y me habló al oído. Y me dijo «me la puedo coger?» después de que escuché eso apenas pude tragar solo quería que me abriera y me penetrara ahí de una buena vez. Le dije que sí moviendo la cabeza y todavía me dijo al oído «gracias».

    Ha sido el mejor gracias de toda mi vida. Y después de eso me besó en los labios, fue un beso suave pero apasionado, no rudo ni nada, fue tan lindo que lloré, ni se cómo pasó ni lo esperaba pero creo que asumí en mi mente que era nuestra primera vez juntos. Había demasiadas cosas guardadas y si, sentí como unas lágrimas rodaron mi mejilla mientras me besaba. Después de eso, abrió mi pierna derecha levemente hacia arriba y así un lado. Y con la mano que tenía desocupada comenzó a sentir lo mojada que estaba, y tomó su enorme pene y empezó a hacer movimientos circulares cerca del clítoris. Yo ya no aguantaba más, lo quería dentro de mí. Así que lo vi a los ojos y en un momento me volvió a ver, y le dije en lo bajo «cójame».

    Entonces tomó su pene y me lo introdujo lentamente casi saboreando el momento de cómo él iba entrando en mí y abriendo mis paredes dentro. Seguía tomando mis brazos con su mano y empezó a introducirlo y sacarlo una y otra vez mientras me besaba los labios, me mordía los pezones y me decía cosas lindas al oído.

    Y ya me desperté sudando y demasiado extasiada cuando vi, eran las 5.20 am y era hora de levantarme seguir con la vida como nada hubiera pasado…

  • Hermanos en la ciudad

    Hermanos en la ciudad

    Hola queridos lectores, les cuento que estoy más que feliz, hubo gente a la cual le gustaron mis relatos y me han pedido que les organice y le escriba el suyo; sigo innovando en esta materia que me era desconocida, desde ya gracias a todos por dedicar ese tiempo (tan importante para cada uno de ustedes) a la lectura de los mismos. Recibí un mail que a continuación transcribo.

    «Hola Luisfa, que tengas un buen día, he leído tus relatos en CuentoRelatos, los que me gustaron mucho, vos podrás hacerme uno a mí con algunas cosas que me pasaron, es un tema muy delicado y no me doy maña para escribirlo. Lo único que te pido es la reserva de los nombres y el lugar donde vivo, si podes cambiar datos, o sea, anonimato.»

    «Hola sí, no habría problema en hacerlo, siempre y cuando no tenga un contenido de pedofilia ni maltrato de ningún tipo, si es así pásame como te salga, un resumen de lo que deseas contar, lo escribo y te lo envío, si te gusta lo subimos a la página.»

    Me envió los datos necesarios para poder comenzar, a continuación paso a relatar.

    Somos dos estudiantes universitarios venidos de un pueblo del interior, por razones económicas, mi hermana, Nadia de 19 años, y yo Juan José, de 22, comenzamos la facultad al mismo tiempo, ambos en diferentes carreras, ella administración de empresas y yo diseño gráfico.

    Para comenzar a relatar nuestra historia, debo aclarar que ambas universidades quedan en el mismo polo, cosa que nos permite estar compartiendo muchas cosas la gran parte del día, en casa, en las horas de descanso entre clases, la ida a la facultad, la vuelta, compras, limpieza, comida, así también como salidas y amigos en común que habíamos hecho.

    Después de casi dos años de convivencia, cierto día regresábamos a casa caminando de clases (el departamento quedaba cerca) al intentar cruzar una calle una moto baja de la vereda a la acera y pasa muy cerca de nosotros, casi atropella a Nadia y en mi afán de protegerla caigo al piso doblándome el tobillo; la gente que vio lo sucedido llamo a una ambulancia dado que no me podía parar del dolor.

    A la llegada del servicio de emergencias me trasladaron a un sanatorio, mi pie y tobillo estaba muy hinchado y se estaba poniendo de color violáceo y más dolor, me dice el médico de la ambulancia que puede ser una fractura, cosa que descartaron en la clínica, diagnostico: fisura de tobillo.

    Tratamiento: antiinflamatorios.

    Tiempo de curación: 6 a 10 semanas, con inmovilización, me pusieron una bota de plástico que se podía sacar y poner.

    Reposo mínimo: 7 días con los medicamentos y pierna en alto.

    Solicitamos en la facultad unos días, hasta que me pudiera mover, un pedido para que le consideren a mi hermana unos días.

    Y aquí es donde todo comenzó.

    Al segundo día de estar en cama y con mucho dolor, Nadia vio mi cara de tristeza, se acercó a la cama a preguntarme, si a parte de lo sucedido me pasaba algo más, sentándose al borde de la cama, tomo mi mano, acariciando con la que tenía libre, mi rostro, esa acción hizo que un rayo de electricidad recorriera mi cuerpo, sensación que nunca había sentido, un hormigueo entre mis testículos y el ano que me sobresalto, pero a la vez me gusto, le contesto a su pregunta con un no pasada nada, pidiéndole que prepare unos mates, le dije entre broma y nervios por lo que había sentido.

    Cuando fue a preparar la infusión, mi cabeza loca comenzó a pensar, lo que yo creía eran tonterías.

    Nunca había prestado atención a mi hermanita como mujer, la observaba mientras se movía por la cocina.

    Tomando nota mental de lo que veía…

    Altura: 165.

    Peso: 51 kilos.

    Pelo: largo, hasta el comienzo de la cintura, con una bandita que le sujetaba su sedoso y brillante cabello castaño claro, formando una cola de caballo.

    Ojos: verdosos (no tan verdes) de dulce mirada

    Tetas: turgentes (estaba sin corpiño) y se notaban sus pezones.

    Culo: redondo y paradito, se deja ver entre el pantalón corto deportivo su firmeza, redondez y dureza. Respingón que le dicen.

    Labios: pequeños pero carnosos, los que al sonreír dejaban ver una dentadura blanca, perfecta.

    No solo su rostro era bonito… su cuerpo, aunque no alcanzaba la perfección, mostraba que la naturaleza había sido generosa con ella, sin mencionar sus piernas, que sobresalían por la firmeza adquirida por el deporte, de sus muslos.

    La silla hizo ruido al lado del sofá en el que me encontraba sacándome de mi pensamiento, había llegado con el mate en la mano y en la otra el termo con el agua caliente, su histriónica y nerviosa risa me hizo reír a mí también, tome el mate, se lo pase y continuaba riendo.

    -Princesa, ¿puedo preguntar el motivo de su risa?

    -Si mi príncipe, es que nunca había visto a tu lacayo de pie y tan duro. (Más risas)

    Mientras me decía esto miraba mi pene el que hacia fuerza y quería escapar del pantalón de dormir que traía puesto, me sonroje, pero nos echamos a reír ambos.

    Debo confesar que era la primera vez que había visto a mi hermana con otros ojos que no fueran los de hermano, sin darme cuenta que todo eso había provocado semejante erección en mí.

    Pasados unos días, Nadia retomó el curso normal de la facultad, pedía los apuntes míos para no perder continuidad.

    Aprovechando la soledad del departamento y que había empezado a desplazarme, con dificultad, podía hacer algunas cosas, intercalaba entre la computadora y preparar el almuerzo, como así también acomodar un poco para no cargar tanto a Nadia.

    Escucho el ruido de la llave introduciéndose en la cerradura y la puerta abriéndose, entra mi princesa y acercándose me da un abrazo y un beso en la mejilla.

    -Hola mi príncipe, hoy un día de total aburrimiento en la puta clase, por suerte estas, me puse a pensar en vos y todo a mi alrededor se aclaró y se puso más bello mi día.

    -Vos pensando en mí, ¿se puede llegar a conocer ese pensamiento?

    -Tal vez en la cena, y si te portas bien, solo si te portas bien te lo cuento. (Risas)

    Nuestra tarde transcurrió con poca charla, mucho estudio y muy tranquila.

