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  • Mi experiencia sexual en la cárcel (2)

    Mi experiencia sexual en la cárcel (2)

    Más tarde llegó Elián. No voy a contar cómo fue la charla, porque escapa al objeto de este relato y no pretendo aburrir. Sólo diré que fue muy emotivo e intenso. Tanto que me hizo olvidar la humillación de la que acababa de ser objeto. Lo noté muy dolido y temeroso. Dormía poco y lo trataban mal. Traté de darle todo mi apoyo y le dejé dinero, que le podía servir.

    Cuando llegué a mi casa y me estaba bañando no podía olvidarme de la cara hedionda de ese petiso. Me daba mucho asco. Me lavé bien la concha y ano. Me metí la esponja, incluso. Después me afeite, aunque ya lo estaba, como si eso fuera a borrar semejante afrenta. Me hice un hondo lavado en el bidet, también. Estaba furiosa. Quería hacer una denuncia, ir a los medios de comunicación. Quería hacer algo, pero no quería perjudicar a mi hijito ahí adentro.

    Al otro día fui a hacer masajes. Estaba el “gordo Pablo”, un remisero obeso con el pene muy chiquito. Le gustaba que me lo ponga entre mis dientes cuando estaba flácido, me tocaba la cola y se le paraba mientras estaba en mi boca. Pero tenía que ser siempre con la ropa puesta. Eso lo calentaba. Que se la chupara con la ropa puesta. Pero esa vez me dijo:

    -¿Sabés qué negrita? Te quiero ver la concha, hoy

    -Ay no, gordo, no. No me depilé, no está presentable. No insistas, por favor

    -Dale, sólo por esta vez. Déjamela ver. Porque siempre me la imagino en casa cuando me hago la paja, y quiero ver cómo es.

    Insistió un poco más y cedí. Me bajé el jean y sin sacarme la bombacha, me la corrí a un costado y se la mostré. Por supuesto, la cosa no terminó ahí. Él estaba acostado con su voluminosa barriga en la camilla. Me pidió que me acercara a su cara.

    -Acercate, acércate un poquito con ese papo riquísimo – Yo me arrimé y le apoyé mi almeja en la cara. Me la chupó. Estuvo lejos de hacerme acabar. Daba lengüetazos aleatorios, imprecisos.

    -Ahh, sí! Tiene olor a pescado, como me gusta a mí – dijo eso y por suerte acabó. Mientras le limpiaba la leche, como siempre, me agarraba el culo y miraba como la sacaba la leche de ese falo gordito y pequeño.

    -Negra, ¿te puedo pedir algo?

    -¿Qué?

    -Me regalás tu tanga. Me la quiero llevar. Llego a casa y me pajeo. Hasta la voy a guardar en una bolsa ziploc.

    -¡Ay no, Pablo! ¿Pero estás enfermo? ¿Cómo vuelvo a mi casa? ¿Sin bombacha?

    -Dale, que me gusta. Si estás viuda, nadie te va a decir nada si estás sin calzón. Tengo más plata para darte, dólares

    -¿Cuánto tenés?

    -La tarifa habitual y… 300 dólares

    -¿De dónde sacaste esa plata, vos?

    -No importa eso ¿me la das?

    -Si de verdad te gusta, te la doy

    -Sí, pero pasátela bien por la concha, antes. Que le quede bien el flujo y tu olor.

    -Pero está llena de tu baba, gordo.

    -Dale, metétela un poco adentro de la concha… -y me pasó el pulgar por la zanja.

    Me bajé el jean y me saqué la bombacha. Era rosa con líneas blancas horizontales. Me la refregué como me pidió, la hice un bollo y me la metí, y se la di. Al fin, se fue con mi prenda interior en su bolsillo. Tuve un par de clientes más que sólo querían una paja. Llegué a casa y me tiré al sillón. Estaba por dormirme cuando sonó el celular. Era un número desconocido. Atendí

    -¿Vos sos la mamá de Elián, el que robó un súper?

    -¿Quién habla?

    -Hoola mamita ¿cómo estás? ¿No te acordás de mí? Yo sí me acuerdo de vos, de esas tetas… Nos vimos ayer

    -¡Pero ¿quién habla?! –sabía muy bien quién era pero quería pensar en alguna estratagema para sacármelo de encima

    -No, no te hagas la pelotuda, porque estoy al lado de alguien que te quiere saludar…

    -Mamá…

    -¡No! ¡¡Elián!! ¡Dejalo, hijo de puta!

    -Tranquila, que está acá y está bien, haciendo rancho ¿o no pibe? Pero mirá que me aburro rápido. Acá somos siete. Y nos aburrimos muy rápido. Y éste, tu nene, está nuevito. Debe estar apretado.

    -¡Pero ¿qué decís por favor?!

    -Mirá, te la hago corta. Me tenés que entretener. Vení el viernes y hablamos. Si no, ya sabés. Vení el viernes a verlo al trolín éste y después te quedás, y hablamos.

    Cortó. Estaba anonadada. No sabía qué hacer. No podía dejar que lo violen a mi hijo, pero tampoco quería acostarme con ese ser inmundo. Tenía que pensar algo, pero no se me ocurría. Pensé que algo se me iba a ocurrir en la semana. Y fue una semana complicada. Me tocaron todos clientes complicados. Pensé en pediré ayuda a alguno de ellos, pero ninguno lo iba a hacer. En esa situación, nadie lo iba a hacer. Iba a hablar con el director penitenciario, ese viejo pelado que estaba peleando con Segovia la vez pasada. Sí, eso. Él me iba a ayudar.

    Como dije, fue una semana complicada. No me podía sacar el tema de la cabeza. El único momentáneo lapso de alivio fue Marcos. Creo que les dije que sólo me cojo a un cliente, Marcos. Marcos me encanta. Es instructor en un gimnasio, lo cual me ahorra describirles su cuerpo. Compitió más de una vez en concursos de fisicoculturismo y llegó a ganar uno. Ahora, a sus 39 años, se dedica a su gimnasio. Yo lo conocí cuando competía. Él necesitaba que masajeara esa ingente masa de músculos; los atletas necesitan eso, sobre todo después de tanto esfuerzo.

    Ya me lo cogí la primera vez que vino. Me acuerdo que yo estaba impresionada. Mis clientes tienen por lo general cuerpos horribles y éste era escultural. Encima estaba cerca de una fase de competición y más marcado e irrigado que nunca. Me pidió que haga especial énfasis en sus piernas y glúteos, porque los había trabajado mucho. Nunca había visto una pierna con tantas venas y tantas rugosidades. Los músculos dibujaban muchas formas, ninguna de las cuales se fue sin mi toque. Estaba con un slip rojo. Me acuerdo que le pedí que abriera un poco las piernas, así llegaba al abductor. Ya había visto su erección.

    -¿Querés que me lo saque? –me preguntó, agarrándose el slip

    -Como vos quieras. Si te sentís más cómodo…

    No hesitó y se lo sacó. Le vi la pija hermosa. Es de tamaño normal, torcida a la izquierda, pero hermosa. Tiene dos huevos grandes. Estaba perfectamente depilado y en el abdomen inferior tenía impreso un delta de venas que confluían en una gran vena que surcaba el tronco. Yo seguí en el abductor derecho, pasando mi mano muy cerca de sus huevos. Pero cuando fui a la pierna izquierda, le dije:

    -Disculpame, te la tengo que correr -refiriéndome a la verga, que estaba descansando sobre ese lado

    -Sí, claro.

    Se al corrí, pero como estaba dura, volvía al costado izquierdo. Lo hice dos o tres veces. Nos empezamos a reír y me tocó el culo.

    -Capaza que haya que dejarla ahí –me dijo, mientras encontró mi ano con su dedo. Le puse más aceite y le descubrí el glande. Lo empecé a masturbar. Él me bajó el pantalón y comenzó a manosearme. No nos dijimos mucho. Yo seguí hasta que en un momento me la cuse en la boca. Estaba lleno de aceite, pero no me importó. Le apretaba las bolas. Me encantaba. Me bajó la tanga, se retorció un poco (lo que, por otro lado, me hizo atragantar) y me chupó las nalgas.

    -Subite –me dijo. Al principio pensé que quería coger, pero me di cuenta que quería hacer el “69”. Me subí a la camilla, como para montarlo:

    -No, no. Subite por acá, en mi cara.

    -Mmm ¿sí? – Dije y cuidadosamente ubiqué mis rodillas a los costados de su cabeza, sin dejar nunca de aferrarme a su palo aceitado. Yo estaba mojadísima. Apenas bajé mi culo en su rostro, sentí cómo me la devoraba. La comía muy bien, con un ritmo regular, parejo, con mucha saliva; no se cansaba, ejercía la presión justa; daba los giros que tenía que dar. Tiene una forma de comérmela que me encanta, como ningún otro: me abre las nalgas y mientras me lame el clítoris me penetra con su nariz puntiaguda, por la que no puede respirar. Respira por la boca; aprovecha sus movimientos en mi clítoris para respirar. Mete y saca la nariz, mientras me estruja toda la chuchi.

    Esa primera vez tardé minutos en acabar. Me acuerdo que por los latigazos orgásmicos de su lengua, me tuve que desprender de suchota, que tenía en la boca y me quedé esperando extasiada, gimiendo. Ahí me senté literalmente sobre su cara y la pinté toda con mis jugos. A veces me queda.

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  • Sexo en la oficina

    Sexo en la oficina

    Estábamos en el mes de octubre. Los que hayan leído mis anteriores relatos saben que soy limpiadora en un centro público, normalmente allí se trabaja por las mañanas, mientras que por las tardes solamente solemos estar el personal encargado de la limpieza y los seguratas, durante mi trabajo llevo el uniforme consistente en unos pantalones y una blusa, son amplios y nada eróticos, a mí me toca limpiar una zona de despachos, entre ellos hay uno donde trabaja un chico que vino hace poco después de aprobar unas oposiciones que deben de ser bastante difíciles, se llama Chema.

    Esa tarde estaba limpiando ese despacho, aprovechando que no había nadie, y por tanto es mucho más cómodo, tanto para mí, como para la gente que trabaja allí, pero esa tarde llegó Chema, me saludó y al preguntarle por el motivo de su presencia me dijo que al parecer tenía que hacer un trabajo con una cierta urgencia, por lo que además estar solo, sin que nadie le interrumpiera le venía muy bien, se sentó en su mesa y encendió su ordenador.

    Yo continué limpiando, pero de repente tuve la impresión de que Chema apartaba su vista del ordenador y me miraba, quizás follar con jóvenes había estimulado mi ego y me hacía sentirme más deseada, eso pensé y traté de desterrar esa idea de mi mente, pero al cabo del rato volví a tener la misma impresión, así que no se si disculpándome o insinuándome le pregunté si le molestaba y prefería que volviera luego cuando el hubiera terminado su tarea, para mi sorpresa él ante mis palabras respondió con cierto nerviosismo, como si le hubiera pillado, así que el joven cerebrito me deseaba, no cuestión de dejar pasar la ocasión.

    Le saqué la conversación de nuestras vidas, él tenía sobre la mesa el retrato de su mujer, que también trabajaba en el mismo edificio, era sexy y joven, se lo dije, el me confesó que el cuidado de su hijo, y el estrés de la vida diaria habían afectado a la pasión que sentían el uno por el otro. Yo aproveché la ocasión y arrimando mis tetas a su cabeza le abracé y dije:

    –Pues Marian hace muy mal si no cuida a un chico como tú que además de inteligente es buena persona, cualquiera de las chicas de este sitio se lo puede quitar.

    Y mientras lo decía rozaba con mis tetas su cabeza, me hice la despistada y seguí rozándosela, él no decía nada, yo seguí con mis tetas pegadas a su cabeza, me decidí a bajar mis manos hasta llegar a su polla, y se la toqué por encima del pantalón y dije:

    –Vaya parece que encima tienes una polla de un buen tamaño, perdona si te parezco atrevida, pero me gustaría vértela.

