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  • Me tragué mi semen y el de mi cuñado

    Me tragué mi semen y el de mi cuñado

    Soy travesti de closet joven, nadie sabe mi secreto (o mejor dicho nadie sabía). Mi experiencia ocurrió una vez que usaron mi casa como bodega de ropas del grupo de teatro al que pertenece mi hermana. Como imaginarán yo me moría por usar las prendas femeninas.

    Esperé tener la casa sola y me puse las prendas más sexis: posé frente al espejo, actué como chica, disfruté cada vestido, las falda, peluca, etc., y hasta algo de maquillaje. Uno de esos vestidos era tan cortito, de color rosado con mangas holgadas, pero ajustado en la cintura, que me sentía super sexy como una chica prepago. Esa imagen me excitó tanto que me froté por encima y estaba tan caliente que no resistí la eyaculación y la recibí en mi mano para no ensuciar nada.

    Justo en ese momento escuché que alguien trataba de entrar al cuarto (aunque yo había cerrado por dentro), pero escuché que ese alguien estaba usando llaves. Entré en desesperación por mi aspecto y también por el semen en mi mano que no se me ocurrió nada mejor que tragarme mi propio semen: sentía cómo se deslizó ese líquido espeso y viscoso por mi garganta. Se abrió la puerta y resultó ser el novio de mi hermana. Lo primero que hizo fue reírse, pero al verme que prácticamente caí de rodillas para que cierre la puerta algo cambió en su rostro.

    Puso una expresión de confianza y poder mientras me miraba de arriba hacia abajo. Le dije que estaba buscando hacerle una broma a un amigo, pero no me creyó. Me dijo “peluca de rizos negros, labial, sombra, vestidito corto de putita… ¿qué dirían tus padres?”. Yo dije “nooo por favor, no digas nada”. Me dijo que siga arrodillada, sacó su verga y se sentó en un silla. Yo sabía lo que él quería así que fui directamente con los ojos cerrados de tanta vergüenza y me metí su verga en la boca.

    Lo mamaba suavemente y sentía como se iba poniendo dura y más grande. Seguí mamando hasta que la boca se me puso toda tibia y me dijo “me muestras la boca limpia cuñadita”. Entonces me tragué todo lo que tenía en la boca, su semen caliente combinado con mi saliva, y le mostré mi boquita vacía. Él solo levantó, tomó unas cosas del lugar y me dijo que será nuestro secreto o la pasaré mal. Se fue y yo me quedé procesando todo. Noté que su semen sabía mejor que el mío mientras me mordía los labios. Me dije “ya basta, cámbiate rápido”.

    Me cambié y dejé todo en orden. Pasaron unos minutos y me llegó un mensaje privado, esos que solo se pueden ver una vez. Era mi cuñado, decía “calladita o lo difundo”. En el vídeo estaba yo mamando su verga y mostrando mi boca y lengua después de tragar su semen. Quedé en shock. La única explicación que encontré fue que las gafas que él estaba usando son de esas que tienen una cámara en el centro ya que él es ciclista y le gusta filmar sus viajes. Le respondí “nunca diré nada, por favor borra eso”. Me dijo “no cuñadita, así me aseguro de recibir más mamadas en un futuro”.

    Luego de esa ocasión me hizo practicarle orales varias veces, especialmente en su auto, pero ya les contaré en un futuro más detalles.

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  • Una nueva etapa

    Una nueva etapa

    Reciban un saludo todas y todos. Mi nombre es Tomás y me considero una persona bastante sexual. Aunque ya se me empiezan a notar los años, a mis 45 todavía me conservo bastante bien. Soy de tez morena, y aunque no soy muy alto, lo compenso con habilidades reconocidas por mis ex compañeras en la cama.

    En esta etapa de mi vida me he ido alejando poco a poco de viejos prejuicios e inseguridades para abrir más mis horizontes sexuales. Experimentar sexualmente, y en particular un trío es algo que siempre me había parecido lo más excitante, y luego de varios años de verlo en películas porno, llevaba ya tiempo sintiendo que requería ver algo más real que ver un acto pagado en la pantalla de mi tableta.

    Les decía que afortunadamente me ha ido bien en la cama, pues tras mi divorcio tuve la oportunidad de conocer a varias chicas que me han dado buenos comentarios sobre mis aptitudes, lo que me ayudó a elevar la autoestima, que durante largos periodos en mi vida estuvo bastante baja. Para mi fortuna, las buenas valoraciones sobre el tamaño de mi verga siempre han sido una constante (mediana/grande pero muy habilidosa), y tras mi divorcio y verme de vuelta al ruedo, las buenas valoraciones continuaron producto de noches memorables de citas ocasionales: poco hablar y mucho coger.

    Así fue que, tras varias relaciones pasajeras, un día conocí a Valentina —mi pareja actual—por una app de citas. Y lo que empezó como todas las demás (tomando en algún bar y después buscar un motel para coger en la noche), con el paso del tiempo más bien fuimos conociéndonos y gustándonos, al grado que la cosa fue escalando y ya llevamos 4 años de pareja.

    Aunque Vale es más grande que yo —me lleva 4 años—es claro que ella es una de esas personas cuyo físico desafía al tiempo, pues como toda buena norteña mexicana, es más alta que yo, bastante guapa y preserva su figura con buena alimentación y ejercicio. Aunque no tiene pechos muy grandes, tiene unas piernas largas y muy bien torneadas, desarrolladas luego de varios años de gimnasia durante su juventud, (y actualmente con la bicicleta, que no deja nunca), lo que también le ha dado un culo firme y bien torneado.

    Pero lo que sin duda más atrae miradas sobre ella, es que es una de esas rarezas de piel morocha con ojos verdes, que combina con pelo castaño oscuro. Es común presenciar que tanto hombres como mujeres le digan “qué guapa eres, qué lindos ojos tienes…”. En esta etapa de mi vida, esos comentarios que escucho que le hacen, lejos de molestarme o darme celos, me halagan y me excitan muchísimo.

    Aunque Vale se ha encargado siempre de transmitirme la tranquilidad de serme fiel y ser cauta con esos comentarios, también me ha confesado que ha habido ocasiones en que se le han insinuado y ha sentido alguna conexión. Por eso cuando empecé a fantasear con la idea de proponerle experimentar algo diferente se presentaba como algo especial: además de atracción física e intelectual, hay muy buen sexo (el mejor que he tenido en pareja) y un amor creciente.

    Y es que debo compartirles que Vale ha resultado tener una personalidad especial: cordial y a veces hasta un poco seria con amigos o en eventos sociales, pero en la cama se desata y se entrega como pocas; y con alcohol, verdaderamente se vuelve una perra. Pese a ello, las conversaciones sobre experimentar siempre llegaban a un vacío:

    —Acepto que me ha pasado por la cabeza esa fantasía, pero no creo ser capaz de llevarla a la realidad. Realmente no sé qué piensas de mí y de nuestra relación cuando platicamos de esto Tomás —Me terminaba diciendo siempre, para mi frustración y desasosiego.

    Y así seguimos durante un muy buen tiempo, hasta que en una ocasión mi suerte fue diferente. Todo empezó cuando Vale y yo decidimos ir de último momento a la fiesta de cumpleaños de Dinorah, la hermana de un buen amigo de la universidad. Dinorah es 15 años menor que nosotros, una aspirante a actriz con un carisma muy particular y con un cuerpo cuya juventud se complementa con una atractiva figura —tan delgada como apetecible— y una actitud extrovertida. Dinorah era una chica atractiva pero inocente; de ese tipo de perfil que invita a ver varias veces por semana sus posts en Instagram.

    Ese día Vale iba muy bien vestida porque fuimos a cenar para celebrar nuestro aniversario, con un pantalón ajustado y un abrigo negro que cubría una blusa blanca y un sostén muy ligero. Salimos con varias copas encima, pero quisimos seguir la fiesta y no nos costó mucho animarnos a seguir la fiesta en el festejo de Dinorah.

    Cuando llegamos a la fiesta, fue muy fácil saber dónde estaba la festejada: Dinorah sencillamente se veía espectacular, con una minifalda que dejaba ver su delgada y bien formada figura, con botas negras.

    Cuando llegamos a felicitarla notamos que ya traía varias copas encima —igual que Vale y yo—. Al presentarle a Vale, me llevé una gran sorpresa, pues apenas la conoció Dinorah me dijo con desparpajo:

    —Oye qué guapa está tu novia, ¡te la quiero bajar! (lo que en mexicano implica intentar quitarte a tu pareja).

    Como niña detrás de un dulce —y ya barriendo algunas palabras—Dinorah no dudó un segundo en acercarse a Vale para expresarle su deseo:

    —¡Encantada de conocerte Vale! Como sabes hoy es mi cumpleaños, y como regalo, quiero un beso tuyo.

    Para mi sorpresa, ella solo se limitó a responderle con una de esas sonrisas sexys que le caracterizan:

    —Vaya jaja ¡pero qué muchacha tan atrevida!

    Dinorah se volteó de inmediato a verme:

    —¿Puedo Tomás? ¿Verdad que le das permiso de besarme?

    Usualmente soy de reflejos algo lentos para actuar rápido ante los juegos de seducción (confieso que por cada acierto logrado a lo largo de mi vida sexual, he tenido también varios yerros lamentables), pero esta vez actué con nervios de acero y proyectando total seguridad:

    —Pregúntale a ella. Es a ella a quien quieres besar. Yo no tengo ningún problema.

    Creo que en medio de la súbita propuesta, Vale agradeció esa afirmación y confianza de mi parte, por lo que sonrió nuevamente, y para mi sorpresa reaccionó muy tranquila:

    —está bien. Ven Dinorah.

    Dinorah no dudó un segundo en acercarse y darle un beso inocente. Apenas vi sus bocas rozarse, sentí un deseo descomunal y una sensación de haber logrado finalmente ver un poco de lo que tantas veces he fantaseado. Mi verga se puso al rojo vivo, pero seguí fingiendo estar perfectamente controlado.

    —¡Vamos, eso no es un beso! -les dije, tratando de disimular al máximo mi excitación.

    No necesité decir más para que Dinorah se volteara nuevamente para sacar su lengua y meterla en toda la cavidad de Vale, quien no dudó en regresarle el gesto con la sensualidad y refinada sensualidad que la caracteriza. Fue un beso tan caliente, que todos los que estaban cerca de la escena se paralizaron con cierto asombro y morbo para ver tan increíble espectáculo entre dos chicas atractivas.

    Cuando finalmente se separaron luego de unos segundos (que ojalá hubieran sido horas), Vale solo atinó a decir:

    —Bueno, pues ¡muchas felicidades Dinorah! Le sonrió nuevamente y tras una breve pausa, Dinorah le dio otro beso de despedida, para ir a perderse entre sus amigos y seguir festejando.

    Debí mostrar cierta compostura para que el espectáculo no molestara a nadie, y todo terminó como una fiesta cualquiera.

    Pero al otro día, no podía pensar en otra cosa más que en ese momento. Era la primera vez que finalmente lograba que mi pareja intimara con otra persona. Era una sensación de fascinación y deseo que no me dejaba pensar en otra cosa.

    En algún punto de la tarde, no pude más y me confesé con ella:

    —amor, debo decirte que lo que pasó ayer es lo más caliente que he visto. Tu beso me llenó de excitación y solamente de pensarlo se me para de nuevo.

    Sorprendentemente, esta vez escuché una respuesta bastante diferente que la de siempre:

    —la verdad que a mí también me gustó amor. El hecho de que fuera yo quien le dijera que sí podía besarme me hizo sentir empoderada. Además, Dinorah es una chica francamente atractiva.

    Ante esa respuesta, me animé y nuevamente le propuse:

    —Vale, sé que lo hemos hablado antes y me has expresado tu opinión. Quizá no lo he planteado bien amor, pero contigo siento esa seguridad de abrirme más a seguir explorando posibilidades como la de ayer.

    Ella, en un tono tranquilo me dijo:

    —Entiendo que en el pasado te dije que no me gustaría. Quizá porque lo planteabas como una fantasía tan tuya que yo me sentía desplazada al papel de una cualquiera. Pero francamente encontré muy excitante el arrebato de Dinorah.

    —mi amor ¿Te gustaría que intentara que la veamos de nuevo?

    Y cuando después de pensarlo, finalmente me esbozó un tímido pero más que suficiente “sí, creo que estaría bien”, tuve que hacer un esfuerzo enorme por ocultar mi júbilo.

    Al otro día, le escribí a Dinorah por Instagram (porque no tengo su celular). Le escribí en los términos más sencillos posibles para agradecerle por la invitación a su fiesta, y decirle que lo habíamos pasado excelente.

    Impacientemente esperé su respuesta, que finalmente llegó unas horas más tarde:

    —“por nada Tomás!! gracias a Uds. por venir… oye y disculpa por lo de ayer, ¡espero no haber ofendido a tu novia!”

    Pensé mucho en mi texto de regreso, pero me animé también:

    —Todo lo contrario Dinoh (así le digo de cariño). De hecho Vale y yo pensamos que deberíamos continuar lo que empezó en la fiesta. Estamos en una etapa en la que nos gustaría probar cosas nuevas y tú siempre me has parecido una chica muy atractiva, y le caíste muy bien a Vale”.

    Solamente esperaba no ofenderla, pero para mi sorpresa, y con el arrebato que la caracteriza, Dinorah me contestó:

    —“Wow! ¿en serio? ¿Cuándo o qué? ¿Pero con los dos o cómo? Soy inexperta en esto también, jajaja”

    Me envalentoné de nuevo y le respondí

    —“¡Claro! Para los dos sería un placer la verdad. Y nosotros tampoco tenemos nada de experiencia realmente. La idea es que ustedes dos se la pasen bien, y de ahí vamos viendo si se sienten cómodas conmigo… ¿Quizá podemos invitarte un trago en mi casa y vemos cómo va saliendo, sin presiones?”

    Mi cabeza voló con su respuesta

    —“¡Claro! Puedo el jueves en la noche. ¿A las 8 les queda?”

    Tras responderle inmediatamente que sí (en realidad tenía otro compromiso pero nada era más importante que esto), mi estado de excitación solamente se incrementó aún más con la respuesta de Vale por WhatsApp:

    —Perfecto amor. Me queda muy bien.

    Su sonrisa en texto alteró todos mis sentidos.

    Los días siguientes solo podía pensar en el jueves por la noche. El simple hecho de ver otro beso como el que se fundieron Vale y Dinorah me parecía de lo más espectacular. No podía imaginarme la sensación de verlas coger sin que me alterara y excitara al mil.

    El día previo fuimos con Vale al cine, y al final sentí que debía abordar el tema:

    —Amor, sobre mañana, quiero decirte que si te parece algo desmedido o que te haga sentir incómoda, siempre podemos cancelarlo.

    Pero ella me respondió muy tranquila:

    —mira, ya estamos a un día. Veamos a Dinorah y vamos fluyendo, a ver qué pasa.

    Nos dimos un beso con la pasión de dos personas que elegían experimentar algo nuevo juntos, y nos despedimos.

    Llegó el jueves y para las 8 de la noche en punto yo no podía con la adrenalina de la expectativa. Me bañé perfectamente bien y usé mi mejor repertorio de shampoo y fragancias para estar impecable.

    Luego de 15 minutos llegó Vale. Se veía que también se había tomado su tiempo arreglándose, con un pantalón negro apretado que delineaba sus piernas hermosas y su culo torneado, y una blusa ligera complementado por mi brassiere favorito: rojo carmín con transparencias en los pezones. Labios rojos y sus cejas delineadas resaltaban sus hermosos ojos verdes. Se notaba nerviosa, pero resaltaban su atractivo y sonrisa.

    Platicábamos pretendiendo que era una noche como cualquier otra, cuando sonó el timbre. Al abrir, Dinorah estaba en la puerta y yo hice mi mejor esfuerzo por contener la mirada: traía lentes obscuros, la boca pintada con un lápiz labial de chispitas (perfectas para una chica en sus 20s), una blusa abierta que dejaba ver sus pequeños pero firmes pechos sin brassiere, botas de tacón y una minifalda que dejaba apreciar lo bien torneado de sus piernas y su culo.

    —¡hola! Disculpen la tardanza, ¡me perdí un poco! —dijo con su carácter jovial, pero esta vez con un notable tono nervioso.

    —descuida, estamos empezando apenas.

    Pasa.

    Tras empezar la velada algo nerviosos y con una evidente tensión sexual, los whiskies y la música de fondo empezaron a hacer su trabajo, acompañados por los canapés que elegí con premeditación.

    Luego de hora y media, y ya con algunas copas encima, Dinorah finalmente cambió la música por reggaetón y nos dijo:

    —¡uuh les voy a bailar esta canción que me gusta!

    Nos llevó de la mano al sofá y al sentarnos nos unió las manos, y acarició la cara de Vale. Con eso entendí que era su forma de iniciar lo mejor de la noche.

    —¡Qué bien bailas Dinorah! Le dijo Vale con una sonrisa, mientras Dinorah arqueaba las caderas y bajaba hasta el suelo, dejando ver su increíble tanga de hilo y un asomo de su raja deliciosa. Era evidente que quería calentarnos y poner el ambiente.

    —les propongo un shot de Tequila para brindar por esta nueva etapa—nos dijo ya más desinhibida.— Vengan los dos aquí conmigo a la pista.

    Al acercarnos, nos abrazó y ya sin ningún pudor me dijo que quería brindar con Vale por haberle dado el mejor regalo de cumpleaños en su fiesta. Al beber con ella no dudó en buscar sus labios. Vale le correspondió enseguida con un beso apasionado y muy pronto siguieron subiendo el tono con la boca tan abierta como podían.

    Dinorah empezó a acariciar el culo de Vale y a manosearla por todos lados.

    —Eres muy guapa, Vale. Me gustaste mucho.

    —Gracias, tú también, correspondió Vale, un poco tímida.

    —Ven, tócame. Le dijo Dinorah llevándole la mano hacia su culo mientras seguía bailando la canción de fondo (imposible compartirles qué canción era porque ni siquiera pude poner la menor atención a la melodía). La tanga de Dinorah era para morirse: negra semitransparente y con un fino detalle de un nudo en cada parte de la cadera.