    Al caer la tarde comenzó el proceso de preparación para la cena, la cual preparamos entre los dos, me acerco un banco alto y mientras ella hacia lo que llevaba cocina, yo preparaba el resto.

    Con la mesa puesta, nos dispusimos a cenar unas ricas presas de pollo con verduras, para tomar, un vino tinto que nos habían mandado nuestros padres, servimos dos copas, brindamos por nosotros y cenamos.

    Al terminar de comer, la cena transcurrió entre charlas casi insustanciales, me ofreció un café o un té para hacer sobremesa, cosa que me sorprendió, pues siempre al terminar se lava los trastos y luego vemos tv.

    -Gracias princesa, prefiero hacer sobremesa disfrutando el vinito, hace mucho que no bebía algo tan rico.

    -Bien, entonces puedo acompañarte y dejamos la botella limpia, mañana ya es sábado y no hay responsabilidades temprano.

    -Claro amor, y de paso charlamos un rato.

    Pusimos el canal de música, acercamos al sillón una mesita baja, dispusimos las copas y la botella sobre ella, apagamos la luz del techo y prendimos un velador que nos proveía una luz difusa.

    Ya acomodados y relajados, le disparo.

    -A ver señorita misteriosa, que es eso que le hizo pensar en mí.

    -Me da pudor contarte, solo te digo que sos quien ilumina mi vida, como me cuidas, fíjate que estás pasando esta situación por haberme protegido de un inconsciente que paso rápido con una moto.

    -Hasta ahí te creo, pero tu mirada me dice que hay algo más detrás de esa historia, fíjate que arrancaste diciendo, me da pudor, somos hermanos, entre nosotros nunca hubo secretos de ningún tipo.

    -Prometeme que no te vas a enojar conmigo.

    -Tan grave es, te lo prometo.

    -Estando en clases, como te dije aburrida, recordé la situación del otro día (apuro un trago más de vino) y pensaba por que causa te habías puesto así, que estuviste a punto de romper el pantaloncillo de la erección que tuviste.

    Me hizo poner colorado, si saber que contestar, cuando rebusque una excusa en mi cabeza, puso su dedo índice sobre mi boca haciéndome callar.

    -Shhh no digas nada, déjame continuar, (acabo la copa de vino) te vi mirándome fijamente y luego te encuentro así, pero me quedo la duda, porque sin querer, juro que fue sin querer, estaba buscando información en la computadora y voy al historial para buscar un artículo que ya había abierto y no lo encontraba, vi una página que llamo mi atención, era una de relatos eróticos.

    Se levantó en silencio, pensé que se iba a la pieza, y yo sin saber que decir, en un segundo regreso con otra botella de vino en su mano, la abrió, lleno as dos copas, se sentó nuevamente continuando su exposición.

    -Lo que más me llamo la atención, es que estuviste leyendo relatos sobre incesto y por favor no te pongas mal, solo es una charla, y lo que quiero saber es si estabas así por lo que habías leído o por mí.

    -Me dejas sin palabras, si a vos te dio pudor, a mí me da mucha vergüenza, pero ya que estamos abriendo el dialogo, voy a sincerarme, fue por vos, comencé a pensar que nunca te había visto como mujer, siempre como hermana, pero verte vestida así me hizo reparar en vos, desde el pelo hasta los pies, observándote me di cuenta del pedazo de mujer que sos, bella por donde te miren, pero bueno, solo me queda pensarlo nomas puesto que sos mi hermana y el incesto está mal visto.

    A esta altura ya habíamos acabado todo el vino, se levantó por otra, regreso pero esta vez no estaba abierta.

    -El incesto mi bello hermanito, si es real que está mal visto, pero existe y muchísimo más de lo que la gente cree, cuando en realidad, no tiene nada de malo, está asociado solamente con puros aspectos del tipo ético, prejuiciosamente moral, creencias religiosas y valores morales.

    -Diablos señorita, como ha crecido usted, tanto del físico como de su cerebro.

    -Hermano del alma, destape usted el último vinito, que ya vengo.

    Muy dispuesto a continuar la conversación me dispongo a descorchar el vino en cuestión, cuando escucho el ruido de la ducha, mi morbo pudo más, sin pensarlo y disimuladamente fui a mi cuarto para intentar ver algo más, como escuchaba la ducha estime que la puerta estaba abierta, así fue, pude ver a mi venus platónica en toda su desnudez, esos pechos redondos y turgentes como los había imaginado así también su culo duro y hermoso y su delantera perfectamente depilada, la que pude apreciar cuando se dio vuelta, no me pudo ver pues tenía shampoo en su pelo y sobre sus ojos la espuma, se avizoraban unos labios vaginales hermosos. Sin enjuagarse el pelo y con la espuma que tomaba de él, bajo su mano a la entrepierna y empezó a higienizar la zona, cosa que tardo un poquito en retirar su mano, algún dedo que otro por momentos se perdía dentro de su cavidad vaginal.

    Ya totalmente “al palo” regrese al sillón.

    Tardo unos minutos más, regresando y tomando la ubicación que antes tenía a mi lado, con una particularidad, venia en ropa interior, tome un almohadón y cubrí mi erección, agarro la copa y la tomo de un sorbo, mientras lo hacía, con su mano libre agarro mi miembro, lo acaricio suave pero firme, mi excitación superaba todas las que había tenido con anterioridad.

    Estaba en un punto de no retorno, no podía ni quería detener eso.

    Nos abrazamos buscando nuestras bocas, fundiéndonos en un hermoso beso, nuestras lenguas se buscaban junto a nuestras manos que exploraban tímidamente, como pidiendo permiso, nuestros cuerpos.

    Llego a posar mis manos en esas tetas firmes, duras, con unos pequeños pezones que se encontraban erectos efecto de nuestras caricias, rodeo su torso con mis manos para llegar a desabrochar el corpiño, la miro como buscando su aprobación, no dijo nada, afuera con él, un obstáculo menos, acerco mi boca a sus pezones para chuparlos y empezar a disfrutarlos, abre su boca, cierra sus ojos, tira la cabeza hacia atrás dejando escapar un suspiro, se entregó por completa a disfrutar, mientras lo hacía fui bajando mis manos para encontrarme con ese tesoro que ya deseaba con ansias, me encuentro con su tanga, que en su parte delantera ya se encontraba muy mojada de los jugos vaginales, mis manos se empezaron a entorpecer de la emoción no pudiendo sacarla con comodidad, ella me ayudo recogiendo las piernas.

    En este punto no lo podía creer, tenía a mi hermana desnuda frente a mí, sin dudar comencé a jugar en el contorno de su vagina cuando de pronto tomo mi mano y no me dejo continuar, me asuste pensando que se había arrepentido.

    Se paró frente a mí, y muy lentamente se fue arrodillando, me abrió las piernas e introdujo su pequeña mano por el agujero de la pierna del pantaloncito, vulnero el calzoncillo y comenzó a jugar con mi pene, luego de un rato, intento sacarlo por donde había ingresado su hábil mano, no pudiendo hacerlo.

    -Por favor párate, quiero tener en mi boca tu sexo.

    -¿Segura?

    -Shhh por favor, deja de hablar y ponte de pie.

    Después de haberme retado, me pare y ella saco mi pantalón y el bóxer como si fuera uno solo, mi pene salió disparado hacia adelante como un ciclope deseoso de sangre.

    Lo tomo con ambas manos, no es que sea tan grande, sino que tiene manos pequeñas, comenzó a darle pequeños besos, intercalando con lamidas suaves, iba de la punta a los testículos hasta que llego lo que estaba esperando, lentamente lo rodeo con sus labios y se lo fue introduciendo de a poco en su boca con un lento mete y saca mientras sus manos lo llevaban de arriba hacia abajo, lo hacía con una delicadeza absoluta.