    Me arrodillé, el apartó un poco su silla de la mesa, yo le desabroché el cinturón y de un golpe comencé a bajarle a la vez los pantalones y el short, hasta que se los dejé a la altura de sus zapatos, su polla se quedó al aire, estaba dura y tenía buen tamaño, la cogí con mis manos y le dije:

    Efectivamente Marian puede estar orgullosa de lo que tiene en casa y si ella no sabe apreciarlo las demás lo haremos por ella.

    Le acaricié la polla un poquito para ponerla todavía más dura y luego la introduje en mi boca, el al sentirme dijo:

    –Hace mucho que no me hacen una mamada.

    –Pues es injusto que una polla tan rica como esta no disfrute de esos placeres, dije yo.

    Volví a meter su polla en mi boca y se la seguí chupando.

    –Para un momento, dijo él.

    Lo hice se levantó de la mesa y en esta postura terminó de quitarse los pantalones y el short, y se volvió a sentar, yo me dispuse a agacharme para continuar con mi tarea, pero él dijo:

    –No Clara, no es justo que yo esté aquí con la polla al aire y tu completamente vestida, quítate la blusa por lo menos.

    –Pero seguro que Marian tiene mejores tetas que yo, protesté.

    –Eso quiero comprobarlo personalmente dijo él.

    Con miedo de que al lado de su veinteañera y sexy esposa yo pudiera parecer poca cosa, me quité la blusa de mi uniforme, debajo llevaba un sujetador negro, la verdad es que desde que follaba con chicos jóvenes me había acostumbrado a usar ropa interior sexy, una nunca sabe dónde y cuándo se la va a tener que quitar, Chema me hizo una señal para que me quitara el sujetador y por supuesto le complací, mis tetas quedaron al aire, el al verme dijo:

    –Tienes unas tetas impresionantes, ya quisiera yo que mi mujer las tuviera como tú.

    Y acercándose a mi comenzó a acariciármelas, y después se puso a chupármelas, eso me encantó y estuvimos así un rato, pero yo quería seguir chupándole la polla, así que le pedí que se volviera a sentar en la silla, y cuando lo hizo, me volvía arrodillar ante él y volviendo a meter su polla dentro de mi boca reanudé la mamada.

    El gemía intensamente, yo llegué a tener miedo de que alguien nos oyera, pero afortunadamente no debía de haber nadie más en esa zona del edificio, yo se la chupaba con ganas él era un joven que estaba bastante bueno, era inteligente, y simpático, alguien que una esperara que para follar lo hiciera con chicas de su misma edad y condición y sin embargo allí estaba recibiendo la mamada de una cincuentona gorda.

    –Joder hacía mucho que no me hacían una mamada así, dijo.

    –Pues tu polla se merece que la mamen todos los días, le respondí, dejado un momento mi tarea.

    Pero inmediatamente retorné a comerme ese chorizo tan sabroso, era una delicia chupársela, de repente noté como se corría, un río de leche llenó mi boca, creí que me iba a atragantar, pero me la tragué con ansia, no estaba dispuesta a dejar que se desperdiciara ni una gota. Y después me dediqué a limpiarle la polla hasta dejársela bien limpia, él se levantó de su silla y se dirigió a un sofá que había en su despacho y me hizo una señal para que me sentará en sus rodillas, me besó en la boca dulcemente y después se lanzó sobre mis tetas y me las chupó como un niño hambriento a su madre, y dijo:

    –Tienes unas tetas espectaculares, mucho más grandes que las de Mariam.

    En ese momento pensé las tetas de Mariam no es que fueran pequeñas, pero tampoco es que fueran enormes, supongo que las podríamos calificar como de tamaño mediano, el siguió chupándomelas, parecía alucinado, hasta que pareció reaccionar me pido que me levantara y me pidió:

    –¿Podría meter mi polla entre tus tetas? A Mariam no le gusta hacerlo porque dice que no le da el tamaño.

    –Pues si ella no quiere yo me ofrezco voluntaria, le respondí.

    Me arrodillé ante él y Chema puso su polla entre mis tetas, se notaba que era un chico joven y su polla se puso en forma enseguida, él se volvió a sentar en el sofá y me llamó, cuando me acerqué me pidió que me sentara de espaldas a él.

    –¿Pero no te resultaré pesada?, le pregunté.

    Pero el insistió, yo me acerqué y me puse detrás de

    El, en ese momento Chema me bajo el pantalón y el tanga, y después me los quitó, me quedé completamente desnuda ante él, me hizo ponerme encima de su polla que lucía en todo su esplendor, no llevaba condones, pero en esos momentos pese a saber que si una es un poco puta debe usarlos para evitar problemas, no me importó la idea de tener esa polla dentro de mi coño me hacía sentirme ansiosa.

    Chema me pidió que bajara y él me ayudo a acoplar nuestros sexos de manera que al descender yo su polla se introdujo en el interior de mi coño, y me hizo sentir divinamente, comencé a subir y bajar, él una vez acoplados nuestros cuerpos comenzó a acariciarme las tetas, mientras decía:

    –Tienes unas tetas increíbles, me encanta acariciarlas.

    Yo estaba perpleja, me lo estaba haciendo con el marido de una chica que además de muy inteligente, que sin duda lo era, parecía tener un cuerpo muy bonito, aunque eso si sus tetas eran de mediano tamaño, más pequeñas que mis tetazas, pero yo suponía que debían de ser muy bonitas.

    Él sin dejar de acariciarme los pechos acercó su boca a mi cuello y comenzó a darme besitos, todo ello me ponía a mil y me hizo tener varios orgasmos, mientras yo seguía cabalgando esa polla, quería demostrarle a su dueño que las chicas de la limpieza quizá seamos menos listas que las chicas con las que ellos se relacionan, pero desde luego sabemos cómo volver loco a un tío, en un momento determinado Chema me pidió:

    –Cariño date la vuelta.

    Me salí de su polla, me giré y con su ayuda volvía a conectar mi coño con su polla, el aprovechó que mis tetas estaban al alcance de su boca para meterse uno de mis pezones en ella. Mientras llevaba sus manos a mi culo, para a la vez darme más estabilidad y poder tocarlos a gusto.

    Supongo que esto lo habrás hecho con Marian, o con alguna otra de tus compañeras de oficina, le dije.

    –Para nada amor, dijo él, tú eres la primera mujer con la que lo hago aquí.

    Mientras yo seguía cabalgando su polla, no cabe duda de que era un follador extraordinario, capaz de volver loca a cualquier mujer, seguro que muchas de las chicas de la oficina se morían de ganas de estar con él. Hasta que gritó:

    –Me corro.

    –Tranquilo cariño, dije yo, al contrario que tu mujer mi cuerpo ya no puede hacer niños.

    Y él se corrió dentro de mi dejando un verdadero río de esperma dentro de mi coño, me levanté un momento.

    Como en mi carrito de limpieza llevaba un rollo de papel de limpiar, con él quité la leche que había en mi cuerpo, cuando esto sucedió él me dijo:

    –Ha sido un polvo fantástico, como hacía mucho que no le echaba, muchas gracias, pero creo que debo de rendir homenaje a tu coño que tanto placer me ha dado.

    Me pidió que me sentara en el sofá con las piernas bien abiertas, se arrodilló ante mí, yo en ese momento le dije:

    –Seguro que el coño de Marian es mucho más bonito que el mío.

    –Cariño tu coño me ha hecho gozar más en una tarde que el de mi mujer en un mes.

    Arrimó su cabeza a mi coño y sacando su lengua la introdujo en el interior de mi sexo. Si les oposiciones hubieran sido sobre comer coños también las hubiera aprobado, su lengua comenzó a hacer verdaderas diabluras dentro de mi coño, sabía como volver loca a una mujer, yo me dejaba hacer, tratando de reprimir mis gemidos por si alguien pasaba por el pasillo no oyera mis gemidos, me hizo tener varios orgasmos, desde luego Chemita sabía como hacía gozar a una mujer, no entendía como la suya no estaba siempre dispuesta a que le comieran el coño, cuando me hube corrido tres veces le dije:

    –Cariño no sabes cuantos orgasmos me has provocado, lo comes muy bien.

    –Muchas gracias, dijo él, no sabes como me animan tus palabras hacia muchísimo tiempo que no saboreaba un coño tan delicioso.

    Él me dijo:

    –Mi polla se ha vuelto a poner dura, ¿Echamos otro?

    –Cariño, yo no puedo negarte nada, le contesté. Pero deja que te la terminé de poner dura.

    –Por mi encantado dijo él.

    Le pedí que se pusiera de pie, yo me arrodillé, ese hombre me había demostrado ser un verdadero dios follando y comiéndome el coño, yo quería rendirle culto por lo que me había hecho. Cogí su polla que estaba dura, pero quería endurecerla un poco más y me la metí entre mis tetas, y me las apreté, Chema al sentirlo dijo:

    –Esto es alucinante, Marian tiene las tetas más pequeñas que tu y acogen peor mi polla y además, como ella las tiene más pequeñas, no lo hace tan bien.

    Apreté mis tetazas contra esa polla tan divina, miré desde mi posición de rodillas la cara de Chema y pude comprobar como estaba gozando. Así que cuando comprobé que su polla estaba aun más dura me la metí en la boca y comencé una mamada.

    –Joder menudas mamadas haces, consigues que uno alucine, dijo Chema.

    Sus palabras me animaron a continuar haciéndolo, el apretaba mi cabeza contra su cuerpo, era un hombre fantástico, hasta que me apartó, yo saqué su polla de mi boca y él dijo:

    –Que le hagas a uno una mamada hasta el final es delicioso, pero ahora prefiero que volvamos a follar.

    Fue hacia una mesa auxiliar que tenía en el despacho llena de papeles, y los apartó dejándolos encima del sofá, después se subió encima de la mesa y se tumbó sobe ella, yo estaba un poco preocupada porque la mesa era un poco estrecha, tenía miedo de que él se cayera, pero lo cierto es que tenía un macho con una buena polla, pidiendo que le montara, y no era cuestión de desperdiciarlo, así que no sé cómo lo hice, pero me encontré encima de la mesa, en cuclillas, con una buena polla a mi lado.

    Me coloqué encima de él, pero de espaldas, apoyé mis manos sobre la mesa y en una postura que nunca hubiera imaginado acoplé su polla con mi coño, y comencé a moverme.

    –Joder esta postura nunca me la hubiera imaginado, le dije.

    –Yo tampoco, respondió él, pero estar aquí contigo hace volar mi imaginación, Estoy pasándolo como hacía mucho que no lo pasaba.

    Yo estaba encantada de tener un chico joven e inteligente con una polla fantástica, así que procuraba moverme a un ritmo adecuado, quería que cuando él estuviera con su sexy, joven e inteligente mujer pensara en mi y sus gemidos me hacían ver que lo estaba consiguiendo.

    Seguí moviéndome, los gemidos de mi acompañante aumentaban, sentí que debía de parar un momento, para que no se corriera tan rápido, y luego reanude la follada, mientras egoístamente yo estaba disfrutando de numerosos orgasmos que me hacían sentirme una mujer muy afortunada. Hasta que él aumentando la intensidad de sus gemidos dijo:

    –No puedo más, voy a correrme.

    –Hazlo, mi amor, dije yo.

    Y él con un movimiento espasmódico se corrió, deje que su leche regara bien mi coño y solo cuando hubo terminado me baje de la mesa, el continuaba tumbado, de pie de agaché y me puse a dar besitos, y a pesar de la tarde que llevaba su polla se puso de nuevo dura, en esos momentos él me dijo:

    –¿Puedo pedirte algo muy especial?, según me dicen algunos de mis compañeros muchas putas se niegan a hacerlo.

    –Tu pide por esa boquita, dije yo.

    –Quiero metértela por el culo, me pido él.

