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  • Puro latino 2023

    Puro latino 2023

    Era agosto, el aire estaba cargado de música y el eco de risas despreocupadas. El festival de música latina había transformado aquel pequeño camping en un hervidero de sonidos y emociones. Jose de 29 y Lidia de 26 eran una pareja que acababan de llegar y caminaban entre las tiendas de campaña, sorteando grupos de amigos que bebían y bailaban al ritmo de los tambores y las guitarras eléctricas.

    —¿Te das cuenta de que somos los únicos que han traído una tienda tan pequeña? —comentó Lidia, tirando de la mano de Jose con una sonrisa divertida.

    —No necesitas mucho espacio cuando lo que importa es lo que pasa dentro —bromeó él, guiñándole un ojo.

    Lidia negó con la cabeza, sonriendo, y se abrazó a él mientras seguían avanzando. Llevaban varios años juntos y, aunque la rutina no había hecho mella en su deseo, Jose había empezado a abrir la puerta a nuevas fantasías. Lo habían hablado en varias ocasiones, siempre en la intimidad de su habitación, siempre con la adrenalina a flor de piel. En esos momentos, cuando el deseo los envolvía, Lidia sentía el cosquilleo de la excitación al imaginar las escenas que Jose le susurraba. Pero después, cuando la respiración se calmaba y el sudor se enfriaba en su piel, su mente volvía a poner límites.

    —Mira eso —dijo Jose de repente, señalando un pequeño círculo de personas cerca de una fogata. Bailaban, con los cuerpos rozándose, y las miradas eran intensas, casi desafiantes.

    Lidia observó la escena con una mezcla de curiosidad y recelo. Había algo en el ambiente del festival que hacía que todo pareciera más libre, más espontáneo.

    —Aquí parece que todo el mundo se olvida de lo que hay fuera —comentó ella.

    —¿Y si nosotros también nos olvidamos un poco? —propuso Jose en tono casual.

    Lidia entrecerró los ojos, divertida.

    —¿A qué te refieres exactamente?

    Jose deslizó su brazo por su cintura, atrayéndola más cerca.

    —A que podríamos dejarnos llevar más, sin tantas reglas.

    Ella le sostuvo la mirada unos segundos.

    —¿Hablas en general o de algo más específico?

    —Tú ya sabes de qué hablo —respondió él, bajando la voz.

    Lidia suspiró y apartó la vista por un momento. No era la primera vez que lo mencionaba. Durante meses, Jose había ido introduciendo poco a poco la idea en sus encuentros: la posibilidad de que alguien más estuviera presente, de que ella se dejara ver o incluso de imaginarse con otro. En el momento, aquello la hacía estremecerse. Pero luego, cuando su cabeza se enfriaba, siempre encontraba razones para frenar.

    —Sé que te gusta la idea cuando lo hablamos —continuó Jose—. Y no me lo estoy inventando. Lo veo en tu cara, en cómo reaccionas.

    Lidia mordió su labio inferior.

    —Sí, pero… una cosa es imaginar y otra hacerlo.

    —¿Y si solo damos un paso pequeño? —insistió él—. Sin compromisos. Solo sentir el ambiente.

    Ella sonrió con un deje de desafío.

    —¿Y cuál sería ese pequeño paso?

    Jose miró a su alrededor, alzando una ceja con diversión.

    —No lo sé… Quizá solo bailar un poco con alguien más. Verte moverte, observarte. Nada más.

    Lidia soltó una carcajada.

    —Ah, claro, solo eso —dijo con ironía.

    Jose levantó las manos en gesto inocente.

    —No tienes que hacerlo si no quieres. Solo digo que… estamos en un sitio perfecto para ello. Nadie nos conoce aquí.

    Lidia lo miró durante unos segundos más, analizando sus palabras, el brillo expectante en sus ojos. Y aunque sentía una ligera inquietud, también notaba ese cosquilleo travieso en la piel.

    —Veamos cómo avanza la noche —dijo finalmente, sin comprometerse del todo.

    Jose sonrió satisfecho mientras el ritmo de la música subía y la multitud se sumía cada vez más en la locura del festival.

    Durante los siguientes días comprobaron que el festival era un hervidero de energía. Durante el día, el calor del sol pegaba fuerte sobre las lonas de las tiendas, y las duchas improvisadas en el camping eran un desfile de cuerpos brillantes de sudor y agua fría. Pero era de noche cuando todo cobraba un aire más eléctrico, cuando las luces de los escenarios y el alcohol en las venas hacían que las miradas fueran más atrevidas y los cuerpos se movieran con menos inhibición.

    Lidia lo sabía. Y le gustaba.

    Había crecido acostumbrada a que los hombres la miraran, pero en aquel ambiente, donde la ropa se reducía a lo mínimo necesario para soportar el calor, lo notaba más que nunca. Sus shorts eran tan cortos que dejaban ver la parte baja de sus glúteos, firmes y redondos por años de natación. Su top de tela fina dejaba poco a la imaginación cuando la brisa nocturna soplaba en la dirección correcta, insinuando la silueta de sus pechos, lo justo para que las miradas se detuvieran ahí unos segundos más de lo normal. Y luego estaba el pequeño detalle que a muchos les llamaba la atención sin que ella hiciera nada: el piercing que adornaba uno de sus pezones, marcándose sutilmente bajo la tela cuando la temperatura jugaba en su contra.

    —Dime que lo haces a propósito —le susurró Jose una noche, mientras se inclinaba para hablarle al oído.

    —¿El qué? —preguntó ella, haciéndose la inocente.

    —Ese jueguecito de meterte entre los grupos de chicos cuando bailas.

    Lidia sonrió sin responder. La verdad era que sí, lo estaba disfrutando. Era como jugar con fuego sin quemarse… aún. Se acercaba a ellos, se deslizaba entre los cuerpos sudorosos, sintiendo cómo la mirada de algunos se detenía en sus piernas largas, en la curva perfecta de su espalda al moverse al ritmo de la música.

    Los comentarios no tardaron en llegar. Algunos chicos intentaban ser discretos, pero otros lo decían sin filtro, animados por el alcohol y la excitación del ambiente.

    —Joder, vaya piernas tiene la rubia… —escuchó murmurar a alguien detrás de ella en un concierto.

    —Y vaya culo, tío, parece esculpido.

    —¿Se habéis dado cuenta del piercing? Dios… qué morbo.

    Lidia no reaccionó, pero sintió el calor subirle por el cuello. Sabía que Jose había escuchado también, porque su mano en su cintura se tensó un poco.

    —Vaya, parece que tienes fans —bromeó él en su oído.

    Lidia le miró de reojo, divertida.

    —Tú querías que jugara un poco, ¿no?

    Jose rio bajo, deslizando los dedos por la piel descubierta de su espalda.

    —Me encanta verte así.

    La noche siguió avanzando, y con cada canción, con cada cerveza, Lidia se dejaba llevar un poco más. Fue en ese ambiente, con el sudor pegándole la ropa al cuerpo y la adrenalina burbujeando en sus venas, cuando se toparon con Dani por primera vez.

    Sucedió en uno de los conciertos principales. Lidia estaba bailando sin preocuparse por el espacio cuando, sin darse cuenta, tropezó con alguien.

    —¡Eh! —dijo el chico con una sonrisa—. Si vas a atropellarme, al menos dime tu nombre.

    Lidia rio, echando un vistazo rápido. Era más joven que ella y Jose, quizás seis o siete años menor, con el cabello ligeramente despeinado y un aire despreocupado.

    —Lidia. ¿Tú?

    —Dani. Y por cierto, muy buen movimiento de cadera, casi no lo vi venir.

    Jose, que observaba la interacción con interés, intervino con una sonrisa.

    —Tiene buena práctica.

    Dani les miró a ambos, como evaluándolos.

    —¿Sois pareja?

    —Sí —respondió Lidia sin dudar.

    Dani asintió, sin perder la sonrisa.

    —Buena combinación.

    Después de ese primer encuentro, las coincidencias comenzaron a repetirse. Dani aparecía en los mismos conciertos, en los mismos grupos de gente bebiendo y charlando junto a las tiendas. Tenía ese carisma natural que hacía que fuera fácil hablar con él, y pronto se integró en la dinámica entre ellos.

    Una noche, después de varias cervezas, Lidia notó que Jose la miraba con esa expresión que ya conocía bien. Como si estuviera evaluando la situación, disfrutando del ambiente y de cómo las cosas se desarrollaban poco a poco.

    —¿Qué? —le preguntó ella en voz baja.

    Jose sonrió con calma.

    —Nada. Solo que te veo cómoda.

    Ella se encogió de hombros.

    —Lo estoy.

    —Me gusta verte así.

    Lidia le sostuvo la mirada. Sabía exactamente a qué se refería, y el latido en su pecho se aceleró solo un poco. No era una situación nueva, pero esta vez no era solo una fantasía en palabras. Esta vez, la posibilidad estaba allí, tangible, en la noche cálida del festival.

    Y esta vez, Lidia no estaba segura de si quería frenarlo.

    Los últimos días del festival parecían más intensos que los primeros. Como si la acumulación de música, alcohol y noches sin dormir fuera encendiendo cada vez más los sentidos de todos los que estaban allí. Y Lidia no era la excepción.

    Se había acostumbrado a las miradas, a los comentarios cada vez más descarados. Al principio eran sus piernas, después su espalda o directamente su culo, luego el piercing que más de uno había notado marcándose bajo la tela. Pero aquella última noche, lo que llevaba puesto elevaba todo a otro nivel.

    Se había vestido para brillar, literalmente. Su piel tenía un sutil reflejo dorado por la purpurina que había esparcido en los hombros y clavículas. Su falda era una mínima prenda de tela, era corta, sí, pero también ajustada, abrazando la curva perfecta de sus glúteos y marcando cada centímetro de su forma. Era el tipo de prenda que no dejaba lugar a dudas: tenía un culazo que quitaba el aliento, y esa noche, todos en el camping parecían notarlo, apenas cubría lo justo y dejaba a la vista la piel bronceada de sus muslos.

    Debajo, un micro tanga de hilo, tan minúsculo que ni siquiera se marcaba, pero que ella sentía presente con cada paso. Y en la parte de arriba, un top de gasa con transparencias que no dejaba demasiado a la imaginación, haciendo que el pequeño piercing en su pecho pareciera más un accesorio intencionado que un secreto.

    Mientras caminaba junto a Jose por la zona de conciertos, los comentarios eran más descarados que nunca.

    —Dios, mira ese culo, tío… —escuchó susurrar a uno.

    —Si se agacha, juro que me caigo de espaldas.

    —¿Cómo coño puede llevar eso y pretender que la gente no se le quede mirando?

    Lidia sonrió para sí misma. No era su intención disimular nada.

    Jose lo notaba todo, y lejos de molestarse, disfrutaba del espectáculo tanto como los demás. Cuando llegaron a la zona del concierto principal, se inclinó hacia su oído con voz baja y divertida.

    —Si querías ser la reina del festival, lo has conseguido.

    Lidia le lanzó una mirada de reojo, divertida.

    —¿Celoso?

    Jose negó con una sonrisa.

    —Orgulloso.

    Y como para dejar claro que ella era suya, deslizó la mano por su trasero y le dio un apretón firme, sin disimulo. Un gesto que hizo que más de uno alrededor los mirara con envidia y sorpresa.

    —Joder, qué cabrón —escucharon decir a un tipo cerca—. Si yo tuviera a una tía así, no la dejaría salir de casa.

    Lidia rio, sintiendo la adrenalina correrle por la piel. Todo aquello, la ropa, los comentarios, las miradas clavadas en ella, la forma en que Jose la exhibía con descaro… la estaba excitando más de lo que habría admitido en voz alta.

    Dani no tardó en encontrarlos entre la multitud. Cuando la vio, silbó bajo y la recorrió con la mirada sin disimulo.

    —Madre mía, Lidia… Con ese outfit vas a causar accidentes graves.

    Ella rio, con una seguridad que tal vez antes no habría tenido.

    —Tú preocúpate por disfrutar el último día.

    El festival llegó a su punto más álgido con el concierto final. La multitud saltaba, sudaba, se entregaba al ritmo de la música como si no existiera el día siguiente. Lidia, entre Jose y Dani, bailaba sin preocuparse de nada más. Sentía el roce de cuerpos alrededor, las miradas clavadas en ella. Sabía que cada vez que se movía con más energía, su falda subía lo suficiente como para que alguien detrás tuviera una vista privilegiada. Y no podía negar que la idea la encendía.

    Jose lo notaba.

    —Estás caliente —susurró contra su oído en algún momento de la noche, con los labios rozándole la piel.

    Lidia lo miró de reojo.

    —¿Y tú no?

    Jose no respondió. No hacía falta.

    El último concierto llegó a su fin, y con él, el festival empezó a apagarse poco a poco. La gente se abrazaba, y aunque seguirían de fiesta hasta que se acabase el alcohol, muchos eran los que ya hacían planes para la siguiente edición.

    —Bueno, chicos, ha sido un placer —dijo Dani, estirándose después de terminar la última cerveza que se habían tomado en el césped.

    Jose lo miró, como si evaluara algo en su cabeza antes de tomar una decisión.

    —¿Te vas ya? —preguntó con tono casual.

    Dani se encogió de hombros.

    —En realidad no tengo prisa.

    —Entonces vente a la tienda a por unas últimas cervezas. Nos queda un par en la nevera.

    Lidia giró la cabeza para mirarlo, pero Jose solo le devolvió una sonrisa tranquila. Como si fuera la cosa más normal del mundo.

    Dani dudó solo un segundo antes de aceptar.

    La tienda de campaña era pequeña, lo justo para que dos personas estuvieran cómodas y una tercera tuviera que buscar la forma de acomodarse sin invadir demasiado. Lidia entró primero, sentándose con las piernas dobladas hacia un lado. Su falda se levantó apenas al hacerlo, pero no intentó corregirlo. En cuanto se acomodó, Jose señaló la pequeña nevera portátil en la esquina.

    —Lidia, saca las cervezas.

    Sin pensarlo demasiado, se inclinó a cuatro patas, estirándose para abrir la tapa de la nevera.

    No se dio cuenta de la visión que acababa de ofrecer hasta que sintió el silencio repentino en la tienda.

    Dani tenía la boca entreabierta, paralizado por lo que acababa de ver. Desde su posición, la falda de Lidia se había levantado lo justo para dejar totalmente expuesto su culo. El diminuto tanga de hilo no hacía nada por cubrirlo; al contrario, se perdía entre sus glúteos, dejando toda la piel tersa y redonda completamente a la vista. Si te fijabas bien, a pesar de la leve luz, incluso podías ver cómo asomaba la pervertida circunferencia de su ano.

    Jose, sentado cómodamente, bebió un trago de su cerveza y observó la escena con una calma calculada.

    Cuando Lidia se giró, se dio cuenta al instante de lo que había pasado. Pero en lugar de reaccionar avergonzada, simplemente tomó una de las cervezas y se sentó frente a Dani, cruzando las piernas despreocupadamente, como si nada hubiera pasado.

    Dani apenas pudo reaccionar antes de notar la segunda visión.

    Desde su nueva posición, con la luz tenue de la tienda y la postura relajada de Lidia, pudo ver la pequeña prenda de encaje entre sus muslos. Era tan mínima y fina que dejaba entrever el contorno de su precioso coño debajo.

    Lidia tomó un sorbo de su lata con tranquilidad, como si no notara la tensión en el aire.

    Jose sonrió de lado y levantó su lata en un gesto de brindis.

    —Por el festival —dijo.

    Dani tardó un segundo antes de reaccionar y chocar su lata con la de él.

    El aire dentro de la tienda se volvió más denso. La acumulación de noches, de miradas furtivas, de insinuaciones no tan inocentes estaba llegando a su punto más alto.

    Y esta vez, ninguno de los tres parecía querer frenarlo.

    Dani bebía de su cerveza en silencio, pero su mirada delataba la excitación que intentaba disimular. Jose lo sabía. Lidia también. Y aunque hasta esa noche siempre había puesto un freno, algo en ella se sentía diferente esta vez.

    Jose decidió jugársela.

    —Hace calor aquí dentro, ¿no? —comentó, quitándose la camiseta con naturalidad.

    Lidia bebió un trago de su cerveza y sonrió.

    —Un poco.

    Jose miró a Dani y levantó una ceja.

    —No te cortes. Ya hay confianza.