    La verdad no sé cuánto tiempo paso, fue un sexo oral magnifico, me hizo perder la noción del tiempo transcurrido, las sensaciones de eyaculación ya estaban viniendo, era inminente la expulsión de mi esperma, le aviso tanto con mis gemidos y movimientos como con palabras, diciendo.

    -Ya llego mi princesa.

    No me permitió sacarla agarrándome del culo y haciendo presión hacia su cara, eso hizo que explote en toda su magnitud y en toda su boca, el semen escapaba por la comisura de sus labios mientras tragaba todo mi líquido, la saco de boca para lamer lo que estaba en su rostro para volver a introducirlo en la cavidad y limpiarlo con su lengua.

    -Exquisito, manjar de dioses, nunca imagine que mi príncipe era tan rico, y como en la infancia, me estaba alimentando nuevamente.

    Ahora me tocaba a mí darle el placer que mi princesa está esperando.

    Creo haber sido un poco rudo cuando la levanté de la posición en que se encontraba y la empuje, suavemente, al sillón, le pedí disculpas a lo que me respondió solamente con un suspiro y cara de placer.

    Cayo de espaldas y me arrastro sobre ella con sus brazos pequeños pero fuertes, la comencé a besar en su rostro atrapando sus labios con los míos, recorrí cada centímetro de su piel suave con mis manos y labios, hasta llegar a ese lugar húmedo y cálido que tanto deseábamos ambos en este momento de éxtasis pleno al que nos estamos entregando.

    Con mi lengua comencé a vencer su tesoro, moviéndola a su alrededor e introduciendo la punta de ella, la movía dentro de su vagina, frotando por momentos el clítoris con movimientos circulares lo que hacía que se humedeciera más dejando salir esos jugos de sabor entre agrio y dulce que me encanto degustar, trate de no dejar pasar ni desperdiciar una sola gota de ese icor de dioses.

    Mientras, mis ojos se deleitaban con sus contorsiones de placer.

    Sin lugar a equivocarme, me parece haberle arrancado por lo menos tres orgasmos los que agradeció con gemidos y gritos que particularmente no había percibido nunca.

    Sin perder la continuidad, comencé a jugar en su vagina con mi mano y mis dedos, nuevas sensaciones le recorrieron el cuerpo cuando mis dedos, que se iban humedeciendo uno a uno, iban ingresando hasta llenarla de ellos.

    La habitación se inundó de suspiros y gemidos que escapaban de su boca los que me indicaban el ritmo a seguir.

    Ya me había recuperado del primer orgasmo y estaba preparado para el segundo round, me posicione sobre ella frotando la punta sobre su clítoris y labios vaginales, no hizo falta ejercer presión sobre su vagina, cuando paso por la entrada comenzó a deslizarse sola a su interior y al sentir esa calidez vaginal con un movimiento rápido y enérgico pero sin ser agresivo, todo el miembro se ocultó en su interior, ambos gemimos del placer.

    Con movimientos de cadera inicie el consabido mete y saca, por momentos lentos y suaves, por momentos rápidos y contundentes que ella los recibía gustosa, marcando el ritmo con su propia pelvis, elevándola o simplemente con unos desplazamientos laterales o circulares, digamos, manejo los tiempos a su ritmo.

    Nunca pensé que con mi princesa estaba teniendo el mejor sexo que nunca me habían dado.

    Ya estaba sintiendo ese cosquilleo que precede a la descarga, cuando escucho que me dice.

    -Mi príncipe, me voy, estoy por terminar para vos, me estas elevando y llevando al éxtasis total.

    Su grito y sus gemidos de placer hicieron que yo también llegue al orgasmo, expulsando todo mi semen tibio en el interior de esa vagina que deseaba ser llenada.

    Nos quedamos quietos, aun con mi pene dentro, sentía las contracciones que me indicaban su orgasmo casi interminable, cada contracción iba acompañada de un movimiento corporal y un suspiro o gemido, cuando finalizaron, se abrazó fuerte a mí.

    Luego de un rato de acariciarnos y besarnos mucho, fuimos hasta la ducha para bañarnos, nos enjabonamos mutuamente, cosa que nos gustó mucho, como pude por la limitación del tobillo lesionado, lo hicimos otra vez bajo la cálida caída de agua.

    A partir de ese día, sobro una habitación en el departamento, compramos una cama grande y comenzó una nueva vida para nosotros, ahora, éramos marido y mujer.

    Mi princesa, paso a ser mi Reina.

  • De nuevo el amor (Coque) (capítulo quince)

    De nuevo el amor (Coque) (capítulo quince)

    A Julio y a Paco los vi como a los dos días, hablamos, me invitaron de nuevo aunque me dejaron claro que sólo querían que fuera yo sin William.

    – ¡Mira, ven tú solito! – me dijo Paco, después agregó – es que a este no le va eso de que me lo singue.

    – ¡Oye, que ya te dije que no soy maricón! – protestó Julio.

    – ¡Sí, sí, ya lo vi! – dijo Paco con ironía viendo el malestar de Julio.

    Quedamos que después del noticiero iría, les pareció bien esa hora. Estaba claro que aquella trastada de William había puesto a aquellos dos en conflicto y más siendo gente tan cerrada que seguramente terminarían comprendiéndose y aceptándose mutuamente, cada cual en su rol, en el más cómodo pero era demasiado temprano para que llegaran a ese punto. Estaban en el verdadero huracán del conflicto, lo supe después, porque Paco quería singarse a Julio cada vez y éste, pues no se dejaba porque lo que había pasado con William no era nada y le echaba la culpa al alcohol. Daba risa las réplicas de los dos, porque entonces Paco le proponía que bebiera para que así se dejara penetrar, en fin, una comedia y de las peores.

    Paco me esperaba, me contó sobre todo aquella historia y me pidió que hablara con Julio para que lo convenciera. El plan era que singaríamos al principio y después él saldría a buscar a un amigo para que así nos quedáramos los dos y conversáramos.

    – … bueno, he invitado a un socio, un negrón que tiene buena morronga, yo le conté que te había singado y me pidió que quería probar porque una vez quiso cogerle el culo a uno, pero le partió el culo…

    Fue la explicación que me dio mientras íbamos por el camino hacia la casa. En la casa Julio nos esperaba sin camisa, estaba sensual y se le veía bien machote. Paco trajo de la cocina cervezas y mientras tomábamos en silencio, me percaté que a Paco se le estaba parando. Me le acerqué mientras le cogió el paquete por encima del pantalón.

    – ¡Coño, parece que algo quiere salirse! – le dije con malicia.

    – ¡Sí, salirse para que la meta en tu culo!

    – ¿Quieres singarme ya? – le respondí mientras me bajaba los pantalones y me daba la vuelta quedando frente a Julio, mientras que echaba saliva en mi mano para untarme en el culo.

    A Julio aquello le gustó, se le veía en la cara, en los ojos y en la pinga ya parada. Paco, se sacó la pinga, la escupió y quiso meterla de un golpe.

    – ¡Oye, no, así no, eres el primero y mejor, suave! – le reprimí.

    Me hizo caso muy a pesar de su alarde de macho, me fue metiendo su pinga poco a poco allí de pie frente a Julio.

    – ¿Cómo te sientes así clava´o? – me preguntó cuando la metió toda.

    – Ya sabes que bien…

    – ¿Te gusta, mami?

    – ¡Sí, papi, me gusta…!

    Singamos así, de pie frente al sofá donde estaba sentado Julio, yo de vez en cuando bebía tragos de la botella de cerveza, pero siempre mirando a Julio.

    – ¡Oye!, ¿no quieres que te la mame? – le pregunté a Julio.

    En nada estaba yo recibiendo pinga por la boca y por el ojete. Paco al rato dijo que se venía y así lo hizo, Julio se puso a jugar un rato con su pinga antes de metérmela, me daba golpecitos y me preguntaba:

    – ¿Qué…? ¿Quieres pinga?

