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  • Para que papá me vea

    Para que papá me vea

    Amanece y el sol, descubre con su luz, a Micaela que regresa de una fiesta en la playa.

    Lugares de vacaciones que tantas colas han visto, apretadas en pequeños pantaloncitos o sugeridas en las telas más finas de los vestiditos. Tetas blancas en escotes de mujeres recién llegadas, tetas con la marca del biquini que estuvieron toda la tarde al sol, piernas jóvenes cruzando por las avenidas, esperando recostadas en autos lujosos. Pueden olerse los pequeños detalles para seducir, unas uñas francesas que arañan la piel de un desprevenido, unos aros en forma de O que alargan un cuello, la pequeña rosa roja en el elástico de una bombacha. Todos caminos al placer, todos altares al deseo.

    A sus 18 años, Micaela atrae a los papás de todas sus amigas, a todos sus profesores, a los señores que la cruzan en el colectivo. Puede sentir la mirada de los hombres sobre su cuerpo, puede hacer listas según la parte que eligen de ella. De alguna manera le gusta sentirse linda, pero detesta a las personas agresivas y lleva para ellos un broche para apuñalarlos.

    Camina descalza y la calle de arena entibia la planta de sus pies. Los pájaros festejan con su canto la llegada del día, y siente esa alegría contagiarse a su cuerpo. Piensa en la brisa que entra por la ventana del primer piso frente a su cama, papá dejo que eligiera habitación, aunque sabía que eso enojaría a mama, y se estremece de pensar en el roce fresco de las sábanas limpias.

    Cruza, de costado, la tranquera apenas abierta y decide rodear la casa para entrar por la cocina y evitar que vean a la hora que llega.

    La fila de árboles al costado de la pileta brilla por el reflejo. El agua la atrae y camina hasta el pequeño borde de cemento que la rodea. Su papá alquilo esta casa por ellas, y por la pileta, como siempre repite cuando se quejan de algo. Prueba con un dedo del pie la temperatura del agua y después gira para meterse en la casa.

    Se asusta cuando ve durmiendo a su papá en la hamaca de la galería. Caído a sus pies hay un atado de cigarrillos y una lata de cerveza. Se acerca en silencio y comprueba que su papá está en calzoncillos, esos viejos. Es el único hombre que conoce que los sigue usando. Es una prenda ridícula –piensa– pero por algún motivo no le entran ganas de reír. Además la tela verde oscuro apenas llega a tapar lo que su papá tiene debajo. Se da cuenta que está viendo algo importante y prohibido. Mira nerviosa a los costados, pero sabe que su mamá duerme todo el tiempo que pueda en vacaciones.

    Abajo de la ropa a su papá se le dibuja la forma de una morcilla, o esos chorizos que cocina algunos mediodías en la parrilla sin dejar que nadie se acerque. Algo grueso y redondeado. Grueso. Imagina que con un pequeño movimiento, apenas su uña agarrando el elástico, ese monstruo saldría de donde está guardado, por el costado, se derramaría. Se muerde los labios. Piensa que hace mal, que es asqueroso, un pecado, una enfermedad psicológica, pero su cuerpo no puede despegarse del contorno de esa pija.

    Levanta un dedo, quiere arrastrarlo a lo largo del bulto que se marca en la tela pero a mitad de camino lo desvía y se lo mete en la boca. En el boliche, como estaba con las chicas el tiempo pasaba de otra forma, todo era moverse entre otros cuerpos y sentir las miradas como si fueran espejos pero acá, a la sombra de los árboles, vuelve a ser una nena que descubre que su papá tiene la pija muy grande.

    No sabe cuánto tiempo pasa así. El canto de los pájaros y el suave sonido de su saliva empapando el dedo son los únicos ruidos.

    Cuando su papá abre los ojos. Micaela se sorprende como si el mirarlo hubiera tenido que durar más.

    –Me quedé dormido corazón –dice sentándose en la hamaca y apoyando los pies en el suelo. Ella sigue con la mirada al bulto que a pesar de todos los movimientos, continua desafiante, como un gran secreto que el cuerpo no puede esconder.– Llegaste recién… –bosteza– no te acostaste todavía –pregunta más despierto, subiendo con la vista desde los pies hasta los ojos de su hija.

    –Hace un rato… me parece que me voy a meter en la pile antes de dormir –y sin esperar gira y camina de nuevo hasta el borde del agua. Allí, segura de la mirada de su papa, arruga el vestido hasta la cintura y después se lo saca por la cabeza, estirando los brazos.

    Muchos hombres le miraron el culo ayer noche. Muchos lo miraron en su vida de pendeja, y apenas unos pocos lo acariciaron y jugaron con él. Está muy excitada. Tiene puesta una tanga negra que eligió justamente por cómo le marcaba la cola, como resaltaba la marca del sol haciéndola parecer más blanca, y la tira de un top que uso para no quedar en tetas con el escote. Se lo saca.

    Todavía de espaldas aguarda unos segundos antes de hundirse en la superficie celeste de la pileta. Quiere preguntarle papá se te puso más gruesa, me mostras como esta de grande en ese calzoncillito antiguo que no termina de tapar esa pija, y sacude apenas la cola. Un movimiento que solo alguien que le esté mirando mucho el culo puede ver. Y espera que lo vea.

    Nada en lo profundo unos momentos, esta tan excitada que no siente la frescura del agua, así que regresa al borde porque se quiere asomar. Papá sigue sentado, con las piernas abiertas, y aunque no puede adivinar su mirada puede asegurar que la mira a ella. Se empuja hasta quedar con el ombligo apoyado en el borde de cemento. Sus tetas cuelgan frente a su papa. Micaela espera que pueda ver las gotitas que caen cuando tiemblan, y el borde marrón claro donde la teta se arruga en los pezones.

    La mamá grita desde la cocina. Micaela se hunde en el agua, se queda pegada a la pared de la pileta con el corazón bombeando enloquecido. Cuenta uno, dos, tres… y asoma la cabeza.

    El papá ya no está. Ve la espalda alejarse rumbo a la calle. A su mamá le gustan las medialunas recién hechas. Micaela estira su cuerpo desnudo y cuando siente el calor quemar sus nalgas vuelve a hundirse. La mamá sale al jardín con un termo de mate en la mano y la llama. Ella pide una toalla y una remera, y sonríe satisfecha de la mujer en que se está convirtiendo.

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  • La recatada de mi mujer

    La recatada de mi mujer

    Mi recatada esposa tiene un amigo que cuando la ve se le van los ojos por sus tetas y su culo, mi esposa es blanca de 1,70 de estatura, un buen par de tetas medianas que desafían la gravedad, con pezones en punta siempre erectos y cuando se arrecha más parados y un culo muy apetecible, pero muy recatada e ingenua, porque su amigo quiere follarla y ella al parecer no se da cuenta o no lo intuye o no lo sospecha siquiera, pero ella quiere mucho a su amigo Manuel.

    El cumpleaños en agosto y mi esposa y yo planeamos un viaje de vacaciones a Santa Marta, y ella insistía en invitarlo, ella me pidió que yo lo invitara y le respondí, si lo quieres en Santa Marta invítelo usted, ella se enojó y me dijo que no lo haría, pero tres días después Manuel me llamó y me comentó que mi esposa le había invitado a nuestras vacaciones, ella no me lo dijo y yo me hice el que no sabía.

    Llegó el día de viajar desde Bogotá, Manuel me había comentado que él llegaba al siguiente día, bueno llegamos a Santa Marta nos instalamos en Zuana Beach Resort, la suite tiene una cama Kings, y le dije a mi esposa en esta cama podemos dormir los tres, tú, tu amigo y yo, ella me miró con enojo y dijo si es lo que tú quieres, pues dormiremos los tres en la misma cama, y yo le respondí pero con la condición que nos meteremos a la cama desnudos, y respondió, bueno, por mí no hay problema y yo le respondí y por tu amigo tampoco pues él solo quiere follarte y por lo que intuyo usted quiere follarse a Manuel, ¿verdad?, me contesto: si, si quiero follármelo.

    Esa noche quise follarla, pero no quiso nada de nada. Al día siguiente hacia las tres de la tarde timbró su celular y ella muy nerviosa contestó, Manuel había llegado y la esperaba en el lobby. Me dijo: ¿me acompañas a recibir a Manuel? Yo le dije, vaya que usted fue quien le invitó, me miró enojada y me dijo, está bien. Yo le dije, ahora no es que se quede con él en la suite follando, aquí les espero.

    Ella fue al lobby y yo también fui sin que me vieran, Manuel al verla sola la abrazo y descaradamente la besó en su boca, ella lo rechazó, pero ya estaba hecho y además bajo sus manos por su espalda acariciándole el culo, ella lo empujó, soltándose de él. Lo guio a la suite, y le esperó, ella en el dintel con la puerta abierta. Él se puso el bañador y caminaron al ascensor, ¿Qué pasaría dentro del ascensor? No lo sé, yo bajé por el otro ascensor y corrí y me lancé a la piscina, ella llegó agitada y nerviosa, ¿qué pasó en el ascensor?

    Pasamos el resto de la tarde jugando en la piscina y nos tomamos unas cuantas cervezas, hasta mi mujer bebió, ella no gusta de beber, por tanto, estaba muy alegre y desinhibida, hablamos hasta de sexo, picamos algo y nos subimos a la suite hacia las nueve de la noche.

    Mi esposa se duchó y salió envuelta en una toalla, luego yo me duché y finalmente Manuel, Manuel salió de la ducha con otro bañador, mientras que yo serví unos tragos de vodka con naranja, el trago de mi mujer más cargadito. Mi esposa dijo bueno yo voy al centro de la cama mi esposo a mi derecha y Manuel a mi izquierda, pero debemos estar desnudos, dijo mi esposo. Yo enseguida confirmé, todos en pelota.

    Bien, ya metidos en la cama, dije: no observe que Manuel se quitara el bañador, esposita mire a ver, toca de pronto se encuentra con una verga bien parada, mi esposa corrió la sábana y efectivamente su amigo lo tenía más que erecto, ella dijo, esposo Manuel la tiene parada y yo le dije y acaso no te gusta, ella me miró y pregunto: ¿puedo tocarla? Le dije: ¿acaso eso no es lo que quieres?

    Ella comenzó a pajearlo suavemente y poco a poco fue bajando su cabeza hasta meterla en su boca y comenzó a mamársela con pasión, yo me deslicé y comencé a comerle el chocho y el culo, yo jugaba con su clítoris, y le metí dos dedos y la pajeaba muy rápido, ella jadeaba estaba súper excitada, ella se colocó en cuatro y me ofrecía sus agujeros, yo saqué mis dedos de su chocho y comencé a jugar rodeando su ojete, ella muy arrecha seguía mamando la verga de su amigo y yo le penetre por su vagina y le metí dos dedos en su culo dilatándolo, le saque mi verga y le dije te voy a encular, y sorpresa me dijo rómpame el culo, hoy te lo voy a permitir por primera vez.

    Puse mi verga en su ano y poco a poco le metí mi verga hasta que mis huevos chocaron con su culo, y Manuel le dijo si sigue mamándomela así me correré en su boca señora Luz, ella dijo hágalo quiero tragarme tu semen, yo le bombeaba el culo con fuerza y la masturbaba con dos de mis dedos incrustados en su chocho, Manuel gritó y explotó en la boca de mi mujer, ella llegó a su orgasmo y yo exploté llenándole de semen sus intestinos.

    Todos caímos rendidos, mi mujer se tragó el semen de su amigo y seguía mamándoselo, de tal manera que la verga de Manuel seguía parada, yo le dije a mi esposa súbase y cabalga, fóllaselo, ella era toda una amazona culeándose a Manuel, subía y bajaba, dándose sentadas para meterse bien la verga del amigo, yo me excite de nuevo y me puse detrás de ella, y se la metí por el ano de nuevo, con Manuel nos sincronizamos de tal manera que explotamos los tres simultáneamente, Manuel se derramó en su vagina, mezclando su semen con la corrida de mi mujer y yo de nuevo me vacié dentro de su culo. El cansancio y el sueño nos venció y nos quedamos dormidos.

    Lo qué pasó al día siguiente lo contaré en otro relato, descubrí que mi esposa es una verdadera puta en la cama.

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  • Mi cuñado Oscar, su mujer Genesis y yo

    Mi cuñado Oscar, su mujer Genesis y yo

    Cuando me recuperé del todo de mi enfermedad pocos días después recibí una invitación de Genesis para ir a su casa, me dijo que quería tener una conversación conmigo las dos a solas, tras consultarlo con mi suegro se mostró de acuerdo, así que esa tarde me dirigí a casa de mi cuñado Oscar y de ella.

