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  • Le fui infiel a mi marido cuadripléjico

    Le fui infiel a mi marido cuadripléjico

    Alejandra no podía evitar sentir culpa. Después de 16 años de fidelidad, estaba engañando a su marido. Es verdad que eran circunstancias excepcionales; pero no menos verdad era que estaba acariciando los huevos de su compañero de trabajo.

    Alejandra tenía 56 años, pero se conservaba muy bien. Aparentaba sin dudas un lustro menos. Era rubia y de curvas marcadas. Su orgullo era la cola, que lucía con prendas ajustadas. Hace 16 años que se casó con Christian, y tiene 4 hijos, dos pares de mellizos. Christian es 4 años menor, alto y buenmozo. Pero hace un poco más de un año que tuvo un durísimo accidente: perdió el control de su moto al entrar a la autopista y un vehículo lo atropelló. Por uno de esos milagros que no existen pero que ocurren, sobrevivió. Sin embargo, terminó con una lesión en sus extremidades inferiores que, entre otras cosas, le impedía obtener una erección.

    José trabajaba con Alejandra en el Ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires. Ya hacía dos años que eran compañeros, y cuando sucedió lo de Christian impactó mucho en todos. José fue el que más estuvo con Alejandra. Era un buen confidente y amigo, y se quedaba largas horas con ella consolándola. A José siempre le gustó muchi ella: su cabello rubio, sus grandes ojos negros, sus pechos abultados. Cómo se vestía también. Solía ir con unos ajustados pantalones que marcaba siempre su ropa interior. Con el tiempo y a raíz del infortunio, ambos empezaron a sentir algo crecía. José solía llevarla a la casa; Alejandra tenía aversión a los automóviles y no quería manejar más.

    Esa tarde la esperó. Salieron de la oficina a eso de las siete de la tarde. En el viaje hablaron mucho, como de costumbre.

    -¿Cómo anda Christian? ¿Mejor?

    -Sí, como siempre. Ahora tiene psiquiatra. Pero no anda bien, no arranca.

    -Qué tema ese, debe ser difícil para un hombre

    -Sí, pero no es sólo eso. Es todo. La parte sexual no tiene mayor importancia, yo me las arreglo de alguna forma

    -Sí, ya sé. Pero vos debés tener necesidades también. Sos una magnífica mujer

    -Sí. El problema no es que Chris no pueda mantener una erección. Eso el médico ya dijo que es imposible… mirá que hemos intentado… pero nada. El problema es que esa situación lo pone muy mal y lo deprime.

    -Pero él podría hacer otras cosas, digo… -José pensó en si decirlo o no-… tiene dedos, lengua…

    Entre charla y charla, ya habían llegado a la casa. José estacionó su auto enfrente. Siempre se quedaban conversando un rato más.

    -Sí, obvio- dijo Alejandra en voz muy baja, sonrojándose. Pero te digo, él no quiere hacer nada y la verdad yo lo entiendo. Antes del accidente teníamos una excelente vida sexual. Yo tenía que ponerle un freno a veces. De hecho, me hizo cuatro hijos ¡Y mellizos! Jajaja. Ahora que… bueno… viste… no se le para… Pero me da mucha vergüenza hablar de esto. Para él también debe ser vergonzoso.

    -Ale, podés contar conmigo para lo que sea. Quizá te haga bien hablar de estos temas –José extendió su mano sobre la rodilla de ella y la empezó a acariciar.

    -Sí, quizá –Dijo Alejandra y se acomodó en el asiento. Ahora quedaron frente a frente y José acariciando le muslo izquierdo de ella.

    -Probamos. Probamos muchas veces. No tanto por mí, por él. Él lo siente como una herida a su orgullo. Siempre se jactó de… bueno… su instrumento… Y ahora no lo puede hacer arrancar.

    -Era todo un semental, Christian

    -Era bueno, qué sé yo. Era muy “sexual”. Siempre quería tener sexo. En cualquier lugar, en cualquier momento. A veces lo despertaba a las cuatro de la mañana con ganas y siempre cumplía. Las mujeres lo miraban mucho, también. Y ahora está ahí, en silla de ruedas.

    -Y, perdoná que te pregunte, pero él… ¿no reacciona? ¿Nada?

    -No- Yo lo toco, lo acaricio y nada. El otro día estábamos juntitos, hablando… de lo bien que me la pasábamos. Él estaba en la silla y yo a veces, cuando creo que se pone mimoso, me siento en su regazo. Le metí la mano adentro del calzoncillo y me puse a jugar con… bueno… eso… vos sabés

    -Sí

    -Y nada. Era como un gusano gordo, doblado y flácido. Nada. Yo seguí. Y nos empezamos a besar un buen rato. Me desprendí la blusa… me saqué un pecho y se lo puse en la boca. Lo empezó a chupar como un nene- Al decir esto, Alejandra se tocó instintivamente el seno izquierdo y José, espectador de lujo, no disimuló su excitación.

    -¿Y? – Preguntó José, adivinando un corpiño blanco detrás de la camisa de Alejandra

    – Y nada. Me lo chupo un ratito, me decía cosas –susurró- . Yo le decía cosas. Y de repente, me empezó a manosear… ahí. Yo estaba con un jean, me lo iba a sacar para que… bueno… me toque mejor… y no. Se puso a llorar. Yo seguía apretando ese gusano flácido. No pasó nada. Me guardé el pecho, me fui al baño y me las arreglé… sola…

    -Tremendo. Me imagino. Pero eso no te tiene que hacer sentir mal como mujer. Ale, te lo digo como amigo, vos estás re buena Ale, disculpá que te lo diga así. Tenés que buscar una solución.

    -Ay Jo, gracias, pero me da mucha vergüenza- En eso, ella agacha la cabeza y avizora un bulto gordo entre las piernas de su compañero. Él tenía la mano cerca del bulto, como circundándolo, como ofreciéndolo. Alejandra apoyó su cabeza en el hombro de él y él le besó los cabellos. Quedaron así unos minutos, sin decir nada. Él le acariciaba el cuello, las orejas; ella empezó a inspeccionar esa excrecencia que crecía en los pantalones de José.

    -Creo que es esto lo que necesitás

    -Creo que sí –Ella seguía masajeando ese bulto deforme que debajo del pantalón parecía un conglomerado de carne. José tomó entre sus labios el labio inferior de Alejandra y lo lamió. También pulió levemente sus dientes inferiores hasta abrirse paso en su boca y hallar su lengua. Alejandra parecía remisa al principio, pero no tardó en hacer danzar su lengua con la de José.

    -Ay Jose, nooo… no sé si está bien esto… está Christian… no sé –decía ella, mientras seguía retorciendo esa masa informe. José bajó su bragueta y Alejandra no hesitó en meter su mano.

    -Quiero que me des uno de tus pechos, como se lo diste a él – dijo José.

    Alejandra lo miró, dudó, pero se desabrochó la camisa, sacó una teta por encima del corpiño, agarró a José de la cabeza, lo arrimó hasta sus pezones erguidos, que aquél devoró sin piedad, como si fuera la última fruta del desierto. Eran grandes y algo caídas. Tenían unas areolas enormes y los pezones rosados están durísimos. Un conjunto casi infinito de pequeños penzoncillos se levantaban a lo largo de toda esa circunferencia.

    -Despacito, despacito… haceme redondeles con la lengua… sin dientes… con mucha saliva…

    José, mientras acataba las órdenes de su amante, que no largaba sus huevos, empezó a manosear la entrepierna de Alejandra y la apretaba fuerte:

    -Te quiero comer toda –y agarró con fuerza la vulva de Alejandra

    -Mirá que estoy sucia. Estuve todo el día trabajando, no me lavé, y encima no estoy depilada.

    -Mmm ¿la tenés peludita? Te la voy a lavar con la lengua si me dejás

    -Sí, pero mirá que hace mucho que no…

    Ahí José desabrochó el ajustado pantalón que ella llevaba; Ale ayudó y se inclinó para sacárselo. Él descubrió una tanga blanca semitransparente, que dejaba ver algo de su labios. Una espesa mota se formaba en el monte de venus, que bajaba hasta cubrir el clítoris. Más allá de esta mancha de pelos, la tenía afeitada, aunque algunos vellos ya habían empezado a crecer. José pasó su lengua por esa aspereza, saboreando todos sus poros.

    -¡Ay! La tengo como una lija, es que no tuve tiempo…

    José no la dejó terminar; presionó su lengua en su clítoris, cubierto por esa capa de pelos. Empezó a hacer círculos, utilizando a los vellos como herramienta, emulando lo que Alejandra exigió en sus pezones. Tal proceder le produjo un extremo placer, hasta una sensación de adormecimiento.

    -Me encanta. Encima estás mojada, y con estos pelos está más rica.

    Alejandra estaba sentada en el asiento del acompañante, con sus pantalones por la rodilla y la tanga a un lado; con la cabeza de José hundida en su vulva, gimiendo de placer.

    -Ponemela, por favor. Ponemela de una vez.

    José sacó la pija. Tenía sólo un huevo afuera. No era grande pero estaba muy dura. Ella la agarró con desesperación. Le entraba en una mano. El glande le quedó afuera y ella lo succionó como si quisiera extraer algo. Él pegó un grito que a ella la incendió.

    -Me encanta esta pija negra que tenés ¿me vas a coger como me cogía Chistian?

    -Mejor.

    José reclinó su asiento todo lo que pudo. Alejandra se deshizo de sus pantalones y de su tanga y se enterró la verga en ese valle húmedo que era su argolla. Le daba la espalda a él y miraba la puerta de su casa a través del parabrisas. Sus hijos no estaban y Christian no podía mirarla.

    -Ay! ¡Sí, Jose, sí! ¡Pegame unos chirlos!

    Llegaron al éxtasis. Él le pegaba en las nalgas y le metía el dedo mayor en la cola. Después, le empezó a pegar pequeños golpes en el clítoris, hasta que ella se desplomó. Sin querer tocaron la bocina. Ella se levantó, lo saludó con un beso en la mejilla y se fue.