    – ¡Sí, sabes que me vuelve loco!

    – Tienes ese culo lleno de leche de otro macho…

    – ¡Papo, falta la tuya… – le respondía yo para animarlo.

    – ¿Eres maricón?

    – ¡Sí, papo, maricón rente al culo…

    No me hizo esperar mucho, me singo con fuerza, como demostrando que era bien macho y más para que su amigo lo viera.

    – ¿Ya ves? Esto es lo que me gusta a mí…singar a un maricón.

    Paco sonrió, como diciendo que ya sabía él de aquel macho, porque al parecer hablaba con él y no conmigo. En fin, yo me desentendí de aquella comedia e intenté disfrutar del momento porque de verdad que los dos estaban buenos y singaban bien, aunque al parecer tenían tantos deseos que no pasó mucho tiempo para que se viniera Julio. Ambos había terminado en nada, pero eso no iba a ser problema para una segunda tanda al cabo del rato. Me puse el calzoncillo y me senté en el sofá.

    – ¡Coño te has quedado con la leche de los dos en el culo! – exclamó Paco con orgullo.

    Lo había hecho pensando en el resultado, William me lo había enseñado y hasta el momento había dado buen resultado. Paco se fue a buscar al otro, nos quedamos nosotros dos solos, Julio sentado en un extremo del sofá, también en calzoncillos como yo pero con la camiseta que no se había quitado.

    – ¡Oye! ¿Qué les pasa a ustedes dos? – decidí ir directo al grano.

    – Ja, hideputa, seguro que te contó ya…

    – Bueno, sí, algo me dijo.

    – ¡Mira, chico, yo no soy maricón! – me dijo poniéndose algo brusco. – y ese se cree que me puede manguear como le da la gana y no. Yo soy tan macho como él.

    – ¡Mira, no grites! Eso lo sabemos nosotros, pero si el asunto es de pasar un buen rato… ¿no me digas que no lo pasaron bien aquel día?

    Se levantó enfadado, bufaba como un toro. Se sentó en una butaca.

    – ¡A ti te gusta que te den por culo! ¡Coño, a mí no! – decía mientras manoteaba.

    – ¿Sabes una cosa? A mí me gusta, me vuelve loco pero me costó trabajo aceptarlo…, pensaba que era menos macho que el bujarrón que me singaba, pero no, me equivocaba… El asunto es de dos machos que gozan, claro uno da pinga y otro recibe.

    – ¡Qué no va conmigo más! Una vez probé y ya.

    – Bueno, pero vimos que Paco también te dio el culo ¿no?

    – ¡Sí, pero dice que yo soy más maricón! ¡Que lo tengo escondido!

    – Él lo tiene también escondido…

    – ¡Mira, yo hablo con él! Pero si quieren gozar pues tienen que querer los dos…porque yo no voy a estar aquí todas las veces para que me den pinga.

    Estaba claro que las posiciones estaban bien definidas y la fiesta no tenía salida. Ellos se habían metido en un callejón sin salida y lo mejor era que no sabían cómo salir. Al rato llegó Paco con el invitado que presentó como El Coque, un negro fuerte que no había visto antes, bastante joven, con un bigote de camionero que volvía loco.

    – ¡Mira, Coque, este es el brother que te dije! – nos presentó Paco.

    – Pue, vamo a ver… – me dijo dándome la mano.

    Julio fue a la cocina a traer cervezas.

    – ¡Nos lo acabamos de singar hace un rato! – explicó Paco con orgullo. – Tiene tremendo culo y aguante.

    – Yo una vez quise singarme a uno y de la primera clavá, lo raje…- contó Coque y todos rieron.

    – ¡Pues hoy vas a coger un culo! ¡El mío, macho! – le dije provocativo.

    – ¡Huy, pero valiente el chico! – replicó Coque.

    – Es muy atrevido, no veas como traga pinga…, la semana pasada tres nos lo singamos por turno y él contento. – agregó Julio.

    – ¡A ver! ¿Deja ver ese culazo? – pidió Coque.

    Yo me quité los calzoncillos y abrí las piernas. Coque las sostuvo y miró mi ojete que por la posición dejaba escapar el semen de los otros dos. Era maña, sabía que eso le iba a gustar.

    – ¡Cojones pero si lo tiene chorreando leche! ¡Aguánteme aquí las piernas que se la voy a meter ahora mismo.

    Así fue, Julio y Paco sostuvieron mis piernas mientras Coque se sacaba la morronga ya parada y recogía el semen para untarse en la punta. Metió la mitad de un golpe, yo me doble sobre mi espalda porque lo sentí.

    – ¡Oye, si te duele, dime y paro! – dijo Coque.

    Yo le dije que siguiera, que metiera su pinga hasta los huevos cosa que aplaudieron los otros dos. Cuando Coque sintió y vio que la había metido toda empezó a resoplar y a moverse.

    – ¡Ah, ah…cojones, es la primera vez, es mi primer culo…, esto es mejor que un chocho!

    Me singaba a lo bestia, gozando de mi culo. Al rato le dije que quería cambiar de posición, que la sacara. Así lo hizo y me puse de rodillas sobre el sofá empinando el culo para que me lo singara de nuevo. Coque empezó a meter y a sacar la pinga de golpe diciendo que así se iba a venir.

    – ¡Te voy a llenar de leche, maricón! ¡Te voy a preñar ahora mismo!

    – No, papo, no, sigue, sigue dándome pinga… quiero que me goces el culo.

    Julio y Paco estaban sorprendidos de aquella escena. Nos miraban sin dar crédito a lo que veían. Coque se vino al rato pero no sacó la pinga, siguió singando para lograr un segundo orgasmo. Al rato le dije que prefería acostarme y que me singara acostado. Coque era un animal, singaba con gusto y daba placer, y lo mejor era que besaba, me besaba la nuca, las orejas, la boca. Esta vez fue muy pasional. Cuando se vino y sacó la pinga, pude ver lo grande que la tenía.

    – ¿Te gusta este pingón, nene? – me preguntó con cariño.

    Yo en respuesta me agaché y empecé a mamarle la pinga medio erecta y goteando las últimas gotas de semen. Eso le gustó mucho, después cuando me levanté, me abrazó.

    – ¡Oye, nene! ¿Quieres que sea tu marido? ¡Mira, que tú eres el primero que se singa esta pinga!

    Paco y Julio estaban sentados en unas butacas viendo aquello, habían quedado como apartados de aquella escena. Yo contento con aquel tipo que no paraba de besarme y acariciarme mientras me proponía que fuera su gente. No pasó mucho rato mientras conversábamos cuando se le volvió a parar la pinga. Yo lo miré y mientras le sonreía, me senté sobre la pinga metiéndome de nuevo aquella morronga.

    – ¡Cojones, este sí que es un maricón de verdad! – exclamó Paco.

    – ¡No, no…a partir de hoy este culo es mío! Este es mi jeva pa´que lo sepan. – dejó claro Coque.

    – ¡Contra que te invitamos para darle pinga los tres! – terció Julio.

    – ¡Mira, pregúntale qué pinga le gusta más!

    – ¡La tuya, la tuya, papi! – agregué con zalamería.

    – ¡Así me gusta, mami, aquí tienes tu pinga pa´rato! – me confirmó orgulloso Coque.

    Por mucho que insistieron Paco y Julio tuvieron que conformarse con ver cómo el conocido o amigo me acaparaba para sí y sin dejarles nada. Cuando se vino nos vestimos para irnos a pesar de las protestas de aquellos dos. Salimos a la calle, Coque iba contento.

    – ¡No sabes, macho lo que me gustas! Mira, si te digo que eres al primero que singo de verdad, te puede parecer raro… pero eres el primero.

    – Singas muy bien para ser primerizo.