    Dani dudó solo un segundo antes de hacer lo mismo. Su torso quedaba al descubierto, pero no fue su cuerpo lo que atrajo todas las miradas en ese instante.

    En ese momento, Lidia, sin decir nada, se levantó ligeramente y deslizó su falda ajustada por sus caderas, dejándola caer a un lado. Para alegría de Jose y para impresión de Dani.

    Ya sólo la cubrían el top de gasa semitransparente y el pequeño tanga de hilo.

    Dani contuvo el aliento. La visión de esas piernas largas y esculpidas, del culo firme apenas cubierto por el hilo que desaparecía entre sus glúteos, de su piel bronceada bajo la luz tenue… estuvo a punto de perder el control.

    Jose sonrió al ver su reacción.

    —¿Nunca habías visto a una mujer así de cerca? —bromeó con una mirada cómplice.

    Dani tragó saliva, sin apartar la vista.

    —No así…

    La respiración de Lidia se había acelerado, su pecho subía y bajaba con más intensidad. Sus mejillas estaban levemente sonrojadas, y aunque no decía nada, la forma en la que apretaba los labios delataba su propia excitación.

    Jose esperó un momento antes de dar el paso definitivo.

    —Por cierto, Dani… —dijo en tono casual—. ¿Alguna vez has visto un piercing como el de Lidia?

    Dani parpadeó.

    —No…

    Jose miró a Lidia. Y lanzó un último órdago.

    —Enséñaselo.

    Hubo un silencio. Lidia le sostuvo la mirada unos segundos, sintiendo su pulso acelerado en sus oídos. Y entonces, levantó su top de gasa y dejó sus pechos al descubierto, Dani se quedó sin palabras. Sus pezones endurecidos y el pequeño piercing brillando bajo la luz tenue lo llevaron al borde de la locura.

    —Joder… —susurró Dani, sin poder disimular su excitación.

    Lidia lo miró con una sonrisa traviesa, disfrutando del poder que tenía en ese momento. Pero no tuvo tiempo de decir nada más, porque en un instante, Dani la atrapó entre sus brazos y la tumbó sobre la esterilla. Su boca devoró la suya con hambre, mientras sus manos recorrían sin freno su piel ardiente.

    En cuestión de segundos, el pequeño tanga de Lidia y los pantalones de los dos hombres quedaron en algún rincón de la tienda.

    Los tres estaban desnudos.

    Jose, sentado a un lado, no apartaba la vista. Veía cómo Dani separaba con firmeza las piernas de Lidia y se colocaba entre ellas, frotando su polla dura contra su coño mojado. Lidia gimió al sentirlo, arqueando la espalda en anticipación.

    —Mmm… joder, sí… —susurró ella, moviendo las caderas en busca de más contacto.

    Dani no esperó más. Sujetándola por los muslos, la embistió de golpe, haciéndola soltar un grito ahogado.

    —Ohh… sí… dame más… —gemía Lidia mientras Dani empezaba a follarla con fuerza.

    El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la tienda. Jose se agarró la polla dura y comenzó a masturbarse, hipnotizado por la escena. Veía cómo Dani hundía su verga una y otra vez en el coño de su novia, cómo ella gemía sin contención, completamente entregada.

    —Te encanta esta polla, ¿eh? —gruñó Dani, sujetándola de las caderas mientras la embestía sin piedad.

    —Sí… me encanta… fóllame más fuerte… —jadeaba Lidia, agarrándose a sus hombros.

    Jose apretó los dientes, sintiendo cómo la escena lo hacía estremecer de placer. Pero aquello solo estaba comenzando.

    Con un movimiento hábil, Lidia empujó a Dani y se colocó encima, guiando su polla dentro de ella mientras se sentaba sobre él. Sus manos descansaban en su pecho, y comenzó a moverse con maestría, cabalgándolo con movimientos rápidos y profundos.

    —Mmm… qué zorra eres, cómo te gusta montar la polla… —murmuró Dani con una sonrisa oscura.

    —Me encanta… tu polla está tan dura… —susurró morbosamente Lidia mientras aceleraba el ritmo.

    Jose jadeaba mientras veía el cuerpo de su novia brillar de sudor, sus tetas rebotaban con cada embestida y su coño devoraba la polla de Dani sin descanso.

    Pero Dani aún quería más.

    Con un movimiento brusco, la agarró por la cintura y la giró, colocándola a cuatro patas. Sin darle tiempo a reaccionar, la sujetó del culo y la penetró con fuerza desde atrás, haciendo que Lidia soltara un gemido agudo.

    —Aahhh… sí… dame más… empótrame… —gritó ella, aferrándose a la lona de la tienda.

    Jose sentía que su propia excitación estaba por desbordarse. El sonido de la piel chocando, los gemidos de su novia, la manera en que su cuerpo se estremecía con cada embestida… era demasiado. Apretó los dientes, jadeando, sintiendo su propio clímax sacudirlo. Con un jadeo final, se corrió en su mano, respirando pesadamente.

    Se puso los pantalones con movimientos torpes, salió de la tienda y se dejó caer en una de las sillas plegables junto a la entrada. El aire fresco de la noche golpeó su piel caliente, pero su excitación no disminuyó.

    Porque entonces escuchó.

    El sonido que llegaba desde el interior de la tienda era claro. Lidia no contenía sus gemidos, y Dani no ocultaba su excitación.

    Dani la follaba con furia, agarrándola de las caderas y dándole azotes que resonaban en la noche.

    —Toma… toma, puta… —gruñía él, sin bajar el ritmo.

    —Ooohh… sí… fóllame así… más fuerte… más duro… —jadeaba Lidia, perdida en el placer.

    Jose sintió que su cuerpo volvía a reaccionar. Pero no solo por lo que escuchaba.

    Sino porque no estaba solo.

    Apenas giró la cabeza, notó que algunos de los vecinos de camping también estaban pendientes. A poca distancia, en otra tienda, dos chicos hablaban en voz baja.

    —¿La escuchas? Joder… esa rubia tiene que ser una bestia en la cama.

    —No me jodas, tío. He estado mirándola todo el festival, con ese culo… y ahora está ahí dentro, dejándose dar lo suyo.

    —No me extraña. Con esa faldita y esa cara de zorra estaba pidiendo guerra.

    En un momento, también pasaron un grupo de chicos que llegaban de recogida, se quedaron mirando y siguieron andando hacia adelante. Susurraban entre ellos, sin molestarse en bajar demasiado la voz.

    —No me jodas… ¿está con otro tío ahí dentro?

    —Sí, tío, no es el novio. Cómo lo está disfrutando la muy guarra.

    —Joder, qué zorra… Mira cómo grita.

    Jose sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

    Dentro de la tienda, el ritmo de los jadeos aumentó, los sonidos de los cuerpos chocando en la tremenda follada que estaban inmersos, eran cada vez más intensos. Hasta que ambos se corrieron en unos orgasmos bestiales diciéndose de todo.

    Hasta que, de pronto, Dani soltó un gruñido.

    —Ooohh toma, Lidia… toma mi leche, puta… —murmuró entre dientes mientras se corría dentro de ella.

    Lidia gimió con fuerza al sentir la descarga caliente llenando su interior.

    —Aahh… sí… me corro… lléname el coño… lléname… —susurró con voz temblorosa, estremeciéndose por completo.

    Y Jose, sentado en la noche, solo podía escuchar y dejarse llevar por el placer de saber que todo aquello, cada mirada, cada comentario, cada deseo provocado, había llevado a ese momento.

    El festival estaba terminando.

    Pero esa noche quedaría grabada para siempre.

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  • Una entrada sin salida al bar del placer

    Una entrada sin salida al bar del placer

    Llegamos por fin al lugar, un bar que asemejaba a una gruta del siglo XV. La entrada tenía una puerta de hierro muy alta y un poco oxidada, de un color negro casi grisáceo corroído por el paso del tiempo. De pronto, una nube de humo blanco comenzó a salir desde el suelo y apenas se divisaba la tenue luz violeta que titilaba desde el cartel que publicitaba el lugar: la palabra Alastor con su luz de neón aleatoria, nos marcó el camino para distinguir la puerta y la entrada al lúgubre bar.

    Noelia tomándome del brazo me susurraba en el oído las ganas de volver a casa. Le conteste que se tranquilizara y que la fama de este lugar estaba garantizada por la publicidad y por los numerosos comentarios que auguraban un templo de diversión y fiesta

    Nuestra primera impresión cuando ingresamos fue la de un bar común y corriente. Los latidos de los tambores africanos sonaban con fuerza. Los gritos desgarradores de Mick Jagger anunciaban su viejo éxito “simpatía por el diablo”, allí, Lucifer tomando el lugar de diferentes personas, todas emparentadas con la maldad y el exceso: la policía que maltrataba a los negros en Norteamérica y el asesino de Kennedy fundidos en una sola persona.

    Nuevas bandadas de humo volvían a aparecer y de pronto comenzaba a distinguir algunos rostros que uno solo tiene en fotos y en videos. Vestido con piel de lagarto, Jim Morrison bebía un vaso gigante de bloody mary y Charles Manson tocaba su larga barba al mismo tiempo que una señorita le practicaba una fellatio por entre la mesa.

    Mire desconcentrada a mi compañera quien observaba excitada a un hombre alto, de una gran espalda, el pelo azabache hasta sus hombros y unos ojos que asemejaban a los de un felino. Este sonreía odiosamente y con lascivia, con su boca grande y su lengua larga y filosa. Como por arte de magia, las manos de mi amiga ya formaban parte del cuerpo desnudo lubricado por la transpiración, sus dedos dibujaban círculos en ese tórax apabullante, en el sexo bien marcado entre una fina lona blanca que tenía entre sus piernas.

    Todo empezó a parecerme raro. Apenas había probado un poco de vino en la entrada, pero mi cabeza comenzó a darme vueltas y mi vista parecía alucinar. A mi izquierda, una mujer cercana a los dos metros exhibía para todos lo que quisieran ver y tocar, unas exuberantes tetas que se movían al mismo tiempo que su baile pélvico.

    Mi amiga a esa altura ya desaforada, ingería un pene monumental, muy venoso y de una piel que semejaba a la de una serpiente. Lo saboreaba, le pasaba su lengua por su glande, se lo metía hasta su garganta sintiendo el calor de ese sexo monstruoso. Mi desconcierto aumentaba al observar en un sillón cercano a la barra de bebidas, a una mujer sentada arriba del pene de un hombre gordo cabalgándolo a un ritmo desenfrenado.

    Pude llegar a ver el movimiento de sus tetas que se bamboleaban rápidamente y eso llegó por fin a excitarme de un modo insurrecto. Mi corazón latía al ritmo de AC/DC con su Autopista hacia el infierno, mi entrepierna comenzaba a humedecerme y la temperatura de mi cuerpo aumentaba a cada segundo.

    Las mesas que estaban en el medio de unos sillones de pana servían para administrar muchísimas líneas blancas de cocaína que la gente que se acercaba aspiraba a un ritmo frenético. El alcohol seguía desfilando por doquier y el sexo explícito estaba dominando la escena del bar.

    Quise rápidamente moverme de mi estado de aturdimiento e intenté dar unos paso en busca de mi amiga. No tarde mucho en encontrarla por que en otros sillones cercanos al baño estaba siendo doblemente penetrada por dos monstruos, por así llamarlos, de aproximadamente dos metros de alto. El que estaba abajo era un hombre moreno muy apuesto y el otro, también de color, parecía tener el rostro desfigurado. Esto, sin embargo, no le prohibía follarse sin piedad por el culo a mi amiga que gritaba desaforadamente como si cada embestida fuese un orgasmo infinito.

    Quise huir para el lado del baño cuando una fuerte mano me tomo del hombro. Era el mismo hombre al que mi amiga se le abalanzó minutos antes para chupar ese miembro tan varonil.

    -Permítame presentarme señorita, soy el dueño de este lugar. Mister Beelzebuth, quizás haya oído hablar de mí.

    Entre mi excitación y mi desconcierto no llegue a balbucear ni un saludo. El hombre continuó su introducción con su voz grave – Este es un lugar en donde lo mas importante es sacarse de encima las represiones y gozar de la libertad absoluta. En donde no exista ninguna moral burguesa que te enseñe que es o no pecado, prevalece aquí una sola ética que es la del disfrute y el deseo, la perversión y el desenfreno sin molestar a nadie. Volvió a sonreír sugestivamente. – Demás esta decir que estoy encantado de su presencia, una mujer tan hermosa. Agradecí con un susurro tímido y al mismo tiempo la escena volvió otra vez a substituirse. El apuesto dueño que estaba delante de mí se esfumó.

    Un humo ahora más grisáceo casi negruzco retornó al ambiente, unas luces rojas se encendieron sobre mi presencia y numerosas manos de diferentes tamaños y texturas comenzaron a manosear mi cuerpo. Viajaban por entre mis piernas, mi cadera; sacaban suavemente mi falda y mi camisa blanca. La música tapaba mis gemidos; unos dedos jugueteaban en mi vagina bastante humedecida, otros con mis tetas turgentes.

    Lenguas que se desenrollaban de unas bocas enormes terminaban en mi boca y en mi cuello produciéndome como unas descargas eléctricas en mi todo mi cuerpo. Cuando abrí por fin mis ojos pude observar a solo un hombre de excelente porte y con unos músculos bien marcados en cada centímetro de su cuerpo.

    Sin emitir ningún sonido, me tomó primero de una de las piernas para luego llevarme hacia su cuerpo desnudo y comenzar a penetrarme sin miramientos por entre mis bragas. Se movía dentro de mí con delicadeza y brutalidad. Arrancó luego mi camisa y mi sostén y al mismo ritmo que me follaba como un macho cabrío, me chupaba los pechos que ya me dolían del placer.

    No lleve la cuenta de los orgasmos que tuve ni la cantidad de tiempo, solo que aparecí cerca de la barra de bebidas transpirada y con olor a sexo y alcohol. La escena a mí alrededor se había convertido en una orgía colosal. Miré el reloj y este no marcaba ninguna hora. Quería estar ya en mi casa para descansar; buscando la puerta de salida me di cuenta que seguía totalmente desnuda apenas apoyada en mis elegantes tacos altos.

    Di unas vueltas al lugar y el que no estaba follando, bebía o metía todo lo que pudiera en su nariz. Por fin la encontré a ella completamente desamparada de su propia persona; borracha, con su desnudez radiante, con los ojos rojizos y tambaleante. La abracé y la llevé en forma inmediata al baño para mojarle la cara y despejarla de su estado. Lave su cara. La miré bien a los ojos.

    Observe que me quería decir algo, pero no podía balbucear ni una sílaba. Me atreví a decidir por mi misma y creí a bien entender lo que ella quería decirme, por lo que comencé a besarla sin vergüenza, hurgando en el interior de su boca, compartiendo lo sucio de mi lengua todavía reseca del río de semen que quedó en mi boca.

    Abracé su blanco cuerpo y quise quedarme allí para toda la eternidad. Su cabeza acompañaba a la mía y ella me susurró algo que esforzadamente llegué a escuchar. Cumplí lo que yo suponía que era su deseo. La senté como pude y abrí bien sus piernas para tener su sexo a mi disposición. Sus olores eran una mezcla de azufre, semen y los exhalados por su propia excitación.

    Coloqué su cabeza entre sus piernas y comencé a chupar. Abrí bien sus labios y los exploré en toda su dimensión. Ella me pedía más con unos gemidos exagerados. Mi lengua ya estaba áspera de tantos orgasmos que saboreaba.

    Cuando ya el cansancio se apoderó de nuestros cuerpos decidimos salir de allí, buscamos puertas, atajos. Chocábamos con una mujer gorda frotando una verga entre sus senos, con un hombre firmando un largo papel con su sangre que le chorreaba de su muñeca, con un moreno con un afro característico quemando una guitarra.

    No podíamos, sin embargo, encontrar una salida. Solo volvimos a ver a nuestro anfitrión ya totalmente despojado de sus ropas y colgando su sexo desmedido. Él, reanudó su eterna sonrisa, abrió aún más sus ojos y nos hizo saber el reglamento el lugar.

    —Ustedes ya forman parte de nuestro elenco perpetuo de visitantes. No podrán salir nunca más de aquí, firmaron un pacto con sus cuerpos, con sus lujurias y con su búsqueda de placer. Este es el precio que pagaron por eso.