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  • Escribiendo juntos

    Escribiendo juntos

    Me gustaba leer sus textos, eran interesantes, ingeniosos, bien escritos y sumamente excitantes, mentía como una perra, eso es cierto, lo notaba en los textos que metía pollas, alguna habría probado, pero ni de coña como allí lo contaba, en cambio, en los lésbicos, la plasticidad con la que relataba sus encuentros, a veces casi musical, denotaba claramente sus inclinaciones sexuales, y por eso me gustaban más sus relatos porque demostraba una imaginación infinita.

    Yo de vez en cuando le comentaba algún texto, sobre todo si me hacían gracia, en uno de ellos se había follado a un negro con ojos azules y con mucho pelo en el pecho al que llamaban Teen Wolf, para matarla, ¿cómo se le ocurrió eso?, y como en una noche de luna llena la había penetrado salvajemente hasta que ambos aullaban al compás del orgasmo, vamos, una corrida lobera.

    Me hizo tanta gracia que le pedí si podía utilizar a Teen Wolf en uno de mis relatos, que ese personaje de ojos azules y pelo en el pecho que se dedicaba a follarse a chicas vírgenes en noches de luna llena merecía probar su propia sangre y tener por fin una experiencia anal en toda regla, le iba a buscar a un Lobezno digno de él, y lo escribí, no hace falta contar que el relato nunca pasará a los “anales” de la historia por su gran erotismo, aunque cuando fue cambiado a la sección de humor, la cosa se tornó algo más positiva, Teen Wolf el folla vírgenes nunca volvió a ser igual.

    En fin, que de esa estrecha colaboración nacieron otras, nos intercambiamos personajes, ideas, incluso experiencias, algunas se publicaban y otras simplemente se quedaban ahí porque tengo imaginación, pero no tanta como ella. El hecho es que al poco tiempo decidimos quedar, vivíamos relativamente cerca, iríamos con nuestros portátiles y escribiríamos algo juntos, pero al mismo tiempo, un personaje cada uno y una bonita y guarra historia que contar.

    Yo nunca la había visto, me la imaginaba inteligente y simpática, baja, rechoncha y con tetas gordas, pelo corto y bigote, jaja, el bigote no, lo acabo de poner porque suena fatal todo lo dicho antes, absurdos estereotipos, pero vamos, la idea es que no iba yo predispuesto a follar, en serio, solo a pasar una tarde literaria junto a alguien a quien apenas conocía pero que me aportaría originalidad, musicalidad y literatura es estado puro, alguien de quién aprendería a pulir mis escritos y a no ser tan directo e impulsivo, además, era jueves y ya decía mi madre que en un jueves no te acostarás sin haber aprendido nada más.

    Llamé a la puerta, estaba nervioso, a fin de cuentas que coño pintaba yo en el piso de una lesbiana bisexual a las cinco de la tarde de un septiembre caluroso en una ciudad que no era la mía, y la puerta se abrió, y la sorpresa saltó, era una monada de chiquilla, algo hippie, morena, ojos negros, pelo corto, un pequeño piercing en la nariz y una sonrisa increíble, la cubría una camiseta de tirantes oscuros que marcaba unos senos que sobresalían con su delgado cuerpo, y una falda de esas largas y sueltas que dejan a tu imaginación el saber lo que allí se esconde.

    Me quede callado, me había sorprendido, “¿Ana?”, le dije casi balbuceando, “¿Andrés?”, contestó ella con la misma cara de sorpresa que tenía yo, al parecer la idea que se había hecho de mí nada tenía que ver con lo que tenía ante ella, posteriormente me había confesado que se esperaba un hombre mayor, con pelo desaliñado y gafas, interesante y seguro, algo hippie y bohemio, y se encontró todo lo contrario, un tío con bermudas y camisa de manga larga remangada, con náuticas de diseño, pelo corto engominado, moreno de sol, no guapo pero si atractivo, pero alguien con quien jamás se habría tomado una cerveza en toda su vida.

    Tras dejarme entrar y saludarnos nerviosamente, tras unos segundos de incómodos silencios, me puse hablar.

    —Jo, no me esperaba una tía como tú, me esperaba una bollera gorda y rechoncha con un consolador como collar.

    Ella se rio, esa brutal exageración había roto el posible frío que pudiera existir, era como hablaba cuando chateaba con ella,

    —Qué fuerte —dijo ella— ni de coña me hubiese esperado un tío como tú, vaya tela, tengo al hijo de Aznar en mi casa.

    Nos reímos durante un rato mientras me guiaba por el pasillo hacia una estancia pequeña bastante iluminada y decorada con láminas de fotografía en blanco y negro, cortinas de color naranja, estanterías repletas de libros desordenados, una mesa antigua en el centro flanqueada con sillas de esas que mi abuela tiene todavía por casa, y un sofá de color gris de dos plaza que miraba a la ventana, una mesilla que aguantaba un equipo de música medieval, y tras una charla sobre lo bonita que es la vida, y servirnos unos extraños whiskys con cola light, sin comentarios, nos sentamos sobre las sillas de mi abuela, que por cierto eran comodísimas, y con nuestros portátiles encendidos comenzamos a escribir nuestro relato.

    Lo bueno de trabajar con gente inteligente y con ganas de crear es que todo es más fácil, las ideas fluyen más rápidas, las discusiones por memeces desaparecen y para lo importante las oposiciones contrapuestas se acercan porque se argumentan y en este caso enseguida llegamos a lo que queríamos escribir y como queríamos escribirlo.

    Lo teníamos fácil, sería una historia sobre nosotros pero intercambiándonos los papeles, dos personas a las que les gustaba escribir, que se conocen y que tras varias líneas escritas acompañadas de alguna que otra copa, descubren que no solo les une su pasión por la literatura, sino que una extraña atracción que les sumerge en una experiencia que jamás habrían podido imaginar, a fin de cuentas y aunque hasta el momento no lo parezca, nos habíamos juntado para escribir un relato erótico, y eso es lo que íbamos a escribir.

    Yo comencé a hablar sobre mi cuerpo, bueno, el de ella, yo era ella, y tengo que reconocer que la tía me gustaba, y aproveché para decirle que se levantase y se pasease por la habitación para poder describirla bien, que incluso bailase para ver como se movía, ella lo hizo sin problemas, incluso le divertía la idea de verse observada y dibujada a través de las letras de un desconocido conocido que en cierto modo le atraía por su forma de ser. Más difícil fue cuando yo tuve que levantarme y pasearme, pero ya que estábamos hasta casi me desabroché la camisa para darle una mejor idea de lo que ante ella tenía.

    Habíamos definido el hilo conductor de la historia, los personajes y faltaba ver quién empezaba con la seducción, cada uno iba escribiendo su parte de la historia, pero decidimos cambiar, ella decidió cambiar, lo fácil hubiese sido que cada uno escribiese desde su punto de vista, pero no, esa parte la íbamos a escribir juntos, vista desde fuera, así es que cogió su portátil, la silla de mi abuela, o de la suya, y se sentó junto a mí,

    —Bueno, como empezamos, ¿es la tía la que se lanza o el tío? —me dijo mientras le daba otro sorbo a la tercera copa que nos habíamos servido.

    —Empieza el tío —le dije— y te recuerdo que ese eres tú —mientras la miraba fijamente a esos ojos negros que tenía.

    —Vale —dijo ella— yo empiezo, pero quiero verte la polla, tengo que saber lo que tengo entre las piernas para ver lo que te hago —medio riéndose y con una cara de pícara que hizo que eso que yo tenía entre las piernas empezase a despertar.

    —Si lo quieres ver, lo vas a tener que hacer tú, yo paso de quitarme nada —le dije, si quería guerrilla la iba a tener.

    —¿Con que esas tenemos?, eh, gírate, que este relato lo tenemos que terminar si o si —y yo me giré, y ella casi sin pensarlo se puso de rodillas y empezó a desabrocharme las bermudas— pero no te emociones mucho, que te estoy viendo la cara y va a ser que no —me decía mientras ya me había quitado las bermudas y estaba a punto de hacer lo propio con el bóxer que cubría mi miembro que ya estaba bastante animado, y me lo quitó y allí se le apareció mi polla que estaba bastante dura por todo aquello, ella se quedó mirando.

    —Que rápido te has animado, no está mal, nada mal, además depilado, y descapullado —no paraba de mirarla.

    —Cógela, no te va a morder —le dije— ¿tendrás que saber cómo está y como se siente, ¿no?

    Ella me miró, su sonrisa había desaparecido de la cara, la notaba nerviosa, su respiración se había acelerado, volvió a dirigir su mirada hacia mi erecto miembro, y la agarro, primero con fuerza para sentir toda su dureza y luego aflojo la mano y la deslizó por todo el tallo.

    —Me estoy poniendo cachonda, ¿lo sabes? —me dijo— me estoy poniendo y mucho —volvió a agarrar mi polla y empezó a subir y bajar su delicada mano sobre ella, observando como la piel que lo cubría se movía, como mi glande se hinchaba más y como mi cuerpo se ponía tenso ante todo aquello.

    No hizo falta que fuésemos hablando más, no había más de que hablar, se notaba que no tenía mucha experiencia en aquello porque se la metió en la boca al momento, casi sin esperar, no paso su lengua por ella para saborearla, la engulló directamente hasta la garganta y comenzó a hacerme una mamada espectacular, una de sus manos acariciaba mis huevos y la otra me apretaba fuerte el muslo mientras seguía follándome con su boca.

    —Ana para —le dije— ahora me toca saber a mi como soy, te recuerdo que tenemos que escribir un relato— y reincorporándola del suelo, me acerqué a ella y comencé a oler su pelo, mi manos la cogieron su cintura y con delicadeza cogí su top y se lo quité lentamente, le acaricié el pelo, y mis manos bajaron buscando el cierre de su sostén, que encontraron y abrieron con rapidez para poder ver los pechos que tenía ante mí, hermosos, redondos, con unos pezones grandes y duros— ¿puedo probarlos? —le dije.