    – Je, je, je…, mira, no es que sea primerizo, eres el primero que singo sin esos problemas de que “me duele”, de que “es muy grande y solo la mitad”… y con las jevas no me gusta na. -concluyó. – Me gusta sentir un culito que apriete mi morronga y el tuyo hoy lo ha hecho genial. ¿Sabes una cosa?

    – ¿Qué?

    – Se me está parando de nuevo…

    En efectivo, la erección era visible por encima del pantalón. Me gustaba el muy cabrón, era un tipo muy fogoso, aunque eso podía ser el principio.

    – Si quieres nos metemos en ese matorral y te la mamo…

    – No, mami, no quiero que me la mames… yo quiero darte pinga de nuevo por culo.

    Sí, me gustaba, el muy hijo de puta sabía lo que quería y cómo pedir lo que quería. Aprovechando esa oscuridad que siempre había, nos metimos detrás de unos matorrales. Me bajé los pantalones y abrí mis nalgas. Coque se arrodillo y empezó a mamar mi culo.

    – ¡Cojones, lo tienes lleno de mi leche! Espera que ahora te voy a dar más…

    Fue lo que dijo antes de hacerme sentir aquella pinga gorda y grande que entró bien, sin trabajo alguno. Nos demoramos bastante pero gozando a tope por lo que no nos pareció mucho tiempo, se vino y se preocupó porque me viniera yo. No dejó de bombear mi ojete hasta que no me vine. Nos besamos largamente, miré su pinga que por la poca luz que había, tenía un aspecto de ensueño. Me agaché y besé su miembro, lo olí, lo lamí y terminé chupando su pinga.

    – ¡Coño que se me va a parar de nuevo! – me dijo.

    – ¡Papo, sólo estaba limpiándola para que no le quede ni una gota de leche!- en respuesta me besó.

    – Eso es lo que me gusta de ti…, te gusta la pinga y que te den leche y pinga.

    – Sí, me gustas mucho…

    – Puedo no gustarte, me basta con que te guste la pinga que te voy a dar.

    Desde ese momento me convertí en la pareja de Coque y aunque delante de algunos amigos o de los pocos familiares que sabían de mí, me sentía algo raro, me daba lo mismo. Coque era negro, macho y tenía un buen machete, y lo principal, nos gustábamos mutuamente. Aquella noche me fui a dormir a su casa, vivía en una casa pequeña, bueno, un cuarto que había construido detrás de la casa de los padres y que se entraba por un pasillo lateral directo al patio. Aquella noche la pasamos abrazados y acariciándonos, dándonos placer el uno al otro. Supe que era enfermero en el hospital y que por suerte no trabajaba al día siguiente, me contó que desde hacía tiempo se había hecho aquel cuarto porque aparte de querer independizarse algo, por su trabajo le era mejor porque a veces tenía que dormir de día cuando tenía guardias nocturnas. Su familia sabía lo de él y lo aceptaba sin problemas, aunque algunos de los hermanos eran demasiado cheo para compartir todo.

    Yo le conté de mí algo, él me dijo que me había visto alguna que otra vez con William pero que no se había atrevido a invitarme porque yo ni lo había mirado. Yo ni me acordaba el haberlo visto con anterioridad. Al día siguiente nos levantamos tarde, casi al mediodía después de una noche tan ajetreada, la hermana entró y Coque nos presentó. La mujer muy simpática, me dijo:

    – ¡Coño, a ver si nos sale bueno y me cuidas a mi herma!

    – ¡No te imaginas lo bien que nos llevamos en la cama! – agregó él.

    – Pues mejor, niño… mejor que todo comienza por una buena cama.

    Era simpática la hermana, no conocía a nadie más porque todos se habían ido al trabajo pero me prometió presentarme a los demás. Abrió las persianas para que entrara un poco el sol, se le veía bello como un adonis de ébano, no era de esos cachas musculosos, pero tenía buen cuerpo y aquel calzoncillo blanco le resaltaba mucho con su piel negra. Vino hacia mí y me abrazó.

    – Me gusta ver cómo me miras…

    – Es que me gustas un montón…

    – Y tú a mí blanquito… ¿entonces te van los negros?

    – No, papo, me gustas tú qué sabes dar lo que me gusta…

    – ¡Mi pinga y mi leche son tuyas!

    Yo lo besé, me acosté a su lado desnudo abrazando la almohada.

    – ¿Sabes lo que quisiera?

    – No me cuesta adivinarlo… – respondió acariciando mis nalgas.

    Yo suspiré al sentir como me acariciaba y saber que me miraba. El sol nos daba en la cama y yo quería ser de él. Se levantó a buscar vaselina, pero lo detuve.

    – No, papo, no…  que me singues con saliva…

    – Pero…

    – ¡Papo, si voy a ser tu gente, mi culo tiene que abrirse solo cada vez que tu pinga lo roce! – le dije escupiendo en mi mano y untando la saliva en mi ojete.

    – Si te duele me lo dices… – me dijo mientras ponía su pinga en mi culo.

    Costó trabajo que entrara así, pero entró al final.

    – ¡Ya la tienes clavá!

    – Entonces escucha…, quiero que seas mi marido. – le dije con zalamería.- ¿serás mi marido? Mi macho.

    Como respuesta sentí como empujó bien adentro su sexo haciéndome sentirlo.

    – Ya lo soy…, soy tu macho, tu marido y tú mi jeva, mi maricón gozador…

    Volví a tener por compromiso a un negro, de nuevo en el pueblo los rumores se levantaron que yo estaba con aquel negro y todo lo que se les ocurrió. Pero a mí me importaba poco lo que dijeran de mí, estaba feliz con él y él conmigo. Como a la semana fuimos al cumpleaños de un amigo, yo en calidad de pareja aunque no sabía que allí estaría la antigua pareja de Coque. No me gustó mucho aquello porque en resumida, él me había dicho otra cosa.

    – Mira, papo, a ver, no te mentí ni nada de eso…, te dije la verdad. Tú has sido el primero que me singo así metiendo hasta el tronco y sin chistar. Claro que antes tuve mis cosas, como tú las tuyas. – me besó con pasión. – ¡Sí, ese fue mi gente! Pero eso pasó hace tiempo porque de verdad que él no podía con mi pinga y yo no estaba para esas cosas, lo dejé porque me enrolé con una jeva, con una mujer y bueno cuando te conocí a ti, yo estaba solo.

    – Ya me imaginaba que eso de primerizo era un cuento…

    – ¡No, mi vida! ¡Verdad, pura verdad! – me juró – Tú has sido el mejor y el único que he singado así, nadie, escucha, nadie se ha querido meter mi tranca completa y a mí me gusta singar.

    – ¡Bueno, no pasa nada! Pero no creo que a tu ex le guste mucho que estemos aquí juntos.

    – ¡Bah, me tiene sin cuidado! Ya hemos terminado hace tiempo.

    Nosotros acaramelados allí muy a pesar de las miradas furiosas del ex, que por casualidad estaba solo y eso lo hacía rabiar más. Eso lo supe por el amigo que cumplía años que se sentó a mi lado.

    – ¡Oye, cuida a Coque, no lo había visto tan feliz con nadie!

    – Bueno, recién empezamos…

    – ¡Mira, es muy buena gente, es un pan!

    – Lo sé…, y me gusta mucho – dije mientras lo besaba.

    – ¡Tú eres su segunda gente, así que lo estrenas! – me confesó sin preguntarle nada – ¡Oye y que lo que tiene es mucho! ¡Le decían El Bate…, ya sabes por qué!

    Reímos, seguimos charlando de otras cosas hasta que Coque me dijo que era mejor irse y aunque el amigo propuso que nos quedáramos más tiempo, nos fuimos. Mientras caminábamos rumbo a la casa me dijo como si se franqueara.

    – ¡Mira, mami, de verdad que me llenas! Me gustas un puñao…, no he encontrado gente así… y mira, con un blanquito me ha tocado enamorarme.