    –Si ese es tu deseo mi amor.

    Le acaricie su polla y le pedí que se levantara, se le notaba que era un chico que iba al gimnasio y se puso de pie en el suelo rápidamente y con mucha habilidad, me puse encima del sofá a cuatro patas, él se acercó por detrás, estaba de pie, pero su altura era la adecuada para que su polla entrara en mi culo en esta posición, note como se acercaba a mí por detrás y casi con timidez, metí su polla en mi agujero trasero.

    Le animé a hacerlo de una forma mucho más dura y él me hizo caso comenzó a atacar mi trasero con verdadera furia, haciéndome gozar de una manera increíble, tuve una sucesión de orgasmos muy seguidos, pese a toda la actividad que había tenido esa tarde su polla continuaba dura, y no tuvo ninguna dificultad en correrse y llenar mi culo con su leche, cuando se salió, yo me limpié el coño, después me vestí, el hizo lo mismo y después continué mis labores de limpieza.

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  • Lo que comenzó como un pequeño intercambio

    Lo que comenzó como un pequeño intercambio

    Rosa, María, Carlos y Juan habían sido invitados a una fiesta de la alta sociedad en una lujosa residencia en las afueras de Barcelona. Rosa iba con un vestido largo y negro, con un generoso escote y la espalda descubierta, casi hasta el culo. María llevaba una falda larga con una gran abertura lateral y un body que tapaba sus senos dejando el resto del cuerpo a la vista. Ambas, a pesar de la diferencia de edad estaban preciosas. Carlos y Juan iban de etiqueta.

    María y Rosa, a petición de sus maridos, llevaban ligas y sin ropa interior, además les hicieron ponerse unas bolas chinas pues Juan y Carlos deseaban que ellas estuvieran toda la noche calientes.

    Durante la cena estuvieron charlando animadamente con sus compañeros de mesa y para divertirse Rosa se hacía pasar por la mujer de Juan y María por la de Carlos.

    Al finalizar la cena comenzó el baile y la gente fue distribuyéndose por los jardines y salones de la casa. María le pidió a Carlos que le acompañase a arreglarse un poco, pues los dueños de la casa habían habilitado en el primer piso dos o tres dormitorios para la ocasión.

    Ya en el dormitorio, Carlos cerro con llave la puerta, tomo del brazo a María y la beso, esta se lo devolvió al tiempo que le metía mano en su paquete. Al notar la polla dura de Carlos le bajo los pantalones, se agacho y comenzó a mamársela mientras él jugaba con sus bolas. A cada tirón del hilo María chupaba con más fuerza, Carlos al ver que eso la calentaba tiraba y tiraba, y ella, totalmente fuera de sí, se comía su polla.

    Carlos le saco las bolas y luego la puso de pie, y levantándole el vestido y una pierna se la follo, ella se agarraba con fuerza para notar toda su polla dentro de su coño. María se corrió primero, entonces Carlos la puso de rodillas y ayudado por ella, que se la chupaba, se masturbo hasta correrse en su cara. María le limpio el pene con su lengua.

    Mientras Rosa y Juan bailaban y se besaban eran el centro de las miradas por la diferencia de edad, así que ambos se fueron a un lugar más discreto. Ella se sentó en un banco del jardín, Juan lo hizo a su lado y siguieron besándose. La mano de Rosa acariciaba la polla por encima de los pantalones al tiempo que Juan jugueteaba con el cordel de sus bolas, de su boca escapaban gemidos de placer, su coño estaba ya chorreando.

    Se agacho y le levanto el vestido. La lengua de Juan entraba y salía del coño de Rosa al tiempo que tiraba de las bolas, unas veces despacio otras rápido. Luego la puso a cuatro patas apoyada en el banco y la penetro por detrás, con las bolas dentro, ella gritaba de placer puesto que su coño estaba completamente lleno como si tuviera dos pollas en el mismo.

    Al encontrase ambas parejas, Carlos le comento a Juan

    –Me acabo de follar a tu mujer

    –¿Y qué tal?

    –Bien, me he corrido en su cara y con su lengua me ha limpiado la polla

    –Pues a la tuya me la he tirado en el jardín después de comerle el coño

    Luego ambos se fueron a buscar unas copas, mientras sus esposas se habían ido a bailar y seguramente comentaban que se habían follado al marido de la otra.

    Juan, viendo que su mujer y Rosa iban todavía muy calientes, le propuso a Carlos darles satisfacción a ambas y al mismo tiempo a su propio morbo.

    Fueron a buscar a sus esposas y con ellas subieron a uno de los dormitorios que no se usaban, pues Juan conocía la casa, y que tenía la cama con dosel soportado por 4 columnas. Ataron a sus mujeres, una a cada columna, y les vendaron los ojos, luego las desnudaron.

    Ambos, al verlas, decidieron follarse por el culo a sus mujeres. Se pusieron detrás y después de poner saliva en su trasero Juan enculo a su mujer y Carlos a la suya. Cuando terminaron las dejaron atadas y se fueron al salón.

    Allí se pusieron a charlar con dos jóvenes que al parecer estaban sin pareja, Carlos no tardó en decirle a uno de los chicos:

    –¿Oye sabéis que en el piso de arriba hay dos mujeres desnudas y atadas?

    –Venga, hombre, no puede ser

    –No, no, de verdad, nosotros venimos de allí y nos las hemos follado

    –Que no me lo creo, tío

    –Pues venid con nosotros. –Dijo Juan

    Los cuatro subieron hasta el dormitorio, abrieron la puerta y los chicos vieron a las dos mujeres atadas a las columnas. No daban crédito a lo que veían. Juan les dijo:

    –Venga, entrad que nosotros vigilamos que no venga nadie.

    Ambos jóvenes entraron y se acercaron a María y Rosa, comenzaron a tocar sus desnudos cuerpos, sus manos acariciaban los pechos de ellas mientras las besaban en el cuello y la espalda. Luego sus dedos fueron deslizándose hasta llegar a sus coños, ya mojados.

    Se desnudaron, no sin antes cerciorarse que Carlos y Juan vigilaban, acercaron sus pollas a los culos de las mujeres y poniéndolas entre sus nalgas se masajearon y cuando las tuvieron duras les pasaron la lengua por los culos de Rosa y María. Ellas gemían de placer, y el morbo de no saber quienes eran sus amantes.

    Los dos jóvenes apoyaron sus pollas en la abertura del culo y empujando poco a poco las encularon. Pronto un vaivén frenético, acompañado de gemidos y gritos por parte de ellas que obligo a Carlos y Juan a entrar en el dormitorio y cerrar la puerta. Allí estaban sus mujeres siendo folladas por el culo delante de ellos.

    Cuando los jóvenes terminaron, como Carlos y Juan estaban con las pollas duras de ver enculadas a sus esposas se desnudaron dispuestos a follarse a sus mujeres. Los chicos se iban a ir cuando Carlos les dijo:

    –¿No os quedáis? Hay para todos.

    Los jóvenes se miraron entre ellos y decidieron quedarse, mientras Juan había cerrado la puerta con llave y desatado a María y Rosa. Les quito la venda de los ojos y comenzó a besar a su mujer al tiempo que sus manos acariciaban todo su cuerpo. Carlos hizo lo mismo con su mujer Rosa, la besaba e introducía sus dedos en su mojado clítoris. Juan hizo una señal a los chicos y estos se acercaron a María la cual toma en sus manos sus pollas y agachándose comenzó a mamárselas.

    Juan se fue junto a Carlos y su mujer, ahora era Rosa la que estaba con dos hombres, su marido le metía la lengua en su coño mientras Juan besaba sus pechos y le introducía un dedo en su culo.

    Los dos jóvenes ya estaban follándose a María, la habían puesto a cuatro patas y uno la follaba por la boca y el otro por el culo.

    Carlos se echó en la cama y Rosa se montó encima, Juan le pasaba la lengua por su culo y cuando estuvo lubrificado la enculo. Así estuvieron unos minutos para luego proponer a los chicos un intercambio de mujer cosa que así hicieron.

    Juan fue ahora quien se echa en la cama y Carlos enculo a María mientras Rosa montaba y el otro joven se la metía por detrás.

    Cuando terminaron se ducharon los seis, por turnos de tres, pues la ducha era muy amplia puesto que en realidad era una pequeña habitación reconvertida en ducha. Allí, primero María y luego Rosa, fueron folladas por sus acompañantes al tiempo que se duchaban.

    Como era tarde Carlos y Juan decidieron quedarse en un hotel cercano y volver a la ciudad al día siguiente. Ambos habían disfrutado y compartido sus mujeres con desconocidos.

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  • Erótica presencia

    Erótica presencia

    Mi posición era sumamente estratégica, había estado parapetado casi media hora, pero el culo de mi vecina lo merecía.

    Por fin llegó el momento, reconozco que al principio me decepcioné un poco, no podría ver la carnosa raja de su culito, esta vez llevaba un mini short y me tocaba imaginar, como compensación llevaba un ancha camiseta de algodón, convenientemente abierta por las axilas, las tetas grandes y firmes se podía decir que pugnaban por escaparse libres hacia mi boca, nunca me había imaginado el tamaño de sus aureolas y mucho menos la firmeza de unos pezones largos como un pene pequeños.

    Volví a su culo, ya sabéis que es el ideal depósito para mi río de leche, enseguida descubrí que en la parte inferior del pantalón había suficiente espacio para divisar una parte de su vagina, y quizá al moverse su agujero trasero con el que tantas veces me había pajeado.

    ¿Que hizo que aquel día todo fuera distinto?

    Fue gracias a aquella prenda que cayó de la pinza, al agacharse sus tetas cayeron tan lindas como siempre, yo, cuando ella estaba de frente me cortaba un poco, más por vergüenza que por respeto, pero no me dio tiempo a bajar la cabeza.

    -¿Me podrías subir la camisa? -me dijo con una voz dulce.

    Me faltó tiempo para cumplir su deseo, en menos de dos minutos estaba en la puerta de su casa, ella, como si intuyera mi llegada la abrió casi al mismo tiempo.

    El pantaloncito corto le quedaba un poco pequeño y llevaba el botón de la cremallera abierto, me empalmé salvajemente al descubrir parte de los pelitos de su coño, no llevaba bragas.

    El sentido de la vista ya me funcionaba de forma automática, por lo que ella coquetamente, se tapó con los dedos separados el chochito, pero de una manera tal que parecía acariciárselo.

    Me invitó a una copa, para acceder a los vasos tenía que agacharse un poco con lo que los cachetes de su culo me decían “fóllame, fóllame”.

    No había empezado a tomar el primer sorbo de mi wiski, cuando ella se derramó toda su copa en el pantalón blanco, tuvo que salir de la cocina a buscar otra muda, pero la casa era pequeña, o ella muy coqueta, y en primera fila me regaló el espectáculo de su culo.

    -¿Puedes venir un poco? -me dijo. Y yo por supuesto acudí con el rabo a punto de estallar.

    Lo que ocurrió después me hizo olvidar a mi esposa. Pero ya os lo contaré, porque ella está a punto de asomarse.

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  • Mater amantísima (2ª parte)

    Mater amantísima (2ª parte)

    Como ya conocen por mi anterior relato, se la acabo de meter a mi madre y le he cogido tanta afición que follamos cada día, pero acaba de regresar de un viaje y me he dado cuenta de que me regresa follada, muy follada.

    Desde el mismo día que se la metí a mi madre llegué al convencimiento de que en los asuntos del follar hay diversas clases. Si descontamos a los privilegiados que en lugar de sexo encuentran amor, para los demás mortales existe la clase turista, esa que sales a la calle a buscar la mejor oferta y te ofrecen un polvo, todo incluido, con un servicio razonable. Después viene la Bussines class, aquella en la que deseas a la compañera de trabajo y que un día consigues tirártela.