    Ella me cogió la cabeza y los acercó a sus senos, mi lengua los saboreó delicadamente, con movimientos circulares, estaban duros, eran gruesos, mis manos acariciaban su cintura, sentía como su cuerpo se erizaba y fui bajando poco a poco hasta ser yo el que estaba de rodillas.

    Ella tenía los ojos cerrados, y sus manos seguían en mi cabeza, acariciando mi pelo, le desabroché la falda que cayó de un tirón sobre el suelo, olí su sexo, cubierto por un tanga de color negro que fui quitando poco a poco, su sexo estaba brillante, una ligera mata de pelo lo cubría, pero suave, muy suave, me acerqué y lo probé, estaba caliente, estaba mojado, estaba sabroso, y comencé con mi lengua a saborearlo una y otra vez. Ana comenzó a jadear, apretaba su sexo contra mi boca, mi manos sobaban su duro culo y ahora fue ella la que habló.

    —Andrés, para.

    Y casi tirándome del pelo me fue subiendo hasta que nuestras bocas se encontraron, y nuestros ojos se miraron, y nos besamos, nuestras lenguas se juntaron y nuestros cuerpos se abrazaron, sus manos acariciaban mi espalda todavía cubierta por la camisa, busque su cuello, mis manos apretaban su culo, y mi polla, totalmente dura y gorda se rozaba por su barriga.

    —Vamos al sofá, la quiero dentro —me dijo mientras me cogía de la mano y me llevaba al sofá donde me empujó y me sentó con brusquedad, sus ojos, su expresión habían pasado del nerviosismo inicial, del desconcierto por la situación a un estado de lujuria que me había contagiado.

    Me quitó la camisa y poniéndose de rodillas sobre mí, agarro mi polla y la fue colocando a la entrada de su sexo, empezó a rozarla sobre su clítoris, empecé a reconocer la música chillout que nos había acompañado toda la tarde y a la que no le había prestado la más mínima atención, y de repente empezó a dejarse caer sobre mí, escuché como sus “ahhh” se hacía largos, le entraba con dificultad, pero le iba entrando y se iba acomodando a ella hasta que se la clavé entera.

    Se movió un poco y buscó mi boca, y buscó mi lengua y empezó a moverse más rápidamente, mis manos la cogían por el culo y la ayudaba a que fuese subiendo y bajando por mi miembro, cada embestida era mas placentera, se echó para atrás y comencé a chuparle sus pechos con fuerza, sus movimientos se iban acelerando, sentía que se iba a correr de un momento a otro, y yo sentía que mi polla iba a estallar, y comenzó a correrse, empezó a chillar como una histérica, a duras penas podía mantenerla sobre mí, hasta que desfalleció sobre mí.

    Escuchaba sus jadeos, mi polla todavía la tenía ensartada sobre su maravilloso coño, me había follado vilmente, ella.

    —Me ha encantado, va a ser un relato muy bueno, porque todavía faltas tu. —Y diciéndome eso fue saliendo de mi despacio hasta dejarse caer hacia mi izquierda. La miré y ella me miró y con su mano derecha empezó a masturbarme— sigue dura, muy dura —me dijo.

    —Lo está, tú me la has puesto así —contesté.

    Ella aceleró el ritmo, y con una ligera mueca en su rostro me dijo:

    —me estoy acordando de tu Teen Wolf, y ya que estamos quiero que me lo hagas por ahí —y girándose se puso a cuatro patas ofreciéndome su pequeño y prieto culo.

    La acomodé a mi altura y con un dedo empecé a dilatar su ano, entró con facilidad, primero uno y luego otro, y comencé a follármela con los dedos, miré su cara, tenía los ojos cerrados, estaba disfrutando de todo aquello, y yo estaba que reventaba así es que coloqué mi polla sobre su pequeño y oscuro agujero y empecé a apretar.

    —Despacio, que hace mucho que no entra nada por ahí, muy despacio.

    Y así lo hice, me costó bastante lograr meter mi glande, ella mordía un cojín naranja que había sobre el sofá, mis manos la tenía cogida por las caderas y poco a poco mi polla fue entrando en ella, no la metí toda, solo la mitad, era suficiente, y empecé a follarme ese culo que era una maravilla.

    Ella comenzó a gemir fuerte de nuevo, vi como una de sus manos se acariciaba ese precioso coño que hace unos instantes había explotado sobre mí, mis movimientos se volvieron más rápidos, y cuanto más rápidos eran, mas profundamente la penetraba y mas hondamente se la metía, hasta que no aguanté mas y comencé a correrme dentro de ella, la empujaba con fuerza, los dos gritábamos, notaba como su mano había acelerado el ritmo y como se estaba corriendo al mismo tiempo que yo, tras varias sacudidas y vaciarme de semen dentro de su culo, la solté y me senté reventado y sudado junto a ella, resoplando por el esfuerzo, y todavía erizado por las sensaciones que acababa de experimentar.

    No dijimos nada durante un rato.

    —¡Vaya relato! —me dijo mientras cogía su ropa y se marchaba al baño.

    Yo me vestí y me serví una copa, el hielo ya estaba desecho, pero me daba igual, necesitaba algo de beber porque estaba exhausto, me senté y empecé a escribir, pero nada salía, algo había pasado en aquella habitación que cambiaría mi forma de ver la vida, que cambiaría mi vida, me recosté un poco sobre la silla, mi corazón seguía latiendo con intensidad, mordía mis uñas pensando en todo aquello, todavía sin dar mucho crédito de lo que había pasado, porque había sido maravilloso, nunca me había sentido tan acompasado con nadie como aquella tarde.

    Ana entró con el pelo mojado, se había cambiado de camiseta, una larga que a duras penas le cubría los muslos, se sirvió otra copa y se sentó sobre el sofá, me miró, tenía los ojos vidriosos, no de llorar, los tenía diferentes.

    —¿Y ahora qué? —me dijo— me acabas de trastocar mi vida, nunca me imaginé que me pasase esto, no me lo puedo creer, no sé qué coño habrás sentido tú, pero tengo el corazón que se me sale.

    Me puse de pie, o cogía mi ordenador, lo cerraba y me marchaba, que hubiese sido lo más prudente y lo más lógico dada nuestras respectivas situaciones, o me acercaba al sofá y me jugaba un “¡qué haces vete de aquí!” Y lo hice, me lo jugué, pero no encontré un vete, encontré un abrazo, y un beso, encontré una historia, un relato, la encontré ella.

    Nunca terminamos el relato, de hecho, dejé de escribir durante mucho tiempo, comenzamos una relación que fue maravillosa por todo, leíamos juntos, veíamos la vida juntos y nos amamos juntos y seguimos juntos, que coño, a mí me gustan que las historias terminen bien, y esta tuvo una final feliz, bueno, muchos, pero eso son otras historias.

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  • El culo de Carolina

    El culo de Carolina

    Conocí a Carolina en la universidad, en el primer día de clases de mi carrera. Al principio no éramos amigos, pues nos movíamos en grupos diferentes, pero nos saludábamos de vez en cuando y veíamos las mismas materias. Luego llegué a conocerla bastante, puesto que comencé a salir con su mejor amiga, Inés, que también estudiaba la misma carrera que yo. Al principio, cuando comencé a frecuentar a Carolina, no me llamaba para nada la atención y así continuaron las cosas durante mucho tiempo, prácticamente durante toda mi carrera universitaria. A pesar de ello, nos hicimos muy amigos.

    Poco antes de graduarnos yo terminé con Inés y dejé de ver a Carolina, pues es sabido que las mujeres se quedan con sus amistades del mismo género cuando una relación termina. Cada quien agarró rumbos distintos. Hasta que cuatro años más tarde, al iniciar unos cursos de postgrado, me sorprendí al encontrar que ella también iba a hacer los mismos estudios y que, una vez más compartiríamos en las aulas universitarias.

    Pero lo que más me llamó la atención no fue el hecho de que íbamos a volver a estudiar juntos, sino lo buena que se había puesto Carolina en ese tiempo que dejé de verla. Se había refinado un montón, había comprado ropa elegante que le quedaba muy bien, había adelgazado (tampoco es que antes fuera gorda) y hasta se había hecho un tratamiento de ortodoncia que, sin duda, contribuía a mejorar su aspecto.

    Para que se hagan idea del bombón del cual les estoy hablando, la voy a describir. Es una mujer de 26 años, no muy alta (más bien es pequeña, medirá un poco menos de 1,65 m), cabello negro muy liso y un poquito por encima de los hombros, delgada, pero con “carne donde agarrar”, piel morena, rasgos un poco aindiados pero atractivos, labios delgados pero sugerentes y unas piernas muy lindas. Pero lo que más me impactó en este “segundo encuentro” con Carolina fue la calidad de su culo.

    Definitivamente, el mejor que he visto en mi vida. Es difícil traducir en palabras la deliciosa imagen ofrecida por aquellas dos nalgas de tamaño perfecto, de una firmeza desafiante de la gravedad. Dos montañas de carne turgente en las que provoca internarse por mucho tiempo, para así poderlas explorar hasta el fondo. El único “defecto” que tenía Carolina es que estaba bastante deficiente por el lado de las tetas (no eran gran cosa, eso se veía a leguas, aunque tampoco era totalmente plana), pero con un culo de ese calibre y su atractivo general qué importaba lo demás.

    Desde ese día en que la volví a ver me surgió firmemente el propósito de tirármela. El acercamiento no fue difícil, porque ya habíamos mantenido una amistad anteriormente, de modo que surgió naturalmente la idea de hacer trabajos y de estudiar juntos, oportunidades para compartir que yo buscaba bajo cualquier pretexto.

