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  • Melissa (4)

    Melissa (4)

    Cuando volvió mi hermana y los niños, nos contó que ya que Arturo estaba incapacitado, ella pidió permiso en el trabajo y la escuela de los niños para ir a una finca que teníamos en las afueras de la ciudad, obvio que ella quería ir con el esposo y los hijos solamente.

    H: Meli, te molestas si te dejamos solita en la casa?

    Y: No hay problema, el cumple de mi sobrinita es el otro finde, cierto?

    H: Si, por eso quiero que te quedes, pero voy a aprovechar este tiempo para disfrutar con mi esposo y mis bebes

    Y: Claro hermanita, no te preocupes, me quedaría sola hasta el sábado que llega Mateo, cierto?

    H: Se me olvidaba decirte, la salida de la U se le alargo, creo que van hasta el próximo jueves, así que tienes la casa el fin de semana para ti sola jajaja

    Y: OH: Que bien?

    Me entró el pánico, solo quería devorarme las 3 enormes vergas que ya consideraba mías y ahora se me habían ido, me iba a quedar sola en la casa de mi hermana, Mateo no vendría en todo el fin de semana, Julian estaba trabajando y tuvo otro viaje de negocios, y ahora a Arturo, el esposo de mi hermana, ella se lo llevaba a disfrutar de su enorme verga a las afueras de la ciudad, me sentía super caliente pero frustrada por no poder disfrutar de ellas y ya me iba a ir a mi casa nuevamente.

    Al día siguiente, al despertar estaba completamente sola, ellos ya se habían ido así que decidí salir a comprar mi desayuno, como quedaba relativamente cerca, me puse una camiseta amplia sin bra debajo, pero no podía ocultar mis enormes tetas, pero eso solo me hacía sentirme aún más caliente, recibir las miradas indecentes en la calle hizo que mis pezones se pusieran superduros, mi vagina empezó a chorrear mis jugos vaginales, quería encontrar una verga enorme que me penetrara, afortunadamente mi suerte cambiaría para bien. Al llegar a la panaderia, alguien empezó a decir mi nombre:

    D: Melissa???

    Gire a ver quien era y era otro enorme ser, el papá de los hermanos vergones, don Arturo.

    Y: Hola don Arturo, como esta?

    DA: Hola mijita, Ud. siempre tan bella y despampanante, no? Comprando pancito???

    Y: Si señor, voy a preparar mi desayuno

    DA: Si quiere mija, vamos a mi casa, yo tengo preparado un cafecito, y me encantaría comerme ese panzote que Ud. tiene…. en la bolsa, es más, déjeme yo lo pago

    Decir que se quería comer mi pan me calentó más de lo que estaba, deje que pagará y le agradecí con un abrazo restregando mis tetas en su cuerpo

    Y: Muchas gracias don Arturo, menos mal me invita el cafecito porque tengo mucha hambre y no puedo esperar a que este hecho en la casa de mi hermana jijiji

    DA: Tranquila reina, déjese atender, además si quiere le doy huevo también

    Y: Me encantaría que me de mucho huevo, sabía ud que es mi comida favorita?

    DA: Me lo imaginaba mijita, tranquila que le voy a dar mucho huevo y lechita… para el café.

    Y: Ay que rico don Arturo, la leche me encanta

    Empecé a dar unos pequeños saltitos haciendo que mis tetas rebotaran dándole un espectáculo a don Arturo jijiji, hacía esto para cachondearlo ya que por su edad no le veía el más mínimo peligro… que equivocada estaba afortunadamente.

    Al llegar a su casa, entramos e inmediatamente fuimos a la cocina.

    Y: Y que don Arturo, esta sólito?

    DA: Si mija, mi esposa sale dizque a hacer ejercicio con las otras viejas del barrio jajaja

    Y: Ay don Arturo, porque se burla, a mi me encanta hacer ejercicio también

    Y en eso me pongo a hacer saltitos otra vez, pero esta vez quería ir más lejos, deje que mi blusa se subiera y mostrará mis enormes tetas a don Arturo, me quede con mis tetas al aire y dije:

    Y: Ups, creo que esta camisa no es de mi talla

    Antes de que terminará de hablar, la boca de don Arturo estaba pegada a una de mis tetas, chupandome el pezon, devorandoselo, con la mano agarraba mi otro seno y esto hizo que mi vagina empezará a desbordarse de jugos

    Y: Ay don Arturo, pero que hace… suélteme por favor

    Pero mi mano agarraba su cabeza haciendo que siguiera chupando mis tetas

    DA: Mamásota, le prometí mucho huevo y eso es lo que le voy a dar

    Inmediatamente me hizo arrodillar, desabotono su pantalón y saco su verga, oh sorpresa, ya sabía de donde habían heredado las vergas sus hijos, don Arturo tenía una verga descomunal, enorme y gruesa, 25 cm de pura carne, tenía una mata de pelos canosos que la hacían ver con más distinción, sin esperar más empece a succionarla como si mi vida dependiera de ello, la chupaba tratando de tragarmela toda, lamia sus enormes bolas blancas y pasaba toda la inmensidad de su verga por mi cara

    Y: No sabía que me iba a desayunar este tremendo salchichón, y quiero mucha leche también

    Seguía devorando su verga cuando tocaron a la puerta.

    DA: Maldita sea, debe ser mi esposa, menos mal se le quedaron las llaves jejeje

    Yo me levante inmediatamente, estaba super asustada, me acomode mi blusa pero mis pezones seguían durisimos, era super evidente que estaba excitada, si esa señora me veía así estaba en problemas

    DA: No te preocupes, entra a este baño, ya yo me las arreglo

    Don Arturo fue y abrió la puerta, efectivamente era su esposa, doña Clara.

    DC: Hola mi vida, se me quedaron las llaves, que bueno que estas aquí

    DA: Hola amor, si, y porque llegaste tan temprano? Se cansaron las chicas? Jajaja

    DC: Tan malo, no, solo que me siento un poco mal, salí sin desayunar y me estaba sintiendo mareada, prefiero hoy descansar

    DA: No te preocupes amor, ve y recuestate, llévate tu cafecito y este pan, yo estaba arreglando la ducha de huéspedes que esta goteando y la puerta se cierra sola por dentro, voy a repararla hoy mismo

    Escuchando eso supe que el viejo quería seguir con la faena, yo estaba tan caliente que no me importaba, solo quería recibir esa enorme polla en mi vagina y tragarme su leche, estaba completamente adicta a las vergas enormes.

    DC: OK vida, entonces yo me recostare en el sillón un rato.

    DA: Listo mi amor, quédate ahí acostadita.

    Luego don Arturo entró donde yo estaba, sacó su enorme verga que estaba morcillona pero enorme, inmediatamente me agache a chuparsela para que se pusiera dura, no tardo nada en ponerse como piedra, luego se sentó en el inodoro y yo me senté encima de él, clavándome su polla, centímetro a centímetro, sintiendo como penetraba mi vagina, expandiendola, dándome el placer que tanto necesitaba y me encantaba, ahogaba mis gritos metiendo mi mano a la boca mientras subia y bajaba de esa enorme polla, entraba toda y me la sacaba toda para dejarme caer con furia y placer, estaba a punto de llegar al orgasmo cuando tocaron la puerta.

    DC: Mi vida, voy a la cama, no me siento bien, prefiero acostarme

    DA: Eeesta bien amor, uf uf uf, yo aun me demorooo

    DC: Estas bien? Te noto agitado

    DA: Bien mor, solo que uf uf uf la puerta se cerró, estoy tratandooo de abrirla, pero primero voy a vaciar esta tuberiaaa

    Y diciendo eso se vino como manguera dentro mío, su leche espesa y poderosa golpeaba mis entrañas, yo me puse sobre su pecho porque el orgasmo me hizo tambalear, quería gritar pero sabía que no podía, las piernas me temblaron mientras que don Arturo me levanto como si no pesará nada y me puso contra la pared terminando de descargarse dentro de mi, luego me llevó hacia la ducha y cerró la cortina, fue y abrió la puerta del baño

    DA: Hola mi amor, casi que no puedo con esa llave, porque no vas y te recuestas, ya casi termino aquí

    DC: OK vida, oye porque estas desnudo?

    DA: Es que creí que iba a salir más agua y para no mojar la ropa jajaja, ve y acuéstate y ya voy para allá.

    Doña Clara se fue, yo estaba en piso, botando la cantidad de leche de mi vagina, esa sensación de placer y miedo era super excitante, quería mucho más.

    Y: Aún no me da mi lechita del desayuno, don Arturo

    DA: Quiere más mamasota? Venga pues que Ud. si que me la pone tiesa

    Le volví a agarrar la verga, estaba flácida pero enorme, no entendía como una verga podía ser tan enorme, tantos años engañada con la miniatura de mi esposo, empece a chupar saboreando mis propios jugos vaginales en su polla, me encantó sentir eso, de nuevo estaba dura, me di la vuelta para que me cogiera desde atrás, el abrió la ducha para dejar salir el agua y sentir el chorro frío en mi espalda me estremeció haciendo que tuviera un orgasmo inesperado. Se escucho el grito de doña Clara.

    DC: Si pudiste abrir la llave de la ducha?

    DA: Si amor, pero me demoro, ves que si necesitaba estar desnudo? Jajaja

    Luego don Arturo me empalo con su enorme verga, aun no me reponia del orgasmo por lo que sentirla entrar desde atrás fue un placer enorme, me empezó a penetrar suavemente, sentí como su dedo empezó a hurgar en mi anito.

    DA: Veo que esto está nuevecito.

    Y: Siii, nadie me ha penetrado la cola

    DA: Pues hoy es tu día de suerte perra

    Me saco la polla de mi vagina, estaba lubricada de mis jugos y el semen que me había depositado, pero me lleno la cola con jabón liquido, luego fue metiendo la cabeza de su verga lentamente, no se si fue la lubricacion o el estar tremendamente excitada siendo sodomizada como lo había querido hace mucho tiempo con mi esposo pero estaba entrando sin dolor y con mucho placer, sentir cada centímetro de su polla abriendo mis paredes anales me estremeció, enterró por completo su polla, sentía sus enormes bolas rebotando en mi vagina, empezó a moverse lentamente y el mundo se me nubló, quería gritar y gemir como la perra que soy, el puso una botella de shampoo en mi boca para callar mis gritos porque estaba teniendo otro orgasmo, luego siguió bombeando más rápido y más fuerte hasta sentir como su leche golpeada mis entrañas, caí rendida en el piso.

    DA: Ufff, nadie me la había aguantado por la colita, tu eres una hembra de otro mundo jajaja

    Yo le sonreí mientras intentaba incorporarme nuevamente, la cola me ardía pero sentí algo absolutamente delicioso, sentir como su leche escurría deis dos agujeritos bajando por mis piernas me estremeció, tenía las piernas muy débiles por la cantidad de orgasmos que había tenido, don Arturo abrió el grifo y nos bañamos juntos, lavo mis senos y mi cola con una delicadeza que me hizo sentir una niña en brazos de una gigante, lo bese apasionadamente pero de nuevo tocaron la puerta.

    DC: Arreglaste la ducha???

    DA: (Por lo bajo) maldita vieja si jode. ( Voz normal) si mi vida, estoy probandola, ahora arreglo la puerta que sigue trabada.

    DC: Bueno, a mi se me paso la maluquera, voy a estar aquí en la sala

    DA: No mi amor, vete a la cama, ya te caigo allá y te llevo el desayuno, déjame cuidarte

    DC: Por supuesto mi vida, que lindo que quieras cuidarme, pero recuerda que no podemos hacer nada, siempre que dices que quieres cuidarme es para ya sabes que jajaja

    DA: (Hablándome a mi) tranquila que ya me drenaron toda la leche y me la van a seguir sacando. (Voz normal) jajaja como crees amor, solo por cuidarte, ve a la cama pues que ya voy.

    Esperamos otro minuto, luego vimos si podía salir, me vestí y le di otro beso, esta vez en su polla, me acompaño hasta la puerta.

    Y: Don Arturo, este fin de semana estoy sola en la casa

    DA: Pues tendré que ir a visitarte y llevarte el desayuno todos los días jajaja.

    Salí rápidamente sin que doña Clara se diera cuenta.

  • Esperando a Neo

    Esperando a Neo

    Tip… tip… me había llegado un nuevo mensaje.

    —Estoy ya aparcando.

    Que vuelco me dio el corazón… ya está llegando.

    Me había estado preparado a conciencia, quería impresionarle con el liguero que tenía puesto y los súper tacones, menos mal que andaré poco.

    Sonó el timbre.

    —te abro.

    El tiempo que tarda el ascensor es interminable, lo veo acercarse a la puerta por la mirilla.

    Al abrir la puerta nuestros cuerpos se entrelazan en un maravilloso beso tras otro, nuestros latidos se oyen fuera de nuestros cuerpos… A volandas entre besos y besos… llegamos al cuarto, su ropa va cayendo, mientras cada vez puedo disfrutar más de su carne desnuda.

    Que locura estar entre sus manos y él entre las mías, nos estamos derritiendo… llegó a su miembro viril, que ya está dispuesto para mí… necesito acariciarlo y saborearlo antes de que entre en mí… que bonito es jugar con el en mi boca… mientras sus manos acarician mi pelo…

    Subo besando su cuerpo para perderme en el maravilloso olor que desprende su esternón. Él empieza a disfrutar de mi en toda mi profundidad, mientras pasa su lengua por la hendidura de mi espalda y percibe ese olor tan dulce que desprenden mis cabellos, como saborea mi boca y recorre mi cuerpo con su lengua para llegar a dónde puede libar mi esencia… como sujeta mis caderas…

    Nuestros cuerpos están sincronizados en un baile de dos que se han convertido en uno… rítmicamente jadeamos… nos besamos… nos saboreamos… nos comemos… es un festival de armonía dónde todo nuestro entorno ha desaparecido porque solo estamos nosotros en el universo… nuestro sudores recorren juntos nuestros cuerpos sin saber diferenciar cuál es de cuál… llegando al éxtasis más profundo de nuestros cuerpos.

    Que maravilloso es besarle y acariciarle el rostro, cuando se ve así vencido… que suave piel, la de su pecho con ese pelo tan armónicamente esparcido… no me canso de besarlo… es maravilloso sentirlo así rendido.

  • Indeleble

    Indeleble

    Esa noche fue una sorpresa de principio a fin. Ni en su más loco sueño se había permitido fantasear en que ocurriría un nuevo encuentro, aunque muy en el fondo de su ser sabía que todavía lo deseaba, nunca imaginó que sería así.

    Era tarde, estaba sola, pero aún no se acostaba cuando sonó el teléfono.

    -Hola, ¿puedo ir a tu casa? Vengo de una reunión, pero me gustaría pasar a verte

    -Claro, ¿estás bien?

    -Un poco ebrio.

    En esa época era común que se emborrachase. Bebía mucho, constantemente, pero habitualmente no se notaba. Posiblemente sería la última vez que se vieran, en un par de días él viajaría por varios años o tal vez más. Y con todo, ella no esperaba que ocurriese algo más que una conversación. Eran amigos, tenían historia y mucha química, pero él se había casado hace menos de un año y había declarado su monogamia cuando se enamoraba. Se tomaba el compromiso real en serio. Ella lo admiraba, lo respetaba y no podía evitar desearlo, pero su amistad era más valiosa que cualquier lujuria por ello no esperaba otra cosa que una conversación y brindarle un espacio seguro para pasar la borrachera.

    Al llegar notó de inmediato cuan ebrio estaba, era bastante, una de las veces que peor lo había visto, estaba acelerado, sin embargo, podía conversar. Le dejó apropiarse de la cocina y servirse el vino que traía. Le miraba con curiosidad, risa y picardía. No podía negarlo, le atraía, le costaba no coquetear con él, pero no podía dar el primer paso, si lo hacía no se lo perdonaría pues implicaba una traición… debía respetar sus límites y principios.

    Él comenzó a hablar. Venía de la reunión con unos amigos.

    -Son médicos, estuvimos toda la tarde conversando y bebiendo. Son distintos a todos mis conocidos, pero me entretengo con ellos, hablamos de otras cosas, me entretengo y relajo.

    -Eso se nota -se rio ella- estás muy relajado por decirlo suave.

    Como otras veces en ese estado él de deshizo en explicaciones y excusas, describiendo su estado y asegurando que estaba bien.

    Después que él se sirviera y bebiera un poco, ella, sin poder evitarlo más, se acercó quedando de frente en el reducido pasillo de la cocina. Conversaron un poco más, hasta que él se acercó y tomó su cintura insinuante. Ella lo detuvo.

    -¿Estás seguro?

    -Sí

    La besó, acercándola más. Ella recibió el beso, peor apenas se atrevió a responder. Se suponía que eso no debía pasar, no podía creer lo que sucedía. Sentía que contemplaba la escena desde otro lugar, como si fuese una espectadora.

    -¿Seguro que esto quieres? ¿qué pasa con tu esposa?

    -Está lejos, va volando, o pienses en ella. -Y la volvió a besar.

    Esta vez no se resistió, se permitió disfrutar y no pensar salvo en sí misma. Quería esto, se merecía esto, por una vez no quería pensar en nadie más que ella y decidió entregarse al momento y al placer.

    La rodeó con ambos brazos y ansiosamente la besó. Ella se entregó y lo besó a su vez, enfocando todo su deseo en sus labios. Con la boca levemente abierta recorrió los labios de él con su lengua, para luego morderlos levemente. Ella apenas respiraba, sentía que su temperatura subía al mismo tiempo que el deseo de él. Sentía cómo él recorría su espalda, manos extendidas, sin apretar demasiado, pero ella podía sentir el deseo de él en cada poro.

    Sin dejar de besarla, recorriendo su cuello, su espalda, dibujando su cintura, lentamente la sacó de la cocina para conducirla al dormitorio. En el trayecto ladeó su cabeza besando su cuello con ternura y deseo. Ella se dejó guiar mientras la espalda se le erizaba al ritmo de aquellos labios que sabían perfectamente lo que hacían o al menos lo que esa noche querían hacer. No había nada más esa noche que disfrutar.

    Cuando llegaron al dormitorio recordó que había cambiado su cama, era imposible tener sexo ahí resultado de un arrebato luego del divorcio. Estaba sola y no quería a nadie más en su casa, quería más espacio y le gustaba ir contra lo establecido, así que cambió la cama matrimonial por algo funcional y estrafalario a su edad, un camarote con escritorio y sillón desplegable. Práctico para el diario vivir, pero imposibles para una noche de pasión. A pesar de eso lo intentaron con humor, esa noche los reparos no podían ser contratiempos, el deseo era demasiado y el tiempo poco. Con el mismo humor bajaron el colchón de la cama y lo instalaron en el suelo del living, era perfecto, sin ruidos y con todo el espacio necesario.

    Él le sacó la polera acariciando su torso y brazos, ella desabrochó pantalón y comenzó a subir por su abdomen primero con las manos, pero luego se arrepintió. Inclinándose sin agacharse, aunque él era bastante más alto que ella, acercó la lengua a su ombligo y recorrió el borde del pantalón. primero a la derecha, hasta la cadera, luego deshizo el camino hasta llegar a la cadera izquierda; desde donde subió lentamente zigzagueando entre el costado y el abdomen. Al llegar a su pecho él la apartó para mirarla y darle vuelta, volvió a besar su cuello y mordisquear su oreja, mientras sus hábiles manos desabrochaban el pantalón y dibujaban sus caderas.

    Las manos de él se abrieron para recorrer, presionar, apropiarse de sus glúteos. La sintió estremecerse, sin saber si por el movimiento en su cuello o la presión en el trasero. Decidió probar mordiendo su cuello, ella jadeó. Apretó el glúteo derecho y ella dio un respingo, luego el izquierdo, ella arqueó levemente su cintura. Decidió no darle respiro, quería todo esa noche… para ella. Llevó sus manos hacia adelante manteniendo el pulgar e el borde del pantalón. En esa posición, con las manos abiertas y levemente inclinadas hacia su entrepierna, el calor que le transmitían la hacían jadear y mover levemente las caderas. Cada vez que él presionaba sus dientes en el cuello ella respiraba profundo y arqueaba la cintura hacia atrás, presionando sus glúteos contra el miembro de él. La temperatura de ambos subía, la respiración de los dos estaba cada vez más entrecortada, por suerte no necesitaban pensar, solo sentir.

    Sin girarla comenzó a bajar sus pantalones besando su trasero en el proceso. Ella se dejó hacer permitiendo que el placer la embargara, sabía que en poco no sería consciente de nada.

    -Esta noche será la mejor noche de tu vida, quiero hacerte disfrutar para que nunca olvides.

    Ella sonrió, complacida y sonrojada. – Qué meta tan alta, a ver qué pasa-Lo provocó.

    Terminó de sacarle el pantalón sin desvestirla del todo aún y la arrojó suavemente sobre el colchón. Se desvistió a su vez, tendiéndose a su lado. La besó nuevamente, con deseo y dedicación, dejando que su mano se moviera libremente por el contorno de ella. Ella se dejó, buscando la boca de él proyectando todo el deseo que sentía en sus labios. Los sintió inflamarse y arder, que abrazaban los de él, y dejó que su mano vagara por el cuerpo de él. Él llevó su mano a la cadera de ella y la acercó aún más, bajó por su pierna, dibujó su glúteo suavemente, pellizcándolo al sentir su estremecimiento. Ella gimió, respiró profundo, llevó su mano a la espalda de él dibujando figuras al azar con apenas la yema de los dedos, besó su cuello, aspiró profundo su aroma tratando de no embriagarse en el placer. Sentía su espalda encendida, cosquilleaba mientras él la recorría a veces suave a ratos presionando casi como si quisiera marcarle los dedos. Sentía el movimiento de las caderas de ella, suave primero, adelante y atrás invitándolo, pero el decidió bajar acariciando su pecho con sus labios dejando que su mano jugueteara un poco más entre sus piernas, insinuando, provocando, sin cerrar el trato. Ella cerró los ojos y simplemente se dejó llevar, necesitaba no pensar y sentir al máximo cada segundo de esa noche. El calor subía en la medida que los labios de él se acercaban a su pelvis. Ella echó la cabeza hacia atrás al sentir su lengua pasear entre sus labios y clítoris y recordó alguna vez en que él comentó sobre el tamaño y sensibilidad de su clítoris que la hizo recordar que durante el embarazo su madre pensó que sería hombre.