    – Sí, papo, así es…, a mí me pasa lo mismo… ¿pero qué coño le importa a la gente lo que hagamos? Tú y yo estamos bien, nos gustamos y en la cama mejor…

    – Eso es lo que vale…, mi vida. – me susurró al oído – ¿sabes lo que quiero?

    – ¿Qué? – como respuesta me plantó un beso en la boca. – ¡Oye que nos llevan presos por esto!

    – ¡Ven, vamos a sentarnos en el parque un rato! Allí, en la oscuridad…

    Allí nos fuimos y nos sentamos en un banco al amparo de la oscuridad que imperaba en el parque y de los árboles. Él se sentó apoyando su espalda a la pared y yo entre sus piernas abiertas, él me abrazó con cariño mientras besaba mi nuca.

    – Me estoy enamorando de verdad, mami…

    – Y yo ya lo estoy…, me gustas….

    Sus caricias me excitaban, él se excitaba más aún. Sentía su pinga ponerse dura. Estuvimos un rato sin decirnos nada porque nada nos hacía falta decir. Yo me volví, lo miré, me gustaba ver sus ojos bajo aquellas pestañas tan largas y su boca bajo el bigotico sensual que tenía.

    – ¡Papi!, ¿me dejas que te mamé la pinga?

    – Ya sabes que es tuya, toda tuya… todita para ti…

    Me lo dijo con cariño, agarrando mi cara y besándome. Yo abrí la portañuela y saqué aquel pingón que tanto me gustaba. La besé, la roce con mis labios y mi bigote, empecé a chupar la cabeza de su pinga, él me miraba y yo lo miraba.

    – ¡Si… si quieres vamos y singamos en la casa! – me dijo jadeando.

    – No, papo, no…quiero mamarte la pinga aquí en el parque, en medio del pueblo…

    – Eso me gusta de ti…, eres un loco a pinga…, es tuya… sácame la leche, mami… sácamela.

    Seguí yo mamando su pinga, haciéndole sentir todo el goce del mundo, a veces se le escapaba algún gemido, me acariciaba la cabeza diciendo “así, mami, así”, “qué rico mamas”. Así estuvimos hasta que se vino en mi boca, yo aproveché para tragarme todo el semen y dejarle limpia, bien limpia la pinga. Sentí que eso le gustaba, que le llenaba de orgullo.

    – Eres el mejor mamando…, uf, ¡qué mamada! Y te has tragado toda la leche sin decir nada…, glotón. – me besó – Me gusta ese olor a leche mía que tienes, me vas a volver loco, me has embrujado…

    – Papo, tu leche no se debe desperdiciar más… ya sabes, o en mi culo o en mi boca.- sabía el efecto de mis palabras. Me besó con arrebato.

    – ¡Es tuya, mami, es tuya toda!- y agregó después del beso- no sabes lo que me gusta que mi gente sea así, un poseso a mi pinga, a mi leche… ¿sabes? Me han dicho que tú has cogido mucha pinga y que tenías el culo descocido, pero son chismes, yo mismo te he singado y me encanta tu culito, pero conmigo vas a tener la pinga que te gusta.

    Yo volví a lamer la cabeza de la pinga que había dejado asomar unas gotas de semen. Coque se sentía orgulloso, más macho que nadie.

    – ¡Mami, vamos pa´la casa que quiero singarte ahora! – nos levantamos y me agarró las nalgas- ahora le toca a ese culito tener su lechita.

    Llegamos a la casa, cuando caímos en la cama desnudos y abrazados éramos muy felices. Yo me puse boca abajo mientras él ponía un cojín debajo de mí para que mi culo quedara alto. Empezó a untar crema en mi culo, sentí el frío y el olor de una crema conocida.

    – ¿Eso es lidocaína? – le pregunté con rareza.

    – ¡Sí, mami… hoy quiero darte pinga bastante tiempo, primero que ya me vine y segundo que quiero gozar bien.

    Sabía lo que aquello significaba porque lo había hecho con ese analgésico, no se sentía nada y se podía singar mucho.

    – ¿La has usado antes?- me preguntó mientras ponía su pinga en mi culo.

    – ¡Sí!

    – ¡Ah, me han dicho que la gente la usa en los bailes de perchero para que al pasivo no le partan el culo!

    – Papo, a mí me gusta sentir…

    – Ya vas a sentir mañana cuando se te pase la crema… – metió la pinga despacio hasta atrás. La sentí a pesar de la crema y sus efectos, sentí que me metía algo duro y grande: la pinga de mi negro. Rápido empezó a moverse, a singarme, a embestir a lo macho. – ¿Mami rica, te gusta lo que te estoy haciendo?

    – ¡Sí, macho, me gusta que me des pinga!

    – ¿Mami, te gusta mi pinga?

    – ¡Sí, sí!

    – ¡Pues la tienes bien clavá la tienes en tu culo! ¡Goza, maricón!

    – ¡Dame pinga, dame!

    – ¿Tú eres maricón?

    – ¡Soy tu maricón! Papi.

    – ¡Te gusta la pinga! ¿Eh?

    – ¿Y a ti mi culo?

    – ¡Sí, mami, sí…, me vuelve loco ese culito rico y estrecho que tienes! Lo sabes bien, me estás volviendo loco…ya sólo pienso en singarte, maricón.

    – ¡Vamos, vamos, dame pinga… dame, coño, dame…

    Yo le animaba, él seguía dando pinga y ambos recibíamos placer, un placer mutuo, de dos. Estuvimos mucho rato y lo más interesante que sin cambiar de posición, creo que al cabo de una hora se vino dando mugidos. Se quedó dentro, me besó, me prometió el cielo y la tierra.

    – ¡Ahora quiero sacarte la leche a ti! Ve y lávate el culo.

    Lo obedecí, regresé y me puso con las piernas para arriba y empezó a mamarme el culo recién singado.

    – ¡No te toques la pinga! Quiero sacarte la leche mamándote el culo…

    Comprendí que quería hacerme algo que poca gente lograba, pero con lo caliente que estábamos pues quizá podría ser. Empezó a lamer mi culo, a decir que se salía su leche, a meter su lengua.

    – ¡Papi, méteme le dedo aunque sea!

    – ¡No, yo tengo que hacer venirse a mi jeva con la lengua!

    Estaba convencido de que lo lograría y finalmente lo logró, me vine casi gritando de tanto placer que me provocó. Aquella noche dormimos abrazados, muy juntos y satisfechos de tenernos el uno al otro.

    Efectivamente al día siguiente me sentía adolorido, además de molido por el no dormir. No era mucho pero me sentía incómodo, sobre todo cuando fui al baño. Coque se levantó como si nada, claro no iba a dolerle el rabo.

    – ¡Mami, ven pa´cá que tu negro te tiene algo! – lo escuché decirme desde la cama, me imaginaba qué era. Cuando entré en el cuarto allí lo vi acostado blandiendo su pinga al aire. – ¡Ven, ven…que ya te toca tu lechita!

    – No sé… – dudé yo – Me has dejado adolorido…

    Me acerqué acostándome a su lado, nos abrazamos besándonos y acariciándonos. Me hizo volverme y abrió mis nalgas.

    – ¡Se ve bien, todo rico como siempre! – Me besó el culo, las nalgas- Ese culito quiere su leche…

    – No, me duele, de verdad…

    – ¿Qué es lo que te duele si no te he metido nada? – dijo propinándome una nalgada sonora.

    – Papo, me vas a joder si me singas ahora…

    Se acostó sobre mi espalda haciéndome sentir su pinga entre mis piernas.

    – ¿No la sientes?

    – ¡Sí, papo, sí, la siento y me gusta! Lo sabes bien.

    – Pues esto es carne para ese hueco…

    No iba a detenerse en sus intenciones, iba a singarme porque lo deseaba. Me acordé de William cuando me decía que yo era maricón para complacer a los machos, me dejé llevar.