    Es más placentera pero cuesta más, porque tienes que seguir cumpliendo. A la Bussines class le sigue la Premier class que es cuando consigues tirarte a la mujer de tu jefe o de tu socio, o bien a la vecina de enfrente. Mucho morbo pero lleva implícito un plus de peligrosidad que no todo el mundo puede darse el capricho de pagarlo. Y finalmente señores, finalmente esta la clase Gourmet, para auténticos sibaritas, sólo para los elegidos. No es follar, es morbo en estado puro, no es meterla, es metérsela a tu madre, algo que sólo pueden apreciar quienes lo hayan experimentado, porque después todo te parece sucedáneos.

    De modo que con esos antecedentes quizás puedan entender mi desolación cuando llegué al aeropuerto de Madrid Barajas a recoger a mi madre que regresaba de un viaje de cinco días a San Sebastián para visitar a sus padres y, nada más darle el beso de bienvenida, me di cuenta que algo había sucedido durante su viaje.

    Llegaba poco centrada, dispersa, contestaba a casi todo lo que le preguntaba con monosílabos y, además, nada más sentarnos en el coche y meterle mano entre las piernas, me di cuenta que medio se sonrojaba, de modo que opté por esperar y ver. Pensé que atosigarla con preguntas sólo conduciría a que se encerrase en sus desasosiegos y no sacase nada en claro.

    Y acerté, porque al poco rato comenzó a ronronear en el asiento, a acariciarse el cuerpo, a llevarse los dedos a los labios y ya, descaradamente, se paseaba sus manos y sus dedos por sus bragas, ligeramente abierta de piernas y musitando palabras inconexas, hasta que soltó una frase clara, alta y contundente:

    -Me la han metido.

    -¿Qué?, ¿qué te han hecho?, ¿quién te la ha metido? -le pregunté sobresaltado por la confidencia, aunque ella no estaba para respuestas complejas y volvió a repetir con voz seductora:

    -Me la han metido.

    Quizás si ustedes conocen Madrid, sabrán que desde el Aeropuerto de Barajas hasta la zona de La Moraleja, que es donde vivo con mi madre, apenas hay 20 minutos de trayecto, pero créanme si les digo que no menos de una treintena de veces mi madre musitó el mismo estribillo: me la han metido, me la han metido, me la han metido, así hasta llegar al aparcamiento de nuestra mansión que, sin esperar a que se bajase del coche me encaramé encima de ella y se la metí, aunque la muy ladina no se me corrió, se ve que ya se había corrido antes, cuando se la metieron.

    Ya, bien follada y más tranquila, le subí las maletas hasta el dormitorio, le di un beso de despedida y me marché a trabajar. Esa noche teníamos una cena de compromiso, de modo que al volver a verla al cabo de las horas ardía en deseos de que me contara cómo y quién se la había metido, pero no lo hice, aguanté mi curiosidad, aguanté la velada y regresamos a casa hablando de las particularidades de la fiesta, pero nada de nada del viaje, ni claro, de quién se la había metido, una auténtica conspiración de silencio acerca de ese tema.

    Pero el silencio no apaciguó mis ansias de conocer detalles, de conocer quién se la habían metido, de saber cómo se la habían metido para llegar tan relajaba que no precisó durante días volver a correrse para continuar satisfecha. Empecé a darle vueltas de cómo resolver ese dilema, porque estaba seguro que atosigarla a preguntas sería contraproducente y ahí empecé a tramar un plan que me llegó a entusiasmar y a ponerme a cien, tanto, que los siguientes días la follaba por las mañanas y por las noches, tal era mi calentura y mis ansias de conocer.

    Pensé que la única manera que tenía de saber cómo se la habían metido era llevarla yo mismo a que se la metieran y ver a mi madre follar con otro. La idea me llegó a fascinar de tal manera que llegué a contratar los servicios de una agencia especializada para que me averiguasen un lugar en Madrid donde poder follar con desconocidos.

    -Exactamente qué es lo que usted desea -me preguntó el investigador un tanto extrañado por tan peculiar consulta, y exactamente se lo dije:

    -Deseo asistir a un local con mi pareja para que me la follen en mi presencia.

    Y atendieron mi petición. Era un lugar frecuentado por sudamericanos en el Barrio de Prosperidad, pero me advirtieron:

    -En ese lugar va a encontrar lo que usted desea, pero le advertimos que debe estar usted muy seguro de lo que desea, porque una vez haya penetrado en el local, será muy peligroso volverse atrás y evitar que se la follen.

    Y si de algo estaba seguro en ese momento es que quería que alguien se follara a mi madre en mi presencia, de modo que acudí un día laborable entre las diez y las once de la noche, el día y la hora recomendada por mis investigadores y de verdad que el local y el ambiente, de entrada, prometía lo que de él se esperaba.

    El local está ubicado en una tranquila y discreta calle del tranquilo y discreto barrio de Prosperidad de Madrid, un barrio donde abunda una incipiente y bien acomodada clase trabajadora sudamericana. El local por dentro es muy amplio, quizás era un antiguo taller de coches, lleno de recovecos, de mesas en oscuros rincones, de desvencijados divanes en apartados escondrijos, un lugar excelente para que algún negrata se folle delante de tus narices a tu pareja. Se lo recomiendo a quien lo sepa disfrutar, escríbanme y con gusto les enviaré la dirección.

    Pues en esas andaba, cuando un camarero que oficia en el local tanto de acomodador como de recepcionista nos propone instalarnos en el más apartado diván, del más oscuro rincón del local. Ya instalados nos sirven unos cubatas, en vasos largos, con mucho hielo y con compañía, pero no estaba yo por aceptar lo primero que surgiese, quería ver, comparar y quedarme con lo más mollar, que por cierto no era otro que un macizo mulato que no apartaba su vista del culo de mi madre.

    La invitó a bailar y ya en la pista, descaradamente, le metía mano a todo lo que encontraba a mano, lo mismo le daba sobarla el culo, que las tetas que, insolentemente, restregarle la polla por su entrepierna, pero mi madre no estaba para exhibicionismos y enseguida regresó a mi guarida acompañada claro del mulato tocón. Allí, en mis brazos y al resguardo de miradas indiscretas la cosa ya cambió, el mulato ya no la sobaba, ya directamente le metió mano a las bragas y antes de que me pudiese dar cuenta de lo que estaba sucediendo, tenía las bragas de mi madre dentro del vaso de mi cubata.

    Yo hice cuanto pude, que no fue otra cosa que proteger a mi madre entre mis brazos mientras el mulato se bajaba los pantalones y se sacaba de no sé donde una polla de una colosal envergadura. Mi madre se abandonó entre mis brazos y se abrió ligeramente de piernas para no dar demasiadas facilidades, pero inútil, todo fue inútil, porque el mulato se la estaba metiendo hasta la empuñadura.

    Y allí, desde ese momento, comenzó la más fascinante aventura que un hijo pueda desearle a su madre. El mulato aparte de macizo era hablador, muy hablador y enseguida le estaba recitando al oído de mi madre poesía en estado puro, cosas como “trágatela toda putona”, “te la voy a estar metiendo hasta la madrugada”, “te voy a llenar el chocho de polla”, y, contrariamente a lo que sucedía cuando yo se la metía que ninguno de los dos abría la boca, ella respondía de lo más creativa: “métemela mariconazo”, “métemela, que se entere mi hijo como se folla a una tía”, “métemela y lléname el chocho de polla”, “no quiero que me la restriegues, quiero que me la claves hasta los huevos”, “no quiero que me lo chupes, quiero sentir latir la polla dentro de mi chocho”.

    Yo mientras tanto recibía en mi cuerpo los envites del mulato y de mi madre. Los envites del mulato me sacudían el cuerpo, los de mi madre me sacudían el decoro, se la estuvo follando más de media hora, ambos se corrieron como posesos, como energúmenos, como hechizados. Yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo, me parecía imposible que se pudiese follar con tanta pasión, con tanta fogosidad, pero allí estaban mi madre y aquel mulato, follando y enseñándome a follar.

    Al rato el mulato desapareció y enseguida se dejó caer por el diván el camarero para ver si queríamos algo más. Yo le dije que no, pero mi madre le pidió una botella de champán. A mi ya no me quedaba capacidad de asombro, de modo que me deje llevar.

    Yo creí que aquello ya no daba más de si, pero a decirles verdad, aquello aún no había empezado, porque al dejarnos el camarero la botella de champán y las copas llenas, mi madre se tumbó en el diván y vació su copa en su chocho. Yo la miraba abobado, pero abobado llevaba desde que entré en el local.

    -Ahora te vas a subir encima y me vas a follar hasta reventarme- me dice mi madre encelada, salida, casi con furia. Yo la miré casi sin dar crédito a lo que estaba escuchando, pero me subí encima de ella, se la metí en su chocho lleno de champán francés y de leche sudamericana, y la empecé a cabalgar como nunca lo había hecho, como nunca creí que se podría hacer, como jamás pensé que se la iba a meter.

    Ella jadeaba como nunca jadeó anteriormente, ella me animaba a que me la tirase sin contemplaciones, me decía que quería correrse, que con el mulato sólo fingió para esperarme, que quería llenar su chocho con mi polla, que quería encima de ella un macho, no un hijo contemplativo, que quería disfrutar las salvajadas que estábamos haciendo, que se la metiese, que se la metiese, que se la metiese…

    Y se la metí, se la metí, se la metí, la follé sin contemplaciones, con rabia, con furia, como un loco, como un poseso, como un salvaje, y allí estuvimos mas de una hora follando, follando, follando, y nos corrimos, nos corrimos, nos corrimos.

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  • Mi dócil hermana (1ª parte)

    Mi dócil hermana (1ª parte)

    No sé qué es lo que me ocurre con mi hermana Raquel, que es lo que me excita tanto de ella. Es miércoles. Se acerca el fin de semana, y solamente pensar que la ausencia de mis padres me dará la oportunidad de disfrutar de ella me pone a cien. La observo mientras se pasea por el pasillo, intentando memorizar los apuntes, concentrada en sus estudios y siento un cosquilleo en el estómago, en el vientre, en la columna, en la próstata y el cipote. Yo creo que ella ya se ha percatado de mis intenciones.

    Ya ha empezado a poner esa cara de mosquita muerta, de víctima que tanto me gusta de ella. No pone cuidado. Le da igual si con ese camisón trasparente se notan las bragas, si al coger el salero, la apertura de su chaleco me permite ver el canal de su pecho, la parte más baja de su sujetador, y con un poco de suerte, si no piensa salir, sus pechos deliciosos.

    Tengo dieciocho años y estudio económicas. Me llamo Michael. Mi hermana Raquel es mayor que yo. Tiene veinte años. Yo soy un chico que acaba de salir de la adolescencia. Aún me salen espinillas y mi barba aún no se ha cerrado. Mido 1,70 aunque aún puedo crecer unos centímetros. Soy delgado, de espaldas aún por ensanchar, un universitario que estudia la semana antes de los exámenes. Mi hermana es una chica rubia, casi castaña, delgada y alta. Mide 1,73. Tiene un tipo precioso a pesar de su delgadez. Su culo es deliciosamente elegante, como sus pechos, ni gordo ni delgado y muy bien puesto.

    Es de piernas largas, como sus brazos y manos, como su cuello y sus pies. Su cara es preciosa, de ojos marrones verdosos, de nariz recta y alargada, como la cara. Es muy poco velluda. Una muñeca. A cualquier hombre le gustaría. Cuando más crecía, mayor era la atracción que Raquel realizaba sobre mí. Yo lo ocultaba, lógicamente, aunque era algo más que mi prototipo de mujer. Era mi objeto de deseo. Pasaba horas en vela, con la polla a medio gas imaginándome que su cuerpo era mío y yo disponía de él utilizándolo para satisfacer mis deseos con mis limitados conocimientos sobre el sexo

    Un día le propuse jugar a un inocente juego. Los dos habíamos visto una película un poco fuerte. Yo tenía 18 años y ella 21. Mi proposición era que yo representaría el papel del protagonista y ella el de su acompañante femenina. Imaginamos las distintas peripecias de la película. Llegó el momento deseado. Era la hora de la siesta. Nuestros padres dormían. Le propuse darnos un beso y acostarnos en la cama como hacían los dos protagonistas. Raquel lo pensó unos instantes. Su boca se acercó a la mía despacio y nuestros labios se sellaron. Raquel me enseñó a besar esa tarde.