    Pronto entendí que Dinorah quería empezar con Vale, por lo que decidí tomar asiento y ver el espectáculo. Era increíble ver cómo cada beso era más apasionado que el previo, con un intercambio de saliva en que sólo podía darme un adelanto de lo que seguiría. Mi verga y yo explotábamos como prisioneros en mis calzones.

    Pronto Dinorah empezó a acariciar la raja de Vale por encima del pantalón, a lo que esta reaccionaba agarrándole más abiertamente las tetas y sobándole el culo. Pronto noté la cara de Vale enrojecida, y tras estarse tocando un buen rato, Dinorah muy pronto metió la mano por su pantalón para llegar a tocar la vagina de Vale por dentro.

    Vale con eso llegó al grado de separarse de la boca de Dinorah para soltar un gemido profundo:

    —Oohhgh

    —Te gusta? —le preguntó Dinorah, con la voz claramente entrecortada—me encanta pensar que serás mía hoy. Y volvió a meterle la lengua en la boca.

    Era evidente que la ropa les estorbaba. Con rapidez, ambas se fueron quitando desnudando mutuamente, hasta quedar en ropa interior, sin dejar de besarse en ningún momento.

    —¡Quiero probarte ya! —Dijo Dinorah empujando a Vale al sofá para caer a mi lado. Mientras llegaba a mi lado, la rodeé con mis brazos y reposé mis manos sobre sus pechos. Vale, visiblemente enrojecida, solo me dijo un “te amo” mientras la besaba y reforzaba los esfuerzos de Dinorah.

    Sin dudarlo, Dinorah bajó hasta las piernas de una Vale ya entregada. Le abrió las piernas y le hizo el calzón rojo carmín al lado, para descubrir esa vagina que tanto me gustaba.

    Dinorah comenzó a comerse a Vale como si no hubiera un mañana. Lengüeteaba su clítoris con avidez y experiencia, de abajo a arriba y de un lado al otro. Vale solamente la veía complacida haciendo el trabajo mientras le acariciaba del pelo. Los movimientos de la lengua de Dinorah siguieron sin parar hasta que muy pronto encontraron una respuesta de mi novia ya muy caliente:

    —Ooohgh así, sigue así moviendo tu lengua… ¡¡Me encanta!! —le dijo con la voz entrecortada y la cara enrojecida.

    Era tal el espectáculo y mi excitación que fue casi instintivo unirme a la fiesta. Vale empezó a corresponder mis caricias en las tetas acariciando mis brazos, mientras se apoyaba en mi espalda para abrir las piernas y seguir recibiendo la mamada de Dinorah. Luego me volteó a ver y con esa cara de cachonda nos besamos un buen rato.

    Explorar la boca de Vale con las marcas del lápiz labial de chispitas de Dinorah fue tremendamente excitante. Mientras Vale y yo nos besábamos, Dinorah seguía lamiendo a Vale mientras se sacaba la ropa que le quedaba encima.

    En un movimiento súbito, Dinorah subió nuevamente para darle un beso a Vale con toda la lengua y los restos de su humedad, y para mi sorpresa, después se volvió hacia mí para darme otro beso.

    —me gusta a qué sabe tu novia —me dijo, mientras yo solo atiné a sonreírle y devolverle el beso. “Espero que no te moleste que le enseñe a tu novio a qué sabes”, dijo Dinorah mientras yo aproveché esa confianza para estirar la mano y tocarle las tetas a las dos, embelesado con la belleza lujuriante de ambas.

    Luego de un rato de estar así, Dinorah insertó dos dedos en la vagina de Vale, que ya era una alberca, y los empezó a doblar adentro buscando su punto G

    —¡¡oooh qué rico!! ¡¡Sigue así!! ¡vas a hacerme que me corra!

    —mmmhhh Vente en mi boca, anda

    —¡Oooghh que delicia! Y Vale empezó a arquear el cuerpo en un claro signo de que Dinorah había cumplido su objetivo. En algún punto, Vale paró las lamidas de Dinorah para que pudiera recuperarse un poco de tan profunda explosión.

    Después de darle un beso y abrazarla, Dinorah se sentó en el sillón para que Vale le devolviera el favor. Yo le dije a Dinorah que abriera sus piernas para que Vale la chupara (¡dios qué vagina tan joven y rica! Pensaba hacia mis adentros al ver las piernas abiertas de Dinorah), mientras que puse en cuatro patas a Vale.

    —No aguanto las ganas de cogerte mi amor… ¡Espero te guste así! —le dije, a lo que Vale volteó a verme con la cara enrojecida, en clara señal de aprobación.

    —¡Cógeme! Anda mi amor, métemela.

    La escena de ver a mi pareja haciéndole sexo oral a una chica tan atractiva me parecía simplemente de otro mundo. No recuerdo haber sentido tanta excitación. Me volví un animal y pronto sacaba mi miembro completamente para volvérselo a meter:

    —¡Toma mi verga amor!

    —¡siii métela toda! Me dijo Vale ya completamente entregada.— ¡Anda dame duro!

    En algún punto fue tanta mi excitación que la dejé de penetrar para enterrar mi cara en su culo, con esa vagina empapada que se veía deliciosa, y también subí la lengua hacia su ano para chuparlo y acariciarlo con mi lengua. Un gemido más intenso de Vale me dio la confianza de seguir adelante.

    Dinorah por su parte se metía los dedos en la boca y acariciaba los pechos de Vale.

    —¡Qué bien lo haces! Le dijo.— anda, ¡succiona mi clítoris como una perra! Le dijo agarrando del pelo a Vale (lo que me sorprendió ya que por lo general a mi novia no le gusta que le tiren del cabello, pero esta vez estaba totalmente entregada). Vale solo se dejó llevar y siguió mamando sin parar hasta que Dinorah se enfundó en un violento orgasmo, que la llevó a retirar a mi novia de su sexo:

    —¡¡Ooooh oooh!! gemía Dinorah mientras estallaba contorneando la cadera.

    El episodio fue tan excitante que Ale y yo interrumpimos nuestra cogida para poder apreciar ese orgasmo tan poderoso.

    —qué rica está mi amor, y qué cachonda es esta chica —me dijo Vale mientras acariciaba el culo de Dinorah.

    —mucho, muy rica mi amor. Le dije, mientras decidí que era ya tiempo de intentar probar algo más de ella. Sin dudarlo y mientras reposaba un poco, acerqué mi verga a la boca de Dinorah. Ella al verla solo sonrió y sin dudarlo empezó a pegarme una gran mamada:

    —Mmmh sabes rico muy rico Tomás, ¡a la vagina de Vale!

    Cada mamada de Dinorah era el cielo en la tierra. Subía y bajaba con una destreza que en algún momento tuve que interrumpirla para no venirme. Impactado por la belleza de Dinorah, decidí pasearle mi verga en toda su cara, embarrándola con los fluidos que ya teníamos de los tres. Después le hice la cara a un lado para ver mi verga entrar y salir marcándole la forma de hongo en las mejillas.

    —¡mmmhh qué buena verga tienes! me dijo Dinorah, clavando sus ojos en los míos.

    Por un momento olvidamos a Vale, quien veía con una cara de fascinación cómo mi verga dominaba a Dinorah.

    —Cógetela mi amor. Que disfrute ahora ella.

    —¡Claro que sí amor! Le respondí con mi verga tan dura como roble.

    Cuando abrió las piernas, bajé unos segundos a darle una mamada (no podía no hacerlo con una vagina tan rica y joven), y de inmediato respondió mis caricias despidiendo más humedad

    —Ooohgh ven a cogerme —me dijo agarrando mi verga y apuntándola a su orificio.

    Cogerme a Dinorah mientras besaba en la boca a Vale era tan delicioso que era claro que ya no iba a poder aguantar mucho más tanta excitación. Al poco tiempo intercambiábamos besos entre los tres, mientras penetraba con furia a Dinorah y frotaba el culo de Vale.

    Quería seguir por horas pero el momento sencillamente lo hizo imposible. Dinorah le dijo a Vale que se pusiera encima de ella para lamer su vagina mientras yo la penetraba. Así seguimos otro rato hasta que era claro que no podía aguantar más

    —¡Córrete amor, córrete afuera y ensúcianos! ¡Anda, te damos permiso! me dijo Vale con el gesto aprobatorio de Dinorah, que también ya tenía la cara enrojecida.

    Vale rara vez me dice con tal cachondez que me venga afuera, por lo que no tuvo que pedírmelo demasiado para que explotara:

    —¡ooohh me vengo! ¡Agarra mi verga y hazme venir! —le dije a Vale. Apenas se asomó mi verga del orificio de Dinorah, Vale me masturbó con tal destreza que terminaron saltando chorros de semen por la vagina, tetas y hasta el cuello de Dinorah, y el resto en el brazo y abdomen de Vale.

    Me sentí tan cachondo y tan ardiente ese momento, que decidí atreverme a acercar mi verga a ambas. Para mi sorpresa, se dieron un beso entre el semen que todavía colgaba de mi verga, y cada quien le dio un último chupetazo, para mi absoluta fascinación.

    Al terminar, los tres estábamos visiblemente satisfechos por haber tenido un sexo que pareció transportarnos a otra dimensión.

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  • Wish you were here (2): Deseos cumplidos

    Wish you were here (2): Deseos cumplidos

    ¿Cuánto más íbamos a estar deseándonos sin poder vernos?… había que viajar, como fuere, ninguno de los dos íbamos a soportar la agonía de los deseos sin cumplir.

    Para el viaje necesitaba excusas y las excusas fueron encontradas, no había que dejar cabos sueltos, mucha gente sería implicada en la historia.

    Terrible fue la mentira, pero más terrible aún era el hecho de no vernos.  En un momento de duda el universo me envió una frase: “Solo hazlo” y ahí se borraron todas las culpas.

    La semana previa la vivimos con mucha ansiedad, pero el día llegó y viajé.

    No nos podíamos encontrar con Jazmín en su ciudad, ella tampoco es soltera, debía pasarla a buscar y de ahí partir juntos hacia una ciudad vecina para estar más tranquilos.

    Llegué a la terminal muy temprano, demasiado, pero bueno, los horarios de los ómnibus no dependían de mí.

    La esperé tranquilo, desayunando, hasta que se hizo la hora prudente donde ella podría venir.

    Salí a su encuentro y ella me encontró a mí… mucho más linda que en las fotos y mucho más alta de lo que me imaginaba, nos dimos un corto abrazo y me contuve, no quería comprometerla y ya habría tiempo y privacidad para ello.

    Pero ese corto abrazo me llenó el alma, sabía que estaba haciendo las cosas bien.

    Charlamos bastante mientras nos íbamos de allí en micro hacia nuestro destino, una hora más de viaje donde la charla fue aflojándonos, los dos estábamos un poco nerviosos, si bien hacía mucho que chateábamos, nuestra timidez y en mi caso, la duda sobre si ella estaba segura de lo que hacíamos… si no se hubiese arrepentido… no sé, tonteras que se meten en la cabeza.

    El viaje concluyó en el hotel que yo había reservado y las dudas concluyeron después que nuestras bocas se unieran en un tierno beso, mientras nuestras lenguas se amigaban y nuestras manos acariciaban, nuestras mentes se liberaban de prejuicios….

    Dudas y prejuicios volaron lejos como nuestras ropas y así, nuestras almas se desnudaron como nuestros cuerpos y dieron rienda suelta a toda la pasión que nos había convocado allí.

    Y acá viene la parte donde nos beneficiamos con el chat, si bien hacía solo dos horas que nos habíamos encontrado, ya nos conocíamos bastante, ya sabíamos lo que le gustaba al otro y allí los dos utilizamos esa arma para hacernos gozar.

    Mis manos ya habían explorado su cuerpo y le habían arrancado dulces suspiros… ahora era tiempo de mi lengua que lo recorrió para detenerse justo en el centro de su pasión. Su hermosa conchita depilada fue presa de mis labios, y mi lengua fue arrancando suspiros cada vez mayores que se convirtieron en gritos de pura pasión mientras acababa una y otra vez.

    Solo después de un buen rato me levanté para ponerme un preservativo y jugar un ratito frotándole mi cabeza en su clítoris y entonces si, entrar en ella y hamacarnos abrazados hasta acabar juntos. Sentir los quejidos de su dulce voz en mi oído fue la melodía más hermosa que un hombre puede escuchar… estaba en la gloria.

    Después de un buen rato de estar abrazados y acariciándonos fuimos a almorzar. Nos contamos nuestras vidas, nuestras ganas y nuestros sueños.

    Luego volvimos al hotel, ya relajados a continuar con nuestra pasión, todo fue más caliente, los besos, las caricias, las lamidas, sus labios se hicieron presa de mi verga y eso fue el sumun de la gloria, su lengua jugaba con mi cabeza, subía y bajaba por mi tronco, lamia mis bolas y volvía a subir, sus labios se apresaban de mi cabeza y pronto la engullía para tragársela entera, sacarla y volver a empezar.

    Yo la acomodé un poco y fui derecho a su conchita, un glorioso 69 nos llevó a la locura y después de un rato volví a entrar en ella, pero esta vez sin apuros, jugando a ponerle solo la puntita y cada tantos bombazos ir bien hasta el fondo para volver a empezar… ¡cómo me gusta ese jueguito y como le gustó a ella!… gemía muy fuerte y eso me volvía loco.

    Estuvimos así mucho rato para después pasar las manos por su nuca y volver a cabalgarla muy fuerte acabando juntos una vez más, abrazados, jadeantes, satisfechos… por fin se había hecho realidad el sueño de estar juntos y lo habíamos disfrutado mucho. Los dos sabíamos que nos merecíamos esto y por eso pudimos cumplirlo.

    Y como en el sueño tuvimos que salir corriendo, casi pierdo el ómnibus.

    ¿Qué va a pasar mañana? no sé, lo que sé es lo que pasó hoy y lo que pasó hoy fue muy fuerte.

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  • Un alma vagabunda

    Un alma vagabunda

    Quién será capaz de redimir esta alma vagabunda. Quién tendrá el valor de batirse en duelo con las sombras de la noche por mí. Quién me llevará al umbral de lo eterno. Quién.

    El fragante trigo dorado de mi cabello dibuja arabescos en danza con la brisa de la aurora.

    Ese aliento del mar es mi sábana, mi único aderezo. Me arropa con palabras heréticas que llegan de tierra ignota.

    Un purasangre galopa sin descanso por mis venas. Los lozanos montes de mi pecho son ya volcanes al borde del cataclismo. Serán jugosa fruta fresca para quien la merezca.

    Y me turbo. Me estremezco.

    Porque ya no deseo estar sola en medio de la nada. Deseo que alguien se consagre en el cáliz de mi boca. Deseo el lascivo roce de su pensamiento en mi piel.

    Soy presa de una quimera. Presa de una imagen difuminada en el humo de una tea.

    Y a orillas del océano le hablo de ti a la bella Selene. Le pido que te busque dondequiera que te halles. Que vuele a lomos del Tiempo. Y atraviese dimensiones desconocidas.

    Incluso que te reclame en las mismas llamas del Infierno.

    Le grito salvaje a la Luna cual loba herida.

    Quién se entregará a mí en la febril liturgia de los cuerpos. Quién liberará mi carne de este tormento de pasión. Quién.

    Y vestida de espuma de mar veo pasar los siglos.

    Condenada a ser eternamente esta alma vagabunda.

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  • Una dulce venganza

    Una dulce venganza

    Estábamos esa noche en el baile de las fiestas de mi pueblo, yo pasé la mirada por todo el salón para ver si se encontraban algunas de mis amigas del pueblo, cuando veo que mi marido me hace un gesto de enojado y sale a toda prisa rumbo a la entrada del salón y toma la acera dirigiéndose al parqueo. Caminé rápidamente detrás de Gerardo. Él estaba furioso, aunque a decir verdad jamás sabía cuándo no lo estaba.

    –¡Por favor, detente! –le grité cuando vi que no lo alcanzaría.

    –¡Déjame! –dijo sin voltear la cara siquiera.

    –Te juro que no te entiendo, ¡no sé qué te hizo molestarte! –dije desesperada.

    Entonces volteó y me miró francamente enojado.

    –Crees que no me di cuenta? Vi cómo le coqueteabas al marido de Mercedes. Te comportaste como una cualquiera.

    En nuestros veinticinco años de casados aún no podía entender la causa de sus celos constantes. Yo prácticamente había modificado todos mis hábitos con tal de complacerlo. Ya no usaba las minifaldas ni las blusas ajustadas para evitar que se sintiera incómodo, había dejado de culear con mi yerno después de que nació mi nieto, ya no salía a reuniones de escuela donde al final me cogía un vecino, en fin, ahora sólo mi marido me culeaba y nunca estaba contento. Casi no veía a mis amigas e incluso había dejado de trabajar, pero nada parecía ser suficiente. Siempre encontraba motivos para sus reproches. Su enojo esta noche no tenía razón y yo ya estaba harta.

    –Pues si quieres estar así, lo siento, ya no voy a aguantar esto –dije furiosa y dispuesta a dar por terminada la discusión. Me di la vuelta y regresé a las fiestas de mi pueblo. El pareció vacilar, pero finalmente se dirigió al auto y partió rumbo a la casa.

    Entré de nuevo donde estaban mis primas a punto de llorar.

    Marisela se me acercó y me pregunto:

    –¿Van mal las cosas no?

    –Ya estoy harta de esta situación, pero no voy a ceder esta vez. Si quiere que nos separemos, ni modo, lo único que pienso es en el futuro de mis hijos –dije tratando de parecer controlada.

    Me colé entre las parejas que bailaban y me dirigí a la barra, pedía cualquier cosa y me dispuse a olvidarme de mis problemas. Estuve varias horas y aproximadamente a la una de la mañana me dispuse a salir a buscar un taxi.

    Esperé algunos minutos y me arrepentí de no llevar suéter esa noche. El frío comenzaba a encarnizarse. De pronto alguien puso una mano en mi hombro.

    -¿Te podemos llevar? –pregunto una voz masculina.