    Él introdujo su lengua en su vagina y sonrió para sus adentros al escucharla gemir. Quería que gritara, quería sentir su placer ascender, que lo conducía en su propio ascenso, aunque parecía que él guiaba. La escuchó jadear, la sintió arquearse y estremecer, lo que le hizo introducir su lengua más profundo y moverla abarcándola toda. Quería alargar la sensación por ella, por él, por ambos. Sus manos apretaban los glúteos y caderas de ella, mientras succionaba su clítoris. Notó la primera oleada de placer, la sintió ascender y presionó un poco más, succionó más, ella gritó mientras enterraba sus dedos en la espalda de él y acercaba su pelvis a su boca levantando las caderas.

    Volvió a ascender mordisqueando sus muslos, al sentir los dedos de ella enredados en su pelo tirando levemente, entonces la volteó. La espalda de ella sentía el calor del torso de él y de las manos recorriendo su muslo alto y la entrepierna. Mordió su cuello sintiendo como aumentaba su propio deseo expresado en la firmeza de su erección. La rodeaba con sus brazos, la poseía con su boca, la llevaba con sus manos. Introdujo sus dedos en el cuerpo húmedo de ella moviéndolos en redondo, apoderándose de ese espacio, sintiendo el calor, el movimiento de su cintura y la presión de sus paredes. Ella aceleró el ritmo, lo mismo hizo él. La escuchaba jadear y gemir cada vez más rápido.

    -No te contengas, estoy para ti.

    Ella cerró los ojos nuevamente, aunque casi no era consciente de lo que había más allá de su piel y de la de él. Ella arqueo la espalda ofreciéndose más, él sacó sus dedos y la penetró con la firmeza de su pene que ya había cubierto con el condón. Ella pensó que no dejaba de sorprenderla la habilidad para hacerlo con una mano y sin detenerse, y lo agradeció en su fuero interno, por la delicadeza, por la responsabilidad, por ocuparse. Ella sólo debía disfrutar.

    Así, desde atrás, ella sentía más, él lo sabía y lo aprovechó. Penetró con firmeza, pero lento, salió y volvió a empujar, una, dos, tres, veces, hasta que ella pidió más con la presión interna sobre su sexo. Entonces aumentó la velocidad y al sentirla gemir con fuerza le dio la primera nalgada. Ella se estremeció de sorpresa y placer, sin apartarse; al contrario, sus piernas se apretaban y sus caderas y pelvis aceleraban el ritmo.

    -Más, profundo.

    El aceleró, presionó, la mordió y sintió la segunda ola coronada con un nuevo grito. Ella no lo dejó apartarse presionando sus manos contra los glúteos de él y pegando sus propios glúteos a la pelvis de él, moviendo su cintura en círculo. Él recorrió sus pechos con ambas manos a la vez, besando su cuello. De improviso ella se giró y le mordió, el cuello, el hombro, llevó su mano a la entrepierna de él y sintió su sexo aún firme apretándolo al tiempo que movía su mano dese la base a la punta. Fue el turno de él de gemir y estremecerse. Ella siguió un momento, hasta que él la volvió a voltear y la colocó apoyada en manos y rodillas. Sin dejar de acariciar su espalda se colocó arrodillado detrás de ella, llegó al inicio de sus glúteos, los rodeó como si sus manos se amoldaran y sintió el calor de la piel. Deslizó una mano para recorrer sus muslos y se inclinó para besar la base de la espalda, ella se curvó llevando las caderas hacia atrás y los glúteos hacia arriba.

    -Estoy sensible. Dijo entre jadeos.

    Él no entendió del todo, pero sujetándola con una mezcla de ternura y firmeza la volvió a penetrar, ella sintió corriente por toda la espalda y continuó moviéndose junto con él en un ritmo simbiótico que aumentaba. Ella comenzó a elevar el volumen de sus gemidos hasta gritar mucho más rápido que las veces anteriores. Ahora entendía, la golpeó con lujuria, ella echó la cabeza hacia atrás. Él enredó sus dedos en el pelo de ella, acentuando el movimiento de la cabeza con delicadeza, pero dejando claro que no la soltaría. Ella ni lo intentó, solo sentía, disfrutaba, se entregaba al placer en todas sus formas. La volvió a golpear haciendo coincidir el movimiento de su mano con la penetración profunda y un leve tirón del pelo. El gemido de ambos se confundió.

    Él se retiró a medias, soltó su pelo, y afirmando una cadera mientras recorría espalda y muslo con la otra, volvió a penetrar hasta el fondo. Repitió la acción una y otra vez, cada vez más rápido, igual que la respiración de ambos. Ella apenas notaba los límites de su cuerpo, estaba mareada por la excitación y la falta de oxígeno. La oleada aumentó en ambos y ella volvió a gritar al tiempo que se dejaba caer. Ya no se sostenía, pero no importaba.

    Esa noche el centro fue ella. Se sentía protagonista, atendida, escuchada, observada. Era consciente de la total dedicación de él durante todo el tiempo. Pero sabía que el placer era mutuo. No recordaba haber tenido esa sensación de atención y protagonismo antes, pero no era capaz de mucho análisis coherente en ese momento. Se tendieron una al lado del otro, abrazados, en calma.

    Ella agradecía cada momento, cada caricia, incluso logró que no sintiera vergüenza por la orina mezclada con la eyaculación de ella luego del segundo orgasmo. Sabía hacerla sentir cómoda con naturalidad.

    -Objetivo logrado -dijo ella en un susurro arrastrado mientras se dormía.

    Esa noche realmente quedaría indeleble en su memoria, en la de ambos. Una noche de amantes perfecta. En que el placer era el objetivo y el cuerpo de ella el medio, así lo entendieron ambos. Ella se entregó sin miedo al momento y a él. Él se dedicó a ella porque sabía que sus tiempos y la conexión a través de cada poro lo llevarían por el máximo viaje de placer y la gratificación final no desaparecerían.

    Esa noche el tiempo se extendió como si fuese infinito. Ni los olores, ni el sudor, ni la humedad los distrajeron ni empañaron el éxtasis. No era necesario hablar, las palabras sobraban. Se durmieron casi al alba.

    Al otro día se despidieron temprano, mutuamente agradecidos, reconociendo la singularidad de lo vivido. No se volverían a ver hasta años después, pero esa noche no desaparecería del cuerpo ni del recuerdo de ninguno de los dos.

  • El nuevo curso (V)

    El nuevo curso (V)

    Como cada mañana desde que se iniciasen las clases, el despertador sacó a Enrique del mundo de sueños en el que había habitado toda la noche.  Desperezándose se giró para apagarle de un manotazo, satisfecho de no usar el móvil (la cuenta de pantallas rotas ya podría haberle condenado a la miseria de haber tenido el poco juicio de usarle de despertador), y se dio la media vuelta en la cama, dispuesto a aprovechar otros diez minutos entre las sábanas calientes. En cuanto completó el giro se encontró cara a cara con Damián, todavía dormido. Con cierta sorpresa por no haberlo recordado antes sonrió embobado. Dormido le parecía todavía más guapo.

    Sus largas pestañas de color cobrizo temblaban ligeramente, proyectando sombras sobre los altos pómulos del chico. Sus labios de coral estaban relajados, húmedos y entreabiertos y su revuelta melena rojiza se extendía en todas direcciones, con sus ondas naturales convertidas en un nido enmarañado. Dormía con una mano debajo del mentón y la otra extendida hacia el lado en el que había dormido Enrique. Las mantas seguían subidas hasta la barbilla y ocultaban el fantástico cuerpo que tenía. Ni siquiera parecía haberse enterado de que había saltado la alarma de tan profundo como era su sueño.

    Con una sonrisa boba en la cara le dio un beso en la mejilla, tan delicado como el aleteo de una mariposa. Cuando había dormido en su cama le había despertado al levantarse, pero ahora conocía de sobra el colchón y evitó hacer ruido. Siempre en completo silencio recabó unas cuantas ropas del armario: jersey grueso, camisa y unos desteñidos vaqueros azules; que dejó sobre el lavabo. Saltando de un pie a otro debido al frío se lanzó a la ducha donde procuró no entretenerse demasiado. El agua caliente arrojó un agradable chorro sobre su piel y consiguió despejarle los restos de sueño. Se secó con la toalla y dejó la de Damián preparada en el lavabo. Con cierta premura se vistió antes de que su cuerpo perdiese el calor de la ducha y se peinó el pelo con un peine húmedo.

    Al dirigirse a la cocina se percató de que la mochila de Damián estaba encima de la minúscula mesa donde solía comer. Sobre la encimera colocó una bandeja con patas que empleaba cuando comía en la cama y preparó dos tazas. Puso la cafetera al fuego y en una de las tazas añadió azúcar en cantidad y leche. Tan solo tenía magdalenas con pepitas de chocolate para el desayuno, nada semejante a los donuts que le había comprado a Damián el otro día. Rezando porque fuese suficiente apartó la cafetera del fuego en cuanto empezó a silbar y echó una generosa medida de café en cada taza. Por si acaso cargó también la botella de leche y el azúcar en la bandeja y echándose al hombro la mochila de su novio volvió al cuarto.

    El despertador había vuelto a saltar, pero Damián se había limitado a girarse hacia el lado contrario y seguir durmiendo. Aquello divirtió enormemente a Enrique que dejó la bandeja sobre la mesilla de noche, en precario equilibrio. Depositó la mochila a los pies de la cama, donde Damián la vería seguro, y acarició el cabello cobrizo del chico. Besando nuevamente a su novio recorrió su cuello con los dedos y le retiró el pelo de la cara. Sin que ninguna de esas caricias se abriese paso a través del sueño. Estirándose sobre el joven apagó el despertador definitivamente. Retirando algo la manta hacia abajo le besó en los labios, sacudiéndole con suavidad hasta que abrió los ojos, legañosos y desenfocados.

    –Buenos días… ¿llegamos tarde?

    –Qué va, tranquilo. Suelo poner el despertador una hora antes, así nunca llego tarde. –Sonriendo con timidez se sentó a su lado, dejándole espacio para que se incorporase. Recogió la bandeja de la mesilla de noche y se la presentó al chico, que pareció despejarse de golpe–. Te he preparado el desayuno, aunque solo tengo magdalenas. Puedo hacerte tostadas, eso sí. Y recordé que te gusta el café solo, pero tienes leche y azúcar por si acaso.

    Damián se abrazó las rodillas, perplejo. Contemplando moverse a Enrique que dejó la bandeja en la cama, entre los dos, y se sentó en el mismo lugar donde había dormido, apoyando la espalda en el cabecero y cogiendo su taza de café. En todo el tiempo que había pasado con Mateo este jamás había tenido un solo gesto romántico con él fuera de pagarle las cenas o las entradas de cine. Esto, aunque sencillo y económico, era infinitamente mejor. Cogió la mano de su novio y le besó los nudillos con devoción, apoyando después su mejilla contra esa mano morena.

    –Gracias, en serio. Esto es… eres fantástico.

    El chico enrojeció hasta las raíces del pelo. Dio un ligero apretón a la mano de Damián y le ofreció una magdalena que aceptó con una sonrisa de felicidad que resaltaba los hoyuelos de sus mejillas. La sonrisa favorita de Enrique que le acarició las ligeras hendiduras con la punta de los dedos. Desayunaron en silencio, cogidos de la mano y disfrutando de su mutua compañía. En un momento dado Enrique revisó su teléfono sorprendido de no tener ningún mensaje de Carlo, más tras su salida precipitada. Supuso que no se habría dado cuenta, ensimismado como estaba en su rubia acompañante de quien no lograba recordar el nombre.

    Damián se fue a la ducha para cambiarse y Enrique recogió la cafetera y los platos y las tazas que habían usado en el desayuno. Su novio no tardó nada en estar listo para irse, con un jersey de cuello alto a dos tonos de gris y unos vaqueros oscuros que definían a la perfección sus nalgas firmes y marcadas. Tragó saliva con dificultad y volvió a mirarle mientras se acercaba. Se sentía sumamente afortunado de estar con alguien así. Damián le rodeó la cintura con los brazos, dejando caer la pesada mochila al suelo, y besó su cuello con ternura.

    –Vamos, o se nos hará tarde. He quedado con Carlo y su chica en el banco frente al aula de Mauro.

    Salieron juntos, hablando con tranquilidad de las asignaturas. Eran buenos compañeros de estudio, mucho más avanzados que Carlo, quien solía retrasarse por el tiempo que dedicaba al gimnasio. En cuanto llegaron a la calle Damián sujetó la mano de Enrique con suavidad, dejándole espacio suficiente como para retirarla si se sentía incómodo. Para su sorpresa el joven se la estrechó con fuerza mientras sus mejillas se encendían como la grana. Damián sonrió con ligereza e incluso sus pasos se hicieron más elásticos. El trayecto nunca había sido demasiado largo, pero esta vez a los dos se les hizo sumamente corto. Hubieran deseado tener que recorrer mucha más distancia, solo para poder pasar más tiempo juntos.

    En cuanto llegaron a la universidad se encaminaron al banco donde Damián se había citado con Carlo. Antes de ver a su amigo, Enrique divisó una larguísima melena dorada y una silueta femenina envuelta en un largo chaquetón de color vino. Incluso a esa distancia podía apreciar el cuerpo proporcionado y la pose relajada. Sentado en el banco, con la actitud de quien se sabe dueño de la situación, estaba Carlo. Sostenía las manos de la chica y sonreía con franqueza. En cuanto los vio, su mirada recayó sobre sus manos entrelazadas. Poniéndose en pie de un salto aplaudió con fuerza, escandaloso como siempre.

    –Era tempo1! Congratulazioni2 parejita ¡Por fin te has decidido, Enrique! Pensé que tendría canas antes de que por fin confesaras lo que sentías.

    Completamente rojo Enrique echó una mirada furtiva alrededor. Algunos compañeros habían girado la cabeza para mirarlos, pero ya proseguían su camino, indiferentes. La muchacha rubia dio un fuerte codazo a Carlo que no pareció acusar demasiado el golpe, aunque ante su mirada de hielo dejó de gritar y se limitó a sonreír abultando sus grandes músculos al dejar las manos en las caderas. Incapaz de contenerse se abalanzó sobre Enrique y le sepultó en un abrazo de oso mientras palmeaba la espalda de Damián con su mano libre. Con los ojos en blanco, la muchacha se adelantó y apartó al italiano de los chicos, que por fin pudieron respirar de nuevo.

    –Soy Thalía, nos conocimos el día de la fiesta.

    –Yo soy Enrique, el amigo de Carlo.

    La chica se adelantó para darle dos besos y hasta su nariz llegó el inconfundible aroma de las lilas y las frambuesas, dulce y embriagador. Por el modo en que su amigo la contemplaba, estaba claro que estaba loco por ella y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no sintió ningún atisbo de celos. Estaba feliz por Carlo y le deseaba lo mejor. Con cierta sorpresa se fijó en que la chica también tenía los ojos azules, aunque a diferencia de los suyos, semejantes en color al cielo de verano, los de la joven eran mucho más claros, de un color parecido al azul de un lago helado. Tras saludar a Damián con familiaridad se despidió de los chicos, dando un último beso al italiano que la estrechó entre sus brazos.

    –Enhorabuena a ti también. No me habías dicho que ibas en serio –comentó Enrique caminando al lado de Carlo en dirección al aula.

    –Es la mujer más fascinante que he conocido nunca –proclamó con fervor–. Es guapísima, pero también es muy inteligente, está estudiando periodismo y quiere ser corresponsal internacional. Habla varios idiomas, es divertida y siempre está riendo…

    Carlo seguía y seguía, alabando las virtudes de la joven mientras sus manos acentuaban lo que decía con grandes aspavientos. Sus ojos de aceituna resplandecían de entusiasmo mientras los dos chicos desconectaban mentalmente de su interminable charla, que de todos modos solo entendían a medias, pues en su desbordante apasionamiento alternaba el español con el italiano de un modo casi incomprensible. Damián miró a Enrique con una mirada irónica y divertida y este comprendió con claridad el mensaje que le intentaba transmitir: si aquella chica le hubiese dicho a su amigo “salta por la ventana”, tendrían que despegarle del suelo con una espátula en menos de un minuto. Enrique se alegró nuevamente por él, pero no pudo evitar una risilla ahogada contra el hueco del brazo, emulando una tos. Tan solo la imponente presencia del profesor Mauro consiguió acallar por fin a Carlo.

    Para la hora de comer, sin embargo, ya había conseguido superar el monotema, y se centró por completo en sus dos amigos, el nuevo y el viejo, que hablaban relajados de las clases, los planes de después y el trabajo que tenía Damián hoy en el gimnasio mientras se dirigían a comer los tres juntos. Los lunes era un día tranquilo, poca gente se sentía de humor como para retomar su rutina de ejercicios después del fin de semana de perezosa indulgencia, pero eso nunca le había molestado como sí parecía molestar a Carlo, que aprovechó el momento para echar una considerable regañina a Enrique. Justificada, eso sí. Con cierto abatimiento Enrique recordó que hacía casi tres semanas que no pisaba el gimnasio y admitió, no sin cierto embarazo, que de seguir así no tardaría demasiado en recuperar todo el peso perdido. Al darse cuenta de su abatimiento el italiano dejó de abroncarle, no sin antes extraerle, un poco a la fuerza, la promesa de que le vería esa tarde en el gimnasio.

    Damián hubiese deseado intervenir, pero algo le contuvo. Carlo y Enrique se conocían desde hacía mucho más tiempo del que él había pasado con ellos, incluso si sumaba todo el tiempo dedicado a ambos no se sentía en poder de decir nada. Con cierta preocupación observó como Enrique dejaba caer los hombros y daba la razón al italiano, que mantenía sus grandes brazos cruzados por delante de su pecho. Lo único que Damián se atrevió a hacer fue extender su mano hacia la de Enrique, rozando suavemente el dorso de su mano en un mudo gesto de apoyo. Para su sorpresa y por primera vez, su novio retiró la mano, desviando la mirada. La sorpresa fue tal que por unos momentos Damián no pudo esconderla. Perplejo y ligeramente dolido retiró la mano, alejando su cuerpo del de Enrique.

    No tardó en sonreír, sin embargo. Una sonrisa amarga y desilusionada que asomó a su rostro mientras su mirada se endurecía. Se había confiado demasiado y había bajado la guardia pensando que no se repetirían los errores del pasado. Entrecruzó los dedos y les apretó con tanta fuerza que sus uñas se pusieron blancas. Por fortuna esta vez el desliz había sido pequeño y ni siquiera Carlo se había percatado de ello, al menos se había ahorrado la humillación de que todos viesen cómo era rechazado. Ambos jóvenes seguían hablando, aunque esta vez no del gimnasio ni de hacer ejercicio, por lo que se forzó a prestar atención a su charla. Ni siquiera sabía de qué hablaban y como intentasen incorporarle a la conversación se vería en serios problemas. Por suerte, el tono de llamada que tenía personalizado para las llamadas y mensajes de su abuela acudió a su rescate, sonando como por arte de magia.

    –Disculpad, chicos. Tengo que cogerlo.

    Ambos jóvenes le dedicaron un gesto de cabeza para indicar que comprendían, pero Enrique no le miró directamente a los ojos. Intentando ignorar la garra de hielo que le apretaba el estómago Damián se alejó de la mesa y salió de la cafetería, sentándose en un banco vacío antes de responder a la llamada. Carraspeó para aclararse la garganta y deslizó el dedo sobre la pantalla. De inmediato la voz dulce y entusiasmada de su abuela le resonó en los oídos.

    –¡Dami! Cariño ¿cómo estás? ¿cómo te va la universidad? ¿Comes bien? ¿Has hecho amigos? Vuelvo hoy a casa, si tienes tiempo, quiero que vengas este viernes y me pongas al día de todo. Te quedarías el fin de semana, por supuesto. No sabes las ganas que tengo de verte y pasar tiempo con mi nieto favorito.

    –Dirás tu único nieto, abuela –la corrigió entre risas mientras todas sus preocupaciones se aligeraban. Su abuela sonaba radiante, pletórica y muy feliz –¿Qué tal tu amiga? ¿Lo has pasado bien?

    –Por supuesto que sí, tesoro. Ha sido una ceremonia preciosa, la que hubiéramos tenido tu abuelo y yo de no haberse ido tan pronto, hasta me hicieron llorar. Ya te enseñaré las fotos cuando vengas, verás qué guapa estaba Carmina.

    –Me encantará abuela. De verdad. Aunque tengo que colgarte, tengo que volver en nada a clase.

    –Estudia mucho ¿Sí? Quiero que me llames esta tarde, ¡no has respondido a ninguna de mis preguntas!

    Damián se echó a reír con franca alegría. Su abuela era única, y la adoraba por ello. Con una sonrisa aún en los labios la repitió numerosas veces que la quería antes de colgar del todo. Aún tenía unos minutos libres y ninguna gana de entrar en el aula y sentarse junto a Enrique, quien seguramente volvería a evitarle. Unos golpecitos muy suaves en su hombro le sobresaltaron y le hicieron saltar del banco mientras se giraba para descubrir el origen, encontrándose cara a cara con su novio.

    –Perdona, no quería asustarte ni interrumpirte. Parecía una llamada importante.

    –Era mi abuela. Ha estado de viaje y vuelve hoy a casa.

    –Oye… ¿te importa si voy al gimnasio después de tu turno? Si no… si no te molesta– consiguió tartamudear Enrique.

    Damián bajó de nuevo la mirada, intentando con todas sus fuerzas no dejar traslucir ninguna emoción. Para ganar tiempo se desperezó y recogió su mochila del banco donde la había arrojado antes, se la colgó al hombro y por fin volvió a mirar a su novio, que aguardaba en actitud expectante y compungida. Su mirada, normalmente clara y limpia ahora aparecía suplicante, como si desease con todas sus fuerzas que no le importase su petición, que se la concediese sin montar un espectáculo. Desconcertado examinó al chico. Sabía que era tímido, pero esa actitud no parecía propia de él. Una chispa de intuición se abrió paso en su mente cuando se percató de que quizá la pequeña bronca con Carlo podía tener algo que ver, aunque aquello no ayudó a mitigar la sensación de rechazo.

    –No, supongo que no. Salgo de trabajar a las siete, pásate después y no me verás. –Claudicó al fin para inmenso alivio de Enrique–. Pero me gustaría saber qué te ocurre. Si quieres contármelo. No sé, si he hecho algo que te ha molestado… lo siento.

