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  • Puta del gimnasio (1)

    Puta del gimnasio (1)

    Esta es una obra de semi-ficción. Algunos nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, acontecimientos y hechos que aparecen en la misma fueron modificados por la autora en el uso de su libertad literaria.

    Después del nacimiento de mi tercera bendición (Infracciones de tránsito capítulo 1) empecé a ir al gimnasio después de que mi Mor hiciera un comentario sarcástico sobre mis muslos.

    Estábamos sentados juntos en el sofá, viendo un programa de televisión que le gustaba. Durante una pausa comercial, salió al aire un anuncio sobre una bicicleta estática. Mi Mor miró como un idiota el anuncio durante unos 20 segundos, luego me miró. Apretó mi muslo entre sus dedos.

    Mi Mor: Parece que te estás dejando mucho ¿no crees, bebé? podrías usar uno de esos -Señaló la pantalla del televisor, que mostraba a una chica que parecía pesar 50 k, apenas vestida con pequeñas piezas de licra, pedaleando a ciento cincuenta kilómetros por hora en la bicicleta estática.

    Me sentí insultada y herida, pero no sorprendida. Sé que no me quiso insultar. Simplemente no tenía filtro. A veces me preguntaba si mi Mor tenía un trastorno de personalidad no diagnosticado. Parecía no tener idea del efecto de sus palabras en la gente. Definitivamente las habilidades sociales no eran los suyo.

    Más tarde, cuando estaba sola en el baño, razone que lo que dijo había sido cruel, pero tenía razón. Aumenté de peso a consecuencia del ultimo embarazo. No estaba gorda, pero tampoco flaca. Había sido delgada toda mi vida, pero el estrés, la mala alimentación y la falta de ejercicio habían pasado factura.

    Me quité la ropa y me di la vuelta frente a un espejo de cuerpo entero. En algún lugar, en la parte racional de mi cerebro, sabía que mi cuerpo se vería bien para la mayoría de las personas. Pero para mi propio ojo crítico, mi cuerpo no era ideal. Tenía un poco más de grosor de lo que quería en mis muslos, mi cintura, mis brazos y mi cara.

    Mi trasero todavía se veía bien. Me alegré. Desde que era adolescente, la gente siempre me había dicho que tenía un lindo trasero.

    Pero ahora con tres bendiciones y el reloj corriendo no podía contar solo con la juventud para que me verme bien.

    Al día siguiente, me inscribí en un gimnasio en el mall, justo al lado de una tienda de ropa deportiva. La tienda había abierto unos tres años antes, y su dueño, un chico que había conocido en una fiesta recientemente, había abierto el gimnasio solo unos meses. Pensó que irían de la mano: comprar ropa deportiva alentaría a las personas a inscribirse en el gimnasio para usar la ropa, y registrarse en el gimnasio obligaría a las personas a comprar ropa de gimnasia.

    Fui al gimnasio para inscribirme, el dueño Ricky, fue quien me recibió. Después su asistente Alan me mostró el gimnasio, llevándome a través de la sala llena de equipos cardiovasculares, la estación de pesas libre y la gama completa de máquinas de pesas. Había una sección del piso despejada de todo menos de tapetes azules donde los miembros podían estirarse y hacer yoga. Alan era un lindo estudiante universitario que estudiaba para convertirse en un experto en nutrición y entrenador personal. Lo pillé mirándome un par de veces. Fue halagador. Mi Mor no había dicho nada agradable sobre mi apariencia durante meses, y mi ego ocupaba un refuerzo positivo. Las miradas furtivas y rápidas de Alan dieron resultado.

    Me presenté al día siguiente para comenzar mi entrenamiento, comenzando con un ligero calentamiento en una máquina para subir escaleras antes de pasar a las pesas y máquinas libres. Hice un buen sudor. Se sintió genial. No estaba demasiado lleno de gente. Ricky todavía estaba aumentando la membresía del gimnasio. Noté que la mayoría de los miembros eran chicos. Eso estuvo bien para mí. Había una especie de vibra en el lugar, y la presencia de hombres me hizo sentir que tenía que ser más competitiva.

    Inmediatamente, el gimnasio se convirtió en una parte regular e importante de mi vida. Iba varias veces a la semana, temprano en la mañana o después del trabajo. Pasé menos tiempo en casa con mi Mor, pero él no pareció darse cuenta, excepto cuando se quejó de que la cena no estaba lista a tiempo. Descarté sus quejas.

    En solo cinco semanas, perdí todo el peso que había ganado durante los meses anteriores. Me sentí genial, y si el espejo decía la verdad, también me veía mejor: más elegante, más en forma, más sexy. El adelgazamiento y la firmeza de mi cintura y mis muslos también acentuaban mis nalgas. Me gusta eso. Y también a algunos de los muchachos en el gimnasio, de acuerdo a las frecuentes miradas que les sorprendí haciendo a mis espaldas (o mejor dicho debajo de mis espaldas). Me comían con los ojos.

    Debido a la alta proporción de hombres vs mujeres, no había muchas mujeres a las que mirar, y tuve que admitir que era una de las más lindas. El único golpe en mi contra fue mi ropa. acostumbraba a usar camisetas viejas y pantalones cortos sueltos que había acumulado a lo largo de los años de competencias de futbol.

    Un día, después de un entrenamiento al final de la tarde, Ricky, el dueño del gimnasio, me pidió que entrara en su tienda, detrás del mostrador, para hablar sobre algo.

    Ricky: Te ves genial – mirando mi cuerpo sudoroso de arriba abajo -Parece que el gimnasio realmente te conviene.

    Y: Gracias, Me siento como una mujer nueva. He perdido peso e Incluso he ganado algo de músculo. Siente eso -Le ofrecí mi bíceps y él lo apretó.

    Ricky: Nice, Sabes hable con tu esposo la semana pasada que paso por aquí.

    Yo: ¿Con mi Mor? ¿Y eso?

    Ricky: Si estaba feliz de tener una esposa tan sexy y en forma.

    Yo: ¿Mi Mor? – sorprendida- No creo que se haya dado cuenta. No me ha hecho un cumplido por mi apariencia en meses. Lo único que felicita estos días es mi cocina.

    Ricky: Que raro, hasta dijo que debes ser la sensación del lugar, a lo que tuve que admitirle que varios de los muchachos les tenías flechados.

    Yo: ¿En serio? -Sabía que los chicos me habían estado mirando, pero me sorprendía de dijeran eso de mí, y más que mi Mor platicara esas cosas con Ricky

    Ricky: De verdad, le platique a tu marido, que los chicos siempre hablan sobre lo linda que eres y algunos incluso me preguntaron tu nombre y si eras soltera.

    Yo: Vaya, no tenía ni idea.

    Ricky: No creo que no sepas lo atractiva que eres, Eleny. Lo que me lleva a algo que me comento tu esposo, que tienes el porte para lucir mejores conjuntos deportivos pero que te niegas a hacerlo.

    Yo: Ay ese Mor, no le hagas caso, es muy necio.

    Ricky: Espero que no te moleste, pero tu marido y yo pensamos en ganar-ganar ¿Si estarías interesado en modelar algo de la ropa de deportiva de mi tienda? ¿Ya sabes, usarla durante tus entrenamientos?

    Escaneé la tienda, admirando el inventario de ropa deportiva colorida que cubría las paredes por todos lados.

    Yo: Ricky, estaría feliz de hacerlo, pero no estoy segura, tu tienda es muy cara. Y no quisiera gastar nuestro presupuesto en vanidades.

    Ricky: Bueno, eso es lo interesante de esto, No tienes que pagar por ello al 100%. Si usas algo que escoja tu marido les hare un descuento del 75% y si me dejas elegir algunas cosas para que te pongas, puedes tenerlas gratis.

    Yo: ¿Hablas enserio? –pensando nuevamente en mi odiosito metiéndome en líos a mis espaldas- Ricky, eso es muy amable de tu parte, pero no debería aceptarlo

    Ricky: Eso dijo tu marido que dirías, y que cuando eso sucediera le mandará un mensaje para que el hablara contigo.

    Yo: No, no lo hagas- sabiendo la letanía constante que me esperaba en casa- acepto tu oferta

    Ricky: No puedo creerlo. Gracias muchas – abrazándome eufóricamente- va ser la sensación que tú promociones mi marca dentro del gym va ser la mejor publicidad.

    Le di mis medidas y tallas, Ricky me dijo que, al día siguiente, tendría un atuendo para que me lo pusiera. estaba emociones contrapunteadas. Me ahorraría el gasto en ropa deportiva con la única condición de seguir haciendo ejercicio en su gimnasio. Eso no fue problema. Me encantaban los entrenamientos y lo que hacían por mi cuerpo y, para ser honesto, disfrutaba algo de la atención que recibía, lo desagradable era que el detonante de esta situación era la intromisión de mi Odiosito amado, como me molestaba que ese hombrecito me metiera en cada situación.

    Al día siguiente, me presenté a última hora de la tarde, ansiosa por ver qué atuendo Ricky había elegido para mí a sugerencia de mi Mor. Me acompañó hasta un pequeño vestuario en la parte trasera de la tienda. Cerré la cortina detrás de mí. El atuendo yacía doblado sobre un taburete.

    No se parecía a ningún atuendo de gimnasio que tuviera, ni a ninguno de los que había usado. No era una mojigata con mi cuerpo, pero tampoco lo había sido nunca. Este atuendo era escaso y luciría mucho. La parte inferior consistía en mallas ajustadas a la forma. La blusa sin mangas y ceñida al cuerpo. Lindos calcetines de tobillo diminutos y zapatos de gimnasia completaban el conjunto. Me quité la ropa, la metí en una bolsa y me puse el atuendo que Ricky me había elegido. Cuando terminé, miré los resultados en el espejo.

    ¡Dios mío! Cada curva de mi cuerpo quedó expuesta. La parte superior tenía un soporte incorporado que sostenía mis senos firmemente en su lugar, pero si mirabas de cerca, el contorno de mis pezones era visible debajo de la tela. Fue una suerte haber perdido peso, porque el atuendo no dejaba ninguna imperfección oculta en la forma del cuerpo. Una pequeña franja de mi torso desnudo era visible entre la parte superior de las mallas y el borde inferior del top. Si usara el atuendo en el gimnasio, estaría exponiendo parte de mi abdomen a los otros miembros, en su mayoría hombres.

    Salí del camerino, nerviosa. Ricky estaba dando vueltas cerca, mirando por encima de un perchero. Cuando me vio, sus ojos se iluminaron.

    R: ¡Vaya, Eleny! -dijo con una gran sonrisa. -Te ves fantástica.

    Y: ¿Eso crees? -girando nerviosamente frente a él- es terriblemente apretado.

    R: Se supone que es así. Te acostumbrarás. Eso me han dicho. Es genial para los entrenamientos. Total, libertad de movimiento.

    Noté a otro tipo en la tienda, a unos metros detrás de Ricky, mirándome furtivamente. Sentí un hormigueo en la piel. Estaba avergonzada. Pero también se sentía bien que me observaran.

    R: Pruébalo hoy y veamos qué pasa.

    Crucé la puerta de la tienda al gimnasio. Inmediatamente, descubrí por qué Ricky quería que apareciera a última hora de la tarde. Fue un tiempo con mucha ocupación para el gimnasio. Hoy estaba lleno. Y casi todos eran hombres.

    A lo largo de mi entrenamiento, parecía que los ojos de los hombres estaban sobre mí, incluso más de lo normal. Seguí mi rutina normal y no hice nada intencional para llamar la atención. Pero no pude evitar exponer más de lo normal con este atuendo. Hice algunas flexiones de isquiotibiales, donde me acosté en un banco y presioné mi pantorrilla contra una barra acolchada y apreté la barra, conectada a una serie de pesos, hacia mi trasero. Estaba muy consciente de exhibir mi trasero durante esta serie, y estaba consciente de todos los muchachos en mi cercanía, mientras apretaba los músculos de mis glúteos y sentía los músculos de mis piernas delgadas tensarse. Estaba montando un espectáculo.

    Pasé por mi rutina normal, consciente en cada segundo de las partes de mi cuerpo que estaba mostrando a la clientela masculina del gimnasio.

    Después, Ricky me agradeció y me dijo que podía llevarme el atuendo a casa, pero que tenía que volver a usarlo en el gimnasio. Me dijo que tendría más atuendos para mí. Conduje a casa, empapada en sudor tanto por el nerviosismo como por el ejercicio.

    Mi Mor notó el nuevo atuendo cuando llegué a casa. Estaba esperando como perrito sin dueño mi llegada, no podía apartar ni su mirada ni sus manos de mi cuerpo, pero, decidí castigarlo un poco por su impertinencia.

    Me duché, me vestí y preparé la cena. Mientras estaba de pie frente la sartén, friendo pollo, me pregunté sobre seguir castigándolo con la huelga de piernas cruzadas o ceder al calor de mis hormonas tenía ganas de sexo. Pero mi Mor, estaba castigado y tenía que ser fuerte.

    Las cosas se volvían cada vez más divertidas en el gimnasio. Ricky y mi Mor tenían nuevos atuendos para mí de forma regular. Todos eran sexys, breves y ajustados. Me volví más atrevida y me sentí más cómoda. Pasé de usar una camiseta sin mangas corta a un sujetador que no podría haber sido más escaso y aún se mantuvo en su lugar durante los entrenamientos. Pasé de usar leggings a shorts cortos estilo compresión. Cuando golpeaba la cinta de correr, era muy consciente de que la parte superior del sujetador, a pesar de su ingeniería de ropa deportiva de última generación, no podía evitar que mis senos se movieran y rebotaran mientras corría.

    Lo admito, me gustó. Me gustó presumir y me gustó la atención que recibí. Me sentí como una persona en casa y en el trabajo, y otra persona completamente diferente en el gimnasio. Fue como jugar una vida doble. Me acostumbré a ello, pero la emoción de ser observada nunca desapareció.

    Un día, después de hacer ejercicio, platicaba con Ricky sobre cómo iban las cosas en la tienda.

    R: Eleny, es gracioso, El negocio va bien, pero no de la forma que esperaba. Esperaba impulsar las ventas de productos: conseguir que más chicas se inscribieran en el gimnasio y comprar ropa, y conseguir que los chicos, después de verte, compraran más material de gimnasia para sus novias. y esposas. Hemos visto un aumento en las ventas, pero no mucho. Pero hemos visto un gran aumento en las membresías del gimnasio. Creo que tú eres parte de la razón. A los chicos les gusta un gimnasio duro donde pueden obtener una buena rutina de ejercicio, y donde puedan mirar a una chica bonita. Así que ha sido genial, pero no de la forma que esperaba.

    Me sonrojé ante el comentario de la niña bonita. Me sentí bien. Estaba disfrutando del espectáculo que estaba dando, al igual que los muchachos del gimnasio, y también estaba obteniendo ropa de gimnasia. Ganar-ganar.

    Mientras hablaba con Ricky, noté a un hombre al que no había visto antes, hojeando un perchero de pantalones cortos. Era alto, de hombros anchos y cabello oscuro. Lo miré discretamente varias veces y vi, curiosamente, que ni una sola vez me miró.

    Ricky me vio mirando al chico.

    R: Ese es David, Nuevo miembro. Es dueño del concesionario BMW a unas calles. Creo que tú eres la razón por la que se unió- Ricky se rio- Un par de los vendedores que trabajan para él se unieron hace unas semanas, y los escuché hablar sobre la ‘la buenota’. Tú. Dos días después, apareció David, preguntando por una membresía.

    Y: Bueno, dudo que haya tenido algo que ver con eso, No me ha mirado ni una vez-dándole la contra-

    R: Me sorprende, Eleny, Te lo he dicho antes: eres más hermosa de lo que crees.

    Podría haber aprovechado un buen rato. No estaba obteniendo mucho en casa. Las sesiones de gimnasio eran divertidas, pero no me proporcionaban ningún alivio sexual, y con mi Mor castigado en la casa, me encontraba cada vez más a menudo frotándome en la ducha, sola. En esos días, estaba muy cachonda.

    Ricky tenía razón: había una afluencia de nuevos miembros y el gimnasio estaba cada vez más lleno. La mayoría de los novatos eran chicos. Empecé a ver a David en los entrenamientos. No pude evitar notarlo. Era apuesto como una estrella de cine, con una mandíbula cuadrada y un cuerpo en forma. A menudo parecía ejercitarse al mismo tiempo que yo. Pero lo curioso fue que nunca me miró. Oh, nuestras miradas se encontraron de vez en cuando. Pero nunca, nunca lo pillé comiéndose mi cuerpo con los ojos. Me pregunté si tal vez Ricky estaba equivocado y si era gay.

    Me di cuenta, que estaba haciendo un esfuerzo especial para presumir ante él. No quería ser demasiada obvia al respecto, pero sabía que lo era. Arqueé la espalda un poco más cuando él estaba cerca. Me propuse estirar las nalgas un poco más cuando él estaba en el gimnasio, y siempre en su dirección. Se convirtió en un desafío para mí verlo mirándome. Pero nunca lo hice. Fue frustrante.

    Es posible que todo mi tiempo y esfuerzo exhibiéndome en el gimnasio no haya atraído la atención de David, pero sí tuvo otros efectos.