    Para la ocasión me había puesto un vestido de rayas negras y blancas, que me llegaba a media pierna, desde que me había emputecido me encantaba ir muy sexy, y ver cómo me miraban los hombres.

    Cuando llegué, ella me abrió, para mi sorpresa llevaba una falda aún más corta que mi vestido, y una blusa blanca, se la notaba que no llevaba sujetador, me invitó a pasar al salón y me preguntó si quería tomar algo, acepté un refresco, ella fue a la nevera a por él, mientras yo la esperaba sentada en el sofá.

    Cuando volvió con las bebidas las depositó sobre una mesita de comedor, y para mi sorpresa al ir a sentarse lo hizo sobre mis rodillas, y arrimando su boca a la mía me dijo:

    -Supongo que tú también eres una de las putitas de nuestro amado suegro

    Acto seguido me dio un beso muy apasionado y nuestras lenguas se juntaron, cuando terminamos yo le pregunté:

    -¿Cómo lo sabes?

    -Tu eres la mujer del hijo mayor, que encabezó la rebelión y de otro lado el lleva mucho tiempo mirándote el culo.

    Volvió a besarme, yo en ese momento no pude contenerme más y subiendo su falda llevé mis manos a su culo y comencé a acariciársele, ella dijo:

    -Lo haces muy bien.

    Después levantó un poco su cuerpo hasta hacer que sus tetas quedaran a la altura de mi cara y me las restregó sobre ella y me dijo:

    -Parece que a los tíos de nuestra familia les gustamos las mujeres con las tetas no muy grandes.

    -Las tuyas son preciosas la respondí

    -Y a mí las tuyas también me gustan mucho, me replicó.

    Y mientras lo decía apartó un poco su cuerpo del mío y llevó sus manos hacia mis tetas, primero me las acarició por encima de la ropa, y luego me metió la mano por mi escote acariciándomelas directamente. Después me empujó sobre el sofá y me dijo:

    -Me parece que las dos somos ya unas grandísimas putas, así que, cariño disfrutémoslo.

    Se puso sobre mí, parecía que me estaba violando, aunque las dos sabíamos que no era así, me beso nuevamente y me dijo:

    -Puta mayor, esta puta quiere quitarte el vestido, levántate.

    Yo lo hice, ella se puso detrás de mí, y antes de que me diera cuenta me bajó la cremallera del vestido y este cayó al suelo dejándome en lencería, llevaba un conjunto rosita, ella continuaba vestida y yo la dije:

    Cariño yo aquí, en tu casa, desnuda y tu completamente vestida, no es justo

    Me arrodillé ante ella, y la desabroché la camisa, no llevaba sujetador y sus tetas quedaron al aire.

    -Son preciosas, le dije, y añadí, quiero contemplar tu culo, igual te crees que nuestro suegro mira mi culo y es el tuyo. Y besé su trasero, me encontraba muy caliente y deseaba hacer que esa zorrita se volviera loca de gusto así que la ordené, Venga, siéntate en el sofá

    Cuando lo hizo la obligué a abrir bien sus piernas, me puse a cuatro patas, no se si como una perra o una zorra, e introduje mi lengua en el interior de su coño. Ella comenzó a gemir de una manera muy intensa, mientras decía:

    -Puta que bien lo haces, como se nota que tienes experiencia.

    Oírla gemir de esa manera era muy excitante, quería que la nueva zorra de mi suegro, a la que no había estrenado yo como tal, fuese mía, así que seguí con mi lengua jugando con su coño, quería que se corriese, así que seguía atacando su coño con mi lengua mientras saboreaba cada centímetro de este, ella no aguantó mucho tiempo este ataqué, y soltó un gemido muy intenso, para terminar, corriéndose.

    -Cuando lo hizo con mi lengua repase su coño.

    -Ha sido increíble, dijo ella, mi marido nunca me lo ha hecho tan bien, te adoro hermanita

    Oírla llamarme así me hizo gracia, en esos momentos yo decidí tumbarme sobre el sofá y ella se puso a cuatro patas sobre él, en ese momento era ella la que estaba a cuatro patas, como si fuera una zorra, o una perra, jajaja, yo tenía una visión de primer plano de su coño y de su culo, ello me llevó a introducir dos de mis dedos en su agujero delantero y comencé a moverle, ella se puso a gemir con la misma intensidad que antes mientras decía:

    -Oye cuñada, que bien sabes hacer pajas, so zorra esto es mejor que la polla de mi marido.

    Eso me decidió a aumentar el ritmo de mis ataques, iba a hacer que mi cuñadita se corriera de nuevo.

    En ese momento ella dijo:

    -Hasta ahora hermanita mayor estas siendo tú la que está atacando mi coño, pero ahora me toca a mi atacar el tuyo, ven aquí:

    Mientras decía esto se tumbó sobre el sofá yo me imaginaba lo que quería y me puse de rodillas encima de su boca, ella abrió su boca y me introdujo la lengua y comenzó a repasar cada centímetro de mi coño, parecía que lo había hecho toda la vida sus lamidas eran muy certeras, parecían calculadas para darme el máximo placer no es extraño que me corriera rápidamente, cuando hube terminado de hacerlo, ella volvió a meter su lengua dentro de mi coño y dijo:

    -Que ricos son tus jugos hermanita.

    Después me dijo:

    -¿Te animas a un sesentainueve?

    Sin duda era una propuesta muy interesante y acepté, estaba encima de ella, así que simplemente me di la vuelta, cuando lo hice ella volvió a meter su lengua en el interior de mi coño. Yo la imité y de esta manera cada una tenía su lengua en el coño de la otra, se estableció ente nosotras una especie de competición a ver cuan era la que hacía correrse a la otra. La lengua de Genesis hacia cosas extraordinarias con mi coño, no se si por experiencia, o por habilidad natural hacia cosas increíbles en el interior de mi coño. Pero yo no me rendía e intentaba con la mía lamer cada centímetro de su coño.

    Los gemidos de las dos se mezclaban, en esos momentos Genesis paró un momento y dijo:

    -Que putas que somos las dos.

    Y volvió a comerme el coño, pero finalmente yo salí triunfante y noté como Genesis tenía un orgasmo impresionante, yo había ganado la competición, pero a la que fui a levantarme, ella me detuvo y me dijo:

    -Cuñadita tú no te me escapas viva, te voy a hacer tener un orgasmo quieras o no.

    Y volvió a introducir su lengua en el interior de mi coño, yo me resigné a disfrutarla, y seguí gozando hasta que no pude más y me corrí, ella se tragó ms jugos y dijo:

    -Que delicioso es tu coño, si nuestro suegro lo autoriza vamos a comérnoslo muchas veces.

    Por mi encantada, mire el reloj y vi que podía quedarme un poco más pr lo que la pedí que se tumbara sobre la cama, de espaldas, cuando lo hizo un culo delicios quedó ante mi vista, con mis dedos, metí uno dentro de su coño y con la otra mano dentro de su culo, quería provocarle otro orgasmo a esa zorra, y moviendo mis dedos dentro de sus agujeros lo logré. Tras ello dimos por finalizado nuestro encuentro.

    Lo que no sabía yo, en ese momento era que pronto iba a volver a esa casa, efectivamente tres días después de mi encuentro con Genesis mi suegro me ordenó volver allí, aunque me advirtió que no iba a ser para volver a comerme el coño de Genesis, y sin más explicaciones me dijo que me pusiera muy sexy.

    Yo me puse una blusa roja y una falda sexy a medio muslo, y cogí unos documentos que mi suegro me ordenó llevar, yo sabía que eran una excusa y no el motivo de mi visita, cuando llamé a la puesta de la casa fue Oscar quien me abrió.

    -Buenos días cuñada, dijo, Oscar dándome un beso en la mejilla, como corresponde a dos cuñados.

    Pero yo sentí que él me deseaba, y sabía que mi suegro me había enviado allí para que follara con él, así que cuando, tras darle os documentos que me había entregado mi suegro, me invitó a pasar acepté, pasamos al salón que hacia uno días había sido testigo de mi encuentro con su mujer, nos pusimos a hablar de cosas banales, yo en un primer momento me senté sobre el respaldo del sofá y abrí bien mis piernas, quería que mi cuñado viera lo máximo posible, y su cara me demostraba que estaba disfrutando de la visión.

    Cuando me decidí a sentarme a su lado, Oscar miró un momento mis piernas, y me dijo:

    -Que buena estas, cuñada.

    Luego arrimó su cabeza a la mía, nuestros labios se encontraron y nos dimos un beso muy apasionado, él con una de sus manos acaricio mis muslos y fue subiendo mi falda, yo le guardaba un secreto muy especial, y es que ese día había decidido no ponerme nada debajo. Cuando lo vio me dijo:

    -Me encanta cuñadita tu coño.

    Yo en ese momento le dije:

    -Yo te lo estoy enseñando todo, y tu cuñado ¿No me enseñas nada?

    Y en ese mismo momento me lancé hacia su pantalón, cuyo cinturón desabroché y después hice lo mismo con el pantalón, que hice caer hasta sus rodillas, y después hice lo mismo con su short, su polla que ya estaba muy dura quedó al aire y yo le dije:

    -Tienes una buena herramienta cuñado.

    Como he dicho en otros relatos en realidad todos los hermanos la tienen muy parecida en tamaño, pero a todos les refuerza el ego que les elogies su tamaño. Yo estaba de lado y a cuatro patas, la polla de mi cuñado estaba al alcance de mi boca, así que agachando mi cabeza me la introduje dentro de mi boca y comencé a chupársela, el se puso a gemir mientras me decía:

    -Que puta eres cuñada, lo haces divinamente, ya le podías dar una lección a Genesis.

    Yo había visto las mamadas que Genesis le había hecho a su padre mi suegro, y sabía que la chupaba muy bien, parece que él también me estaba haciendo la pelota.

    Estuve un rato, pero cuando creí que iba a correrse él me dijo:

    -Para un poco cuñada, quiero aguantar algo más, déjame que antes te coma el coño.

    A continuación, me pidió que me pusiera un poco levantada sobre el sofá de manera que mi coño quedara al alcancé de mi boca y cuando lo hice él introdujo su lengua en el interior de este, y comenzó a lamer cada centímetro de mi coño, lo hacía muy bien, no me cabía duda de que Genesis le había enseñado, no tardó en hacer que me corriera y cuando descargué mi liquido en su boca me dijo:

    -Esta riquísimo, cuñada. Pero ahora tengo ganas de follar contigo.

    Después de que me hubiera provocado un orgasmo con su lengua no podía negarle nada y acepté, le pregunté su tenía condones y él me señalo sus pantalones que se encontraban depositados en el suelo, yo aproveche la ocasión para quitárselos del todo, se quedó completamente desnudo de cintura para abajo, besé un poquito su polla, para que se pusiera completamente dura y la coloqué uno de los condones, después me puse encima de él y fui acercando mi coño hasta su polla y la introduje en el interior de mi coño y comencé a moverme, mi cuñado se puso a gozar, mientras yo echándome hacia delante puse mis tetas encima de su cabeza el reaccionó y comenzó a moverla de manera que su cabeza acariciaba mis pechos y me dijo:

    -Cuñada que bien follas, espero que el estúpido de mi hermano mayor sea capaz de valorar lo que es tener en casa una mujer como tú.

    Mientras él decía eso yo me movía arriba y abajo quería volverle loco de placer. Seguí moviéndome de arriba abajo, la polla de mi cuñado me estaba dando mucho placer, en estas condiciones tuve un orgasmo, mientas mi cuñado me agarraba el culo con sus dedos.

    Quería cambiar de postura y sacando su polla de mi coño me giré quedándome de espaldas a él y continué follando, hacerlo en estas condiciones resultaba especialmente delicioso, notaba como sus gemidos se intensificaban hasta que sentí como se corría, y una gran cantidad de leche salía de su polla.

    Me levanté y me arrodillé ante él, y después le sonreí y le dije:

    -Cuñado que bien follas Genesis tiene mucha suerte.

    Después le quité el condón y con mucho cuidado le limpié la leche que quedaba en su polla, no quería que ese sofá se manchara, me había proporcionado dos maravillosos momentos de placer en pocos días, en ese momento me levanté y él me hizo una señal para que me acercará a su boca, nos besamos de nuevo y él me dijo:

    -Cuñadita, siempre has sido mi cuñada favorita, además de la que más buena estaba, espero que ahora que hemos empezado esto lo repitamos muchas veces.