    Los ojos de Enrique se abrieron desmesuradamente mientras su boca se abría en una perfecta “o”. Sin darle tiempo a decir nada Damián pasó caminando a su lado, agitando el teléfono para que viese la hora que era. Unos cuantos rezagados corrían a clase y Enrique se apresuró a seguir a Damián, quien mantenía la cara inexpresiva. Consiguió alcanzarle antes de entrar en el aula, pero la profesora ya aguardaba dentro y no pudo volver a hablar con él. A pesar de pasarse toda la hora estudiando su perfil no pudo notar nada extraño en el chico. Atendía como siempre y tomaba pulcras notas de las explicaciones que la maestra iba desgranando, y sin embargo no lograba sacudirse de encima la sensación de que algo iba mal.

    Ni siquiera a la salida pudo hablar con él, pues se fue con Carlo directamente al gimnasio. Aunque le dio un beso de despedida, fue lo bastante breve y casto como para conseguir que la idea de que las cosas no iban bien se afianzase en el fondo de su mente. Sentado frente a un plato de ensalada y con el libro abierto al lado, Enrique se planteó si Damián no estaría molesto por su petición. Apartando el plato apoyó los brazos en la mesa y dejó escapar un suspiro frustrado. Si le decía la verdad se reiría de él, estaba seguro. O se reiría de él o se sentiría asqueado. Había mencionado, poco después de conocerse, que Carlo le había contado que había estado pasado de peso, pero dudaba que su amigo le hubiese dicho en realidad cuánto había llegado a pesar. Solo con volver a pensar en el número de kilos que había alcanzado en el pasado volvía a sentir náuseas y una sensación de intenso desprecio por sí mismo.

    Conteniéndose para no correr al baño a mirarse para estar seguro de que los kilos no habían vuelto, retiró la ensalada intacta de la mesa. No tenía ganas de comer, aunque debería ocultárselo después a Carlo o se enfadaría con él. En las primeras semanas del curso siempre se descuidaba ligeramente y engordaba uno o dos kilos, pero si ese había sido el caso en estas primeras semanas, ¿por qué no se lo habría dicho Carlo? ¿lo habría notado Damián? Su novio era atlético y delgado, mucho más activo que él. Podía seguirle el ritmo en el gimnasio a Carlo y sabía que corría cada vez que acudía a su trabajo. Una persona como Damián seguro que no quería estar con él si volvía a engordar.

    Con rabia tiró toda la ensalada a la basura. Odiaba desperdiciar la comida, pero si no lo hacía sabía que acabaría por sucumbir al hambre y se comería el plato entero. Hizo un rápido barrido por la cocina y se aseguró de guardar cualquier comestible lo más lejos posible de su alcance, agradecido por haber dejado los donuts en casa de Damián. Mordiéndose el interior de los carrillos con furia se centró en los estudios como medida de distracción, ignorando el cada vez más punzante agujero de su estómago conforme pasaba el tiempo. En cuanto llegó la hora de ir al gimnasio se enfundó en su viejo chándal y sus deportivas y salió caminando a paso tranquilo. Nunca llevaba ropa de recambio, todavía no se sentía del todo cómodo duchándose en los vestuarios a pesar de que las cabinas de ducha eran individuales.

    Cuando llegó no vio ni rastro de Damián por ahí cerca, tan solo a Carlo, que sostenía un saco de boxeo de forma que Thalía pudiese descargar una patada tras otra contra él. Con un suspiro resignado se acercó a la pareja, que dejaron lo que estaban haciendo para saludarle con entusiasmo. El sudor corría por la cara y el cuerpo de ambos, por lo que Enrique albergó la vana esperanza de que su amigo estuviera cansado y no le presionase demasiado en su primer día. La chica agitó la mano, sin acercarse a él demasiado, pero con una ancha sonrisa y Enrique entendió que lo hacía como gesto de cortesía por el sudor. El italiano sin embargo no mostró esa deferencia, y le palmeó la espalda con afecto cuando le vio.

    –¿Listo para volver a entrenar? –preguntó con entusiasmo cuando la chica les dejó a solas.

    –Carlo… ¿podrías pesarme?

    Los ojos del italiano se le clavaron como afiladas lanzas de ónice mientras cruzaba los brazos por delante del pecho. La camiseta de tirantes dejaba expuesta toda su inmensa masa de abultados músculos que ahora sobresalían en todas las direcciones posibles. Haciéndole un gesto imperioso con la cabeza le condujo hasta las elípticas, en ese momento desocupadas. Escrutando el gesto ansioso de su amigo negó con la cabeza, provocando que de sus rizos azabache saltasen gotas de sudor.

    –No. Y ni se te ocurra insistir. Sabes que no me gusta que te centres en tu peso como lo haces, es una obsesión y puede darte problemas de salud. A principios de mes viene un especialista, es en ese momento cuando debemos mirar cuánto pesas porque no será el único factor que se tomará en cuenta. ¿Lo has entendido?

    –Puede que haya engordado ¿sabes?

    –Perché insisti così tanto con il peso?3 Mira, si lo estás diciendo por lo que te dije en la comida olvídalo. Sabes que el deporte è la mia passione4 y que a veces hablo sin pensar. No estás gordo, estás estupendo y lo que necesitas ahora es terminar de definir y mantenerte. No me discutas.

    –Pero…–insistió Enrique nuevamente, casi suplicando.

    –¿Por eso le has dicho a Damián si podías venir cuando él no estuviese aquí? –preguntó Carlo de sopetón. Al ver la cara compungida de su amigo suavizó nuevamente el tono, intentando ser comprensivo–. Deberías hablar con él de esto, te quitarás un peso de encima. Sobre lo que me pides: no, no vas a pesarte hasta el mes que viene, ni vas a empezar alguna dieta absurda por tu cuenta. Vas a comer bien, vas a entrenar conmigo y con Damián y vas a empezar a contar con nosotros. Mira, no le conozco de hace tanto tiempo como a ti, pero te quiere. Dile la verdad.

    Enrique se dejó caer contra la pared, abrumado por las palabras de su amigo que le miraba con cariño. Carlo le apretó el hombro con firmeza, pero sin hacerle daño, transmitiéndole su apoyo en silencio. Una vez más había demostrado ser mucho más perspicaz que lo que su aspecto exterior daba a entender. Con un suspiro resignado se subió a la elíptica y se aferró a los brazos de la máquina, dejando que su amigo la programase para una sesión breve que sirviese de calentamiento. Cuando la máquina se puso en marcha, volvió a dirigirse al italiano, que se había subido a la que se encontraba a su lado.

    –No he comido, por cierto. Así que si me desmayo por una bajada de azúcar y me abro la cabeza contra el suelo serás responsable de explicárselo a mis padres y a Damián, y será culpa tuya, claro.

    La carcajada estruendosa de Carlo planeó sobre su cabeza, atrayendo las miradas de los que estaban cerca que sonrieron a su vez. Su franqueza resultaba contagiosa y agradable, aunque no supiesen el motivo por el que se reía.

    –No te preocupes, principessa5, no dejaré que te desmayes. Pero vas a desear haber comido.

    Dos horas después Enrique sentía las piernas de mantequilla. Carlo había cumplido su palabra y apenas podía dar un solo paso sin que sintiese todo su cuerpo protestando por la reciente actividad física. Consiguió arrastrarse hasta una de las sillas de la pequeña cafetería del gimnasio, seguido siempre por su amigo que mantenía una ancha sonrisa de suficiencia en la cara. Quizá había sido un poco más duro de lo debido con Enrique, sobre todo para ser la primera sesión desde las vacaciones, pero así al menos se aseguraría de que nada más llegar a casa se lanzase a comer cualquier cosa que encontrase en la nevera a pesar de que iba a pagarle la merienda ahora. Su amigo había entrado y salido de más dietas de las que podía recordar hasta el punto de llegar a considerarlo problemático, no estaba dispuesto a permitir que acabase con una enfermedad mental si podía evitarlo.

    Sin decir palabra le tendió una botella de zumo de frutas que Enrique aceptó agradecido. Tras despacharla en dos largos tragos se limpió la boca con el dorso de la mano y se lanzó a por el sándwich que Carlo había depositado sobre la mesa, frente a él. Todavía estaba caliente y escurría queso fundido por los cuatro costados, lo que sumado a su irresistible aroma a pan reciente y bacon bastaron para que cualquier reparo respecto a la comida se fuesen por el sumidero. Dando grandes bocados paladeó el sabor salado en contraste con el dulzor del pan. Carlo empujó otra botella de zumo en su dirección y le observó comer con una amplia sonrisa.

    –¿Qué piensas hacer?

    –¿De qué? –respondió Enrique intentando no escupir migas.

    –Con Damián, ¿le vas a contar por qué no has querido verle hoy?

    La bola de comida que tenía en la boca se le hizo de pronto mucho más densa de lo que era capaz de tragar. Con un nuevo sorbo al zumo consiguió empujarla por su esófago, tan lento que le resultó doloroso. Dejó el sándwich de nuevo en el plato, perdido el apetito y las ganas de seguir comiendo. Con deliberada minuciosidad se limpió las manos grasientas en una servilleta de papel, haciendo tiempo. El italiano se limitó a mirarle en silencio, comiendo de su propio bocadillo.

    –No lo sé –dijo por fin en un tono suave–. Le debo una explicación, y creo que debería saber cómo era yo antes, pero… me da mucho miedo. Seguro que le daré asco. Es imposible que alguien como él quisiera estar con alguien como era yo.

    Carlo frunció el ceño. Aunque adoraba a Enrique casi como si fuese su hermano, odiaba cuando hablaba así. Siempre había sido una persona maravillosa, pero se había dejado convencer de lo contrario por unos cuantos matones de colegio e instituto y el convencimiento de que, con gafas, pasado de peso y unos pocos granos, no podía ser atractivo. Iba a interrumpirle, pero el joven prosiguió hablando, por lo que cerró la boca y escuchó.

    –Me gusta mucho, me gusta muchísimo. Es divertido y alegre, inteligente, muy guapo y se lleva bien con todos. He tenido mucha suerte con él y no me lo creo aún. No quiero que me vea diferente por cómo era antes: una bola baja y gorda llena de granos.

    –Habla con él. Antes parecía preocupado. No me ha contado nada –añadió con precipitación al ver la cara que ponía Enrique–, pero parecía realmente preocupado y dolido. Es mejor si se lo cuentas, cenad juntos y sincérate. Dale una oportunidad. Parece quererte de verdad.

    –Tienes razón. Gracias por escucharme, eres un buen amigo.

    Enrique le dio un rápido abrazo y salió a la carrera, olvidado todo cansancio. De camino a su casa pasó por un local de sushi. Esperaba que le gustase el sushi. Mientras pagaba pensó que realmente no sabía casi nada de Damián, pero tenían tiempo para resolverlo si es que aún le hablaba, si no había estropeado las cosas. Dejando las bandejas con la cena sobre la pequeña mesa de su apartamento embutió en su mochila los libros de texto que necesitaría para el día siguiente. Dudaba de si la llevaría o no, en principio preferiría que Damián se pasase, pero si tenía que ir a su casa por supuesto que iría. Desnudándose por el pasillo se lanzó a la ducha y se frotó el cuerpo de forma apresurada, intentando que el jabón llegase a todos los rincones de su cuerpo todo lo deprisa posible. En cuanto salió se envolvió la toalla a las caderas y llamó a Damián antes de caer en que era más que probablemente que estuviese en la biblioteca. No escucharía la llamada, por lo que le dejó un mensaje pidiéndole que viniese a casa a hablar con él.

    Damián no tardó en responderle diciendo que iría para allá. Muerto de nervios Enrique se vistió sin prestar atención a lo que se ponía y rebuscó en su cajón hasta encontrar una fotografía, la única que tenía de sus años de instituto. Sin atreverse a mirarla la dejó sobre el aparador de la entrada y puso la mesa. Estaba a punto de poner la tele cuando dos fuertes timbrazos aceleraron su pulso. Se abalanzó sobre la puerta y abrió a su novio, escuchando sus pasos calmados ascender las escaleras. Cuando llegó frente a su puerta se le cortó la respiración. Fuera había empezado a lloviznar y su cabello cobrizo se encrespaba ligeramente, cubierto de cientos de gotas de lluvia que relucían en la escasa luz como pequeños diamantes.

    Poniéndose de puntillas le dio un beso, pasando los dedos por su cabello y retirando el agua con los dedos. Aunque el beso fue cálido, los ojos de Damián permanecieron fríos, indiferentes incluso. No rechazó abiertamente a Enrique, pero tampoco se mostró cariñoso como antes. Había venido preparado para que Enrique le dijese que no quería seguir con él, y aunque la cena sobre la mesa le descolocó, consiguió mantener la compostura. No debía desmoronarse delante de su novio, cualquier cosa menos volver a ser considerado débil y manipulable. El joven le precedió hasta el pequeño salón tras coger la foto del aparador.

    –Hum… creo que mejor será si nos sentamos –propuso Enrique manoseando el rectángulo de papel.

    –Claro. Lo que tú quieras. Por favor, sé breve. –Su tono triste alarmó a Enrique que le cogió una de las manos.

    Entrelazó sus dedos con los del chico, pero después se lo pensó mejor y soltó su mano. Mantenía la mirada baja, por lo que no vio la mirada de dolor y rechazo de Damián que se cruzó de brazos. Enrique le tendió la foto y esperó el veredicto, con la cabeza gacha y los hombros hundidos. Damián examinó la foto con atención. En ella aparecían Enrique y Carlo, posando delante de una escultura de hielo de un oso a dos patas. Carlo seguía igual que ahora, quizá menos musculoso y bastante menos bronceado, pero en esencia igual. Enrique era quien más cambiado estaba.

    Se mantenía medio escondido detrás de Carlo y su sonrisa era tímida, tan solo insinuada. En sus mejillas rechonchas y coloradas se apreciaban unos pocos granos aquí y allí, ligeramente ocultos tras el marco de sus gafas de montura cuadrada y estilo anticuado. Su pelo estaba más largo, lacio y caía sobre sus ojos, tapando las cejas. A pesar de escudarse en Carlo podía ver perfectamente que estaba bastante pasado de peso, embutido en una ancha sudadera que no lograba disimular del todo su amplio contorno y una cazadora de bandas horizontales que no ayudaban a mitigar la impresión de gordura. Sus vaqueros debían haberle quedado holgados, pero le ceñían unas caderas anchas y un gran trasero. Pese a todo, sus cálidos ojos azules tras los gruesos cristales de sus gafas, eran los mismos de siempre: cándidos, inocentes y dulces.

    –No entiendo, ¿de cuándo es esto? –preguntó con extrañeza señalando la fotografía.

    –Primer año de bachillerato, en las vacaciones de Navidad. Es la única foto mía que tengo de esos años. Como ves… estaba gordo, y era horrible, todo granos, gafas y kilos. Me llamaban foca, bola de grasa, mantecas, tonel y la vaca. Decían que además de gorda era maricona. –Había bajado tanto la voz que Damián tuvo que inclinarse más para poder oírle–. Carlo fue el que me ayudó a bajar de peso, ponerme en forma y eso. Los granos se fueron con crema y medicación antiacné y ahora llevo lentillas siempre que puedo, pero sé que no es suficiente.

    –¿Qué dices?

    –Me da miedo volver a ser ese chico de la foto. Me da miedo engordar y perder lo que tengo ahora. Ya sé que no es mucho, y que mi único amigo es Carlo, pero ahora… te tengo a ti. He tenido suerte y te has fijado en mí, nadie se ríe y nadie me llama nada, aunque te de la mano o salga contigo. Sé que capullos hay en todas partes, y Carlo me dice que estoy bien y que no había nada malo en mi antes, que era solo mi físico que me acomplejaba, pero no puedo evitarlo. –Dos gruesas lágrimas rodaron mejillas abajo, deslizándose hasta caer sobre las manos, apretadas en sendos puños–. Me aterra volver a lo de antes, y cuando Carlo me dijo que tenía que volver al gimnasio pensé que lo decía porque había engordado, y me entró el pánico.

    –¿Por eso no querías ir cuando estuviese yo? –preguntó incrédulo.

    –Por eso y… porque quería pedirle que me pesase. Desde que me obsesioné con mi peso me quitó la báscula, no me deja tener una en casa porque podía llegar a pesarme siete u ocho veces al día. Dice que eso es malo para mi salud mental, que me angustio –continuó, vulnerable e inseguro–. Quería ver si había engordado, pero no quería que lo dijese en voz alta y te enterases de ser así. Me hubiera muerto de vergüenza. Estoy seguro de que no querrías salir con un chico como el que era, como el que sale en la foto.

    Enrique enmudeció, todavía dejando caer una lágrima tras otra a un ritmo lento pero continuo y sin atreverse a levantar la vista. Conocía a Damián desde hacía tan poco que lo que acababa de decir le parecía un tremendo error, pero era tarde para dar marcha atrás. Si se iba, si le rechazaba, le rompería el corazón en mil pedazos, pero al menos sabría que su relación estaba condenada al fracaso desde el principio. Mejor enterarse ahora que después de meses, con planes e ilusiones de futuro. Oh, pero el pensamiento dolía tanto.

    Ni siquiera era consciente de que temblaba, todo su cuerpo se estremecía como una hoja agitada por el viento. Su novio se levantó del sofá en silencio y sintió que su corazón iba a estallar en afilados fragmentos que se hincaban en sus pulmones y le cortaban la respiración. Si decía que le daba asco no sabía si lo soportaría, sería peor que todas las burlas y el acoso vivido desde el colegio. Para su sorpresa, Damián se arrodilló delante de él, cubriendo sus puños con sus manos y colocando su cara tan cerca de la suya que ocupó todo su campo visual. Sus ojos de gato estaban colmados de ternura y amor, sin rastro de la repugnancia que tanto le aterraba descubrir.

    –Eres idiota. Idiota de solemnidad. –Le insultó con suavidad, con una pequeña sonrisa tirando de las comisuras de sus labios–. ¿Tan mal piensas de mí? ¿Tan superficial me consideras? Escúchame, por favor.

    Ante su petición el chico levantó la vista de su regazo, sumergiéndose en los dos pozos de jade que eran los ojos de Damián en ese momento. El joven le acarició la cara con ternura, secándole las mejillas con los pulgares e impidiendo que volviese a agachar la cabeza.

    –No me importa si antes pesabas más que ahora. Lo que siento es rabia y agradecimiento a partes iguales: rabia porque te lo hiciesen pasar tan mal, y agradecimiento hacia Carlo que estuvo ahí para ti. Es una grandísima persona. Tienes razón en que no habría salido contigo, pero no porque estuvieses gordo, o tuvieras granos, o llevases gafas. De hecho –añadió con una media sonrisa–, las gafas me gustan bastante, te ves sexy con ellas. No habría salido contigo porque yo en esa época estaba loco por otra persona y era incapaz de ver que otros a mi alrededor existían.

    –¿De verdad no te habría molestado que te viesen conmigo cuando estaba así de gordo?

    –Te lo juro –contestó con fervor–. De seguir así ahora, igual que estabas en esa foto, creo que me habría enamorado de ti igualmente. Yo sí que he tenido suerte contigo, de verdad.

    –Yo… lo siento, lo siento mucho. Me daba miedo y te aparté por eso y… l-l-lo-s-s-ssien-tto –los sollozos de Enrique se intensificaron y subieron de volumen hasta que ahogaron sus palabras.

    Damián le atrajo hacia sí y le estrechó entre sus brazos, agradecido por no haberle perdido y avergonzado por haber sacado las cosas de contexto y no percatarse antes de que nada tenía que ver con él. El joven se refugió en su regazo, escondiendo la cabeza en su hombro donde siguió sollozando, mientras su novio le acunaba con dulzura. El intenso alivio que sentía le instó a abrazarle con más fuerza mientras el chico comenzaba a tranquilizarse y a dejar de llorar.

    El cuerpo cálido y firme de Enrique se apretó más contra el suyo. Damián besó su suave cuello con ternura, cerca de la nuca y deslizó ambas manos por la espalda del joven notando su piel sedosa y caliente bajo los dedos. Prometiéndose a sí mismo, pero también a su novio, que estaría más atento a partir de ahora para evitar nuevos malentendidos. Debía confiar, y juró que, por mucho que le costase, confiaría. Su peso resultaba reconfortante, incluso más que eso. Con cierta incomodidad se removió ligeramente, intentando que su erección no incomodase a su novio. Necesitaba consuelo, no saber lo pervertido que era. Intentó que Enrique no se diese cuenta, pero sus esfuerzos fracasaron miserablemente.

    –Oh, perdona. Esto es embarazoso– musitó alejándose y frotándose los ojos–. No debería llorar así.

    –No te disculpes, no por ser sincero y sentirte mal. Ni por llorar. Sabes que estoy aquí para lo que necesites, quiero estar aquí, que te apoyes en mí si lo necesitas. Yo sí debería disculparme por esto –dijo con un elocuente gesto hacia abajo–. Te juro que no soy un pervertido, bueno, un poco, pero no es por verte llorar ni nada, y me siento fatal porque esto es súper inoportuno. Es que estabas encima de mí y antes pensé que ibas a dejarme, y al no ser así entre el alivio y que te tenía sujeto pues…

    Enrique le cortó con un beso intenso. Sus ojos azules resplandecían, ligeramente húmedos por las lágrimas aún. Enredó sus dedos en el cabello rojizo de su novio y volvió a subirse sobre él, rodeando su estrecha cintura con las piernas, frotándose contra su más que notable erección que abultaba la entrepierna de sus vaqueros. Damián le miró con sorpresa, pero no le detuvo. Sus manos recorrieron el cuello de Enrique y se aferraron a su camiseta, tirando de ella para conseguir levantarla. La piel morena del joven quedó expuesta y Damián la acarició en su totalidad, deslizando las manos de la espalda al pecho y de vuelta a la espalda, acercando más al chico a su cuerpo.

    –¿Estás seguro de que quieres esto? –consiguió preguntar cuando por fin se separaron, jadeando aceleradamente.

    –Sí. Esto es lo que deseo, te deseo a ti, y saber que tú a mi es lo que más quiero ahora mismo. Por favor, no pares.

    La súplica de Enrique fue ferviente y apasionada, no carente de sinceridad. Sus manos se aferraban a Damián con una desesperación que al chico le recordó a la misma que sentía él cuando deseaba arrancar a Mateo algún sentimiento genuino, algo más que el mero morbo. Recordaba con toda claridad el dolor cuando no lo conseguía, y la sensación de no ser más que un objeto. Sujetando la cara de Enrique entre las manos le devolvió el beso con toda la pasión posible, empujándole hacia atrás a la vez hasta que quedó tumbado en el suelo, entre el sillón y el sofá. Mantenía los ojos cerrados, entregado por completo a lo que quisiera hacerle.