    Por un lado, atrajo la atención de todos los demás. Podría decir. Si miraba en los espejos de cuerpo entero que cubrían las paredes, podía ver a los chicos mirando a escondidas mi cuerpo mientras hacía ejercicio, especialmente mi culo. Entonces, pasé mucho tiempo haciendo ejercicios frente al espejo de cuerpo entero en la pared, mostrando mi revés al resto de la habitación detrás de mí. Se convirtió en un juego: contar cuántas veces podía atrapar a tipos que miraban furtivamente mis nalgas. Llegué a amarlo.

    Suena patético, lo sé, como si fuera una Barbie de gimnasio de baja autoestima desesperada por llamar la atención de chicos cachondos. Pero en casa el castigo a mi Mor permanecía y no pensaba ceder. Me sentí como una actriz interpretando un nuevo papel cada vez que entré en el gimnasio. Y me encantó, debo admitirlo. Aumentó mi confianza.

    También hizo maravillas con mi físico. No solo presumí mi trasero, trabajé como un demonio. Perdí la cuenta de cuántas repeticiones sentadillas y estocadas hice. Y todo ese ejercicio funcionó: esculpí mi trasero en una pequeña deliciosa, suave y dura, porción de carne.

    Nunca usé bragas debajo de mis pantalones cortos ajustados. Me gustó la sensación de la lycra, o lo que fuera la tela de la era espacial, en mi piel. Me afeité con regularidad para mantenerme tersa debajo de la tela fina y ceñida

    Y comencé a tener ideas. Ideas sexys. Con tanta atención centrada en mi suave y acicalado postrero, con tantos ojos de chicos centrados en él en cada entrenamiento también, comencé a pensar en … bueno … sexo anal. Nunca lo había sentido así.

    Un día antes de comenzar mi entrenamiento le pregunté a Ricky si podía elegir mi propio atuendo para usar ese día, y él dijo: Sí.

    Elegí el atuendo más pequeño y sexy que pude encontrar. Encontré los pantalones cortos más pequeños que vendió Ricky, que pensé que irían bien. Encontré un sujetador a juego, igualmente revelador. No usaba bragas de ningún tipo debajo de los pantalones cortos, y ellos y el sostén se pegaban a mi cuerpo como una segunda piel.

    David ya estaba en el gimnasio cuando entré y comencé a hacer ejercicio. Hice más espectáculo de lo habitual, estirándome de manera exagerada sobre las alfombrillas azules cerca de donde él estaba levantando pesas, y corriendo más rápido y más saltarín de lo normal en la cinta. Cuando llegó el momento de comenzar a levantar pesas, tomé mi posición en el press de banca. Presioné mi trasero y mis hombros contra el banco negro y presioné mi barriga y mi pecho hacia adelante antes de poner mis manos en la barra. El peso era un poco pesado para mí, pero pensé que podría manejarlo, y quería que David viera mi cuerpo tensándose contra la barra cargada con pesadas placas de metal. Sabía que los pantalones cortos se amontonaban firmemente sobre mi coño y la tensión de mis pezones contra la fina tela del sujetador formaba hoyuelos notables.

    Apoyé mis manos contra la barra y me preparé para levantar. Mi cuerpo se apretó.

    David: ¿Necesitas asistencia? -Escuché una voz profunda preguntar.

    Era David, de pie sobre mí, a un lado, mirándome a los ojos. No miró mi cuerpo, aunque yo quería que lo hiciera.

    Y: Claro, – Me alegré de que se ofreciera.

    Sería bueno conseguir ayuda, y ahora se vería obligado a pararse junto a mí. No había forma de que pudiera evitar mirar mi cuerpo ahora.

    Levanté la barra, de su soporte y la bajé hasta mi pecho. David mantuvo sus manos firmes justo debajo de la barra sin tocarla. Levanté la espalda, los hombros y los brazos al unísono, forzando la barra y las pesas por encima de mí hasta que los brazos se extendieron.

    El peso de la barra me obligó a prestar atención a lo que estaba haciendo, lo que me impidió vigilar mucho a David, pero le eché unas cuantas miradas para ver si estaba mirando mi cuerpo. Sin suerte. Estaba concentrado en la barra. Me alegré de que estuviera allí, porque no podría haber terminado la última repetición sin su ayuda.

    Me senté, con el pecho agitado de manera exagerada, después de que terminé.

    D: Hola, Soy David.

    Y: Elena, pero mis amigos me dicen Eleny.

    D: Eres la modelo de Ricky – con una pizca de picardía en su rostro.

    La franqueza del comentario me puso nervioso.

    Y: No, no soy modelo, Ricky me pidió que usara ropa de gimnasia de su tienda para ayudar a promocionarla. Obtengo buenos descuentos.

    D: Entonces, en cierta forma te pagan por lucirse, Es un buen acuerdo.

    Y: No es así

    D: Suena así – acercándose, su rostro atento, pero con esa misma sonrisa maliciosa- Puedo decir que te gusta lucirte. especialmente. Exhibes tu trasero por aquí todo el tiempo.

    Las palabras de David y la franqueza con la que las dijo me pusieron nerviosa. No supe que decir. Me había acostumbrado en el gimnasio a que los chicos se pusieran nerviosos a mi alrededor, pero David no estaba nervioso en absoluto. Quería discutir con él. Pero no pude. Él estaba en lo correcto.

    D: No hay nada de malo en mostrar tus ancas, especialmente porque las tuyas. Son grandiosas. Es una de las cosas que hace que valga la pena venir a este gimnasio.

    No supe qué decir, de nuevo. Me sonrojé. Quería decir algo, pero David habló antes de que yo pudiera.

    D: Por cierto, tus posaderas se ven realmente lindas con esos pantalones cortos nuevos que estás usando.

    Su comentario me molestó y me halagó a la vez. Me encontré desarmado por su franqueza y solo pude balbucear una débil respuesta.

    Y: Uh, gracias. Supongo.

    D: Por nada. Date la vuelta para que pueda verlas mejor.

    No sé por qué no le dije que se fuera o algo similar, pero no lo hice. Sin pensar en lo que estaba haciendo, contra mi mejor juicio, por haber escuchado mi culo descrito como lindo, me di la vuelta hasta que mi lindo, redondo y recién esculpido culo quedo frente a él.

    D: Eso es un delicioso culo. Escucha, es bueno hablar, Eleny, pero tengo que irme, Hasta luego. –

    Me volví hacia él, pero en ese momento él ya se había dado la vuelta y, en unos segundos, había salido por la puerta. Me dejó junto al banco sintiéndome pequeña, expuesta y frustrada. Él había visto a través de mí y no tenía nada que decir. Él me lo ordeno, ¡ni siquiera me preguntó! – mostrarle mi trasero, y lo había hecho. Negué con la cabeza. No podía entender qué me pasaba.

    Cuando David se fue, tenía el gimnasio para mí sola, sorprendentemente. Toda la charla sobre mi culo me dejó sintiéndome cachonda, y una idea traviesa de repente apareció en mi cabeza. Me di la vuelta en el banco, así que estaba frente a la barra y el espejo más allá del banco. Levanté las piernas y puse mis tobillos sobre la barra, abriendo mis piernas ampliamente. Me incliné hacia atrás, pero me apoyé sobre mis codos, para poder verme a mí misma, especialmente mis nalgas, en el espejo. Entonces me puse realmente juguetona. Levanté mi culo del banco y saqué los diminutos pantalones cortos de mi cintura hasta mis muslos. Ahora, mirándome en el espejo, vi la hendidura de mi desnudo coñito y mi pequeño esfínter arrugado, completamente expuesto. Nunca antes había pasado tanto tiempo mirando mi culito.

    Escuché voces y rápidamente me puse los pantalones cortos. Reanudé mi entrenamiento.

    Las siguientes veces que me encontré con David en el gimnasio, charlamos. Llegué a saber más sobre él y él de mí. Mencioné a mi Mor. Obviamente, él estaba atento a mis palabras, así que traté de tener cuidado con lo que decía. Pero siempre tuve la sensación con David de que le decía todo lo que quería saber sobre mí a pesar de mis mejores esfuerzos por ser discreta.

    D: Entonces, eres casada, y él sabe acerca de tu actuación como modelo, ¿Cómo se siente que exhibas tu cuerpo con atuendos escasos en un gimnasio lleno de weyes cachondos?

    Todavía no podía acostumbrarme a la forma en que me hablaba. Mi voz seguía sonando pequeña y vacilante después de la suya.

    Y: Él no le molesta, al contrario, se enorgullece de que cuido mi cuerpo viniendo al gimnasio, y eso es todo.

    D: ¿Nunca ha venido aquí?

    Y: ¿Mi Mor? No. No es del tipo de gimnasio.

    D: ¿De qué tipo es? Si no te importa que te lo diga, no parece un gran esposo.

    Y: No es así, Quiero decir, no siempre hacemos las cosas juntos, pero él es un buen hombre. Buen esposo y buen padre.

    D: Ah, Él es un buen proveedor.

    Me quedé impactada.

    Y: David, …

    D: Ahórratelo. Puedo verlo. Puedo decirlo. Tengo razón. Él es tu proveedor.

    Y: David, eso no es agradable. No soy ese tipo de mujer.

    D: Oh, no me vengas con eso, dijo. Eres exactamente ese tipo de mujer. Hay un nombre para eso, pero no necesitamos decirlo.

    Quería abofetearlo, pero se dio la vuelta y se alejó antes de que pudiera responder. Estuve en el gimnasio después de que se fue, pero una vocecita sonó dentro de mí para contrarrestar mi indignación.

    Esa noche, sintiéndome cachonda pero también queriendo demostrarle a David que estaba equivocado, decidí tener sexo en casa. Le pedí a mis padres que cuidaran de las bendiciones para tener espacio con mi Mor, llegué a casa mucho antes que él y preparé pollo a la parmesana. A mi Mor le encantaba la comida italiana y cocinar era la forma más segura de recibir una palabra amable de él. Yo también era un buen cocinero y me gustaba cocinar para otras personas.

    Condimente las cosas con tacones y tanga debajo de mi delantal de cocina.

    Por un tiempo, pareció funcionar. Mi Mor me dijo que me veía sexy y elogió la cena. No hizo falta mucha persuasión para llevarlo al dormitorio después. Le hice un pequeño striptease. Parecía tener su atención. Nos desnudamos en la cama juntos, y después de que pasaron unos minutos agradables de retorcernos y juegos previos, las cosas se dirigían en la dirección inevitable, cuando decidí probar las aguas e intentar conducir las cosas de otra manera.

    Me puse a cuatro patas, me alejé de mi Mor, con mi culo desnudo hacia su cara.

    MM: Mmmmm- tarareó, apreciativamente.

    Y: ¿Te gusta?

    MM: Me encanta, bebecita – Comenzó a acariciar mi coño mojado con sus dedos. Se sentía celestial, pero ansiaba una sensación diferente.

    MM: Puedes mover los dedos hacia arriba si quieres.

    Mi Mor pasó sus dedos desde mi clítoris hasta el surco de mi coño.

    Y: Allí no, para el otro lado.

    MM: ¿Qué quieres decir?

    Y: Mi colita. Toca mi pequeño culito.

    MM: Uh, Eleny, y ahora porque tan motivada- sarcásticamente

    Y: ¿Vamos a hacerlo por ahí, ¿sí? Cógeme por mi culito.

    MM: Sabía que era buena idea, lo de los conjuntos deportivos

    Y: No es eso, no te puedo pedir algo sin, que me cuestiones

    MM: Solo reconoce que te pones así por las exhibidas que estás dando

    Y: Ay ya, olvídalo- molesta, pero sin dejar de estar cachonda

    No fuimos donde yo deseaba. En cambio, después de un minuto más o menos de juegos previos, nos acomodamos en la rutina habitual. Me subí encima de él. A mi Mor le gustaba que lo montara en la posición de vaquera. Supuse que era porque podía recostarse y no hacer nada. Era la posición sexual del perezoso. Se sentía bien, pero estaba frustrada por sus comentarios y no lograr que me cogiera por donde yo quería, y realmente no lo disfruté. Cuando llegó mi Mor, fingí venir también, terminamos y luego miramos la televisión hasta que llegó la hora de dormir.

    Más tarde, en la cama, mi Mor se durmió de inmediato y yo me quedé despierta en la cama durante un tiempo, molesta. Porque tenía que cuestionarme y manipularme siempre.

    Unos días más tarde, cerca del final de un entrenamiento al final del día, David caminó hacia mí mientras terminaba una serie de prensas de hombros por encima de la cabeza con dos mancuernas. Éramos los últimos en el gimnasio. Mi cuerpo estaba cubierto de una película de sudor.

    D: Oye, ¿puedo hablar contigo un minuto?

    Miró alrededor del gimnasio, aparentemente para confirmar que estábamos solos.

    Y: Claro, David, ¿qué pasa?

    D: Pues, veras

    Caminó cerca de mí de una manera conspirativa. El olor varonil de su sudor golpeó mis fosas nasales. Me gustó mucho.

    D: Algunas personas me llaman idiota. Especialmente las mujeres. Tal vez pienses que lo soy. Pero no lo soy. No realmente. Soy muy directo. Si quiero algo, pregunto, puedes decir que sí, puedes decir que no. Pero voy a preguntar. Así soy en todo: negocios, amistades, amor, SEXO- Puso un énfasis extra en la última palabra.

    Mi curiosidad estaba en un tono alto. No dijo nada de inmediato. Me miró de cerca, como para determinar de una vez por todas si estaba tomando la decisión correcta sobre algo.

    La tensión en el aire era, digamos, muy alta.

    Y: Escúpelo, David, dije. ¿Qué tienes en mente?

    D: Está bien, va, dijo. Sabes que me gusta tus nalguitas, ¿verdad?

    Y: Uh huh, – con una voz pequeña y temblorosa. Quería decirle que dejara de hablar de esa manera, o que se fuera al infierno, pero no encontré esas palabras.

    D: Quiero cogerte, Quiero reventarte el culo, Eleny. ¿Qué dices?

    Mi conmoción fue completa.

    Y: ¿Qué dijiste? -fingiendo ignorancia

    D: Sabes lo que dije. Quiero follarte el culo.

    Y: David, Eso no es gracioso. Es ofensivo.

    D: Escúchame, Como dije, soy directo. Lo llamo como lo veo. Me has estado mostrando tu culo durante semanas. No lo niegues. Es un gran par de nalgas. Apuesto a que eres te falta una buena culeada con ese looser de tu esposo.

    Y: Él no es un…

    D: Eleny, cállate -con autoridad

    Dejé de hablar.

    D: Quiero decir lo que digo. Quiero follarte el culo. Eres libre de decir ‘no’. Pero creo que te gustaría. Te he visto echarme un vistazo. Puedo ver la forma en que me estás mirando en este momento. Puedes negarlo, pero estarás mintiendo, y probablemente mintiendo. a ti mismo. Hagámoslo.

    Y: David, – tartamudeando-, no te conozco tan bien, y soy casada. Lo que preguntas es ofensivo y está fuera de discusión.

    D: Sabes que lo necesitas- firme y sus ojos fijos en los míos.

    Y: ¿Cómo demonios sabrías lo que Yo necesito? – tratando de sonar tan indignada como pude.

    D: Vendo autos de lujo, Eleny, Es mi trabajo saber lo que la gente necesita.

    Y: David

    D: Te pagaré

    Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Los sentí atravesar todas mis defensas e inseguridades, sentí su mirada al descubierto mis necesidades y deseos más íntimos. Fue necesario un esfuerzo extremo para reagruparse y oponer resistencia.

    Sabía, de alguna manera vaga, que debería abofetearlo por lo que acaba de decirme, pero no lo hice. No pude mover mis manos. Apenas podía mover mis labios.

    Y: Eso no tiene gracia,

    D: No lo dije como una broma, Eleny, deseas ser tratada como puta, pues como puta te tratare, diez mil.

    Continuará.

  • Mi caliente mañana

    Mi caliente mañana

    Como lo he dicho antes, soy una joven casada, tengo 26 años, he estado con la misma persona toda mi vida, él ha sido mi todo, incluso hasta mi primer beso. Ha sido un largo camino en el sexo, con bastante tropiezos, algunos bastante dolorosos, pero finalmente siempre nos hemos levantado con más fuerzas y más ganas jajaja.

    Lo que somos hoy en día sexualmente no es más que un arduo trabajo mutuo de comunicación y ganas.

    Particularmente llegué a pasar por noches donde repudié el sexo, donde no quería que me tocara, mientras que ahora duermo desnuda para facilitarle que me toque y si no me toca yo le pido que lo haga, puede ser mis senos, mi vagina o mi trasero, da lo mismo cuál de las 3 sea, pero algo debe tocar para yo poder dormir tranquila.

    Él siempre ha sido muy caliente, así que generalmente todas las mañanas despierta con ganas, además que le encanta el sexo en las mañanas, desafortunadamente pocas veces se da por temas de logística.

    Esta mañana me desperté para ir al baño y era muy temprano y aunque él es muy dormilón no tiene el sueño pesado, siempre se despierta cada vez que yo me levanto de la cama, así que cuando volví del baño lo abracé y sentí su pene erecto y comencé a tocarlo, aunque honestamente no lo toqué mucho porque me ganaron las ganas de llevarlo a mi boca.

    A mí me encanta en grandes niveles el sexo oral, así que agarré su pene lo paseé por toda mi cara, me di un par de cachetadas aprovechando lo duro que estaba, luego lo pasé por mis senos un poco y luego paseé mi lengua por todo su miembro, chupe sus bolitas antes de metérmelo a la boca y comenzarle a hacer delicado oral en forma de vaivén con mi boca, mientras que con mi lengua jugaba con su cabecita, paré un poco para prepararme y hacerle mi parte favorita y es meterlo completo hasta la garganta, lo saqué jugué con mi lengua y su pene y retomé el vaivén, chupe un poco más las bolitas y finalicé la mamada con otra penetrada hasta mi garganta.