    Mi amiga y yo nos miramos atónitas, sin embargo, en nuestro subconscientes sabíamos que la entrada al lugar era eterna y no había vuelta atrás.

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  • Espiando a mi vecina

    Espiando a mi vecina

    Aquella noche no podía dormir. La verdad es que ni siquiera le daba la más mínima oportunidad al sueño para que hiciera mella en mí. La noche era bastante calurosa, y la sola idea de abandonar la terraza para meterme en el dormitorio la hacía aún más. Así que seguía allí, devorando inexorablemente cada minuto de la noche y acercándome cada vez más a un nuevo día.

    Siempre me ha gustado la imagen multicolor de una ciudad cuando la luz del sol deja de iluminarlo todo y son otras luces, las de las bombillas, las que se encargan de ello. Especialmente me han llamado la atención aquellas ventanas abiertas, que te permiten formar parte de ellas desde la distancia.

    Sin embargo, esa noche me había fijado repetidas veces en una que llevaba encendida bastante tiempo, pero por delante de la cual no acertaba a pasar nadie. Quizá eso me llamara la atención y me hiciera estar más atento que al resto de las luces, porque realmente el trozo de estancia que dejaba ver no era especialmente grande, ni era especialmente llamativo por nada. Eso o quizás la casualidad o el destino… ¡maravilloso destino!

    Al cabo de un rato, ante mis ojos y por aquel hueco iluminado apareció la silueta de una mujer que, a simple vista y a pesar de la distancia, se me antojó muy atractiva, más influido quizá por la suavidad de sus movimientos y por cierta aura de sensualidad que la envolvía.

    Se movía por una habitación que parecía ser la cocina, aunque solo tenía a la vista el hueco que dejaba una puerta abierta y era más reconocible por el lavadero que la precedía, que por la propia habitación. Una cortina tapaba un gran ventanal junto a esa puerta.

    La segunda vez que cruzó por delante de la puerta, la luz era más directa sobre ella y me hizo correr a la habitación donde guardo los prismáticos, puesto que me pareció ver que estaba en ropa interior.

    Es normal que en noches tan calurosas la forma más cómoda de estar en casa sea inversamente proporcional a la cantidad de ropa que se lleva puesta, y además no es extraño conjugar este hecho con tener las ventanas abiertas. Digo esto porque no fue en sí el hecho de que estuviera en ropa interior lo que me llevó a buscar los prismáticos, sino poder ver de cerca el erotismo que esa mujer parecía derrochar.

    Estaba tan impaciente por comprobar si era tan hermosa como parecía, que esa misma impaciencia me hizo ser imprudente, ya que cuando regresaba no tuve la precaución de apagar la luz, con lo cual era tan visible para ella como lo había sido ella para mí.

    Y así pareció ser, porque cuando pudo enfocarla a través de mis lentes, no sé si la casualidad o el reflejo de alguna luz en los cristales, hizo que sus ojos se cruzaran con los míos.

    Como no quiero faltar a la verdad, no fue precisamente en sus ojos en los primero que reparé. Toda la sensualidad que parecía tener se elevó a la enésima potencia cuando la pude contemplar de cerca. Derrochaba erotismo y sensualidad por todos los poros de su piel.

    Llevaba puesta la ropa interior más sexy que yo había visto nunca y parecía estar hecha para ella. El sujetador no le cubría el pecho, tan solo se limitaba a acariciarlo desde abajo, como si dos suaves manos los sujetaran desde la base para resaltar aún más su esplendor, dejando a mi vista unos pezones grandes y perfectamente dibujados que invitaban a todo. Las braguitas tampoco eran excesivamente grandes y parecía que tan solo se mantenían pegadas al cuerpo por dos delgadas cintas negras que parecían anudarse a cada lado, mientras que por detrás dejaban perfectamente a la vista dos rotundos glúteos desnudos.

    En ese momento mi corazón, que instantes antes galopaba como un caballo desbocado, se paralizó cuando sus ojos se cruzaron con los míos, y a pesar de la distancia que nos separaba, reconocí que había descubierto mi presencia. En un solo segundo me quedé helado y sentí un calor abrasador. Aquel maravilloso espectáculo estaba a punto de desaparecer por mi imprudencia.

    Sin dejar de mirar en mi dirección se acercó a la ventana, pero ante mi atónita mirada, en lugar de cerrar la puerta que me permitía contemplarla, se acercó a la ventana, la abrió de par en par y descorrió la cortina que cubría el enorme ventanal.

    Ante mis ojos apareció, entonces, toda la cocina, desde un extremo al otro, quedando ante mis ojos todos los movimientos que realizaba por la estancia, y pude comprobar la belleza de su cuerpo en movimiento. Ella siguió atareada, imagino que recogiendo la cocina, sin dejar de dirigirme de vez en cuando alguna mirada.

    Debía tener calor porque agitaba sus manos como queriendo hacerse aire con ellas. En ese momento abrió el grifo, llenó sus pequeñas manos con agua y, muy despacio, fue humedeciéndose la nuca, el cuello, hasta bajar hasta el pecho, donde las palmas de sus manos acariciaban sus pezones de tal manera que estos parecían querer saltar de su piel de erectos que estaban. Ella seguía acariciándoselos con agua, pellizcándoselos entre los dedos, mientras el agua iba deslizándose por su vientre.

    Se dirigió entonces a la puerta de la habitación, la cerró, dejando ante mi vista un perfecto escaparate blanco, sobre el que su piel y su ropa interior resaltaba como una montaña en el horizonte. Abrió el frigorífico y, al momento, sacó una cubitera de hielo que yo habría derretido con tan solo tocarla. Cogió un cubito de hielo en cada mano, y comenzó a chuparlo muy despacio, dejando que las gotas resbalaran por su barbilla y por su cuello. Después siguió haciéndose caricias frías por los hombros y por sus pechos, hasta rodear sus pezones, haciendo círculos concéntricos hasta aplastarlos con el hielo. Yo me imaginaba chupando y mordiendo esos pezones duros y fríos.

    Su cuerpo se movía sinuosamente sobre la pared de azulejos blancos. No paraba de rozarse ni de mover las piernas como queriendo contraer los muslos. Me imaginaba su clítoris saltando entre sus piernas, como llamándola a gritos.

    Ella pareció oír esa llamada, porque sus manos se dirigieron hacia su coño, primero a través del tanga, que iba mojando con las gotas que dejaba escapar el hielo, como constancia del calor imposible de sofocar que emanaba de su sexo. Después sus manos se perdieron bajo el encaje negro que no paraba de moverse, mientras sus ojos daban muestras del placer que estaba sintiendo con el frío roce.

    Cuando llegaron los trozos de hielo con la intención de acallar su clítoris todavía tenían cierto tamaño, así que al sacar las manos sin ellos supuse que no habían hecho otra cosa que guardarlos en su cálida raja para que ellos mismos se deshicieran, mientras sus manos de dirigieron de nuevo al frigorífico.

    Cuando lo cerró no podía dar crédito a mis ojos. No era más hielo lo que había sacado. Era algo bastante más grande y alargado, de color verde. Me pareció un pepino, y era de un tamaño más que considerable. Se acercó al grifo, lo enjuagó, y comenzó a chuparlo suavemente, acariciándole la punta con la lengua, y recorriéndolo después de principio a fin con los labios entreabiertos, mientras seguía dirigiéndome de vez en cuando alguna mirada, como queriendo tener constancia de que no se me escapaba nada, salvo alguna gota de vez en cuando.

    No podía creer que aquello me estuviera pasando a mí. Mientras ella no paraba de chuparlo yo no podía hacer otra cosa que masturbarme, y prácticamente igualaba el tamaño del pepino, que saltaba desde su boca hasta las tetas y, cómo no, hasta el tanga que ella separaba para poder acariciarse directamente el clítoris. Seguía moviéndose sensualmente al ritmo que su cuerpo le pedía, mientras su cara denotó que estaba haciendo algo mas que acariciar su clítoris. El pepino poco a poco la iba penetrando mientras ella abría la boca y mordisqueaba sus labios entre sus dientes.

    Así comenzó una serie de movimientos con los que iba metiéndoselo cada vez un poco más. Cuando tuvo un buen trozo dentro lo sacó, se lo llevó a la boca y lo chupó como si de un manjar delicioso se tratara. Mientras lo chupaba, sus dedos no dejaban de juguetear con su coño. Yo sentí que estaba presenciando una orgía de sensaciones y placeres, tanto de ella como míos, por poder asistir a un espectáculo como ese.

    En ese momento se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre. Imaginé que era su marido porque ni él se asombró en absoluto de encontrársela así, ni ella intentó disimular ni un ápice su conducta. Más bien lo contrario. Ella lo miraba mientras chupaba el pepino intentando transmitir qué quería de él.

    Yo temí que él no estuviera de acuerdo con que aquel espectáculo fuera retransmitido a través de aquella cristalera para todo aquel que quisiera mirar; y ella también debió pensarlo porque antes de aceptar la invitación que su marido le hacía inclinándole la cabeza hacia abajo, ella le vendó los ojos con una servilleta.

    Una vez aislado visualmente su marido, ella dio rienda suelta a su pasión, y comenzó a comerle la polla con unas ganas que no sé cómo no se corrió a la quinta embestida que aquella mujer hacía sobre el miembro de su marido. Ella seguía comiéndosela mientras sus manos fueron liberando su sexo de las ataduras que lo escondían tras el encaje negro, y cuando estuvo desnudo, siguió acariciándoselo mientras se metía más de un dedo por su raja que debía estar a cien grados de temperatura.

    De pronto se puso de pie, dejándome ver su sexo perfectamente dibujado sobre aquella blanca pared, colocó uno de sus pies sobre una silla, dejando bajo ella un arco perfecto donde su marido se colocó y comenzó a comerle el coño, sin dejar ni un centímetro sin recorrer con su lengua, mientras ella seguía dispuesta a no darle descanso a sus pezones, que iban saltando entre sus dedos mientras sus ojos luchaban por mantenerse abiertos.

    A juzgar por la expresión de su cara el placer que estaba sintiendo era extremo, por lo que sentó a su marido en la silla frente a la ventana, y ella se sentó a horcajadas sobre él, de espaldas a su marido, con lo que se aseguraba que yo seguí siendo espectador de primera fila.

    El sexo de su marido la penetró con una suavidad casi irreal, mientras ella se movía de una manera tan sensual que yo pensaba que no llegaría entero a ver el momento final, dado lo mojado que estaba. Controlaba cada movimiento como si concentrara en su cuerpo toda la sabiduría oriental del sexo, variando el ritmo, la profundidad de la penetración a su antojo, sintiendo todo el placer que un cuerpo puede soportar. Pero lo mejor era ver la expresión de su cara mientras el placer la invadía profundamente, mientras seguía buscándome con la mirada.

    De pronto el ritmo comenzó a subir y su rostro a reflejar cierta tensión contenida mientras su boca se abría cada vez más y yo me esforzaba por imaginar sus gritos. Cuando hubo terminado se agachó y empezó a comérsela de nuevo a su marido, esta vez mucho más suave, limpiando con su lengua cada rastro de semen y flujos, relamiéndose de auténtico placer, un placer logrado por ella y retransmitido para mí con cada movimiento y con cada mirada.

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  • En el bus

    En el bus

    Ahí estaba yo, de madrugada, y después de cenar con unos amigos, volvía hacia mi casa en un “búho”, esos autobuses que circulan a altas horas de la noche. Había bebido un poco, y para evitar un disgusto tanto vía accidente (desde aquí os recuerdo que si bebéis, no conduzcáis), tanto vía control de alcoholemia y consecuente multa, decidí usar este servicio público, y ya iría al día siguiente a por el coche.

    El autobús estaba vacío, la noche oscura, y el conductor era un tipo grande, y con cara de mal genio. Fuimos circulando por la ciudad, y de repente se detuvo. Me acerqué a preguntarle que pasaba y me contestó de malos modos que había un cambio de turno, y que esperase, que pronto llegaría el chofer, que si quería llegar antes que llamase a un taxi. Así que resignado fui a sentarme en el último asiento, y a esperar. Así pasó media hora, y no llegaba nadie, hasta que llegó ella…

    Una chica mulata entró en el bus, y tras preguntarme si ese autobús iba a funcionar o iba a talleres, le dije que funcionaba, que estaba esperando el relevo del chofer que había antes. Me dio las gracias y se sentó a mi lado, y tras unos pocos minutos en silencio, nos pusimos a hablar, ya que estábamos allí los dos, para matar un poco el aburrimiento. Se llamaba Ania, y estaba estudiando informática.

    Venía de fiesta con unos amigos suyos, pero me reconoció que no se lo había pasado demasiado bien, problemas con una amiga suya, que estaba interesada en el chico que le gustaba… fue ahí cuando se puso a llorar, y me dijo que se sentía mal, porque esa noche había visto a su amiga y a su “chico” enrollados, y tras pegarle una buena bofetada a los dos, se había ido corriendo de allí. En ese momento se me abrazó, y yo le correspondí. Así volvimos a estar otros minutos callados. Por fin, llegó el conductor, y arrancó el bus.

    Aun nos quedaba un buen rato, ya que nuestra parada (digo nuestra porque Ania vivía cerca de mi casa) estaba aún lejos. Ania seguía abrazada a mí, cuando levantó la vista, y me dio un beso en la mejilla, dándome las gracias por escucharla, que necesitaba desahogarse. Yo le acaricié la mejilla secándole las lágrimas y le dije que no tenía por qué dármelas, para eso estamos los amigos… Ella no pudo evitar una sonrisa, ya que nos acabábamos de conocer realmente, y su siguiente paso fue darme un beso en la boca. Primero fue un pico, rápido. Pero luego me dio otro más largo y apasionado, e incorporándose un poco, se apoyó en mi paquete, y empezó a acariciarme por el costado.

    Yo me dejé llevar y también empecé a acariciar su espalda, soltando con una mano su sujetador por encima de la camiseta (difícil, pero lo conseguí), y comencé a acariciar su culito, duro y firme por encima de una pequeña minifalda vaquera que llevaba puesta. La cosa empezó a animarse, y ya los masajes eran cada vez menos discretos y más apasionados.

    Le abrí la blusa, y apartándole el sujetador, ya suelto, comencé a devorar unos pezones pequeños y marrones que sobresalían en unas tetitas preciosas, morenas y suaves, era una autentica delicia mordisquearlos… Mientras yo hacía eso, Ania sacó mi miembro del pantalón, y empezó a masturbarme entre pequeños gemidos de placer, suaves, pidiéndome que le mordiese suave, que le encantaba.

    Nos dimos cuenta que el chofer miraba por el retrovisor, y eso nos excitó aún más. Ania se volvió a sentar a mi lado, y agachó su cabeza para empezar a besuquear mi polla, primero despacito, con besitos rápidos y cariñosos desde la punta hasta los huevos. Después volvió a subir, arrastrando la puntita de su lengua, esta vez con el recorrido contrario, desde los huevos, metiéndoselos enteros en la boca, y después lentamente hasta la puntita.

    Ahí abrió la boca, y de golpe, mi cosa desapareció dentro de su garganta, y yo creía morir de placer. Mientras me la iba comiendo, me lanzaba su aliento cálido en el miembro, y ese calor me hacía gozar como nunca lo había hecho hasta entonces… Notaba como mis huevos poco a poco iban hinchándose, pero yo no quería acabar ya… así que decidí que era su turno de gozar.

    Le pedí que se levantara, y tras bajarle el tanguita verde claro que llevaba, se puso a cuatro patitas delante de mí, y metiendo la cabeza entre sus piernas, empecé a devorar una rajita cubierta por una capita de vello oscuro y rizado. Ella se dejó caer ligeramente sobre mi para que pudiese lamerle toda esa preciosidad, mientras con una mano seguía masajeando sus pechos… La postura no era fácil, y más teniendo en cuenta que estábamos en un autobús en movimiento… pero nos olvidamos de la incomodidad, y, tras separar los labios de su vagina, comencé a meter mi lengua dentro, saboreando los fluidos que emergían a cada lametazo, y procurando que mi nariz rozase su clítoris.

    Ania cada vez disimulaba menos sus gemidos, y eso no hacía más que excitarme a mí también cada vez más, consiguiendo que mi erección fuese cada vez más y más dura. Finalmente, y tras algunos minutos más de cunnilingus, pasando mi lengua desde su rajita a su clítoris, conseguí que acabase…pero la fiesta no había acabado ahí.