    Damián se inclinó sobre él. Dudaba que la postura en la que estaba fuese la más cómoda pero no podía contenerse. Una y otra vez había puesto en duda que le quisiera de verdad y una y otra vez le demostraba que no tenía nada que temer. Sus inseguridades no se habían puesto de manifiesto hasta no haber empezado a salir y amenazaban con alejar de él a Enrique. Asustado por la idea y maldiciéndose por su estupidez se agarró a él con fuerza, mordiéndole el labio interior y tirando de él con los dientes mientras su lengua se deslizaba por los rincones de su boca, esforzándose por retenerle junto a él. Enrique gemía con suavidad, de forma casi inaudible, pero sus manos tiraban de la ropa de Damián con tanta fuerza que el joven pensó que se la desgarraría.

    Abandonando su boca descendió por su cuello con besos apasionados, dejando una hilera de marcas rojizas de diversos tamaños. La piel morena y suave no era tan propensa a quedar marcada como la suya, por lo que insistió nuevamente, ahora en sentido ascendente, volviendo a besar cada uno de los puntos y succionando ligeramente, reforzando las marcas. Esta vez sí consiguió sacarle la camiseta, arrojándola sobre el sofá sin preocuparse por ella. Bajo él, Enrique temblaba, agitado por escalofríos cuya causa era una mezcla de excitación y frío por estar acostado sobre el duro suelo. Damián abrazó su cuerpo, transmitiéndole un calor que no sirvió para detener los estremecimientos. Su boca bajó desde el cuello a las clavículas, por donde pasó la lengua hacia los hombros.

    No quería detenerse, ni siquiera se le pasaba por la cabeza la idea de parar ahora. Quería besarle cada centímetro de piel, corresponder a su confianza con entrega. Nuevas marcas rojizas asomaron en el hombro mientras dirigía su boca a los bíceps de Enrique. Girando la cabeza le besó hasta donde alcanzaba sin hacer que le soltase. Su novio gemía sin resistirse, limitándose a mantenerse aferrado a él, apretando su camiseta en los puños. Damián deslizó las manos por los costados del cuerpo de Enrique, deteniéndose sobre las ligeras estrías que marcaban su cintura. Aunque sus manos viajaron más allá, su boca no abandonó todavía el pecho. Con los labios entreabiertos y jadeando recorrió los pectorales en toda su longitud. No sabía si lamía o besaba y le daba igual, tan solo quería recorrer toda su piel.

    Los pezones estaban tan duros que las puntas presentaban ese tono escarlata que tanto le excitaba, pero aún era pronto. Si les acariciaba no podría detenerse, por lo que les ignoró y se limitó a morderle un poco por encima de las aureolas, tirando de la piel con los dientes hasta que le escuchó gemir y su respiración se aceleró. Desde esa posición podía escuchar perfectamente su corazón, latiendo desbocado contra sus costillas. Mientras le besaba por debajo del pectoral derecho, apoyó la mano sobre el izquierdo aferrando su músculo con firmeza, abarcándole con la palma de la mano y notando el martilleo incesante contra la misma. Para no descargar todo su peso sobre esa área tan sensible apoyó la otra mano en el suelo, notando por primera vez lo frío que estaba.

    Con un gemido de frustración se separó de Enrique, incorporándose del piso. Aferrando el antebrazo de su chico tiró de él con sorprendente fuerza, levantándole. Estrechándole entre sus brazos acarició su espalda helada intentando calentársela. Enrique jadeaba, con la frente apoyada contra su pecho y sus brazos rodeándole por la cintura. Flexionando las rodillas le rodeó los muslos y en un único movimiento calculado le izó en el aire, posicionando sus piernas a ambos lados de su cuerpo. En cuanto le tuvo en vilo notó resentirse sus brazos y su espalda pues a pesar de su fuerza pesaba más de lo que solía cargar. Sin embargo, ignoró esas sensaciones y el grito de sorpresa de su novio que enroscó sus piernas con más fuerza en torno a él debido al susto.

    –¿Qué haces? ¡Bájame! Peso demasiado para ti.

    No respondió. Controlando su respiración afianzó más su agarre y echó a caminar hasta el dormitorio, agradeciendo las escasas dimensiones del apartamento. A pesar de que sus brazos comenzaban a dolerle por el esfuerzo consiguió llegar hasta la cama. Enrique soltó sus piernas, sin duda esperando que le dejase caer sobre el mullido colchón. Para su sorpresa Damián no le soltó. Aguantando el agarre se dobló despacio, hasta depositarle con dulzura sobre la cama, quedando sobre él directamente.

    –¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? –interrogó Enrique preocupado, incorporándose a medias.

    Damián le retuvo, empujándole por los hombros con suavidad. Sin responder volvió a besarle, atrapando acto seguido uno de los pezones entre sus labios. Los gemidos de Enrique se reanudaron, más agudos esta vez. Tanteando pasó la lengua en un suave círculo en torno al pezón, recorriendo toda la aureola mientras sus dientes se afianzaban sobre la delicada carne, que cedía bajo ellos. Controlando la presión para no hacerle daño tiró de la piel ligeramente, con estudiada calma. Enrique se retorcía debajo, incapaz de contenerse. Acarició con los dedos el otro pezón, listo para pellizcarle, cuando notó que le tiraba del pelo con fuerza, demandando su atención. Sus claros ojos brillaban sobre él, exigiendo una respuesta a sus preguntas.

    –Estoy bien, no te preocupes. Te estabas quedando helado, me lo tendrías que haber dicho antes– protestó sonriendo con cariño.

    –No me di cuenta –admitió acariciando su cabello cobrizo–. No pares, por favor.

    Sus mejillas se tiñeron de color en cuanto dijo aquello. Sonriendo con dulzura Damián acarició los parches de color en cada pómulo, más calientes incluso que el resto de la piel. Besándole con dulzura en los labios volvió a acariciar los pezones del joven, impulsándoles arriba y abajo con el pulgar, jugando con ellos de forma que se hundiesen para volver a saltar en cuanto retiraba la presión. A pesar del beso Enrique gemía sin control. Antes de que volviese a agarrarle Damián se quitó la camiseta, aprovechando que había tenido que separarse de él para volver a descender por su cuerpo, besando las costillas de ambos lados hasta llegar al esternón, por el que pasó la lengua en una larga pasada que terminó en la incisura yugular. Soplando sobre el rastro de saliva dejado observó fascinado como respondía la piel de su novio, los escalofríos que la recorrían.

    Los vaqueros comenzaban a molestarle demasiado, apenas le dejaban espacio a su erección que comenzaba a protestar dolorosamente. Acomodándose mejor la tela para tener algo más de espacio volvió a centrarse en Enrique. También en sus vaqueros se apreciaba un bulto más que considerable. No quería bajar todavía, no quería apresurarse, por lo que cerró los ojos e ignorando cualquier región por debajo del ombligo centró toda su atención en los pezones, succionando con fuerza y tan súbitamente que escuchó como gritaba de placer. Las aureolas, ligeramente más ásperas, presentaban un vivo color chocolate que incitaba a lamerlas una y otra vez. Mordisqueó ambos pezones, alternando entre uno y otro a capricho mientras sentía las manos de Enrique empujarle la cabeza hacia abajo.

    Con una sonrisa traviesa que le marcaba suavemente los hoyuelos descendió despacio por el cuerpo de Enrique, marcando él el ritmo a pesar de las insistentes caricias del muchacho que forcejeaba para que siguiese bajando. Sus labios trazaron un húmedo camino desde los pezones hasta el ombligo, donde se detuvo para dibujar un par de vueltas con la lengua. El joven gemía y gemía, con los ojos azules clavados en Damián. Sin embargo, cuando este levantó los suyos, el color subió de nuevo a sus mejillas, de golpe, coloreándolas de escarlata. A pesar de eso, le sostuvo la mirada con resolución, deslizando su mano desde el pelo cobrizo de Damián hasta su cara, acariciándole los hoyuelos.

    Damián le besó la mano con ternura, girando apenas la cabeza. Agarrando el botón de los vaqueros les soltó y les deslizó por las piernas de Enrique hasta los tobillos. Estaba descalzo, por lo que el pantalón salió sin obstáculos. Repitió el proceso con el bóxer azul que llevaba, arrojándole a los pies de la cama. El pene de Enrique se alzaba entre sus piernas, completamente erecto y arrojando gotas de líquido preseminal que caían despacio desde el glande por todo el tronco. Deseaba abalanzarse sobre él, pero se controló. Agarrando los tobillos del muchacho besó el empeine del pie derecho. Enrique intentó mantenerse quieto, una patada y le causaría mucho daño, pero cuando Damián comenzó a ascender por la pierna, cubriendo con besos el tobillo, la pantorrilla y la rodilla tuvo que aferrarse a la sábana para conseguirlo.

    Cada uno de los besos que le daba parecía quemarle, dejando una sensación ardiente en su piel que se empeñaba en no disiparse. Damián alternaba la presión blanda de sus labios coralinos con sus dientes afilados que en ningún momento llegaban a perforar la piel a pesar de las marcas. Fresas maduras sobre el cacao de su piel. Cuando su lengua llegó a la parte de su cuerpo sin oscurecer recorrió despacio la frontera entre el bronceado y la piel pálida. Le encantaba ese contraste tan llamativo, la prueba empírica de que tenía el privilegio de ver partes nunca expuestas anteriormente.

    La maldita bragueta le apretaba demasiado la erección, pero por una vez agradecía semejante constricción. No estaba dispuesto a apresurarse. Le deseaba, pero no sólo una vez, no, eso sería demasiado sencillo. Pensaba tenerle tantas como pudiese y la única manera de conseguir eso era reprimirse, mantenerlo todo a raya. Los testículos más que medianos de Enrique estaban ya al alcance de su boca, rozándole la nariz cada vez que se movía. Con pleno descaro sacó la lengua, mirando intensamente a su novio mientras la pasaba desde el perineo hasta la base del pene. Los gemidos de Enrique se elevaron de nuevo, ascendiendo mientras sus muslos se tensaban y empujaba la cabeza de Damián, instándole a ir a por su pene.

    Sujetando las muñecas del joven apartó sus manos de su cabeza, entrelazando después sus dedos con los suyos. Apretó cuanto pudo sin hacerle daño, impidiendo que las liberase y ganando así el control absoluto. Disfrutaba chupando, mamando, más de lo que Enrique intuía. Su lengua volvió a recorrer el escroto del chico, notando debajo de la fina piel los testículos. La hundía entre ambos y les separaba dentro del saco, apresándoles con los labios, succionando, lamiendo, cubriendo de saliva caliente toda la zona y dejando después que se enfriase al contacto con el aire. Aquellos contrastes enloquecían a Enrique que le apretaba las manos, gimiendo y jadeando como un poseso.

    El pene de su novio se apoyaba contra su cara, manchando su frente y sus mejillas de gotas de líquido preseminal. Damián deseaba tenerle en su boca, pero se contuvo, deleitándose con su peso y el intenso calor que emanaba de él. Ahora podía oler también la excitación del joven, una fragancia sutil que se mezclaba con el aroma de la piel limpia y que parecía incitarle a ir más lejos. Con pericia atrapó uno de los testículos con los labios y aspiró por la boca con fuerza, introduciéndole entero y tirando después para tensar la piel. Su lengua recorrió la parte inferior y movió la cabeza a la vez para poder frotar el pene de Enrique contra su mejilla. La recompensa fue un intenso grito de placer y un ligero chorro de líquido preseminal que cayó directamente en su cara.

    Empujando con la lengua sacó el testículo de su boca, solo para abrir más los labios y elevar la cabeza para tragar el glande entero. Tan húmedo y suave que se deslizó por su boca, llegando a su garganta. Damián soltó un profundo gemido y Enrique creyó que eso sería su límite. La vibración de las cuerdas vocales del joven le llegó con toda claridad, repercutiendo en su miembro que seguía clavado en la garganta del chico. Damián cerró los ojos y apretó más los labios, metiendo y sacando el pene de Enrique de su boca, cada vez más deprisa. Enrique desasió sus manos de las de Damián y agarrando su pelo le empujó más hacia abajo, instándole a que tragase más. La nariz del joven golpeó contra su pubis lampiño y Damián aprovechó para tomar aire, antes de que de nuevo moviesen su cabeza arriba y abajo.

    La saliva se mezclaba con los demás fluidos y escapaba por las comisuras de la boca de Damián. Abrió los ojos y miró directamente a Enrique, sus ojos azules se clavaban en su cara, sin perderse ni el más mínimo detalle. Damián volvió a gemir y su novio pensó que se derretiría. Incapaz de contenerse por más tiempo tiró de su pelo con fuerza, intentando apartarle. Para su sorpresa, consiguió que Damián se retirase, tan solo para que se colocase mejor entre sus piernas, abriendo la boca y sacando la lengua. Su mano suave aferró el pene y moviéndola deprisa arriba y abajo masturbó a Enrique, que gimió y jadeó incapaz de controlarse. A pesar de su deseo de aguantar, el orgasmo le alcanzó como una descarga eléctrica.

    Su semen salió despedido, aterrizando no sólo en la boca de Damián, también en su frente y sus mejillas. El chico sonrió y tras tragar lo que había caído en su lengua dio una rápida lamida al pene de su novio, que le miraba alucinado y algo avergonzado. Con el dedo recogió lo que tenía por la cara y mirándole lamió hasta el último rastro de semen. Aprovechando la saliva que había quedado en sus dedos les pasó por el ano de Enrique que gimió con suavidad. Su pene seguía duro, pero ya no sentía la misma urgencia que antes y su cuerpo seguía estremecido por los escalofríos causados por el orgasmo.

    Damián retiró sus manos de su cabeza, desenredando los mechones de su pelo cobrizo de entre sus dedos. Antes de soltar sus manos dio un suave beso en los nudillos de cada una, dejándolas sobre el vientre de Enrique. La situación le recordaba a la primera vez que se habían acostado, con la salvedad de que ahora conocía hasta dónde podía llegar. Enrique se incorporó ligeramente en la cama, mirándole con las mejillas encendidas. Su dedo pulgar recorrió los labios coralinos de Damián que sonrió y le dio un suave mordisco en la yema, juguetón. Sus manos bajaron hasta sus vaqueros y soltando el cierre por fin se desnudó del todo, retirando también el bóxer a la vez. De dos patadas se libró de las deportivas y se inclinó para quitarse también los calcetines.

    Por fin su erección tenía el espacio necesario. El alivio fue inmediato, tan placentero que soltó un suspiro. Iba a coger el lubricante de la mesilla cuando cayó en la cuenta de que no estaba en su piso, y de que ignoraba si Enrique tenía o no en casa. Su cómica sorpresa no pasó desapercibida a Enrique, quien se apoyó sobre los codos para poder verle con más comodidad.

    –¿Qué pasa? ¿No quieres seguir? –preguntó preocupado, incorporándose hasta quedar sentado del todo.

    –¿Tienes lubricante?

    –¡Ah! Sí, o eso creo.

    Sonriendo con alivio ante la sencilla petición de Damián, Enrique gateó sobre el colchón hasta alcanzar una de las mesillas. Revolvió unos minutos en el cajón y por fin sacó un bote, aún precintado, de lubricante. Cuando se lo tendió a Damián este enarcó una ceja. Por si el intenso color rojo del bote no fuese suficiente, todo él estaba cubierto de imágenes de pequeñas fresas. Retiró el plástico con los dientes y tras comprobar la caducidad echó un poco sobre su dedo. Olía bien, más semejante a las gominolas que a las fresas de verdad, pero aún así era un aroma apetecible.

    –Vaya, vaya. No sabía que te molase esto.

    Aunque Damián sonreía divertido, Enrique enrojeció hasta la raíz del cabello y desvió la mirada. Damián apoyó la mano en su pecho y le hizo caer de nuevo a la cama, boca arriba.

    –Me lo regaló Carlo, nunca lo he usado –se justificó avergonzado.

    Damián besó todo su cuello y se rio justo sobre su oído, mientras dejaba caer un poco del lubricante por la piel de su pecho.

    –Te tomaba el pelo, bobo. ¿Sabes? A mí sí me gusta jugar con estas cosas –se pronunció descendiendo hasta alcanzar el pecho de Enrique–. ¿Quieres probarlo?

    Enrique asintió, mirándole de nuevo, pero todavía ruborizado. Damián sonrió y lamió el lubricante que había echado sobre su pecho. Poniéndose de rodillas sobre el chico, con una pierna a cada lado de su cuerpo, echó un poco de lubricante sobre su pene. Agarrándole por la base le acercó a la cara de su novio, que abrió la boca y tragó lo que se le ofrecía. Su lengua se paseó despacio por la piel recién lubricada, notando el contraste entre el líquido preseminal, salado y algo ácido incluso, y el intenso sabor artificial del lubricante. Pronto sólo pudo notar el lubricante, dulzón y semejante a los caramelos de fresa, por lo que tragó un poco más. Damián se retiró al ver que el chico lamía más allá del punto de lubricante, riéndose con suavidad.

    –Era sólo probar, nada de seguir tragando.

    –Eso es culpa tuya –replicó entre risillas– tú estás mucho mejor que el lubricante, aunque está rico.

    Su novio le dio un beso ligero sobre los labios y descendió de nuevo, antes de ceder a la tentación y dejarle hacer lo que quisiera. Si se la seguía chupando se correría. Besó el pubis de Enrique e ignorando de nuevo su pene, que empezaba a perder su firmeza, le levantó las piernas y apoyó los muslos sobre sus hombros, consiguiendo así acceso total a su ano. Lamió sus labios para humedecerles y dejando a un lado el lubricante los pegó al estrecho orificio. Los suaves pliegues de piel se abrieron ante la presión de su lengua, permitiéndole meter la punta. La movió en círculos y presionó más, acercándose hasta que su nariz descansó sobre los testículos del joven.

    Enrique gimió con fuerza y se relajó más. La lengua ávida del chico avanzaba y retrocedía, entrando y saliendo de su ano que se iba dilatando, dejándole acceder cada vez más hondo. Untando sus dedos del oloroso lubricante metió dos directamente. El interior cálido y estrecho de Enrique le recibió con facilidad, dilatándose para concederle paso. Los dedos dieron de nuevo paso a su lengua, que danzó por su interior para retirarse y pasear por el ano, recorriendo cada pequeño pliegue hasta que la saliva escurrió por la piel del joven, deslizándose entre sus glúteos. Nuevamente volvió a meter los dedos, sin aviso previo de ningún tipo. Se unieron a su lengua en un baile caótico que consiguió arrancar de Enrique roncos gemidos mientras se agarraba a la colcha que cubría la cama y apretaba las piernas.

    Damián se vio aprisionado entre los muslos de Enrique. Sonriendo como un gato se separó mínimamente de Enrique y girando la cabeza le dio un mordisco más fuerte que cualquiera que le hubiese dado antes. Enrique gritó de sorpresa y rápidamente separó las piernas, consciente por primera vez de que podía haber hecho daño a Damián. Para su alivio el chico sonreía, recorriendo la marca dejada por sus dientes con la lengua. El chico se incorporó, intentando no descargar demasiado peso sobre Damián, y le pasó las manos por su pelo rojizo, húmedo de sudor.

    –¿Estás bien? Me olvidé de que tenía tu cabeza entre las piernas.

    –Hazlo otra vez, ha sido jodidamente erótico.

    En los ojos verdosos de Damián relucía un brillo extraño que Enrique no había visto antes, mitad deseo y mitad lujuria. Rápido como un suspiro se incorporó, echándole contra el colchón nuevamente y colocándose encima de él, con su largo pene apuntando directamente contra su ano. Le sostuvo por las muñecas y juntó de nuevo los labios con los suyos. El fuego de sus ojos verdes parecía abrasarle por dentro. Enrique relajó más las piernas y aguardó a que se moviese. Sin embargo, Damián no hizo lo esperado, como ya era costumbre esa noche. Su pene se deslizó por los testículos de Enrique con una calma que desquició al muchacho, sin bajar nunca de ese punto. Intentó desasirse de sus manos, pero la presa del joven ni siquiera vaciló.

    –Por favor, por favor…

    –No.

    La negativa fue suave, pero firme a la vez. Gimiendo con cierto fastidio Enrique volvió a relajarse, intentando esconder su impaciencia. Damián movió las caderas de nuevo, frotándose y masturbándose contra los testículos de su novio. Soltando tentativamente la muñeca del chico agarró su pene y el de Enrique y les masturbó juntos. Su líquido preseminal y los restos de lubricante se traspasaron al miembro de su novio. Notó el calor que emanaba del pene de su chico, su humedad y su suavidad. Mantuvo la mano quieta, limitando su uso a un mero soporte que les mantenía juntos, y movió las caderas con fuerza. Su pene se pasaba así por toda la longitud de Enrique que gemía y jadeaba sin perderle de vista. Con cierta vacilación por si volvía a amonestarle se agarró al bíceps de Damián que le volvió a besar.

    Aunque en el fondo estaba desquiciando a Enrique, tampoco él podía aguantar mucho más. Todo su autocontrol se estaba poniendo a prueba con cada pasada, cada mínima fricción de su piel contra la de Enrique. Gimió con suavidad y mordiéndose el labio inferior cerró los ojos, intentando abstraerse. No le funcionó como esperaba, pues con los ojos cerrados las sensaciones que recorrían su cuerpo se maximizaban, toda su piel parecía haberse vuelto hipersensible y hasta la mano de Enrique sobre su brazo parecía enviar miles de sensaciones a su cerebro.

    Descansó su frente sobre la de su novio un momento, tan solo un minuto, boqueando para recuperar el aliento y el autocontrol, pero el chico aprovechó para besarle, subiendo la mano que tenía libre hasta su cabellera. Apartó el flequillo de los ojos de Damián y acarició las sedosas ondas despeinadas y encrespadas. Damián jadeaba y el glande de su pene había adquirido un brillante tono rojo encendido, más incluso que el de Enrique.

    –Deja de contenerte, yo quiero que me folles ya. No entiendo por qué insistes tanto en no hacerlo.

    –Porque te quiero –respondió casi de inmediato–. Porque no quiero que esto sea solo un polvo y ya. Quiero… demostrarte lo muchísimo que me alegro de estar contigo –añadió con súbita timidez.

