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  • Mi sobrina querida

    Mi sobrina querida

    Mi sobrina mayor, Paula de 18 años, estaba a punto de terminar su escuela secundaria y se encontraba excitadísima por la fiesta que preparaban con todos sus compañeros. Fiesta que tendría lugar luego de la graduación en una discoteca muy a la moda en nuestra ciudad en los tiempos que corren.

    Una tarde vino a casa para consultar con mi esposa qué vestido podría llevar esa noche, que quería estar «súper», dado que todas las chicas querían ser la más elegante de la noche en cuestión.

    Había traído una pila inmensa de revistas de moda y las dos la hojeaban discutiendo que este es lindo, pero le falta algo, no mejor este otro…

    Le dije a mi mujer que iría a dar una vuelta por ahí para dejarlas tranquilas eligiendo el modelo para Paula.

    Cuando regresé mi sobrina estaba a punto de irse y me pidió que la acercara hasta su casa. Llamé por teléfono a mi cuñada y le dije que en una media hora estaríamos por allí.

    Una vez en el auto, el tema de conversación era su fiesta, su ropa, qué tipo de maquillaje llevaría, etc., etc.

    Le dije que había una boutique en el centro que tenía unos modelos muy lindos y que debería ir a verlos. Mi sobrina es de estatura mediana, piernas algo flacas, pero de senos muy abultados como la madre, ojos verdes y cabellos negros.

    Me dijo que iría y me preguntó si no la quería acompañar. Quedamos en encontrarnos a la salida del colegio el jueves a las tres de la tarde. Como los negocios cierran alrededor de las 9 de la noche tendríamos bastante tiempo para recorrer algunas boutiques.

    La recogí en la puerta del colegio. Estaba vestida con minifalda y una blusa blanca cortita, tan a la moda entre las adolescentes. Estaba muy linda, no provocativa, aunque sensual. Con esa sensualidad tan típica de las chicas de hoy.

    En la primera boutique no encontró nada que le gustara así que recorrimos… cuatro más. Le pregunté si quería tomar algún refresco y así podríamos discutir sobre lo que quería llevar esa soñada noche. Eran ya las l7.30 y estaba cansado de entrar y salir de galerías comerciales.

    Le di una hoja de papel y le dije que dibujara el vestido que buscaba. Fuimos luego a otra boutique que conocía y en la que suponía que podría encontrar algo interesante. Llegamos y la vendedora nos mostró muchos modelos, hasta que uno encendió sus ojitos. Era un vestido negro ajustado con un corte hasta arriba de la cadera y bastante escotado, cosa que resaltaría sus senos. Era de una tela tipo lycra.

    La ventaja, nos dijo la vendedora era que no tenía que ocuparse en comprar un lindo corpiño porque no necesitaba, dado el modelo. El único problema que tenía era que con cualquier bombacha que se pusiera se le marcarían las costuras, dado lo ajustado del vestido y el tipo de material en el que estaba confeccionado.

    Mi sobrina dijo que eso no era obstáculo y que ya encontraría la solución.

    Le dije que solo faltaban los zapatos, cosa que también le regalé, unos zapatos de tacos altos que realzaban su figura.

    Mientras nos dirigíamos a casa le dije que me gustaría ver cómo se vería vestida con lo que compramos. ¿Qué te parece si vamos a casa, te lo probás y cualquier arreglo que haya que hacerle la tía lo hace?

    Habló por teléfono con mi cuñada para avisarle que pasaba por casa y que después yo la llevaba para no preocuparla.

    En diez minutos estuvimos en casa y, para mi sorpresa, mi mujer no estaba. Había dejado una nota sobre la mesa del comedor anunciándome que se había ido al cine con unas amigas y volvería tarde, que cenara solo, que en la heladera me había dejado algo preparado.

    Le sugerí a mi sobrina llevarla a casa y traerla el día siguiente para mostrarle el vestido a la tía pero insistió en probárselo ya que se moría de ganas.

    Sin darme tiempo de responder se fue hacia nuestro cuarto y cerró la puerta. Al cabo de un rato me llamó. Estaba de pie delante de la cama y no podía creer que esa mujer fuera mi sobrina. ¡Estaba espectacular!

    Me acerqué y le dije que no necesitaría peinarse, solo los cabellos sueltos y tal vez, una hebilla en el costado. Busqué en una de las cajas de mi mujer y elegí una de nácar. Se la puse en la parte izquierda de su cabeza y se la levanté para ver cómo le quedaba. Al levantar los hombros pude ver cómo sus tetas casi se escapaban de los tirantes del vestido.

    La hice girar y me puse detrás de ella delante del espejo y le dije que levantara un poco los hombros al tiempo que la tomaba de los senos con las dos manos y se los levantaba para que los tirantes realzaran su figura.

    Muchas veces la había tocado y nunca había sentido nada especial, dado la relación familiar, pero era la primera vez que la tocaba en un lugar tan delicado.

    Noté que los pezones se erguían. Toqué las puntas y le dije que podría ser un problema que se le marcaran así. No retiré las manos y ella me dijo que no era nada, que al contrario era más sexy aquello.

    Bajé las manos y palpé sus caderas y apenas pude descubrir su tanga que ni por delante se le marcaba. Cuando le pasé una mano por detrás dio un respingo y le dije que se pusiera de espaldas al espejo para ver si se marcaba la tanga.

    Lo hizo y pude comprobar que nada se veía, tan solo su culito parado y duro, como había ya comprobado con mis manos.

    Le dije que estaba preciosa y me alejé para que no se diera cuenta que estaba teniendo una gran erección.

    Me comentó que tendría que depilarse porque la tanga era muy pequeña y los vellos se le salían por el costado. Le sugerí ir a algún instituto conocido.

    Ella continuaba de pie y yo recostado en la cama con los brazos cruzados detrás de la nuca y con mi bulto imposible de ocultar. Ella me miró y acercándome me dijo por qué no la depilaba yo. No lo podía creer.

    Fui al baño a buscar la maquinitas, unas toallas, una tijera, una bolsa de agua y la crema de afeitar que suele usar mi mujer para esos menesteres.

    Cuando volví a la habitación estaba sentada en el borde de la cama con el vestido subido hasta sus caderas. Tenía razón, una enorme cantidad de vello le salía de los costados.

    La hice recostar y poniéndole una toalla debajo de sus caderas empecé a recortarle los pelitos que sobresalían.

    Le pasé un poquito de crema y comencé a rasurarla. Cuando terminé le indiqué que se fuera a lavar y se fijara cómo le había quedado.

    Cuando salió estaba sin tanga y con el vestido levantado y me pidió que le sacara un poquito más de vello. Me acerqué y comencé a recortar y mis ojos no podían salirse de sus labios vaginales, de un color rosado y algo brillantes. Sin querer se los rocé y saltó en la cama.

    Le pedí que se quedara quieta porque la podía cortar y dos o tres veces más mis dedos acariciaron al descuido su vagina. Me acerqué para ver mi obra y no pude resistir la tentación de sacar mi lengua y pasársela sobre esos labios. No dijo ni hizo nada, así que continué. Mi lengua comenzó a introducirse y descubrí su clítoris, que metí golosamente en mi boca. En ese momento me olvidé de todo.

    Le levanté las piernas sobre mis hombros y, de rodillas al borde de la cama, le empecé a chupar la vagina como un desesperado. Le fui metiendo un dedo y con la otra mano, me bajé el cierre y empecé a masturbarme, alcanzando mi verga un tamaño increíble.

    Las piernas de mi sobrina me tenían como una presa y me empujaban hacia arriba. Le bajé los tirantes del vestido y le chupé los pezones rosados y duros como dos pequeñas frutillas. Me saqué la ropa y me quedé en slip con la verga colgando de un costado. Ella se sentó y me lo bajó.

    Mi pene apuntaba directamente a su boca y se lo acerqué. Abrió sus labios y con la punta de la lengua me acarició la puntita y, de repente, se lo metió todo hasta el fondo. Cerré los ojos y me empezó a mamar de una manera exquisita e increíble.

    Ni mi mujer lo había hecho nunca tan bien. La miré y sus ojos verdes se clavaron en los míos mientras me seguía chupando, dándome mucho placer.

    Le saqué el vestido y ahí tenía a mi sobrina querida desnuda mamándome la pija como nadie lo había hecho nunca. Me volví a arrodillar y le dí una flor de chupada a su vagina y culo. Pedía que le hiciera de todo de tan excitada que estaba.

    Me pidió que le metiera mis dedos y empezó a levantar las caderas rítmicamente, mientras se hundían en su sexo.

    La hice subirse más en la cama y le empecé a frotar la cabeza de mi sexo en sus labios. Ella se mordía para no gritar. La calenté durante muchos minutos y al fin me atrajo hacia ella cerrando las piernas en mi cintura.

    La penetré centímetro a centímetro, sintiendo como su vagina se apretaba en mi verga. Cuando la tuvo toda adentro, se la saqué y se la metí de un golpe.

    Sus ojos se pusieron en blanco y empezó a temblar. Se aferró a mí como si fuera un náufrago. Su orgasmo fue violento, largo. Lloraba y reía al mismo tiempo. Encontramos rápidamente el ritmo y acabamos juntos después de otros tres orgasmos de ella.

    Me dejé caer de costado y le acaricié los pechos. La di vuelta y le seguí el contorno de su culo con la punta de los dedos. Eso me hizo calentar otra vez. Ella permanecía boca abajo. Le deslicé una mano en su vagina y le metí los dedos, mientras le introducía suavemente un dedo en su culito virgen.

    Me chupé el dedo para llenarlo de saliva y pude sentir como su esfínter se dilataba. Me incorporé y me puse encima de ella, le levanté las caderas y empuje delicadamente. Me costó bastante trabajo pero cuando la cabeza ya había entrado empecé a bombearla. Poco a poco fue entrando la verga mientras le acariciaba el clítoris con la mano.

    No pude aguantar mucho y ella tampoco. Se la saqué y se la puse por delante. Le hundía mi pene hasta su base y le acabé hasta la última gota de semen. Me tomó la cabeza entre sus manos, me beso, entrelazamos nuestras lenguas y me dijo simplemente «Gracias tío».

  • La chica infiel del boliche

    La chica infiel del boliche

    Bueno empezaré describiéndonos, mi nombre es Franco tengo 18 años soy un joven dotado, morocho, un poco musculoso, nalgón y ojos color miel. Ella se llama Carla tiene 18 años igual que yo, es flaca, con una piel suave y brillante de color blanca, pelo lacio, ojos negros, unas tetas un poco pequeñas y una cinturita ancha con dos nalgas bien grandes de cada lado.

    Comencemos

    Un día salí a un boliche para despejarme un poco, cuando de repente me choco con Carla y por accidente le tiro tu bebida, ella se enoja pero antes que pueda decirme algo le pido perdón le ofrezco comprarle otra, ella sonrió y acepto, además de paso hablaba con ella y la conocía mas.

    Ella me empieza a contar que tiene un novio, salen hace 4 años pero jamás salió sin él y ella tenía ganas de salir pero su novio no, entonces se pelearon y salió ella sola y sin avisarle nada a él.

    Como note su cara de enojo volver al contarme lo de su novio, le ofrecí bailar para despejarse a lo cual ella acepto al instante y cada cierto tiempo volvíamos a la barra a comprar más bebidas hasta que nos emborrachamos los dos, aunque ella más que yo eh de decir. Como vi que no podía caminar sin tambalearse le ofrecí llevarla hasta su casa y me ofreció pasar como buen gesto de haberla traído, yo entre y ella empezó a besarme apasionadamente diciéndome que fui muy gentil al traerla y que me preocupara que no le pasara nada, en mi mente pensaba «es mi momento poder coger con esta chica aunque tenga novio» así que seguí con los besos y diciéndole que me preocupaba mucho por eso la quise traer, que no me gustaría que una chica tan linda como ella le pasara algo malo.

    Fuimos hasta su habitación, yo trataba de hacer el menor ruido posible para no levantar a nadie y ella me dijo «tranquilo no hay nadie, se fueron todos de vacaciones estoy sola» yo pensaba -que suerte tengo en este momento. Cuando entramos a su habitación podía sentir sus besos cálidos y su piel suave, un culito tan grande con dos buenas nalgas bien paradito como cualquier hombre soñaría tener, ella se empezó a desnudarse lentamente sacándose su pollera, su remera blanca, y su conjuntito de corpiño y tanguita negros, dejando a la viste un par de tetas pequeñas con unas aureolas morenas y unos pezones duros como botones, su vagina mojada con un pequeño triangulito y una sonrisa pícara dispuesta a todo.

    Carla me empezó a sacar la camisa, logro desabrocharme el jean tan rápido dejándome solo con mi bóxer negro y ajustado en un segundo, fue bajando lentamente el bóxer saliendo expulsado mi pene grande y gordo. Ella le dio un beso en la punta y volvió a subir me empezó a dar besos tan cálidos por todo el cuerpo y volviendo a bajar hasta llegar a mi pene dándole besos en el cabeza, fue bajando por todo el tronco hasta llegar a mis huevos, los chupaba y besada tan bien y lentamente volvió a subir hasta meterse todo mi pene en la boca, era una sensación hermosa y nadie lo había echo como ella y yo sentía que era una profesional para chupar y no me quede atrás.

    Le dije que frenara que ahora me tocaba a mi complacerla a ella, empecé a darle besos por sus labios, bajaba por su cuello lentamente lo cual le gustaba porque sentía que su respiración ya no era normal, sino una respiración más profunda, seguí bajando hasta llegar a sus pequeñas pero lindas tetas, sus botones duros me pedían que ya hiciera algo así que empecé a hacer círculos en sus aureolas moradas en cada una, dar besos lentos, luego llegar a esos botones mordiéndolos suavemente y estirándolos con mis dientes, su respiración se aceleraba cada vez más, seguí bajando con besos por todo su vientre hasta llegar a lo que más deseaba, esa rica y jugosa vagina. En ese momento pase mi lengua como si chupara un helado desde abajo y subiendo muy lento hasta arriba, besaba sus labios gruesos, los chupaba, poco a poco abrí su vagina con mis dedos y empecé a chupar su clítoris suavemente, succionando y mordiéndolo mientras metía dos de mis dedos dentro de ella acelerando el movimiento como si llamara a alguien, ya no notaba esa respiración profunda, notaba una respiración mucho más cortada que antes, se retorcía para todos lados de tanto placer, me empujaba la cabeza para que siguiera hasta que logro terminar. Cuando termino se sintió aliviada y me dijo «mi novio no me la chupa porque no le gusta, sos el primero y me encanto tanto que casi me desmayo».

    Empecé a besarla y a pasar mi pene en su vagina sin meterla todavía, quería tenerla en todo momento excitada y necesitada de sexo, coloque la cabeza de mi pene en su entrada mientras metía y sacaba lentamente, poco a poco fui introduciendo más y más dentro de ella, hasta que logre meterlo todo en ese momento vi esa cara de satisfacción y alegría que empecé a meter y sacar acelerando el ritmo cada vez más, mientras le daba besos en el cuello y cada tanto besaba sus labios y los mordía lentamente, ella rasguñaba mi espalda, me abrazada tan fuerte como si jamás quisiera soltarse de m luego de un rato pidió que cambiemos de posición se puso a 4 patas y se la metí tan profundo que grito al sentirla toda dentro suyo, la agarre del pelo con una mano y con la otra le daba fuertes nalgadas mientras me la cogía duro, ella solo gemía y pedía más más mas, con su respiración entre cortada me decía «mee es estoy por venir damee más rapidooo por favorrr» luego de eso ella termino, pero yo aún no había terminado y me dijo «hace mucho no me vengo con el bobo de mi novio, tengo una recompensa para ti».

    Me recostó en la cama y se subió arriba mío dándome la espalda, dejando a mi vista ese culito gigante y empezó a darme unos sentones, que poco a poco iban aumentando su ritmo, yo la nalgueaba tan duro mientras me daba sus sentones y ella lo disfrutaba tanto porque de reojo se vio una sonrisa, luego de un tiempo me dijo «acábame dentro, terminemos los dos juntos no aguanto más» eso me excito tanto que acabe largando tanta leche dentro de ella que se le escapaba de su vagina mojadita y ella gritando más por haberse venido junto a mí, cayó al lado mío dándome un abrazo y un beso, sonreía y me dijo «quieres seguir? o no das más? ven tengo otro regalito para ti”, yo ya no sabía que me daría lo único que tenía claro que había sido tan bueno que nada lo podía superar, pero me equivoque. Ella se colocó a 4 patas y me dijo «toma mi culito se nota que te gusta, además con ese pene será como estrenarlo por primera vez comparado a mi novio», yo sorprendido note mi pene duro nuevamente y me lance sobre ella, moje un poco mi pene con su vagina y empecé a perforar ese culito soñado que deseaba y ella me decía «se suave por favor, ten en cuenta que es como mi primera vez duele» iba entrando lentamente cuando llegue a la mitad frene un poco y veía a ella llorando pero se notaba que sonreía a pesar del dolor, yo me reía y seguí metiéndolo hasta entrar todo bien adentro ella solo levanto la vista y casi se desmayó le pregunte si estaba bien y me dijo que sí que siguiera, empecé a sacar y meter suavemente hasta que se adaptara ese culito a mi pene, cada vez aceleraba más y más mientras le daba nalgadas tan fuertes en cada embestida, ella solo lograba gemir y llorar un poco por el dolor pero tenía esa carita de satisfacción nuevamente que decía todo, recostó su cabeza sobre la almohada mientras sus manos abrían su culito, mi pene estaba tan adentro de ella y mis huevos golpeaban su vagina que la notaba tan húmeda y sabía que pronto terminaría nuevamente.

    Empecé a acelerar mis embestidas notando como Carla gemía cada vez más fuerte, ella decía gimiendo «si sii siiii aaa amorr siiigueee asiii ah ah ahhh» yo seguía y le daba buenas nalgas cada vez que mi pene lograba entrar completo así disfrutaba mucho más y le dije que sacara sus manos, no necesitaba hacer eso cuando las saco la agarre del pelo trayéndola hacia mi hasta escuchar sus tiernas y excitantes palabras «mmm amorr relléname todo mi culito con tu lecheee» sus palabras me dieron tantas ganas de acabar que mi pene se hizo más grueso y ella lo notaba estaba a punto de explotar, la solté del pelo y seguí metiéndola lo más rápido que pude ella abrió de nuevo por completo sus nalgas mientras se retorcía por haber acabado nuevamente y yo explote rellenando ese hermoso culito con toda mi leche, saque mi pene y le di una última nalgada que le quedo bien marcado y empecé a cambiarme para irme, me dio un beso y en su tanga escribió algo obsequiándomela decía «para el que me lleno de leche y me hizo sentir que podía acabar tanto mi amor» con su número de teléfono, me guiño el ojo y me dijo que la llamara cuando quiera.

  • El culito de mi prima Vicky

    El culito de mi prima Vicky

    Al día siguiente era el sábado, todos marcharon a una romería y yo decidí quedarme, de pronto llamaron a la puerta era Vicky pedía entrar para buscar unos libros. Me pilló tumbado en la cama y no sé qué estaría yo soñando que me levanté con el mástil para subir bandera, me desperté del todo cuando vi como vestía con una camiseta holgada por fuera de un pantalón de chándal.

    – Creía que te habías ido con los demás -mientras le indicaba que pasara y que los buscara ella misma.

    – A mí tampoco me apetecía ir.

