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  • Con mi suegro viudo

    Con mi suegro viudo

    Me llamo María Teresa y actualmente tengo 47 años pero la historia que les voy a relatar sucedió hace 6 años. Me quedé embarazada con 20 años recién cumplidos de un chico con el que llevaba poco saliendo. Él se desentendió de la situación, proponiéndome abortar y poniendo en duda su paternidad.

    Sus padres en cambio me ayudaron durante el embarazo y posterior nacimiento de mi hija a pesar de la oposición de su hijo, pero al irse él a vivir a otra ciudad pudimos mantener por el bien de mi hija una buena relación abuelos-nieta.

    Mi suegra murió hace casi 8 años, ambos tenían por esa fecha 68, tras una enfermedad y tanto mi hija como yo seguimos visitando a mi suegro como es lógico. Él acostumbrado a estar juntos cayó en depresión, salía lo justo porque hasta en nuestras visitas éramos nosotras la que le llevábamos la compra de la semana.

    Un día le animé a que saliera, que fuera a la asociación de vecinos como hacían de casados, incluso que se echara una amiga con la que poder salir a pasear o excursiones del Inserso. Pero él no estaba por la labor por más que mi hija y yo le insistiéramos. Hasta que un día cansada de insistirle con lo mismo le dije que era joven y tendría necesidades físicas. No sé ni cómo me armé de labor para decirle tal cosa pero más sorprendente fue su respuesta, jamás me la habría imaginado.

    -Para esas cosas cuando necesito algo más que autoaliviarme llamo a prostituta.

    Me quedé helada, blanca creo yo, no supe que decir durante un instante, hasta que reaccioné y le dije que mejor que gastarse el dinero sería buscarse una amiga formal con la que compartir no solo sexo sino amor y a la vez más seguridad en cuanto al sexo y enfermedades. Su respuesta fue parecida en términos a la anterior.

    Mi sorpresa fue cuando me dijo que en ocasiones cuando yo me iba se masturbaba pensando en mi, excitado por mi escote, mis piernas etcétera. Yo jamás me imaginé provocar esa reacción física en mi suegro y me sentí incómoda y culpable a la vez, nunca había notado su mirada hacia mi escote ni nada fuera de lo normal. Me pidió perdón por su sinceridad a lo que yo le contesté que no pasaba nada que no me lo esperaba y me había causado sorpresa eso si pero que mi relación con él no iba a cambiar por esa confesión y que entendía sus necesidades como hombre y que ocurrencia tuve al decirle que en parte me sentía halagada acompañado dicho comentario con una carcajada nerviosa. Su respuesta?

    -Hoy cuando te vayas me masturbaré pensando en ti con esa ropa.

    Llevaba una blusa estampada algo abierta pero que no enseñaba nada fuera de lo normal, pero mi mirada se fue a su paquete, se le notaba empalmado. Ese día me fui casi sin palabras, él me pedía perdón una y otra vez a lo que yo con sonrisa nerviosa le decía que no se preocupara.

    A la semana siguiente volví esta vez con Lucía mi hija, se notaba la situación algo tensa, incómoda a lo que yo trataba de normalizarla para que mi hija ya una mujer de 21 años no notara nada raro. A la hora d irnos mi hija iba con prisas a lo que le dije que se fuera ella antes y yo quedarme un poco más con su abuelo. Al irse hablé con él y lo tranquilicé por lo que había sucedido la semana anterior, que entendía sus necesidades y demás. Me dijo que se había más turbado y que ese día lo haría de nuevo.

    Se me fue la cabeza y le dije si quería hacerlo conmigo delante, si eso lo excitaría más y me contestó que si. Sin hablar más se abrió su cremallera y al ver salir su pene como un resorte no pude más que instintivamente quitarme el suéter que llevaba y dejar mis pechos cubiertos solo con el sujetador. Sus ojos se abrieron como platos y al verlo me quité el sujetador y su pene dio una sacudida y creció un poco más. Me excité por la situación, su corrida fue intensa, larga, yo me notaba mojada y al llegar a casa fui yo la que se masturbó.

    Lo visité a los tres días, lo normal era cada semana, pero ese día necesitaba repetir. Sin miedo hablamos de lo ocurrido y yo le admití que me había gustado y me pidió repetir. Lo hice encantada, él masturbándose en el sillón y yo solo en mallas frente a él, caliente y deseosa. Al decirme que se iba a correr le dije que parara y y se pusiera de pie, cogí su pene y empecé a masturbarlo despacio muy profundo, él miraba mis tetas y le dije que me las tocara. Al poco rato se corrió en mis manos, una cantidad increíble de semen espeso que me hizo enloquecer que me hizo poner de rodillas y limpiarle su pene mojado. De nuevo me masturbé en mi casa no una sino varias veces.

    La semana siguiente mi hija no podía ir por estar con exámenes así que lo llamé para avisarme que iba yo sola y envalentonada y caliente le dije que me gustaría hacer algo más a lo que me dijo que si. Al llegar le dije que me había estado masturbando al llegar a casa tras sus corridas excitada por su pene. Nos desnudamos completamente y esta vez me puse de rodillas y le hice una manada como nunca había hecho, muy cachonda, mirándole sus ojos. Le dije si quería correrse en mi boca y me dijo que si. Tragué como una loca, seguí mamando y mi sorpresa fue ver que no bajaba su erección. Lo miré y me dijo que había tomado viagra por si yo quería algo más. Al oír esas palabras me puse de espaldas a él en el sillón y le dije:

    -Dame y trátame como quieras, como su nuera, tu novia, tu amante o las putas a las que llamas.

    Empezó a follarme despacio pero de repente empezó con embestidas fuertes, me corrí en pocos minutos y él lo notó pero siguió follándome fuerte gemía lo que me excitaba más aún. De repente me dijo:

    – Mi amor me voy a correr

    Esas palabras me hicieron estremecer de placer y cuando notaba que se iba a salir para correrse fuera le grité q lo hiciera dentro. Eso hizo, largo, caliente y yo a la vez, pero al oírle decirme te amo, estoy loco por ti, me corrí de nuevo al sentir su pene duro todavía dentro de mi. Empecé a mover la cadera en círculos a lo que él reaccionó acompañando mis movimientos y yo gimiendo como una loca.

    En ese momento me tiró del pelo, me llamó puta pidiéndome perdón al instante y yo diciéndole que no, que lo era y que iba a ser su puta siempre que él quisiera. Comenzamos una relación furtiva de sexo frecuente incluso me quedaba a dormir en su casa cuando mi hija salía y no regresaba a casa. Le dejaba hacer todo lo que mi suegra no le dejaba: correrse en mi boca, sexo anal, pasear y cocinar desnuda. Incluso llegamos a follar mirando fotos de mis amigas cosa que le excitaba mucho o llamar a una de ellas mientras lo hacíamos sin ellas saber que era con mi suegro, cosas así, incluso un día me confesó que se excitaba con mi hija, su nieta. Mi reacción? Levantarme de la cama coger mi teléfono ponerme a cuatro patas y ponerlo en mi espalda y decirle.

    -Fóllame mirando esa foto

    Era un selfie de mi hija y mía en la playa en topless.

    -Házmelo pensando que se lo haces a ella, llámame por su nombre. –le dije.

    En ese momento me di cuenta que estaba enamorada de mi suegro, enamorada por su sexo y que estaba dispuesta a todo por hacerlo feliz y él a mi. Llegué a llevar a una chica joven para hacer trío como si lo hiciéramos con mi hija.

    Este relato totalmente real lo hago porque ha fallecido hace unos meses por una enfermedad que se lo llevó en poco tiempo. Hasta ese día fuimos pareja, pero escondidos en casa sin que nadie más lo supiera. Todavía ahora me acuerdo de él y me masturbo recordando todo lo que hicimos. Gracias Germán, mi suegro y mi mejor amante.

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  • Xochi, Confesiones de mi madre, incesto y sus placeres

    Xochi, Confesiones de mi madre, incesto y sus placeres

    Como todos los jueves con el grupo de hombres de la playa (entre ellos mi padre “ya el gran cornudo y Marcos, esposos de “Mena”, el nuevo cornudo) se había programado una embarcación de pesca hasta el domingo por la mañana.

    Ello dio lugar a que mi madre y “Mena” organizaran también su “finde libre” de maridos, por lo que se turnarían en salir una noche cada una. El plan estaba resuelto, la primera en salir sería mi madre con Mingo, “su joven amante”; habían decidido ir a un boliche en La Barra, a unas playas de la nuestra y pasar la noche donde el juego acabara.

    Mi madre, mujer muy culta como atractiva y con dejos de cortesana fina, riendo dijo —desde hoy ya en las noches seré “Xochi”.

    “Mena” y Mingo se miraron sin entender; el buen cornudo de mi padre, solo dijo: —pero siempre lleva preservativos en tu cartera— como profetizando o sintiendo las cornamentas sobre su cabeza, aunque no sabía de qué trataba el tema y menos aún sospechaba que mi madre ya no usaba preservativos con sus amantes, sino solo con él.

    La Diosa Xochiquétzal, en la mitología azteca era la diosa de la sensualidad y la belleza, el arquetipo de una mujer joven en plena potencia sexual. Es la amante divinizada que evoca el amor, la voluptuosidad, la sensualidad, el deseo sexual y el placer en general. —Esta era mi madre, una cortesana de mitologías, cuando se apareció en la puerta de su dormitorio como encerrada en el marco de un cuadro. Depilada, perfumada, elevada sobre botas negras con tacos, las que cubrían parte de su metro veinte de piernas, dejando sus muslos bronceados y tratados con aceites aromáticos por debajo de un vestido negro entallado a sus caderas, el que subía sobre su escultura cubriendo el deleite de sus senos dibujados y su “entre senos” por donde correría la lujuria de esa noche.

    “Mena” quedó helada al ver semejante “perra” vestida para el pecado. Mingo, pasó sus manos por sus cabellos rubios y se mordía los labios.

    Mi madre me miró (yo ya estaba recostado en el living haciéndome el dormido) se acercó me dio un “pico” con sus labios sobre los míos, creo que algo le hizo recordar a mi padre, que ya no estaba en la casa sino de pesca, cuando se reveló en un pensamiento algo íntimo, —“seré una perra, una ramera de clase, con un incómodo liguero y una tanga que se clava en mis carnes, pero soy fiel a mis instintos y deseos”.

    Mingo la tomó de su mano y la hizo girar bajo su brazo, como exhibiendo el pecado, besándola y corriéndole el labial rojo como herida de sangre sobre su boca, —esta noche boliche, sexo y acabar desnudos en la playa.

    — No bebe, esta noche no es tuya, hoy también vos, vas a sentir los cuernos que te va a poner esta perrita, tomándole el bulto, —Tu putita.

    — ¿Qué…? dijo “Mena”

    — ¿Pero…? balbuceó Mingo

    La bocina de un auto que se había detenido delante del chalet, sonó dos veces…

    Mi madre se corrigió el labial rojo, lo besó otra vez con un simple piquito —pórtense bien— y la puerta se cerró detrás de las curvas de sus caderas sujetadas por ese vestido encajado y la fina línea de la tanga perdiéndose en sus zancas.

    Me trepo a la ventana y mamá se abraza con un hombre que no distingo en la oscuridad de la noche, este le pasa su palma de la mano desde la espalda desnuda hasta esa cola dibujada, ella levanta su pierna izquierda hacia atrás, como saludando a los que estábamos detrás de las ventanas, “Mena” y Mingo desde el living, y yo espectadores del morbo de un beso interminable. Se escucha decir:

    — Desde esta tarde en la playa, se me ha hecho interminable la espera.

    — Desde la época de la facultad que deseaba este momento Lau, y tu marido que no te larga.

    — No, para vos esta noche y siempre seré Xochi, la diosa, la amante divinizada, la sensualidad, tu deseo sexual y mi placer.

    Él le abre la puerta del auto, ella se sienta con la fina delicadeza de una dama y el auto se pierde en la noche.

    “Mena” en silencio y boca abierta, se queda mirando a su hermano Mingo.

    —Tremenda puta, pero la amo. —Exclamó el amante engañado.

    — Yo también la amo, me calienta, me la quiero coger y sentir que tiene en la piel ese pubis exquisitamente dibujado, frotar sus labios con los míos. —Mena suspira.

    (…)

    Amanecía, eran las siete y media de la mañana según mi reloj, (suelo despertarme con la primera claridad del día) cuando siento que se abre la puerta de casa con sigilo; mamá volvía con sus botas en la mano, sus pies con arena, su pelo desprolijo, sus ojeras delatando excesos de alcohol y su falda subida dejando ver su tanga negra traspasada de jugosos orgasmos.

    — ¿Lau… te ves tremenda, se ve que aprovechaste la noche hasta la última gota del rocío.

    — Si Filo, la última gota quedó en mi boca… ¿No viste la última paja que le di recién con mis labios?

    — No, pero déjame sentirla, déjame saborearla desde tu boca.

    “Mena” excitada, caliente y en bikini, se acercó y en punta de pies le comió la boca, mi madre respondió rodeándola con sus brazos; se apoyaron los senos y mi madre le ofreció un juego de salivas que de boca a labios era lujuria lésbica ante mis ojos.

    — ¿Qué rico semen tiene ese guacho, o es tu sabor que me empalaga?

    — Ven a mi cuarto que te cuento. La tomó y se la llevó de la mano.

    Mi madre le volví a meter la lengua dentro de sus labios, “Mena” dejó correr un hilo de saliva que fue a rodar al encaje de su corpiño, los pezones en un juego lésbico del amanecer, se erotizaron.

    ¿Todos dormían, me distrae Mingo (quien dormía en mi cuarto), su bulto se mueve erecto debajo de la zunga blanca —soñará con mi madre— No sintió el murmullo de las hembras en celo, pero yo sí.

    Los besos de mi madre sobre los labios de “Mena” despertaron aún más el vicio, “Mena” apretó más su boca contra la de mi madre y sus manos comenzaron a quitarle el ajustado vestido; mi madre no traía puesto el corpiño, sus pezones era como siempre la evidencia, la marca cierta de su calentura extrema.

    — Contame perra, ¡ahora también vas a ser mi hembra y yo tú perrita!, me volviste loca anoche, me dejaste muy caliente con el chupón que le diste a ese tipo.

    — Se llama Paulo, fuimos compañeros de la “facu” y lo crucé en la playa hace unos días; es diplomático y nos habíamos gustado y franeleado varias veces, pero nunca pudimos cogernos.

    — Guau… calentura de tiempos contenida (balbuceó Mena)

    — Ni te imaginas la pija que tiene, un semental acabando interminable por toda mi piel. Se la había sentido hasta bailando en los ágapes en embajadas, pero nunca pudimos. Anoche me dejó morbosa.

    — Tu amante Mingo, también se quedó caliente, sentí que se hacía una paja encerrado en el baño.

    — Hmmmm. Me imagino a los dos cogiéndome, cabalgando como una puta con mis dos amantes.

    — Sos capaz…

    — Me dejo coger por mi hijo y su amigo Eduardo, ¡mirá sino me voy a “enfiestar” con mis dos amantes! —Te cuento…

    — Anoche en el boliche, mientras bailábamos con Paulo se acercó un amigo, tremendo moreno y me apretó por detrás, me hizo sentir la pija, era un tubo rígido apoyado en mi cola, mientras “Pau” me apoyaba en la pelvis sus veinticinco centímetros que después me devoré en el Vip… Deliré ahí nomás, morbo, sexo y más morbo.

    — ¿Te cogiste a los dos?… preguntaba “Mena” mientras acariciaba la tanga húmeda de mamá, dándole mordisco a sus pezones, para después besarle suavemente los labios, una y otra vez.

    — Fue tremendo Mena, bailé con uno, con otro y con los dos juntos mientras me estrujaban entre ellos subiendo caricias a cuatro manos sobre mi falda, bebí demasiado, después solo recuerdo que estábamos en la playa, Paulo me penetraba, yo de rodillas clavada sobre él, besándonos sin aliento de años, mientras el moreno Carlo pretendía cogerme abriendo mi cola, pero era inmensa, me ardía el esfínter, pero no logró dilatarme, solo podía entrar por mi boca, me acabaron por todos lados, yo no paraba con mis orgasmos, era un “femme fontaine”.

    — Ahora vas a acabar en mi boca, dame ese clítoris, todavía estás llena de “semen” en esa concha, se siente espesa y te sigue bajando… Puta, ahora sos mía.

    Mamá se tumbó en la cama con su tanga todavía puesta, mientras que “Mena” le empezó a enterrar la lengua enloquecida y sus dedos entre sus labios, los revolvía buscando combinados derrames de semen y de flujo, los que llevaba luego a su boca y a la de mi madre; era un ardor entre ambas. “Mena” descubrió que de esa vulva de salía un hilo rojo del cual comenzó a tirar suavemente, mamá curvó su espalda, cerró sus ojos y abriendo su boca en un jadeo, exhaló:

    — Tirá… tirá despacio de ese hilo y vas a ver una sorpresa….