    -¿Con las demás no lo has hecho, o no las deseas?

    -Jajaja se rio él y añadió, la verdad es que no estaría mal follar con algunas y convertir a mis hermanos en cornudos, pero tú eres mi preferida.

    Yo ya tengo bastante experiencia como para saber que hay que poner en duda lo que te dice un tío mientras te folla, pero bueno apetece oírlo. En ese momento mi cuñado me pidió algo sorprendente:

    -Ponte de pie encima de mí y mastúrbate.

    Allí estábamos para gozar y no era cuestión de negarse a nada, así que poniéndome de pie encima del sofá metí un dedo dentro de mi coño y comencé a moverlo, Oscar cogió su polla con una de sus manos y comenzó a masturbarse, hasta que su polla estuvo lista de nuevo, en ese momento me pido que me bajará del sofá y colocándose detrás de mi restregó su polla contra mi culo y dijo:

    -Cuñadita, tienes un culo estupendo, me encantaría follarte el culo también.

    -Está bien cuñado le respondí.

    Y apoyando mis manos sobre el respaldo del sofá me quedé con mi cuerpo doblado en noventa grados, mi cuñado me acaricio el trasero mientras decía:

    -Que envidia me da mi hermano mayor.

    Después acercó su polla a mi culo y de un golpe me la metió, mi culo ya estaba acostumbrado tanto por las pollas de mi suegro, como con la de los cuñados con los que lo había hecho, como en menor medida mi marido, así que esta nueva polla no me causó ningún dolor, al contrario, me hizo sentir un gran placer, mientras mi cuñado comenzó a moverse dentro de mi culo, lo hacía muy bien. Mientras lo hacía se puso a gemir y sus gemidos aumentaban mientras su polla se movía en el interior de mi culo, la verdad es que los dos lo estábamos pasando muy bien, parecía saber lo que se hacía, y yo gozaba como una loca, hasta que se corrió, mi culo se llenó de su leche, en ese momento yo le dije:

    -Muchas gracias cuñadito por esta tarde tan deliciosa.

    Después los dos nos vestimos y emprendí el camino hacia mi casa.

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  • La locura de los cuarenta (1)

    La locura de los cuarenta (1)

    1 de octubre.

    Tuve un sueño particularmente vívido: soñé con la verga de Salvador. La soñé frente a mí y me soñé lamiendo cuidadosamente el glande, acariciando sus huevos, introduciendo en su ano mi dedo meñique. Incluso soñé cómo me penetraba, casi lo sentí y desperté al instante, con el coño húmedo. Acaricié a Marido, abrazándolo por detrás, dándole un suave masaje a su pene. Estaba muy dormido y tenía pocas ganas, pero conseguí su erección y lo cabalgué como a mí me gusta, llegando al orgasmo antes de que él terminara. Seguí hasta su final y me fundí con él en amoroso abrazo, hasta que fue hora de despertar a los niños.

    Era la segunda noche consecutiva que soñaba algo así. La anterior, sábado, con Marido de viaje, desperté bañada en sudor y empapada: me había visto en los brazos de Marcos, a quien recién había buscado en Facebook, citándome con él a desayunar el miércoles siguiente, con cierta claridad –o quizá, deseo— de lo que pasaría después del desayuno. Me masturbé despacio, pensando en Marcos e imaginando cosas que no hice y debí hacer en mi adolescencia.

    Y es que estoy en plena crisis de los 40, que supuestamente sólo le pega a los varones. Estoy en plena crisis y tengo que escribirla antes de que otra cosa ocurra. Porque me urge contarla. Porque, aunque nunca fui un dechado de fidelidad monogámica –o quizá sí, unos pocos años— ni de virtud, de abril a ahora me siento una reina y no quiero dejar de sentirme así, aunque a veces, por primera vez desde mi segunda depresión post—parto, haya noches en que me siento incapaz de atender a Marido.

    Y es que de abril a acá, es decir, en los últimos seis meses, me he echado cinco amantes –o mejor dicho, cuatro amantes y un encuentro de una sola noche— y aun así, sin querer dejar a ninguno de ellos, pienso en mi encuentro del miércoles con Marcos.

    Como habrán visto, tengo 40 años, casada –por segunda vez— y con hijos. Lo que no han leído aún es que soy una mujer profesionalmente exitosa, mucho, y felizmente casada. Y que sigo siendo una mujer guapa, de hecho, me considero más guapa ahora –y sin duda con mucho más confianza en mí misma— que a los 15, incluso, que a los 30.

    Será que tendré que contarles la historia antes de contarles la vorágine de estos meses.

    2 de octubre

    Mi marido llegó a casa con una botella de vino, queso y pan. Cenamos y nos contamos el día, o la parte del día que se puede contar sin romper el delicado equilibrio de nuestro matrimonio. Luego me condujo a la cama. Sabe muy bien dónde y cómo empezar a tocarme, de qué manera acariciarme el cuello, qué fuerza aplicar a la succión de mis pezones, de qué manera acariciarme la vulva, en fin, cuando llega el momento de llevar sus labios a mi clítoris, su lengua a la entrada de mi vagina, sus dedos al arranque de mi orto.

    Sus erecciones ya no son como las de antaño, su cuerpo tampoco: ha engordado, se ha descuidado, ya no cuida su piel como antes –o quizá nunca lo hiso y antes era más suave solo porque sí—, pero me sigue llevando a la gloria cuando me penetra, casi siempre en el momento justo en que lo necesito, deslizándose suavemente dentro de mí, a veces arrancándome un primer orgasmo sólo con eso.

    No diré, pues, como tantos aquí, como tantas, que es la monotonía del matrimonio, o el descuido de mi marido lo que me hace tocarme así, lo que me hace pensar que mañana veré a Marcos y el sueño de acabar en sus brazos. No es la falta de buen sexo lo que me llevó a hablarle ayer a Matías y a tener cibersexo con Rafael… no. Es esta crisis de los cuarenta que me tiene loca y sin pensar. Pere quedé de contarles antes mi historia.

    Toda la adolescencia tuve calenturas y sueños, deseos reprimidos y ganas, muchas ganas, pero nunca fui capaz de sortearlas: en la secundaria me sentía una niña espantosa, con acné, frenos y aquel horrible uniforme. Los niños me daban pavor y me escondía de ellos detrás de los libros y los números… y de mi niñez: apenas a los catorce tuve mi primera regla, era la más bajita del grupo, la más niña. Ya en la preparatoria supe que ser delgada y atlética atraía a los hombres, pero no sabía usar esos atributos y pasé igual que la secundaria, solo soñando… o casi. Porque besé por primera vez y toqué a un hombre, a los 21 cumplidos, casi 22: mi actual marido.

    Así es, a Marido lo conocí a los 18, cuando recién entrada a la Facultad me vinculé a uno de los sectores más radicales del Consejo Estudiantil Universitario. Marido fue a darnos un taller de algo y lo amé, amé sus manos y su mirada intensa, sus negros ojos y su delgado cuerpo, su cabellera rizada, alborotada siempre, sus 25 años y su conocimiento del derecho, aunque no era abogado.

    Lo amé sin atreverme a decírselo, aunque lo seguí, milité en su grupo (ya saben: educación primero al hijo del obrero, o aquel otro, luchaluchalucha… por una educación científica y popular) para verlo diario, milité con la pasión que sentía por él; odié a su novia, una morena chaparrita que me permitía adivinar lo bien que él se lo hacía, pero también adiviné una relación conflictiva, con gritos y sombrerazos. Fui a sus fiestas, me enemisté con madre, todo por seguirlo.

    Ahora descubro que mi pasión por Marido fue la nueva barrera que me inventé para no darle a tronar mi ejotito a ninguno de los compañeros que lo buscaron, aunque siempre con timidez –casi seguro que si alguno me lo hubiese pedido con decisión, se lo hubiese aflojado—, pues desde la prepa yo era la distante nerd que ganaba las olimpiadas de cierta ciencia que no voy a nombrar –incluso, en tercer año, a mis 17, viajé fuera del país, para representarlo— que leía y que era una especie de reina roja… y virgen.

    No solamente fantaseaba: me tocaba, leía novelas eróticas, aprendía la forma exacta de llegar al orgasmo tocándome el clítoris, viéndome, imaginándome en brazos de otro hombre. Y soñaba que marido me lo hacía.

    Y casi me lo hizo: casi cinco años después de conocerlo, de que yo lo siguiera como perra fiel –pero virgen—, cuando yo era una destacada estudiante de mi ciencia, lo invité a mi casa la víspera de su cumpleaños. Le hice un pastel y compré vino de postre. Sabía que había roto temporalmente con su novia y que estaría solo, sabía también que mis padres no regresarían en todo el fin de semana. Esa noche, por fin, me besó, me tocó, me acarició el sexo, su lengua se adueñó de mis pezones. Nos acostamos juntos, pero no me quitó el horrible mal que me aquejaba: la virginidad.

    No dormí en toda la noche. Primero, porque lo tenía en mi cama y quería que me lo metiera, que me hiciera de todo, quería besarlo, comérmelo, pero no sabía bien cómo y tampoco me atrevía decirle que era virgen. Muchos años después, cuando nos rencontramos, marido me dijo que él creyó que yo no quería, que no quería transformar nuestra larga amistad, que los “te amo” susurrados aquella noche eran fruto del vino. Y no me cogió.

    Nos besamos, le toqué el pene, sentí en mi mano cómo engordaba, lo sopesé, lo deseé dentro de mí. Me quité la blusa y el sostén, pero no la falda, porque sus manos jugaban por debajo de ella con mis nalgas, con los vellos de mi sexo, con mi hambre. Le dije… no le dije lo que quería decirle, “cógeme”, “métemela ya”, pero sí le pregunté

    —¿Lo hacemos? –mientras me moría, me moría por dentro.

    —¿Tienes protección? –preguntó.

    —No… —ahora creo que le debí haber dicho que sí, aunque después descubriera mi virginidad, pero ¿cómo hacerlo?

    Entonces, nos masturbamos mutuamente. Mientras yo le acariciaba la verga sin saber exactamente como, aunque en realidad, a falta de práctica tenía una profunda teoría, él me hizo llegar al orgasmo con sus dedos en mi clítoris, sus labios entre mi cuello y mis senos, mi loca imaginación. Y es que me conformé pensando: hoy no, pero después de esto, mañana tendrá que cogerme. Y permanecí despierta mientras él roncaba a pierna suelta. Y lo dejé irse, quedando de verlo esa misma tarde.

    Me preparé para verlo como nunca antes había hecho. Me puse algo de carmín en los labios, un poco de sombra, me peiné y me vestí con cuidado y me vi al espejo antes de salir. Mi larga y rizada cabellera negra caía agradablemente sobre mis hombros.

    Me había puesto los lentes de contacto para no esconder mis ojos, quizá no muy grandes pero expresivos y bellos, me decían, lo sabía, en armonioso conjunto con mis pestañas y mis tupidas cejas; una boca de gruesos labios, nariz aceptable. Miré mis hombros y brazos delgados y bien formados, aunque quizá con demasiados vellos. Las piernas delgadas pero fuertes, las nalgas aceptablemente firmes, el abdomen sin grasa, aunque no espectacular. El coño, virgen empapado ya. Y fui a buscarlo.

    Si, me sentía una diosa que iba a inmolarse, una doncella que quería entregarse; una mujer que quería serlo. Llevaba en mi bolso una botella de champaña, los condones que habían faltado la víspera y la necesidad ardiente de ser penetrada, bella como solo se puede serlo a los veinte años.

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  • Su esposo me pidió que la llevara en la camioneta

    Su esposo me pidió que la llevara en la camioneta

    Después de haber realizado nuestro primer intercambio de pareja tanto Jaime, jazmín, Mary y yo entablamos muy buena amistad, frecuentándonos constantemente, salíamos a cenar y bailar, yo pertenezco a un grupo de motociclistas al cual invité a Jaime a convivir con nosotros convirtiéndose él en parte de nuestro grupo, nos reuníamos en un bar cada viernes a pasar un rato agradable paseando en nuestras motos.

    Soy un hombre maduro con 50 años de edad, alto, labios gruesos, moreno claro, delgado conservado por el ejercicio, con una personalidad fuerte.

    Jaime de 41 y Jazmín de 34 ambos abogados de profesión, Jaime es un tipo agradable bajo de estatura, gordito con ideas liberales, Jazmín su esposa es una mujer también de mediana estatura, blanca, ojos negros preciosos, unos senos riquísimos, un trasero portentoso, unas piernas de ensueño, muy simpática y alegre.