    Estaba inclinada entre la cama y la parte baja de las estanterías dejando su culito en pompas. Intenté pasar para tumbarme de nuevo, ella seguía rebuscando sin darse cuenta aparentemente que me obstaculizaba el paso, colocándome de lado la cogí de la cintura y la aparté para pasar como pude rozando todas mis partes aún en auge, por su culo. Mientras la miré de reojo, vi como cerraba los ojos y ponía una mueca de satisfacción. Empecé a calentarme pensando en la cara que había puesto y el culo que me estaba mostrando.

    Sin decir nada me levanté de nuevo y disimulando me dispuse a pasar de la misma forma que había hecho antes, pero esta vez metí las manos por dentro de la camiseta para cogerla por la cintura. No hizo intención de moverse ni cuando para abrirme hueco planté todo mi paquete en su culo. Fingí no poder pasar y le rocé varias veces, por el espejo del armario vi como se mordía el labio inferior. El día anterior me dijo que me odiaba, pero ahora callaba y no decía nada.

    Hizo ademán de soltarse, pero sin demasiada energía, así que la solté. Se cruzó de brazos y me lanzó una mirada dura, después desvió los ojos de nuevo hacia la estantería.

    – Vicky, perdóname, por lo de ayer.

    No contestó, siguió buscando un libro o hacer que lo buscaba. Yo decidí imitarla, me puse a su lado y simulando empecé a buscar también.

    Allí estábamos los dos, sin decir nada. Pronto noté que aguantaba la risa a duras penas, así que dije:

    – Que libro buscas.

    De golpe rompió a reír con ganas, estaba preciosa cuando reía y así se lo dije.

    – Eres hermosa cuando ríes.

    – No es verdad -dijo con aire de niña tonta.

    – Sí que lo eres.

    Entonces fue cuando me vino a la cabeza sacar todo el partido que pudiera, detrás de ella empecé a acariciarle la cintura aplicándole un suave masaje. Se mojaba los labios con la puntita de la lengua, mientras mis manos se deslizaban subiendo lentamente y con mucho cuidado hasta que se toparon con sus pechos no llevaba sujetador. Como no obtuve respuesta negativa, bajé una mano hacia la cintura del chándal mientras la otra seguía acariciándole los pechos. Mi mano sobrepasó la cintura, buscó un hueco y fue entrando, temiendo una brusca negativa que no encontró, ni cuando se coló entre la goma de las braguitas para acariciarle el pubis y jugar con la fabulosa mata de pelos, seguía en silencio y lo único que hacía era mojarse los labios y morderse el labio inferior de vez en cuando, pero de golpe se incorporó.

    – ¿Qué te pasa? -inquirí sorprendido.

    – Vamos, que nos van a pillar.

    – ¿Quién va a pillarnos? -aquí no va hay nadie marcharon todos solo queda Isa, la sirvienta.

    – No empieces otra vez.

    – ¡Bueno, pues ahí te quedas! ¡Luego no vengas suplicándome! -exclamé dirigiéndome hacia la puerta.

    – ¿Y por qué habría yo de suplicarte? -dijo hiriente.

    – No te hagas la tonta, dime, ¿por qué no te fuiste con ellos? ¿Para qué te quedaste?

    – ¿Cómo? pues eso mismo… estar contigo y ahora… pero es que tú -se notaba que no sabía qué decir.

    – Por favor Vicky, no te enfades y escúchame. Eres una chica muy bonita y como tal te deseo enormemente, pero somos primos.

    – Lo sé -respondió- Y no es que yo no quiera pero tú solo piensas en eso…

    – Entonces, ¿qué te pasa?, yo sólo deseo pasarlo bien, ya te dije que para mí el sexo es para disfrutar. ¿Me entiendes? Pero, si mi comportamiento te molesta…

    – No -respondió con los ojos brillantes- Tienes razón, debemos disfrutar ahora que podemos.

    Yo no cabía en mí de gozo. Enseguida nuestras lenguas se entrelazaron, bailando juntas la danza del deseo, ella se apretaba contra mí, de forma que mi erección se estrujaba contra sus muslos.

    Como yo estaba como una moto cogí el chándal por detrás y con cuidado y se lo bajé hasta que le quedó por las rodillas. Viéndolo reflejado en el espejo del armario, me asombré de su culito, puesto que llevaba un tanga que dejaba descubiertos dos glúteos blanquecinos partidos por una estrecha franja de tela negra. Me baje el pantalón y dejé libre la bestia.

    – Algo tendremos que hacer con esto -dije señalándome el paquete.

    – ¿Cómo?

    – Verás Vicky, hay algo que debes saber sobre los hombres. Cuando nos excitamos mucho y te aseguro que ahora lo estoy si nos quedamos a medias, los tíos lo pasamos muy mal, resulta incluso doloroso.

    – ¿Doloroso? -dijo extrañada.

    – Sí, mira, las pelotas se nos ponen muy duras, a punto de reventar y si no obtenemos alivio es algo muy duro.

    – ¿Y?

    – Pues eso, que necesito aliviarme…

    – ¡Ah! , comprendo, quieres como ayer…

    – ¡No! te he dicho que te deseo… quiero algo más que lo de ayer.

    – ¿Cómo? eres un guarro… creo que ya tengo bastante por hoy.

    – Vicky, mírame -dije dulcemente tomándola por la barbilla.

    – Déjame, eres un cerdo.

    – No, no lo soy, ¿te das cuenta de lo que te pasa?

    – Sí, que estoy con un cerdo -dijo cortante

    – Ahora mismo te deseo más que a ninguna otra mujer que conozca, pero si el hecho de querer acostarme contigo va a estropear eso, prefiero no hacerlo.

    – Bueno, no tiene por qué estropear nada… -dijo dubitativa.

    – Verás, yo deseo pasarlo bien y estoy intentando que disfrutemos los dos -. Me miró fijamente, con el rostro muy serio.

    – Tienes razón, no sé por qué me he puesto así. Pero… lo siento… es que ahora mismo… no tenemos nada para tomar precauciones.

    Me contempló durante unos segundos, recorriéndome entero con la mirada, que incluso me sentí un poco incómodo.

    – ¿Qué miras? -pregunté.

    – Algo habrá que hacer con esto ¿eh? -Mientras lo decía, llevó su mano hasta mi pene, que seguía erguido y lo acarició deliciosamente.

    Follar estaba claro que no íbamos a follar, pero quizás aún podría lograr algo. Decidí ser tremendamente descarado, entonces fue cuando me salió la vena sado. El sentido común me dice que no debo vacilar para conseguir mi objetivo, así que igual que el día anterior le respondí de la manera más cruda pero efectiva posible.

    – Me hubiera gustado follarte por el coño, pero entiendo tus precauciones y no me importa, ¿pero qué te parece si te la meto por el culo? -Mientras la rodeaba por detrás por la cintura, colocando mi polla entre las nalgas. Su rostro cambio al instante, ceñó las cejas con cara de dolor y negó con la cabeza.

    – ¿Por qué quieres darme por el culo?

    – Fuera precauciones y porque me calienta el tan solo imaginar cómo lo gozaríamos.

    – ¿Tanto como que si me la metieras por el coño?

    – Si, ¿Te la han metido alguna vez por detrás? ¿No te gustaría probarlo?

    – ¡No! gritó, déjame masturbarte o chupártela si lo prefieres -dijo casi suplicando.

    – Ya verás cómo te gusta… me he dado cuenta de que a tú también te quedan muchas cosas por aprender y la mejor forma de conocerlas es practicando.

    – Es que esto es muy extraño para mí, no sé si podre.

    -Tranquilízate, lo único que pretendo es enseñarte que hay muchas maneras de sentir placer. Ayer me sugeriste que necesitaba la ayuda de una profesional, pero me satisface mucho más hacerlo contigo, aprender juntos.

    Aún dudó unos instantes, asintió con la cabeza y me dijo:

    – Vaaale. Eres un guarro, de verdad. A ver ¿dónde me pongo? -dijo con tono resignado, aunque mi instinto me decía que la situación no le desagradaba en absoluto.

    – Date la vuelta.

    – ¡No me haras daño, verdad! -susurro bajando la cabeza. A pesar del temor la pregunta me demostró cierto interés.

    – Venga, no tengas miedo, no eres la única mujer que le dan por el culo y son muchas las que experimentan tan inmenso placer que gozan más que follar por el coño.

    Me aseguré de cerrar con llave la puerta y saque un tubo de crema suavizante de manos que tenía en la mesita y lo deposite sobre la cama.

    – De momento siéntate en el borde de la cama y separa bien las piernas.

    Termine de sacarle el pantalón, puse una mano en cada muslo, con el pulgar hacia dentro, de tal forma que a medida que ascendía presionaba la cara interna hasta terminar el recorrido presionando sobre la tela con ambos pulgares su coño, solo lo justo para comprobar el grado de excitación y hacerla suspirar. Respondió moviendo las caderas, mis manos subieron levantando la camiseta para acariciarle los pechos. Me incliné para chupar y atrapar un pezón con los dientes y otro con los dedos. A continuación, tiré de ellos alternativamente, a más intensidad más gemía. Se dejó caer hacia atrás, poniéndose más cómoda.

    Continué con un lento recorrido, besos aquí, allá, en el costado, en el ombligo, en el pubis, aparte la tela y recorrí con la lengua cada uno de los recovecos que ella se molestaba en ofrecerme. Indagando con la punta donde me parecía más conveniente. Intensifique la presión que ejercía sobre su punto más sensible, estimulando su clítoris de tal forma que casi no tenía tiempo para coger aire entre sacudida y sacudida. Deje de saborearla para con tan solo los dedos conducirla al orgasmo. Quería observarla, no perderme ni un detalle. Ella no aguantó más el ser sometida… Todos sus instintos desencadenaron un fuerte orgasmo, terminó corriéndose de forma nada contenida.

    – Levanta y ponte a cuatro patas, por favor.

    – Que quieres ahora ¿eh? -dijo dubitativa.

    – Tranquila, confía en mí y obedece.

    Ella desde luego lo hizo. Se colocó a cuatro patas en el centro de la cama. Estaba buenísima, con las tetas colgando como cocos de una palmera y el culo erguido y respingón.

    – ¡Así, perfecta, no te muevas! -exclamé.

    No podía entretenerme más, sin ninguna dificultad pero con cierta brusquedad le arranque la tira del tanga. Con mi lengua chupaba su culo, su raja, y con una mano le estimulaba la vulva, separando bien sus labios, mis dedos se movían dentro de ella, se empapan con sus fluidos produciendo un excitante chapoteo.

    – Tienes un culo impresionante.

    – Gra… gracias.

    – Creo que ahora necesitas esto -Deslicé mi mano derecha entre sus nalgas. Para encontrar el orificio, me sorprendió el color rosáceo de ese interior, que contrastaba con la blancura de la piel del entorno. Ella ronronea como una gata y echó la cabeza hacia atrás. Ahora sus muslos están completamente separados. Y su respiración era entrecortada, contrajo los músculos cuando lentamente le hundí el dedo corazón y lo hice girar en su interior hasta lo más hondo que pude dentro del esfínter.

    – ¡Por favor! -exclamó al cogerla por sorpresa.

    – Tranquila te va a gustar.

    – Sí… pero… -gimió sin poder evitar contonearse, cuando entré con otro dedo.

    Estiró los brazos y se aferró al cobertor de la cama. La ayude a colocarse con las piernas separadas y el culo en pompa, la contemple unos instantes con mi verga en la mano unte la punta y lubrifique también la entrada de su culito. Su cara reflejaba el sufrimiento de la que suponía era la primera vez. Ella ya había cerrado los ojos y había puesto muecas de dolor cuando apunté mi polla. Había entrado solo la cabeza soltó un quejido y se retiró sacándosela de dentro. Con furia le aticé un cachete y la mano se marcó en la piel blanquecina de las nalgas.

    – Si quieres puedes gemir, te ayudara a calmar el dolor, pero no quiero oírte chillar, relájate.

    – ¿Me vas hacerme daño?…

    – Si quieres que lo dejemos.

    – No. -Respondió

    Aprovechando que estaba a cuatro patas le besé la nuca, inmediatamente después y con un gesto muy posesivo, acaricié su espalda con la mano, deteniéndome en su espectacular trasero. Tras darle un par de sonoros besos en cada nalga, no pude resistirme en darle también un par de cachetes.

    – ¡Ay!

    – No he podido aguantarme -alegué.

    – Si… apenas podía sacar la palabra mientras jadeaba para respirar.

    Le separé las nalgas para untar la entrada de nuevo y lo mismo hice con mi polla, esta vez entró con más suavidad, mientras apagados quejidos salían de su boca. Me junté a ella y lentamente empuje con los riñones, se agitaba moviendo circularmente la pelvis y el vientre, quizás su cuerpo no acostumbrado quería expulsar pero al mismo tiempo apretaba los nervios del esfínter que en mi polla provocaban una mayor fricción.

    Poco a poco los quejidos fueron desapareciendo y se transformaron en suspiros. Llevé entonces una de sus manos hasta su vulva y sin dudarlo un segundo empezó a masturbarse con violencia.

    – ¡Estoy dentro de ti! -le cuchicheé en su oído, su ano se amoldaba a mi pene, como lo mojaba, cómo lo calentaba- ¿Has visto como no ha sido duro? -cuando se lo introduje completamente.

    – No te muevas, por favor, te lo suplico -Dijo ella

    Su cuerpo temblaba, estiró los brazos delante de suyo en una postura de total sumisión. Viendo que me iba a correr, comencé a apretarle las tetas al mismo ritmo que me venía. El sudor me empapaba. Los gemidos de ella aumentaron señalando que mi corrida inundaría su culo.

    – Córrete -le ordene con voz jadeante.

    Gritó de forma desordenada, para después inspirar a fondo y volver a chillar.

    Salí y me tumbé junto a ella, el primero en recuperar la capacidad de hablar fue ella.

    – ¿Estás bien?

    – ¿Sí? -musité casi sin fuerzas.

    – ¿Gracias?

    – ¿Ya ha terminado todo?

    Pasé una mano alrededor de su cintura le aparté el pelo revuelto del cuello y deposité un suave beso en su hombro. Ella pareció reaccionar. Sonrió picaronamente, se giró y me miró -¡Te sigo odiando!

  • Nuestra amiga argentina sigue con más aventuras

    Nuestra amiga argentina sigue con más aventuras

    Mi vida está yendo a ritmo de locos, creo que estoy entrando en un mundo que no conocía, que no sabía, ni tampoco ahora se, si se jugar bien, pero me gusta entrar en este mundo, me da vértigo, adrenalina, me gusta lo que siento y lo que me hacen sentir, me estoy convirtiendo en una trolita, sin códigos, que le encantan que la cojan y sentirse muy puta, y eso me gusta, no sé pero me gusta.

    Hace un tiempo, mi vida era aburrida, ahora no, es una locura jaja.

    Ayer a las 23 horas estaba aburrida pero:

    Mi segundo encuentro con Matías.

    Para los que no leyeron todo, Matías es el hermano de una amiga y un día que fui a la casa me terminó cogiendo.

    La cosa es que ayer a las 23 hs. Matías me manda un whatsapp, y les copio tal cual como fue la conversación:

    M: Hola hermosa, me volviste loco la otra mañana, en 15 puedo pasar a buscarte, lo hacemos tranquilo en un hotel

    Yo: tas loco nene!! Eso fue una sola vez, ya lo hablamos

    M: si hermosa, pero no dejé de pensar en vos, quiero que sientas mi piel y yo sentir la tuya, animate, te voy a cuidar, me conocés de chico, sabés como soy

    Yo: ya se cómo sos, pero no, nene, lo del otro día ya fue, vos estas de novio y yo también

    M: pero nadie se tiene q enterar, no vas a negar que te gustó lo del otro día, hoy podemos sentir lo mismo pero más tranquilos.

    Este es el punto en que la adrenalina de lo prohibido me mata, la idea de pensar que estoy en mi casa y en 1 hora Matías (que es muy muy lindo) me puede estar cogiendo, como a una trolita, me ponía loquita, y empecé a dudar en decirle que sí, y eso me estaba calentando mucho…

    Yo: No nene, aparte estoy vestida así nomás y cansada!!

    M: no me importa cómo estás vestida, solo me importas vos, te lo digo de una nena, y no lo tomes a mal, matémonos cogiendo, que el otro día no pudimos

    Yo: no se Mati, no se

    Ya la idea me estaba quemando la cabeza, aunque no lo crean ya me estaba mojando de solo pensar ¡lo que era capaz de hacer! ¿me iba a animar a decirle que sí, y portarme como una trolita que se deja coger de una? Vieron esos momentos en los que una no sabe qué hacer, pensaba: me quedo en casa como una boluda o ¿me dejo coger por este pendejo que me volvió loquita el otro día??

    Mi: en 15 estoy en la esquina de tu casa, dale nena, si los dos tenemos ganas y eso está bueno!!

    Yo: pero mirá que no me voy a cambiar!!

    Mati: dale, en 15 te espero si?

    Yo: Ok

    Las piernas me temblaban, no sabía si había hecho bien o mal, pero ya estaba jugada. Me estaba recibiendo de trola, pero estaba con tanta adrenalina que no me importaba nada. Así como estaba vestida, con un pantalón largo de esos que son de bambula y bien amplios, una remera y zapatillas, a los 15 minutos fui a la esquina y ya estaba esperándome. Obvio en casa dije que me iba a la casa de una amiga que vive a la vuelta, y como ya había hablado con mi novio, no me iba a llamar que al día siguiente se tenía que levantar muy temprano.

    Bueno la cosa es que me subo al auto y después de un hola, nos matamos con un beso de aquellos, estábamos los dos recalientes, Matías de una me toca la pierna y de ahí la conchita, (sobre el pantalón), y yo lo dejaba, me gustaba, abrí las piernas para que me pudiera tocar bien, me la empieza a acariciar y después me mete la mano, pero por debajo del pantalón, sentía sus dedos tocándome la conchita que ya taba toda mojadita, ya estaba recaliente, estaba re loca, no podía decirle que no, ¡me gustaba mucho lo que me hacía sentir!!!

    Yo le meto la mano en la pija y le empiezo a bajar el cierre del pantalón hasta que la encuentro, estaba reparada, y se la empiezo a acariciar, entonces me dice que no quería acabar así, que vayamos a un telo.

    Entramos en la habitación, y esto me gusta contarlo, porque con otro chico es distinto, ¡son cosas nuevas!, me empieza a besar el cuello, el atrás mío, me acaricia las tetas, me empieza a sacar la blusa, el corpiño y me sigue acariciando las tetas (siempre él atrás).

    Después, me baja el pantalón y me saca la bombachita. Ya me había desnudado, y mientras se ponía en bolas, me besa la espalada, la nuca la cola, y se queda agachado un rato besándome la cola y acariciándome las piernas.

    Yo ya estaba a mil, recaliente, y abría las piernas para que me besara la conchita, no sé cómo hacía, pero yo parada, me la besó y chupó. Yo ya estaba remojada, y así parados, me inclinó para adelante y me la empezó a meter de a poco en la conchita, nada, me la mete toda, y bastaron un par de bombazos para que acabemos los dos, acabamos juntos, estábamos muy calientes, cogimos parados, ni tiempo de acostarnos en la cama, fue cosa de locos. ¡Qué puta me hizo sentir!

    Nos tiramos en la cama a fumar un pucho, espero un ratito y pienso, ahora me toca trabajar a mi jeje.