    Se colocó sobre mí, me lo metió y comenzamos una rica y delicada cogida, sin apuros, me meneaba y movía mi culo para que hiciéramos juntos el vaivén mientras me penetraba, fuimos tomando ritmo y él se vino dentro de mí, sin sacarlo, yo me comencé a tocar y tuve mi primer orgasmo de la mañana.

    Retomamos el descanso mientras él me abrazaba desde la espalda, de forma que mi culo calzaba junto a la altura de su pene. Yo continuaba caliente y sabía que él quería más, así que de forma intencional comencé a mover mi culo para que rozara con su pene y así estuve un rato hasta que sentí que su pene ya estaba erecto de nuevo, él sin dudarlo aprovechó mi humedad y era más que evidente que yo quería más, así que me lo metió de nuevo y me cogió en esa posición un buen rato, la verdad estaba tan sabroso que no quisimos cambiar, él se volvió a venir dentro de mí y luego me abrió las piernas y comenzó a masturbarme él hasta venirme.

    Nos volvimos a acostar, esta vez yo estaba acostada en su pecho y una me dio por comenzarle a tocar las bolitas, sin intenciones de seguir, porque ya era la hora y él se tenía que ir a trabajar, pero sin querer queriendo se volvió a poner erecto y comenzó a masturbarse, a mí me encanta que me lo metan en cuatro, así que me posicioné en cuatro y me comenzó a coger, esta vez con 0 delicadeza y suavidad, sino más bien muy duro, mientras que con mucha fuerza contraía mi vagina y con mi mano tocabas sus bolitas y así fue que se vino por tercera vez.

    Yo me masturbé para él mientras se cambiaba para irse a trabajar. Se despidió con un beso y quedamos en continuar en la noche.

    [email protected].

  • Me comí toda la leche del papá de mi amiga

    Me comí toda la leche del papá de mi amiga

    Todo pasó hace un par de meses, una amiga estaba estrenado novio y estaba organizando plan para ir a la finca, pero pues no quería ir sola con él sino que fuéramos más personas. Al final fuimos cinco personas. Llegó el viernes y todo se había cuadrado para que apenas termináramos la jornada laboral poder arrancar en los carros para la finca. La finca queda a las afuera de un pueblo que queda a tres horas de la ciudad en la que vivimos. Nos fuimos en dos carros. Todo empezó muy bien. Paramos saliendo de la ciudad y compramos un poco de comida y de tomar para el camino. Yo me fui en el carro del nuevo novio. Llegamos como a las 11 de la noche a la finca. Repartimos alcobas y todos a dormir pues había sido un viaje largo y pues la madrugada del trabajo.

    Al día siguiente nos levantamos y como era de esperar a la madrugada se escucharon algunos gemidos de mis amigas pues cada una aprovechó para divertirse con sus parejas y pues yo, pues nada… Cuando todos salieron de las habitaciones nos pusimos de acuerdo para organizar el día. En esas llegó el papá de mi amiga en una super camioneta. Mi amiga muy sorprendida fue y lo saludó y lo trajo y nos presentó. Era un señor ya algo mayor, pero no le paré mayor cuidado.

    Después desayunamos y quedamos de ir a la piscina. Yo me fui a cambiar y ponerme un vestido de baño. Saqué mi bloqueador y bronceador. Salió mi amiga y nos aplicamos el bloqueador mutuamente y todo. Al rato salieron los demás y de una metieron a la piscina. Pronto mi amiga también entró a la piscina a jugar con el novio.

    Al rato llegó el papá de mi amiga. Trajo unas cervezas, se acercó a mí a entregarme una cerveza y se quedó a hablar conmigo. Prácticamente hablamos de varias cosas casi por dos horas. Luego dijo que estaba calentando un montón y entró a la piscina. Me quedé viéndolo y empezó a nadar de lado al lado de la piscina, se notaba que sabía nadar muy bien, por lo cual me entusiasmé y entré a la piscina.

    Ya en la piscina lo fui a buscar A nadar junto a él. Pronto estábamos haciendo competencia en nadar de un lado hasta el otro lado. Poco a poco incrementó la distancia ida y vuelta. Estamos en esa cuando me dio un calambre a lo cual me dolió tanto que casi me ahogo, pero el señor me pudo agarrar y sacó del agua rápidamente. Todos llegaron rápido a auxiliarme y me sacaron de la piscina.

    Estaba súper apenada con el papá de mi amiga. Él se quedó conmigo y me empezó a hacer un masaje para liberar el tendón lastimado, tenía que ir al baño, al cuál se ofreció a llevarme a la casa para que no apoyara el pie. Me llevó a mi habitación y pues entré al baño y él se quedó esperando.

    Cuando salí del baño lo vi con unas tangas mías en la mano, rápidamente las arrojó en la cama y dijo que las vio en el piso. No recuerdo dejarlas ni en la cama y mucho menos en el piso. Fue algo tenso el momento y él preguntó que si me sentía bien a lo que afirme que sí. Entonces dijo que volvería a la piscina.

    En el resto del día no cruzamos mayor palabra. Luego los demás salieron de la piscina, nos arreglamos y nos dispusimos a bajar al pueblo a almorzar.

    Ya en el pueblo llegamos a un restaurante, el papá de mi amiga tomó distancia, pero preciso en la mesa quedamos de frente, él poco me miraba y yo buscaba la mirada de ese hombre que me agarró y sacó de la piscina. Poco se dio, pero para pasar ese momento lo acaricié con mi pie en su pierna expresándome que gracias al masaje que me dio después del calambre me sentía mejor. El volvió a sonreír y todo volvió a la normalidad.

    Luego fuimos a comprar víveres para la noche y nos devolvimos a la finca, pero está vez yo me fui en la camioneta con mi salvador. Fuimos hablando hasta la finca y me comentó que yo tenía un cuerpo hermoso que, si hacía gimnasio, yo me sonrojé y le dije que de vez en cuando iba. Hizo un par de halagos más y en eso envió su mano a mi pierna el cuál acepté y coloqué mi mano encima de la de él. Aunque pronto la retiró por eso de manejar.

    Al llegar a la finca los demás quisieron meterse de nuevo a la piscina, pero mi salvador me dijo que si quería conocer la finca a lo cual accedí, entonces nos fuimos a dar una vuelta. Era una finca grande por lo que dimos la vuelta en la camioneta. Cuando volvimos ya eran casi las seis de la tarde y la puesta del sol estaba hermosa a lo cual tomé un par de fotos, cuando él me dice que desde el altillo de la casa se ve mejor, a lo cual nos fuimos al altillo.

    Pues el altillo era la habitación de mi salvador. Me llevó a la ventana y como afirmó se veía mucho mejor la vista tanto del sol como de mi compañía. Estaba tomando las fotos cuando se acercó y me dijo que si quería me tomaba un par de fotos. Me organicé y pose para él, digo para que saliera bien en las fotos. Cuando terminó la sesión de fotos se me acercó mucho, cuando estábamos prácticamente cara con cara me dio la vuelta y me dijo “mira el atardecer” mientras me abrazaba completamente.

    Sentía su respiración en mi cuello lo cual me hacía sentir bien y cómoda. Hasta que empecé a sentir cómo empezó a tener una erección. Pude sentir cómo ese bulto crecía en mi cola, quiero decir que me gustó que pudiera causar una erección a tal hombre.

    Pronto bajamos con los demás y mi amiga me mandó un mensaje al celular, dónde me preguntó que si todo estaba bien con el papá. A lo que respondí si, me estaba mostrando el atardecer.

    Ahí empezamos a tomar unas cervezas y a bailar. Ya que todos tenían pareja menos yo. Pues tocó bailar con mi nueva pareja. Y a medida que pasó la noche el trago se acabó y la energía también. Ya todos estábamos casados y nos fuimos a descansar.

    Mi pareja me dejó en mi habitación y me dijo que si necesita algo lo podía buscar en el altillo. Me dio un beso en la mejilla muy coqueto y se fue. Yo entré, pero no podía dejar de pensar en él. Que era el papá de mi amiga y pues era mucho mayor que yo. Me recosté, pero no me cogía el sueño así que me levanté y salí de me habitación sin hacer mucho ruido. Me dirigí al altillo.

    Cuando ingresé lo vi en la cama acostado simplemente con unos bóxeres. Podía hacer lo que quiera, pero no sabía si estaba dispuesta a hacerlo. Me paré frente a la cama. Aunque lo dudé un poco me acerque a él. Con mis manos le bajé los bóxeres y vi su pene ahí pequeño, lo masajeé y lo llevé a mi boca, poco a poco fue creciendo y colocando bastante duro, no pasó mucho cuando se despertó, a lo que dijo pero que hacía, subí y lo besé.

    Le dije que le quería agradecer por ser mi salvador en la piscina y empecé a bajar para volver a hacerle un buen oral. Su pene ya estaba súper erecto y grande. Jugué con mis labios un rato. El me jalo hacia él y me dijo que lo dejara volverme a salvar. Me dio la vuelta y quedo encima de mí. Se arrodilló en la cama y se acercó lo suficiente para que siguiera masturbando. Con mi boca le succionaba la punta del pene y con una mano lo masturbaba y con la otra le acariciaba los testículos. No duró mucho cuando mandó su cuerpo hacía adelante provocando que me metiera todo su pene en mi boca y ¡pum! este señor se ha podido venir en mi boca, ya en ese punto teniendo su pene bien adentro de mi boca estaba dispuesta a recibir todo su semen.

    Coloqué mis manos en su cola intentando hacer que tuviera bien adentro su pene para que cuando eyaculara siguiera derecho a mi garganta y pues así fue, eyaculo cómo unas diez veces, apenas sentía como botaba chorros y choros de semen, la verdad me tenía encantada cómo cada vez que botaba chorros la cabeza de su pene se ponía muy caliente.

    Al terminar se tiró a la cama supremamente agitado, y pronto quedó dormido y su erección comenzó a disminuir, aunque yo quería seguir por más tal vez la edad y ese tipo cosas no permitió hacer más cosas, me arrunché un rato con él hasta quedarme dormida en sus brazos.

    Al día siguiente me levanté muy suave y me fui para mi habitación. Al rato todos se despertaron fuimos a desayunar, y todo como si nada, pero esta vez al sentarnos a la mesa él se sentó a mi lado y hablamos de más cosas, al despedirnos para volver a la ciudad nos despedimos de beso en la mejilla y ya. No nos hemos vuelto a ver ni nada.

    Después ya en la casa agradecí que no hubiera pasado nada más pues no quisiera tener que hablar del tema con él o peor con mi amiga.

  • Mi mejor amiga me folló enfrente de mis padres

    Mi mejor amiga me folló enfrente de mis padres

    Vale, puede que el título suene a nombre de un relato fantasioso y realmente fetichista, pero dejadme que me explique. Bueno, hace un año mis padres, mi mejor amiga y yo fuimos de viaje al sur de España, concretamente a Cádiz. Alquilamos un piso para unas cuantas noches, no era un piso especial ni nada, tenía 3 habitaciones: el salón con una cocina, un baño y el dormitorio donde había 3 camas, una cama matrimonial y 2 camas pequeñas que mi amiga (a la cual llamaremos Lucía) y yo juntamos, os podéis imaginar donde pasó todo.

    Por las noches normalmente Lucía y yo nos quedábamos en el salón pero aquella vez nos fuimos a la cama pronto para estar más cómodas y ver tiktoks juntas porque no nos entraba el sueño, mis padres por el contrario ya estaban dormidos. El caso es que estábamos muy juntas una de la otra, rozando brazo y piernas, yo no le daba importancia pero sí es verdad que me sentía algo excitada por tener su cuerpo tan pegado al mío. Yo llevaba una blusa con un sujetador y una braguita mientras que ella usaba una camiseta con sujetador y unos shorts, por lo que había mucho roce de piel contra piel.

    Empezaron a salir tiktoks un poco sugerentes, de chicas bailando y haciendo twerking cosa que a mi me ponía y a Lucía también, entre unas pasadas y otras ella le dio corazón a algunos tiktoks.

    -¿Te gustan como se mueven eh? -La pregunté susurrando.

    -Me encantan, te juro que hay veces que me ponen cachonda.

    -No sabía que te gustaban las mujeres.

    -Yo tampoco pero últimamente hay veces que me fijo mucho en ellas y joder, me gustaría follar con alguna y probar. -Dijo sensualmente mientras me miraba.

    Tras eso, empezó a rozar mi vientre descubierto con sus uñas.

    -Con quien te gustaría hacerlo?

    -Con alguna chica sexy y que sepa lo que me gusta, ¿no conocerás a alguna, no?

    Sonreí y en eso apagué el móvil sabiendo lo que iba a pasar.

    -No lo sé, pero tú sabes muy bien quien es esa chica, ¿verdad?

    Lucía levantó su cabeza y empezó a besarme sin aviso alguno, yo sin resistirme le seguí el ritmo, mordiéndola y jadeando de rato en rato, dejando que nuestros labios entrasen en fricción lo que me mojaba ahí abajo. Le agarré la cintura por debajo de la camiseta, ella se puso encima de mi y siguió besándome mientras me apretaba las tetas suavemente, yo pensaba que iba a ser solo eso, unos besos y tocamiento por encima, pero no.

    Al rato de besarnos y compartir lenguas, ella se separó, sentada encima de mi cadera empezó a sacarse la camiseta poco a poco y después el sujetador, yo no sabía qué hacer, mis padres estaban a unos pasos de nuestra cama conjunta, no sabía si oponerme a ello o seguir. Dejé de pensar cuando ella me agarró las manos y las guio a sus tetas: eran suaves y pequeñas pero para mi eran perfectas, con sus pezoncitos duros, me levanté y empecé a lamerle los pezones, ella me quitaba la blusa y luego el sujetador mientras gemía en voz baja y de nuevo me empezó a tocar las tetas pero esta vez totalmente desnudas y a su vez apretarme los pezones, cada vez que lo hacía sentía dolor pero a la vez placer.

    Me separé de ella y dije:

    -¿Quieres seguir?

    -Por favor, no nos dejes a medias. -Dijo a gatas mientras se tocaba un de sus pechos.

    -¡¿Aquí?!

    -Sí joder, ¿donde sino?

    -Lucía están mis padres aquí y yo tengo novio.

    -¿Y? Cielo, te va a encantar.

    Al decir eso ella me tumbó de un empujoncito, se quitó el resto de la ropa y me quitó la braga que la tenía mojadísima. Ya todas desnudas y con toda la ropa tirada a un lado de la cama, me empezó a tocar mi coño y a lamerlo a la vez, yo abrí las piernas aún más para que ella pudiese hacerlo más fácil, poco a poco empezó a aumentar el ritmo hasta llegar a lamerme el ano, después de un rato de mojármelo aún más sin avisarme me metió dos dedos, me pilló desprevenida y lancé un ligero gemido al aire, me tapé la boca y miré a la cama de mis padres quienes seguían dormidos, Lucía empezó a dedearme rápido y lamerme el clítoris hasta que entre gemidos tapados y vibraciones tuve un orgasmo con un pequeño squirt.

    Ella con la cara mojada me besó y se puso encima de mi cara, empujó mi cabeza a su coño y empecé a lamérselo rápido, mientras ella se aguantaba los gemidos y se agarraba al cabecero de la cama, sus fluidos vaginales me empezaron a mojar toda la cara eso me puso más caliente y creo que a ella también porque al rato empezó a temblar encima de mi, soltó un suspiro largo de placer. Se bajó, encima de mi otra vez me empezó a besar diciendo:

    -¿Ves? No se han despertado, venga ponte en cuatro, te voy a hacer algo muy bonito.

    Me levantó, me puso en cuatro mirando a mis padres. Sentí como acercó su cara a mi ano mientras me agarraba las nalgas, empezó a lamerme el agujerito cosa que me excitó, me apoyé en mis antebrazos dejando el culo más hacia arriba, ella no paraba de lamérmelo y metió sus dos dedos de nuevo empezando a penetrarme la vagina con ellos, yo resistía mis gemidos y jadeos pero dejaba escapar algún ruidito de mi boca hasta que tras soltar alguna lágrima de placer y temblar tuve mi segundo orgasmo, lo cual llevó consigo una segunda oleada de fluidos.

    -Joder sí que te mojas rapidito cariño. -Me dijo al oído mientras me acariciaba el pelo.

    Me levanté y cansada me senté en la cama viendo la escena y analizando lo que estaba pasando: Sexo en una habitación oscura en la cual solo entraba la luz de la calle entre los agujeros de la persiana, mis padres durmiendo a unos metros, yo totalmente desnuda y mojada y Lucía mirándome con su cara igual de mojada mientras se rozaba el clítoris con sus dedos. Al rato ella se levantó y empezó a rebuscar en su maleta.

    -Esperate… -Dijo sin miramientos.

    Yo me levanté y me acerqué a ella viendo como estaba agachada con el culo al aire e intentando ver qué buscaba. Tras encontrarlo, lo ocultó y me dijo que vaya al salón, yo desconcertada y preocupada fui donde ella dijo, me senté en el sofá. Vi como su silueta desnuda se acercaba a mi con pasos sensuales y con un juguete en la mano, era un vibrador.

    -Mónica cariño, quiero que me la metas toda, que me folles. -Dijo mientras se acercaba.

    -Ven.