    Volteé y ahí estaba un hombre alto que había visto en las fiestas y a su lado otro tipo que parecía bastante pasado de copas.

    No suelo aceptar ese tipo de ofrecimientos, pero el frío y la ausencia de taxis me hizo aceptar de inmediato.

    Se presentaron. El tipo alto se llamaba Enrique y el otro, más bajo de estatura, pero más guapo también se llamaba Juan. Le dije mi nombre: Haydee.

    Subimos a un auto color cobre y les di las indicaciones para ir a mi casa. De platica en platica comencé a hablar de mis problemas y de repente me vi llorando.

    Ellos parecían muy comprensivos y de repente me di cuenta de que no quería estar en mi casa y verme con el idiota de mi marido.

    –¿Me podrían llevar a un hotel? –pregunté sin ninguna intención, pero al parecer ellos le dieron otra interpretación.

    Al llegar me bajé y les di las gracias, pero para mi sorpresa se bajaron también y esperaron hasta que el portero abrió la puerta. Lo tomé como un gesto de gentileza.

    Cuando el portero me preguntó para cuantas personas era el cuarto, uno de mis nuevos amigos se adelantó y dijo “Para tres”.

    Lo miré sorprendida y por un momento pasó por mi cabeza la idea de decir que no, que solo para una persona, pero una parte de mi se negó a hacerlo, solo sonreí y miré al portero que parecía más sorprendido que yo.

    Antes de entrar al cuarto, ya sabía lo que iba a suceder. Sin embargo, nunca había estado en una situación así y no sabía cómo comportarme, quería tener la experiencia de ser culeada por dos hombres a la vez.

    –¿Estas nerviosa? –me preguntó Enrique.

    –No sé qué hago aquí –dije realmente confundida.

    –No te preocupes, solo es una pequeña venganza para el idiota de tu marido.

    Esas fueron las palabras mágicas. No lo pensé más y me dispuse a disfrutar mi venganza.

    Juan me abrazó por detrás rodeando mi cintura y me besó el cuello.

    -Eres exquisita, no entiendo como tu marido puede desperdiciar semejante cuerpo, te calculo que tienes unos treinta años

    -No, tengo más.

    -¿Cuántos?

    -Cuarenta y cinco.

    -No los aparentas, estás muy preciosa y bien conservada. ¿No tienes hijos acaso?

    -Sí, tengo cuatro hijos.

    -Pero tu cuerpo está bien entero, tus tetas están preciosas y duritas todavía, ¿Te las mama poco tu marido?

    -¡Pruébalas y me dices si las usa mi marido!

    El deseo comenzó a apoderase de mí. El otro chico vino frente a mí y comenzó a acariciar mis senos por encima de la blusa. Luego se apretó contra mí y entre los dos comenzaron a acariciar todo mi cuerpo.

    Algo dentro de mí comenzó a ceder y sin prejuicios comencé a acariciarlos metiendo la mano debajo de sus ropas.

    –Parece que empiezas a disfrutarlo ¿verdad? La venganza es dulce ¿no? –dijo Juan sabiendo perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.

    No dije nada. Me concentré en acariciar por encima de sus pantalones los bultos de carne que crecían sin límite. Poco a poco, Enrique comenzó a levantar mi falda y mientras con una mano acariciaba mis senos, con la otra deslizaba mi panty a lo largo de mis muslos. Moví mis caderas para facilitarle la tarea. Sus manos parecían ávidas de recorrerme, me sacó suavemente mi tanga dejando libre toda la entrada de mi vagina.

    Hacía mucho que no me sentía deseada, me prometí mentalmente que les haría pasar una noche inolvidable.

    –Pueden hacerme lo que quieran –dije– Esta noche soy suya.

    –¿De verdad eres nuestra? –dijo el chico alto– Porque de ser así, te advertimos que te vamos a usar en serio.

    Me di cuenta de que la forma en que usara las palabras iba a hacer las cosas más fáciles o más difíciles para todos.

    –Es verdad, digamos que es mi forma de agradecerles su comprensión –Dije sabiendo que era como darles luz verde.

    Una mano se deslizó por mis nalgas hundiendo los dedos entre ellas. Gemí de placer mientras una boca recorría mis senos ahora desnudos. Sentía como si docenas de manos estrujaran mi piel. Iban de mi espalda a mis senos, de mis pies a mis nalgas y de ahí a mis labios y a mis oídos haciendo que mi piel se estremeciera volviéndome loca de placer.

    Lentamente me fui dejando caer hasta que estuve acostada en el piso apenas vestida con la falda de color azul y la blusa que, desabotonada mostraba mis senos al aire como invitando a adueñarse de ellos.

    Me revolqué en el piso mientras las manos de mis nuevos amigos se dieran gusto con mi cuerpo.

    De mis labios solo salían gemidos y grititos de placer, pero ellos decían todo tipo de inmoralidades.

    –¡Que buen culo!

    –¡Mamita, tu marido no sabe lo que tiene en casa!

    Cada exclamación era como un dardo que me inyectaba una dosis de una lujuria desconocida para mí. Sabían cómo despertar mis fantasías.

    No sé en qué momento me vi acariciando con la boca sus sexos erectos.

    Estaba disfrutando como nunca el tener entre mis labios un trozo de carne. Por primera vez me atreví a preguntar.

    –¿Les gusta cómo se las chupo?

    –Si, eres una profesional

    –Me gusta hacer esto, pero mi esposo parece no darse cuenta.

    –Mamita, con nosotros puedes aprovechar la oportunidad de sentirte como una mamadora profesional

    –¿Quieren que sea su mamadora profesional?

    –¡Sí!

    Mis palabras salían como nunca antes, quizá motivadas por las vulgaridades que ellos decían de mí.

    Vulgaridades que solo había escuchado en películas porno.

    –Así mamita… ¡cómete mi verga!

    –¡Te vamos a coger como nunca!

    –¡Tu marido debería ver esto!

    Esto estaba poniéndose divertido. Una vez que mis prejuicios desaparecieron, comencé a disfrutar como una loca.

    Después de unos minutos me levanté y me monté sobre la cara de uno de ellos… comenzó a lamerme tan rico que sentí que me venía un orgasmo. El otro se levantó y apuntó su arma hacia mi cara… abrí la boca ampliamente y comencé a devorarlo.

    Acaricié mis senos… me gustaba ver los pezones erectos.

    Disfrutaba viendo sus manos acariciarlos… pellizcarlos y hacer que los espasmos de gozo me llevaran cerca de las nubes.

    Por fin el momento que había esperado llegó. Me hicieron acostarme boca arriba y Juan se dispuso a penetrarme, me arrolló mi falda dejando al aire toda mi mata de pelos y la entrada de mi vagina se veía bien lubricada por mis jugos emanados de los orgasmos que había tenido hasta ese momento.

    Levanto mis piernas a la altura de sus hombros y metió su estaca lentamente, me sentí transportada hasta las nubes… comenzó a bombear cada vez más rápido mientras Enrique acariciaba mis senos.

    Después de un rato Juan me desocupa la vagina y me pide que me voltee. Tomándome por la cintura, Enrique me puso en cuatro patas. Levanté mis nalgas y con las manos las separé, Enrique se colocó y pude constatar que estaba mejor dotado, cuando me empujó su verga sentía donde me separaba los pliegues de mi vagina centímetro a centímetro, me ocupó completamente, su mete y saca era constante haciéndome olvidar por completo de mi marido, estaba disfrutando plenamente de la sabrosa cogida que me estaban dando mis nuevos amigos.

    La enorme verga de Juan estaba a centímetros de mi rostro. La lengüeteé y traté de sincronizar mis movimientos para disfrutarlos al mismo tiempo.

    Pasó mucho tiempo y probé todas las posiciones con los dos que solo había visto en películas o en alguna revista, todas las penetraciones fueron vaginales, no permití ninguna anal, quería satisfacer completamente a mi vagina. Tuve más de un orgasmo y cuando ellos parecían estar satisfechos acercaron ambos sus animales a mis pechos y descargaron todo su jugo, mi piel moreno se puso blanca de su leche y la regué masajeándome mis tetas.

    Permanecimos unos minutos acostados acariciándonos. Todo parecía haber sido un sueño. No recordaba para nada a mi marido, lo que él hacía tiempo no me hacía, mis amigos lo hicieron esa noche para satisfacción total mía.

    Miré el reloj, eran las cuatro de la mañana, consideré la posibilidad de no volver más a la casa, pero finalmente decidí volver para el bien de mis hijos y enfrentar a mi esposo. Me despedí de Juan y Enrique y le agradecí profundamente por las horas de placer, tomé de nuevo un taxi para dirigirme a mi casa, mi vagina estaba completamente satisfecha.

    Cuando abrí la puerta de la casa dispuesta a una pelea me recibió mi marido disculpándose y prometiendo que cambiaría. No supe si creerle o no, al fin de cuentas, lo importante era que tenía los números telefónicos de mis nuevos amigos y así los podría citar uno a uno para que volviéramos a culear.

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  • Me follo a la esposa del síndico

    Me follo a la esposa del síndico

    Todo comenzó cuando la empresa de la cual soy vicepresidente, decidió hacer un “retiro espiritual” en un hotel de Alicante.

    La idea, (para mí una de esas estupideces a las que el Departamento de Recursos Humanos nos tiene acostumbrados), era compartir un seminario reservado sólo al personal ejecutivo superior y sus familias, como método para incrementar el compromiso de estas en las actividades de la compañía.

    Y allí estaba yo, escuchando distraídamente las palabras del Presidente, mientras mi atención se concentraba en las maravillosas y bien torneadas piernas (denotaban largas horas de gimnasio) de la esposa del síndico.

    Lucía una corta falda, medias negras, y zapatos negros de tacón muy fino con unos herrajes plateados a modo de detalle en el talón y en el frente. Ese calzado siempre calentó mi interior fetichista.

    Una vez, recuerdo que tuve una secretaria que los usaba. Cuando hacíamos el amor la desvestía completamente exceptuando sus zapatos. Me la follaba con ella luciéndolos. Luego, entre polvo y polvo, compartíamos champaña que servíamos dentro de uno de ellos y que ella me administraba con sus propias manos.

    Pero volvamos al seminario.

    La esposa del síndico tenía las piernas cruzadas y cada tanto invertía la posición con movimientos muy femeninos. La estudié mejor. Aparentaba unos 45 años, un rostro de muñeca por el que tal vez algún bisturí había tallado más juventud, y senos de un tamaño algo mayor de lo normal, que invitaban a probarlos.

    Yo contaba entonces con 35 años, y dado que mi esposa se encontraba ausente por razones de su familia, era uno de los pocos asistentes solitarios del evento.

    Así que esa situación y la esposa del síndico, me estaban haciendo perder la compostura. La miré más y empecé a imaginar mil y una formas de follarla. Ese monumento, que seguramente era muy hábil a la hora de regalar sexo, me excitaba y me hacía desear en forma irrefrenable, hacer cornudo a su patético marido. Automáticamente me fijé en él.

    No pude evitar al verlo, hacer una comparación conmigo. Era de corta talla y yo mido cerca de 1,90 metros. Él era gordo, fofo y calvo. Yo tengo aspecto atlético, con musculatura tonificada por horas de gimnasia diaria y soy de abundante cabello rubio. Él usaba gafas, mientras que yo tengo los ojos verdes y, según sé por antiguas amigas, son un imán irresistible a la hora de intentar un ligue.

    Pero aun así, si ella no era tan perra como para ceder a mi calentura, yo era el superior jerárquico de su esposo y podía de un plumazo terminar con su trabajo y con el suculento sueldo que permitía a su bella hembra comprar las ropas que ahora lucía para mi admiración.

    Y había algo que me alentaba aún más: ella tenía rostro de perra en celo.

    Durante el tiempo en que el seminario continuó , también se prolongó mi éxtasis por ese monumento. Y les confieso que me las vi negras para ocultar la erección que se insinuaba bajo mi pantalón. Al fin, se produjo un “break” para distender el ambiente.

    Era el momento que yo estaba esperando, ya que tenía decidido actuar a la primer oportunidad. Todos se acercaron a una mesa, donde se servía café y bocadillos. Y yo decidí que ese era el momento ideal para presentarme a la pareja. El señor Camacho, así era el nombre del síndico, me saludó tan respetuosamente como se saluda a un superior jerárquico y a continuación me presentó a su esposa Andrea.

    Yo extendí mi mano hacia ella y clavé mi mirada en sus ojos para medir el efecto. Pero ella no acusó recibo aparente y eso me desconcertó unos segundos. He tenido antes situaciones parecidas y sé que nunca pasó inadvertido cuando hablo con los ojos. Aunque tal vez su desinterés fuera algo estudiado.

    Estuve un rato prestando atención distraídamente a la conversación del síndico, en la que, babosamente, me contaba acerca de sus impresiones del evento y otras estupideces. Siempre detesté la obsecuencia y eso me dio aún más razones para desear joder a su esposa. Durante todo ese rato la actitud de Andrea continuó distante. Si bien prestaba atención a las palabras de su marido, sorbía en silencio su café, no me miraba más de lo estrictamente necesario y sólo pude contentarme con gozar de la perfección de su figura y con gozar su proximidad electrizante.

    Todo en ella me decía que era una verdadera puta.

    Después del break, cuando los participantes se dispusieron a ocupar nuevamente sus lugares, me di cuenta por sus movimientos, que Andrea iría probablemente al WC durante unos minutos antes de acomodarse para el reinicio. Así que no ocupé mi sitio y me dirigí a la salida para espiar sus movimientos. Mi suerte fue mayúscula. En lugar del WC ella se dirigió con paso felino hacia el ascensor. Tal vez fuera a su suite. Apuré mi paso y pude entrar al ascensor antes de que la puerta se cerrara.

    Estábamos solos y Andrea me señaló que su destino era el piso 10. Ella comenzó distraídamente a arreglar su pelo frente al espejo del elevador. Yo me acerqué a su oído y al mismo tiempo que ponía mi mano en su culo le susurré: “estoy recaliente contigo y quiero follarte”. Ella no se inmutó. Simplemente retiró mi mano como único gesto de rechazo y salió del ascensor que había parado ya en el piso 10. No me estaba tomando en serio.

    Yo, que no podía quitar mis ojos de su culo y de sus piernas, vacilé unos segundos mientras ella se alejaba, y cuando dobló el pasillo saliendo de mi vista, arranqué decidido tras ella. Seguramente pensó que su rechazo en el elevador me desalentaría. Después de todo yo era un alto jerarca en la compañía y no podía exponerme a un escándalo. Pero quizás era otra forma de provocarme. Y estaba dando resultado. De cualquier modo yo estaba ya lanzado y no me detendría.

    Le di alcance cuando ella había cruzado ya la entrada de su habitación y se aprestaba a cerrar la puerta. Pero no pudo hacerlo, porque interpuse mi pie a modo de traba y venciendo alguna débil resistencia de su parte, logré ingresar al cuarto y cerrar la puerta tras de mí.

    Ella se alejó unos pasos con tranquilidad y, girando su cuerpo para enfrentarme, adoptó una posición de brazos en jarra, con las piernas separadas (¡Mi dios, qué alzada tenía esa hembra!) y me dijo:

    “Supongo que ahora pretenderá violarme”

    Yo no le contesté. Sólo me quedé quieto. Ella caminó felinamente hacia mí con una sonrisa en su boca. Extendió su mano y tomó mi paquete apretándolo suavemente con su mano.

    “No tendrá que hacerlo señor Vicepresidente. Yo lo deseo y me entrego”

    Todo se precipitó entonces. Simplemente la tomé con firmeza de la cintura y empecé a besarla en la boca, cosa que ella aceptó entregándome su lengua con pasión para chocarla con la mía.

    Con mi mano comencé a acariciar su duro culo , buscando que penetrara bajo su falda. Así empecé a acariciar sus glúteos con suaves movimientos circulares, mientras mi otra mano desprendía la cremallera de su falda para que ésta se deslizara suavemente por sus caderas hasta el suelo.

    Ante mi vista quedó un liguero y unas braguitas negras tan finas como un hilo dental que se metían profundamente en su culo y apenas cubría su depilada rajita.

    Luego le quité la blusa y el sostén, con lo que sólo le quedaron las cadenas que pendían de su cuello, y sus parados senos de pezones como roca.

    Ella me alejó unos pasos, y abriendo sus piernas para que pudiera observarla bien me dijo:

    “Era esto lo que deseaba señor Vicepresidente”.

    Tenía un cuerpo de diosa. Sí, era aún más de lo que esperaba. Me acerqué para poder besar sus senos y comencé a chupar y mordisquear sus pezones. Con mi mano exploré su raja y noté su humedad. Su respiración aumentaba el ritmo. Estaba entregada. Mientras hacía todo eso, ella correspondía cada vez con más fuerza a mis besos y liberaba mi polla haciendo caer mi pantalón hasta los tobillos. Luego se arrodilló frente a mí y empezó a mamarla.

    “Eso perra, mámala así. Chúpala bien. Hazme gozar… si quieres conservar el lujo de tu vida tendrás que hacerlo muchas veces de aquí en más.”

    Ella chupaba como posesa. Hacía esfuerzos para comérsela entera .Lo hacía como profesional. Antes de acabar la saqué de su boca. Era hora de tomar su culo.

    La puse de espaldas y ella, aún de pie, se apoyó en el respaldo de una silla inclinando apenas su cuerpo y dándome la espalda.

    Yo me arrodillé y la lamí desde su raja hasta el culo. De esa forma lubricaba su ano con mi saliva y con sus propios jugos, al tiempo que ella liberaba su primer orgasmo y contribuía con sus líquidos a mi trabajo. Luego de unos minutos me incorporé y penetré su culo con mis dedos.

    “No por favor, decía ella, me causa mucho dolor y no podré disimularlo en el seminario.”

    “No me importa putita. Quiero enterrártela y voy a hacerlo ahora.”

    Dicho esto, y ante su débil resistencia, la penetré por su culo hasta el fondo y comencé a bombearla con fuerza haciendo que mis pelotas golpearan sus nalgas.

    Ella ahogó un grito de dolor, pero pronto empezó a gozarlo y a pedir más.