    Un sábado en la tarde busqué una alternativa más audaz. La llamé a su casa y la invité a salir esa noche. Me dijo que sí y quedamos en que la pasaría recogiendo a las ocho. Llegué puntualmente y marqué el intercomunicador de su apartamento. Cuando bajó y la vi tuve una erección de inmediato, la cual se intensificó cuando le eché una mirada a su fantástico trasero en el momento en que le abrí la puerta de mi carro para que se montara. Tenía puesto un pantalón blanco muy ajustado, que le realzaba su magnífico culo, dejando adivinar que llevaba pantaletas tipo hilo dental.

    No sé cómo hice para disimular y no abalanzármele encima. De resto, estaba muy bien vestida. Llevaba una camisa, también muy ajustada, de color negro, de manga larga, el cabello recogido y unas sandalias de tacón mediano que dejaban apreciar los pies más bonitos y mejor arreglados que haya conocido en una mujer. Además, olía muy rico, lo cual hacía incrementar mi excitación.

    Habíamos quedado en ir a tomarnos algo en un lugar tranquilo, para poder conversar. Nos sentamos en una mesa de un lugar que estaba bastante de moda y pedimos unas copas de vino y comimos unas tonterías. Estuvimos dos horas charlando sobre los viejos tiempos de la universidad. Ya habíamos bebido un poco más de la cuenta y llegamos, por casualidad, a temas mucho más picantes. Hablando por casualidad de mi antigua relación con Inés, Carolina, desinhibida por el alcohol, me dijo:

    –Ustedes como pareja eran una mierda y se la pasaban peleando todo el día, pero según me contaba Inés en la cama les iba maravillosamente. Inés decía que tú eras un gran follador.

    No pude evitar sonrojarme y luego de tragar grueso, riposté:

    –¿Con que esas tenemos? ¿Las dos se la pasaban chismeando sobre nuestra vida sexual? Vaya, vaya.

    –Ah, ¿te vas a hacer el tonto diciéndome que no sabes que las mujeres nos contamos esas cosas?

    –Bueno, la verdad es que recuerdo que Inés me contaba cosas tuyas, Carolina. Me contó cómo Federico, el novio que tenías en esa época, te echó una cogida en el estacionamiento de un centro comercial y luego fueron descubiertos por los vigilantes porque tú comenzaste a gritar como una loca.

    Esta vez la que se puso roja fue ella, pero inmediatamente dijo, sonriendo:

    –Lo que pasa es que una de mis fantasías era tirar en un sitio público, sintiendo el peligro de ser descubierta…

    Y luego de una breve pausa me preguntó, con malicia:

    –¿Y tus fantasías cuáles son?

    En ese momento decidí jugármelo todo e inventé una respuesta que sin duda era falsa pero que ayudaría a mis propósitos:

    –Mi fantasía más grande en la universidad fue hacer un trío contigo y con Inés…

    Pensé que en ese momento me iba a abofetear, pero su respuesta fue una mirada sugerente, luego de lo cual dijo, con voz seductora:

    –La verdad es que yo no sé si podamos contar con Inés para cumplirla, pero si te conformas conmigo, papito, creo que podemos pasar un momento inolvidable. No creas que no me he dado cuenta de las buceadas que me has echado últimamente.

    Mi respuesta fue que cinco minutos después ya había pagado la cuenta y estábamos montados en mi carro, yendo hacia un motel muy exótico –y caro– de la ciudad, con pretensiones de lugar de las mil y una noches. El lugar era cerca, de modo que en poco tiempo nos encontramos besándonos frenéticamente en una habitación decorada con motivos orientales, una cama redonda, un espejo en el techo y una especie de potro para ensayar posiciones extravagantes.

    Apenas nos dimos el primer beso empecé a explorar toda su anatomía, aún por encima de la ropa, y el primer contacto de mis manos con sus preciadas nalgas fue increíble. Eran mejores que lo que había podido soñar, y todavía quedaba mucho por delante. Con frenesí le saqué la camisa y empecé a acariciarle las tetas por encima del sostén. Eran pequeñas, como lo esperaba, pero los pezones eran de un tamaño considerable y estaban duros y muy parados.

    De pronto ella me pidió que nos detuviéramos, cosa a la que yo accedí a regañadientes luego de que me prometiera que lo que venía me iba a gustar bastante. Me dijo que me quitara la ropa, que me quedara sólo en calzoncillos y que me acostara en la cama. Obedecí sus órdenes. De pronto, ella encendió el sistema de audio de la habitación y buscó una música suave. Todavía tenía puesto el sostén, el pantalón. Las sandalias ya se las había quitado y se había soltado el cabello.

    Al ritmo de la música empezó un baile muy sugestivo, moviendo las caderas como una felina en celo. Estaba claro que pensaba hacer un striptease. Mi pene estaba a punto de reventar. Primero se quitó el sostén y sus tetas quedaron en libertad. Y luego, sabiendo que aquello me mataría, se colocó de espaldas hacia mí y comenzó a bajarse los pantalones.

    Ante mis ojos atónitos quedó expuesto su culo maravilloso, sin imperfecciones, con nalgas firmes de piel morena que llamaban a ser tocadas, chupadas y gozadas. El hilo dental blanco que llevaba se le incrustaba deliciosamente en la raja. Las piernas también eran espectaculares, bellamente torneadas. Lentamente se quitó las pantaletas y quedó a mi vista su cuquita, completamente afeitada, luego de lo cual se acercó a mí y se montó en la cama.

    Yo estaba en el paraíso ante tan apetitosa visión. Con actitud decidida, Carolina me despojó de mis interiores y empezó a pajearme lentamente, haciendo que una abundante cantidad de líquido preseminal saliera de mi pene. Luego se metió mi verga en la boca y empezó a hacerme una mamada de película. Lamía, chupaba, se introducía la polla hasta la garganta. No había nada que no supiera hacer con aquella boquita maravillosa. De pronto le pedí que cambiáramos de posición para hacer un 69. Mientras ella seguía mamándome el guevo divinamente, yo empecé a pasar mi lengua por su totona depilada.

    El olor de su sexo era increíble, pues despedía un aroma especial que recordaba al del durazno y sus jugos eran dulces. Empecé a chuparle el clítoris con frenesí y a introducirle la lengua en su raja. Nos vinimos al unísono, ella pegando unos gritos muy fuertes mientras yo descargaba tres chorros de leche en su boca, los cuales se tragó completicos.

    Mientras nos recuperábamos estuvimos abrazándonos, besándonos y explorando nuestros cuerpos con ardiente impaciencia. Cuando logré que se me parara de nuevo (cosa que no costó demasiado), fui a buscar los condones, pues ya no dejaría pasar más tiempo sin cogérmela. Ella me dijo que no haría falta, que tomaba pastillas y que quería hacerlo al natural. Ni corto ni perezoso, yo obedecí, le abrí las piernas, las coloqué sobre mis hombros y procedí a clavarle mis 19 centímetros de carne hasta el fondo de la cuca.

    Ella gritó de placer. Comencé a bombearla lentamente, con penetraciones profundas. Después empecé a darle durísimo y ella gemía, pegaba gritos y decía, mientras me clavaba las uñas en la espalda:

    –¡Sí, síii, coño papi, reviéntame la cochofla!

    Yo incrementé el ritmo y estaba claro que Carolina estaba a punto de acabar, pues de su totona emanaban chorros de líquido caliente. Su orgasmo fue descomunal y ruidoso. Las piernas le temblaban de lo mucho que estaba gozando.

    Yo tenía el pene como un hierro incandescente, pero todavía no pretendía eyacular. Había un manjar que yo estaba esperando degustar antes del final de la noche: su culo. El problema es que, hasta donde yo sabía, Carolina era resistente a practicar el sexo anal. Al menos, durante los años de universidad, se horrorizó cuando Inés le contó que yo me la cogía por el culo.

    La oportunidad de proponer que me regalara el chiquito se presentó inmediatamente después de retirar mi pene de su vagina. Ella me dijo con lujuria:

    –Papi, que cogida tan sabrosa. En compensación estoy dispuesta a hacer lo que tú quieras.

    Yo no esperé para responder:

    –¡Bueno mami, me encantaría metértelo en ese culo de diosa que tienes!

    Ella dudo unos momentos, pero creo que estaba tan excitada que accedió. Eso sí, me advirtió que era su primera vez por allí, de manera que tenía que ser delicado.

    Yo le pregunté si tenía alguna crema en la cartera y me dijo que tenía un pote de humectante. Le dije que eso serviría. Para darle mayor morbo al asunto, la levante de la cama y la puse delante del potro, apoyando su tronco y dejando parado y al descubierto sus preciosas nalgas.

    Lo primero que hice fue chuparle un rato el huequito del culo. Eso le produjo muchísimo placer, lo cual facilitó mis primeros intentos de dilatación, metiéndole uno y después dos dedos en el ano. Cuando ya logré que estuviera bastante abierto, unté mi guevo con algo de crema y coloqué la cabeza en la entrada de su culo. Ella estaba un poco nerviosa, pero también muy caliente. Empecé a metérselo milímetro a milímetro, sintiendo como su resistencia cedía. Poco tiempo después ya lo tenía todo adentro. Carolina pegó un alarido, mezcla de dolor y de placer. La visión de aquel culo a la merced de mi verga era prodigiosa.

    Luego de dejar que se acostumbrar un poco a aquel pedazo de carne metido en su rabo, empecé el mete saca, primero lentamente y luego con más rapidez. Carolina estaba con los ojos en blanco y la respiración entrecortada, pero no pedía que se lo sacara, así que yo seguí adelante, castigando con mi guevo su ano hasta entonces virgen. De repente ella empezó a gritar: “¡Rómpeme el culo, cabrón! ¡Rómpemelo, rómpemelo!”. Sus deseos fueron órdenes y empecé a darle con furia.