    Me dio el juguete, se sentó encima de mis muslos agarrándose a mis hombros. Yo empecé a chupar el vibrador como si fuese una polla mientras la miraba tocándose encima de mi, cuando acabé, le metí el vibrador entero y lo activé, ella empezó a saltar mientras yo lo sujetaba y me masturbaba a la vez. Veía cómo mi mejor amiga botaba encima de mi y jadeaba con lujuria y placer cerca de mi oído, cosa que me puso muy cerda y empecé a masturbarme más fuertemente. Después de un buen rato ella se vino primero, al hacerlo ella agarró el vibrador, se lo metió en la boca y me la metió para luego yo tener otro orgasmo mientras me besaba y pellizcaba mis pezones.

    Esta vez las dos estábamos cansadas y después de un largo rato besándonos y tocándonos en el sofá nos pusimos a limpiar, secar y cambiar las sábanas de la cama. Luego en el baño nos lavamos la cara y nuestras partes, recuerdo mi cara toda roja y mojadita en el espejo. Después nos cambiamos de ropa y por fin, después de un largo rato de aquí para allá nos acostamos.

    -¿Te ha gustado cielo? -Me preguntaba mientras me abrazaba por la espalda.

    -Me ha encantado. -Dije con los ojos cerrados.

    -Podemos repetir cuando tú quieras.

    Y ahí acaba mi relato, fue una experiencia que nunca pensaría que viviría y ojalá se volviese a repetir pero espero que lo hayáis disfrutado de verdad. Besosss.

  • Calvin mi nuevo hombre de pene grueso (1)

    Calvin mi nuevo hombre de pene grueso (1)

    Un saludo cordial para mis lectores…

    Desde que murió Dirmero, fue muy triste su partida, y algo muy inesperado, pasó una temporada que no pude superar su muerte.

    Calvin me dio mucho consuelo y así nos volvimos pareja, recordando aquellos tiempos que pasamos juntos, cómo disfrutamos mucho.

    Calvin me propuso vivir con él, para estar más tranquilo y despejar la mente, eso hice y me fui a su departamento ya estamos viviendo juntos.

    La primera noche dormimos juntos y desnudos, estuve contemplado su hermoso pene grueso, empecé a chupar su glande, muy hermoso su pene, grande, grueso y con buen sabor, al rato de chupar y chupar supe que tenía que tragar toda su esperma, así logre dormir hasta el día siguiente.

    Ya mudándome a su casa fue el fin de semana que debíamos tener mucho sexo rico y duro, era sábado y amaneció el día muy nublado, para no salir de la cama, Calvin despertó y me dio un beso con lengua que me excitó muchísimo, pude ver cómo su pene aumento de tamaño y ya muy húmedo su glande, pase mis dedos para saborear su líquido preseminal, que encontré un buen sabor en su pene.

    Él se levantó para ducharse y me invita para ir al baño juntos, accedí ir a la ducha, una vez bañándonos, lavé su miembro y le daba mamadas muy ricas, nos depilamos y quedamos muy limpios, Calvin aprovecho en depilar mi ano y así pasaba su lengua por mi culo, me lamía mucho mi ano, era una sensación muy divina, sentía mucha saliva en mis nalgas.

    Pasamos del baño para el cuarto para arreglarnos y prepararnos y tener nuestro coito sexual, mientras nos alistamos aproveche para meterme un dildo tipo pequeño con figura de diamante y me queda ajustado para que dejara un poco mi ano abierto y para prepararme de recibir el hermoso pene de Calvin ya que es muy gruesa y grande, me aplique mucho aceite de coco en mis nalgas para que tenga un olor rico.

    Una vez realizado esto, observo a Calvin masajeando su pene, vi que lleno su palma de la mano derecha de saliva húmeda y la frotaba en todo su miembro, esto me excitó muchísimo, me hizo seña para que le diera masajes en tu pene.

    Me senté frente a su hermoso pene y le di besos en el glande llenando toda la cabeza de saliva espesa, así pude meterme un poco más la cabeza de su pene grande y grueso, estaba deleitado por tan rico sabor y textura, me recordaba las mamadas ricas que le daba a mi primer hombre, Dirmero, pero el pene de Calvin era mucho mejor, tenía algo especial, él se cuida mucho su piel siempre se aplica unas cremas para el cuerpo y más entre su partes íntimas, trasero, entre sus piernas y todo el cuerpo, él sabe que me gusta mucho la saliva espesa, Calvin se aproxima hasta mis labios me pide que abra mi boca para darme su espesa baba.

    Continuará.

  • Encontré fotos sensuales en el celular de mi hermana

    Encontré fotos sensuales en el celular de mi hermana

    Hace un par de meses, mi hermana de 28 años y yo, que recién cumplía 20 años, estábamos de viaje por Francia.

    Una noche, de curiosidad, revisé el celular de mi hermana en busca de alguna foto comprometedora. Así que mientras ella dormía en el mueble, tomé su celular y entré a galería. Mientras revisaba foto por foto, poco a poco sentía mi pene más duro por el morbo.

    Después de bastante tiempo, logré encontrar varias fotos. En ese momento mis latidos se aceleraron y mi pene estaba más duro de lo normal.

    Las fotos parecían ser tomadas en el baño de un hotel en un viaje que hizo meses atrás. Ante la excitación del momento procedí a tomarle foto a las imágenes antes de que se apague su celular ya que no tenía batería. En ese mismo momento fui al baño y con el pene bien duro y lubricado coloqué el celular sobre el lavamanos y empecé a masturbarme con las fotos.

    La primera era una donde estaba casi de espaldas frente al espejo usando solo un calzón negro bordado. Podía ver un seno redondito y con un poco de caída, esa típica y sensual caída que tienen los senos, además de su culo que podía verse todo.

    En la siguiente foto tenía el cuerpo casi de frente y se veía sus bellos senos y pezones casi rosados. Su senos se podían ver de perfil y eso me excitaba más.

    La tercera era parecida a la anterior pero ahora podía verse mejor el perfil de su ceno izquierdo. Perfectamente veía el pezón pequeño y erguido.

    La siguiente era un de espaldas mostrando todo el culo, pero con un polo verde. En esta foto su era grande y su calzón marcaba muy bien los bordes de sus nalgas.

    Y por ultima, la foto era totalmente frente al espejo pero con un sostén rojo vino y calzón negro. No era la gran cosa pero podía ver la forma de las caderas y sus muslos.

    Seguí masturbándome pasando las fotos. Hasta que finalmente sentía que iba a eyacular, mi pene está demasiado duro y podía ver las venas bien pronunciadas además de tener toda la mano y el pene lleno de líquido preseminal. Era obvio que ver las fotos de mi hermana semi desnuda me excito como nunca antes lo había imaginado. Antes de correrme puse la foto donde se veía sus senos y agrandé la imagen para poder ver mejor los pezones.

    Era el momento perfecto para eyacular, pero me dominaron las ganas de imaginarme cogiéndome a mi hermana y corriéndome en su bello culo. Así mientras tenía esa imagen en mi cabeza, cambié la imagen con mi pene hacía la foto donde se veía en primera plana todo su culo y sus nalguitas.

    Seguí masturbándome hasta que finalmente no pude aguantarme más, y eyaculé. Sentí como desde dentro de mi pene bombeaba todo el semen acumulado a por chorros, fueron al menos 5 chorros bien largos y contundentes de semen. Podía sentir como mi pene bien duro latía y mis testículos se contraían para botar todo.

    El lavamanos tenía líneas de semen, procedí a limpiarlo y mi secar mi pene ya que estaba todo húmedo. Salí del baño aun con el pene duro y parado, procedí a echarme en otro mueble y dormir como si nada hubiese pasado. No podía creer que acababa de masturbarme y eyacular con fotos de mi hermana mientras imaginaba como sería correrme en sus nalgas. De las mejores corridas que nunca tuve.

    Si les gustó, tengo dos historias más relacionadas con el celular de mi hermana. Una donde encuentro conversaciones sexuales con su pareja y otra donde encuentro fotos borradas de su galería.

  • Milf coqueta

    Milf coqueta

    Fue en el módulo de “Materiales” del Diplomado sobre Decoración de Interiores y Exteriores donde lo conocí. De profesión arquitecto, desde un principio me gustó la forma de impartir los contenidos del módulo, a diferencia de otros expositores. También influyó que en ese entonces esos contenidos me interesaban por razones laborales. En las clases se dirigía por mi nombre, en atención especial a mi persona, mirándome a los ojos con insistencia pero discretamente. Intercambiábamos miradas y en algunas ocasiones sonrisas. Diría que desde un principio hubo un clik. En esa época trabajaba de medio tiempo en un despacho de arquitectos. Mi marido, en cambio, tenía una jornada laboral de más de ocho horas. Con más tiempo libre, sin tener que cuidar a los hijos por ser mayores de edad, mi tiempo lo distribuía como yo quería. Temprano iba al gimnasio; después a trabajar y dos veces por semana en la tarde al Diplomado.

    En una ocasión, después de clase, y aprovechando el interés que expresé por algunos contenidos del módulo (materiales y diseños: lo recuerdo muy bien), me dijo que estaba programado un Congreso-exposición en un par de meses. Preguntó que si me interesaba me proporcionaría después la información completa. Le respondí que sí. Me complació su interés por mis inquietudes y la forma atenta en que se dirigía a mí, independientemente de que me agradaba su personalidad. Era alto y bien proporcionado físicamente; siempre pulcro y arreglado en su vestir. Sin más interés que en el curso, esperaba con gusto esos días a la semana aunque, reconozco, me arreglaba más de lo normal esos días.

    Consciente o inconscientemente, entré o ¿entramos?, sin proponérmelo o proponérnoslo, en el juego del coqueteo. Sin pretender involucrarme emocionalmente ni nada, pues tenía claro que no existía interés en llegar a algo más. Por muy atractivo que me pudiera parecer, era consciente de los riesgos y los límites que debía establecer ante una situación de este tipo para que no se malinterpretara y más en mi condición de mujer casada. En ese sentido y por el simple placer y emoción que aporta el disfrutar de esos momentos compartidos, sin perseguir ninguna otra meta que no fuera sentirme, en mi caso, todavía atractiva y valorada a mi edad fue que entré en dicho juego. Simplemente no me negué al juego de coqueteo y sentir que todavía podía tener poder de seducción. Casi cincuentona, con varios años de casada, satisfecha sexualmente y emocionalmente con mi marido, no sentía necesidad de algo en particular, sino más bien, me sentía satisfecha conmigo misma, pero no me cerraba a experimentar sensaciones nuevas. Aunque el coqueteo se limitaba a miradas, sonrisas, y conversaciones sobre intereses comunes, siempre terminaba despidiéndome diciendo “me espera mi marido”.

    En las últimas sesiones, y como parte del juego, empecé a sentarme en la fila de adelante. Me vestí de diferentes formas, tanto formal como informal pero siempre discreta. Reconozco que me complacía sentir sus miradas, sobre todo por no ser insistentes. Ni siquiera compartimos teléfono.

    Cuando ya faltaban pocas sesiones para que finalizara el curso me arreglé de otra manera: me alacié el cabello, me pinté un poco más. Por ejemplo, una tarde me puse una falda corta pero con medias negras, con tacones y una blusa color azul pastel. En esa ocasión sentí más sus miradas que de costumbre, pues nunca me había presentado a clase vestida de esa manera. Cuando cruzaba las piernas sentía su nerviosismo entre que deseaba mirarme y no. En consonancia con el juego, ese día no me quedé a conversar después de la clase, terminó y me retiré. Cuando me despedí junto a los demás compañeros con un “hasta luego”, se sorprendió pues pensaba que me iba a quedar como en otras ocasiones. Esa noche había acordado ir a cenar con mi marido por un aniversario más de nuestro matrimonio y por supuesto que habíamos festejado con una gran noche de sexo.

    De igual manera, y como parte del juego, el penúltimo día de clase me pinté un poco más y me puse la misma falda negra corta, con tacones, pero sin medias y una blusa blanca. Llegué antes de la clase y me senté, como lo había hecho en clases pasadas, en la fila de adelante. Cuando llegó y me vio sentada con las piernas cruzadas y sin medias, percibí nuevamente su nerviosismo. Mis piernas blancas llamaban más la atención que con las medias negras. Saludó a todos. Desarrolló su clase pero su mirada regresaba frecuentemente a mí. Esta clase fue diferente, no fue como las otras, pues estaba desconcentrado y se iba de un tema a otro tema. Tampoco me quedé al final de esa clase, más bien me salí antes, desconcertándolo, supongo, todavía más.

    Finalmente llegó el último día de clase del módulo. Recuerdo que ese día mi marido tenía una cita de trabajo en Cuernavaca a mediodía y había programado regresar hasta el día siguiente. Ese día amaneció con mucho calor. Me duché dos veces, en la mañana y antes de irme a la clase de la tarde. En la mañana, al despertar, mi marido me había despertado con su miembro pegado a mis nalgas, abrazándome por detrás. Sentir la dureza de su miembro me excitó. Después cambió de posición colocándose boca arriba y yo descansé mi cabeza en su pecho. Luego mi mano derecha empezó acariciar su torso y poco a poco fue bajando hasta llegar a su miembro. Lo empecé a acariciar encima de su trusa, de diferentes maneras, con mis dedos, con mi mano completa… después, como tantas veces, por debajo de su trusa, sintiendo ya su humedad. Esto me excitó más. Sentí deseos tanto de que me penetrara como de hacerle sexo oral. Preferí lo primero.

    Me coloqué encima de él, hice a un lado mi tanga amarilla y acomodé su miembro en mi vagina. Como chorreaba de humedad su miembro no hubo necesidad de ir por el gel lubricante. Empecé a cabalgar, de arriba hacia abajo; después inicié un movimiento en círculos sobre la punta de su miembro y sentí como aumentaba su excitación. Me detuve un poco, no quería que eyaculara tan pronto. También yo deseaba gozar, sin embargo, no pudo contenerse y eyaculó al poco tiempo. Me seguí moviendo pero su miembro ya no estaba completamente erecto. Me quedé con deseos de gozar más. No disfruté como hubiese querido y cuando esto sucede, quedo caliente. Así estuve ese día, demasiado caliente, por lo que consideré masturbarme con mi juguete sexual. No quería esperar hasta el otro día a que llegara mi marido para tener intimidad con él. Pero recordé que era la última clase. Me pareció que el sentirme caliente podría ayudar a experimentar algo diferente bajo la dinámica del juego de la coquetería con el profesor.

    Me volví a bañar en la tarde. En la ducha me toqué y consideré nuevamente masturbarme, me sentía muy excitada, pero no lo hice. Me depilé el pubis. Me unté crema en todo el cuerpo. No sabía que ponerme de ropa. Fui al cajón para sacar mi ropa interior. Como repertorio la puse en la cama para escoger. Respecto de si ponerme una falda, un vestido o un pantalón para esa última clase no sabía qué elegir, pues no quería enviar mensajes equivocados o mostrarme muy explícita, sino insinuar de manera sutil. Como la tarde todavía estaba cálida, pensé en un vestido corto con los hombros descubiertos, pero como ya me había puesto faldas y vestidos cortos, mejor opté por un vestido largo, ajustado, de licra, floreado, color azul celeste, con los hombros descubiertos y de largo hasta los tobillos, ceñido de arriba, pegado a las caderas y un poco suelto de abajo. Pensé en unos zapatos bajos, pero me veía muy casual.

    Decidí ponerme unos zapatos con tacones altos. Me recogí el cabello. Me vi en el espejo y me gustó como me veía. Los tacones altos resaltaban mis curvas al igual que mi trasero. Consideré cambiármelo, pues cuando me miré al espejo y caminé un poco noté como mis nalgas se movían a cada paso. Pero recordé que cuando compré este vestido venía incluido un sweater largo o coordinado, como también se le llama, de color azul celeste también. De tal manera que no llamara tanto la atención. Me gustaba la textura de este vestido, pues a pesar de ser muy delgada la tela, ésta no se transparentaba, por lo que generalmente, cuando me lo ponía, era sin ropa interior.

    Llegó la última clase. En esta ocasión no me senté en la fila de adelante sino en medio, lo que le sorprendió nuevamente cuando llegó, pues siempre que llegaba al salón sentía como su mirada me buscaba en la primera fila. Cuando terminó la clase esperé un momento mientras se desocupaba con otras compañeras y compañeros. Ya después me dijo que había olvidado el programa del Congreso-exposición en su auto y que lo acompañara para que me lo entregara.

    Fuimos a su auto y me entregó el programa y me dijo que podríamos ir juntos al evento pues él conocía a algunos de los expositores. Le respondí que sería interesante. Después me preguntó si tenía tiempo y sí podíamos ir a tomar algo esa tarde noche. Le dije que no existía inconveniente de mi parte, pues y, deliberadamente, mientras le ofrecía una sonrisa pícara y mirándolo a los ojos, le dije: “mi marido salió de viaje y regresa mañana”. Sonrío y me dijo que para no irnos en dos autos nos fuéramos en el suyo y que después regresaríamos por el mío.