    Le empiezo a besar las piernas, le acaricio sus huevos, la pija, durante un ratito y ya estaba empezando a pararse de nuevo, entonces se la empiezo a chupar como loca, hacemos un 69, yo arriba de él, durante un rato, y usando mis juguitos me mete un, dos dedos en la colita, eso me pone loca, así un rato hasta que acabé otra vez.

    Después cogimos en varias posiciones hasta que acabó él otra vez. Nos quedamos un rato más en la cama y me pide que me pare, que quería verme desnuda y besarme toda,

    No sé, nunca me habían pedido eso, pero no me pareció mal la idea, así que desnuda me paro enfrente de él para que me viera bien. Me empezó a dar besos, caricias, por todos lados, es lo más dulce que hay, me encantó que me acariciara por todos lados, yo parada y él me tocaba las tetas, las piernas, la cola, mi cuerpo es ¡como que ya era de él, obviamente terminamos de nuevo en la cama, pero no sé porque yo me puse boca abajo, empieza a trabajar en mi colita, hasta que estaba otra vez tan caliente que yo le pido que por favor me coja de nuevo, así lo hizo, pero esta vez por la colita que ya la tenía bastante dilatada jeje

    Cuando terminamos, me decía que era una trolita hermosa, que no me ofenda, pero jamás pensó que me podía gustar tanto coger, que con su novia no coge así, que le gustaría seguir cogiendo conmigo.

    Le dije que no, que esa fue la última vez, pero la verdad ni yo me lo creo jeje.

  • Fresita, la Lagarta, la Bicha y yo

    Fresita, la Lagarta, la Bicha y yo

    Finales del verano de 1973.

    Estaba yo en el monte Xiabre bebiendo en la fuente de las acacias, una fuente hecha con una cáscara de pino introducida a modo de caño en el agujero de una piedra, y de la que salía, probablemente, el agua más fresca y cristalina de toda Galicia, cuando pasaron por el camino Pili y señora Gloria con sus rebaños. La señora Gloria con su rebaño de cabras y Pili con el suyo de ovejas. No me vieron porque para llegar a la fuente había que bajar una pendiente, a la que vieron fue a Cuca, mi burra. Le dijo la señora Gloria a Pili:

    -¿Qué hace esa una burra al sol, Pili?

    -Sombra.

    -¿Y qué hace el sol y sombra?

    -Meter unas borracheras de campeonato.

    -Estás puesta.

    -Puesta y dispuesta…

    Ya no oí el resto. Iban andando y perdí el eco de sus voces. Alcé la cabeza y vi aquellas grandes y robustas acacias que parecían no tener fin. Con su sombra, junto a la fuente, se sentía frío de invierno que se calaba en los huesos y del que hasta los cuervos escapaban.

    Con el transistor en el bolsillo de la camisa me puse a escuchar música. Después, con el auricular en la oreja, levanté la estaca de hierro a la que estaba atada mi burra y la llevé unos trescientos metros más adelante, donde había buen pasto. Me eché encima de la hierba debajo de un roble. A unos dos metros de mí había un barranco y debajo una cantera abandonada en la que crecía una hierba tipo césped, de allí venía la voz de la señora Gloria, que le preguntaba a Pili:

    -¿Jugamos a las preguntas personales?

    -¿Qué juego es ese?

    -Un juego en el que a preguntas íntimas hay que responder con la verdad y con el que puede que acabemos jugando a otro juego.

    -¿Qué tipo de juego?

    -Sexual.

    -¿Usted y yo liadas? ¡No me haga reír!

    -¿Juegas o no?

    -Se acaba de inventar ese juego. ¿A qué sí?

    -Sí. ¿Juegas o te rajas?

    -Juego.

    -No te olvides de que hay que responder la verdad, la verdad y nada más que la verdad

    -Ya, ya. ¿Pregunte?

    La señora Gloria, tiró a dar.

    -¿Eres tan decente como piensa la gente?

    -No, la tengo entre las piernas como todas. -Pili también iba a ir al grano- ¿Y usted es tan puta como dicen?

    -No, soy más puta de lo que dicen. ¿Te haces pajas?

    -Todos los días. A veces dos y tres. ¿Y usted?

    -De vez en cuando. Yo soy más de follar.

    Pili ya entró a saco.

    -¿Cuántas veces se corre con su marido cada vez que follan?

    -Una, y a veces ninguna. ¿Tuviste alguna polla entre las piernas?

    -Una, la de mi primo Alfonso. Quise correrme con él.

    -¿Ya no eres virgen?

    -Lo soy. Lo de mi primo fue visto y no visto.

    -¿En qué quedamos? ¿Te jodió o no te jodió? Explícate.

    -Sí y no. Una noche que fui a dormir a su casa entró en mi habitación. Yo me dejé. Me besó y me magreó las tetas, pero al tocar la punta de su picha los labios de mi almeja, se corrió. Al acabar de correrse volvió a su cuarto y me dejó con las ganas,

    -¿Qué hiciste después de irse?

    -Una paja como un mundo. Su leche en mi almeja y en mis dedos hicieron que me corriera como un río. ¿Quién fue el primer hombre que la hizo correrse, y expláyese un poco?

    -Mi padre. Lo encontré a él y a la Bernarda jodiendo en el pajar. La Bernarda, como sabes está casada con Juan, el guardia civil. Al día siguiente, estando solos en la cocina de nuestra casa, le dije que o me hacía sentir lo que era correrse o le iban a dar de hostias hasta en el carnet de identidad, si no le metían una bala en la cabeza. Creo que mi padre me tenía ganas, ya que lejos de molestarle mi chantaje, me subió a la mesa de la cocina, me quitó las bragas y fue a tiro fijo. Me comió el coño hasta que me corrí por primera vez. Después me metió la polla en la boca y me dijo que se la mamase. Yo ya se la mamara a Pirri. Mi padre se dio cuenta de que lo que le hacía ya lo hiciera antes. Me preguntó si aún era virgen y le dije que sí. Me preguntó si me dieran por culo, y le dije que un poquito, aunque Pirri ya me diera un muy mucho. Cogió una botella de aceite de oliva. Nos fuimos para mi cama. Allí me mandó poner a cuatro patas sobre la cama. Se untó la polla con el aceite y untó mi ojo del culo. Cuando me la metió en el ojete, supe que no había comparación con lo que me hacía Pirri. Mi padre siguió metiendo y sacando y echando aceite hasta que notó que me iba a correr de nuevo. Puso la palma de su mano sobre mi coño, que estaba empapadito, frotó, frotó y frotó, y cuando me volví a correr me llenó el culo de leche.

    Pili, lo vio como algo normal.

    -Lo buscó y lo encontró.

    La señora Gloria, al no escandalizarse, le preguntó:

    -¿Algún incesto por tu parte, si lo hay expláyate también?

    -Sí que lo hay. Una noche, hace un mes y algo, llegó mi padre borracho a casa. Mi madre discutió con él y se fue para casa de mi abuela… Mi padre se echó a dormir la borrachera en la cama por encima de la colcha. Hice lo que le hacía mi madre cuando estaba así. Le quité los zapatos, la camisa y el pantalón. De su calzoncillo salió el cabezón de una tranca, decaída, más que decaída, muerta. Aun así, yo no era capaz de quitar la vista de ella. Le bajé un poquitín el calzoncillo y le vi los cojones y la tranca entera. Sentí que mi almeja me mojaba las bragas. Le cogí la tranca con la mano para saber que se sentía y me estremecí. Ganas me dieron de menearla para ver si se levantaba, pero mi padre se podía despertar, y a saber lo que pasaría. Le subí el calzoncillo. Me fui para mi habitación y me puse a pensar. ¿Cómo sería la tranca de tiesa? Si era así de grande y gorda estando dormida, de tiesa debía ser enorme. Luché conmigo misma para no hacerme una paja, pero me vencieron las ganas. Me dije a mi misma que si iba a pecar, pecaría bien. Me desnudé totalmente. Acariciando mis tetas, con la luz encendida, cerré los ojos. Vi aquella polla tiesa y gorda. El agujero de la punta me besaba un pezón, luego el otro. Mi almeja ya estaba empapada. Metí un dedo. No, así no era. Aquella picha tenía que entrar más apretada. Por primera vez metí dos dedos. Me entraban muy apretados, al principio, pero después hicieron hueco y ya entraban y salían produciéndome un gran placer… Me estaba dedeando cuando entró mi padre en la habitación. Se paró al lado de mi cama. Estaba con los ojos cerrados. Sacó la polla. ¡La tenía casi tiesa y era muy gorda y muy larga! Se puso a mear. Me meó por las tetas, por el vientre y por el coño. Con la orina cayendo sobre mí. ¡Pum! El flash. Desbordé como un río desborda en la mar. Cuando abrí los ojos, después de aquella increíble corrida, mi padre ya se había ido de su taza imaginaria.

    Pili y la señora Gloria estaban metidas en harina y parecía que acabarían haciendo pan. Empecé a tocar mi verga por encima del pantalón cuando oí decir a la señora Gloria:

    -La próxima vez que haga una paja la haré imaginado que estoy en tu lugar. ¿En qué piensas cuando te haces una paja, Pili?

    -En algún hombre que me guste. ¿Y usted?

    -Yo pienso que le chupo la polla a un caramelito o le como el coño a un pastelito. Que me la comen. Que me joden y se corren dentro de mí. Que me corro en las bocas de ellos y de ellas… ¿Has hecho alguna mamada?

    -No. ¿Cómo se hace una mamada?

    -Fácil. Agarras la polla. Le lames y le chupas los cojones y se la sacudes. La lames de abajo arriba y de arriba abajo. Lames la cabeza como si fuese un helado y la chupas bien chupada. La metes toda en la boca, si no te cabe toda hasta donde puedas, y así hasta que el chico se corre. Aunque a mi me excita más otra cosa.

    Pili la pilló por el aire.

    -¿Le gustan mucho las mujeres?

    La señora Gloria, refinada, lo que se dice refinada, no era. Le respondió:

    -Más que la mierda a las moscas. ¿Y a ti?

    -A mi no me atraen. ¿Cuál fue el mejor polvo que echó con un hombre?

    -Me lo echó Juan, El Perro. Me corrí doce veces.

    -¡¿Qué le hizo para correrse doce veces?!

    -Joderme como hacen los perros. Me jodió diez minutos, o algo más, a toda hostia. Me corría y al ratito volvía a correrme, y así doce veces hasta que se corrió él.

    -Le debió quedar la almeja sin jugo.

    -Hablando de jugo. ¿Estás mojada?

    -Estoy. Los polvos de talco que me echo van a dejar paso al olor a bacalao.

    -Debes tener un coño delicioso, fresquito… ¡Ummm!

    -Eso no es una pregunta íntima, es un pensamiento guarro.

    -Lo es… ¿Hacemos una paja juntas?

    -¿Está intentando seducirme?

    -Hace media hora. ¿No te gusta que lo haga?

    -No, bueno, si, es halagador, pero a mí la tortilla que me gusta es la de patatas

    -Madura, Pili, Se moderna. ¿Quieres que te pongo al día?

    -Habla de comerme la almeja, claro.

    -Hablo de comerte viva. ¿Quieres que te haga correr?

    -¿Ya le comió la almeja a alguna mujer?

    -Comí coños y me lo comieron. Pero también goce mucho con ellos.

    Pili se extrañó que hablara en plural.

    -¡¿Ellos?!

    -¿Sí, ellos. Si te digo el nombre del primer bomboncito que me tiré después de casada me dices tú cual fue el primero en tus pajas?

    -¿Le metió muchos cuernos a su marido?

    La señora Gloria, no le contestó. Le preguntó:

    -¿Vas a decirme quién fue el primero en tu primera paja?

    -Sí. ¿A quién se folló después de casada?

    -A varios.

    -Dígame quienes fueron.

    -Te diré tres. Carlos, y sus hermanos Juan y Pedro. Me follaron los tres por delante y por detrás.

    -¡No joda! ¿Cómo, y dónde fue? Expláyese

    -Aquí, en el monte. Yo estaba vigilando las cabras y ellos andaban cazando conejos. Pasaron por mi lado. Vi que no habían cazado nada. Me reí de ellos. Carlos les dijo a sus hermanos que me sujetaran que iba a cazar mi conejo. Juan, por detrás, me tapó la boca con una mano para que no gritase, me sujetó por la cintura y me besó en el cuello. Pedro me magreó las tetas. Carlos, se arrodilló, me bajó las bragas y me comió el coño. Me empecé a poner cachonda. Poco después, Juan, quitó su mano de mi boca y me besó. Dejé que me besara pero no le devolví los besos… Al rato estaba desnuda como vine al mundo. Allí, de pie, en medio de la nada, con Carlos comiendo mi coño, que ya estaba chorreando, Juan comiendo mi culo, y Pedro comiendo mis tetas, sentí, que me iba a correr. No quería darles esa satisfacción pero no pude evitarlo, de mi coño salió un torrente de jugo y mis piernas comenzaron a temblar. Pedro y Juan me sujetaron porque me caía. Carlos se tragó la corrida… Al acabar de correrme, Carlos, empalmado como un animal, se echó sobre la hierba, Pedro y Juan me pusieron sobre él., Carlos metió su polla en mi coño y Juan Y Pedro me pusieron las pollas en los labios. Debió ser mi instinto de puta, ya que se las cogí con las dos manos y se las mamé. Juan, no aguantó nada, se corrió en mi boca en menos de que canta un gallo. Me tragué su leche. Pedro se puso detrás de mí, acercó su polla a mi ojete, la movió alrededor de él y después me la clavó. Me follaron con ímpetu hasta que no pudieron más. El primero en correrse fue Pedro. Me estaba llenando el culo de leche cuando sentí el chorro de Carlos inundando mi coño. Me empezó a venir el gusto, fue subiendo y subiendo la intensidad hasta que me desplomé sobre Carlos. Cuando desperté, los hijos de su madre ya se habían ido. Te toca. ¿Cuándo te hiciste la primera paja y en quién pensaste?

    -¡Joder que polvazo!

    -Sí que lo fue. Háblame de tu primera paja.

    -Empecé el año pasado. Fue un día que andaba cogiendo piñas. Vi la burra de Quique y me imaginé que andaría por allí. Quería hablarle de Merche, ya que me había dicho que le dejara caer que le gustaba. Cuando lo vi estaba boca arriba sobre la hierba con la picha en la mano. Una picha gorda, tan gorda que si me la metiese me rompería la almeja. Su mano subía y bajaba y bajaba y subía por aquella tranca. Me puse detrás de un eucalipto y metí la mano dentro de las bragas. Hice lo que me había dicho Merche que debía hacer para tirar una paja, acariciar la pepitilla y dejar que un dedo entrase y saliese de mi almeja. Me encantaba… Sentía un gusto que pensé que era el que se sentía al correrse, pero cuando de la verga de Quique comenzó a salir leche, me empezó a subir un no sé qué, que sé yo. De repente una explosión… ¡Y un gustazo! El coño que se me empieza a abrir y cerrar y a soltar jugo por un tubo. El gusto llegó a ser tan grande que caí de rodillas. Fue mi primera paja, y fue mirando cómo se pajeaba Quique.

    A mí me la puso aún más dura oír lo que le dijera. A La señora Gloria fue como si le dijese que estaba lloviendo. Le preguntó:

    -¿Echas mucho moco cuando te corres?

    -Muchísimo. ¿Y usted?

    -Menos que cuando tenía veinte años. ¿Lo probaste alguna vez?

    -Muchas veces, ¿Y usted?

    -Yo lo cato siempre. Sabe mejor que la leche de la corrida de los hombres.

    -¡¿Saben diferente según el hombre?!

    -No, saber saben igual, pero no es lo mismo mamársela a un caramelito que a un hombre maduro. Aunque una vez la leche de un sesentón me supo a miel.

    -No me deje con la intriga. ¿Quién fue ese hombre que se corrió en su boca? Y vuelva a explayarse que me encanta como cuenta sus vivencias.

    La señora Gloria, sonrió, y le dijo:

    -Fue el curandero. Tenía yo diecinueve años. Había escordado un tobillo cerca de donde vivía él. Al verme me ayudó a entrar en su casa. Me sentó sobre una mesa camilla, y con una crema empezó a masajear el tobillo para poner bien el tendón que se había salido de su sitio. Lo puso bien. Del tobillo subió por la pierna arriba hasta llegar al lado de mi coño. Masajeó la ingle izquierda, y sin venir a cuento la derecha, luego las dos y mis muslos. Vio la humedad en mis bragas blancas. Me preguntó si me quería correr y yo, caliente como estaba, le dije que sí. Me dijo que me echara hacia atrás sobre la mesa camilla. Me quitó las bragas y con dos dedos me masajeó la pepitilla. Le miré para la entrepierna y vi el bulto. Le abrí la cremallera de su pantalón de pana. Saqué la polla, morcillona, y la metí en la boca. Al momento se puso dura. El señor Antonio, metió dos dedos en mi coño y comenzó a hacerme una paja. Me pajeó a su ritmo, tocando donde debía de tocar. Cuando sintió que se iba a correr en mi boca, sus dedos, empujando hacia arriba, entraron y salieron a mil por hora de mi coño. Solté una catarata de jugo y sentí un gusto criminal. El curandero, con mi coño aun latiendo, se corrió en mi boca. Su leche, calentita, me supo mejor que ninguna de las que había catado.

    Empalmado como un burro, di un rodeo y me puse en la parte de arriba de la cantera, frente a ellas. Asomé la cabeza, como hacían los indios, y vi a la señora Gloria y a Pili, estaban a medio metro una de la otra, de lado, con un codo apoyado en la hierba y una mano debajo del mentón. Se miraban a los ojos.

    La señora Gloria, a la que apodaban La Lagarta, era una mujer de cuarenta años, guapa, casada, sin hijos, baja, medía un metro cuarenta y algo, puede que un metro cincuenta, morena, de enormes tetas, con media melena color marrón, ojos castaños y un gran culo. Estaba entrada en carnes. A ver, no estaba gorda, gorda, pero estaba redondita. Pili, a la que apodaban Fresita, tenía diecinueve años, era morena, delgadita y preciosa, de tetas pequeñas, pelo largo y negro, recogido en una coleta, ojos negros, y un culo pequeño y redondito. Seguían hablando. Le preguntaba La Lagarta a Fresita:

    -¿Lo hacemos, Pili?

    Fresita, se sentó.

    -¡¿Follar yo con usted?! Ni harta de vino.

    La Lagarta se sentó a su lado. Con su mano derecha le echaba el cabello hacia un lado.

    -Te lo haría pasar bien. Te pondría tan cachonda que acabarías suplicando que te hiciese correr.

    Fresita, le quitó la mano, y muy seria, le dijo:

    -De pensarlo me entran ganas de echar la pota.

    La Lagarta se vino abajo.

    -¡Vete la mierda! Ya me cortaste el rollo.

    -Eso le pasa por ir de sobrada.

    -A ver chica dura. ¿Qué debo hacer para seducirte?

    Fresita se moría por que le comiese el coño, pero no quería que La Lagarta la tomase por una chica fácil. Se echó boca arriba sobre la hierba, y le respondió:

    -Empiece por decir que le gusta de mí.

    La Lagarta se volvió a animar. Se inclinó hacia Fresita, y le preguntó:

    -¿Entonces puede ser que me dejes comértela?

    -Nunca se puede decir de esa agua no beberé, pero lo veo muy difícil. ¿Qué le gusta de mí?

    -Tienes las tres cualidades que me gusta ver en una mujer: Belleza, belleza y belleza.