    — ¿Qué tenés?

    Comenzó a jalar suavemente de ese hilo rojo, una serie de bolas rojas y húmedas cada vez más pequeñas comenzaron a salir de la concha de mi madre.

    — Me las fue metiendo Paulo mientras me besaba anoche en el vip del boliche, después que el negro me cogió un rato largo con esa tremenda “pija de negro” que dejó morir adentro; mientras yo eyaculaba el semen de Carlo, Pau aprovechando la lubricación, me enterró esas bolas, las tengo desde anoche, me las sacó en la playa para volver a cogerme entre los dos y me las puso de penitencia porque no le di mi colita; ¡me vuelven loca!

    — Dejame limpiarlas con mis labios, con mi lengua. (Exclamó Mena)

    El beso fue interminable entre ambas perras, mientras se unieron cruzando sus piernas una sobre otra, frotaron sus labios mojados, gimieron, acabaron una vez más. Mamá se tumbó sobre el cuerpo de “Mena”, le comió la boca locamente mientras se la cogía como si la otra tuviera un falo erecto, iba y venía refregándose, hasta que un mismo orgasmo las invadió otra vez, restos de semen y flujos de una y de otra quedaban sobre las sábanas blancas. Volví a mi cama, me masturbé imaginándome y sintiendo la suave piel del pubis rasurado de mi madre, cuando la escuché decir:

    — Ah. Nos invitó a navegar en su barco, mañana nos viene a buscar a las siete, te tenemos una sorpresa.

    — Yo me cojo al moreno, insistió “Mena”

    — Eso lo veremos, respondió mi madre.

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  • Hermanos universitarios

    Hermanos universitarios

    Durante el largo viaje mi espalda me dolía. Era un viaje de doce horas en autobús hasta la capital. Yo tenía sentimientos contrariados. Dejaba mi ciudad, mi barrio, mis amigos y sobre todo a Patricia, mi novia de más de un año y medio de relación, pero no tenía otra alternativa. Debía comenzar en menos de una semana mis estudios universitarios en jurisprudencia. Mi hermana Laura, la mayor, quien ya cursaba séptimo semestre de medicina y mi herma Adriana, la menor, quien estaba en cuarto de arquitectura me esperaban en el terminal de buses para reunirme a mi nuevo hogar.

    Podía decirse que los tres éramos unos privilegiados de poder tener padres que se permitían mantener a tres hijos estudiando en universidades en la capital. Laura no solo era la mayor y más madura, sino que además era la más estudiosa y seria de los tres. Mi papá le tenía mucha confianza y de alguna manera ella se sentía legitimada para tomar el papel de nuestros padres durante esos años universitarios. Adriana, a pesar de lo tímida, era más juguetona y de carácter festivo. Tenía esa facilidad para hacer amigos sin necesariamente ser extrovertida. Había obviamente más cercanía y afinidad con ella que con Laura por ser yo el menor de los tres.

    Mis hermanas vivían en un aparta estudio de una sola alcoba amplia, una cocineta bien equipada y una sala bastante cómoda y amoblada a solo diez minutos a pie del complejo universitario. Mi papá juzgó que debíamos poder caber los tres para no hacerle la tarea más costosa de lo que por sí ya era y que los tres hermanos estuviéramos juntos.

    Mis hermanas tenían en su alcoba, un camarote. Arriba dormía Laura y abajo dormía Adriana, pero al sumarme yo a la familia, se adquirió un sofá-cama que se instaló en la sala para que no tuviera yo que dormir en la misma alcoba con las dos mujeres. Se mantenía esa tradición de que yo, por ser el varón, debía mantenerme separado de las niñas.

    La primera noche, poco pude dormir, por la novedad del sofá y por todo el trajín emocional que suponía comenzar una nueva etapa crucial de mi vida y tan lejos de mi entorno, a pesar de estar con mis dos hermanas. Ellas, de todos modos, estaban ya hechas y acostumbradas a esa realidad, pero para mí todo era novedoso.

    Los días pasaron y poco a poco me fui adaptando y conociendo mejor a mis hermanas que mal o bien desde hacía tiempo ya no vivían en casa. Laura tenía tres años y medio desde que se había venido a estudiar y Adriana ya completaba los dos años en ese proceso. Cuando Laura se vino a hacer su medicina, yo todavía andaba más pendiente de mi Nintendo que de tener novia. Muchos cambios en nuestras personalidades habían sucedido al menos Adriana y yo y no éramos tan consientes de eso.

    El morbo por mi hermana Adriana y por extensión, por mi hermana Laura se despertó sorpresivamente una noche cualquiera a pocos días de estar yo allí. Era un jueves a las diez y cuarenta y seis de la noche. Lo recuerdo con esa precisión porque desperté para ir a orinar y el radio reloj de luces rojizas marcaba justo esa hora. Adriana, estaba ya en el baño con la luz encendida y la puerta medio abierta a punto de salir con su toalla envuelta desde sus pechos hasta un poco encima de las rodillas como era habitual en ella

    Olvidó aplicarse una crema de cuerpo y sencillamente dejó la toalla a un lado quedando completamente desnuda. Tal vez pensaría que yo dormía profundamente, se sintió segura y no tuvo el cuidado de cerrar completamente la puerta, pero yo me había levantado a esperar sin ruido en la penumbra a que ella saliera. Entonces no pude evitar mirar más por descuido que por intención la piel desnuda a través de la rendija de la puerta medio abierta por la que se escapaba un haz de luz nítido. Pensé en tornar mi mirada hacia otro lado, pero al saberme protegido por la oscuridad, tenía la certeza de que yo la podía verla, pero ella difícilmente a mí. Así que le di rienda suelta al morbo que se apoderó de mi curiosidad y contemplé atónito sus senos grandes de aureolas rosadas y pude divisar sus nalgas tersas y blancas. Me deleité la vista por un par de minutos y cuando vi que se había terminado de aplicar la crema y tomó su toalla, me metí sigilosamente a mi cama para que ella no sospechara que yo la estaba espiando.

    Nunca antes tuve un mínimo mal pensamiento con ninguna de ellas, pero no supe bien por qué me picó la curiosidad de verla desnuda ésta vez. Quizás porque ya yo era mayorcito y ahora había otros intereses y malicia sexual que antes no tenía. Fuera por la razón que fuera, lo cierto es que sentí ese impulso indecente una vez que me vi en esa situación de morbo oportuno.

    Ella salió con mucho cuidado del baño para no estropear mi sueño. Esperé que entrara a su alcoba y entonces me fui a orinar. Lo hice, pero no podía dejar de pensar en el cuerpo desnudo de mi hermana, en sus senos grandes y su cabellera abundante negra cayendo mojada sobre su espalda. Me reincorporé en mi sofá, pero no podía conciliar el sueño.

    Pensaba en Adriana y eso me hacía sentir incómodo. Mi verga se puso dura y al sobarla con mis dedos, una gotita de baba había supurado de mi glande. Fui consciente de golpe lo mucho que me había estimulado ver a Adriana desnudita. La suavidad de mi dedo resbalando grasosamente sobre la punta de mi pene, me estimuló tanto que no pude evitar masturbarme con furia. Intentaba pensar en Patricia, en la última cogida que nos habíamos dado horas antes de que yo tomara en autobús para partir, pero era mi hermana quien se me venía a mi cabeza. Recreaba en mi mente cómo debía ser su vagina que no pude ver en la escena de hacía pocos minutos. ¿La tendría peluda o depilada?, ¿sería rosada como el color de sus pezones?, ¿sería alargada o más bien sería gordita y recogida como la de Patricia?, qué morbo raro para con mi propia hermana. ¡Dios! ¿Para qué engañarme?, lo estaba disfrutando. Me jalé la verga asiduamente. Mojé completamente mi calzoncillo de semen. Tuve que volver al baño para limpiarme y después si dormir tranquilo.

    Toda mi perspectiva cambió a partir de ese momento. Empecé a estar más pendiente de cazar situaciones de fisgoneo morboso con ellas. Si bien ambas, por respeto y pudor, se cuidaban de no exponerse desnudas ante mí, tampoco eran tan rígidas como para no tener descuidos que yo aprovechaba, especialmente con Adriana quien pasaba más en el aparta estudio que Laura.

    Ellas, acostumbradas a estar solas las dos y a tenerme confianza y verme como el hermanito chico que ya yo no era, a veces prestaban poca atención a taparse o cubrirse del todo cuando estábamos en casa. Así que no era raro que a lo largo de una jornada, Laura saliera en bata de tela delgada y sin sostenes de su alcoba dejando entrever el encanto de sus tetas y hasta el color de sus tangas, también era costumbre que Adriana saliera del baño a medio vestir, con un pantalón puesto, pero en sostenes y su blusa abierta cuando estaba atrasada para llegar a clases. Otras veces Laura se tomaba siestas en mi sofá en falda corta con sus piernas abiertas que dejaban entrever con detalle la moda de sus calzones apretadas los labios de su vagina.

    En esa vida de estudiantes fueron pasando los días y semanas. El estudio se me fue haciendo cada vez más arduo, muy distinto al de la época de colegial. A pesar de los azares de nosotros tres en ese aposento estudiantil, no se me había presentado, ni tampoco yo adrede había buscado, otra oportunidad así tan clara de poder ver a alguna de las dos desnuda. La fiebre con mis hermanas se fue apaciguando un poco, a pesar de que de tanto en tanto me masturbaba oliendo los calzones sucios de ambas que muy de vez en cuando dejaban en el cesto de ropas sucias. Laura era más perezosa en ese sentido. Adriana solía lavar sus ropas íntimas mientras se duchaba y salía a colgarlos de inmediato bajo el sol del patio.

    Pero todo dio un giro inesperado. Mi hermana Laura cumplía años y Adriana y yo decidimos sorprenderla. Le organizamos una modesta y reducida fiesta sorpresa. Pusimos globos, compramos algo de tragos, hicimos una comida diferente e invitamos secretamente a tres de sus más cercanos amigos a que le cantáramos el happy birthday para comer torta ese jueves por la noche. Nada sofisticado al alcance de un presupuesto estudiantil. Mi hermana Laura se sintió agradecida por ese gesto de hermanos. Le cayó bien porque había estado en un tren estresante de estudio duro por la época de exámenes. Pero yo le tenía una sorpresa que no se la comenté ni a Adriana. Compré unas flores, un ramillete de girasoles porque sabía que le encantan. Lo hice sin otra intención que agradarla. Patricia, mi todavía novia en la distancia, me había enseñado el valor de dar detalles a las mujeres y quise hacerlo con mi hermana mayor en ese día especial. Sin embargo, el arreglo floral llegó un poco retrasado. Solo lo despacharon al día siguiente por la tarde y quien lo recibió fue Adriana porque estaba sola en el aparta estudio.

    Yo llegué después ya feliz por ser viernes. Estaba cansado del día. Abrí la puerta y mi hermana Adriana sonriendo me dijo:

    – Eres un amor, guao, esas flores están divinas, Laura se va a volver loca cuando las vea.

    – ¿Te parecen bonitas?, ¿te gustan también las flores Adri?

    – Me vuelvo loca si me regalan flores, y aún más si lo hacen de sorpresa, uf, lindo, lindo – se lanzó, me abrazó y me dio varios besos en la mejilla. Un olor a perfume que emanaba me encantó.

    Estaba muy contenta. Parecía que las flores hubieran sido para ella y no para Laura. Se veía emocionada por mi gesto para con nuestra hermana mayor. Yo me sonrojé, no pensaba que era para tanto, pero me resultaba grato producir ese efecto mágico en Adriana.

    – Huele rico tu perfume – le dije

    – No es perfume Juan, es una crema de cuerpo.

    – Ah, es que la sentí en tu mejilla ahora que me besaste.

    – Ah entonces lo que te gustó fue el beso, ¿no crees? – me dijo en tono de broma.

    – Por supuesto, y mucho Adri. Se sintió rico ese beso y con ese olor a crema uf, ja, ja, ja – le repliqué en broma.

    – Bah, lo que pasa es que te hace falta Patry, ¿no? – me preguntó con tono de voz entre la intriga y la seriedad.

    – Pues, si, pero eso no tiene que nada que ver con tu beso y el olor rico de tu crema.

    – Ay Juan, lo que pasa es que eres un galán, siempre lo has sido. Ni te acuerdas cuando tenías como doce o trece que no te dejabas dar besos ni de Laura, ni de mí je, je. Ahora ya eres todo un hombre.

    Se me acercó con gesto cariñoso, me abrazó apercollando con sus brazos mi cabeza y me dio un beso en la mejilla mucho más sentido y caluroso que el anterior, casi erótico a mi parecer. Yo hasta cerré los ojos y el olor a su crema de cuerpo volvió a invadir mis narices. Se despegó de mí, sonriendo con picardía y sarcasmo.

    – Bueno, bueno, bueno ya Juan, no te me vayas a confundir y pensar que “esta” hermosura que tienes por hermana es Patricia. No es tan bonita como yo ¿Eh?

    – No, ja, ja, tú eres más bonita, pero no le vayas a decir que yo dije eso – le repliqué en tono jocoso.

    – ¿En serio te parece que lo soy o lo dices por quedar bien como siempre?, sé que eres un galanteador, pero con migo puedes ser más honesto. Soy tu hermana Juan.

    – Adriana, no te hagas la modesta. Tú sabes que eres bien bonita, tienes un color de piel bonito, rosadito, no sé, bien llamativo, ojalá patricia tuviera tu cutis – se lo dije sin poder ocultar mi fascinación cierta fascinación, pues inevitablemente recordé cuando la vi desnuda días antes

    – Ay Juan, me haces poner roja. No es para tanto. Pero sí, tienes razón. A mí me encanta mi piel. Me lo dicen a veces.

    En ese momento entró Laura y la conversación no avanzó más. Nos concentramos en ver la tremenda cara de sorpresa de ella al hallar encima de su escritorio, una jarrita de vidrio sencilla con un arreglo floral de girasoles y una tarjetica que leyó ansiosa. Alzó su mirada después de saber que era yo el firmante y se lanzó a darme abrazos y besos. Me hicieron sonrojar mis dos hermanas, pero me sentí un poco contrariado, algo culposo. Me encantaba sentirme complacedor de damas, es una vieja costumbre aprendida o heredada de mi papá. Disfrutaba tenerlas así, cariñosas y en buena relación conmigo, pero al tiempo me daba cargo de consciencia saber que en mi mente rondaban también a malos pensamientos.

    Ese mismo viernes Adriana tenía una actividad con unas amigas de estudio. Se iban a apoyar a un equipo de volleyball de su facultad en un torneo universitario y vendría un poco tarde a pesar de la actitud regañona de Laura, la más seria de los tres, que a menudo actuaba como un policía cuidando de sus hermanos menores. Pero en general no había tanto lío con eso. Tanto Adriana como yo, siempre fuimos bastante juiciosos. Como a siete de la noche, Adriana salió a encontrarse con sus amigas y yo me quedé mirando tv en el sofá. Todavía no había tejido suficiente confianza con mis compañeros de facultad como para tener vida social un viernes cualquiera como ese. Laura, por su lado, se enterró de cabeza en sus libros gordos de medicina a estudiar para un examen que tendría el lunes por la mañana. Hice la llamada telefónica rutinaria a mi lejana Patricia y poco faltaba para las once y media de la noche cuando me metí al baño para tomar ducha e irme a dormir.

    Estaba en plena ducha, casi todo ya enjabonado, cuando escuché un toc, toc, toc desesperante en la puerta del baño. Cerré bien la llave del agua para estar seguro del sonido que había escuchado. Ya en silencio pleno, no solo escuché nuevamente otro toc, toc, toc, sino también la voz ansiosa de Adriana que me hablaba casi gritando.

    – Juan abre por fa, ay, ay, Juan, me hago pipí, por fa, me estoy meando Juan – su voz era verdaderamente insistente.

    – Ya voy, ya voy.

    Como pude, todo pegajoso de jabón y con cierto aire de fastidio, me cubrí lo más rápidamente mis genitales con mi toalla. Abrí la puerta para salir, pero Adriana entró en embestida con su rostro fruncido y desesperada. Yo intenté salir del baño para que ella pudiera estar en privado, pero al verme ella así mojado y lleno de jabón mientras desabrochaba el botón de su pantalón y lo bajaba me dijo con voz apenada:

    – No, no Juan, quédate, métete en tu ducha, yo solo necesito mear y salgo enseguida – me decía al tiempo que medio me empujaba hacia adentro con su mano puesta en mi pecho.