    Fuimos al restaurante-bar giratorio del WTC que se encuentra en el último piso. La conversación fue amena, hablamos de diferentes temas. Sabiendo, supongo, del juego que estábamos jugando, el coqueteo era muy sutil, nos mirábamos y nos reíamos. Como a las dos horas escuché un mensaje en el teléfono: era de mi marido, diciéndome que habían cambiado los planes y que llegaría a casa antes de las once de la noche. Le dije que me tenía que ir antes pues mi marido había decidido llegar el mismo día. Pidió inmediatamente la cuenta y dijo que no había problema. Esto me gustó pues no expresó molestia ni nada, tampoco me presionó para quedarnos más tiempo. Divorciado y con 11 años menos que yo, lo percibí sincero en todo lo que me dijo. Antes de salir del restaurante cada quien fue al baño. Cuando salí sentí mucho calor. Pensé en quitarme el sweater pero no quería llamar la atención. Rumbo a los elevadores me preguntó si no tenía calor, le respondí que sí. (En el baño me quité el sweater pero después me vi en el espejo y la verdad consideré que había exagerado con esos tacones, pues resaltaban demasiado mis curvas y mis nalgas). Entonces me preguntó que si no tenía más calor con el sweater. Me lo quité y él se quitó el saco. Después de unos breves pasos caminando, me percaté como unos hombres me voltearon a ver.

    El edificio era de 50 pisos, así que teníamos que bajar por el elevador. Había demasiada gente y no quería demorarme más de lo debido, pues quería llegar a casa antes de mi marido. Logramos entrar apenas al elevador de tanta gente que subía y bajaba casi al mismo tiempo, pues el otro elevador estaba descompuesto. Ya en el elevador, completamente lleno y con mucho movimiento, él terminó por quedar detrás de mí. Sentía su respiración en mi cuello y la fragancia de su loción. Me gustó su aroma. De repente me dijo que si podía poner sus manos sobre mis hombros. Parecía incómodo: su espalda casi se “incrustaba” en la pared de metal del elevador por tanta gente. Voltee a verlo, sonreí y con la cabeza asenté que sí.

    El elevador se detenía casi en cada piso pero nadie bajaba y todos seguíamos apretujados, como si fuéramos en el metro en una hora pico. Ante tal situación y no por él, sentía como mi cuerpo se pegaba más al suyo mientras más personas entraban al elevador. Irremediablemente sentí su bulto casi pegado a mí trasero. La tela delgada del vestido provocaba una sensación demasiado cercana. Recordé esa mañana el miembro de mi marido pegado a mis nalgas también, pero erecto y en otra posición y yo con una tanga puesta. Ahora otro miembro estaba pegado a mis nalgas. Supuse que se estaría excitando, pues sentí como su respiración se entrecortaba un poco. Salía gente y entraba. Había momentos en que nos separábamos para después estar otra vez pegados. Pensé que sin los zapatos altos que traía no se hubiera dado esta coincidencia. Me sorprendí como se humedecía mi vagina de inmediato, algo ya inusual por mí edad. Disfruté nuevamente la sensación de humedad en mí vagina. Me sentí más sensual al saber y sentir que no traía ropa interior. Esto, debo decirlo, me excitó. Cuando llegamos al piso del lobby, bajó casi la mitad de la gente. Al haber más espacio me separé un poco de él. Bajó sus manos de mis hombros pero las colocó alrededor de mi cintura. No me opuse.

    Entonces sentí, ya no su bulto, sino su miembro, completamente erecto, ligeramente pegado a mis nalgas. Al sentirlo me separé. Cerraron las puertas. Sutilmente me acercó hacia él con la fuerza de sus brazos. Dudé en aceptar la propuesta implícita. Sin embargo, acepté y nuevamente mi cuerpo se juntó al suyo. Con la fuerza de sus brazos hizo que me pegara a su cuerpo. Para continuar con el juego del coqueteo, voltee mi cabeza para mirarlo a los ojos y al mismo tiempo froté mis nalgas en su miembro. Ambos nos sonreímos.

    Finalmente llegamos al piso donde se encontraba el estacionamiento y nos dirigimos a su automóvil. Me abrió la puerta para subirme al auto, y después le dio la vuelta para dirigirse a la puerta del conductor. La humedad no cesaba, sentía como resbalaba un líquido pegajoso al interior de mis muslos. A pesar de lo excitada, con mi corazón latiendo más de lo debido, me controlé. Ya en el volante, encendió el auto y nos dirigimos al estacionamiento de la escuela donde se encontraba mi auto. Llegamos. Se estacionó. Bajó, y dio la vuelta al auto para abrirme la puerta. Me ofreció su mano para bajar, la acepté. Caminamos a mi auto. Abrí la puerta y antes de subirme nos despedimos con un breve beso en la mejilla, mientras me decía al oído “fue un placer tu compañía”. Le respondí “para mí también”. Se acercó a mí, pretendiendo abrazarme, pero me retiré de él sin rechazarlo y opté por despedirme. Solo me dijo que esperaba verme el día de la inauguración del Congreso-exposición: “Espero poder ir”, le respondí. Ya en mi auto, frente al volante y antes de arrancar, nos despedimos ofreciéndonos una sonrisa.

    En el trayecto a mi casa pasaron por mi mente muchas cosas. Desde cierto arrepentimiento por lo que había hecho, hasta pensar en que pude haber llegado a más con lo excitaba que estaba. Llegué a casa. Ya había llegado mi marido.

    Me preguntó que de donde venía, y por qué tan arreglada. Le dije que había sido el último día de clase del diplomado y que se había organizado una reunión por ese motivo y que había aceptado la invitación. No entré en detalles. Traía una botella de vino y me dijo que bebiéramos una copa. Cuando terminamos nos levantamos y me dijo que le excitaba verme vestida así, con ese vestido y que con esos tacones resaltaban mis curvas y mis nalgas, pues nunca me los había puesto con ese vestido. De repente me abrazó por detrás. Sentí su bulto en mis nalgas. Al sentirlo recordé la situación del elevador. Empezó a besarme el cuello, lo que me excitó todavía más. Su miembro empezó a crecer, estando ya duro me lo restregaba en mis nalgas. Volví a recordar que hacía unos minutos otro miembro estaba pegado a mis nalgas y esto me excitó todavía más: saber lo que provocaban mis nalgas con ese vestido.

    Voltee a verlo y nos besamos. Luego nos abrazamos de frente y empezó a acariciar mis nalgas sobre el vestido, buscó el resorte de mis calzones y se dio cuenta de que no traía ropa interior. Nos empezamos a excitar y me dijo que subiéramos a la recamara. Ya en la recamara me preguntó que como quería que me cogiera: no dudé en decirle que por detrás. Me acerqué a la cama, subí mis rodillas y puse mis las palmas de mi manos al frente. Entonces levantó mi vestido y mientras acariciaba mis nalgas, mis muslos y mis pantorrillas y luego el interior de mis muslos, sintió mi humedad y me preguntó porque no me había puesto bragas si sabía que no iba a estar con él ese día. Le respondí que todo el día había estado caliente, que me había dejado deseosa desde la mañana y que había decidido no ponerme ropa interior para sentirme sexy.

    Empecé a sentir la urgencia de que me penetrara. Pero antes tocó con sus dedos mí vulva y sintió mi humedad excesiva. “Estás muy mojada”, me dijo, preguntando “por qué”. “Me excita tu verga restregándose en mis nalgas”, le respondí (sabiendo que le excita que le hable de esa manera), pero sin saber que, con mi autorización, le había ofrecido la carnosidad de mis nalgas a otro hombre, quien con su atractivo, discreción, seducción me había provocado esa humedad, como hacía mucho tiempo no me sucedía. Entonces le dije: “No hace falta el gel lubricante, penétrame”.

    Me penetró suavemente pero no totalmente y después se retiró y continuó con sus dedos hurgando mi vagina y luego mi clítoris, todo ello magistralmente, sin prisa y delicadamente, como bien sabe lo que me gusta. Mi excitación empezó a aumentar, él lo sentía perfectamente pues identificó el instante perfecto y empezó a penetrarme. No me envestía, lo hacía suavemente, por lo que mi gozo se iba acumulando. Sentía su miembro y su erección firme. Me sorprendió que su miembro se mantuviera más rígido de lo normal, sin la urgencia de eyacular. Entonces le dije que no se moviera, que se mantuviera quieto. Yo empecé a mover mis caderas en forma circular y él coordinaba el movimiento con sus manos en mis caderas. Me estaba gustando hasta que, continuando con el mismo movimiento, sacaba un poco mi vagina de su miembro para concentrarme en su punta, del tal manera que sentí como su excitación aumentaba y como venían en camino sus fluidos. En ese preciso instante yo también sentí como iba en camino a un fabuloso orgasmo, después de estar todo el día caliente y estar coqueteando con otro hombre.

  • Super heroína prostituta

    Super heroína prostituta

    Hola, me llamo Alicia tengo 20 años de altura promedio, piel blanca, tetas medianas, cintura delgada, culo algo grande y cabello originalmente castaño pero teñido de rubio.

    Soy una gran fan del héroe arácnido y cuando salió la película fui a verla repetidas veces y en una de ellas compré y usé un traje de Spider-Gwen, le dije a mi novio que fuera conmigo, pero no quiso ir pues estaba con sus amigos así que decidí ir sola.

    Aún estaba molesta con mi novio, si era la tercera vez de verla, pero no podía evitarlo, sabía que el traje era muy pegado y podía marcarse así que lo usaba debajo de una falda y un top para que aún se viera, al salir del cine me di cuenta que era tarde así que llamé a mi madre si iba por mi, pero no contestó así que no me quedaba más que esperar un taxi y como la plaza estaba cerrando tuve que salir y me senté en un pequeño parque frente a la plaza a esperar.

    Entre las personas que igual salían un hombre, de al parecer 24, se sentó a pocos metros de mi, llevaba una playera del héroe así que, como no tenía más que hacer, le pregunté si había ido a ver la película, dijo que si y me acerqué a charlar con él y me preguntó mi edad después de decirle tuvo más confianza, estuvimos un buen rato hablando y me dijo que le gustaba el traje, me sentí feliz por eso y le levanté quitando la falda y top (igual llevaba ropa interior) para que lo viera mejor.

    Se levantó y me pasó una mano por la cintura, me sonrojé un poco y su otra mano empezó a acariciar mi rostro, por un momento imaginé que pasaría así que me dejé llevar y cerré los ojos, me dio un sexy beso metiendo su lengua e hice lo mismo, su mano bajó de mi cintura a mis nalgas y las apretó, nos separamos y dijo «si no te molesta me gustaría hacer algo más» estaba sonrojada y el beso me había puesto caliente así que le dije que si.

    Me tomó de la mano y fuimos a una parte un poco más apartada ahí me miró, nervioso y sacó su billetera con un billete de 200 y dijo «¿podrías darme un oral con esto?». Al ver el dinero me sentí sucia, pero igual no cargaba mucho dinero y no sabía cuánto cobraría un taxi, tomé el dinero y me arrodillé frente a él, le abrí despacio el pantalón hasta que salió su verga la cual en realidad estaba muy limpia y rasurada, pero sobre todo dura, acomodé mi cabello y la metí despacio.

    Él soltaba unos pequeños gemidos que me parecían muy tiernos y yo lo miraba a él o cerraba los ojos, no me preocupaba mucho que llegara alguien, estábamos solos pero aun así la situación me ponía el corazón a mil y a la vez me excitaba, estuve un buen rato chupando su verga que la chorreaba saliva y estaba muy caliente, me separó unos segundos para tomar un mini descanso y me dio un toque en el hombro, levanté la vista y llevaba un billete de 500 en la mano y dijo «no se podríamos hacer algo más…».

    Me levanté y lo mire diciendo «¿Qué cosa?» Llevo de nuevo una mano a mis nalgas y dijo «tener sexo… Aquí» cuando dijo eso algo se encendió en mi y casi de inmediato respondí que si y tome el dinero (para después buscar un hotel donde dormir o algo) se fue unos minutos dejando su mochila y regreso con unos condones en mano, volví a bajarle el pantalón y chuparla para ponerlo aún más duro y ayudarlo a ponerse el condón.

    Me levanté dándole la espalda y él bajo el cierre de mi traje el cual apenas llegaba a la espalda baja, no quería desnudarme en el parque así que le dije «si quieres puedes romperlo, ya viste que tengo más ropa aquí» dijo que si mientras frotaba su verga en mis nalgas, sentí sus manos en mi culo y como de un tirón rompió el traje, dejando el cierre abajo, sentí sus manos directo en mi piel y como sacaba mis bragas que se habían metido entre mis nalgas, para después hacerlas a un lado y frotar su verga entre mi coño y ano.

    Estaba nerviosa y el metió una mano desde mi espalda tocando una de mis tetas bajo mi sostén y de un suave movimiento su verga se resbaló dentro de mi, empecé a gemir y él movía suavemente sus caderas mientras sostenía las mías, con cada embestida aumentaba la velocidad hasta hacerlo de una forma «normal» mis gemidos también eran normales pero un poco bajos en volumen, no porque no le gustará, en verdad se sentía muy bien su verga, pero para que no nos fueran a descubrir.

    Lo estaba haciendo excelente y para compensarlo tome la máscara en mi mochila y me la puse dejando mi boca expuesta, cuando me vio sus caderas se movieron aún más rápido haciéndome gemir más fuerte, él no me veía del todo pero sabía que debajo de la máscara estaba mi rostro excitado, tomo mi barbilla y me beso, su verga era excelente y me tenía loca y aún más que bajo su mano para frotar mi clítoris, mis piernas estaban temblando y mis manos estaban apoyadas en la banca pero una de ellas fue a su vientre como si fuera a bajar la velocidad pero en su lugar fue un aviso de mi orgasmo.

    Me puse de puntas y una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo, él la metió toda y se quedó quieto unos segundos mientras mis jugos salían mojando su verga, el suelo y el traje, me beso y quitó la máscara durante el beso, saco su verga y me senté en la banca abriendo las piernas y el me recostó mientras me quitaba las mangas y la parte de arriba del traje igual que mi sostén para ver mis tetas.

    Se subió en mi y nos besamos, durante el beso él empujó de nuevo su verga dentro, muy rápido, mis gemidos eran fuertes pero el seguía el beso, mis manos lo tocaban todo lo que podía, estaba muy sensible por el orgasmo y aún más caliente por la situación, pensar que era un completo extraño y lo rico que lo hacía me nublaba la mente por el placer, sin darme cuenta lo estaba abrazando con mis piernas, nos dejamos de besar y ahora aguantaba un poco mis gemidos pero, según él, mi rostro mostraba todo el placer que tenía.

    Estuvimos unos minutos así hasta que me dijo «ya casi» escuchar eso fue como un alivio porque sentía que me iba a desmayar le dije que siguiera sin darme cuenta que cada vez apretaba más mis piernas y brazos, sentí como la intento sacar y volví apretar hasta mantenerlo dentro, por el condón no lo hizo directo en mi coño pero si pude sentir como llenaba el condón, nos quedamos unos segundos así y saco su verga a la cual se le salió el condón y después saco el condón intacto y lleno de semen.

    Me acomodo las bragas y me senté en la banca mientras sacaba mi ropa de la mochila y me vestía, y me dijo «soy Arturo por cierto…» No me había dado cuenta que no había preguntado su nombre y le respondí con el mío, buscamos juntos un hotel y nos quedamos a dormir en el mismo cuarto, tome un baño y… Bueno no dormí jeje lo hicimos otra vez, ya a la mañana cambiamos números y cada uno se fue a su casa.

    He hablado mucho con él y las ganas de repetirlo, ustedes que dicen ¿deberíamos tener otro encuentro? Y también díganme si quieren saber lo que pasó en el hotel, gracias por leerme y no olviden un «gran poder…».

  • De comprar un colchón a estrenarlo

    De comprar un colchón a estrenarlo

    Era una tarde noche de verano, como cada viernes, mi amigo y yo compartíamos una cerveza en el bar local, con la encomienda que la mayoría de las veces por esos tiempos nos mantenía enfocados: follar a una nueva chica entre los dos.

    ¡Y no era para menos! Habíamos ya tenido algunos encuentros con chicas que él frecuentaba, y aunque era claro que eventualmente cada una de ellas se encontrarían cogiendo duro con él, no era precisamente lo que nosotros esperábamos. Nuestro objetivo era (después de depurar nuestro discurso y nuestra técnica) convencerlas de tener una experiencia con los dos.

    El juego era simple, yo fungía como un desinteresado intelectual, haciendo preguntas raras, a veces incómodas pero justas y en el límite de lo decente; teníamos claves secretas, para quitarle atención, para subir el tono, para bajarlo, para sacarla de control y por supuesto… para proponer nuestras intenciones, veladas en un sutil juego de desinterés y de erotismo extraño, fresco e indescriptiblemente irresistible.

    Fue así como logramos de forma hollywoodense hacernos de un rol en los encuentros que realmente eran de amistad pura, en su mayoría.

    Después de este contexto, he de contarles la historia que hasta ahora es la preferida de mi memoria para pasar del estado intelectual, sobrio y educado al animal sin control que las mujeres desean para desquitar una buena noche casual.

    Como les decía, queridas lectoras; estábamos en un bar, casi resignados a pasar el resto de la noche inhalando cocaína, bebiendo cerveza y platicando sobre teorías de conspiración e ideas alocadas que seguramente continuarían hasta el amanecer.

    De repente, mi amigo pidió ágilmente la cuenta. Como si alguien o algo lo estuviera presionando. Se veía nervioso y ansioso, tan ansioso que se levantó y antes de que llegara la cuenta, fue a pagar a la caja.

    Le pregunté por lo que le pasaba, y él simplemente se contenía y me sacaba “la vuelta”. Lo más que dijo fue: “tenemos que llegar a la casa en 20 minutos”.