    Ella gritaba cada vez más fuerte, a la vez que con una de mis manos yo le estimulaba el clítoris. Eso la puso a millón. Se empezó a estremecer y yo también estaba cerca de mi orgasmo. Poco tiempo transcurrió hasta que mi verga estalló y le llené su culo de semen, mientras ella gritaba: “Mieeerdaaa, que vaina más buena!”.

    Cuando le saqué el guevo del culo lo tenía lleno de un poco de sangre. La verdad es que la había maltratado un poco, pero ella no se quejaba y la había pasado muy bien. Después de acariciarnos un rato y de conversar, caímos rendidos. Como a las cuatro de la madrugada ella me levantó y me pidió que la llevara a su casa, donde la dejé. Espero que pronto se pueda repetir este encuentro, porque desde entonces la imagen del culo de Carolina no me deja dormir.

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  • Un viaje apretado con final feliz

    Un viaje apretado con final feliz

    Por cuestiones de trabajo tuve que viajar a Alvarado, una ciudad cercana a Veracruz. Hubo un evento y yo fui auxiliar en una oficina que organizaba festejos. Como en ese evento sería una especie de edecan decidí viajar con una falda corta, azul marina y de vuelo. Una blusa blanca de tirantes y unas zapatillas que me provocaron mucho cansancio pues estuve de pie como tres horas.

    Se hizo de noche y tuve que ir a la terminal de autobuses. Eran las 8:30 de la noche y el autobús iba llenísimo, no cabía nadie más y para colmo, tuve que ir de pie. Yo tenía 18 años y pues tuve que aguantar ir de pie. Sería un viaje de una hora más o menos. Ya en carretera, sentí que alguien se acomodó detrás de mí. Apenas de reojo me d cuenta que era un señor de unos 50 años que se amoldó perfectamente a mí pues no era alto. Con el vaivén del viaje sentí como su pito se fue poniendo duro y me lo repegaba mucho. Zorra como era y soy, decidí disfrutar el momento, aunque pensé que en algún momento se bajaría en alguna parada intermedia.

    No fue así. Los chicos que iban sentados frente a mí se iban besando en medio de la oscuridad del interior del autobús y vi como el chico le acarició uno de sus pechos, importándole poco si lo veíamos. No había mucho qué decir, pues el tipo que iba atrás de mí se repegó más y yo podía sentir su verga muy erecta. Se sujetó de tal modo que, aprovechando la oscuridad me tomó con su mano derecha de la cadera. Yo estaba excitada, no me importaba que me llevara quizá 30 años o más, yo estaba caliente y me calenté más cuando resopló sobre mi nuca, eso me erizó…

    Yo esperaba que alguien pidiera bajar del autobús, pues no tenía margen de acción, este hombre me calentaba y yo casi deseaba quitarme la ropa o por lo menos chupársela. Hubo un momento en que el bajó su mano derecha y me acarició la pierna y yo lo deseaba más. Nunca me ha importado si los hombres son guapos o feos, soy más bien alguien que reacciona al físico y este tipo me estaba agasajando de una manera muy particular. Su atrevimiento fue tal que me acarició la vulva y yo me sentía morir de placer. Mi coño ya estaba muy húmedo y quería más.

    La pegazón siguió hasta que llegamos a Boca del Río y el autobús se quedó con unas 15 personas y yo decidí sentarme y el tipo se sentó junto a mí. Era regordete y olía bien, pues no se veía vulgar ni nada por el estilo. Me sugirió muy discretamente que nos bajáramos adelante de la última parada en la que casi se había vaciado la unidad y yo le dije que sí.

    Nos bajamos y cruzamos la calle. No me tomó de la mano, casi el caminó adelante de mí. Entramos a un motel barato. Era de noche, pero se sentía bochorno. Pagó y pidió dos copas de brandy y apagó las luces y sólo dejó prendida una lamparita de buró. Me ordenó que me desnudara y lo hice rápidamente y le frotó el pantalón para sentir su pene. Él me alejó y se bajó los pantalones hasta quedar en calzoncillos. Se quitó la camisa y se bajó su ropa interior. Vi un pene grueso que aún no se erectaba.

    Me sorprendí, ya había probado muchas vergas grandes y duras, pero esta no era tan grande pero sí era gruesa y la cabeza era un poco deforme. Me pidió que se la chupara y lo hice. Casi enseguida se pudo dura mientras el me tomaba del cabello y me obligaba a meterme todo su pedazo de carne en mi boca o por lo menos, hasta donde fuera posible. Disfruté mucho esa mamada y él más.

    Me penetró delicadamente tras colocarse un condón y sentí muy rico como su verga me traspasaba como lanza y me hacía moverme con una loca hasta casi hacerlo venirse. Me contuve y él se acostó boca arriba y yo me senté en su pene tan rico. A partir de allí fui yo la que se movió de muchas formas, como una licuadora que lo hizo enloquecer y gritarme “mi amor”. Logró eyacular y lo vi poner sus ojos en blanco que hasta pensé que le sobrevendría un infarto pues se agitó mucho y lanzó muchos gemidos. Yo también llegué al clímax y disfruté esa palo.

    Se quedó dormido un rato y yo entonces me duché. Salí de allí y me vestí. Cuando volví mi vista a la cama me di cuenta que había puesto allí 500 pesos y los tomé. Disfruté tomarlos, no porque los necesitara, sino porque lo sentí como un agradecimiento de un hombre que quién sabe cuándo fue la última vez que logró un orgasmo como el de esa noche. Nunca más lo volví a ver.

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  • Rica infidelidad sobre una mecedora

    Rica infidelidad sobre una mecedora

    Soy una mujer normal. Sin ser una belleza no estoy nada mal a pesar de mi piel demasiado blanca y mi baja estatura. Poseo un generoso trasero que levanta más de una mirada y una cara falsamente inocente adornada por ojos grandes y labios carnosos. Mi nombre es Marcela.

    Ahora estoy tratando de ajuiciarme porque a pesar de que nunca pensé en serle infiel a mi marido hubo una época en la cual las circunstancias me llevaron a cometer algunos deliciosos pecadillos de los cuales a veces me arrepiento, pero en otras ocasiones recuerdo con verdadero deleite… Que puedo decir, una cosa llevó a la otra porque después que fui infiel con el primer hombre y por una razón específica y algo borrosa en este momento, con los demás fue más fácil por decirlo de alguna manera.

    Sucedió en uno de mis viajes de trabajo puesto que debido a mi profesión debo viajar constantemente. Justo cuando pensé que sería un viaje como cualquier otro me encontré con un amigo de mi esposo que sin saberlo yo en ese momento se convertiría en mejor “amigo” mío aún. Me agradó mucho encontrarme con él y más aun sabiendo que trabajaba en esa ciudad la cual debía yo visitar muchas veces durante los meses siguientes, al menos tendría alguien con quien pasar los ratos de ocio.

    Las primeras visitas fueron normales, nos encontrábamos para almorzar o tomar algo y poco a poco nos fuimos dando cuenta que existía una gran química entre nosotros. Yo le contaba a el acerca de mi relación con mi esposo y que no estaba en su mejor momento. Debido a mis viajes no tenía yo mucho tiempo para estar con mi esposo y cuando estaba en mi casa solo ansiaba descanso y tranquilidad. Sin embargo, cuando me encontraba con mi amigo salíamos bastante a divertirnos y empezamos a ir a bailar y a beber licor.

    En una de esas ocasiones fui yo con una amiga a dicha ciudad pues disponía de dos días de completo relax y pensé que sería buena idea invitar a mi amiga a nadar un rato y broncearnos a tan cálida y acogedora ciudad. No vi a mi amigo en todo el día y no sé porque en la noche me puse mi mejor vestido (muy escotado y corto por cierto) y decidí ir en busca de aquel hombre en compañía de mi amiga para ver si salíamos con algún amigo suyo.

    Decidimos ir de tour por varias discotecas. El no dejaba de decirme lo bella que estaba aquella noche y yo sentí que me miraba por primera vez. Cuando volteaba sentía como sus ojos recorrían todo mi cuerpo inventando aquellas partes cubiertas por el diminuto vestido. Decidimos salir del bar donde estábamos y dirigirnos a uno mas íntimo, mas oscuro, con música mas suave. Al tratar de pararme me sentí mareada por todo el ron que habíamos tomado. El me tomo del brazo suavemente y sentí un corrientazo que recorrió mi espalda, lo miré a los ojos y sentí que a él le había pasado lo mismo. Llegamos al otro bar y seguimos bebiendo.

    En una de las canciones empecé a bailar de manera sensual y provocativa, tal vez debido a los tragos o porque inconscientemente quería provocarlo, no lo se. Me susurró al oído que parecía un volcán a punto de hacer erupción.

    Comenzamos a bailar muy juntos, cada vez nos acercábamos mas, podía sentir su respiración en mi cuello, el cual el comenzó a besar suave y despacio como tanteando el terreno; lentamente se fue acercando a mi oído y empezó a pasar su lengua por todo su contorno buscando mi aprobación, sin dejar de bailar esa lenta melodía yo empecé a corresponder sus besos sin acordarme de quien era y con quien estaba; aspire su aroma masculino, lo estreché aún más contra mí y busqué sus labios con afán como si se me fuera en ello la vida, buscando aquella pasión que yo creía perdida.

    Mientras tanto mi amiga la estaba pasando bastante mal, con un tipo que resulto algo atrevido y borracha como una cuba. Sentí un poco de pena por ella pues al parecer mi noche iba a acabar un poco mejor que la suya y así fue… Nos sentamos y empezamos a acariciarnos sin importar que nos estuvieran mirando a pesar de la oscuridad que era nuestra cómplice mientras nuestras lenguas se enrollaban como serpientes, se buscaban, se deseaban y nuestras manos recorrían aquellas partes de nuestros cuerpos que podían hacer en un lugar público.