    Eso hizo salir mi leche para llenar su recto en forma abundante.

    Cuando nos relajamos un poco, quité mi pija y tomándola de su rostro con mis manos le dije:

    “Esto, putita, es lo que te espera en el futuro. Espero que te haya gustado porque serás mi amante lo quieras o no lo quieras.”

    Ella me miró asustada por mi inesperada violencia y me contestó:

    “Me ha gustado y más me ha gustado ponerle los cuernos al cabrón de mi marido. Lo he hecho muchas veces, pero nunca con un superior suyo y menos que me atienda como tú lo has hecho”

    Esas palabras endurecieron mi polla nuevamente, me pusieron a cien ,así que la levanté de las nalgas y enterré mi polla en su raja. Ella tuvo dos orgasmos más de esa forma. Y un tercero cuando, sin parar de bombearla como un animal, le susurré al oído: “Quiero llenarte la panza, perra, y que le cuentes al cabrón que ha sido él quien te ha preñado. Eso lo pondrá contento y rendirá mas en su trabajo”.

    Ella gritaba su placer por mis palabras en mi oído, y eso aceleró mi lechazo en sus entrañas. El morbo de la situación nos había poseído.

    Al verla vestirse supe que esa era la mujer justa para dar rienda suelta a mis instintos más bajos. Jamás desposaría una mujer así, pero a esta la conservaría como amante. Seguramente la muy puta guardaría bien el secreto por el dinero y el placer que ese silencio le reportaría.

    Tuve aún tiempo y vigor para penetrarla una vez más antes de abandonar la habitación. Esa mujer era una perra hermosa y sofisticada. Me calentaba ver sus movimientos y el gusto que tenía para vestir. Esta vez sólo levanté su falda, aparté el hilo dental de su raja y la clavé sin preocuparme por su orgasmo, que de todas formas vino a acompañar mi lechazo final y que la hizo gritar de placer en mi oído. Luego de esto, se arrodilló ante mí una vez mas y lamió mi polla bebiendo todo su jugo para dejarla reluciente.

    Al fin, luego de los aproximadamente 20 minutos que todo había durado, salimos separadamente en dirección a la sala de convenciones. Cuando entré ella ya había ocupado su lugar junto a Camacho. No pude dejar de notar su incomodidad por estar sentada. Su culo, sin dudas, aún estaría dolorido, y mi leche seguramente estaría deslizándose por sus torneadísimas piernas.

    Y algo más: ella, sabiéndose por mi observada, dio a su marido un beso en la mejilla, con el sabor de mi leche, que aún, seguramente, guardaba en su boca.

    Después de mi primer encuentro con Andrea en el seminario de Alicante, mi calentura por ella aumentó. No podía parar de follarla.

    Una de las ventajas de ser vicepresidente de una empresa es que no hay que explicarle a nadie el cumplimiento de los horarios. Otra ventaja importante, radica en el hecho de ser el jefe del marido de Andrea. De esta forma mantenía siempre atareado al pobre infeliz, obligándolo a abandonar su casa muy temprano por la mañana y regresar tarde por las noches.

    Yo llegaba inmediatamente después de su partida, y Andrea me estaba esperando arreglada en una forma que a mí me hacía perder la cabeza. Generalmente estaba desnuda, cubierta con un sensual camisón transparente, y montada sobre zapatos de altísimo tacón que yo mismo le regalaba.

    Tanto me calentaba esa mujer, que apenas cerraba la puerta de calle, abría sus piernas para empezar a embestirla con mi polla extremadamente dura. Luego pasábamos un largo tiempo en el cual yo la obligaba a chupármela hasta el hartazgo y generalmente terminaba sodomizándola, porque, ella me había confesado que gozaba más cuando le rompían el culo que con cualquier otra cosa.

    Pero lo mejor fue, en una ocasión en que mi esposa tuvo que marcharse de la ciudad para atender asuntos de su familia en el campo. Conociendo esta situación, se me ocurrió invitar al matrimonio Camacho, a gozar de un espléndido fin de semana a bordo de mi yate. Planeaba follarme allí a Andrea en las narices de su marido.

    Para esto, contraté los servicios de una espléndida prostituta de 26 años, a la que aleccioné para hacerse pasar por una sobrina mía. La idea era que luego de zarpar, se dedicara descaradamente a provocar a Camacho hasta hacerlo sucumbir y una vez logrado esto, me aseguraría de su posterior silencio. El “summum” del plan, era gozar a la perra de Andrea ante los ojos de su marido.

    Mi yate, les cuento, es espectacular. Me ha costado cerca de medio millón de dólares y está equipado con tres habitaciones y un salón que, combinado con su espaciosa cubierta, lo hacían ideal para fiestas en navegación. También es altamente maniobrable por lo que no necesitaba de tripulación adicional.

    Así fue que, recibí a mis invitados un soleado y caluroso sábado por la mañana e inmediatamente, luego de acomodarlos a bordo y de mostrarles sus habitaciones zarpé.

    Yo me dediqué inicialmente a mostrarle a Camacho los secretos de maniobrabilidad de la nave, para luego comenzar la tarea de poner el orden lo que sería nuestro almuerzo, mientras Andrea y Cristina (así se llamaba la prostituta) se dedicaban a tomar sol en cubierta dejando sus senos al viento sin ningún pudor.

    Parte del secreto plan, era “entonar” a Camacho con abundante champagne que yo había decretado como bebida oficial del paseo. La mañana transcurrió tranquila. Andrea y Cristina habían congeniado y el champagne ya había empezado a circular.

    Distraídamente yo aprovechaba cualquier situación para manosear a Andrea, y cuando eso sucedía, Cristina trataba de ablandar a Camacho que quedaba algo cortado ante la situación.

    Durante el almuerzo, todos mis invitados ya estaban sufriendo los efectos del alcohol, cuyo consumo en mí mismo yo había dosificado pero que no se escatimó ni en las mujeres ni en Camacho. Andrea comía y bebía, mientras su mano, oculta bajo la mesa meneaba mi polla manteniéndola con una dureza permanente.

    Camacho no podía darse cuenta de ello. Estaba muy ocupado tratando de disimular los descarados avances que mi aleccionada puta hacía sobre él.

    Después de almorzar, todos nos tiramos en proa a gozar del sol y también de algún ocasional chapuzón.

    En algún momento, Camacho, vencido por el alcohol y la modorra del almuerzo, quedó dormido dejándome solo con ambas perras que ya daban claras señales de estar más que entonadas. En ese instante, Cristina decidió que yo debía quitarme el bañador y, entre risas, Andrea la apoyó en su iniciativa.

    Unos minutos mas tarde, con Camacho durmiendo el sueño de los justos, Cristina tenía toda mi verga en su boca, mientras yo lamía el coño de Andrea que se había colocado en cuatro patas.

    Poco tardé en sentir que mi calentura deseaba sodomizar a Andrea y, apartando su tanguita, la penetré y comencé a bombearla. Esa situación excitó tanto a Cristina, que decidió bajar el traje de baño de Camacho y dejar al descubierto su polla tan dormida como su dueño.

    Aún estaba bombeando a mi perrita, cuando observé que Cristina , a fuerza de comerse la polla de Camacho, había logrado erectarla y se aprestaba a cabalgarlo.

    Camacho, entreabrió los ojos con sorpresa y cuando se percató de la situación a la que era sometido, se dejó llevar sin ningún tipo de resistencia. Cuál fue su sorpresa cuando vio que a pocos pasos, yo sodomizaba a su propia esposa.

    Pero no fue violento. Creo que la situación lo puso a cien, porque empezó a bombear a Cristina con una furia de la cual yo no lo creí capaz nunca.

    Entonces me desentendí del asunto y me concentré en mi puta.

    Tomándola de sus cabellos atraje su oreja hacia mis labios y comencé a susurrarle:

    “Perrita, no me digas que no te calienta que te rompa el culo frente a los ojos tu esposo” o “Esta vez tu maridito verá cómo se hace para gozar a una buena perra”.

    Estas palabras hacían enfurecer de placer a Andrea, que no paraba de acabar.

    Para esto, Camacho y Cristina se estaban incorporando y se sumaban a nuestro juego. Camacho se paró con su inmunda verga llena del semen propio y de los jugos de Cristina delante de la boca de Andrea para que esta se la chupara.

    Cristina, en cambio, se colocó detrás de mí y lamía alternativamente el coño de Andrea y mis pelotas, al tiempo que con una mano se masturbaba.

    No sé cuánto tiempo habrá durado, pero Camacho llenó de semen la cara de su esposa, yo acabé el recto de Andrea y Cristina lanzó un alarido de autosatisfacción. Luego de esto, todos nos tiramos de nuevo al sol y yo procedí a traer otra ronda de champagne que bebimos hasta quedarnos dormidos.

    Esa noche, yo había planeado tener una fiesta. En realidad, inicialmente esa fiesta era el momento para que todo se desencadenara, pero, como les he contado, la cosa se me fue de las manos durante la tarde. Sin embargo, ya les he relatado que lo que más me fascina de Andrea es la sofisticación que tiene para vestirse y la sensualidad con que se mueve en sociedad. Así que, la fiesta no se suspendió. Quería poseerla vestida y quería verla vestida con el ajuar que yo le había comprado para ese viaje.

    Con ese objetivo, nos separamos para prepararnos para la noche. Camacho y su esposa ocuparon una recámara y Cristina y yo, por separado, ocupamos las restantes. Yo me vestí, al igual que Camacho (a quien antes de zarpar había informado sobre la ropa a llevar) de etiqueta rigurosa.

    Fuimos los primeros en estar listos y nos sentamos en el salón a compartir unos whiskies sin hacer referencia alguna a los acontecimientos de la tarde. Yo creo que el tipo aún creía que lo había soñado. La primera en unírsenos fue Cristina. Debo decirles que Cristina no es una prostituta común, sino una bastante cara. Tenía un doctorado en Derecho que había pagado con sus encantos como chica de alterne y se desenvolvía muy bien en la alta sociedad. Esa noche vestía lujuriosamente bella. Su vestido azul era a la rodilla, estaba diseñado para realzar su ya magnífico culo, y dejaba (¡vaya detalle!) uno de sus perfectos senos al descubierto.

    Llevaba también un collar de diamantes y de oro, que seguramente había obtenido de premio en Marbella de manos de algún petrolero árabe y que resaltaba su hermoso cuello. Todo lo completaba con aretes tipo argolla de oro muy grandes y sandalias plateadas de tira que envolvían sus pantorrillas con mil vueltas. Pude percibir en los ojos de Camacho un lujurioso brillo y un rápido bulto en su pantalón. Así que me aparté un poco para que Cristina pudiera hacer su trabajo.

    Unos minutos después llegó Andrea. Era realmente una cortesana la muy perra.

    Llevaba un vestido transparente ajustado en la cintura, que, si bien dejaba cubiertos sus pechos, con la más leve inclinación los haría salir al descubierto.

    A trasluz pude observar que no llevaba bragas. Y lucía unas sandalias doradas que resaltaban el rojo intenso de sus uñas en sus preciosos pies. Yo me adelanté a recibirla y la saludé con un beso en la boca y metiendo frente a todos mi mano en sus vestido para acariciar uno de sus senos. Camacho dio un respingo, pero la naturalidad de su esposa para encarar la situación y el hecho de que ella se acercara a él y le pasara un brazo por la cintura lo dejó algo cortado. Así empezó la fiesta.

    El ambiente era tenue, la música suave y la bebida abundante. Todo invitaba a bailar, así que tomé a Cristina por la cintura y empecé con ella algunos pasos.

    Andrea me imitó al instante con su marido. Mientras bailábamos, la bebida seguía corriendo y las manos de todo estaban en movimiento. Cristina acariciaba mi polla descaradamente y Andrea lamía el oído de su marido con lascivia inocultable. Un rato después cambiamos de parejas.

    Automáticamente yo tomé a Andrea por el culo para guiar sus pasos, mientras Cristina animaba a Camacho a acariciarle los senos. Un rato después Cristina ya mamaba la polla de Camacho arrodillada en el suelo, mientras este se apoyaba en la mesa y no dejaba de beber. Andrea se acercó a Camacho y lo besó en la boca y el cuello. También le decía al oído:

    “Vamos papito, demuéstrale a esta puta cachonda lo animal que eres practicando el sexo.”

    Camacho tenía una calentura de aquellas. Su pija estaba a reventar por lo que yo decidí que era el momento de atender mi propio placer. Aparté a Andrea de su esposo y comencé a besarla frente a sus ojos y a desprenderle el vestido para que cayera al suelo. Luego, la llevé de la cintura , sin dejar de besarla hasta el sillón cercano y con ella de pie y de espaldas a mí, comencé ,a lamer su culo y su raja.

    Camacho ya estaba penetrando a Cristina por detrás y los jadeos de placer de ella acompañaban como fondo toda la escena. Yo penetré a Andrea en su raja, y ella tuvo su primer orgasmo tan sólo con eso. La bombeé con fuerza, la acosté en el sillón y pude darme cuenta que Camacho me observaba sodomizar a su esposa.

    Yo gozaba viéndolo. El pobre tipejo tenía tan poca autoestima que no podía rebelarse a su jefe y se consolaba bombeando a Cristina cada vez con más fuerza.

    Él observó como su esposa, vestida tan sólo con sus sandalias, me comía la polla con avidez de hambrienta.

    Cristina no paraba de gritar de placer. Camacho, en su furia, la estaba cogiendo como seguramente nadie nunca la había cogido. Otra vez perdí la noción del tiempo, pero hasta el amanecer alternamos el sexo con charlas y bebida que compartíamos como si ese ambiente de aquelarre existiera en realidad.

    Es más, Cristina logró que Camacho probara unas rayas de polvo, lo que hizo al pobre infeliz poner fuera de sí.

    Cuando desperté, estaba con Andrea abrazado en la cama y el sol llegaba al cenit.

    Luego de cogérmela por enésima vez y de exigirle que me la chupara sin tregua hasta llenar su boca, la dejé descansar. Así fue que descubrí que Camacho aún estaba cogiendo con una Cristina exhausta, en el sofá de la sala.

    Horas más tarde la compostura había vuelto a la nave, aunque ya Camacho aceptaba mis arrumacos interminables con su perra esposa dado que él había conseguido hacer de Cristina su putita particular y hacía lo propio.

    Mientras ponía proa de regreso, Camacho se acercó a mí para agradecerme la experiencia y rogarme que la repitiéramos más seguido.

    Yo sonreí. Claro que lo haríamos.

    Semanas después del “sarao” que disfrutamos con Cristina y el matrimonio Camacho a bordo de mi yate, llegué a la conclusión que mi síndico era un flor de tipo. Había reaprendido una lección que jamás debí olvidar: “nunca juzgues a nadie por su aspecto”.

    La cuestión es que Camacho se transformó en uno de mis más leales empleados. Mi situación con su esposa se había blanqueado de tal forma que él la había aceptado sin reparos. Esa actitud motivó que yo aumentara su sueldo y mejorara su imagen dentro de la Empresa.

    También ocurrieron algunas cosas. En primer lugar, mi esposa decidió abandonarme. La verdad es que no me amargué demasiado: me tenía saturado. La muy bruja se fue amenazándome con dejarme en quiebra sin saber que ya Camacho había arreglado que mis posesiones pasaran a manos de testaferros de confianza.

    Y para continuar me nombraron Presidente de la compañía cuando el anterior decidió retirase a vivir de sus ganancias y a disfrutar de los días de vejez entre sus nietos. Para festejarlo, Camacho organizó una cena íntima en su casa, donde yo me la pasé follando a su esposa delante de su nariz, mientras Camacho se masturbaba al vernos y con Cristina se dedicaban a aspirar hasta el polvo de las alfombras, actividad esta que parecían gozar más que practicando el sexo.

    Una tarde, Andrea se presentó en mi lujoso despacho. Estaba muy alterada. Y como siempre muy hermosa. La saludé al entrar amasando uno de sus senos y metiendo profundamente mi lengua en su garganta. Si yo estaba loco por ella, la muy perra no resistía ese tratamiento de saber que no podría jamás abrir la boca sin que antes la sodomizara vestida.

    Llené su recto con mi leche y la obligué a chuparme la polla unos 10 minutos mientras yo me relajaba. Luego le ofrecí un whisky y recién entonces la dejé hablar. Ella me dijo, que estaba asustada. Había ido al médico por algunos malestares y este le había diagnosticado un embarazo de dos meses. Como Camacho tenía vasectomía desde hacía años, el niño de sus entrañas era de mi pertenencia.

    A mí me apresó una inmensa alegría. Yo deseaba ese niño desde que la conocí en Alicante y se lo hice saber. Pero ella me contestó que temía que su embarazo la deformara y que ya no la desearía de la misma forma que siempre. Yo le dije que no lo mejor que pude. No podía contarle la morbosidad de los placeres que en mi cabeza estaba elucubrando.

    Así que la besé, y pensando en mis fantasías dediqué el resto de mi tarde a follarla por todos su agujeros hasta dejarla exhausta. Convinimos en no decirle nada a Camacho hasta que este notara su pancita.

    Así que durante un par de meses más seguimos nuestra habitual rutina de follar todo el tiempo sin preocuparnos. Desde lo del yate, yo no me preocupaba más por esperar a que Camacho se retirara de su casa a trabajar para aparecer en la casa a follarme a la perra de Andrea. Ella se levantaba con él, y mientras el cabrón hacía el desayuno, ella empezaba a arreglarse para mí. Eso me ponía a mil. Y como siempre, al llegar, disfrutaba cogiéndola vestida, muchas veces con él mirándome y hasta recibiendo mis instrucciones de trabajo mientras bombeaba a su esposa.

    Otras veces, ella se arreglaba a mi placer y esperaba a que yo la pasara a buscar para salir a cenar y bailar. Entonces ella se despedía de Camacho con un beso en la mejilla y en mi presencia le decía que no la esperara levantado porque no sabía a que hora yo la llevaría de regreso.