    -¿Seduzco a alguna mujer antes de intentarlo conmigo?

    -Te sorprenderías si te digo el nombre de todas las que se corrieron conmigo.

    -Dígame una.

    -Te digo el nombre de las doce si dejas que te bese, que te meta mano y que te coma el coño.

    Fresita dejó de tratar de usted a la señora Gloria y la llamó por su apodo.

    -No te impacientes, Lagarta. Dime el nombre de una.

    -La Monja. ¿Por qué te crees que dejó de ir a misa?

    Sara, La Monja, era una joven larguirucha, guapa, de ojos achinados color avellana, larga melena negra, con buenas tetas y un buen culo. Era creyente y practicante. La apodaban La Monja porque se comportaba como tal. Era decente y lo parecía… Hasta el día en que las ganas le quitaron lo decente.

    Creo que merece la pena contar como empezó La Monja a olvidar tanta decencia.

    Fue un día de marzo, Sara, La Monja, que trabajaba al jornal, estaba poniendo patatas en una huerta, junto a varias personas más. Frente a ella, haciendo lo mismo, estaba Pablo, el que iba a ser su marido. El caso fue que La Monja, cada vez que se agachaba para poner una patata cortada en la tierra, le enseñaba la parte superior de las tetas a Pablo. La Monja sabía que le miraba para ellas y le gustaba que lo hiciera. Al hombre se le fue poniendo dura, y a La Monja, al levantarse Pablo y ver el bulto en su pantalón, el coño se le fue mojando. De repente empezó a llover, pero a llover de verdad. Caían chuzos de punta. La gente tiró hacia el monte. Cada cual se refugió donde pudo. La Monja y Pablo se metieron en una cueva. Pablo, le dijo a La Monja, que estaba empapada y temblando:

    -¿Quieres que te caliente, Sara?

    -¿Cómo?

    -Así.

    Pablo, al que apodaba M. M, (Medio Metro) la abrazó. Su cabeza le llegaba a la altura de las tetas de La Monja, y entre ellas la tenía apoyada. Su polla empalmada la apretaba contra una de sus piernas, y sus manos las tenía en el culo de La Monja. El cuadro parecía cómico, con aquel hombre moreno, delgado y pequeñito pegado a un monumento de mujer, pero La Monja, a sus veinte años, nunca tuviera a nadie pegado a ella y se puso cachonda, pero cachonda, cachonda. M. M le comió las tetas por encima del vestido, como La Monja no lo reprendió, le bajó la cremallera del vestido y le abrió la presilla del sostén. Le subió las copas. La Monja se siguió dejando. M. M se hartó de comer aquellas tetas con areolas rosadas y pezones como guisantes. Se creció. Sacó la polla, una polla mediana, y le dijo:

    -Baja las bragas que te voy a pasar el muñeco por el coño para calentarte más

    -No que puedo quedar preñada.

    -No te la voy a meter.

    -Promételo.

    -¿Para qué? No podría metértela. Sólo me alcanza para frotarla con tu coño. Baja las bragas.

    -Bájamelas tú.

    M. M le bajó las bragas. Cogiendo la polla en la mano, la frotó contra el clítoris y los labios empapados del coño de La Monja, (La Monja se tenía que agachar un poquitín para que pudiera hacerlo). Ella, que nunca tal cosa sintiera, se empezó a poner mala. Y cuando sintió la leche calentita de M. M en la entrada de su coño, se corrió a chorros sobre la polla.

    Pero volvamos a donde estábamos. ¿Dónde coño estábamos? ¡Ah, sí! La Lagarta trataba de calentar a Fresita con lo de la Monja.

    -¡¿Te acostaste con Sara, Lagarta?

    -No, la jodí de pie.

    -¿Dónde?

    -Arrimada al confesionario, en la parte de atrás

    -¡¿Le comiste la almeja en la iglesia?!

    -Comí. Le comí el coño bien comido.

    -¡Si os llega a pillar don Amancio os descomulga!

    -Al cura lo vio La Monja meneando la polla detrás de una columna mientras miraba como nos dábamos el lote.

    -¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte! Si don Amancio tiene setenta años.

    -Por eso dejó hacer, por miedo a no dar la talla.

    La curiosidad. ¡Ay la curiosidad!

    -Cuéntame los detalles y dejo que me des un beso.

    -Con lengua y largo.

    -Sin lengua y pequeñito.

    -Pues no te lo cuento.

    -Vale, uno con lengua y largo.

    -Muuuy largo.

    -Vale, larguísimo.

    -Fue hace tres meses. Estábamos limpiando la iglesia. Ella llevaba puesto ese vestido castaño que casi le llega a los pies. Estaba inclinada quitándole el polvo al confesionario. Me acerqué por detrás. Le levanté el vestido y le metí mano en todo el coño. Se incorporó al instante. Mirando alrededor me dijo, en bajito: «Sacrílega». La empotré contra el confesionario. Le besé el cuello mientras le magreaba sus grandes y duras tetas, me dijo: «Por tu culpa voy a ir al infierno». Hice que se callara la boca metiéndole la lengua dentro. Al rato, me dijo: «Don Amancio nos está viendo. Tiene la sotana levantada y se la está pelando detrás de una columna». Le levanté el vestido y metí una mano dentro de las bragas. Estaba mojada. La pajeé. Al rato era ella la que gimiendo me besaba a mí. Me agaché, le levanté el vestido y le bajé las bragas. Ella se sujetó el vestido para que no me tapara. Al ver sus piernas blancas como la leche y su coño peludo, metí una mano dentro de mis bragas. Estaba tan mojada, y tan, tan cachonda, que al meter dos dedos dentro de mi coño pensé que me iba a correr antes que ella. Le comí el coño, se lo comí bien comido. Un poco más tarde, a La Monja le comenzaron a temblar las piernas Me dijo: «Me voy a correr». Le pregunté qué estaba haciendo el cura y me contestó: «Ya no se esconde. Nos estamos mirando. Se la pela a toda mecha. Le sale leche de la polla. ¡Me corro!» Sentí como el moco de su corrida iba cayendo en mi boca y me corrí con ella. Sería por el lugar, sería porque me estaba follando a una mujer casada… Sería por lo del cura, no sé por lo que fue, pero… ¡Cómo me corrí! Me corrí con una fuerza bestial, aunque La Monja, La Monja no se quedó atrás, echó moco para mediar un vaso.

    Fresita, ya estaba algo más que caliente. Se puso de lado, apoyando otra vez el codo derecho en la hierba.

    -¡Vaya historia!

    -Me debes un beso, largo, muuuy largo.

    -Sé que no me va a gustar que me beses, pero hay que cumplir con lo hablado.

    Fresita se echó boca arriba.

    La Lagarta besó a Fresita, para calentarla aún más de lo que ya estaba, le metió la puntita de la lengua en la comisura de los labios, de un lado, del otro, después se la pasó entre los labios, acto seguido buscó con su lengua la lengua de Fresita. Se la chupó, se la acarició… El beso fue de los que dejan las bragas mojadas.

    Al acabar de besarla, le preguntó:

    -¿Te gustó?

    -Mucho.

    ¿Quieres que te de otro beso?

    -No.

    Me llevé una desilusión. Ya tenía la polla en la mano.

    -Pues nada. Que se le va a hacer.

    Fresita, que ya echaba por fuera, mirando para una nube que pasaba, dijo:

    -¿A qué olerán las nubes?

    -Huelan a lo que huelan, mejor que tu coño con sus polvitos de talco no van a oler.

    -¡Qué fijación con mi almeja!

    -Déjame olerla.

    -Más quisieras. La hueles, y…

    -Y te la como, Fresita. Te comería enterita si me dejases.

    Fresita, puso los brazos detrás de la nuca.

    -A ver, a ver. ¿Cómo quisieras comerme?

    -Primero besaría tus labios de fresa mientras te magreaba las tetas. Después, mientras jugaba con mis dedos en tu coño te comería las tetas. -Fresita cerró los ojos- Te las mamaría. Te lamería y te chuparía los pezones, te los mordería. Bajaría. Metería mi cabeza entre tus piernas y magreándote las tetas, lamería tu ojete, los labios del coño, te los follaría con mi lengua. Te chuparía y te lamería la pepitilla y…

    La Lagarta, dejo de hablar. Se echó encima de Fresita. Pensé que iba a abusar de ella, pero después de cogerle las manos con las suyas, y forcejear con ella para juntar su boca con la de Fresita y de besarla con lengua, largamente, se echó boca arriba a su lado, y le dijo:

    -Perdona, pero es que estás tan buena que no lo pude evitar.

    Fresita no estaba enfadada, y no estaba enfadada porque le había encantado aquel largo beso, y las excitantes palabras de La Lagarta, palabras que dejaran sus bragas para escurrir. Sonriendo, le preguntó:

    -¿Crees que estoy buena, Gloria?

    -Buenísima. ¡Estás cómo un queso! Pero eres algo cortita.

    Fresita, la recatada, la que siempre fuera una mosquita muerta, reaccionó como nunca pensé que lo haría.

    -¡¿Algo cortita yo?! ¡Te la voy a salar!

    Eso me lo habían hecho a mí una vez que me puse chulo estando bebido. Me cogieron entre cuatro, y me restregaron tierra del camino en la polla para humillarme. A La Lagarta, que se dejó, no le restregó el coño con tierra, se lo frotó con hierba que había arrancado con la mano de aquella especie de césped, y no precisamente para humillarla. Cuando sacó la mano, le dijo:

    -Estás empapada.

    La Lagarta volvió a besar con lengua a Fresita. El beso duró una eternidad, tanto duró que cuando acabaron de comerse las bocas ya yo tenía la mano llena de leche. Me había corrido como un bendito.

    Pero lo mejor estaba por llegar.

    -¿Me dejas chuparte una teta, Fresita?

    -Y después vas a querer chupar la otra.

    -Y te acabaré comiendo el coño hasta que te corras, ya te lo dije.

    Fresita se hizo la importante.

    -¡Ay sí, que sí! Sueña.

    -¿Quieres ver mis tetas?

    -Si es sólo verlas, sí.

    La Lagarta se desabotonó la blusa, y le dijo a Fresita:

    -Abre mi sujetador.

    -Quítatelo tú.

    -Vale, está visto que no quieres verlas.

    La Lagarta era zorra vieja. Cogió un botón e hizo amago de abotonarlo. Fresita, picó.

    -Vale, te lo abro. Tengo curiosidad por saber cómo las tienes.

    Fresita, para abrir el sujetador tuvo que acercarse a La Lagarta, que la volvió a besar. Después, La Lagarta, levantó el sujetador y metió la cabeza de Fresita entre sus tetas, unas tetas grandes, con areolas marrones y pezones importantes. Cuando la soltó, Fresita, le dijo:

    -Serás… Lagarta. Ahora vas a querer que te las mame.

    -Si no quieres, no, pero si quieres…

    -No quiero.

    -¿Y tocarlas?

    -Bueno, tocarlas, sí, pero sólo un poquitín.

    Fresita, tímidamente, palpó la teta izquierda de La Lagarta con su mano derecha.

    -Tiene un tacto suave y está esponjosa.

    Fresita, siguió acariciando la otra teta y después acarició las dos. La Lagarta estaba en el paraíso.

    -Chúpalas, cariño.

    -No… bueno… un poquito. ¡Son tan grandes!

    Fresita, una vez empezó a mamar, chupar y lamer las tetas, perdió la noción del tiempo. Tuvo que separarla La Lagarta.

    -¿Dejas que te las chupe yo a ti?

    -Chupa.

    La Lagarta le desabotonó a Fresita tres botones de la blusa. No llevaba sujetador, porque no le hacía falta. Tenía las tetas duras como piedras. Besó el pezón de la teta izquierda, se lo chupó, se lo lamió, y le dio pequeños mordisquitos. Después metió toda la teta en la boca y se la mamó. Al acabar de mamársela, la beso. Después del beso, Fresita, abrió la blusa, cogió su teta derecha y se la llevó a la boca. La Lagarta le hizo lo mismo que le había hecho con la teta izquierda, luego metió su mano derecha dentro de las bragas de Fresita.

    -¡Cómo estás! Se puede nadar ahí abajo.

    La Lagarta masturbó a Fresita mientras le chupaba las tetas y le comía la boca. Fresita, no esperó a que La Lagarta le quitara las bragas, se las quitó ella misma. Eran blancas. Después, desatada, y comiéndole las tetas a la Lagarta, le dijo:

    -Estoy tan cachonda que si no me corro me da algo.

    La Lagarta le levantó la cabeza poniendo un dedo en su mentón. Le dio un pico en los labios, y mirándola a los ojos, le dijo:

    -Lo sé. ¿Quieres correrte ya o quieres que te haga sufrir?

    Fresita le metió un morreo a La Lagarta, y después le respondió:

    -Quiero correrme ya.

    La lagarta quitó los dedos mojados del coño de Fresita, le acarició con ellos el clítoris y le dijo:

    -Pídeme que te coma el coño.

    -Cómeme el coño.

    -Pídemelo por favor.

    -Por favor.

    Se besaron.

    -¿Por favor, qué?

    -Por favor, cómeme el coño.

    -¿Después me lo comerás tú a mí?

    -Síííí.

    -Dime que serás mi puta.

    -¡Ooooh! Seré tu puta.

    -Dime que serás mi loba.

    -¡Aaaaay que me corro!

    La Lagarta dejó de acariciar el clítoris.

    -Dímelo.

    -Seré tu loba, tu puta, tu amor, tu esclava, seré lo que tú quieras que sea. ¡Hazme correr!

    Le volvió a acariciar el clítoris.

    -¿Me comerás el culo?

    -Si.

    -¿Me lo follarás con tu lengua?

    -¡Aaaaah! Te follaré con mi lengua el culo, el coño, te follaré y te comeré lo que quieras. ¡Lo que quieras!

    -¿Preparada para correrte?

    -Síííí.

    La Lagarta metió su cabeza entre las piernas de Fresita, le metió un dedo en el coño, lo sacó y, humedecido, se lo metió en el culo, después le comió el coño… Fresita estaba tan, tan, tan excitada, tan, tan, tan cachonda estaba, que antes de un minuto, gimiendo, le dijo a La Lagarta:

    -¡Ay, Gloriña, ay Gloriña, ay Gloriña que me corro. ¡Qué me corro, Gloriña! ¡Gloriña que me corro! ¡¡¡Me cooorro!!

    Yo estaba de rodillas, mirándolas, sacudiendo la polla, con el culo en pompa, y a punto de correrme otra vez, cuando sentí un tremendo golpe en el trasero. Bajé rodando la ladera de la cantera y fui a parar al lado de Fresita y de La Lagarta. El transistor se encendió solo. Recuerdo que se oyó la canción Can the can de Suzi Quatro. Lo apagué. Miré para donde estaba antes de caer rodando y vi a Benitiño, el carnero de Fresita, el cabrón estaba mirándome con cara de mala hostia. Con el culo dolorido, le grité:

    -¡¡¡Hijo de puta!!!

    Miré para La Lagarta. Parecía una vampira, sólo que en vez de sangre tenía jugo de la corrida de Fresita en sus labios, en su cara y en su cuello. Me estaba echando una mirada asesina. Fresita estaba como muerta. Había perdido el conocimiento con el gusto que sintiera. Tenía su coño peludo al aire. Vi cómo se abría y se cerraba y como seguía saliendo jugo de él. Ganas me dieron de meter mi cabeza entre sus piernas y lamer aquella maravilla.

    La Lagarta, me preguntó:

    -¿Nos estabas espiando, cabronazo?

    -Joder, señora Gloria. ¡Cómo para no hacerlo!

    -¿Y ahora qué? Vamos a tener que joder contigo para que no cuentes lo que viste, ¿no?

    -No soy tan desgraciado como para chantajear a dos mujeres.

    -Eso no es lo que me dice tu tranca.

    Mi verga, fuera del pantalón, mojada, con hierba en el capullo, estaba tiesa. La limpié y la guardé poniéndola hacia arriba. Luego, le dije:

    -Si no se empalmara, al ver lo que está viendo, -miré para el coño de Fresita- malo. Pero no se preocupe. Seré como una tumba.

    -Me alegra oír esas palabras. ¿Cómo puedo pagar tu silencio?

    -Si algún día quiere echar un buen polvo y no tiene con quien, me avisa.

    -Mayor de edad ya eres.

    -Hace tiempo que lo soy.

    -¿Quieres saber la verdad, Flacucho?

    -Claro.

    -Cachonda como estoy, y con ese carallazo que tienes, te follaría ahora mismo, pero te quiero para mi solita. Ya te avisaré. Te voy a sacar leche hasta de las orejas.

    -Esperare ese día con impaciencia.

    Me fui… Llevé la burra lejos de allí a apastar… Como Fresita no sabía nada de que las viera, supuse que La Lagarta le enseñaría a comer coño, pero esto ya son suposiciones.

    Me olvide decir como era yo en aquellos tiempos. Era un joven de estatura mediana, ojos castaños y grandes, con melena. Mis pectorales se marcaban en la camiseta, y mis bíceps y tríceps causaban envidia, aunque me seguían apodando El Flacucho. Este cuerpo serrano lo consiguiera con un curso por correspondencia de CEAC. Mandaban una serie de ejercicios cada mes, diez, creo recordar. En fin, que le gustaba a muchas mujeres, aunque sólo una prima mía y Elvira vieran la tranca que gastaba, que si lo llegaran a saber más mujeres, habría follado yo más que el Tenorio de Zorrilla. Aunque lo que me pasó a mi no le pasó a Don Juan. No sé si contarlo. Bueno, va, lo cuento, y lo cuento porque Elvira descubrió mi lado gay.

    Fue un día de primavera. Había ido a casa de Elvira, una mujer que llegara al pueblo un mes atrás. Elvira era una cuarentona, casada, pelirroja, de ojos azules, espigada y con un cuerpazo… Fui a escribirle una carta para su marido, que estaba en Alemania, ya que ella era analfabeta. A Elvira la apodaban La Viuda Negra. Bruno, su marido actual, era el quinto de la «lista». Corría el rumor de que a los otros cuatro los matara a polvos y que Bruno se fuera para Alemania porque le cogiera miedo…

    Ese día encontré a Elvira cambiada. Su perfume era fuerte y excitante. Se había puesto sexi para mí, pues así no iba oliendo al ir a lavar al rio o a comprar a la tienda, ni llevaba puesto aquel vestido rojo, con estampado de flores azules, apretado al cuerpo, con un escote que quitaba el hipo, y que le daba por encima de las rodillas de sus preciosas piernas.

    Mientras me dictaba la carta le miraba descaradamente el escote de su vestido, un escote tan generoso que se le veían la mitad de sus enormes tetas… Al acabar de escribir la carta, ponerle el remite y la dirección en el sobre y de cerrarlo, Elvira, puso sus manos sobre la mesa, se inclinó, mostrando, adrede, la tercera parte de sus preciosas tetas, y me preguntó:

    -¿Quieres que te corte unas lonchas de jamón, Quique?

    Mirándola a las tetas sin cortarme un pelo y tuteándola, le respondí:

    -Si tienes pan y vino para acompañarlas, adelante.

    -Eso no se pregunta. ¡Será por pan y vino!

    Por el pan y el vino no fue. Elvira puso encima de la mesa una bolla de pan y una jarra de vino tinto de dos litros, además de una fuente de lonchas de jamón. Le pregunté:

    -¿No me acompañas?

    -¿No te gusta comer solo?

    -No.