    Con solo nuestras miradas acordamos salir de aquel lugar e irnos a su casa. Casi no esperamos a cerrar la puerta y ya sus manos se posaron por todo mi cuerpo atrayéndome hacia él y arrancándome la ropa. Las mías hicieron lo debido y se arrastraron por su espalda disfrutando cada centímetro de su piel, bebiendo su sudor y en néctar de aquella pasión que sin saberlo se había alimentado de nuestras miradas y nuestros roces durante aquellas semanas de mutua compañía.

    Sin dejar de besarnos nos sentamos ya desnudos en una mecedora yo frente a él. Nos detuvimos un momento para contemplarnos, incrédulos por lo que estaba pasando. Comenzamos a besarnos esta vez mas lentamente, sin afanes, con dulzura y mis dedos se posaban suavemente por su cara, sus hombros, su pecho, jugueteaba con su vello corporal.

    El pasaba sus manos por mi trasero, mi espalda; tomé su pene y lo introduje dentro de mí y empezamos a balancearnos en la silla, suavemente al principio y después con mayor intensidad. El comenzó a masturbarme haciendo circulitos muy suavemente en mi clítoris, beso luego mis senos cuyos pezones habían comenzado a erectarse por el placer que estaba sintiendo en ese momento, sentí dolor físico del deseo que estaba sintiendo por aquel hombre, tuvimos un orgasmo casi al mismo tiempo, el primero y yo un poco después gracias a las maravillosas manipulaciones de sus manos.

    Cuando terminamos me dio afán por irme pues había dejado botada a mi pobre amiga y me preocupé por ella. A pesar que el me pidió que me quedará me vestí rápidamente, le di un largo beso en la boca y me fui. Llegué al hotel pues afortunadamente mi amiga logró zafarse de aquel tipo y ya estaba tranquila en su cama. Yo me acosté en la otra cama pues compartíamos la habitación.

    No logré conciliar el sueño fácilmente pues sentí todavía en mis labios y en mi cuerpo la calidez de sus besos y abrazos. Al otro día nos levantamos temprano con mi amiga para irnos de la ciudad, aunque con una tremenda resaca por la bebeta del día anterior. Sentí un poco de nervios de encontrarme nuevamente con él y de mirarlo a la cara después de lo que había pasado, afortunadamente tendría varios días antes de volver a verlo para pensar en lo que haría y le diría. Y que no hicimos en mis futuras visitas.

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  • Una hermosa mañana para tener sexo con mi primo (2 – final)

    Una hermosa mañana para tener sexo con mi primo (2 – final)

    Me dejé caer en su cama, él cayó a mi lado, me abrazó con una mano y con la otra empezaba a meter su dedo índice en mi ano (que si era virgen), la sensación era extraña, por un lado, sentía placer y por otro me dolía un poco al sentir como su dedo se movía dentro de mi ano.

    Con un poco de miedo le pregunté si realmente me la iba a meter por allí, pues no sabía qué pasaría si lo hiciera, él me contestó.

    –Nena sé que tienes miedo, pero deja te prendo un poco más.

    En mi mente pensaba “¿más?”. Pero si ahora no puedo pensar en otra cosa que cogérmelo y fue así que me dejo de abrazar y con esa mano empezó a jugar con mi botoncito, eso me volvió loca, sentía calambres cada vez que lo pellizcaba y lo único que deseaba era que su miembro volviera a crecer para volverlo a sentir dentro de mí.

    Lo que no contaba es que ya había vuelto a crecer y que en cualquier momento lo iba a meter, y me di cuenta que lo iba a hacer cuando sentí algo frio, refrescante, en mi ano, además que la habitación olía a menta; se acercó a mi oído y me susurró:

    –Tranquila ya dilato tres dedos, y puedes gritar al fin nadie está en la casa para que escuche, te advierto una cosa si sangras mucho lo sacaré, aunque mi pidas que no lo haga, porque no quiero que mis tíos pregunten por que no te quieres sentar.

    Y entonces lo sentí, sentí como su glande estaba por entrar, y como lentamente estaba entrando, sentía como si me desgarraran, y como predijo grite desenfrenadamente de dolor, y de repente sentí sus testículos en mi trasero se abrazó a mí y me dijo:

    –No me moveré hasta que sienta que tu cuerpo se haya acostumbrado, no sabes lo feliz que me siento en ser el primero, y espero que sientas que no hay nada mejor que experimentar entre primos.

    Esas palabras me hicieron dar cuenta que esto empezó por morbo de tener sexo con mi primo, pero ahora era algo más, y que haría lo que fuera por estar con él y en cierta forma ya era de él.

    Mientras reflexionaba en esto sentí como se movía algo dentro de mí, y no me refiero a mariposas en el estómago, si no a su pene metiendo y sacando, y como era normal me dolía bastante, pero de repente empecé a sentir placer, el cual aumento cuando con una mano me tocaba un seno lo pellizcaba, lo manoseaba en pocas palabras lo jugaba y con la otra metía y sacaba el dedo índice y el dedo medio de mi concha, me tenía a mil.

    –José dame más, más rápido ah, más ah duro ah…

    Y cuando estaba a punto de llegar a mi tercer orgasmo me sacó su pija y me dijo:

    –Es suficiente para ser tu primera vez, no quiero lastimarte más.

    Y no me dio tiempo de reclamar por que en ese momento saco sus dedos me dio la vuelta para queda enfrente de él me beso apasionadamente y me inserto su pene de un solo golpe, me seguía manoseando, pero ya no con la desesperación de poseerme si no con amor, yo todavía seguía caliente así que lleve mi mano a mi clítoris, al darse cuenta me dijo:

    –Que traviesa eres primita, deja lo hago yo.

    –¡NO! Por favor chúpame los senos quiero saber que se siente ser cien por ciento tuya sé que te detienes porque somos primos, pero imagina que no lo somos, que solo soy tu ligue nocturno, no dejes de follarme, piensa que me odias y lo que quieres es lastimarme, bájame esta calentura.

    Claro no sé si me entendió bien por qué no paraba de gemir, y claro que chica no lo haría si no deja de tocar su clítoris mientras su primo es quien la folla con mucha alegría.

    –Lo siento no te puedo ver así porque tú no solo me gustas sexualmente hablando, yo te añoro cada noche…

    En eso ambos nos fundimos un grito de placer cuando nos corrimos juntos.

    Me abrazó, me besó en los labios y sin sacar su pene que aún continuaba sacando un poco de leche, me siguió diciendo:

    –Me mudé porque pensé que estaríamos juntos, no pensé que mis tíos fueran tan controladores, pero no tenía el valor de entrar por las noches a tu cuarto porque pensé que dirías que no, siempre has sido la prima decente, que todos quieren tener en la cama, pero tú no eres una chica fácil.

    –Tu siempre me has atraído sexualmente, pero ahora me doy cuenta que contigo el sexo es diferente, quiero hacerlo contigo siempre, adoro sentir tu polla sin forro dentro de mí, de cómo se siente tenerte dentro, de que embonamos bien y que cuando entras y sales solo quiero que dure siempre.

    Y seguimos cogiendo toda la mañana, desde entonces los viernes por las noches nos vamos a un hotel a seguir divirtiéndonos, mis padres piensan que estamos en diferentes fiestas, pero la fiesta es de los dos, hemos hablado mucho y un día nos iremos juntos, donde nadie influya en nuestra relación.

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  • Una experiencia muy especial con mi madre

    Una experiencia muy especial con mi madre

    Quiero contarles por escrito una experiencia personal que me ha llenado de incertidumbres. No acabo de comprender todavía el porqué de mi comportamiento sexual.

    Paso directamente a relatarles lo que me aconteció una determinada noche.

    Me encontraba en mi casa. En mi dormitorio. A mi lado había una magnífica mujer que estaba dispuesta a todo. Llevábamos horas haciendo el amor y yo todavía no había alcanzado ese momento culminante del acto sexual. Mi problema es que se me hace difícil llegar al orgasmo. He ido al médico, pero no ha sabido que recetarme. Simplemente me ha indicado que no se trata de un problema de impotencia.

    Habíamos estado realizando todo tipo de posiciones y posturas que nos abriesen las puertas del placer. Ella disfrutaba de lo lindo, pero yo siempre me quedaba a medias. Se la metí por todas partes: el trasero, la vagina, la boca y entre las tetas.

    Ella acabó completamente satisfecha. En cambio, yo me sentía frustrado y con una rara ansia de encontrar ese algo que me hiciese correrme de puro gusto.

    Oímos el ruido de una puerta al cerrarse. Era la de la calle. Se trataba indudablemente de mi madre. Esto era el colmo. Primero no gozaba plenamente y luego llegaba mi madre.

    No nos daba tiempo a ninguno de los dos a escapar. Allí estaba ella mirándonos silenciosamente. Había abierto la puerta de mi habitación pensando que no habría nadie dentro y vaya sorpresa se encontraría.

    La chica salió apresuradamente de la habitación dejándonos solos. Mi madre se quedó unos instantes mirándome de arriba a abajo y clavando su mirada en mi falo en erección, mientras se oía abajo un portazo apresurado. Y salió del cuarto para entrar en el cuarto de baño.

    Me quedé así, un cuarto de hora sin poder moverme, con mi corazón todavía acelerado. Me levanté y miré al pasillo. Vi que la puerta del cuarto de baño no estaba cerrada y mi madre chapoteaba en el agua. Me pareció que su respiración era muy fuerte como si estuviese jadeando. Sentí que a mí también me faltaba el aire. Mi pene alcanzó una erección como no había visto jamás.

    No sabía qué hacer. Seguía oyendo los suspiros.

    Abrí aquella puerta y descorrí la cortina. Allí estaba mi madre, una mujer cincuentona, teñida de rubia y tengo que decirlo, ajamonada, sexy. Se estaba masturbando, con dos dedos dentro de su coño.

    –¿Qué haces aquí me dijo? –sin apartar su mirada de mi largo cipote.