    Fue ella la que me introdujo la lengua dentro de mí. La que se abrazó mientras nos besábamos. La que me animaba a repetir nuevamente cada beso. Tengo que decir que aquella situación, de la que ella era más responsable que yo con mis 18, se prolongó durante años. Aprendí a acariciar sus pechos cuando nos besábamos mientras mi polla crecía dentro de mi bragueta.

    Desabrochaba los botones de su camisa e introducía mi mano entre su piel y su sujetador. Aprendí a reconocer el gozo de Raquel ante mis caricias en sus pechos, en sus nalgas, entre sus muslos, a lo que se oponía de palabra, diciendo que le producía cosquillas. Un día probé a besar sus pechos. Pensé que se negaría, pero no me dijo nada. Permaneció quieta mientras le lamía los pezones y yo sentí por primera vez cómo se le endurecían y empecé a comprender que yo no era el único al que se le ponía algo duro.

    Mis padres se han ido a pasar fuera el fin de semana.

    Es sábado por la mañana. Raquel no podía ir. Les ha dicho que tiene que estudiar. Es mentira. Quiere quedarse. Conforme ha llegado el momento de la partida de mis padres mi corazón se me ha acelerado y ahora está más acelerado que nunca. No sé cuándo abordarla. ¿Después de comer? Sí. Será después de comer.

    Antes de comer he abierto la caja que guardo en el lugar más secreto de mi cuarto. Es una cajita fuerte en la que tengo unas braguitas tanga, unas cuerdecitas muy suaves, pero bastante corditas para atar unas manos o unos tobillos. Tengo un bote de pastillas de esas efervescente, que me lo pongo en el dedo y lo utilizo como consolador, y algunas cosas más, como un juego de bisutería de plástico, un juego de medias de mamá llenas de carreras y los condones.

    Lo saco todo de la caja y lo guardo debajo de mi almohada. Luego disimuladamente voy al cuarto de mi hermana y cojo aquella minúscula falda que se compró para su novio, Esa camiseta de hace tres años que se le ha quedado estrecha y le marca todo el pecho, esos zapatos de tacón de aguja. Mi hermana anda por ahí en camisón. Se le ven las piernas hasta la mitad de los muslos y se le adivinan sus tetitas moverse libremente. Ahora desayuna. Tiene una miga de pan con un rastro de mantequilla en los labios, el pelo alborotado. Está riquísima. Después va a ducharse. Espero a que entre y oigo cerrar la puerta. Yo sé lo que tengo que hacer. Le doy tiempo hasta que el grifo se abre y entro.

    Abro la cortina con decisión. Está desnuda y rápidamente se cruza las manos delante de los pechos y se da la vuelta. Tiene una espalda muy bonita, un poquito ancha en los hombros, se va estrechando hasta la cintura para ancharse en las caderas. Sus nalgas brillan bajo la espuma de jabón. Cierro la cortina y salgo del baño. Ahora Raquel sabe que la deseo, Raquel ha ido a su cuarto envuelta en su toalla. Si el camisón le quedaba corto, la toalla sólo le tapa unos cuatro dedos por debajo de las nalgas.

    La espío desde el otro lado del pasillo y la veo entrar en su cuarto, donde encima de la cama le he colocado las bragas tanga, la minifalda, la camiseta estrecha, las medias que recuperé de la basura porque mamá las tiró, llenas de carreras, y los zapatos de tacón. Sale del cuarto al rato. Lleva puesta la ropa que le he dado.

    Ahora ella sólo espera mi momento, pero yo me haré esperar. He comprobado que cuanto más tarde, más la desconcierto, y es cuando más dócil y caliente me la encuentro. Raquel se ha puesto ese perfume barato que me embriaga y se ha pintado como a mí me gusta, provocativa, sensual, con pinta de fulana. La miro con descaro y ella se ruboriza.

    Me rozo con ella cuando pasa cerca de mí y le manoseo el culo. La comida nos la ha dejado mamá preparada. Sólo tenemos que calentarla. Raquel no duda en poner dos platos sobre la mesa y en servirme. Me coloco frente a ella y la miro con seriedad mientras ella se esfuerza en sonreír. Ya me siento su amo y señor. Ya me veo con los dedos manchados de su humedad mientras ella jadea sobre mi hombro.

    La ordeno que haga café y rápidamente me obedece. Es una costumbre. Siempre tomamos café. Me gusta el sabor que el café deja en sus labios, ese sabor fuerte y dulce que impregna su aliento. Mientras me prepara el café me limpio los dientes y ella hará lo propio cuando acabe de servirme el café. Nos gusta hacer las cosas bien. Me tomo el café y ella conmigo. Entre los dos hay un silencio tenso.

    Ella espera que le ordene cualquier cosa. Finalmente se levanta decepcionada.

    -Bueno, si no quieres nada más me voy a dormir la mona.

    Aún va por el pasillo, andando despacio. Le paso la voz:

    -¡Espera! -y ella se da la vuelta lentamente. Puedo adivinar una sonrisita en su boca.- ¿Por qué te has vestido de esta forma? ¿Para ponerme caliente?

    -¿Yo? -es para estar cómoda.

    -¿Cómoda? ¡Si vas vestida de putita!

    -¡Ay Michael, cómo me dices eso!

    -¡Con esas medias! ¡Parece que hubieras salido de echar un polvo de detrás de unos matorrales! ¡Puta! ¡Más que puta!

    -Raquel agacha la cabeza. La sonrisa ha desaparecido de su boca y me mira con sumisión. Le levanto bruscamente la falda, con esfuerzo, deslizándola por sus muslos hasta sus caderas.

    -¡A ver qué bragas llevas! ¡Eso, bragas de puta! -La cojo de la cintura y luego de las nalgas, prietas y suaves y la atraigo hacia mí. De nuevo aparece una sonrisa en la cara de Raquel. Hinco mis dedos en su carne y me la acerco. Su cara sólo está separada de la mía unos centímetros. Su olor me embriaga.- ¡Seguro que no llevas sujetador!

    Le manoseo los pechos por encima de la camiseta. Son suaves, menudos, deliciosos. La tela de la camiseta deja que aprecie ya la dureza de sus pezones. La beso. Aprieto mis labios contra ella. Quisiera arrancarle con mis labios un trozo de los suyos, que se me ofrecen entreabiertos, sumisos, pacientes. Quiero pegar mi boca a la suya, en un contacto de cien por cien, respirar su aire. Ella se entrega a mí. Saco de los bolsillos de mi pantalón uno de los cordones que guardaba en mi caja fuerte y le pongo las manos a la espalda. Raquel las deja ahí, paciente, esperando que se las ate. Yo le doy la vuelta. Ahora me ofrece sus nalgas mientras le ato las manos.

    Observo el excitante efecto que me producen sus minúsculas bragas, la tersa piel de sus nalgas bajo el borde de la falda que permanece subida en su cintura. Y debajo, el borde superior de las medias a la altura del muslo. Con los zapatos de tacón ella me saca cinco dedos. Así tengo sus nalgas más a la altura de la mano. Quiero llevarla a un lugar de la casa donde nunca hallamos estado. Es difícil.

    La he masturbado ya sobre la mesa de la cocina, sobre el sofá del salón, en el pasillo, en el baño, en mi dormitorio y en el suyo. ¡Ya está! Detrás de la cocina hay un pequeño lavadero. Le bajo la falda y le desabrocho la cremallera. La falda cae ayudada por mi mano. Queda en mitad del pasillo mientras nos alejamos. Yo la empujo pasillo adelante, hacia el lavadero, separado del patio de vecinos por sólo una ventana de cristales traslúcidos.

    Miro el gracioso movimiento de su trasero mientras la conduzco al lugar donde será mía. Su pelo está rizado ligeramente por haberse duchado. Sus manos permanecen atadas. Estamos en el lavadero. De nuevo la abrazo y la beso con pasión, mientras hinco una de mis manos en sus nalgas y le sobo el pecho por encima de la camiseta. Luego mi mano abandona sus nalgas y comienzo una maniobra de profundización. Le levanto la camiseta hasta encontrar la caliente y suave piel de sus senos, que salen como botando de la prenda que le queda demasiado ajustada. Mi otra mano acaricia su vientre y se desliza hacia abajo. Busco el borde superior de su tanga, y cuando lo encuentro meto mi mano dentro de sus bragas.

    Atravieso la parte baja de su vientre, suave, totalmente depilada por exigencias mías y encuentro la piel rugosa de los labios de su sexo, y en medio, su clítoris excitado que tomo entre mis dedos. Juego con ella. Muevo mis dedos, los que contienen su clítoris y los que pellizcan tiernamente sus pezones. Quiero que mi boca los encuentre tersos, crecidos, deseosos de recibir placer. Mientras la sigo besando, ahora más despacio, recreándome en sus gestos, en la manera que tiene su mirada de expresar el placer. Me separo y bajo los tirante de su camiseta y luego doy un tirón hacia debajo.

    Sé que quizás le haya causado alguna molestia por la estrechez de la prenda, pero a ella le gusta que la traten así. De hecho, su cara ha pasado de reflejar la sorpresa a reflejar cierto dolor, y cuando sus pechos han salido de la presión de la camiseta, que se la he dejado a la altura de la cintura, como dos masas libres, ha puesto esa cara de putita satisfecha que tantas ganas me dan de comérmela, de hacerla mía sin mirarle a la cara, sin preocuparme de si le gusta o no.

    Oigo a la vecina de al lado abrir la ventana del fregadero mientras le como los pechos a Raquel. Lo hago despacio, con ternura, aunque de vez en cuando tomo un pezón entre mis labios y lo estiro, o lo aprieto tal vez demasiado fuerte. Cada vez que hago una cosa así ella se retuerce pero en seguida me ofrece sus pechos para que los siga martirizando dulcemente. Ella también se ha dado cuenta de la vecina y con voz queda, no deja de suplicarme que pare.

    -¡Que nos van a oír! -Al final guarda silencio. Acepta la situación y se queda callada y quieta mientras le bajo las bragas hasta la altura de los tobillos. No se las quita. Sabe que me gusta así, con las bragas uniendo sus piernas. Paso mi lengua por su vientre desnudo de ropa y de pelo.

    Me encanta ver su coño depilado. Tiene un peca en su lado derecho que me lo hace inconfundible. Encontraría el coño de mi hermana entre mil que me pusieran en fotos. A ella le encanta sentir mi lengua en su coñito, pero yo le exigí que se depilara totalmente. Ella me obedece. Me tomo todo el tiempo que hace falta para coger con mis dedos y separarle los labios y lamer su clítoris, hasta arrancarle las primeras gotitas del néctar de su sexo.

    Lo adivino por que desprende un olorcito que me llega a la zona más profunda de mi mente. Entonces me disparo. Lo tomo entre los labios y le doy lametones con la lengua, lo estiro y lo suelto para volver a buscarlo. Paso la mano por su sexo y me lo encuentro húmedo, excitado y descubro que Raquel ha comenzado a proporcionarse placer ella misma. Y la vecina de al lado no deja de tender la ropa. No me gusta que hagas eso, Raquel. No me gusta que te metas el dedo mientras te hago mía. Yo soy quien debe darte el placer. Yo soy el chulo que te convierte en una zorra caliente. Me pongo de pie, tras bajarle las medias llenas de carreras hasta la altura de los tobillos.