    Jaime y yo viajamos regularmente en motocicletas a eventos de motos que se organizan en diferentes lugares del país, regularmente nuestras esposas no viajaban con nosotros, pero en una ocasión se programó una salida a una ciudad cercana, nuestro grupo de amigos quedaron de salir el sábado a las 11 am, Jaime estaba entusiasmado no tenía mucho tiempo como motociclista por lo que cada viaje era una novedad para él, le hice saber que mi moto traía una falla y me iría en la camioneta acompañándolos.

    Como a las 9 de la mañana del día sábado Jaime me marca al celular preguntándome si no habría problema que su esposa Jazmín me acompañara, que se le había pegado para este viaje pero que ella se sentiría más segura viajando en la camioneta, petición que acepte con gusto, a las diez y media am llegué a casa de ellos.

    Ya estaban listos para el viaje Jaime se sube a su moto, Jazmín toma asiento al frente de la camioneta, salimos a encontrarnos con nuestros compañeros al punto de reunión un mini súper a la salida norte de la ciudad, ya estaban varios compañeros esperándonos nos estacionamos, nos bajamos a saludarlos y ponernos de acuerdo, Jazmín va con su esposo a platicar y yo entro a la tienda a comprar hielo y bebidas el calor estaba fuerte, llegada la hora se arrancaron primero las motos, nosotros íbamos atrás de ellos a una distancia prudente.

    Jazmín y yo íbamos charlando de varios temas, a la media hora de camino me empiezo a retrasar del grupo intencionalmente, sonriendo le digo a Jazmín quiero verte las piernas bájate los jeans, sorprendida me dice no porque nos pueden ver, estaba sacada de onda, le comento nadie te va a ver las ventanas están polarizadas y ellos van poniendo atención a la carretera, para asegurarse ella voltea hacia atrás y hacia adelante dudando un poco pero empieza a bajárselos mostrando una diminuta tanguita, luciendo esas piernas que me excitan al tocarlas, acaricio sus muslos.

    Le digo “mira como esta mi paquete” se acerca a mi lado lo soba confirmando que estaba duro, me desabrocha el cinturón, nuevamente mira hacia el frente para checar que no nos fueran a ver, baja el cierre para sacar mi verga que sale disparada, la agarra con su mano, se agacha sin preámbulo metiéndola toda en su boca, le digo que se acomode a lo largo del asiento con el trasero parado para tener su conchita al alcance de mi mano, acaricio su rajita con los dedos sintiéndola mojada de la excitación, a como podía le metía dos dedos en su cuevita mientras gemía con mi verga en su boca.

    La preocupación de que alguien fuera a darse cuenta hizo desesperadamente me mamara la verga para hacerme venir rápidamente, ¡que decir! Lo logro me vine intensamente inundando su garganta, sin darle a tiempo a retirar su boca le sujeto la cabeza hasta que me dejo sin una gota de semen, entretanto la masturbaba con mis dedos produciéndole una corrida violenta que la hizo gemir fuerte, inquieta y excitada por el morbo del momento me dice, ya por favor que nos van a ver, se acomoda en su lugar arreglándose la ropa toma un trago de la bebida que llevaba, tenía sus mejillas coloradas, con voz nerviosa me dice ojala que se me quite lo colorado porque mi marido se va a dar cuenta.

    Un kilómetro más adelante nos detuvimos al ver una moto a un costado de la carretera y uno de los compañeros haciéndonos señas, paramos a unos metros adelante, al bajarme me dice ya ves casi nos agarran.

    Pusimos la rampa en la caja de la camioneta, subimos y aseguramos la moto retomando el camino ya con un pasajero más en la cabina platicamos los tres hasta llegar a nuestro destino, afortunadamente la descompostura de la moto nos sirvió de pretexto ya que al llegar nos cuestionaron el porqué de la tardanza.

    Llegamos al evento, ahí nos divertimos unas horas charlando con otros amigos de esa ciudad hasta que decidimos irnos al hotel donde dormiríamos esa noche, ya instalados todos nos reunimos en el estacionamiento para seguir conviviendo, había cerveza en abundancia, música, yo me la estaba llevando tranquilo en cambio Jaime ya estaba pasado de copas a eso de las dos de la mañana lo veo trastabillar, Jazmín me pide que le ayude a llevarlo al cuarto, lo acostamos en una de las camas, ella le quito los zapatos y el pantalón, estaba completamente noqueado por el alcohol por más que lo movía no reaccionaba solo soltaba gruñidos.

    Se acerca Jazmín para darme las gracias, la tomo de la cintura y nos besamos sabiendo que nada haría despertar a su esposo, el cansancio más el alcohol serian nuestros cómplices esa noche.

    Nos metimos al baño a darnos una ducha, los dos desnudos comenzamos frenéticamente a besarnos le pasaba mis manos por su trasero, por sus piernas, tomé sus senos pasando mi lengua por su contorno me los comí a besos, le chupaba los pezones entretanto ella me masturbaba sintiendo el grosor y dureza de mi verga en su mano.

    Nos salimos de la ducha continuando con las caricias, ella se arrodilla tomando mi verga entre sus manos, mirándome la mete en la boca, la chupa, la saca y mirándome nuevamente a los ojos se la vuelve a tragar toda mientras le estoy agarrando el pelo, esa mirada golosa mientras se mete mi verga es su boca me pone loco, poco a poco empiezo a follarla en su boca mientras ella con sus dedos está dándose placer en la rajita.

    La tomo del pelo indicándole que se levante, me encanta verla desnuda, esa picardía en su mirada que la hace ver más sexy y puta, la tomo de la cintura nos besamos entrelazando nuestras leguas, beso su oreja, el cuello haciéndola gemir al sentir las caricias, agarro sus senos grandes y suaves contrastando con la dureza de sus pezones, los llevo a mi boca chupándolos fuerte arrancándole gemidos más fuertes, bajo por su vientre acercándome a su rajita suspira y automáticamente abre sus piernas sin embargo sigo con mis caricias en sus muslos recorriéndolos con mi lengua, agarrándola de las nalgas comienzo a pasar mi lengua por en medio de su rajita sintiéndola mojada me toma de la cabeza pegándome a su sexo queriendo sentir mi lengua con mayor energía levanto mi mirada la veo con los ojos cerrados disfrutando.

    Me levanto y la pongo con las manos apoyadas en la pared dándome la espalda mostrando así como su cintura hacia lucir su delicioso trasero, en verdad que tiene un culo maravilloso.

    Comienzo a besarle la nuca mientras mis manos agarran su senos, los pezones los tiene durísimos, los atrapo con mis dedos apretándolos un poco haciéndola gemir de placer, recorro su espalda con mi lengua hasta que llego a su trasero ahí extasiado comienzo a agarrar ese nalgas con mis manos mientras mi boca besaba sus carnes, paso mi lengua por todo el canal que las separa haciendo que levante el culo queriendo mas, con la punta de la lengua acaricio su agujerito para después seguir hasta su conchita metiendo mi lengua ahí adentro llenando mi boca de jugos en eso ella jadeando me dice ya métemela papi cógeme de una vez ya quiero sentirte.

    Arrebatado por la calentura me pongo de pie acercando mi verga a la entrada de su vagina la meto sin contemplación tomándola de su cintura haciendo que pegara un grito tan fuerte que pensé que iba a despertar a su esposo, así dame duro papi cógeme fuerte gritaba le puse mi mano en su boca para no meternos en líos y seguí cogiéndola hasta que su cuerpo empezó a sacudirse, sin para la seguí embistiendo hasta que le solté el chorro de semen en su interior alargando mas su orgasmo.

    Los dos con las piernas temblorosas nos metimos otra vez a la regadera a lavarnos, al salir del baño me dice ven quiero subirme y enterrarme tu verga enfrente de mi marido, él te trajo a mi vida así que si se despierta que se aguante o que se vaya, atónito por sus palabras me acuesto en la cama pero me dice nos vamos acomodar de tal forma que yo este arriba viendo a mi marido mientras te cabalgo, entre mi pensaba le salió lo puta a esta mujer ahora sí que se agarre mi amigo, subiéndose a la cama , abrió sus piernas y de un sentón se la clavo hasta el fondo soltando un gemido escandaloso le quise tapar la boca pero se negó, poniendo sus manos en mi tórax comenzó a mover su cadera, su trasero de una forma increíble muy rápido.

    Estaba en la gloria embriagado con el cuerpo de jazmín, prendado de su hermoso culo que tan bien lo movía mientas le agarraba los senos apretando sus pezones, sabía que le gustaba sentir eso cada que lo hacía gemía y con mayor rapidez movía su trasero haciéndola correrse intensamente llenado con sus jugos mi verga al sentir su gemidos causo que le llenara nuevamente la concha de leche, los dos rendidos quedamos recostados, temiendo quedarme dormido en su cuarto le digo me voy a mi cuarto a descansar, me pongo la ropa nos despedimos, con una sonrisa me dice por eso quise venir a este viaje.

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  • Puta por un día

    Puta por un día

    A pesar de ser una mujer felizmente casada y sexualmente satisfecha, debo reconocer que, en el fondo de mi ego, muchas veces me asalta la idea de mantener relaciones con otros hombres.

    Aquella mañana me desperté especialmente motivada. Mi marido, como es habitual, ya se había marchado a trabajar, lo cual era una verdadera lástima ya que en caso de que hubiera estado en la cama a mi lado, le habría hecho el amor con verdadera lujuria, aunque, por otro lado, nada de lo que voy a contaros hubiera sucedido.

    Estuve un buen rato despierta sin levantarme de la cama. Mi mente comenzó a recrearse en fantasías eróticas y, poco a poco, me fui calentando yo sola. Hasta tal punto fue el calentón que estuve a punto de tener que masturbarme, pero los pensamientos eróticos fueron cediendo por la presión que ejercían los asuntos rutinarios del día, sobre todo de uno en particular: ¿Qué prepararía hoy de comida?

    Hacía un precioso día de primavera. El sol brillaba en lo alto, no había ni una nube y la temperatura era muy agradable. Después de desayunar encendí un cigarrillo mientras elegía la ropa que me pondría para bajar a la compra. Mas tarde tomé una ducha, me maquillé y comencé a vestirme. Mientras lo hacía, nuevamente sobrevinieron a mi cabeza pensamientos eróticos.

    Entonces se me ocurrió algo excitante. Ese día bajaría a la calle sin bragas ni sujetador. Debo decir que a pesar de tener ya cuarenta años aún conservo mis pechos bastante erguidos, y cuido mi cuerpo con asiduidad, por lo que soy bastante resultona. Sobre mi cuerpo recién duchado enfundé directamente una blusa de color rosa pálido, bastante escotada, y unos vaqueros ceñidos. Por último, me calcé unos zapatos negros de tacón y salí a la calle.

    Mi marido y yo vivimos en un barrio de la periferia, cercano a un polígono industrial. Es un barrio fundamentalmente obrero y por las mañanas hay muy poca gente en la calle, ya que casi todo el mundo se encuentra a esas horas trabajando. Al girar la esquina me encontré con un camión enorme estacionado. En el interior del mismo se encontraba sentado un hombre robusto de unos cincuenta años, que, a juzgar por la expresión de su rostro había pasado la noche durmiendo en el camión y se acababa de despertar. Eran poco más de las nueve de la mañana.

    Al pasar al lado del camión, el conductor comenzó a silbarme jocosamente. Yo me hice la tonta y seguí mi marcha sin volver la cabeza, pero el camionero seguía intentando llamar mi atención. De pronto, nuevamente mi fantasía y el recordar que no llevaba ropa interior, hicieron que un hormigueo nervioso me recorriera los muslos. Entonces comencé a pensar que pasaría si me volviera hacia el camionero y le dirigiera una mirada lasciva. Mis nervios iban en aumento, y el corazón se me salía del pecho cada vez que consideraba esa idea.

    Finalmente, mi estado emocional de aquella mañana hizo el resto. Me volví bruscamente y me encaminé hacia el hombre mirándole fijamente a los ojos. Cuando llegué a la altura del camión, aquel tipo, sin decir una sola palabra abrió la puerta del vehículo y me invitó a entrar en él. Lo cierto es que todavía no sé cómo pude reaccionar de esa manera, pero lo cierto es que cuando me quise dar cuenta me encontraba sentada al lado del camionero.