    Elvira, La Viuda Negra, puso otra taza sobre la mesa, se sentó, la llenó de vino y la bebió de un trago. Parte del vino le cayó sobre las tetas. Le dije:

    -Te cayó vino en las…

    -En las tetas.

    -En las mismas.

    -Ya lo sé. ¿Me las limpias?

    Me tiré a tumba abierta.

    -¿Con la lengua?

    -O con la polla, con lo que quieras.

    Aquella mujer quería mi tranca dentro de su coño y yo se la iba a meter. Me levanté, fui a su lado y le limpié el vino de las tetas con la lengua. Me echó la mano al paquete. Le gustó lo que palpó. Llenó otra la taza de vino tinto, la vació entre las tetas, y me preguntó:

    -¿Sabes hasta dónde me llega?

    Le metí un morreo de los buenos, y después le dije:

    -Hasta el coño.

    Se levantó, me dio un cachete en el culo, sonrió, y me dijo:

    -Sígueme.

    La seguí a su habitación. Elvira se desnudó. Sus tetas, algo decaídas, eran espectaculares con areolas casi negras y enormes, gruesos y largos pezones. Las bragas las tenía manchadas de vino tinto. Las quitó y vi un coño que parecía la Selva Pelirroja. Me puse en pelota picada, la empujé sobre la cama, y con la verga tiesa, iba entrar a matar. Me detuvo.

    -Cómeme el coño primero.

    Le comí el coño. Cuando estaba a punto de correrse, me dijo:

    -Ahora sí, ahora quiero esa tremenda verga dentro de mi volcán.

    Se puso a cuatro patas sobre la cama y se la clavé en el coño. Le entró justa. Al ratito, me dijo:

    -Coge la manteca en el cajón de la mesita de noche.

    ¿Qué diablos hacía la manteca en aquel lugar? En fin, saqué la verga de coño empapada de flujo. Abrí el cajón de la mesita de noche y cogí la manteca. Con la manteca en la mano, la muy zorra, me dijo:

    -Dámela, y ponte a cuatro patas que te voy a comer el culo.

    Aquello era raro, raro, raro, en vez de chuparme la verga me iba a comer el culo. Me puse a cuatro patas y la dejé hacer. La Viuda Negra, se puso detrás de mí, untó las manos con manteca. Me cogió los cojones, y acariciándolos deslizó la otra mano por mi verga empalmada. La agarró, tiró de ella hacia atrás y comenzó a ordeñarme. Sentí su lengua lamer mi ojete, y acto seguido follármelo con ella, luego su dedo medio entró en mi culo. Me gustaba, mejor dicho, me encantaba que me desvirgara. Quitó el dedo medio de mi culo y metió el dedo gordo. Se llevó la polla a la boca y siguió ordeñándome hasta que quitó la leche. ¡Vaya corrida eché! Fue inmensa. La Viuda Negra no dejó que se derramara ni una gota, se la tragó toda. Cuando acabó de tragar, se volvió a poner a cuatro patas, y me dijo:

    -Unta mi culo con manteca y fóllamelo con tus dedos.

    Dicho y hecho. Le unté el ojete y después se lo follé con el dedo medio de mi mano derecha. Su coño, abierto, goteaba jugo. Se lo lamí.

    -Mete tu lengua en mi coño.

    Se la metí y me la folló con su culo.

    Al ratito, me dijo:

    -Ahora en el culo.

    Le puse la lengua en la entrada del ojete y me la folló. Gemía como una perra. Le metí dos dedos en el coño y me folló con su culo y su coño la lengua y los dedos…

    Mi polla, que había quedado morcillona, se fue poniendo dura.

    Elvira se echó boca arriba. Puso la almohada debajo de las caderas, y me dijo:

    -Ahora métemela en el culo.

    Se la clavé. Entró como un tiro. Con toda dentro. Me metió su dedo medio en mi culo y me dijo:

    -Quédate quieto que voy a hacer que te corras dándote por culo.

    Elvira me besaba, me follaba el culo con el dedo y se movía muy lentamente debajo de mí… Me fue gustando más y más, y más. A punto de correrme, se lo hice saber.

    -Me voy a correr, Elvira.

    Sonrió. Su sonrisa era de mala.

    -Lo sé. Sácala del culo y métela en el coño.

    La saqué del culo y se la metí en el coño. Elvira, movió el culo alrededor, hacía arriba, hacia abajo y hacia los lados al tiempo que apretaba contras mí sus tremendas tetas. Con su dedo seguía follando mi culo. Al sentir mi ojete apretar su dedo y mi verga soltar el primer chorro de leche dentro de ella, comenzó a correrse. Su coño parecía un géiser. Soltaba jugo caliente a presión, que salía por los lados de mi verga, empapaba mis cojones y acabó dejando la cama perdida.

    Fue la primera vez que me follaron el culo, y para que mentir, me encantó.

    Ya me volví a perder. ¿Dónde andaba? ¡Ah, sí! Ya me acuerdo… Había cambiado a la burra de sitio y estaba en otra cantera abandonada, lejos de ojos curiosos. Me iba a hacer otra paja pensando en la Lagarta o en Fresita, o en las dos… Aún no sacara la verga. Oí la voz de la señora Obdulia, a la que apodaban La Bicha.

    Obdulia, La Bicha, tenía cincuenta años, era morena, de ojos azules. Su cabello negro era largo y lo llevaba recogido en un moño. Era muy guapa de cara. Casi llegaba al metro ochenta de estatura y pasaba de los 120 kilos de peso. Eso conllevaba unas descomunales tetas y un tremendo culo.

    La Bicha, me respondió:

    -A ver si voy a tener yo culpa de lo que hagan dos animales.

    La Bicha, de pie, a mi lado, dándome sombra, miraba como la tremenda verga de su burro entraba y salía del coño de la burra. Le miré a la cara y vi que estaba colorada cómo un tomate maduro. Yo ya estaba empalmado. Entré a matar.

    -¿Cuánto tiempo hace que se fue embarcado su marido, seis, siete, ocho meses?

    -¿A qué viene esa pregunta?

    -A que a lo mejor tengo suerte y mojo.

    Se ofendió.

    -¡Cómo te atreves a faltarme al respeto!

    Tenía que seguir toreándola, puede que acabase entrando al trapo.

    -¿Cuánto tiempo hace que no se corre? Y no valen las pajas.

    Se enfadó.

    -¡Cómo te meta una hostia te dejo tonto! Picha de miñoca. (Polla de lombriz)

    Saqué la verga, y meneándola, le dije:

    -¿Picha de miñoca? Este carallo puede hacer feliz a cualquier mujer.

    La Bicha, al ver mi verga, me dijo:

    -¡Guarda eso o te la corto y te la dejo del tamaño de la de mi marido.

    -Así que su marido es el que tiene picha de miñoca.

    La pillara y se encabritó.

    -¡Me voy a cagar en tu padre!

    La Bicha, hablaba pero desentonaba, ya que miraba para mi picha y parecía que se le hacía la boca agua. Me acordé de como sedujera Gloria a Pili. Guardé la verga. Me senté sobre la hierba, y le dije:

    -Lo siento, pero es que está tan buena que no pude evitarlo.

    El tono de voz de La Bicha se volvió más amable, y hasta esbozó una pequeña sonrisa.

    -Si podría ser tu madre, Flacucho.

    -No exagere.

    La Bicha seguía mirando como follaban los animales. Le dije:

    -¡Vaya tranca tiene el burro!

    -A la burra le hace falta.

    -¿Está cachonda como yo?

    -¿Con eso dentro, es de suponer que está más cachonda que tú?

    -Me refería a usted. ¿Está mojada?

    -No preguntes tonterías.

    -No es una tontería. Esta es una situación atípica. Usted y yo estamos mirando como follan un burro y una burra. A solas. Lejos de ojos curiosos. ¿Le extraña que le pregunte si está mojada?

    -¿Y si estuviera mojada, qué?

    -Qué mejor que llegar a casa y hacerse un dedo sería que echáramos un buen polvo. Nos correríamos y…

    -¿Y qué, Flacucho?

    El burro se corrió dentro del coño de la Cuca. Al sacar la verga vimos cómo le brillaba con el jugo de la corrida de la burra, luego vimos como del coño de la Cuca comenzaba a salir la leche del burro y de la verga del burro caer unas gotas de leche… Si yo estaba empalmado y con ganas de meter, La Bicha debía estar empapada y con ganas de que le metiesen. Como llevaba sandalias, le pregunté:

    -¿Me deja que le chupe los dedos de los pies?

    Puso las manos en su cintura, y me dijo:

    -¡¿Por quién me has tomado?!

    -Por un sueño erótico con piernas preciosas.

    -¿Sabes qué?

    Pensé que cedía y le pregunté:

    -¿Qué, paloma?

    -Que hace tiempo que se está rifando una hostia y llevas todas las papeletas, palomo.

    El burro y la burra se pusieron a apastar juntos como si nada acabasen de hacer. Busqué la hostia.

    -¿Nos hacemos una paja a dúo?

    La Bicha se sentó a mi lado y me dijo:

    -Te la has ganado.

    Creí que íbamos a hacernos unas pajas, pero cuál no sería mi sorpresa cuando me coge en una brazada, saca una sandalia y me empieza a zurrar en las nalgas. Su mano subía y bajaba a toda hostia. La Bicha no escatimaba fuerzas.

    -¡¡Plin, plas, plin, plas!!

    El carallo fue que no me desagradó, por eso le dije:

    -Me está poniendo más cachondo de lo que estaba, Bicha.

    Se cabreó, más bien hizo que se cabreaba.

    -¡¿Bicha?!

    Me dio la vuelta como si fuese un muñeco, me quitó el botón del pantalón, me bajó la cremallera, el pantalón y los calzoncillos, hasta las rodillas. Le dio dos veces por los lados con la sandalia a mi verga empalmada. Me volvió a dar la vuelta, y me volvió a dar en las nalgas con la sandalia.

    Me encantó. Sabía usar aquella sandalia gris con el piso de goma negro. Me largara a calzoncillo quitado, pero con menos fuerza. Era como si quisiera ponerme aún más cachondo de lo que estaba. Acabo de zurrarme. Me puse de pie con la polla mojada y tiesa delante de su boca. La miró. Estaba colorada como una grana. Toqué sus labios con mi polla mojada. Sacó tímidamente la punta de la lengua y la mojó con la aguadilla que salía de mi meato. Pensé que me la iba a chupar, pero calzó la sandalia, y me dijo:

    -Haz eso otra vez y te pego un bocado que no paras de correr hasta llegar al infierno.

    Me senté a su lado con la tranca tiesa mirando a las nubes, y le pregunté:

    -¿Se va?

    -Aquí no pinto nada.

    -¿Qué es eso tan urgente que tiene que hacer?

    -Coger seis sacos de piñas.

    -Si me deja hacer algo, en media hora le cojo yo las piñas. Con el viento que hubo el monte está sembrado de piñas abiertas y cerradas.

    -¡¿A ti cómo hay que decirte las cosas, Flacucho?!

    -Mi polla no entiende de amenazas… Déjeme hacer algo.

    -¿Cómo qué, alma cándida?

    -Como que me deje comerle el coño. Me gustaría beber el moco de su corrida.

    -¡La madre que te parió, Flacucho! Ahora resulta que sabes comer un coño. No sabe mi marido y sabes tú. ¡Lo que hay que oír!

    -Si me dieran 100 pesetas por cada vez que se corrió… Ella, en mi boca, haría una casa, pero bueno, con que me haga algo para tirarme una paja, ya le cojo los sacos de piñas.

    -Vale, te enseño una teta, te haces una paja y después me llenas los seis sacos de piñas.

    -Mejor el coño, me correré antes.

    No me lo podía creer. La Bicha se levantó, miró alrededor, para cerciorarse de que no la veía nadie. Levantó la falda. Casi la mitad de sus bragas rojas se habían puesto negras con la aguadilla que fuera echando su coño. Bajó las bragas hasta las rodillas, subió el vestido y me enseñó el coño peludo. Al verlo, exclamé:

    -¡Diooos, que maravilla!

    Sonrió al ver mi reacción.

    -¿Te gusta lo que ves?

    -Mi verga ahí dentro haría maravillas.

    -Confórmate con mirarlo.

    Empecé a sacudir la verga mirando para su coño, del que caían gotitas de jugo. De mi meato también salía aguadilla. Le dije:

    -¡Quién la pudiera lamer!

    La Bicha abrió su coño con dos dedos. Se acercó a mí. Se agachó y me lo puso en la boca. Lamí un par de veces aquel coño, que estaba chorreando. Se le escapó un gemido y me lo quitó de delante. La Bicha, se subió las bragas y me preguntó:

    -¿Te gustó, Flacucho?

    -¡Me encantó!

    Pensé que La Bicha, a pesar de estar caliente a más no poder, no se quería correr, que lo que quería era que me corriese yo y le llenase los sacos de piñas. Se sentó a mi lado, y me dijo:

    -¿No querías besarme?

    Le pegué un morreo tal y como lo hacía con una prima mía, que se dejaba besar, magrear, que le follara el culo, y que le comiera el coño, aunque de follárselo nada, bueno, nada, de momento…

    Ocurrió algo que no esperaba. A la Bicha nunca la besaran con lengua, lo supe al acabar de besarla, ya que me dijo:

    -Eso que hiciste no es dar un beso, es, es, es babear.

    -Es un beso francés.

    -¿Y qué? Estamos en Galicia.

    -A lo mejor es que no se lo di bien.

    -Tutéame que me haces sentir vieja.

    Había que darle cera.

    -¿Vieja? ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y dos?

    -Casi aciertas.

    -Ya quisieran algunas jovencitas tener el polvazo que tienes tú.

    -En eso tienes razón.

    No dejé que se enfriase.

    -¿Otro beso? Trataré de dártelo mejor.

    -El último, y córrete ya.

    Le metí la puntita de la lengua entre los labios. Esta vez me la chupó. Después puso ella la suya en mis labios. Le chupé la lengua entera. ¡Bueno carallo! Al rato ya besaba ella mejor que yo. Cuando acabamos de besarnos, me dijo:

    -¿Pero tú no te ibas a correr, Flacucho?

    -Chúpamela. Me gustaría correrme en tu boca. Llenártela de leche y que te la tragases.

    -¿Y qué más, guarrillo?

    -Después te comeré las tetas, el culo y el coño hasta que me llenes tres veces la boca con el moco de tus corrida.

    -No sabes lo que dices. Yo sólo me corro una vez y no voy a dejar que veas como lo hago.

    Me arriesgué y volví a jugar con ella al juego que La Lagarta jugara con Fresita. Guardé la verga e hice amago de levantarme. Me preguntó:

    -¿Adónde vas?

    -A llenarte los sacos de piñas. Está visto que no quieres que te llene el coño de leche y, francamente, para hacer una paja, ya vi lo que necesitaba ver para hacerla a solas.

    La Bicha, picó, pero porque quería picar.

    -¿No me querías comer las tetas, Flacucho?

    -Y después el coño hasta que te corras. Y después…

    -Bájame la cremallera del vestido… o haz lo que te pida el cuerpo.

    La Bicha se echó sobre mis rodillas, Subió el vestido y dejó al aire las bragas empapadas. No quería que le bajase la cremallera. Quería otra cosa. Le bajé las bragas hasta las rodillas y con la palma de mi mano, ahuecada, le largué en aquellas tremendas nalgas.

    Me sorprendió. Gimiendo, dobló una pierna hacia delante, se quitó una sandalia, y sin decir palabra, me la puso en mi mano derecha. Le largué como lo había hecho ella.

    La Bicha se había puesto cachondísima.

    -¡Dame más fuerte, Flacucho!

    Me calenté y le di hasta ponerle las nalgas al rojo vivo.

    Abrió las piernas y vi su coño y sus muslos llenos de flujo. Le metí dos dedos en el coño y, mojados, se los llevé a la boca. Los chupó, y dijo:

    -¡Delicioso!

    -¡¿Querés más, bicha?!

    -¡Lo que quiero es que me des más fuerte!

    Le volví a dar, y con más fuerza.

    Sus gemidos me dijeron que se iba a correr. Aquella mujer era especial. No me iba a arriesgar. Si se corría una sola vez, lo más probable es que después de disfrutar no quisiera seguir. Paré de zumbarle. Le bajé la cremallera, le abrí el corchete del sostén, le lamí una oreja, y le pregunté:

    -¿Alguna vez te corriste dándote por el culo?

    -El culo es para cagar, cochino.

    -¿El coño es solo para mear?

    -Es diferente.

    -Sí, al follarlos se siente diferente. ¿Te folló tu marido el culo?

    -No, ni creo que tú puedas calentarme tanto como para que te deje encularme.

    Se sentó de nuevo en la hierba. Quedó desnuda de medio cuerpo para arriba. ¡Joder con la Bicha! Tenía unas tetas que parecían melones. Mis manos se posaron en aquellas maravillas con areolas marrones, grandes como rosquillas, coronadas con unos pazones, gordos, deliciosos. Las tetas estaban esponjosas. La Bicha se echó boca arriba sobré la hierba. Le magreé, las tetas, las lamí, las chupé. Bajé mi mano, le quité las bragas. Entré en el paraíso peludo y mojado. Le metí dos dedos. La masturbé. Mis dedos chapoteaban en su jugo. Estaba demasiado caliente. Sus gemidos eran escandalosos. Al ratito, La Bicha, me dijo:

    -Me corro, Flacuchim, me corro. ¡Me coorro!

    La besé. Sentí como su coño apretaba mis dedos. Después, abriéndose y cerrándose, y mientras me chupaba la lengua, gemía y temblaba, me llenó la palma de la mano con el jugo de su corrida… Saqué los dedos, y sin perder tiempo para que no se enfriase, metí mi cabeza entre sus piernas. ¡Qué coño tenía! Grande y abierto, con los labios hinchados y rodeado de una tremenda mata de pelo negro, en la que en la parte superior se alzaba, orgulloso, un monumental y erecto clítoris que estaba fuera del capuchón. Lamí aquel delicioso coño, empapado, aun latiendo. Llevé mi mano a su boca y dejé caer el jugo que quedaba de su corrida sobre ella… La Bicha lamía la palma de mi mano y yo chupaba su inmenso clítoris cuando sentí su voz. Parecía un susurro:

    -Aaaay.

    La bicha hizo un pequeño arco con su cuerpo. De su coño comenzó a salir de nuevo jugo que bebí mientras mi polla latía como el corazón de un caballo desbocado. ¡Pedazo de corrida echó! Yo ya había tragado unas cuantas corridas, pero aquella me dejó harto para un mes, y a La Bicha, fuerte como era, media muerta.

    Echada sobre la hierba, la besé sin lengua, la miré a los ojos, y le dije:

    -Te ves exultante

    -Lo estoy. Es la primera vez que me corro dos veces seguidas, Flacucho.

    -¿Te quieres correr otra dos?

    -Sí.

    Entre besos nos acaramelamos un poquitín. Al ratito me preguntó:

    -¿Subes?

    -Mejor ponte a cuatro patas.

    Me preguntó, extrañada:

    -¡¿Cómo la burra?!

    -¿Es que nunca follaste así?

    -A cuatro patas, no. Yo siempre follé panza arriba los veinticinco años que llevo casada.

    -Esa es la posición del misionero.

    -Ya lo sabía, y a cuatro patas, ¿qué posición es?

    -Se le llama la posición del perrito.

    -Pues habrá que probar… ¡Un momento! Tú lo que quieres es darme por el culo.