    Enrique agarró unos cuantos mechones en su puño y se levantó ligeramente, juntando sus labios a los de su novio que esta vez no le retuvo. Enrique mordió con fuerza el labio de Damián que gimió y movió de nuevo las caderas, frotando una y otra vez su pene contra el del joven. Sus dedos se clavaron en el bíceps del muchacho que gimió incluso a través del beso. Su novio le taladró con la mirada, tirando de su pelo de forma dominante. En respuesta, Damián mordió el labio inferior de Enrique, que le tiró de nuevo del pelo y mordió su cuello, dejando la marca de sus dientes en la piel clara del chico.

    –Fo-lla-me –silabeó clavando sus ojazos azules en Damián.

    El chico sonrió de nuevo y agarró los muslos de su chico. Haciendo gala de su fuerza le levantó ligeramente del colchón y tras untar su pene de lubricante entró en un único movimiento. Enrique gimió de placer y le soltó el pelo, acariciándole una última vez antes de clavarle las uñas en la espalda. Damián volvió a sujetarle las manos, juntando ambas muñecas y apresándolas con una única mano. Enrique todavía se sorprendía de lo fuerte que era para ser tan delgado. Con la mano libre Damián acarició el pene de su novio, que se retorcía debajo de él. Damián pasó la lengua desde las costillas hasta la axila, mordisqueando la sensible piel sobre el pliegue. Enrique le miró con sorpresa. Nadie le había acariciado ahí jamás.

    Damián comenzó a mover las caderas a más velocidad. Su pene entraba y salía sin pausa del dilatado ano de Enrique, que le recibía con agudos gemidos. Con las manos inmovilizadas al lado del cabecero y las piernas sobre los hombros de Damián ni siquiera podía moverse, completamente ofrecido a su novio que no cesaba de besarle, lamer su cuerpo y masturbar su pene, que había recuperado su anterior firmeza. Nuevas gotas de líquido preseminal caían sobre su pubis, formando un reguero transparente que escurría por su piel. Damián aceleró más, frotando el frenillo con el pulgar para estimularle. El golpeteo de sus cuerpos se entremezclaba con los gemidos y jadeos que ambos jóvenes proferían.

    Tras un empujón más fuerte que los demás Damián se retiró, manteniendo el pene encima de Enrique que torció el cuello para mirarle. Jamás había visto así el miembro de su novio. Su inmensa longitud de casi veintidós centímetros estaba enrojecida, especialmente el glande y su corona. Gruesas venas surcaban todo el tronco, hinchadas y azuladas. Todo su pene palpitaba, henchido y goteando intensamente. Enrique retorció las manos para librarse del agarre de su chico y pasó ambas manos por el pene. Damián gimió y se retiró, agarrándole por le hombro y haciéndole girar sobre la cama, dejándole tumbado boca abajo.

    Enrique no tardó en notar su peso sobre él. Su pecho liso se apretaba contra su espalda y notaba los rizos del pubis de Damián contra sus nalgas. El chico besó su cuello y su hombro, mordiendo la piel morena y jugando con la presión, relajando o apretando mientras su pene se paseaba entre sus glúteos, firmes y blancos. Damián le abrazó con fuerza y sin previo aviso se introdujo en él, con un único envite. Enrique gimió y se agarró con fuerza a las sábanas. Con los ojos cerrados elevó en el aire las caderas, facilitando a su novio la penetración. El muchacho recorrió su cuello con la lengua, besando después su nuez de Adán. Damián se introdujo de nuevo en Enrique, empujando cuanto pudo para retirarse después.

    Aumentando la velocidad penetró una y otra vez a Enrique. Los gritos del chico cada vez eran más altos y agudos. Con una sonrisa divertida le giró la cara, dejando su mejilla apoyada contra la almohada. A pesar de sus ojos cerrados, su boca entreabierta y su expresión traslucían el intenso placer que estaba sintiendo. Estrechó más su abrazo y salió entero, clavándose de nuevo en él en un único golpe de caderas. Su pelvis se movía adelante y atrás a toda velocidad y sus grandes testículos chocaban una y otra vez contra los de Enrique. Besó la comisura de sus labios y le agarró la barbilla, obligándole a girar algo más para poder ver su cara entera.

    –Mírame –pidió con suavidad, besando la mejilla lampiña del chico.

    Los grandes ojos azules de Enrique se abrieron de par en par en cuanto notó la lengua cálida y mojada de Damián pasando por su mejilla. Su novio sonrió e imprimió más fuerza a sus embestidas, entrando y saliendo con un sonido húmedo y chapoteante debido al lubricante. La mano suave de Damián masturbaba sin tregua su pene, recogiendo el líquido preseminal y empleándolo para recorrer con más facilidad toda su longitud. Enrique gemía y gemía, mirando fijamente a Damián. Sus manos soltaron la ropa de cama y agarraron los brazos de Damián, estrechándole contra sí. Su peso resultaba reconfortante y a la vez excitante, llevándole de nuevo al límite.

    Cuando el chico apretó el frenillo y tiró suavemente del glande, Enrique no pudo más. Gimiendo como un poseso hasta acabar gritando volvió a alcanzar el orgasmo. Oleadas de placer irradiaron de su pene y estremecieron todo su cuerpo bajo la atenta mirada de su novio, que no cesaba de besarle y acariciar su piel. Las caderas de Damián empujaron más fuerte, en rápidas y potentes embestidas. Con un último empellón que le tiró sobre Enrique terminó también, en un orgasmo brutal e intenso. De su garganta escapó un ronco grito de placer al tiempo que espesos chorros de semen inundaban el interior de su novio, que le sostenía la mirada mientras recuperaba el aliento.

    Damián apoyó la cabeza en el hueco del hombro de Enrique, jadeando contra su cuello y estrechándole aún entre sus brazos. Un ligero temblor estremecía su cuerpo y pequeños calambres parecían agarrotar sus piernas. La temperatura de la habitación era bastante baja, y ahora que la actividad había cesado notaba enfriarse el sudor de su piel y también de la de Enrique. Con un suspiro leve y disimulado se incorporó con cuidado, retirando su pene del ano del joven y procurando no usar de apoyo el cuerpo de su novio, que le miró con cierta preocupación.

    –Perdona, por no haber aguantado más –se disculpó con voz queda.

    –Estás de coña ¿no? –preguntó Enrique girándose para encararle plenamente–. Tío, no sé qué aguante tienes tú o cuántas veces seguidas puedes ir, pero yo con dos estoy muerto. Con una ya estoy muerto así que imagínate ahora. ¿Por qué te disculpas?

    Si esperaba una respuesta, se llevó una decepción. Damián se inclinó y recogió su ropa del suelo, apretándola entre sus manos. Enrique le miró preocupado y apoyó su mano en el hombro de su novio, que se limitó a cruzar las piernas, sentándose a lo indio sobre el blando colchón. Toda su seguridad de antes parecía haberse esfumado de golpe. Con la bola de ropa sobre el regazo, mantuvo la cabeza gacha, sin devolverle la mirada a su novio que le abrazó por detrás, acogiéndole en su amplio pecho. Damián cerró los ojos, evitando enfrentar su mirada, y estrujó su pantalón.

    –Antes… en el salón… me agarrabas con tanta fuerza, tanta desesperación, que pensé que lo que necesitabas de mi no era solo un polvo y ya –su voz era suave y triste, y traslucía una vulnerabilidad y una fragilidad que Enrique no había intuido nunca en él. Inspirando hondo Damián continuó hablando–. No sé. He intentado darte más, pero creo que he fracasado. Lo siento.

    Enrique le abrazó con tanta fuerza que pensó que se le partiría el pecho. A su espalda podía notar el latido sosegado del corazón del joven, que le estrechaba contra él con todas sus fuerzas. Los labios suaves y plenos del chico acariciaron su cuello y su hombro antes de darle un beso. El joven le agarró por la barbilla con delicadeza, acariciando sus labios con el pulgar en el proceso y haciéndole girarse en su regazo, sin soltarle.

    –Cariño, ha sido fantástico. Yo no tengo mucha experiencia y sé que tú tienes más que yo, pero a mi… a mi me ha gustado muchísimo. Las veces que lo hemos hecho me he sentido querido y cuidado. Y hoy… hoy ha sido fantástico.

    Enrique miró directamente a los ojos de Damián. Era extraño, el muchacho tenía una expresión de anhelo y angustia, como si desease creer lo que le decía y aún así siguiese dudando de las palabras del joven. Sonriendo con ternura sostuvo su cara entre las manos y le besó en los labios. Su aliento cálido cosquilleó en la piel de Damián que le abrazó a su vez, inclinándose para quedar a su altura.

    –¿Me lo prometes? –preguntó con cierta vacilación.

    –Te lo juro –respondió Enrique con seriedad–. Gracias por ser tan atento, y gracias por no rechazarme, por seguir conmigo. Te quiero.

    –Yo también te quiero, muchísimo. Soy muy afortunado por ser tu novio.

    Enrique le sostuvo un rato más, con una ancha sonrisa de felicidad en su cara. Damián era muchísimo más tierno de lo que había pensado en un principio. Sin embargo, empezaba a intuir que quizá había algo más. Su súbita inseguridad ante ciertos temas, y el esfuerzo excesivo que ponía a veces en complacerle. O el modo en que retrocedía a veces, como si se estuviese protegiendo. Acariciando su pelo cobrizo se pensó si debía preguntar directamente o si era mejor darle espacio. Antes de que llegase a ninguna resolución Damián se levantó, con una radiante sonrisa que le marcaban los hoyuelos, esas hendiduras que tanto adoraba Enrique.

    –Se me olvidó. El fin de semana voy a irme al pueblo.

    –¡Oh! Pues pásalo muy bien –aunque intentó disimular, no logró ocultar del todo el chasco, que se filtró en su voz.

    –Mi abuela me ha invitado, ya te conté que estaba de viaje y que acaba de volver –comentó mientras se vestía, mirando cómo Enrique sacaba directamente el pijama de debajo de la almohada–. Ella es mi hada madrina. Prácticamente me crio.

    –Debe ser una mujer fantástica –dijo Enrique realmente interesado en lo que Damián le contaba.

    –Para mi lo es. Por eso había pensado en que vinieses conmigo y que la conocieses. Si tú quieres.

    –¿Cómo amigos? –preguntó algo inseguro.

    –No. Como mi novio. Ella sabe que soy gay, no tiene ningún problema con eso. Siempre me ha apoyado, incluso me animó a decírselo a mis padres. Ya te he dicho que es mi hada madrina.

    Ya completamente vestido Enrique cogió la mano de Damián, acompañándole hasta la mesa donde esperaba la cena. Por fortuna el sushi había aguantado bien y no se había resecado en exceso. Con una ancha sonrisa le tendió un par de palillos a Damián, que aguardaba una respuesta.

    –Iré contigo. Me encantará conocer a tu abuela.

    .

    .

    .

    1 ya era hora

    2 felicidades

    3 ¿Por qué insistes tanto con el peso?

    4 es mi pasión

    5 princesa

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    .

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Lo primero es daros las gracias por las lecturas y el apoyo. Ha habido un pequeño retraso en las subidas por falta de tiempo. He tenido que emplear las vacaciones de Pascua / Semana Santa en ponerme al día con mis estudios, por lo que os pido disculpas. Para compensar, subiré el siguiente capítulo, donde conoceremos a la tercera pareja de esta saga, inmediatamente después de este, por lo que es probable que tengáis los dos en un mismo día.

    Gracias a todos por leer este quinto relato de la saga. Espero que os haya gustado y que sigáis apoyando esta serie. Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected]

  • Las confesiones de mi comadre

    Las confesiones de mi comadre

    Hola queridos lectores asiduos a esta página, la cual dicho sea de paso, me ha permitido liberar la mente; al ser mi primer relato y ser amateur, sólo pido me comprendan, y ahí les voy.

    Esto sucedió hace apenas un par de meses cuando mi esposa y yo andábamos de parranda, por lo que, al calor de las copas, decidimos visitar a mis compadres de Cuernavaca sin avisar que llegaríamos; así, una vez liquidado el consumo y después de ver la candente variedad, salimos de un cálido bar swinger y nos enfilamos hacia la caseta de Tlalpan, ya en la autopista rumbo a la ciudad de la eterna primavera, Paty mi esposa, le marca a Mari mi comadre avisando que llegábamos en veinte minutos y que llevábamos algunas bebidas para pasar un rato agradable aprovechando que ese fin de semana nuestras hijas nos habían dejado solos, mi comadre muy apenada, nos actualizó en las últimas noticias respecto a su relación con el compadre Baldo, a lo cual Paty puso el móvil en altavoz para que nos enteráramos ambos.

    Me da mucha pena comadrita pero trabajaré hasta tarde y mañana entraré temprano, imagínate saldré hoy a las once y media de la noche y mañana entro a las cinco y media de la mañana, por lo que no sé cómo hacerle, le pedí a tu compadre que viniera por mí pero me dijo que había llegado mi compadre Tony (un compadre en común) y no podía dejarlo solo, me molesté mucho y terminé mandándolo a la fregada, ya ves que siempre ha preferido andar de fiesta con sus amigos y a mí ni siquiera me saca, tú lo has visto cuando nos has invitado a tus fiestas, siempre termina tomando con sus amigos y durmiendo en donde menos se espera.

    Y mira que es tonto tu viejo, porque con ese cuero de mujer que tiene por esposa más de un invitado me ha dicho que tienes un cuerpo divino y lo que te harían si vinieras sola, y no creas, a más de uno le he visto su reacción en la entrepierna al imaginarte ji ji ji, pero entonces, que piensas hacer comadrita?

    Ay no lo sé, me da mucha pena pero tendré que hacer caso de lo que mi amiga Rita me sugirió, ya ves que aquí en la terminal nunca se acaba el movimiento.

    Ah caray, pues con que no se te haya metido en la cabeza vender caricias en lo que amanece? Jajaja.

    Los tres reímos al unísono por la ocurrencia de mi esposa.

    Cómo crees comadrita, aunque la idea no está muy alejada de la realidad, este cabrón me ha hecho unas que ya vieras las ganas que tengo de desquitarme, solo que me detengo porque no quiero hacerlo por despecho, pero ese es otro tema que después te platicaré porque ahora el curioso de mi compadre está escuchando jajaja.

    Por mí no te detengas linda, cuenta, cuenta jajaja.

    Lo que haré aunque me dé mucha pena, es pedirle a Robert, quien casualmente no tiene salida esta noche y vive aquí en Cuernavaca, que me preste su camarote para pasar la noche y temprano integrarme a mis actividades sin problema, ya en otras ocasiones me lo ha ofrecido muy respetuosamente, diciendo que no tiene inconveniente, creo que hoy le tomaré la palabra y así me ahorro lo del taxi de hoy y mañana; porque déjame decirte que tu compadre ya no me da nada…

    Nada… nada?

    Compaaadreee, nada de dinero, de lo otro, ni sueñes que te cuente ji ji, como no le gustó que entrara a trabajar aquí, últimamente ya no me quiere dar y ahora me veo muy presionada porque no me alcanza con lo que gano para todo lo que gasto en tus ahijados, el colmo es, que para comprar cerveza para sus amigos siempre tiene el cabrón, ahí sí no repela.

    No estarás exagerando comadrita? Creo que la última vez que estuvimos con ustedes, los vi muy “cariñosos”, no he podido quitar de mi mente la imagen de como se perdía la mano de Baldo en tu entrepierna apenas cubierta con ese vestido rojo que se unta a tu cuerpo sin dejar nada a la imaginación y sobre todo, el reflejo de la pasión en tu rostro, como pasabas la lengua sobre tus labios mordiéndolos de vez en vez y yo imaginando lo que me era imposible ver por la poca iluminación del jardín, recuerdas? incluso desde esa última vez no he podido verte de la misma forma que antes co-ma-dri-ta mmm.

    Oye! respeta a mi comadre cabrón.

    Ay compa, como no recordar, si cuando comenzaba a disfrutar, Baldo me susurró al oído que no perdías detalle de cómo me masturbaba por lo que al percatarme, rápidamente me acomode la tanga y me fui a la sala muy apenada; tu no sabes cómo se comporta el Baldo cuando ustedes nos visitan, fíjate que frente a tí en especial, siempre quiere estarme acariciando, al grado que me deja bien moja… perdón, no sé porque estoy tan sincera esta noche, no sé, me siento… excitada upss; pero regresando a lo cabrón que es tu compadre, déjame decirte que hoy se darán cuenta en cuanto lleguen, que no exagero, no quiere despegarse de la casa porque esta su compadre Tony con él, están solos en la sala y no dudes que tienen el refri repleto de cerveza y sus corridos a todo volumen, ya ves que a tus ahijados los cuida mi mami y Baldo no va por ellos si no voy yo.

    Cuando Paty escuchó que mis dos compadres estaban tomando juntos y sin niños en la casa, no pudo ocultar dirigirme una sonrisa de complicidad.

    Ya lo había notado comadre solo que no había querido comentarte nada porque lo creí muy razonable, acá entre nos, creo que el compa disfruta sentirse observado y más cuando ve la reacción que produces en mí, mmm caramba, comienza a crecerme la verga y siento como se dilatan sus venas palpitando al querer liberarse de su cautiverio, créeme que cuando estamos con ustedes, la que paga ese espectáculo que nos dan, es Paty, porque aprovechamos para dar rienda suelta al fuego que nos provocan sus cachondeos pues en cuanto nos dejan solos, mis manos se apoderan de su tanga bajándola de un tirón y mis dedos recorren su vulva totalmente lubricada para luego introducirlos en mi boca y saborear ese delicioso néctar que emana de mi pervertida esposa, en un juego donde le gusta llamarme Baldo, imaginando que es el compadre quien la penetra, te juro que es exquisitamente delicioso.

    Oooyee cálmate papi, que no respondo.

    Insinuó Paty al tiempo que liberaba mi verga, la cual saltó imponente, venosa e hinchada, como si tuviera vida propia, capturando con su boquita la cabeza en forma de hongo brillante del cual emanaba un cristalino lubricante que resbalaba delicioso a lo largo de sus candentes labios que recorrían desde la punta bajando hasta los testículos, que engullía con verdadera desesperación para terminar su recorrido en mi redondo y velludo orificio anal haciendo que casi gritara pidiendo más que una sola caricia con su irreverente lengua.

    Por lo que en ese momento la conversación se volvió más confidencial y mi comadrita comenzó a decir cosas que no se había atrevido a comentar de frente cuando los visitábamos.

    Cooompaaa, agghh de verdad eso te inspiro? dímelo, necesito escucharlo desesperadamente, especialmente hoy que no logro comprender como me siento, mi vulva está totalmente inundada y exige la atención urgente de mis curiosos dedos aagghh no escuches compa, por favor, me apena mucho pero no puedo contenerme aagghh, mmhgg

    Cuando dijo eso mi comadre, pensé en la oportunidad de averiguar si ella se sentía un poco atraída por mí, o quizá algo mejor “por nosotros”, por lo que con señas le sugerí a Paty que le preguntara al respecto mientras yo me detenía en la siguiente gasolinera para pasar al OXXO a comprar bebida para no perder “altura” y continuar la parranda; así, en lo que bajé a comprar, se quedaron platicando con más confianza por parte de mi comadre al saber que yo no escuchaba; al regresar, Paty se había pasado a la parte trasera de la combi, la cual está acondicionada como una pequeña y acogedora recámara, al asomarme, ya la conversación estaba muy candente, al grado que mi esposa estaba recostada con las piernas abiertas, su vestido enrollado en su cintura dejando al descubierto sus turgentes tetas y sus pezones erguidos apuntando al infinito los cuales de vez en vez pellizcaba para después bajar lentamente sus manos hasta ese hermoso monte venus mostrando sus empapados bellos rizados, resistiendo la invasión de sus traviesos dedos que luchaban por arrancarle el primero de muchos orgasmos que le deparaba la noche, dedos que recorrían con maestría sus labios vaginales, deteniéndose apenas unos instantes en su inflamado clítoris dibujando un tenue infinito en él, regresando sobre esos labios ardientes lubricando sus dedos nuevamente para continuar en su trayecto descendente y posarse en su sensible y delicado hoyito posterior e introducirlos, primero uno, dos y luego tres en su estrecho orificio anal emitiendo múltiples gemidos, los cuales no contenía y podían escucharse fuera de la combi sorprendiendo a una pareja que estaba por abordar su auto a lado del nuestro.

    Mmm aaggh aaggh que delicia, asíí asíí me viene síí me viene aaggh aaggh aahh aahh.

    Guiñándole un ojo a la pareja vecina, entré de inmediato y cerrando tras de mí seguí disfrutando la erupción de esa majestuosa paja; una vez que mi esposa se relajó un poco, le destape una cerveza y me dispuse a escuchar lo que mi comadre le confesaba y que la había excitado a tal grado, mientras, Mari continuaba con su relato sin saber que yo ya había regresado del OXXO.

    … en ese momento comadre, yo era presa de la excitación, no aguanté más y me deslicé con ambas manos la tanga que ya me quemaba, cayendo enroscada al suelo, apoderándome de inmediato de mi clítoris que asemejaba una braza ardiente y exigía que lo frotara con desesperación, conteniendo la respiración al máximo para no interrumpirlos y continuaran con su erótico juego; mas cuando llamaste a Carlo por el nombre de mi esposo diciéndole que por favor te metiera más la lengua en tu delicioso orificio anal, puedo jurar que en ese momento sentí la ardiente lengua de Carlo quemando mi culito abriéndose paso entre mi delicada vellosidad, sintiendo como mi cuerpo se electrizó por completo liberando un orgasmo como pocas veces he experimentado, siendo inevitable exhalar un suspiro desde lo más profundo de mi pecho, por lo que al sentir que había hecho demasiado ruido, me espanté y sin levantar la tanga que había dejado en el piso totalmente empapada por la excitación que me provoco el solo mirarlos, hui a toda prisa tratando de no hacer ruido; al entrar a la recámara aventé el vestido percatándome que había olvidado mis braguitas en la huida, por lo que volví sobre mis pasos y fue que escuche la puerta de su recámara cerrándose y la ausencia de mis calzoncitos en el corredor, excitada por saber que tenían para sí mis sucias braguitas, regrese y me metí a la cama a lado de Baldo, quien roncaba como oso gris; yo, con lo caliente que estaba, hice lo posible por continuar imaginando en que terminaría esa sesión de sexo ardiente que estaban teniendo pero me fue imposible, pues al querer jugar con la verga de tu compadre, solo obtuve frustrarme, pues no logré excitarlo de tan ebrio que estaba; por lo que, aprovechando el silencio de la noche, me conformé escuchando ocasionalmente sus quejidos, supongo que en lo más alto de su clímax, reviviendo en mi mente lo rico que cogen y, aquí entre nos, las hermosas nalgas de mi compadre ji ji ji.