    Me percato de que sólo la camiseta arremolinada en su cintura cubre su cuerpo. la apoyo en el borde duro del lavadero y tiro de su nuca hacia mí mientras con la otra mano me deslizo por su vientre, buscando entre sus muslos la humedad de su sexo e introduzco dos dedos con decisión dentro de ella, que se apresta a retirar el suyo. La oigo gemir de placer. Quiere apartar la cabeza de mi hombro, pero la obligo a permanecer así.

    De nuevo gime suavemente cuando muevo mis dedos dentro de ella. Oigo el chirrido de las ruedecitas del tendedero de la vecina cada vez que estira de la cuerda para colgar una nueva prenda de ropa y aprovecho para introducir mis dedos más profundamente, manchándolos de su humedad, de la miel que me empalaga. Estoy yo mismo a punto de reventar.

    Me duele la punta del pene de la excitación. Si no se corre ya, me voy a correr yo mismo. Muevo mis dedos rápidamente a un lado y otro de su vagina y ella irrumpe en un chillido tras de lo cual parece sufrir un pequeño desmayo y luego, la siento morderme el cuello, conteniendo sus gemidos para evitar que la pesada de la vecina oiga nada. La siento derrumbarse sobre mí. La siento humedecer mis dedos, restregar su cara en mi hombro, buscar el contacto de mi cuerpo con todo su cuerpo, y luego quedarse quieta, muy quieta mientras yo mismo la beso en el hombro y el cuello.

    Continuará.

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  • Inspector afortunado

    Inspector afortunado

    La llamaron urgente a su estudio ya que una inspección había llegado imprevistamente a una de las empresas que auditaba. Como no podía ir en ese momento porque estaba muy atareada con otro cliente les dijo que le pasaran el número de su celular al inspector por si quería hacerle alguna pregunta que los dueños de la empresa no pudieran responder.

    El inspector la llamó al rato, al día siguiente y dos o tres veces más preguntándole datos de la sociedad. Al principio le resultó cargoso por su insistencia y su manera de solicitar la información. Le pareció un tipo pedante, no obstante resultarle agradable el tono de su voz.

    El hombre la seguía llamando para hablarle de la empresa y de temas generales que hacían más amena la conversación. A la contadora ya no le resultaba tan odioso. Es más, le agradaba que le hablara y se distendía cuando escuchaba su voz del otro lado de la línea. Le resultaba muy seductora su conversación.

    Fue entonces que no la sorprendió cuando éste le dijo que quería verla personalmente y la citó en una confitería de Recoleta. Estaba intrigada en saber cómo era. Tenía una voz muy agradable, pero la intrigaba físicamente. Las llamadas eran cada vez más melosas y la contadora, que en esos momentos estaba atravesando una crisis matrimonial ya que su marido estaba distante y no le prestaba atención en la cama, pensó que podría tener una aventura con su adulador telefónico.

    Ella era una mujer esbelta y muy bien proporcionada, tenía muy buenos pechos y eran muchos los hombres que no podían ocultar el mirárselos cuando estaban con ella o la veían pasar. Ella lo sabía y lucía generosos escotes o ropa más bien ajustada. Era muy coqueta y sexy.

    Cuando sus ojos divisaron al hombre que llevaba puesta una campera de gamuza y jeans, tal como le había anticipado el inspector, supo que no se había equivocado al acudir a la cita. El hombre tenía un físico privilegiado y al verlo se sintió conmovida. Se sentó frente a él y percibió que éste también había quedado impresionado con ella.

    Después de tomar un par de copas y charlar de cualquier cosa menos de trabajo se despidieron con un beso prometiéndose verse nuevamente.

    No pasó más de un día para que volviera a llamarla y la invitara a salir. Esta vez la citó en una confitería más elegante e íntima y luego de unos tragos le sugirió directamente ir a un lugar más tranquilo donde continuarían con la conversación. Ella sospechó lo que vendría, pero accedió sin reparos. Estaba perturbada por la presencia de ese hombre y no le importaba tirarse una canita al aire. Es más, pensó que lo merecía.

    Entraron en un albergue transitorio próximo a la confitería. El pidió una botella de champagne y antes que se la trajeran ya se estaban besando apasionadamente. Mientras sus lenguas jugueteaban ininterrumpidamente, él la estrechaba con fuerza entre sus brazos y los pechos de ella se incrustaban sobre su cuerpo.

    Habían bebido un par de copas cuando la mujer que estaba muy excitada se agachó. Le acarició el bulto a través del pantalón y despaciosamente le bajó el cierre. Miró como loba hambrienta el miembro que sacó para afuera y apreció que éste rápidamente al contacto con su mano cobró vida y estaba casi todo erecto. Era una verga de considerables dimensiones y le empezó a gustar el juego.

    El aroma almizcleño llenó sus orificios nasales y no pudo evitar estremecerse de deseo. Comenzó a lamerla haciendo correr la lengua arriba y abajo y todo alrededor de la carne tibia e hinchada. Luego se la colocó dentro de la boca y comenzó a succionarla hasta que adquirió todo su poderío. Fue entonces que la dejó escapar de su boca y se puso de pie besándolo en los labios. El inspector la estrechó fuertemente y llevándola hacia la cama la desvistió lentamente.

    La contadora estaba excitadísima. Su entrepierna ya se había humedecido y la invadía una ola de placer. El la dejó por un instante para quitarse la ropa, mientras ella se acariciaba las tetas y su vagina como tantas veces lo había hecho después de escuchar su voz por teléfono.

    Una vez desnudo, regresó a la cama con su verga totalmente erecta y comenzó a besarla desde la punta de los pies, acercándose a la entrepierna que rodeó con su lengua. La mujer separó sus piernas al tiempo que respiraba hondo y anhelante pensando en lo que le haría el inspector.

    Este le daba suaves golpecitos con su lengua a los labios vaginales y luego concentró toda su atención en el clítoris, mordiéndolo mientras la hacía templar y gemir de placer. Cuando los dedos se internaron bien adentro ella no aguantó más y se descargó. Entonces se la chupó toda y después la besó furiosamente.

    Un momento después estaba nuevamente entre sus piernas, esta vez empujando su palpitante pija en el interior de la preciada concha de la mujer. Se la metía despacio y se movía lentamente. Los pubis chocaron con fuerza creciente. Sentir el grueso miembro entrar y salir de su canal enloquecía placenteramente a la mujer. El hombre tenía un increíble autocontrol y avanzaba llevándola de un orgasmo a otro. Luego ella tuvo uno final con un largo estremecimiento que la dejó jadeante. El hizo lo mismo casi enseguida, inundó la cuevita con varios e intensos chorros de caliente semen y se desplomó sobre ella.

    Descansaron durante unos minutos y después se ducharon juntos, enjabonándose y frotándose mutuamente. Luego se despidieron con un beso y se marcharon cada uno por su lado, no sin antes prometerse tener un nuevo encuentro. Los dos habían gozado demasiado y no iban a dejarlo así nomás. De ahora en más, esa relación clandestina, trataría de prosperar mientras sus respectivas parejas no los descubrieran.

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  • La mejor amiga de mi mujer

    La mejor amiga de mi mujer

    Esa mañana estaba en el gimnasio, me llamó mi mujer y me dijo que la mamá de Melina, su mejor amiga, había fallecido. Me pude imaginé cuán consternada podía estar Melina. Fue un episodio súbito, sin preaviso; de un momento al otro, le avisaron que su madre se había descompensado y había muerto en el hospital.

    Melina, como dije, era la mejor amiga de mi mujer. No era exactamente linda, pero tenía grandes pechos y nalgas firmes. Era baja, no medía más de 1, 55 metros; era morocha y de rasgos fuertes. Pero tenía un buen cuerpo. Siempre que podía la miraba. Era soltera y no tenía suerte con los hombres. El año pasado veraneamos juntos y recuerdo cómo me gustaba su cuerpo en bikini, esas morenas nalgas enorme en donde se perdía el diminuto hilo de su traje de baño.

    Yo hace poco me casé, apenas 2 años, y me estaba costando mucho la fidelidad. Melina no me lo hacía fácil. También sabía que ella me miraba. En una ocasión, la pillé mirándome el bulto: yo estaba con un short de fútbol sin ropa interior, como acostumbraba. Estaba sentado, con las piernas apoyadas en un banco y cuando la miro para comentarle algo, la vi con sus ojos puestos en mi entre pierna. Enseguida movió su vista. Es más, mi mujer también lo vio y me pidió que usara ropa interior en presencia de Melina.

    La verdad que ella me miraba lleve o no ropa interior. Siempre me enorgullecí de mi instrumento, que supera los 20 centímetros erecto. Melina lo sabía: apenas habíamos empezado a salir con mi mujer, ella le contó cuán grande la tenía, sin saber que lo nuestro iba a terminar siendo una relación seria. Mi mujer, me confesó, se arrepintió de haberle contado eso a Melina que no desperdiciaba ocasión para bromear y preguntarle “Cómo andaba el monstruo” cada vez que se veían.

    Sea como fuere, esa mañana me dijo que tendríamos que ir al velatorio. Era un sábado por la tarde, en invierno. Cuando llegamos, Melina estaba llorando. La fuimos a saludar. Se abrazó un largo rato con mi mujer y después fui a saludarla yo. También la abracé. Ella, como dije, era muy baja, y se quedó con su cabeza reposada en mi pecho. Debo confesar que en esa rara situación yo tuve una inexplicable erección. Me dio mucha vergüenza: cómo podía excitarme en ese contexto, con la madre de Melina en el cajón. Pero mientras más ella me abrazaba, más sentía como mi verga se extendía en mi pantalón, apretándole.

    Yo sentía cómo se posaba en su abdomen. Era imposible que ella no percibiera ese cilindro de carne caliente en su panza. Pero yo no me quería mover. En un momento rompimos el abrazo, ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y me volvió a abrazar: más se aplastó mi falo en su pequeño torso. Después llegó un familiar, y allí sí, nos separaos por el resto de la noche. Yo tuve que sentarme para esconder mi erección. Estuvimos varias horas con mi mujer y nos fuimos.

    A la semana, mi mujer me comentó que Melina se iba a quedar con nosotros unos días. Estaba muy mal (ella vivía con su madre) y necesitaba despejarse. Así que permaneció en casa una semana. Yo no pude sino asentir. Me gustaba la idea. Me gustaba Melina y ya estaba aburrido de mi mujer. Pero si me pasó eso en el velorio, no quería pensar qué podía suceder.

    Yo me prometí comportarme. No podía suceder nada. Melina llegó, y todo parecía normal. Estuvo mucho tiempo hablando con mi mujer. Yo preparé la cena y lavé los platos, para que ellas pudieran hablar y yo mantenerme alejado de Melina. La primera noche nos pusimos a ver una serie. Estábamos los tres en el sofá. Yo estaba en el medio de ambas. Hacía mucho frío, así que mi mujer trajo la frazada con la que siempre solía taparse. Mi mujer, como siempre, se durmió. Yo estaba con un pantalón jogging gris. En un momento, Melina me dijo:

    -Tengo las manos frías ¿las puedo meter en tu bolsillo?

    -Claro –le dije, y las metió. Yo, como acostumbraba, no tenía calzoncillos. Sentía sus dedos en mis muslos. Ella empezó a apretarlos. Los tenía realmente fríos

    -Noté que no usás ropa interior, me parece extraño, jaja.

    -En casa, para estar más cómodo, no uso ¿por?

    -Por nada, me parece extraño –Ella se recostó sobre mi hombro, con sus dos manos en mi bolsillo. Mi erección era inocultable. Se levantaba como un palo duro. Sus dedos lo rozaron.

    -Upa –dijo ella– jaja, parece que está dura la noche

    -Disculpá, no sé qué me pasó

    -Está bien, no pasa nada. Pero que no se entere Natalia que es muy celosa de vos y de… esto… -dijo y me tocó la pija con la punta de los dedos. Estaba tan tiesa, que la hizo bambolear un poco.