    -Sólo si tú quieres.

    -Ya te dije que no creo que me puedas calentar tanto como para que te deje.

    -Pues vale, te follo el coño.

    La Bicha se pudo a cuatro patas. Me puse detrás de ella. Le lamí otra vez el coño empapado. Del coño pasé mi lengua por el periné y por el ojete. Reaccionó al momento.

    -¡Ya estamos!

    Le volví a meter y a sacar la lengua del ojete, esta vez un par de veces, después hice numerosos círculos con la punta de la lengua sobre él. Acto seguido le follé el ojete más de veinte veces. Al final ya La Bicha echaba el culo hacia atrás para que la punta de mi lengua entrase en su ojete. Volví a lamer su coño. Me dijo:

    -Puedes seguir jugando con tu lengua en mi culo. Si te gusta…

    A quien le había gustado era a ella. Lamí desde el coño hasta el ojete, lentamente, e innumerables veces. En el recorrido, al meter y sacar la punta de la lengua de su coño y de su culo, se deshacía en gemidos, gemidos que llegó un momento en que me dijeron que se iba a correr. Hice círculos con mi polla en su ojete, le agarré las tetas con las dos manos. Puse la polla sobre el ojo del culo. Empujé hasta que casi entró el glande, la quité y se la dejé sobre el ojete, que se abría y se cerraba besando mi polla. Le pregunté:

    -¿En el culo o en el coño, Obdulia?

    -Llámame Bicha.

    -¿En el culo o en el coño, Bicha?

    -En el culo, pero sólo la puntita.

    La cabeza de mi polla entró en su culo, apretada, pero sin dificultad. Al tenerla dentro, me dijo:

    -Métela un poquito más… maaaas…

    Cuando mis cojones tocaron su coño, comenzó a mover su tremendo culo hacia atrás y hacia delante. Saqué una mano de sus tetas. Cogí con dos dedos su gran clítoris y lo masturbé como si fuese una pequeña polla. Poco después, me decía:

    -¡¡Córrete conmigo, Quique, córrete conmigo!!

    La Bicha se corrió como una loca. Cuando estaba terminando, le dije:

    -¡Ahí te va!

    -¡¡En mi coño, córrete en mi coño, cielo!!

    La saqué del culo y se la metí en el coño. La Bicha comenzó a temblar, y dijo:

    -¡¡¡Hooostiaaaas, lo que ahí tal viene!!!

    Viajaba mi segundo chorro de leche por su coño cuando La Bicha comenzó a correrse de nuevo. Se espatarró sobre la hierba y comenzó a reír, después a llorar, y acabó de correrse riendo.

    Cuando paró de reír, le dije:

    -Puede que te haya dejado preñada, Bicha.

    -No dejaste, las mujeres con la menopausia no quedamos preñadas. ¿Me echas otro polvo?

    -Claro qué sí, Bicha. Sube.

    Me miró con cara de extrañeza.

    -¡¿Quieras que te joda yo?!

    -Quiero.

    -¡Te voy a matar a polvos!

    -Mata.

    No fue la cosa para tanto. Cuando yo me volví a correr ya ella se había corrido tres veces más. Se ve que estaba muy necesitada.

    Tres meses duró mi aventura con la Bicha. Follábamos en su casa a cuatro y a cinco veces por semana y se corría entre tres y seis veces por sesión. La aventura acabó cuando regresó su marido. La alegría que se llevó al verla fue inmensa. La Bicha ya no era tal, era una Bichita, pesaba poco más de setenta kilos.

    A ver si esta vez comenta alguien más. Me canso de escribir y los comentarios son contados.

    .

  • Amante divino

    Amante divino

    Espero desnuda sobre mi colchón
    Tumbada de espaldas, piernas abiertas
    Mis tetas frescas como frutos de huertas
    Mi coño esperando tu gran espadón

    Tú, ya sin ropa, te acercas; son ciertas
    Esas frases dichas de ti, eres glotón
    Enseguida tu boca atrapa un pezón
    Mis mamas, de tu saliva cubiertas

    De tu cuerpo robusto siento el peso
    Tu erección, la noto, se abre camino
    Mi chocho húmedo y caliente da acceso

    Suspiro y grito, penetra el pepino
    ¡Ay, amor, ay!, ¿qué me das, tuyo es todo eso?
    ¡Me corro, qué gusto, amante divino! 

  • Waterloo: Preliminares

    Waterloo: Preliminares

    Mediados de diciembre, sauna Charriots en Waterloo, Londres. La madrugada del sábado era cuando más concurridos se encontraban los mudos y expectantes recovecos del conocidísimo local gay de la zona uno. Habiendo hecho un primer recorrido de reconocimiento al local y analizado y contabilizado; cueles eran mis posibilidades reales de satisfacer a un alpha negro, reserve una cabina por tres horas. Me acerqué al bar y me pedí un refresco; lo único aceptado en esa franja horaria de la madrugada.

    Surgida de la nada en el extremo opuesto de la barra, una proporcionanada y oscura silueta que voluptuosamente se dibujó firme; jugaba al escondite frente a mis ojos. Definiendo en cortos espacios de tiempo unas redondeces; que se adivinaron fuertes y duras o aparecieron tornasoladas y brillantes. Su rostro contrariamente me resultó muy difuso; solo el blanco de unos ojos medianos a veces se cruzó con los míos y en esa fracción de segundos; yo les quise hacer llegar mi deseado interés en despertar el suyo.

    El efecto de mis mensajes provocó al joven; y olvidándose del animado grupo al que momentáneamente pertenecía se me acercó. Un corto intercambio de saludos y de nombres, sirvió de inicio a una lluvia de chispas que tomó el control de nuestros ojos. Los míos llevan segundos resbalados por esa oscura piel negra; hasta mantenerme visualmente descarado manipulando ese pequeño espacio entre sus piernas. Un triángulo de blancos, negros y grises; que la sugerente toalla de una forma hipnótica me descubría o me prohibía. Resultaba un arduo trabajo recuperar el control porque esa lasciva geometría me mantenía enganchado; dando alas a un deseo que se volvió impertinentemente impaciente.

    Un sutil movimiento subrayó el poder, embrionario aún, al que yo anhelaba ser sometido. Una acompasada visión que me fue encendiendo poco a poco; a fuego lento, engrasándome la boca y dilatándome por dentro; contagiándome con una fértil sensación que me iba sometiendo. Mi recién estrenado compañero parecía complacido y en seguida tomo el control. Abriendo y cerrando sus piernas de manera mucho más evidente, permitió ir sugiriéndome cual podía ser el tamaño de su negro poder.

    Terminado el refresco mis labios se secaron; y en varias ocasiones no pude reprimir la necesidad de hidratarlos. La aprobación de mi gesto fue orgánicamente señalada; por los primeros latidos secuestrados bajo la fina lycra de lo que parecía era un minúsculo bañador. Apuró su refresco. Y transcurridos unos segundos construyendo silenciosas palabras en el dialogo insonoro que nos iba conectando, me tomo del brazo y empezamos un recorrido donde nos fuimos besando en cada rincón oscuro del local, que de repente me pareció de infinitas proporciones. Besos de lenguas húmedamente desbocadas, acompañaron a unas manos buscadoras de duros y prietos tesoros que delegaron el placer del descubrir, en unos avilés dedos de largos apéndices muy resueltos en compartir, el mutuo encuentro de tibios rincones escondidos en esas dos pieles de color tan diferente y deseos tan iguales. La sorpresa que iluminó sus ojos al detectarme castrado entro en el mundo de los vivos; dibujando una bonita e intrigante sonrisa en marcada por unos labios carnosamente seductores que de nuevo besaron los míos; que a veces mordieron los suyos.

    Cerró la puerta de la cabina ahogando así los comentarios del exterior y sentó a mi lado. Una de mis imantadas manos se pegó a esa pétrea y atrayente silueta de apariencia plástica. El calor que desprendía y sus acolchados y rabiosos latidos encerrados en la palma de mi mano; encendían mechas de futuros estallidos a un placer inacabado, que parecía agradar a los ojos enfrentados a los míos. Entonces habló de nuevo muy cerca de mi oreja derecha:

    —Voy a follarme duro a este culo de vicio que tanto reclama; pero solo cuando lo suplique el azul de tus ojos. Y ahora entre los dos alcancemos esa jugosa suplica.

    Los besos se entrelazaron de nuevo y con ellos llego la primera orden. Me acerqué la pequeña botella a las fosas nasales e inspiré dos largos tiros. Libres mis manos de la botella se deshicieron en caricias. Caminos de tacto y piel que confluían siempre en el voluminoso palpito negro, prisionero en esa fina y suave cárcel lycrada. Una u otra o las dos manos a la par; almacenaron los sexuales latidos súbitamente pronunciados y poderosamente autoritarios que me exhibió el muchacho, sin ningún tipo de pudor. Con un par de tiros más descendí hasta el suelo en silenciosa obediencia; y me quedé de rodillas entre sus duros muslos. Mis labios se entreabrieron como buscando aire y quedaron pegados sobre la lycra blanca; que abrigaba esa más que morcillona polla, cuyas crecientes y bombeantes dimensiones hacían rebosar partes de su brillante y oscura anatomía; que la fina tela del bañador del chico era incapaz de contener.

    Estas fueron de fácil acceso por los labios y la lengua de un servidor; que se deshidrataban en el caluroso deseo por complacer. Y este me templó y me fue preparando; lubricándome la boca al sembrar esa fértil y creciente necesidad por el cuerpo. Caprichosamente concentrada en mi cada vez más receptivo esfínter, que muy lentamente; había empezado a destilar ese mismo deseo primigenio constructor de húmedos latidos que asomaron a la vida de mi agujero; para deconstruirse en delicado lagrimeo por sus labios. El placer de sentirlos hincharse, me conecto directamente con la punzante y castradora realidad que interpelaba insistente entre mis muslos; y eso me excito. La presión constante que me amordazaba el sexo sensibilizó y aumentó el tamaño de mis rasurados huevos, transformándose en húmedo y rabioso bombeo entre mis piernas flexionadas. Y eso me trasformó.

    Dos nuevas y largas inspiraciones arquearon la espalda levantando mi trasero. Este parecía querer compartir el tibio deseo que se escapaba a bocanadas de mi lubricado agujero; con ese imberbe pollón negro que me tenía completamente sometido. El chico me estremeció lascivamente con las yemas de sus dedos al acariciar mi viscosa mucosa; y de nuevo descendí entre calidoscópicos vapores para quedar suplicantemente postrado con mi culo bien alzado.

    La sensación de viscoso calor y el sonido; los percibí al mismo tiempo y segundos después, el castrado y placentero tormento de sus táctiles caricias. Las paredes de mi encendido esfínter se engrasaron con los múltiples deseos; que las yemas de esos jóvenes dedos supieron esbozar en mi diluida mente. La vertiginosa y placentera sensación agarró mis manos a esos dos tobillos negros que flanqueaban mi cabeza. Esa buscada seguridad me relajo de nuevo y aún más; la mente finalmente esclavizo al cuerpo y el cuerpo. Quiso ser objeto.

  • La cara del placer

    La cara del placer

    Es tarde. Llevas unos bellos tacones de sandalia y un vestido verde hermoso. El vestido es corto y deja ver tus espléndidas piernas. No llevas Tanya, eso me ha tenido como loco toda la noche queriéndote meter los dedos. No llevas brasier y eso es un riesgo porque el escote del vestido amenaza con dejar tus senos pequeños, pero firmes y hermosos al descubierto. Estoy muy feliz de verte, tu sonrisa me die que tú también.

    Estoy sentado en el sofá, tú no puedes de la alegría. Creías que mentía pero todo es como lo dijo, todo es como lo soñaste. No te has desnudado y no hay necesidad. Se ve todo lo que deseo ver, el siente todo lo que debe sentir y tú estás satisfecha. Tu cara llena de placer, tus gemidos y la manera en que tus jugos caen hacia tus muslos y luego a los de él. Ese moreno te tiene loca, trajiste una regla para corroborarlo, 27 cm y gruesa. Te veo de frente y el vestido no cubre la imagen. Tú coño, se expande con cada embestida. Es hermoso ver ese contraste de pieles. Tú piel blanca y su piel negra. Luego un grito fuerte de él, su cuerpo se contrae también el tuyo. Te pellizcas un seno de placer. Se quedan por un momento estáticos y luego te ríes. Abres los ojos y me ves. Te levantas de tu amante, caminas sexy sobre tus tacones. Me besas y me dices:

    -Necesitas una mano con esa erección?

    Como negarse a esos bellos ojos verdes.

  • (3) Farsas desconectadas

    (3) Farsas desconectadas

    La miré fijamente, intentaba llegar al fondo de su mirada, buscaba respuestas, esto me parecía una encerrona y mi instinto me dijo que tenía que hablar con urgencia con Ventura, como ellos le llaman, algo no encajaba, todo demasiado fácil, y empecé a darme cuenta de que nadie nos molestaría.

    Una mujer frígida es debido a la familia, aunque es posible que la naturaleza tome el mando, pero por lo que me contó apunto a la familia, el padre es el señor feudal, la madre una sumisa que le obedece en todo, y tres hermanos.

    Los tres ejerciendo su poder de machos, por tanto ella como su madre, pero con el inconveniente de que los tiempos son otros, incluso siendo pequeña cuando la veían con los compañeros del instituto, la mandaban a casa de forma autoritaria, y apenas tuvo amigas en la infancia, no la permitían ir a la casa de compañeras hacer trabajos del instituto y el resultado fue evidentemente.

    – ¡Qué fuerte!, a mí solo me madre me exigió que me mantuviera virgen, pero no me explicó la causa y una pregunta, estoy intrigada ¿Qué sentiste la primera que se la metiste?

    – Fue diferente a cuando te pajean, ya que ella estaba desnuda completamente, ella si sabía y yo casi nada, por tanto éramos dos extremos opuestos.

    Pero si te diré que lo que más me impactó fue el sentir como me abría paso desde la entrada de la vagina, ya que sabía que me iba a ocurrir, estaba muy alterado y nervioso. Y una vez que llegué al fondo sentí como si fuera un abrazo cerrado, como si le envolviera, nada que ver con lo que sentí con la mano.

    – MC fue la primera mujer, una chica de pueblo de alta montaña, más fea no podía ser, sin embargo era una bella persona, buena como nunca vi, la gente la trataba con mucho respeto, parece que ayudaba a todo el mundo, sin nada a cambio, rechazaba detalles que algunos intentaban pagar.

    – ¿Es posible esa bondad? – Preguntó intrigada.

    – Pienso que todas las mujeres no son malas, eso que se dice es un mito, supongo que los hombres en general también lo somos, y si me aprietan un poco, aseguro que el humano es un ser maligno, por tanto nada que echarnos en cara.

    MC es diferente a todas las mujeres que he conocido, llegué a ella debido a la escritura, ella tenía mala letra y su cultura era mínima, y decidí ayudarla, al principio se mostró remisa debido a que trabajaba todo el día, en el restaurante familiar, regentado por sus tíos, sin embargo conseguí producir cambios en su vida.

    – Eso que dices puedo asegurarlo, sin hacer nada por tu parte, estás cambiando la vida de nosotros cuatro.

    – ¿Yo?

    – Sí, tu. No te das cuenta del alcance de tus decisiones, si no hubieras entrenado en el río, no estarías aquí.

    – ¿Es malo pensar?

    – No, pero deberías haberte negado a venir, esa es la decisión que ha producido este cambio, mejor dicho, estos cambios.

    – Eso se puede arreglar – Respondí molesto.

    – ¡Ya!, ahora das marcha atrás sin habérmela metido.

    Me dejó sin palabras, ella había tomado ya una decisión.

    – He pensado que debo empujarte, aunque he perdido interés por la foto, estoy pensando que me la metas ahora mismo, y olvida a mi familia, no vendrán ya que suponen que vamos a follar y seguro que se marchan a comer por ahí.

    – ¿Y esta urgencia?

    – ¡Vamos tío!, estamos desnudos y tenemos una cama en condiciones, también hace buena temperatura. ¿Qué más necesitas?

    – Que dejes de empujarme. Y me gustaría que me explicaras como quieres y manera de ser desvirgada.

    – ¿Cómo si fueras un autómata?

    – Sí, exactamente eso, que no tenga que pensar.

    – ¿Utilizarías algún ungüento para penetrarme a saco?

    – Eso lo decides tú.

    – Empiezo a comprender, esto es como una obligación y empiezo a pensar que no soy de tu agrado, ni física ni psíquicamente ¿es así?

    – Tienes prisa y te da igual el procedimiento.

    – ¿Te pasó lo mismo con MC?

    – No, a pesar de mi ignorancia, esa pueblerina tuvo y tiene mis respetos. Fue un beso casi robado, ya que al principio rehusó separar los labios y fue la llave de acceso. Cuando lo conseguí, ella se puso muy nerviosa a pesar de que fue un beso de ignorantes, más ella que yo, el morrearse no es tan complicado al principio, pero a ella la turbó, y la noche siguiente, mientras me ponía un café, me confesó que sintió mojada y una sensación de calor en el vientre, se alteró de tal forma que aquella noche apenas pudo conciliar el sueño.

    – Dispuesta, eso fue lo que conseguiste, pero ella no supo verlo, como yo ahora, además me jode que me hables de otras mujeres, no te dije que soy muy celosa.

    – Después de cerrar, le dijo a su tío que íbamos a dar un paseo y que en diez minutos volvía, me miró ceñudo pero no dijo nada y salimos al frío de la noche, casi la una de la madrugada, volvimos al mismo lugar de la noche anterior, en la entrada trasera del restaurante, fuera de la vista de todo el mundo, esa entrada daba al campo a una zona arbolada y – me cortó.

    – ¡Ya! No te anduviste con remilgos y se la metiste.

    – No, no soy tan burro, no, ella quiso mejorar el beso y que había puesto oposición, a pesar del temor, ya que pensó que venía después del beso.

    – ¡Qué paleta! – Exclamó.

    No, yo no pensaba que se alterara más, ya que estaba muy nerviosa, y nos besamos, esta vez sí conseguí que su lengua dentro de mi boca y se alteró más de lo que pensaba, no sabía respirar. Le expliqué como hacerlo y poco a poco se fue tranquilizando.

    Y en un momento de respiro le pregunté si estaba mojada, asintió mirando al suelo, le dije que había que dar un pequeño paso adelante y me miró alarmada, le dije que solo soltarle el sujetador, se envaró y preguntó que había después, le dije que nada más, mis manos estarían en su espalda, nada más.

    Me confesó que estaba aturdida y se encogió, dijo que estaba sudando ante el temor que la dejara embarazada, se temía lo peor, que la iba a follar sin más.

    Le dije que no, que eso solo estaba en su cabeza, en realidad mi intención era acariciarla los pechos, y de su respuesta seguir o no seguir.

    Ante mi silencio, aceptó y solté el sujetador, cuando mis manos se posaron en su espalda se envaró de nuevo, estaba más tensa que la cuerda de una guitarra, y cuando mis manos sujetaron sus pechos, tembló, se encogió soltando aire, escondió en gemido, le pregunté que sentía, dijo que algo desconocido, parecido al gusto pero luego se cambió a algo desagradable.

    Rocé sus pezones, y ella gimió cubriéndose la boca con una mano, de nuevo se encogió, y pregunté si la gustaba, dijo que no sabía, ese gusto se transformaba y le producía miedo, y que estaba pecando.