    Yo, sencillamente me volví a la cabina de la ducha, cerré bien la puertecilla corrediza de cristal texturado y medio opaco que separaba la ducha del inodoro, volví a colgar la toalla y continué mi faena, aunque estaba un poco incómodo de saber que mi hermana estaba sentada con sus pantalones abajo, justo a mi lado tan solo separada por un cristal delgado. Pero al escuchar el ruido chispeante y continuo del chorrito de su orín caer en agua en la taza, no pude evitar hacerme una imagen morbosa de su vagina. Oír eso, saber que la cuca de Adriana estaba allí encuera, abierta y meando me excitó, pero yo continué como si nada simplemente enjabonando y restregando bien mi cuerpo. Intenté no pensar en esas cochinadas por un instante y para disipar todo eso de mi mente, le metí conversación.

    – ¿Y ganaron Adri?

    – Si, ganamos, festejaron y me dieron como tres cervezas, por eso me vengo meando uf, que alivio – dijo ya con voz más calmada mientras todavía orinaba.

    – Ah, ok, bueno al menos la pasaron bien – le dije al tiempo que yo enjabonaba mis piernas y los pies un poco agachado. Accidentalmente pegué mis nalgas en el cristal opaco.

    – Ja, ja, ja, que chistoso, ja, ja.

    – ¿Qué cosa Adri, qué es chistoso?

    – Ja, ja, hazlo otra vez Juan, ja, ja – me decía sin yo entender nada

    – ¿Qué cosa?, ¿qué te causa risa?, qué es lo que quieres que haga de nuevo? – preguntaba yo intrigado.

    – Ay, Juan, tus nalgas, ja, ja. Se ven chistosas por el vidrio.

    Yo encontré eso gracioso y por broma, sin atisbo de malicia, la complací pegando más mis nalgas en el cristal.

    – Ja, ja que nalgón eres.

    Las comencé a no solo pegar en el cristal, sino también a menear haciendo círculos. Adriana no solo sonreía, sino que estaba fascinada viendo las tapas de mi culo aplastarse y dibujarse en el cristal opaco.

    – Oh, que sexy, je, je

    – Si las mías son sexys, ¿te imaginas las tuyas que si son tremendas de nalgas? – le repliqué

    – Ah, no exageres.

    Paré de juguetear con mis nalgas para dejar tranquila a mi hermana, abrí la llave de la ducha y me dispuse a quitarme el jabón.

    – ¿Se ven bien de allá para acá? – preguntó Adriana, pero yo concentrado en restregar mi cuerpo y de espaldas hacia el cristal, no escuché bien.

    – ¿Qué dices Adri?

    – ¿Que si se ven bien de allá para acá?

    No comprendía bien que quería decirme con esa pregunta, así que me giré hacia el cristal. Me estrellé con una tamaña sorpresa. No podía creer lo que veía. Adriana estaba meneando en círculos su culo desnudo pegado en el cristal desde su lado. Entre la sorpresa y el morbo intenté no apagar el ambiente de broma.

    – Adriana, guao, que nalgotas sexy, je, je

    – ¿Te parecen?

    – Te dije, que si las mías te parecían sexys, ni te imaginas lo supe sexys que se ven tus nalgas.

    – Súper sexys dices. Cuidado y se te pone dura.

    Yo no podía creer que mi hermana estuviera diciendo semejante cosa. No me lo esperaba como tampoco eso de que estuviera con sus pantalones abajo mostrándome el culo, aunque fuera por broma y a través del cristal opaco que nos separaba. Yo no sabía que decir. Me sentí avergonzado. No estaba acostumbrado a esas bromas y menos con mi hermana. Me di cuenta lo mucho que habíamos cambiado en esos últimos años. No quería decir o hacer nada que la ofendiera, pero tampoco quería que este juego parara. Estaba excitado a pesar de no estar todavía erecto.

    – ¿Ay Adriana, y a quien no se le para, mirando semejante culito bonito? – hice lo posible porque mi tono de voz sonara en broma.

    – Juan, ¿la tienes parada en serio? – no sabía si su pregunta era genuina o simplemente seguía en tono de broma. No sabía qué podría ofendería mas; si decirle que sí estaba erecto o decirle que no. No lograba precisar bien la intención de su pregunta. Pero ella me facilitó la tarea.

    – Muestra, muestra, no te creo. Pon tu cosa en el vidrio – me dijo ante mi asombro.

    – Ay, me da vergüenza Adri, no seas pesada.

    – Ja, ja, ¿la tienes chiquita verdad? Por eso no quieres – seguía su tono de tomadura de pelo y sarcasmo.

    – Nooo, tonta, es que me da vergüenza, Eres una pesada. Si te oye Lau te va a matar.

    – Bobo, Laura duerme. Seguramente tienes un pipicito de bebé. ¿Por qué no la pegas en el vidrio?

    Me quité el jabón de mi verga, mis huevos y me pelvis para seguir el juego a pesar de que todo esto me comenzaba a hacer sentir incómodo. Pegué mi sexo al vidrio.

    – No creo que puedas ver mucho Adriana, anda míralo bien, ahí lo tienes.

    – Bobo, si se ve, pero un poquito no más. Compruebo mi teoría. Lo tienes chiquito, ja, ja.

    – No seas tonta, es que no lo puedo pegar bien al vidrio como las nalgas y además lo tengo dormido.

    – Ah, ¿no, disque a quien no se le para mirando mi culito sexy? ¡Mentiroso!

    – Eres una pesada Adri, ¿acaso te lo estoy mirando?

    Escuché cuando volvió a bajarse su pantalón que ya se había subido y puso nuevamente su culo pegado al vidrio. Esta vez pegó más estrechamente el y por más tiempo. Ella subía, bajaba, hacía círculos arrastrando sus carnosas nalgas desnudas que pude divisar mejor esta vez. Hasta el detalle de la rayita que divide los glúteos se logró medio entrever a través de la opacidad del cristal. Todo tomó un aire erótico, sexy, atrevido. Qué traviesa era Adriana. Yo solo pude deleitarme sin pronunciar palabra. Ya esto no me parecía tanto una simple broma. Todo había tomado otro matiz. Mi pene inevitablemente cobró volumen y a los pocos segundos ya estaba horizontal, en modo de ataque.

    – ¿Ya?, ¿Ahora sí?, ¿Se puso duro tu cosita chiquita? – preguntó con su voz sarcástica.

    De pura grosería lo comencé a dar golpecitos con mi pene contra el vidrio justo donde ella todavía tenía sus nalgas pegadas. Ella escuchó, pero no comprendía mi gesto porque estaba de espaladas hacia el vidrio.

    – ¿Qué haces?

    – Voltea y verás – le respondí

    – ¡Oh!, lo golpeas contra el vidrio ja, ja. ¿No te duele?

    – No, no me duele – tac, tac, tac sonaba.

    – No se nota nada así. Tu si me ves mis nalgas y yo no puedo ver lo tuyo.

    Me pegué entonces completamente al cristal. Mi verga estaba totalmente erecta aplastada entre mi barriga y el vidrio.

    – Bah, esa no es tu cosa. Son tus dedos y me quieres hacer creer que ese es tu pene. ¡Mentiroso!

    – Oye tonta, ¿No me crees?, entonces ven y mírala – le dije retándola.

    Se lo dije por fastidiarla, pero no pensé que iba a ser capaz de correr la puertecilla que nos separaba. Su mirada se clavó de inmediato en mi zona genital sin pudor alguno. Yo de pura reacción y lleno de sorpresa me cubrí por instinto con mis manos. Sentí una tremenda vergüenza, sobre todo porque mi verga estaba realmente dura.

    – A ver, Don vergoncito, ¿por qué no destapas para ver cuál es tu bulla?

    – Oye, ¿estás loca?, Cierra la puerta. Laura puede pillarnos y…

    – Está dormida. A ver. Tú me viste el culo, y yo no te he visto nada.

    – Adriana, no seas pesada, tú también me viste el culo por el vidrio. Yo te mostré primero. Estamos a paz.

    – Lo tienes chiquito, eso es lo que pasa.

    Su voz me retó. Su actitud pasó de la burla a la soberbia. Eso me fastidió. En un arranque de orgullo, quité mis manos y se la presenté con el gesto más obsceno que pude hacer con mi cadera y dando un leve paso hacía ella.

    – Entonces, si tanto me la quieres, ver. Toma, aquí la tienes.

    Sus ojos parecieron impasibles mirando mi verga. Me sentí atrevido, demasiado para mi gusto, pero hallé que ella misma me había retado y llevado a hacer semejante grosería. Me miraba sin expresión en su cara. No supe cuantos segundos fueron. Tal vez cuatro o cinco, pero me resultaron eternos. Mi verga se balanceaba hacia arriba y hacia abajo por mi movimiento leve, pero vulgar, de mis caderas. Ella finalmente emitió una leve sonrisa mientras se ajustaba el pantalón nuevamente.

    – Juan, en serio. ¿Se te puso así por mi trasero? – su voz adquirió un tono melodramático.

    – Adriana, ¿y a quien no?

    No me dijo más nada. Cerró ella misma la portezuela y me preguntó si todavía me demoraba en la ducha. Sentí frustración. Tenía vergüenza, excitación y rabia. Me sentí como un juguete de sus caprichos. No supe para qué carajos quería verme la verga.

    – No, no me demoro. Solo me voy a quitar el champú y salgo. ¿Por qué lo preguntas?

    – Es que en realidad, no solo necesitaba mear, también me venía a duchar.

    – Bueno, ven, entra y te duchas. Nadie te lo está impidiendo – le dije intentando retomar un tono de broma.

    – ¿Crees que no soy capaz?

    – No he dicho nada Adri, no te pongas pesada.

    Yo me había volteado para cerrar la llave. Cuando escuché la puerta correrse otra vez, me giré y me hallé con su cuerpo completamente desnudo frente a mí. Nos miramos la cara. Habíamos pasado la línea. Yo le miré sus senos grandes y caídos. Eran los senos más sensuales que hasta ese momento me había topado tan cerca. Su mirada era retadora. Adriana miraba mi pecho, mi pubis y mi verga que recobraba su plena dureza. Yo me atreví a mirar directamente su sexo. Su vello púbico era abundante para sorpresa mía. Pensé que se rasuraba como mi novia Patricia. Pero su triangulo oscuro me pareció tremendamente erótico. No hubo palabras. Ella entró en la cabina. Yo no sabía bien como disponerme, que hacer o que no hacer. ¿Se suponía que debía yo salir de la cabina? Adopté una actitud reactiva a la espera que fuera ella quien tomara las iniciativas.

    – ¿Y Lau? – pregunté

    – Ya te dije. Está dormida. No seas tan miedoso – me decía mientras envolvía con agilidad su cabellera en un gran moño sostenido por un peine para no mojar su pelaje.

    Abrió la llave. Dejó que el agua cayera en su cuello y resbalara por su cuerpo desnudo. Yo me hice un poco detrás de ella y por fin pude verle el culo jugoso, muy jugoso. Mi verga a menos de un metro completamente parada apuntaba hacia él. Ni sabía qué hacer. Joder. Estaba incómodo entre la excitación y la inmoralidad de estar en esa situación con mi propia hermana. Pero era ella la de las iniciativas, yo al fin de cuenta me estaba duchando y fue ella la que no quiso que yo saliera, y también fue ella quien comenzó con el juego de las nalgas en el vidrio. Me fastidiaba sentir yo culpa como si fuera yo el atrevido, pero era inevitable.

    Adriana seguía allí de espaldas dejando que el agua mojara todo su cuerpo. Giró su cara hacia atrás y una mirada erótica miró mi pene duro.

    -¿Te gusta mi verga? – ella me la miraba. No me respondió, pero me replicó con otra pregunta.

    – ¿Está dura por mi culo?

    – Si.

    Se balanceó entonces hacia atrás hasta que pegó sus nalgas contra mi cuerpo. Mi verga se conectó justo entre sus nalgas. La atmósfera de broma había terminado. La cosa adquirió otro color. Meneaba sus nalgas sensualmente para que mi verga se arrastrara por sus nalgas. Yo puse mis manos en sus caderas y cualquier atisbo de pudor o moralismo que hubiera ya se había esfumado de la escena.

    Se pegó completamente a mí. Su espalda en mi pecho, su culo aplastando mi verga. Ella misma tomó mis brazos y los enrolló en su abdomen. Yo le acaricié su piel y también agarré sus senos grandes.

    – Hm, Juan. ¿Sabes porque hago todo esto? – su voz se suavizó y pude detectar en su aliento y en su pronunciación que la cerveza había alterado sus facultades sin necesariamente estar borracha. Prosiguió:

    – Juan. Hace rato que no me hacían sentir mujer. Cuando me dijiste que te gustaba el olor de mi cuerpo, de mi crema, ah, hm, me gustó ese gesto, ah, hm, y después ver esa sorpresa tan bonita, las, las, hm, las de las flores, que tuviste con Laura. Ah, ay Juan, hm, ah. No sé Juan. Eres tan lindo. Hm, hm. No he dejado de pensar en eso.

    No supe que decir. Pero la excitación era máxima. Mis manos seguían manoseando suavemente la suavidad de sus carnosas tetas y ella meneaba sus caderas pegando su culo en mi pene. Le besé el cuello y eso la derritió. Se giró hacia mí y su boca húmeda buscó la mía. Nos dimos un largo y profundo beso prohibido. Todo fue tan tremendamente rico y erótico. La besé con una intensidad que ni con Patricia había besado. Sus palabras no solo me habían excitado, sino también enternecido. Luego, obscenamente, le agarré el culo con mucha determinación. Puse mis manos en sus nalgas como obligándola a empinarse para ahondar en beso, mi pene se sacudía entre su abdomen y el mío. Mi boca comiendo la suya, su lengua mojando la mía, sus ojos cerrados, los míos también recreando el color de los cerezos.

    – Ay Juan, rico, házmelo, lo necesito. Hazme tuya. Hazme el amor.

    Nos salimos de la cabina. Ella se sentó en el inodoro y me dio una mamada lenta, rica, sensual, atrevida y fulminándome con sus ojos negros bien abiertos buscando placer en los míos. Su boca era suave, jugueteaba con su lengua sin vacilar. Me agarraba los huevos, los acariciaba disfrutando del sabor de mi pene recién aseado.

    Se puso de pie. Nos besamos allí. Este beso tuvo un carácter descontrolado, febril, devorador y apasionado. Nos estábamos comiendo a besos. Su aliento entre cerveza y verga era muy erótico y no podía denotar otra cosa distinta que a sexo. Sexo puro y salvaje.

    – Ven Juan, cómeme, cómeme, ah

    Se sentó en el borde del mueble del lavamanos. Su espalda desnuda y tersa se reflejaba en el espejo. No se lo esperaba cuando yo me agaché en ese estrello recinto.

    – Ay, ¿qué haces?, ah, hm, Juan, ay si, si.

    Mi lengua sin previo aviso buscó y rebuscó entre su tupido pelaje, la carnosidad tibia y húmeda de su vagina ya jugosa. Se la lamí sin titubeos. El olor era intensamente penetrante. Debía estar sudada y sucia de los trajines del día. Me encantaba su olor tan fuerte a mujer. Entre más la lamía, mas me daban ganas de pasar mi lengua por su clítoris y hundir más mis narices en su sexo. Sus gemidos se empezaron a subir de tono.

    – Adri, cuidado, baja la voz.

    – Ay Juan, sigue, sigue, más, más.

    Volví a hundir mi lengua buscando hondo en su vagina. El sabor salado y el olor a hembra era tan insoportablemente excitante que no me controlé y le hice un cunnilingus intenso, desesperante, carnívoro. Lo hice hasta cansarme y asegurarme de que mi hermana experimentara un orgasmo salvaje. El goce la hizo temblar hasta el último de sus cabellos.

    Contrajo cada musculo, emitió un aullido ahogado que ella misma intentaba controlar para no despertar a nuestra hermana mayor. Me puse de pie con mi boca mojada de sus flujos vaginales. De los ojos de Adriana salían lágrimas de puro orgasmo. Su cuerpo estaba electrificado. Le puse la punta de mi verga en la entrada de su raja sin penetrar. La dejé que recobrara un poco su compostura y gozara su orgasmo con mis caricias en sus tetas.

    Cuando recobró algo de calma, simplemente empuje lentamente mi cadera hacia ella mirando su rostro vencido. Sentí un que mi verga resbalaba suavemente dentro de su raja que quemaba mi piel. Yo sentía su cuerpo tan ardiente, tan prohibidamente ardiente que era imposible detenernos. Mis embestidas iban cobrando cada vez más ritmo y el plap plap plap de mi piel contra la suya intensificaban el ambiente de tensión sexual. El martilleo del mueble del lavamanos contra la pared nos delataba si Laura estuviera despierta. Pero ira difícil parar. Ella me azuzaba a seguir. Me besaba o me hundía mi cabeza entre sus senos para que se los chupara sincronizadamente con el meneo de nuestros sexos.