    Te agradezco la confianza que nos brindas Mari, debo confesar que antes de marcarte, veníamos recordando esa escena y ya que por el cel. no te da pena contar esas ricas experiencias, nosotros también nos sinceraremos; resulta que antes de marcarte, Carlo me venía contando como pasó lo que hicimos en tu recámara y como nos dimos cuenta que tú estabas espiándonos comadrita.

    Nosotros? Acaso Carlo ha estado escuchando todo?

    Upss, ya estoy de vuelta comadrita linda pero haz de cuenta que no escuché nada y menos el honor que me haces halagando mi trasero que, aquí en confianza, es una de las zonas más sensibles de mi cuerpo linda.

    Ayyy que pena, mejor otro día platicamos Paty, que peeena, que vas a pensar de mí Carlo.

    No te mortifiques linda, mira, lo que pienso es que eres una mujer ardiente que le queda chico su marido y que debes sufrir horrible reprimiéndote por falta de una buena sesión de sexo intenso cada día; ya en confianza comadre, nosotros somos una pareja que recién inicia en el ambiente swinger, nos gusta disfrutar del sexo cuando se dan las condiciones sin faltar el respeto al lugar en el que estemos.

    De veras son swinger? Baldo ya lo sospechaba, me lo comentó y no lo quise creer, que emoción.

    En efecto, por lo que ese día si recuerdas, habíamos regresado del restaurante la Isla y si recuerdas también, tu llevabas ese cachetero que me encanta pues permite ver el nacimiento de tus hermosas nalgas, por lo que todo el tiempo que estuvimos ahí, no pude dejar de imaginar que haría si estuviera contigo en la intimidad, como esa ocasión llevamos a nuestras respectivas familias, Paty me reprendía a cada instante diciendo que se daría cuenta Baldo que desnudaba a su esposa con la mirada; cuando estábamos por irnos, recuerdas que llegó mi compadre Tony y se ofreció a llevarse a nuestros hijos a dormir en las recámaras de su casa, a lo que enseguida respondimos Paty y yo que sin problema, no así mi compadre Baldo, que se sentía celoso por cómo me la pasé desnudándote con la mirada e intuía que él al estar ya más tomado podría quedarse dormido y yo aprovechar la ocasión, mas al insistir Tony, terminó aceptando; y como lo predijo, al llegar los cuatro, como pudo se subió a dormir, por lo que tú, para no importunarnos viendo que al calor del alcohol yo insistía en bajarle los calzoncitos a Paty frente a ti, nos llevaste a tu recámara para que estuviéramos cómodos y te retiraste, no sin antes darme por última vez una imagen de esas hermosas nalgas al agacharte a levantar tu ropa interior que estaba regada en el piso de la habitación.

    En cuanto cruzaste la puerta sin cerrarla del todo, Paty me dijo que no aguantaba, que estaba súper mojada y que casi se escurría frente a ti, en ese momento y sabiendo que tú aún andabas haciendo cosas en el corredor, me propuso que hiciéramos el amor sin limitarnos, que le excitaba saber que nos escuchabas y eso la ponía a mil y que no podía quitarse de la mente tus deliciosos pezones erectos, que se notaba que tú andabas súper caliente y seguro te inspiraríamos una rica masturbada, por lo que enseguida comencé a quitarle la tanga sin quitar su mini vestido de vuelo con el que estuvo en la alberca, para sumergirme en su delicioso cosito, el cual se sentía resbaladizo de tan lubricado que estaba comenzando a fantasear que era Baldo quien le untaba su lengua alrededor de sus delicados rizos púbicos.

    Así Baldo, mmmm sigue papi, te gusta mi cosito? que delicia sentir esa lengua pasar sin respeto por mi culo, así papi así, no pares, que me haces? No, no, no la metas ahí que me maaatas, mmmm, aaagh, por favor no pares compadre.

    Al ver la fantasía que ella quería jugar adopté el papel de Baldo y le seguí el juego.

    Te gusta comadre?

    Mmmm me encanta cabrón.

    No sabes que ganas tenía de saborear tus nalgas, morderlas, recorrer cada centímetro de tu rica vulva Paty, ya imaginaba que tenías el clítoris inflamado, pude ver en la alberca cuando salías mojada, como del centro de tu monte venus se transparentaba desafiante ese botoncito invitándome a pegar mis labios y succionarlo por sobre la tela mami.

    Quiero tu verga Baldo, quiero sentirla en mi cosito, quiero que me la des en mi rinconcito prohibido, anda Baldo, anda papi, dámelo si?

    En ese momento escuché un ruido muy pequeño y como sabía que estabas aún despierta, supuse que eras tú, a lo que en voz baja le dije a Paty que teníamos público, ella al instante se estremeció y se tensó disfrutando un orgasmo increíble que debiste haber escuchado porque aceleró sus movimientos y su respiración se hizo más fuerte, me decía “ya compa, ya dámelo, quiero ver como es de cerca; acto seguido, me arrancó la bermuda y aventándome bocarriba se montó de espaldas a mí guiando con su mano mi verga, la cual ya estaba completamente empapada de su lubricante y ella, de frente a la puerta, viendo hacia la parte inferior percatándose que efectivamente estabas detrás masturbándote, comenzó a moverse tratando de sentirme hasta lo más profundo.

    Dámela compadre, dámela toda papi, te siento enorme, déjame tu lechita adentro por favor, déjamela toda, quiero sentirla hirviendo, anda papi dámela, nalguéame mi amor, dame, dame toda tu verga en mi cosito papi aahh mmm aagh.

    Al ver que estaba a punto de explotar, no quise interrumpir el espectáculo que te brindábamos y tomándola de las caderas, la jalé hacia mi escuchando un ¡blop! de mi verga liberándose repentinamente de su delicada prisión, hasta tener sus deliciosas nalgas devorando mi rostro, sumergiéndome en su rico cosito, recorriendo con mi lengua desde el nacimiento de sus pelillos del ano, pasando luego por éste, continuando lentamente por sus labios hundiéndose en lo más profundo de su ser, ella gritando y gimiendo me pedía “dame verga Baldo por favor, dame verga, ya no aguanto, fue entonces que de un salto se pasó hacia mi verga y guiándola con su mano se la talló en todo lo largo de su hinchada vulva para luego metérsela hasta el fondo emitiendo grititos muy sensuales y así, cabalgándome disfrutó de su intenso orgasmo.

    Que verga Baldo, que verga agh, dame, asiiii no pares, no pares, me viene papi, me viene ahhh ahh ahh dame tu lechita compadre, dámela adentro, quiero guardársela a Carlo, quiero que sepa que me cogiste, que me dejaste todo tu semen adentro, quiero que me limpie toda la panocha, por favor… no pa… res, no pa… res.

    De repente comenzamos a gemir acompasados como si en un segundo se acabara todo el oxígeno de la tierra y en el preciso momento en que estallábamos, sentimos tu orgasmo como si entre nosotros hubieras estado para finalmente retirarte en silencio; ya un poco recuperado y viendo a Paty recostada con un letargo delicioso, me asomé a la puerta con la esperanza que estuvieras postrada recuperando el alma por tan intenso placer, abrí y solo estaba tu tanga como testigo mudo de lo que ahí había pasado, la levanté y lamí los vestigios producto de tu tremendo orgasmo, el cual no pierdo la esperanza de probar directamente de tu deliciosa e inflamada vulva; por cierto, tu tanga la conservamos como recuerdo de cómo te hicimos sufrir esa noche linda.

    Que malos son y tú que dices comadrita que ya no te escucho.

    En ese momento acerqué el cel. al rostro de Paty, quien devoraba mi verga con ansias y con voz apenas entendible alcanzó a responder.

    Mañana te veo Mari, ahora solo quiero sacarle la leche a tu compadre, tu por lo pronto disfruta la ocasión, no todos los días tu marido te deja libre para que conozcas una verga diferente, dicen que los camioneros son muuuy pervertidos, me contarás mañana?

    Anda comadrita nos contarás? No seas mala.

    Jajaja que locos son, los amo.

    Volví a poner el cel. en su lugar y levanté a Paty quien mantenía mi verga mojada de su saliva y mi lubricante, la puse empinadita con las nalgas apuntando al cielo mientras con sus manos las abría invitando al deseo.

    Anda papi, anda, dámelo en mi culito si? Te prometo que me portaré bien, anda mmm, mmgf, así mi amor, así, me duele papi, me due…le, mmgf.

    Lo saco?

    No cabrón, no te atrevas, ábreme el culo, que apenas comienza nuestra noche, ya tu sabes…

    Claro mi amor, nos esperan los compadres, esta noche promete mucho.

    Esta vez no te salvas papi, esta vez cumplirás mi fantasía de verte comportar como mujercita… mmfg, me viene papi, me viene, aahh, no pares, no paaares, yaaa, yaaa, aah.

    De repente a través del cel. que seguía en altavoz se escuchó un “no pases” y luego un pi-pi-pi-pi, que nos hizo volver la mirada al móvil de Paty, fue Mari que colgó súbitamente; había estado escuchando como cogíamos, aprovechando que al calor de la pasión, se nos olvidó colgar la llamada y en el ajetreo no nos dimos cuenta que ella estuvo todo el tiempo atenta sin tener cuidado de cerrar la puerta de su vestidor, por lo que en el momento en que nos corríamos como locos, ella también estalló en un orgasmo fenomenal, sin percatarse que en ese momento entró Rita, sorprendiéndola con el desodorante en aerosol muy dentro de su preciosa y lubricada vulva, que sin contemplación lo devoraba (los detalles los supimos de voz de Mari al siguiente día), por lo que, al percatarnos de la escena tan bochornosa para ella, nos soltamos a reír a carcajadas por lo sucedido en la terminal de autobuses de Morelos.

    Paty se acomodó el vestido y de un salto nos pasamos a los asientos delanteros dispuestos a continuar el viaje y emocionada retomó el comentario de que mis compadres tenían casa sola, así que dirigiéndome una mirada imperativa, me hizo prometer que haría todo lo que me pidiera estando en la casa con ellos, recordándome el morbo que le provocaba imaginarme empinadito mostrando mis nalguitas de nena recibiendo una rica verga en mi delicado y virginal anito y recorriendo con la lengua todo lo largo de otra no menos sabrosa, garantizándome que no me arrepentiría de experimentar con tan deliciosos trozos candentes; debo aclarar que nunca he experimentado sentir una verga entre mis sensibles nalguitas, siempre fueron intercambios entre parejas pero queríamos experimentar más.

    No mi amor por favor, me dolerá, prometes que no me dejaras solo con ellos?

    Claro que no te dejaré solo papi, es mi fantasía mi amor recuerdas? no me la puedo perder, así que ni sueñes en quedarte solo con ellos, quiero ver cómo inundan tu cosito y ver si te portas como damita o como putita o como putito, quiero que te comas conmigo sus venudas vergas papi.

    Acaso se las has visto mi amor?

    Una ocasión que se quedaron ambos tomando en el jardín de Mari y nosotros nos subimos a su recámara a dormir, los espié, como hacía mucho calor y aunque ya me había desnudado por completo, no conciliaba el sueño, cubrí mis cositas con mi sensual baby doll blanco y salí al balcón que da al jardín a refrescarme con la ligera brisa escuchando sin querer lo que platicaban y observándolos ahí con el torso desnudo perlado en sudor y con bermudas holgadas, viendo cómo se comportaban ya ebrios, me excitaba saber que si hacía cualquier ruido, voltearían hacia arriba y verían mis hermosas tetas pendiendo apenas contenidas por la ligera tela y desde un ángulo perfecto, mi deliciosa maleza ensortijada que para ese momento ya brillaba por el cristalino néctar que de mi cosito emanaba; mientras imaginaba ese morboso momento, Baldo se levantó diciendo que iba al tocador por lo que Tony le dijo que no subiera, que estaban solos y podía orinar en el pasto, Baldo levantando los hombros, se limitó a obedecer a medias sacándose la verga frente a Tony y en lugar de orinar, la abrazó con su manaza y se la comenzó a frotar muy lentamente provocando que inmediatamente reaccionara, comenzando a crecer impetuosa frente a mis ojos que no daban crédito a lo que estaban viendo, Tony al ver lo que hacía Baldo, no pudo disimular su agrado de tener frente a sí una herramienta tan perfectamente antojable; déjame decirte que los dos están tan fuertes, tan vigorosos, mmm, lo que me enloquece es que Baldo la tiene llena de venas que le nacen desde el pubis para terminar abrazando toda su verga y más cuando a propósito se la tomó desde la base hasta la cabeza, apretándola, provocando que esas venas resaltaran más, Tony al ver esto, se levantó también e igualmente se la sacó pero por la excitación de ver a Baldo, ya la tenía bien dura, al verse uno al otro frotando sus lindas vergas, ambos rieron retándose a ver quién se masturbaba más rico; mientras yo desde el balcón mmm, no paraba de darme placer, estaba que me derretía papi, viendo como aceleraban cada vez más su ritmo hasta que en un arranque de lujuria se comenzaron a pajear uno al otro y ya no pude más, estallé en un orgasmo fenomenal que me hizo doblar las piernas hasta quedar sentada en el balcón mientras escuchaba como gemían ese par de “machos” disfrutando de los disparos de semen que chocaban en sus abdómenes e incluso salpicando Baldo a Tony en el rostro cerca de sus labios sacando éste la lengua para saborear su delicioso semen.

    Una vez que terminaron, se vieron como avergonzados y sin decir palabra, se retiraron a dormir.

    Ahí nació mi fantasía de verte entre ellos, sometiéndote y tú, portándote como mujercita para complacer a tu querida esposa, verdad que lo harás papi?

    Lo haremos juntos?

    Primero cumples mi fantasía y después veremos lindo…

  • Manoseada en el metro de la CDMX

    Manoseada en el metro de la CDMX

    Hola, saludos de su amiga Ely, quiero platicarles de cuando era más joven y comencé a experimentar más bien me hicieron sentir tocamientos en el transporte público, «los famosos arrimones» que con el tiempo me hice experta en provocar que me los hicieran.

    Resulta que me mandaron a dejar unas cosas a mi abuelo al lugar donde trabajaba cerca del monumento a la revolución, aborde el metro en la estación potrero pues vivíamos en ese tiempo a 4 calles de ahí. No se porque pero esa vez el tren tardo más de lo acostumbrado, por lo que si bien no venía lleno, si con bastante más gente de los habitual para esa hora.

    Al abordar sentí una mano apretar mi nalga, yo me sorprendí y entré rápido al vagón sintiendo un poco de incertidumbre por la acción, junto a mi quedó un señor así como dándome la espalda, unos segundos después sentí sobre mi cadera el roce de una mano, en la estación la raza subió más de gente y me empujaron hacia adentro del vagón está vez quedé al otro lado del señor quien al sentirme detrás de el paso su mano por detrás como si estuviera sacudiendo algo de su cuerpo, pero lo cierto es que pasaba su mano por mis nalgas.

    Yo quedé inmóvil al sentir en repetidas ocasiones su mano tocando esta parte de cuerpo, tuve miedo e impotencia pero a la vez también esa sensación de cosquilleo y excitación, en el traslado a la siguiente estación, como vio que no me inmutaba pues quedé de cierto forma petrificada, de plano me acariciaba a su antojo pasaba su mano de una a otra de mis nalgas sin ningún descaro, incluso las apretó varias veces como palpando la madurez de una fruta.

    En algún momento no se cómo pero se giro y quedó de frente a mi espalda, lo que sentí de inmediato fue su miembro duro pegado a mis nalgas, como pudo lo coloco entre ellas, yo sentí un bochorno inmenso, escalofrío recorrer mi cuerpo y una sensación de calor entre mis piernas, la mezcla entre placer y miedo me tenían inmóvil sin saber que hacer, así fue el recorrido que se me hizo eterno yo sintiendo como prácticamente aquel señor se masturba con mis nalgas.

    No fue sino hasta cuando el tren iba a llegar a la estación Hidalgo que pude moverme un poco hacia adelante ya que la gente se preparaba para bajar entre ellos yo pero el señor seguía pegado a mi espalda, cuando bajé del vagón aún sentí una ligera nalgada, caminé hacia la salida lo hice con rapidez sin voltear iba muy nerviosa sentía que ese señor seguía detrás de mi.

    Salí de la estación y apreté el paso fue hasta que llegue a dónde mi abuelo trabajaba que volví la mirada a ver si alguien estaba siguiéndome, pero no vi a nadie que me mirara raro, fue cuando sentí un alivio a mi miedo.

    Cabe mencionar que desde ese día nació en mi la curiosidad de sentir esa sensación de ser tocada por los hombres en el transporte público.

  • Mi madre cogiendo con un desconocido (sin retorno)

    Mi madre cogiendo con un desconocido (sin retorno)

    He tomado la decisión de liberar todo lo que llevo cargando desde hace tiempo en estas líneas. No sé cómo comenzar, pero tratare de plasmarlo todo para soltar e ir aligerando tantas emociones y sentimientos.

    Soy un joven universitario, hijo único y con una madre que ha fungido como símbolo paternal. Mi madre, la llamare “Casandra”, siempre se ha hecho cargo de mí, ella es una ingeniera química con un cargo ejecutivo en una empresa de composta. Mi padre siempre ha estado ausente y vive con su otra familia, así que no hablare más de él.

    Desde pequeño siempre he visto en mi madre todo un ejemplo de valor y moralidad intachable. Una mujer como ella es difícil de encontrar hoy en día. Siempre al tanto de mí y su hogar. Fue hasta que yo ingrese a la universidad que ella pudo desprenderse de esa vida de madre y ama de casa abnegada, yo me sentía feliz con eso pues ella tenía mayor libertad y yo también.

    Las cosas funcionaban bien por esos días yo me la pasaba casi todo el día en la universidad y a veces nos veíamos solo por las tardes o la noche, hablábamos de nuestras vidas y cada quien se tornaba a su respectiva existencia.

    Yo comencé a salir con chicas, a veces las llevaba a casa y teníamos sexo, por lo regular esto ocurría cuando Casandra no estaba en casa. A veces me cuestionaba si mi madre le gustaba el sexo, ella nunca se había mostrado con otros hombres ni hablaba conmigo sobre amigos o pretendientes, por ello llegue a la conclusión de que era asexual, aunque esto me parecía absurdo, pero si no hay indicios tampoco puede haber especulaciones.

    Mi madre es una mujer muy guapa, hago mención de esto porque nunca me he excitado con su cuerpo, tengo amigos que hablan de sus madres, hermanas o primas como si de unas putas se tratara. En mi caso yo solo diré que es una mujer muy guapa y que gusta de arreglarse para cualquier ocasión y en todo momento. Con 42 años mantiene un cuerpo definido, gracias a que va al gimnasio y ha pasado por algunos procedimientos estéticos, como la reducción de busto que se hizo hace un par de años, cosa que decepciono a un par de mis amigos pues decían que tenía unas tetas de ensueño. Esos comentarios a mí me molestan, pero qué se puede hacer.

    Un día, y después de una rica cogida, me encontraba entre las sábanas con mi amiga… (La llamaremos Ruth) Ambos hablábamos de la sexualidad y de cómo esta ha ido tornándose más abierta con el paso del tiempo. Ella me comento que sus padres, hacía ya un tiempo, habían decidido darle un receso a su matrimonio. Su padre se fue de casa y en ese lapsus de tiempo se la paso relacionándose con varias mujeres, por su parte su madre, y aquí es donde ella se mostró con mucha sorpresa, dio rienda suelta a su sexualidad: «No te miento, llegaba de con uno y se iba con otro» Eso fue lo primero que me dijo y entre risas me fue contando con detalles como fue ese recesos para su madre.

    ─Anduvo con dos, un hombre alto como de unos 50 años y otro que también era alto como de unos cuarenta tantos… Con el de 50 se iba a cenar, a fiestas, a conocer lugares, ya sabes lo típico… y claro, a coger, que eso nunca falta. Pero con el otro si se la pasaba cogiendo, yo a veces me asustaba jajaja, decía: cómo es posible que a su edad cojan más que yo. En serio, cuando el tipo iba a la casa era cogida segura. Mi hermana (La hermana de Ruth, que por cierto es mayor que ella) se enojaba porque apenas se metían al cuarto y no paraban, todo se escuchaba y te digo una cosa, mi madre es bien gritona, puja, aúlla y sus gemidos parecen de niña virgen. Al principio mi mamá ni sabía que nosotras escuchábamos todo, o al menos eso fue lo que nos dijo a mi hermana y a mí cuando le comentamos que sus gritos sonaban por toda la casa. Después de eso prefirió irse a coger a otra parte, pero sí que es salvaje mi madre. Y no creas que esos eran sus únicos galanes, esos eran los más frecuentes, los que más le gustaban, pero seguido iban también otros, pero bueno…

    ─Y tu estuviste de acuerdo con eso─ pregunte yo con un aire de completa curiosidad

    ─Pues… no lo sé, creo que yo no podía exigirle nada, mucho menos prohibirle. Tanto mi padre como ella son dos adultos y saben porque tomaron esa decisión y también como la terminaron ejecutando. Mi padre también anduvo de cabrón, pero como él vivió en otra casa pues no nos dimos cuenta de sus andanzas, pero de que vivió la vida loca también la vivió.

    Por un momento me quede en silencio contemplando el cuerpo juvenil de Ruth, esos senos prominentes que tanto gustaban a todos y ese bello rostro de niña mala con ese pequeño lunar al lado de la boca que le atañe coquetería.

    ─Y tu mamá─ pregunto Ruth

    ─¿Qué hay con ella?

    ─No tiene sus galanes

    ─No─ dije rápidamente y sin dejar espacio a la duda

    ─Me vas a decir que tu madre tan guapa no tiene ni novios ni pretendientes ni amantes…

    ─No ─Mi respuesta fue igual de rápida y contundente

    ─Qué raro, pero para mí que tú no sabes nada de la vida sexual de tu mami

    ─Y ¿por qué lo dices?

    ─ ¿En serio?… tu madre es una mujer súper guapa, ¿que acaso no te has dado cuenta como la miran los hombres cuando va caminando en la calle?… Se les salen los ojos a todos. Hasta tus amigos se la pasan diciendo que está bien buena y no sé qué tantas cosas.