    No pude aguantar más. Me metí también en la bañera. Ella se echó hacia atrás. El agua nos llegaba a los dos hasta la cintura. Ella se abalanzó sobre mí y yo la sujeté, apretándose contra mí, y yo la penetré. Sus pechos erectos aplastaban los míos. El goce que sentí, la calidez, la humedad era indescriptible.

    Nos comenzamos a agitar meneando el agua. Tenía mi cara totalmente pegada a la suya, y nuestros jadeos se convertían en lamentos. Una y otra vez. Me parece que estábamos chillando. Sentí que me corría, una y otra vez, increíble, y ella palpitaba y eyaculaba. El tercer y último orgasmo que tuve fue el más intenso, casi me dolió.

    –No puedo más –le dije. Y me salí de la bañera dando tumbos.

    El caso es que ahora no sé qué hacer, después de lo ocurrido. Si marcharme de casa. Quedarme. Volverlo a hacer.

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  • Un viaje memorable

    Un viaje memorable

    Estaba pasando una mala época en todos los campos. La empresa se iba al garete, iba mal de dinero, y en cuanto a mujeres no estaba en mi mejor momento. Así que con los pocos ahorros que me quedaban, decidí agarrar la mochila y hacer un viaje en solitario, lanzándome a la aventura, para olvidarme un poco de todos los problemas que nublaban mi mente.

    Era lunes, hacía frío y estaba yo esperando el autobús que me llevaría a mi destino. Dejé mi maleta en los bajos del vehículo y subí. A los pocos minutos se sentó junto a mi una chica, morena, de ojos oscuros, y con un cuerpo bastante atractivo. Iba muy abrigada, con un abrigo beige, y parecía triste. Salimos de la estación, y cuando llevábamos media hora de viaje se puso a llorar. Buscaba algo en sus bolsillos, pero no lo encontraba, yo supuse que era un pañuelo, y le ofrecí uno.

    “Gra… gracias” -me dijo sonriendo, y ruborizándose un poco- “Perdón por el numerito, pero no estoy pasando por mi mejor momento”

    “No te preocupes, no me ha molestado” -le dije sinceramente, podía llegar a comprenderle dado que yo tampoco estaba muy fino últimamente.

    Me dijo que se llamaba Natalia, que había tenido una serie de problemas sentimentales, y que quería huir unos días a una casa que tenía su familia para relajarse y poder pensar tranquilamente que es lo que iba a hacer. Yo le expliqué mi situación, y traté de animarla, siempre me ha dolido ver a gente triste, y esa chica, por alguna extraña razón, me caía bien, y no me gustaba verla sufrir.

    Estuvimos hablando un rato largo de otras cosas, de nuestros hobbies, nuestra vida en general. Eso pareció animarle, y desde luego, yo también dejé de pensar en mis problemas, por lo que el viaje se hizo más ameno y agradable de lo que yo pensaba nada más subir al autobús. Por fin, después de cuatro horas de viaje que gracias a Natalia pasaron rápidamente, llegamos a nuestro destino.

    “¿Entonces, donde te vas a alojar?” –preguntó Natalia mucho más animada que cuando habíamos empezado a hablar

    “Pues la verdad no lo sé, no ando muy sobrado de dinero y no he reservado, así que si no encuentro algo económico, tendré que meterme debajo de algún puente”

    Esa broma le hizo gracia a Natalia, pero cuando se dio cuenta que realmente estaba sin techo esa noche, me invitó a acompañarle a su casa. Iba a estar sola y me comentó que casi prefería que fuese con ella, había sitio de sobra, y quería agradecerme el que le hubiese hecho el viaje algo más agradable.

    Yo al principio me negué, no me sentía cómodo abusando de su hospitalidad, pero insistió tanto, y la verdad es que me venía muy bien, ya que no las tenía todas conmigo de encontrar sitio, así que tras mucho insistir, consiguió que aceptase su invitación. Nos dirigimos al centro del pueblo, y allí había una casa tipo chalé, grande, blanca, y se veía bastante antigua, pero acogedora. Nada más entrar vi que estaba decorada de manera muy sencilla, de la forma que se decoran las casas de veraneo, pero había un ambiente que me tranquilizaba, era agradable.

    Estuvimos hablando y riéndonos toda la tarde, junto a una chimenea que habíamos encendido ya que empezaba a hacer frío. A las nueve preparamos una cena sencilla, pero desde luego la mejor que probaba últimamente, acostumbrado a comer platos precocinados, por ser los más barato. Cenamos una sopa calentita, y después un estofado de carne con verduras, y de postre, frutas del bosque. Nos sentamos saciados junto a la chimenea., y me ofreció una copa.

    Yo acepté, necesitaba algo para rebajar la cena, y una copa no vendría mal después de todo. Sacó de un mueble bar una botella y sirvió una copa, que bebimos charlando animadamente. Después de esa copa, vino otra, y después otras dos más. Estábamos ya algo “contentos” por el alcohol, cuando Natalia se me abrazó, y empezó a susurrarme al oído, dándome las gracias por acompañarla, y por ayudarle a superar esos malos momentos. Yo iba a contestarle que no era nada, que yo también estaba muy a gusto con ella cuando hizo algo que me pilló totalmente desprevenido.

    Noté como lentamente empezaba a mordisquear suavemente el lóbulo de mi oreja, y deslizó su mano hasta mi paquete, que empezó a acariciar suavemente. Superé mi sorpresa inicial, y sujetando su cara con mi mano, acerqué mis labios a los suyos y empezamos a besarnos… tímidamente al principio, pero poco a poco con más pasión, jugando con nuestras lenguas, y comenzando a acariciarnos más apasionadamente. Agarré en mi mano una de sus tetas, grande, y empecé a masajearla, notando su excitación en su respiración, cada vez más acelerada.

    Ella sacó mi polla del pantalón, y también empezó a acariciarla, masturbándome lentamente… creía que moría de placer. Le quité la camiseta que llevaba, y también el sujetador, dejando al aire dos preciosas tetas, grandes, con los pezones muy erectos, que yo no pude hacer otra cosa que lamer y morder, acelerando ella el ritmo de su mano. Me apartó con su mano y me hizo recostarme, desabrochando mi camisa, y acariciándome el pecho, comenzó a chuparme el miembro… lentamente primero, besando la puntita y metiéndose solo la cabeza, sujetándola suavemente con sus dientes…

    Después comenzó a acelerar, masajeando mis huevos, cada vez mas hinchados, y aquello realmente era maravilloso. Yo mientras ella me la comía, empecé a buscar su rajita por debajo de la falda, y noté que estaba húmeda.

    Nos levantamos del sofá y sin dejar de besarnos, llegamos a una habitación que tenía una cama de matrimonio muy grande.

    Nos acabamos de desnudar mutuamente y me lanzó sobre la cama, poniéndose otra vez a chupármela, pero esta vez puso su rajita al alcance de mi cara, y mientras ella se la introducía en su boca, yo empecé a lamer su coñito, separando los labios con la lengua, y localizando su clítoris, al que comencé a devorar, morder, lamer, hacer girar mi lengua en círculos mientras metía dos dedos en su interior. Era el mejor 69 que había hecho nunca, y notar como rozaban sus pezones por mi vientre me excitaba aún más. En un momento dado, ella se puso a cuatro patas sobre mí, y mirándome y sonriéndome dijo:

    “Creo que ya estamos preparados para pasar a la acción ¿no crees?”

    Y vaya si lo estábamos… rápidamente cambió de posición y de nuevo empezó a besarme, a la vez que se introducía poco a poco mi polla en su interior, hasta que consiguió introducírselo entero. En ese momento dio un suave gemido de placer, y me miró a los ojos, una mirada que quería decir gracias. Empezó a moverse suavemente, en círculos, y cada vez más rápido. Yo también bombeaba, hasta que aquello se convirtió en un baile de dos cuerpos entregados al placer. Los movimientos cada vez eran más rápidos, mis huevos rebotaban en su culito y sus tetas saltaban dada la intensidad de nuestros movimientos. Ese bamboleo me encantaba, y empecé de nuevo a morder sus pezones.

    Los dos gemíamos de placer, hasta que llegó su orgasmo, notando como sus fluidos recorrían mi miembro cada vez que entraba en ella. Se dejó caer sobre mi agotada, pero al ver que yo no había acabado, me volvió a sonreír, y después de guiñarme un ojo, y puso mi polla entre sus tetas, que empezó a mover haciéndome una cubana, y besando la puntita cada vez que se asomaba. Así es como acabé entre sus pechos, llegando a un orgasmo que no olvidaré jamás. Al acabar, nos duchamos, y decidimos dormir un poco, abrazados hasta la mañana siguiente.

    En esa casa y con Natalia estuve esa semana, y desde luego, a partir de ese momento las cosas comenzaron a funcionar. Cuando volví al trabajo, la empresa remontó el vuelo, recuperé dinero, y desde luego, con una mujer como Natalia, mis problemas sentimentales y sexuales se terminaron.

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  • Sexo en el camping

    Sexo en el camping

    Era un mes de enero, yo me encontraba con mi novia de vacaciones en Puerto Madryn. Ella tenía apenas 19 años y yo 20. Eran las primeras vacaciones que pasábamos solos, sin la familia. Estábamos parando en un camping muy bonito del lugar. En realidad, pasó una semana y todo nos empezó a parecer aburrido, es que llega un momento en que no hay nada de que hablar, y realmente, no veía la hora de volver a mi casa.

    Por las noches, habíamos notado que cerca de nuestra carpa, a pocos metros, todas las noches se juntaban un montón de chicos y chicas a tomar unas cervezas, tocar guitarra, cantar y divertirse un poco.

    Una noche pasábamos por ahí y nos invitaron a unirnos al fogón. Nosotros, totalmente aburridos, aceptamos la invitación. Nos convidaron cerveza, cantamos un poco, en fin, la estábamos pasando bien.

    Se hicieron las 4 de la mañana, estábamos todos un poco borrachos. Yo cantaba con un vago que tocaba la guitarra, y ella charlaba con unas chicas y unos vagos un poco alejada de mí.