    Aun temblando de placer, Ania se lanzó sobre mí y comenzamos de nuevo a besarnos apasionadamente, abriendo sus piernas y situándose sobre mí, de manera que mi polla se deslizase, sin entrar, por toda su rajita, notando como temblaba cuando mi puntita y su clítoris se encontraron… En un delicado momento, y sin utilizar para nada las manos, empezó a sentarse sobre mi miembro, lentamente, hasta que estuve por fin dentro de ella. Los dos lanzamos un suspiro de placer, y cerramos los ojos, cuando Ania comenzó a moverse, cabalgando lento al principio, para que pudiésemos besarnos, besos que conforme iba acelerando, hacían que nuestras lenguas tropezasen y disfrutasen más, entremezclándose con gemidos de placer.

    Yo notaba como la humedad de su interior resbalaba por toda mi verga, que entraba con facilidad dentro de ella. La verdad es que nos acompasábamos muy bien, y nos movíamos al mismo ritmo. Mis huevos rebotaban en sus preciosas nalgas, y sus tetas saltaban frente a mi cara, y yo trataba de cazarlas, y mordisquearlas, cosa que a Ania le encantaba, ya que sonreía y me miraba con picardía. Así estuvimos bastante rato, hasta que finalmente Ania se corrió por segunda vez… aquello era maravilloso.

    Notaba como sus fluidos resbalaban por mi polla, su calor, su ser, se deslizaba lentamente hasta mi vello… Y a mí no me faltaba mucho tampoco, pero Ania me pidió que quería mi semen en sus pezones… Así que con un rápido movimiento, salto de mí, y puso mi miembro entre sus tetas, haciéndome una increíble paja cubana. Apretaba sus mamas contra mi verga, de arriba abajo, y de vez en cuando mordisqueaba la puntita… Así hasta que por fin no pude más, y tras notar el temblor que marcaba que llegaba al final, me la agarró y apuntando a sus pezones, empecé a echar toda mi lechita sobre ellos, quedando yo totalmente agotado de placer…

    Faltaba bastante poco para la parada, así que se limpió un poco, y nos vestimos. Esperamos unos pocos minutos, y cuando por fin llegó, nos acercamos a la puerta, y antes de bajar el conductor nos llamó. Se estaba masturbando, y nos dijo que por favor, volviésemos en su turno, que le había encantado el show…

    Ante esto, Ania y yo no pudimos evitar una sonora carcajada, y nos fuimos, dejando que el hombre acabase tranquilo. Esa noche cada uno fue a su casa, pero otras noches, dormimos juntos, e hicimos juntos muchas otras cosas…

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  • Mi mujer atiende a nuestros invitados

    Mi mujer atiende a nuestros invitados

    Creí haberla sacado del video antes de ir al baño, pero no, la cinta seguía metida cuando llegó mi amigo Juan y su mujer a casa, y se sentaron con mi mujer a ver la tele, según me contó ella luego, (Así te lo cuento como me lo contó ella luego) fue él quien encendió la tele, y ella la que le dijo dale al video que está grabado lo del partido de ayer…

    Menuda sorpresa se llevaron los tres cuando apareció en la tele aquella polla descomunal insertada en la boca de esa mujer, las bolas golpeaban en su barbilla, mi mujer y mis amigos se quedaron con la boca abierta, pero ninguno dijo de quitar la cinta, la curiosidad y el morbo pudieron más que el pudor o la vergüenza, y enseguida aparecieron lo comentarios exaltados de las mujeres y los grotescos de Juan, que según me contó Sylvia (mi mujer) empezó a calentar a Lucía.

    ―Oye, como te pone esa polla, mírate las tetitas, las tienes todas duras…

    Sylvia me dijo que era cierto, que rápidamente se le marcaron los pezones a través del sujetador y el jersey de punto que llevaba, y que Juan se los pellizco para alterarla un poco más, y que ella instintivamente también se miró para no dar el espectáculo, y aunque la situación la calentaba, no quería parecer una salida, ya que ella conocía mis cintas, y más de una vez habíamos disfrutado juntos y a solas, Lucía para no quedar como una fresca le dijo que él también tenía una erección gorda, pero que habría que inflarlo mucho para que llegara a la mitad de la polla del protagonista, lo que hirió su amor propio y empezaron con descalificativos.

    ―Pues anoche no decías lo mismo cuando me suplicabas más y más…

    ―Eso es lo que quería, más, más, que eres…

    ―A lo mejor si aprendieras a chuparla como estas…

    ―Porque está aquí Sylvia, que si no, te ibas a enterar de lo que puedo hacerte…

    ―Por mí no os preocupéis, que yo me voy al baño, y arregláis vuestras diferencias como queráis…

    ―No, mejor quédate, a ver si se esmera con público, porque solita… mucho ruido y pocas nueces…

    Dicho esto Lucía agarró el pantalón de Juan y bajó un poco primero, dándole un mordisco debajo del ombligo, a continuación empezó a tirar de la bragueta para que salieran los botones, le subió la camiseta un poco y bajó el slip, saliendo una polla normalita, nada exagerada, pero muy bonita, tenía el capullo rosado, nada más salir, mi amiga se agachó con su melena rubia, dejando salir las tiras de su bragas negras por los vaqueros que llevaba, y empezó a comerle la polla, mientras me miraba como pidiendo nota…

    Mientras Juan tampoco me quitaba ojo, la situación me estaba llevando al límite, notaba como se humedecía mi tanguita a través del jeans ajustado, teníamos los ojos fijos los unos en los otros, Juan se levantó la camiseta y me enseñó su torso depilado, sus abdominales, sus pectorales, no lo pude resistir, me levanté y me acerqué a acariciarlo, mi amiga me miró y no dijo nada, estaba absorta con lo suyo, como poseída, yo cada vez estaba más caliente, me besé con Juan y empecé a darle mordisquitos en las tetas…

    Lucía seguía lamiendo y lamiendo, Juan me sacó mi Jersey blanco y quedé ante él con mi sujetador negro y rojo, de flores, me lo mordió un poco por encima, y Lucía tiró de su jersey negro y rosa, momento que aproveché para agarrarle la polla, lo estaba deseando, ella subió un poco con aquel sujetador que apenas podía sujetar sus tetas, empezó a morrearse con Juan, y le decía,

    ―Que, ¿te ha gustado? ¿No lo hago tan mal? ¿No? Y tú, ¿Sylvia, como lo haces?

    Me estaba invitando a comerle la polla a su marido, no lo dudé, me incliné y seguía su trabajo, le agarré los huevos y empecé a chupar, había una mezcla de sabores, semen, saliva, marcas rojas de pinta labios, era algo super excitante…

    Así estuve un rato, mientras ellos se decía cosas cariñosas, yo seguía entregada a lo mío, con verdadero frenesí, la sola idea de que mi marido estaba en la ducha mientras yo me lo montaba con nuestros mejores amigos en el salón, me estaba haciendo parecer una puta, y me encantaba, sólo lo había hecho con un par de tíos, y siempre le había sido fiel a mi marido, pero ahora…

    Juan le soltó el sujetador a Lucía, y empezamos las dos a turnarnos con su polla, la pajeábamos ahora a dos manos, a una, una boca, la otra, Juan estaba en el cielo, ni se lo creía allí estábamos en el sofá rinconera de casa, dos rubias para él solo.

    —Lucía, tengo que follarte, desnúdate, que quiero follarte, te vas a enterar…

    Juan ni se movió de cómo estaba, Lucía se levantó, se quitó los vaqueros, las bragas, los zapatos, mientras yo me morreaba con su marido, y le quitaba la camiseta, por Dios, que torso, Lucía ya estaba desnuda, se sentó a cuclillas de espaldas sobre Juan, fue abriéndose hasta insertarse por completo, tenía el pubis depilado, sólo le quedaba una tirita de pelos encima del monte de venus, aquello era un espectáculo, Lucía me miraba, yo estaba de pie, con los vaqueros y el sujetador, delante de mi amiga, mirándola como una boba como se follaba sin compasión a su marido, Lucía tenía la mirada como perdida y empezó a hablarme…

    ―¿Te gusta? ¿Te gusta lo que ves? Ah, ah, ah, sigue, sigue, anda quítate la ropa y ahora te lo presto, no es tan malo, ah, ah, ah…

    No lo pude resistir, me incliné y me di un morreo con mi amiga, le chupé las tetas, dándole un pequeño mordisco en el pezón, como me gusta que me hagan a mí, y me desnudé deprisa, me subí al sofá y seguí con mis primeros escarceos lésbicos, de vez en cuando le agarraba el trozo de polla que sobraba…

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  • Amor con otro

    Amor con otro

    Creo que lo que voy a contar podrá servir de ayuda a algunas parejas, especialmente a aquellas que hayan estado en situaciones similares a las mías. Gracias a esta experiencia me he convencido de que en el matrimonio no deben existir barreras entre la manera en que se experimente el disfrute sexual, siempre y cuando ambos cónyuges estén preparados física y mentalmente para ello. He aprendido que el adulterio existe sólo cuando se materializa sin el consentimiento de la esposa o del marido, pero si ambos están de acuerdo, entonces no hay ningún inconveniente en que llevemos a cabo nuestras fantasías sexuales con otra persona.

    Esta acción no significa que uno haya dejado de querer al cónyuge, sencillamente lo que se está haciendo es disfrutar de la vida. La existencia es para gozarla a plenitud, mientras se pueda, no para vivirla llena de limitaciones y prohibiciones sin sentido…

    Mi marido me complace sexualmente, y yo pensaba que lo tenía todo al alcance de la mano y que nadie sería capaz de proporcionarme más placer que él. Pero estaba totalmente equivocada. Cada experiencia resulta algo sublime, maravilloso y excitante. Es como si una se encontrara de nuevo en la adolescencia. Es fantástico dejarse amar por otro hombre y más delicioso todavía saber que nuestro marido o compañero lo aprueba, ya que ello demuestra que es un hombre de verdad y no un niñato atado a una cultura estancada y llena de tabúes y de limitaciones.

    Entiendo que cuando se hace el amor con un desconocido hay que actuar con cuidado y secretamente, excepto en el caso de avisar al marido, o viceversa, cuando la sinceridad se antepone a todo lo demás. Para mí es un orgullo saber que Pedro consigue que otras mujeres, fuera de yo misma, disfruten al máximo en la cama… Por ese motivo se que es un verdadero hombre…

    Tengo más de 30 años y mi marido más de 40. Llevamos 13 años juntos y tenemos dos hijos. Cuando disfrutamos del sexo lo hacemos a lo grande. Me excito mucho cuando me besa el cuello, me recorre el cuerpo con sus manos y su inquieta lengua me lame los pezones y me chupa las tetas hasta que se ponen durísimas. Me vuelve loca de lujuria.

    Recuerdo que cuando algún chico me acompañaba, antes de casarme, y estábamos a solas en la playa o en el coche, me enardecía que me mamaran los pechos… aunque nunca pasé de ahí, debido a mis principios religiosos de entonces… Mi marido me acaricia todo el cuerpo, me besa los glúteos y los aprieta. Luego lentamente, se acerca a mi coño. Su lengua realiza maravillas: me chupa el clítoris, me mete la lengua en la vagina repetidas veces, me muerde suavemente, me penetra varias veces y, en contorsiones, alcanzo así mi primer orgasmo.

    Continuamos las caricias, cada vez más febriles. Entonces le digo: “¿Con quién gozas?”. Y él me responde que con una rubia que trabaja con él. Añado que la disfrute completamente. “Es tuya, hazme lo que le haces a ella en tu fantasía”, le susurro. Y me trabaja intensamente, hasta el delirio. Luego él me pregunta: “¿Y tú, nena, con quién estás ahora?”. “Estoy con un macho buenísimo que quiero que me folle porque estoy loca por él” le contesto muy excitada.

    Pedro continúa preguntándome si mi amante fantástico es un verdadero hombre, y yo afirmo que sí, que es un macho sensacional y que me satisface al cien por cien. Me dice que lo disfrute, que estoy acostada con él, y yo respondo apasionadamente que deseo que me posea, que soy suya… De este modo, logro otro orgasmo tremendo, salvaje e inigualable….

    Así empezó todo. Pedro de vez en cuando me decía que quería verme disfrutar sin fronteras con otro hombre, y yo le manifestaba lo mismo. Sin embargo, no me atrevía a dar el primer paso, porque pensaba que lo decía para excitarme y no deseaba sinceramente lo que estaba diciendo. Por otra parte, mis principios me lo impedían. Luego pensé que esto era una estupidez. Hay mucha gente que aparenta ser muy normal sin serlo en realidad. Algunas veces le sugerí a Pedro que me buscara un hombre, si él lo deseaba, pero nunca lo había hecho y todo terminaba en fantasías e intenciones que no se llevaban a cabo.

    Pasó mucho tiempo y por fin tomé una determinación. ¿Por qué no probar? Después de todo, ambos estábamos de acuerdo sobre el asunto y la vida debe disfrutarse plenamente mientras se pueda.

    Un día, mi marido me dijo que de verdad deseaba que yo disfrutara sexualmente con la persona que quisiera. Solo me pedía que no le informara con quien y cuando iba a hacerlo. Afirmó que no existirían celos y que me amaría todavía más, ya que esto demostraría que era una mujer de cuerpo entero. Tras esta conversación ya estaba decidida, aunque un poco insegura de si iba a gustarle a otro hombre, lo cual era una preocupación tonta puesto que a los hombres suelen gustarle las mayoría de las mujeres.

    Fuimos a un club nocturno. Pedro y yo estábamos sentados en una mesa apartada, bebiendo unas copas. Como no solía tomar alcohol me sentina medio mareada y bastante excitada por las caricias que Pedro me prodigaba en los muslos. Yo también le acariciaba el pene con las manos y le causaba una considerable erección. Había olvidado la cartera en el coche y se levantó para ir al parking a buscarla. Me quedé sola.

    Cuando me disponía a ir al servicio llegó hasta mi mesa un hombre de alrededor de 30 años, de mediana estatura y cuerpo bien proporcionado. Llevaba una barba bastante espesa y advertí que su pecho estaba cubierto de poco vello rizado. El detalle me excitó, ya que ese tipo de hombres siempre me había gustado. Empezamos a hablar de asuntos triviales y quiso sentarse, pero le indiqué que mi marido regresaría y posiblemente me le agradaría verle conmigo. Aseguró que él se encargaría de la situación y sin prestar atención a mí aviso se sentó junto a mí.

    En aquel instante llegó Pedro y me preguntó sobre la presencia del desconocido. El hombre -que se llamaba Héctor- no me dejó explicarle nada a mi marido y simplemente le dijo: “Mónica es una amiga que conocí en la universidad. Casualmente la he visto y me he acercado para saludarla. Me llamo Héctor y estoy encantado de tener la oportunidad de conocerle”. Pedro ya estaba calmado y nos pusimos a hablar de asuntos intrascendentes. Mi marido pidió una nueva ronda. Héctor me dirigía algunas miradas sugerentes que me inquietaron y excitaron al mismo tiempo. Me invitó a bailar y lo rechacé.

    Pedro me animó a que bailara con el recién llegado. Hacía mucho tiempo que yo no bailaba, y menos con un hombre que no fuera mi marido. Un cosquilleo me recorrió el cuerpo cuando Héctor me abrazó en la penumbra de la pista y empezamos movernos al compás de la música.

    Me olvidé del mundo que me rodeaba y me dejé envolver por la emoción de la experiencia. Mientras nos movíamos, Héctor me susurraba palabras al oído, primero triviales, pero luego atrevidas y eróticas. Su mano acariciaba mi espalda. Pensé contarlo a Pedro, pero inmediatamente desistí. No había razón para delatarlo a mi marido. Después de todo disfrutaba a su manera, pues yo también iba a hacerlo. Me entregué en sus brazos.

    Me sentía dichosa en su compañía. Coloqué los brazos alrededor del cuello y le comuniqué con voz temblorosa que también me atraía. Le confesé que me gustaría ser suya, aunque solo fuera por una noche. Me apretó más contra su pecho y noté su enorme polla palpitando entre mis muslos. Mi mete se nubló de lascivia. Deseaba que me poseyera allí mismo, pero era imposible. Me besó apasionadamente en la boca y le respondí con el mismo ardor sexual.