    No se lo pregunté. Sabía por instinto y experiencia con Patricia que el riesgo estaba allí latente. Se la saqué para evitar un embarazo. Ella, al sentirlo, mirar mi rostro contraído de placer y verme masturbarme intuyó que el semen no tardaría. Se desmontó rápidamente del mueblecito, se agachó con ternura y fue ella quien controló mi paja en esos últimos segundos. Arropó con sus manos mi verga para agitarla apuntando a su cara. La cantidad de semen fue más de lo que ambos nos esperábamos. El primer pringo la sorprendió un tanto, mojando su frente y su cabellera, los demás cayeron desordenadamente en cualquier parte de su rostro y sus labios. Cuando las erupciones violentas habían cesado. Mi hermana engulló la verga en su boca tibia. El cosquilleo que recorrió mi cuerpo era intenso. Lamía en esa zona de la verga que se vuelve un mar de sensibles nervios después de eyacular. Chupaba y chupaba y los pringos débiles los tragaba viendo a mis ojos.

    Después se puso de pie y nos dimos un beso profundo y sellador. Ella se entró en la ducha y yo me vestí para salir del baño y meterme en mi cama disimuladamente. Sentí un alivio tremendo cuando constaté que Laura dormía profundamente en su alcoba. Tuvimos suerte, porque justo cuando Adriana se disponía a salir del baño, la puerta del cuarto se abrió. Era Laura que había despertado casualmente para ir a orinar.

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  • Mi primer vaginal

    Mi primer vaginal

    Después de mi primer oral a Bruno, (leer “Mi primer oral”) quedé muy caliente, no paraba de masturbarme todos los días. Quería coger al primero que se me cruce. Por colmo no recuerdo porque nuestros padres no se juntaron y a Bruno no lo vi por varios días.

    Marcos, era unos años más grande, tenía fama de salir con varias chicas en esa época, me venía encarando hacía rato, pero por su fama de salir y cambiar tantas veces de chicas no le daba bola. Pero una noche mi calentura hizo, que en el bar me fuera con él hasta mi casa. Ahí nos besamos, se notaba que lo hacía con experiencia, y con total desparpajo empezó a meter mano por mi cuerpo, logrando mi excitación. Me incita a entrar a mi casa, para que nadie nos vea.

    No sé por qué me negué, tal vez para que no piense que era una puta, que en la primera salida iba a coger con él. Nos despedimos y quedamos en vernos la noche siguiente. Entre a mi casa, al ir al baño note mi tanga toda mojada y sin dudar me masturbe metiendo mis dedos hasta el fondo.

    La noche siguiente nos encontramos otra vez en el mismo bar, él con sus amigos y yo con las chicas que ya sabían lo que pasó la noche anterior. Bailé y tome toda la noche hasta que Marcos digna acercarse, pasando su lengua por mi cuello, cosa que me causo la erección de todos mis pelos y piel.

    Salimos hacia mi casa, comenzamos a besarnos, acariciarnos, metía mano bajo mi vestido, acariciaba mis piernas mientras besaba su cuello, y vuelve a proponerme entrar. Esta vez acepto, pero le aclaro que no hagamos ruido, para que nadie se entere. Nos dijimos al living, el lugar más lejano de los dormitorios, y nos tiramos en el sillón. Ahí comenzó a desabrochar los botones de mi vestido, permaneciendo a la altura de mi cintura, mientras me tomaba con fuerza y me besaba caliente, quedando a la vista mis lindos senos, suaves, tersos, besándolos, comienzo a gemir, mi respiración se agitó un poco. Mientras mi excitación ya era notoria.

    Se tiro sobre mí, con el pene erecto rozaba mi vagina sólo separados nuestros sexos por la ropa, le digo que sentía muy rico su pija sobre mi vagina, se tira hacia atrás y baja sus pantalones, así el roce era más cercano, sentía como separaba levemente mis labios vaginales, no dejaba de succionar mi pezón.

    Me separó con sus brazos y pensé que ahí acabaría todo, pero solo se incorporó para quitarme el vestido quedando únicamente con la tanga puesta, mientras Marcos se desnudaba rápidamente, para besar mis piernas hasta llegar a mi intimidad, quitando con sus manos la última prenda que me quedaba, era la primera vez que estaba desnuda ante un chico, era la primera vez que empezaban a chupar mi virginal vagina.

    Se incorpora de entre mis piernas y yo me sonrió, puse mis manos en la nuca haciendo que mis senos se irguieran y sus erectos y duros pezones apuntaran al techo, Mientras miraba su pija completamente erecta, vuelve entre mis piernas y reinicia otra mamada a mi deliciosa y virginal vagina, metía su lengua entre mis labios vaginales punteando la entrada a mi cuevita, lamía mi clítoris.

    Con mis manos apreté su cabeza contra mi intimidad, seguro que con mis jugos inunde su cara, con la respiración entrecortada lo tome hacia arriba y le dijo: ven te quiero sentir, quiero que seas el primero.

    Acercó su cara a mí y le digo: Hazlo con cuidado que es mi primera vez, no me lastimes.

    Puso entre mis piernas entre abiertas su duro miembro a la entrada de mi palpitante vagina.

    Su pija fue abriendo paso entre los labios vaginales, gemí con una mezcla de grito, ¡abro más las piernas al sentir cómo entraba esa pija dura en mi hasta ahora virginal cavidad!

    Se quejó quieto unos segundos, se sentía muy rico y caliente ahí dentro.

    Siento que me abre toda. Comenzó a moverse de atrás hacia adelante poco a poco hasta que sentí que topaba su cuerpo contra el mío. Su pija había entrado toda hasta quedar los huevos pegados a mis nalgas.

    Gritos y gemidos salieron de mi boca, enterrando las uñas en su espalda, apretando las piernas alrededor de su cintura, para que toda su pija quedara dentro mío, lo besé en la boca tratando de mitigar mis alarido, mientras me acostumbraba al tamaño invasor de mi intimidad.

    Comenzó a moverse lentamente de atrás hacia adelante sin sacarlo mucho, lo abrazaba por la espalda baja abriendo un poco más las piernas, permitiendo que llegue lo más profundo su pene, que se deslizaba por toda la vagina, entraba y salía casi por completo, besaba y lamía mis tetas mientras embestía cada vez más duro, me caían algunas lágrimas que fue cambiando a ligeros pujidos y suspiros hasta llegar a constantes gemidos, que marcaban mi primer orgasmo con una pija.

    Disfrutaba al máximo ese orgasmo, movía la cadera a su fuerza, a su encuentro indicando que deseaba siguiera bombeando mi concha apretada recién inaugurada.

    Me agarro de las nalgas, las apretó y comenzó a darme unas fuertes y continuas embestidas penetrando profundamente, abría la boca como jalando aire, giraba la cabeza de un lado a otro, no quería que deje de cogerme, besaba mis senos, me decía si quería más, sólo lo empujaba hacia mí. Sigue, empuja su pija libremente dentro de ella gracias a lo lubricada que estaba.

    Hasta que sentí como su leche pujaba por salir engrosando aún más esa pija dura, ¡mmmm que rico me coges, me llenas toda!, le digo

    Eso motivó que comience con embestidas rápidas y fuertes para expulsar fuertes chorros de espeso esperma dentro de concha inundada, chorreante.

    Lo apreté con las piernas alrededor de la cintura, quedando sus huevos pegados a mi culo. Se desploma sobre mi apretando mis tetas, que rico y caliente se sentía esa pija todavía dentro de mí.

    Nos abrazamos fuertemente, entre beso, caricias y miradas. Le digo:

    -gracias que rico, me gustó mucho.

    Se despega de mí, sacando el pene semi erecto lleno de sangre, nos limpiamos con un pañuelo, para vestirnos.

    Él se va a su casa, yo al baño para asearme y cambiarme para dormir bien cogida esa noche.

    La relación duro solo unos pocos meses, donde me cogía muy rico todas las veces que podíamos. Hasta que descubrí que el muy turro no había perdido la costumbre de salir con otras chicas. Y lo mande al demonio. Ese fue un quiebre en mi vida, de ahí en adelante comencé a coger sin parar con todos los que pude. Por eso pueden leer mis otras historias.

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  • Entregué a mi amiga a un sexo cruel

    Entregué a mi amiga a un sexo cruel

    Estaba atada a la cama, vendada, en manos de él, mientras desde la puerta en silencio ellos veían como la manipulaba, como la hacía retorcerse buscando sexo.

    Yo era amiga de la Flaca. Desde la universidad. Buena para las fiestas, ella y su hermana, eran de las que te decían, “amiga, besos y abrazos no sacan pedazos”. Se las peleaban los compañeros porque eran bonitas también. Al tercer año se tranquilizó, con un novio, y después apareció casada, con otro. Se recibió y al tiempo una hija primero un hijo después. Buen trabajo, en un banco. Todas sabíamos que el marido se tiraba a cuanta secretaria se le pasaba por delante, era productor de eventos con muchas secretarias. Ella, seriecita, dedicada a ser madre, vivía entre el trabajo el gimnasio y el supermercado.

    Ahí nos volvimos a encontrar y seguimos siendo amigas, hasta hoy, y seguro mañana. Por eso me choqueo verla esa noche en la casa de la playa, dando tremendo espectáculo con el tipo ese que había abierto la puerta del dormitorio, y la tenía en bolas atada de brazos y piernas a la cama mientras la manoseaba a su antojo. Y ella se le derretía de caliente.

    Éramos un grupo de amigas y sus “amigos” que íbamos a una casa en la playa los fines de semana, ocho, a veces diez, ellos mineros casados todos o casi todos. Mucho mar, trago y sexo. O al revés. Todo muy reservado claro, todos adultos de 40 o 50 años. Cuando me contó que la habían dejado por una de 20 años, salimos a tomarnos un trago para pasar la pena y me confidenció que la había quedado la duda de si la habían dejado por ser mala para la cama. Al tiempo la invité a la Casa de la Playa, “hay que divertirse flaquita” le decía, somos todos adultos. Se aguantó mas de un año sola, hasta que ese fin de semana finalmente se envalentonó.

    Recuerdo que estuvimos en la playa bañándonos en la tarde y al anochecer la vi conversando con uno de los jefes de ellos, de la minera, era primera vez que venía, pero antes había ido a alguna fiesta a mi casa. Estaban afuera en el balcón oscuro frente a la playa ya oscura, se había tomado dos wiskis porque ella solo toma wiski y se metían mano en la oscuridad del balcón, “bien por ella” pensé, llevaba mas de un año en completa sequía. Volví a jugar a las cartas con los demás, éramos 8 todos emparejados.

    Como a la hora, Viento Frío, así le decían al jefe que estuviera fuera con mi amiga, sale del dormitorio al que suponía habían entrado, descamisado, saca un agua mineral, y se vuelve a la pieza dejando la puerta abierta del dormitorio después de mirarnos entre sonriente y cómplice.

    Una de mis amigas, curiosa, se acercó a la puerta silenciosa, traviesa, miró y nos llamó, calladitos nos advirtió con señas y nos acercamos a la puerta en punta de pie.

    El dormitorio estaba alumbrado solo por velas y en la cama desnuda, los ojos vendados, atada las manos y piernas a los esquineros de la cama mi amiga. Sentado a su lado, Viento Frío con una vela en la mano izquierda y con la derecha recorriéndola del cuello a sus pechos por su estómago y piernas.

    Quedé tiesa como todos los que nos acercamos a mirar. Pasada la sorpresa intenté entrar, cerrar la puerta y gritarles que eso no se hace, que era una vergüenza, pero me contuvo la mirada de ellos, sonrientes, burlones mas que sorprendidos. A ellas la Flaquita nunca les gustó, al igual que en la universidad decían que era una pretenciosa, una engreída, y sobretrabajada en gimnasios. Estábamos los ocho amontonados tras la puerta, la cabecera de la cama daba a la pared y la dejaba en medio de la pieza, por el otro lado, opuesto a la puerta desde donde mirábamos se había mediosentado Viento Frío.

    Debo reconocer que a la luz de las velas se veía muy bien, tensa como cuerda de violín, apoyada solo en su culo y la espalda a la altura de los hombros, las piernas redondas y firmes con una cintura increíble y de senos nada, casi nada, siempre fue un poco acomplejada por ellos, “plana como tabla” decían nuestras compañeras.

    Ella me pidió que escribiera esto, lo que recordaba de esa noche, yo sé que es medio masoquista por eso no me extraño. Y bueno, además ella no vio nada. Yo, personalmente pasé del asombro a la vergüenza y después a la rabia, cómo dejarse exponer así, la muy bruta. El tipo la manipulaba, la manoseaba, le metía mano entre las piernas que ella le abría, le introducía la punta de sus dedos, le abría la vagina y solo le rozaba sus labios y alcanzábamos a ver como ella subía sus caderas buscando su mano, buscando el contacto, jadeando de caliente.

    Cuando la respiración ya se le alteraba en demasía y veíamos como se le subían y bajaban los pechos y se ponía roja, en ese momento que sabíamos que venía a continuación, paralizada ya, tensa al máximo, el maldito le dio vuelta la vela sobre su seno y la cera caliente le fluyó desde el pezón hasta la sábana. Hasta a mí me dolió. La Flaca emitió un grito sordo de dolor y sorpresa, se le dibujó la mandíbula tensa, apretó la boca e intentó enderezarse como golpeada por la electricidad y luego encogerse pero las cuerdas se lo impidieron.

    Mis amigas a mi lado se encogieron de hombros, alegres, con un uyyy en las miradas mezcla de complicidad y gusto por lo que observaban, “la muy puta” murmuró una. Estábamos agolpadas en la puerta silenciosos, cómplices, felices, disfrutando del espectáculo que daba la flaquita.

    “¿Tu creís que sabe que la estamos viendo?” Escuché preguntaba Carmen Gloria su hermana. “Hay que ser muy pata e vaca para hacerle eso a una mina”, murmuró dijo a mi otro lado Joaquín, uno de ellos que se acostaba con Carmen Gloria que estaba adelante en primera fila “pa mi que seguro le gusta, se hace la mosquita muerta la perra” susurro la Carmen.

    Verla retorcerse, escucharla gemir en la cama a pocos metros de nosotros fue todo un espectáculo, tensando su cuerpo para que le metan mano, que la manipulen, me recordó los tiempos de universidad que se dejaba manosear por compañeros en fiestas en que apagaban las luces. Sí su matrimonio fue el peor fracaso, sexualmente claro, fue tanto como para ahora entregarse así, o era que simplemente le gustaba este tipo de sexo, que la manipularan, someterse, todo lo contrario a mis amigas que ahora la miraban felices, y que se sabían radicalmente lo opuesto a ella.

    Tengo aun presentes los detalles que me pidió escribiera, la cama estaba a pocos metros y olía a cera de vela, el pelo medio le tapaba la cara, la garganta le subía y bajaba y al otro lado de la cama Viento Frío que comenzaba nuevamente a toquetearla, le recorría el cuello, le acariciaba sus pechos, los pezones cubiertos de cerote y bajaba hasta sus piernas metiendo la mano por dentro de ellas. Las cuerdas atadas a sus tobillos algo flojas dejaban que recogiera sus piernas acercándolas a la mano que las recorría. Estaba sudando, le brillaban las sienes, las lágrimas le habían mojado parte de la venda y le corría saliva desde los labios.

    Las gotas de sudor caían desde la axila depilada, otras se le juntaban entre los dos pequeños senos que subían y bajaban como desbocados por una respiración agitada. Olía a sexo. La media luz de las velas hacía que pareciera mas puta todavía la pobre que se abría entera. Cuando de tanto manosearla incluso de bajar por atrás los dedos y por abajo metérselos en su colita cuando no aguantaba nuevamente y en el preciso momento de irse volvió a bañarle con la cera derretida su senos.

    La Flaca emitía un sonido como de serpiente como un silbido encogiéndose y doblándose como animal que le salió de alma misma, las lágrimas superaron la venda y la cuerda que apresaba el pie hizo que le aparecieran unas pequeñas gotitas de sangre cuando trato de recoger la pierna para protegerse del castigo. De verdad hasta me dio pena. No de dolor, sino de como puedes ser tan puta para soportar todo esto, no me quedaba duda que sabía que la mirábamos, y se entregaba igual. Pero, ¿entregarse a un hombre hasta tal punto?, ¿dejar que la manejara así?, ¿que la usara de esta manera? ¿Le excitaba tanto eso?

    La Maritza que era la que menos la quería de mis amigas le hacía señas a Viento Frío: la cera en la entrepierna, le apuntaba, a lo que él le preguntó con gestos si era posible hacerlo, siii le decía subiendo y bajando su cabeza con una sonrisa, siii, hazlo.

    Estaban felices, excitados todos, compartiendo el silencio, hasta yo estaba mojada ya de puro verla así, verlo a él usándola de esa forma. No sé si me lo perdonará, pero sí, seguro me perdona. Ella sabe que somos todos adultos, y que nadie va a abrir la boca.