    – ¡Mira, mi vida, quédate quieto y verás cómo gozas!

    Me puso algo frío, pero no era la crema analgésica sino un lubricante, me puso la pinga en el ojete y empezó a penetrarme. Me dijo que si me dolía que le dijera, que pararíamos entonces. Cuando se dejó caer sobre mi espalda y habiendo metido toda su pinga en mi maltratado culo, me dijo.

    – Mami, ¿ya sientes mi pingón dentro?

    – Sí…, sí…

    – ¿Tú eres mi jeva?

    – ¡Sí, papi, sí lo soy!

    – Ya ves, si eres mi jeva pues te voy a singar, las jebas complaces a sus maridos…

    – Y lo hago…, pero ayer me singaste duro…, me siento algo raro…

    – ¿Pero ahora cómo sientes el culito?

    – Rico, papi, rico… pero síngame con cuidado…

    – A ver, mami, a ver… mira nos ponemos de lado y tú mismo serás quien se mueva y así controlas todo.

    Eso hicimos, de costado yo empecé a moverme, a mover mi cintura para sentir como me singaba mi negro que no paraba de besarme y acariciarme.

    – ¿Sabes una cosa? Cuando nos empezaron a ver juntos, mucho vinieron con chismes diciéndome que eras un enfermo a la pinga y que habías cogido más pinga que nadie. – me besó – que hasta puta fuiste pero me gustaste desde el primer momento y si te quiero hacer mi jeva, es para que estés contenta siempre, bien servida y singada.

    Ni protesté porque no tenía sentido.

    – Mami… ahora eres mi jeva, mi gente y sabes complacer a tu macho. Ya ves cómo te estoy dando pinga, despacio, suave porque me lo has pedido. Yo sé que tengo un buen tronco pero eso es lo que te gusta a ti…

    Al rato le que no podía más, que mejor se lavaba la pinga y yo se la mamaba. Le entusiasmó la idea, regresó para que yo me ocupara de chupar hasta que se viniera en mi boca. Yo mamaba y lo miraba.

    – ¿Sabes? Alguien me dijo que tú eras el “Tragaleche”…

    – ¿Qué hijdeputa te dijo eso? – protesté yo.

    – Sigue, sigue, mami… mira, no te pongas bravo, fue un chisme, ya sabes que el mundo es pequeño…, yo conozco a ese tipo, es un mierda.

    Seguía hablando mientras en mí hervía la sangre de esos chismosos, al parecer no tenía ni que contarle mi pasado porque ya se lo habían contado con lujos de detalles.

    – ¡Cuándo me venga, no te tragues la leche, quiero que me la des en la boca!

    Me pidió, al rato se vino llenando mi boca de leche. Después nos besamos y le di toda su leche en un beso. No me sorprendió lo que hizo pero me gustó, me hizo acostarme y abriendo mis nalgas con un beso en mi culo echó su leche. Después se acostó abrazado a mí.

    – ¡Te quiero, papi, me has hecho algo lindo!

    – Ya te dije que eras mi gente, ese culito estará bien alimentado siempre…

    Claro que lo iba a estar con lo que después empezó para volverse un huracán. Empezó cuando fuimos a casa de un hermano de Coque que vivía en Marianao, un tipo gracioso y bien plantado como diría mucha gente. Fuimos a llevarle unos tenis que no sé quién había vendido y él los quería.

    – ¿Esta es tu jeva, mi herma? – fue el saludo mientras abrazaba a Coque mirándome.

    – No empieces a joder. – fue la réplica de Coque.

    – Me imagino que tendrá buen culazo para estar contigo. – bromeó mientras me daba la mano, me atraía hacia él para abrazarme. – Yo soy el hermano mayor y lo sé todo, Lucas.

    – ¡Ya, lo sabes todo y lo has visto todo!, así que no nos jodas con tus cosas. -protestó Coque.

    – Oye, si te hubiera visto por la calle no habría pensado que fueras maricón! – se confesó conmigo.

    – Bueno, no voy gritando por la calle… – le dije.

    Cuando el hermano salió a no sé qué, Coque me contó que Lucas vivía solo, que había estado casado. Me contó que el hermano era un loco pero muy buena gente. Aprovechando que estábamos en la casa solos, yo me senté sobre mi macho, abrazándolo y besándolo. Me gustaba, nos gustábamos mutuamente. Así nos vio Lucas cuando entró.

    – ¡Ya empezaron con la mariconería! ¿Eh? – dijo riéndose.

    Yo quise levantarme pero Coque me abrazó y no me dejó.

    – ¡No le hagas caso que él sabe lo que hay! – me calmó Coque.

    Lucas había ido por una botella de ron y unos refrescos tropicolas, trajo vasos y se sentó frente a nosotros en otro sofá. Empezamos a beber tragos, a charlar de cosas diferentes. Cuando Lucas le soltó a su hermano.

    – ¡Mi herma, te veo feliz con este blanquito!

    – Pues sí, es lo mejor que me ha pasado. – dijo mientras me daba un beso en la boca. – me he enchochado con él…

    – ¡Querrás decir enculado! – bromeó Lucas con malicia, después me dijo.- no te pongas bravo, no lo hago para ofenderte, es que se ve que mi hermano está feliz contigo. Ya me lo había dicho Merche, pero ahora lo compruebo.

    – Pues sí, brother… como lo ves, estoy bien, feliz porque hasta que no nos conocimos, yo no había singado de verdad…

    – Entonces, es lo que se dice un buen culazo… – después a mí me dijo – ¿darás buena cintura?

    – Bueno, cuando tu hermano me deja, doy cintura pero él es una máquina dando… – besé a Coque sin terminar la frase.

    – ¡Ya dando pinga! – agregó Lucas – ¡Oye, que sé que mi herma tiene buen morrongón! ¡Qué yo lo he visto en acción!

    – ¡Oye, oye… para! – le recriminó Coque.

    – ¡Bah, no te hagas el santo que tú y yo hemos estado dando pinga en el mismo cuarto! – me aclaró – yo con una jeva y él tratando de singarse a un maricón que gritaba más que mi jeva… je, je, je.

    – ¿Y eso, no me habías contado? – le pregunté a Coque.

    – ¡Na del otro mundo!- se excusó Coque. – estábamos aquí, y na´empezamos a singar. – Lucas con una putica del barrio y yo con un amiguito de la putica…

    – Ja, ja, ja, me acuerdo… me parto de risa de recordarlo… – grito Lucas – ese pajarito chillaba por cualquier cosa y lo más cómico, no podía meterse la morronga de mi herma porque no le cabía, no podía mamársela porque era muy grande… je, je, je.

    – ¿Y cómo terminó la singueta? – le pregunté yo.

    – Ja, ja, ja…, mira mi herma ya cabrón de tanta mariconería, fue a la cocina y trajo una lata de leche condensada y puso al pajarito a lamer la pinga como si fuera un helado… uf… estuvo dando lengua…, qué te digo, la putica y yo nos vinimos y estos dos seguían…

    – No se dejó singar… – dijo riéndose Coque.

    – ¡Bah, comemierda, no sabe lo que se perdió! – agregué yo.

    – ¡Mami, tú eres la mejor jeva! Yo contigo lo que sea…, mira cómo me tienes de caliente.

    Efectivamente, la pinga estaba dura y se le marcaba por encima del pantalón. Al frente estaba Lucas mirando sin perderse nada.

    – Si quieres vamos pa´l cuarto y te bajo eso. – le dije yo bajito.

    – ¡Mami, no, mejor aquí! – me susurró al oído. – yo me volví como indicando que allí estaba el hermano. – ¡Mami, no te preocupes, a él le gusta mirar!