    La cuenta se pagó, subimos al coche y en menos de 15 minutos estábamos metiendo una ronda de cervezas en el refrigerador de su casa, tomando asiento y calmando las ansias.

    Una vez logrado el cometido de estar en casa, volví a preguntar lo que pasaba, y justo cuando él estaba dispuesto a explicarme, sonó el teléfono, anunciando la llegada de una visita…

    El misterio prevalecía, preferí esperar a saber qué estaba por pasar, mientras veía a mi amigo caminar de un lado a otro como león enjaulado, pensando y pensando como nunca le había visto antes.

    El timbre sonó, él abrió la puerta y entró una mujer que definitivamente no era del tipo de mujeres que mi amigo atraía…

    Ella mostraba un semblante seguro, su rostro producido de manera natural, dejaba ver algunas arrugas en sus ojos; lo cual sugería que era una persona ocupada, con experiencia, responsable e inteligente. Nada que hiciera referencia al tipo de mujeres que mi amigo solía invitar…

    La saludé como si se tratara de la mejor amiga de mi amigo, y es que para ese momento, yo pensaba que se trataba de eso; una visita de amistad, casual e intrascendente…

    Gracias al destino, esa noche habría de reconocer una faceta que no conocía de mi. Una vez que me había presentado con aquella chica, no pude resistir y recorrí de pies a cabeza con la mirada. Llevaba unos pantalones entallados, muy entallados. Negros y de un material parecido al cuero que conducían sin remedio a sus muslos, grandes y torneados y al final a un espectáculo de carnes que sobresalían de forma redonda y perfecta justo debajo de su espalda.

    Fue solo por un momento que me perdí en mi pensamiento imaginativo y pervertido, imaginando desde el sabor de su cuerpo, hasta los sonidos que de ella emanarían después de montarla desenfrenadamente cual animal en celo que volteé mi mirada para ver como mi amigo se encontraba bajando ese pantalón y exponiendo la ropa que en ese momento supe que había elegido para coger con él.

    La conversación efímera que montamos se estaba viendo truncada por las salvajes manos de mi amigo, que poseídas por la excitación, rompían el límite que había sido roto segundos antes. Ella dejó de contestar, y yo me adentré en mi rol, observando la intensidad con la que las caricias se volvieron castigo para sus nalgas y muslos. El ambiente se llenó solo del sonido de su piel siendo agasajada, seguida de algunos gemidos que apenas dejaba escapar, y la voz de él, pidiéndole que “se la mamara”.

    Aquello era un espectáculo, realmente no sabía lo que estaba pasando, pero lo estaba disfrutando demasiado. Ella sacó su pene, encontrándose con lo que había imaginado: un pene duro, pálido, curvo… justo cuando lo metió a su boca, me miró.

    Fue la mirada de una mujer que estaba dispuesta a saber por qué me limitaba solo a ver el espectáculo, sin mover un dedo, sin parpadear un solo segundo para ver a aquella mujer que hace 10 minutos llegaba como cualquier vecina hincarse para darle placer a mi amigo.

    La escena duró lo que duró la impaciente necesidad de mi amigo por aguantar tremenda eyaculación y dar paso a abrir las piernas de aquella mujer, que desde mi posición cobraban vida y exigían ser usadas para el placer máximo de un hombre. Yo veía con templanza, confiado de que mi rol por el momento era observar, no hacer ningún ruido, movimiento, expresión o reacción que pudiera interferir con el performance que estaba sucediendo a dos metros de mi. Enfoqué mi mirada en las manos de él, hurgando vigorosamente las nalgas y los muslos de ella. Mi expresión: taimada, calmada, calculadora… inexpresiva y ocultando todas las sensaciones que realmente sentía en ese momento y que estaban a punto de salirse de control…

    “Vamos arriba” dijo mi amigo manipulando su verga húmeda y grande, resultado de haber estado dentro de la boca de aquella chica, mientras su otra mano alcanzaba ya el húmedo y excitado sexo de aquella mujer.

    No se dijo más, no pedí permiso, subí con ellos y permanecí pegado a la pared del cuarto, de nuevo sin hacer ningún ruido, como si de un juez analizando pruebas se tratara.

    Él la subió a la cama e hizo lo que cualquier hombre habría hecho primero con ella. La colocó en posición animal, ella sentía el rozar de su verga erecta sobre su mojada vagina, estaba sin duda lista para enseñarle a mi amigo cómo se cogía a una mujer de verdad. Sus nalgas pedían a gritos que aquella verga la penetrara, solo antes de dejarse llevar por ese coño hinchado y mojado, ella pidió que se pusiese condón. No puedo narrarles el momento en el que él metió su herramienta dentro de ella, y no puedo narrarles porque mi atención fue robada por su mirada, la cual no abandonó ni un segundo la mía incluso cuando aquél animal estaba a punto de penetrarle. Lo que les puedo decir es que no pude controlar aquél juego de contención. Bastó con que con esa mirada, abriera su boquita y me invitara sutilmente a participar en aquella experiencia.

    Me acerqué a ella sutilmente, mientras él la bombeaba sin reparo alguno, mi verga tenía ya una erección que no había sentido en años, ella se miraba curiosa de conocer por fin lo que se escondía bajo mi pantalón de cordones, que fueron removidos al mismo tiempo que aquella verga dura e hinchada se escapaba de mi ropa interior, sin perder un solo segundo, la metí en su boca.

    A diferencia de otras mujeres, ella imprimió un ritmo especial. Sentía que mi miembro iba a explotar de lo grande y ancho que estaba, aun así mi rol prevalecía aún, y solo miraba como ella se comía centímetro por centímetro aquella recompensa de carne, la miraba a los ojos, llenos de placer, humillada; siendo penetrada y al mismo tiempo procurando usar su boca como merecía aquella experiencia única.

    La erección de mi amigo llegó a su fin, sin eyacular. No hubo discurso, se quitó de atrás y ella, sacándose mi verga de la boca, me pidió ponerme un condón para disfrutarla.

    Solo quedaba uno, uno era suficiente. Me lo puse un poco nervioso, pero seguro de que tenía delante de mi una mujer que quería premiar mi locura y disciplina, que de alguna manera sabía que se transformaría en una energía que haría que mi amigo fuera simplemente un elemento más de la verdadera experiencia.

    Lo que pasó después fueron quince minutos de mi mejor desempeño dentro de una mujer. Ritmo, olor, sabor, ruido. Aquél mirón que estaba de manera extraña provocando lívido era ahora el que rebotaba las nalgas de aquella puta una y otra vez. No sé si se vino. No importaba, en ese momento la persona que estaba detrás de ella, bombeando, golpeando, penetrando cada centímetro de verga en aquella mujer, que con sus sonidos me hacía sentir que ya había sido más de lo que esperaba.

    Terminé después de incrementar el ritmo, nunca me ha parecido incómodo el condón, de hecho me causa más placer el hecho de que lo vean ser retirado lleno de semen, provocado por una cogida de campeón.

    Gracias. Fue lo que dijo, mientras mi amigo solapaba “te pasaste de verga”

    Gracias a ti.

    Y pensar que todo fue por la venta de un colchón.

    Extraño solo mirar. Extraño tomar sus caderas y entrar y entrar y entrar.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (27)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (27)

    Un discurso… ¿Provocador?

    — ¡No mi vida! No te sobresaltes pues no es lo que imaginas. En eso si fuiste el primero, lo juro. Era algo más de mí… ¡De mi incumbencia! Un reto personal, que una vez impuesto a solas para vencer mi fobia, –y aprovechando la ocasión– quería superar para después poder practicarlo contigo. —Le digo a Camilo, mientras lo retengo. ¡Espera, cielo! No te apartes y déjame explicártelo.

    Mariana extiende su brazo izquierdo y me toma por el tobillo, angustiada por mi reacción. Como idiotizado por la suplicante melodía de su voz, o por el hechizante azul celeste en sus ojos, –ennobleciendo con la mirada su gesto suplicante– me paralizo a menos de un metro de la arrugada tela rosa de mi camisa, que le sirve a sus nalgas como un humilde trono.

    Permanezco quieto respirando sosegado, y eso parece tranquilizarla, pues afloja lentamente el firme agarre de su mano y sus dedos, que con decisión han oprimido mi empeine brevemente, paulatinos se apartan y los veo alejarse, elevándose hasta hallar un nuevo refugio, ya extendidos, en el centro de sus senos. ¡Liberándome de aquella sensación táctil tan familiar y extrañada!

    — ¿El primero, has dicho? –La cuestiono mirándola. – Ok, Mariana, te otorgo el beneficio de la duda y haré de cuenta que es verdad lo que me dices. Sin embargo me queda el sinsabor de que es altamente probable que no haya sido exclusivo para mí, ni yo el último en disfrutarlo. ¿Me equivoco? —Le dejo caer la pregunta mientras que palmoteo mi trasero con fuerza para quitarme de encima la arena acumulada y por supuesto para erradicar de mi mente estos malditos pensamientos.

    —Nuevamente estas en lo cierto, Camilo, pero eso no es óbice para declarar que contigo lo disfruté más a pesar de las molestias iniciales, pues te lo entregué por amor y no obligada o comprometida como la última vez. ¿Te queda claro? —Y mi esposo asiente con la cabeza en una actitud tolerante, más mi vista se enfoca más atrás de su elevada figura, pues a la distancia observo como Verónica acuciosa, nos observa. Se da cuenta de que la he pillado, más la rubiecita no me aparta la mirada y por el contrario, en una actitud despreocupada me sonríe.

    — ¿Entonces puedo finalizar y así explicarte lo que pretendí superar? —Le preguntó nuevamente a mi esposo, centrando nuevamente la atención en el café de sus ojos noctámbulos, y acomodo diferente mis nalgas y las piernas, apretándolas contra mi pecho, asegurándolas con las manos y entrecruzando los dedos sobre mis rodillas, para proseguir con el final de aquella tarde junto a K-Mena.

    —Con algo de temor, tomé la verga de silicona con una mano, –que vertical sobresalía de la superficie desde su pubis como un periscopio– y nuevamente acerqué mi rostro hacia ese falo artificial. Lo empecé a recorrer con mis labios de una manera disciplinada y fui llenándome parcialmente la boca de toda su longitud, para posteriormente lamer el tronco con aquellas venas simuladas y mis manos las sumergí alojándolas bajo sus caderas, hasta darles la forma adecuada a las palmas para ayudarla a flotar, sosteniéndola de cada nalga y meciéndola lentamente, logré que no se hundiera.

    —K-Mena acariciaba mi frente, despeinando de paso con sus pulgares mis cejas, logrando de esa forma que cerrara mis ojos y me concentrara en la lección que le ofrecía. La succioné y lamí varias veces, para luego sacarla de mi boca y alzar la mirada para confirmar que aquellos bellos ojos grises me estuvieran observando, percatándose de mi accionar, pendiente de la forma en que yo le enseñaba a hacerle sexo oral a ese imaginado amante.

    —Fue tal emoción que la embargó, o quizás por gastarme una broma, –no lo supe bien en ese momento y tampoco se lo pregunté– pero ella apoyó sobre mi coronilla las dos manos y presionó mi cabeza hacia abajo con firmeza, haciendo que me atragantara con ese pene y reaccionara sacándola de inmediato de mi boca y casi asfixiada, la mirara con algo de disgusto.

    — ¿Qué pasa bizcocho? ¿La tengo tan grande, que esa boquita tuya no es capaz de tragársela por completo? ¡Jajaja! —K-Mena levantando los hombros, ampliando el volumen del pecho inhalando aire, e imitando la apariencia presumida y varonil de aquel Nacho imaginado, –incluida la gruesa voz– burlándose me retó a hacerle una mamada más profunda y completa.

    —Creo que la miré con furia y de inmediato acepté su desafío. Escupí una gran cantidad de saliva sobre la cabezota rosácea de aquel consolador de silicona, y mirándola desafiante, con determinación lo introduje hasta la mitad dentro de mi boca, sin dejar de hacer contacto con sus ojos grises, muy redondos y expectantes.

    —Enseguida ella, juguetona se sonrió, y movió hacia abajo sus caderas sacándolo de mi boca, hundiéndose dentro del jacuzzi, alejando ese pene de mi alcance para volver a sacarlo a la superficie y volverse a hundir. ¡Allí fue! En ese preciso momento, con decisión tomé suficiente aire y metí mi cabeza bajo el agua, buscando aquel mástil sumergido con los ojos cerrados. Lo sentí y lo capturé de nuevo entre mis labios, rozando aquella circunferencia contra el filo de mis dientes y las paredes del paladar, reteniéndolo dentro de mi boca por bastantes segundos. No muchos en verdad, pero aguanté la respiración lo más que pude, mientras ella movía sus caderas hacia arriba y hacia abajo, follándome la boca.

    —Sumergida, abrí los ojos para observar cómo se escapaba por mi nariz el oxígeno, formando hileras de burbujas que ascendían frente a mi rostro pero no me alarmé por ello, y satisfecha por mi logro, saqué finalmente mi cabeza a la superficie sin premura, tomando una bocanada de aire en medio de una victoriosa mirada hacia aquel rostro… ¡Precioso y sorprendido!

    —Sonriente, volví a hacerlo, y así unas cuantas veces más hasta que estuve satisfecha. A dos manos retiré de mi rostro los cabellos mojados, y obsequiándole una mirada perversa, me sentí feliz pues había vencido finalmente mi irracional temor a sumergir mi cabeza, manteniéndola bajo el agua sin miedo a ahogarme. Mis dos amantes, aquel hombre imaginario y la real mujer hechos uno, desprovistos ya de su soberbia, en frente de mí al otro extremo del jacuzzi, simplemente se reían por su travesura.

    —Yo para vengarme, tomé a K-Mena por sus corvas y la jalé atrayéndola hacia mí, consiguiendo que al resbalarse también hundiera cabeza y cuerpo bajo el agua. Como chiquillas jugamos a salpicarnos con el agua por un tiempo, formando charcos fuera del jacuzzi, hasta que el timbre del citófono de la habitación sonó unas cuatro veces, recordándonos que el tiempo de alquiler de aquella habitación estaba por cumplirse.

    —Nos duchamos y vestimos con rapidez en completo silencio, las dos satisfechas pero muy pensativas. Luego de cancelar por el servicio de la habitación, ya dentro del automóvil, K-mena vuelta a su estampa tradicional, –algo apenada– me agradeció por todo lo que le había enseñado, y yo manteniendo mi consumada posición de esposa infiel, besé su mejilla y le solicité que lo sucedido en aquella habitación, quedara entre nosotras y que no se lo contara a nadie, porque de lo contrario, si llegaba yo a enterarme que por los pasillos de la oficina se corría el rumor, jamás volvería a repetirse algo así, y sus deseos de disfrutar más de mí, se quedarían en eso. ¡Simplemente en ganas!

    — ¿Y así concluyó todo, Mariana? Porque le demostraste como se hacía, más a ella no la dejaste probarlo. ¿No era precisamente esa, la intención de aquella cita? —Intervengo intrigado.

    —Así es. Y ella también como tú, con suspenso me lo preguntó.

    — ¿Qué le dijiste?

    —Le respondí que la próxima vez, ella se convertiría en la mujer.

    —Entonces… ¿Simplemente la dejaste con las ganas, porque a ti se te dio la gana? ¿Qué pretendías acaso? ¿Mantenerla interesada en ti? ¿No llegaste a pensar en esa posibilidad?

    —Por supuesto que lo pensé. Tuve la certeza de que me había convertido en la primera persona, –de hecho en la primera mujer– en acariciar no solo su cuerpo, sino también su alma, permaneciendo para siempre incrustada en sus memorias al proporcionarle sus primeros orgasmos, y obviamente enseñándole a disfrutar de su naciente sexualidad.

    —Y para ser completamente sincera contigo cielo, no podré olvidar fácilmente la conmoción que observé en su rostro, por la revolución física y la congestión mental que yo le provoqué cuando alcanzó la cima del insospechado clímax, y que por su temor a caer en el pecado, K-Mena se había negado a experimentar a solas. Para fortuna mía, aquella vez junto a mí, ella no advirtió el dolor de la primera penetración, y en cambio con mi boca y las manos, aquella tarde se le avivó la sonrisa por el placer que sintió y el que me proporcionó. Únicamente nos entregamos por completo al goce lésbico de disfrutarnos, hasta lograr alcanzar juntas el inefable paroxismo del orgasmo, insólito en ella, exótico para mí, y definitivamente tan novedoso para las dos.

    La verdad es que absorto, observo el rostro contrito de Mariana, y no sé qué pensar de todo esto. He comprendido a las malas, que para ella no fui el único, ni antes de conocernos y claramente tampoco después de dejarme enredar en ese maldito entramado, donde sació sus ganas de trabajar y palió su aburrimiento con placeres nuevos, defraudándome de paso. ¿Y ahora esto? ¿Llevarse a la cama de un motel a una mujer, para supuestamente enseñarle algo que cada quien debe aprender a su manera? Y en el medio de ellas dos y sus cuerpos, en la mente de ambas la presencia del tumbalocas ese. ¡Fantástico para ellas, desilusionante y tan amargo para mí!

    Dudas y más dudas. Si como me acaba de contar, no podrá olvidar fácilmente ese rostro y sus gemidos, es porque realmente lo disfrutó a plenitud y sin arrepentimiento. Lo mismo puede que le suceda con todo lo demás, lo que hizo o deshizo con ese playboy de playa, y… Solo Dios sabe que más. ¡Mierda! ¿Cómo podré estar seguro de que, si volviera a su lado, cuando hagamos el amor nuevamente, no estará rondando en su mente el rostro de ese tipo, o el de su amiga? ¡Jueputa vida! Y para completar mi desdicha, el sabor de esta cerveza no ayuda, está al clima y no tengo hielo para enfriarla.