    Fui a buscarme otro vodka y cuando volví mi amiga se retorcía bajo la mano de Viento Frio que le metía los dedos en su culito, que lo tiene de envidia, y luego se los llevaba a su matriz y luego a su culito que le paraba, que se lo abría para que se los metiera aun mas. “La muy puta pa caliente, ¿desde cuándo no se lo mandaban a guardar?”, murmuró una. “Seguro nunca se la habían trabajado como ahora”, susurró alguien adelante sin dejar de mirarla como se abría, como subía la cadera buscando el contacto de la mano, desesperada ya.

    “Por favor” murmuró, comenzaba a rogarle y él se agachó y le dijo algo al oído y volvió a acariciarle las piernas abrirle los labios de su sexo a levemente penetrarla, dilo le susurraba, dilo y ahora decía a media voz “soy tu putina” se escuchó que dijo claro “soy tu putina” y repetía “Soy tu putina” y como seguía estimulándola llegó a exclamar ”por favor por favor hazme terminar, hazme terminar” rogaba y nosotros mas que asombrados atónitos con mis amigas que felices se sonreían, se codeaban admiradas, contentas pero cautas se deleitaban en silencio los ojos muy abiertos, muy puta la flaquita, muy puta.

    En verdad después de separarme me he acostado ya no recuerdo con cuantos. A diferencia de la Flaca que hace mas de un año evitaba tener sexo con alguien y estoy segura no había tirado con mas de 2 y 3 tipos en toda su vida. Yo he sido bastante promiscua, lo reconozco, sexo en grupo, con otras mujeres, con mas de un negro para salir de la curiosidad, incluso una o dos orgías pero nunca, nunca, haberme expuesto yo o haber visto como se afilan a una hembra, como se estaban afilando a mi amiga. Me entraba vergüenza ajena el verla allí doblándose de deseo, entregada total, total de caliente, rogando por sexo, eso no, no lo había visto ni lo había imaginado.

    El viejo se paró por un wiski mas y nos cerró la puerta. Nosotros volvimos al juego pero todos nos quedamos pensando en lo que habíamos visto. Estuvimos allí un rato hasta que Viento Frío volvió a salir, aun la camisa abierta fuera del pantalón y solo dijo “voy al baño” y dejó la puerta abierta.

    Carmen Gloria, su hermana y Maritza fueron las primeras en pararse y asomarse a la pieza y entrar, con un gesto de silencio y travesura nos llamaron. La flaca estaba de pie, con la vista vendada aun, desnuda, bueno con sus tacos altos solamente, de espaldas apoyada en un ropero inmenso como se paran cuando la policía va a revisar, los brazos levantados, las piernas separadas, la cabeza gacha.

    La luz de las velas hacía que su cuerpo perlado de sudor le brillara aun, jadeaba cansada, destruida, los pezones de los que se veía su perfil irritados, su cintura pequeña parecía caber en dos manos, la piel de las muñecas y los tobillos con pequeñas gotas de sangre y por la parte interna de las piernas literalmente le chorreaba líquido que caía hasta el suelo. Los hombros le subían y bajaban acompasadamente. Seguro sabía que la mirábamos y no se atrevía a mover.

    Nota: le pedí a mi amiga que fue quien me invitó a la casa de la playa que escribiera lo que vio esa noche y solo le hice algunos cambios menores. La versión mía, que era la vendada allí, la escribí en “El bautizo de una sumisa” en la parte una casa en la playa que pueden encontrar entre mis publicaciones.

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  • Comenzando a dominar a Eva

    Comenzando a dominar a Eva

    Hola, soy Isabel, tengo 65 años y soy una ama de casa a la que le encanta divertirse. En realidad, estoy disfrutando de un estilo de vida de tipo matrimonio abierto y cornudo. He vivido toda mi vida para hacer realidad todas mis fantasías sexuales, ya que solo se vive una vez y no tengo intención de perderme nada. Llevo cuarenta años casada con mi marido, pero eso nunca ha sido un obstáculo para disfrutar de todo, incluso, al contrario.

    En mi anterior relato he contado como comencé a dominar a mi marido y como me confesó que me había puesto los cuernos con Eva, lo cual me enfado muchísimo, el asunto no eran los cuernos, yo se los estaba poniendo a mi marido, tampoco porque Eva se los pusiera al suyo, ahí debía de mostrarme muy comprensiva, el marido de Eva era aburrido incluso follando y de eso podía dar fe, jajaja.

    Lo que me sentó a cuerno quemado es que Eva era una mujer de las que no salían de la Iglesia, siempre criticando la corriente de libertad que se estaba abriendo paso en España en esos años, y siempre hablando del pecado y del Infierno, hasta resultar aburrida, por eso se merecía que me vengara de ella, y por supuesto lo iba a hacer.

    Acudí a su casa a una hora en que sabía, que estaría sola, su marido estaba en su despacho, sus hijos en la escuela, y la chica que trabajaba de interna descansaba ese día, nos dimos el beso hipócrita a la entrada y me invitó a pasar, llevaba el vestido más antierótico del mundo, le llegaba hasta los tobillos y era muy amplio, no podía destacar nada de su cuerpo, me invitó a un café y comenzando una conversación completamente normal entre dos mujeres hipócritas de nuestra posición y fue en un momento determinado cuando yo me levante para admirar uno de los cuadros de su salón cuando me acerqué a ella que estaba sentada en el sofá y la sacudí un bofetón mientras le decía:

    –Eres una puta hipócrita, mi marido me ha confesado lo que hacéis.

    Ella se puso muy nerviosa, llegué a temer que la diera un sincope, espere que se calmara un poco y añadí:

    –Se lo pienso contar a todo el mundo, que sepan lo puta que eres.

    Ella volvió a ponerse muy nerviosa, estaba en peligro su posición social, y su marido era tana aburrido como rico, tras calmarse un poco me dijo:

    –No por favor, no lo hagas, lo siento mucho fue solo una vez y te prometo que no volverá a pasar, por favor.

    Me encantaba tenerla así, asustada, y decidí que había llegado el momento de rematarla, le dije:

    –¿Si yo hago eso por ti, tu harás algo por mí?

    –Lo que quieras Bety, lo que quieras, pero porfa no destruyas mi matrimonio, piensa en mis hijos, me suplicó.

    –Deberías haberlo pensado tu zorra antes de ponerte a follar como una zorra, con el primer tío casado que se te pone a tiro, pero bueno estoy dispuesta a olvidar el asunto, la dije, si tu haces algo por mí que borre la ofensa.

    –Lo que quieras Bety, lo que quieras, –me respondió.

    Fui a uno de los extremos del salón, y me senté en el sofá y la ordené:

    –Vente aquí a cuatro patas, las zorras andan a cuatro patas y tú eres una zorra hipócrita.

    Ella se puso a cuatro patas y en esa postura vino donde yo estaba, yo llevaba unos zapatos de tacón, le ordené a Eva quitármelos y lamerme lo pies.

    –Que guarrería –dijo ella.

    –Guarrerías las que tú has hecho con mi marido, –le respondí.

    Eva parecía esperar una señal de misericordia por mi parte, pero yo seguía mirándola de una manera severa, comprendió que no tenía otro remedio, con resignación me desabrochó uno de mis zapatos y luego me lo quitó, y con su lengua se puso a lamerme el pie, me encantó como lo hacía, su lengua pasaba por todo mi pie, y a eso añadimos su cara de asco, me hacía sentirme muy a gusto. Cuando me cansé la hice repetir la misma operación, y las ideas malévolas iban rondando mi mente, y la dije:

    –¿Te has dado cuenta cómo vas vestida? Así solo visten las santurronas y tú eres una hipócrita puta, ¿Te parece enseño mucho?

    Yo, como dije en el relato anterior, siempre he sido exhibicionista, llevaba un vestido floreado por encima de la rodilla y con un escote muy generoso, añadí:

    –Tú y yo vamos a salir por ahí, y tú siempre iras más corta y escotada que yo mostrando a los que te vean que eres una puta, y lo demás son tonterías, pero, añadí, de momento lo que quiero es que te quites esa birria de vestido, si llevabas eso cuando follabas con mi marido no sé cómo a él se le ponía dura.

    Otra vez me puso la cara de cordero degollado, la verdad es en vez de darme pena, como posiblemente era su propósito, aumentaba las ganas que tenía de dominarla y humillarla, tras un poco de espera comprendido que debía de obedecer, así que desabrochó el vestido y lo dejó caer al suelo, ante mi vista apareció un cuerpo muy bonito, cubierto con la ropa interior más horrorosa que había visto en mi vida, al verlo la dije:

    –Jesús, ¿En qué mercadillo te compras la ropa interior querida?, vamos a tener que cambiar por completo tu forma de vestir, de momento tu sujetador ataca a mi vista, quítatelo.

    En ese momento pareció darse cuenta de que con caras lastimeras no iba a logar piedad de mí y comprendió que solo la quedaba obedecer y se quitó el sujetador, pero intentó taparse las tetas con sus brazos, como hacían las primeras chicas que comenzaron a salir desnudas en España, la dije:

    –Venga zorra esos brazos fuera.

    Creo que mi voz fue lo suficientemente potente para que obedeciera, apartó los brazos y dejo al aire un par de tetas impresionantes, comprendí que mi marido se quisiera follar eso, pero eso no minaba mis ganas de dominarla y hacerla ver lo puta que era. En ese momento la única ropa que llevaba encima, eran unas bragas, que daban ganas de vomitar, así que la ordené:

    –Venga, esas bragas fuera

    Parecía colapsada, eso me llevó a tener un poquito, no mucho jajaaj de piedad con ella, y la dije:

    –Me da pena, si te es más fácil ponte de espaldas a mí, para hacerlo.

    Ella pareció sentirse ligueramente aliviada y se fue bajando las bragas, estando de espaldas, poco a poco, ante mí fue apareciendo un culo delicioso, de los que muchos tíos, en esa época, donde el asunto no se había normalizado, la hubieran querido meter y tuve claro que muchos lo iban a hacer, porque yo me iba a ocupar de que lo hicieran, en esos momentos la pregunté:

    –¿Tu marido te la mete por ahí?, O ¿te ha medido alguien?

    –Claro que no, respondió ofendida, eso es de ser muy guarra y yo no lo soy.

    Sus bragas cayeron al suelo, creo que por primera vez en su vida estaba desnuda a la vista de otra mujer, yo le dije:

    –Date la vuelta

    Ella tardó un poco en obedecer, era como si se lo estuviera pensando, la tuve que decir, con voz muy autoritaria:

    –¿A que esperas zorra?

    Note como movía sus brazos y cuando se dio la vuelta, tenía el coño tapado con sus manos, como hacían muchas de las primeras actrices en desnudarse en las revistas en España al comienzo de la época del destape, volvía recuperar mi tono autoritario y la dije:

    –Esas manos fuera de ahí.

    Ella con mucha vergüenza las apartó y ante mi vista quedó el coño más descuidado del mundo una pelambrera sin ningún tipo de control.

    –Pero que asco de coño tienes hija, la dije ¿Es que no te lo arreglas nunca? Le pregunté.

    –Como nadie lo ve, me respondió, no hay porque cuidarlo, eso es libidinoso y es pecado.

    –¿Tu marido tampoco? La volvía a preguntar.

    Me contestó que no, que siempre lo hacían con la luz apagada, me pareció un aburrimiento y me marqué como objetivo que ese coño iba a ser muy visitado por los tíos, la dije:

    –¿Tienes unas tijeras en casa?

    Ella me trajo una y nos fuimos al cuarto de baño de su marido, la casa tenía tres cuartos de baño, allí primero la hice recortarse los pelos del coño y después utilizar la máquina de afeitar de su marido, era de las manuales, con espuma y cuchillas, para depilarse el coño, pese a sus protestas, le quedó un chocho bien depilado y rosadito.

    No pude evitar llevar mi mano a su coño y acariciárselo, en aquel tiempo, aunque había follado con muchos tíos, yo era virgen con las mujeres las historias de lesbianas estaban empezando a circular historias de lesbianas aún faltaba mucho para que la cosa se normalizara, así que en ese aspecto estábamos los dos iguales, pero tenía curiosidad, lo que me sorprendió fue que al tocar su coño con mi mano me encontré con que estaba mojado, ¿Así que la santurrona de Eva se calentaba siendo humillada?, bueno pues yo me ocuparía de que se calentara a tope, jajaja.

    Me di cuenta de que su marido tenía sobre el lavabo u a barra de jabón de afeitar, no es que fuera especial mente largo, ni gordo, pero lo cogí en mi mano y lo introduje en el interior de su coño, y ella pese a intentar morderse los labios para no gemir no pudo evitar hacerlo, sus deseos de demostrar cuanto estaba gozando se contradecían con los de vergüenza por ello, moví un poco la barra en su interior, hasta que un inmenso gemido me demostró que la muy zorra había tenido un orgasmo. Aunque no quería reconocerlo.

    –Es que me ha dolido algo, será alergia, dijo absurdamente.

    Esta actitud me decidió a castigarla duramente y la dije:

    –Eres una perra vamos al salón, pero tú a cuatro patas, como es como una perra.

    Así lo hicimos y al llegar al salón, me senté en uno de los sofás, ella seguía a cuatro patas, como esperando que la permitiera ponerse de pie, pero yo tenía otros planes, me subí el vestido, muy poco a poco, hasta la altura de mis bragas e hice una pausa, después me quité el tanga, dejando también mi coño al aire, como ya he dicho antes en esos momentos yo no pensaba practicar el lesbianismo, pero quería hacerla algo muy humillante, que demostrara a la santurrona esa lo puta que podía ser, así que la ordené:

    –Cómeme el coño.

    Ella me miró horrorizada, era lo último que pensaba, solo acertó a decir:

    –Pero yo no soy lesbiana.

    Yo tampoco, la respondí, pero tengo el capricho de que me comas el coño, o si no contaré a todo el mundo lo que hiciste, con la luz apagada supongo con el pánfilo de mi marido.

    Ella temiendo que yo llevara a cabo mi amenaza se acercó a mí a cuatro patas, como una perra, se sitio delante de mí coño e introdujo su lengua en mi interior.

    Sentir su lengua, pese a que era alguien sin ninguna experiencia en el asunto, en el interior de mi coño y que comenzara a explorar mi coño me resultó, para mi sorpresa muy agradable, nunca hubiera pensado que con una mujer se pudiera disfrutar tanto, esta vez fui yo quien comenzó a gemir, en cierta manera era una especie de venganza suya, pero no quería demostrárselo, quería humillarla y de esa manera, aunque los gemidos decían otra cosa, yo le dije:

    –Venga so muermo, es que no sabes hacer nada bien, seguro que el cabrón de tu marido se tira a la criada por las noches cuando tú te duermes.

    Me vinieron varios orgasmos, más intensos que los que había sentido con muchos de los tíos con los que follaba habitualmente, cuando me canse decidí paras a otra cosa, le dije que podía apartarse y añadí:

    –Eres una patosa que no sabe hacer nada bien, te mereces un castigo,

    Y la ordené tumbarse encima de ji con su culo al alcance de mi mano, como si fuera una niña pequeña que ha hecho algo mal y su madre la va a dar una buena azotaina, y eso es lo que hice, mi mano descargó el primer golpe sobre su culo, ella emitió un quejido.

    –Has sido una niña mala y mama te va a castigar, dije yo, mientras mis manos descargan golpes sobre su culo.

    Ella emitía gemidos de dolor, aunque yo me di cuenta de que se estaba transformando en gemidos de placer, que ella comenzó a expresar, pese a intentar negarlo y, la verdad por mi parte golpear ese culo me estaba poniendo cachonda, me quedé sorprendida cuando introduje una de mis manos en su coño y estaba muy mojado, menuda zorra.

    Cuando me canse de castigarla con mis manos pensé en otro castigo humillante y la ordene:

    –Vuelve a ponerte a cuatro patas y vámonos a la cocina.

    Por supuesto lo hizo, la verdad es que esto de tener una perrita complaciente estaba muy bien, solo me faltaba ponerla un collar y una cadena, pero eso para más adelante, llegamos a la cocina, allí abrí el frigorífico, la pregunté que había y me dijo que no sabía de esas cosas se ocupaba Natalia, su criada filipina.

    –¿Tu Mario se la folla verdad?

    Conocía de algunas otras veces que había visitado la casa a Natalia, la criada filipina de Eva era una chica de rasgos orientales en la treintena, cuando teníamos una reunión social los muy pijos le hacían llevar un uniforme de criada, lo cierto es que los hombres la miraban con muchas ganas, y nunca tuve dudas de que el señor de la casa, cuando Eva se dormía su marido iría a hacerla visitas a su dormitorio.

    Abrí la nevera, no cabe duda de que la familia de Eva estaba muy bien surtida, la ordené levantarse y eche un vistazo al frigorífico, lo primero que vi fueron unas zanahorias, cogí la más grande y ordene a Eva:

    –Venga zorra, métetela en el coño.

    Eva ya se iba acostumbrando a obedecer todas mis órdenes sin rechistar así que abrió un poco su coño e introdujo en él la zanahoria. Y comenzó a moverla en su interior como si fuera una polla, yo le pregunté:

    –Dime zorra, antes de con el aburrido de tu marido, ¿habías follado con otros hombres?