    Yo disfrutaba este juego por ambas puntas. Por un lado, gozaba haciendo cornudo a Camacho, por otro gozaba el hecho de que toda la sensualidad de la putita de su esposa estuviera volcada sólo a mi placer personal. Era una maravilla sólo verla. Una verdadera muñeca que vivía tan sólo para arreglarse para mí. También me costaba fortunas vestirla. Pero el hecho de ser rico hace que esas cosas sean sin importancia.

    Andrea era tan espléndidamente puta, que todos los hombres la deseaban. El día que Camacho descubrió la preñez, apareció hecho una furia en mi despacho. Yo lo abracé y felicité. El muy cornudo sería el padre de mi hijo. Merecía un premio y se lo di. Lo tenía preparado desde el día que supe la noticia: Una semana de vacaciones en Canarias junto a Cristina, totalmente pagadas y con 10 mil dólares para gastos. Podría empolvar muchas narices con ese dinero.

    Cuando Camacho partió, aún me quedaba el regalo para Andrea: Sería una fiesta en mi finca. La fiesta era privada, pero había contratado un grupo de música para que tocara toda la noche solo a nuestro placer. Eran tres negros jamaiquinos que ejecutaban el mejor reggae de la península. Una de mis placeres era follarla al son de la música.

    Así que cuando mi chofer la dejó, ella solo se sonrió como diciendo “debí esperar esto de ti”. La fiesta empezó conmigo besando todo su cuerpo a la vista de los negros, que no paraban de alimentar con ron su inspiración. Ron y alguna de esas porquerías que ellos fuman impregnando el ambiente con un espantoso olor.

    Mientras rompía el culo de Andrea, noté que la muy puta miraba de reojo los musculosos torsos de los negros como tratando de adivinar si sus pollas eran tan gigantes como la mitología local cuenta. A mi me encantaba cogerla embarazadita. Ella perdía el control como de costumbre. Gritaba, gemía, pedía más y tomaba la leche con avidez. Cuando noté que las fuerzas me flaqueaban, hice una señal a los negros para que se acercaran. Esa noche, como premio, Andrea sería follada sin descanso.

    El primer negro se aproximó mientras aún mi polla estaba en el culo de Andrea. Se paró delante de ella y, ante sus ojos asustados, sacó de su pantalón una verga descomunal. Ante la indecisión y la sorpresa de mi puta, la alenté: “Vamos perrita, cómetela. Acaba con ella ,quítale a nuestro amigo toda la carga de esas pelotas”.

    Y ella abrió su boca y comenzó por besar el capullo del africano. A lamerlo con la lengua como si fuese un helado. Ese espectáculo hizo que mi leche brotara en su recto una vez más y que un grito de placer saliera de mi boca. Pero yo no daba más, así que llamé al segundo negro. Este ya vino con la verga erecta y cuando yo retire mi pija él la reemplazó con la suya en el culo de Andrea sin ningún miramiento.

    Los ojos de Andrea giraban locos en sus órbitas por el placer. Tenía la verga del primer negro metida casi toda en su boca y la del segundo negro arremetiendo con furia su trasero. Yo me senté cómodamente con un whisky para gozar el espectáculo y una vez acomodado hice señas al tercer negro. Son geniales los negros.

    No sé cómo mierda hizo este tipo para acostarse espaldas al suelo entre esa maraña de tres personas enchufadas y clavar en la raja de la zorra su descomunal instrumento.

    Andrea hacía rato que acababa en continuado. Daba señales no poder más, pero… ¡Qué coño! , tenía que aguantarlo si de veras se creía tan puta. Después de todo, hay mujeres que nacen para laburar, otras para sufrir y Andrea estaba destinada a que se la follaran.

    No sé cuánto tiempo estuvieron esos negros intercambiando puestos de atención a los agujeros de mi puta. Pero los despedí cuando ella empezó a pedir basta a los gritos. Antes de hacerlo, me acerqué a ella y le pregunté:

    “¿Quieres que los eche?” “¡Siii!, no puedo más” “¿Me amarás solo a mí?” “¡SÍ!, ¡Lo juro!

    Recién entonces les ordené dejarla. Aún estaba vestida, pero su conjunto de 2 mil dólares estaba arruinado, roto y lleno de esperma de negro. Su boca estaba sucia con semen que le escapaba de sus labios.

    La hice cargar por las criadas, quienes la condujeron a mi suite personal donde procedieron a bañarla con sumo cuidado. Luego la secaron, la peinaron, la vistieron lujosamente y la trajeron donde yo estaba, en el parque disfrutando de las estrellas. No había caso. Podría follarla una tropa de elefantes, pero Andrea siempre sería una belleza. Lástima que le gustara tanto mamar troncos ajenos. La besé en los labios dulcemente y juntos dejamos que la cálida noche nos envolviera.

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  • La preferida de mi suegro (5 – final)

    La preferida de mi suegro (5 – final)

    Solo al cabo de una semana, Manuel se dignó a recibir a su amigo Ricardo que lo llamaba prácticamente todos los días, casi con desesperación. Antes había tenido que ocuparse de los cambios pertinentes en los puestos clave de la escala jerárquica de la firma que terminaron por desconcertar a todos. Tal como lo había concebido en su cabeza, primero nombró a Roberto como magnagement general con facultades plenipotenciales, relegando luego de muchos años a su otro hijo Carlos como vice.

    Después se encargó de formar una comisión directiva para que acompañara a sus hijos en las decisiones cruciales. Para él mismo “se encontró” un cargo honorífico en el que ya no tendrían peso por primera vez sus decisiones.

    El martes lo hizo llamar a Ricardo con una secretaria luego de haberle rebotado todas las llamadas previas.

    –Estuve muy ocupado Ricardo. Te imaginarás en qué.

    –Claro que me lo imagino. ¿Te lo querías guardar para vos solo?

    –Mi nuera es una fiera, Ricardito. Tenías toda la razón. No te equivocaste en nada.

    –Rara vez me equivoco en eso. Sabelo.

    Manuel recordó la charla con su amigo mantenida hacía poco más de un año en aquel restaurante al que habían ido a comer juntos, para hacerle partícipe de la noticia más terrible recibida en su vida. Nuria había sido diagnosticada con un linfoma cancerígeno y el cuadro tendía a complicarse con el simple paso del tiempo. Inexorablemente la cuenta regresiva había empezado.

    –A mi edad me arrepiento de pocas cosas, Ricardo… pero de lo que más me arrepiento es de no haber estado más con mi mujer.

    –Es común que te sientas así.

    –No… –repuso él sin dejar que lo interrumpiera su amigo–no entendés nada. A los 63 años quiero cosa de la que tengo.

    –Pero vos tenés todo.

    –Dinero y una familia disfuncional. ¿Eso es todo? No confío en nadie más que en la mujer que ahora se está por ir.

    –Como te dije, es natural que así te sientas.

    –Me he pasado la vida trabajando. Tanto, que ahora no necesito trabajar. He pensado que una chica joven, me podría mostrar todo aquello que me he perdido.

    –Bien por ti. Entonces nos vamos a hacer mutuamente un favor.

    –Me gustaría salir a cenar, al teatro, acompañarla a sus compromisos, llevarla de vacaciones, o mejor, dicho, que me llevara ella –sonrió cansinamente Manuel.

    –¡Lo que usted quiere es una novia! –exclamó Ricardo, con sorna.

    –Quiero lo bueno de una novia. Soy un hombre grande, pero quiero disfrutar de la vida.

    –¡Que distintos somos amigo! Yo en cambio de una mina quiero primero que esté buena como tu nuera, que está buenísima.

    Ricardo ya le había echado el ojo y ya no habría caso de hacerlo cambiar de parecer. Estaba tan obcecado como él que había empezado a pensar en Luana cada vez con mayor insistencia. Tanto, que para apartarla de sus pensamientos, había recurrido a su amigo para conocer a una mujer que se la hiciera sacar de la cabeza. Esa había sido la verdadera razón, reflexionó ahora Manuel, devuelto a la actualidad, en el despacho.

    –¡Hijo de puta! –se enloqueció Ricardo– Me pediste que preparara lo de la gitana, el tipo de los consejos, el instructor de danzas árabes y del fotógrafo. Y yo caí como un chorlito: todo era para vos.

    Manuel recordó que si bien había hipotéticamente acordado “entregarle” a Luana a su malsano amigo a cambio de que él le presentara una chica, nunca había pensado en hacerlo de verdad. No solo porque se tratara de la novia de su hijo sino porque había descubierto que la quería para él solo.

    –No Richard, discúlpame. Yo a vos no te prometí nada.

    Había accedido así al juego iniciado como una fantasía de dos viejos verdes. Una locura en la que solo en sus cabezas cabía la posibilidad de ganarse el favor de esa extraordinaria hembra con ayuda de las jugarretas que Ricardo prepararía. ¿Y todo para que el premio mayor fuera a manos de su compañero de cacería?” se preguntó. Ni siquiera se había permitido mostrarle a Ricardo las fotos más jugadas de Luana; solo una que otra en algún ángulo interesante. Siempre de lejos. Ahora de pronto, las cosas habían cambiado.

    –Menos mal que dijiste: “es la novia de mi hijo”, que yo estaba enfermo… que yo…

    –Era mucha mina para el inútil de Roberto. Vos lo dijiste.

    Ricardo tuvo que dejar de parlotear de repente.

    –Cuando te dije que buscaba una novia me refería a esto.

    –¿A qué?

    –A Luana. Voy a dedicarme a viajar con ella. A colmarla de atenciones y llevarla a los lugares que nunca imaginó conocer. Lo que no hice con Nuria.

    –¿Te creés que no te va a hacer cornudo como lo hizo con el pipistrilo?

    –No lo sé Ricardo, puede ser. Pero me voy a ocupar de no darle motivos. No voy a cometer los errores del tarúpido.

    –¿A qué errores te referís?

    –A que le voy a dar matraca todos los días y a toda hora. Voy a largar los fatos, las apuestas, el casino y hasta las salidas con amigos.

    Ricardo se sorprendió con la confesión de su amigo.

    –Esto es serio, Ricardo.

    –Le mejicaneaste la mujercita a tu hijo, lindo suegro resultaste.

    –Lo dijiste vos. Si no lo hacía yo, se la iba a quitar otro. Cualquiera más vivo que el inútil y sabés que no es difícil encontrar uno. Bueno, me la quedé yo. Por lo menos, no es un completo extraño.

    –Sos lo más hijo de puta que conocí.

    Ricardo sabía que Manuel tenía razón y que él hubiera hecho lo mismo en su lugar por una mujer como Luana.

    –Me la merezco después de tanto tiempo.

    –Un año ¿No?

    –Desde que murió Nuria. Y antes también. Eso te lo debo a vos.

    A Ricardo se le dibujó una sonrisa de satisfactoria revancha tardía.

    –Ahora sacame de una duda –quiso saber Ricardo– ¿Dudaste en algún momento?

    –Con Felicia pasé muy lindos momentos, pero nada en comparación con lo de Luana. Como dije, tenías toda la razón.

    –Lo planeaste bien.

    –Nada hubiera sido posible sin tu ayuda. Lo sé, no soy un desagradecido Ricardo. Y te lo voy a pagar.

    –No hace falta.

    –Vas a ser el real magnagement de la firma. Para eso te hice llamar. Consideralo como una cancelación de la deuda.

    –¿Me necesitás ahora que largás todo?

    –¿Te crees que voy a dejar que maneje todo? Te necesito para supervisar al inútil ahora que voy a dedicarme full time a mi nuera. No quiero distracciones.

    –Hecho. Quedate tranquilo. Cancelamos la deuda.

    –De paso lo vas a vigilar para que no se arrebate. Vas a contenerlo. Los períodos pueden ser largos. Si estamos en Europa, él va a estar en Buenos Aires y en el caso en que quiera volar a Europa nos iremos a Bangkok. Me avisarás en todo momento. No quiero que suceda lo que pasó dos veces.

    –¿Y te vas cuándo?

    –Mañana por la noche. Vuelo directo. Acaban de llegar dos pasajes de Turkish Airlines. Se lo digo esta noche. Quiero que sea una sorpresa.

    –¿Así nomás?

    –Así nomás. En unos minutos le digo al inútil que tiene que viajar a Trenque Lauquen por 15 días.

    –Lindo Venecia en abril. Ideal para ir en plan de luna de miel.

    –De ahí me la llevo a París, Roma y luego volamos a Yabrud. A conocer a sus primos. Ya me ocupé.

    –Turca tenía que ser para ser tan brava. ¿Y cómo se supone que te vas a presentar?

    –Como su marido de facto. Ya que la pobre ligó uno virtual tendrá uno de verdad.

    Ricardo no pudo evitar sonreír.

    –¿Te acordás cuando el Julito Mera Figuera se casó con Agustina Braun Blaquier? Treinta y dos años de diferencia.

    –La misma que le llevás. Me acuerdo como los despedazaron.

    –No quiero que pase lo mismo. Por eso, le pedí que no se divorciara del inútil.

    –Hiciste bien. Preservar las apariencias.

    –Porque en todo lo demás, va a ser como mi esposa.

    Volaron a Madrid y desde allí a Venecia, donde permanecieron durante tres días antes que recalaran en Paris, Roma y finalmente llegara la sorpresa de aterrizar en la tierra de los ancestros de Luana. Cuando el viaje llegó a su fin, a los 15 días exactos, Roberto ya había regresado de la comisión de Trenque Lauquen dispuesto a enfrentar a su esposa, cansado de los comentarios de toda clase que se hacían a sus espaldas. Manuel lo supo y creyó enloquecer cuando Ricardo le adelantó que su hijo estaba dispuesto a confrontarlo.

    –Sabías que esto podía pasar. Activaste una bomba de tiempo que podía estallarte tarde o temprano–le quiso hacer entender su amigo.

    Apuraron el paso uno al lado del otro. Se sentían los dos ansiosos y a la vez incómodos como si fuesen dos extraños. Llegaban tarde a la reunión crucial que Roberto había exigido para poner en claro las cosas de una vez. A una distancia prudencial, Luana lo miraba sorprendida, escudriñándolo, intentando adivinar lo que podría pasar. Intuyendo que su marido le exigiría desde ahora un comportamiento acorde a su estado marital. Que diría basta. Que le pondría los puntos. Que pediría todas las explicaciones que hiciesen falta. La situación estaba así de peliaguda.

    En silencio, imaginó los posibles finales alternativos de la historia: ¿es que había llegado esta vez demasiado lejos? Preguntas que se hacía ella pero también él. Roberto no podía saber entonces si aún le aguardaba un destino posible junto a su flamante esposa –llevaban apenas cinco meses casados– o si, por el contrario, se desembocarían los hechos que marcarían su separación definitiva. En silencio, Luana sentía una culpa que la llagaba por dentro y que no podía evitar. Se sabía responsable del momento por el que atravesaba su esposo. Culpable de su angustia.

    Pero en unos minutos tal vez se zanjaría todo lo que él esperara. Un vuelco que terminara de definir las cosas a su favor. Porque por sobre todas las cosas y pese a lo mucho que había ya sucedido, Roberto sentía que lo abrasaba el cándido amor por su mujer.

    Apenas entraron lo divisaron junto al ventanal, un poco separado del resto de la nutrida clientela del restaurante en donde los había citado para hablar de una vez. Manuel había estado esperándolos en una mesa justo en un rincón del restaurante donde su hijo lo había citado. A las 12 en punto. Tenía una botella de cabernet saugvignon y picaba unas aceitunas con queso cuando Roberto y Luana llegaron. Sin formalismos ni saludos, fue Roberto el que primero habló apenas se sentaron a la mesa.

    –Vos ya no vas a poder seguir haciendo lo que hacés –le disparó en seco el hijo con el rostro transfigurado. Manuel lo miró intrigado.

    –¿Y qué es lo que hago? ¿A qué te referís?

    –A que ya no podemos seguir de esta manera –le confirmó el hijo.

    –¿De qué manera? –preguntó Manuel sorbiendo del vaso del vino que le habían servido.

    –Te vas a hacer el desentendido…

    –¿Podés decírmelo?

    –O es una cosa. O es otra. No me banco ya más esto –Roberto hablaba con ademanes nerviosos ayudándose con las manos.

    Luana permanecía a su lado, roja de vergüenza, cabizbaja, con los ojos clavados en el piso pero pendiente de la conversación.

    –Pataleás como un nene y no me decís porqué –inquirió Manuel–. Apuesto a que tu mujer tampoco lo sabe.

    –Claro que lo sabe.

    –Decímelo entonces. Clarificámelo. Podría pensar que ha vuelto a perder tu equipo.

    –Vos sabés bien de que…

    –¿Que otros piensen que sos cornudo?

    Roberto se quedó impávido. Su furia estalló en el nervio de sus ojos que habían adquirido una gravedad que nunca su mujer le había visto.

    –Basta… –intercedió ella previendo que se armaría la gorda– escuchen los dos… no quiero una escena aquí en público.

    –Tranquila –le dijo Manuel– no va a haber ninguna escena.

    –Nos vamos ya… Luana. Tomá tus cosas. No tengo nada más que hablar con este tipo.

    –Eso es lo fácil. Irse. Esquivar el momento. Es hora que lo enfrentes de una vez, hijo.

    Roberto lo miró con un odio que le salía por los poros de todo su ser.

    –Otros pueden creer lo que quieran –siguió Manuel– pero la verdad la tenés vos solo. Y eso es solo lo que importa. Siempre y cuando quieras saber la verdad ¿no te parece?

    Roberto lo miraba fijo y parecía dispuesto a todo. Incluso de darle en ese preciso momento un trompazo a su padre. Luana lo advirtió y lo miró asustada. Con un vistazo, Manuel procuró tranquilizarla.

    –Ahora es tu turno –le dijo.

    –¿Mi turno? –preguntó ella nerviosa.

    –Sí. Tu turno de hacerlo disfrutar. Es tu deber de esposa.

    –¿De hacerlo disfrutar de qué?

    –De algo que en el fondo le gusta más que nada en el mundo.

    Luana se quedó callada como si no hubiese entendido bien. Roberto también.

    –No sé si es lo correcto –murmuró al cabo de unos segundos de incómodo silencio.

    –Si te lo digo es porque es así. Lo conozco mejor que vos.

    Desconcertada, Luana miró a su marido que permanecía en silencio, sumido en un mutismo hermético e imperturbable.