    Me pidió verme a solas y le dije que trataría de hacerlo a la mayor brevedad posible. Volvimos a la mesa. Más tarde se despidió. Yo actuaba como si nada hubiera ocurrido, pero mi excitación era tanta que Pedro se dio cuenta del incidente. Me preguntó que me ocurría y decidí contarle lo sucedido con detalle.

    Regresamos a casa. Mientras hacíamos el amor, Pedro me dijo que si me gustaba Héctor podía salir con él tranquilamente. “Yo no te lo prohíbo. Has sido sincera y no hay más que hablar. Disfruta con él…”

    El sábado por la tarde me reuní con Héctor en su casa. Luego de tomar unas copas comenzó a acariciarme y besarme fogosamente. Mis pechos estaban hinchados de frenesí y temblaban al contacto de sus caricias. En cuanto me quitó el sujetador las tetas se desbordaron. Lentamente, me las sobó con las manos, luego me acostó de espaldas en la cama y empezó a chuparme los pezones con auténtico delirio.

    Loca de lujuria, bajé la cremallera de sus pantalones y le agarré la picha, apretándola con ansia. La polla de mi marido era grande pero la de Héctor le superaba considerablemente. Mientras tanto Héctor me había desnudado por completo y en aquel instante dejaba de magrearme los pechos para concentrarse en mi coño. Me lo estaba comiendo como nadie lo había hecho jamás. Su barba me cosquilleaba entre los muslos, lo cual me producía un placer sensacional.

    Estaba fuera de mí, como si aquel hombre casi desconocido fuese el mayor experto del mundo en producir orgasmos. Aunque dudé al principio en chuparle la polla, finalmente me olvidé de cualquier prejuicio. Agarré la tranca entre mis labios, pasé la lengua por toda su extensión, mordí suavemente y, a continuación, la metí en la boca y la succioné con deseos incontenibles.

    Lo que antes me producía cierta repugnancia, ahora me parecía riquísimo y delicioso. No me importaba tragarme la leche pegajosa que eyaculara, porque estaba trastornada de pasión. Me encontraba allí con un verdadero macho y me olvidé de mi marido para entregarme a Héctor. Estaba al borde del orgasmo. Mi nuevo amante me montó y con parsimonia y destreza e fue penetrando. Tenía una verga tan grande que pensé que no podría resistirlo cuando me llenara todo el coño, pero al fin me sentí perfectamente y él comenzó a moverse rítmicamente, mientras yo le acariciaba y mordía su pecho.

    Me corrí varias veces antes de que Héctor alcanzara el orgasmo y quedé satisfecha como nunca antes lo había estado- Héctor era el primer hombre que me follaba después de mi marido y aseguro que disfruté como una loca.

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  • La infidelidad de mi esposa

    La infidelidad de mi esposa

    El invierno había sido muy duro para Mónica. Había pasado una grave enfermedad y luego una honda depresión. Hacia primavera ya se encontraba mucho mejor y decidí que en verano nos merecíamos un buen homenaje y tiré la casa por la ventana para llevarla a un hotel de máximo lujo en la costa. Paisajes de ensueño, playa particular, piscina, campos de golf, de tenis, sauna, un comedor impresionante, habitaciones con todas las comodidades posibles… Una gozada. Los tres primeros días fueron inolvidables. Hicimos el amor cuantas veces podíamos y eran muchas, teníamos hambre atrasada.

    El cuarto día, no sabía por qué, no pudimos tener sexo. Me encontraba muy débil y sólo la visión de mi esposa duchándose en la ducha de la playa consiguió que me empalmara. Ella, muy recatada, quizá demasiado, aunque vestía un bañador blanco y no era demasiado sugerente, mientras se duchaba mirando a un grupo de jóvenes que jugaban al voleibol, empezó a frotarse el cuerpo de una manera… Para los chicos no pasó desapercibido. Mi mujer es una hermosa hembra: morena, ahora bastante bronceada, unas tetas firmes y de tamaño envidiable, unas bonitas piernas y un hermoso trasero.

    Yo creo que a ella le gustó sentirse observada y deseada de nuevo. Cuando ella volvió a mi lado (he de decir que prefiero ducharme en la sauna, que es adónde vamos a mediodía, aprovechando que está vacía y para terminar de sudar antes de ducharnos y comer), vi que su traje de baño transparentaba. Mis miradas hicieron que ella se mirara y se tapó con la toalla roja como un tomate.

    Al día siguiente comprendí por qué ayer había estado así. Tenía una infección estomacal y no pude acompañarla a la playa. Me quedé en la terraza con los prismáticos observando el panorama. Esa playa parecía estar destinada sólo a cuerpos perfectos y había mucho donde elegir. Mi esposa se había colocado donde siempre, aunque esta vez por fin se había decidido a probarse un hermoso bikini de tiras finas. Cuando se bañó los jóvenes del voleibol se acercaron a ella. No sabía qué decían, pero ella reía mucho. Se fue a la ducha y los chicos disfrutaron del espectáculo. Ella se volvió y entonces decidí ir a la sauna a sorprenderla. Me había excitado ver cómo unos chicos la cortejaban y la admiraban.

    Llegué a los vestuarios y me desvestí. Me puse la toalla y oí voces. Me asomé en un cuartito y vi que ya estaba sentada con su toalla y estaba rodeada por los seis chicos de la playa. Estaban conversando animadamente. Me jodió bastante, pues tenía pensado una sesión de sexo salvaje y atrevido, ahora que había recuperado el ánimo. Ella estaba sentada en un banco.

    A su lado había dos chicos y delante de ella, sentados en el suelo, otros cuatro. Todos con sus cuerpos atléticos y su juventud y su frescura, rodeando a mi esposa y hablando de diversas cosas. Mónica les preguntó su edad. El mayor tenía 21 y el pequeño 18. Poco a poco iban soltándose y sincerándose.

    —Yo si fuera tu marido no dejaría que fueras sola a la playa.

    —¿No? ¿Y eso por qué, se puede saber?

    —Porque estás demasiado buena.

    —Muchas gracias por el cumplido, pero sé defenderme yo solita.

    —Todos estamos de acuerdo. Lo que más sentimos de irnos mañana es que no vamos a poderte ver cuando te duchas.

    Mi esposa estaba encantada. Hacía como que no se enteraba, pero estoy seguro de que estaba muy complacida de ser la causante de las seis erecciones de esos chicos. Era normal que lo estuvieran, sus hombros desnudos y sus piernas volvían loco a cualquiera. No sé si lo hizo aposta o no, pero en un momento descruzó sus piernas y los cuatro de abajo se quedaron boquiabiertos.

    Antes, el de su izquierda, el que parecía más lanzado, estaba acariciándole el pelo con la excusa de que tenía un pelo precioso. Cuando le besó el cuello, le echó la bronca. Le dijo que estaba casada y que no le había gustado nada. El chico se disculpó y puso cara de tristeza. Mi esposa se calmó y se disculpó con el chico, que dijo que no había podido resistirse, que no había visto nunca una mujer tan hermosa y excitante.

    Uno de los que estaban sentados se animó a decirle que si le parecería mal masturbarse delante de ella. Mi esposa no supo qué decirle, así que se metió la mano debajo de la toalla y ésta empezó a subir y bajar a un buen ritmo. Los otros tres del suelo hicieron lo mismo. Mi mujer estaba muy colorada y excitada. Los de su lado también se empezaron a pajear. El de su derecha, el atrevido de antes, se quitó su bata y dejó a la vista su erecto miembro, que estaba muy lubricado. Los otros hicieron lo mismo. Seis rabos estaban siendo pelados y todas las miradas se clavaban en mi esposa. Bueno, seis rabos no, siete, que yo estaba igual que ellos.

    —¿Podrías enseñarnos algo?

    Mi mujer se remangó la toalla y dejó a la vista más cacho de pierna. Los movimientos se redoblaron y a Mónica le gustó, por lo que bajó la parte de arriba un poco más, hasta dejar sus pechos debajo de la toalla. Pero sus manos los tapaban. Me estaba sorprendiendo el atrevimiento de mi esposa.

    El de siempre le quitó la toalla y se quedó totalmente desnuda. Mónica intentaba taparse, pero no podía. Los chicos estaban muy calientes y se dejaron de pajearse para tocarla como fuera. Mi esposa se intentó zafarse y les decía que se estuvieran quietos, pero no hacían sino reforzar sus libidinosas intenciones. Ya sus palabras educadas se habían transformado en palabras groseras e insultos: “¿Nos pones cachondos y ahora quieres que paremos? Si quieres marcha, vas a tenerla, puta”.

    La resistencia de mi esposa se frenó cuando uno de los del suelo le chupó su gruta. La hicieron agacharse y pusieron dos pollas en su boca. Ella se las metió adentro sin oponer demasiada resistencia. El de abajo seguía acomodado absorbiéndole los jugos de su vagina. Otro se puso detrás y se ocupó de chuparle el ojete. Los dos que quedaban estaban a los lados magreándole las tetas.

    El de siempre cambió de posición y apartó al que estaba detrás.

    -Ahora vas a tenerme dentro, puta.

    Se la clavó por detrás de un golpe y la folló mientras le chupaba la espalda. No tardó en correrse, por lo que le relevó otro. Este tardó menos aún en chorrear su semen en el coño de mi esposa. Yo también me había corrido como un energúmeno. Vi que el tercero se sentaba mientras la cogía de la cintura. Ahora era ella la que tenía que moverse para disfrutar, y vaya si lo hizo. Los otros dos estaban delante de ella y sus pollas fueron enterrados por la boca de mi antes modosita esposa. Iba de una a otra como una desesperada.

    El que estaba sentado se corrió y mi mujer se levantó. El más fuerte de todos la empujó contra la pared y se la clavó de pie. Mi esposa se enroscó en su cuerpo y consiguió que el quinto chico acabara dentro de ella. Mónica ya había perdido la cuenta de sus orgasmos. El sexto la tumbó en el suelo y su postura fue más tradicional.

    Los primeros ya tenían sus pollas al rojo vivo. Probaron mil posturas distintas. Las horas pasaban y allí seguían todos follando como al principio. El culo de mi esposa dejó de ser virgen esa tarde. Cada chaval había eyaculado al menos tres veces, por lo que 18 polvos había recibido mi mujer como mínimo. Yo a la tercera paja me subí.

    Ya más calmado no sabía qué pensar. Cuando volvió mi mujer (bastante más tarde de lo que yo lo hice, no quiero ni pensar qué más hicieron. Ella volvió duchada y como si nada hubiera pasado. Le dije que quería acostarme con ella, pero ella decía que estaba muy cansada. No sabía si decirla lo que había visto.

    Le pregunté que si me quería y me dijo que por supuesto. Debía de tener una mirada preocupada, por lo que ella me dijo que había pasado algo… Le dije que lo sabía y que no me importaba. Al día siguiente sí que hicimos el amor. Medio en broma medio en serio le digo que lo del otro día había sido la guinda al pastel de aquellas vacaciones…

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  • Mi hermana, mi cuñado y yo

    Mi hermana, mi cuñado y yo

    En alguna ocasión, tuve un encuentro sexual con mi cuñado, él es novio de mi hermana.

    Mi hermana tiene unas tetas muy ricas, no grandes, no pequeñas, pero muy bien formadas, unos pezones rosaditos deliciosos, tiene un par de nalgas paraditas, amplias, redondas, y muy muy duras.

    Siempre hemos dormido juntas mi hermana y yo, en el mismo cuarto, somos muy discretas acerca de nuestra vida sexual, ella sabe que no soy virgen, yo sé que ella tampoco, pero nunca habíamos preguntado algo más acerca de nuestra vida sexual.

    Mi hermana se da aires de pureza, pretende sonrojarse cuando tocamos el tema del sexo, como si no supiera nada, sin embargo, en ocasiones cuando me levanto (me levanto mucho más temprano que ella) la veo dormida en su cama, destapada, con las piernas abiertas y con una clara mancha en sus panties en la entrepierna, (lo caliente es de familia definitivamente) en muchas ocasiones me ha despertado con sus gemidos cuando se masturba a medianoche.

    Desde que tuve el encuentro con mi cuñado, se me prendió la idea de ver a mi hermana cogiendo con él, o aún más, cogernos a mi cuñado entre las dos, pero con su hermetismo era prácticamente imposible.

    Hace un par de semanas, nuestros padres salieron de fin de semana con mis hermanos, solamente nos quedamos en la casa, Laura mi hermana y yo, el sábado como a las 11 am llego Lalo, mi cuñado, Laura bajó a la sala a recibirlo en pijama, yo me quedé en el cuarto arriba.

    Después de 10 minutos de no escuchar nada de ruido, me asomé por las escaleras en silencio, y vi a Lalo con la mano dentro de la pijama de Laura, agarrándole la panocha, y la mano de Laura, sobando la verga de Lalo sobre el pantalón (la tiene bastante rica)… en ese momento se me ocurrió un plan, si ellos estaban calientes y yo también (como siempre) haría lo posible por coger por ellos.

    Me metí a bañar rapidísimo, mientras me bañaba imaginaba la panocha peludísima de Laura (somos de mucho pelo, pero yo me la rasuro) y me calenté muchísimo más, termine de bañarme, me puse una blusa ligera, sin brassiere, y una falda corta sin panties, baje las escaleras, haciendo ruido y alcancé a ver a Lalo que se metía la verga en el pantalón. (que delicia).

    Les dije que iba a un centro comercial y que me tardaría un par de horas, me subí a mi auto y me fui a dar una vuelta, medio manejaba y medio me masturbaba, estaba a 1000 % yo sabía que en cuanto saliera ellos se pondrían a coger, mi idea era llegar en pleno acto…

    Y sucedió, regresé a los 15 minutos, sin hacer ruido entré a la casa y con cuidado me asomé en la sala, ahí estaban Lalo y Laura, los dos completamente desnudos en un perfecto 69, Laura se comía toda la verga de Lalo, y Lalo se acababa a lengüetazos la panocha de Laura.

    La verdad es que mi hermana tiene una panocha preciosa, y muy caliente, cuando los vi, comencé a frotarme el clítoris, yo estaba demasiado caliente… entré en la sala repentinamente… mi hermana se quedó fría, Lalo se levantó del piso y me dijo:

    –Hola cuñada, ¿quieres un trozo de verga?

    –Si no les molesta, les ayudo –les dije. Me acerqué a Laura y le dije– no te preocupes, la calentura es de familia.

    La tomé de la mano y la senté en el sofá, le abrí las piernas y procedí a lamerle la panocha, fue la primera vez que probaba una panocha, me supo deliciosa, Laura muerta de miedo se retorcía de placer, Lalo inmediatamente, se subió al sofá y le puso la verga en la boca a Laura, ella comenzó a mamar, estuvimos así como 3 minutos.

    De repente sentí que Laura temblaba y se le contraían todos los músculos, se estaba viniendo, sentí su panocha contraerse, (ella tiene ese efecto llamado el perrito que cuando se viene contrae la vagina y aprieta).

    Lalo le sacó la verga de la boca a mi hermana, se bajó del sofá, se puso frente a mis piernas, y me dijo “Cuñadita te lo voy a enterrar todo frente a tu hermana”. Laura estaba muy sacada de onda, sin embargo comenzó a agarrarme las tetas, Lalo me la clavó completa de un solo golpe, yo agarré a Laura por las piernas y la senté sobre mi cabeza, para seguirle mamando la panocha.

    Ella besaba a Lalo y estaba hirviendo, Lalo me bombeó como 5 minutos y me dijo… “cuñada, ¿no crees que Laura merece atención?”. “Claro” le dije. Lalo me acostó en el sofá, puso a mi hermana en 4, yo poco a poco le llevé la cabeza a Laura hacia mi panocha, ella comenzó a lamerla, riquísimo, mientras tanto Lalo le metió la verga y se la cogía despacio.

    Mi hermana se retorcía de gusto, se vino un par de veces y yo me vine en su boca, pero mi cuñado, no contento con eso, le metió la verga en el ano (mi hermana ni se inmutó) me di cuenta que le encanta culear, (yo casi nunca me animo) mi hermana ya no podía seguir mamando.

    Nos pasamos todo el fin de semana cogiendo los tres, pero dos días después la calentura nos llevó a tener relaciones solas mi hermana y yo, la verdad es que nos encanta, y casi todas las noches tenemos relaciones.