    Entonces los siguientes acontecimientos se precipitaron como la pólvora. El hombre cerró la puerta tras de mí, corrió unas cortinas rojas a todo lo largo de las ventanillas de la cabina y comenzó a besarme en los labios. Yo mantuve una mínima resistencia, tras la cual abrí mi boca y le ofrecí mi lengua. El camionero sacó la suya y nos dimos un primer morreo. Mientras me llenaba la cara y los labios de saliva una de sus manos se deslizó por debajo de mi blusa y empezó a magrearme las tetas, mientras que con la otra me desabrochaba el vaquero. El muy cabrón sabía perfectamente tratar a una mujer excitada.

    Al mismo tiempo yo le bajé la cremallera del pantalón, le saqué la polla fuera y empecé a masturbarle. Aquel trozo de carne comenzó a crecer entre mis manos alcanzando un tamaño y un grosor considerables. En menos de diez segundos su rabo estaba duro como el cemento. La tenía bastante más larga y gorda que mi marido, lo que me produjo aun mayor excitación. En un momento dado, el hombre cogió con fuerza mi cabeza y me la colocó entre sus piernas. Yo obedecí con agrado, abrí la boca y comencé a chuparle la polla.

    Al cabo de unos minutos el hombre me retiró y comenzó a desnudarse por completo. Yo me quité el vaquero, ya que la blusa había desaparecido en el magreo por arte de magia. Cuando aquel tipo se percató de que no llevaba bragas, me sentó encima de él violentamente. Apuntó su estaca entre mis labios vaginales, me la clavó hasta el fondo y comenzó a follarme con una fuerza increíble. Su enorme polla bombeaba mi coño sin parar, a un ritmo frenético. Tanto fue así que, cuando quise darme cuenta, me sobrevino el primer orgasmo.

    Aquel tipo era una máquina de follar. Parecía no cansarse y controlar la situación con habilidad, lo que me ocasionó hasta cuatro orgasmos encadenados. El enrome calibre de su herramienta estaba haciendo estragos en mi coño. Yo gritaba y me retorcía de placer como una perra en celo. Después de quince, o quizás veinte minutos follando sin parar, me la sacó del chocho, me la metió en la boca y se corrió sin compasión. Una serie de chorros de leche tibia me fueron inundando la boca sin previo aviso, por lo que no tuve más remedio que tragármelo todo.

    Cuando terminó de vaciar sus cojones en mi garganta, se arrodilló entre mis piernas y comenzó a lamerme el coño de arriba abajo, deteniéndose de cuando en cuando en mi abultado clítoris. Aquello me produjo un placer tan intenso que volví a correrme dos o tres veces más.

    Mi húmedo coño le debió excitar muchísimo, ya que cuando terminó de comérmelo su polla estaba de nuevo dura. Esta vez me puso a cuatro patas sobre el asiento del camión, me la metió en el coño, por detrás, y, agarrándome de las tetas comenzó de nuevo a joderme viva. Los orgasmos no tardaron en aparecer otra vez. En esta ocasión consiguió que me corriera otras tres veces más.

    Luego me colocó su polla entre las tetas y le hice una cubana para que terminara en mi cara. Pese a ser la segunda eyaculación en menos de una hora, me bañó de lefa toda la cara mientras sollozaba de placer con el roce de mis tetas.

    Más calmados ya nos vestimos. El camionero me obsequió con un último morreo de despedida. Luego descorrió las cortinas con precaución, me abrió la puerta y me marché a la compra.

    Desde ese día, siempre que giro la esquina de casa deseo encontrarme con el camión estacionado, pero hasta la fecha me tengo que conformar con mi marido.

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  • Trío con mi madre y mi hermana

    Trío con mi madre y mi hermana

    Me llamo Rafael y soy un don Juan. Déjenme que les explique mi historia. Sí. Soy un seductor. Mi edad es de 25 años y he perdido la cuenta de las chicas con las que he salido. Ni siquiera soy capaz de recordar las caras de algunas de mis conquistas, ni sus nombres. En cierta ocasión me escribió una de ellas recordando nuestro amorío y yo no sabía quién era.

    Lógicamente soy muy atractivo y bien dotado. Mi pene alcanza los 25 centímetros.

    He de confesar algo. No siempre las consigo a todas, lo que no quiere decir que esa noche no termine en los brazos de una. Si la chica más o menos guapa no quiere si he de pasar la noche con otra, bueno ya me entendéis, “que no esté tan bien”, pues me voy con ella.

    A todas les digo lo mismo; que tengo novia, pero que ésta realmente no me gusta. No es mi mujer ideal, aunque sea muy atractiva. Luego también te tienes que adaptar a la psicología de cada una de ellas.

    Hay una fantasía que he tenido y tengo. Estar con dos mujeres a la vez. Y no lo he podido conseguir. Una vez estaba de vacaciones en el chalet de mi madre, enrabietado por no haber podido conseguir este objetivo y mi cerebro hacía clic. Mi madre es una mujer de 46 años, delgada y atlética. Muy atractiva. Lleva el pelo muy corto, teñido de rubio, albino. Lleva un tatuaje en su brazo derecho. Es una mujer muy liberal. Se ha divorciado dos veces y ahora vive con un hombre. Está un poco “loquilla” que es como la llamamos cariñosamente. Habla con nosotros abiertamente de sexo; creo que he salido a ella bastante.

    Y allí estaba también mi hermana, que tiene unos 20 años. Es verdaderamente bonita. De pelo castaño, ojos marrones y una figura muy bonita. Se parece a alguna actriz italiana estilo Claudia Cardinale. Ella es diferente a mi madre y a mí. Es tímida y desde luego que ha estado con hombres, pero por ejemplo ahora no sale con ninguno. Habrá estado con uno o con dos, en alguna fiesta creo. Está esperando que venga el hombre de su vida, pero dentro de ella se que hay una fogosidad reprimida.

    Ya digo. Estábamos los tres en el chalet pasando las vacaciones. Yo alterado por fracasar en lo del trío con dos mujeres y estábamos viendo la tele, una película. Y la polla la tenía dura. Cuando me pasa esto delante de las dos me da mucha vergüenza e intento disimular, pero ahora me desinhibía. Mostraba todo mi esplendor en mis pantalones cortos. A ellas parecía que no les importaba. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que estaba desesperado por estar con ellas dos y tenía que urdir un plan.

    Esa noche bajé al pueblo y me ligué a una. La subía a la casa y a mí habitación. Era de las tías que chillan en la cama. También es verdad que yo ponía todo mi empeño para que así fuese. Sabía que mi madre y mi hermana lo estarían oyendo. No sé qué es lo que me dirían al día siguiente.

    Bajé a desayunar y les presenté a la chica. A mi hermana le cayó muy bien. Pero mi madre me echó una reprimenda en cuanto pudo verme a solas.

    —No traigas a las chicas a esta casa. No te da vergüenza. —me dijo

    —Haré lo que me digas.

    —Como sois los hombres.

    —Pero ella no me gusta realmente.

    —Entonces ¿quién te gusta? —me dijo airada.

    —Sólo puedo decirte que ninguna de las chicas con las que salgo me aprecia.

    Entonces se quedó mi madre mirándome muy pensativa. Le había hecho clic su cerebro como a mí. La muy loquilla.

    Le dije a mi ligue que se marchara y se quedó muy sorprendida. Y no menos que mi hermana.

    —Es mi madre. No le gustó nada lo de anoche —le dije.

    Entonces la chica se ruborizó y se marchó.

    —No es justo —me dijo mi hermana— nuestra madre nunca cambiará.

    —Pero tiene razón —le dije yo— Esa chica iba a lo que iba. No es como tú.

    Había conseguido echar el lazo.

    Siendo mi madre, la iniciativa la tomo ella. Se metió en mi cama de noche y me hizo un pajote diciéndome todo el rato: “cariño, cariño, ¿qué te he hecho?”. Deje la sábana perdida.

    Pero con mi hermana fui yo. Deje la puerta del cuarto de baño sin echar el pestillo, “por error”. Al entrar se encontró con mi virilidad de 25 centímetros. Me estaba masturbando. Ella si cerró y se puso a chupármela. ¡Que tirones pegaba! Su saliva se mezclaba con mis secreciones. “Qué bueno estás hermanito”, me dijo. Mi corrida puso perdido el lavabo.

    Esa noche le comí el coño a la “loquilla” y luego me la follé. Los jadeos de mi madre me llevaron al éxtasis. Su lujuria era peor que la mía.

    La tarde siguiente le dije a mi hermana que iba a hacer con ella lo que quisiera. Le mandé ponerse un enema, le unté de aceite hasta en las orejas y se la metí por el culo. Lo sentí muy estrecho, y ella disfrutaba, aunque fuese su primera vez. Era una explosión de su morbo. No dejaba de toquetearse el clítoris. Cuando la saqué salió semen con algo de agua y restos.

    Pero la tarde siguiente fue la que yo tanto estaba esperando. Yo estaba tumbado en la cama y mi hermana me la estaba chupando. Luego nos fuimos al borde de la piscina. Yo sentado y ella dentro que seguía chupándomela. Allí nos pillaría nuestra madre.

    Efectivamente nos vio. Se acercó por detrás y me beso en la boca mientras acariciaba mi pecho. Esto me volvió loco. Quise cogerla de la mano y que se metiese en el agua, pero no quiso y se metió dentro en el salón.

    Ella seguía chupándomela rociándome con el agua de sus cabellos. La cogí de la mano y la saqué de la piscina siguiendo el rastro de nuestra madre. Caminábamos los dos agarrados de la mano, dentro de la casa, mirando de habitación en habitación, pero no había nadie. Mi lívido estaba a punto de saltar por los aires. Estoy seguro de que se había encerrado en el servicio, pero no era así. La vi a través de una ventana. Estaba hablando con don Ángel su amigo y amante. Los dos se dirigían hacia la casa.

    Me metí en mi dormitorio con mi “amante” y volví a follármela mientras la pareja estaban abajo hablando.

    Oí los pasos de mi madre que se dirigían a la habitación, supongo que para decirme que dejase de estar haciendo lo que estaba haciendo con mi hermana. Aproveche ese momento para correrme impregnado la cama.

    Lo hice a propósito.

    —Y este es el macho —me dijo mi hermana— todavía suspirando por mi potencia sexual.

    En ese momento abrió la puerta mi madre, que había visto toda la escena y había oído esas palabras desdeñosas contra mí.

    —Tenemos visita, cerdo —me dijo mi madre y cerró la puerta. Detrás fue mi hermana ignorándome totalmente.

    Cuando se marchó don Ángel bajé al salón con los ojos enrojecidos como si hubiese estado llorando. Se notaba mi miembro viril por debajo del pantaloncito. Cogí a mi hermana de la mano y la llevé al servicio. Nos metimos en la ducha y se puso a chupármela.

    —¿Qué tal lo hago? —Me dijo con ojos enloquecidos por la lujuria.

    En ese momento golpearon la puerta. Mi corazón se aceleró casi hasta estallar. Era mi madre. Llevaba solo una bata que dejo caer al suelo y cerró la puerta. La cogí de la mano y nos metimos. Los tres bajo el chorro. Mi madre, mi hermana y yo. Me la chupaban. Primero una luego la otra. Mi hermana apretaba más y me daba con los dientes. Mi madre usaba más la lengua y los labios; lo hacía más despacio.

    Después las dos a la vez. Como jadeaba yo. Dientes, lengua, labios, fragancias, manos, fuerza. Obligué a mi madre a ponerse detrás de mí para besarme el culo. Mi hermana succionaba y mi madre metía su lengua en mi ano. Luego las cambiaba cogiéndolas del pelo. Mi madre jugueteando con mi polla en su boca y mi hermana enloquecía por mi trasero, lamiendo y toqueteando con sus dedos.

    La corrida fue bestial. Las puse perdidas y luego les daba besos en la cara y me frotaba con sus caras: “os quiero”, les decía. “Es de verdad porque me queréis”.

    Salí de la ducha y ambas se estaban masturbando cada una en su rincón de la bañera, con los ojos cerrados.

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  • Papá, dame toda tu pija (3): Final

    Papá, dame toda tu pija (3): Final

    Después de haber sorprendido infraganti a papá cogiendo despiadadamente a la joven mujer de uno de sus mejores amigos, las cosas lentamente fueron mejorando para mis planes futuros.

    La cena entre los tres se desarrolló sin contratiempos. Angie estuvo muy animosa y dicharachera. Mi garantía de que no estaba molesta, para nada, transformó su cogida con papá en una victoria sin atenuantes. Papá sonriente, pero, yo lo conozco bien, algo preocupado. No pasaba un minuto sin que levantara la vista y con disimulo me mirara tratando de evaluar mi estado de ánimo.