    ─Pues sí, pero eso no tiene nada que ver con que tenga amigos, novios y no sé qué tanto. Además ella nunca ha tenido pareja siempre ha estado sola.

    ─Pues qué raro, créeme que siendo tan guapa los hombres han de hacer fila por un poquito de su atención. Además ella es joven y tiene sus necesidades y a todas las mujeres nos encanta que nos cojan. A penas dijo “cojan” cuando yo ya me encontraba encima de ella. «Métemela despacio» dijo en tono de sometimiento, a lo que yo gustoso asentí y nos zambullimos en el arte de la fornicación.

    Salí de bañarme, era muy temprano, pero para mí ya era tarde, la primera clase comenzaba en menos de una hora y apenas si tenía tiempo de llegar a la universidad. Todo apresurado comencé a vestirme cuando me iba a poner desodorante me di cuenta que este estaba vacío, se me había olvidado comprar uno nuevo. Rápidamente fui al cuarto de mi madre, toque pero no me respondió, le grite y me dijo que estaba abajo preparando el desayuno. Me dirigí a la cocina y le dije que si no tenía desodorante que me diera, me dijo que estaba en su closet. Corrí a su habitación, pero no lo encontré, fui buscando por todos los cajones (he de mencionar que para mí la habitación de mi madre es todo un misterio y su closet lo es más, de hecho este último siempre lo tiene con llave, no por mí, sino porque mi madre es muy ordenada y le gusta mantener las cosas guardadas.) iba metiendo manos por todas partes hasta que debajo de un ropero sentí una forma cilíndrica, aquí esta, dije y comencé a sacarlo, valla sorpresa me lleve al darme cuenta que aquello no era un desodorante sino un enorme dildo rosado. Pocas veces en mi vida he sentido esa mezcolanza sentimental, nervios y excitación. No sé porque, pero termine oliéndolo, cosa que después me genero cierta repulsión.

    ─ ¡Ya lo encontraste!─ Grito mi madre desde la cocina.

    Casi me mata con ese grito, «Si, ya. Gracias» Estaba tan nervioso que la voz se me corto. Tome el dildo y lo metí de nuevo al lugar en el que lo había encontrado. Acomode un poco el desorden que había generado y cuando iba para afuera de la habitación vi en su cómoda el maldito desodorante.

    Ese día no pude concentrarme en nada más. No había nada de malo en usar dildos y tampoco me espantaba el que mi madre los utilizara, pero encontrar esos artefactos en la habitación de tu propia madre no es algo común. ¡Puto desodorante!

    Esa noche al llegar a casa no encontré a mi madre, lo más seguro es que ya estuviera dormida. Al día siguiente tampoco la vi, era común no encontrarla por las mañanas pues algunos días tenía pendientes en su trabajo y se iba muy temprano. Fui a su habitación, pero estaba cerrada.

    Ya en la universidad y con tanto ajetreo en la cabeza se me fueron diluyendo aquellos pensamientos. Pero cuando retornaba a ellos me daba cuenta lo poco que conocía a mi progenitora; sin embargo, llegue a la conclusión de que estaba exagerando, como dijo Ruth: “a las mujeres les encanta coger”, mi madre no es la excepción y a falta de hombre un consolador no cae mal.

    Me fui adecuando a ese secreto que mi madre guardaba en su closet y que ahora yo sabía. Y digo adecuándome porque es difícil acostumbrarse a vivir con esas imágenes que brotan involuntariamente de la imaginación, como esas erecciones juveniles que surgen en los momentos más inoportunos, así surgían las imágenes de Casandra utilizando ese consolador rosado. Ahogada en placer, con su cuerpo desnudo y sudoroso, gimiendo lento y casi en silencio para que yo no la escuche pues su habitación y la mía están pegadas. Esa había sido la secreta existencia de mi madre, el placer que sepultaba para sí misma. Me desprendía con un movimiento de cabeza de todas esas ideas y me concentraba en regresar a cualquier cosa que estuviera haciendo, pero que difícil resultaba. Cuando se cae la inocencia el mundo surge con toda su realidad solo queda la ignorancia, pero uno no puede engañar a la mente.

    Varios meses se diluyeron y yo me encontraba en ese proceso de aceptación, parecerá ridículo, pero créanme que yo tenía una idea bastante alejada de mi madre. Yo que pensaba que ella no tenía sexo y que incluso no le gustaba nada de lo relacionado con la sexualidad. ¡Es mi madre! Y a diferencia de otros tantos, yo nunca he pensado en ella con ningún tipo de ligadura concupiscente.

    Era viernes y me encontraba en la universidad. Días de exposición y semana de exámenes los más ocupados en la universidad. La noche anterior había hablado con Casandra y le había comentado que esa semana prácticamente no la vería, ella ya lo sabía, por los semestres anteriores. Estúpidamente había dejado olvidada la memoria donde tenía la exposición. Conduje como un loco a casa y al llegar encontré un vehículo obstruyendo la cochera. Tuve que quedarme estacionado a una cuadra. Al llegar a casa encontré la memoria encima de uno de los sillones de la sala, lo más seguro es que se me haya caído al sentarme en la mañana. La tome y cuando me disponía a salir escuche unos ruidos que venían de la segunda planta, por un momento creí que esos ruidos venían de afuera así que me metí y me quede en silencio para estar seguro. El silencio se vio interrumpido por un fuerte grito, me quede helado cuando lo escuche pues los gritos de placer son tan evidentes e inconfundibles. De nuevo sentí esa sensación de nervios y excitación. Comencé a subir la escalera, el corazón me latía tan fuerte y el sudor me escurría por todas partes.

    Hay imágenes que recorren la vida acompañándonos y posiblemente nunca se olvidan. La puerta de la habitación de mi madre estaba totalmente abierta, uno de sus vestidos estaba hecho bola en el suelo y un par de zapatos negros estaban encima de él. Un pantalón de vestir y una camisa blanca quedaban a escasos centímetros del vestido. No lo podía creer, pero esos gemidos libres y estentóreos eran de mi madre, no había duda. No pude evitar la erección, mi pene estaba tan duro y erecto que hasta dolía. De manera escurridiza fui asomándome, quería verlo para quitarme de dudas y en efecto, ahí estaba mi madre, montando a un hombre, ella de espaldas a donde yo me encontraba y el hombre perdido de placer recibiendo toda la benevolencia de su cuerpo. Una tanga negra y un brasier del mismo color separaban a mi madre del desnudo total, pero eso que importaba si se la estaban cogiendo frente a mí. Ese típico aplauso sonaba por toda la habitación, el culo de Casandra bamboleaba encima de esa verga. El hombre parecía gozar más que ella pues no paraba de gritar, pero mi madre no se quedaba atrás «así papi, así te gusta, déjame sentir tu verga, quiero sentirla ah ah ah…» De repente ella se detuvo y comenzaron a besarse. Alcance a escuchar que él le dijo que se pusiera en cuatro, ella se levantó y al hacerlo yo rápidamente me fui de ahí.

    Estaba tan excitado que quería verlo todo, recordé que desde la azotea podía cruzar al balcón de la habitación de mi madre y desde ahí podía verlo todo con mayor seguridad. Al llegar al balcón me oculte detrás de las cortinas y una enorme planta termino por cubrirme, para completar mi dicha las ventanas estaban entre abiertas y me permitían tener una visión completa de todo. Ahora aquel hombre era el que llevaba el control, su verga se sumía en el culo de mi madre, lo hacía lento y el culo enorme de mi madre rebotaba con el contacto de sus huevos, eso parecía gustarle a ella pues decía «quiero que tus huevos me golpeen el culito». Jamás había escuchado hablar a mi madre de esa manera tan vulgar, pero lo que más me extraño fue ver su cuerpo, en verdad que me excite viendo ese culo tan redondo, grande y sin rastro de estrías; esas caderas anchas, pero bien definidas; ese abdomen marcado y esas tetas que aunque seguían guardadas en el brasier se miraban hermosas. Yo que siempre había visto a mi madre vestida en esos atuendos coquetos, pero mayormente formales. Verla en tanga y brasier, y por supuesto, con una verga en medio de su culo. Jamás pensé verla con sus atributos al aire.

    El hombre la tenía completamente empotrada ella estaba a merced de sus embestidas y no se oponía al contrario paraba más el culo y lo abría con sus dos manos ansiosa de tragar verga. De vez en vez una nalgada la hacía gritar lo mismo que los jalones de pelo. La penetración iba tornándose cada vez más fuerte, esa verga venuda iba incrustándose con mayor velocidad y Casandra gritaba con mayor placer « no pares, no pares, más fuerte, más fuerte, entiérramela toda» el hombre acataba y se entregaba a cumplir con los deseos de esa mujer que por momentos se retorcía y parecía perdida en esa realidad que otorga el sexo. El hombre manoseaba cada centímetro de su cuerpo y ella elevaba sus brazos; por momentos le tocaba el abdomen, lo palpaba con fuerza, pero él le sujetaba ambas manos y la dejaba al aire con el rostro metido entre las sábanas. La cama parecía a punto de desplomarse, pero eso ni les importaba pues ellos seguían como perros, ella en celo y él perdido en ese celo.

    El hombre paro, estaba cansado y se limpiaba el sudor de la frente. Casandra estaba tendida en la cama y se espantaba el calor con la mano «que rico papi, quieres agua» pregunto ella. No, te quiero a ti» dijo el hombre y la jalo hacia su verga que estaba completamente dura. Como explicar lo que vi. Mi madre ni siquiera dudo en abrir los labios y succionar ese pene que no le cabía en la boca, había visto cientos de veces a esa mujer dar arcadas por cosas mucho más pequeñas que una verga e incluso vomitar, pero ahora se atragantaba con ese pene que de seguro le llegaba más allá de la garganta, y ni siquiera cerraba los ojos, al contrario, tomo al hombre de la cintura y lo presionaba hacía con ella. Él estaba extasiado con la mirada perdida en el techo, las manos a la cintura y las piernas temblándole. Casandra parecía un becerro pegado a las ubres de una vaca. Cuando por fin se despegó lo hizo solamente para tomar aire y de nuevo continuar lengüeteando y mamando, la verga del hombre lucia brillante y la saliva de mi madre goteaba hasta los huevos, que tampoco se salvaron y fueron absorbidos y chupados por la tierna boca de ella. El hombre no pudo soportar y mientras mi madre tenía su pito en la boca el hombre soltó un chorro de semen que termino regado en toda la cara de ella. Ésta reía mientras lo masturbaba lento y le masajeaba los huevos, quería exprimirlo. El hombre se desplomo en la cama y mi madre salto a su pecho. Su rostro estaba lleno de semen y su lengua saboreaba las comisuras de sus labios. Mi madre se estaba tragando el semen de ese hombre, este al verla la comenzó a besar y ambos quedaron con semen en la cara. «Límpiate» ordenó este. Casandra salió de la habitación y yo me quede anonadado, mis calzones estaban completamente mojados y eso que no me había tocado la verga, era excitación pura.

    Cuando mi madre regreso el hombre ya la esperaba, ambos comenzaron a besarse apasionadamente, el pene del hombre lucia liquidado, pero en poco tiempo regreso a su forma de poder. Las manos de este fueron recorriendo el cuerpo sudoroso de ella. Comenzó a quitarle el brasier (cosa que yo agradecí) los pechos de mi madre saltaron a la intemperie dominando el ambiente con su belleza, era de un excelso tamaño y eso que, como ya mencione, se los había reducido. El hombre quedo prendado de esas bolas que flotaban en el aire y se tambaleaban con cualquier movimiento, su aureola rosada y sus pezones duros evidenciaban su excitación. Las manos de aquel hombre siguieron labrando el calor en la piel de mi madre que se contoneaba al sentir las caricias, la tanga también sucumbió y termino por caer a sus hermosos y delicados pies, esta contribuyo levantando las piernas levemente para que cayeran por completo al suelo. Y ahí estaba, esa majestuosa mujer frente a mí, con esas formas perfectas que siempre habían estado cubiertas de ropa y pudor. Esa imagen es la que me llevare hasta la tumba, esa perfecta armonía entre la belleza y la sensualidad. Maldita la dicha de ese hombre que era el poseedor de tan suculento cuerpo.

    El hombre terminó por colocarla delicadamente en la cama, le abrió las piernas y comenzó a chupar con deleite cada parte de su sexo, mamaba deliciosamente la pucha caliente de Casandra, la raja estaba húmeda y el camino de bellos que la cubrían estaban llenos de esos fluidos cálidos que brotan de las entrañas. Su cuerpo se contoneaba y sus manos apretaban con rigor sus hermosos senos. Gemidos leves, suaves, apenas perceptibles, pero excitantes. El hombre saco la lengua de la vagina, su miembro estaba fogoso y quería sentir el interior cálido de ese sexo que lo aguadaba ardiente. Lentamente fue introduciendo su verga, mi madre lo miraba fijamente y mientras más lo sentía más gemía. «Quiero que me destroces, quiero que me hagas tu puta» Al escuchar eso el hombre comenzó a penetrarla con fuerza, ella debajo de él solo brincaba con el vaivén del colchón, sus tetas rebotaban y su rostro se transformó totalmente, una mezcla de dolor y goce se tornó en sus ojos. El hombre parecía poseído y sus embestidas eran las de una bestia, mi madre gritaba tan fuerte que llego un punto en el que me asuste de que algún cristiano pasara por afuera de la casa en ese momento y pensara que estaban matando a alguien.

    Mantuvieron ese ritmo por varios minutos, el choque de los cuerpos húmedos, los líquidos de ambos mezclándose y brotando por toda la cama, los huevos golpeando el culo empapado de mamá. Ella no soporto más y soltó un fuerte grito. Vi como esa lluvia dorada bañaba por completo al hombre su verga salió con la presión del líquido mi madre parecía poseída y se retorcía por toda la cama, rápidamente él la sujeto y le abrió las piernas, le metió de nuevo la verga mientras mi madre se contoneaba y se tapaba la boca, él siguió penetrándola con la misma fuerza y rapidez, ella gritaba «¡No pares! ¡No pares! ¡Hay dios mío me vengo!…» y de nuevo un chorro salió a presión, esta vez unas gotas llegaron hasta donde yo me encontraba. El suelo estaba lleno de líquido y la cama estaba empapada, el hombre escurría y mi madre tenía la vagina completamente blanca, ambos sexos goteaban.

    El hombre se dejó caer en la cama, era evidente su cansancio. Casandra, como toda una perra fiel, se le abalanzo a los brazos. Platicaron por varios segundos, pero no pude escuchar. Después mi madre se levantó de la cama y se enredó el cabello con una liga que estaba en la cómoda. Como disfrutaba verla desnuda, ese cuerpo tan espectacular, digno de diosa. Cuando se acomodó el cabello de nuevo se sambutió en la cama. Con ambas manos tomo la verga en reposo del hombre y la comenzó a chupar, no pude ver como lo hacía porque su culo estaba abierto a escasos dos metros de donde yo estaba, su coñito estaba enteramente cerrado y contrario a esto su puchita estaba completamente abierta, después de una jornada de fuerte sexo se encontraba llena de líquidos blancuzcos y mocosos que le escurrían y le goteaban, por uno de sus muslos bajaba una línea de candente evidencia sexual. La mamada duro poco pues el hombre se vino rápidamente, esta vez sus mecos llegaron hasta el cabello de mi madre que se limpiaba con una sonrisa de satisfacción. Ambos se besaron lentamente restregando sus cuerpos completamente empapados, él la despidió con una sonora nalgada y ella se fue con ese hermoso y gordo culo tambaleándose.

    Los dos salieron de la habitación y yo aproveche para escabullirme de nuevo a la casa. Al pasar fuera del baño escuche la regadera y de nuevo gemidos, pero ya no me quede a contemplar el desenlace de esa nueva batalla. Salí corriendo de casa y mientras me dirigía a la universidad no dejaba de pensar en todo lo que mis ojos acababan de atestiguar.

    Pero esto es solo el inicio de muchas cosas más que en su momento contare.

  • Una indiscreción que salió mal

    Una indiscreción que salió mal

    Llevaba ya meses fantaseando con ser infiel.  Mis deseos sexuales llegaban mucho más allá que los de mi mujer, por lo que siempre descargaba mi energía adicional en la pornografía. Y entonces, cuando los géneros pornográficos más depravados habían dejado de satisfacerme, encontré una nueva fuente de curiosidad y excitación: las páginas de escorts.

    Solía verlas por horas. El solo ojear los diferentes perfiles de las chicas, ver sus fotos y leer sobre sus servicios y promociones, me producía una erección enorme y palpitante sin siquiera tocarme.

    Un día finalmente me decidí. Avisé en el trabajo que estaba enfermo sin decirle nada a mi esposa y ese día fui a hospedarme en un hotel de paso.

    Entré al cuarto y me impresionó lo bien que se veía. La decoración era bastante más extravagante que la de los hoteles normales, había luces sensuales en el techo y todos los adornos, aunque tenían formas más bien abstractas, hacían clara referencia al acto sexual.

    Fue entonces que me puse muy nervioso, ya que debía llamar a la escort que había seleccionado de la página. Busqué una que me gustara, marqué su número y esperé.

    —¿Bueno? —contestó una bella voz femenina.

    —Hola, —respondí, —quería ver si puedo hacer una cita contigo.

    —Sí, claro, amor…

    Di mis datos de ubicación, cerré el trato y me dispuse a esperar.

    Todo el rato me resistí a tocarme pese a que me sentía muy excitado. Era una sensación muy peculiar porque estaba tremendamente nervioso, al grado de que casi me temblaban las manos, y a la vez tenía una erección tan fuerte que sentía mi corazón en las palpitaciones de mi pene.

    Pasaron unos treinta minutos y de pronto sonó el teléfono. Era la recepción preguntando si esperaba a alguien, a lo que contesté que sí. Momentos después tocaron a la puerta. Silenciosamente me acerqué a la mirilla para echar un primer vistazo a la chica, pero había algo que obstruía la visión. Entonces respiré hondo y abrí la puerta. Nunca hubiera imaginado lo que pasaría después.

    Sentí un tremendo golpe en la cara el cual me hizo perder el equilibrio y el conocimiento unos instantes. Después, cuando volví en mí, me encontraba tirado en el piso de la habitación viendo de frente el techo con sus luces suaves. Me dolía la cabeza y al ir despertando más pude comprobar que no podía mover ni los pies ni las manos ya que estaban amarrados. Entonces giré un poco la cabeza y pude ver a dos hombres enormes y musculosos quitándose calmadamente la ropa. La puerta de la habitación se veía cerrada detrás de ellos.

    Sin decir nada me cargaron y me pusieron sobre la cama. Para entonces ya estaban ambos desnudos y con sus enormes penes semierectos. Uno de ellos me tomó de la cabeza y me obligó a mamar su gran miembro, el cual se iba poniendo cada vez más duro y más grueso dentro de mi boca. Lo metía y lo sacaba a un ritmo pausado pero ejerciendo tremenda fuerza. Mientras tanto el otro había comenzado a nalguearme repetidamente con tal brutalidad que yo gritaba quejidos ahogados en la gran verga que tenía en la boca. Me tenían completamente a su merced ya que me superaban en fuerza y además estaba amarrado.

    Cuando el pene que mamaba estuvo completamente duro, comenzó a moverse más y más rápido. Y fue entonces que me di cuenta de que mi erección seguía ahí, no se había ido. No sé si había pasado tan poco tiempo que no se me hubiera alcanzado a bajar, o si, peor aún, había vuelto por una extraña y perversa excitación provocada por la situación en la que me encontraba.

    De pronto el hombre que me obligaba a mamársela se detuvo y sacó su enorme miembro, rebosado de saliva, de mi boca. Se había dado cuenta de mi erección y burlonamente le daba pequeños golpecitos. Fue entonces que el segundo hombre asumió la posición del primero y me obligo a mamársela ahora a él. De igual manera el primero acomodó mis piernas y puso la cabeza de su pene en la abertura de mi ano y lenta pero decididamente me fue penetrando. Por un segundo pensé que me rompería en dos hasta que sentí que se detuvo, ya que me la había logrado meter completa.

    Me vi entonces en la situación más vulnerable en la que he estado en toda mi vida. Siendo la víctima de una violación doble particularmente brutal. El pene en mi boca estaba completamente duro y se comenzaba a mover cada vez más rápido, mientras que el que me rompía el ano también aceleraba sus embestidas. Llegó el punto en que ambos me penetraban fuerte y velozmente sin descanso. Además al mismo tiempo me nalgueaban violentamente y persistían los golpes en mi pene erecto que revoloteaba en la encrucijada de embestidas.

    Los dos hombre me violaron con fuerza y sin piedad por varios minutos y de pronto sentí en mis entrañas que se aproximaba un tremendo orgasmo. Sentí cómo el placer emanaba de mi pelvis y llegaba a todo mi cuerpo. Poco a poco olas de placer me golpearon una tras otra, cada una más fuerte que la anterior hasta el punto en que llegué a la máxima intensidad. Me vine como nunca me había venido, derramando una gran cantidad de semen sobre la cama.

    Poco después mis dos violadores eyacularon dentro de mí. Primero chorros de semen caliente brotaron de aquél pene palpitante e inundaron mi ano, y después mi boca y garganta fueron llenadas con ese aroma particular a esperma.

    Sin perder el vigor me siguieron montando por bastante tiempo más viniéndose varias veces más en mí. Después, sin decir nada, se fueron dejándome atado, golpeado y violado en el piso del cuarto de hotel.

    ***

    Muchas gracias a todos aquellos que se interesaron en leer este relato. Estoy abierto a sugerencias, comentarios, intercambiar ideas de relatos, etc. Si gustan contactarme, por favor háganlo a este correo:

    [email protected]

  • Un pensamiento hecho realidad

    Un pensamiento hecho realidad

    Mi nombre es Fabián, tengo 30 años, este es mi primero y espero mi último relato. Tengo una novia, Daniela, es chica delgada, con una cabellera larga y negra, ojos rasgados, una boca súper sensual, senos pequeños y de contextura delgada. Yo soy 1.70 cm de algo, de contextura normal, ojos lindos, y con un pene que diría de tamaño normal, de 18 cm.

    Somos muy activos sexualmente, lo hacemos cada que podemos y hemos hecho cosas que entre pareja no se ven muy a menudo. Somos de mente muy abierta y tratamos de complacer los deseos de cada uno y satisfacer todos nuestros placeres, siempre y cuando los dos estemos al tanto.