    Había dado luz verde con aquella frase. Estaba claro que el hermano pues le interesaba bastante el asunto. Nosotros empezamos a lo nuestro como de costumbre y pronto la sensación de que alguien nos miraba despareció. Al rato de haber estado mamando la pinga de mi negro, éste me puso de pie y abriendo mis nalgas empezó a lamer mi culo. Yo gozando, mirando al hermano que parecía excitarse a mil con el espectáculo.

    – ¡Ven pa´cá, mi herma, pa´que veas cómo le entra solita!

    El otro se acercó, me agarró por los hombros como queriendo decirme que aguantara pero terminó sorprendido cuando vio como Coque ponía su morronga en mi culo y la metía sin detenerse, arrancando de mí solo suspiros de placer.

    – ¡Cojones, brother! ¡Eso sí que es un maricón de ley! – dejó escapar Lucas.

    – ¡Ya ves…, es mejor que una jeva! ¡Mira, mira cómo traga pinga y sin chistar, solo goza! – le corrigió mi negro.

    – ¡Oye y con lo machito que se ve, se abre to! – comentó mientras pasaba su mano por mis nalgas hasta llegar al culo lleno por la pinga de Coque, su hermano. – ¡Qué no me creo que se la hayas metido toda así de golpe y con saliva na´má!

    – ¡Mi herma, tuve que darle mucha pinga para llegar a esto! Pero ya ves, ahora ese culo se abre solito… – dijo con orgullo de macho Coque.

    – ¡Oye, Lucas, es que a mí me gusta la pinga y que me den pinga! – le dije yo a modo de calentarlo más, después le dije a mi negro. – dame pinga, macho, dame para que este vea lo que es singar rico…

    Coque me singaba duro, provocando chasquidos al golpear sus huevos con mis nalgas. Yo de pie gozando y más porque Lucas me había pegado su pinga en el brazo. La tenía dura. Al rato le escuché murmurar algo al hermano, y aunque no alcancé a escuchar todo claro, supe de qué se trataba.

    – ¡Mi herma, esta es mi jeva y hace lo que quiera su macho que soy yo! – a mí me dijo dándome una nalgada. – ¡Mami, saca la pinga de mi herma y ya sabes, trátalo como se merece!

    Lucas se puso delante de mí, yo desabroché el pantalón y saque su pinga gorda, pero no tan grande como la de Coque. Comenzó a singarme la boca agarrando mi cabeza.

    – ¡Mi herma!, ¿quieres darle pinga tú ahora por culo? – le propuso Coque, yo propuse irnos a la cama porque ya de pie, estaba algo cansado pero mi marido se impuso. – ¡No, mejor mami te sientas en su pinga y le das cintura un rato!

    Lucas se sentó en el sofá con la piernas bien abiertas y la pinga parada, yo fui a sentarme sobre él pero Coque me atajó.

    – ¡No, mami, de frente a mí, quiero que mires a tu macho mientras te singan!

    Así empecé yo a moverme mirando a mi negro, a mi macho, a mi marido que desnudo me miraba mientras se manoseaba la pinga, la pinga que tanto me gustaba. Lucas no resistió mucho tiempo mis movimientos y se vino casi aullando.

    – ¡Maricón, coge leche! – gritó.

    Cuando me la sacó sentí un gran alivio, me arrastré de rodillas hasta mi negro para mamarle la pinga y sacarle la leche.

    – ¡Mi herma, mira, mira y aprende!

    Yo le mamé la pinga hasta que se vino llenando mi garganta de semen caliente. Me la tomé toda, dejándole la pinga limpia y reluciente.

    – ¿Se la ha tragado toda? – preguntó con asombro Lucas.

    – Je, je, je, pues mira, este tiene dos huecos pa´recibir leche: la boca y el culo, así que ya desde que estamos juntos, no he desperdiciado ni una gota. – agregó Coque con jocosidad.

    – ¡Quédate así! ¡Uf…, cómo me pone ver ese culo chorreando mi leche!

    Me pidió Lucas y me quedé allí de rodillas frente a Coque, mejor dicho en cuatro y empinando mis nalgas hacia arriba para que Lucas viera, de vez en cuando dejaba escapar el semen para arrancarle alguna que otra exclamación.

    – ¡Oye, mi brother, tremendo maricón que te has echado! ¡Cómo hace pucheros con el culo recién singado!

    – ¡Pues, lo soy, soy maricón y me gusta que me den pinga! – le dije yo volviendo la cabeza.

    – ¡Mi herma, si quieres, métesela de nuevo, no ves que te la está pidiendo! – le dijo Coque.

    – ¡Oye!, ¿no le partiré el culo de tanto singar?

    – ¡Dale que a él le gusta! ¿Verdad, mami?

    – ¡Sí, papo, sí!- me levanté y fui hasta Lucas. – ¡Dame pinga, macho! ¡Dame que eso es lo que me gusta! – le dije con vicio.

    – ¡Ya ves, mi herma, ya ves! ¡Dale tú primero que después le doy yo! -concluyó mi negro.

    Me singaron los dos por turnos, la sala se llenó de olor a leche. Yo estaba bien, a pesar de la singada que me había propinado y que ambos tenían buenos pingones. Terminamos acostándonos a dormir los tres en la cama bajo el ventilador de techo. Dormimos algo, bueno, al menos Lucas y yo, Coque desconectó rápido y yo me hubiera dormido si no fuera porque al rato o no sé a qué tiempo sentí la pinga de Lucas en mi culo de nuevo.

    – Psh, estate quietecito que mi brother duerme. – me susurró al oído.

    – ¡No! – le dije en voz baja.

    – Déjame, no seas mala, anda mami…mira, te la meto y ya…

    Mientras me decía aquello, trataba de meter su pinga en mi ojete, que ya dilatado, ofrecía poca resistencia.

    – Mami, ábrete un poco…, así, así… deja que te entre solita…, ya, coge pinga, maricón.

    Cuando me la metió se quedó quieto, abrazado a mí.

    – Era esto lo que yo quería…, tenerte así clavá.

    Coque se movió algo y nos dijo con molestia.

    – ¡Coño, dejen dormir y váyanse a singar a otro lado!

    Nos levantamos y nos fuimos a la cocina. Allí Lucas empezó a singarme de pie, era una máquina moviéndose, dando pinga. Al rato sentí como que algo caliente me llenaba y a medias se me salía. El muy cabrón se estaba meando en mi culo. Vencido la sorpresa inicial, me entregué a gozar lo que me propinaba Lucas.

    – ¿Te gustó, mami?

    – Mmmm.

    – ¿Pero te gustó o no? – volvió a insistir.

    – ¡Claro que le gustó! No ves que es maricón del culo. – dijo Coque desde la puerta del dormitorio.

    Me fui al baño a expulsar el meado y lavarme, cuando regresé escuché como discutían. Coque le echaba en cara que yo era su gente y que me respetara.

    – ¡Oye, esa es mi jeva, mi mujer! Así que punto final a esas singuetas…

    – Mi brother, pero no te das cuenta que es tremenda puta…, le gusta la pinga, la leche…

    – Yo le doy caña a tope…

    – … y ya ves…, se vino conmigo a singar dejándote en la cama…, abre los ojos.

    Salí del baño, me vestí y le dije a Lucas.

    – Mira, negro, soy maricón y me gusta la pinga y que me den pinga y leche, no lo voy a negar, tampoco voy a negar que me gusten los negros y por eso me pudiste singar, pero hay una cosa, aquí estoy en tu casa, en tu cama y con mi gente al lado que quiso que singáramos. Por lo demás, me voy, arréglense los dos como les dé la gana.

    – ¡Oye, mami, espera, no te pongas así! – fue lo que se le ocurrió a Coque decirme.

    – ¡Mira, ese es tu hermano!

    – Pero si tú me gustas así, bien puta… ¡ven acá!

    – ¡Bah, deja a esa putica blanca que seguro en la parada liga a algún bugarrón! – gritó Lucas con desprecio.

    Salí como una bala para tratar de que Coque ni me siguiera.