    -¿Si? ¿Te parece? –yo no sabía qué decir, qué hacer.

    -Sí. Al principio me contaba cosas, de ustedes dos. Lo bien que la pasaban, todo… jaja. Después, cuando formalizaron, no me contó nada más. Yo la cargo a veces ¿Tenés un sobrenombre, sabés? Entre las chicas…

    -¿Un sobrenombre?

    -El “bodoque” jaja

    -Ah bueno, gracias.

    -Pero no por vos, tonto. Por esto –y me la tocó de vuelta. Mi pija parecía un resorte. Rebotaba contra mi cuádriceps contra el pantalón.

    -Ah… -no sabía qué contestar

    -Ella nos contó que, la primera vez, le metiste el “bodoque”, que vendría a ser esto –lo tocó otra vez y rebotó varias veces más –le hiciste ver las estrellas. ¿Puede ser que el sábado se te haya parado? ¿Cuándo me abrazaste?

    -Mm… no, no creo

    -A mí me pareció que sí. -Sacó la mano derecha de mi bolsillo y directamente me la metió adentro del pantalón. Me la agarró. Su pequeña mano no llegaba a cubrir toda la circunferencia

    -Es grandota jaja, de verdad. Discúlpame, pero tenía que conocer en persona a “el bodoque”, ahora que Natalia duerme. Está dura como una roca

    -Está todo bien… Puede dormir así toda la noche. No la despierta nada.

    -¿En serio? –y empezó a masturbarme fuerte- hace rato que quería hacer esto –y la sacó. Deslizó su cabeza desde mi hombro hasta mi pubis, hasta llegar al glande. Se lo puso todo en la boca.

    -Yo también –le dije, y le agarré la cola. Estaba con un pijama. Yo tanteaba por sobre él la diminuta tanga que se hundía en su ano.

    -Llevame a la habitación

    Nos levantamos despacio y fuimos a la pieza de huéspedes, donde dormía Melina. Nos besamos por primera vez. Fue muy intenso. Yo tenía la verga afuera. Ella sacó el pijama y se acostó boca arriba en la cama, jadeando. Tenía una diminuta bombacha negra, húmeda y con un lamparón blanquecino. Tenía la concha hinchada. La ropa interior apenas parecía contenerla.

    -Sabés que con todo esto de mi vieja no tuve tiempo de depilarme… -me dijo, recostada, con la respiración entrecortada y las manos sobre su abdomen que subía y baja a un ritmo vertiginoso.

    -Mm mejor… -me interné en esa tanga. Hundí mi nariz y literalmente me comí sus labios.- Qué rica que la tenés –le corrí la tanga a un lado y me quedé mirándola. Tenía la piel de gallina y un leve almíbar cubría la zanja.– Esto es un manjar, petisa…

    -¡Ah! ¡¡Cuánto hace que no me chupan la concha!!

    -¿Sí? ¿Cómo puede ser? Mirá qué chiquita, gordita y mojada que la tenés

    Me levanté y la di vuela. La puse en cuatro sobre la cama. Tenía la tanga puesta. Le cerré las piernas y le metí la lengua en la cola. Tenía el asterisco marrón y salado. Mientras tanto, con mi mano derecha, la masturbaba.

    -¡Ay, me encanta!

    -Shhh –le dije.- Despacito, que Natalia duerme en el living. Le bajé la tanga y un hilo de flujo se quedó prendido en ella. No vacilé en beberlo. Le abrí la concha y la penetré suavemente.

    -Así, así, de a poquito, que el “bodoque” duele… soy muy pequeña… la tengo muy pequeña

    -La tenés apretadísma, Meli

    -Sí! Es que soy muy peque –dijo, con voz de bebé– ¿Cómo la tiene Nati?

    -Como una cacerola –la agarré fuerte de las caderas y la penetré hasta el fondo. Sentí el glande chocar contra sus órganos internos. Todavía quedaban varios centímetros de tronco afuera. Ella jadeaba y mordía la almohada. Babeaba. Me agarró el pedazo de verga que quedaba afuera y me empezó a hacer la paja. Yo la dejé ahí adentro, como estaba, en el fondo, sin moverla. Estaba absolutamente mojada.

    -Quiero que me acabes… adentro… que me hagas un hijo… Qué lindo hacerla cornuda a tu mujer

    Yo no daba más. Me puse a bombearla lo más fuerte que pude. El respaldo de la cama destrozó el revoque de la pared. Pasé mis brazos por debajo y la agarré; quedé como una carretilla. La penetré tan fuerte y profundo que la pija se doblaba. Ella se agarró de las sábanas y se meó literalmente en mi pija. Inmediatamente después acabé un río de leche. De seguro, Melina fue preñada en ese acto.

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  • Las cartas de Mercedes (1ª parte)

    Las cartas de Mercedes (1ª parte)

    Querida Tía Seni:

    Hace solamente algunas horas que te dejé en el aeropuerto y ya he sentido deseos de escribirte.

    Me siento particularmente bien, instalada en este centro Universitario que con tanto criterio seleccionaste para que yo pudiese continuar mis estudios. Es algo que deberé agradecerte toda la vida, como he de agradecerte todas y cada una de las cosas que haces por mí, absolutamente todas.

    Estoy rodeada del mejor ambiente y de todos los recursos que existen para llevar a buen término mis estudios. Hay aquí magníficas instalaciones y los estudiantes son muy simpáticos y educados, me siento muy bien, pero tú sabes que ello no será suficiente para mitigar tu ausencia.

    Considera, tía Seni, que prácticamente es la primera vez que nos separamos. Recuerdo con particular aprecio la última vez, que tan sólo por tres días, me marché a ese campamento de vacaciones de mi colegio al cual insististe que fuera. Yo cumplía 18 en ese momento y tu dijiste que era bueno que comenzara a hacerme independiente.

    Cuando volví, con la piel totalmente abrasada por el sol quedaste alarmada al contemplarme y me pediste que fuera hasta tu cuarto para que pudieses aliviar mis dolores con una crema que tú tenías. Estoy segura que lo recuerdas y sabes por qué al igual que yo.

    También en eso fuiste sabia, querida Seni. Me dijiste que me desnudara y yo lo hice con premura dándote la espalda, sobre la cual esparciste la crema como un movimiento suave y ondulante. Sentí tu mano acariciándome y una sensación placentera fue invadiéndome, sobre todo cuando acariciabas mis hombros.

    Tú no parabas de hablar y allí en medio de esas palabras dijiste una frase que nunca he olvidado.

    “Eres una mujer muy hermosa” dijiste y luego vino un largo silencio que yo supe respetar.

    Luego, lentamente me hiciste girar para que quedara frente a ti.

    Allí vi que tenías como un pudor de verme. Me mirabas al rostro evitando poner tu mirada sobre mis pechos, firmes, de pezones dilatados que se proyectaban hacia ti, quedando muy cerca de tu hermoso rostro.

    Sin mirarlos pusiste crema entre ellos y comenzaste a acariciarlos, lentamente ejerciendo una suave presión, sin percatarte que mis pechos insolentes eran la única parte junto con mi vientre, que no había recibido la acción directa del sol.

    Yo no te dije nada, sonreía y disfrutaba tus caricias que deben haber sido las primeras caricias que conscientemente me brindaste como mujer.

    Me hiciste girar otra vez. Estabas sentada en un taburete y yo de pie ante ti. Sentí ambas manos tuyas sobre mis caderas y la crema hacía más suave aún la curva ondulante de mi grupa de potranca joven.

    Mis nalgas estaban allí a centímetros de tu cara y deberías estar viendo cada uno de mis poros o de mis vellos diseminados por mi desnuda geografía.

    Habías continuado hablando sin detenerte y yo estaba tan excitada con tus caricias que realmente no supe nunca qué era lo que me estabas diciendo, solamente tu discurso llegaba a mí como un sonido permanente y lejano mientras tus manos me acariciaban, y cuando una de ellas se aventuró entre mis muslos y adelantándose entre ellos se apoderó de mi sexo, se produjo tu silencio y yo me quedé paralizada por el formidable impacto de tu caricia que me estremeció hasta mis profundidades.

    Solamente nos quedamos paralizadas y en silencio unos segundos y luego me di vuelta para mirarte. Jamás olvidare tu rostro. Estabas encendida, tus hermosas mejillas habían sido invadidas por el rubor, tus labios estaban humedecidos e insinuantes, pero lo que más me impactó, fue el brillo de tus ojos, que veía por primera vez, era imposible desviar la vista de ellos, era una mirada que quemaba ,pero por sobre todo que parecía hundirse allí justamente en el centro de mi vientre que no dejaba de latir.

    Entonces te pusiste de pie y cubriéndome con la gran toalla azul me dijiste:

    “Está bien… es suficiente”.

    Recuerdo tía Seni, que al mediodía te fuiste al centro de la ciudad y ya era tarde en la noche cuando volviste a nuestra casa.

    Venías alegre y despreocupada, serena y hermosa. Te recibí con un abrazo y te ofrecí algo de beber y nos sentamos en la sala dispuestas a conversar.

    Te miraba soberbia en tu belleza de mujer en la plenitud de su madurez. Siempre me ha gustado tanto mirarte porque siempre me ha gustado ser como tú, causar ese impacto que causas en los hombres, esa pasión desesperada con que te miran, ese deseo que despiertas que parece poder tocarse en el ambiente.

    Creo que esa noche te diste cuenta de la forma cómo te miraba ,porque de pronto te pusiste de pie y de alguna manera que no recuerdo bien, porque estaba embrujada mirándote, me dijiste que si tú me habías visto completamente desnuda por primera vez como mujer adulta, tú considerabas que yo debiera verte a ti de la misma manera.

    Acto seguido, con una rapidez inusitada, te despojaste de toda tu ropa y te quedaste desnuda allí a un metro de mi vista, solamente instalada sobre tus tacones que de esa forma ayudaban a proyectar en el espacio la belleza sobrecogedora de tu cuerpo.

    En los primeros momentos me quedé paralizada. Jamás pensé que fueras realmente tan impactantemente deseable. Tu cuerpo entero ejercía en ese momento sobre mí una atracción magnética que apenas podía resistir. Tus pechos subían y bajaban en forma casi imperceptible y tus pezones divinos brillaban como dos dedos diabólicos que necesitaban ser acariciados. Tenías los muslos levemente cruzados y de esa forma la línea de tus caderas lucía más insinuante.

    Yo me puse de pie para mirarte con detalle, en forma audaz, anhelante y descomedida, a veces pienso que esa noche te deseé como hembra por primera vez sin entender aún bien lo que eso significaría más tarde.

    Hundí mi mirada en el vértice de tus piernas y sentí como mi propio vértice se arrancaba bajo mis calzones y cómo se humedecía y luego me senté en el borde del sofá y tu grupa quedó al alcance de mi mano, pero no te toqué. Creo que tus nalgas me enloquecieron, eran perfectas, redondas, tersas, sanas inmaculadas, delineando una hendidura llena de secretos maravillosos. Yo me habría abalanzado sobre ellas y mi lengua se habría apoderado de todas sus líneas y de todas tus sinuosidades rindiéndote todos los homenajes, pero no me atreví a nada porque te estaba adorando.

    Un impulso venido del futuro, seguramente, se apoderó de mí y te estreché en mis brazos mientras mi boca encontraba la tuya para aprender y me diste la primera lección de amor. Tus besos me aturdieron, me mataron y me revivieron, tu lengua tomó posesión de mí y esa noche supe que te pertenecería para siempre.

    Nada más pasó esa noche… nada más que las promesas que lentamente yo misma fui depositando en mi mente para ir desgranándolas una a una durante el bendito tiempo que nos quedaba por vivir.

    Perdona tía querida, estos recuerdos, pero tengo que hacerlo porque de alguna manera tengo que mantenerte aquí junto a mí.