    En una de nuestras noches, estábamos llenos de pasión, ella estaba en 4 y yo estaba metiendo mi verga en toda su vagina, era una calentura emocionante, cuando veo que ella toma un consolador y lo empieza a chupar, sentí delicioso al verla haciendo eso, pero lo que se me ocurrió fue pensar en que ella estaba imaginando la verga de alguien más, lo que me excito más pero no me quise quedar con la duda, así que me mande encima de ella para que quedara boca abajo y poder penetrarla, pero al tiempo quedar cerca de su carita, a lo cual le pregunté, quieres tener otra verga en tu boca? A lo que respondió excitada que si, que eso era lo que estaba imaginando y deseando, así que eso me lleno más de excitación y termine por dejar todo mi semen dentro de su vagina.

    Nos quedamos acostados y tocamos el tema de lo imaginado, así que ella en su sinceridad me confirmo lo que ya había dicho, le pregunte si tenía en mente alguna verga que quisiera disfrutar, a lo que confesó que un día de chicas con su prima, estuvieron fotos intimas que cada una de ellas, así que si prima le había enseñado fotos del pene de su novio y que a cambio ella le había enseñado fotos de mi pene. Así que lo que se me ocurrió fue decirle que si deseaba hacer un trío con el novio de su prima, el cual se llama Andrés. Ella respondió que si, pero no sabía si su prima aceptaría tal propuesta, así que le dije que hablara con Andrés primero y le planteara la idea.

    Si les has interesado este relato, avisen si quieren la segunda parte.

  • Acuérdate de Acapulco

    Acuérdate de Acapulco

    Acuérdate de Acapulco,

    Acuérdate de Acapulco

    De aquella noche

    María Bonita, María del alma

    Acuérdate que en la playa

    Con tus manitas las estrellitas

    Las enjuagabas

    Tu cuerpo, del mar juguete nave al garete

    Venían las olas lo columpiaban

    Y mientras yo te miraba

    Lo digo con sentimiento

    Mi pensamiento me traicionaba

    de Río o de todo el Caribe. De cualquier paraíso tropical donde poder ser libre y feliz por unos días.

    De un paraíso tropical. Las mujeres pasean en bikini todo el día y por la noche la gente se divierte, baila, hace el amor. Cuando se duermen lo hacen completamente desnudos y casi siempre acompañados.

    Claro que éste resort es un poco especial, con un ambiente liberal y swinger. Precisamente por eso lo había elegido para mis vacaciones.

    Mi escaso bikini, una braguita tanga atada con nudos a los lados de la cadera. El sujetador, dos minúsculos triángulos de tela sujetos con cordones casi invisibles. Diría que llamaba la atención, lo habría hecho en cualquier otra playa pero aquí no es así, docenas de chicas vestían o mejor dicho desnudaban sus cuerpos como yo.

    Desde luego que me miraban y luego pasaban sus ojos a la siguiente así que no me sentía tan desnuda como me sentiría en cualquier otro sitio llevando algo así. En realidad era yo quien más miraba los cuerpos a mi alrededor.

    Lo miraba todos los cuerpos masculinos y femeninos, las nalgas duras, los pubis depilados, las tetas cónicas y duras o grandes y cayendo un poco y los pezones marcados y me excitaba. Mojaba el tanga aún antes de meterme en el mar, para refrescar las ideas.

    Aquella pareja tumbada a un metro de mi no pegaba del todo, un poco mas de pancita, pero no mucho, que los chulos y putitas que nos rodeaban. El bañador de él aunque ajustado, era tipo bóxer y no un microscópico slip como los de la mayoría de los machitos. El bikini de ella tenía braga completa y el sujetador llevaba refuerzos y no era semi trasparente como el mío.

    Y unos pocos años más que el resto de los de alrededor. Pero con todo ello eran atractivos y sexys. Se les veía algo cohibidos entre tanta carne perfecta exhibida sobre la arena. Pero desde luego miraban, admiraban, el espectáculo.

    Con esa actitud no conseguirán ligar en lo que les quedaba de las vacaciones pagadas por alguna marca comercial. Estaba segura de eso. Lo que no sabía si era si pretendían estar con alguien más.

    Efectivamente cuando conseguí trabar conversación con ellos me confirmaron que el viaje les había tocado en una rifa. Fue fácil, un par contoneos y pedirles que guardaran mis cosas mientras iba a remojarme un poco en el mar. Al regresar a mi toalla los pezones erizados por el agua fría se notaban perfectamente a través de la tela de mi microbikini.

    – Somos Sara y Juan.

    – Yo Sonia, encantada.

    Acercar mi toalla a la suya parecía algo natural y sentir sus miradas en mis duros y pequeños pechos aún más. Sabía que los dos habían echado mas de un vistazo a mi depilada vulva que desde luego también se podía apreciar, aunque me hice la despistada. Y no di a entender que el paquete de él había cogido algo mas de tamaño y consistencia.

    Más cuando le pedí a ella que me pusiera crema por la espalda y sus suaves manos recorrieron mi piel.

    – ¿Me pones crema? En la espalda no me alcanzo.

    Las escena debía ser bastante lasciva. Sus pechos maternales caían por la fuerza de la gravedad al inclinase sobre mí y asomarían por las copas de su prenda. La espalda arqueada haría sobresalir su culo poderoso que aún tapado por su braga ofrecería un bonito espectá…culo, valga la redundancia.

    Sabía que esa noche en su habitación él le arrancaría las bragas y se la follaría pensando en mí, cachondos ambos por mi piel morena y mis húmedos genitales exhibidos adrede para ellos.

    No pretendía forzar la situación ni asustarlos, me conformé con seguir en contacto y quedar para el día siguiente. Y darles tiempo para ir de compras.

    Esa noche conseguí que un cachas me follara el culo. En un sofá, en un rincón discreto y muy oscuro de la discoteca del hotel. Lo cabalgué sin sacarme la minifalda ni quitarme el tanga, solo haciéndolo a un lado, no sin que antes me lo comiera sentada en su cara. La situación llegó a ser extrema pero como el resto de parejas hacían lo mismo no pasaba nada. Pero ni eso me quitó la calentura, el deseo que sentía por ellos.

    A la mañana siguiente pasé a buscarlos por su habitación para que no se me escaparan. Su bikini todavía no se parecía al mío pero los refuerzos habían desaparecido de los pechos generosos dejando marcar sus pezones y la bella forma y la braguita se había quedado en tanga. Aún bastante serio pero algo había mejorado.

    El bañador de él también se había reducido bastante y el speedo que lucía marcaba su paquete como si se lo hubieran pegado a la piel. Tipo slip y ajustado parecía que su polla que se notaba mucho más que en el bañador del día anterior era bonita y jugosa.

    – ¡Hola guapos!

    Al saludarlos aproveché para cogerles de la cintura y acercarme todo lo que pude. Darles dos besos muy cerca de la comisura de los labios. A ambos. Mis tetas se rozaron con las de ella y mi mano descansó un par de segundos sobre la nalga desnuda. Con él hice lo mismo hasta casi el punto de rozar con mi cadera el ya para entonces prominente pubis. Ninguno de los dos protestó por ese trato.

    Y yo solo me había pellizcado los pezones en el ascensor para tenerlos bien duros cuando ellos los vieran. Bueno, puede que también bajara un poco más la cinturilla del tanga casi hasta el clítoris. Ellos ya sabían que iba depilada del todo.

    A la mierda la playa, pensé, estaba cachonda y me apetecía follármelos ya mismo. Cerré la puerta a mis espaldas sin darles tiempo a decirme si estaban preparados.

    Pregunté por su terraza que tenía mejores vistas que la mía. Dejé mi bolsa sobre su enorme cama y me apoyé en la barandilla mirando hacia la playa. El pareo que cubría mi cadera resbaló hacia el suelo mostrándoles mi culo desnudo.

    -¿Por qué no cambiamos el plan? Podemos aprovechar esta terraza tan grande.

    Sé que cruzaron las miradas, algo desconcertados aún ante mi actitud tan desinhibida. Había traído refrescos, una botella de Ron de la zona y cualquier cosa que se me ocurrió para pasar el rato. Casi sin dejarles hablar les propuse pasar la mañana allí mismo conociéndonos mejor y tomando el sol en la amplia terraza.

    -Si, podemos quedarnos aquí.

    Contestó Sara sin dejarle hablar. En cuanto aceptaron me deshice del sujetador animándola a hacer top less como yo.

    – Por qué no te quitas eso. Aquí no nos ve nadie, más que nosotros.

    Allí no corríamos el riesgo de que algún baboso, ninguno más que el ya presente, se nos echara encima. Aún dudando un poco se liberó de la tela que cubría sus tetas bastante mas grandes, llenas y blancas que las mías.

    – Hoy te toca ponerme crema a mí, primero. No quiero que estas dos se me quemen.

    Me dijo Sara. Vaya, si que se estaba animando.

    Agarré el bronceador y le eché un buen chorro sobre ellas sin ni siquiera pedir permiso y me puse a extenderla sobando sus pechos sin vergüenza. Creo que ella pensaba que empezaría por su espalda y la sorprendí.

    Riéndome y diciéndole que no podían quemarse unos prechos tan bonitos. Le animé a que hiciera lo mismo echándome crema en las mías. Así nos manoseamos las tetas la una a la otra sin complejos y durante un buen rato.

    De reojo observé como la polla morcillona se ponía dura al completo asomando incluso el glande por la cinturilla de su pequeño bañador ante la pequeña escena lésbica que estaba contemplando.

    Seguí sobando todo lo que pude con la excusa del bronceador y dejando que ella me acariciara pues poco a poco se iba soltando y extendiendo mas crema por mi piel. La abracé para agradecerlo frotando mis tetas con las suyas de forma descarada y esta vez sí que le agarré el culo y le di un buen magreo aún con las manos pringosas de bronceador.

    -Este culo tan bonito también hay que protegerlo.

    Habiendo subido la temperatura como pretendía no iba a dejar que se enfriaran y llevé la conversación por cualquier tema escabroso que se me ocurría. Quería excitarlos más.

    Descubrí que efectivamente estaban casados y habían sido novios desde siempre. Nunca habían tenido otras parejas. No eran muy innovadores en cuestiones de sexo. Estaban habituados al misionero y al perrito sobre todo.

    Apenas estaban explorando las posibilidades del sexo oral. Ella incluso había sido alumna de colegio de monjas. Me hubiera gustado ver ese cuerpo voluptuoso en el uniforme con la faldita tableada, los calcetines largos y el polo blanco.

    – Nos estamos tomando estas vacaciones como algo liberador de la rutina.

    – Espero estar ayudando con eso.

    En nuestros tangas manchas de humedad delataban nuestra calentura y la polla del chico no había perdido dureza en ningún momento.

    Relajados en las tumbonas de la terraza les pregunté:

    – ¿Os depilais el pubis?

    Ella casi se atraganta con la bebida aunque en ese momento estaba mirando el mío suave y sin vello. Apenas cubierto por el mínimo triángulo del tanga. Pero él me contestó:

    – No, solo lo que podía asomar del bañador, por las ingles y en mi caso algo del vientre para no tener la barriga peluda y solo para este viaje.

    Con esa excusa me destapé el monte de Venus. Aunque casi se podía ver entero sin quitar nada de tela. Soltando uno de los lazos de la braguita aparté la lycra, mostrando el mío y sugiriendo:

    – Yo lo llevo así siempre, es mas bonito e higiénico así.

    – Más bonito si que es. Me dijo Sara.

    Estando ya casi desnuda solté el otro lazo y dejé caer la prenda y les pedí que hicieran lo mismo.

    – Por qué no aprovechamos que estamos solos para desnudarnos del todo.

    Mirándose entre ellos como pidiéndose permiso. Se quitaron sus bañadores y al fin pude verlos desnudos del todo. Yo se los hubiera quitado con los dientes a los dos, si me llegan a dejar.

    Le tendí el bronceador a ella para que le pusiera en su bonita polla y blancas nalgas y yo disfrutar de la visión de la media paja que le hizo para ello.

    Ella también necesitaba completar la crema en su cuerpo y se la puso él aprovechando para acariciar su vulva y puede que incluso el clítoris en algún descuido. Es verdad que no se habían depilado pero tenían los matojos bien recortados e incluso a Sara solo le quedaba un triángulo por encima del coño. Los labios bien suaves.

    Yo no podía aguantar mas mi calentura y como ellos estaban ocupados aproveché para deslizar dos dedos por los labios de mi coño tocándome con suavidad solo por fuera.

    Se me escapó un gemido que llamó su atención. Me miraron y me vieron masturbarme. Ya no se sorprendían de mi descaro y aprovecharon para pajearse el uno al otro ya sin disimulo.

    Los tres en la terraza desnudos y relajados mirándonos excitados. Una vez así de desinhibidos le pregunté a ella si alguna vez había estado con una chica.

    – Sara ¿Has probado con mujeres?

    Contestó que hoy iba a ser la primera vez. ¡Por fin se soltaba! Luego me confesaria que si se había dado algún morreo y sobado las tetas de alguna compañera de colegio.

    Seguíamos con el juego exhibicionista. Separó las piernas enseñándome los húmedos labios de su coñito pelados. Yo separé los míos mostrando sin pudor y al detalle mi vulva depilada.

    Él se arrodilló entre nosotras, sobre el cojín de su tumbona y comenzó a acariciarnos con una mano a cada una. Deslizando suave las manos por nuestras pieles, los muslos, los vientres esquivando todavía las zonas erogenas más evidentes. Pero dándonos gusto.

    Les costaba arrancar pero una vez en marcha no había quien los parase. Empezaba a pensar que yo había sido mucho más trasparente de lo que pretendía el día anterior y ellos ya tenían pensado lo que iban a hacer si la situación se daba así. Quizá ya lo habían hablado entre ellos.

    Rozó mis pezones muy dulce, bajó por mi vientre hacia el coñito. Me acariciaba el clítoris mirándola a ella a ver si le daba permiso. Bajé un pie al suelo para exponerme del todo. Ella se lo dio con una bella sonrisa y se inclinó entre mis piernas haciéndome notar por primera vez su lengua directamente en mi piel.

    Sara se había puesto de costado para ver lo que hacía su marido. Ya se había puesto entre mis muslos y besaba su cara interna. Subiendo despacio por mi cuerpo, al fin clavó la sin hueso en mi coño. Y al fin conseguí mi primer orgasmo del día.

    No se le daba mal del todo. Clavaba la lengua lo más que podía en mi interior o jugaba con el clítoris, hasta que yo misma gimiendo de placer empecé a levantar las piernas. Sujetando las corvas con las manos llegué a apoyar las rodillas en las tetas. Ofreciéndole también el culo para que me lo lamiera.

    – Vamos cielo, ¡coméselo! y hoy también podrás comerte el mío.

    Le dijo Sara. En cuanto clavó la lengua en el ano me corrí. Mis jugos resbalaron por el perineo hasta su lengua. Ella nos miraba excitada, viendo como su chico le daba placer a otra mujer. No tardó en levantarse y venir hacia mí para besarme.

    No se cortó, una vez decidida me metió la lengua hasta la garganta. Y desde luego colaboré jugando con la mía y dando saliva que se mezclaba con la suya.

    Eché las manos a sus voluminosas tetas y las amasé mientras seguía recibiendo placer de su marido. Noté en las mías sus manitas pellizcando con suavidad mis pezones, seguro que como le gustaba que se lo hicieran a ella.

    Dos de mis dedos se fueron solos a su vulva. Era la primera vez que la tocaba y estaba encharcada y muy caliente. La penetré con el índice y el medio y con el pulgar acariciaba su clítoris. Sus gemidos los acallaba con mi lengua.

    Seguíamos con los besos lascivos. Su lengua recorría mis labios y todo el interior de mi boca. La postura no era muy cómoda sobre todo para Sara aunque estuviera gozando.

    -¿por qué no vamos a la cama?

    Así que nos levantamos y nos fuimos a su cama, enorme por cierto. Juan se tumbó de espaldas y su mujercita me cedió el rabo.

    Busqué el lubricante en mi mochila, no voy a ninguna parte sin él. Lo extendí con generosidad por el pene y por mi ano y me lo fui clavando. Por la cara que ponía creí que sería el primer culo que follaba.

    -¿Nunca lo habéis hecho por aquí?

    – No, pero creo que tu nos vas a enseñar.

    -Y practicar también por supuesto.

    Según lo comentábamos yo seguía bajando por el duro tronco clavándomelo en mi interior. Sara se sentó sobre la cara de Juan y le puso el culo sobre la boca. Ella también quería su ración de lengua en el ano para dilatarse y excitarse. Preparándose para que se lo follara en un rato.

    Fue ella la que sin yo pedírselo echo la mano a mi coñito para acariciar el clítoris. Y yo la que me incliné a besarla de nuevo, tener su lengua juguetona hurgando en mi boca en busca de mi saliva. Mis manos en cambio fueron a por sus tetas, generosas, maternales, al menos más que las mías. Pellizqué sus pezones con suavidad.

    Estábamos bien acoplados pero aquello no podía durar siempre. Y me corrí, mis jugos resbalaron hacia su pubis y sus huevos, por los dedos de Sara. Mi grito lo calló ella con sus labios.

    No sabía lo bien que el se recuperaría después de correrse y tras tranquilizarme yo un poco no quise correr riesgos. Viendo que él aguantaba bien duro me levanté para cederle el turno a su mujercita.

    – Te toca. ¿Estás lista?

    – Si tu me ayudas por supuesto.

    – No lo dudes.

    Ella vino sobre la cadera de Juan. Sujeté su culo para que no tuviera prisa. Yo me quedé a su costado para echarle una mano, o mejor las dos. Me había preparado a conciencia, limpia por dentro y por fuera así que el recto falo lucía brillante solo por el lubricante.

    Aún así le puse un poco más en la polla y una generosa ración en el ano abriéndolo con dos de mis dedos para irla acostumbrando al grosor del nabo de su chico.

    Ella le daba la espalda mirando hacia sus pies. Por fin pude guiar la cadera para que bajara suavemente clavándose el rabo. El ano se iba abriendo despacio al paso del glande. Y yo de privilegiada espectadora, lo tenía en primer plano.

    Le hice separar un poco los muslos para inclinarme y chuparle los huevos mientras ella empezaba a moverse despacio para irse acostumbrando al grosor de la polla en sus entrañas.

    Aprendía rápido, pronto no hizo falta que sujetara la cintura mientras iba acelerando las subidas y bajadas ella sola. Los dos gemían y gritaban su amor en frases inconexas y su agradecimiento hacia mi por ayudarles a expandir sus horizontes.

    De los huevos de Juan pasé a besarlos. Primero a ella y luego los pezones del chico. Todo ello sin dejar de acariciar las suaves pieles de ambos.

    Continuaron hasta que Juan se corrió en el interior de su mujer. Ella ya se había corrido y creo que varias veces ayudada por mis dedos o los de él acariciando su coñito. Cuando se levantó fui yo la que hice con ese culo que me encantaba y se lo lamí con el semen rezumando de su interior.

    Ella se había girado e inclinado hacia adelante para besarlo así que la grupa levantada quedaba a mi perfecta disposición para mis caricias y lamidas.

    Nos derrumbamos mezclados sobre la cama, yo no sabía cual de los dos me acariciaba o besaba ni a quien de los dos tocaba yo. Juan nos dejó solas mientras iba al baño a mear y lavarse de lo que nuestros intestinos hubieran dejado en su instrumento. Mientras nosotras frente a frente nos cambiábamos saliva y caricias.

    – Muchas gracias por todo esto. Nos hacía falta un catalizador que ayudara a que nos desinhibieramos un poco. Para hacer esas cosas que no nos atrevíamos a hacer solos. Algunas de ellas ni a comentarlas.

    – Está siendo un auténtico placer. Creo que solo teníais que dejaros llevar por la imaginación. Lo hubierais hecho solos, al menos yo os veía con ganas.

    Juan nos contemplaba desde la puerta del baño, mientras nos dábamos cariño y caricias. Su polla aún no se había puesto dura, colgaba entre sus muslos, pero parecía que no tardaría en estar dispuesta a un nuevo asalto.

    – ¿Me la dejaras por el coño?

    – Pues claro, después de todo esto ¿crees que me pondría celosa por tan poco?

    – Seguro que podemos arreglarlo para seguir disfrutando los tres a la vez.

    Se tumbó detrás de su chica besando su nuca y cuello, poniendo la polla entre sus nalgas mientras se volvía a endurecer. Y acariciándonos a la dos. Yo también alcanzaba a tocar sus pieles mientras recibía las caricias de Sara.

    Cuando el rabo había adquirido dureza suficiente me puse encima de ella en un sesenta y nueve dejando mi grupa a la altura perfecta para que me penetrase. No sé hizo de rogar, a la vez que yo metía mi cabeza entre los muslos de su mujer.

    Mi lengua entre sus labios de la vulva notaba como en los míos se abría paso el pétreo glande. Sara tampoco permaneció pasiva, un segundo después noté en mi clítoris su lengua. Se dedicó a lamer los huevos de su marido y cualquier parte de mi pubis que alcanzase.

    Acallaba mis gemidos metiendo bien la lengua lo más profundo que alcanzaba de su coñito. Era ella quien lo animaba.

    -Más deprisa cariño, que se corra en mi lengua. Cielo.

    Yo había tenido dos orgasmos cuando llenó mi coñito de semen. Sara no le hizo ascos a seguir lamiendo mis jugos y la lefa que rezumaba desde mi vulva haciéndome correr otra vez.

    Descansamos un rato y nos duchamos renovando caricias bajo los chorros de la ducha.

    Nos vestimos lo suficiente como para bajar a comer, ambas con nuestros bikinis y pareos y Juan con unas bermudas. No desentonabamos del resto del personal. Sobre todo por que le había hecho a Sara ponerse el bikini más pequeño que se había comprado el día antes. Incluso atrajimos alguna mirada.

    Ya no pisé mi habitación mucho más esas vacaciones. Compartí su cama y salimos juntos a la playa y de copas el resto del tiempo que estuvimos juntos allí. Disfrutando juntos muchos orgasmos.

    No nos hemos vuelto a ver en persona. Somos de ciudades muy lejanas. Pero cuando hablamos por chat o teléfono me cuentan como siguen disfrutando del morbo que se despertó en esas vacaciones. Incluso han conocido un chico con el que Juan está explorando su lado bisexual. No sólo Sara disfruta ahora con personas de su mismo sexo.