    Eso me dejó atónito. Yo pensaba que iba por el buen camino, pero habíamos topado con la iglesia, eso sí que era un problema grave. Solté sus pechos y le puse el sujetador en su sitio, ella respiró aliviada.

    El pecado tuvo lugar en la parte trasera del coche de su tía, apenas le movía, y fue un lugar muy escondido, el coche tenía una fina capa de polvo, le dije que procura no rozar la carrocería, de esa forma no se darían cuenta de que habíamos estado allí, y volvimos en silencio hasta la puerta de entrada al edificio, al portal.

    Me dijo que estaba muy conmocionada, que la diera tiempo y que la diera tiempo, que no viniera esa noche a tomar café, estaba muy aturdida y confundida, dijo que había sentido algo duro en su pierna, y le daba que pensar.

    – No me lo puedo creer – Dijo riendo.

    – No me sorprendió, hay que comprender a la gente de los pueblos, no es como en las ciudades, y los tabúes son complicados de resolver.

    – Eso es anticuado, ya no se lleva.

    – Te equivocas, en la capital, hubo chicas con determinados problemas, algunas contaron que espiaban a sus padres, y vieron el sexo desde afuera.

    – No entiendo el problema.

    – Es sencillo, si no tienes nada de información en tu cerebro, es decir, que sepas de que va el sexo, esa visión de sus padres puede provocar cierto resentimiento en su sentir. Puede ver cierta violencia en las embestidas y ese gemido de su madre puede ser traducido como daño, quejido, que es fácil de confundir.

    – Es posible, pero no comprendo que sus amigos no hayan visto porno, eso es de principiantes.

    – No te equivoques, la familia es un problema en ese sentido, ciertos tabúes incluso ahora. Por otro lado ese miedo al dolor de la primera penetración, a todas las pregunto por su primera vez, y pocas me respondieron, corren un tupido velo impenetrable, por tanto deduje que el debió de ser un cretino.

    – Y ya que hablas ¿Y tú?

    – Yo solo he desflorado a tres, entre los 26 y 35 años, y procuré que ella me montara no yo a ella, ¿lo entiendes?

    – Si, tu debajo y ella encima, ¿eso harás conmigo?

    – Sí, no quiero dejar detrás de mi ciertos traumas, y menos con tus prisas.

    – Hay algo que me tiene sorprendida en cierto modo, otro ya me hubiera follado varias veces, se de algunas experiencias de mis amigas, pero tú eres demasiado precavido, lo que hace pensar que follas poco.

    – Es posible, aunque no entiendo que haya una ciencia exacta en la cuantía de mucho, normal y poco, todo depende de ella, tú no puedes obligarla.

    – Te resistes y me gustaría que dijeras la verdad.

    – Es obvio, tus padres pretenden casarte y yo no estoy por la labor, y si te follara como tú dices, ellos pueden presionarme con tan solo decir que hubo violencia, y se me iba a caer el pelo de lo que se me vendría encima.

    – ¿Quieres saber la verdad de la verdad?

    Dejó de mirarme y me dio la espalda, miraba los tejados de los edificios cercanos. No respondí.

    – Tu silencio le traduzco en afirmativo. Debes saber que todo partió de mi hermano, en el fondo te envidia debido a tu frialdad tomando decisiones, y nada era capaz de distraer tu atención, del resto pasabas y casi siempre contaba cosas de ti, vi que en el fondo te envidiaba por tu forma de ser, dijo que le gustaría ser como tú. ¿Cómo eres de verdad?

    – Tu hermano está confundido conmigo, soy una persona llena de temores, miedos y sobre todo inseguro, y peleo, lo hago contra mí mismo, y eso me lleva a estados terribles, pesadillas en la noche.

    Se volvió y vi en su mirada sorpresa.

    – No te creo, dijo que eres frío en muchos aspectos.

    – Ahí me escondo, son mis escudos y contigo los tengo levantados, no sé qué encierra ese polvo. Seguro que si follamos y luego lo niegas, tu madre dice que quiere ver si te han abierto la puerta o no.

    – No se atrevería – Dijo cierta duda en su tono – ¿Y esto a que nos lleva?

    – Podemos hacer algo como esto. Ocurrió una tarde que iba a visitar a una amiga al hospital, lo hago todas las semanas que puedo. Y aquella tarde fui como todos los jueves al hospital, una caída en la calle, esas tonterías que nos parecen, sin embargo se ha dañado una rótula y es complicado de soldar.

    Poca gente por los pasillos, algo que agradecí ya que este hospital tiene demasiados ruidos.

    – Llamé a la puerta con la punta de los dedos y cuando iba a abrir, la puerta se abrió sola, pero no, una mujer bajita era la que había abierto, me miró sonriendo y se volvió mirando a mi amiga, diciendo.

    – Como dijiste, aquí está, es puntual como todos los jueves, tienes un buen amigo.

    Y se hizo a un lado dejándome el paso libre. Entré y ella salió cerrando la puerta despacio.

    – ¿Quién es?

    Pregunté sorprendido por sus palabras.

    – Es de una sociedad o algo parecido que ayuda a los enfermos, les hace compañía y ayuda a los que no pueden valerse por sí mismo, y ha venido a ofrecerme los servicios de su secta o lo que sea.

    Lo cierto es que no me sorprendió cuando le trajeron la merienda me marché tal y como hacía siempre, es una forma de escapar ya que los hospitales me dan mucho miedo como los médicos.

    Salí al pasillo, solitario y anduve deprisa hacia la salida, pero en el primer cruce de pasillos en perpendicular me detuve, la mujer que estaba en la puerta de la habitación me interceptó, sentí cierto desasosiego por su proximidad.

    – Disculpa un momento, es que tu amiga me ha hablado de ti y tengo un problema, quizás puedas ayudarme.

    Dijo mirándome a los ojos fijamente.

    – Dudo que pueda ayudarla, no soy médico.

    – No, no se trata del hospital, se trata de la presidenta de la sociedad, tiene un problema muy íntimo y nos han aconsejado encontrar a un tipo especial de persona.

    – Yo soy normalito, muy normalito. No pasé por la universidad por si le sirve.

    – No, eso lo sé, le voy a dar un detalle, seguro que lo entenderá. Talia, la presidenta es joven, acaba de sustituir a su madre, y tiene un grave problema, quiere tener una hija pero antes debe encontrar a varón adecuado.

    – No entiendo nada, pero repito, soy normalito, del montón y para más detalle vulgar, sin conversación, mi apodo es el mudo, así me llaman mis amigos.

    – Lo sé, su amiga me lo ha dicho, y precisamente ese es una de las características que ella quiere en el hombre que la insemine, aunque hay más.

    – Repito, no soy el hombre indicado, además mis ancestros han tenido problemas basculares, mala herencia, yo tengo la intención de no dejar descendencia.

    – Eso me lo dijo tu amiga y es otra característica necesaria, una de la más importante.

    Guardé silencio, podía estar haciéndome hablar y utilizar mis palabras.

    – Hay dinero por en medio, mucho dinero, quizá eso le mueva a probar.

    – Tampoco me interesa.

    – Le voy a contar un secreto, lo que he sentido cuando entró en la habitación, debido a su proximidad. Desprende fuerza interior, determinación y además no vi atisbos de falsedad, y si es tan amable respóndame ¿A que siempre dice lo que piensa?

    Su sonrisa hizo que levantara todos los escudos. Me tomé mi tiempo ya que algo se revolvía en mi interior.

    Me está empezando a asustar, no me gustan las personas de las sectas.

    Me miró con gesto contrariado, había enrojecido levemente.

    – Escucha, no somos una secta, no cobramos nada a nadie, disponemos de recursos suficientes, y además hacemos muchas donaciones para los necesitados. Esta información puedo dejar que la veas, y además esto es un tema particular, y lo que me sorprende es que pongas pegas para echar un polvo.

    – No dispongo de medios para la manutención de nadie, mi sueldo es 1.280 € y no me llega muchos meses.

    – Ya te he dicho que nada tendrás que pagar, será todo lo contrario, incluso podrás ponerle precio a cada polvo que la eches, hasta que la embaraces.

    Mi respuesta fue silencio, su mirada era calculadora, estimaba su nivel de profundizar en mi cerebro, ver un resquicio por donde asegurar mis dudas a su favor.

    – ¿Tendré que hacerme pruebas en el hospital?

    Mi tono era evidente, estaba buscando puntos negativos para reforzar mi rechazo a entrar en ese juego.

    – No, pero a cambio si tendrás que pasar una prueba, y no se trata de extraerte sangre ni nada parecido, más bien todo lo contrario, la prueba se parece mucho al instinto animal.

    – No lo comprendo.

    Estaba fuera de juego.

    – Suponte que estás acostado en un diván, un enorme diván donde caben cuatro cuerpos. Estás desnudo y no te has duchado, es decir, que llevas encima la transpiración del día, además en la habitación hace calor, por tanto empezarás a transpirar.

    – Y es cuando empieza la prueba del instinto, ya que primero entro yo, desnuda, y nuestros cuerpos se rozaran, veremos reacciones, y a partir de ahí sucederán cosas que no sabemos, no hay una ciencia exacta.

    – Si debo informar de tu físico, de los saborcillos que tengas en algunas partes de tu cuerpo, así como ciertas medidas y formas de procedimientos, cuando sometes a una mujer estando entre sus piernas separadas y con la pelvis elevada, de esa forma ir mejorando las penetraciones simultaneas, así como de la armonía entre los dos cuerpos, y poder informar de las sensaciones que produces.

    – Supongo que las habrás pasado todas, y yo me sentiré muy satisfecha de tus iniciativas, por tanto informaré a la presidenta. He hablado con tu amiga, y me ha contado como te la follas, con todo lujo de detalles, ella si ha aceptado el dinero.

    – De la presidenta, solo te diré una cosa, la primera. La habitación estará oscurecida, entrará desnuda y te hará la primera prueba, marcar su territorio, es decir, marcarte como propiedad, no podrás acercarte a ninguna mujer hasta que hayas terminado tu cometido, inseminarla tantas veces como sea necesario hasta conseguir su proyecto, una hija.

    – Ella sabe que me lo dirás.

    – Sí, supongo que sabes que la van a despedir de su trabajo, lleva mucho tiempo de baja, y eso ha hecho que se inclinara la balanza a nuestro favor.

    – Sí, es verdad y entiendo que es comprensible por su parte.

    – Ella me dijo casi las mismas palabras que has pronunciado, dijo que eres muy comprensivo, no eres de los tipos que están poniendo pegas a todo, incluso para echar un polvo, que este no es tu caso.

    – ¿Y cuándo empieza esto?

    – Ahora, tengo la llave de un almacén de la planta sótano, apenas se utiliza ya que en ese almacén guardan las cosas que se van quedando atrasadas, y además tenemos ayuda de una de las mujeres de la limpieza, montará guardia hasta que salgamos, ella nos hará la señal, además no hay cámaras en ese pasillo.

    – ¿Y en que consiste esa prueba?

    – Conseguirme un orgasmo, y le valoraré, también te diré mi escala de valores en ese sentido, lo digo por si puedes mejorar mis costumbres.

    No perdió tiempo, utilizó el móvil y descendimos a la planta sótano, había ciertos ruidos, calor y vibraciones de maquinaria, y la vimos, estaba junto a una puerta. Entramos sin cruzar palabra alguna, ella guardó la llave que echó nada más entrar.

    La única luz que había era las de emergencia y debajo de una de ellas había una camilla, las dimensiones superiores, y me llevó a ella de la mano.

    Se desnudó deprisa, yo lo hice más despacio, se recostó en la camilla separando las piernas y me dijo.

    – Nuestra conversación ha hecho que me mojara, compruébalo – Dijo conteniendo el aire.

    Desnudo me acerqué a ella, los dedos de la mano derecha, juntos los introduje entre los labios mayores de su vulva, ella gimió. Era verdad, y el penetrador empezó a reaccionar, su mano le atrapó, cerró los dedos en su torno, pero no hizo nada, supuse que calibraba la erección.

    – ¿Qué quieres que te haga?

    Pregunté de forma impersonal.

    – Hazme cosas para que pueda correrme.

    – ¿Algo en especial?

    – Sí, coge un puñado de gasas y sécame por fuera y por dentro y después penétrame, métemela hasta dentro de un golpe.

    Y así lo hice. Entré y salí dos veces seguidas de su vagina, la tía gritó cerrando sus garras en mis costados, me calvaba las uñas con fuerza, y me detuve.

    – ¿Te gusta así?

    – Sí, casi me corro de gusto, y es buen comienzo. Gana puntos y cuando termine este asunto, te contrataré como follador oficial de la organización a sueldo con incentivos.

    Mantuve el penetrador dentro, inmóvil, pero movía los músculos internos del penetrador, imitando el espasmo muscular que hacemos al eyacular.

    Y no fui un caballo de carreras, aunque mis dedos tenían apresado a su clítoris, era un rígido cordón endurecido. Al oído murmuraba que más fuerte en las envestidas, y echando la cabeza hacia atrás gritó, sus uñas se clavaron con fuerza y empujó cuando yo la penetraba, mordió mi hombro soltando un ronquido, me dijo suspirando.

    – Ya no puedo aguantar más, detén tus dedos.

    Sentí su eyaculación, y detuve mis dedos como ella pedía. De su vientre me llegaron estremecimientos seguidos y ella temblaba gimiendo, mordió mis labios despacio a la vez que se apretaba contra mi cuerpo, babeaba sin darse cuenta y me detuve.

    Minutos después su respiración se fue estabilizando, aunque tenía esas pequeñas sacudidas que parecían la réplica de los orgasmos conseguidos y me dijo algo más calmada.

    – Estoy flotando, incluso algo confundida, nunca me habían llevado a este nivel de placer.

    – ¿Quieres más?, es el mejor momento, estás eyaculando y es la señal para subir de nivel.

    – ¿Eyaculando?, no lo sabía.

    – Si, tu vagina es muy deslizante, es diferente a la humedad del principio, ¿quieres una felación clitoriana?, es el mejor sistema.

    Suspiró de nuevo y tragando saliva respondió.

    – No sé lo que dices, supongo que te refieres a chuparme le clítoris ¿es eso?

    – Si, algo así.

    – No creo que lo aguante, estoy fuera de control, es mejor que termines, parece que ha pasado muchos tiempo y el lugar donde estamos no me parece el adecuado para después echarme una siestecita.

    – De acuerdo, terminaré.

    Y salí despacio, salí del todo, quería que nuevamente sintiera la entrada del glande y como a su paso apartaba el anillo vaginal, y de nuevo gimió clavando las uñas, se aferraba con fuerza y de nuevo su respiración se aceleró.

    – ¡Vamos! ¡Vamos! métemela más deprisa.

    Y ella empezó a provocar un choque, aunque yo procuraba que hubiera cierta armonía en el movimiento, pero no ella quería fuerza en el choque ya que llevaba el empuje cambiado.

    – Estás a punto de ser inseminada.

    – Ve despacio, quiero sentirlo.

    Y entré hasta el final y allí eyaculé sin moverme,. Ella se quedó quieta y seguía enganchada a mi cadera con sus uñas, su cuerpo pegado al mío.

    – Que gusto, siento pulsaciones de tu polla y algo de calor, tu semen está algo más caliente, me gusta esa sensación que siento con esas pulsaciones.

    No dije nada y lentamente fueron desapareciendo esas pequeñas sacudidas, aunque su cuerpo tenía un ligero temblor.

    – Siento como escapa el semen de la vagina.

    – ¿Mancharemos?

    – No te preocupes, está protegido contra la humedad.

    – ¿Y ahora? – Preguntó ya calmada.

    – ¿Me aparto?

    – Sí, pero antes un acuerdo particular entre tú y yo, fuera de todo lo que te he contado.

    Iba a apartarme, salir de su vagina, pero cerró la tenaza con sus piernas y me impidió el movimiento.

    – ¡Quieto donde estás!, estos minutos no tienen precio. ¿Sabes lo que es caridad sexual?

    Me dejó perplejo, no supe ver por dónde iba.

    – No, explícamelo.

    – Verás, se trata de enfermos terminales, ellos requieren sexo y algunas de ellas también, son ancianos y debes comprender que saben de la proximidad de su muerte, ellos con su pene flácido del todo, pero se le puede proporcionar placer dejando al descubierto el glande, y con un aceite especial darle un masaje muy despacio, los informes son sorprendentes, esa flacidez cambia, el glande cambia del color casi blanquecino al rojo tirando hacia el granate y el anciano gime y mueve su pelvis un poco, y cuando ya no puede más pone su mano encima de la de la chica apartándola.

    – No lo sabía – Respondí sorprendido.

    – La sociedad lo rechaza, sin embargo se ha dado un paso adelante ya que miran para otro lado, y estamos seguras que piensan cuando les llegue la hora y hay más, los que disponen de mucho dinero, pagan dinero porque les hagan felaciones, nada de aceites, la boca de una chica joven.

    – ¿Y ellas? – Pregunté sin imaginarme nada.

    – Poco, muy poco. Algo parecido con su clítoris, no se ha dado ningún caso de penetraciones.

    – ¿Y este rodeo donde me lleva?

    – Una de esas chicas, quiere follar pero con alguien conocido por la sociedad, un recomendado, que ella sepa que no corre peligro alguno.

    – ¿No sabe buscarle?

    – Es tímida.

    – Pues no lo entiendo con asunto de los viejos.

    – Suponemos que fue monja o algo parecido, quizá su formación la cerró muchas puertas.

    – ¿Y ahora dime la causa verdadera?

    – No debería, puede influenciarte.

    Su tono cambió, parecía cauteloso.

    – Dime que ganaré y esa realidad que escondes.

    Gimió pegándose a mi cuerpo.

    – Tío, que extraña sensación estoy sintiendo, tu pene se retira por su cuenta, está perdiendo la erección.

    – ¿Otra sorpresa?

    – Sí, eso no lo han sentidos muchas, te lo aseguro. Es igual que al principio, otro día te lo mostraré. Primero se trata de conseguir esa media erección y de esa forma entrar en la vagina, es decir, tan solo el glande está dentro y luego moverse muy despacio, pausa y sentir como lentamente va creciendo por dentro.

    – Eres un saco de sorpresas, pero volvamos al tema. Entiendo que debo decirte todo. Esta mujer tiene pensado terminar con su vida, por eso está haciendo eso, como si fuera una forma de hacer buenas acciones, caridad.

    – Y quiere conocer varón, quiere saber eso que dicen que es pecado, que eso solo se hace dentro del matrimonio, fuera de él es pecado.

    – Vaya tontería ¿Y qué tengo que hacer?

    – Un buen trabajito, fóllatela como me has follado a mí.

    – Eso no es posible, tú estabas receptiva, no, muy receptiva, que es lo que les falta a la mayoría de las mujeres, pienso que es una cuestión de mentalizarse.

    Me miró largamente, a pesar de la penumbra podía ver su mirada.

    – ¿Y cómo la hago receptiva?

    – Cuéntale lo que sientes en el sexo.

    – ¿En el sexo? – Tono de extrañeza en su tono.

    – Si ¿recuerdas cuando me has dicho que tenías sensación de flotar?, era la sensación de placer sostenido, y en ese momento comienzas a correrte, como tú dices, pero eyaculabas y cuando echas ese fluido diferente, que es muy deslizante, es que has llegado a un nivel superior, es un orgasmo de carácter superior.

    – No sé si lo entenderá – Dijo dudando.

    – No es conveniente un choque, es decir, follarla en frío, precisa de un rodaje, modificar sus creencias.