    –Deciselo Lu… no tengas miedo.

    –¿Decirle cornudo?

    –Sí… decíselo.

    Luana miró de reojo a Roberto para ver que hacía.

    –No sé… me da cosa.

    –Tranquila. Es porque nunca lo hiciste. Cuando lo hagas vas a experimentar un efecto liberador. Y él se va a sentir mejor cuando suceda.

    Roberto transpiraba helado pero permanecía sin reaccionar. Parecía ahora expectante de lo que hacía y decía su mujer. Nunca se había sentido tan humillado en toda su vida.

    –Usted dice… ¿Cuándo usted y yo…?

    –Ajá…

    –Pero es que…

    –¿Que Lu…?

    –¿Usted cree que él piensa que usted y yo…? –preguntó ella y a continuación miró a su marido:– ¿Lo pensás Ro?

    –Acaba de decirlo. Creo que al menos lo piensa –opinó Manuel.

    –¿Cómo?

    –Lo sospecha pero no está seguro. Y es mejor que sea así.

    –Quizás por… es que vio dos veces…

    –Pero eso no significa que haya una tercera.

    ¿Usted cree?

    –Claro.

    –¿Mejor que no sepa si usted y yo…?

    –Que no lo sepa.

    –Porque si tratara de averiguarlo ¿sería peor?

    –Ajá

    Luana miró al pobre Roberto apichonado en un rincón a su lado: advirtió la formidable erección indisimulable y se sintió tentada como nunca.

    –¡Cornudo…!

    –Eso es. ¿Ves? Su erección empieza a crecer como por arte de magia.

    –¡Es verdad! –se maravilló Luana divertida– ¡Increíble! ¡Cornudo…!

    Una mujer muy fina que estaba en la mesa de al lado pareció registrar la vulgaridad pronunciada con sorpresa y la miró fastidiosa.

    –¿Te sentís ahora mejor? –le preguntó Manuel.

    –Sí… tenía razón…

    –¿Es o no liberador?

    –¡!Si!! Es justo como me dijo.

    Él le extendió su mano para que ella se levantara y se sentara del lado suyo de la mesa. Cuando lo hizo quedó enfrentada a Roberto que parecía blanco como un papel.

    –Ahora hijo… ¿tenías algo que decir?

    –Yo…yo… –quiso arrancar Roberto…

    –¡Cornudo!

    –No… –dijo mirando a su esposa– a vos no te lo voy a permitir…

    –¡Cornudo!… ¡cornudo!!… cornudo!! –lo metralló ella sin piedad.

    –Ya… tampoco exageres –intervino Manuel– No es bueno darle todo lo que quiere de una sola vez.

    Luana volvió a quedarse mirándolo, sorprendida como si estuviese ante un milagroso descubrimiento.

    –Mejor de a poco. Sin apuros –Manuel la rodeó con su brazo en actitud paternal.

    –¿Mejor que se imagine eso que usted y yo…? –elucubró ella.

    –Ya lo has entendido. Mientras más se lo digas, más aliviada te vas a sentir y más él lo va a disfrutar. Pero si se lo decís mucho se puede llegar a acostumbrar. Y ninguno quiere que él se acostumbre. ¿No es así?

    Roberto no respondió. Tenía la cabeza gacha y no se animaba a mirar a su mujer a los ojos. De pronto, Manuel estiró el brazo y miró su reloj para levantarse rápidamente.

    –Tengo cosas que hacer… los dejo para que conversen. Imagino que tienen mucho que hablar. Cosas vitales de cara al futuro. Gracias por la cena, hijo.

    Los despidió a ambos dejándolos en un silencio que se volvía estruendoso con el correr de los segundos. Entonces fue ella la que habló.

    –Solo jugaba un poco. Supongo que lo sabés.

    Roberto la miró incrédulo, una vez más.

    –Supongo que te diste cuenta que era una broma –insistió ella– Es tu padre… ¿no lo conocés?

    –¿Te parece que esto sea algo para jugar? –Roberto seguía sin poder creerlo

    –Te dejaste llevar por eso…

    –¿Ah sí?

    –Dijiste que confiabas en mí ¿no? Pues mi palabra te debería bastar.

    A Roberto la palabra de Luana le bastaba: se lo había probado con creces. Si bien lo que le decía podía ser cierto, elucubró él, el viaje había existido. No era algo imaginado por él: se habían ido juntos quince días a Europa. Solo un idiota podía pensar que no había sucedido nada en todo ese tiempo. Roberto quería saberlo.

    Luana lo miró tranquilamente:

    –Te contaré lo que querés saber si realmente querés saberlo pero tenés que pensar en las consecuencias de hacerme esa pregunta. Si te he sido fiel, consideraré que me hacés esa pregunta porque no confíás en mí y consideraré poner fin a nuestro matrimonio.

    Roberto se alarmó.

    –Por otra parte, si he tenido sexo con tu padre, puedo querer que continúe, y vos tendrás que elegir entre poner fin a nuestro matrimonio o aceptarlo y dejarme tener una aventura.

    Roberto ya se tocaba con una mano disimuladamente sin poder contenerse.

    –O bien –prosiguió Luana– tal vez exista una tercera alternativa: quizá preferís dejar que las cosas sigan como están. Nos olvidamos de tus preguntas y yo sigo como hasta ahora. ¿Ok? ¿Querés hacer alguna otra pregunta?

    Pálido como un fantasma, Roberto solo se atrevió a murmurar:

    –Creo que es mejor dejar las cosas como están…

    Luana preguntó si estaba totalmente seguro de su decisión y él contestó que lo estaba.

    –¿Me vas a dejar ver a tu padre? –quiso saber.

    Roberto repitió otra vez que lo permitiría y sin embargo ella quiso dejarlo en claro una vez más.

    –¿Sabés que puedo tener algo cuando nos vemos y a pesar de eso vas a permitirlo?

    El cornudo contestó afirmativamente.

    –Pero negri… eso es casi como consentir que tenga sexo con él. Decime, ¿querés decir eso?

    Roberto no quiso responder. Una erección empezaba a nacerle hormigueante.

    –Decímelo; quiero oírtelo decir: decime que sos consciente de que puedo tener libertad y que no interferirás en mis decisiones.

    Entonces lo balbuceó entre dientes por última vez.

    –Si lo sé, podés hacerlo, no interferiré.

    Un silencio precedió la aparición de la sonrisa complacida junto a los matices de picardía dibujados en el rostro de Luana que comprendió que el buen nombre de la familia estaría a salvo gracias a su intercesión. Ya no correría ningún peligro de ser mancillado por un inoportuno arrebato de su marido.

    –Gracias, mi amor. Te amo. Realmente, amo tu capacidad de comprensión y estoy orgullosa de que estés deseoso de admitir algo que la mayoría de hombres nunca admitiría.

    Ella pareció tan feliz que no midió las consecuencias de esa decisión en los hechos que vendrían a continuación.

    –Solo una cosa. Necesito saberlo –Roberto había esperado una vida para atreverse a pronunciarlo– ¿Sos su amante?

    –Solo diré que soy su preferida. Ya te lo dije.

    Esa noche no hicieron el amor y pasaría un largo periodo hasta que a ella volviera a apetecerle tener sexo con él. A los tres meses, cansado de tantas postergaciones Roberto anunció que se marchaba del hogar y en breve Manuel tomó una habitación en la casa que les había entregado como regalo de bodas. Sería un tiempo que ninguno de los dos terminaría de entender bien. Ni Manuel lo había experimentado antes con su compañera de toda la vida ni Luana mucho menos con su marido fugaz. Solo sucedía.

    Ambos consumaban por fin lo que se habla en La Biblia bajo el escarnio de tabú: El Génesis relata el vínculo de Judá, el hijo de Jacob, con su nuera Tamar, cuando ella contrajo matrimonio con dos de sus tres hijos, primero con Eros y después con Onán, de los cuales enviudó y con quienes no había conseguido tener hijos.

    Las sesiones se habrían de prolongar en los ocho meses siguientes en los que el afortunado señor aprovechó para repasar los vaivenes abruptos del dibujo de guitarra española de su amante joven, los empeines en bajada junto a los suculentos flancos cuya visión desde ese momento estaría clausurada a otros –los más jóvenes– impedidos de sobrevolar el nido con la posibilidad de asirse de la mujer tomada ahora como suya; como manceba permanente y sustituta definitiva de la difunta.

    En prueba de ello, le supo obsequiar las prendas de Nuria: aquellas que eran cerradas al cuello en busca de recato aunque solo lograran encapsular las redondeces del busto enorme y las gruesas caderas de Luana tampoco quedaran disimuladas debajo de los vestidos acampanados.

    Dos semanas después, él hizo traer a la casa el cuadro de Emile Jean Horace Vernet que reproducía en forma sugestiva la imagen de Judá y Tamar, un hermoso lienzo que fue colgado en simbólica en las postrimerías de la escalera, justo delante del cuarto conyugal de Luana. Aunque había otra pintura que se refería al tema, un cuadro barroco de un pintor anónimo holandés del S. XVII que se exhibía en el Residenz Galerie de Salzburgo, Manuel terminó decidiéndose por la pintura de Vernet en la que se configuraba la representación romántica del acuerdo sostenido entre los protagonistas.

    Una mujer con el rostro cubierto con un velo, vestida de chantal blanco, estira solícita su mano hacia un maduro esquilador de ovejas que la escudriña con ligera perturbación, más pendiente de sus muslos blancos rebosantes como los de Luana, que de sus ojos inquietos. Ninguno de los visitantes de la casa pudo llegar a descifrar el enigmático significado de la pintura expuesta a la vista de todos.

    Las semanas siguientes se repitieron en intensidad a las anteriores en las que siguieron consumando su escandaloso romance. Solo una noticia –esperada por ambos– traería consigo la primera novedad: fue cuando Luana recibió el llamado de Roberto pidiéndole regresar.

    Después de haber desposado a Tamar, Onán murió sin tener heredero. Luego que pasara el tiempo y pensando que Judá nunca le daría a su último hijo por esposo, Tamar se disfrazó de prostituta y tuvo relaciones carnales con su suegro, que había quedado viudo. Solo así por fin quedó embarazada. Aún sin que Judá la reconociera, logró que le entregara su sello y su bastón como prenda hasta que le pagara un cabrito prometido por prestarse a la relación.

    A los tres meses, cuando le comunicaron a Judá que Tamarestaba embarazada, el patriarca ordenó que la ajusticiasen por su adulterio. No obstante, tal como había imaginado que tendría en alguna ocasión que hacer, Tamar probó gracias al sello y el bastón de su suegro que había sido él quien la había fecundado. El hombre perdonaría a Tamar que alumbró dos gemelos: Farés y Zara; Luana, en cambio, se había convertido de pronto en orgullosa madre de un hermoso varoncito: Camilo.

    El nacimiento en medio de un vendaval de especulaciones terminaría por empujar a Roberto a llamar a su mujer y se convirtió también en el principal motivo de su regreso. Ella no supo primero que decirle. Pensó que decir la verdad no era ya posible sin considerar los costos catastróficos que tendría que pagar y al mismo tiempo temía que una eventual aclaración le diera a su marido motivos para una ligera sospecha. Optó por tragarse la lengua.

    Dejar que Roberto creyera el milagro de su paternidad. Incapaz de captar sutilezas, el esposo tampoco lograría desentrañar el significado del cuadro colgado junto a la puerta de la habitación conyugal. Mucho menos, descifrar la simbología que la pintura protegía. El secreto estaría a salvo. Luana necesitaba decírselo a su amiga más íntima a quien no veía hace meses.

    –Es lo más importante es el tesoro de mis ojos.

    Se habían reunido al cabo de un paréntesis de ocho meses. Luana estaba siempre muy ocupada. Y desde ahora, lo estaría mucho más, adelantó, cuidando al bebé.

    –No puedo quejarme –dijo ella– la vida me ha sonreído dándome una segunda oportunidad. Roberto está otra vez conmigo junto a mi hijo.

    –Te veo y no creo como te has recuperado. Con solo pensar que estabas derrumbada por el abandono de tu marido, me parece increíble verte así.

    –Un abandono a medias –dijo apresurándose en buscar la justificación–de vez en cuando el granuja regresaba y el resultado está a la vista, ya ves –dijo sosteniendo al querubín que se mecía en sus piernas como si quisiese tomar todo lo que se aparece a su alrededor.

    Nancy lo inspeccionó con cuidado de arriba abajo en las faldas de su rejuvenecida madre y estudió las sutiles similitudes fisonómicas de cabo a rabo con quien era otra vez su marido. Solo entonces se animó.

    –Lo que no entiendo…

    –Ya cumplí con el mandato familiar –la interrumpió Luana sin titubear– le he dado a mi suegra, que Dios la tenga en su santa gloria, el nieto que tanto quería. He tomado una decisión y a partir de ahora solo me enfocaré… en un método anticonceptivo eficaz.

    –A eso me refería… –dijo Nancy extrañada– disculpá que lo diga de una vez, pero no entiendo ¿no me dijiste hace unos meses que tu marido se había hecho una vasectomía?

    –El sí… pero mi suegro no.

    Final.

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  • Al fin lo conseguí con mi cuñada (1 de 3)

    Al fin lo conseguí con mi cuñada (1 de 3)

    Llevamos diez años de matrimonio con Verónica, mi esposa, más unos cuantos años de pololeo, en todo este tiempo siempre me atrajo mi cuñada, no como amor, sino que calentura, sus tetas, sus piernas y su trasero, varias veces la vi desnuda probándose ropa o un traje de baño, ya que entre nosotros había una gran confianza pues me miraba como a un hermano mayor, incluso más de una vez ella me vio desnudo a mí en nuestra casa. Debo hacer ver que la diferencia de edad con mi cuñada es de diez años, yo tengo treinta y ocho y ella cumplirá ahora en agosto los veintiocho. Siempre le tuve unas enormes ganas.

    Cada vez que la saludaba, ponía la mano de tal manera que siempre le tocaba un pecho y a veces le daba un pequeño apretoncito que terminaba en una mutua sonrisa, pero de ahí en adelante nunca pasó nada pues no daba pie a nada más. Lo que contaré sucedió el otro día víspera de un feriado, llamó su esposo en la noche y habla con Verónica, su cuñada, y le pide si puedo ir yo a darle una mirada a su lavadora automática que no funciona, como algo entiendo de intruso, pues quiere cerciorase de que cual es la falla que tiene antes de llamar al servicio técnico, como ha habido una serie de engaños en las reparaciones le pidió a Verónica que yo la viera antes, entonces quedaron de acuerdo que yo iría al día siguiente.

    Al principio no me hizo mucha gracia ya que quería quedarme en cama con Verónica para disfrutar de una mañana de sexo, pero partí de no muy buena gana.

    Al llegar a su departamento toco el timbre y abre mi cuñada Laura envuelta en una bata de genero de toalla, con su pelo mojado, notándose que venía saliendo de la ducha. “Hola Raúl, pasa adelante”, nos saludamos y como de costumbre puse la mano para tocar uno de esos senos que me tienen loco, y siento algo exquisito al palparlo sin el sostén, nos miramos y la sonrisa de siempre.

    “Que haces por acá”, me pregunta, “¿cómo?”, dije yo, “no te dijo Eduardo que venía a ver la lavadora”, “seguramente se le olvidó decirme”, contestó ella, “ahora no se encuentra, tú sabes lo fanático que es por los Sky, así que ha partido a la nieve con los niños. Pero pasa”, entro y la quedo mirando de arriba abajo con su bata que le llegaba más arriba de las rodillas, pudiendo apreciar sus torneadas y blancas piernas, con un grueso cinturón apretado a la cintura que hacía marcar aún más su lindo trasero. Pensé para mis adentros, son iguales estas hermanas, mi Verónica es mas morena, no sé por qué me calienta tanto Laura. Me sacó de mis pensamientos con un, “ven por aquí está la lavadora”.

    Caminamos a la loggia mientras me preguntaba por su hermana, y yo detrás de ella con los ojos clavados en su culo y sus piernas, acariciándolos con la mirada. Se quedó al lado mío mientras yo me disponía a revisar el artefacto y seguíamos conversando de una y mil cosas. Saqué la tapa de posterior que para soltar el último tornillo me tuve que arrodillar, apreciando sus piernas y parte de los muslos, entrándome un morbo extraordinario.

    “Podrías sujetarme este cable”, pedí yo, solo por tenerla mas a mi lado, al agacharse para tomarlo pude deleitarme con el nacimiento de ese busto que me traía tan mal de tantos años, me pasé lentamente por detrás de ella para sacar la otra tapa, como el lugar era estrecho y de caliente me refregué en su culo sin presionar mucho solo para tantear terreno, ella al principio no se movió, pero como lo hice lentamente, cuando estaba por terminar de pasar, ella se corrió un poco, esa actitud me dio más morbo pasándome cualquier película con la situación, iniciándoseme una erección más o menos potente, pero me dije, que pasa si insisto, veamos.

    Luego de sacar la tapa de adelante volví a pasar al otro lado con el pretexto de revisar los enchufes, advirtiéndole que no soltara el cable ya que iba a revisar las conexiones, esta vez al pasar hice una mayor presión en su trasero, sintiendo en mi pico la partidura de sus nalgas, deduciendo que si venía saliendo de la ducha y estaba sin sostén también estaría sin calzones. Esta vez ella no se movió, no sé si fue idea mía o por el morbo y calentura tan grandes que tenía, o que fue real, es que sentí en ella un pequeño estremecimiento, yo al ver esa reacción me devolví a buscar algo, cualquier cosa, la idea era pasar de nuevo.

    Tomé lo primero que encontré y volví a pasar, ya con una erección total sintiendo más esa separación de sus nalgas en mi pico, ella pudiéndose haber corrido no lo hizo, me envalentoné y la abracé por la cintura y me apreté a su culo iniciando en forma muy suave el típico movimiento de la relación sexual, ella estaba como paralogizada, no hacía ni decía nada, solo respiraba profundo.