    Yo charle animadamente con mi amiga y después del postre la acompañe hasta su camioneta sin dejarla un minuto sola. No quería que hiciera una despedida cariñosa con papá. De todas maneras, su “Chau Gustavo… gracias por todo” (con el beso en los labios) y el “te esperamos más seguido, con Jorge, lógicamente” de papá me sonó a mensaje encubierto. Me mantendré alerta para controlar eso, obvio.

    Vuelvo a entrar en casa después de despedir a Angie y papá está parado al lado del bar sirviéndose un whisky. El solo verlo así, despeinado, con la camisa abierta, sus eternos bermudas y descalzo, me excita y me trastorna.

    Paso a su lado, sin mirarlo, con cara de nada. Por el rabillo del ojo veo que me sigue con la vista en dirección a la cocina hacia donde me dirijo. Solo un par de minutos después aparece él y con movimientos lentos se sienta en la punta de la mesa con el whisky en la mano.

    —Marianita, tenemos que hablar. Creo que han pasado algunas cosas…

    —¡¡¡Mira Gustavo!!! —lo interrumpo con firmeza y cara de enojo— Si tu intención es disculparte por lo…

    —Ninguna disculpa…. no, no. Solo que creo…

    —¡No me i-n-t-e-r-r-u-m-p-a-s, por favor! Vamos a hablar más tarde. Ahora me voy a dar un baño. Si viene Cristina a buscarme por favor decile que me aguante que estoy retrasada…

    —¿Qué… vas a salir?

    —Si… por un rato. Trata de distraerla mientras me baño, porque no le gusta esperar..—poniendo cara seria y mirándolo a los ojos con firmeza, agrego- pero, por favor, papá… no te la cojas….

    —¡¡¡Marianaaa!!!… por favor… espero que primero me escuches y no me vuelvas loco con esas cosas a partir de ahora…

    —Lo que va a pasar a partir de ahora, entre nosotros, lo vamos a hablar muy detenidamente… pero después.

    Salgo decididamente para el baño y lo dejo pensativo sentado en la esquina de la mesa.

    Cuando termino mi ducha, salgo envuelta en una bata y vuelvo a la cocina. Tomo el teléfono y llamo a mi amiga Cristina anunciándole que he decidido cancelar hasta mañana la salida porque ya es muy tarde y estoy algo cansada.

    Para hablar por teléfono, he apoyado mi cola en el borde de la mesada de mármol. Mi bata, sin atar, se ha abierto unos quince centímetros en el frente. Para no mirar a papá, que ahora se ha sentado en una banqueta alta enfrente mío, miro como distraída mis uñas. Al mirar para abajo veo que una de mis tetas esta casi totalmente descubierta y la otra asoma provocativamente la aureola de su pezón. Mas abajo mi pubis luce cuidado y subyugante.

    Cuando termino de hablar, levanto la vista y me encuentro con la mirada de lujuria culpable de papá. Un hormigueo en la boca del estómago me excita y me incita a mimarlo. Su camisa abierta y su eterno bermuda de estar en casa me ponen a mil… me lo comería a besos. Trato de controlar mis impulsos. Son más importantes mis planes. Saco del bolsillo de la bata el cepillo y comienzo a estirar mi largo pelo para que se vaya secando.

    Gustavo me mira y se le hace imposible no mirar mi cuerpo desnudo que, ahora que levanto los brazos para peinarme, está mucho más visible que minutos antes.

    —Mariana… esta situación no puede seguir así… debemos aclararla de inmediato….

    —¿Y qué tenés pensado hacer al respecto, Gustavo?… ¿Tenes pensado someter sexualmente a todo el que aparezca por esta casa?… ¿O vas a volver a tu costumbre de cogerte a todas las minas de la oficina y a todas las amigas de mama… pero afuera? Porque dejame decirte una cosa…

    —Marianita, por favor… yo sé que…

    —No me i-n-t-e-r-r-u-m-p-a-s, por favor. Mira papá… desconozco los apetitos sexuales de mamá y su comportamiento fuera de nuestra familia… que, por otro lado, tampoco me interesan… pero te digo… con vos el asunto es totalmente distinto. Yo, Mariana, tu hija o no tu hija, ya soy una mujer. Por si no te diste cuenta, anoche colaboraste dignamente, aunque con muy poco entusiasmo, en que ello finalmente ocurriera…

    —¡Mariana!… por favor… sos mi hija, ¡nena!…

    —¡¡Tu hija las pelotas!!… soy una mujer y como eso me tenés que tratar… y te digo más… no soy una regalada ni una mal cogida como muchas de las que vos te llevas a la cama. Estoy enloquecida con vos… pero no me voy a arrastrar pidiendo por favor que me atiendas. Me tomas o me dejas. Pero si me tomas va a ser como corresponde y te comportaras en consecuencia. Y si me dejas anda pensando que inventas con mamá, porque me voy de casa y le pienso decir a mamá que me voy porque te deseo con locura y no quiero romper su matrimonio, ni robarle el marido… lo que es absolutamente cierto, por otra parte…

    —Nena… ¿que locura te agarró?… hasta ayer tus problemas más notorios en nuestra familia estaban referidos a la ropa, los zapatos, las salidas ¿qué paso, que de golpe aparece todo esto?. Quiero señalarte que anoche prácticamente me violaste haciendo uso y abuso de tu contextura y estado físico y de que yo no quería ser violento contigo. ¿Qué te pasa… Mariana?… ¿Qué bicho te ha picado que estas tan violenta conmigo?…

    Aprovechando el hecho de tener la cabeza baja dejo el cepillo en el bolsillo y me tapo la cara con ambas manos simulando que estoy llorando. Papá se queda callado. Yo sigo simulando un sollozo muy tenue y logro que aparezcan las primeras lagrimas que siento en la palma de mis manos.

    —Marianita… —con el tono mucho más suave y dulce— ¿qué te pasa ahora?…. ¿por qué lloras, mi vida?…

    —Es… que… —con la voz entrecortada por los forzados sollozos— no entiendo…. porque me… pasa esto… estoy enloquecida… de necesidad de…. mimos de… tu parte… y vos parece… como si… me tuvieras asco…

    —Pero nooo…. mi vida… ¿cómo podés decir eso?

    —Es que…. anoche fue… el momento… más esperado… de mi… vida… y vos… casi me… me… me… despreciate…

    —Pero nooo… vos tenés que entender… eso no es posible… así las cosas no…

    —Que no… si yo… hace un rato… te estuve mirando… un buen rato… antes de aparecer… y te cogías a Angie… con pasión y con lujuria… hasta con desesperación… (más llanto desconsolado).

    —Pero es que vos sos mi hija… yo a vos te quiero con locura… yo por vos…

    —Yo creí… que anoche… para vos… había sido… tan hermoso… como para… mi.. pero ahora… ahora que te… vi con Angie… entiendo como es que se hace cuando se siente…

    —Mariana… mi vida… no sé cómo explicarte…

    Hago el intento de ir hacia mi habitación y papá me toma de los hombros intentando consolarme. Me acerca hacia él y me abraza por sobre la salida de baño. Yo sigo compungida y con la cabeza gacha, me acurruco en su pecho y pongo mi cabeza sobre su hombro. Mi boca ha quedado a escasos centímetros de su cuello y su pierna derecha, elevada por su postura en la banqueta alta, a quedado metida entre mis piernas desnudas.

    Mi altura ha dejado mi sexo en contacto directo con la piel del muslo de papá. Siento el vello acariciando los labios de mi vulva y un sacudón eléctrico recorre mi cuerpo como una ráfaga huracanada.

    —Mi forma de tratarte es porque realmente te adoro, mi vida —me dice suavemente papá frotando mis hombros por sobre la tela de toalla.

    —Pero yo siento otra cosa… o no se… me siento tan sola… tan poco querida —murmullo en su oído mientras lenta y disimuladamente acomodo mi sexo sobre su vigorosa pierna.

    Retiro mi cuerpo hacia atrás para mirarlo a los ojos y quedo prácticamente sentada con mi sexo sobre su pierna. Papá tensiona su cuerpo y sus músculos se endurecen… los siento casi dentro de mi vagina.

    Tomo su cabeza con ambas manos y meto mis dedos entre su sedosa cabellera. Lo acaricio suavemente mirándolo a los ojos. Estoy segura que se nota en mi mirada la terrible calentura que me está empujando a la locura total.

    —¿Te das cuenta como estoy, papito? —le pregunto melosamente mientras comienzo a frotar muy suavemente mi clítoris en su pierna— ¿Te das cuenta el fuego que tengo adentro? —aprieto un poco más mi sexo contra su pierna y un temblor descontrolado me pone los ojos en blanco y me obliga a tirar la cabeza hacia atrás mientras un delicioso orgasmo explota en mis entrañas.

    Es tal la fuerza del temblor que suelto mis manos de su cabeza y ambas caen a ambos lados de mi cuerpo. La salida de baño cae y siento las manos de papa, en mi espalda ya desnuda, que me sostienen con firmeza para que no caiga hacia atrás.

    Mi pelvis se mueve hacia atrás y adelante sin que yo la impulse. Mis jugos han empapado el muslo y el fino bermuda de papá. Ahora siento una locura descontrolada cuando mi clítoris recorre desenfrenado resbalando sobre su pierna.

    Abro lo ojos y veo que papá esta con los ojos cerrados como haciendo fuerza para no sentir. Me paro, despegando mis labios vaginales de su pierna, y sin alejarme de él meto dos dedos en mi vagina y con la otra mano aprieto desesperadamente mis tetas. Cuando él abre los ojos estoy masturbándome con desesperación y una cara de lujuria descontrolada que hace que la cara de papá se transfigure. Comienzo a ver que el Gustavo que cogía a mi amiga Angie está empezando a aparecer.

    —Quedate… así… no te pido… mas… dejame que… apague este volcán… que tengo adentro… como lo he hecho… en estos últimos… dos años…. con vos… pero sin vos… que hermoso me haces… acabar… ay ay ay ay… por favor… otra vez… toma… siii… toma

    Sacando mis dedos untados de los jugos de mi orgasmo, los paso por sus labios. Después de una leve duda Gustavo entreabre sus labios y dejando entrar mis dedos los chupa con suavidad al principio y con desesperación luego. Sus dedos tocan suavemente, y con cierto temor, mis pezones. Un sacudón más fuerte que los anteriores sacude todo mi cuerpo. Papá comienza a descontrolarse. Acerco mi boca jadeante a escasos centímetros de sus labios. Su mirada de angustia, de impotencia por no poder controlar lo que sale de sus entrañas, se va transformando muy lentamente en esa mirada lánguida y deseable que hace enloquecer a tantas mujeres.

    En un último intento de resistencia se para delante de mí. Ya está casi entregado. Con ambas manos bajo la camisa de sus hombros y sin preocuparme por sacársela aprovecho que esta retiene sus brazos por detrás para agacharme y llevarme con mis manos su bermuda y su slip hasta los tobillos. Su sexo, semierecto, queda frente a mi cara. Lo abrazo por su cola desnuda y acaricio mis mejillas y mis labios con sus genitales. Antes que él logre reaccionar meto la punta de su grueso miembro en mi boca y, sin mucha experiencia, comienzo a chupar y lamer con desesperación.

    —¡Mariana… mi Dios, por favor! Me haces hacer locuras…. No… por favor, mi nena… esto es demasiado… —Sus formas autoritarias y dominantes han dado lugar a un ruego tenue y lastimero que va dando paso a un jadeo acompañado por su pelvis que se mueve lentamente.

    Sin duda el haber quedado a mitad de camino con Angie, sin poder llegar al orgasmo, me facilita mucho las cosas. Apenas comienzo a chupar su verga comienza a crecer al punto de que a pesar de mi boca grande me da trabajo meter la cabeza dentro para poder chuparla.

    De pronto, cuando mis manos en su verga ya sentían la máxima dureza, Gustavo me toma de los brazos y me levanta hasta que quedo parada frente a él. Mi respiración jadeante y la suya se mezclan. Nos miramos a los ojos y me inunda una sensación de amor infinito. Lo abrazo con fuerza y nos fundimos en un beso apasionado e interminable. Por momentos siento que me voy a meter entera en esa boca dulce y cálida que me besa con lujuria.