    –No, contestó ella, tenía claro que debía de guardar mi virginidad para mi marido, me respondió.

    –¿Y después?, la volví a preguntar.

    –Bueno solo con un par de ellos, además de tu marido, la carne es débil y mi marido hay veces que no me lo hace en mucho tiempo.

    –Pues prepárate, pensé yo, aunque no lo dije en voz alta, porque tu coño va a recibir más visitas que el museo del Prado.

    Mientras teníamos esta conversación Eva, siguiendo mis órdenes movía la zanahoria en su interior, su voz estaba entrecortada por sus gemidos, se me encendió una bombilla en mi cabeza y la pregunté:

    –¿Y con el cura de tu parroquia alguna vez has tenido algo?

    –No, respondió ella sonrojada, pero algunas veces he sentido que el me miraba con ganas y eso que siempre voy muy recatada.

    Por supuesto yo me iba a ocupar de que él cura pecará con ella, pero eso sería otro día, en ese momento decidí que era hora de que mi perrita cambiase de fruta, busque en la nevera un pepino de tamaño mediano y se lo introduje en el interior de su coño, ella me miro asustada, ero ya era una puta sumisa y comenzó a moverlo en el interior de su coño, sus gemidos se hicieron más fuertes. La tumbé en el suelo de la cocina y dirigí mi coño hacia una parte del pepino que no había entrado en mi coño, que se unió al suyo y nos rozamos, era una sensación maravillosa, y el principio de una relación que se ha mantenido a lo largo del tiempo.

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  • La practicante (parte 2)

    La practicante (parte 2)

    Nota del autor: Está es la segunda parte del relato que empecé anterior mente, dejen en sus comentarios cómo les parece, eso me motiva a escribir más.

    –¿Aún no te ha aceptado algún carro?

    –No, me vas a tener que aguantar un poco más en tú apartamento –Le respondí.

    –Por mí te puedes quedar todo el tiempo que quieras.

    Nos miramos fijamente, nuestros ojos decían más que todas las palabras que habíamos cruzado esa noche, observaba sus labios carnosos que me atraían a ella y poco a poco me acerqué sabiendo que ya no había marcha atrás, mis labios aterrizaron en los suyos con delicadeza. Valentina continuaba sosteniendo su vaporizador en la mano, mientras nuestros besos empezaban a acelerar su pasión.

    Ella tomó mi cabeza para aprisionarla a su boca, yo puse mi mano en su mejilla para sentir un poco de su piel, el sabor era dulce, su lengua se entrelazó con la mía, un vació se apoderó de mi estomago repentinamente, mis labios soltaron los suyos y recorrieron su rostro para llegar hasta su cuello, Valentina transformaba mis besos en ligeros gemidos contenidos.

    Empecé a acariciar su cintura al ritmo de mi boca provocando que ella rodeara con sus brazos mi cuerpo mientras apretaba con fuerza mi espalda. Con cada minuto que pasaba explorando su cuello los gemidos se hacían más intensos, para mí eran el canto de una sirena, un sonido celestial que me obligaba a continuar. Subí mis manos hasta la base de sus pechos que tocaba con delicadeza sobre la tela delgada de su blusa; los tocaba con ternura, con suavidad, controlando ese instinto animal que me pedía desvestirla y poseerla.

    Quería llevarla a un nivel de excitación que la hiciera convertirse en mi esclava, que la hipnotizara, que fuera capaz de aceptar cualquier petición mía esa noche, había esperado mucho para estar con ella y quería disfrutarla sin límites.

    Mis manos se escabulleron por debajo de su blusa, recorriendo su espalda y liberaron con destreza su pechos del brasier; al quitarlo, noté que sus pezones me llamaban bajo la tela, sus senos parecían más grandes de lo que yo pensaba, se veían hermosos aún cubiertos por esa blusa que se convertía en la última barrera para que su piel se encontrara con la mía.

    Los minutos siguieron avanzando y la agitación en la respiración de Valentina me indicó que ella estaba lista para acceder a mis deseos. Me alejé por un segundo de su cuerpo a lo que ella reaccionó con una mirada de confusión, sin embargo, esto duró apenas unos segundos cuando empecé a desabrocharme el cinturón, noté cómo mordía su labio inferior mientras seguía con sus ojos los movimientos de mi mano deslizando la cremallera y liberando mi pene que ya no podía ser contenido, rebotó en el aire mientras mi mano lo sostenía para mantenerlo quieto.

    Hasta ese momento ninguna palabra había salido de nuestras bocas y no fue necesario pronunciar nada para que Valentina entendiera lo que yo quería, se arrodilló entre mis piernas sin soltar el vaporizador que mantuvo en sus manos durante todos nuestros besos. Miraba mi pene y luego me miraba a mí, todo indicaba que cumplía con las expectativas que ella tenía.

    Estaba esperando con ansiedad cuál sería su primer movimiento, para mi sorpresa, tomó una bocanada de aire con el vaporizados y lo liberó sobre mi pene, el aroma dulce rápidamente me inundó, un vació se apoderó de mí como si estuviera cayendo por un ascensor, sus labios cubrieron rápidamente la cabeza de mi pene y con su mano libre empezó a masturbarme, no pasaron más de unos segundos cuando ella empezó a acelerar los movimientos, yo me derretía en su sofá entregado al placer, intentaba contener mi cintura para permitirle a ella llevar el ritmo de la mamada pero se volvía una labor casi imposible a medida que pasaban los minutos.

    Cada movimiento estaba acompañado de pequeños gemidos que quedaban atrapados entre su garganta y mi pene, parecía estar disfrutando lo que hacía, su saliva empezó descender por mi miembro hasta cubrirle la mano, se tomó unos segundos para aspirar una nueva bocanada de su vaporizador y liberarlo de nuevo en mi pene; dejó el vaporizador en una mesita junto al sofá y empezó a masturbarme con sus dos manos, parecía desesperada por darme placer, por tener mi semen, pero la noche apenas estaba empezando.

    Notaba como disfrutaba verme retorcer de placer, yo apretaba con fuerza la espuma del sofá con la esperanza de contener el orgasmo que podía llegar en cualquier momento si ella mantenía ese ritmo.

    –Lo chupas muy bien, eres increíble.

    Ella reaccionó con una leve sonrisa ante mis palabras.

    –Tienes una verga perfecta, mejor de lo que había pensado. –Me dijo mientras sus manos la recorrían con ansiedad, notaba su excitación en el tono de su voz.

    –Esta noche es tuya para que te la comas toda. –Le dije con la aceleración de mi respiración entrecortando mis palabras.

    Ella respondió metiéndoselo de nuevo en la boca; me perdí en un abismo de sensaciones; por un momento solo recuerdo estar mirando el techo de su apartamento hipnotizado por las texturas de la pintura mientras mi corazón se aceleraba y a lo lejos podía escuchar los sonidos que generaba la succión de su boca, parecía imposible que mi pene o cualquier otro pudieran contenerse ante sus habilidades, era increíble que una chica de apenas 24 años tuviera tal experiencia en el arte de la felación, por suerte el cansancio hizo mella en su energía y el ritmo disminuyó a un nivel que yo podía soportar. Me puse de pie, pero ella parecía no querer separar su boca de mi miembro.

    –Acuéstate en el sofá. –Le ordené como un profesor que guía a una alumna.

    Le había permitido chupármela a su ritmo y esta vez yo tenía pensado controlar la situación. Se acostó bocarriba, veía en sus ojos la ansiedad por descubrir lo que seguía, me quité las zapatillas, luego los pantalones y la camiseta para quedar completamente desnudo junto al sofá, como una estatua de mármol que ella observaba estática, analizaba mi cuerpo, mi pene cubierto por su saliva se blandía a la altura de su abdomen, me subí al sofá, ubicando mis rodillas a los lados de su pecho, mis bolas rozaban sus senos, mi pene volvía a estar cerca de su boca, tomé un cojín y lo puse bajo se cabeza para hacer más cómodo lo que se venía.

    Me levanté un poco para que mi pene entrara a su boca, ella lo recibió sin ninguna queja, nuestras miradas nuevamente se congelaron, pero esta vez nada nos separaba, sus ojos se apoderaban de mí mientras mi pene penetraba su boca con ligeros movimientos de mi cadera. Ella dejaba que yo controlara el momento, me entregó su boca para que yo disfrutara con libertad, podía leer en su mirada que quería complacerme, que estaba dispuesta a cualquier cosa.

    Empecé a hacer el amor con su boca, con movimientos suaves, controlados, miraba atentamente como una parte de mi pene desaparecía en las profundidades de sus labios y como reaparecía con un líquido espeso y blanco, seguramente una mezcla de su saliva y mis líquidos de excitación, sus ojos estaban enfocados en mi cara, trataban de descifrar lo que sentía, querían descubrir qué tanto estaba disfrutando de la escena y eso parecía encantarle ya que en algunas ocasiones respondía a mis gestos con una sonrisa.

    El vacío que sentía en mi estómago empezó a extenderse a mi pecho, el placer empezaba a apoderarse de mí, a invadir todo mi cuerpo para desvanecer mi mente, para llevarme a otro lugar, con cada minuto que pasaba mi cuerpo empezaba a dejarse llevar, los movimientos fueron cada vez más rápidos, las penetraciones en su boca más profundas, de mi boca empezaron a salir palabras que yo ya no podía controlar, parecía que mi cuerpo tenía vida propia y mi cerebro solo era un espectador de la situación.

    –Mierda, te estoy sintiendo demasiado, puta, que delicia es tu boca, no quiero sacar mi verga de tu boca. –Le decía con la voz entrecortada, ella respondía con sonidos que se ahogaban en su boca llena con mi pene.

    Lo único que lograba detener lo que estaba pasando eran sus reacciones de arcadas cuando mi pene se adentraba hasta lo más profundo de su garganta, cuando esto pasaba paraba por unos segundos para dejarla recuperar el aire y luego empezar de nuevo, con el pasar de los minutos se convirtió en una especie de secuencia que repetimos varias veces, primero, se la metía en la boca con movimientos delicados, luego aceleraba el ritmo y por último una reacción de arcada marcaba el fin y el principio de una nueva secuencia.

    Un reloj que se encontraba en la pared de la sala me indicó que ya era casi la 1 de la mañana, podía calcular sin tener certeza que llevaba 40 minutos, quizás un poco menos, explorando su boca con mi pene. Valentina no me daba ninguna señal de querer detener lo que estaba pasando y yo estaba absorto en el deleite de su lengua, sentía que el tiempo se detenía, que podía estar horas así y disfrutar durante cada minuto, durante cada segundo ese placer, había encontrado el equilibrio perfecto entre ritmo y satisfacción, ya en mi cabeza no pensaba en evitar el orgasmo, solo podía disfrutar el momento.

    Todo parecía perfecto hasta que el sonido de su celular interrumpió nuestra sesión, ella reaccionó un poco asustada, me empujó ligeramente y yo me levanté para dejarla ponerse de pie y correr hasta la mesa donde las vibraciones de su teléfono se fundían con la madera, los dos sabíamos quién era la única persona que podía marcarle a esa hora.

    –Hola amorcito. –Valentina intentaba controlar la respiración que se había acelerado un poco más al escuchar el timbre, su cabello estaba desordenado, yo la observaba sentado en el sofá con algunas gotas de sudor deslizándose en mi rostro, con mi mano derecha continuaba masturbándome intentando evitar que diluya lo que estaba sintiendo durante el break inesperado que teníamos.

    –Ya se fueron todos, estaba arreglando un poco el apartamento, pero estoy cansada, creo que ya me voy a descansar amor.

    Era imposible no excitarme al ver que lo que hacíamos era prohibido. Valentina carraspeó un poco su garganta para tratar de aclarar su voz.

    –Creo que me va a dar gripa, me duele un poco la garganta, no sé si es el frío, espero que no, no quiero ir a la oficina enferma.

    Yo sabía cuál era la verdadera razón por la cual le molestaba la garganta. Ella parecía no querer verme mientras seguía su conversación, tal vez una ligera sensación de culpa la estaba invadiendo, pero ya era muy tarde para arrepentimientos, me levanté del sofá y me ubiqué detrás de ella, la rodeé con mis brazos y posé mis manos en su cintura, empecé a subirlas recorriendo su piel por debajo de su blusa hasta cubrir sus pechos con mis palmas. Acerqué mis labios a su cuello y ella giró su cabeza para hacer mi trabajo más fácil.

    –No sé si mañana nos podamos ver, tengo mucho trabajo, enserio te extraño, estoy muy estresada, en la oficina todo es un desorden –carraspeó de nuevo su garganta.

    A unos pasos de nosotros había un espejo que reproducía nuestros movimientos como si ese momento hiciera parte de una película erótica, ella cerraba sus ojos mientras todo pasaba, quizás para concentrarse en lo que estaba viviendo o quizás para ocultar la culpa que sentía ante lo que estaba haciendo.

    Levanté su blusa para ver sus pechos en el reflejo, los masajeaba con cuidado, casi con amor, estaban duros. Acerqué mi boca a su oído.

    –Quiero saborearte. –Le dije con un susurro mientras desabrochaba su jean, ella liberó un suspiro, parecía entender lo que yo iba a hacer. La tomé de la mano para llevarla al sofá, con cada paso que daba mi pene rebotaba, parecía negarse a perder su rigidez.

    –Comimos una papitas, pero la verdad no tengo mucha haaa… Mbre, no te preocupes –ella seguía actuando una obra donde yo era el único espectador.

    Con sus pechos al aire se sentó, le quité el jean, ya solo su tanga se interponía entre su sexo y yo, un mapa de humedad en su ropa interior era la prueba irrefutable de que ella estaba disfrutando todo, la quité con delicadeza, mientras ella seguía hablando, abrí sus piernas que se convertían en las puertas que protegían ese tesoro que hace mucho quería poseer, empecé a besar sus muslos lentamente, recorriéndolos con pequeños movimientos de mi lengua, cada beso me acercaba a su sexo, podía notar lo húmeda que estaba y quería saborear ese líquido.

    Cuando por fin estuve frente a ella, mi lengua le dio una pincelada suave que generó un ligero espasmo en su cuerpo, la miré a los ojos y empecé a jugar con mi lengua.

    –Sabes increíble, me encanta tu sabor. –Le dije suavemente como agradecimiento por permitirme chupar su sexo. Ella mordía sus labios mientras sostenía el teléfono.

    Continué chupándola con un movimiento que recorría de arriba hacia abajo su húmedo tesoro, ella puso sus piernas en mis hombros para atraparme, para no dejarme escapar, yo apreté sus nalgas con mis manos para que la fricción con mi lengua fuera más placentera.

    –Amor ya voy a descansar, estoy a punto de caer por el sueño, mañana hablamos, te amo. –Valentina colgó el celular y lo tiró a un costado del sofá.

    –Qué malo eres, cómo me haces eso mientras hablo.

    Continué con mi trabajo, me excitaba sentir cómo se retorcía de placer, mi pene seguía rígido esperando para entrar al ruedo. Valentina empezó a guiarme con sus manos revolviendo mi cabello y apretando mi cabeza. Empecé a cubrir con mi lengua su clítoris y parte de sus labios, apreté mi boca contra su sexo y empecé a mover mi lengua con rapidez, podía sentir como este movimiento estimulaba su clítoris.

    –¡Dios mío!, qué estás haciendo aaaah. –Los gemidos de Valentina fueron aumentando rápidamente, su respiración se aceleraba y yo empecé a buscar con mis manos sus pechos, parecía estar a punto de estallar.

    –¡Nooo! Qué haces, estás loco. –Decía con su voz entrecortada, moviéndose con desesperación, hasta que con un movimiento repentino me alejó de ella, puso sus manos en su sexo, intentando calmar los espasmos que mi lengua le había generado.

    –Dios mío, casi me haces venir. –Me dijo jadeando con sus ojos cerrados, tratando de recuperar el aliento.

    Luego de unos segundos se levantó y me tomó de la mano, caminamos hasta una puerta café, cuando la abrió descubrí que era su habitación, era pequeña pero acogedora. Prendió una lámpara que estaba junto a su mesita de noche, una luz amarilla y tenue envolvió nuestros cuerpos, nuestros labios volvieron a encontrarse, yo recorría sus pechos con mis manos mientras ella me masturbaba con desesperación, la tomé con mi mano derecha por el cuello con agresividad.

    –Hoy vas a ser mía, hoy te voy a disfrutar toda la noche.

    Ella sonrió y se mordió el labio mientras me miraba fijamente.

    –Me gustas mucho. –Me dijo sin dejar de masturbarme, note por su voz y su mirada que lo que ella sentía por mí era algo más que físico, yo solo quería disfrutarla, hacerla mía como siempre había soñado, para mí, sus palabras eran una oportunidad para hacer realidad todas las fantasías que tenía; quería penetrarla hasta el cansancio, venirme en su boca, en su cara, hacerla gemir, pero debía seguir su juego.