    Yo ya invité a mi novio a coger con nosotros, él me comentó lo de las contracciones de Laura, dice que se siente delicioso cuando ella se viene, que le aprieta la verga con la panocha y que pocas mujeres lo hacen.

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  • La visita de mi sobrino

    La visita de mi sobrino

    Nosotros acostumbrados a estar solos nos paseamos desnudos por la casa, y como hemos contado antes incluso cuando esta la sirvienta o criada, y es habitual en nosotros que de repente tengamos relaciones en cualquier parte de la casa, ambos gozamos a plenitud el sexo, además de la excelente comunicación que tenemos.

    Mi esposa es de 34 años y yo de 38, ambos nos conservamos bastante bien.

    Bueno, un día recibo el llamado de un primo que vive fuera de la capital para solicitarme si podemos recibir a su hijo en nuestra casa, ya que viene a la capital a dar unos exámenes para la Universidad, obviamente no ponemos objeción, pues muchas veces nosotros hemos sido recibidos en casa de ellos.

    Llegó Rubén a la casa un día sábado por la tarde, muchacho alto bien formado, no atlético, pero de contextura delgada, un poco corto de genio, pero si observador, ya que miraba mucho a Verónica.

    Y eso me hizo pasarme una infinidad de películas morbosas por la mente, sintiendo unos deseos locos de mostrar a Verónica desnuda para que él se calentara incluso que tuviera relaciones con ella.

    Nosotros veníamos llegando de andar en el ajetreo de las compras del fin de semana y él estaba esperando en la puerta de la casa, entramos, Verónica lo llevó al dormitorio de visitas donde le preparó la cama mientras yo conversaba con él en la puerta de la pieza, mientras sacaba sus cosas de un bolso de viaje.

    Como Verónica tenía que agacharse para poner las sábanas yo veía que se le subía la falda y sin querer estaba mostrando sus exquisitos muslos, Rubén pegó la mirada en las piernas de Verónica quedándose callado por unos segundos, ahí se me acrecentó el morbo de verle las piernas al aire a mi esposa delante de un hombre que se la comía con la vista, posiblemente excitándolo, pasó eso y seguimos conversando hasta que Verónica terminó de armar la cama.

    Nos fuimos a nuestro dormitorio a cambiarnos de ropa, Verónica me pidió que cerrara la puerta que por costumbre nunca lo hacemos, a regañadientes acepté.

    Me desvestí poniéndome un short y una polera, cuando ella se sacó el vestido que traía y quedo en sostén y calzón, de esos con filo dental, se me vino a la mente la imagen anterior, me acerqué a ella y la abracé besándola por todos lados soltando su sostén dejándola con las tetas libres las que tomé y empecé a acariciar, “espera a la noche -me dijo ella-, que tengo que preparar algo de comer para nosotros y Rubén”.

    La dejé y quiso abrocharse el sostén a lo que rápidamente se lo quité y lo tiré dentro del closet, dejándola solamente con el filo dental, “mi amor como voy a andar así si no estamos solos”, me dice, “ponte ese vestido con el que andas siempre en la casa”, dije, “pero no te pongas el sostén, tú sabes que me encanta que andes así”.

    Se puso un vestido de casa que le queda un poco corto, muy rico, lo que hace que se le vean bien sus muslos y se le marque el potito, sus pechos sueltos, daba gusto mirarla.

    Me dice, “¿no es demasiado sugerente?, ahora que está Rubén”, “no mi amor anda así que te ves exquisita”, mi morbo hizo que se me empezara a producir una erección que ella notó, comentándome, “a ver que te sucede que ya se te paró y quieres que ande de esta manera habiendo alguien más en casa, que locura se te metió en cabeza”.

    “Nada es que tú no te diste cuenta de antes cuando hacías la cama se te vieron los muslos completamente y Rubén quedó petrificado mirándote, y eso es lo que me ha producido morbo muy especial, así que al verte con esa indumentaria yo creo que acabará solo”.

    “Como se te ocurre pensar en eso, como puedes pretender que me exponga delante de tu sobrino, estás loco”.

    “Bueno como yo me expongo delante de las empleadas, hemos tenido relaciones con ellas y eso te ha hecho gozar mucho, porque yo no puedo tener esta fantasía contigo”.

    “Pero es que me da cosa nunca hemos hecho nada con un hombre, salvo mostrar las piernas en los restoranes o en el auto, mostrar los senos y el poto en la playa, no sé no me atrevo”.

    “Quédate tranquila y veamos qué pasa. Así como estás con esa ropa te ves muy rica”, dije, tomándola de la cintura y dándole un tremendo beso le metí la mano por debajo del vestido haciéndole cariño en su chorito, que me di cuenta estaba un poco húmedo, seña que sentía algo de morbo al igual que yo.

    Salimos del dormitorio rumbo a la cocina y al pasar por el dormitorio de Rubén nos percatamos que también se había cambiado de ropa, quedando en short y polera, seguimos hacia la cocina en donde la tomé por atrás y la empecé a clavar para irla calentando, llamé a Rubén para ofrecerle bebida y miraba por atrás a Verónica con su vestidito corto luciendo sus ricas piernas y un potito redondito que me invitó a tocarlo en el preciso momento que entraba mi sobrino que debe haber alcanzado a vérselo.

    No sé si yo por el morbo que tenía que Rubén se calentara con ella que me imaginaba cosas, pues Verónica no se inmutó cuando él entró y yo le estaba tocando y mirando su trasero.

    Nos servimos un vaso de bebida con Pisco cada uno de nosotros, en ese momento Verónica salió de la cocina y pasó entre Rubén y yo, como estaba un poco estrecho donde ocupábamos el pasillo, su busto se refregó en mi pecho y su poto pasó por el pico de mi sobrino, quién tímidamente se echó para atrás.

    Enseguida nos fuimos los tres al living a conversar, Verónica se sentó en un sillón frente a nosotros que nos sentamos en el sofá, desde donde teníamos una vista espectacular de sus piernas bronceadas, su vestido corto dejaba poco a la imaginación, yo miraba a Rubén cuando Verónica le conversaba y su vista estaba siempre clavada en sus piernas, que con o sin querer ella las movía al ritmo de la música que escuchábamos, permitiendo así una mejor visión hacia adentro.

    De repente se paró para ir a la cocina, por lo que descruzó las piernas dejando ver el calzón metido en su chuchita, ahí fue el tope para Rubén, quedo casi bizco con la vista de esa rajita que ya se tragaba el calzón.

    Seguimos conversando de sus estudios cuando volvió Verónica diciendo que pasáramos a comer, nos sentamos a la mesa y llegó ella con los platos le sirvió a Rubén primero y se dio vuelta para servirme a mí, momento en que lo miré y tenía los ojos clavados en el trasero de Verónica, que cuando se acercó a mí, aproveché de meterle la mano por debajo del vestido y le toqué su vagina, la cual ya se encontraba mojadísima.

    Pensé para mis adentros, esta se está calentando con la idea de excitar al muchacho. Cuando se la apreté me miró y me guiñó un ojo.

    La conversación fue de un lado a otro, de los estudios, la familia y salió el tema de las mujeres, le pregunté a Rubén si tenía novia, me dice que no por el momento, le pregunto si ha tenido relaciones sexuales con alguna mujer, se puso rojo de vergüenza, miró a Verónica, tragó saliva y reconoció que aún no había tenido contacto con ninguna, ella le dijo en tono muy maternal tomándole la cara, “no te preocupes ya llegará y cuando llegue será muy rico”, se serenó y se rio con Verónica.

    Continuó la conversación preferentemente sobre el mismo tema, que yo me preocupaba de mantener.

    Terminamos de comer y ambos le ayudamos a llevar los platos a la cocina, volví con Rubén al living haciendo que se sentará de tal manera que de ahí pudiera ver lo que pasaba en la cocina, ya que yo había dejado la puerta abierta intencionalmente.

    Con el pretexto de preparar otro trago fui a la cocina poniéndome detrás de Verónica metiéndole la mano por debajo del vestido levantándolo lo suficiente para que se vieran los muslos y el nacimiento de las nalgas haciendo como que no me daba cuenta que del living Rubén miraba con tamaños ojos el nuevo espectáculo, hice girar a Verónica dejándola de espaldas a la puerta y comencé a besarla en la boca siempre con la mano metida en su trasero, y con la otra por delante le tocaba su chorito, que estaba espectacularmente mojado, “¿qué te pasa?”, le pregunté al oído, “me he calentado mucho el andar así y mostrarme delante de Rubén, me excitó mucho cuando me abrí de piernas en el living”.

    “Bueno ahora excítate más que mientras te levanto el vestido él está mirando desde el living, has como que no nos damos cuenta y sígueme”.

    Al parecer eso la calentó más aun ya que se me pegó al cuerpo y se movía sintiendo el pico que ya se me reventaba, la giré y la puse agachada con su estómago en la mesa de la cocina, de ahí no se veía el living, le levanté el vestido y le saqué los calzones, metiéndole poco a poco, milímetro a milímetro, el pico en su zorrita mojada y caliente.

    Ella se dejó hacer, con mi movimiento lento comenzó a moverse ella también, cuando presentí que le venía el orgasmo, se lo saqué, reclamó que porqué lo hacía, es para que te mantengas excitada al máximo, la tomé de la mano y salimos al living donde estaba Rubén tratando de disimular lo parado que tenía el pico.

    Verónica preparó otra corrida de tragos y se sentó de lado con las piernas encogidas junto a Rubén y se inclinó para encender una lámpara de una mesita lateral, permitiendo que Rubén le viera prácticamente todo el poto y yo también, entonces fui y me senté detrás de ella, dejándola al medio de Rubén y yo.

    La conversación nuevamente se derivó al sexo, mientras yo iba metiendo la mano bajo el vestido de Verónica, pero ya en forma descarada, después de lo que había visto Rubén desde el living a la cocina, no había que andar con demasiado recato, apresé la zorra de Verónica con la mano iniciando una masturbación suave, al principio ella se cortó un poco comencé a besarle el cuello, siempre por detrás y ahí se entregó por entera a lo que yo quisiera hacer, pues dejo de resistirse retomando la conversación, Rubén apresuró su trago como si quisiera refrescar la calentura que sentía.

    En la medida que iba tocándole su chorito le iba levantando un poco el vestido, dejando ver medio muslo y mi mano acariciando su pubis.

    Rubén miraba con cara de idiotizado.

    Para calmar un poco o subir más los ánimos, Verónica le puso una mano en el muslo y le dijo, “disculpa a Raúl, pero es tremendo, anda todo el día toca que toca”.

    Rubén cuando sintió la mano de Verónica en su muslo, casi cercana a su pico, pegó un brinco, y yo empujando el codo de Verónica le hice llevar la mano hacía el bulto que emergía en el short de Rubén, hasta que se lo rozó y le dijo, “que pasa que estás tiritando como una hoja, cálmate mi vida me imagino que estás que ardes, se te nota aquí” dijo poniéndole la mano encima del paquete y apretándoselo, Rubén balbuceó, “no tía estoy tranquilo”, y Verónica le tomó una mano y se la puso en el muslo de ella muy cerca de la mía que se encontraba metida en su zorra que estilaba de jugos de calentura, mientras seguía acariciándole el pico por encima del short.

    “¿Te gusta?” le pregunté a Rubén, “tu tía te subirá a los cielos”.

    Ya el pobre chico no hablaba, casi no respiraba volvió a balbucear, “si tío ya no doy más”.

    Saqué la mano del chorito de Verónica y tomé la mano de Rubén llevándola a donde yo la tenía antes haciendo que le tocara los pelitos mojados por los jugos de Verónica, ella empezó a suspirar de gustito mientras yo le besaba el cuello y las orejas y le empezaba a tocar los pechos.

    Rubén se fue entusiasmando en la medida que sentía la zorrita caliente y mojada de Verónica, le dije al oído, sácaselo, corrió el short y le sacó el pico tremendamente parado, era un poco más delgado y corto que el mío, pero para Verónica el hecho de estar tomando otro pico que no fuera el mío y con mi consentimiento, la estimuló de una manera muy especial, se dio vuelta y me dio un tremendo beso, diciendo, “exquisito mi amor, no me imaginé nunca que hacer esto contigo iba a ser tan de mi agrado y estimulante”.

    “Desinhíbete has lo que quieras lo tienes todo permitido”, dije, luego le empujé un poco la cabeza hacia abajo, adivinando ella inmediatamente lo que yo quería, así que se agachó y se echó el pico de Rubén a la boca, comenzando un chupa – lame, chupa – lame.

    Miré la cara de mi sobrino, tenía cerrados los ojos y bufaba, era su primera vez y él actuaba como un mero espectador, que se dejaba hacer y tocar, la zorra de Verónica, le pregunto, “¿es mejor que hacerse la paja?”, “si tío -me contestó- muchísimo más rico”, Verónica se sacó el pico de la boca y le dice, “espera que falta mucho y aún lo mejor” y continuó chupando que era un gusto.

    Como yo estaba por detrás de Verónica le empecé a sacar el vestido dejándola totalmente desnuda, ella le hizo señas a Rubén para que se sacara el short, que ya tenía prácticamente abajo y la polera, para no ser menos yo también me desnudé, quedando los tres en pelota, le paré el culito a Verónica y se lo comencé a meter, encontrándome con un choro tan mojado que se fue solo el pico para adentro, dos movidas y le vino ese orgasmo que había quedado interrumpido en la cocina.

    Como gritó de gusto, se retorcía y buscaba la forma de tenerlo más metido.

    De repente Rubén se empezó a poner tenso y a decir, “¡ay, tía por favor para que voy a acabar”, ella hizo caso omiso a la advertencia de él y aceleró sus movimientos, amasándole los testículos y haciéndole cosquillas con un dedo en el ano, de súbito Rubén gritó, “ayayaicito, ayayay, estoy acabando, ay que rico”.

    Yo miraba como a Verónica se le salía de la boca el semen que no podía tragar, todo eso derivó en un nuevo orgasmo tan violento como el anterior.

    Ella cuando está muy caliente tiene múltiples orgasmos, por lo que pude dimensionar lo caliente que estaba en ese momento, teniendo un pico metido y chupando otro pico virgen, que nunca había recibido ese tratamiento que ella le estaba dando.

    Siguió moviéndose y chupando hasta que Rubén se echó para atrás totalmente rendido por la tremenda acabada que se había pegado.

    Yo seguía pegado al trasero de Verónica gozando por lo caliente de la zorra de ella, como también por el espectáculo que estaba presenciando y lo excitada que estaba mi esposa, y le dije, “quieres ir al dormitorio que estaremos más cómodos”, “bueno vamos”, partimos yo abrazándola por la espalda y manoseando sus pechos y ella prácticamente tirando del pico a Rubén.

    Llegamos al dormitorio y la hice tenderse en la cama, tomé a Rubén y le dije, “como tú no tienes ninguna experiencia te vamos a enseñar, por lo que debes hacer todo lo que te digamos”, “bueno tío lo que Uds. Digan”, “mírame a mí y luego tú haces lo mismo”.

    Tomé las piernas de Verónica, las abrí y metí mi cara en su choro chupándolo, besándolo y lamiéndolo hasta llegar a tomarle el clítoris, seguí en esa función un buen rato, vi como gozaba se retorcía y me decía, dale mi amor, dale que ya me voy de nuevo, e inicia un orgasmo violento que se tomaba la cabeza y gritaba cosas que no se le entendían, pero eran de máximo placer.

    Me salgo y tomo a Rubén y le digo, “sigue tú”, inmediatamente se ubicó y comenzó a pasar la lengua como si estuviera tomando un helado por esa zorra anhelante de goce, ella le tomó la cabeza y lo fue guiando, “no amorcito, tienes que meter tu lengua adentro y trata de tomar este pedacito de carne que está aquí”, tocándose ella el clítoris, al parecer se lo tomó muy bien porqué pegó un salto y un gritito, “sigue, sigue, sigue, así sigue que voy a acabar de nuevo”, tomándole la cabeza a Rubén apretándola hacia su entrepiernas, casi ahogando al pobre muchacho.

    Yo me deleitaba viendo el espectáculo y pensaba para mis adentros, cuan caliente debe estar ella que está multiorgásmica, que ya ha tenido al parecer cinco orgasmos seguidos, mientras jugaba con sus pechos.