    La reunión iba terminando, y decidimos irnos del lugar. Retomamos camino hacia nuestra carpa, acompañado por un tal “Héctor” que habíamos conocido esa noche y que justamente se encontraba acampando al lado de nuestra carpa.

    Llegamos hasta nuestro sector y nos quedamos charlando como media hora mas debajo de un farol viejo que colgaba de una columna. Pasado ese tiempo recordé que tenía una cerveza bien fría en la heladera, dentro de nuestra carpa y lo invité a tomar la última al flaco éste que me estaba cayendo mas que bien.

    Me ausenté unos minutos del lugar para buscar la cerveza, y cuando volví, ya noté que tanto mi novia come Héctor estaban un poco nerviosos. No le di mucha importancia, pero me llamo la atención.

    Abrí la botella y se largó a lloviznar. Luego a llover mas fuerte hasta que decidimos entrar a la carpa para terminar la cerveza.

    Estábamos charlando, cegándonos de risa, charla va, charla viene y noté que Héctor cada vez entraba mas en confianza con nosotros, incluso existía un juego de manos.

    De pronto, entre risa y risa, con la poca luz que había, vi claramente como él acariciaba la pierna de ella. En un momento me entro la desesperación, me invadieron los celos y me dieron ganas de romper todo, pero decidí esperar, quería ver como reaccionaba ella, qué le decía, qué hacía, pero ella no se daba por aludida.

    La mano de él ya estaba llegando a la entrepierna de ella, me puse como loco, interrumpí la charla y la besé, un beso que parecía eterno, cualquier cosa con tal de interrumpir ese acto que hasta ese momento me parecía una locura.

    Abrí los ojos, vi la mano de Héctor en la conchita de mi novia, la cual ya estaba muy mojada, seguí besándola, comencé a sacarle la camisita que tenía puesta, mientras Héctor le quitaba la pollera. Estábamos gozando como locos y esto recién empezaba.

    Ella se acostó en el piso, saque mi verga que ya estaba muy dura y se la acerque a la boca, ella la pomo con la mano y sin dudarlo me empezó a chupar la pija como loca.

    Héctor mientras tanto le chupaba la conchita que cada vez se mojaba más y más.

    No aguanté más, la situación me superaba, la puse en cuatro patas y le clave la pija hasta el fondo, ella se agachó, y empezó a chuparle la pija a Héctor. Estaba como loca, nunca la había visto así, creo que era su parte “putita” que tenía escondida y que esa noche con mi consentimiento estaba dando a conocer.

    Me acosté boca arriba y ella se montó sobre mí y empezó a cabalgarme sobre mi pene como una loca.

    Héctor le chupaba y escupía el ano. Ya me imaginaba lo que iba a suceder. Él metió sus dedos el culo de ella y ella empezó a gemir como una perra en celo. No aguantó más y le dijo: “Héctor, ponemelá toda en el culo ¡y matame!”.

    Él se montó sobre ella, y le metió la pija hasta el fondo de su culito dilatado ya. Eso provoco que ella exclamara un grito de dolor y placer a la vez.

    En un momento, después de darle como locos a la pobrecita de mi novia, Héctor se separó de nosotros y exclamó: “Esta puta necesita aún más…” y salió de la carpa. Nos quedamos revolcándonos enviciados de sexo los dos.

    A los pocos minutos volvió Héctor acompañado de dos amigos quienes también habían estado en la reunión esa noche. Ya no me sorprendía nada, al contrario, ella parecía estar contenta de lo que pasaba.

    Cerraron la carpa, se sacaron la ropa y mientras ella hacia maravilla chupándole la verga a los tres yo decidí romperle el orto. Sinceramente ya me había olvidado que la que estaba entre medio de cuatro hombres como la peor puta era mi novia, pero ya no me importaba nada.

    En un momento ella pidió dos vergas en su culo y fue Héctor quien me dio una mano con eso, si, mi verga y la de Héctor arremetían en el pequeño orificio de su ano.

    Después fue el turno de los otro dos que no se ni como se llamaban. Le dieron hasta que estuvieron a punto de acabar y fue ahí cuando ella pidió que acabaran en sus tetas.

    Uno por uno fue derramando su leche mientras ella se la esparcía por sus pechos.

    Al final de todos, me chupó bien el pene hasta que acabe en sus labios mientras uno de ellos le metía la mano casi entera dentro de su concha. Ella juntó toda mi leche en su boca y se la tragó toda sin dejar una gotita afuera, como dando a entender que solo yo tenía derecho a eso.

    Ellos juntaron sus ropas y se fueron. Nosotros caímos muertos.

    A la mañana siguiente, juntamos todo y nos fuimos, total, nadie nos conocía en ese lugar ni tampoco de donde veníamos, creo que por eso pasó lo que pasó.

    De todos modos, nuestra relación no duró mucho más después de eso, aunque a veces nos juntamos a recordar viejos tiempos.

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  • Jugando, jugando

    Jugando, jugando

    Todo empezó como un juego. “No te atreves a jugar conmigo”. “Donde quieras y cuando quieras”, dije yo. Sinceramente, no me lo tomé en serio, pero cuando me dijo “Mañana te espero en mi casa, a las cuatro”, empecé a tomar conciencia de dónde me estaba metiendo.

    Él no me gustaba, ni siquiera me atraía sexualmente, no entiendo cómo salió de mi boca “allí estaré”.

    Esas dos palabras resonaron en mis oídos como si no las hubiera pronunciado yo.

    A la mañana siguiente me sentía nerviosa y confundida, pero a la vez excitada. La imagen de verme dominada por él hacía que de manera inconsciente mis braguitas empezaran a mojarse. Aún no tenía decidido ir a la cita, lo intentaba descartar una y otra vez, y mi móvil sonó, un mensaje de texto que hizo que tomara por fin la decisión de cumplir con mi palabra. Tan sólo decía “A las cuatro. Sin excusas”.

    Al llegar a casa no pude comer. Me metí en la ducha con la cuchilla de afeitar y me depilé totalmente. Jamás me había depilado así, como mucho me recortaba algo y me arreglaba las ingles; pero para esta ocasión quería estar totalmente apetecible para él.

    A las cuatro en punto tocaba el timbre de su casa. “Sube, y en cuanto llegues a la puerta quítate la ropa, tan sólo déjate la ropa interior”.

    Creí que me iba a morar de la vergüenza, podía verme cualquier vecino, pero hice lo que me dijo, no podía fallarle. Él era mi amo, o lo iba a ser desde ese momento, siempre y cuando me portase tal y como él esperaba.

    Cuando me quité la última prenda la puerta se abrió. “Pasa de rodillas, perra”.

    ¡Perra! El insulto no me molestó, en el fondo es lo que era en ese momento, una perra caliente y sumisa dispuesta a ser usada por un tipo que me daba asco. Entré tal y cómo me había ordenado, y cuando la puerta se cerró detrás de mí sentí sus fuertes manos tirando de mi pelo. “Vas a ver lo que es bueno”, y tirando más aún de mi pelo me obligó a levantarme; tenía en sus manos un pañuelo negro y vendó mis ojos y me tiró de nuevo al suelo. Quise echarme para atrás, pero en el momento que abrí la boca sentí una poya morcillona meterse de golpe hasta mi garganta.

    “Cómela bien, perra, y como me roces con tus dientes te parto la cara”. Estuve a punto de vomitar de asco, pero el miedo a que me golpeara fue mayor, así que empecé a mamársela como jamás lo había hecho.

    El sabor de su líquido preseminal me inundaba, y me hizo desear más. Empecé a lamer su glande, recorría todo su palo hasta llegar a sus huevos. Él no decía nada, tan sólo gemía de gusto y antes de que me diera cuanta tres chorros de leche me llenaron; estuve a punto de atragantarme por toda esa cantidad de semen; pero intenté no dejar escapar ni una sola gota.

    “Oh, nena, qué bien la chupas”. Me sentí llena de orgullo. A mi amo le había gustado lo que había hecho. Aún tenía su poya dentro de mi boca, seguí jugando con ella hasta notar que volvía a ponerse bien dura. Quería sentirla clavándose dentro de mí bien fuerte.

    Me hizo parar y me sujetó de las muñecas levantándome bruscamente; me llevó casi a rastras y me tiró encima de una cama atándome de pies y manos. “Vas a saber lo que es estar ensartada por todos tus agujeros”. Escuché cómo buscaba algo en un cajón. Al momento sentí su respiración en mi entrepierna, y sus largas manos empezaron a jugar con mi clítoris. Lo apretaba con fuerza, tiraba de él. Me estaba haciendo daño, pero yo estaba empezando a disfrutar de ese dolor. Sentía el orgasmo muy próximo, y sin previo aviso metió de golpe un enorme vibrador en mi coñito depilado.

    Me corrí lanzando un grito, y mi amo aprovechó ese momento para clavar su poya en mi culito. Creí morir de dolor. Me había desvirgado mi ano sin haberlo preparado, noté cómo me desgarraba al clavármela hasta los huevos, y en mis muslos se manchaban con mi propia sangre. Empecé a gritar de dolor, a suplicarle que parara, pero no me hizo caso.

    Poco a poco mi cuerpo se fue acostumbrando a ese intruso, y mis gritos de dolor se fueron transformando en gemidos de placer. “¡Ya sabía que te iba a gustar, zorra!.

    Sólo atiné a decir “Sí, mi amo”. “Así me gusta”, dijo, dándome un azote. Yo no podía parar de gemir, estaba gozando como la puta que era.

    Llegamos juntos al orgasmo, me sentía sudada y pegajosa con mis jugos, y notaba cómo chorreaba por mis muslos su semen mezclado con mi sangre. Pero me sentí bien. Quitó la venda de mis ojos y me desató de la cama. “Te has portado muy bien, perra”. “Gracias, amo”. “Te veo mañana en la universidad alumna…”.

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