    – ¿Qué sugieres?

    – Yo lo primero que haría es que viera a parejas follando.

    – ¿Así de simple?

    – Si, llevarla al mundo del sexo, incluso que vea a mujeres pajeando a hombres y viceversa.

    – ¿Cómo lo harías tú?

    – En la oscuridad total, ella vestida y yo desnudo, y que tanteara con las manos.

    – ¿Sentir como crece? – Dijo riendo.

    – Algo así.

    – ¿Y después?

    – Que ella se desnude y me deje hacer lo mismo.

    – ¿Esto se lo puedo contar?

    – Sí, pero antes de todo eso, debemos conocernos, incluso ir a comer solos, una tarde de mirar lencería de clase superior, no se trata de complicarla, y dejar al destino que haga su trabajo.

    – No lo entiendo.

    – Es una táctica de aproximación, y la estrategia es la proximidad de nuestros cuerpos, de forma forzosa y para que eso ocurra, no hay nada mejor que el metro.

    Yo la llevaría al metro, en hora punta, nuestros cuerpos estaría juntos y algunas veces la proximidad tiende puentes, y Vetiver de Puig, mi fragancia, hace su trabajo, lo he comprobado muchas veces.

    – No me suena esa marca.

    – Ya no existe, desapareció en 1999, pero antes recorrí todas las perfumerías comprando todas sus existencias, para mí es como el oro, gotas tan solo, en mi cuerpo hay gotas, finas gotitas pulverizadas.

    – No me he dado cuenta.

    Y empezó a olisquearme el pecho.

    – No tía, no, hay que saber, esas gotitas pulverizadas solo las pongo en las axilas, esa es la acción y la reacción es mi transpiración, juntas forman ese imán, está probado al milímetro y para más detalle, tengo una encuesta, la hice antes y después, y el metro es el mejor lugar para eso.

    – ¡Joder tío!, me dejas pasmada.

    – Mete la nariz en mi axila y piensa antes de responder.

    Y obediente metió la nariz en la axila izquierda, olisqueó haciendo ruido y luego probó la otra, se separó un poco, me miró haciendo un gesto aprobatorio y de nuevo su cabeza volvió a la axila izquierda, sentí su lengua, humedeció completamente la axila y de nuevo me miró.

    – ¡Joder! ¡Es verdad!

    – ¿Y…, por qué has utilizado la lengua? –

    – Es un dato para mi instinto femenino. He tenido una reacción inesperada Mis pezones de inmediato se han endurecido, y la erección de todos mi poros. Por tanto la consecuencia de tu táctica es que me eches otro polvo.

    – ¿Entiendes como puede ser el principio?

    – Puede ser, se lo contaré. Incluso te la presentaré yo misma.

    Varias veces negué con la cabeza despacio.

    – No, quedaremos en un lugar solitario, un parque, un lugar poco transitado, que ella me vea antes y decida, podemos ser incompatibles.

    – ¿Y qué lugar sería el adecuado?

    – Pues pensando un poco, un puente azul, ese puente cruza la M-30, detrás está el pirulí de TVE, parte de un parque de color azul y el otro lado es otro parque. Ella estaría en el pequeño parque infantil también de color azul, y yo apareceré por el otro lado de la M-30, iré en su dirección y pasaré por su lado, y es el tiempo que ella tendrá que pensar si es si o es no.

    – No está nada mal esa idea, además de diferente, es atractiva desde mi punto de vista.

    – Hay un bonito parque muy cerca, si todo va bien, allí romperemos el hielo, esa sensación de dos desconocidos al encontrarse y lo peor es el agravante que lleva, que el fondo del asunto es un polvo.

    – ¿Y después?

    – Depende de lo que sienta y vea de ella, puedo emplear el juego de cartas, es simple es sistema. Concretar a la vista de los dos, es decir, darle largas debido a dudas, o ser pragmáticos, ir al asunto directamente.

    – ¿Y cómo iréis por la calle?, debe ser algo fuerte tener a un desconocido que va a asaltar tu cuerpo.

    – ¿Así te has sentido tú? – Pregunté sorprendido.

    – No es el mismo caso, yo jugaba en mi campo, ella no.

    – ¿Y de dónde te has sacado que no juegue yo en el suyo, donde ella decida?

    Se apretó más contra mi cuerpo, su cabeza quedó debajo de mi barbilla y aflojó la tenaza.

    – Llevas razón, la iniciativa era mía, pero me has echado un buen polvo, y de nuevo te doy la razón somos dos desconocidos y estoy sumamente agradecida por el bienestar que siento, desmadejada un poquito pero con un fondo de placer que se aleja.

    Separó las piernas y cambió de postura, con su mano izquierda cogió el penetrador empequeñecido y le apretó levemente, agachó la cabeza y posó sus labios en él, y con la lengua y ayudado por los dedos echó para atrás el prepucio, después pasó la lengua por el glande, juntó los labios y se le metió en la boca, esa cosa pequeña, que despertaba lentamente y su lengua se movió por debajo del penetrador.

  • Me lo monto con una ex (Parte 1)

    Me lo monto con una ex (Parte 1)

    En esta serie de relatos os contaré una serie de encuentros que tuve con una ex. Obviamente son relatos que, aunque en su germen tienen algo de realidad, están recubiertos de ficción para hacerlos más morbosos y para proteger además nuestras identidades. Espero que os gusten.

    No soy demasiado futbolero, pero un día mi hijo salió del cole diciendo que quería apuntarse “al fútbol” con sus compañeros del cole. Os traduzco: quería apuntarse a las escuelas de fútbol que impartía, por las tardes, un club de la localidad. Yo lo veía, y lo sigo viendo, muy pequeño para ir corriendo detrás de un balón. Me lo imaginaba recibiendo balonazos y con una pierna rota de una patada… pero bueno, terminamos apuntándolo. Le compramos unas botitas de fútbol del número 29 de un color tela de llamativo (las modas) y ahí que iba él dos tardes a la semana a “entrenar”. Meto lo de entrenar entre comillas porque realmente no sé si ni usar esa palabra. Lo que hacían era llevarse tres horas a la semana corriendo como posesos detrás de la pelota. Pero él se lo pasaba genial. Y por la noche dormía, encima, como un tronco.

    Al poco se nos dijo que la Diputación iba a realizar una especie de torneo provincial y que los niños (y niñas que también había) irían a jugar por diferentes pueblos cercanos. A las dos tardes de entrenamiento se le incorporó la mañana del domingo.

    Así que os resumo. Dos tardes a la semana viendo al niño correr tras la pelota desde la grada del campo de fútbol, y la mañana del domingo visitando las localidades cercanas y viendo hacer lo mismo en otros campos.

    Sirvió todo, eso sí, para conocer gente. Niños de otros colegios que compartían con mi hijo los entrenamientos y el fútbol y sus padres que los acompañaban. Incluso abuelos.

    Llevábamos un par de meses así cuando ella apareció. Paula había sido mi novia en los tiempos del instituto. Fue una relación corta, de unos meses de verano. Y lo cierto es que amor hubo poco, pero sexo… mucho y descontrolado. Recuerdo con una sonrisa como le gustaba follar en la calle y como la comía. Se había casado y tenía, visto lo visto, un pequeño de la misma edad que el mío. Yo ni lo sabía pero me gustó verla. Y con eso de la ley de Murphy al poco tiempo encima se hizo amiga, o por lo menos compañera de grada, de mi mujer. Obviamente tanto mi mujer como el marido de Paula ignoraban nuestro pasado y yo, por mi parte, tampoco decía nada.

    Me vi más de un domingo tomando cervezas con el marido de Paula mientras ella y mi mujer miraban a los niños correr tras el balón en algún campo de Carmona, de Alcalá de Guadaira o del Aljarafe. Llegó el punto típico de compartir coche para las salidas futboleras e, incluso, de quedar alguna tarde para ir al McDonald’s con los críos y los cuatro.

    Que una ex estuviera tan metida en mi vida actual era una cosa rara, pero me resultaba muy morboso y albergaba el profundo deseo de poder tirármela como en los viejos tiempos.

    Y ocurrió

    Fue un domingo en un desplazamiento hasta la localidad de El Viso del Alcor. Habíamos salido de la nuestra en los dos coches y habíamos aparcado, un coche tras otro, en la zona trasera del campo de esa localidad. Es un campo de fútbol de césped artificial y un pabellón deportivo. Como digo allí aparcamos los dos coches: el de ellos es un Seat Ateca realmente impresionante.

    Los niños estaban ya allí, pues habían salido en bus todos juntos. Los vimos entrenar y calentar antes del partido, que estaba puesto para las 12,30. Cuando empezó ya tenía yo la primera Cruzcampo en la mano. En el primer tiempo me tomé un par de ellas hablando con otros padres y madres y viendo como los niños corrían tras el balón. Llegó el descanso. En ese momento mi mujer mi pidió que fuera al coche a coger del maletero una bolsa con ropa que le iba a dar a otra madre que estaba allí. Terminé lo que me quedaba de cerveza y fui al coche. Salí del campo de fútbol y rodee el pabellón. Cuando llegué a los coches vi que Paula estaba allí también, luchando por meter algo en su propio maletero. Me acerqué y vi que era una bici pequeña.

    – ¿Necesitas ayuda?

    – Ah! Gracias. Te lo agradezco. Es que me deje la bici el otro día en casa de otro niño y me la han traído en su coche hoy, pero no consigo meter la puñetera aquí -me contó haciendo esfuerzos para encajar la bici en el maletero.

    Me acerqué y vi que el problema es que en el maletero ya había bastantes cosas. De todas formas entre los dos conseguimos hacer algo más de hueco y meterla dentro. Mientras lo hacíamos mi cuerpo se rozó un par de veces con el suyo y parecieron saltar chispas. Me puso cachondo perdido eso de rozarme con ella. Recuerdo que llevaba unos leggings negros que se le quedaban algo por encima del tobillo y una sudadera de nuestro equipo de fútbol. Debajo unas NB rosa y unos calcetines cortitos del mismo color que dejaban al aire la piel de los tobillos. Fue rozarme con ella, como digo, y mi polla se puso morcillona. Yo creo que ella lo notó pero no hizo nada al respecto más allá de sonreír y darme las gracias por la ayuda. Pero no iba a dejar pasar yo la oportunidad. Le coloqué mi mano sobre su mejilla agarrándole un poco la cabeza y le estampé mis labios en los suyos. Ella no hizo nada por apartarme. Es más, cuanto que presioné algo separó los labios y mi lengua entró en su boca llenándose de su saliva y de su sabor. Ambos cuerpos estaban apretados y aproveché para apretarle el culo. Lo tenía duro y firme. Al apretarlo su cuerpo se hundió más en el mío y mi polla dura ya se quedó allí aprisionada entre ambos cuerpos. Entonces ella al notarla si colocó sus manos en mis hombros y me retiró diciendo que aquello no estaba bien y que ni era el sitio… y que la dejara. Pero yo no estaba dispuesto a dejar tan rápido aquella situación. Viendo que no había gente alrededor, la atraje de nuevo hacia mí y empecé a besarle el cuello. Ella colocó de nuevo sus manos en sus hombros y dijo “para, para”, pero no hizo esfuerzo para separarse.

    No lo pensé demasiado. Levanté la cabeza y miré alrededor. En la calle no se veía nadie. La cogí de la mano y la metí en la parte trasera de su coche. Ella protestó pero no hizo el más mínimo esfuerzo por evitarlo. Las plazas traseras eran amplias, aunque se veían acortadas por un elevador para el niño que ocupaba la plaza más alejada de las tres. Los cristales traseros tintados nos darían algo de intimidad. Ella me preguntó qué estaba haciendo. Mi respuesta fue cerrar la puerta, agarrar su cintura y atraerla hacia mí. Le volví a meter la lengua en la boca al mismo tiempo que mi mano entraba por debajo de su sudadera y apretaba una de sus tetas. Mi erección era más que completa.

    Ella gimió al sentir su pecho apretado. Me cogió la mano y me dijo que la dejara pero, como antes, no hizo ningún esfuerzo por apartarla. Tiré del sujetador hacia abajo y la teta salió por encima de él. Me lancé a chupar ese pezón que me esperaba ya de punta. Lo relamí, lo mordisquee, le recorrí la aureola una y otra vez. Ella gemía, allí apretada contra mi cuerpo y contra el elevador del niño. Me agarró con fuerza el pelo mientras sus suspiros y gemidos aumentaban. Joder, como me tenía.

    Apoyé un pie en el suelo del coche, la rodilla contraria en los sillones traseros y agarrándola de la cintura la hice girar un poco. Quedó de cara a los respaldos traseros, con el culo apuntando para mí. Metí mi mano por la cinturilla de lo leggings y de un tirón se los bajé hasta la mitad del muslo. Con ellos bajé también unas braguitas azules. Ella no hizo nada más que gemir y protestar levemente. Le di una cachetada en el culo y le separé algo las nalgas viendo un coñito totalmente depilado en el que se notaban ya fluidos producto de la excitación de Paula.

    Con la lengua lo recorrí de arriba a abajo, consiguiendo que ella gimiera y arrastrando todo su sabor a mi boca. Volví a repetir el recorrido tres veces más, antes de aplicarme a la zona del clítoris. Se lo empapé con mi saliva, y lo sostuve entre mis dientes. Luego mi lengua empezó a recorrer frenéticamente todos sus alrededores, entrando y saliendo de su coñito.

    Mientras lo hacía ella sólo gemía y aumentaba el tono de su respiración. Levanté algo la cabeza mordiéndole el muslo, y penetrándola con dos de mis dedos. Su cuerpo se arqueó un poco más y un gemido más fuerte se le escapó de los labios.

    -Te gusta esto ¿eh Paula? Te recuerda otros tiempos ¿verdad?

    Ella contestó con un “no pares”. Sonreí y volví a comerle el coñito.

    En ese momento sonó el móvil de ella. Fue, además del susto, como si un despertador sonara en medio de un buen sueño. Ambos nos incorporamos rápidamente. Ella recogió el móvil, que estaba a nuestros pies tirado y contestó. Por lo que pude extraer era el marido preguntando que donde estaba. Ella estuvo rápida de reflejos y le dijo que se había acercado al baño de un bar cercano. Que ya iba de vuelta.

    Colgó y se me quedó mirando. La besé mordiéndole el labio. Ella me apartó y me dijo que me había pasado. Se subió la ropa interior y el resto de la ropa y se recolocó el pelo. Yo hice lo mismo, sintiendo que mi polla todavía estaba dura deseando meterse dentro de aquel cuerpo. Pero aquel día no iba a poder ser. Me bajé del coche y miré alrededor. No había nadie. Le hice una seña y ella bajó también. Cerró el coche. Yo le dije que iría al mío por una cosa y ella dijo que se iba al campo a ver al marido. Cada uno se fue, por lo tanto, hacia un lado, aunque no pude reprimir un giro y una mirada hacia aquel culo que se alejaba pero que hacía unos segundos había sido mío.

    Cuando llegué de nuevo a las instalaciones deportivas le entregué lo que quería a mi mujer y me preguntó que porqué había tardado tanto. Le dije que había estado hablando por teléfono y ahí quedó zanjado el tema.

    El resto del tiempo que estuvimos allí no pude evitar mirar con una sonrisa a Paula, que me estuvo evitando. Incluso volví a tomar algo con su marido, divirtiéndome por dentro sabiendo lo que le había hecho a su mujercita.

    Terminó el partido y tras esperar a los chavales que salieran de los vestuarios cada uno se fue para casa. Mi hijo quiso volverse con nosotros en el coche y durante todo el viaje estuvo contando sus anécdotas del día.

    Llegamos a casa y almorzamos. Yo me puse a ver un rato la tele pero mi hijo dijo que se iría a dormir. Así que subí con él y lo acosté. Aproveché la visita a la planta superior de la casa para cambiarme y ponerme algo más cómodo.

    Cuando bajé de nuevo mi mujer estaba lavando los platos. El verla allí en la cocina, con el culo contra mí, me hizo recordar lo que esa mañana había disfrutado con Paula.

    Me acerqué por detrás a mi mujer y empecé a besarle el cuello, apartándole el pelo. Ella al principio intentó evitarlo pero luego se dejó hacer con una sonrisa. Me apreté más contra ella para que, además, notara mi polla dura contra el culo de sus vaqueros. Se sujetó con fuerza al borde del fregadero y yo metí una mano por debajo de su camiseta para sobarle las tetas. Se las apreté sin quitarle el sujetador y recorrí el camino de sus pechos a su cuello, acariciándola. Luego deslicé la mano hasta meterla dentro de su vaquero. Noté el calor de su coñito y escuché el gemido leve que le producía sentirse acariciada allí.

    Mi mujer iba a ser la que recibiera lo que deseaba haberle dado a Paula por la mañana.

    Desabroché su vaquero y se lo dejé caer a los tobillos. Mi pie empujó el suyo obligándola a separar más las piernas y me agaché. Notaba su olor. Le aparté la ropa interior de color rojo y paseé mi lengua por su rajita, sintiendo su sabor, escuchando sus gemidos. Quería comérselo como se lo había comido esta mañana a su amiga, pero estaba a mil y la polla me dolía incluso de las ganas. Me levanté abriéndome la bragueta y sacando la dura polla fuera. Y la penetré allí, sintiendo como se movía para facilitarme que se la metiera. Veía y me gustaba como se aferraba al fregadero y como ante mis penetraciones sus gemidos iban a más. Con una de mis manos le tapé la boca, porque no quería que el niño nos escuchara.

    Coloqué la otra mano sobre su espalda y me apliqué a follarla todo lo duro que pude. A ella siempre le ha gustado que me la folle un poco duro, metiéndole toda la polla y azotándola. Los azotes estaban descartados por el niño, aunque alguno se me escapó. Sólo el sonido de mi piel contra la suya me daba que podía despertar al niño, pero me dio igual, eso no lo podía evitar. Me mordió algo los dedos de la mano que tapaban su boca. Sentía su aliento cálido en la mano y los movimientos de su boca cada vez que mi polla la martilleaba por dentro. La vista de mi polla entrando y saliendo de ella, toda llena de sus blanquecinos fluidos me encanta, y en aquel momento me llevó a darle más y más.

    Era un deseo animal, deseo por mi mujer pero también deseo por Paula. Era una mezcla difícil de separar. Ver la espalda de mi mujer, la línea algo hundida de su columna, sus dos hoyuelos, su rajita del culito, el color ese blanquito que tiene… me tenía a mil.

    Llevé la mano que tenía en su espalda a su cuello, a su mandíbula haciendo que se levantara un poco para besarle en el cuello. Lo hacía mientras notaba su respiración, su aliento, su lengua en mis dedos… y entonces me corrí. Fue una buena descarga. Noté mi leche salir de mi polla hacia su interior. Cómo lo necesitaba… ufff. Esperé a que toda la leche saliera, le mordí el lóbulo de la oreja y le solté la boca. Ella respiró hondo y gimió levemente al verse libre. Coloqué de nuevo una mano en su espalda y con la otra me sujeté la polla al sacarla. Estaba envuelta en sus fluidos y algunas gotas, mezcladas con mi semen, fueron al suelo. Hice girar a mi mujer. Me encontré con su sonrisa y sus pupilas dilatadas del deseo. Le sonreí y la besé. Nos fuimos juntos al baño para limpiarnos y arreglarnos.

    Luego yo seguí viendo la tele, ella recogió un par de cosas y se fue conmigo.

    -¿Qué te apetece ver?