    Camilo se inclina para tomar una nueva cerveza, y se rasca la cabeza. Al hacerlo mis ojos se centran en la casi hipnótica oscilación de la cadena de oro que cuelga del cuello, con su sortija de matrimonio sirviendo como contrapeso. Hace mala cara tras dar el primer trago y me mira. Esta caliente supongo, y eso no le gusta para nada, como a mí tampoco me agrada su reacción, tan apacible como las olas de este mar sereno, pero oscuro. Su reacción tan calmada, normalizando al parecer la infidelidad que le acabo de relatar, me angustia, pues puede que no solo esté asimilándolo, y ese estoicismo sea el anticipo a la tragedia y al llanto, –suyo y mío– que se nos avecina.

    Comprendo bien que esto que le acabo de confesar es una infidelidad, pero curiosamente no le duele o no lo lastima, como el hecho de haberse enterado de que mantuve una relación, –para mí solo sexual, para Camilo hasta sentimental– con José Ignacio. Tal vez la razón se deba a que fue una experiencia para calmar la curiosidad de K-Mena o por cumplir con un deseo escondido de mi parte, por lo tanto mi marido lo ve lícito, y que a la larga como a la mayoría de los hombres, también eso había estado presente en su mente como una fantasía sexual no confesada. ¡Ver a su esposa gozando del sexo con otra mujer!

    Pero nunca me la mencionó, tal vez por temor de lo que pudiera pensar de él. Nos complementábamos sexualmente, en lo físico y en lo mental, por ello jamás llegamos a pensar o hablar sobre el tema de incluir a otras personas fantasiosamente en nuestros encuentros sexuales. ¡Éramos felices como pareja y nos bastamos los dos! ¿Entonces cuál es el motivo para no observar molestia alguna en las facciones de su rostro, y por el contrario, al llevar sus manos al frente de su entrepierna, acomodárselo y disimulado enderezarlo, intentando ocultar la evidente dureza de su pene bajo la tela de sus bermudas?

    — ¡Alcánzame tu vaso por favor! –Le digo con suavidad para que no piense que es una orden mía. – Voy a pedirles el favor a las muchachas de que nos obsequien otra ronda de hielo picado. ¡Ya regreso y continuamos!

    —Ajá. ¡Sí claro, cómo no! ¿Y piensas ir así? —Le digo señalándole con mi dedo su notoria excitación, y mi marido de inmediato dirige el café de sus ojitos hacia la ingle, y al darse cuenta de lo notorio de su situación, se lo cubre con la mano derecha, mientras los dedos de la izquierda, simulan labrar surcos sobre una cuarta parte de su sudada frente.

    —Lo lamento Mariana, no me di cuenta. Creo que me ha traicionado el subconsciente, quizás debido a tu manera tan fidedigna de relatarme tu magistral lección sexual. —Le digo avergonzado evitando conectar con el cielo de sus ojos, y para calmar la ansiedad respiro con profundidad varias veces, como cura milagrosa para bajar mi erección y mi malograda dignidad.

    Tan pronto como mis manos se apoderan de los dos vasos, doy media vuelta y me alejo de Mariana con taciturna lentitud, pues intento borrar cuanto antes de mi mente esas eróticas imágenes, y busco entre el grupo de alocados jóvenes, –que gritando, brincan y bailan–, a la amigable chica rubia. Mis ojos no demoran en ubicarla, pues a pesar de estar de espaldas, rodeada por sus amigas, destacan por sobre todas las demás, sus doradas ondas sueltas y libres en la melena alborotada.

    Una de ellas, la más alta y morena, se percata de mi cercanía y con cierta complicidad no verbal, –tan usual entre las mujeres– me señala con sus labios estirados y los ojos bien abiertos, consiguiendo que Verónica gire el torso un cuarto de vuelta, y me deje observar cómo resplandece el ovalo de su rostro por el calor, que se sitúa sonrosado a la par en sus definidos pómulos, y su jovial sonrisa se torna enseguida más amplia y expresiva.

    — ¡Qué más púess! Hasta que finalmente al señor le dieron permiso de arrimarse al parche. —Me saluda y de paso me reclama con su sensual acentico paisa.

    —Para nada Verónica. Nunca he solicitado permiso para reunirme y hablar con alguien, si es que lo dices por ella. Sucede que ahora estamos hablando sobre algunos temas que tenemos pendientes, y como no hemos concluido la conversación, pues por eso es que no nos hemos acercado. —Le respondo con sinceridad.

    —Uhum, sí. Por lo visto, «rolito» precioso, deduzco que ella es la culpable. —Me sorprende con su apunte.

    —Pues sí, algo así. Los inevitables desencuentros del matrimonio. ¿Qué comes que adivinas?

    —No estoy a dieta y por lo general no le hago asco a nada. Me como lo que se me atraviese por el camino, si me apetece. Y aunque soy muy poco de telenovelas, sí tengo bastante de calle. Tu mujer fue muy parca y desconfiada al saludarnos. Emana de su aura una energía plomiza, pero no es del todo negativa, por el contrario, en su rostro y los gestos nerviosos de las manos, es fácil adivinar que en ella habita el desespero por sanar una… ¡O mil heridas! Aunque tú no lo sepas, por mis venas corre sangre gitana y aparte de diseñadora gráfica, a veces hago de pitonisa para mis amistades más queridas. Y ella con ese desespero que exterioriza, no puede ser otro que el querer curar un corazón lastimado. ¿El tuyo? —Me manifiesta igual de sonriente, y logra que me ría con ganas por su último comentario.

    —Oye Verónica, vengo para pedirte el favor de recargarme estos dos vasos con otro poco de hielo. La cerveza al clima me entra en reversa. —Le contesto, cambiando el enfoque de nuestra conversación, restándole interés a sus directas averiguaciones, que en cierta medida me avergüenzan.

    — ¡Vamos pues rolito! Aprovechemos que el camino está despejado y la nevera portátil se encuentra sola y sin guardias, por lo mismo no hay que hacer la cola. ¡Jajaja!

    De inmediato Verónica, –sin dejar de mostrarme la alineada blancura de su dentadura– se empina un poco y mira por encima de mi hombro hacia donde permanece sentada la que legalmente sigue siendo mi mujer, y pasa su brazo por debajo del mío enganchándome para girarse de inmediato y caminar junto a mi muy pegada, tanto que al avanzar sobre la arena suelta hacia la esquina izquierda del lugar donde arden los leños de la fogata, su cadera constantemente golpea un poco por debajo de la mía, con un contoneo evidentemente coqueto, que de seguro debe estar siendo observado por Mariana. ¿Qué podrá estar pensando ella al verme junto a esta chica rubia, que sin lugar a dudas me está «echando los perros»?

    ¡Maldita perra asquerosa! –Entre dientes murmuro. – ¡No, perra no! —Lo pienso mejor. Una hiena que con su mirada satírica y esa risita burlona, me enseña la blanca dentadura, con la cual aspira a darle a mi marido una buena mordida. Se lleva a mi esposo unos metros más allá, mientras lo abraza y mueve el culo de forma exagerada. Con seguridad piensa que el cuerpo de mi esposo ahora es la carroña con la cual, –si me descuido– puede saciar sus ganas de macho esta misma noche y en esta playa. ¡Que equivocada estas, paisita de mierda!

    A pesar de que me dan la espalda, por el contorno de sus caras me doy cuenta que están hablando. ¿De qué? Ni idea, pero ambos demuestran interés. Y no solo conversan sino que Camilo le sonríe y yo atenta hacia aquella naciente complicidad, de repente me estremezco por un escalofrió que recorre mi espalda, consiguiendo que me enderece, mientras un raro calorcito se agolpa primero en mi pecho y luego le siento ascender hasta mi cara acalorando mis mejillas. Estoy consciente de que tras lo sucedido, lo puedo perder en cualquier momento. Cuando su razón se vea obnubilada por el instinto básico y natural, de intentar olvidarse de mí buscando por una u otra razón, su aplazado placer en otro cuerpo, aunque su alma y ese amoroso corazón, le dictamen interiormente que todavía me pertenece.

    Mirándolo ahora lejos de mí y abrazado por esa rubia que parece querer comérselo con la mirada, caigo en cuenta de que al contarle todas mis verdades con tanto detalle, también me expongo a perderlo definitivamente. Pero su amigo Rodrigo me aconsejó que fuese lo más sincera posible y eso he hecho. Iryna igualmente me dijo que fuera prudente. Ocultar es un verbo regular que usé demasiadas veces para no arriesgarme a perder lo que tenía entre mis manos. Pero como ya no lo tengo a mi lado… ¿Debo «disfrazarle» aquella pasada realidad? ¿O me la juego de una sola vez, al todo o a la nada con completa honestidad? ¿No vine acaso para eso? ¡Mierda, mierda! No sé qué voy a hacer con mi vida si lo pierdo, si eso llega a pasar. ¡Pufff! Me palpita el corazón. Siento las pulsaciones percutir con intensidad en mis sienes. Debo calmarme, sí. Serenarme y pensar. Otro cigarrillo me vendrá bien.

    — ¡Qué «bacano» sería bailar con vos! —Tras llenar los vasos hasta la mitad con hielo picado, Verónica con el característico desparpajo paisa me habla con naturalidad, mientras los coloca con delicadeza sobre la tapa de la heladera portátil.

    —Pero es qué estoy algo oxidado para bailar salsa «choke». ¿Te parece si mejor, cuando suene algún merengue o un vallenato, bailamos? —Le respondo de esta manera, en un vano intento por evitar «hacer el oso», y regresar cuanto antes al lado de la mujer que he dejado abandonada.

    — ¡Ja, oílo! Vamos púes, que esto no es una competencia de baile y nadie se va a fijar si lo haces bien o mal. —Me dice y me arrastra.

    Voy justo al lado de ella, pues su mano con firmeza me empuja por la espalda, dirigiéndonos al epicentro de la dicha y la alegría ajena, en medio de sus amigas que continúan disfrutando de la rumba. Me saludan las chicas y los muchachos por igual, levantando las manos, yo tan solo por cortesía, ladeando la cabeza saludo con una sonrisa un tanto tímida, y Verónica comienza a moverse con agilidad en frente de mí, tal si fuera una contorsionista experimentada. Hago el intento de seguirle el ritmo imitando lo mejor que puedo sus movimientos de baile, pero mis pies sobre esta arena no se deslizan como usualmente lo harían en una pulida pista de alguna discoteca, así que simplemente me limito a dar pequeños saltos de un lado al otro removiendo la arena, y con mi torpeza consigo esparcir polvorientas tempestades.

    Para mi fortuna, los vívidos sonidos de las trompetas, la armónica vibración de la marimba y los caribeños tonos bajos y secos de las congas, van amainando en volumen hasta que finalmente logran apaciguar con su silencio, el ondulante movimiento de las caderas de Verónica y sus amigas, todas ellas muy alegres a mí alrededor.

    A la distancia, observo a Mariana fumando y aparentemente en calma, ajena a este jolgorio, ensimismada con lo bueno y lo malo de sus recuerdos. Aprovecho el momento de descanso y en un descuido, me doy la vuelta encaminándome hacia la heladera portátil para recoger los dos vasos y regresar con ellos, al sitio donde me espera mi ella.

    — ¡Rolo! ¿Te vas tan rápido? —Le escucho gritar y me detengo. Al girar mi rostro, la observo carcajearse por algún comentario jocoso que le han hecho sus amigas y en calma la espero.

    No quiero parecerle desagradecido o que se forme una imagen mía equivocada, pensando que soy el típico «cachaco» aburrido. Pero es que… No me siento cómodo estando aquí, en medio de tantos gritos felices y transpiraciones bastante alcoholizadas, mientras Mariana se encuentra sola aguardando mi regreso, pensativa y huérfana de un refrescante trago de ron bien frio con estos cubitos de hielo.

    — ¿Guaro o miedo? —Me reta risueña y acerca a mis labios una copita plástica, que contiene apenas el volumen de un tercio de aguardiente y en el borde, impregnado el residuo de su pintalabios.

    —Solo uno porque ya debo irme. ¡Pero que sea doble, con cara de triple! —Le respondo y hago mi pose de súper héroe que no le teme a nada, –la favorita de mi pequeño Mateo– y Verónica sin perder su entusiasmo se hace con la botella de aguardiente, que se encontraba junto a otras más de distinto licor a un costado de la heladera, y la colma hasta el borde atendiendo mi petición.

    Bebo de un solo sorbo el aguardiente sin hacer una mínima mueca, –aunque sí que me arde la garganta– mirándola fijamente mientras la escucho hablar con sus palabras acentuadas con ese tonito paisa, tan encantador y arrastrado. ¡Y saboreo el anís, pasando la punta de la lengua por mis labios!

    —Vete púess, y ojala terminen pronto de arreglar sus cosas. Y sí gustas regresar solo, –coqueta me guiña el ojo– o acompañado, por acá en un rato te espero y prometo colocar la canción que más te guste de la Playlist, y así bailamos otra vez. Pero eso sí, rolito, asegúrate de que tu mujer no me vaya a hacer una escena de celos tironeándome de las mechas. ¿Te parece?

    —Puede ser Verónica, pero no te prometo nada, pues todavía existen algunas lagunas mentales por aclarar y espacios vacíos en nuestras vidas por rellenar. —Le respondo con franqueza y cierta tristeza en el tono de mi voz.

    Me acerco para besarle en su mejilla, y degusto sin querer, el sabor salado del sudor sobre su piel. Verónica me mira con picardía sin dejar de sonreír, y su mano se eleva para acariciar brevemente mi mentón mientras le hago entrega de su copa, –con unas pocas gotas de aguardiente en el fondo– pero ya sin la huella de su labio inferior en ella.

    — ¡Y muchas gracias por el hielo! —Gritándole le agradezco, al ir ya unos cuatro metros distanciado de su calor corporal.

    Por el rabillo del ojo observo que Camilo ya se regresa. Respiro hondamente para calmarme, pues me encuentro confundida y furibunda. ¿Celosa? Por supuesto que sí. ¡Mierda! Aunque puedo sentirlo, no debo concebirlo así, ni mucho menos reclamarle. No ha hecho nada malo ni ha permitido que esa bruja rubia se sobrepase con él, aunque se haya movido terriblemente mal al bailar el «Ras-Tas-Tas» con esa perra asquerosa.

    Ahora es que me pongo en su lugar, tras verme a mí hacerlo con Chacho en aquella fiesta, bailando más juntos que como lo han hecho ellos, y por mi parte estúpidamente, hacerlo con mayor sensualidad. Dejé ante su presencia, que el hombre al cual mi esposo detesta tanto, obscenamente me restregara en mis nalgas su endurecida virilidad bailando reguetón. En este momento es cuando comprendo que aquel acto de rebeldía de mi parte, estuvo francamente mal y fue inapropiado. Y no. ¡No se siente para nada bien!

    Llego hasta donde se encuentra Mariana, arrodillada y fumando. Me planto a prudente distancia, con los dos vasos plásticos que enfrían las palmas de mis manos, y le consulto sin mirarla…

    — ¿Cerveza o ron?

    — ¡Tengo ganas de orinar! —Es lo primero que me responde, más sin embargo no me afano y sirvo el ron para los dos, hasta exprimirle la última gota. ¡Mierda! Se ha terminado. Me rasco la nuca mientras la observo apretar los muslos y mover sus pies, refregándose el empeine primero de uno con la planta del otro, y luego repite el mismo movimiento cambiando de pie.

    Me mira y sin decirme una sola palabra adicional, extiende su brazo derecho y hacia el encuentro de la mía, llega su mano extendida. Coloco los vasos desnivelados peligrosamente sobre la arena y se la recibo, percibiendo la suavidad de sus dedos estilizados, adornadas las uñas con su cuidada manicure, y reluciente la gruesa argolla matrimonial, –la original– destacando con dorados fulgores por encima de su nívea piel.

    Con el otro brazo semi doblado, se apoya con la mano izquierda sobre la manga de mi camisa y de medio lado se levanta, plantando su escultural figura a escasos centímetros de mi cuerpo, respirando yo la floral fragancia que se encumbra desde sus cabellos, y ella con seguridad, –a más baja altura– respirando mi anisado aliento.

    Afirma sus cincuenta y pico de kilogramos sobre la arena que parece no resistir, pues rendida ante el peso de aquella escultural belleza de mujer, la misma hermosa playa parece preferir no equiparársele, y aparta los miles de gránulos blancos y ambarinos, a lado y lado de las rosadas superficies onduladas de sus plantas, sin cubrir por completo los talones, trazando un horizonte por la parte inferior hasta casi cubrir por completo los dedos, aplastándose finalmente bajo la forma griega de sus dos pies.

    — ¡Pues sabes qué, Mariana! ¡Yo también! —Le respondo mirando para ambos costados, pero la solución al problema la veo bastante lejana.

    — ¡Ni modos, no tenemos de otra! —Sin apartarle la mirada le hago el comentario y despreocupadamente, desabotono mis pantalones y deslizo la cremallera, obligando a mis shorts a que irrespetuosamente acaten la ley de la gravedad, y con la punta de mi pie izquierdo logro levantarlos para con ambas manos, sacudirles muy bien la arena antes de doblarlos y descuidadamente, colocarlos encima de mi mochila Wayuu, revisando de antemano la pantalla de mi teléfono, con bastantes notificaciones de mensajes que no me preocupo por responder, –unos de William, varios más de Eric– y me quedo solamente con mis bóxer negros.