    Cuando ya recobró la respiración, tomó a Rubén y lo fue llevando hasta sus tetas y le enseñaba como pasarle la lengua a los pezones y mamarlos como una guagua, el muchacho feliz, dado su juventud y todo lo que estaba haciendo, tenía parado el pico como si nunca hubiera acabado, ella le acariciaba la cabeza mientras le chupaba las tetas, creo que descansando un poco de los violentos y seguidos orgasmos que tuvo.

    Con la otra mano me tomo el pico y comenzó una suave masturbación, “déjame metértelo, -dije-, que quiero sentir ese chorito”, “bueno métemelo, que quiero acabar con el pico metido que es lo que más me gusta”.

    Le di en el gusto y se lo metí de un viaje, pues yo también lo quería tener metido tanto como ella, empecé con un movimiento lento pero sostenido, ella le tomó el pico a Rubén y lo atrajo hasta echárselo a la boca, donde empezó a chuparlo con frenesí, mientras yo me movía y chupaba sus pechos.

    Como yo estaba encima de ella, corrido solo un tanto para el lado, tenía en primer plano la visión de la boca de Verónica tragándose el pico de Rubén, como chupaba la caliente, de repente sacaba la boca y me daba un beso con lengua y luego volvía a meterse el pico a la boca continuando su función, Rubén se quejaba gozando una barbaridad, “ay tiíta que voy a acabar de nuevo”, “muévete mi amor”, me decía ella con el pico de Rubén a medio meter en su boca, “no pares por favor no pares”, iniciando el enésimo orgasmo, empezó a acariciar los testículos de Rubén y a meterle el dedo en el ano.

    El muchacho se quedó quieto al sentir esas caricias y empezó a soltar semen como la primera vez, en esta ocasión Verónica no se lo alcanzó a tragar todo y echó la cabeza para un lado salpicándose de líquidos el cuello y los senos, obviamente que también mi cara, dado que yo se los estaba chupando.

    Acto seguido se metió el pico de nuevo a la boca y le hizo los últimos movimientos para que terminara de acabar y enseguida le tomó las manos a Rubén para que las pasara donde estaba el resto del semen en su cuerpo, así que él le sobaba las tetas que daba un gusto, ella empezó a pasar su lengua por mi cara para limpiarme el semen de Rubén, que me había saltado, riéndose alegremente de lo sucedido, pues tenía por toda la cara esparramado el líquido caliente y viscoso, daba un lengüetazo y una carcajada que fue contagiando a Rubén que reía a no más dar, contagiándome a mí también.

    Cuando tenía casi un lado de la cara limpio con su lengua, me empezó a besar en la boca sintiendo en mi lengua un gusto ácido que en un principio me desagradó, no dije nada, pero ella soltó una nueva carcajada, diciéndome, “te gustó mi amor, si no es malo, cuanto me has hecho tragar tú en la vida”, dije, “me ha gustado todo lo que hemos hecho”.

    Siguió limpiándome la cara y dándome besos en la boca, ya hasta encontraba sabroso el semen de Rubén, ella como aún conservaba tomado el pico de Rubén cerca de su boca, empezó a alternar, lengua en mi cara, beso en mi boca, chupada de pico, lengua en mi cara, beso en mi boca y succionada de pico, siguió así por un buen rato, mientras yo con el pico metido me movía lentamente.

    Mi sobrino con una calentura enorme a cuestas, se le comenzó a parar de nuevo dentro de la boca de Verónica, la que inició una sucesión de movimientos con su lengua, de mi cara a mi boca, de mi boca al pico de Rubén, del pico de Rubén a mi boca y así continuó, yo mantenía el ritmo de movimiento con el pico metido en su chorito, cosa que ella acompañaba con sus caderas.

    En uno de esos intercambios que hacía con su lengua me tomó la cabeza y me la empezó a acercar más a su cara, quedando a un centímetro escaso del pico de Rubén, “bésaselo” me dijo al oído, “no eso si que no” dije yo, ella reclamó, “como me hiciste hacer lo mismo con Pilar, dame en el gusto a mi ahora”, y empujó mi cabeza el centímetro que faltaba para llegar al pico de Rubén, ella con sus labios lo empujó hasta ubicarlo en los míos, mientras presionaba mi cabeza hacia su boca quedando ambas separadas solo por el pico de Rubén.

    Al principio me produjo una sensación rara, mezcla de sentirme rebajado en mi hombría y mezcla de vergüenza ante ella y mi sobrino, yo no sé si presintió mis sentimientos, me conoce mejor que yo a mí, que me dijo, “mi amor me encanta lo que estamos haciendo, me estás volviendo loca de gusto, no creas que voy a pensar mal de ti”, acompañando sus dichos con el inicio de un nuevo orgasmo violentísimo, hizo tal presión en mi nuca para que se me metiera todo el pico en la boca, lo logró y ahí cambiaron mis sensaciones, pues se me vino a la mente como se chupaban las conchas con Pilar y como gozaba yo, así que me dije, dale en el gusto a tu mujer, si tú la metiste en esto ahora aguanta y empecé a chuparle el pico a Rubén mientras Verónica se lo sujetaba con la mano para que no se saliera de ahí.

    Ella se tranquilizó del violento orgasmo y me motivaba con caricias para que siguiera chupándolo.

    Comencé a hacer lo que siempre vi y lo que a mí me gusta que me hagan.

    Así que recorría el pico con mi lengua por el lado del frenillo, bajaba hasta sus testículos me lo metía de nuevo en la boca, se lo apretaba con los labios y le corría su cuero para abajo y para arriba, Verónica ayudaba con una masturbación con la punta de los dedos y caricias en los testículos y en el ano, pues las dos veces anteriores que había acabado había sido con ese tipo de caricias.

    De repente sentí que el pico se le ponía más duro de lo que lo tenía, me dije capaz que ahora acabe, justo en ese momento se pone a soltar semen como si jamás en su vida hubiera acabado.

    Me llenó la boca de semen así que de inmediato la saqué para atrás, tomando la cara de Verónica para que siguiera, ella continuó chupándoselo hasta que terminó de acabar, le traspasé todo el semen que tenía en la boca a la boca de ella, quién lo recibió feliz, pues consideró, así lo supe después, que lo que me hizo hacer en ese momento, era la hazaña más grande que ella había logrado, pues nunca se había atrevido a proponérmelo siquiera, pero era una tremenda fantasía que tenía ella guardada.

    Yo aún no había acabado y mantenía el pico metido en el chorito de Verónica, y le dije, “quieres que ahora Rubén te lo meta para que se descartuche”, “por supuesto que si, si quiero ver que se siente con un hombre virgen”, acto seguido comenzó a tomarle el pico y a darle besos y masturbarlo, claro su juventud respondió rápidamente y nuevamente se le empezó a parar, quién volviera a tener su edad, pensé para mis adentros.

    Me retiré de encima de Verónica y le dije a Rubén, “ponte como estaba yo”, le tomé las piernas a ella y se las flecté para que quedaran encogidas alrededor de la cintura de Rubén y le metí una almohada doblada en dos bajo las caderas, quedando con la pelvis bien levantada, así podía apreciar mejor cuando le entrara el pico del muchacho, este se acomodó como pudo por su falta de experiencia, la cual suplía con su calentura.

    Yo le tomé el pico y se lo empecé a refregar en el choro de Verónica arrancándole gritos de placer a ambos, ella dijo “mételo”, así que lo enfrenté a ese hoyo ansioso y el resto corrió por cuenta de Rubén ya que pegó una embestida tremenda, parecía un perrito con un mete y saca a todas fuerzas, Verónica lo paró y le dijo, “calmado yo te voy a enseñar como lo debes hacer” y tomándolo de las caderas lo fue guiando como debía moverse, acompañando con los movimientos de ella.

    Yo pensé, aquí está mi venganza, al ver el culo parado de Rubén, así que le tomé la mano a Verónica e hice que le empezara a meter un dedo en el poto, como lo había hecho cuando se lo chupaba, para eso le fui echando la crema que estaba en el velador y cuando ya le tenía casi dos dedos enteros metidos, ella empezó su no sé qué número de orgasmo, aumentando todos sus movimientos y haciendo más presión con los dedos en el poto de Rubén.

    Este instintivamente o por placer se dejaba hacer de todo y se movía como loco, así que me ubiqué detrás de él y apunté mi pico a su ano retirando la mano de Verónica que me hacía que no lo hiciera, le tomé las nalgas y se las separé, viendo un hoyo un poco dilatado por los dedos de ella, así que le puse más crema y apoyé la punta de mi pico iniciando una presión lenta pero firme y sostenida sintiendo como iba entrando, se quiso salir, alegando que le dolía, pero cuando se movió hacia atrás y yo empujé para delante, le entró hasta la mitad y como él se lo tenía metido a Verónica, que a la vez lo aprisionaba por la cintura, prefirió quedarse quieto.

    Verónica se seguía moviendo, yo quieto, pero con el movimiento de él y de ella mi pico se movía solo en el poto de Rubén, esperé pacientemente que comenzara a acabar, pues ahí le vendría lo máximo de calentura y llevaría a cabo mi venganza por haberle chupado su pico y hubiera acabado dentro de mi boca.

    Así fue que cuando empezó a acabar se movía como un loco, produciéndome una sensación tan exquisita que también me dieron ganas de acabar, sentí los gritos de Rubén, los quejidos y gritos de placer de Verónica produciéndome un morbo de tenérselo entero metido que acabé con tanto o más gritos que ellos dos juntos.

    Verónica tuvo dos orgasmos seguidos, le rasguño la espalda al pobre Rubén que seguía moviéndose sin importarle lo que le estaba pasando por atrás.

    Caímos los tres agotados en la cama resollando como si hubiéramos corrido una maratón.

    Con Verónica nos abrazamos muy pero muy apretados y nos besamos en señal de mucho amor, ella me susurró al oído, “te pasaste loco degenerado”, enseguida se dio vueltas y tomándole la cara a Rubén le dio un beso en la boca preguntando, “¿te ha gustado tú iniciación?”, “si mucho, pero lo que me hizo el tío no tanto, pues me arde un poco”, “pobrecito -le dijo ella-, ya se te pasará, lo importante es que te gustó, ya haremos más”, inmediatamente la golosa nos tomó el pico a los dos empezando a moverlos con mucho arte logrando que mi erección fuera primero que la de Rubén, bueno la mía era la segunda y la de él era la cuarta.

    Cuando vio que lo tenía duro de nuevo se montó encima metiéndoselo de golpe y comenzó a cabalgar con frenesí.

    “No te cansas”, dije, “tú me has hecho así, tú me formaste, me excitaste tanto que quiero más y más”.

    Siguió una noche de sexo increíble, nos quedamos dormidos los tres en la cama, por la mañana al despertarnos comencé a tener sexo con Verónica e inmediatamente quiso tener con Rubén, ahí los dejé solos para que lo disfrutaran al máximo, perdí la cuenta de los orgasmos que tuvo ella, contra los dos de él y los dos míos, uno en el choro de ella y el otro de nuevo en el ano de Rubén, que no reclamó para nada, más creo que le gusto bastante.

    La fiesta continuó esa tarde, luego el lunes él a su Universidad y nosotros al trabajo, luego de ahí él volvía al campo y estamos a la espera de que regrese para repetir la historia.

    Todo lo que pasó lo recordamos por las noches y cuando hacemos el amor nos excitamos de una manera.

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  • ¡Estás embarazada!

    ¡Estás embarazada!

    Capítulo 1: Un matrimonio en crisis

    Rodolfo y Vanina llevaban más de 15 años casados. Tenían una relación estable, se amaban y eran muy compañeros, pero desde que ella había llegado con el resultado positivo del test de embarazo el sexo pasó a ser tabú en esa casa. La cama pasó a ser sólo un lugar para dormir de a dos (y para jugar de a uno). Rodolfo volvió a masturbarse tanto como cuando era adolescente, encontrando a sus 43 años un fetiche en los videos de las BBC (las pijas de los negros) que tanto hacían gozar a las señoritas.

    Vanina en cambio era un poco más tímida, pero las hormonas la estaban volviendo loca de deseo. Había empezado a ir al gimnasio y se encontró a ella misma, tan recatada como era, mirando bultos ajenos.

    Alguna vez, dudando si Rodolfo en realidad no la cogía porque ella había perdido el encanto, se puso una calza muy apretada y fue al gimnasio sólo a ver los ojos de los hombres. Su hermoso culo y su metro setenta no pasaron desapercibidos, ni en la calle ni en el gimnasio. A sus 34 años seguía estando fuertísima, incluso con esa incipiente pancita de 3 meses.

    Una noche, un poco harta de la situación, superó su timidez y tocó el pene de su marido por encima del pijama mientras dormía. Sacudió suavemente la pija que fue tomando vigor hasta que se despertó Rodolfo. Él le sacó la mano con suavidad y le dijo casi con lágrimas que dentro del vientre estaba su hija. La pija se empezó a achicar apenas el hombre terminó de sacar fuera su angustia, y Vanina entendió que no iba a coger al menos por los 9 meses del embarazo.

    La situación había llegado a un punto crítico y ambos fantaseaban en separarse cuando decidieron tomar unas vacaciones en Brasil para tratar de arreglar las cosas. Vanina estaba emocionada por la oportunidad de pasar tiempo a solas con su esposo y reavivar la chispa entre ellos, mientras que Rodolfo simplemente estaba aliviado de tener una excusa para alejarse del estrés del trabajo.

    Capítulo 2: El masajista

    El primer día en el lujoso hotel de playa donde se hospedaban, Vanina se sintió particularmente adolorida por las incómodas butacas del avión y le pidió a Rodolfo la ayude a descontracturarse. Además de relajar sus músculos quizás los mimos podían hacer que al menos su esposo la masturbe, si tanto miedo le daba cogerla preñada al menos que la toquetee. Él estaba tratando de cerrar un importante acuerdo comercial por WhatsApp. “No es el momento Vani”.

    Ella no iba a pasarse las vacaciones encerrada en la pieza del hotel, y como le daba miedo salir a conocer Río de Janeiro sola, se puso a investigar las opciones del all inclusive donde estaban alojados y decidió reservar un masaje completo para las 16 h. Rodolfo se mostró indiferente al principio, pero accedió a acompañarla. Podía seguir su asunto desde el teléfono.

    Cuando llegaron a la habitación designada para los tratamientos, se encontraron con Thiago, un guapo mulato de 25 años que era el terapeuta asignado. Vanina quedó impresionada por su sonrisa encantadora y el cuerpo musculoso que se percibía detrás de la remera.

    El joven masajista los hizo pasar al cuarto del spa y comenzó a explicar el proceso en portuñol mientras los guiaba hacia las camas para masajes. No pudo evitar notar lo bien que se veía Vanina. El complejo era de categoría y habitualmente sus clientes y clientas eran personas mayores, este el primer culo lindo que iba a masajear en un largo tiempo. Sonrío para adentro y pensó en qué buen trabajo tenía.

    Capítulo 3: El masaje tradicional

    Mientras Rodolfo se acomodaba en un sillón, a unos dos metros de la cama, Thiago le pidió a Vanina que se quita el pantalón, la remera y se recostara boca abajo en la cama. Ella llevaba debajo un bikini color salmón que no sólo era cómodo, sino que además cubría bastante bien su cuerpo. A pesar de su bellísimo cuerpo la futura madre no se animaba al hilo dental, ni siquiera de vacaciones en la ciudad carioca.

    “Ua pena a ropa” dijo Thiago, “É melhor o lacinho”. Y tenía razón, con el aceite ese bikini era un problema.

    El mulato se puso aceite en las manos, las frotó para que tomen temperatura, le desabrochó el corpiño para tener pleno acceso a la espalda y comenzó con un masaje relajante. Primero los hombros, y el cuello, y a medida que recorría el cuerpo tanto el masajista como la masajeada fueron motivándose. Para el joven era algo habitual, pero para Vanina excitarse por un masaje le pareció demasiado. ¿Qué le estaba pasando? ¿Serían las hormonas?

    Las manos de Thiago eran mágicas, por momentos a ella se le escapaban pequeños gemidos de placer, que no eran totalmente sexuales, pero sin dudas mostraban que la estaba pasando realmente bien.

    Rodolfo no había prestado atención a la escena. Estaba absorto con su teléfono celular leyendo mails cuando de reojo vio que el negro estaba trabajando cerca de la cola de su esposa, y se sorprendió mucho cuando Thiago rozó muy suavemente las nalgas de Vanina con el dorso de su mano. ¿La estaba acariciando? Esa cola tenía –además de una forma increíble– una sedosidad propia de quienes se cuidan mucho la piel, y el joven estaba disfrutando esa sensación.