    Pensé, estoy metiendo las patas seguramente aquí se va a armar la grande o le está gustando. Ya estoy metido ahora sigamos hasta donde la cosa reviente, me incliné y comencé a besarle el cuello y acelerar el movimiento de mi pico en su potito. Al sentir mis labios en su cuello ella inclinó la cabeza hacia atrás ofreciéndome sus labios, que yo rápidamente tomé, metiendo mi lengua en su boca y jugando con la suya.

    Me fui dando vueltas para ponerme al frente de ella, siempre besándonos, yo temblaba como una hoja al viento cuando empecé a meter las manos por debajo de la bata para tocarle un pecho, comencé a acariciarlo poco a poco hasta alcanzar a rozarle el pezón duro, tieso, parado, que placer estaba sintiendo yo, y ella también pues se movía apretándose contra mi pico, que ya se me arrancaba. Tomé todo su pecho con mi mano sintiendo la tibieza de una carne suave, lo apreté con cierta morbosidad, diciéndome, al fin mío, como poco a poco serás entera mía, desabrochándole el cinturón de su bata.

    Nuevamente fui arrancado de mis pensamientos en forma brusca, cuando Laura me dice, “por favor basta no sigamos, ya no doy más de caliente y no quiero pecar de infiel a mi marido y a mi hermana”, yo no quise escuchar lo que oía, así que continué desatando ese cinturón para abrirle la bata y deleitarme con ese cuerpo que siempre me tuvo loco.

    Nuevamente, “por favor basta no sigas que me estás trastornando”, de nuevo sordo, metí mi mano en su zorrita, encontrándome con una mata de suaves pelitos mojados por el abundante jugo que emanaba de su interior, producto de la gran calentura que estaba sintiendo, al igual que yo.

    Cuando le rocé los labios vaginales, se me pegó a mí, dando un grito, “¡bastaaa! No doy más, no más, por favor, que no podré retenerme”, le aplique los labios con fuerza en su boca, juntando nuestras lenguas con desesperación, le introduje un dedo en la vagina alcanzándole el clítoris, creo que hasta ahí llegó su fidelidad, pues siguió besándome y emitiendo pequeños quejidos de placer, yo continué con un suave movimiento en su clítoris y las caricias en sus pechos.

    Estábamos tan incómodos en ese lugar que comencé a llevarla hacia el dormitorio, pero solo llegamos al living, que quedaba más cerca. Ahí le fui sacando la bata para dejarla totalmente desnuda y deleitarme con esa figura que siempre deseé tener, ella solo respondía a mis besos y no decía nada. Solté por un momento sus pechos y me empecé a soltar los pantalones, viendo mi complejidad para desvestirme, ella me ayudó a sacarme el chaleco, así que saqué la mano de su zorrita y me desvestí por completo, quedando ambos como dios nos echó al mundo.

    Reinicié mis caricias y ella llevó sus manos a mi pico empujando lentamente el cuero hacia atrás, con dos dedos formando una argolla, cuando vio que no se podía empujar más lo comenzó a llevar hacia delante dándome una masturbación que me provocaba un placer inmenso.

    En esa función nos fuimos corriendo al dormitorio, todo el trayecto fue de caricias y besos, cuando llegamos la hice tocar la cama con la parte posterior de sus piernas, lentamente la fui sentando, cuando ya lo estuvo, yo me enderecé quedando mi pico a la altura de su cara, yo continuaba con mi mano en sus pechos, así que con la otra le tomé la cabeza y se la acerqué al erecto pene, que se presentaba brillante y morado ante sus labios. Ella empujando el cuero hacia atrás hizo que se dilatara el hoyito saliéndole una pequeña gota de líquido, lo miró y con una suavidad extrema depositó sus húmedos labios en la punta de mi pico sorbiendo el néctar que salía.

    Sentí su ardiente y húmeda boca que lentamente se iba tragando mi pico, produciéndome un goce indescriptible, en la medida que se lo metía a la boca empujaba el cuero para atrás, se lo retiraba y llevaba el cuero para adelante.

    Le tomé la cara para mirarla a los ojos, al cruzarse nuestras miradas denoté un gesto de placer tan grande y a la vez de que estaba cometiendo un reprochable delito. Bajó la vista y continuó con su trabajo de masturbación y de mete y saca la verga de su boca. Me empecé a colocar de tal manera que pudiera tener acceso a su chucha, para iniciar un tremendo sesenta y nueve. Cuando logré ubicarme sin que ella me lo soltara, metí mi boca entre sus piernas que le abrí enormemente viendo una zorrita, roja y mojada, me deleité un momento con ese panorama que se me ofrecía y que luego de tantos años sería mía.

    Comencé a besarle los muslos y fui subiendo por ellos hasta tocar los pelitos abrí bien los labios con los dedos e inicié un lento y profundo chupa y lame hasta que llegué a darle el placer que yo esperaba al tomar un duro y dilatado clítoris, en la medida que aumentaba la fricción con mis labios aumentaba la emanación de jugos de su vulva anunciándome que ya se venía, entonces empecé una succión en el clítoris que luego de un rato la llevó a un desesperado orgasmo.

    Orgasmo que manifestó con pequeños grititos sin soltar mi pico que mantenía dentro de su caliente boca, sintiendo su lengua subiendo y bajando a lo largo de él, llegaba desde la punta bajaba por el frenillo hasta los testículos y se devolvía mojándolo con saliva que resbalaba a todo lo largo, cuando de repente con la boca llena soltó un grito de placer que se mantuvo durante unos largos segundos. Pensé sin tratar de comparar, pero se me vino a la mente, que las dos hermanas eran iguales en todo, pezones, vagina, pechos, hasta en casi en la forma de acabar, pero si existía una diferencia, al parecer mi Verónica había tenido un mejor maestro que mi cuñada, yo.

    Cuando comencé a sentir los primeros síntomas que ya iba a acabar, me fui saliendo para ponerme al lado de ella y abrazarla, nos fundimos en un apretado y tierno abrazo, me acomodé para colocárselo entre las piernas, mientras le preguntaba que como se sentía.

    –En lo sexual extraordinariamente bien, hay muchas cosas en que yo me siento coartada ya que a Eduardo no le agrada mucho besarme y chupar mi choro, como tampoco le gusta mucho que yo se lo chupe a él, en ese aspecto es muy tradicional y conservador, es un excelente esposo y padre, lo quiero mucho, pero en la parte sexo es como que me falta algo. Por favor no lo tomes como que es una razón para justificar lo que estamos haciendo, tengo que ser franca siempre deseé hacer esto contigo, tanto como tú, pues siempre se te notó, que yo me hacía la tonta era distinto, cuantas veces me tocaste los pechos al saludarme, en el fondo de mi siempre lo deseé.

    –Yo también –dije– siempre te quise tenerte, me excitas mucho.

    Mientras conversábamos yo le comencé a poner la punta del pico en los labios vaginales, que se encontraban terriblemente mojados y empecé a presionar lentamente, pero como no estaba bien puesto, ella lo tomó y se lo empezó a pasar por su choro apuntándole al clítoris, gozaba y también me hacía gozar a mí, de una manera exquisita, de pronto lo apuntó al centro de su choro y empujaba para metérselo, yo sentí en la cabeza del pico lo caliente que estaba adentro de su chucha que de un solo envión se lo metí hasta chocar pelvis con pelvis, continuamos con los besos y caricias en sus pechos, sentía como gozaba esa mujer y eso me producía una calentura y un morbo tan grande.

    La tomé y la fui poniendo encima de mí para que luego se fuera sentando en el pico, al estar ya ubicados y cómodos ella inició un violento cabalgar que hacía que se le moviera el busto a un ritmo que de solo mirarlo me hacía gozar. Yo le miraba la cara, ella con los ojos cerrados se movía, se refregaba, suspiraba y más de un grito salió de su boca, “¡qué rico!, como me has hecho gozar”. Le tomé una mano y se la llevé a su vagina, la otra se la llevé a un pecho, iniciando una masturbación que desembocó en un tremendo nuevo orgasmo, más violento y alborotado que el anterior. Esto duró ahora unos minutos, tiempo que me costó aguantar las ganas de acabar como lo deseaba.

    Al verla tan caliente, quise gozar el mayor tiempo posible, y por qué no decirlo, dejar sentado el precedente de un macho tremendo para hacer gozar a las mujeres. Pensé en una y mil cosas, mi esposa, la letra que debía pagar el lunes, el trámite de esto y lo otro para hacer durar más esa tremenda cacha que nos estábamos echando. Lo logré, hice que acabara hasta quedar exhausta, transpiraba por todos sus poros, sus tetas estaban con los pezones erectos, se pasaba la lengua por los labios que al parecer los tenía resecos. Yo en mi fuero interno me dije, esto será inolvidable para ella.

    Cayó encima de mí, deslizándose a un costado, quedando inerte. Tomé su cara con ambas manos y comencé a besarla suavemente, en la frente, en los ojos, en los pómulos, terminando en su boca. Solo ahí comenzó a reaccionar. Continué con tiernas caricias, dándole tiempo a mi pico para que se le bajaran un poco las ganas de acabar, para entrar a una nueva etapa. Pregunté, “¿cómo te sientes ahora?”, “maravillosamente bien” respondió ella. “Que deseas que te haga” me preguntó, “nada, dije yo, solo déjate llevar por lo que yo te haga”.

    Me puse encima de ella tomando sus piernas se las abrí llevando sus rodillas a la altura de sus costillas, me hinqué entre sus piernas apreciando lo dilatado y rojo que tenía su choro, puse mi pico al centro y debido a la gran cantidad de jugos, este entró suavemente, ejercí una presión pareja hasta llegar al tope, ahí estiré sus piernas apoyándola en mis hombros y comencé a levantarla desde los tobillos logrando una penetración total acompañada de una frotación de su zorra contra mi pelvis que le provocaba un placer inmenso.

    Ella se acariciaba los pechos tomándose los pezones y estos se erizaban más en la medida que aumentaba su gozo. Mi pico al parecer topaba fondo en su útero por que más de una vez soltaba grititos de dolor y placer. En la medida que sentía como mi pico tocaba algo y la reacción de ella que iba en aumento, además de lo mojado que se encontraba y lo caliente que se sentía yo ya no daba más, presintiendo que ya acababa.

    Desde la posición en que estaba veía como entraba y salía de adentro de esa maravillosa zorra. Laura comenzó a suspira más seguido a quejarse y un a emitir una constante ¡ummm! Que avisaba que venía y de repente inició un tercer súper orgasmo, tomándose la cabeza revolcándose de placer, se le escapó un grito ronco con una expulsión de aire que había estado reteniendo, grito que yo me imaginé se debió haber sentido en todo el edificio.

    Ya con eso y la sensación que experimenté en mi pico al sentir como salían sus flujos vaginales, que comencé ha acabar soltando semen a borbotones. Dejé caer sus piernas y me tiré encima de ella abrazándonos y moviéndonos como desesperados, hasta soltar mi última gota de semen.

    Ella contraía su vagina de una manera tal que ese movimiento que sentí daba la impresión como si me masajeara el pico en su interior, alargando aún más ese placer de acabar.

    Nos quedamos abrazados por un largo rato, sin hablar, luego ella me besó profundamente diciéndome.

    –Ahora no me arrepiento de lo que hicimos, por el lado de Eduardo, ya que nunca me ha hecho gozar de esta manera, lo siento por mi hermana.

    –No te preocupes –le dije– si ella supiera lo feliz que te he hecho, sacándote esos gustos escondidos me felicitaría, pero igual esto será un secreto entre nosotros hasta que… –y me uní en un tremendo beso en que nuestras lenguas jugaban, se empujaban y comenzábamos a acariciarnos, ella me tomó el pico con la mano manteniendo la misma delicadeza de la primera vez, comenzó a besarme el cuello siguiendo por el pecho, el estómago, hasta llegar al pico, que se encontraba aún flácido por la tremenda guerra anterior, pero ella inició una chupada magistral que de a poco mi pico comenzó a revivir.

    Yo me quedé dejándome hacer todo lo que ella quería, cuando me di cuenta que se estaba acomodando ella solita para que le chupara el choro, a buen entendedor pocas palabras, la tomé por las nalgas y llevé su entrepiernas a mi boca, lamentablemente tenía aún de mi semen en su interior, pero me dije que si ella me lo estaba pidiendo no me podía poner con objeciones, así que comencé a sorber los jugos que emanaban de su choro conjuntamente fui metiéndole ambos dedos índice en el ano, provocándole una dilatación que en un principio ella quiso resistir.

    Inmediatamente puse mi boca en su agujero y se lo llene de sus líquidos con mi semen, se calmó cuando le tomé el clítoris con mis labios y comencé a apretárselo y metiéndole los dedos en su ano ahora ya lubricado con lo que le había echado, en la medida que le chupaba toda su zorra juntaba sus líquidos con mi saliva y se los introducía por su ano.

    Sentía como su boca recorría mi pico a lo largo, ayudándose con la mano a correr mi cuero de arriba abajo, lentamente empezó a acelerar sus movimientos y a sufrir contracciones en su choro y en su ano, señal que le venía un nuevo orgasmo, entonces también aceleré la succión de su clítoris y ya le tenía metido tres dedos en su hoyo trasero, comenzó a gemir y a soltar nuevos jugos apretando su choro contra mi cara y moviéndolo en forma desesperada, sentí como acababa en forma magistral, ocasión que aproveché para meterle más a fondo los dedos para aumentar la dilatación y lubricar mas su hoyo, ella en vez de rechazarlo continuaba con su movimiento sobre mi cara.

    Cuando fue disminuyendo su alteración yo me salí de la posición que estaba debajo de ella y la mantuve hincada, hincándome yo por detrás, quedando su trasero paradito a mi vista.

    Sin mayor preámbulo coloque mi pico en la entrada de su ano que tenía una buena dilatación por los masajes que le había dado, puse mayor cantidad de saliva más algo de sus jugos y se lo fui metiendo, se quejó, algo reclamó, pero no cedí, la tomé fuerte por las caderas y con los pulgares le abría las nalgas y de un envión entró la mitad de mi pico, pegó un gritito, sentí un hoyo caliente extremadamente rico, me quedé ahí iniciando un muy lento movimiento de mete y saca, a pesar que tenía una buena lubricación, cuando lo retiraba le echaba saliva, cosa que al entrar mantuviera la lubricación.

    Yo no hice mayor presión porqué el movimiento que tenía, más la visión de ese culo ensartado con mi pico, me producían un placer enorme, pero de repente sentí como era ella la que ejercía presión hacia atrás, buscando la forma de metérselo más adentro, entonces la tomé firme por las caderas y se lo fui metiendo despacio, pero en forma continua. Bajé mi mano a su choro, él que estilaba jugos de placer.

    Le pregunté si le gustaba, mucho, me respondió, me duele un poco, pero me estás haciendo gozar, no te muevas muy fuerte, que es la primera vez que me lo hacen por ahí, no me imaginaba que gozaría tanto. Seguí moviéndome aumentando el recorrido, me pegué a ella hasta alcanzar sus pechos, que empecé a sobar y a jugar con sus pezones, que se encontraban erectos, comencé a sentir una calentura que hizo que las embestidas a su culo fueran mayores, ella metió su mano acariciándome los testículos, luego de un momento inició un jadeo distinto a los emitidos las veces anteriores cuando le venían los orgasmos, me empieza a decir, ¡voy a acabar de nuevo!, no lo saques, ¡ayyy! Me voy, ¡ummm! Que rico.

    Comenzó unos sacudones y a golpear hacia atrás con su culo, sintiendo como topaban mi hueso en los suyos. Yo me empecé excitar y sentía como se ponía más duro el pico y sucedió lo inevitable, no me pude controlar mas y solté un chorro de semen largo seguido de otro, en la medida que expulsaba semen ella golpeaba con su trasero hasta chocar en mi cuerpo, sus gritos de placer decían cosas, como “que rico, hazme más, no pares, sigue, me duele, no lo saques, te amo, por qué no lo hicimos antes”, etc.

    Después de largos minutos y sin sacárselo, la fui estirando para quedar acostada sobre su estómago y yo encima de ella, la tomé por sus pechos y le comencé a besar el cuello, susurrándole cosas al oído, “¿te ha gustado?”, “si mucho, dijo, me has hecho inmensamente feliz, si Eduardo quiere algo a la noche, tendré que decirle que estoy cansada o que me duele la cabeza, quiero mantener este placer en mi por mayor tiempo”.

    –Y tú ¿tendrás relaciones con mi hermana a la noche?

    –no de ninguna manera, –mentí, pues sabía que mi morbo me haría tener relaciones con mi esposa, para luego decir que me acosté con las dos hermanas en un mismo día–.

    –Este secreto quedará solo entre nosotros para siempre –me dijo.

    –No solo se lo contaré a tu hermana Verónica.

    –estás loco, nadie lo sabrá.

    –Descuida déjamelo a mí.

    Continuamos así por un espacio de unos quince minutos, cuando sonó el teléfono que estaba encima del velador, ella se apresuró a responder, sin demostrar agitación alguna dijo “¡alo!, hola hermanita, como estás tú, que bueno, yo también, muy bien, si tu esposo está aquí tratando de reparar la lavadora, al parecer le ha salido más largo de lo presupuestado, no te preocupes por el almuerzo yo le convido aquí, no, no es ninguna molestia, vengan a tomar un trago a la noche, los esperamos, no vemos, adiós”.

    Dejó el teléfono y me dice dándome un beso en la boca “vistámonos ahora”, “bueno” dije, sin hacer mayores comentarios. Sin siquiera lavarme me vestí, ella se puso su bata, yo me fui a armar la lavadora, después de un momento al ir revisando todo encontré la falla, era una conexión suelta, típica en este tipo de máquinas, la apreté y la armé, dejándola funcionando perfectamente.

    Me di vuelta y le dije a mi cuñadita, “está lista ha quedado como nueva”. “Lo has hecho todo bien hoy día, dijo, arreglaste la lavadora y a mí también me has dejado como nueva,” nos dimos un sonoro beso y un abrazo muy fuerte, me fue a dejar a la puerta del departamento donde repetimos los besos, “hasta la noche cuñada”. “Hasta la noche cuñado”.

    Me fui pensando que pasaría cuando llegara a mi casa, ¿que iría a pasar…? (no te la pierdas).