    Nuestros cuerpos desnudos pegados en el abrazo y soldados por dos bocas que se devoran entre sí, parecen incendiarse por la temperatura a flor de piel. Bajo mi mano y tomando el sexo de papa lo pongo entre mis piernas, por debajo de mi sexo.

    Cuando siento esa gruesa barra de carne quemante en contacto con los labios de mi vulva mis caderas comienzan un involuntario vaivén haciendo que el lomo frote mi clítoris. Las descargas eléctricas dentro de mi cuerpo ya están fuera de todo control. Siento deseos de jadear, de gritar… Suelto la boca de papa y lo miro a los ojos. Meto mis brazos por debajo de lo suyos y lo abrazo cerrándolos por su espalda como una llave de yudo. Lo aprieto con desesperación. Siento que cada vez que aprieto su falo quemante, este se pone aún más duro entre mis entrepiernas.

    —Cogéme, Gustavo… —murmuro jadeante en su oído mientras aumento el roce de mis labios vaginales contra el lomo de verga—¡¡Cogéme ya!!…. mi vida… no te das cuenta… que no puedo mss…. cogéme por favor… necesito… necesito sentirte dentro de mí… necesito tenerte como anoche… por favor… no aguanto esperar mas…

    Nuestra bocas se vuelven a sellar. Lentamente, como si estuviéramos bailando una música que no existe nos vamos desplazando a pasos cortos y pausados hacia el living. El caminar lentamente con su falo entre mis piernas me produce un morbo terrible. Cuando siento la espesa moquete del living bajo mis pies desnudos el roce de la verga en mi clítoris descuelga otro orgasmo desde mis entrañas. Los sacudones involuntarios de mi cuerpo ya no los puedo controlar… mis gritos de placer, tampoco.

    Mis piernas soportan dos o tres pasos más y se aflojan. Gustavo acompaña mi cuerpo hasta que llega lentamente a la alfombra. Mis manos toman su verga erecta con desesperación. Esta empapada y resbalosa de mis flujos orgásmicos. Intento dirigirla hacia mi sexo y abro desmesuradamente las piernas para que él entienda que ha llegado el momento.

    Con su verga rígida como un garrote, apuntando hacia arriba y adelante, él se para y mira todo mi cuerpo desnudo y sudoroso. Mi largo pelo se ha pegado en mi piel. Mis piernas descaradamente levantadas y abiertas y mis brazos tendidos hacia él acompañan mis gestos para que me penetre y calme mi desesperación.

    El me mira con una cara que solo dice todo lo hermoso que va a pasar ahora que está plenamente decidido. Tomando una de mis piernas levantadas, que está a la altura de su cintura, y agachándose lentamente, comienza pasar su lengua por la planta de mi pie. Es una sensación inenarrable. Su lengua moja todo lo que encuentra a su paso. Los deditos de mi pie se pierden dentro de su boca. En mi desesperación llevo mi mano hasta mi sexo y agito los dedos con locura. El toma mis manos por las muñecas y las aparta para evitar lo que hago. Ahora su boca, dando suaves mordisquitos y dulces lametones avanza por la parte interior de mi pierna hacia abajo. Solo pensar lo que está por ocurrir me desespera aún más.

    Papa llega a mi sexo y a mí se me termina el mundo razonado. En mi mente las cosas pasan como en un torbellino psicodélico sembrado de estallidos luminosos que me enceguecen. No sé cuánto tiempo pasa comiendo mi sexo. Mis manos enredadas en su pelo para que los sacudones de mi pelvis, desesperados y descontrolados, no lo saquen de su faena, comienzan a tirar para arriba para que sus labios vengan a mis labios.

    De pronto, se detiene. Se arrodilla entre mis piernas y me mira con infinita dulzura. Pasa sus manos con delicadeza y mucha suavidad por mis piernas desnudas. Yo estoy super agitada y jadeo como si me estuviera ahogando. Me mira fijamente a los ojos cuando sus manos llegan lentamente a mis tobillos. Con la misma lentitud me toma de los tobillos y los sube, como en cámara lenta hasta sus hombros. Mi corazón palpita que parece que se me va a salir por la boca. Me imagino lo que está por venir. Me enloquezco más de solo pensarlo.

    Apoyando mis talones en sus hombros separo más las rodillas y arqueo mi cuerpo levantando mi cola del suelo. Instintivamente mis manos separan los labios de mi vagina abriendo al máximo la entrada para él.

    El tiempo se detiene para mí. Mi vulva palpita ya tanto como mi corazón. Se me nubla la vista. Bajo la mirada y papa tiene su verga en la mano listo para empezar. Esta terrible. El glande se ha puesto morado casi violeta. Me parece que mucho más grande… ¿o será mi deseo?

    Papa me mira … me siento como un toro frente a la espada… papa no está midiendo para lanzar la estocada… solo está gozando de mi lujuria desenfrenada y de mi desesperación porque me penetre de inmediato. Se acerca muy lentamente hasta que ese glande gigantesco se posa entre los labios abiertos y empapados de mi sexo. Los suelto al sentir que su verga ha quedado calzada en la puerta. Clavo mis uñas con desesperación en su cintura para provocar el empujón hacia delante. Él no se mueve. Siento que su verga esta calzada para entrar, pero él no avanza.

    —Gustavo…. por favor… es necesario… que te diga… cuanto deseo… que me…

    —Si… es necesario…

    —¿Cómo?… por favor… mi vida… metete dentro de mí… ¿no sentís… cómo estoy?

    —Seguiré… solo si me cuentas lo que vas sintiendo…

    —Ayyy… siii… por Dios… dame una señal… y te contaré todooo…

    En ese momento Gustavo aumenta levemente la presión… no empieza a entrar… solo siento como se separan aún más los labios de mi sexo. Es la señal.

    —Mi vida… siento como… si se fuera a… desgarrar… mi cuevita… siento que… los bordes de ese… hongo… no lo dejan entrar… siento desesperación… por sentir… que empujas otro poquito… Asiii… por Diosss… que grande que… está ahora… siii… dejame que corra mis piernas por tu brazo… me quiero abrir más… sino no va a poder entrar, Gustavo.

    Papa maneja con mucha mezquindad su penetración. Al abrir las piernas al máximo, sin sacarlas de sus hombros, miro hacia abajo y veo que la cabezota de su verga aún no ha entrado en mi vulva. Es tal el estiramiento de los labios de mi sexo que mi clítoris parece una pequeña pija, roja y sobresaliente, que a escasos milímetros del glande, apuntando hacia arriba.

    —Empujaaa… malditooo… no ves que me estoy muriendo de desesperación… empuja… por favor…

    Extraviada, mirando la verga de papa que no avanzaba, veo su mano que se acerca lentamente a mi clítoris. Mojando sus dedos en mis flujos lo toma y comienza a masajearlo con extrema dulzura. Un orgasmo violento me sacude por completo. Un temblor descontrolado desarticula mis brazos y piernas justo en el momento en que papa sale un poco hacia atrás. Presa de un orgasmo desconocido para mi, levanto la vista con asombro por su retirada. Al ver su cara, instintivamente vuelvo a mirar hacia abajo. Al salir el tapón que obstruía mi vulva mis flujos inundan la verga de papá. Un corto y rápido empujón mete adentro la cabeza completa llevándose también los labios vaginales, vencidos por el empuje.

    —Ahhh… siii… mi burro… siii… masss… empuja esa hermosa… pija… dentro de mi…

    No tengo fuerzas para razonar o pensar en este momento… pero estoy segura que no es esta la verga de papá que se llevó mi virginidad anoche. Sentir la cabezota dentro mío es absolutamente enloquecedor. Cuando entro la cabezota sentí como si los bordes de mi sexo se hubieran partido en dos para facilitarles la entrada. En medio de un orgasmo gigantesco el temblor me hace pedalear descontroladamente con las piernas sobre sus hombros.

    Grito como una poseída y lo puteo para que me ensarte hasta el tronco. Me sacudo con desesperación porque mis temblores y movimientos mueven lateralmente su glande dentro de mi vagina y eso me produce una locura total. Le pido, casi entre sollozos, que por favor me penetre.

    El, con una sonrisa en los labios, saca la cabeza de la verga de mis entrañas y cuando yo me callo por la sorpresa me hace seña con su dedo sobre los labios para que me quede un segundo en silencio. Vuelve a meter y sacar su cabezota de mi sexo inundado de flujos y el ruido que hace es mágico… la tercera o cuarta vez que lo hace comienzo… o renace el anterior, ya no lo sé… una acabada descomunal.

    Gustavo me toma de la nuca levemente para que pueda mirar que, cada vez que sale y entra de nuevo tu tranca, penetra un par de milímetros más adentro. Ver como sale bañada en mi orgasmo y se pierde de nuevo dentro con el ruido de la penetración, me enloquece. Dentro mío siento que en cada entrada… que son ya incontables… el trepano se va abriendo camino inexorablemente.

    —Mi vida… no quiero… acabarme de nuevo… sin sentirme… que estoy… ensartada hasta… ayayayaya… no me mezquines… que me estoy… por… dame… hijo de puta…. damelaaa…

    Consciente que me estoy por volcar como una yegua alzada me toma de los tobillos que están sobre sus hombros y flexiona mis piernas sobre mi pecho. Comienza un vaivén cortito y rapidísimo desde la punta hasta la mitad de su verga. Lo que me hace sentir es algo que no puedo describir con palabras.

    Él sabe que me estoy por acabar de nuevo. Cuando mi orgasmo empieza empuja lentamente hacia delante con todo su cuerpo hasta quedar acostado sobre mis piernas flexionadas. Me acaba de empalar sin misericordia y hasta los huevos.

    Penetrada por un terrible pedazo de carne que siento al rojo vivo, solo atino a abrir desmesuradamente los ojos y la boca como buscando el aire que siento les falta a mis pulmones. La penetración no es violenta… es firme… es perentoria… es determinante… es imparable… sin atenuantes, aunque esa terrible verga entre rompiendo todo a su paso.

    Mientras el orgasmo me derrite… siento que se abre paso dentro de mí un barreno que no para. Empujando mis flujos y desconectándome cerebralmente la verga de papá me perfora hasta llegar al fondo de mi vagina. Mi grito… mi alarido… de placer, de dolor, de satisfacción y de lujuria queda apagado por la boca de papá que se come la mía con desesperación.

    A pesar de mi fuerte contextura física y mi exuberante cuerpo papá me maneja como a una muñeca inflable. Su lujuria… su pasión desatada le dan una fuerza desconocida y me provocan aún más morbo a mí que ya me siento su esclava sexual. Me toma de los brazos y, tirándose hacia atrás hasta quedar sentado sobre sus pies, me levanta junto con él. Deja que mis piernas se desplieguen a ambos lados de su cintura… me sienta sobre su verga sujetándome por la cola. El sacudón que siento es sublime. Mis tetas saltan por el aire cuando miro hacia abajo porque sentí como si su verga me hubiera salido por el ombligo.

    —Aaah… ayayay… siii… me estas… llegando… hasta la gargantaaa… por favor… papito… como me haces gozar… nooo… no te tires… para atrás… que se va a ir mas… adentro y ya no doy mas… como me gustaaa…

    Lentamente, y aprovechando que abrazada de su cuello me sacudo como loca ensartándome en su verga, Gustavo desenrolla sus piernas por debajo mío hasta que, tirándose para atrás queda totalmente acostado en la moquete del living.

    Estoy absolutamente empalada en su verga. Siento palpitar estaca en mis entrañas. Me tomo con ambas manos la pelvis y me parece sentir, a través de la piel, el pistón gigante que mi vagina se acaba de tragar hasta los pelos.

    Ahora estoy segura que lo que tengo dentro es mucho más gigantesco que lo de anoche cuando con él perdí mi virginidad. Por primera vez en mi vida me están, verdaderamente, cogiendo como corresponde.

    Me siento rellena. Me siento hermosamente cogida por una pija que me hace salir lágrimas de los ojos. Que me hace retumbar los oídos. Que me incita a gritar como una loca. Me erotiza sentir violadas mis entrañas. Domina todos mis sentidos ese cosquilleo, esa excitación, esa lujuria de orgasmo constante que ya no logro controlar. La sensación de que una cuña al rojo vivo está a punto de partirme en dos, me provoca un morbo terrible.