    Te quiero mucho y te beso.

    Mercedes.

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  • Grata sorpresa (6)

    Grata sorpresa (6)

    Fueron pasando las semanas y en las tuvimos varias de nuestras sesiones, Sara nos contó que estaba a punto de casarse, y se había quedado ya muy liada con el preparativo de su boda, no obstante, la solía ver de vez en cuando, sobre todo cuando quedaba con Laura en la cafetería, pero aparte de saludarnos poco más había.

    Yo por mi parte había empezado a mandarle deberes a Laura, la mayor parte de las noches los tenia, entre los juegos que me inventaba para ella, solía hacer que fuera cogiendo el hábito a masturbarse, Laura había cambiado mucho en esas semanas que llevábamos con la relación amo/sumisa, esta radiante, siempre relucía en ella una sonrisa de felicidad, y a la vez me contagiaba a mí con su actitud, me sentía orgulloso de ella.

    Un viernes por la mañana le envié un mail, que ponía lo siguiente:

    Buenos Días zorra,

    Esta noche vas a salir de caza, iras sola o con tus amigas, tú decides ese aspecto, durante la noche deberás conocer a tres tíos, y follar con cada uno de ellos, no vale follarte a los tres juntos, deberá ser uno, luego otro y luego otro. Tendrás que respetar mis condiciones.

    1.- Solo podrán follarte por el coño, y no deben correrse dentro de ti (tu elijes si utilizas condón o no)

    2.- Aunque se la mames no deben correrse en tu boca y eso no cuenta como follar.

    3.- El primero debe follarte en un lavabo, y debes hacer que se corra en tus tetas, no debes limpiarte después, quiero que te hagas una foto con el enseñándome la corrida y polla y me la envíes cuando te separes de él.

    4.- El segundo debe follarte en un parque público, este deberá correrse encima del coño, no debes limpiarte tampoco, pero antes de que te folle debe chuparte las tetas, quiero que se coma parte del semen del primero, quiero una foto viendo cómo te las chupa, y me la envías.

    5.- El tercero debe follarte en un coche, antes de follarte debe comerte el coño y las tetas, quiero que saboree las anteriores corridas, y este debe correrse en tu cara, también quiero foto de eso cuando ocurra, y tampoco puedes limpiarte.

    6.- Después de follarte al último, y llena de leche como estarás deberás ir a algún local que este abierto, te meterás en el baño de chicas, y quiero que empieces a masturbarte allí, quiero que te vean las tías cuando entren, quiero que alguna te coma los morros, las tetas y el coño, quiero al menos una foto de vosotras en una de esas tres posturas.

    7.- Quiero que me envíes un SMS o mail cada vez que entres a un sitio, dándome la dirección, nunca debe pasar más de una hora entre SMS.

    8.- No quiero que te corras en toda la noche, quiero que sigas caliente para mí, cuando hayas cumplido con todo ello, coges un taxi y vas a la dirección que te enviare por SMS cuando hayas finalizado tu misión, espero que no me defraudes.

    Tu Amo

    A media tarde recibí una llamada de Laura, diciéndome que si estaba seguro de seguir con el plan, a lo que le respondí que si no había recibido ninguna contraorden debía seguir adelante.

    Sobre las once de la noche recibí el primer mail, dándome una dirección y al ratito uno nuevo que contenía una foto de sus tetas llenas de leche y se veía como con una mano agarraba una polla.

    Casi a medianoche me llegaba otra ubicación y 30 minutos después otro mail, este contenía 2 fotos, una con una cabeza girada encima de sus pechos con la lengua sacada y otra vaciando un condón encima de su coño.

    Media hora después recibía otro mail, en este había varias fotos, una cabeza en la entrepierna, una cabeza en sus pechos y la cara de Laura toda pringosa y parecía el interior de un vehículo…

    Casi a las dos recibí una nueva ubicación y al rato un nuevo mail, con varias fotos, la primera la hacía alguien que no era ella, se veía a Laura apoyada en la pared, con una chica besándola en la boca, en su cara se podía observar que aún había restos de semen, otra chica agachada comiéndole el coño y una que le tocaba las tetas, otra foto contenía dos cabezas, una en cada pecho, estaban comiéndole las tetas y una última foto junto a tres chicas, haciéndome Laura la señal de victoria.

    Cuando vi estas últimas fotos le envié la dirección donde tenía que acudir, cuando abrí como ya era habitual en ella, estaba desnuda en el rellano y de rodillas, me aparte y la deje pasar, mientras le recogía la ropa y el bolso del rellano, se quedó en mitad de la sala a 4 patas, sin mediar palabra con ella, deje caer mis pantalones y slip, al verlo ella se afano a metérsela en la boca, mientras le decía lo guarra y asquerosa que estaba, que habría pensado el taxista al recogerla, que se había comportado como una verdadera puta, se había follado a tres tíos que ni conocía, y a varias tías en una misma noche, etc.

    Cuando se la saque de la boca, le pregunte como estaba, me dijo que bien, que se sentía sucia, pero le gustaba. Le pregunte si tenías ganas de más a lo que me respondió que sí, y también le pregunte si tenía ganas de correrse, a lo que respondió afirmativamente, le indique que se colocara en la cama a 4 patas, me posicione detrás de ella, y empecé a metérsela por el culo, bombeando lentamente, le metí un consolador por la boca, diciéndole que esperaba que no se le cayera, y le metí un huevo vibrador en el coño, le pedí que no se corriera hasta que yo se lo dijera

    Empecé aumentando el ritmo, cogiéndola de las caderas cada vez el ritmo que le aplicaba era superior, ella balbuceaba, no podía ni gemir por tener la boca llena, yo notaba en cada empuje el huevo vibrando en la pared colindante, cuando ya no pude más la llene de mi leche.

    Se la saque del culo, le saque el consolador que tenía en la boca y se lo metí en el culo, y en su boca le puse mi pene para que limpiara, y lo pusiera firmes nuevamente, cuando este estaba listo, empecé de nuevo a follármela por la boca, le empezaban a flaquear las piernas, casi ya no podía aguantarse en esa posición, cuando la autorice a correrse, en ese instante se la saque de la boca, soltando un gemido tremendo, continuado luego otros más suaves.

    Cuando se dejó caer sobre la cama, tuve que cogerla del pelo, para recordarle que yo aún no había terminado, que quería seguir follándome su boca, estiro el cuello, y se incorporó un poco de tal manera que empecé nuevamente a follarla hasta que me corrí nuevamente y esta vez en su boca, una vez había limpiado mi pene la deje descansar.

    Se colocó en posición fetal y se quedó dormida casi al instante, por lo que decidí dejarla dormir. Yo me tumbe a su lado, y me quede dormido también. Desperté al notarme una erección, al abrir los ojos descubrí como me estaba dando los buenos días, Laura estaba aplicándose con mi pene, hice como si nada, y me dejé llevar hasta vaciarme en su boca.

    Cuando acabo subió a darme los buenos días con un dulce beso, el cual le devolví muy gustosamente, y la mandé a la ducha, estaba repleta aun de semen seco por todo su cuerpo, se levantó de un salto y se metió en la ducha.

    Al volver le pregunte por la noche anterior, quería que me la explicara, a lo que ella comenzó a relatarme.

    Comencé en un bar de tapas de paseo de Gracia, sentándome en la barra, enseguida un chico muy guapo se sentó a mi lado, preguntándome que hacía sola allí, quería ligarme, de repente me acerque a su oreja y le dije que necesitaba que me follara, que me marchaba al lavabo de hombres y le esperaba allí, si no venía en tres minutos me follaría al primero que entrara, tenía usted que haber visto la cara del chico, se quedó paralizado, me fui al baño me abrí la blusa, me subí la falda y prepare un condón.

    Enseguida entro el todo acelerado con una erección tremenda, sin mediar palabra, le baje los pantalones, le puse el condón y le dije que no se corriera dentro, que la sacara y le dejaría correrse en mis tetas, cuando acabo le dije que iría al baño de mujeres a limpiarme y fue cuando aproveche para irme de allí, así fue como sucedió con el primero.

    Fui a parar a una especie de pub, rápidamente me empezaron asediar chicos, el primero era un poco gordito y bastante tímido, le costó dirigirse a mí, pero lo hizo con gracia, luego se acercó un guaperas y el gordito se cortó, por lo que me gire hacia él y le dije que me apetecía follar, y que si le gustaría follarme, se puso como un tomate y me dijo enseguida que sí, lo cogí de la mano y salimos del local, le dije que necesitaba urgentemente ser follada, y que pensara algún lugar cercano como un parque o así, me cogió de las manos y me llevo a un parque cercano, me abrí la blusa y le dije que me comiera las tetas.

    Tenía los ojos como platos, y se puso a chupármelas, mientras le preparaba un condón, le baje el pantalón, le puse el condón y al ir a metérmela se corrió, no llego ni a metérmela dentro, le saque el condón y me lo vacié encima, luego me hice la ofendida con lo que había pasado y me largué dejando allí al chico avergonzado.

    El tercero fue fácil, me metí en uno de los parkings de Paseo de Gracia, baje a la 2 planta y me espere a que algún hombre solo fuera a por su coche, cuando vi a la presa me fui hacia él, haciendo como si buscara la salida y preguntándole, antes me había desabrochado la blusa bastante para dejar ver mis pechos, el hombre de unos 40 me explicaba y señalaba donde había una salida, pero sin perder de vista mis pechos, a lo que le pregunte si le gustaba lo que veía, me dijo que si no lo enseñara no los hubiera mirado, y yo me abrí más la blusa aun sacando mis pechos de ella, y con las manos los cogí ofreciéndoselos y a la vez le preguntaba si le gustaban más ahora.

    El hombre al ver mi reacción me pregunto si podía y le dije que por supuesto, que estaban a sus disposición, empezó a tocármelos, le pedí que me los besara, le toque la polla por encima del pantalón y al ver que estaba encendido le dije que fuéramos dentro de su coche, que deseaba que me follara, me subí la falda me puse atrás, se metió conmigo en el asiento trasero, continuo comiéndome mis tetas, le cogí de la cabeza y se la fui bajando hasta el coño, le aguante allí durante unos minutos, comiéndome, luego de dije que me follara, mientras se bajó los pantalones y le puse el condón, le pedí que no se corriera dentro y empezó a metérmela.

    Cuando casi estaba a punto la saco, retiré el preservativo, y empecé a masturbarle apuntando a mi cara, hasta que al final se corrió en ella.

    Y lo último que me pidió fue lo más fácil de hacer, pero lo más complicado de quitarme de encima después, cerca de plaza Cataluña hay una discoteca de ambiente, fui al baño y al entrar me subí la falda y solté la blusa, me apoye en la pared y empecé a tocarme, mientras lascivamente miraba a las chicas que allí habían, no hizo falta nada más, todas las chicas que entraban en el baño me hacían algo, era como un juguete para ellas, el problema lo tuve para evitar correrme, pues todo era muy morboso, y me gustaba lo que me hacían, cuando ya me quería ir no me dejaban salir de allí, pues parecían una jauría de lobas, pero al final conseguí salir, cuando llego su mensaje y cogí un taxi.

    Al principio al leer sus instrucciones me puse muy nerviosa, y vi muy difícil el poder cumplir sus deseos, pero después me fue más fácil de lo esperado.

    Muy bien mi perrita, pero no obedeciste todos los puntos que te mande (su cara cambio por completo al instante) me has fallado quizás en el punto más importante, el de tu seguridad, desde la foto del parque hasta la foto del coche no sabía dónde estabas, te olvidaste darme tu posición, y aunque ahora mismo es una tontería puesto que ya estas a mi lado y estas bien, en ese espacio de tiempo yo desconocía por completo dónde estabas, por lo que no podía protegerte, como castigo por ello durante la próxima semana no podrás tocarte, ni correrte, y deberás dormir en el suelo a los pies de tu cama.

    Continuará.

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