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  • Descubrí lo mucho que deseaba a mi hijo

    Descubrí lo mucho que deseaba a mi hijo

    Tengo 51 años y la gente que me conoce me compara con la actriz Angie Dickinson, cuando por supuesto ella tenía mi edad. Creo que cuando hacía la serie de “La mujer policía” o en esa película tan buena llamada “Vestida para matar”. Es decir que estoy muy buena.

    Soy viuda. Mi marido murió hará unos diez años por un accidente. Tengo un hijo: Es alto, atractivo, musculoso. Los dos estamos muy bien. Esto se debe a que pasamos una parte del día en el gimnasio.

    En una vez que coincidimos los dos, en la sala había bastante gente, como por ejemplo mi monitora. Estábamos haciendo abdominales. Mi hijo me sujetaba las piernas y yo subía y bajaba. Luego cambiamos. Fue cuando me di cuenta de una situación muy embarazosa. Del chándal de mi chico sobresalía un bulto que era imposible de disimular.

    Se me ocurrió que tenía que impedir a toda costa que la gente se percatase de esta situación, especialmente la monitora. Quería impedir que viese que el pene de mi hijo, estaba en erección. No se me ocurrió otra cosa que tumbarme cuan larga era sobre él. ¡Que tonta!, luego pensé. ¡Qué bobada acababa de hacer! Encima ahora pensarían que nos estábamos dando el lote.

    —Date la vuelta —le dije a mi hijo susurrándole al oído.

    Así lo hizo afortunadamente. Dejándole yo claro. Pero en un instante fueron nuestras miradas las que nos delataron que a partir de ahí nos podía suceder lo peor.

    Luego en casa, sucedió, porque cuando las cosas tienen que ocurrir se presentan desde el primer momento. Mi hijo me vio paseándome en combinación por mi habitación y él solo llevaba un pantalón de deporte sin nada debajo. Se lo bajó y me enseñó sus partes que estaban igual que en el gimnasio, o más quizá. Su órgano sexual se encontraba preparado para la reproducción. Lo comparé con el de mi marido. Mejor este.

    Se tiró a por mí.

    —Cuidado muchacho, ten respeto, cuidado, respeta, respeta —le dije.

    Me tumbó en la cama y me bajó las bragas. No me quité el sostén.

    Me introdujo un dedo en mi sexo y con la otra mano me acariciaba las zonas erógenas, incluidos mis pechos porque él sí que me quitó el sujetador.

    Así estábamos, sintiendo yo calor, excitándome, pero sin llegar a uno de esos estados lamentables en el que una mujer pierde su auto respeto y se convierte en esclava del hombre. Cerraba los ojos y me acordaba de mi marido, de esa lucha permanente que estaba volviendo a vivir precisamente ahora.

    Hay cosas que son de ahora y que ya estas obligada a consentirlas. Mi hijo me introdujo un dedo en el ano. El dedo corazón al mismo tiempo que el pulgar lo tenía en la vagina. Entonces pareció como si yo botase sobre la cama. Yo acababa de tener un orgasmo. Luego sonreí.

    Pero hay que tener cuidado con el mundo de los hombres y ya no estaba dispuesta a llegar más allá, así que rápidamente me adueñé de su falo con mi boca. Eso también se lo hacía a mi marido. Siempre se han hecho. Pero yo lo hacía de una forma especial, pasando la lengua de forma casi vertiginosa por todas sus zonas nerviosas –de su cosa me refiero– llegando al prepucio.

    Mi hijo tardó bastante más en eyacular que cuando lo hacía mi marido. Le pregunté porqué.

    —Porque estoy acostumbrado a hacer el amor —me contestó.

    Y no sólo por eso. Mi hijo era un macho. Mas que mi marido y más que muchos hombres juntos. Pensaba esto cuando me estaba poniendo las bragas y tuve otro orgasmo acompañado de un espasmo. Él se dio cuenta.

    —Pareces una muñeca —me dijo.

    Yo no contesté. Hablar sobre sexo es cosa de los hombres.

    En aquel momento no sabía si convertirme en su amante, hasta que tuviera una esposa.

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  • La profesora dominante (3)

    La profesora dominante (3)

    Llegué a casa a ver el video de mi celular y fue increíble no me reconocía a mí misma, me masturbe nuevamente y por poco lo hago una vez más, pero caí dormida, había sido un día largo y al día siguiente sin saberlo iba a ser mejor.

    Al día siguiente tenía ansiedad por saber si “mi hombre” había grabado lo que le pedí la verdad no tenía mucha esperanza de que lo cumpliera, no era algo fácil de hacer no sé realmente como es su relación con su esposa y eso me tenía en velo.

    Pasé toda la mañana pensando en ello deseosa y un tanto nerviosa, en el transcurso del día no lo vi y eso me ponía más nerviosa, hasta ya en la tarde que me lo tope de golpe cerca de su oficina, se quedó viéndome con una media sonrisa, me acerque disimuladamente y le dije al oído susurrándole “espero que tengas lo que te pedí”.

    Se me quedó viendo como nervioso y me fui por el pasillo sintiéndome nerviosa, en un puro tembló, no sé porque lo hice, pero me encantó poder ponerlo nervioso y hacerle saber que lo mío iba en serio.

    Al salir todos me fui directamente a su oficina, claro, antes de llegar procure no verme desesperada, cuando abrí él estaba sentado en su escritorio normal, como si nada raro pasara entre nosotros así que me acerque y puse mis piernas en su escritorio sentándome casi con las piernas abiertas frente a él, se me quedó viendo y saco su celular del bolsillo, podía ver como su mano temblaba, lo desbloque y extendió su mano dándomelo y viendo como un video comenzaba a reproducirse, no podía creerlo, mis manos temblaban, en la pantalla podía ver a una señora de al menos unos 45 años muy bien conservada y bastante linda sentada en la cama frente a él con una pijama holgada casi con los pechos afuera preguntándole:

    -“amor, porque quieres grabar”

    -Solo quiero probar cosas nuevas, créeme lo vamos a disfrutar

    Seguidamente saco su pene y ella sin decir más se lo metió en la boca, en ese momento recordé que su pene estaba lleno de mis jugos y me mojé de inmediato. Mientras veía el video sentí como una mano hurgaba en mis piernas y lo dejé seguir, pero lentamente.

    En el video se veía como ella se tragaba su pene y gemía suavemente mientras el bufaba como un toro, uff estaba tan empapada que deseaba ser penetrada de golpe, pero aún faltaba más, así que solo subí mi falda, abrí mis piernas, con una mano tomé su cabeza y la hundí en mi vagina ya empapada mientras le ordenaba chupar y el bien obediente lo hacía sin decir nada.

    Continuando con el video luego de realizarle un oral y ver como ella ponía un sonrisa preciosa él le ordenó ponerse de cuatro y ella sumisa siguió sus órdenes, tenía un gran trasero, no como el mío pero lo suficiente para excitar a cualquiera, en ese momento él subió un poco la cámara y podía ver cómo le chupaba todo, escuchar su lengua en esa vagina húmeda mezclado con sus gemidos mientras él me chupaba a mi hizo que tuviera un orgasmo increíble, tanto que me quedé sin aire mientras tomaba su pelo con fuerza.

    Al ver esto quiso detenerse, pero de nuevo lo tomé de la cabeza lo hundí en mi vagina y le grité “Continúa” y sin decir nada siguió en lo suyo, mientras tanto en el video ya estaba siendo penetrada y gemía incontrolablemente mientras le decía:

    -Amor ¿Qué te pasa hoy? Estas diferente, nunca me habías cogido así

    Él sin decir nada le daba con más fuerza mientras la nalgueaba, luego la tomó del pelo y ella en lugar de molestarse se calentó más, podía ver como hacía más para atrás sus caderas para recibir mejor las embestidas, luego él se detuvo, le dio vuelta bruscamente, la puso boca arriaba, abrió sus piernas y empezó a chupar de nuevo su vagina provocándole un orgasmo, yo estaba a mil, necesitaba ser penetrada, tomaba la cabeza del director con fuerza hundiéndolo más, quería que me penetrara con su lengua, estaba a punto de tener otro orgasmo y así fue cuando vi que empezó a penetrarla fuertemente mientras la tomaba del cuello y ella ponía los ojos en blanco.

    Esta vez por inercia cerré mis piernas apresándolo en ellas sin poder contener los chorros que salían de mí y que para mi sorpresa el bebía sin parar, solté el celular, lo empuje en el suelo y sin decir nada me clave su pene de golpe, empecé a cabalgarlo rápidamente mientras ponía uno de mis pechos en su boca, deseaba sentirme llena así que no paraba de moverme como loca, así estuve hasta que tuve otro orgasmo increíble mojando todo su estómago.

    Cuando me detuve pude ver que estaba asustado, nunca había actuado así, ni con él ni con nadie, le sonreí y le di un beso apasionado, estaba extasiada. Él aún no se había venido, así que le di otra orden mientras ponía mi pie desnudo en su pene.

    -Quiero que cuando llegues, pongas a tu mujer de rodillas, hagas que abra su boca, te masturbes y te riegues en su boquita, debes hacer que lo trague todo.

    Lo vi dudoso, así que le dije:

    -Si lo haces y lo grabas para la próxima seré yo quien me lo trague.

    Me vestí y antes de irme le ordene que me enviara el video que grabo con su esposa a mi celular para masturbarme antes de dormir.

    Cuando llegué a casa estaba ansiosa, ya deseaba saber si el director había cumplido lo que le pedí, además de que aún no me llegaba el video que grabo cogiéndose a su esposa, empecé a pensar que ya era mucho para él. Cuando pasaron dos horas me llegaron dos mensajes de él, muy nerviosa los abrí y eran dos videos, uno duraba mucho y el otro era corto así que presentí cual era cual, abrí el más grande y era el que vimos en su oficina, lo adelante a donde había quedado y termine de verlo y a pesar de que no faltaba mucho para que terminara me calenté un poco y más de pensar que sería lo que venía en el otro video, ya sin nada debajo y bien mis piernas, ya lista abrí el video.

    Aparecía su esposa de rodillas en media cocina viendo a la cámara:

    -Amor ¿qué haces?

    -Me la vas a chupar hasta que me riegue en tu boquita

    -Sabes que sí, pero ¿por qué grabas?

    -Tu solo baja mi pantalón y comienza a chupar que quiero regarme

    Y ahí se ve como ella con ambas manos le baja el pantalón junto con el bóxer y le saca el pene, ella sin más abre su boquita y comienza a chupársela, primero despacio pero luego él la toma de la cabeza y comienza a empujarla para que chupe más rápido mientras le decía cosas como “chupa bien perra, que quiero que te tragues la leche”, me pareció extraño porque conmigo era muy sumiso, en cambio con su esposa era lo contrario, me calenté bastante y ya tenía tres dedos en mi vagina moviéndose bastante rápido mientras oía los gemidos de su esposa que eran ahogados por su pene casi en su garganta, ella lo veía con los ojos vidriosos y no paraba de chupar, en un momento se la sacó de la boca y le preguntó:

    -Amor ¿Qué te pasa? Últimamente estas muy caliente y eres más agresivo en el sexo

    La tomó del pelo, la jaló hacia atrás y le dijo:

    -¿te gusta chupármela o no?

    -Si amor sabes que sí, es solo que te noto diferente

    -Solo quiero que me obedezcas, quiero que me complazcas

    -Este bien amor, hare lo que me pidas

    Esa respuesta hizo que se me pusiera la piel de gallina, mi mente empezó a imaginar de todo, mientras mis dedos no paraban de penetrarme.

    De pronto él le dio una leve cachetada, le pidió que abriera la boca, así lo hizo y para mi sorpresa le escupió en ella, creí que ella le reprocharía, pero contrariamente puso cara de sumisa y siguió chupando:

    -De ahora en adelante quiero que cuando llegue lo primero que hagas sea bajarme el pantalón y hacerme una mamada ¿entendido?

    -Si amor

    -Y luego de ello te pondrás de cuatro para cogerte cuanto yo quiera y como yo quiera, tampoco quiero que te me rehúses a nada, harás lo que yo diga sin oponerte ¿te parece?

    -Si amor (dijo esto mientras tenía el pene en su boca)

    En este punto yo ya estaba con las piernas a lo que me daba de abiertas, me estaba masturbando fuerte y a punto del orgasmo cuando vi como ella cerro los ojos, él la tomo de su cabeza y la mantuvo, luego la soltó y ella abrió la boquita mostrando la leche en su boca ¡wooow! En ese momento tuvo un orgasmo intenso, solté el teléfono y tocaba mis pechos mientras me dejaba llevar.

    Al final le envié un mensaje con una foto de mi vagina empapada y mi lengua afuera con un pie de foto que decía: “te lo ganaste, pronto seré yo la que me trague todo eso”.

    Al día siguiente ya ni pensaba en las lecciones, pasaba todo el día pensando en sexo, en todo lo que quería hacer con mi nuevo “juguete” y más luego de ver como era su esposa, ya que era una mujer atractiva y bastante sumisa, eso me daba muchas ideas pervertidas, pero sabía que debía ir con cuidado, además era más interesante ir lento así se disfrutaba más cada encuentro.

    Al día siguiente en el instituto deseaba poder iniciar con mi juego, deje a mis alumnos con una práctica y me fui directamente a la dirección, ahí iba yo con un vestido holgado mostrando mis piernas torneadas, bastante sensuales y sin ropa interior, entré, cerré con seguro, me fui directo al escritorio, vi cómo se acomodaba y quitaba varias cosas adelantándose a los acontecimientos suponiendo que yo me sentaría allí, abriría mis piernas y lo podría a hacerme un oral, pero esta vez quería algo diferente, así que me puse frente a él y viéndolo fijamente le ordene bajarse los pantalones y sin decir nada lo hizo, me asombro darme cuenta que ya tenía una erección.

    Me hinque tome su pene y sin decir nada comencé a chuparlo, su rostro era de asombro, intentó tomar mi cabeza pero lo detuve, quería que supiera que aún seguía mandando yo, le dije que pusiera sus manos atrás como si estuviera esposado y así lo hizo, seguí mi tarea mientras lo escuchaba gemir sintiendo como me lo introducía hasta mi garganta, me detuve y le dije:

    -Esta es la recompensa por ser un buen chico, si sigues así te daré cosas mejores ¿está bien?

    Él solamente asintió con los ojos cerrados ya que me había vuelto a meter su pene en mi boca, lo chupaba con dedicación, quería que se regara en mi boca, mientras lo chupaba recordaba los videos y eso hacía que me mojara más, sentía como varias gotas bajaban por mis muslos, deseaba ser penetrada pero también quería que se regara, así decidí calentarlo más.

    -¿lo hago mejor que tu esposa?

    -Si, si, lo haces mejor

    -¿me darás tu leche como se la diste a ella? (le decía esto mientras lo masturbaba)

    -sí, toda la que quieras.

    -Eso me gusta, pero ¿Qué tal si te pido que hagas más cosas para mí? ¿estarás dispuesto?

    -Claro lo que tú quieras

    -¿estás seguro?

    -Si, lo que quieras, solo pídelo y lo hare (estaba a punto de regarse, podía notar como se tensaba su cuerpo y su pene se endurecía más)

    -Perfecto, mañana quiero que traigas a tu esposa para la salida, quiero que le digas que tienes una sorpresa para ella y le vendaras los ojos.

    Abrió los ojos como platos y se me quedo viendo serio, así que tome su pene con fuerza, lo mire fijamente y le dije:

    -O ¿ya no quieres venirte en mi boca?

    Me miro, introduje su pene nuevamente en mi boca hasta casi atragantarme y solo asintió, empecé a chupara con más fuerza hasta sentir su semen tocar mi garganta, seguí chupando mientras lo tragaba todo, luego lo besé con pasión, abrí mis piernas y me senté sobre su pene aun erecto, él seguía excitado tanto que su pene no perdía fuerza. Lo tomé del pelo, hice su cabeza hacia atrás y le dije:

    -Has lo que te digo y tendrás más de esto

    Me sonrió y respondió:

    -Haré todo lo que me pidas.

    -Perfecto, la próxima podrás regarte en más lugares

    Le dije esto mientras me levantaba acomodándome el vestido y salía de su oficina, la verdad iba chorreando y deseaba tener un orgasmo, pero quería dejarlo con ganas y que se atreviera a cumplir.

    Por la noche cuando llegué a casa la verdad estaba aún caliente, tanto que no sabía qué hacer para desahogarme, así que decidí escribirle.

    -Mándame un video

    -¿de qué?

    -Improvisa, pero quiero que involucres a tu esposa

    Tardaba en contestar y hasta dudé de que lo enviara hasta que me llegó un video algo largo, estaba su mujer hincada frente a él en lo que parecía ser la sala chupando su pene con una venda en los ojos, chupaba mientras gemía y estando totalmente desnuda, me calenté de inmediato así que le envié una foto de mi vagina empapada para que supiera que lo estaba haciendo bien.

    Él le tomaba su cabeza para que entrara más profundo, provocando que casi se ahogara, yo no paraba de masturbarme con fuerza, de pronto él la levantó, la puso boca arriba en el sofá grande y le ordenó que abriera las piernas y ella sin decir nada así lo hizo, ella estaba empapada, su vagina chorreaba y eso me calentaba aún más, estando en esa posición le apretaba los pezones y le daba palmadas en su vagina, deseaba tanto ser ella, todo eso me calentaba tanto que grabe un pequeño video masturbándome y se lo envié sin pensarlo, mientras continuaba viendo como la sodomizaba y le metía el pene en la boca casi como si se la estuviera cogiendo y ella más se mojaba.

    Luego sin decir nada la tomo del cuello firmemente sin llegar a ahogarla, la penetro de golpe, podía escuchar los jugos de su vagina y el golpeteo de su pelvis chocar con ella, yo por mi parte me masturbaba cada vez más fuerte, estaba a punto de tener un orgasmo y gemía casi al mismo tiempo que ella, hasta que no pude más y mojé toda mi cama y hasta el piso, quedé tan cansada que así me quedé dormida pensando en el largo día que me esperaba mañana.

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