    El masajista pidió permiso a Vanina y metió apenas las yemas de dos dedos en los bordes de la bombacha de la bikini y la llevó al centro de la cola, liberando así las dos nalgas para poder trabajar. Esa pieza de ropa tan amplia ahora era un gran hilo dental, y a sus lados dos hermosos cachetes de un culo soñado.

    Ella no puedo evitar estremecerse ante las habilidosas manos y comenzó a sentir un calor familiar entre sus muslos. Miró a Rodolfo nerviosa, preguntándose si había notado algo inapropiado. Pero él estaba enfrascado en el teléfono, ocupado de su trabajo mientras un negro de un metro noventa manoseaba a su esposa.

    El joven mulato, amasaba los glúteos con profesionalismo hasta que notó que la parte inferior de la bikini estaba de otro color. ¿Se estaría mojando esta señora, algo mayor que él, con sus masajes? Le sucedía con alguna frecuencia, pero nunca con una que estuviera así de buena.

    Capítulo 4: El calor de Brasil

    Thiago dejó un segundo su tarea y con la excusa de buscar otro poco de aceite se alejó de la mesa para mirarla de lejos. ¿Se la podría coger? ¿Cómo podía hacer para que el tipo se fuera de la habitación? ¿Y si se la cogían los dos? No, no, pensó Thiago, sólo mía. A la mierda ese viejo impotente, se dijo para sí el joven.

    La mente de Vanina no estaba tan lejos de esa idea. Revolucionada por las hormonas y la falta de sexo y atención de parte de su marido, notó su entrepierna empapada, y no pudo dejar de ver la evidente erección del mulato. Será verdad lo de los negros, pensó Vanina, y se imaginó por primera vez cómo la tendría Thiago. ¿Sería de carne o de sangre? Porque cuando lo vio por primera vez no se le notaba semejante bulto. Debajo de ese pantalón blanco había una gran pija parada, no tenía dudas. ¿Sería por ella? ¿Y si Rodolfo se daba cuenta?

    Cuando Thiago volvió a masajear la cola, las piernas de Vanina estaban algunos centímetros más separadas. Ahora era más evidente que el flujo había manchado la bombacha de la bikini.

    Thiago masajeó los muslos con firmeza, acercándose peligrosamente a la cola. A pesar de la malla pudo sentir cómo ella se tensaba y abría apenas más sus piernas para él. Sabiendo que había tenido éxito en excitarla, presionó más fuerte y más rápido, dejando que algún dedo resbalara hacia el centro de la entrepierna.

    Vanina no pudo evitar abrir la boca y decir un muy suave “sí, así”. Estaba tan perdida en la sensación que ni siquiera notó que su esposo se había incorporado para mirarla boquiabierto. Antes de que pudiera decir algo, Thiago preguntó si quería cambiar a masajes más profundos y ella asintió tímidamente con la cabeza.

    Capítulo 5: La revelación

    ¿Qué son masajes más profundos? Preguntó Rodolfo, más confundido que enojado. Nadie respondió a su pregunta. El silencio fue roto por Thiago, indicando a Vanina que debía darse vuelta, quedar panza arriba sobre la cama, y fue directamente a sacarle el corpiño dejándola en tetas.

    Ella por primera vez se sintió realmente expuesta. Semi desnuda frente a su esposo y a un bello joven que actuaba como si no le importara nada ni nadie.

    El mulato apenas le hizo algún masaje en los hombros y enseguida fue a masajear los pechos con firmeza. Vanina nunca fue tetona, pero los tres meses de embarazo ya estaban teniendo efectos, en volumen, en dureza y especialmente en hiper sensibilidad.

    Rodolfo miraba la situación sumamente perturbado. ¿Debía detener esto? ¿Era parte normal de un masaje? ¿Cómo saberlo? Mientras veía los movimientos por primera vez notó lo evidente, recordó los videos BBC y pensó en cómo sería la pija del negro. Enseguida quitó eso de su cabeza. Estaban allí su esposa, y su futura hija dentro de la panza. Molesto, amagó con pararse con la intención de interrumpir, pero Thiago lo detuvo con un “¿que está fazendo?”. Por ubicado, el esposo se calló la boca. Sería así el masaje, pensó.

    Enseguida, con absoluta impunidad y como si Rodolfo no existiera, el mulato bajó su mano derecha y la apoyó abierta encima de la bombacha de la mujer. La dejó allí mientras con la otra mano seguía amasando los senos. Como si estuvieran intercambiando mensajes en Morse, los dedos del joven presionaban sobre el pubis, y Vanina respondía alzando su cadera.

    “¿Posso?” preguntó Thiago, y ella, que apenas comprendía el portugués, entendió claramente que querían bajarle la bombacha. Estaba muy excitada, y esta era una oportunidad única. Lo miró a Rodolfo, con cara de culpa y le preguntó también, “¿puedo?”

    “¿Qué cosa Vanina, qué cosa podés?”

    “Me quiere tocar ahí”

    Capítulo 6: Ya no hay marcha atrás

    La mano de Thiago se había movido unos centímetros más abajo, siempre sobre la bombacha, y empezó a apretar muy despacio con los dedos. No estaban sobre la vulva, pero casi, y Vanina los necesitaba desesperadamente más abajo.

    “Dale”, le dijo ella al negro antes de que Rodolfo diga algo, y Thiago agarró los bordes de la bombacha para empezar a tirar de ella hacia los pies. Cuando Vanina alzó su cola para ayudar, Rodolfo comprendió que había perdido, ese mulato iba a tocar la intimidad de su mujer.

    Ella quedó acostada boca arriba, totalmente desnuda y con un enorme negro al lado. “Sólo una paja Vani, que te toque y nada más” dijo el esposo, muy preocupado por este masaje profundo.

    Thiago subió su mano izquierda al cuello de la mujer y metió con poca delicadeza su dedo índice de la mano derecha en la empapada vulva de Vanina. Ella era algo estrecha, pero estaba tan mojada que ese dedo, y el dedo medio que lo acompañó enseguida resbalaron dentro sin problemas. El joven no era un genio masturbando mujeres, pero entre las hormonas alborotadas, la falta de sexo y los masajes, cualquiera que tocaba esa concha iba a encontrar fácilmente un orgasmo. Encima los dedos eran los de un adonis negro de un metro noventa. Cómo no iba a acabar así de fácil.

    El mulato se sorprendió cómo había conseguido todo en tan poco tiempo. Se quería coger a esa hembra de cualquier modo y si se apuraba llegaba a hacerlo antes del siguiente turno. Ella estaba totalmente entregada y él la había hecho gozar, ahora le tocaba a él.

    Se aflojó el pantalón y se bajó el slip en un solo movimiento antes de que cualquiera en la habitación tuviera tiempo de reaccionar.

    “Pará, pará, ¡qué hacés!” gritó el esposo, y trató de empujar al morocho que se lo sacó de encima con una mano, sin violencia, pero indicando quién mandaba ahí. Entonces Rodolfo le habló a su mujer “Vanina, no. Solamente una paja. Vanina por favor!” pero ella estaba bajando de su orgasmo y vió al lado de la cara una hermosa verga negra, grande como las de las películas, ancha, larga y con las venas muy marcadas.

    “Dios mío” dijo Vanina, y acercó su mano al majestuoso pene, dudando en tocarlo. El mulato lo resolvió fácil, y acercó la pija directamente a la cara de ella; que seguía acostada, con dos dedos dentro de su concha y mirando hacia el costado donde estaba el masajista, y de fondo su esposo.

    Vanina agarró suavemente la poronga desde la cabeza y la trajo a su boca. Estaba decida a agradecerle al joven el orgasmo que le acababan de regalar. Le dio un beso suave y después trató de meterse entero – sin éxito – el gran pedazo de carne. Pasó la mano por abajo de las bolas y sujetó al joven con una mano en la cola. Con la otra mano masturbaba la pija en su boca.

    Rodolfo estaba mudo. También se impresionó con la big black cock. Era como las de los videos porno. Pasaron algunos segundos hasta que asoció que esa BBC estaba siendo chupada por su esposa.

    Capítulo 7: La traición

    Rodolfo decidió que era demasiado, pero nadie había obligado a su mujer a hacer nada, por lo que se paró y se fue en silencio hacia la puerta. Vanina lo vio con el rabillo del ojo y sin dejar de saborear la poronga del negro le hizo un gesto de que espere con la mano que tenía sujetando el culo del negro, pero Thiago aceleró el movimiento de sus dedos sobre el clítoris y ella acabó fuerte por segunda vez.

    Mientras Vanina chupaba, su adorado esposo salía por la puerta de la habitación del spa.

    Rodolfo empezó a caminar hacia su cuarto con absoluta impotencia, sentía que esos cuernos eran su culpa, la había descuidado mucho y la pobre estaría caliente. ¡Pero cómo iba a poder cogérsela si estaba embarazada y estaba su propia hija en el vientre! Y en cuanto llegó a ese pensamiento volvió a la sala de masajes corriendo. Ese negro no se iba a coger a su esposa de ningún modo.

    Entró de improviso a la habitación y poco había cambiado, ella seguía mamando la pija negra y Thiago acariciaba su cabeza.

    “Basta Vanina vamos” pero su esposa volvió a hacerle señas de que espere. Ella quería devolverle el orgasmo al negro, y ya no pensando en el masajista, sino para saber que lo podía hacer gozar. Que ella también podía hacerlo acabar. Sin embargo ya le está doliendo la mandíbula y el pene seguía tan duro como cuando empezaron.

    El esposo se acercó tanto a la pareja que Thiago pensó que él también quería pija, y como no le atraían los hombres se alejó un par de pasos hacia atrás y fue a servirse agua del dispenser. Rodolfo aprovechó el momento, se agachó al lado de la cama y quedó cara a cara frente a su mujer. “Perdoname Vani, es mi culpa. Vamos por favor”

    Ella lo miró seriamente. Estaba procesando todavía lo que había pasado y pensando en qué decirle a su marido cuando de repente abrió los ojos muy grande. Rodolfo miró hacia los pies de su mujer. El masajista se había subido a la cama y estaba en cuclillas encima de la vulva de Vanina. Había empezado a frotar la cabeza del pene contra los labios vaginales de ella.

    “No no” dijo ella, “no por favor no”. Rodolfo trató de pararse pero se cayó sentado y se quedó allí, mudo.

    “No Thiago, mejor no” decía Vanina, mientras el mulato seguía empapando su pija de fluido femenino.

    El negro empujó apenas, llegando hasta la vagina pero sin penetrar realmente. “Só a cabecinha” decía Thiago, pero la miró a los ojos y ella le sostuvo la mirada en silencio. Él entendió y empujó fuerte.

    A pesar de la lubricación natural apenas entraron 5 centímetros. La pija era enorme.

    Vanina agarró los marcados bíceps del mulato para sostenerse de algo. Quería que se la cojan, pero le estaba doliendo.

    Capítulo 8: Con O de orgasmos

    Rodolfo estaba horrorizado, estaban empezando a penetrar a su mujer y ella no sólo lo había permitido, sino que se agarraba fuerte del tipo que se la estaba cogiendo.

    “¡Vanina la puta madre!”

    Thiago retiraba su cadera unos centímetros y volvía a perforar.

    “¡te están cogiendo Vanina!”

    Thiago avanzaba un poco más. Ella alzaba la cadera para que sea más profundo

    “¡Estás embarazada la puta madre!”

    Y esa última frase hizo que la esposa vuelva unos segundos a la realidad, pero bastó un último empujón del negro y que los 21 centímetros de pija negra recorrieran la totalidad de la vagina y llegaran hasta el útero para que ella llegara al orgasmo temblando. Jamás había sentido así una verga así, que la llenara por completo.

    El masajista actuaba como si nada importara. La mujer vibraba por el orgasmo y el seguía bombeando, sacando casi todo su pene afuera para volver a meterlo por completo.

    Después de un rato, ya cansado de estar en cuclillas, desenvainó su pene y ayudó a que Vanina se sentara en la cama. Allí le dio un beso. La había penetrado y recién ahora la besaba.

    Thiago sintió en esa boca el gusto de su propia pija, y los gustos de la concha de la hembra que estaba sentada en la cama a su lado. El cornudo los miraba sentado en el piso.

    El masajista guio a Vanina para que se ponga en cuatro patas y empezó a chuparle desde atrás la concha. Su falta de talento pajeando mujeres lo compensaba con una gran lengua y labios gruesos. Besaba esa vulva como quien come una sandía en pleno verano, y ella volvió a conmocionarse. El negro le estaba provocando un cuarto orgasmo, totalmente distinto, pero tan increíble como los anteriores.

    Esta vez el masajista la dejó acabar tranquila. Incluso le acarició la espalda mientras ella temblaba por la gran chupada de concha que había recibido.

    Cuando notó que ya se había repuesto, la dejó en cuatro, pero hizo que apoyara el pecho sobre la cama y levante la cola. Se la iba a coger en serio.

    Ahora era su turno de gozar.

    Capítulo 9: Tan adentro como sea posible

    La vagina es elástica y esta habían tenido mucho juego previo, pero la poronga era muy gorda, y así como estaban Thiago empujaba sin lograr avanzar más allá de los primeros centímetros. Vanina empezó a quejarse suavemente porque su cuerpo no estaba lubricando lo suficiente, y el mulato estaba empecinado con llegar al fondo como sea. Más que penetrarla la empujaba hacia adelante en la cama.

    Rodolfo se paró, caminó hasta donde estaban los aceites del masajista y le alcanzó el pote al negro. Muchos años después de ese día se siguió culpando por ser tan servicial, pero lo cierto es que cuando el masajista se puso el producto sobre su pene la situación cambió, y la pija resbaló hasta el fondo, consiguiendo además un sííí de la mujer que sentía cómo la llenaban de carne de nuevo.

    Rodolfo se paró al lado de la cama con los brazos cruzados y sin perderse detalle. Estaba algo excitado viendo esa BBC provocando tanto placer, pero la culpa no lo estaba dejando en paz. Se estaban cogiendo a su esposa embarazada delante de sus narices, o mejor dicho, se la estaban recontra cogiendo, porque el movimiento de Thiago era frenético. Embestía a la hembra una y otra vez.

    Se empezaron a escuchar pedos vaginales, los plap plap de cada penetración y gemidos cada vez más fuertes de la mujer y también – por primera vez – del joven masajista.

    De repente, el mulato cerró los ojos, sujetó con fuerza las caderas de la mujer, penetró hasta la empuñadura, se quedó quieto y eyaculó. Su verga depositó grandes cantidades de semen espeso que inundaron la concha. Después abrió los ojos, sonrió, sacó su pene chorreando líquidos y se dirigió al baño a higienizarse.

    Vanina estaba todavía en cuatro patas. No había alcanzado esta vez el orgasmo, pero pensó que estaba bien, ya había acabado bastantes veces, y lo más importante, había logrado que el joven también acabe.

    Rodolfo, parado al lado de la cama, vio los muslos de su esposa y el semen que se derramaba desde la vagina, por lo que agarró una toalla y empezó a limpiar a medida que salía el líquido. Actuaba como un robot. Estaba totalmente quebrado internamente y trataba de asistir a su esposa.

    Capítulo 10: El desenlace

    Vanina se quedó tendida en la cama, aturdida por lo que acababa de suceder. Su cuerpo estaba saciado pero su mente era un torbellino de emociones contradictorias. Se sentía culpable por haber traicionado a Rodolfo, pero al mismo tiempo no podía negar lo increíble que había sido la experiencia.

    Thiago se puso el slip, el pantalón corto y se acercó a Vanina para darle un beso en la boca. Ella le corrió la cara, pero le dijo “gracias por todo”. El masajista hizo una sonrisa pícara, le hizo con el pulgar hacia arriba a Rodolfo y se retiró de la habitación.

    El esposo ayudó a su mujer a incorporarse de la cama. Ella estaba realmente agotada y le temblaban las piernas. Luego la ayudó a ponerse la bombacha y la acompañó hasta la puerta del baño a que se higienice.

    Cuando ella cerró la puerta y él se quedó sólo en ese cuarto del spa, liberó su angustia y rompió en llanto. No imaginó que el resto de la semana en ese hotel iba a ser aún más intensa.

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