    La empujé suavemente a la cama y me acosté sobre ella mientras la besaba, el aroma de mi perfume se mezcló con el aroma frutal que había dejado su vaper. La besé con ternura, quería que se entregara completamente a mí, quería enamorarla esa noche y que ella no pusiera excusa a nada de lo que yo tenía en mi cabeza.

    –Métemelo por favor, ya no aguanto más –me dijo con un tono de súplica, esperando para que por fin llegara ese momento que los dos habíamos deseado.

    Guie con mis manos mi pene a su sexo, el calor de su vagina abrazó mi miembro para darle la bienvenida, ella gimió y tensó su cuerpo apenas entré, lo hice con movimientos suaves, mi cintura se desplazaba suavemente como los movimientos de las olas en un día soleado, ella puso sus manos en mi espalda y se convirtieron en la expresión de su deseo, con cada penetración profunda, la presión que ejercían en mi cuerpo era más fuerte, yo cubría de besos su cuello y sus pechos para complementar los movimientos de mi pelvis.

    A medida que la fricción de su sexo acariciaba mi pene me perdía más y más en el placer, era como un astronauta flotando en la infinidad, la excitación me devoraba y sus gemidos solo alimentaban el morbo, empecé a acelerar los movimientos, el calor cubrió la habitación, nuestros cuerpos empezaron a sudar, podía sentir las gotas recorrer mi rostro y caer en su pecho mientras saboreaba sus senos, la luz tenue no impedía que notara como su rostro y su cuerpo se enrojecían.

    Me levanté sin sacar mi miembro hasta quedar arrodillado sobre la cama, las piernas de Valentina estaban alrededor de mi cadera, tomé sus pechos con mis manos y empecé a embestirla con el mismo ritmo que tenía antes de cambiar de pose, esta vez la perspectiva que tenía me permitía contemplar todo su cuerpo, aún no me saco de la cabeza esa imagen, esa cara de placer, su cabello suelto cubriendo la cama, sus manos sosteniendo las mías para que no dejara de tocarla, estaba completamente entregada a la pasión. Los minutos seguían corriendo y yo no quería detenerme.

    –Dios, eres una mujer increíble, te estoy disfrutando mucho, no quiero que esto pare. –Le confesé mientras mis palabras se mezclaban con sus gemidos.

    –No pares por favor, no pares, te deseaba tanto.

    El ruido de nuestros cuerpos chocando era cada vez más fuerte y la sensación de eyacular también; intentaba controlar ese impulso que me obligaba a entregarle todo mi néctar, pero era cada vez más difícil, decidí cambiar de pose para darle un pequeño descanso a mi miembro.

    Saqué mi pene que estaba cubierto por sus fluidos y me puse de pie a un lado de la cama.

    –Ponte en cuatro –le ordené a lo que ella obedeció sin objeciones.

    De nuevo, la vista era un verdadero paisaje. Entré en ella de nuevo a un ritmo un poco más suave pero constante, me impulsaba sosteniendo sus caderas con mis manos, mientras ella ponía su cabeza sobre el colchón.

    Pasaron varios minutos y las caricias de su vagina se hacían cada vez más intensas, podía sentir cada parte de su interior, una ola de placer empezó a cubrirme, sentía como mi miembro se hinchaba y pequeños espasmos parecían darle vida propia, Valentía empezó a gemir de una forma que no había escuchado en toda la noche, sus movimientos eran bruscos, y se conectaron con los míos.

    –Qué rico, qué rico, no pares, no pares –me decía ella, la tensión en mis músculos daba cuenta de que ya había pasado mucho tiempo desde que empezamos, Valentina estaba a punto de llegar al clímax así que resistí con entereza para liberar esa energía que habíamos acumulado por tanto tiempo.

    –¡No pares por favor!, ¡no pares que me vengo!, ¡mierda no pares, no pares!, ¡¡¡mierdaaa me estoy viniendo!!! –repetía una y otra vez subiendo el volumen de su voz hasta terminar gritando, una cascada empezó a descender por sus piernas que brillaban a medida que este fluido las acariciaba, sus gemidos y sus fluidos me hicieron enloquecer, contenerme ya era imposible.

    Saqué mi pene con rapidez y teniendo su trasero como blanco expulsé todo mi semen en un orgasmo que sentí en todo el cuerpo desde mis pies hasta mi cabeza, un hormigueo empezó a envolverme, por un segundo perdí la fuerza de mis piernas y tuve que lanzarme a un costado de la cama junto a Valentina, que parecía también haber perdido toda su fuerza.

    –Nunca me había hecho venir de esa forma, no puedo creer que lo hayamos hecho, esto tiene que ser un sueño –me dijo ella mientras recuperaba su voz

    –En serio eres increíble, ¡Dios! Va a ser difícil no querer repetir esto jeje –dijo Valentina con una sonrisa pícara.

    –Esto lo vamos a repetir, te lo prometo.

    Nos abrazamos un rato, ella puso su cabeza en mi pecho y empezamos a hablar de lo que acabábamos de vivir; ya eran casi las 2 de la mañana, yo planeaba recuperar energías para lo que se venía, lo que yo quería hacer con ella seguramente no lo imaginaba, la noche todavía era larga y no iba a perder la oportunidad para liberar con ella mis más oscuros deseos.

    Continuará.

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  • Luna llena (parte 1)

    Luna llena (parte 1)

    Llego el momento más esperado, por fin mis vacaciones; lo estaba esperando hace mucho tiempo ya que lo había planeado meses atrás.

    Viajé a una isla paradisíaca por nombre no quiero decir, es un secreto. Llegué al hotel, me registré y me hacen entrega de la tarjeta de mi habitación. Voy detrás del botones que va con mi equipaje, ya deseo entrar a mi habitación y refrescarme un poco ya que hace mucho calor.

    Por fin estoy en este lugar tan hermoso con una vista tan espectacular hacia la playa, puedo ver el mar y escuchar el sonido de las olas, la brisa pega a mi cuerpo, hace que se mueva mi blusa ya que no va pegada a mi cuerpo; tiene un escote en V de tirantes de color salmón. El viento ingresa por el escote a mis pechos descubiertos ya que no estoy usando brasier, es una caricia tibia que hace reaccionar a mis pezones y se pongan erectos. Me retiro mi ropa y voy directo al baño, es hermoso muy amplio con una ducha que me invita a entrar, no lo dudo e ingreso a él.

    Abro la llave y cae una lluvia refrescante por todo mi cuerpo hace que no deseé salir de allí, paso el jabón acariciándome cada parte, cada rincón, es un momento íntimo entre mi cuerpo y mi ser interior. Me estoy empezando a excitar, si porque amo mi desnudez; deseo sentir el frío en mis pezones así que voy directo contra la pared, es una sensación que no se explicar… veo mis pezones ponerse duros al sentir el frio y gimo de placer.

    Suelto el jabón y voy directo a mi vulva, abro mis labios, los acaricio haciendo círculos alrededor de mi clítoris, gimo cada vez más duro, hundo mis dedos y se siente caliente ahí dentro… ¡Wao! Separo mis piernas y empiezo a follarme con ellos mientras mis pezones siguen pegados a la pared. Aumento la velocidad escucho el chasquido del agua, mi interior se está contrayendo, siento espasmos por todo mi cuerpo hasta que llego al punto máximo y pego mi frente contra la pared gritando disfrutando aquel orgasmo.

    Después de relajarme cierro la llave y tomo una toalla para cubrir mi cuerpo y me dirijo al balcón, la brisa y mi cuerpo mojado hace que me estremezca; dejo caer la toalla, cierro los ojos y permito que acaricie mi cuerpo; no me importa si alguien me esté viendo desnuda solo disfruto el momento. Cae la noche luego de disfrutar un momento intimo me coloco un vestido corto algo suelto me recojo mi cabello en una coleta alta, sandalias, tomo mi bolso y me dirijo a cenar.

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  • Me cogí a una milf

    Me cogí a una milf

    Siempre me han atraído las mujeres bellas y maduras, ahora las llaman milf. Aunque soy joven, para conocer a esas mujeres no me faltaba coraje ni confianza. Visité todo tipo de establecimientos: clubes nocturnos, pubs, discotecas. Al principio solo despilfarraba dinero en alcohol, nunca llegaba a conocer a alguien en concreto salvo en algún baile, nada más. Pero, cuanto más iba a tales locales, tomaba más confianza, digamos que todo llegaba con la experiencia. He sido un apasionado de este tipo de lugares durante mucho tiempo.

    Esta es mi primera historia, así que comencemos… Los nombres han sido cambiados. Mi nombre es Esteban, un chico corriente de 27 años. Alto, delgado, aficionado a los deportes. Conseguí trabajo en una gran empresa importadora de productos alimenticios. Apareció el dinero, comencé una vida desenfrenada: discotecas, bares, etc. A menudo íbamos a un bar con mis amigos, luego a una discoteca y seguíamos divirtiéndonos, paseando y bebiendo.

    También íbamos a un pub; la mayoría de los concurrentes estaban entre 30 y 45 años, y el 80% del establecimiento eran mujeres. Y así, una noche, nos encontramos de nuevo en ese lugar, como siempre había muchas chicas. Cerca de la barra había una mujer bebiendo un cóctel. De estatura media, aparentaba entre 47/48 años. Yo estaba parado bastante lejos de ella, hasta que finalmente decidí acercarme para apreciar mejor a esa mujer tan sexy. Fui a la barra, pedí una cerveza y observé.

    Una mujer en su plenitud, está claro que se cuida a sí misma (fitness, salones de belleza). Rubia, buenos pechos, cintura estrecha, el trasero perfecto; la parte del cuerpo más sexy que aprecio en las chicas son las caderas. Para mis adentros pensé: «debe ser madre… una madre de fuego.» No diré que me enamoré, pero realmente ella se hundió en mi alma. No sabía por dónde empezar, cómo acercarme y cómo interesarla. Seguí observándola, estaba sentada en la barra tomando su coctel, no salía a bailar.

    Muchos hombres se le acercaron, pero rápidamente los rechazaba a todos. Pensé: «Debe ser una mujer muy estricta, quizás sea abogada, médica o contadora, y ahora está aquí por accidente, o para distenderse después de un día ajetreado. ¿O estará esperando a alguien?» Así pasó otra noche. Después nos fuimos a casa. Al despertarme al día siguiente, no dejaba de pensar en ella, imaginaba como tenía sexo con ella, en general, se convirtió en mi fantasía sexual. Comenzó otra semana de trabajo. Los días pasaron volando y ya era otro viernes. Con mis amigos salimos según el trillado patrón: al bar, luego al club.

    Esa noche llegamos temprano a la discoteca, y después de pasar el control de rostros, vi a una mujer rubia. ¡Era ella!, la misma milf, hubo una pausa, nos miramos. Pero fue sólo un momento. Luego la noche siguió como de costumbre, excepto que comencé a observar a la madre madura más de cerca, nuestros ojos a menudo se cruzaban. Pasó el tiempo, como un mes, mis amigos y yo íbamos siempre a esa discoteca y todas las veces me cruzaba con mi belleza. Pero, francamente, no sabía por dónde empezar, después de todo, ella es mayor, me sentía confundido.

    Estaba seguro de que ni siquiera me hablaría. Luego sucedió un evento que me impulsó a tomar una acción más decisiva. Cuando estaba por llegar al trabajo, caminaba tranquilamente por el pasillo hacia mi oficina, siento que alguien me está mirando. Giro la cabeza y veo a la derecha a la misma mujer del club. Nos miramos y seguí adelante. Cuando entré a la oficina, inmediatamente comencé a averiguar quién era. Descubrí que su nombre era Victoria y que no estaba casada.

    Luego la encontré en Facebook e inmediatamente comencé a mirar sus fotos. La que estaba en traje de baño fue la que más me interesó. Era muy hermosa, impresionante figura. Miré la foto desde diferentes ángulos, tratando de ver todos los detalles. En principio, a menudo comencé a visitar su página y a soñar con ella. Sí, solo podía soñar, porque pensé que no había posibilidad de conocerla. No quiere decir que yo sea inseguro o circunspecto, no. El simple hecho de conocer a una mujer adulta me detenía un poco.

    El azar me ayudó a conocerla. Al regresar en mi automóvil del trabajo a casa , vi que Victoria estaba esperando en la parada de autobús. Entonces decidí que ahora era el momento de actuar. Me detuve a su lado y le pregunté:

    “¿Quieres que te lleve a tu casa?”

    Cuando me vio, se sorprendió un poco y respondió:

    “¿Ah! Sí. Bueno, ¡gracias!”

    Así fue como nos conocimos. En el camino conversamos distendidamente, resultó ser una compañera de viaje muy interesante y dulce. Cuando llegamos a su casa nos despedimos y al final ella dijo:

    “Esteban, gracias por traerme, nos vemos el viernes.”

    Cuando fui a mi casa, me sentí impresionado por tal encuentro, solo lamenté no haberle pedido su número de teléfono. Tenía muchas ganas de seguir comunicándome con tanta belleza.

    Llegó el viernes, me arreglé y fui al pub, donde ya estaba agendada la reunión. Al entrar al establecimiento, vi a Victoria en la barra y me acerqué a ella.

    “Hola, ¿cómo estás? ¿Podemos tomar algo?” Sugerí.

    “Hola Esteban. Bien, gracias. ¡y tú? Tomaré un poco de champán.”

    Llamé al camarero y pedí el champán. El alcohol golpeó ligeramente mi cabeza y alivió un poco el estrés. La noche pasó muy rápido, hablamos de diferentes temas y nos hicimos diferentes preguntas.

    “Victoria, por favor dime ¿qué estás buscando aquí o a quién?”

    “Vengo aquí para relajarme, me gusta el ambiente, por supuesto, me encanta conocer gente agradable.”

    “Entiendo, pero veo que los hombres a menudo vienen a ti para conocerte y te niegas a aceptarlos, ¿por qué?”

    “Son unos idiotas, se acercan borrachos y se ponen a hacer alarde de dinero o directamente me dicen «¿vamos a coger, bonita?» No soy así.”

    La noche llegó a su fin lentamente, salimos y nos despedimos. Le agradecí a Victoria por una velada agradable y tomé su número. Al llegar a mi casa, me fui a la cama y casi de inmediato le escribí a Victoria:

    “¿Estás en tu casa?”

    “Sí, Esteban, estoy en casa, ¿todo bien? Gracias por esta noche, disfruté mucho nuestra charla, espero que volvamos a vernos. Buenas noches.”

    Así comenzó nuestra comunicación con Victoria. Nos cruzamos en discotecas, bromeamos sobre varios temas, nos escribimos, nos hicimos buenos amigos. En nuestra correspondencia, comenzamos a hacernos preguntas más francas:

    “Esteban, eres un tipo genial, ¿por qué no tienes novia?”

    “Por ahora prefiero esperar un poco más, me cuesta encontrar una chica acorde con mis gustos.”

    “Cuáles son tus gustos, no digas que te gustan los chicos.”

    “No, me gustan las chicas, las chicas mayores. Rara vez presto atención a las jóvenes.”

    “¿Y por qué te atraen?”

    “Bueno, con las chicas mayores la comunicación es diferente, los intereses, la experiencia.”

    “¡Interesante!, quieres decir que en general te gustan las mujeres adultas con experiencia porque saben lo que quieren. ¿Es así?”

    “Sí exactamente.”

    “¿Cómo más te gustan las chicas?”

    “Me gustan por muchas cosas, por ejemplo, cuando usa ropa bonita, perfumes…”

    “Eres un tipo con gustos refinados, eso es bueno.”

    “Y tú, Victoria, ¿qué valoras en los chicos?”

    “En principio lo mismo que tú con las chicas, aseo, galantería, figura. Dado que yo misma voy al gimnasio, aprecio a los deportistas, pero esto no siempre es lo principal.”

    “Sí, tienes una figura de fuego, está claro que haces mucho ejercicio.”

    “Gracias, Esteban, también se nota que vas al gimnasio.”

    Entonces decidí que no era necesario desarrollar más este tema. Por lo tanto, decidí proponer algo:

    “Victoria, ¿qué te parece de ir juntos al gimnasio?”

    “Vivimos en diferentes barrios, lejos uno del otro, no lo veo conveniente.”

    “No estoy hablando de hacerlo permanentemente, tal vez un par de veces, es más divertido cuando lo haces junto con otra persona.”

    “OK. No estoy en contra, solo a favor.”

    “¿Cuándo podríamos ir?”

    “Pienso que mañana. Sí, ven después del trabajo.”

    “Bien.”

    Nos enviamos mensajes de texto de buenas noches. No tenía ganas de dormir, ya me imaginaba yendo al gimnasio y viendo a Victoria en leggins. Muchas chicas lo usan, creo que ella no es la excepción. Llegó la mañana siguiente y yo ya estaba deseando que llegara la noche para ir al gimnasio con Victoria. El día se prolongó durante mucho tiempo, y ahora voy camino al gimnasio, ella ya estaba esperando allí, su jornada laboral terminaba antes.