    — ¿Pero qué estás haciendo? ¿Estás loco? —Mariana con los brazos en jarras, me mira asombrada pero finalmente se sonríe.

    Aún nos entendemos sin hablar, y sus blancos brazos se levantan y se pliegan, para aventurarse por separado hasta alcanzar la parte posterior de su cuello, y con bastante prisa Mariana desanuda los tirantes de su vestido que se precipita sobre la arena, arremangado y ocultándole los pies.

    Me obsequia una visión de su torso, cubiertos sus senos por un top blanco que se tensa ante sus redondas formas y le deja al descubierto la llanura de su vientre y el pozo de su ombligo. Y más abajo mis ojos recalan en su cintura estrecha y las caderas amplías, cubiertas por un sexy cachetero negro con encajes de flores. Mariana se da cuenta de que me he quedado embobado admirando su belleza y sin disimular su satisfacción, en el azul de su mirada igualmente observo la común expresión que asume ante una sorpresa y sus ojos toman por objetivo mi entrepierna, llevando su mano hasta la frente, sonriéndose de forma burlona. ¿Qué pasó? ¡Mierda, no puede ser! ¿Olvidé también desprenderle las etiquetas?… ¡Un momento! Estos bóxer no son nuevos.

    —Vamos ya cielo, que me hago pis. Pero recuerda quitarte ese bóxer y darle la vuelta cuando te lo vuelvas a poner, pues lo tienes puesto al revés. —Y camina apurada hacia la orilla.

    — ¿Te divertiste? —Me dice mientras los dos con felina cautela nos adentramos hacia la oscuridad de estas aguas, calmas pero frías.

    —No tanto como tú lo hiciste con esa mujer. Necesitaba tomar aire y pensar en lo que hiciste a mis espaldas. Además ya me conoces y no le iba a hacer un desplante a esa muchacha, con lo amable que se ha portado con los dos. —Mariana suspira y calla e igual que yo, en su piel erizada vislumbro el cambio de clima.

    Avanzamos con lentitud y la baja temperatura del mar acrecienta nuestras ganas de orinar. Más o menos al llegar a la mitad de esta piscina natural, protegida por el malecón en forma de «L», nos detenemos. Mariana con una sola mano desliza hasta las rodillas sus panties, y se agacha cubriéndose hasta que el nivel del agua alcanza la parte inferior de su top blanco, para con la otra, –la diestra– aferrarse con total naturalidad a mi antebrazo, consiguiendo mantener el equilibrio.

    —Cielo, sucedió algo mientras salíamos las dos de aquel motel, y que debes saber igualmente. —Me dice mientras orina.

    — ¿Más sorpresas? —Le respondo mientras doy una mirada alrededor, esperando a que Mariana termine.

    —Desafortunadamente así es. Dentro del auto tomamos los móviles para revisar mensajes o llamadas. Ella preocupada me enseñó la pantalla de su móvil privado pues tenía tres pérdidas, una de su mamá y otra dos de Sergio. En mi caso, ningún mensaje o llamada en el privado de tu parte o de mi familia, pero al encender el móvil empresarial, saltaron las alarmas. Dos llamadas y un mensaje de voz, de un número telefónico que no recordaba y cinco llamadas pérdidas de Eduardo y dos de José Ignacio.

    — ¿Terminaste? —Y Mariana asiente, acomodando con algo de dificultad su calzón y enderezándose nuevamente.

    —Me alarmé bastante, cielo. Tanto que K-Mena me quitó el móvil de las manos y se enteró de quienes había recibido las llamadas. En el caso de Eduardo, que era en verdad lo que más me angustiaba, no me afectaba que se hubiese dado cuenta, pero con las dos de José Ignacio no supe en ese momento que le diría si me preguntaba.

    Ahora es mi turno. Introduzco mis dos manos bajo la tela de mi bóxer por las nalgas y con rapidez me los bajo, agachándome un poco para sacármelo por completo y darles la vuelta, mientras voy desocupando mi vejiga, sin caer en cuenta que una pareja muy acaramelada, agarrados por las manos, están algo cerca caminando sobre la pasarela de madera desde la esquina opuesta y nos están observando.

    — ¡Ajá! ¿Y entonces qué? —Desentendiéndome de los mirones le pregunto y con una mano me apoyo en su hombro para levantar una pierna e intentar meterla por el hueco de la emparamada tela, sin éxito.

    Mariana cruzada de brazos buscando mantener el calor, se ríe. Yo no le presto demasiada atención y hago el segundo intento, dejándolos flotar un poco. Levanto una pierna y la punta del pie la encesto en la rendija de la tela, y al sumergirlos lo logro. Con la otra pierna ya es más fácil y por fin me los acomodo, esta vez al derecho.

    —No me preocupé por responderle a ninguno, –continúo hablándole a Camilo mientras su cuerpo se balancea– y le dije a K-Mena que «cada día trae su afán» y no debíamos preocuparnos pues era nuestro día libre. La llevé hasta su casa y allí nos despedimos con un prudente beso en la mejilla y una cogida de manos tierna y delicada, acompañada por una cómplice sonrisa. Luego me pasé el resto de la tarde jugando con Mateo y por la noche esperando tu llamada. Pero a la vez miraba constantemente el móvil intrigada por aquella nota de voz y la cantidad de llamadas, sin atreverme a darles respuesta. No quise demostrarle a nuestro hijo la intranquilidad que me embargaba por dentro y al recibir tu video llamada, compartiendo la alegría de nuestro Mateo al verte y hablar contigo, distrajo mi mente y producto de eso, me embargó una aparente calma.

    —Pero por supuesto. ¡Oh, Santa Mariana! Preocupada por los demás, menos por haberme sido infiel con esa muchacha, y esta vez con todos los juguetes. Gozaste tu tarde, y la única duda tuya era saber que querían Eduardo y el playboy de playa de ti. ¿Pero y yo? ¿No sentiste una pizca de remordimiento? ¿Nada? ¿Te llegaste a plantear en qué lugar quedaba yo? —Le pregunto con un tono de disgusto.

    —Estas en todo tu derecho de pensar eso, pero mi respuesta a esa inquietud que te taladra el alma, es que sí la disfruté Camilo, pero tal vez el hecho de haberlo hecho con ella, viviendo esa experiencia por primera vez con una amiga a la cual pretendí enseñarle algo, disminuyó en mí el sentimiento de culpa o de traición. No me preocupé demasiado por eso y lo minimicé cielo, pues para mí fue una traviesa lección, un deseo interior que cumplí y por lo visto… ¡A ti, igual te gustó!

    — ¿Intentas envolverme con tus historias para que me convierta en un cornudo esposo que consiente tus aventuras extra matrimoniales? ¿Construyes todos esos escenarios para provocar que mis tristezas escalen desde el fondo y alcancen la cima de una repugnante tentación? ¡Pues no! No aclares que te oscurece. ¡Conmigo te equivocas! Me tomaste por tonto pero gracias a… Gracias a esa persona tuve lucidez. Amarga y dolorosa, pero ahora Mariana, ya no me puedes manipular. Creo que pretendes alimentar las llamas de la fantasía que todo hombre suele tener, de ver o estar con dos mujeres a la vez, para tu beneficio. Y sí, por supuesto qué me llegué a excitar con tu relato porque sigo siendo humano, y a veces la mente con la razón, de la mano van por un lado, y las ganas con el deseo se juntan, marchando hacía otros lugares del cuerpo, pero no vayas a creer que dejé de verle como lo que en verdad fue. ¡Otra traición injustificada!

    —No es así, Cielo. No es como lo imaginas. Por más que te lo parezca, deja de pensar que todo esto se trata de mi interés para lograr que ahora me aceptes de regreso en tu vida, con todo y mí pasado simplemente porque sí, intentando romper con tus creencias y pensamientos sobre mi comportamiento sexual.

    Mariana intenta defender su punto de vista, pero hay algo bajo el agua que le hace dejar de mirarme y agacha la cabeza intentando observar algo, sin dejar que sus manos flotando a los costados, rocen las suaves ondas al mover su torso de manera nerviosa, atisbando su alrededor.

    —Una nueva mentira tuya, Mariana. Todo relatado con la intención de que yo acepte que el sexo que tuviste con ella y con él, no fue nada más que un acto físico sin mayor trascendencia, ya que según tus palabras, nunca involucraste los sentimientos y jamás dejaste de estar enamorada de mí. —Le respondo pero ella sigue pendiente de mirar al fondo, intentando descubrir que es lo que la inquieta.

    —La verdad es que te necesito y que no me siento capaz ni fortalecida para seguir viviendo sin conseguir tu perdón, pues este peso encima de mis hombros, este cargo de conciencia me resta fuerzas para sobrevivir y hacerme cargo de seguir adelante sola, sin tu presencia para ayudarme con la educación de nuestro hijo. Camilo, cielo… ¿Podemos regresar a la playa? Hay un pez o algo que ronda mis pies.

    — ¿Pensaste que cambiaría de pensamiento? —Le respondo al mismo tiempo que doy la vuelta para volver sin que a mí me roce algo.

    —Pues no señora, nunca seré ese tipo de hombre que le fascina consentir que su amada esposa se revuelque en otras camas y se dé el gusto de compartirla con otras personas. Puede que me duela comprender que te fui perdiendo sin haber tenido nunca la sensación de haberte abandonado, pero como has podido ver, sigo «vivito y coleando», a pesar de que no creí poder lograrlo sin ti. Así que yo jamás, Mariana, jamás hubiese consentido ni consentiré compartir con alguien más, mujer u hombre, el corazón y el cuerpo de aquella que logre conseguir conquistar de nuevo mi corazón.

    —No pretendo complicarte la vida Camilo, –le respondo mientras avanzamos despacio– ni solucionarlo simplemente convirtiéndote en un cornudo que consienta, acepte y comparta sin vacilaciones, todo lo que hice a tus espaldas. Quiero que sepas que a pesar de todo lo horrible que hice sin que lo supieras, no dejé de amarte y pretendo seguir haciéndolo, pues yo egoístamente, te seguiré llevando dentro de mi corazón, no tanto por obstinada sino porque tú te lo ganaste hace muchos años atrás. Me arrepiento como no te imaginas, Camilo, a pesar de venir hasta aquí para revelártelo todo, pero hacerlo a destiempo. Finalmente estoy haciéndome cargo de mis culpas y de los errores, que por estupidez, orgullo y vanidad mía, e inclusive por el chantaje ejercido por el hijueputa de Eduardo, cometí contra ti.

    Escucho mayor algarabía y desvío mi atención hacia el grupo de parranderos, dándome cuenta que han decidido seguir nuestro ejemplo y la mayoría de chicas y muchachos, se han metido al agua, incluso lo hace Verónica corriendo por la orilla, salpicando de agua a sus amigas.

    —Ok, Mariana. ¿Y entonces podrías decirme que carajos querían contigo con tanta insistencia? —Centrando de nuevo mi atención en ella, para saciar mi curiosidad finalmente le pregunto.

    —Al dia siguiente obtuve la respuesta. Un inmenso ramo de rosas rojas decoraba mi escritorio y a su lado, una caja de chocolates con una tarjeta blanca y escrito en letras negras, todas mayúsculas, la usual dedicatoria… ¡Para mi preciosa e inalcanzable amiga, de su amigo secreto! Pero en el jarrón de las flores había otra, con letra cursiva y diferente que decía: ¡Para la más sonriente y bella asesora comercial, de un muy bien atendido cliente! Y la cara de felicidad que tenía en ese momento, se diluyo con rapidez al llegar Eduardo a la oficina y posicionarse a mi lado con cara de amargado. Ni siquiera me dejó sentarme o dejar colgado mi bolso, y por saludo me tomó del brazo y me hizo acompañarlo, casi a rastras, hasta la cafetería del primer piso.

    — ¿Dónde carajos estabas metida ayer? Debes estar pendiente de mis llamadas y sobre todo de las de los clientes. —Encolerizado, fue lo primero que me dijo.

    —Le respondí que era mi dia de descanso, y lo había dedicado a realizar diligencias personales. Me comentó que habían ido a buscarme unos clientes con la intención de gestionar la compra de una de las casas de la agrupación y que se disgustaron mucho al no poderme ubicar. Finalmente logró calmarlos y ofrecerles que otra persona los atendiera en representación mía, pero estaban renuentes a ello y mucho menos al ver que era José Ignacio la persona designada. Ellos primero deseaban charlar conmigo antes de tomar una decisión.

    — ¿Y quiénes eran?

    — ¿No adivinas? Pues la pareja de jubilados. La señora Margarita y el manilargo de su esposo.

    — ¿Y eso era todo el alboroto? ¿Por eso Eduardo se enfadó contigo?

    —Sí, aunque después de su regaño me explicó que él mismo había conseguido hablar con ellos y los convenció de darme una oportunidad, prometiéndoles una pronta reunión. Y la preocupación nació de nuevo en mi interior… Oye cielo, tengo la impresión de que algo quiere picarme o morderme. ¿Nos salimos ya?

    —No exageres. Tan solo serán algunos pececitos inofensivos. No te preocupes. ¿Y entonces los llamaste?

    —Obvio que llamé al número desconocido del que me habían llamado para disculparme primero que todo. Y quién me respondió era ella, efectivamente la señora Margarita, que de manera cordial aceptó mis disculpas y pactamos encontrarnos más tarde ese día para hablar, en una cafetería cercana a la plaza de la iglesia de Lourdes. Al comentárselo a Eduardo, de inmediato le cambió el semblante y se ofreció a acompañarme. Prevenida me negué a ello, diciéndole que yo manejaría la situación y que diera como un hecho esa venta, pues a como diera lugar yo cerraría si o si, esa negociación. Y seguí la mañana trabajando con normalidad, chateando contigo a escondidas en el baño y enviando con la señora de la cafetería, una chocolatina grande que había comprado en la maquina dispensadora del décimo piso para endulzar a mi amigo secreto.

    —Cielo, regresemos ya que me estoy congelando, y nos van a salir escamas si seguimos metidos aquí. —Me solicita Mariana, tiritando ligeramente.

    —Bueno está bien, salgamos ya. —Le respondo a Mariana y me doy la vuelta para salir del agua impulsándome con el movimiento de mis brazos, usando mis manos como un par de remos para facilitar mí avance.

    — ¡Ayyy! —Grita Mariana detrás de mí, al igual que escucho un chapoteo desesperado que consigue hacerme girar con rapidez. Mi mujer se ha hundido y estando de espaldas alterada patalea, aunque la profundidad aquí es poca, sin embargo Mariana no… ¿No soporta mantener su cabeza bajo el agua? Me da igual ahora, y mis brazos se extienden hacia ella para socorrerla con premura, y le abrazo por la cintura, logrando izar su cuerpo, sacándola del agua.

    Boca muy abierta, ojos desorbitados y respiración agitada. Con su carita más blanca que de costumbre y estremecida, se sujeta a mi cuello con fuerza y tose mucho, escupiendo en exceso.

    —Ya pasó Mariana, tranquila. Calma, por favor. —Le digo y ella afablemente me hace caso, cierra los ojos y apoya su cabeza en la cuna que se forma entre mi hombro y el cuello.

    — ¿Qué sucedió? —Le pregunto al depositarla con cuidado sobre mi camisa y su vestido, mientras le reviso cada una de las plantas de sus pies, sin hallarle nada.

    — ¡Te lo dije, había algo y no me hiciste caso! Me mordió la pierna. —Le respondo a Camilo y de inmediato me la reviso. En la pantorrilla derecha veo sangre. No mucho y mi pulgar recorre el área con cuidado, limpiando la herida.

    —Fue tan solo un mordisquito de algún pez curioso por la atractiva blancura de tu piel. No es para tanto escándalo, afortunadamente. ¿Tienes pañitos para limpiarte? —Le comento a modo de broma para quitarle yerro al asunto y Mariana toma su bolso y del interior saca los pañitos húmedos para entregármelos.

    Con uno solo acaricio el área enrojecida, visualizando cuatro puntitos rojos por los que asoma un poco de su sangre. Puede que le vaya a arder un poco pero tomo uno de los vasos con ron y hielo, para derramar un poco sobre la mordida.

    Mariana exclama un repentino… — ¡Jueputa, me arde! Sopla. ¡Sóplame por favor! —Y por supuesto que me inclino y lo hago con… ¿cariño? Decido aplicar un poco de hielo sobre la herida y el cubito de hielo lo mantengo presionado con dos dedos sobre su piel.

    Mi mujer relajada, se deja caer de espaldas sobre la arena, cerrando sus ojos y mordiéndose el dedo meñique, todavía asustada y adolorida, pero con seguridad disfrutando de mis cuidados.

    Mis ojos la observan completamente húmeda, con sus cabellos negros y lisos, escurriendo salinos goterones, en tanto que sus labios se han estirado hacia los lados, dándole forma a una avergonzada sonrisa. Su apariencia sigue siendo la misma. La mujer hermosa, delicada y con ese infinito azul en sus ojos tan celestes, que me alteran las emociones. Tan serena y en calma ahora mi adolorida reina, a pesar de que segundos antes estando a medias seca, gritaba como princesa asustada.

    Pero sigo viéndola, como siempre lo ha sido para mí desde que la conocí. ¡El ser más frágil y precioso del universo!