    Papá masajea mis tetas con pasión y sus dedos aprietan mis gruesos pezones hasta el delirio. Mis caderas mezclan los movimientos hacia arriba y abajo y hacia atrás y adelante con una velocidad endiablada. El tronco que tengo dentro me revuelve las entrañas y comienzo a sentir que, para mí, se termina definitivamente el mundo. El escozor en las paredes de mi vulva, el fuego en mis entrañas, las mil luces de colores que inundan mi cerebro, el ruido infernal de nuestros sexos en una batalla a muerte en el mar de flujo de mis orgasmos… son los últimos síntomas que logro distinguir cuando un rugido incontenible, y no provocado, comienza a surgir de mi boca hasta tapar los quejidos, gemidos y jadeos.

    Papá, ya en el borde de su propio orgasmo, me toma de los hombros por atrás y en un titánico esfuerzo por contener mis descontrolados movimientos, se cuelga y me empuja hacia abajo ensartándome hasta lo indecible. Su boca en mis tetas termina de gatillar mi descontrol.

    Gritando desde dentro del estómago voy desacelerando mis sacudidas para dejar que una cadencia suave y lenta permita que el orgasmo gigante que me está sacando se mezcle, se bata, se emulsione… con el semen que papá está volcando como una catarata en mis entrañas.

    Sigo moviéndome cada vez con más lentitud porque mi orgasmo no cesa. Tomo entre mis brazos la cara de papá y mientras le doy un dulce beso en la boca siento que las contracciones de mi vagina están exprimiendo hasta las últimas gotas esa barra de carne que me hecho sentir la mujer más feliz de la tierra.

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  • Deseos cruzados (1)

    Deseos cruzados (1)

    El día es abrasador, el césped de los jardines en cada casa está seco y las familias en el parque disfrutan de los últimos momentos de la tarde del viernes, a la espera de que la llegada de la noche traiga consigo un poco de frescura a la ciudad.

    A pesar de que amo el calor, esta temporada el verano está siendo aplastante. Eso se refleja en los marchitos girasoles que, en un vano esfuerzo, los trabajadores de la ciudad intentan revivir. Al pasar junto a uno de ellos, un joven moreno, de espalda ancha y brazos gruesos, siento cómo se sobresalta. Vuelve a mirar hacia arriba con aires de hastío, pero al verme, la expresión le cambia al instante. Los hombres son tan básicos que a veces hasta es tierno lo bobos que se vuelven con una chica linda.

    —Disculpa, no me percaté —dice el chico mientras su mirada recorre rápidamente mis piernas enfundadas en una falda negra que termina por encima de la rodilla, se detiene en mi abdomen, expuesto por una blusa blanca, corta, que sube un poco más allá del ombligo, y luego va a parar a mis ojos, apenas realzados por una sombra rosa, mi color favorito.

    El pelo rubio lo llevo recogido en una coleta alta, muy ajustada hacia atrás y arriba por el calor, lo que me da un aire de seriedad que, si bien puede ser sexy, no termina de encantarme. Nunca he sido la chica de la personalidad seria ni desafiante; me percibo más a mí misma como una princesa de cuento fusionada con un osito cariñoso. Mis zapatos deportivos parecen anclarme al suelo bajo su escrutinio.

    —Lo siento, no es mi intención asustarte ni incomodarte. Se ve que estás ocupado —digo mientras vuelvo mi mirada hacia la fallida empresa de resucitar a aquellos pobres girasoles.

    El chico ríe y deja ver unos dientes blancos que, para ser honesta, no me desagradan.

    —Creo que está más viva mi abuela, y eso que falleció hace diez años —dice él mientras suelta una risa fingida.

    —Hey, qué cruel —digo mientras no puedo contener una pequeña risita coqueta. Sí, su sonrisa despierta algo en mi estómago, esa sensación de hormigueo que me sube por el vientre. Está a punto de responderme, con esa sonrisa todavía colgando de sus labios, cuando uno de sus compañeros de trabajo se acerca. Es un tipo sucio, gordo, de unos cuarenta y cinco años, que le da un codazo en las costillas sin ningún disimulo, como si compartieran un secreto. Luego, sin pudor, clava los ojos en mis tetas. No son enormes, pero tienen un buen tamaño, firmes y redondas, y sé que eso es lo que más atrapa las miradas, sobre todo con el escote de mi blusa que las enmarca tan bien.

    —Oye, Román, ¿quién es tu amiguita? —dice el fan número uno de mis tetas, que no se molesta ni por un segundo en dejar de mirármelas.

    —Solo una chica que pasa por aquí, no es mi amiguita —le responde Román con un tono de reproche mientras se ruboriza un poco. Yo, lejos de estar incómoda, estoy encantada con la escena.

    —Pues no te las quedes todas para ti, hombre —le dice mientras le repite la dosis del codazo—. Mira que tiene que haber justicia en el mundo. —Vaya, vaya, parece que este tal Román es un mujeriego.

    —Cállate y vete —le suelta Román, evidentemente enojado, ya que este tipo se ha encargado de arruinar el pequeño coqueteo que está surgiendo entre los dos.

    —Está bien, está bien, deberías cambiar ese humor —le contesta mientras, al fin, aparta los ojos de mis tetas y me mira a los míos—. Un gusto, señorita, me encantan sus ojos verdes. —Sí, claro, como si no se hubiera pasado todo el tiempo mirándome las tetas.

    El tipo se va dando tumbos, como un bebé que apenas da sus primeros pasos, y a medida que se aleja crece un silencio muy incómodo entre Román y yo. Después de semejante espectáculo, ninguno de los dos sabe cómo retomar la conversación.

    —Bueno —digo finalmente—, no te atraso más.

    —Descuida, discúlpalos a él. Trabajo con puros idiotas —me responde.

    —Para nada, es muy divertido todo —le digo, y la verdad es que no miento; es la dosis de humor que necesito antes de encaminarme hacia la casa de mis amigos.

    —De igual forma, disculpa —me dice en tono cortante, y noto que de verdad está muy molesto con su compañero. Pobre chico, de seguro cree que realmente podía conseguir algo conmigo.

    —Hasta luego, Román, se me hace tarde.

    —Al menos dime tu nombre.

    —Allison —le digo mientras le sonrío y comienzo a caminar hacia la torre de apartamentos que está justo frente al parque, donde viven mis amigos. De pronto, el ruido de un claxon corta el aire desde la calle, y miro mi reloj: ya casi son las siete. El tiempo se me escapa, y aunque la escena con Román tiene un sabor que me tienta a quedarme, la idea de llegar tarde a casa de mis amigos —con sus charlas intensas y esa energía caótica que siempre me arrastra— pesa más. Le hago un pequeño gesto con la mano, casi un adiós juguetón, y apuro el paso, sintiendo sus ojos todavía clavados en mi espalda.

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  • Martillazo inesperado

    Martillazo inesperado

    Era un vecino más, un tipo común, con su familia común y su vida común. Me lo cruzaba en la vereda cuando salía a tomar mate o lo veía lavar el auto. Nada que llamara la atención. Hasta que me miró distinto.

    Un sábado a la noche, por mi cumple número 26, habían venido las chicas con amigos a casa. Había mucha cerveza y música fuerte. No me cogí a nadie. No porque no pudiera, sino porque no tenía ganas.

    Me desperté tarde, con la boca seca y la sensación de haber dormido poco. Afuera, el sol rompía la tierra. Un calor de mierda.

    No sabía si era la resaca o los casi 30°, pero estaba transpirando. Me puse un short deportivo, la remera más fresca que tenía y fui por mi tarea de la mañana: el cuadro que las chicas me habían regalado en mi cumpleaños. Queda espectacular en la pared, pero no tenía martillo y quería sacarme el tema de encima.

    Salí de casa y crucé la calle con paso seguro. Alejandro estaba en la vereda, en ojotas y con el mate en la mano. Lo saludé con una sonrisa mínima, de esas que se hacen por educación, y antes de que pudiera meterse le solté:

    —¿Me prestás un martillo?

    Levantó la vista y me escaneó sin apuro. Sus ojos recorrieron mis piernas y subieron lento hasta mi cara.

    —Buen día, Mey. ¿Para qué lo necesitás?

    —Para clavar un cuadro.

    —Dale, ahí te lo traigo.

    Cuando volvió, lo agarré y me fui a hacer lo mío. Media hora después, estaba de vuelta.

    Ale seguía en la vereda, ahora en la reposera, con las piernas estiradas. Le devolví el martillo y me quedé un segundo más de lo necesario.

    —¿Te quedó bien el cuadro?

    —Sí. Me lo regalaron ayer.

    Se tomó un mate e hizo una pausa antes de hablar.

    —Ah, ¿fue tu cumple?

    Asentí con la cabeza.

    —Feliz cumpleaños entonces. ¿Festejaste?

    —Unos amigos cayeron con birras, nada grande.

    —Mirá vos… ¿Querés un mate?

    Me miró fijo. No había sonrisas esta vez.

    —Dale —dije sin dudar.

    Me invitó a pasar y me acomodé en una de las sillas del living y él se sentó en el sillón, inclinado hacia mí. Me pasó el mate y cuando lo agarré, sus dedos rozaron los míos.

    Llevé la bombilla a la boca y tomé despacio, sintiendo su mirada clavada en mis labios. No disimulaba ni un poco.

    —¿Estás entrenando? —dijo, con los ojos fijos en mis piernas.

    —No. Soy media vaga jaja.

    —Mirá. Pensé que sí, porque estás… —hizo una pausa y sonrió—. Estás re fuerte.

    No me dio tiempo a responder. Apoyó el mate en la mesa y se acercó más. Su mano, grande y firme se posó en mi muslo.

    —Te queda hermoso esto que tenés puesto.

    Su voz era baja y segura. Me prendió fuego. Lo miré con descaro y abrí apenas las piernas.

    —¿Sí?

    Él deslizó los dedos por mi short hasta el borde. No dudó, metió la mano y apretó mi concha por encima de la tanga.

    —Sí.

    Me besó con hambre. Su mano bajó la tela y sus dedos me abrieron, me exploraron con desesperación. Gemí contra su boca y él gruñó bajo. Me levantó de la silla y me llevó hasta el sillón.

    Me acomodó sobre él, con las piernas abiertas. La tanga apenas estaba corrida y sentí la tela de su short contra mi piel. Me froté contra él sin vergüenza.

    Me levantó la remera y se metió un pezón en la boca. Lo mordió y lo chupó con una desesperación que me hizo excitar más.

    —Sos hermosa —dijo con la boca pegada a mi piel.

    Le saqué la remera y él bajó su short y bóxer de un tirón. Su pija estaba dura y gruesa. Metió su mano en mi boca, mojó la punta de su verga con mi saliva y me la pasó por la vagina.

    —Metela —le rogué.

    No esperé respuesta. Me la metió e iba sintiendo cómo me llenaba. Nos quedamos quietos un segundo, con los cuerpos tensos. Me sostuvo de la cintura y empecé a subir y bajar lento.

    —La concha de tu madre… —gruñó.

    Lo monté desesperada, con las piernas apretando su cuerpo y las manos enterradas en sus hombros. Me cogió como si nos hubiéramos necesitado desde hace años.

    —Qué rica sos, puta hermosa…

    Me agarró del culo y me apretó con fuerza, enterrando sus uñas en mis nalgas. Grité sin poder evitarlo.

    —Eso… así te quería coger —dijo con la voz ronca.

    Después me puso en cuatro, me metió dos dedos y los sacó empapados. Me la metió de nuevo y esta vez no hubo pausa.

    Me empujó hasta el fondo mientras me agarraba del rodete y me lo tiraba con fuerza. Grité de placer, él jadeó fuerte. La embestida se volvió frenética, ruidosa y sudada.

    Me apretó contra el sillón, metió la mano entre mis piernas y me tocó el clítoris. No aguanté más. Me tensé y gemí su nombre mientras llegaba al orgasmo.

    Él siguió un poco más, respirando entrecortado. Me la sacó y eyaculó en mi culo con un gruñido intenso. Se quedó quieto unos segundos, recuperando el aliento.

    Nos levantamos sin decir mucho. Me besó el cuello y abrazó.

    —Esto fue tremendo.

    No le respondí. Me bajé la remera y me acomodé el short.

    —Nos vemos, Ale.

    Salí de esa casa con la adrenalina al máximo.

    Cuando llegué, Aye, mi hermana mayor, me miró con curiosidad.

    —¿Dónde estabas?

    Helena, la del medio, me estudió con desconfianza. Yo estaba despeinada y el maquillaje de la noche anterior se me debía haber corrido.

    —Salí a caminar —respondí, agarrando una botella de agua.

    Me encerré en mi cuarto y me tiré en la cama, cansada. La sensación de Alejandro cogiéndome contra el sillón todavía estaba en mi piel.

    No lo volvería a hacer, pero tampoco me arrepentía.

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