    El salón era bastante bonito, grande y moderno. Me acerqué al administrador, aboné una inscripción y fui a cambiarme. Después salí al pasillo y fui a buscar a mi acompañante, había bastante gente. Vi a Victoria, a juzgar por su apariencia, ya había calentado y estaba lista para comenzar el entrenamiento principal.

    “Hola Esteban, ¿listo para la práctica? Es la primera vez que te veo en ropa deportiva, te ves muy bien, te sienta bien.”

    “Hola, sí, gracias. Estoy listo para practicar. Iré a calentar y vuelvo contigo.”

    “Bien.”

    Nos fuimos a nuestros respectivos lugares.

    Como esperaba, Victoria estaba usando mallas. Realmente enfatizaban su figura, caderas, trasero. Miré su trasero, sus glúteos también, moderadamente exuberantes y anchos, una delgada banda elástica de sus bragas era visible a través de la malla. Ya no podía hacer los ejercicios debidamente, seguía pensando en ella, solo pensamientos depravados en mi cabeza, como arrancarle la ropa y tener sexo con ella. No hice una rutina completa, no hubo ni un segundo que no mirara a Victoria, una verdadera milf del porno. El entrenamiento estaba llegando a su fin, había menos gente.

    Fui hacia una esquina apartada y pregunté a Victoria:

    “Por favor, mira si hay alguien.”

    “No te preocupes, está todo bien.”

    Luego me acosté, ella vino por detrás y se paró casi sobre mi cabeza. Me vinieron a la mente pensamientos de que una mujer madura estaba encima de mí, la veo desde abajo y quiero que se siente con su coño maduro en mi cara. De tales pensamientos, mi miembro comenzó a levantarse, rápidamente hice el ejercicio y di un paso a un lado.

    El entrenamiento llegó a su fin, fuimos a cambiarnos de ropa y a la salida me ofrecí a llevarla a su casa. Ella accedió amablemente.

    “Gracias Esteban por acompañarme en el entrenamiento.”

    “Por favor, puedes contar conmigo para esto de vez en cuando.”

    “Escucha: Vamos a mi casa, tomamos un té y charlamos un rato. Seguiremos escribiéndonos de todos modos, pero charlaremos en vivo siempre es mejor.”

    Por supuesto, acepté pasar un rato con ella, pero no pensé que podría pasar algo más entre nosotros. Consideré que me trataba como a un amigo, y nada más. Cuando entré al apartamento, miré alrededor: era muy espacioso y cómodo. Ella fue a la cocina:

    “Esteban, siéntate por ahí, voy a calentar agua para el té.”

    “Gracias. Tienes un gran apartamento. ¿Puedo ver las habitaciones?”

    “Sí, claro.” -respondió Victoria mientras entraba al baño.

    Fui a dar una ojeada por el apartamento. La sala de estar, nada raro. La siguiente habitación era el dormitorio de Victoria. Había una cama en el medio del cuarto. Me vinieron a la cabeza todo tipo de pensamientos como que ella estaba durmiendo en esta cama, tal vez estaba teniendo sexo con alguien.

    Empecé a excitarme. Había una pequeña cómoda al lado de la cama y decidí echar un vistazo a lo que había allí. Abrí el cajón y vi la ropa de cama, bragas y sujetadores de diferentes colores y formas. Mi miembro era una estaca, mentalmente me comencé a imaginar como esas bragas calzaban en la vagina de una mujer madura. Tuve un poco más de tiempo para mirar algo más, cerré el cajón y fui a la cocina. Victoria salió del baño y comenzó a preparar el té.

    “Victoria, iré a lavarme las manos.”

    “Sí, claro, la toalla está ahí.”

    Entré al baño, cerré la puerta detrás de mí, abrí el agua y noté que la lavadora también estaba allí. Mi corazón latía más rápido porque las bragas de mi belleza madura podían estar allí. Abrí la puerta con cuidado y examiné el tambor, había diferentes cosas, también había ropa de cama. Con cuidado saqué las bragas, eran negras, de encaje, me las llevé a la cara. Lo hice como en un video porno: el protagonista empieza a olfatearlas y a masturbarse. Yo hice lo mismo, solo que no me masturbé, solo toqué mi pene. El olor de su vagina era refinado, elegante, atrapante. Quería probarlo.

    Luego guardé todo, me lavé las manos y fui a tomar el té. Victoria y yo hablamos sobre varios temas, nos reímos, bromeamos, en general, la pasamos muy bien.

    Al llegar a mi casa, fui a la ducha, recordé los eventos de la noche, quería eyacular, lo que realmente hice. Mientras me duchaba llegó un mensaje de Victoria:

    “Esteban, ¿has llegado?”

    “Sí, Victoria, ya estoy en casa, preparándome para irme a la cama.”

    “¿Y cómo te estás preparando?”, seguido de un emoticono de un guiñó un ojo.

    Me tomé una foto en calzoncillos y se la envié. Hubo una pausa. Después de un minuto me escribe:

    “Tienes una figura magnífica y un slip genial.”

    “Gracias. ¿Y tú cómo te estás preparando para ir a la cama?”

    “Yo ya estoy en la cama.”

    “Mm… Excelente, ¿sin nada debajo?”

    “No, no tengo nada debajo, pero aún es muy prematuro para que pienses en eso, todavía eres un chico.” me envió con emoticonos de risa.

    “Ya no soy un chico, Victoria…, todo ha crecido.” Respondí. “Buenas noches.”

    A medida que pasaba el tiempo, continuamos comunicándonos, incluso fuimos a un bar. Y luego, un día, Victoria declara que fue invitada a una reunión y no quiere ir sola.

    “Habrá hombres solitarios que me molestarán y querrán que los acompañe…”

    Acepté sin dudarlo, aunque me dio un poco de vergüenza, ya que todas las personas allí eran mayores que yo. Bueno, adelante.

    “Es el cumpleaños de una amiga, la celebración será en un restaurante.” Dijo Victoria.

    Llegó el día de la celebración. Me vestí como corresponde a tal evento: pantalón, camisa, zapatos, cinturón, lo habitual en estos casos. Al llegar al restaurante, Victoria salió a recibirme, llegó 20 minutos antes. Estaba preciosa, con un vestido negro, tacones altos, fuego total.

    “Hola, Esteban. Vamos, todo ha comenzado.”

    Me disculpé por llegar tarde, abracé a mi compañera por la cintura y nos fuimos al restaurante.

    “Esteban, no lo esperaba, me abrazaste por la cintura.”

    “Soy un caballero.” -sonreí.

    Nos sentamos en nuestros asientos y continuamos como de costumbre. Diversión, bebida, brindis, baile es todo lo que se necesita para un buen cumpleaños. Los hombres se acercaron a Victoria y la invitaban a bailar, a lo que ella respondía que estaba ocupada. La invité a un baile lento, me preguntó:

    “¿Te gusta la reunión? ¿Te encuentras a gusto aquí?”

    “Sí, está todo genial.”

    “A mis amigas les gustas, preguntan por ti.”

    “¿Qué están preguntando?”

    Bueno, «que chico lindo, joven, ¿dónde nos conocimos…?» Les dije que nos comunicamos y somos amigos.”

    En principio, Victoria tenía razón, nos comunicamos y somos amigos, por otro lado, ya somos más que amigos. Terminó el baile, nos sentamos a beber más. La velada llegó a su fin, todos comenzaron a dispersarse, a despedirse… Bebí algo, pero estaba en un estado normal y listo para continuar. En cambio, Victoria estaba un poco borracha.

    “Victoria, vámonos a casa, yo te llevo.”

    “Sí, Esteban, llévala a su casa”, se rieron sus amigos.

    Ella se despidió de sus amigos, subimos a mi auto y partimos. Conduje hasta su casa y subimos a su piso. La sostuve por la cintura y sentí a través del vestido el elástico de sus bragas, mi pene comenzó a tomar vida. Adentro de su apartamento, Victoria me agradeció.

    “Esteban, gracias por la velada, hace mucho tiempo que no me divertía tanto, te las arreglaste con el papel de caballero.”

    “Por favor”, respondí y la besé en la mejilla.

    “Ve a la cocina y calienta agua para el té, mientras yo voy al baño.”

    Estaba ocupado en la cocina y no me di cuenta de cómo salió del baño.

    “Esteban, ¿está listo el té?”

    Me di la vuelta y vi lo siguiente: Victoria, de pie en ropa interior, bragas blancas, sujetador blanco, medias y tacones altos.

    “Mmmm, creo que el té se puede hacer más tarde.”

    Y clavados en nuestros labios comenzamos a besarnos apasionadamente. Ella comenzó a quitarme la ropa.

    “Eres un tipo magnífico, Esteban, tan sexy.”

    “Tú también, eres muy bonita. Te quiero.”

    Le quité el sostén y las tetas tamaño 3 aparecieron frente a mí.

    “Me gusta que me las acaricies.”

    Me hundí en sus pechos, comencé a morder y acariciar sus pezones, gimió.

    “No te detengas.”

    Acaricié sus pechos y seguí hacia abajo, la tomé en mis brazos y la llevé a la cama. Frente a mí yacía una mujer madura, en bragas, medias y zapatos.

    “Victoria, me gusta decir malas palabras, ¿te importa?”

    “No, a mí también me encanta.”

    Después de estas palabras, nos juntamos nuestros labios, nuestras manos caminaban por todo el cuerpo del otro. Acaricié el cuerpo de la milf y me acerqué a su vagina.

    Me puse entre sus piernas, comencé a besar el interior de sus muslos, llegando con cuidado al lugar apreciado. Victoria gimió, ya sentía los olores que emite su vagina. Desde sus caderas, me moví suavemente hacia su cueva y la besé a través de sus bragas. Luego se las quité y su hoyo se presentó ante mis ojos. Todo está afeitado, limpio como el de una niña.

    “Qué concha más hermosa tienes, Victoria.”

    “Lámela, lame a una mujer adulta.”

    Después de estas palabras, cavé en su vagina y comencé a lamerla, a jugar con su clítoris. Ella tembló y se retorció de placer. Introduje mi dedo en ella y comencé a moverlo.

    Toda ella estaba fluyendo, estaba claro que nadie había estado operando en ese lugar durante mucho tiempo. Después de lamer el sexo de mi mujer madura, me paré frente a ella y le pedí que me desabrochara los pantalones.

    “Esteban, es mi momento de complacerte.”

    Se arrodilló frente a mí, me quitó los pantalones, sacó mi miembro y se puso a trabajar. ¡Qué buena mamada!, estaba claro que no desperdició sus años de juventud en vano.

    “¿Te gusta chupar el pene de un joven?”

    “Sí, me encanta.”

    Lamió la cabeza y después lo tragó profundamente. Más tarde bajó a mis testículos y también los lamió. El espectáculo era increíble, el sueño de mis fantasías, la milf Victoria estaba de rodillas y me chupaba el pene con avidez. Después de esta gran mamada, le pedí a Victoria que con sus tetas me apretara mi miembro para poder coger sus pechos. Fue la primera vez que me cogí a una mujer entre sus tetas. El miembro se resbalaba, aumenté el ritmo, Victoria gimió y me suplicaba:

    “Cariño, mi vagina madura anhela un pene joven.”

    Esto continuó así durante unos 10 minutos, después la levanté y la empujé sobre la cama. Me acomodé entre sus piernas, coloqué mi miembro en su entrada y la penetré.

    “Mmm, que bueno, muévete, cógeme, como se debe coger a una mujer mayor.”

    Empecé a moverme, ella gritaba, suspiraba, cogía a mi milf, ella gemía fuerte y me provocaba.

    “¿Te sientes bien, te gusta coger a una puta madura, te gusta mi concha, te sientes bien en ella?”

    “Sí, estoy súper, te quiero tomar por atrás. Puse a Victoria al estilo perrito y seguí cogiéndola por detrás. Le gustó esta posición, comenzó a gemir y a gritar. Mis huevos golpeando contra las paredes de su vagina, se escuchaban por todo el departamento.

    Luego saqué rápidamente mi pene, me puse frente a ella y comencé a cogerla en la boca, empujando mi mástil profundamente. Le gustó, puso los ojos en blanco y lo disfrutó. Dejé de trabajar en su boca y le dije que se subiera a mí, ella accedió, me indicó dónde acostarme y se sentó con su vagina en mi cara.

    “Dale Esteban. Me gusta, disfruta de mí…”

    Después de cabalgar sobre mi cara, Victoria se sentó a horcajadas sobre mí y comenzó a cabalgar mi pene. No podía creer que una mujer madura me estuviera montando, el sueño de mis fantasías.

    Victoria era hermosa y depravada. Nos levantamos de la cama y comenzamos a besarnos. La giré hacia la ventana, ella se apoyó en el marco de la ventana y nuevamente la tomé por detrás, aumenté el ritmo, gritó, gimió, sus bragas yacían en el suelo. Por un lado, me cogí a una hermosa mujer madura y, al mismo tiempo, disfruté del olor de su vagina. Estaba llegando al clímax, sentí que pronto terminaría.

    “Victoria, voy a acabar ahora, quiero hacerlo en tus tetas.”

    “¡Hazlo!”

    Volteé a Victoria para mirarme, ella se arrodilló, agarró mi pene, comenzó a masturbarme y yo acabé violentamente en sus pechos. Después de eyacular, Victoria me dijo, sonriendo:

    “Joven, me has ensuciado con tu instrumento. Tendré que ir a la ducha.”

    Después de eso, se levantó y fue a la ducha. Yo me acosté en la cama, exhausto. Me desperté por la mañana, Victoria hizo café.

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  • Luna llena (parte 2)

    Luna llena (parte 2)

    Acabo de llegar a la ciudad que me recibe con una calidez y amabilidad, ya he venido varias veces por negocios ya que soy administrador de una cadena de hoteles en esta ciudad.

    Entro a mi habitación para ducharme y ponerme cómodo para más tarde ir a cenar. Es una habitación muy amplia con vista al mar; dejo mis cosas y voy caminando hacia el balcón ya que me gusta sentir la brisa y el sonido de las olas es un momento que me da paz y calma.

    Al estar un buen rato ahí me llama la atención algo o en esta ocasión alguien, es una mujer que acaba de salir al balcón de su habitación que por cierto explico el hotel su estructura es en forma de U así puedo ver a esta mujer en diagonal a mi habitación.

    Está en toalla, se nota que acaba de salir de la ducha porque su cabello y cuerpo están mojados, de un momento a otro deja caer su toalla y puedo ver su desnudez en totalidad ya que el barandal es de vidrio; quedo sin palabras solo me limito a verla, es hermosa o bueno para mí. Es delgada, de senos medianos, piel blanca, cabello largo. Apoyó sus manos al borde del barandal haciendo que sus senos se unan… ¡Wao! Tienen una forma perfecta para mí gusto, sus pezones son cafés, sus areolas son medianas es un degrade en tonos cafés.

    Veo que cierra sus ojos y está disfrutando de la brisa, su cabello lo mueve el viento. No sé qué me pasa pero siento celos de la brisa ya que en este momento es él quien acaricia su cuerpo. Mi cuerpo está reaccionando, mi falo se está endureciendo siento más calor del que el clima me da. Aquella mujer después de un rato se retira y yo no aguanto más y me dirijo al baño.

    Me retiro mis prendas y entro a la ducha, me gusta sentir la fuerza del agua fría caer sobre mi cuerpo me apoyo contra la pared y dejo caer el chorro por mi espalda; en mi mente sigue aquella mujer, su desnudez tan hermosa se nota que lo disfruta y no le importa el que dirán.

    Tomo el jabón y lo paso por todo mi cuerpo, cuando llego a mi falo es inevitable ya que se encuentra duro, en punta; comienzo a pasar el jabón por esta zona y la temperatura aumenta a pesar del agua fría; comienzo a tocarme cada vez más y más, está muy dura y caliente que la venas se brotan.

    Mi mente continúa en aquella hermosa mujer, es tanto el deseo que suelto el jabón y aprovecho la suavidad de la espuma y empiezo a frotar mi verga muy lento, paso mi mano por mis huevos y los amaso suavemente para después continuar frotando mi verga. A medida que mi calentura sube aumento la velocidad; con esa velocidad y esas ganas por ella mi mano está a mil con mi verga, mi cuerpo no aguanta más y exploto de placer… un hormiguero invadió todo mi cuerpo… veo caer mi leche espesa deseando que ella lo probara.

    Después de satisfacer mis ganas salgo de la ducha así desnudo y mojado y me dirijo al balcón para sentir la experiencia que ella vivió en ese momento; ahora entiendo todo, es una sensación muy placentera. Quiero saber de ella así que me coloco ropa para la ocasión, mi colonia que no puede faltar, tomo mis llaves y la tarjeta y me dirijo a cenar, posteriormente averiguaré sobre ella.

    (Este relato fue en colaboración por un amable caballero)

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